«Fratelli tutti», escribía san Francisco de Asís
para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas,
y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio.
De esos consejos quiero destacar uno donde invita a un amor
que va más allá de las barreras de la geografía y del espacio.
Allí declara feliz a quien ame al otro
«tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a
él»
(Papa Francisco, FratelliTuti 1)
Los que formamos la comunidad de la Universidad La Salle, poseemos como
principios fundamentales la fe, la fraternidad y el servicio; ellos forjan, sostienen y
motivan nuestra labor.
Como comunidad cimentada en los ideales de San Juan Bautista De La Salle,
hemos reflexionado profundamente sobre el significado que cada uno de esos
valores y principios tienen para nuestras vidas, así como para el desarrollo de
nuestra vocación educadora.
Fe, fraternidad y servicio son como el faro que guía nuestros proyectos, por ello es
importante actualizar constantemente la reflexión que realizamos sobre esos
valores y la forma de ponerlos efectivamente en práctica.
Pues bien, en estos días, el Papa Francisco ha presentado un valiosísimo
instrumento para la reflexión y para motivarnos en el esfuerzo de hacer realidad
los ideales.
El pasado día 4 de octubre, en la ciudad de Asís, Italia, en el marco de la fiesta de
San Francisco de Asís, el Papa Francisco firmó y publicó una carta encíclica que
ha causado mucho revuelo no solo en los ámbitos eclesiales, sino en todo el
mundo.
La carta se llama “Fratelli Tuti”, es decir “Hermanos todos”; esta frase está tomada
de la forma en que San Francisco se dirige a sus propios hermanos para
animarlos a seguir a Jesucristo.
La intención de la carta –el papa lo deja claro desde el inicio– es reflexionar sobre
“la fraternidad y la amistad social”; se inspira en la espiritualidad del santo de Asís
para anunciar al mundo entero la posibilidad de la utopía: un mundo regido por la
fraternidad. El papa ofrece “un humilde aporte a la reflexión para que, frente a
diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de
reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se
quede en las palabras “(No. 6).
Debemos recordar que una carta encíclica, está dirigida a todos los fieles
del mundo, es decir a todos los bautizado que formamos la Iglesia, y
destinada a reflexionar sobre aspectos fundamentales de la fe.
Sin embargo, el Papa ha roto una vez más los protocolos: el título de la encíclica
está puesto en italiano y no en latín; así mismo, la dirige no solo a los fieles
católicos, sino que hace un llamado a todas “las personas de buena voluntad”,
para abrir el diálogo serio y comprometido en favor de la construcción de una
sociedad fundada en el sueño de la fraternidad universal. Las novedades y
cambios significativos no solo están en esos dos puntos, sino que, el mismo Papa
predica con el ejemplo, es decir, ha incluido en las reflexiones de esta carta los
diálogos con Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb de la religión islámica; e invita a todas
las religiones, principalmente a la iglesia católica, a reconocer su responsabilidad
en las faltas patentes de fraternidad.
Francisco indica que ésta es una encíclica social; eso significa que, cimentado en
la reflexión desde la fe y el anuncio del Evangelio, promoverá valores y principios
con los cuales se debería construir una sociedad cercana al proyecto de Dios. El
Papa está proponiendo, pues, que la sociedad entera sea capaz de revisar sus
procesos, estructuras, organizaciones, valores, principios, etc. Propone
repensarse totalmente desde el principio rector de la fraternidad. Imagina una
sociedad sin “descartes”, reconciliada de todas sus heridas y al servicio de los
pobres y excluidos. Para el Papa Francisco, se debe dar fin a la “cultura del
descarte”, es decir, a la cultura, tan aferrada en toda la humanidad, que excluye,
que desecha a las personas porque parece que no aportan nada a la sociedad.
Pero una sociedad fundada en la fraternidad y amistad social tendrá que atreverse
a romper todo tipo de dogmatismo. Por eso se invita a pensar de forma creativa el
futuro, sin doctrinas ni principios fijos, con la única posibilidad de gestar “los
nuevos cielos y tierra nueva” fundados en la hermandad y amistad. Así, tal vez
podríamos imaginar lo que significaría una sociedad donde la economía está
organizada de forma que, al considerar a todos los seres humanos como
hermanos, pueda gestar dinamismos diversos, estructuras distintas. El Papa
propone eliminar el dogmatismo de la dinámica económica basada en el consumo,
producción y generación de riqueza. No propone un sistema comunista o
socialista, sino que invita a reflexionar sobre la posibilidad de gestar algo nuevo,
que logre la inclusión y dignidad de todos los seres humanos. Pero su crítica al
liberalismo económico no cae en posturas populistas o de izquierdas rancias, sino
que critica también esas posturas que excluyen, condenan y provocan división, sin
aportar tampoco soluciones reales.
Para un mundo nuevo se necesita una forma de pensar nueva; el
Evangelio diría que se necesitan “odres nuevos para el vino nuevo” y la
encíclica “Fratelli Tuti” invita a repensar todo desde y para la fraternidad.
Inspirado en la parábola “del buen samaritano”, el Papa propone como criterio
para la verdadera fraternidad el servicio a los pobres, marginados y excluidos;
pero no como un servicio paternalista y asistencialista, sino como un compromiso
que hace correr el riesgo de ayudar, de salir de nosotros mismos: dar de lo
nuestro, compartir el sufrimiento; es decir, entrar en una verdadera solidaridad que
provoca el acompañamiento y la redignificación del que ha sido herido por la
historia y la cultura del descarte, del egoísmo, de la ambición. El principio de la
verdadera fraternidad está en hacerse prójimo del otro.
El obispo de Roma sabe que transitamos por un mundo que se ha empeñado en
generar heridas, divisiones, rencores, por eso propone la necesidad de una
reconciliación en todos los ámbitos, tanto sociales y políticos, como históricos.
Pero algo me llama la atención: perdonar no es olvidar… para perdonar, propone
el Papa, es necesario cambiar y evitar las cosas que han herido a tantos
hermanos a lo largo de la historia.
Creo que, aunque es una encíclica social, empobreceríamos la reflexión si no
“bajamos” a nuestro mundo real, es decir a nuestros ambientes y actitudes, el
mensaje de la encíclica. Y es que, finalmente, las sociedades están hechas de
personas y si las personas no cambiamos, las sociedades, la sociedad humana
entera, no cambiará. Por eso, me atrevo a pensar en una comunidad universitaria
que se constituye en fraternidad, como San Juan Bautista De la Salle la imaginó.
Inspirados por el pensamiento del Papa Francisco, pensemos en la construcción
de la propia fraternidad; es decir, en el establecimiento de relaciones entre
nosotros sin dogmatismos, convirtiendo a mi compañero de trabajo, a mi
colaborador, en mi hermano, en mi prójimo; forjando un espíritu de perdón y
reconciliación, creando un ambiente de oportunidades y comunicación donde
evitemos exclusiones y “descartes”, desde la conciencia de nuestros errores y
mecanismos que generan los egoísmos.
Como lasallistas, ¿cómo no compartir el sueño del Papa Francisco? Si el mismo
Señor De La Salle fundó un instituto de hermanos; en otros términos, se preocupó
de no constituirlo desde el clericalismo que a veces genera jerarquías y criterios
de potestad y poder, sino que desea hermanos, iguales, compañeros, solidarios.
Por eso, como miembros de esta espiritualidad, también estamos llamados al
esfuerzo de construir fraternidad: forjar un grupo de compañeros que caminan
juntos, que comparten la vida, que se perdonan y sueñan por hacer de este
mundo, a través de la educación, un lugar distinto, constituido desde la fuerza de
la fraternidad. Nosotros, pues, también compartimos el significado que el Papa
Francisco impulsa en su encíclica.
Te invitamos a leer y reflexionar, inclusive tal vez en comunidad, la encíclica
“Fratelli Tuti”, puede ser un buen inicio para afianzar la fraternidad como valor
lasallista.