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ERINA

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Primera edición

Un príncipe para Erina


© 2020, Ariadna Baker.
© Imagen portada: Freepik Premium.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser
reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un
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medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electróptico,
por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del
autor.

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
Capítulo 1

Miré a mi perrita Linda y me pareció atisbar en ella un poco de pena…

—No te quedes triste, preciosa mía, Camila te cuidará en mi ausencia—le dije y ella batió aquel
abanico que tenía por pestañas en señal de resignación.

Linda era la chihuahua más bonita del mundo y el último legado que me dejó mi abuela Aurelia
antes de pasar a mejor vida. Me la regaló el día que cumplí los veinte años y desde entonces
habían pasado cinco más.

Mi alma gemela perruna y yo éramos inseparables y hasta al salón de belleza me la llevaba.


Normal, no iba a disfrutar yo sola de sus excelencias. En aquel exclusivo lugar y a sabiendas de
que me encantaba llevarla a todos lados metidita en mi bolsa, habían colocado una pequeña
camilla en la que mi amiguita recibía también un relajante masaje a la par que yo.

Justo en ese momento habíamos salido de uno y ella intentaba sacudirse como si las friegas
recibidas en el cuerpo la hubieran dejado entumecida. Era muy cómica la enana aquella que con su
hociquito hacía toda clase de gracias y encandilaba al más pintado.

Un té helado, eso era lo que me apetecía y para tomármelo como era debido me dirigiría a una de
las terrazas más visitadas de la ciudad. Para algo estaba de vacaciones en toda regla, aunque si he
de ser sincera, yo parecía haber nacido de vacaciones y haberlas disfrutado a perpetuidad.

No es que me hubiera dedicado a holgazanear toda la vida y como consecuencia de ello me


hubiera convertido en una nini que no supiera hacer ni la o con un canuto, no.
Muy al contrario, yo había recibido una esmerada formación en el instituto más elitista de Madrid,
a la que siguió una carrera centrada en la dirección de empresas en Estados Unidos, el mismo país
donde estudié un máster. Pero me consideraba toda una privilegiada, de haber nacido en otro lugar
o época, me hubiera cantado un gallo muy diferente.

Uno de los veranos que volví a España, recibí a Linda como regalo y desde entonces compartió
conmigo la aventura académica norteamericana.

Ahora por fin mi currículum estaba de lo más completo y mi vida como emprendedora a punto de
empezar. Bueno, a punto, a punto, tampoco, que yo gozaba de una posición económica lo
suficientemente desahogada como para poder permitirme un año sabático y eso es lo que pensaba
hacer.

Total, a mí me pasaba un poco lo que a Alaska, es decir que, ¿a quién le importa lo que yo haga?,
¿a quién le importa lo que yo diga? Yo habría nacido nadando en la abundancia, eso sí, pero
atención por parte de mis padres no es que hubiera recibido para parar el tren, para qué vamos a
decir.

Los primeros recuerdos que tengo de ellos, llamados Eugenia y Máximo Adriano, sí así de
“sencillo” era el nombre de mi padre, giran en torno a sus viajes.

Siendo honesta, no es que aquellos supusieran para mí una tragedia griega, sino más bien todo lo
contrario; dado que cada vez que ellos cogían el pescante, yo tenía la posibilidad de quedarme en
compañía de mi abuela Aurelia, la única de mis cuatro abuelos que vivía, pues distintos avatares
del destino borraron del mapa a los otros tres en distintas circunstancias.

En cualquier caso, la abuela Aurelia valía por todo un ramillete de abuelos, pues aquella mujer
era un sol y con su presencia lo llenaba todo. Los mejores momentos de mi niñez los pasé junto a
ella, de eso no me cabía la menor duda.
En cuanto a mis padres, no es que fueran malos y de hecho me lo habían dado todo, pero sí eran
pasotas hasta decir basta. Con decir que contaba yo con solo dos semanas de edad cuando ambos
emprendieron un viajecito de tres meses y me dejaron al cuidado de la abuela Aurelia y de
Camila, la persona de servicio que habíamos tenido desde siempre en casa.

Tal es así que recuerdo una anécdota de mi infancia en la que les refería a ambas mujeres que yo
creía que Camila venía con la casa cuando mis padres la compraron. No, pero casi, porque jamás
se había movido de allí y por suerte para mí, me adoraba.

Los viajes de mis padres les llevaron a perderse la mitad de mis cumpleaños y, en la otra mitad,
estuvieron más preocupados por hacerse fotos conmigo que enviar a las crónicas sociales que de
mi disfrute.

Con todo, yo me sentía una suertuda porque, una vez salvado el impacto que me produjo saber que
lo de mis padres era una excepción y que el resto de niños los tenían a diario en casa, fui
rematadamente feliz.

Recuerdo que el pan nuestro de cada día era que ambos siguieran mi educación vía telefónica, con
videoconferencias mantenidas desde distintos lugares del mundo. En ellas solían recordarme lo
muy orgullosos que se sentían de mí.

No me extraña, jamás salió de mi boca una queja ni les dije ni pío sobre el culillo de mal asiento
que tenían ni sobre que apenas pararan en casa, pues yo en mi jaula de oro y con las dos mujeres
de mi vida, me había construido mi propio cuento y estaba en la gloria.

No puedo decir tampoco que no viajara con ellos, eso sería injusto. En los períodos vacacionales
sí solían venir por mí y llevarme a los destinos más pintorescos, lo que me había dado mucha
amplitud de miras.
Sin embargo, y contra todo pronóstico, mis padres se habían separado justo ahora, cuando me
tocaba retornar a España tras acabar mis estudios. Y lo que me había encontrado a la vuelta era
poco menos que surrealista.

A mis veinticinco añitos, a los dos les había entrado la neura de recuperar el tiempo perdido y
participaban en una especie de batalla campal por acaparar mi atención.

Si mi difunta abuela Aurelia levantara la cabeza, la volvería a meter bajo tierra de inmediato,
porque el asunto era de traca.

Me sonó el teléfono y era mi madre.

—Erina, hija, ¿se puede saber dónde te metes? Habíamos quedado para comer juntas en el club de
polo.

—Mamá, te dije ayer que no me apetecía ese plan y que tomaría algo con Linda en la calle antes
de salir de compras.

—Linda, siempre Linda, algunas veces me da que pensar… Parece que la quieres a ella más que a
mí, hija.

Casi me echo a reír. Si el cariño se medía en lealtad y en número de experiencias vividas juntas,
desde luego que Linda era más importante para mí que ella, pero no iba a tener la maldad de
soltarle tamaño bombazo a bocajarro a la pobre, sobre todo ahora que la veía con ganas de
ganarse el título de madre.

—Mamá, es solo que sabes que estoy muy hecha a ella, nada más.
—¿No será que te haya llamado tu padre para copar tu atención? Porque mira que “el marqués” es
capaz de hacer cualquier cosa con tal de dejarme a mí fuera de combate. De no verlo no creerlo.

Desde que se habían separado, mi madre se refería a mi padre como “el marqués”. Ironías aparte,
el hombre lo era, pues había heredado un marquesado, el de Leiva, a la muerte de mi abuelo.

—Mamá, papá no me ha llamado hoy todavía, no veas fantasmas donde no los hay.

—Un fantasma es él, lo he visto en una crónica de sociedad luciendo a su muñeca del brazo en una
fiesta…

—Mamá, por favor, él ya es libre. Puede hacer lo que le dé la gana, y lo mejor del caso es que eso
te da a ti la libertad para hacer lo mismo.

—¿Para hacer lo mismo? La cara de vergüenza es lo que se le debería caer a tu padre. Si la niña
tiene la misma edad que tú…

—Ya lo sé, mamá, te recuerdo que Mencía fue amiga mía en el instituto, ¿lo has olvidado?

Que mis padres se hubieran separado no había sido fruto de la casualidad. Mi padre se había
encoñado con Mencía, a la que yo consideraba una trepa y que ni el bachillerato había terminado,
pues desde siempre le escuché decir que ella de mayor quería ser “mantenida”.

Lo que no podía yo imaginar por aquel entonces es que el pagafantas que fuera a mantenerla no
sería otro que mi padre, pero a esas alturas de la película yo estaba curada de espantos.

—Sí, hija, qué escarnio público es este al que nos ha sometido “el marqués”.
—Anda ya, mamá, si en esta vida cada uno va a lo suyo, a ver si te crees que la gente vive
pendiente de nosotros.

—Más de lo que crees, la chusma tiene ojos en todas partes.

—¿La chusma? ¿Se puede ser más clasista mamá?

—Hija, siempre hubo clases, y nosotros somos de alta alcurnia. Tú, por ejemplo, podrías aspirar
a casarte con quien te diera la gana, Erina.

—Sí, mamá, me voy a casar con un príncipe, concretamente con el de Beckelar, el de las galletas
—bromeé al hilo de su comentario.

Mi madre no podía evitarlo y digámosle que tenía más cuentos que Calleja. Para ella que el
disfrutar de una posición económica holgada nos ponía ya a la altura de la reina Isabel de
Inglaterra. Ay qué despistadilla aquella mujer, ¿cómo no nos habría invitado a tomar el té con ella
en palacio?

—Hija, cómo te gusta mofarte de tu madre, pues muy bien que te iría en la vida si siguieras mis
consejos.

A buenas horas mangas verdes, ahora la tenía hasta de consejera, yo no sabía lo que me iba a
quedar por ver.

Sin pretenderlo, mis padres me estaban agobiando, porque cuando no era ella, era él, que también
se las traía en su intento de que yo aceptara a Mencía como madrastra. No sé para qué necesitaba
mis bendiciones, si yo no entraba ni salía en lo que se cociera entre ellos.
Vaya, que no voy a decir que no me sacaran un poco los colores a veces en público, cuando se
dedicaban a hacerse un millón de carantoñas y la gente los miraba por los treinta y cinco añitos de
nada que se llevaban…pero que yo en esas ocasiones me ponía un chubasquero para que me
resbalara todo y me echaba unas risas a su salud.

Con semejante panorama por delante, el verano se presentaba calentito y yo me iba a quitar de en
medio todo lo que pudiera, comenzando por un viajecito que iba a hacer a Mónaco en dos días,
con mis mejores amigas, Jimena y Brianda.

Igual por sus nombres ya se deduce que ambas eran candidatas a ganar un concurso de bellezas
pijas, pero por si las moscas ya lo confirmo yo. Y no eran unas pijas cualquiera, sino las que
debían haber escrito el manual de cómo ser pija y no morir en el intento.

Aunque ya se sabe que varias generaciones de coles bien pagados y de dinerito bien asentado son
capaces de convertir a un hortera de boleras en un pijo de libro, no era el caso. Mis chicas
provenían de familias de lo más selectas y habían recibido la misma esmerada educación que yo.

Si he de destacar una diferencia entre ambas y una servidora, sería el hecho de que ellas además
estaban al tanto de todo lo que tuviera que ver con la vida social tanto de nuestro país como en el
resto de Europa y no había soltero de oro al que no le hubieran hecho un seguimiento exhaustivo.

Mis amigas, por así decirlo, no es que fueran superficiales, lo único que pasaba es que no les
entraba en la cabeza por qué los pobres trabajaban tanto y no salían de la pobreza, ni tampoco
entendían por qué vivían mal.

Desde su prisma de niñas bien, Jimena y Brianda se creían un poco las reinas del mundo, aunque
en el fondo eran todo corazón y yo no las cambiaba por nada ni por nadie.
Capítulo 2

A media tarde había quedado con mis chicas. En un par de días partíamos para Mónaco, donde
asistiríamos a una fiesta de esas de las que harían historia y a la que solo estaba invitada la crème
de la crème de la sociedad europea.

—Os juro que os va a dar un patatús cuando veáis mi modelito—Jimena estaba exultante después
de haber recogido su vestido de alta costura.

—Pues mi dos piezas también va a causar furor, os lo digo desde ya, no quiero luego envidias ni
que os llaméis a confusión—Brianda tenía también guasa a esportones.

—Pues yo todavía no tengo ni pajolera idea de lo que me voy a poner, ¿cómo lo veis?

—¡¡¡¿¿¿Cómo???!!! —chillaron las dos a la par y mi Linda se asustó tanto que de milagro no se
hizo sus necesidades en el bolso.

—Le llega a pasar algo a mi niña y os la cargáis, ¿a qué viene tanta sorpresa? —les pregunté.

—Desde luego, como si no te conociéramos… Esto es una urgencia, fuegoooooooo—Jimena


estaba desatada.

—¿Tú crees que tu modista podrá hacerle algo? La mía se iba de vacaciones justo esta semana—
Brianda expresaba también su preocupación.

—Podrá darle una vuelta al cuello, que es lo que debería hacer. Qué desastre, Erina …
—Tampoco es para tanto, chicas, tengo un buen puñado de vestidos con solo una puesta que desde
luego no he lucido en Mónaco, eso os lo puedo asegurar.

—¿Y que puedan tomarte una foto con un vestido de fiesta repetido? Me caigo muerta en la piedra
—Jimena hizo el gesto como de desvanecerse.

Yo pensé que si con eso se quedaba en modo off un ratito estaría genial, pero mi gozo a un poco,
pues Brianda siguió también a la carga.

—Esto es peor que una plaga, peor que una guerra, peor que un desastre nuclear…

—Linda, ¿tú las estás escuchando? Pues así llevo toda la vida, aguantándolas día tras día, santa
paciencia la mía.

Mi Linda lanzó un ladridito de los suyos y yo le dije que le comía ese hocico bonito de un bocado.
No sabía si me la comería o no, pero de lo que no tenía duda era de que mi perrita tenía más
sentido que las descerebradas de mis amigas como del restaurante en el que estábamos a La
Habana.

Comparada con Jimena y Brianda, yo era la más despreocupada del globo con todo lo que tuviera
ver con sociedad y jet-set. Por el contrario, para ellas era su vida y lucir en cada fiesta un
modelito nuevo y más llamativo que el anterior las empoderaba.

A rastras me llevaron al taller de costura de referencia de Jimena y allí me adaptaron un precioso


vestido de corte imperio con el que le di una buena coz a la tarjeta de crédito de mi padre. Tenía
que reconocerlo, habrían pasado media vida de mí, pero en lo referente a quemar tarjeta a lo
grande jamás me habían puesto pega alguna.
Habíamos conseguido modelito en tiempo récord y, más tranquilas, nos sentamos relajadamente a
tomar unos zumos tropicales antes de irnos a cenar.

—Por fin voy a perder un poco a mis padres de vista, que me tienen más acaparada…—les
confesé.

—Claro que sí, mujer, y todavía no te imaginas lo bien que lo vamos a pasar, menudo glamur de
fiesta—añadió Brianda.

—Oh, oh, acabo de ver en el grupo que Borja, Jacobo y Beltrán también se apuntan.

Ea, pues ya estábamos todos, aquellos tres, más pijos también que hechos de encargo, estarían allí
con nosotras.

Decían las malas lenguas que Beltrán llevaba toda la vida bebiendo los vientos por mí, pero yo,
entre lo despistadilla que era, y que desde siempre estuve yendo y viniendo a Estados Unidos, no
me había preocupado ni lo más mínimo de contrastar ese rumor.

—Pues mejor, más fiesta—Jimena era fiestera hasta caer rendida.

De muy jovencitas, era ella la encargada de organizar las primeras fiestas, aquellas que se
ofrecían en las piscinas de nuestros padres. A menudo acababan en buenos enganchones entre
amigas por cuestiones de chicos, pero no enganchones de pelo, ¿eh? Que para eso éramos nosotras
muy pijas.

Los pijos herimos más con la lengua que con otra cosa, esa es otra verdad universal, y mis amigas
podían ser muy mordaces cuando se lo proponían. Bueno, que yo tampoco me andaba con
chiquitas, no les voy a echar toda la culpa a ellas.
Con la cuestión de los vestidos solventada, solo nos quedaba disfrutar de esa noche y del día
siguiente, por lo que nos despreocupamos en nuestros asientos.

—Ni miréis, viene por ahí la tonta del culo de Olimpia—nos advirtió Brianda.

—¿Y nos ha visto?

—¿No nos va a ver? Esa tiene una vista como un velociraptor y encima está aburrida que lo flipas.

—Calla, calla que viene y como tenga el oído como la vista todavía nos pela y nos vamos pelonas
a Mónaco. —Mis amigas no se caracterizaban precisamente por ser discretas.

—Chicas, chicas, estáis aquí, no os había visto…

—¿Y cómo es que te has acercado entonces? —ironizó Jimena.

—Mujer quiero decir que no os había visto, antes de haberos visto, vosotras ya me entendéis…—
Hizo el típico gesto cursi con la manita tan característico de las pijas.

No, por mi madre de mi alma que yo no la entendía, porque Olimpia parecía tener las neuronas
justas para no hacerse sus necesidades encima. Mi Linda le daba tres vueltas, con eso está todo
dicho.

—Sí, sí, te hemos entendido, circula que tendrás cosas muy interesantes que hacer—le indicó
Jimena en el colmo de la diplomacia.
—Qué va—la otra no lo pillaba ni a la de tres—, si lo único que tenía que hacer era recoger este
precioso vestido para una fiesta a la que voy a acudir en Mónaco y ya está hecho.

¿Había dicho en Mónaco? Bueno, bueno, que con lo pequeñito que era el principado parecía que
nos habíamos puesto de acuerdo para ocuparlo entre todos…

Olimpia se fue y nos echamos a reír las tres. Hasta Linda parecía hacerlo, moviendo su hociquito
graciosamente.

—Cielos, va a haber en Mónaco más gente que en la guerra. ¿Y si nos llevamos a Linda y la
vestimos también de fiesta? —Jimena la acarició.

Como si la hubiera entendido a la perfección, mi pequeña empezó a mover el rabo, zalamera


como ella sola.

—Yo por mí me la llevaba de buena gana de viaje, pero es que me da penita que mi chiquitina
sufra en la bodega del avión y encima piense que la he abandonado allí.

—Esta sabe tela marinera y tiene clarito que tú no la dejarías por nada del mundo, pero bueno, es
cierto que este viaje va a ser visto y no visto y tampoco merece la pena que estresemos a la peque.
—Brianda también la adoraba.

La tarde estaba preciosa y teníamos ganas de exprimirla al máximo. Incluso la fiestera mayor del
reino de Jimena habló de la posibilidad de salir esa noche, algo que Brianda y yo descartamos,
porque con ella se sabía cuándo se salía, pero nunca cuándo se volvía, ¡tenía un peligro!

—Más sosas y no nacéis, ¿por qué no podemos darnos una vueltecita esta noche?
—¿A lo mejor porque tus fiestas acaban de buena mañana? —le respondí.

—Pues en Mónaco no quiero remilgos, allí nos tenemos que apuntar hasta a un bombardeo,
¿estamos?

—Allí como si quieres que nos apuntemos a una ronda de aspirinas, pero déjanos que lleguemos
siendo personas, anda…—Menos mal que Brianda estaba de mi parte.

No es por casualidad que las dos tratáramos de disuadirla, ni mucho menos. Es que con Jimena ya
nos había pasado de todo, y cuando digo de todo, me refiero a absolutamente de todo.

—Y sobre todo que nos repongamos de la última que liaste…

—Exageraditas sois, no fue para tanto…

—Es verdad, no fue para tanto—repuse—, que bebieras hasta no caer en que le habías dado un
culazo a la gogó de la discoteca más importante de la ciudad y te subieras en su lugar son cosas
que pueden pasarle a cualquiera, ¿no?

—Paparruchas, claro que me di cuenta, pero es que la muchacha era más sosa que un pan sin sal y
había que darle algo de marcha a la fiesta. Huy, que os lo tengo que explicar todo…

Con Jimena podías imaginar que todo era posible, aunque ahora parecía estar algo más centradita
en llamar la atención de Borja, pero claro, sin que se le notara, que ella se las sabía todas.

Eso hacía que día sí y día también, Borja, que también estaba interesado en ella, se pasara por el
concesionario de coches de lujo en el que Jimena se suponía que “trabajaba”.

Brianda y yo siempre solíamos entrecomillar con los dedos lo de “trabajar” en su caso y ella
respondía de lo más airada.

—¿Qué pasa, acaso yo no trabajo? —nos preguntaba cuando caía al pelo.

—Tú sabes, te arreglas, echas fuera la sonrisita, te das una vuelta por el concesionario y pones la
mano—le comentábamos en esos casos y ella adoptaba cara de perro guardián.

—Vosotras sois unas envidiosas y unas malparidas, como dirían los argentinos, lo mío es un
trabajazo y tiene su mérito—nos decía más cabreada que un mico.

—Si te refieres a sostenerte sobre esos andamios que llevas por tacones, eso sí que es un mérito
—le contestábamos, buscándole tela la lengua.

En cuanto a Brianda, había hecho sus pinitos como modelo y era la imagen de una tienda de ropa
que la surtía periódicamente con una ingente cantidad de trapitos que ella, muy generosa, repartía
entre las tres. Su melenaza era también impresionante y yo le comentaba que cualquier día le haría
la competencia a Paula Echevarría en lo de ser la chica del pelo Pantene.

Lo del viaje a Mónaco era algo que llevábamos esperando meses y que por fin ahora se haría
realidad. Y no porque nosotras no viajáramos, que siempre íbamos de acá para allá y hacíamos
más kilómetros al año que la mochila de El Fugitivo, sino porque se trataba de una megafiesta en
la que sabíamos que pasarlo bomba sería quedarnos cortas.

—Chicas, mañana sesión de manicura y pedicura para ir todas divinas de la muerte—propuso


Brianda, quien daba una enorme importancia a todos los detalles de la imagen.
—Solo si puede ir mi Linda—añadí.

—Claro que sí, que para eso os voy a llevar al centro estético de mi amiga Olga y Linda será
bienvenida, pero no me seas intensa ni vayas a pretender que le den una capita de color en las
uñas, que te veo venir.

—¿Te imaginas que le dieran una capita de azul cielo? Estaría de lo más linda mi Linda, valga la
redundancia. —Hice el juego de palabras.

—La que está de lo más chocha eres tú…

Un poco en mi mundo sí que vivía yo, esa era la realidad, pero tampoco le hacía con ello daño
alguno a nadie. Mis amigas solían acusarme de que siempre estaba pensando en las musarañas,
pero yo era feliz.

Estábamos a punto de irnos ya cuando vimos venir de lejos también a Mencía con una bolsa de
una tienda de alta costura y rogué al universo porque no fuera para venir a Mónaco, porque al final
eso iba a ser como lo del camarote de los hermanos Marx.

—Hola chiquis—nos dijo lanzando besos a diestro y siniestro con las manos. No se podía ser más
tonta.

— Erina, no seas maleducada y saluda a tu mamuchi—me dijo la guasona de Jimena.

—Oye, que yo no soy mamuchi de nadie—se quejó ella.

—Ah, ¿no? Perdona es que creí que tú estabas con papuchi, como el padre de Julio Iglesias, ya
sabes…

—Anda, anda, tira, que muy bien que está mi amorcito—dijo ella con la boca pequeña.

—¿Queréis ahorrarme el trago de tener que pensar en mi padre en esos términos? —les pregunté.

Mis amigas le tiraban con bala a la oportunista de Mencía, pero no se daban cuenta de que yo me
la tenía que comer con patatas fritas después.

Por mi parte, yo pensaba que ella solita se había fastidiado la vida, pues en momentos así se la
veía una joven ávida de llevar una existencia como la nuestra, pero incapaz de dejar aquello que
le reportaba la ansiada seguridad económica.

Se nos quedó mirando deseosa sin duda de que le hiciéramos la pregunta del millón sobre si
quería sentarse y cada una nos pusimos a mirar en una dirección distinta, silbando.

Una cosa era que no tuviera más remedio que aguantarla como pareja de mi padre en determinados
entornos y otra distinta que fuéramos a ser las mejores amiguis fuera de ellos.

A mí las cuestiones de mis padres, por los motivos que ya he explicado. me la traían un poco al
pairo. Y en concreto, me daba la impresión de que Mencía representaba el colmo del surrealismo,
la gotita que colmaba el vaso…
Capítulo 3

Montadas en el avión, mis amigas iban mirándose las uñas como si se tratara de una obra de arte.
No eran las de Divine de Rosalía, que las nuestras eran mucho más comedidas, pero resultaban de
lo más elegantes.

Yo miraba por la ventanilla y no pude evitar lanzar un suspirito.

—Mírala, esta está sufriendo todavía por su Linda, como si no la conociéramos—iban


comentando.

—Es que me da tanta penita dejarla en casa a la pobrecita, vosotras no lo entendéis porque sois
dos insensibles, pero yo es que no sé vivir sin esa bandida.

—Normal, pensar que Camila está allí con ella, atendiéndola 24/7, poniéndole el aire
acondicionado, dándole ese patecito que tanto le gusta y haciéndole toda clase de mimitos, es un
tormento. —Jimena me guiñó el ojo.

—¿Por qué no te callas? —le pregunté imitando la voz del rey emérito y ellas se carcajearon.

A ver, yo no creía tener tanto carisma como mis amigas, que eran dos guasonas de tomo y lomo y
que siempre tomaban la delantera en todo, pero sí que consideraba que tenía mucho sentido del
humor y me encantaba un pitorreo.

Otra cosa era que ellas se metían en cada fandango de no te menees y yo para eso era un poco más
tranquilita. Eso sí, una vez que me lanzaba con ellas, ya solía ir también cuesta abajo y sin frenos,
por lo que me daba igual ocho que ochenta. Y si había que liarla se liaba.
Jimena y Brianda siempre decían que lo que yo tenía era una lengua la mar de rapidita y afilada.
Yo no creía que fuera viperina, pero ágil y mordaz cuando llegaba el caso entendía que sí. Y luego
estaba lo de imitar voces, que era algo que me encantaba desde niña.

Recuerdo que siendo yo una mica, cuando mis padres viajaban tanto, mi abuela Aurelia solía
tirarse al suelo de las parodias que hacía imitando las conversaciones que manteníamos por
teléfono, haciendo las tres voces.

En otra parte del avión y con más ganas también de cachondeo de las que tiene un tonto de que le
regalen un lápiz, iba el trío de pijos formado por Borja, Jacobo y Beltrán.

Con independencia de donde yo mirara, parecía encontrarme con la sonrisa de Beltrán, que ese
debía tener más paciencia que nadie porque yo le había hecho desplantes a millones en su vida y
él insistía con estoicidad.

Lo normal era que insistiera en invitarme allí donde estuviera y que yo escurriera el bulto de una y
mil maneras. Y luego estaba lo de que Linda parecía tenerle celos, quizás por su insistencia, y era
el único ser humano al que le sacaba los dientes, pero bien sacados…

Apoteósica fue una fiesta que celebramos en casa de mis padres en la que el muchacho terminó
teniendo que salir por patas chillando y pataleando, intentando sacudirse a mi Linda, que le había
cogido el tobillo como si se tratara de un jamón de jabugo.

—Quitadme al bicho este que tiene los dientes más afilados que una piraña—pedía él mientras
corría en dirección a la piscina.

Yo chillaba pensando que mi Linda acabara con él en el fondo de esta y me tiré en plancha a
cogerla, besuqueándola cuando la salvé en el justo momento en el que él saltó.
Desde entonces el pobre Beltrán le tenía un respeto tremendo a mi chihuahua y decía que era una
máquina letal. Pero yo sabía que lo decía en broma y que sería capaz de congraciarse con ella y
hasta de tenerla en algodones con tal de conseguirme a mí.

Mis amigas siempre bromeaban con que yo podía marcarme un “Mencía” con él, vamos que era un
buen partido, pero encima en joven.

Yo no decía que no, el chaval estaba de muy buen ver y su padre, que había sido deportista de
élite, contaba con una cadena de ropa deportiva que debía reportarle pingües beneficios. Por esa
razón, las dos loquillas de mis amigas se dirigían a él como “el heredero” y siempre me estaban
picando con que con él no tendría que dar palo al agua y demás.

Claro está que yo prefería un tormento chino a una vida con Beltrán porque éramos la noche y el
día y a mí me parecía tonto de remate. O quizás pudiera ser tonto de capirote o de nacimiento,
pero algún tipo de tontuna era seguro que le aquejaba.

Beltrán se pasaba el día presumiendo del imperio que había montado su padre y en el que no solo
estaba empleado él, sino sus dos amigos, Borja y Jacobo.

Los tres, a su joven edad, se habían convertido en peces gordos de la empresa por obra y gracia
del padre de Beltrán, por lo que este último estaba llamado a ser en su día jefe de los otros dos.
Esa era la razón de que sus amigos le hicieran la rosca constantemente y a mí la escena no podía
parecerme más patética.

—Beltrán no vale ni para estar escondido—les comenté por enésima vez a mis amigas.

—No hables así de “el heredero”, mujer, que él te tiene en muy alta estima—me dijo Brianda con
los ojos vueltos.
—¿En muy alta estima? —Jimena la miró con ganas de soltar una de las suyas.

—Ya verás lo que va a tardar en decir que lo que quiere es ponerme mirando para Cuenca—le
dije a Brianda y, por la carita que Jimena puso, no me había equivocado ni un ápice—. Mira, te
voy a decir una cosita, a mí Beltrán me aburre tanto que iba a estar en la cama con él y pensando
en poner un estofado de lentejas cuando acabara—le aseguré.

—¿De lentejas? Pero si tú no sabes cocinar…

—Ni falta que hace, lo estaría mirando por Internet, fíjate lo que me llama la atención a mí la idea.

En Estados Unidos había tirado mucho de comida basura y de latas, para qué iba a engañarme. Yo
no me había frito un huevo en la vida y para mí lo de meterme en la cocina se limitaba a hacerme
un sándwich de higos a brevas.

Sin embargo, en este momento de mi vida, estaba disfrutando de las mieles de tener a Camila
conmigo, por lo que yo no iba a pasar hambre, precisamente.

De hecho, aquella misma mañana, pensé en que como no pusiera pie con pared a los exquisitos
guisos de aquella adorable mujer, en breve empezaría a coger peso. Vaya, que igual terminaba
siendo más fácil saltarme que darme la vuelta y yo por ahí sí que no pasaba…

A falta de media hora de vuelo, mis amigas se removían en sus asientos de lo nerviosas que
estaban. Jimena olía una fiesta y parecía que la poseía el espíritu del príncipe Harry de Inglaterra
en sus buenos tiempos. Aunque mi amiga siempre decía que, para eso, que la poseyera el príncipe
Harry directamente y se dejara de intermediarios, que a ella le tiraban los pelirrojillos.
Jimena, para qué decir lo contario, era un poco promiscua y a menudo le importaba poco de qué
maromo se tratara, siempre que fuera un maromo en condiciones.

Ahora parecía que quería algo serio con Borja, pero con ella nunca se sabía cuánto iba a durar esa
aparente formalidad.

—Borja no para de mirarte—Brianda la conocía bien y tenía ganitas de que sacara la lengua a
pasear.

—Cómo no me va a mirar, ¿tú has visto bien este cuerpazo? —Se señalaba ella de arriba abajo.
Poquita falta le hacía tener abuela.

—¿Cuándo vais a consumar? —le pregunté yo que también quería distraerme un ratito.

—En cuanto me pongo un pedrolo en la mano, ni más ni menos.

—Pero serás… ¿y el inglés ese del mes pasado qué fue lo que te puso en la mano? Porque yo
pedrolo no vi ninguno—insistí.

—Bonita, que yo no tengo inconveniente en contarte lo que me puso, pero igual el comentario me
lo califican de dos rombos y la tripulación decide censurarme, tú verás…

—Calla, calla, no sigas loca…

Era otra de las características de Jimena, que pija era un rato largo, pero borde con los temas
sexuales todavía mucho más… Jimena no sabía lo que era tener pelos en la lengua ni le interesaba
lo más mínimo saberlo. Y a Brianda y a mí a menudo nos gustaba llevarla al límite, límite que ella
no tenía el más mínimo inconveniente en sobrepasar…

Por fin, después de haber dado un repaso general a los chicos y a nosotras mismas, llegamos a
Mónaco.

—Hasta los vellos como escarpias se me ponen cada vez que llego aquí, cómo se nota la impronta
de Grace Kelly por todas partes—decía Jimena, que era un tanto peliculera.

—Sí, ahí le has dado, esto es un eterno suspiro de glamur y coquetería. —Brianda seguía su
misma línea y yo pensaba que las dos debían haberse pimplado una botella de champán en el ratito
que me había dormido en el avión.

—No vayas a decir que no es un lujo estar aquí, guapita, que se te está poniendo cara de brócoli
cocida de escucharnos…—me advirtió Jimena.

Yo es que no le daba tanta importancia a esas cosas como ellas. Para mí Mónaco era bonito
porque lo era, pero que no soñaba yo con conocer a la dinastía de los Grimaldi ni cositas de esas
por las que mis amigas se hubieran cortado un brazo.

Yo era más de admirar, por ejemplo, la belleza de su puerto deportivo, y no porque fuera un
hervidero de multimillonarios y jeques, sino por lo animado que resultaba, con ese constante
trasiego de gente que siempre se estaba moviendo entre el barrio del castillo y Montecarlo.

—No es por nada, pero esta vez nos alojamos en el mejor hotel del principado, cortesía de mi
padre—nos dijo Jimena, que se había encargado de la cuestión del alojamiento.

—A tu padre vamos a tener que hacerle un monumento como esto siga así, vaya si es enrollado—
añadió Brianda.
—Oye, ¿tú no le habrás echado el ojo a mi padre como Mencía se lo echó al de esta? —me señaló
Jimena.

—¿Y tú no serás una lianta de marca mayor? Guapita a mí me van los que hayan nacido en mi
mismo siglo al menos.

—Oye, que mi padre no es mayor, ¿qué estás queriendo decir? —le recriminé.

—¿Esto es una trampa? Diga lo que diga me vas a dar el zasca, pues mejor que me quede calladita
la boca…

No nos iba a faltar entretenimiento en aquellos días, esa era la verdad. Viajar con aquellas dos
petardas era siempre valor seguro y a menudo llegaba una a casa con dolor en las costillas de lo
mucho que nos reíamos.

El hotel era de cine, como nos había anunciado Jimena, y todo estaba preparado para vivir unas
vacaciones de ensueño.

Solo faltaba añadirle las muchas ganas que todos teníamos de pasarlo bien y asunto concluido…
Capítulo 4

Amanecimos con una cogorza de marca mayor. Por culpita de Jimena, la noche anterior habíamos
recorrido todas las discotecas más importantes de Montecarlo.

Y, cómo no, cerquita de nosotros, Beltrán, Borja y Jacobo habían estado ojo avizor, aunque no se
habían comido ni un rosco. Ni siquiera Jimena le había dado cuartelillo a Borja, porque decía que
era noche de chicas y que íbamos a quemar Mónaco.

Yo no sabía si lo habíamos quemado o no porque mi mente parecía haberse quedado en blanco,


pero de lo que no tenía ninguna duda era de que teníamos cara de haber ingerido medio kilo de
berberechos en mal estado y los pelos como la bruja Avería, del pedazo de resaca que llevábamos
encima.

—Por tu culpa, por tu culpa, por tu real culpa—le dije a Jimena señalándola con el dedo.

—Como no quites el dedo, le doy un bocado, te lo advierto.

Me faltó el tiempo para seguir sus instrucciones, y es que la creía muy capaz de ello. Jimena solía
tener un hambre voraz cuando se despertaba con resaca y lo mismo me daba un bocado que me
daba tres, que era de poco fiar.

Bajamos al bufete del hotel y aquello era el paraíso del desayuno…

—Entre la comida de Camila y ahora esto, lo mismo reviento el vestido esta noche—les comenté.

—Sí, tienes tú una pinta de reventar vestidos que da miedo…


—Eso mismo opino yo…

Esa última apreciación había salido de los labios de Beltrán.

—¿También os alojáis en este hotel? Primera noticia que tenemos—repuso Jimena, quien en el
fondo estaba encantada.

—Cerca de vosotras, preciosas florecillas—añadió Borja.

—Menos lobos Caperucita, que esto es un viaje de chicas—les advirtió Jimena.

La zopenca era dura de pelar. Estaba por Borja, pero vendería su alma al diablo antes de
demostrárselo.

—¿Os podéis quitar de en medio que la carne de burro no es transparente?

—Nos quitamos con la condición de que nos dejéis que os acompañemos adonde vayáis…

—Pues mira, vamos a ir a la pelu de señoras de aquí del hotel, ¿os animáis a que os pongan unos
rulos? —Lo que no se le ocurriera a Jimena…

—¿Y después? —Beltrán insistía, buscándome con la mirada.

—Después lo mismo nos acostamos otra vez a dormir la mona. —Salí del paso con lo primero
que se me vino a la cabeza, que yo no tenía ganas de que me diera la murga.
Yo mucha, mucha experiencia en el amor no es que tuviera. Tras dos noviazgos de juventud muy
efímeros, en Estados Unidos había vivido una relación con John, un estudiante de mi facultad con
el que compartí tres años.

Con John las cosas no habían ido mal ni tenía ni mucho menos nada que reprocharle. Siempre se
mostró muy amable y atento conmigo, lo único es que, a medida que fuimos cumpliendo años, cada
uno fue cogiendo su camino y nos pareció que los que habíamos escogido tenían poco que ver.

Ante semejante panorama, decidimos romper en el último curso, aunque Jimena tenía una teoría
sobre eso que solía expresar a menudo.

—A ti todavía no ha llegado el que te dé candela de verdad…

—Oye, que John no era manco—le indicaba yo.

—Sí, sí, pero yo me entiendo, no te ponía toda perraca…

—Me encanta cuando te pones fina…

—¿Por lo de ponerte perraca? Perdona, tenía que haber dicho que no te provocaba unas
sensaciones tales que notaras que, al acercarse, tus palpitaciones se aceleraban y el torrente
sanguíneo…

—Calla ya, cenutria…

—Pues entonces déjate de sandeces, que no te ponía perraca y punto, reconócelo.


Así era ella en petit comité, una deslenguada total que nos describía sus asaltos sexuales con pelos
y señales. A veces lo hacía con tal ímpetu que Brianda y yo le decíamos que era una guarrona y
que íbamos a tener que coger un paraguas para que no nos salpicara.

Jimena es que, al contrario que una servidora, no había dejado títere con cabeza. Yo no es que me
considerara una mojigata ni mucho menos, solo que no había conocido al amor de mi vida ni a
nada que se le pareciera y a lo que no estaba dispuesta era a pagar el precio de tener pareja por
tenerla, sin estar verdaderamente enamorada.

En cuanto a ella, no es que tuviera una visión demasiado romántica del amor y consideraba las
bondades de darle una alegría al cuerpo cada vez que fuera posible.

Brianda estaría en el término intermedio, entre Pinto y Valdemoro, sin la soltura de Jimena, pero
tampoco con la tranquilidad con la que yo me tomaba el tema.

Tal y como les había adelantado Jimena a los chicos nos pasamos la mañana en la pelu, probando
con distintas opciones hasta que nos vimos realmente perfectas. Yo opté por dejarme la melena
suelta con unas favorecedoras ondas delanteras que le dieron bastante volumen y gracia, mientras
que mis amigas optaron por un semirrecogido y por un recogido informal, respectivamente.

Un paseo por Mónaco y un almuerzo que nos costó un riñón (casi literalmente) en uno de los
mejores restaurantes del principado, sirvieron de antesala a una señora siesta con la que
terminamos de decir adiós a la resaca de la noche anterior.

—Mucho mejor que un orgasmo—murmuró Jimena al levantarse.

—Tan sutil como siempre—le comenté enarcando una ceja.


—¿Y se puede saber para qué sirve la sutileza? A mí me gusta llamar a las cosas por su nombre y
si esto es mejor que…

—Que sí, pesada, que ya lo sabemos. Por eso tú prefieres dormir siestas a echar un buen polvo, ¿a
que sí?

—Bueno, es que lo cortés no quita lo valiente, a mí lo que realmente me gusta es llevármelo todo
por delante.

Esa era la realidad. Jimena vivía la vida al máximo, sacándole todo el partido, en cualquier
momento y ocasión.

Disfrutamos mucho de aquel arreglo a tres, tras lo cual pediríamos un taxi que nos llevara hasta el
palacete donde iba a celebrarse aquella exclusiva fiesta que aunaría a lo más granado de las
nuevas generaciones europeas.

Cuando salí del baño y vi a mis dos amigas ya preparadas no pude evitar el soltar un gritito.

—¿Os habéis visto? Pero si estáis imponentes, no parecéis vosotras…

—Gracia por la parte que nos toca, malaje, ¿eso quiere decir que normalmente estamos hechas
unos zorros?

—No seas picajosa, Brianda, lo único que quiere decir es que estáis para quitar el hipo esta
noche. No os van a faltar pretendientes…
—Claro, tú sin embargo estás hecha una zarrapastrosa, pero ¿te has visto? —me comentaron al
unísono y entonces reparé en que tenía un espejo enfrente.

Me miré y, falsa modestia aparte, no me había visto más guapa en mi vida. Sería que estaba
viviendo un momento muy sereno, en el que todo sumaba, porque me vi fenomenal.

—¿Qué? ¿Vas a comerte algo esta noche o lo dejamos para Nochevieja? —me instó Jimena, para
quien no había mejor manera de terminar una noche de fiesta que esa.

—No me presiones, ya sabes que yo no estoy buscando nada, si la vida quiere, que me regale lo
que le parezca…

—Sí, sí, que te lo regale la vida, no vaya a ser que tú te deslomes buscándolo, bonita… Desde
luego que tienes menos sangre que un calamar… Más bien es que debes tener horchata en las
venas…

—¿Algo más que añadir? Porque anda que vaya repaso me has dado en un momentito, guapa…

—Pues que tires ya para la calle, a ver si vamos a llegar tarde y encontrarnos todo el pescado
vendido…

Qué estrés con mis amigas y en particular con Jimena, que era una polvorilla con necesidad de ser
Manolita la primera allí donde fuéramos.

Bajamos aquellas señoriales escaleras sintiéndonos un poco Escarlata O’Hara y nos disponíamos
a pedir un taxi cuando los chicos nos obsequiaron con una limusina en la puerta.
—Esto es una encerrona, yo no quiero subir—les dije por los bajinis.

—Tú vienes para arriba como toda hija de vecina, que no nos van a comer. Lo único que están
haciendo es tratarnos como reinas, que es lo que nos merecemos. —Jimena lo tenía muy claro.

Por el contrario, a mí, cuando Beltrán se me acercaba demasiado, me salía una especie de
sarpullido en la piel, no lo podía remediar.

—Esto no nos compromete a nada, que conste—le comenté mirándole muy seria cuando nos
subimos.

—No, si te parece, nos bajamos todas de aquí casados con ellos. —Se rio Brianda que solía
poner el punto de equilibrio entre Jimena y yo.

—No me seas pavisosa y ya te estás subiendo y rapidito, a ver si voy a tener que sacar a pasear la
mano—me dijo Jimena mientras se quitaba aquellos elegantes guantes de satén.

Desde luego que parecía que íbamos a una boda real o algo parecido. Los chicos no paraban de
hacer fotos, de las que luego alardearían en las redes sociales, y yo de darle codazos a Beltrán
cada vez que se me acercaba más de lo debido.

—Como sigas así me van a tener que ingresar antes de llegar a la fiesta—se quejó él.

—Pues que corra el aire, que me estoy asfixiando…

Risas de los chicos, copas de champagne, música a tope y diversión por doquier… Así fue el
trayecto hasta la que estaba considerada como la fiesta del año por todos nosotros.
Lo primero que me enamoró de aquel recinto único fue su terraza sobre el mar, desde la que se
divisaba todo Mónaco. Un lugar increíble para disfrutar y que Jimena nombró como “un palacio
colgado sobre el mar”.

La que teníamos ante nosotros era una majestuosa mansión belle epoque que sus dueños, muy
acertadamente, habían enfoscado en unos elegantísimos tonos pastel y que parecía recortada a
cuchillo sobre la bahía monegasca.

Beltrán, que era muy dado a hacer de guía allí donde íbamos, nos comentó que aquella era una de
las mansiones más bonitas y aisladas de toda la Costa Azul, una joya inmobiliaria de la corona,
con un inmenso jardín poblado de encinas y olivos.

… Un paraíso en el que se notaba que sus dueños se habían empeñado en hacer de aquel lugar
todo un capricho.

—Por Dios, esto es como una bombonera—dio un silbidito Brianda al bajarse del coche.

—Y llena de bombones—añadió Jimena quien en esos casos parecía tener varios pares de ojos en
vez de uno.

—Para el carro, que tú y yo hemos venido juntitos a esta fiesta y juntitos nos vamos a ir. —Borja
no las tenía todas consigo y quiso poner freno a mi amiga.

No sabía él que eso solo ocurriría si ella quería, porque Jimena tenía la fuerza de un ciclón y a esa
no había ser humano que pudiera pararla cuando decidía ir en una determinada dirección.

Nada más cruzar el umbral de la puerta de aquel lugar de cuento, mis amigas y yo nos dejamos
seducir por ritmos como la samba, el mambo o el foxtrot. Un sinfín de personalidades se
mezclaban con cientos de jóvenes que, como nosotros, estábamos locos por vivir la noche, y por
bebérnosla.

El salón principal de aquel lugar contaba con varios cientos de metros coronados por unos
inmensos ventanales con vistas al mar. Por si esto fuera poco, un techo retráctil permitía que
disfrutáramos del evento a cielo descubierto…

El código de vestimenta, con traje de noche para las mujeres y el icónico “black tie” para los
hombres, hacía que la estancia rezumara elegancia por doquier.

Las chicas y yo nos miramos y, sin abrir el pico, nos dijimos con los ojos que aquella era la
reunión más glamourosa a la que habíamos asistido jamás…

Una legión de camareros, cuidadosamente ataviados hasta el último detalle, servían decenas y
decenas de bandejas regadas de los mejores caldos y champanes a nivel internacional…

—Toma un poco de caviar iraní, Erina, está exquisito—me dijo Brianda quien venía degustándolo
y acababa de hacerse con un poco para mí.

—Cielos, está para rellenar una barra de pan con él—Jimena se ve que seguía con las mismas
ganas de comer con las que se había levantado.

Paladeando aquel exquisito caviar giré sobre mis talones y fue entonces cuando me encontré con
sus ojos negros, que combinaban a la perfección con la oscuridad de su pelo.

No conocía su identidad, pero me resultó de lo más misteriosa. La forma en la que me sonrió,


mientras apartaba el pelo de su frente, me hizo transpirar hasta el punto de que pensé que iba a
tener que irme a retocar al tocador, como las antiguas.
Nos quedamos mirándonos durante aproximadamente medio minuto, durante el cual esbozó una
sonrisa a la que yo correspondí y, acto seguido, con la frente perlada de una fina capa de sudor,
subí de dos en dos los escalones que me llevarían al aseo femenino más cercano.

—¿Dónde vas, loca? Que pareces una yegua desbocada—me preguntó Jimena, que había salido
corriendo detrás de mí.

—Es que creo que acabo de conocer al hombre de mi vida—le dije, mientras su mandíbula se
descolgaba dejando salir su lengua.
Capítulo 5

¿¿Qué me había pasado?? Por Dios que no había sentido una sensación igual antes.

Primero esa especie de taquicardia, como un si un corcel galopara en el interior de mi pecho;


después esa sonrisita sin ton ni son, que hubiera alargado hasta el infinito de no haberme sentido
tan azorada; y, por último, para que no faltara nada, esa transpiración que me había cubierto de
pies a cabeza, pareciendo que me hubiera dado una ducha en pleno salón.

—¿Puedes repetir lentamente lo que acabas de decir? —me dijo la lerda de Jimena, que no
parecía dar crédito.

—Que acabo de conocer al hombre de mi vida, creo—maticé pensando en que no era posible que
yo, que me consideraba medianamente cabal, hubiera pronunciado esas palabras.

—¿Quieres un clínex? —me preguntó acercándose a uno de aquellos perfumados dispensadores


repartidos por todo el lujoso cuarto de baño femenino.

—¿No tendrás mejor una toalla? Te juro que me he puesto…

—Te has puesto chorreando, perraca, vamos—murmuró mientras me guiñaba el ojo para que yo
aceptara lo, según ella, más que evidente.

—No seas bruta, aunque si esto es ponerse perraca no te voy a decir yo que no se parezca a rozar
el cielo…

—Mira, ya vas mejor, y ahora ¿se puede saber dónde te lo han proporcionado?
En esas entró Brianda buscándonos en el baño.

—¿Dónde me han proporcionado el qué?

Brianda nos miró un tanto confundida, aunque allí la confusión era la reina.

—Lo que quiera que sea que te hayas fumado, no te reconozco…

—¿Qué se está cociendo aquí, so golfantas?

—La señorita remilgada, que se nos ha enamorado.

—Que yo no soy remilgada…—me quejé.

—Ah, bueno, pues eso, la señorita no remilgada, que se nos ha enamorado…

—¿La última parte sí es verdad? —me preguntó de lo más interesada Brianda.

—Esa parece que sí… Pero que nos cuente ella.

—Si no sé qué contar, es un chaval que está en la fiesta…

—Hombre, un teletubbie dábamos por hecho que no sería, pero ¿quién es? Si no te hemos visto
hablar con nadie—mis amigas habían hecho ya un corrillo en torno a mí.
—No, pero eso es porque no hemos hablado, solo nos hemos mirado…

—Toma ya, que al final se nos va a espabilar tela. —Jimena miró a Brianda.

—Que os den, ya estoy mejor, me voy a buscarlo.

—¿Así sin anestesia y sin nada? —me preguntaron entre risas.

—Que os den dos veces, me voy.

Debí bajar las escaleras tal y como las había subido, de dos en dos. En ese mismo momento, el
chico en cuestión, aquel con la sonrisa más bonita de todo Mónaco y de parte del extranjero, ya
me estaba esperando al pie de la escalinata.

—¿Dónde te habías metido? Me ha parecido estar siglos esperándote—me confesó al oído en un


perfecto inglés.

—¿A mí? —le pregunté azorándome de nuevo y tapándome la cara con las dos manos.

Me la destapé y, por detrás del chico, vi a Beltrán que me hacía una graciosa seña como de que
unos nacían con estrella y otros estrellados y yo le hice un gesto con la mano para que se
esfumara.

—¿Qué pasa? —Se volvió el bombón andante a mirar.


—Nada, nada, un moscón, no te preocupes…

—¿Un moscón de dos patas? —me preguntó.

—Muy agudo, exactamente…

—Me llamo Hans—me dijo mientras cogía graciosamente mi mano y la besaba.

—Yo soy Erina —le contesté comprobando que hasta la mano me quemaba.

Un vals comenzó a sonar y él me pidió que bailáramos. Pensé en que era toda una suerte que la
abuela Aurelia se empeñara en su día en que aprendiera bailes de salón, porque de otra forma no
hubiera podido aceptar su petición y ardía en deseos de hacerlo.

“Me quemaba”, “ardía en deseos…” ¿Quién había apagado el aire acondicionado? O era eso o a
mí se me había estropeado el reloj interno, porque cuanto más se acercaba Hans, más notaba yo
que aquello llevaba camino de que entráramos juntos en combustión espontánea.

Comenzamos a bailar el vals y no tardamos en comprobar que formábamos una pareja de lujo…
de baile digo, que de lo otro probablemente también, pero yo todavía no me consideraba
capacitada para emitir un veredicto.

Conforme los acordes iban sonando me percaté de que debíamos estarlo haciendo realmente bien,
porque el resto de los asistentes nos rodearon, parando de bailar.

—Esto parece como cuando en las películas se para la escena para todos, excepto para los
protagonistas—le dije un tanto cortada por la situación.
Siempre había tenido la teoría de que para mí el inglés no era un idioma excesivamente romántico,
pero el modo en el que conectábamos Hans y yo la tiró por tierra de inmediato.

Me daba igual lo que dijéramos o en qué idioma lo hiciéramos, era lo que sentíamos cuando
escuchábamos las palabras del otro. Y, sobre todo, lo que transmitían nuestros ojos cuando se
encontraban.

—Pues si para nosotros no se ha parado, será para que lo disfrutemos—me contestó con un halo
de seguridad que me hizo comprender que disfrutar era mi obligación en ese momento.

Una obligación que no me iba a costar ningún trabajo, por otra parte, porque aquel hombre parecía
reunir todas las características para que una mujer se sintiera plena a su lado.

Antes de que me quisiera dar cuenta, me había ahuecado ligeramente en su pecho, y comprendí que
aquel no tardaría en convertirse en mi lugar favorito en la vida.

El vals se me hizo eterno, no porque lo pasara mal, Dios me libre de afirmar tal cosa, sino porque
me pareció que mediaba una eternidad entre el momento en el que comenzó y en el que acabó…
Una eternidad durante la que me pareció empezar a conocer a un hombre que estaba atrayendo mi
atención más y más por segundos.

—Me ha gustado bailar contigo—murmuré cuando hubimos terminado y entendí que


probablemente no volviera a verlo en toda la noche, pues un hombre así debía tener a todas las
féminas solteras de la fiesta con el radar puesto.

—¿Te ha gustado? ¿Y qué te impide volverlo a hacer? —Me cogió por los brazos y sobre la
marcha ya estábamos bailando la siguiente pieza.
Para entonces ya el resto de los asistentes habían vuelto a la pista de baile y me sentí infinitamente
más cómoda perdiéndome entre la multitud.

Por cierto, que entre esa multitud me topé también con Olimpia, que me hizo un gestito como de
que menudo pez había pescado.

Mientras daba vueltas y vueltas con Hans, comprobé también la creciente complicidad de Borja y
Jimena, que solo salía a la palestra cuando a ella le daba la gana, pero que era evidente. Brianda
parecía estar disfrutando también mientras bailaba con Jacobo, que tenía fama de chistoso y el que
andaba un poco fuera de juego era Beltrán, que contemplaba la escena un tanto cabizbajo.

—Olimpia…—La llamé y le indiqué que fuera hacia él, pues en el fondo yo era como una buena
samaritana y odiaba ver que alguien se quedaba descolocado.

—Ya veo que estás pendiente de todo, debes tener un corazón muy grande. —Hans dibujó un
corazón latiendo con sus manos y yo me derretí.

—Bueno, no sé cuánto de grande será, yo lo llevo en el pecho—le contesté bromeando.

—Eres muy simpática, además de guapísima y de… española.

—¿Tanto se me nota? —Mira que no me veía yo como la flamenca del WhatsApp.

—Se te nota porque eres guapa a rabiar…

—¿Y ya? ¿Solo por eso?


—¿Tengo razón o no?

—La tienes, la tienes… En lo de que soy española, en lo de guapa no sé.

Oye, por cierto, hay un chico ahí atrás que no te quita ojo de encima.

—¿A mí o a ti? —bromeó.

—A ti, a ti. Cada vez que te mueves avanza contigo, parece tu sombra. Me está poniendo hasta
nerviosa.

—¿Te está poniendo nerviosa? Dime quién es y lo soluciono en un momento.

—Por favor, no te vayas a enfadar con nadie. Es solo una apreciación…—De nuevo su seguridad
y su aplomo me dieron que pensar.

—No, no soy un hombre de Cromañón, no te preocupes, yo creo más en el poder de la palabra…

Y yo debía creer en la providencia divina desde esa noche, porque Cupido debía estar infiltrado
entre los asistentes y nos había ensartado, pero bien, con una flecha a los dos al mismo tiempo.

Le señalé al hombre en cuestión y Hans, con toda la educación que le caracterizaba, se acercó
hacia él. Sin entender muy bien cómo lo había convencido, vi al otro esfumarse y me sentí mucho
más cómoda.

—¿Mejor ahora?
—Mucho mejor. ¿Puedo preguntarte cómo lo has logrado?

—¿Lograr el qué? —Se hizo el tonto y seguimos bailando.

En una de esas, vi cómo Jimena se llevaba las manos a la cabeza y me indicaba algo…

¿De qué demonios me estaba hablando? Capaz de haberle echado allí el ojo a alguno y de estar
diciéndome que le iba a poner los cuernos bien puestos a Borja, aunque eso no tenía mucho
sentido, porque ella con Borja no tenía nada firmado… ni siquiera hablado.

Canción a canción me fui sintiendo en una nube con Hans, llegando a perder por completo la
noción del tiempo.

Ni parar para una copa nos apetecía, solo seguir bailando… Y tanto bailamos y con tanta cercanía,
que hasta juraría que los latidos de nuestro corazón llegaron a acompasarse.

—Vamos por una copa, preciosa. —Para mi sorpresa, Hans me cogió de la mano y salimos
andando juntos.

—Yo…—murmuré un tanto sorprendida.

—¿Te molesta? —Levantó nuestras manos entrelazadas para indicarme que se estaba refiriendo a
eso.

—No, claro que no—le contesté pensando que mientras no le importara a él que mi mano
estuviera empapada… aunque la suya lo estaba también y a mí no me importaba lo más mínimo.
De esa guisa recorrimos el salón y él me preguntó qué quería beber, pidiéndole las dos copas a
uno de los camareros, que nos las trajo raudo y veloz.

—Sí que funciona bien aquí el servicio—le dije mientras Brianda me hacía un gesto con la manita
como de que vaya pasada de noche, desde una cierta distancia, y Jimena seguía tocándose la
cabeza. Mejor que parara, no fueran a pensar que mi amiga tuviera piojos, que las pijas no
sabíamos lo que era eso…

La copa me cayó como agua de mayo, pues Hans y yo debíamos llevar así como una hora bailando
sin parar.

—¿Quieres pasear un poco? —Me indicó que saliéramos hacia los jardines.

—Perdona, pero creo que son privados. Tengo entendido que los invitados solo podemos
permanecer en este recinto—le respondí.

—¿Sí? Pues entonces sígueme…

Y, como me resultó de lo más rebelde y estimulante, le seguí sin pensarlo.


Capítulo 6

Aquellos preciosos jardines, sin llegar a ser como los de Versalles, me resultaron todavía mejores
que aquellos tan emblemáticos.

Conforme fuimos avanzando por ellos, noté que la cercanía a Hans se acrecentaba.

—¿A qué te dedicas? —me preguntó ofreciéndome asiento en un coqueto banquito situando al lado
de una fuente.

—Pues he estudiado dirección de empresas en Estados Unidos, ¿y tú?

—No, yo no—bromeó.

—En serio, ¿a qué te dedicas?

—Bueno, digamos que mi familia tiene una especie de negocio en mi país, desde tiempo
inmemorial y yo me haré cargo de él un día.

—Qué interesante… ¿Y puede saberse cuál es tu país?

—Es una pequeña nación europea que se llama Histiar, no sé si habrás escuchado hablar de ella.

—Pues que me aspen que no, lo siento. —Me puse más colorada que un tomate.
—No te preocupes, es normal. Es muy próspera, pero también muy pequeña. Pasa mucho.

—Vale, ya me siento un poco más aliviada.

—¿Y puedo preguntarte qué hace una chica tan preciosa como tú sola en una fiesta como esta?

—Hombre, sola tampoco es que esté. He venido con mis amigas, que son la bomba. Se llaman
Jimena y Brianda y algunas veces pienso que les falta un tornillo. Pero solo algunas veces…

—¿Y el resto del tiempo están más centraditas?

—No, no te equivoques. Lo que pasa es que el resto del tiempo creo que les faltan dos.

—¡Pues sí que deben ser dos buenos personajes! Vaya tres habéis venido a aterrizar en Mónaco.

—Sí, bueno, en realidad somos el ciento y la madre, también hemos venido con tres amigos y con
otra medio amiga o no sé cómo calificarlo, Olimpia, muy bien no nos cae…

—¿Con tres amigos? ¿Alguno en especial?

—Sí, uno especial, pero especialmente molesto. Se llama Beltrán y ese es más pesado que matar
un cochino a besos.

Ante semejante afirmación, Hans no pudo sino echarse a reír.


—Eres muy graciosa, nunca había conocido a una chica como tú.

—¿Y cómo soy? Que yo sepa no tengo nada tan llamativo; dos ojos, dos orejas, una nariz, una
boca…

—Sí, una boca con unos labios de los más besables, por cierto. —Se echó a reír y, con una
sonrisa de medio lado de lo más atractiva, me dio a entender que se retiraba porque era un
caballero, pero no porque le apeteciera.

A mí me pasaba igual y no me refiero a que fuera un caballero, claro, sino a que de buena gana le
hubiera besado sin pensarlo, comiéndole todos los morros, como solía describir Jimena en
aquellos casos en los que se apreciaba urgencia.

Me eché a reír y Hans aprovechó para colocar su brazo por encima de mis hombros.

—Tu boca también es de lo más besable, aunque imagino que te lo habrán dicho muchas veces…
—le respondí.

En cuestión de medio segundo entendí que había sido mi subconsciente el que había hablado, pero
a través de mi boca, y quise que la tierra me tragara.

—Eres tímida…—apreció y lo hizo como si saboreara esa cualidad por mi parte.

—Me temo que sí. Supongo que a ti te gustará otro tipo de mujer, probablemente más…

—¿Más qué? —Enarcó una ceja y esperó mi respuesta como si se tratara de un paradigma
universal o algo por el estilo.
—Más loba, ¿no?

—No, bonita, no. Odio este estereotipo de mujer que parece estar a la caza, aunque entiendo que
también los hombres que se comportan de ese modo os deben hacer sentir mal a las mujeres.

—¿Te refieres a esos que parecen albañiles en una obra? Yo me pongo mala cuando doy con
alguien así. A esos quien los entiende es mi amiga Jimena, que los pone de vuelta y media y les
hace hasta una peineta si viene al caso.

—¿Qué es una peineta?

Le hice el gesto y él se rio, diciendo que entonces una peineta pertenecía al idioma universal. La
especialista en hacerlas era Jimena, que sería muy pija, pero que parecía que la venían enseñando
a hacerlas desde parvulario.

Por el contrario, Hans hizo un intento y ahí caí en que ese monumento tan finolis no había visto una
peineta de cerca en toda su vida. Si nosotras veníamos de un ambiente refinado, el de él debía
serlo todavía más, que ya era decir. Eso o que era demasiado modosito, aunque su forma de
mirarme me decía que nanai de la China.

—¿Dónde estás alojado? —le pregunté.

—Eso es top secret—me respondió y, tonta de mí, me quedé parada en seco.

—Mujer, es broma, espero que pronto me cojas el punto…


Siendo realistas, Hans no estaba para cogerle el punto, sino más bien otras cosas. Yo me sentía
irremediablemente atraída hacia él, pero el corazón me bombeaba con demasiada fuerza como
para querer solo una aventura con aquel macizo.

¿Estaba chalada? ¿Me estaba planteando algo más que una aventura con un tío del que solo sabía
su nombre de pila y que era de una nación que estaba donde Cristo perdió la boina?

Definitivamente, me debían quedar pocas neuronas y encima estar dedicándose a patinar sobre
hielo, porque lo mío muy normal no es que fuera….

—¿Y entonces?

Entonces y, para mi total sorpresa, soltó por la boca el nombre del mismo hotel en el que nos
alojábamos nosotras y yo pensé que el destino debía estar portándose fenomenal conmigo, pues lo
mismo aquel portento dormía a escasos metros de mí.

Mientras estábamos allí fuera noté vibrar varias veces mi móvil en el interior de la cartera de
mano. Seguro que debían ser mis amigas, ávidas de chisme.

Solté la cartera y Hans aprovechó para cogerme fuerte la mano.

—No te voy a mentir, Erina, me gustas mucho, yo creo que, si existen los flechazos a primera
vista, este ha sido uno de categoría.

¿Me lo estaba diciendo en serio? ¿Podía yo tener más suerte? ¿O solo sería una estrategia para
darse el filete conmigo?
Analicé rápidamente la situación y pensé que si Hans pedía candidatas para darse el filete con él
la cola podía alcanzar hasta la valla de salida, por lo que no encontré ningún motivo para que me
mintiera.

Al fin y al cabo, yo estaba con él como niña con zapatos nuevos desde que lo había visto, ¿por qué
no había de ser igual al contrario?

Nos levantamos y ambos vimos nuestro reflejo en el estanque. Él me sujetaba con cariño en un
gesto protector que hacía que yo albergara esperanzas de perpetuar ese momento.

—Tú también me gustas, Hans. Nunca me ha gustado nadie en tan poco tiempo, yo siempre he ido
paso a paso. Hasta esta noche… que parece que me he marcado un sprint, así por las buenas.

Mientras me reía, noté que el momento había llegado. Me lo dijeron sus ojos, que de traidores no
parecían tener nada, y por tanto me avisaron. Y me lo dijeron también sus manos, que apretaron
muy fuerte mi cintura.

Ambos por igual depositamos un beso en los labios del otro… Un beso que llevábamos largo rato
conteniendo y al que le dimos una intensidad y una duración que nos hicieron tener que recobrar el
aire.

—Me moría por hacer esto, bonita. Dime que no te vas mañana, dime que te quedas todavía unos
días en Mónaco.

—Sí, nos quedamos todavía un par de días más. El padre de Jimena se ha estirado con su
ofrecimiento de pagar el alojamiento. ¿Tú cuándo te vas?

—Yo todavía no tengo fecha cierta, voy un poco…


—Un poco a tu aire, ¿no? —le interrumpí.

Lo que se veía que iba a decir es que iba un poco a salto de mata. Por lo que me dijo, Hans tenía
treinta y dos años y debía estar en una especie de años sabático o algo parecido, igual que yo,
porque no se le notaba una prisa especial por reincorporarse a su puesto de trabajo.

A decir verdad, su actitud era un poco más misteriosa que la mía, pero tenía que respetar que fuera
una persona un poco más celosa de su intimidad. En mi caso es que me abría muy pronto en canal
y a veces eso me había pasado una factura un poco alta.

—Sí, va a ser eso, ¿sería mucho pedirte que mañana pasaras el día conmigo?

—¿Pasar todo el día? ¿Desde que amanezca hasta que anochezca? —le pregunté un tanto
sorprendida.

—Bueno sí, ese es el concepto temporal que yo tengo de día, pero que, si tú tienes otro, dímelo
que le podemos dar el cambiazo. —Sonrió.

—Bueno, creo que a mis amigas les va a pillar un poquito a contrapié, pero sabrán entenderlo. —
Le hice una burla mientras me reía pensando en las barbaridades que podrían decirme las dos, y
sobre todo Jimena.

—Pues entonces no sé si quiero que acabe esta noche para que llegue ya el día, o que llegue ya el
día para contemplar contigo el sol, o que culmine para ver otro nuevo amanecer contigo…

—Me estás estresando—le dije riendo mientras él seguía sin poder dejar de hablar, ciertamente
nervioso, aunque no creo que tanto como yo.
Nos quedamos agarrados en aquel banco largo rato y yo pensé que era una suerte impresionante
que nadie más hubiera tenido la feliz idea de salir a tomar el aire. Aunque, partiendo de la base de
que parecía estar prohibido, todo encajaba a la perfección.

Poco a poco, y aunque nos negábamos a separarnos, fuimos volviendo a la fiesta, que no tardaría
en llegar a su fin.

Noté que mis amigas no me quitaban ojo de encima y tampoco lo hacía Olimpia. A todas parecían
brillarles demasiado los ojillos, puede que esa panda de borrachuzas hubiera vuelto a darle al
drinking más de la cuenta.

Por lo que a mí respecta, estaba fresca como una rosa, pues había bailado y hablado mucho más
que bebido. Hans también miraba a mis amigas y les devolvía una especie de sonrisilla cómplice.

Yo no sabía lo que estaba pasando, aunque algo me decía que era un hecho del que todos tenían
conocimiento menos yo. Llegué a imaginarme lo peor, ¿y si las puñeteras de mis amigas habían
contratado un gigoló para que me diera coba?

Eso sería imperdonable y esperaba que no, porque Hans me había gustado demasiado para
comprobar que solo era un fraude.

Tampoco a ellas las consideraba tan pérfidas como para jugármela así, por mucho que a veces
repartieran piñatas de guasa.

—¿Te veo mañana a las ocho y desayunamos en el hotel? —me preguntó Hans antes de que nos
despidiéramos.
—Me parece perfecto. —Rogué al cielo para que aquello no fuera un sueño y me llevara un
chasco al despertarme.

Un chasco no sabía si me llevaría, pero me tuve que frotar los ojos cuando vi a Hans partir de la
fiesta, al mismo tiempo que yo me echaba el chal por encima de los hombros para salir de ella, en
compañía del hombre con el que había hablado un rato antes, aquel que le miraba tanto y que tan
incómoda me hizo sentir.

—Has triunfado nena, has triunfado—me dijeron Jimena y Brianda dando saltos detrás de mí
cuando por fin se hubo ido.

—¿A que sí? Es guapo hasta quedarse solo y teníais que ver sus modales y su educación…

—Los de un príncipe, ¿no? —Jimena empezó a dar con la puntera de su zapato repetidamente en el
suelo como hacía siempre que deseaba soltar algún bombazo.

—¿¿Cómo?? —le pregunté sin entender qué es lo que deseaba que yo supiera.

—Pues comiendo, guapita, que llevas toda la noche agarrada al príncipe de Histiar…

—¿Al príncipe? Es una trola de las tuyas, ¿verdad?

Miré a Brianda y su cara, así como la de Olimpia, que también se había acercado como si hubiera
fuego, me dijo que en esa ocasión Jimena se estaba ciñendo a la realidad. Fue entonces cuando di
tal traspiés que me tuvieron que aguantar entre todas…
Capítulo 7

Me llevaron en shock al hotel. Mis amigas parecían encantadas, pero a mí los ojos se me movían
solos, cada uno para un lado… ¿de verdad me había besado un príncipe?

Tanto bromear con mi madre sobre que iba a acabar con el de Beckelar y al final no, pero por lo
visto sí con un primo hermano suyo.

Entre tantas emociones caí sobre la cama como si fuera a hacerle un socavón, pero lo de planchar
la oreja no era demasiado probable, pues el movimiento de ojos había cesado, pero ahora los
llevaba abiertos como platos.

—Esto explica muchas cosas, chicas, el hombre que le seguía a todas partes y con el que él habló
para que dejara de hacerlo, por ejemplo. Debía ser su escolta, qué ridículo más espantoso….

—¿Ridículo? Si es un dos por uno, macizo de novio y macizo de escolta, ¿se puede pedir más? —
Jimena ya lo estaba mirando desde su particular prisma, que no era malo, sobre todo si yo hubiera
sido capaz de pensar como ella, pero mucho me temía que no era el caso.

—Claro, y el hecho de que los camareros volaran a un chasquido suyo de dedos, que parecían
llevar patines en vez de zapatos…

—Otro lujazo, niña, ¿cuándo te has visto tú en otra? Ahora lo jodido va a ser que Brianda y yo
ensayemos las reverencias para hacerte, ¿podemos empezar mañana? Es que hoy tengo ya un poco
de ciática de tanto baile. —Sonrió maliciosamente.
—Sí, sí, lo podéis dejar para mañana, pero que no sirva de precedente—bromeé metiéndome en
el papel y haciendo como que las dispensaba con la manita.

—Ok, gracias…

—Y lo del resto de la gente que nos rodeaba mientras bailábamos… ¡Éramos el centro de
atención! Qué tonta he sido, pensé que era porque lo hacíamos bien.

—Hija mía, que mal no bailabais, pero tampoco era para ir a “Mira quién baila” ni un programa
de esos, ahí sí has pecado de un poco subidita. —Se echó a reír Jimena y Brianda la siguió.

—Y para colmo me dice que tienen una especie de empresa muy antigua, familiar, bonito
eufemismo, es la monda.

—Hombre, entiéndelo, decirte de sopetón que a partir de ahora tu complemento estrella va a ser la
corona puede sonar un poco heavy de entrada, yo lo comprendo al muchacho…

—Sí, visto así, pero no sé, algún indicio…

—Aquí no hay medias tintas que valgan, o todo dentro o todo fuera, y si te lo decía lo mismo te
transformabas a las doce, como la Cenicienta, y salías corriendo en la carroza. Él ha hecho bien,
se ha acercado como lo que es, como un tío bueno a secas y ha lanzado la caña en vez del cetro
real, ¿qué querías que hiciera? —me comentó Brianda.

—Huy, lo del cetro real se me asemeja a mí a otra cosa, ya cuando lo cates nos cuentas, que no sé
yo si al irrigar sangre azul aquello se pondrá…—Jimena ya estaba haciendo cábalas de esas
guarrillas de las que solo se le podían ocurrir a ella y aparte, a ella.
—No empieces, que estoy muy nerviosa. Lo estoy terminando de gestionar todo, que me va a
explotar la cabeza. Supongo que también por eso nadie nos dijo nada de nuestra salida al jardín,
que en principio no estaba permitida.

—Normal, cualquiera le tose al niño…—conjeturó Brianda.

—Y más cuando va a ser el futuro dueño de la mansión, ¿a que no lo sabíais? —añadió Jimena.

—¿¿¿Cómo??? —Si llego a estar bebiendo agua las ducho a las dos, porque la tos que me entró no
fue ni medio normal.

—Pues lo dicho, que como el muchacho no es precisamente un cantamañanas, está en


negociaciones para comprar la mansión en la que hemos estado y dicen que la cosa ya está
bastante avanzada.

Aquello se ponía más intenso por momentos, ¿qué otra sorpresa más me iba a deparar la vida?
Cerré los ojos tratando de dejar la mente en blanco, pero no me resultó sencillo… en la oscuridad
se dibujaban coronas, cetros, tronos y un sinfín de objetos que me recordaban que Hans no era un
mindundi cualquiera, sino un príncipe moderno sacado de las páginas de un cuento que todavía
estaba por escribir… Un cuento, ¿del que sería yo la protagonista?

El amanecer del día estuvo acompañado de los grititos emocionados de mis amigas…

—Majestad, levántese, que tenemos que rendirle pleitesía, aquí mi amiga y yo llevamos ya media
hora ensayando las reverencias y no sé si las hacemos ya bien, pero que me ha aumentado la
ciática, es un hecho. —Mis amigas tenían ganas de guasa desde que abrían un ojo.

—Dejadme y ya os podéis ir a desayunar, que yo no bajo. —Me tapé la cara con la almohada.
—Ay, que ya se está echando para atrás… No hija, no, tú te levantas que para eso Brianda y yo
nos hemos hecho ilusiones de que vamos a tener una amiga reina, no será de España, será de la
gran puñeta, pero reina al fin y al cabo…

—A la gran puñeta es donde os voy a mandar a las dos. Yo no he nacido para reinar, yo he
estudiado dirección de empresas, que me parece que no es lo mismo.

—¿Y se te ocurre una empresa mejor que dirigir que una nación? Tonta, si acabas de encontrar la
gallina de los huevos de oro, no se te ocurra matarla para ver lo que tiene dentro. — Brianda
también tenía a veces unas teorías que eran la leche.

—¿El príncipe tiene los huevos de oro? Eso no se me había ocurrido, otro valor añadido. —
Jimena hacía como que había puesto la maquinaria de pensar en marcha.

Aquellas dos insensatas me estaban poniendo la cabeza como un bombo y eso que el día no había
hecho más que comenzar. Ya veríamos lo que nos deparaba.

—Que no quiero ducharme, que me dejéis—les dije mientras me llevaban a rastras para la ducha.

—No, si te parece te presentas ante su Alteza Real como una cochambrosa y dejas a la comunidad
de pijas a la altura del betún. De eso nada, monada, que tenemos que quedar bien. Y ya no lo
decimos solo por ti, que su Majestad puede tener amigos que les presente a las amigas de su
novia.

—¡Alto ahí! ¿Dónde vais tan rápido? Yo no soy la novia de nadie, si nos hemos conocido anoche.

—Sí, y no voy a decirte para que no me califiques de animal lo que se le cayó a él anoche al suelo
cuando te conoció. —Ahí Brianda se había tirado también a la piscina.

—Y eso por no hablar de que alrededor de ti no se podía pisar, porque se podía matar una del
resbalón, que se te cayó también todo el caldillo, guapita. —Jimena terminó de completar la
barbaridad que inició Brianda, para no desentonar.

—A la porra, yo no bajo y yo no bajo…

—Si precisamente a por eso es a lo que tienes que bajar tonta, a por la porra, a por la porra
real…—Ya estaban las dos confabulando mientras me abrían la ducha.

—Vale, vale, pero iros un poquito, ¿o es que me vais a duchar también como si estuviera
impedida?

—Un poquito impedida sí que te notamos, todo sea dicho de paso, pero más que nada del coco,
que no te rula…

Se fueron las dos al dormitorio y las escuché decir desde allí que me diera prisa, que el príncipe
estaba deseando “besayunar” y cosas parecidas. Vaya dos zopencas que tenía por amigas.

Salí con una coleta alta con un tupé monísimo que no sé cómo fui capaz de hacerme, pues las
manos me temblaban a saco, y con un vestido camisero blanco de lino que era una cucada total. Lo
acompañé con unas cómodas sandalias en camel con bolso a juego, pues a pesar de mis remilgos
no veía la hora de coger la calle con el príncipe. Esa era la verdad que no quería confesar, pero
que debía detectarse a kilómetros…

Llegamos al comedor y allí estaba Hans, con una sonrisa tan amplia que pensé que sería capaz de
comerse todo el bufete de golpe y no porque tuviera la boca como un buzón, ¿eh? Que él lo tenía
todo de lo más armonioso.

—Buenos días, preciosa—me dijo mientras me daba un fuerte beso en la mejilla.

—Buenos días, ¿cómo debo llamarte, su Alteza Real? —ironicé.

—Ya lo sabes, era de esperar, no me iba a durar mucho la posibilidad de ocultarlo, es normal…

—¿Y se puede saber por qué querías ocultármelo?

—Porque quiero que se vea antes al hombre que al príncipe, cuando no es así me resulta bastante
más complicado discernir la realidad del cuento, ¿lo entiendes?

—Supongo que sí, lo que pasa es que tampoco es plato de buen gusto enterarte de que te han
estado mintiendo toda la noche—le recriminé con carilla de puchero.

—¿Mintiendo? Repasa conmigo la conversación. Técnicamente no te dije ni una sola mentira, solo
verdades un tanto “maquilladas”.

—Me parece que tú sabes mucho…

—Mi posición no es fácil, pese a todo lo que pueda parecer desde fuera, ¿sabes? Por eso estoy
buscando a una persona con quien compartir mi vida…

—¿Para pasarle el marrón? —Me reí.


—Visto así ha sonado fatal, yo diría que en todo caso compartiría con ella la carga, la mochila de
la realeza, pero también todo lo bueno y bonito que viene con el cargo… y naturalmente todo lo
que yo le pueda aportar como persona.

—Hombre, algo mejor suena, porque lo otro le da un susto al miedo, no te voy a engañar…

—Eres muy ocurrente y locuaz, Erina, aunque eso ya debes saberlo. Por favor, solo te pido que me
des la oportunidad de conocerme, de saber cómo soy y si luego no te convence lo que ves, me das
puerta. Pero si te gusto, no te vayas de mi lado solo por el cargo que desempeñe…

—Vaya con el carguito, es que se las trae, a mí me tiene acojonada, tengo que serte sincera.

—Te propongo un plan, olvídate de que soy un príncipe y de toda la parafernalia y vive conmigo
un par de días de ensueño. Cuando acabes ya veremos…

—Yo no sé qué decirte, soy una chica sencilla y sí que me gustaría conocerte, pero entiendo que
todo lo demás viene en el pack y a mí el pack me da un vértigo de muerte, esa es la realidad.

—Pues déjate de vértigos y no te asomes al abismo, ¿o no te gustaría recorrer conmigo las calles
de Mónaco?

—¿Y no temes a lo que digan los paparazzi? ¿O es que nos vamos a poner peluca y gafas? Mira
que a mí payasadas las mínimas.

—¿Estás loca? ¿Tú crees que me iba a perder la posibilidad de pasear con una escultura como tú
de la mano? Debes estar loca si piensas algo así.
—Pues prepárate para que la prensa le dé al pico, yo no digo nada…

—Preparado estoy, no te preocupes. Por cierto, él es Peter y es mi escolta personal, aunque creo
que ya lo conoces. —Sonrió al presentarme a aquel chico misterioso.

—Y yo que pensaba que le estabas siguiendo anoche, qué vergüenza…

—Y lo estaba haciendo, es mi trabajo. Espero hacerlo de una forma discreta que no la moleste
demasiado.

—Por favor, si no quieres molestarme, tutéame, que todo esto me está sobrepasando un poco.

Hans y yo nos sentamos en la mesa que mi príncipe estaba ocupando hasta ese momento.

—Por favor, diles a tus amigas que se acerquen, me encantaría conocerlas…

Las llamé y en un pis pas ya estaban con nosotros en la mesa, al igual que Olimpia, que debió salir
de la nada y se nos acopló también como una garrapata.

Por si éramos pocos, los chicos, Beltrán, Borja y Jacobo, se sentaron en la mesa de al lado.
Beltrán resoplaba como si viniera de correr la maratón de San Silvestre y Olimpia le venía a
decir con la mirada que pasara “olímpicamente” del tema, y nunca mejor dicho…
Capítulo 8

—¿Te has traído bañador? —me preguntó Hans una vez que íbamos subiendo a las habitaciones,
sobra decir que él ocupaba la mejor suite del hotel.

—Algo hay, ¿nos vamos a la playa de Larvotto? —le pregunté.

—Sí te parece buen plan, sí. ¿La conoces?

—Sí, he estado aquí otras veces.

Recordé que la primera vez que lo hice fue de niña con mis padres. Mi madre se pasó medio día
posando y mi padre haciéndole fotos para el álbum familiar. Y yo mientras me reía e imitaba los
posados de mi madre, sacando también sus risas.

No es que hubieran sido malos padres, pero de cercanos no habían tenido demasiado. A mí me
ilusionaba pensar que el día que tuviera hijos disfrutara de todos y cada uno de los momentos de
su vida. Ahora aquello adquiría una dimensión especial, ¿y si tenía hijos con el príncipe? Era todo
un poco de locos…

Sin darle más vueltas a la cabeza me coloqué un precioso y elegantísimo bañador blanco con unos
aros laterales en dorado y lo combiné con un kaftán también en todos claros. El resto de los
complementos iban en dorado, incluso alguno que adornaba la pamela que me cubriría del sol.

Me puse mis gafas de sol y abrí la puerta de la habitación.

—¿Seguro que no queréis venir? —les volví a preguntar a las chicas, que estaban a tope por la
labor de que me fuera a solas con él.

—Segurísimas y no seas pesada. Tú tienes que ir a pelar la pava y nosotras no pintamos allí nada
de carabina.

Me eché a reír y giré sobre mis talones. Un centímetro más y me zampo al príncipe, sin chocolate
y sin nada.

—¿Qué es pelar la pava? —Nos había escuchado hablar en castellano y se había quedado con esa
frase.

—Es… bueno, depilarnos, depilarnos… Que no pueden ser más pavas, estas, de ahí el dicho…

¿Qué le iba a decir? Pues el primer disparate que se me vino a la cabeza, como no podía ser de
otro modo…

Lo de irme a dar un chapuzón en el océano y con un príncipe sonaba de lo más glamuroso. Si mi


madre lo hubiera sabido habría tocado palmas con las orejas, pero mejor se lo ocultaba que
aquella loca era capaz de plantarse en Mónaco a lo Grace Kelly y darnos el tiempo que nos
quedara.

La de Larvotto es una playa artificial, pero con mucho encanto. Hans y yo nos dirigimos al área
privada, como ya había sospechado yo que sucedería, donde alquilamos unas magníficas tumbonas
y sombrillas en el club de playa.

—Me encanta este lugar, con esta arena de grava fina…


—Grava fina importada, que aquí todo lo que hacen lo hacen bien—le respondí.

—Y sus aguas transparentes para disfrutar en buena compañía. —Me guiñó el ojo y pensé que iba
a tener que sumergirme en ellas antes que después, pues hasta fiebre me provocaban esas miradas
suyas.

Como el resto de las playas de la Riviera francesa, la de Larvotto era una playa muy concurrida
que resultaba súper alegre, si bien el área privada era mucho más chic y allí disfrutábamos de una
cierta intimidad.

—Al menos no he visto a paparazzis apostados en la puerta del hotel ni nada parecido, creo que
igual hoy no te han seguido…

Se lo comenté pensando que era toda una suerte, porque cabía la posibilidad de que, con la fama
de soltero de oro que tenía, le siguieran a todas partes y a cualquier hora.

—Eso es porque todavía tienes poco olfato para la prensa. Estaban detrás de los árboles, yo diría
que entre dos y tres. Y habrán tomado unas diez fotos cada uno, ¿qué apostamos?

—¿Me lo dices en serio? No me he coscado de nada.

—Y tan en serio, bonita, son muchos años ya… Si te quedas a mi lado aprenderás a identificar a
esos pajaretes, créeme…

“Si te quedas a mi lado”, aquello daba miedito. Nunca ningún hombre había llegado a mi vida con
aquella fuerza y ganas y me venía a pasar precisamente con un príncipe…
A una cierta distancia, sin molestarnos, pero sin perdernos ni un segundo de la vista, se encontraba
Peter. A pesar de que es cierto que no podía ser más discreto, para mí aquello resultaba un poco
disparatado.

Pensaba en que, si eso le hubiera ocurrido a una persona ambiciosa, como Mencía, lo habría
disfrutado como un cochino en un charco, pero no era mi caso.

Hans fue a por unas bebidas fresquitas. Me alucinaba ver que, pese a su posición, no se lo tenía
nada creído y no podía ser más humilde… En nada vino con ellas y yo pensé que era la mía. Tras
él, nuevamente Peter, que le señalaba la zona mínima en la que debía quedarse, mientras Hans
asentía con la cabeza.

—¿Jamás has ido solo por la calle? Te prometo que es algo que no me cabe en la cabeza.

—Si no se lo cuentas a nadie te confesaré que alguna vez me he escapado de palacio, de jovencito
y por la noche, y me he infiltrado en un pub. Recuerdo que en una ocasión no logré esquivar a la
prensa y me cayó la del pulpo por la mañana con mis padres.

—Perdona que te diga, pero bajo mi punto de vista, a ti te ha caído la del pulpo desde la cuna. No
debe ser nada fácil vivir permanentemente observado.

—Ni fácil ni difícil… Yo es que estoy acostumbrado, pero lo que sí puedo decirte es que también
tiene muchos alicientes. Por supuesto que no todo es malo, es más, yo te diría que el noventa por
ciento va de bueno a fantástico…

—A eso le llamo yo ver el vaso medio lleno.

—Es una filosofía de vida, ¿tú cómo ves el vaso?


—¿Yo? También suelo verlo de medio lleno hasta a tope…

—Así me gusta, bonita.

—Cuéntame cosas de tu país, por favor…

—Es pequeño, pero lleno de fuerza y sus gentes son luchadoras, muy patriotas y de paso, por
suerte para nosotros, muy monárquicas.

—¿Sí? Bueno, tanto mejor para vosotros…

—Sí, la nuestra es una dinastía como la de los Grimaldi, querida, admirada y respetada. Tanto mi
padre como mi madre han hecho siempre todo lo posible porque el pueblo estuviera contento y
eso tiene su pago.

—¿Quién es el consorte? Reconozco que de monarquías no entiendo ni papa, no como mis amigas,
que se las conocen al dedillo.

—La consorte es mi madre. La corona la heredó mi padre y diles a tus amigas que están invitadas
a venir a palacio cuando quieran.

—Se van a quedar muertas… Pero oye, ahora que caigo, ¿las has invitado a ellas antes que a mí?

—Hombre, es que yo doy por hecho que tú vendrás, tienes que conocer a tu pueblo, ¿no te parece?
Ni veinticuatro horas hacía que nos conocíamos y parecía hablar en serio. Yo miraba a mi
alrededor a ver si aquello era una trama orquestada por alguna cadena de televisión para dar con
la pardilla del siglo.

—¿Yo, a palacio?

—Tú, tú, que en palacio no nos comemos a nadie. Ni mis padres, que se llaman Carlos y Helen, ni
mi hermana Sofía tenemos esa mala costumbre. No somos caníbales, aunque tú estés para comerte
con ese bañador, que todo hay que decirlo.

—¿Y cómo es tu familia? —le pregunté porque tanto acontecimiento junto me estaba viniendo un
poquito grande y porque mis mejillas se habían coloreado demasiado gracias a ese comentario.

—Pues como todas, las reales no se diferencian en nada del resto, también tienen sus entresijos y
lavan los trapos sucios en casa, como cualquier familia del mundo. —Se rio.

Parecía increíble que estuviéramos hablando en esos términos y con tanta confianza cuando
éramos unos absolutos desconocidos. Sin embargo, no lo parecía, porque la confianza que sentía
con Hans me permitía hacerle cualquier pregunta o contestar a las suyas.

—¿Y cómo es tu familia? Pero la verdad, ¿eh? Más allá de los focos.

Aunque no tuviera nada que ver, porque mis padres no fueran reyes, yo sabía de buena tinta que
una cosa era la imagen que una pareja proyectara hacia el exterior y otra muy distinta lo que se
viviera de puertas para adentro.

—Pues no te la voy a pintar de color de rosa, porque hay un poco de todo. Básicamente te diré que
mi padre está un poco empanado y que mi madre es la que lleva las riendas del cotarro real…
Ella no está precisamente empanada, es una mujer con muchos valores para manejar los entresijos
reales, pero si te digo que es fácil, te estoy mintiendo con la boca grande.

—O sea que como suegra es para echarle de comer aparte, ¿es eso lo que me estás queriendo
decir?

—Un poco sí, aunque no me cabe ninguna duda de que tú sabrías manejarla, me pareces una chica
de lo más inteligente.

—Oye, ¿tú a todas las quieres enfrentar con tu madre antes de que se cumpla ni siquiera un día de
haberlas conocido? A ver si lo que en realidad quieres no es una chica sino un torero que te
solvente la papeleta de esa mujer.

Hans se echó a reír de un modo tan sonoro que atrajo la atención de varias personas a nuestro
alrededor.

—No, mujer, solo te prevengo un poco. Pero que ya te digo yo de antemano que puedes con eso y
con más, y en lo de “con más” va incluido que mi hermana se parece bastante a mi madre, y no me
refiero a solo en el físico.

Definitivamente, yo debía estar formando parte de un reality y no tener ni bendita idea, porque allí
no iba a faltar ni un ingrediente para que la tarta fuera suculenta; una suegra arpía total, una cuñada
aspirante a serlo y un suegro rey, pero calzonazos, ¡una combinación perfecta!

Hans me propuso dar un paseo, sería supongo para que se me pasara el susto, durante el cual me
cogió por la cintura, de lo más amoroso.

—¿Sabes? Me gusta desde cómo hueles hasta cómo te ondula el pelo la brisa…
Pensé para mis adentros que menos mal, porque si algún día ponía los pies en palacio, las otras
dos serían capaces de ponerme hasta de apestosilla… A mí, que olía a gloria bendita, pero no me
extrañaría.

—Tú también me gustas mucho, pero desde anoche tengo un tembleque en las piernas que no se me
quita. Esto es demasiado fuerte para mí…

—Mírame, anda, y dime una cosa.

—¿Qué cosa?

—¿Qué ves cuando me miras? Sé sincera, por favor—me lo rogó encarecidamente.

—Veo a un chico que me gusta mucho, eso es lo que veo, y del que me gustaría seguir sabiendo
más cosas.

—Pues entonces, ¿por qué no eres capaz de quedarte solo con eso y olvidarte de todo lo demás?

—¿Quizás porque vamos a salir de la calle y me entero de que hay paparazzis mimetizados en
todos los árboles? —bromeé.

Hans me apretó fuerte contra él, tanto que llegué a notar que me faltaba el aire. Con los ojos me
pidió que hiciera un esfuerzo, no hizo falta ni que articulara palabra.

—Lo intentaré, pero no te prometo nada—le advertí con el dedo mientras seguíamos paseando.
—Con eso ya me haces el hombre más feliz del mundo, pequeña, no me hace falta más.

Nos adentramos en el agua y no puede sino partirme de risa cuando Peter entró detrás.

—Lo mismo malditas las ganas que él tiene de bañarse y ahí está el tío—le comenté a Hans
mientras veía cómo Peter tomaba posiciones cerca de nosotros, tan profesional como era.

—No tiene precio como escolta, algún día le diré que te cuente anécdotas que hemos vivido juntos
y vas a saber lo que es reírte con ganas.

—Ya lo estoy deseando…

Y sí, era cierto, estaba deseando seguir profundizando en la vida de un hombre que me atraía con
tanto poder que me hacía perder la noción del tiempo y del espacio…
Capítulo 9

—Si tienes narices te dejas algún detalle sin contarnos—me dijeron mis amigas al final de la
tarde, cuando llegué a la habitación, emocionada con la idea de acompañarle esa noche al Casino
de Montecarlo.

Hans me lo había pedido un rato antes y yo le dije que sí encantada de la vida. Tenía ganas de
todo, menos de separarme de él y la idea me pareció magnífica.

Llamaron a la puerta y era Olimpia, que parecía que alguien le había dado vela en ese entierro,
aunque no fuera cierto en absoluto.

—Ya estoy aquí chicas y vengo con las parabólicas conectadas—nos dijo y nos dejó patidifusas.

—¿Y se puede saber quién te ha invitado? Ya te puedes ir por donde has venido—Jimena no se
casaba con nadie.

—Dejadme, dejadme, que os traigo noticias frescas. ¿Es verdad que el príncipe y tú estáis
viviendo un apasionado romance?

—¿Un apasionado romance? Si ayer a esta hora todavía no lo conocía, no me seas lerda…

—Pues es lo que dice toda la prensa internacional… Mira, mira, has salido monísima.

Miré en su móvil y allí estaba servidora con su príncipe de la mano. El reportaje estaba ilustrado
con decenas de fotos tomadas desde todos los ángulos.
—Este es el peso de la corona, pero seguro que te merece la pena, ¿ha habido más besos? —me
preguntó Brianda.

—Sí, claro, en la playa nos hemos besado, pero eso no quiere decir nada. Por el amor de Dios, no
estamos viviendo un apasionado romance. Al menos no todavía…

Me lo temía, la publicación tenía apenas una hora y a mi madre le había dado tiempo a verla…
Era el caos, ya estaba sonando el teléfono.

—Mamá, lo siento, ahora no puedo atenderte, me estoy arreglando. Ya te contaré…

—No te lo has creído ni tú, desembucha, que al final con el notición se ve me va a pasar hasta la
perra de “el marqués” y todo. Ya sabía yo que tú ibas a apuntar alto, hija mía…

—¿Qué dices de apuntar ni de apuntar, mamá? Ni que yo fuera un telescopio, déjate de chorradas,
¿eh?

—Cuéntame hija, cuéntame… ¿ya te ha hablado de matrimonio?, ¿tengo que ir buscando la


mantilla?, ¿cómo va la cosa?

—Sí, mamá, busca una mantilla, pero por lo menos tan original como la de Carmina Ordóñez en la
boda de su hijo Francisco y con eso te entretienes un poquito y me dejas a mi bola, ¿te parece?

No quería parecer borde, pero a mi madre no se le podía dar carrete con aquella cuestión, esa era
lo único cierto.
Un poco agobiada, les di a todas cerrojazo y me metí en el baño, mientras las dejé canturreando
canciones románticas a modo de parodia de lo nuestro.

Un rato después, me rendí a la evidencia de que Brianda era mucho mejor que yo con el ahumado
de los ojos y salí del baño con el set de maquillaje en la mano.

—¿Me los puedes pintar? —le pedí.

—Claro, pero a cambio de información, si no, que te los pinte el escolta ese del príncipe, que
debe servir igual para un roto que para un descosido.

—Ya os digo yo para lo que sirve ese, menudo maromazo. —Jimena ya había tardado en saltar.

—No hace falta que nos imaginamos de sobra lo que vas a decir, no nos seas bestia parda. ¿Qué
queréis saber?

—¿Te ha dicho ya que su madre es un mal bicho o eso lo ha dejado para darte la sorpresa? —me
preguntó Olimpia, que se estaba metiendo en el ajo cada vez más.

—Pues te voy a decir una cosa, bonita, yo ayer te eché en brazos de Beltrán, que sé que podéis
molaros y así matamos varios pájaros de un tiro, pero con su madre también te vas a tener que
andar con cuidado porque muerde. No es oro todo lo que reluce, advertida estás…

—¿Sí? Vaya, como ella no sale en la prensa no tenía ni idea…

—Pues a mí me importa un bledo cómo sea la madre de Borja, esa es la realidad. Yo me voy a
casar con el hijo y no con la madre…
—¿Te vas a casar con Borja? ¿Y eso cuándo lo has decidido, si no eres capaz ni de mandarle dos
señales claras seguidas?

—Pero eso es por jugar un poco al despiste, que mola mucho…—apuntó Jimena.

—Pues a mí Jacobo también me está gustando y no voy a ser la que se quede para vestir santos, yo
creo que me lo voy a agenciar también, que es monísimo y no vaya a querer venir una lagarta a
quitármelo—añadió Brianda.

—Por lo que más quieras, afina con el lápiz, que estás hablando muy emocionada y he visto la
punta dentro, vamos…

—No, eso que sepamos no lo has visto todavía, pero te debe faltar el canto de un duro para darte
el gran revolconazo real…—Jimena de nuevo al ataque.

—Y dale, mira que sois cansinas…

—Sí, nosotras solas, que a ti no te apetece ni nada.

Salí de la habitación sin mirar hacia atrás, porque las muy brujillas de mis amigas no paraban de
hacer gestos burlones.

—Oye, si hay batalla, tomad medidas, que las bodas reales con bombo están muy mal vistas—me
soltó Brianda al salir.

De nuevo mi príncipe esperando en la puerta de la habitación y Peter detrás.


—Estás impresionante, ¿tú te has visto? No creo merecerte—me dio el brazo para que me cogiera
a él y salimos andando.

—¿Y tú ¿Te has visto tú? —Me cogí fuerte a su brazo y no quise pensar que el día siguiente fuera
el último de nuestra estancia en Mónaco.

Nos dirigimos a la meca del lujo, al Casino de Montecarlo, conocido por ser uno de los más
prestigiosos de Europa y que lleva el glamur por bandera.

—¿Has estado alguna vez dentro? —me preguntó Hans, que todavía me recorría el cuerpo al
completo con la mirada, encantado como estaba con mi vestido negro y estrecho.

—Solo en la zona del Gran Teatro, viendo ballet con las chicas hace un par de años.

—A mí tampoco creas que me seduce demasiado, es más la fama que tiene que otra cosa. Si te
apetece, echamos un par de manos y nos vamos para otro sitio.

—Pues mira, no te diría yo que no…

Entramos en aquel casino legendario y como era de esperar ante nosotros apareció una amplísima
gama de juegos de mesa.

Nos decantamos por probar suerte en la Ruleta Europea, en un salón privado y como que no.

—En mi país dicen que desafortunado en el juego, afortunado en amores, igual te compensa—le
indiqué dibujando una sonrisilla burlona.
—Yo creo que sí que me compensa, vámonos de aquí, que esto no es lo mío.

Salimos de allí con Peter y fuera nos esperaba el coche blindado con chófer que era el que solía
utilizar Hans en todos sus desplazamientos por la capital monegasca.

—¿Dónde te apetece ir? Dime cuál es tu restaurante preferido…

—¿Te fías de mí? —le pregunté.

—Si lo dices porque vas a hacerme una proposición indecente, la idea me fascina—bromeó.

—Teniendo en cuenta quién eres, puede que la proposición te resulte un tanto indecente, sí.

Después de haber permanecido con él todo el día en la playa, estaba notando que tenía el
estómago como un acordeón y que necesitaba echarle algo de combustible.

Le fui dando las instrucciones al chófer hasta que paramos en una pequeña hamburguesería y tanto
él, como Hans, como Peter me miraron sin saber a qué estaba jugando.

—Me has dicho que te traiga a mi restaurante favorito y en este es en el que más he disfrutado.

A ese lugar habíamos ido a parar una noche de marcha las chicas y yo cuando, un tanto
perjudicadas, no sabíamos ni por dónde andábamos. Nos sorprendió por el excelente sabor de sus
hamburguesas y por unas patatas fritas a las que debían echarles algo para que resultaran tan
adictivas.
Lo dicho, por sí solo, era suficiente para parar allí y dar buena cuenta de todo ello, pero es que
encima servían unos helados de yogur con todo tipo de toppings realmente irresistibles, de tal
suerte que yo no sabía si seguiría cabiendo en el vestido cuando saliera.

—Parece que toca bajarnos aquí—le indicó a Peter, quien le sonrió.

De aquella sonrisa deduje que no estaba acostumbrado a acompañar a Hans a sitios así. Pues a
partir de ahora las cosas cambiarían, yo no era una pija al uso de esas que necesitan el oro y el
moro para disfrutar; yo también era feliz calzándome mis deportivas y recorriendo lugares como
aquel, aunque aquella noche llevara taconazo.

Por cierto, que con taconazo y todo, Hans me seguía sacando al menos diez centímetros y eso que
yo no era precisamente bajita, pero es que él tenía una planta para perder el sentido…

—Has tenido una idea maravillosa—me dijo cuando nos pusieron aquellas maxi hamburguesas a
cada uno por delante, con su deliciosa salsa barbacoa.

—Es que tú verás, tonterías las mínimas, hay que disfrutar de los pequeños placeres de la vida.
Yo soy igual de feliz aquí que en un banquete real, qué digo… ¡Soy mucho más feliz aquí!

—Pues yo te prometo que no dejaremos de venir a sitios como este, aunque tampoco podremos
abandonar los banquetes reales…

—Eso, una de cal y otra de arena, tú sigue fantaseando—le dije yo pensando que de nuevo se
estaba Hans pasando tres pueblos y ya me veía él con la corona en la mano.

Todavía relamiéndonos por tomar aquellas delicias, llegaron los helados y con ellos el más dulce
de los besos, como cantaría Luis Miguel…

Mientras contemplábamos por la cristalera la parte más sencilla del Mónaco nocturno, Hans y yo
nos deshicimos en caricias en el más acaramelado de los ambientes.

Sentados en aquellos sofás, tan característicos de ese tipo de establecimientos, nos tomamos
varios selfis en los que la felicidad de nuestros rostros saltaba a la vista.

No teníamos ganas de movernos de allí y me llamó la atención la simplicidad con la que también
podía pasarlo rematadamente bien una persona que estaba bastante más acostumbrada a todo tipo
de lujos.

—¿Te imaginas que siempre pudiera ser así? —le pregunté con el corazón un poco encogido por
lo que sus muchos compromisos oficiales pudieran hacer con nuestra relación.

—Siempre será como nosotros queramos que sea, mi niña, no tengas miedo, confía en mí…

Y sí, yo en él podía hasta confiar, por mucho que resultara extraño decir eso de una persona a la
que acababa de conocer, pero también era realista y sabía lo que venía detrás.

Por si tenía alguna duda, me lo confirmó el flas de la cámara de un paparazzi que debía habernos
seguido hasta ese lugar.

—¿Y esto también vas a poder controlarlo? —le pregunté un tanto cohibida por la situación.

—No, pero puedo hacer que ambos lo obviemos juntos, no tiene más importancia que la que
nosotros le demos.
Y para demostrarme que debíamos seguir con nuestra velada como si nada, Hans me besó con
pasión en plena hamburguesería, dándole una suculenta noticia en primicia al paparazzi, que no
tardaría en salir a la luz pública.

Viendo que él hacía un esfuerzo por normalizar la situación, yo hice otro y correspondí a su beso
como si nadie nos estuviera observando. Después él tomó mi mentón y lo acarició con cariño.

—Un solo día juntos y ya hemos vivido muchas cosas, ¿no te parece? —me preguntó.

—Prefiero no pensar, si no te importa. —Reí y él me siguió, haciendo sonar entre los dos una
melodía que seguiría resonando horas más tarde en mi cabeza, en la soledad de mi cama.
Capítulo 10

Amanecía nuestro último día en Mónaco y mi sensación era de incertidumbre total…

Lo que estaba viviendo en las últimas horas era de ciencia ficción; un flechazo total con un
príncipe real, no de cuento.

No obstante, aunque el príncipe no fuera de cuento, existía la posibilidad de que nuestro supuesto
idilio sí lo fuera y, como tal, tuviera un inicio, un desenlace y un rápido final, que podría ser esa
misma noche.

—Vaya careto con el que te has despertado, como no lo mejores le vas a dar carnaza a la prensa—
me advirtieron las chicas.

—¿Se puede saber por qué tengo esta tendencia a meterme en líos? —les pregunté.

—Sí, mujer, ¿no ves que has estado ocho veces en la cárcel y tienes una orden de captura
internacional? —ironizó Jimena.

—No, eso no, pero parece que nunca me salen las cosas bien en el amor…

—Porque nunca te has interesado demasiado por él, no por hacer las cosas mal, pero tampoco
bien. —Brianda solía ponerle el puntito más objetivo al asunto.

—Eso y ahora que ha llegado uno pegando fuerte, pues no sabes ni dónde estás en pie, porque
estás falta de costumbre—matizó Jimena.

—Claro, solo es eso y no influye el que sea un príncipe y llevemos todo el día a la prensa pegada
en los talones, ni el que tenga que volver a asumir las obligaciones en su país, ni nada de eso…

—Pues claro que no, eso son purititos detalles, tontuela. Aquí lo único que tienes que pensar es si
quieres estar con él y si te gusta lo suficiente para saltar todos los obstáculos que vengan, suegra
incluida, tú verás…

Estábamos en esas cuando sonó la puerta. Abrí y Olimpia entró como las balas, por si acaso se
encontraba con otro portazo.

—¿Qué pasó ayer? Ponme al día, anda…

—Pero vamos a ver, niña, ¿a ti quien te ha dicho que nosotras vayamos ahora a ser confidentes?
Ya me estás poniendo negra, tira ya…—Estaba acabando con la poca paciencia de Jimena.

—Mujer no seas así, ¿tanto te molesta que venga a cotillear un poquito? A mí me da vidilla.

Brianda la miró como con cierta pena.

—Es verdad, Jimena, ¿qué te cuesta? Quien más y quien menos se cortaría un brazo por estar aquí
con nosotras viendo el culebrón en primera persona.

—¿El culebrón? De verdad que se os ha ido la cabeza a todas, a mí me vais a volver loca.
Y como se ve que el universo todavía consideró que yo tenía poco en ese momento, también me
llamó mi señora madre, que llevaba veinticuatro horas calladita y se le debían haber hecho
eternas.

—Mamá, que no tengo el cuerpo para jotas, no me vayas a dar la brasa, por lo que más quieras…

—Hija mía, cría cuervos, para una vez que nos pasa algo tremendamente emocionante y me dejas
al margen. Seguro que a tus amigas se lo has contado todo al dedillo y a tu pobre madre que la
zurzan… Muy mal, Erina, muy mal.

Me zafé de la conversación como pude y miré el cuadro de las otras tres, que me observaban
ávidas de información.

—Lo siento, pero tengo mucho en que pensar…

Me metí en la ducha a que me diera el agua fresquita en la cabeza, porque lo cierto era que me
ardía, y la actitud de todas las de mi alrededor no ayudaba demasiado.

Cuando salí las tres seguían mirándome, en plan hienas y yo, que estaba un poco susceptible,
acerté a darles a todas con un solo almohadón que tiré.

—¡¡Nos las pagarás!! No huyas cobarde…

Abrí la puerta de la habitación y, para no perder costumbre, ya estaba mi príncipe detrás. Salí
atropelladamente de nuevo, con lo que a punto estuve de tirarlos a él y a Peter, ya de paso
también…
—Vamos a tener que ir a que nos den un masaje, que detecto cierta tensión—dijo Hans.

—Lo que voy a tener que hacer es alejarme de todos vosotros, que sois un poco tóxicos.

Es lo que tenía, que a veces mi humor funcionaba como una montaña rusa y tan pronto estaba en el
pico más alto como en el más bajo. Y aquel día estaba en el mismo subsuelo.

¿Lo que de verdad me pasaba? Que la relación con Hans me resultaba tan atrayente como miedo
me daba y al final pagaba con todos…

—Venga, fierecilla, vamos a desayunar y me cuentas…

No me era fácil abrirme así como así cuando estaba de aquel humor de perros, pero entendí que o
cambiaba de actitud o el pobre iba a pensar que yo estaba loca de remate. Y lo malo es que no lo
estaba, o al menos todavía no, pero terminaría estándolo por él. Se veía venir.

Hasta que conocí a Hans yo no había caído en que jamás viví un amor de verdad, pero ahora
parecía que mi sangre circulaba por las venas a mayor velocidad que nunca y los latidos de mi
corazón se intensificaban por momentos.

Fijé mi mirada en la suya y comprendí que él no tenía la culpa de que su estatus me diera miedo.
Hans era atento y considerado conmigo, y ambos nos merecíamos pasar un día espectacular.

De repente, sin comerlo y sin beberlo, me eché a reír y comencé a expulsar lentamente el aire de
mis pulmones.

—Déjalo todo en mi mano, pequeña, yo lidiaré con todo lo que tenga que lidiar. Lo único que te
pido es que permanezcas a mi lado, si todavía quieres seguir conociéndome. Bueno, eso y que
tengas un poquitín de paciencia con los chicos de la prensa, nada más…

Casi nada que diría Camila. Por cierto, que con ella sí que tenía ganas de charlar, pues me conocía
mejor que nadie y sabría orientarme sobre la situación.

Y a otro bichito al que estaba deseando ver era a mi Linda, a quien echaba también mucho de
menos, porque ella sabía cómo estaba con solo verme y solía actuar en consecuencia… Mi Linda
me daba mimitos siempre que lo necesitaba.

—Estaba pensando en Camila y en Linda, por eso se me ha ido un poquito el santo al cielo,
perdóname—le comenté cuando vi que me estaba mirando con atención como queriendo descifrar
lo que pasaba por mi mente.

—Cuando vengas a palacio te las traes a las dos, ¿vale?

—Oye, ¿tú todo esto lo dices en serio? Porque yo no sé si estoy viendo una serie de televisión o
de qué va esto…

—¿Cuántas veces tengo que decirte que solo va de que disfrutes? ¿Te quieres relajar ya…?

Desde luego que la paciencia que Hans estaba demostrando conmigo era de alabar. Cualquier otra
mujer se lo habría puesto muy fácil y yo, sin embargo, se las estaba haciendo pasar canutas.

—Vale, vale, ya me relajo… o lo intento.

—A mí se me ocurre una fantástica idea para lograrlo, ¿te gusta navegar?


—Claro, tengo muchos amigos con barco y me encanta.

—Pues entonces hoy vamos a dar un paseo en el mío, ¿te parece buena idea?

Pensar en pasar un día en alta mar con Hans hizo que todas mis tensiones se esfumaran y terminé
de desayunar a toda pastilla para ir a ponerme un bikini rojo terminado en ondas que era uno de
mis favoritos esa temporada.

—Si lo sé te propongo lo del barco antes, bonita—escuché decir a Hans mientras yo ya iba
corriendo camino de la habitación.

—Me voy…—les dije a mis amigas cuando llegué a esta, pues ellas eran más lentas que un desfile
de cojos y todavía no habían bajado ni a desayunar.

—¿Cuál es el plan para hoy? —me preguntaron activando el modo cotilla.

—Hoy toca relax y barquito.

—Qué mala vida, tú no te acuerdes de tus amigas, que es malo.

—Es que ya sabéis como es esto de los comienzos, un poco egoísta…

—Pero ¿el comienzo de qué? Pues no decías hace un rato que no querías saber nada del asunto…

—Bueno sí, pero ya se me ha pasado…


Salí a toda mecha y ya me estaban esperando Hans y Peter, que parecían haberse dado todavía más
prisa que yo.

Llegamos al puerto y el barco del que me había hablado Hans me dejó sin habla. Se trataba de un
super yate con capacidad para treinta y cinco personas en sus dieciséis camarotes con terraza.

Por tener, tenía entre la tripulación hasta masajista…

—Así que lo del masaje no era un decir—le comenté con la sonrisa tonta en la cara viendo aquel
lujo desmedido.

—Pues va a ser que no, piensa que no soy un hombre que hable por hablar. Aprende a confiar en
mí, por favor.

Por tener, aquel impresionante yate tenía hasta una gran pantalla de cine exterior en la cubierta
superior, así como un salón con chimenea de leña, un centro de belleza, una sala de conferencias y
una enorme piscina.

Lo primero que hicimos fue ir en busca de ese relajante masaje. Hans renunció a darse uno con tal
de que el masajista alargara el mío y yo me quedé hasta dormida. Me desperté con pánico de que
se me estuviera cayendo hasta la babilla, que todo podía ser…

A continuación, la siguiente sorpresa… Una horita en el Spa del yate, que fue una experiencia
placentera en todos y cada uno de los sentidos…

No sé decir ni cómo ocurrió, solo sé que antes de que ni siquiera lo pensara, ya Hans me había
despojado del bikini y yo a él de su bañador. Piel con piel y con la ayuda de las burbujas, nuestros
tonificados cuerpos se fueron acoplando mientras nuestras bocas decían en forma de beso que los
dos deseábamos que sucediera.

Sentada sobre él, Hans comenzó a estimular mis pezones y yo noté un millón de pequeñas
descargas eléctricas recorriendo cada milímetro de mi piel.

Recuerdo que sonreí pensando en que lo mismo me electrocutaba al contacto con el agua, pero
obvio que tales descargas no eran más que mis terminaciones nerviosas clamando porque su piel y
la mía se hicieran una sola.

La ardiente lengua de mi chico comenzó a recorrerme del cuello para abajo y se deleitó al llegar a
mis senos, que delineó una y otra vez antes de profundizar en mis erectos pezones que nunca vi
endurecerse de tal manera y a semejante velocidad.

El fornido torso de Hans, bajo el que se podía adivinar el fortísimo latido de su corazón, me hacía
presagiar que aquella primera vez iba a ser inolvidable. Eso y el hecho de que su entrepierna
había iniciado un ascenso meteórico al que yo no le veía el fin…

Comencé a resbalar por su miembro para disfrutar de la mencionada dureza cuando descubrí que
él tenía otros planes para mí, pues me levantó para continuar lamiendo de mi línea alba hacia
abajo. Una vez llegado al montículo del placer, se afanó tanto en que yo estallara, que apenas le
bastó un minuto para que cayera laxa sobre él, dado lo excitante del momento.

Quise que se irguiera para probar yo también su sabor, pero con un solo gesto me hizo notar que
no tenía prisa, que su prioridad era hacerme sentir a mí y que estaba a un tris de lograrlo. De
hecho, se colocó en la entrada de mi empapada cavidad y me demostró cómo podía hacer vibrar
todos y cada uno de mis recovecos de una sola entrada, firme y serena.

Me sorprendí a mí misma susurrándole al oído cuánto necesitaba que siguiera y me consoló


escuchar en el mismo tono que había nacido para darme placer y que yo solo tenía que indicarle
cuándo y en qué medida.

Hasta para eso era especial, además no dejó de besarme en ningún momento, ni siquiera cuando
ambos alcanzamos el sumun, cayendo extasiados y gritando el nombre del otro al compás…
Capítulo 11

Les puse un mensaje de WhatsApp a mis amigas diciéndoles que dormiría en el barco.

Después de haber hecho por primera vez el amor con Hans me sentía incapaz de separarme de él.
Sentía que los dos íbamos en la misma dirección, que no era otra que la de tocarnos piel con piel
durante toda la noche.

El amanecer marcó el momento en el que debíamos separarnos y nos pilló volviéndonos a amar,
dejando que hablaran los cuerpos, silenciando las palabras…

—Te llevo al hotel y después de que hagas las maletas te espero en la cafetería, mi niña, me
gustaría que habláramos de ciertas cosas antes de que te vayas. Por nada del mundo deseo que
esto se quede aquí.

Y si él no lo deseaba, no digamos ya yo… El camino hacia el hotel, con su chófer y con Peter, lo
hicimos más callados de lo habitual. Eso sí, el roce de nuestras manos hablaba por sí solo y nos
decía que allí estaba naciendo una historia de amor y que sería un gran error darla por zanjada.

Me despedí de él en el pasillo del hotel y quedamos en vernos media hora después en la cafetería.

No me hizo falta preguntarles para saber que a mis amigas les pasaba algo. Sus caras agónicas lo
decían todo.

—No has visto la prensa, ¿verdad? —me preguntaron por todo saludo.

—No, he estado desde ayer en el barco de Hans, digamos que no hemos tenido demasiado tiempo
para ver nada que no fuera nuestros cuerpos. —Con ese comentario traté de quitar hierro al
asunto, como si lo que quisiera que pasase fuera a disiparse de ese modo.

—Deberías sentarte…

Olimpia estaba con ellas y fue la que me tendió su móvil. Ella se me antojaba ya como un pájaro
de mal agüero, pues parecía ser la portadora oficial de malas noticias.

Fijé la mirada en la pantalla del dispositivo y comprobé con horror cómo la prensa me ponía a
parir, tachándome de oportunista, de ambiciosa, de mujer fría y sin escrúpulos, de chabacana ¡y
hasta de borracha!

Para esto último, sin saber yo cómo era posible, se habían hecho con unas fotos de mis tiempos de
estudiante en Estados Unidos en las que se observaba cómo yo llevaba un buen pedo. Lo peor es
que yo sabía de la existencia de esas fotos y aparecía rodeada de amigos, que con algún programa
habían borrado, para hacer parecer que yo era una empina codos solitaria.

Casi me caigo en redondo. El resto de las fotos pertenecían a dos noches atrás, cuando estuvimos
en la hamburguesería, en la que se nos veía a Hans y a mí, muy felices.

Yo ignoraba por completo de dónde podía haber salido esa fama de codiciosa, pues bien sabía
Dios que me estaba quedando prendada de las virtudes de Hans, pero por mi gusto lo convertiría
en un chico corriente y moliente y borraría de su cabeza la futura corona.

No obstante, no era esa la imagen de mí que la prensa estaba intentando dar, sino una
absolutamente distorsionada que me dolía como una patada en el estómago propinada con
carrerilla.
¿Quién podía estar empeñado en hacerme tal daño? Por el amor del cielo, yo era una chica muy
normal que jamás había tenido enemigos.

Ni gesticular pude. Debí quedarme como si me hubieran echado un bote entero de laca en la cara.

Aquello, lo tenía claro, me iba a afectar más de la cuenta. Si yo ya de por sí no sabía hasta qué
punto iba a soportar el acoso mediático, pensar en que sería víctima de una campaña de acoso y
derribo era algo que me sobrepasaba por completo.

Me senté en mi cama y rompí a llorar amargamente. Mis amigas me abrazaron y comenzaron a


soltar frases de consuelo que yo apenas podía entender, de lo afligida que me encontraba.

—No llores, Erina, todo se va a solucionar—me dijo Brianda quien parecía tener un ataque de
rabia como si el tema fuera directamente con ella.

—Y tanto que se va a arreglar y como yo coja al miserable que ha filtrado las fotos de la
borrachera, que se prepare para despedirse de su nariz—añadió Jimena quien además había
practicado hasta la adolescencia artes marciales y no le faltaba valor para hacer que le tuvieran
que reconstruir el tabique nasal al que fuera.

—Eso ya da igual, mi reputación está destruida, ¿no lo entendéis? —Me eché a llorar sin ningún
tipo de consuelo.

—Venga mujer, si es solo una borracherilla de nada, que levante la mano quien no haya pillado
una alguna vez, porque la mía se queda abajito del tirón. —Olimpia estuvo también de lo más
cariñosa conmigo.

—Gracias, sois muy buenas. No sé si merezco tanto…


—No, como tú eres el demonio con cuernos y rabo, no te mereces nada, pero es que nosotras
somos unas santas. ¿Te quieres dejar ya de tonterías? —Jimena volvió a mostrarme así su apoyo.

—Tengo que ir a hablar con Hans, debo darle matarile a esta relación.

—¿Tú estás chalada? —Corearon las tres al mismo tiempo.

Por Dios, ¿cuántas posibilidades había de que las tres dijeran lo mismo? Pues ocurrió…

—Dejadme, que yo sé lo que hago. Todo esto ha ido demasiado lejos. De sobra sabía yo que no
era buena idea…

—Pero locuela, ¿qué vas a hacer? Piensa que como pierdas al príncipe te vas a arrepentir y
mucho, tú lo quieres, Erina —me dijo Brianda mientras las otras dos asentían.

Sin mediar palabra y casi sin querer escucharlas, fui haciendo mi equipaje con la idea muy clara
en mi cabeza. El sufrimiento que aquella noticia me había causado era prácticamente
incuantificable y para mí suponía un varapalo tremendo.

Antes de que bajara recibí un WhatsApp de Hans diciéndome que teníamos que hablar. No sabía
él bien cuánto, aunque creo que lo adivinó cuando me vio aparecer por la cafetería con los ojos
inundados en lágrimas y acompañada por la comitiva que formaban mis tres amigas.

—No entiendo quién ha querido hacernos este daño, pero no lo soporto—le dije echándome en
sus brazos.
— Erina, no le des el gusto a quien haya sido de que se salga con la suya, bonita mía.

—No, Hans, no es por darle el gusto. Tú no lo entiendes, lo último del mundo que yo hubiera
querido es hacer daño a tu reputación…

—¿Daño? ¿Por haber pillado una borrachera a los veintitantos? A mí eso me provoca risa más que
escándalo. Te digo una cosa, si han querido herirte con esas fotos es una noticia magnífica…

—No te entiendo…

—Pues que, si el único trapo sucio que han podido sacar de ti es ese, significa que es de lo más
ridículo. Estás limpia, inmaculada, nadie tiene un pasado sin algún fallo gordo y parece que tú sí.

—Yo no lo veo así. Precisamente tú sí debes tener una trayectoria sin manchas y esto puede
enturbiarla. No es plan de que te veas perjudicado por algo mío, yo me retiro aquí y ahora.

—No me digas eso, Erina, por favor, ¿de verdad que vas a tirar la toalla tan pronto? Me dejas
fuera de juego, no me hagas esto…

—No te lo he hecho yo, sin duda que hay una mano negra detrás de lo nuestro y yo no voy a poder
soportar ese juego sucio. Si estás empezando a sentir algo por mí, deja que me vaya y no quieras
obligarme a permanecer en un mundo que no me corresponde, por favor.

Aquellas últimas palabras sí cayeron sobre Hans como una pesada losa. Se lo noté en la mirada y
en la forma tan dolorosa en la que pareció despedirse de mí con sus últimas palabras.

—Déjame al menos llevarte al aeropuerto…


—No, por favor, no me lo pongas más difícil.

Le di un beso en la mejilla y me giré mientras de mis ojos comenzaban a caer dos cascadas de
lágrimas. No quise mirar atrás, por no ver la escena en la que dejaba con él a una parte de mi
corazón.

Un microbús nos llevó a nosotras cuatro y a los tres chicos al avión, pues Olimpia había cambiado
el billete para volar con nosotros también de vuelta a casa.

De vuelta a casa… Mi casa, mi refugio y, sin embargo, el lugar al que no deseaba retornar sin
tener a Hans en el horizonte, pues el dolor iba agrandando cada vez más la herida camino del
aeropuerto.

La enorme insistencia de mi madre al aparato hizo que yo terminara por cogerlo.

— Erina, hija, ¿estás llorando? Que sepas que una hija mía no llora solo porque lo quiera algún
desgraciado malnacido del papel cuché, esto no se va a quedar así, te lo promete tu madre. Tú te
vas a casar con el príncipe como que me llamo Eugenia.

—Mamá, déjate de disparates, ya no hay príncipes, ni bodas, ni corceles blancos; fin del cuento.

Con esa lapidaria frase di por terminada la que había sido la más corta pero también la más
intensa de mis relaciones amorosas. Al subir al avión pensé que nunca más querría poner los pies
en Mónaco, pues cada vez que lo hiciera el recuerdo de Hans me sacudiría como un látigo.

Las chicas me arroparon durante todo el camino y me acompañaron hasta la mismísima puerta de
mi casa. Allí me esperaba mi madre, pero también por suerte, Camila y Linda.
Nada más verme, aquella pequeña sinvergüenza empezó a mover el rabo, pero enseguida detectó
la pena en mi cara y comenzó a lamerme cariñosamente como dándome la bienvenida a casa.

—Ains mi chiquitina, no sé lo que haría sin ti—le dije camino de mi dormitorio, donde me di una
ducha y me metí inmediatamente en la cama.

Mi madre subió a traerme un vaso de leche, pero no le permití que me diera un sermón sobre
cómo convertirme en princesa derribando para ello todos los obstáculos, como ella pretendía.

Nada de eso ocurriría mientras yo estuviera en mi sano juicio.

Después subió Camila y a ella sí le permití que estrechara mi mano y me consolara, como cuando
era pequeña y me pelaba las rodillas al caerme en el jardín.

—Mi niña, todo pasa por algo y una cosa te voy a decir, si príncipe o plebeyo, ese hombre está
para ti, al final volverá a tu vida.

—No es posible Camila, yo lo quiero y debe mantenerse al margen. No debe involucrarse más
conmigo.

—¿Quién sabe más de esos asuntos, él o tú?

Lo gracioso del caso es que mi Linda lanzó un ladridito justo cuando nombró el pronombre “él”
por lo que parecía estar dándole la razón a Camila.

No me extrañaría que aquella enana estuviera entendiendo la conversación y luchando por meterse
en ella. Sea como fuere, me tomé un caldito caliente y me propuse intentar dormir, incauta de mí.

Ya en la penumbra de mi habitación y con Linda por toda compañía, empecé contando ovejas
sueltas y terminé por rebaños completos, con idéntico resultado.

Nunca había sentido tanto dolor por amor y caí en que la vida había sido muy benévola conmigo
en ese sentido…

Me enfrenté así a una noche toledana en la que vinieron a mi mente todos y cada uno de los
momentos vividos con Hans. Por mucho que intentaba coger el sueño, seguía siendo imposible y el
tono de su voz parecía acompañarme en aquel tormento.

También escuchaba de fondo la música de aquel vals con el que nos quedamos solos bailando en
el salón, ante la mirada de cientos de personas… así como aquella otra música procedente de
nuestros corazones cuando hicimos el amor en su yate.

Si aquel era un ejemplo de lujo y ostentación, todo lo hubiera cambiado yo porque Hans fuera un
chico como otro cualquiera con el que disfrutar de las cosas más pequeñitas del día a día.

Al final, el que hubiera sido un príncipe, no había hecho sino agriar el final del cuento…
Capítulo 12

Tres días después de mi llegada a casa yo estaba para sopitas y buen vino. Lo peor era escuchar a
mi madre todo el día quejándose de que “si nos habían puesto dos velas negras” o de que “si
alguien nos había puesto la pierna encima para que no levantáramos cabeza”.

Hasta Linda parecía saber cuándo hablaba del tema, quizás por lo irascible que yo me ponía. En el
fondo no me extrañaba que mi peque perruna terminara hasta ladrándole cuando la veía con la
mano en la cabeza y corriendo a por una pastilla como si la cosa fuera con ella y no conmigo.

Total, que yo estaba hecha un alma en pena y ella una víctima. El día anterior yo había decidido
hasta cambiar de número de teléfono, porque la prensa se había hecho con el mío y encima me
tenían acosada.

Para colmo, tampoco podía salir ni a la puerta de la calle porque los tenía allí apostados,
micrófono en mano, y ni una carrerita por los alrededores de la urbanización me podía dar, con lo
que me relajaba a mí eso.

Aquella mañana notamos una algarabía todavía mayor de la habitual y un movimiento en la puerta
que indicaba algo que yo todavía no acertaba a descifrar y que no era otra cosa que alguien había
movido ficha. Y ese “alguien” no podía ser más que una persona…

—Hija de mi vida, baja, que me va a dar un telele de la emoción—dijo mi madre y yo supe que lo
quebrado de su voz tenía que ver con que estuviera verdaderamente emocionada.

Y que le hubiera dado un infarto a mi padre no debía ser, porque entonces me hubiera enterado por
Mencía. Así que, como dos y dos son cuatro, no hizo falta hacer un máster en matemáticas para
saber que… ¡Hans había llegado!
Si el día que le conocí bajé los escalones de dos en dos, este otro debí hacerlo de diez en diez…

—Hans, ¿qué haces aquí? —le pregunté y el pobre me miró como volteando los ojos.

No era de extrañar, solo me faltaba haber bajado los escalones al revés, porque por el resto del
conjunto yo parecía “La niña del exorcista”, vaya, que podía haberla doblado perfectamente en la
peli.

Por suerte, eso sí, no hablaba lenguas muertas, sino muy vivitas, y le pregunté en perfecto inglés,
por lo que mi madre, que tenía un oído fatal para los idiomas, hizo tal esfuerzo por intentar
comprender la conversación que íbamos a mantener que hasta la lengua sacó la pobre.

— Erina, cariño, estoy totalmente seguro de que esto ha sido un complot de la prensa para quitarte
de mi vida de un plumazo y todavía no puedo saber instado por quién. Pero te prometo que no voy
a parar hasta lograrlo.

—Pero eso no cambia nada, por mucho que en su día te enteres, yo ahora te estaría
perjudicando…

—No, porque, para empezar, la prensa de mi país va a emitir hoy un comunicado en ese sentido.
En primer lugar, se va a decir que algunos medios te han fustigado, sometiéndote a una campaña
de desprestigio que en absoluto merecías. Y, en segundo lugar, que para ello se han valido de
malas artes, por lo que eso les deja a ellos y no a ti, en mal lugar…

—¿De veras me lo estás diciendo, amor?

—No, cariño, he venido hasta aquí para soltarte toda esta retahíla y ahora irme con Peter de
cañas.

—Eres más tonto…—Comencé a llorar agarrada a su cuello y comprendí que ahora el riesgo lo
teníamos en casa, concretamente de inundaciones…

Mi madre comenzó a aplaudir a saco, gritando ¡bravo, bravo! Cuando escuché eso, pensé que no
había sentido más vergüenza en mi vida y le pedí por favor que parara.

Hans y Peter se echaron a reír y Camila vino a abrazarme, mientras que mi Linda me daba unos
lametones de categoría, feliz de la vida como estaba, que lo mismo la muy lista de ella se había
enterado de que a partir de ahora iba a ser un chihuahua real.

—A mi Linda me la tengo que llevar, ¿eh? Que yo no voy a ninguna parte sin ella.

—Ni yo lo permitiría, a tu Linda si quieres la ponemos hasta en las monedas a partir de ahora.

—Pues mira, no sería mala idea…

Mi madre empezó a dar unos saltitos como indicando que a ella también la podíamos llevar que
yo ignoré, pensando que ya habría tiempo de que ella y mi suegra me hicieran la vida imposible
juntas, pero que ese bocado era muy fuerte para abrir boca con él.

—¿Entonces? —me preguntó poniendo cara de inocente.

—Entonces vendrás para otra mamá, ahora la cosa está lo bastante calentita como para que vaya
yo sola, ¿no te parece?
—Claro, sola, pero con Linda—resopló.

—Mamá, te prometo que te mantendré al tanto.

—Más te vale o me cuelo allí en donde quiera que sea el país ese y formo la de San Quintín.

—Vale, vale…

Hans se dirigió a ella, dándose cuenta de que los acontecimientos no habían permitido ni siquiera
que se presentara. Lo hizo entonces y también le dedicó unas bonitas palabras a Camila,
asegurándole que igualmente tendría un lugar en nuestro próximo viaje, que yo le traduje.

Mi madre, con lo clasista que era, que todavía no había aprendido nada ni siquiera después de su
separación, se quedó un tanto anonadada, pero no tuvo más remedio que aceptar de buen grado.

La pobre se estaba dando cuenta de que más le valía cambiar de actitud o la que se lo perdería
todo en la vida iba a ser ella. Y como debía estar pensando que habría boda real a la vista, adoptó
su mejor sonrisa e hizo ver que la idea le parecía fantástica.

Con Linda dando saltitos me puse a hacer rápidamente la maleta.

—Tendremos que facturar algunas cosas—vociferé desde mi dormitorio.

—¿Facturar? Cariño, vamos en mi jet privado.

Me eché a reír, todavía no caía yo en esas cosas y me iba a costar un poquillo digerirlas. Si
estuvieran allí mis amigas, entre las que ya incluía a Olimpia, me habrían dado un cate por
despistada, porque a mí me costaba caer en esas cosas a las que ellas tanta importancia le daban.

La salida de mi casa pudo calificarse de épica y yo creí que Peter se iba a tener que poner allí a
repartir mamporros a lo Chuck Norris para que nos dejaran pasar.

Al final, no llegó la sangre al río y alcanzamos el coche. Un ratito después, ya estábamos


cómodamente instalados en el avión rumbo a Histiar.

—¿Quién eres tú y qué pretendes de mí? —le pregunté a Hans acomodándome en su pecho.

—Solo soy un chico sencillo que tiene un cargo más complicado que otros, pero que por encima
de todo siente que se está enamorando de ti y que quiere tenerte en su vida, ¿sabes?

—Creo que empiezo a saberlo, porque la estás liando, pero bien. Como al final yo no te guste, te
veo dando toda clase de explicaciones.

—¿Sabes que es más probable que nos alcance un rayo a pleno sol que el hecho de que tú no me
gustes’

—Quita, quita, que a ver si al final no llegamos a ninguna parte y yo tengo que llegar a pelearme
con tu madre, ¿o qué va a ser esto?

Lo dije en broma, pero lo tenía más que tragado. Por lo visto esa mujer no había podido ver a
ninguna de las novias de su hijo y eso que algunas eran de alta alcurnia.

A ver, que como bien diría mi madre, yo no era un piojo resucitado, que mi padre también era
marqués; pero que la muy estirada de ella el marquesado de mi padre debía pasárselo por el arco
del triunfo y seguro que nos veía como unos mindundis y unos pueblerinos, aunque yo a eso ya
tenía hecho el cuerpo.

El vuelo no pudo ser más cómodo. Huelga decir que yo no había pisado un jet privado en mi
bendita vida y que aquello fue todo un lujazo asiático, como diría Mencía de estar allí. Bueno, ella
además añadiría que rozaba lo orgásmico.

Claro que yo a eso no llegué, no por falta de privacidad, que la hubiéramos tenido de haberla
pedido, pero que no era plan. Que a una no le correría sangre azul por las venas, pero que
tampoco le hacía falta tener dotes de actriz porno para estar encandilando al príncipe.

¿Sonaba o no sonaba a película? A mí desde luego que sí y ahora comenzaba la parte más
divertida; que se preparara Histiar, que allí iba Erina.
Capítulo 13

Tengo que reconocer que llegué a Histiar con más miedo que Pinocho en Bricomanía, por lo de
que cómo me acogería el pueblo, pero por fortuna su acogida no pudo ser más calurosa.

Lejos de meterme en su nación “por la puerta de atrás” como suele decirse, mi príncipe quiso que
lo hiciéramos en olor de multitudes y habían organizado una fiesta popular en honor a mi llegada.
Tanto es así que ese día lo fecharon como no laboral y las gentes se echaron a las calles, banderita
en mano.

Total, que yo pasé de ser una pija más, a una Kate Middleton de la vida en cuestión de unos días.

—No sé si estoy preparada para esto, me están entrando unos sudores fríos que voy a coger una
pulmonía—le dije a Hans mientras miraba por los cristales del coche y veía cómo las personas se
agolpaban en las calles para recibirnos.

—Si esto no tiene ciencia, mujer, tú te subes en el balcón con el resto de mi familia y mueves la
mano así, de ladito a ladito…

Hans hizo el gesto y yo me eché a reír. Bien se notaba que a él le habían criado para eso y que le
resultaba de lo más natural.

—Así es como bailamos en España los “cinco lobitos tiene la loba…”

Empecé a cantar con idea de que se me pasaran un poco los nervios, pero no fue buena porque
noté que estaba tan alterada que hasta perdía la voz.
Llegamos a palacio y aquello era… Necesitaría muchas líneas para definirlo. Si la mansión de
Mónaco me había enamorado a primera vista, digamos que era la casa del jardinero al lado del
palacio que la familia real de Histiar compartía.

Aquel, sin duda, debía estar en la lista de los palacios más bonitos del mundo, pues era para
caérsele a una la baba, así literalmente. Pero ya haría yo porque eso no sucediera o iba a pasar a
la historia como la princesa más lerda del mundo.

Dado lo colorido y exótico que me resultó, me recordó mucho al palacio de Pena, en Sintra, icono
de los palacios románticos. No obstante, ni mucho menos daban pena, ni el uno ni el otro, sino un
gustito indescriptible de pensar que servidora iba a morar en un lugar de una belleza tan
incuantificable.

Aunque para colorida y exótica, dicho sea de paso, ya estaba mi suegra, que nos esperaba con
cara de arpía en el salón principal y me recordaba a una pájara, pero a una pájara de las buenas.

A mí no me la daba y aquella sonrisa suya era más falsa que un sordo afinando una guitarra.

—Soy Helen, querida, te damos la bienvenida a palacio—me dijo e hizo como que depositaba en
mis mejillas dos besos, que lanzó desde lejos.

No me lo podía creer, se acababa de saltar todo el protocolo, pero enseguida descubrí que había
un motivo, pues después del segundo se acercó a mi oído y me dijo “del que ya me encargaré que
salgas pronto”.

Me quedé loca y con los ojos dándome vueltas sin parar como si se hubieran subido en un tiovivo,
porque una cosa era que fuera el bicho que picó al tren y otra que me lo dejara tan claro desde el
minuto uno.
Por mi padre “el marqués” que aquella pajarraca a mí no me amilanaba y pensé que tenía que
contraatacar antes de que fuera ganando posiciones, por lo que le contesté un “ni en sueños” que
me supo a gloria.

Enseguida se acercó el padre de Hans, que ese sí que parecía campechano y me dio una sincera
bienvenida tras la que fui a caer en brazos de su hija Sofía, que era otra que mejor bailaba, y
literalmente, porque hacía ballet desde niña. Pero el baile no le había suavizado el carácter,
porque tenía una cara de estar oliendo mierda que no podía con ella.

—Bienvenida, Erina, mi madre y yo deseamos que tengas la estancia en Histiar que te mereces—
me dijo con un retintín que era para mandarla unos kilómetros más allá de la mierda.

La guerra estaba servida, de eso no había duda ninguna, aunque lo último que yo deseaba era
poner a Hans en la tesitura de tener que escoger entre su familia y yo, máxime cuando sabía que su
posición era más que complicada.

—Bueno, pues ahora que están hechas las presentaciones voy a acompañarte al que será tu
dormitorio, Erina —me dijo él cogiendo personalmente mis maletas, pues al igual que su padre
era de lo más sencillo.

—Hans, hijo, ¿tengo que recordarte que contamos con más de cincuenta personas de servicio?
Pareces un botones con las maletas, suéltalas, ¿qué va a pensar tu invitada?

“Tu invitada”, me sonó de lo más frío, como ella pretendía, por otra parte.

—Mamá, Erina no es mi invitada, es mi novia. Y, además, ella ya conoce como soy, no hace falta
que disimule. No todos tenemos que aparentar…
Ahí la llevaba la bruja esa también. Se notaba a kilómetros que Hans estaba molesto con ella y es
que al saber lo que habría tenido que aguantar que le dijera aquella mujer cuando él le sugirió que
yo visitaría el palacio.

Cuando menos me habría puesto de palurda para arriba y yo estaba segura de que él me habría
defendido a muerte, porque si algo podía decir a boca llena es que mi chico estaba poniendo toda
la carne en el asador.

Hans avanzó con las maletas y yo me quedé unos escalones más abajo, por lo que escuché con
claridad que Helen le decía a Sofía “desde luego que no todos tenemos que aparentar, a algunas
les sale la podredumbre por las orejas y no hacen nada por disimularlo”.

—¿Decías algo? —la reté con la mirada volviéndome, pues en ese instante nos habíamos quedado
las tres solas.

—Nada de lo que tengas que enterarte ahora, ya te enterarás…—repuso Helen.

—Ya veremos quién se entera, al tiempo…

—Calla, enterada, que eres una enterada—dijo la bocachancla de Sofía, que encima era más fea
que Picio, la jodida.

Yo no podía entender cómo de la misma madre habían nacido dos hijos tan distintos, el bombón de
mi Hans y el adefesio aquel de Sofía que más tenía que ver con el aborto de una mona que con una
princesa, pero qué se le iba a hacer…

Y le habrían querido poner un nombre tan real como aquel para equiparla a personajes de la talla
de nuestra reina emérita, a quien más quisiera la niñata esa que parecerse. Ni en sueños…
A la hora del almuerzo yo ya estaba preparada. Se celebraba en el salón principal del palacio y
con todos los personajes rimbombantes del país. Si una hubiera estado en España, sabría que iba a
encontrarse con una Isabel Preysler y compañía, pero allí no conocía ni al gato.

Bajé al salón con un maravilloso vestido verde agua que me había encontrado sobre la cama al
entrar en mi habitación.

—Es una maravilla, y justo de mi talla—le comenté a Hans quien me miraba con ojos
emocionados y me decía que como no podría ser de otra manera, que para eso él me tenía bien
cogidas las medidas.

Era un sol…

—Dios mío, Erina, estás fantástica. Vas a ser la princesa más guapa de toda la realeza europea—
me dijo mientras iba a saludar a un mandatario del país.

—No mientras yo esté viva—me soltó su madre quien parecía estar detrás como el apuntador.

—Eso podemos solucionarlo—le dije con ganas de darle un revés y quitarle la cara esa de
panocha que tenía.

Aunque para rara la de su hija, que yo no sabía si era picassiana o qué puñetas era, pero por todos
mis antepasados que yo no había visto una cara más extraña en mi vida.

—Tendrás cara…—añadió Sofía y claro, no me pude resistir, me lo puso a huevo.


—Pero te refieres a cara normalita, ¿no? Porque lo tuyo tiene miga, hija, ¿qué dice el cirujano
plástico?

—¿A mi hija? Mira niñata, a mi hija tienes tú que chuparle los pies, que para eso ella es una
princesa por derecho legítimo de nacimiento y tú una desgraciada de tres al cuarto que se cree que
va a llegar a ser alguien gracias a nosotros.

No le dije que era más bien a su hijo y no los pies lo que le iba a chupar por no ponerme a su
altura, pero la comida la íbamos a tener, pero bien tenida.

Fue entonces cuando noté un calorcito en mi tobillo que yo sabía muy bien lo que significaba. Era
mi Linda, a la que habíamos dejado en la cocina de palacio con una chica muy simpática de
servicio, pero que se había escapado.

La pobre venía desesperada buscándome, como dándome a entender que allí no conocía a nadie y
que necesitaba arrumacos de su mami.

Estábamos enfrascadas en plena contienda dialéctica cuando llegó y no pude más que sonreír
acordándome del día que aquella enanita había atacado a Beltrán.

Dicen que los perros se parecen a sus dueños, pero yo tengo la teoría de que la cosa va más allá,
de que a unos y a otros nos une una especie de cordón invisible que hace que compartamos
pensamientos.

Y así fue como mi Linda, ni corta ni perezosa, se lio a morder el tacón del zapato de Helen, sin
darle cuartelillo.
La muy mema de ella lo tomó como si fuera el ataque de un oso y eso que, por desgracia, mi
chiquitina no había atrapado con sus dientecitos más que el susodicho tacón y ni un gramo de
carne, que eso sí que hubiera estado bien.

Claro que en ese caso mi Linda se hubiera envenenado, Dios no lo quisiera, y entonces sí que la
habríamos tenido.

Sofía corrió tras su madre, agarrando un cubierto de la mesa y la vi con intención de ensartar a mi
Linda como si fuera una brocheta, por lo que corrí tras ambas y lo menos escandaloso que se me
ocurrió fue arrearle un pisotón a la cola de su vestido, de modo que la dejé clavada al suelo.

Su reacción, viendo que no podía moverse, fue la de echar mano al vestido de su madre, a la que
tenía delante, de tal suerte que lo enganchó por la cintura, la cual se descosió haciendo que se
desprendiera su parte de abajo y dejando a la malvada aquella en reales bragas.

—Esto ha sido por tu culpa—me señaló cuando por fin me hice con Linda, que parecía sonreír por
su hazaña, y aprovechando que en el rincón en el que se refugió no nos escuchaban.

—Venga ya… ¿por mi real culpa? No puede ser, si aquí la única que ha nacido para la realeza
eres tú. —Le guiñé el ojo.

—Tú vas a caer, te prometo que vas a caer y a no tardar mucho…

Tuve que contener la risa para no poner a Helen sobre aviso al ver que el bocado de mi Linda le
había dejado el tacón del zapato a la virulé. Mi buen dinero que me dejaba yo en el veterinario
para que ella estuviera sanita y se veía que los dientes los tenía de acero.

—Lo mismo caes tú antes, quién sabe—le dije como quien no quiere la cosa y ella avanzó hacia
mí.

Y como el karma existe, a la pérfida de Helen le llegó en forma de tacón partido, dando una caída
en redondo que hizo que hasta Sofía se riera. Y eso que las dos eran de la misma calaña.

—¿Tú, sangre de mi sangre, riéndote? —la apuntó con su dedo huesudo como si fuera un rayo y
nos dio repelús a la vez a Linda y a mí.

—Mamá, es que tú no te has visto…

Y no, no se había visto, pero parecía un huevo frito tirada en el suelo, con su corpiño amarillo y
con toda la falda blanca partida y caída alrededor.

Mi Linda ladró en señal de aprobación y es que mi pequeña sabía latín…

No tardé en salir de nuevo al salón con mi peque en brazos.

—Cariño, te estaba buscando, ¿dónde te habías metido? —me preguntó Hans de lo más cariñoso.

—Nada, estrechando vínculos con tu madre y hermana. —Sonreí.


Capítulo 14

Noche de prueba de fuego y es que la cena a la que asistiríamos era de máxima etiqueta…

—Me siento más acorralada que un cangrejo en un cubo—le comenté a Hans, quien me dijo que
pasara a su dormitorio y que me olvidara del de invitados en el que inicialmente me habían
instalado, para él eso no era más que un paripé.

—Lo has hecho fenomenal al mediodía y lo vas a hacer fenomenal ahora, no tengo ninguna duda.

—Mucho confías tú en mí, en cualquier momento meto el gambazo y se nos va todo el chiringuito
al garete, ya lo verás.

—Eso es imposible, cariño. Tú tienes un saber estar que te vas a meter a todo el pueblo en el
bolsillo en un periquete. Ten en cuenta que, además, tras la rectificación de la prensa, tienes a la
gente de tu parte, pues nadie entiende que se haya vapuleado así a una preciosidad como tú y
encima que tiene un currículum impecable como el tuyo…

—Pero lo primero es lo de ser bonita, ¿no? O sea que, si fuera fea, que me dieran morcillas.

Nos reímos y fue entonces cuando llamaron a la puerta. Una de las chicas de servicio traía un
forro en cuyo interior seguramente habría un vestido para mí, pues hasta ese momento yo no tenía
pajolera idea de lo que me iba a poner.

Lo abrí y me llevé las manos a la boca, porque en mi vida había visto una preciosidad similar.
Con el cuerpo drapeado en rosa pastel y la falda en tonos claros anudada al final de la espalda
con un lazo del mismo color que la parte superior, aquel vestido era una obra de artesanía.
—¡Dios mío! Qué cosa más bonita… Me muero…

—¿Te mueres y no lo estrenas? Tú debes estar loca, ya te lo estás probando, por favor.

—No, no, de eso nada, que tienes que ver el conjunto completo. Por cierto, ¿hay alguien en
palacio a quién se le dé bien peinar?

—Pues claro, mi niña, esta noche vas a tener a una peluquera y a una maquilladora a tu exclusiva
disposición…

—Se me olvidaba donde estoy, esto es una pasada…

—Nada que no merezcas, tú solo preocúpate de ponerte guapa, aunque guapa ya estás
rematadamente y dime si necesitas cualquier cosa.

Un rato después vino a darme el encuentro y su cara me dijo que lo que vio le había fascinado. Me
decanté por un semirrecogido bajo informal…

—Inmejorable, preciosa, inmejorable… Salvo por un pequeño detalle.

Me quedé un tanto cortada, “salvo por un pequeño detalle”. ¿Qué había querido decir con eso?

No tardé en comprobar el significado de sus palabras. El “pequeño detalle” no era otro que me
faltaban unos pendientes, pero de eso se encargó él.
Me temblaron las manos al sostener aquella pequeña cajita que con tanto amor me entregó y sacar
aquellos elegantísimos pendientes de oro blanco de los cuales pendían pequeños diamantes.

—Nunca he tenido unos como estos—le dije.

—Pues serán los primeros de muchos.

Hans me tendió el brazo. Él también estaba increíble con su uniforme militar. Me acordé de
Brianda y de su predilección por los hombres con uniforme.

Pensé en que, en cuanto nos hicieran alguna foto, se la enviaría a mis amigas por WhatsApp.
Después caí en que no haría falta, pues la verían en la prensa al día siguiente.

—Estás preciosa, querida—me dijo Helen, aparentando delante de su hijo.

—Y tú igual—le contesté y, aprovechando que a Hans acababan de llamarlo, le solté una fresca—
igual de ridícula que antes, me refiero.

A tomar vientos, esta vez había tomado yo la iniciativa. Y no había dicho ninguna mentira. Dios
mío, aquella mujer llevaba tantas plumas coloridas encima que parecía un pavo real; claro, ahora
entendía lo de real. Me reí para mis adentros.

—Ridícula va a ser tu estancia en esta casa o más bien muy, muy corta… O las dos cosas.
Deshacerme de ti será pan comido.

Se me encendió la bombilla. ¿Cómo no lo había pensado hasta ese momento? Seguro que había
sido ella y nadie más que ella la que estaba detrás del complot aquel mediante el que la prensa me
quitara las tiras de pellejo.

Cielos… había caído como una pardilla. ¿Y su hijo? No, su hijo sabía que ella tenía cacaruca,
pero supuse que no imaginó en ningún momento que llegara a ese límite.

Me propuse que tenía que desenmascararla… Y por mi vida que lo iba a hacer.

Tocó sentarse a la mesa y el protocolo mandaba. Por desgracia, esas serían las cosas a las que yo
tendría que acostumbrarme. Tampoco era cuestión de hacer de aquello un drama. Iba a sentarme
ente dos políticos que parecían un poco estirados, pero es lo que había.

En las mesas oficiales no podría sentarme al lado de Hans, tampoco en el futuro, pues la idea era
que cada uno se dedicara a darle palique a los invitados por separado. Y a dar palique a mí, y más
con el atractivo de ganarme así la simpatía del pueblo, no me iba a ganar nadie.

En cuestión de cinco minutos aquellos dos comensales parecían haberse sacado el palo que traían
metido en el culo y estaban partidos de risa conmigo.

A Helen la cara le llegaba hasta el suelo y si las miradas iracundas mataran me habría dejado
pajarito en la silla.

Hans observaba la estampa de cómo me estaba defendiendo en la mesa y parecía encantado. Él no


paraba de transmitirme que yo podría con eso y con más y en mí estaba el creérmelo.

A la cena, que se ve que aprobé con matrícula de honor, le siguió un baile de gala.

Ahí sí que pude disfrutar de mi amorcito y como pareja brillamos con luz propia.
En cierto momento reparé en Sofía y me dio pena. Ella no tenía mi don de gentes y no parecía
estar como pez en el agua en aquel ambiente, pese a haber nacido en él.

No entendía muy bien por qué se comportaba como lo hacía, pero era probable que la mala baba
de su madre la hubiera contagiado desde niña y ella no hubiera tenido la fortaleza de salir de ese
ambiente tan tóxico.

Fuera como fuese, no me parecía que estuviera feliz en absoluto. Tenía mi edad y su rictus se
parecía más al de una momia (pero real, claro) que al de una chica.

—¿Tu hermana no baila? —le pregunté a Hans.

—Ella es que no se integra demasiado…

Tampoco es que la acogida que la chica me había hecho me invitara a echarle un cable ni a
acercarme a ella. De hacerlo, lo mismo corría el riesgo de que también quisiera ensartarme a mí
como a una brocheta.

Por un instante imité su voz y su hermano se partió de risa.

—Es que se te da de miedo, si no fueras a ser reina, podrías haber sido ventrílocua—me dijo.

Ea, ya lo había dicho, la seguridad con la que comentaba él que yo iba a ser reina era de aquí te
espero. Cualquiera le decía que no al niño, aquello era diversión garantizada…

—¿Lo estás pasando bien? —Ya vino mi suegra a tocarme las narices en cuanto me quedé un
instante a solas.

—Hasta ahora que has llegado, sí…

—¿Quieres dinero y aceleramos esto? Dime cuánto…

—No sé, dímelo tú que eres la que debes llevar toda la vida prostituyéndote…

—¿Me estás llamando puta?

—Solo estoy diciendo que permanecer toda la vida con un hombre al que no quieres solo por
compartir su estatus es una forma de prostitución, y no creo equivocarme. Pero que en mi tierra se
dice que quien se pica, ajos come…

—Al menos yo me he mantenido, a ti no te echo más de una semana aquí…

—¿Apostamos algo?

Volví con Hans quien siguió presentándome a distintas personalidades. Su cara era de felicidad
total y escuché distintos comentarios a lo largo de la noche de que nunca se le había notado tan
relajado y dichoso.

Tanto era así que hasta ese día no había presentado a ninguna otra chica en público, por lo que
todos daban por hecho que lo nuestro iba en serio. Y sí que lo iba, jamás se me hubiera ocurrido
meterme en un fandango similar si no hubiera tenido las cosas bastante claritas.
En cuestión de unas horas, yo me movía por aquel salón como Pedro por su casa. Aquella misma
tarde, y de un modo absolutamente precipitado, había recibido unas clases de protocolo que me
echaban una manita, aunque mi forma de ser desinhibida y natural hacía el resto.

En un momento dado, vi que Helen entraba en la zona del guardarropas, no sé con qué intención.
Igual quería descubrir algún trapo sucio, no literal, pero sí que pudiera deducirse del bolso de
alguna invitada o algo parecido.

Puedo prometer que no fue premeditado, pero se me ocurrió.

—Necesito mi móvil, amor, es para una cuestión importante—le indiqué a Hans y él pidió que me
lo trajeran al momento.

Con él en la mano y encendiendo la grabadora, entré detrás de aquella infame mujer en el


guardarropa y le seguí la pista.

—¿¿Mamá?? —le pregunté haciéndome valer de mis dotes imitadoras de voz.

—Estoy aquí, Sofía, ¿se puede saber lo que quieres?

—Estoy agobiada, mamá. Ya sabes que no me gustan los bailes y encima ahora tener que aguantar
a la pesada de Erina, que es una acaparadora, ¿cuánto crees que va a durar esto?

—Poco, hija, muy poco. Esa niñata va a ser historia en dos días…

Tenía que tirarme a la piscina, era ahora o nunca…


—Mamá, también dijiste eso cuando te aliaste con la prensa para que la pusieran fina y al final
nos la hemos tenido que tragar.

—Hija, entonces estaba todo bien hilado, pero la intervención de tu hermano dio al traste con todo
mi trabajo. Y claro, tuve que recular antes de que se percatara de la maniobra…

¡Bingo! Tenía su confesión y todo estaba grabado. Nunca lo hubiera creído. No llevaba ni doce
horas en palacio y acababa de meterle un gol por la escuadra a la bruja piruja aquella. Se ve que
en aquella relación todo funcionaba a la velocidad de la luz.

—¿¿Sofía?? —la dejé preguntando como extrañada de que su hija no volviera a articular palabra.

Quien sí la articuló fue su hijo, al que solo le faltó maldecir en arameo aquella noche cuando, una
vez acabada la fiesta y ya en privado, hice que escuchara la grabación.

—Mi vida, no sé cómo pedirte disculpas. Jamás hubiera pensado que tenía al enemigo en casa.
Entiéndelo, es mi madre y sé que tiene sus fallos, pero sospechar que había llegado tan lejos no
entraba en mi cabeza.

—Lo entiendo perfectamente, amor y no pretendo que muevas ni un dedo. Solo quiero que sepas
que debemos estar alerta porque va a por nosotros y hará todo lo posible por separarnos.

—No va a poder, mi niña, no va a poder…

—Eso espero—le comenté apesadumbrada.

—Cambia esa cara porque si te digo que no va a poder es porque lo sé de buena tinta.
—¿Y eso? —De nuevo esa seguridad tan aplastante que le caracterizaba.

—Porque con esa confesión voy a hacer que los reyes abdiquen y se vayan a vivir a su residencia
de verano.

—¿Cómo? Pero no puedes hacerle eso a tu padre, él no tiene la culpa…

—¿Hacerle eso? Mi padre va a ser uno de los principales favorecidos, créeme.

—Ahora sí que no entiendo nada.

—Pues que el hombre de lo que tiene ganas ya es de descansar y deja el intríngulis palaciego en
mis manos. A él le encantaría estar viviendo en su segunda residencia desde hace tiempo.

—Ya y tu madre, con su afán de notoriedad, no se lo ha permitido.

—Claro, ella o está en el candelero o está en el candelero. No ve más opción, hasta hoy…
Capítulo 15

Uno se imagina un palacio como un sitio en el que jamás se escuche una voz por encima de otra.
Pero lo que oí esa mañana tenía poco que ver con esa visión…

Los gritos de Helen llegaron al cielo, aunque Hans mantuvo la compostura en todo momento.

—Ha sido la niñata esa ingrata, en veinticuatro horas ha traído la desgracia a esta familia, ¿no lo
ves, hijo?

—Mamá, la desgracia a esta familia nos la lleva trayendo tu manera de ser y desde toda la vida.
Ni papá, ni Sofía ni yo hemos podido jamás ser felices a tu lado. Has manejado a tu antojo la vida
en palacio y no te han dolido prendas en manipular vilmente todo lo que hiciera falta con tal de
salirte con la suya.

—Tampoco el entorno de esa niña se salva, ¿o de dónde crees que saqué aquellas fotos tan
comprometedoras? Me bastó acudir a su círculo, al que os rodeaba en Mónaco. Esa es la prueba
de que tampoco es tan querida, que digo yo que tan buena no será.

—¿A qué te refieres, mamá? Sus amigos no habrían traicionado a Erina.

—¿No? Pues pregúntale a la tal Erina, ella fue quien me puso en contacto con otros antiguos
compañeros de tu novia en Estados Unidos y en unas horas yo ya tenía las fotos en la mano.

Dios mío… Me cayeron los goterones de sudor. La muy desgraciada de Olimpia se había ido
metiendo poco a poco en nuestro círculo, haciéndose la víctima para darnos penita por estar sola y
al final me había vendido como Judas, por unas monedas. Bueno, que habría sido un buen fajo de
billetes con el que comprarse trapitos, pero que para el caso era lo mismo.
—Mamá, eso da igual. No te justifica en absoluto. En todo grupo hay un traidor, a las pruebas me
remito, en esta familia eres tú… Y por eso vais a abdicar y a dejar el palacio.

—¿En manos de esa? Tú no sabes lo que estás diciendo…

Ya me estaba hinchando las narices, hombre, así que bajé a la planta inferior.

—¿Qué le pasa a esa? Yo al menos nunca he vendido las intimidades de mi familia…

—Ni yo tampoco, he vendido las tuyas, pero tú me importas un pimiento, asquerosa….

—Pero con eso perjudicabas a tu hijo. ¿no lo ves?

—Mamá, no vuelvas a hablarle en esos términos a Erina jamás, si lo haces, no solo debes
olvidarte de tu reinado, sino también de que tienes un hijo, te lo advierto.

La mirada ofuscada de Hans validaba sus palabras.

Allí, quien había salido ganando, como bien dijo su hijo, fue el rey, que iba escaleras arriba dando
saltitos de alegría. Y su mujer iba detrás dando coces.

—Lo has hecho, mi amor y no debe haber sido nada fácil para ti, de veras que te admiro.

—Tampoco ha sido difícil con tu ayuda. Ven conmigo al jardín, por favor.
Salimos a respirar aire puro, que el del interior estaba muy viciado, y noté algo en la mirada de
Hans que me decía que mejor me sentara, porque venían curvas.

—¿Estás bien, mi amor? —le pregunté un poco asustada y temiendo que tanta aceleración le
hubiera soliviantado demasiado.

—Estoy mejor que nunca, mi niña, solo que un poco nervioso…

—¿Nervioso por qué?

—Porque estoy a punto de dar el paso más importante de toda mi vida, por eso.

—Lo entiendo, uno no se convierte en rey todos los días, al menos en mi entorno.

—No es por eso, Erina, no es el hecho de convertirme en rey el que me pone de los nervios… es
otra cosa.

—Como no te expliques mejor, podemos estar aquí todo el día.

Miramos por las ventanas y vimos el trasiego de mis suegros en un ir y venir por las habitaciones,
recogiendo cosas. También Sofía estaba preparando las suyas. Era el comienzo de una nueva era,
eso se veía de lejos, y soplaban vientos de cambio en palacio.

—Cariño, lo que te estoy queriendo decir es que, ya lo sé, va a parecerte una locura porque solo
hace unos días que nos conocemos…
—¿Quieres dejar de poner el parche antes que la herida y soltarlo ya?

— Erina, ¿tú te casarías conmigo? —me soltó a bocajarro mientras de su bolsillo sacó un anillo
que brillaba tanto que le hizo la competencia al sol.

—Es… es precioso—lo sostuve entre mis manos mientras tartamudeaba sin saber muy bien lo que
contestar—, aquello no es que fuera de locos, era lo siguiente.

—Sé que estás pensando que apenas nos conocemos, pero estoy seguro de que eres la mujer de mi
vida… ¿Qué me dices’

—Pues qué te voy a decir, cariño, que me debes haber contagiado toda esa locura, porque yo
también estoy segura de que eres el hombre de mi vida.

—¿De veras me lo dices? Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de mi amado y yo
jamás podía haber imaginado una estampa más bella que esa.

Hans y yo nos abrazamos y sus lágrimas y las mías se unieron en un río que el sol fue borrando de
nuestras mejillas, dando paso a una esperanzadora sonrisa previa a aquel amor eterno que nos
juraríamos en unos meses.

Juntos comenzamos a caminar por el jardín, cogidos de la mano, haciéndonos arrumacos y


sabiendo que la historia que íbamos a forjar en común contaría con unos sólidos cimientos, pues
los dos apostamos por el otro desde el mismo instante en el que nuestros ojos se encontraron. A
nuestro lado Linda, una vez más siendo partícipe de todo aquello que me iba pasando en la vida, a
mi vera, siempre a la verita mía…
Cuando se lo conté a mis amigas, ellas se quedaron enormemente sorprendidas por lo precipitado
de los acontecimientos, pero me comentaron que estaba cantado y que todas contaban con la
absoluta seguridad de que Hans sería para mí.

Un príncipe para Erina, solían decir y no se equivocaron…


Epílogo

9 meses después…

No podía ser de otro modo, aquella mañana primaveral el sol que reinaba en Histiar competía con
la luz de mi alma, que también brillaba más que nunca.

¿He dicho que el sol reinaba? Bueno en realidad la que iba a reinar era yo, que ese día me
convertiría en la reina consorte de una pequeña nación que ya sentía como mía.

Era normal, si teníamos en cuenta que sus ciudadanos me adoraban, a pocos meses de haber
puesto el pie allí por primera vez.

Ni que decir tiene que la abdicación de los anteriores reyes les cogió a todos por sorpresa, pero
mi Hans hizo gala de sus dotes de diplomacia…

Así las cosas, aquel suceso se presentó ante todos como algo que había de suceder más tarde o
más temprano. Lo que ellos no sabían es que una grabación por mi parte fue la que aceleró todo el
proceso, ni falta que les hacía.

El asunto es que los súbditos de aquella preciosa nación se habían quedado como perro al que le
quitan pulgas con la marcha de la reina Helen, que tenía fama de ser más mala que la quina.

Digamos, eso sí, que su acelerada marcha no había hecho demasiado bien a nuestras relaciones
familiares, que estaban un tanto frías desde entonces. Y quien dice frías, dice como un témpano de
hielo, pero solo con Helen.
De hecho, nos sorprendió que el rey Carlos viniera a vernos un par de semanas después de la
bronca que lo cambió todo a darnos las gracias por haberle cambiado la vida. Hasta ahí todo
normal… Pero lo que no esperábamos era que nos comentara que por fin había abierto los ojos y
que no se separaba de su mujer por no dar un escándalo, pero que a partir de entonces harían
vidas separadas.

A raíz de esa conversación, hasta nos lo imaginábamos dando tumbos por todo el mundo, viviendo
aquello que su mujer no le había permitido.

La que también se había dado la vuelta como un calcetín era mi cuñada Sofía, que vino un día
pidiéndonos asilo político y diciendo que no podía aguantar más a su madre.

Mi Linda le enseñó los dientecitos, porque no olvidaba el que la hubiera querido ensartar, pero
ella la acarició y firmaron juntas la pipa de la paz. A partir de ese suceso, la tuvimos un tiempo
viviendo en palacio, hasta que terminó independizándose.

Pasados los meses, su carácter no tenía nada que ver con el de antaño, por lo que nos habíamos
hecho buenas amigas. Por esa razón, sería una de mis damas de honor. Como ya habréis
imaginado, Jimena y Brianda eran las otras dos.

Entre mis amigas ya no se encontraba Olimpia, a la que llamé por teléfono después de la confesión
de mi suegra y le dije de todo menos bonita. Beltrán, que había comenzado algo con ella, también
se quedó ojiplático con lo ocurrido y le dio un plantón de campeonato. Jimena y Brianda la
pusieron igualmente fina filipina, con lo cual en el pecado llevó la penitencia, pues se quedó más
sola que la una.

—¡¡Es el día más emocionante de mi vida!! —chillaba mi madre que, para mi estupefacción, había
buscado la mantilla azul que comentamos en su día.
—Ciertamente es maravilloso—añadió Camila, con la pequeña Linda en brazos, que llevaba
puesto un trajecito idéntico al de mis damos de honor, pues iba a acompañarlas a la iglesia.

—Lo de la perrita es lo único que no puedo entender, hija, aunque cualquiera te dice nada. Vamos
a salir en los periódicos con ese tema, pero bueno…

—Mamá, vamos a salir en los periódicos de todos modos, ¿o es que no lo has pensado?

—Pues tienes razón hija, estoy más tonta…

Respiré hondo antes de cruzar la puerta de palacio. De ahí, un coche nos llevaría a mi padre y a
mí hasta la catedral, situada en la Plaza Mayor, donde miles de personas se agolparían para
vernos llegar.

Yo me había preparado a conciencia para la ocasión, esperando que los nervios no me jugaran una
mala pasada, pero no era probable, pues en aquellos meses me había acostumbrado a lidiar con el
pueblo.

No en vano, con frecuencia asistía a actos públicos en compañía de mi prometido y todos decían
que cumplía a la perfección con mi papel de consorte.

Lo que ocurría es que aquella mañana la mezcla de emociones suponía una explosión difícil de
controlar en mi interior. La noche anterior, Hans y yo habíamos estado hasta altas horas de la
madrugada soñando despiertos sobre cómo se desarrollaría el día más importante de nuestras
vidas.

—Yo lo que quiero es que lo disfrutes, mi niña—me dijo—, no deseo que nada enturbie un día tan
maravilloso para nosotros.
—No hay fuerza en este mundo que pueda enturbiarlo, mi amor, de eso puedes estar seguro—le
contesté mientras nos dábamos un apasionado beso.

Ahora ya veía la cuestión con perspectiva y todo se había normalizado, pero los comienzos habían
sido como una especie de montaña rusa en palacio. Yo los recordaba como unos meses
inmensamente felices, pero también muy convulsos, en los que tuve que adaptarme a la velocidad
del rayo a una vida totalmente opuesta a la que había llevado hasta ese momento.

He de decir que Hans se las ingenió para ayudarme en todo el proceso, ya que sin él aquella
aventura hubiera sido imposible.

Y ya iba camino del altar, una vez bajé del coche con “el marqués” que también había llegado al
enlace, procedente de España y acompañado de Mencía, que esa no se perdía una y mucho menos
tan gorda como aquella.

Sin embargo, y al contario que en otras ocasiones, yo no lo había encontrado tan entusiasmado con
su chica. Mi madre lo explicaba como que ya se le había pasado un poco el encoñamiento y él se
habría dado cuenta de que ambos tenían en común lo mismo que el tocino y la velocidad, es decir,
absolutamente nada.

La llegada a la catedral había sido de cuento y yo esbocé la mejor de las sonrisas en


agradecimiento a un pueblo por el que siempre me sentía extremadamente arropada.

En el altar estaba Hans y a su lado, su madre, Helen, quien había prometido comportarse con tal
de que no se le arrebatara un lugar que decía que le correspondía por derecho. Nuestra idea no era
hacer sangre, por lo cual cedimos.

El pasillo, con mis damas de honor delante y mi padre al lado, se me hizo eterno hasta llegar a
Hans. Y eso que mi Linda lo hizo a buen paso, que no podía olvidarme de ella en un día tan
significativo.

El novio estaba impecable con su uniforme militar y yo me sentía la más dichosa de todas las
novias dentro de mi vestido, con un guiño al de Grace Kelly, por aquello de que mi futuro marido
y yo nos conocimos en Mónaco.

De hecho, allí y dos días después del enlace, sería donde comenzara nuestra luna de miel en el
“Aniri”, que era mi nombre al revés y con el que Hans había rebautizado a su yate.

La ceremonia fue cubierta por toda la prensa internacional y lo que yo destacaría de ella fue que,
pese a que nos acompañaban centenares de invitados, Hans y yo logramos abstraernos hasta el
punto de sentir que estábamos los dos solos dándonos un “sí, quiero” que ambos entonamos con
tal fuerza que retumbó en toda la iglesia.

En ese instante miré a mi perrita Linda y le hice un gesto de que se calmara, pues noté que los
nervios hicieron mella también en la chiquitina; normal, todos los presentes se habían emocionado
y ella no era una excepción.

Antes de comenzar a caminar hacia la calle, y sabedores de la lluvia de flases que nos esperaba
fuera, mi ya marido y yo nos tomamos un minuto para quedarnos fijamente mirándonos y terminar
diciendo, con voz temblorosa, que lo habíamos conseguido.

Nueve meses después de conocernos, acabábamos de dar a luz a un matrimonio que, como los
hijos, esperábamos que fuera para toda la vida.

Las perspectivas eran las mejores porque Hans me llenaba más como hombre y como persona
cada día. Y también como rey, porque vivía volcado en que sus súbditos disfrutaran de una
existencia mejor.
Por esa razón, él también era aclamado por allí por donde pasaba y cuando asistíamos juntos a
algún lugar las buenas críticas nos llovían.

Salimos y no nos cogió de improviso el aluvión de fotografías que nos hicieron y que en cuestión
de minutos estarían dando la vuelta al mundo.

A continuación, volveríamos a palacio, a nuestra casa, pues no se nos ocurrió un lugar mejor en el
que celebrar nuestra unión que sus jardines.

Está mal que yo lo diga, pero creo que fue la boda más bonita del mundo, en la que la felicidad, el
buen humor, las risas y las bromas, lograron desplazar al protocolo.

En buena parte ello fue gracias a mis amigos, pues allí no faltó de nada. Desde una Jimena y un
Borja que parecían seguir jugando al ratón y al gato pese a que ya estaba más claro que el agua
que su destino era permanecer juntos… Hasta una Brianda que nos sorprendió a todos con una
petición de matrimonio que fue ella, y no al contrario, quien le hizo a Jacobo.

Mis dotes de celestina también salieron a la palestra y ante la atónita mirada de mi amado, hice de
las mías para que Beltrán y mi cuñada Sofía se lo pasaran en grande… y así fue.

Aunque la gran anécdota del día, que por suerte quedó entre los más íntimos y no trascendió
públicamente, fue que Mencía se lio con uno de los amigos de Hans, al que le confesó que estaba
hasta la coronilla de mi padre. Juntos se fueron al baño a montárselo y… por un avatar de esos de
la vida alguien abrió la puerta y los pilló in fraganti.

Las risas que se echó mi madre no las olvidaré mientras viva. Ni tampoco la cara de perrito
abandonado con la que mi padre se le acercó a decirle que lo de Mencía había sido un error y que
ya hacía un tiempo que se había dado cuenta de que ella y solo ella era la mujer de su vida.
—¿Pero eso ha sido antes o después de la cornada que te ha dado? —le contestó mi madre, que
había ingerido ya alcohol por siete.

Contra todo pronóstico y pese a esa contestación, unas horas después estaban bailando y más
acaramelados que nunca, estrenando relación, por lo que también podría salir de nuestra boda,
aparte de alguna otra, la segunda de mis padres.

—Esto no tiene desperdicio—me dijo Hans unas horas después viendo cómo su padre se lo
pasaba también en grande yendo de flor en flor por el jardín y su madre lo miraba con ganas de
aniquilarlo como a un abejorro.

—No lo tiene, no. Nuestro comienzo no fue normal, mi rey, ni nunca lo va a ser nada en nuestra
vida. Yo ya lo tengo más que asumido.

—¿Y quién quiere normalidad, mi reina, pudiendo disfrutar de todo esto?

—Pues eso mismo digo yo…

Ya éramos inmensamente felices y solo nos quedaba comer perdices que, por cierto, y por aquello
de recrear un poco más la escena, las sirvieron también en el convite…

¿Quién daba más? Nosotros no, pues más era imposible. Ahora se trataba de acabar bien el
cuento, pero antes habría que escribir infinitas páginas…

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