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Renacimiento: Arte y Humanismo

El Renacimiento comenzó en Florencia en el siglo XV, donde artistas y filósofos como Botticelli, Leonardo y Miguel Ángel llevaron las artes a nuevas alturas a través de la belleza de las formas y la luz. El humanismo del Renacimiento enfatizó la dignidad del hombre y su capacidad para moldear su propio destino mediante el arte, la filosofía y la técnica. Aunque hubo conflictos, el mecenazgo de los Médicis impulsó el desarrollo cultural de Florencia y marcó el inicio

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Renacimiento: Arte y Humanismo

El Renacimiento comenzó en Florencia en el siglo XV, donde artistas y filósofos como Botticelli, Leonardo y Miguel Ángel llevaron las artes a nuevas alturas a través de la belleza de las formas y la luz. El humanismo del Renacimiento enfatizó la dignidad del hombre y su capacidad para moldear su propio destino mediante el arte, la filosofía y la técnica. Aunque hubo conflictos, el mecenazgo de los Médicis impulsó el desarrollo cultural de Florencia y marcó el inicio

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El Renacimiento: luz, belleza y forma

Ricardo Salgado García

El Renacimiento, época que sirve de puente entre la Edad Media y el comienzo de la


Modernidad, supone un cambio decisivo en la historia del hombre: la visión del mundo que le
rodea y la función que cumple bajo el terrible yugo de la vida, el tiempo y el cuerpo sufre una
transformación sin precedentes. Es en el siglo XV, comienzo de esta nueva época, donde una
verdadera multitud de eventos se reúne para moldear el camino que tomarán las artes, la filosofía
y el pensamiento de los siglos venideros. Un intenso apetito domina al hombre renacentista, una
cara del hambre hasta entonces desconocida lo embarga y lo impulsa al trabajo constante, a la
invención, al ansioso flujo de ideas, máquinas, lienzos y catedrales que fue el Renacimiento. La
búsqueda, al fin, deja de ser un paso en falso, un salto al abismo, y comienza su viaje rumbo a la
nitidez del horizonte científico, a la certitud de la belleza y el amor por las formas, a la soberbia
claridad de un Botticelli o un Miguel Ángel y al aún innombrable esplendor de las calles
florentinas. Es definitiva la imposibilidad de nombrar siquiera, en un listado hipotético, la
totalidad de los elementos, personajes e historias del Renacimiento, y es penoso, también, tener
que caer en el obligado reduccionismo de siempre; sin embargo, no hay más que eso: una
interminable búsqueda por asir un mundo que sabemos infinito. Hay una extraña bondad en
saberse incapaz de algo, pero intentar de todos modos. Así, pues, todo comienza en Florencia.
Nombrada Florentia por los romanos, esta ciudad italiana de la región de Toscana fue el
núcleo indiscutible del Renacimiento; en ella crecieron, vivieron y trabajaron los más influyentes
artistas y filósofos de la época. La Europa del siglo XV, a pesar de las victorias artísticas y
culturales, no era un lugar tranquilo, sino que sufría diversas pugnas entre naciones y religiones,
era una época turbia, desequilibrada. El Imperio y el papado ven su poder desintegrado y los
estados naciones florecen; la cultura pasa definitivamente del monasterio a la universidad, lo que
supone un cambio radical en la forma de ver y aprender la cultura; los conflictos son sumamente
sangrientos: la Guerra de los Cien Años, la de Dos Rosas y la contienda entre España y Francia
por la península ibérica son sólo algunas de los problemas políticos del siglo. En Florencia, el
resplandor cultural característico de la época no significó un bienestar económico, político ni
social. Hay quienes afirman, por lo demás, que el florecimiento artístico de esta ciudad es el
resultado de la decadencia económica, una forma de balancear el poder de la nación.
Los cambios culturales que supuso el Renacimiento tienen en el humanismo uno de sus
pilares. Como primer significado, la palabra nos empuja a pensar en las disciplinas humanísticas,
en las studio humanitatis basadas en el trivium: gramática, retórica y dialéctica. Sin embargo,
como dice Ambrosio Velazco, “no todo saber humanístico puede considerarse como propiamente
humanista”. El concepto es más amplio, se refiere a una visión activa del papel del conocimiento,
siempre anclado a la praxis, a la creación y a la innovación, pero, sobre todo, es el carácter
reformador del conocimiento lo que es importante, su posibilidad de transformar y liberar al
hombre y su entorno, de dignificarlo. Una de las tesis centrales del humanismo (que tendrá sus
últimas consecuencias en el romanticismo) es la confianza en el poder del hombre para controlar
su destino y moldearlo a su gusto; en este sentido, no existen leyes absolutas que lo aten a un
futuro especifico. Es a través del desarrollo de la técnica, la filosofía y el arte que se confía en la
capacidad creadora del hombre; es dignificado como ser terrestre y se deshace del peso de
contrastarse con la figura divina, un recordatorio de su triste banalidad.
En relación al lenguaje, el hombre del Renacimiento ve en él una herramienta casi
sagrada que le hace encontrar (sobre todo gracias a la retórica), como apunta Velazco, “la
ausencia de universalidad de métodos, conceptos o teorías inmutables”. Montaigne (1533-1592),
uno de los más grandes pensadores y escritores de la historia de la literatura europea, en muchos
de sus Ensayos hace alusión directa o indirecta a esta cualidad del lenguaje, a esa falta de
universalidades. En “El provecho de uno es daño para otro”, uno de sus textos más pequeños,
defiende la tesis descrita en el título a través, como es usual en sus ensayos, de ejemplos
aprendidos, en su mayoría, en libros de la Grecia y la Roma antigua. El ensayo defiende la
naturaleza dual de cualquier ganancia: para que uno pueda ganar, otro pierde. Así, el médico
obtiene su riqueza de la enfermedad, el soldado de las guerras y el arquitecto de la ruina de las
ciudades. Hay un énfasis en la individualidad del hombre y en la presencia de verdades
simultáneas, de contradicciones, de ausencia de absolutos. En otro ensayo, “Es locura referir lo
verdadero y lo falso a nuestra capacidad”, Montaigne desarrolla la idea de la importancia de
sospechar de uno mismo y de lo que se sabe, pues no seremos nunca poseedores de un
conocimiento perfecto. Asimismo, hace hincapié en la subjetividad de nuestras percepciones,
cómo lo monstruoso o lo divino depende de aquello a lo que estemos o no habituados; un rio,
explica, nos parecería un océano en caso de nunca haber visto uno. Estas ideas inducen al
hombre a una duda perpetua, a conservar el espíritu crítico y la posibilidad siempre abierta de
nuestra ignorancia y debilidad. Montaigne apuesta por la apertura del espíritu ante la magnitud
de un mundo que es cada vez más extenso, cada vez más diverso en su forma y calidad. La gran
mayoría de los ensayos de Montaigne presentan una gran variedad de citas e historias sacadas
directamente de la tradición clásica griega y romana. Los usa como ejemplos, tesis o
confirmaciones de sus propias ideas, se nutre de ellas para construir él mismo un pensamiento
novedoso. Es ésta una de las características capitales del Renacimiento: el regreso al mundo
clásico, el reencuentro con la literatura y la cultura grecolatina.
No obstante el profundo papel que jugó esta cultura en la Europa del Renacimiento y el
desarrollo de sus ideas, no fue un asunto solamente de imitación y amor irracional o gratuito por
el conocimiento del pasado, fue un aprendizaje que buscaba innovar y transformar el presente; el
hombre renacentista piensa siempre en la utilidad del conocimiento, en su aplicación inmediata y
su resultado presente. Pico della Mirandola, humanista y pensador florentino, describe la
situación del hombre: fuera de las leyes naturales, es el único capaz de ser libre, de forjar su
destino. Para él, nuestro lugar en el mundo es una especie de limbo entre el cielo y la tierra, entre
lo animal y lo divino; en este sentido se acerca a Sartre cuando dice “Estamos condenados a ser
libres”. Para Maquiavelo, autor de El Principe, la creación, el arte y la cultura deben de tener un
compromiso político, pues sin él hay un deterioro cívico de ciudadanos y gobernantes, lo que él
mismo creía que estaba pasando con la Italia del siglo XV. Sin embargo, aunque el arte
Renacentista no tuviera tintes claramente dirigidos a mejorar la política, sí tenía una relación
muy estrecha con el gobierno, sobre todo en Florencia.
La familia de los Médicis fue, desde el siglo XIII, una familia de banqueros que
cosecharon el éxito a lo largo de muchas generaciones. Para el siglo XV, su poder económico
llevo a Lorenzo de Médici a gobernar Florencia y, aunque sus métodos políticos fueron
sumamente debatidos, fue una figura elemental en el desarrollo de la cultura italiana y el
Renacimiento europeo. Lorenzo, a través de su poder económico y una clara visión de lo que
buscaba, hizo avanzar la producción artística y filosófica de Italia gracias a su mecenazgo. Entre
los filósofos que, digamos, apadrinó, se encuentran figuras como Ficino, Poliziano y Giovanni
Pico della Mirandola. Sin embargo, a pesar del innegable valor de estos últimos, fueron artistas
como Botticelli, Leonardo, Michelangelo y Raphael los que llevaron realmente el desarrollo de
las artes a Florencia.
Gracias a ellos, la idea que se tenía de la pintura comienza a cambiar: ya no es un trabajo
exclusivamente manual, sino que se vuelve la consumación plástica del pensamiento, es ahora la
expresión de la intelectualidad y el conocimiento, poesía visual. En el caso de Botticelli, sus
personajes no son simples copias del mundo sino casi encarnaciones de la tristeza y la
melancolía, de una desesperanza que parece tener una explicación en el neoplatonismo de la
época. Prisioneros de la tierra, los hombres viven bajo la imposibilidad de alcanzar el absoluto, la
divinidad, el cielo o las ideas, y es gracias a esta imposibilidad que la pintura encuentra un
camino: el de la idealización de los cuerpos, las miradas y los lienzos. La pintura es una
herramienta que busca acercarnos al mundo de las ideas de Platón; a través de la belleza, las
formas y, sobre todo, la luz, el pintor logra desprenderse y desprendernos del peso de lo terreno.
Así, el Renacimiento tiene entre sus características principales el movimiento, la ansiedad y la
expresión física y psíquica. Botticelli fue el artista más famoso de su época y tenía muy claro su
camino artístico: como dice Annunziata Rossi en su ensayo “Sandro Botticelli neoplatónico”,
“Para Botticelli, «cada objeto del mundo terrenal es el análogo, el símbolo de una realidad más
alta existente en las esferas estelares»”. Él buscaba esa realidad superior a través del color, la luz
y las formas.
En definitiva, el Renacimiento es la simiente de la Modernidad, es aquí donde comienza
la idea de progreso y se inaugura una esperanza en la cultura, el humanismo y la ciencia que
tendría su final en la devastación de las guerras mundiales y las crisis económicas. La visión del
mundo deja de ser mágica-medieval para ser concreta, objetiva y pragmática, y aunque el mundo
siga siendo católico, el Renacimiento es también la cuna del más grande cisma del cristianismo.
La imprenta, la caída de Bizancio, el descubrimiento de América, la reconquista española y el
desarrollo de la navegación y las máquinas catapultan el pensamiento y la creación, lo potencian
y lo expanden. El mundo renacentista es un deslumbramiento, es el primer vistazo de un
resplandor que poco a poco iremos encapsulando, y acostumbrados nuestros ojos a esta nueva
luz la negaremos una vez más para reanudar la imparable circunferencia de la lucha de los
hombres.

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