Índice
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Palabras finales
Bibliografía
Créditos
Para Enrique Badía.
1
C uando se despertó, pensó por un momento, como cada mañana,
que estaba curado. ¡No le dolía nada! Se sentía ingrávido, flotando en
una nube de algodón. O en un colchón de agua, como el que le había
hecho comprar aquella novia andaluza que tuvo. ¿Cómo se llamaba?
Era guapa y bajita, pero el colchón era una mierda. Todas las mujeres
que me han gustado son bajitas, se dijo, pero acto seguido sonrió
porque no era verdad. En su abundante currículo amoroso figuraban
altas y bajas, gordas y delgadas, nobles y cortesanas. ¡Había tantas! A
veces, para que el sueño llegara más rápido, intentaba contarlas y
darles un nombre antes de dormirse, «Merceditas, Carmen, Ana,
Conchita, Antonia…, la chica de Melilla, ¿cómo se llamaba? ¿Y la
mujer del embajador en…? ¿Dónde era, carajo, dónde era?». Sonreía,
como siempre que pensaba en los viejos y buenos tiempos, y con la
sonrisa llegaron los dolores, aullando como el perro que al final se deja
entrar en casa. La cadera, ese pinchazo constante, la rodilla rígida
como si fuera de madera, los hombros por tener que apoyarse en las
malditas muletas…
En el contraluz se dibujó el objeto más odiado: la silla de ruedas.
Benito, su viejo ayuda de cámara, descorrió las cortinas con un
ademán tan brusco que sus nervios se erizaron, un rayo de luz le hirió
los ojos y se puso el brazo sobre la cara:
—Coño.
—Señor, las ocho.
Juan Carlos rezongó: «¿Y qué?». Con un suspiro, que era casi un
quejido, se incorporó en la cama y tanteó la mesita de noche para
coger los tres móviles que tenía a su disposición con tarjetas
extranjeras, pues hacía años que sabía que el CNI espiaba sus
conversaciones. Miró las llamadas, ¡nada! ¡Ni Marta, la fiel Marta,
había llamado!
Se dejó caer de nuevo sobre las almohadas. Tenía que dormir casi
sentado porque, si no, se ahogaba desde aquella operación en
Barcelona… Sus ojos se achinaron maliciosamente, estuvieron a punto
de encontrarse las dos en el pasillo, Sofi y Corinna. ¡Cómo se puso el
bueno de Iribarren, luego comentó que aquel día había envejecido
años! Siempre he vivido caminando por el alambre, reflexionó con
orgullo de trapecista, haciendo equilibrios entre mi padre y Franco,
entre Sofi y las otras, ¡hasta mis amigos estaban celosos los unos de los
otros y competían por ver…!
No, no, de eso no había que hablar ahora. ¡Ya se ocupan bastante
del asunto esos periodistas cabrones!
Creen que yo pedía y reclamaba… ¡Yo, el descendiente de
diecisiete reyes exigiendo parné como un mercachifle cualquiera! ¡No
tienen ni idea! El dinero entraba a raudales, ni siquiera había que
mencionarlo. ¡Si ellos supieran!
Benito se acercó.
—¿Le preparo el baño?
Su cerebro tardaba en despertarse varios minutos más que su
cuerpo, los medicamentos que tomaba contra el dolor y para combatir
el insomnio corrían aún por sus venas, lo que le impedía pensar con
claridad. Sabía que hoy le esperaba algo muy importante y, como ese
recuerdo le entristeció, dedujo que se trataba de un asunto ingrato. Le
preguntó a su ayuda de cámara:
—¿Te han dado alguna instrucción? ¿Hoy qué tenemos?
El hombre lo miró con asombro y respondió:
—¿Hoy? Nada… ¿No recuerda el señor que…?
Ya. Por la tarde.
Con un gesto de la mano ahuyentó aquel pensamiento horrible y,
como los niños pequeños, se puso de lado para que lo dejaran en paz.
Le costó mucho darse la vuelta y su cuerpo sonaba con ruido de goznes
oxidados, llevaba tantas prótesis que bromeaba con sus nietos: «Soy
un mecano».
Claro que ninguno sabía qué era un mecano.
¡Sus nietos! ¿Qué iban a pensar de él?
Respondió malhumorado:
—Ya sé, ya sé, ya me acuerdo, no estoy gagá todavía.
El hombre se afanaba por la habitación, recogiendo aquí y allá la
ropa que él tiraba al suelo porque nunca había sabido cómo se usaban
las perchas, un periódico arrugado…, lo habría arrojado la noche
anterior en un ataque de ira. ¡Todos habían tomado partido! Ya no
estoy de moda, repetía con amargura la frase de su abuelo Alfonso
cuando estaba exiliado en Roma y nadie le hacía caso.
—Benito.
Se detuvo en su tarea, respetuoso.
—¿Señor?
—Tu padre sirvió en Roma, ¿verdad?
El lacayo se acercó a la cama con la ropa en el brazo y respondió,
oficioso:
—Sí, señor, era el ayudante de Pepe, el chófer de sus majestades.
—¿Sabes que yo me acuerdo de Roma y de mi abuelo?
El hombre, que no sabía muy bien lo que se esperaba de él,
murmuró:
—¿Sí? Pero si vuestra majestad debía ser muy pequeño… con todo
mi respeto.
El rey miró al techo, como si hablara con las deidades celestiales
más que con el ayuda de cámara:
—Cuando murió Alfonso XIII…
Benito se persignó:
—… Dios lo tenga en su gloria…
—… yo tenía tres años… Recuerdo que me llevaban al hotel donde
vivía y me tocaba la cabeza. Mi niñera se llamaba Ucsa.
—Buena memoria, señor.
—A mi madre le gustaba mucho el cine… ¿Sabes que en los cines
de Italia se podía fumar?
Se notaba al hombre algo impaciente para proseguir con sus
tareas domésticas, pero aun así respondió:
—No lo sabía, señor.
—Yo casi nací en una sala de cine… Por eso mi vida ha sido como
una película de buenos y malos. ¡No sé yo cómo me juzgará la historia!
¿Tú qué crees?
¡Antes, todos le querían, hasta Santiago Carrillo! ¡Se le ofrecían
las mujeres más guapas del mundo! ¡Los millonarios le llenaban los
bolsillos! Ah, sus hermanos árabes, cuánto les debía… Ahora, sin
embargo, se había convertido en un apestado.
El hombre, confuso, no supo qué contestar a preguntas tan
enjundiosas, ¡no estaba acostumbrado a mantener con su señor una
conversación de persona a persona! Carraspeó, tratando de ganar
tiempo cuando el rey prosiguió:
—¿Qué diría mi abuelo si viviera?
¿Se sentiría orgulloso o se avergonzaría de su nieto aquel rey
desgraciado que, cuando le decían los hijos papá no fumes, contestaba,
bah, para lo que me importa vivir o morirme?
¡Roma! Si cerraba los ojos casi podía sentir el olor de las mimosas
de Villa Borghese… ¿Y la luz? La ciudad era plateada por abajo y
oscura por arriba.
—¿El señor querrá vestirse de sport o con traje?
Abrió los ojos por un momento, desconcertado. ¿Dónde estaba?
Ah, sí… claro… Cantaba un mirlo y se oía el ruido lejano de un coche
caro, un Mercedes seguramente. El presente se abría paso con la
suavidad del cuchillo clavándose en la mantequilla.
No quería pensar, aún no.
Qué silenciosa estaba la casa. Qué diferencia del hogar de su
infancia…
En Lausana, por las noches, hacían formar a los cuatro hermanos
y ponían la «Marcha real» a todo volumen. Tenían que mantenerse de
pie hasta que se acabara, cuadrándose frente a sus padres, que
fumaban y tomaban cócteles.
Papá, dry martini, y mami, un old fashioned.
Margot, como era ciega, se orientaba por pasos, siempre contaba
en voz baja «dos, tres, cuatro…». Alfonsito era tan pequeño que
terminaba cayéndose y papá le reñía… Menuda tropa de lisiados. ¿No
inspiraban compasión en el fondo?
En sus recuerdos, Alfonsito seguía vivo. Nunca habían subido a
esa sala de juegos, nunca habían cogido la pistola, nunca…
Por duro que sea el pasado, uno siempre podía huir del presente y
refugiarse en el país de los recuerdos.
Allí querría estar ahora, con los muertos.
¡Recordar, sí, los secretos y las mentiras, la alegría y la tristeza!
Dicen que la vida es corta, pero en esos momentos le parecía que no se
acababa nunca.
Hundirse en el ayer como cuando se lanzaba desde la punta de la
playa del Guincho.
—Benito, déjame, que no me moleste nadie —ordenó, finalmente
—. Ya pediré luego el desayuno.
El hombre se inclinó y salió silenciosamente, dirigiéndole una
última mirada compasiva. Y solo entonces, cuando cerró la puerta a
sus espaldas y se quedó solo, Juan Carlos se dio cuenta de que Benito
llevaba el rostro cubierto con una mascarilla.
2
—B andito, ti ucciderò!
—Stampo!
Errol Flynn se evadía ágilmente en la cubierta de su barco pirata
de la persecución de sus enemigos, pero una espectadora, una sola en
toda la sala de cine, estaba más pendiente de lo que ocurría en su
propio cuerpo que de lo que pasaba en la pantalla.
—Maldita sea, maldita sea, maldita sea.
La que juraba como un carretero, eso sí, en voz baja, era María de
Borbón y Orleans, la mujer del Príncipe de Asturias. Se revolvía
incómoda en las duras sillas de madera del cine Olimpia, en pleno
Trastevere romano, porque la inmensa barriga de casi nueve meses la
obligaba a sentarse con las piernas abiertas y, como era tan grandota,
le daba golpes sin querer a su suegro, que asistía a las evoluciones del
capitán Blood sin dejar de fumar su eterno cigarrillo Laurens, que
insertaba en una boquilla de ámbar. Don Alfonso, el depuesto rey de
España, que llevaba siete años en el exilio, se quejaba distraídamente
porque estaba inmerso en la película:
—María, por favor, coño, cállate y estate quieta.
De pronto, Errol Flynn soltaba una soflama: «Le donne sono
cative, ma non posso vivere senza di loro» , toda la sala se echaba a
reír y el que más el exrey, la luz blanca de la pantalla se reflejaba en
ese rostro movible, capaz de expresar todas las emociones que caben
en un ser humano. Le dio un codazo cómplice a su nuera:
—Es buena la película, ¿eh, chiquituca? Ahí es donde fuisteis de
viaje de novios.
Sonriendo también, María asintió. No era tan ingenua como para
no advertir que los exóticos escenarios en los que se movía el apuesto
Errol Flynn eran de cartón piedra, pero la evocación fue tan fuerte que
cerró los ojos para rememorar, no solamente los veinte países que
habían visitado gracias a la generosidad de su suegro, sino los
momentos de intimidad que había compartido con su marido. ¡Desde
la mismísima noche de bodas en Frascati, donde sabemos que se
consumó el matrimonio por el mismo Juan de Borbón! Se lo aclaró a
su hijo Juan Carlos cuando este se quejaba de un leve dolor de cabeza
para no asistir a un acto de apoyo a su persona:
—Carajo, el día que me casé estaba hecho una mierda, pero
aguanté hasta el discurso de Pemán sin desmayarme. ¡Tuve que
joderme y por la noche cumplir, a pesar de todo, con tu madre!
En medio de esa húmeda sala de cine que olía a tabaco y sudor
revenido, María enrojeció de placer. El amor y la pasión que se habían
despertado en su corazón esa noche ardiente le iban a durar hasta el
final de sus días.
Lo que había tenido Juan era, según unos cronistas, un
«microbio» parecido a la malaria y, según otros, una enfermedad
adquirida en su trato frecuente con mujeres. La consecuencia fue una
descomposición estomacal muy poco romántica que se reflejó en su
rostro en las fotos de boda: con los labios apretados, ceñudo, la
expresión severa, no por responsabilidad histórica, como contaron los
cronistas almibarados que se desplazaron a Roma, sino por unas
irreprimibles ganas de aliviarse.
María cambió de postura y la presión sobre la pelvis disminuyó.
Era su segundo embarazo. ¡Ahora tenía que ser un chico! El
continuador de la dinastía, ¿sería rey algún día? Claro que, para llegar
a eso, primero se tenía que morir el rey, después debía subir al trono
Juan, y después…
¡Pero, primero de todo, tenían que ganar la guerra Franco y los
suyos!
Los suyos, que eran los nuestros, como decía su suegro:
—¡Franco, lo primero que hará cuando gane la guerra es
reclamarme! ¿No ves que fui su padrino de boda? ¡Es monárquico
hasta las cachas, esto lo saben aquí y en Pompeya! ¡Volveremos!
En esa esperanza vivían todos.
Claro que quizás lo que llevaba dentro no era un varón, sino otra
hija.
La revoltosa Pilar había venido al mundo justo nueve meses después
de la boda. Una boda deslucida y triste en la iglesia más fea de Roma,
Santa María de los Ángeles. Un puñado de nobles de segunda fila, un
traje de Worth que le iba grande, un ramo de gladiolos comprados a la
florista de la esquina y una patria lejana con las heridas abiertas a
punto de desangrarse en una guerra civil.
Delante de aquel panorama desolador, el rey había exclamado con
amargura:
—¡Estoy pasado de moda!
Tampoco asistió la madre de Juan, la reina Victoria Eugenia,
aunque por distintos motivos. En el exilio, en París, a los dos meses de
irse de España, todo el odio acumulado por casi treinta años de
infidelidades y humillaciones públicas había estallado como una fruta
podrida y Ena le había soltado a su marido con gotas de saliva
escapándose por su boca:
—¡Ahora que ya no tengo obligación de aguantarte, me largo,
Alfonsete! ¡No quiero ver tu fea cara nunca más!
Había abandonado a la vez marido e hijos y se había ido a Londres
a vivir con su madre. Lo primero que hizo fue elegir un prestigioso
abogado para reclamarles al rey y a la República española una pensión
acorde con su estatus de exreina. Un pleito que se aireaba libremente
en la prensa y del que María solo hablaba en voz baja para no
disgustar al tío rey, porque así le llamaba, ya que era primo hermano
de su padre.
Lo segundo que hizo la reina fue contratar a detectives para que le
dieran cumplida cuenta de las andanzas de su casquivano marido, al
que no lograba desalojar, a pesar de todo, de su enamorado corazón.
Los detectives no debían ser muy duchos en el oficio porque se
paseaban ostentosamente frente al Gran Hotel, hasta que un día el rey
los hizo entrar:
—Me daban pena los pobres, mojándose por un sueldo de mierda.
La madre de María sí que estaba en la boda. La severa princesa
Luisa de Orleans, a la que sus hijos trataban de usted, hacían
reverencias y besaban la mano, le había dicho fríamente:
—Bueno, ahora no defraudes al rey: ¡a tener muchos hijos!
María, que era una mujer práctica que no creía en los cuentos de
hadas, no se hacía ilusiones respecto a su marido. Sabía que se había
casado con ella porque era la única opción que tenía a mano: una
princesa sin un duro, y ahora menos, ya que la República había
confiscado fincas y fortuna, pero pura sangre por las dos ramas y
emparentada con todas las familias reales de Europa. Y, además, y lo
más importante, estaba sana. La terrible tara de la hemofilia, que
había diezmado a los descendientes de la reina Victoria de Inglaterra,
desde los zares a los duques de Hesse, e incluso había matado a un
hermano de Juan, su querido Gonzalín, no le afectaba. Las mujeres no
la padecían, pero eran trasmisoras de ese «veneno o sangría», como lo
llamaban los tratados médicos. Pero, como su madre era una Orleans,
estaba «limpia de polvo y paja», según decía el doctor Castellani en un
lenguaje no demasiado científico.
Claro que el tío rey hubiera querido para el Príncipe de Asturias
una princesa de una dinastía reinante, pero María de Saboya, la hija
del rey de Italia, había comentado que el príncipe español le parecía
«tonto». Y las acciones de un príncipe destronado se cotizaban,
además, a la baja en la bolsa monárquica.
Ay, otro pinchazo.
—Tío rey.
Alfonso se volvió a ella con cierta inquietud:
—¿Va a llegar ya ese sinvergonzón? Ya sabes que ahora quiero un
chico, ya se lo he dicho a Juan.
María apenas pudo mascullar:
—Se hará lo que se pueda. —Sin transición y con los dientes
apretados, le pidió—: Dame un cigarrillo.
Alfonso se echó a reír y, mientras le tendía el paquete y le
encendía el pitillo con su Dunhill, preguntó algo preocupado:
—Pero ¿tú no salías de cuentas dentro de tres semanas?
María se alzó de hombros, ¡era tan imprevisible el doctor
Castellani, el médico de la familia real italiana, un hombre de mundo
que cantaba arias y llevaba capa como un seductor de melodrama!
Gustaba a las señoras, que lo llamaban «Aldo» con languidez, y él les
recetaba veronal para todos sus males. Pero María no confiaba mucho
en sus dotes médicas, ¿pues no había dicho que Pilar, con un añito,
tenía el sarampión? Fue la niñera checa la que le explicó que su alteza
era así, coloradita de natural, y el médico le hizo una reverencia y le
besó la mano con tal unción que la checa, una mujer terrible con
bigote, no se lavó durante una semana.
María se quejaba de que eso era una falta de higiene, pero Juan la
disculpó:
—Mujer, déjala, será la vez que habrá estado más cerca en su vida
de perder la virginidad.
Había sido también el doctor Castellani el que había visitado a
María y a sus hermanas, Dola y Esperanza, para certificar cuál era más
fértil de las tres y destinarla al tálamo del heredero de la corona para
dar muchos retoños al anémico árbol monárquico. Es curioso
constatar que ni las hermanas ni sus padres se sintieran humillados
por este requerimiento de don Alfonso, antes bien, lo consideraron un
honor. Para el padre de María, al que en familia llamaban Nino, la
palabra de su rey valía tanto que había enviado un hijo alegremente a
la guerra «para defender los valores monárquicos» y, cuando les
habían comunicado la muerte del pobre Carlitos en Éibar, el perfecto
cortesano había escrito inmediatamente a don Alfonso para contárselo
y añadir, compungido: «La única pena que tengo es que el otro chico
no pueda incorporarse inmediatamente para defender la causa de
vuestra majestad porque se ha roto una pierna y esta enyesado desde
la cintura hasta el tobillo».
No se conoce a qué tipo de manipulaciones sometió il dottore a las
tres hermanas, solo se sabe que salió de detrás del biombo tras el que
las había examinado y dijo con rotundidad:
—La más fértil es María.
Así se lo comunicó Nino al rey, quien se apresuró a coger a su hijo
por banda y decirle:
—Te casarás con María.
Y Juan, aunque hubiera preferido a Esperanza, que era más mona,
respondió:
—Pues muy bien.
El capitán Blood peleaba espada en mano con unos malandrines,
«Banditi, banditi…» , el doblaje italiano le iba muy bien a aquel actor
guapo de fino bigotillo, pero María, de forma instintiva, se puso una
mano sobre el vientre porque temió que uno de aquellos mandobles
hiriera a su hijo. El niño estaba quieto porque era ya tan grande que no
tenía sitio para moverse. No como Pilar, que no paraba de dar patadas.
«Este será futbolista» había vaticinado María para sí misma, porque
en esa época no se consideraba de buen gusto hablar de estas
intimidades, ni siquiera con el marido.
Pero esta vez su «inquilino» era un niño tranquilo, parece que le
sentaba bien la media botella de champán de la Veuve Clicquot que le
obligaba a beber cada día el tío rey. Aunque las mujeres embarazadas
solían quedarse en casa porque exhibirse no se consideraba de buen
gusto, don Alfonso estaba tan solo que María se veía obligada a
acompañarlo mientras Juan desaparecía a dar unas misteriosas clases
de arte en los museos romanos. Se reunían en el Gran Hotel, a veces se
hacían servir en el comedor, iban al cinematógrafo o simplemente
paseaban por Villa Borghese. Las encinas enormes le recordaban al rey
los árboles de la quinta de El Pardo donde iban de excursión cuando
los hijos eran niños, llevaban cestas de merienda, se metían en unos
toneles y se lanzaban monte abajo.
Se sumergía en los recuerdos, en ese pasado donde Gonzalín no se
había muerto y los españoles le querían. Unas elecciones lo habían
desalojado del trono, pero él se empeñaba en decir que se había ido
voluntariamente, «para no derramar ni una gota de sangre española».
Pero cuando hablaba con María no recordaba esos días aciagos.
Tampoco se acordaba de los palacios ni de los grandes desfiles, eran
los lugares pequeños los que calentaban su corazón:
—Mira, hay una tabernita en la Cava Baja que sirve los mejores
callos del mundo —se llevaba la mano en racimo a la boca y se besaba
la punta de los dedos en un gesto popular que lo rejuvenecía—, ¿y qué
me dices del vinito ese de jerez que los Domecq embotellan solo para
los amigos? Cuando estuve en Las Hurdes con el doctor Marañón
llevamos unas frascas y…
Con el embarazo avanzado, María apenas podía moverse y
entonces se quedaban en casa, montaban tertulia en el salón,
invitaban a los hermanos y a algún español de paso por Roma y Juan
«cazaba» noticias en la radio-maleta que le habían regalado los
grandes de España por su boda. Pero a María le entraba sueño.
—Hoy, Franco ha tomado Bilbao.
Jaime, Juan y don Alfonso se turnaban para gritar:
—¡Viva España!
—¡Viva! —contestaban los otros.
María se quedaba dormida en medio de una nube de tabaco, los
gritos intermitentes del sordomudo Jaime, la voz falsamente melosa
de la cuñada Emanuela, el tintineo de las agujas de tejer de Beatriz, la
hermana de Juan que también estaba embarazada, y el tono áspero del
principone Torlonia. De vez en cuando, Juan les pedía, mientras
giraba el dial buscando alguna radio española: «Callad, coño, que no
se oye».
A las doce en punto captaban Radio Sevilla y escuchaban las
arengas que el general Queipo de Llano enviaba al mundo, en las que
contaba los triunfos del ejército de Franco. Sus diatribas furiosas
contrastaban con el apacible saloncito amueblado en ese estilo
racionalista que se llevaba entonces y esas personas que no habían
pegado un tiro en su vida que no fuese para abatir a algún animal
indefenso.
—Que se preparen las mujeres de los pueblos que vamos
conquistando… ¿No les gusta el amor libre? Pues ahora sabrán lo que
son hombres de verdad y no esos milicianos maricas que no sirven
para nada.
—¿Qué dice? —preguntaba Jaime, que al ser sordo no se enteraba.
—Que los rojos son maricones —traducía el oficoso periodista.
Jaime reía con la enorme bocota abierta, ya que además de ser
sordo tenía algo mermadas las facultades mentales, circunstancia por
la cual su padre había decidido apartarle de la línea de sucesión,
aunque era mayor que Juan.
Cuando María empezaba a roncar, su marido la miraba con
disgusto y entre Petra, su doncella, que estaba con ella desde que
nació, y la vizcondesa de Rocamora, su dama de honor, se la llevaban
al dormitorio, la desnudaban, la sentaban en la bacinilla y le ponían el
camisón, todo sin que la Princesa de Asturias se despertara.
El capitán Blood dio un salto tan inverosímil de barco a barco que el
cine entero se vino abajo con los aplausos, María pegó un respingo y
pensó ¡quién estuviera en casa! En ese momento le acometieron unas
ganas terribles de ir al lavabo y se apretó el bajo vientre.
—Ay.
—¿No puedes esperarte a que termine la película?
—Lo intentaré —respondió dócilmente, aunque en esos momentos
estaba viendo las estrellas, y no precisamente las que salían en la
pantalla.
—Aspettatemi! —gritaba Olivia de Havilland.
Al final, el rey, impaciente y viéndola removerse en el asiento,
arrojó el cigarrillo al suelo y dijo con cierta brusquedad:
—Bueno, vámonos, que aún te veo dando a luz en el pasillo. —Acto
seguido despotricó contra el hijo—: Este chico mío, qué mala cabeza
tiene, irse a cazar a La Mandria… Todo para no desairar a los Medici…
No, si en su escudo de armas debería poner: «Siempre quedar bien».
Alfonso fingía bromear atolondradamente, pero estaba al tanto,
como su nuera, de que Juan se había ido con una sobrinita de los
marqueses de Medici del Vascello, cuyo padre había sido embajador de
Italia en Madrid. El inmenso palacio del Piamonte, lleno de lagos y
cabañas, era el lugar ideal para vivir amores clandestinos.
Como decía Errol Flynn en la película: «Las mujeres son malas,
pero no podemos vivir sin ellas».
María se envolvió en el abrigo de pieles que le llegaba hasta el
suelo, la noche era desapacible y ventosa, y las finas agujas de lluvia
racheada se incrustaban en el rostro paralizado por el frío. Al cabo de
unos minutos, el abrigo estaba mojado y le pesaba horriblemente, le
temblaban las manos y notaba los pies tan hinchados que debía llevar
los zapatos como babuchas. Pero Alfonso la cogió del brazo, respiró
hondo y le dijo:
—Te irá bien caminar. —Y luego añadió, desabrido—: Vaya, me he
dejado el sombrero dentro. —Dudó si volver, pero al ver la expresión
de su nuera rectificó—: Bueno, qué más da.
María sabía que retrasaba todo lo posible el momento de irse a su
solitaria habitación de hotel, la número 32, donde veía pasar sus días
vacíos e interminables sin que nadie llamara a su puerta. Su gran
temor era qué haría Franco cuando ganase la guerra. Él había
contribuido a la causa con un millón de pesetas y convencido a
Mussolini para que enviara doce aviones, pero no se fiaba al cien por
cien del taimado general. ¡A ver si el gallego se la iba a jugar y no lo
llamaba, aunque se lo hubiera prometido!
Pero ¿se lo había prometido o él había preferido creerlo así?
Había tomado la costumbre de hablar solo, mascullaba
barbaridades e insultos, y María se mantenía en silencio porque
entendía el sufrimiento que anidaba en el corazón de su suegro. ¡No
concebía que los españoles hubieran dejado de quererle! Se lo había
oído comentar a su suegra con la perspicacia que da la amargura:
«Alfonso es como una mujer a la que su amante ha dejado para irse
con otro».
—… Cabrón… me la va a dar con queso ese cochino… No te puedes
fiar de los gallegos… nunca sabes si suben la escalera o la bajan…
Arreció la lluvia y María tuvo que mirar dos veces porque no daba
crédito a sus ojos: ¡advirtió, horrorizada, que unos reguerones de tinte
negro le empezaban a bajar a su suegro por sus augustas sienes! El
tinte se escurría mezclado con agua, manchando el albor almidonado
del cuello duro de su camisa, y María sintió apuro al pensar en su
humillación al ponerse frente al espejo por lo que procuró apartar la
vista y actuar como si no pasara nada, rezando por dentro para no
encontrarse con ningún conocido. El camino hasta su casa, en el viale
Paroli, se le hizo eterno. Cuando avistó las tenues luces de su ventana
casi se echó a llorar de alivio. Vivían sobre una droguería y un
establecimiento que se definía muy por encima de sus posibilidades
«alta peluquería». Le gritó «¡Baja!» a su doncella Petra, que estaba
asomada a la ventana.
No podía con su alma, pero se vio obligada a decirle a su suegro, al
advertir su mirada de desconsuelo:
—¿Quieres subir? Podemos tomar una copa… —Aunque se moría
de ganas, Alfonso denegó mudamente, María le ofreció angustiada—:
¿Quieres que te baje un sombrero de Juan? No vayas a coger una
pulmonía.
Lo vio tan desvalido y vulnerable que, en un impulso repentino,
con un sollozo atrancado en su garganta, se arrodilló y le besó la mano.
El rey se retiró tan bruscamente que casi la hizo caer:
—Va, va, déjate de tonterías con el sombrero… Cuida a ese
muchachote, que es el futuro de la dinastía.
Petra, después de un instante de desconcierto al ver a su majestad
con el rostro lleno de churretones, ya estaba ayudando a levantar a su
señora.
—Llama a Beatriz, ella sabrá qué hacer —le advirtió Alfonso.
Se fue calle abajo, una figura solitaria y triste reflejándose en el
asfalto brillante como charol.
Beatriz, la hermana mayor de Juan, estaba casada con el gigantesco
Alejandro Torlonia, flamante príncipe de Civitella-Cesi. Nadie sabía
muy bien de dónde venía este título tan rimbombante, pero la madre
era una americana millonaria y eso bastaba. ¡Unas princesas
destronadas que encima trasmitían la hemofilia no estaban en
situación de ser muy exigentes a la hora de casarse! Eso si
encontraban marido, porque la pobre Crista, la otra hermana, iba
camino de convertirse en la solterona de la familia, sin ningún
pretendiente en el horizonte.
Precisamente en el palacio de Torlonia, en la via Bocca di Leone,
habían vivido María y Juan al principio de su estancia en Roma, pero
debían dormir con gabardina por las goteras y decidieron cambiarse al
pisito del viale Paroli que ocupaban ahora.
Beatriz acudió enseguida a la cabecera de su cuñada. Ni a ella ni a
don Alfonso ni a la propia María se les ocurrió avisar a Juan, al fin y al
cabo, el padre de la criatura.
Esa noche se desató una tormenta terrible, cayeron los árboles
centenarios de la Villa Borghese, se fue la luz, se interrumpió el
servicio de tranvías… Al final, Pepe, el mecánico, consiguió llevar un
coche a la puerta de la casa y la condujeron a la clínica
angloamericana. No necesitaron hacer sonar el claxon sacando un
pañuelo por la ventanilla, que era la forma de mostrar que llevaban un
enfermo, porque los alaridos de María dejaban claro que dentro del
coche viajaba una parturienta.
El alumbramiento duró toda la mañana, estaban a punto de
recurrir a los fórceps cuando, a la una y media, apareció la cabeza del
niño y las enfermeras empezaron a tirar. En ese preciso instante, un
relámpago pareció rasgar el cielo en dos y se oyó un trueno tan
espantoso que los cristales de las ventanas estuvieron a punto de
rajarse y, cuando sacaron a la criatura, cosa rara, salió llorando, con
los puños apretados contra los ojos. Exhausta y sudorosa, María
levantó la cabeza y no preguntó si estaba bien, si no:
—¿Es un niño?
La comadrona le enseñó el cuerpo desnudo de su hijo.
—Lui e un macho.
Era el 5 de enero de 1938, el mundo se rompía en pedazos, la
patria lejana se desgarraba en una guerra atroz, y en medio de los
rayos y truenos de una tormenta horrorosa vino al mundo el futuro rey
de España. ¡Tres kilos y medio de rey! Cuando entró Alfonso en la
habitación con un gran ramo de flores, María le dijo:
—Señor, deber cumplido.
El rey se echó a reír para ocultar su emoción. Encendió un
cigarrillo y fue a mirar la cuna. Por un instante, parecieron
intercambiarse las miradas del ser recién nacido y del viejo rey, el
pasado y el futuro se cruzaron como en un sueño y Alfonso XIII, con
los ojos tristes del destierro, se volvió a su nuera y le dijo en voz baja:
—Gracias, María.
Fue la cuñada la que se dio cuenta:
—Pero ¿no habéis avisado a Juan? Angelita, ponle un telegrama.
La pobre Angelita se equivocó y, en vez de poner «Bambino nato»
, puso «Bambola nato» (el muñeco ha nacido), pero aun así Juan lo
entendió. Cogió su Bentley, otro regalo de boda, y «regresó a tanta
velocidad que rompió una ballesta». Es un recuerdo falseado para
quedar bien ante la historia, ya que en realidad Juan se lo tomó con
bastante calma y no llegó al hospital hasta el día siguiente.
El rey le llevó a su nuera, agradecido por haberle dado un
heredero, un broche con una esmeralda enorme que había sido de su
tía, la popular la Chata, a juego con unos pendientes y una sortija.
Decidió llamarle Juan y añadió el Carlos para atraerse a la rama
carlista de la familia y también para distinguirlo del padre.
—Este cabroncete nos reconciliará a todos. —Metía el dedo en la
cuna y le tocaba la cara—. ¿Verdad que vas a servir a España y serás
muy bueno con tu abuelito?
Estaba de buen humor y le echaba el humo al recién nacido «para
fortalecerle los pulmones». Pero la verdad es que se sentía incómodo y
ya no sabía qué contarle a su nuera para mantenerla entretenida.
¡Antes que su hijo, llegó el periodista de ABC Cortés Cavanillas a
rendirle honores al heredero del heredero, llegaron antes el marqués
de Torres de Mendoza, los condes de los Andes y de Aybar, y Fofó, el
marqués de Castel Rodrigo, y Totora Núñez de Prado! Hasta Edda, la
hija de Mussolini, se asomó por la puerta y dijo que no entraba porque
estaba resfriada.
Todos preguntaban por el Príncipe de Asturias y al final,
aburridos, alguien propuso echar unas manos de póquer. Y ya iba
doña María a aceptar con los ojos brillantes, ya se incorporaba en la
cama y le pedía una «mañanita» a la vizcondesa de Rocamora, cuando
la mirada severa del rey cortó cualquier intento de esparcimiento.
Consiguió sacarlos de la habitación porque no sabía ya qué
explicación dar acerca de la ausencia de su hijo. Tan furioso estaba que
decidió gastarle un bromazo. La mujer de un miembro de la
delegación china, chinos los dos por supuesto, había tenido un niño en
el mismo hospital. Un bebé de pelo muy negro y ojos rasgados. Don
Alfonso bajó con la criatura en brazos a la puerta de la clínica y se lo
presentó dramáticamente a Juan con estas palabras:
—He aquí al heredero de la corona española, ¡tu hijo!
Juan lo cogió con gran emoción, bajó la mantita para descubrir el
rostro y miró a aquel vástago del Celeste Imperio con estupor. Estuvo
a punto de soltar una de esas inconveniencias que nunca se borran de
la memoria cuando el padre, alarmado, le gritó:
—¡No es el tuyo, no es el tuyo!
María, siempre sincera, dijo:
—Juanito era tan feo que los dos hubiéramos preferido al chino.
3
D espués de Navidad, don Alfonso se negó a salir de su modesta
habitación del Grand Hotel. Un cuarto lleno de objetos viejos, caótico
como su propia vida. Una cruz de hierro en la pared, la bandera roja y
gualda que izó en Cartagena el barco que lo llevó al destierro. Y el reloj
que estaba en su despacho de Madrid marcando irremediablemente su
tiempo de descuento.
En el armario exiguo, unos trajes oscuros hechos a medida en
Londres, ya que nunca más había vuelto a ponerse uniforme. ¡No tiene
más ajuar que ese! Desde que salió de España, hace diez años, siempre
ha vivido en hoteles.
En un rincón, en el suelo, un montón de periódicos atrasados y en
el respaldo de una silla una toalla mojada. Olía a tabaco y al alcanfor
que la duquesa de la Victoria, que era enfermera, calentaba en un
infiernillo.
—No abráis las ventanas, que entra esta repugnante humedad
romana.
¡No advertía que la atmósfera era irrespirable! Como no podía
dormir acostado, el embajador de Perú le envió un sillón ortopédico,
donde permanecía día y noche.
Apenas comía, ni siquiera los caldos de pollo que le llevaba Edda
Mussolini, quien intentaba contarle los avances triunfales de las
potencias del eje, Alemania, Italia y Japón.
—Derribamos tantos aviones ingleses que no debe quedar ni uno…
Los griegos no quieren rendirse, pero mi padre, el Duce, ha dicho
que…
Pero él levantaba la mano, ¡no le importaba! ¡A él solo le
importaba España!
—¿Y España?
—Colabora, pero de momento no interviene. ¡Franco dice que
están en la miseria, tratando de levantarse de su propia guerra y que
no están para ayudar a nadie!
¡En la miseria! Cerraba los ojos con desesperación, se frotaba las
sienes intentando borrar esa pesadilla, pero arrancaba a toser y
esputaba en una palangana saliva sanguinolenta. Y es que fumaba
incesantemente, encendía un cigarrillo con otro, tenía siempre la
pitillera de oro que se cerraba con un zafiro al alcance de la mano,
incluso mientras dormía.
—Papá, no fumes —le decían las hijas.
—Bah, para las ganas que tengo yo de vivir…
No tenía ganas, era cierto. Había visto cómo las garras de la
muerte habían arrebatado a dos de sus seis hijos, Alfonso, el mayor, y
el menor, Gonzalo, los dos hemofílicos, esa enfermedad que había
aportado a la familia la maldita reina inglesa. ¡Sí, él ya sabía que
estaba enferma cuando se casaron, pero confió en su buena suerte! ¡En
la baraka, como dicen los moros! ¡Pero la suerte le volvió la espalda,
como siempre!
¡Enferma y frígida! ¿Quién da más?
Gonzalín había muerto en sus brazos después de un choque leve
con su coche en el Tirol. El médico del pueblo le decía: «No es nada»,
pero él sabía que estaba reventado por dentro.
Su Gonzalín, la alegría de su corazón, el más listo de la familia
desde Alfonso X el Sabio. ¡Tan listo que estudiaba para ingeniero!
Después de la muerte de su hijo, al que enterró en el modesto
cementerio de Carintia, le cogió tal aborrecimiento a su mujer que no
podía soportar que se hablase de ella en su presencia. ¡Ella, ella era la
culpable! ¡Había llevado ese veneno a la familia, esa tropa de lisiados
eran culpa suya!
A su paso, cuando estaban en España, la gente del pueblo se
persignaba porque decían que atraían el mal de ojo, hasta se llegó a
publicar que raptaban y asesinaban niños para chuparles la sangre.
Alfonso, el mayor, tenía que vivir en un cuarto con los muebles
cubiertos con mantas porque el golpe más ligero podía matarlo.
¿Tanto le costaba hacer bien lo único que tenían que hacer las reinas?
Parir hijos. ¡Hijos sanos!
Los tenían las lavanderas y las sirvientas, hijos sanos, ¡tampoco
era pedir mucho! Sus hijos naturales, media docena, no tenían tara
ninguna. ¡Ella era la culpable!
Ya en el exilio, su hijo mayor había presentado su renuncia al
título de Príncipe de Asturias que le correspondía para casarse con una
señorita cubana, Edelmira Sampedro, a la que había conocido en un
sanatorio para tuberculosos, en Suiza. El rey se había alegrado de esta
renuncia porque sabía que su heredero no podía ser un enfermo que
estaba tendido en cama la mayor parte de su vida.
—Alfonso, has hecho bien. ¡Tu renuncia es por España!
—¡Por España!
—Te voy a dar el título de conde de Covadonga porque sé que lo
llevarás con honor.
—¡Viva el rey!
Y el flamante conde de Covadonga se encontró sin saber qué hacer
con su vida. No había recibido ninguna instrucción, escribía con tantas
faltas de ortografía que sus cartas eran casi ilegibles y, rodeado desde
que había nacido de servidores y cortesanos que solo hacían lo que a él
se le antojaba, era fácil presa de timadores, cabareteras y traficantes de
drogas. Separado de Edelmira, a la que en familia llamaban Puchunga,
se volvió a casar con otra cubana, Marta Rocafort, una modelo que lo
abandonó a los dos meses de la boda. El príncipe, aunque obsesionado
con el sexo, no podía consumar las relaciones y esto le producía una
gran frustración que se traducía en ataques de ira en los que lo rompía
todo y peligraba su vida.
Vivía entre Estados Unidos y Cuba, su padre le pasaba una
asignación justo para que no muriese de hambre. Intentó dedicarse al
cine, se empleó de relaciones públicas y vendía automóviles. Se le
despertaron unos celos horribles contra sus hermanos:
—Juan es un cerdo y las hermanas unas cochinas.
Bebía de forma desaforada y compraba y consumía
estupefacientes. Hacía declaraciones a la prensa explicando que,
aunque ahora lo hubieran arrojado a la basura por ser demasiado
democrático, él era el heredero de la Corona española y, cuando
terminara la guerra, la reclamaría.
Los periodistas americanos lo jaleaban:
—¡Cuando te sientes en el trono, acuérdate de nosotros!
Cobraba por cada entrevista.
Al final, el 6 de septiembre de 1938, justo el día en que su sobrino
Juan Carlos cumplía nueve meses, el desventurado príncipe estaba en
un night club de Miami con su «novia», una vendedora de tabaco
llamada Mildred Gaydon, apodada la Alegre por los parroquianos del
cabaré en el que trabajaba. Salieron en coche y, bajo los efectos de la
morfina y el whisky, Alfonso chocó contra un poste de teléfonos. Fue
enterrado en el Graceland Memorial Park y al sepelio solo asistieron
tres personas, ninguna de ellas de su familia.
La Alegre no acudió, arguyendo que estaba demasiado triste.
Dos hijos muertos, dos.
Don Alfonso, ya muy enfermo, tenía las fotos de estos hijos
desventurados en la mesita de noche y a veces se abstraía
contemplándolos y pasaba la mano por sus rostros. Junto a las fotos,
una botella de Chartreuse. Cada día se vaciaba y el marqués de Torres
de Mendoza la sustituía discretamente por otra.
Don Alfonso miraba el rostro albino, ojeroso y demacrado de su
hijo mayor y le pedía perdón sintiéndose vagamente culpable, pero a
Gonzalín le dedicaba los tonos más tiernos del lenguaje humano:
—Luz de mis ojos, el tesoro de mi casa, desde que te fuiste no
tengo ni consuelo ni esperanza.
Gonzalín, eternamente joven, con el perro Peluzón a sus pies. Un
callejero que se habían encontrado en Carabanchel y que los había
acompañado al exilio.
—¿Sabes, María? Las chicas le ponían gafas y gorro para ir en el
coche —le contaba a su nuera.
Ay, quién volviera a aquellos tiempos.
Al rey la muerte le rondaba desde su nacimiento de hijo póstumo
y no le daba miedo. «¡Es mi amiga!», susurraba en la alta noche,
cuando solo las monjas velaban rezando el rosario. Tenía apenas
cincuenta y cinco años, pero la vida se le antojaba muy larga.
Juan siempre era bien recibido en la habitación porque era el
único que actuaba con naturalidad. Reía, contaba anécdotas, siempre
mirando el reloj:
—Ayer, Juanito vio un cordero atado en Villa Borghese y se
empeñó en llevarlo a casa. Duerme con él en la habitación y no sabes
cómo bala.
—¿El cordero?
—¡No, Juanito!
Alfonso se rio tanto que creyó morir. Hasta llamó a su confesor, el
padre jesuita Ulpiano López, para que le llevara la extremaunción.
—¿Qué hacían mis hijos? —le preguntó al sacerdote cuando pasó
la crisis.
—Lloraban desconsoladamente.
—¿Y el Príncipe de Asturias?
—No, señor, él no —contestó el cura con sinceridad.
—Pues me alegro mucho, porque si hubiera llorado no serviría
para rey.
—El duque de Segovia es el que estaba más afligido.
Pero don Alfonso descartó a Jaime, el duque de Segovia, con un
gesto de la mano. Y es que el pobre Jaime, segundo en la línea de
sucesión, también había firmado su acta de renuncia cuando lo
convencieron de que con su sordera nunca podría ocupar el trono:
—Jaime, ¡por España!
El infante, al que nunca se hacía caso, se emocionó por esa
atención inusitada.
—¡Por España!
Y el rey le había dado el título de duque de Segovia.
Jaime, por su padre, se hubiera dejado cortar en pedazos. Sin
embargo, a veces tenían que decirle que don Alfonso no podía
recibirlo. Su forma de hablar, sus gritos destemplados, su disipación
alcohólica, por no hablar de su conducta con las mujeres, a las que
intentaba meter mano fuera cual fuese su condición, ¡hasta a las
monjas!, avergonzaban a su familia.
—Jaime, papá está cansado… pasa mañana.
Y a Jaime sus pies lo llevaban a las putas callejeras de la vía
Salaria, con ellas pasaba más tiempo que en su casa. Tenía un apetito
sexual desaforado, que solo podía satisfacer con prostitutas de baja
estofa, que le contagiaban una enfermedad venérea tras otra, para las
que el doctor Castellani le recetaba tandas de inyecciones Wasserman.
El doctor avisaba a Emanuela para que ella y sus hijos tomaran
medidas profilácticas para no contagiarse.
Alfonsito, el hijo mayor, decía con lengua de trapo:
—A papá, las señoras malas le pegan enfermedades.
Cuando Emanuela preguntaba al médico qué se podía hacer por
su marido, el sofisticado doctor no le daba demasiadas esperanzas:
—El duque de Segovia padece una cierta incapacidad mental que
le impide contener o disimular su satiriasis, una enfermedad muy
corriente entre los miembros de la familia… es un ansia inmoderada
de copular. Tenga paciencia y mézclele estas pastillas de bromuro con
la comida. Si por la noche usted no puede dormir, tome veronal.
Jaime se gastaba su asignación en putas y en «amigos»
sinvergüenzas, y luego vendía objetos de plata que hurtaba de su casa
o pegaba sablazos a los nobles que iban a ver a su padre. Don Alfonso
amenazaba entonces con quitarle su sueldo, pero el hijo se echaba a
llorar.
—Papá, si no me pasas dinero, ¿de qué voy a vivir? ¡Yo no puedo
trabajar!
La duquesa de la Victoria oía a su majestad mascullar entre
dientes:
—Uno tonto, los otros hemofílicos y las chicas trasmisoras. ¡De
una camada de seis solo me queda Juan! Pero qué poco preparado está
este chico mío, carece de formación y por dentro sigue siendo un niño.
Solo le entretenía la visita de sus nietos. El que más, el heredero
del heredero. Sentaba a Juanito en sus rodillas y le decía:
—La primera palabra que tienes que aprender no es papá ni
mamá, ¿sabes cuál es?
El niño jugaba con el bigote de su abuelo.
—Beeee.
—No, be no. Has de decir España.
Alfonso, el hijo de Jaime, se acercaba y pronunciaba
perfectamente «Es-pa-ña», pero el rey lo apartaba sin hacerle caso.
Pronto llamaba a las niñeras para que se los llevaran. Sentía una
fatiga insoportable y se sabía condenado. No solo por la tuberculosis
que padeció cuando era niño y había heredado de su padre, sino por la
angina de pecho similar a la que había matado a su madre, la reina
regente María Cristina. Su existencia sedentaria, el alcohol, el tabaco y
los excesos que había cometido toda su vida le pasaban factura. Pero,
sobre todo, lo mataba que Franco hubiera ganado la guerra y no lo
hubiera llamado.
—El gallego me la ha jugado al final.
Pero no quiere perder aún la esperanza, ¡admitir que no va a
volver a España sería como clavarse una daga en el corazón! ¡Hace
diez años que falta y para él han sido como diez siglos! Se reúne con su
pequeño grupo de asesores y deciden que Juan envíe un telegrama de
felicitación: «Uno mi voz nuevamente a la de tantos españoles para
felicitar entusiasta y emocionadamente a vuestra excelencia por la
liberación capital de España. La sangre generosa derramada por su
mejor juventud será prenda segura del glorioso porvenir de España.
Una, grande y libre, arriba España. Juan de Borbón».
Esperan la respuesta ansiosamente.
Mientras, preparan el equipaje para su regreso a la patria soñada.
¿Los juguetes de los niños? Saben que el país está arrasado. ¿Habrá
papel de váter? ¿Sabrán lo que es eso?
¿Volverán a vivir en el palacio de Oriente?
—Claro —decía el padre—, podéis regresar a vuestras antiguas
habitaciones, si queréis.
Pero Juan protestaba:
—Ahora que soy Príncipe de Asturias y tengo familia, merezco un
apartamento más grande… Además de que en el ala Sabattini hace
mucho frío.
—¿Frío? —discutía Alfonso—. La humedad de aquí sí que es mala,
¡pero el frío de Madrid no ha matado a nadie!
¡El airecillo del Guadarrama, quién pudiera respirarlo ahora!
Estuvieron semanas esperando noticias con el alma en vilo.
Espiaban al cartero, iban a la central de telégrafos, los que entraban en
la habitación de don Alfonso primero preguntaban: «¿Hay algo?».
Después se limitaban a escrutar la expresión del rey. Cada vez más
sombría.
Al final llegó la respuesta. Franco daba las gracias, sin más, y
acababa: «España una, grande y libre. Arriba España».
Se quedaron estupefactos, ¿qué quería decir eso? ¿Era una
invitación? ¿Un aplazamiento? ¿Una chulería?
Don Alfonso, para que le queden claras a Franco sus intenciones,
decide conceder una entrevista a L ’Écho de París: «Voy a obedecer al
general Franco como un soldado más a su servicio…». Cree que el
Caudillo captará la indirecta y lo reclamará con entusiasmo
desbordante.
—¿Ha dicho algo?
—Nada, majestad —responde el duque de Torres y, oficioso,
añadió—: Quizás están intentado que le traduzcan la entrevista al
haber salido en francés.
Alfonso, que es más avispado que todos sus asesores juntos, sabe
que no es cierto, pero está tan ansioso que por si acaso… por si acaso
insiste con un nuevo telegrama, ofreciéndole a Franco la más alta
condecoración por hecho de guerra: «Creyéndome autorizado para
ello, me sentiría dichoso si el Caudillo de España luciera sobre su
pecho la laureada de San Fernando, jamás tan bien otorgada, por
habernos llevado a la victoria». La frase final resulta patética, más
sabiendo que el rey, incluso en familia, exigía la rígida etiqueta
austriaca que había traído a España su madre: «Faltando al protocolo,
le envío como en otros tiempos un fuerte abrazo».
¡Faltando al protocolo el rey de España, cuando es el protocolo
mismo!
¡De Nos abajo, ninguno!
Y lo peor de todo es que el telegrama ya no tuvo respuesta.
Pasaron los meses, se deshicieron las maletas, aunque todo seguía
teniendo el aire provisional de las historias no resueltas. María y Juan
tuvieron un nuevo hijo, una niña, Margarita, a la que en familia
siempre han llamado Margot. A los dos meses, la niñera advirtió que
Margot era ciega. Se consultó, cómo no, al doctor Castellani, que dijo
que tenía que ser ingresada en una institución para discapacitados. Se
consultó al oftalmólogo doctor Arruga, de Barcelona, quien
diagnosticó que no había operación posible porque la infantita había
nacido sin retinas.
El padre Ulpiano quitó importancia a la ceguera de Margot:
—Bah, que se eduque con sus hermanos… Dentro de poco, nadie
advertirá que es ciega, ni ella misma.
Poco a poco, el rey fue perdiendo ese charme legendario que hacía que
las mujeres cayeran a sus pies, algunas lo perseguían por toda Europa
y le enviaban cartas de amor. ¡Todas hablaban de sus ojos de
terciopelo!
De la noche a la mañana se convirtió en un viejo. Dejó de teñirse
el pelo, su rostro enjuto se llenó de arrugas, engordó de forma insana,
con mucho vientre, pero las piernas escuálidas. ¡Pensar que sus
súbditos catalanes le llamaban el Cametas (piernecitas) por su afición
a llevar los pantalones muy apretados!
Fue perdiendo su habitual pulcritud. Las chaquetas con caspa, se
echaba encima la ceniza de los cigarros, no se cambiaba de ropa
interior, necesitaba gafas para leer, tosía mucho.
—Ese cabrón me la ha jugado.
Los cortesanos fingían contradecirlo:
—No, no, os necesita, se volverá a vuestra majestad como hacia el
sol. ¡Es cuestión de días!
Hasta la boda de la pobre Crista, la que ya iba para solterona con
sus veintinueve años, se hizo deprisa y corriendo porque a nadie le
importaba. Se casó con Enrico Marone, un viudo con tres hijos, no
muy agraciado, tampoco simpático, pero era el dueño del vermú
Cinzano y por tanto bastante rico. El rey de Italia les concedió el
absurdo título de conde Marone-Cinzano y don Alfonso autorizó esta
boda tan desigual porque, total, qué más daba.
Solo asistieron dieciocho invitados a la ceremonia, que pasó
desapercibida en un mundo en llamas porque en Europa se estaba
librando una guerra que se iba a llevar por delante a sesenta millones
de personas. Alfonso y los suyos estaban convencidos de que iban a
ganar los tudescos, con lo que Franco, que era aliado de Hitler, se
mantendría en el poder por los siglos de los siglos.
Todo sabe a fracaso, a final, a soledad.
Pero quizás no se le ha dejado suficientemente claro a Franco de
qué lado está el rey y se le envía un último y desesperado mensaje a
través del duque de Alba: «Aquí estoy, como un español más,
esperando sus órdenes».
Pero Franco no había ganado la guerra para entregarle el poder a
un rey. Él sería el rey. O el Caudillo, que quedaba más impresionante.
Para empezar, se había instalado en el palacio de Viñuelas, que es de
un grande de España, el duque del Infantado. Y están arreglando el
palacio de El Pardo para vivir definitivamente. ¡Ahora la familia real
iba a ser la suya, y no la de los Borbones!
Don Alfonso confiesa con amargura al duque de Alba:
—Cuando me despierto por las mañanas tengo delante de mí
veinticuatro horas vacías. ¡No tengo nada que hacer!
Algunos monárquicos empiezan a pensar que quizás el obstáculo
es la persona de don Alfonso y que si el candidato fuera Juan las cosas
serían distintas. Le encargan a Francisco Bonmatí de Codecido que
escriba la biografía de Juan de Borbón haciendo resaltar su falangismo
y su admiración por Franco, por si acaso… Nunca está de más… «El
Príncipe de Asturias, como un soldado más de la Falange, cara al sol
en el amanecer del nuevo imperio, con el brazo extendido gritando
viva España, arriba España y poniéndose al lado del Caudillo y su
gloriosa gesta en nombre de Dios, de la raza y de la historia».
Pero el panfleto no tuvo ningún eco en España. Cuando José
María Pemán quiso intermediar por la familia real exiliada, Franco le
dijo con suficiencia:
—Desengáñese, Pemán, los españoles no son monárquicos.
A lo que respondió el poeta gaditano:
—Tampoco son apaches, porque no se puede ser aquello que no se
conoce.
Pero al rey todavía le quedaba una bala en la recámara: abdicó en
su hijo.
Con una punta de humor le confesó a Beatriz:
—Como comprenderás, gorda, después de esto solo me queda
morirme.
¡Ya no regresará nunca a España!
Dicen que el dolor ennoblece, pero no es cierto. Nos hace
mezquinos y rencorosos. Señalaba entre todos sus nietos a Juanito con
su dedo amarillento de fumador empedernido:
—Prométeme que crecerás en España, yo ya no volveré, ¡pero tú
has de vivir en España!
Entre todos sus nietos, solo contaba Juanito.
Juan Carlos no tiene apenas recuerdos de esos días, pero Pilar sí
comentó de mayor: «Mi abuelo siempre hablaba de España y estaba
muy triste».
Y, aunque se lo había preguntado muchas veces, le pedía a su
nuera:
—Entonces, ¿qué te dijo Castellani sobre el infante?
—Que está hecho un toro, que pocas veces había visto una
naturaleza tan robusta y unas carnes tan turgentes.
Alfonso miraba melancólico la prole que dejaba, «la piara», como
decía en broma María. Los hijos de Jaime y Emanuela, Alfonso y
Gonzalo, siempre iban descuidadamente vestidos, los padres estaban
tan enfrascados en sus peleas que no prestaban atención a aquellos
dos niños que crecían asilvestrados en un hogar infeliz. Además,
Emanuela había empezado a verse con Tonino Sozzani, al que
llamaban «il bello Tonino», un agente de cambio y bolsa milanés, y
como en el pequeño circulo de la familia real española no había
secretos, pronto se enteraron las cuñadas y dejaron de hablarle.
Margot correteaba por la habitación y chocaba con la pared o los
muebles, los hijos de Beatriz parecían sanos, pero nunca se sabía.
Crista estaba embarazada, pero vivía en Turín.
¡Qué familia! ¿Hasta qué generación alcanzará el estigma? ¡Todo
por culpa de la inglesa!
Solo su rabia era joven.
Pero aún tiene una tarea que cumplir antes de morirse. Va a
despedirse de la hija que tuvo con la niñera escocesa Beatriz Noon,
interna en París con las monjas. Juana Alfonsa Milán está montando a
caballo y se baja de un salto para abrazar a «papi», como ella lo llama.
Sus otros dos hijos, los que tuvo con la actriz Carmen Ruiz Moragas,
viven en España y están a cubierto de las necesidades materiales
gracias a un depósito en un banco suizo administrado por el conde de
los Andes.
Aunque se quejara muchas veces, el dinero no era un problema, ya
que era un hombre rico. Bastante perspicaz para los negocios,
aumentó las abundantes herencias de su abuela, su tía y su padre. La
República cifró su fortuna en treinta y dos millones de pesetas, lo que
hoy vendrían a ser cuarenta millones de euros, sin contar los palacios
que le fueron incautados. Un tercio de dicha fortuna estaba en el
extranjero. Lo cierto es que una investigación de dos años por parte
del gobierno republicano no encontró ninguna irregularidad en sus
asuntos financieros.
Regresó exhausto a Roma, pasó sin celebraciones sus últimas
Navidades, se metió en su habitación y ya no volvió a salir.
Le faltan dieciocho días para morirse.
Cuando su mujer se entera de que está muy enfermo acude a
Roma, ahora no porque siga enamorada de él, sino porque pretende
reivindicar su futuro estatus de reina viuda. Pero el rey no quiere verla
y debe alojarse en el hotel Excelsior.
Cuando los hijos le dicen:
—Mamá está aquí y quiere venir.
Pide, sacando energía nadie sabe de dónde:
—No la dejéis pasar.
Si se acerca a la habitación, grita:
—Vete, fuera. Largo.
La reina Victoria no se inmuta porque está acostumbrada a los
desplantes de su marido y sabe que le queda poco tiempo de vida, pero
como es inglesa, aliadófila y, sobre todo, pragmática, reconviene a sus
hijos:
—¿Cómo seguís en la Italia fascista? Juanito no puede educarse
aquí… Su niñera es alemana y a saber qué barbaridades le estará
enseñando…
—Ucsa es…
—Déjate de tonterías, Juan, el infante ni siquiera entiende el
español.
—¡Pero, mamá, si tú siempre lo has hablado fatal… si odias a
España! —contrarrestó el hijo, algo picado.
Miró a su hijo y meneó la cabeza con fingida compasión:
—¡Y eso qué! Qué poco conoces la historia. ¡Veo tan claro que
Juanito algún día será rey!
—Bueno, yo tampoco lo dudo, pero para llegar a eso primero
tendré que serlo yo, ¿no te parece? —opinó el hijo, amoscado.
La madre hizo un gesto evasivo con la mano, tintinearon las
dobles pulseras de brillantes que había reclamado y le había devuelto
la República española hacía años, con ocho cajas más llenas de joyas:
—Ahora, cuando papá… podríais venir a vivir a Suiza… Es neutral
y se está muy bien, muy tranquilo.
El hijo bajó la voz, atemorizado, mirando alrededor. Estaban en el
vestíbulo del Gran Hotel, lleno de gente:
—Mamá, por favor, no hables tan alto, que nos podrían llamar la
atención, no sabes cómo está esto. —Luego recuperó el tono normal—:
La guerra la van a ganar los alemanes.
Su madre prosiguió a gritos —un hombre con sombrero y
gabardina fingía leer el periódico al lado de un tiesto con una enorme
palmera—, se acercó un poco más:
—¡Qué ignorantes sois! Si interviene América, como parece
probable, serán los aliados los que ganarán y Franco se convertirá en
un apestado… Juan, esas declaraciones de adhesión no te convienen
en absoluto. Mi sobrino, el rey Jorge, está muy disgustado contigo. —Y
remató con saña—: Os hundiréis con él.
—Mamá, en estos momentos nadie sabe cuál es el rumbo correcto
—se quejó Juan, molesto.
La reina meneó la cabeza, ya tendría tiempo de influir en este hijo
con buenas intenciones, pero rodeado de imbéciles.
Don Alfonso se queja de la luz de las bombillas y ponen velas. Le duele
el costado, tiene una sed espantosa y una fatiga sofocante. Le llevan el
manto de la Virgen del Pilar, dice que entonces ya no le hacen falta
sanguijuelas y manda sacar el repugnante frasco de la habitación.
Un día pregunta por el hijo muerto:
—¿Ha venido Gonzalín? Cuidado con lo que le dais de comer, que
tiene el estómago muy delicado.
Se turnan para cuidarlo dos monjas y tres médicos. Por la noche,
lo vela la duquesa de la Victoria.
Se le había metido en la cabeza que, si Franco supiera que estaba
enfermo, iría a verlo, ya que sus relaciones con el Duce eran
inmejorables y podía entrar en Italia cuando le saliera de los cojones:
—¿Le habéis dicho que estoy en las últimas? ¿Cómo va a venir si
no sabe que estoy mal? Pero decidle de gravedad, ¿eh? Que no se crea
que es una cosita de tres al cuarto.
Con la voz cada día más ahilada, se impacientaba:
—¿Lo sabe?
Le contestaban sí, sí, para tranquilizarlo, pero entonces su primer
pensamiento por la mañana era:
—¿Ha llegado algo de… España?
Después dejó de preguntar. Ya nada le importaba. Dejó de comer.
Trataba de sacudirse las sábanas con ese movimiento espasmódico
que tienen los agonizantes.
El día 28 de febrero de 1941, a las doce cuarenta de la mañana, se
convulsionó y gritó dos veces:
—¡Dios mío! ¡Dios mío!
Un viento misterioso abrió las puertas de golpe y apagó las velas.
El estertor agónico se detuvo y entonces todos supieron que el rey de
España había muerto.
Doña Victoria Eugenia se abrió paso en silencio entre sus hijos, se
arrodilló delante de Juan y le besó la mano.
Corren por el pasillo los camareros: «¡Il re di Spagna è morto!».
En el saloncito contiguo, la niñera coge del brazo a Pilar, que se
está peleando con Juanito, y la zarandea:
—Basta, ahora tu papá es rey y tu hermano es el Príncipe de
Asturias. Tienes que tratarlo con respeto, hacerle una reverencia y
cederle el paso y —dirigiéndose al resto de los primos les dijo,
severamente—: vosotros también. Se han acabado las confianzas.
—¿Y ya no me podrán llamar Juanito? —preguntó el propio Juan
Carlos entre pucheros.
La niñera tuvo dudas, pero al final concedió:
—Si estáis a solas, sí, pero delante de la gente no. Eres diferente a
ellos.
—Qué suerte —protestó Alfonso, el hijo de Jaime y Emanuela, un
niño reconcentrado que siempre llevaba los calcetines caídos y las
rodillas sucias—, yo también quiero ser diferente.
La niñera respondió con brusquedad:
—Tú también lo eres, pero por otros motivos… Además de que no
sabemos si es una suerte o no, y límpiate los mocos, que pareces un
gitano.
Sandra, la hija mayor de la infanta Beatriz preguntó, ajena a la
trascendencia de aquel momento:
—¿Cuándo comeremos? Tengo hambre.
—Primero serviré a su alteza y después a vosotros.
Juan Carlos, sentado en el centro de la habitación, jugaba con un
tren de madera, sin advertir las miradas de sus primos. Hostilidad,
celos, indiferencia… Compasión.
Pilar luego declararía: «Nosotros sencillamente dejamos de existir
y toda la atención fue para Juanito».
Así empezó todo.
4
J uanito asomó la cabeza por la ventanilla y el viento le revolvió sus
espesos rizos dorados.
—Vive le roi! —gritó.
Una voz serena se oyó desde dentro del vagón en perfecto
castellano:
—Ya sabéis, señor, que no podéis hablar francés en la intimidad,
debéis utilizar el español.
Juanito rio locamente mientras la carbonilla del tren se le metía
en los ojos:
—Se va el caimán, se va el caimán…
El caimán era Franco y la canción se la había enseñado la reina
Victoria, a la que sus nietos llamaban Gangan.
Se llevaba a Juanito a su casa todos los jueves y ese día se lo
dedicaba completamente. Le enseñaba cómo se usaba la pala del
pescado, modales —«Puntual es no solo el que no llega tarde, sino el
que no llega antes de la hora»— y filosofía de la vida —«No expreses
tus sentimientos en público, no hagas comentarios personales, ríe y el
mundo reirá contigo, llora y llorarás solo».
Al acabar, bailaban la conga alrededor del salón entre las vitrinas
que contenían su valiosa colección de jades y los sillones de petit point
que había bordado ella misma:
Se va el caimán,
se va el caimán,
se va para Baganquilla.
Porque nieto y abuela pronunciaban la erre a la francesa.
La reina había empezado a brillar a la muerte del rey, ¡y es que en
el firmamento Borbón solo podía fulgurar un astro! Luego, aquella
mujer sometida y despreciada, tanto por su pueblo como por su
marido, que confesaba: «Solo fui feliz los primeros dieciséis años de
mi vida», se había revelado como una estratega formidable, una mujer
ambiciosa y culta que, cuando quería, podía ser mordaz y divertida,
sobre todo para entretener a su nieto favorito, que lo era, no solo
porque iba a ser rey, sino porque era cautivador y delicioso como un
príncipe de cuento.
—Madame , ¿podría dejarme fotografiar a su hijo para un anuncio
de papillas para niños?
Se lo había preguntado Guido Orlandi, llamado el rey de la
publicidad, a María, que lo comentaba con esa sinceridad apabullante
que era su santo y seña:
—Yo estaba dispuesta porque la verdad es que pagaban bastante,
pero Juan no quiso.
Y es que, desde que se había muerto don Alfonso, habían cesado
sus problemas económicos. El testamento era claro: una pensión de
seis mil libras para su mujer y el usufructo de un tercio de la herencia
para Juan. Los dos tercios restantes se repartieron entre los cuatro
hijos, Jaime, Beatriz, Cristina y de nuevo Juan, que resultó el más
beneficiado. La cantidad total de la fortuna se cifró en veinte millones
de libras, depositados en un banco londinense.
Así, habían decidido atender al requerimiento de doña Victoria y
se habían trasladado a vivir a la neutral y cara Suiza. Primero, en el
sofisticado hotel Royal, con los hermanos, cuñados, sobrinos y
niñeras, hasta treinta personas, y después habían alquilado Les
Rocailles, en el elegante quartier de Ouchy, en lo alto de una colina
que en suave pendiente lleva hasta un lago, helado en invierno, donde
patinaban los cuatro hermanos. Sí, cuatro, porque, poco antes de
abandonar Roma, María da a luz a su último hijo, al que ponen
Alfonsito en memoria del abuelo que acaba de morirse.
Ay, Alfonsito. ¡Cuídate de los idus de marzo!
Ya no eran Príncipes de Asturias porque este título correspondía
al primogénito, Juanito. Tomaron entonces el título de condes de
Barcelona, lo que hizo exclamar con enfado a su criado Luis Zapata:
—¡Pues estamos buenos! ¡Antes éramos príncipes y ahora solo
condes!
A doscientos metros se situaba la fabulosa Vieille Fontaine, la
propiedad de doña Victoria, en la avenue de l’Élysée. La exreina, al
separarse de su marido, primero compró una casa en Londres, al lado
del palacio de Saint James, con el dinero que el joyero Harry Winston
le había dado por unas esmeraldas colombianas muy grandes que
habían pertenecido a Eugenia de Montijo. Cuando el joyero las tuvo en
su poder se dio cuenta de que la mitad de las piedras eran falsas, pero
aun así no le hizo reproche alguno a la ilustre vendedora y tampoco
quiso que le devolviera el dinero, aunque hay que decir que la reina
tampoco se ofreció.
María comentaba entre risas, a espaldas de la reina, claro está,
que siempre le causó un ligero temor:
—Era un poco como el timo del toco mocho.
Para comprar la casa de Lausana había tenido que vender la de
Londres y también una cruz tallada en una sola esmeralda, única en el
mundo, y esta vez el joyero le indicó con prudencia: «Le haré la
trasferencia cuando tenga la alhaja en mi poder».
La reina, entre la pensión, la venta de joyas y una herencia
misteriosa que le dejó una amiga inglesa llevaba un tren de vida a tó
meter, como le gusta decir imitando los modos castizos de su difunto
marido. Tenía siete personas a su servicio, incluido un cocinero que
iba a refrescar periódicamente su oficio a los mejores restaurantes de
Europa, y apreciar la comida y los vinos serán parte de las enseñanzas
a su nieto, que desde muy pequeño aprende a distinguir un Mouton
Rothschild de un Veuve Clicquot. Aunque a Juanito lo que le gusta de
verdad es la comida de su casa, gazpacho, tortilla de patatas, cocido,
viandas ante las que arrugaba la nariz la que fue reina de España:
—Aceite y ajo, ¡qué combinación tan espantosa!
El tren entra en un túnel y don Juanito toma asiento. Se acaricia
ilusionado el escudo que lleva en el bolsillo superior de la chaqueta.
Pone «École Ville Saint Jean. Fribourg». De pronto se sobresalta:
—Vegas, ¿en la maleta me has puesto una corbata negra?
—Sí, alteza, ya sabéis que…
Duda. Don Juanito contesta serenamente:
—Ya no soy un niño, Eugenio, me puedes decir que es por si
muere un miembro de mi familia, por ejemplo, mi abuela.
—Dios no lo quiera, pero ¿por qué lo preguntáis?
—Porque Morea no se sentía bien… Si hay un fatal desenlace me
gustaría guardar luto por ella.
—Muy bien, señor. —El fiel cortesano pregunta con delicadeza—:
¿Cuánto tiempo creéis que sería conveniente? Guardar luto, digo, al
tratarse de una yegua…
Juanito frunce el ceño:
—Quince días creo que es suficiente. —Cierra los ojos—. Ahora voy
a descansar un rato.
Al minuto, aquella alma cándida dormía profundamente.
La vida en Suiza no era tan tranquila como podía imaginarse porque
allí, en ese cruce de caminos, había ido a parar la café society
internacional, los millonarios, los reyes destronados que habían huido
de sus países llevándose un botín fabuloso, como el rey Carol de
Rumanía, que sacó tres camiones blindados con cuatro Rembrandt,
joyas por valor de dos millones y medio de dólares y más de un millón
de monedas de oro. Los viejos conocidos de toda la vida, desde el
príncipe Pierre de Polignac hasta los condes de París, la familia
imperial rusa, Charles Chaplin, que vivía en Vevey, o el Aga Khan, se
reunían en casa de la exreina de España. Fiestas de esmoquin para
ellos y traje largo con joyas para las señoras, en las que María y Juan
se sentían como peces en el agua.
¡Son jóvenes, tienen dinero para gastar y un futuro fabuloso!
Su estancia en el país, sin embargo, no pasa desapercibida para
las autoridades suizas, cuyos servicios secretos elaboran un informe
detallado de sus actividades: «Don Juan suele salir a menudo y vuelve
a su casa a las cuatro o cinco de la mañana, muy afectado por el efecto
de los numerosos cócteles que ingiere… a veces lo acompaña su mujer,
que tiene bastante abandonado el cuidado de su hogar».
No saben los espías suizos que el cuidado del hogar recae en los
abnegados vizcondes de Rocamora, aunque lo cierto es que a Juanito y
a sus hermanos no les importa esta falta de vigilancia y atención. Son
traviesos y maleducados, las niñeras —mademoiselle Any,
mademoiselle Modou, Celina, Berthe…— se suceden porque no
pueden aguantarlos, aunque Juanito aprende muy pronto a camelarlas
con sutiles sobornos:
—Voy a ser rey de España y te haré dama de la corte.
Si le riñen, les grita:
—¡A ti no te haré nada!
Cuando un grande de España lleva a merendar a los hermanos
promete no repetir la espantosa experiencia. Pilar es antipática,
Margot, la más traviesa, porque a la que te descuidas está caminando
por el borde de un precipicio, y a Alfonsito, aunque pequeño, se le
adivina burlón y malicioso. Desarrollará un arte especial para imitar a
las personas.
Estos juicios no abarcan a Juanito porque su sonrisa desarma a
cualquiera. Las comisuras de sus labios suben hacia arriba e inician un
puchero tan encantador que dan ganas de comértelo a besos.
Todo parece controlado, la única preocupación es saber qué pasará
con Franco cuando acabe la guerra europea… Pero entonces ocurre lo
inesperado, lo que nadie preveía, y todo estalla por los aires. ¡Don
Juan se ha enamorado! De una griega misteriosa, de la que solo se
conoce el nombre, Greta, que hace perder la cabeza al inflamable
príncipe, que conoce el amor de verdad por primera vez en su vida.
¡Tiene poco más de treinta años y por fin siente correr la sangre por
sus venas! Se deja ver con ella públicamente, sin importarle que se
entere la gente, cenan en el comedor del hotel Royal y se cogen las
manos, después piden una habitación y no regresa a su casa en toda la
noche.
Está obnubilado, parece víctima de un hechizo. Le confiesa a su
tío Ali, Alfonso de Orleans, que «Greta es la mujer de mi vida… no
pienso abandonarla ni separarme de ella, me voy a divorciar
legalmente de María y me casaré con la griega».
¡Consternación!
Doña María se entera por su cuñada Emanuela y acude a su
suegra, quien le dice con sombría satisfacción:
—Juan es un Borbón… debes resignarte y hacer la vista gorda, lo
llevan en la sangre, ya sabes lo que he sufrido yo.
Y cuando empezó a decir lo de: «Ríe y el mundo reirá contigo,
llora y…», María salió entre lágrimas dando un portazo.
Cuando Franco, en la lejana España, es informado de los
propósitos divorcistas del «pretendiente», como ahora lo llama,
ordena al general Juan Vigón, jefe del Estado Mayor y monárquico
confeso, que arregle el desaguisado. «El pretendiente es un frívolo de
bragueta fácil, como todos los Borbones», dictamina desde su
acrisolada fidelidad matrimonial. Vigón envía una comisión
encabezada por el padre dominico Canal, profesor en el Angélico
romano. No consigue nada, Juan repite tercamente: «La quiero y me
iré con ella». Interviene hasta el papa de Roma, que envía al sacerdote
español Ángel Herrera, que informa desolado: «No hay nada que
hacer, se ha vuelto loco».
Al final, Franco le dice directamente que si persiste en sus
intenciones será apartado de la sucesión, ya que es impensable que la
católica España tenga un rey divorciado.
¿Cómo? ¿Renunciar a la corona?
Unos ejercicios espirituales en Cuaresma barren las últimas
reticencias y Alberto Martín Artajo y Joaquín Ruiz Giménez lo
examinan a fondo, meten su dedo en lo más profundo del alma del
converso e informan al Caudillo:
—Ha superado la tentación del diablo con la ayuda de la religión y
las virtudes de su santa esposa.
Vigón le aconseja que, si se aburre, es mejor que se dedique a la
filatelia o a la numismática.
El revisor abre la puerta del compartimento y anuncia: «Friburgo en
media hora». Juanito se despierta, vuelve a asomarse a la ventanilla,
moquea, vuela la corbata, está a punto de caerse a la vía. Grita:
—Friburgo, ya llego, ¡paso al futuro rey de España!
Eugenio Vegas Latapié, su severo preceptor, le tiró de las piernas
para que se sentara y le tendió un bocadillo de queso que había
preparado él mismo para merendar. Mientras el príncipe comía, Vegas
lo estudiaba amorosamente porque su alumno le había robado su
corazón austero y solitario. Y, aunque él había aconsejado a don Juan
ingresarlo en un internado para endurecerlo, no dejaba de
compadecerse de este niño de ocho años que se desgajaba
definitivamente del tronco familiar.
Era un hombre de honor a la antigua usanza, tan pobre que
cuando había aparecido por primera vez en Les Rocailles había estado
dudando si era mejor comprarse una chaqueta nueva o comer. Y se
había comprado la chaqueta para presentarse dignamente delante del
que consideraba su rey, aunque eso supusiera ayunar durante días. En
los postres había disertado sobre la Inquisición, a todos había gustado
por su sabiduría, su espíritu monárquico y su amor a la disciplina, y
Juan le había propuesto que se ocupara del príncipe.
Porque don Juanito era enredador, muy revoltoso y tan mimado
por sus ayas que no tenía disciplina ni formación.
—Verás que las niñeras lo han echado a perder, hace lo que le da
la gana y ni María ni yo tenemos tiempo de educarlo.
Ni tiempo ni ganas. Doña María, que ha seguido el consejo de su
suegra y ha olvidado el tema «Greta», está muy ocupada montando a
caballo y atendiendo a sus amistades, pero don Juan se siente triste, y
no porque añore a la griega, sino porque la guerra ha terminado y el
nuevo presidente americano, Truman, considera que Franco puede
funcionar como muro de contención del comunismo, ahora el enemigo
principal. Don Juan, que creía que las democracias europeas se iban a
volver hacia él como hacia el sol, se da cuenta de que es el peón
sacrificado en el tablero de la Historia. Sí, Franco ha dicho que España
es un reino, que él será el jefe de estado vitalicio y que, cuando llegue
el momento, designará un sucesor de estirpe real y mayor de treinta
años. Pero ¿quién será dicho sucesor?
¡Esta pregunta atormentará a Juan los próximos veinticinco años
de su vida!
El consejero de don Juan, el inteligente Pedro Sainz Rodríguez, es el
que se da cuenta de que la gran baza ahora es Juanito. Es la
continuidad, no solo de la monarquía, sino del franquismo, y el
Caudillo lo necesita:
—Si jugamos bien esa carta, Franco dejará de tratarlo como un
maricón con purgaciones.
Ya no tiene sentido que don Juan viva en Suiza y deciden irse a
Portugal, más cerca de España. El dictador Oliveira Salazar, además,
los acoge calurosamente. Empiezan los rumores y la prensa
portuguesa habla de él por primera vez con este titular entusiasta: «O
futuro rei da Espanha fala cinco línguas, além do dialeto andaluz!» .
Todos están preparando su marcha… Los niños escogen los
juguetes que quieren llevarse, se adquieren cestos para sus perros
Damil y Reina…
¡Pero Juanito, no! ¡Juanito se va interno a Friburgo! Le compran
una maleta de becerro que el príncipe llena de cosas dispares, unos
prismáticos, fotos… Su padre le regala una pluma, su abuela, un reloj…
Él mismo ha pegado la etiqueta identificativa. Juan Carlos de Borbón.
Príncipe de Asturias.
Vegas contempla a su protegido, el principito ha apoyado la frente
en el cristal de la ventanilla y está triste. Piensa que a estas horas sus
hermanos se estarán bañando y luego formarán a los sones de la
«Marcha real» en el saloncito de mami.
Para animarlo, el buen preceptor propone:
—¿Cantamos el novio de la muerte?
El niño se anima instantáneamente. Se ponen los dos en pie:
Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera.
Soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera.
A Juanito le tiembla el labio inferior. Vegas lo hace sentar y le
coge la mano, aun contrariando el protocolo:
—En el Saint Jean estaréis muy bien, don Juanito. Es un
internado con mucho prestigio. Los sacerdotes marianistas que están a
su cargo siguen la disciplina de los colegios ingleses y acogerán a
vuestra alteza con mucha deferencia.
Ya se había ocupado don Juan de que así fuera y conseguido que
se contratara como profesor de español a Fernando Granzow, que era
novio de la hija de los vizcondes de Rocamora. Tenía encomendado no
perder de vista al augusto alumno.
Juanito preguntó, como quien no quiere la cosa:
—¿Estarán mis primos Alfonso y Gonzalo?
—No, señor, han sido trasferidos al internado de Montana, en
Zúrich.
Otra hazaña de don Juan, que había alejado a aquellos sobrinos
tan desgraciados, y por ello llenos de rencor y envidia, de la
proximidad de su hijo. Sus padres habían acabado separándose en
medio de una tormenta de reproches y denuncias, y lo más triste es
que ni Jaime ni Emanuela se habían querido hacer cargo de los dos
chicos, que languidecían de internado en internado sin que nadie fuera
a buscarlos, ni siquiera en vacaciones.
La única que se compadecía de ellos era su abuela, que les pagaba
el colegio, pero poco más. Si los invitaba algún fin de semana a casa les
advertía que su lugar estaba detrás de Juanito, pero, aun así, Alfonso,
tan necesitado de afectos, la quería ciegamente.
Juanito, ya desentendido de sus primos, porque, al fin y al cabo,
solo tenía ocho años, preguntaba de nuevo:
—Pero, a ver, Vegas, ¿me aseguras que en este colegio me lo voy a
pasar muy bien? Si no, tendré que hacer un comunicado como mi
padre…
—Alteza, sin duda ninguna… Son niños que pertenecen a las
mejores familias de Europa. Aquí ha estudiado un escritor muy
famoso. ¿Cómo se llamaba? Escribió sobre un príncipe como vuestra
alteza, era aviador…
Juanito, que tampoco estaba muy ducho en literatura y que nunca
había oído hablar de Saint Exupéry, concedió magnánimamente:
—Es igual, Vegas, pero una cosa, ¿sabrán que soy el futuro rey de
España?
—Naturalmente, pero tampoco vamos a alardear de ello, ¿verdad?
—contestó el preceptor con suficiencia.
—Claro que no, Vegas, era porque ya sabes que me gusta que estos
asuntos queden claros.
El rostro de aquel niño vivaracho y fascinante tomó un aire
soñador, pensando en ese colegio ideal en que lo tratarían con la
pleitesía debida a su rango. Vegas, que no era nada sentimental, tuvo
un arrebato y le dijo:
—Señor, ahora parecéis el Niño Jesús de Praga.
Juanito parpadeó; tan joven y ya sabía utilizar sus armas.
Cuando llegaron, la ciudad le pareció vieja y sombría, acostumbrado a
la limpieza algo pastoril y ordenada de Lausana. El coche que cogieron
en la estación se detuvo frente a una verja de hierro y un edificio
inhóspito y cuadrado, de tejado rojo y ventanas iguales de madera. En
la entrada esperaba un pequeño grupo de profesores. Se adelantó un
hombre joven, que saludó con una inclinación de cabeza:
—Alteza, soy Fernando Granzow. Vuestro augusto padre me he
encargado instruiros en historia de España.
Juanito le dio la mano y sonrió de forma seductora e irresistible.
Le fueron presentados el resto de los profesores:
—Monsieur Taylor le dará clase de matemáticas, le père
Lecompte, de literatura y père Rodolphe Maison, su profesor de
gimnasia. Monsieur le directeur os espera en su despacho.
Un chico le cogió el equipaje y en ese momento se acordó de Vegas
que estaba, sombrero en mano, aguardando en la entrada. Se acercó
corriendo y le dio un abrazo torpe que el adusto preceptor encajó con
más torpeza aún:
—Eugenio, no te irás lejos, ¿verdad?
El otro se emocionó:
—No, señor, ya sabéis que no tengo otro destino en la vida que
cuidarme de vuestra alteza.
Sonrió Juanito y luego entró en el colegio con el trotecillo algo
escorado de los niños demasiado altos para su edad, las puntas de los
pies hacia dentro y los hombros encogidos.
Eran las cinco de la tarde y, como se habían acabado las clases, se
asomaban rostros curiosos por la escalera, levantó la vista y saludó con
la mano como hacía su abuela a los españoles que se apostaban a veces
a la salida de la iglesia de Lausana, pero se desconcertó al ver que
ninguno le contestaba.
Oyó algunas risas ahogadas y pasó un grupo de niños con las
raquetas de tenis debajo del brazo que lo miraron de reojo, por las
ventanas se veía a otro grupo de pantalón corto a paso de marcha.
También le sorprendió que algunos parecieran muy mayores y
lucieran incluso un incipiente bigote.
Avanzaron por un largo pasillo hasta llegar al despacho del
director, el padre Marcel Ehrburger. Aunque era sacerdote, en lugar de
sotana llevaba levita, lo que le daba el aspecto de un cuervo. Le señaló
la silla que tenía delante de la mesa:
—Sentaos, alteza, por favor. Granzow, no hace falta que se quede.
—Pero, monsieur le directeur … —trató de protestar el profesor.
El cura hizo un gesto enérgico con la mano y el otro no tuvo más
remedio que irse y cerrar la puerta. El director se recostó en la silla,
juntó las manos e hizo girar los pulgares. Lo observó con
experimentada agudeza: un niño guapo pagado de sí mismo, al que
seguramente nadie ha llevado la contraria en su vida, y, aunque
vestido con la ropa de las clases altas, aquí y allá se dejaba ver que
ninguna mano femenina había intervenido en su atavío.
—Así que al final ya lo tenemos entre nosotros, príncipe.
—Sí, padre, muchas gracias por el recibimiento que me has
preparado.
—No sé a qué se refiere —contestó el hombre con brusquedad.
Si el director se quedó sorprendido por el tuteo borbónico, que un
niño de ocho años llamara de tú a un hombre de sesenta y tres, que
además estaba arriba en la cadena de mando, no lo dio a entender. Y
prosiguió observándolo pensativamente:
—¿Cómo os han educado hasta ahora?
—Iba al parvulario Rolle de Lausane y también tengo una
profesora española, Mercedes Solano, para que me ayude a pronunciar
la erre, pero mis padres consideraban que era una ignorante y una
inepta y Vegas decía que por su culpa me estaba volviendo marica.
Repetía las palabras que había oído en casa de forma mecánica,
sin entender muy bien lo que querían decir.
Monsieur cabeceó y preguntó con engañosa dulzura:
—¿Y qué materia os gusta más?
El niño dio una respuesta que no fallaba y que en casa despertaba
gran entusiasmo:
—Amar a España por encima de todas las cosas. —El hombre
asintió en silencio. Juanito se iba poniendo nervioso, no estaba
acostumbrado a que sus comentarios no despertaran un coro de
elogios. Prosiguió—: Mi madre la reina te envía saludos.
El otro fingió que no lo oía y cambio de conversación:
—¿Sabéis que vuestro primo Alfonso de Borbón Dampierre, uno
de nuestros mejores alumnos, ha sido obligado a cambiarse de colegio
por vuestra causa?
Juanito se sintió desconcertado por esta extraña conversación,
que no iba por los rieles habituales de servilismo y respeto y, como
solo tenía ocho años, su voz tembló al responder con candidez:
—No lo sabía.
El otro preguntó abruptamente:
—¿Cómo andáis de matemáticas?
—Bueno, las clases eran muy temprano por las mañanas y…
—¿Y de geografía?
—Verás, en el despacho hay un globo terráqueo y papá, quiero
decir el rey, nos enseña dónde están las principales ciudades de
España. —Y añadió, presuntuoso—: Yo las conozco mejor que la
infanta Pilar, eso que tiene dos años más que yo.
El director arrumbó al globo terráqueo y a la infanta Pilar con un
gesto de mano que hizo sentir muy ridículo a don Juanito, y prosiguió:
—¿Y cómo estamos de ciencias?
Aquí Juanito sonrió triunfalmente, porque su interlocutor era
sacerdote y estaba seguro de que su respuesta iba a gustarle:
—Mi preceptor, Eugenio Vegas Latapié, dice que la ciencia es una
super supre…
—Superchería.
—Sí, que todo lo que no sale de Dios no vale la pena saberlo.
Extrañamente, el hombre tuvo una mueca de desagrado, apuntó
algo en un papel, y levantó la vista.
—Alteza, ¿cómo preferís que os llamen los alumnos?
—Príncipe está bien.
—¿Juan Carlos o Juanito? —prosiguió como si no le hubiera oído.
—Ah, pues Juanito.
—Ya podéis iros.
—¿Hoy podré hablar con mi madre? —preguntó el niño con
timidez.
El otro lo miró con asombro:
—¿Con vuestra madre? No, claro que no. Esto es una escuela de
verdad, no una guardería. Y nuestro lema es conseguir hombres
completos, ¿usted sabe lo que es un hombre completo?
Juanito se las quiso dar de enterado:
—Algo sé… aunque en el avemaría se diga lo de tu vientre Jesús,
en realidad los niños vienen de París.
El director cerró los ojos, dejó pasar unos segundos, y luego dijo:
—Vaya a su habitación. Ahí, afuera, le dirán dónde deberá dormir.
El niño se levantaba con encogimiento y ya se iba hacia la puerta,
arrastrando los pies después de la entrevista más difícil de su corta
vida, cuando monsieur le directeur aún le advirtió:
—Y sepa que aquí a los profesores se les trata de usted, de la
misma forma que nosotros tratamos de usted a los alumnos.
Juanito enrojeció violentamente, pero trató de recomponerse
cuando salió al pasillo. El chico que le había acompañado esperaba al
lado de su maleta. Engoló la voz y dijo:
—Ordenanza, llévame el equipaje a mis estancias.
Y el otro se echó a reír dejando ver una dentadura amarilla y
mellada.
—¿Ordenanza? ¿Estás loco? Llévatela tú.
Se la tiró encima y se fue corriendo.
Juanito tardó casi una hora en averiguar que le tocaba dormir en
el pabellón La Sapiniere, en una enorme sala con treinta camas.
Afortunadamente, a él le toco la última, la que estaba al lado de la
ventana. Dejó la pesada maleta, agotado, y se fue a mirar el paisaje.
Se horrorizó, porque la casa estaba construida al borde de un
precipicio de por lo menos doscientos metros. Abajo, muy abajo, se oía
el rugido aterrador de un río caudaloso. Las rocas negras y desnudas
tenían un aspecto siniestro y peligroso.
Se apartó bruscamente, cuando sintió una mano que lo cogía por
detrás y le obligaba a cruzar los brazos en la espalda. Una voz de
aliento podrido le susurró en el oído:
—Mira bien por esta ventana… alteza… Por aquí tiramos a los
príncipes de países fascistas como el tuyo.
Juanito trató de protestar débilmente:
—Pero yo no… estamos exiliados…
—Cállate —rugió otra voz, y unas manos misteriosas abrieron la
ventana de par en par, una ráfaga de viento húmedo entró en la
habitación, el abismo se hizo aún más insondable. Se mareó, sintió
vértigo y ganas de vomitar.
No podía girarse para ver quiénes eran sus verdugos, pero
adivinaba que eran chicos más altos que él. Trató de gritar, pero una
mano le tapó la boca. Sentía paseos y carreras por el dormitorio, pero
nadie venía a auxiliarlo. Uno le empujó la cabeza hacia abajo y le dijo:
—Mira esto… alteza. —Le enseñó brevemente el cañón de una
pistola—. He luchado en la guerrilla y sé darle una lección a un marica
como tú… ya lo hicimos con tu primito, pregúntale por papá Maurice,
a ver qué te dice.
—Pero yo no he hecho nada… —lloriqueó Juanito.
Un puñetazo mal dado, con mano inexperta, le hirió el costado y
prosiguió el susurro enloquecedor:
—Cállate, marica.
Otro le tiró del pelo.
—Marica, marica.
—Ándate con cuidado, que ya conozco el sabor de la sangre.
El que hablaba de forma tan melodramática lo inmovilizó con más
fuerza, mientras detrás de él se oía a sus compinches rasgar el equipaje
de Juanito, la flamante maleta de la que estaba tan orgulloso. Iban
voceando el contenido, una caja de bombones, unos prismáticos, un
estuche con un reloj… una pluma… Un billetero con unos cuantos
francos. Juanito adivinaba que todo iba a parar a los bolsillos de sus
torturadores, pero no se atrevía a decir nada:
—… Un libro… ¿qué quiere decir Platero y yo ?
—Es de mi madre, dejadlo por favor —se atrevió a protestar
débilmente.
Con grandes risotadas intentaron rasgar el libro y después lo
arrojaron al suelo.
—Todo el dinero que te envíen tus padres nos lo das a nosotros —
le dijo el que lo mantenía inmóvil—, y ojito con quejarte, que si no irás
a parar al fondo del río.
Lo soltaron y se fueron con tal rapidez que Juanito no pudo ver el
rostro de ninguno. ¡Pero qué más daba! A pesar de los informes que se
habían procurado los padres de Juanito, a pesar de que los alumnos
eran de buenas familias, en el colegio, en esos años de posguerra,
imperaba una gran violencia, la ley de la selva. Era un ambiente casi
gansteril, las peleas eran continuas, había alumnos mezclados de todas
las edades, ya que la guerra había interrumpido sus estudios, algunos
incluso habían participado en la Resistencia e iban armados, otros
habían quedado huérfanos, en posesión de grandes fortunas, y se
comportaban despóticamente… El rancho era miserable, los
profesores eran pobres como ratas y no tenían otra manera de hacerse
obedecer que el castigo físico. Los más fuertes se imponían a los
débiles, sin que nadie pusiera cortapisas a los abusos.
Juanito, temblando como una hoja, se metió en la cama.
Comprendió por qué era la única que estaba libre: el ruido
estruendoso del río no le dejó pegar ojo en toda la noche.
Cuando se levantaron los alumnos aún estaba oscuro. Vino el
celador a advertirle:
—Tiene que ir a las duchas y después vestirse.
¿Cómo? ¿Volver a ver a esos cabrones? Apretó los ojos, los labios y
no se movió. Oyó murmullos, metió la cabeza bajo las sábanas. Se fue
vaciando el dormitorio y después, el silencio. Cuando se estaba
adormeciendo, unos pasos se detuvieron a los pies de la cama. Abrió
los ojos, un sacerdote de porte ascético le miraba severamente:
—Levántese y acuda a clase con sus compañeros.
Juanito se incorporó, indignado.
—¡No pienso hacerlo! Haz el favor de llamar a mis padres, ayer
unos brutos me pegaron y me robaron el contenido de mi maleta.
Avisa a Granzow y a Vega, que vengan a buscarme.
El hombre lo observó fríamente. Al final, sacó la maleta de debajo
de la cama. Hurgó en ella y dijo:
—Yo no veo nada raro… Aquí está el uniforme, póngaselo. Y le
recuerdo que el tratamiento a los profesores es de usted.
Juanito estaba tan enfadado que tartamudeaba y soltaba
insensateces:
—¿Qué? Llama a Granzow, él sabrá que hacer. ¡Te recuerdo que
voy a ser rey de España y cuando sea rey voy a obligar al presidente de
Suiza a que te meta en la cárcel!
No supo qué pasó hasta que lo tuvo encima. Un bofetón
descomunal:
—Y ahora vístase.
Humillado, con la mejilla roja y el corazón herido, se fue vistiendo
a trompicones. Cuando acabó, el cura lo cogió de la oreja y lo arrastró
hasta el aula donde cuarenta niños, perfectamente uniformados de
chaqueta azul, pantalón gris y corbata, estaban recibiendo clase.
Lo empujó dentro y después, delante de todo el mundo, le dio otro
bofetón.
—Así tratamos a los chicos que se creen por encima de los demás.
Quince días. Durante quince días estuvo con el corazón en vilo
esperando que llamaran sus padres. Un día se encontró la cama
mojada, en otra ocasión, en un pasillo, le tiraron una manta por
encima y le estuvieron dando golpes hasta que lo dejaron molido en el
suelo.
Le habían robado la ropa y no podía cambiarse.
Luego, dejaron de ocultarse y le pegaban abiertamente. Le cogían
el pan, el chocolate que les daban los sábados.
Un día, desesperado, se salió de la fila porque vio pasar a
Granzow. Le gritó, pero su profesor de gimnasia le hizo volver con un
golpe de fusta.
Su madre no llamó, su padre, tampoco.
Al final, cuando estaba al límite de sus fuerzas y valoraba
seriamente tirarse por la ventana, fue a verlo Vegas.
Se echó en sus brazos, hasta el olor rancio de su sobretodo, el
único que tenía, el que llevaba desde que lo conocía, en invierno y en
verano, le pareció el lugar más confortable del mundo. Su hogar.
Se lo contó todo entre lágrimas. Fueron a merendar al boulevard
de Perolle y descargó ante él su corazoncito de ocho años.
Pero, para su sorpresa, Vegas no lo apoyó:
—Alteza, no vamos a intervenir porque consideramos que vuestra
educación ha sido demasiado blanda y que ahora toca endurecerse por
las perspectivas que hay de futuro.
—¿Cuáles? —preguntó esperanzado, cualquier cosa era mejor que
el internado.
Pero Vegas respondió de forma misteriosa, porque le encantaban
las intrigas y estar en el centro de las conspiraciones:
—No se lo puedo decir aún a vuestra alteza, pero vuestro padre
está en conversaciones con Franco para que quizás, en el futuro,
podáis ir a estudiar a España.
—¿Pero Franco no es ese señor que hace sufrir a papá porque no
lo deja entrar en España y cuyo nombre no podemos pronunciar?
El otro tuvo un gesto despreciativo con la mano.
—Eso es alta política que vuestra alteza, a pesar de su inteligencia,
en estos momentos no puede entender. Pero es por el bien de España.
Juanito se puso en pie tragándose los sollozos porque ya se sentía
casi rey.
—Por España.
Vega también se enderezó.
—¡Por España! —Luego volvió al tono normal—: Lo único que le
puedo decir a vuestra alteza es que su estancia en el internado es
provisional y que se acabará algún día… Entretanto, procure vuestra
alteza sacar provecho de esta educación porque, aunque no os deis
cuenta, va a ser la única época de vuestra vida en la que os vais a sentir
libre.
Juanito reprimió un puchero porque ya no era un crío sino el
heredero de la Corona española, pero preguntó con un hilo de voz:
—Eugenio, ¿me puedes llevar al barbero a que me corte el pelo?
Misteriosamente, la ropa apareció lavada y planchada, dejaron de
pegarle, pero Juanito ya tenía el miedo metido en el cuerpo. Pasaba las
noches en vela temiendo a sus torturadores y después se quedaba
dormido en clase. Sus notas eran pésimas, no aprendía, sus boletines
estaban llenos de advertencias sobre su bajo rendimiento, estaba muy
flojo en todas las materias, no mostraba interés…
Los únicos momentos en que se sentía a salvo era cuando
Granzow le daba clases, pero al finalizar se iba tan rápido que nunca
podía abordarle. Creyó que el profesor sentía indiferencia hacia su
situación, pero un día sorprendió una conversación en el pasillo.
Monsieur le directeur le estaba diciendo de forma desabrida:
—Esto no es para niños mimados, si quieren otra cosa, que los
padres lo saquen del colegio, y le aconsejo, Granzow, que no me dé
más la lata, que bastante he hecho pasando por alto la Comedia del
Arte que montó a mis espaldas cuando el príncipe llegó al colegio…
Juanito supo que hablaban de él y de esa manera vio morir su
última esperanza de salvación.
No entendía cómo sus padres no iban a visitarlo, no entendía por
qué el mundo se había conjurado para hacerle la existencia
insoportable. ¿No había ni una sola persona que se apiadara de su
situación? ¿Ni una sola?
Una noche estaba rumiando su pena en un rincón del cuarto de
juegos cuando un alumno al que no conocía le avisó:
—Están ahí sus padres…
Enloquecido, Juanito se levantó mirando a un lado y a otro.
—¿Dónde?, ¿dónde?
—En la verja, no han podido entrar con el coche.
Era ya noche cerrada y nevaba, pero Juanito salió al jardín solo
con la camisa, corrió a la puerta. No había nadie, buscó, gritó:
—Papá, mami.
Nada. Comprendió que le habían gastado una broma e intentó
entrar de nuevo en la escuela, pero el pesado portón se había cerrado
herméticamente. Llamó en vano, corrió a su pabellón y la puerta
también estaba cerrada. Golpeó y cayó al suelo. Así lo encontró unos
minutos después el portero, completamente mojado, aterido, con los
labios azules…
Lo llevaron a su habitación, lo acostaron, le pusieron botellas de
agua caliente. Había preocupación, una cosa eran las novatadas más o
menos pesadas, y otra que se muriera un alumno, un alteza real,
además.
Al día siguiente se quejaba de dolor de oído, tenía fiebre, la
almohada estaba manchada de pus. Granzow intentó avisar a los
padres, pero no los localizó. La vizcondesa de Rocamora le contó que
estaban de crucero por Cuba y las Antillas, invitados por Leopoldo, el
exrey de Bélgica, y que no había forma de localizarlos. Entonces avisó
a Vegas, que estaba en Lausana.
El preceptor advierte enseguida el mal estado de Juanito y lo lleva
al hospital. Los médicos le dicen que tienen que practicarle una
trepanación para limpiarle la zona infectada, si no, puede morir de un
shock séptico. Vegas necesita la autorización de un familiar porque,
además, van a aplicarle anestesia general, pero los padres, que habían
emprendido este largo crucero con la condición de llamar dos veces a
la semana a su casa, olvidan hacerlo. Se han encontrado en Cuba con
la Puchunga, que había estado casada con el malogrado Alfonso, y se
suceden las fiestas, las excursiones, las visitas. ¡Seguro que en casa
está todo tranquilo, nunca pasa nada! Y si pasa, ahí están los
Rocamora para arreglarlo.
Rápido, rápido, los médicos exigen una respuesta, el tiempo se
acaba. El estado de Juanito empeora, que venga un sacerdote.
Al final, es la reina Victoria la que da permiso por teléfono.
Operan al príncipe, una intervención muy complicada, durante cuatro
horas, que lo dejará duro de un oído de por vida.
Vegas pasa doce días sin moverse de su lado, le coge de la mano y
le explica la vida de Felipe II para entretenerlo. Cantan el «Dies irae»
y el «Corazón santo, tú reinarás».
La reina Victoria solo va a verlo una tarde.
Juanito regresó al colegio notablemente desmejorado. Cuando entró
en la sala de juegos, uno de sus atormentadores se levantó con actitud
chulesca. Juanito lo miró con la resignación de los condenados a
muerte, cuando se interpuso en el camino del matón un muchacho alto
y moreno, que le espetó agresivamente:
—¡Déjalo en paz! Si alguno de vosotros quiere probar —sacó una
navaja suiza y sus ojos tenían un brillo diabólico— cómo se usa esto…
que sepáis que este es el sexto internado al que voy, dos de ellos en
Estados Unidos, ya he despachado a tres alumnos y un profesor que se
las daba de gallito.
¿Era verdad? ¿No lo era? Por el aspecto podía serlo
perfectamente, el chico hablaba un batiburrillo de lenguas, se parecía a
Errol Flynn en El capitán Blood , era guapo, sonreía con descaro y el
pelo le caía sobre unos ojos negrísimos que miraban fieramente.
Se abrió de piernas dando saltos como los boxeadores, con la
navaja en la mano, retador:
—Acercaos, venid.
Los verdugos de Juanito, quizás cobardes, y también porque ya se
habían aburrido de su presa, buscaron una nueva víctima. Y no
tardaron en encontrarla: un muchacho más vulnerable y mucho más
rico, Karim Aga Khan. Era nieto del gran jefe de los ismaelitas y por lo
tanto estaba dispensado de acudir a las clases de religión. Enseguida
corrió la voz por el colegio de que cada año sus fieles ponían a su
orondo abuelo en una báscula y le entregaban su peso en diamantes, y
el pobre Karim se convirtió en su objetivo.
Juanito, poco acostumbrado a las muestras de amistad, primero
acogió a su salvador con recelo, ¡quizás quería convertirlo en una
especie de esclavo como en los cuentos de las mil y una noches que le
leía su niñera! Pero el chico juntó los talones, porque tenía el sentido
teatral de los eslavos y encima venía de una familia de militares, y
después le tendió la mano presentándose formalmente:
—Hola, me llamo Zourab Tchokotua. —Después añadió con
notable exageración—: Mi padre era el regente de Georgia, yo, por lo
tanto, soy príncipe y tengo derecho al tratamiento de alteza real, pero
como tú también lo eres puedes llamarme Zu. —Juanito le estrechó la
mano, sin creer aún en su buena suerte, y el príncipe georgiano soltó
con desprecio—: Esos son unos comemierdas… El que llevaba la voz
cantante es un sobrino del general De Gaulle y el otro del director de la
Citroën… No son como nosotros.
Ávido de nuevas informaciones que apuntalaran su maltrecho
orgullo, Juanito preguntó:
—¿Y cómo somos nosotros?
—¡Tenemos sangre azul!
—La mía es roja —tuvo que confesar honradamente Juanito.
—Trae acá la muñeca.
Juanito tendió el brazo con temor y el otro hundió levemente la
punta de la navaja en la carne, que empezó inmediatamente a sangrar.
Él se cortó en el mismo sitio y frotó su herida con la de su nuevo
amigo. Brillaron los ojos de los dos.
—Ahora somos hermanos de sangre —le dijo Zu.
Y lo fueron, no solo los dos años que permanecieron en el
internado, sino toda su vida. Y también rescataron al pobre Karim de
las garras de aquellos malvados y se llamaron a sí mismos los tres
mosqueteros.
No se sabe si el colegio tomó medidas acerca de los hechos que
condujeron a la grave enfermedad del príncipe, pero Granzow
consiguió que se abriera una investigación interna, cuyo resultado
nunca se divulgó. Al cabo de dos meses, sin embargo, renunció
monsieur Ehrburger y el nuevo director, monsieur Bernard Peter, dijo
que no se iban a permitir los castigos físicos. Nadie le hizo caso, pero
la víctima ya nunca más fue Juanito.
5
E l mar está en calma, pero una ligera brisa de poniente hincha las
tres velas del Saltillo , un balandro de veintiún metros de eslora
propiedad del bilbaíno Peru Galíndez, empresario monárquico hasta
las cachas, que ha cedido de por vida a Juan de Borbón, con la
tripulación y todos los gastos cubiertos. Es ligero, de estampa elegante,
pero muy recio.
Ese día, 25 de agosto de 1948, se dirige desde Arcachón, en la
costa francesa, a encontrarse con Franco que, a bordo del Azor , al que
él llama irónicamente Azorín , aunque el barco tenga casi treinta
metros, le espera en pleno Cantábrico, a cinco millas al norte de San
Sebastián.
—¿Velocidad?
—Siete nudos. Llegaremos a la una del mediodía.
Don Juan va al timón, patroneando el barco. Está nervioso, y,
aunque sabe que no es aconsejable fumar en un velero, apura un
cigarrillo tras otro. ¡Está a punto de celebrar la entrevista más
trascendental de su vida! Un encuentro con Franco, en el que no solo
se va a tratar el destino de Juanito, sino el de la monarquía. ¡El
porvenir de Juan, al que muchos ven precisamente como un hombre
sin futuro en un reino en el que la única familia real es la familia del
propio Caudillo!
¿Quién se acordaba ya de ese rey huido de España hacía casi dos
décadas? ¡Cuántos años, cuánta historia, cuántos muertos han pasado
desde entonces!
A la comunión de Alfonsito, el hijo menor, en la iglesia de Estoril,
no fue nadie… ¡Tan solo cuatro nobles apolillados y cobardes que
corrieron a postrarse a los pies del Caudillo cuando regresaron a
España! Ese día, la reina Victoria, tan fría, tan británica, vestida de
negro y con peineta, una prenda que odiaba, se había puesto a llorar:
«Ya no nos quiere nadie».
Pero quedaba por jugar la última carta, ¡Juanito!
¡Franco quería a Juanito! Necesitaba un miembro de la familia
real para legitimar su régimen, sobre todo de cara al extranjero.
La entrevista, que lleva meses preparándose en secreto, no ha sido
concretada hasta el día anterior por la radio costera de Igueldo, con un
escueto «confirmado».
A bordo del Saltillo van, además de Juan y Peru Galíndez, el jefe
de la casa del conde de Barcelona, duque de Sotomayor; Jesús Corcho
y Eduardo Real de Asúa. ¡Y, sorprendentemente, don Jaime, el
hermano sordomudo! Juan quiere que Franco se dé cuenta de que el
infante que, sin un duro, se ha puesto en manos del publicista Guido
Orlandi, gracias al cual ya ha concedido varias exclusivas diciendo que
va a reclamar el trono de España, en realidad lo acepta como rey y no
va a plantear ningún problema.
Le ha ordenado secamente:
—Jaime, tú no hace falta que digas nada.
Su sola presencia es suficiente para demostrar que los hermanos
se llevan bien.
Su consejo privado no deja de ofrecerle recomendaciones:
«Vuestra majestad no debe achantarse, recuerde que Franquito es un
militar ignorante… Vuestra majestad desciende de…», al final,
malhumorado, los cortaba:
—Dejadme en paz, coño, que ya sé lo que hay que hacer.
Pero al cabo de unos minutos, es él mismo el que pregunta con el
miedo en los ojos:
—Pero ¿y si dice que Juanito ha de actuar como si fuera huérfano?
¡No quiere que le llamemos Príncipe de Asturias! ¿Y si se niega a
resaltar mi papel como heredero de la Corona?
—Manteneos firme, señor, tenéis la sartén por el mango.
Pedro Sainz Rodríguez, su eminencia gris, el hombre que mueve
los hilos de esta monarquía en decadencia, no ha venido porque
Franco lo odia, pero ha vertido en sus oídos el bálsamo de Fierabrás
que todo lo cura: la confianza en uno mismo y la sensación de poder.
—Franquito le lamerá el culo a vuestra majestad tantas veces
como haga falta para tener a don Juanito en España. Con delectación.
Mientras le escribe unas notas con lo que tiene que decir en la
reunión, asevera:
—Franco no cree que puedan sentarse dos culos en el mismo
asiento, pero vamos a demostrarle que el culo que sobra es el suyo.
De momento, quien está realizando este ejercicio lingual con los
ojos cerrados y los dientes apretados es don Juan que, a pesar de sus
declaraciones democráticas a la prensa extranjera, acaba de enviarle
un telegrama a Franco con motivo de sus bodas de plata: «En este día
recordará vuestra excelencia a quien fue su padrino… y es mi deseo
asociarme también a ese recuerdo, le dirijo estas líneas de cordial
felicitación en esta importante fiesta de su vida familiar». Franco se
apresuró a contestar con la misma hipocresía y falsedad, ya que los dos
hombres se detestan: «Recuerdo las bondades de quien en acto
decisivo de mi vida quiso honrarme con su padrinazgo, don Alfonso
XIII, cuya memoria ha sido objeto de veneración en esta casa…».
Alto, con la cabeza pequeña como todos los Borbones, Juan se ha
cambiado en el camarote de popa y se ha vestido adecuadamente:
zapatos blancos, como los calcetines, el pantalón y la camisa blancos,
corbata oscura y chaqueta deportiva de color azul marino. Aunque no
exhibe la elegancia de dandi de su padre, es más, parece que quiera
distinguirse de él y luce un aspecto informal, o tal vez su ayuda de
cámara, Luis Zapata, es menos hábil que Paco Concheso. Mientras el
rey Alfonso puso de moda llevar los puños muy largos, que sobresalían
de la americana y llegaban a los nudillos, el cuello duro y alto y los
pantalones ajustados a la pierna, el hijo lleva los puños cortos, los
cuellos bajos, y holgados los pantalones de pinzas, al estilo inglés.
—¡A todo trapo, marineros!
Cuando se acercan a la costa, el corazón de Juan se acelera
dolorosamente, pero ahora no es por aproximarse a Franco, sino por
estar cerca de la patria añorada. Aguza la vista, quizás podrá ver el
palacio de Miramar en San Sebastián, donde veranearon hasta que se
fueron de España. En Miramar se anunció el noviazgo de sus padres;
en los jardines, Juan besó a sus primeras noviecitas. Ay, qué precoz
fue… Las primeras, como marca la tradición, fueron las chicas del
servicio.
Había una galleguiña de ojos claros y una escocesa, Gladys.
Fue un recuerdo dulce que pintó una sonrisa juvenil en su rostro,
generalmente adusto y serio, solo roto a veces por una carcajada que le
hacía echar el cuerpo hacia atrás. Pero ahora no, tenía que centrarse
en esta entrevista con el enano de El Pardo, como lo llamaba en la
intimidad. ¡Claro que sabía que Franco se refería a él como el
borrachín de Estoril y con eso la partida quedaba en tablas!
Franco ordena que los recoja una falúa del cazaminas Tambre y
los trasladen al Azor . En la cubierta se asoman Franco y su primo
Francisco Franco Salgado-Araújo, Pacón, su secretario y confidente.
Apenas se ven los ojos y la calva del Caudillo por encima de la
barandilla debido a su corta estatura. Lleva uno de sus trajes de alpaca
de confección comprados en Galerías Preciados, zapatos de dos
colores y calcetines grises.
El momento solemne quedó un poco deslucido, ya que el duque de
Sotomayor se mareó, empezó a vomitar y tuvieron que izarlo en
brazos.
Lo llevaron a popa para que pudiera desahogarse a gusto e,
intentando no oír los esfuerzos agónicos del duque por liberar su
cuerpo del abundante desayuno que le había sentado mal, el conde de
Barcelona, treinta y cinco años, y Franco, de cincuenta y cinco,
quedaron frente a frente.
Se adelanta Franco a saludarlo y sin darse cuenta se cuadra
militarmente. Juan le tiende la diestra y ambos hombres están un
buen rato estrechándose las manos sin saber muy bien qué decir.
Al final, es Franco el que toma la palabra y, con su voz atiplada
que nunca deja de sorprender a quien la escucha por primera vez, dice
con los ojos brillantes:
—En estos momentos me viene a la cabeza el recuerdo de vuestro
padre, que, como sabéis, fue mi padrino de boda.
Juan tragó saliva, quizás se acordó del padre en el lecho de muerte
enviando telegramas humillantes y preguntando si habían tenido
respuesta. Pero contesta con voz firme:
—Lo sé, ya se lo dije en la felicitación que le envié con motivo de
sus bodas de plata. Tenía de… usted una gran opinión… —Y, haciendo
gala de la legendaria memoria borbónica precisa—: Yo le recuerdo a…
usted en el cambio de guardia de palacio, en la Navidad de 1930.
Franco le dice con firmeza, como sentando las bases de la
conversación y sabiendo que a Juan en Estoril le llaman majestad:
—Yo le voy a llamar alteza real, puesto que no está todavía
coronado, y usted a mí me puede llamar excelencia.
Estuvieron hablando tres horas, Juan comentó luego:
—Me di cuenta de que Franco me tomaba por un imbécil.
Franco tiene al lado al obsequioso y adulador Julio Dánvila, el
responsable de las negociaciones que condujeron a esta histórica
entrevista. Es un falangista camisa vieja que finge ser partidario de
Franco y de la monarquía a la vez, aunque los asesores de Juan no lo
aprecian, pues temen que sea un espía de El Pardo.
La conversación en sí, la que atañía a su hijo, se resolvió rápido. A
pesar de todas las estrategias, de todos los planes cuidadosamente
trazados por Juan y los suyos, de todas las notas que Sainz Rodríguez
le había metido en los bolsillos, Franco consiguió que el príncipe se
educara en España y a cambio solo ofreció vaguedades:
—Lo llevaremos con discreción porque podría incomodar a los
españoles el recuerdo de su abuelo, que no despierta simpatías…
Siempre tenemos que contar con el elemento revoltoso.
—Debe de ser tan difícil gobernar al pueblo español… —opinó
Dánvila, solícito.
—Yo lo encuentro fácil —respondió Franco tranquilamente.
Don Juan insinuó que si existía ese clima de hostilidad hacia la
monarquía era porque en los periódicos se la ridiculizaba siempre que
había ocasión, y Franco comentó, afable, mientras tomaba una
aceituna, moviendo la cabeza como el que se encuentra delante de una
criatura que ha hecho una chiquillada:
—Ya sabe vuestra alteza cómo son estos periodistas… Dicen lo que
les da la gana.
Esta afirmación, en una época en la que los periódicos pasaban
varios controles de censura, la eclesiástica y la civil, y no se publicaba
nada que no fuera aprobado por las autoridades pertinentes, por no
hablar de que el mismo Franco había dado el enterado al fusilamiento
de dos periodistas, Julián Zugazagoitia y Paco Cruz Salido, y había
prohibido ejercer la profesión a decenas de ellos, provocó miradas de
incredulidad en el bando juanista.
De pronto, don Jaime arrancó a conversar. ¡Dánvila casi se cayó al
suelo del susto! Todos giraron la cabeza hacia él con el mismo
asombro con el que miró Balaam a su burra cuando empezó a hablar, y
Juan masculló entre dientes:
—A ver con qué patochada va a salir este.
Don Jaime dijo con su vozarrón desacompasado:
—Yo quiero que mis dos hijos, Alfonso y Gonzalo, se eduquen
también en España. Soy el hijo mayor de…
Su hermano enrojeció de ira, pero Franco lo interrumpió sin
contemplaciones, poniendo una mirada tan fría que helaba el corazón.
—No, infante. Vuestros hijos, no.
Todos se quedaron sobrecogidos y ahí se dieron cuenta de que ese
hombre afable, al que se le llenaban los ojos de lágrimas mientras
hablaba del exrey, era el mismo que firmaba sentencias de muerte sin
despeinarse. Hubo un silencio aterrador sobrevolando la reunión,
mientras Franco pinchaba tranquilamente un berberecho con un
palillo y se lo llevaba a la boca, hasta que Jaime, que no había oído
nada, insistió:
—Mis hijos tienen mayores derechos…
Y fue Juan el que dio rienda suelta a la tensión que los mantenía
inmovilizados y gritó:
—Que no, coño, que no.
Después, tuvo lugar la comida a base de huevos a la americana,
ternera Benicarló con patatas a la duquesa y un bizcocho incomestible
cubierto de crema.
Franco le decía a Sotomayor, con el rosto aún de color verde:
—Coma, duque, que le irá bien para asentar el estómago.
Le sirvió él mismo una cucharada de mayonesa amarilla, espesa y
brillante; Sotomayor tuvo que volver a subir a cubierta a vomitar.
Don Juan comentó luego con sorna:
—La mayonesa debe estar muy barata en España.
Y también se cabreó porque los vinos no fueran de crianza.
Franco bebió solo agua, dirigiendo expresivas miradas a los vasos
de Juan, Jaime y sus acompañantes, que tuvieron que renunciar a una
segunda botella para no ser considerados unos dipsómanos.
Sin saber cómo emprender una conversación social con un
hombre que no pronunciaba palabra, famoso por sus silencios —¡el
que mejor callaba de España!—, don Juan comentó atolondradamente:
—El hermano de vuestra excelencia es un buen amigo mío.
Se refería a Nicolás Franco, que estaba de embajador en Lisboa,
cuya mujer, Isabel Pascual de Pobil, era monárquica. Franco habló a la
gallega, con ese tonillo que nunca se sabía si era en serio o en broma:
—Yo creía que las personas reales no tenían amigos.
Juan se atragantó, se desconoce si por incomodidad o por la
dureza de la ternera, pero no se arredró:
—No diga eso, mi general, yo tengo muchos y muy buenos.
—Pues yo no tengo ninguno —contestó Franco sin inmutarse.
El conde de Barcelona no pudo evitar señalar con la barbilla a los
hombres que lo acompañaban.
—¿Estos? Son todos unos chismosos —afirmó el dictador con un
gesto despreciativo.
Intentando ignorar la expresión compungida de los chismosos,
Juan cambió de conversación:
—Su hijo Niky anda mucho con mis chicos.
Pero como Franco estaba al tanto de todo lo que acontecía en la
vida del «pretendiente», porque uno de sus secretarios, Tornos, sí que
era un agente secreto suyo, no preguntó nada y siguió comiendo como
si estuviera solo.
Pacón, el primo, no se sentó a la mesa, que fue servida actuando
como camareros el condecorado general Martín Alonso y el almirante
Nieto Antúnez, ferrolano como el Caudillo. Llamó la atención el
servilismo con que actuaban, le hacían reverencias, le reían las gracias
y, antes de emitir una opinión propia, esperaban a ver qué decía
Franco para adherirse calurosamente. Seguramente lo hicieron para
preservar la confidencialidad del encuentro, pero se les veía
encantados de poder servir al Generalísimo.
Por su parte, Juan y su entorno se comportaron de forma algo
grosera, ya que trataron al Caudillo con suficiencia e intentaron
humillarle llevándole la contraria en materias que dominaba.
Si Pedrolo Nieto Antúnez comentaba obsequioso:
—Su excelencia es el mejor pescador de salmones al curricán de
España, en una jornada…
Le interrumpía don Juan:
—En Escocia hace veinte años que ya se ha abandonado esta
técnica por estar obsoleta.
Pero Nieto Antúnez continuaba:
—El otro día, en una cacería de cabras monteses en Gredos, su
excelencia cobró treinta piezas.
Entonces Real de Asúa sentenciaba con notable impertinencia:
—Es fácil hacerlo si se las mata con metralletas.
—En realidad, no fue así —murmuró Franco.
A don Juan y sus amigos les acometió de pronto un ataque de
hilaridad, al que primero se unieron por educación Pedrolo y Dánvila,
hasta que vieron que el Caudillo permanecía impasible y convirtieron
la risa en tos, apretándose una servilleta en la boca.
La conversación decayó con los licores, que solo probó Jaime, don
Juan trató de arrancarle alguna promesa más, pero Franco miró el
reloj y dijo que tenía que dar el encuentro por finalizado. Era la
primera vez que alguien osaba cortar una reunión con el conde de
Barcelona y Juan masculló un «hijo de puta» que, por suerte, solo oyó
Jesús Corcho.
Cuando regresaron al Saltillo , Juan iba muerto de rabia y al mismo
tiempo con el ánimo por los suelos. ¡Nada había salido como él
pensaba! ¿Qué diría Sainz Rodríguez, pero, sobre todo, qué diría la
historia de su triste papel?
En voz baja solo repetía como un mantra:
—Cabróncabróncabrón.
Y no se sabía si lo decía por Franco o por él mismo, pues se daba
cuenta de que había negociado muy mal. Respiró hondo para
tranquilizarse, y el duque de Sotomayor, que era grande de España y
por tanto tenía ese derecho, le apoyó la mano en el hombro:
—Señor…
Juan movió la cabeza a un lado y a otro.
—Pedro, qué mal he estado ¡Tengo la impresión de que he
cambiado oro por baratijas!
Mas hizo un esfuerzo sobrehumano para reponerse, porque sabía
que Franco y su primo los estaban observando. Y logró que la
marinería izase velas y pusiese rumbo a Arcachon en tres minutos y
medio, un tiempo récord. Se dirigió a la tripulación, todos marineros
vascos:
—Buena maniobra la vuestra, bravo, muchachos. Ausartak!
—Eskerrik asko! Para que aprendan esos gallegos —contestaron
ellos levantando el puño.
Franco le comentó mustiamente a su primo:
—Habrá que comprar un barco más grande, Pacón.
Luego, por la noche, en el sombrío palacio de Ayete, donde se
quedaban cuando estaban en San Sebastián, ya en la cama, Franco le
comentó a su mujer, que estaba rezando delante del brazo incorrupto
de Santa Teresa, que habían trasportado en su maletín de viaje:
—A ver qué sacamos del príncipe… Veremos si sirve o está echado
a perder como el padre.
—¿Y qué te ha parecido ese… señor? —preguntó la Señora,
mientras se impregnaba las manos de Nivea, porque las tenía siempre
secas, y se ponía unos guantes de algodón.
—Un buen patriota, pero mal aconsejado y demasiado bebedor.
Habla frívolamente.
La Señora se acostó en la camita gemela, bostezando, pero aún le
preguntó a su marido, que tenía un libro abierto sobre el pecho porque
le gustaba leer un rato antes de dormirse:
—Y ese señor, ¿qué te ha contado… de su hijo?
—¿Pues, sabes Carmina, que no me ha dicho nada? —se asombró
Franco—. Sí sé que tiene diez años y creo que lo llaman Juanito.
Ese verano fue largo y caluroso. Juanito, que no dormía por las noches
y tenía esas ojeras que tanto enternecen en el rostro de un niño, iba a
la playa de Guincho y se encaramaba en la punta, alejándose del jaleo
de familias bulliciosas y sombrillas. Vagamente, intuía que su vida iba
a cambiar, aunque ni siquiera Vegas, que miraba el paisaje y a su
augusto alumno desde una terraza próxima, sabía decirle cuándo se
acabaría esta vida provisional que tanto le desestabilizaba.
Observaba el fondo del mar, que se trasparentaba bajo el agua
clara, tan limpia que se veían las rocas cubiertas de algas y de
moluscos. Ahí, en esa pequeña sima entre roca y roca debía tirarse, si
no se partiría la cabeza. Cogió aire, se puso de puntillas, cerró los ojos
y… se le adelantó Alfonsito deslizándose a su lado como una culebrilla.
—Al agua, patos.
Es el hermano pequeño, pero es tan listo y espabilado que le
llaman Senequita. Su cuerpecillo de un albor casi fosforescente hendió
el agua fría del océano Atlántico. Detrás va su perro Rusty, hecho una
bola de pelo.
—Loco, ya sabes que papá ha dicho que es muy peligroso —le gritó
Juanito.
—Que yo no voy a ser rey… es igual si me mato —respondió su
hermano, sacando la mano y haciéndole una peineta.
Lo decía sin resquemor; en el fondo se alegraba de pasar
desapercibido y poder llevar la vida irresponsable de un niño
cualquiera.
Juanito meneó la cabeza con impotencia, pero entonces apareció
Pilar, que lo apartó majestuosamente desde la altura de sus doce años.
Se ajustó el bañador para que no se le salieran sus pechos adolescentes
y se lanzó con las manos por delante. Antes de que tocara el agua,
Margot ya estaba yendo detrás, la niñera de los Arnoso corrió a
sujetarla al grito de:
—¡No, que eres ciega!
—¿Ciega, yo? ¿Pero no dice esta mujer que soy ciega? ¡Ja ja! —rio
Margot, girando los ojos hacia arriba.
Y se lanzó al mar, y milagrosamente no le pasó nada.
Nunca le pasaba nada. A veces, los hermanos la llevaban a nadar y
le decían, a la izquierda, que era donde estaban los acantilados, y
cuando iba a despeñarse, la rescataban en el último minuto y ella
gritaba: «Más, más», porque no era consciente de su discapacidad y
solo quería jugar como ellos.
La madre decía bonachonamente, mientras apuraba el último
cóctel de la mañana, antes de sentarse en la mesa para comer:
—Espero que hoy no le hayáis hecho muchas brincadeiras a
Margot.
Si se había tirado la cieguinha , como le llamaban los portugueses,
era una vergüenza que Juanito no se atreviera. Se acercó reflexivo al
borde de la roca. Había una altura considerable, sus hermanos y sus
amigos chapoteaban, se peleaban, hacían aguadillas. Babá Espíritu
Santo le gritó:
—Vamos, don Juanito.
Pero ya venía a buscarlo Vegas, ya le decía apremiante, echándole
una toalla por los hombros:
—Vuestro padre os espera.
Sintió alivio, pero también desgana. ¿Qué querría ahora?
Sí, su padre se había reunido con Franco, eso lo sabía… Lo oía
gritar desde su despacho:
—Ese hijo de puta quiere llevar en secreto lo de Juanito y dice que
a mí no me va ni a nombrar. ¿Y pretende que le regale a mi hijo? ¡Que
se vaya a tomar por el culo!
Sus hermanos pequeños iban al Colegio Amor de Deus, en el
mismo Estoril, con el padre Valentini, Pilar a las Esclavas de Lisboa,
pero nadie se planteaba que él pudiera quedarse y llevar una vida
normal. Para Juanito sonaban lejanos y prestigiosos centros
educativos, Lovaina, Florencia, Salamanca, Friburgo de nuevo…
No, Friburgo no, que ya no estaban sus amigos, Karim y Zu ahora
iban a Le Rosey. En Friburgo había un precipicio diez veces más alto
que la punta de la playa de Guincho…
—¿Sabes qué quiere su majestad, Vegas?
El padre está furioso con Franco y, como venganza, para
presionarlo, porque le sale de los cojones, va a enviar a Juanito de
nuevo a Friburgo.
Se le cayó el alma a los pies.
Vegas tuvo que estar consolándolo durante todo el viaje hasta
Lausana, el príncipe sufrió mucho porque tenía sinusitis y la altura del
avión le provocaba dolores terribles. Lo fue a recibir doña Victoria y,
cómo lo vería, que escribió a su hijo: «Temo que Juanito caiga en una
depresión si sigues mareando la perdiz, Juan. Es ahora o nunca».
Como es dudoso que a la ambiciosa reina se le hubieran
despertado sentimientos tan tiernos de repente, sus palabras serían
más bien una estrategia para influir en su hijo, que contestó
desabridamente, aunque ya con todas las resistencias vencidas:
«Franco tiene que dar algún paso».
Sainz le decía:
—Majestad, con todo el respeto, ¡a buenas horas mangas verdes!
Eso tenía que haberlo exigido en el Azor . Ahora solo se trata de meter
a don Juanito en España, y después ya veremos.
—De rehén.
—Si queréis tomarlo así…
Nada más llegar a su viejo colegio, Juanito cayó enfermo. Tenía
treinta y nueve grados de fiebre, dolor de garganta, quizás tifus. El
director monsieur Bernard Peter fue a verlo.
—Hemos recibido órdenes de su padre de que, en cuanto mejore,
regrese a Lisboa —le informó.
Esa noche no tuvo fiebre.
Aunque ya estaba finalizando noviembre, en Portugal el aire era suave,
oloroso y cantaban los pájaros. El taxista le ayudó a bajar su equipaje.
Su hermana Pilar estaba columpiándose en la verja. Al verlo, y como
no había nadie delante, le espetó:
—Hola, idiota.
El Mercedes familiar estaba preparado con el maletero abierto, en
el suelo había bolsas, las botas de montar de mami, el estuche largo
que contenía un par de escopetas Purdey…
Un scottish terrier salió corriendo de Villa Giralda y saltó a sus
brazos.
—Hola, Damil.
Detrás del perro salió su madre con larga falda de cuero, chaqueta
verde y sombrero tirolés, su atuendo habitual cuando iba de caza. Lo
saludó alegremente y le tendió la mano para que se la besase. Luego le
hizo la señal de la cruz en la frente. En tono cariñoso le dijo:
—Juanito, ya te habrán dicho que te vas a estudiar a España —se
interrumpió para dar instrucciones a Petra, que llevaba una funda con
un vestido de noche—: Cuidado con arrugarlo, que para cenar se
ponen de tiros largos… Van los París y los Saboya. —Se volvió de nuevo
al hijo disculpándose—: Perdona, pero nos han invitado los Espíritu
Santo a la Quinta do Peru, y como se portan tan bien siempre con
nosotros… —Le cogió la cara y lo miró con preocupación—, pero ¿estás
bien? —Se volvió esta vez a la vizcondesa de Rocamora—: Angelita,
que le pongan en la maleta una botella de hígado de bacalao. Juan,
¿las escopetas están en el coche?
Su marido salía cargado con unas prendas de caza en los brazos,
que dejó en manos del chófer, y se dirigió a su hijo con jovialidad
forzada:
—Mañana te recogerán Ruiseñada y Sotomayor y te acompañarán
a Madrid… el Lusitania Express lo conducirá el duque de Zaragoza.
¿Qué te parece?
El príncipe, después de cuadrarse e inclinar la cabeza ante su
padre, se asombró:
—Pero ¿no vendrá Vegas? —Su preceptor era su sombra desde
hacía cuatro años y no concebía la vida sin él—. ¿Cómo me voy a
arreglar sin Eugenio? ¿Y él qué va a hacer sin mí? ¡No voy a dejarlo
solo!
Le empezó a temblar la barbilla y su padre lo observó con
disgusto.
—Juanito, no digas tonterías, ya no necesitas un ayo, y, además,
en Madrid, vas a ir a un colegio… —Sonó el claxon del coche y María lo
apuró desde la puerta—. Ya voy, ya voy… bueno, un colegio no, un
grupo de niños, pero será como un colegio. En una finca en el campo.
—A pesar de los gestos de su mujer, los ladridos del perro y la
impaciencia del chófer, Juan se agachó hasta la altura de su hijo y le
puso las manos en los hombros—: Juanito, no sabes la envidia que me
da pensar que mañana estarás en nuestra patria… Serás el símbolo de
la monarquía en España, me representarás a mí, a tu abuelo y a todos
tus antepasados, es una gran responsabilidad, pero sé que sabrás
cumplir con honor —le propinó un ligero puñetazo mientras se
enderezaba—, ¿qué se dice?
—Por España —balbuceó el niño, con la voz entrecortada y
sorbiéndose los mocos.
—Más alto.
—¡Por España! —gritó con voz firme, estirando su cuerpecito.
—¡Por España!
Partió el coche dejando una nube de polvo. Casi inmediatamente,
un automóvil de lujo se estacionó lentamente. Alfonsito y su amigo
Antonio Eraso salieron de la casa con las mochilas a la espalda y le
dijeron:
—Nos vienen a buscar Javier y Jaime Gil Robles con su padre para
ir al zoo.
—¿Puedo ir?
Los amigos se miraron y asintieron sin mucho entusiasmo.
Contó luego José María Gil Robles, quien había sido líder del
partido de derechas CEDA durante la República, era monárquico y
vivía exiliado en Estoril, que la desolación y la melancolía de los ojos
de Juanito le habían recordado la de los animales encerrados en las
jaulas, tan lejos de su hogar.
6
S obre las losas de mármol blancas y negras del palacio de El Pardo,
que la Señora ha mandado cubrir de gruesas alfombras de la Real
Fábrica, sonaban los pasos torpes del heredero, del padre exiliado, del
abuelo huido y de los diecisiete reyes que los precedieron. Juanito
intentaba caminar por los amplios salones sin que crujieran sus botas
de mala calidad, y tampoco sus tripas, pues llevaba sin comer desde el
desayuno.
Lo habían estado preparando para su entrevista con Franco desde
la mañana. A las nueve había sido su padre desde Estoril, la primera
llamada desde que había llegado a España, hacía quince días. El
teléfono estaba en la planta baja de Las Jarillas, la finca de los Urquijo
habilitada como internado, y había tenido que bajar descalzo:
—Juanito, no olvides hablarle de mi trabajo.
Juanito, que no había visto trabajar a su padre ni un solo día,
aparte de encerrarse en su despacho con su consejo privado y gritar
mucho, asintió sin embargo sin titubeos:
—Sí, papá.
—Dile que el ejemplo que has recibido en casa, el amor a España y
tu sentido del deber te hacen desear que yo pueda volver pronto a
pisar el suelo de la patria.
Un Juanito algo atribulado, pues no sabía si iba a acordarse de un
mensaje tan enjundioso, asintió de todas formas porque, con su corta
edad, ya sabía que, si no querías buscarte problemas, lo mejor era
darle la razón a todo el mundo.
—Así lo haré, papá.
A continuación, fue el duque de Sotomayor el que le advirtió,
mientras le llevaba personalmente un vaso de leche a su cuarto:
—Contestad a todo con brevedad, alteza, y cuando habléis de
vuestro augusto padre, os tenéis que referir a él como su majestad.
—Muy bien, Pedro.
Julio Dánvila llamó a la puerta cuando se estaba cambiando y
entró sin que le dieran permiso.
—Alteza, yo ya me voy yendo y os espero junto al Caudillo… Ni se
os ocurra nombrar a vuestro padre. —Y recordando la nefasta
entrevista del Azor , suplicó—: halagadle, habladle de sus dotes
cinegéticas.
—Así lo haré, Julio. Vete ahora, que me tengo que vestir.
Juanito no sabía qué era esto de las dotes cinegéticas, pero a sus
diez años sabía muy bien qué hacer: comportarse con naturalidad.
Mientras se ajustaba el nudo de la corbata, esbozó su sonrisa
encantadora. Enseñó un poco los dientes… No, tanto no. Un leve gesto
era mejor. Parpadeó al mismo tiempo, tan solo un aleteo de sus
negrísimas pestañas abatiéndose sobre sus irresistibles ojos verdosos.
Y, como no dejaba de ser un niño, sacó la lengua y se metió los
pulgares en las orejas haciendo burla de sí mismo.
Sotomayor aún había de hacerle una última advertencia antes de
entrar en el imponente palacio de El Pardo. Lo cogió por los hombros,
censuró con la mirada el abrigo, demasiado grande y de mala
confección, y advirtió:
—No tratéis de tú a Franco, alteza… llamadle excelencia o general.
Juanito se asombró y repuso con cierta altanería:
—Nosotros siempre tratamos de tú, es nuestra costumbre, duque,
deberías saberlo.
—Sí, sí, pero con él es mejor que no.
Sobre la puerta del palacio cruzan sus lanzas dos miembros de la
guardia mora, con turbantes y largas capas de color blanco, pero lo
que más llama la atención de Juanito es que llevan los ojos pintados.
Un criado de librea les precede y va abriendo salón tras salón,
cruzando corrientes de aire frío. Detrás de cada puerta hacen guardia
dos soldados que se cuadran a su paso.
Juanito finge naturalidad, como si estuviera acostumbrado,
aunque en realidad siempre ha vivido en hoteles o en chalés y el que
ahora acaban de alquilar sus padres en Estoril, con la remota
esperanza de comprarlo en el futuro, Villa Giralda, no dejaba de ser
bastante modesto. De reojo va mirando los frescos de las paredes, los
techos de los que cuelgan valiosas lámparas, todas apagadas, pues aquí
también sufren restricciones de luz. Tapices, retratos enormes de reyes
antiguos… A la Señora ya se le ha despertado el gusto por las
antigüedades y donde no ha puesto una cornucopia, ha puesto un
candelabro.
En el último salón, que estaba junto al despacho de su excelencia,
había dos butacas colocadas frente a frente. Un hombre de cejas
gruesas, Carrero Blanco, ministro subsecretario de la Presidencia, se
cuadra delante de don Juanito e inclina levemente la cabeza. Dánvila,
obsequioso, lo conduce sin tocarlo hasta el centro del salón. De una de
las butacas se levanta con ligereza nerviosa un hombre de uniforme,
no mucho más alto que Juanito.
El príncipe se asombró. Esa persona que hacía sufrir a papá, el
caimán que se iba constantemente a Barranquilla, el protagonista de
todas las conversaciones domésticas por cuya culpa el abuelito había
muerto solo y desdichado, era un señor que lo observaba con ojos de
vaca triste.
Y es que a Franco le pasó algo singular y sintió estremecerse su
corazón, donde yacía aún el niño de catorce años obligado a dejar
madre y tierra para ingresar en la Academia Militar de Toledo,
rodeado de extraños hostiles y mayores que él. Observó intensamente
el rostro de Juanito, con el brillo nacarino de las figuras de cera,
manchado apenas por la sombra de las cejas, el mentón ligeramente
prognático y el labio de abajo encaramado sobre el de arriba en un
mohín de terquedad suavizado por la sonrisa bondadosa, pero nada de
eso le llamó la atención. ¡Niños guapos había visto muchos! Pero le
impresionaron sus ojeras violáceas y que respirara por la boca y no por
la nariz, como él. En el desconsuelo de ese niño alejado de su familia
vio reflejado el niño que él mismo había sido.
Sacudió la cabeza, como el que quiere huir de un sortilegio, y le
señaló la otra silla.
—¿Cómo está su alteza? —Al percibir la sorpresa del príncipe, se
vio precisado a aclarar—: El conde de Barcelona, su padre.
—Gracias, general, su maj…, mi padre está bien, le envía saludos.
Franco se dio cuenta de que el príncipe acariciaba el rico brocado
de la butaca y miraba a su alrededor con admiración.
—En este palacio murió Alfonso XII, vuestro augusto bisabuelo —
le explicó.
Juanito tiene las piernas muy delgadas, con las rodillas llenas de
morados y costras, los calcetines caen en acordeón sobre los tobillos,
lleva el pelo demasiado largo y la franela de la chaqueta está tan
rozada que han tenido que ponerle coderas. Franco no entiende de
estas cosas, pero se da cuenta de que el niño, a pesar de ser tan
importante para los monárquicos, está muy desatendido.
Muchos años después, Ernesto Giménez Caballero, que lo vio ese
mismo día, contó: «El príncipe tenía una expresión anhelante, de niño
abandonado que está esperando que alguien lo recoja».
Recordando la nostalgia que sentía en sus primeros tiempos en la
Academia de Toledo, Franco le pregunta:
—¿Añoráis mucho a vuestra familia?
Juanito se debate entre decir la verdad o soltar una frase
patriotera, al final se decide por lo primero. Franco no le infunde
temor, al contrario, se siente cómodo, no solo porque está
acostumbrado a estar con gente mayor, sino porque parece que se
interesa de verdad por sus sentimientos.
—Sí, mucho, pero qué remedio… He estado dos años interno en
Friburgo, desde que nací sé que no soy como mis hermanos o como los
demás niños.
Esta resignación con su destino conmueve a Franco, que recuerda
muy bien cuántas veces se quedaba dormido besando la foto de la
madre lejana. Pero no quiere dejarse llevar por sentimentalismos.
Carraspea y echa mano de su tono más seco:
—¿Y cómo van los estudios, alteza?
—Bien… Ya sé la lista de los reyes godos.
—Si queréis decirla…
Juanito va contando con los dedos:
—Ataulfo, Sigerico, Walia… Teodorico…
Franco prosigue:
—Eurico, Alarico… —y los dos a una—: ¡Gesaleico!
Se echan a reír, y ante la carcajada de Franco hasta el retrato de la
Reina Católica de la pared se estremece.
—Ya veo que aprovecháis el tiempo.
Juanito se siente obligado a hacer méritos, no en vano sabe que su
destino y, lo que es más importante, el de su padre, están en manos de
este hombre.
—Y más que lo aprovecharía, pero me han puesto en la habitación
a mi primo Carlitos, que es muy bromista y gamberro —explica en
tono compungido.
Franco le pregunta a Sotomayor que, como Dánvila y Carrero, está
de pie, todos algo inclinados y atentos a la conversación:
—Es el hijo de su alteza real el duque de Calabria, ¿no?
—Así es, excelencia.
Juanito sigue con unción:
—A veces quiero estudiar y no puedo porque él se empeña en
jugar. Si estuviera solo en la habitación, estudiaría mejor.
En realidad, pasa justamente lo contrario. Su primo Carlos de
Borbón-Dos Sicilias es un niño muy inteligente y estudioso.
Franco frunce el ceño y, sin importarle que esté presente un
duque y que su única hija, su Nenuca del alma, vaya a casarse con un
marqués, expresa su opinión con severidad levantando el dedo índice
en ademán admonitorio:
—Debéis de saber, alteza, que la verdadera aristocracia no es la de
la sangre, como antiguamente, sino la del saber, la de la industria, la
de las armas… Vamos a poner en su colegio a un niño que no
pertenezca a la nobleza.
—¿No será grande de España? ¿Ni siquiera título? —preguntó el
príncipe, arrugando la nariz.
—Pues no. Buscaremos una persona normal.
Juanito se queda pensativo y al final concede:
—En Portugal tenemos amigos que no son título. Antonio Eraso,
los Arnoso, Chiquinho Pinto Balsemão… Aquí el único amigo sin título
que tenemos es Luis Zapata, nuestro chófer.
Se oyó una tos lejana y Franco se apresuró a decir:
—La Señora… es decir, Carmina, mi mujer, quiere saludaros.
Juanito se puso en pie y entró doña Carmen, la Señora, vestida
elegantemente, hasta con sombrero. Llevaba horas esperando en el
despacho de su marido. Juanito le alargó la mano y la primera dama
de España, que no hacía más que despotricar de la frivolidad de los
Borbones y protestó cuando su marido había decidido pasarle una
pensión a la exreina de España, le hizo una media genuflexión porque
aquel niño no dejaba de ser el nieto de Alfonso XIII. Con gran
despliegue de su dentadura recién arreglada por el afamado doctor
Shermant, propuso:
—¿Queréis merendar, alteza?
Un valet de chaqueta rayada abrochada hasta el cuello, pantalón
negro y guantes blancos trajo un servicio de delicada porcelana con
chocolate y pastas inglesas. El príncipe, con una primorosa servilletita
bordada sobre la rodilla, comía vorazmente mientras el matrimonio lo
observaba dando cabezadas de aprobación, con el mismo brillo en la
mirada como si fuera su nieto.
Cuando ya se levantaba para irse, sacudiéndose las migas, Franco
le preguntó:
—¿A vuestra alteza le gusta cazar?
—Sí, mucho, pero no tengo arma… Se la he pedido a los Reyes.
Franco, algo desconcertado, preguntó delicadamente, sabiendo
que sus padres no andaban muy bien de dinero:
—¿Pero ellos no…?
Y el niño contesta con perfecta naturalidad:
—A mis padres no, a los de Oriente —y precisa para que no haya
dudas—: Melchor, Gaspar y Baltasar.
Franco y su mujer intercambiaron una mirada de ternura, ¡diez
años y aún cree en los Reyes Magos!
—Muy bien, alteza, el caso es que yo pensaba regalaros una. —
Endureció el gesto y Carrero se apresuró a entregarle un estuche largo
que Franco pasó al príncipe—. Es una escopeta Purdey, bastante
buena.
Juanito abrió expresivamente los ojos.
—Oh, muchas gracias, excelencia.
Sotomayor lo condujo suavemente a la salida.
Franco se quedó con una sonrisa prendida en los labios, en esos
momentos entró Giménez Caballero.
—Comprenda, Giménez Caballero, ese niño está perdido y
abandonado —se excusó—, y lo tengo que apadrinar, a ver qué
sacamos. —Y, sin transición, gritó a Dánvila, que salía también—:
¡Dánvila!
—¿Sí, excelencia?
—¿El príncipe hace gimnasia?
—Sí, excelencia, con Heliodoro Ruiz, que fue instructor de José
Antonio Primo de Rivera y ha dicho que su biotipo…
—Déjese usted de biotipos y biotipas… —lo interrumpió Franco—.
El príncipe tiene los hombros muy altos y hay que bajárselos. Dígaselo.
Juanito cruzaba extasiado el palacio abrazado a su escopeta, cuando
de pronto se detuvo:
—¿Te has dado cuenta, Pedro, de que había un ratón?
Sotomayor ríe, él también muy relajado, pues la entrevista ha ido
mejor de lo que esperaba.
—¿Un ratón? No lo he visto, alteza. ¿Y qué os ha parecido su
excelencia?
—He sentido como si fuera mi abuelo.
—Muy bien, alteza, eso está muy bien… ejem… —carraspeó el
duque—. Quizás sería mejor que no se lo comentarais a vuestro padre.
—No pensaba hacerlo —contestó el niño con altivez, y luego
añadió—: Te lo he dicho de hombre a hombre.
—Y no os preocupéis, alteza, que hoy trasladaremos a vuestro
primo a otra habitación, así podréis aprovechar mejor el tiempo.
Juanito miró al duque de reojo, por si acaso le estaba tomando el
pelo, pero como lo vio serio como un obispo, se limitó a aprobar
gentilmente:
—Está bien, Pedro.
En ese momento casi se cayó al suelo, pues surgió de la nada un
anciano vestido de librea que se agarró a sus rodillas.
—Alteza, mi príncipe —moqueaba, apenas se le entendía—. ¡Yo
estuve con la reina en el palacio de Oriente cuando salió para el exilio!
¡Fui el encargado de llevarle a la duquesa de Santa Cruz sus perrillos,
se llamaban, no lo olvidaré nunca, Jacobo, Jacobino y Pinky!
Con tono perfectamente natural, Juanito le preguntó, mirándolo
desde las alturas, ya que el hombre estaba postrado a sus pies:
—¿Y tú cómo te llamas?
—Mauricio.
Y el niño le trazó la señal de la cruz en su frente, «Yo te bendigo,
Mauricio». Sotomayor le dijo a Dánvila, que en ese momento llegaba
corriendo para unirse a ellos:
—Me parece que aquí hay madera de rey, Julio.
Lo que llaman colegio o internado es en realidad un invento
autorizado por Franco e ideado por Juan para mantener al príncipe en
una burbuja artificial, sin ningún contacto con la realidad española. En
ningún momento se pensó en llevar a don Juanito a un colegio normal,
malogrando así la única oportunidad que va a tener en su vida de
conocer cómo es el país y moverse entre personas corrientes.
No deja de ser un experimento y, como todos los experimentos,
mejor mantenerlo en secreto. Y, como todas las construcciones
artificiales, tiene algo de monstruoso. Porque nueve niños de la
nobleza han sido arrancados de sus colegios y sus familias para
arropar al heredero, y no se sabe si por idea de don Juan o de Franco.
Son nueve familias acendradamente monárquicas las que hacen
entrega de sus vástagos. En realidad, a nadie importa el bienestar de
estos niños, ni a sus propios padres, acostumbrados a obedecer a la
llamada de su rey desde la época de las cruzadas.
Se ha escogido la finca Las Jarillas, a dieciocho kilómetros de
Madrid, un caserón algo destartalado en medio de una finca
magnífica, propiedad del marqués de Urquijo, cuyo hijo Alfonso será
uno de los compañeros de don Juanito. Además de su primo Carlos de
Borbón-Dos Sicilias, están Juan José Macaya, de la nobleza catalana;
Fernando Falcó y Fernández de Córdoba, hijo de los duques de
Montellano; Alfredo Gómez Torres y Gómez Trenor, la mayor fortuna
de Valencia; Álvaro Urzaiz y Azlor, hijo del duque de Villahermosa;
Alonso Álvarez de Toledo y Urquijo; Agustín Carvajal y Fernández de
Córdoba y Jaime Carvajal y Urquijo, respectivamente sobrino e hijo
del conde de Fontanar. Es evidente que era un grupo bastante
endogámico, ya que casi todos estaban emparentados entre sí.
A pesar del impecable pedigrí de estos muchachos, de inmediato
se hace evidente que lo de compañeros es mucho decir: deben llamarlo
don Juanito y de usted, es el único alumno que duerme solo, con
saloncito particular, y todo está hecho para su gloria y conveniencia.
Tiene un coche a su disposición con dos chóferes, caballo propio, va a
cazar los fines de semana y lo visitan personas de relumbrón, como
Millán Astray, que entra brazo en alto gritando:
—¡En pie, mis chacales!
O la duquesita de Montoro, hija del duque de Alba, que a todos les
parece «muy mona», pero lo comentan a espaldas de Sotomayor,
porque está recién casada con su hijo Luis. Poco a poco, y como Franco
parece ser que ha dado su aprobación, las señoras de la nobleza
empiezan a visitarlo, le besan las manos y le llevan regalos, desde
trajes hasta un coche eléctrico o gemelos de camisa. Los guardeses
deben vigilar las habitaciones de don Juanito.
—No podíamos salir los fines de semana por temor a que alguien
robara.
Juanito se acostumbra a ser el centro de atención, aunque a veces
se despierta gritando porque sueña que está en Friburgo y que sus
compañeros lo quieren tirar por la ventana. ¡Pero la dureza de
Friburgo pertenece al pasado! Se cartea con Zu y con Karim, escribe en
papel con la corona real grabada y tiene una persona encargada de su
correspondencia, cada día más abundante.
Los profesores le llaman «el Augusto Alumno», siempre le dan
matrícula de honor en todas las asignaturas y se le dedican los
ditirambos más estrambóticos, «Inteligente como un nuevo Alfonso X
el Sabio», por ejemplo. También explican que recitaba a Shakespeare,
Molière y Racine por los pasillos mientras escuchaba la música de
Beethoven y Rachmaninov.
El profesor de francés le pide disculpas cuando lo examina:
—Perdone vuestra alteza que ose preguntaros de una materia que
vuestra alteza conoce mucho mejor que yo.
Es cierto que los exámenes finales se realizan en el instituto San
Isidro y son públicos, pero Juan se cuida de hacer un donativo antes
de cada convocatoria para paliar el hambre endémica de los abnegados
maestros y así el catedrático puede escribirle crípticamente: «Que el
Augusto Alumno se atenga a las normas pactadas». Y también: «Por
favor, infórmenos a qué hora le va bien que tengan lugar estos
exámenes». El aula se llena de enfervorecidos monárquicos y cada vez
que don Juanito responde una cuestión, la más fácil de la materia,
todos prorrumpen en aplausos y apenas se puede oír la contestación.
Un profesor comentó años después con amargura:
—Si hubiéramos osado suspenderle, el fracaso hubiera sido
nuestro.
También cabe decir que don Juanito vuelve a adquirir el hábito de
premiar o castigar, si un profesor le cae bien, dice que mañana lo hará
ministro de Hacienda, si no «a ti no te haré nada». Pero en lugar de
enfadarse como en Friburgo, los maestros se inclinan ante él
ceremoniosamente y el que se ha «portado mal» trata de rectificar.
Es un clima de adulación permanente, propiciado por el director
de todo aquel tinglado. José Garrido Casanova es un pedagogo
reconocido, ha sido director de los orfanatos municipales y ha dirigido
el Colegio de la Paloma, pero sobre todo es un ferviente monárquico
que ha sido preceptor de los hijos del duque de Sotomayor y venera a
la aristocracia titulada. Sabe de genealogías, escudos y tratamientos
como el heraldista más reputado, y educar al príncipe es el sueño de
toda su vida, su momento cumbre, ¡solo le importa don Juanito! Para
él son sus mayores desvelos y es capaz de castigar a cualquier
muchacho que le falte al respeto o que, en algún ejercicio físico, se
propase con el Augusto Alumno. O que le gane jugando al ajedrez o
boxeando. Todas las noches va junto a su cama a arroparlo y a trazarle
la cruz sobre la frente, como una madre.
Una noche se lo encontró masticando chicle. Garrido le dijo con
respeto que, si lo mantenía en la boca toda la noche, podría
estropearse la dentadura.
Don Juanito lo miró con los ojos entrecerrados, como
calibrándolo, y luego se lo sacó de la boca y le tendió la pegajosa
golosina con su más almibarada sonrisa:
—Toma, te lo doy para que estés contento. ¡Cógelo! —Garrido se
quedó mirando al príncipe con perplejidad, este estaba con la mano
tendida y le ordenó, en esta ocasión fríamente—: Cógelo.
Garrido atrapó el chicle lleno de saliva con los dedos y así tuvo
que estar hasta que el príncipe se dio media vuelta, susurró buenas
noches y se quedó dormido.
El pastor espiritual del rebaño es el padre Zulueta, un exarquitecto de
buena familia metido a cura que reniega de la modernidad del papa,
les hace rezar por la conversión de Rusia y desprecia a los niños cuyos
títulos aristocráticos no llevan grandeza de España. Es muy puntilloso
con el protocolo y cuando don Juanito entra en clase se levanta él, y no
al revés. Porque está tan fascinado por la aristocracia como el propio
director y juntos departen largamente por las noches, cuando todos se
han acostado, sobre los campos de gules y las flores de lis que llevan
los escudos heráldicos y cuál de sus alumnos es más noble.
—Sin duda Alfonso Falcó, el ducado de Montellano se remonta al
siglo XVI porque primero fue condado de Montillano…
—Hombre, puestos en ese plan, la Casa Dos Sicilias es la más
antigua.
Entre los compañeros de don Juanito ha imperado siempre la
omertá, la ley del silencio, y poco ha trascendido de aquellos años que
no sea positivo y elogioso. Solo se ha descolgado alguna vez con una
opinión contraria es el único alumno no noble, José Luis Leal
Maldonado, cuyo padre estuvo en la Armada con don Juan de Borbón
y que fue elegido como cuota «democrática» por el propio Franco.
Pronto le cogen ojeriza en el colegio y le hacen la vida imposible, lo
acusan de todas las tropelías que cometen los alumnos, incluso lo
llaman ladrón, porque ha desaparecido una bombilla y dicen que ha
sido él.
José Luis, que iba al Liceo Francés cuando lo eligieron para
incorporarse a Las Jarillas y era un alumno brillante, achaca las culpas
de su penosa situación al director y al páter:
—Querían que me fuera, no ser aristócrata se me hizo pagar muy
caro… Garrido y el padre Zulueta no me lo perdonaron nunca.
Pero Juanito nada sabe de las tormentas que agitan el corazón de su
condiscípulo porque su futuro, a pesar de las apariencias, sigue siendo
azaroso y errático. Su padre no tiene otra cosa que hacer en el lejano
Estoril —en aquellos años, todo el extranjero está muy lejos de España
— que rumiar los desprecios, reales o imaginarios, que le inflinge
Franco, a pesar de que ha puesto en sus manos su bien más preciado.
Sus asesores, enfrentados entre sí, no hacen más que enturbiar su
pensamiento hasta que estalla:
—Pero ¿no decíais que Franco me iba a lamer el culo por
entregarle a Juanito? ¡Ni siquiera el ABC publica nada sobre nosotros!
¡Nadie habla de mí, es como si el príncipe fuera huerfanito!
El dinero, la herencia del padre, empieza a escasear, Pilar, Margot
y Alfonsito, de los que nadie se ocupa, se pelean salvajemente, el flujo
de visitantes, que había aumentado después de la entrevista en el Azor
, vuelve a disminuir, y el pobre Jaime, que se ha casado con una
ambiciosa cantante de cabaré llamada Carlota Tiedemann, ha vuelto a
las andadas y hace declaraciones explosivas en las que reclama para sí
el trono de España:
—Yo soy el hermano mayor y mi hijo Alfonso tiene más derecho
que ese tal Juanito a educarse en España.
Carlota, a su lado, asiente vigorosamente, ya se ve reina y reclama
en los tribunales las joyas que aún luce Emanuela, a las que no tiene
derecho, ya que Jaime y ella están divorciados.
El tiempo pasa, España empieza a levantar cabeza, pero Juan no
sabe qué hacer con su vida.
Llama a su madre a Lausana:
—Mamá, lo peor es la incertidumbre, si me dice que no sirvo me
voy a América a vivir modestamente de un sueldo.
La desventura de su condición de apátrida y apestado entenebrece
el ánimo de aquel gigantón que parecía imbatible. No sabe qué rumbo
tomar, se desespera pensando en su vida desperdiciada. ¡Ha estado
tan cerca! Si cuando acabó la guerra…, si las potencias occidentales se
hubieran puesto de acuerdo… Si la guerra fría… Si en el Azor … Si, si,
si… todo son condicionales que le corroen el espíritu como ratones
enloquecidos. Todas sus desdichas tienen un nombre: ¡Franco!
Gil Robles, que lo trató mucho en esa época, escribe en sus diarios
secretos: «El pretendiente cada día está peor, entregado al alcohol y
los excesos… el abuso le está debilitando la inteligencia… Su mujer no
se ocupa de la casa ni de los hijos, está todo el día de juerga con
amigotas de dudosa condición, es un hogar sin rumbo… Tienen
continuas discusiones».
Al final, Juan da un golpe sobre la mesa que hace caer la carabela
de plata que estaba en el despacho de su padre en el Palacio Real:
—¡Que vuelva Juanito! —le grita con tanta rabia a su secretario
Tornos, el agente doble, que se le caen algunas gotas de saliva—: ¡Y
dile al enano de El Pardo que prefiero que me llame maricón que
pretendiente! ¡Pretendiente su p… madre!
7
E storil es un cruce de espías y estafadores de guante blanco, reyes en
el exilio y prostitutas de lujo, un microcosmos en el marco de una
Europa empobrecida que trata de salir adelante en medio de las más
terribles penalidades. Está veinte kilómetros al sur de Lisboa, a lo
largo de una franja de arena dorada y fina, donde navegan los yates
más lujosos, aunque Saint Exupéry le puso la etiqueta de «paraíso
triste».
Allí, Juan y María han alquilado primero, y comprado después, la
que será su casa definitiva, Villa Giralda. Había sido la antigua sede
del club de golf, un chalé feo y espacioso con cincuenta y una
habitaciones, pero algunas tan pequeñas que no cabe ni la tabla de
planchar. El cuarto más grande es el de juegos, en el desván. Hay una
mesa de pimpón, otra de billar y en la pared una diana para tirar al
blanco.
Cuando Sainz Rodríguez le pregunta:
—Os lo habrán pagado los monárquicos, ¿no?
Juan gruñe:
—Y un cojón. No han puesto ni un duro, lo he pagado yo, dos
milloncejos a tocateja.
Al lujoso hotel Palacio suelen acudir María y Juan, elegantemente
vestidos, a tomar la última copa de la noche. El barman le indica al
camarero:
—Cuando vengan los reyes de España, tú todo ponlo doble.
Doble whisky y doble ginebra para sus majestades.
Con Franco consolidado en el poder y a punto de ser reconocido
por las potencias occidentales, ya no son muchos los nobles españoles
que los acompañan, la mayoría de ellos viven bajo las faldas del
Caudillo y solo los muy valientes se atreven a desafiarlo. Cuenta Luis
María Anson que, siendo jovencísimo, apenas estrenada la
universidad, fue a visitar como periodista a don Juan y regresó a
España entusiasmado con la personalidad del pretendiente. Un
sentimiento, por cierto, que no le ha abandonado nunca. Pero esa
noche fue a cenar a casa de un noble empingorotado y, lleno de ardor
juvenil, propuso varias acciones inmediatas para propiciar el regreso
del hijo de Alfonso XIII a España. El noble le interrumpió pidiendo
calma con la mano:
—Poco a poco, Anson, no tanto entusiasmo… de momento, Franco
sigue siendo un buen negocio.
Son los mismos nobles egoístas y frívolos que se fueron a pasar el
fin de semana a Deauville, o a jugar al golf al Club Puerta de Hierro, o
a cazar a sus fincas el día que tenían que votar por su rey, el 12 de abril
de 1931. ¡Hasta en el distrito de Madrid donde vivían más aristócratas
ganaron las candidaturas republicanas!
Juan y María ahogan en alcohol las penas del destierro, ¡las más
duras para el alma humana! De todo este periodo tenemos cumplida
nota por el espía que les ha puesto el gobierno portugués, João Costa.
Se coloca en la puerta de la casa, libreta en mano, y cuando los niños
entran lo saludan:
—Hola, João.
Margot, que se ha enterado de que había trabajado en un circo
antes de ser policía, le pide que realice cabriolas, lo que el buen
hombre ejecuta con gabardina y corbata.
Sus informes, con bastantes faltas de ortografía, tienen como
blanco la vida de «libertinaje» de don Juan. «Se pierde en el
bosquecillo del club de golf con otras jugadoras». Y precisa: «No
puedo entrar, ya que no poseo carné de socio».
A pesar de todo, puede transcribir el comentario de un empleado
del club:
—El rey es como un niño grande, le gustan todas.
No hay más Gretas en la vida del pretendiente porque está
atrapado en el cepo de la idea fija: Franco y el retorno a la patria. Pero
como sus apetitos sexuales son tan exuberantes como los de todos sus
antepasados, sí se entrega a amores fugaces y superficiales, incluso en
el hotel Palacio, en las mismas narices de su mujer, que no llegó a
enterarse nunca.
En el último piso, donde las habitaciones son más baratas,
huyendo de la Hungría comunista, ha aparecido de pronto la familia
Gabor, cuyo mayor atractivo es su extraordinaria belleza. El padre
tiene la apostura de un actor de cine, con grandes bigotazos y voz
estentórea; la madre es tan guapa que la llaman Jolie. Tienen tres hijas
encantadoras, Magda, Eva y Zsa, adiestradas en las dotes del amor por
mamá, que había sido la cortesana más conocida de Budapest. Dicen
que son joyeros, aunque en realidad practican una especie de
prostitución de lujo. Los señores suben a la habitación, el padre está
ausente, la madre prepara goulash , se divierten con ella y con las tres
hijas, beben champán, comen y pasan a la cámara vecina a acostarse
con la que más les guste… O con las que más les gusten.
En el pasillo espera el padre, que los aborda llorando porque los
visados para ir a América, que están esperando ansiosamente, son
muy caros, y los amigos se ven obligados a apoquinar:
—Dios se lo pague, vuelva cuando quiera.
A don Juan lo llevó al goulash de las Gabor José Luis de
Vilallonga, el hijo del marqués de Castellbell, hombre de confianza de
Alfonso XIII. José Luis está pasando en Lisboa su luna de miel con la
aristócrata inglesa con la que acaba de casarse. Es tan apuesto que no
necesita pagar por una mujer. Aun así, gasta con la pelirroja Magda el
dinero que le han dado como regalo de bodas. Juan se prendará de la
hermana pequeña, Zsa Zsa, que es una belleza rubia deslumbrante,
pero de una ordinariez aterradora, lo que hace mucha gracia al
pretendiente. Como José Luis lo ha presentado como rey, la mujer
espera que le caiga algo importante. Vestida con corsé con balconcillo
de encaje negro que deja sus pechos blancos casi al descubierto, Zsa
Zsa le suplica mientras le da a beber de su zapato de tacón:
—Una joyita aunque sea, mi cariñito. De la corona.
Juan aparta con asco el zapato de la hetaira, bastante usado, todo
hay que decirlo. No dispone de dinero porque su herencia va
menguando y las donaciones de los nobles españoles también, y le
confiesa que le gusta mucho, pero que no tiene nada que darle a
cambio. Al día siguiente, el padre lo detiene junto a la puerta y le dice:
—Zsa Zsa está ocupada… y será mejor que no vuelva por aquí.
Un abatido Juan, apurando una copa en el bar, le abrió su pecho
al amigo:
—José Luis, es el sino de mi vida.
—Majestad, estoy seguro de que si os lo proponéis… —trató de
consolarlo Vilallonga.
—Quita, quita, solo puedo tirarme a monárquicas que quieren
hacer méritos o mujeres muy ricas que lo hacen por esnobismo. Pero
las putas, que son las que me gustan de verdad, son muy caras y yo soy
un hombre muy pobre. —Y añadió melancólicamente—: ¡Hoy los reyes
sin trono ya no impresionan a esta clase de mujeres!
Cuando Juan se enteró de que Vilallonga, que era muy indiscreto,
iba contando estas intimidades en todos los cenáculos europeos donde
lo llevó su viaje de bodas, montó en cólera. Y cada vez que se aludía en
su presencia a la apostura del díscolo noble catalán decía con venenosa
indiferencia:
—Sí, es verdad… se parece mucho al conserje del hotel Le Meurice
de París.
Se habló también de una condesa judía, Erika Hoyos, una mujer
misteriosa siempre maravillosamente vestida que frecuentaba la alta
sociedad portuguesa. Según vuelve a contar el irredento Vilallonga:
—Don Juan creía que todas las mujeres eran unas putas.
La sociedad portuguesa pronto arropó a los condes de Barcelona
con generosidad y afecto. Olga Cadaval, la millonaria y mecenas, los
invita a menudo a comer al Palacio de Montserrate, en Sintra; los
vizcondes de Asseca los cumplimentan en el Turf Club de Lisboa;
frecuentan el bar Vela Azul con los Pinto Balsemão; acuden a las
fiestas de disfraces de los condes de Arnoso en la Casa San Bernardo,
cuyos azulejos había pintado a mano el mismísimo rey de Portugal. O
se van de cacería los fines de semana al Alentejo, a las fincas Herdade
do Pinheiro o Condado de la Palma o la Quinta do Peru, de los Espíritu
Santo, la mayor fortuna de Portugal.
Franco comenta desdeñosamente:
—El pretendiente y su mujer están entregados a las diversiones y a
la masonería internacional.
Concretamente, gracias a los Espíritu Santo, pudieron pagar Juan
y María muchas facturas los meses en los que el prometido socorro de
la Diputación de la Grandeza no llegaba. Eran dos hermanos, Ricardo
y Manuel. El primero socorría a los condes de París, herederos de la
Corona francesa que, según María, «aún estaba peor de dinero que
nosotros». Manuel protegía a los Barcelona. Fue una ayuda
desinteresada y discreta, de la que nunca hicieron alarde, pero que la
familia real española ni siquiera en la actualidad ha olvidado.
Las comunidades cerradas suelen ser muy chismosas y pronto se
empezó a murmurar que María se había sometido a una operación de
estética con un afamado médico portugués, pero ella aclaró que si
tenía mejor aspecto era gracias a las cremas que elaboraba el doctor
Castellani, unas fórmulas magistrales que se rifaban las señoras de la
buena sociedad.
Sí, el doctor Castellani, que había traído al mundo a Juanito,
también se había afincado en Estoril y continuaba alternando con
princesas y duquesas.
¡Y es que la pobre María tenía tanta competencia!
Hélène de Quay, por ejemplo, una espectacular belga casada con
el vizconde Stucky de Quay, prestigioso abogado que estaba casi
siempre de viaje. Al parecer, sin embargo, lo de Juan y Hélène fue más
una amistad amorosa que una pasión. Se veían en el club de golf y,
para dotar a sus encuentros de cierta respetabilidad familiar, él se
hacía acompañar por su hijo mayor y ella iba con su hija Chantal. ¡Y
Juanito se enamoró de Chantal! Sería su primer amor, dando
muestras de una precocidad sexual típicamente borbónica. Para poder
cortejarla como un hombre, le pidió a su madre que le pusiera
pantalones largos. Enseguida, le confesó a la niña con mirada
lánguida:
—Estoy enamorado de ti y, si pudiera, me casaría contigo.
Chantal se estremeció porque quien se lo decía, por muy jovencito
que fuera, podría ser rey de España. Como Juanito se dio cuenta
enseguida de lo bien que funcionaba esta táctica, la seguiría utilizando
con todas sus «novias» sucesivas, consiguiendo los mismos resultados.
Su hermana Pilar contaba:
—Era un fastidio, porque yo tenía que ir al día siguiente y decirles
que lo de casarse era una broma.
Chantal lo recordará en aquellos tiempos como «humano,
ardoroso y alegre». Iban al cine Casino y se sentaban en la última fila
cogidos de las manos, aunque cuando salían no sabían explicar el
argumento de la película, compraban helados a Santini y empezaron a
ir a la boîte Ronda, donde el cantante entonaba unos boleros que
Juanito le traducía a Chantal al oído:
Solamente una vez
Amé en la vida…
Alfonsito, en primera fila del cine y comiendo altramuces, hará el
ruido de besar o se pondrá a patalear junto a sus amigos cada vez que
el malo persigue al bueno, hasta que el acomodador los desaloja.
Ahora, después de que Juan agarrara por una oreja a su hijo,
metafóricamente hablando, para darle en las narices a Franco, y se lo
trajera desde la finca de los Urquijo a Portugal, la familia vuelve a
estar al completo. Y se plantea de nuevo la educación de Juanito: se
organiza a toda prisa un aula en la Villa Malmequer, adonde se
desplazó el servicial Garrido, algunos profesores y un grupito de
alumnos que, desmantelado Las Jarillas, se quedaron sin colegio al
que acudir y sin saber cuál iba a ser su futuro.
Se oyen las voces de Juan en su despacho:
—¡Ahora que el enano mueva ficha, cojones!
Grita tanto que se ve obligado a salir para informar al espía João
Costa de que sus alaridos se deben a que su interlocutor es sordo.
Juanito se resignó, como hacía siempre. Por una parte, se sintió
halagado por tanta atención, pero, por otra, desearía llevar la vida
libre de sus hermanos. Alfonsito, el precoz Alfonsito, ya se encerraba
en el cuarto de juegos con niñas mayores como Tessy Pinto Coelho o
France Brito e Cunha y apagaban la luz… Aquel Senequita tan sabio
que hasta el padre le preguntaba a veces:
—Oye, tú, ¿en qué año se hundió el Titanic ?
A lo que el otro contestaba sin dudar, gangueando, porque no
pronunciaba la erre:
—En 1912. La madgugada del 15 de abgil.
—Ya sabes que tus abuelos estuvieron a punto de embarcar y que
al final no lo hicieron porque la guerra…
—Sí, papá, ya lo sé… —y cogía una silla, se arrimaba a su padre,
apoyaba la cabeza en las manos y le decía—, pero vuélvemelo a contar,
por favor.
Y Juan, que no solía hablar nunca con sus hijos, se explayaba
acerca de esa historia que no había sido cierta, pero que se trasmitirá
en la familia de generación en generación. Alfonsito lo escuchaba con
atención, comiéndose las uñas, y si el padre cambiaba el relato, fruncía
el ceño y le corregía:
—Pero no, papá, la abuela sí quería…
Juanito los observaba con envidia. Él nunca tenía este tipo de
conversación distendida con su padre. Cuando se sentía observado por
él, no podía dejar de advertir en el fondo de su pupila la rivalidad y la
desconfianza, sentimientos muy poco paternales, y aquello cortaba
todo intento de comunicación o complicidad. Si intentaba explicarle
algo de España, el padre lo interrumpía con impaciencia:
—No, Juanito, tú qué sabes… Eso no es así.
Y le enmendaba la plana, él, que llevaba veinte años fuera de la
patria y que solo la conocía por lo que le contaban sus asesores, tan
fuera de la realidad como él mismo.
Hasta el espía João Costa anotaba en su libreta: «Joaninho está
triste… no sabe si va a volver a España… se pelea con sus hermanos y
siempre está solo en el jardín». Las peleas eran feroces, tenía que salir
muchas veces el padre del despacho a darles correazos con el cinturón.
Cuando no estaban los mayores, Pilar sabía cómo enfurecer a su
hermano:
—Bobo, estamos hartos de ti… Nadie te quiere, ni Franco ni nadie.
Quieres más al enano de El Pardo que a papá.
Juanito tenía unos ataques de ira brutales. Un día, furioso, le dio
tal puñetazo a su hermana que se rompió un dedo.
Por su santo, su madre le regaló un cocker spaniel y cuando le
preguntó:
—¿Cómo le vas a poner?
A Juanito se le aguaron un poco los ojos y dijo mientras abrazaba
al perrillo:
—Pardo.
Recuerda a Franco, cómo le preguntaba por sus estudios y cómo
habían repasado juntos la lista de los reyes godos. El Caudillo tampoco
olvida a Juanito. Le apena evocar a ese muchacho completamente
solo, rodeado de fríos consejeros y de un padre cuya única obsesión es
ocupar el trono de España.
—¿Qué hará Juanito ahora? —le pregunta, soñador, a su mujer,
que está escogiendo unas joyas en un catálogo que le ha enviado
Aldao.
—Estará bien, Paco, no te preocupes —contestaba ella
distraídamente.
Juanito es un niño solitario, como lo fue él. Un niño que tiene que
crecer también prematuramente. Ambos, de adultos, recordarán su
infancia casi con las mismas palabras: «Mi niñez fue muy dura», dijo
Juan Carlos, y también: «Nunca fui un niño como los demás». «Mi
infancia no fue feliz», afirmó Franco. Que también confesó que «desde
muy pequeño pusieron sobre mis espaldas responsabilidades
superiores a mi edad».
De esta debilidad del Caudillo por su hijo, que intuye
oscuramente, Juan cree que podrá sacar provecho. Se lo dice Sainz
Rodríguez:
—Don Juanito es la única arma que tiene vuestra majestad contra
Franco, juegue bien sus cartas. ¡Aguante, que lo tenemos cogido por
los huevos!
Aunque Franco se hace el duro y le dice a José María Pemán con
la esperanza de que sus palabras lleguen a Estoril:
—Que se quite ese señor la idea de que la corona le pertenece… Yo
la corona no se la he quitado a nadie, la corona la he encontrado en el
arroyo, todavía la estoy limpiando, y se la devolveré cuando proceda a
quien sea la persona que mejor la pueda llevar, de acuerdo con las
Cortes y con el pueblo español.
La incertidumbre es lo que mata a don Juan:
—Al final me arrepentiré de haber dejado la Marina.
Entre la realeza exiliada en Estoril, los reyes de Italia, los de Francia,
los de Rumanía y los de Rusia, pronto empezó a correr el rumor de que
el único «que iba a mojar» de todos los príncipes destronados era
Juanito. Y siempre le rodeó un aura especial, de ser escogido para más
altos destinos. Pero tal imagen no fue suficiente para retener el amor
de Chantal, que lo dejó por su íntimo amigo Babá Espíritu Santo, y
Juanito sufrió de amores por primera vez en su vida.
Ese verano fueron de crucero con el Saltillo . Juan invitó a sus
sobrinos, Alfonso y Gonzalo, hijos de su hermano Jaime, que seguían
en el internado de Zug. Le llamó la atención que Alfonso, que parecía
inteligente y preparado, a pesar de ser muy joven, estuviera tan
resentido. De entrada, le comunicó:
—Tío Juan, no voy a hablar en español porque detesto la lengua y
el país.
Juan, sin poder evitarlo, le dio un bofetón que lo tumbó en la
cubierta. Después lo ayudó a incorporarse y le preguntó:
—Pero ¿sabes hablarlo?
El sobrino no respondió, se frotó la mejilla y se puso a mirar el
mar con ojos insondables.
Se sentía acomplejado por su desgraciada situación, este
resquemor le impedía razonar con lucidez y era de un hermetismo
inquietante. Juan se quedó tranquilo porque se dio cuenta de que no
constituía una amenaza para Juanito, por mucho que Jaime hubiera
escrito a todas las cortes europeas explicando que el heredero de la
Corona era él por ser el hermano mayor, y que había firmado la
renuncia obligado por un padre cruel y desconsiderado.
Generosamente, le dijo a su sobrino:
—Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo, aunque sé que la
abuela se hace cargo de vuestra educación.
Y se quedó de piedra cuando el sobrino le informó con suficiencia:
—Franco ha hablado con papá y le ha dicho que podemos ir a
estudiar a España y que él se ocupará de todo, pero nosotros no
queremos.
Juan se llevó las manos a la cabeza, y más cuando habló con su
madre:
—Mira, Juan, tan nieto mío es uno como otro y me es igual quién
se siente en el trono mientras sea… uno… de nosotros. Tú verás lo que
haces, pero tanta tontería y tanto remilgo, al final, a quien va a joder es
a ti. ¡Lo malo es que tus asesores son todos unos idiotas y haces caso
hasta al último mono!
Así, Juan decidió a toda prisa que Juanito volviera a España, esta
vez acompañado de su hermano Alfonsito, y al palacio de Miramar, en
San Sebastián, que formaba parte de la herencia de su padre y le fue
devuelto por Franco, junto con el palacio de la Magdalena, en
Santander, y la isla de Cortegada, frente a Carril, en Pontevedra. Es un
lugar enorme, pero solo se habilitan algunas habitaciones,
precisamente las que habían ocupado los infantes hemofílicos, Alfonso
y Gonzalo, los tíos muertos, como los llaman en familia. No hay
esquinas ni cantos afilados para que los desgraciados niños no se
hirieran y se desangraran.
En el espejo del salón, una ilusionada princesita inglesa había
grabado con el diamante engarzado en su anillo de prometida, ENA-
AXIII. Juanito se lo escribió a su abuela, que recordaba la ingenuidad
de aquella jovencita a la que España y su marido trataron tan mal.
—My God! Pasé en Miramar veinticuatro veranos de mi vida…
pero no hay que mirar el pasado. Always up , Juanito.
¡Siempre arriba!
Esos años no difieren de los de Las Jarillas. Desaparecieron como
por ensalmo el primo Carlitos, Fernando Falcó y Agustín Carvajal, y se
añadieron algunos nobles más, los gemelos Zayas, Luis Pérez de
Guzmán, Carlos Benjumea, un hijo de Ruiseñada y Joaquín Pérez
Herrasti, entre otros, para acompañar a don Alfonsito. Primero, los
dos hermanos compartieron habitación, pero las peleas eran
constantes y, a pesar de los cantos redondos de los muebles, cada día
amanecían con algún ojo morado y, temiendo que la cosa fuera a
mayores, decidieron separarlos.
En voz baja se hablaba de las terribles cóleras de Juanito. Rompía
objetos, daba patadas, ciego de ira, y no se podía razonar con él.
Lo tenían que encerrar en su habitación para que no le hiciera
daño a nadie o no se hiriera él mismo.
Los hermanos apenas se dirigían la palabra, aunque ahora ambos
son denominados «los Augustos Alumnos», no hay informes de la
progresión escolar del pequeño, cuando del mayor continúan los
partes ditirámbicos, además de leer a Kant y a Hegel es «parco en la
comida, ordenado y respetuoso, en los actos sociales siempre era el
centro, pero no por ser príncipe, sino por su caballerosidad». Y para
que no quepa duda del espírito democrático del «colegio», se advierte
que «el padre Zulueta, para no crear resquemores, come al mediodía
al lado de don Juanito y por la noche al lado de don Alfonsito».
Incluso las gamberradas más crueles se describen como episodios
divertidos, como cuando Juanito y sus amigos entraron en el gallinero
del hombre que cuidaba el jardín y alancearon a las gallinas como si
fueran toros hasta matarlas a todas a golpes. Con indulgencia, los
profesores anotaron: «Montaron una buena».
Se le asignan varios profesores particulares, el más significativo el
catedrático de literatura Ángel López del Amo, miembro del Opus Dei.
Juan primero recabó la ayuda de los jesuitas como guías espirituales
de su hijo, pero le contestaron:
—Dada nuestra nefasta experiencia en la educación de príncipes,
declinamos su invitación.
Así, se entrevistó en Roma con el padre Josemaría Escrivá de
Balaguer, el fundador del Opus Dei, que le dijo:
—Sepa usted que yo tengo hijos monárquicos e hijos republicanos
y que su alma es igual para mí… pero me siento honrado.
Curso tras curso se suceden los sobresalientes para don Juanito.
Después del examen final de bachillerato, en el que habla de los Reyes
Católicos en una disertación «brillante», según cuenta la crónica de
ABC , él y su hermano van a ver a Franco. Alfonsito contesta con
descaro las preguntas que le hace el Caudillo. Sale la Señora a saludar,
y Juanito le pregunta educadamente por sus nietas. Tiene dos, María
del Carmen y María de la O. La señora junta ilusionadamente las
manos y les dice:
—¿Y sabéis que estamos esperando otro?
Todos enrojecen porque tener hijo implicaba que antes… Franco,
que se da cuenta, dice abruptamente:
—Alteza, ya sé que habéis aprovechado bien la escopeta que os
regalé… Un día tenemos que ir al monte de El Pardo a tirar a unas
perdices.
Mientras habla la pareja, Alfonsito bufa y les dirige miradas
maliciosas y Juanito sufre horriblemente por la situación. Cuando se
van, Alfonsito se burla:
—La hija debe ser una coneja de tanto parir y ¿has visto cómo
movía la pierna? Como un péndulo…
Se pone a imitarlo y luego le cuenta a todo el mundo que la Señora
le daba asco con todos esos dientes y que Franco parecía un sapo.
También le reprocha con desprecio a su hermano:
—¿Y por qué tienes que dedicarle todas esas pamemas? ¡Lo que
tenemos que hacer es darle una patada en el culo para poner a papá!
Juanito le propina tal puñetazo que casi le rompe la nariz.
Como regalo de fin de curso se va a comprar su primer esmoquin al
mejor sastre de San Sebastián. Tiene que acudir a un crucero en el
barco Agamenón , organizado por Federica, la enérgica reina de
Grecia que pretende así abrir la costa griega al turismo y también
quiere propiciar bodas entre los jóvenes príncipes europeos. Invita a
los condes de Barcelona y a sus dos hijos mayores.
María comentó luego:
—Como Freddy era prusiana, íbamos a golpe de corneta. Nos
había preparado tantas actividades que acabábamos el día molidos.
Las dos hijas de Federica, Sofía e Irene, se fijan en Juanito. Irene
le sonríe en silencio, pero es Sofía la que intenta atraer su atención con
la excusa de enseñarle una llave de judo.
¡Pobrecilla! ¡Tiene tan poca gracia!
Es la antítesis de todo lo que el príncipe busca y buscará siempre
en una mujer: apocada, de físico discreto, gazmoña, callada, sin
sentido del humor…
¡De momento, el corazón es libre y lo puede entregar a quien
quiera! ¡Y no le hace caso! No tiene ojos más que para la princesa Ella,
María Gabriela de Saboya, la hija de los reyes italianos, a la que ya
conoce de Estoril. Alta, moderna, rubia, cosmopolita, atrevida… Es
medio novia de Kaddy Visconti, un sobrino del director de cine. El
primer día ella le dijo con cierto reproche:
—Me vienes detrás porque ni Isabel ni Diana de Francia te han
hecho caso.
—Es verdad —confesó Juanito, y esta sinceridad la desarmó.
No se separaron en todo el crucero, que reunió a ciento diez
personas que hablaban quince idiomas distintos y duró doce días. Es
de suponer que, estando veinticuatro horas juntos en el ambiente
permisivo que reinaba a bordo, las relaciones llegaran lejos. ¡Juanito
no era de los que se contentaban con hacer solo manitas! Al menos eso
intentó demostrar una mujer francesa llamada María José de la Ruele,
que presentó una demanda de paternidad el año 2001, en Burdeos,
alegando que era hija de Juan Carlos y María Gabriela y que había sido
concebida en el Agamenón . Había nacido en Argel en el año 1955 y
dada en adopción. La demanda se desestimó y la casa real española,
que fue la primera y última vez que se pronunció en este tipo de casos,
dijo que era «un infundio».
Pilar siempre recordó aquel crucero con antipatía: tenía que
competir con las sofisticadas princesas europeas, ella, que solo se
sentía a gusto vestida con ropa de montar y que, según su madre, «era
muy cardo borriquero». Al final, su padre se vio obligado a bajar un
día al puerto para comprarle una barra de labios.
Él mismo se los pintó, mientras la infanta movía la cabeza a un
lado y a otro como si la estuvieran martirizando.
Juan se había llevado al crucero el informe de los estudios finales de
su hijo, que no había tenido tiempo de leer en tierra. En realidad, eran
dos. El primero está redactado por el catedrático Jesús Pabón e iba
dirigido también a Franco. El tono es el habitual: el príncipe es alguien
fundamentalmente afectuoso y bondadoso, tímido, algo que intenta
superar con cierta vehemencia, y aquí una leve nota de reproche, pues
no tiene más remedio que revelar que puede llegar a ser violento de
palabra o de obra. Pero enseguida añade que es generoso, simpático y
desprovisto de rencor y que todo el mundo le quiere.
Juan se acomoda en la hamaca, que apenas puede contener sus
generosas proporciones, en la mano un cigarrillo y en el suelo su
«martinito», una copa mojada apenas con Martini y rellenada de
ginebra, que suele tomarse a esta hora. Saca de la carpeta los papeles
del segundo informe, que son solo para él, y se dispone a leer. Se lo ha
encargado personalmente al conde de Fontanar, que se ha llevado al
príncipe un verano a su finca de Valldemosa para poder observarlo a
fondo.
Juanito, para variar, se había enamorado de su hija Marie Claire y
le había preguntado si quería casarse con él.
El informe es bastante duro, quizás porque el conde compara a
Juanito con su hijo, Jaime Carvajal, que es un excelente estudiante.
También habla de su rectitud y generosidad, ya que trata a las
personas modestas con sencilla afabilidad, pero es indisciplinado, con
nulo interés por cualquier cuestión cultural y ni siquiera lee la prensa
diaria. El príncipe le parecía desatento, egoísta y superficial, y cree
necesario imbuirle un mayor sentido de la obligación.
—Vaya trallazo —masculla Juan, aunque sabe que Fontanar lleva
razón. De pronto, oyó una voz estridente y levantó la mirada. En la
cubierta alguien había puesto en marcha un tocadiscos y sonaba una
música chillona y excitante:
One, two, three o’clock
Four o’clock rock
Juanito y Ella bailaban cogidos de la mano, dando vueltas sin fin
rodeados de un corro de muchachos; la falda de Ella se ahuecaba y
dejaba ver unas rodillas tostadas por el sol. Juanito, como suele pasar
con los niños que han sido muy guapos, se ha convertido en un
adolescente con los rasgos algo desacompasados, de frente estrecha,
nariz larga y boca aún infantil. Pero ha afinado todavía más su poder
de seducción, aunque ahora el príncipe lo pone en juego sobre todo
con las mujeres, ¡pero si hasta las mayores coqueteaban con él! ¡Si a
María le contaron que lo habían descubierto en una zona oscura nada
menos que con la reina María José de Italia! ¡Sí, la madre de su propia
novia!
María dijo con cierta indulgencia:
—Como ella es ligera de cascos y el marido maricón…
Pero Juanito, en el fondo sigue siendo un chiquillo. A veces,
cuando su madre iba a despertarlo se lo encontraba chupándose el
dedo en sueños, eso que tenía dieciséis años, ¡dieciséis años y
chupándose el dedo! Juan, a su edad, estaba a punto de ingresar en la
Escuela Naval de Marín. Era uno de los hermanos pequeños, no tenía
ninguna importancia, nadie se fijaba en él… Pero Juanito había
crecido entre algodones, rodeado de halagos y mimos.
Juan arrugó el informe de Fontanar y lo tiró al mar
pensativamente.
Se sentía cansado. En una nueva entrevista que había mantenido
con Franco en la finca Las Cabezas, en Extremadura, propiedad de
Ruiseñada, le había preguntado en tono desesperado:
—¿Tengo que abdicar, excelencia? ¿Me está usted pidiendo que
abdique en mi hijo?
—Vuestra alteza se ha apartado de la sucesión voluntariamente
con sus declaraciones públicas y privadas en contra de España —le
había contestado Franco con frialdad.
—Llevo mucho tiempo callado —protestó Juan con humildad.
—No el suficiente.
¿Tenía sentido tanta lucha?
Alfonsito iba corriendo por cubierta, como siempre atolondrado y
haciendo el payaso, y al ver a su padre se detuvo de golpe. Feo, listo y
ladino, sin necesidad de seducir a nadie, saldría adelante en la vida sin
ayuda y sin privilegios. Juan, quizás por primera vez, sintió cuánto lo
quería, de esa forma pura y desprendida que se debe querer a los hijos,
¡es un amor tan generoso como no existe otro! Exento de esa dolorosa
rivalidad que, debía confesar, sentía hacia Juanito.
Su hijo le dio un sorbo largo a la copa de Martini, se relamió y se
sentó en el brazo de la butaca. Juan advirtió que olía a tabaco, debería
reñirle, pero en lugar de eso le preguntó, intentando ponerle bien la
camisa que se le salía por todos lados:
—¿Y tú? ¿Qué vas a ser en la vida, Alfonsito?
—Papá, ya lo sabes —contestó el niño con desparpajo, y señaló con
el pulgar a su hermano, que estaba realizando un complicado paso de
baile—, rey, si se muere ese.
8
E l Lusitania Express , el tren nocturno de lujo que unía Madrid con
Lisboa, salía a las nueve. Un compartimento de coche cama está
reservado para sus altezas reales don Juan Carlos y don Alfonso de
Borbón. Porque Juanito y su hermano iniciaban sus vacaciones de
Semana Santa.
Ay. El caballo de la muerte ha empezado a galopar.
El reloj de la estación de Delicias marcaba las nueve menos
cuarto. Juanito lo comparó con la hora de su reloj de pulsera, atrasaba
cinco minutos como todos los Rolex. Se lo habían regalado los
Montellano. Le prestan el palacio de la Castellana durante un año,
servicio incluido, porque cuando acaba sus estudios en Miramar
necesita un lugar para preparar el examen de ingreso en la Academia
General Militar de Zaragoza. ¡Y los Montellano se van a vivir al hotel!
¡Y encima le regalan un reloj!
Alfonsito, al que han metido interno en un colegio nuevo, Santa
María de los Rosales, en El Viso, siempre le dice con su hablar
gangoso:
—¡Qué potga tienes!
¡Alfonsito! ¡Llega tarde, como acostumbra! Este hermano tiene
tantas ocupaciones y tantos amigos que las veinticuatro horas del día
le parecen pocas, mientras para Juanito el tiempo se dilata
interminablemente, lleno de tareas fastidiosas. No puede disimular su
impaciencia:
—A saber qué estará tramando este idiota.
El tren, como haciéndole coro, lanza un pitido que es casi un
quejido, Juanito está a punto de llorar, Luis María Anson, joven
miembro de las juventudes monárquicas, y un grupo de universitarios
con los que ha estado jugando al pimpón haciendo tiempo, lo
tranquilizan:
—No os preocupéis, señor, aún queda.
Juanito no llama la atención por su atuendo caqui de cadete del
ejército de tierra en unos años en los que hay muchos uniformes por
las calles, sino porque es muy alto. Lleva una bolsa ligera en la mano.
Con poca cosa. Un par de mudas y regalos comprados en El Corte
Inglés: para mami, un pañuelo; para Pilar y Margot, unos discos de
Elvis Presley y para su padre, un cortador de puros.
Pasa un vendedor de periódicos y Juanito compra el Arriba y el
ABC . Mientras rebusca suelto en el bolsillo, Anson le pregunta:
—¿Queréis que os aguante la bolsa?
Juanito se niega y la coge con más fuerza. Con una ligera sonrisa
de culpabilidad responde:
—No, Anson, muchas gracias.
Y es que lleva un objeto prohibido que no quiere que nadie vea.
Intenta disimular ojeando la prensa, pero arroja el Arriba al suelo
cuando ve un pequeño titular: «Las flores de lis están más mustias que
nunca».
—¡Miserables!
Frunce el ceño… Se acuerda de su padre, solo en Estoril,
esperando llamadas que no llegaban nunca. Preguntándole a su
secretario: «¿Hoy qué tenemos, Ramón?», y siempre la respuesta
desalentadora: «¡Nada, majestad!».
Pero no quiere hablar de eso ahora. Carraspea:
—Este chico siempre dando por culo.
—Pero el colegio es muy severo, me extraña que se retrase tanto.
Interviene otro amigo, también de las juventudes monárquicas:
—Es que Senequita viene directamente de Los Molinos, donde ha
estado haciendo ejercicios espirituales, a bastantes kilómetros.
—¡¿Senequita?!
La incredulidad y el horror que expresa el vozarrón del duque de
la Torre se oye en todo el andén, una pareja de la Guardia Civil se
acerca al oír el grito, pero cuando ve al teniente general Martínez
Campos con su uniforme cubierto de medallas se cuadra
solícitamente.
—¿Senequita? —repite el duque—. ¡Ni Senequita ni hostias! Su
alteza real don Alfonso de Borbón y Borbón, infante de España.
El amigo faltón se encoge tanto que acaba por desaparecer.
Juanito pone los ojos en blanco. El duque es su preceptor, un cargo
que le ha encomendado don Juan y que el duque ha tratado de
quitarse de encima de todas las formas posibles:
—Yo, que no he sabido ni educar a mis hijos, y ahora me
encuentro con este embolado.
Es un hombre honrado, pero seco, antipático y adusto. Ha
acompañado al príncipe a la Academia Militar de Zaragoza, donde está
cursando su primer año y jurado bandera en diciembre. Aunque se
dice que el trato del cadete Juan Carlos es igual al de sus compañeros,
no es más que otra leyenda interesada. Tiene habitación propia con
teléfono, como si fuera un oficial de alto rango, y pasa los fines de
semana en el Gran Hotel junto al duque de la Torre para relajarse del
ambiente cuartelero. Y Mercedes con chófer propio, Gaudencio. Y para
cuando le interesa conducir porque necesita intimidad para sus
encuentros femeninos, le regalan un carné sin necesidad de
examinarse. Su madre le envía a Pie de Plata, al que mantienen en las
caballerizas de los oficiales. Monta cuando quiere y tiene a su
disposición a varios profesores para seguir las clases que sus
compañeros cursan con comodidad, sin ninguna ayuda extra.
Un día, su preceptor, harto de que coman a solas sin pronunciar
palabra, le propone:
—Me gustaría conocer a algunos de vuestros compañeros… si
queréis invitarlos el domingo.
Juanito, que sabe del carácter puntilloso del duque, asiente
receloso, pero aun así invita a cuatro cadetes, que aceptan con
curiosidad y asombro. Preguntan qué tratamiento tienen que darle y el
príncipe contesta:
—Normal.
Empiezan a comer algo envarados, pero Martínez Campos les
pregunta con interés, les hace hablar. Y ellos comienzan a relatar
anécdotas con desparpajo: «Oye, Juanito, te acuerdas de la batalla de
almohadas. ¿Y cuando tiramos esos cohetes el día de Santa Bárbara?
Oye, sar…».
El duque pregunta qué es eso de sar.
—Como le llaman su alteza real, nosotros le llamamos sar… así…
—comentan los chicos con desenfado.
Juanito se levanta para saludar a una señora y vuelve a sentarse
mientras los compañeros están enfrascados en una conversación,
quitándose la palabra unos a otros, hasta que el militar, rojo como si le
fuera a dar una apoplejía, arroja su servilleta al suelo y se pone a
gritarles:
—¡Caballeros cadetes! ¡Levántense y póngase firmes! ¿Qué es esto
de permanecer sentados mientras el príncipe está de pie? ¿Qué es esto
de llamarle Juanito y… y… sar y tratarlo de tú cuando yo, que soy
teniente general y un anciano, le doy el tratamiento de alteza real?
Como dijo luego un compañero suyo:
—Nunca pudimos olvidar quién era.
Pero a Juanito todo se le borra porque casi se desmaya de alivio
cuando ve llegar entre la multitud, corriendo atolondradamente, con el
abrigo ondeando detrás como una capa, a Alfonsito. Tan rubio, casi
albino, se parece mucho a su madre, tiene los labios gordezuelos, una
gran nariz y sus rasgos poseen una movilidad increíble, puede pasar de
la risa al enfado en décimas de segundo, puede ser ángel y demonio a
la vez. Todo él es acelerado, no camina, da saltos, no utiliza la vía
recta, va en zigzag, se agacha a acariciar a un perro, mira lascivamente
a una muchacha, se pone detrás del duque de la Torre, que no ha
advertido su presencia, e imita su forma de caminar, con las manos a
la espalda y las puntas de los pies hacia afuera, como Charlot. Le pega
un puñetazo a Juanito, que le contesta atenazándole por el cogote sin
poder enfadarse porque ese hermano loco y listo siempre le hace reír:
—Pesado, que eres un pesado.
Suben al tren, aletean las manos por la ventanilla mientras se
arrean enormes patadones para ver a quién le toca la litera de arriba.
Al final, Alfonsito trepa y se sienta con las piernas colgando. Hace
oscilar una sobre otra:
—Mira, como el sapo del Caudillo.
Juanito no quiere reírse, pero se ríe:
—Calla, imbécil.
—Uf, esos ejercicios espirituales no se acababan nunca… El padre
Basabé te lo saca todo, le tuve que contar que nos habíamos bañado
desnudos en la piscina de los Casteja y que habíamos ido a ver Locura
de amor … —se puso las manos ahuecadas frente al pecho—, oye, no
sabes los melones que tiene Sarita Montiel… y todo el rato
preguntando por las niñas, que si hacemos esto, que si hacemos lo
otro.
—¿Y tú qué le dices?
El otro se las da de mil hombres, saca el labio inferior:
—¿Sabes que me ha escrito Marilú? Pero a mí me gusta Marie
France. O Marina. —Finge bailar un lento con una chica, sube sus
manos como si acariciara un cuerpo femenino y susurra—: Bugui
bugui…
Alfonsito está obsesionado con el sexo haciendo honor a sus genes
y, aunque es el feíto de la familia, se las camela a todas a base de labia
y descaro.
Juanito finge ponerse serio:
—Yo en realidad me considero novio de Ella.
El hermano se echa a reír.
—Oh, no te hagas ahora el santito, que ya me ha contado Pilar que
en Zaragoza te las tiras a todas.
Pone el gesto ordinario de hacer un círculo con el pulgar y el
índice y mete y saca el dedo de la otra mano.
A Juanito, en el fondo, le gusta que este hermano tan brillante lo
admire, aunque finge no tomárselo en serio:
—Cállate, bobo, ¿recibiste mi carta?
El hermano se aparta el flequillo de los ojos con un soplido:
—Sí, menuda cursilada, querido hermano, sé buen chico y estudia,
bla bla bla… ¿Sabes qué? Cuando seas rey la venderé y ganaré mucho
dinero.
Juanito pregunta con interés:
—¿Tú crees? —Y añade pensativamente—: Yo tengo muchas cartas
de papá y de Franco. —Los hermanos han oído hablar de la falta de
dinero tantas veces en casa que siempre están discurriendo formas de
hacerse ricos—. ¿Seré rey? ¿Estás seguro? Ya sabes que el primo
Alfonso está estudiando Derecho en Deusto…
Pero Senequita, que todo lo sabe, descarta al primo Alfonso:
—Bah, es un sieso, no te preocupes, los jesuitas no sirven para
educar príncipes, ¡si ni siquiera habla español! —De pronto se acuerda
—: Oye, que a papá no le gusta que viajemos juntos.
Juan Carlos arruga la nariz.
—¿Por esa tontería de que si tenemos un accidente los dos se
queda sin recambio?
—Bueno, que no te pase nada, que primero tiene que ser rey papá
y después tú. ¡Yo no quiero! ¡Con las ganas que tengo de ir a Marín! Lo
primero de todo me tatuaré un dragón en el brazo como papá.
Empieza a hurgar en su bolsa, saca una botella de sidra y se la
tiende a su hermano, que se pone a beber a morro. Caen al suelo unas
notas, Juanito las pesca al vuelo y se ríe.
—Dorsy, Mari… ¿qué es esto? ¿Tus novias?
El otro le quita el papel:
—Son nombres para el cachorro que me está esperando… Ya sabes
que mamá ha cruzado a Pardo con la cocker de los Saboya.
—No vale, tú tendrás dos perros y yo solo uno —protesta Juanito.
—Pero Rusty es muy mayor, quizás muera pronto. —Se entristece,
¡perder a su perro, su compañero de vida! Pero sacude la cabeza y
cambia de conversación—: Mira lo que tengo.
Saca un barco de alambre y cartón, construido de forma muy
tosca:
—Es un crucero, como el Enterprise en el que iba papá cuando lo
llamó el abuelito diciéndole que tenía que volver porque iba a ser
Príncipe de Asturias.
—Dámelo.
—No, que lo vas a romper, que eres un manazas.
Los hermanos forcejean, Juanito tiene dieciocho años y parece un
crío, Alfonsito, catorce, y es como un viejo. El barco se rompe y
Alfonsito, furioso, empieza a pegarle a su hermano, una lluvia de
golpes sobre su cabeza:
—Idiota, imbécil. Vete a hacer la pelota a Franco, que es para lo
único que sirves. —Levanta la voz—: Franco, ese sapo, el enano…
El hermano, por una vez, trata da apaciguarlo para que baje el
tono, no están los tiempos para ir gritando contra el Caudillo, para
distraerlo le dice:
—Si te callas te enseño una cosa, pero no digas nada a nadie.
—¿Qué?
Juanito se levanta a correr las cortinillas del compartimento y
saca de la bolsa cuidadosamente un paquete de forma inequívoca
envuelto en papel de periódico. Alfonsito lo coge con reverencia.
Adivina qué es:
—¿Lo puedo abrir?
Juanito asiente. Capa a capa va desenvolviéndolo y aparece una
pistola. Los dos hermanos cazan desde niños y están acostumbrados a
ver armas. Pero pistolas, no.
A Alfonsito le brillan los ojos y acaricia la culata con reverencia.
—Es una Long Automatic Star del 22, me la ha regalado Franco —
le aclara Juanito, ufano, aunque añade con tristeza—: Pero no tengo
balas.
Senequita, que todo lo sabe, que todo lo puede, le dice:
—Yo me ocupo.
Era el sábado 25 de marzo de 1956.
Llovió toda la Semana Santa.
El domingo, después de misa, Juanito cargó con un montón de
discos y se fue a Villa Italia, la casa de los Saboya, en la Boca do
Inferno. En el último momento la madre lo detuvo:
—Llévate a Alfonsito, que con lo nervioso que es no se le puede
tener encerrado en casa. Con esta lluvia…
Humberto los saluda distraídamente, está ordenando su colección
de monedas en el salón, ayudado por su secretario. María Pía, la hija
mayor, y el chico, Vittorio, están con su madre en Suiza. Alfonsito se
aburre mientras Ella y Juanito bailan, y se dedica a leer tebeos de El
Guerrero del Antifaz con la hermana pequeña de Ella, Titi. Alfonsito
sabe, como toda la colonia de Estoril, que Titi no es hija de Humberto
de Saboya, sino del yerno de Mussolini, Ciano. Tampoco María
Gabriela es hija de Humberto, sino de su primo Amadeo de Aosta.
Como dice doña María:
—¡Pues qué va a hacer la pobre si al marido no le gustan las
señoras!
El martes, Alfonsito dice que quiere ir a Lisboa a comprar unos
cuadernos. La señorita de compañía, Mercedes Solano, va con él
porque tiene que arreglarse el pelo. Mientras Mercedes está en el
peluquero, Alfonsito se presenta en la armería Silva de la rúa dos
Correiros y pide balas del 22:
—Son para mi padre.
El dueño no duda, o le es igual, y le tiende una caja que lleva la
advertencia: «No dejar al alcance de los niños», pero Alfonsito se
mueve con tal desparpajo que podría pasar por adulto.
El miércoles, los hermanos se ponen de acuerdo para ir de nuevo
a Villa Italia. Lejos de sus padres y en el amplio jardín de la finca,
quieren hacer prácticas de tiro. La madre se sorprende de que quieran
estar los dos juntos voluntariamente, pero se muestra encantada
porque ya no sabe qué hacer con ellos en casa, cercados por la lluvia
constante y el malhumor de Juan. Lo último que le han dicho es que su
antiguo amigo Indalecio Prieto lo llama «el Pitusín de Estoril».
—¡El Pitusín de Estoril! ¿Te figuras, María?
La mujer le contesta desenfadadamente:
—Pues yo debo ser la Pitusina, a mí no me ofende, Juan. Mira,
estoy tan tranquila.
Los perros se ponen nerviosos y no paran de ladrar.
Las princesas italianas se muestran impresionadas por la pequeña
arma que esgrime Juanito, aunque el hermano puntualiza:
—Las balas son mías.
Los chicos preparan varios blancos sobre los que disparar, unas
latas de sardinas puestas en pie, un cartón sujeto a un árbol con una
diana pintada, sacan manzanas de la cocina, pero Ella y Titi se niegan
a ponérselas en la cabeza como Guillermo Tell y los príncipes se
quejan amargamente:
—Sois unas cursis. Si es lo único que tenéis que hacer.
Todos disparan por turno, pero Juanito y Alfonso empiezan a
pelearse: «Que si tú has tirado más veces que yo, que si tú haces
trampa y te acercas más…».
El exrey de Italia, que estaba tranquilamente ordenando su
colección de sellos, que alterna con la numismática, sale del chalé
horrorizado y les chilla con su voz atiplada:
—¡Os prohíbo seguir con este juego! Ya hablaré con vuestros
padres.
Los hermanos se van a casa, pero por el camino, con la sangre
caliente y todavía muchas balas por disparar, apuntan a las farolas de
la rúa de Inglaterra y se las cargan todas.
Al oír aquel estrépito, salen los vecinos a la calle: la viuda del rey
Carol de Rumanía, los Sousa de Lara, el duque de Maura, los Pinto
Coelho, y van a quejarse a Juan que, después de aplicar el correctivo
correspondiente, esconde el arma en un secreter de su despacho y se
guarda la llave en el bolsillo de la chaqueta que lleva por casa.
—Habrase visto… Estáis locos… —refunfuña y, extrañamente, se
ceba en Alfonsito, que es el pequeño—: Esto ha sido cosa tuya, Alfonso,
no te creas que voy a olvidarlo.
Pero la verdad es que lo olvida enseguida, porque le llaman por
teléfono y le comunican que, en uno de sus habituales cambios de
timón, Franco ha decidido destituir al ministro Ruiz Giménez, con el
que tan buena relación tenía Juan, y entra en el gobierno José Luis
Arrese, falangista y acérrimo antimonárquico.
El 29 de marzo, Jueves Santo, a primera hora le llevan a Alfonsito el
cachorro de cocker spaniel. El niño lo coge en brazos, le besa en el
morro y dice:
—Luego le pondré nombre.
La familia entera, vestidos de negro y con paraguas chorreantes,
asiste a misa en la pequeña iglesia de San Antonio, frente al mar. Los
chicos deben confesar sus travesuras del día anterior y algún pecadillo
contra el sexto mandamiento, y después todos comulgan.
A las cuatro, Juan, con sus dos hijos, se acerca al club de golf,
donde tiene lugar la competición Taça del Visconde de Pereira
Machado. Hace mucho frío. A Alfonsito le gana su íntimo amigo
Antonio Eraso y los dos posan para la última foto que se hará al
infante. Apoyados en los palos, Alfonso luce con orgullo su primer par
de pantalones largos, que lleva arremangados para no mancharse de
barro porque no son unos heredados de Juanito, sino que se los ha
hecho Collado, el sastre de papá.
Arrecia la tormenta, se levanta un viento huracanado que hace
volar gorras y pelotas. Se decide aplazar el campeonato hasta el
Sábado de Gloria.
Se van a casa.
Don Juan se mete en su despacho, al cabo de poco tiempo se oye
el tintineo de los hielos de su copa de whisky. Los niños intentan besar
a su madre, que está haciendo petit point en su gabinete, sola, porque
su fiel escudera, Amalín López Dóriga, viuda de Ybarra, está pasando
esos días con su hijo. Pero María los detiene:
—No, cambiaros, que lo estáis dejando todo perdido.
Pilar está en su habitación con una amiga del colegio. Margot con
su niñera Anne Diky, buscando la emisora de Montecarlo en su
aparato de radio.
Como es día feriado, se ha dado fiesta al servicio. Ni siquiera está
el espía João Costa.
Aburrimiento interminable de los días de lluvia. Los chicos están
medio constipados, aburridos, pesados e insidiosos como la humedad
que todo lo impregna. Se deslizan por el pasamanos de la escalera,
tiran al suelo un tibor chino que hay en el rellano que sus padres
compraron en el viaje de novios… El cachorro se ha hecho pipí en el
pasillo, los perros ladran, rompen una figura de porcelana, los cuernos
de marfil del elefante que cazó doña María en Kenia están a punto de
caer al suelo.
Hacen ruido, se chinchan el uno al otro. Al final van al cuarto de
su madre:
—Mami, mami.
La madre, que está fumando y leyendo una revista, contesta
distraída:
—¿Qué?
—Danos la pistola.
Levanta los ojos:
—Claro que no, niños, papá ha dicho que no.
Se acerca Alfonsito, el zalamero, le da un beso, trata de sentarse
en su regazo, mientras Juanito se pone a tocar un piano imaginario:
—Mami, mami, mami guapa, la pistola…
—Para tirar al blanco en el cuarto de jugar. Por favor, por favor,
por favor.
La madre al final se ríe, pero pone una excusa:
—No sé dónde está.
—Sí sabes, en el secreter… y la llave en la chaqueta de papá.
La cogen de las manos y la obligan a levantarse. La madre, blanda,
cede:
—Ay, qué pesaditos sois… Va, pero solo un rato y cuidado, a ver si
vamos a tener una desgracia.
Los dos niños aplauden alborozados, ir a robar la llave a la
chaqueta del padre y abrir el secreter se convierte en una película de
aventuras. La madre, que es un poco gamberra a veces, disfruta tanto
como ellos.
—Son las siete y media. A las ocho bajáis sin que os tenga que
subir a buscar —les hace una última recomendación, señalándose el
relojito de oro que lleva en la muñeca.
Cuando ya no exista memoria de los hechos, cuando ya nadie
deposite flores sobre el mármol de sus tumbas y ni siquiera se
recuerde el nombre de las personas presentes, aún María se estará
arrepintiendo de ese minuto fatal que cambió las vidas de todos para
siempre.
Suben corriendo al cuarto de juegos: «Yo primero, que la pistola es
mía», «Pero las balas son mías», «Pero la pistola es más importante».
En la pared hay una vieja diana de papel con un punto en medio.
Juanito se instala de espaldas a la mesa de billar —«Yo, yo, yo»—, con
las piernas abiertas apuntando, cierra un ojo. El hermano loco, el que
no camina sino salta, el que nunca se está quieto, da un gran salto
frente a la cara de Juanito riéndose a carcajadas, pero el dedo de
Juanito ya ha apretado el gatillo, sale la bala inexorable. Congelado
por el miedo, Juanito ve cómo a su hermano se le vidrian los ojos y cae
hacia atrás… Transcurren unos segundos pesados como gotas de
mercurio, como si el mundo se hubiera hundido en un pozo muy
hondo, no hay ruidos, solo la mandíbula desencajada en un grito que
no sale nunca.
Doña María siente algo, muy lejano, pero no le da importancia.
Juan, Margot, a pesar de su oído finísimo, la institutriz, no oyen
nada… Aunque sí Pilar. Dijo, certera:
—Ha sido un disparo.
De pronto, el mundo estalla, ruido de pasos, puertas que golpean,
el aullido de los perros, Rusty, Daimil y Pardo, a los que tanto quería
Alfonsito, el cachorro que todavía no tiene nombre llora sin saber. La
tormenta arrecia en una escena de tragedia griega y se suceden los
relámpagos.
Pero lo peor de todo, el alarido escalofriante, roto, el chillido de la
tiza en la pizarra de Juanito bajando la escalera.
—Mami, mami.
«A mí se me paró la vida».
Los padres suben corriendo, tropezando el uno con el otro, con el
corazón de plomo y las manos como témpanos, María se cae, sube a
gatas, agarrándose a la barandilla, qué largo el camino, pero qué corto,
qué corto.
Juanito abajo:
—Papá, papá.
Todavía queda un hálito de vida en Alfonsito, un brillo en sus ojos
entrecerrados, que se apaga como el cabo de una vela. Ha sido un tiro
limpio, una bala que ha entrado por la nariz y se ha alojado en el
cerebro; en el suelo hay un pequeño charco de sangre. No tiene la cara
deformada, tan solo la cicatriz azulada en la mejilla que le hizo una
flecha en la playa de Guincho el verano anterior, el pelo rubio de
pronto se vuelve oscuro y opaco.
Loco de dolor, Juan coge el cuerpecillo de su hijo, lo baja por la
escalera, con la madre detrás arrastrándose en un bramido
insoportable, arranca de su mástil la bandera que estaba en la proa del
barco que llevó al exilio a Alfonso XIII y la echa encima del infante
muerto. Atrapa por el cogote a Juanito, que tiembla tan pálido que
parece a punto de desmayarse, tan aturdido que ni siquiera llora, y lo
obliga a arrodillarse delante del cuerpo de su hermano y de la bandera:
—Y ahora jura que no lo has hecho a propósito.
La madre, de rodillas, coge la cabeza de su hijo y lo acuna en una
nana absurda y final:
—Alfonsito, mi niño, mi pocholo, mi Alfonsito.
Cuando llega el doctor Abreu Loureiro solo puede certificar la
muerte y poner una hora en el parte de defunción, las ocho y media.
En un rincón está Juanito, el apestado, el odiado, el homicida,
nadie le habla, tan pálido que parece que se haya desangrado y es que
esa noche han muerto dos niños. ¡Se ha apagado para siempre el
resplandor juvenil de sus ojos! Antonio Eraso fue el único que lo
abrazó. El príncipe le dijo con los ojos turbios y unos suspiros que
hacían casi ininteligibles sus palabras:
—Antonio, te juro que me meto en un convento, me hago monje,
me hago cartujo, quiero desaparecer…, que nadie me vea nunca más…
Nunca me voy a recuperar de esto.
Doña María confesó poco antes de morir: «Yo siempre he sido
feliz, excepto cuando murió mi hijo».
El padre no quiso que se le practicara la autopsia al hijo adorado,
salió de casa porque no soportaba ver a Juanito, se subió al coche y
empezó a recorrer sin sentido las callejuelas de Estoril durante varias
horas, en una noche horrible de tormenta. Después se detuvo un
momento frente al mar, bajo la lluvia, allí donde sus hijos se tiraban de
cabeza, y arrojó la pistola al embravecido Atlántico.
¿Por qué lo hizo? No se sabe, pero eso dio pie a oscuras teorías
puestas en circulación, sobre todo por el infeliz Jaime, que aprovechó
esa desgracia familiar para alimentar la sombra de la sospecha sobre la
capacidad mental de su sobrino Juan Carlos.
Un día en que alguien alababa el buen carácter de don Juan y,
creyendo halagarle, le comentaba que era un ser lleno de felicidad,
contestó abruptamente con el rostro ensombrecido:
—¡Eso nunca! ¡No olvide usted que está hablando con un hombre
al que se le ha muerto un hijo!
9
E l humo de los fortísimos Antoninhos portugueses y las luces rojas
convertían la boîte Muchaxo, en los bajos del hotel Estalagem, en una
especie de antesala del infierno. La música machacona que escupían
los dos altavoces colocados a ambos lados de la pequeña pista era
incomprensible, pero daba lo mismo porque lo que querían estos
jóvenes repletos de hormonas, energía y deseos turbios en la última
noche de 1956 no era bailar, sino tocarse, beber y agotarse hasta caer,
rendidos, al suelo.
Well you can do anything
But stay off my blue suede shoes.
Se llamaban a sí mismos, con ironía conmovedora, «los exiliados»
porque eran los cachorros de los reyes que habían perdido su trono
después de la guerra europea. O incluso antes. Diana e Isabel, hijas de
los condes de París; María Pía y Vittorio, del rey Humberto de Italia;
Simeón de Bulgaria; Pilar y Juanito de Borbón, hijos de los condes de
Barcelona… También estaban los herederos de los grandes títulos y
familias portugueses, Teresita Pinto Coelho, los chicos Espíritu Santo
o los hijos del vizconde de Pereira Machado… Mientras los padres
pasaban el fin de año en el elegante hotel Palacio, ellos habían cenado
arriba, en el restaurante, frente a la playa del Guincho, y luego se
habían lanzado en tromba al sótano, no sabiendo quién terminaría con
quién. Las chicas, con sus faldas anchas con el cancán debajo, sus
cinturas estrechas y sus collares de perlitas, y los chicos con traje y
corbata, se olisqueaban con cierta prevención como animales en celo.
¡La sorpresa y el azar eran algunos de los atractivos de la noche!
La más sensual y madura, la más escotada, la más curvilínea y
voluptuosa era la condesa Olghina de Robilant. La rodeaba una
aureola de escándalo y vicio, se decía que en Italia participaba en
orgías y que había tenido amoríos con el torero Luis Miguel
Dominguín y con los actores Walter Chiari y Robert Stack; era una
habitual de los ambientes taurinos españoles, la feria de abril sevillana
y los sanfermines y, al parecer, la única capaz de competir con Ava
Gardner en hombres y alcohol.
A pesar de esta fama, tenía solo veintitrés años y era de muy
buena familia, de la antigua aristocracia veneciana, y pasaba
temporadas en casa de su tía, la acaudalada mecenas Olga de Cadaval,
donde se comportaba de forma algo más discreta. Pero como la
inmensa finca de cientos de hectáreas e impresionante palacio estaba
en Muge, lejos de Estoril, Olghina se quedaba en casa de los Italia y
dormía en la habitación de Ella, que pasaba las Navidades con su
madre en Suiza.
Esa noche se sentía llena de vida, con ganas de comerse el mundo.
—¿A ver quién se atreve? Seguidme, chicos.
Se lanzó a la pista, se bajó los tirantes del vestido, se colocó una
copa de champán en la frente y echando su cuerpo hacia atrás, la
melena rubia colgando, empezó a mover las caderas al ritmo
enloquecedor del bugui bugui. Las chicas la envidiaban y admiraban a
partes iguales y, por supuesto, la ponían verde, pero los chicos se
acercaron como polillas atraídas por la luz hasta rozarla, alguno
incluso se puso a mugir. La copa no tardó en resbalarse, Olghina la
atrapó al vuelo, pero no pudo evitar que el champán se deslizara entre
sus senos.
Una mano masculina se metió por su escote y, cuando Olghina
levantó la vista, vio a un muchacho rubio que se chupaba los dedos
mirándola lascivamente:
—Pe… pero, ¡si eres Guanito !
Hasta ayer era un niño, pero hoy ya era un hombre. Claro, le había
pasado esa cosa horrible… Advirtió la corbata negra, el brazalete de
luto en la manga y, como a pesar de sus travesuras, era una chica
educada en muy buenos colegios, iba a darle el pésame cuando él le
cruzó la boca con el dedo índice y le susurró al oído:
—¿Nos sentamos?
Encontraron sitio en el sofá de terciopelo rojo más apartado, tan
juntos que parecían una sola persona. Olghina habló de forma
mundana encendiendo un cigarrillo:
—Pero si eres de los críos de la pandilla, ¿qué te ha pasado?
Juanito rio con satisfacción… la condesa era cuatro años mayor
que él y una de las presas más codiciadas de Estoril, no porque fuera
una mujer difícil, sino porque tenía tantos moscones haciendo cola
que era imposible acceder a ella. «No para casarse», se apresuraban a
puntualizar, sino para disfrutar del volcán inolvidable de su sexo
siempre en erupción. El cantante Bobby Solo, que fue su amante,
cuando se separaron adelgazó doce kilos y dijo que esa relación tan
fogosa lo había dejado imposibilitado para disfrutar con otra mujer.
¡Y ahora Juanito la tenía para él solo! Advertía las miradas
codiciosas de Babá y de Vasco Pinto, pero echó mano de los ardides
que tan buen resultado le daban siempre:
—¿Sabes que estoy enamorado de ti desde hace muchos años?
La condesa sacudió la cabeza intentando huir del embrujo en el
que estaba cayendo. ¡Ella, con toda su experiencia, no se iba a dejar
embaucar por este chiquillo!
—Pero ¿tú no salías con Ella? Mira que estoy en su casa y sería un
planchazo horrible que me metiera entre vosotros —le contestó.
Juanito, con un gesto borró a todas las María Gabrielas de este
mundo y puso su irresistible mirada melancólica.
—Yo no soy libre para casarme con quien quiera, y Ella, de
momento, es un noviazgo conveniente, pero no estoy enamorado…
Intento divertirme lo que puedo. —Y añadió con falsa modestia—: He
estado con Ella y con muchas otras, ¡hasta con la Chunga! —Como no
vio a la condesa lo suficientemente impresionada, ya que la fama de
Micaela Flores, la Chunga, la bailaora de los pies descalzos, no había
traspasado fronteras, aunque en España era muy popular, se vio
obligado a añadir—: ¡E incluso con Sarita Montiel! Pero yo de quien
estoy enamorado de verdad es de ti. —Mirando la punta del cigarrillo
aclaró—: Pero quiero que sepas que no voy a casarme contigo, piensa
que voy a ser rey de España y no soy libre de escoger a quien quiera.
Olghina se asombró porque, asidua visitante de Estoril, sabía que
a don Juan lo llamaban majestad como si fuera a ser rey.
—Pero ¿y tu padre?
—Franco no lo va a querer nunca —le confirmó Juanito.
Resulta asombroso que Juanito ya se hubiera dado cuenta de que
el Caudillo había arrumbado a su padre al desván de los trastos
inservibles, o quizás simplemente se trataba de una táctica del taimado
galanteador para deslumbrar a Olghina, por una parte, y por otra, para
no tener que comprometerse.
Dieron las doce de la noche. En ese momento, sabiendo que había
muchos españoles entre la clientela, pusieron el chotis «Madrid», de
Agustín Lara.
Sin decir palabra, Juanito la arrastró a la pista. Olghina notaba
apretado contra el suyo el cuerpo fuerte y atlético del príncipe. El bulto
de su entrepierna se clavaba contra su vientre, ambos sentían tanto
deseo que no podían ni respirar y menos moverse. No se dieron cuenta
de que acababa la canción hasta que sonó un rock, las parejas que
habían bailado en el mismo plan que ellos se miraron aturdidas
mientras corrían a su mesa, los muchachos tratando de ocultar su
pujanza física.
Intentando recuperarse, Olghina dijo que iba al lavabo. Pero
Juanito le cogió el bolso.
—Déjalo, no quiero que te pintes la boca porque voy a volver a
besarte.
Cuando Olghina regresó, él, con su barra de labios, había escrito
en una servilleta: «Ti amo».
De pronto, se apagaron las luces y se encendió un solo reflector
que iluminaba la pista. Apareció una silla, se sentó un hombre con una
guitarra y salió una mujer de aspecto imponente, que trató de acallar
los aplausos con un gesto simpático.
La cantante de fados Amália Rodrigues, una gloria nacional, tenía
por norma terminar el año dando un recital en el hotel Palacio para la
buena sociedad, pero a última hora se acercaba hasta la boîte de la
juventud para ofrecerles un fado, uno solo, el último del año, antes de
retirarse a su casa. Se apagaron los murmullos, Olghina apoyó la
cabeza en el hombro de Juanito y se dejó escuchar la voz deslumbrante
de la mejor fadista de todos los tiempos:
Por muito que se disser
o fado não é canalha.
Não é fadista quem quer,
só é fadista quem calha.
Cuando acabó, Juanito tenía los ojos llenos de lágrimas. Olghina
se conmovió y se dio cuenta de que ese muchacho le importaba
mucho. Demasiado. Años después, aún suspiraba recordando ese
momento: «Juanito sabía cómo enamorar a una mujer».
Sus labios se unieron y se besaron profundamente.
La cogió de la mano. Mientras salían, Juanito tenía que saludar a
uno y a otro, «Mañana salimos en el barco… Me quedo hasta el día 6…
Mamá está bien…». Niky Franco, el sobrino del Caudillo; Babá
Espíritu Santo, el conquistador oficial; los Eraso o José Antonio Peche
Primo de Rivera… Todos envidiaban al chico de los Barcelona y el
chico de los Barcelona quería exhibir su botín como un trofeo. Charo
Palacios, una morena muy atractiva, hija de un reputado científico, lo
miró con algo de tristeza. Juanito sabía que estaba enamorada de él.
Subieron al Volkswagen escarabajo de color amarillo que el
príncipe había recibido de un noble como regalo de Navidad. Pero en
vez de ir a casa, condujo a Olghina a los acantilados desde donde se
veía el arco de luces de la bahía como una dentadura centelleante.
Había otros coches aparcados, oscuros bultos silenciosos.
Juanito propuso con soltura:
—¿Pasamos al asiento de atrás? Estaremos más cómodos.
La fue desnudando con manos sabias; Olghina, la experimentada
Olghina, que había tenido decenas de amantes ya a sus veintitrés años,
la que decía: «Soy muy generosa, pero como no tengo nada que dar,
me regalo a mí misma», se dio cuenta de que Juanito se había curtido
ya en muchos cuerpos de mujer. La penetró mirándola a los ojos,
como hacen los enamorados, la suave claridad de la luna llena
dibujaba los contornos de sus cuerpos jóvenes y bellos. Olghina lo
cogió por los riñones para acercarlo más todavía y Juanito, con la
misma cadencia del empuje, iba repitiéndole:
—Ti amo, ti amo…
Porque, aun en las pasiones tan puramente físicas como esta, el
príncipe no quería solamente sexo, también buscaba una pequeña
brizna de amor.
La condesa ha recordado siempre este idilio con un suspiro de
añoranza: «Juanito me dejó huella». Tampoco él salió indemne de
esta relación que, con intermitencias, duró cuatro años: gracias a la
condesa cambiaron para siempre sus gustos sexuales, que habían sido
tan primitivos como los de su padre, para volverse refinadamente
perversos, propios de espíritus aventureros amantes de las emociones
fuertes.
La dejó en Villa Italia agotada, feliz, sucia, impregnada en olores y
sabores. Humberto, el exrey, que estaba en la biblioteca escuchando
música, abrió la puerta cuando la sintió subir:
—Come stai, bella?
—Va bene… Sono stata con Juanito .
—Poverino, era triste?
Olghina ahogó una risita feliz, de mujer colmada, y subió la
escalera ágilmente, con los zapatos en la mano:
—Triste? No, per la Madonna dell’Orto! Niente di triste!
Y era cierto. Mientras su familia se despeñaba cuesta abajo sin frenos,
Juanito había adoptado una actitud desenvuelta y alocada, una
personalidad nueva que solo había aflorado después de la muerte de
su hermano. Resguardado en la Academia de Zaragoza, adonde lo
había reexpedido su padre inmediatamente después del funeral de
Alfonsito porque no soportaba verlo, estaba arropado por Miguel
Primo de Rivera, Pedro Ussía, Luis María Anson, Álvaro Luna, Julio
Ayesa, reclutados casi a golpe de corneta por el duque de la Torre:
—No le dejéis solo ningún fin de semana.
Jugaban al pimpón, montaban a caballo, iban al Tubo, la zona de
bares, a veces pasaba los fines de semana en Liria, la casa de Cayetana
Alba. Fue allí, en una de sus fiestas, en las que la duquesa gustaba de
mezclar bohemios con aristócratas, cuando conoció a Sarita Montiel,
la única española que estaba trabajando en Hollywood, donde acababa
de rodar Veracruz con Burt Lancaster y Gary Cooper. Aquel muchacho
pálido, del que se comentaba en voz baja la enorme tragedia en la que
estaba envuelto, atrajo la atención de la diva mucho más que los
donjuanes de vía estrecha, de bigotillo y pelo engominado, que
trataban de camelarla con miradas chulescas. Juanito, delante de su
belleza, se quedó literalmente anonadado.
Sarita le dirigió una mirada llena de picardía, lo cogió de la mano,
se adentraron por un pasillo, empujaron una puerta… ¿Qué
habitación, de los centenares que hay en Liria, albergaría la pasión
desatada de aquellos dos jóvenes en el momento más pujante de sus
vidas? ¿Qué obras de arte colgadas en sus paredes serían testigos de su
entusiasmo? No se sabe, pero sí es cierto que Sara guardaría por ese
muchacho, hasta su muerte, una enorme ternura…
—Me dijo que era la mujer más guapa que había visto.
No se habló de Alfonsito, claro que no. Nadie hablaba de él, y así
en realidad murió dos veces: la tarde fatal de Jueves Santo y cuando se
le desterró de la memoria de su tiempo. Franco prohibió nombrarle e
impuso una férrea censura en la prensa, no solamente por las
implicaciones de su protegido, sino porque, según decía con
suficiencia: «A la gente no le gustan los reyes con tan mala suerte:
¡hemofilia, muertos, uno sordomudo y ahora esto!». Además, el niño
tampoco le caía bien.
El príncipe no volvió a hablar de su hermano nunca más.
A pesar de que su padre no le había escrito ni una carta, no le
había llamado por teléfono, no le había procurado ningún consuelo, a
Juanito le surgió la necesidad avasalladora de protegerlo. ¡No podía
soportar que nadie lo tratara con desprecio! Por las noches vengaba
supuestos o reales agravios en las caballerizas de la academia,
peleándose a puñetazos con compañeros que le habían faltado al
respeto llamándole el borracho de Estoril.
Daba rienda suelta a esa ira feroz que llevaba en su interior.
Nunca comentaba estas peleas salvajes, que le dejaban el cuerpo
magullado, pero el alma más ligera.
También es cierto que en ocasiones se abstraía y los amigos
advertían un fondo insondable de tristeza en sus ojos, pero cuando ya
parecía a punto de hacer una confidencia, cuando ya alguno iba a
pasarle el brazo por los hombros, él salía con alguna insensatez:
—¿Habéis visto qué buenas están las brasileñas de Tono?
Porque al grupo de amigos jóvenes se había sumado el acaudalado
notario Antonio García Trevijano. Saliendo un día Juanito del Gran
Hotel con el duque de la Torre se quedó con la boca abierta al ver
aparcado en la puerta un Pegaso deportivo, del que solo se habían
fabricado ciento veinticinco unidades, porque los quince mil dólares
que valía estaban al alcance de muy pocos bolsillos españoles. Esperó
hasta que llegó el propietario. Un hombre de treinta años, con grandes
bigotes y un vistoso sombrero panamá.
Juanito le preguntó con candidez:
—¿Eres mexicano?
El hombre dijo que sí y lo invitó a subir al coche. Después
comentó: «Pensé que el chiquillo se iba a cagar cuando lo puse a
doscientos veinticinco kilómetros por hora, pero se reía y me hizo ir a
dar vueltas delante de la academia para que lo vieran sus
compañeros».
Fue don Juan el que advirtió a su hijo:
—Eres un bobo… Ese tío es de Granada y encima es republicano.
Tono, como lo llamaban sus amigos, lo confirmó:
—Si fueras rey, deberías meterme en la cárcel. Pero mientras no lo
seas, podemos ser camaradas.
Y esa singular amistad se alargó durante varios años. Siempre
escaso de viático, nunca tenía ni para pagar una ronda, Tono le dejaba
dinero y, sobre todo, le presentaba chicas. A Juanito y a sus amigos.
Extranjeras, brasileñas por más señas. Impresionantes. ¿De pago?
En caso de que fuera así, quien se hacía cargo de las cuentas era el
propio Tono.
¿Alfonsito? ¡No, no había que hablar de él, congelado para siempre en
sus catorce años! No, ni siquiera surgió su nombre cuando el príncipe
rindió una de sus habituales visitas al Caudillo. Tan solo unas palabras
ininteligibles de pésame, y después pasó a ocuparse de sus estudios.
—Ahora Zaragoza, después San Javier y más tarde Marín. Para
terminar con algún curso universitario.
Antes de que el príncipe se fuera, le preguntó, después de
carraspear y con grandes circunloquios:
—¿Es cierto que habéis conocido a esa tal Sarita Montiel, de quien
habla todo el mundo? Creo que es manchega, como el Quijote.
Juanito se sorprendió.
—Es una mujer de bandera —se llevó la mano a la boca, pues
Franco era muy morigerado en el lenguaje—, perdón, excelencia.
—No os preocupéis, que he estado en el Tercio… estoy curado de
espantos. —Y se vio obligado a explicarse—: Os lo pregunto porque
Carmen celebra esas recepciones en La Granja con artistas y sería
conveniente invitarla para dar una imagen moderna de España y que
no piensen que aquí somos unos cavernícolas.
El príncipe, al que habían contado que Franco tenía cierta
predilección por Juanita Reina y no había acabado de creérselo, no
pudo evitar aventurarse en terreno pantanoso:
—Hará un gran papel, general… aunque no sé yo si se molestará…
Se refería a Juanita, pero Franco respondió a la gallega:
—¿Mi mujer? Príncipe, la Señora sabe que solo me mueve un
interés cultural… claro que, como está arrejuntada y no casada con ese
señor americano que la acompaña, no sé si será conveniente… aunque
yo no soy un meapilas, preguntaré al padre Bulart.
Después, el Caudillo comentó a su inseparable primo Pacón, que
de todo tomaba cumplida nota en su diario: «He visto muy bien al
príncipe… es fuerte».
Pero la familia, no. No era fuerte. De hecho, es una familia rota y
nunca va a recomponerse.
Los primeros tiempos después de «lo de Alfonsito», como se
llamaba a ese terrible episodio que marcó sus vidas para siempre, el
padre y la madre se sentaban el uno al lado del otro en silencio. En la
casa vacía. No encendían la luz, total, ¿para qué? Margot fue enviada a
Madrid a estudiar puericultura, se hospedó con los condes de
Puñoenrostro, que la arroparon cariñosamente, y su institutriz, miss
Diky, que había estado diez años con ella, fue despedida. En su
escuela, la Salus Infirmorum de la calle García Morato, sus
compañeras pronto la identificaron:
—Tú eres la hija de ese masón que vive en Estoril.
Pilar consiguió entrar como enfermera en el hospital de los
Capuchos en Lisboa y, como estaba sujeta a turnos y guardias, apenas
paraba por casa.
Los caballos languidecían en las cuadras. El servicio tenía que
ocuparse de los perros. Hasta el espía João Costa pidió un cambio de
destino, hizo una reverencia y no volvieron a verlo. Nadie fue a
sustituirlo. Villa Giralda no tenía ningún interés, porque ya no eran
nadie.
Los amigos de Alfonsito iban todos los días, a la hora de la muerte
del infante, a hacer una guardia de honor en el jardín y rezaban el
rosario. Todas las tardes acudía también el padre Valentini a
acompañar a aquellos padres abrumados por el dolor y, en el caso de
María, por la culpa.
Si se pudiera volver atrás… Si hubiera sido más firme… Si no
hubiera llovido… ¡Si Franco no le hubiera regalado la pistola!
¡Siempre Franco, maldita sea, Franco tiene la culpa!
A Juan se le apaga el brillo muchachil de sus ojos y la
inconsciencia de temperamento, que era una de sus características, y
también, quizás, uno de sus defectos. Está tan sumido en la tristeza
que se siente incapaz de consolar a su mujer.
Su mujer. Que reza, sí, muchísimo. Se arrodilla en el reclinatorio
de su habitación:
—Dios te salve, María…
Pero llega la hora del crepúsculo, cuando entraba Alfonsito
gritando y pidiendo la merienda… y detrás los amigos y los perros y
hasta el afilador; lo invitaba porque era español.
—Pero estará sucio —protestaba la madre.
—¿Cómo va a estar sucio el afiladog si viene de España? —
respondía el niño.
Es su camita con la huella aún de su cuerpo, es el cachorro sin
nombre, sus botas de montar, los tebeos… Los pantalones nuevos,
cuidadosamente lavados y colocados en el respaldo de una silla.
Es el atardecer, la hora más cruel.
Amalín López Dóriga es su dama más querida, la única que la
comprende, porque ella también ha sufrido. A su marido, Fernando
Ybarra, lo asesinaron los milicianos en el buque prisión Cabo Quilates ,
en el puerto de Bilbao, junto a su padre, recién empezada la Guerra
Civil. Su hijo Fernando, marqués de Arriluce, solo tenía seis años.
Amalín conoce ese dolor que embrutece, que se te instala en el
estómago y no te deja ni caminar. No se separa de su lado, es su
consuelo, es su cómplice:
—¿Una copa, majestad?
Una, otra… en la cena los vasos de vino se vacían rápidamente. La
mirada se vuelve vaga, el habla confusa, las mejillas enrojecen.
Cada día la tienen que ayudar a llegar a la cama.
Al principio nadie se dio cuenta. Después, por si acaso, se deja de
comprar alcohol en la casa. Pero siguen las carcajadas a destiempo, los
sollozos, el no dormir o el quedarse dormida en cualquier parte.
Cuando ese verano recibieron la inesperada invitación de los reyes
de Grecia para pasar unas semanas en la isla de Corfú, en su casa Mon
Repos, Juan aceptó sin dudarlo. Lejos del escenario de la tragedia,
María recobrará fuerzas y volverá a ser la de antes. Y él también
necesitaba alejarse. Juanito no, Juanito todavía no.
Fueron con Margot. Mon Repos era una casa de ensueño, en una
colina rodeada de pinos y olivos, naranjos y limoneros. En el jardín
había burros para pasear y los criados iban vestidos a la griega. Las
dos princesas, Sofía e Irene, son anticuadas, amables y cariñosas, y se
hicieron amigas de Margot, a la que dejaron algo desconcertada
cuando le comentaron que en la isla vivían sus hadas protectoras.
También le pareció raro que los miembros de la familia no hablaran
griego entre ellos, sino inglés.
A la reina Federica no le extraña ver siempre a María con gafas de
sol y hundida en su butaca, sin querer pasear ni distraerse. ¡Había sido
un golpe tan duro! Le aconseja que se ponga en contacto con una
médium para hablar con los muertos, pero ni esa proposición, absurda
para una católica a machamartillo como María, la saca de su estupor.
Por la noche le servían un aguardiente típico del lugar, el licor de
quinoto, y María bebía vaso tras vaso mientras una luna lúbrica y
mantecosa se paseaba por la impresionante bóveda celeste.
Margot al acordeón e Irene a la guitarra improvisaban una
melodía, lo hacían muy mal y el rey Pablo protestaba:
—Qué dolor de cabeza.
Pero María sonreía detrás de sus gafas oscuras y callaba.
Un día, Freddy propuso a Juan un paseo hasta la playa. El viento
soplaba huracanado, pero la reina de Grecia lo desafiaba con gesto
enérgico, el cabello rizoso se movía como el halo de una deidad
mitológica, y Juan comprendió por qué sus súbditos le besaban las
manos y la llamaban «mitera» , madre.
La mitera comentó sin ambages:
—Sofía y Juanito harían muy buena pareja.
Juan se sorprendió, porque le había contado Pilar que Sofía y el
príncipe Harald de Noruega eran novios. Y Juanito no dejaba de estar
con María Gabriela de Saboya, aunque a él no le gustase mucho, pues
la veía demasiado liberal y moderna.
Freddy adivinó su pensamiento y le dijo con astucia:
—Esas relaciones no tienen futuro y nuestros hijos harán lo que
pidamos.
Juan metió barriga, enderezó la espalda, abombó el pecho y no
quiso ser menos que esa prusiana que se consideraba la diosa griega
Átropos, la que hila los destinos:
—Por supuesto, como todos los príncipes bien educados, se
someterán a nuestra decisión.
La vuelta a Villa Giralda fue más dura, si cabe. El padre Valentini
acudía todos los días, ahora mañana y tarde. Mantenía con María
largas charlas; la condesa decía que sí a todo, rezaba. Un día en que el
buen cura le estaba diciendo por enésima vez lo contenta que debería
estar, ya que su hijo acababa de realizar sus ejercicios espirituales
antes de morirse y estaba sentado sin duda a la vera de Dios, María lo
interrumpió:
—No entiendo, si se mueren tus padres eres huérfano, pero ¿y si
se te muere un hijo? ¿Cómo se llama eso?
Valentini no supo qué contestar y además se dio cuenta de que
María no lo escuchaba.
Llamaba con voz de niña:
—Amalín.
—Majestad.
Amalín siempre estaba allí, una Amalín que la quería tanto que a
todo obedecía.
Juan, sin saber qué hacer, organiza un crucero en el Saltillo . Los
invitados le ponen voluntad, hasta intentan montar una juerga
flamenca frente a Punta Umbría; María va siempre vestida de negro,
siempre con la copa en la mano, y después baja tambaleándose a su
camarote.
Todo les recuerda a Alfonsito y regresan antes de tiempo. ¡Como
decía el poeta, no sabían dónde poner los ojos que no fuera recuerdo
de la muerte!
Juan llama a su madre pidiéndole ayuda. La reina acude a Estoril,
pero se hospeda en el hotel Palacio. Cuando acude a Villa Giralda,
María se encierra en su cuarto, la reina arrima la oreja a la puerta y la
oye cantar imitando la voz de Alfonsito:
Se va el caimán, se va el caimán,
se va para Baganquilla.
Enseguida se percata del problema.
—María bebe. Mucho.
Juan protesta, dice que no lo entiende porque en la casa ya no
entra ni una gota de alcohol, hasta él ha renunciado a su whisky, pero
la reina insiste:
—Pues averigua cómo lo hace, porque tu mujer bebe.
Al final se descubrió, fue muy fácil. Lo trae Amalín en las cajas de
libros. Botellas de licor en lugar de libros. ¡El olvido diario!
Desesperado, Juan habló con el padre Valentini, que reconoció
con honradez que en estos casos los auxilios divinos no servían y se
necesitaban medidas drásticas. Se reunió el consejo privado por
primera vez para tratar un tema doméstico, Juan no entendía nada.
¡Su mujer, que nunca le había dado ningún disgusto! «Yo siempre he
sido feliz, excepto cuando murió mi hijo».
—No es vicio, sino enfermedad, y hay que atajarlo.
Juan tuvo la humildad de preguntar con la voz rota y el miedo en
el cuerpo:
—¿Qué puedo hacer?
Los consejeros le dijeron que, casualmente, el reputado médico
López Ibor, el introductor de la psiquiatría moderna en España, se
alojaba en el hotel Palacio y podría ir a cenar a Villa Giralda. A doña
María se le diría que era un español más, ansioso por conocerla.
El diagnóstico del médico fue tajante:
—Es dipsomaníaca, es decir, tiene la enfermedad del alcoholismo.
Necesita ingresar en un establecimiento adecuado, será difícil, pero lo
intentaremos.
A Juanito, Pilar y Margot se les dijo que mamá tenía una crisis
nerviosa.
María fue ingresada en una clínica de Frankfurt, primero, en
Suiza, después. Dos años. O más. Se desconoce si llegó a curarse de
forma completa.
Aunque casi nunca se ha hablado claramente de su enfermedad, el
problema lo conocía bastante gente, pero nunca se le criticó. Todos
entendieron que María había sido arrastrada al infierno del alcohol
por el sufrimiento insoportable que le produjo la muerte de su hijo y
las tremendas circunstancias en las que ocurrió. Hasta los corazones
más endurecidos intuyeron que esta tragedia silencia todas las
objeciones y justifica todas las debilidades.
Solo Victoria Eugenia, a la que se le habían muerto marido, dos
hijos y un nieto, y no por eso había perdido su pragmatismo y su
ambición, se atrevía a decirle a Juan:
—Always up, siempre arriba. Lo único que debe importarte es la
dinastía.
—Pero ¿qué puedo hacer, mamá? Juanito está con esa princesa
italiana…
La madre se horroriza:
—¡Pero si acabo de leer en el ¡Hola! que se va a casar con el sha de
Persia!
—Sí, ahora no se ven tanto, porque Juanito ha caído de Guatemala
a Guatepeor, flirtea con esa condesa que hace de puttana en las
películas… ¡Baila desnuda por el Trastevere, fuma droga y le hacen
fotos! Juanito se ha vuelto loco, hasta le escribe cartas como un idiota.
A Juan la situación le supera y la madre le adivina un sollozo
atascado en la garganta. Le pide calma, y le recuerda que él también
tuvo su época de perdición con Greta y esa húngara espantosa, Zsa
Zsa, que ahora era una artista de cine famosa, y le sugiere que, ya que
su nieta Victoria Marone está a punto de ponerse de largo en Rapallo,
en la Riviera italiana, acudan juntos:
—Como María está… ejem, descansando en Suiza…, será un buen
momento para que habléis a solas.
Pero Juanito está inabordable y fuera de sí. Absolutamente
enganchado a las dotes amatorias de la condesa, se enfrentó a su padre
y le dijo:
—O voy con Olghina o no voy.
Juan estuvo a punto de pegarle como cuando era un crío, al final
se limitó a levantarle el puño y soltó entre espumarajos de rabia:
—Estás encoñado, ciego. ¡Eres un enfermo del vicio! ¡Piensas con
la polla! Después de todo lo que yo he sacrificado. ¡Recuerda que
Franco tiene a mano a tu primo Alfonso, que ha aprendido a hablar
perfectamente el español porque se muere por ocupar tu lugar!
Aunque navegaron juntos en el Saltillo , Juanito se negó a
comentar el tema y se encerró en un hermetismo inaccesible. Cuando
llegaron al hotel, los recibió la condesa, que se echó en brazos del
príncipe.
Juan montó en cólera y, en pleno ataque de ira, cogió a su hijo y le
dio un empujón que lo tiró al suelo. Luego le gritó «puttana» a la
condesa y que, si osaba aparecer en la puesta de largo de su sobrina, la
policía tenía ordenes de detenerla y llevarla al calabozo.
Olghina se quedó llorando en su habitación. ¡No es difícil
entender en qué estado fue Juanito a la fiesta! Estuvo apenas diez
minutos y volvió corriendo al hotel para consolar a su amante y
disfrutar de su amplio repertorio erótico.
Juan, harto y exasperado, regresó solo a Estoril.
Anson fue a visitarlo y le contó que Franco, al tanto de las locuras
del príncipe, había dicho:
—Hay que cultivar a don Alfonso, por si don Juanito nos sale rana
como nos salió el padre.
Y no solo eso, había querido recibir a Alfonso en audiencia y le
había comentado a su primo Pacón que le había parecido «muy
simpático». También le dijo que no había decidido aún quién sería el
heredero.
Juan se mesaba los pocos pelos que le quedaban. Cuando sonó el
teléfono de su despacho adivinó que era su madre y le dijo a Padilla
con un gesto que no se la pasase porque no estaba en condiciones de
aguantar sus reproches, pero fue demasiado tarde porque el secretario
ya le tendía el aparato:
—Dime, mamá.
—Juan. Esto se ha acabado. Hay que jugar la carta Sofía.
10
—¿Q ué hace mi primo Alfonso?
Gaudencio liberó los zapatos de sus hormas mientras respondía:
—Ha acabado la carrera de Derecho, ya se ha inscrito en el Colegio
de Abogados de Madrid y al mismo tiempo ha iniciado Ciencias
Políticas. Como bien sabéis, alteza, también es un gran deportista, ha
ganado varias copas de esquí en Candanchú.
Juanito, que se está vistiendo para acudir a sus clases de la
Universidad Complutense, ya que ha terminado sus estudios militares
en las tres academias, tierra, mar y aire, intenta desmañadamente
anudarse la corbata. Al final, se lo tiene que hacer su ayuda de cámara.
Gruñe:
—Sí, sí, yo soy cinturón marrón de kárate, pero no me gusta
comentarlo en público porque el kárate está prohibido en España.
—Claro, alteza.
Sigue preguntando por aquel dechado de virtudes:
—Pero ¿dónde vive?
—En el Colegio Mayor San Pablo, con su hermano don Gonzalo.
Con satisfacción, Juanito constata:
—Me han dicho que Gonzalo es un bala perdida.
El mayordomo ríe indulgentemente mientras le tiende la
americana:
—Eso parece, señor… Empezó Ciencias Físicas y ya va por su
cuarta carrera… sin acabar ninguna. Se ve que tiene más afición a las
whiskerías que a los estudios.
Juan Carlos se gira para verse la nuca. Fuera de la estricta
disciplina militar, que lo ha tenido cuatro años casi pelado al cero, se
está dejando el pelo algo más largo y quiere ver cómo le queda. Sigue
como si el asunto le fuera indiferente:
—Creo que a mi primo no se le da mal el tema de las chicas.
Gaudencio le cepilla los hombros y le tiende la cartera en la que
lleva sus apuntes.
—Bueno, señor, es bastante apuesto, aunque también se dice que
es… soso.
Juanito levanta una ceja.
—¿Soso? —Echa una última ojeada al espejo, se mira de perfil. Es
un tío guapo, la verdad. Lástima de cejas, se podría arrancar los
pelillos del entrecejo, pero qué diría el Caudillo—. Ahora sale con Mia
Acquaroni, una chica de Roma muy mona.
Gaudencio asintió sin comprometerse. Había oído, porque nada
escapa a la atención de los ayudas de cámara que acumulan sobre sus
señores unos saberes enciclopédicos, que don Alfonso era tan
mujeriego como su primo Juan Carlos, y que una de sus últimas
conquistas había sido precisamente María Gabriela de Saboya. Se
veían en Lausana cuando Alfonso iba a visitar a su abuela, a la que
seguía muy unido y que era, además, la que sufragaba sus gastos.
No han sido tiempos fáciles para el hijo del infante sordomudo,
aunque ¿qué tiempo ha sido fácil para el pobre Alfonso? Ha tenido que
pasar por el duro trance de incapacitar a su padre, que se estaba
puliendo la ya muy menguada fortuna familiar, y andaban en pleitos
en los tribunales, exhibiendo públicamente sus miserias. Su madre no
podía prestarles atención, ocupada en pelearse a su vez con Antonio
Sozzanni, «il bello Tonino», que había resultado tan mal marido y tan
infiel como el infante. Alfonso y su hermano habían aprendido a vivir
sin el afecto de sus padres y no los echaban en falta. Como dijo
Gonzalo de mayor: «Solo nos teníamos el uno al otro».
Juanito, que sabía el asunto de Ella y que, con esa inconsecuencia
tan típica de los hombres infieles, se había enfadado mucho, dirigió
una severa mirada a Gaudencio por si acaso se le ocurría mencionarlo,
pero el semblante del mayordomo seguía imperturbable.
—Acuérdate de prepararme el frac para la boda del duque de Kent
en Londres… Salgo el lunes, pon también el esmoquin, que voy a estar
una semana en el Claridge’s con mi padre y seguro que tenemos
muchas celebraciones… —carraspeó—, si llama la condesa de Robilant
dile que ya hablaremos a mi vuelta.
Bajó las escaleras de un salto. Ahora vivía en la Casita de Arriba,
en San Lorenzo de El Escorial, un pequeño edificio que pertenece a
Patrimonio Nacional y, además de recibir clases particulares de
Torcuato Fernández Miranda —una lumbrera que es catedrático de
Derecho Político y se ha convertido en su nuevo preceptor—, como
plan de estudios acude a la universidad. Un plan un tanto
estrambótico, pues cursa diferentes asignaturas en varias carreras,
pero como dice su tío Ali:
—Para qué tanto estudio, me extraña que no lo hagan obispo o
médico… lo único que importa es que se case bien y tenga un buen lote
de hijos.
Se publica una pequeña nota sobre el inicio de estos estudios
universitarios en ABC y el rector, en una carta a los alumnos, pide
respeto porque «todos los españoles tienen derecho a seguir
tranquilamente su formación universitaria». Pero los estudiantes
contraatacan con otra nota: «No puede considerarse alumno quien
tiene el privilegio de cursar solo aquellas asignaturas que le
interesan». El clima de hostilidad, propiciado por falangistas,
partidarios de la rama carlista de la monarquía o estudiantes con
ganas de gresca, lo rodea desde el primer día de curso. Con un suspiro
propone:
—Gaudencio, hoy iremos por la carretera de Galapagar.
Porque Gaudencio es hombre para todo, tan pronto cepilla unos
zapatos como conduce el Mercedes en el que se desplaza el príncipe.
Su sonrisa desaparece. ¡Se le hace tan dura esta etapa de su
formación! Aquí los estudiantes van por libre, se ha acabado lo de
Augusto Alumno y lo llaman Príncipe Sissi y enarbolan pancartas:
«Vete a Estoril». Una vez le untaron de caca, al parecer humana, su
silla.
Este año ha sido el primero en que ha participado en el desfile de
la Victoria, marchando al lado de sus compañeros. ¡Pues incluso ahí
habían llevado una pancarta en la que ponía: «No queremos príncipes
idiotas»!
Le han dicho que su primo, en la Facultad de Derecho, formó
parte de la «defensa universitaria» y que se dedicaba a dar palizas a
los llamados elementos subversivos. A veces a él también le gustaría
pegarse como hacía en Zaragoza. Heliodoro, su antiguo profesor, ha
puesto gimnasio propio y va muchas mañanas a entrenarse. Pero
ahora no se atreve a utilizar los puños para atacar o para defenderse.
Después de lo de Alfonsito…
Buf, no quiere acordarse. Coge la cruz de oro que siempre lleva en
el cuello, que le regaló su amigo Miguel Primo de Rivera, y la acaricia.
Es su talismán contra el dolor y los recuerdos.
—Gaudencio, no hace falta que te apresures. Déjame frente a
Derecho.
Es la facultad que le da más miedo, porque es la más politizada.
Hay un alumno, Pepe Barrionuevo, un carlista redomado, que todos
los días, sin faltar ni uno, le dice: «Borbones, bobones». Cuando se
enteró de que era hijo de un vizconde casi le dio un ataque. Se quejó a
su padre, que se enfureció:
—¿Y yo qué? ¿Tengo que morirme porque desde hace veinte años
me llaman el borracho de Estoril? ¿Y Pitusín?
Juanito se siente cansado de todo y de todos. ¡Tiene tantas ganas
de pasar a la acción! Ya no es un niño y sin embargo aquí está, yendo a
clase de la mano de un preceptor.
¡Ha tenido tantas decepciones! María Gabriela, su compañera de
juventud, se ha cansado de una relación que no la llevaba a ningún
sitio y ha decidido hacer lo mismo que él, ¡divertirse! No solo va con su
primo Alfonso, sino con Niky Franco, el sobrino del Caudillo, y se la ha
fotografiado «haciendo manitas» en la feria de Sevilla con el
rejoneador Ángel Peralta, que declara a las revistas: «La princesa
italiana me gusta mucho». No es la única de sus novias que está en
Sevilla: Olghina de Robilant, entrevistada por Lecturas , cuenta en su
peculiar estilo: «¡Ah, qué fiesta, los divos y los gitanos juntos, qué
maravilla, una feria popular y alegre, musical y borracha!».
¡La condesa! No puede evitar excitarse un poco al pensar en ella,
en su rostro de valquiria, de pómulos altos, ojos rasgados siempre
velados por el deseo… Pero sabe también que su padre tiene razón y
que esta relación lo degrada. ¡La comparte con toreros y gitanos! ¡Y
hasta con maricones que quieren jugar a dos bandas!
Es una situación que se está volviendo muy incómoda, además,
porque la condesa le ha dicho en su último encuentro que le gustaría
que tuvieran un hijo.
No puede evitar un gesto de repugnancia al recordarlo. Su hijo
tenía que nacer del vientre de una princesa real, virgen por más señas.
Todos los hombres de su estirpe habían sido puteros, viciosos, algunos
buenos reyes, muchos malos, pero todos habían cumplido con su
obligación. ¡El tío Ali tiene razón!
Su padre y su abuela seguían insistiendo con la princesa griega:
—Si te casas con Sofía se reforzaría tu posición frente a tu primo
Alfonso.
Y hasta el mismo Franco le había declarado a su primo Pacón:
—Me estoy cansando de hacer de niñera del príncipe… Hay que
buscarle una princesa.
¡Iba a ser lo único, en toda su vida, en lo que iban a estar de
acuerdo su padre y el Caudillo!
¡Casarse con Sofía! ¡Cómo si fuera tan fácil!
—Gaudencio, ahora aprieta un poco más.
De momento, al parecer, se le ha adelantado el príncipe Harald de
Noruega. Se habían hecho novios, eso al menos decían las revistas:
«Los dos príncipes, Sofía y Harald, sostienen un tierno idilio con todo
el esplendor de sus veinte años», y si no había habido declaración
oficial era porque no se ponían de acuerdo en la dote de la princesa.
Aunque la familia real griega había salido de la guerra pobre como una
rata, las relaciones con los acaudalados armadores griegos, reyes del
comercio marítimo, habían convertido a Federica en una mujer muy
rica. Y muy avariciosa, ya que pretendía que fuera el Estado griego el
que pagara la dote y la boda de su hija.
Claro que ella tampoco estaba segura de que el noviazgo entre
Sofía y Harald llegara a formalizarse, porque el insípido príncipe
noruego estaba enamorado de una modistilla llamada Sonia
Haraldsen, un idilio prohibido y tormentoso que el rey Olav estaba
haciendo todo lo posible por obstaculizar, pero de momento sin
resultado. Por eso, cuando Constantino, el hijo de Freddy, a bordo de
su balandro Nereus , ganó la Olimpiada de vela de 1960, ella organizó
una gran fiesta en su yate Polemitis , anclado en el puerto de Nápoles,
a la que invitó a los condes de Barcelona y a Juanito. Si lo de Harald al
final no funcionaba, no venía mal tener a otro príncipe como repuesto.
Juan y María se apresuraron a viajar a Italia con su hijo, aunque
les sorprendió la docilidad con la que el revoltoso príncipe había
aceptado la invitación.
La reina griega, descalza y exultante, recibía al pie de la escalerilla
a los invitados con el magnífico aderezo de rubíes de Birmania color
sangre de paloma, compuesto por una tiara de hojas y flores y un
collar que le llegaba hasta la cintura, que había pertenecido a la gran
duquesa Olga de Rusia.
Su aire era tan triunfal que don Juan la saludó medio en broma:
—¡Ave, Freddy Augusta!
Federica abrazó a los condes de Barcelona y Sofía e Irene les
hicieron una encantadora reverencia, pero… Juanito, ¿dónde estaba
Juanito?
Federica frunció el ceño y el cielo pareció oscurecerse aún más.
María dijo con vaguedad que no se encontraba bien, una mentira
que nadie se tragó, porque todos sabían lo que había pasado. ¡Era el
escándalo de la Olimpiada! Sin decir nada a sus padres, Juanito había
convocado en Nápoles a la voluptuosa condesa Olghina de Robilant y
llevaban dos días sin ver la luz del sol, alojados en una pensión de
mala muerte.
La cubierta del Polemitis estaba llena de ramos de flores, cenaron
caviar del mar Caspio a cucharadas, se tiraron platos al mar a la
manera griega y cuando Sofía, cansada, iba a retirarse a su camarote,
apareció Juanito. Con ojeras, un ligero bigote sobre el labio,
alpargatas, con camiseta de rayas y las mangas del jersey colocadas
descuidadamente sobre los hombros, estaba irresistible. Iba a
acercarse a Irene, que lo miraba embobada, cuando su madre lo
empujó hacia Sofía y, cuando estaba a punto de darle un beso en la
mejilla, la princesa apartó la cara. ¡Olía a otra mujer!
Juanito se sobresaltó:
—¿Qué te pasa?
—No me gustan los hombres con bigote.
Juanito se sorprendió del atrevimiento de la pacata princesita y,
divertido, le preguntó:
—¿Ah, no? ¿Y qué quieres que hagamos?
Sofía lo cogió del brazo con descaro, lo llevó a rastras hasta el
cuarto de baño, le hizo sentarse, le puso una toalla encima de los
hombros, le levantó la nariz, ¡y lo afeitó!
¿Cómo fue posible que esa tímida muchacha tuviera este rasgo de
coquetería? Quizás se dio cuenta de que si tenía que competir con las
Olghinas y las Gabrielas de este mundo debía sacar sus armas de
mujer.
Juan y Federica se miraron con complicidad mientras sus hijos se
encerraban en el cuarto de baño y solo se oían risas… y algún largo
silencio.
Al cabo de una semana, cuando Juanito se reunió con sus amigos
en Estoril, sacó con aire fingidamente descuidado una pitillera de oro
adornada con piedras preciosas al modo oriental, y los amigos,
sabiendo que los Barcelona estaban a la cuarta pregunta, se admiraron
de ese objeto tan ostentoso:
—Pero ¿de dónde la has sacado?
—Me la ha regalado la princesa griega.
—¿Irene?
—Sofía. —Y añadió encogiéndose de hombros con resignación—:
¡Supongo que al final terminaré casándome con ella!
Juanito, el estudiante de Derecho, suspiró. La pitillera no la había
llevado nunca más porque era de un mal gusto horroroso.
Miró su reloj de pulsera, pero cuánto duraba hoy el trayecto hasta
la universidad, los cincuenta minutos habituales se estaban
convirtiendo en una hora. A la altura de Puerta de Hierro empezó a
llover, unas gotas gordas que golpeaban el techo del coche como
taconazos. Miró aquellos campos descuidados, salpicados aquí y allá
por construcciones semiderruidas, alguna pared tenía aún agujeros de
metralla. Con alquitrán, habían trazado el famosísimo perfil del
Caudillo. Y es que hasta aquí llegó el ejército nacional en el treinta y
seis y permaneció largos meses acechando Madrid, se lo había contado
Franco muchas veces. ¡Franco! ¿Qué estaría haciendo ahora? Decían
que la lucecita de su despacho no se apagaba nunca.
¡Le daba vergüenza reconocerlo, pero lo añoraba! Aunque sabía
que seguía en la carrera sucesoria, porque el Caudillo supervisaba sus
más mínimos movimientos y su educación, apenas lo recibía y lo
echaba en falta, no por interés político, sino como ese abuelito que no
había conocido. ¡Si su padre pudiera leerle el pensamiento o
adentrarse en su corazón! Pero era lo único que le pertenecía… de
momento.
Recostó la cabeza en el respaldo… Ya no sabía qué hacer para
contentar a los dos viejos, como los llamaba en la intimidad… El odio
entre ellos había estallado como una fruta podrida y ya nunca se
desvanecería. ¡Y Juanito era el único damnificado!
Había ocurrido en su última cita en Las Cabezas, la finca de
Ruiseñada, que había muerto, y ahora estaba en manos de su hijo.
Había sido una reunión nefasta, en la que Franco, que había
descartado a don Juan definitivamente para el trono, ya no se molestó
en caerle bien y se limitó a divagar sobre una de sus grandes
obsesiones, la masonería:
—La mayoría de sus asesores son masones, como Pedro Sainz
Rodríguez, su tío Alfonso de Orleans y el duque de Alba —le señaló.
Juan se quejó de que cuando iban comisiones de españoles a
Portugal no fueran a cumplimentarle.
—Yo no puedo obligarles… —le contestó Franco—. Vivimos en un
país libre. Usted mismo se hace antipático con sus declaraciones en
contra de España.
También señaló en tono desagradable que la monarquía basada en
lujos y privilegios debía de cambiar. Don Juan arguyó que eso no se le
podía reprochar a él, que vivía con estrecheces, a lo que Franco
respondió con indiferencia:
—Será que su señora no se administra bien. En mi casa impera la
austeridad cuartelera.
¡A don Juan, que sabía lo rápidamente que se estaba
enriqueciendo la familia del Caudillo, se lo llevaban los demonios!
Cuando acabó la entrevista, en la que los dos hombres apenas se
despidieron, Franco añadió tranquilamente al comunicado final unos
elogios al Movimiento Nacional que el conde de Barcelona nunca
había pronunciado. Juan se indignó, pero no tuvo ningún medio para
rebatirlo, ya que los periódicos estaban sometidos a una fuerte
censura.
Juanito se bajó de la seguridad amigable de su coche con tristeza.
—Adiós, Gaudencio.
—Señor.
Ya no sabía qué asignaturas tocaban aquel día. Un grupo de
muchachos pasó por su lado, riéndose, y le tiraron la cartera al suelo a
propósito. Una mañana se había atrevido a ir al bar, pidió un café y un
alumno le dijo al camarero:
—No le sirvas a este tonto.
Únicamente tenía una amiga, Angelita Álvarez, que lo esperaba en
la puerta de la facultad.
—Hoy tenéis clase de Derecho Administrativo —le informó.
—Angelita, la semana próxima no voy a estar, me voy de viaje, a
una boda en Inglaterra —le dijo Juanito, dirigiéndole una de sus
sonrisas especiales.
—¡La pérfida Albión! A ver si podéis hacer que nos devuelvan
Gibraltar.
—No creo que me fueran a hacer caso —sonrió con cierta
melancolía—, pero ¿me podrás pasar luego los apuntes?
—Claro, alteza, y además os podéis llevar estos para repasar.
Se tocaron sus manos y Angelita enrojeció.
Ay, las mujeres, al final son siempre las que vienen al rescate.
No se llevó los apuntes de Angelita, por supuesto.
¡Y por una vez la diosa Fortuna se puso a su lado!
Nada más llegar a Londres, en el mismo Claridge’s, mientras
padre e hijo se inscribían como duques de Gerona y de Toledo, se les
acercó el primo Carlitos y les susurró:
—El campo está libre, Sofía está disponible.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Juan.
—Que lo suyo con Harald se ha roto definitivamente, Sonia, ya
sabéis… la dependienta, ha amenazado con matarse.
—¡Matarse!
Se horrorizó Juanito, que guardó silencio cuando su padre le gritó
un rotundo:
—¡Cállate!
—Que se suicidaba si Harald iba a la boda de pareja de Sofía… Y
ese bobo le ha dicho a su padre que, si se muere Sonia, detrás va él.
El rey Olav había tirado la toalla y admitido al final a esa mujer
que tanto le disgustaba, con una condición: que el noviazgo fuera
largo.
Carlos se lamentaba con falsa compasión:
—Pobre Sofía, vaya papelón más desairado.
Padre e hijo se miraron y es de suponer que aquí vieron su
oportunidad. ¡La princesa estaba libre como los taxis!
En la catedral de Westminster, donde se celebró la boda del duque
de Kent con Katherine Worsely, Harald no se atrevió a ocupar la silla
reservada a su nombre junto a Sofía y se mantuvo aparte. Se le veía
avergonzado y a Sofía, humillada. En el último momento, llegó Juanito
y se sentó con naturalidad al lado de la princesa griega, que le dirigió
una mirada de tímido agradecimiento.
En el banquete estuvieron separados, pero quedaron al día
siguiente para ir a ver la película Exodus , con el hermano de carabina.
Volvieron al Claridge’s para cambiarse y juntos fueron al Savoy, donde
había un baile y se sentaron el uno al lado del otro. En el postre, el
hotel decidió ofrecer un striptease a sus sofisticados clientes, pero
cuando apareció la señorita profesional en el pequeño escenario
agarrándose a una barra, Sofía, indignada, ahogó un grito y con gran
revuelo de faldas y servilletas les dijo a sus acompañantes que ella se
volvía al hotel. Juanito la acompañó.
—Me ha gustado que hicieras eso, Sofi —le dijo en el taxi.
Como buen español, para divertirse le gustaban las Olghinas, pero
para casarse prefería a las recatadas, sin experiencia y, a poder ser,
vírgenes.
La última noche fueron a un baile en el Dorchester. Se quedaron
mucho rato sentados, Juanito le contó su difícil posición en España, le
habló de cuando era niño y de su estancia en Friburgo…
Quizás de Alfonsito.
Sofía había tenido una infancia más dura que él. Había pasado su
niñez en un exilio tan miserable que a veces tenían que comer hierbas
de los caminos para alimentarse. ¡Cinco años, viviendo en veintidós
casas y varios países, porque nadie quería a los reyes de ese país que
circulaba por las carreteras secundarias de la historia! Un referéndum
los había retornado a Grecia en plena guerra civil; su padre, que nunca
había pensado ser rey, no tenía salud y era la reina quien tomaba las
riendas del gobierno. ¡Federica no podía atender a su familia y a la
patria al mismo tiempo! ¡Y había optado por la patria!
Pero Sofía no dijo nada. Solo escuchaba y se sentía identificada
con ese muchacho abandonado por todos. No entendía muchas de las
cosas que le contaba Juanito, porque hablaba muy mal inglés, pero a
pesar de todo la conmovían. La paloma del amor iba anidando en su
corazoncito ávido de emociones, eran dos niños perdidos, juguetes de
sus familias, simples peones de ajedrez en un juego que les quedaba
grande y con un futuro incierto y peligroso.
—Sí, Sofía, a veces, por las noches, me pregunto si todo vale la
pena y no sería mejor ser un hombre corriente, con sus pequeñas
alegrías y preocupaciones…
Ya muy tarde, con la garganta reseca de tanto hablar, Juanito se
levantó y tiró de ella. Sin palabras salieron al centro de la pista, si
había más parejas, no se dieron cuenta. Las mejillas juntas, Juanito
sentía las pestañas de Sofía rozándole la piel cuando cerraba los ojos.
La notó entregada y eso le conmovió.
Como decía Olghina, el príncipe sabía cómo enamorar a las
chicas.
Cuando se despidieron, Sofía ya hubiera dado la vida por él, pero un
precavido Juanito, con más experiencia y sabiendo que sus
temperamentos no eran compatibles, aún le dijo:
—Oye, Sofi, ¿por qué no salimos un poco más nosotros solos y así
vamos conociéndonos y vemos qué pasa? Sin decírselo a nadie…
Pero fue imposible, la reina Federica lanzó las campanas al vuelo y
empezaron las llamadas de teléfono al padre para felicitarlo. Gangan
casi lloró de emoción. Casi.
Juanito protestó ante su padre:
—Papá, es prematuro, apenas nos conocemos.
Juan, a pesar de las ganas que tenía de emparentar con una
dinastía reinante, dudó. En el fondo, tampoco quería convertir a su
hijo en un desgraciado atado para toda la vida a una mujer a la que no
amaba. Pero cuando Federica los invito a Corfú para discutir los
detalles del compromiso y les envió un avión, desaparecieron sus
últimos escrúpulos.
—Juanito, es una princesa de gran categoría… Si te casas con Sofía
no te toserá nadie, ni tu primo.
Pero la estancia en Corfú, ese paraíso donde jugaban
lujuriosamente Poseidón y la ninfa Córcira que había dado nombre a
la isla, estuvo preñada de tormenta. Los amplios poderes concedidos
por su marido habían convertido a Federica en una megalómana
insoportable, cuyo comportamiento tiránico no tenía nada que
envidiar al de su abuelo, el temido káiser. Los desprecios a la familia
de Juanito se sucedían y no dejaba de recordar en ningún momento
que ellos estaban sentados en el trono y los Barcelona no.
Por las mañanas se levantaba:
—Es bonito ver cómo sale el sol en un país donde una es reina.
Si Pilar alababa algún objeto:
—Nos acompaña en todos nuestros palacios —se apresuraba a
explicar.
Y también repetía continuamente que era la mitera de sus diez
millones de súbditos.
Y los pobres Barcelona se sentían como judíos errantes, como
buhoneros vendiendo su mercancía, como zíngaros con la casa a
cuestas, y Juan se metía en su habitación y se ponía a dar puñetazos a
la almohada y a gritar en voz baja:
—Joder joder joder. Puta puta puta.
Pablo, condenado a morir joven por una dolencia de corazón
como todos los varones de su familia, que adoraba y temía a su mujer
a partes iguales, prefería estar a solas con sus elevados y espirituales
pensamientos. Nunca había pensado ser rey; de hecho, la época más
feliz de su vida fue cuando, acosado por la más absoluta pobreza, había
trabajado de mecánico en la fábrica de motores de aviación Armstrong
Whitworth, en uno de sus exilios en Inglaterra. Bajo el nombre de Paul
Beck compartía amistades y amores con jóvenes obreros de su mismo
sexo. La muerte de un hermano sin hijos lo había llevado al trono de
Grecia, pero los temas terrenales estaban fuera de su alcance. Se
encerraba en su habitación para escuchar a Bach, ansiaba que su alma
cansada se uniera a la de los muertos que viajan al Hades y prefería
prepararse para otro mundo mejor que este.
Cuando Juan le dijo a Federica que le gustaría departir con el rey,
de hombre a hombre, ella le ladró:
—Si quieres hablar de hombre a hombre, hazlo conmigo, Palo está
cansado. Trabaja mucho, pero eso tú no puedes entenderlo.
Al final, temiendo no poder contenerse y estropear el incipiente
noviazgo, Juan decidió partir. María se avino, como siempre, y Margot
y Pilar también porque se aburrían mucho. Antes de embarcarse, Juan
le comentó a su hijo:
—Tú verás, Juanito, pero esta chica te conviene… No vas a tener
otra oportunidad. —No pudo evitar añadir—: La madre es una bruja.
Mientras aún se ve la estela del barquito, Federica recibe una
llamada de Karamanlis, el primer ministro, comunicándole que al final
el Parlamento ha decidido asignar a la princesa una dote de nueve
millones de dracmas, una cantidad fabulosa. Convoca a Juanito en el
salón de Mon Repos y le ordena en tono conminatorio, como si
hablara con una persona del servicio:
—Como ya tenéis el dinero, os casaréis el 4 de octubre, mañana
anunciaremos el compromiso.
Ya salía de la habitación cuando Juanito le dijo muy suavemente,
pero con la típica chulería castiza:
—Querida Freddy, me casaré cuando a mí me salga de los cojones.
La reina se detuvo en seco y se puso como la grana. ¡La cólera de
Aquiles enfrentándose a Agamenón en la Ilíada no era nada a su lado!
Sus rizos se movían a un lado y a otro, estaba tan nerviosa que hasta
tartamudeaba:
—Pe… pero ¿qué dices? ¡Si tú no eres nada! Menos que nada, una
mierda, un desgraciado, nadie te quiere… Solo Franco, y veremos…
Y Juanito agarró aquel índice tembloroso de ira que lo amenazaba
y, con la frialdad copiada del hombre más frío del mundo, que firmaba
sentencias de muerte mientras se afeitaba, le dijo:
—De eso nada, Freddy querida… Tú serás todo lo reina que
quieras, pero yo lo voy a ser también, y no consorte, como tú, sino
titular de la Corona. Y no por Franco, sino por diecisiete antepasados
míos que también lo fueron. ¡Mi sangre es tan pura como la tuya!
Cogió la mano entera de su futura suegra, que lo miraba con
estupefacción porque nadie osaba plantarle cara, le dio la vuelta y le
beso la palma sin dejar de mirarla a los ojos.
Y después se echó a reír, la abrazó y, mientras su suegra escondía
la cabeza en su pecho y se sentía por una vez pequeña, frágil y
femenina, llamó a su novia:
—Sofi, en septiembre anunciaremos el compromiso y nos
casaremos el año que viene.
El suspiro de la pobre princesita, que lo había escuchado todo
desde el jardín, debió de oírse hasta en los espacios siderales donde
jugueteaban las ninfas.
De todas formas, la seguridad en sí mismo del joven príncipe no
dejaba de ser una fachada porque tenía dudas, ¡y miedo! Era un paso
trascendental para la monarquía, sí, y ahí había acertado de pleno,
pero también para su propia vida, ¡unido a una mujer que no amaba!
Pilar, su hermana, explicaba siempre que Juanito ha tenido tantas
novias que ella llegó a perder la cuenta y las confundía. Juanito sabe
bien que Sofía nunca le va a gustar como le gustaba la que menos le
gustaba de estas novias, ¡pero aun así va a casarse! ¡Toda la vida es
mucha vida!
Sin saber a quién recurrir, llamó a María Gabriela. Tímidamente
le preguntó si estaba enamorada de su primo Alfonso:
—¿Qué dices? ¡Si es un soso! —se extrañó—. ¿Pero tú no vas a
casarte con Sofía?
—Sí, no, no sé. —Y en un arrebato le cantó el bolero de los
Panchos—: Si tú me dices ven… lo dejo todo…
Ella, que conocía el carácter impulsivo del príncipe, se rio
mientras colgaba. Pero enseguida se dio cuenta de que Juanito había
sido su gran amor. ¡Desde niños están juntos! ¿Por qué no pueden
casarse? ¡Ella también es princesa real, su pedigrí es tan impecable
como el de Sofía! ¡Y tienen tanto en común!
Con el corazón inflamado, impaciente, decidió enviarle un
telegrama desde Suiza que hubiera podido cambiar sus vidas:
«Juanito, no te comprometas antes de hablar conmigo…».
El telegrama llegó a Villa Giralda. Juanito no estaba y Ramón
Padilla se lo entregó con una mirada significativa a don Juan.
Lo leyó. Dudó y al final lo tiró a la papelera.
Ese mensaje de la princesa enamorada nunca llegará a las manos
de su hijo.
Sin saber que a muchos kilómetros de allí el corazón inflamado de
una princesa italiana esperaba una respuesta, Juanito se resignó a su
suerte. Y, antes de que se hiciera público el noviazgo, decidió decírselo
a Olghina, con la que debía tener una relación lo bastante seria como
para ir expresamente a Roma para comunicárselo. No se atrevió a
enfrentarse a solas con ella, no por miedo a su reacción, sino porque
sabía que delante del hechizo sexual de la condesa no era responsable
de sus actos. Y le pidió a Clemente Lequio, el marido de su prima
Sandra, que lo acompañara al Club 84, donde se mezclaban artistas,
aventureros, prostitutas de lujo, homosexuales y los americanos ricos
en busca de lo que las revistas llamaban «la dolce vita».
—Ciao , Guanito .
La condesa lo recibió con tanta naturalidad como si se hubieran
visto el día anterior. Llevaba un vestido ajustado con la espalda
desnuda y lo miró con sensualidad entre su melena rubia
cuidadosamente despeinada. Cuando Juanito la vio, ocurrió lo
inevitable. Cayeron el uno en brazos del otro, porque el magnetismo
que sentían era arrollador.
Juanito hundió la boca en su pelo, presentía oscuramente que esto
no lo iba a sentir jamás con Sofía:
—Tu olor… lo distinguiría entre mil mujeres. —De pronto la palpó
—: Te noto distinta… tienes más carne.
—Después te lo contaré todo —contestó Olghina.
Juanito rio, lleno de juventud y felicidad, y aún la apretó más:
—¡Qué dramática eres! ¡Todo!
Lequio desapareció y la pareja, loca de furor, ciega de pasión,
decidió coger una habitación en la pensión Pasiello: «Un lugar
horrible, pero al que la imaginación puede convertir en un jardín de la
Alhambra… y eso hice…». ¡Quién conociera las artes amatorias de
Olghina!
El príncipe tocó varias veces el cielo con las manos.
A la mañana siguiente, en la cama todavía, Juanito sacó del
bolsillo de la chaqueta que estaba en el suelo una cajita. Le enseñó el
anillo que le había comprado a Sofía, dos rubíes en forma de corazón
con una barrita de brillantes en medio.
—Lo he comprado con mi dinero —le explicó.
Era mentira, ya que los rubíes pertenecían a una botonadura de su
padre.
Olghina se puso el anillo y lo giró a la luz, a un lado y a otro.
Escuchó con indiferencia cómo Juanito le contaba que se iba a casar
con la princesa griega, no porque estuviera enamorado de ella, sino
porque era su deber y tenía que cumplir con la dinastía. No le importó,
porque nunca pensó en casarse con él, y por otra parte no veía el
matrimonio como un impedimento para continuar viéndose.
Y de pronto dejó el anillo, se incorporó en la cama, encendió un
cigarrillo y entonces se produjo una de esas confesiones que enfrían
las relaciones para siempre.
—¿Sabes qué era lo que quería contarte? —dijo Olghina.
—¿Qué? —preguntó Juanito, repasándole los pómulos con el
dedo.
—He tenido una hija. Se llama Paola. Está con mis padres.
Juanito tuvo un gesto de desagrado… Se echó hacia atrás y dijo en
un tono muy frío:
—Espero que no intentarás endosármela.
Olghina, orgullosa, calló.
Pero guardó las cuarenta y siete cartas que le había escrito su
fogoso amante, que empezaban con un: «Olghina de mi alma, mi
cuerpo y mi corazón…». En esos cuatro años de correspondencia,
Juanito mezclaba ingenuas declaraciones de amor con rancheras:
Un viejo amor ni se olvida ni se deja.
Un viejo amor de nuestra alma si se aleja
pero nunca dice adiós…
Y le contaba: «Esta noche, en mi cama, he soñado que estaba
besándote, pero me he dado cuenta de que era una simple almohada
arrugada y con mal olor, la verdad que muy desagradable», y
terminaba con observaciones religioso-filosóficas: «Pero así es la vida,
nos pasamos soñando una cosa y Dios decide otra».
A finales de los ochenta, la condesa apareció en España y se puso
en contacto con la casa real, a través de Jaime Peñafiel, pidiendo ocho
millones de pesetas por el lote de cartas. Se le pagó, entregó las cartas,
pero se quedó con copia, que vendió a Oggi , revista a la que dos meses
después concedió una escandalosa entrevista. El 13 de septiembre de
1988, Olghina confesaba que el padre de su hija Paola de Robilant era
Juan Carlos de Borbón y que si calló en su momento había sido para
no perjudicarlo.
—Si hubiera querido, lo hubiera podido arrastrar por los
tribunales para que la reconociese, pero no lo hice para no
comprometer su futuro.
Teniendo en cuenta que habían estado juntos en Nápoles, las
fechas coincidían.
La casa real, que había dicho «es una difamación» en el caso de la
otra demanda de paternidad, la de María José de la Ruele, en esta
ocasión guardó silencio.
Bien, Olghina ya lo sabe. También debe de saberlo Franco, que no ha
intervenido en ninguna de las fases del noviazgo de Juanito, pero
seguro que está informado de todos los pormenores.
El mismo día en que iba a anunciarse el compromiso, el 13 de
septiembre de 1961, quiso llamarlo el propio Juanito, pero Juan coge
majestuosamente el teléfono y le dice:
—No. Yo.
Está orgulloso de que en este acto trascendental en la vida de su
hijo y en su linaje haya sabido bandearse sin la ayuda de nadie. Como
le ha dicho su madre con admiración: «Juan, no has hecho política,
¡has hecho dinastía!».
Es la primera y única vez que su madre le ha felicitado, y esa
constatación le enorgullece, pero también le causa mucha pena.
Franco está a bordo del Azor . Hay tormenta, la comunicación es
deficiente, don Juan debe dar grandes voces:
—¡Que el príncipe se casa! ¡General! ¡Con la princesa Sofía de
Grecia, la hija de los reyes!
Lo repite varias veces, nadie contesta al otro lado del aparato, solo
se oye un zumbido y el ulular del viento. Don Juan cree que se ha
cortado y está a punto de colgar, cuando al final surge la voz atiplada
del Caudillo que, sin entonación, con el mismo ritmo con el que
pronuncia sus discursos, dice:
—Estoy muy contento por esta buena noticia, le ruego que le
trasmita mi enhorabuena a don Juan Carlos de Borbón y a la princesa
Sofía de Grecia.
Don Juan comprende que, dada lo solemnidad del momento,
Franco se ha retirado para escribir esta sencilla felicitación que, en
forma de comunicado oficial, será lo único que aparecerá en la prensa
española, y se echa a reír con amargura:
—¡Ese enano despreciable…!
11
B orrachos de fatiga, empujaron con el hombro la puerta de la suite
nupcial del velero Creole .
Estaban tan exhaustos que no podían intercambiar palabra, pero
Juanito oía voces estruendosas en su cabeza: «¡Tienes que cumplir!».
Le sorprendía que Sofía no las oyera, sus diecisiete antepasados reyes
le gritaban todos a una: «¡Tienes que cumplir! ¡No es difícil, lo hacen
el obrero y el emperador! ¡Cumplir con la mujer en la noche de
bodas!».
Estaba a punto de contestar un desesperado ya voy, cuando la
princesa le dijo:
—Mira, Juanito.
Se había descalzado y hundía sus pies doloridos e hinchados con
un suspiro de alivio en la moqueta blanca de cuatro centímetros que
cubría el suelo.
—My God.
Y es que la pobre llevaba despierta desde las cinco de la mañana y,
además, a pesar de que por primera vez en su vida había tomado un
somnífero, no había pegado ojo en toda la noche. A las seis en punto,
la esteticista Elizabeth Arden, que a sus setenta y cinco años acababa
de llegar de Nueva York, había irrumpido en su habitación del palacio
real con un ejército de ayudantes cargados de tarros, peines, botellas y
mejunjes misteriosos.
—¡Alteza, en pie! ¡Ahora soy yo la reina! Os voy a aplicar la misma
mascarilla de caviar y pepino que utilicé con Isabel de Inglaterra el día
de su coronación.
Después se quejó de que la tiara neoclásica con los brillantes del
joyero berlinés Koch, que también había llevado Federica en su boda,
era demasiado pequeña:
—Para que luzca tengo que retirar hacia atrás el velo y como
vuestra alteza tiene la cara… —enfrentó una mano a otra—… no queda
bonito.
El peluquero Alexandre fue a peinarla desde París, cuando Sofía
vio que esgrimía unas tijeras suplicó con lágrimas en los ojos:
—¡No me corte el pelo!
—Altesse , usted no le puede decir a un cirujano qué debe amputar
—le respondió fríamente.
Le apuntaló el cardado con tanta laca que no se le movió ni un
pelo hasta la noche, a pesar de la insidiosa humedad ateniense.
El vestido de Jean Dessès, el modisto griego afincado en París,
favorito de Federica, era una obra de arte que había requerido dos
meses de trabajo de treinta costureras. Estaba realizado en lamé
blanco bordado con puntilla de bolillos hecha con hilo de plata, una
filigrana que, por desgracia, solo se apreciaba de cerca, porque de lejos
y en las fotos resultaba tan sobrio como una túnica monacal. ¡Sofía,
más que una novia en flor, parecía una santita asexuada a punto de
subir a los altares! ¡Brillaba más que ella Federica, que llevaba un
largo abrigo ribeteado de martas cibelinas como una zarina rusa, y las
legendarias esmeraldas de los Romanov colgadas del cuello!
Los zapatos que la princesita acababa de quitarse, hechos a
medida por Roger Vivien y de siete centímetros y medio para ir acorde
con la estatura del novio, le apretaban tanto que, para prevenir
rozaduras, se había llenado el pie de antiestéticos esparadrapos.
¡Y se acordaba ahora! ¡Sus pies anchos y feos, de los que tanto se
avergonzaba, vendados como pies chinos sobre esas sábanas de puro
hilo egipcio! Temió que Juanito bromeara y los escondió rápidamente
entre los pliegues de su falda, pero el príncipe se había tendido a su
lado con los ojos cerrados, tremendamente pálido, con un rictus de
dolor insoportable.
Se acercó a él y, sin querer, le puso la mano en el brazo. Juanito
dio un respingo y renegó:
—Coño, cuidado. —La princesa lo miró asustada porque, aunque
no hablaba español, los tacos sí los entendía, pero Juanito añadió en
su mal inglés—: Perdona, es que me duele mucho.
El día anterior, practicando kárate con su cuñado Constantino
que, a pesar de su edad y de que iba a ser rey, tenía la mentalidad de
un niño, se había roto la clavícula, además de hacerse una herida en el
hombro. Hubo un momento de pánico porque el fantasma de la
hemofilia no dejaba de planear sobre la familia real española, pero el
doctor Doxiades había escayolado el brazo por encima del corte
sangrante y, en lugar de atárselo a la espalda, como era habitual, lo
había dejado rígido para poder vestir el uniforme y que no se notase, lo
que causaba al príncipe dolores terribles que trataba de mitigar a base
de calmantes. Aunque, eso sí, había conseguido detener la hemorragia.
¡Tienes que cumplir, Juanito!
Un Juanito que parecía poco más que uno de esos cadetes que los
domingos salen con las chicas de servicio. Porque, al lado de la
parafernalia que la desmesurada Federica había montado para la
boda, con tres mil invitados, ciento treinta y siete miembros de
familias reinantes y veinticuatro soberanos, pecheras llenas de
condecoraciones, las joyas más importantes del planeta y los hombres
más ricos del mundo, porque la reina de Grecia se había convertido en
una negociante formidable, Juanito destacaba con su sencillo
uniforme caqui de teniente del ejército de tierra.
Era el día de su boda y se había sentido triste.
El tío Ali le contó que la situación de Grecia era terrible y que se
habían tenido que multiplicar por mil las fuerzas de seguridad. Y es
que el pueblo odiaba a su reina y no quería esta boda. Los
empobrecidos ciudadanos protestaban por el alto coste de los fastos
matrimoniales y los nueve millones de dracmas de dote de Sofía, y los
extremistas ortodoxos no toleraban que su princesa se casara con un
católico.
Su padre le decía:
—Me recuerda a cómo estaba España antes de que tu abuelo
decidiera irse para que no se derramara por él ni una gota de sangre —
y preguntaba con sombría satisfacción—: ¿Así que odian a la reina? Me
entristece.
La oposición republicana quería acabar con la monarquía, con
este rey que parecía estar en las nubes y con una reina demasiado
terrenal y ambiciosa que se hacía cada vez más rica, mientras el pueblo
cada vez era más miserable. ¡En un gesto dramático, digno de una
tragedia de Sófocles, levantando el puño a lo alto, Papandreu, el líder
de las izquierdas, había roto en público la invitación a la boda! Las
cárceles estaban llenas y los enfrentamientos en las calles laterales, las
que no veían los invitados durante el desfile nupcial, habían sido tan
duros que no había sitio en los hospitales para atender a los
centenares de heridos.
Pero cuando Juanito se lo había preguntado a Sofía, esta había
contestado tranquilamente:
—Es el carácter balcánico… No tiene importancia.
Tan solo circulaba por sus venas un cuarto de sangre griega, ya
que su madre era alemana y su padre medio prusiano. Lo veía con
indulgente distanciamiento y Juanito no se preocupó más.
Si estaba triste, a pesar de que esta boda colmaba todas sus
ambiciones, era por la situación de su familia. Porque la reina Federica
había tomado cumplida venganza de su enfrentamiento en Corfú
ignorándolos de tal manera que el padre repetía con tristeza:
—Es como la boda del huerfanito.
Aunque Federica había fletado dos Constellation para su familia e
invitados, a los que alojaba en el palacio real, la madre y las hermanas
de Juanito habían tenido que viajar en vuelo regular y les habían
cogido habitaciones en el hotel Gran Bretaña, así como a los escasos
amigos que habían invitado. Las humillaciones fueron constantes,
porque también Franco había dicho que no se diera a la boda mucho
realce.
Antes de viajar a Atenas, le había manifestado a Juanito:
—Me complace esta unión y estáis bien situado, pero aún no sé lo
que voy a hacer… Ahora de lo que se trata es de que aumentéis la
familia.
Pero mientas llegaba ese momento, Sofía ya había cumplido con el
segundo de sus deberes: halagar al Caudillo. Le había escrito una carta
dictada por su novio. «Mi queridísimo Generalísimo», le llamaba, y le
daba las gracias por sus regalos, una corona muy favorecedora de
brillantes en forma de flores de la casa Aldao, un broche enorme y feo,
dos escribanías de plata y unos abanicos: «Me he sentido abrumada y
profundamente emocionada… los guardaré como un tesoro toda la
vida». También le decía que las primeras visitas después de la boda
serían al papa y después a El Pardo para presentarle sus respetos, a él
«y a la Señora».
Aun así, la orden de Franco a su enviado especial, el almirante
Abárzuza, había sido tajante.
—Al conde de Barcelona, ni agua. Tampoco le demos demasiada
importancia a la boda, no se vayan a subir ahora a la parra.
La prensa española, que no sabía muy bien los títulos de Juanito
ni qué representaba, lo llamaba duque de Barcelona y La Vanguardia
precisaba que «después de la boda se convertirá en duque de Atenas»;
aunque quizás la situación más grotesca fue que cada vez que el
corpulento don Juan entraba en una recepción con su paso algo
torpón y escorado, en lugar de sonar la «Marcha real», como era
costumbre, los músicos habían recibido órdenes de tocar un pasodoble
torero. ¡Juan se sentía ridículo y se ponía lívido de rabia!
María surgía por un momento de las brumas de su melancolía
para aportar sus informaciones:
—Pues me ha dicho Amalín que primero querían poner La del
Soto del Parral.
Juan hasta tenía palpitaciones y debía tomar un tranquilizante a
causa de las rabietas que le provocaba la situación. Y, como pasa
siempre, se vengaba en quien estaba más a mano, aunque no tuviera
culpa ninguna. ¡Alfonso! ¡El pobre Alfonso recibiendo todos los
golpes! ¡Solo le faltaba eso para sentirse el ser más desgraciado sobre
la tierra!
Y es que Juanito le había pedido a su primo que hiciera de testigo
para escenificar una supuesta buena relación de cara al Caudillo,
porque sabía que tenía muchos partidarios entre los falangistas y se
estaba convirtiendo en un rival poderoso. El hijo del infante
sordomudo —que ahora percibía una pequeña pensión del Estado
español y estaba sumido junto a su mujer en las aguas tenebrosas del
alcoholismo— había aceptado la invitación de su primo, aunque para
ello había tenido que pedir unos días de vacaciones en el Banco
Exterior, donde lo había colocado el propio Franco.
Cuando llegó al hotel le entregaron su invitación expedida por su
tío. En ella figuraba como don Alfonso de Borbón.
Allí mismo se puso a gritar:
—¡El hijo de un infante de España tratado como «don», cuando la
dignidad que me corresponde es la de alteza o por lo menos la de
excelentísimo señor!
Indignado, porque era muy puntilloso en este tema, Alfonso quiso
irse sin deshacer las maletas siquiera, cuando su abuela lo llamó por
teléfono:
—Alfonso, tu primo no sabe nada de esto, por favor, no te vayas…
Al fin y al cabo, estás aquí por él.
Se quedó con aire de mártir y, como sutil venganza, se hundió en
los brazos de María Gabriela de Saboya, la «novia despechada», según
la definían las revistas, que también decían de ella algo incongruente:
«Estaba muy espiritualizada con un sombrerito-casquete».
Don Juan había dejado que su mujer y sus dos hijas fueran en avión y
él había preferido desplazarse hasta Atenas en el pequeño Saltillo , que
había atracado en el puerto del Pireo al lado de los espectaculares
yates de los armadores griegos a los que tanto debía Federica, los
Niarchos, Goulandris, Eugenides, Onassis, Livanos, Embiricos,
Kulukundis y Nomikós. Al lado también del Creole , el velero de
sesenta y cinco metros que Niarchos había cedido a Juanito y Sofía
durante una semana como regalo de bodas, con dieciséis tripulantes a
su servicio.
Y es que Stavros Niarchos tenía motivos para estar obligado a
Federica: con su apoyo y sus exenciones fiscales, sus ochenta
superpetroleros lo habían convertido en uno de los hombres más ricos
del mundo. Los reyes también le habían conseguido el contrato para
construir el importante astillero de Eskaramanga, a las afueras de
Atenas. Aunque estos negocios representaban también una fortuna
para Federica en forma de abultadas comisiones, el naviero se vio
obligado, además, a regalar a la princesa un barco de sobremesa de oro
macizo y un soberbio conjunto de diadema, collar y pendientes de Van
Cleef con rubíes de cabujón rodeados de brillantes.
Juanito había preguntado, algo escamado, al ver aquel derroche
de generosidad:
—Sí que está agradecido, ¿no?
—Y más debería estarlo —contestó Sofía crípticamente.
Su velero, considerado el más bello del mundo, tenía muebles
realizados con veinte maderas distintas, iconos rusos y cuadros
impresionistas de Renoir y Gauguin. En honor a Sofía hizo colgar en el
salón principal, sobre la chimenea de lapislázuli, sus últimas
adquisiciones, dos cuadros que acababa de comprar al actor
norteamericano Edward G. Robinson por cuatro millones de dólares:
la Pietà de El Greco y el Retrato de Jane Avril de Toulouse Lautrec.
Pero a Juanito le daba igual porque no entendía de pintura y ni
siquiera había entrado en el salón. Acostado en la cama inmensa, al
borde de la extenuación, se sentía angustiado por su responsabilidad:
¡fertilizar el vientre de su mujer! ¡El heredero del heredero! ¿No le
había dicho el mismo Franco que lo que tocaba ahora era aumentar la
familia?
¿Y si de pronto se hubiera vuelto impotente?
La boda tuvo dos partes, la ortodoxa, que fue larga y pesada, en la
catedral de Santa María, y la católica, que duró un suspiro, en la
pequeña iglesia de San Dionisos. Claro que los severos defensores de la
moral católica dijeron que esta última no era válida, ya que la princesa
aún no había sido bautizada. Que Sofía haya recibido este sacramento
nunca se ha confirmado oficialmente, aparte de un vago «la bautizó el
obispo de Atenas, quince días después de la boda, en el barco», pero
teniendo en cuenta que en esas fechas la pareja estaba en Jordania en
viaje de novios parece difícil que tal información sea exacta. Aun en el
caso de que hubiera sido así, eso no ha impedido que Sofía haya
seguido fiel a su fe, sintiéndose siempre miembro de la iglesia
ortodoxa.
Cuando Juanito iba por el pasillo central de la iglesia adornada
con treinta mil rosas rojas y alumbrada por la luz de millares de bujías
a los sones del Mesías de Haendel, llevando del brazo a la que ya era
su mujer para toda la vida, la miraba de refilón, su carita triangular,
tan serena, su sonrisa, siempre la misma… Él se había emocionado
mientras pronunciaba las palabras de rigor:
—Malixta (sí, quiero).
Ella seguía impávida.
Los invitados españoles susurraban:
—Es fría.
Para Juanito, la princesa Sofía era la compañera necesaria para
llevar adelante el proyecto al que su padre y él habían dedicado su
vida. Pero ¿qué pensaría ella? ¿Cuáles eran sus sentimientos? Si
Harald no la hubiera dejado por Sonia se hubieran casado
indudablemente, ¿había sufrido por este desprecio público? ¿O era
muy consciente de que sus sentimientos personales no contaban, y que
solo debía plegarse a los deseos de su madre y cumplir con su destino
de princesa real?
Pero ¿cuál era su destino? Ya había terminado su formación. ¿Qué
iba a hacer? ¿Trabajar en un banco, como su primo? ¡Dependía de la
voluntad de Franco para ocupar el trono!
¡Es que ni siquiera sabían dónde iban a vivir! Federica, sin
consultarles, había arreglado la casa de Psychico para ellos. Juan
quería que se trasladaran a Estoril. ¡Villa Giralda era tan grande y
estaba tan vacía! Y Franco, en la última audiencia, le había dicho con
estudiada indiferencia:
—Estamos haciendo obras en la Zarzuela, era el pabellón de caza
de su augusto abuelo. Mi mujer dice que aquello tiene muchas
posibilidades. Cuando vengáis con la princesa podríais ir a echarle un
vistazo…
Sofía, que era hija de reyes, ¿sería reina algún día? ¿Con esa
esperanza se había casado o es que estaba enamorada de él? En
Londres le había parecido que sí, pero ahora… En realidad, la conocía
muy poco. Sí, Sofía había ido con su madre a visitarlo a Estoril, le
había presentado a sus camaradas, pero ni ella ni los amigos se habían
sentido muy cómodos. La princesa no sabía si alguna de esas chicas,
tan libres, tan deportistas, tan guapas, había tenido alguna aventura
con Juanito y así, con esta incertidumbre, ¿cómo iba a hacerse amiga
de ellas?
Salieron a cenar y ella les contó que trabajaba de puericultora en
una guardería y se extrañaron. Sofía, queriendo ser amable, les
preguntó cosas sobre arqueología e historia de Portugal que los
muchachos desconocían.
—Pues yo, en Grecia, voy a excavaciones con mi hermana Irene,
hemos encontrado muchos restos en el jardín de Tatoi y hemos escrito
dos libros.
Una de las chicas preguntó cómo se titulaban, a lo que la princesa
contestó amablemente:
—Fragmentos cerámicos de Decelia y Miscelánea arqueológica.
—¡Ah!
Juanito miraba para otro lado.
Después todos se apresuraron a manifestar que la princesa era
muy agradable.
Juanito y ella también se habían encontrado en Zúrich y en París,
donde Sofía había ido a comprarse el trousseau , pero Franco les había
puesto una carabina, el general Castañón de Mena, que tenía órdenes
de no dejarlos ni a sol ni a sombra. Y poco se puede hablar cuando no
hay un idioma común y sientes sobre ti la severa mirada del
condecorado general, un héroe de guerra que podía lucir sobre su
pecho la laureada colectiva de San Fernando.
Pero Juanito no solo miraba de reojo a Sofía. No solo paseaba la
mirada por los techos abovedados de la iglesia mientras su nuez subía
y bajaba, no solo se daba cuenta del tremendo contrasentido de ser
aquí el protagonista de una ceremonia fastuosa y sin embargo en
España ser una persona insignificante, sino que tenía ganas de saltar
por encima de todos los invitados y abrazar a su padre, a su madre, a
Margot y a Pilar. ¡Y es que no se le escapaban las expresiones
doloridas de su familia! ¿Por qué todo, siempre, resultaba tan difícil?
Su hermana Pilar era una de las siete damas de honor. La mayor
de todas. A sus veintiséis años seguía siendo una muchacha adusta,
que llevaba un vestido que le iba grande y una extraña diadema de
felpa y, lo peor de todo, no tenía novio ni pretendiente. Su padre había
querido casarla con el rey Balduino de Bélgica y con este fin la había
llevado de visita a Bruselas. La abuela, que se hacía ciertas ilusiones, le
dijo:
—Niña, llévate de acompañante a Fabiola de Mora y Aragón, que
es poco vistosa.
¡Acabáramos! ¡Balduino, el medio cura, como lo llamaban a sus
espaldas, se había enamorado de Fabiola como un idiota y Pilar tuvo
que volver a Estoril compuesta y sin novio! En la boda de su hermano,
consciente de que allí nadie de su familia pintaba nada, no sonrió ni
una sola vez. Aunque todas las damas de honor estuvieron durante la
ceremonia cariacontecidas, y no solamente porque les acomplejaban
sus feos vestidos. Tatiana Radziwill, prima de Sofía y su mejor y única
amiga, observaba a Pilar pensando que su querida Sofi lo iba a tener
muy difícil en su nueva familia. También Irene, la hermana pequeña,
se sentía vagamente decepcionada porque en algún momento pensó
que sería ella la escogida para ser la mujer de Juanito, de quien estaba
secretamente enamorada.
Tampoco sonrió Margot, la cieguinha como la llamaban en
Portugal, sentada en un lugar secundario y muy mal arreglada. Como
no dejaron que fuera con acompañante, tenía que esperar en el asiento
a que algún alma caritativa viniera a rescatarla. Charo Palacios, la
amiga de Juanito en Estoril, la tuvo al final que coger de la mano.
¡Cuántos desplantes! ¡Dios mío, cuántos pinchazos, gemía don Juan,
sin atreverse a verbalizar su tremenda decepción en voz alta!
Pero quizás fue doña María, la frágil María, la que acusó peor la
situación. Había perdido la costumbre de hacer vida social y las
multitudes la agobiaban. Tenía los ojos vidriosos, en esos momentos
de celebración familiar la ausencia del hijo muerto se hacía, si cabe,
todavía más dolorosa. A veces aún decía:
—Le tengo que preguntar a Alfonsito…
Pero se llevaba la mano temblorosa a la boca porque recordaba
que Alfonsito había muerto y que Juanito… No, eso no, de eso no
había que acordarse.
Fue su suegra, la reina Victoria, la que, después de la boda le
escribió sus impresiones a su prima Bee, su más íntima amiga.
Primero juzgaba que «Freddy ha sido muy tacaña con los regalos a
Sofía, total cuatro pulseritas de cadenas de oro con rubíes, zafiros y
esmeraldas. ¿Te figuras qué cosa tan pobre? ¡Ya podía haberle
regalado un bonito hilo de perlas!». Y después dedicó sus invectivas a
la pobre María: «El traje de mi nuera era azul fuerte, está
enormemente gruesa de nuevo y no quiero contarte lo que parecía…
me da vergüenza porque en estas celebraciones es la que peor vestida
va siempre…». Y aquí las palabras crueles de aquella exreina que no se
resignaba a serlo: «Como siempre, María estaba en las Viñas del
Señor… temo que todo el mundo se diera cuenta».
Por desgracia, nadie, ni el Señor ni todas sus viñas, podía ayudar a
María y menos que nadie su marido. Juan tenía tal volcán de
emociones dentro que apenas podía controlarse. Por una parte, estaba
contento porque esta boda era obra suya, sabía que la princesa Sofía
era una buena elección, la mujer adecuada para un príncipe con una
vida difícil. Asombrosamente, su madre lo había vuelto a felicitar:
—Juan, lo has hecho muy bien, recuerda que, si no vamos con
cuidado en esta cuestión, a nuestros nietos los gobernarán los que hoy
son porteros o chóferes de taxi. Y ganarás muchos puntos cuando la
princesa se quede embarazada.
Pero la impertinente Federica había sido muy clara y se le había
enfrentado con descaro:
—Consuegro, ahora tienes que abdicar en tu hijo, tú ya no pintas
nada.
Como había dicho su padre, Alfonso XIII, en las mismas
circunstancias, reflexionaba amargamente en voz alta a su hijo,
aunque este no pudiera oírlo porque ya estaba a bordo del Creole :
—Abdicar, sí… no te creas que no me tienta, Juanito. ¡Y así
después solo me quedará morirme!
Sofía se inclinó sobre su marido, que había lanzado un gemido muy
tenue:
—¿Te duele mucho?
Juanito asintió, sin atreverse a decirle que, en realidad, lloraba
por su padre.
Ella lanzó una tímida mirada al lavabo y Juanito le dijo:
—Sí, ve a cambiarte.
A la princesa le asombró el lujo del cuarto de baño, de mármol de
Siena, con espejos venecianos y los cepillos y peines con mango de oro.
Sobre una repisa estaban los mejores perfumes y cremas que una
mujer puede desear. Abrió un tarro con tapa de plata, dentro había
una especie de nata montada que olía a rosas. Hundió el dedo y lo
chupó, sabía bien, comió un poco más, ahora se daba cuenta de que
estaba hambrienta porque con tanta ceremonia, los nervios y los
saludos, no había probado bocado en todo el día.
Salió con un camisón de gasa suiza con una fina cinta de seda en
la cintura y encaje en el bajo y el escote. Era tan sutil la tela que se le
notaban los pezones, y la princesa trataba de disimularlo hundiendo el
pecho y cruzándose de brazos.
La verdad es que Juanito y ella habían llegado bastante lejos. El
general Castañón, «de Pena» como lo llamaban ellos por su aire
tristón, hacía muchas veces la vista gorda porque le disgustaba la tarea
que le había encomendado Franco. Y los dejaba solos con diversas
excusas, desde ir a comprar regalos para los nietos hasta retirarse al
hotel porque estaba cansado.
Juanito era muy persuasivo:
—Va, tonta, déjate, si total vamos a casarnos…
Cuando la princesa había ido a Estoril, no solamente habían
salido con sus amigos. También se movían con total libertad en el
Porsche metalizado que los monárquicos habían regalado a Juanito.
Dejaban a Federica con su madre tomando el té en Villa Giralda y ellos
se iban «de excursión, a ver los cerezos en flor de Castelo Branco». No
es difícil imaginar cómo el fogoso Juanito intentaba camelarse a su
novia:
—Por unos días, qué más da.
Mientras, Freddy se dedicaba a hablar de forma grandilocuente
con María de los temas que le interesaban, la trasmigración de las
almas y la física nuclear:
—Según el principio de incertidumbre de Heisenberg, con el que
me carteo, tu mente da forma al mundo que nos rodea…
María no entendía palote del monólogo de Federica, sobre todo
porque hablaba muy mal inglés, pero asentía a todo hasta que la voz
de la reina de Grecia se iba apagando por falta de estímulos y se
quedaban calladas hasta que llegaba la parejita, el príncipe con la
camisa por fuera de los pantalones y Sofía tan serena e impecable
como siempre.
Entonces, María parecía despertar y para hacer quedar bien a su
hijo trataba de estar a la altura de la erudita reina de los griegos:
—Juanito, no sabes lo que he aprendido con Freddy sobre…
ejem… la física. Yo la estudiaba en las irlandesas de Sevilla, claro que
entonces lo llamábamos educación física y usábamos el plinto. ¿Cómo
se dice plinto en inglés?
La reina Federica le manifestaba a su hija con su grave voz de
fumadora, en el imperfecto griego que apenas utilizaban:
—Me he aburrido. Mejor, así la vida parece más larga.
Sofía se acercó a la cama nupcial con miedo a lo desconocido, pero al
mismo tiempo encendida de excitación.
—Ma-ri-do —canturreó, sonriendo.
Asombrosamente, se dio cuenta de que Juanito se había quedado
dormido, aún vestido de uniforme, incluso con el espadín y la banda.
Lo zarandeó con delicadeza y el príncipe se despertó aullando:
—Joder… —Y luego—: Es que me duele mucho el brazo. ¿Puedes
echarle un vistazo?
Sofía, que por algo había estudiado puericultura, se puso manos a
la obra. Se echó un albornoz por encima del camisón, lo hizo sentar, le
quitó la chaqueta con delicadeza, la camisa… Se asustó porque la
venda estaba manchada de sangre. El yeso se había pegado a la piel y
era imposible arrancárselo.
—Juanito, tendría que verte un médico.
El príncipe se acordó de sus diecisiete antepasados y, sobre todo,
de su padre, que le había confesado que en la noche de bodas estaba
enfermo y a pesar de eso había cumplido con su madre en nombre de
la dinastía, apretó los dientes y dijo:
—No. Hazlo tú.
Sofía salió al pasillo y le pidió al marinero de guardia que le
trajera un botiquín médico. Con cuidado cortó el yeso centímetro a
centímetro y se encontró una fea herida abierta, que limpió con
alcohol. Juanito no se quejaba, aunque le caía el sudor por las sienes.
Tenía los ojos cerrados. Cuando Sofía acabó, los abrió y vio a la
princesa inclinada sobre el botiquín, guardando los instrumentos con
el aire de una madrecita cuidadosa.
Tenía la cara un poco brillante, llevaba el mismo peinado que
Federica, y según como le daba la luz, se asemejaba a un casco
prusiano. Parecía mayor de sus veintitrés años.
Ella levantó la vista y le sonrió.
De forma automática, sonrió él también. Le cogió la mano y se la
besó con el respeto que se guarda a las monjas y a las señoras mayores.
Se estaba volviendo a quedar dormido. Pero con la fuerza de un
maremoto se abrió paso en su cabeza el recuerdo de Olghina… Su
melena rubia y despeinada, su boca voraz… Apretó los ojos, que se
poblaron de lucecitas, recordó aquella ocasión en que protestaron los
de la habitación vecina dando golpes en la pared… Suspiró.
Sintió que Sofía se levantaba de la cama y oyó sus pasitos leves
sobre la alfombra.
—¿Dónde vas? —preguntó.
—Pensaba que querías descansar.
Abrir los ojos, no. Si no los abría podía seguir recordando su
mirada velada por el deseo, podía oír sus jadeos, podía sentir el tacto
de sus pechos blandos. Manoteó a tientas:
—Ven, tendrás que trabajar tú un poquito…
La princesa sofocó una risita.
—Pe… pero Juanito, no sé qué quieres decir, ¿trabajar?
Los gritos de placer, las palabras sucias en el oído, las uñas que se
clavan en la carne:
—Sí sabes… Primero quítame el pantalón… sí, eso también… ven,
ponte encima… así, ¿ves? Ahora poco a poco… poco a poco…
12
¡L ibre! ¡Por primera vez en su vida, Juanito se sentía libre! Silbaba
bajito y distraídamente. Echado en el sofá de terciopelo un poco ajado
de Carpe Diem, en Estoril, con un cigarrillo entre los dedos y los ojos
semicerrados, percibía a su mujer que se movía por la habitación
intentando colocar libros y fotos en el exiguo espacio disponible. Del
jardín llegaba el ensordecer canto de las cigarras, y el perezoso verano
portugués, cargado de olor a resina y retama, se colaba por las rendijas
de las persianas.
—Sofi.
—¿Qué?
—Estate quieta, que me pones nervioso.
La mujer, vestida con su falda evasé, blusa de seda con lazo al
cuello, a pesar del calor, y sus mocasines cómodos, se sentaba en el
borde de la butaca. Lo miraba con un punto de exasperación. Juanito
estaba bronceado por el sol, con barba de un par de días, el pelo
castaño entreverado de mechas rubias, pantalón corto, camiseta
desteñida y descalzo. Con el pie le empezó a acariciar la rodilla, su
expresión era traviesa. Sofía resopló:
—No entiendo cómo puedes estar ahí, tan tranquilo.
El pie volvió al sofá y Juanito preguntó:
—Pues ¿qué quieres?
—Ya lo sabes.
—¿Qué?
—Que nos vayamos a vivir a Madrid. Aquí no pintamos nada.
Juanito frunció el ceño. Le dio una chupada al cigarrillo y echó
una larga bocanada de humo al techo. Vivir en España. Otra vez a la
sombra del Caudillo. Aquella España oscura, erizada de recelos y
estrategias. ¿Como rehén, como súbdito, como un pelele o como futuro
rey… chi lo sa ?
Encima, su padre, una vez más, se había convertido en un
apestado a ojos de Franco. Su nombre se utilizó en el llamado por la
prensa falangista Contubernio de Múnich, un grupo de personajes
relevantes españoles entre los que estaban varios monárquicos, como
Joaquín Satrústegui, Jaime Miralles o Luis María Anson, e incluso un
miembro del consejo privado, José María Gil Robles. En un momento
de gran inestabilidad social, con los mineros en huelga y un Mercado
Común que les había dado con la puerta en las narices, los ciento
dieciocho conjurados habían pedido el restablecimiento de las
libertades en España y la transición pacífica a la democracia. Y se
sugirió que don Juan podría encarnar el espíritu de reconciliación
siendo «el rey de todos los españoles».
Franco estaba indignado con «el borrachín de Estoril». Primero
decía melifluamente:
—Ese señor dice que quiere ser el rey de todos los españoles, ¿de
los rojos, de los masones, de los asesinos y violadores de monjas? ¿De
los que mataron a José Antonio y de los de la matanza de Paracuellos?
—para luego volver a lo que los periódicos llamaban «rotunda voz, viril
campana hermenéutica con diamantinos armónicos»—: ¡Pues no va a
ser nada, ya ha sido apartado de la sucesión!
Y eso que Juanito y Sofía, los pobres, ya no sabían qué hacer para
halagar al Caudillo. Fueron a verlo antes de empezar el viaje de novios
de tres meses por todo el mundo, que oficialmente les había regalado
don Juan, pero que les había pagado el banquero Emilio Botín con un
talón de un millón de pesetas. ¡El padre se había quedado sin viático!
Acudieron a Madrid en secreto, a espaldas de don Juan. Habían
comido en familia en El Pardo, con los marqueses de Villaverde, uno
de los nietos y una doña Carmen que se deshacía en sonrisas y
reverencias con la princesa, con la que enseguida estableció una gran
complicidad porque hablaban en francés. La Señora había tenido una
gouvernante de Burdeos en su infancia de niña acomodada y huérfana
en Oviedo, y Sofía no entendía el español más allá de algunas
palabrotas que le había enseñado el gamberro de Juanito.
La austera comida consistía en sopa de fideos y una pechuga de
pollo tan dura que el nieto había comentado:
—Abu, este pollo debió morir allá en el año cuarenta y tres.
Durante la comida solo habló Cristóbal Martínez Bordiú, al que
toda España llamaba el Yernísimo. Ser el marido de la única hija del
Caudillo lo había catapultado a la cumbre de la pirámide social de ese
país que, aunque con enormes dificultades, iba dejando atrás la
terrible posguerra y entrando poco a poco en el desarrollismo
económico. Era guapo, chuleta, un playboy que toreaba vaquillas en
su finca de Jaén, cazaba, hacía esquí acuático con un traje apretado de
goma que lo marcaba todo, conducía una moto Vespa y hablaba con
gracejo andaluz de Elsa Maxwell y de los duques de Windsor, para que
se viera que él y su mujer eran cosmopolitas y viajaban por el mundo
con pasaporte diplomático.
También se cuidó de decir:
—El príncipe vino al pantano de San Juan al cumpleaños de
Carmencita.
—¿Qué príncipe? —preguntó Sofía con candidez.
—Alfonso.
Su mujer, a la que los padres llamaban Nenuca, callaba con la
mirada baja porque sabía que el hijo del infante sordomudo no tenía
derecho al título de príncipe. Cristóbal empezó a contar que, cuando
iba de caza, si el viento soplaba a favor era difícil tirar a las perdices
porque iban a cien kilómetros por hora… En medio de una frase,
Franco, cuchillo en alto, dijo con frialdad, sin dirigirse a nadie en
particular:
—Cállate.
Cesó la verborrea en seco y, a los postres —una manzana—,
Cristóbal se levantó limpiándose la boca con la servilleta:
—Perdón, tengo una operación a corazón abierto, ¡a vida o
muerte!
Porque era médico y ejercía de cirujano en La Paz.
Se despidió de la princesa y de ese «niñato», como lo llamaba a
espaldas de su suegro, y desapareció en sus habitaciones, porque el
matrimonio y sus hijos vivían en El Pardo.
Les sirvieron el café en otra salita y, ante la ventana que daba al
jardín, vieron pasar al marqués vestido de jugador de tenis con dos
raquetas debajo del brazo tarareando una melodía. Nadie dijo ni
palabra. La Señora les tendió el platito de dulces mientras les
informaba:
—Me los envían de Oviedo… Prueben una pasta… aunque ahora
les llaman moskovitas, para mí siempre serán carbayones.
Carmen le contó después a su amiga, la marquesa de Huétor de
Santillán:
—La princesa es encantadora y piadosa, me pidió permiso para
postrarse unos momentos delante del brazo incorrupto de Santa
Teresa. ¡Le ha robado el corazón a Paco!
Y Paco le comentó a su primo:
—Me ha parecido muy culta y tiene una expresión aniñada e
ingenua.
Al día siguiente, antes de partir a la Costa Azul a reunirse con la
reina Victoria, primer tramo de su viaje de novios, habían ido a visitar
la Zarzuela. El pabellón estaba en obras, pero el jardín, con sus encinas
y robles, les había encantado.
Corrían los gamos y ciervos y la princesa había comentado con
ingenuidad:
—Parece una película de Walt Disney.
¡La Zarzuela! Para Sofía se había convertido ahora en su paraíso
soñado.
En el jardín de su chalecito portugués apenas cabían dos adelfas y
un limonero. Juanito aplastó el pitillo en el cenicero que estaba en el
suelo y su mujer se levantó de un salto y abrió los brazos:
—Pudiendo estar allí, ¿qué hacemos en Estoril, Juanito, en esta
casa pequeña, en la que no podemos colgar ni una chincheta porque
estamos de prestado? Vale, mamá ya se ha dado cuenta de que no
vamos a ir a vivir a Psychico, pero con los muebles tan bonitos que hay
allí y los regalos de boda se llenarán por lo menos tres containers .
¿Qué hacemos? ¿Dónde los vamos a poner?
Sí, la Zarzuela estaba esperándoles con su parque de cuatro
hectáreas, sus ciervos y sus gamos y, sin embargo, estaban aquí, en
esta casita que les había prestado Ramón Padilla, el secretario de don
Juan, tan cerca de Villa Giralda que casi podían verla desde la pequeña
ventana de la buhardilla.
¡Pero era el primer lugar en toda su vida, desde que tenía ocho
años, en el que Juanito se había sentido libre y sin vigilancia!
Aunque Sofía estaba incómoda, peor se había encontrado en la
casa de sus suegros. Cuando habían llegado del viaje de novios, con
tan solo dos maletas, nadie había ido a recibirlos al aeropuerto y
tuvieron que coger un taxi.
Villa Giralda estaba en penumbra, había polvo encima de los
muebles.
Salió Amalín a la puerta:
—Su majestad se encuentra mal, vayan instalándose.
A esa hora, María siempre se encontraba mal. Juanito le explicó a
Sofía que a esa hora llegaba siempre Alfonsito: «El afiladog , mamá,
¿cómo va a estar sucio algo que llegue de España?».
El agujero de la bala que lo había matado aún estaba en la puerta
del cuarto de juegos. Nadie entraba allí. Se hablaba en susurros.
No se había dispuesto nada para los príncipes, que al final se
acomodaron en el cuarto que había sido de los hermanos, juntando las
dos camitas.
Margot estaba en Barcelona, pasando unas semanas con los
condes de San Miguel, y Pilar se quedaba a dormir en casa de una
amiga, en Lisboa, porque tenía turno de noche en el hospital de los
Capuchos.
En el jardín, bastante descuidado, había una larga fila de gitanos
con sus hijos, abuelos y su casa a cuestas. Juanito tuvo que aclararle a
su mujer que venían un día fijo a la semana a pedir sobras de comida,
ropa que no quisieran, algún auxilio.
Sofía se asombró y preguntó:
—¿Y no podrían entrar por la puerta de servicio?
Juanito la miró con extrañeza.
—Eso ofendería su sentido de la dignidad. Son muy orgullosos.
La cena fue desconcertante. Nada más sentarse, Juan se puso a
gritarle a su hijo culpándole de todas las desgracias de su vida. Estaba
dolido porque, persuadido por José María Pemán, había tenido que
desmarcarse públicamente del comunicado del Contubernio de
Múnich:
—Por ti, lo hice por ti, renegar de estos hombres que siempre me
han demostrado la consideración más alta, me han sido fieles en las
peores circunstancias, ¿y ahora qué trato han recibido por su
fidelidad? Desterrados en Canarias, en el exilio, sus familias privadas
de su sustento… ¡Y su rey no está a su lado!
El hijo no replicaba, lo escuchaba tristón, deshaciendo el pan en
miguitas muy pequeñas que amasaba con los dedos, si trataba de
protestar, el padre rezongaba:
—Cállate, no tienes ni idea.
Aunque no lo decía, también estaba amargado porque su situación
financiera era desastrosa. Se había gastado lo que le quedaba de su
exigua fortuna en la boda de su hijo, y menos mal que Botín había
acudido en su auxilio para pagar el viaje de novios, tantas veces
prometido. Ahora tenía que vivir exclusivamente de la buena voluntad
de algunos (cada vez menos) nobles españoles y de los préstamos (que
nadie esperaba que devolviese) de su amigo el banquero Manuel
Espíritu Santo.
Sin embargo, como contraste, su hijo, por primera vez en su vida,
se encontraba en buena situación económica. No solamente tenían el
dinero que les había concedido el Parlamento griego, sino una fuerte
cantidad que habían recogido como regalo de boda la Diputación de la
Grandeza y el banquero Luis Valls Taberner. Nada más y nada menos
que veinte millones de pesetas.
Le había dado hasta para hacerse con un paquete de acciones, lo
que le producía la sensación de ser rico. Se lo decía en voz alta a su
mujer para que lo oyera su padre:
—Sofi, esto no es más que el principio.
Claro que don Juan antes se hubiera dejado cortar en pedazos que
pedirle ni un duro a ese «niñato».
En su pequeña habitación, la princesa reñía a su marido:
—Te trata como un bebé… No te dejes.
Las paredes eran de papel, y como la princesa gritaba como hacen
los que quieren ser entendidos en una lengua que les es ajena, don
Juan se enteraba de todo y se quejaba:
—A María lo de ser reina le importa poco y a esta, demasiado.
Un día, la condesa de Barcelona, queriendo agradar a la mujer de
su hijo, le propuso que fuera a su habitación para enseñarle sus joyas,
que luego serían de ella. Sobre la cama desplegó la corona de las flores
de lis, los collares de perlas, de chatones, la perla Peregrina… pulseras.
Sofía lo observaba todo con expresión remilgada, sin proferir ninguna
exclamación. Cuando María, sin saber ya qué más sacar, dijo:
—Ya está.
Se sorprendió:
—¿Cómo? ¿Esto es todo? ¿Y dónde están las joyas importantes?
El ambiente se enfriaba minuto a minuto, a Sofía también le
llamaba la atención que su suegra no interviniera en absoluto en la
marcha de la casa, que todo estuviera en manos de la vizcondesa de
Rocamora, de Amalín o de los nobles que rotaban y se turnaban para
estar en Villa Giralda de quince días en quince días. Sofía se extrañaba
de ese trasegar de huéspedes. Juanito contaba con desgana:
—Mi padre quiso que desde el primer día tuviéramos los mismos
usos que en el palacio real… hay una lista de nobles de guardia que se
turnan.
Lo que no le dice es que esos nobles, durante su quincena, corren
con todas las facturas de la casa, lo que hace que cada vez haya más
bajas en la lista. No conviene disgustar a Franco y ya no sale a cuenta
gastar ese dinero en una monarquía que está en horas bajas. ¡Las
flores de lis están más mustias que nunca! El nombre de don Juan ya
no se puede pronunciar en El Pardo.
—Dile a tu padre que te vas a vivir a España… que solo tú puedes
salvar la monarquía, que, si quiere que vuelva, tienes que estar
viviendo allí.
Pero Juanito no se atrevía… Entraba en el despacho donde su
padre departía con su secretario Ramón Padilla y le decía
retorciéndose las manos:
—Papá, entiende que aquí estamos muy apretados.
Y el padre gritaba:
—Coño, pues iros a vivir a la casa de Padilla, que está ahí al lado, a
ti no te importaría dejarles tu chalé, ¿no?
El hombre, que había abandonado una brillante carrera
diplomática para estar a las órdenes de don Juan, y que ni siquiera se
había casado para servir mejor a su señor, asintió gozoso:
—Claro que no, majestad, es un honor… Pero tengo que decirle a
su alteza que Carpe Diem es un poco pequeña.
—Qué carajo, pequeña, si está muy bien, ¿queréis ir o no?
Y Juanito volvía a su cuarto, donde lo esperaba su mujer que le
preguntaba cerrando los puños:
—¿Y? ¿Nos vamos a España?
—De momento, nos instalaremos en casa de Ramón Padilla.
Sofía iba a protestar, pero ante la mirada de su marido se
enterneció y le dijo:
—Bueno, es un primer paso… —Aunque no había podido evitar
añadir—: Somos como esos gitanos que hacen cola ahí afuera… Sin
hogar y siempre con el equipaje a cuestas.
El primer día en su nuevo alojamiento, Juanito, alborotado y
rejuvenecido, decidió dar una fiesta. El único regalo de boda
importante que se habían traído a Portugal era el equipo de alta
fidelidad que les había enviado el Real Madrid. Llamó a Ella:
—Tráete discos… Vente con Titi, con quien quieras. ¡Lo pasaremos
bien!
¡Porque ahora se trataba de pasarlo bien! Fueron Babá Espíritu
Santo, Maná Arnoso, Chico Balsemão, Tessy Pinto Coelho… Charo
Palacios.
Chantal de Quay.
—¿Esta Chantal, no había sido novia tuya?
Juanito había tenido a bien ruborizarse un poco y protestó:
—¡Sofi, según tú, todas han sido novias mías!
¡Y era verdad!
Los amigos seguían solteros, eran libres y jóvenes, sin otra
responsabilidad que pasarlo bien en la vida. A última hora llegó un
matrimonio, María Pía de Saboya y Alejandro de Yugoslavia. Con ellos
iba un muchacho desgarbado, con las gafas en la punta de su nariz
respingona y el pelo alborotado.
Juanito le dio un abrazo y luego se lo presentó a Sofía:
—Es mi primo hermano Gonzalo de Borbón Dampierre.
Sofía dedujo que era el hermano del «príncipe Alfonso». Le llamó
la atención lo bohemio que parecía, llevaba una camisa con
lamparones y, a pesar de lo joven que era, tenía la barriga flácida de un
hombre mayor. Pero sus ojos detrás de las gafas eran bondadosos y
besó a Sofía con torpeza, pero cariñosamente:
—He oído hablar muy bien de ti… El otro día el Caudillo nos dijo
que estabas aprendiendo español.
Juanito frunció el ceño, que los hermanos fueran a ver a Franco
no le convenía en absoluto.
Pero no quería amargarse y le preguntó a su primo mientras le
servía un whisky:
—¿A qué te dedicas ahora?
El otro contestó con filosofía:
—Voy por mi cuarta carrera, pero no me preguntes cuál porque,
aunque me mates, no me acuerdo.
Los amigos empezaron a salir al jardín porque hacía calor. Sofía
estaba tan ocupada sacando bandejas y picando hielo en el pequeño
fregadero de la cocinita que no podía atender a nadie. De repente, se
dio cuenta de que hacía rato que no veía a Juanito. Salió al jardín.
Entre las sombras bailaban muy pegados su marido y Chantal de
Quay. Se acercó y dijo:
—Juanito, se ha terminado el vino.
Y él la miró como si no la reconociera, pero respondió
prestamente, mientras Chantal soltaba una risa:
—Ay, sí, perdona, Sofi, en el garaje hay más, ahora voy a buscarlo.
Después habían puesto un rock y los amigos se emparejaron
libremente. Sofía se había entrenado en el baile moderno con su
hermano en Tatoi, pero no pudo hacer exhibición de sus habilidades
porque de repente Gonzalo se había encontrado mal y lo habían tenido
que acompañar a que se tendiera en su cuarto, ayudado por Titi de
Saboya, que también se tambaleaba y tenía la mirada confusa, y por la
criadita de Mozambique que le había enviado la vizcondesa de
Rocamora. Por cierto, que le iba a decir que no volviera más, porque
Juanito le dirigía unas miradas que no acababan de gustarle.
Claro que, aunque no estuviera ocupada con sus tareas de
anfitriona, nadie sacaría a bailar a la princesa griega. Imponía, se daba
cuenta de que si Juanito y sus amigos estaban hablando, se
interrumpían cuando llegaba ella; el príncipe en broma se llevaba el
índice a los labios:
—Cuidado, que llega el general prusiano, rompan filas.
Todos reían, menos Sofía. Si protestaba, Juanito le decía:
—Qué poco sentido del humor tienes.
En Carpe Diem (Disfruta el día), Juanito llevaba a rajatabla el
lema de la casa y era dichoso. Estaba rodeado de los amigos que más
quería, los incondicionales, las chicas que le gustaban… Atractivas,
algo descaradas, divertidas, de esas con las que puedes reírte a
carcajadas y luego querrías morder como si fueran una fruta. En
ningún momento se le ocurrió que, si ahora estaba casado, tenía que
refrenarse. ¿Por qué? ¿Lo habían hecho su padre y su abuelo y todos
los hombres de su familia? Tenía veinticuatro años. ¿Iba a limitarse
solo a su mujer? Bueno, se había casado con ella, ¿no? ¡Qué más
quería! ¡Eso era lo importante!
Por lo demás, ¿quién iba a reprochárselo? Los tíos machotes son
así, tienen sus necesidades. ¡Que levante el dedo el marido que sea fiel
a su mujer!
Todas las noches iban a bailar a la boîte Van Gogó. Cuando
llegaban, siempre ponían una romántica canción de Nico Fidenco:
Ti voglio tenere, tenere,
legata con un raggio di sole, di sole.
Così col suo calore, la nebbia svanirà,
e il tuo cuore riscaldacci potrà,
e mai più fredo sentirà.
La primera noche, Juanito le pidió permiso a su mujer:
—No te importa, ¿verdad, Sofi? ¡Es nuestra canción!
Y salía a bailar con Ella, mejilla contra mejilla. El cuerpo de Ella
era como estar en casa.
¿Y qué iba a hacer Sofía? ¡Sonreír como una idiota, aunque se
sentía como si le arrancaran cuatro muelas a la vez, y aguantarse!
«Aguantaformo» lo llamaba ella con un triste humor que no hacía reír
a nadie. Le escribía a diario una carta a su madre: «Hoy he tenido que
tomar mucho aguantaformo». ¡La añoraba tanto! A ella, a su querido
padre, a sus hermanos. A su patria. ¡El olor fuerte de los pinos, el color
azul marino del mar de Grecia!
Juanito era agradable, sí, pero no le mostraba afecto, la mayoría
de las veces no le prestaba atención… Incluso en las relaciones
íntimas, que ella realizaba con gran esfuerzo porque tenía que
confesarse que no sentía nada, cuando acababan parecía aliviado,
como si hubiera culminado una dura tarea, y se dormía enseguida.
¡Nunca le decía palabras de amor! Cuando se levantaba por las
mañanas, Juanito ya no estaba. Salía en barco con sus amigos, o había
ido a montar a caballo al club hípico, o se iba a desayunar al golf. Sofía
solo se levantaba de la cama para escribir interminables cartas a su
madre. A veces ni siquiera se vestía, ¿para qué? Y vagaba en camisón
por el minúsculo jardín, del limonero a la adelfa, de la adelfa al
limonero.
Empezó a viajar a Grecia, para el aniversario de sus padres, para
la fiesta nacional, para buscar a su perrillo Topsy… Cualquier excusa
era buena para volver a respirar el aire de su país. Juanito, entonces,
iba a comer a casa de sus amigos, sin avisar, en todas partes era
bienvenido:
—Hola, Juanito.
Besaba a la madre, le guiñaba el ojo a la hermanita, boxeaba con
el amigo, y no pisaba Carpe Diem más que para cambiarse de ropa, y
sus noches no se acababan nunca. Recuperó su intimidad con Ella. La
princesa italiana había roto con Alfonso porque decía que se aburría
con él y ahora tenía un pretendiente, Robert de Balkany, que estaba
separado de su mujer. Juanito se las daba de hombre de mundo
porque había cumplido ya la provecta edad de veinticuatro años y le
aconsejaba sesudamente:
—Cásate, tonta, que es muy rico, que le anulen el matrimonio o se
divorcie, no seas anticuada.
Le contaba que en Estados Unidos los había recibido Kennedy en
una audiencia de diez minutos gracias a los buenos oficios del
embajador Antonio Garrigues y Díaz Cañabate:
—Nos dijeron que está liado con Marilyn Monroe.
Y Ella se extrañaba:
—Pero si su mujer es muy mona…
Y Juanito se reía y la abrazaba:
—Y eso qué más da, boba, que eres una boba.
Ella no le dijo nada del telegrama que le había enviado, Juanito no
volvió a cantarle:
Si tú me dices ven,
lo dejo todo…
Pero daban largos paseos por la playa del Guincho cogidos de la
mano, de pronto Juanito se agachaba, le tiraba un puñado de arena, se
perseguían, ¡y todo era verano!
Su primo Gonzalo se quedó algunos días en su casa. Era divertido,
siempre tenía ganas de salir y de encontrarse con gente, nunca hablaba
de su hermano ni de sus padres. Emanuela ya se había separado de
Tonino, pero no por ello se había acercado a los hijos, y el padre solo
les llamaba para pedirles dinero.
Un día se presentó don Juan en la puerta de Carpe Diem:
—¿Dónde coño estás todo el día? Te han estado llamando de
Grecia.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —se asustó Juanito.
—Tu mujer ha sufrido un aborto… Ha salido en todos los
periódicos de allí… pero ya está bien. —Miró a su alrededor y advirtió
el estado desastroso de la casa, incluso se oía una risa femenina en el
piso de arriba, levantó el índice amenazadoramente—: ¡No hagas
tonterías, Juanito, ni se te ocurra!
Tampoco se atrevía a ser más drástico, porque sabía que, al fin y al
cabo, si su hijo seguía en Portugal, sin nada que hacer en todo el día,
más que pasarlo bien, era por su culpa. Y también era su sangre
tumultuosa y su pasión por las mujeres la que corría por sus venas. ¡Y
quizás, también, se sentía culpable por haberlo empujado a casarse sin
amor!
Juanito se extrañó. ¿Un aborto? ¡Pero si él ignoraba que su mujer
estuviera esperando un hijo! Cuando fue a buscarla al aeropuerto la
vio delgada y ojerosa. Le tendió la fría mejilla para que le diera un
beso.
—Lo siento mucho —le dijo él.
Ella se encogió de hombros.
Regresaron a casa y el ritmo de sus salidas se ralentizó. Empezó a
llover y Juanito observaba melancólicamente cómo caía el agua detrás
de los cristales. Llovió mucho ese mes de septiembre de 1962. ¡Mucho!
¡Tanto que, doblando en dos el mapa de la península Ibérica, en la
provincia de Barcelona se desbordó un río pacífico y pequeño e inundó
pueblos y fábricas! Nada escapó a ese zarpazo de fiera que asoló el
Vallés, arruinó obreros y empresarios y mató a más de mil personas.
¡Quien lo vivió no lo ha olvidado aún! No se pudo comer pescado
durante mucho tiempo porque los peces se habían alimentado de
cadáveres y, todavía quince días después de la catástrofe, se encontró
un tronco mutilado de hombre en la playa de San Carlos de la Rápita,
que nunca fue identificado.
Don Juan, que se sentía concernido por esta catástrofe porque
llevaba el título de conde de Barcelona, les dijo:
—Tenéis que ir.
—Claro, nos necesitan —asintió Juanito.
—No entiendes nada, ¡sois vosotros los que los necesitáis a ellos!
—contestó el padre.
No se consultó. Con una pequeña bolsa de viaje, la pareja se
desplazó a Barcelona tan solo dos días después de que se hubiera
producido la tragedia. Franco iría más tarde rodeado de alcaldes,
militares y curas, en una visita en la que no tendría contacto directo
con la población afectada. Incluso le construirían a toda prisa una
pasarela para que no se manchase los zapatos.
Los príncipes, no. Se metieron en el barro hasta los tobillos, Sofía,
en su mal español, consoló y abrazó a aquellas mujeres del sur que lo
habían perdido todo, y el príncipe pidió una pala para ayudar y había
desenterrado un cadáver.
También dijeron al único periodista presente, Enrique Rubio:
—En nombre de mi padre, voy a donar a los damnificados un
millón de pesetas.
Durmieron en casa de los marqueses de Castelldosrius y comieron
en casa del conde de Egara. Fue el primer contacto de la pareja con la
nobleza catalana:
—Nosotros no vamos a Estoril porque nos gusta ayudar de otra
manera.
Tampoco querían enfadar a Franco: en el teatro del Liceo, el
templo de la burguesía catalana, durante muchos años se terminaban
las funciones brazo en alto, cantando el «Cara al sol» y dando vivas al
Caudillo.
Un Caudillo, por cierto, que se enfadó mucho con la visita de los
príncipes, porque creía que al haber ido antes que él le habían restado
protagonismo, pero los perdonó cuando leyó las declaraciones que
había hecho la pareja a La Vanguardia : «Este viaje nos ha servido
para darnos cuenta del entusiasmo de Cataluña con su Caudillo».
Aun así, rezongó delante de su primo:
—No tenían por qué nombrar al borrachín… No se le conoce en
España y crea desconcierto.
Sofía pensó que después de su primera actuación pública, su viaje a la
Cataluña devastada, habían demostrado que formaban equipo y que
las cosas iban a cambiar. Pero se equivocaba porque, como si se diera
cuenta de que su libertad daba sus últimos coletazos, Juanito se dedicó
a hacer lo que le dio la gana, sin excusarse ni dar explicaciones.
La primera noche que no durmió en casa la llamó tranquilamente
por la mañana, cuando ella estaba enferma de preocupación y a punto
de avisar a sus suegros:
—Ven a comer al Pescador, Sofía, que ya sé que el lenguado rosa te
gusta mucho. Me he quedado a dormir en casa de los Italia, como
estaba algo borrachuzo no me he atrevido a conducir.
Estaba todo el grupo de amigos y Sofía no osaba reñirlo, pero
trataba de adivinar cuál, entre todas las chicas, era la favorita y había
pasado la noche con su marido.
Por primera vez en su vida sospechó que Juanito le era infiel, ¡y
no hacía ni un año que se habían casado! Pero ya se lo había advertido
la reina Victoria, con amarga satisfacción, cuando la habían visitado
después de la boda:
—Sofía, hazte a la idea de que los españoles en general y los
Borbones en particular son muy malos maridos… Ni mis hijos ni mis
nietos se salvan de esa tara. —Luego, aquella mujer que había tenido
una vida conyugal tan desgraciada se encogía de hombros con
resignación—. Pero hay que aguantarse… no tienen remedio. A mí no
me avisó nadie y por eso sufrí tanto.
Aguantar, sí, pero todo tiene un límite.
La segunda noche que faltó lo esperaba despierta y, cuando iba a
preguntarle dónde había estado, Juanito le dirigió una mirada colérica
y le dijo en un tono de voz que no admitía réplica:
—Ni se te ocurra.
Fue a la cocina y oyó cómo se estrellaba un vaso contra el suelo.
La tercera noche que Juanito no fue a dormir, Sofía metió algo de
ropa en una maleta, cogió un avión y huyó a Atenas.
La madre la recibió malhumorada:
—¿Qué haces aquí? Tu puesto está al lado de tu marido.
Grecia era un polvorín y la familia real estaba en el objetivo de los
agitadores. La prensa se cebó con Sofía. Dijeron que su matrimonio
había sido un fracaso, que Juan Carlos era un adicto a la dolce vita y,
por primera vez, se pronunció la palabra «amantes» relacionada con el
príncipe. También se afirmó «de buena fuente» que Sofía había ido a
Grecia para tramitar su divorcio.
En el Parlamento, el diputado Elías Bredimas incluyó una moción
en el orden del día para que se exigiera a la princesa la devolución de
su dote:
—Dado que su matrimonio se ha roto, se debe reintegrar ese
dinero al pueblo, que tanto lo necesita.
Karamanlis se lo había dicho a Federica.
—¡Esos nueve millones de dracmas son una piedra atada al cuello
de vuestra majestad que acabarán por hundir a la monarquía griega!
Sofía fue al teatro y le gritaron:
—Devuelve el dinero, ladrona.
Asustada por esa oleada de odio, Sofía regresó a Estoril en un vuelo
desde Atenas, vía Roma. No dejó de llorar en todo el viaje, Grecia, su
refugio, había dejado de serlo. Se sentía como una niña perdida, como
Ulises sin una patria a la que regresar. ¿Dónde estaba su Ítaca?
Juanito fue a buscarla al aeropuerto, se echó en sus brazos con
vehemencia, él era suyo, tenía sus defectos, pero formaban un equipo.
¿No lo habían demostrado en Cataluña? ¿No los había aplaudido la
gente?
Juanito se sorprendió con esa efusividad, ya que su mujer siempre
tenía una apariencia serena, y mientras la abrazaba le iba dando
golpecitos tranquilizadores en la espalda:
—Bueno, bueno, Sofi, me alegro de que estés contenta, pero no
demos un espectáculo.
Pero lo dijo sonriendo, y esa sonrisa fue un bálsamo para las
heridas en carne viva de la princesita.
Cogidos del brazo iban hacia la salida, cuando les llamó la
atención que un periodista con una cámara al cuello se dirigiera hacia
ellos, el príncipe le dio un codazo a su mujer:
—¡Qué raro! ¿Querrán hacernos una entrevista por lo de…?
Pero el hombre pasó de largo y levantó su cámara ante una mujer
muy guapa, con un pañuelo en la cabeza y gafas oscuras achinadas,
muy estilo Saint Tropez, que llevaba un bebé en brazos. ¡Era la
condesa Olghina de Robilant, que había venido en el mismo avión que
Sofía!
El rostro de Juanito se ensombreció, desapareció su sonrisa, sus
ojos se afilaron como un cuchillo. Sofía, que conocía a la condesa y
estaba al cabo de la calle de su relación con Juanito, le preguntó con
asombro:
—Pero ¿qué hace aquí?
—Yo qué coño sé… Su tía Olga vive en Portugal, pero qué carajo
nos importa.
La cogió del brazo para salir rápidamente, pero no pudo evitar que
la princesa oyera la pregunta del periodista:
—Condesa, ¿es verdad que, si quisiera, podría usted reclamar la
paternidad para su hija de un hombre muy importante?
Sofía se quedó clavada en el sitio, su marido tiró de ella y se la
llevó casi a rastras.
—Pero ¿ese niño? Dime la verdad, Juanito, ¿es tuyo? —gimió la
princesa—. ¡No me engañes! ¡Si me mientes, cojo ese mismo avión y
me voy para siempre, te lo juro! ¡Devuelvo el dinero al Parlamento
griego y me quedo a vivir con mis padres!
Juanito tragó saliva, pero se rehízo rápidamente, empujó a su
mujer para que entrara en el coche:
—Déjate de esas tonterías ahora. ¿Qué es eso de que la prensa
griega esté diciendo que nos vamos a divorciar? ¿Cómo quedo yo?
¿Cómo me deja eso delante de Franco?
Sofía lo miró con los ojos agrandados de asombro, tartamudeó:
—Pe… pero…
—¡Como un cabrón! ¡Quedo como un cabrón! ¡Como un puto
cabrón!
La princesa aún trató de disculparse:
—Juanito, yo no dije nada, fue cosa… Pero lo de Olghina, Juanito,
Juanito…
—¡Ni Juanito ni hostias! Se han acabado estos viajes, ¿entiendes?
Tanto Grecia y tanta mandanga y tanta libertad…
Sofía no daba crédito a sus oídos:
—Pero, Juanito, tanta libertad, ¿a qué te refieres? Pero si eres tú el
que hace lo que te da la…
Pero el otro no escuchaba dando volantazos con su Porsche por
las endemoniadas carreteras portuguesas:
—¿Sabes cuál ha sido el último recado de Franco, mientras tú
hacías el bobo en Grecia? Me lo ha dicho Castañón de Mena, ¡que el
palacio de la Zarzuela lo puede ocupar otro príncipe si yo no lo quiero!
Que Alfonso es culto y patriota…
Aquí Sofía casi se puso a llorar de rabia y frustración:
—Qué injusto eres, Juanito, si es lo que te digo yo todos los días…
que nos vayamos a España… yo te lo decía… —Todo el viaje hasta
Carpe Diem la princesa fue repititendo—: Yo te lo decía…
Menos mal que no pudo ver el brillo de satisfacción en los ojos de
Juanito, verdosos como los de los gatos.
Al cabo de una semana, la pareja se trasladó a Madrid. Hasta don
Juan tuvo que aceptarlo, a regañadientes, pero tuvo que tragar. ¡Todo
sea por la dinastía! ¡Hay que regar las flores de lis, si no se mueren!
Aún pudo hacerle un último servicio a su hijo. Olghina, en el
reportaje que salió en el Diario de Noticias , cuyo director frecuentaba
Villa Giralda, hablaba de las películas que acababa de rodar y de que
era modelo. En las fotos posaba sugestivamente, con posturas muy
estudiadas. Sola.
Juanito y Sofía partieron en el Lusitania Express . Cuando
cruzaron la raya de España, Sofía cogió la mano de su marido y le dijo:
—Juanito, estoy esperando un hijo.
El príncipe se reclinó en el asiento, cerró los ojos y replicó con
serenidad:
—Ojalá sea un niño.
Sus corazones latían al mismo ritmo que el tren.
Empezaba el resto de sus vidas.
13
F ue niña.
Muy sana, muy gorda, muy vivaracha, todos estaban muy
contentos, sí, pero… no era un niño.
Juanito incluso les dijo a los periodistas que hacían guardia en el
bar de la clínica de Loreto, porque era la primera vez que un miembro
de la familia real nacía en un hospital:
—Era lo que queríamos, porque así la hermana mayor cuidará de
los pequeños.
Todos brindaron con champán malo y asintieron, pero todos
sabían también que el príncipe estaba mintiendo. ¡Si hubiera sido un
varón las flores de lis hubieran levantado orgullosas la cabeza y ni
Alfonso de Borbón, ni Juan, ni el lucero del alba iban a apear a Juan
Carlos de la sucesión de la Corona!
Franco dijo fríamente ante su llamada de teléfono:
—Os felicito, alteza, y acudiremos gustosamente al bautizo de
vuestra hija.
Habían ido a vivir a Madrid, pero Franco todavía estaba enfadado
por la intervención de Juan en el Contubernio de Múnich y se lo hacía
pagar al hijo. ¡Tampoco estaba muy seguro de su lealtad! Juanito le
comunicó, con timidez y sudando por dentro, que habían pensado
hacer madrina a su madre y que por tanto habían invitado a sus
padres al bautizo, a lo que Franco respondió con evidente grosería:
—Mientras no aprovechen para hacer propaganda de sus ideas
disolventes y no se alojen en Madrid capital ni en la Zarzuela, no tengo
inconveniente.
Federica, sin embargo, que, mientras Juanito se fumaba un
cigarrillo en el pasillo, había estado al lado de su hija durante un parto
del que no se facilitaron detalles, cuando supo que Juan acudiría al
bautizo hizo las maletas:
—Yo me largo, hasta que Juan no renuncie a sus pretensiones
absurdas al trono de España y no abdique en Juanito no pienso
dirigirle la palabra. Yo le he entregado a mi hija, una princesa real que
hubiera podido casarse con Harald de Noruega si le hubiera dado la
gana, ¿y él es incapaz de hacer ese gesto? ¡Y de qué viven, si no es de la
dote que les di y que me echan en cara cada día en Grecia! ¿Qué
quiere? ¿Que me arrepienta?
¡Ella no había criado a su hija para que se uniese a un perdedor!
Gangan también declinó su asistencia, dijo que estaba pasando el
frío invierno como hacía siempre en casa de Marisol de Baviera en la
Costa Azul y que ya iría a España cuando Sofía diera a luz a un chico.
—Pero ¿a quién vamos a invitar entonces?
Se retorcía las manos la princesa y Juanito empalidecía y no sabía
qué contestar. Como siempre, cualquier ceremonia en la que estaba
implicada su familia era tan complicada que la preparación de la
guerra de las Galias a su lado parecería —si Juanito la hubiera leído—
un juego de niños. ¡Sabiendo, además, que no iban a contentar a
nadie! ¿Por qué todo era tan difícil? A veces el príncipe contemplaba
melancólicamente al jardinero que, según instrucciones de Sofía,
estaba convirtiendo el descuidado entorno del palacio en un jardín
italiano:
—Le envidio… solo tiene que calcular cuánta mierda de vaca pone
en cada árbol.
Sofía trataba de distraerlo:
—Mira qué bonitos esos abetos. ¿Y esos cedros del Líbano? Y los
olmos, fresnos y encinas, ¿no te gustan? —Y añadía, soñadora—: Los
jardines italianos no son obra del hombre, como los ingleses, sino del
tiempo…
Y Juanito rezongaba:
—Sofi, Sofi, el tiempo, de eso se trata, no te animes mucho…
¡quizás no veremos cómo crecen!
A Juanito se le ocurrió de pronto que al bautizo de su primera hija
podrían invitar a los directores de los periódicos más importantes,
Arriba , Ya , Pueblo , Informaciones, Madrid, El Alcázar y ABC . Sabía
que estaban sometidos a censura y que no saldría nada que no
autorizasen desde El Pardo, pero aun así quería captar sus simpatías.
Emilio Romero, el más poderoso, un hombre culto y mujeriego que
hacía y deshacía reputaciones de un plumazo, sacaba en Pueblo cada
dos por tres a Alfonso, el hijo del sordomudo, «abogado y deportista».
«Ayer estuvieron en el tiro al pichón el marqués de Villaverde, el
marqués de Cubas y SAR el príncipe Alfonso de Borbón».
Juanito le dijo a Sofía que conquistar al correoso e influyente
Emilio Romero era su objetivo. La princesa se acercó dócilmente a ese
hombre terrible, de gafas gruesas y nariz y lengua afiladas, y le
presentó al enorme bebé que llevaba en brazos. Emilio hizo una
carantoña a la infantita y le preguntó a la princesa por qué le habían
puesto el nombre de Elena. Sofía declaró muy ufana:
—Lo he elegido yo… Se lo he puesto por…
—¿Algún antepasado de la rama prusiana quizás? ¿O tal vez en
memoria de Helena de Troya, ese personaje mitológico de vuestra
patria, hija de Zeus y del cisne Leda?
Y ella, que apenas hablaba español, respondió algo confusa:
—¿Elena de Troya? No, no… —y confesó con candidez—: Es por
una muñeca que tenía cuando era pequeña.
Pronto se extendió esta anécdota como una enorme mancha de
aceite sobre la reputación de Sofía, pues Emilio Romero tenía a bien
cenar siempre fuera de casa, y el todo Madrid reía con desdén ante la
ocurrencia de esta princesa orgullosa que se creía más que nadie
porque sus padres eran reyes. Esa era al menos la impresión que
sacaban de su voluntario aislamiento.
Recién llegada a Madrid, un grupo de señoras de la aristocracia
más encopetada la habían ido a ver. Estaba deshaciendo paquetes en
medio de una vorágine de alfombras enrolladas contra la pared, cajas
de cartón y bibelots envueltos en papel de periódico. Una marquesa se
fijó en los caracteres griegos y dijo:
—¿Están escritos en vascuence?
La princesa las hizo sentar y les sirvió café en unas tazas de
Sevrès.
—Son un regalo del general De Gaulle —les contó.
No sabían quién era.
—Nos ha llamado la reina Victoria y nos ha dicho que viniéramos
a ofrecernos para que no estéis desguarnecida… —le dijo una duquesa
—. Somos vuestras damas de honor y acordaos de reservar una
habitación para nosotras, ya que haremos turnos de guardia de una
semana. Las damas de la corte llevaban unos trajes plateados con la v
en el cinturón, pero hemos pensado que, en aras de los nuevos
tiempos, cada una de nosotras se vista como quiera, dentro del natural
decoro.
La princesa fingía no entender o es que no entendía en realidad:
—Pero ¿qué harían?
—¡Señora! Pues no sé por dónde empezar… Vuestra alteza, por
ejemplo, no tendría que marcar nunca ningún número de teléfono,
nosotras llamaríamos a vuestros modistos, concertaríamos las citas,
y… os mostraríamos los usos palatinos de la etiqueta austriaca, que es
la que impera en palacio… —dirigía una expresiva mirada a aquella
salita de techos bajos que podía ser un cuarto normal de familia
burguesa—, desde los gloriosos tiempos de la reina regente, María
Cristina.
Y otra añadía con orgullo:
—¡Somos camareras de la reina!
Y Sofía había contestado en su español casi incomprensible:
—Camareras no me hacen falta, la verdad, tengo dos que me he
traído de Portugal, pero sí una buena cocinera… Patrimonio me ha
enviado a un guardia civil para las cocinas, le han dado un cursillo,
pero creo que no lo ha aprovechado muy bien.
Cuando Sofía se lo contó a Juanito, indignada porque las señoras
se habían ido casi sin despedirse, el príncipe se echó a reír, pero ella se
quedó desconcertada porque no le veía la gracia por ningún sitio y la
risa de su marido había acabado por convertirse en un suspiro.
—Ay, Sofi, qué prusiana eres.
¡Era lo que Juanito más echaba a faltar, más incluso que la
pasión! ¡Las risas compartidas con las amigas! Sofía le hacía reír
muchas veces, pero eran bromas involuntarias, de las que ella no se
enteraba nunca.
Sofía, sin comprender aún, preguntaba:
—Pero entonces, ¿qué? ¿Les hubiera tenido que decir que sí?
Su seriedad le enfadaba y le conmovía a la vez:
—Déjalo, Sofi… No vas a entenderlo nunca. —Y luego, al ver su
carita de desconsuelo, añadió—: No, si a mí los cortesanos y las
camarillas me revientan.
Sofía coincidía con su marido, pero por otras razones. La reina
Victoria le había contado que las señoras de la corte eran las que le
buscaban amantes a su marido, cuando no se ofrecían ellas mismas.
¡Sofía no quería tentar el temperamento fogoso de Juanito por mucho
que Gangan dijera que era un Borbón y había que resignarse! ¡Ella no
pensaba hacerlo!
Y se unió fervorosamente a la opinión de su marido:
—Estamos mejor solos… Ya sabes que a Franco no le place
tampoco.
—Sí, Sofi, son un nido de intrigas. ¿Sabes lo que me gustaría a mí?
A Sofi se le iluminó el rostro, porque seguro que Juanito le iba a
soltar una de sus habituales burradas sicalípticas:
—¿Qué?
—Me gustaría instaurar en España una monarquía de
republicanos. —Sofi le golpeó con lo que tenía a mano y Juanito fingió
protestar—: Uy, uy… ¡Prusia ataca!
A diferencia de Juanito, que se inflamaba de inmediato, pero
olvidaba las ofensas enseguida, a la princesa le costaba enfadarse, pero
era muy rencorosa. Cuando se enteró de que Emilio Romero se
burlaba de ella, le acometió un ataque de odio que abarcó a toda la
profesión. Su animadversión a la prensa sigue viva, por mucho que
intente disfrazar ese aborrecimiento con sonrisas y buenas palabras,
en ese ejercicio de disimulo que lleva practicando sesenta años. En
privado, ha manifestado varias veces que considera a los periodistas
unos seres ruines e inmorales.
Claro que los directores de periódicos no eran los únicos invitados
al bautizo de Elena de Borbón y Grecia. Un centenar de personas de
distinto pelaje, cargos franquistas, viejos aristócratas, algún rey en el
exilio como Simeón de Bulgaria y su mujer Margarita Gómez Acebo,
militares y sacerdotes, se amontonaban en los salones del palacio de la
Zarzuela, un edificio de aspecto imponente, pero bastante feo, que
Sofía había amueblado de forma tan clásica e impersonal como una
tienda de decoración. Los ostentosos muebles y tapices de Patrimonio
Nacional colocados por la Señora seguían en su sitio, se lo había
aconsejado su madre:
—Tienes que dedicar todos tus esfuerzos a la mujer de Franco, me
han dicho que aquí en España a esto le llaman «adorar el santo por la
peana».
Además, la princesa ha colgado al buen tuntún los treinta y nueve
cuadros que ha recibido como regalo de boda, los malos al lado de los
buenos, sin ningún criterio, y la escribanía de plata, también regalo del
Caudillo, la ha puesto en el despacho de Juanito.
¡El despacho de Juanito!
Los primeros días el príncipe decía pomposamente:
—Me retiro a mi despacho.
Sí, pero para qué.
—¡No sé qué hacer! ¡No tengo agenda!
No sabe a quién preguntar, porque Franco, enfadado aún con su
padre, castiga al hijo sin recibirlo. En el funeral en memoria de
Alfonso XIII, que al fin y al cabo era su abuelo, lo hizo sentar en unos
bancos secundarios mientras él y la Señora ocupaban la presidencia.
Sofía, que había avisado a su madre y le había dicho que ya le enviaría
los recortes de ese primer acto oficial al que iban a asistir como
matrimonio, tuvo que confesarle que su presencia no había aparecido
en ningún medio.
La risa sarcástica de Federica atravesó montañas y mares, y Sofía
tuvo que hundir la cabeza en la almohada para no escucharla.
Menos mal que el 20 de diciembre de 1963 la princesa da a luz a una
niña y esto entretiene mucho. Como Federica no se fía de los médicos
españoles, ha enviado al doctor Doxiades para que la atienda, pero el
médico titular es el doctor Mendizábal. Es un gran profesional y el
ginecólogo preferido de las señoras bien de Madrid, que se
arremolinan en su consulta del paseo de la Castellana. Se dice que está
en posesión de tantos secretos que él solo podría deshacer familias,
anular herencias y eliminar títulos, pues sabe quién es hijo de quién en
esa sociedad puritana de puertas afuera, pero con una trastienda de
escándalos que la rígida moral que ha impuesto el Caudillo trata de
ocultar.
Se lo cuentan al príncipe en el gimnasio de Heliodoro, donde
acude todas las mañanas, su única ventana abierta a la vida de verdad:
—La hija de Sonsoles de Icaza no es de su marido, sino del cuñado
del Caudillo, Ramón Serrano Suñer, casado con la hermana de la
Señora. Por eso lo apartó del gobierno.
Aunque lo cierto es que a veces ha empezado a quedar con Jaime
Carvajal o con Miguel Primo de Rivera en el Nuevo Club, un lugar
privado en la calle Cedaceros, quizás el más discreto de Madrid. Los
dos tienen buenas relaciones con El Pardo y le comentan en la
pequeña biblioteca inglesa, llena de libros encuadernados en piel que
nadie ha leído jamás, que Franco también ha estado a punto de
prescindir de dos de sus ministros, Castiella y Carrero Blanco, por las
veleidades de sus señoras.
De todo esto Sofía no sabe nada, pero Juanito sí.
Juanito, que con su metro ochenta y nueve es el más alto del bautizo —
y tal vez de una España en la que la estatura media de los hombres es
de un metro sesenta y siete—, tiene una vista privilegiada de los
invitados e identifica enseguida al príncipe Fernando de Baviera, justo
al lado del retrato de Alfonso XIII hecho por Sorolla. Fernando es hijo
de Marisol Mesía de Baviera, en cuya villa está pasando el invierno la
reina Victoria en la Costa Azul, y nieto de Fernando de Lesseps, el
constructor del canal de Suez. Su padre es el príncipe José Eugenio de
Baviera. A su lado, y con ese aire despreocupado y seguro que da tener
mucho dinero, están sus hermanas: Tessa, recién casada con el
marqués de Castro, y Crista. Junto a Natalia Figueroa se las considera
las chicas más animadas y modernas de la capital, hasta el punto de
que las llaman «las cocteleras de Madrid» porque no se pierden
ninguna fiesta ¡y ninguna fiesta quiere perdérselas!
En medio de aquel abigarrado conjunto de señoras feas y hombres
cejijuntos, los atractivos hermanos, siempre bronceados, como si
acabaran de llegar de esquiar o de una playa de lujo, refulgen como un
diamante en una charca. Pero antes de llegar a ellos, Juanito se ve
interceptado por Blanca de Romanones, que lleva en la cabeza un
objeto estrambótico, mitad peluca, mitad sombrero:
—Qué raro que no haya venido vuestro primo, alteza.
Juanito señaló a Fernando, que es primo suyo ya que sus abuelos
eran hermanos:
—Si está ahí….
—Me refería al nieto de Alfonso XIII, vuestro primo hermano, su
alteza Alfonso de Borbón Dampierre —insistió la señora, ladinamente.
—Estaba de viaje —mintió apretando los dientes. Sabía que Blanca
de Romanones era una notoria y activa alfonsina y que debía conocer
perfectamente que si Alfonso no estaba era porque no lo había
invitado.
Se lo había prohibido su padre: «Alfonso Segovia se está
acercando peligrosamente a Franco. Le dan el tratamiento de príncipe
en los periódicos y nadie protesta, aunque no tiene derecho. La gente
ya lo conoce más que a ti».
La pena es que tampoco ha podido invitar a Gonzalo. Lo llamó por
teléfono para explicárselo y su primo le dijo con su habitual
despreocupación:
—Es igual… Los bautizos no son lo mío, seguro que eso está lleno
de curas y momias, no será muy divertido.
Fernando, Tessa y Crista de Baviera tampoco pueden utilizar el
título de príncipes, pero sin embargo el Caudillo lo autoriza porque su
padre, José Eugenio de Baviera, es un franquista devoto que ha
ocupado varios cargos oficiales, y además dan lustre al régimen,
¡forman parte de la corte de El Pardo!
Juanito le da un golpe en el hombro a Fernando, que en ese
momento está bostezando porque la noche ha sido larga.
—Hola, primo. Hecho polvo te veo.
Fernando suelta una carcajada al captar la envidia en la voz del
príncipe, es el soltero de oro de Madrid y no hay chica que se le resista.
—Hola, Juanito, no ha estado mal.
Lo coge del brazo y se lo lleva aparte de sus hermanas:
—Oye, chico, te quería comentar, me han dicho en el gimnasio de
Heliodoro que un americano que se llama Robert Rooney tiene un
pisazo donde van, esto…
—¡El Palais de l’Amour! ¡No te lo recomiendo, allí el género está
muy tronado!
—Pues hay otro a las afueras de Madrid, ¿no? Creo que es un sitio
muy discreto…
—¿Te refieres al picadero de…?
A Juanito casi se le salen los ojos de las órbitas y empieza a hacer
aspavientos con las manos:
—Shhh, ¿cómo se te ocurre? ¡No digas esa palabra!
—Ay, perdona, ¿la casa de Fuencarral? Sí, hombre… todo el
mundo la conoce.
—Que van artistas y… chicas así, ya sabes… ¿Tú crees que yo
podría ir?
Fernando, que no necesita recurrir a mujeres de pago porque es
irresistible, se echa a reír.
—Pues, claro, primito, yo te lo arreglo.
Juanito, asustado, le chistó para que bajara la voz:
—Cuidado, los asesores que me han puesto, desde Mondéjar al
general Castañón de Mena, son espías de Franco. No tienen otra
misión que informar de qué hacemos y adónde vamos… y tenemos la
casa llena de micrófonos.
—¡Qué exagerado eres! De todas formas, a ese sitio que dices van
muchos ministros y altos cargos. ¡Hasta algún obispo!
Con ligeros empujones Juanito lo fue conduciendo a una mesa
que estaba en un rincón, le señaló un hilo muy fino que salía de un
candelabro y se llevó el dedo a los labios:
—Menos mal que la princesa y yo ya sabemos dónde están, porque
no son muy hábiles… los instalaron cuando nos pusieron el aire
acondicionado…
A Fernando le sorprendió más que tuvieran aire acondicionado
que micrófonos:
—¿Tenéis en toda la casa?
—Sí, hasta en nuestra habitación.
—¡Coño! ¡Aire acondicionado en la habitación!
Para el príncipe de Baviera eso era el colmo del lujo, pero Juanito
le dio un golpe en el brazo:
—¡No te enteras! Digo micrófonos, ¡tenemos un micro hasta
debajo de la cama!
Fernando abrió los ojos como platos:
—Quieres decir que entonces, cuando estáis…
El otro asintió mudamente y susurró:
—Entenderás que en este plan lo hagamos muy pocas veces... Y
uno, claro, tiene sus necesidades y tampoco me puedo ir a la barra de
una whiskería para seducir a una chica… pero, tiene que ser todo muy
discreto porque ese —y señaló con el pulgar a la noche, porque ya se
oían las sirenas de los coches de escolta que acompañaban a Franco—
me tiene muy controlado.
Los invitados se apretaron contra la pared haciendo pasillo a Franco,
la Señora y los marqueses de Villaverde. Las dos Cármenes se
apresuraron a realizar una reverencia ante Sofía, pero no a Juanito,
que les besó caballerosamente la mano.
Fue un bautizo sin sonrisas. El ambiente era muy violento debido
a la presencia de don Juan y doña María. Nadie quería ser muy
simpático con ellos, ya que sabían que Franco los detestaba.
Se habían tenido que alojar en el palacio del duque de
Alburquerque, en Algete. Cuando iban a la Zarzuela, María le confesó a
su marido:
—Voy a aprovechar para decirle a Franquito que estoy muy
enfadada porque no me dejó venir a España a despedirme de mi
padre.
Juan dio un giro brusco que estuvo a punto de matarlos y se puso
a gritarle:
—Pero ¡cómo vas a decir esa estupidez, estando en juego la
dinastía! Yo sí voy a decirle con mi presencia que aquí estoy yo, y que
si estoy yo tiene que apartar a ese niñato de la sucesión.
Que ese niñato fuera su hijo en esos momentos no contaba. Era su
rival. ¡Era una lucha a muerte por el trono! ¡Uno de los dos no iba a
quedar con vida!
Pero María no le escuchaba, estaba roja y congestionada como si
tuviera fiebre y rumiaba la inmensa pena de que su padre se hubiera
muerto en Sevilla sin poder depositar un último beso en su frente.
Franco retrasó tanto el permiso para entrar en España que, cuando
llegó, el infante Carlos de Borbón Dos-Sicilias ya estaba muerto y
amortajado con el raído manto de los hermanos de la Caridad, porque
había querido ser enterrado como un pordiosero.
Era un gesto tan humilde que casi resultaba soberbio, porque el
infante hubiera podido poner en su epitafio el lema de los nobles
antiguos: «No descendemos de reyes, sino los reyes de nos».
Años más tarde, María aún no había podido perdonar a Franco, y
le confesó, satisfecha, a Luis María Anson:
—No le dije nada, pero le di la mano flojita.
Más floja la daba Franco, que la levantaba solo a la altura del
cinturón, obligando a su oponente a hacer una reverencia, aun sin
quererlo.
A Juanito, en el fondo, le hubiera gustado que su padre no hubiera
venido. ¡Su presencia no hacía más que complicar las cosas en un
momento en que Franco parecía volverse al primo Alfonso, del que
decía que era muy responsable, pues se ocupaba de su padre y de su
hermano!
Sofía vertía en el oído del vulnerable Juanito los consejos de
Federica:
—Tu padre te trata como un niño, peor ¡como un bobo! Te habla
con desprecio delante de la gente y tú no te das cuenta porque estás
acostumbrado.
—Déjalo, basta.
—El embajador francés, que os vio en Estoril, se lo dijo a mamá.
Que te había hecho callar como si tuvieras cinco años.
Juanito guardaba silencio, pero sabía que en el fondo Sofía tenía
razón. Al lado de Franco, que lo trataba siempre respetuosamente, su
padre lo hacía de forma desabrida, como si fuera de su propiedad.
Y si hasta ese momento no le importaba, ahora le daba vergüenza
por su mujer. Comprendía que ella también estuviera decepcionada.
De vivir en un palacio real con multitud de sirvientes, con barcos y
casas fabulosas para pasar el verano, tratándose de igual a igual con
las grandes familias europeas, ahora se veía obligada a mendigar la
atención de quien no dejaba de ser un militar, de alto rango, sí, pero
tan solo un militar. Y de su mujer, una señorita burguesa de Oviedo.
Sofía nada le reprochaba, sin embargo. Solo una vez, en que
casualmente pasaban delante del palacio de Oriente, le había
preguntado a su marido con ingenuidad:
—¿Aquí es donde están las joyas de la corona, Juanito? ¿Cuándo
nos las entregarán?
Y su marido no se atrevía a decirle que no había más que las que
tenían su madre y su abuela, y que las piezas importantes se habían
tenido que subastar para mantener el tren de vida y la dignidad de una
familia real en el exilio.
Cuando Franco vio que Juanito hablaba con Fernando de Baviera le
dirigió una de esas miradas que hacían temblar al hombre más
bregado. El almirante Nieto Antúnez, amigo de la infancia de Ferrol y
una de las pocas personas que lo trataban de tú, decía:
—Yo he visto a militares con el pecho lleno de medallas cagarse
literalmente de miedo.
Doña Carmen iba vestida de negro, Franco se mantenía en
silencio, solo reían con desenvoltura los marqueses de Villaverde, que
acababan de llegar de un safari en Kenia y le contaban a Cayetana Alba
que, aunque casada con Luis Martínez de Irujo, ese día se había hecho
acompañar por el marqués de Cubas, cuántas piezas habían cobrado.
Don Juan, sin saber con quién hablar, moviendo la rodilla
espasmódicamente, pronto advirtió que había sido un error acudir al
bautizo de Elena, por mucho que fuera su primera nieta. Cuando
terminó la corta ceremonia, le dijo a María:
—Podrías haber venido sola.
Le sorprendió el semblante de su mujer, con aspecto febril, ojos
vidriosos y un pañuelo en la boca. Tosía roncamente y Sofía se
apresuró a arrebatarle el bebé de entre los brazos y si hubo alguien en
esa fiesta que pensase que María estaba de nuevo en las Viñas del
Señor, se equivocaba, porque lo que pasaba era que había contraído
una neumonía.
Estuvo dos semanas en casa de Beltrán Alburquerque, cuidada
por Amalín López Dóriga y la duquesa de Alba. Juan regresó a Estoril
y ni Juanito ni Sofía tuvieron tiempo de acercarse a verla. La princesa
estaba tan volcada en el cuidado de su hija que la niñera, aburrida,
terminó por despedirse.
A Juanito le acababan de regalar una moto y le sacaba lustre en el
garaje. También posaba para un retrato de Enrique Segura y
deshojaba la margarita —Franco lo quería, Franco no lo quería—,
cuando recibió una invitación para presidir una representación de los
coros y danzas en el teatro María Guerrero. Fue con Sofía, y a la salida
un grupo de carlistas revoltosos gritaron:
—Abajo los Borbones bobones, fuera el Príncipe Sissi, viva el rey
Javier.
Juanito se enfrentó a ellos y dijo:
—Cómo que viva don Javier…
Y fue Sofía la que dijo:
—Querrá decir viva Franco.
Al cabo de dos días, el Caudillo citó a Juanito en su despacho. Se
levantó de la mesa para tenderle la mano y le dijo:
—Muy bien, alteza, ya me han contado la encerrona del teatro.
¡Luego dicen que aquí no hay libertad! ¡Si todo el mundo hace lo que le
da la gana! Y que les han invitado a ir a la embajada inglesa y que se
han negado por el asunto de Gibraltar…
En realidad, no habían ido porque la invitación a merendar con el
embajador les había llegado tarde, pero Juanito asintió
fervorosamente:
—Claro, ¿cómo íbamos a ir?
Pero Franco no le escuchaba:
—Y también sé que han prescindido de tener corte. Muy bien, es
un nido de inmoralidad, aún recuerdo en mi juventud el ambiente de
frivolidad que imperaba entre los grandes de España.
Juanito asentía vigorosamente. ¡Sí, señor, los grandes de España
eran unos inmorales y unos frívolos! Aunque gracias a ellos habían
podido comer muchas semanas en Estoril.
—… y es que las clases aristocráticas españolas siempre han sido
muy inmorales…
Juanito se apresuró a corroborarlo:
—La princesa piensa lo mismo.
¡Sofía, que más aristocrática no podía ser, desde la punta del pelo
hasta sus detestados pies! ¡Pero si había que mentir, se mentía! ¡En la
guerra, como en la guerra!
Franco se frotó las manos:
—Pues vamos a ponernos a trabajar, alteza, empezaremos a
organizar la Casa del príncipe. ¿Qué os parecería tener entre el
personal, un jefe de gabinete y ayudantes? El general Armada, que le
dio clases en Zaragoza, que siga Mondéjar… Ese señor catedrático,
Fernández Miranda. Y el coronel Emilio García Conde, que fue vuestro
preceptor en la academia del aire…
Luego, más relajado y paseando por el despacho, le contó que el
palacio estaba más triste porque su hija, su yerno y sus nietos habían
decidido irse a vivir a Madrid, a un piso en la calle Hermanos Bécquer,
pero que la nieta mayor de momento se quedaba con ellos.
—Si os parece, nos veremos todos los lunes un par de horas por la
tarde. —Y añadió—: Podéis traer también a la princesa… A mi mujer le
irá bien tener compañía.
Cuando salió, Juanito canturreaba simpáticamente, pero por
dentro hacía un corte de mangas y decía «Chúpate esa, Doño», que era
como llamaban al primo Alfonso. En la antesala lo esperaba la Señora
que iba con sus nietecillas, dos niñas muy monas. Las tres le hicieron
la reverencia. Juanito, echando mano de su encanto subyugante, les
preguntó:
—Y vosotras ¿cómo os llamáis?
La que parecía más descarada dijo:
—Yo, María de la O, pero me llaman Mariola y ella —señaló a su
hermana mayor—, Carmen, pero la llamamos la princesa.
14
—S eñor, le paso una llamada de su majestad la reina de Grecia.
Juanito levantó una ceja. Que lo llamara su suegra no dejaba de
ser algo inusual.
—Hola, Freddy. ¿Cómo estás?
La voz apresurada de Federica, siempre varios decibelios por
encima de lo normal, ladró al otro lado del teléfono:
—Juanito, Pablo está muy mal… Doxiades dice que hay que
operar, que tiene unas úlceras sangrantes en el esófago; ya han venido
mis cuñadas.
El príncipe, mientras su suegra hablaba, observaba su mesa
limpia de papeles e iba dando un repaso mental a todo lo que tenían
qué hacer… un viaje a Toledo perfectamente prescindible en el que
iban a visitar una fábrica de embutidos, el cumpleaños de su hermana
Margot en Estoril… ¡Que se estuviera muriendo su suegro era una
excusa perfecta para evitar uno de esos viajes a Villa Giralda, cada día
más insoportables! El placer de ver a sus amigos no compensaba
aguantar a su padre, una bestia herida que daba sus últimos zarpazos
con crueldad y saña.
Lo trataba como un lacayo, lo humillaba constantemente. Sofía se
lo indicaba sin piedad para sus emociones:
—No te respeta.
Por un momento se le ocurrió un pensamiento espantoso, que
borró enseguida de su mente. Si el que fuera a morirse fuera su
padre… ¡Se acabarían todos sus problemas!
¡Le horrorizó haber pensado así! Estaba muy mal, era muy feo,
pero es que su situación era tan difícil que, cuando lo fue a visitar uno
de sus antiguos compañeros de la Academia de Zaragoza, Antonio
Bouza, le dijo con los dientes apretados de rabia:
—Si supieras lo harto que estoy de que mi padre me utilice como
arma arrojadiza contra Franco, me siento como una pelota que va de
un lado a otro… No se puede hablar con él.
¿Cálculo, porque sabía que lo escuchaban desde El Pardo a través
de los micrófonos, o quizás incluso con métodos menos sofisticados?
Sofía una vez se encontró a uno de los sirvientes pegando sin disimulo
la oreja a la puerta del despacho. El hombre, al ser pillado in fraganti,
se enderezó y siguió limpiando tranquilamente.
¿O pensaba así realmente? ¿Sentía odio? Su amigo comentó que
tenía la mirada extraviada y que le dijo que su vida era una carrera de
obstáculos donde su principal enemigo era su padre.
Y como sus hermanas se situaban del lado paterno, apenas las
veía, aunque las dos pasaban largas temporadas en Madrid, pero la
única vez que habían puesto los pies en la Zarzuela había sido en el
bautizo de Elena, y únicamente habían ido para acompañar a su padre.
Margot callaba, la muerte de Alfonsito y la forzada separación
familiar habían oscurecido a aquella infanta traviesa que quería ser
como sus hermanos y nada le daba miedo. Pero Pilar sí había cogido
varias veces el teléfono para reñirle de esa forma adusta que tan poca
simpatía despertaba entre sus conocidos:
—¿Cómo te puedes portar así con papá? ¡Con todos los sacrificios
que ha hecho!
A ella sí que Juanito no tenía empacho de decirle:
—Vete a la mierda.
Un día, en uno de esos ataques de cólera que le salían de las tripas
y temía todo el mundo en la Zarzuela, arrancó el teléfono de la pared y
lo tiró al suelo.
El teléfono. Se lo separó un poco de la cara porque la incansable
Freddy, aun rota de dolor, seguía gritando llena de energía:
—Avisad y os reservamos habitaciones en el hotel Gran Bretaña,
pero es mejor que estéis en Tatoi, aunque sea más incómodo. Traed a
la niña, así Palo podrá conocerla.
Juanito contestó distraídamente, sí, vale, mientras pasaba las
páginas de la agenda, casi todas en blanco. La única visita que le sabía
mal anular era la cita concertada en la casita de Fuencarral, que estaba
marcada con una discreta estrella de cinco puntas, donde se iba a
encontrar con una de sus amigas de Estoril. Claro que podría llamar y
adelantarla a esta misma tarde, esa chica tan preciosa con ese cuerpo
escultural… Y era lista, tenía mucho mundo porque había viajado.
Miró el reloj maquinalmente, también tendría que avisar a la
condesita rubia de Sevilla, que iba a subir la semana que viene, ¡y a la
duquesa madrileña! Era mayor y no muy guapa, pero el asunto tenía
un componente de morbo que le causaba un escalofrío delicioso: era
tan alfonsina que su primo pasaba temporadas en su palacio y tenía
allí habitación propia que llamaban «el cuarto del príncipe». Cada vez
que Juanito se acostaba con ella decía por dentro «chúpate esa,
Doño», y poder decirlo era lo que le causaba más placer de todo.
A pesar del drama que le estaba contando su suegra, Juanito
sonreía, ay, si no fuera por estos encuentros clandestinos, ¡qué dura
sería su vida! ¡Qué agradecido estaba a su primo Fernando, que le
había facilitado esa dirección! A estas alturas de su matrimonio ya se
había dado cuenta de que Sofía nunca iba a satisfacerle.
¡Qué astuto se había vuelto! No de cara a su mujer, que vivía en la
luna, en un lugar propio donde solo estaban su hija, ella y sus
profundos pensamientos, sino a Franco, que no hubiera tolerado
ninguna conducta inapropiada. Pero, como le gustaba decir dándose
golpes con los nudillos, primero en la cabeza:
—Yo de aquí, poco —y luego se tocaba la imponente nariz
borbónica—, pero de aquí mucho.
Y gracias a su olfato había perfeccionado sus habilidades
escapistas. ¿Qué coche oficial tenía la maniobrabilidad de una moto y
alcanzaba los ciento cincuenta kilómetros por hora? Además de que
iba con casco y resultaba irreconocible.
Recordando esas horas de pasión y los jadeos roncos se evadió del
presente, pero la voz de su suegra enseguida lo volvió a su ser:
—… y díselo a Sofía con cuidado porque no quiero que se hunda
por la adoración que le tiene a su padre.
¿Adoración a su padre? ¿A ese rey desdibujado, con aspecto
enfermo, que llevaba en la calle y en casa unas grandes gafas oscuras
que le tapaban el rostro como un antifaz? Siempre a la sombra de
Federica, aplastado por su inmensa personalidad, ese hombre que
hablaba con seres de ultratumba, con los pájaros y hasta con los
árboles, y que en una ocasión le había dicho, medio en broma, medio
en serio: «Cuando me vaya regresaré como uno de esos mirlos que
tenéis en el jardín y vigilaré por la ventana que te portes bien con mi
hija».
Juanito se sorprendió de lo poco que conocía a la mujer con la que
se había casado. Nunca hablaba de sus sentimientos. Doña Carmen
decía que era muy piadosa y sí, en misa se abstraía, pero después
contaba:
—Estaba pensando en el sueño que he tenido esta noche… Se me
aparecían nubes, eso quiere decir que va a llover.
Juanito se aclaró la voz:
—En cuanto resuelva mis asuntos aquí, vamos; Freddy, no te
preocupes.
La reina dio un resoplido, porque conocía perfectamente la
«importancia» que tenían esos asuntos.
Juanito se dio cuenta una vez más de lo bien que funcionaba la
conexión Pardo-Zarzuela, porque Franco lo llamó inmediatamente:
—Alteza, acudid al lado de vuestro suegro, no faltaría más… Tened
cuidado de no hacer ninguna declaración, porque en Grecia, con esa
manía de celebrar elecciones democráticas —el «democráticas» lo dijo
con burlón retintín—, han ganado los socialistas y no conviene
implicarse.
¡Viajar! ¡Salir de España! Juanito se alegró inmediatamente,
aunque procuró adoptar un tono compungido dadas las
circunstancias.
—Sí, excelencia, saldremos lo antes posible. Si le pasara algo a mi
suegro, Dios no lo quiera, mi cuñado sería rey.
Sabía que su cuñado estaba muy mal preparado para su cometido,
era un chico mimado, ignorante e impulsivo, que estaba a punto de
casarse con la jovencísima Ana María de Dinamarca. Su propia
hermana Irene decía de él que era «el idiota de la familia».
Franco rio como si tuviera algún as en la manga:
—Veremos por cuánto tiempo… mientras el ejército quiera. En
estos asuntos no hay nada seguro.
Era una indirecta, pero Juanito prefirió no darse por aludido,
porque ya se levantaba para decirle alborozadamente a Sofía:
—¡Haz las maletas!
Hasta que se dio cuenta del motivo del viaje y adoptó un tono
adecuado a las circunstancias:
—Ven, Sofi, siéntate. Deja a la niña un momento.
Ya que tenían permiso para viajar, decidieron primero ir a Suiza, a ver
a Gangan, que contempló displicentemente a Elena y les dijo:
—Muy mona, ahora tenéis que ir a por el niño.
Después fueron a esquiar a Saint Moritz. ¡Hacía tanto que no
veían la nieve! Habían quedado con María Gabriela de Saboya, que
estaba con Robert de Balkany y formaban una pareja sofisticada,
aunque aún no se habían casado. Sofía protestaba:
—Viven en pecado… no me gusta mucho salir con ellos.
La verdad es que tenía celos de Ella, que compartía con Juanito
unas vivencias de las que ella estaba proscrita. Juanito se burlaba:
—Cada vez eres más puritana, Sofía, acabarás por hacerte monja.
Por la noche bajaban a la boîte del hotel La Margna a tomar un
vino caliente y bailar el twist.
Mientras, en Grecia, el doctor Dioxades había operado a Pablo en
un quirófano improvisado en Tatoi, pero tuvo que cerrar sin tocar
ningún órgano interno: era un cáncer irreversible y el rey se moría sin
remisión.
La prima Tatiana Radziwill llamó a Sofía:
—Tío Pablo se va.
Federica trasladó un catre de campaña a la habitación de su
marido. Ponían música de Bach en un tocadiscos y se cogían de la
mano. La única debilidad de aquella mujer, dura como su abuelo el
káiser de Alemania, era Pablo, al que ella nombraba con las más dulces
palabras del corazón, «mi Palo adorado, mi amor, mi alma…».
Para distraerlo, le hablaba de sus viajes, de cuando fueron a la
India y visitaron el Taj Mahal.
—Palo, ¿serías capaz de levantarme un monumento como ese
cuando yo me muera? —le preguntó con coquetería.
No esperaba que su marido le respondiera porque apenas tenía
voz, pero Pablo forzó la voz para contestarle:
—Preferiría que descansáramos bajo el cielo abierto de Tatoi y que
los ciervos pasearan por encima de nosotros y brotaran florecillas
silvestres en primavera. —Hizo un gesto de dolor y la enfermera entró
con una inyección calmante, pero Pablo dijo con los ojos brillantes
como brasas—: No, quiero estar consciente para marcharme… No
quiero que nada me retenga, quiero irme viendo la puerta de entrada
en el otro mundo.
Un día suplicó un cigarrillo, lo insertó en una boquilla. Señaló una
butaca, lo sentaron y pidió:
—Traed a mi nieta.
Sofía, anegada de tristeza, le puso a Elena en las rodillas.
Luego se acostó y ya no volvió a levantarse.
Freddy no se separaba de él, Pablo apenas hablaba, pero le besaba
los dedos uno a uno y la llamaba prinzessin , como cuando eran
jóvenes, pobres y felices.
El último día entró Tino y le dijo:
—Papá, todas las iglesias están llenas, ¡los griegos rezan por ti!
Pablo, que nunca había querido ser rey, se llevó la mano al
corazón más rey que nadie:
—Dales las gracias y diles que ellos son mis hijos también.
Freddy puso la Pasión según San Mateo , de Bach:
Mis ojos vierten sobre tu cabeza
un torrente de lágrimas…
¡Sangra, querido corazón!
… Descansad, miembros abatidos,
Descansad dulcemente…
Felices son tus ojos
que se cierran al fin.
El rey movió las piernas como si quisiera caminar y le dijo a su
mujer:
—Siempre estaremos juntos tú y yo… Hablaremos todas las
noches, te llevo en mi corazón para la eternidad, prinzessin. ¡Veo la
luz!
Federica le habló en griego, para que las últimas palabras que
oyera fueran en la lengua de su pueblo:
—Agapi mou.
Era viernes, 4 de marzo.
Juanito y Sofía se acostaron en la pequeña cama de soltera de la
princesa. Juanito sintió sollozar a su mujer y le preguntó:
—¿Lloras por tu padre?
—No, lloro por nosotros —gimió contra la almohada—. Nunca nos
querremos como ellos porque tú no sabes amar.
Llovió toda la noche y cuando cesó, Pablo estaba muerto.
Juanito le dio un leve empujón a su mujer, que se postró a los pies
de su joven hermano de veinticuatro años, tan poco formado para ser
rey, y le besó la mano. Detrás de ella fue toda la familia, incluida su
novia Ana María. Freddy se incorporó con presteza y le dijo al nuevo
rey, que lloraba desconsoladamente, poniendo las manos en sus
hombros:
—Ten valor, serénate.
El hijo tartamudeó:
—Madre, no soy ningún héroe.
Y Federica dijo con la rabia de Medea:
—¡Todos los griegos llevan un héroe en el corazón!
Cuando regresaron a Madrid, Juanito le dijo a su mujer:
—No se te ocurra comentar esa tontería de tu madre.
Molesta, Sofía, que apenas le había dirigido la palabra en todo el
viaje y en esos momentos cogía en brazos a Topsy, le preguntó.
—¿Cuál?
—Eso de que tu padre está en la luz y que ella va a hablar con él
por las noches.
—¿Y a quién se lo voy a contar? —le preguntó ella, rabiosa—. No
veo a nadie. Y además a mí no me parece una tontería, yo también
hablo con mi padre. No tengo nadie más con quien hacerlo.
Juanito puso los ojos en blanco y levantó los brazos al cielo, no
entendía cómo por Madrid había empezado a correr el rumor de que
su mujer era la lista de la pareja. Si la conocieran…
Entró un criado:
—Señora, le ha llamado su modisto, que ya puede ir a probarse la
ropa de luto a la calle Ayala.
—Gracias, avise a Gaudencio que me recoja mañana a las diez.
Juanito quiso bromear, porque el único que podía enfadarse en la
Zarzuela era él:
—Menudo puterío debe de haber ahí…
—¿Con Elio Berhanyer? Pero ¿qué dices? ¡Si fuera así, yo no ponía
los pies! ¡Es un sito muy serio!
—Ya, perdona, lo digo en broma.
—Tú todo lo arreglas así, es en broma, no estoy para bromas.
—Tú nunca estás para nada… Si supieras lo poco que me importa.
—Pues esta noche no vengas a darme la lata.
A Juanito se le oscurecieron los ojos. Sofía adivinaba que estaba a
punto de sufrir uno de sus habituales ataques de ira, pero en estos
momentos le daba igual. Al contrario, quería provocarlo y que
estallara, que gritara y que el mundo se volviera tan negro como su
pena.
Paseó arriba y abajo por el salón con un cigarrillo entre los dedos:
—Por cierto, una de sus maniquíes me dijo que era amiga tuya, me
pareció muy descarado que se dirigiera a mí directamente. Yo ni le
contesté… se llama Charo Palacios.
Juanito se hizo el disimulado:
—Sí, de Estoril, vino a nuestra boda, ¿no te acuerdas? Su padre es
un científico muy importante.
—Juanito, yo no sé si su padre es científico o no, pero me pareció
una desvergonzada. ¿No será una de tus novias?
—¡Siempre estás con eso! —Pero su rostro se había suavizado y
ahora exhibía una sonrisa de medio lado que lo delataba y, como vio
que su mujer lo miraba con suspicacia, se apresuró a añadir—: En
realidad, me han contado que está liada con Pepe Gandarias, el
ganadero.
—¿O sea que sí que sabes de ella?
—¿Cómo no voy a saber? Lo comentan Tessa y Crista, que la
conocen.
Sofi arrugó la nariz, Tessa y Crista no eran de su agrado, pero
como resultaba que eran primas y además princesas, aunque de menor
categoría, no tenía más remedio que aguantarse.
—No me hables de esos asuntos que no me interesan, liados,
liados, como si fueran animales… Elio también me quería contar cosas
de Alfonso, pero yo me niego a escucharlo, me da asco pensar en lo
que hace esta gente…
Juanito se mostró súbitamente interesado:
—Pero ¿qué te cuenta de Alfonso?
—¡Es un playboy ! Sale con artistas de medio pelo italianas, a una
la ha paseado por Madrid y la llevó a un flamenco.
¡A un flamenco! ¡Con lo que le gustaría a él ir a Villa Rosa o a
Gitanillos!
Aunque las mujeres raciales no le atraían, prefería las rubias con
pinta de extranjeras. Trató de consolarse:
—A Franco eso no le gustará.
—Ten por seguro que no… Yo, cuando vaya a ver a la Señora, ya
dejaré caer algo al respecto.
Juanito la miró con admiración, quizás era más lista de lo que
pensaba.
—Muy bien, Sofi. Así me gusta.
—No lo hago por ti sino por mí. Yo también quiero ser reina —le
contestó ella, aún enfadada.
Era la primera vez que se lo decía, y le sorprendió saber que ella
también era ambiciosa. Trataría de analizarlo más tarde, porque ahora
lo que ocupaba su mente era su primo. ¡Claro, siendo soltero podía
hacer lo que le diera la gana! Él estaba rodeado de viejos, sus asesores
tenían la edad de Franco y estaba condenado a una vida de sacrificio y
aburrimiento.
Si no fuera por sus visitas a la casita de Fuencarral… ¡Coño, que
tenía veintiséis años y sentía la sangre torrencial y caliente de los
Borbones correr por sus venas!
Pero debía reconocer que casi todas le gustaban menos su mujer.
Como le decía a un amigo:
—¿Quién quiere acostarse con la bisnieta del káiser?
Se sentía mal. Ninguno de los dos disfrutaba, era un esfuerzo
desmesurado por ambas partes que los dejaba exhaustos e
insatisfechos. Lo hacían muy pocas veces, lo indispensable para que
Sofía se quedara embarazada y que el tronco dinástico retoñase.
Después, Juanito daba vueltas en la cama, se levantaba a encender un
cigarrillo, se iba al salón a ponerse una copa, volvía a acostarse,
apretaba los puños y se decía que cuando diera a luz un varón eso se
habría acabado.
Sofía estaba de espaldas y nunca sabía si estaba despierta o
dormida.
Cuando le contó que volvía a estar en estado, el príncipe dijo:
—Supongo que ahora será niño.
Ella se encogió como si le hubiera pegado.
Pero fue niña. Cuando su marido entró en la habitación de la
clínica, Sofía le preguntó tragando saliva:
—Ha sido una niña, pero ¿estás contento?
—Claro que sí —consiguió decir él con esfuerzo.
Pero Sofía se echó a llorar.
El ayudante del príncipe, el general Armada, convocó a los
gráficos en una salita adyacente:
—Solo una foto.
No importaba, en realidad, tenían más interés en charlar y
fotografiar al príncipe Alfonso de Borbón, que se excusó por no haber
podido pasar antes a visitar a la hija de su primo:
—Trabajo en el banco y tengo que respetar un horario, como es
natural. No tengo ningún privilegio.
Iba con el marqués de Villaverde, que comunicó a su vez a los
periodistas:
—He acabado una operación de ocho horas.
Juanito, que no tenía otra cosa que hacer que departir con sus
asesores y tener hijos, puso sonrisa de conejo, aunque por dentro le
ardía un bosque entero.
El marqués ni siquiera llegó a entrar en la habitación y los estuvo
entreteniendo, contándoles la última corrida del Cordobés. Un
fotógrafo imitó el «salto de la rana», un pase típico del popular torero,
y todos rieron. «Oleeee», dijo el marqués, dando media vuelta sobre sí
mismo, mirando al tendido.
El reportero Yale, el más atrevido, preguntó:
—¿Y Luciana Wolf?
Porque se rumoreaba que en esa época la cantante y el marqués
tenían «un lío», pero Cristóbal salió por peteneras:
—¡Las mujeres tienen más peligro que un toro de Miura!
Los periodistas rieron, olvidados ya de la princesita que, pálida y
hierática, exhibía a su bebé con gesto cansado. Total, era una niña. Las
flores de lis volvían a estar de capa caída.
Sofía se quedó una semana en la clínica, con fiebre y dolores
vagos, y estuvo varios meses retirada de la circulación. Entonces no se
hablaba de depresión posparto, pero nadie se preguntó qué le pasaba a
la princesa. Ni Sofía ni Juanito aparecían en los medios de
comunicación, los españoles no los conocían, a nadie importaba qué
hacían o quiénes eran. Federica no pudo estar a su lado, su hijo la
necesitaba en un país convulso y excitable que se encaminaba a pasos
agigantados hacia el golpe militar. También su nuera, que estaba a
punto de dar a luz a su primer hijo. Llamaba a Sofía para decirle:
—Anoche hablé con tu padre y me ha dado muchos recuerdos para
ti.
—¿Y no te dijo nada más? —preguntaba Sofía con un hilo de voz.
—Hija, ahora quien más nos necesita es Tino… Ya le hemos dicho
que trate de obtener el apoyo de los militares —respondía Freddie,
dándose aires.
Gangan expresó lo que nadie se atrevía a verbalizar:
—Lástima que haya sido niña, ¡qué pena! Un varón hubiera
afianzado tu posición, Juanito.
El padre le dijo que no pensaba ir a Madrid después de la última
cabronada de Carrero Blanco, la mano derecha del Caudillo, que había
dicho que Juan «ya no servía». Barbotó:
—¡No soy una momia decadente, por mucho que se empeñen!
El príncipe se sintió aliviado de que su padre no fuera al bautizo
porque, en una jugada que le pareció maestra, le había pedido a su
primo Alfonso que fuera el padrino para demostrar que no lo
consideraba un rival, ya que estaban a diferentes niveles, por mucho
que el otro saliera en las revistas frívolas y le llamaran «el príncipe
azul que trabaja y no cree en los cuentos de hadas».
Alfonso aceptó magnánimamente y estuvo ayudando a la
madrina, la hermana de Juan, la infanta Cristina, a sostener la
cabecita de la recién nacida, Cristina como ella, mientras recibía la
preceptiva agua del río Jordán, que algún criado desveló luego que en
realidad se trataba de agua del grifo.
Fue un bautizo desangelado y frío.
Cuando acabó, Juanito se arrancó la corbata y se fue hacia su
mujer que, tristona y apesadumbrada, acunaba obsesivamente a su
hija:
—Sofi, vamos a tener ese niño, aunque sea lo último que haga en
esta puta vida.
Le pareció que un mirlo de aspecto amenazador lo vigilaba a
través de la ventana.
15
L as hojas de los álamos cascabeleaban en la suave brisa primaveral.
Juanito estaba sentado a horcajadas en la barandilla que rodeaba el
porche de la casa de Manuel Prado y Colón de Carvajal, un amigo
reciente que le había presentado en el Nuevo Club su primo Carlos de
Borbón-Dos Sicilias, el Carlitos revoltoso de Las Jarillas, que ahora se
había vuelto un señor serio porque se había casado con Ana de
Francia.
¡Lo de Juanito y Manolo fue un amor a primera vista! La conexión
había sido inmediata: quedaron para comer y estuvieron juntos hasta
las tres de la madrugada, cuando los camareros del exclusivo club de la
calle Cedaceros avisaron de que tenían que cerrar.
Lo primero que le había soltado encendió una alarma en los ojos
de Juanito:
—Alteza, os lo digo por vuestro bien —Juanito frunció el ceño, no
le gustaban las frases que empezaban así—, demasiada gente sabe de
vuestras visitas a Fuencarral… hay mucha maledicencia.
Primero iba a enfadarse y a negarlo, pero luego se puso triste
porque comprendió que su nuevo amigo tenía razón y que se habían
acabado sus momentos de esparcimiento. Le tendió la mano por
encima de la mesa para estrechar la suya, y le sorprendió advertir que
Manolo era manco:
—Perdí el brazo izquierdo en un accidente de coche. Pero no me
ha impedido llevar una vida normal, ni cazar, que es lo que más me
gusta del mundo.
Se habían despedido con un abrazo y Manolo le dijo que vivía en
la urbanización Casaquemada y que le gustaría verle en su casa, esa
casa donde ahora acababa de llegar en un viejo Willy cubierto de
polvo. Lo había dejado aparcado de cualquier manera frente a la verja
y franqueado la valla del jardín de un solo salto.
Solía venir desde la Zarzuela por la carretera de La Coruña sin dar
aviso y siempre con algún obsequio, una caja de vinos, unas corbatas,
unos libros que no pensaba leer… Eran regalos que le enviaban las
diputaciones o alguna empresa del INI que la princesa miraba
despectivamente. ¡Qué diferencia de los presentes fabulosos que le
ofrecían los armadores griegos a su madre, desde abrigos de martas
cibelinas para toda la familia, hasta casas, barcos o caballos!
Lo primero de todo era un beso a la anfitriona, Pilar, la madre de
Manolo que, aunque está casado, sigue viviendo con sus padres. Pilar
es descendiente directa del almirante Cristóbal Colón:
—Hola, mamá.
La llama mamá, quizás porque a la suya no la ve casi nunca.
Pilar le dice sonriendo:
—Buenas tardes, alteza, ¿la princesa no está?
Distraídamente, mientras da unos pases de boxeo contra un poste,
dice:
—No, se ha ido a Grecia porque es el cumpleaños de la reina.
En ese mes de marzo de 1967, Sofía ha acudido al lado de su madre, no
solo porque Federica cumple cincuenta años, sino porque, desde que
ha muerto su marido, está sumida en una profunda depresión, por
mucho que por las tardes hable con él y reciba sus consejos para que se
los transmita a Tino. Grecia camina hacia el desastre, se suceden las
huelgas y las manifestaciones de uno y otro signo, las detenciones y las
torturas en las comisarías, y el pobre rey, sobrepasado por las
circunstancias, es una barca a la deriva que ya no sabe en quién
confiar.
Sofía, que es recibida en el aeropuerto con gritos e insultos por las
mismas azafatas, le pregunta a su madre:
—Pero ¿estáis seguros aquí? ¿No os va a pasar nada?
Federica responde con altivez:
—La divisa de los reyes de Grecia es: «Nuestra fortaleza es el amor
de tu pueblo», y en eso confío.
Claro que Sofía, más que ir a Grecia, huye de la Zarzuela y de su
vida conyugal. Su convivencia con Juanito está lastrada por la
necesidad de tener un varón, llevan tres años intentándolo, en esas
fechas que saben que son las más fértiles, según les ha contado el
doctor Mendizábal. Pero cada mes surge una nueva decepción. Cuando
sale del cuarto de baño, Juanito le pregunta sin palabras y la princesa
menea la cabeza:
—No, este mes nada.
Y otra vez a esperar cuatro semanas.
Nueva consulta al doctor Mendizábal:
—Vuestra alteza solo tiene veintiocho años. Se trata de insistir.
¡Insistir! ¡Aquí está la madre del cordero! No les apetecía ni a uno
ni a otro, lo que para los demás es placer, para ellos se ha convertido
en una obligación onerosa y cargada de responsabilidad, los mimbres
más inadecuados para el goce y el disfrute.
Claro que la parte más difícil la tiene Juanito. La princesa le ha
leído un libro del doctor Iglesias Puga, un reputado ginecólogo al que
visita en la maternidad de la calle O’Donnell. Para conseguir un
embarazo aconseja guardar castidad el resto del mes y hacerlo solo dos
días, justo en medio del ciclo, «para que el jugo vital esté en su más
pujante virilidad». Que después de un mes de castidad se le aparezca
su mujer con un camisón abrochado hasta el cuello con expresión de
resignado martirio y la habitación en siniestra penumbra, en la que
cree adivinar la silueta de los diecisiete reyes que le precedieron,
requiere de él una voluntad sobrehumana. Le comenta sombríamente
a su primo Carlitos:
—Luego dicen que la vida de los príncipes es un lecho de rosas.
El primo solo le dice:
—Acuérdate de Alfonso de Borbón.
Juanito aprieta los puños:
—Ya, ya, ¿quién te crees que se me aparece en ese momento
crucial? Comprenderás que no contribuye a que la cosa mejore, si aún
fuera Marilyn Monroe…
¡Alfonso! ¡Se está convirtiendo en su pesadilla!
Franco, siguiendo con su política de jugar a dos barajas y para
meterle el miedo en el cuerpo a don Juan y que deje de joder con sus
declaraciones extemporáneas, en las que insiste en que él va a ser el
rey de todos los españoles, le da cierto empuje a la candidatura de
Alfonso de Borbón, que cuenta con grandes apoyos, desde el
millonario catalán Mariano Calviño, hasta el marqués de Villaverde, al
que se le ha ocurrido una idea descabellada: ¡que Alfonso y su hija
mayor se hagan novios! Un proyecto que, por ahora, solo está en la
mente calenturienta del Yernísimo y del príncipe.
Porque así, príncipe y alteza real le llaman los periódicos, y
también «el prudente». Juan Carlos está inquieto, quiere salir del
anonimato y, por consejo de su asesor, el marqués de Mondéjar,
decide hablar con Emilio Romero.
El director de Pueblo , que en secreto es un firme partidario de la
candidatura de Alfonso, cree que será una buena primicia periodística
que Tico Medina les haga una interviú a cada uno, que saldrá en la
misma edición y ocupando el mismo número de páginas bajo el
epígrafe de «Príncipes».
En su entrevista, Alfonso queda como una persona hecha a sí
misma, crecido en las dificultades, atractivo y varonil, con una visión
moderna de la vida. Abre él mismo la puerta de su sencillo piso de la
calle Castelló, que cuenta con una buena biblioteca, contesta
espontáneamente y de Franco hace un elogio razonado:
—Nos ha salvado de muchos peligros, nos ha dado treinta años de
paz, impidiendo que entráramos en la Segunda Guerra Mundial, y ha
impreso en los españoles la conciencia de unidad.
A su primo lo despachó con un simple:
—Es muy simpático.
Y Juan Carlos, ¡madre mía, don Juan Carlos! Cuando leyeron la
entrevista, los asesores se llevaron las manos a la cabeza. ¡Tico Medina
lo hacía quedar como un completo imbécil!
Un ser rodeado de ayudantes que le escriben en un papel las
respuestas más sencillas. Tico le pregunta cómo es su día y contesta:
—Me levanto a las ocho de la mañana, voy al cuarto de baño, me
ducho…
Y, antes de que diga «hago mis necesidades», lo interrumpe el
marqués de Mondéjar con un susurro que el periodista oye y
transcribe: «No hace falta que especifique tanto».
Es infantil:
—Hago deporte, soy cinturón marrón de kárate. —Y se tapa la
boca asustado, como hacen las criaturas—. Oh, creo que el kárate está
prohibido, mejor que eso no lo ponga.
Y es el periodista el que tiene que tranquilizarle: «No se preocupe,
no creo que el Ministerio de la Gobernación vaya a tomar cartas en el
asunto».
La entrevista se interrumpe varias veces con llamadas del padre
desde Estoril. Se oye vibrar el auricular con los gritos de don Juan y
los sumisos:
—Sí, papá. Claro, papá. Adiós, papá —Y luego aclara—: Era mi
padre.
Aun en el entorno familiar y apacible de los Prado y Colón de Carvajal,
rodeado de jardines frondosos y caros, y aunque han trascurrido
varios meses desde las entrevistas de marras que, por cierto, pasaron
desapercibidas, Juanito no puede olvidar su vergüenza y su rostro se
ensombrece. Con esa intuición que le hará estar a su lado más de tres
décadas y ser su mejor amigo, Manolo le dijo:
—¿Sabéis, señor? El otro día me encontré en Carrusel a vuestro
primo Alfonso de Borbón con esa actriz italiana.
Su mujer añadió, rápida:
—Marilù Tolo. Hace películas de gladiadores.
—Iba con su hermano Gonzalo y con otra amiga con pinta de
putiplista . A pesar de que él es un muermo, estuvieron hasta las
cuatro de la mañana.
Los ojos de Juanito se iluminaron, porque es uno de esos seres
humanos capaces de transitar de la tristeza a la alegría en cuestión de
segundos:
—¿Y se habrán enterado en El Pardo?
La mujer ríe.
—¡Por supuesto! ¡Franco y todos los españoles! ¡Esta semana han
salido en las revistas de peluquería y ponía: «Las cenicientas y los
príncipes»!
Todos se alegran, la nube negra desaparece, el ambiente se
distiende…
En media hora, después de varias frenéticas llamadas de teléfono,
se ha formado tertulia alrededor del príncipe, encabezada por los
hermanos Manuel y Diego, cuyo padre es un diplomático chileno,
Jaime Carvajal, el primo Carlitos ¡y su viejo amigo Zourab Tchokotua!
Su antiguo compañero del Saint Jean de Friburgo ahora vive en
Mallorca, dedicado a negocios inmobiliarios, donde es novio de la
millonaria Marieta Salas.
Juanito no olvidará nunca cómo lo defendió delante de los
matones del colegio. Le pasa el brazo por los hombros:
—Zu, si es tan rica, cásate de una puñetera vez y te prometo que a
tu primer hijo lo apadrino yo.
E incluso, sorprendentemente, ese día se ha añadido el notario
Tono García Trevijano, que es el único, aparte de su primo, que trata
de tú al príncipe porque se confiesa republicano:
—Cuéntales cómo eran aquellas brasileñas de Zaragoza.
Juanito ríe mientras se come los cacahuetes a puñados. Sin
buscarlo, casi sin darse cuenta, ha ido levantando un grupo de
complicidades que, de momento, no ha despertado los recelos del
Caudillo que, cuando le informan al respecto, dice a su primo Pacón:
—Tengo plena confianza en el príncipe. No es un frívolo como su
padre, pero también es joven y necesita esparcimiento. Y mientras sus
amigos sean esos y podamos controlarlos… —Y también—: Estoy muy
contento con su actuación y la de la princesa. La gente no sabe la vida
de sacrificio que llevan.
De vez en cuando se cuela alguna pareja bohemia, que da colorido
a las reuniones. A veces han sido Dominguín y Lucía Bosé, con los que
han ido a cazar a los montes de Toledo. A su prima Tessa de Baviera le
ha dado por pintar y les presenta al excéntrico pintor gallego Otero
Besteiro, y los Quintanilla aportan alguna estrella de cine
estadounidense que está rodando una película de Samuel Bronston.
Incluso el primo Gonzalo ha llevado a una novia americana que resulta
ser ¡torera! Cuando desaparece, le preguntan por ella y contesta el
alegre vividor:
—Se ha quedado embarazada y se ha vuelto a su país.
Hoy están Charo Palacios y su último acompañante, el productor
Quique Herreros. Es hijo del genial dibujante de La Codorniz ,
Enrique Herreros. Charo cuenta que Quique ya le ha presentado a su
padre que, como buen humorista, es un tipo serio y cáustico.
—Estuvimos comiendo y eso, y cuando acabamos le pregunté,
¿qué te ha parecido la novia de tu hijo? Y me contestó, mirándome de
arriba abajo, pues, oye, como ahora las decentes parecéis putas y las
putas decentes, no sé qué decirte.
Juanito, que llevaba rato mirando las fabulosas piernas de Charo,
que lucía con una atrevida minifalda, casi se cayó al suelo de la risa.
La madre le tendió una copa de vino:
—Mira, es el que has traído.
Manolo le preguntó como quien no quiere la cosa:
—¿Os hacen muchos regalos?
Juanito negó con la cabeza:
—Qué va, cuatro puñetas de nada. —De pronto recordó—: Bueno,
los coches me los regalan los concesionarios, es verdad, las casas
Mercedes y Audi. La moto también.
El amigo miró la punta del cigarrillo:
—Porque, a ver, ¿con cuánto contáis al mes?
Nadie había osado preguntárselo, pero Juanito, que ha oído
hablar de dinero desde que era pequeño en su casa, no tiene empacho
en contestar:
—Setenta mil pesetas.
Ríen con asombro porque todos son millonarios, y esa cantidad
les suena ridícula. ¡Que el futuro rey de España cobre esa miseria no
deja de hacerles gracia! Solo García Trevijano apunta que es dinero
limpio de polvo y paja porque todos los gastos los paga Patrimonio.
Aun así, Juanito se queja:
—Sigue siendo una mierda. Vivir con estrecheces no es nada
agradable, os lo juro, vosotros no tenéis ni idea. Me he quejado
muchas veces a Fuertes de Villavicencio, que nos fiscaliza hasta las
llamadas a Grecia y las Coca-Colas de la princesa y dice que Franco
vive con menos.
—Pero ¿la nobleza no contribuye?
—¡Pero si para mi regalo de bodas Valls Taberner tuvo que estar
meses pasando la gorra! Son todos unos tacaños de cojones y yo no
puedo pedir, tienen que ser ellos los que se retraten… ahí os quisiera
ver.
El primo Carlitos se siente incómodo, pues no son pequeñas las
cantidades que cada mes aporta su padre a Villa Giralda, pero como
son para don Juan, prefiere callarse.
Manolo sigue preguntando:
—¿Y quién os administra el dinero?
—Bueno, mi banquero es Luis Valls Taberner, pero ya ves que no
hay mucho que administrar.
El príncipe se olvida de añadir que Valls Taberner, miembro del
Opus Dei, cuando hay gastos extraordinarios hace que los cubra el
propio banco con un préstamo sin intereses que no se espera cobrar
nunca.
—Pero ¿no tenéis un intendente, como tenía vuestro abuelo o
como tiene vuestro padre?
—¿Un administrador, dices? Pues no.
Manolo confiesa medio en broma:
—Me gustaría serlo algún día.
En ese momento sonó el teléfono en el interior de la casa, salió la
madre, alarmada:
—Don Juanito, os reclama el marqués de Mondéjar.
Urgentemente.
¡Un golpe de Estado en Grecia! Como dice el poeta, lo que más
secretamente tememos siempre ocurre. Al final, tal como había
pronosticado Franco, los militares se habían sublevado y tomado el
poder, cargándose la Constitución y derrocando gobierno e
instituciones.
¡Y Sofía estaba allí! ¡Viviendo en directo la historia!
Se alojaba con sus dos hijas en Psychico, la casa donde había
nacido, mientras los reyes Constantino y Ana María, que ya tenían una
niña y esperaban otro hijo, vivían en Tatoi. La noche del 21 de marzo,
Sofía acababa de llegar del cine, había visto El graduado y cantaba,
mientras se estaba quitando el abrigo:
God bless you, please, Mrs. Robinson.
Heaven holds a place for those who pray.
Hey, hey, hey…
Hey, hey, hey…
Llamaron a la puerta.
Era un oficial de uniforme. Tenía detrás unos tanques enormes
que apuntaban a la casa. Dio un gritito de miedo, pero el militar la
tranquilizó:
—Señora, no os preocupéis, estamos al lado del rey.
Los tanques recorrieron Atenas toda la noche, sembrando el
terror entre sus habitantes, que permanecieron agazapados en sus
casas. Un avión militar esperaba en el aeropuerto a Sofía y a sus hijas
para devolverlas a España. Su madre, despeinada y con los ojos
brillantes, le susurró al oído:
—No te preocupes, Tino acaba de tomar juramento a la junta
militar, estamos a salvo. Papá ha dicho que estemos tranquilos, que él
vela por nosotros.
Cuando aterrizaron en Barajas, la noticia estaba en las primeras
planas de todos los periódicos europeos: «Golpe de Estado en Grecia,
la ultraderecha se hace con el poder con la aprobación del rey
Constantino». El Daily Mail comparaba la situación de los dos
hermanos griegos: rehenes o peleles de una dictadura militar: Sofía en
España, Constantino en Grecia. El periodista Ramón Garriga subrayó,
sin embargo, en la BBC, que «o se es pelele o se es rehén, pero las dos
cosas no se pueden ser».
Juanito abrazó a sus hijas, que estaban encantadas con todo aquel
trasiego y, a pesar de los momentos tan tensos que acababa de pasar,
pronto advirtió la mirada ilusionada de su mujer y su sonrisa
insinuante. Enseguida cayó:
—¿Es que…?
—Sí, estamos esperando un hijo.
Pero en vez de alegrarse, un puño de hierro le retorció el
estómago:
—¿Y será niño?
No perderlo. Todos los días se estudia Sofía frente al espejo, de
perfil, de frente, se levanta el jersey, se acaricia la incipiente barriga
que apenas se nota porque es de cintura estrecha, pero caderas anchas.
Sí, el niño sigue ahí, refugiado en su vientre.
—Los tres primeros meses son los más delicados. Repose.
Pero el 5 de mayo no tienen más remedio que acudir a Estoril
porque se casa la infanta Pilar. No con un Balduino de Bélgica, ni
siquiera con un aristócrata de primera fila, pero Luis Gómez Acebo,
hijo de los marqueses de la Deleitosa, es guapo, muy inteligente, culto,
de buena familia, con un trabajo prestigioso, y la infanta está loca por
él. Como no hay nadie más en perspectiva, porque Pilar tiene ya
treinta años y va camino de convertirse en una solterona, don Juan
accede y les concede el título vitalicio de duques de Badajoz.
La boda fue caótica, sufragada por una cuenta que se abre en
diversos bancos españoles, y se anuncia en el ABC . Fueron cientos de
invitados ataviados con trajes que parecen sacados de una tienda de
disfraces, ¡un andaluz hasta lleva un apolillado uniforme isabelino!
Los inevitables tunos cantan:
Clavelitos, clavelitos,
clavelitos de mi corazón.
Extienden sus capas sobre el suelo de la explanada del templo y,
como además hace mucho viento, los invitados resbalan y se caen,
ante las risotadas de los curiosos.
La ceremonia resultó muy embarazosa para la novia, que comentó
con pesar al cabo de unos años:
—Fue una boda llena de política… No disfruté, la verdad.
Porque, sobre todo, el casamiento se convierte en un campo de
batalla entre Juan y su hijo. El padre quiere dejar muy claro que aquí
Juanito no es nadie, en la iglesia de los Jerónimos, los príncipes tienen
que estar de pie durante dos horas, no hay sillas para ellos, y en el
banquete en el Estoril Plaza los relega a un lugar secundario, en una
mesa con invitados de segunda categoría.
Juanito y su padre no intercambian palabra. En las fotos aparece
en el extremo, lo más lejos posible de Juan, y las expresiones son
tristes o severas. El novio, que empieza a entender en qué clase de
familia se ha metido, está pálido y ojeroso. María parece a punto de
echarse a llorar.
Los partidarios de don Juan le gritan a Juanito:
—Viva el rey Juan III. Muera Franco.
Juan no hace nada para que se callen. ¡Es su día de triunfo! ¡Hoy,
que casa a su hija, quiere sentirse protagonista sin que Franco o su
hijo mermen su importancia! Para quien, deseando ser rey, es tan solo
el padre de la novia resulta un triste consuelo, pero el conde de
Barcelona está tan necesitado de afectos y reconocimientos como el
sediento que atraviesa el desierto y se muere por unas gotas de agua.
Los príncipes regresan a Madrid. Al día siguiente acuden a El
Pardo. El Caudillo los recibe con un nuevo obsequio:
—Mirad, alteza, estos prismáticos alemanes para cazar… parece
que tienen muy buena óptica.
Los dos se dedican a graduar el objetivo y cambiar las lentes,
mientras su excelencia musita, como sin darle importancia:
—Se ha querido aprovechar la boda de vuestra hermana para
hacer propaganda política, aunque no va a servir de nada… Su padre
es enemigo del Movimiento Nacional y él solo se ha descartado.
—Sí, general.
—No os dejéis influir, alteza, por los cantos de sirena, confío en
vuestro elevado patriotismo y en vuestra inteligencia.
Juanito asiente y mira a su mujer con algo de rencor. ¡A ver si esta
ahora va a dar a luz una niña y va a joderlo todo!
La princesa se pone nerviosa y dice:
—Voy a saludar un momento a doña Carmen.
El momento se convierte en dos horas, y es que le pide a la Señora
consejo para educar a sus hijas, a pesar de que Sofía es puericultora y
la otra no tiene ni idea de la crianza de nadie, pero a pesar de eso la
princesa no cesa de decir:
—Gracias, señora, no sé qué haría sin sus lecciones.
Porque se acuerda de lo que le dijo su madre del santo y la peana.
Doña Carmen, crecida, propone:
—Estaría muy bien que os dejarais asesorar por Pilar… Ya sabéis,
Pilar Primo de Rivera, la hermana del Ausente.
Con ingenuidad Sofía pregunta:
—¿Es madre de familia numerosa?
La señora ríe:
—¡Sí, muy numerosa! ¡Todos los niños de España! —se acerca
confianzuda—. Veréis, alteza, ella es soltera, pero sabe más que todos
nosotros juntos porque es la fundadora de la Sección Femenina de la
Falange.
Sofía recuerda vagamente:
—Ah, sí, su sobrino Miguel es amigo del príncipe.
—Pues educará a vuestras hijas, las dos infantas… y la que vendrá,
en la santa sumisión a sus maridos, en la alegría del hogar, que es de lo
que se trata.
—Lo que vendrá a lo mejor es un niño —aventura la princesa.
—Claro, puede ser —concedió la otra amablemente—. Entonces, él
no. Mi marido siempre dice que los hombres solo pueden ser soldados
o santos.
La princesa discrepa:
—Pero un hombre también podría ser… no sé —mira al techo—,
¡astronauta!
—¡Soldado!
—O quizás, maestro.
—¡Santo!
La princesa admite, convencida:
—Sí, tenéis razón —y pregunta con curiosidad—: Y su excelencia
¿qué es? ¿Santo o soldado?
La otra contesta con suficiencia:
—Las dos cosas.
Llega el verano y, a pesar de que la comunicación con Juan estaba
totalmente rota y no han hablado desde la boda de Pilar, Juanito y
Sofía deciden ir a Estoril con sus dos hijas. ¡No tienen otro sitio donde
pasar las vacaciones! Los Franco van al pazo de Meirás, pero aún no
los han invitado.
En Estoril no disfrutan del verano distendido que esperaban, no
logran relajarse, y no por causa del padre precisamente. Don Juan
hace su vida y apenas se ven, ahora tiene un barco nuevo, el Giralda ,
también regalo de sus fieles, que ha venido a sustituir al Saltillo y,
sobre todo, tiene también una relación seria con una señora, muy
distinta a las otras: ¡aquella Zsa Zsa, que lo volvía loco! ¡Greta, por la
que estuvo a punto de abandonar a María! Es una dama elegante,
extranjera, aunque vive en Portugal y, como Juan, está casada. La
relación durará varios años y, aunque se lleva de forma discreta, es
conocida y aceptada por la sociedad de Estoril. Al marido de la señora
no le gusta navegar, pero no le importa que Juan y ella salgan juntos
con el Giralda . A la vuelta cenan en El Pescador y después van al
casino.
María ingresa unas semanas en una clínica de Suiza y después se
queda en Villa Teba, en la Costa Azul, mientras su suegra se aloja en la
vecina casa del príncipe Pierre de Polignac, el padre de Rainiero. La
mujer de Rainiero, la actriz Grace Kelly, las visita a menudo porque la
reina Victoria es la única aristócrata de verdad que no le hizo el vacío
cuando se casó con el príncipe. Es más, le dio valiosas lecciones de
filosofía de la vida, como había hecho con sus nietos cuando eran
pequeños:
—Ríe y el mundo reirá contigo, llora y estarás sola. —Y también le
aconsejó—: No abuses de tu belleza con esos vestidos made in
Hollywood , encuentra una modista que sepa vestirte como una
princesa y no como una putain.
Grace prescindió de Helen Rose y compró la colección completa
de Hubert Givenchy, que fue su modisto para toda la vida. Quedó tan
agradecida a la exreina de España que la hizo madrina de su único hijo
varón, Alberto.
Ese verano, entonces, Juanito y Sofía tienen Villa Giralda
prácticamente para ellos solos, ya que Margot está en Madrid con su
hermana y su cuñado, que le han alquilado un piso al bailarín Antonio.
Podría ser una situación idílica… pero no lo es, porque Sofía está
preocupada y tensa, y es que tanto a ella como a Juanito les atormenta
la posibilidad de que su próximo hijo sea otra niña.
Se pelean, están días enteros sin hablarse, Sofía le prohíbe que vea
a sus amigos y Juanito no tiene más remedio que obedecer, a
regañadientes, pues teme que cualquier disgusto dé al traste con el
embarazo.
Le llevan un saco de boxeo para que se desfogue y Ramón Padilla
le pregunta:
—¿Queréis que os lo pongan en el cuarto de juegos?
La contestación es tan violenta que Padilla se asusta:
—¡No!
Ay, Alfonsito.
—Perdona, Ramón, es que prefiero que esté en el garaje.
Al final, la princesa acepta cenar con el matrimonio Arnoso —
Maná y Nena—, y luego van a la boîte Van Gogó en Cascaes. Maná sale
a bailar con Sofía, que le confiesa algo sorprendente, que nos hace
sospechar que la princesa haya dado a luz a sus hijos mediante
cesárea, aunque nunca se ha dicho de forma oficial:
—He tenido muchas dificultades con mis embarazos anteriores y
seguro que este será mi último hijo. Si es una niña, será nuestro fin…
Juanito está insoportable, muy preocupado, y yo también. —Y luego
protesta—: ¡No hay derecho! Vosotros, que os da igual, tenéis dos
chicos, y nosotros dos mujeres, cuando tener un varón es capital para
nuestra supervivencia.
Aprovechando los libros y los legajos que hay en la biblioteca de
su suegro, hace estudios sobre la genealogía de los Borbones para
tratar de adivinar qué posibilidades hay de tener hembra o varón. Una
de las criadas le dice que si el iris de los ojos es más oscuro de lo
normal significa que va a tener un niño y, aunque Sofía no se lo cree,
no deja de observárselos continuamente. Federica le aconseja que se lo
pida a su padre y también que rece a la Panagia.
El doctor Mendizábal trata de tranquilizarla:
—Alteza, no se altere, la criatura está bien posicionada… Pero
evite emociones o sustos, porque eso sí que sería fatal. Mucha
tranquilidad.
¿Tranquilidad? ¿Cuando la vida juega a los dados con la historia?
En la madrugada del 14 de diciembre de 1967, Tino, su mujer, sus
dos hijos, Alexia y Pablo, su madre y su hermana Irene, tienen que
embarcarse en un viejo avión rumbo a Roma, temiendo por su vida.
¿Cómo va a tener tranquilidad la princesa cuando los que más quiere
deben huir como unos delincuentes?
Constantino, quizás por convencimiento, quizás porque se lo dictó
su padre desde el más allá en esas largas charlas que mantenía con su
mujer, intentó un contragolpe confiando en militares demócratas,
pero débiles, que fueron detenidos de inmediato, y se quedó sin
apoyos porque las potencias occidentales lo dejaron solo. Al parecer, el
embajador americano se había comprometido por su cuenta a
ayudarlo, pero su país no quiso intervenir en lo que consideraba un
asunto interno.
La junta militar que había pretendido derrocar les embargó las
cuentas y los obligó a exiliarse. Sin dinero, sin que les dejaran coger lo
más indispensable en casa, ni siquiera lo de los niños, creyendo en
todo momento que les pegarían un tiro como habían hecho los
bolcheviques con la familia imperial rusa, partieron de su patria en esa
noche de frío helador solo con la ropa que llevaban puesta. Ana María
con abrigo de pieles, Federica con jersey, Tino vestido de militar, con
la gorra encasquetada hasta las cejas.
Sofía, embarazada de ocho meses, quiso correr a Roma de
inmediato para llevarles ropa de abrigo, comida, dinero… ¡Siempre
dinero!
Juanito le dijo sencillamente:
—No tenemos.
Sofía le pidió que lo sacara de donde pudiera, que ella no quiere
desamparar a su familia, Juanito arguye que quizás Franco no verá
con buenos ojos este viaje, y Sofía, la bisnieta del káiser, le grita con
ferocidad:
—¡Nadie me prohibirá socorrer a mi madre!
En el último momento, consiguen que Valls Taberner les haga un
préstamo y, cuando ya está a punto de salir de casa, llega Manolo
Prado con una bolsa en la que ha puesto todo lo que ha podido reunir,
también pidiéndole a su familia, un puñado de billetes arrugados.
Juanito le da unos trajes y unas camisas para su cuñado.
Cuando Sofía llegó a la embajada de Grecia en Roma vio a los
suyos ya con la marca del exilio en los ojos, ateridos, pobres y
repudiados. Se abrazó a su madre. Federica le dijo con ojos
desquiciados:
—Ojalá nunca te veas como yo, aprende de mis errores.
—¿A qué te refieres?
Se le acerca y le dice al oído para que nadie la escuche; Sofía
siente su aliento caliente en la cara:
—¿Te acuerdas? Mi fortaleza es el amor de mi pueblo. —La agarra
más fuerte—. En eso confié y no era verdad, ¡no era verdad! ¡Nuestro
pueblo nos ha echado a los cerdos!
Sofía se desasió de la garra materna, vio los grandes ojos
asustados de su joven cuñada, que ha tapado a sus hijos con su abrigo
de visón para abrigarlos y, sin dudarlo, se quita el chaquetón, el
pañuelo del cuello, los guantes y aún vacía el billetero en su regazo.
Ana María le dice:
—Gracias, Sofía, no teníamos dinero ni para comprar pañales a
Pablito.
Sofía, después, ya en Madrid, le exige a su marido, protegiendo
con las manos cruzadas sobre el vientre ese hijo que está a punto de
nacer:
—Júrame que nunca vamos a pasar por eso. Que no nos van a
echar de España. Que vamos a ser reyes hasta que nos muramos. Que
siempre podré comprar pañales para nuestros hijos.
Juanito iba a gastar una broma, y decirle: «Cuando sean mayores
quizás no querrán», pero al ver la expresión de su mujer se contuvo y
le hizo una promesa que en esos momentos no sabe si está en
condiciones de cumplir:
—Te lo prometo.
16
E l médico salió del paritorio y se detuvo un momento para quitarse,
con una parsimonia desesperante, el gorro, los guantes y la bata, que
puso en manos de una enfermera. Juanito esperaba tan ansiosamente,
la boca se le había secado tanto, que la lengua se le pegaba al paladar y
se sentía imposibilitado de pronunciar palabra. El doctor Mendizábal
miró a un lado y a otro del pasillo y, al verle, se dirigió hacia él
realizando un trayecto que tenía unos pocos metros, pero que al
príncipe le pareció tan largo como la muralla china, que había visitado
años atrás con Miguel Primo de Rivera. Precisamente la cruz de oro
que ambos llevaban al cuello se la habían comprado para ese viaje en
la misma joyería. Se la tocó para darse fuerzas y pedir auxilio de forma
irracional: «Si es niña, haced que le salga pene, por favor».
Pero ¿por qué piensa estas chorradas cuando está a punto de
enterarse del sexo de su hijo? Estamos a 30 de enero de 1968, el día
más importante de su vida, más importante que cuando vio a Franco
por primera vez, más importante que cuando se casó con Sofi, más
importante que cuando…
No, no, eso no contaba, en eso no se podía pensar.
¡Estaba a punto de enterarse de si tenía futuro y se iba por los
cerros de Úbeda!
Pero ¿y ese médico que no avanzaba? Pero si se movía con la
lentitud de Jesús caminando sobre las aguas, a ver si es que era
parapléjico y nadie lo había avisado: ¡un disminuido trayendo al
mundo al futuro rey de España! ¡Que no se entere nadie, que los
españoles somos muy dados al cachondeo y a saber los chistes que
inventarían sobre esta situación!
Pero no, parecía que caminaba normalmente sobre sus dos pies ¡y
sonreía! Pero ¿de verdad sonreía o era de este tipo de imbéciles que
parecen estar siempre felices, con la sonrisa por bandera, como los
americanos? Si estuviera en su lugar no estaría tan risueño…
Su lugar, una cama de faquir, siempre acechado por la desgracia o
la mala suerte… Apretó los puños, ¡la mala suerte! Al final su primo
Alfonso lo había conseguido. No pudiendo entrar en El Pardo por la
puerta principal como él, se había colado por la trasera. ¡Se había
hecho novio de Carmencita, la nietísima! Aquella niña alta, afeada por
una nariz grande, a la que sus hermanos llamaban la princesa. ¡Pero si
era una cría y su primo tenía treinta años! ¿Eso no estaba penado por
la ley? Era un infanticidio, pero al padre no le importaba, el marqués
de Villaverde estaba en el ajo y era quien había movido los hilos para
que fuera su dinastía la que reinara en España. ¡Toda la familia,
excepto Franco, que fingía no enterarse, estaba que se subía por las
paredes de orgullo!
Juanito le decía a Sofía con desesperación:
—Figúrate, si dos tetas tiran más que dos carretas, ¿seis tetas…?
Pero al pensar que un par de esas tetas eran de la Señora se
estremeció con repugnancia.
El noviazgo había salido en las revistas extranjeras, se les habían
hecho fotos bailando en el cumpleaños de Cuqui Fierro. Se había
enterado por Gonzalo de que en Lausana incluso se la había
presentado a Gangan. ¡Gangan! No entendía a su abuela, esa ambición
desmedida para que, pasara lo que pasara, siempre hubiera un Borbón
en el trono, aun con esa alianza contra natura con la nieta del dictador.
¡Qué le importaba que su padre, su hijo, hubiera renunciado para él y
para sus descendientes porque tenía pocas luces y era sordomudo!
Pero no dejaba de ser su hijo, como Juan. Y debía reconocer que
Alfonso era tan nieto de Alfonso XIII como él mismo.
Pe… pero ¿qué hacía ese médico gilipollas? ¡Les dan un título de
nada y ya se creen dioses! ¿Pues no estaba hablando tranquilamente
con una monja y firmando unos papelotes? Y él qué, aquí, muriéndose
de impaciencia, un niño, un niño era todo lo que necesitaba, que le
dieran uno cualquiera, seguro que ese día en la clínica Loreto habían
nacido varios, que pegaran el cambiazo de cuna a cuna. ¡Un varón!
Se le atrancó un sollozo en la garganta.
Con la mano tendida, el doctor Mendizábal se dirigió hacia él:
—Alteza, todo ha ido muy bien. La princesa ha sido muy valiente y
está muy recuperada.
¿La princesa? Ah, sí, Sofía, el vientre del que debía nacer el
heredero. ¿A él qué coño le incumbía la princesa? Pero la criatura
era… era… Juntó las manos.
El médico lo miraba fijamente:
—Ha sido…
De las profundidades de su esófago surgió un graznido:
—Ha sido…
—¡Niño, alteza!
El mundo desapareció, mejor dicho, se volvió negro. Las piernas
se convirtieron en arena y se cayó al suelo. Muerto, estaba muerto, su
cabeza golpeó las losas blanquinegras de mármol y dejó de respirar.
Pero parece ser que los muertos oyen, porque siguió escuchando
la voz del doctor, que, en tono bonachón le dijo a su enfermera:
—Pobrecillo, se ha desmayado. La tensión ha podido con él.
Para el bautizo de Felipe, al que, como nadie sabía cómo nombrar,
llamaban el infante, se tiró la casa por la ventana gracias a una partida
extraordinaria que les asignó Fuertes de Villavicencio. Se abrieron las
puertas de la Zarzuela para una recepción de verdad, con trescientos
invitados, pero la princesa creía que habiendo dado a luz un varón ya
había cumplido con sus obligaciones y además ni ella ni su madre
tenían experiencia en organizar festejos. ¡Todo resultó un desastre! La
comida fue escasa y mala, los camareros, la mayoría no profesionales,
se vieron desbordados por las circunstancias y el calor era tan excesivo
que varias señoras se desmayaron. A última hora se tuvieron que
alquilar trescientas sillas, feas e incómodas, a una empresa que
organizaba conciertos, para que la gente pudiera sentarse.
La reina doña Victoria dijo desdeñosamente cuando vio la casa:
—Qué poca categoría, parece un chalé.
Sí, porque la reina Victoria Eugenia se había ido en 1931
atravesando una España en llamas para ponerse a salvo de unos
ciudadanos que habían dicho no al rey en las urnas y le cantaban:
Viruta, viruta,
la reina es una puta.
Pisaba por primera vez, desde entonces, la que fue su patria. Se
alojaba en casa de su ahijada, Cayetana Alba, y a su llegada la
recibieron unos miles de monárquicos que gritaban enfebrecidos:
—Viva don Juan.
Consiguiendo cabrear a la vez a Franco y a Juanito.
Tanto, que cuando Juan le pidió a Franco un encuentro privado a
través de su hijo, el Caudillo lo rechazó de forma despectiva:
—Alteza, todo lo que le tenía que decir a ese señor ya lo he hecho.
—Y, contraviniendo su forma melindrosa de hablar, añadió—: Y os
aconsejo no convertiros en abogado de putas pobres.
Federica, que estaba viviendo con Irene en un pequeño
apartamento en Roma gracias a la generosidad de Juanito y Sofía,
pero había venido para acompañarlos en estos momentos, les
machacaba día y noche:
—Hasta que no os quitéis de encima la sombra de Juan, Franco no
confiará en vosotros, él es el que tiene el poder, Juan es un pobre
hombre, un perdedor.
Juanito, aunque en el fondo pensaba lo mismo, pero no quería
admitirlo, se levantaba airado de su asiento, daba patadas a los
juguetes de sus hijas, diseminados por la habitación, se dirigía a su
suegra con el índice extendido tartamudeando respuestas insultantes,
pero la reina de Grecia proseguía con un estoicismo digno del filósofo
ateniense Zenón de Citio:
—Tú te das cuenta también, Juanito, por mucho que te enfades…
Conmigo no te hagas el ofendido, Franco tiene que notar que estás a su
lado y no al de tu padre. Déjate ya de dobleces y de tratar de contentar
a los dos.
Al final Juanito optaba por la burla:
—¿Te lo ha dictado tu marido esta noche?
Pero a Federica ya nada podía herirla después de sus terribles
experiencias, y se limitaba a menear la cabeza:
—Yerno, me lo ha dictado el sentido común y el haber sido reina
de mi país durante veinte años.
Ella predicaba con el ejemplo, y en el bautizo de Felipe se lanzó a
saludar a Franco y a doña Carmen y, cuando la Señora se postró para
hacerle la reverencia, Freddy la levantó, le dio un abrazo y le dijo:
—Me tiene que invitar usted a una de sus meriendas… Mi abuela,
la kaiserin , siempre decía que se aprende más alrededor de una taza
de té que en la Universidad de Heidelberg.
Y doña Carmen, que no sabía qué era esto de kaiserin y lo de la
Universidad de Heidelberg le sonaba a canto tirolés, se moría de gusto
de que a sus modestas meriendas con Carmen Pichot, la mujer de
Carrero; Ramona, la de Alonso Vega; la mujer del capitán Ucelay y
Pura Huétor, quisiera asistir nada más y nada menos que toda una
reina.
—Claro que sí, majestad, aunque os advierto que solo somos amas
de casa.
Y aquella soberana extravagante y desmesurada, que departía con
el presidente de Estados Unidos y con el premio nobel de física, pero
no sabía ni freír un huevo, se golpeó el pecho:
—¡Yo también!
Toda esta conversación tuvo lugar a gritos, porque había un ruido
espantoso, se arrastraban las sillas, los camareros pasaban
apresurados con las bandejas dando empujones para abrirse paso, de
vez en cuando alguna se caía al suelo y se oía ruido de cristales rotos.
Más que bautizo parecía aquelarre, una pintura negra de Goya. Los
invitados, desconcertados y con una copa en la mano, tenían que
permanecer inmóviles, pues no había espacio para moverse. Nadie
hacía los honores, había tanto humo que unos invitados tuvieron que
abrir las ventanas a golpes porque estaban atrancadas, todo tenía un
aire de improvisación y descuido.
Tanto, que se robaron carteras, abrigos de pieles y casi todas las
cucharillas de plata.
Juanito, con los ojos inyectados en sangre y un terrible dolor de
cabeza, trataba de atender a los invitados más importantes. El
almirante Carrero Blanco, vicepresidente del Gobierno y mano
derecha del Caudillo, lo saludó cariñosamente:
—Príncipe. Felicidades.
Juanito se relajó por un momento, sabía que Carrero era su
aliado, se lo había dicho un día en la antecámara del despacho de
Franco. Sin mirarlo a los ojos, como hablando con su butaca porque
era un hombre muy tímido:
—A mí la política no me interesa, yo no tengo otra lealtad que la
que me une al Caudillo ni otra voluntad que la de su excelencia. Por lo
tanto, cuente conmigo, alteza.
En ese momento, don Juan, al que nadie saludaba y que no sabía
con quién hablar, al verlos se dirigió hacia ellos con una amplia sonrisa
y la mano tendida para saludar a Carrero. Aunque también estaba al
tanto de que optaba por saltárselo para coronar al hijo, pensaba
charlar un rato con él de marino a marino:
—Hombre, almirante.
Carrero lo miró con sus gruesas cejas, más gruesas y fruncidas que
nunca, y le dio ostentosamente la espalda.
Juan se quedó helado, con la mano tendida que fue bajando poco
a poco y le dijo a su hijo con voz perfectamente audible:
—Ya te dije que este tío era un cabrón.
Nerviosísimo, Juanito le pidió a su padre por señas que se callara
y se lo llevó a un lugar discreto para explicarle que ese desaire se debía
a que Carrero sabía que don Juan lo llamaba «cabrón» en Estoril.
Juan, sin entender, dijo:
—Pues claro, lo dije y lo mantengo, un cabronazo de tomo y lomo.
Y el hijo le aclaró angustiado que de eso se trataba. Que Carrero se
lo había tomado de forma literal porque su mujer había tenido un
devaneo con un oficial de la Armada:
—¿Entiendes, papá? ¡Él se cree que lo dices por eso!
Extendió disimuladamente los dedos índice y meñique y Juan,
horrorizado, le exigió que le revelase al almirante que él desconocía
esa circunstancia. Juanito le respondió con espanto:
—Pero, papá, ¿cómo voy a hablarle de eso? ¡Preferiría que me
quemaran con hierros ardientes! Solo de pensarlo me entran
escalofríos.
María tenía el rostro trágico de una máscara griega y no se movió
de una silla medio oculta por una cortina, acompañada de sus hijas y
de su yerno, Luis, que las aprovisionaba de copas y bocaditos, después
de disputárselos a algún invitado muerto de hambre, porque la comida
se acabó pronto.
Claro que tuvieron que posar para las fotos, pero Franco y la
Señora los miraron como si fueran transparentes y don Juan, después
de deambular tristemente por los salones simulando observar los
cuadros, cuando la pintura era lo que menos le importaba del mundo,
terminó por irse a un rincón a tomar una copa de whisky con su
incondicional Beltrán Alburquerque.
Aunque el Caudillo sí se inclinó respetuosamente sobre la mano
de la reina Victoria, y esta le dijo con un significativo gesto hacia su
bisnieto:
—Excelencia, los dos estamos ya muy viejecitos… Es hora de mirar
el futuro y de que se decida.
Franco asentía y lagrimeaba, y a todo el mundo le sorprendió el
bajón que había dado estos últimos meses. Aunque se ocultaba a los
españoles, estaba afectado por el mal de Parkinson. El temblor de las
extremidades se escondía metiendo las manos en los bolsillos, pero el
aspecto rígido e inexpresivo de su rostro, un efecto secundario de la
medicación que tomaba, era imposible de disimular. E impresionaba.
Fernando de Baviera le preguntó a su primo:
—Pero ¿está muy mal?
Juanito, que lo veía cada semana, no había reparado en su
progresivo deterioro y respondió:
—De cabeza sigue muy bien. —En sus reuniones de los lunes no
hablaban de ningún tema importante, Franco se limitaba a explicarle
cómo iban los cultivos en su finca de Valdefuentes y cuántas piezas
había cobrado en su última cacería—. Está como siempre.
A Fernando le sorprendió que a Juanito no se le viera muy feliz:
—¿Qué te pasa, chico? Deberías estar exultante —le dio un codazo
y le guiñó el ojo—, ya sé que no vas por Fuencarral. Alguna te debe
tener bien cogido. —Una pálida sonrisa atravesó el rosto de Juanito,
pero no dijo nada. El otro siguió, de repente alerta—: ¿No será
Rosanna Yanni? —Era la última acompañante de Alfonso, una
argentina espectacular—. ¿O Marujita Díaz? —Juanito rio más
ampliamente y Fernando se admiró—: Qué hijo de puta… se la has
quitado a tu primo. —Se quedó pensando y volvió a preguntar—: Pero
¿con las dos?
Juanito se sacudió la solapa en un típico gesto de chulería que por
un momento dejó ver lo joven que era, y Fernando le dijo, enternecido
por aquel primo al que no envidiaba en absoluto:
—Pues te voy a dar una buena noticia que te va a alegrar…
Carmencita le ha dado puerta a Alfonso, lo ha dejado… Se ha
encaprichado de Jaime de Rivera, un jinete sin dinero ni profesión que
ya te digo yo que no le gusta nada a su padre… pero tendrá que tragar,
de momento. —Y luego añadió pensativo—: Es mona esa niña.
Para la reina Victoria, este viaje lleno de emociones y
responsabilidades resultó agotador, y le confesó a Jaime Peñafiel, que
fue a visitarla a la Vieille Fontaine:
—Ha sido un error, no tenía que haber regresado a España.
No volvió nunca más porque al cabo de unos meses, mientras
invernaba en la Costa Azul, se cayó paseando a su perro teckel Toni y
tuvo que guardar cama. Iba a visitarla al hospital la princesa Grace,
quien se ofreció amablemente a leerle en voz alta, pero la reina se
quejaba a su amiga Marisol Baviera:
—Tiene una voz tan monótona que cuando me lee no sé si me
duermo o entro en coma.
Después la trasladaron a Lausana. Acudieron a su lado sus hijos y
nietos, y les pidió:
—Cuidad a mis perros.
La duquesa de Alba miró a Sofía, creyendo que se ofrecería, pero
la princesa guardó silencio. Entonces, Cayetana se inclinó sobre la
reina y la tranquilizó:
—No os preocupéis, señora, si os pasara algo, Dios no lo quiera,
me los quedaré yo.
Alfonso le daba masajes en las piernas y sus últimas palabras
fueron para él:
—Alfonso, darling, I love you too much .
Después, aquella reina incomprendida y desdichada pidió las
fotos de sus dos hijos muertos y se las puso sobre el pecho. Y así
murió, las tres almas juntas ya para siempre.
Y al morirse la reina fue como si el muro de contención que había
aguantado a su familia se desmoronase. En el entierro, en el
cementerio de Bois de Vaux, Juan y Jaime llegaron a las manos para
ver quién ocupaba la presidencia, la mujer de Jaime, la cantante de
cabaré Carlota Tiedemann, se tambaleaba porque iba borracha, y
fueron Crista y Beatriz, las hermanas de Juan, las que tuvieron que
meterla en un taxi. En el hotel Royal todo saltó en mil pedazos y Juan
se lanzó contra su hijo y lo cogió por la pechera de la camisa:
—Ya me han dicho Areilza y los miembros de mi consejo privado
que estás conspirando contra mí. ¿Qué pretendes? ¿Quieres saltarte la
continuidad dinástica? ¡Recuerda que yo estoy antes que tú!
Aunque Juanito intentó conservar la serenidad, por primera vez le
plantó cara a su padre:
—Papá, no sé qué va a pasar, no me han dicho nada, pero si estoy
allí tengo que aceptar lo que hay.
—Sí, estás en España porque te envié yo, no lo olvides… pero no
para que me suplantaras, coño y mil veces coño.
Juanito, lívido, cogió a Sofía por el brazo y regresaron a casa.
Como pasaba siempre que tenía un enfrentamiento con su padre,
Juanito recibió un aviso de Franco para que fuera a visitarlo. En El
Pardo se encontró a Carrero y a Laureano López Rodó, ministro del
Plan de Desarrollo y miembro del Opus Dei, que había sido el artífice
de que la paz familiar volviera al seno de la familia del vicepresidente.
Desde entonces, no solamente la mujer y los hijos de Carrero se habían
lanzado de cabeza a hacerse miembros de la Obra, sino que Laureano
se había convertido en su mano derecha y el miembro más influyente
de su gabinete.
Juanito y él se conocían y simpatizaban, aunque no había dos
personas más dispares en el mundo que ellos. Carrero le dijo:
—Alteza, nos gustaría que Laureano se uniera a vuestro equipo de
asesores, junto a Torcuato Fernández Miranda. Es una persona nueva,
para los nuevos tiempos que a vuestra alteza os tocará patronear.
Eso le dio buena espina y entró más contento en el despacho de
Franco, quien se levantó como siempre con extremada cortesía para
saludarlo. La Señora y él los llamaban «los Juanitos» en privado, pero
en su presencia el trato siempre era protocolario:
—Alteza, os quiero dar el pésame por la muerte de vuestra abuela.
Luego le dijo que estaba al tanto de que se había mantenido firme
frente a su padre y que no se preocupase, que su decisión estaba
tomada y que pronto se lo haría saber, pero que no hiciera caso a los
periodistas que pretendían sonsacarle.
Juanito le dio una contestación que le gustó:
—No se preocupe, excelencia, que yo he aprendido mucho de su
galleguismo.
Antes de que Juanito se fuera, tan aliviado que se hubiera
postrado en la alfombra de agradecimiento, aunque en el fondo no se
hubiera concretado nada, Franco le advirtió como quien no quiere la
cosa:
—Alteza, vuestra vida privada no me concierne, pero sabéis lo
chismosos que son los españoles y mi hermana Pilar, que está al tanto
de lo que se cuece en la calle porque se mete en todas partes, me ha
traído algún cuento. —Juanito iba a protestar, pero Franco levantó la
mano—. No hace falta que me deis explicaciones, pero el general
Armada ha tenido una idea que ha consultado conmigo y que a mí me
ha parecido bien. Se la comunicará mañana y estoy seguro de que
tanto vuestra alteza como la princesa se alegrarán de tener una guía
clara de comportamiento. ¡Hay tanta confusión en estos tiempos
modernos! ¡Si hasta mi nieta Carmencita ahora quiere trabajar en
Iberia!
Juan Carlos tragó saliva y no pudo menos que mascullar un
estrangulado «Gracias, excelencia» mientras iba calculando cómo
habían llegado a ser descubiertas sus travesuras y si Sofi sabría algo. Y,
como si Franco le adivinara el pensamiento, le comunicó sin mirarlo,
abriendo unas carpetas que tenía sobre la mesa:
—La princesa, a la que tanto quiere doña Carmen, no sabe nada,
este es un asunto entre nosotros.
Cuando Armada llegó a la Zarzuela, con su rostro algo ratonil y el
andar ligero del que hace mucho ejercicio, tuvo que esperar un rato
porque Juanito estaba jugando una partida de tenis y la princesa había
llevado a sus dos hijas mayores al colegio, porque había decidido que
las infantitas se educaran en una escuela muy elitista, pero normal
dentro de lo que cabe, la misma a la que había acudido don Alfonsito,
Santa María de los Rosales.
Al final, los dos príncipes, Sofía y Juan Carlos, se sentaron junto a
él, con el aire aplicado de dos alumnos. Armada, a quien le encantaba
ser el centro de atención, desplegó sobre la mesa un informe y le dio
una copia a cada uno.
—Verán, no tiene más pretensiones que ser una especie de guía de
conducta… nada obligatorio, son tan solo recomendaciones generales
para hacerles la vida más cómoda. Son fáciles de cumplir y no difieren
de su vida cotidiana.
Mientras disertaba interminablemente, pues era hombre que se
escuchaba a sí mismo, Sofía y Juanito leían aquellas líneas
encabezadas por un rotundo titular: «Código de conducta», que, por
mucho que dijera el general, no dejaba lugar a la duda. No eran
sugerencias, sino obligaciones que tenían que cumplirse.
Eran diez. Algunas tan absurdas como «no contar chistes», «no
hablar mal de nadie», «no dejarse dominar» (aquí no se concretaba
más, pero se sobrentendía «por don Juan»). También «hacer
ejercicio», «nunca perder el tiempo inútilmente» y otros de más
calado, «ser profundamente religioso», «huir de la frivolidad», «no
tener amigos particulares», «no ser caprichoso» y, el último motivo,
que quizás era el más importante y revelaba que los demás, que ya se
sobreentendían, no eran más que pretextos: «Presumir de una vida
personal impecable, que la princesa y los hijos sean la principal
ocupación fuera del trabajo…, mantener a la familia en su puesto».
La princesa sonreía, encantada y dando cabezazos:
—Sí, sí, se hará como quiera su excelencia.
El príncipe trataba de ocultar su decepción, pues se daba cuenta
de que sus pequeñas escapadas moteras se habían acabado, al menos
hasta que muriera… No, eso no podía mencionarse. Pero ¿no era para
eso para lo que lo estaban preparando? ¡Para suceder a Franco cuando
muriese!
Un pensamiento tan rápido como un relámpago atravesó su
mente, ¡ojalá sea pronto!, pero, ya maestro en el fino arte del disimulo
y la hipocresía que llevaba practicando desde que tuvo uso de razón,
puso en juego sus encantos y sonrió:
—Está muy bien, Armada, dile a su excelencia que muchas
gracias.
El general enrojeció de placer y confesó:
—En realidad, son obra mía, pero el Caudillo está de acuerdo.
Juanito se puso en pie, el general también, y el príncipe le dio un
abrazo queriendo matarlo por dentro.
El tictac de la historia avanzaba, sí, pero ¡no pasaba nada! Solo
pasaban los meses y nada se decidía. Un día lo llamó Juan:
—Pobre imbécil, te crees que Franco va a hacerte heredero.
Espérate sentado, a ese tío no lo sacan de ahí ni a patadas, te está
tomando el pelo.
Y es que Areilza vertía en su oído, como un Yago de Portugalete, el
veneno de sus descabelladas ideas: «Franco se morirá
inesperadamente y entonces os pondremos un avión para que os
presentéis en Madrid a presidir sus funerales y será el pueblo el que os
sentará en el trono».
Juanito no salía de la Zarzuela y con sus asesores se limitaba a
hablar de historia y de la política que pasaba allende nuestras
fronteras: la muerte de De Gaulle y de Eisenhower, dos personajes que
complacían a Franco porque los dos eran generales.
Ike, además, había sido el primer mandatario extranjero que
había osado pisar España y traído ayudas económicas a cambio de
establecer aquí cuatro bases de apoyo, y eso había representado que
España empezara tímidamente a contar en el tablero internacional.
Franco había enviado a su viuda un cariñoso telegrama de pésame y
un representante a sus funerales.
¡El país se movía, pero Juanito, no! Se tenían que hacer obras en
la casa para adaptarla a una familia con tres hijos y se llamó al
arquitecto, que dijo que los trabajos tardarían un año en realizarse:
La princesa respondió:
—Ah, entonces no, porque no creo que estemos aquí para
entonces.
No se sabía lo que podía pasar, se le aconsejó a Juanito llevar
chaleco antibalas cuando saliera de la Zarzuela, «por si acaso». Los
falangistas conspiraban para conservar su cada vez más escasa cuota
de poder y odiaban a Juanito, que era el candidato de Carrero y los
ministros como López Rodó que, desde dentro de las instituciones,
querían impulsar el país hacia la modernidad. Los carlistas, por su
parte, se habían vuelto violentos y defendían a su rey, don Javier; en
Montejurra había habido peleas y detenciones, algunos iban armados.
La ETA también había empezado a actuar.
Era igual, porque Juanito ya no salía nunca del palacio. Aunque
Laureano López Rodó trataba de darle esperanzas, cuando visitaba a
Franco solo hablaba de que en Valdefuentes habían plantado calabazas
y que ya tenían toda la producción vendida al extranjero.
Se avecinaba otro verano interminable, el desaliento se extendía
sobre Juanito como una manta. ¿Qué iba a ser de su vida? ¿Para qué
servirían estos largos años de lucha, para qué esta larga travesía por el
desierto?
Un día estaba en la piscina con Sofía y los niños, la princesa
chapoteaba en la zona que no cubría con Felipe, y él iba vestido porque
acababa de departir con Torcuato, que le había hablado de la nefasta
influencia de los validos en la historia de España.
Un chico alto, de ojos azules, muy guapo, llegó corriendo desde la
calle, iba con frac, porque era el traje requerido para las audiencias
con Franco. Sofía, asustada, salió del agua y cogió el albornoz, porque
no quería que nadie la viera en traje de baño, aunque se tranquilizó
cuando vio que el visitante era Miguel Primo de Rivera, que tenía
permiso para entrar en la Zarzuela sin anunciarse.
Sofía, con solo un brazo metido en la manga, se quedó inmóvil,
Juanito también, como figuras de cera, como una foto, como
petrificados habitantes de Pompeya. Sabían lo que esta visita
significaba.
Miguel solo dijo, con voz emocionada por la trascendencia de este
momento:
—Vengo de El Pardo.
Los dos preguntaron al unísono:
—¿Y?
—¿Y?
Y Miguel se dirigió a su amigo y gritó:
—¡Está hecho, Juanito! ¡El 22 de julio en el pleno de las Cortes,
Franco te designará sucesor! ¡Lo hemos conseguido!
Los tres empezaron a gritar: ¡está hecho, está hecho! Los niños
repetían sin saber que quería decir está hecho, está hecho, los perros
se pusieron a ladrar y Juanito y Miguel se abrazaron y a saltos fueron
hasta la piscina y se tiraron vestidos al agua.
Los faldones del frac se quedaron flotando y la pequeña Elena
chilló alborozada:
—Mira, mami, un pingüino.
17
—H ombre, Fernando, no me jodas.
—Primo, perdóname, ya sé que está muy mal, pero no he sabido
resistirme.
Porque Fernando de Baviera había «secuestrado» a Carmencita,
la nieta de Franco, y se la había llevado a la pícara Francia.
—Resistirte, resistirte… Serás idiota. Aquí se ha montado una
buena. ¡Que sepas que va hacia ahí el padre con un pistolón para
matarte! Y el abuelo me ha llamado para que arregle ese desastre.
Juanito no podía pensar en esa llamada sin echarse a temblar, ha
sido la única vez que ha visto a Franco enfadado de verdad. Le espetó
con una frialdad que le heló el espinazo:
—Contenga usted al sinvergüenza de su primo, ha sacado el
donjuanismo de los Borbones y mi nieta es una niña, me voy a
plantear meterlo en la cárcel por corruptor de menores y adúltero.
Juanito había extraído valor, todavía no sabía de dónde, para
precisar:
—Excelencia, no es Borbón sino Baviera… Y con todo el respeto le
comunico que mi primo ya no es un niño y no le puedo decir cómo
debe gobernar su vida.
Franco había colgado el teléfono sin despedirse. Pero el príncipe a
estas alturas ya lo conocía lo suficiente para saber que en el fondo él
comprendía que llevaba razón.
Al otro lado del teléfono, la voz de su primo sonó trémula:
—¿Y qué le has dicho?
—Pues qué le voy a decir… Que ya eres mayorcito y la nieta
también… que no me voy a meter en eso, pero te lo digo de primo a
primo, qué coño, te lo ordeno como rey, porque voy a ser tu rey,
¿entiendes? Y tú no me vas a joder la marrana.
—Hombre, Juanito, no te pongas así… ha sido un calentón, yo qué
sé —aunque luego se envalentonó—, tú no estás en condiciones de
reprocharme nada.
Pero Juanito, que se siente santificado porque el código Armada
lo ha condenado a una estricta monogamia, ruge:
—Por ahí no vayas, Fernando.
El otro plegó velas:
—Lo siento, tienes razón, no sé ni lo que digo… Ahora me
arrepiento de esta calaverada, no sé dónde tengo la cabeza.
—¡Pues en la punta de la polla, coño! Y si el señorito se arrepiente
es porque se ha cansado de su capricho, porque la niña ya no le gusta,
a mí no me la das. ¡Pues se la entregas al padre y veremos lo que se
puede hacer! La prensa no va a publicar nada, claro, al menos por ese
lado puedo estar tranquilo… Tampoco te van a denunciar porque sería
un escándalo, aunque te lo mereces, ¡y allá te las apañes con tu mujer!
—Perdóname, Juanito.
—Vete a la mierda.
Colgó el teléfono, pero lo que hubiera querido era arrojarlo por la
ventana. La princesa, que acababa de entrar en el despacho con Felipe
en brazos, lo observaba con el ceño fruncido y esa cara que él llamaba
de monja estreñida. Malhumorado, le espetó:
—Y tú qué miras, coño. Déjame en paz.
La princesa se echó a reír sin alegría:
—¡Qué hipócrita eres! Si tu primo y tú sois iguales…
Juanito se acercó a ella y levantó el puño:
—Sí, pero Franco me tiene cogido por los huevos.
La princesa dio un bufido y salió altivamente de la habitación, con
su hijo por bandera. Juanito dijo a la puerta cerrada:
—Sí, vete, vete. Que Juanito resuelva todos los problemas.
Había empezado a no soportarla. Desde que Armada les había
entregado sus reglas de conducta se sentía como un preso condenado a
galeras. ¡Todas las mujeres le estaban prohibidas y la única que no lo
estaba le despertaba aversión, quizás precisamente por eso!
Suspiró. La familia solo le traía problemas.
Su primo Fernando de Baviera, tan guapo, tan elegante, tan atractivo,
tan mujeriego ¡y tan casado!, se había fugado con la nieta de Franco,
Carmencita Martínez Bordiú. Se habían liado y llevaban un mes juntos
como si no hubiera un mañana.
Todo había empezado cinco semanas atrás. Carmencita había roto
con Jaime de Rivera, el jinete sin oficio ni beneficio, cuando ya habían
fijado la fecha de la boda. Había sido una relación tormentosa, un trío
en ocasiones, porque Jaime salía a la vez con la espectacular Rosario
Herbosch. Para competir con ella, Carmencita se ponía unas
minifaldas vertiginosas, se tiñó el pelo de rubio y se operó la nariz con
el doctor Vilar Sancho. Y le mostró a su novio que con ella sola tenía
bastante, no lo dejaba ni a sol ni a sombra y era capaz, en los jardines
de Valldemosa, en Mallorca, donde habían ido a la boda de Leonor
March, de demostrarle su pasión sobre la hierba, delante de todos los
invitados. Pero, al final, las constantes recriminaciones de su padre,
que no podía comprender cómo su hija había cambiado al príncipe
Alfonso de Borbón por el odiado jinete, la empujaron a romper el
noviazgo, aunque también se hablaba sottovoce de un misterioso viaje
a Londres.
El marqués de Villaverde se alegró tanto de la decisión de
Carmencita que les dijo a unos amigos con los que comía en Jockey:
—Vamos a pedir una botella de champán porque mi hija ha dejado
a «ese».
Pero la pobre niña se había quedado destrozada. Se atiborraba de
chocolate, y luego vomitaba, perdía peso y engordaba, lloraba
continuamente y, al final, sus tíos favoritos, los barones de Gotor, la
sacaron de casa y la llevaron a esquiar a Sierra Nevada.
Estaba tan débil que se cayó en medio de la pista, cuando sintió
unas manos fuertes que la agarraban. Levantó los ojos y vio un rostro
bronceado, una sonrisa tan deslumbrante como la propia nieve:
Fernando de Baviera.
—Eres el primo de don Juan Carlos.
Se sintió enamorada en el acto, porque era fantasiosa y romántica,
y se dijo que había encontrado al fin el hombre de su vida. A Fernando
le atrajo el peligro de seducir a la nieta de Franco y pasaron las noches
en el hotel en un frenesí de locura ardiente, con muchas frases de
amor y muchas promesas de futuro, sobre todo por parte de ella.
Porque era ella, la soñadora, la que decía:
—Ráptame, llévame lejos. ¿No tenéis una casa en la Costa Azul?
Llévame allí.
Regresaron a Madrid, pero Carmencita lo llamaba cien veces al
día. Se presentaba en el concesionario de coches que tenía en la
Castellana y lo besaba delante de los empleados, le decía que no podía
vivir sin él. Fernando, halagado, se lo prometía todo, al final
decidieron coger sus pasaportes y cruzar la frontera en un impulso
ciego e irracional y se presentaron en casa de la madre de Fernando
que, horrorizada, no los dejó pasar.
Se fueron a una pensión de mala muerte en Saint Tropez. Ella le
decía que estaban hechos el uno para el otro, que su padre terminaría
por aceptarlo porque al fin y al cabo era príncipe. Casado, sí, pero
podían anular el matrimonio.
—A mí me es igual el dinero, contigo viviría debajo de un puente.
A Fernando le sorprendía su ingenuidad y que tuviera la
mentalidad de una niña pequeña con la cabeza llena de pájaros.
Y le empezó a pesar aquella pasión, se sentía ahogado con tanto
amor, no era un cadete sino un hombre hecho y derecho al que
también le gustaba conversar, reír, salir con amigos, pero con
Carmencita todo era mirar las puestas de sol y hablar de un futuro de
película en el que solo creía ella.
El amor se apagaba y se encendían las alarmas, sobre todo
después de la conversación con su primo. Cuando se presentó el
marqués de Villaverde con una pistola en el bolsillo y le dijo que o la
hija se iba con él o le pegaba un tiro, se sintió profundamente
agradecido.
Pero a Juanito la aventura de su primo le había puesto plomo en las
alas, su posición en El Pardo como primo del canalla seductor de una
niña indefensa era muy delicada. Se encontraba desfondado y
hundido:
—¿Y con qué cara me presento yo ahora delante del Caudillo?
Ahora ya era oficialmente el sucesor. ¡Nada menos que el príncipe
de España!, un título inventado por López Rodó porque no sabían cuál
darle. Y ahora que tenía que estar en la cumbre dorada del triunfo,
oteando con tranquilidad un futuro esplendoroso, se sentía más solo y
más vulnerable que nunca. Sí, la ceremonia en la que se le designó
sucesor a título de rey se celebró el 22 de julio, con un calor tan
espantoso que debajo del uniforme no pudo llevar ni ropa interior.
Aunque sus hermanas se negaron a ir, el padre lo maldijo desde
Portugal y solo se pudo captar a lazo al díscolo Fernando, a sus padres
y sus hermanas Cristina y Tessa y a última hora se añadieron al lote de
la nobleza los hermanos Gonzalo y Alfonso de Borbón.
Alfonso decía con mal disimulada satisfacción:
—No hago más que acordarme de mi tío… Temía ser desbancado
por su sobrino, ¡y al final lo ha sido por su propio hijo!
Frente a las Cortes franquistas en pleno, Juanito se había
arrodillado y con una mano en los Evangelios había reconocido «la
legitimidad política surgida del 18 de julio» y jurado lealtad al jefe de
Estado, fidelidad a los principios del Movimiento y a las leyes
fundamentales del reino.
Es decir, va a ser rey, sí… pero en realidad no está lo
suficientemente claro que vaya a serlo. Franco podía cambiar en
cualquier momento de idea y nombrar a otro en su lugar. ¡Está muy
mayor y la familia tiene cada vez más ascendiente sobre él! Claro que
el primo Alfonso está fuera de la circulación porque Franco lo ha
enviado como embajador a Estocolmo, para compensarle la decepción
de no ser el elegido.
Pronto, en la sociedad madrileña corre una consigna: conviene ser
simpáticos con los príncipes de España, pero no demasiado. Nadie va
a visitarlos, Juanito se desespera encerrado en la Zarzuela con su
mujer y sus tres hijos. Lo único positivo que ha sacado de su
nombramiento es que ahora ya no es aquel príncipe indigente que se
quejaba de las setenta mil pesetas que tiene al mes, su asignación se ha
quintuplicado, tiene doce personas al servicio de la Zarzuela que paga
Patrimonio, y su pequeña cartera de acciones crece y crece, ahora
gestionada por Alfonso Escámez, según el consejo que le ha dado su
amigo Manolo Prado. Se realizan obras en el palacio, añadiendo un ala
nueva con varias habitaciones. Sofía, que desde que ha tenido a Felipe
exhibe una seguridad en sí misma que le irrita y aún no sabe por qué,
le comunica sin vuelta de hoja:
—Mi madre y mi hermana se instalarán aquí cuando les
apetezca… Las necesito a mi lado, no quiero entrar en contacto con
esas señoras con las que tú alternas, no quiero vivir en la frivolidad
constante de las fiestas y los chismes.
El único esparcimiento de la princesa es salir a pasear a caballo
por los montes de El Pardo con el marqués de Mondéjar, que había
sido su instructor y ahora es jefe de la casa. Precisamente, su sobrina
Laura Hurtado de Mendoza empieza a trabajar como asistente de
Sofía. Es una chica muy inteligente, licenciada en Ciencias Exactas, y
muy religiosa, ya que es miembro del Opus Dei. Pero Sofía nunca da
confianzas a las personas que están a su servicio, es muy estricta en la
aplicación del protocolo y no permite el más mínimo descuido.
Con las camareras es tajante. Nunca les habla. Le llevan la ropa
que debe ponerse cada día y se la colocan en perchas en la habitación.
Ella las levanta, las mira al trasluz y si ve la más mínima imperfección,
las deja caer al suelo. Un criado se fue de la lengua después de ser
despedido:
—No creo que sepa cómo se utilizan las perchas y nunca pide por
favor o da las gracias.
A pesar de ser tan estricta en sus exigencias, no sabe organizar
una casa, ni siquiera planificar menús apetitosos. Para no complicarse
la vida dispone que de primer plato siempre haya una sopa insípida,
gazpacho si es verano, y es incapaz de advertir que la decoración del
palacio está anticuada y es poco acogedora. Como dice un amigo de
don Juan Carlos: «¡No ha sabido crear hogar!».
Juanito, desde que ha nacido Felipe, se ha trasladado de
habitación ya que el principito duerme en una cuna al lado de Sofía y
llora por las noches. Pero no se atreve a protestar, se sabe espiado, por
los micrófonos, por los jardineros y por el personal de secretaría,
tampoco se atreve a coger la moto, el símbolo de su libertad, que
languidece en el garaje debajo de una manta.
Torcuato Fernández Miranda, con quien departe todas las
mañanas, le pide calma:
—Alteza, no os desviéis ni un ápice del camino recto.
Les llegan noticias angustiosas del estado del Caudillo, a veces se
queda dormido en medio de un consejo de ministros; en una ocasión,
su médico personal, al ver que tardaba, había entrado en el cuarto de
baño y se lo había encontrado en la taza del váter con un objeto en la
mano y musitando alguna cosa.
El doctor Vicente Gil le preguntó:
—¿Estáis rezando el rosario, excelencia?
—No, Vicentón, estoy leyendo las instrucciones de uso de esta
espuma de afeitar.
A Juanito también le preocupa haber tenido que jurar unas leyes
que sabe que no podría cumplir si alguna vez llega a ser rey, pero
¿cómo hacerlo? ¿Ser un perjuro? ¿Podrán perdonárselo los españoles?
¿Cómo contentar a los demócratas sin que los azules se levanten en
armas?
Fernández Miranda también lo tranquiliza. Además de un gran
jurista, es un hombre pragmático que tiene una solución para todo:
—Ya habrá tiempo de cambiar todo eso cuando toque… —baja la
voz—, yendo de la ley a la ley y pasando por la ley se pueden realizar
muchas transformaciones. —Vuelve a emplear un tono normal—:
Parece que don Camilo está muy grave.
Cuando muere el capitán general Camilo Alonso Vega, uno de los
pocos amigos que le quedaban de la guerra a Franco, Juanito pide ser
recibido en audiencia para darle el pésame. Desde la aventura de su
primo, el Caudillo no había querido verlo.
En el momento en que Juanito se encuentra frente a él, se siente
tan agradecido de que haya aceptado este encuentro que casi se
hubiera puesto a llorar en sus brazos. Franco tiene la mirada fija y le
llama la atención lo deteriorado que está.
—Excelencia, aunque me sabe mal el motivo, me alegro mucho de
veros.
Franco logra esbozar una sonrisa paternal, a pesar de que tiene los
músculos faciales atrofiados, y le propone:
—¿Por qué no venís unos días al pazo de Meirás? Me dice mi
mujer que vuestros hijos pueden jugar con los nietos, tienen la misma
edad que los pequeños, Arancha y Jaime.
Juanito sale tan contento que daría con gusto cabriolas por el
parque.
Sofía lo tiene muy claro cuando se lo comunica, como si lo esperase.
Reúne a sus hijos, los sienta en un sofá y les dice con expresión severa:
—Vamos a ir a Galicia, a la casa de Franco, ese señor mayor que
sale en las fotos con papi y en la televisión… Y acordaros de una cosa.
Lo tenéis que llamar «abu». ¿Os acordareis?
Los tres niños asienten con seriedad y una vez más Juanito se
sorprende de estos golpes estratégicos de Sofía, algo que a él no se le
hubiera ocurrido nunca.
También fue cosa de Sofía que nunca salieran con los Villaverde
en Galicia. Los marqueses tenían en Vigo su grupo de amigos, los
banqueros Coca, los Fierro, los March, los Barreiros, y en el pazo se
alojaba también el «tío Pepe», Pepe Sanchís, tío del marqués y notorio
especulador, que era el artífice, según le han dicho a Juanito, de su
inmensa fortuna. Lo llamaban «el mago de las finanzas».
Le pregunta intrigado y envidioso a Manolo Prado:
—Pero ¿cómo lo hace?
—Pues consiguen una recalificación de terrenos y comisión al
bolsillo. El marqués viaja a Filipinas, habla con el dueño de
plantaciones de caña de azúcar, consigue un permiso de importación,
y a tanto el kilo. Traen las motos Vespa a España, y un tanto por ciento
de cada moto que venden. ¿Una urbanización en Marbella? Pues le
regalan cuatro casas y tres las venden a precio de oro. ¿Se abre una
clínica privada? Pues allí está el marqués con su bata blanca cantando
las excelencias de sus tratamientos…
—Pero eso ¿es legal?
—Nadie ha dicho que no lo sea, y mientras en este país no pague
impuestos ni dios…
Juanito se atreve a confiarle a su amigo:
—Hombre, yo ahora no estoy en posición de conseguir nada,
pero…
De pronto al amigo se le enciende una luz:
—Se me ocurre una cosa… Unos conocidos míos, Camilo Mira y
otros, inauguran un club nuevo, Las Lomas. Si vinierais a la primera
piedra, quizás yo…
No se atreve a decirlo a las claras, pero Juanito frota el índice con
el pulgar:
—¿Habría un dinerito para papi?
—Pues, sí, señor, para ellos sería un gran honor y no tendríais ni
siquiera que pronunciar palabra, solo salir en una foto.
Fue el primer dinero que ganó don Juan Carlos de una forma
extraoficial, o sea que debe constar en acta. ¡Claro que no es nada al
lado de los millones que le facilita el tío Pepe a sus sobrinos, pero por
algo se empieza! ¡Y la intención es lo que cuenta!
Los marqueses van a hacer esquí acuático por las mañanas a la ría de
Vigo, por las tardes duermen siestas larguísimas y por las noches
acuden al club náutico, bronceados, él con americana y fular, y ella con
unos fabulosos trajes de Pertegaz que enseñan sus piernas casi hasta el
muslo.
Se van a despedir de los padres, pero no pasan de la puerta, les
tiran besos perfumados:
—Volveremos pronto. Dejamos a Francis en casa de unos amigos y
Carmencita viene con nosotros.
Los pequeños cenan en el comedor de servicio con la niñera, miss
Hibbs, a la que de cachondeo llaman la nanísima . Aunque el pazo es
grande y está puesto con gran gasto de antigüedades, los dos
matrimonios, los viejos y los jóvenes, pasan la velada en el cuartito de
la televisión, viendo Crónicas de un pueblo , el programa favorito del
Caudillo. Los ciervos cazados por su excelencia en la sierra de Cazorla
los observan con ojos melancólicos desde las paredes, mientras la
Señora bisbisea el rosario, que Juanito y Sofía corean también en un
susurro:
—Ora pro nobis …
Franco parece dormitar, le han traído una Mirinda de naranja,
pero no la ha probado. Después de intercambiar una mirada entre
ellos, los marqueses se ven obligados a preguntarles:
—Altezas, si queréis venir…
La princesa levanta los ojos y contesta por los dos:
—No, nos quedamos con el abuelo.
Por el rostro inexpresivo de Franco resbala una lágrima y Juanito
por dentro se dice: «Esta tía es un hacha», aunque por fuera se
apresura a tenderle un pañuelo.
Le ha costado tanto remontar el episodio de Fernando que cuando su
primo lo llama tiene ganas de colgarle el teléfono. Le grita:
—No me molestes, me importa una mierda lo que te pase, no
quiero saber nada más de ti.
—Espera, espera, primo… ahora sí que van a empezar tus
problemas de verdad.
—¿Te vas a fugar con Marisol?
—Mi… como quieras llamarlo, se enfadaría creo —dice el otro.
Juanito sonríe, la verdad es que no puede cabrearse con este mala
cabeza y además tampoco olvida su lealtad, porque ha asistido a su
jura en las Cortes y ha arrastrado a su familia:
—Sí, ya me han dicho que ahora andas con… Y que el hijo que
acaba de tener es tuyo. ¡Tú, en el fondo, buscas que te maten, como no
lo ha hecho el marqués, ahora esperas que lo haga un marido!
—¿Qué dices? Si el duque está encantado…
—¡Los primos sí que vais a matarme! Ahora Gonzalo va detrás de
mi cuñada Irene, está todo el día llamándola por teléfono y a ella se le
cae la baba.
—Hablando de primos… —a Fernando se le cambia la voz—:
Tengo que darte una mala noticia.
—¿Muy mala?
—Horrorosa.
—Dispara.
—Me acaba de llamar Carmencita, que se va a casar con Alfonso
de Borbón.
Juanito empalideció.
—Es broma.
—¡Qué más quisiera yo! Estaba llorando, todo ha sido cosa del
padre y de Alfonso. Entre los dos la liaron y ella ahora ya no puede
volverse atrás porque…, es tarde, ya me entiendes…
—Pero ¿de verdad?
—Sí, sí, todo va a ir muy rápido, la petición será ahora en
diciembre y la boda en marzo… Este matrimonio va a durar un
suspiro, pero de momento ya te han jodido —suspiró—. Pobre Carmen,
es una cría, me da pena.
Juanito se quedó con el teléfono en la mano, tan alelado que se
olvidó de colgar. Después, sin darse cuenta, de forma automática
llamó al único que podía ayudarle. Marcó el número de su padre.
Hacía mucho que no hablaban, Juan se había tomado la jura en las
Cortes como una traición personal, pero cuando su hijo le dijo con la
voz rota:
—Papá, te necesito.
El viejo león se puso en pie en plena forma porque quien lo
llamaba no era Juanito, sino la dinastía.
El compromiso desata la locura en El Pardo y entre los españoles. La
guapa Carmencita, a la que habíamos visto crecer, se casa con ese
príncipe de aspecto melancólico. ¡La televisión, las revistas, los
periódicos se hacen eco de este gran acontecimiento! La niña se
compra dieciséis conjuntos en Miguel Rueda, seis abrigos de pieles en
Marinero, les pide a sus amigas que la llamen princesa y le hagan
reverencias, y la Señora no cabe en sí de gozo.
Le espeta a su marido:
—¿Por qué te adelantaste con el nombramiento de Juanito? ¡Si
hubieras esperado, tu nieta sería reina de España!
Franco no contesta, es más, le comenta a su primo
parsimoniosamente:
—Don Juan Carlos y doña Sofía son muy buenos y no es cierta esa
leyenda de que es más lista la princesa que el príncipe, él discurre muy
correctamente.
Pacón le pregunta por la boda de la nieta y el Caudillo sonríe
comprensivamente:
—A las mujeres les gustan mucho las bodas… espero que sea para
bien.
Pero ya nadie en España recuerda a Juanito, ni que es el sucesor,
en realidad nunca se han percatado de su presencia y no han
entendido qué pinta al lado del Caudillo en los desfiles del Día de la
Victoria, pero todos hablan del «príncipe» que, envalentonado,
declara:
—Para mí, primero están los principios del Movimiento, la lealtad
a Franco y después la monarquía.
El «clan de El Pardo», los alfonsinos y los banqueros Fierro y
Coca, sus partidarios Solís Ruiz, Nieto Antúnez, Rodríguez de
Valcárcel y Girón de Velasco, todos pesos pesados del régimen, y su
protector Mariano Calviño, babean de gusto: ¡habrá franquismo más
allá de Franco! ¡Ellos nunca han confiado en ese Juanito que tiene
cara de traidor y perjuro y además está entregado a su padre, que es
un masonazo!
Juan se entera de que Alfonso quiere ponerse en las invitaciones
como príncipe y sabe también que el marques de Villaverde le ha
pedido a su suegro que conceda el tratamiento de alteza real a los
novios. Habla con el ministro de Justicia, Antonio Oriol, y lo persuade
para que acompañe a Juanito a entrevistarse con Franco.
—General, vengo a decirle que con esta maniobra lo que se
pretende es que tanto mi primo como yo estemos al mismo nivel y que
el día de mañana se pueda revocar al sucesor elegido por su excelencia.
Juanito se calla, porque estas frases tan sencillas son las más
difíciles que ha tenido que pronunciar delante de Franco en toda su
vida. Por primera vez el Caudillo se muestra malhumorado y protesta
dirigiéndose a Oriol y no al príncipe:
—Señor ministro, antes don Alfonso tenía el título de príncipe y
ahora que se va a casar con mi nieta, se lo quieren quitar.
—No es que se lo quieran quitar, excelencia… —contestó Oriol—.
Es que ahora lo ha pedido y no procede concedérselo. Don Jaime, su
padre, cuando renunció a sus derechos, lo hizo para sí y para sus
descendientes.
Fueron unos días de una tensión máxima para Juanito pero que,
puntada a puntada, sin agresividad y sin vuelta atrás, con la ayuda de
López Rodó, Carrero y Fernández Miranda, y, sobre todo, de su padre,
consiguió que esa boda no fuera un menoscabo para ninguna de las
prerrogativas que había logrado alcanzar. El haber estado al lado de
un estratega formidable, como Franco, lo había convertido en un
hombre muy hábil, meticuloso, retorcido y con mucha mano izquierda.
Don Jaime, el padre de Alfonso, para halagar a Franco dice que le
quiere imponer el Toisón de Oro, la máxima condecoración que puede
conceder el rey de España, para que la luzca en la boda. Juanito se
moviliza y le comunica a Franco que esa orden solo la puede otorgar el
jefe de la casa real, que es su padre.
Franco no contesta, pero nunca aparecerá en público con el
peculiar «cordero», tampoco en la boda de su nieta.
Si el traje de Balenciaga de Carmencita está bordado en flores de
lis y lleva una corona de esmeraldas, regalo de su abuela, como si de
una reina se tratara, también es verdad que el marqués de Villaverde
brindó en el banquete:
—Por los futuros reyes de España, Carmen y Alfonso.
Pero Franco no permitió que se le dieran oficialmente a su nuevo
nieto político tratamientos que no le correspondían, aunque estas
disquisiciones protocolarias poco preocupaban a los periodistas, que
siguieron llamándole príncipe y alteza real.
Pero cuando el matrimonio, después del viaje de novios a las islas
Vírgenes, fue a despedirse a El Pardo antes de regresar a Suecia,
Carmencita le dijo a su abuelo al oído de manera suplicante:
—Abu, yo quiero volver a España.
Le aterraba irse con su marido a ese país frío y extraño en el que
no conocía a nadie. Y es que Carmen reconocería años después que
«desde el primer día, nuestra convivencia fue un fracaso».
Pero el Caudillo, ajeno a sus cuitas, le respondió «a la gallega»:
—No sé si tu marido podrá reintegrarse a su trabajo en el Banco
Exterior. —Pero como la vio triste y la quería mucho, añadió—: He
decidido daros el título de duques de Cádiz.
Para Alfonso fue un jarro de agua fría, ya que este título le cerraba
las puertas para otras dignidades más importantes, como príncipe de
Borbón, que era lo que quería. Pero tuvo que conformarse y dar las
gracias.
En realidad, lo de duque de Cádiz se le había ocurrido a Juan, y
había sido su hijo el encargado de sugerírselo al Caudillo como cosa
suya.
Cuando se enteró de que todo había salido bien y que los
flamantes duques de Cádiz ya volaban a Estocolmo, llamó a su padre:
—Papá, ya está. —Se aclaró la voz—: Y muchas gracias.
Juan se emocionó tanto que no pudo contestarle.
Han sido unos días de tensión tan inmisericorde que Juanito se siente
desarbolado y falto de calor humano. Le dice a su mujer que quiere ir a
pasar unos días a Estoril con sus padres. Además, Margot se ha echado
novio, un buen muchacho llamado Carlos Zurita, y le gustaría tratarlo
un poco durante la Semana Santa.
Ante su asombro, Sofía se opone enérgicamente:
—Es muy mala idea. No podemos dar argumentos a los enemigos
que dicen que estás en manos de tu padre, es un momento muy
delicado.
—Me es igual… Quiero ir.
Federica, la suegra, que dibujaba con sus nietas sobre la mesa del
comedor, aunque está de acuerdo con su hija, prefiere no meterse en la
conversación.
Sofía menea la cabeza:
—Juanito, ten cabeza, llevamos mucho tiempo sin ir, qué más da
unos meses más…
—Por eso, precisamente, me da pena que estén siempre solos allí.
—Es su problema… Que vayan Pilar y Margot, ellas no tienen nada
que perder. No, Juanito, no vamos a echar por la borda todo lo que
nos ha costado tanto conseguir.
El príncipe se harta y se pone en pie, aplasta con saña el cigarrillo
en el cenicero. Tiene poca paciencia con su mujer y no soporta que le
lleve la contraria, además de que su aparente calma y su sangre fría
todavía lo enardecen más:
—¿Que nos ha costado tanto? Me ha costado a mí, soy yo el que
lucha como un cabrón día a día contra los elementos. ¿Sabes que
necesito pastillas para dormir? ¿Sabes que tengo eczema? ¿Sabes que
estos meses he adelgazado siete kilos?
La princesa sonrió desdeñosamente y señaló a su hijo:
—¿Te parece poco lo mío? Yo he hecho lo más importante,
Juanito, ahora tú cumple con tu parte y mantente alejado de tu padre.
Juanito la miró fijamente, con rabia e impotencia, porque estando
su suegra delante no se atrevía a pasar a mayores:
—Te odio, ¿sabes? ¡Te odio!
Cogió la puerta y salió mascullando imprecaciones. Las niñas,
acostumbradas a las reacciones de su padre, seguían dibujando sin
levantar la vista. Federica se acercó a su hija y le puso la mano en el
hombro:
—No te preocupes por la actitud de Juanito, los enfados por temas
políticos son una tontería… lo que importa es vuestro matrimonio,
vuestra unión, y desde que Armada os entregó ese decálogo tan
absurdo, pero tan eficaz, tu marido se está portando muy bien.
La princesa, que estaba ayudando a su hijo a construir una
pirámide, se sorprendió:
—No me preocupa, mamá.
Federica la observó objetivamente. Incluso para ella era difícil leer
en el rostro siempre imperturbable de su hija. Cuando estaban en
público sonreía constantemente; el fotógrafo Oriol Maspons se había
atrevido a recomendarle que sonriera siempre, que el gesto le
favorecía y dulcificaba sus rasgos. Pero cuando estaba en casa su
expresión era seria y reconcentrada y sus labios se afinaban en una
línea.
Tampoco la veía nunca hablar con su marido, pensó Federica, que
recordaba las largas conversaciones con Palo hasta la madrugada. Le
resultaba muy extraño. No compartían el sentido del humor, no
captaba las bromas de Juanito, aunque de pronto, inesperadamente,
soltaba una carcajada y era por algo que solo le hacía gracia a ella.
Con mucho cuidado, como el que se adentra en un campo de
minas, Federica le comentó:
—Los hombres ya sabes que en el fondo son como niños… Todos
quieren lo mismo y si no se lo damos se irán a encontrarlo fuera… Es
muy fácil dominarlos, solo piensan en eso, es nuestra mejor arma.
La hija levantó la vista.
—No sé a qué te refieres.
Federica se horrorizó y sintió compasión al mismo tiempo:
—Hija… es tu marido.
—Ya le he dado un varón, ¿no? —Su mirada se endureció—. Es lo
que quería, yo ya he cumplido con mi parte, para eso se casó conmigo,
que me deje en paz. —Federica iba a protestar y la hija le preguntó con
falsa amabilidad—: ¿O es que crees que se casó porque estaba
enamorado de mí?
—Pero, Sofía, sois muy jóvenes…
—No se va a divorciar de mí, mamá, no te preocupes… Si él es rey,
yo seré reina. Ya tengo todo lo que quiero.
¿La posibilidad real del trono? ¿Su hijo? ¿Qué tenía? Federica
prefirió no enterarse de qué era todo eso y no siguió preguntando.
Sofía abrazó a Felipe con tanta fuerza que el niño se puso a llorar.
La puerta se había quedado entreabierta. Juanito había vuelto
sobre sus pasos porque se había dejado los cigarrillos. Desde el umbral
lo oyó todo.
Y le entristeció darse cuenta de que su alivio era mayor que su
pena.
18
L a condesa de Motrico tiene hora en la peluquería de la calle Claudio
Coello, enfrente del convento de los jesuitas. Son las nueve y media de
la mañana, hace frío, y la condesa es la única clienta. Cuando le acaban
de poner la capa protectora sobre los hombros y están a punto de
lavarle la cabeza, se oye una detonación horrorosa que hace temblar
los cristales, corren a mirar por la ventana y ven una nube de humo
que sale del centro de la calle. Asustada, Mercedes Churruca llama a su
marido, José María de Areilza, a su despacho de la Castellana:
—Ha habido una explosión muy fuerte en los jesuitas… de gas o
una bomba, no sé.
—Vete a casa, Mercedes, no, espérate, que envío a alguien para
que te acompañe.
Es el 20 de diciembre de 1973.
Su teléfono para las llamadas urgentes está empezando a sonar.
Es un contacto que tiene en los servicios secretos del Estado, que le
comunica que el coche del presidente del Gobierno ha sufrido un
atentado y ha volado por los aires.
Aunque Luis Carrero Blanco, al que Franco ha nombrado
presidente del Gobierno mientras él continuaba en la jefatura del
Estado, no le caía bien, Areilza se da cuenta de que es un momento
histórico. Con el auricular en la mano, duda. No sabe si llamar a don
Juan, a cuyo consejo privado continúa perteneciendo, o a don Juan
Carlos, con el que apenas tiene relación. El pasado y el futuro.
Al final se decide y marca el 231 77 45.
Es el número de la Zarzuela.
El príncipe está en su despacho, escribiendo un aburrido resumen
de su reciente viaje a Francia. Fueron invitados por Georges Pompidou
y Juan Carlos le llevó de regalo una espada que había pertenecido a su
antepasado Carlos III. En el informe da cuenta de las actividades que
han realizado, desde una visita al Instituto Pasteur hasta otra a la
Academia de Saint-Cyr, pero, como le pasa siempre, Juan Carlos se
pregunta quién demonios va a leer ese documento, a quién le importa,
qué interés tiene.
No será Franco, que está tan mermado de fuerzas que apenas
puede tenderle la mano, a pesar de que esos viajes de los príncipes de
España se organizan por recomendación suya. Juan Carlos le preguntó
en una de sus audiencias de los lunes, una vez que el Caudillo había
acabado de contarle que las vacas frisonas que tenía en Valdefuentes
se habían aclimatado muy bien:
—Pero, excelencia, si me habéis designado sucesor, tengo que
aprender cómo se hace… Debería asistir a los consejos de ministros o,
como mínimo, me tendríais que dar algún consejo.
—No, ¿para qué? Su tiempo será distinto y usted lo tendrá que
hacer de otra manera; de nada le iban a servir mis consejos —contestó
Franco vagamente, y luego se quedó callado largo rato y cuando el
príncipe creía que estaba durmiendo, cogió el hilo de nuevo y exhibió
una energía y lucidez que alumbraban lo que un chispazo—: Pero mire,
una cosa haría yo… acudiría a un especialista para que le ayude a
pronunciar bien.
El príncipe se sorprendió, pero tuvo que darle la razón:
—Sí, excelencia… aún se me atragantan las erres.
—Y lo que tenéis que hacer es viajar. Viaje, alteza. Que los
españoles os conozcan.
Viajar, sí. Primero por España, ¡no había feria de ganado,
congreso de sofrología o exhibición artística de bailes regionales a la
que no acudieran los príncipes de España! Con escaso aparato, a veces
en medio de la lluvia, con poca gente, incluso con hostilidad y
lanzamiento de tomates incluido, porque hay personas enemigas de la
monarquía, o son los falangistas o los miembros del búnker.
—Coño, a mí que lo más me molesta, más que los tomates, es que
no puedas mear. Y encima te ofrecen vino en todas partes —se quejaba
Juanito.
La princesa sonreía y evitaba pronunciar palabra para que no se
dieran cuenta de que apenas conocía el castellano.
Después empezaron los viajes por el extranjero. Tanto si el viaje
había sido un éxito, porque la embajada lo había preparado muy bien,
como si había sido un fracaso, porque el embajador era «alfonsino» o
antimonárquico, los príncipes no dejaban traslucir ninguna emoción y
empezaron a decir que Juan Carlos era el hombre que mejor se callaba
de España. Estuvieron con Nixon en la Casa Blanca, en Japón y hasta
en Persépolis, en el dos mil quinientos aniversario de la fundación del
imperio persa. Los alojaron en una tienda de campaña gigantesca y
lujosa, con cuarto de baño y todas las comodidades. En la de al lado
estaba el hermano del rey Faisal de Arabia Saudí. El primer día, el
príncipe Fahd se acercó con la mano tendida:
—Habéis estudiado con un gran amigo mío, el Aga Khan.
—¡Karim!
Juanito se emocionó al recordar al príncipe ismaelita con el que
había formado grupo en Friburgo junto a Zu Tchokotua. Fahd se dio
cuenta de que era un hombre sentimental y eso le gustó. Le pasó la
mano por los hombros:
—Es una gran persona, por eso su abuelo lo nombró su sucesor.
¿Queréis venir a tomar un té a mi tienda? —Puso ojos picarones—.
Tengo unas odaliscas que creo que os gustarán.
El príncipe dijo, por si acaso:
—He venido con mi mujer…
El otro se echó a reír:
—Y yo con las tres mías, pero ¡qué más da! —Luego le confesó—:
He conseguido que las lleven de viaje turístico por Teherán y visitarán
un zoco lleno de tentaciones… Muchas horas.
Lo cogió de la mano y así se fueron los dos y estuvieron todo el día
juntos.
A la fiesta se les unió el rey Hussein de Jordania, cada media hora
entraban criados con café muy fuerte con cardamomo para
revitalizarlos, pero Juanito no lo necesitaba porque esas mujeres
voluptuosas, de largas cabelleras y vientres blandos, lo volvían loco.
¡Y Armada y su maldito código estaban muy lejos!
En recuerdo de ese día, el príncipe saudí le regaló una daga con la
empuñadura de piedras preciosas. Después, durante las largas y
tediosas ceremonias, intercambiaron miradas de complicidad. ¡Se
habían hecho amigos!
El príncipe lo observaba todo distraídamente, hasta que algo le
llamó la atención y se lo señaló a su mujer:
—Mira, esas esmeraldas que lleva Farah Diba en el manto eran de
Gangan.
Sofía puso cara de disgusto. ¡Ella tenía que contentarse con cuatro
birrias mientras las joyas buenas habían ido a parar nadie sabía
dónde!
El ministro de Información y Turismo, Alfredo Sánchez Bella,
censuró las fotografías de los príncipes en esta celebración, en la que el
sha se gastó una cantidad obscena de dinero, para evitar una imagen
demasiado ostentosa o frívola de Juan Carlos y Sofía. También el
nuevo director de Televisión Española, Adolfo Suárez, se pasó a las
filas de Juan Carlos y, en lugar de hablar de los fastos de Persépolis,
emitió un reportaje muy humano de la princesa llevando a sus hijos al
colegio «como una madre más».
La princesa que, según contaban las revistas, había manifestado:
—Qué vida tan vacía llevan algunas personas… Prefiero ambientes
más modestos y discretos, la vida familiar es más tranquila.
¿Tranquila?
¡No hay tranquilidad posible en esta España que se ha convertido
en un polvorín! ¡Comisiones Obreras, la ETA, los comunistas, todos
quieren que esta larga posguerra de treinta años se acabe de una vez o
no se acabe nunca!
Cuando Areilza le dice a Juanito que han matado a Carrero
Blanco, el príncipe se derrumba en su butaca.
—Ahora vendrán a por mí.
No se sabe quién ha sido, no se sabe qué intenciones tienen, pero
llama a seguridad de la Zarzuela y pide que refuercen la vigilancia.
Después se pone en contacto con Torcuato Fernández Miranda, al
que Carrero había nombrado vicepresidente, y le solicita detalles.
El almirante regresaba a su piso de Hermanos Bécquer después de
haber oído misa como todas las mañanas. En la calle Claudio Coello,
un coche Austin Morris aparcado en doble fila lo obligó a no desviarse
del centro de la calzada. Eran las nueve y veintiocho de la mañana. De
las entrañas de la tierra surgió de pronto un surtidor de dinamita,
adoquines y agua a presión que catapultó el Dodge Dart a una altura
de treinta metros, hasta que cayó en el patio interior de la iglesia de
San Francisco de Borja.
El padre Jiménez Berzal vio unas manos que salían por la
ventanilla y les dio la extremaunción.
Para sacar los cuerpos, tuvieron que enderezar el coche. Carrero
estaba aparentemente intacto, hasta el punto de que uno de los
escoltas que iban en el coche de apoyo se lanzó sobre él gritando:
—Señor presidente.
Le puso las manos sobre el pecho y el tórax cedió. Según se
comprobó en el hospital, los tejidos le habían explotado por dentro.
El príncipe, además de sentir miedo, se entristeció. No tenía nada
en común con el almirante y lo primero que hubiera hecho en su
hipotético futuro gobierno hubiera sido destituirlo, pero conocía su
lealtad. Franco le había contado que el mismo Carrero comentaba:
—Cuando vuestra excelencia falte, por la misma puerta me iré yo.
Don Juan Carlos no necesitará a este carcamal… Seguro que le irá muy
bien porque al lado de vuestra excelencia ha aprendido mucho.
Va a El Pardo. Franco se ha encerrado en su despacho, solo, y no
quiere recibir a nadie. Su hija Nenuca, que ha cogido una silla y se ha
sentado al lado de la puerta esperando que salga, lo oye sollozar y lo
justifica:
—Carrero era sus pies y sus manos.
Primero se ha aferrado a la teoría de que ha sido una explosión de
gas, después los masones y después le ha dicho a Ucelay:
—Me han cortado el último lazo que me une al mundo.
Ha empezado a morirse, aunque aún le quedan dos años de vida.
Franco y Carrero no eran amigos, nunca se han visto fuera de
actos oficiales, pero en nadie había confiado como en él. El Caudillo
sabía que no tenía otra ambición que servirle, porque era tan austero
que pegaba los bolígrafos con esparadrapo cuando se rompían, no
poseía ninguna propiedad más que la sepultura en el cementerio de El
Pardo en la que iban a enterrarle y vivía de alquiler.
Nenuca charla unos momentos con el príncipe:
—Es que en el fondo eran iguales.
Doña Carmen está en el salón hablando con su yerno, el marqués,
con Alfonso y su nieta, que ahora viven en El Pardo y están a la espera
de algún destino importante. Le han ofrecido la embajada en Buenos
Aires, pero a él le parece poco porque aspira a la del Vaticano o un
ministerio. Juanito oye la voz meliflua de su primo con su ligero
acento francés:
—Esto es culpa de los elementos subversivos que ha metido ese
Fernández Miranda en el gobierno. Yo ya avisé al Caudillo hace tiempo
de que la mayoría de los ministros tienen antecedentes comunistas.
El marqués de Villaverde le da la razón:
—Es que terminarán por matarnos a todos.
Doña Carmen balbucea:
—Es verdad, tienes razón, Alfonso, ay, quiero decir, alteza,
perdonadme… Ahora tenemos que aprovechar para hacer limpieza y
que vengan los de siempre.
El médico Vicente Gil asiente dando grandes cabezazos:
—Sí, Señora, mano dura, eso es lo que hace falta, esos son unos
blandengues, maricones y drogadictos y su excelencia es demasiado
bueno.
Todos se dan cuenta de que don Juan Carlos está en el pasillo,
pero fingen no verlo. También lo consideran culpable. ¡Si fuera
Alfonso el sucesor, otro gallo cantaría!
Todavía le queda lo peor. Ir al hospital a dar el pésame a la
familia. Todos los hijos se han reunido alrededor de su madre, Carmen
Pichot. Delante del cadáver de su marido, dando muestras de una
grandeza de espíritu que da sentido a su vida entera, cogió las manos
de sus hijos y les dijo:
—Juradme que no vais a pedir venganza por la muerte de vuestro
padre. ¡Justicia sí, venganza jamás!
El príncipe se quedó hondamente impresionado por esa escena.
Ha sido, quizás, la jornada más difícil de su vida.
El entierro tiene lugar dos días después. Franco está tan mal, tan
hundido, que no deja de llorar y no puede presidir el desfile mortuorio.
El príncipe dice:
—Lo haré yo.
Las personas encargadas de su seguridad tratan de disuadirlo, ya
se sabe que el atentado es obra de ETA, pero se desconoce si se trata
de una gran ofensiva y hay otras acciones preparadas. Pero el príncipe
está decidido. ¡Sabe que en estas ocasiones es cuando uno se gana su
puesto de rey! Tampoco quiere usar un coche blindado.
—Iré a pie.
Le preparan un chaleco antibalas, pero lo rechaza.
Vistiendo el uniforme de contralmirante, bajo un frío
estremecedor, siguió a pie por las calles de Madrid el furgón mortuorio
del presidente del Gobierno. Caminó solo, el más alto, un blanco fácil,
a la cabeza de la silenciosa procesión: los hijos, el presidente en
funciones, Torcuato Fernández Miranda, ministros, militares… Las
pisadas de todos resonaban en el asfalto como un tamtam trágico, bajo
las miradas de cien mil madrileños. Había armas, odio, violencia, en
cada esquina una bala podía llevar su nombre. ¡ETA podía volver a
matar!
Se cantaba el «Cara al sol», se dieron los gritos rituales:
—¡Almirante Carrero Blanco! —Y la multitud enfervorizada, todos
a una, rugió—: ¡Presente!
Un grupo de Fuerza Nueva lleva una pancarta: «Los asesinos
crecen con los gobiernos débiles». Se intenta agredir al prelado que va
a oficiar la misa, que tiene fama de aperturista, al grito de:
—¡Tarancón al paredón!
El príncipe tenía miedo, la nuez de su garganta subía y bajaba, por
momentos parecía encogerse esperando la bala fatal. Su mente bullía
de pensamientos encontrados. No quería morir, pero si lo mataban,
¿de qué habría servido todo? Las peleas con su padre, esa infancia que
no tuvo, su sumisión a Franco, su boda sin amor con Sofía… ¡todo
moriría con él! ¿Y qué provecho habría sacado de tanto sacrificio?
¿Y si el que moría era Franco? Estaba muy mal, su médico había
tenido que recetarle ansiolíticos y Madopar. ¡Lo había jugado todo a
una carta! Tendrían que irse al exilio, pero ¿con qué contaban? Él no
quería ser como Federica, que vivía de la caridad, o como su padre,
dependiendo de la voluntad de los demás, siempre a la última
pregunta, sin dinero. ¡Hasta para pagar la boda de Margot había
tenido que pedir prestado! Desde hacía años eran solo catorce nobles
los que contribuían a su sustento; si un mes alguno se retrasaba, tenía
que pedir al banquero Espíritu Santo que cubriera el hueco. Le había
contado el fotógrafo Cardozo que de lo que sacaba de las fotos que
hacía en Villa Giralda le tenía que entregar la mitad. Su padre lo había
negado vehementemente, pero sabía que era verdad. ¡Qué vergüenza,
Dios! ¡Se ponía colorado solo pensándolo!
Se oían gritos:
—Muerte al Borbón.
Pero siguió caminando, una cabeza por encima de los demás, y al
final la gente calló, sobrecogida por este acto de valor extraordinario.
¡Se necesita ser muy valiente para hacer lo que hizo, teniendo tanto
miedo!
Por la noche, en su casa, se derrumbó. Las perspectivas eran muy
negras, le habían dicho que el ministro de Gobernación, Arias
Navarro, podía sustituir a Carrero en la presidencia del Gobierno. Lo
llamaban el Carnicerito de Málaga por su actuación despiadada como
fiscal durante la Guerra Civil y, cómo no, era el candidato de la Señora
y el marqués, «alfonsino» hasta las cachas, un miembro del búnker
que iba a hacer un gabinete a su medida. ¡Todos sus amigos, los que
habían luchado por él, iban a ser barridos de un plumazo!
Sus hijos ya estaban acostados, menos mal, porque no soportaría
aguantar sus parloteos. Felipe estaba muy maleducado, pero
cualquiera se lo decía a Sofía, que creía que había alumbrado a Dios, a
Cervantes y a Rodolfo Valentino todo en una pieza.
—Pepe, tráeme un whisky.
Los rostros de su mujer y de su suegra eran de color gris, los ojos
febriles, se notaba que habían estado hablando entre ellas todo el día.
Sofía tenía una arruga en el entrecejo, cuando no sonreía daba casi
miedo.
Abatió los párpados, se recostó en el sofá, encendió un cigarrillo,
pero estaba tan cansado que se consumió entre sus dedos sin haberle
dado ni una calada.
Fue Sofía la que habló primero:
—Juanito, esto no puede seguir así.
No abrió los ojos:
—¿Qué quieres decir?
—Que no podemos seguir con esta angustia, con este miedo
constante, ¡no contamos con nadie, no sabemos qué va a ser de
nosotros! Si te pasa algo…
Él aún tuvo fuerzas para ironizar:
—Si me matan, quieres decir. —Se incorporó levemente—. ¿Y qué
quieres que haga?
Entonces intervino la suegra:
—Mírate en mi espejo, Juanito… Ya ves cómo me veo por confiar
en mi pueblo, vivo de lo que me dais vosotros o mis consuegros, los
reyes de Dinamarca. Irene y yo somos tan pobres que no tenemos ni
casa. El infeliz de Constantino tiene que hacer de vendedor de coches
blindados para un sobrino del doctor Doxiades en Londres y le pagan a
tanto el coche.
—Tampoco exageremos, Escámez me ha dicho que nuestra
cartera…
Sofía elevó el tono:
—¡Nuestra cartera, con la crisis petrolera, es una mierda! ¡No es
nada! ¡Calderilla! Si Franco muriera, ¿cómo quedaríamos nosotros?
Además, si nos tuviéramos que ir de España, ¿tú crees que podríamos
llevarnos este dinero? Mira, tu abuelo pudo vivir con lo que tenía en
los bancos extranjeros, pero ¿y nosotros? ¡No estás solo, Juanito!
Estamos los niños y yo… ¡Yo no soy como tu madre, que tiene alma de
gitana y le es igual ocho que ochenta! Yo confié en ti, llevo aguantando
en este país once años. ¿Para qué? Merecemos una recompensa.
Juanito se levantó, avanzó hacia ella, se le puso una nube roja
ante los ojos y menos mal que Federica se interpuso con gesto de fiera:
—¿Te has vuelto loco? Lo que faltaba… ¿Ahora vas a pegarnos?
Se fue dando trompicones hasta su habitación y no es que
estuviera borracho, sino desesperado. Esa noche durmió muy mal.
Cuando por la mañana entró en el despacho Manolo Prado se lo
encontró contemplando una foto de Alfonso XIII llegando a Marsella
desde Alicante, con sombrero hongo, un traje de mezclilla, la marca
del destierro en la boca y en los ojos…
Prado le preguntó con cuidado:
—¿Cómo estáis, señor?
Juanito suspiró.
—Muy jodido. —Dejó cuidadosamente la fotografía en un estante.
La voz de su amigo denotaba preocupación sincera y se dio cuenta de
que en nadie confiaba como en él. Con amargura se dijo que él era su
Carrero Blanco—: Tú sabes los años que llevo luchando, Manolo… y
me encuentro que no tengo nada —las palabras salían torpemente
primero, con fluidez después—. Os miro a ti y a tu mujer, a Carlitos, a
Maná Arnoso, a todos mis amigos y todos tenéis casas, coches, barcos,
vivís bien… viajáis a lo grande, pero yo ¿qué tengo? ¡Si necesito un
sitio para pasar las vacaciones, me lo ha de ceder el gobierno balear
porque no tengo un duro! —Dirigió una mirada alrededor—: Nada de
esto es mío, todo es de Patrimonio… si tuviera que irme, solo me
podría llevar las cucharillas de plata —intentó bromear—, y ni siquiera
eso porque las robaron el día del bautizo de Felipe.
—Merecéis más, señor, es una injusticia que se os tenga en esta
situación, siempre lo he pensado y nunca me he atrevido a decíroslo.
Con la voz con gallos adolescentes, el príncipe gimió:
—Pero ¿qué puedo hacer? Estoy atado de pies y manos.
Bajando la voz, Prado se acercó y le dijo:
—Si me lo permitís, señor, yo puedo ayudaros. Recordad, además,
que tengo la nacionalidad suiza, lo cual, en estos momentos de
incertidumbre, es una gran ventaja y está a vuestra disposición. —
Juanito le brindó una mirada de agradecimiento y no pronunció
palabra. Prado se atrevió a cogerlo por el brazo y apretárselo, y añadió
—: Pronto tendremos ocasión.
La ocasión se presentó poco después, gracias a la crisis petrolera
mundial. Los países productores de crudo se habían aliado en la
OPEP, forzado una subida de precios y cortado los suministros a
Occidente por el conflicto con Israel. España estaba al borde del
desabastecimiento. El nuevo gobierno de Arias, formado por pesos
pesados del régimen como García Hernández, Licinio de la Fuente,
Utrera Molina o Pita da Veiga, incompetentes y obsoletos, daba
bandazos como un barco a la deriva.
Manolo Prado fue a visitar al príncipe:
—Alteza, me habíais hablado de vuestra relación con el príncipe
Fahd de Arabia Saudí.
Juanito sonrió recordando aquellos días de vino y rosas en Persia.
—Sí, el mes pasado me invitó a visitarlo, pero, claro, dada la
situación no pude ir.
—Señor, ¿os atreveríais a poneros en contacto con él para que nos
proporcionara petróleo suficiente para aumentar nuestras reservas de
crudo, que en estos momentos están bajo mínimos? Me he enterado de
muy buena fuente que solo queda petróleo para un mes.
Juanito dudó y al fin respondió:
—No tengo nada que perder… Le haré una llamada. Pero antes
informaré a Barrera de Irimo, el vicepresidente.
—Perdonad, señor, pero será mejor que antes habléis con el
príncipe Fahd… Si no funciona el contacto no gastaremos una bala en
vano y entonces lo intentaríamos con el sha de Irán.
Pero Fahd accedió inmediatamente. «De hermano a hermano», le
dijo. Juanito, leyendo las instrucciones que le iba escribiendo Prado en
un papel, le indicó:
—Irá un emisario personal mío a negociar el acuerdo.
El príncipe lo entendió inmediatamente:
—Claro, hermano, todos nos quedaremos muy contentos.
Al vicepresidente solo le dijo que, enterado de la grave crisis
energética en la que estábamos inmersos, había hecho una gestión con
el príncipe heredero de Arabia Saudí y que este se había
comprometido a enviar petróleo rápidamente.
Y conociendo el punto débil de los políticos, añadió:
—No hace falta que yo figure como intermediario… que sea cosa
tuya.
El vicepresidente asintió complacido porque así podía adjudicarse
todo el mérito, y preguntó:
—Pero ¿cómo se harían los pagos?
—Los detalles ya los arreglará un emisario mío… pero la semana
que viene tendremos todo el petróleo que necesitamos.
A nadie le importó si Prado, el príncipe o quien fuera cobraba una
comisión. ¡Era natural en el mundo de los negocios y con los árabes
todavía más!
Al año siguiente, Juan Carlos tuvo la oportunidad de agradecerle
personalmente el favor al príncipe Fahd visitando su país. El rey
Faisal, que era el hermano de Fahd, les ofreció una recepción en medio
del desierto digna de las mil y una noches y les regaló un par de
soberbios caballos árabes valorados en varios millones de dólares
porque eran grandes campeones, y tantas joyas para la reina que
necesitaron un baúl complementario para llevarlas a España. El último
día, que era domingo, no festivo en los países árabes, Faisal, Fahd y el
príncipe de España se reunieron a solas y cerraron otros acuerdos
relacionados con la cuestión petrolífera.
Cuando llegó a Madrid, no pudo evitar darle un abrazo a Manolo
Prado. ¡Qué fácil estaba resultando todo! ¿Y a quién perjudicaba? ¡A
nadie! ¡Todos salían beneficiados!
—Chiquito, ahora tenemos que hacer lo mismo con Irán.
—A sus órdenes, alteza.
El gobierno de Arias, al final, tampoco había representado una
merma en la posición del príncipe. ¡Los salmones no pueden remontar
río arriba y las agujas del reloj de la historia no pueden girar en
dirección contraria! La coyuntura internacional y las aspiraciones de
los españoles ya no propiciaban las dictaduras. Los dos únicos
ministros aperturistas que quedaron de la escabechina que tuvo lugar
después del asesinato de Carrero, Pío Cabanillas y Antonio Carro,
trabajaron incansablemente a favor de don Juan Carlos, convencieron
a Arias de que «solo se reforma lo que se quiere conservar», y el
primer texto que leyó el presidente del Gobierno fue asombrosamente
aperturista, contemplando una ley de asociaciones y dando más
atribuciones al príncipe de España.
Franco se había retrotraído a la posguerra, alternaba los
momentos de lucidez, cada vez más escasos, con largas diatribas:
—Los españoles solo nos identificamos con Isabel la Católica y con
el espíritu del 18 de julio regado con la sangre de nuestros mártires.
A veces cantaba, recordando su infancia ferrolana:
Polo río abaixo vai
unha troita de pé.
Corre que te corre,
quen a puidera coller.
Cuando el príncipe iba los lunes, dormitaba, pero de repente se
ponía a observarlo con ojillos astutos y le decía:
—Haga como yo y no se meta en política.
Y se despedía apresuradamente porque tenía que ver Bonanza , su
programa favorito en televisión.
Juan Carlos se dio cuenta de que tenía la partida ganada cuando el
marqués de Villaverde fue a visitarlo a la Zarzuela. Apareció con un
paquete:
—Su excelencia me ha dicho que os trajera esto.
Era un cuadro del Cid Campeador, muy malo, pero que el príncipe
agradeció tan vivamente como si se tratara de un Picasso. Después, sin
que nadie se lo pidiera, el marqués de Vayavida según la sabiduría
popular, se arrellanó en una butaca, cruzó una pierna sobre la otra,
encendió un cigarrillo y con aire vagamente amenazador, pero con un
brillo de miedo en el fondo de los ojos, dijo:
—Alteza, no prestéis atención a los agoreros que tratan de desunir
a nuestras familias… Todos estamos en el mismo barco, y si el barco
hace aguas, nos hundimos todos.
Juan Carlos le preguntó, con ingenuidad o mala leche, porque aún
nadie en España sabía si el príncipe era muy tonto o muy listo:
—¿Y qué hace mi primo Alfonso?
El marqués descartó al primo Alfonso con un gesto:
—Mi suegro lo ha hecho director del Instituto de Cultura…
Hispánica, creo, o algo así, una cosa que no sabemos muy bien para
qué sirve.
Esta boda, por la que tanto luchó, no solo había perdido su brillo
de oro enseñando el latón vulgar que había debajo, sino que estaba a
punto de romperse porque Carmencita se había hartado de su marido.
Cuando se fue, Juan Carlos se echó a reír con incredulidad,
recordando la chulería del marqués en tiempos pretéritos. Una vez, en
una recepción, estaban tomando una copa de pie cuando se acercaron
los camareros a servirles. El marqués dijo:
—Al príncipe póngale vino.
—No, gracias, prefiero naranjada —aclaró don Juan Carlos.
Entonces, el marqués gritó fieramente, señalando a su yerno
Alfonso de Borbón:
—¡He dicho al príncipe!
¡Y ahora resultaba que todos estaban en el mismo barco!
Pero rápido, rápido, no había que entretenerse en el pasado. ¡Hay todo
un futuro por estrenar! ¡La voluptuosidad de tener dinero, ah, no se
parece a nada! Al sexo, quizás… No, no, se parece al poder, eso ¡al
poder!
En Irán lo recibieron con honores de rey y una escuadrilla de
Phantoms escoltó su avión antes de tocar tierra. Pasó revista al ejército
y todos sus desplazamientos los hacían en helicóptero, que
perfumaban con esencia de rosas. En el palacio de Niavarán se les
ofreció una fastuosa cena de gala compuesta por veinte clases de
caviar distintas. Juan Carlos le impuso al sha Reza Pahlevi el gran
collar de la orden de Carlos III y a la emperatriz Farah el collar de
Isabel la Católica.
Después se retiraron al despacho del sha a tratar de negocios de
«hermano a hermano» y cerraron importantes acuerdos petrolíferos.
En el hotel, el príncipe sacó una botella de whisky que llevaba en
su equipaje, ya que el alcohol estaba prohibido en los países árabes, y
un puro de los que le enviaba Fidel Castro. No pudo evitar decirle a su
amigo haciendo un pase torero:
—Manolete, estamos en la buena senda… ¡En este año setenta y
cinco, para variar, nos está saliendo todo de putísima madre!
19
—¡N o queremos apertura, queremos mano dura!
—¡ETA al paredón!
—¡No somos muchos, pero somos machos!
Pero sí que eran muchos, decenas de miles de personas que
abarrotaban la plaza de Oriente en ese 1 de octubre de 1975, en un acto
de adhesión al Caudillo, el último que habría de recibir. Juanito
pasaba la vista sobre el gentío desde el balcón del Palacio Real, la
multitud era como un mar agitado, como un solo animal con miles de
cabezas y miles de bocas que gritaban:
—¡Franco, Franco, Franco!
El airecillo del Guadarrama se colaba por los cuellos de los
uniformes. Delante de él, la pequeña cabeza de Franco surgía como
una vieja tortuga retráctil, con los pelos erizados por el viento, la boca
semiabierta, la mandíbula suelta, las gafas oscuras tapando los ojos
muertos. Pero, poco a poco, esa figura espectral iba cobrando vida,
como si esos gritos, esas multitudes, ese bosque de manos alzadas en
el saludo fascista fueran una transfusión de sangre para su cansado
organismo.
¡Sangre! ¡La sangre que se había derramado hacía apenas quince
días!
Cinco jóvenes antifranquistas, que habían preferido ser pasados
por las armas que el garrote vil: Ángel Otaegui Echevarría fue
ejecutado mediante una ráfaga de disparos por voluntarios de la
Policía Armada en el patio de la prisión de Villalón, en Burgos. Tuvo
que sufrir sus últimas horas en la más absoluta soledad, porque su
abogado estaba enfermo y a su madre solo le permitieron visitarlo diez
minutos. A Juan Paredes Manot, Txiki, de veintiún años, lo mató de
once disparos un pelotón de la Guardia Civil, en un descampado al
lado del cementerio de Collserola, en Barcelona. Su hermano y sus
abogados, Marc Palmés y Magda Oranich, lo oyeron cantar el «Eusko
gudariak» en el suelo, hasta que el teniente que mandaba el pelotón le
dio el tiro de gracia.
Magda Oranich, que estuvo de guardia muchas semanas en el
Colegio de Abogados recabando apoyos contra la ejecución, fue
contundente:
—¿El príncipe de España? Ni nos apoyó, ni se nos ocurrió
pedírselo, ni esperamos que lo hiciera.
José Humberto Baena, de veintitrés años, José Luis Sánchez
Bravo, de veinte años, y Ramón García Sanz, de veintisiete, fueron
fusilados en el campo de tiro del Palancar, en Hoyo de Manzanares, al
lado de Madrid. José Oneto escribió que cuando los periodistas que
estaban a poca distancia oyeron los disparos «nos recorrió un intenso
escalofrío y uno de nosotros levantó la voz y gritó “cabrones”. Muchos
teníamos los ojos llenos de lágrimas».
En toda Europa arreciaron las protestas, se quemaron unas
embajadas, se hicieron vigilias con velas frente a otras, el papa, Willy
Brandt, Giscard, Echevarría de México… Olof Palme, todos pidieron
clemencia.
Los americanos, no.
¡Juanito tampoco!
¡Nada, no había hecho nada!
Había permanecido en silencio, no hay que significarse, ahora que
ya tiene un pie puesto en el futuro, que toca el poder con la punta de
los dedos, no hay que arriesgarse a meter la pata. ¡Para meter la pata
ya está su padre, que pide, no, exige a Franco desde Estoril que
detenga esta carnicería!
Pero Franco, aquel enfermo que casi no podía tenerse en pie, que
se quedaba dormido, que se tiraba la comida por encima, había puesto
el pulgar hacia abajo y había decretado:
—Muerte.
Juanito trataba de consolarse, ningún ministro del Gobierno se
opuso, hasta Cabello de Alba y Carro lo aceptaron. No tenía ningún
poder, no era nadie, y sí, en España hay pena de muerte y él, al fin y al
cabo, era un militar… Y Franco podía aplicarla, como lo había hecho el
año anterior con un joven catalán, Salvador Puig Antich, y con un
pequeño delincuente llamado Heinz Chez. ¡Y tampoco había dicho
nada!
Estaba ocupado, estaba fuera, había tanto que hacer, tanto que
conspirar, tanto que enmendar en este país que se iba desprendiendo
poco a poco de la vieja piel para aparecer ante el mundo lustroso como
un recién nacido… Porque lo único cierto era que Franco se iba a
morir. Y que él iba a sucederle.
Y si no, pobres españoles.
Había que establecer contactos con la oposición y sosegar a los
socialistas, y asegurar a Santiago Carrillo que iba a legalizar el Partido
Comunista en cuanto llegara al poder… Y tranquilizar a las grandes
fortunas para que no se llevaran los capitales del país; de hecho,
cuando Franco padeció la flebitis el año anterior y parecía que fuera a
palmarla, las bolsas subieron vertiginosamente. ¡Los magnates
estaban a su lado!
Como incentivo para el príncipe, Alfonso Escámez, presidente del
Banco Central, convocó a los patrones de los siete grandes bancos:
—Habría que preparar un buen colchón al futuro rey.
José Ángel Sánchez Asiain, presidente del Banco de Bilbao, y el
propio Escámez fueron los más generosos, y Emilio Botín, presidente
del Santander, el más tacaño. Ni Juan Carlos ni Sofía tuvieron que dar
las gracias, porque los banqueros lo hicieron, no por los príncipes, sino
por ellos mismos.
Federica se lo dijo muy claro:
—Todo lo que hagan por vosotros me parecerá poco, habiendo
visto cómo habéis vivido todos estos años de humillaciones y
desprecios.
Juanito se removía inquieto cada vez que oía estos comentarios,
porque una cosa era que lo dijera él y otra su suegra. Nunca contestaba
y se limitaba a gruñir por lo bajo: «Calla, bruja», pero se alarmó
cuando Federica le propuso directamente, con una mirada de
complicidad a su hija:
—Mira, Juanito, he pensado que ahora que estáis mejor de dinero,
me podrías hacer un préstamo hasta que el gobierno griego me
devuelva mis bienes. Constantino, en Londres, vive con lo justo,
porque el sobrino del doctor Doxiades…
—Sí, Alexis Mardas, me ha intentado vender un coche blindado,
pero no tenía muy buena pinta…
La madre se sulfuró:
—Pues podías haber hecho un esfuerzo, piensa que Tino vive de
esas comisiones —pero como tenía que pedir un favor, trató de
apaciguarse—, bueno, tú verás. Pues te decía que, si nos dejas el
dinero, nos compraríamos una casa cerca, que a Irene le gusta España
y ya sabes que sale con tu primo Gonzalo.
Juanito se horrorizó ante la perspectiva y aprovechó para soltarle
lo que quería decirle desde hacía tiempo:
—Suegra, te voy a ser muy claro, y perdona, pero no nos conviene
que estés aquí. ¡Yo he tenido que sacrificar a mi padre porque decían
que me mangoneaba, no vas a estar tú intentado hacer lo mismo!
Federica lo miró con los ojos muy abiertos y aire de incredulidad:
—Pero ¿me estás echando?
—Tómate el tiempo que quieras, y cuando te apetezca venir de
vacaciones, encantados, pero vivir en España, no.
Sofía iba a protestar, pero pareció pensárselo mejor y guardó
silencio.
Al día siguiente, Juanito llamó a Gonzalo con la excusa de darle el
pésame por la muerte de su padre. Su primo se puso a llorar:
—Figúrate qué pena, en realidad lo ha matado Carlota de un
botellazo, pero como iban bebidos los dos no hemos querido montar
ningún escándalo ni denunciarla.
—Pobre tío Jaime.
—Qué mala suerte ha tenido toda su vida.
Juanito pensó en los dos hermanos tan desdichados, Jaime y su
padre, el uno con sus taras físicas a cuestas y el otro viviendo
oscuramente en Estoril, sin pasado y sin futuro, y suspiró:
—Y qué lo digas. —Luego cambió el tono—: Gonzalo, también
quería pedirte que dejaras en paz a mi cuñada Irene… A ti no te sirve
para nada y a mí me estás complicando la vida.
En familia siempre se había dicho que Gonzalo, a pesar de sus
esporádicas aventuras con mujeres, era homosexual. Y, aunque
Alfonso ya estaba desactivado y relegado a su oscuro trabajo en el
Instituto de Cultura Hispánica, Juanito no quería tener a ningún otro
Borbón Dampierre rondando por su vida.
Al cabo de unos días le sorprendió encontrar unos baúles en la
puerta de casa. Preguntó y salieron unas sonrientes Sofía, Federica e
Irene cogidas del brazo, como tres muchachas griegas:
—Sabes, Juanito, mamá va a dejarnos.
—He decidido irme a la India… —confesó con desenvoltura la
exreina de Grecia—. Creo que Occidente se ha vuelto demasiado
materialista para mi gusto e Irene y yo vamos a dar clases con el
profesor Mahadevin en Madrás.
Se metieron en el coche y Freddy bajó la ventanilla. Su yerno se
apoyó en el borde, la suegra le cogió la mano y en un arrebato le besó
el camafeo del siglo V antes de Cristo que ella misma le había regalado
por la boda y que llevaba en el dedo meñique.
—Vas a ser rey, Juanito. Que los dioses te sean propicios. —Y
mirándolo con aquellos ojos seductores, le dijo con coquetería—:
Yerno, me debes una.
—¡Una, grande y libre!
El eco se repitió por toda la plaza. Juanito miró de soslayo a su
mujer. Estaba al lado de Franco, una presencia aniñada, cruzaba los
brazos sobre el vientre con el bolsito colgando, su peinado casco, ponía
sus finos labios en forma de media luna con la misma sonrisa con la
que posaba para las fotos. Doña Carmen, sin embargo, al lado de Arias
Navarro, reía ampliamente. ¿Cómo podían comportarse como si no
pasara nada?
Juanito pasea la mirada errabunda por la multitud, por el cielo
cruzado por grandes nubes, mira de vez en cuando a sus espaldas…
Tiene ojeras azules y los ojos inyectados en sangre.
Franco levantó de pronto una mano vendada, gruesos lagrimones
se escapaban por debajo de las gafas oscuras. Hizo varios visajes con la
cara para ajustar la dentadura, que era nueva, y empezó a hablar con
voz atiplada, cuatro minutos de discurso y la historia retrocedió
cuarenta años:
—La conspiración judeomasónica izquierdista de la clase política,
en contubernio con la subversión terrorista comunista en lo social…
ser español vuelve a significar algo importante…
Las palabras, pronunciadas casi sin aliento, se perdían entre
gritos y aplausos.
El príncipe tragó saliva. ¿Esta era la España que iba a heredar?
¿Estos hombres que vivían anclados en el odio, esta joven sangre
derramada?
¿Por qué no había hecho nada? Temía que su pasividad le pasara
factura. ¿Y si ahora las potencias occidentales no lo consideraban lo
suficiente limpio como para estar a los mandos de este barco? ¡Doce
presidentes del gobierno habían condenado los fusilamientos!
Tenía ganas de gritarle, no a aquella plaza, sino al mundo entero:
—¡Yo o el caos!
Miró aquella figura que se interponía entre él y el trono y pensó
con rabia, ¿por qué no se callaba? Mejor, ¿por qué no se moría de una
vez? ¡Su tiempo se había cumplido! ¿Por qué no se cae aquí redondo al
suelo y nos ahorramos todo lo que ha de venir?
Pero Franco alzó los brazos como un niño pequeño y se volvió
hacia él.
Entonces la plaza entera se puso a gritar:
—¡Príncipe, príncipe, príncipe!
Nunca un grito lo había avergonzado tanto.
Después, todo se precipitó, aunque para Juanito transcurrió tan
lentamente que luego dijo: «Nunca creí que se podía sufrir tanto
durante tanto tiempo».
Franco ya se encontraba mal, pero aun así su mujer lo obligó a
asistir a un acto en el Instituto de Cultura Hispánica para apoyar a
Alfonso de Borbón. Tuvo que estrechar manos entre toses y
estornudos y el «príncipe» se quejó a Carmencita:
—No ponía entusiasmo… Tu familia me ha dejado caer.
Su mujer le dijo sencillamente:
—Cállate.
Pero el que estaba cayendo, ¿cómo cayendo?, precipitándose al
abismo, a esa oscuridad tenebrosa de la que no se regresa jamás, era el
Caudillo. Primero en El Pardo y luego en el hospital de La Paz. El día
30 de octubre se hizo el traslado de poderes a Juanito, que solo lo
aceptó cuando se le aseguró que el estado del Generalísimo era
irreversible.
Mientras Franco iba muriéndose, tuvo que correr a El Aaiún a
apagar el fuego que había encendido el rey Hassan, una peregrinación
de trescientos mil marroquíes llamada Marcha Verde para protestar
por el dominio español en el Sahara. Desactivó la operación, de
«hermano a hermano», tranquilizó al pequeño grupo de militares que
estaban al frente de la colonia española y los detalles los dejó para los
diplomáticos.
Por fin, en la madrugada del día 20 de noviembre, se paró el
corazón de Franco y apareció plano el encefalograma. En el silencio de
la noche se oyó un pitido siniestro, que solo escucharon los soldados
que estaban con el fusil en posición de prevengan en la puerta. El
doctor Vital Aza inició maquinalmente la maniobra de resucitación
acostumbrada, pero el doctor Martínez Bordiú lo detuvo:
—No. Ya está.
Sus últimas palabras habían sido en la lengua de su infancia:
—Canto tardo en morrer .
Llamaron a la Zarzuela. En esa época, Juanito y Sofía ocupaban
cuartos contiguos. El príncipe estaba en medio de un agitado
duermevela, como todas las noches, y dio un salto, pero Sofía, ante su
asombro, se volvió a quedar dormida. Su marido no pudo soportarlo y
le sacudió los hombros:
—Sofi, Sofi, al fin… vamos a ser reyes.
—Ay, déjame, ¿y qué va a cambiar? —protestó la mujer en sueños
—. Bueno, que en vez de altezas nos llamarán majestades.
Se dio media vuelta y siguió durmiendo, y como siempre Juanito
se asombró de que el pueblo español siguiera diciendo que la
inteligente de la familia era ella.
A partir de la muerte del Caudillo se ponía en marcha la
Operación Lucero, supervisada por el propio Franco, que estaba tan
milimétricamente diseñada que Juanito no tenía que tomar ninguna
iniciativa. Se paseaba por el pasillo con movimientos espasmódicos y
grandes suspiros, esperando que se hiciera de día, por su cabeza
trascurría la película de estas últimas semanas. El marqués de
Villaverde lo había abordado el día anterior frente a la puerta de la
habitación donde agonizaba su suegro, la bata sucia de sangre abierta
sobre un traje arrugado, él, que era tan peripuesto, y le preguntó con
desesperación en la voz:
—Alteza, ¿qué va a ser de nosotros?
—No te preocupes, Cristóbal, no habrá un memorial de agravios y
respondo con mi vida de la vuestra, porque todo lo que soy se lo debo a
él —lo tranquilizó Juanito.
El mismo día de la muerte, Carmen Franco dio a conocer el
testamento de su padre, donde se había añadido en letra de imprenta
para que quedara meridianamente claro el nombre de Juan Carlos
encima de la frase «que rodeéis al futuro rey de España del mismo
afecto y lealtad que a mí me habéis brindado…».
Juanito, desde el fondo de su corazón, le rindió un mudo
agradecimiento al que, desde que tenía diez años, había sido mentor,
abuelo, Caudillo, jefe y tirano todo en una pieza. ¡Al final, el gallego no
le había fallado!
Se secó una lágrima, la única, porque todo lo que había pasado lo
había endurecido, y la satisfacción ganó a la tristeza. Sí, al final, lo
había conseguido. Era el rey de España. El número dieciocho de su
dinastía. ¡Lo que parecía imposible se había logrado! «Padre,
perdóname, no has sido nunca nada, ya no serás nada, excepto en el
corazón de tus fieles».
Según los planes de la Operación Lucero, el día 22 de noviembre
se levanta por unas horas el luto para que don Juan Carlos sea
proclamado rey en las Cortes. El día 23 es el acto final, el entierro
solemne en el Valle de los Caídos. El féretro que contiene el cuerpo
embalsamado del Caudillo llega a hombros de sus nietos, del marqués
de Villaverde, Alfonso de Borbón y miembros de su casa. En lugar de
ocupar sus puestos, la familia se mantiene al borde de la fosa, alguno
se tambalea y parece que vaya a caerse. La tensión es tremenda,
insostenible, del fondo del templo surge una voz:
—¡No al rey!
Juan Carlos, de uniforme, con banda negra en el brazo, ojeroso y
pálido, pero desafiante, sigue mirando al frente. Franco ha muerto, y
con él una gran parte de su vida, dura y apasionante. En esa travesía
azarosa ha consumido su juventud, ha perdido un padre, hermanos,
amigos, cómplices y, lo peor de todo, su carácter bondadoso y su
inocencia.
Cuando todo ha pasado y llega a su casa, se va al despacho y
empieza a rebuscar en los cajones hasta que encuentra el viejo
manuscrito del código de Armada y lo rompe en mil pedazos.
Después le pide a Sofía:
—¿No tendrás una de esas pinzas que usáis las mujeres?
Y delante del espejo de su cuarto de baño, se quitó los pelillos del
entrecejo. Que fue como si a todo el país le quitasen de una puñetera
vez la boina que había llevado durante treinta y cinco años.
Se suceden unos días frenéticos. Hay mucho que hacer, aunque las
viejas estructuras permanecen funcionando por inercia burocrática. El
día 24 preside su primer consejo de ministros y otorga un indulto que
no satisface a nadie, porque unos creen que es demasiado generoso y
los otros demasiado cicatero. Empieza a mover peones, cesa a
Rodríguez de Valcárcel, siniestro miembro del búnker, de su doble
presidencia de Cortes y Consejo del Reino, y pone a su viejo maestro
Torcuato Fernández Miranda para que haga las funciones de
sepulturero del franquismo. Arias Navarro trata de entorpecer todas
sus iniciativas e intenta denigrarlo delante de sus ministros:
—Hablar con el rey es como pasear con un niño de cinco años, es
muy tonto.
Es lo mismo que opina Santiago Carrillo, que declara desde París:
—Era un pelele de Franco, un pobre idiota.
El padre, aceptando ya su derrota definitiva, le dice con
generosidad:
—Cuando quieras renuncio y te paso el testigo.
Pero en vez de agradecerlo, Juanito le contesta malhumorado:
—¿Quién iba a entender eso? Ahora no es el momento.
Le gustaría favorecer a su cuñado y a sus amigos, a Miguel Primo
de Rivera, a su primo Carlitos, a Jaime Carvajal, a Zu Tchokotua ¡no, a
Zu no, que se ha casado con Marieta Salas y está nadando en la
abundancia! Zu le había hecho un favor incluso, consiguiendo que el
gobierno balear les prestara el palacio de Marivent para que pasaran
los veranos.
Favorecer a los amigos, sí, pero sobre todo a Prado, que tanto le
ha ayudado en estos días… pero ¿cómo hacerlo? Ha heredado todos los
poderes de Franco, puede inventar lo que le dé la gana y nadie lo va a
cuestionar. ¿Por qué entonces siente esta extraña apatía? Mondéjar lo
tranquiliza:
—Es normal, señor, todo es nuevo para nosotros, no hay nadie a
quien preguntar… No hay precedentes ni protocolo, el personal que
tenemos no está preparado, ¡nosotros tampoco!
Ese fondo de melancolía que aflora tan poco, después de la
tensión inmisericorde de estos últimos años, se apodera de su espíritu.
Se encierra en el despacho y mantiene largas conversaciones con
personas que Sofía no conoce. Oye voces airadas, gritos. Un día le
pregunta:
—¿De qué habláis?
Él le responde, desabrido:
—Pues mira, estamos tratando de desmontar punto por punto los
principios del Movimiento, ¿te parece poco?
Al final consigue meter en el gobierno a Fraga Iribarne, a Antonio
Garrigues, a Leopoldo Calvo-Sotelo y a Areilza, del que no se fía ni un
pelo porque ha traicionado a Franco, a su padre y ahora lo va a
traicionar a él, pero, como ministro de Asuntos Exteriores, el conde de
Motrico no tiene precio. Un joven Adolfo Suárez, que tanto lo
favoreció en su etapa de director de Televisión Española, va como
secretario general del Movimiento.
Esas Navidades las pasan en Baqueira, en el valle de Arán, y cogen
una planta entera del hotel Montarto. Con ellos van los hermanos de
Sofía, Irene y Tino, que se presenta con su socio en el negocio de los
coches blindados, Alexis Mardas. Aunque de muy buena familia, era
un aventurero imaginativo y cosmopolita, que había sido la mano
derecha de los Beatles, había viajado con ellos a la India e incluso
había tenido una aventura con la mujer de John Lennon. Era el tipo de
persona que fascinaba a Juanito, y es tan buen vendedor que en un par
de horas le saca la promesa de que les va a hacer un contrato como
encargados fijos de la seguridad de la Moncloa y la Zarzuela.
Su cuñado Tino estaba tan agradecido que se puso a llorar e
intentó besarle la mano.
Las infantas toman clases con sus monitores. Elena es una niña
muy callada, introvertida, resulta difícil sacarle una palabra o una
emoción, aunque tiene de pronto rasgos coléricos como su padre. La
han tenido que cambiar de colegio porque el Rosales era demasiado
exigente para sus capacidades y va al Virgen del Camino. Cristina es
lista, simpática y natural, nadie le presta mucha atención, y Felipe está
malcriado y es caprichoso, pero la madre todo se lo consiente y nadie
se atreve a quejarse de él ni hacerle ninguna reconvención. Tiene la
manía de dar patadas, lo cual, con las botas de esquiar, es bastante
doloroso, pero la persona agraviada es la primera en decir:
—Déjelo, majestad, no tiene importancia.
El rey se reúne con sus amigos: Miguel Arias, Paquito Fernández
Ochoa, Jesús Serra, Cuñat… Cenan juntos en Casa Irene. A veces, a la
hora de las copas, van unas amigas de Barcelona, la mujer de un
aristócrata de nuevo cuño y una actriz y modelo catalana. El rey
necesita relajarse. Suele repetir en tono bromista, que sus amigos
corean con risas:
—Tampoco hay que acostarse con todas… pero tenemos que
intentarlo.
Cuando regresan a Madrid vuelve a encerrarse en su despacho.
La reina oye voces hasta la medianoche ¡y una risa de mujer!
Entra de sopetón y se encuentra a Adolfo Suárez y a una chica rubia
muy atractiva sentada en el borde de la mesa. El rey se la presenta de
mala gana:
—Carmen Díez de Rivera.
Va vestida con pantalones vaqueros, un pañuelo al cuello, es
moderna, desenfadada, muy joven, enérgica y chispeante. No le hace
la preceptiva reverencia, sino que le estrecha la mano con la fuerza de
un hombre.
Claro que sabe quién es, como lo sabe toda España. Es la hija de
Sonsoles de Icaza y de su amante, el cuñadísimo, Ramón Serrano
Suñer, aunque pasa por ser hija del marqués de Llanzol. Como en una
novela, cuando Carmen era una adolescente se había enamorado de un
hijo de Ramón y le habían tenido que confesar que era su hermano
para que desistiesen de casarse.
¡Y ahora esta mujer con una historia tan morbosa a sus espaldas
está todo el día con su marido! Y no es una vieja decrépita, como Pilar
Primo de Rivera, sino una muchacha elegante y rubia, del estilo de las
que le gustan a Juanito. Pero tiene que esperar hasta las tres de la
madrugada para preguntarle, ella, que normalmente es la calma
personificada, esa noche se fuma un paquete entero de cigarrillos.
Entra en su habitación, donde el rey silba una melodía mientras se
desanuda la corbata. La mira con el ceño fruncido:
—¿Qué quieres ahora? Estoy cansado. Y te rogaría que no
volvieras a entrar en el despacho sin avisar.
—No te veo nunca. ¡No sé lo que haces!
—Te recuerdo el pequeño detalle de que tengo que gobernar un
país. No solo soy el rey, sino el jefe de Estado.
—¿Y esa mujer?
—¿Carmen? Es la asistente de Adolfo, muy capaz.
—Pero tú y ella…
Juanito se acerca y la mira fijamente:
—Qué poca categoría es tener celos, Sofi. ¡No te pega!
El primer fin de semana después de vacaciones dice que se va a cazar.
Que está cansado, que necesita dos días de asueto. Sofía, el domingo
por la mañana, coge a los niños y le pide a Gaudencio que vaya donde
está el rey. Sí, él ya sabe, en los montes de Toledo.
El conductor, sin decir palabra, enfila el Audi 100 por la carretera
de Toledo, a la altura de Aranjuez se desvía… La inmensa casa palacio
parece vacía. Las puertas y ventanas están cerradas, no hay nadie a la
vista.
—Señora, no están —dice Gaudencio, aliviado.
—Bien, pues media vuelta.
Pero, en ese momento, Felipe grita:
—¡Mira, mamá, es Moro!
El enorme mastín negro del rey, del que no se separaba nunca,
avanzaba hacia ellos moviendo la cola.
—Para, Gaudencio, que sí está el rey.
Ve los coches de vigilancia aparcados en la parte trasera.
Con el corazón en la boca les dice a los niños que esperen y va a
golpear el portón. Al final, abrió el dueño, se puso firme delante de la
reina y no pudo evitar el tartamudeo cuando mintió:
—Pe… pero, señora… su majestad no está…
La reina aparta al grande de España de un empujón, entra en la
casa, en la escalera ve a los miembros de seguridad de su marido y
sabe que tiene que estar aquí. Sube la escalera y, con la intuición de las
mujeres engañadas, se dirige hacia una de las puertas. Los escoltas
balbucean:
—Majestad...
Tratan de detenerla, pero claro está que ninguno le puede poner la
mano encima. Sofía abre la puerta. Ve una cama enorme y anticuada,
un montón de ropa en el suelo, dos cuerpos, un rosto de mujer que
emite un grito… La reconoce.
La escena dura apenas unos segundos.
Sofía sale corriendo.
Cuando llega a la Zarzuela le pide a Laura, su secretaria, que
saque pasajes para ir a la India. Como hizo cuando, recién casada,
sospechaba de Juanito en Estoril, va a refugiarse en el regazo de su
madre:
—Un billete —pero después añade, porque lo que quiere es hacer
daño a Juanito—: No, cuatro, los príncipes vendrán también.
Castigar a Juanito. ¡Al rey! ¡Llevarse a los niños, que es lo que más
dolor puede causarle! En realidad, las niñas no le importan, pero
llevarse al heredero… eso sí que es una puñalada en el corazón, ¡si es
que ese malnacido tiene corazón!
Separarse.
Es cierto que ya no tenían relaciones desde el nacimiento de
Felipe, pero le aterra vislumbrar cuál iba a ser su futuro sin la
vigilancia de Franco. Una cadena de infidelidades, una mujer detrás de
otra, como Juan, como Alfonso, como todos los varones de esa maldita
dinastía… Humillaciones públicas que tendrá que tragarse.
Mondéjar le dice:
—Señora, sin querer entrar en sus problemas personales, mañana
tenéis dos actos en los que no se puede excusar su asistencia.
Ese domingo de enero, con los labios muy apretados y el corazón
lleno de odio, fue a una recepción del cuerpo diplomático en el palacio
de Oriente y por la tarde a un partido de fútbol.
Juanito la miraba de reojo, con furia y preocupación. No existía el
divorcio, el adulterio estaba penado con seis meses de cárcel, ¡cómo
iba a separarse el rey de España! Mal empezaba el reinado por culpa
de ella, no por culpa de él, bastante había aguantado durante tantos
años en los que se sentía amenazado por el código Armada. Sí, ahora
tenía a Neneta, y después a una y a otra, las actrices que le iba a
presentar Adolfo, y las antiguas novias que pululaban a su alrededor
y… y… ¿no necesitaba el hombre a la mujer? ¿No estaba escrito en la
Biblia? ¿Se iba a meter cartujo?
La prensa, sorprendida, decía: «Federica ha enfermado y su hija
ha ido a verla», o «Es un viaje improvisado para que los nietos
feliciten la Navidad a su abuela».
¡Diez días, diez días estuvieron fuera! Felipe contará después:
—Fuimos a Nueva Delhi, había muchos mosquitos, solo salíamos
de noche. Olía muy mal.
Juan Carlos no está ocioso esos días. Hay problemas en todos los
frentes: los estudiantes, los mineros, los sindicatos… ¡Hay que
propiciar la dimisión de Arias! ¡Es un desastre sin paliativos! El ritmo
de las reuniones es frenético, con López Rodó, con Torcuato, con los
socialistas Solana y Felipe, trata de hacer que el encaje de los tiempos,
el pasado y el futuro, sea tan preciso como una pieza de relojería. Los
amigos que lo han ayudado todos estos años de travesía en el desierto
van a verlo, ahora lo necesitan. A Prado promete hacerlo presidente de
Iberia; a Jaime Carvajal le asegura la presidencia de Ford España que
tiene que inaugurar en unos meses en Almussafes; Miguel Primo será
senador real, así como los banqueros a los que Escámez pasa la gorra
todos los meses…
¿A alguno le cuenta sus problemas matrimoniales?
¡Se casó con Sofía porque una princesa está siempre a la altura de
las circunstancias! ¿Por qué le ha hecho esta cabronada, y más en
estos momentos tan complicados?
Un día se presenta en Zarzuela Charo Palacios, su amiga de
Estoril. Se ríe de la decoración: «¿Estás viviendo en un parador de
turismo?», y observa con una ceja alzada que hay juguetes de los niños
tirados en medio de los jardines. Ahora es la condesa de Montarco, por
su matrimonio con Eduardo de Rojas, y trabaja de relaciones públicas
con Elio Berhanyer, aunque tiene muy claro que el modisto la ha
contratado porque conoce su gran amistad con el rey:
—Juanito, perdón, majestad, sería un puntazo que nos
encargarais los uniformes de Iberia.
Sonreía, iba con una amiga y las dos competían en cuál resultaba
más seductora. El rey a todo dice que sí, no podía apartar sus ojos de
ellas, ay, el poder era el mejor órgano sexual. ¡Todas las mujeres
querrán acostarse con el rey!
Se lo había dicho su amigo de la academia Antonio Bouza:
—Es increíble el brillo de la corona… solo tendrá que señalar,
señor, y tendrá las que quiera.
¡Tendrá lo que quiera, y no solo mujeres! Le llama el príncipe
Fahd:
—Que te digan en Mallorca lo que hay atracado para ti. Con mis
mejores deseos para esta nueva etapa.
Telefonea al puerto de Palma y le comunican que, de parte de su
alteza real, el príncipe Fahd de Arabia Saudí, hay un bonito barco de
veinte metros a su disposición.
¡Ya sabe el nombre que le va a poner! ¡Fortuna ! ¡Franco tenía
baraka y él tiene fortuna!
Por la noche llama a su suegra sin contemplaciones:
—Dile a Sofía que estoy empezando a cansarme de este
numerito… Que se vaya contigo a la India me importa un huevo,
ahora, que se despida de ser reina. Haré anular el matrimonio, diré
que ella no estaba convencida de hacerse católica y a la mierda. ¡Y
Felipe, conmigo!
Sofía regresó con la cabeza baja y Juanito intentó alguna
explicación. La reina, con altanería, le indicó desdeñosamente:
—No me interesa nada de lo que puedas decirme.
—Pues anda y jódete —contestó el rey, ofendido.
Sofía se le encaró con una risotada, tan gutural y prusiana que
hasta se cuadraron los mirlos que volaban por el jardín:
—Tú más, porque, pase lo que pase, no te puedes divorciar de mí.
¡No me vengas con esa historia de la anulación porque no soy idiota!
Yo me he ganado el trono tanto como tú, he luchado tanto como tú y
me lo merezco lo mismo que tú —se señaló con el dedo pulgar el pecho
—: ¡Porque soy la reina!
Encima de la mesa estaban los boletines de notas de sus hijos y los
firmó de un solo trazo, con tanta fuerza que desgarró el papel: «Sofía,
reina».
Al día siguiente, entraron operarios en la Zarzuela para
emprender una nueva reforma. Se instalaron despachos en el
semisótano, se añadió un nuevo pabellón acristalado para las
audiencias… Y se hicieron dos apartamentos para los reyes, uno en la
planta baja, el otro, en la primera.
El rey bromeaba con sus amigos:
—Es que la reina ronca.
Dejó de importarle aquella mujer a la que nunca había amado.
Pero Sofía sí preguntaba; Juanito se convirtió en su obsesión, su idea
fija. Trataba de averiguar por todos los medios qué hacía, quién
ocupaba su corazón en esos momentos, quién era la favorita, pero le
era muy difícil porque apenas conocía el idioma, no tenía amigas ni
confidentes ni apoyos. Era reina, sí, pero ¡en el firmamento de la
Zarzuela solo podía brillar un astro! Únicamente se fiaba de Mondéjar
y esa fue una de las razones, además de que era ya muy mayor, por las
que el marqués fue sustituido por Sabino Fernández Campo, que le
comentó al general Armada, su segundo en la Casa:
—Es increíble lo de la reina, pregunta, pregunta y no para de
preguntar… Y lo que más le interesa saber es si son muchas, o si es
una, pero muy paseada.
—Señor, os quiero presentar a este grupo de estupendos artistas que
apoyan a la UCD y a mi hermano.
Aunque Juan Carlos conocía a casi todos los hombres y se había
acostado con casi todas las mujeres, fue saludando conforme José
María Suárez se los presentaba:
—El boxeador Pedro Carrasco, Paloma Cela, Ágata Lys, Marisa
Medina…
Una de las cosas que al rey le gustaba de Adolfo era su hermano
Chema. Era su secretario, un hombre cordial y dicharachero que se
dedicaba a las relaciones públicas, estaba muy metido en todos los
ambientes de la farándula y podía organizar saraos como este en el
hotel Eurobuilding:
—Paula Pattier, Marcia Bell, Danny Daniel, Mochi…
El simpático Mochi dijo:
—Sí, señor, queremos que se sepa que no todos apoyamos al
Partido Comunista.
—Arturo Fernández…
Mochi bromeó y gritó «presente» con la voz de Franco, y Arturo
Fernández, cabreado, decidió irse del cóctel. ¡Pero Juan Carlos no se
daba cuenta de nada porque estaba perdido sin remedio! Por una
rubia impresionante, de largas piernas, unos pómulos afilados como
los de Olghina de Robilant y ojos oscuros, negrísimos y prometedores.
—Y esta es… —Chema, dándose cuenta de la impresión que había
causado su amiga a Juan Carlos, se rio—, señor, supongo que no hace
falta que os presente a la famosa Bárbara Rey.
Se miraron pupila contra pupila, la muchacha hizo una ligera
reverencia, tan leve que pareció una burla, y dijo con voz sensual,
mientras el rey no la escuchaba porque solo quería tenderla en el suelo
y destrozarla y destrozarse:
—Majestad, podéis llamarme Marita.
20
E l rey Juan Carlos le dictaba a la secretaria, con las manos en la
espalda, paseando por el despacho arriba y abajo. El retrato de Alfonso
XIII vestido de húsar, pintado por Joaquín Sorolla, lo observaba
severamente desde la pared, mientras una fotografía de sus padres con
una dedicatoria —«Para Juanito»— se apoyaba contra unos libros en
la estantería.
—«Querido hermano…».
Se giraba de pronto hacia Manolo Prado con los brazos abiertos:
—¿Y qué más? No le voy a decir querido hermano y pegarle el
sablazo del siglo directamente.
Prado soltó una carcajada:
—No, señor, claro que no, primero le hablaremos al sha de Irán de
la situación del país, de que cuarenta años de franquismo…
—¿De dictadura? —se horrorizó Juan Carlos.
Prado movió la cabeza:
—No, señor, porque Irán tampoco es el país más democrático del
mundo, vamos a decir simplemente cuarenta años de régimen
personal… Y que vuestra majestad ha tenido que empezar desde cero,
y que… —Se volvió hacia la secretaria—: Apunta: «Conseguí apartar a
Arias Navarro, al que había colocado Franco, de la presidencia, y puse
el gobierno en manos de Adolfo Suárez, un hombre de mi plena
confianza que ganó las primeras elecciones celebradas la semana
pasada, pese a haber creado tan solo un mes antes su propio partido,
UCD, y sin contar con recursos. La derecha, sin embargo, está
financiada por la banca y la izquierda, por Willy Brandt y Venezuela».
Pero Juan Carlos quería poner objeciones, no en vano era el rey:
—A ver, Manolo, no se puede pedir dinero, así como así,
necesitamos una excusa concreta.
—Digamos que se necesita para preparar las elecciones
municipales… —dijo Prado, tras un momento de reflexión—. Sí, serán
dentro de dos años y creo que, habiendo ganado ahora, estarán
cubiertas; la banca se estirará seguro, ¡es muy fácil apostar a caballo
ganador! Pero qué más da, los iraníes no se van a enterar nunca.
—Muy bien, entonces mintamos un poco: «Y de cara a las
municipales, que necesitamos ganar forzosamente, si no caeremos en
manos de una dictadura marxista…».
El manco de oro lo atajó:
—No, un momento, majestad, que ahora estoy inspirado, a ver
cómo suena de esta manera: «El presidente Suárez claramente
necesita más que nunca cualquier ayuda monetaria posible, ya sea de
sus compañeros o de países amigos que buscan preservar la
civilización occidental y las monarquías establecidas».
Juan Carlos palmoteó.
—Muy bien, de puta madre. —Levantó el índice—. Ahora entro yo,
de hermano a hermano, «por esta razón, mi querido hermano, me
tomo la libertad de pedir tu apoyo en nombre del partido político del
presidente Suárez, en estos momentos en difícil coyuntura…». Ahora
le metemos la pirula: «Las elecciones municipales se celebrarán
dentro de seis meses y será ahí más que nada donde pondremos
nuestro futuro en la balanza».
Manolo se admiró:
—Qué bien escribe vuestra majestad.
—Calla, pelota. «Por eso me tomo la libertad, con todos mis
respetos, de someter a tu generosa consideración la posibilidad de
conceder un millón…».
Prado se echó a reír.
—¿Un millón? Pero eso no es nada, señor, no vamos a molestar al
sha del Irán por un millón.
—Pero es que como llevan tanto tiempo dándonos… —murmuró
Juan Carlos, algo incómodo.
—Ese dinero se lo ha ganado vuestra majestad legítimamente —
puntualizó el otro severamente—, ¡y más debería tener! Nos ha salvado
de una crisis petrolera que nos ha permitido tirar adelante y, aunque
los españoles no lo sepan…
—Mejor que no lo sepan… —se apresuró a declarar el rey.
—Majestad, no creo que nadie vaya a regatearle esos pocos
céntimos por barril… Pero, aunque los españoles no lo sepan, este
bienestar del que disfrutamos lo hemos obtenido gracias a su
intermediación. No me imagino a ningún ministro de Franco
llamándoles hermanos y visitándolos en sus jaimas.
—Por no contarte lo que tengo que comer… ojos de cordero,
albóndigas de carne que mi hermano amasa él mismo con dedos no
muy limpios…
La foto de su padre parecía contemplarlo duramente desde su
marco de plata y con disimulo Juanito le dio la vuelta.
—En fin, no hace falta hablar de eso. Entonces, ¿cuánto
ponemos?, ¿dos?
La secretaria se mantenía frente al teclado de la máquina de
escribir con las manos en alto y Prado se volvió teatralmente hacia ella
y le señaló:
—Niña, apunta: «Diez millones de dólares como tu contribución
personal al fortalecimiento de la monarquía española».
Juan Carlos se tapó la cara con las manos y le acometió una risa
floja.
—¡Diez millones de dólares, pero tú estás loco!
Prado se acercó a él contoneándose.
—Señor, con todos los respetos, ¿no os acordáis de la bola del
mundo del tamaño de esa cómoda hecha de oro macizo con el ecuador
de esmeraldas gordas como huevos de paloma que tenía el sha en el
vestíbulo del palacio? Para ellos, diez millones no son nada.
Al final cedió con un bufido:
—Tú ganas… pon diez millones de dólares.
—«En caso de que mi petición merezca tu aprobación, me tomo la
libertad de recomendar la visita a Teherán de mi amigo personal
Alexis Mardas…».
Del rincón más oscuro del despacho se levantó un hombre medio
calvo, muy delgado, que saludó como un actor entrando en escena:
—Señor.
Juan Carlos le sonrió.
—A ver cómo te desenvuelves, Magic Alexis.
Así, Magic Alexis le llamaban los Beatles.
Los coches blindados de Alexis y su cuñado habían resultado un
desastre, tan pesados que apenas podían moverse y sin garantías
respecto a que el blindaje fuera eficaz, pero Juanito se esforzaba en
hacerles propaganda y distribuirlos entre sus amistades. Prado no
confiaba demasiado en él, pero comprendía que el rey lo había
impuesto en la negociación para favorecer a Constantino, que no tenía
otro medio de vida:
—Lo hará bien, tiene buenas relaciones comerciales con los países
árabes… gracias a la recomendación de vuestra majestad, todo hay que
decirlo.
Juanito fingió no escucharlo, además de intentar favorecer a su
cuñado, la verdad es que Alexis había organizado varias fiestas en
Londres, «solo para hombres», a las que el rey había acudido en jet
privado. Las llamaban las «fiestas de las fresas salvajes», y se lo había
pasado muy bien.
—Diez millones de dólares, qué loco estás, Manolo.
Alexis volvió a sentarse y encendió un cigarrillo.
Como quien no quiere la cosa, mirándose las uñas de la única
mano que tenía, Prado siguió:
—Y enviaremos la misma carta a Arabia Saudí, a Hassan de
Marruecos y al sultán de Omán. Alexis está de acuerdo.
—Lo que tú digas, Manolo, si quieres la enviamos a la luna y las
estrellas.
El otro siguió dictando en tono oficinesco:
—«… Mardas tomará nota de tus instrucciones».
El rey lo interrumpió:
—Espera, que tenemos que meter el hermano otra vez: «Con todo
mi respeto y amistad, se despide tu hermano…» —Elevó los brazos al
cielo—. ¡Per la Madonna , diez millones de dólares!
Si lo dijo en italiano fue porque había tenido una breve aventura
con una presentadora italiana muy conocida con la que se encontraba
en el apartamento de un íntimo amigo suyo en la calle General Ibáñez
de Ibero. Después iban a comer tranquilamente al restaurante Las
Cuatro Estaciones. Le hablaba de la condesa Olghina de Robilant y le
había dicho que ahora se había convertido en periodista.
Prado puntualizó:
—Entre hermanos se pueden pedir favores, ya se sabe…
¡Los dos lo sabían! Estaban seguros de que las cuatro monarquías
árabes iban a ofrecer ese donativo que se les pedía. Y los dos sabían
que gran parte de ese donativo, si no todo, descontada la comisión de
Alexis y de Manolo, iría a parar a la Zarzuela.
De hecho, en las elecciones de 1979, el tesorero de UCD explicó
que los bancos, desde el Popular al Hispano, desde el Central al Bilbao,
se volcaron en la financiación del partido, seiscientos millones a fondo
perdido y setecientos millones en créditos. No se mencionó el dinero
de Irán, lo cual sería lógico, ni, lo que es más significativo, pareció que
esa donación hiciera falta.
¡Y es que el rey se lo merecía todo! ¡Se lo había ganado! Porque
gracias a él los españoles iban entrando en la modernidad sin
necesidad de matarse los unos a los otros. Bueno, gracias a él, y a
Fernández Miranda, y a Adolfo Suárez, pero es que a los dos los había
puesto él. Cada día Torcuato llegaba con sus carpetas debajo del brazo
y le daba cuenta de sus avances, cada día caía una ley franquista como
herida por el rayo e iba siendo sustituida por otra sin que nadie se
diera cuenta. El régimen, que parecía que fuera a durar mil años, iba
siendo desmantelado rápida y pacíficamente.
—Tengo baraka —decía Juan Carlos en esos días en los que todo
parecía posible—. ¡Al final, la fortuna se ha puesto de mi lado!
Cuando ya se despedían Alexis y Prado, se oyeron voces en la
antesala, abrieron la puerta para marcharse y la conversación se
escuchó nítidamente. Eran Armada y Adolfo Suárez, el general le
gritaba al presidente del Gobierno:
—El divorcio ese que quieres traer a España será el disolvente de
la sociedad, ¿no te das cuenta? En este país de bragueta fácil los
hombres dejarán desamparadas a las mujeres para irse con cualquier
pelandusca.
—No es una cosa de hoy para mañana, general, pero vendrá, hazte
a la idea, eres antiguo y carpetovetónico, tienes la mentalidad de un
troglodita.
—Y tú eres un subversivo y un frívolo. ¡Pobre Amparo, no me
extraña que esté con una depresión de caballo!
Suárez se lanzó contra el general, pero en el último momento
entró Sabino, que apareció atraído por las voces:
—Sinvergüenza, cobarde, retira eso.
El otro contestaba desde detrás de Sabino, por si acaso, mientras
Alexis, Prado y la secretaria huían por el pasillo de puntillas:
—No lo retiro, aunque me mates. Retira tú ese futuro proyecto de
ley.
El rey, alarmado, lo agarró por la chaqueta:
—General, te lo ordeno, basta.
Armada se recompuso mientras rezongaba:
—Ya la hiciste buena legalizando el Partido Comunista, ¡a los
violadores de monjas! ¡Ese Santiago Carrillo, el asesino de Paracuellos,
sentado en el Congreso y no en la cárcel! Qué nos falta por ver, que los
hombres se casen con los hombres… Aberraciones, monstruosidades…
Con un suspiro, don Juan Carlos cogió a Adolfo del brazo y lo hizo
entrar en el despacho. Cerraron y se apoyaron en la puerta,
escuchando:
—La pobre Amparo, ahí, loca perdida por tu culpa… Aún tengo
que ver en la presidencia del Gobierno a esa murciana vampiresa hija
del demonio…
Sabino, que a todo el mundo daba la razón y además se sentía en
deuda con Armada porque había llegado a la Zarzuela de su mano,
templaba gaitas mientras iba alejándolo del despacho del rey:
—Sí, Alfonso, es verdad… Vamos a nuestra zona y hablemos con
calma.
El otro aún galleaba:
—Quiero hablar con la reina, ella piensa como yo, me lo tiene
dicho muchas veces.
—Por supuesto, Alfonso, pero ahora está atendiendo a unas
señoras de la Cruz Roja.
Se oía la voz cada vez más lejos:
—Elemento subversivo… apóstata, hereje…
—Sí, Alfonso, cuidado con ese escalón…
Adolfo y Juan Carlos se miraron de reojo y rompieron a reír como
chiquillos.
Juan Carlos palmeó la espalda de su presidente del Gobierno con
afecto:
—Adolfo, Adolfo, somos cojonudos. ¡Tenemos baraka!
El otro se pasó la mano por el pelo, se anudó bien la corbata y, a
pesar de la sonrisa, se le notaban los rasgos agostados de la persona
que no ha dormido, no una noche, sino muchas noches:
—Señor, este es el pan nuestro de cada día, mis hijos ya no pueden
asistir al colegio, el otro día les tiraron un gato muerto… Amparo ni
siquiera puede ir a la peluquería, le dijeron que no volviera, que las
señoras les hacían boicot y el negocio se iba a la ruina…
—Qué cabrones, pero serás recordado como el artífice de la
Transición… a mi lado, los dos juntos ¡pasaremos a la historia, Adolfo!
Se miraron. Adolfo Suárez tenía seis años más que don Juan
Carlos, era algo más bajo de estatura, aunque llevaba alzas, moreno
agitanado, de barba tan cerrada que tenía que afeitarse dos veces al
día; mientras el otro era rubiote, de cutis pecoso, tan alto que se le
había formado una ligera chepa por tener que bajar la cabeza para
hablar con sus interlocutores. Los dos iban muy bien trajeados, uno se
vestía en Pajares, pero era consciente de que nunca alcanzaría la
elegancia innata del rey, que lo hacía en Jaime Gallo.
—Si me quedo sin trabajo en la política, siempre podría despachar
en la planta de caballeros de El Corte Inglés —repetía siempre con
sorna.
Pero eran dos ejemplares magníficos de hombres en la flor de la
vida, llenos de energía eléctrica, a pesar del cansancio, de las noches
sin dormir y de las preocupaciones. El rey se acababa de poner carillas
y las dentaduras de ambos deslumbraban.
Los ojos de los dos brillaban también, vivísimos.
Se dirigieron al sofá bajo de piel que el rey tenía para las
conversaciones confidenciales. Señaló el mueble bar y Adolfo asintió.
Mientras don Juan Carlos preparaba dos whiskys, Adolfo preguntó
discretamente:
—¿Y cómo vais con… la de Totana?
Juanito puso cara de satisfacción y se señaló desde el hombro a la
mano:
—Es una mujer desde aquí… hasta allí… buf, me vuelve loco.
—Tenéis mucha competencia, que lo sepáis.
El rey sabía que los servicios secretos espiaban a todas las
personas con las que estaba en contacto, que sus teléfonos seguían
intervenidos y que nada había en su vida que no estuviera
cuidadosamente registrado, pero a él, ¿qué le importaba? ¿Quién iba a
toserle al rey de España?
Desde la muerte de Franco se había conseguido mucho, pero
faltaba lo más importante, elaborar una Constitución. Juan Carlos
sabe que la necesita como último paso para la consolidación definitiva
de la monarquía, no solo a nivel interno, sino internacional. En
septiembre, una comisión compuesta por siete representantes de las
tendencias políticas que están en el Congreso deberá ponerse a
trabajar.
Juan Carlos respira profundamente. Adolfo ya ha empezado a
interpretar las expresiones del rey, al que intenta imitar con disimulo,
pues lo admira con todas sus fuerzas. ¡El modesto hijo de un simple
procurador de los tribunales, ahora sentado de tú a tú con el rey de
España! ¡Él sí que tiene baraka!
Sabe que lo que va a decirle es importante, y se concentra para
darle la respuesta adecuada:
—Mira, Adolfo, la verdad, no me voy a meter en el trabajo de esos
siete sabios ni muchísimo menos, pero hay dos cosas que quería
comentarte. Si derogamos la ley sálica… tú sabes lo que es eso, ¿no?
—Por favor, majestad, yo no seré un heraldista, pero aún recuerdo
mis estudios de Derecho.
—Pues mi chica mayor no está en condiciones de reinar… Tiene
que ser Felipe, que ya es Príncipe de Asturias… No lo vamos a
degradar ahora, ¿no?
Una vez más, Adolfo se sorprende por la astucia del hombre que
tiene delante y al que muchos siguen tomando por tonto. Nombrando
Príncipe de Asturias a Felipe en enero, algo a lo que casi nadie dio
importancia, coloca a los ponentes de la Constitución ante los hechos
consumados.
Adolfo se ve obligado a presentar alguna duda:
—Entiendo, señor, pero ¿no será ir en contra de los tiempos?
Carmen me decía el otro día que…
El rey se agitó y estuvo a punto de tener uno de sus célebres
ataques de cólera. Adolfo sabía que debajo del sofá en que se sentaban,
estaban los trozos del último jarrón que rompió estrellándolo contra el
suelo cuando le contaron que su primo Alfonso de Borbón Dampierre
ahora reivindicaba el trono francés. Lo sabía porque él mismo los
había empujado con el pie para que no los viera nadie. Ahora miró a su
alrededor para ver si había algún objeto que pudiera romperse…
Mientras, la voz del rey iba subiendo de decibelios:
—Me importa una mierda Carmen, esa… esa ¡feminista! ¿Y los
tiempos? ¡Una mierda para los tiempos! ¡Elena no puede reinar y
punto en boca! No tengo por qué dar más explicaciones. ¿Hay un
chico? ¡Pues ese tiene que heredar, vamos a dejarnos de modernidades
que a nada conducen!
Adolfo trató de apaciguarlo:
—Claro, claro, majestad… entiendo. Perdonadme, no sé dónde
tengo la cabeza.
El rey se metió el dedo entre el cuello y la camisa, tan
congestionado que parecía que la cara le fuera a estallar, y resopló:
—Buf… es que me sulfuráis con vuestras cominerías… Siempre me
estáis poniendo obstáculos, así no se puede reinar. Y otra cosa…
—Lo que el señor quiera, por supuesto —musitó Adolfo, sumiso.
—A mí no me recortéis todas las atribuciones, ¿estamos? Ya veis
que a generoso no me gana nadie, pero lo he hablado con Fraga y yo
necesito, además de ciertas facultades que ya os detallaremos más
adelante, inviolabilidad y no imputabilidad.
—Claro, señor, eso estará en manos de los legisladores, pero no
creo yo que…
El rey se levantó y se puso a pasear por el despacho:
—No pretendo ser un rey absoluto, pero no quiero convertirme en
una figura decorativa como el rey de Suecia e ir en bicicleta al
despacho. A patriotismo no me gana nadie y todo lo que he aprendido
lo quiero poner a disposición de mi país.
—Por supuesto, señor, no creo que haya ni un solo español que…
El rey se detuvo y se enfrentó con él:
—Parole, parole, parole … No quiero solo palabras, quiero que
todo conste en acta. In-vio-la-bi-li-dad, capisci?
Adolfo se admiró del dominio de idiomas de su majestad,
mecachis, en eso le ganaba de lejos porque él solo hablaba el bueno y
viejo castellano de Ávila, y le respondió:
—¿Queréis decir que no se os pueda juzgar?
—Eso mismo.
Suárez, que estaba al tanto de por dónde iban los tiros, pero no
quería inmiscuirse en tema tan espinoso, aceptó sin más:
—Me parece perfectamente natural, señor, no creo que nadie se
oponga.
—Bien. No me defraudes.
El rey volvió a sentarse. Una de sus preocupaciones acababa de
evaporarse, aunque no tenía ninguna duda de que iba a ser así. ¡Todos
sabían que sin él nada de esto sería posible! ¿Y qué pedía a cambio?
¡Se lo merecía! ¡No estaba haciendo nada ilegal ni le robaba a
nadie!
Encendió un cigarrillo.
—Y eso de Tarradellas, ¿qué tal?
—Las izquierdas han ganado en Cataluña, como sabéis, y ahora
reclaman un trato aparte, un estatuto especial de autonomía. Y
creemos que este señor que ha vivido muchos años exiliado en Francia
es persona sensata y puede ser un buen aliado nuestro.
—Es el presidente de su Gobierno… ¿cómo se llama el gobierno
ese?
—Ellos le llaman Cheneralitá , que quiere decir Generalidad… En
realidad, nadie le ha nombrado, pero sí, así se autodenomina. La
entrevista con él fue como la seda. En el fondo, es un sentimental. Se
fue encantado de que vuestra majestad le hablara en catalán.
Juan Carlos se levantó y cogió la foto de su padre:
—Mi padre siempre me ha dicho que, o me entendía con Cataluña,
o todo se iría al carajo… Tenemos que hacerlo muy bien.
—A vuestra majestad le tienen allí mucho cariño… Se los metió en
el bolsillo cuando fue la primera vez y les habló en su idioma. Son
buena gente, como niños, con estos gestos se quedan contentos.
Pero Juan Carlos no lo escuchaba ya. Estaba pensando en su
padre.
El 14 de mayo había culminado su proceso de autoinmolación y
había abdicado en su hijo. Una ceremonia pobretona y desangelada en
la Zarzuela en la que el único emocionado había sido el propio don
Juan. Felipe iba con jersey y se le veía aburrido, Cristina ni se había
molestado en venir desde Inglaterra, donde estaba estudiando… Doña
María tenía tal expresión de amargura que parecía que iba a echarse a
llorar de un momento a otro.
«Creo llegado el momento de entregarle a mi hijo el legado
histórico que heredé y ofrezco a mi patria la renuncia de mis derechos
a la monarquía…». Cuando acabó, don Juan se acercó a Luis María
Anson con los ojos nublados y lo abrazó como a un hermano.
¡Tanto luchar, tantos años, para haber acabado en esto!
Sofía estaba de malhumor, enfadada, le había dicho a su marido
que no veía la necesidad de celebrar esta ceremonia que a nadie
interesaba. Que si quería hacer este paripé para contentar a su padre,
que la cosa se hiciera por carta y santas pascuas:
—No sé a qué viene esta celebración, cuando tu padre no ha hecho
más que ponernos palos en las ruedas.
Juan se enteró de estas palabras de su nuera, y también se dio
cuenta de que, aunque la dictadura había acabado, nadie decía a las
claras que podía regresar a España y decidieron quedarse un tiempo
más en Estoril, a pesar de que sus tres hijos vivían ya en Madrid. Le
entristecía constatar la paradoja de que la muerte física de Franco, su
enemigo, también había representado su propia muerte social, política
e incluso familiar, porque su hijo había dejado de temerle.
¡Y lo curioso es que Juanito entendía a su padre! Lo imaginaba en
Villa Giralda, con la mayoría de las habitaciones cerradas, sin la
rotación habitual de nobles, porque los nobles se habían vuelto hacia
la Zarzuela como hacia el sol, con las visitas únicamente de sus
acérrimos fieles, como Anson, Joaquín Satrústegui, el duque de
Alburquerque o un viejecito Pemán. Solo y desarbolado, añorando una
patria que ya no existía, con una vida sin objetivos. Pero no podía
apiadarse, era duro, pero tenía una tarea ingente por delante y no
podía debilitarse sintiendo compasión.
¿De qué serviría? Como decía Ortega y Gasset y repetía Suárez:
«El esfuerzo inútil conduce a la melancolía».
Tampoco era conveniente ir a verlo. Estoril era el pasado, el libro
de su vida tenía que escribirse ahora con tinta nueva.
Adolfo lo observaba con expresión interrogante y algo impaciente.
¡Tenía tanto que hacer aún! Media docena de reuniones, departir con
su cuñado Lito Delgado, su mano derecha, ver qué le había preparado
Carmen, su mano izquierda… Eran cuatro gatos en la Moncloa, pero
por eso su trabajo se multiplicaba hasta el infinito, más allá de sus
fuerzas… Se tomaría media docena de cafés, comería una tortilla fría
de camino a su cama, donde caería rendido, pero insomne, de
madrugada, cuando ya los pájaros cantaban y azuleaba el día a través
de las persianas.
Pero el rey, con un gesto, le pidió que esperase y se asomó a la
puerta, llamó a un ordenanza:
—¿Puedes decirle a la reina que venga un momento? —Luego se
giró hacia Adolfo—: Espera, que querrá saludarte.
Sofía entró, impaciente, con el ceño fruncido y la boca convertida
en una línea.
—¿Qué pasa? —preguntó a la defensiva.
Adolfo se dijo como siempre que menos mal que los españoles no
sabían que su reina hablaba tan mal el castellano. Cuando había
conocido a su mujer la había saludado:
—Encantada de conocerrrte.
Y la pobre Amparo, deslumbrada y nerviosa, había respondido:
—Perdone, pero no hablo alemán.
El presidente inclinó la cabeza:
—Señora.
—Hola, Adolfo. ¿Qué quieres, Juanito? Estoy preparando las cosas
para Mallorca.
—Ah, sí, Adolfo, irás este año, ¿no?
—No, señor, este verano vamos a Bagur, en la Costa Brava. Nos
han invitado nuestros amigos Van de Walle. También estarán los
Gutiérrez Mellado y los Abril.
—De cara a la operación Tarradellas… me parece bien. Pero
vendrás a Palma para reunirte conmigo, ¿no?
—Por supuesto, señor, iré una vez a la semana.
—Pues que una audiencia coincida con el 17 de agosto, que ese día
siempre hacemos una comida en Cabrera. Después de la reunión
saldremos con el barco y lo pasaremos muy bien.
—Muy bien, señor, será un honor.
—Y probaremos el coche blindado de Alexis… A los demás les
cobra una millonada, pero a mí me lo ha regalado.
Como a todos los millonarios, le encantaba presumir de los
regalos que le hacían cuando todos sabían lo caros que salían estos
«regalos». El Magic Alexis había cobrado un millón de dólares por
diseñar el aparato de seguridad de Marivent, instalando unos
artilugios tan complicados que nadie sabía cómo demonios
funcionaban.
El rey hizo ademán de manejar un volante de coche:
—Iremos tú y yo como unos potentados, ¿qué te parece?
La reina interrumpió:
—Juanito, ¿querías algo concreto?
Su marido se puso a mirarle la cabeza pensativamente. El mismo
peinado de siempre, en forma de casco, desde que la había conocido.
Ante su asombro, le preguntó:
—Oye, Sofi, tú ¿a qué peluquería vas?
—Bueno, a Isaac Blanco o Fausto Sacristán… Vienen a casa, yo no
voy nunca a su local.
—Pues ahora sí que vas a ir. —Se volvió al presidente—: Oye,
Adolfo, ¿cómo se llama esa peluquería de tu mujer? ¿Esos hijos de
puta que le han dicho que no vuelva?
—No sé cómo se llama, está en Lagasca esquina Ortega y Gasset.
—Pues, Sofi, mañana pides hora y te presentas allí. Y vas unas
cuantas veces.
Adolfo, emocionado, inclinó la cabeza y murmuró:
—Gracias, señor.
Lo acompañó hasta la puerta, la reina corrió escaleras arriba
llamando al servicio. Sabino esperaba con unos papeles para firmar y
el rey le dijo con voz de mando:
—Dile a Armada que venga… Eso que ha pasado no puedo
consentirlo y ya está en la calle. —Cuando hablaba así no admitía
réplica y los dos hombres se inclinaron acatando las órdenes de su rey.
Y después, ya con el rosto relajado de sus buenos momentos, pasó el
brazo por los hombros de Adolfo y le dijo—: Acuérdate, presidente, el
día 17 en Palma… Los dos en nuestro cochazo, como jeques árabes.
¿Sabes que Hussein le ha comprado seis coches como el mío?
Adolfo, que no era nada aprensivo, misteriosamente se
estremeció. Una contraventana golpeó en algún sitio del palacio,
sonando como una detonación, y los dos hombres se miraron con un
presentimiento espantoso que no supieron explicarse.
Fue Sabino el que dijo, sin advertir nada:
—Empieza a llover.
21
L a luz de media tarde apenas atravesaba el espeso follaje de los
castaños centenarios que, como una celosía, cuadriculaban el azul del
cielo. Una estrella parpadeaba cerca del sonrosado horizonte, donde se
veía la pincelada mercurial del Mediterráneo.
—¿Me lo volvéis a contar, majestad?
—¿Lo del atentado? Pero, Martita, ¿no te aburre?
—No, señor, todo lo que pasó ese verano me gusta, porque fue el
verano en que nos conocimos.
El rey levantó su copa y miró a través del cristal a la mujer que
estaba delante de él. Sus ojos rasgados y atentos le fascinaban. No
tenía la belleza explosiva y sin tapujos de Bárbara, tampoco el rostro
siempre joven de su mujer; la sonrisa de Marta empezaba en la mirada
y luego se extendía despacio, como cera caliente, por el resto de su
cara. Se sentía cómodo con ella y las horas pasaban veloces a su lado.
—Sí, fue en la casa de Zu en Sa Mola, nos presentó Marieta, su
mujer, ¿verdad?
Marta asintió complacida, porque siempre son las mujeres las que
recuerdan este tipo de cosas y que se acordara él la hacía sentir
importante. Juan Carlos le dio una chupada a su puro y trató de
entristecerse por su amigo:
—Pobre Zu. Primero, la mujer lo deja por un oficialillo de la
Armada, y después se mete en esos follones inmobiliarios, vendió unos
pisos que estaban hechos una mierda y lo han denunciado por estafa y
lo quieren meter en la cárcel… Yo no puedo volver a ayudarle.
—Claro que no, señor.
—Mi situación es muy complicada ahora, todo pende de un hilo.
Yo pensaba que con la Constitución estaría todo arreglado, pero entre
todos van a cargársela y detrás irá el país y después yo.
Su rostro se ensombreció. Marta, para distraerle, le sirvió de
nuevo un poco de vino y le animó:
—… y ese verano estabais Suárez y vuestra majestad…
Aún rezongó Juan Carlos:
—Ese Suárez me la ha estado jugando. ¡Con todo lo que yo he
hecho por él! Lo saqué de la nada, ¿sabes? Nadie lo quería, pero ¡si ni
sabía vestirse! Tuve que ser yo el que le dijera que si quería llegar a
algo en la vida no podía decir mi señora y que aproveche… ¡Ni llevar
calcetines grises! Perdí a Torcuato por su culpa, a mi padre no le dejé
volver a España… Todo se lo di… Ahora me pone verde a mis espaldas,
que si lo he dejado tirado, borbonea el tío. ¡Se cree más rey que yo!
—Pero, en esa época, todavía no se le habían despertado esos
delirios de grandeza, ¿verdad, señor?
Sonrió con una punta de nostalgia al recuerdo de la camaradería
que había compartido con el hoy caído en desgracia presidente del
Gobierno.
—No, es verdad… Entonces aún era un tipo modesto, consciente
de sus limitaciones y muy agradecido a mi persona, ¡no sabes cómo
movía el incensario! El 17 de agosto habíamos despachado en
Marivent y después salimos con el Fortuna … Con el que teníamos
antes, no con el que nos ha regalado Fahd.
—Pero el otro también os lo regaló él, ¿no?
—Sí, pero era demasiado pequeño y, además, ¿sabes qué pasa con
estos príncipes árabes? —se echó a reír de nuevo, ¡con Marta las
conversaciones eran tan fáciles!—, que compiten entre ellos y como
cuando fuimos de viaje a Riad el príncipe Jalid nos había regalado una
edición príncipe de El Quijote , que yo no sabía qué era eso, pero
Oliart, el ministro de Industria que nos acompañaba, me dijo que
costaba trescientos millones de pesetas por lo menos, y a la… ejem.
—¿Reina?
—Sí, le regaló unas joyas impresionantes, todo el conjunto —el rey
con el puro se señalaba el cuello, la cabeza, las manos— de esmeraldas
y brillantes, que nos dijo Oliart que costaban quinientos millones…,
pues Fahd no quiso ser menos que su hermano y me envió este barco,
que tiene veintiséis metros y está muy bien.
Marta lo observó con picardía:
—Los camarotes son muy cómodos.
Se miraron intensamente. Marta no era ninguna odalisca, no
conocía otro arte amatorio que la entrega y el cariño… pero sus
cuerpos y sus deseos encajaban tan bien que el rey no se saciaba nunca
de ella.
A esa hora, las cigarras emprendieron su canto estridente y el olor
dulzón de los jazmines embriagaba los sentidos.
Marta insistió con su ligero acento mallorquín:
—E ibais en el Fortuna …
—Sí, el pobre Suárez se mareaba como un perro, pero disimulaba
y se reía, y a la vuelta, en vez de ir con la…
—Reina.
—Sí, eso, volvimos los dos en el coche que me regaló Alexis
Mardas.
Marta empezó a reírse.
—¡El Magic Alexis!
—Y allá íbamos los dos por el paseo marítimo con aquel trasto que
no había dios que lo condujera de una forma normal porque pesaba
mil quintales por lo menos, y de pronto pegó un salto sin venir a
cuento, no pude controlarlo y se desvió, se subió a la acera… fue un
milagro —se tocó la cruz de oro que llevaba al cuello—, o una suerte
increíble, la baraka, que si no…
—Porque en medio de la calzada había…
—Sí, una bolsa con Goma-2 que había puesto el GRAPO… Y
chica…
—¿Qué?
—Pues que el volantazo nos salvó la vida a Suárez y a mí. Si
hubiéramos pasado por encima, pum… Figúrate qué golpe hubiera
sido, el Estado descabezado… Querían seguir la misma técnica que con
el atentado a Carrero Blanco, pero claro, los del GRAPO, entonces, no
eran tan hábiles como los de ETA, y les salió mal.
—¿Cómo mal? Nos salió muy bien —se estremeció—. Pensar que
hubierais podido morir…
Se le humedecieron los ojos, Juan Carlos la contempló en silencio,
el amor de ella iba poco a poco despertando el amor de él, como no
sabía que se pudiera sentir… ¿Alguna vez había estado enamorado
realmente?
Se acercó la anfitriona para ver cómo estaban. Era la cómplice
necesaria para que pudieran verse, organizaba unas reuniones muy
privadas con Pepe Oliver, el rey de la noche, el arquitecto Luis García
Ruiz y el hijo del dueño de Spantax, Rudy Bay y su mujer Marta Girod.
Luego, el resto de los invitados entraban en la casa para jugar a las
cartas y Marta y el rey se quedaban en el espléndido exterior, medio
jardín, medio campo de labranza.
Mientras las dos amigas charlaban, se sirvió un poco más de vino.
Tenían siempre el detalle de comprar Vega Sicilia Único, que era el
que más le gustaba… Como en una rápida película pasaron por su
cabeza las mujeres de su vida.
Bárbara había sido un volcán, un terremoto. No podía pensar en
ella sin acordarse de la pasión irrefrenable que los anudaba. Y eso que
sus últimos encuentros habían sido solo como amigos, porque Bárbara
iba en serio con un abogado casado. Iban tan en serio que Bárbara
incluso le preguntó cuándo iba a ser legal divorciarse:
—Nos queremos casar.
Pero un día lo llamó llorando:
—Mi novio tiene leucemia y se va a morir. Está con su mujer y ya
no lo voy a ver más.
Aunque él estaba hasta arriba de trabajo, la invitó a comer en el
reservado del Mesón de Fuencarral, en la carretera de Colmenar. El
rey, que solo tenía ganas de llevársela a la cama, tuvo que aguantarse y
limitarse a coger su mano para consolarla porque Bárbara estaba
destrozada.
Por eso le sorprendió enterarse poco después por las revistas de
que se iba a casar con un domador que solía ir a Estoril con su circo.
¡Se había hecho tan amigo de su madre que la dejaba entrar en la jaula
de los leones! Se llamaba Ángel Cristo y cuando llamó a Bárbara para
preguntárselo, ella le dio unas explicaciones confusas que él apenas
escuchó porque la piel se le erizaba de deseo cada vez que oía la voz
ronca de esa mujer. La interrumpió en medio de una frase:
—Pero ¿podremos seguir viéndonos?
La risa desgarrada de Bárbara aún resonaba en su cabeza.
¡Marta no le exigía nada, ni siquiera fidelidad!
Su relación no la favorecía. Al contrario. De ser una señora
respetable, hija de una familia bien de la isla, separada de su marido
como tantas otras y alternando con la sociedad mallorquina, había
pasado al estatus de «querida» del rey. Su padre había dejado de
dirigirle la palabra y muchos de esos amigos le hacían el vacío
pensando que, por cuatro días que iba a durar la cosa, no iban a
disgustar a la reina, que de todo se enteraba.
La dueña de la casa, que era casi la única que apostaba por Marta,
se fue entre un revuelo de sedas y humo de tabaco. Juan Carlos
extendió la mano sobre la mesa y atrapó la de ella:
—Sabes, Martita, que te estoy queriendo mucho.
Se ensanchó aún más su sonrisa e imitando las maneras de las
damas dieciochescas de la corte, inclinó la cabeza con la gracia de un
caballito de mar.
—Señor…
Juanito jugueteó con sus dedos y le dijo:
—Marta, creo que podrías dejarte de tratamientos, mira, te voy a
contar una cosa y no te ofendas. Cuando me llamas señor me cortas el
rollo.
Marta se echó a reír. Eso era algo que hechizaba al rey, que tuviera
sentido del humor y que se riera de sí misma… nunca de él, por
supuesto, eso no le hubiera gustado. Riendo aún preguntó:
—¿Y cómo os llamo? —iba a decir Juanito, pero se calló a tiempo,
Juanito eran los padres, eran las hermanas, los amigos de la infancia…
era Sofía—. No se me ocurre.
—No sé, di tú… Johny si quieres.
Marta recordó que cuando era pequeña tenía un amigo que se
llamaba Juancho:
—Os llamaré Juancho.
—Te llamaré Juancho.
—Hola, Juancho. —Marta arrastró su silla hasta ponerse a su lado,
levantó el dedo y le acarició la cara—. ¿Sabes, Juancho, que me
encanta, cuando te ríes, como arrugas la nariz?
Él atrapó el dedo con la boca y le dijo:
—A mí me encanta el sabor de tu piel.
Se acercó la anfitriona con un candelabro con velas porque el día
ya era noche:
—¿Cómo estáis?
—Pues de puta madre.
Y eso que motivos no había. Porque lejos de esa beatitud balear y las
cuitas amorosas del rey, España se había convertido en un aspa
sangrienta de este a oeste y de norte a sur. El país férreamente cogido
por el cogote que Juan Carlos había heredado de Franco ahora era un
nido de intrigas y conspiraciones, un lugar ingobernable, donde un
Suárez sin fuerzas y sin apoyos se tenía que enfrentar al hambre de
poder de los socialistas y al desprecio de los nostálgicos del
franquismo que el 20 de noviembre llenaban la plaza de Oriente al
grito de: «Suárez, cabrón, canta el “Cara al sol”».
Y, sobre todo, tenía que hacer frente a los atentados, atroces,
sanguinarios. Del GRAPO, que desde el frustrado asesinato del rey y
Suárez en Mallorca había afinado los instrumentos de matar y,
principalmente, de la ETA, tan siniestramente eficaz que Martín Villa,
el ministro de Interior, había declarado:
—O nosotros acabamos con ETA o ETA acabará con nosotros.
Había diez atentados de media al mes. En tres años asesinaron a
doscientas cuarenta y dos personas, desde políticos de UCD a
generales, guardias civiles, soldados o víctimas colaterales, personas
que pasaban por allí. Los funerales se convertían en batallas campales,
se intentaba agredir al vicepresidente del Gobierno, el general
Gutiérrez Mellado, y una vez trataron de volcarle el coche al grito de:
«¡Gutiérrez Mellado, al paredón!».
Los militares franquistas no paraban de conspirar, había ruido de
sables en el ejército, y, en la cafetería Galaxia, un fanático y locoide
teniente coronel llamado Tejero propuso dar un golpe de Estado. El
militar al que se confió lo denunció y lo castigaron con una pena leve
porque «es una forma de hablar». ¡No se querían exaltar aún más los
ánimos creando un mártir!
Eran constantes las visitas de los generales a la Zarzuela. Exigían
del rey un golpe en la mesa, que se pronunciara, incluso algunos
políticos como Enrique Múgica, Alfonso Osorio o el mismo Fraga
empezaron a mantener conversaciones con militares fieles a la
Constitución para intentar un contragolpe o crear un gobierno de
concentración nacional. El general Jesús González del Yerro, el más
prestigioso, gritó desde Canarias:
—¡Hay que acabar con la inhibición suicida!
Juan Carlos escuchaba y callaba. Recordaba las enseñanzas de
Franco, imitaba su actitud y con su silencio alentaba a hablar a los
militares que, teniéndolo por uno de los suyos, se explayaban en su
presencia.
—Prefiero que conspiren en mi casa que en la cafetería Galaxia o
en los cuarteles —decía.
Sorpresivamente, a las siete cuarenta y cinco de la tarde del 29 de
enero de 1981 se anuncia una comparecencia inédita del presidente del
Gobierno en televisión. El rey enciende el aparato que tiene en su
despacho y ve cómo su viejo camarada, con el que tanto ha
compartido, con el que codo con codo ha tratado de gobernar este país
excesivo e iracundo, mira fijamente a cámara con expresión abatida,
ojeras y semblante lloroso: «Hay momentos en la vida de todo hombre
en los que se asume un especial sentido de la responsabilidad».
El presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, dimite en el medio que
más domina, la televisión.
Juan Carlos se tapa la cara, debería sentirse satisfecho. Suárez y él
ya no hablaban desde hacía meses, solo discutían. La última vez que se
habían visto incluso habían llegado a las manos.
—Adolfo, necesitamos otro presidente del Gobierno, tú eres
débil…
El otro contestaba tuteándolo, como hacía cuando aún no era rey
y él era un simple director de Televisión Española:
—Tú a mí no me borboneas… Tú no me has hecho presidente del
Gobierno, me han elegido los españoles en unas elecciones
democráticas.
—¡Uno de los dos sobra y, como comprenderás, yo no voy a
abdicar!
Juan Carlos, lleno de rabia, le dio un golpe en el brazo que Adolfo
respondió con un empujón, forcejearon, y fue Sabino el que tuvo que
separarlos.
El rey no podía olvidar que Suárez quería comerle terreno y actuar
por su cuenta, y Suárez no entendía cómo ese rey en el que había
confiado a muerte le había dejado a merced de los leones. Pero su
dimisión fue una amarga victoria para Juan Carlos, porque
comprendió que una parte de su vida política, la más importante
quizás, se había ido por el sumidero de la historia.
Adolfo parecía mirarlo a él personalmente desde la pantalla del
televisor: «He llegado al convencimiento de que, en mis actuales
circunstancias, mi marcha será más beneficiosa para España que mi
permanencia».
Así que ya estaba. Juanito se recostó pensativamente contra el
respaldo del asiento. ¡Él solo contra todos!
Pero ¿no había sido siempre así?
Su primer acto por su cuenta y riesgo fue ir al País Vasco. Quería
demostrarle al ejército que tenía más habilidad que ellos, más poder
de seducción. ¿No le había funcionado en Cataluña donde los
separatistas y el president Pujol, que había sustituido al viejo
Tarradellas, comían de su mano y le hacían reverencias?
El 4 de febrero, cuando iba a empezar su discurso en la Casa de
Juntas de Guernica empleando en parte el euskera, los batasunos se
pusieron en pie y cantaron el «Eusko gudariak» una y otra vez,
durante diez minutos, puño en alto.
El rey no perdió la compostura y se le clavó una sonrisa leve en el
rostro, incluso, en algunos momentos, parecía animarlos. Se llevó la
mano a la oreja y dijo:
—No se oye bien.
Cuando los revoltosos fueron desalojados por los servicios de
seguridad del gobierno vasco, Juan Carlos, al que Sabino había
preparado un discurso alternativo, por si acaso, dijo:
—Confío en la democracia y en el pueblo vasco a pesar de este
incidente.
De todas formas, fue muy criticada esta iniciativa del rey, por
ingenua, pues este incidente, previsible, cayó como un mazazo en los
cuarteles, alentando nuevas conspiraciones.
Dos días después, como un colofón de sangre, ETA asesinó al
ingeniero jefe de Lemóniz José María Ryan, que llevaba un mes
secuestrado. Su cadáver apareció amordazado y atado, con un tiro en
la nuca, en un camino forestal. Y el etarra Joseba Arregui murió en la
cárcel de Carabanchel después de pasar diez días en manos de la
policía. Agonizando, le confesó a un compañero de celda: «Ha sido
muy duro, no he podido aguantar más».
La Zarzuela, que es casa, pero también despacho y centro de
operaciones, se llena de visitas, militares, políticos, empresarios… Se
teme una espiral de violencia en la que nadie se puede sentir seguro.
Los teléfonos suenan obsesivamente, se refuerza la vigilancia, hay
guardias hasta en la puerta del cuarto de baño.
Sabino, que observa que el rey está al borde de la extenuación, le
sugiere:
—Ha llamado el general Armada para ver cómo está la situación…
que si vais al valle de Arán tendrá mucho gusto en presentaros sus
respetos.
Armada es ahora gobernador militar de Lérida y, de pronto, el
valle de Arán se le antoja a Juanito el paraíso soñado: ¡esas montañas
blancas y puras, no holladas ni por las botas militares ni por la
metralla! ¡Ese aire tan limpio que se te mete dentro barriéndolo todo!
Llama a Marta:
—¿Te apetece venirte este fin de semana al valle de Arán? —no
espera su respuesta, sabe que Marta siempre le dice que sí—. Te
recogerá un coche en el aeropuerto y te llevará al hotel Montarto.
La familia tiene ahora a su disposición unos estupendos chalés de
estilo suizo en la Pleta de Baqueira.
Van las infantas también. Juan Carlos las mira a veces con
sorpresa al ver lo mayores que se han hecho. Él no repara mucho en
estas cosas, pero le llama la atención que vayan vestidas con ropa de
su madre y con el mismo peinado. Una vez se atrevió a decirle en tono
bromista a Sofía:
—Estas niñas, ¿no van muy anticuadas? Así no las vamos a casar
nunca.
Y Sofía le contestó con la acritud de siempre, porque ya se había
enterado de que Juanito alternaba la «fija» con una actriz de ojos
verdes:
—No te metas en estas cosas, tú qué sabes. —Y añadió—: Tú el
cuidado de los hijos déjamelo a mí, ya tienes un país para gobernar.
Felipe no puede ir, saca muy malas notas en el colegio, es
indisciplinado y vago, ni siquiera le gusta hacer deporte, y se queda
esos días en Madrid al cuidado de Federica, que le dice a su hija:
—Qué mal educado está este niño.
—Tú también has educado muy mal a Tino —responde la hija,
picada.
Freddy ha venido desde la India para someterse a una operación
de estética, aunque su hija no acaba de entender para qué la necesita si
está siempre encerrada en el ashram de Madrás estudiando filosofía
hindú con la única compañía de Irene y del gurú Mahadevin. ¡Aún
serán verdad esas voces que le han llegado de que el gurú y su madre
están liados! ¡Qué asco, prefiere no saberlo! ¿No hay nada limpio en la
vida? ¿La gente no piensa en otra cosa?
—Voy a quitarme estos quistes de grasa que me han salido en los
párpados y de paso que me estiren los ojos… Me lo hace el doctor Vilar
Sancho. Me lo ha recomendado Carmen Franco, es el que le ha hecho
la nariz a toda la familia.
Juanito comenta:
—¡Qué manía tenéis las mujeres con haceros cosas!
Aunque él también se ha sometido a pequeños retoques. Se ha
quitado las ojeras y lleva un postizo en la parte posterior de la cabeza
que todas las semanas le coloca en su lugar el peluquero Iranzo, que
acude desde Barcelona.
Carlos Zurita, el marido de Margot, que está delante y algo sabrá
del tema porque es médico, tranquiliza a Sofía:
—No tiene importancia, pero yo estaré presente, no es nada, no te
preocupes.
Sofía no se preocupa. En realidad, pocas cosas le preocupan,
aparte de las mujeres en la vida de su marido. Trata de adivinar a cuál
se va a llevar al valle, porque no se hace ilusiones de que vaya a
contentarse solo con la vida familiar.
El día 6 han estado esquiando todo el día y la reina se arregla en
su habitación, van a ir a cenar con el general Armada a Casa Irene, en
Artíes, aunque no le apetece porque está muy cansada. Su doncella,
Maribel, le está presentando la bandeja de las joyas cuando de pronto
entró su marido en la habitación. Es algo tan raro que pega un grito.
—¡Le ha pasado algo a Felipe!
—No, no, es tu madre —le dice el rey—, me ha llamado Sabino,
que ha habido una complicación con la anestesia y le ha fallado el
corazón.
Sofía empalidece:
—¿Cómo… está? ¿Muy mal?
Juanito le hurta la mirada, en realidad ha muerto, pero no quiere
ser el que se lo diga:
—Está mal, sí… El helicóptero te acercará a Zaragoza y allí te
recogerá un avión militar, llévate a las niñas.
Sofía primero se sorprendió y luego se indignó:
—Pero ¿tú no vienes?
Incómodo, Juanito adoptó un aire severo para evitar
recriminaciones:
—No, tengo una entrevista con Armada, en estos momentos es
importante, Sabino te ayudará, y Laura y Domínguez…
Sofía, alertada, le gritó con todo el desprecio del mundo:
—¿Armada? ¡Ya sé que te quedas por esa!
Caía aguanieve, hacía frío en el aeropuerto de Zaragoza cuando corrían
del helicóptero al avión. El comandante al mando se cuadró y le dijo:
—Mi más sentido pésame, majestad.
Y así fue como se enteró Sofía de que su madre se había muerto.
En el avión hizo apagar las luces. Tino estaba en Londres, Irene,
en la India. Tendrá que hacer frente a su dolor sola. Como había
estado siempre. ¡Extranjera y sola, como su madre!
Llevaba en brazos a su perra Sancha, la iba acariciando. La azafata
la oyó susurrar. Se inclinó creyendo que le pedía algo, pero la reina
estaba hablando en el idioma de su infancia, mientras las lágrimas
resbalaban por sus mejillas:
—Auf wiedersehen, mutti.
Adiós, mamá.
En el valle de Arán, el rey al final decide cenar en la casa de la Pleta y
se hace subir la comida desde Casa Irene. Los escoltas tienen que
hacer de improvisados camareros. La conversación con el general dura
hasta la madrugada, pero nadie sabe de qué se habló en esa noche de
luto y frío. En un momento dado al parecer alguien dijo:
—Les estaría bien empleado que les dieran un susto.
Después, el rey acompañó a Armada al parador de Artíes por
veinte kilómetros de carretera endemoniada, evitando las placas de
hielo. Conducía él mismo, y cuando llegaron, se bajó del jeep y le dio
un estrecho abrazo, que duró largo rato.
A la vuelta, y a pesar de que eran las tres de la madrugada, se
detuvo en el hotel Montarto. Marta lo esperaba y nunca fue su cariño
tan cálido y acogedor como esa noche.
Solo faltaban diecisiete días para que el país se rajara de parte a
parte.
22
E l rey estaba solo en su despacho. Iba con un chándal blanco con
raya azul y zapatillas de deporte, se estaba tomando una Coca-Cola y
había subido para hacer dos llamadas importantes. La primera era a
una novia de juventud con la que había seguido viéndose en un
apartamento que tenía alquilado su servicio de seguridad en la calle
Barquillo. Acababa de dar a luz a una niña.
—¿Cómo está la pequeñaja?
—Muy bien, rubia como su padre.
Después, la última llamada del día a Marta Gayá:
—Juancho, estoy a punto de salir a tomar algo con Rudy y Marta
al Club de Mar.
—Qué bien vivís los ricos.
—Espera, que Rudy quiere saludarte.
Rudy Bay trabajaba de piloto en la línea aérea de la que era
propietario su padre, Spantax. Era un hombre divertido, amante de la
velocidad y sin otra pretensión que pasarlo bien en la vida. Vivía con
Marta Girod, la hermana de la primera mujer de Carlos Falcó. Siendo
su situación algo irregular también, se habían convertido en los fieles
escuderos de su girlfriend , como el rey llamaba a Marta:
—Señor, hoy hemos salido con el barco y nos hemos acordado de
vuestra majestad.
—¡Quién estuviera ahí con vosotros!
Y era verdad, porque a Juan Carlos se le había ido despertando un
ansia inmoderada de molicie, boato y ganas de pasarlo bien. El poder
le gustaba, le llenaba de satisfacción pensar que el ejército respondía a
sus órdenes como un solo hombre, pero le parecía que no era un poder
muy sustancioso cuando no le proporcionaba lo que más admiraba: la
vida lujosa que llevaban sus amigos millonarios.
Aunque no podía quejarse. Manolo Prado había estado dos años
muy activo negociando el suministro petrolero desde Arabia Saudí y
los Emiratos. ¡La crisis empobrece, pero también llena bolsillos! El rey
se había enterado de que un funcionario novato, demasiado puntilloso,
había ido con quejas al ministro:
—Ministro, nos piden demasiado por esos barriles… si los
compráramos directamente a Kuwait nos saldrían un par de dólares
más baratos.
Pero, por suerte, el ministro había desdeñado el consejo y, sin
querer complicarse la vida ni disgustar, sobre todo a su majestad, le
había prohibido al funcionario cualquier gestión directa con los países
árabes:
—No enredes, ese es territorio de Prado.
El rey y su amigo, cuando se enteraron, rompieron a reír ante la
candidez de aquel hombre tan mal informado.
Como agradecimiento a los desvelos del manco de oro, Juan
Carlos le había dado un cargo en la comisión del V Centenario del
Descubrimiento y de la Expo conmemorativa que tendría lugar en
Sevilla en 1992, un proyecto importantísimo que absorbía todo su
tiempo. Demasiado. No quería que dejase sus negocios de lado.
Tendría que darle un toque.
Miró la hora.
Las seis y cuarto.
Abajo le estaban esperando Nachi Cano y Miguel Arias para jugar
una partida de squash. Necesitaba descargar tensiones, la última
semana había sido de un estrés inmisericorde. Mientras se
entrevistaba con generales, directores de periódicos y banqueros, el
cadáver embalsamado de su suegra permanecía en uno de los salones.
Si alguien se equivocaba de puerta se encontraba el catafalco abierto
con el cuerpo de Federica de Grecia, de la que solo se veían las manos
porque habían tapado el rostro, rodeado de cuatro cirios.
El susto de los visitantes era morrocotudo, pero en palacio se
habían acostumbrado tanto que el príncipe entraba tranquilamente
antes de ir al colegio para saludar a la difunta reina:
—Buenos días, abuela, ¿cómo te encuentras hoy?
Estaban esperando el permiso de Karamanlis para que la familia
real pudiera viajar a Grecia. Tardó seis días, y la orden del primer
ministro fue tajante y con tintes homéricos: «Solo podrán permanecer
en suelo griego hasta que se ponga el sol».
Juanito se había sentido muy incómodo en el entierro, rodeado de
mujeres cubiertas con velos negros y el llanto de las plañideras como
un coro hermenéutico de tragedia griega. ¡Qué lejana y extranjera le
había parecido Sofía! Veintitrés años no habían conseguido
españolizarla.
Casi prefería tratar con los generales, que venían a quejarse de
este gobierno débil, que permitía asesinatos y atentados y a maldecir a
ese general Gutiérrez Mellado, que se había vendido a la masonería y
al oro de Moscú.
Antes de la investidura del sucesor de Suárez, Leopoldo Calvo-
Sotelo, se había presentado Armada en la Zarzuela. No tenía cita,
Sabino le informó a su majestad:
—A las doce tenéis audiencia con vuestro primo don Alfonso de
Borbón.
Juan Carlos suspiró, su primo solo le traía problemas y
complicaciones:
—¿Y qué quiere?
—La presidencia del Comité Olímpico —bajó la voz—, y también
creo que viene a comentaros que su mujer se quiere acoger a la ley de
divorcio que está a punto de aprobarse, pero que él está en contra.
Juan Carlos rio con satisfacción:
—Sí, ya me han dicho que Carmencita está pendoneando en París
con un viejales… —frunció el ceño—. Supongo que no vendrá a
pedirme que medie en su situación… mira, ¿sabes qué?
—Señor.
—Cambia la fecha por otro día y mete a Armada.
El general entró lleno de ardor juvenil, hasta se le sonrosaban las
mejillas de entusiasmo:
—Este gobierno no puede ser, majestad, necesitamos un golpe de
timón… Calvo-Sotelo es más de lo mismo. La situación es de extrema
gravedad y hay que reconducir la situación política.
¡Suárez, Suárez tenía la culpa de todo!
Juan Carlos apretaba los puños debajo de la mesa para que no se
le notase. Había dimitido, sí, pero su espíritu seguía enquistado en el
gobierno. El odio por ese hombre lo cegaba. Eran como dos
enamorados que cortejaban a la misma mujer con las mismas armas,
la apostura, la seducción, la juventud. ¡Solo uno de los dos podía
quedar vivo!
Pero la solución Armada… No sabía, no quería saber qué solución
era esta, un susto, ¿no? Mala no debía de ser cuando los socialistas y
hasta Carrillo conspiraban, había palabras que no hacía falta
pronunciar, los sobrentendidos estaban presentes en todas las
conversaciones. El hecho de que hubiera quitado a Armada de Lérida
para llevarlo a Madrid y hacerlo segundo jefe del Estado Mayor del
Ejército lo interpretaban los conspiradores como un apoyo a sus
intenciones. ¿Las apoyaba? Él era militar, siempre estaría a su lado.
Juan Carlos jugaba con fuego, pero quizás ni siquiera se daba
cuenta.
Tenía la radio puesta con el soniquete adormecedor de la voz del
diputado centrista Víctor Carrascal dando los nombres de los
parlamentarios para que votaran la investidura de Calvo-Sotelo. Era la
segunda, porque en la primera no había conseguido los votos
suficientes. Iba por el número setenta y cinco.
—Núñez Encabo, Manuel…
Ya iba a bajar, ya iba a abrir la puerta, ya giraba el dial de la radio
para apagarla cuando un repentino silencio le llamó la atención.
Después los gritos:
—¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo! ¡Todos al suelo!
La perplejidad lo inmovilizó y de pronto…
¡Dos aterradoras ráfagas de disparos!
Sabino abrió la puerta de golpe y dijo sin aliento:
—Majestad, hay tiros en el Congreso.
Lo vio tan pálido que se dio cuenta de que ya lo sabía.
A partir de ahí el maremágnum en la Zarzuela fue frenético, pero
Juan Carlos no podía quitarse la espina que le atravesaba el cerebro.
¿Habría alentado sin querer el golpe? ¿Usarían su nombre? ¿Se había
sentido Armada animado en sus intenciones?
Los generales que estaban en la conspiración, ¿cuántos eran?
¿Habían ido a la Zarzuela estos últimos días y habían creído que él
daba el visto bueno?
Su obsesión ciega era quitarse a Suárez de encima, pero, una vez
dimitido, ¿qué excusa había? ¿Y si daban su nombre? ¡Pero nadie
había hablado de tiros en el Congreso ni de violencia!
Estaba inmóvil, exangüe, sin fuerzas, sin saber qué hacer,
aterrorizado. Al ver su pasividad suicida, Sabino sintió ganas de
sacudirlo por los hombros, pero se contuvo:
—Señor, reaccione, estamos al borde de un precipicio, la
monarquía está al borde del precipicio… Acuérdese de su abuelo, ¡por
menos de esto perdió el país y se tuvo que ir al exilio!
La mención de su abuelo, y, sobre todo, el recuerdo de su padre en
su retiro de Estoril, en absoluta soledad, abandonado por todos, lo
hizo reaccionar inmediatamente. Su padre, precisamente, que había
salido del cine para llamarlo:
—Juanito, ahora es tu momento, demuestra lo que vales, todo lo
que te he enseñado.
Tenía la voz algo enronquecida. Lo acababan de operar de un
cáncer de garganta en Nueva York, aunque ya se había recuperado.
En ese instante llegó Manolo Prado:
—Señor, el teléfono, Sabino…
—Mondéjar está aquí también… tiene mucho contacto con los
mandos medios del ejército —sugirió Sabino.
Juan Carlos pegó un salto como si le hubieran dado una descarga
eléctrica, ya volvía a ser el de siempre, un amasijo de decisión y de
nervios.
—¡Café y cigarrillos! —gritó.
Cuando llamó Armada y se ofreció a trasladarse a la Zarzuela,
todos cayeron:
—Es el inductor del golpe.
Aunque en el fondo, ya lo sabían. Sabino le hizo señas
desesperadas al rey para que le dijera que no, Juan Carlos le dio largas
con voz tranquila, pero cuando acabó la conversación arrancó el
teléfono de la mesa y lo tiró al suelo.
Cuando llamaron militares preguntando si Armada estaba en la
Zarzuela, como confirmación de que el rey apoyaba la intentona
golpista, Sabino pudo pronunciar su frase antológica, una más en una
noche llena de frases que permanecerían en la memoria colectiva de
todos los españoles que vivieron esos momentos:
—Ni está, ni se le espera.
A las ocho de la tarde ya se había contactado con los once
capitanes generales del ejército. Todos habían luchado al lado de
Franco en la Guerra Civil:
—¿Puedo contar con tu lealtad?
Alguno dijo:
—Sí, pero qué pena.
Otros declararon:
—Prometí obedecer al sucesor de Franco y lo voy a cumplir.
Otros más manifestaron su adhesión y su sorpresa:
—Creía que su majestad estaba de acuerdo.
El único rebelde fue el capitán general de Valencia, Jaime Milans
del Bosch, de larga tradición monárquica, que dio a conocer un bando
en el que se decretaba el estado de guerra y mandó recorrer Valencia
con sus tanques. Fue una operación puramente intimidatoria, porque
ninguno de esos armatostes iba provisto de armamento, pero logró su
propósito: aterrorizar a la ciudad y, por extensión, a toda España.
Poco a poco, Zarzuela se fue llenando de gente, llegaron las
hermanas del rey, Margot y Pilar, con sus maridos. La reina Sofía, muy
alterada y en el colmo de la insensatez, primero le propuso a Sabino:
—Dile al rey que le dé la orden a Tejero de que se vaya del
Congreso.
—Señora, se lo hemos dicho, pero no quiere —contestó Sabino
pacientemente.
—¡Pues tendríamos que asaltar el Congreso!
Afortunadamente, nadie le hizo caso.
También se dijo que Constantino llamó desde Londres ofreciendo
sus valiosos consejos dada su experiencia en golpes militares. El rey, a
la segunda llamada, le soltó a Prado:
—Dile que no puedo ponerme, ¡quítamelo de encima! —Y también
—: Voy a hacer justamente lo contrario que hizo él.
A Felipe lo obligó a estar despierto, pero el príncipe no prestaba
atención, primero jugaba con un amigo invisible escondiéndose detrás
de las cortinas, después acabó durmiéndose encima de un sofá. Ya no
era un niño pequeño, tenía trece años.
Habló con los presidentes autonómicos Garaicoechea y Pujol. A
este le dijo:
—Tranquilo, Jordi, tranquilo.
¿Qué más había que hacer mientras Tejero mantenía secuestrados
a los representantes de la nación, ujieres y periodistas? Nada más
entrar en el Congreso, Martín Villa dijo sin sorpresa:
—Vaya hombre, otra vez Tejero.
Suárez, Alfonso Guerra, Carrillo y Felipe González fueron
encerrados aparte. Todos se temían lo peor para ellos. Pero fue Juan
María Bandrés, presidente de Euskadiko Ezquerra, el que tenía más
papeletas para ser fusilado en cualquier momento. Bandrés nunca
olvidaría que, a pesar de sus ideas diametralmente opuestas, Manuel
Fraga Iribarne se sentó a su lado y le garantizó que respondía con su
vida de que no le pasara nada.
Pero como la situación estaba demasiado tranquila para aquel
gallego excesivo, amante de los golpes teatrales, pero también muy
valiente, en un momento dado se levantó, se abrió la chaqueta y gritó a
los guardias civiles que los vigilaban:
—Disparad si queréis… ¡esto es un atentado a la libertad y a la
democracia!
Los diputados Óscar Alzaga, Fernando Álvarez de Miranda e Íñigo
Cavero se sintieron obligados a seguirle y se abrieron también sus
chaquetas y gritaron:
—Disparadme a mí también.
En la Zarzuela se alternaban los momentos de actividad frenética con
otros en los que no se sabía qué hacer… Qué más, qué más… Muchos
españoles habían emprendido el camino de la frontera, los locales de
Comisiones Obreras estaban destruyendo papeles, los periodistas se
mantenían acantonados en sus redacciones o seguían los
acontecimientos desde el hotel Palace, y todos querían saber si el rey
estaba detrás del golpe. ¿Cómo explicárselo? ¡La televisión! De algo le
había servido al rey su larga relación con Suárez: para comprender el
valor de la televisión. Se puso su traje de capitán general del ejército de
tierra y a las veintitrés treinta y cinco grabó un mensaje ante un
equipo técnico que se había desplazado hasta la Zarzuela.
Cuando le enseñaron las imágenes que habían grabado de forma
heroica los cámaras que cubrían habitualmente el Congreso, de la
entrada de Tejero con esos «coño», esos disparos al aire y esos
tricornios, ordenó que se destruyeran.
—Lo sentimos, majestad, pero ya se han visto en las televisiones
de todo el mundo.
Aunque el rey dijo que lo había pedido para no hacer daño al país,
quizás también le fastidió observar que su odiado Suárez había
permanecido inmóvil en su asiento, mientras los demás diputados,
excepto Carrillo, se ocultaban debajo de los bancos. También era el
único que había defendido a Gutiérrez Mellado de los viles empujones
de Tejero y otros guardias mientras sus compañeros ametrallaban la
cúpula del hemiciclo y helaban la sangre de medio país, que había
escuchado el inconfundible sonido de las armas en directo a través de
los micrófonos de la cadena SER.
A la una y veintitrés de la madrugada del 24 de febrero se emitió
el mensaje por televisión, que habían escrito entre Sabino y Manolo
Prado. El rey tenía un gesto tranquilo y severo:
—La Corona, símbolo de permanencia y unidad, no puede tolerar,
en forma alguna, las acciones o actitudes de personas que pretenden
interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución,
votada por el pueblo español, determinó en su día a través de un
referéndum.
Sus hermanas y su mujer lo vieron desde la sala azul. Él estaba
con Prado y con Sabino en el despacho y, sobrepasado por lo que
acababa de vivir, cedió a un momento de debilidad, puso los codos en
las rodillas y hundió la cabeza en las manos.
Milans, al fin, obedeció sus órdenes e hizo regresar sus tanques a
los cuarteles. Cuando el gobernador militar de Valencia intentó
detenerlo, el capitán general blandió su pistola y le espetó:
—¡Atrévete!
Todos se dieron cuenta de que el golpe había sido desactivado y
que solo era cuestión de horas que Tejero dejara salir a los diputados
del Congreso.
Al amanecer, oyeron un ruido bronco de motores y turbinas. La
reina y su hermana se miraron aterradas y Sofía gritó:
—¡La Brunete!
Era el servicio de coches de línea que emprendía la ruta habitual
de todas las mañanas.
El rey se echó una cazadora de aviador por encima del uniforme y
acompañó a Prado a su coche. Se quedaron los dos callados largo rato,
a pesar de que caía aguanieve, digiriendo los sucesos en los que se
habían visto envueltos. Al final Juan Carlos suspiró:
—Menuda noche, chiquitín.
El mismo 24 de febrero por la tarde se reúnen en la Zarzuela los
líderes políticos más importantes, Suárez, Felipe González, Fraga,
Carrillo y Agustín Rodríguez Sahagún. Aún con el miedo pintado en el
rostro, pero aliviados y sonrientes, se dan palmadas en la espalda, se
cuentan anécdotas de aquellas dieciséis interminables horas que no se
sabía cómo iban a acabar y todo tiene el aire improvisado y liberador
de una reunión de colegiales en la fiesta de fin de curso.
Carrillo le da las gracias al rey:
—Usted nos ha salvado la vida.
Hay un conato de aplauso que Juan Carlos corta con una sonrisa,
aunque por dentro está exultante. En esos momentos, no solo estos
hombres creen que les ha salvado la vida, sino el país entero, como
cuentan los periódicos hoy en sus portadas. El país y más allá, porque
las llamadas de felicitación de los líderes internacionales, desde el
francés Mitterrand hasta el alemán Honecker, de Sandro Pertini a la
inglesa Margaret Thatcher, se suceden sin tregua durante todo el día.
¡El mundo está a sus pies!
Se dirige a los políticos en tono informal:
—Me alegro de que al final todo haya salido bien. Pero ya está. —
Alza los hombros y abre los brazos expresivamente—. Mi papel no es el
del bombero apagafuegos. Soy un rey constitucional, no gobierno ni
puedo hacer política… eso os lo dejo a vosotros. Es vuestra tarea. No
me volváis a poner en este trance y vamos a respetar cada uno el lugar
del otro.
Todos entienden que ese día de miedo y transistores don Juan
Carlos se ha ganado su sueldo y un lugar en la historia. Y desde ese
instante dejaba de ser el vigilante de la democracia y se podía dedicar a
sus asuntos.
Trajeron una botella de champán:
—¡Por España!
—¡Por España! ¡Viva el rey!
El rey cruzó una mirada con todos ellos, solo Felipe González se la
mantuvo y amagó un brindis con la copa que todos tenían en las
manos.
Calvo-Sotelo aún estaría un año y medio en el gobierno, hasta que lo
desalojaron los socialistas y sus diez millones de votos.
Felipe González se cuadró ante el rey e inclinó la cabeza.
—Presidente.
—Majestad.
—Si mi abuelo y Pablo Iglesias hubieran podido abrazarse como
hoy lo hacemos nosotros, quizás la Guerra Civil nunca se hubiera
producido.
Y es que la conexión entre Felipe y Juan Carlos fue inmediata, el
andaluz extrovertido y pragmático tiene una extraña afinidad con el
divertido y espontáneo monarca, es el mismo enamoramiento a
primera vista que al rey le había ocurrido con Suárez. Pero en aquella
época Juan Carlos era un ingenuo que se entregaba ciegamente y
Adolfo, un Julian Sorel de provincias que quería comerse el mundo.
Pero ahora, Juan Carlos y Felipe tienen más conchas que un galápago
y saben muy bien lo que cada uno busca en el otro: Felipe quiere hacer
una política de manos libres y el rey pretende vivir la vida sin que
nadie lo fiscalice. La época de los tutores, los abuelos, los severos
censores que siempre le estaban dando lecciones se ha acabado.
¡Juanito ha cumplido cuarenta y tres años y quiere que lo dejen en
paz!
El rey y el presidente se reúnen los martes en el despacho de la
Zarzuela y ambos compiten en quién cuenta más chistes verdes.
El del rey:
—Una mujer llega a su casa con ropa nueva y su marido le
pregunta que dónde la ha conseguido, y ella contesta: «¡En el bingo!».
A la semana llega con un abrigo de pieles carísimo y le dice al marido
de nuevo: «¡En el bingo!». Después con joyas y otra vez: «¡En el
bingo!». Al final un día la mujer se desnuda, se mete en la bañera y el
marido asoma la cabeza por la puerta y le dice: «¡Ten cuidado, no se te
vaya a mojar el cartón!».
Hablan todos los días por teléfono, se intercambian chismes y
marcas de puros. El primer ministro de Agricultura socialista, Carlos
Romero, pone a disposición del rey varios cotos de caza para que
pueda invitar a sus amigos y se le ceden los mejores caballos a la
infanta Elena para que compita profesionalmente. Felipe da la orden
de que cuando el rey acuda a una celebración no vaya nadie del
gobierno para no quitarle protagonismo, aunque sí lo acompañe un
ministro de jornada. Se sugiere a los directores de los principales
periódicos que respeten a Juan Carlos y su familia y no se publiquen
informaciones que afecten a su intimidad. Los secretos de la vida
privada del rey, que son pasto de rumores en los cenáculos de la
«gente enterada», se guardan bajo siete llaves y nadie osa escribir de
Bárbaras, Martas, comisiones, regalos, barriles de petróleo…
Lo dijo muy claro años más tarde el ministro de Defensa, Julián
García Vargas:
—Con quien mejor siempre va a estar la monarquía es con los
socialistas. Nosotros no nos metemos en intrigas cortesanas ni nos
interesan los cotilleos aristocráticos.
Todos los acontecimientos los observaba el pobre don Juan desde
Estoril, apeado ya de toda influencia, huérfano de asesores y
cortesanos, que ahora acuden en romería al santo de don Juan Carlos,
el 24 de junio, en el Campo del Moro, a rendirle pleitesía. Quiere creer
que, desaparecido Adolfo, que se oponía a su regreso a España, y
sabiendo que Sofía ya no tiene ninguna influencia en el ánimo de su
hijo, ahora es el momento en que pueden volver definitivamente,
poniendo fin al exilio más largo que ha sufrido cualquier español. Se lo
anuncia tímidamente a su hijo:
—Juanito, mamá y yo queremos vivir en Madrid.
Y solemnemente a su mujer:
—María, ha llegado la hora de regresar a la patria.
Doña María se gira hacia su dama de compañía:
—Vendrás, Amalín, ¿verdad?
—Claro que sí, señora.
—¡Y yo también! —añade Pilar, su doncella.
—¡Y yo! —interviene el chófer José Felipe.
Solo entonces María acepta entre lágrimas.
Regresan, pero ya solo van a ser «los padres del rey». Excepto
para Luis María Anson, que sigue dándoles el tratamiento de
«majestad», pasan a ser «alteza» o simplemente les tratan de usted,
algo que le duele a doña María:
—Prefiero que me tuteen a que me hablen de usted.
Juanito ha sido aceptado por todas las fuerzas políticas como su
salvador y ha empezado su proceso de canonización bajo el nombre de
«motor de la Transición», del que ya no se apeará nunca. ¡Cuánto
orgullo, pero también cuánta envidia le deben de producir al viejo león
de Estoril estos ditirambos! No puede dejar de pensar que, si él
hubiera estado al frente de la Corona, la intentona golpista ni siquiera
se hubiera producido.
Pero, vencido al fin, agacha la cabeza y se ofrece:
—Aquí estaré, Juanito, para lo que me necesites.
—Papá, tú ahora a descansar y a pegarte la gran vida, que te lo has
ganado.
Con esta frase le queda claro que va a tener en esta España que ha
surgido del 23-F la misma presencia que en la anterior: igual a cero.
Liquida las propiedades que le había devuelto Franco años antes
con poca fortuna, mucha torpeza y demasiada prisa, porque ya se
alzaban voces que denunciaban que no le pertenecían a él, sino a
Patrimonio. Con una punta de impaciencia, el hijo le pide discreción:
—Papá, ahora esto no convenía.
A don Juan se le atropellan las palabras en la boca, pero, cosa rara
en él, guarda silencio. También es verdad que, a causa de su operación
de laringe, el médico le ha dicho que hable poco.
Por Miramar, donde habían estudiado sus hijos, le dan solo ciento
dos millones de pesetas. Estaba lleno de objetos de época,
cuatrocientos cuadros y hasta veinte servicios de mantel de hilo
hechos a mano para cuarenta personas, que se reparten en la familia,
pero tanto Pilar como Margot se los ceden a su cuñada:
—Nuestras casas son demasiado pequeñas.
Es otro reproche, porque consideran que la situación de su
hermano no les ha reportado ningún privilegio. Ambas disfrutan de
sus títulos de duquesa de Badajoz y duquesa de Soria, pero poco más,
porque viven con relativa modestia y casi en el anonimato. Existe una
consigna no escrita de que a las hermanas del rey no hay que
prestarles mucha atención. Como decía Simoneta, la hija mayor de
Pilar:
—Mi tío es rey, mi madre es infanta, pero nosotros no somos
nada.
Por la Magdalena de Santander y las veintisiete hectáreas de la
península donde se encuentra, el ayuntamiento pagó solo cincuenta
millones, lo mismo que cuesta un buen chalé en esa época. Y la isla de
Cortegada, enfrente de Carril, en Pontevedra, que fue expropiada a los
lugareños para ser regalada al rey Alfonso XIII, que solo había pasado
unas horas en ella, la vendió por sesenta millones de pesetas.
Con el producto de estas ventas, el conde de Barcelona se compró
una casa en la calle Lanzahita de Puerta de Hierro, que tampoco será
su residencia definitiva. Juanito va a visitarlos, siempre
apresuradamente:
—Papá, tú a pasarlo bien, navega y eso.
Navega y eso. Todo, con tal de tenerlo alejado de los centros de
poder.
—Papá, tú pide lo que quieras.
¡Su vida desperdiciada en pos de un sueño que no se ha cumplido
pediría!
¡Pediría todos esos años que le han sido arrebatados! ¡Que le
devuelvan la fuerza de la juventud, gastada en empresas ilusorias que
se han desvanecido como pompas de jabón! Pero Juan sabe que no
hay que molestar. Se siente un paria, se queja de que no posee estatus,
que ni siquiera protocolariamente tiene un lugar asignado en las
ceremonias:
—Voy detrás de un subsecretario…
En el Congreso, en los actos importantes, tendría que sentarse en
el «gallinero» y entonces opta por no acudir, para ahorrarse
humillaciones innecesarias y dolorosas. Se embarca y recorre las
costas españolas como el judío errante, sin un momento de reposo,
surcando ese mar que no le ha fallado nunca.
Si siente algún remordimiento por la situación de su padre, Juan
Carlos no lo deja ver. Al hombre siempre preocupado, con una arruga
permanente en el entrecejo, inseguro y pendiente de la aprobación de
los demás, le ha sucedido un rey que cree que no debe nada a nadie y
que está tan seguro de sí mismo, que pasa largas jornadas de caza
sabiendo que nadie va a reprochárselo. Y que incluso oculta a su amigo
Zu, prófugo de la justicia, en la Zarzuela, donde sabe que nadie va a
buscarlo.
Le gusta sentarse en el banco de piedra que hay adosado a la
casona de la Encomienda de Mudela, debajo de las ventanas ojivales.
Con la única compañía de su perro Arky y de Manolo Prado, que es lo
más parecido a estar solo que conoce. Habla distraídamente, casi sin
pensar, sabe que Manolo es una tumba… Es delante de la única
persona que desnuda sus sentimientos más íntimos:
—Manolo, yo veo que todo el mundo es rico, mira los Albertos,
Juan Abelló, los March, Botín, hasta mi primo Carlos, todos están
megaforrados… Nosotros nos contentamos con migajas. ¿Por qué no
vamos a lo grande?
—Sí, señor.
—¿No les he salvado el culo a todos? Están agradecidos y me
parece natural. Ahora me ha prometido Felipe que va a enviar a Julio
Feo a Grecia a ver si la reina recupera el patrimonio de su familia…
Oye, que todos estos me cuestan un huevo, ahí donde los ves.
—En efecto, señor, desde que se ha muerto el sha, vuestro cuñado
se ha quedado a la quinta pregunta. Ya sabe vuestra majestad que
intenté convencerle de que reclamara los bienes de Grecia
personalmente, pero no quiso.
—Mejor, con lo torpe que es, la cagaría.
Juanito hundía su mano en el pelaje espeso de su pastor alemán,
que ronroneaba imperceptiblemente. La totanera lo esperaba en la
habitación, pero estaba tan a gusto que le daba pereza hasta subir la
escalera.
—¿Y ese amigo catalán del que me hablaste?
—¿… Javier de la Rosa?
Se frotó el índice con el pulgar castizamente:
—¿Tiene parné?
—Mucho.
23
E n Mallorca, Sofía siempre era la más madrugadora. Aunque se
tomaba un té en su habitación mientras la doncella le preparaba el
baño y la ropa que debía ponerse, desayunaba en el porche de
Marivent, donde ponían un bufé para que se sirvieran los miembros de
la familia a medida que se iban levantando. Cruasanes, pan recién
hecho que se mantenía caliente cubriéndolo con servilletas,
mantequilla y leche fresca que se enviaba directamente de una granja,
mermeladas de ciruela y albaricoque caseras, y no faltaban los típicos
embutidos de la zona, como la sobrasada picante que enviaba el
exalcalde de Palma, Joan Fageda.
—Señora.
Un criado, vestido con chaquetilla y guante blanco, inclinaba la
cabeza.
Ella le contestaba apenas con un gesto, cuando no había nadie
delante no se molestaba en sacar a pasear su famosa sonrisa de
Gioconda.
En los primeros años de Marivent habían puesto sillas de plástico
de las más baratas, porque eran fáciles de limpiar con un manguerazo
que las dejaba húmedas todo el día, y una mesa de pimpón ocupaba un
lugar principal. Después, se habían cambiado por sillas de mimbre y la
mesa se había arrinconado, pero seguía siendo un espacio poco
acogedor, como de paso, pero la reina no estaba por estas minucias
decorativas porque despreciaba todo lo que consideraba superfluo y en
ningún otro sitio del mundo se encontraba tan a gusto como aquí.
Cantaban los pájaros, se oía el ruido lejano de un cortacésped. El
servicio tenía su propio alojamiento en otra residencia, la Masía, y solo
acudían al edificio principal para cumplir funciones específicas.
La casa todavía estaba en silencio. La primera en levantarse era
ella y el último, siempre Felipe. Había terminado el bachillerato con
notas regulares, se había embarcado unos meses en la fragata Asturias
, y había regresado con unas ganas locas de fiesta y aventura. Iba con
sus primos Pablo de Grecia y Simoneta, la hija de la infanta Pilar, y
con sus amigos, los hermanos Escalas, los hermanos Fuster, sobre
todo Álvaro, con el que estuvo en los Rosales, o Kyril de Bulgaria o con
Vicky Carvajal, de la que medio se enamora, a la discoteca Clam hasta
las tantas, pero su madre todo lo disculpaba, hasta que faltara a alguna
recepción oficial, ¡y es que solo tenía dieciocho años!
El bufé, hoy, y como atención especial a sus huéspedes, los
Príncipes de Gales, se enriquecía con riñones, muffins , scones y siete
clases distintas de té… Lady Di había llegado el jueves con sus hijos y
el príncipe Carlos, el viernes. La princesa, delgadísima y con aspecto
enfermizo, lo había excusado con argumentos tan inconsistentes que
Sofía tenía ganas de decirle:
—No te esfuerces, te engaña con otra, ¿verdad? Yo sé lo que es
eso.
Aguantar y tener que tragarte las penas, ella lo entendía porque lo
llevaba haciendo desde hacía muchos años. Desde siempre, desde
aquellos malditos días en Estoril y aquellas noches solitarias.
Diana la sentía como a una hermana de sufrimiento y en
ocasiones quisiera confiarse a ella. Todas las familias reales europeas,
tan endogámicas e indiscretas, estaban al tanto de que Juanito era
Borbón por los cuatro costados, como su padre y como su abuelo.
Sobre todo, hablaban las dinastías desterradas de su país, los Saboya y
los Francia, porque en el exilio uno se aburre mucho y la gran
diversión era calcular el número de las amantes de Juanito y cuál
estaba en auge en esos momentos.
Detallaban con delectación:
—Bárbara, Marta, la andaluza parece que ha tenido un hijo de él…
El marido se pavonea con eso por todo Sevilla.
Ya iba Lady Di a vaciar su corazón delante de Sofía, ya iba a verter
en su oído sus penas de mujer engañada y humillada públicamente,
cuando la echaba atrás el aire seco y severo de la reina española, tan
poco propicio a las confidencias. Cuando la periodista francesa
Françoise Laot le había preguntado a Sofía en quién depositaba su
amistad, contestó con franqueza:
—¿Dice usted amigas para contarles cosas y eso? Pues no, no
tengo ninguna.
Y la periodista concluía en su reportaje en la revista Point de Vue:
«Es fría, una mano de hierro en guante de terciopelo que carece del
encanto de su marido».
Desde entonces Point de Vue había dejado de comprarse en la
casa, ay, esta prensa extranjera, que escribía lo que le daba la gana,
¡qué peligrosa resultaba!
Sofía se sentó en su butaca de mimbre hojeando ¡Hola! , que cogió
del montón que los empleados del departamento de prensa repartían a
primera hora de la mañana. Al cabo de un momento la dejó a un lado.
Como siempre, la portada la ocupaba Isabel Preysler, se acababa de
divorciar del marqués de Griñón, todo el mundo sabía que lo había
abandonado por Miguel Boyer, que acababa de dejar el gobierno. No
se hablaba de otra cosa y Sofía había comentado a la hora de la cena:
—Qué inmoralidad… Juanito, creo que tu amigo Carlos Griñón
está en Palma, espero que no los recibas más, ni a ellos, ni a ella.
Su marido se había echado a reír burlonamente:
—Miguel Boyer es un muermo y no me importaría no volverlo a
ver en la vida, pero ¿qué culpa tiene el pobre Carlos? Cornudo y
encima apaleado.
Y para fastidiarla se había ido a cenar con él, su hermano el
marqués de Cubas, su compañero de regatas José Cusí y el primo
Fernando de Baviera a Flanigan.
¡Qué asco le daba la impudicia de esta gente!
Te casabas y a la primera de cambio, si a tu mujer le salía una
arruga, hala, a cambiarla por otra.
Pero una lucecita de satisfacción iluminó los ojos verdes de la
reina porque Juanito eso no podía hacerlo. ¡Tenía que joderse!
Lanzó una carcajada que el criado escuchó sin mover ni una
pestaña, y cogió una manzana, ella solo tomaba fruta, naranjas de
Valencia y los deliciosos higos de Sóller y de Porreras. Pero no podía
apartar aquellos pensamientos de su mente. ¡Qué asco le daba el
materialismo de la… como la llamaban, beautiful people …! Esa
filipina que solo alternaba con hombres de dinero… fiestas, lujo…
A ella, todo eso no le iba.
Contempló los cincuenta mil metros cuadrados de finca, la
mañana apacible con el cielo tan claro que parecía incandescente, el
mar lejano punteado de velas blancas. Cogió un cigarrillo de la bandeja
que le presentaba el sirviente y aspiró con fuerza el delicioso humo de
tabaco, que se mezclaba con el del café y el ramo de mimosas que
estaba en el centro de la mesa.
—Tenías razón, mamá, las cosas sencillas son las más apetecibles
—le dijo a su madre.
Porque Federica no había muerto para ella y siempre estaba a su
lado.
No pudo evitar que una sonrisa de satisfacción aflorara a sus
labios. Era el segundo verano que venían los Príncipes de Gales a
Mallorca y cien fotógrafos ingleses se habían desplazado a la isla
detrás de ellos. Esa tarde tenían sesión de fotos en los jardines, y Sofía
era consciente de que esas imágenes aparecerían al día siguiente en la
portada de los periódicos más importantes del mundo, de Hong Kong
a Argentina, de Manila a Londres. No iban a ser los únicos invitados
reales: también la reina Fabiola de Bélgica y Balduino se desplazarían
desde Motril para visitarlos, y la reina Beatriz de Holanda y su marido,
el príncipe Klaus.
Palma era el centro del mundo. Ser invitados por los reyes de
España, esa pareja moderna e icónica que había sacado al país de las
tinieblas de la Edad Media hasta la modernidad más rutilante, estaba
de moda. Cerró un momento los ojos, ay, mamá… ¿te acuerdas de
cuando fui a la India queriendo dejarlo todo? Qué tonta era.
¿Te acuerdas cuando en Sudáfrica hacías sopa con la hierba que
recogíamos en los caminos? No, no, de eso no había que acordarse.
Le pareció sentir sobre su frente una leve caricia y el olor de su
madre, ¡el olor de las madres!
Su hermana Irene, vestida con un sari indio, le preguntó mientras
cogía un cruasán:
—Sofi, ¿qué te pasa?, te veo muy contenta.
Movió la cabeza sin saber qué responder. En ese instante se coló
por la ventana abierta del despachito del rey su voz sonriente, un tono
que no empleaba nunca con ella:
—Sí, ¿estuvisteis en el Club de Mar? ¿Con los Bay? ¿Y José Luis de
Vilallonga y Syliane? ¿Y eso?
Porque el marqués de Castellbell, José Luis de Vilallonga, había
vuelto al entorno del rey, y ahora era uno de los caballeros andantes de
Marta.
Después, Juan Carlos bajaba la voz y hasta cerraba la ventana,
pero aún se colaba alguna risa.
Sabía con quién estaba hablando. Con esa mujer…
También podía ser la baronesa. Se lo había preguntado a Sabino,
como hacía siempre:
—Dime la verdad, no porque vaya a decirle nada, sino para saber a
qué atenerme.
Atenerme era odiarla e intentar hacerle la vida imposible.
Si Sabino la miraba de cierta manera, a Sofía una bola de hierro se
le instalaba en medio del pecho sin dejarla ni respirar y entonces ya
sabía.
Por mucho esfuerzo que esa mujer hiciera, por mucho que se
comprara un barco mejor que el Fortuna , por mucho que adquiriera
en las subastas joyas que habían sido de la reina Victoria, ella no la iba
a recibir nunca, ¡nunca! Ya había conseguido que no le vendieran la
casa que pretendía, el palacio de Maricel, muy cerca de Marivent, y le
estaban poniendo pegas para hacerse socia del Club de Mar y por el
amarre:
—El barco es demasiado grande y tendría que fondear fuera del
puerto.
Su altiva cuñada, Pilar, a la que Sofía nunca había perdonado la
fidelidad a su padre por encima de Juanito, se había tenido que
rebajar llamándola y suplicándole:
—Sofi, no seas así, cede, hazlo por mí. Luis trabaja con el barón,
ya sabes en la mala situación que nos quedamos después de…
Y es que Luis Gómez Acebo ha estado enfermo. Muy enfermo. Un
cáncer linfático lo ha obligado a tratarse en Nueva York durante nueve
meses. Una sangría económica que se ha comido todo su patrimonio.
Cuando regresan a España sus recursos se han agotado, ¡y no sabe de
qué va a vivir su familia! ¡Y son cinco hijos que mantener!
Dejan el chalé y se cambian a un piso, reducen sus gastos al
mínimo hasta que un día su suegro le llama desde Sotogrande. Don
Juan procura no coincidir nunca con su hijo en Mallorca para no
ponerle en un compromiso:
—Luis, bajad a Marbella, que te voy a presentar a los barones
Thyssen, tienen una gran fortuna y son muy amables, no sé si los
conoces…
¿Cómo no conocerlos? Carmen Cervera es la mujer más famosa de
España, junto a Isabel Preysler. Ha sido miss , actriz de cine, ha salido
desnuda en Interviú , se ha casado con el actor Lex Barker y el
playboy Espartaco Santoni, ha tenido una vida aventurera y
misteriosa, pero es su matrimonio con el fabulosamente rico barón
Thyssen lo que la catapulta a la cima del poder económico y social de
esos años. La flor de su corona es la colección de arte de valor
incalculable que atesora su marido en Lugano. Tita, como la llaman
todos, quiere traerla a España y está en tratos con el Ministerio de
Cultura, a cuyo frente se encuentra Javier Solana, pero las
negociaciones son largas y difíciles. Hay otros países que también
optan a la concesión y el barón y sus hijos dudan.
Tita decide tener un hombre en España. ¡Qué gran trofeo que sea
nada más y nada menos que el cuñado del rey! Es muy consciente de
que esa aproximación, dado su pasado, nunca se hubiera producido si
no fuera por las necesidades económicas de la familia, y pretende que
esa relación la acerque a los reyes, su obsesión, su sueño más preciado.
Quizás si consigue que la colección venga a España, el rey le dé un
título. El de baronesa es de cortesía y no puede heredarlo el hijo que
tuvo con Manolo Segura y que Thyssen ha adoptado… ¡Marquesa!
¡Quién la ha visto y quién la ve! ¡Marquesa de Sant Feliu de Guixols, su
pueblo de veraneo!
Pilar también sabe las verdaderas intenciones de Tita y se ve
obligada a pedirle a su cuñada:
—Tienes que invitarlos a cenar… o permitir que ellos os inviten. O
venís a casa a tomar una copa.
A Sofía no le hace ninguna gracia. Ella prefiere apartar las
tentaciones, reales o imaginarias, del camino de su marido. Es su
poder, en el ámbito doméstico ella mantiene las riendas en la mano. Y
sus intenciones son muy claras: ya que no puede evitar que él vaya con
otras mujeres, sí puede apartarlas de la «corte». La condesita sevillana
con la que se acostó Juanito, misteriosamente desapareció del santo
del rey el 24 de junio, en el Campo del Moro, donde acudían cuatro mil
personas. La señora catalana rubia y guapa fue descabalgada de las
recepciones que solían hacerse en el palacete Albéniz de Barcelona.
Otra dama, también amiga del rey, de Barcelona, estaba comprando
tranquilamente en una tienda del paseo de Gracia cuando se le dijo
amablemente que tenía que irse. Órdenes de la reina, que estaba
eligiendo regalos para las infantas.
Los viajes a Barcelona se habían restringido durante una
temporada, porque la reina se había enterado de que era el propio
gobernador civil el que había organizado unos encuentros «culturales»
solo para señores en un piso de Gavá, con unas impresionantes
«azafatas» a las que no conocía ninguna azafata de verdad de
Barcelona.
Sofía vigilaba que no se colara la inmoralidad hecha mujer en su
entorno. En una recepción en Palma se presentó la exmujer de Zu
Tchokotua con su nueva pareja. Los guardias de seguridad le dijeron
que tenían órdenes de no dejarlos pasar.
¡Ya que no podía desterrar la indecencia de España, lo iba a hacer
de su casa! Ella era la reina, las infidelidades de su marido habían sido
su 23-F y también se había ganado su puesto. Juan Carlos la
necesitaba a su lado, aunque luego no le dirigiera la palabra, aunque a
veces la mirara con un chispazo de odio en el fondo de los ojos.
Le daba lo mismo, ¡era la reina! Eso no se lo iba a quitar nadie.
Sus labios se convirtieron en una línea y echaba fuego por los ojos.
Manolo Prado, que entraba en ese momento llevando su cartera de
trabajo, le preguntó:
—¿Señora? ¿Os encontráis bien?
Se le veía fresco, limpio, descansado.
La reina se rehízo:
—Claro, Manolo, buenos días.
—Señora.
Se fue directamente al despacho. Cuando el rey lo vio entrar, colgó
el teléfono:
—My friend , ¿cómo va todo?
—Parece que la reina me ha perdonado que me separara de mi
mujer.
—Eso es que te aprecia, porque si no, menuda es ella con estas
cosas… Al pobre Miguel Primo, cuando dejó a María Oriol para irse
con Reyes, que ya sabes que era amiga de su hija, estuvo sin hablarle
durante años. Dice que nunca va a olvidar que Calvo-Sotelo trajo el
divorcio a España, y con lo rencorosa que es…
El amigo se sentó, llevaba la camisa arremangada a medio brazo y
dejaba ver el impresionante Rolex de oro y brillantes que le había
regalado el rey Fahd en su último viaje a España. Juan Carlos lo señaló
burlonamente al verlo:
—¿Te lo pones? A mí me parece una horterada.
—Sí, señor, pero me gusta, debo de ser un poco hortera… A los
ministros también les regaló uno a cada uno y lo han depositado en la
caja fuerte de sus departamentos, ¡un socialista no puede ir por ahí
con un reloj que cuesta diez millones de pesetas!
—A la reina le han regalado unas joyas que ríete tú de las de la
corona, al príncipe una daga con unas piedras preciosas gordas y muy
caras… Hasta las infantas han mojado —de pronto se echó a reír—.
¿Sabes que vino el vice a decirme que había que regular el tema de los
obsequios, que no se podía aceptar todo, y que si se tenían que donar a
Patrimonio o devolverlos y bla bla bla?
—¿Y qué contestó vuestra majestad?
—¡Que yo ni de coña iba a ir a devolverlos! Que es de mala
educación y que además me los he ganado: ¿sabes cuántos viajes hago
al año, y encima con esos empresarios que son unos rollos y que no
hay dios que los aguante? ¡Noventa! ¡Estoy todo el día aquí pringando,
y con el 23-F y toda la pesca, y me piden que rechace estos detalles!
—Hombre, detalles, señor…
—¿Lo dices por ese dinero que me dio el rey Fahd? Eso no es
delito, ¿no? Si me quiere regalar dinero…
—¿Los cien millones de dólares? Le recuerdo a vuestra majestad
que son un préstamo, los tendrá que devolver dentro de diez años… sin
intereses, eso sí.
—Claro, claro, lo bien que me han venido porque ya ves tú el gasto
que tengo —dio una vuelta sobre sí mismo—, ¿cómo te crees que se
mantiene todo esto?
—Pero os dan partidas suplementarias, ¿no?
—No me llega, chico, si mis cuñados están aquí a pan y cuchillo,
los barcos, la Biblia en verso.
—Menos mal que lo de… Bárbara lo hemos podido resolver. En
todo caso, yo os propongo que los cien millones, en lugar de ponerlos a
plazo fijo, los invirtamos en el mercado de futuros.
El rey ya no escuchaba y agitó la mano por encima de su cabeza:
—Bueno, eso tú, lo que veas, ya sabes que confío en ti.
Ojeaba distraídamente un catálogo que le habían enviado de
Suiza:
—Mira, estos relojes sí que son cojonudos… Este Gerald Genta
deportivo me gusta, voy a encargarlo para mi colección —con aire
inofensivo, sin mirar a su amigo, dejó caer—, creo que Javier de la
Rosa también colecciona.
—A Javierín lo tengo comiendo de mi mano… —contestó Prado
mientras guardaba los papeles—. Como sabe que el presidente quería
avisar a los kuwaitíes para que le dieran puerta y que vuestra majestad
y yo dimos la cara por él y lo recomendamos al emir… Dice que le
pidamos lo que queramos.
El rey se hizo el despistado:
—Bien, algo se nos ocurrirá.
—Ahora estará en posición de ayudarnos, como representante de
los kuwaitíes en España maneja un presupuesto de quinientos mil
millones de pesetas.
—¿Sabes qué, Manolo? Le voy a enviar un rotor automático para
dar cuerda a los relojes y no tener que andar manipulándolos.
—Le hará mucha ilusión, señor.
El citado artilugio costaba doscientas pesetas.
Llegaban voces femeninas del porche. Juan Carlos se levantó:
—Ven, que te presentaré a la famosa Lady Di… No sé por qué
dicen que es tan guapa, no tiene culo, ¿te has dado cuenta?
Prado rio:
—No, señor.
—Pues mírala y lo verás. Ahora, coqueta es un rato largo, ayer se
timaba conmigo delante del marido, que no se enteraba de nada,
pobre infeliz. —Lo detuvo y se puso a parpadear aparatosamente—:
Mira, me hacía así… es un saco de huesos, ojo, que a mí me gustan las
mujeres elegantes y delgadas, pero no tanto… Además de que este tipo
histérico es muy peligroso, porque te meten en cada lío. —Empezó a
caminar—. A ver cuándo se largan y podemos hacer una cena de
hombres… están aquí Karim y Cusí, Miguel Primo y Zu. ¿Ves? Otro al
que tengo que echar una mano, está a la cuarta pregunta y con todos
esos procesos judiciales…
Por la tarde tenían el posado con la prensa, se sentaron en la escalera
de Marivent, Lady Di de amarillo, la reina de blanco y negro, pero el
que brillaba como si tuviera luz propia era el rey. Bronceado, con el
pelo peinado hacia atrás de color tabaco claro, alto y elegante como un
dandi de leyenda, con una camisa de rayas de Bel y mocasines blancos
de Gucci, era la viva imagen del chico de oro, el hombre en la plenitud
de la vida, rezumando virilidad y poder por todos los poros de su
atlético cuerpo. ¡No solo era el rey de España, sino el amo del
universo!
Eran como el sol y los planetas, todos giraban a su alrededor, en
un momento dado las manos de Lady Di y las de Juan Carlos se
encontraron en el pelaje de Arky e intercambiaron una mirada de
fuego que todos los periodistas notaron.
Luego, Lady Di dijo del rey:
—Sé que le gusto, intentó ligar conmigo.
No sabía la pobre ilusa que el rey se comportaba así con todas las
mujeres, aunque no le gustasen.
Las hijas, Elena y Cristina, lo contemplaban con adoración y se
peleaban por sentarse a su lado, al príncipe Carlos se le veía apagado
como una foto en blanco y negro; los únicos inmunes a la magia del
monarca eran los dos hijos de los príncipes de Gales, que estaban
malhumorados, huraños y con ganas de irse.
A pesar de ser ingleses, tenían miedo de los perros, el pastor
alemán del rey y el lasha apso de la reina, un tibetano con un pedigrí
tan impecable que el rey a veces decía:
—Tiene un linaje más puro que el mío. —Y añadía—: A la reina le
gustan mucho los perros, pero solo los de raza… No sé cómo se ha
podido enamorar de mí, que soy un mil leches.
El príncipe Felipe imitaba en todo a su padre, en la forma de
sentarse y de ir vestido e incluso llevando el reloj en la mano derecha.
Pero el rey lucía, además, una pulsera que le había regalado Marta por
su santo, como una señal de que, aunque posara con su familia de
sangre, ella también estaba a su lado. Por eso la risa de Sofía tenía más
mérito y ahí se ponía en evidencia lo que constituía su mejor cualidad,
lo que unos llamaban profesionalidad y otros, ambición, es decir
aguantar pasara lo que pasara.
Las revistas y los periódicos de todo el mundo estaban retrasando
sus cierres para incluir esa imagen, la más preciada del verano. Los
fotógrafos se volvieron locos, los españoles, vestidos correctamente, y
los británicos con bermudas e incluso algunos descalzos. Llevaban
varios días a la gresca. Los ingleses tenían información privilegiada,
sabían dónde iba a pintar sus acuarelas el príncipe Carlos, donde se
bañaba Lady Di con sus hijos, se movían en lanchas de mucha
potencia, y los servicios de seguridad, con ellos, hacían la vista gorda.
Alquilaban helicópteros, pagaban fuertes sumas por chivatazos o por
utilizar fincas privadas. Disponían de medios ilimitados porque tenían
la esperanza de conseguir la foto del millón de dólares que los retiraría
de la profesión para siempre. Los paparazzis españoles, sin embargo,
tenían que buscarse la vida por libre, incluso meterse en el agua e ir a
nado, o escalar la abrupta costa mallorquina a pie con sus equipos a
cuestas. Nadie les daba información, tenían que rehuir a la
competencia y a los escoltas que llegaron a detenerlos y velarles los
carretes.
El día del posado en Marivent protestaron por la brutalidad de sus
colegas británicos, y también porque ocuparon los mejores sitios para
hacer fotos, las tres primeras filas. Hubo gritos, codazos, empujones,
se rompió alguna cámara, al fotógrafo Tony Monka, de Lecturas , lo
derribaron al suelo…
Asustados, la familia real y sus invitados se retiraron, solo el rey se
dirigió tranquilamente a los periodistas españoles y les dijo,
exhibiendo su sonrisa más seductora:
—¿Necesitáis algo más? Si queréis, les digo a esos —señaló con el
pulgar a la tropa de asustados royals que se habían agrupado en lo
alto de la escalera y miraban con prevención lo que estaba haciendo
Juanito— que posen de nuevo.
Los chicos y chicas de la prensa, agradecidos, se apresuraron a
negarse, no, no, ya estaba bien. Algunos eran de medios locales y otros
llevaban años acudiendo a Mallorca y el rey conocía por su nombre a
casi todos:
—Hola, tocayo, qué tal, Carrero… Hombre, Carmen, Pepe,
argentino, qué alegría… —De pronto, se detuvo ante una chica
guapísima, muy morena, de aspecto deportivo, con una sonrisa tan
amplia como la del rey, que había dejado la cámara en el suelo y
fumaba tranquilamente un cigarrillo—, tú eres nueva, no te conozco.
—Es que yo no me dedico a esto… soy fotógrafa en el Congreso,
pero mi director me ha enviado aquí este año.
El rey le cogió la credencial que llevaba colgando del cuello y se la
acercó a los ojos, para ver de qué medio era. Después prosiguió,
sonriendo con coquetería:
—¿Y qué te parece esto?
Con el dedo trazó un círculo que abarcaba no solo Marivent, sino
la isla, el verano, y quizás su vida entera. La muchacha rio
espontáneamente:
—Pues… qué quieres que te diga, ¡un circo!
Su compañero le dio un codazo, escandalizado, y la fotógrafa se
llevó la mano a la boca fingiendo arrepentimiento:
—Ay, perdón, majestad.
Pero Juan Carlos, que era muy estricto con el protocolo, excepto
con las mujeres guapas, se rio también. La agarró del hombro y le
susurró al oído alejándola del grupo:
—Vamos a ver, me gustaría que continuaras viniendo, ya hablaré
yo con tu jefe, que es muy amigo mío… Mira, te voy a dar un número
de teléfono, pero no se lo cuentes a tus compañeros, esos buitres de
ahí, porque es solo para mis amistades especiales —le dio un estrujón
—, y tú lo vas a ser, ¿verdad, chiquitina?
¿Cómo resistirse?
La reina interceptó la mirada de asombro, primero, y celos
después, de Lady Di a Juan Carlos y tuvo ganas de decirle:
—¡Chúpate esa!
24
C ogió el teléfono, pero solo se oían sollozos y «Juancho, Juancho».
El rey se asustó.
—¿Qué pasa? Marta, por favor, cálmate, ¿qué ha pasado?
Al final se oyó una voz masculina:
—Juanito, soy Zu.
—Hombre, dime qué pasa, ¿está enferma Marta? ¿Qué ha pasado?
Instantáneamente se ha puesto de pie, como presto a ir corriendo
desde Madrid, atravesando montañas y mares en auxilio de su
amada… Ese día tiene cinco audiencias, una de ellas con la Cámara de
Comercio Americana, otra con el ambicioso financiero Mario Conde,
presidente de Banesto.
Pero todo lo dejaría por ir al lado de Marta:
—No, ella está bien… bueno, mal, pero los que están mal del todo
son Rudy y su mujer porque están muertos.
¿Cómo? ¿Muerto el ser más vivo que conoce? ¿Muerto Rudy Bay,
que una vez había aguantado despierto cuarenta y ocho horas
haciendo vuelos transoceánicos y después había ido nadando hasta la
isla de Cabrera?
Se frotó la frente tratando de entender:
—Explícame, Zu, no entiendo, ¿qué ha sido? ¿Un accidente de
vuelo?
—No, de coche, en la carretera de Santa María.
Tenían que ir a la discoteca Can Tiá. Con Marta. Habían ido a
buscarla a su elegante piso de trescientos metros cuadrados que estaba
delante del Club de Mar, pero a última hora Marta no había querido
salir. Lo hacía muchas veces, al final, sin su Juancho no le apetecía
trasnochar, además estaba cansada, acababa de llegar de Ciudad Real,
donde habían pasado el rey y ella unos días cazando con los Alcocer.
Los anfitriones se cuidaban de ponerlos en habitaciones contiguas y
comunicadas, porque se habían acabado ya aquellos escrúpulos
iniciales a la hora de tratar a la amante del rey, ya que todos se habían
dado cuenta de que había venido para quedarse y que a don Juan
Carlos le importaba mucho que a Marta se le diera el lugar que le
correspondía.
Había habido más de un real cabreo porque ella se quejó de la
falta de respeto de alguna persona. De Sabino, por ejemplo:
—Te organiza la agenda para que no nos veamos, en el fondo le
encantaría que te cansaras de mí.
Juanito gruñe, sabe que Sabino rechaza su forma de vida y se ha
convertido en el paño de lágrimas de su mujer, pero no se siente
preparado aún para tomar una decisión. El jefe de su casa le perdona
las Bárbaras y las otras, que siguen existiendo, pero sabe que Marta es
importante para él, y eso le preocupa.
A Marta, estos viajes al campo con el rey le encantan. Se sienten
libres. Después de cazar se reúnen frente al fuego en un ambiente de
camaradería y al mismo tiempo de respeto, que llena su vida. Sabe que
esto durará mientras el rey la ame… pero tiene la íntima sensación de
que lo suyo será para siempre, porque a la pasión arrebatadora de los
primeros tiempos se ha añadido el cariño, y el rey no tiene muchas
personas que lo quieran de verdad. Cuando ella se levanta para hacer
cualquier cosa, él la busca:
—¿Dónde está mi girlfriend ?
La pena es que, cuando se queda sola, la nostalgia le impide
disfrutar de la vida cómoda que su relación con el rey le ha
proporcionado. Añora los momentos de pasión, pero también de
conversaciones y risas.
Rudy y Marta insistieron tanto para que fuera a la boîte con ellos
que al final les prometió:
—Iré luego.
Tenía coche y un conductor particular a su servicio las
veinticuatro horas del día.
Se ponía una copa sentada en su cómodo sofá, hablaba un rato
por teléfono con el rey, pero después… no podía soportar la soledad y
terminaba saliendo con los amigos.
—Pero, dime, Zu, ¿se han muerto los dos?
Sí, él le había sobrevivido a ella una hora, y esa hora, aunque
entonces no lo sabían, iba a dar lugar a largos años de litigios entre los
hijos de los anteriores matrimonios de la pareja, para ver quién
heredaba a quién.
—Qué horror, pobre padre… Pásame a Marta.
Dando grandes suspiros se puso Marta, apenas podía hablar por
la emoción y porque se había tomado un sedante:
—Chiquita, vete a casa de Marieta, quédate allí hasta que yo
llegue, no te hundas… salgo para ahí en cuanto pueda.
Zu volvió a coger el teléfono y tranquilizó al rey:
—No te preocupes, Juanito, que la voy a cuidar.
—Ocúpate, Zu, por favor, ya sabes que es muy frágil… esto ha sido
un palo tremendo para ella.
Para él también. Se recostó en el asiento. Entró, obsequioso,
Sabino, y le dijo:
—Ahora tenéis a don Manuel y don Javier que vienen para ese
asunto de Grand Tibidabo.
Manolo Prado tiene despacho propio en la Zarzuela, pero lo ocupa
poco porque casi siempre está viajando y además ahora tiene su centro
de operaciones en Sevilla. No solo es su trabajo en la Expo, que se ha
abierto en abril, sino que además se ha casado con una andaluza, Celia
García-Corona, con la que incluso ya ha tenido dos hijos:
—Que esperen, Sabino, por favor.
En ese momento no puede hablar ni de negocios ni de dinero. En
realidad, él nunca lo hace, para eso tiene a Prado, que se ha asociado
con Javier de la Rosa en las distintas inversiones que realiza por
cuenta del grupo Kio, de las que se lleva suculentas comisiones. Según
cuenta el catalán, el rey lo llama siempre, después de estas
operaciones, para darle las gracias.
Pero no ahora:
—Diles que vengan mañana, por favor —mira el reloj, llamaría al
aeropuerto para que le prepararan el avión—, o mejor aplázalo todo.
Sabino, que sospecha que Marta está detrás de esta decisión,
protesta:
—Pero, majestad, tenéis esta tarde la reunión con los directivos de
la Expo y con Pasqual Maragall, el alcalde de Barcelona, que viene a
dar cuenta de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos.
—¡He dicho todo! —le grita, iracundo.
Está afectado, no solo por la muerte de Rudy, sino por la pena de
Marta. La quiere mucho. Normalmente la llama varias veces al día
para escuchar su voz serena, sus risas o para contarle algún suceso que
sabe que solo entenderá ella. El CESID controla sus líneas telefónicas y
los espías se burlan del patrón, como ellos lo llaman en clave, porque
cuando habla con sus amigos les dice:
—No sabía que se podía ser tan feliz.
También quedan registradas las llamadas a Bárbara:
—Nos encontramos en el chalé de Sextante o en el Villamagna,
como quieras.
Los espías cruzan los dedos, porque Sextante es suyo y tienen
micros y en el hotel, no.
—Vale, pues en el Villamagna.
Pero no son solo los líos de faldas los que quedan registrados en
las cintas del CESID. También toman nota de sus conversaciones de
negocios, concretamente las palabras de agradecimiento del emir de
Kuwait por el apoyo del rey en la guerra del Golfo:
—Hermano, ya le he dicho a nuestro amigo Javier de la Rosa que
te envíe cien millones de dólares como pequeña muestra de mi
gratitud.
A él no le importa que lo escuchen, sabe bien que el jefe de los
servicios secretos, el general Emilio Alonso Manglano, al que había
nombrado primero Calvo-Sotelo y confirmado Felipe González a su
instancia, era monárquico y no tenía en este mundo otra misión que
protegerle. Y no solo lo grababa a él, sino que le daba cuenta de las
conversaciones jugosas y comprometedores de sus enemigos, ¡y
también de sus amigos!
Dicen que la información es poder, pues pocos españoles hay en
esos años mejor informados, y con más poder, que el rey de España.
Pero ahora no hay que pensar en eso. Enciende un cigarrillo… La
muerte le ronda con paso de lobo, siente un escalofrío. Rudy y su
mujer. Y su primo y su cuñado. Se han ido los dos, uno después de
otro. Eran de su generación. ¡Demasiado jóvenes para morirse, joder!
No puede evitar una sonrisa triste y menea la cabeza con
incredulidad al recordar a Alfonso y su pobre vida desperdiciada. ¡El
Doño lo llamaban! ¡Pensar que hubo un tiempo en que lo vio como un
rival! ¡Que incluso le quitó el sueño!
Había muerto decapitado por un cable tendido en la pista de esquí
de Beaver Creek. Una muerte tan absurda como su vida.
El veneno del rencor se le había ido infiltrando a Alfonso en todo
su cuerpo, era un hombre crepuscular, que vivía amargado, aunque
había que reconocer que atraía la mala suerte… Lo había abandonado
su mujer, la sociable Carmencita, y su proyecto de vida se había venido
abajo. Se le había muerto un hijo en un accidente de coche con él al
volante, pero se sentía a gusto en su papel de víctima, no sonreía
nunca y achacaba sus desgracias a una mano negra, la del rey. O la de
su padre. También culpaba a los masones, los comunistas y hasta al
papa Juan Pablo II, al que veía como un enviado del infierno porque le
había concedido a Carmencita la anulación de su matrimonio.
Lo fue a visitar días antes de su viaje a Estados Unidos, y ahora a
Juanito le sabía mal recordarlo, porque había tenido que aplazar esta
visita que tan desagradable le resultaba varias veces. Al final lo había
recibido con desgana, a contrapié:
—¿Qué pasa, Alfonso?
En tono plañidero, el primo le había contestado:
—Nada, ¿qué va a pasar? No tiene ninguna importancia lo que me
pase a mí, porque ya no soy nadie… Me quieren echar del Banco
Exterior… El presidente, ese socialista llamado Miguel Boyer, me está
segando la hierba bajo los pies porque me odia, ya sabes que su mujer,
esa… filipina, es la culpable de mi separación.
Juan Carlos preguntó con una punta de interés, porque era
bastante cotilla:
—Ah, ¿sí?
El otro contestó con suficiencia:
—¡Claro! Eran amigas, vivía también en la finca de San Francisco
de Sales, y la arrastraba a salir y a moverse en ese ambiente
farandulero… una manzana podrida termina por pudrir todo el cesto.
—Y añadía en tono calderoniano—: ¿Cuál es mi delito? Simplemente,
existir.
El rey sabía que su primo, ocupado en reivindicar sus derechos al
trono de Francia, apenas pisaba su despacho, por lo que se valoraba
seriamente su despido, pero fingió no estar al tanto y preguntó con
impaciencia:
—¿Qué quieres que haga yo?
Pero Alfonso no tiene prisa. Arrellanado en su asiento, mira a su
alrededor, el cuadro de Dalí, el retrato de Alfonso XIII, las carabelas
de plata… En una vitrina, en un rincón, parte de la valiosa colección de
jades de la reina Victoria. Dice lentamente, con su tono lastimero
habitual:
—Ya sabrás que me he tenido que ir a vivir a una casita modesta
en Pozuelo. Juanito, mi vida no ha sido fácil, yo soy inofensivo, pero
aun así se me persigue y ofende.
Juanito sintió un súbito ataque de ira:
—Déjate de cuentos, que ya sé que hablas muy mal de mí.
Y el otro, sin inmutarse, le había respondido entrecerrando los
ojos hasta dejar una ranura:
—Donde estás sentado tú, debería estar yo, ¡si no hubieras hecho
trampas!
Se levantó, airado, apoyó las manos en la mesa y se inclinó
amenazadoramente sobre él:
—¡Si no hubieras jurado unos principios del Movimiento que no
pensabas cumplir! ¡Eres un hereje y un perjuro!
Juan Carlos ni siquiera llegó a enfadarse, su ira se desvaneció y se
limitó a señalar la puerta:
—Vete y no vuelvas más.
¿Por qué se habían peleado?, se preguntó Juanito cuando supo
que su primo se había muerto. ¿Qué importancia tenía eso ahora? En
su entierro, en las Descalzas Reales, su madre le había girado la cara
con desprecio y solo Gonzalo, su hermano, lo había abrazado con
fuerza y en ese abrazo estaban los días de Estoril, las confidencias
compartidas y su juventud entera.
Al funeral todavía había ido su cuñado, Luis Gómez Acebo, el
marido de Pilar. Comido por el cáncer, sin apenas tenerse en pie, pero
luchando hasta el final para cumplir con la baronesa, para traer la
colección de arte a España. No lo hacía ni por los Thyssen ni por su
país, sino por su familia, era su única forma de asegurarles el futuro,
porque Tita le había prometido mantener a su mujer en el patronato
del museo. Con sus últimas fuerzas, casi sin poder caminar, acompañó
a su hija Simoneta al altar, en la catedral de Palma, la primera de las
nietas de don Juan de Borbón en casarse.
Cuando ingresaron a Luis en la clínica La Luz, ya muriéndose a
chorros, se llevó un librito de poemas de San Juan de la Cruz:
El pez que del agua sale
aun de alivio no carece,
que en la muerte que padece
al fin la muerte le vale.
¿Qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero,
pues si más vivo más muero?
El 3 de marzo de 1991 falleció sin haberse recuperado de la última
operación que se le practicó a la desesperada, extirpándole un metro
veinte centímetros de intestino. La infanta Pilar, en una ocasión en la
que le pidieron que resumiera su existencia, confesó:
—No volvería a vivir mi vida, todo ha sido demasiado duro.
El despacho ha quedado en sombras, el rey se olvida de encender la
luz. Se levanta con esfuerzo de la silla y camina con cierta torpeza
hasta la estantería. Hace unos meses tropezó con otro esquiador en
Baqueira y se rompió la tibia, una fractura que se unió a la rotura de
pelvis que sufrió en Gstaad, donde había acudido con Marta años
atrás. Ha ido con muletas durante cuatro meses y cuando lleva mucho
tiempo sentado se resiente y le cuesta ponerse en movimiento.
Sabe lo que busca, la foto de su hermano Alfonsito. Está abrazado
a su perro Rusty y ríe a su padre, fijado eternamente en sus catorce
años.
No puede evitar que los ojos se le llenen de lágrimas.
En ese momento entra Antonio Eraso, tan amigo que no necesita
anunciarse. Y el rey, sin mirarlo, pasándose el dorso de la manga por
los ojos como los críos, suspira:
—¿Sabes? A nadie he querido como a él.
La tristeza de Marta es avasalladora y terrible. No solo se ha quedado
sin sus mejores amigos de verdad, los que la querían con
independencia de si estaba con el rey o con su porquero, sino que se
siente sola. Su familia no le habla y Juan Carlos nunca le va a
pertenecer completamente. No tiene hijos, una de las renuncias más
dolorosas que ha debido hacer por Juanito. Le gustan mucho los niños
y se entristece cada vez que se tropieza con uno por la calle. Tenía solo
treinta y cuatro años cuando conoció al rey. Le había dicho:
—Júrame que no te vas a quedar embarazada.
Y ella le había obedecido.
Tapada con la manta hasta debajo de la barbilla porque, a pesar
de que el día es cálido, tiene frío, lo mira con sus grandes ojos muy
abiertos, no pronuncia palabra. El rey, que no está acostumbrado a
deparar consuelo ni a preocuparse por los demás, se ve acometido por
una pena inédita y honda llamada compasión:
—Te quiero, Marta, reponte, por favor, no estés así.
Viaja hasta en cuatro ocasiones a Mallorca. Lo deja todo para
acudir a su lado. El país está tan ocupado preparando las Olimpiadas y
visitando la Expo de Sevilla que lleva abierta desde el mes de abril, en
ese año noventa y dos los dos ejes de la vida española llenos de
esperanzas y posibilidades, que nadie repara en que el rey ha
cancelado viajes y audiencias y está ausente de Madrid la mayor parte
de ese mes de mayo.
Ni Manolo Prado interfiere; está totalmente inmerso en los
negocios que comparte con Javier de la Rosa. Grand Tibidabo,
sociedad presidida por el catalán de la que es consejero, le otorga un
préstamo de mil quinientos millones de pesetas para sus promociones
inmobiliarias ya que preside la entidad Cartuja 93, que pretende
aprovechar después los inmuebles que se han construido para la Expo.
No lo devuelve nunca. Grand Tibidabo, una compañía de leasing
formada por pequeños accionistas que han metido los ahorros de toda
la vida, se encamina así indefectiblemente a la bancarrota.
Solo Sabino menea la cabeza con desaprobación ante el
comportamiento de su rey, y es que doña Sofía se pasea por la casa
como una sombra y eso le duele. Cuando la reina le pide juntando las
manos:
—Pero ¿qué hace? Sabino, cuéntamelo, por Dios.
No puede resistirse y la consuela como puede:
—Pasará, señora, será un capricho… El rey es inconstante como
un niño.
Los hijos, de los que nadie se ocupa, sufren las consecuencias de
esta situación. Elena, la más vulnerable, debe acudir a un psicólogo y
es Sabino el que la acompaña. Cristina, que ya ha terminado su carrera
de Ciencias Políticas, se ha ido primero a Nueva York, a hacer un curso
de relaciones internacionales, y luego a París, a un posgrado en la
UNESCO, el ambiente de la Zarzuela le resulta irrespirable y su
intención es irse a vivir a Barcelona.
Pero las infantas no inquietan a nadie, han sido educadas como
personas particulares, aunque ocupen el segundo y tercer lugar en la
sucesión a la Corona, y nadie les da demasiada importancia. Es el
heredero el que se lleva todas las miradas y cuidados. La madre
querría verlo casado con una princesa europea como Astrid de Bélgica,
pero él, a sus veinticuatro años, ha preferido a una chica espectacular,
Isabel Sartorius, la sirena del Mediterráneo.
Lo que empezó como un romance de verano en Mallorca, con
fotos en una lancha rápida incluidas, está desembocando, cuatro años
después, en algo más serio. Felipe ha mandado deshacer la daga que le
regaló el rey Fahd, y con las piedras preciosas de la empuñadura le ha
hecho a Isabel una pulsera de compromiso. Se ven en la casa del padre
de la novia, el marqués de Mariño, en Peralada de la Mata, donde se le
trata como un miembro más de la familia. Isabel ha pedido ayuda ante
al acoso de los paparazzis y seguridad le ha asignado una escolta tan
numerosa como la que llevan las infantas.
La prensa, cada día más desacomplejada, empieza a fijarse en este
príncipe que está haciendo unos estudios universitarios que nadie
entiende muy bien en qué consisten, que solo se rodea de amigos pijos
y cuya tarea oficial se limita a la lectura de un discurso en los Premios
Príncipe de Asturias que ni siquiera escribe él y que tampoco lee
demasiado bien. Se ataca a Isabel, pero el objetivo real es Felipe. «La
Zarzuela no quiere una nueva Lady Di». «Isabel es una persona
errática e inestable, como todos los Sartorius», los periódicos se ceban
con la chica que llama llorando a Sabino, siempre a Sabino, para
quejarse. Joaquín Bardavío da voz a los monárquicos, y regaña a
Felipe: «El Príncipe de Asturias deberá casarse con una princesa de
sangre real, una profesional profundamente consciente de lo que es el
servicio al Estado».
Sofía cree que puede ser una buena ocasión para buscar
complicidades con su marido y va a hablar con él a su despacho. Está
con cuatro teléfonos a la vez y cuelga con desagrado:
—¿Qué pasa ahora?
Ya le ha pedido a Luis Monreal, que dirige la Fundación La Caixa,
que enchufe a Cristina en algún puesto: «Le gustaría ir a vivir a
Barcelona». Monreal le había dicho que sí, por supuesto. ¿Qué querría
ahora la pesada de su mujer?
La reina le explica que Isabel no es la persona adecuada para el
príncipe, sus padres están separados, su madre tiene problemas
psicológicos graves y ella es frívola, mayor que Felipe, no es religiosa,
es demasiado moderna, ha tenido muchos novios… Ahora le ha dado
por hacer de modelo. ¡Es impensable que pueda ser reina!
Su marido le contesta con brusquedad:
—Será una tontería… el mismo Felipe se irá desanimando, estas
chicas tan intensas y apasionadas son un latazo. Además, estos
asuntos son cosa tuya, es lo que me has dicho siempre, ¿no? Que no
me metiera y que Felipe es igual que tu padre, que no es como —y aquí
echó mano de la ironía— nosotros.
«Nosotros».
Ay, su padre.
¿Por qué está pasando todo en este año? ¿Es que le ha mirado un
tuerto? ¿Lo habrá abandonado su baraka? Don Juan de Borbón
tampoco está bien, el viejo cáncer de laringe ha ido extendiéndose,
haciendo su labor silenciosa y eficaz, diseminándose por todo el
cuerpo, y presenta muy mal aspecto. Se cansa, pero aun así continúa
recorriendo obsesivamente las costas españolas a bordo de su barco.
Los Thyssen han sido sustituidos por Mario Conde como
acompañante.
Don Juan sigue fumando a escondidas, las hijas le piden que no lo
haga, pero él contesta como su padre:
—Bah, con las pocas ganas que tengo de vivir…
Juan Carlos ha llamado a Conde a espaldas de Manolo Prado, que
lo detesta porque lo ve como un rival en los afectos del rey:
—Oye, Mario, que mi hermana está sin un duro, lo de los Thyssen
no le llega, son dos pesetas. ¿No tendrías algo para ella?
El banquero le pone a doña Pilar un despachito en el Banesto que
no hace falta que ocupe, la nombra vocal de la fundación y le asigna un
sueldo todos los meses.
Mario Conde le dice:
—Majestad, no os preocupéis por vuestra familia, mientras yo viva
no les faltará de nada.
Don Juan sabe que todos se acercan a él para aproximarse a su
hijo, pero lo acepta con resignación, no le importa con tal de tener
compañía.
Pero Juanito ahora no piensa ni en su hermana ni en su padre ni
en su madre, solo le preocupa Marta. Cuando lo llama Zu le da un
vuelco el corazón:
—Oye, ven… está muy mal.
Juan Carlos se acuerda de su madre, de la tristeza que le embargó
cuando murió Alfonsito. No era lo mismo, pero…, ¿quién puede medir
la tristeza? ¡No hay ningún instrumento que nos indique cuánto
desconsuelo se puede soportar!
Como en el caso de su madre, acuden a un psiquiatra, quien
dictamina que la única forma de curarla de esa depresión perniciosa es
ingresarla en una clínica y estar pendiente de ella veinticuatro horas.
En España es imposible, la prensa ha empezado a dar muestras de
indisciplina en las noticias que atañen a la familia real, aunque aún se
utilizan eufemismos y se habla de «la gaya dama» y de la «corte de
Mallorca».
Julián Lago, que dirige la revista Tribuna , recibe una llamada de
Sabino:
—Por favor, no habléis de los amoríos del rey… no por él, al que
todo esto importa poco porque está por encima del bien y del mal, sino
por la reina, que sufre mucho.
Zu propone Suiza. Él tiene casa allí y podrá buscar una clínica
adecuada, cerca de Saint Moritz. El matrimonio Vilallonga, José Luis y
Syliane, se desplazarán con ella.
Marta se deja llevar y dice que sí a todo. Juan Carlos, conmovido
por su docilidad de perrillo abandonado, le coge la mano:
—Te acompañaré, no te preocupes, estaré a tu lado todo el tiempo
que sea preciso.
Con voz de niña, ella le pregunta:
—¿No me dejarás nunca? Sin ti no podría vivir.
El rey se emociona. Nadie lo quiere como ella. Todos lo rodean y
lo adulan, pero es por interés. Si algún día dejara de ser rey, cosa que
no se imagina ni harto de vino, la única que permanecería a su lado
sería Marta. Es más, ella muchas veces le susurra:
—Si no fueras rey…
Y también:
—Ojalá te hubiera conocido cuando eras un cadete en Zaragoza.
Nos hubiéramos casado en una iglesita pequeña, tendríamos muchos
hijos y ahora serías… serías…
Y Juanito reía, emocionado:
—Pues sargento, por lo menos.
Ingresa en Suiza, y del 15 al 23 de junio el rey está con ella.
Solo lo sabe Sabino.
¡Pero todo está a punto de saltar por los aires! El ministro
Fernández Ordoñez sigue muy enfermo. Un periodista le pregunta al
presidente del Gobierno si ha consultado con el rey el nombre del
sucesor y Felipe contesta simplemente:
—No he podido hacerlo porque el rey no está.
¡Qué! ¿El rey no está?
Estas cuatro palabras desatan un huracán que erosionará por
primera vez en todo su reinado la figura de don Juan Carlos. Aunque
él todavía no lo sepa. Porque no hay ningún viaje programado en la
agenda oficial, y cuando se le pregunta a Sabino, este contesta de
manera sibilina:
—Lo que se me ha dicho es que su majestad está descansando en
Suiza.
Las redacciones empiezan a hervir de informaciones
contradictorias, se menciona incluso la palabra «falsificación» porque
hay una ley firmada por el rey y fechada en 18 de junio en Madrid,
cuando él ya se encontraba ausente. Es un presunto delito y por
primera vez se insinúa en un periódico que «quizás un presidente de la
república nos saldría más barato».
Sabino le suplica al rey que regrese a España, Juan Carlos lo hace
a regañadientes. Está un día, despacha con Felipe, se hace una foto y
regresa a Suiza. Marta se ha sometido a una cura de sueño y quiere
estar a su lado cuando se despierte para que sepa que no la va a
abandonar nunca.
—Aquí estoy, chiquita.
Mientras, su hermana Pilar celebraba el setenta y nueve
cumpleaños de su padre con una fiesta en su casa. Don Juan está tan
deteriorado que todos advierten que será su último año de vida.
El príncipe Felipe, quizás estimulado por el ejemplo de su padre,
dijo que tampoco podía ir, prefería pasar esos días con su novia Isabel
Sartorius. La relación daba sus últimos coletazos, incluso había salido
su ruptura en la prensa, pero Isabel no se daba por vencida y ponía en
marcha sus múltiples armas de seducción y el príncipe volvió a caer en
sus redes como un pardillo.
Al final, a casa de Pilar solo acude Sofía. Fue llorando en el coche
y Gaudencio, que a pesar de llevar mucho tiempo en la familia no tenía
ninguna confianza con ellos, paró y esperó a que la reina se repusiera,
fingiendo no oír sus sollozos ni sus suspiros ni los puños que
golpeaban el respaldo de los asientos. Sofía en esos momentos no era
la reina, sino una mujer dolorida, humillada, con heridas antiguas y
recientes que no habían cicatrizado.
Gaudencio esperó a que la reina se calmara, se recompusiera, se
retocara el maquillaje y puso rumbo a la casa de Puerta de Hierro.
Nadie notó nada y algún invitado comentó:
—Qué fría es. El hijo y el padre de picos pardos, el suegro
muriéndose y tan tranquila… Se nota que es extranjera.
La situación es tan escandalosa que empieza a salir el nombre de
Marta por primera vez en letra impresa… en las revistas extranjeras
Oggi y Point de Vue , donde hablan tranquilamente de que «Marta
Gayá es la amante del rey de España y estuvo con ella en Suiza». Pero
el rey no se inmuta, se siente fuerte y seguro. ¡Tenían tanto que
agradecerle!
En la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en la
que Felipe fue abanderado, la familia real se mostró unida y su
imagen, moderna y pletórica de entusiasmo deportivo, dio la vuelta al
mundo. «Gracias a este rey, el país se ha librado del sopor de cuatro
décadas de franquismo y enseña sus bíceps. Dice ¡sí!, ¡tenemos
músculos!», celebra con júbilo la prensa extranjera. Los deportistas
llaman a Juan Carlos su rey Midas y su talismán, porque si está
presente en una prueba, ganan, y en una encuesta que realiza La
Vanguardia , los catalanes puntúan al rey y al alcalde Maragall como
los mejor valorados de los juegos. El mismo presidente Pujol declaró
que pocas personas en España tenían la sensibilidad de entender el
hecho catalán como el rey, y que él lo admiraba mucho.
Cuando leyó estas declaraciones, Juan Carlos sonrió satisfecho.
¡Se los había metido a todos en el bolsillo!
Nadie había advertido las tensiones entre el rey y la reina ni que
apenas se dirigieran la palabra en público. Se alojaban en el palacio de
Pedralbes, una vivienda no muy grande, para la que se había tenido
que contratar personal externo. Contaron luego que, aunque los reyes
ocupaban estancias distintas, sus peleas y sus insultos a grito pelado
por las noches se oían desde el jardín. Don Juan Carlos, en sus escasos
momentos de asueto, salía solo con rumbo desconocido, arreglado
como un pincel. En una ocasión, una persona despistada abrió sin
querer la puerta de uno de los comedores privados del restaurante Vía
Véneto y se lo encontró cogido de la mano de una dama que no era la
reina… pero tampoco Marta. Don Juan Carlos saludó tranquilamente
sin soltar la mano de su rubia y casadísima partenaire , que se puso a
mirar hacia otro lado.
Al final, en España, fue la revista Época la que puso nombre y foto a la
mujer de la que todo el mundo hablaba, sacándola en portada y
llamándola «la dama del rumor». Dicen que es el propio Sabino el que
lo filtró para que el rey se llevara un buen «susto» y rectificara su
forma de actuar. Lo sigue considerando un niño, y esa fue su gran
equivocación.
Juan Carlos se siente inmune a todo, sabe que el hecho de que el
rey sea mujeriego, no solamente no se lo van a tener en cuenta los
españoles, sino que puntúa a su favor. Y se comporta con un regodeo
infinito. Se lo debe a Marta.
En el mes de agosto la anfitriona más importante de Mallorca da
una cena para cien personas. Todo el que es alguien en las islas está
presente. Asisten Juan Carlos y Sofía. Pero cuando entra el
matrimonio Vilallonga acompañando a Marta, el rey se dirige a ellos y
ya nos los deja en toda la noche. Se sientan juntos, hablan
desenfadadamente, cenan, toman copas. Era la primera salida de «la
dama del rumor» después del episodio de Suiza. Estaba guapa, muy
elegante, con un brillo nuevo en los ojos, porque Juanito le había
hecho promesas…
El rey pasa el brazo por detrás de su silla mientras se fuma un
enorme puro.
La reina intenta fingir que no lo ve, o que, si lo ve, no le importa.
Habla con su prima Tatiana Radziwill que no sabe qué hacer para
encontrar un tema de conversación. Al final se une a ellas Tomeu
Catalá, fundador de Proyecto Hombre, una de las ONG en las que la
reina está más volcada.
El rey le dijo a José Luis:
—Chico, cuando quieras seguimos con el libro.
José Luis de Vilallonga le había propuesto escribir su biografía y
habían grabado unas cintas magnetofónicas, aunque eso había
significado desairar al escritor mallorquín Baltasar Porcel, que llevaba
trabajando en un libro sobre don Juan Carlos desde hacía años. Pero el
matrimonio Vilallonga se había portado muy bien con Marta y esta
había intercedido por su amigo.
Cogió la mano de su amada y se la besó:
—Todo lo que mi Martita quiera.
Los cien invitados a la cena se quedaron boquiabiertos ante esta
demostración palmaria de que en España había dos reinas y en el
corazón del rey solo una mujer.
Sofía se levantó demudada y regresó a Marivent. Nunca se había
sentido más humillada y, cuando se encontró a su marido, trató de
hacerle una escena, ni siquiera podía hablar de la rabia que tenía, pero
él le contestó tranquilamente:
—No te hagas la sorprendida, Sofi, esto es lo que hay. ¿Cómo le
decías a tu madre? Aguantaformo, ¿no?
Ella gritó, con su acento germánico más fuerte que nunca y las
erres más guturales:
—¡Soy la reina!
Él se volvió y levantó el dedo:
—¿Y te parece poco? Y que no se te olvide que, si lo eres, es gracias
a mí.
Y eso no fue todo, al cabo de dos días organizó una cena con su
padre y le presentó a Marta y la puso a su lado. Poco a poco se fueron
sentando en la mesa los amigos de siempre, Zu, Miguel Primo, Cusí,
Fernando de Baviera, su primo Carlitos, Jaime Carvajal… Tessa de
Baviera, ya separada del marqués de Castro, con su novio, el atractivo
catalán Beto Iriarte. Cuqui Fierro. Hasta su nieta Simoneta Gómez
Acebo. Venían a cumplimentar a don Juan, pero no se olvidaban de
saludar respetuosamente a Marta. La dama del rumor.
Y todavía una semana después, en la entrega de premios de una
competición de vela en la que habían participado el Príncipe de
Asturias y las infantas, don Juan Carlos estaba charlando con un grupo
del que formaba parte Sofía, cuando vio entrar a un matrimonio
mayor que, al verlo, pareció querer dar media vuelta.
Y el rey dijo en voz alta para que lo oyera el matrimonio, pero
también su mujer:
—Perdonadme, voy a saludar a mis suegros.
Eran los padres de Marta.
Solo faltaba complacer el último deseo de «la dama del rumor»:
servirle en bandeja la cabeza de Sabino.
No solo porque se lo pedía ella. También se había hartado de este
viejo gruñón, su presencia era un recordatorio andante de sus faltas y
pecados. ¡No necesitaba ni censores ni tutores, que ya era mayorcito!
¡Todo se lo había ganado! ¿O no contaban los noventa viajes
oficiales que hacía al año, las decenas de negocios que había
propiciado con su presencia y sus contactos, los desaciertos del
gobierno que había tenido que arreglar con sus hermanos árabes?
Conde le había comentado:
—Con todo el respeto, señor, si la noticia de su… amiga ha salido
en la prensa ha sido porque Sabino se lo ha filtrado a Pedro J.
Ramírez.
El pulgar del rey se volvía hacia abajo.
El tonillo de reproche de Sabino, la fiscalización constante de sus
actos, sus complicidades con la reina, sus relaciones de amistad con
ciertos periodistas, y, sobre todo, esa sensación de que le leía la mente
porque lo sabía todo sobre él, incluso sus secretos más íntimos,
acabaron por hacerle insoportable su presencia. Parecía imposible,
porque llevaba cuarenta años en la casa y ya formaba parte del
mobiliario y, lo que era peor, de su conciencia.
No lo consultó con nadie. Le dijo a la reina cuando el general
estaba delante:
—¿Sabes que Sabino nos deja?
El primer sorprendido fue el propio Sabino, nunca había creído
que Juan Carlos osara despedirlo, pero si ser rey no valía ni para eso…
25
D on Juan, el viejo gladiador, está a punto de doblar la rodilla y caer
a la arena. Tiene un cáncer irreversible enroscado en la garganta, está
ingresado en la Clínica Universitaria de Navarra, durará lo que dure su
viejo corazón.
Pero antes de irse para siempre, se lo dice casi por señas a Juan
Carlos, porque no puede hablar. No es una súplica al rey, es una orden
al hijo:
—Hay que traer a Alfonsito.
La madre dolorosa gime, protesta:
—No, Juan, el niño está muy bien en Cascaes… desde su tumba se
ve el mar.
Pero, aunque Alfonsito había nacido y muerto en el exilio, los
infantes de España deben ser enterrados en El Escorial. María, como
siempre, se resigna y se consuela a su manera:
—Bien, así estaremos todos juntos en la patria.
Lo que peor lleva es que Amalín, su fiel compañera, que tanto
quería al infante, ya se ha muerto también.
Juan se había atragantado comiendo en su barco, atracado en el
Guadalquivir, con Mario Conde como invitado, y tuvieron que
ingresarlo de urgencia en Pamplona. Ocupa una habitación en la sexta
planta y, gracias a que el CESID consideró conveniente también
instalar micrófonos, sabemos que en esos meses las visitas fueron
incesantes.
Va a verlo el príncipe Felipe, que le comunica:
—Abuelo, no te preocupes, que lo de Isabel se ha acabado.
Don Juan le aconseja que escoja una mujer adecuada, si es de
sangre azul, mejor, como había hecho él mismo, y antes su padre y
después su hijo. Y, temiendo que la educación que ha recibido su nieto
haya sido demasiado blanda, le pregunta con severidad:
—¿Crees que vas a tener todas las ventajas de ser Príncipe de
Asturias y ninguno de sus inconvenientes?
El rey, que se instala casi permanentemente en el hotel Blanca de
Navarra, a veces acompañado por Marta, quien ha cogido una
habitación contigua que no ocupa nunca, tranquiliza a su padre:
—Felipón se porta bien.
Las horas pasan lentamente porque don Juan no puede hablar, a
veces juegan al mus. Desde el cuarto del enfermo, el rey llama a su hija
Elena. Se ha caído del caballo y la riñe porque no quiere ir al médico. Y
a Cristina, que está en Barcelona y ha empezado a trabajar en La
Caixa, le pide que se lleve bien con todo el mundo, pero que no olvide
quién es y que no deje que lo olviden sus compañeros.
Al hotel va a despachar Manolo Prado, desde Madrid o desde
Sevilla. Le da cuenta de la evolución de sus negocios con Javier de la
Rosa:
—Señor, desde que lo invitasteis a comer en la Zarzuela, a él y a su
mujer, está muy agradecido, porque eso ha sido un respaldo tremendo
delante de sus jefes kuwaitíes, que no estaban muy contentos con sus
gestiones.
—¿Cómo de agradecido? —pregunta el rey.
Prado le enseña discretamente un talón por cuatrocientos
veintinueve millones de dólares. El rey abrió los ojos como platos y
soltó un sonoro:
—¡Coño! Escríbele y dale las gracias de mi parte.
Al manco de oro tiene que ocultarle que Mario Conde visita a
menudo a su padre. Entra por la cocina del hospital para que no lo
descubra la prensa, apostada en el vestíbulo. El rey y él aprovechan
para fumar un cigarrillo en el pasillo y conspirar un poco. Para la
vacante de Sabino, Conde recomienda un compañero suyo de la
Universidad de Deusto:
—Fernando Almansa es un gran diplomático, es vizconde y
monárquico desde siempre… Os servirá con mucha lealtad y es un
hombre joven.
El rey, cuando lo ve, comenta:
—Coño, si eres un tío muy guapo… me vas a quitar todas las
novias.
El rey le cuenta que al diplomático José Joaquín Puig de la
Bellacasa, que era el segundo de Sabino y pariente del que fue
secretario de su padre, Ramón Padilla, le ha cogido un odio africano y
no lo puede aguantar. En realidad, le tocaba a él ser jefe de su casa por
escalafón:
—¡Pero es un meapilas de los cojones! Le dije que me arreglara la
agenda para poder estar un par de días con mi novia y me dijo que él
era católico y que sus treinta años de servicios a la causa monárquica y
su conciencia no le permitían ser cómplice de ningún adulterio. —El
rey hizo un gesto expresivo con las manos—. Me quedé plof… También
preguntó por esos pagos que le damos a Marita y a Marta, y esa
calderilla para las amigas de la que disponemos —gruñó—, como si
este tío no supiera que estos pagos y mil más me los merezco… ¿Sabes
cuántas audiencias concedo al año? ¡Tres mil! ¿No merezco relajarme
y alguna recompensa?
Conde lo halagaba:
—Claro, señor… todos los empresarios que conozco quieren que
vaya a los viajes oficiales, los ministros de Exteriores saben muy bien
que, cuando vuestra majestad va con ellos, los acuerdos y los negocios
se disparan… ¡pero si hasta en Rusia y en China sois un ídolo!
—Yo lo hago ante todo por mi país, pero creo que también me he
ganado estar en el reparto de premios.
Mario Conde le aseguró que Almansa tenía una actitud moderna y
abierta y era muy consciente de cuánto había hecho la Corona en
general y don Juan Carlos en particular por la estabilidad del país.
Pero aún refunfuñaba:
—Hay que modernizar la casa, que ya estamos hartos de
vejestorios que solo ponen palos en las ruedas al progreso.
Y los dos sabían a qué progreso se refería concretamente.
Rocío Ussía, la fiel asistente, sale para comunicarles que don Juan
se aburre y quiere que entren y hablen delante suyo. El rey y Conde
intercambian miradas cómplices, como si estuvieran tratando con un
niño caprichoso, y esos momentos forjarán su amistad, que llega a ser
muy estrecha. A diferencia de Javier de la Rosa, que era un hombre
excesivo, con grandes ansias de dinero por pavor a arruinarse como
había hecho su padre, y cuya máxima aspiración social era que su
helicóptero fuera, con el del rey, el único autorizado a cruzar los cielos
araneses, la ambición de Conde no conoce límites y sus miras son las
más altas: quiere ser presidente del Gobierno, y porque no puede ser
rey, que sería su sueño secreto… A Javier de la Rosa le gusta el dinero.
A Conde le gustan el dinero y el poder.
Doña María, a causa de la dificultad de desplazarse con la silla de
ruedas, el Mimi Móvil como lo llaman los nietos, va una vez a la
semana a Pamplona. Con Margot y el doctor Zurita.
La habitación es tan pequeña que Rocío tiene que decir:
—Cuidado con el manto del Pilar, no os sentéis encima.
El mismo manto que había estado en la cámara del Grand Hotel
de Roma en la que se moría Alfonso XIII y en la habitación de Franco
en El Pardo.
Entonces, si está Margot delante, hasta se bromea, se recuerdan
episodios de juventud y en las cintas se oye la voz abrupta de la infanta
ciega:
—Qué cabroncetes erais.
También les dice don Juan a sus hijos:
—No quiero que me hagáis un entierro triste.
Y don Juan Carlos le contesta con una risa velada por las
lágrimas:
—Hombre, papá, que a los muertos tampoco se los lleva a los
toros.
Un día, su médico, el doctor García Tapia, le regala una pizarra y
lo primero que apunta es: «Estoy cansado… veo como una liberación
el día en que suelte todas mis ataduras». Y también: «A las
enfermeras, cuando me muera, les dais a cada una cinco pesetas».
Al final se consigue el permiso de inhumación y el duque de
Alburquerque va a hacerse cargo del traslado de los restos de su alteza
real don Alfonsito desde el cementerio de Cascaes a Madrid.
Los médicos dicen que es una locura que Juan se mueva de
Pamplona, pero él no atiende a razones. ¿Cómo va a llegar el hijo
adorado a Madrid y no estar su padre para recibirlo? El rey le cede el
Mystere y del aeropuerto se dirige a El Pardo, donde la Guardia Real
está velando el féretro de palosanto con incrustaciones de plata.
Acaricia la caja donde yace su Senequita. Aún le parece oír su grito:
«¡El afiladog !». «Se va el caimán…». Se siente mal porque cree que en
su breve paso por la tierra no le hizo suficiente caso. Y no puede evitar
un chispazo de odio para Franco. ¡Si no le hubiera puesto las cosas tan
difíciles! ¡Si no le hubiera entregado el arma a Juanito! Si, si…
Al día siguiente, el rey recoge a su padre en la nueva Villa Giralda,
en la calle de Guisando de Puerta de Hierro. Van solos en el coche.
Cincuenta kilómetros. ¿Qué se dirían? ¿Recordarían esa aciaga tarde
lluviosa del 29 de marzo de 1956? ¿O permanecerían en silencio? Un
silencio cargado de reproches por parte de Juan y de culpa por parte
del hijo.
Después de aquel hecho fatal, ninguno de los dos volvió a ser el
mismo.
¡No es el morir lo que duele, lo que duele es el quedarse!
Don Juan regresa sin fuerzas a la clínica de Pamplona.
A finales de enero, Navarra le concede su medalla de oro. Cuando
entran en el salón del trono del Palacio Foral, doña María, en silla de
ruedas, y don Juan, apoyado en su bastón, suena la «Marcha real». Él
permanece dificultosamente en pie, le tiemblan las rodillas, y ella
prueba a levantarse en un intento agónico que pone un nudo en todas
las gargantas.
Es su nieto Felipe el que debe leer el discurso de agradecimiento:
«… Hemos tenido la dicha de ver encarnarse en nuestro hijo la
institución a la que hemos dedicado nuestras vidas…». Cuando el
Príncipe de Asturias pronuncia la última frase, «Señor, deber
cumplido», don Juan se vuelve hacia su hijo, da un taconazo e inclina
la cabeza.
Muere el 1 de abril de 1993, ha sobrevivido dieciocho años a su
íntimo enemigo Francisco Franco, que contemplaría con asombro
inaudito su entierro con honores de rey cuando, aunque fue padre de
rey e hijo de rey, no ha reinado ni un solo día de su vida.
Claro que a Franco también lo enterraron como a un faraón, en la
cripta del Valle de los Caídos. Los dos grandes protagonistas de una
historia que ya casi nadie recuerda distan diez kilómetros el uno del
otro.
Pero mientras a Franco terminarán trasladándolo al cementerio
de El Pardo, Juan descansará para toda la eternidad en el panteón de
los reyes, debajo del altar mayor de la basílica del monasterio de El
Escorial. Bajo una losa de mármol en la que pone Juan III. María, en
su silla de ruedas frente al ataúd del que fue su compañero durante
cincuenta y ocho años, se cubrió la cara con las manos y se echó a
llorar.
La pareja real, como otros miembros de la familia, estuvieron de
pie, vestidos de luto, durante la larga ceremonia. Juan Carlos, como
hacía habitualmente, no le dirigió ni una mirada a la reina. ¡Le
gustaría tanto que a su lado estuviera otra persona! Marta lo había
apoyado en ese duro trance día a día, acompañándole, prestándose a
las situaciones más humillantes con tal de estar a su lado. En
Pamplona se escondía en otra habitación del hotel y fingía que no se
conocían, aunque viajaban juntos en el Mystere, mientras la reina iba
en vuelo regular. Hablaban por teléfono hasta la madrugada si no
estaban juntos… Solo a ella le confesó sus remordimientos, y esa
sensación que siempre nos queda con los padres:
—¿Lo he hecho bien? ¿Él sabía cuánto lo quería?
Tiene la boca seca, traga saliva, está profundamente conmovido.
También la reina que, por un instante que las cámaras recogen y
eternizan, después de observarlo un segundo de reojo, solloza y se
atreve a depositar la mano en el hombro de su marido, buscando
complicidad, tratando de consolarlo o consolarse y queriendo también
dar una imagen de unidad frente a la tragedia. Es un contacto físico
que no tienen nunca, al rey no le gusta y se lo tiene prohibido.
Así se lo hace saber cuando la foto sale publicada en todas las
portadas:
—No sé a qué venía, tú siempre metiendo la pata.
No hace ningún gesto para corresponderle, es más, caminó un
paso para alejarse de ella. La reina, que se ha ido acostumbrando a lo
largo de los años a disimular los desplantes públicos de Juan Carlos,
fingió no darse cuenta, pero quitó la mano como si le hubiera picado
una avispa y retrocedió hasta mezclarse con el resto de la familia.
Ha sido un momento de tirantez, solo visible para los ojos más
avezados, o para la televisión, que retransmitió la ceremonia de
principio a final.
El rey no quiere su compasión, además cree que su mujer, que
hizo todo lo posible para alejar a su padre de sus vidas, no merece
llorarlo. ¿No entiende que su dolor empequeñece el suyo?
No se movió. Se limitó a dejar que las lágrimas corrieran
libremente por su rostro recordando a su padre y, quizás, desde el
fondo de su alma, le pidió perdón.
Es duro volver a la Zarzuela y reintegrarse en la vida cotidiana.
Su padre ha muerto. Ha roto con su pasado, debería ser una
liberación, ya no tiene que dar cuentas a nadie, nadie tiene tampoco la
potestad de reñirle o afearle su conducta.
Debería sentirse satisfecho de ser libre… Pero está triste.
Desconcertado. Pasa el tiempo y una extraña apatía se apodera de él.
Está melancólico. Permanece muchas horas de pie, junto a la ventana
francesa, viendo pasar los gamos y cómo los mirlos picotean las flores.
Quizás alguno de ellos sea su suegro, que se ha reencarnado y viene a
regañarle. ¡No has hecho feliz a mi hija! ¿No? ¿No era esto lo que
quería por encima de todas las cosas? ¡Ser reina! ¿Qué haría si no lo
fuera? Vivir pobremente en la India con su hermana Irene o vender
coches con su hermano en Londres, aunque ahora que Constantino se
ha convertido en el hombre fuerte de la familia del sha parece que las
cosas le van bastante bien. El sha murió en el exilio, es cierto, pero su
fabulosa fortuna sigue viva y bien viva.
Gracias a las gestiones de Felipe González y su secretario Julio
Feo se consiguió que el gobierno griego devolviera los bienes de la
familia de Sofía que les habían sido confiscados cuando Constantino
fue destronado. No era mucho, y además Sofía había regalado su parte
a sus hermanos, que estaban en peor posición. La pobre Irene se había
gastado todo lo suyo en una ONG llamada Mundo en Armonía y había
comprado vacas para alimentar a la famélica población india,
desconociendo que dichos animales se consideraban sagrados en ese
país y ahora las citadas vacas deambulaban libremente por las calles
de Delhi. E Irene, sin un duro de nuevo, tenía que vivir a expensas de
su hermana y su cuñado, como había hecho siempre.
Estarían juntas ahora las dos hermanas en su cuarto. Juanito
sabía que cenaban con una bandeja delante de la televisión y se
estremecía al imaginárselas, tan iguales, tan griegas, tan ajenas. Sofía,
sin Sabino, no tenía a nadie a quien preguntar y se fiaba solo de su
instinto: una pulsera nueva, una ausencia sin anotar en «el libro», que
era donde se apuntaban los compromisos comunes… Cualquier
cambio, por mínimo que fuera, a los ojos de la celosa se convertía en
una nueva amante.
Sonaron a la vez los veinte relojes que hay en la Zarzuela. Las
siete. Esa hora entre dos luces, la más triste de todas.
Porque al atardecer, cuando los ciento sesenta empleados
terminaban de trabajar, el palacio se quedaba extrañamente vacío.
Todos se van a reunir con sus familias, pero ¿dónde está la suya? Su
madre vive, sí… pero… Su familia era su padre y se ha muerto. Su
familia era Alfonsito y se ha muerto. Su familia es Marta y…
Cristina está en Barcelona, a Felipe, al final, su madre lo ha
enviado a la Universidad de Georgetown, nadie sabe muy bien por
qué, quizás para que no haya más Isabeles en su vida y también para
alejarlo de la influencia nefasta del padre en este terreno, aunque la
reina siempre dice:
—Felipe es igual que mi padre y que yo, muy poco Borbón. —Para
añadir, arrebatada—: ¡Estoy enamorada de mi hijo!
Todos sus afectos los concentra en Felipe.
Elena empieza a salir con un chico; su padre ha sido el primero en
saberlo:
—Papá, es importante, toma medidas para que nadie nos
descubra, por favor, para que no se estropee como me pasó con los
otros.
La infanta creía que si sus otras relaciones no habían llegado a
buen puerto había sido por la presión de la prensa y el entorno.
Le había enternecido que su hija se hubiera acercado a él en lugar
de a su madre y había llamado a su amigo Manglano, el director del
CESID:
—Emilio, que mi chica necesita un poco de intimidad, está
saliendo con uno, ya te pasaremos el nombre, domicilio, etcétera, nada
de cámaras ni micros, pero ocúpate, por favor.
Ocuparse quería decir que ningún periodista fuera a acercarse,
que habría maniobras de despiste con los coches, que las citas
tendrían lugar en sitios perfectamente vigilados…
Siente abrirse la puerta de su despacho, se gira sonriendo,
creyendo que es Mario Conde, pero es Manolo Prado. Lleva como
siempre una carpeta debajo del único brazo y luce una expresión
taciturna: problemas.
Olfatea problemas. Su padre le decía:
—Tú, cultura no tienes porque no creo que te hayas leído un libro
en tu puta vida, pero a listo no te gana nadie, además de que has
nacido con una flor en el culo.
Él prefería llamarlo baraka.
Franco también se admiraba:
—No sé por qué dicen que, de los Juanitos, la lista es ella… el
príncipe tiene el olfato y la astucia del chico de la calle, y eso no se
aprende en la universidad.
Su tono es de aburrimiento cuando le pregunta:
—¿Qué pasa, Manolo?
—Perdón, señor, me ha dejado entrar Almansa, sabe que tengo
prisa, veo que Puig de la Bellacasa ya no está.
Juan Carlos responde malhumorado:
—Me miraba todo el día con aire de reconvención… No quiero
cenizos a mi alrededor, bastante he tenido que aguantar en la vida. Tú,
cuando eras niño, ¿jugabas, Manolo?
—Pues, claro, señor, con mis hermanos formábamos una buena
cuadrilla.
—Pues yo no recuerdo haber jugado nunca. Si lo hacía con mis
compañeros de colegio era para posar para las fotografías… mientras
ellos jugaban, yo tenía que responder cartas, firmar fotos, recibir a
señoras pesadas monárquicas que se arrodillaban al verme. —Se fijó
en la carpeta—: Bien ¿qué traes ahí?
—Señor, son los justificantes de los pagos que Javier de la Rosa
me ha hecho por asesorías y dictámenes, para que veáis que no me he
metido dinero en el bolsillo, como va diciendo por ahí desde que los
kuwaitíes lo acusan de haber vaciado la caja.
El rey dio un respingo:
—Pero ¿qué me dices? ¿Tan mal está la cosa?
El otro contestó con humildad, ya apeado de su legendaria
arrogancia:
—Sí, señor, los jueces españoles van a tomar cartas en el asunto,
creo que primero en Barcelona por el caso Grand Tibidabo. De
momento, el jeque ha acusado ante la Corte Comercial de Londres a
Javier de apropiarse de cien mil millones de pesetas y de acumular
pérdidas por valor de quinientos mil millones. No creo que me
implique, pero el señor no tiene que preocuparse. Ya sabéis que mi
lealtad está por encima de todo.
Juanito se emocionó y fingió bromear:
—Ahora no seas melodramático y no digas eso de que mis labios
están sellados. —Se levantó para darle más énfasis a sus palabras—. Ya
lo sé, Manolo, confío en ti más que en nadie en la vida, pero oye, este
tío, ¿no tendrá algo que me incrimine? —Se queda pensando, de
pronto chasquea los dedos—: Joder, no me digas que escribiste esa
carta dándole las gracias de mi parte cuando mi padre estaba en el
hospital.
Prado bajó la mirada:
—Sí, señor, yo vuestras ordenes las cumplo a rajatabla.
Se dejó caer en la butaca con la cabeza entre las manos:
—Madre mía, madre mía. ¿Tú crees que la sacará?
—Me gustaría poder contestarle que no, pero yo creo que si se ve
acorralado la sacará… la presentará como prueba. —Y añadió, sin
mirarle a los ojos—: También dice que tienen unas grabaciones que se
le hicieron a vuestra majestad en el hotel Claridge’s de Londres en las
que le da las gracias.
El rey se yergue con una luz de esperanza en los ojos:
—Pero cuando Ruiz Mateos intentó hacer lo mismo y empezó a
contar que me había dado mil millones de pesetas, que me los traía en
un maletín y me los tiraba encima de la mesa y que sé yo, ¡no pasó
nada!
El hombre le dijo suavemente:
—Es que esa vez, señor, era mentira. Pero lo de Javier de la Rosa
es verdad.
Juan Carlos sale del despacho dando un portazo y coge su Ferrari,
seguido a duras penas por su escolta. ¿Por qué se le acumulan los
problemas?
Necesita despejarse. Pone el coche a doscientos kilómetros por
hora. Podría ir a jugar al tenis a casa de Alberto Alcocer o tomar una
copa con Fernando Falcó en el Club Financiero. Claro que conoce otra
forma de relajarse. Hay una madame que, a precios de jeque árabe,
proporciona modelos, actrices y chicas de televisión. Ya ha estado con
varias, casi todas extranjeras, pero ahora le ha pedido esa rubia
elegante que habla de famosos; no se dedica al puterío, pero la
madame le ha prometido que se la conseguirá… Al final lo más
discreto y seguro es recurrir a las profesionales, sale caro, pero estás
tranquilo, a salvo de chantajes y de que te endosen algún embarazo.
Sin darse cuenta, el coche coge la carretera de La Coruña, luego el
desvío de Boadilla del Monte, y de pronto, está delante del chalé de
Bárbara Rey.
Aún no sabe por qué ha venido.
Sonríe al recordar lo loco que había estado por ella, suelta incluso
alguna carcajada al rememorar aquellos primeros tiempos. Hace ya…
¡dieciocho años!
Se metían en la habitación y tenían dos horas, tres, por delante, y
cuando se cansaban susurraban palabras de ternura, porque tenía que
confesarse que se había enamorado de ella, fuese lo que fuese eso del
amor. Bárbara, graciosa, desgarrada, le contaba sus historias de la
niña alta, guapa y rubia que había sido, le hablaba de sus películas,
que la habían convertido en la mujer más deseada de España, eso al
menos decía la revista Lib , en la que llegó a protagonizar treinta
portadas, dos de ellas completamente vestida.
Él le hablaba de sus padres, de su infancia, después volvían a
hacer el amor hasta que llamaban a la puerta:
—Señor, es la hora.
Al principio apenas se escondían. ¡A nadie interesaba airear la
vida privada del rey de España! Incluso se veían libremente en
Barcelona, ocupaban la suite romana del hotel Ritz que les reservaba el
propietario y les enviaba una botella de champán a la habitación y el
rey protestaba:
—Mira, que no envíe más, que es una ordinariez.
Pero los años iban pasando. Nunca habían dejado de verse, pero
la llama de la pasión se había ido apagando, muy lentamente, el
declive se manifestaba en pequeños gestos, se espaciaban las visitas, si
preguntabas te contestaba con impaciencia… Las escenas de celos, que
antes daban pie a reconciliaciones gloriosas, ahora solo provocaban
reacciones malhumoradas:
—Yo tampoco te pregunto con quién estás… No me importa.
Y a Bárbara le dolía porque se daba cuenta de que era verdad que
no le importaba porque había dejado de amarla.
El coche de escolta, impaciente, hacía luces preguntando si se iban a
quedar, y el rey pidió tiempo sacando la mano por la ventanilla.
No sabía si bajar o no bajar.
Le costaba cada vez más ir a verla. Después de que se divorciara
del domador, iba a visitarla a su nueva casa, pero su relación había
perdido el encanto de lo prohibido y había caído en la tan temida
rutina: ¡los escollos de la cotidianeidad hacen naufragar la pasión más
encendida! Los niños llegaron a acostumbrarse a aquella figura
masculina y lo llamaban tío Juan. Bárbara intentó incluirlo en su
familia, con su batín colgado detrás de la puerta de su habitación, su
cepillo de dientes en el cuarto de baño y paellas los domingos en el
jardín, posando para la cámara de Angelito.
Procuró que se sintiera cómodo. Empezó a comprarle su vino
favorito, sus puros… Lo hacía todo para complacerle, pero es tan difícil
resucitar una pasión que ya se ha extinguido… A veces, solo a veces, se
reavivaba la hoguera, cuando ponía una ranchera en el tocadiscos:
Un viejo amor
ni se olvida ni se deja…
El criado ya lo había visto y había abierto la verja del jardín. Juan
Carlos bajó del coche con un suspiro, se acercó al escolta:
—Tardaré poco.
Bárbara estaba con su amiga Cristina Ordovás hablando de
trapos, y Juan Carlos se arrepintió de haber ido. Cogió una revista de
encima de la mesa y la hojeó distraídamente. Cuando la amiga se fue,
se acercó Bárbara:
—¿Has hablado del programa de televisión?
—Sí, mira, aquí me lo han apuntado todo.
Le tendió un papel, Bárbara leyó Esto es espectáculo, con Ramón
García, Televisión Española, los sábados por la noche. Setecientas mil
pesetas.
Bárbara, en lugar de alegrarse, se sintió triste, porque le sonaba a
despedida. Se acercó más a él y le pasó el dedo por el brazo:
—¿Te quedas a cenar?
—No, tengo prisa, solo he venido a decirte que voy a estar muy
ocupado y nos vamos a ver poco.
Ella asintió decepcionada. ¡Hace unos años él la hubiera lanzado
sobre el sofá y la hubiera desnudado a puñados!
Un día había estado hablando con una condesa consorte que
contaba por todo Madrid que había tenido una hija de Juanito. La
verdad es que la niña se parecía mucho a la infanta Cristina. La mujer
le había advertido:
—El rey es como un niño, se cansa de todo y se cansará de ti
también.
Bárbara se había echado a reír desdeñosamente: ¡con ella, eso no
pasaría!
Pero tenía razón, aunque al final había durado dieciocho años. No
estaba mal, ¿no? Para una chica de Totana que no tenía otra ambición
que salir de su pueblo.
Trató de que no se le notase la tristeza, no hay nada más
detestable que una amante regañona:
—Pero vendrás a celebrar tu cumpleaños como haces siempre,
¿no?
Juanito se puso de pie y le enseñó la revista:
—Pero no sé cuándo… Mira —le señaló una foto de Gianni Agnelli
—, este reloj que lleva es un Rolex Daytona… si no sabes qué
regalarme…
Parpadeó rápidamente con coquetería y Bárbara le dijo:
—Qué canalla eres.
Es más caro de lo que pensaba, quinientas mil pesetas. Pero lo
compra.
De camino a casa, pasa a ver a Antonio Durán, el dueño de un
negocio que se llama La Tienda del Espía. Son muy amigos y le enseña
el reloj:
—Muy bonito.
—Ya sabes para quién es.
—Me lo figuro. ¿Quieres liquidar la factura que tenemos
pendiente?
Le firma un talón de trescientas veinticinco mil pesetas.
Es sábado por la noche de un frío día de febrero de 1995. El Vega
Sicilia que le gusta a veintidós grados y dos copas. Un plato de Jabugo.
Los cohibas en su caja metálica.
Han pasado muchos meses desde su última visita. Bárbara está
nerviosa y levanta la cortina, la noche se echa sobre Boadilla del
Monte, la elegante urbanización donde está su chalé. Hace frío, pero el
ambiente de la casa es cálido y acogedor. Los niños están con su padre,
el matrimonio dominicano de servicio se ha ido a una fiesta caribeña
organizada en Alcorcón. Estarán solos.
Se ven unos haces de luz en la oscura carretera, ya llegan los
coches. Pero, no sabe por qué, Bárbara tiene una horrible premonición
de desastre. Se aprieta los puños contra el estómago y se pone en pie.
Porque él va vestido de sport, con una «teba» verde caza y botas de
ante, seguramente lo están esperando en la finca de sus amigos en los
montes de Toledo. Un lugar donde a ella no la han invitado nunca, y ya
no lo harán.
Allí estará Marta, la mallorquina, esperándole.
Ahora es la favorita. Juanito nunca le ha hablado de ella, pero
sabe quién es. La dama del rumor ya tiene nombre, Marta Gayá. ¿Se
cansará de ella también?
Con Juanito entró una ráfaga de aire frío, le dio un beso distraído,
se había dejado patillas, traía las mejillas heladas y un perfume que no
conocía. Ella le enseñó su regalo y le señaló su silla de siempre sin
poder articular palabra, pero él negó con la cabeza, sacó a pasear su
más encantadora sonrisa y le dijo con algo de nerviosismo:
—Marita, vengo a decirte que lo nuestro se ha acabado.
Después cogió la caja con delicadeza:
—Y muchas gracias.
26
—¡J oder! ¡La cola!
El grito iracundo de la infanta Elena fue escuchado a la perfección
por los espectadores sevillanos que habían hecho guardia durante toda
la noche para situarse en un lugar privilegiado y no perderse ni un
detalle de la boda, la primera que se celebraba en la familia real. La
fastuosa cola de cuatro metros de organza de seda se enganchaba con
la alfombra, le impedía caminar y amenazaba con arrancarle el velo
que cubría su rostro. Las damitas de honor, la hija pequeña de
Constantino, la del secretario de la infanta, Carlos García Revenga, y
las sobrinitas del novio, no sabían cómo arreglárselas para que la
indignada Elena pudiera recorrer con la majestuosidad debida, del
brazo de su padre, los metros que separaban los Reales Alcázares de la
catedral, donde la esperaban Jaime de Marichalar y mil quinientos
invitados. Una de las niñas se puso a hacer pucheros y estuvo a punto
de echar a correr.
Cada vez que la infanta, con el ceño fruncido y jurando como un
carretero, se colocaba el velo y le daba un tirón a la cola para poder
avanzar, su padre veía las estrellas. Varias veces tuvo que reñirla:
—Basta, coño, Elena.
Porque el brazo derecho, el que llevaba doblado en un ángulo de
cuarenta y cinco grados para que la infanta se agarrara, estaba
enyesado desde el codo hasta los nudillos. Se había roto la muñeca
esquiando en Candanchú y a pesar de que había avisado a su hija de
que fuera con cuidado, era tal la furia de la infanta al ver que no podía
caminar, que en un momento dado el rey palideció de dolor y pareció
que iba a desmayarse.
Al final, se puso a los mandos de la cola la prima de Elena, María
Zurita, la hija de Margot, y mal que bien pudieron cumplir con el
recorrido. Aunque la infanta llevaba el rostro cubierto, el tul ilusión
era tan sutil que dejaba ver su expresión de enfado, y las cámaras de
televisión se guardaron muy bien de realizarle primeros planos.
El brazo enyesado, pensó el rey, como el día de su boda en Atenas,
hacía mil años. A veces le parecía que Sofía siempre había estado allí,
con su sempiterna sonrisa. De pronto se sintió abrumado por un
cansancio infinito.
En el altar, al lado de los sacerdotes, esperaba su futuro yerno.
Pertenecía a la pequeña nobleza castellana, no tenía estudios y
cobraba un sueldo trabajando como administrativo en la Banca
Nacional de París, lo que le permitía vivir en un pisito cerca del Sena.
Pero no era eso lo que le molestaba de él… O sí, porque en realidad le
molestaba todo. No quería confesárselo, pero desde el mismo
momento en que lo conoció sintió por el pobre Jaime una tremenda
aversión. Lo primero de todo, porque lo consideraba un cursi. Todo
podía perdonarlo, menos que fuera cursi… Se lo decía a Marta:
—Lleva el pañuelito así, a juego con los calcetines y la corbata.
Marta trataba de interceder por el chico:
—En París será elegante.
—¡Martita, eso es una cursilada aquí y en la Conchichina!
Le habían dicho que, desde que supo a ciencia cierta que iba a
casarse con Elena, trataba a los servidores de la Zarzuela con
arrogancia y tenía pretensiones desmesuradas, desde conseguir un
trabajo mejor hasta tener un piso bueno en París y más escolta.
Incluso la misma Sofía llegó a dudar de la conveniencia de esa
boda, pero las reticencias de los dos se disiparon cuando una tía de
Marichalar pidió audiencia. La tía Coco, como la llamaban en familia,
fue muy clara:
—He nombrado a Jaime mi heredero universal… Mil millones de
pesetas, un paquete de acciones y un dúplex en la calle Ortega y
Gasset.
La buena señora tuvo la delicadeza de morirse enseguida y de
repente Jaime se convirtió en el yerno soñado.
Una dama elegante, desde la primera fila, saludó al rey levantando
la mano en un gesto de complicidad, porque también la llevaba
vendada.
¿Quién sería?
Se lo preguntó a su mujer, que le susurró:
—Es la madre de Jaime.
Vaya, su consuegra. Y los otros, los hermanos. Tenían buena
pinta. ¿De dónde habría salido ese petimetre?
Pero, bueno, lo importante era que hiciera feliz a su hija, pero
Elena, ¿estaba enamorada? ¿O temía llegar a los treinta años sin
ningún pretendiente a la vista y convertirse en una nueva tía Irene?
Desde su asiento al lado del altar el rey tuvo tiempo durante la
larga ceremonia de observar a sus tres hijos. ¡Niños mimados! ¡A
ninguno de ellos le habían protestado una letra! Ninguno había tenido
que soportar lo que había debido aguantar él. Felipe se había criado
entre algodones, cuidado por una madre que todo se lo perdonaba y le
permitía cualquier capricho, ¿pues no se había enamorado ahora de
una americana llamada Gigi Howard? Hasta los escritores
monárquicos empiezan a poner en cuestión la educación que se le
había dado. «El príncipe es un niño mimado que en su vida ha dado
un palo al agua», escribe José Luis de Vilallonga en La Vanguardia , y
lo compara con un miembro de la jet set , mientras su padre a su edad
estaba luchando a brazo partido para devolver la corona a este país.
Juan Carlos se removió, incómodo, en su asiento y la reina lo
observó con severidad. Le riñó con la mirada.
Pero el rey continuaba cavilando, ¿cómo eran sus hijos? En
realidad, los había tratado muy poco. ¡Era tan duro y absorbente
intentar reinar en un país con cuarenta millones de personas!
Ahora recordaba una conversación que había tenido con su amiga
de juventud, Diana de Francia, casada con el príncipe Karl
Württemberg. Tenían casa en Mallorca y Felipe, Elena y Cristina
habían pasado unos días con ellos.
Habían tomado algo de pie en el club náutico de Palma, antes de
salir con sus respectivos barcos. Diana era una bohemia de espíritu
libre, que hacía escultura e iba vestida como una hippie de lujo. A
Juanito le encantaba mirarla y hablar con ella. Diana le preguntó por
Sofía y el rey le contestó entre risas:
—Figúrate que se escandaliza cuando me baño desnudo en el
barco.
Diana soltó una carcajada burlona y le preguntó si era verdad que
le habían hecho fotos desnudo, y el rey le contestó que sí, pero que le
daba lo mismo que las publicaran o no.
La persona que estaba con el rey lo miró con preocupación,
porque los amigos trataban de protegerlo de él mismo, que no era muy
discreto en sus comentarios. Y se apresuró a entrar al quite y decirle a
la princesa para disipar la mala impresión que pudiera llevarse:
—La reina es una gran madre.
Y Diana, que había estado enamoriscada de Juanito y sentía por
Sofía una pizca de envidia, porque ser princesa estaba bien, pero mejor
era ser reina, le dio la espalda al amigo metomentodo para soltarle al
rey:
—Pues no los ha educado muy bien, Juanito, no saben dar
conversación a la gente mayor, son poco sociables… Los hemos tenido
en casa invitados y las muchachas de servicio se han quejado porque
daban malas respuestas, dejaban las toallas por el suelo y ni siquiera
se hacían la cama.
Juanito había abierto una boca tan grande como las cuevas del
Drac:
—¿Hacerse la cama?
Y la princesa, de sangre tan azul como la suya, le había respondido
con presteza:
—Nuestros cinco chicos se hacen la cama… y siempre dan las
gracias al servicio, más de una bofetada se han ganado por haberlo
olvidado.
Bien, ahora la pelota pasaba al tejado de Jaime, a ver qué tal les
iba. Se iban a vivir a París, él no pensaba mover ni un dedo para
cambiar su situación. ¡Que se espabilara solo!
Todo eran peticiones, exigencias, problemas, ¡no podía más! ¡Que
no era el banco de España!
El recuerdo de Bárbara le atravesó el cerebro como un punzón de
hielo.
¡Bárbara, Bárbara! Aquella Marita graciosa, la totanera que le
había robado el corazón, la rubia sexy de largas piernas, divertida,
complaciente, generosa, se había convertido en un peligro.
Se lo había dicho Manolo Prado:
—Tiene unas cintas que ha grabado durante varios años mientras
estabais en su casa… unos audios, unos vídeos y unas fotos también.
El rey se había echado las manos a la cabeza. Pero esto ¿era
posible?
Si habían sido muy felices, si ella había sonreído con dulzura
cuando se habían despedido… Si había comentado a sus amigos que
Bárbara se había comportado con mucha clase… Si llevaba muchas
veces el reloj que le había regalado para que viera que la seguía
recordando…
Si la había dejado muy bien, muy arregladita, con su mensualidad
y sus programas de televisión. ¡Ah, ingratitud, tienes nombre de
mujer!
Prado le informó:
—No le parece suficiente, dice que ha sido como un matrimonio
que ha durado dieciocho años, que eso la ha apartado de su vida
profesional, que es un secreto a voces que la perjudica y no se siente
recompensada. Quiere más.
Había llamado a Manglano, que lo tranquilizó:
—No os preocupéis, majestad, la cosa no ha trascendido… ni lo
hará.
No dijo si ellos los habían grabado también, aunque el rey suponía
que sí, pero eso no le importó.
¡Un pequeño esparcimiento, una historia como tenían tantos
hombres, venía a complicarle la vida! Había salido indemne de seis
intentos de atentado, de un golpe militar, de una infancia horrible, de
padres tiránicos, auténticos y postizos, de la muerte de su hermano, ¿y
ahora la vida le salía con esto?
El único que había entendido su desazón y la sensación de
injusticia había sido Prado. Lo miró sabiamente y le dijo:
—Señor, no os preocupéis. Yo lo arreglo.
—¿De verdad, Manolo? —preguntó con voz estrangulada.
—De verdad, no penséis más… No os acordéis más, dedicaros al
país, que os necesita, y dejadme a mí que lo resuelva. Los españoles
necesitan creer que su rey está puro y limpio como un recién nacido.
—Y lo estoy, Manolo, tú lo sabes —protestó él, y luego añadió con
la mirada insegura de un niño acorralado después de alguna travesura
—: Porque esos negocios que hacemos son legales, no le robamos a
nadie, a nadie obligamos, ¿no? Nos dan el dinero voluntariamente.
—Claro, señor.
—¿Me olvido, entonces?
—Sí, señor. Si no, ¿para qué me tenéis a mí?
Olvidarse no se había olvidado, y leía los periódicos con cierta
prevención, pero como vio que el tema no aparecía, creyó que la vía de
agua estaba controlada.
Vías de agua. ¡Cuántas iban apareciendo! Apenas daba tiempo a
taponarlas. Paseó la vista por la catedral… Si la boda se hubiera
celebrado dos años atrás, el año pasado, entre los invitados de honor
hubieran estado Mario Conde y Javier de la Rosa.
Ambos, los más destacados financieros de su generación, los
nombres más rutilantes del panorama económico, el ejemplo a seguir
por los estudiantes de finanzas, estaban ahora en la cárcel. Mario
Conde en Alcalá Meco, condenado por haber vaciado el Banesto en
provecho propio: dijo el juez que había sacado seiscientos millones de
pesetas para ingresarlos en una cuenta suiza a su nombre. Él se
defendería de esta y de las siguientes acusaciones de apropiación
indebida y estafa, que lo obligarían a pasar varias temporadas en
prisión, explicando que todo era una trama política utilizando falsos
testimonios y manipulando documentos.
Juan Carlos había pasado un momento de pánico, porque tenía
una cuenta en Banesto en la que Conde había depositado ciento
cincuenta millones de pesetas. Pero no tenía motivos para preocuparse
porque, cuando fue intervenido el banco, Alfonso Fierro abrió otra
cuenta igual, por la misma cantidad, en el Sindibank, del que era
presidente, para que no se viera perjudicado. Había intentado hacer
alguna gestión a favor de Conde, pero lo cierto es que no prosperó y
dejó de insistir.
No lo volvió a tratar, al menos públicamente. Tampoco el
financiero amenazó con «tirar de la manta», al menos contra él
personalmente, como sí hacía Javier de la Rosa, cumpliendo condena
en Can Brians. Su mujer llamaba a la Zarzuela y no se le ponía nadie,
entonces cada mes De la Rosa dirigía un telegrama al rey y otro al
president Pujol recordándoles «sigo aquí». Contaba que, si no se le
prestaba ayuda, explicaría quién era el beneficiario final de los
trescientos millones de dólares que reclamaban los kuwaitíes en
Londres. Que tenía grabaciones realizadas en el hotel Claridge’s en las
que el rey le daba las gracias, y que también tenía cartas
comprometidas con membrete de la casa real. ¡Su forma de salvarse
era esparciendo sospechas que la prensa, cada vez más suelta, recogía
con delectación y grandes titulares!
Una llamada de Juan Carlos a su «hermano» el jeque de Kuwait
consiguió que su nombre fuera borrado del procedimiento que se
seguía contra de De la Rosa en la Corte Comercial de Londres.
También el fiscal general del Estado, Carlos Granados, afirmó que «el
rey era ajeno a los negocios de Javier de la Rosa», pero el «calumnia,
que algo queda» aleteó por primera vez sobre la figura del rey, hasta
entonces intocable.
Cada vez que se acordaba de lo cerca que había estado de ver su
nombre arrastrado por el fango, se le escapaba a Juan Carlos un
suspiro que hizo que su mujer dejara de abanicarse y lo mirara con
desconfianza.
Adusto, barbotó:
—¿Qué pasa? ¿Qué miras?
La mujer sonrió y movió la cabeza como si le hubiera dicho algo
amable. Lo hacía muchas veces y así aparecía en las fotos, sonriendo y
cabeceando, como si estuvieran manteniendo una agradable
conversación. Juanito se asombraba de la flema de su mujer, pero al
mismo tiempo en el fondo la admiraba, esto se llama profesionalidad,
sí, señor, por más que él fuera incapaz de hacerlo, aunque se jugara la
vida.
Todos le fallaban. ¡Cada vez se sentía más solo! Menos mal que
Manolo seguía estando ahí, firme como una roca.
De él había sido la idea de celebrar la boda de la infanta en Sevilla:
—Señor, esto dará continuidad al impulso que ha significado la
Expo para la ciudad. Que no caigan en saco roto todos los planes que
teníamos para relanzarla como la capital del sur.
Le habían llegado a insinuar a don Juan Carlos que sería
conveniente no invitarlo. De la Rosa insistía en que «el manco» estaba
al tanto de todo, que había recibido una fuerte cantidad de dinero de
Kio, no por su trabajo como asesor, sino para intermediar en ciertos
negocios opacos, sí, esos cuyo beneficiario era «el más alto nivel
institucional». Como no podían ir a por el rey, los periodistas
empezaron a asociar el nombre de Prado a las tramas de corrupción
que se iban destapando. Sí, «ese» Manuel Prado y Colón de Carvajal,
el intendente de don Juan Carlos, su administrador.
Almansa se llegó a enfrentar con él en la Zarzuela, donde seguía
teniendo despacho:
—Manolo, presumes de tu amistad con el rey para medrar.
Y Prado contestó, indignado:
—Mi lealtad al rey está más que probada, ¡tú solo eres leal a Mario
Conde, que es quien te ha puesto ahí!
Incluso la reina comentó que le desagradaba que alguien
divorciado y casado en segundas nupcias asistiera a la boda de la hija.
Se lo dijo a su marido cuando estaban en el salón donde se exponían
los regalos de boda y el rey le contestó desabridamente:
—Tú qué sabes… cállate. Esta boda me va a costar un huevo y no
te autorizo a que metas tus narices en mis invitados o en mis amigos.
¡Llevo treinta años aguantando a toda tu parentela!
La reina rio con desdén:
—Manolo te tapa todos tus asuntos, ¿crees que no lo sé?
Juan Carlos alzó la vista, rabioso, y cogió lo que tenía más a mano,
un plato de porcelana de Sargadelos. Y lo estrelló contra la pared.
¿Desechar a su mejor amigo como un trapo viejo? Sí, él ya había
oído hablar de la legendaria ingratitud de los Borbones. ¡Pero él no era
así! Habían pasado tantas cosas juntos…
Sonrió al recordar la última hazaña, cuando el rey Fahd había
reclamado el préstamo de cien millones de dólares que le había hecho
diez años atrás, unos dineros que nadie recordaba. Había enviado a su
primo desde Marbella a Mallorca para que el rey le pagara. Don Juan
Carlos, desesperado, mandó a Prado a que lo recogiera en el
aeropuerto mientras él lo esperaba en Marivent con todo lujo de
atenciones, pero sin la pasta, que no habían podido recaudar en tan
poco tiempo.
La mala suerte quiso que Manolo se equivocara de hora y de
aeropuerto, y el árabe regresó a Marbella compuesto, cabreado y con
los bolsillos vacíos.
Rápidamente, el rey tuvo que ir al palacio del rey Fahd a Marbella
a postrarse de hinojos y darle explicaciones, y tan bien debió hacerlo,
que su «hermano» le aplazó la deuda cinco años y encima le concedió
cien millones más para pagar la boda de la hija y otras menudencias.
Bueno, para conseguir más dinero también, había que reconocerlo. Al
rey ya nada le parecía suficiente.
Cuando estaban en el campo, después de la jornada de caza, se
quedaban al lado de la chimenea con una copa de whisky, sus puros y
sus perros, mientras el resto de los invitados se iba a dormir.
Rememoraban sus aventuras juntos, y Juan Carlos se decía que, si
Alfonsito viviera, sería como Manolo.
¿Y pretendían que lo repudiase?
Había vertido en su oído las revelaciones más íntimas, confiaba en
él como en nadie.
Prado le decía a veces:
—Señor, el otro brazo que tengo lo daría si me lo pidierais.
El amigo, después de la ceremonia, se colocó en el largo
besamanos en la puerta del Alcázar. Sofía lo saludó con algo de
frialdad. Cuando quedó frente al rey, inclinó la cabeza, sintiendo en su
nuca la mirada de los mil quinientos invitados. Y el rey, en uno de esos
gestos espontáneos que constituían su mejor patrimonio, avanzó y le
dio un abrazo.
Con esta boda le había rendido homenaje, no a Sevilla, no a su
hija, no a su madre, que era sevillana, sino al amigo fiel. Venían
tiempos duros para ambos y ya no iban a recorrerlos juntos, como
habían hecho durante treinta años. Prado podría decirle al rey lo
mismo que su padre antes de morir. Señor, deber cumplido.
Porque empezaba a descorrerse el velo que protegía a la familia real de
las miradas indiscretas del pueblo llano. Aún no se decía nada, pero se
insinuaba, y eran peores las insinuaciones que los hechos porque los
hechos pueden combatirse y las sospechas, no. Se cebaban en el
Príncipe de Asturias que recorrió un kilómetro del Camino de Santiago
impecablemente vestido y en El Mundo se publicó un artículo que se
titulaba: «Lo ridículo». Un escritor monárquico, Alfonso Ussía,
escribía en ABC : «Lo que tanto nos ha costado establecer —cuarenta
años de exilio y un reinado admirable— no puede estar sometido al
secuestro permanente que del heredero de la Corona ejercen sus
amigos y su insaciable cortecilla de advenedizos mamporreros». Para
disipar esta mala impresión, se le hizo una pequeña entrevista. Le
preguntaron cómo seguía la actualidad. Tras un momento de duda, el
príncipe respondió:
—Escucho bastante la radio.
A pesar de haber salido de las tres escuelas militares con el título
de teniente, durante la guerra del Golfo declaró que:
—En solidaridad con los acontecimientos, he decidido suspender
mis entrenamientos de vela para las regatas.
Se convirtió en un blanco fácil porque cambió a Gigi Howard por
una modelo de ropa interior noruega llamada Eva Sannum, con lo que,
como dijo sombríamente el rey:
—Hemos ido de Guatemala a Guatepeor.
Los españoles devoraban ávidamente todo lo que atañía a la vida
sentimental de los hijos de los reyes como si fueran artistas de cine. El
compromiso de la infanta Cristina en Barcelona con un jugador de
balonmano llamado Iñaki Urdangarin los democratizó tanto que la
gente empezaba a preguntarse: «Si son como nosotros, si pueden
hacer lo que quieran, ¿por qué tenemos que seguir manteniéndolos?».
Los tres hermanos se convirtieron en protagonistas de la prensa
del corazón y sus aventuras y desventuras fueron pasto de portadas.
Los españoles necesitaban zonas de esparcimiento frente a las graves
noticias de corrupción generalizada que afectaban, sobre todo, al
partido que estaba en el poder. Los socialistas perdieron las elecciones
a manos del Partido Popular después de catorce años gobernando y el
rey perdió también a su gran amigo y aliado Felipe González.
Lo primero que hizo José María Aznar al llegar a la presidencia,
ese «desaborío», el «estirao», el «bigotes», que así lo llama el rey en la
intimidad, fue pedir las cuentas de los fondos reservados. Le señalaron
un apartado especial.
—¿Qué es? —preguntó Aznar.
—Lo que se paga a las amistades del rey.
—Pues que se deje de pagar —ordenó el presidente secamente, sin
medir las consecuencias.
Se fotografía a Eva y Felipe de viaje, comiendo en casa de los amigos
del príncipe en el pantano de San Juan, paseando con los hermanos de
ella, y en actitudes cotidianas que hacen pensar que el compromiso
oficial está cerca. La reina no es un obstáculo, porque cree que: «Si los
hijos quieren casarse con quien escogen libremente, ¿qué vas a hacer?
Arropar a la nuera, porque lo van a hacer de todas formas».
Peñafiel indica que Felipe «es un niño caprichoso y hasta
déspota». Apezarena opina que sus amigos son «vividores, algunos
fachas y no pocos impresentables», mientras Manuel Vicent concluye:
«¡Una endogamia de amigos pijos!».
El rey, sin saber qué hacer, envía a los cuatro presidentes del
gobierno que ha habido en España —Suárez, Calvo-Sotelo, Felipe y
Aznar—, para que traten de convencer a su hijo de que no puede ser
reina de España quien ha estado colgada semidesnuda en las cabinas
de los camioneros. El más duro con el príncipe es Aznar. El presidente
del Gobierno y el rey no se tragan, Juan Carlos cree que Aznar intenta
robarle protagonismo y lo detesta tanto que lo trata de usted. Aznar,
en el fondo de su corazón, ha heredado el republicanismo de los viejos
falangistas y además conoce todos los pecados del rey.
Por eso le dice a su hijo:
—Los comportamientos frívolos no tienen razón de ser en una
monarquía moderna, que podría verse cuestionada por los
ciudadanos.
Felipe González, en cambio, que era en quien el rey había
depositado más esperanzas, le recomienda al príncipe
románticamente:
—Déjese llevar por su corazón.
Juan Carlos se indigna:
—¡Me falló el andaluz!
El príncipe está ciego de amor y no hace caso a nadie. Al final, el
padre decide enfrentarse con él personalmente, lo cita en su despacho
y le grita tanto que mandan despejar la zona para que no los oigan:
—¡Si no lo hacemos bien, nos largarán, que estos tíos no se andan
con chiquitas y por menos de nada nos botan y nos ponen en la
frontera!
—¿Qué tíos? ¿Aznar? —inquiere el príncipe con curiosidad.
—Ese también, pero me refiero a los españoles —gruñe el rey.
—No eres el más indicado para darme lecciones, que yo al menos
estoy soltero, en cambio tú… —le responde el hijo despectivamente.
Sabe perfectamente lo que ha sufrido su madre y la existencia de
Marta Gayá y de las otras, la última la exmujer de uno de sus propios
parientes, a la que ha paseado en barco por Mallorca sin importarle el
qué dirán. El padre levantó la voz:
—En cambio yo ¿qué? He aguantado estoicamente por la
institución y por la estabilidad del país, en ningún momento se me ha
pasado por la cabeza romper mi matrimonio y he llevado mis asuntos,
ojo, que yo no digo que los haya tenido, pero si los hubiera tenido, los
habría llevado con discreción ejemplar.
—¡Discreción ejemplar! —lo interrumpe Felipe—. ¿Estás de
broma? ¡Lo sabe todo el mundo! ¡Se ha enterado toda España! ¡No vas
a poder esconder más tus líos de faldas!
—¿Qué quieres decir?
El hijo le arroja un periódico encima de la mesa:
—Léelo tú mismo.
27
—R espire fuerte, señor.
El médico introdujo con pericia el líquido rellenador en la
profunda arruga del entrecejo mediante una aguja hipodérmica,
después de haber frotado la zona con un trozo de hielo para
insensibilizarla.
Jeringuilla en alto le indicó:
—Ya está, podéis incorporaros.
El rey sacudió la cabeza y se sentó en la camilla con el rostro lleno
de pequeños pinchazos, continuando su conversación anterior:
—Lo de Bárbara fue tremendo, doctor, ahí empezó la debacle, me
parece… —El médico asentía mientras se quitaba los guantes, los
tiraba a un container junto con la jeringuilla y la ampolla vacía—. No
me lo esperaba, y mira que me las han hecho de todos los colores.
El médico apenas recordaba el escándalo de Bárbara Rey. La
vedete había denunciado el intento de robo de unas cintas
«comprometedoras que atañen a una persona importante de este
país», y afirmaba que ese material lo conocían Mario Conde, el
periodista Antonio Herrero y Manuel Prado, al que señalaba como el
sospechoso del asalto a su casa. La noticia apareció en la prensa y la
radio y además la vedete había acudido a un programa de la televisión
valenciana para contárselo en vivo y en directo a una España que sabía
leer entre líneas y había comprendido que el rey, no solo había tenido
una amante, cosa que no sorprendía a nadie, sino que estaba en el
centro de una conspiración de película de James Bond.
El buen doctor ignoraba los detalles del hecho, porque en esa
época vivía en Estados Unidos y era poco chismoso, pero conocía a
don Juan Carlos lo suficiente como para saber que lo único que
necesitaba era un oído en el que verter sus cuitas:
—Qué ingratitud, señor.
—Pues sí, yo me he portado siempre muy bien con ella y con
todas… Tuve que llamar personalmente al director de la televisión
valenciana para que no la dejaran entrar en el programa. ¡No te quiero
contar lo humillante que fue para mí tener que suplicar!
—Ya me figuro, señor —murmuró el médico compasivamente.
—Y luego un enviado mío ya se entendió con ella; no nos ha salido
barata, no.
—Sois muy generoso, señor.
El rey, que se estaba quitando la bata de papel que le cubría la
camisa, se volvió hacia él con la indignación pintada en el rostro:
—¡Pues sí, nadie me puede llamar tacaño! Pero si a otra le estoy
pagando un piso de puta madre aquí en Barcelona, eso que ni siquiera
la veo… ¡Creo que es una gran recompensa por una sola vez!
—¿Os referís a…? Muy guapa.
Pero el rey ya la había desechado al país donde yacen los amoríos
pretéritos y olvidados:
—Pero a Bárbara no la perdono… Contar a esos periodistas
cabrones, que lo único que quieren es clavarme una estaca en el
corazón y meterme en la caja de pino, que yo la había amenazado y
entrado en su casa y qué sé yo. ¡Me arrastró por el fango, y yo callado
como una puta porque a ver cómo te enfrentas a eso!
El médico respondía maquinalmente:
—Todo mentira, señor.
El rey, ya a punto de salir del pequeño quirófano, se detuvo
manoteando:
—Bueno, vamos a ver, yo le pedí a Manolo Prado que lo arreglara,
quizás se sintió obligado, no sé. ¡Él, con tal de protegerme, era capaz
de todo!
Entró la enfermera y el médico le hizo una seña disimulada al rey
para que salieran. Don Juan Carlos no tenía empacho en hablar
delante de desconocidos de los asuntos más íntimos, y aunque él
confiaba en su personal, prefería no ponerlos a prueba. Pero el rey
continuó lamentándose con voz perfectamente audible mientras
recorrían el pasillo de la clínica dirigiéndose a las estancias privadas
porque, como todas las personas duras de oído, hablaba muy alto:
—Manolo tenía una mano para estas cosas —se rio enternecido al
recuerdo de su amigo y ante el chiste involuntario—, bueno, sigue
teniendo una mano, solo una… Pero para él mismo no le ha servido de
mucho.
—Al final ¿va a entrar en prisión? —preguntó el médico con
delicadeza.
El semblante del rey se ensombreció.
—Sí, ya es inevitable, lo han condenado a más de dos años, entrará
dentro de un mes. Maldita sea, ni siquiera puedo hablar con él por
teléfono, ya sabes que tenemos las comunicaciones pinchadas. —El
médico, que no lo sabía, se sobresaltó y dio un rápido repaso a lo que
eran sus conversaciones… En su mayoría, temas médicos, pero a pesar
de eso pensó que a partir de ahora debía tenerlo en cuenta. El rey
prosiguió con amargura—: Todo por mi culpa, van a por él por ser
amigo mío, ahora es un pecado en este país. ¡Con todo lo que he
hecho! Con dos cojones me enfrenté al ejército en el 23-F. ¿Y lo que
me odiaban los falangistas por haber desmantelado el franquismo?
Pero si los servicios de seguridad me decían que no sabían quiénes
tenían más deseos de asesinarme, si los de la ETA o los de Fuerza
Nueva.
El médico se apresuró a comentar:
—Señor, muchos no hemos olvidado su gran tarea a los mandos
del gobierno.
El rey le palmeó la espalda, agradecido, y abrió la puerta de su
pequeño apartamento. Había visitado tantas veces esta clínica, en la
parte alta de Barcelona, pionera en técnicas de rejuvenecimiento, que
al final había alquilado dos estancias de forma permanente. Incluso
cuando iba a hacerse chequeos a otros centros de Barcelona, se alojaba
aquí. Y cuando acudía a actos oficiales, prefería estar en su «choza»,
como la llamaba, que en el frío palacete de Pedralbes. Aunque en la
mayoría de las ocasiones estaba de incógnito, con una pequeña
protección de seguridad. Solo el jefe de su Casa, Alberto Aza, sabía de
sus viajes a Barcelona, pero él mismo le había pedido que no
informara ni siquiera a la reina, ¡sobre todo a la reina!
—¿Nos tomamos un whisky?
El doctor miró con disimulo su reloj, pero aun así contestó con
entusiasmo algo forzado:
—Claro que sí, señor.
Fue el rey mismo el que le sirvió los dos whiskys —«Espera, que te
pongo unas puñetitas también»—, y vertió una latita de aceitunas en
un plato.
El médico lo observaba pensativamente mientras el rey llevaba a
cabo estas tareas cotidianas, las únicas que había hecho en su vida. Y
recordó al hombre enfermo, avejentado, que había pisado por primera
vez su consulta. Lo acompañaba su amigo José Cusí, se quejaba de
dolores difusos, pero el médico se dio cuenta de que su mayor mal era
la soledad.
Le hizo un plan antiaging , como ellos lo llamaban, a base de
inyecciones de vitaminas y hormonas, cremas y tratamientos con
bótox, ácido hialurónico y un régimen especial de comidas, aunque no
había podido evitar que siguiera fumando tres puros diarios y
bebiendo… prefería no saberlo.
El personal de la clínica y los hijos y nueras del médico se habían
convertido en su nueva familia, organizaban cenas improvisadas y se
quedaban hablando hasta la madrugada. Nunca faltaba una mujer
guapa y cariñosa, porque el rey no podía vivir sin compañía femenina.
Marta Gayá iba a menudo, pero no era la única.
A todos les sorprendía que recibiera tan pocas llamadas y que
ninguna persona de su familia viniera a verlo, ni siquiera su hija
Cristina, que vivía en Barcelona. Si tenía algún contratiempo de salud,
como cuando se operó de varices o cuando se sometía a un chequeo, su
única compañía era Cusí.
Hoy no, hoy era un día especial, se lo había dicho nada más
levantarse a su enfermera favorita:
—La infanta Cristina vendrá luego a buscarme para que vaya a ver
la casa que se quiere comprar.
Era un chalé que estaba frente a la clínica.
El rey se sentó en su cómoda butaca, cara a cara con su médico,
con la copa en la mano dando un suspiro de satisfacción y encendió un
puro. Se le notaban los pinchazos recientes, en las arrugas de la zona
frontal y en los surcos que van de la nariz a la boca, además le había
aparecido un pequeño hematoma junto al ojo, pero él no era
consciente de eso. Miró a su alrededor y, como si estuviera en el
palacio de Versalles, dijo:
—Me encuentro muy bien aquí, doctor.
—Todos sentimos mucho aprecio por el señor.
—Tus hijos son cojonudos.
El médico se vio obligado a decir:
—Los de vuestra majestad también.
El rey miró la punta de su puro:
—Cristina ha acertado con su matrimonio, y mira que eso de que
se casara con un jugador de balonmano nos sentó como un tiro. ¡Si al
menos hubiera sido futbolista, que ganan más dinero! Pero Iñaki es un
buen chico, muy servicial, está deseando que le encarguemos cosas.
Dice que él no quiere ser una carga para la casa, lo que le honra. Y,
además, Cristina está muy contenta, no como Elena con Marichalar.
—¿No se llevan bien? —preguntó el amigo.
—¡Claro que no! A los tres años y con dos hijos, ya se quería
separar, pero a él le dio el ictus y la infanta ha tenido que aguantar en
condiciones terribles. ¡Ha sufrido mucho!
El médico, cuyos hijos estaban divorciados y casados por segunda
vez, opinó:
—Pues ya es hora de que se divorcien.
Pero el rey se enfadó:
—No, yo no quiero que lo hagan y así se lo he dicho a mi hija: ¿qué
es una mujer sola en España? ¡Nada, menos que nada! Socialmente,
una mujer separada es un cero a la izquierda.
—Pero, señor, si está en juego su felicidad…
—¡Pues que se aguante, como hemos hecho todos, cojones! —
Mordió el puro hasta destrozarlo y luego, más calmado, añadió—: Pero
si es inevitable, le he pedido que se esperen hasta que se case el
príncipe. Y luego ya hablaremos.
Se asomó una enfermera:
—Doctor, tiene una visita.
Pero fue tal la mirada de desconsuelo del rey, que el médico fue
tajante:
—Que la atienda mi hijo. —Se dirigió a don Juan Carlos—:
Prefiero quedarme con vuestra majestad… vuestra conversación
siempre es interesante.
—Muchas gracias. Chico, para ser sinceros y ahora que no nos oye
nadie, la familia es una lata.
El médico se echó a reír:
—Señor, no digáis eso.
—No te rías… quitando a mi madre, que era una santa y que se
murió como una santa, sin molestar a nadie como había hecho toda su
vida.
—Fue en Lanzarote.
—Sí, habíamos ido a pasar las Navidades hace tres años, se acostó
a dormir la siesta y ya no se levantó. —Su mirada se licuó por un
momento, pero enseguida se rehízo—. Pues excepto mi madre, a mí la
familia solo me trae problemas. ¡Se dejan enredar y firman cualquier
cosa! Y encima una hija de Javier de la Rosa se ha hecho novia de un
hijo de mi hermana Pilar y el príncipe no ha tenido más remedio que
invitarla a la boda. ¡Una hija del que tanto daño nos ha hecho, en la
boda del Príncipe de Asturias! ¿Cómo se come eso?
—Pero el príncipe…
La rabia que llevaba largo rato hirviendo a fuego lento dentro del
rey al fin se desbordó:
—¿El príncipe? ¡El príncipe se casa con una… periodista! Ya me
dirás tú, con la de profesiones que hay en el mundo y tiene que ser
periodista —puso todo su desprecio en la palabra—, y con unas
opiniones que ya ya, es divorciada, vale, pero no estaba casada por la
Iglesia o sea que da igual, y yo tampoco estoy por esas cominerías. Y yo
creo que es comunista, pero oye, Santiago Carrillo es muy amigo mío.
—Lo que molesta a vuestra majestad es que sea periodista.
—Es que, a ver, ¿cómo vamos a hablar libremente delante de ella?
¿Y si se lo cuenta luego a sus amigas? Es tener una espía en palacio. Y,
como encima se ha ido a vivir con el príncipe, tenemos Letizia hasta en
la sopa.
El médico se sintió obligado a protestar:
—Pero, señor, es bueno tener una princesa que haya trabajado y
haya tenido contacto con la gente.
—¡Narices! Lo que quiere la gente es que los reyes sepan estar en
su sitio. —Y añadió con amargura—: Mira la reina, lo bien que lo ha
hecho, es mucho más tiquismiquis que yo, ella es reina desde la punta
del pelo hasta el dedo meñique del pie, que no sé cómo se llama por
cierto…
—No tiene nombre —musitó el médico.
El rey le hizo un gesto con el puro para que se callase:
—Creo que nunca le ha dirigido la palabra a nadie de rango
inferior, habla muy mal el español porque en el fondo nos desprecia,
pero como sabe comportarse, la gente la tiene por el ángel de la familia
y yo soy el demonio, ¡y te aseguro que si no tiene ningún amigo es
porque cree que nadie está a su altura! Ay, si yo te contara…
—Pero, señor…
—Mira, yo puedo imaginarme a mí mismo como persona
particular, pero ¿ella?, ¿no ser reina ella?
—Se comporta con una gran dignidad.
Aquí se le encendieron las entrañas a don Juan Carlos, se
atropellaba tanto al hablar que el médico temió que le diera un ataque
y levantó la mano para detenerlo, pero ya era imparable:
—¿La reina? ¡La reina es la que tiene la culpa de todo! ¡Lo único
que tenía que hacer, que era educar al heredero, lo ha hecho mal, fatal,
peor imposible! Lo ha mimado, lo ha consentido, y ahora finge que
Letizia le cae muy bien y está todo el día Letizia por aquí, Letizia por
allí, que ella le va a enseñar cómo comportarse, que nadie nace
sabiendo. Pero la asturiana le pega cada corte… —Se puso a reír con
regodeo—. El otro día le estaba contando una de esas chorradas en las
que cree, que si los muertos se reencarnan en los vivos, que si la piedra
de Nazca, que si la iba a llevar a las apariciones de no sé dónde… y
Letizia le dijo, es que yo soy atea. ¡La reina casi se desmaya!
El médico se seca las lágrimas de risa porque el rey imita las voces
de su mujer y de Letizia:
—¿Y qué habéis hecho?
—Rápidamente le hemos enviado al obispo a que le dé unos
cursillos. ¡Una cosa absurda! Bah, ese matrimonio va a durar menos
que un caramelo en la puerta del colegio y mi hijo, él solito, se va a
cargar la monarquía, pero mira —hizo un ademán chulesco de
sacudirse las solapas—, a mi plin, después de mí el diluvio.
En ese momento apareció su ayudante:
—Señor, está su alteza la infanta Cristina esperándoos en la
puerta.
Su rostro se animó. Se levantó, nervioso, puro en mano:
—Pues no vamos a hacerla esperar.
Cristina, vestida con un plumífero más apto para las pistas de
esquí que para la ciudad, le riñó:
—Papá, ¿fumando?
—Ay, no seas pesada. ¿Y los niños?
—En el cole, e Iñaki en el despacho.
El padre la cogió por el hombro y la miró con cariño:
—Trabaja mucho, ya lo sé, eso es bueno, pero ¿te trata bien?
—Sí, papá. —A la infanta se le puso una expresión tan soñadora
que el padre entendió que seguía perdidamente enamorada—. Tiene
que trabajar, ya sabes que queremos comprarnos una casa, que en el
piso ya no cabemos.
—Pero vais a parar, ¿no? Con tres hijos es suficiente.
—Nos falta la niña…
—Pero tú en La Caixa estás cobrando bastante, supongo. Si no
llamaré a Fainé.
La hija lo interrumpió:
—No, papá, déjalo, gracias, haría un efecto horrible, ya dicen que
estoy enchufada por ser tu hija. Pero a Iñaki sí que le podrías echar
una mano.
El padre la miró con curiosidad.
—Pero ¿a qué se dedica exactamente? —preguntó.
—A asesorar empresas, conseguir patrocinios… Tú, con un par de
llamadas, seguro que le proporcionas clientes.
—Claro que sí, lástima que Manolo ya no pueda intervenir en eso.
Pensaré en otra persona.
—Papá, tendría que ser alguien de confianza.
—Vale, entiendo. ¡Oye, pero esto que vamos a ver es una casa
adosada! ¡Pero cómo va a vivir mi hija en un adosado!
Eran dos chalés de aspecto deteriorado cuyo único encanto era un
cierto romanticismo decadente, acentuado por las buganvillas que
trepaban por las paredes y el hilillo de humo que salía por la
chimenea.
La infanta casi se echó a llorar:
—Pero, papá, no seas así, son dos casas independientes, la zona es
fantástica y tiene jardín.
Llegaron a la puerta, y antes de que llamaran la abrió un hombre
alto y elegante, que inclinó la cabeza y se presentó:
—Adelante, señor, es un honor… Y alteza, soy Mario Herrera.
—Papá, es el propietario. Y abogado.
El rey entró y el pequeño vestíbulo se llenó con el olor a puro. Lo
primero que dijo fue:
—Hace un frío de cojones.
Mario se disculpó:
—Es que la calefacción va con aire y no funciona muy bien. Si
queréis os enseño la casa.
—Adelante.
El rey iba haciendo comentarios: «Oh, esta tela de cuadros era
igual a una que tenían mis padres en Estoril», «Huele un poco a
cañerías, ¿no?», «Las habitaciones tienen poca luz». En el último piso,
el propietario tendió la mano con orgullo:
—Mirad qué vista.
Se veía el mar a lo lejos, una cinta de seda gris más oscura que el
gris del cielo. La infanta, que se acababa de operar de miopía, exclamó
con evidente exageración:
—Yo veo hasta las luces de Mallorca.
Bajaron al salón que daba al jardín, con árboles frondosos y una
piscina con el agua verdosa llena de hojas. El abogado fue a pedir al
servicio que preparara un aperitivo y la hija lo miró ilusionada:
—¿Te gusta, papá? Habrá que hacer mucha obra, eso sí.
—Cómprala.
—No tenemos dinero, nos piden seis millones y medio —contestó
Cristina tímidamente.
—Coño.
—Pero en La Caixa nos van a dar una hipoteca por la mitad, tres
millones, y tenemos algo ahorrado.
—Pues yo te regalo lo que falta.
Cuando el abogado entró, Cristina le comunicó alborozada:
—Mario, nos la quedamos, al rey le gusta mucho.
—Como le gusta a la infanta, me gusta a mí.
Si Mario se asombró de que padre e hija se llamaran entre ellos
infanta y rey no lo demostró, porque era hombre habituado a moverse
en ambientes aristocráticos. Sí dijo:
—Si queréis, el fin de semana podemos hacer un pequeño
piscolabis con mis hijos y mi novia Natalia.
—¿Es guapa tu novia?
—Mucho.
—Qué cabronazo… pero otra vez será, me voy a La Garganta, la
finca del duque de Westminster, en Ciudad Real. ¿Sabéis que el duque
es el hombre más rico de Inglaterra, veinte veces más rico que la
reina? Hace un par de años compró La Garganta por diecisiete mil
millones de pesetas, ¿qué os parece?
Mario se apresuró a contestar:
—Pues una barbaridad de dinero.
Pero Cristina lo miró con preocupación:
—Pero, papá, tanto moverte, ¿ya te va bien?
—Oye, hija, que manía tenéis todos de tratarme como a un
anciano.
Porque el rey se había convertido en una especie de bohemio de lujo,
tenía el mal del viaje, como su padre, que navegaba sin fin como el
holandés errante, sin tocar puerto, por el único placer de moverse, de
no estar siempre en el mismo sitio. Sus nuevos amigos, los Albertos,
Juan Abelló, Samuel Flores, Florentino Pérez, Villar Mir, la
aristocracia del dinero, lo cobijaban encantados en sus fincas, a veces
solo, con un pequeño maletín, a veces con Marta o con otras damas, y
únicamente acudía a Madrid para ceremonias oficiales. Había dejado
de hablarse con su mujer, se ponían de acuerdo las secretarías
respectivas para combinar su presencia conjunta en los actos en los
que se les requería y la reina desplegaba todo su arsenal de sonrisas y
confidencias en el oído del rey, que se veía obligado a inclinarse
fingiendo escuchar con atención. La reina se limitaba a bisbisear:
—Bsss bsss…
Los fotógrafos inmortalizaban el momento, que después aparecía
etiquetado como «Buena sintonía y complicidad entre los reyes en la
recepción al cuerpo diplomático, que pone en evidencia que su
matrimonio es ejemplar», tratando de hacer olvidar a los españoles
todas las Martas y Bárbaras de este pícaro mundo. Además de los
innumerables romances del rey, unos auténticos, otros inventados y
otros exagerados a veces por las mismas damas, que, si bien no se
publicaban en los periódicos, sí se insinuaban en las radios o en los
programas de la televisión, cada vez más descarados.
Al finalizar la ceremonia, cuando salían los reyes del salón de
audiencias y se cerraban las puertas detrás de ellos, se daban la
espalda y se iban cada uno a sus estancias de la Zarzuela sin haber
intercambiado palabra, si acaso algún:
—Boba.
—Stupid .
Dicho entre dientes.
Claro que ahora la casa entera se había vuelto loca con la
preparación del casamiento del príncipe. A veces, al rey le daba pena
su futura nuera, intentando participar en la preparación de su propia
boda:
—Me gustaría que fuera más íntima… Mi familia se sentirá
desplazada. Todas estas personas que van a venir, en realidad no son
amigas de nadie, ni de vosotros.
Los miembros del staff , que tenían esos ademanes majestuosos y
arrogantes que suelen exhibir los individuos que por su trabajo tienen
trato con la realeza, cosa que les hace sentirse especiales, la miraban
con aire de superioridad y le aconsejaban displicentemente:
—Señora, lo mejor será que os vayáis unos días a Barcelona a
probaros el traje y nos dejéis a nosotros.
Su vestido de novia, que le hacía Pertegaz, era lo único en lo que
ella tenía cierta autoridad. Así, lo hizo modificar tantas veces que al
final el mismo Pertegaz no reconocía su propio diseño.
El rey se sentía tan abrumado por la situación que se iba a
Barcelona o llamaba a sus amigos en tono lastimero:
—Este fin de semana voy ahí.
Y el amigo se apresuraba a montar una cacería, reclutando a los
participantes a toda prisa, porque los deseos del rey seguían siendo
órdenes y no dejaba de ser un gran honor recibirlo en tu casa.
Llegó el rey a La Garganta con su habitual revuelo de escoltas y
asistentes, lo esperaba un comité de recepción impecablemente
formado en dos filas en la puerta. No en vano, el duque de
Westminster, lord Gerald Cavendish, era caballero de la reina y estaba
acostumbrado al florido protocolo de la corte inglesa.
Alto, delgado, con la piel enrojecida por el frío y su pelo rubio en
el que aún se notaban las rayas del peine, muy bien vestido por el
mejor sastre de Savile Row, lord Cavendish inclinó la cabeza:
—Majestad.
El rey le palmeó la espalda en ese saludo que está entre el abrazo y
el estrechar de manos, y se metió dentro de la casa. El interior era
monumental, con muebles de madera oscura, tapices en las paredes e
innumerables trofeos cinegéticos. El fuego ardía alegremente en la
enorme chimenea.
El rey se detuvo de pronto y se llevó la mano al corazón.
Al lado del fuego, resplandeciente como una antorcha, estaba una
mujer alta, rubia, de labios sensuales, sonriente y seductora. En aquel
ambiente tan masculino, su femineidad resultaba casi obscena, eso
que era una mujer muy elegante, vestida con prendas muy sencillas,
pero que se notaba que eran muy caras, un suéter marrón de cuello
alto y unos ajustados pantalones de cuero.
El rey se sintió tan deslumbrado que tuvo que cerrar los ojos como
si hubiera visto mil soles. La mujer permanecía inmóvil pero vibrante,
a la expectativa.
El duque se dio cuenta de que algo importante había pasado entre
ellos y se apresuró a presentarlos:
—Perdón, majestad, esta es la princesa Corinna zu Sayn-
Wittgenstein… Es muy amiga mía y además es la profesional que ha
organizado la cacería.
Si el duque albergaba sentimientos tiernos en su corazón por la
mujer en ese momento los estranguló para siempre.
Ciego a todo lo que no fuera la princesa, Juan Carlos se dirigió en
línea recta hacia donde estaba, tropezó con una silla y estuvo a punto
de caer. La mujer le sostenía la mirada, sin arrogancia, pero también
sin servilismo. Era delgada, pero muy fuerte, como una guerrera, como
una valquiria.
Dejó la copa de jerez que sostenía en la mano y se inclinó con una
pequeña reverencia, pero sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Señor.
El rey no pudo pronunciar palabra porque, de pronto, su corazón
protestó por tantas emociones y empezó a latir furiosamente, temió
que lo oyeran, temió no poder aguantar las ganas de tocarla y
abrazarla.
Se desvanecieron Marta y las otras, adiós, adiós, fue el choque de
dos planetas, de dos constelaciones solares, de dos universos… o,
simplemente, el encuentro de dos almas gemelas.
Hasta la noche siguiente no pudieron estar solos.
Habían pasado todo el día cazando, a Juan Carlos le llamó la
atención la seguridad con la que se movía la princesa, la pericia con la
que cogía la escopeta, cómo tiraba, tenía el aplomo y la agresividad de
un hombre en el cuerpo más femenino que había visto en su vida.
Cuando regresaron a la casa, no pudo dejar de advertir con
admiración la forma profesional con la que organizaba la intendencia,
cómo daba órdenes al servicio, allí todos, desde el anfitrión hasta el
último guarda, se movían al son que ella tocaba.
Incansable. Solo se oía:
—Corinna… Princesa… Señora…
Le dijo, apartándole un mechón de pelo que le caía sobre el ojo:
—Eres como un general arengando sus tropas.
Se sentaron en un salón pequeño, con una copa en las manos.
Corinna no intentó deslumbrarle, como hacían todos, eso causaba
el efecto contrario en el rey, que se aburría como un niño pequeño y
buscaba diversiones nuevas. ¿Qué podía deslumbrarle a él, que todo lo
tenía, que lo había visto todo?
Al contrario, Corinna le contó que trabajaba en la armería Boss de
Londres y que al mismo tiempo organizaba cacerías y todo tipo de
eventos en Europa, África y América aprovechando los privilegiados
contactos que había adquirido en la tienda. Muy joven, se había casado
con un americano, Philip Adkins, «que me cuidaba mucho», con el que
había tenido una hija, y luego con un príncipe alemán, Casimir zu
Sayn-Wittgenstein, «al que tengo que cuidar yo», con el que había
tenido un niño, entonces de dos años.
—Estamos separados —le aclaró con candidez—, Casimir no me
pasa dinero, porque no tiene un euro, sin embargo, tengo derecho a
utilizar su título, lo cual me viene muy bien, sobre todo para los
clientes norteamericanos.
Todo esto lo explicaba con sencillez y de forma tan divertida que
el rey se sintió encantado por su naturalidad y rectitud.
También le fascinó que fuera tan lista y se ganara la vida. Él solo
había conocido mujeres cuya mayor ambición era que un hombre las
mantuviera. Chicas desamparadas, floreros, mujeres objeto, incapaces
de ser independientes o de ejercer una profesión.
—No he conocido a nadie como tú.
—Soy una working class girl .
El rey la escuchaba como si estuviera presa de un sortilegio, le
hechizaba su modo de mover las manos cuando hablaba, la
expresividad de su rostro, su pelo sedoso, que se movía como si tuviera
vida propia, su humor, sus carcajadas…
Por primera vez con una mujer, se sintió en inferioridad y no
sabía qué hacer para retenerla. Se le ocurrió de pronto:
—Me gustaría regalarle a mi hijo un viaje de novios especial, una
vuelta al mundo como la que me regaló mi padre, o la que le regaló a él
mi abuelo. Es difícil, porque todos los sitios están muy explotados ya,
pero querría que fuera algo que no vayan a olvidar nunca.
Corinna se echó a reír:
—Para mí será fácil y me divierte el encargo… decidme qué
presupuesto tenéis y yo os lo monto.
—No sé. ¿Cien mil euros?
Ella hizo un gesto de desprecio con la mano:
—Es poco… necesito más.
El rey no quería dar la sensación de que era un pobretón o un
tacaño, ¡ahora, era él el que quería deslumbrarla! Que supiera que el
único rico en La Garganta no era Cavendish.
—Pues no sé, ¿el doble? ¿Trescientos mil?
—Medio millón.
El rey la miró intensamente, su piel parecía pan caliente, dorada
por el fuego, en ese momento le hubiera dado, no medio millón, sino
su reino entero, alargó la mano y cogió la de ella, le sorprendió su
fuerza, la energía que desprendía fue como una corriente eléctrica que
se diseminó por su cuerpo a través de las venas y los capilares; joven,
¡volvía a ser joven, como cuando estaba con Olghina y el sexo le
quemaba!
Su corazón volvía a tener veinte años.
—¿Hecho?
—Hecho.
—¿Y por mí? ¿No vas a hacer nada por mí? —le preguntó con voz
enronquecida.
Acercó su cuerpo al suyo, se rozaron y se vieron
irremediablemente perdidos.
28
—A las cuatro tengo una reunión con la prometida de tu hijo para
hablar del viaje de novios. Estoy a punto de coger un avión.
El rey agarró el auricular con fuerza y se repantingó en su butaca,
puro en mano y, como siempre que hablaba con Corinna, se le iluminó
la cara:
—Ah, ¿sí? A ver qué te parece la asturiana.
—Por teléfono resulta muy enérgica y me ha dado a entender que
ella ya se valía y sobraba para preparar su viaje de novios, que estaba
acostumbrada a viajar con sus padres por toda Europa desde que era
pequeña… iban de camping .
El rey lanzó una risotada:
—¿De camping ? ¿En tiendas de campaña?
La princesa se amoscó:
—Oye, que a mí me parece muy bien que me lo haya dicho, creo
que es un tanto a su favor… Pero me hablaba de París y de Berlín con
suficiencia, como si los hubiera fundado ella, aunque me he dado
cuenta de que en el fondo está nerviosa y asustada por todo lo que le
espera.
Al rey le sorprendió la capacidad de Corinna para juzgar a las
personas sin dejarse engañar por las apariencias:
—Joder, tú en los negocios debes ser un competidor terrible.
—Será competidora, digo yo —protestó la otra con coquetería.
—Para ti los negocios son un juego, como para muchos hombres
—rio el rey complacido.
—¿Me estás llamando marimacho?
—Para unas cosas eres muy mujer y para otras, muy hombre. —
Tuvo una sonrisa torcida acordándose de… carraspeó para reponerse
—. Oye, pero no me extraña esto que me dices de la asturiana, el duque
de Abrantes está sometiéndola a un tercer grado con todas esas
chorradas del protocolo, quién va delante en los tratamientos y las
preferencias, los saludos, las reverencias, ¡pero si yo tampoco sé una
mierda de eso y mal que bien he salido adelante!
—Querido, es que tú lo tienes muy fácil, siempre estás arriba de la
pirámide… son los otros los que tienen que alinearse, tú no tienes
competencia.
—Yo soy el pastor y ellos son mi rebaño.
—Algo así.
El rey se quedó pensativo, Corinna siempre le estimulaba y le
divertía, pero sacudió la cabeza y volvió a Letizia:
—Y que si su familia tiene que comportarse de una manera o de
otra. La hermana al parecer no está casada con ese chico, no sabes
cómo se puso la reina cuando se enteró de que vivían en pecado y que
habían posado en la foto de la petición… Es empleado de la limpieza,
por cierto.
—¿Pero no había que democratizarse? Pues que los dejen ser
naturales.
—Eso digo yo, prefiero a un barrendero que al cursi de Marichalar
—sacudió la punta del puro en el cenicero y se echó a reír—. ¿Sabes
que a la segunda mujer del padre la han borrado de la foto?
Se oyó lo voz de Corinna hablando con alguien y luego se dirigió a
él:
—Perdona, es que he tenido que pasar por la tienda antes de ir al
aeropuerto… ¿Qué quieres decir?
—Que el padre dejó a la madre, se ha casado con otra, y las hijas
se han puesto al lado de la madre… pero ahora, de cara a los cabrones
de los periodistas, que ya sabes que quieren meter la nariz en todo, los
obligan a aparecer juntos en amor y compañía, aunque no se dirigen la
palabra, y a la otra la esconden.
—Pero qué anticuados estáis, por favor.
El rey se puso a reír, alborozado como un chiquillo:
—¿Y sabes lo más bueno? Que el abuelo taxista ha amenazado con
pegarle una hostia al yerno en la boda… Será un día muy bonito,
¡todos a hostias!
Rieron los dos:
—Pero ¿tú, cómo te enteras de todo esto?
—Me lo cuentan mis hijas… Cristina se ha hecho bastante amiga
de ella. —Cambió el tono de voz—: Oye, ya sabes lo que te dije de Iñaki,
mi yerno.
—Y ya sabes lo que te dije de esa mallorquina.
El rey frunció el ceño, Corinna se había empeñado en que dejara
de ver a Marta y el encargo se le antojaba duro de cumplir… aunque no
quería disgustarla. Se le ponían ojos de pantera y le amenazaba con
dejar de verlo; ¡dejar de verse, no! Ella, que estaba en su vida desde
hacía muy pocos meses, convertía en insignificante toda su vida
anterior, Marta incluida.
—Mujer, si ahora solo somos amigos… Siempre la he amparado,
depende de mí, no la voy a dejar tirada ahora.
Corinna rio con sarcasmo:
—Prométeme que vas a hablar con ella y a decirle que lo nuestro
va en serio.
—Sí, ya lo haré —respondió el rey con impaciencia.
Como Corinna sabía perfectamente cuándo tirar de la cuerda y
cuándo aflojar, puso su voz más zalamera:
—Lo de tu yerno está en marcha, dile que venga a comer conmigo
a Londres, quizás haya algo para él.
—Tiene una fundación, se llama Nóos o Nas, o no sé cómo coño.
Está en conversaciones con el presidente de la Generalitat valenciana,
Francisco Camps, que es muy amigo mío, para organizar un evento
deportivo.
—Qué manía tenéis con las fundaciones…
El rey, incómodo, cambió de tema:
—Oye, princesa, te van a buscar al aeropuerto, supongo.
—Sí, claro, ¿podré verte?
—A ver, chiquita, ¿cuántas veces he ido a Londres? ¿Diez?
Corinna rio halagada:
—Unas cuantas, sí.
—¿Y tú crees que voy a dejar que vengas aquí y que no te voy a
ver?
Colgó el teléfono y empezó a dar vueltas por el despacho, nervioso
como un adolescente. Se asomaba al jardín y veía correr los gamos a lo
lejos, estaba tan acostumbrado que ya no reparaba en ellos, el viento
en las encinas canturreaba Co-rin-na… Llamó a Alberto Aza:
—Cuando la princesa Corinna acabe con la prometida del
príncipe, por favor, que venga a verme que quiero discutir unos
asuntos con ella.
—Tengo entendido, señor, que regresaba hoy mismo a Londres.
—Pues cógele hotel y que se quede hasta mañana.
Los dos estaban al cabo de la calle de los asuntos que tenía que
tratar el rey con la princesa alemana, don Juan Carlos no se molestaba
en disimular porque, por una parte, se sentía más allá del bien y del
mal y, por otra parte, la opinión de su familia había dejado de
importarle.
—Señor, ha llegado el fisio.
Se tendió en la camilla, sus antiguas lesiones le causaban dolores
en la espalda y en la cadera que solo se aliviaban con un buen masaje,
pero debía reconocer que desde que estaba con Corinna se notaba
rejuvenecido, aunque los doctores de Barcelona atribuyeran el mérito
a sus tratamientos antiaging . Su masajista se lo confirmó:
—El señor parece que haya recuperado su buena forma de hace
veinte años, vaya musculatura.
Él sonreía, secretamente complacido, y se decía: «No solo la
musculatura, amigo». El bueno de Bouza, su compañero de la
academia, creyendo que le halagaba, comentaba en las reuniones de
antiguos alumnos que «el rey no tiene problemas de próstata, ni de
nada, todo le funciona muy bien».
Demonios si le funcionaba.
Claro que Bouza había sido apartado inmediatamente de la casa y
cuando intentaba ir a verlo, no se le recibía ya.
—¡Ay!
—Sí, aquí duele un poco, ¿no? Este músculo está agarrotado.
Su imaginación vagaba por los espacios siderales mientras lo
envolvía el olor mentolado de la loción de masaje. ¿Cómo se
entenderían Corinna y su futura nuera?
Corinna aún no sabía hablar español, aunque lo aprendía muy
rápidamente, y Letizia solo chapurreaba inglés… Estarían viéndose
ahora en la Casita del Príncipe, donde iban a vivir después de casados.
Donde vivían ahora, por mucho que dijeran que «Letizia se ha
trasladado a la zona de invitados». ¡Narices! ¡Si le habían contado que
la asturiana se había enfadado porque los Abelló les habían puesto
habitaciones separadas en su finca de Las Navas! Por exceso de celo,
ya que no veía él ni a Juan ni a su mujer como unos meapilas.
Pero ¿qué sabía él de Letizia? Lo ignoraba casi todo sobre la novia
de su hijo, le había presentado a su familia varias veces, pero nunca
había logrado retener los nombres ni quién era quién.
—Tú eres el primo abogado.
—No, yo soy el padre, Chus.
Había empezado a usar un pequeño audífono, tan minúsculo que
no se veía, pero a pesar de eso lo solía llevar desajustado y terminaba
por quitárselo con disimulo.
¡Letizia! ¡Hacía cuatro días nadie la conocía en palacio y ahora
ocupaba todas las conversaciones, memorándums y comunicaciones
internas!
Nadie sabía muy bien qué tratamiento le correspondía, hasta que
saliera de la iglesia no se le podía llamar «alteza» y todo era señora por
aquí, la prometida del príncipe por allá, doña Letizia por acullá… Al
principio, abrumada, Letizia les decía a aquellos severos señores de
gris:
—Llamadme Letizia, por favor, y tuteadme.
Se le hizo ver que eso era imposible y entonces ella saltó:
—Pues yo les voy a hablar de usted y de don.
Volvieron a decir que eso también era imposible, los usos y
maneras de la familia real era que tuteasen a todo el mundo y nadie
pudiera tutearlos a ellos. La convencieron cuando le informaron de
que el rey utilizaba el usted con Santiago Carrillo, porque así quedaron
al principio, y con Aznar, porque lo detesta.
Letizia le preguntó a la infanta Cristina si no le resultaba
incómodo que la trataran con tanto protocolo, incluso sus amigas, y le
hicieran reverencias.
—Te diré, a nosotras empezaron con los tratamientos cuando
teníamos diez años, hasta entonces éramos Elena y Cristina —le dijo—.
Al principio nos parecía una broma, nos reíamos y les hacíamos
reverencias a ellos, pero enseguida te acostumbras.
Y así fue. Al cabo de poco, a Letizia le pareció normal que
ancianos que apenas podían doblarse se inclinaran a su paso, bajaran
la cabeza y la llamaran señora.
Y que, tocando un botón, viniera un servidor y pudieras decir:
«¿Me traes un vaso de agua?».
Cuando el príncipe les había dicho a sus padres que se quería
casar con esa periodista que salía en televisión, y que si no lo dejaban
renunciaría a la Corona porque la quería por encima de todo, Juan
Carlos se había sentido aliviado de que le apearan de la obligación de
enfrentarse a su hijo. ¡Pensar que con Eva había tenido que recurrir a
cuatro presidentes del Gobierno para que le llamaran la atención! ¡Qué
inmenso ridículo! ¡Y para lo que sirvió! Al final habían tenido que tirar
de chequera para quitarle a la noruega de encima.
Que lo pusieran ante los hechos consumados no dejaba de ser un
descanso. Solo le había advertido a Felipe:
—¿No será un capricho? Piensa que nos jugamos mucho.
—Papá, tengo treinta y seis años y he tenido las suficientes novias
como para saber que Letizia es la mujer de mi vida.
—Ya… —pero no pudo dejar de hablar el escéptico que llevaba
dentro—, eso de la mujer de mi vida está muy bien para las novelas y
las películas, pero no eres tú el que tiene que estar satisfecho, sino la
institución.
—Papá, si yo no soy feliz no seré un buen rey.
—Bueno, bueno, para eso falta mucho, que yo no tengo ninguna
intención de abdicar, y menos de morirme… Me ha dicho tu hermana
que os conocisteis hace unos meses en casa de un periodista, ¿no?
Felipe, que era incapaz de mentir, le confesó con algo de
vergüenza:
—No, papá, eso lo hemos dicho para quedar bien, pero es falso.
Llevamos juntos tres años, hemos viajado mucho, prácticamente no
nos hemos separado, por eso estoy tan seguro de mis sentimientos.
—Pero ¿no estabas con la noruega? —se asombró el padre—.
Menudo lío te traes, o me lo traigo yo. —El hijo se encogió de hombros
y el rey entendió—: Ah, estabas con las dos… O fingías que lo estabas
para llevar lo tuyo en secreto. ¡Vaya, vaya con Felipón!
La madre, que había permanecido en silencio hasta entonces,
aprovechó la circunstancia para lanzarle a su marido, al que nunca
tenía a tiro, un dardo envenenado:
—Es que tú, Juanito, nunca te enteras de nada porque siempre vas
a lo tuyo. O a la tuya.
Se volvió con violencia hacia su mujer:
—¿Pero tú lo sabías?
Felipe se apresuró a intervenir, previendo tormentas familiares:
—No, mamá tampoco.
Y luego se había puesto muy serio, tan serio como no lo había
visto nunca, tan serio que dejó entrever el rey que podría ser cuando
tocara, y les dijo eso que luego se iba a tergiversar tantas veces:
—Sé que no puedo estar sin ella, no me veo capaz de trabajar por
España sin ella a mi lado. Es inteligente, con ganas de aprender,
conoce los problemas de los ciudadanos porque ha vivido con
estrecheces, y estoy seguro de que será tan buena como…
La madre enrojeció de placer:
—No, mamá, como tú, no, porque no os parecéis en nada. Letizia
es dura e intransigente, es una luchadora y sería incapaz de perdonar o
de aguantar… —no se atrevió a ser más explícito, los ojos heridos de su
madre, la actitud altanera de su padre, se lo impidieron—, ciertas
situaciones.
El padre se rio por dentro, menudo chasco para su mujer, le
estaba bien empleado por creerse lo que publicaban esos periodistas
que, para ir contra él, se dedicaban a ensalzarla por encima de todas
las cosas, poniéndola en un altar como si fuera la madre Teresa de
Calcuta y madame Curie, todo en una pieza. ¡Y ella se lo había creído!
¡Se consideraba la reina por excelencia! ¡El modelo de las reinas!
—Cree que después de ella se rompió el molde —se burlaba
delante de sus amigos con grandes risotadas, que ellos coreaban con la
boca pequeña porque nunca se sabía qué oídos indiscretos podían
estar escuchando.
En realidad, estaba tan harto de supervisar las novias del príncipe,
de hacer cábalas sobre su futuro, de pensar que iba cumpliendo años y
que no había ni nueras ni, lo que es peor, herederos en el horizonte, o
de imaginar qué podría venir después de Eva Sannum, qué horrores le
esperaban, que la elección de Letizia no le había parecido tan mal.
Felipe, que se había dado cuenta, corrió alborozado a contárselo a
su novia y el padre se fue silbando a su despacho.
Pero su mujer lo siguió hasta sus estancias, algo que le molestaba
mucho, y no dejaba de tocarle el brazo para llamar su atención:
—Juanito, esa chica es tremenda, hemos comido juntas y ha dicho
que le parecía muy bien que los… maricas se casaran.
—¿Y a ti qué te importa? Además, tienes varios primos maricones.
El rey opinaba como ella, pero le encantaba llevarle la contraria:
—Ya sabrás que ha estado casada y que su marido está vivo.
—Lo mejor será que le pidamos a Alberto Aza que busque a un
sicario para que se lo cargue.
—¡No tiene gracia, Juanito! ¡No te tomas nada en serio! —Suspiró
con hartazgo, pero ella fingía no darse cuenta y proseguía—: Felipe
hubiera podido casarse con quien le diera la gana, es el heredero mejor
preparado de Europa.
Él se detuvo en la puerta de su despacho, porque no quería que
ella entrara, y le dijo con hastío:
—Sofi, que aquí no hay periodistas delante, no hace falta que
mintamos. Tu hijo, de momento, es un niño pijo al que has malcriado.
Si tiene madera, está por ver todavía.
—Pero, Juanito, mira la nieta de Beatriz de Holanda…
—Pero si es una niña, por Dios, que no estamos en la Edad
Media… Tu hijo es casi cuarentón. ¿De verdad te has creído que Felipe
se iba a casar con una princesa? Aún gracias que no nos ha traído una
actriz porno o una nieta de la Pasionaria.
No, Letizia no era tan mala elección, aunque a él le daba igual con
quién se casara, pero sabía que la prensa, empeñada en beatificar a
Sofía, iba a decir que él la despreciaba y que la reina la había acogido
amorosamente, con los brazos abiertos.
¿Despreciarla? No era verdad. La ignoraba. Como a casi todo el
mundo.
Le reventaba que fuera tan redicha, que intentara llevar siempre
la voz cantante, pero después de que le pegara un par de bufidos, la
chica reculó y dejó de molestar.
Mejor que supiera quién mandaba allí. Quién era el «jefe», como
lo llamaban sus sobrinos. Su hermana Pilar le comentaba mientras
ensayaban la entrada en la iglesia, que iban a hacer juntos:
—Haces muy bien en no encabezar el desfile nupcial con la madre,
menudas pintas haríais los dos, pareceríais el punto y la i. —Al rey no
le hubiera importado y se encogió de hombros, de la boda solo había
preguntado a qué hora tenía que estar vestido y a qué hora acabaría.
La hermana proseguía en tono horrorizado—: Pero, qué desgracia,
Felipe, con lo bien educado que parecía, ¿cómo ha podido traernos a
casa a esa chica? ¿Has visto a su familia? El abuelo taxista, yo no sé de
qué hablar con ellos… Del precio de la carrera, supongo, ay, Juanito, si
papá levantara la cabeza… Por no hablar de que ha estado casada y de
que sale desnuda en la portada de un disco, ¿sabías eso? —Juanito
estaba impaciente para que se fuera, esperaba una llamada de su
amigo Cusí para ir a la finca El Palomar de Samuel Flores y asentía a
todo sin escucharla. La infanta se envalentonó—: A mí me viene mi
hijo con una novia así y lo echo de casa.
Y aquí el rey se levantó, la cogió por el codo, la llevó hasta la
puerta y le dio un ligero empujón:
—No me hables de novios de hijos, Pilar… Que Juan se va a casar
con la hija de Javier de la Rosa. No te atrevas a darme lecciones.
Y dio un portazo tan grande que uno de los escoltas se llevó la
mano al arma creyendo que había sido una detonación.
La ducha lo vivificó, después del masaje se sentía como si pudiera
correr por los montes de El Pardo diez kilómetros… Corinna y Letizia
estarían tomando un té seguramente, lista era la asturiana, lo iba
aprendiendo todo pasito a pasito, ahora ya no hablaba mucho, callaba,
escuchaba, preguntaba…
Se distraía con sus pensamientos para no enfrentarse al momento
fatal: llamar a Marta. Llevaban meses sin hablar. Desde que había
conocido a Corinna y su mundo se había trastocado, sus veinticuatro
años juntos se habían borrado como rayas en el agua.
Sabía que no podía posponerlo más, iba a coger el teléfono, iba a
marcar, cuando de pronto le invadió un tedio espantoso. Marta, su
fidelidad, su voz serena, las tranquilas veladas que pasaban juntos en
el campo, con sus amigos de confianza, le causaron un profundo
aburrimiento. Sin querer, bostezó. Tanto, que estuvo a punto de
dislocarse la mandíbula.
Sí, le tenía mucho cariño, pero ya no la amaba y, lo que era peor,
no le divertía. No podía olvidar sus cualidades, Marta era como un
sorbo de agua fresca y clara, pero Corinna era una bebida burbujeante,
un champán muy caro que entraba despacio en el cuerpo y cuando te
dabas cuenta, estabas embriagado.
—Señor, la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein.
Se levantó con el corazón galopando como un corcel joven. Se
arregló la corbata, corrió hacia la puerta cuando entraba Corinna
trayendo el frío de la calle, llena de risas, energía y planes. Iba con una
camisa de seda abierta hasta el segundo botón y un traje pantalón azul
marino. La casa, de pronto, se vio vieja y oscura:
—Esta decoración es horrible… como la de tu hijo, ¡pero si parece
la vivienda de unos señores mayores!
El rey le había respondido formalmente, mientras se ponía un
dedo sobre los labios:
—Muy bien, princesa, cuéntame, por favor, cómo van los planes…
—Cerró la puerta y con la mano libre la inmovilizó y le empezó a besar
el cuello tentador. Le susurró—: Vente a vivir aquí, hay una casa cerca
que se podría amueblar.
La princesa trato de desasirse y rio:
—Pero ¡estás loco! ¿Y mi hijo? ¿Y mi trabajo?
Con temblores de calentura en la voz, balbuceó:
—A tu hijo te lo traes, y a tu trabajo que le den por el culo.
—¿Y la reina?
La hizo pasar, le ayudó a quitarse la chaqueta y le dijo lentamente:
—¿Qué pasa con la reina?
—Que si se entera…
—Ya lo debe saber porque esa se entera de todo… Lo que me
importa a mí…
En realidad, lo sabían la reina, el personal de la casa y hasta Letizia,
que había protestado delante de Felipe:
—Es inaudito, aunque yo siga enfadada con mi padre por lo que le
hizo a mi madre, no deja de ser una putada que tengamos que
esconder a Ana como si fuera una amante clandestina. ¡Y tu padre,
mientras, metiéndonos aquí a su querida para que nos prepare el viaje
de bodas, restregándonosla por los morros!
Felipe le respondió con su calma acostumbrada:
—Nosotros teóricamente no sabemos nada, es una amiga de mi
padre y ya está.
Mordaz, Letizia, que se movía arriba y abajo del salón,
estrujándose las manos, presa del nerviosismo, preguntó:
—Entonces Marta, Bárbara, las aristócratas, las actrices, las
presentadoras de televisión, la periodista, las catalanas, ¿todas son
amigas de tu padre?
—De esos temas nunca hablamos en casa, la verdad es que no lo sé
—replicó Felipe, molesto.
Ella detuvo su frenético caminar:
—¿Me quieres decir que nunca lo has hablado con tus hermanas?
—Jamás, te lo juro.
Lo miró fijamente, pero se dio cuenta de que decía la verdad y
siguió moviéndose. Para bien o para mal, en su familia todo se
hablaba, se discutía, se gritaba. Las tres hermanas, Telma, Erika y ella,
estaban días enteros sin dirigirse la palabra y después se abrazaban y
lloraban las unas en brazos de las otras. El divorcio de sus padres, por
ejemplo, del que se enteró el día en que se casaba con Alonso Guerrero
en Almendralejo, ¡cuántos lloros! ¡Cuántos portazos! ¡Cuánto drama
provocó!
Dejaron de hablar al padre, y su relación nunca llegó a
normalizarse después de aquello. Chus, como lo llamaban en familia,
que era un hombre culto y decente, tuvo la impresión de que había
perdido a sus hijas, cosa que le dolió porque las quería mucho.
¡Su boda con Alonso! ¿Cómo se le había ocurrido casarse?
Llevaban diez años juntos, pero en los últimos tiempos apenas se
veían, Letizia se había ido con una beca a México, lo había olvidado…
Y cuando volvió a España decidieron contraer matrimonio. De la boda
ya no se acordaba casi, pero el divorcio había sido tan civilizado que
incluso habían tenido el mismo abogado. Su primo David Rocasolano.
Y es que no había nada que repartir, tan solo el piso, que
vendieron y la mitad para cada uno. Sin embargo, si se divorciara de
Felipe, le quedarían dos casas, una de verano y otra de invierno,
servicio, escoltas, coches, viajes, asignaciones… ¡En las capitulaciones
matrimoniales que había firmado quedaba mejor que Lady Di, le
repetían los amigos que estaban en el ajo!
Claro que, si tenían hijos, estos se quedarían con el padre, pero el
primo abogado ya le había advertido:
—Esa cláusula es ilegal… no te costará impugnarla.
Pero Letizia no quería pensar en eso. Amaba a Felipe. Para toda la
vida.
A pesar del ambiente en el que había crecido, su novio era una
persona de principios, firme como una roca. ¿Por qué le tocaban
siempre hombres tan tranquilos? ¿Por qué los atraía, ella, que era un
manojo de nervios?
¡Misterios del alma humana!
Miraba a Felipe, que leía el periódico. A Letizia le daba pena
pensar cuánto dolor sordo y silencioso había habitado su infancia.
Pero no podía dejar de preguntar, la curiosidad formaba parte de su
naturaleza:
—Pero tu madre, ¿qué piensa?
Felipe, intranquilo, miró alrededor porque sabía que había
micrófonos, solo esperaba que no fueran de mucha potencia y que los
oídos que escucharan fueran discretos:
—Pues no nos comenta nada, como comprenderás, y no sé si lo
sabe. Como ves, vive muy aislada.
Letizia soltó una carcajada sin alegría ninguna:
—Sí, hombre, cómo no lo va a saber… Sus cuernos los conoce toda
España.
La expresión dolorida de Felipe la avergonzó y le acarició el brazo
pidiéndole disculpas, pero el príncipe respondió:
—Pues si lo sabe se aguanta, como ha hecho siempre. Tiene un
gran sentido de la dignidad.
—Felipe, comprendo que a tu madre la quieras mucho, porque
además te da pena, lo sé… pero para mí la dignidad es otra cosa —
masculló Letizia.
Pero se calló porque Felipe frunció el ceño, la máxima muestra de
contrariedad que se permitía. Le costó, pero Letizia optó por el
silencio. Cuando se casaran ya le diría que…
Se sentó y cogió un bloc que tenía encima de la mesa, le
temblaban las manos. Empezó a hacer listas con las cosas que se tenía
que llevar en el viaje de novios, ¡era lo único que le dejaban hacer!
Como le había contado la princesa Corinna, iban a ser treinta y dos
días por tres continentes y muchos cambios de temperatura.
—Te aseguro que no te va a pillar ningún paparazzi .
Era curioso constatar que Letizia, que era periodista e hija de
periodista, había adoptado de su nueva familia el mismo
aborrecimiento que sentían ellos por esa denostada profesión.
Listas, solo podía hacer listas que luego no servían para nada.
Los ayudantes de Felipe, que ahora eran los suyos, no le impedían
actuar, por supuesto, pero alzaban las cejas ante cualquier propuesta:
—Bien, señora, lo miraremos… Hum. Nunca se ha hecho así, pero
intentaremos… Aquí, en la casa, no es costumbre.
Y ella, desalentada, terminaba por ceder:
—Es igual, déjalo, tampoco es importante.
Cuando Felipe la vio enfrascada en sus notas, suspiró de alivio e
iba a salir del salón de puntillas. Pero Letizia, que parecía sosegada y
serena, entró de pronto en erupción, como el volcán que aparenta ser
inofensivo y de repente se pone a escupir lava y piedras. Y arrojando el
maldito bloc al suelo, gritó:
—¡Felipe!
El príncipe advirtió, sorprendido, que las lágrimas resbalaban
incontenibles por las mejillas de su novia, cuando él nunca la había
visto llorar. Se sentó a su lado y le preguntó, lleno de preocupación:
—Pero ¿qué te pasa?
Pasaba que se habían roto los diques de autodominio y Letizia no
había podido aguantar la presión. Las palabras salían a borbotones y
era difícil entenderla:
—¡Júrame que tú no vas a hacer nada de eso! ¡Yo no podría vivir
como tu madre! Mira que lo estoy dejando todo por ti, mi familia, mi
trabajo, todo… estoy aguantando mucho.
Felipe le cogió las manos:
—Pero ¿cómo aguantando? Jaime Alfonsín, Palomo, el duque de
Abrantes, todas esas personas trabajan para nosotros, para ti, para
ayudarte, para que todo salga muy bien. Ni tú ni yo tenemos ni idea de
llevar esta casa, piensa que aquí trabajan setecientos guardias civiles,
trescientos empleados en los despachos… Y, encima, organizar una
boda para tres mil invitados…
Ella sollozaba con grandes suspiros, como los niños:
—Ya lo sé, ya lo sé. ¡Pero es que la boda ya no me hace ilusión!
Él la miró, sorprendido:
—¿Qué quieres decir?
—Estar contigo, sí, es lo que más quiero del mundo, pero estoy
deseando que pase ese día. ¡Pero no es solo la boda, Felipe! —se secó
las lágrimas con rabia—. ¡Yo no lo voy a aguantar como tu madre, que
lo sepas!
Felipe la estudió cariñosamente, la nariz roja, los ojos hinchados,
se había quedado tan delgada que se le notaban todos los huesos, pero
nunca la había encontrado tan guapa. Ni tan deseable. Porque la sentía
frágil y sensible, por primera vez indefensa, ella, que era tan fuerte.
Con su calma habitual, la cogió por la muñeca y le dijo:
—Escúchame bien, Letizia, por favor. Ya sé que tú no lo vas a
aguantar, pero yo no lo voy a hacer por eso. Nunca te voy a ser infiel
porque me he enamorado de ti para siempre y porque te quiero. —Y
añadió, no ya para Letizia, sino para sí mismo—: Y, además, yo no soy
como mi padre.
Letizia se sintió conmovida por la sinceridad de sus palabras, dejó
de sentir miedo por su futuro extraordinario y lo abrazó en silencio.
29
—¿M e voy a morir?
—No, claro que no, ¿cómo dices eso, mi amor?
—Tengo miedo.
Corinna notó cómo el rey le cogía la mano con fuerza, pero lo que
más le conmovió fue el tono de voz, débil y vacilante.
—No me dejarás solo, ¿verdad?
—No te voy a dejar solo ni un minuto… —le repitió por enésima
vez—. Te acompañaré a la puerta del quirófano, te estaré esperando
cuando salgas y ya verás como todo va a ir bien.
Pero no estaba segura. Los médicos habían sido claros: el rey tenía
un nódulo en el pulmón y no se sabría si era benigno o maligno hasta
que no abrieran. Podría ser cáncer. De hecho, había más posibilidades
de que fuera maligno de que no lo fuera y le habían dicho a Corinna
que debía prepararse para lo peor.
Era sábado, el amanecer del 10 de mayo de 2010. Ni la reina, ni
los hijos, ni los amigos, ni los socios, ni los periodistas, ni los políticos,
nadie, sabía que esta operación se iba a llevar a cabo, nadie conocía la
gravedad del rey de España. Tan solo, además de los miembros de la
Casa, había sido informado el presidente del Gobierno, José Luis
Rodríguez Zapatero.
Y ella.
Notó que se le había dormido la mano. Llevaban muchas horas de
vigilia, esperando que dieran las ocho para ir al Hospital Clínico de
Barcelona, donde iba a tener lugar la operación. Esa noche la habían
pasado en la parte alta de la ciudad, en el pequeño apartamento de la
clínica privada donde tantas noches de amor habían vivido, tantos
ratos de tertulia y conversaciones había albergado, tantos negocios se
habían iniciado con una simple llamada:
—Hola, soy el rey… sí, Juan Carlos. No es una broma, claro que
no. Deberíamos reunirnos para tratar del tema de ese tren a La Meca
que queréis construir… Nuestros contactos privilegiados…
Pero hoy este pequeño trozo de paraíso era una celda de castigo, y
el sofá donde pasaban las horas previas a la intervención un potro de
tortura en el que no gozaban ni de un segundo de descanso, como si
les clavaran mil alfileres.
¡El rey podía morirse!
Tenía el rostro embotado, las mejillas le colgaban, se le notaba
aturdido, pero eran sus ojos los que impresionaban. Porque por
primera vez en su vida tenía miedo, un miedo espantoso. Esta vez el
enemigo no eran unos militares traidores, un grupo terrorista, no era
su padre, no era Franco, era un tumor de un centímetro que estaba
alojado en su pulmón izquierdo, el pulgar hacia arriba era la vida, el
pulgar hacia abajo, la muerte.
Se revolvió, incómodo, se quejó:
—¿Qué hora es?
—Falta aún, intenta descansar.
¡Como si fuera tan fácil! Desde que lo habían operado del brazo y
del tendón de Aquiles, dos intervenciones casi seguidas con anestesia
general, tenía dolores constantes que requerían inyecciones de
cortisona, por eso tenía los rasgos deformados y una sed infinita.
Caminaba muy mal, cuando no lo veían esos periodistas cabrones
utilizaba una muleta, se sentía viejo y gastado, mientras Corinna
resplandecía, convertida en la mujer de moda en los cenáculos
económicos europeos. La única. Al lado de severos y encorbatados
señores vestidos siempre de gris, su melenita rubia, sus labios
carnosos, su cuerpo de modelo formaban un contraste sorprendente.
—Tengo frío.
Corinna abrió al azar uno de los armarios, cogió una manta ligera
y se la echó sobre las rodillas. Lo miraba con piedad y comparaba esta
criatura deshecha que ahora tenía delante, derrumbada en el sofá
como una mole informe, con aquel rey lleno de seguridad en sí mismo,
aquel hombre pletórico, lleno de fuerza, egoísta, seductor y
enamorado, que había conocido seis años antes, cuando ella vendía
armas en una tienda de Mount Street, organizaba safaris modestos y
soñaba con un futuro mejor para ella y para sus dos hijos.
Ella tampoco era la misma, porque en estos seis años su vida
había cambiado radicalmente. Ahora vivía con su hijo pequeño en la
Angorrilla, un palacete a diez minutos de la Zarzuela, en los montes de
El Pardo, propiedad de Patrimonio Nacional, exquisitamente decorado
por Jaime Parladé. Alexander era un niño muy inteligente y
parlanchín. Un día jugueteaba sobre las rodillas del rey, le metía los
dedos en los ojos, en las orejas y el rey se reía encantado ante sus
travesuras, algo que nunca había hecho con sus propios hijos. El niño
lo abrazó:
—Papá.
—No, Alexander, tu papá es el príncipe Casimir zu Sayn-
Wittgenstein —le riñó Corinna.
—Entonces, ¿quién eres? ¿Cómo tengo que llamarte?
Juan Carlos recordó cómo llamaba su madre a Alfonso XIII y le
dijo, abrazándolo.
—Llámame tío rey. Soy tu tío rey. No te olvides nunca, pase lo que
pase.
Corinna se acercó insinuante y le dijo:
—Y yo ¿cómo tengo que llamarte? ¿Qué soy para ti?
Él la cogió por la cintura y hundió la cabeza en su vientre
sintiendo esa clase de amor desgarrado que, de tan profundo, está
teñido de desesperación:
—¡Todo, lo eres todo!
De momento, Corinna era la Señora del Pabellón para el personal
de la Zarzuela. Tenía su propio servicio de seguridad, sus criados, sus
coches oficiales, cuando acudía a algún lugar de Madrid, aunque fuera
una simple tienda de ropa, la precedía una llamada de palacio para
que le hicieran los mismos honores que a la reina.
Asistía junto al rey a reuniones de fundaciones o con empresarios.
En estas comidas de trabajo, los asistentes se dirigían al rey, pero
muchas veces era ella la que contestaba mientras don Juan Carlos
clavaba la mirada en la copa y no pronunciaba palabra.
Nadie conocía muy bien su papel, pero todo el mundo le daba el
máximo nivel de importancia. Si ella arrugaba su naricilla por algún
presunto desaire, el rey podía levantarse enfadado de la mesa y
dejarlos plantados.
Con inconsciente osadía, don Juan Carlos se entrevistó con el
presidente del Gobierno, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero:
—Mi matrimonio está roto desde hace tiempo y desearía que no
me programaseis más viajes con la reina y que también aumentaseis
mis contactos con los países del área del Golfo… ya sabes los
tradicionales lazos de amistad que tengo con ellos.
El leonés se quedó boquiabierto ante esta exigencia, pero cuando
estaba en presencia del rey se emocionaba tanto que no puso ninguna
objeción y acató su deseo.
Y Corinna se convirtió en su acompañante semioficial. Don Juan
Carlos la colaba en sus desplazamientos a espaldas del gobierno y del
propio jefe de su Casa; se dijo que Alberto Aza, por la tensión de esos
años, había desarrollado una enfermedad y, agotado, había presentado
su dimisión. Le sucedió el solvente diplomático Rafael Spottorno,
quien se encontró la insólita situación de que España tenía dos reinas.
Alberto Aza declaró antes de irse:
—Vienen tiempos difíciles para esta casa.
¡Maldita sea, eran muy difíciles! El único punto positivo de este
complicado escenario radicaba en que los españoles estaban en la
inopia, en la más completa ignorancia, ocupados en criticar a Letizia,
que no había resultado tan dócil ni tan manejable como se esperaba.
Se criticaba su forma de vestir, de comportarse, se le reprochaba
incluso que hubiera dado a luz a dos mujeres en lugar de un varón…
Cuando su pobre hermana Erika se suicidó, muy pocos se enteraron de
que su antiguo compañero se había enfrentado al rey en el funeral a
puerta cerrada:
—¡Vosotros la habéis matado!
Juan Carlos, que vivía en su propio mundo de Corinnas, jeques
árabes y negocios millonarios, se había visto obligado a acudir al
funeral porque la reina estaba de viaje. Y no entendió qué se le
censuraba y creyó que el muchacho, que no sabía ni quién era, había
enloquecido de dolor. La prensa, como siempre, dijo que la que tenía
la culpa era la familia de Erika. La periodista que Letizia había sido, y
que sigue siendo, porque, aunque uno abandone el oficio, el oficio no
nos abandona nunca, seguro que suspiró:
—Si pudiera contar todo lo que sé y todo lo que veo.
Y en ese todo lo que veo figurarían las actuaciones de Iñaki
Urdangarin, aquel vasco sanote y algo ingenuo que había pensado que,
si el rey estaba metido en el mundo de las actividades comerciales,
¿por qué no podía hacerlo él, que encima se había licenciado en una
potente escuela de negocios?
Cuando empezaron los rumores de que Iñaki captaba fondos
públicos en su propio beneficio, Felipe fue a hablar con su padre.
Estaba a punto de partir a Rumanía a cazar osos y Corinna lo esperaba
en el coche para ir al aeropuerto. Le preguntó con impaciencia:
—¿Qué pasa ahora, Felipe?
—Papá… se dice que Iñaki…
El padre lo descartó con un gesto:
—Bah, que exagerados sois… No será para tanto.
A estas cacerías solía acudir Philip Adkins, el primer marido de
Corinna, un adinerado banquero de inversiones, y los tres componían
una extraña familia que se llevaba muy bien. A veces iba con ellos el
niño; Corinna y el rey se registraban en los hoteles con el nombre de
señor y señora Smith y nadie sabía quién era el padre o el abuelo de
Alexander, aunque su verdadero padre, el príncipe Casimir, también
se había reunido con ellos, llevando a su novia del momento. Era un
grupo abierto, que se desvivía por el rey, cuando en su propia casa
nadie le hacía mucho caso.
La mayoría de los periodistas desconocía la relación íntima de
Corinna y don Juan Carlos, los que lo sabían callaban en connivencia
con los miembros de la Casa y, si algo se escapaba, una llamada
oportuna al director del medio borraba el reportaje indiscreto.
La situación llegó a ser tan descarada y anómala que los
embajadores protestaron por los viajes de la pareja de amantes, que no
sabían cómo gestionar: eran privados, pero se hacían con fondos
públicos y se entrevistaban con los líderes políticos, ¿cómo se comía
eso?
Porque Juan Carlos y Corinna todo lo hacían juntos. Si viajaba por
Occidente, Corinna figuraba como asesora, si viajaba por los países
árabes, ocupaba un lugar con las esposas de los reyes y las jequesas;
protocolariamente se la consideraba la segunda esposa del rey de
España, cosa que a nadie sorprendía en unos territorios en los que era
normal que los monarcas tuvieran harenes. Viajaron a Marruecos,
donde se vieron con Mohamed VI, a Arabia Saudí, a Kuwait y a Abu
Dhabi, donde ocuparon la suite real del Emirates Palace, presidiendo
la entrega de premios en las carreras de Fórmula 1. Salían
fotografiados a menudo en la prensa árabe, junto a los reyes y los
emires.
Pero ahora, ¿qué importaba? El dinero, las joyas, el poder…
¡El miedo a la muerte lo cubría todo!
Corinna acarició al rey, lo sintió temblar e intentó tranquilizarlo:
—Procura dormir.
Don Juan Carlos cabeceó y soltó un ligero ronquido.
Quizás se moriría en la operación… No se descartaba… ¡Tantas
anestesias en un hombre tan desgastado! ¿Y si estaba invadido por el
cáncer?
Entonces, ¿qué sería de ella?
Corinna sentía que todo lo que había conseguido se lo merecía,
¡todo y más! Porque había hecho más por España que la propia reina…
pero los españoles no lo sabían, lo sabía solo Juan Carlos, porque la
condición era que sus implicaciones fueran secretas. ¡Los
embajadores, que tan puntillosos eran, hubieran puesto el grito en el
cielo! Había organizado una visita privada del rey a Moscú para
entrevistarse con Putin, por ejemplo, para mejorar las relaciones de
Rusia con el gobierno español, y una comida con el presidente alemán
Wulff con el fin de tranquilizar a Europa sobre los recursos españoles
para hacer frente a la crisis económica. Y también, gracias a ella, el
gobierno de Abu Dhabi había instalado un parque tecnológico en
Sevilla, con una fuerte inversión de dinero árabe.
Deberían conocer sus desvelos, deberían conocerla a ella…
¿Y qué era? ¡Nada, menos que nada! Había luchado, pero aun así
no tenía el estatus que se había merecido, el rey no le daba el sitio que
le correspondía… Ella quería ser… ser… reina no, sabía que eso era
imposible, pero tampoco quería pasar a la historia como una simple
amante real, como una Bárbara, una Marta, una Paloma.
El rey protestaba:
—¿Qué más quieres? Pídeme lo que quieras.
No podía hacerla reina, pero no podía vivir sin ella; esa
combinación de refinada sexualidad femenina y cerebro privilegiado
para los negocios lo había embrujado. En una palabra, la amaba. La
amaba con locura.
¿Cómo podría retenerla?
A Alexander le gustaba esquiar y el rey compró dos lujosos
apartamentos en Villars-sur-Ollon para pasar temporadas en invierno.
En el Bellevue de Gstaad se cruzaron con la princesa María Gabriela de
Saboya. Juan Carlos, extrañado, la detuvo:
—Ella, ¿no me dices nada? —bromeó—. ¿No me conoces?
La italiana, su confidente, su primera novia, lo miró con frialdad:
—Juanito, no te reconozco yendo con esta mujer, te estás
desacreditando en toda Europa. ¿Qué ascendiente tiene sobre ti? ¿Te
has vuelto loco?
El rey le giró la cara y nunca más volvió a hablar con ella. Se
rompió ese lazo que los unía desde la juventud, esas reuniones en Ibiza
donde llegaba el rey con su helicóptero en las que reían y se cogían de
la mano como viejos camaradas. Se acabaron para siempre.
Marta Gayá. Corinna se enteró de que, cuando se murió Manolo
Prado, el rey la había llamado buscando consuelo. Y le obligó a
telefonearla delante de ella para decirle:
—Marta, ha sido muy bonito… Pero mi vida es la princesa Corinna
y comprende que no estaría bien que continuásemos viéndonos.
Claro que, a escondidas, le pidió a Karim que la paseara en su
fabuloso yate Zenobia y la colmara de atenciones y le envió un
mensaje tranquilizándola acerca de su futuro.
La fama de Corinna subía como la espuma, se decía que tenía la
mejor agenda de Europa. Pero cuanto más arriba estaba, más se
alejaba del rey, que se lamentaba:
—No me haces caso, siempre estás tan ocupada…
Se pasaba tardes enteras sin hacer nada en el despacho,
esperando su llamada. Y si ella olvidaba ponerse en contacto con él,
cogía el aparato y lo tiraba al suelo, rompía objetos. Un día lanzó un
pesado cenicero de cristal de roca contra las ventanas y las hizo añicos,
haciendo sonar todas las alarmas del recinto.
Otra vez tiró al suelo uno de los barcos de plata que le habían
regalado por su boda. Milagrosamente no se rompió. Llamó a un
servidor y le ordenó:
—Recógelo.
—Recójalo usted —respondió el sirviente. Se desabotonó la
chaqueta y se fue para siempre.
Y es que sus ataques de cólera eran tan frecuentes que muchos de
sus servidores terminaron despidiéndose.
Había desarrollado un odio implacable contra su mujer, la veía
como un obstáculo en su relación con Corinna y al mismo tiempo
envidiaba la forma en que se había metido a los periodistas en el
bolsillo. Una vez, en una recepción oficial, dijo en voz tan alta que lo
oyeron los ministros:
—La odio, la detesto, no puedo verla.
La reina conocía perfectamente la existencia de Corinna, sus
primos alemanes la informaban de todos los detalles al respecto, ya
que trataban mucho a la familia de Casimir, al que definían como un
«bala perdida». Ya no sufría, al contrario, se reía de su obsesión ciega
por esta mujer, porque los golpes continuados la habían endurecido
hasta llegar a sentir indiferencia por su marido, y comentaba
desdeñosamente:
—Que se joda… nunca va a divorciarse de mí.
Una vez, en la catedral de Santiago, intentó ayudarlo a subir la
escalera, en parte porque veía que no podía, pero también porque se
había dado cuenta de que él no lo soportaba, ya que el gesto ponía en
evidencia aún más sus limitaciones físicas. El rey retiró el brazo y le
gritó:
—Déjame en paz, coño.
La reina se sintió satisfecha cuando, a raíz de este episodio, la
prensa empezó a hablar con timidez del extraño nerviosismo del rey,
su «comportamiento irracional», ensalzando, como siempre, el papel
de doña Sofía. En otra ocasión, para que se apartara y le dejara el lado
derecho del papa Benedicto XVI, de visita en Madrid, Juan Carlos le
dio tal muletazo que casi la tiró al suelo. «La reina sufre la cólera
real», dijeron los periódicos y alguna feminista comentó en la radio:
«Como muchas mujeres de su generación, la reina es humillada por su
marido».
A partir de entonces, los miembros del staff no solo debieron
procurar que no viajaran juntos, sino que no compartieran ni siquiera
sencillas ceremonias en España porque no se podían hacer
responsables del comportamiento del rey.
Y es que, todo lo que no fuera Corinna le causaba enfado y hastío.
Su recuerdo lo hacía vibrar, era el centro de su vida, lo único que
contaba. Ya no veía a sus amigos, solo se relacionaba con las personas
que elegía Corinna y actuaba según sus órdenes y sus planes. Con sus
fuerzas físicas muy mermadas se veía obligado a viajar, a asistir a
cacerías, a fiestas sociales con millonarios rusos o árabes. Ella le decía,
cautivadora:
—Todo lo hago por ti.
Si argüía que estaba cansado:
—Pues no vengas.
Pero él se moría de celos, ella era una mujer atractiva, sexy,
elegante, muy simpática… Sofisticada. ¿Qué hombre no querría estar
con ella?
Claro que la pasión total y acuciante no deja de ser una carga
difícil de soportar para quien la recibe, y Corinna llegó a hartarse de
sus exigencias, de sentir siempre su aliento en el cogote, de sus
miradas de reproche; se sintió agobiada por este amor excluyente y
creyó que ya no lo necesitaba y que podía volar sola. Decidió un «cese
temporal de la convivencia», según habían puesto de moda Marichalar
y la infanta Elena en su comunicado de separación. Desesperado, el
rey llamaba a Philip Adkins para que Corinna volviera a su lado,
incluso intentó darle celos con una mujer joven y atractiva, Sol
Bacharach. Pero al final se dio cuenta de que no era más que una
sustituta, la dejó, y Corinna accedió a volver a su lado, aunque con una
condición:
—Oficializa mi estatus. Habla con tus hijos y emite una nota
diciendo que la reina y tú ya no sois matrimonio, que formáis solo un
equipo profesional y que tu vida privada la vas a compartir conmigo.
El rey, aun sin tenerlo claro, habló con la gente de su Casa, sus
asesores intentaban disuadirlo, pero él no les hacía caso, si no
contestaban lo que él quería los despedía con cajas destempladas, les
hablaba de malos modos… Se sentía también mermado de fuerzas,
temía no estar a la altura de una mujer tan joven y ardiente y
multiplicaba sus tratamientos, tomaba pastillas, se sometía a terapias
para adquirir más vigor. Tenía un humor cambiante, días de euforia y
fuerza inaudita en que parecía capaz de todo, y momentos de
melancolía, de pena negra, en la que su alma vieja se arrastraba
deseando que llegara el final.
Un antiguo amigo estuvo hablando un día con él y se dio cuenta
de que todo lo que decía eran frases de Corinna, como si se hubiera
instalado en su cerebro. Y le preguntó con auténtica preocupación:
—Mírate cómo estás… Ni los españoles ni tus amigos merecemos
que nos hagas esto. ¿Qué te pasa?
¿Qué le pasaba? ¡Que se había enamorado! ¡Que no quería ser
viejo! ¡Que no quería morirse, coño! ¿Tan difícil era de entender?
Viejo, enfermo y asustado. Porque quizá lo que tenía en el pulmón era
un cáncer. Quizás iba a morirse, pero quería morirse con ella de la
mano.
—No me dejes —suplicaba.
La operación duró siete horas. Si el doctor Molins se sorprendió al
ver que quien lo recibía en la puerta del quirófano era una mujer joven
y rubia, en lugar de la reina, no lo demostró y dijo con satisfacción:
—Parece que es benigno.
Corinna se puso a llorar y llorando fue cogida de la mano de Juan
Carlos desde el quirófano hasta la UCI, donde ya no la dejaron entrar.
Después, sin ningún tipo de miramientos, porque el rey no estaba
en condiciones de defenderla, fue sacada a la fuerza de la clínica
porque llegaba la reina.
Y es que toda España se preguntaba dónde estaba la reina
mientras operaban a su marido a vida o muerte… Empezaron a crecer
las sospechas de que el matrimonio no iba bien, pero solo eran eso,
sospechas. Nadie comentaba nada públicamente, todavía.
Como es natural, nadie sabía que, cuando le habían dicho a la
reina que estaba quedando muy mal no acudiendo a la clínica al lado
de su marido, contestó:
—No quiero ir porque está esa.
Solo cuando se le garantizó que no iba a verla, y al rey tampoco si
no le apetecía, accedió a coger un vuelo regular a Barcelona.
No entró en la UCI, por supuesto, ni siquiera echó una mirada al
enfermo a través del cristal. Permaneció unas horas en una salita
hablando con los relaciones públicas del hospital y leyendo un libro,
mientras el jefe de comunicación explicaba al pequeño y
desconcertado grupo de periodistas apostados en el vestíbulo,
secándose el sudor de la frente con un pañuelo:
—La reina está hablando con el rey… le coge la mano… están
emocionados.
El rey, semidormido aún, solo preguntaba por Corinna.
Media hora antes de que saliera el último vuelo a Madrid, la reina
ofreció la que seguramente ha sido la única rueda de prensa de su vida.
Con un notorio acento extranjero que sorprendió a los presentes,
mintió con la pericia que dan años de práctica en engaños y disimulos:
—El rey está muy bien, bromeando y con ganas de volver al
trabajo… Me ha dicho que os dé muchos recuerdos y muchas gracias
por las muestras de afecto de todos los españoles.
Solo se desconcertó cuando un periodista ingenuo o malicioso
preguntó:
—¿Cuáles han sido sus primeras palabras?
La reina se quedó como el muñeco al que de pronto se le agotan
las pilas, totalmente inmóvil, la sonrisa congelada en el rostro, y fue
Iribarren el que tuvo que salir al paso:
—Su majestad ha preguntado por sus hijos.
No es fácil imaginar el sufrimiento de un navarro tan recto y
formal como Ramón Iribarren, teniendo que improvisar esta catarata
de falsedades, ya que las primeras palabras de don Juan Carlos habían
sido:
—¿Dónde está Corinna?
Y después:
—No dejéis que entre la reina.
Al poco, el buen navarro presentó la renuncia a su puesto.
El lunes siguiente, Corinna volvía a estar en Barcelona, donde
pasó con su novio su lenta recuperación. Y en esas semanas se
anudaron aún más los lazos que los unían. Porque no solo jugaba la
pasión de un hombre que va entrando en esa época de la vida en la que
lo mejor queda ya a sus espaldas, sino la necesidad material que el rey
tenía de Corinna: ¡en los momentos claves estaba claro que solo podía
contar con ella!
Bien. Ahora sí. Se sentía en la obligación moral de dar el paso que ella
tanto le había pedido. Reunió a sus tres hijos en el restaurante Landó
de Madrid. Cristina acudió desde Washington, donde estaba viviendo
un exilio de oro mientras la justicia seguía su curso, Felipe fue sin
Letizia y Elena sola también.
Los observó alrededor de la mesa. ¿Por qué habían llegado a
convertirse en unos extraños? ¿O es que en su corazón solo cabía el
afecto por una sola persona? Ellos lo miraban también con curiosidad,
y además temor. Su padre se había convertido en una persona ajena,
había perdido su capacidad de encantamiento, ese magnetismo que
hacía que todos, hombres y mujeres, hijos y perros, se movieran en su
órbita como si fuera el Rey Sol.
Pidieron la comida, un buen vino, que solo probaron él y Felipe, y
fue muy directo:
—Ha llegado el momento en que necesito tener tiempo para mi
vida privada… Hasta ahora solo he mirado por este país, creo que lo he
encarrilado bien y creo que me merezco una recompensa: he decidido
divorciarme de vuestra madre y casarme con Corinna. Lo he hablado
ya con el jefe del Gobierno.
No había explicado la respuesta del pragmático Rajoy:
—Señor, no voy a opinar sobre vuestra vida privada, pero no es el
momento de que abdiquéis en medio de esta crisis económica sin
precedentes, dejándole a vuestro hijo el marrón de la infanta Cristina y
encima ahora que la popularidad de la princesa Letizia está bajo
mínimos.
Los hijos se miraron los unos a los otros y empezaron a hablar
todos a la vez… No era justo, eso mataría a mamá, cómo quedaban
ellos y sus hijos… El rey se enfureció, dio un golpe en la mesa que
llamó la atención de los camareros y habló con palabras que no eran
suyas, sino de Corinna:
—Sois unos egoístas, todos tenéis derecho a hacer lo que os da la
gana. Tú, Felipe, te has casado con una divorciada, menuda elección,
¡que sepas que los españoles no la quieren! Han tenido que dejar de
hacer sondeos porque su puntación era muy baja… Te aconsejo que, si
tantas ganas tienes de ser rey, te divorcies de ella.
El hijo, primero cerró obstinadamente los labios en un gesto que
recordaba a su madre, y después dijo con tenso sosiego:
—Papá, formamos un matrimonio muy unido, Letizia es la más
íntegra de todos nosotros y la quiero. Nada de lo que me digas me hará
cambiar de opinión.
El rey prosiguió, señalando como la aguja de una brújula ahora a
Elena:
—Tú te has divorciado de tu marido, que era insoportable, sí, hija,
ya lo sé, pero eso lo sabías tú también cuando te casaste. ¿Por qué no
aguantaste? ¿Y tu religión?
La hija bajó la cabeza aceptando su pecado, pues, a pesar de que
había hecho todo lo posible para mantener su matrimonio, se sentía
culpable por haber privado a sus dos hijos de la compañía diaria de su
padre. Pero fue para Cristina para la que el rey guardaba las flechas
más ponzoñosas:
—Y tú… tú —extendió el índice tembloroso—, te hemos tenido que
apartar de la familia por tu mala cabeza y por el torpe de tu marido.
¡Por seis millones de euros! ¡Por seis millones de euros ha quedado
como el chorizo mayor del reino! Tú también tendrías que divorciarte.
La hija se rebeló y dijo con valentía:
—Si dices eso de que Felipe y yo nos divorciemos lo haces, no por
nuestro bien, sino para utilizarnos, ¡para que tu divorcio pase más
desapercibido!
—¿Qué quieres decir? —barbotó el padre.
—¿Crees que no sé que todo lo que sale de mi marido es una
cortina de humo para que no se hable de tus cosas? ¿Crees que somos
imbéciles?
Los hermanos, a los que no se les había ocurrido esta posibilidad,
la miraron con incrédulo asombro, pero el padre enrojeció de
indignación, trató de levantarse de la mesa y al no conseguirlo, aún se
enfureció más. Cogió una servilleta como si quisiera arrojársela a su
hija, que lo miraba desafiante. Al final se dejó caer, impotente:
—Me parece increíble que te enfrentes a mí, no sé de qué me
hablas… Tú y tus hermanos no tenéis sentido de Estado, sois unos
memos, para lo bueno os creéis especiales y para lo malo hacéis lo que
os da la gana. Bien que os gustan los privilegios, pero luego, ¿qué dais
a cambio?
Cristina no se calló:
—¿Y de quién es la culpa? ¡Vosotros nos habéis educado así!
Pero el padre ya no la escuchaba, perdido en sus lamentaciones:
—Yo llevo toda la vida, desde que nací, luchando para sacar a este
país adelante, para darle brillo a la dinastía, para hacer que se olviden
los errores de mi abuelo y de mis antepasados.
Sollozó. No pudo continuar hablando, Felipe se apresuró a
consolarlo mientras le tocaba el brazo:
—Y todos te lo agradecen mucho —dirigió una mirada severa a sus
hermanas, que iban a decir algo—, nosotros, tus hijos, también te lo
agradecemos y te admiramos. —Le habló con la voz calmada con la
que se habla a los niños o a los locos—: Papá, por eso no puedes
cargártelo todo ahora.
—No me voy a cargar el país por divorciarme.
—No, te vas a cargar la institución, la monarquía, y eso es lo que
siempre me has enseñado por encima de todas las cosas: ¡la
institución está por encima de las personas, de nosotros mismos! ¡Lo
decía el abuelo!
Don Juan Carlos se quedó en silencio, se apagó la voz de Corinna
en su cabeza como un grifo que se cierra y recordó tanta guerra, tantas
generaciones luchando por lo mismo, que hubiera un Borbón sentado
en al trono de España. ¡La baraka! ¿Qué pasa con la baraka? ¿Ha
caducado, como un billete de lotería no cobrado?
Franco le decía:
—Alteza, que sepáis que a la baraka también hay que cuidarla, si
se pierde ya no vuelve.
Y Camilo Alonso Vega, al que a sus espaldas llamaban Camulo, le
dijo un día en un aparte:
—Eso que el Caudillo llama baraka nosotros le decimos tener una
flor en el culo.
¡La flor se había marchitado!
Sacudió la cabeza:
—Me voy de cacería a Botsuana y después seguiremos hablando.
—¿Otra vez? Pero ¿no acabas de llegar? —se extrañó Felipe.
—No, he estado en Namibia y maté un elefante. Lo he mandado
traer al pabellón donde guardo todos mis trofeos, ¿sabéis que ya tengo
cuatrocientos cincuenta animales disecados, incluyendo el rinoceronte
blanco que cacé en África? Dicen que no es de buen gusto que
cuelguen de las paredes del palacio. ¡Con lo orgulloso que estaría de
que vieran los cincuenta colmillos de marfil que tengo!
—Papá, te informo con sinceridad de que no creo que vayamos a
visitarlo nunca —se estremeció Felipe.
—Afeminado.
Los dos se rieron. Cristina puso un gesto de desagrado, pues era la
ecologista de la familia y se había vuelto incluso vegetariana:
—Papá, no entiendo qué placer puedes sacar matando a esos
pobres animales… El oso de Rumanía me dio mucha pena.
Sin embargo, Elena se colgó de su brazo, porque ya se levantaban
para irse:
—Tienes que llevarme algún día, ya estoy cansada de tirar solo a
perdices y conejos. Matar un animal tan grande debe estar guay.
El reinado de don Juan Carlos tuvo muchos finales, pero uno de ellos,
el más importante, fue el de Botsuana. Porque ahí, como en las buenas
novelas de misterio, se resolvió todo, no hubo ni un solo cabo que
quedara suelto.
El rey tuvo un accidente mientras cazaba elefantes en el país
africano con Philip Adkins, Corinna y su hijo Alexander. Mató al
indefenso animal de siete tiros y después comió y bebió tanto que
Philip lo tuvo que acompañar a su tienda. Corinna y su hijo ya
dormían.
El rey se cayó al suelo y estuvo varias horas tumbado sobre una
cadera rota, con intensos dolores. Cuando lo encontraron estaba
desorientado y con los pies fríos y temieron que, si no le hacían una
trasfusión, muriera.
A la amante se le dijo, cuando pidió que el avión medicalizado
parara en Suiza antes de tocar Madrid:
—Primero vamos a ir a Madrid, y después usted puede irse a la
mierda.
Era una descortesía porque además el avión lo había alquilado su
exmarido, Adkins, pero ahí, en esa frase soez de un miembro de
seguridad que hasta el día anterior le rendía pleitesía, se dio cuenta
Corinna de que su «reinado» había acabado.
El accidente y las circunstancias en las que se había producido
salieron a la luz y así, por primera vez, supimos que la pareja del rey se
llamaba Corinna. Supimos todos los detalles, hasta la cantidad que
había costado el safari: setecientos cincuenta mil euros.
Cuando agonizaba el padre de Sofía, su hijo le había dicho que los
griegos rezaban por él. Pablo había contestado:
—Son mis hijos también, dales las gracias y diles que los quiero
mucho.
Don Juan Carlos también era el padre de los españoles, además de
ser su rey, y los había engañado. No se lo iban a perdonar porque,
además, como pasa siempre, una mentira puso en evidencia todas las
mentiras.
Por mucho que su equipo se empleara a fondo, por mucho que
pidiera perdón en el pasillo del hospital como un escolar cogido en
falta, los españoles, todos a una, se dieron cuenta de que habían sido
estafados. Y, lo que es peor, no solo por un hombre, porque, al fin y al
cabo, un hombre no es más que un hombre, sino por toda una
institución.
Continuó arrastrándose en viajes que a nadie interesaban,
visitando países, trece en dos años, acompañado de un médico,
asistiendo a eventos sin brillo. Su figura deteriorada, renqueante, su
rostro abotargado aparecían cada vez menos en los medios de
comunicación… Sin embargo, sí se vio el vídeo en el que se enfrentaba
de forma agresiva con los periodistas:
—Queréis matarme, enterrarme con un pino en la tripa.
Lo cual era muy injusto, pues su equipo tenía sometidos a un
férreo marcaje a los periodistas que solían acompañarlo en los viajes,
la consigna era:
—Destacad los acuerdos comerciales y los encuentros con
empresarios.
Si algún corresponsal intentaba salirse del guion escrito, como
cuando Ana Romero escribió en El Mundo que el rey había
«trastabillado», recibía reproches y miradas gélidas por parte del
mismo monarca.
Se volvió paranoico, veía conspiraciones por todas partes, los que
le rodeaban le parecían enemigos. Llamó a su hijo y le gritó:
—Que sepas que no voy a abdicar. Díselo a esos que tienes al lado.
¡Y a Letizia! Tengo cuerda para muchos años.
Se operó de la cadera, y la nueva prótesis se le salió varias veces de
sitio. Tenía artrosis, infecciones generalizadas que requerían nuevas
intervenciones. Iba en silla de ruedas, lo trasportaban en vehículos
militares o en helicóptero, las muletas se convirtieron en sus más fieles
compañeras, pero se escogían las fotos en las que parecía caminar sin
apoyos y los vídeos estaban cuidadosamente recortados.
Era un auténtico milagro que la verdadera situación no
trascendiera. Cuando creían que, al día siguiente, el comportamiento
huraño del rey, su forma de hablar, tan balbuceante que apenas se
entendía, la incapacidad para moverse con soltura, iban a ser
destacados en los titulares, lo que copaba el interés informativo era un
último descubrimiento en el caso Urdangarin o la delgadez de doña
Letizia y algún chisme sobre su conducta.
Aunque eran informaciones incómodas para la Princesa de
Asturias, el equipo del rey suspiraba de alivio. No eran ellos los que
ponían en circulación las revelaciones sobre su carácter o su familia,
por supuesto, pero la verdad es que les iba muy bien para aplazar el
inevitable juicio de la opinión pública, que ya consideraba amortizado
el papel del rey.
Se dio la paradoja de que mientras el CNI y el gobierno trataban
por todos los medios de que la princesa Corinna se alejase de España,
el propio rey la llamaba incesantemente:
—Corinna, no puedo vivir sin ti, por favor, casémonos… Ya te he
girado los sesenta y cinco millones de euros para que estés contenta.
Te los has ganado, es un regalo para Alexander. ¿Cómo está? Ya sabes
que lo quiero mucho, dale muchos besos del tío rey, dime cuándo te
apetece que celebremos la boda, ya he hablado con la reina.
La conversación con Sofía había sido muy sencilla:
—Sofi, tú y yo ya no pintamos nada juntos, lo mejor es que nos
divorciemos.
—Ni lo sueñes.
Pero fue Corinna, desilusionada y muy ofendida por el trato
recibido, la que resolvió de forma seca y tajante:
—No, nuestro tiempo juntos ha pasado… Ahora ya no me apetece
ni me interesa.
De ese golpe ya no pudo levantarse, como dice una de las
rancheras que tanto le gustaban. Pero seguía siendo el rey. ¿Quién
tenía cojones para echarle? ¡Que vinieran todos, podía con todos!
¡Venga, venga! ¡De uno en uno!
¡La bestia estaba herida, pero seguía en pie!
Aunque de pronto le ganaba el desaliento, la certidumbre de que
estaba asistiendo a su propia y lenta caída. Como su abuelo, Alfonso
XIII, que decía con amargura:
—Mi pueblo ha dejado de quererme.
Pero lo que más le jodía era que no lo quisiera Corinna.
Los españoles asistían perplejos al crepúsculo wagneriano del
símbolo de la democracia. Caía el último mito del siglo XX , el hombre
que nos había salvado del franquismo y del golpe de Estado, el mejor
embajador que, con una sonrisa y una palmada en la espalda,
arreglaba conflictos internacionales, el adulado, el donjuán con
multitud de amantes, el rompecorazones, el encantador de serpientes,
el seductor profesional…, pero ahora solo lo seguía siendo en el
corazón de algunos acérrimos monárquicos. El elefante de Botsuana
no era solo un elefante, era una manada entera que había arrasado con
todo: honra, fama, reputación, confianza, biografía… Y lo más curioso
de todo fue que este trabajo titánico, matar a un rey, lo había hecho un
animal ya muerto.
Era inevitable. Alguien puso encima de la mesa la única solución.
Los momentos duros exigen comportamientos duros.
El príncipe dio un paso al frente:
—Mi padre tiene que abdicar.
Se negó. Lo maldijo y le escupió que moriría con las botas puestas.
Se encerró en el despacho. Lo llamó Felipe González, su viejo
compañero de tantos años y no se sabe qué le dijo. Intentó dar un
último y desesperado zarpazo, amagó una última dentellada, peleando
por su supervivencia como los centenares de fieras salvajes que había
abatido, pero dobló la rodilla, vencido al fin.
Y el rey abdicó.
30
H abía dejado de llover y la aterciopelada oscuridad se colaba por las
lamas de la persiana. El rey se sirvió el tercer whisky de esa tarde de
domingo, 15 de marzo de 2020, y hasta el sonido de los cubitos tenía
una cadencia melancólica.
El palacio estaba en silencio, no solo porque era domingo, sino
porque la cuarentena lo había vaciado de personal de servicio.
Únicamente quedaban Benito, dos asistentes y la escolta reducida al
mínimo. La puerta del despacho estaba entreabierta y el rey escuchó la
televisión que tenían puesta en la antecámara: el locutor leía el
comunicado de su hijo: «El rey se desvincula de los negocios de su
padre y le retira su asignación del presupuesto del Estado. Asimismo,
don Felipe dice reconocer que sabía que era el beneficiario de una
cuenta en Suiza, que hace un año renunció ante notario a los posibles
beneficios de su cuenta y de las otras en las que pudiera estar
nombrado. El rey renuncia a la herencia que pueda venirle de su
padre. Don Juan Carlos manifiesta en el mismo comunicado que
jamás proporcionó información a su hijo sobre sus cuentas en Suiza».
Juan Carlos hubiera querido levantarse y cerrar la puerta, pero le era
imposible moverse sin ayuda. ¿Habría más? ¡Inconscientemente
tendió el cuello a la guillotina, porque seguro que había más! La voz
metálica del locutor bajó la hoja con precisión cirujana: «Hay que
recordar que el año pasado ya se retiró a don Juan Carlos de toda
actividad institucional u oficial, apartándolo de la vida pública».
Bien, al final había salido todo. El agua subterránea, que hasta
entonces circulaba por las cloacas, se había desbordado.
Tuvo ganas de mirar a su alrededor y preguntar, señores, ¿me he
muerto ya? ¿Este es mi epitafio? ¿Qué soy? ¿Un espectro, un fantasma
que provoca fastidio a los mayores y miedo a los niños?
Pero el muerto seguía incómodamente vivo. Su naturaleza
desgastada seguía empeñada en aferrarse a la vida y, para desgracia de
su hijo, su corazón seguía latiendo. Su hijo protestaría ahora:
—Papá, qué cosas dices, ¿cómo voy a desear que te mueras? Te
quiero mucho.
Ah, sí, como hijo me quieres, y bien sabe Dios que no lo merezco,
pero ¿cómo rey? ¿Cuántas veces has dicho yo no soy como mi padre?
¿Cuántas veces has tenido que aclarar que vas a hacer lo contrario de
lo que he hecho yo? ¿Cuántas veces me has negado, cuántas?
Yo también sé lo que es eso, hijo… No quiero ser el heraldo aciago
del futuro, pero Leonor hará lo mismo contigo: ¡para que la
monarquía perviva, has de cortarle la cabeza a tu padre! Yo lo hice con
el mío, él lo hizo con el suyo.
¡Qué distinto sería todo si me hubiera muerto en mi última
operación! La Parca se hubiera ocupado del trabajo sucio y ahora todo
serían loas y alabanzas y un funeral con honores de Estado con esos
caballos empenachados que se sacaron para el entierro del alcalde de
Madrid, Tierno Galván. Yo le pregunté a Felipe González:
—Coño, si a este lo enterráis así, a mí ¿qué me pondréis? ¿Tigres y
elefantes?
No, no. De elefantes no hay que hablar. Dicen que los de la trompa
hacia arriba traen buena suerte, ¡pues a mí todos, los de la trompa
arriba y los de la trompa abajo, me han traído una suerte de mierda!
Un día, el príncipe Salman de Arabia Saudí le había comentado,
cogiéndole de la mano y con esa naturalidad con la que los árabes
hablan de la muerte:
—Hermano, cuando te mueras, en nuestros países te haremos
honores de rey, porque eres uno de los nuestros.
Con una carcajada teñida de emoción, Juan Carlos le había dicho:
—¿Me levantarás un Taj Mahal, hermano?
¿Qué honores le harán en España cuando muera?
Seguro que el entierro ya está diseñado al minuto, ¿cómo
llamarán al operativo? El de Franco se llamaba Operación Lucero. El
de él, «apaga y vámonos».
¡Que lo tiren al mar y que sirva de alimento a los peces!
Había procurado que todos los miembros de su familia fueran
enterrados de forma grandiosa, muy por encima de sus méritos. ¿No
decían que este país enterraba muy bien? A su padre le habían dado
honores de rey, cuando no lo había sido. ¡Papá, no sabes lo que te
ahorraste! Un país no te deja de querer poco a poco, no, lo hace de
golpe y después se comporta como una amante despechada. Como
Corinna.
¡Todo lo que le había hecho y aun así no podía olvidarla! Hacía un
año que había ido a verla a su casa de Eaton Square. La excusa era que
quería arreglar sus diferencias, que dejara de verter en los periódicos
informaciones que lo desacreditaban. Discutieron, porque ella alegó
que no hacía más que defenderse de las amenazas de los servicios
secretos españoles…. Hablaban y hablaban, pero él solo podía recordar
el tiempo en que habían estado juntos, no podía dejar de mirar su piel,
que tantas veces había acariciado, la seda de su pelo, sus manos
grandes y fuertes, que le habían sujetado cuando estaba enfermo,
cuando sufría… Cuánto, ¡cuánto la había amado!
A su vuelta, Felipe le había preguntado ansiosamente:
—¿Qué? ¿Cómo ha ido?
Tenía ganas de contestar: «¡Mal! ¡No he conseguido que vuelva
conmigo!». Pero se limitó a encogerse de hombros.
Solo con ella se había sentido vivo.
Sí, había vuelto a tratar a Marta. ¡Era tan buena! Hasta Sofi lo
decía, como si a él le importara lo que opinaba su mujer. Claro que lo
decía cuando no se veían, porque ahora volvía a detestarla. ¿No se
cansaba de este juego?
Filtraba a los periodistas:
—Ahora Juanito y yo estamos muy bien.
No la veía desde hacía cuatro meses.
Marta no le había formulado ningún reproche, habían reanudado
sus viajes, hablaban todos los días por teléfono… Marta era como esas
zapatillas cómodas y usadas que te pones cuando llegas a casa. Pero,
qué falta de clase y de todo hablar de zapatillas viejas y de Marta.
Marta, su adorada, su querida y fiel compañera, si la lealtad tuviera
nombre, se llamaría Marta.
Sí, pero Corinna… Ah, Corinna.
Se llevó la punta de los dedos a la nariz, como si ahí se hubiera
refugiado su olor… el olor a hembra, picante, tónico, querría morir con
ese olor y su nombre en los labios.
Cuando trajo a Alfonsito para enterrarlo en El Escorial…
Senequita, muriéndote niño no has conocido el sufrimiento, porque,
¿qué ha sido mi vida? Un largo sufrimiento con estallidos de felicidad,
de euforia, pero también de tristeza, de esta pena negra que me invade
cada vez que recuerdo ese cuarto de juegos… ese día de marzo, como
hoy, de hace sesenta y cuatro años… El grito de mamá, ay, mamá, se te
paró la vida.
Perdonadme todos por mis faltas, yo lo hice lo mejor que supe, a
pesar de mis genes.
He amado mucho a Corinna, a nadie como a ella, la amo todavía.
Pero más he amado a este país, esta patria desdeñosa que me ha vuelto
la espalda y se ha girado hacia mi hijo, expulsándome del paraíso,
enterrándome bajo paletadas de ignominia, calumnias, desdenes. ¿Tan
mal lo he hecho? Quizás sí… Yo no puedo juzgarme a mí mismo. ¿Me
absolverá la historia?
¿Me quedan amigos? ¿Algún español, un solo español, que no me
odie? ¿Que siga conmigo, no por interés, sino porque me quiere
realmente? No me fío ya de nadie.
Amigos de la infancia, venid, hablemos de aquellos días
deslumbrantes. Antonio, Ella, Diana, Marie Claire, Charo, Olghina,
Babá, Chantal, Margot, Pilar… Los muertos también. Alfonsito.
Miguel, Zu y Manolo, que también fuisteis hermanos.
He sido hombre, siendo rey. He sido rey, pero no he dejado de ser
hombre. Y este ha sido mi pecado.
Palabras finales
C omo en la larga docena de biografías que he escrito hasta el
momento, mis libros se apoyan en dos ejes fundamentales:
documentación e imaginación. A la par de ilustres autores como
Heródoto, Homero, Stefan Zweig, André Maurois o Fest, he puesto
palabras en los labios de mis personajes que nunca he oído y he
recreado escenas en las que no estaba presente, aunque he contado
con la suficiente documentación como para pensar que esos
aconteceres, si no se han producido, podrían haberlo hecho, y por
tanto resulten verosímiles. Vargas Llosa lo ha dicho con genialidad a
propósito de sus propias obras: los recursos y la visión del novelista
resaltan y enfatizan los hechos históricos, los escritores podemos
movernos en el terreno de la realidad y de la ficción a nuestro antojo.
Son incontables los libros que se han escrito sobre Juan Carlos de
Borbón o algún miembro de su familia y, aunque creo que los he leído
casi todos, he tenido que seleccionar por razón de espacio los que más
han contribuido a la elaboración de esta semblanza. Yo misma he
escrito las biografías de su madre, de su abuela, de la amante de su
abuelo, de su mentor (Franco), de su mujer la reina Sofía y dos libros
más sobre las vicisitudes generales de la familia Borbón, además de
cientos de artículos periodísticos. Son muchos años, pues, de
búsquedas documentales y también muy abundantes los testimonios
que he recabado sobre la figura de don Juan Carlos, de personas que lo
han conocido en algún momento de su vida y han contestado a mis
preguntas con una generosidad que nunca podré agradecer bastante.
Este libro es, pues, la culminación de una especialización que se
materializó en el año 2005, con un encargo muy preciso de la editora
Ymelda Navajo: quiero conocer a las personas que están debajo de los
títulos.
Espero haberlo conseguido.
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