Bahía Blanca
En colectivo más de la mitad
de un día estuve sin comida y casi
sin agua, atravesando la llanura
húmeda y fértil. No paraba nunca
el chofer salvo cinco minutos en pueblitos
indiferentes a bajar paquetes. Yo iba
a un festival de poesía en Bahía
Blanca. La tenue luz sobre mi asiento
de pronto ya no me dejó leer
y le presté atención a la película
de calidad dudosa: Darín estaba
divorciado y tenía dos hijitos
con una arpía española, los sucesos
angustiantes pasaban en un edificio
antiguo de Buenos Aires, al simpático padre
se le pierden los chicos en las escaleras.
Desde el principio supe que esa clase de tramas
no puede terminar mal, que los nenes
volverían con su padre, después de múltiples
peripecias, pero eso no me impedía
padecer su íntimo terrorismo
y entregarme al ayuno, al sueño leve
y a las esperanzas de días felices
en la ciudad de lo nuevo, a mil
kilómetros de mis hijos, a pesar de la culpa
por olvidarme de ellos, a pesar
de que los cuida una ninfa jovial
llena de gracia, plena de eficiencia.
Me iba internando por la pampa oscura
presa del ascetismo reactivo
que busca la embriaguez, la vanidad.
Llegué bajo una lluvia interminable
adonde ya sabía que tendría
tres días completos de chistes y de aplausos
que me harían recordar una vez más
el verso ajeno y la canción profana,
porque lo escrito no me pertenece
y tengo que cuidarme de mí mismo.
Chalets en medio de pastos y arboledas
eran las residencias, en uno íbamos
a dormir dos uruguayos y yo
sin conocernos, pero apenas nos vimos
en la mañana mojada, nos reímos
de nuestra juventud abúlica por hacer
de poetas. Parecían un dúo
venido de orientes falsos a tomarse
en broma los ascetismos literarios.
¿Era verdad que estábamos ahí
por obra de un estado de potlatch anónimo
para leer, tomar e intercambiar
libritos como lágrimas bajo la lluvia
que no pararía casi nunca en tres días?
Pero con los amigos de gesto serio,
que se volvía suspicaz y enseguida
entraba en el sarcasmo, parecía
imposible la angustia. La insignificancia
no presagiaba ninguna muerte sino apenas
una fraternidad sin jerarquías. Había también
un brasileño al que casi no entendíamos
y sobre quien los uruguayos improvisaron
una épica chistosa: que no era más
que un negro de la frontera con Brasil,
que había jugado de joven en Deportivo Melo
como centrodelantero y que ahora
se hacía el poeta y hablaba un seudoportugués
para conseguir viajes y comida; cuando
leía o cantaba en el pequeño festival,
el dúo gracioso le gritaba desde el fondo:
“¡Grande Washington!” El negro alto, con tenue
sonrisa de no entender un idioma, recibía
feliz los aplausos. La primera noche
volvimos tarde los tres y nos metimos
en la pieza a dormir empapados
por la lluvia bahiense, inagotable.
De una cucheta a la otra los muchachos
uruguayos comentaban la probada ineficacia
de la poesía para conseguir chicas.
“Y entonces, ¿para qué hacemos esto?”
–decían. –“Ya estamos viejos para el fútbol.”
Entre otras frases que no les inspiraban
grandes carcajadas sino una suerte de cinismo
resignado y alegre al mismo tiempo.
Pero sus poemas eran en cambio trágicos
sobre infancias duras, con detalles violentos,
con grupos de varones reunidos para nada
y que esperaban redimirse del tiempo
viviendo cada noche como si fuese la última.
El temporal ventoso y frío no parecía
primaveral. El agua que caía era tanta
que no veíamos casi luz natural
y la artificial llevaba puesto un velador
de pliegues finísimos, chorreantes. La última
noche fue planeada por tres chilenos
que acopiaron fernet para una sesión
de alcoholismo grupal. Pero en mí
antes de la noche, mientras leía
la conferencia prometida sobre poetas
mujeres de mi edad, se clavó el mensaje
catastrófico de mi chica volcánica
que luchaba sola en casa con la tormenta
implacable. Después su voz en el celular
que trastorna todo parecía lamentarse
por el destino de las chicas enamoradas
que esperan el regreso de un tipo distraído
o cruel. Bajo el agua estábamos juntos
a mil kilómetros de distancia. El cielo
no paraba de sellar las frases cursis
de una canción de opereta, del tiempo
en que el amor era ciego y el mundo
coincidía con los planes más sensatos.
Pero es impenetrable el cuerpo ajeno
y el propio viaja sin motivo, se pierde
en su íntima ansiedad estacional.
Me cortó, enojada, y pensé en su rabia
ante mis pulsiones repetidas. Habrá tenido
grandes expectativas. Todavía cree
que puede hacerlo todo y rearmar el mundo
sola a partir de cosas diminutas.
Sus sueños surgen súbitos, se materializan
y pronto hay gente que sigue sus dibujos.
La nota grave soy yo: “Pero los tigres
llegan de noche, con voces roncas de trueno,
de pronto borran la espera y disuelven
tus proyectos constructivos en el barro
de los estereotipos. Pasó veinte años
junto a mí, llenó mis días de infinito asombro
pero sus fugas periódicas se llevan
mi resistencia. Aunque todavía sueño,
en la más negra tormenta interminable,
que volverá y viviremos juntos para siempre.
Hay sueños que nunca dejan de insistir
como tormentas imprevistas de primavera.”
Arriba de mi cabeza ni una estrella
podía distinguirse. Tampoco sé en qué cuadrante
está el bucle imaginario de una reina egipcia
para pedirle que vuelva a calmar su frente.
Pasó igual la noche del arrepentimiento
y la lluvia paró. Salió el sol sobre las casas
entre los pastos descuidados y fui
con un poeta chileno bastante balbuceante
y un joven bahiense algo más despierto
a ver correr el arroyo embalsado
como un pequeño río de llanura cayendo
por cascadas de cemento entre orillas verdes
que no estaba muy lejos. Ahí propuse
el tema de los celos, versión nublada
del amor, ya que ambos eran solteros,
no conocían la transparencia matrimonial,
y afirmé calladamente que intentaría
hasta el último instante no separarme nunca
ni darle crédito a la bruma del divorcio.
Sobre el fluir burbujeante del arroyo
los rayos de la mañana disolvían
vapores, nubes, espejos opacos.
El azul intenso sobre nuestras cabezas
convertía en alegres las caras trasnochadas
y entre los dos yo hablaba, anunciaba
el reino del retorno. Unos días después
volví a ser recibido en el espacio claro
que brilla alrededor de su figura
como un chisporroteo permanente.
Atrás quedó la lluvia. Los poemas risibles
se unieron a los intensos, la música
se mezcló con ruidos sordos. La primavera
debía irse, no dejó ver los ojos
de los peces de río, como lágrimas
sin párpados. El sentido de esos días
fue su desaparición en el diluvio
y el sentido de la lluvia no fue un llanto
poco creíble, sino las risas francas
bajo el sol fuerte que despidió a la noche.