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Diversidad Cultural de Etnias Bolivianas

Este documento describe varias etnias de Bolivia y aspectos de sus culturas tradicionales. Muchas de estas culturas han ido perdiendo expresiones culturales con el tiempo o han sido influenciadas por la cultura occidental. Algunas etnias, como los guarasugwe pauserna, se encuentran en peligro de desaparecer. Otras, como los aymaras, han adoptado elementos cristianos pero mantienen prácticas culturales ancestrales como el trueque comunitario de bienes y servicios.

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Diversidad Cultural de Etnias Bolivianas

Este documento describe varias etnias de Bolivia y aspectos de sus culturas tradicionales. Muchas de estas culturas han ido perdiendo expresiones culturales con el tiempo o han sido influenciadas por la cultura occidental. Algunas etnias, como los guarasugwe pauserna, se encuentran en peligro de desaparecer. Otras, como los aymaras, han adoptado elementos cristianos pero mantienen prácticas culturales ancestrales como el trueque comunitario de bienes y servicios.

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Cultura boliviana en sus etnias

En las etnias de Bolivia se encuentran muchas formas de expresión las cuales al


avanzar el tiempo se han ido perdiendo o se han ido extinguiendo

La cultura en la familia de los afrobolivianos estaba reunida por el color de piel. La


danza, música, arte, etc. era mayormente relacionado con la historia de sus
ancestros. La cual contaba cuando llegaron a este territorio y esta también ha sido
mezclada con los españoles, ya sea en los nombres en la música las tradiciones e
incluso la religión, pero a pesar de imponer sus culturas españolas aun preceden
un poco de su tierra como en la religión lo que es el vudú y el ritual de la
macumba.

Los guarasugwe pauserna “Se trata de una etnia destinada a desaparecer”,


sostiene el estudioso Milton Eyzaguirre. El duro y triste destino que lo puso
siempre entre la espada y la pared, acosado por el avance de la civilización
occidental en su territorio, hizo del pueblo pauserna débil y sometido. Su mayor
divinidad era Yaneramai y a la que atribuyen la facultad de disponer a su antojo,
de manera definitiva, del destino de los humanos.

Los araonas tienen la creencia de que los tótems atesoran los espíritus de sus
antepasados protectores, los cuales permiten equilibrar la explotación de la tierra,
quien añade que no deben explotar en demasía pues ello les ocasionaría algunos
males, incluso la muerte.
4. Los Aymaras.-

Otra costumbre que todavía persiste pese al paso de los siglos es el ayni, “un
modo de ayuda mutua, recíproca, en bienes o servicios de equitativo valor. Es un
acto que no tiene registro y en el que lo que cuenta es la palabra”. Esta práctica es
común en tiempo de siembra y cosecha, cuando los vecinos reunidos brindan su
servicio para luego ser correspondidos.

En otro punto, Ulpiona advierte que la vestimenta de los aymarás en la actualidad


tiene bastantes variaciones con relación a la ancestral, “sobre todo en los colores,
pues ahora los gustos van por lo más llamativo, debido a que se pueden encontrar
con facilidad ciertos tirites para darle color a la lana. En la cultura originaria la
tendencia era más oscura y de diseños sobrios, ya que los tintes procedían de la
tierra o ciertas plantas y las condiciones y técnicas para su elaboración eran
mucho más rústicas y limitadas”. Hace tiempo, la mujer aymara elaboraba su
propia vestimenta, era todo un proceso, desde sacar la lana de las ovejas, hilar,
teñirla y confeccionarla.

Los aymarás se dirigen al Alaxpacha para pedir protección, ya que engloba el Sol
y todas las estrellas. Al Sol lo identifican con el Dios cristiano, cuyos rayos dorados
custodian el altar de las iglesias católicas. “Es un dios que sabe todo y ordena
todo, es buen médico porque sana, pero ante las faltas o delitos manda
enfermedades como castigo”. Ésta es una muestra contundente de la total
simbiosis cultural con el mundo occidental.

5. Los Ayoreos.- A pesar de los intentos desesperados y reiterados de algunos de


sus miembros por subsistir puros y originales, los ayoreos viven actualmente un
violento, y al parecer irreversible, proceso de aculturación.

Los estudios antropológicos coinciden con esta práctica y señalan que como el
pueblo ayoreo es de naturaleza nómada, cuando un viejo siente que le abandonan
las fuerzas o que una enfermedad lo mina físicamente, decide hacer un alto en la
caminata grupal para no perjudicar al clan que debe marchar a ritmo sostenido en
busca de alimento, prefiere dar un paso al costado y abandonarse a la espera de
la muerte.

Una de las prácticas que el pueblo conserva celosamente es su ritualidad


espiritual. Rivero comenta que las ceremonias funerarias son parecidas a las del
grupo esse ejja, vecino territorial, pues ambos entierran a sus seres queridos con
sus objetos personales y alimentos en abundancia: carne de jochi (chancho
montes salvaje), de anta y otras.
6.Los Baures.-

Los aproximadamente 4.750 baures que quedan en colectivos identificables e


independientes en el país, no son completamente puros. Además de ser reducidos
al mínimo por los jesuitas que colonizaron el oriente de Bolivia en los siglos XVII y
XVIII, los habitantes de este pueblo nómada fueron dispersados y evangelizados,
lo que presupone una asimilación a otros pueblos indígenas, y la aprehensión de
costumbres y filosofías de vida occidentales, heredadas ya de la visión española.

+Según el antropólogo Milton Eyzaguirre, los baures fueron encasillados como


uno de los pueblos más civilizados al momento de su reconocimiento. “A decir de
testimonios de Alcides D'Orbigny, los baures presentaban vestimentas fabricadas
con las cortezas de los árboles, a las que les ponían sellos identificatorios y con
los que realizaban largos viajes”  las fiestas están llenas de ceremonias religiosas
católicas, y en su gran mayoría los caceríosLas tumbas son señaladas con cruces
de madera y a veces de piedra, sin embargo, este fenómeno es nuevo.
Anteriormente no se usaba ninguna señal, sino que dejaban que éstas
desaparecieran con el tiempo y que la vegetación cubriera el cementerio y vuelva
irreconocible el lugar.

7. Los Canichana.- Existe poca información y datos claros y confirmados acerca


de las características de los canichana, a más de su evidente origen quechua
incaico, y su naturaleza recia, agresiva y aventurera. Afectados también por la
influencia colonizadora española, los grupos sobrevivientes, aun directos
descendientes de la etnia original, están formados, según revelan los registros de
la Confederación Nacional de Nacionalidades Indígenas y Originarias de Bolivia
(Conniob), por unas 1 500 personas. La tradición oral, que en este pueblo como
en la mayoría de las naciones indígenas originarias goza aún hoy en día de buena
salud, permite inferir a profesionales y estudiosos, entre ellos Wigberto Rivero
Pinto, que los canichana llegaron al actual territorio cruceño fruto de divisiones
internas y persecuciones en el imperio incaico.

A través de su danza, su música y su coreografía peculiar, hombres y mujeres


expresan su entrega total, imploran por favores y agradecen los recibidos. Es muy
conocido y promocionado el baile del machetero loco, que representa una
combinación de valentía, apasionamiento y agresividad viril, expresado en la fiesta
de Semana Santa o en la celebración patronal de cada pueblo.

8. Los Cavineños.- “Ellos fueron reducidos por los jesuitas y los franciscanos. Sus
formas de vida están más familiarizadas con los hábitos occidentales, como la
caza con escopeta de salón; pero, por otro lado, tampoco han abandonado del
todo prácticas como la pesca, en la que utilizan pócimas preparadas con vegetales
para adormecer a los peces”, dice el antropólogo Milton Eyzaguirre. Los cavineños
son muy creyentes y respetuosos de los espíritus del monte y de las aguas, a los
que recurren periódicamente con invocaciones y rezos, sobre todo como pedido
de buenaventura en vivienda y alimentación.

La artesanía con frutos, maderos y otros elementos de la naturaleza, gracias a la


admirable habilidad de las mujeres para el tejido, con estilos y técnicas
ancestrales, además de ser un patrimonio particular y un modo de identificación,
les sirvió para desarrollar una pequeña pero rendidora industria.

Para su organización social, patriarcal y de respeto y obediencia indiscutibles, los


indígenas eligen a un jefe, que ahora, debido a su participación plena en el
sistema, se llama presidente de comunidad y llega a ser un representante más
tanto en lo político, para afuera, como en lo jerárquico, internamente.

9. Los Cayubabas.- De ser un pueblo considerado salvaje hasta los albores del
siglo pasado, en unas cuantas décadas, los cayubaba pasaron a ser una sociedad
con valores y usos católicos y comunes a las sociedades urbanas, debido a la
fuerte influencia de la evangelización jesuita.

Así, los estudios demuestran que las formas de organización social tradicional de
esta etnia han desaparecido en su totalidad, dando paso a la familia nuclear
monogámica como modelo que rige sus asentamientos, ante esporádicas
excepciones en pequeños clanes que aún persisten en poblados orientales
alejados. Los escritos de Álvaro Diez Astete y David Murillo identificaron al cabildo
indigenal cayubaba como una forma de organización básica y definitoria de las
principales actividades y decisiones, que hoy en día sólo subsisten como órgano
de referencia, consulta y ordenamiento para la realización de festividades
religiosas.

Los antropólogos también anotan que “los conocimientos registrados sobre su


etnoculturalidad son insuficientes, debido a que la reconstrucción de su mundo
cosmogónico, de su idea de lo sobrenatural, de sus costumbres sociales
tradicionales, se han perdido en la dispersión causada por el avasallamiento de
otras culturas”.

10. Los Chimanes.- El antropólogo Milton Eyzaguirre comenta que “lo más curioso
de esta cultura es que no se permite el enojo. Pero cuando este sentimiento se
apodera de uno de sus integrantes, lo que se hace es mandarlo al monte hasta
que se le pase. Según ellos, el enojo trae mala suerte e incluso puede llamar a la
muerte. También se casan entre ellos como una forma de proteger su territorio”.

Antes de la evangelización existía entre los chimanes la poligamia sororal, es decir


que un varón estaba autorizado a casarse con dos hermanas. En cuanto a la
formación de sus sociedades, los asentamientos más pequeños están compuestos
a menudo por un solo grupo de viviendas, general mente de gente relacionada por
un parentesco cercano.
Una vez consolidado un matrimonio, la nueva pareja va a vivir al lugar de
residencia de la familia materna de la mujer, sistema denominado ginecoestático.
Todos los chimanes hablan su idioma nativo en las actividades cotidianas, en
reuniones y eventos internos.

Cuenta el antropólogo losé Tejeiro que entre los chimanes, ubicados en el


suroeste del Beni, en las provincias Ballivián y Moxos, la construcción de chozas
de palmeras es compartida por hombres y mujeres. “Entran al monte, cosechan
las hojas de palmera, las transportan y trabajan juntos en la instalación del techo.
Anteriormente esta actividad era realizada exclusivamente por el hombre, y ahora
se incorpora a la mujer y a la familia debido a la demanda de esta hoja”.

Los chimanes creen en Dojity y Micha, “dos divinidades que son hermanos, uno
travieso y otro formal, a los que se debe la fundación del mundo, la creación del
hombre, la flora y la fauna”.

Este pueblo se caracteriza por ser respetuoso y devoto de sus creencias y


costumbres. Cuenta con un vasto conocimiento de la medicina natural y tiene
entre sus miembros a excelentes artesanos que elaboran diversas clases de
tejidos de algodón y jatata (fibra vegetal).

11. Los Chiquitanos.-b

Después de los guaraníes, éste es el grupo étnico nativo más numeroso del
oriente boliviano. Pese a que la influencia cristiana sepultó muchos de sus
antiguos usos y costumbres, quedan aún entre sus tradiciones, según señalan los
estudiosos Álvaro Diez Astete y David Murillo, rasgos ancestrales originales muy
interesantes. “Es una cultura ya evolucionada y muy compleja”. Mantienen
creencias ligadas al mundo sobrenatural, en cada uno de los momentos
importantes de la vida cotidiana, como la cacería, la meteorología, la siembra, la
cosecha, y, llamativamente, estás prácticas aparecen paralelas a las tecnologías
modernas” Caracteriza también a los chiquitanos su especial e innata habilidad de
procesamiento y trabajo fino de la madera. Algunas comunidades tienen como
sustento esencial o único la artesanía en cerámica o la producción de tejidos de
algodón. La venta de fuerza de trabajo es una de las actividades complementarias
que realizan en épocas de carestía, pues se trasladan en grandes grupos a las
zafras de caña. Tienen la creencia de que sus ancestros también observan la
ceremonia de caza y están en el monte y conocen los sectores del área. A este
antepasado le saludan, le honran y le piden su bendición”.

12. Chacobo: La superstición, que lleva a mantener vigentes prácticas ancestrales


y poco ortodoxas para garantizar el éxito de la cohabitación y la buena salud,
diferencia a los chácobos de otros pueblos vecinos suyos en el llano boliviano. Las
parejas se forman generalmente y con preferencia entre primos cruzados. Es decir
que para un mozo — los hombres son siempre los que toman la iniciativa y tienen
la decisión final— es objetivo central lograr hacer su esposa a la hija del hermano
de su madre, mozuela a la que se denomina guane”. El ritual de cortejo tipo
empieza cuando el joven chácobo comparte la hamaca con su prima durante
alguna temporada, hasta que tarde o temprano los padres los encuentran
flagrante. Generalmente, entonces, el muchacho huye, pero más que por temor o
para cuidarse de una posible agresión por parte de la familia de su enamorada,
para cumplir la siguiente parte del rito de noviazgo. “Provisto siempre del arco y la
flecha, se interna en el bosque en busca de alimento — ya sea pescado o un
animal de tierra— para entregárselo a la guane y que ella lo destine para el
consumo de toda su familia”. Éste es el ritual que termina de materializar el
matrimonio, pues luego de demostrar su hombría y su capacidad para mantener
un hogar, se allana el camino para la unión.

En algunos casos, si un chácobo cazador entrega su presa a una mujer viuda o


divorciada, y ésta la acepta, también puede darse la unión, aunque no goza del
mismo respeto y la misma posición dentro de la sociedad.

Otras de las observaciones que recuerda el antropólogo es que cuando la mujer


está en periodo de gestación le rapan la cabeza y le prohíben comer ciertas
especies de carne y frutas, abstinencia que es compartida por el esposo. “Cuando
esperan familia tienen terminantemente prohibido comer víbora, ya que según sus
creencias es signo de mal augurio y corren el riesgo de que el hijo nazca muerto”.

13.esse ejja machaca

huchani

En la actualidad, debido a su contacto con la civilización occidental, los esse ejja


han perdido sus hábitos originarios externos: se visten con pantalones, vestidos y
camisas como todos nosotros; es raro ver a algunos que aún usan sus trajes
hechos con corteza de árbol. Y esto se traduce en otras conductas y costumbres.
“En mi trabajo con ellos — Comenta Bamonte — hubo dos grandes intereses y
nos concentramos en ellos. Me atrajo sobre todo estudiar la mitología, la
espiritualidad de este pueblo, porque si bien lo más fácil de perder son los usos y
costumbres, lo que hace que una cultura se conserve son sus mitos. No creo
exagerar al decir que la complejidad de la mitología y cosmología de los esse ejja
es comparable a la griega, más por su sentido, su fuerza, que por el número de
divinidades o los mundos construidos alrededor de éstas”.

14. guaraníes

Antiguamente, los matrimonios se realizaban entre primos y el parentesco tenía


importancia mítica como de linajes de jefaturas. En la actualidad la costumbre se
ha inclinado por mantener en vigencia la familia extensa, abierta a parientes
lejanos, aunque de un modo más restringido. “Los cazadores poseen áreas
determinadas para esta actividad que son gobernadas por los iyas, cuya
traducción al español es 'socio'. Se trata de entidades espirituales en las que
creen y a quienes elevan ofrendas consistentes en alcohol, coca y tabaco. Los
cazadores guaraníes creen que cualquier animal que logran cazar es un regalo de
los iyas. Por lo general, este rito se realiza en la noche y se ejecuta en el monte”.

15. Los Guarayos.- La organización social de esta etnia se basa en la familia


nuclear, de lazos fuertes, característica que no se pierde pese al acelerado
proceso de mestizaje desde el periodo posterior a la Reforma Agraria que impulsó
una “avanzada de blancos (carai)” hacia su espacio.

“Como este pueblo fue misionado por sacerdotes franciscanos —apunta Rivero—,
tienen muy arraigada en su identidad la ritualidad y la fe cristiana, pero al mismo
tiempo que rezan y cantan salmos, mantienen un gran respeto por sus espacios
sagrados, como la chapacura, lugar al límite norte del territorio guarayo, o Cerro
Grande, en el departamento de Santa Cruz. También conservan las creencias
animistas sobre los “dueños” del bosque, de las aguas, de ríos, lagunas y de los
animales.

16. Los Itonamas.- “A pesar de su asimilación a diferentes sociedades, los


itonamas conservan la creencia de que los espíritus de sus muertos poseen
poderes sobrenaturales. Hoy en día siguen siendo animistas con relación a las
plantas, animales y el agua, religiosidad que, sin embargo, no rige sus acciones
cotidianas”, según detalló el antropólogo Wigberto Rivero Pinto.

La deidad máxima del pueblo es Dijnamu, que representa el principio del bien, y
que rige sobre los otros dioses menores, genios y fantasmas, que se transforman
en mariposas, aves o serpientes, y que pueden causar la muerte a las personas.

Es destacable el hecho de que desde principios del siglo XVIII, cuando se censó a
estos nativos, la cantidad de la población prácticamente se mantuvo intacta. Las
crónicas de españoles establecen que en ese entonces los considerados salvajes
eran alrededor de seis mil, cifra que en doscientos años se redujo en poco más del
10 por ciento, pues actualmente llegan a 5.240.

17. Los Joaquinianos.- La organización social básica de los joaquinianos es la


familia básica compuesta por el padre, la madre y los hijos. Asimilados por
completo y ya hace varias décadas a la vida citadina y la sociedad occidental, el
catolicismo es la base de su credo, aunque algunos cultos protestantes entraron
con fuerza en los años recientes en San Joaquín, Beni, y algunas comunidades
aledañas. “Se dice que su procedencia es del Brasil, y que por ello hablan el
portugués mejor que el español o alguna otra lengua nativa”, explicó el
antropólogo Milton Eyzaguirre.
Las actividades básicas de este pueblo situado en el corazón de la amazonia
boliviana se desarrollan de modo restringido por la presencia de pequeños
asentamientos de gente de innumerables naciones en los alrededores.

18. Los Lecos.- “Su incorporación a poblaciones económicamente activas como


Guanay, ha hecho que esta etnia se asimile por completo a la civilización
occidental. Tan sólo conserva algunas costumbres de tipo material”, dice el
antropólogo Milton Eyzaguirre.

Antes de la llegada de las misiones de evangelización, en los numerosos grupos


étnicos repartidos por la región, entre los que estaban el pueblo leco, los
aguachiles, pamainos y otros, era común el liderazgo basado en el prestigio, vale
decir que para mantenerse al frente de un clan, el líder debía demostrar con
regularidad las aptitudes que le hacían superior al resto.

El área o hábitat donde se asientan en la actualidad las comunidades y pueblos


lecos es caracterizada ecológicamente como ceja de selva, pues está ubicada
exactamente en la transición de los andes a la amazonia.

19.- Los Machineri.- A decir del antropólogo Milton Eyzaguirre, “los machineri
conocen mejor la cultura brasileña debido a su ubicación en la triple frontera entre
Bolivia, Perú y Brasil. Ellos se ven obligados a entrar en municipio brasileño,
donde hacen sus compras ya que conocen mejor el dinero de aquel país”.

Actualmente, la organización social de los machineri se basa en la familia


agrupada en asentamientos dispersos, pero que mantienen lazos familiares
sólidos e ineludibles. Pero su régimen general y sistema de relaciones y desarrollo
gira en torno a la familia extensa, siendo el hombre de más edad el jefe, quien
hasta hace algunas décadas vivía aislado del grupo para mantener distancia y
respeto.

El antropólogo Wigberto Rivera cuenta que “el cacique era, además de la


autoridad superior de todos los jefes de familia, el curandero y chamán, capacitado
sobrenaturalmente para hacer el bien a su pueblo y el daño a los enemigos”.

Los machineri del lado boliviano —pues se extienden también hacia Brasil— no
están cristianizados, pero la Misión Evangélica Suiza tiene planes para integrarlos
a la congregación de Puerto Yaminahua.

20. Los More.- Antiguamente, la organización social de los moré, asentados en el


noroeste de Beni, se basaba en la familia extensa y convivencia entre parientes
con vínculos medianos y lejanos. Eran una tribu de cazadores y pescadores
organizados en una sociedad eminentemente guerrera, condición que influyó en la
preferencia por los nacimientos de varones. Practicaban la poligamia, portante, la
jefatura en el clan menor era de un hombre que ejercía un control de natalidad
selectivo.
En la actualidad, la organización se basa en la familia nuclear, y toda la población
superviviente alcanza a 360 personas. Según la Confederación Nacional de
Nacionalidades Indígenas Originarias de Bolivia, tiende a congregarse más en
torno a una sola sociedad.

Se conocen restos de arte rupestre sobre el río Iténez, cerca de Monte Azul,
donde también se han encontrado reliquias cerámicas, lo que habla de un pasado
prehispánico con un interesante grado de desarrollo.

Debido a que desde la Colonia el proceso de cristianización católica se vio


entorpecido por la poca receptividad por parte de los indígenas, hoy en día la
permanencia de cualquier iglesia en la zona es casi imposible.

21. Los Moseten.- “La organización social de este grupo étnico se basa
actualmente en la familia monogámica rígida, pues prescribe drásticamente el
concubinato. Hay un alto grado de solidaridad social entre ellos, que se manifiesta
en el compadrazgo”, comenta el estudioso Wigberto Rivero. La tendencia
endogámica del pueblo se ha consolidado ante la masiva presencia de
colonizadores collas en la región.

“Los mosetenes se casan entre ellos principalmente por no permitir que los
colonos aymarás, por ejemplo, se apropien de sus terrenos”, añade el antropólogo
Milton Eyzaguirre.

La cristianización católica de los mosetén es firme y generalizada, desde la dura


evangelización efectuada por las órdenes jesuíticas y franciscanas, “al grado que
en las comunidades donde se asientan no se conoce el protestantismo, que
mediante las iglesias adventista y evangelista ingresaron con tanta fuerza en la
zona”.

No obstante, como sucede en casi todos los pueblos convertidos, éste posee aún
un mundo mítico propio que se traduce en muchos cuentos y leyendas, algunos
modernizados, que relatan adultos y ancianos, pero también niños, “y que siempre
tratan sobre el mundo sobrenatural y los seres superiores y guardianes”.

22. Los Movima.- Ubicados en la región amazónica de Beni, los movima tienen
como principal actividad económica a la agricultura. El antropólogo Wigberto
Rivera cuenta que “generalmente los montes donde están obligados a cultivar son
poco aptos porque sufren inundaciones”. Por eso, deben combinar su actividad
con la caza, la pesca y la recolección de frutos.

Antes de la llegada de los españoles, también eran agricultores semisedentarios y


sabían aprovechar las tierras de terrazas y claros de bosque tratados por culturas
anteriores (en especial por los moxeños).
La organización social se basa en la familia monogámica y nuclear con
características de parentela extensa, pues los asentamientos incluyen una o dos
familias emparentadas sobre la base de la primera residencia del matrimonio en
casa de la madre de la mujer (matriarcado), aunque la línea de descendencia es la
paterna. Mantienen un fondo de creencias relacionadas con el culto a los
antepasados, a los “dueños” del monte, a los animales, pero sobre todo a los
dioses del agua. La vigencia de esta espiritualidad está en riesgo a causa del alto
grado de cristianización.

23. Los Moxeños.- Entre los mojeños existe la creencia de que la leshmaniasis,
especie de lepra que consume el cartílago de la nariz y boca, es producto de la ira
de lichi, su deidad mayor, que envía este castigo por herirá un animal o matar una
hembra preñada.

La reducción de estos indígenas en los siglos XVI y XVII implicó la emergencia de


una cultura misional caracterizada por constituir una síntesis de elementos
occidentales en el marco de una profunda religiosidad. En este proceso, los
pobladores jugaron un papel dinámico, seleccionando, fusionando y
refuncionalizando los elementos occidentales a sus propias condiciones culturales
y a las condiciones de su entorno Wigberto Rivera, antropólogo beniano, observa
que el sistema cultural moxeño, “por una parte, tiene muy presente la religiosidad
cristiana y sus fechas se festejan según fueron aprendidas en el periodo misional y
transmitidas de generación en generación, pero al mismo tiempo está presente la
creencia en los dioses del monte o de las aguas. Todo ser de la naturaleza tiene
su amo que le protege y causa daño a quienes infringen las normas”.

La situación etnocultural, por consiguiente, está profundamente impregnada de la


religiosidad católica. Es así que en las festividades religiosas se da una
permanente apelación a esa “cultura” ancestral que aparece en la música y las
danzas como un conjunto de códigos.

24.- Los Nahua.- Probablemente se trata de un grupo de indígenas itinerantes que


se desplazan por la frontera entre los dos países. No se sabe cuántos son ni el
área exacta donde se asientan. Es muy probable que los Nahua de Bolivia hayan
sido exterminados o se hayan asentado definitivamente en el Parque Manu en
Perú, donde está la mayor parte de la población de este grupo étnico, también
llamado Yora.

Según los informes del Centro Cultural José Pío Aza, del Perú, los pocos
sobrevivientes de este grupo quizá se encuentren en los ríos Mapuya e Inuya. Los
antecedentes dan cuenta de que se caracterizan por su extrema belicosidad.

“vivían desnudos y pintados, en grupos de varias familias para asegurar una


mínima potencia ante eventuales agresores. Sus casas eran hechas de cañas y
hojas de palmera, provisionales y fáciles de construir y abandonar”. “Los nahuas
son locuaces y gustan de usar mucha mímica en sus expresiones para dar mayor
fuerza a sus ideas. En sus ausencias o cambios de zona de residencia, se
comunican por signos, como hojas de palmera cuya distribución u orientación en
el suelo, en las puertas de su casa o en las playas, encierran mensajes para sus
congéneres”.“Sus cantos son monótonos y salmodiados, más bien tristes, y gustan
de curiosas danzas”.

Originalmente, su sociedad era patriarcal. Los varones, durante el día, vivían en la


“casa de los hombres”, pero por la noche, si estaban casa dos, se retiraban a
cohabitar con su esposa, quien estaba totalmente sometida a sus decisiones y le
servía para engendrar hijos y cuidar del hogar y la alimentación.

25. Los Pacahuara.- Existen pocos datos sobre el pueblo pacahuara debido a su
inminente extinción. Según el conteo efectuado en 2004 por la Confederación
Nacional de Naciones Indígenas Originarias de Bolivia, se estableció que sólo
quedan 17 miembros originarios puros en una comunidad asentada casi en el
límite entre los departamentos de Beni y Pando.

De las creencias originarias sólo quedan vagas ideas, pues ya no existe la


sociedad que podía darles consistencia y continuidad. La evangelización de los
pacahuara sobrevivientes no se ha consumado, pese a los esfuerzos de las
sucesivas misiones asentadas en la región.

26. Los Quechuas.- Este grupo comparte con los aymarás la centenaria estructura
del ayllu. Su religiosidad está íntimamente ligada con la agricultura, pues es
mediante rituales agrarios —según su concepción— como consiguen favores de la
Pachamama (Madre Tierra).

Los quechuas tienen su propia filosofía del tiempo y del espacio, que está
representada en kaypacha (nuestro mundo), el mundo de los humanos, donde se
desenvuelven los seres vivos, todo lo que nos rodea y lo que puede ser palpable,
el suelo, los sembradíos, etc. Y en janaq pacha, el Sol, las estrellas. Lo intangible,
lo sobrenatural, lo que premia, castiga, depara y determina, según el
comportamiento y la generosidad de cada quien.

Hay pueblos quechuas en las tres regiones climáticas bolivianas. En el altiplano,


las actividades principales son la agricultura y la ganadería de camélidos, ovinos y
bovinos. La agricultura es esencialmente de tubérculos: papa, oca y papaliza, y
cereales como la quinua, cañahua y cebada.

En los valles, los campesinos viven de la agropecuaria, avicultura y floricultura. Se


dedican a la siembra de maíz, papa e infinidad de hortalizas; crían ganado ovino,
porcino, caprino y bovino; también se dedican a la crianza de aves de corral y,
últimamente, se ha implementado el cultivo de flores. En la región del chapare
tropical, los colonos quechuas se dedican a la agricultura, especialmente
cultivando la hoja de coca; a la fruticultura, la floricultura y la industria de la
madera.
Los quechuas tratan de estar bien con los dos universos, el de arriba y el de abajo,
para lo que utilizan las ofrendas que generalmente van dirigidas a la Pachamama,
y lo que ella representa: fecundidad, buena cosecha y prosperidad.

27. Los Reyesanos.- Entre la poca información que se tiene, según el antropólogo
Wigberto Rivero, se sabe que los reyesanos pertenecen a la familia étnico-
lingüística tacana, por lo que comparten mucho los aspectos y rasgos culturales
con los tacanas de la región de Tumupasa.

Para vivir, los maropas o reyesanos, en el macrohábitat natural del llano, eligen de
preferencia las zonas con bosques de galerías, surcadas por ríos y lagos de la
cuenca amazónica, ya que para desarrollar sus actividades requieren pastizales
naturales y protegidos.

Coincidiendo con otros investigadores, Rivero menciona que los reyesanos casi no
han figurado en las estadísticas indígenas oficiales, por lo que su existencia es
casi desconocida, "aunque en los últimos años, los nativos han empezado a
testimoniar su existencia —impulsados por algunas organizaciones de ayuda—
mediante diferentes actividades, sobre todo de expresión cultural".

28. Los Siriono.- “Los sirionó eran guerreros por sobre todo y se tiene
conocimiento de que hasta el siglo XVIII era una etnia que poseía esclavos. Esto
quiere decir que tenían una organización social mucho más compleja que otros
pueblos vecinos. Al destinar los esclavos a las labores, los jefes o líderes sirionó
se dedicaban a explotar su relación con lo sobrenatural”, señala el antropólogo
Milton Eyzaguirre.

El castigo más duro que puede sufrir un nativo sirionó, por algún crimen o pecado,
es la proscripción. Queda excluido para siempre del clan, lo que, según su
idiosincrasia, lo condena a la marginalidad, ya que difícilmente se adapta a otras
sociedades. Entre sus códigos no existe la pena de muerte ni el linchamiento, pero
sí castigos físicos menores como el azote.

Aunque cada vez lo utilizan con menos frecuencia, un común tormento para los
que quebrantan las leyes internas es el atarlos a un tronco y hacerles picar por
miles de hormigas amazónicas. No obstante, muchas veces los sabios del pueblo
utilizan esta práctica como tratamiento medicinal.

Los sirionó, asentados en su mayoría en territorio beniano, tienen una destreza


que los distingue: su habilidad para la elaboración de armas para la caza y la
guerra.

El antropólogo losé Tejeiro señala que para este pueblo la caza dejó de ser una
actividad exclusiva del varón porque últimamente se incorpora a la mujer, quien
acompaña al cazador e incluso participa en la búsqueda de alimento.
El sirionó se autodenomina mybia, que quiere decir cazador. Como otros grupos
étnicos de Bolivia, éste no tiene rasgos que se hayan detenido en el tiempo, no
son estáticos, no se congelaron, son dinámicos y evolutivos. Antes, el hecho de
que una mujer participe en la caza era un verdadero tabú.

29. Los Tacana.- Las creencias y prácticas religiosas tradicionales aún continúan
ejerciendo una influencia muy importante en la vida cotidiana. De manera paralela
a las ceremonias cristianas, que se impusieron a mediados del siglo pasado
debido a la presencia de misiones evangelizadoras jesuitas, los chamanes
celebran ritos tradicionales en fechas clave del calendario agrícola y de principios
de año. Éstos no solamente son curanderos con conocimientos profundos de la
herbolaria medicinal, sino también guardianes del bienestar de la comunidad y del
universo, según su filosofía.

La perseverancia del chamanismo es muy fuerte y la fe que los indígenas


depositan en ellos puede ser más intensa que en el santoral católico o los dogmas
protestantes. “Esta nación se vale de las festividades y acontecimientos sociales
para expresar su identidad como pueblo indígena de modo abierto, mientras que
el resto del tiempo incluso niegan ser indígenas y aspiran a vivir como campesinos
castellanohablantes”, comenta el investigador Wigberto Rivero, que convivió en
diversas etapas y por diferentes periodos con estos indígenas.

30.- Los Tapiete.- En cuanto a su organización familiar y social, este grupo tiene
parámetros rígidos y bien establecidos: el jefe de familia es el marido y sus
deberes están claramente delimitados: es responsable de la pesca, la agricultura y
la caza. La mujer, mientras tanto, lleva todas las tareas del cuidado de la cocina y
la vida doméstica y dirige la recolección de frutos en el monte.

“Por informantes ancianos que conservan la memoria colectiva de su etnia —


comenta Diez Astete— se sabe que en el siglo XIX toda la región del sur del país,
donde hoy se encuentran dispersos los pocos asentamientos sobrevivientes,
estaba cubierta de tóldenos tapieté, lo que habla de su modo de vida y formación
de clanes”.

31.- Los Toromona.- Los toromona son un grupo indígena que se asentó desde
hace cientos de años en el departamento de Pando, entre los ríos Madre de Dios,
Toromona y Arroyo Asunta. “En la década de los 80 ya eran pocas las familias
sobrevivientes que recorrían la selva amenazados por petroleros, madereros y
caucheros. Nunca se tuvo contacto formal y actualmente se teme que estén al
borde de quedar exterminados”, asegura el antropólogo Wigberto Rivero.

Un grupo de campesinos colonos denominó Toromona a su comunidad y es


probable que exista confusión entre éstos y el grupo étnico, ya que algunos
piensan que los colonos son en realidad indígenas que dejaron atrás sus usos y
costumbres. “Incluso se sabe de casos en los que muchos colonos sacan ventajas
sobre esta confusión”, explica el antropólogo. También hay investigadores que
confunden a los toromonas con algunos grupos de indígenas esse ejja que viven
en la frontera con Perú, o con los araonas que se asientan en el río Manupare.

“Lo más probable es que los toromona hayan sido exterminados o que los últimos
sobrevivientes hayan muerto en su intento de escapar de los invasores de su
territorio”. En los años 80 del siglo XX, el agrónomo noruego Lars Hafskjold intentó
encontrarlos y se metió en la selva, pero nunca más regresó. En los años 2000,
2001 y 2003, el argentino Pablo Cingolani, apoyado por el Gobierno boliviano,
también organizó expediciones en la jungla del Parque Madidi, en busca del
antropólogo Lars Hafskjold y de los toromonas, sin obtener resulta dos positivos.

Según los últimos registros logrados en las décadas de los 70 y 80, este pueblo
había perdido muchas de sus características étnicas, debido a su contacto con la
civilización occidental, y con otras naciones más numerosas y de fuerte arraigo e
influencia, como la mosetén, cuyos pueblos se asientan en las inmediaciones.

32. Los Urus.- Los putukus (viviendas en forma de conos típicas de los urus)
siguen erguidos en los salitrales orureños y, como hongos, se los ve dispersos en
el área rural de Chipaya. Pero el pueblo central ya se urbanizó y cambió su
fisonomía; ahí brillan las calaminas, las casas las hicieron rectangulares y les
pusieron ventanas con vidrios.

El corregidor de Chipaya, Nicolás Felipe, calcula que hay 1.500 personas en su


territorio. No es muy hospitalario ante el requerimiento de reporteros, porque cree
que pierde el tiempo dando información a los forasteros. “Vivimos de nuestro
ganadito, sembramos quinua y a veces papa”, relató y luego se excusó de seguir
conversando porque tenía mucho trabajo.

Pese a la solidez de los chipaya, cuya población no crece aceleradamente pero


tampoco merma, no deja de ser un pueblo arrinconado en una inhóspita parte de
la geografía nacional y en vías de ser asimilado por la cultura moderna.

Los más ancianos se resisten a salir de los ranchos y no quieren saber de cambiar
sus tejidos de lana por la ropa de algodón o de nailon; las mujeres siguen
haciéndose decenas de simbas en el pelo y, como antes, caminan descalzas.
Tampoco han cambiado las condiciones de vida en el campo; los putukus
mantienen sus estrechas dimensiones y adentro duermen los chipayas sobre los
cueros de ovejas tendidos en el suelo; ahí mismo procesan y consumen sus
alimentos y no poseen ningún tipo de mueble. Ni hablar de servicios básicos en
las viviendas rurales, porque no existen.

33. Los Weenhayek.- La secuencia de desgaste de los valores originarios de esta


etnia es similar a la mayoría de las amazónicas, comenzando con la presencia de
religiosos. En la época de la Colonia no se dejaron evangelizar por los jesuitas,
pero en la República no pudieron evitar la presencia de los protestantes que
influyeron en su ideología religiosa y los indujeron a cambiar sus mitologías y
creencias ancestrales por el cristianismo.
La incursión de los misioneros fue sistemática y produjo transformaciones
lamentables en la identidad étnica. Sin embargo, los religiosos aportaron en
educación y en la protección jurídica del territorio cuando los weenhayek estaban
desorganizados. De las 195.600 hectáreas que poseía legalmente la etnia
(respaldadas con el Decreto Supremo 23500 de 1993), el Estado le recortó más
del 50 por ciento en el proceso de saneamiento de la tierra y está evaluando la
posibilidad de titular 89.500 hectáreas. La diferencia, 106 mil hectáreas,
beneficiará a terceros.

La hecatombe siguió con mayor fuerza cuando las petroleras entraron en el


territorio indígena avaladas por el Estado. Más de 100 mil hectáreas de los
weenhayek fueron dadas en concesión a diversas empresas.

34.- Los Yaminahua.- Los Yaminahua mantienen en gran parte sus tradiciones
culturales materiales e ideológicas, pero de una manera sosegada, por la
influencia mercantilista del lado brasileño y los afanes de los misioneros
evangelistas. Están asentados en el extremo norte de Pando y en 2004 se
contaban 390 de ellos. “En cuanto a su acervo cultural, aún mantienen muchas
creencias ancestrales importantes, pero ya no con la fuerza de una sociedad
mayor, sino bajo la nebulosa de un pasado que se ha ido escapando de la
memoria colectiva, dejando sólo algunos elementos básicos”, señala Wigberto
Rivero.

Es un pueblo evidentemente pagano y politeísta. La víbora sicuri, serpiente de


agua muy común en su hábitat, fue la divinidad principal de sus antepasados, por
lo que hasta hoy en día los Yaminahua no matan ese animal, salvo si hay peligro
de muerte para personas, caso en el que antes de sacrificar al ofidio, hacen todo
lo posible por alejarlo sin lastimarlo.

La magia y el curanderismo están fuertemente reforzados en su imaginario


popular, por el consumo de la ayahuasca, un alucinógeno poderoso que usan en
sesiones de curaciones y reconcentración espiritual comunitaria para, según
creen, escuchar consejos y predicciones de los espíritus totémicos de la selva y de
los antepasados. Las actividades económicas principales son la recolección, la
caza y la pesca; estas últimas, fundamentales en su alimentación.

35. Los Yuquis.- Hasta inicios del siglo pasado, fue común entre los yuquis un
sistema de estratificación social de amos y esclavos, o por herencia u orfandad.
Pero luego de la influencia de los evangelizadores se conformó la típica familia
nuclear (de fuertes lazos entre parientes directos) de pareja monogámica.

Pese a los vertiginosos cambios sociales y culturales, aún mantiene intactos


algunos rasgos originales. Es un pueblo animista que, no obstante, no desarrolló
una cosmovisión mitológica, pues su evolución se vio interrumpida por el
avasallamiento. A la creencia en los espíritus de la selva que encarnan en
animales le acompaña la idea de que las personas poseen dos espíritus que
cuando fallecen pueden causar enfermedad o muerte.
Según la coordinadora del programa Pueblos Indígenas y Empoderamiento,
Miriam Campos, es un pueblo nómada que recorre desde la provincia Carrasco,
en Cochabamba, hasta Montero, en Santa Cruz. “Fueron contactados recién en la
década de los años 50 por misiones religiosas evangélicas estadounidenses”

36.- Los Yuracare.-“Son una etnia bastante bien organizada, que mantiene sus
formas tradicionales de cultivo, aunque en los últimos años se han visto obligados
a limitar aún más su territorio, principalmente por la migración hacia el norte de
Cochabamba, lo cual los ubica en territorio casi moxeño”, explicó el antropólogo
Milton Eyzaguirre.

La mayor aspiración de la gente, y que se transmite de generación en generación,


es vivir en paz y libertad. “Cuando empieza la colonización (...), el pueblo fue
replegándose hasta lo que hoy es el trópico de Cochabamba, y cuando llegaron
acá los curas jesuitas tenían una costumbre de agrupar a la gente, y llevaron a mis
abuelos a lo que es Villa Tunari, donde les enseñaron y cambiaron en muchas
cosas.

En su constante ir y venir y más allá de la influencia católica y social, los yuracarés


siguen su infatigable peregrinar tras su particular paraíso. La imagen de la
superioridad se entremezcla, como en la mayoría de los pueblos, con los
preceptos católicos

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