El Vencedor
César Vallejo
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Texto núm. 6112
Título: El Vencedor
Autor: César Vallejo
Etiquetas: Cuento
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 13 de diciembre de 2020
Fecha de modificación: 13 de diciembre de 2020
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El Vencedor
Un incidente de manos en el recreo llevó a dos niños a romperse los
dientes a la salida de la escuela. A la puerta del plantel se hizo un tumulto.
Gran número de muchachos, con los libros al brazo, discutían
acaloradamente, haciendo un redondel en cuyo centro estaban, en
extremos opuestos, los contrincantes: dos niños poco más o menos de la
misma edad, uno de ellos descalzo y pobremente vestido. Ambos
sonreían, y de la rueda surgían rutilantes diptongos, coreándolos y
enfrentándolos en fragorosa rivalidad. Ellos se miraban echándose los
convexos pechos, con aire de recíproco desprecio. Alguien lanzó un alerta:
—¡El profesor! ¡El profesor!
La bandada se dispersó.
—Mentira. Mentira. No viene nadie. Mentira…
La pasión infantil abría y cerraba calles en el tumulto. Se formaron partidos
por uno y otro de los contrincantes. Estallaban grandes clamores. Hubo
puntapiés, llantos, risotadas.
—¡Al cerrillo! ¡Al cerrillo! ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hurra!…
Un estruendoso y confuso vocerío se produjo y la muchedumbre se puso
en marcha. A la cabeza iban los dos rivales.
A lo largo de las calles y rúas, los muchachos hacían una algazara
ensordecedora. Una anciana salió a la puerta de su casa y gruñó muy en
cólera:
—¡Juan! ¡Juan! ¡A dónde vas, mocito! Vas a ver…
Las carcajadas redoblaron.
Leonidas y yo íbamos muy atrás. Leonidas estaba demudado y le
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castañeteaban los dientes.
—¿Vamos quedándonos? —le dije.
—Bueno —me respondió—. ¿Pero si le pegan a Juncos?…
Llegados a una pequeña explanada, al pie de un cerro de la campiña, se
detuvo el tropel. Alguien estaba llorando. Los otros reían estentóreamente.
Se vivaba a contrapunteo:
—¡Viva Cancio! ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hurraaaaa!…
Se hizo un orden frágil. La gritería y la confusión renacieron. Pero se oyó
una voz amenazadora:
—¡Al primero que hable, le rompo las narices!
—Voy a Juncos.
—Voy a Cancio.
Se hacían apuestas como en las carreras de caballos o en las peleas de
gallos.
Juncos era el niño descalzo. Esperaba en guardia, encendido y jadeante.
Más bien escueto y cetrino y de sabroso genio pendenciero. Sus pies
desnudos mostraban los talones rajados. El pantalón de bayeta blanca,
andrajoso y desgarrado a la altura de la rodilla izquierda, le descendía
hasta los tobillos. Tocaba su cabeza alborotada un grueso e informe
sombrero de lana. Reía como si le hiciesen cosquillas. Las apuestas en su
favor crecían. Por Cancio, en cambio, las apuestas eran menores. Era este
un niño decente, hijo de buena familia. Se mordía el labio superior con
altivez y cólera de adulto. Tenía zapatos nuevos.
—¡Uno!… ¡Dos!… ¡Tres!
El tropel se sumió en un silencio trágico. Leonidas tragó saliva. Cancio no
se movía de su guardia, reduciéndose a parar las acometidas de Juncos.
Un puñetazo en el costado derecho, esgrimido con todo el brazo contrario,
le hizo tambalear. Le alentaron. Recuperó su puesto y una sombra cruzó
por su semblante. Juncos, finteando, sonreía.
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Cancio empezó a despertar mi simpatía. Era inteligente y noble. Nunca
buscó camorra a nadie, Cancio me era simpático y ahora se avivaba esa
simpatía. Leonidas también estaba ahora de su parte. Leonidas estaba
colorado y se movía nerviosamente, ajustando sus movimientos a los
trances de la lucha. Cuando Cancio iba a caer por tierra, a una puñada del
héroe contrario, Leonidas, sin poder contenerse, alargó la mano canija y
dio un buen pellizcón a Juncos. Yo le dije:
—Déjalo. No te metas.
—¡Y por qué le pega a Cancio! —me respondió, poniéndose aun más
colorado. Bajó luego los ojos como avergonzado.
La lucha se encendió en forma huracanada. A un puntapié trazado por
Juncos, a la sombra de un zurdazo simulado, respondieron los dos puños
de Cancio, majando rectamente al pecho, a las clavículas, al cuello, a los
hombros de su enemigo, en una lluvia de golpes contundentes. Juncos
vaciló, defendiéndose con escaramuzas inútiles. Corrió sangre. De una
pierna de Cancio manaba un hilo lento y rojo. La tropa lanzó murmullos de
triunfo y de lástima.
—¡Bravo! ¡Bravo, Juncos!
—¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo, Cancio!
—¡Uyuyuy! ¡Ya va a llorar! ¡Ya va a llorar!
—¡Déjenlo! ¡Déjenlo!
Volaron palmas. Crujió un despecho en alto.
Cancio se enardecía visiblemente y cobró la ofensiva. De una gran
puñada, asestada con limpieza verdaderamente natural, hizo dar una
vuelta a la cabeza contraria, obligando a Juncos a rematar su círculo
nervioso, poniéndose de manos, a ciegas, contra el cerco de los suyos.
Entonces sucedió una cosa truculenta. Un niño más grande que Cancio
saltó del redondel y le pegó a este y un segundo muchacho, mayor aun
que ambos, le pegó al intruso, defendiendo a Cancio. Durante unos
segundos, la confusión fue inextricable, unos defendiendo a otros y
aquellos a estos, hasta que volvió a oírse estas palabras de alerta, que
pusieron fin al caos y a los golpes:
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—¡El profesor! ¡El profesor!…
Juncos estaba muy castigado y parecía que iba a doblar pico. El humilde
granuja, al principio tan dueño de sí mismo, tenía el pabellón de una oreja
ensangrentado y encendido, a semejanza de una cresta de gallo. Un
instante miró a la multitud y sus ojos se humedecieron. El verle, trajeado
de harapos, con su sombrerito de payaso, el desgarrón de la rodilla y sus
pequeños pies desnudos, que no sé cómo escapaban a las pisadas del
otro, me dolió el corazón. Al reanudarse la pelea, di una vuelta y me pasé
a los suyos.
Acezaban ambos en guardia.
—Pega…
—Pega nomás…
Juncos hizo un ademán significativo. El verdor de las venas de su arañado
cuello palideció ligeramente. Entonces le di la voz con todas mis fuerzas:
—¡Entra, Juncos! ¡Pégale duro!…
Le poseyó al muchacho un súbito coraje. Puso un feroz puñetazo en la
cara del inminente vencedor y le derribó al suelo.
El sol declinaba. Había pasado la hora del almuerzo y teníamos que volver
directamente a la escuela. A Cancio le llevaban de los brazos. Tenía un
ojo herido y el párpado muy hinchado. Sonreía tristemente. Todos le
rodeaban lacerados, prodigándole palabras fraternales. También yo le
seguía de cerca, tratando de verle el rostro. ¡Cómo le habían pegado!
El grupo de pequeños avanzaba, de vuelta a la aldea, entre las pencas del
camino. Hablaban poco y a media voz, con una entonación adolorida.
Hasta juncos, el propio vencedor, estaba triste. Se apartó de todos y fue a
sentarse en un poyo del sendero. Nadie le hizo caso. Le veían de lejos,
con extrañeza, y él parecía avergonzado. Bajó la frente y empezó a jugar
con piedrecillas y briznas de hierba. Le había pegado a Cancio este
Juncos…
—Vámonos —le dijo Leonidas, acercándose.
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Juncos no respondió. Hundió su sombrero hasta las cejas y así ocultó el
rostro.
—Vámonos, Juncos.
Leonidas se inclinó a verle. Juncos estaba llorando.
—Está llorando —dijo Leonidas. Le arregló el estropeado sombrero y le
asentó el pelo, por sobre la oreja, donde la sangre aparecía coagulada y
renegrida.
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César Vallejo
César Abraham Vallejo Mendoza (Santiago de Chuco, 16 de marzo de
1892-París, 15 de abril de 1938) fue un poeta y escritor peruano. Es
considerado uno de los mayores innovadores de la poesía del siglo XX y el
máximo exponente de las letras en su país.? Es, en opinión del crítico
Thomas Merton, «el más grande poeta católico desde Dante, y por católico
entiendo universal»? y según Martin Seymour-Smith, «el más grande
poeta del siglo XX en todos los idiomas».3
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Publicó en Lima sus dos primeros poemarios: Los heraldos negros (1918),
con poesías que si bien en el aspecto formal son todavía de filiación
modernista, constituyen a la vez el comienzo de la búsqueda de una
diferenciación expresiva; y Trilce (1922), obra que significa ya la creación
de un lenguaje poético muy personal, coincidiendo con la irrupción del
vanguardismo a nivel mundial. En 1923 dio a la prensa su primera obra
narrativa: Escalas, colección de estampas y relatos, algunos ya
vanguardistas. Ese mismo año partió hacia Europa, para no volver más a
su patria. Hasta su muerte residió mayormente en París, con algunas
breves estancias en Madrid y en otras ciudades europeas en las que
estuvo de paso. Vivió del periodismo4? complementado con trabajos de
traducción y docencia.