Magali Alabau
Ir y venir
Poesía reunida 1986-2016
*
© Magali Alabau, 2017
© Fotografía de cubierta: W Pérez Cino, 2017
© Bokeh, 2017
Leiden, Nederland
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isbn 978-94-91515-72-9
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción,
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sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo
excepción prevista por la ley.
Electra
Yo, como una voz,
una oveja que gime,
comprendo que si soy Ulises
tendrías que deshacerme.
Ifigenia,
Orestes que rápidamente el cuchillo saca,
Orestes,
Ifigenia.
Clitemnestra muerde la muerte de su hija
y el sol se esconde.
Electra, Electra, Electra corre
con una emoción que transfigura.
Electra vuela,
Electra se comprime
y cruza.
Clitemnestra, ¿cómo es posible que des la mano a Egisto?
¿Cómo es posible que a mí embistas?
¿Cómo es posible?
Sí, Electra en la memoria graba
los barcos de Ulises abandonando el puerto.
Cuando el buque regando agua a los remos rinde
y las olas a Elena traen la envidia,
Clitemnestra, Electra gime.
¿Qué miras?
Es tan grande el espanto.
Ifigenia en la pira que vuelve y vuelve.
Ifigenia y Electra.
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Una astilla se clava en los dos ojos.
Cruza Ifigenia entre las dos.
La sangre, veneno es como el padre mata a la hija.
La pira,
Ifigenia.
Electra envidia a la hermana.
Ifigenia.
La sangre sale.
Un chorro es mi vena en tu vena, Clitemnestra.
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Clitemnestra
Los escalones de piedra se hacen piedras.
Despacio.
Cuando vuelva
con sangre se lavará a mi hija.
Egisto, clávate en mis piernas.
Corrompe mi vientre.
Sácame la noche.
Entiérrame la furia.
Golpea en un galope.
Destiérrame,
sacude la capitulación del hombre y la mujer.
Espanta, ejecuta.
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No se vieron más.
Se entrecruzaban en la escalera de piedra,
dos líneas rojas
tirando cada una la ira.
Se escrutan los ojos hinchados.
Los de Clitemnestra exhalan púrpura.
Electra se aguanta los párpados violetas de los muslos.
Las bocas cosidas
se sofocan.
En la escalera de piedra es donde se conocen
y se mueven,
látigos rojos ascendentes, descendentes,
descendiendo.
Una es tronco encajado entre las piernas.
Cuernos enterrándose hacia adentro, el otro hilo.
Así se une la madre con la hija
y se agachan, lapidándose
para limpiar las piedras de Micenas.
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A Electra
a las 5 de la mañana
una araña se le prende de la cara.
La araña negra, negra, negra
y roja
como garfio en la oreja
roe su cabeza.
Los gusanos se esconden en las cuevas,
auguran peligro los orificios.
Electra aúlla tablas.
De un lado a otro
las pupilas degüellan el misterio.
De un lado, la cabeza revienta la madera,
del otro revuelve, ¿revuelve qué?
La mano afilada
practica y mastica
y se cierra.
Electra es hombre.
Sus senos tienen lenguas en el centro:
un cuchillo, un hacha, un gran mástil.
Clitemnestra es agua, mar, lago, pozo.
Electra se levanta, dispuesta, llega a la puerta,
oye los quejidos.
Clitemnestra en su ritual no espera.
Con su saliva bañando está a su amante.
De su boca ranas crudas amamantan vergüenza.
Electra oye a su madre
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y empieza a pintar círculos y cráteres.
En la puerta
las uñas se comen a los dientes.
Electra actúa, Electra muerde.
Se convierte en el padre,
tiembla, cae delante de la puerta.
Como un lobo amarrado vira y vuelve y vuelve.
No puede.
Golpeada, se arroja en una ola.
Son las 7.
Se baña,
las piedras la revuelcan,
los cangrejos la duermen.
Mañana será jueves.
Volveré cada noche a esta puerta.
18
Clitemnestra
Año tras año hasta que vuelva el falo del triunfante,
ahí donde parí se pondrán flores diarias.
Lámparas de semen embarradas.
Electra, te siento,
estás con un ojo en la boca, acechándome.
Tienes la misma cara de ese monstruo.
No me espíes,
por cada oído tuyo
caeré cien veces en un mar de vómitos de leche.
No me espíes, esconde tu rostro.
Vuelca tus ojos de niña hacia mi vientre.
No quiero perderte.
Húndete en la almohada.
Desoye mis alaridos,
mis desmayos te crucificarán.
Cada vez que te paras en la puerta no te veo,
veo un tronco, unas cejas,
unas manos de oso que cargan una niña.
Apártate, óyeme: vete.
19
Los despojos
El mar es una tela desgarrada
con un buque solo que arrastra los despojos.
El buque gira gris,
acerca su proa temeroso.
Electra en la ventana.
Orestes en la ventana.
Un cortejo de mudos cerrándose en las puertas.
Clitemnestra
bajando de espaldas la escalera.
Solitaria sombra hacia la arena.
Bajan la carga los Tiresias perplejos.
Colocan un rectángulo
en el círculo.
El último testigo le entrega a Clitemnestra
el último recado de Ifigenia:
una venda.
Las herramientas quedan en la arena.
Clitemnestra y un hueco
es lo que ya queda.
Ahora sube de nuevo,
los ojos no ven, no gimen, no encuentran.
Los ojos son dos paños,
ojos de efigie.
La habitación espera.
20
El viento suena hondo.
El mar de Micenas acalla su ronquera,
es un volcán en vilo.
Medusa anda en las colinas,
sus serpientes se inflan
y se inflan.
La tapia oscura que todo lo cubre
está mirando,
riendo a carcajadas.
Medusa saca sus pezuñas y las clava en la arena.
Medusa abre y cierra las pestañas.
Su boca es un cordón ancho hacia la guerra.
Al cuarto va,
a inundar la fortaleza.
Abre la puerta
y se menea y se menea.
Furia, cráter,
muerde los muebles, el piso
como una pantera con agallas.
Los ojos van arriba,
van de lado,
van a todas partes.
Menea su lomo, su cresta en cada filo.
El cuarto es un fuego gigante
y en el trono de soledad
Clitemnestra se sienta.
Siente la lengua de Medusa en los pies,
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en los senos.
Sus pezones se hacen fuentes.
El placer entra.
Medusa la restriega y la desnuda,
la sacude y la alza.
Se le monta en el cuello,
le embarra la cara.
Lengua con lengua,
espuma roja, espesa.
Los labios queman, arden las orejas.
Tantas serpientes en un clítoris,
tanta blandura fuerte, sedienta.
Los rostros se lamen,
los ojos se encuadran.
Las dos fieras se miran.
Se tiran en una cama.
Medusa monta un caballo largo
y el techo las aplasta
y se unen
y se unen
y se aman.
Medusa le entra por la boca,
por la espalda, y grita.
Cada serpiente ocupa un orificio.
Clitemnestra ladra.
Sus brazos amarrados a la gran cabeza desangran.
Dos mujeres vibran, se amoldan,
mueren abrazadas,
y ya no hay heridas ni cráteres.
Micenas renace.
El sol entierra su fuego en una cama mojada.
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Ruinas de unión descienden por las puertas
como una capa espesa caminando hacia fuera.
Las escaleras gimen y ríen, crujen,
el placer las desploma.
La leche de las dos se junta en una sola
y baja hacia el mar.
Clitemnestra ha dado sus senos duros.
Clitemnestra ha recibido manos y manos
y carne en sus labios.
Su boca está seca, la cintura delgada.
En medio de la perfección vuelve la cabeza
a dar el último beso de la noche
y ve a Electra.
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