Dios como anti-mal1
Nada daña tanto hoy la imagen de Dios como el modo ordinario de explicar su
relación con el mal. Aunque el problema del mal afecta desde siempre a la humanidad, la
plausibilidad social y el ambiente religioso hacían posible asimilar una posible falta de
coherencia teórica. Pero nuestro tiempo no puede permitirse esto. El terrible dilema de
Epicuro –si Dios puede y no quiere evitar el mal, no es bueno; si quiere y no puede, no es
omnipotente– exige una respuesta a las preguntas de una razón críticamente
emancipada. Ya no es posible esquivar su desafío; de lo contrario el mal se convierte en
“roca del ateísmo”.
Mientras se mantenga, de modo acrítico e inconsciente, el viejo presupuesto de que es
posible un mundo sin mal, no sería ni humanamente digno ni intelectualmente posible
creer en un Dios que, siendo posible, no impide que millones de niños mueran de hambre
o que la humanidad siga azotada por la guerra o el cáncer. Si el mal puede ser evitado,
ninguna razón puede valer contra la necesidad primaria e incondicional de evitarlo. De
nada sirve la proclamación de que Dios sufre con nuestros males, si antes los pudo evitar,
pues entonces su compasión y su dolor llegarían demasiado tarde.
El descubrimiento de la autonomía del mundo, unida a la idea de un Dios no
intervencionista y respetuoso con la libertad, permite mantener la fe en Él, sin incurrir en
contradicción lógica ni refugiarse en el fideísmo. Para eso se impone el paso intermedio
de una ponerología (del griego ponerós, “malo”), es decir, de un tratado del mal en sí
mismo, previo a toda opción religiosa o a-religiosa.
Porque entonces es posible mostrar el carácter estrictamente inevitable del mal en un
mundo finito (sea el mundo que sea, pues no se trata del “mejor”, sino de cualquiera de
los posibles). En lo finito “toda determinación es negación” (Spinoza), una propiedad
excluye necesariamente la contraria, y la carencia genera conflicto. Un mundo en
evolución no puede realizarse sin catástrofes; una vida limitada no puede escapar al dolor
y la muerte, y una libertad finita no puede excluir a priori la situación límite del fallo y de la
culpa.
1
Queiruga, A. (2004). La imagen de Dios en la nueva situación cultural.
Selecciones de teología
(170), pp. 113-114..
Creyentes y no creyentes quedan igualmente situados ante un idéntico problema: dar
sentido a la vida en un mundo herido por el mal de un modo inevitable y terrible. Este es el
papel de la pisteodicea o justificación de la fe (pistis, fe, en sentido amplio) religiosa,
agnóstica o atea: tanta razón de su “fe” tiene que dar Sartre, cuando juzga absurda la
existencia, como el creyente que le da un sentido a partir de Dios.
La ponerología permite a la fe religiosa mantener su coherencia, poniendo al descubierto
la trampa del dilema de Epicuro: carece de sentido pretender que Dios pueda crear un
mundo sin mal. Sería tan absurdo como exigirle que crease un círculo cuadrado. No es
que Él “no pueda”, sino que “es imposible”.
El misterio se desplaza: ¿por qué Dios creó el mundo, a pesar de saber que de modo
inevitable comportaría tanto mal? La historia de la salvación recibe una nueva luz: Dios
creó por amor y lo muestra en su darse a la humanidad (toda historia es historia de
salvación) con la promesa de rescatarla definitivamente del mal, cuando, tras la muerte, lo
permita la ruptura de la finitud histórica. Algo que se ilumina definitivamente en el destino
de Jesús de Nazaret: en su cruz se mostró como todos mordido por el mal, pero su
resurrección desvela que el mal no tiene la última palabra.
El giro es radical y urge sacar una consecuencia justa. Un Dios que crea por amor sólo
puede querer el bien para sus criaturas. El mal, en todas sus formas, existe porque es
inevitable, tanto física como moralmente, en las condiciones de un mundo y libertad
finitas. No debe decirse que Dios lo manda o lo permite, sino que lo co-sufre y
com-padece como frustración de la obra de su amor en nosotros. Dios es el Anti-mal: el
Salvador que lucha contra el mal y nos convoca a colaborar con Él.