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Del Pez Al Hombre - Hans Hass

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Del pez al hombre

Hans Hass

SALVAT
Versión española de la obra original en alemán
Wie der físch zum Mensch wurde, de Hans Hass

Traducción: THEMA
Diseño de cubierta: Ferran Cartes / Montse Plass

Escaneado; [Link]
Edición digital: Sargont (2017)

© 1994 Salvat Editores. S.A.. Barcelona


© Hans Hass
ISBN: 84-345-8880-3 (Obra completa)
ISBN: 84-345-8936-2 (Volumen 56)
Depósito Legal: B-24107-1994
Publicada por Salvat Editores. S.A.. Barcelona
Impresa por Printer. i.g.s.a.. Agosto 1994
Prínted in Spain
ÍNDICE

INTRODUCCIÓN
I. NUESTRAS MANOS
II. EL CORAZÓN DIVIDIDO
III. LA BOCA VERSÁTIL
IV. NUESTROS OJOS

LA EVOLUCIÓN DE LOS ORGANISMOS


PLURICELULARES ANIMALES
V. EL MATERIAL GENÉTICO
VI. EL SEXO Y SUS ÓRGANOS
VII. NUESTRO TUBO DIGESTIVO
VIII. EL CEREBRO Y EL YO

LA EVOLUCIÓN DEL PLANETA TIERRA


IX. ÓRGANOS DEL TACTO
X. ÓRGANOS QUÍMICOS
XI. EL PULMÓN Y EL APARATO FONADOR
XII. LA PIEL Y LOS HUESOS

LA EVOLUCIÓN DEL UNIVERSO


XIII. ÓRGANOS DEL MOVIMIENTO
XIV. EL EJÉRCITO DE LAS GLÁNDULAS
XV. ÓRGANOS DEL MANTENIMIENTO
XVI. ELEMENTOS Y PROPORCIONES
Dedicado a los preeminentes representantes
del pensamiento universalista en biología,
Richard Hesse y Franz Doflein
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

INTRODUCCIÓN

El escritor austríaco Stefan Zweig tituló Momentos estela-


res de la humanidad a un libro, tan hermoso como famoso, en
el que explicaba algunos instantes decisivos de la historia de la
humanidad. En la presente obra hablaremos también de dichos
momentos estelares, si bien de unos que son mucho más anti-
guos. Casi todos se produjeron además hace más de 2 millones
de años, algunos hace 100 e incluso más de 1.000 millones de
años. Son esos instantes en los que se decidió que el ser hu-
mano sea así y no de otra forma, que estemos formados por
estas y aquellas partes, por estos y aquellos «órganos».
Objeción: ¿tiene algún interés esta cuestión? ¿Qué nos im-
porta la oscura prehistoria? ¿Puede servirnos de algo en nuestra
vida actual, tan llena de problemas, saber de alguna forma, por
remota que sea, cuándo, cómo y bajo qué condiciones apare-
cieron nuestro corazón, nuestra nariz y las uñas de los dedos de
nuestros pies? ¿No se trata simplemente de un nuevo intento
de despertar el interés del lector con algo exótico, de ganar lec-
tores o de entretenerlos?
Respuesta: no. Precisamente en el actual caos de opiniones,
afirmaciones e ideologías que caen sobre nosotros desde todos
sitios, tiene especial importancia conseguir, como sea, un
punto de referencia fijo en el que podamos confiar, a partir del
cual podamos reflexionar y planear, con el fin de juzgar, orde-
nar y, en su caso, rechazar el actual aluvión de informaciones.
¿Dónde podría buscarse este punto de referencia, este punto de
partida tan importante para todo lo demás si no es en una valo-
ración desapasionada de nuestro propio cuerpo y de sus partes?
Se trate bien de la política, de arte, de economía o de problemas
cotidianos, nada es imaginable sin el cuerpo humano. ¿Cómo
podemos atrevernos a discutir grandes ideas sin considerar pri-
mero el origen de su aparición?

—6—
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Los «momentos estelares» que Stefan Zweig narraba en su


obra fueron elegidos de manera muy personal: eran instantes
que ejercían una especial fascinación sobre el autor. Por ejem-
plo, el momento en que el primer europeo, un conquistador es-
pañol, observaba en la región de Panamá la inmensidad azul
del océano Pacífico para perder, poco después, la cabeza. O el
instante en que el escritor ruso Dostoievski, condenado a
muerte, esperaba con los ojos vendados la orden de «¡fuego!»,
y en su lugar escuchó la concesión de gracia por parte del zar.
O el momento en que se estableció a través de un frágil cable
la comunicación telegráfica entre Europa y América... Hubo
muchos otros momentos en la historia de la evolución del ser
humano que Stefan Zweig no pudo explicar porque, simple-
mente, habían caído en el olvido. El instante en que el primer
hombre logró dominar el fuego y emplearlo para su provecho.
El de la invención de la rueda, o el momento en que el fundador
de alguna religión predicó, por vez primera, su enseñanza...
Sin embargo, de los innumerables momentos estelares que
han influido de algún modo sobre la evolución de la humani-
dad, decidiendo su rumbo, no se cuestiona el origen del ser hu-
mano sino que se da por supuesto. ¿Fue su aparición el resul-
tado de un único «momento estelar»? La mayoría de las reli-
giones, incluida la cristiana, lo suponen así. Independiente-
mente de cómo se concibiese a Dios, al creador de la existencia
humana, se suponía que habría creado al ser humano para algún
propósito determinado. Desde que el hombre piensa y propaga
sus pensamientos, está profundamente enraizada en nosotros la
idea de una «creación» del ser humano. En una perspectiva le-
jana y poco clara, imaginamos un creador que da forma al
cuerpo humano, diseña nuestros brazos, cerebro, manos y ojos.
Independientemente de lo que haya descubierto o afirmado la
ciencia, nos vemos a nosotros mismos como una unidad, resul-
tado de un acto de creación, de una planificación genial, como
una totalidad nacida de un «momento estelar» misterioso.
La falsedad de esta concepción será puesta de manifiesto,
punto por punto, en el presente libro. No se trata de confundir
o provocar, sino de hallar una base para el autoconocimiento,

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

libre de los fantasmas de nuestra propia imaginación. El ser


humano no es el fruto de un determinado instante del destino,
como tampoco el cielo estrellado nocturno es la unidad tempo-
ral que nos parece. Si durante una noche despejada abrimos la
ventana y contemplamos encandilados las estrellas veremos la
Luna, la Osa Mayor y un pequeño punto, la galaxia de Andró-
meda.
Pero lo que vemos en realidad es el aspecto que tenía la
Luna hace aproximadamente algo más de un segundo, el inter-
valo de tiempo que necesitan los rayos de luz para llegar hasta
nosotros. Las estrellas que constituyen la Osa Mayor se en-
cuentran a distancias comprendidas entre 55 y 215 años luz.
Este es el tiempo que necesita la luz para llegar desde ellas
hasta nosotros. No las vemos como son ahora, sino como eran
hace 55 a 215 millones de años. La galaxia de Andrómeda la
vemos como era hace 2,5 millones de años. Más de una de las
estrellas que brillan en el cielo pueden haber dejado de existir
hace mucho tiempo. El cielo nocturno nos muestra así una su-
perposición de impresiones que no son en modo alguno simul-
táneas, si bien todas juntas constituyen una realidad unitaria.
Las cosas no ocurren de modo muy distinto con nuestro
cuerpo. Si nos colocamos delante de un espejo, vemos la ima-
gen de nuestro «rostro». Sus partes no son expresión de una
simultaneidad, como tampoco lo son las estrellas que constitu-
yen la Osa Mayor. Los ojos, la boca y la nariz no fueron crea-
dos de manera simultánea. La abertura de la boca apareció en
la línea de nuestros antepasados hace aproximadamente 1.000
millones de años, los dientes hace 400 millones de años y los
labios rojos hace «tan sólo» de 4 a 2 millones de años. ¿Y los
ojos? Las células fotosensibles del fondo del ojo tienen la con-
siderable edad de 600 millones de años, la pupila tiene «tan
sólo» unos 460 millones de años y las pestañas 200 millones.
Y otro tanto sucede con el resto de nuestra «cara», con todo
nuestro cuerpo. No podemos hablar de una creación simultá-
nea. Nuestro cuerpo es más bien una colección de partes que
aparecieron en épocas distintas, bajo circunstancias diferentes

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

y de modos totalmente diversos. No podemos hablar de «pin-


celadas de un genio», pero sí de momentos estelares que vale
la pena recordar en los que la familia de nuestros órganos se
vio enriquecida con algún miembro.
Objeción: ¿qué más da que haya ocurrido así? ¿Qué nos
importa si esta o aquella parte aparecieron hace 50 o 2.000 mi-
llones de años? ¿Qué nos importa esta ridícula procesión de
antepasados? De acuerdo, alguno de estos antepasados fue una
especial combinación de moléculas y alguno de sus descen-
dientes fue más tarde un gusano. Esto no tiene nada que ver
con nosotros, con nuestro presente y nuestro futuro, ¿o acaso
sí?
Respuesta: claro que tiene que ver con nuestro presente, ya
que quien dice «yo» debería saber cómo han aparecido, en úl-
timo término, las partes que dan lugar a ese «yo». ¿Quién se
juzgaría a sí mismo sin conocer las partes concretas de las que
está compuesto, aquellas que forman, a la postre, ese «yo»? Por
lo tanto, puede que no sea una idea tan mala la de contemplar-
nos, por una vez, en un espejo distinto al habitual. Algunas de
nuestras particularidades, incluso algunas de nuestras debilida-
des y enfermedades, pueden resultar más fácilmente explica-
bles desde esta perspectiva y pueden mostrarnos nuestro «yo»
bajo una luz algo diferente.
El tema del presente libro son, por consiguiente, las partes
de las que estamos compuestos, su origen, su historia y su evo-
lución. Antes de referirnos a ellas, hay que explicar cómo fue
posible descubrir el camino recorrido hasta su aparición,
puesto que lo que aquí se expone no es un producto de la ima-
ginación. ¿En qué basamos los diversos datos y afirmaciones?
Es muy probable que no se haya desplegado, en el esclare-
cimiento de ningún crimen, tanta actividad, tanta profundidad
de pensamiento, tantos recursos técnicos como en el problema
del origen del ser humano. Tan pronto como se descubrió, hace
130 años, que todos los seres vivos del planeta Tierra estaban
emparentados entre sí y que. evidentemente, todos, tanto ani-
males como plantas, provenían del mismo pequeño antepasado
microscópico, tan pronto como se tuvo conocimiento de esta

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

sensacional evolución, un ejército de científicos se puso en mo-


vimiento para reconstruir este árbol genealógico del que noso-
tros mismos no somos más que una pequeña rama.
Primer método: el estudio comparado de todas las especies
vivientes de plantas y animales. Si dos especies presentan una
organización interna parecida, sus órganos muestran una cons-
titución semejante en cuanto a características esenciales, será
un indicio de que están emparentados entre sí en mayor grado,
es decir, que proceden de un antepasado común no demasiado
lejano. Si, por el contrario, nos encontramos con órganos de
estructura y disposición completamente diferentes, hay que su-
poner que se han desarrollado de forma independiente entre sí,
es decir, que tenemos que retroceder a un pasado muy lejano
para llegar al antepasado común a partir del cual se desarrolla-
ron dos líneas evolutivas tan diferentes.
Segundo método: la investigación precisa de restos y hue-
llas fósiles en los estratos geológicos. Sobre todo en el fondo
marino y en los lagos, los cuerpos de los animales y plantas
muertos quedaron enterrados bajo el lodo y la arena y, al igual
que estos sedimentos, se transformaron en rocas mediante pro-
cesos químicos. No sólo se conservaron las corazas, los esque-
letos y otras partes duras sino que, en casos favorables, también
las impresiones de los tejidos más delicados, e incluso las hue-
llas que las patas de los animales habían dejado sobre el suelo
blando. Mediante movimientos tectónicos, estas rocas emer-
gieron del agua y en algunos fósiles se han conservado imáge-
nes perfectas de animales y vegetales desaparecidos hace mu-
cho tiempo. En el lignito, que se formó hace 60 millones de
años, se han podido observar incluso células aisladas y bacte-
rias que quedaron presas en él. Dado que se puede determinar,
por diversos métodos, la antigüedad de los fósiles de este tipo,
en el caso de muchos organismos se ha logrado averiguar con
gran precisión su evolución y transformaciones, llegándose a
descubrir, en algunos casos, antepasados comunes de grupos
animales y vegetales completamente separados en la actuali-
dad. Un ejemplo clásico lo constituye el ave primitiva Ar-
chaeopteryx, encontrada en gran número en los esquistos de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Solnhofen, que muestra con claridad que las aves descienden


de los reptiles (tabla 1, fig. 6). Este animal, desaparecido hace
mucho tiempo, se parece, por muchas de sus características
corporales, a un reptil, si bien tiene auténticas alas y plumas.
Tercer método para la exploración del árbol genealógico
común de todos los seres vivientes: el estudio exhaustivo de los
«fósiles vivos». Entre los animales y las plantas actuales, hay
especies que parecen restos fósiles, ya que casi no han variado
desde hace millones de años, e incluso en algunos casos desde
hace más de cien millones de años. La forma alcanzada en
aquella época estaba tan perfeccionada que el tiempo ha pasado
por ellos casi sin dejar huella. Un ejemplo, del que nos ocupa-
remos en el primer capítulo, es el anfioxo, que presenta en la
actualidad una forma muy primitiva de pez, que se ha desarro-
llado, a su vez, a partir de antepasados vermiformes (tabla 10,
fig. 1). El animal carece de cabeza diferenciada, no tiene ojos
ni corazón, aunque posee un cordón dorsal elástico alrededor
del cual se formó, en sus parientes, la columna vertebral. Mien-
tras que de este modo surgieron los teleósteos y los que habían
salido a tierra firme se transformaron en anfibios, para conver-
tirse más tarde en reptiles, aves y mamíferos, y mientras que
entre los mamíferos aparecieron, entre otros, los primates y, fi-
nalmente, el propio ser humano, el anfioxo permaneció casi sin
experimentar cambios. Adaptado perfectamente a un tipo de-
terminado de vida, pudo imponerse a sus competidores, sobre-
viviendo y reproduciéndose siempre con la misma forma, por
lo que se ha convertido en nuestros días en un ejemplo viviente
de características propias del antepasado primitivo.
Cuarto método: el estudio del desarrollo embrionario de los
diversos animales y plantas. Tal y como reconoció el natura-
lista alemán Ernst Haeckel, el desarrollo del embrión de un in-
dividuo recopila de manera abreviada y simplificada el desa-
rrollo filogenético de su especie. Aunque esta regla tiene nu-
merosas excepciones, a partir de los estadios de desarrollo de
los organismos pluricelulares se pueden inferir relaciones filo-
genéticas que no podrían imaginarse en modo alguno en los
animales adultos. Así, el embrión humano, entre la tercera y

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

novena semana, presenta todavía las aberturas branquiales, que


más tarde involucionan, características de nuestros antepasa-
dos que vivieron hace 450 millones de años en el mar como
peces (fig. 3 de las tablas 6 y 7). Igualmente, el desarrollo de
los dientes en los mamíferos, reptiles y anfibios muestra de
forma clara que surgieron a partir de escamas que se desarro-
llaron con mayor intensidad alrededor de la boca. Podemos se-
guir viéndolo hoy en los tiburones, cuyas principales caracte-
rísticas de los esbozos de los dientes principales equivalen a los
de los dientes del embrión humano (tabla 3).
Quinto método: estudio de las relaciones parasitarias. Al-
gunos parásitos no han cambiado, mientras que los animales a
los que viven asidos se han modificado y han dado lugar a nue-
vas especies, géneros y familias. Así por ejemplo, en el ser hu-
mano y los chimpancés viven los mismos piojos, lo que, junto
con otras características, nos indica la existencia de un paren-
tesco más estrecho con esta especie de primates que con las
demás.
En los últimos 50 años se han incorporado innumerables
métodos de investigación, con cuya ayuda se han podido des-
cubrir las relaciones de parentesco dentro del gran árbol genea-
lógico de todos los seres vivientes. El descubrimiento de que
la situación de los continentes ha variado permitió comprender
algunos fenómenos hasta entonces misteriosos. Así, hace unos
200 millones de años, África y América estaban todavía uni-
das, lo que explica el estrecho parentesco entre las especies ani-
males y vegetales africanas y sudamericanas, cuya llamativa
semejanza constituía antes un enigma. Asimismo, la involu-
ción experimentada por órganos que ya no se utilizan aporta
valiosos indicios: el lución carece por completo de patas, pero
un examen más detallado de su cuerpo nos revela restos de la
cintura pelviana y una cintura escapular completa, lo que indica
que tiene antepasados tetrápodos. En las ballenas, que descien-
den de vertebrados terrestres, se pueden observar restos de una
cintura pelviana. Igualmente, es posible sacar conclusiones
acerca del grado de parentesco a través de los anticuerpos de la

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

sangre. Las pruebas de este tipo han demostrado que las balle-
nas están muy emparentadas con los artiodáctilos y que, por
tanto, se produjo una nueva colonización del mar por unos des-
cendientes de éstos. Estudios bioquímicos demostraron que
casi todas las especies de animales y plantas forman una molé-
cula de albúmina que les caracteriza. En este caso se desarro-
llaron también métodos que permitieron elucidar el parentesco
filogenético. Por otro lado, existen muchas semejanzas que han
dado pie a conclusiones erróneas. En especial en condiciones
vitales extremas, los representantes de grupos animales muy
diferentes han llegado a adaptaciones sorprendentemente pare-
cidas, a formas casi idénticas del cuerpo y sus órganos. A me-
nudo se dedujo de ello un parentesco estrecho y tan sólo estu-
dios posteriores más precisos revelaron que procedían de líneas
filogenéticas distintas. Las bellotas de mar, frecuentes en las
costas rocosas, tienen un aspecto muy parecido a las lapas, los
percebes a un mejillón. Ambos son crustáceos que pasaron a
una forma de vida sésil y desarrollaron, lo mismo que los gas-
terópodos o los moluscos, una concha protectora. El ojo del
calamar es, en cuanto a su estructura, casi idéntico al nuestro,
y a pesar de ello hemos de remontarnos a casi 1.000 millones
de años para encontrar un antepasado común que nos vincule
con él (tablas 4 y 5). Los ojos de los moluscos y los de los
vertebrados aparecieron por caminos evolutivos completa-
mente independientes y muy distintos. En este caso, la misma
función crea la misma forma, de igual modo que el esquema
básico de una cámara fotográfica particular es parecido al de
cualquier otra. Lo que nos interesa en este libro es el árbol ge-
nealógico del ser humano, el camino evolutivo de sus órganos.
Sin embargo, no se le puede considerar independiente al resto
de la evolución. En los puntos de nuestra cadena de antepasa-
dos donde faltan eslabones, podemos conseguir referencias a
partir de otras líneas evolutivas mejor documentadas. Hasta
hoy, la mayoría pensaba que la teoría de la evolución trataba
de si descendíamos del mono y de qué manera. Sin embargo,
éste es el último paso en el marco de una serie evolutiva irre-
gular y fascinante. Si nos interesamos por el origen de nuestro

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cuerpo y de nuestros órganos, el antepasado primate tiene im-


portancia sólo dentro del marco del desarrollo de nuestro cere-
bro y nuestras manos. La aparición de todos los restantes órga-
nos se produjo en un tiempo anterior, de extensión irregular,
cuando no existía todavía ninguna forma de vida en tierra
firme. Si buscamos los antepasados en los que se desarrolló la
estructura fundamental de nuestro cuerpo, podemos dejar a un
lado a los primates. Debemos dirigirnos hacia los peces, ya que
la estructura del cuerpo humano se desarrolló en antepasados
que vivían como peces en el mar. Esto se produjo hace 900-
400 millones de años.
Todos los animales y plantas terrestres de la actualidad pro-
vienen de habitantes marinos y todos ellos procedían, a su vez,
de organismos unicelulares. El hecho de que el hombre esté
emparentado con todos los organismos vivientes, incluso con
las plantas, las bacterias y los virus, ha quedado demostrado
hace poco tiempo con el desciframiento del «código genético»
contenido en el núcleo de las células. En la reproducción, las
órdenes para la estructura de la descendencia están escritas en
el mismo lenguaje químico. La coincidencia es tan exacta que
se pudo determinar, a través de estudios con virus y bacterias,
la estructura en detalle del código genético en los seres huma-
nos. Este comprende un número de un millón de veces mayor
de órdenes estructurales, pero las letras con las que están escri-
tas las largas cadenas de moléculas son iguales en todos los
casos.
Pongámonos, por tanto, manos a la obra. Contemplemos
nuestra imagen en el espejo de un modo distinto a como venía-
mos haciéndolo. Cada uno de los órganos tiene su historia, su
momento estelar. Las partes de las que estamos formados apa-
recieron en épocas completamente distintas, al igual que las se-
ñales luminosas que crean ante nosotros una imagen «fiel» del
cielo nocturno estrellado. Como se verá más adelante, el
cuerpo humano está lejos de ser perfecto. Algunas de sus partes
se comprenden sólo a través de los rodeos dados para su apari-
ción. Algunas de nuestras enfermedades y debilidades encuen-
tran también aquí su explicación histórica. El conocimiento de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

nuestro «yo» y sus impulsos parte del supuesto del proceso de


aparición de nuestro cuerpo. El camino que recorrió para apa-
recer no reduce en nada la tan ensalzada y defendida «dignidad
humana». En tanto en cuanto la tengamos, no crece ni se reduce
a causa del modo en que hayamos aparecido.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

I. NUESTRAS MANOS

Estudiemos, por tanto, nuestro propio cuerpo. ¿Por dónde


empezar? ¿Por los ojos, que nos permiten reconocer el mundo
con todo su colorido, diversidad y singularidad? ¿O por nuestro
cerebro, el orgulloso timonel del oscilante navío humano? ¿O
por las uñas de los dedos de los pies? ¿O por nuestro corazón,
del que afirmamos que nos juega alguna que otra mala pasada,
aunque no sea más que una bomba? Y como veremos, incluso
es una bomba doble.
Da igual por dónde empecemos, lo esencial es que comple-
temos el círculo, ya que cada órgano es parte de un todo y sin
la totalidad del mosaico no podemos comprendernos a nosotros
mismos.
Empecemos por las manos, que son, seguramente, los más
humanos de nuestros órganos. Sin ellas, nuestra orgullosa inte-
ligencia no tendría ni la más mínima capacidad de acción e in-
cluso a duras penas podría haberse desarrollado. Ésta es la tra-
gedia de los delfines. Disponen de un cerebro altamente desa-
rrollado, pero ¿de qué les sirve? Con sus aletas no pueden cons-
truir ningún tipo de herramientas, ningún martillo, lápiz o au-
tomóvil. Están condenados a seguir siendo lo que son: mamí-
feros marinos sin remedio. ¿De qué les puede servir, pues, el
órgano creador e inventor si su cuerpo es incapaz de llevar a
cabo lo que aquél inventa o crea?
No obstante, debemos ser cuidadosos en nuestros juicios
desde el principio. Por ejemplo, los orificios de salida del recto
y de la uretra. Los ocultamos con vergüenza, son órganos de
tercera o cuarta categoría. ¿Qué sucede, sin embargo, con nues-
tro orgulloso cuerpo cuando se ponen en huelga, cuando se nie-
gan a realizar sus funciones? De repente adquieren mucha, mu-
chísima importancia. Toda la fuerza de nuestro pensamiento
consciente gira entonces exclusivamente a su alrededor. Para

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

ponerlos nuevamente en orden, se recurre a médicos caros, cos-


tosos métodos curativos, hospitales, todo tipo de medios dispo-
nibles... Lo que se quiere decir con esto es lo siguiente: en esta
orquesta todos los violines y todas las trompetas tienen su im-
portancia, si uno de los órganos hace huelga se perturba la ar-
monía. Dejamos de ser Prometeo, el orgulloso dueño e intér-
prete del mundo. Nos convertimos en «enfermos», objetos dig-
nos de compasión de la ciencia médica. En realidad, sólo so-
mos nosotros mismos cuando todas las piezas del mosaico de
nuestro cuerpo colaboran en ello. Por eso da igual por dónde
empecemos y cuál sea el camino que sigamos. Es difícil esta-
blecer una verdadera prioridad. De todos modos, nuestras ma-
nos tienen una cierta preferencia, pues son nuestros amigos
más íntimos, nos ayudan casi en todo lo que hacemos. Con ellas
nos defendemos, acariciamos, trabajamos, escribimos, come-
mos y tocamos instrumentos musicales. Sin manos estamos de
hecho bastante limitados.
¿Cuándo y dónde aparecieron en la larga cadena de nues-
tros antepasados? ¿Cómo se formaron? Fijémonos en un pez,
por ejemplo la trucha del estanque de un restaurante antes de
que nos la comamos. Observemos la extraordinaria gracilidad
de sus aletas pectorales, con las que el pez puede nadar hacia
delante y hacia atrás o desplazarse libremente hacia un lado.
Contemplemos ahora nuestras manos, ya que están íntima-
mente emparentadas con las aletas de este pez. No queremos
decir, en modo alguno, que nuestras manos procedan, precisa-
mente, de las aletas pectorales de las truchas, sino que ambas
se han originado a partir del par de aletas delanteras del pez
primigenio que vivió hace aproximadamente 450 millones de
años. A partir de ellas se desarrollaron, por un lado, las aletas
pectorales de todos los peces óseos y cartilaginosos actuales y,
por el otro, las extremidades anteriores de todos los vertebrados
terrestres: anfibios, reptiles, aves y mamíferos. A partir del par
de aletas ventrales de dicho pez primigenio se desarrollaron las
extremidades posteriores de todos los vertebrados terrestres:
las patas traseras de anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Nues-
tros pies proceden de ellas.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Pero retrocedamos un paso más. ¿De dónde proceden los


peces y cómo se desarrollaron las primeras aletas?
Hace 2.000 millones de años, en el mar sólo existían orga-
nismos unicelulares. Se parecían a los que todavía hoy pode-
mos encontrar en cualquier gota de agua. Acerca de su origen
trataremos más adelante. Sin embargo, un día, al dividirse al-
gunos de dichos organismos, las dos células hijas resultantes
no se separaron sino que permanecieron juntas formando con-
glomerados y pequeños grupos. En la actualidad todavía exis-
ten organismos pluricelulares tan primitivos como ellos, for-
mados por cuatro, dieciséis o unos pocos miles de células. En
el seno de estos grupos sencillos de células se llegó a una divi-
sión del trabajo, algunas células se especializaron en la obten-
ción del alimento, otras en la protección de la colonia, otras,
aún, en la reproducción, etc. Los pólipos coralinos, las medusas
que nadan en el mar y las esponjas son ejemplos de organiza-
ción aún primitiva de este tipo. Otras colonias celulares se
transformaron hasta adquirir forma de «gusanos», formaron un
intestino continuo y adquirieron la capacidad de reptar sobre la
arena o el fondo marino. Los animales vermiformes de este tipo
son los antepasados del pez primigenio, del que también noso-
tros procedemos, pero asimismo de los actuales erizos de mar,
estrellas y holoturias. Los equinodermos están más estrecha-
mente emparentados con nosotros que, por ejemplo, los cefa-
lópodos, los crustáceos o los insectos. Los enteropneustas o
helmintomorfos, fósiles vivientes, tienen un intestino bran-
quial, una característica propia de los vertebrados, mientras que
sus larvas presentan un claro parentesco con los equinodermos.
Hace aproximadamente 1.100 millones de años, el árbol de la
vida se dividió en dos ramas principales, una de las cuales con-
dujo a los erizos de mar, estrellas y holoturias y la otra, a través
de los vertebrados, hasta nosotros mismos (tabla 5). El punto
de separación de estos antepasados comunes de aquellos de los
de los moluscos y los articulados, que proceden también de or-
ganismos pluricelulares vermiformes, está todavía algo más le-
jos.

— 18 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

En el camino evolutivo que conduce hasta nosotros, el an-


fioxo que todavía hoy vive en los fondos arenosos del mar,
constituye un claro exponente de la época en que se produjo el
paso del gusano al pez. Mientras que el resto de las formas pri-
migenias de la primera comunidad de peces se extinguió hace
mucho tiempo, eliminados en la lucha frente a oponentes cada
vez mejores y más organizados, esta reliquia viviente de una
época remota nos da una visión muy aproximada del primer
momento estelar en el proceso de aparición de nuestras manos.
El anfioxo no tiene aletas pares sino únicamente una aleta con-
tinua y nada con la ayuda de movimientos serpenteantes de su
cuerpo en forma de palillo. Es un mal nadador, capaz tan sólo
de recorrer distancias cortas. Carece de una cabeza diferen-
ciada con ojos, el cuerpo consta de un gran aparato branquial
con una cola adosada a él (tabla 10). Penetra en la arena hacia
atrás e inclinado de modo que la boca queda sobre la superficie
del suelo. Tiene a ambos lados hasta un total de 200 aberturas
branquiales. Mediante movimientos vibrátiles el agua penetra
en él y las partículas alimenticias que lleva en suspensión son
filtradas por las branquias como a través de una red. Si acerca-
mos un dedo y asustamos al animal, sale disparado de la arena,
nada un corto trecho y vuelve a enterrarse en ella. Al contrario
que los pólipos coralinos y las anémonas de mar, que también
se alimentan del plancton que pasa ante ellos, este animal goza
de la considerable ventaja de poder cambiar de posición. Si se
le ataca puede emprender la huida. Cuando las condiciones de
vida son desfavorables, es capaz de cambiar de lugar. A lo
largo de la zona dorsal discurre un cordón elástico, el notocor-
dio o cuerda dorsal, al que se insertan los músculos dispuestos
lateralmente. Alrededor de este cordón se desarrolló, en el caso
de los vertebrados, la columna vertebral, como puede obser-
varse con claridad en el desarrollo embrionario de las especies
actuales.
Lo que nos interesa son dos pequeños pliegues de piel for-
mados a ambos lados de la parte ventral. Se cree hoy que las
aletas pectorales y ventrales posteriores de los peces se forma-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

ron a partir de pliegues parecidos a éstos: primer momento es-


telar del desarrollo de nuestros brazos y piernas. Esto sucedió
hace 570 a 500 millones de años. Los primeros peces, dotados
de una cabeza con ojos y que perseguían de manera activa a las
presas, los agnatos, emparentados con los placodermos, no te-
nían todavía aletas pares. Los conocemos bien gracias a sus
restos fosilizados. Más tarde aparecieron los que estaban dota-
dos de elementos laterales de apoyo situados en la parte delan-
tera. A partir de los órganos de estabilización surgieron más
tarde los de desplazamiento, y de los pliegues de piel se forma-
ron lóbulos anteriores y posteriores, reforzados con tejido car-
tilaginoso, en los que se insertaron fibras musculares. El si-
guiente paso evolutivo no se produjo en el mar sino en el agua
dulce, en pantanos ocasionalmente secos. De este período de-
cisivo, el siguiente momento estelar en el camino evolutivo de
la mano humana, hace 400 a 380 millones de años, conserva-
mos un fósil viviente. Quien quiera visitarlo puede hacerlo en
Australia, en los pantanos secos. Es un pez pulmonado que po-
see asimismo aletas pectorales y ventrales bien desarrolladas
(tabla 1, figs. 1, 2). Sin embargo, ambas tienen la misma forma,
sin estar adaptadas a funciones distintas, y lo que es más im-
portante: el animal ha desarrollado un pulmón primitivo, es de-
cir, puede respirar aire atmosférico (tabla 14). Si el pantano se
seca, es capaz de sobrevivir. También en África existen peces
pulmonados, si bien los australianos nos muestran más clara-
mente ese carácter primitivo. El modo en que apareció en cada
caso el pulmón por evaginación del intestino lo veremos más
adelante. Lo que aquí nos interesa señalar es que los antepasa-
dos de los peces pulmonados que viven en la actualidad, que
no han variado apenas desde hace 350 millones de años, pasa-
ron a tierra firme.
El motivo inicial, que resultó ser una ventaja para la vida,
fue que de este modo podían desplazarse hasta aguas que no se
hubiesen secado y continuar viviendo en ellas. Sin embargo, en
tierra ya existían plantas y animales inferiores, es decir, ali-
mento. Este hecho fue decisivo para el posterior desarrollo evo-
lutivo. Los peces pulmonados no necesitaban ya encontrar otro

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

pantano, no les era imprescindible volver al agua para conse-


guir alimento. De este modo, algunos evolucionaron hasta con-
vertirse en organismos terrestres, convirtiéndose así en los pri-
mitivos antepasados de los anfibios y, más adelante, de los rep-
tiles, las aves, los mamíferos y el ser humano.
Las plantas que iniciaron, hace aproximadamente 400 mi-
llones de años, la colonización de la tierra firme fueron, según
nuestros conocimientos actuales, las algas azules. Fueron los
pioneros de la vida que se adentraron en aquel mundo seco,
todavía completamente desierto. En las playas llanas y húme-
das cubrieron, igual que hacen hoy en las aguas bajas dejadas
por la marea, grandes extensiones. Otros tipos de algas forma-
ron almohadillas. Para la conquista de la tierra firme resultó de
especial utilidad la simbiosis entre algas y hongos que llama-
mos líquenes. Esta comunidad es capaz de colonizar rocas des-
nudas y formar una capa vegetal somera. Se ha demostrado
que, a más tardar hace 350 millones de años, aparecieron las
primeras formas de helechos, a partir de los cuales se desarro-
llaron los licopodios, los equisetos y las fanerógamas. Se ha
demostrado asimismo que hace al menos 340 millones de años
existían plantas terrestres arbóreas de 20 metros de altura. En
el período Carbonífero, hace 335-275 millones de años, los
densos bosques primitivos cubrían amplias áreas de los conti-
nentes de aquel entonces (véase tabla 11). Los animales siguie-
ron a las plantas. La capa vegetal les brindaba humedad, pro-
tección y, sobre todo, alimento. En muchas líneas evolutivas
los animales acuáticos se adaptaron a vivir en tierra firme.
Como puede reconstruirse a partir de numerosos rastros fósiles,
los anélidos, los crustáceos, los gasterópodos y otros grupos de
animales conquistaron la tierra de manera independiente unos
de otros. En el caso de los vertebrados, fueron los peces pul-
monados, llamados dipnoos, los que lograron llevar a cabo esta
proeza (tabla 1. fig. 1, y tabla 5).

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Tabla 1. Formación de las manos, las patas y las alas a partir de


las aletas de los peces
Figuras: 1 pez pulmonado australiano Ceratodus (reptante), 2 esqueleto
de una de sus aletas pectorales, 3 esqueleto de una aleta dorsal del croso-
pterigio Sauripteris taylori, 4 esqueleto de la extremidad anterior del an-
fibio Eryops, 5 esqueleto del anfibio primitivo Ichthyostega, 6 esqueleto
del ave primitiva Archaeopteryx. a = cintura escapular, b = húmero, c =
cúbito, d = radio, e = metacarpianos, f = falanges.
El pez pulmonado australiano (1) es un «fósil viviente». Como atestiguan
los restos óseos hallados, su forma apenas se ha modificado desde hace
350 millones de años. Este pez dulceacuícola nos muestra hoy cómo, du-
rante los períodos de sequía, las aletas se transformaron en órganos de
locomoción sobre tierra firme. El esqueleto de sostén de sus aletas (2),
unido de manera articulada a la cintura escapular (a), está formado por un
elemento principal articulado, a ambos lados del cual se ramifican radios
también articulados. A partir de esta disposición y por una progresiva re-
gresión de unos elementos y reforzamiento de los restantes, pudo formarse
el esqueleto de apoyo de las patas que servían para el desplazamiento en
tierra firme. Dos restos fósiles de especies ya extinguidas muestran con
toda claridad este curso evolutivo. En el crosopterigio Sauripteris taylori
(3) se pueden distinguir el húmero, el cúbito y el radio (b, c, d), seguidos
de radios articulados en mucho menor número. En Eryops (4), pertene-
ciente ya a los anfibios, se han formado cinco metacarpianos y cinco fa-
langes (e, f). Ichthyostega (5), también extinguido, que vivía en la región
que hoy es Groenlandia y cuya estructura corporal se ha podido reconstruir
por completo (5), presenta patas anteriores y posteriores con la disposición
de los huesos que es característica de todos los vertebrados terrestres. Al
húmero de un solo radio le siguen los dos huesos del antebrazo, seguidos
de los metacarpianos y de los cinco dedos articulados. El caso de las ex-
tremidades dirigidas hacia atrás es análogo. En los primates y el hombre,
los pies anteriores se transformaron en la mano prensil (pág. 12). En otros
vertebrados terrestres, al adaptarse a condiciones de vida especiales, tu-
vieron lugar grandes variaciones con respecto al esquema óseo que en las
fases embrionarias es igual para todos (ejemplos extremos son el caballo,
el topo y la ballena). El modo en que a partir de los reptiles se originaron
las aves nos lo muestra el Archaeopteryx, un ave primitiva de la que se
han encontrado los esqueletos fósiles de numerosos ejemplares en los es-
quistos de Solnhofen (Baviera) (6). La cabeza es claramente reptiliana
mientras que la cola y las extremidades tienen plumas; eran ya, por tanto,
órganos de vuelo. De esta manera los restos fósiles de especies extingui-
das, y a veces también los de otras vivientes o su desarrollo embrionario,
informan sobre el curso evolutivo dentro de líneas filogenéticas determi-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

nadas. El descubrimiento de las «formas puente» que unen filogenética-


mente los grandes grupos animales es bastante raro. En el caso del pez
pulmonado, de Ichthyostega y de Archaeopteryx, el camino que condujo
a la mano humana y a las alas de las aves se manifiesta con especial clari-
dad.

1 Pez pulmonado australiano

2 Aleta de pez pulmonado 3 Aleta de Sauripteris 4 Pata de Eryops

5 Anfibio primitivo Ichthyostega

6 Ave primitiva Archaeopteryx

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Bajo el agua, el cuerpo del pez es casi ingrávido, pero en la


tierra firme la gravedad se convirtió en un problema. Las aletas,
blandas y cartilaginosas, eran en el mundo aéreo órganos de
desplazamiento poco adecuados. Sin embargo, los radios de las
aletas de los peces pulmonados estaban divididos en innume-
rables secciones, una condición ideal para la aparición de ex-
tremidades y dedos. Por reducción y transformación de lo exis-
tente, se pudo desarrollar de manera relativamente sencilla un
brazo de un único hueso y un antebrazo de dos, a los que se-
guían los huesos intermedios y cinco dedos. Dedos articulados.
Cada mutación del material genético que causaba, por un lado,
una reducción de este tipo y, por el otro, el reforzamiento del
conjunto reducido, era una clara ventaja y se imponía. Conoce-
mos sólo algunas reliquias de esta importantísima evolución
(tabla 1, figs. 3, 4). Probablemente, se produjo en espacios vi-
tales reducidos donde cualquier mutación favorable constituía
una clara ventaja y desplazada por ello a la anterior. Tan pronto
como se había alcanzado el número de cinco para los dedos, la
solución resultó ser tan perfecta que se mantuvo para toda la
evolución posterior como estructura fundamental. De esta
forma, las aletas pectorales y abdominales se transformaron en
un tiempo geológico breve en órganos locomotores de los ani-
males terrestres. Éste fue el segundo momento estelar en el ca-
mino evolutivo que condujo a la mano humana, hace 400-380
millones de años.
En este punto haremos un alto. Resulta curioso el modo en
que en unas condiciones extremas se produjo una evolución tan
decisiva. Ésta es una característica de la evolución, el capri-
choso desarrollo del árbol filogenético. Y no es menos carac-
terístico el que estos avances en condiciones extremas, en nues-
tro caso en pantanos desecados, tengan también más tarde efec-
tos en direcciones completamente distintas.
El paso de la aleta de pez al pie del animal terrestre puede
parecer dirigido, planificado por un voluntarioso creador. Sin
embargo, si observamos con más atención, vemos la ausencia
de dirección en todo el proceso. El punto de partida fue la apa-
rición de un pulmón primitivo, una evaginación del intestino,

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

una vejiga dotada de musculatura. Sin embargo, equipados con


esta vejiga, algunos de estos peces conquistadores de la tierra
regresaron de nuevo al mar. ¿Para respirar aire con ella? En
modo alguno. Para ello disponían, como antes, de las bran-
quias. No obstante, de pronto pudieron equilibrar el impulso
ascendente. El pulmón primitivo se transformó en su caso en
una vejiga natatoria. Con la ayuda de este nuevo órgano supe-
raban, en ciertos aspectos, a los otros peces que habían perma-
necido en las aguas. Desplazaron y aniquilaron a muchas espe-
cies. Todos los peces óseos actuales proceden de aquellos pe-
ces pulmonados que, tras el contacto, en tiempos geológicos,
con el mundo aéreo, regresaron a las aguas (tabla 5). ¿Un ca-
mino evolutivo premeditado? En realidad, no. Si en este pro-
ceso hubiese participado una fuerza creadora directora, un es-
píritu sabio, no habría sido necesario para la formación de la
vejiga natatoria, que es una ventaja decisiva para los teleósteos,
dar un rodeo a través del pulmón. Podemos objetar que lo único
que cuenta es el ser humano, pero, como veremos, algunos de
los órganos de importancia decisiva en el hombre aparecieron
también mediante rodeos de este tipo, por ejemplo, algunas
partes de nuestros órganos auditivos y del habla, es decir, ór-
ganos esenciales para la consecución del ser humano (véase
págs. 260 y 306).
En el caso de los teleósteos, la evolución se produjo de la
manera siguiente. A su retorno al mundo submarino, la vejiga
natatoria recién adquirida les confirió importantes ventajas, las
aletas pectorales y abdominales no tenían que dedicarse a go-
bernar los movimientos en dirección ascendente o descendente
y de este modo pudieron convertirse en instrumentos de nave-
gación muy perfeccionados. La trucha lo demuestra y aún más
los delicados peces de los arrecifes coralinos. Con movimien-
tos de gran precisión giran y orientan su cuerpo sin cambiar de
posición, lo hacen avanzar o retroceder en las grietas más an-
gostas. Durante el rito nupcial provocan sinfonías de perturba-
ciones del agua que excitan al compañero, que las percibe y
comprende. Entre estos movimientos de las aletas y la mano
humana tocando el piano no existe ni mucho menos un abismo

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

tan profundo. Estas aletas, si bien no pueden agarrar ni cons-


truir herramientas, son capaces de crear música y acariciar a
través de las ondulaciones del agua.
En tierra la evolución siguió otros caminos. Las aletas
transformadas debían desplazar el cuerpo sobre el suelo, por
encima de las piedras, y llevar la cabeza y la boca hasta la hui-
diza presa. Para ello se necesitaba, en primer lugar, que las pa-
tas traseras estuviesen unidas a la columna vertebral. Esta
unión fue tomando lentamente cuerpo y la denominamos cin-
tura pelviana. La unión anterior era menos urgente y lo más
ventajoso en ella era que se produjera mediante músculos y li-
gamentos elásticos. Aunque inicialmente tanto las patas delan-
teras como las traseras sufrieron un desarrollo similar, con la
articulación principal hacia un lado, tan pronto como fueron lo
suficientemente fuertes para levantar el cuerpo por encima del
suelo la situación cambió. La orientación de la articulación de
las patas anteriores se modificó, dirigiéndose hacia atrás. La
rana, que avanza a saltos, nos lo demuestra con claridad. Mien-
tras tanto, los insectos se habían multiplicado haciéndose muy
numerosos y ella les cazaba. El par de patas trasero se encarga
de proporcionar el impulso y el delantero de frenar el movi-
miento.
Gracias a los fósiles conocemos con todo detalle un anfibio
todavía muy primitivo, un «pez de pies», cuyo nombre cientí-
fico es Ichthyostega (tabla 1, fig. 5). Este animal vivió hace 350
millones de años en lo que hoy es Groenlandia. El cuerpo es de
pez pero las patas son las de un tritón: húmero, cúbito y radio,
carpianos y metacarpianos, así como cinco dedos articulados:
las extremidades posteriores muestran idéntica división. Desa-
pareció hace 330 millones de años, fue desplazado por otros
anfibios más evolucionados. Sin embargo, tenía parientes cu-
yos descendientes han sobrevivido hasta la actualidad. Por su-
puesto, en lugares más insospechables, en el mar, junto a las
islas Comores, en el borde de la plataforma continental entre
100 y 200 metros de profundidad. Su descubrimiento en el año
1938 fue toda una sensación.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Vuelve a plantearse la cuestión de por qué los osados pio-


neros en tierra firme regresaron al mar. Respuesta: porque al-
gún hecho casual los llevó de nuevo a la costa, porque algunos
de los avances logrados les permitía vivir bajo el agua con ven-
taja. En el caso de los teleósteos, esa ventaja era el pulmón, que
en su caso se transformó en una vejiga natatoria. Se desconoce
lo que podía representar una ventaja competitiva en el mar para
los crosopterigios, que es el nombre que reciben estos animales
que volvieron a las aguas. El hecho es que estos conquistadores
de la tierra firme, dotados ya de esbozos de patas, se mezclaron
otra vez con los peces (tabla 5). Dado que disponían de esbozos
de patas, tuvieron que reconvertirlos en aletas (tabla 1, fig. 3.)
Una de las leyes más cuestionables de la vida que se han pro-
puesto en el marco de la investigación científica, es la de la
«irreversibilidad» de la evolución. Esto quiere decir que la vida
sigue un camino sin retorno. En realidad, no pocas veces su-
cede exactamente lo contrario. Sin embargo, hay que reconocer
que en el caso de los crosopterigios no se produjo un retorno a
los mismos radios de aletas de sus antecesores, sino que redu-
jeron los huesos de apoyo conseguidos en tierra firme y rege-
neraron las aletas lobuladas a partir de las extremidades. Al es-
tudiarlas con detenimiento se encuentran todavía en su interior
los rudimentos del húmero, del cubito y del radio. A estos ani-
males se les conocía a través de fósiles y se creía que hacía
mucho tiempo que se había extinguido. Sin embargo, todavía
existen hoy, aunque en escaso número. Los pescadores de los
alrededores de las Comores los conocen desde antiguo y los
pescan, venden y comen. Ningún buceador ha conseguido
hasta la fecha observarlos bajo el agua. Para el científico son
«fósiles vivientes». Su cuerpo sigue presentando característi-
cas de organización de sus antepasados que conducen a los an-
fibios, y pertenecen con ello también a nuestra propia línea fi-
logenética.
Pero volvamos a la tierra y a los vertebrados que continua-
ron allí su evolución (tabla 1, figs. 4, 5). Los anfibios proce-
dentes de peces se independizaron del agua sólo a medias. Sus
descendientes se comportan como animales terrestres cuando

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

son adultos, pero su desarrollo juvenil lo continúan llevando a


cabo en el agua. Tanto los tritones como las ranas nos lo de-
muestran. Depositan los huevos en el agua, la larva nada con
aletas igual que un pez y respira por branquias. Sólo cuando
han alcanzado una determinada edad, involucionan sus bran-
quias, se trasladan a la tierra firme y comienzan a respirar con
pulmones. Las aletas se convierten en extremidades, gracias a
las cuales pueden desplazar el cuerpo en el medio terrestre (ta-
bla 1, fig. 6).
Todos los anfibios actuales son descendientes de antepasa-
dos que hace 360-340 millones de años surgieron a partir de
peces. Una parte de ellos se alejó de la vida acuática y se trans-
formaron en los animales que designamos con el nombre de
reptiles, es decir, lagartos, serpientes, tortugas y otros grupos.
Ponen sus huevos en el suelo, por lo que éstos deben poseer
una envoltura más sólida y estar más protegidos contra la
desecación (tabla 6, fig. 2). El embrión ha de transformarse en
su interior en un animal joven apto para la vida en tierra firme.
El huevo debe disponer, en consecuencia, de más sustancias
nutritivas y vitelo y, por lo tanto, es más grande. Dentro de este
grupo encontramos también especies que regresaron al mar: al-
gunas tortugas, serpientes y, sobre todo, varios de los grandes
saurios ya desaparecidos. Las extremidades, también en este
caso, tuvieron que adaptarse a la vida en el agua y transfor-
marse en estructuras del tipo de las aletas. En lo que respecta
al huevo se produjo una complicación inversa. Al igual que los
anfibios están ligados al agua por medio de los huevos, los rep-
tiles lo están a la tierra. Con gran esfuerzo, la tortuga marina
sale del agua y se arrastra hasta el lugar de la puesta, avanza
jadeante con sus aletas, que utiliza para enterrar los huevos en
la arena. El ictiosaurio, por el contrario, se adaptó tan bien a la
vida marina que no necesitó volver a tierra para la puesta. Se
transformó en un animal marino tan perfecto como los tiburo-
nes o los teleósteos. El resultado fue, en este caso, que traía al
mundo crías vivas, es decir, incubaba los huevos en su propio

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cuerpo. También algunos tiburones y ciertos teleósteos alcan-


zaron esta forma de reproducción, que se convirtió en la norma
en el caso de los mamíferos (tabla 6, fig. 3).
Estos últimos aparecieron hace 240-210 millones de años
en varias líneas evolutivas a partir de los reptiles, igual que algo
más tarde harían las aves. El avance fue para ambos grupos la
homotermia, que representó una ventaja frente a otros verte-
brados, ya que todos los procesos vitales discurren con mayor
rapidez, como cualquier reacción química, en caliente que en
frío. Cuando avanza el invierno las lagartijas se mueven con
más lentitud, se esconden entre las grietas y cesan en su activi-
dad. En el caso de los mamíferos y las aves, una calefacción
central interna neutraliza este efecto paralizante del frío, lo que
supone una considerable ventaja en invierno y en las regiones
con temperaturas más bajas. Esto puede observarse con clari-
dad en un terrario. Cuando la temperatura es alta, la víbora
vence al ratón, cuando es baja sucede lo contrario.
La evolución de las extremidades se vio también afectada
por este avance. Hemos hablado ya de las deficientes pincela-
das del creador y de la falta de dirección que se puede observar
en la orientación de la evolución de la vida: algunos animales
de sangre caliente regresaron al mar. Lo mismo que para los
peces era muy difícil conseguir, mediante mutación del mate-
rial genético, una vejiga natatoria, y tan sólo la lograron dando
el rodeo que supuso la adaptación a la vida en tierra firme, y en
forma de un pulmón que llevaron consigo como trofeo al re-
gresar a las aguas, igual de difícil era para los animales acuáti-
cos formar, mediante alteraciones genéticas, una calefacción
central interna. En tierra, debido a las condiciones evolutivas
allí existentes, el hecho se produjo y algunos llevaron este pro-
greso como nueva conquista de regreso al reino de las aguas,
donde lograron una ventaja competitiva y se establecieron con
éxito. Se trata de los cetáceos y los pinnípedos, y entre las aves
los pingüinos. Todos ellos tuvieron que transformar las patas y
alas en aletas, un proceso largo y penoso. Hubo que transfor-
mar de nuevo los huesos del húmero, del cubito y del radio. La

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

aleta caudal de los cetáceos y de los pinnípedos se formó a par-


tir de un pliegue endurecido de la piel y no se apoya en ningún
hueso salvo en la columna vertebral. Sin embargo, sus ventajas
compensaron el camino de regreso lleno de dificultades. Los
animales homeotermos tienen la misma agilidad en las aguas
frías que en las tropicales. La calefacción interna produce, sin
embargo, costos, ya que la energía empleada exige más ali-
mento, pero, con todo, las cuentas salen. Se desplazan por el
agua como flechas aun cuando ésta esté helada.
Antes de que pasemos al tercer momento estelar en la evo-
lución de la mano humana, tras la formación del primer par de
aletas y su conversión en patas, mencionaremos la gran diver-
sidad de dichas patas. En el caso del caballo, los cinco dedos
se transformaron, por reducción, en un único hueso portador
del casco. En el topo, las patas delanteras se convirtieron en
una pala excavadora. En los saurios voladores y los murciéla-
gos se transformaron, de maneras diversas, en alas. En todos
los casos el resultado final no fue consecuencia de una cons-
trucción deliberada sino que se realizó a través de rodeos y
transformaciones de partes del esqueleto de formas distintas y
preexistentes. Algunos huesos involucionaron completamente,
otros experimentaron un gran desarrollo y otros aun se fusio-
naron entre sí. Estas transformaciones se produjeron gracias a
cambios en el material genético. Cuáles eran eficaces y cuáles
no lo decidía en cada caso el medio, el tipo de vida, la presa y
los enemigos. En nuestro antecesor inmediato, el primate de
sangre caliente, fue el modo de vida trepadora en los árboles
de la selva lo que lo determinó. Para trepar es necesario poder
asirse con fuerza a las ramas. Las ardillas lo consiguen ro-
deando con sus cinco dedos las ramas. Lo mismo sucede con
muchos primates inferiores. Sin embargo, esto resulta más efi-
caz cuando uno de los cinco dedos se libera de la compañía de
los restantes, se opone a ellos y forma de este modo una especie
de pinza. La aparición del dedo prensil, hace 65-60 millones de
años, fue el tercer momento estelar en la evolución de nuestra
mano. Sólo quien lo ha perdido puede medir la importancia de
su caprichosa posición. En los póngidos no puede todavía rotar,

— 30 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

aunque forma ya con los otros dedos una pinza. Sí, en un punto
nuestros antecesores simios nos aventajaban: no sólo tenían un
dedo prensil en las manos, sino también en los pies. Esta es otra
prueba de lo poco cierto que es el concepto de la «irreversibi-
lidad de la evolución». En el caso de los primates inferiores el
dedo gordo del pie es paralelo a los demás, lo mismo que su-
cede en nosotros. Sin embargo, en nuestros más inmediatos an-
tepasados, los primates superiores (los chimpancés todavía lo
muestran), el dedo gordo giró y se opuso a los demás. Los ho-
mínidos de los que procedemos, todavía con características si-
miescas, pasaron a un régimen de vida en posición erguida. En
aquella época, la importancia del dedo gordo del pie opuesto
fue disminuyendo y acabó por convertirse en una desventaja.
En consecuencia, regresó a su posición original.
Cuarto momento estelar, hace 10-8 millones de años. Nues-
tro antecesor simio abandonó los árboles de la selva y pasó a
vivir en la estepa. El motivo por el cual sucedió esto sólo puede
conjeturarse. En aquel tiempo, un período de sequía, los bos-
ques se volvieron menos tupidos y entre ellos aparecieron las
sabanas. Bajo esta «presión» puede que nuestros antepasados
fueran arrojados de la espesura y obligados a buscar su ali-
mento en otros lugares. Puede también que las sabanas resulta-
ran ser nuevos territorios de caza, en cuyo caso nuestros ante-
pasados no habrían sido empujados hacia ellas sino atraídos.
De cualquier modo, entre los matorrales y las altas hierbas la
posición erguida constituía una ventaja. El alcance de la vista
es mayor y se avanza con más rapidez. Las presas son todo tipo
de pequeños animales, frutos y raíces alimenticias, aunque so-
bre todo vertebrados herbívoros, como son los antílopes. Los
pies se transformaron entonces en órganos para la carrera y las
manos en órganos tanto prensiles como aptos para lanzar obje-
tos. Estos primates depredadores, los homínidos, rodeaban en
tropel a sus presas, les cortaban el paso y las capturaban (tabla
16, H). Se demostró que la eficacia de la mano podía aumentar
cuando llevaba una piedra. Por último, el quinto momento es-
telar está relacionado con el segundo. Guarda relación con la
evolución de otro órgano sin el cual nunca se habría llevado a

— 31 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cabo. En el segundo momento estelar, la evolución del pulmón


fue definitiva. Sin ella no se habría podido conseguir la con-
quista de la tierra firme. Sólo a remolque de este desarrollo las
aletas se convirtieron en patas. Lo que sucedió con las manos
al quedar libres cuando se alcanzó la posición erguida fue si-
milar. Hoy seguiría siendo la mano de un simio, perfectamente
adaptada para recoger frutos, hurgar en la nariz o pellizcar a los
congéneres, si no hubiese caído la influencia de otro órgano en
evolución. En este caso no se trata de un órgano nuevo sino del
desarrollo más intenso de uno ya existente, el cerebro. Dicho
con más precisión, de la corteza cerebral en la que se localiza
la capacidad de asociación (tablas 10 y 18). Este desarrollo más
intenso, hace 4-2 millones de años, trajo consigo la facultad de
vincular causas y efectos, cosa que el antepasado primate no
estaba en condiciones de hacer. Dicha facultad condujo a un
considerable aumento de la inteligencia, a la comparación de
los actos de los demás con los propios, a la contemplación de
uno mismo. El cerebro humano comenzó a ocuparse de sí
mismo y de las posibilidades de actuar sobre el entorno. La he-
rramienta de dicha acción fue, sobre todo, la mano. Esta mano
podía agarrar un palo y convertirlo en instrumento para cavar,
en arma o en lanza. Esta mano podía elaborar, a partir del pelaje
de un animal, una piel propia que podía quitarse y ponerse: los
vestidos. Esta mano podía construir una cueva protectora arti-
ficial con las piedras y ramas esparcidas por los alrededores,
una casa. Dicha mano era capaz de encender fuego y conver-
tirlo en su servidor. La mano podía dar forma a los recipientes,
fabricar adornos, construir un tambor y utilizarlo...
Este último momento estelar fue el más decisivo para no-
sotros, nos convirtió en seres humanos. Sólo gracias al gran
desarrollo de la corteza cerebral somos capaces de escribir con
la mano. Sólo gracias al especial desarrollo de otro órgano in-
ventamos las máquinas que multiplican por millones de veces
la potencia del cuerpo. Sólo gracias al desarrollo de este ór-
gano, las manos humanas pueden construir cohetes que trans-
portan el cuerpo humano al espacio exterior y hasta la Luna.

— 32 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Nosotros mismos nos consideramos ante todo seres espiritua-


les, y, en mayor medida, seres dotados de una mano prensil. En
el caso del camaleón la mano es asimismo una pinza, lo mismo
que sucede con el papagayo, aunque en su caso, igual que en
los simios, continuó siendo un órgano prensil eficaz. Sólo me-
diante la vinculación con el órgano rector del cerebro, la mano
se convirtió en el órgano más humano y sin duda, como queda
especialmente claro en la actualidad, también en el más inhu-
mano. A través de cada nueva orden, la mano realiza una nueva
función y si observamos el curso de un día en nuestra vida, ve-
remos que se producen miles de ellas, casi un número infinito.
Si contemplamos las obras de la técnica y la industria, de la
economía y la organización, de la cultura y el arte, topamos por
todas partes con prolongaciones funcionales de nuestro cuerpo
realizadas por las manos. Estas, unidas a nuestro desarrollado
cerebro, han creado todo lo que llamamos progreso. Las ma-
nos, unidas a nuestro desarrollado cerebro, crean todo lo que
nos conducirá, posiblemente, a una destrucción total de la vida.

— 33 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

II. EL CORAZÓN DIVIDIDO

En este capítulo nos ocuparemos de un órgano cuya impor-


tancia no resulta fácil dilucidar. Se trata de nuestro punto más
sensible: si deja de funcionar, morimos de inmediato. Es el más
trabajador de nuestros órganos, un esclavo de incomparable di-
ligencia. Mientras el resto de los órganos son alimentados y
cuidados durante largos períodos de tiempo sin que hagan nada
a cambio —es decir, llevan una vida bastante tranquila—, el
corazón trabaja como una máquina día y noche durante todos
los años de nuestra vida.
El corazón es un órgano primitivo, una bomba nada más.
Su única misión es mantener en movimiento la sangre que cir-
cula. Pero a esta función hay que añadir también algunas otras
que con frecuencia se le atribuyen y que no son las propias de
una bomba. Desde que existen seres humanos pensantes, se
considera al corazón como la sede del amor, de la añoranza, de
la tristeza y de la alegría. Se dice a veces que alguien ha muerto
de pena con el corazón roto. Se afirma que el corazón tiene
miedo, espera, siente pena, se ve desgarrado por la desespera-
ción, experimenta júbilo, es fiel, bueno o duro. Al egoísta, al
que no tiene corazón, se contrapone el altruista, el que tiene un
corazón abierto y limpio. «Regálame tu corazón», implora el
enamorado y canta el tenor. La sede del entendimiento es la
cabeza; la de los sentimientos se supone desde tiempos remotos
que es el corazón. En La muerte de Wallenstein, Schiller pone
en boca de Gordon: «Cuando el corazón os avise, seguid su
llamada.» Es decir, una bomba que avisa. En otro pasaje, Schi-
ller dice; «El corazón, y no el pensamiento, ennoblece al hom-
bre.» En otro: «Tu juicio puede errar, tu corazón no.» Nos en-
contramos, pues, con una bomba que da carácter y está por en-
cima del cerebro. Pero hay más, en la Biblia según San Mateo
se lee: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios.» Heinrich Heine llega a afirmar que: «El corazón

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

humano es más grande que las pirámides, más que el Himalaya,


que los bosques y los mares, es más majestuoso que el Sol, la
Luna y las estrellas, brilla con mayor intensidad y es más du-
radero, es ilimitado en su amor, ilimitado como la divinidad, es
la divinidad misma.»
Si bien todo está dicho en sentido simbólico, el hecho es
que hasta la fecha los sentimientos se han localizado en el co-
razón. Fijémonos, por tanto, en esta bomba sensible: ¿cuál es
su historia?; ¿cómo y cuándo apareció?; ¿desde cuándo tiembla
de amor y dolor?
En los organismos unicelulares podemos ver que no existe
corazón. No necesitan un órgano de este tipo. Todas las mate-
rias que asimilan se distribuyen por sí solas a través de su
cuerpo, del mismo modo que lo hace la sal disuelta en un vaso
de agua. Los organismos pluricelulares más sencillos tampoco
lo tienen. En el caso de los pólipos y las medusas, las materias
asimiladas pasan de una célula a otra a través de las paredes
celulares. Para ello, hacen uso de una ley física, la de la presión
de difusión. En el caso de las esponjas, existen órganos encar-
gados del reparto. Algunas de las células de estos organismos
están especializadas en el transporte de materias: se mueven
como amebas a través de los tejidos y llevan lo necesario hasta
el lugar en el que se precisa, al igual que los mercaderes su
género.
En el caso de los platelmintos, se observa que distribuyen
de otra forma lo que ha capturado la colonia. Estos animales
poseen un intestino muy ramificado, parecido a la nervadura de
la hoja de una planta. Esto supone que dicho órgano ha de rea-
lizar dos tareas completamente distintas, que se interfieren mu-
tuamente: digerir y distribuir los alimentos. Los animales plu-
ricelulares más evolucionados han conseguido una mayor efi-
cacia mediante una división del trabajo. La función de reparti-
ción dejó de realizarla el intestino y se lleva a cabo mediante
un sistema de espacios huecos que toman el alimento del intes-
tino y lo conducen hasta los tejidos.
El proceso por el que aparecieron dichos sistemas era se-
cundario, puesto que ya existía la «técnica» necesaria para ello.

— 35 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

El inicio fueron los intersticios, espacios huecos que quedaban


entre las células. En grupos animales completamente distintos
se desarrollaron alrededor del intestino celomas, vinculados a
este sistema intersticial. El paso definitivo fue la circulación
del líquido contenido en ellos, posible gracias al movimiento
ciliar, y que aumentó mucho su eficacia cuando se formaron
tubos cerrados que se contraían rítmicamente y, de este modo,
desplazaban el líquido hacia delante. Va sólo quedaba que apa-
reciesen lengüetas que, al igual que las válvulas, se ocupasen
de que la corriente fluyese en una sola dirección. Animales de
especies completamente distintas, pertenecientes al árbol filo-
genético de la vida que cada vez se ramificaba más, adquirieron
tubos y válvulas de este tipo. Dado que la solución práctica y
adecuada era sólo una, se la «inventó» múltiples veces de ma-
nera independiente. Una evolución como ésta podía producirse
por uno u otro camino mediante mutaciones genéticas, el resto
del camino ya estaba marcado
El primer momento estelar en la evolución del corazón hu-
mano acaeció, cuando en la larga cadena de nuestros antepasa-
dos aparecieron sus dos elementos esenciales: un tubo contrác-
til y las válvulas de su interior. Este estadio se alcanzó hace
700-600 millones de años.
Algunos grupos de animales poseen todavía en la actuali-
dad un sistema vascular abierto: un corazón en forma de tubo
que, dentro de la cavidad celómica, hace circular la sangre.
Esto es lo que sucede en todos los insectos y gasterópodos. El
corazón bombea el líquido en una dirección, por lo general ha-
cia delante, hacia la cabeza, y por dentro del celoma fluye en
dirección opuesta, de regreso. Nuestros antepasados más pri-
mitivos debieron alcanzar muy pronto un sistema tubular ce-
rrado que absorbía el alimento mediante conductos finos a tra-
vés de las paredes del intestino y lo conducía, mediante tubos
ramificados, a todos los órganos, ramificándose también aquí
también en conductos finos para devolverlo de nuevo, a través
de otros conductos, al intestino. Se puede decir que un sistema

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de este tipo es un corazón. En varios lugares del conducto exis-


ten segmentos contráctiles y válvulas que impiden el regreso
del líquido.
Antes de que pasemos a observar el anfioxo, esta reliquia
viviente que nos informa hoy de la estructura orgánica de nues-
tros antepasados, para ver lo que sucede en su caso, hay que
indicar que esta circulación pronto tuvo que hacerse cargo de
otras funciones. Igual que poco a poco se van cargando bultos
sobre un asno, al sistema circulatorio le sucedió lo mismo a lo
largo de su evolución. Lo primero fue que las diversas células
individuales de una colonia celular de este tipo, denominada
pluricelular, no sólo tenían que recibir alimentos sino que tam-
bién producían desechos. En el proceso de aprovechamiento y
elaboración de las sustancias nutritivas se generan residuos que
deben eliminarse. Si la colonia no es demasiado grande, esto
puede realizarse a través de la pared celular hacia el exterior,
pero si no es posible, sobre todo cuando el cuerpo está envuelto
en una coraza, entonces es necesario un sistema de eliminación
parecido a las tuberías de los desagües; el sistema circulatorio
resulta adecuado para tal función, puesto que al pasar puede
llevarse los residuos. Evidentemente, éstos deben salir de algún
modo al exterior. Lo más sencillo sería que el intestino los re-
cogiera de nuevo. Sin embargo, no lo hace, ya que, al parecer,
eso perturbaría su principal misión: la de absorber el alimento.
En casi todos los grupos animales se forman órganos especia-
lizados que eliminan los residuos de la sangre. Se trata de los
nefridios, que en el caso de los vertebrados se transformaron
en riñones de estructura muy compleja. A través de conductos
propios, las aguas residuales van a parar a la salida del intestino
o directamente al exterior (tabla 7).
Sin embargo, el asno recibe más carga, ya que las células
no sólo necesitan recibir alimento y eliminar sus residuos sino
que precisan oxígeno para elaborarlo. Si la colonia celular es
pequeña, éste puede obtenerse, mediante presión de difusión
directamente del exterior. Sin embargo, si el cuerpo aumenta
de tamaño, esto ya no es posible. En este caso, algunas células
deben especializarse en la obtención de gas que se encuentra

— 37 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

en el ambiente, principalmente en el agua. Las estructuras que


forman reciben el nombre de branquias. El sistema circulatorio
debe adoptar ahora un camino algo más complicado. En su re-
corrido desde el intestino hasta los tejidos, debe pasar a través
de esas branquias, ramificándose nuevamente a través de capi-
lares muy finos para poder recoger así el gas. Ahora no sólo
transportan alimento a las células sino también el gas necesario
para su elaboración. Pero no basta con ello: al sistema circula-
torio se le adjudica una función más. En el curso de la elabora-
ción de los alimentos en el interior de las células, se consume
oxígeno y se produce dióxido de carbono, gas venenoso para
las células. Parece lógico que también este producto residual
sea eliminado a través del sistema circulatorio, siendo en este
caso también más sencillo librarse de los residuos. Mientras
que el intestino es incapaz de aceptar de nuevo los residuos só-
lidos, las branquias permiten, sin más, que el cuerpo elimine lo
que le resulta perjudicial. Igual que la presión de difusión in-
troduce el oxígeno en la sangre, extrae el exceso de dióxido del
cuerpo a través de las branquias. Ahora podemos observar, con
más detenimiento, las condiciones que se dan en el anfioxo.
Este organismo pluricelular es tan grande que no puede eli-
minar los residuos directamente a través de la piel ni absorber
directamente del exterior el oxígeno o desprenderse del dióxido
de carbono. Todo esto lo realiza un sistema vascular cerrado
que rodea el intestino y las múltiples aberturas branquiales con
finísimas venas. Los canalículos de los riñones que extraen los
residuos de la sangre se encuentran en el extremo superior de
las branquias. Es un lugar más bien curioso, que en el caso de
sus descendientes peces y vertebrados terrestres se desplazó
hacia el extremo posterior. Sin embargo, en principio su loca-
lización es indiferente, lo que importa es su función: la elimi-
nación de los residuos. A través de los canalículos renales, si-
tuados cerca de las branquias, llegan por ambos lados a un es-
pacio vacío que desemboca, por debajo del intestino y delante
del ano, hacia el exterior.
Hasta aquí todo va bien. Entretanto, hemos descubierto otra
de las trayectorias que realiza este sistema circulatorio. Una

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

vez que ha rodeado el intestino y se ha hecho cargo de sus re-


siduos, pasa a otro órgano en el que se ramifica. En todos sus
descendientes sucede lo mismo, y en ellos dicho órgano recibe
el nombre de hígado. Tiene innumerables tareas sobre las que
volveremos más adelante. En el caso del anfioxo se trata de un
saco ciego que secreta los fermentos digestivos. Más tarde, se
convierte además en un almacén de sustancias nutritivas que,
en caso necesario, pueden verterse a la sangre. Desde este ór-
gano, el líquido circulatorio va hasta las branquias, donde toma
el oxígeno y se desprende del dióxido de carbono, vierte los
residuos en los canalículos renales y fluye por último, a través
de múltiples ramificaciones, hacia los tejidos del extremo an-
terior, carente de cerebro y de ojos, hasta los músculos del
tronco y de la cola y más tarde, de vuelta, al intestino.
Es evidente que dicho sistema circulatorio presupone la
existencia de una intensa actividad de bombeo. En numerosos
sectores del conducto tubular se desarrollan secciones contrác-
tiles y sus correspondientes válvulas, y además algunas de di-
chas secciones se han especializado en el trabajo de bombear.
Están situadas por delante de las branquias y, con ello, en un
lugar favorable. Son prolongaciones que reciben el nombre de
«corazón branquial». Habida cuenta de que algunos anfioxos
no tienen menos de 200 arcos branquiales, disponen de igual
número de corazones de este tipo. Queda así muy claro dónde
puede producirse una mejora: la posición de los arcos bran-
quiales es favorable, si bien las numerosas bombas individua-
les se pueden concentrar, por mor de una racionalización y con-
centración de funciones, mucho mejor en un corazón único y,
en consecuencia, mejor desarrollado. Este paso representa el
segundo momento estelar de la evolución hacia los auténticos
peces, dotados ya de una cabeza con ojos. Tuvo lugar hace
aproximadamente 500-480 millones de años. Lo que en un
principio eran simplemente elementos estructurales, conducto
contráctil y válvulas, se consolidó a modo de un órgano central
que llamamos corazón. Los peces más primitivos que conoce-
mos ya lo presentan. Está constituido por dos secciones: una

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

aurícula que absorbe y un ventrículo que empuja. En sus entra-


das hay válvulas que impiden el reflujo, al igual que en la salida
del ventrículo, encontrándose muchas otras en el sistema de
venas que conducen de nuevo al corazón.
En este estadio tan temprano el corazón impone ya sus exi-
gencias. En primer lugar, los órganos vecinos no deben impedir
sus movimientos, no deben rozarle. Solución funcional: el pe-
ricardio. Las células forman alrededor de la bomba una cámara
llena de líquido en la que puede expandirse y contraerse sin
traba alguna. En segundo lugar, se precisa una red nerviosa que
le marque al corazón su ritmo. También se consiguió una es-
tructura de este tipo. En tercer lugar, esta red nerviosa se vin-
cula con la médula espinal y el cerebro, para que el corazón
lata con mayor rapidez cuando la situación lo requiera. Cuando
se persigue una presa, o cuando uno mismo es perseguido
como tal, los músculos deben rendir al máximo, es decir, nece-
sitan más energía, más alimento, más sangre, por lo que la
bomba debe bombear con mayor intensidad.
Para llegar al tercer momento estelar queda todavía un largo
camino por recorrer. En la fase evolutiva alcanzada, el sistema
circulatorio se ha convertido ya en un órgano vital que hay que
proteger del exterior. Cualquier mordisco de un enemigo deja
al descubierto el sistema de conductos, con lo que se vierte ha-
cia el exterior el valioso líquido sanguíneo, que se pierde. Por
ello, desde muy pronto, unas células tuvieron que especiali-
zarse en evitar esta catástrofe. El organismo segrega en la san-
gre sustancias que, en contacto con el agua, y más tarde con el
aire, forman una red de taponamiento. Junto con otras células
que se mueven dentro del líquido circulatorio, los trombocitos,
constituyen un tapón que evita e interrumpe el flujo hacia el
exterior de la sangre a través de las heridas. Asimismo, el sis-
tema de tubos se convierte en vía de transporte de una policía
interna. Si penetran en el cuerpo organismos unicelulares
enemigos, otras células especializadas los combaten. Tienen
forma de amebas y devoran las bacterias intrusas, lo mismo que
hacen las amebas libres. Se les llama leucocitos, son los glóbu-
los blancos (tabla 19, fig. 2). También ellos eliminan residuos.

— 40 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Como muestra nuestro propio cuerpo, son un máximo expo-


nente de sacrificio. Si penetran en él muchos enemigos, a los
que llamamos agentes patógenos, engloban el máximo número
posible de ellos y abandonan el cuerpo con esta peligrosa carga.
Lo único que se nos ocurre decir entonces es: ¡qué asco, pus!
El pus despierta en nosotros una repugnancia innata, puesto
que contiene sustancias dañinas. En realidad, no es más que un
Inmenso ejército de órganos celulares que se han sacrificado
por el resto de la comunidad. Si nuestro «yo» reconociese el
mundo tal como es, sentiríamos respeto por cualquier gota de
pus. Si bien no hay quien gane a nuestro corazón en espíritu de
servicio, nuestro cuerpo le alimenta y vigila, y cada una de sus
células se mantiene con vida durante el máximo tiempo posi-
ble. Las células que llamamos glóbulos blancos se sacrifican,
siempre que sea necesario, por la comunidad y terminan con
ello su vida.
El anfioxo carece de leucocitos, mientras que las primitivas
lampreas sí disponen de ellos. Estas últimas debieron aparecer
en nuestro árbol genealógico hace 550-480 millones de años
entre los agnatos. A más tardar hace 500-400 millones de años
apareció la capacidad de formar anticuerpos, otra fuerza de
choque: moléculas especializadas en rechazar cuerpos extraños
perjudiciales que hayan penetrado en el interior del organismo.
Acto seguido, la circulación sanguínea se empleó como vía de
emisión de mensajes, dado que pasaba sólo una vez. Las glán-
dulas que emiten sustancias que, al igual que una carta, se re-
ciben en otro lugar y cuyas instrucciones se cumplen, son las
hormonas. Volveremos sobre esto más adelante. Por último,
más o menos hacia el mismo período, aparecieron un gran nú-
mero de células de tipo similar llamadas eritrocitos, o glóbulos
rojos. En un principio, en la sangre se vertía sólo una sustancia
especial que mejoraba el transporte del oxígeno, la hemoglo-
bina; más tarde, algunas células se especializaron en esta fun-
ción. En el caso de los peces, anfibios, reptiles y aves, se trata
de auténticas células nucleadas, en el caso de los mamíferos
son células que nacen anucleadas y por lo tanto son más peque-
ñas. Ventaja: pueden pasar así a través de tubos estrechos, los

— 41 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

capilares. Desventaja: sólo viven entre 90 y 120 días y deben


renovarse constantemente. En el caso del ser humano, son más
de 150.000 millones por día. De este modo, la circulación san-
guínea fue desempeñando cada vez más funciones, lo que pro-
vocó otro problema, la necesidad de que éstas no se interfieran.
Cuando los primeros animales iniciaron la conquista de la
tierra firme, se produjo otro importante problema, el del paso
de la respiración branquial a la pulmonar. La circulación san-
guínea tenía que ramificarse en un nuevo órgano, hacerse cargo
allí de todo lo necesario y entregar lo superfluo. Esta función
la asumió una ramificación de los vasos branquiales, formán-
dose una segunda aurícula del corazón, que introduce la sangre
proveniente del pulmón en el corazón y la conduce, a través del
ventrículo, al sistema circulatorio. De este modo, en todos los
anfibios el corazón tiene dos aurículas y un ventrículo. La des-
ventaja es que en el ventrículo se mezcla la sangre rica en oxí-
geno procedente del pulmón con la que ha circulado ya por el
cuerpo, cargada de sustancias residuales.
En el caso de los mamíferos y las aves, el sistema circula-
torio doble es perfecto. El corazón se ha dividido. Dispone
ahora de dos aurículas y de dos ventrículos. Prácticamente se
trata de dos corazones, dos bombas separadas. La una recibe la
sangre que procede del intestino, el hígado, los riñones y el
resto del cuerpo y la bombea hacia el pulmón. La segunda, re-
cibe la sangre procedente de este último y la bombea hacia las
células del cuerpo, el intestino, el hígado y los riñones.
Los descendientes actuales de los antepasados de las distin-
tas épocas de esta evolución (tabla 2) muestran con gran clari-
dad cuán difícil y trabajoso fue el camino para conseguir pasar
de la respiración branquial a la pulmonar perfecta. Cualquier
estudiante de zoología tiembla cuando tiene que dar cuenta de
cómo, por un lado, las arterias se transformaron, poco a poco,
en venas branquiales y, por otro lado, de cómo apareció el sis-
tema tubular necesario para la circulación de la sangre hasta los
pulmones, en parte por transformación y en parte por nueva
formación. En esta evolución se ve con toda claridad que no
hubo intervención alguna de un creador. Si éste hubiese

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

deseado y propiciado en realidad todo el desarrollo que cul-


minó en el ser humano, habría de admitir entonces que durante
este largo período se había tomado un descanso. La imagen se
caracteriza por un caótico hacer y deshacer caminos. En los
momentos de aquel período, hace 410-220 millones de años,
un cambio casual en la herencia introdujo una mejora en la
competitividad de las nuevas formas, lo que hizo que pudieran
imponerse y reproducirse mejor, es decir, que dicho cambio
propició que la evolución prosiguiera. Allí donde no sucedió
así, las especies afectadas tuvieron dificultades para impo-
nerse. Algunos cambios evolutivos fueron ventajosos sólo en
parte, y más tarde resultaron ser un callejón sin salida.
Se podría escribir todo un libro que tratara simplemente del
destino de los vasos sanguíneos que alimentaban a los diversos
arcos branquiales. El punto final, la aparición del corazón do-
ble, se alcanzó dos veces y de dos formas diferentes: en los
mamíferos y en las aves. Ambos grupos animales derivan de
los reptiles: los mamíferos aparecieron en varias líneas evolu-
tivas hace 240-210 millones de años y las aves hace 200-150
millones de años. En ambos, la arteria principal que alimenta
el cuerpo procede de la cuarta arteria branquial de sus antepa-
sados peces. En el caso de los mamíferos lo hace del arco de-
recho y en las aves del izquierdo. En cada uno de los casos, el
arco contrario experimentó una regeneración. No puede decirse
cuál de las dos soluciones de esta transformación fue la más
sencilla. A fin de cuentas, ambas cumplen idóneamente su fun-
ción y en igual medida. Tanto en una como en otra, la circula-
ción general se ha separado de la pulmonar. En ambas casi han
desaparecido los restos de los vasos branquiales no utilizados.
En una y otra los embriones nos muestran, al disponer al prin-
cipio de vasos branquiales, cuán complicado es el camino de
esa transformación, y cómo recapitulan por lo tanto la evolu-
ción producida a lo largo de 200 millones de años.
Es interesante observar en este punto lo que sucedió en los
otros dos grandes animales que conquistaron la tierra firme.
¿Qué sucedió en este caso con las branquias, la circulación san-
guínea y el corazón? En ambos casos, tanto en los moluscos

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

como en los artrópodos, no se produjeron complicaciones


análogas, ya que no desarrollaron un sistema circulatorio ce-
rrado. En ambos, los órganos se encuentran dentro de una ca-
vidad corporal llena de líquido sanguíneo y un corazón central
se ocupa de que dicho líquido se mantenga en movimiento. En
el caso de los moluscos, curiosamente, el intestino discurre de
modo transversal a través de la cámara cardiaca, lo que eviden-
temente no supuso ninguna desventaja, ya que, de lo contrario,
este grupo tan rico en especies no se habría conservado. En el
caso de los gasterópodos que se aventuraron en la tierra firme,
las branquias situadas en una cavidad protegida experimenta-
ron una involución y la pared interna de dicha cavidad se trans-
formó en un órgano respiratorio. Estos animales se mueven con
lentitud, no corren, no saltan ni vuelan, por lo que la cantidad
de oxígeno necesaria no es excesivamente grande. Los gaste-
rópodos no han progresado mucho en tierra firme. Los artrópo-
dos, al igual que, por ejemplo, los crustáceos, desarrollaron un
caparazón externo que en tierra firme se convirtió en una ven-
taja y al mismo tiempo en un inconveniente (tabla 15). Una
ventaja porque en cierta medida protegía su cuerpo de la
desecación. Un inconveniente porque en tierra se hizo muy pe-
sada y por ello sólo logró imponerse en formas relativamente
pequeñas, si bien muy perfeccionadas. Hay más especies de in-
sectos que del resto de todos los animales terrestres, conocién-
dose en la actualidad más de 800.000. En su caso, la circulación
sanguínea es asimismo abierta: un tubo provisto de válvulas
bombea el líquido sanguíneo en el seno de la cavidad corporal,
hacia atrás y hacia delante. Los insectos obtienen el oxígeno
necesario, igual que las arañas y los restantes artrópodos que
conquistaron el medio aéreo, a través de un sistema tubular: las
tráqueas. Envuelven los diferentes órganos y desembocan, a
través de múltiples aberturas del caparazón, al exterior.
El tercer momento estelar en la evolución de nuestro cora-
zón se produjo hace aproximadamente 240-210 millones de
años, cuando se completó en nuestros antepasados mamíferos
la formación de un corazón doble. Asimismo, a partir de una
única circulación sanguínea surgieron dos: el asno cada vez

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

más cargado, tenía un compañero que aligeraba sus cargas.


Dado que este último sólo debía ocuparse de la función del in-
tercambio gaseoso dentro del pulmón, gozaba de una gran ven-
taja, puesto que este proceso exige bastante menos trabajo. Los
músculos del segundo corazón son, por consiguiente, más dé-
biles. En el caso de los seres humanos, la capa muscular que
envuelve la mitad izquierda del corazón tiene un espesor tres o
cuatro veces mayor que la de la derecha.
Esta articulación era ya lo suficientemente fuerte como para
soportar una nueva carga. Antes de considerarla, revisemos las
funciones que debió realizar hasta aquí la circulación sanguí-
nea. En primer lugar, su tarea era la de hacerse cargo de las
sustancias alimenticias disgregadas en el intestino y de repar-
tirlas por todos los órganos del cuerpo. A ella se sumó la de
expulsar los residuos producidos; el proveedor de energía y ali-
mento asumió de este modo una función secundaria como ór-
gano de expulsión de residuos. Como unidad auxiliar, apare-
cieron los riñones y la eliminación se produjo a través del ex-
tremo del intestino o mediante una abertura especial muy pró-
xima a él. Con el crecimiento del cuerpo también hubo que su-
ministrar oxígeno a los tejidos, y la circulación sanguínea se
hizo asimismo cargo de esta función. De nuevo fue necesaria
una unidad auxiliar, las branquias, que se encargaron de la eli-
minación de los residuos gaseosos, del dióxido de carbono. Al
asno le habían cargado con cuatro tareas. Además, el sistema
circulatorio se convirtió también en una vía de comunicación,
lo cual supuso una quinta carga. Primero para órganos de poli-
cía en forma de células o moléculas especializadas. Segundo,
para un correo neumático que podía utilizarse libremente.

TABLA 2. Pruebas de que el hombre y todos los vertebrados


terrestres proceden de antecesores peces
Figuras: muestran de manera esquemática el corazón y las arterias bran-
quiales 1 del tiburón, 2 de la rana, 3 de un embrión humano y 4 de un
hombre adulto. H = corazón (mostrado en corte), 1-6 = arcos branquiales,
a = tronco arterial, b = arteria dorsal, c = arteria de las extremidades ante-
riores, d = arterias cefálicas, e = arterias pulmonares, f = capilares bran-
quiales, g = septo ventricular, h = conducto de Botal. Líneas de puntos =

— 45 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

vasos esbozados en el embrión pero que no son funcionales. Línea doble


de puntos = vasos que todavía son funcionales en el embrión pero que
involucionan en el animal adulto, x, y, z = se explican en el texto.
Comparando el corazón y las arterias que parten de él en el tiburón y los
seres humanos (1, 4), se obtiene una imagen muy diferente. En el tiburón
el corazón (H) sólo tiene un ventrículo desde el que la sangre es empujada
hacia el tronco arterial (a), que se divide en seis arcos branquiales (1-6).
En los capilares branquiales (f) finamente divididos tiene lugar el inter-
cambio gaseoso con el agua, a continuación la sangre se reúne en la arteria
dorsal (b) que la conduce al cuerpo, mientras que dos ramas (d) riegan la
región cefálica. El ser humano (4), por el contrario, tiene un corazón divi-
dido y una «circulación doble». Un ventrículo bombea la sangre hacia las
arterias pulmonares (e) y el otro lo hace con la sangre regenerada proce-
dente de los pulmones (no se ilustran las venas), dirigiéndola hacia el
cuerpo y la cabeza (b, d). Sin embargo, si examinamos el curso de los
vasos en el embrión humano (3), no pueden pasarse por alto las coinci-
dencias con el tiburón. Así por ejemplo, lo mismo que éste, el embrión
humano dispone primero de seis arcos branquiales, incluso del primero
que ya dejó de ser funcional en los tiburones primitivos hace 430-400 mi-
llones de años (pág. 156). El corazón del embrión tiene también al princi-
pio sólo un ventrículo, que más tarde se divide gracias a un pliegue ( g).
Los vasos (c) que en el tiburón riegan las aletas pectorales alimentan en el
hombre los brazos, que se desarrollaron a partir de aletas pectorales (tabla
1). Muy ilustrativa es la situación en la rana (2). En este caso vemos cómo,
a ambos lados, surgen las arterias pulmonares (e) por ramificación del
sexto arco branquial. Cuando la rana es todavía una larva (renacuajo) res-
pira por branquias y hasta que no es adulta no pasa a la respiración pul-
monar. En el caso de los seres humanos, el niño no comienza a respirar
con sus pulmones hasta el momento del nacimiento. El «llanto» del recién
nacido es su primer aliento. Hasta este punto el conducto de Botal (h) ha
mantenido el camino de la sexta arteria branquial, después experimenta
una regresión. En el tiburón (1), los vasos del tercer arco branquial desem-
bocan en el punto «x» en la arteria dorsal, a partir del cual la corriente
sanguínea circula asimismo en el sentido de la cabeza (flecha). En la rana,
la unión entre el tercer y el cuarto arco branquial (y) involuciona, de modo
que sólo el tercer arco branquial alimenta la región cefálica (z). También
en el caso del embrión humano existe al comienzo esta unión (3), mientras
que involuciona en el adulto (4) de modo que aquí la cabeza se riega a
través de la tercera arteria branquial (x, z). Los embriones de todos los
vertebrados terrestres siguen mostrando esta drástica remodelación, que
fue necesaria en el paso a la respiración pulmonar. Si el hombre hubiera
sido creado deliberadamente como ser terrestre, o a imagen y semejanza
de Dios, las vías de sus vasos habrían sido ciertamente otras. ►

— 46 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

1. Tiburón 2. Rana

3. Embrión humano 4. Persona adulta

Desde algún punto del sistema circulatorio se transmitía a


la sangre un mensaje, en forma de hormona, que al llegar al
receptor le comunicaba el aviso. Además, el sistema circulato-
rio tenía que transportar unidades que actuaban, en caso de he-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

rida, como protectores, cerrando a modo de verja la zona lesio-


nada. Todo esto, y algunas otras cosas, debían mantenerse en
constante actividad en el interior del cuerpo. Para ello los tubos
tenían que ramificarse en el interior de los tejidos, así como en
la pared del intestino, en el hígado, en las branquias y en los
riñones, lo cual aumentaba la resistencia y requería una mayor
cantidad de energía. Es decir, son lugares donde el asno tiene
que subir una cuesta. A todo esto hubo que sumar el paso a la
respiración pulmonar, que durante algún tiempo desequilibró
todo el sistema. Unos tubos resultaron superfluos y tuvieron
que formarse otros: hasta que no se consiguió el sistema de la
doble circulación no quedó resuelto el problema. Junto al ani-
mal de carga ya sobrecargado trotaba ahora un camarada útil
unido a él como un hermano siamés. Si tenemos esto en cuenta,
pasamos de admirar el corazón a reverenciar el órgano que es
la sangre. Si nos cortamos un dedo, vemos que la sangre que
brota no es otra cosa que un líquido rojo. Sin embargo, ¡qué
cantidad de cosas hace! ¡Qué cantidad de funciones vitales
tiene encomendadas! Visto de este modo, el corazón, la bomba,
tan sólo es un sirviente necesario. Incluso formando pareja,
este corazón lo único que hace es bombear, a no ser que seamos
injustos con él y que tenga en realidad otras funciones: excitar
nuestros sentimientos amorosos, avisarnos de los peligros, pro-
teger nuestros actos de los sentimientos de culpa y similares.
Por lo tanto, esperemos. Antes de llegar a este punto, la cir-
culación sanguínea se hace cargo de otra función. En el caso
de los mamíferos y de las aves, hace 220-190 millones de años,
se convirtió también en calefacción central interna. Existía el
combustible necesario para ello: en primer lugar las reservas
almacenadas en el hígado. Quemándolas se puede aumentar la
temperatura de la sangre. Las ventajas de gozar de independen-
cia con respecto a la temperatura externa son evidentes: cuando
desciende la temperatura todos los procesos se vuelve más len-
tos, también los que tienen lugar en el hígado. Una calefacción
como ésta requiere ciertas cosas. En primer lugar, una capa ais-
lante para que no escape el calor generado con esfuerzo. En el
caso de los mamíferos está compuesta por pelos sobre una capa

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de grasa, y en el de las aves por plumas. Estas últimas, en una


función doble, brindan también valiosísimos servicios durante
el vuelo. En segundo lugar, se necesita un termostato para no
calentar deficientemente o demasiado. El problema se solu-
cionó de diversas formas, con la respiración. También aquí los
movimientos del pulmón deben adaptarse a las exigencias. Más
oxígeno requiere una actividad respiratoria más rápida, menos
oxígeno una más lenta. Un circuito nervioso interno lo permite:
en principio de modo idéntico a como lo hace el termostato con
la calefacción de una vivienda. El sistema nervioso formó un
termostato de este tipo como órgano auxiliar de la homeoter-
mia.
El cuarto momento estelar fue hace 220-190 millones de
años, cuando nuestros antepasados se transformaron en mamí-
feros y la circulación de sangre doble se hizo cargo de otra fun-
ción, la de distribuir el calor por el interior del cuerpo. Sin em-
bargo, otra consecuencia fue que el tamaño del corazón depen-
diese del corporal. ¿Cómo? Muy sencillo: si un cuerpo crece,
aumenta su superficie con el cuadrado (en el caso del cubo 6a2),
mientras que el volumen lo hace con la tercera potencia, con el
cubo (en el caso del cubo a3). Esto significa que un cuerpo pe-
queño tiene, en comparación con su volumen, una superficie
relativamente grande. Dado que el calor se pierde a través de
ésta, los cuerpos pequeños deben calentarse más. Para calentar
más, debe llegar más combustible y oxígeno a la caldera, es
decir, el corazón debe trabajar más. Por este motivo, los ani-
males homeotermos grandes tienen un corazón relativamente
menor que el de sus parientes de especies menores. Ejemplos:
el peso del corazón de un búho de 2 kg de peso supone el 0,5%
de su peso total, mientras que para el mochuelo común, que es
diez veces más ligero que él, esta proporción es del 0,8%. En
el caso de la rata común que pesa 200 g, el peso de su corazón
supone un 0,4%, mientras que para el ratón espiguero, cuyo
peso es de 5 g, esta proporción alcanza un 1,3%. En este mismo
sentido, encontramos que, por regla general, las crías de los
mamíferos tienen un corazón relativamente mayor que los
adultos.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

El incansable sistema circulatorio se hizo cargo de otra


nueva tarea. En el marco de la bisexualidad, sobre cuya impor-
tancia funcional hablaremos más adelante con detalle, posibi-
lita entre los mamíferos el apareamiento. El órgano genital, el
pene, está dotado de cuerpos esponjosos de forma tubular que
durante la excitación sexual se llenan de sangre (tabla 8, fig. 1,
a, b). La sangre penetra en estos tubos siguiendo unas órdenes
nerviosas y otras hacen que los músculos anulares impidan su
salida. Por consiguiente, el miembro se endurece y la cantidad
de sangre que contiene se extrae a la circulación general. Todas
las sustancias mensajeras y los órganos de policía que caen en
esta trampa se ven forzados a esperar hasta que desciende la
excitación sexual y la sangre retenida puede continuar flu-
yendo.
El quinto momento estelar en el curso evolutivo de nuestro
corazón se produce apenas 4-2 millones de años. El mismo co-
razón no experimentó en esa ocasión el más mínimo cambio,
si bien se estableció una relación muy estrecha con otro órgano
en desarrollo. Al igual que en el caso de la mano, se trató de
una relación con el cerebro: con la corteza cerebral, que ahora
se desarrollaba con vehemencia, es decir, con aquel órgano a
través del cual el ser humano fue capaz de verse a sí mismo
como objeto, de reflexionar sobre sí, de observarse y de dar
significado a su persona y a sus sentimientos. En el caso de la
mano, esta relación condujo a un progreso decisivo, la base de
nuestra propia existencia humana actual. En el caso del cora-
zón, por el contrario, dio lugar a un error curioso. El yo pen-
sante dotado de conciencia, incapaz de verse a sí mismo y a su
entorno de modo objetivo, puso esta bomba que latía sobre un
pedestal, lo convirtió, simultáneamente, en sede de nuestros
confusos sentimientos, lugar en el que se encuentra un alma
incorpórea, incluso en miembro de vinculación inmediata con
fuerzas superiores a las que el ser humano debe rendir cuentas,
que observan su quehacer y valoran, premian y castigan sus
actos.
Lo que llamamos «sensaciones», las experimentamos en el
mismo lugar donde se producen. Si nos quemamos los dedos,

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

sentimos en ellos el calor. Los sonidos los percibimos en el


oído, la luminosidad en el ojo, el olor en la nariz, el gusto en
las papilas gustativas del paladar y el dolor en todos aquellos
lugares en los que nos duele. Un campo intermedio hacia los
«sentimientos» lo constituyen todas aquellas áreas de la expe-
riencia en las que salen a relucir nuestros impulsos. El acto se-
xual lo consideramos como sentimiento. Igualmente, la satis-
facción del hambre, el miedo ante el peligro, la alegría por la
acción llevada a cabo, el sacrificio por las metas de la comuni-
dad. Nuestra vida instintiva, así como los instintos adquiridos
y nuestras costumbres, dan lugar en nosotros a un amplio es-
pectro de sentimientos muy diversos. Oscilan entre el placer y
el displacer, la excitación y el reposo. Sin duda se encuentran
localizados en el sistema nervioso, si bien, mientras que los
nervios son órganos que perciben y transmiten los estímulos,
no disponemos de ningún órgano que nos permita percibir la
excitación de los nervios. O quizá sólo disponemos para ello
de un único órgano, nuestro corazón, ya que durante la excita-
ción nuestro sistema nervioso ordena al corazón que lata más
aprisa. ¿Por qué? Porque la excitación aparece cuando hay un
gran peligro o una circunstancia favorable única, es decir, en
situaciones en las que es muy importante la capacidad de ren-
dimiento y la rapidez de reacción de nuestro cuerpo y de nues-
tras aptitudes intelectuales. Sin embargo, esto exige más ener-
gía, por lo que se le da la orden al corazón de que bombee con
más rapidez. En cualquier caso, ya sea una experiencia favora-
ble o desfavorable, es importante que dispongamos de más
energía, es decir, que se bombee con más rapidez.
El lugar en el que se encuentran nuestros instintos son las
partes más antiguas de nuestro cerebro, en especial el diencé-
falo, pero el lugar principal en el que se encuentran nuestros
sentimientos está en otra parte. Se localiza en las áreas de la
corteza cerebral en las que se produce la capacidad especial que
llamamos nuestra imaginación, nuestra capacidad de represen-
tación. Allí, en el auténtico centro de nuestro «yo», podemos
simular cualquier situación y actuación imaginables. Podemos
vivirla en el pensamiento sólo o llevarla a cabo. En nuestra

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

imaginación podemos activar cualquier instinto y desactivarlo


parcialmente, podemos proyectar acciones e investigar sus po-
sibles consecuencias, sin necesidad de llevarlas a cabo. En el
mundo de nuestras representaciones podemos ser, sin peligro,
héroes, santos o delincuentes, podemos poner el mundo entero
patas arriba.
Desde esta área de nuestro cerebro fluye también una cone-
xión nerviosa con el corazón, la excitación pone en marcha un
bombeo más rápido, una excitación producida por tanto a tra-
vés de nuestras propias representaciones. Dado que no dispo-
nemos de ningún órgano sensorial en el lugar en el que se ori-
ginan estas representaciones, transferimos los sentimientos allí
generados al corazón, que se siente fustigado sin motivo. Sin
motivo, porque los procesos que se realizan en nuestra imagi-
nación no precisan en modo alguno de una aportación superior
de energía a nuestros órganos. Se trata, por así decirlo, de un
error. Debido a este error, se llega a la creencia, completamente
falsa, de que los sentimientos se albergan en el corazón.
«Quien siente con intensidad padece mucho», afirmó Leo-
nardo da Vinci. Esto es seguramente cierto, pero hay que aña-
dir: y tiene también muchas alegrías. Ya que quien dispone de
una imaginación moderada y a quien los instintos le afectan de
un modo templado, vive con mayor tranquilidad, con una exci-
tación menor, procedentes de las experiencias mentales. «El
sentimiento es todo; el nombre es ruido y humo, brasa celeste
que nos envuelve», dice Goethe en el Fausto. Seguramente
también esto es cierto, ya que el ser humano se despliega en el
mundo de los sentimientos, nuestra imaginación está en el ori-
gen de nuestras artes, del refinamiento humano y de la cultura.
Para los ámbitos de nuestra imaginación no disponemos, sin
embargo, de ningún órgano sensorial propio. Por ello, transfe-
rimos sus efectos al órgano sobre el cual actúan de forma in-
mediata, es decir, a una bomba que, de hecho, no desempeña
ningún papel. Esta es la causa de que el corazón humano vi-
viese un quinto momento estelar. Fue elevado, de modo tan
gratuito como inmerecido, a la categoría de templo, incluso a
la de divinidad.

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III. LA BOCA VERSÁTIL

Al contrario que nuestro corazón, esa monótona bomba, la


boca es un órgano muy versátil. Al igual que la circulación san-
guínea, se fue haciendo cargo paulatinamente de un mayor nú-
mero de funciones. Con ella bebemos, agua por necesidad y,
además, zumos azucarados y alcohol. Comemos con ella, ali-
mentos por necesidad y, si es posible, aquellos que más nos
gustan. Respiramos a través de ella, aire por necesidad, aunque
algunos combinan esto con la inhalación de un veneno exci-
tante, la nicotina. Con ella hablamos, por necesidad dentro del
marco de una sociedad organizada y, además, por placer y sin
un fin utilitario. Cuando hace frío y nuestros dedos se agarrotan
en los guantes, proyectamos con la boca aliento y así, les ca-
lentamos. Besamos al niño, los labios de nuestra pareja y, en
ocasiones, cualquier otra parte de su cuerpo amado. Ninguno
de nuestros órganos táctiles es tan sensible como la boca, los
labios o la lengua. Lo que apreciamos, admiramos y amamos
con mayor intensidad lo tocamos con la boca.
¿Dónde se originó esta abertura de tanta importancia a la
que llamamos boca? Una abertura lleva aparejada consigo algo
negativo. Si tenemos un agujero en un calcetín, si falta algo del
revestimiento protector de nuestros pies, lo que haremos es ce-
rrarlo lo antes posible. Sucede lo mismo cuando nuestra valla
está rota o cuando un escollo o un torpedo abren un boquete en
el casco de un buque. Por el contrario, en nuestra cabeza un
orificio como éste nos brinda buenos servicios.
Si observamos a nuestros parientes las plantas, un almen-
dro, una lechuga o un abeto, no vemos en ningún lugar un ori-
ficio de este tipo. Hemos llegado así a un punto decisivo: la
diferencia entre la totalidad de las formas vivas animales y la
de las vegetales. La diferencia radica en la manera como ad-
quieren la energía necesaria. ¿Qué es la energía? Ningún físico
los sabe. Lo único que sabemos es lo siguiente: sin ella no hay

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

movimiento, progreso, evolución, ni tampoco pensamiento,


música o religión. Todo esto necesita algo que únicamente la
energía proporciona. La energía aparece en formas muy diver-
sas: tensión eléctrica. movimiento de los cuerpos, calenta-
miento o explosión lograda mediante procesos químicos, la
fuerza de atracción de la Tierra, las fuerzas ligadas a los áto-
mos, todas éstas son formas de la energía. Ningún animal ni
planta pueden existir sin obtener de alguna fuente este algo tan
especial y valioso. En el caso de las plantas que nos rodean, la
fuente de energía la constituyen los rayos solares, mientras que
todos los animales obtienen la energía comiendo plantas u
otros animales y apropiándose de la energía almacenada en sus
tejidos. Para apropiarse de los rayos solares, sin embargo, no
se precisa de ninguna abertura, no hace falta ninguna boca,
mientras que para hacer lo propio con los tejidos de las plantas
o de otros animales, ésta sí es necesaria. Aquí radica esa im-
portante diferencia. Por este motivo, y sólo por ello, tanto los
animales como nosotros mismos disponemos de una boca llena
de dientes, mientras que nuestros parientes las plantas carecen
de ella.
En el caso de los vegetales, los rayos luminosos penetran
por sí solos en el interior de los órganos, que recogen su ener-
gía. Se trata de cuerpos redondos y verdes situados en sus ho-
jas: los plástidos (tabla 20, fig. 2). La habilidad de las plantas
consiste en que transforman la luz en energía química que, a
partir de minúsculos átomos, elabora moléculas igualmente mi-
núsculas, es decir, que encierra la energía luminosa en jaulas.
De este modo aparece una estructura orgánica, material para la
construcción de ramas, raíces, hojas, frutos y semillas. No es
perder el tiempo contemplar alguna vez la planta decorativa del
alféizar de la ventana o el árbol del aparcamiento desde este
punto de vista. Se trata de compañeros de la vida que pueden
pasarse sin la abertura de la boca. Para extraer del aire dióxido
de carbono y vapor de agua, sus hojas disponen de innumera-
bles pequeñas aberturas. Sin embargo, carecen de una boca
central, una boca llena de dientes. No depredan, salvo los pocos

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casos de plantas «carnívoras». Cazan como con un cazamari-


posas los rayos solares, que no oponen a este proceso la más
mínima resistencia.
Cabe adelantar ya que existen animales que carecen de
boca. Esto sucede en especial en el caso de los parásitos, tanto
en los organismos unicelulares, parásitos de organismos pluri-
celulares, como en los parásitos pluricelulares, por ejemplo gu-
sanos, que se asientan de un modo u otro en el intestino, los
músculos o los tejidos de otros organismos pluricelulares. Al
igual que las células propias del cuerpo, están envueltos por
líquido nutritivo: en este caso no es necesaria una boca especial
para tomar la energía. Toda la superficie corporal se convierte
así en boca. Al igual que las raíces de las plantas, los parásitos
toman también aquello que necesitan a través de sus paredes
celulares.
Todos los animales se caracterizan por la depredación. In-
cluso entre los organismos unicelulares existen diferencias en-
tre animales y vegetales. Deben adquirir de algún modo una
estructura orgánica. Las amebas lo consiguen rodeando, aco-
rralando su presa, es decir, al portador de energía orgánico, con
su cuerpo cambiante como si se tratase de brazos amistosos,
introduciéndola de este modo en su interior (tabla 20, fig. 1).
Allí la presa es digerida, se trituran sus tejidos y moléculas y
se libera la energía contenida en ellos. Por supuesto no del todo,
ya que ésta es extraída de la jaula en la que se encontraba hasta
ese momento y encerrada inmediatamente en otra. En el len-
guaje científico este proceso se formula de la siguiente manera:
se degrada la estructura del alimento y se sintetiza la del propio
cuerpo.
Otros organismos unicelulares animales, como por ejemplo
la vorticela, han desarrollado dispositivos de captura o una au-
téntica boca, como el paramecio. Algunos disponen incluso de
una boca que avanzan hacia delante y que es capaz de abrirse
enormemente, que puede admitir bocados de un tamaño de
hasta un tercio del suyo propio. Como por ejemplo Dileptus
anser, especie que no tiene nombre común en castellano.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Cuando se formaron seres vivos pluricelulares, algunos se es-


pecializaron en la obtención de energía solar y otros se dedica-
ron a una feroz depredación. Ni aquí ni allá es posible estable-
cer unos límites precisos, puesto que en estos ámbitos iniciales
de la vida existieron también híbridos que practicaron ambas
formas de alimentación. Si había suficiente sol, se alimentaban
con sus rayos, si era escaso, eran capaces de alimentarse como
animales. El organismo unicelular Euglena viridis es un ejem-
plo actual de esta capacidad, y entre los organismos unicelula-
res más sencillos existen de igual modo formas capaces de tales
adaptaciones. Las dos grandes ramas principales del árbol filo-
genético de la vida, las plantas y los animales, debieron sepa-
rarse en varios puntos, pero este desarrollo se inició ya con los
organismos unicelulares. Todo esto sucedió hace 3.000-2.500
millones de años.
Sin embargo, con ello no hemos encontrado todavía el pri-
mer momento estelar en la evolución de nuestra propia abertura
bucal. Los primeros organismos unicelulares que se alimenta-
ron con animales fueron grupos de 4, 8, 16 o algunos miles de
células que formaron acúmulos o esferas, aunque no presenta-
ban ningún tipo de boca. Volvox globator, que tiene forma de
una esfera hueca muy atractiva, puede considerarse como fósil
viviente de esa época tan lejana. Se trata de un vegetal. Los
pólipos, que pertenecen a los cnidarios, son formas actuales
muy primitivas de animales pluricelulares. En principio no son
más que un intestino que vive fijo en el fondo de las aguas y
dotado de una abertura, que dispone de brazos para capturar
sus presas. Este animal no se mueve del lugar ni persigue a la
presa que se le escapa, sino que deja que sean las corrientes de
agua las que le lleven el alimento. Cada una de las gotas de
agua que pasan ante él contiene organismos microscópicos,
tanto vegetales como animales, denominados plancton. Los
brazos prensiles no tienen más que alargarse y conducir la
presa hacia el intestino. Aquí es digerida y aprovechada. En
este caso, la boca es simultáneamente el ano. Lo que no puede
aprovecharse es expulsado de nuevo a través de esa abertura y
la corriente de agua lo arrastra.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

El zoólogo considera que los organismos pluricelulares más


inferiores que actúan como animales son las esponjas. De he-
cho, en muchos aspectos son más primitivas y presentan una
menor división del trabajo entre sus células que los pólipos y
las medusas. Sin embargo, tienen una ventaja sobre ellas: po-
seen canales que las atraviesan y en los que el plancton conte-
nido en el agua es capturado por un extremo y expulsado por
el otro. Todo el mundo conoce el aspecto de una esponja. Está
atravesada por innumerables oquedades, pequeñas y grandes.
Menos conocido es el hecho de que dichas cavidades sirven
para la obtención del alimento. A través de numerosos orificios
que se abren al exterior, las células especializadas absorben el
agua mediante movimientos de flagelos y con otros la expul-
san.
En cierto aspecto, la esponja está por encima de los pólipos
y las medusas. Las aberturas para la recepción del alimento y
la evacuación de lo que no se necesita no son las mismas en
ambos casos. De todos modos, .son tan numerosas en esta ma-
raña de oquedades que no pueden compararse con un intestino.
Nosotros tampoco procedemos de las esponjas. Estas alcanza-
ron, hace aproximadamente 1.600 millones de años, la forma
de alimentarse que muestran en la actualidad. Por este motivo
no se han transformado esencialmente. La mayoría de ellas for-
man agujas en sus tejidos, una medida de protección eficaz
contra animales móviles a la vez que sirve de esqueleto interno
de soporte. Algunas forman grandes cálices y otras tubos; no
han pasado de aquí. Sin embargo, han logrado imponerse sobre
otros animales más evolucionados, móviles y provistos de boca
prensil. Existen todavía en nuestros días (véase tabla 5).
El primer momento estelar en la evolución de la boca hu-
mana se produjo algo más tarde, cuando se desarrollaron orga-
nismos pluricelulares vermiformes que emergieron del fondo
marino y buscaron alimento mediante movimientos propulso-
res. Este primer momento estelar fue muy curioso, casi maca-
bro. Los pólipos disponían ya de un intestino, que tan sólo tenía
una abertura. Sucedía lo mismo con las medusas móviles y con

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

algunos gusanos primitivos. Es lógico que con un modo de des-


plazamiento reptante apareciese una segunda abertura. Por el
polo anterior se tomaba el alimento, que era digerido en el in-
testino. A través de un segundo orificio posterior se eliminaba
todo aquello que no era aprovechable. Esta disposición se al-
canzó por dos caminos opuestos, y también aquí se percibe la
absoluta falta de directrices en la evolución global. La primera
posibilidad es que la boca siga siéndolo y que aparezca un ano
en el otro extremo del intestino. Dicha posibilidad se realizó en
casi todos los gusanos de los que se han conservado, hasta la
actualidad, descendientes, así como en los moluscos y los ar-
trópodos. La segunda posibilidad es que la primitiva boca se
transforme en ano y el orificio que aparece en el otro extremo
del intestino se convierta en una boca (tabla 9). Ésta fue la so-
lución adoptada por nuestros antepasados. Lo que hoy es nues-
tro ano fue en principio nuestra boca. Quien no lo crea puede
verificarlo en cualquier diccionario o manual de zoología. So-
mos deuteróstomos, que transformaron la boca originaria en un
ano. El desarrollo embrionario de los vertebrados, incluido el
ser humano, muestra en la actualidad este proceso. Igual que
las plantas y los animales se dividen en dos grandes ramas, así
también los protóstomos, que conservaron la abertura original
de su boca hace 1.200-1.000 millones de años, de los deuterós-
tomos (tabla 5). A partir de la gran rama de los primeros se
desarrollaron todos los gasterópodos, los cefalópodos y otros
moluscos, además de los artrópodos, es decir, crustáceos, arác-
nidos, insectos, etc. Por el contrario, a partir de los deuterósto-
mos surgieron los helmintomorfos y los equinodermos (estre-
llas de mar, erizos de mar, holoturias), además de la rama, que
pronto se escindió, de aquellos antepasados vermiformes, a
partir de los cuales aparecieron más tarde los peces y los ma-
míferos terrestres, incluso el ser humano.
El primer momento estelar de la evolución de la boca hu-
mana fue, por tanto, el instante, hace 1.200-1.000 millones de
años, en el que la boca original de nuestros primitivos antepa-
sados se transformó en ano. Mientras que numerosos grupos de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

gusanos actuales nos muestran cómo continuaron evolucio-


nando los protóstomos, cómo aparecieron por un lado los cuer-
pos de los moluscos cada vez más diferenciados y de mayor
capacidad funcional, y por otro lado, mediante segmentación
del cuerpo y formación de innumerables secciones acorazadas,
se desarrollaron entonces los crustáceos y, en el mundo aéreo,
los arácnidos y los insectos, el camino de la serie de nuestros
antepasados dejó tras de sí huellas difusas hasta llegar a los pe-
ces. No aparecen en restos fósiles ni en los descendientes ac-
tuales de esta parentela tan antigua. Del intervalo temporal de
nuestro camino común con los equinodermos han sobrevivido,
como descendientes todavía vivos, sólo el pequeño grupo de
los enteropneustas, que se adaptó en exceso a una forma de
vida excavadora, por lo que la estructura de su cuerpo apenas
nos brinda indicios. Algo similar sucede con otros grupos de
animales más alejados, en cuyo desarrollo embrionario y es-
tructura corporal algunos especialistas, aunque no todos, creen
encontrar indicios de las primeras fases de la evolución de los
deuteróstomos. Su evolución se ha producido seguramente en
entornos en los que se formaron pocos fósiles y aunque logra-
ron seguir evolucionando en ellos, carecían de la capacidad de
hacerlo en otros medios, siendo eliminados en la lucha por la
vida.
Incluso después de que los antepasados de los equinoder-
mos se hubiesen escindido definitivamente de los de nuestros
antecesores, la cadena evolutiva hacia los peces sigue siendo
oscura. El único indicio claro que arroja luz sobre la organiza-
ción interna que surgió en aquella época es el ya mencionado
anfioxo, que se encuentra en todos los mares cálidos, represen-
tado por varias especies. Lo mismo que las anémonas de mar,
vive anclado en fondos arenosos alimentándose del plancton
que pasa por delante suyo, aunque en caso de peligro es capaz
de alejarse y cambiar de emplazamiento. De este modo se con-
virtió en una especie perfectamente adaptada a este medio, con-
servándose así hasta la actualidad con pocas modificaciones.
En la historia de nuestro orificio bucal el anfioxo no nos sirve
de mucha ayuda. Su boca, dotada de apófisis móviles, está en

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

posición asimétrica, habiéndose formado por dilatación de la


primera hendidura branquial izquierda. A través de esta aber-
tura captura el alimento que pasa por delante suyo. Que la aber-
tura se encuentre en el centro o a un lado, entre los arcos bran-
quiales, es de importancia relativa para esta forma de vida. El
ano tampoco desemboca en el centro, sino más bien hacia la
izquierda. En el extremo anterior, sobre el dorso, este curioso
animal tiene una fosa en el lado izquierdo que se considera un
órgano olfativo primitivo. Algunas especies tienen también
glándulas sexuales en un lado. Cuando se lleva la misma vida
que un palillo enterrado oblicuamente en la arena, no se precisa
una estructura corporal simétrica y bajo ciertas circunstancias
ésta puede ser incluso una desventaja. El anfioxo no puede, por
lo tanto, informarnos acerca de nuestra abertura bucal. En el
caso de los antecesores de los que provenimos, primos también
lejanos del anfioxo primitivo, la boca debía estar situada en el
centro y su cuerpo era asimétrico. Nadaban merodeando en
busca de presas, para lo que se precisa una estructura corporal
simétrica. Además, hace falta que la abertura bucal se endu-
rezca, con el fin de poder agarrar mejor. Con ello llegamos al
segundo momento estelar de la evolución de nuestra boca.
O, dicho con mayor exactitud, llegamos a un doble mo-
mento estelar, de forma semejante a como existen estrellas do-
bles. Tanto la mandíbula como su articulación han tenido un
desarrollo doble. El primero hace 450-420 millones de años y
el segundo hace aproximadamente 235 millones de años. El
Diarthrognathus, un fósil conservado en petrificaciones de un
animal desaparecido hace mucho tiempo, nos muestra incluso
ambas articulaciones mandibulares juntas. El principio de esta
evolución fue relativamente sencillo. Los peces más antiguos,
los ostracodermos desaparecidos hace mucho tiempo, que vi-
vieron hace 450-300 millones de años, no estaban dotados en
principio de una auténtica mandíbula y aparecieron entonces
estructuras cartilaginosas que soportaban la boca por sus bor-
des superior e inferior. A ambos lados se formó una articula-
ción, llamada mandibular primaria. Los peces cartilaginosos,
emparentados con los ostracodermos, nos muestran hoy este

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

estadio inicial, en especial los tiburones y las rayas. No hicie-


ron nunca una incursión a tierra firme y por consiguiente no
desarrollaron una vejiga natatoria. Tanto los tiburones como
las rayas tienen que nadar para no hundirse. Sus mandíbulas
formadas de sustancia cartilaginosa nos muestran el aspecto
que tenían las de nuestros antepasados hace 430 millones de
años. Su articulación mandibular era una estructura sólida y
eficaz, y si hubiesen existido por aquella época profetas a nin-
guno de ellos se le habría ocurrido la estrambótica idea de que
esta articulación daría lugar a los huesecillos de nuestro oído,
es decir, al martillo y el yunque. Si fue un poder director cons-
ciente el que impulsó esta evolución, entonces debemos reco-
nocer que estaba dotado de fantasía y de un caprichoso sentido
artístico. Al igual que algunos pintores modernos, que no saben
qué efectos desencadenan en última instancia sus obras, este
creador debería haber jugado también con los resultados de su
fuerza creadora.
Todo el mundo conoce la eficacia de la dentadura de los
tiburones, si bien existen muchas ideas exageradas a este res-
pecto. No obstante, nadie la pone en duda. Está formada por
cartílago, no por hueso, y es eficaz para el uso al que se la des-
tina. Si exceptuamos las ballenas y los delfines, que regresaron
al agua desde el medio terrestre, hay que considerar los tiburo-
nes como los reyes del mar abierto, y también de las costas. En
el caso de los teleósteos que adquirieron la vejiga natatoria en
su paso por la tierra firme, se produjo una osificación, como en
el caso de los anfibios. Fue suficiente que a las mandíbulas car-
tilaginosas se fueran superponiendo, pieza por pieza, huesos
que poco a poco la sustituyeron y reemplazaron. Esta evolución
fue lenta, independientemente de que se produjera en el medio
acuático o en el aéreo. En el caso de los vertebrados terrestres
culminó con el paso de los reptiles a los mamíferos. Entretanto,
no sólo se habían formado una mandíbula superior y otra infe-
rior nuevas sino que, además, a partir de la articulación origi-
naria, apareció otra nueva, con lo que la primera quedó sin nin-
guna función, involucionando de manera progresiva, aunque al
final desempeñó un papel decisivo en la formación de nuestro

— 61 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

oído. Si podemos percibir y gozar los sutiles juegos tonales de


una sinfonía bethoveniana, se lo debemos precisamente a la cir-
cunstancia de que las mandíbulas cartilaginosas de los antepa-
sados parecidos a tiburones diesen lugar a la mandíbula ósea
de los anfibios y los reptiles, y que en el caso de los mamíferos
se formase una segunda articulación mandibular. Precisamente
a partir de los productos de desecho de una sección superflua
de la mandíbula y de una sujeción al cráneo igualmente super-
flua, emergieron las unidades a las que el amante de la música
debe hoy sus exquisitos placeres. Cuando hablemos más tarde
del oído y de su aparición, en la que desempeñaron un papel
importante también otras curiosas transformaciones, volvere-
mos con más detalle sobre este punto (pág. 210).
El segundo momento estelar, cuyos dos hitos están separa-
dos casi por 200 millones de años, condujo, en última instancia,
a la aparición de los huesos de la mandíbula que podemos per-
cibir a través de la piel y a la articulación mandibular secunda-
ria, envuelta por músculos, que nos ayuda a morder como un
cascanueces. Sin embargo, el acto de morder requiere algo más
y esto nos lleva de nuevo al oscuro pasado. El tercer momento
estelar en la evolución de nuestra boca, la aparición de los dien-
tes, se produjo inmediatamente después de la consolidación del
segundo, la constitución de la mandíbula, por lo que se sitúa en
el tiempo entre los dos hitos de este último. Tampoco nuestros
dientes aparecieron, como los huesecillos del oído, con su sen-
tido y destino originales. Surgieron a partir de escamas, las es-
camas redondas de los antepasados de los tiburones, a partir de
las cuales se desarrollaron las escamas en forma de placas de
los tiburones actuales. En el caso de los antepasados de los ti-
burones crecieron, hace 430-400 millones de años, en el borde
superior e inferior de la boca hacia su interior, se desarrollaron
allí y se transformaron en dientes. Si observamos la boca de
uno de los tiburones actuales, podemos reconocer lo que suce-
dió en aquel entonces, ya que en ellos los tan temidos dientes
no son más que escamas orgánicas que crecen con mayor lon-
gitud en el borde de la boca. Por este motivo están dispuestos
en varias hileras sucesivas y pueden regenerarse de manera

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

continua. Ningún tiburón muere de inanición por caída de los


dientes con la edad. Si estudiamos el desarrollo de los dientes
en los embriones de los teleósteos, las salamandras, los lagar-
tos, los mamíferos y los seres humanos, podremos reconocer
su parentesco con estas escamas.
Algunos dientes tienen formas poco usuales. En el caso del
colmillo del elefante o de la lanza del narval, que presenta un
incisivo izquierdo no transformado, parece muy poco probable
que se trate de escamas orgánicas transformadas. Y sin em-
bargo lo son. Por muy diversa que haya podido ser la evolución
de los distintos dientes en los vertebrados, por efecto de la
adaptación a las respectivas presas y formas de vida, el desa-
rrollo embrionario muestra claramente en todos los grupos su
procedencia. Están dispuestos idénticamente a como aparecen
hoy en los tiburones (tabla 3). Están formados por dentina atra-
vesada de canalículos y recubiertos por una capa de esmalte, y
tienen en su interior una cavidad recorrida por vasos sanguí-
neos, la pulpa. En las aves, en su lugar aparece el pico, formado
por queratina, y en este caso ni siquiera el desarrollo embrio-
nario muestra indicios de dientes. Esto ejemplifica muy bien
que el desarrollo embrionario no siempre recapitula el desarro-
llo filogenético y de que algunas fases intermedias pueden ha-
ber desaparecido. De todos modos, los hallazgos de fósiles de
aves primitivas demuestran que también sus antepasados po-
seían dientes, escamas de los tiburones primitivos transforma-
das (tabla 1).
En el caso de los teleósteos y de todos los anfibios, en di-
versas partes del interior de su boca aparecen dientes que, ade-
más, son sustituidos varias veces. Algunos peces pueden cam-
biar la dentadura hasta 100 veces y el cocodrilo hasta 20. En
los mamíferos, que adquirieron dentaduras más perfecciona-
das, esto se redujo a un único cambio de dentición y fue tam-
bién la causa de que todos ellos se dispusieran en una única
hilera. Incisivos, caninos y molares tienen una constitución di-
ferente, dependiendo del tipo de alimentos a masticar. En el
caso de los odontocetos queda claro que el desarrollo evolutivo
es reversible y que la formación de órganos puede conducir de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

nuevo a estadios evolutivos anteriores. Hace 60 millones de


años sus antecesores, los ceuglodontes, que vivían en el mar,
tenían todavía una dentadura compuesta por diversos tipos de
dientes, los molares de varias cúspides y con doble raíz. Los
actuales odontocetos han vuelto al tipo de dientes uniforme de
los anfibios y reptiles. Mientras que para los restantes mamífe-
ros el número de dientes está estrictamente limitado a un nú-
mero máximo de piezas, 52 en el caso de los marsupiales, los
delfines tienen hasta 250.
Acerca de la aparición de los dientes de la masticación, tan
importantes para nosotros, existen varias teorías. Algunos in-
vestigadores defienden la hipótesis de que aparecieron a partir
de la fusión de varios dientes reptilianos de una sola cúspide,
mientras que otros los hacen derivar de los dientes reptilianos
tricúspides, a los cuales se añadieron nuevas cúspides. Otros
creen más bien en la fusión de generaciones consecutivas de
dientes. Tiene un especial interés la involución de nuestros ca-
ninos inferiores que hace 30 millones de años, cuando nuestros
antepasados comenzaron a escindirse de los póndigos actuales,
tenían la forma de terribles colmillos. Por aquel entonces, si no
antes, se recurrió al gesto de amenaza consistente en mostrar
estas peligrosas armas bajando el labio inferior. Lo mismo su-
cede con los perros cuando están furiosos. El colmillo descu-
bierto es una señal clara que significa: no te acerques dema-
siado. En el desarrollo evolutivo subsiguiente, estas armas in-
volucionaron en nuestros antecesores y hoy quedan alineados
estéticamente con los restantes dientes. A pesar de ello, el ser
humano sigue bajando el labio inferior cuando está muy fu-
rioso. La orden localizada en el cerebro original todavía existe
y sigue funcionando mientras que el órgano al que iba dirigida,
el canino inferior, hace mucho tiempo que ha involucionado.
Esto muestra hasta qué punto las órdenes innatas son parte de
las unidades estructurales que componen nuestro cuerpo. Un
código de instrucciones es asimismo una estructura material, si
bien muy pequeña. Se heredan y se construyen igual que los
órganos en el sistema del organismo pluricelular. Dentro del
marco de la gran comunidad de nuestro cuerpo, son también

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

estructuras que cumplen una determinada función, son «órga-


nos». Estudiaremos más adelante estructuras todavía más pe-
queñas. Hay que recordar aquí que las órdenes innecesarias in-
volucionan lo mismo que los órganos innecesarios. De todos
modos, bajo ciertas circunstancias siguen funcionando, mien-
tras que los órganos que dependen de ellas hace mucho tiempo
que han involucionado.
Antes de adentrarnos en el cuarto momento estelar de la
aparición de la boca humana, la aparición de la lengua, no que-
remos dejar a un lado toda esa serie de antecesores que no per-
tenecen a nuestra parentela y que dieron lugar a estructuras cor-
porales completamente distintas. ¿Aparecieron dientes en los
erizos de mar? ¿Qué les sucedió a este respecto a nuestros pa-
rientes próximos, los moluscos y los artrópodos?
A pesar de la simplicidad del aspecto de un erizo de mar,
tan poco animal por no poseer ojos, y a pesar de lo molesto y
superfluo que nos resulta cuando lo pisamos en el mar, en lo
que respecta a sus dientes sí que tiene importancia. No existe
seguramente ninguna otra herramienta para comer que pueda
compararse, en cuanto a la perfección técnica de sus compo-
nentes y su coordinación, a la suya, a la que se ha dado el nom-
bre de «linterna de Aristóteles». Cinco fuertes dientes con otras
15 piezas esqueléticas móviles se transformaron en una maqui-
naria con la que el animal roe la superficie de las rocas, recu-
biertas de algas hasta una profundidad de varios milímetros.
Cuando vemos erizos de mar en la zona litoral dentro de hon-
donadas en forma de cuencos, sabemos que ellos mismos las
han horadado con su eficaz «linterna».
En el caso de los crustáceos y de los insectos, el cuerpo ar-
ticulado está recubierto de un caparazón y dotado de varios pa-
res de apéndices, los anteriores de los cuales se han transfor-
mado en pinzas y otras piezas bucales. Algunas partes del ca-
parazón externo se han convertido en herramientas prensiles y
trituradoras muy complejas y eficaces.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

TABLA 3. El curioso origen de nuestros dientes


Figuras: 1 y 2 desarrollo de las escamas placoides en los tiburones, 3 y 4
desarrollo de un incisivo en el hombre, a = pulpa, b = dentina, c = capa de
esmalte, d = hueso maxilar.
Dentro de nuestra línea de antecesores, los primeros dientes aparecieron
hace 430-400 millones de años. La totalidad de los vertebrados terrestres
y casi todos los peces actuales proceden de tiburones primitivos, cuyo
cuerpo estaba cubierto de numerosas escamas óseas (escamas redondas).
En el borde de la boca alcanzaban mayor longitud y, en el curso de un
cambio de función, se convirtieron en dientes. Las especies actuales de
tiburones, cuyas escamas poco desarrolladas se llaman placoides, nos
muestran con toda claridad este proceso. En sus embriones, las escamas
de la boca son más largas que en el resto del cuerpo y se convierten en
dientes. Igual que sucede con las escamas, los dientes crecen en hileras
sucesivas y así, cuando se desgastan son sustituidos de manera continua
por otros nuevos. La figura 1 muestra un corte de cómo se dispone la es-
cama placoide. Los tejidos de la hipodermis se arquean y forman la pulpa
(a), cuyo estrato celular externo secreta la dentina ósea (b). Las células
próximas de la epidermis recubren la escama en formación con una sus-
tancia cristalina aunque dura llamada esmalte (c). La figura 2 muestra la
escama placoide completa que sobresale de la piel. Si se transforma en un
diente, su tamaño aumenta de 10 a 20 veces.
Una de las numerosas pruebas a favor de que el hombre y la cadena de sus
antecesores (mamíferos, reptiles y anfibios) proceden de tiburones primi-
tivos, es el hecho de que en todos ellos los dientes se forman de igual
manera. En la adaptación a la vida sobre tierra firme las escamas corpora-
les experimentaron una regresión mientras que, por el contrario, los dien-
tes surgidos de escamas de mayor tamaño continuaron formándose del
modo original. La figura 3 muestra el esbozo y la disposición de un inci-
sivo en el embrión humano. También aquí es la hipodermis la que forma
la pulpa (a) y el estrato celular exterior el que secreta la sustancia ósea
dentina (b). Y también aquí son los estratos inferiores de los tejidos pro-
cedentes de la epidermis los que recubren el diente con el esmalte crista-
lino (c). La inclusión en el maxilar (d), que sirve de apoyo a los dientes,
es una adquisición posterior en la serie de los mamíferos que no se pre-
senta en los tiburones. La figura 4 muestra un incisivo humano desarro-
llado cuya capa de dentina, lo mismo que en el caso de la escama de los
tiburones, está recorrida por pequeños canales con vasos sanguíneos y ner-
vios. Apunta en un sentido contrario al de las escamas, pero también esto
coincide con la formación de los dientes de los tiburones actuales. En ellos
las escamas corporales se dirigen hacia atrás, mientras que en el borde de
la boca se produce un cambio de orientación, de modo que se dirigen en
sentido contrario, o sea, hacia el exterior de la boca. La capacidad de la

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

renovación constante de los dientes por crecimiento de nuevos esbozos de


escamas, experimentó una gradual reducción en los vertebrados terrestres.
Los cocodrilos pueden cambiar su dentadura hasta 20 veces, el ser humano
solamente una.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Cuando observamos en una película un primer plano de una


avispa comiendo, creemos encontrarnos ante un robot extrate-
rrestre que despedaza a su víctima con ayuda de piezas metáli-
cas muy afiladas, introduciéndola en su voraz abertura bucal.
La boca blanda y desprovista de coraza de los gasterópodos
tiene un aspecto mucho más inofensivo, aunque también estos
animales han desarrollado un instrumento muy eficaz para des-
menuzar e ingerir el alimento: el rallador de su lengua llamado
rádula. Está dotada de dientecillos afilados y se mueve hacia
delante y hacia atrás como una lima, y no sólo puede arrancar
y desmenuzar las plantas sino también perforar las conchas de
caracoles y moluscos. Cuando encontramos, en la orilla del
mar, conchas de moluscos con un orificio redondo limpio y lo
observamos con detalle, nos damos cuenta de que ha sido rea-
lizado con un instrumento parecido a una lima. En el caso de
los evolucionados cefalópodos, la boca está dotada de un pico
córneo, aunque sus herramientas bucales características son los
tentáculos. De este modo, la evolución vuelve a menudo, en
niveles evolutivos superiores, a principios técnicos idénticos.
Muy alejados en la línea filogenética de los moluscos y en la
nuestra, encontramos los pólipos constituidos por unos pocos
tipos de células. Sus herramientas bucales son también tentácu-
los. En el caso de los cefalópodos, éstos alcanzan longitudes de
hasta 20 metros y están dotados de ventosas, a cuyo lado las
mandíbulas y dientes mejor formados parecen pequeños.
Sin embargo, volvamos a nuestra boca. El cuarto momento
estelar de su evolución se produjo hace 400-370 millones de
años, cuando en nuestros antepasados peces se formó un cojín
más o menos prominente en la base de la boca. Su función era
exclusivamente, como nos lo muestran hoy los peces vivientes,
la de desplazar el alimento ingerido y empujarlo hacia atrás. La
lengua se fue independizando poco a poco en el curso de la
conquista de la tierra firme. Creció, la musculatura y los tejidos
conjuntivos formaron una protuberancia móvil y se transformó
en un órgano auxiliar que podía emplearse para muchas cosas.
En el caso de la rana se encuentra plegada hacia atrás en la ca-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

vidad bucal. Cuando pasa un insecto por sus cercanías, la des-


pliega. En el curso de esta operación roza una glándula palatina
que segrega sobre ella una sustancia pegajosa, la proyecta hacia
delante y después la introduce de nuevo en la boca, con la presa
fija en ella. En el caso del pájaro carpintero alcanza una longi-
tud cinco veces superior a la del pico y en su parte anterior es
afilada, a modo de estilete: con ella el ave ensarta larvas de
insectos que hay escondidas en la madera. En la larga serie de
nuestros antepasados, la lengua se utilizó desde épocas muy
tempranas para recoger agua, lamer jugos y más tarde para el
aseo personal. En el caso de los ofidios se transformó en órgano
auxiliar para la percepción de los olores: mediante los movi-
mientos de la lengua se llevan los estímulos olfativos hasta las
sensibles fosas sensoriales situadas en el techo del paladar. En
los rumiantes se transformó en un órgano prensil. Los bóvidos
rodean con ella las matas de hierba arrancándolas. En los car-
nívoros felinos se convirtió en una herramienta que permite
arrancar limpiamente los trozos de carne de los huesos.
Los reptiles tragan enteros los bocados. Hasta que no apa-
recieron los mamíferos, dotados de dientes especializados, el
alimento no fue desmenuzado en la boca. Lo importante en este
caso es el paladar duro, contra el que la lengua pueda presionar,
posibilitando con ello una mejor elaboración de los alimentos.
La lengua muy móvil de los mamíferos, carnosa y musculosa,
es una estructura nueva que superó a la heredada de los reptiles.
Está provista de abundantes glándulas mucosas y papilas gus-
tativas (tabla 13). La distinción que hacemos entre dulce, sa-
lado, agrio y amargo la compartimos en buena medida con los
antecesores que nos precedieron. El sabor dulce nos indica la
presencia de azúcar, llena de energía. La sal es necesaria para
todos los seres vivos, incluso las plantas. Muchos venenos son
amargos, con lo cual la percepción de los sabores se convierte
así en una señal de aviso. En el ser humano, que mediante una
preparación especial y el aditamento de especias a los alimen-
tos logró una cultura gastronómica, es importante que, a pesar
de la prolongación del paladar hacia atrás, gracias a lo cual las

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

vías respiratoria y de ingestión de los alimentos quedan sepa-


radas, exista todavía una conexión entre ellas. Una gran parte
de nuestra percepción de los sabores descansa en su percepción
olfativa. Por esta razón, cuando estamos resfriados las cosas no
nos saben tan bien como de costumbre, y cuando un ser hu-
mano pierde el sentido del olfato por alguna lesión cerebral, es
incapaz de distinguir una cebolla cocida de una manzana sa-
lada. La punta de la lengua se convirtió en nuestro caso en el
órgano táctil más sensible. Mientras que los puntos de la piel
sensibles a la presión están alejados entre sí 4 mm en los labios
y 2 mm en la punta de los dedos, en el ápice de la lengua están
separados entre sí 1 mm.
Los labios tienen una historia distinta. Nuestros antepasa-
dos reptiles disponían ya de estructuras en forma de labio, aun-
que sin función táctil, musculatura especial o color llamativo.
El cambio se inició cuando, hace 230-200 millones de años,
nuestros antepasados dejaron de poner huevos y llevaban en el
interior de su cuerpo las crías, que tras el nacimiento mamaban.
Este fue el importante paso en la evolución de los reptiles a los
mamíferos y, en consecuencia, también a los animales de san-
gre caliente. La función de la lactancia exigía una transforma-
ción análoga de la abertura bucal. En los reptiles se extendía de
una oreja a otra, y ahora se reducía, convirtiéndose los labios
en músculos redondos y las mejillas en órganos que reforzaban
la succión. El color rojo de la piel fina y adaptable lo atribuyó
el investigador Desmond Morris a una hipótesis más bien gro-
tesca que vamos a mencionar brevemente. Partía del hecho de
que muchas hembras de primates tranquilizaban a los machos
malhumorados ofreciéndoles la parte posterior de su cuerpo,
con la abertura genital femenina. Los labios vulvares asumían
así su carácter simbólico, por lo que adquirieron una coloración
llamativa. En el caso de algunos de los primates que pasan mu-
cho tiempo sentados, como sucede con los geladas, se ha for-
mado sobre el pecho una zona desnuda que muestra una repro-
ducción bastante fiel de los labios vulvares. Se supuso entonces
que la señal tranquilizadora se había desplazado en este caso

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

hacia la parte anterior. Debido a que nuestras relaciones sexua-


les se realizan básicamente por delante, Morris concibió la idea
de que en los seres humanos las señales de los desencadenantes
sexuales se habrían trasladado desde atrás hacia delante. El pe-
cho femenino prominente sería una reproducción, desplazada,
de las almohadillas genitales y los labios rojos no serían otra
cosa que una copia, desplazada hacia delante y girada 90 gra-
dos, de los labios vulvares. Si bien la evolución ha recorrido a
menudo caminos curiosos, en este caso se ha dejado volar la
fantasía en exceso.
El etnólogo Eibl-Eibesfeldt atribuye la aparición del beso
humano a la alimentación boca a boca entre la madre y el hijo.
De hecho, pudo filmar procesos de este tipo entre pueblos pri-
mitivos: la madre mastica el alimento y lo introduce con sus
labios en la boca del bebé. Por otro lado, cuando besamos no
expulsamos aire sino que hacemos un movimiento de succión.
La lactancia en el pecho materno es el primer contacto íntimo
con otro ser humano, un comportamiento innato. Otra explica-
ción plausible sería que esto se convirtiese en una señal de
afecto: lo que amamos lo besamos como hacíamos de niños con
el pecho materno. A esto hay que añadir que los labios posibi-
litan contactos muy íntimos, igual que los dedos y la lengua,
que se emplean de modo adicional durante las demostraciones
amorosas y el contacto sexual.
Ésta es la evolución posterior de un orificio que, al princi-
pio, en nada indicaba que se transformaría en este órgano tan
versátil y característico del ser humano. Debemos señalar, ade-
más, que la boca, tan pronto como estuvo armada, se pudo em-
plear como medio defensivo. Para ello sólo tuvieron que for-
marse en el centro de control del sistema nervioso otras órde-
nes, algo que se produjo en diversos grupos animales. Entre los
mamíferos se desarrolló también un código de instrucciones
que permitió a la madre romper durante el nacimiento el cordón
umbilical que la une a su hijo. Este proceso es completamente
distinto al de la ingestión de los alimentos o defensa, y requiere
por consiguiente una valoración del entorno distinta y una di-
ferente coordinación de los músculos. Al igual que en el caso

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de la mano, la colaboración con el cerebro rector condujo a


otros resultados. La capacidad para el lenguaje, tan sumamente
importante para el proceso de nuestra conversión en seres hu-
manos, la trataremos en el marco del desarrollo del pulmón (ca-
pítulo 11). Este fuelle es en este caso decisivo; los labios, la
lengua y el paladar realizan tan sólo tareas auxiliares. La barba
que en el hombre circunda la boca se transformó en una carac-
terística sexual. En el resto del cuerpo, el pelo involucionó du-
rante el paso del primate depredador que cazaba en la estepa,
aunque no sucedió lo mismo en la cabeza, donde el pelo brinda
al sensible cerebro protección contra el calor y el frío, ni alre-
dedor de la boca, donde delata simbólicamente la presencia de
un hombre.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

IV. NUESTROS OJOS

Los tres primeros órganos cuyos momentos estelares hemos


buscado nos han conducido por un camino intrincado. El punto
de partida de nuestra mano fue un pliegue cutáneo de antepa-
sados que eran algo más que gusanos sin ser todavía peces. A
partir de una aleta aparecieron los dedos, a los que la vida ar-
borícola de los primates transformó en pinza. En el caso del
corazón hemos visto que se trata más bien de un simple servi-
dor de otro órgano, al que en el transcurso de su evolución se
le han encomendado cada vez más misiones. Al estudiar nues-
tra boca, vimos que cambió su ubicación por la del primitivo
ano, cuya función pasó a desempeñar la boca originaria. Al
igual que la circulación sanguínea y la mano en el último esta-
dio de su evolución, este orificio fue encargándose progresiva-
mente de un número mayor de funciones. La herramienta para
la toma del alimento se transformó también en instrumento de
defensa, del intercambio gaseoso, de la relación amorosa y de
la transmisión de información. Nos vamos a ocupar a continua-
ción de un órgano que se desarrolló linealmente hacia un obje-
tivo, como una flor de la que ya se sabe el aspecto que tendrá
al final o una catedral cuya última torrecilla esté planificada
mucho antes de iniciarse las obras. Por supuesto, nuestros ojos
también se encargaron finalmente de realizar otras tareas, si
bien sólo de modo secundario y sin darles importancia. El desa-
rrollo final fue una marcha segura, durante la cual no se miró a
izquierda ni a derecha sino que se escaló, a la perfección, una
cumbre.
¿Quién dio aquí la orden? ¿Quién estableció la dirección de
marcha? ¿Hemos topado por último con el arquitecto invisible
que hizo de los sinsentidos cosas con sentido, que le dio al
desarrollo de la vida su dirección, al que debemos estar agra-
decidos porque nos deseaba?

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

No, también aquí se produce un desengaño. También aquí


hubo diversas circunstancias fortuitas, sólo que con una dife-
rencia, que en el caso de la vista sólo dos caminos evolutivos
son posibles. La función es la que rige el proceso. Los animales
que se mueven en el espacio tienen que orientarse en él. Los
rayos de luz se ofrecen como ayuda para ello. Sin embargo,
para facilitarles dicha ayuda precisan determinados dispositi-
vos. Su estructura viene condicionada en cierto modo por las
propiedades de la luz, o mejor aún, eliminemos la expresión
«en cierto modo». De hecho es cierto que las propiedades de la
luz determinan unívocamente la estructura que deben tener los
ojos y cómo debe potenciarse su rendimiento.
¿Fue el primer momento estelar del desarrollo de nuestros
ojos aquel en el que algunos de nuestros antecesores desarro-
llaron la capacidad de percibir la luz? En modo alguno. La luz
es pura energía y tiene, por consiguiente, sus efectos. La capa-
cidad de reaccionar ante la luz no fue un requisito previo.
Desde la aparición de la vida, hace aproximadamente 4.000 mi-
llones de años, los grupos de moléculas que lograron aumentar
sus capacidades y reproducirse, reaccionaron ante la luz. Esta
capacidad resultó ser en unos casos perturbadora pero en otros,
como más tarde en las plantas, se convirtió en fuente de ener-
gía.
Para muchos organismos unicelulares marinos, la luz repre-
senta una amenaza seria. Si es excesivamente intensa, destruye
su estructura sensible y detiene las ruedecillas de su vida. Éste
es el motivo por el que gran parte de los pequeños organismos
llamados plancton se hunden durante el día a grandes profun-
didades y vuelven a la superficie cuando comienza a ponerse
el sol. Éste es también el motivo por el cual los pólipos corali-
nos, que se alimentan precisamente del plancton, esconden du-
rante el día sus tentáculos y cierran sus cálices. Viven a una
profundidad comprendida entre los 0 y los 40 metros y el planc-
ton se hunde hasta más allá de 100 metros de profundidad. Por
este motivo, les resulta más rentable extender sus tentáculos en
el agua sólo durante la noche, cuando este ejército fotófobo

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

vuelve a ascender, y atrapar aquello que pasa por delante de


ellos.
Lo bueno si breve dos veces bueno: el arte de percibir la luz
no tuvo que ser aprendido. Lo quiera o no, el protoplasma de
la célula, el complicado sistema de ruedecillas que hay dentro
de estos pequeños organismos vivos reacciona ante la irradia-
ción de la luz. Por consiguiente, el primer paso es protegerse
de ella. Lo segundo es aprovechar la energía contenida en los
rayos de luz, proceso en el que se especializaron hace 3.000-
2.500 millones de años las plantas, alejadas ya de nosotros en
el árbol filogenético de la vida. El tercer problema, del que tra-
taremos, es el de lograr que la luz sea útil para la orientación.
A este respecto, como ya se ha mencionado, existen práctica-
mente sólo dos caminos, cada uno determinado en su dirección.
Para que la luz sirva en la propia orientación, es necesario
en primer término reflejar los rayos que inciden en una sola
dirección. Si una célula resulta excitada por la luz, no sabe por
naturaleza de qué dirección proviene. Lo único que percibe es
la luz que la excita. Solución estructural: la formación de cuer-
pos opacos que pueden situarse, a modo de cálices o cúpulas,
alrededor de los segmentos fotosensibles. Dichos cuerpos están
formados por pigmentos y por lo general son rojos u oscuros.
Sólo cuando los rayos de luz, que se desplazan exactamente en
línea recta, penetran en el interior del cáliz a través de su aber-
tura, se percibe la luz. Si proceden de otra dirección, el pig-
mento los rechaza. Todos los organismos unicelulares móviles,
pero también otros como las medusas, no deben hundirse en las
profundidades abisales ya que muchos de ellos emplean la luz
como ayuda para la orientación. Forman órganos fotosensibles
en forma de cúpula que encontramos también en otros animales
de organización superior.
¿Cómo puede mejorarse la orientación mediante rayos lu-
minosos? El cáliz permite una visión direccional, pero ¿qué
más? En el caso de los organismos pluricelulares simples ob-
servamos cómo esos cálices aumentan su eficacia, especiali-
zándose una célula en la percepción de la luz y otra en la for-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

mación de la cúpula pigmentada. Aparecen así cálices mayo-


res: en su interior las células sensoriales, y rodeándolas las que
las protegen de la luz. Dado que en ellos no penetra demasiada
luz, sobre el orificio de entrada se forma un cuerpo lenticular
que concentra los rayos y los canaliza. O bien, y con ello al-
canzamos el punto decisivo en el que ambos caminos se sepa-
ran, aparecen innumerables cálices pequeños unidos, formando
una protuberancia en forma de semiesfera. Según de dónde
provenga la luz, excita a uno o a otro. De este modo, el animal
obtiene una imagen primitiva de su entorno. En el centro es
clara, hacia la derecha algo menos luminosa y hacia la iz-
quierda completamente oscura. Cuanto mayor sea el número
de cálices que se unan para constituir la semiesfera, tantos más
mensajes independientes se obtienen. De este sencillo modo
aparecieron los ojos compuestos de los crustáceos y de los in-
sectos. Los cálices se transformaron en largas cuñas que reci-
ben la luz en su extremo exterior, generalmente reforzado me-
diante pequeñas lentes, y están dotadas en su extremo inferior
de células fotosensibles. Entre las diversas cuñas se extiende
una capa de pigmento que aísla unas de otras. Por regla general,
en una cuña como ésta, denominada omatidio, 14 células se
reparten el trabajo. Dos constituyen el cristalino, cuatro el cono
cristalino que es transparente y las ocho restantes se encuentran
en el extremo inferior y perciben los rayos luminosos descen-
dentes. Por naturaleza, cada uno de estos conos transmite tan
sólo un mensaje. De todos modos, el ojo de una hormiga tiene
entre 200 y 1.200 conos de este tipo, el del abejorro 4.000, el
de las grandes libélulas 10.000 y el de la mariposa de la muerte
incluso hasta 12.400. Se forman asimismo pequeños ojos sim-
ples, en el caso de la abeja tres situados en el centro de la ca-
beza y en el de algunos ciempiés hasta 40 a ambos lados. Es
evidente que la información proporcionada por este gran nú-
mero de ojos y elaborada por el sistema nervioso, ofrece al ani-
mal una representación espacial bastante precisa del entorno.
Si se aproxima un cuerpo a estos ojos compuestos, penetra en
el área de percepción compuesta de un número creciente de co-
nos que perciben su aproximación.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

TABLA 4. Del taller del «constructor de la vida»


Figuras: 1 corte a través del ojo humano, 2 corte a través del ojo de un
calamar, a = cuerpo vítreo, b = cristalino, c = retina, d = capa pigmentaria,
e = salida del nervio óptico y de los vasos sanguíneos (punto ciego), f =
nervios ópticos y vasos sanguíneos, g = zona de mayor agudeza visual, j
= ligamentos suspensores, k = iris, l = córnea, m = párpado.
Los órganos con una estructura análoga indican, por lo general, un paren-
tesco filogenético (tablas 1, 2, 3). Sin embargo, hay excepciones (conver-
gencias) que informan acerca del auténtico «constructor» de los seres vi-
vientes y de sus órganos. Su nombre es la necesidad. La función necesaria
dicta el modo como deben crearse las estructuras con el fin de poder lle-
varlas a cabo. Un pulmón, un riñón, unas tijeras o un automóvil t ienen
fijada su estructura por la tarea que han de realizar. Cualquiera que sea el
modo de aparición (por azar, inteligencia o acción divina), deben ser crea-
dos de tal manera que satisfagan la función requerida.
El ser humano y el calamar (un cefalópodo) proceden de dos líneas filo-
genéticas que se separaron hace 1.000 millones de años (tabla 5): los pro-
tóstomos y los deuteróstomos. La evolución de sus órganos continuó de
modo totalmente independiente pero desembocó en una estructura casi
idéntica: por necesidad. La tarea de reconocer los detalles del entorno me-
diante los rayos de luz establece cómo debe configurarse una combinación
celular adecuada para ello. Si en este sentido predeterminado se producen
mejoras a través de modificaciones hereditarias (pág. 50), los animales
que mejor ven se imponen a los otros. Así, por necesidad, se produce al
azar un perfeccionamiento de la función dando lugar a estructuras más
diferenciadas, a un orden superior y una mayor idoneidad. Con el fin de
obtener una imagen a través de rayos luminosos, una «cámara» necesita
tener una abertura en un lado y una capa fotosensible en el interior de la
pared contraria. Sobre ésta aparece entonces una imagen invertida del en-
torno, que puede ser percibida por células sensoriales. Una diferencia
esencial es que en el ojo del calamar la capa fotosensible surgió a partir de
células del ectodermo, que envían sus mensajes al cuerpo y son alimenta-
das mediante vasos sanguíneos. En el caso del ser humano la capa foto-
sensible procede de una evaginación de las células cerebrales más inter-
nas, lo cual tiene como consecuencia que los nervios y los vasos sanguí-
neos llegan hasta ella en sentido inverso. Por consiguiente, deben penetrar
en la cámara (e, f) y distribuirse por toda la capa, lo cual tiene varias des-
ventajas (pág. 52). Si el constructor no fueran alteraciones hereditarias
aleatorias sino una voluntad consciente, habría que llegar a la conclusión
que ésta prefirió al calamar. Sin embargo, en lo que respecta al cristalino
sucede lo contrario. En los calamares se origina a partir de dos formacio-
nes celulares separadas, mientras que en el hombre, de manera mucho más
elegante, de una sola. Por lo demás, ambos órganos de la visión llegaron

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a una zona de mayor capacidad de resolución (g), a la capacidad de enfo-


que sobre objetos próximos o lejanos y a muchas otras cosas. Por necesi-
dad (págs. 53, 56-59).

1. Ser humano

2. Calamar
Este es, pues, uno de los caminos que conducen al ojo com-
puesto. Sin embargo, existe otro, el que recorrieron los antepa-
sados de los moluscos, e independientemente de ellos, nuestros

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propios antecesores. Para ello hay que tener en cuenta que estas
dos grandes ramas del árbol de la vida se separaron hace apro-
ximadamente 1.000 millones de años, mucho antes de la apari-
ción de los primeros ojos (tabla 5). De todas formas, la evolu-
ción del ojo de los moluscos siguió el mismo esquema que la
del ojo de los vertebrados. Sí, al final alcanzaron, por así de-
cirlo, la misma cumbre. Como veremos, el ojo muy evolucio-
nado de estos moluscos es idéntico al de los vertebrados en
cuanto a sus elementos estructurales esenciales (tabla 4).
Tanto en los moluscos primitivos como en nuestros antepa-
sados, se desarrolló un cáliz recubierto de innumerables células
sensoriales. Este fue el primer momento estelar en el desarrollo
del ojo humano y fue asimismo el primer momento estelar en
el desarrollo del ojo de los cefalópodos. Estas dos formaciones
se produjeron hace 800-700 millones de años. Un cáliz como
éste no sólo puede percibir la dirección de la luz sino también
los movimientos. Si pasa por delante suyo un cuerpo nadando
(ya que todavía nos encontramos en el agua), primero se oscu-
rece un lado de la fosa y después el otro. El siguiente paso evo-
lutivo es seguramente el más curioso e instructivo que encon-
tramos en toda la evolución de nuestros órganos. En ningún
otro lugar se nos aparece con tanta claridad cómo circunstan-
cias fortuitas pueden traer consigo resultados muy eficaces,
cómo mediante un cambio carente de objetivo puede aparecer
una nueva facultad.
Recuérdese que las variaciones en el camino evolutivo de
las plantas y los animales sólo son posibles mediante cambios
en el material genético. Sobre dicho material, llamado genoma,
hablaremos con mayor detalle más adelante. Posibilita durante
el proceso de la reproducción la aparición de nuevos indivi-
duos. Si cambia el material, entonces los individuos formados
a partir de él tienen un aspecto algo diferente. Dicha variación
puede resultar favorable en la lucha con el medio y con los di-
versos competidores y entonces el nuevo individuo progresa y
se reproduce, y con él el material genético alterado. Sin em-
bargo, con mayor frecuencia estos cambios del material gené-
tico conducen a descendientes menos capacitados y que, por lo

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taño, se quedan en el camino y no se reproducen. De este modo,


la selección de los mejor dotados se produce en cada caso de
manera automática. Los cambios favorables se conservan y se
transmiten, mientras que los desfavorables no lo hacen. El
modo en que se produce la variación tiene en este caso una im-
portancia secundaria. Si es favorable es provechosa. Si no lo
es, resulta inútil. Entonces esta ramita del árbol de la vida se
extingue donde comenzó.
Tanto en el caso de los antepasados de los actuales molus-
cos como en el de los nuestros, mediante cambios genéticos se
llegó a una estructura diferente en las diversas fosas orbitarias.
Algunas tienen aberturas grandes, otras estrechas. Y de pronto
el cáliz se transformó en un órgano que reproduce la imagen
del entorno. Es la misma sorpresa que experimentó el inventor
del primer ojo artificial, la cámara oscura, que no sabemos
quién fue. Este instrumento se conocía ya en la antigüedad. Si
a través de un pequeño agujero practicado en la pared de una
caja negra penetra luz, en su parte posterior aparece una ima-
gen invertida de la escena que hay delante suyo. Este fue el
punto de partida para el desarrollo de la cámara fotográfica que
los hermanos Niepce inventaron en 1793 y que, en 1840, ad-
quirió funcionalidad con el desarrollo de las copias en papel.
La desventaja de este sistema es que a través del estrecho ori-
ficio sólo pueden pasar unos pocos rayos de luz, motivo por el
cual la imagen del mundo exterior obtenida es muy débil. Si se
aumenta el tamaño del orificio, la imagen se vuelve más lumi-
nosa pero pierde en nitidez. Los inventores de la cámara foto-
gráfica también se enfrentaron a este problema, el mismo que
tuvo que solucionarse en el camino evolutivo hacia los ojos
provistos de una abertura. Dado que las células fotosensibles
son muy sensibles, el ojo con abertura más simple dio buenos
resultados. Así podemos observarlo hoy en los poliquetos vi-
vientes que adquirieron ojos de este tipo, independientemente
de los moluscos y los vertebrados. Esto nos lo muestra con es-
pecial claridad un fósil viviente perteneciente a la línea evolu-
tiva de los cefalópodos, el nautilo (Nautilus), que no ha variado
desde hace más de 200 millones de años.

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Es decir, sólo un orificio estrecho proporciona una imagen


nítida que, sin embargo, es débil. La solución es una lente con-
vergente dispuesta delante de este orificio. Esto no constituyó
un problema especial para el desarrollo de los cefalópodos y
vertebrados ni tampoco en el de la cámara fotográfica. En
cuanto a esta última, desde el siglo XIII existían ya lentes de
cristal para lupas y gafas. También para los cálices ópticos y
los ojos en forma de fosa de muchos animales habían aparecido
tempranamente estructuras lenticulares. Dichas lentes se for-
man ante la abertura visual, si bien de modos completamente
distintos en el caso de los cefalópodos y de la serie de los ver-
tebrados (tabla 4). En último término, surgió a partir de las cé-
lulas del ectodermo del embrión que forman una especie de ve-
sícula. En el caso de los cefalópodos se crea así sólo una tercera
parte de la lente, el resto lo hace a partir de la pared interna de
la vesícula óptica. En la práctica, esto viene a significar que en
el caso de los cefalópodos una doble membrana atraviesa el
cuerpo del cristalino, lo que estructuralmente es una solución
peor. Por el contrario, el fondo del ojo de los cefalópodos tiene
una estructura más perfecta. En él se encuentran las células fo-
tosensibles sin solución de continuidad unas junto a otras, con
la sección fotosensible orientada hacia fuera, mientras que en
el extremo inferior se encuentran los vasos sanguíneos que lo
alimentan y los nervios que salen de él. Por el contrario, en
nuestro ojo, y de igual modo en el resto de los vertebrados, ob-
servamos defectos de construcción. Las células fotosensibles
están aquí orientadas en una dirección errónea: la parte foto-
sensible está dirigida hacia atrás de tal modo que los rayos de
luz deben atravesar el cuerpo celular para alcanzarla. Y esto no
es todo. También la estructuración de los vasos sanguíneos y
los nervios es defectuosa. Atraviesan en un punto del fondo del
ojo las hileras de células visuales y allí se ramifican (tabla 4,
fig. 1, e, f). Primera desventaja: en este punto de paso no vemos
nada, es la llamada mancha ciega. Segundo: con ello los rayos
luminosos no sólo tienen que atravesar las células sino también
la red de nervios y de vasos sanguíneos que las recorren. Si una
voluntad consciente dirigió la evolución, con la idea de lograr

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en el ser humano la cumbre, debe de haberse mostrado indecisa


durante algún tiempo, ya que en este aspecto de la construcción
dio una clara ventaja a los cefalópodos. Insistamos: el fondo de
su ojo tiene una estructura correcta mientras que el nuestro está
lleno de fallos. ¿Por qué todo esto? El estudio del desarrollo
embrionario nos da la respuesta. En el caso de los cefalópodos,
el fondo del ojo surge a partir de células del ectodermo en eva-
ginación, que se especializan en la percepción de la luz, es de-
cir, están en posición normal. En el caso del ojo de los verte-
brados, su fondo, la retina, surge a partir de una evaginación en
forma de cúpula del diencéfalo, por lo que las células sensoria-
les están orientadas al revés y son alimentadas desde el lado
impropio. Hay que tener especialmente en cuenta que, tanto en
el caso del cristalino como en el de la retina fotosensible, se
produce la misma función por dos caminos distintos. En ambos
casos las soluciones que resultan mejores son también distin-
tas. Lo que importa en último término son los resultados y tanto
en un caso como en el otro, se obtiene el resultado deseado.
También en la cámara fotográfica se precisa una lente y un
fondo fotosensible, que adopta aquí la forma de una placa in-
tercambiable o una película. Con todo no es el proceso de ob-
tención el responsable último de la estructura aparecida sino la
función, ya que la tarea a cumplir determina cómo debe ser la
estructura. Por lo tanto, que esa estructura aparezca como con-
secuencia de alteraciones casuales o como resultado de una vo-
luntad planificadora, resulta indiferente. Éste es un punto muy
importante que permite comprender cómo las soluciones más
idóneas son fruto de casualidades. La función que debe cum-
plirse determina además la manera en que debe estar cons-
truido el órgano que debe desempeñarla. Si se trata de avanzar
en el agua, la aleta caudal debe formar una placa y el cuerpo ha
de ser lo más hidrodinámico posible. Si de lo que se trata es de
orientarse con ayuda de la luz, entonces la solución adecuada
es una cámara dotada de un orificio y una lente, cuya pared
posterior sea sensible a la luz. Toda cámara es al mismo tiempo
un ojo de reserva que fija la percepción sensorial, es decir, al-
macena mejor los recuerdos. Aparece de un modo distinto y

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está hecha de un material diferente, pero su estructura básica


debe ser la misma.
En efecto, la coincidencia va mucho más allá. El método de
obtención de una imagen del entorno mediante un ojo cameral
dotado de una lente origina varios problemas que condicionan,
por su parte, el posterior camino evolutivo.
El primero de ellos es el del enfoque. Toda lente concentra
la luz de manera muy determinada, por lo que sólo puede lo-
grarse una imagen nítida a una distancia concreta por detrás
suyo. Si se quiere reproducir con nitidez un objeto que se en-
cuentra más cerca, hay que alejar el cristalino del fondo del ojo,
y para la creación de la imagen de un objeto lejano debe acer-
carse a él. En el caso de la cámara fotográfica esto se consigue
mediante una rosca que desplaza la lente hacia delante o hacia
atrás, en el caso de los peces se logra el mismo efecto por me-
dio de la musculatura. En posición normal, el pez ve una ima-
gen nítida de su zona más próxima; si el agua es transparente y
si el pez necesita ver algo lejano, los músculos desplazan el
cristalino. Debido a que se trata de sólo un músculo, el pez des-
plaza el cristalino hacia fuera con respecto a la cabeza. En los
cefalópodos hay dos músculos opuestos, de modo que la téc-
nica resulta algo más perfecta.
Con el paso a la vida en tierra firme la situación cambió.
Mientras que en el agua la distancia de visión corta y con ello
el ajuste próximo son importantes, el ojo fuera de ella puede
ver a una distancia de varios cientos de metros e incluso de
varios kilómetros. Con ello se pueden localizar, a distancias
mucho mayores, los enemigos y las presas. Cuando nuestros
antepasados los peces conquistaron la tierra firme y se trans-
formaron en anfibios, se produjeron cambios en su estructura
que condujeron a nuevas adaptaciones. En todos los anfibios
actuales vemos que el ojo está adaptado a la visión lejana y que
cuando necesitan ver objetos próximos, es comprimido contra
el fondo por unos músculos. Se trata de esos dos músculos
opuestos ya mencionados, de tal modo que en este punto, hace
350-330 millones de años, se volvió a recuperar la estructura

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del ojo de los cefalópodos, que es algo más perfecta. No se de-


tuvieron aquí los hechos, ya que existe una solución más ele-
gante para regular el enfoque, la acomodación. Esta se consi-
gue modificando la curvatura del cristalino.
En el caso del ojo artificial construido por los seres huma-
nos esto no es posible. Una lente de cristal es rígida y su cur-
vatura no puede variarse. Sin embargo, el cristalino del ojo de
los vertebrados, formado por innumerables células, estaba pre-
parado para ello. Sólo faltaba una combinación distinta de
músculos, lo que se produjo hace unos 320 millones de años
cuando los antepasados de los actuales anfibios se independi-
zaron por completo del agua y se convirtieron en antecesores
de los reptiles actuales. Las lagartijas y las tortugas ofrecen hoy
esta solución. El cristalino es comprimido por un músculo anu-
lar, con lo que se curva más por su parte delantera y permite
así el enfoque cercano. La estructura que se presenta en los se-
res humanos es distinta, pues se produjo un nuevo cambio hace
240-210 millones de años, cuando de los reptiles surgieron los
primeros mamíferos. El cristalino no resulta ya comprimido
sino que en posición de reposo es estirado por su parte media,
con lo cual se aplana. El enfoque próximo se produce relajando
las bandas musculares, con lo que el cristalino recobra de
nuevo su posición normal algo más arqueada. Las aves no si-
guieron en este camino y a los seres humanos nos hubiera con-
venido más que nuestros antecesores hubieran continuado te-
niendo ojos reptilianos. No necesitaríamos entonces gafas,
pues con la edad disminuye la elasticidad del cristalino. Al ale-
jarse los músculos queda en posición normal, es decir, apla-
nado y ajustado a la visión lejana. En el ojo de los reptiles esto
se logra mediante un músculo anular que envejece con mucha
menor rapidez. En los mamíferos no es éste el elemento deci-
sivo sino la constancia de la forma del cristalino, y con el en-
foque lejano predominante se va perdiendo la tensión interna
necesaria. Tampoco en este caso la evolución nos tuvo como
meta a los seres humanos; sólo gracias a los avances de la me-
dicina alcanzamos edades avanzadas, en las que la visión pró-
xima, por ejemplo al leer, tiene también una gran importancia.

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Aparece otra problemática debido a que una luz excesiva-


mente intensa puede ocasionar daños, no sólo en el caso de los
organismos unicelulares que flotan en el mar, sino también en
el de las células del fondo del ojo especializadas en la recep-
ción de la luz. Las células que forman pigmentos opacos
desempeñan un papel importante en este caso. En los órganos
fotosensibles primitivos realizan movimientos, que protegen
como una sombrilla del exceso de luz. Por otro lado, en la os-
curidad se retraen. En los ojos compuestos de los insectos, la
capa de pigmentos que separa las distintas cuñas visuales se
retrae en la oscuridad hasta tal punto que los rayos de luz pue-
den llegar hasta las células de diferentes cuñas. Con ello se
pierde nitidez pero se gana percepción. En el ojo de los verte-
brados se producen también desplazamientos de pigmento se-
mejantes, además de variaciones en la forma de las unidades
fotosensibles, así como secreción de sustancias que aumentan
considerablemente la sensibilidad a los rayos de luz. En nues-
tros parientes más lejanos, las plantas, existen células fotosen-
sibles capaces de percibir un único fotón de radiación solar. En
las células fotosensibles de los órganos sensoriales animales no
se alcanzan cotas semejantes. Entre los seres humanos, el ren-
dimiento máximo se sitúa alrededor de 800 fotones. Algunos
de nuestros parientes vertebrados especializados en la vida en
la oscuridad, peces abisales, salamanquesas, felinos y monos
capuchinos, han desarrollado un dispositivo complementario
para aumentar su capacidad visual. Detrás de las células visua-
les se ha formado una capa que refleja los rayos luminosos
igual que un espejo. Como consecuencia de ello un mismo rayo
de luz excita dos veces la célula fotosensible, en el camino de
entrada y en el de salida. Se consigue así duplicar el efecto.
Esta es la razón por la que los ojos de un gato brillan en la
oscuridad cuando la luz incide sobre ellos.
En el caso del ojo con cristalino existe otra posibilidad, la
de abrir más o menos el orificio de entrada de acuerdo con la
intensidad de la luz. Esta solución vuelve a alcanzarse de ma-
nera independiente en los cefalópodos y los vertebrados, me-
diante un iris coloreado con pigmentos y retráctil, que abre o

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cierra ese orificio de entrada, la pupila (tabla 4, k). En ambos


casos se encuentra situada inmediatamente por delante del cris-
talino, siendo su estructura la misma. Estudiando el desarrollo
embrionario se ve que en los cefalópodos se forma a partir de
un pliegue del ectodermo, mientras que en nuestro caso pro-
viene del borde anterior del cáliz óptico. La cámara fotográfica
está también dotada de un iris de este tipo. Dado que en las
cámaras modernas la lente suele ser compuesta generalmente
de varias lentes, el iris artificial se encuentra situado entre las
lentes intermedias. Sea como fuera, la cámara dispone de ella.
Constituida por células o construida con materiales fabricados
por el hombre, la lente es un órgano que debe reproducir el en-
torno, estando su evolución predeterminada, ya que sobre la
superficie fotosensible de la película fotográfica tampoco
puede incidir un exceso de luz o una cantidad insuficiente. La
abertura correcta del iris artificial, el diafragma, se determina
con ayuda del fotómetro. En las cámaras modernas éste va «in-
corporado» y abre o cierra automáticamente el orificio. En los
ojos de los cefalópodos y de los vertebrados encontramos el
mismo mecanismo automático. El reflejo pupilar se produce a
través de circuitos reguladores, lo mismo que el movimiento
respiratorio y la regulación térmica de la sangre. En el caso de
los animales nocturnos, dotados de ojos especialmente sensi-
bles, por ejemplo la víbora europea, el zorro y algunos prosi-
mios, la pupila tiene forma de ranura, lo que posibilita cerrar
completamente la entrada de luz. En el caso de los peces abi-
sales, cuyos ojos no pueden percibir nunca una gran cantidad
de luz, el iris resultó superfluo, por lo que en algunos de ellos
ha involucionado.
Con esto no se han agotado ni mucho menos todas las po-
sibles estructuras comunes determinadas por una misma fun-
ción. El iris necesita protección, que en el caso de los vertebra-
dos viene dada por una zona transparente del ectodermo que lo
recubre, mientras que en los cefalópodos, por otro pliegue que
recubre el pliegue del iris y que, al contrario que éste, es trans-
parente. En la cámara fotográfica esta protección, como ya se

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ha dicho, viene dada por el hecho de que el diafragma se en-


cuentra situado entre los componentes de la lente. En la cámara
existe también una funda que protege el vidrio de la lente y que
se coloca sobre ella cuando no se está fotografiando. De modo
análogo, en los ojos de los animales se ha formado una capa
protectora, que en algunos tiburones tiene aspecto de una mem-
brana nictitante mientras que en los cefalópodos y los vertebra-
dos terrestres adopta la forma de un párpado, que se cierra con
ayuda de otros músculos situados ante el ojo (tabla 4, m). En el
caso de los vertebrados terrestres, la membrana nictitante se
convirtió, junto con las glándulas lagrimales, en órgano de hu-
mectación. El ser humano conserva restos de una membrana
nictitante en el rabillo del ojo, haciéndose cargo de la humec-
tación el párpado que funciona de manera automática. En nues-
tro caso, la secreción de lágrimas, a modo de llanto, asumió una
función accesoria en la vida social como medio de expresión o
incluso como arma.
Una cámara fotográfica puede orientarse con la mano en
todas direcciones. Esta es una ventaja esencial propia de todos
los órganos artificiales que se accionan con las manos y no es-
tán insertados en el cuerpo. En el caso de los ojos fijos al
cuerpo, el cambio de dirección de la mirada creó un problema
adicional. En su modo más sencillo se soluciona orientando el
cuerpo de manera adecuada. Por el contrario, en los ojos más
desarrollados nos encontramos con una esfera casi perfecta que
gira en una cavidad adaptada perfectamente a su forma. Tam-
bién en este caso se produjeron, de manera independiente tanto
en los cefalópodos como en los vertebrados, modificaciones
genéticas ventajosas que, por consiguiente, se impusieron. Sur-
gen entonces otra serie de problemas, porque los cordones ner-
viosos y los vasos sanguíneos deben entrar en la esfera de tal
modo que el giro no moleste a los cordones nerviosos y éstos
no impidan el movimiento. Este obstáculo se superó en ambos
casos. Otro problema es que el ojo camerular da lugar a una
imagen invertida, que debe girarse para ayudar a una reproduc-
ción final del entorno. La imagen obtenida con la cámara foto-
gráfica la giramos con la mano y nadie se preocupa más del

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asunto. En el ojo de los cefalópodos esto se consigue mediante


un centro nervioso conectado entre el ojo y el cerebro (tabla 4,
figura 2, h). En los vertebrados el propio cerebro se encarga de
realizar esta operación. Sin embargo, son necesarias otras ope-
raciones para comprender el significado de la imagen. Dado
que en el ojo del vertebrado, y por tanto también en el nuestro,
su fondo representa una evaginación del cerebro, la elabora-
ción de la imagen comienza en la capa de células visuales (re-
tina). En el ojo de los cefalópodos el ganglio óptico situado
detrás se encarga de dicha operación. En los ojos compuestos
de crustáceos e insectos hay, por lo general, tres ganglios co-
nectados uno tras otro y entre sí mediante fibras nerviosas cru-
zadas. Igualmente, los nervios ópticos se cruzan en el ojo de
los cefalópodos antes de entrar en el ganglio óptico y los de
nuestros ojos antes de hacerlo en el derecho. ¿Por qué? Es una
cuestión que no se ha logrado aclarar todavía. Existen eviden-
temente necesidades funcionales que dictan lo que debe for-
marse, independientemente de cuál sea su modo de aparición.
Se podrían citar otras formaciones paralelas, tales como la
aparición de un punto de mayor resolución óptica en el fondo
del ojo, tanto en los vertebrados como en los cefalópodos (tabla
4. g), y otros más. No obstante, debería ser suficiente con las
que se han expuesto. Alcanzar la cumbre de una montaña, cual-
quiera que sea el camino por el que se ha llegado, es conseguir
la cima en cualquier caso. Analogía: si es posible lograr un de-
terminado efecto mediante una estructura concreta, ésta queda
fijada, independientemente del camino que se haya recorrido
para llegar a ella. Que su consecuencia sea producto de la ca-
sualidad o de la inteligencia es algo por completo superfluo, ya
que el resultado necesario no queda afectado por ello. La con-
clusión es que si una mano hubiese dirigido la evolución no
habría podido crear con libertad absoluta. Como han demos-
trado con especial claridad la formación del ojo y de la cámara
fotográfica, no es el tipo del proceso de formación el que de-
termina la forma de las necesidades sino la función a realizar.

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Esta es la que dicta el proceso. Haya aparecido como conse-


cuencia de una voluntad superior o por casualidad, un ojo ca-
merular tiene su estructura predeterminada.
El segundo momento estelar en la evolución de nuestros
ojos fue, pues, hace 460-420 millones de años, la transforma-
ción de la fosa orbitaria por su borde superior, gracias a la cual
apareció el ojo camerular. El perfeccionamiento técnico duró
entonces 150 millones de años. Con el ojo de los reptiles se
había alcanzado casi la cumbre, se había logrado la mejor so-
lución posible. Esta evolución se vio dificultada por el hecho
de que las células visuales se encontraban en posición inade-
cuada, lo que no pudo alterarse ya mediante mutaciones si bien
las desventajas se redujeron al mínimo. Durante la aparición de
los primeros mamíferos no podía preverse que el ser humano
alcanzaría, mediante una determinada organización, edades
avanzadas, pero gracias a las gafas podemos compensar la de-
bilidad aparecida en aquella época.
El tercer momento estelar, nuevamente muy alejado, fue la
aparición de la capacidad de distinguir los colores. Aunque en
la actualidad los tiburones dispongan de esta aptitud no signi-
fica en modo alguno que la poseyesen nuestros antepasados co-
munes. Dado que puede demostrarse la existencia de la percep-
ción de los colores en las tres líneas de los artrópodos, molus-
cos y vertebrados que independientemente unos de otros desa-
rrollaron órganos de visión, cabe suponer que dicha capacidad
existió desde muy antiguo, hace unos 400-300 millones de
años. En el ojo de los vertebrados las células denominadas co-
nos, situadas en el fondo del ojo, se especializaron en esta fun-
ción, mientras que las denominadas bastoncitos se encargaron
de la distinción entre blanco y negro, más sencilla, y muy im-
portante durante la visión crepuscular. Lo que percibimos
como colores son las diversas longitudes de onda de los rayos
de luz. Es importante mencionar aquí que somos capaces de
percibir únicamente una banda muy reducida de la totalidad del
espectro de ondas electromagnéticas. La longitud de onda os-
cila entre varias decenas de miles de kilómetros y muy por de-

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bajo de una longitud de una millonésima de milímetro. En al-


guna ocasión se ha designado al cuerpo humano como un saco
en el que, a través de orificios limitados, pueden penetrar de-
terminadas señales procedentes del exterior. Es una compara-
ción poco hermosa, aunque lo que se afirma en ella es cierto.
Del inmenso espectro de las ondas electromagnéticas que en-
tran a través del orificio de nuestros ojos, sólo percibimos las
que se encuentran en la región comprendida entre una longitud
de 4 y 7.5 milésimas de milímetro. Las primeras las percibimos
como violeta y pasando después por el azul, el verde, el amari-
llo y el anaranjado, llegamos hasta el rojo. En el caso de las
abejas, el orificio tiene un aspecto diferente. Estos insectos ven
longitudes de onda situadas entre 3 y 6,5 milésimas de milíme-
tro, es decir, el ultravioleta que nosotros no vemos, si bien no
pueden diferenciar el rojo del negro. Por el contrario, pueden
percibir la dirección de oscilación, o plano de polarización, de
la luz y cuando el cielo está cubierto disponen así de una brú-
jula muy fiable de la que nosotros carecemos, a pesar de que el
ser humano la necesita mucho, en especial cuando navega. Esto
nos demuestra otra vez que no somos en absoluto el resultado
de un proyecto consciente y privilegiado sino el producto final
de una cadena evolutiva, igual que cualquier otro animal o
planta.
Otro momento estelar en el desarrollo de nuestros ojos, el
cuarto, fue la aparición de la visión espacial, plástica. Para ello
es condición necesaria que dos ojos miren en la misma direc-
ción. Si cerramos uno de ellos, podemos deducir, mediante el
movimiento de la cabeza, con el aumento o la reducción de un
objeto, qué es lo que está más cerca o más lejos de nosotros.
Sin embargo, si tratamos de enhebrar una aguja con un solo ojo
nos percatamos de dónde reside la diferencia con la visión bi-
nocular. ¿Cómo y cuándo apareció esta facultad?
Existen peces que disponen de ella, por ejemplo los lengua-
dos. Nadan con una de sus caras hacia arriba y se han adaptado
a la vida en el fondo arenoso. Su cuerpo se hizo plano como
una hoja y el ojo inferior se desplazó poco a poco a lo largo de
la frente hasta situarse al lado del otro. Situado ya junto a él,

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

mira en su misma dirección hacia arriba. Por regla general, los


animales se encuentran sobre la arena protegidos por un color
camuflado. Si nos acercamos, podemos observar cómo perci-
ben nuestra aproximación. El camaleón puede girar sus ojos
hacia una dirección y, por lo tanto, dispone de visión espacial.
No obstante, éstas son más bien excepciones. Para la mayoría
de los animales resultó útil disponer de un campo visual amplio
y así sus ojos miran a ambos lados. Podemos verlo en las la-
gartijas o en los ciervos. En el caso del cachalote no existe nin-
guna área en la que se superpongan los campos de visión de
ambos ojos. En la línea de nuestros antepasados más inmedia-
tos, la visión espacial apareció relativamente tarde. Los monos
arborícolas que saltaban de rama en rama fueron los primeros
que necesitaron desarrollar una capacidad que les permitiese
evaluar con mayor precisión el espacio. El cuarto momento es-
telar del camino evolutivo de nuestros ojos se sitúa así a tan
«sólo» unos 65-60 millones de años. Esto no sólo nos ha per-
mitido enhebrar con precisión una aguja, sino que potenció
también el desarrollo de nuestras facultades intelectuales.
Nuestra capacidad de pensamiento e imaginación espaciales, y
con ello la de vernos a nosotros mismos en la imaginación
como objetos, que es tan importante, resultó asimismo poten-
ciada en una buena medida.
Veremos ahora algunos detalles que quizá resulten de inte-
rés. Si abrimos los ojos bajo el agua, nuestra visión es borrosa.
Esto se debe a la refracción de la luz en la córnea externa, que
se produce en el interior del agua de un modo diferente a como
lo hace fuera de ella. Para que pudiésemos ver con nitidez bajo
el agua, nuestro globo ocular debería estar más curvado, como
sucede en el caso de los peces. Si nos ponemos unas gafas de
submarinismo separamos el agua del globo ocular, por lo que
vemos con nitidez. Tenemos esta desventaja desde que nues-
tros antepasados, hace más de 360 millones de años, se adap-
taron a la vida terrestre.
Nos ocuparemos a continuación de las pestañas. Su función
es la de mantener alejados el polvo o pequeños insectos de
nuestros ojos. Su edad debe ser aproximadamente la misma que

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

la del pelo, y por lo tanto igual a la de los mamíferos. Los rep-


tiles carecen de pelo. Mientras que las plumas de las aves se
desarrollaron a partir de las escamas de los reptiles, el pelo de
los mamíferos es una formación nueva que les caracteriza.
Nuestro pelo tiene una edad de unos 200 millones de años,
cumpliéndose otro tanto para las pestañas. Por otro lado, las
cejas tienen una edad de tan sólo 4-6 millones de años, si bien
esto se refiere no a los pelos en sí sino a su posición en el borde
de los párpados. Su función es la de evitar que el sudor llegue
a los ojos. Aparecieron, es decir, permanecieron, en la época
en la que nuestros antepasados perdieron el pelaje del cuerpo,
es decir, en el intervalo de tiempo en el que a partir del primate
depredador de la estepa surgió el hombre primitivo (tabla 16,
H).
Tanto las pestañas como las cejas adoptaron como función
secundaria la de ser aparatos señalizadores. El movimiento in-
nato de levantamiento de los párpados y de las cejas se convir-
tió en una señal de reconocimiento. Mucho más antigua es la
reacción innata que hace que un par de ojos dirigidos hacia no-
sotros nos pongan en guardia. Cualquier operación de ataque
de un carnívoro, y también de los seres humanos, va precedida
por la fijación de la vista. La reacción producida con ello, lo-
calizada como conexión específica en algún lugar del diencé-
falo, se remonta posiblemente a la época de nuestros antepasa-
dos reptiles, es decir, a una antigüedad de unos 250 millones
de años. Por aquel entonces disponíamos de un «tercer ojo» en
el centro del cráneo. Un fósil viviente procedente de aquella
época, el tuatera, todavía lo presenta. En las lagartijas también
existe, si bien en franca regresión. Este ojo pineal dio lugar a
nuestra glándula pineal, sobre la que volveremos más adelante
(capítulo 14).
En el caso del ojo hemos llegado a cuatro momentos este-
lares. ¿Falta el quinto? En este órgano es posible seguir con
gran precisión cómo las ayudas artificiales creadas por el hom-
bre amplían inmediatamente las capacidades de nuestro cuerpo
constituido por células: las gafas, el telescopio, la lupa y el mi-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

croscopio que mejoran la capacidad de nuestros ojos. De la cá-


mara fotográfica ya hemos hablado, aunque se transformó más
bien en un órgano auxiliar de nuestro cerebro: la memoria. Lo
que nuestro ojo ve de manera pasajera, el ojo artificial, la cá-
mara, lo registra en una imagen fija o móvil, repetible y que
puede transmitirse a otros. Con ello la cámara fotográfica se
convirtió en un órgano de transmisión de información, y la fo-
tografía y el cine en complementos técnicos de nuestro len-
guaje. Hasta este punto no hemos introducido ningún principio
esencialmente nuevo. La cuestión cambia en el caso de la tele-
visión. Las imágenes se transforman aquí en impulsos que pue-
den transmitirse libremente a través del espacio. Pudimos con-
templar el primer alunizaje simultáneamente, o para ser más
precisos, algo más de un segundo más tarde, en las pantallas de
los televisores de nuestros hogares. Por ello cabría considerar
el invento de la televisión como quinto momento estelar del
desarrollo del ojo humano. Éste se remonta a hace apenas 50
años.

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LA EVOLUCIÓN DE LOS ORGANISMOS
PLURICELULARES ANIMALES
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Tabla 5. Evolución de los animales pluricelulares (metazoos)


El despliegue de la vida puede equipararse a una corriente. Lo que deno-
minamos «vida» es un despliegue energético que se continúa a través de
estructuras materiales, a las que llamamos «seres vivos», que utiliza cada
vez más materia y que aumenta su capacidad de producir trabajo. Por cos-
tumbre, contemplamos a los seres vivos como el elemento principal y con-
sideramos como su requisito el proceso vital que se produce en ellos. Si
observamos la evolución de la vida en su conjunto, entonces los seres vi-
vientes concretos son únicamente herramientas en este suceso, estructuras
materiales en las que la corriente que fluye puede continuarse. Como si
tuviera mil tentáculos, esta «corriente vital» explora los nuevos territorios,
conquista, a través de las «plantas» y los «animales», nuevos biotopos.
Donde surgen los cuerpos que continúan la corriente, sigue fluyendo, y
donde no sucede así, «se agota». Las estructuras con éxito se convierten
en «especies» que se propagan a través de innumerables generaciones de
individuos vivos. Todas las plantas y todos los animales son «individuos
vivos» de este tipo, «transmisores del proceso de la vida». Desde este
punto de vista, también el ser humano es un transmisor de este despliegue
energético.
Esta tabla muestra una parte de la corriente de la vida, que se continúa a
través de los animales pluricelulares, los metazoos, y que a la postre con-
duce hasta nosotros mismos. Los primeros organismos pluricelulares ani-
males llegaron hace 1.800-1.200 millones de años a dos tipos de construc-
ción que «florecen» hasta la actualidad: las esponjas y los celentéreos.
Ejemplos de estos últimos son los pólipos coralinos y las medusas, que
tanto éxito han alcanzado. Surgieron a continuación metazoos con un tubo
digestivo continuo y se separaron las dos grandes corrientes evolutivas de
los protóstomos y los deuteróstomos (pág. 35, tabla 9). Los primeros de
ellos dieron lugar a los actuales anélidos, moluscos, crustáceos, arácnidos
e insectos, además del grupo de los trilobites, tan rico en formas pero que
se extinguió hace unos 250 millones de años. Tanto los anélidos como
algunos moluscos (en este caso los gasterópodos) lograron conquistar la
tierra firme, pero en especial los arácnidos y el grupo animal con mayor
número de especies, los insectos. En la corriente evolutiva de los deute-
róstomos, de los que nosotros procedemos, se separaron primero los equi-
nodermos (erizos y estrellas de mar, holoturias) de los pequeños grupos
de los enteropneustas, representados todavía en la actualidad, y los proto-
cordados, de los que proceden todos los vertebrados. Los agnatos consti-
tuyeron el primer paso. Los placodermos, extinguidos hace 300 millones
de años, resultaron ser una construcción a través de la cual la corriente de
la vida no podía continuarse. Los peces cartilaginosos han continuado
hasta la actualidad, representados en los tiburones y las rayas. Los peces

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

pulmonados dieron lugar, pasando por una pequeña «incursión en tierra


firme» (pág. 8) a la diversidad de los actuales teleósteos, además de a los
anfibios y los reptiles, a partir de los cuales surgieron más tarde los ma-
míferos y las aves. Estos últimos conquistaron el medio aéreo, de manera
análoga a como lo hicieron los insectos entre los protóstomos, mientras
que los mamíferos dieron lugar, entre otros grupos, a los primates con
mano prensil y al ser humano, que gracias al especial desarrollo de su cor-
teza cerebral logró utilizar de modo inteligente estas manos. Unió a su
cuerpo órganos creados artificialmente, «las herramientas», y domina hoy
el planeta Tierra.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

V. EL MATERIAL GENÉTICO

El siguiente órgano del que nos ocuparemos es, segura-


mente, el más curioso de toda la familia de órganos que deno-
minamos cuerpo. Le debemos nuestro nacimiento, nuestra
existencia y muchas otras cosas más. Le debemos también
buena parte de lo que consideramos nuestro «yo». Cuando sen-
timos hambre o sed, cuando nos arrebata la ira o la pasión, este
órgano es, en última instancia, el responsable. Es tan pequeño
que ningún ser humano lo ha podido ver con detalle. Incluso
con el mejor microscopio electrónico tan sólo se le ve de modo
aproximado. No poseemos un solo órgano de este tipo, sino
más de 60.000 miles de millones. No se trata de una errata, ha-
blaremos acerca de 60 millones de millones. Y todavía hay
algo más extraordinario. Se trata de nuestro órgano más anti-
guo. El inmenso árbol filogenético de la vida del que el ser hu-
mano es únicamente una pequeña ramita entre millones de mu-
chas otras, se inició con este órgano. Prácticamente todo el
desarrollo de la vida se inició con él. El primer momento estelar
de su evolución es el instante en el que nació nuestro antepa-
sado más antiguo. Es el momento del nacimiento del antepa-
sado común de todas las plantas y de todos los animales actua-
les. Por consiguiente, observemos este órgano tan curioso con
más detenimiento.
Antes de entrar en ello, debemos corregir nuestra valora-
ción normal de las cosas. Debemos eliminar del mundo algo
que nos parece obvio. De acuerdo con nuestra idea adquirida
por la experiencia, el apareamiento y la reproducción van uni-
dos como carne y uña. Sin sexo no hay descendientes. Por lo
tanto, el acto sexual es parte integral de la reproducción y por
algún motivo misterioso su desencadenante necesario. Esto es
cierto en tanto en cuanto ambos procesos están íntimamente
vinculados, no sólo en caso del ser humano sino que también

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

en el de los animales y las plantas. Sin embargo, de hecho, am-


bos procesos no sirven para la misma función. No son servido-
res de un mismo señor. Como demostraremos más adelante,
incluso se oponen. Por ahora nos basta con dejar claro que el
acto sexual y la reproducción deben contemplarse siempre de
forma separada y con ello también los órganos que sirven para
estos procesos de acoplamiento. Por este motivo vamos a dejar
inicialmente de lado el tema «sexo», y consideraremos la re-
producción como si éste no existiese. Para evitar malentendi-
dos diremos que existen suficientes seres vivos que pueden
multiplicarse sin necesidad de la unión sexual. En el caso del
ser humano el problema es más bien el de llevar a cabo la unión
sexual sin generar descendencia, si bien sobre este tema volve-
remos en el capítulo siguiente. En este capítulo lo que nos in-
teresa es el modo de multiplicación de los animales y de las
plantas, lo que se necesita para ello y qué órganos sirven para
esta función. Y además: cómo apareció paso a paso dicha fun-
ción.
Reproducción: un individuo da lugar a otros. Un saltamon-
tes crea otro saltamontes. Un abeto, otros abetos. Un ser hu-
mano, otros seres humanos. ¿Qué órgano es responsable de
este proceso, cuál es su estructura, qué aspecto tiene?
Cuando una industria crea otra similar a ella, por ejemplo
una fábrica de chocolate funda otra fábrica de chocolate, se
precisa una enorme cantidad de órdenes determinadas. Órdenes
dadas a los arquitectos, a los albañiles, a todo tipo de provee-
dores, etc. En definitiva: órdenes, puesto que deben obtenerse
permisos y lograrse créditos bancarios, algo que en realidad
nos son órdenes sino instrucciones. Si un abeto da lugar a otro
o un zorro origina otros más, esto sólo es posible a través de
las correspondientes instrucciones. Un determinado código de
instrucciones es condición indispensable para que aparezca, a
partir de una diminuta célula germinal, una estructura plurice-
lular del mismo tipo. En el caso de los organismos unicelulares
la cuestión no es distinta. Se reproducen por división, para lo
cual también se necesita un código de instrucciones que actúa
en el interior de su cuerpo. Debe actuar de tal modo que todas

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

las partes, todos los órganos, se dupliquen y por último el todo


se divida y de un individuo surjan dos.
Pensemos en las formas vivientes más primitivas que no
habían alcanzado todavía la organización celular y estaban for-
madas tan sólo por algunos miles de moléculas. Sólo multipli-
cándose podían reproducirse. Sin embargo, en su minúsculo
cuerpo debía haber también un código de instrucciones que
diese lugar a las órdenes y reacciones necesarias para que se
reprodujese una duplicación o multiplicación. Por consi-
guiente, este código tenía que llevar a cabo dos funciones: de-
bía estar constituido de tal modo que el grupo de moléculas por
él dirigido pudiese lograr energía y materia del entorno e in-
corporarlas al organismo, y en segundo lugar que produjese la
división. Y debe quedar bien entendido que también durante
este proceso tenía que dividirse, ya que cada uno de los nuevos
individuos aparecidos debía disponer de estas instrucciones
para ser completo y poder reproducirse a su vez.
El descubrimiento de este código de instrucciones, de este
diablillo, es el más importante de la biología moderna. Tiene
forma de escritura en la que la secuencia de las letras va inser-
tada en un filamento (tabla 20, fig. 1). Esta escritura, sin em-
bargo, sólo tiene cuatro letras, con las que se crean estructuras
en forma de palabras y, a partir de éstas, otras en forma de fra-
ses. Lo importante de esta escritura consiste en que no se la lee
sino que ella misma imparte órdenes. Propicia, de modo directo
o indirecto, la obtención de átomos o moléculas del entorno y
su ensamblaje en estructuras corporales, en estructuras de pro-
teínas, como dicen los bioquímicos. La estructura está com-
puesta, desde un punto de vista químico, de ácidos nucleicos
con bases unidas a ellos, las letras. De hecho, la cuestión no es
tan complicada. Se trata de dos tipos de moléculas, de las cua-
les uno, los ácidos nucleicos, genera cadenas de escritura en
forma de filamento, que permite la formación de moléculas de
proteína de determinados tipos y combinaciones: la estructura
corporal.
El diablillo, el código de instrucciones de todos los seres
vivientes es, por consiguiente, un filamento más o menos largo

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

del que parten determinados efectos e instrucciones. Lo pri-


mero que hace es construir la estructura corporal. Lo segundo
es realizar su duplicación y con ello su propia multiplicación.
Quien haya entendido esto, observará a los seres vivos tal como
los contempla la moderna biología. En el centro, una secuencia
de escritura que emite instrucciones y es capaz de duplicarse,
una escritura de la herencia, el código genético, y a su alrede-
dor el resultado de sus instrucciones: la estructura corporal co-
rrespondiente. Al principio de la evolución, que se produjo en
el mar, en el agua que había alrededor, el caldo primigenio,
existía suficiente material de construcción. Los símbolos acti-
vos de la estructura simplemente lo atraparon y construyeron
con él cuerpos vivientes. Más tarde, cuando este material de
construcción comenzó a escasear, los organismos debían estar
construidos de tal modo que pudiesen obtener de manera activa
ese material de construcción, portador de energía y materia.
Aquellos que lo consiguieron se reprodujeron, los que no, des-
aparecieron. Los que se reprodujeron eran, por lo tanto, aptos,
mientras que los que no lo lograron es que no eran aptos. Lo
que resultó adecuado se impuso, lo inadecuado no. Si se consi-
dera desde este punto de vista, el misterio de la adecuación deja
de serlo. Sólo lo adecuado o apto podía reproducirse, con lo
que las especies que han sobrevivido tienen que ser aptas. No
sucedió así porque lo quisiese una pincelada del maestro sino
porque sólo lo apto se reproduce.
Los filamentos se hicieron más largos y las estructuras que
formaban aumentaron de tamaño, complejidad, eficacia y va-
riación. Los filamentos no se desplazaban por el agua a modo
de lanzas, cada vez más largas, sino que estaban enrollados
como un ovillo en el centro de la estructura que habían for-
mado. Y así ha seguido siendo hasta nuestros días. Las letras
no cambiaron, han continuado siendo las mismas cuatro bases
(adenina, timina, citosina y guanina). Sin embargo, las palabras
y las frases se modificaron mucho, cada nueva especie de or-
ganismo tiene un código genético propio.
El primer momento estelar de esta evolución fue, por con-
siguiente, la aparición de esta escritura compuesta por letras

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

moleculares y capaz de autodividirse. Las estimaciones actua-


les lo sitúan hace unos 4.000 millones de años. La autodivisión
y la salida hacia el exterior de las estructuras se basaba, en prin-
cipio, en propiedades especiales de esta escritura de instruccio-
nes y en la posterior evolución aparecieron órganos auxiliares
encargados de efectuarla. Su estructura particular sigue siendo
desconocida en gran parte. Por ejemplo, la división de las bac-
terias. En el curso de un proceso evolutivo que duró más de
1.000 millones de años, poco a poco fue apareciendo la célula,
una unidad de vida mucho más organizada y cuyo mecanismo
de división nos es mucho más conocido. En su estructura exis-
ten pequeños cuerpos, llamados corpúsculos centrales o cen-
trosomas, que primero se dividen y después se desplazan hacia
extremos opuestos. A partir de ellos aparecen, a modo de un
complejo andamiaje, pequeños hilos que, insertándose en los
extremos de los filamentos, estiran de ellos en direcciones
opuestas. Entretanto se han multiplicado y tienen una conside-
rable longitud. Para dar una idea concreta, diremos que en el
caso de las bacterias tienen una longitud total cincuenta veces
mayor que el diámetro de la célula bacteriana. En los seres hu-
manos, el número de letras dispuestas a lo largo de esos fila-
mentos es tan grande que esta escritura, traducida a letra de
imprenta, llenaría más de diez volúmenes de una enciclopedia
con mil páginas de letra pequeña cada uno de ellos. En cada
una de las células que componen el cuerpo humano existe una
secuencia de letras de este tipo. Sólo podemos sentir admira-
ción ante la capacidad de separar limpiamente estos filamentos
en cada una de las divisiones celulares. Deshacer el nudo gor-
diano es un juego de niños comparado con esto. Sin embargo,
las instrucciones ancladas en esta escritura son tan eficaces, es-
tán dotadas de una idoneidad tal que, a pesar de todo, funcionan
y de manera ininterrumpida se producen en nuestro cuerpo sin
que los percibamos.
No obstante, nos hemos adelantado un buen trecho en la
historia. Hace unos 2.400 millones de años se produjo, pues, la
evolución de la célula, dotada ya de innumerables órganos de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

gran complejidad: en el centro el núcleo con los ovillos de fi-


lamentos codificados inmensamente largos. En capas fósiles
delgadas pueden reconocerse las células que surgieron en aquel
entonces. Se había alcanzado así una unidad de gran eficacia
que se propagó en diversas formas adaptativas, los organismos
unicelulares, por los mares y restantes aguas y que se multi-
plicó con gran diligencia. El paso siguiente fue la aparición de
los organismos pluricelulares. Las células se dividen, aunque
permanecen juntas, formando aglomeraciones, colonias, y en
estas comunidades se llega a la división del trabajo. Alcanza-
mos así el segundo momento estelar en el camino evolutivo de
los órganos de la reproducción.
Nos encontramos ahora con la problemática de cómo debe
dividirse el organismo pluricelular, es decir, cómo debe repro-
ducirse. Si una colonia de este tipo consta de 100 o 1.000 célu-
las, es imaginable que se divida por el centro y que cada uno
de los nuevos individuos formados siga su vida independiente.
Sin embargo, para un cocodrilo o un abeto esto debe excluirse.
¿Cómo deben dividirse los ojos del cocodrilo, cómo podría di-
vidirse el abeto y llevar cada parte una vida independiente?
Esto sólo puede conseguirse con los efectos especiales de una
película cinematográfica. En la práctica, el camino de la repro-
ducción ya venía técnicamente predeterminado, por así decirlo,
para los organismos pluricelulares. Al igual que algunas célu-
las se especializaron en la obtención de los alimentos, otras en
la protección de la colonia y otras en la percepción sensorial,
otro grupo tuvo que especializarse en la reproducción. Y así es
cómo sucedió. Cualquier organismo pluricelular, cocodrilo,
abeto, ardilla o ser humano, se desarrolla a partir de una única
célula.
Antes de que nos formulemos la cuestión de cómo se rea-
liza esto en la práctica y de cuáles son los dispositivos auxilia-
res necesarios, queda todavía otro problema de orden técnico:
¿cómo puede construir una única célula un organismo plurice-
lular cuyas diversas células se ocupan de distintas tareas, se es-
pecializan en procesos diferentes, por lo que hay células mus-
culares, nerviosas, óseas, etc.?, ¿cómo es esto posible? Cuando

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

la célula se divide, también lo hace el código de instrucciones,


con lo que éste se mantiene inalterado. ¿Cómo puede llegar a
verificarse el que este código, estos filamentos infinitos, den
lugar por un lado a músculos, por otro a vasos sanguíneos y por
un tercero al pelo?
La solución al problema fue el segundo momento estelar.
Es a la vez sencilla y grotescamente complicada. El material
genético no sólo construye estructuras celulares sino que forma
asimismo materiales que bloquean partes de su propio sistema
de instrucciones. En las células del hígado están activas sólo
aquellas partes del código genético que son necesarias para la
producción de células hepáticas. En la célula muscular sólo
aquellas que son necesarias para la formación y el manteni-
miento de este tipo de células. Esto significa en la práctica que
toda célula del cuerpo pluricelular, y esto sucede también en
nuestro caso, contiene en su núcleo las instrucciones para la
formación de todos los tipos de células. Sin embargo, como
tachadas con un lápiz rojo, se señalan todas aquellas otras ins-
trucciones que no son necesarias para una determinada fun-
ción. Si procediésemos de manera similar durante la construc-
ción de una nueva fábrica, se darían a cada trabajador todas las
instrucciones necesarias para la construcción, contenidas en un
enorme mamotreto de varios volúmenes y en el que para cada
caso particular todo estaría tachado salvo las páginas 409-482
y 6.255-6.745, mientras que para otro serían otras páginas di-
ferentes. Si pensamos en la mano conductora de un creador,
éste ha elegido una técnica de reproducción evidentemente
complicada y engorrosa. Sin embargo, tiene la ventaja de que
en caso de necesidad todas las células disponen de todas las
instrucciones, y de hecho la naturaleza y los experimentos nos
demuestran que un tipo determinado de célula puede conver-
tirse a menudo en otro completamente distinto. Esto se observa
en general en los animales primitivos y todavía poco diferen-
ciados, y en caso de lesión ayuda a reponer las partes perdidas.
De todas formas, si una fuerza con un objetivo concreto hu-
biese dirigido la evolución, estos malabarismos también ha-
brían sido posibles sin necesidad de tanto despilfarro.

— 103 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Por consiguiente, el segundo momento estelar fue el desa-


rrollo de sustancias inhibidoras, llamadas «represores», que el
propio código genera y que sirven para imponerse a sí mismo
límites. Si lo meditamos con atención, se trata de un proceso
que nos llena de asombro. Es parecido a una legislación a la
que se añaden unos cuantos tomos adicionales en los que se
señala para quién son válidos esos párrafos.
Este avance decisivo se logró probablemente en los orga-
nismos unicelulares hace 3.000-2.500 millones de años, y po-
sibilitó su adaptación estructural a diferentes funciones. Este
mecanismo fue una condición indispensable para la aparición
de los organismos pluricelulares. Sólo así pudieron surgir las
colonias celulares con división del trabajo: peces, crustáceos,
marmotas, enebros, chimpancés y también los seres humanos.
Con todo, el mecanismo de reproducción del organismo unice-
lular no cambió en absoluto. En el cuerpo pluricelular, sólo al-
gunas de las células se encargan de la función reproductora,
formando nuevas colonias en las que los «represores» se ocu-
pan de que unas determinadas células formen el pulmón, otras
la sustancia cerebral o, en el caso de una planta, unas las raíces
y otras las flores.
De todos modos la cosa no es tan sencilla. Primero, las cé-
lulas germinales deben estar bien provistas de energía y mate-
ria para poder generar así nuevas grandes colonias. Segundo,
este proceso no debe ser perturbado por el entorno. Con un
desarrollo carente de meta alguna, como es el de la evolución,
se llevaron a la práctica todas las posibilidades imaginables:
células germinales que, dotadas de su correspondiente material
de construcción, son lanzadas al agua y dejadas a su propia
suerte. Células germinales que crean en el cuerpo de la madre
un individuo nuevo que un día se separa de ella. Células ger-
minales que llevan a cabo su labor en el interior del cuerpo ma-
terno, del que el descendiente desarrollado sale a través de un
orificio al mundo exterior y alcanza así una vida independiente.
Células germinales que forman primero una larva, capaz ya de
alimentarse por sí misma y que después, poco a poco, general-
mente recorriendo innumerables estadios intermedios, adopta

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

una forma completamente distinta. En tierra firme el ejemplo


nos lo muestra la oruga que se convierte después en mariposa.
Cuando ha atesorado suficiente energía y materia, se convierte
en pupa y, protegida dentro del capullo, realiza una completa
revisión de las rayas rojas del código genético, apareciendo una
forma completamente nueva. Los códigos de instrucciones
contenidos en las células de la oruga y en las de la mariposa
que surge de ella, son exactamente los mismos, pero las rayas
han cambiado, con lo que cada célula ha recibido instrucciones
nuevas.
El tercer momento estelar en la evolución que conduce al
ser humano fue la aparición del huevo. En principio, no es más
que una célula germinal dotada de una cantidad relativamente
grande de material constructivo y de combustible, en forma de
vitelo, y provista para su protección de una cubierta dura. Des-
conocemos cuándo se llegó a esta solución en la línea de nues-
tros antepasados, pero seguramente fue hace bastante tiempo.
La multiplicación mediante la puesta de huevos está extendida
de modo universal en todos los descendientes actuales de for-
mas animales primitivas, como, por ejemplo, los gusanos. Cabe
suponer que nuestros antepasados primitivos llegaron muy
pronto, hace unos 1.400-1.200 millones de años, a esta forma
de reproducción. Recordemos de nuevo que los organismos
pluricelulares vermiformes que conservaron la boca original se
han mantenido en diversas formas hasta la actualidad. Aquellos
otros de los que procedemos nosotros, los que transformaron la
boca primitiva en ano y continuaron desarrollándose hasta con-
vertirse en peces, nos dejaron como únicos descendientes vivos
a los enteropneustas. Todos los restantes no lograron impo-
nerse y la competencia les aniquiló (tablas 5 y 9).
La célula germinal está dotada de todo lo necesario y es
lanzada bien empaquetada o, como sucede en el caso más sen-
cillo, simplemente dejada a su suerte. Por supuesto que dichos
huevos son un alimento concentrado de alto valor nutritivo,
bien recibido por otros animales. Por consiguiente, el proceso
sólo será eficaz si se producen y sueltan grandes cantidades de
esos huevos. Si su número es del orden de 100.000, siempre

— 105 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

queda la posibilidad de que 100 o 200 no resulten devorados y


que a partir de cada uno de ellos pueda desarrollarse un indivi-
duo apto para la vida. Por supuesto, es mejor si la tasa de pér-
didas es más reducida, puesto que los individuos jóvenes recién
nacidos son presa fácil y su número experimenta un nuevo des-
censo notable, antes de llegar a ser lo suficientemente grandes
como para poder generar ellos mismos descendencia. ¿Cómo
puede reducirse esta tasa de pérdidas? O planteado de otro
modo: ¿qué variaciones tuvieron que producirse en el material
genético para que el proceso de la reproducción diese lugar a
una gran cantidad de células germinales empaquetadas en hue-
vos que pudiesen llevar a cabo, sin ser perturbadas, su difícil y
paciente labor de construcción? Respuesta: tuvieron que apa-
recer los códigos correspondientes de comportamiento. Si los
huevos se esconden durante la puesta en un lugar seguro en el
que los ladrones no puedan olerlos ni encontrarlos, esto supone
una ventaja indiscutible. Esto significa en la práctica que el có-
digo genético tuvo que desarrollarse de tal manera que las cé-
lulas del cerebro diesen instrucciones que condujesen a un
comportamiento muy determinado. El código de instrucciones
contenido en el núcleo de la célula construye entonces, me-
diante nuevas páginas de escritura y nuevas rayas rojas, una
nueva serie de instrucciones. Esto es útil no sólo para la puesta
de los huevos sino prácticamente para cualquier actividad con
un determinado objetivo. En especial para la búsqueda de pre-
sas y la defensa contra los enemigos, las instrucciones del sis-
tema nervioso central son de gran importancia. El código ge-
nético de lugar así no sólo a la estructura del cuerpo sino que
también es responsable de las formas de comportamiento (tabla
18). Mediante diferenciación celular no sólo construye el hí-
gado, el pulmón, las escamas y los ojos, sino también los me-
canismos de órdenes del cerebro, que conducen más tarde a
formas de comportamiento muy determinadas en los organis-
mos pluricelulares una vez completados: conducen a formas de
comportamiento innatas. El animal no las aprende sino que es
dirigido por las instrucciones procedentes del cerebro que, al

— 106 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

igual que cualquier otro órgano, son construidas por las labo-
riosas células.
Todo el mundo sabe que muchos animales cuidan de sus
huevos. Un ejemplo muy claro es el de los insectos. Piénsese
en el caso del icneumón, que a través de la corteza del tronco
deposita sus huevos en el interior de una larva que vive dentro
de la madera, de tal modo que los huevos no sólo quedan bien
protegidos sino que las larvas recién nacidas tienen acceso in-
mediato a una fuente suficiente de alimento. O piénsese en el
cuidado que tienen las abejas con sus crías. Un comporta-
miento como éste no es aprendido sino que es innato. Dicho de
otra manera: viene regido por instrucciones de las células del
cerebro que el código genético construye de igual modo que
hace con las restantes células del cuerpo de un icneumón o una
abeja. En la serie de nuestros antepasados debieron aparecer ya
en los vermiformes dispositivos adicionales de este tipo que
potencian la reproducción. En el caso de los peces, están toda-
vía muy extendidos y debieron de aparecer en sus antecesores
(tabla 6, fig. 1). Como sea, téngase en cuenta que existen peces
que transportan sus huevos en la boca para protegerlos, con lo
que el medio reproductor que es el huevo pudo aumentar su
rendimiento. Se escondieron los huevos, se les vigiló, se les
defendió o se les dotó de envolturas gelatinosas o calcáreas, lo
que dificultaba el ser devorados.
La conquista de la tierra firme trajo consigo también en este
caso una problemática específica. Los anfibios podían vivir en
tierra, pero para el proceso de la reproducción, casi todos ellos
vuelven al agua. Ponen los huevos bajo el agua, donde se desa-
rrollan igual que los de los peces. Nuestros antepasados, de los
que también derivan los reptiles actuales, fueron los primeros
organismos totalmente terrestres. Ponen sus huevos en tierra,
lo que por otro lado crea unas nuevas condiciones. En primer
lugar está el peligro de la desecación. Además, el medio terres-
tre es menos adecuado para la vida. En el agua, una minúscula
larva puede encontrar sin dificultades su alimento; en tierra, el
nuevo individuo debe estar muy bien dotado para poder conse-
guir alimento y defenderse de sus enemigos inmediatamente

— 107 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

después de salir del huevo. La célula germinal debe estar do-


tada, por lo tanto, de mucho más material de construcción y
combustible, es decir, vitelo, por lo que en consecuencia debe
ser de mayor tamaño. Debe estar además envuelta en una cás-
cara que la proteja contra la desecación. Por otro lado, y esto
no es una tarea sencilla, por la cáscara debe poder penetrar el
suficiente aire como para que las células del organismo en
desarrollo tengan el oxígeno preciso y puedan desprenderse de
los gases residuales venenosos, el dióxido de carbono produ-
cido durante la respiración. A través de este obstáculo creado
por la colonización de la tierra firme, se produjo el desarrollo
de nuestros antepasados con la ayuda de un dispositivo que la
ciencia llama amnios (tabla 6, fig. 2, c). En la práctica, es un
acuario construido en el interior del huevo en el que el indivi-
duo en desarrollo, el embrión del organismo pluricelular na-
ciente, crece. La colonización de la tierra pudo producirse, por
lo tanto, únicamente llevándose el agua, que hasta entonces en-
volvía al huevo, al interior de éste. A quien esto le parezca muy
curioso baste con decirle que él mismo, hasta el momento de
su nacimiento, estuvo nadando en un acuario como éste. Los
mamíferos ya no producen huevos sino que llevan al hijo en su
cuerpo. Sin embargo, el dispositivo del amnios se conservó (ta-
bla 6, fig. 3). El pez sólo a través de este camino pudo transfor-
marse, primero en animal terrestre y al final en ser humano.
Desarrollándose, al menos durante el período embrionario,
como un ser vivo acuático. La célula germinal se divide de la
manera indicada, pero cuando la colonia ha alcanzado de 3.000
a 10.000 células se forma una membrana a su alrededor y se
llena de líquido amniótico. El germen crece de este modo sin
estar sometido a la gravedad de la tierra en el ambiente primi-
tivo del mundo acuático. La formación de este acuario artifi-
cial, el amnios, fue el cuarto momento estelar en el camino evo-
lutivo de nuestros órganos reproductores. Tuvo lugar hace
aproximadamente 350-300 millones de años. Todos los reptiles
actuales, así como las aves y los mamíferos, muestran hoy este
órgano auxiliar de la reproducción.

— 108 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

El órgano central de la reproducción continúa siendo el ma-


terial genético, escondido en el núcleo de la célula huevo, que
da lugar al cuerpo pluricelular y que en cada una de las divisio-
nes celulares se reproduce en el núcleo de la nueva célula for-
mada. Los filamentos moleculares se hacen cada vez más lar-
gos, su división limpia es cada vez más difícil y las construc-
ciones se componen cada vez de más palabras y frases. La can-
tidad de vitelo necesario crece para crear cuerpos más grandes
y para suministrarles la cantidad de energía y material que ne-
cesitan. En tierra se hace necesaria una mejor protección en
forma de una cáscara de huevo dura. La unidad auxiliar más
importante en este caso es una piscina artificial que se forma
en el interior del huevo. El descendiente de los peces puede
crecer allí durante su desarrollo embrionario sin ser perturbado
por la gravedad de la tierra, lo mismo que les sucedía a sus
antepasados en el mar.
De todos modos, este acuario del interior del huevo no debe
convertirse en un cubo de basura. Los conductos de elimina-
ción de la orina del embrión desembocan, a través de un tubo,
en una vejiga cerrada situada por fuera del acuario (tabla 6,
figs. 2, 3, d). Su nombre científico es alantoides. Además, fuera
del acuario se encuentra un saco vitelino a través del cual el
embrión, al igual que sus antepasados peces, se alimenta y al
que se mantiene unido. Saco vitelino, alantoides y amnios están
envueltos por una membrana común, la serosa, que está sujeta
al interior de la cáscara del huevo. Cuanto más grande se hace
el embrión, tanto menor es el saco vitelino y tanto más crecen
el amnios y el alantoides. Esto es válido para los huevos de
cualquier reptil o ave. Sin embargo, el alantoides es algo más
que un cubo de basura, pues tiene otra función importante.

TABLA 6. El acuario en el que crecemos


Figuras: 1 embrión de tiburón en el interior de la cápsula del huevo, 2
embrión de lagartija en el huevo, 3 embrión humano en el útero materno
(matriz). a = saco vitelino, b = pared de la cápsula, c = amnios, d = alan-
toides, e = cámara de aire en el huevo, f = cáscara con serosa, g = vasos
sanguíneos maternos, h = vasos sanguíneos del embrión.

— 109 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Reproducirse significa traer al mundo descendencia viable. En el agua,


donde se originaron los primeros seres vivientes, resulta más sencillo que
en la tierra. En el caso del tiburón (1) es suficiente con un saco vitelino (a)
lleno de nutrientes para proporcionar material de construcción y energía
al embrión que se desarrolla en el interior de la cápsula del huevo. Los
productos de desecho (orina y dióxido de carbono) los elimina el embrión
a la cápsula del huevo, a través de cuya pared elástica (b) pasan al exterior
por difusión. Este embrión está pronto en condiciones de abandonar la
envoltura protectora, continuar su desarrollo en el medio acuático y pasar
a alimentarse por sí mismo. En los reptiles (2), que han pasado a una vida
totalmente terrestre, el problema resulta más difícil. El medio aéreo es un
«entorno hostil». El embrión debe estar más desarrollado para poder so-
brevivir y alimentarse a pesar de la desecación y la fuerza de la gra vedad.
Crece en el interior de un huevo de cáscara resistente en una bolsa llena
de líquido, el amnios (c), donde se encuentra como antes ingrávido y pro-
tegido contra la desecación. La energía y la materia las recibe, lo mismo
que el embrión de tiburón, del saco vitelino (a), pero, sin embargo, ya no
puedo deshacerse libremente de los productos tóxicos de desecho. Una
segunda bolsa, el alantoides (d), se convierte en este caso en «cubo de la
basura», recogiendo la orina. De todas maneras, el dióxido de carbono ga-
seoso puede seguir siendo expulsado al exterior: los vasos sanguíneos de
las paredes del alantoides lo llevan hasta una cámara de aire (e) del interior
del huevo, donde se difunde a la atmósfera a través de la pared porosa del
huevo (f). El alantoides asume de este modo las funciones de un pulmón.
Asimismo, incorpora oxígeno a la corriente sanguínea del embrión.
El embrión humano (3) ya no se desarrolla en el interior de un huevo sino
dentro del cuerpo materno. De este modo la cáscara del huevo resultó su-
perflua, e incluso perturbadora, por lo que dejó de formarse. Sin embargo,
este embrión sigue creciendo dentro de la «piscina» del amnios (c), donde
crece sin la acción perturbadora de la gravedad. Dado que ahora es el
cuerpo materno el que se encarga de la alimentación, su saco vitelino (a)
apenas es un esbozo. No obstante, el cambio a este nuevo método de ali-
mentación no es sencillo. Hay que atravesar no menos de seis capas de
tejido para que la circulación sanguínea materna (g) se ponga en contacto
con la del embrión (h). El alantoides (d) es también en este nuevo entorno
el órgano respiratorio del embrión. Los vasos sanguíneos de su pared, am-
pliada en prolongaciones digitiformes, expulsan de nuevo el dióxido de
carbono hacia el «exterior», que ahora es la circulación sanguínea de la
madre, y recogen oxígeno. Aún más: la orina, que en los reptiles perma-
nece en el alantoides, es eliminada a los vasos sanguíneos maternos y por
la misma vía el embrión recibe sustancias nutrientes. Desde la conquista
de la tierra firme por parte de nuestros antepasados, han transcurrido más
de 350 millones de años. Sin embargo, el ser humano continúa creciendo

— 110 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

como un pez en un acuario. Si el hombre fuera una construcción predesti-


nada a la vida terrestre podría haberse formado de manera mucho más
sencilla, y se podría haber evitado los complejos modos de toma de con-
tacto entre los vasos sanguíneos de la madre y del embrión que se desa-
rrolla en su interior.

1. Tiburón

2. Lagartija

3: Hombre

— 111 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Durante la evolución de la vida todo es posible. Su mem-


brana es alimentada por vasos sanguíneos y está fija en parte a
la serosa y a la cáscara del huevo. Sin embargo, esto significa
que a través de la vía sanguínea que atraviesa la serosa y la
cáscara porosa del huevo puede producirse un intercambio ga-
seoso. El gas incluido en el huevo constituye tan sólo un inter-
mediario (tabla 6, fig. 2). El alantoides se convierte de este
modo, en el curso del desarrollo embrionario, en una especie
de pulmón en el que el dióxido de carbono es eliminado y pe-
netra oxígeno desde el exterior. Además, dentro del huevo hay
que distinguir tres unidades fundamentales aparte del propio
embrión. El amnios, en el que el embrión descansa ingrávido y
que aumenta en la misma medida que él lo hace, el saco vite-
lino, que disminuye el tamaño, y el alantoides, que se hace
cargo además de la función del pulmón y que también aumenta
de tamaño. Finalmente ha acabado el desarrollo. Debido a ins-
trucciones de comportamiento innatas, el individuo surgido
rompe la cubierta del huevo, abandona la cáscara y el alantoi-
des y se lanza a la lucha por la vida.
En este avance pesan también instrucciones instintivas. Las
tortugas marinas, reptiles que regresaron a las aguas, llegan
hasta las playas, entierran en la arena los huevos y dejan que el
sol se encargue de incubarlos. Los megapódidos que viven en
la región indomalaya y que como todas las aves proceden de
los reptiles, construyen sobre los huevos un cúmulo de material
vegetal en el que se produce la incubación gracias al calor ge-
nerado durante la fermentación. Por consiguiente, dejan que
sean procesos químicos los que se encarguen de incubar los
huevos por ellas. Los tordos nos muestran cómo se colocan en-
cima de los huevos para comunicarles el calor necesario. Todo
esto, y muchas otras cosas, apoyan el proceso mediante el cual
una célula separada del cuerpo da lugar a un nuevo individuo
animal, siguiendo estrictamente los mandatos del código gené-
tico contenido en el núcleo. Todo apoya el funcionamiento de
este código de instrucciones. Si es del tipo que incita a los des-
cendientes de las células a la formación de un cocodrilo, enton-
ces aparece un cocodrilo. Si les ordena la formación de una

— 112 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cigüeña, surgirá ésta. El huevo, el saco vitelino, el amnios, el


alantoides, la cáscara y el comportamiento de los cuidados de
la incubación son trabajos adicionales. La vida se ha propagado
también hacia las regiones secas del planeta. Nuestros antepa-
sados y parientes lo pueblan por entero. Esto sólo ha sido posi-
ble mediante la reproducción. Este problema quedó solucio-
nado, es decir, se implantó una corriente evolutiva que conduce
hasta nosotros mismos, a pesar de que nos consideremos algo
completamente distinto.
El quinto momento estelar de esta evolución se produjo
cuando nuestros antepasados, hace 230-200 millones de años,
dejaron de poner huevos y pasaron a llevar en su propio cuerpo
a los descendientes. El camino hasta allí fue sencillo. En un
principio todavía se ponían huevos, pero no abandonándolos a
su suerte sino incubándolos en una bolsa ventral. El ornito-
rrinco todavía lo hace así en la actualidad. O bien, los huevos
quedaban dentro del cuerpo materno, donde eran incubados,
aprovechando la homeotermia en desarrollo. Sucede así para
todos los mamíferos. La cáscara del huevo se hizo superflua a
lo largo de la evolución y por lo tanto involucionó. En lugar de
la alimentación al embrión con ayuda del saco vitelino, pudo
aparecer una alimentación directa a través del sistema circula-
torio de la madre. De todos modos, el embrión y el cuerpo ma-
terno están en principio separados por varias membranas. Entre
los vasos sanguíneos del embrión y los de la madre no existe,
inicialmente, ninguna comunicación. Precisamente el cubo de
basura, el alantoides, se convirtió aquí en determinante. El
huevo actuó de pulmón, convirtiéndose en punto de partida
para una relación íntima con la madre. En la actualidad los ma-
míferos muestran todavía cómo la pared del útero de la madre
segrega primero, a través de la serosa adyacente, materias nu-
tritivas que llegan al embrión a través de los vasos sanguíneos
del alantoides. La serosa forma entonces papilas que penetran
en la pared del útero y los vasos sanguíneos del alantoides cre-
cen en ellas, uniéndose a los del sistema circulatorio de la ma-
dre. De esta forma tan curiosa apareció el tejido que une el ger-

— 113 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

men con la madre, la placenta. El sistema circulatorio sanguí-


neo de la madre se encarga entonces del contenido del alantoi-
des y suministra a través de sus vasos materias nutritivas direc-
tamente al embrión. Con esto hemos llegado a nosotros mis-
mos, a los seres humanos. Incubamos a nuestros descendientes
en nuestro propio cuerpo. El amnios en el que se encuentra el
embrión ya no está envuelto por una cáscara. Ésta se ha vuelto
innecesaria, ya que la madre cuida de él personalmente. El saco
vitelino sigue existiendo, aunque bastante reducido y no con-
tiene ya vitelo. Parece superfluo mencionar que todo esto no
indica en modo alguno una construcción que tuviese por un ob-
jetivo preciso al ser humano. Todo embrión humano sigue pre-
sentando este desarrollo incómodo y en principio sigue sepa-
rado de la madre. Durante el parto, debe expulsarse el tejido de
la placenta. Después, los cuidados prosiguen, fuera del cuerpo.
Al hijo ya no se le alimenta a través de la circulación sanguínea
sino que se le amamanta. Por consiguiente, tuvieron que desa-
rrollarse también formas de comportamiento innatas, por un
lado, en el recién nacido para mamar y, por otro, en la madre,
que facilitasen el proceso de succión. Otros órganos para la re-
producción son las glándulas mamarias, los pezones y los có-
digos de instrucciones del comportamiento para que el proceso
funcione. Con ello hemos llegado al final de una larga cadena
evolutiva. Al principio, se producía una enorme cantidad de
huevos, en el caso del bacalao son millones, de los cuales la
mayoría son devorados por otros animales. Más tarde, se pro-
ducen menos huevos que se cuidan con más esmero. Después,
se entierran huevos dotados de un acuario interno muy desa-
rrollado. Más adelante, aumentan los cuidados a los huevos,
que crecen de tamaño, y por último, aparece un menor número
de descendientes con un riesgo de pérdida mucho menor. Se
les transporta en el interior del vientre, son alimentados por la
sangre de la madre e incubados con el calor de la sangre. En el
caso de las aves, que también se transformaron en animales ho-
meotermos, esta solución no fue posible. Su vida aérea exige
que el peso sea lo más reducido posible. Por consiguiente, con-

— 114 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

tinúan poniendo huevos, construyendo nidos, incubando, pro-


tegiendo y alimentando después a las crías que nacen de ellos.
Por el contrario, los mamíferos reducen la cáscara del huevo y
el saco vitelino, traen al mundo a las crías ya desarrolladas, las
protegen y las alimentan con leche.
En este punto cabe indicar que existe una gran cantidad de
otros animales vivíparos. Igual que el ojo se inventó varias ve-
ces, o que los órganos prensiles o los centros nerviosos apare-
cieron en las diversas líneas evolutivas de modo independiente
entre sí, en ellas se produjo también el transporte de los huevos
en el interior del propio cuerpo. Existen, por ejemplo, diversas
especies de tiburones vivíparas. En su caso también se forman
papilas. La circulación sanguínea alimenta a los embriones y
retira de ellos las materias residuales. Existen asimismo plantas
vivíparas, por ejemplo, el mangle. Su semilla no germina sola
en un suelo alejado sino que se desarrolla unida a la planta ma-
dre, de la que más tarde cae. Tiene forma de un estilete y per-
fora el suelo. De este modo crece tan próximo al árbol madre
que se transforma en un competidor suyo, mientras que las se-
millas normales pueden alejarse mucho más. En el caso de los
animales que pueden desplazarse, esta desventaja no existe.
Maduran protegidos por el cuerpo materno y son protegidos y
alimentados más tarde por la madre, por ambos padres o por la
manada, hasta que se independizan.
Entre los mamíferos este quinto paso evolutivo tiene una
especial importancia, que en nuestro caso tiene un gran peso
específico. En estos animales homeotermos se produjo un gran
desarrollo del cerebro. Adquirieron mayor capacidad de apren-
dizaje, por lo que dependieron cada vez menos de formas de
comportamiento innatas (tablas 10 y 18).
El comportamiento innato se debe a que el material gené-
tico oculto en los núcleos de las células da lugar a estructuras
nerviosas en el cerebro, que conducen a que el animal actúe y
reaccione de manera innata. Ninguna mariposa tiene que
aprender a volar. Las órdenes para sus músculos ya están pre-
determinadas y se producen de modo automático. La mayor

— 115 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

parte de las acciones de los insectos son de este tipo y, por con-
siguiente, se deben a instrucciones del material genético. Su
capacidad para variarlas mediante el aprendizaje es bastante li-
mitada. Los mamíferos se transformaron, por el contrario, en
animales de aprendizaje. El comportamiento automático invo-
lucionó cada vez más. Las crías aprenden las capacidades que
les son necesarias en una lucha individual con el entorno. Lle-
gan incompletas al mundo y necesitan de la protección y en
gran medida también de la alimentación de los padres. Al prin-
cipio están indefensas. Sin embargo, a través del proceso de
aprendizaje se adaptan a las condiciones del entorno existentes
en cada situación, lo que supone una ventaja importante. La
desventaja es que el proceso de aprendizaje mediante ensayos
y error dura algún tiempo. Por ello, es necesaria una protección
de la prole por parte de los padres o de la manada. En el caso
del ser humano la corteza cerebral alcanzó un desarrollo ex-
tremo, lográndose una gran capacidad de aprender, relacionar
causa y efecto e incluso de valorar, planificar y proyectar el
comportamiento en el cerebro. Apareció la conciencia del «yo»
y asimismo la capacidad de la comprensión mediante el len-
guaje. Lograr todo esto y «aprenderlo» dura bastante tiempo.
Mientras que el cachorro del león alcanza la edad adulta a los
tres años, una jirafa joven a los 2 años y un chimpancé a los 5
años, el niño debe ser cuidado entre 8 y 14 años, y con la for-
mación profesional moderna incluso durante más tiempo. La
inteligencia reporta ventajas inmensas, si bien exige una pro-
tección de la prole mucho más prolongada por parte de la ma-
dre, los dos padres o la comunidad. Las ventajas del vivipa-
rismo, de la lactancia y del cuidado prolongado al joven toda-
vía incompleto deben, por lo tanto, juzgarse unidas al desarro-
llo intelectual.
Como ya hemos visto, la mano humana se transformó en
relación con la inteligencia mental y la emergente conciencia
del «yo», en un órgano que potenciaba inmensamente su poder
a través de la técnica. Con la ayuda del lenguaje fue posible
transmitir a otros los códigos de comportamiento adquiridos y,

— 116 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

con ello, ahorrarles la necesidad de tenerse que formar a sí mis-


mos mediante un largo proceso de ensayos y errores. Todas las
generaciones comunican sus experiencias a las siguientes, por
lo que las novedades y las mejoras se transmiten independien-
temente del material genético.
La posición erguida de nuestros antepasados primates pro-
dujo una desventaja, la de las posiciones de la pelvis. La cabeza
del niño es cada vez mayor, pero la pelvis no puede ensan-
charse debido a las condiciones impuestas por el nuevo modo
de desplazamiento. Por lo tanto, se producen problemas du-
rante el nacimiento. Este es quizás uno de los motivos por los
que el niño llegue tan incompleto y desvalido al mundo. La
función reproductora chocó aquí con la del desplazamiento: un
auténtico conflicto de funciones. ¿Qué sucederá en el futuro?
¿Hay perspectivas de un sexto momento estelar, se ven nuevas
posibilidades en el sector de la reproducción?
No y sí. Empecemos por el no. En la famosa novela Un
mundo feliz, el escritor inglés Aldous Huxley exponía la solu-
ción al problema reproductivo para los siglos venideros. Las
madres ya no tenían que ocuparse durante nueve meses de sus
hijos, ya que éstos, por decirlo así, crecían en el tubo de ensayo.
De esta forma, se podía influir constantemente sobre el em-
brión con hormonas y otros estímulos, de tal suerte que de él
saliese lo que hacía falta, seres humanos predestinados a ser
diligentes y otros, creados para dejarse gobernar fácilmente,
especialistas en esta o aquella función y que están contentos y
satisfechos con su trabajo. Un mundo totalmente manipulado.
¿Es esto utópico e imposible?
En modo alguno. Si pensamos que hace unos 250 millones
de años nuestros antepasados llevaban a cabo todo su desarro-
llo fuera del cuerpo materno en un huevo, si se piensa que unos
parientes nuestros, las aves homeotermas e inteligentes, tam-
bién crecen en el interior de huevos, no puede excluirse del
todo que la evolución vuelva de nuevo, y esta vez por medios
técnicos, al huevo. A un huevo perfeccionado para el desarrollo
artificial del embrión fuera del cuerpo de la madre. Mediante
cultivos de tejidos se puede crear, en principio, una placenta

— 117 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

artificial. Si al comienzo dijimos que no, era simplemente por-


que una evolución de este tipo es muy improbable, sobre todo
porque es muy compleja y costosa. En verdad, la posibilidad
de actuar con un fin determinado es mucho mayor así. Sin em-
bargo, cabe pensar que el ser humano más evolucionado no esté
dispuesto a someterse a una manipulación total como ésta.
Creo más bien que se alcanzará una mejora distinta en un fu-
turo cercano, que será la implantación de un óvulo fecundado
en otra mujer a la que habrá que pagar. Esta se encargará en-
tonces de los meses incómodos con el vientre agrandado y el
parto, y después entregará el niño. Este último presenta las ca-
racterísticas hereditarias de los padres, ya que el desarrollo en
un vientre extraño no influye decisivamente sobre él. Con ello
se ayuda a ambas partes. La mujer que puede permitírselo tras-
lada las molestias del embarazo a una persona que actúa de
sustituto, que se hace cargo de la tarea si el precio pagado le
conviene. Si bien el instinto humano se resiste en principio a
un proceso como éste, la nodriza que da de mamar al recién
nacido es ya un primer paso en esta dirección, aunque, si se
utilizan ciertos criterios valorativos, no es «natural». Otro tanto
rige para la alimentación con biberón.
Esto no representaría evidentemente un nuevo momento es-
telar, ya que en este caso tan sólo se traslada, mediante una
manipulación técnica a través de una intervención quirúrgica,
un proceso de un individuo a otro. El resultado no varía esen-
cialmente y el proceso continúa siendo el mismo. Otra cosa se-
ría si el ser humano consigue, y de ello se habla insistente-
mente, realizar manipulaciones en el material genético. Esto,
sin embargo, ya no pertenece a la temática de este capítulo sino
a la de los siguientes. Hasta ahora sólo hemos hablado de re-
producción, no de transformación o cambios en el material ge-
nético, formación de nuevas especies o acerca del auténtico
motor de la evolución. Tal como se resaltó al principio, éste es
un problema distinto que debe desligarse con claridad de la
función reproductora. En cada uno de los actos de la reproduc-
ción de lo que se trata es de duplicar o multiplicar un sistema
existente, es decir, obtener monos a partir de monos, ratas a

— 118 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

partir de ratas o abetos a partir de abetos. Esta es una tarea


enorme y difícil, y el órgano que se encarga de ella es el mate-
rial genético. La alteración de éste, su nueva construcción para
que dé otros organismos pluricelulares, otras plantas y otros
animales, es una problemática completamente distinta. De ello
se encargan órganos diferentes de los que trataremos en lo que
sigue. Llegamos así a aquellos órganos y procesos que dificul-
tan tanto a las madres explicarles a sus hijos cómo se produce
un niño.

— 119 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

VI. EL SEXO Y SUS ÓRGANOS

No hay nada en el mundo que parezca más natural que el


hecho de la existencia del hombre y la mujer. Siempre fue así
y continuará siéndolo. También entre los animales hay machos
y hembras. La vida humana sin los dos sexos sería absurda e
inimaginable. La familia se construye sobre esta dualidad. Por
todos lados topamos con los problemas y las consecuencias de
la sexualidad y el amor: celos, ternura, flirteo y pasión, la lucha
de los sexos, la unión y la separación, la alegría y la tragedia.
«Que el hombre y la mujer sean uno», leemos en la Biblia. La
convivencia entre ambos pasa por ser el elemento central den-
tro de la sociedad humana, la base de los ideales éticos, un acto
de creación de la voluntad divina. Pero por otro lado, el proceso
de la unión es algo íntimo, se considera incluso como algo pe-
caminoso. El sexo como lastre. La vergüenza. La ocultación de
los órganos sexuales, el gran misterio frente a los niños... ¿pero
qué significa todo esto al fin y al cabo? ¿Por qué existen dos
versiones del cuerpo humano? ¿Por qué muestran los animales,
e incluso las plantas, tal polaridad? Si queremos saber de qué
material está construido nuestro yo, qué significan nuestros ór-
ganos, por qué nuestro cuerpo tiene este y no otro aspecto, hay
que contemplar entonces esta dualidad con lupa. ¿Cuándo y
cómo apareció? La pregunta está tanto más justificada y tiene
tanto más sentido por cuanto en el marco de la evolución, en el
entramado de ramas del gigantesco árbol de la vida, lo inútil,
lo que no tiene sentido y no es funcional no se mantiene ni me-
dra, al menos durante largos períodos de tiempo. La competen-
cia entre las diversas estructuras vivas lo impedía. En esta com-
petencia desaparecieron las cosas sin función y sin sentido.
¿Entonces por qué tanto trabajo para dar lugar a los dos sexos?
¿Por qué este fenómeno problemático del apareamiento? ¿Una
pincelada del creador con objeto de dar color a la creación?
¿Un proceso necesario para hacer posible la reproducción?

— 120 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Es un error muy extendido, incluso en la mayoría de las


obras científicas, contemplar la reproducción y la sexualidad
como una unidad funcional indisoluble. De hecho, se trata de
dos procesos completamente diferentes que, si bien están ínti-
mamente relacionados, como veremos, por motivos indiscuti-
bles, tienen funciones completamente diferentes. En el caso de
la reproducción, como ya se ha mostrado, se trata, en último
término, de una función del material genético. Es de su com-
petencia la reproducción, es decir, el proceso que permite que
un cacto dé vida a otros, un corzo a un semejante, etc. En esta
función, sin la cual la vida no podría haberse desarrollado
nunca, de lo que se trata es de algo especialmente difícil: la
nueva construcción de un individuo de la misma especie. Esto
es precisamente lo que hace el material genético, los filamentos
interminables de moléculas sobre los que, con escritura gené-
tica, están ordenadas las innumerables instrucciones necesarias
para ello. División del núcleo, división de la célula, el huevo,
el cuidado de la prole y muchas otras cosas más son procesos
suplementarios y estructuras dentro del marco de dicha fun-
ción. En el acto del apareamiento sexual no se trata de la divi-
sión de un material genético en dos, etc., sino del proceso exac-
tamente opuesto: la fusión de dos materiales genéticos en uno.
¿Por qué se da? Si la división ya es muy complicada y enma-
rañada, la unión representa un problema aún más difícil. Cada
filamento de material genético de la célula germinal masculina
debe encontrar su compañero en la femenina. Recuérdese cuán
interminablemente largos y retorcidos se encontraban estos fi-
lamentos dentro del núcleo de la célula. Cada una de las frases
de la escritura de las instrucciones genéticas debe encontrar su
igual en la escritura del compañero y unirse a ella; cada pala-
bra, a su homóloga, cada letra, a la que le corresponde. Hemos
de decir desde un principio que no tenemos apenas idea de
cómo sucede esto. Lo único que hacemos es sacar a la luz una
enorme problemática, el problema técnico tan difícil, las pre-
guntas: ¿Por qué tiene que suceder esto? ¿Por qué esta compli-
cación? ¿Qué beneficio reporta este proceso?

— 121 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Para responder a estas preguntas, debemos volver de nuevo


al proceso fundamental de la vida. Se transmite mediante indi-
viduos que se multiplican y sólo puede hacerlo de esa manera.
Signifique lo que signifique, este proceso sólo puede tener lu-
gar a través de la reproducción, la multiplicación. Donde no se
logró esto, la corriente evolutiva se detuvo por sí sola. Si una
planta, o una especie animal, no podía multiplicarse, desapare-
cía. No hay, por tanto, alternativa a la reproducción. Pero con
esto no hemos acabado. A través de esta necesidad se explica
la conservación de las especies, pero no, en cambio, el medio
por el cual aparecen otras nuevas, es decir, distintas; las ranas
dan ranas, el trigo da a su vez trigo, pero hoy sabemos que to-
das las plantas y todos los animales proceden de antepasados
comunes de tamaño submicroscópico. Esto significa que algo
tuvo que alterarse en el material genético si aparecieron nuevas
especies. Estas variaciones se producen en realidad, y de ma-
nera espontánea. Si durante la división se cometen fallos, en-
tonces la escritura que contiene las instrucciones varía: por re-
gla general, lo que aparece es algo de menor valor, que no
puede imponerse sobre la competencia. Sin embargo, a veces
puede aparecer algo mejor, algo más adecuado. El logro de lo
más adecuado y el rechazo de lo menos apto se produce en un
mismo lugar o en un medio alterado. Estos cambios del mate-
rial genético, que se producen de modo automático, se llaman
mutaciones. Sin embargo, ellas solas no bastan para explicar la
riqueza actual de las plantas y de los animales. El intervalo
temporal de 4.000 millones de años es excesivamente corto
para ello. En la lucha por imponerse de los organismos, estas
estructuras trajeron consigo una ventaja, la de acelerar la apa-
rición de nuevos materiales genéticos. ¿Cómo es esto posible?
Muy sencillo, mediante la unión de materiales genéticos diver-
sos. Con ello aparecen diversas combinaciones. Evidente-
mente, si el material genético de un alga se une al de un pez no
puede surgir nada que sea viable. Por el contrario, si se funden
los materiales genéticos de dos congéneres entonces pueden
aparecer descendientes aptos para la vida, dotados de nuevas

— 122 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

características estructurales. En resumen: la fusión de materia-


les genéticos es un proceso que potencia y acelera en gran me-
dida la aparición de nuevas especies, combinando, en distintos
lugares y de diversas formas, las mutaciones que aparecen. En
ello reside su valor, su necesidad. Tanto para el individuo como
para la conservación de la especie, carece de valor. Es un me-
canismo que potencia el desarrollo total de la vida, sin el cual
dicho desarrollo evidentemente no habría podido tener lugar.
Éste es el punto fundamental. Los órganos que se hicieron su-
perfluos involucionaron, tanto en las plantas como en los ani-
males, a la corta o a la larga. Resulta tanto más notable el que
el dispositivo tan complejo y técnicamente tan complicado de
la fusión regular de materiales genéticos se conservase casi sin
excepción en casi todas las plantas y animales, una prueba casi
irrefutable de que, sin la ayuda de este proceso en el curso de
la lucha por imponerse, habrían fracasado, no individualmente,
de manera personal, sino en cuanto a la sucesión de las gene-
raciones. Donde aparecía algo nuevo, mejor, lo antiguo y me-
nos eficaz era eliminado automáticamente. Los dispositivos
que conducían a que lo nuevo y lo mejor apareciesen de modo
automático constituían, por ello, una clara ventaja. De ahí todo
el esfuerzo de la unión sexual, toda su complicación. De ahí la
división en dos sexos, cuyo desarrollo vamos a contemplar con
más detalle. De ahí la existencia del hombre y de la mujer, y
los inmensos efectos sobre nuestra vida práctica, sobre la so-
ciedad humana y sobre el yo de cada uno.
El primer momento estelar de esta evolución es, por tanto,
aquel en el que nuestros antepasados alcanzaron la capacidad
de fusionarse entre sí. ¿Cuáles fueron? No tenemos ni idea de
cuándo apareció la diferenciación de los sexos, el proceso del
apareamiento, si bien podemos suponer que este momento es-
telar tuvo lugar en época muy temprana, ya que cuanto más
sencillo fuese el material genético menor sería la estructura
corporal a la que estaría ligado y mayor sería la probabilidad,
desde el punto de vista técnico, de que los materiales genéticos
se fusionasen. Por consiguiente, es probable que la bisexuali-
dad surgiese poco después de la aparición de la vida. En el

— 123 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

«caldo primigenio», muy rico en energía, los primeros seres


vivos chocaban entre sí. Evidentemente sólo entonces fue po-
sible la existencia de este proceso de fusión. Una vez apare-
cido, demostró ser tan ventajoso que se mantuvo incluso con la
creciente complicación de sus estructuras. Está claro que sólo
era eficaz cuando iba seguido de procesos reproductivos. Por
este motivo se da hasta la actualidad este estrecho acopla-
miento. Pudieron aparecer especies en las que la reproducción
se verificase también sin unión de material genético, y de he-
cho dichas especies existen. En este caso se habla de gemación,
poliembriotonía y partenogénesis. Especialmente entre las
plantas y los animales inferiores este proceso se da con una
cierta frecuencia. Sin embargo, los fenómenos de apareamiento
intersexual se encuentran siempre intercalados entre ellos. En
definitiva, ese proceso resultó imprescindible por muy compli-
cado, difícil y costoso que resultase. Donde desapareció, la es-
pecie no perduró en otras especies más perfeccionadas sino que
quedó eliminada. Mientras que la reproducción sirve para el
mantenimiento de la especie, la unión de los materiales genéti-
cos produce la aparición de nuevas especies y la superación de
las existentes. Como ya hemos señalado, éstos son procesos
opuestos. Uno de ellos es responsable de que una misma es-
tructura se conserve mediante multiplicación, que perdure en
las generaciones siguientes. El otro se ocupa de que aparezcan
nuevas estructuras, que con posterioridad, en la práctica, elimi-
nan a las que les precedieron.
Supongamos que, tal como se admite en la actualidad, el
proceso de la vida se inició hace aproximadamente 4.000 mi-
llones de años; entonces esta mecánica potenciadora de la evo-
lución podría haber aparecido poco tiempo después, hace unos
3.600-3.000 millones de años. El primer momento estelar es,
por consiguiente, aquel en el que los materiales genéticos del
mismo tipo o similares se unieron. Con ello, sin embargo, sur-
gió el problema de cómo podían encontrarse dos individuos, de
cómo podían reconocerse. Al principio, el proceso debió de de-
pender del encuentro casual. Más tarde, no obstante, se forma-
ron órganos que potenciaban el encuentro, que facilitaban el

— 124 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

proceso de fusión de los materiales genéticos. La siguiente me-


jora en esta evolución es inmediata. Se llama división del tra-
bajo. Uno se especializa en la percepción sensorial y la movi-
lidad. El otro se hace cargo entonces de la tarea de la reproduc-
ción. Con ello se alcanza la división entre masculino y feme-
nino. Sin embargo, por lo que nos permiten saber nuestros co-
nocimientos científicos hasta la fecha, no fue para convenien-
cia de los seres humanos o para depararle sentimientos placen-
teros y sensaciones poéticas. Esta dualidad, que según Scho-
penhauer introdujo en el mundo un elemento extraño, hostil e
incluso demoníaco, o según Jean Paul completó el género hu-
mano, no se produjo por placer a éste sino hace unos 3.500 mi-
llones de años antes de que apareciese el primer hombre pen-
sante. Y además surgió en tanto que condición necesaria para
la aparición de una gran variedad de seres vivos y, por tanto,
también del ser humano.
Por lo tanto, el segundo momento estelar, que seguramente
se produjo poco después del primero, hace unos 3.400-2.800
millones de años, fue la división del trabajo entre los sexos. La
parte femenina se encarga de la tarea de la reproducción. Se
hace cargo de la división cuidadosa del material genético, de la
formación del huevo, del embrión que surge del amnios, de la
formación de la placenta y del parto. La parte masculina es res-
ponsable del proceso de mezcla de los genes: la búsqueda de
un congénere y la unión de su propio material genético con el
de éste. En el caso más sencillo, que se ha mantenido hasta la
actualidad en algunos organismos unicelulares, las partes mas-
culina y femenina presentan el mismo aspecto, es lo que se
llama isogamia. Sin embargo, cada una de ellas se especializó
enseguida en una tarea, apareció la heterogamia. El individuo
masculino es más pequeño, móvil y está dotado de la capacidad
de encontrar al femenino. Este, por el contrario, recoge los ma-
teriales y cantidades de energía necesarios para la reproduc-
ción, para el sustento de los individuos, es menos móvil, espera
y forma después de la unión, de la conquista por parte del otro,
un revestimiento que protege contra la penetración de otros
materiales genéticos. De esta manera, aparecen características

— 125 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

sexuales, condición necesaria para el reconocimiento de los in-


dividuos, para la unión de las células germinales. Entre los or-
ganismos unicelulares se produjo ya esta diferenciación —
como puede demostrarse en la actualidad— que perduró en los
organismos pluricelulares. Con ello, la evolución posterior
tuvo que resolver una doble problemática. Primero, los congé-
neres debían ser capaces de reconocerse. Segunda, las partes
masculina y femenina debían estar en disposición de recono-
cerse como compañeros sexuales. Desde el organismo unice-
lular hasta el ser humano, nada ha variado a este respecto.
Cuando hoy nos excitamos cuando el compañero sexual nos
habla y se dirige a nosotros, se continúa un proceso animal que
seguramente tiene una antigüedad de 3.000 millones de años.
En este libro se intenta considerar únicamente lo esencial.
Por consiguiente, la enorme complicación de la división de ma-
duración se mencionará tan sólo de pasada: en toda célula los
materiales genéticos están presentes por partida doble. Para
que no se vuelvan a duplicar durante la unión, deben dividirse
antes en los individuos masculino y femenino. Inicialmente,
después de la fusión, se ponía en marcha la reproducción. Sin
embargo, dado que el proceso de encuentro entre los distintos
filamentos moleculares es un asunto trabajoso y complicado,
éste se pospuso en el desarrollo de la evolución para un mo-
mento posterior. Entre los organismos pluricelulares superiores
la nueva formación se produce después de la unión de las célu-
las sexuales, sin fusión de los filamentos de material genético.
Más tarde, en la «línea germinal», es decir, en la formación de
las células sexuales masculinas y femeninas, se produce con
toda tranquilidad dicha división, la meiosis. Esto se menciona
sólo para completar la exposición, pues lo esencial es simple-
mente que los sexos están diferenciados. Todos los organismos
pluricelulares, con excepciones irrelevantes, tienen individuos
machos y hembras, presentan características por las que pue-
den reconocerse y están dotados de dispositivos para el aparea-
miento: para el proceso de unión de sus genomas.

— 126 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

En el caso de las plantas, a las que sólo consideraremos de


pasada debido a que no se encuentran en nuestra serie más pró-
xima de antepasados, esto dio lugar en tierra firme a enormes
complicaciones. Las plantas terrestres no pueden moverse,
aunque tampoco lo necesitan, debido a su forma de conseguir
energía y sustancias. Los rayos solares inciden por sí mismos
sobre ellas, y donde hay agua pueden vivir. Sin embargo,
¿cómo pueden juntarse las plantas masculinas y femeninas?
Primera solución: el hermafroditismo. La misma planta pro-
duce células sexuales masculinas y femeninas, situadas lo su-
ficientemente próximas entre sí como para poder alcanzarse.
Sin embargo, la posibilidad de que se produzca la combinación
para dar nuevas mutaciones es pequeña. Segunda posibilidad:
las células germinales masculinas emplean también las vías
acuáticas existentes en tierra, por ejemplo el suelo húmedo,
para llegar hasta las células germinales femeninas. Las plantas
terrestres de este tipo han sobrevivido hasta nuestros días: son
los helechos. Tercera solución: las fanerógamas, que convier-
ten al viento y a los insectos en mensajeros amorosos. En este
último caso se lleva a cabo algo que encontrará más tarde un
paralelismo en el ser humano dotado de conciencia. La planta
forma una flor que atrae a los insectos y les ofrece sustancias
azucaradas, es decir, portadoras de energía, a modo de «hono-
rarios». El insecto no tiene ninguna idea del papel de interme-
diario que desempeña, ni tampoco la planta que produce la flor.
Sin embargo, lo esencial es que todo ello funciona, que el «in-
tercambio» se lleva a cabo. Los insectos, es decir, animales
móviles, atraídos por la forma, el color y el aroma, buscan las
flores, que tienen una estructura tal que las células germinales
masculinas se quedan adheridas al insecto. Cuando éste visita
otras flores, dichas células llegan a órganos que las conducen
hasta las células germinales femeninas. Un intercambio muy
parecido al que se produce en el comercio. Durante el tiempo
del transporte del polen, el insecto se convierte en un órgano
de desplazamiento de las plantas inmóviles. Se le paga con azú-
car, néctar y polen, es decir, con energía y materiales. Exacta-

— 127 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

mente igual que en la sociedad humana, donde el empleado tra-


baja, realizando tareas que uno no puede o no desea llevar a
cabo, y recibe dinero como pago, con el que compra energía y
materiales. Se trata en este caso del resultado de un acto inteli-
gente, allá lo es de una larga cadena de mutaciones, sin em-
bargo en ambos casos el resultado es el mismo, se realiza una
función necesaria. Una función necesaria para la continuación
del flujo de la vida a través de los individuos y de las genera-
ciones, que no puede llevarse a cabo por sí misma y para la que
se emplean otros individuos. En el caso de las plantas, el in-
secto sirve de medio de transporte para las células germinales
masculinas. Las plantas se sirven de una operación de inter-
cambio análoga para su reproducción: las semillas están en-
vueltas en paquetes de azúcar que llamamos frutos. Los anima-
les son atraídos por ellos, los devoran y transportan así la se-
milla hasta que la expulsan al exterior, con lo que las plantas
se reproducen. Nuevamente un intercambio. Otra vez se con-
vierte a los animales en órganos de desplazamiento. En este
caso no se trata de insectos sino de animales frugívoros. Aquí
se fomenta una actividad económica muy extendida entre los
seres humanos. Uno convierte a otro, por sus contraprestacio-
nes, en órgano suyo. Sin embargo, nos hemos apartado dema-
siado del tema del presente capítulo, la bisexualidad, su signi-
ficado y su desarrollo.

TABLA 7. El arriesgado rodeo de las células germinales


(gametos) femeninas a través de la cavidad abdominal
Figuras: sistema urogenital (en esquema) 1 del tiburón, 2 de la lagartija,
3 del embrión humano y 4 del ser humano adulto. A = ovario (en los ma-
chos se sitúan aquí los testículos), B = óvulo, C = gonostoma del oviducto,
D = pronefros, E = mesonefros, F = metanefros, G = tubo digestivo, H =
vejiga, J = útero, K = vagina, a = nefrostoma primitivo de los canales ex-
cretores, b = túbulo renal primitivo, c = cápsula de Bowman, d = oviducto,
e = cloaca, f = huevo con cáscara, g = embrión humano, h = vías excretoras
separadas.
La mujer que sufre un embarazo en el interior de su vientre debe esta cir-
cunstancia al hecho que el cuerpo humano no es una construcción dirigida

— 128 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

y que presenta defectos, explicables por la génesis filogenética de sus ór-


ganos. La eliminación de la orina y la producción de descendencia no
guardan entre sí la más mínima relación, pero ya que para ambas funciones
se necesitan conductos de salida, en nuestros antepasados los primitivos
tiburones de hace 450-400 millones de años se produjo una estrecha aso-
ciación entre las gónadas, productoras de células germinales (gametos)
masculinas y femeninas, y los órganos de excreción, procedentes de sen-
cillos canales (nefridios) que se abrían a la cavidad del cuerpo mediante
embudos ciliados (nefrostomas) y recogían de ésta los productos de
desecho. En los tiburones, los reptiles y también el ser humano, estos ne-
frostomas (a) aparecen en el curso del desarrollo embrionario para expe-
rimentar después una regresión. Puesto que durante la evolución histórica
estos pequeños canales se pusieron en comunicación con el sistema vas-
cular en formación, se originaron cápsulas (c) en las que los canales reti-
raban ahora los productos de desecho de la sangre. Las células germinales
masculinas (los espermatozoides) son tan pequeñas que pueden salir al
exterior a través de esos mismos canales, razón por la que en el hombre
orina y semen se eliminan por el mismo camino (tabla 8, fig. 1, e). Por el
contrario, los óvulos eran demasiado grandes y de su transporte al exterior
se hizo cargo un canal de este sistema que todavía hoy se abre a la cavidad
corporal en los vertebrados, incluido el ser humano, con un embudo ci-
liado (d). El ovario (A) desprende los óvulos (B) en la cavidad abdominal
y deben llegar hasta ese gonostoma ciliado (C). En la fecundación interna
maduran en el oviducto, cuya sección media se convierte en el útero (J).
Así sucede ya entre los tiburones, y en los reptiles se forman huevos de
mayor tamaño que se recubren de una cáscara calcárea (2, f). En el em-
brión humano (3) aparecen todavía los esbozos de las tres secciones' rena-
les: pronefros (D), mesonefros (E) y metanefros (F): otra demostración de
nuestro origen a partir de peces. En el ser humano adulto sólo el metane-
fros es funcional, habiendo involucionado los otros dos. De todas formas,
en el hombre persiste el conducto del mesonefros convertido en espermi-
ducto o conducto seminal (tabla 8, c). En la mujer el gonostoma del ovi-
ducto (4, C) se ha aproximado a la gónada femenina (ovario), aunque los
óvulos tienen que seguir desplazándose hasta este gonostoma después de
la ovulación, algo que no siempre funciona. En caso de una planificación
dirigida la gónada, como cualquier otra glándula, habría llevado sus pro-
ductos directamente a un canal de expulsión. Sólo la conexión histórica
entre las gónadas y el sistema de excreción (sistema urogenital) explica
este punto débil en la mujer.

— 129 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

1 Tiburón 2 Lagartija

3 Embrión humano 4 Persona adulta

— 130 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Volvamos al tema. Los congéneres deben encontrarse y fu-


sionar sus materiales genéticos. Para ello, además de las res-
tantes complicaciones, todavía hace falta algo esencial: un im-
pulso. Hemos vuelto así otra vez a nosotros mismos y a nues-
tros parientes animales. Vemos por doquier cómo los machos
buscan a las hembras, cómo los sexos tienden a unirse, cómo
los estados de excitación acompañan a este proceso, los estados
de placer que genera el éxito y los de displacer a que da lugar
el fracaso. Sin embargo, los animales no conocen la excitación
del placer y displacer conscientes, esta conciencia aparece sólo
en los seres humanos. En principio, en todos los casos se trata
esencialmente de lo mismo: los sexos se atraen y su unión es
recompensada. Las células sexuales masculinas y femeninas
deben encontrarse, deben unir antes o después sus materiales
genéticos. Esto es una necesidad, ya que, en caso contrario, la
sucesión de generaciones quedaría en desventaja en la lucha
por imponerse. Si no fuera así, a partir de una especie no sur-
giría otra nueva, distinta y mejorada. Sólo así puede aumentar
la perfección, aparecer algo más apto para la vida y más eficaz.
Este principio es tan necesario como la obtención de alimento,
cuyo desarrollo con éxito es estimulado también mediante ex-
citaciones que se perciben como positivas.
¿Cómo continúa la historia? ¿Dónde se encuentra el si-
guiente momento estelar en esta evolución tan importante para
nosotros? Se formó una enorme variedad de órganos e instruc-
ciones de comportamiento gracias a la cual las hembras y los
machos se encontraban. Sobre la «vida amorosa de los anima-
les» se han escrito numerosísimos libros. En ningún lugar se ve
una línea rectora unitaria: cualquier mutación casual que po-
tenciaba esta necesidad se mantenía y servía de orientación
para nuevas líneas evolutivas. Existen peces abisales entre los
que el macho es mil veces menor que la hembra y que crece
fijo a su cuerpo. Algunos gusanos poliquetos marinos presen-
tan estructura masculina en los primeros segmentos y femenina
en los últimos. Cuando las células sexuales no se dispersaron
libremente en el agua sino que el macho las introdujo directa-
mente en el cuerpo de la hembra, se consiguieron importantes

— 131 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

ahorros. Éste es el caso de los tiburones, entre los que una parte
de la aleta ventral se ha transformado en los machos en un tubo
que se introduce en la parte final del intestino de la hembra, en
la que también desembocan los órganos genitales femeninos.
Para ello, el macho se enrosca sobre la hembra, temblando de
excitación, de placer inconsciente. Igualmente, los turbelarios,
emparentados con los antecesores de los moluscos actuales,
han desarrollado un pene tubular que introduce los espermato-
zoides en el interior del cuerpo de la hembra. También en este
caso se evita el deterioro. En algunos de estos gusanos, sus cos-
tumbres son todavía más bruscas, ya que clavan el pene en al-
gún lugar del cuerpo de la hembra, igual que un puñal. Los es-
permatozoides se dispersan entonces por el interior del cuerpo
de ésta y se desplazan, regidos por directrices genéticas, hasta
el punto en el que se encuentran los óvulos, fusionándose con
ellos.
En el agua, estos procesos lograron imponerse porque re-
sultan económicos. No existe todavía una necesidad absoluta
de apareamiento directo. Por el contrario, sí que la hay en la
tierra firme. A diferencia de lo que sucede en el agua, el medio
aéreo no es propicio para la vida. Las células sexuales se secan
con gran rapidez en contacto con el aire, por lo que, para ellas,
aunque dotadas de un flagelo, no existe la posibilidad de des-
plazarse. Entre los primeros vertebrados terrestres que se desa-
rrollaron a partir de los peces pulmonados, los anfibios primi-
tivos que se movían ya sobre sus patas, las hembras y los ma-
chos regresaban al agua para aparearse. La mayoría de sus des-
cendientes actuales han continuado practicando este método:
así nos lo muestran hoy las ranas. Machos y hembras estrechan
sus cuerpos y expulsan las células sexuales. La salida al exte-
rior se produce, también aquí, a través del ano. Las células se-
xuales se forman en órganos especiales situados dentro de la
cavidad corporal y llegan, a través de canales estrechos, al ex-
tremo del intestino (tablas 7 y 8). En el caso del macho es el
mismo canal a través del cual expulsan la orina, y en el de la
hembra, uno que discurre paralelo a éste. Ambos desembocan
al final del intestino. De este modo, la porción intestinal final

— 132 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

es puerta de salida para las heces, la orina y los productos se-


xuales. Por este motivo hablamos de una «cloaca».
Hace 325-315 millones de años, a partir del gran grupo de
los anfibios se desarrollaron los primeros reptiles, que son los
antepasados inmediatos de los mamíferos y del ser humano. Se
independizaron por completo de la vida acuática. Para ello ne-
cesitaban un dispositivo, una estructura acanalada, que durante
el apareamiento se introduce en el extremo del intestino feme-
nino y conduce el esperma hasta el oviducto femenino. De este
modo, las células seminales, los espermatozoides, llegan sin
secarse a su destino. En todas las especies de reptiles actuales
existen estas estructuras en forma de pene. Los machos dispo-
nen de un pene doble —salvo las tortugas, que sólo tienen
uno—, de los cuales sólo uno se emplea en cada ocasión mien-
tras el otro queda en reserva. La salida de las células sexuales
en la cloaca se produce en las hembras igual que sucede entre
los anfibios, a través de un conducto propio (tabla 7, d). En los
machos han involucionado los uréteres iniciales y un nuevo ór-
gano se ha hecho cargo de la función de eliminación de la orina.
Dispone de una vía propia de salida. El uréter se transformó en
un conducto seminal que, muy próximo éste, desemboca en el
extremo del intestino (tabla 8, c).

TABLA 8. El curioso descenso testicular del hombre


Figuras: 1 sistema urogenital en el hombre, 2 en la lagartija, 3 en el em-
brión humano. A = riñón (metanefros), B = testículo, B' = testículo antes
del descenso, C = vejiga, D = pene, E = próstata, F = pubis, a, b = cuerpos
cavernosos, c = espermiducto, d = uréter, e = uretra, f = recto, g = esbozo
de las branquias, h = esbozo de la cola, x, y, z se explican en el texto.
La figura 1 muestra el miembro masculino (D), el pene, en posición fun-
cional de acoplamiento. Gracias a los cuerpos cavernosos (a, b) se endu-
rece en forma de vara que puede ser introducida en la vagina de la mujer.
Los testículos (B) se encuentran dentro del escroto y los gametos (esper-
matozoides) producidos por ellos recorren el espermiducto (c) en un reco-
rrido, en verdad, bastante sorprendente. El espermiducto asciende hacia el
pubis (F), le rodea, la vejiga (C), se cruza con el uréter (d) y desemboca
(en el interior de la próstata E) en el punto «x» en la uretra (e), a través de
la cual los espermatozoides son introducidos (eyaculación) mediante el
pene en la vagina en el curso del orgasmo. ¿Por qué este rodeo? Si el

— 133 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

hombre fuera una construcción planificada, este camino habría sido mu-
cho más sencillo y adecuado desde el punto «y» al «x».
La figura A muestra la posición de los riñones. La orina que producen
fluye a través del uréter (d) hacia la vejiga (C) y desde allí, a través de la
uretra (e), hacia el pene (D), que cumple así una doble función: elimina-
ción de la orina y expulsión del semen. De que ambas funciones no se
interfieran se encarga la próstata (E) mediante músculos anulares que re-
ciben las correspondientes órdenes del sistema nervioso. Se elimina orina
o se expulsa semen. La explicación de este curioso rodeo está en el modo
en que surgió el ser humano a partir de antecesores peces, pasando por
todos los vertebrados terrestres. En los peces, las gónadas aparecieron en
la pared de la cavidad general del cuerpo, cerca de los primitivos riñones
(tabla 7, A), y esta posición se mantuvo también en los anfibios y los rep-
tiles, como nos muestra por ejemplo el lagarto (2). En este caso, los esper-
matozoides y la orina se conducen a través de conductos diferentes (c, d)
hacia la cloaca de la parte final del intestino (f). En el embrión humano
(3) de seis semanas también existe una cloaca de este tipo, no apareciendo
los conductos separados del intestino (1, e, f) hasta fases posteriores del
desarrollo. Al mismo tiempo, los testículos se sitúan debajo de los riñones
(B’) y entre cuatro y ocho semanas antes del nacimiento se produce el
descenso testicular (flecha «z»). Los testículos se desplazan hacia abajo,
abandonan la cavidad abdominal y se sitúan por fuera del cuerpo dentro
del escroto. Así se explica el curioso rodeo del espermiducto alrededor del
pubis y de la vejiga. Lo mismo que las hendiduras branquiales, el esbozo
de cola y la cloaca en el embrión (3, g, h, f), revela que el hombre, en su
configuración actual, no es una construcción planificada sino que su
cuerpo se explica por el curso filogenético recorrido. Hasta la fecha no se
ha podido demostrar ninguna ventaja en este desplazamiento, que también
se produce en otros mamíferos. Debido a su colocación en el exterior, los
sensibles testículos quedan expuestos a multitud de riesgos, como muy
bien sabe quien se da un golpe en esta parte del cuerpo. Además, con el
descenso testicular aparece el canal inguinal: en el hombre es una zona
muy débil, como se sabe al sufrir una hernia inguinal.

2. Lagartija

— 134 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

3. Embrión humano

1. Persona
adulta

— 135 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Llegamos ahora a nosotros mismos. Entre los mamíferos


actuales más primitivos, el equidna y el ornitorrinco, la vía de
salida de las células sexuales continúa siendo la misma que la
de las heces. Sin embargo, y debido en buena medida al vivipa-
rismo y a las complicaciones que conlleva, los conductos geni-
tales se separan del final del intestino. Apareció una vía de sa-
lida especial, que entre los machos sigue desembocando junto
con la de la orina y en las hembras lo hace mediante un canal
especial. Este se ha dividido entretanto en tres segmentos: un
oviducto, un útero y una vagina, conducto que acoge al pene
(tabla 7, J, K). En el macho el conducto de salida de la orina y
del esperma se ha desplazado al pene, que durante esa función
se endurece gracias a cuerpos esponjosos. En algunos mamífe-
ros, el pene viene reforzado con un elemento óseo, como por
ejemplo entre los lobos y zorros. El ser humano dispone de tres
cuerpos esponjosos, órganos tubulares que recogen sangre e
impiden su salida mediante músculos (tabla 8; fig. 1, a. b).
Entre nuestros parientes y antepasados el pene experimentó
diversas transformaciones. En la llama tiene dos puntas de
desarrollo desigual, algunos insectívoros y el jabalí lo tienen
en forma de sacacorchos y en los cobayas y los gerbos está do-
tado de dos púas. Las estructuras provistas de ganchos están
muy extendidas para la rotura del himen de la hembra. Los ór-
ganos productores de esperma sufrieron un destino curioso en
el camino evolutivo de los mamíferos (tabla 8, B). En principio
se encontraban, como ya dijimos, en la cavidad abdominal.
Desde ahí fueron descendiendo poco a poco. Científicamente
esto recibe el nombre de descenso testicular. Los elefantes los
siguen teniendo internos. Entre los carnívoros, los primates y
nosotros mismos han abandonado esta posición y se encuentran
dentro de un saco que se mantiene unido al pene. ¿Por qué?
¿Qué ventaja reportó esto? Hasta la fecha no se ha encontrado
una respuesta válida a esta cuestión. Algunos afirman que el
calor del cuerpo de los animales de sangre caliente no les sienta
bien a las células sexuales masculinas, mientras que otros con-
sideran que la razón es la falta de espacio. Este descenso debe
alinearse seguramente con aquellas mutaciones que, si bien no

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

reportaron ninguna ventaja, tampoco supusieron una gran des-


ventaja. Las glándulas germinales del hombre se encuentran en
su actual posición mucho menos protegidas que en el interior
del abdomen, si bien, como ya hemos señalado, esto no supuso
evidentemente una decisiva desventaja. El proceso es, por con-
siguiente, un argumento de peso contra aquellos que creen que
la evolución es deseada y sigue una meta, que su objetivo es la
formación del ser humano. En los hombres los conductos se-
minales ascienden hasta penetrar en el abdomen, se cruzan allí
con los uréteres y descienden de nuevo: es evidente que no se
trata de una construcción intencionada, y únicamente es com-
prensible dentro del contexto de la historia evolutiva. ¿O es que
no procedemos de los anfibios? Sí: el desarrollo del embrión
humano muestra esta ascendencia con toda claridad. En la pri-
mera semana aparece un saco vitelino, igual que en los peces
cartilaginosos y los reptiles (tabla 6, a). Los conductos genita-
les del embrión humano desembocan primero en la porción fi-
nal del intestino, lo mismo que sucede entre los reptiles (tabla
8; fig. 2. f). Además, los conductos masculinos son inicial-
mente, como en los reptiles, idénticos a los uréteres primitivos
(tabla 8, c). Por último, también en el embrión humano las
glándulas sexuales masculinas se encuentran al principio en la
cavidad abdominal y más tarde se desplazan hacia abajo, lo
mismo que en la historia evolutiva de los restantes mamíferos
(tabla 8, B). De igual modo, el sistema circulatorio de la madre
conecta poco a poco con el del embrión (tabla 6), que después
del nacimiento debe readaptarse (tabla 2, fig. 3). Todo esto y
algunas cosas más indican con toda claridad cuál es nuestro
origen, aunque, cierto, sólo a aquellos que se tomen la molestia
de interesarse por este tema.
Es una cuestión tan esencial que vamos a insistir en ella.
Una prueba decisiva de que no hubo una planificación inten-
cionada es el extraño camino que recorre el óvulo en la mujer
(tabla 7, B). Se suelta en la cavidad abdominal (ovulación) y
luego una especie de embudo ciliado lo recoge en la trompa
uterina. Este proceso es históricamente comprensible pero im-
pensable como resultado de un designio. Hubiese sido mucho

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

más práctico una comunicación directa entre las glándulas se-


xuales y la trompa. Igualmente superfluo y poco útil para la
mujer es la expulsión periódica de la mucosa uterina, llamada
menstruación. Con una planificación dirigida esto se podría ha-
ber evitado con facilidad. La aparición del himen podría consi-
derarse, desde el punto de vista de una ética moral religiosa,
como deseable. Sin embargo, el hecho es que esta estructura
apareció ya entre los primates, y seguramente no existe ningún
mono que reproche a su hija la pérdida de la virginidad.
En efecto, todo el dispositivo de la diferenciación de los
sexos demuestra con claridad que no nos encontramos ante una
planificación consciente, ya que entonces este enorme es-
fuerzo, que da lugar a la fusión de las células germinales, hu-
biese sido completamente superfluo. Si una fuerza dirigida hu-
biese empujado la evolución hacia arriba hasta alcanzar el ser
humano, este mecanismo no habría tenido ningún sentido. Lo
único que crea es una enorme variabilidad, una mayor cantidad
de material sobre el que actuaría la selección, como dice la bio-
logía. Si existiese una fuerza que indicase la dirección, la evo-
lución no dependería del engorroso proceso de la selección. La
evolución progresiva, o anagénesis, podría haberse producido
de un modo mucho más elegante, claro y dirigido. El niño po-
dría haber aparecido sin menstruación e himen, sin la unión
sanguínea del embrión. El rodeo del conducto seminal mascu-
lino y de los óvulos femeninos a través de la cavidad abdominal
no se le habría ocurrido en lo más remoto a un constructor que
planificase y dispusiese de todas las células que quisiese.
El tercer momento estelar en el camino evolutivo de los ór-
ganos sexuales fue, por tanto, la aparición del pene y de la va-
gina, hace 340-300 millones de años. Las células sexuales mas-
culinas son llevadas ahora allí donde deben estar, a la vagina,
al útero de la compañera. ¿Pero de qué compañera? Esta es la
siguiente cuestión. Existía la posibilidad de otra mejora. Si los
machos y las hembras aptos se reproducían, esto significaba
una ventaja y actuaba en el curso de las generaciones activando
la evolución. ¿Cómo puede producirse una selección de este
tipo? Primera posibilidad: los machos luchan por las hembras

— 138 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

y los más fuertes y hábiles se imponen. Esto sucede en muchas


especies animales. La segunda posibilidad es un mecanismo
mucho más sutil.
La existencia de condiciones para un desarrollo de este tipo
puede observarse en casi todos los grupos animales. Si para el
apareamiento debe reconocerse al congénere y la pareja, es ne-
cesario un mecanismo innato de reconocimiento. Los congéne-
res y los miembros de la pareja se conocen a través de determi-
nadas estructuras externas. Este mecanismo actúa a modo de
filtro y sólo permite el paso de determinados estímulos, los es-
tímulos clave, igual que sucede con la presa, que también es
reconocida mediante un tipo concreto de éstos. Los estímulos
de la pareja se pueden vincular de manera relativamente senci-
lla con aquellos que indican una especial adecuación: una
fuerza especial, órganos especialmente aptos y armónicos y
una integración adecuada, es decir, una fuerza y una armonía
indicadoras de eficacia. Cuando se forman, sobre todo entre los
machos, características particulares que predisponen a las hem-
bras en mayor grado al apareamiento, esto es una indicación
clara de que apareció un mecanismo potenciador de la evolu-
ción de este tipo. Es evidente que también es posible la apari-
ción de vías erróneas. El propio Darwin observó este fenómeno
y lo llamó «selección sexual». Igual que el ser humano al «se-
leccionar» sus animales domésticos prima a aquellos que reú-
nen características deseables para él, potenciando su reproduc-
ción, de igual modo elige a su pareja según ciertos estímulos
clave de manera que la característica en cuestión se ve poten-
ciada más allá de lo que dicta su utilidad. Por este motivo, en
el curso de las generaciones, suelen aparecer en los machos
formas y colores especialmente llamativos, secreciones aromá-
ticas y llamadas especiales. Hace tiempo que estas formas no
incrementan la eficacia del animal, pero evidentemente no son
una desventaja: las maravillosas plumas de las colas del pavo
real nos muestran la fase final de un desarrollo de este tipo. Ya
no son una indicación segura de utilidad sino que constituyen
más bien una considerable desventaja para el animal y para su
capacidad defensiva frente a los enemigos. A pesar de todo se

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

mantienen, y la desventaja que representan no adquiere dimen-


siones críticas.
El sentido de la belleza en el ser humano tiene su raíz, o una
de sus raíces, en el mecanismo de la sexualidad masculina y
femenina. Inicialmente este sentido sirve para reconocer la ido-
neidad de la pareja, pero también en el caso del ser humano se
produjeron excesos a este respecto. La atracción sexual se re-
fuerza mediante lápices de labios, polvos, sombras de ojos, un
peinado bonito y vestidos ostentosos, así como mediante la ri-
queza, la posesión de joyas caras, automóviles lujosos o rega-
los deseados. Hermann Hesse en El lobo estepario les dio el
nombre de «órganos del amor».
Sin embargo, ésta es todavía una parte del camino evolutivo
fácilmente comprensible; a ella siguió otra de mucha más difí-
cil comprensión. Se ha determinado en los animales domésti-
cos que sus mecanismos innatos de reconocimiento pierden ca-
pacidad de diferenciación, de «selectividad». Al quedar aisla-
dos frente a sus enemigos naturales se produce una reducción
de su capacidad sensorial. Una cantidad de estímulos superior
a la que están sometidas las especies salvajes, desatan en ellos
reacciones innatas. También el ser humano se protegió artifi-
cialmente contra los peligros naturales, hablándose entonces de
una «autodomesticación», que permite explicar cómo el sen-
tido de la belleza, orientado inicialmente hacia la pareja, reac-
ciona en nuestro caso frente a objetos fabricados artificial-
mente, con los que aumentamos el poder de nuestro cuerpo.
Consideramos bellos los vestidos, las armas, las casas e incluso
las máquinas cuando poseen una forma determinada, es decir,
ciertas características que actúan sobre nosotros. Esto significa
que un sentido que en principio estaba dirigido únicamente al
cuerpo y su armonía, reacciona, en el curso del posterior desa-
rrollo evolutivo, también ante formas artificiales que aumentan
nuestras capacidades y nuestra comodidad. Disfrutamos con la
estética de la decoración de las viviendas, los jardines que nos
parecen bellos, los cuadros o la música que nos causan placer.
El cuarto momento estelar, de gran importancia en el desarrollo

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de los dos sexos y sus órganos, es, por consiguiente, la apari-


ción del sentido humano de la belleza. ¿Dónde podemos situar
su principio? Entre los peces encontramos, en los machos, y a
veces en las hembras, hermosos colores, movimientos vistosos
y formas impresionantes. En los insectos observamos un des-
pliegue análogo, así como entre algunos moluscos. En nuestra
serie más inmediata de antepasados encontramos estas caracte-
rísticas entre los anfibios, los reptiles y, en especial, las aves y
casi todos los mamíferos. Este sentido de la belleza se hizo
consciente y se intensificó en los seres humanos en virtud de
su inteligencia, del desarrollo de su poder tecnológico y del
tipo de vida que éste ha propiciado. De este modo, el momento
estelar de este efecto [Link] la mecánica sexual corres-
ponde al instante en que nos convertimos en seres humanos, es
decir, hace aproximadamente 4-2 millones de años. Es precisa-
mente en este período cuando comenzó otra evolución que con-
dujo finalmente al quinto momento estelar del camino evolu-
tivo hacia la aparición de los dos sexos, y que se remonta, como
máximo, a hace unos 50 años.
El especial desarrollo de la corteza cerebral condujo en el
ser humano a la conciencia de sí mismo y a una enorme capa-
cidad de relación de las causas y los efectos, de obtención de
una visión general de la realidad. El desarrollo del niño, sin
embargo, tiene una duración inusualmente larga, lo que exige
una protección asimismo prolongada. ¿Quién la da? El hombre
primitivo vivía como sus inmediatos antepasados primates en
hordas, en grupos. Estos grupos protegían al niño, si bien quien
en realidad se cuidaba de él era la madre, la única que tenía una
fuerte vinculación instintiva con él. La protección del hijo la
mantiene atada y reduce en buena medida su capacidad de ob-
tención del alimento, por lo que tuvo mucha importancia que,
entre los hombres primitivos, la mujer consiguiese adjudicar al
padre de sus hijos la función de protector y proveedor de ali-
mentos, tanto para ella misma como para sus crías. Como se
supone hoy, en esa situación se produjo una ampliación de fun-
ciones, que tiene un significado muy importante para nosotros.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

La sexualidad, que en un principio no estaba más que en fun-


ción de una mezcla constante de los materiales genéticos, se
hizo cargo entonces de una segunda función. El proceso del
apareamiento se convirtió como segunda función en un meca-
nismo de vinculación, la que existe entre el hombre y la mujer.
El proceso de apareamiento produce placer, es cómodo y se le
busca. De todas formas, conlleva momentos de peligro, una vi-
sión más limitada del entorno y una mayor indefensión frente
a los depredadores. En última instancia, ésta es, en buena me-
dida, la razón por la que este proceso se limita, en los animales,
a un período muy determinado, la época del celo. Algunos ani-
males domésticos, como por ejemplo las gallinas y los cerdos,
están en celo durante todo el año a consecuencia de la domes-
ticación. El ser humano también está sexualmente dispuesto
durante más tiempo del que se requiere para la función de mez-
cla de los materiales genéticos, en el sentido de que se desarro-
lló otra función que, a lo largo de 2 millones de años, tuvo una
importancia considerable, porque logró juntar al hombre con la
mujer, a ésta con aquél. Los miembros de la pareja se convir-
tieron en mutuo objeto de placer, objeto deseado en la bús-
queda consciente de la felicidad. Esto está explicado de modo
un tanto prosaico, pero muestra con claridad cuáles pueden ser
las raíces evolutivas de nuestra sexualidad exagerada. Con la
tecnificación y el correspondiente cambio de las formas socia-
les, esta función de vinculación perdió efectividad. El sexo es
hoy motivo tanto para que el hombre abandone a su mujer
como para que permanezca a su lado.
La doble función de la sexualidad entre los seres humanos,
la excesiva sexualidad que resulta de ella, no tuvo inicialmente
ningún efecto negativo. Más hijos, más descendientes, supo-
nían siempre una ventaja en el camino de la evolución, una
ventaja selectiva frente a los competidores. Sólo en los últimos
tiempos se ha cuestionado este valor. Surgieron los problemas
que creaba una excesiva multiplicación. La mortalidad infantil
se fue reduciendo y la esperanza media de vida del ser humano
ha aumentado como consecuencia de los progresos de la medi-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cina. La segunda función de la sexualidad, que sitúa la bús-


queda consciente del placer en primer término, se transformó
asimismo en un problema. Lo que antiguamente tenía conse-
cuencias muy naturales e inocuas, se convierte de pronto en el
problema número uno de la supervivencia. Hay demasiados se-
res humanos. Esta problemática, que de pronto se ha vuelto crí-
tica, sólo puede solucionarse con medios técnicos auxiliares
para la prevención del embarazo: preservativos, espirales y píl-
doras, o mediante comportamientos sexuales adecuados: el
mantenimiento de las relaciones sexuales únicamente en los
días no fértiles, o bien mediante la esterilización del hombre.
El desarrollo de estos medios es el quinto momento estelar en
este camino tortuoso. Si bien existen, desde hace miles de años,
métodos para evitar el embarazo, el desarrollo dirigido de me-
dios artificiales para este propósito se inició, a gran escala, hace
aproximadamente 50 años.
Con esto hemos finalizado un capítulo peliagudo de este li-
bro. Considerando su dificultad vamos a repetir el hilo de ideas
seguido. Primero: la reproducción y la bisexualidad no guardan
ninguna relación y sirven a dos funciones completamente dis-
tintas, la reproducción para la creación de descendientes de la
misma especie, y la sexualidad para la mezcla de los materiales
genéticos, la obtención de una mayor cantidad de material so-
bre el que actúe la selección, de una reserva genética, como se
dice en biología. El primer problema, desde que comenzó la
vida hasta llegar a todos los seres actualmente vivos, lo plantea
el modo cómo debe realizarse una fusión de este tipo. ¿Qué
órganos suplementarios y nuevas formas de comportamiento
necesitan para ello los organismos unicelulares y, en especial,
los pluricelulares? Segundo: esta evolución conduce automáti-
camente a la división del trabajo, a la aparición de machos y
hembras. Estas se hacen cargo de la función reproductora,
mientras que los primeros se encargan de la función de aparea-
miento y, en muchas especies, de la protección y alimentación
de la prole. Tercero: en tierra firme se precisan órganos que
permitan la transferencia directa del esperma al interior del

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cuerpo de la hembra. Cuarto: el grado de efectividad de la mez-


cla de materiales genéticos aumenta cuando consiguen unirse
los que son más capaces y aptos. Esto exige el desarrollo de un
sentido para que las parejas escojan los compañeros de mayor
valor evolutivo. En el caso del ser humano, apareció un sentido
como éste que, junto a efectos secundarios negativos, tuvo con-
secuencias culturales muy importantes. El ser humano traslada
los criterios del compañero sexual, de sus órganos y de su com-
binación a la gran cantidad de herramientas artificiales con las
que aumenta las capacidades de su cuerpo. Intenta asimismo
organizar de forma estética un entorno artificial, hasta el detalle
cuando puede permitírselo. Quinto y último: la sexualidad, y
los estados de excitación placenteros que produce, adquieren
entre los hombres primitivos un significado adicional. Se con-
vierten en segunda función, en un elemento de vinculación en-
tre el hombre y la mujer. Consecuencia: el ser humano tiene
una actividad sexual mucho mayor de la que este proceso, en
principio, requiere. Nacen más niños, lo que en principio no es
ninguna desventaja, ya que muchos descendientes suponían
siempre una ventaja frente a los competidores. Debido al desa-
rrollo de la técnica y de la medicina, el aumento de los naci-
mientos y la simultánea reducción de la mortalidad infantil se
convierten en un problema grave. La prevención del embarazo
se transforma entonces en una cuestión de actualidad. La ex-
plosión de la natalidad es una amenaza de tal envergadura que
puede dar lugar a la autoaniquilación de la humanidad. Por
tanto, último momento estelar: el desacoplamiento de las dos
funciones de la sexualidad. Obtención de placer mediante la
sexualidad pero sin consecuencias, y con ello limitación de los
descendientes: planificación familiar.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

VII. NUESTRO TUBO DIGESTIVO

Para el biólogo, el tubo digestivo comienza en la abertura


bucal y acaba en el ano. Consideraremos el sistema digestivo
humano, también nosotros, bajo esta perspectiva. Así pues, in-
cluye la cavidad bucal, el esófago, el estómago y el intestino.
La palabra «intestino» tiene, por lo general, una connotación
desagradable. Sus productos de desecho, las heces, hace que
nos repela. El intestino de los animales utilizado como tripa
para embutidos, sin embargo, se nos presenta bajo otra imagen.
Nos encontramos así otra vez ante un ejemplo de que nuestro
yo no es objetivo y que nuestra voluntad no es del todo libre.
La repulsión o el asco ante las heces es para nosotros innata, lo
mismo que para muchos otros animales. Nuestro organismo no
puede emplearlas como alimento sino todo lo contrario, puesto
que contienen sustancias tóxicas y, en ocasiones, también pa-
rásitos. Por ello, el olor de las heces animales nos indica «peli-
gro». El hecho de que los niños no muestran esta reacción se
debe a que algunos mecanismos innatos, al igual que algunos
órganos, maduran poco a poco y, por lo tanto, no son total-
mente funcionales desde el momento del nacimiento. En los
seres humanos adultos, este aviso se produce en el cerebro de
manera automática y desencadena en nosotros una reacción de
rechazo. Algunos animales muestran también la reacción con-
traria, como sucede en el caso de los carroñeros y los coprófa-
gos. Les atrae el olor a descomposición que a nosotros nos re-
pele y lo mismo que a nosotros nos atraen los dulces, a ellos
les atraen las sustancias en putrefacción.
En la introducción de este libro se planteó la cuestión de
por cuál de nuestros órganos debíamos iniciar el relato, de si
existía alguna prioridad. La respuesta fue: en nuestro cuerpo
todos ellos son útiles. Algunos son menos vulnerables o más
fácilmente sustituibles que otros, pero, en el fondo, todos son
necesarios para el desarrollo de nuestra capacidad normal vital.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Nuestro corazón, nuestro cerebro o nuestros ojos, todos ellos


tienen sentido dentro del sistema de distribución del trabajo
que denominamos cuerpo y, sin embargo, existe una prioridad
que debemos señalar: el sistema digestivo lo necesitamos in-
cluso más que las manos, el corazón, el cerebro, los ojos o los
oídos, ya que su actividad suministra energía a nuestro cuerpo,
mientras que los restantes órganos la consumen. Sin energía no
hay movimiento, no hay procesos químicos, no se produce cre-
cimiento, no hay desarrollo, mantenimiento ni reproducción,
no hay nada. Desde el primer instante, el proceso de la vida,
que se verifica en todas las plantas, los animales y también en
nosotros, fue posible en la práctica únicamente porque se ob-
tuvo energía de ciertas fuentes. Por supuesto, para ello se ne-
cesitó materia. Sin embargo, su obtención cuesta, consume y
degrada energía. Por lo tanto, la energía es el requisito para
todo lo demás, conditio sine qua non para la vida. En este sen-
tido, los órganos para la obtención de energía son prioritarios.
Desde este punto de vista, nuestro tubo digestivo no es repug-
nante sino todo lo contrario, es un centro funcional de nuestro
cuerpo, un órgano de importancia capital. A pesar de que su
contenido apeste, nos parezca poco apetitoso y nos dé asco. El
retrete es un dispositivo del que es mejor no hablar, su utiliza-
ción es un asunto repulsivo, aunque necesario, que el hombre
civilizado ignora de manera deliberada. El gran naturalista
francés Cuvier llamó ya a los animales «seres intestinados».
Vio en ellos, y por lo tanto también en el cuerpo humano, una
organización cuyo centro era el tubo digestivo. En la gran fa-
milia de nuestros órganos que denominamos cuerpo, y sobre la
que se construye este «yo» que en última instancia resulta cues-
tionable, este tubo digestivo tiene prioridad. Suministra lo que
todos los demás necesitan para su síntesis, mantenimiento, ac-
tividad y todo tipo de reparaciones: la energía, la capacidad de
realizar trabajo es una condición necesaria para todos los de-
más órganos, y precisamente es el tubo digestivo al que tan
poco valoramos el que nos la proporciona.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Retrocedamos al pasado de nuestros antepasados más leja-


nos, a los grupos de moléculas mediante los cuales, hace apro-
ximadamente 4.000 millones de años, se inició el proceso de la
vida. Éstas obtenían al principio la energía como un regalo. En
el caldo primigenio de los cálidos océanos de aquella época
remota, las sustancias que recogían eran muy ricas en energía
gracias a las erupciones volcánicas y las descargas eléctricas.
Sólo cuando esta energía, tan abundante al principio, comenzó
a escasear, el flujo de la vida necesitó de otros intermediarios.
Aparecieron entonces las plantas, que capturan la energía de la
luz solar y la vuelven utilizable. Con la ayuda de la energía de
estos rayos se forman, a partir del agua y de las sales y molé-
culas de dióxido de carbono que lleva disueltas, moléculas en
cuyas estructuras la energía de los rayos luminosos queda cau-
tiva como en pequeñas jaulas. Este proceso lo llamamos foto-
síntesis. En su transcurso la energía de los rayos se transforma
en energía en forma de enlaces químicos. Las primeras sustan-
cias son los hidratos de carbono, que son, en primer lugar, una
«fuerza». Esto es sólo uno de los aspectos de la actividad de las
plantas. Otro surge de modo totalmente inverso. Para sintetizar
estructuras orgánicas, proteínas y ácidos nucleicos, la planta
abre las jaulas creadas, libera la energía que contienen y la
obliga a formar otras moléculas nuevas. La energía también
queda cautiva en ellas, si bien se la puede liberar por medio de
la destrucción de las moléculas.
El científico denomina a la síntesis de sustancias orgánicas
asimilación y a la desintegración, disimilación. De acuerdo con
la opinión general, las plantas y los animales nos parecen com-
pletamente distintos, aunque en realidad están estrechamente
emparentados. Todos los seres vivos que llamamos animales
son, en último término, plantas que pasaron a una actividad pa-
rasitaria, depredadora. También ellos llevan a cabo disimila-
ción, también obtienen energía abriendo esas jaulas, sólo que,
a diferencia de las plantas, no las han construido ellos mismos.
Cuando un animal se come una planta, destruye sus moléculas
igual que la planta hace con el almidón que ha sintetizado. Por
consiguiente, todos los animales son depredadores y dado que

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

la estructura orgánica que han sintetizado contiene también


energía cautiva, son asimismo una posible fuente de energía
para otros depredadores. Lo que llamamos en los animales
«toma del alimento» es la apropiación violenta de moléculas
que pueden ser disimiladas. En el caso de los animales este pro-
ceso se denomina digestión. La característica de las plantas,
por consiguiente, consiste en que, con ayuda de materia inor-
gánica aprisionan la energía solar en el interior de moléculas
de hidratos de carbono. Los animales no necesitan hacer esto,
lo único que tienen que hacer es abrir jaulas ya existentes, o
dicho de un modo más normal, «comer» materia orgánica y
«digerirla». En último término, todo acontecimiento vital es
una lucha por la energía. Las plantas que se ocupan de la foto-
síntesis la obtienen de la luz solar y a partir de ella inicia su
camino de molécula a molécula, de un cuerpo al siguiente,
hasta que se consume poco a poco, hasta que se agota su capa-
cidad de realizar trabajo.
Las moléculas de ATP son excelentes almacenes de energía
situados en el interior de las células y que pueden cargarse y
descargarse igual que las baterías eléctricas. Otros almacenes
de energía son las moléculas de azúcar y de lípidos. Cuando las
fanerógamas, como ya hemos señalado con anterioridad, con-
vierten a los insectos y a otros animales en órganos de trans-
porte de sus células germinales y semillas, les «recompensan»
con el azúcar contenido en el néctar de sus flores y en la pulpa
dulce de sus frutos, es decir, pagan con portadores de energía
utilizables. Por consiguiente, a las plantas y a los animales les
es posible dejar, además, que estas fuerzas de la naturaleza tra-
bajen para ellos. La energía cinética del agua y del viento la
utilizan muchas especies para el transporte y la obtención de
alimentos. El ser humano, mediante su inteligencia y con ayuda
de máquinas, logró transformar la energía almacenada con el
petróleo en sirviente suyo, lo mismo que hace con la fuerza de
atracción de la Tierra con la que acciona las turbinas de las pre-
sas de gravedad y transforma así la energía cinética en energía
eléctrica fácilmente transportable. En la actualidad podemos li-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

berar incluso las inmensas fuerzas de la energía nuclear y ser-


virnos de ellas. El cuerpo humano, que logra todo esto me-
diante su potencia intelectual, sigue funcionando gracias a la
destrucción de moléculas. Comamos patatas o carne, en casa,
en el restaurante o en una cena lujosa, lo que sucede es siempre
lo mismo. Robamos a las plantas lo que han almacenado y a
los animales lo que ellos han robado, robamos energía y sus-
tancias. Esta forma de adquisición, que compartimos con todos
los animales, se inició, no sabemos exactamente cuándo, hace
3.000-2.500 millones de años. Fue el primer momento estelar
en el camino de la evolución hacia nuestro tubo digestivo. Por
esa época aparecieron aquellos de nuestros antepasados que
abandonaron la pacífica vida vegetal, asaltaron a sus compañe-
ros, «disimilaron» su materia y se transformaron en parásitos y
depredadores, los animales.
El primer proceso de esta depredación, de esta destrucción
de moléculas, de esta «degradación», vamos a dejarlo a un
lado. Recibe el nombre de fermentación. Todas las bacterias de
la putrefacción siguen especializadas en dicha tarea. La canti-
dad de energía obtenida es dieciocho veces menor que la desa-
rrollada en el curso de la oxidación, una combustión real con
ayuda de oxígeno. En la atmósfera primitiva existía un déficit
de oxígeno. Sólo gracias a la actividad de las plantas autotrófi-
cas, que capturan energía solar, se liberó oxígeno. Hace unos
3.000 millones de años se formó, poco a poco, alrededor de
nuestro planeta una atmósfera que contenía oxígeno. El hecho
paradójico es que la actividad de las plantas asimiladoras creó
la condición necesaria para que se produjera la forma de adqui-
sición de los llamados animales. Para adquirir energía me-
diante combustión se necesita oxígeno. Las plantas lo producen
y liberan durante el proceso de la fotosíntesis, mientras que los
animales lo inhalan. Se trate de gusanos e insectos, pólipos co-
ralinos, anfioxos, cocodrilos o seres humanos, todos emplean
energía que han capturado las plantas y lo hacen con la ayuda
del oxígeno que debemos asimismo a su actividad. La apropia-
ción de moléculas orgánicas no creadas por nosotros y su des-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

trucción con ayuda del oxígeno es nuestra tarea. Evidente-


mente lo que hagamos con la energía obtenida por depredación
es un asunto totalmente personal. En esto nos diferenciamos de
nuestros compañeros los animales.

TABLA 9. Demostración de nuestro parentesco con las estrellas


de mar, los crustáceos y los pólipos coralinos
Figuras: 1 óvulo, 2-4 primeras segmentaciones hasta la fase de blástula,
5 corte a través de la blástula, 6 y 7 invaginación de la blástula (gastrula-
ción), 8 aparición del ano en los prostóstomos, 9 aparición de la boca se-
cundaria en los deuteróstomos. a = gastrocelo, b = gastroporo, c = ano, d
= boca secundaria, e = ano secundario, x se explica en el texto. Las flechas
señalan la dirección de la corriente nutritiva. La flecha discontinua indica
la vía primitiva de excreción.
La creencia durante miles de años de que el hombre es una creación dis-
tinta a los animales queda rebatida con toda claridad en los primeros esta-
dios del desarrollo de todos los metazoos y del ser humano. Todos surgen
a partir de una única célula: el óvulo (1). Éste se divide primero en dos,
después en cuatro células y a continuación en 8, 16, 32, etc. Aparece así
una esfera hueca, la blástula (4). Incluso este sencillo estadio de desarro-
llo, al que los primeros organismos pluricelulares llegaron hace unos
1.800 millones de años, demostró ser viable y, a pesar de la creciente com-
petencia, consiguió llegar hasta la actualidad (un ejemplo son los proto-
zoos del género Volvox, que viven en aguas dulces). Tal como nos muestra
el desarrollo embrionario de los animales superiores, por sucesivas seg-
mentaciones de las colonias celulares, se produjo una invaginación de la
blástula (6, 7). Apareció así una cavidad abierta hacia el exterior; el gas-
trocelo (a), con una abertura, el gastroporo (b). La mayoría de los celen-
téreos actuales (pólipos y medusas) nos muestran que también este nivel
de organización tan sencillo es viable. En el caso de los pólipos (los cora-
linos son los más corrientes), la colonia celular se fija por el polo opuesto
al gastroporo (8, x) a un sustrato y forma alrededor de este gastroporo (b)
tentáculos móviles con los que dirige las pequeñas presas que captura al
interior del gastrocelo, cuyas células las digieren. Los residuos se expulsan
a través del gastroporo (flecha en línea discontinua). Las primeras fases
embrionarias de los animales superiores nos indican asimismo el camino
que siguió la posterior evolución. Por dos vías distintas se llegó a la for-
mación de un canal digestivo continuo con un ano. En uno de los grupos,
el gastroporo siguió siendo la abertura bucal convirtiéndose un segundo
orificio en ano (8, c) y a estos animales se les llama protóstomos. En otros
(9), se produjo un cambio de polaridad de las vías alimentarias (flecha).
El orificio nuevo (d) se convirtió en boca y el gastroporo (b) original fue

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

el ano (e); a este grupo se les llama deuteróstomos. Los descendientes de


estos últimos son los equinodermos actuales (estrellas y erizos de mar,
holoturias, etc.) así como todos los vertebrados, incluido el hombre (tabla
5). En todos ellos, el desarrollo embrionario sigue mostrando el cambio
de posición de la boca acaecido hace unos 1.200 millones de años. Los
descendientes de los protóstomos (8) son todos restantes metazoos: gusa-
nos, moluscos, crustáceos, insectos, arácnidos (tabla 5). Así, el desarrollo
del embrión humano demuestra que el hombre está emparentado tanto con
los equinodermos como con los crustáceos y los pólipos coralinos, estando
situado algo más cerca de los primeros.

1. Óvulo 2 3 4

5. Blástula 6 7. Gástrulo

8. Protóstomos

9. Deutoróstomos

Sin embargo, no es éste el tema del presente capítulo. Lo


que nos interesa es la forma de obtención y sus órganos. Ya

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

entre los organismos unicelulares se separaron, como indica-


mos antes, los animales de las plantas. Los organismos unice-
lulares vegetales disponen de órganos que les permiten llevar a
cabo la captura de energía luminosa: los plastidios. Otros ór-
ganos de su diminuto cuerpo son las mitocondrias, con las que
disimilan, y los ribosomas, con los que sintetizan las proteínas
de su propio cuerpo (tabla 20). Los organismos pluricelulares
animales están dotados de los mismos órganos, aunque carecen
de plastidios y con las mitocondrias no destruyen moléculas
sintetizadas por ellos mismos sino depredadas. No es de extra-
ñar por ello que, incluso en la actualidad, algunos organismos
unicelulares sean al mismo tiempo vegetales y animales. Un
ejemplo de esto es Euglena viridis, que se encuentra a menudo
en las charcas y pantanos. Mientras puede capturar rayos sola-
res lo hace. Si se le impide esta actividad, situándolo en la os-
curidad, transforma sus órganos captores de luz, los plastidios,
y se convierte en un animal. Con su flagelo nada en el agua y
toma las proteínas que hay disueltas en ella, los restos de seres
descompuestos, y las incorpora a su cuerpo, las digiere, dis-
grega sus moléculas en las mitocondrias y de este modo libera
la energía que contienen...
Cuando hace 1.900-1.700 millones de años los organismos
unicelulares formaron las primeras colonias, iniciándose de
este modo la evolución de los pluricelulares, se reformó la se-
paración entre plantas y animales. Entre las plantas pluricelu-
lares aparecieron tejidos laminares en los que los plastidios
quedaban expuestos a la luz, estructuras a las que damos el
nombre de hojas. Estas se sujetan al tallo, también pluricelular,
que se fija al suelo mediante las raíces asimismo pluricelulares.
Durante la conquista de la tierra firme, cuando de pronto desa-
pareció el agua circulante, las raíces se convirtieron, además,
en órganos de obtención del agua a partir del suelo.
Entre los animales pluricelulares la forma básica del cuerpo
se explica también en función del modo de obtener la energía.
La dependencia de la depredación condujo asimismo a la for-
mación de órganos auxiliares pluricelulares. Lo más impor-
tante para ellos era disponer de un orificio bucal para atrapar la

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

presa e introducirla en su cuerpo, así como de órganos senso-


riales para localizar dicha presa en el entorno y órganos moto-
res para llevar el cuerpo y la boca hasta esta presa. El tubo di-
gestivo se convirtió en órgano auxiliar de la digestión. Este ór-
gano desintegra el alimento hasta tal extremo que las diversas
células de la colonia pueden adueñarse de él a través de la
membrana celular. Por consiguiente, no se encarga de la des-
trucción de las moléculas sino que este proceso tiene lugar en
el interior de cada una de las células. La síntesis de las proteí-
nas tampoco se encomendó a un órgano pluricelular, sino que,
de igual modo que sucede en todas las plantas, se encargan de
ella los ribosomas. Por último, cada una de las células animales
crea sus propias «baterías» de ATP (que las mitocondrias car-
gan) que transportan la energía hasta todos los puntos de la cé-
lula en los que se la necesita (tabla 20).
Si contemplamos con frialdad esta situación, estamos ante
un fallo de construcción de enormes dimensiones. Imaginemos
una fábrica en la que, situados muy próximos, se encuentran
60.000 millones de talleres idénticos. Ésta es la forma que tiene
nuestro cuerpo. Cada célula dispone de su propia central de
instrucciones, el material genético, de sus propios destructores
de moléculas, de sus propios órganos para la síntesis de proteí-
nas y de sus propias baterías de transporte. Incluso éstas se en-
cuentran íntimamente ligadas a la célula y no pueden cambiar
de una a otra. En el cuerpo pluricelular, incluido el nuestro, no
existe un sistema de distribución del ATP ni un órgano central
para la fabricación de dichas baterías. Seguimos admirando en
exceso nuestras células y su capacidad. De hecho son muy per-
fectas. El cuerpo pluricelular, por el contrario, no lo es y con-
tinuamos preguntándonos por qué se produjo una acumulación
de funciones. ¿Por qué miles de millones de órganos destruc-
tores de moléculas en lugar de una única unidad grande espe-
cializada en esta tarea? ¿Por qué miles de millones de órganos
de síntesis de moléculas, y de una cantidad aún mayor de bate-
rías de transporte, que no pueden abastecer tan siquiera a las
que tienen más cercanas? Si insistimos en la idea de un creador
que actúa siguiendo una meta, esta gigantesca multiplicidad de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

vías resulta difícil de comprender. Sin embargo, desde el punto


de vista del desarrollo evolutivo se puede explicar fácilmente.
Mediante mutación, fusión sexual de material genético y selec-
ción, fue posible que algunas funciones se unieran constitu-
yendo un gran taller pluricelular, por ejemplo, como en el caso
del sistema nervioso, del que hablaremos en el capítulo si-
guiente. Para otros, por el contrario, no fue posible alcanzarlo
mediante estos mecanismos. Sea ventajoso o no, las tres fun-
ciones principales, obtención de energía, síntesis de las estruc-
turas y reproducción, continuaron siendo para todos los orga-
nismos pluricelulares, las plantas, los animales y los seres hu-
manos, competencia de la célula.
Y hay más. Podemos llegar a preguntarnos en qué medida
el cuerpo completo de los organismos pluricelulares, saltamon-
tes, abeto o ser humano, no es simplemente un órgano auxiliar
de la célula aislada. Hay que tener en cuenta que los organis-
mos unicelulares superaron muchos peligros y que la posibili-
dad de su vida individual y su multiplicación era pequeña. En
la unión pluricelular las posibilidades han aumentado de ma-
nera significativa, igual que las de supervivencia del ser hu-
mano aislado dentro de un estado organizado. De igual modo a
como éste protege al individuo y le brinda gran cantidad de po-
sibilidades, sucede en el cuerpo pluricelular. Ya sea la célula
del músculo, del sistema digestivo o nervioso, está mucho me-
jor protegida que una célula aislada. En un conjunto grande su
vida es por término medio mucho más larga y se encuentra más
protegida contra los peligros. Para las tareas especiales que lle-
van a cabo, igual que en la actividad laboral, están protegidas
y se las mantiene. La sociedad puede de este modo vivir du-
rante un tiempo más largo y se reproduce mejor.
Pero volvamos al tema. Regresemos al denostado tubo di-
gestivo, el órgano auxiliar central de la obtención de energía y
materia en todos los animales pluricelulares. En nuestra serie
de antecesores apareció hace 1.800-1.600 millones de años en
los celentéreos. Éste fue el segundo momento estelar en el ca-
mino evolutivo de nuestros órganos hacia la obtención de ener-
gía. Los descendientes de estos primeros antepasados, que hoy

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

siguen mostrando la estructura corporal que presentaban en


aquella época, es decir, que son fósiles vivientes, son los póli-
pos coralinos y sus parientes dulceacuícolas, que tanto éxito
han alcanzado. Estos animales no son más que un tubo fijo al
suelo y cuyo extremo superior está dotado de tentáculos. El
desarrollo embrionario de los anfibios muestra hoy este estado
originario. Mucho antes de que aparezca lo que denominamos
embrión, a partir de la célula germinal se forma primero una
esfera hueca que se invagina (tabla 9). En biología se la llama
gástrula. No se desarrollan los tentáculos sino que tiene lugar
el extraño cambio de posición entre la boca y el ano, del que
ya hemos hablado con anterioridad. En una de las líneas evo-
lutivas, la boca inicial de los celentéreos se transformó en la
boca definitiva, en la de los moluscos, los crustáceos, los arác-
nidos y los insectos. En la otra, se convirtió en el ano, como en
el caso de los equinodermos, enteropneustas y todos los verte-
brados. En el anfioxo, que es más que un gusano pero menos
que un pez y que pertenece por muchas de sus características a
la familia más próxima de nuestros inmediatos antepasados, el
sistema digestivo es todavía un tubo continuo (tabla 10). Se
inicia con una abertura bucal rodeada de papilas, continúa con
un intestino dotado de hendiduras branquiales y células ciliadas
y desemboca en un ano que, en el embrión de este animal, to-
davía actúa como boca. Las células intestinales segregan todo
tipo de sustancias y secreciones llamadas enzimas que ayudan
a la completa destrucción de lo ingerido a través de la boca. En
esta fase se ha formado ya otro órgano pluricelular auxiliar de
la digestión, el ciego, que vacía sus secreciones en el intestino.
Es un predecesor del órgano que realiza una importante fun-
ción química muy diferenciada y que denominamos en los pe-
ces y sus sucesores el hígado En la evolución paralela que
aquellos parientes que conservaron la boca, los protóstomos,
no aparecieron estos órganos. Lo que allí se suele denominar
«hígado» es un intestino medio muy ramificado que no sólo
digiere sino que también recoge y transporta sustancias alimen-
ticias. Por el contrario, en ambas líneas evolutivas se produce
una división del trabajo comparable al trabajo en cadena de las

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

instalaciones industriales. Según el tipo de alimento, se necesi-


tan unas determinadas materias, o unos determinados disposi-
tivos para destruirlas, dividir sus elementos moleculares y ha-
cerlos solubles en agua, de tal modo que puedan atravesar la
membrana celular y llegar hasta las células intestinales, a través
de las cuales llegan a las células vecinas, al líquido corporal o
al distribuidor organizado de alimentos, el sistema circulatorio.
El tercer momento estelar, hace 480-440 millones de años,
es la aparición de nuestro estómago. Se produjo la diferencia-
ción de nuestro tubo digestivo en una serie de segmentos alta-
mente especializados: la cavidad bucal, el esófago, el estó-
mago, el intestino delgado y el intestino grueso. En cada uno
de estos lugares, al igual que en una cadena de montaje, se lle-
van a cabo operaciones especializadas. Paso a paso el alimento
es desmenuzado, desdoblado, separado en elementos hidroso-
lubles que son absorbidos en otros segmentos especializados,
mientras que lo inservible continúa su marcha y es expulsado,
finalmente, a través del ano. En la cavidad bucal se tritura ini-
cialmente el alimento con los dientes, la lengua y el paladar, y
diversas glándulas (salivares, linguales) inician una digestión
previa. El alimento llega entonces, cruzándose de manera poco
práctica y problemática con las vías respiratorias, de lo que ha-
blaremos más tarde, al esófago, que no tiene otra misión que la
de conducirlo al estómago, una vez ha sido preparado para ello.
El estómago tiene dos funciones. En primer lugar, es un depó-
sito de comida. Hay que aprovechar las ocasiones de obtenerla
aun cuando no se la pueda digerir en ese mismo instante. Al-
gunos de nuestros parientes reptiles, como por ejemplo las ser-
pientes, pueden engullir animales que son más grandes que
ellas, nutriéndose luego de esas presas por espacio de varios
meses. La sanguijuela puede ingerir cinco veces su propio peso
en sangre, con lo que tiene cubiertas después sus necesidades
alimenticias durante nueve meses. La segunda tarea del estó-
mago es una reacción química a gran escala, ya que debe des-
menuzar todo el alimento que todavía no ha sido licuado. Nu-
merosas glándulas situadas en la pared gástrica vierten sus pro-
ductos sobre el alimento, productos entre los que se cuentan el

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ácido clorhídrico, que mata las bacterias que puede haber en el


alimento. Surge entonces el problema de cómo evitar que el
ácido se coma la propia pared del estómago. En los mamíferos,
y por lo tanto en nosotros mismos, la mucosa gástrica es la en-
cargada de esta función. Segrega, envueltas en mucus, sustan-
cias protectoras. Por esa razón, durante las operaciones de es-
tómago se elimina parte de la zona en la que se encuentran las
glándulas, ya que, en caso contrario, la operación resultaría un
éxito pero el propio estómago se autodigeriría.
Si echamos una mirada a nuestros parientes animales más
lejanos o más próximos, observamos que sus estómagos adqui-
rieron diversas formas, según su tipo de alimentación. Entre las
aves y los cocodrilos, que con sus herramientas bucales son ca-
paces de sujetar y arrancar pero no de desmenuzar, encontra-
mos estómagos masticadores en cuyo interior suele haber pie-
drecitas que muelen la comida. En este caso, algunos compo-
nentes, como son las piedras, no son una formación del propio
cuerpo sino que proceden del exterior. Consideramos, en sen-
tido estricto, que se transforman en estructuras útiles para la
vida y que desempeñan una función similar a la de los dientes
de quitina en el estómago de los insectos. Las estrellas de mar
se colocan sobre los moluscos, fijándose sobre su concha y for-
zándola mediante tracción uniforme hasta que se abra. Enton-
ces evaginan el intestino y digieren el cuerpo del molusco.
También los gasterópodos depredadores lo hacen, perforando
la concha de los moluscos y secretando sustancias tóxicas y
digestivas, absorbiendo después el alimento líquido resultante.
Transforman de este modo la concha del molusco en una olla a
su servicio. Las arañas hacen otro tanto. Los insectos que cazan
tienen, como todos los artrópodos, un esqueleto externo duro.
La araña inyecta veneno y jugos gástricos en el interior de su
cuerpo y absorbe más tarde su contenido.
El avance del alimento a través del tubo digestivo se pro-
duce de igual modo que la sangre a lo largo de las venas que
conducen al corazón, es decir, mediante contracciones rítmicas
de los vasos. Impulsos nerviosos activan de tal manera los
músculos, que éstos se contraen como olas avanzando, lo que

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

se denomina movimiento peristáltico. Si estamos en el retrete


y nos esforzamos por expulsar el contenido de nuestro intes-
tino, nuestra voluntad sólo consigue un efecto limitado de esa
compresión. Debemos esperar a que el intestino quiera, a que
tenga movimientos peristálticos. Estos movimientos coordina-
dos se producen en miles de canales sin que lo sepamos o lo
sospechemos, y muy lejos de las preocupaciones inmediatas de
nuestro yo. En el paso entre el estómago y el intestino cerrado
hay un músculo oclusor anular, el píloro. La papilla que ha ela-
borado el estómago pasa entonces de manera automática al in-
testino delgado, en primer lugar al duodeno, en el que, entre
otras, desembocan dos glándulas digestivas muy potentes: el
hígado, cuya bilis descompone la grasa en pequeñas gotitas, y
el páncreas, que segrega sustancias que desdoblan las proteínas
y los lípidos. En las otras porciones del intestino delgado
desembocan otras glándulas, continuándose paso a paso el ca-
mino de disgregación del alimento. Algunos materiales tales
como agua, sales, vitaminas o elementos vestigiales, pasan a
través de las paredes intestinales a la circulación sanguínea, lo
mismo que el alcohol, motivo por el cual actúa con tanta rapi-
dez. Sin embargo, la mayor parte de ellos deben ser disgrega-
dos en los procesos correspondientes y son «reabsorbidos» en
el intestino delgado, cuya superficie es muy grande debido a la
presencia de vellosidades. El sistema linfático se transformó en
los mamíferos, y también en nuestro caso, en un órgano auxi-
liar de la absorción de las grasas. En realidad, es un órgano
auxiliar de la evacuación, el drenaje y la desinfección, que se
pone aquí al servicio de la alimentación y conduce las grasas,
desdobladas en sus componentes moleculares, hasta la co-
rriente sanguínea. Llegamos entonces a un ciego, del que ha-
blaremos inmediatamente, y a otra puerta, cuyo nombre es el
de válvula de Bauhin o ileocecal. Hasta este momento el ali-
mento ha sido desmenuzado y diluido para volverse soluble en
agua y poder acceder así, a través de la membrana celular, a las
células, así como para ser transportado por el líquido sanguí-
neo. Para esto es necesaria el agua, que en las regiones áridas
es, por lo general, un bien escaso. En consecuencia, la última

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

porción del intestino sirve, en todos los animales terrestres su-


periores, para la recuperación del agua. Lo que no se ha podido
aprovechar se condensa sin contemplaciones. Mientras que el
ácido clorhídrico del estómago actúa a modo de desinfectante,
en este último tramo del intestino se deja terreno libre a las
bacterias de la putrefacción, que mediante fermentación consi-
guen que alguna porción de esos desechos resulte todavía di-
gerible y la pared del intestino grueso la absorba. Llegamos en-
tonces a un músculo anular doble, de los cuales el externo está
sometido a nuestra voluntad mientras que el interno no. Ambos
juntos constituyen el esfínter anal, el ano. Cuando estamos en
el retrete, con el músculo externo podemos reforzar el proceso
de evacuación, aunque no con el interno o con los músculos
intestinales, y es necesario que esperemos a que los movimien-
tos peristálticos actúen.
El tercer momento estelar, hace 480-440 millones de años,
es, por consiguiente, el inicio de la diferenciación del tubo di-
gestivo, la aparición de segmentos cada vez más especializados
que elaboran con creciente eficacia el alimento ingerido. Du-
rante este proceso, y esto es importante, se obtiene calor, aun-
que no energía que el cuerpo pueda transformar en trabajo. Con
un alimento de difícil digestión incluso se puede emplear más
energía que la que se obtiene. Algunas de las dietas actuales
que logran que se baje de peso comiendo en exceso se basan
en este hecho. El tubo digestivo es, como hemos dicho, un ór-
gano auxiliar pluricelular y un intermediario. Las auténticas
instalaciones de desintegración que reportan energía, compara-
bles en cierto modo a un reactor nuclear, se encuentran en el
interior de las células y no las han abandonado nunca. En ma-
yor medida de lo que el «yo» del ser humano cree, éste está
compuesto por muchos otros yos de los que no sabe nada. Un
pensamiento poco agradable seguramente, si bien es un hecho
indiscutible al que hemos de acostumbrarnos si aspiramos no
sólo a vivir al día sino también a vernos como lo que somos en
realidad.
El cuarto momento estelar es negativo para nosotros. Detrás
de la válvula de Bauhin se encuentra un saco ciego que merece

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

que le dediquemos especial atención. En buena medida, dicho


interés se debe a que este apéndice vermiforme ha provocado
muchas muertes y que es un órgano que, aunque producido por
el propio cuerpo, es perjudicial para la persona. Es el llamado
apéndice o intestino ciego, pincelada desafortunada del crea-
dor, si creemos en una génesis deseada y dirigida del ser hu-
mano. La historia de este curioso órgano se remonta a épocas
muy lejanas, a comienzos de nuestro pasado filogenético, y
concretamente al momento en que se planteó la necesidad de
digerir los vegetales ingeridos. A diferencia de las células que
constituyen el cuerpo de los animales, rodeadas sólo de una
delgada membrana, las vegetales llevan además una cubierta
muy resistente de celulosa. En las plantas interesa más la esta-
bilidad que la movilidad, pues no deben ir detrás del sol sino
simplemente crecer en dirección a él, razón por la cual las cé-
lulas son elementos más rígidos. Esto adquiere una especial
importancia en tierra firme, donde tanto los tallos como los
troncos deben luchar contra la fuerza de la gravedad con el fin
de llevar sus hojas a mayor altura que las de sus competidores
y acercarlas más a la luz, la fuente de energía que es el alimento
más importante. Así, al consumir productos vegetales surge el
problema: ¿cómo pueden digerirse y aprovecharse estas pare-
des celulares, cómo se puede acceder a su contenido? En épo-
cas muy tempranas las bacterias y los organismos unicelulares
más desarrollados se especializaron en esta función, y de ella
se aprovechan los organismos pluricelulares que se alimentan
de plantas. En lugar de crear glándulas que realizaran la misma
función, llegan al mismo objetivo a través de las unidades ya
existentes. Del mismo modo que las aves y los cocodrilos tra-
gan piedras para aprovecharlas como elementos auxiliares de
la digestión e igual que la araña transforma el caparazón del
insecto capturado en una especie de olla, muchos animales fi-
tófagos lograron sacar provecho de la capacidad de degrada-
ción de la celulosa que muestran los organismos unicelulares y
las bacterias especializadas. Estos organismos trabajan por me-
dio de fermentaciones, recuperando sólo una pequeña parte de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

la energía contenida en su alimento. Se les emplea como un


martinete.
Se les deja realizar su función y alimentarse: lo que queda
contiene suficiente energía e incluso a veces más. Por consi-
guiente, muchos animales han desarrollado en su tubo diges-
tivo divertículos en los que no sólo se tolera la presencia de
estos organismos sino que se favorece su actividad. Esto llega
hasta el punto que numerosos insectos han creado dispositivos
especiales para transmitir a la descendencia estos diminutos
«ayudantes de la digestión». Para ello se han desarrollado dis-
positivos y mecanismos de conducta especiales. Así por ejem-
plo, las termitas son incapaces de digerir la madera de la que
se alimentan. Si se desinfecta el intestino de uno de estos in-
sectos, matando así todas las bacterias y organismos unicelula-
res que contiene, la termita sigue según le dictan los mecanis-
mos innatos de su comportamiento, pero muere de hambre.
Ella misma es incapaz por sí sola de aprovechar el alimento, no
puede romper las moléculas de la madera y acceder a su ener-
gía. Entre nuestros antecesores, muchas especies animales se
especializaron en el consumo de plantas y formaron en su tubo
digestivo sacos ciegos, en cuyo interior residían bacterias y
protozoos capaces de disociar la celulosa. Hoy lo podemos ver
en sus descendientes. Son cámaras de fermentación en las que
moran libremente esos organismos: se les suministra alimento
y viven en la abundancia. Lo que dejan es un material nutritivo
digerible. Es, por lo tanto, una relación ventajosa para ambas
partes, es una simbiosis. Todos resultan beneficiados. En los
rumiantes (jirafas, antílopes, gacelas o nuestros ciervos y va-
cas) esta función de aprovechamiento de otros seres vivos ha
adquirido una gran importancia. Tras una primera masticación,
el alimento llega a una parte del estómago de la que pasa des-
pués a otra, para volver a continuación a la cavidad bucal: para
la rumia. Por último, el alimento es tragado por segunda vez y
llega a una tercera porción del estómago. En estas tres primeras
cámaras del estómago el alimento es desmenuzado por fricción
y actúan sobre él elementos auxiliares. La verdadera digestión

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

se realiza en el cuarto estómago. En los antecesores del ser hu-


mano dentro de la serie de los mamíferos, en el paso entre el
intestino delgado y el grueso, o sea, detrás de la válvula de
Bauhin, apareció un ciego para acoger a estos organismos au-
xiliares de la digestión. Este es el cuarto momento estelar en la
evolución de nuestros órganos digestivos. En los animales fi-
tófagos ese ciego alcanzó un especial desarrollo, mientras que
en los carnívoros es pequeño y en buena medida ha experimen-
tado una regresión. Otro tanto sucede en los primates omnívo-
ros y en nosotros mismos. Lo que se inflama en el ser humano
no es el intestino ciego sino su apéndice. Dentro del complejo
funcionamiento de nuestro cuerpo, este adminículo en proceso
de involución no carece tampoco por completo de función.
Dado que esas cámaras de fermentación contienen sustancias
tóxicas de la putrefacción, están sometidas al control de los ór-
ganos de policía que patrullan por el sistema de vasos linfáti-
cos, es decir, los linfocitos que se mueven como amebas. De
este modo, también el apéndice del intestino ciego se convirtió
en un lugar de control interno y cuando se le extirpa sin motivo
en los niños pequeños no deja de provocar algunas desventajas.
Únicamente hay que eliminarlo cuando se inflama, pues de lo
contrario el riesgo lo corre toda la comunidad celular, y noso-
tros mismos.
¿Y el quinto momento estelar? ¿Hay alguno también en esta
evolución? Dentro del marco del desarrollo de nuestro cuerpo,
no, pero sí en el curso de nuestra evolución posterior. Piénsese
en los gasterópodos depredadores que aprovechan la concha de
otros moluscos para hacer digerible su contenido. O en la araña
que envuelve con sus hilos la mosca capturada y que la emplea
como «olla», en la que bebe total o parcialmente su contenido
cuando tiene necesidad de alimento. Y pensemos también en
las ollas que el hombre construye gracias a su inteligencia con
barro cocido y que después coloca sobre un fuego, logrado tam-
bién artificialmente, para cocinar allí sus alimentos. Este calen-
tamiento hace digeribles las paredes de celulosa de las células
vegetales, lo mismo que hacen las bacterias y los organismos
unicelulares, permitiendo así el acceso a su protoplasma. En el

— 162 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

curso normal de la ingestión de los alimentos, en la cavidad


bucal se produce ya una digestión previa. Con el truco de la
llama y de las ollas, dicha digestión comienza aún antes. Y ade-
más, lo que no logran las enzimas de la cavidad bucal, del es-
tómago, de la vesícula billar y del páncreas lo consigue el agua
hirviendo.
El quinto momento estelar en el desarrollo de la digestión
humana se sitúa hace 2-1,8 millones de años. En aquella época
el ser humano comenzó a ampliar su cuerpo con unidades adi-
cionales: pico, lanza, cuchillo, olla, hogar, casa y otras más.
Consiguió entonces dominar y aprovechar el fuego, inventando
el hogar. Podría argumentarse que esta evolución no es equi-
parable con las mitocondrias, el intestino y el estómago, pues
el hogar es de estructura inorgánica muerta, mientras que las
mitocondrias, el intestino, el estómago y las microvellosidades
intestinales son de materia viva. ¿Pero dónde reside la diferen-
cia? Pensemos en las piedras que las aves y los cocodrilos tra-
gan para convertirlas en herramientas de su digestión. Real-
mente ya están en su cuerpo. ¿Pero qué sucede con la concha
perforada del molusco o con el insecto capturado por la araña?
Esa concha y ese exosqueleto se convierten en «ollas de coci-
nar», no se encuentran dentro de su cuerpo. Hay que recordar
también a los organismos ayudantes de la digestión: se encuen-
tran dentro del propio cuerpo del huésped pero éste no los pro-
duce sino que únicamente los utiliza. En pocas palabras: lo que
importa no es el aspecto externo sino el resultado, la utilidad,
la aptitud para desempeñar una función. Tanto si se encuentra
en el cuerpo como fuera de él, tanto si es de material orgánico
como si no lo es, el hogar es un órgano auxiliar de la digestión.
Y en última instancia, también todas las células vegetales están
constituidas de elementos inorgánicos.
Pero la evolución va más allá. Al volverse consciente de su
yo, el ser humano se interesó por todo aquello que le propor-
cionaba placer, que le resultaba cómodo y le hacía sentirse fe-
liz. Se cría para ello, lo busca y en ese sentido despliega todo
su intelecto. En lo que respecta al alimento, éste no sólo calma
su hambre sino que, por lo general, tiene buen sabor, y todavía

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

mejor si se le adereza y prepara de manera adecuada, propor-


cionando entonces más placer, comodidad y sentimiento de fe-
licidad. Surgió así la gastronomía, una de las ramas más bri-
llantes de la economía humana: cocineros, libros de cocina,
restaurantes, establecimientos especializados. El resultado es
que el ser humano come mucho más de lo que necesita. Gracias
a los mecanismos innatos de su organismo, éste convierte ese
exceso de alimentos en sustancias de reserva, en forma de grasa
que se acumula por debajo de la piel y en otros lugares del
cuerpo. Surgió entonces otro problema: ¿cómo se puede comer
mucho sin engordar? Los antiguos romanos se introducían en
la garganta una pluma de pavo real después de las comidas para
de este modo, mediante el reflejo del vómito, expulsar todo lo
ingerido. En nuestra época se recurre a las dietas. Se calculan
las calorías y se elaboran programas de comidas. Los libros de
dietética tienen hoy la misma demanda que los de cocina o los
restaurantes selectos. La moderna investigación ha sido útil en
otro punto. Durante la cocción de plantas se destruyen las vita-
minas que contienen y que tanto necesitamos, por lo que se re-
comendó el consumo de alimentos crudos, de fruta y de horta-
lizas sin cocer.
Lo mismo que se propuso como meta separar la sexualidad
del embarazo indeseado, en este caso, se trató de evitar las con-
secuencias indeseables del buen comer. Uhland escribió: «No
hemos de olvidar tampoco nuestro noble chucrut...» Lessing
advertía: «En el comer eres rápido, en el andar gandul...» Y
Calderón dijo: «La comida está hecha para mí, la bebida está
pensada para mí, para mí están encargadas la cocina y la bo-
dega, vine al mundo para comer y beber.» Científicamente esto
es aplicable tanto a nosotros como a nuestra parentela animal.
Cualquiera que sea el aspecto de un animal, está configurado
de tal modo que debe ingerir alimento, alimento de cualquier
tipo. Todo el resto se paga y se financia con este alimento. No
debe olvidarse que sin energía transformable en trabajo no se
construye ninguna estructura, no existe movimiento ni marcha,
no hay despliegue, crecimiento y multiplicación, no hay senci-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

llamente nada. Por esa razón y por muy mezquino que le pa-
rezca al alma cultivada, la ingestión de alimento es nuestra fun-
ción principal. Todas las restantes se agrupan a su alrededor,
no en torno al cerebro, ni al espíritu ni a los sentimientos. Los
cimientos en los que descansa nuestro yo son la comida.
Cuando alguien muere de hambre o de sed, se extingue su yo.

— 165 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

VIII. EL CEREBRO Y EL YO

Con un poco de retraso llegamos al órgano que, por regla


general, se considera el más importante, pues a él debemos
nuestra capacidad de pensar, nuestra percepción, nuestra con-
ciencia del yo, nuestra capacidad para extraer conclusiones ló-
gicas, nuestro contacto práctico con el mundo en que nos en-
contramos, independientemente del modo o de la constelación
de circunstancias que hayan dado lugar a ello. Tratar este ór-
gano, el más orgulloso de cuantos poseemos, después de la
mano, el corazón, la boca parlanchina que expresa ideas con
sentido, los ojos y los complicados órganos de la reproducción
y la sexualidad, puede parecerles a algunos un sacrilegio. Al-
gún filósofo ha llegado al extremo de ver en nuestro cerebro,
en nuestra capacidad de pensamiento, la única realidad demos-
trable. Este órgano es, sin duda, la sede de nuestro «yo», del
que el cristiano cree que continúa existiendo tras la muerte y
del que el budista supone que se reencarna en un cuerpo tras
otro, incluso de un ser humano en un animal y a la inversa.
Virgilio afirmaba sobre el espíritu que «mueve la materia», y
Friedrich Schiller pensaba que «construye el cuerpo». El filó-
sofo, matemático y físico Pascal, por el contrario, consideraba
al yo como algo «odioso». Nietzsche lo comparó a un perro que
le seguía allá donde fuese. Shakespeare pone en boca de Yago,
en Otelo: «No soy lo que soy», y en el Brihadaránjaka-Upa-
nishad, escrito mucho antes del nacimiento de Cristo, leemos
que este yo es el Señor del Universo, el Rey de lo creado, el
Protector del ser, «un dique que separa entre sí ansias del infi-
nito para que no refluyan unas en otras».
Por consiguiente, nos ocuparemos ahora de un tema deli-
cado. ¿Podemos meter el espíritu, podemos introducir también
al yo en el patrón de una aparición temporal? El autor cree que
sí. Sin embargo, piensa también que las creencias que se opo-
nen diametralmente a la ciencia moderna, que ven en el yo y

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

en el alma algo completamente distinto, incorpóreo y proce-


dente de otras dimensiones que llegan hasta nosotros, no pue-
den rebatirse con argumentos contrarios, están justificadas y no
deben en modo alguno considerarse afectadas o heridas por las
afirmaciones que siguen.
Vemos en el ser humano una estructura material de un tipo
muy especial que tan sólo puede explicarse a partir del largo
camino de su aparición. No creemos, y muchos argumentos ha-
blan en favor de ello, que este ser humano sea una meta
deseada, un fruto mimado de un interés sobrenatural, la res-
puesta al por qué de la evolución que, por otra parte, apenas
puede negarse. Vemos en el ser humano un fenómeno muy no-
table, si bien en el fondo no es ni más misterioso ni más notable
que el resto de cosas que nos rodea, que la pareja energía-ma-
teria manifestada en una sorprendente cantidad de formas. In-
tentamos comprender este fenómeno del ser humano, es decir,
a nosotros mismos, para entendernos mejor a lo largo del ca-
mino de nuestra aparición filogenética, con el fin de extraer de
ello provecho para nuestra vida cotidiana práctica. En la era
atómica hemos alcanzado un punto en el que es importante y
esencial que nos contemplemos con seriedad. No para deva-
luarnos sino para valorarnos de un modo realista. Para no volar
como Ícaro con alas de cera hacia las alturas del cielo y luego,
a consecuencia del calor de la realidad, caer y, en lugar del es-
perado «cada vez más», obtener un «cada vez menos» o una
«nada» muy reales.
Si nos ocupamos de nuestro órgano del pensamiento tan
tarde se debe a que se trata de un órgano muy reciente, que
filogenéticamente apareció hace poco tiempo y forma parte
desde entonces de la familia de los restantes órganos. Al igual
que el corazón, es simplemente un elemento más en un sistema
mucho mayor que, casi como la circulación de la sangre, se
ramifica por todo el cuerpo y aparece y actúa casi en cualquier
punto del edificio celular del ser humano. Este sistema, el sis-
tema nervioso central, es una característica de los animales.
Las plantas no necesitan de él. Fijas y tranquilas en un mismo
lugar, su ocupación es conseguir energía y materiales. Bien es

— 167 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

verdad que un tallo, un árbol o una flor realizan movimientos,


pero éstos son lentos y se producen según los mecanismos del
crecimiento o por variaciones de la presión interna. El animal,
por el contrario, depende en general por completo de la bús-
queda de la presa y de su captura. En el medio acuático existen
también animales sésiles que aprovechan las corrientes de
agua, que les traen hasta la boca el alimento: se trata de las
esponjas, que simplemente lo absorben por su sistema de cana-
les. Los pólipos y las medusas también son sésiles, pero han de
capturar su alimento. Para ello hace falta una conexión telefó-
nica entre los órganos sensoriales y los de captura. Para todos
los animales activos dichas conexiones son mucho más nece-
sarias. Pensemos en las seis patas de un escarabajo: a sus innu-
merables músculos debe llegar una gran cantidad de órdenes
coordinadas para permitir una forma de emplazamiento ade-
cuada para la obtención del alimento, la huida o el aparea-
miento.
De lo que se trata es de dar respuesta a los estímulos del
entorno, de reaccionar de modo adecuado frente a ellos. El
principio que rige dichas reacciones es, en todos los casos, el
mismo y va vinculado a procesos que son asimismo comunes
en el mundo inorgánico. Si agito nitroglicerina se produce una
explosión; si acerco una llama a un gas inflamable, éste ex-
plota. Un estímulo del entorno muy concreto, una agitación o
una chispa, inicia una reacción química en la que se libera ener-
gía. Existía un potencial de tensión que, al desaparecer, con-
duce a un estado de equilibrio en el que se libera la energía
capaz de producir trabajo. La célula actúa según este mismo
principio, si bien con una diferencia: ella misma es la que crea
estos desequilibrios, es decir, crea potenciales de acción. Estos
son tales que reaccionan a estímulos muy determinados, con lo
que la reacción se produce en fracciones de segundo. Si las cé-
lulas movilizasen la energía tras la percepción de un estímulo,
la reacción se produciría a menudo demasiado tarde. Sin em-
bargo, al mismo tiempo, se dispone de trampas abiertas que
están dispuestas en cualquier momento a reaccionar a la velo-
cidad del rayo. Acto seguido hay que volver a abrir la trampa,

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

es decir, volver a establecer el potencial de tensión. Mientras


que la respuesta al estímulo se produce en dos diezmilésimas
de segundo, el período refractario dura de diez a cien veces
más.
Desde el punto de vista de nuestro cuerpo pluricelular y de
su aparición, el primer momento estelar de dicha evolución se
produjo cuando en la comunidad celular de los celentéreos más
sencillos, hace 1.500-1.300 millones de años, las primeras cé-
lulas nerviosas se especializaron en servir de conexión telefó-
nica interna. Mientras que los cables metálicos se fabrican a
partir de una pieza mayor mediante laminación y trefilado, las
conducciones telefónicas internas de los animales pluricelula-
res están constituidas por prolongaciones finas de las células
nerviosas, semejantes a los pseudópodos de las amebas, dis-
puestas a recibir los estímulos, las dendritas, y una prolonga-
ción por lo general más larga que transmite el mensaje ner-
vioso. Esta última, la neurita, queda rodeada en los animales
superiores por otras células y se reviste así de una capa aislante.
Puede conducir hasta una célula muscular, una glándula u otra
célula nerviosa, que se hace cargo entonces de la señal, la ela-
bora y la transmite. Con esto aparece una red que en la historia
evolutiva conduce a la formación de centros de conexión y, por
último, a la concentración en una zona de conexiones cada vez
mayor, el cerebro.

TABLA 10. Camino evolutivo del complejo de órganos al que


debemos nuestro «yo» y nuestra «alma»
Figuras: 1 anfioxo, 2 esquema del corte longitudinal del cerebro de un
tiburón, 3 una lagartija, 4 un mamífero inferior (marsupial), 5 un mamífero
superior (caballo), 6 sección longitudinal del cerebro del ser humano, a =
intestino branquial, b = notocordio o notocorda, c = tubo neural, d = dila-
tación del tubo neural, e = médula espinal, f = mielencéfalo g = cerebelo,
h = mesencéfalo, j = diencéfalo, k = epífisis, I = hipófisis, m = prosencé-
falo (cerebro), n = ventrículo cerebral, o = cuerpo calloso, x, y, z se expli-
can en el texto. Las distintas partes del cerebro se señalan con un dibujo
diferente.
El anfioxo (1) nos muestra en la actualidad el nivel más primitivo de desa-
rrollo de un sistema orgánico al que el ser humano debe su capacidad de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

pensamiento, su conciencia y mundo psíquico. El control de los movi-


mientos del cuerpo de estos protocordados (cf. tabla 5) que apenas han
experimentado cambios esenciales desde hace 700 millones de años, corre
a cargo de células nerviosas que forman por encima del notocordio o no-
tocorda (b) un tubo longitudinal, el tubo neural o cordón nervioso (c). Las
células sensoriales más sencillas de la percepción de la luz, el gusto y los
olores suministran a esta central su información: en ella se coordinan las
órdenes que controlan el comportamiento específico de los anfioxos. En
el extremo anterior del animal, que no posee todavía una «cabeza» dife-
renciada, el cordón nervioso se ensancha formando una especie de vesí-
cula (d). En los descendientes de los protocordados, los vertebrados entre
los que se encuentra el hombre, se inició en este punto la formación de
centros nerviosos diferenciados. Así surgió el cerebro, que en todos los
animales superiores puede dividirse en cinco secciones (2-6). A la médula
espinal (e) formada a partir del tubo neural sigue el mielencéfalo (f), cuyo
techo se diferenció en el cerebelo (g), a continuación el mesencéfalo (h),
que formó por arriba la epífisis (k) y por abajo la hipófisis (1), el diencé-
falo (j) y, por último, el prosencéfalo (m), que experimentó un notable
aumento en los mamíferos, convirtiéndose así en el cerebro, cuya capa
exterior, la corteza cerebral, se pliega y que en el hombre supera en volu-
men con mucho a las restantes porciones cerebrales. Lo mismo que la mé-
dula espinal, el cerebro sigue siendo un tubo que se divide en la zona del
prosencéfalo en dos cavidades situadas a la derecha y la izquierda, los
ventrículos (n, indicado con línea de puntos). En el ser humano la corteza
cerebral adquirió tal desarrollo que hacen falta conocimientos de anatomía
para poder distinguir las porciones principales (mielencéfalo, cerebelo,
mesencéfalo, diencéfalo y prosencéfalo). La figura 6 muestra el hemisfe-
rio derecho del prosencéfalo (m) visto en una sección longitudinal a lo
largo de la línea media. La sección pasa a través del cuerpo calloso (o),
que une ambas mitades muy plegadas. La cavidad que se encuentra por
debajo (x) se produce a consecuencia de la dilatación de las porciones del
prosencéfalo con respecto a las restantes. Desemboca por encima del ce-
rebelo (y).
Es digno de nuestra atención examinar esta central de órdenes multidi-
mensional del ser humano, pues incluso este interés (nuestra capacidad de
la reflexión inteligente y de la investigación planificada) se lo debemos a
este complejo orgánico tan desarrollado. La «chispa divina» de la concien-
cia y la inteligencia humanas, o sea, nuestro «yo», así como la totalidad
de nuestros sentimientos que agrupamos bajo el término de «alma», se
origina en esta enorme central de la corteza cerebral que en el ser humano
consta de no menos de 10.000-15.000 millones de conexiones (células
nerviosas), en colaboración con las otras partes cerebrales, en especial el
diencéfalo, donde tienen su sede los mecanismos del comportamiento in-
natos que influyen sobre nuestra voluntad (cf. tabla 18). ►

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

1. Anfioxo

2. Tiburón 3. Lagartija

4. Marsupial 5. Caballo

6. Hombre

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

En el caso más sencillo se trata de fibras nerviosas sueltas


que todavía encontramos en los descendientes de nuestros an-
tepasados más primitivos, los pólipos y las medusas. Los pri-
meros viven fijos al fondo marino y no necesitan ningún centro
coordinado de conexión para capturar con sus brazos los pe-
queños organismos que pasan frente a ellos y conducirlos hasta
la abertura de su tubo digestivo, la boca primitiva. Sin em-
bargo, en las medusas encontramos ya un anillo nervioso en el
borde de la umbela, que debe contraerse rítmicamente para que
pueda moverse el animal. El segundo momento estelar en la
evolución progresiva, o anagénesis, del sistema nervioso hace
900-700 millones de años, fue la unión de las redes nerviosas
inicialmente difusas para dar lugar a nudos, los ganglios. Tanto
en la línea evolutiva de aquellos animales que conservaron la
boca primitiva como en la de aquellos en los que la boca se
transformó en un ano, de los que derivan todos los vertebrados
y nosotros mismos, se formaron centros locales de órdenes de
este tipo. De todos modos, con una diferencia muy notable: en
los protóstomos, a partir de los cuales surgieron los anélidos,
los moluscos, los crustáceos, los insectos y los arácnidos, los
ganglios están alineados en dos hileras en el lado ventral. Los
gusanos actuales nos demuestran cuál es el motivo de esta dis-
posición. Estos animales estaban divididos en segmentos pro-
vistos de parápodos. Los pequeños centros de control que los
gobernaban aparecieron en los lugares en los que eran necesa-
rios, es decir, junto a estos parápodos había una hilera a la de-
recha y otra a la izquierda y, entre ellas, comunicaciones trans-
versales, que es lo que en biología se llama un sistema nervioso
escalariforme. Por supuesto, en el extremo anterior los nudos
ganglionares tuvieron que formarse por encima de la boca,
pues éste era el lugar más adecuado para los órganos sensoria-
les. Por esta razón, la disposición en escalera asciende por am-
bos extremos sobre el tubo digestivo y finaliza en los ganglios
situados por encima de la boca, o sea, sobre el dorso. Esta dis-
posición básica aparece en la actualidad en todos los moluscos
y los artrópodos. En el marco de su anagénesis algunos de di-
chos ganglios se reúnen de tal modo que, en especial entre los

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cefalópodos y los arácnidos, la masa principal de los nudos ner-


viosos está situada en el extremo anterior, en parte por encima
y en parte por debajo de la cavidad bucal. De nuestra propia
línea filogenética no se han conservado descendientes de los
primeros deuteróstomos móviles. De todos modos, en el anfi-
oxo podemos ver perfectamente lo que sucedió (tabla 10). Las
células de los ganglios se concentran en este caso por el dorso,
es decir, por encima del tubo digestivo, lo cual puede interpre-
tarse como una adaptación de estos animales a la natación, no
a la reptación. También en su caso, lo mismo que sucede con
cualquier animal que se mueve en una dirección, el lugar más
apropiado para los órganos sensoriales, en especial los ojos y
los órganos olfativos, se encontraba en el extremo anterior, por
encima de la abertura bucal. Las células nerviosas que activa-
ban los segmentos musculares en el movimiento de natación se
situaron por encima del tubo digestivo. Se unieron para origi-
nar un tubo cerrado, que en el caso del anfioxo está encima de
la notocorda (tabla 10, fig. 1, c). En los peces y los vertebrados
terrestres este cordón fue sustituido más tarde por la columna
vertebral, en la que las vértebras rodean en su parte superior la
médula espinal, saliendo de cada una de ellas un par de cordo-
nes nerviosos. Por consiguiente, en este caso el desarrollo no
se vio dificultado por la vinculación entre los ganglios ventra-
les y los de la cabeza, situados por encima de la boca. La me-
dula espinal pudo extenderse por encima de la boca y diferen-
ciarse en las distintas porciones especializadas del cerebro.
De acuerdo con el modo en que se forma durante el desa-
rrollo embrionario actual el cerebro de los vertebrados, algunos
investigadores sostienen que inicialmente estuvo formado por
dos secciones, mientras que otros creen que eran tres. Sea como
fuese, durante la evolución o su posterior avance, se produce la
diferenciación en cinco partes cuya presencia puede observarse
en todos los vertebrados actuales, desde los peces cartilagino-
sos hasta los mamíferos (tabla 10, fig. 2-6). El más anterior, el
prosencéfalo, se especializó en el tratamiento de señales olfati-
vas y dicha función se ha conservado así hasta los mamíferos.
El prosencéfalo lo encontramos también muy desarrollado en

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

los tiburones, que son animales «olfatorios» especializados en


los olores. La parte superior, el «techo», se convirtió más tarde
en la sede de la capacidad del pensamiento, que en el ser hu-
mano es la corteza cerebral tan desarrollada. En la siguiente
sección, el diencéfalo, desembocan los nervios de la visión y,
mediante una evaginación, apareció el ojo pineal, que más
tarde se transformó en una glándula hormonal. La sección in-
ferior tiene una importancia especial. En ella aparecieron los
centros de órdenes de los mecanismos de la conducta y de las
funciones autónomas internas. Le sigue el mesencéfalo, el prin-
cipal centro de conexiones para la unión de las señales senso-
riales ópticas y acústicas con la actividad muscular. Las sec-
ciones cuarta y quinta son la médula espinal prolongada, deno-
minada metencéfalo, y el cerebelo que emerge de su parte su-
perior. Este último es el responsable de los movimientos coor-
dinados, por lo que está muy desarrollado en los peces, los ma-
míferos y las aves. La prolongación de la médula espinal se
encargó de la transmisión de las órdenes hacia los órganos in-
ternos: la actividad intestinal, el sistema circulatorio sanguí-
neo, la respiración, la actividad de los riñones y muchas otras
cosas más.
Buscar dentro de esta gigantesca evolución una diferencia-
ción en diversos momentos estelares carece de sentido, puesto
que en este caso el aspecto externo es escasamente decisivo. A
diferencia de lo que sucedió con la diferenciación de nuestro
sistema circulatorio sanguíneo y del tracto digestivo, los cen-
tros de órdenes del sistema nervioso no pueden compararse a
órganos tales como el corazón, el estómago, el hígado y el in-
testino grueso. De modo análogo a como sucede en una fábrica
en la que la función directiva puede ir de un despacho a otro o
pasar de un edificio al contiguo, otro tanto sucede aquí. Hare-
mos justicia con el progreso evolutivo si en el sistema nervioso
central no diferenciamos zonas a partir de las cuales partan las
órdenes, sino áreas a las que hay que dirigir. Si actuamos de
este modo, separaremos, en primer lugar, el sistema nervioso
vegetativo, que dirige los procesos internos mediante reflejos.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Recibe también el nombre de sistema nervioso autónomo, por-


que trabaja de modo automático y no está sometido en el ser
humano a la voluntad consciente de nuestro yo. La actividad
del intestino, el control de la presión sanguínea, el metabolismo
y un sinfín de otras funciones se realizan fuera de nuestra con-
ciencia, por sí solas. En principio, este tipo de control es senci-
llo. Los ganglios, que filogenéticamente son muy antiguos y
están distribuidos a lo largo de todo el cuerpo, que reciben el
nombre global de sistema nervioso simpático y parasimpático,
se dividen el trabajo de tal forma que un grupo ordena las fun-
ciones superiores y el otro las subordinadas. Los ganglios reci-
ben, mediante señales de vuelta, la información sobre cuál es
la situación en cada instante y activan o desactivan los proce-
sos. Según cálculos actuales, en el cuerpo humano hay más de
20.000 conductos reflejos en constante actividad, que ordenan
el funcionamiento habitual del organismo. Las señales proce-
dentes de los órganos sensoriales llegan a centros que las pro-
cesan y desde ellos se emiten entonces, a través de conductos
nerviosos, las correspondientes órdenes. El centro de esta acti-
vidad rectora reside en el ser humano en el hipotálamo, una
sección de nuestro diencéfalo (tabla 18, k).
Si valoramos el sistema nervioso animal por sus rendimien-
tos, hay que separar los centros que coordinan y ordenan el fun-
cionamiento interno de aquellos otros que son responsables del
comportamiento del animal en su medio, es decir, de cómo pro-
cede a la búsqueda del alimento, a la defensa contra los enemi-
gos, de su comportamiento sexual, etc. Desde este punto de
vista se produjo otro momento estelar cuando nuestros antepa-
sados no sólo reaccionaron con reflejos similares a los que or-
denan el funcionamiento interno del cuerpo, sino que desarro-
llaron sobre la base de mecanismos innatos un comportamiento
diferenciado. Si me quemo un dedo y retiro la mano, esto es un
reflejo, una función nerviosa que se realiza a través de una serie
de impulsos nerviosos relativamente sencilla. Cuando una
araña, sin que nadie se lo haya enseñado, teje su artística red,
se trata evidentemente de un mecanismo innato muy complejo

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de distintas acciones separadas, una capacidad que debe consi-


derar básicamente superior. El hecho que un animal reconozca
a su pareja nos parece lógico, pero ¿cómo se lleva esto a la
práctica? A partir de la gran cantidad de señales sensoriales
procedentes del entorno, este animal debe ser capaz de escoger
unas muy concretas, precisamente aquellas que identifican al
congénere y a la pareja. En este caso se trata de una función
mucho más complicada que un simple reflejo. En el lenguaje
corriente se denomina a dichas funciones instintos.
De lo que se trata aquí es de los mecanismos innatos. El
material genético debe haberlos construido del mismo modo en
que están estructurados el corazón, los ojos o las células ner-
viosas. Aunque bastante más pequeños, son unidades igual-
mente funcionales y en este sentido «órganos», lo mismo que
nuestra mano o nuestros riñones. En forma de material genético
conocimos un «órgano» situado en el centro de las células y
que es mucho más pequeño que éstos. De manera análoga, los
mecanismos del comportamiento innato son microscópica-
mente pequeños y se encuentran en algún lugar de las células
ganglionares. Hasta la fecha ningún investigador ha podido ob-
servar una estructura de control de este tipo, ni con la ayuda de
los mejores microscopios. Existen sin lugar a duda. Se puede
determinar que maduran, es decir, que se desarrollan en el ani-
mal joven, como los órganos más grandes que podemos estu-
diar mucho mejor. Así, se creía antes que las aves jóvenes te-
nían que aprender los movimientos esenciales para el vuelo. El
polluelo recién salido del huevo da saltos, incapaz de volar, con
lo que da la impresión que está intentando aprender a volar.
Esto no es cierto. En un experimento se ataron las alas de unos
polluelos y se les soltaron cuando eran adultos, y se observó
con sorpresa que eran capaces de volar. Dado que estaban ata-
dos no pudieron aprender a hacerlo. De este modo, el experi-
mento demostró que disponen de un mecanismo innato en sus
movimientos, que al salir del huevo no está todavía completa-
mente desarrollado sino que madura tras un cierto tiempo, al
igual que otros órganos.

— 176 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Por consiguiente, como tercer momento estelar del sistema


nervioso podemos considerar la aparición de mecanismos in-
natos que son más eficaces que los reflejos sencillos. ¿Cuándo
se produjo este momento estelar? El anfioxo dispone ya de di-
chos instintos, pues si nos acercamos mucho, abandona el lugar
donde se encuentra, nada un trecho por encima de la arena y
vuelve a enterrarse con la cola hacia delante, lo que exige una
compleja coordinación de diferentes movimientos musculares.
El momento estelar de la aparición de los mecanismos instinti-
vos dentro de la línea evolutiva de nuestros antepasados, al
igual que en la evolución paralela que condujo a los moluscos
y los insectos, podría fijarse en aproximadamente 700-600 mi-
llones de años, es decir, muy poco después de la aparición de
los primeros ganglios en las comunidades celulares primitivas.
Se ha descubierto en los últimos años que en el comporta-
miento instintivo cabe distinguir tres funciones. El comporta-
miento innato se compone de: movimiento, reconocimiento y
pulsión innatos. No basta con que un animal pueda llevar a
cabo una determinada serie de movimientos sino que es esen-
cial que lo haga en el instante correcto. Cuando se trata de huir
de un enemigo carecen de sentido los movimientos innatos de
la caza de presas o del comportamiento sexual. Por consi-
guiente, el animal ha de ser capaz de reconocer a los enemigos,
las presas o la pareja en características muy determinadas para
reaccionar después de un modo que tenga sentido, es decir, que
conserve su vida. Sin embargo, no es suficiente con esto. Si no
aparece ninguna presa, el animal no puede permanecer simple-
mente aja espera hasta que una quede dentro del alcance de su
vista, pues, en este caso, moriría de hambre. Lo que debe hacer
es buscar una, o dicho con más precisión, debe buscar los estí-
mulos mediante los cuales reconoce a la presa. Un impulso de
este tipo no es evidente en sí mismo. Para él se necesita tam-
bién un mecanismo innato al que se ha llamado pulsión. El
comportamiento instintivo consta, por consiguiente, de tres
componentes fundamentales. Primero de un conjunto de ins-
trucciones muy determinado para los movimientos, al que se
denomina coordinación hereditaria. Segundo, un conjunto de

— 177 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

instrucciones acerca de la situación del entorno, es decir, qué


estímulos sensoriales deben producirse para ejecutar esta serie
de movimientos. En este caso se habla de un filtro de estímulos,
de un mecanismo desencadenante innato, o abreviadamente
MD1. Tercero, para cada comportamiento instintivo se precisa
también un impulso innato para buscar dichos estímulos, a no
ser que éstos se presenten por sí solos. A este impulso le damos
el nombre de motivación innata o, simplemente, pulsión. To-
dos conocemos ejemplos de ellas. Si nos falta alimento, nuestro
cuerpo presenta el impulso innato de ir a buscarlo y llamamos
a esta pulsión hambre. Si carecemos de pareja, actúa la pulsión
sexual y pone a nuestro cuerpo y nuestra mente en su búsqueda.
Como puede leerse en cualquier texto de etología, existen más
fenómenos innatos que son importantes en la estructura global
del comportamiento instintivo. Por ello no es necesario que
profundicemos más en el tema sino que es suficiente con que
indiquemos que existe una función superior del sistema ner-
vioso que no consiste solamente en realizar determinadas trans-
misiones de estímulos y órdenes mediante uniones de células
nerviosas, sino en llevar a cabo acciones o reacciones diferen-
ciadas que potencien la vida, según un mecanismo innato. Sin
embargo, debemos mencionar todavía un detalle que será de
gran importancia para enjuiciar nuestro yo. Se refiere a la pul-
sión innata. Evidentemente, ésta da lugar a una tendencia hacia
determinadas situaciones de estímulo y a una ausencia de la
misma hacia otras distintas. El sistema nervioso, por consi-
guiente, debe provocar que al cuerpo le «parezca» digno de al-
canzarse un determinado conjunto de estímulos, atraerle simul-
táneamente hacia él, y que otro le parezca rechazable, es decir,
alejarle de él. Dado que no podemos hablar con los animales,
no sabemos nada acerca de sus sensaciones. En nuestro caso
sabemos con toda exactitud que los actos instintivos están vin-
culados a sensaciones de placer, cuando se realizan, y con otras
de displacer cuando no pueden llevarse a efecto. Si nos falta el
alimento, aumenta nuestra excitación de displacer. Si nos ame-
naza un peligro y logramos ponernos a salvo, respiramos tran-
quilos y nos encontramos agradablemente aliviados. Si nuestro

— 178 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

compañero no responde a nuestros esfuerzos amorosos, nos


sentimos desdichados. La observación de los mamíferos que
nos son próximos nos hace ver que en ellos actúa un meca-
nismo similar. En biología se parte, por lo general, del hecho
de que los actos instintivos vienen regidos por el principio de
placer-displacer. Si se desencadena un instinto se producen ac-
tos instintivos y a ellos se vinculan experiencias internas, mien-
tras que si no alcanzan la meta programada no pueden activarse
y entonces se producen experiencias internas con excitaciones
claramente molestas. Se ha demostrado que en los seres huma-
nos el responsable de la coordinación de tales sensaciones de
placer-displacer es una sección del diencéfalo, el tálamo. Me-
diante estimulación artificial del cerebro en animales de expe-
rimentación se ha podido averiguar que los mecanismos inna-
tos de su comportamiento instintivo se encuentran localizados
en las porciones filogenéticamente más antiguas de su cerebro.
Así, por ejemplo, estimulando la zona apropiada, es posible ha-
cer que un gallo se levante y cante, al estimular otra distinta,
que crea que está enfrentándose a un depredador y se defienda,
y con una tercera, que intensifique su impulso sexual.
Recapitulemos lo que hemos visto hasta este momento. El
primer momento estelar: en el cuerpo pluricelular, determina-
das células se especializan en la función de transmisión de se-
ñales. En uno de sus lados desarrollan unas prolongaciones que
reciben estímulos (casi siempre procedentes de células senso-
riales) y, en el otro, otra más larga a través de la cual se trans-
mite el impulso hacia un músculo, una glándula u otra célula
nerviosa. Segundo momento estelar: estas células nerviosas se
fusionan en ganglios que elaboran numerosos estímulos y se
encargan de dar órdenes a los órganos. Reciben estos avisos de
control a través de señales de camino de vuelta y, reforzando o
reduciendo las señales que emiten, ejecutan la orden. Tercer
momento estelar: el material genético no sólo se encarga de
controlar la síntesis de estas células nerviosas y de los ganglios
especializados en determinadas funciones, sino que determina
asimismo la formación de mecanismos innatos para el compor-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

tamiento frente al medio. Estos últimos dirigen acciones y reac-


ciones coordinadas, determinando ante qué combinación de
impulsos deben reaccionar, y llevan al animal a estados de ex-
citación que desencadenen una conducta adecuada que tienda
a satisfacer aquel estado. Si lo logra, el animal recibe como
gratificación una vivencia interior positiva, pero si no, se des-
encadenan en él excitaciones desagradables que le estimulan,
con más vehemencia, a conseguir su objetivo. Casi todos los
comportamientos animales vienen regidos por mecanismos de
este tipo. No es raro que pulsiones diferentes colisionen y que
se refuercen o debiliten mutuamente. La sede de todos estos
controles instintivos son las partes filogenéticamente más anti-
guas del cerebro, el llamado tronco cerebral. De manera
análoga al material genético a partir del que se han sintetizado,
son conexiones de dimensiones moleculares, submicroscópi-
cas.
El cuarto momento estelar de esta evolución se produjo
cuando el sistema nervioso desarrolló la capacidad de variar,
diferenciar y afinar dichos mecanismos innatos, en virtud de
experiencias individuales. Una ranita salta intentando atrapar
cualquier objeto que pase volando por delante de ella. Este es
un comportamiento innato, es decir, instintivo, que se desarro-
lla de manera automática. Si atrapa un insecto que pica, asocia
la impresión sensorial del insecto con su comportamiento y en
el futuro evitará cazar tales insectos, es decir, ha «aprendido».
Este es un progreso decisivo. Si un animal consigue esta capa-
cidad, ya no actúa como un autómata, sino que puede adaptarse
de modo individual a las condiciones de su entorno.
Este momento estelar debió de alcanzarse en la serie de
nuestros antepasados poco después del tercero, aproximada-
mente hace 600-500 millones de años. Se puede demostrar la
existencia de la capacidad de aprendizaje en organismos de es-
casa organización. Se basa en una función que denomínanos
memoria, una capacidad que se potenció claramente en la serie
de los vertebrados. Esta capacidad no está ligada en principio
a ninguna parte determinada del cerebro, si bien más tarde se

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

desarrolló en el «techo» de la zona anterior del cerebro olfato-


rio, una sección que se ampliaba y que se hizo cargo preferen-
temente de dicha función. Entre los anfibios y los reptiles
muestra ya un volumen en aumento con respecto al de los pe-
ces, si bien alcanzó su máxima expresión en los mamíferos (ta-
bla 10), a los que se denomina por esta razón «animales de
aprendizaje». Los jóvenes no son, como ya se ha dicho, capa-
ces de alimentarse o defenderse por sí mismos desde el mo-
mento del nacimiento, sino que necesitan de los cuidados de
los padres o del grupo. Un instinto innato les empuja a relacio-
narse de manera activa con su entorno, a investigar todos los
objetos que hay en éste, a investigar sus características y a pro-
bar su capacidad de movimiento. Así, construyen poco a poco
mecanismos individuales en su cerebro que completan, am-
plían o desplazan a otro lugar los mecanismos innatos. Este
proceso corre parejo a la involución de determinados mecanis-
mos instintivos. Los más afectados son los del movimiento, las
coordinaciones hereditarias. Si permaneciesen rígidamente es-
tablecidos como en el caso de los insectos, los procesos de
aprendizaje individuales serían muy limitados. Sin embargo,
puede suponerse que la estructura de estos mecanismos sea
probablemente muy parecida a la de los innatos, estando in-
cluso localizados quizá en las mismas zonas. Las experiencias
de la vida humana, de la que nos ocupamos, hablan en favor de
esta hipótesis. Sin embargo, por encima de los procesos de
aprendizaje, aparecen mecanismos que son análogos a los ins-
tintos y están muy emparentados con ellos. De este modo, las
costumbres no son innatas en nosotros sino que nos han sido
impuestas por la educación, o las hemos adquirido de manera
individual. No obstante, una vez fijas influyen sobre nuestra
actividad del mismo modo que los instintos. Si nos hemos
acostumbrado a llevar a cabo algo concreto a una hora deter-
minada, por ejemplo, tomar un aperitivo en el bar de la esquina,
al acercarse dicho instante aparece un impulso tendente a llevar
a cabo esta acción y que tiene un carácter instintivo. Si las cir-
cunstancias impiden que llevemos a cabo esta costumbre, esto
nos produce displacer, una excitación irritante. La visión del

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

lugar en cuestión, del bar, despierta en nosotros el deseo de en-


trar en él, igual que la oscuridad nos infunde, de modo innato,
miedo. Incluso la realización de la actividad a la que nos hemos
acostumbrado adquiere un carácter automático que viene im-
puesto.
Por consiguiente, la capacidad de aprendizaje no sólo lleva
a que los mecanismos de origen orgánico puedan variarse o
ampliarse, sino a que puedan aparecer otros completamente
nuevos. Cuanto mayor es la capacidad de la «fábrica» formada
por células nerviosas, el cerebro, de almacenar no sólo recuer-
dos y experiencias sino de emplear esta riqueza de conocimien-
tos para resolver los problemas, tanto mayor es la cualidad a la
que llamamos inteligencia. Ésta puede determinarse y medirse
de modo experimental. Si se deja a una gallina delante de una
valla de alambre de varios metros tras la que se ha colocado
comida, corre de un lado a otro, atraída por la comida e intenta,
sin resultado, alcanzarla a través del entramado de la valla. El
animal no llega a la solución que consiste en dar un rodeo, por-
que su capacidad de asociación de contenidos de la experiencia
no está desarrollada. La situación es diferente en el caso de un
perro. A! principio también corre excitado de un lado a otro e
intenta alcanzar la comida a través de la malla metálica, pero
enseguida veremos como corre a lo largo de ésta hasta encon-
trar una abertura que le permita acceder a la comida. Por lo
tanto, la siguiente capacidad de grado más elevado se logra me-
diante el simple almacenamiento de experiencias, su elabora-
ción y la obtención a partir de ellas de las consecuencias co-
rrespondientes.
En el ser humano esta evolución llegó más lejos. En el hom-
bre primitivo, a medio camino entre el mono y nosotros, se pro-
dujo, hace 4-2 millones de años, otro momento estelar en la
anagénesis del sistema nervioso. Mientras que en los momen-
tos estelares tercero y cuarto, la aparición del comportamiento
instintivo y el del aprendizaje, nos teníamos que ceñir más a la
función, ya que los órganos que la llevan a cabo son invisibles
para nosotros, llegamos de nuevo a una variación estructural
visible y que consiste en un gran aumento del prosencéfalo que,

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

debido a la estructura especial de su tejado, se convierte, en la


serie ascendente de los vertebrados, en el cerebro. En el ser
humano, la parte externa de esta excrecencia, la corteza cere-
bral, alcanza una dimensión tal que su volumen supera con mu-
cho la suma del de las restantes partes. Se calcula que el nú-
mero de células nerviosas que se ven afectadas por su forma-
ción oscila entre 10-15.000 millones. Esta multiplicación
enorme implicó un aumento correspondiente de la superficie,
lo que explica sus pliegues.
Este aumento extremo de dicha parte del cerebro, respon-
sable de los procesos de aprendizaje y de la formación de aso-
ciaciones, condicionó en el ser humano el aumento del cráneo
que envuelve y protege al cerebro. El hecho que una amplia-
ción de este tipo fuese posible podría estar relacionado con un
cambio importante en el modo de vida de nuestros antepasados
primates. Como se supone hoy, descendemos de especies de
primates que, debido a cambios climáticos y un proceso de de-
sertización de regiones cubiertas por las selvas primitivas, pa-
saron de una vida arborícola a convertirse en depredadores que
cazaban en las sabanas. Con ello se produjo la erección del
cuerpo, la marcha erguida. Los primates depredadores atrapa-
ban pequeños animales, aunque también cazaban antílopes y
otros grandes mamíferos. En posición erguida podían ver me-
jor por encima de la hierba alta y, andando sobre sus extremi-
dades posteriores, eran capaces de perseguir mejor a su presa.
Las extremidades anteriores, que se habían convertido ya en
los primates en brazos con manos, quedaban ahora libres para
portar armas y lanzar piedras o lanzas. Como efecto secundario
de este proceso, los fuertes músculos que sujetaban la cabeza
perdieron importancia. Al caminar erguidos, el peso de la ca-
beza es soportado por la columna vertebral, por lo que dichos
músculos podían ser más débiles, mientras que nada se oponía
a un aumento simultáneo del tamaño del cráneo. Dado que por
otro lado un aumento del aparato de la inteligencia, la corteza
cerebral, traía consigo claras ventajas, es decir, aumentaba el
valor de selección, las mutaciones que conducían a un aumento
del tamaño de la cabeza se impusieron de modo automático.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Así, desde un punto de vista científico, el proceso de conver-


sión en ser humano se basa en dos componentes distintos que
no pueden considerarse como expresión de una voluntad pla-
nificadora con propósitos definidos. Primero, en la vida arbo-
rícola de nuestros antepasados, a la que debemos la estructura
de las manos, y segundo el paso de los primates depredadores
a desplazarse erguidos en la estepa, lo que favoreció el aumento
del tamaño del cráneo. En los cerebros electrónicos creados por
el ser humano, los computadores, se ha demostrado que la am-
pliación de sus capacidades exige una multiplicación de los cir-
cuitos que los forman. La cantidad da en este caso lugar a la
calidad, en el sentido de una ampliación de las funciones. Si
los insectos, tan desarrollados, quedaron muy por detrás de los
vertebrados en cuanto a sus funciones de aprendizaje se debe
en buena medida al volumen de su cuerpo, limitado por el es-
queleto externo, y al número máximo de ganglios que podía
desarrollarse en su interior. Si no tuviésemos las manos, el au-
mento de inteligencia de poco nos habría servido.
El quinto momento estelar fue, por consiguiente, el instante
en el que nuestros antepasados, hace 4-2 millones de años, al-
canzaron la conciencia del yo. Llegaron a la capacidad de re-
flexionar sobre sí mismos y alcanzaron la tan discutida «con-
ciencia». En dicha conciencia se ha visto algo que debe dife-
renciarse de los efectos materiales, fundamento para una sepa-
ración de principio entre lo espiritual y lo material, entre el
cuerpo y el alma que depende de él. Sin ningún género de du-
das, se produjo aquí un aumento de la función que tuvo una
inmensa importancia y que permitió al ser humano portador de
la vida sobresalir en el curso que hasta entonces había seguido
la evolución. La hipótesis de una influencia extraterrena, extra-
sensorial, para explicar esta propiedad específica de la concien-
cia del yo, no es en absoluto necesaria. Lo que sucedió en el
caso del ser humano fue más bien que el escudo interno de pro-
yección de los recuerdos y las representaciones alcanzó tal me-
dida de capacidad de combinación que nos permitió vincular
prácticamente cualquier contenido de la experiencia con otro

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cualquiera, realizar planes en el cerebro, erigir castillos de en-


sueño y, finalmente, incluirnos nosotros mismos en este juego
de combinaciones. Expresado en términos científicos, el ser
humano alcanzó la capacidad de objetivarse. Al igual que el
árbol que veía, la lucha que vivía o el sabor que degustaba, el
ser humano también fue capaz de convertir su propia persona
en objeto de un juego mental. Del mismo modo que podemos
seguir el desarrollo embrionario de muchos órganos, cómo
aparecieron filogenéticamente y cómo alcanzaron a desarrollar
sus capacidades, en el niño puede seguirse el desarrollo de la
conciencia. Según han establecido los psicólogos, el niño se
experimenta a sí mismo inicialmente sin diferenciar entre él
mismo y su entorno. Hasta que no alcanza el tercer año de edad
no comienza a distanciarse de los demás y a afirmarse, alcan-
zado el concepto del yo. Más tarde, en la pubertad, se intensi-
fica todavía más la reflexión sobre la propia persona, el senti-
miento de uno mismo. Con ello se alcanza un nivel de inteli-
gencia que abre nuevas posibilidades. El hecho de que el ser
humano se considerase durante miles de años como algo dis-
tinto a las plantas y los animales, radica en esta capacidad que
le permitió convertirse en algo inmensamente superior. Sólo
sobre la base de esta conciencia del yo pudo incrementar, casi
de manera ilimitada, las posibilidades de su cuerpo, mediante
unidades formadas artificialmente: herramientas, máquinas,
organizaciones, órganos suplementarios o como queramos lla-
marlos. Sólo sobre la base de esta conciencia del yo se trans-
formó en el señor indiscutible del planeta.
Sin embargo, esto no se produjo sin efectos secundarios ne-
gativos. Igual que muchos cocineros juntos estropean el guiso,
muchos mecanismos diferentes que actúan al mismo tiempo di-
ficultan el comportamiento. Entre los animales de aprendizaje
se producen a menudo conflictos entre los mecanismos indivi-
duales de comportamiento y los de control de los instintos ela-
borados por el material genético. En el caso del ser humano
chocan muchas más cosas. La conciencia del yo y la inteligen-
cia abren la posibilidad de una actuación racional, lo que choca

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

con expresiones de la voluntad cercanas a las reliquias del ins-


tinto innatos; a éstas se añaden las costumbres obtenidas por
aprendizaje. Goethe escribió: «Dos almas laten en mi pecho.»
Pero en realidad son muchas más. En primer lugar, nuestro de-
nominado yo está sujeto a las influencias del sistema neurove-
getativo, cuyos efectos están casi totalmente fuera de nuestro
control. Si tenemos mal la presión sanguínea o nos duele el es-
tómago, nos sentimos extraños y actuamos de forma diferente,
tomando en ocasiones decisiones que más tarde nos sorpren-
den, por las que después nos disculpamos. Más de una decisión
de gran alcance y llena de consecuencias de los jefes de Estado,
generales o políticos se ha producido seguramente en estas cir-
cunstancias. Todo el mundo sabe por propia experiencia lo in-
tensa que es la fuerza de nuestros instintos. Pueden cambiarnos
de tal forma que dejemos de ser nosotros mismos. De igual
modo, las normas de reacción innatas pueden desempeñar en
nosotros un papel mucho mayor del que queremos reconocer,
en especial en la ética y la estética. La conducta de ostentación
se pone en marcha en nuestro interior, el instinto sexual, el de
seguridad, el de propiedad, el de ascenso a un grupo superior y
muchos otros más. A éstos se suman las ataduras forjadas por
nosotros mismos, nuestras costumbres, que nos dominan con
mayor intensidad a medida que nos hacemos mayores (tabla
18).
A esto se añade otra influencia muy importante sobre nues-
tro yo. Tiene consecuencias de tal magnitud que el inicio de su
desarrollo debe considerarse como el sexto momento estelar.
Se sitúa tan sólo hace 30.000-20.000 años y se basa en la co-
municación oral y la formación de sociedades y la división del
trabajo que de ella derivan. Se trata de funciones de la corteza
cerebral especialmente desarrollada. Mientras que las expe-
riencias y habilidades obtenidas, en un principio, de modo in-
dividual desaparecían con la vida, éstas podían transmitirse a
otros. Las generaciones siguientes continuaban construyendo
sobre ellas. En los grupos organizados aparecieron costumbres,
usos, religiones e ideologías. El yo individual cayó de este

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

modo en el entramado de acciones de un «nosotros» super-


puesto o, expresado con más precisión, de muchos «nosotros»
de rango superior. La influencia de las sociedades sobre los in-
dividuos, directa o indirectamente a través de la educación, de-
mostró ser muy fuerte. En la vida actual nuestro yo no sólo re-
cibe la influencia del Estado, la familia o la estirpe, sino que
también del colectivo que determina la práctica del oficio o
profesión, la publicidad omnipresente que intenta despertar en
nosotros deseos, la propaganda política o el club deportivo al
que pertenecemos. No existe apenas un órgano que no influya
sobre nuestro yo. A esto se añaden los mecanismos innatos y
adquiridos y los «superyós», los «nosotros», de los que sólo
somos parte, a veces ruedecillas sin voluntad.
Se sabe todo acerca de cómo cada individuo puede contra-
rrestar todas estas influencias, de cómo puede alcanzar del me-
jor modo una orientación vital clara e individual. Sin embargo,
falta la aportación más importante: la explicación, en nuestra
educación escolar, de lo que compone en realidad nuestro yo,
de su historia, de los problemas a los que se enfrenta y de cómo
elabora una escala de valores susceptible de cambios e influen-
cias. Con la formación de la sociedad y la creciente aparición
de «nosotros» muy poderosos y convincentemente supraindi-
viduales, se dificulta aún más esa autovaloración.
Conclusión: muchas cosas contradicen la idea de que el
desarrollo de la vida se escenificó con un propósito concreto:
el de dar lugar al ser humano, consciente de sí mismo y capaz
de autorreconocerse. Las neuronas y el sistema nervioso fueron
al principio órganos puramente coordinadores, unidades auxi-
liares de la función principal. Sólo en el caso del ser humano,
es decir, realmente muy tarde en el conjunto de la evolución,
mediante un desarrollo especial de la corteza cerebral, el cere-
bro se convirtió en centro directivo dominante. Igual que antes,
sirve a las funciones principales (obtención del alimento, de-
fensa contra los enemigos, reproducción), si bien, mediante la
inteligencia y la conciencia del yo, se llegó a la idea, incluso al
convencimiento, de que la actividad cerebral no está al servicio
de las funciones principales sino al del yo. Sin embargo, esto

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

condujo a una presunción cuestionable, a un rechazo orgulloso


de las instrucciones aparecidas de formas tan diversas y que
constituyen este yo e influyen poderosamente sobre las accio-
nes de nuestra voluntad. Al final, se llegó incluso a creer que
este yo sobrevive a las células que lo forman, lo cual, si bien
no puede probarse lo contrario, es, cuanto menos, altamente
improbable. Si nuestro cerebro resulta muy dañado, desaparece
nuestra conciencia, e incluso cuando los ganglios descansan
durante el sueño sucede así. Si se cree que con el espíritu ha
aparecido algo nuevo en el mundo, que no tiene nada que ver
con la materia, es una contradicción con el claro camino evo-
lutivo a través del cual esta capacidad especial del discerni-
miento ha aparecido. Aunque se sostiene que el espíritu habita
en toda materia, hay pocas pruebas de ello, mientras que, por
el contrario, se puede seguir con exactitud la aparición paso a
paso de esta función celular.
En esta evolución no hay rupturas ni saltos. No obstante,
nunca se agrupó tal diversidad de fenómenos bajo una misma
palabra como sucede con el término «yo». Cuando Pascal
afirma que «el yo es odioso», expresa con ello la desazón que
causa tener que considerar como unidad una diversidad tan
cambiante como es el yo. Cuando Shakespeare hace que Yago
exclame «No soy lo que soy», seguramente se refiere en última
instancia a lo mismo. El yo es, de hecho, «el señor del universo,
el rey de la creación, el protector de los seres» como puede
leerse en el Brihadaránjaka-Upanishad. Se trata en realidad de
un «dique que separa entre sí ansias del infinito para que no
fluyan unas en otras». Pero todo esto no es un regalo por parte
de una fuerza superior sino la consecuencia de un proceso evo-
lutivo muy diversificado y difuso, en el que se impuso lo más
eficaz, en el que lo menos eficaz quedó atrás. Su poder ha re-
sultado ser inmenso y tan sutil, tan lleno de conflictos y tan
intrincado como lo es en cada una de sus partes.

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LA EVOLUCIÓN DEL PLANETA TIERRA
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

TABLA 11. Cuadro sinóptico de la formación de nuestra tierra


natal, la «Tierra», y del despliegue de la vida que conduce hasta
nosotros
Figuras: A = tamaño del globo terráqueo, B = su temperatura, C = la tem-
peratura interna, D = la temperatura externa, E-J = fases principales en la
evolución de nuestro entorno. 1-6 = primeros fósiles de las etapas evolu-
tivas de la vida, a-e = principales momentos de la evolución de la vida
según deducciones actuales. K, L = contenido de oxígeno en la atmósfera
y el mar. M = los «momentos estelares de la evolución de la vida» expli-
cados en este libro, N = las denominaciones geológicas de los períodos de
los últimos 600 millones de años.
Sobre el origen de la Tierra se han aventurado numerosas hipótesis. Según
el estado actual de la ciencia se admite que el planeta Tierra, así como el
Sol y sus restantes planetas, se formó a partir de nubes de gas y polvo
cósmico, que poco a poco fueron atrayéndose por acción de la fuerza gra-
vitatoria hasta comprimirse en un cuerpo sólido (A). La estrella en la que
vivimos era, por lo tanto, fría al comienzo, con una temperatura de ‒
273°C. Al aumentar su densidad se produjo un calentamiento (B) que con-
dujo a una temperatura interna de unos 6.000 °C (C), mientras que la capa
exterior se enfrió hasta unos 30 °C (D). Como demuestran las rocas más
antiguas, hace 4.500 millones de años se completó la formación de la cor-
teza (E). Mediante erupciones volcánicas se produjo la atmósfera primi-
tiva formada por vapor de agua, nitrógeno, dióxido de carbono, metano,
amoníaco y otros gases (F). Debido al progresivo enfriamiento, el vapor
de agua fue depositándose en forma de agua en el curso de precipitaciones
que duraron varios milenios y que, aunque al principio volvían a evapo-
rarse, acabaron por crear los mares primitivos (G). La intensa radiación
ultravioleta del Sol provocó en las capas superiores del agua la formación
de macromoléculas a partir de aminoácidos y nucleótidos, a través de las
cuales comenzó el proceso de la vida. Por fotodisociación se formó una
capa de ozono sobre los mares, que impedía en parte la entrada de rayos
ultravioletas (efecto Urey). Con la aparición de las primeras algas fotosin-
téticas (pág. 107) comenzó a producirse oxígeno libre, que del mar se di-
fundió a la atmósfera (J). Aunque el aumento del contenido de oxígeno de
la atmósfera (K) es perfectamente constatable en los hallazgos geológicos,
el que se produjo probablemente en las capas superiores del agua es toda-
vía hipotético (L). Con la aparición de las plantas terrestres el oxígeno
atmosférico comenzó a aumentar hasta los valores actuales.
Los fósiles más antiguos conocidos de cuerpos orgánicos son bacterias
halladas en rocas del grupo sudafricano de Onverwacht (1). Las algas fo-
tosintéticas más antiguas se encontraron en rocas del grupo Bulawayo (2),
algas verdiazules filiformes (paso previo a los organismos pluricelulares)

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

en cuarzitas de Pogama (3), las primeras algas nucleadas en la formación


Gunt Flint de Ontario (4), los primeros organismos pluricelulares animales
(medusas, gusanos, artrópodos primitivos, etc.) en la formación surafri-
cana de Ediacara (5), los primeros vertebrados terrestres de hace unos 350
millones de años en diversos lugares (6). Sin embargo, como puede ave-
riguarse con la ayuda de otras disciplinas, las estructuras que condujeron
al proceso de la vida surgieron hace unos 4.000 millones de años (a), las
primeras plantas que absorbían la energía de la luz hace unos 3.400 millo-
nes de años (b), los primeros «animales» que degradaban la sustancia or-
gánica mediante oxidación hace 2.900 millones de años (c), las primeras
células provistas de un núcleo hace 2.400 millones de años (d), los prime-
ros animales pluricelulares hace unos 1.800 millones de años (e). Los
«momentos estelares» en el camino evolutivo de nuestra serie de antece-
sores (M) que se han descrito en este libro muestran acumulaciones en la
zona del despliegue de los organismos pluricelulares, los vertebrados, la
homeotermia y la inteligencia humana. Los últimos 600 millones de años
se han dividido en períodos sobre la base de los hallazgos fósiles (N), con
los que se conocen más detalles de las condiciones climáticas y de sus
biocenosis características.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

IX. ÓRGANOS DEL TACTO

Muy pocos de quienes asisten a un concierto tienen una


idea clara de los curiosos elementos que componen el órgano
al que deben agradecer su goce de la música. Algunos de estos
elementos sirvieron a nuestros antepasados peces como soporte
para las branquias, transformándose más tarde en elementos de
apoyo de la boca y ayudaron a sujetar y desmenuzar al ali-
mento. El melómano debería sorprenderse también de que tra-
temos nuestra desarrollada capacidad de audición junto con la
de detectar la gravedad terrestre, la de distinguir entre frío y
caliente, el mantenimiento constante de la presión sanguínea y
la percepción del dolor. Una bofetada nos parece algo total-
mente distinto a una sinfonía, la sensación de estar girando no
tiene punto de comparación con aquella por la cual sentimos
frío en los pies. Sin embargo, está justificado establecer una
comparación entre todos estos fenómenos, ya que en todos los
casos ocurre que nuestro cuerpo percibe el contacto de otra ma-
teria. El sentido del tacto comprende el contacto con cuerpos,
líquidos o gases. Nuestro oído está dotado de la capacidad de
percibir las oscilaciones de partículas materiales como las del
aire, a las que denominamos sonido. El calor, que percibimos
como algo distinto, es, como se sabe desde 1841, tan sólo una
oscilación de la materia, de sus unidades más pequeñas, los
átomos y moléculas, cuya velocidad es mucho mayor que la del
sonido. Las actuaciones dañinas ejercidas por otros cuerpos las
percibimos como dolor. Nuestro conocimiento sobre el arriba
y el abajo se refiere a nuestra relación personal con el planeta
Tierra, que presiona contra nosotros y contra el que nosotros
mismos presionamos.
Si se ha comparado nuestro cuerpo a un saco en cuyo inte-
rior penetran informaciones procedentes del exterior a través
de estrechos orificios, entonces los agujeros de los que vamos

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

a hablar ahora son mucho más numerosos y mayores que aque-


llos a través de los cuales vemos y olemos nuestro entorno. De
la totalidad de frecuencias disponible correspondiente a las on-
das electromagnéticas, con nuestros ojos apenas somos capaces
de percibir un 0,000 000 000 003 por ciento. Nuestra capacidad
de percibir las propiedades químicas mediante los sentidos del
gusto y del olfato es de un porcentaje todavía menor. Por el
contrario, percibimos los contactos que van de golpes fuertes
hasta débiles oscilaciones. En esta gama el saco tiene «orifi-
cios» por todos los lados. Son miles, incluso millones, los «ori-
ficios» de este tipo. Introducir aquí momentos estelares en esta
evolución, es decir, el instante de aparición de «orificios» im-
portantes, no es tan sencillo. Vamos a proceder de modo que a
cada uno de los mecanismos de los sentidos principales le asig-
naremos un único momento estelar.
El más antiguo de los sentidos es, sin duda alguna, el del
tacto. Su aparición debió de coincidir con la de los primeros
organismos depredadores o fue poco posterior, puesto que es
una condición indispensable para la caza de la presa y la de-
fensa. De todos modos, cabe suponer que este momento estelar
se sitúa mucho antes de la formación de las auténticas células,
es decir, las dotadas de un núcleo, o sea, hace unos 3.500-3.000
millones de años. La sensibilidad con la que reacciona el pro-
toplasma a los contactos nos lo demuestra, entre los organis-
mos unicelulares actuales, en especial las amebas (tabla 19, fig.
1). En el caso de los organismos pluricelulares inferiores, algu-
nas células nerviosas se especializaron después en la percep-
ción de estímulos sensoriales del contacto corporal. Las células
nerviosas todavía aisladas, cuyas prolongaciones se ramifican
por debajo de la piel o emergen de ella mediante un filamento,
aparecen ya en los celentéreos, por ejemplo los pólipos corali-
nos y las medusas. Se presentan asimismo en la piel de los ani-
males marinos de organización superior. En los teleósteos se
encuentran dentro de fosetas así como en tubos muy ramifica-
dos y abiertos hacia fuera, en el interior de la piel. Permiten a
estos animales percibir las corrientes de agua, ya que con ayuda
de estos órganos de la línea lateral son capaces, inclusive, de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

percibir sabores a distancia. Los movimientos propios de su


cuerpo originan ondas en el agua que se reflejan en los cuerpos
de alrededor, con lo que penetran en este sistema de canales y
excitan en ellos los filamentos de las células situados muy jun-
tos. Por esta razón, los peces pueden nadar de noche y en aguas
turbias sin chocar. En estas condiciones incluso son capaces de
cazar. Durante el juego amoroso estos animales realizan movi-
mientos vibratorios con las aletas, que el compañero percibe
con dicho órgano, excitándole y poniéndole en disposición de
llevar a cabo el apareamiento.
En los animales terrestres la piel está expuesta al peligro de
la desecación. Por este motivo las células sensoriales sensibles
a la presión se encuentran en capas más profundas. Sin em-
bargo, también aquí encontramos el principio fundamental de
la percepción de los estímulos mediante finas prolongaciones,
por ejemplo, en forma de pelos táctiles cuyas raíces están ro-
deadas de terminaciones nerviosas libres. Actúan como una pa-
lanca y posibilitan también la percepción de los movimientos
del aire. Alcanzan especial longitud por encima de la boca de
los depredadores nocturnos, algo que podemos comprobar en
cualquier gato. Durante el avance en la oscuridad, el animal es
advertido de la presencia de obstáculos antes de chocar con
ellos. En la piel de los seres humanos, así como en la de algu-
nos mamíferos y aves, algunas células sensoriales diferencia-
das muy desarrolladas se han especializado en la percepción de
la presión. Son las células táctiles de Merkel. Son esféricas y
forman grupos, excitando una red de fibras nerviosas sobre las
que presionan cuando se toca la piel. Además de esto, en el ser
humano y en la mayoría de sus parientes mamíferos, encontra-
mos órganos pluricelulares sensibles a la presión situados en la
capa inferior de la hipodermis: los corpúsculos táctiles de
Meissner y los de Pacini. Del primer tipo tenemos más de
100.000, de los cuales en la palma de la mano hay unos 15.000.
Los corpúsculos de Pacini son ovalados, con una longitud de
hasta 4 mm y un grosor de 2 mm, y están rodeados de tejido
conjuntivo dispuesto en capas como en las cebollas. No sólo se

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

encuentran en la piel, en las cavidades musculosas, en las cáp-


sulas articulares, en la pared de los grandes vasos y en el peri-
toneo. Allí señalan al sistema neurovegetativo las condiciones
de presión internas. El hecho de que los osteoblastos sean tam-
bién sensibles a la presión es consecuencia de que la estructura
de las trabéculas óseas se orienta siempre en el sentido de la
presión imperante. Los tentáculos de un pulpo y las manos del
ser humano se convirtieron en órganos táctiles de grandes di-
mensiones. El ciego, que avanza palpando en la oscuridad, sabe
hasta qué punto en la escala de los sentidos del ser humano el
del tacto ocupa, tras el de la vista, la posición más importante.
En la mayoría de los mamíferos, aunque también en algunos
invertebrados, en especial los gasterópodos, el sentido del tacto
se convirtió durante el apareamiento y el cuidado de la prole en
un desencadenante de excitaciones positivas. Al acariciar y du-
rante el acto sexual se transmiten estímulos que, considerados
deseables, estimulan el comportamiento instintivo.
Incluso el contacto más delicado no transmite, ni de lejos,
uno tan íntimo como el de eso tan misterioso que llamamos
«calor». Casi de manera inevitable pasa de un cuerpo a otro.
Antiguamente se creía que el calor era una sustancia sin peso
que se transmitía a otros cuerpos por contacto o radiación. En
1841 el médico alemán Julius Robert Mayer logró desenmas-
carar esta curiosa sustancia. Consiguió demostrar que no
existe. El calor es más bien una de las múltiples manifestacio-
nes a través de las cuales se presenta la energía. Es energía de
movimiento, es decir, energía cinética, energía mecánica. Se
trata de movimiento desordenado y al azar de las partículas ma-
teriales más pequeñas que existen, los átomos y las moléculas.
Cuanto más energía hay en su interior, tanto más agitadas se
encuentran y tanto más vibran. Cuando se acercan a otras par-
tículas, chocan con ellas, transmitiéndose una parte de su vi-
bración, de su energía. El gran físico H. v. Helmholtz, igual que
su no menos famoso colega inglés J. P. Joule, llegaron a las
mismas conclusiones y las ampliaron, si bien no pudieron de
reconocer los méritos fundamentales de su predecesor. Sólo
tras veinte años de lucha desesperada se reconoció finalmente

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

el mérito de J. R. Mayer. Sin embargo, en 1827 el botánico R.


Brown ya había detectado este movimiento vibratorio, si bien
no en los átomos y las moléculas. No existe todavía ningún mi-
croscopio que permita la observación directa de estas unidades
más pequeñas de materia. No obstante, con un aumento de 100
veces es posible ver el movimiento oscilatorio de las partículas
de polvo que flotan en el seno de un líquido. Las moléculas de
este último les transmiten sus choques. Este origen del movi-
miento llamado browniano fue descubierto más tarde, en 1905,
por Einstein y W. Smoluchowski. Vieron en dicho movimiento
una demostración inmediata del origen energético del calor, así
como una prueba de la realidad de los propios átomos. La ener-
gía térmica tiene una posición clave, por cuanto en los pasos
de un tipo de energía a otro una parte suya siempre se trans-
forma en calor, es decir, en movimiento caótico de las partícu-
las. El físico alemán Walther Nernst dedujo, a partir de ello,
que tarde o temprano toda la energía capaz de realizar trabajo
debería transformarse en calor, y que las diferencias de tempe-
ratura se igualarían. Denominó a esto «muerte térmica del Uni-
verso».
Nuestro cerebro es incapaz de imaginar, en especial en lo
que se refiere al espacio y el tiempo, la finitud ni la infinitud.
El principio del tiempo nos parece absurdo. Nuestro cerebro
pregunta: ¿cómo? Antes de este inicio tuvo que existir algo. De
manera análoga, el profano no puede imaginarse que debe exis-
tir una temperatura más baja. Sin quererlo, el cerebro vuelve a
preguntar: ¿cómo? Si enfrío algo con ayuda de medios térmi-
cos perfeccionados, tendrá que enfriarse todavía más. Sin em-
bargo, de hecho existe un cero absoluto que equivale a una tem-
peratura de ‒273,16°C. Esto pudo comprenderse gracias al co-
nocimiento de que el calor es movimiento. El enfriamiento sig-
nifica que los átomos y las moléculas vibran menos. A una tem-
peratura de ‒273,16°C este movimiento desaparece por com-
pleto, motivo por el cual la temperatura no puede bajar más, ya
que estas partículas pequeñas no pueden alcanzar un grado de
inmovilidad superior al del reposo.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Entre los sentidos que reaccionan al contacto con otras ma-


terias, los llamados sentidos mecánicos, está asimismo la capa-
cidad de percepción de la temperatura. En este caso percibimos
la vibración de las partículas minúsculas de la materia que en-
tran en contacto con nosotros y dicha vibración se transmite a
las unidades de las que estamos compuestos. Si vibran más,
esta oscilación se transmite a las nuestras con lo cual la sensa-
ción de calor es mayor. Si lo hacen menos, dicha oscilación se
transmite a las nuestras y sentimos frío. Sin embargo, ¿cuándo
apareció en la larga cadena de nuestros antepasados vertebra-
dos, organismos unicelulares y estados previos, la percepción
de esta interacción extraña? Respuesta: seguramente en época
muy temprana. En los organismos unicelulares actuales se
puede ver con claridad que cuando existen diferencias de tem-
peratura buscan de forma activa la zona que les es más propi-
cia. El citoplasma celular reacciona a las variaciones de tempe-
ratura. Si ésta aumenta diez grados, de acuerdo con la regla de
Van-t’Hof se dobla la velocidad de reacción de los procesos
químicos. Por eso no es extraño que la célula perciba desde el
interior las variaciones de la temperatura. De este modo, todas
las plantas la perciben. Entre los organismos pluricelulares or-
ganizados, determinadas células nerviosas se especializaron en
esta tarea. Lo mismo que sus homologas encargadas de percibir
la presión, perciben los estímulos mediante terminaciones sen-
soriales libres y las conducen, a través de ganglios intermedia-
rios, hasta la médula espinal y el cerebro. Encontramos órganos
pluricelulares perceptores de la temperatura en los crótalos. Al-
gunos insectos están dotados de órganos de percepción de la
temperatura en sus antenas, otros en los palpos bucales y otros
en las patas. En la serie de nuestros antepasados, la diferencia-
ción entre frío y caliente alcanzó una importancia especial
cuando aparecieron los mamíferos, animales homeotermos, a
partir de los antecesores reptilianos que eran de sangre fría,
poiquilotermos, ya que para el mantenimiento de una tempera-
tura corporal constante son condición indispensable tanto los
sensores internos de control de la temperatura como los órga-
nos sensoriales externos que la perciben. Se desarrollaron dos

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tipos distintos de ramificaciones nerviosas en la piel: los órga-


nos de Ruffini, que indican el calor, y los corpúsculos de
Krause, que indican el frío. De estos últimos, nuestra piel tiene
8 veces más. Debido a que la sensibilidad de todas estas estruc-
turas nerviosas para percibir diferencias de temperatura se basa
en última instancia en la capacidad de percepción sensorial del
protoplasma, el auténtico primer momento estelar en la evolu-
ción de este sentido mecánico se encuentra en la época en que
apareció el protoplasma diferenciado. Las primeras células do-
tadas de núcleo, de cuya existencia sabemos a través de las im-
presiones fósiles que han dejado, vivieron hace 2.000 millones
de años. Según esto, dicho momento estelar se remonta a una
época anterior, es decir, aproximadamente a 3.000-2.500 mi-
llones de años.
Otro sentido mecánico cuyas indicaciones el cerebro no in-
terpreta de manera objetiva es la percepción de la gravedad. El
descubrimiento de Galileo de que la Tierra se mueve alrededor
del Sol se combatió con tanta vehemencia debido en buena me-
dida a que nuestro cerebro es incapaz de imaginarse que vivi-
mos sobre una gran esfera con nuestras cabezas orientadas en
todas direcciones. En la actualidad, cualquier escolar sabe que
la Tierra es redonda, si bien seguramente nadie puede imagi-
narse que él mismo no se encuentra «arriba». Hace tiempo que
venimos viendo a través de la televisión las actividades de los
astronautas en el espacio ingrávido. Sin embargo, imaginar que
en los antípodas, por ejemplo en Australia, las personas están
sentadas patas arriba en sus escritorios o juegan cabeza abajo
en la pista de tenis lanzando la pelota de un lado a otro, nos
resulta imposible. Sin embargo, el hecho es que en el espacio
no existe ningún arriba o abajo absolutos. Otro hecho es que
nuestros órganos sensoriales nos hagan creer que esto es así.
Subjetivamente no percibimos que nos atraiga una gran esfera
sino simplemente que los objetos tienen «pesos» diferentes.
Les asignamos una propiedad de la que, en el fondo, no están
dotados, tal como se ve con claridad en el espacio. Con el peso
no asociamos la atracción de la masa de un cuerpo sobre otro

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sino su capacidad y violencia para «caerse». Abajo es para no-


sotros «abajo» y no el centro de la esfera terrestre que, debido
a su masa mucho mayor que la nuestra, nos atrae en mayor me-
dida que nosotros a ella. De hecho, también nosotros atraemos
a la Tierra.
Vamos a contemplar ahora los órganos que nos indican la
dirección de la atracción de la Tierra, cuándo aparecieron los
primeros y qué relación guardan con los estímulos táctiles. Si
nos ponemos de pie, la suela de nuestros zapatos presiona con-
tra el suelo. Este estímulo es de contacto. Pero cuando un pez
que nada o un ave que vuela, o nosotros en cualquier posición,
percibe con claridad dónde está arriba y dónde está abajo, es
decir, dónde está el centro de la Tierra, nos preguntamos en-
tonces qué tiene que ver esto con los estímulos táctiles. La res-
puesta es evidente si pensamos en cuál puede ser la estructura
de un órgano, qué estructura debe tener para indicar la direc-
ción de la gravedad terrestre. Si encargásemos a un constructor
la tarea de construir un órgano sensorial adecuado a esta ope-
ración, seguramente encontraría que se puede obtener un ór-
gano de este tipo de modo relativamente sencillo. Su estructura
sería la de una vejiga tapizada de células sensoriales en cuyo
interior hubiese una pequeña esfera. Según el punto en que ésta
presionase, ésa sería la dirección «hacia abajo». Allí se encuen-
tra el centro desde el cual actúa la gravedad terrestre, el centro
de la Tierra. Si en un cuerpo existe una vejiga como ésta, no
importa en qué sitio, y dicho cuerpo gira, entonces la esfera
modifica su posición y las células sensoriales de la pared de la
vejiga que son excitadas pueden indicar en cada instante al ce-
rebro la posición y el cambio.
Esta sencilla solución es precisamente a la que llegaron los
animales de distintas líneas evolutivas. Mediante mutaciones
se logró una disposición de este tipo de las células nerviosas
así como la secreción de la necesaria esfera, de forma regular
o no, construida de un material u otro, única o constituida por
varios granitos, libre sobre los filamentos sensoriales o unida a
ellos. En las medusas encontramos ya órganos de este tipo, sen-
tidos de la gravedad o de la gravitación, llamados estatocistos.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

En los ctenóforos, esta esfera, el estatolito, se encuentra en el


interior de una vejiga colgada de cuatro haces de filamentos
sensoriales. En los caracoles nadadores están libres, son relati-
vamente grandes y de forma regular. En los peces son planos y
presentan anillos de crecimiento anual lo mismo que el tronco
de los árboles. Por lo general hay dos vejigas de este tipo pro-
vistas de estatolitos. En las vieiras las mutaciones condujeron
a que en la vejiga izquierda se formase un estatolito grande y
en la derecha uno pequeño. Un constructor consciente no hu-
biera actuado ciertamente de manera tan caprichosa. Sin em-
bargo, esta especial construcción no supuso ninguna desven-
taja, por lo que se mantuvo. En las ascidias fijas al fondo ma-
rino, que pertenecen a nuestra propia línea evolutiva próxima,
la larva libre presenta todavía un órgano sensible a la gravedad
que, después, experimenta una regresión al fijarse al suelo, al
igual que hacen los ojos, la cola y la notocorda. En los gasteró-
podos la vejiga del equilibrio, el estatocisto, se encuentra en el
pie, y en los cefalópodos en la cabeza. En algunos crustáceos
se encuentra situado en el basipodito, la pieza basal de la pinza,
en otros en el telson. Mientras que los órganos fotosensibles,
los ojos, deben situarse por lo general en las proximidades de
la boca para poder realizar su función, nos encontramos en este
caso con un órgano cuya situación es muy variable. La fuerza
de la gravedad actúa sobre todo el cuerpo, por lo que puede
transmitir sus informaciones al cerebro desde cualquier punto.
En algunos animales reptantes no existe, ya que para ellos lo
esencial es la superficie a la que se sujetan. Es interesante des-
tacar que los insectos carecen de estos órganos del equilibrio.
Con las patas perciben el peso al posarse. Además, sus alas es-
tán a una altura tal que el centro de gravedad se encuentra por
debajo de su posición de inserción y de este modo hay un paso
de información desde las alas al cerebro.
En la línea de nuestros antepasados las vesículas del equi-
librio aparecen siempre en número par y se encuentran en la
cabeza. Ya en nuestros antepasados los peces surgió, por am-
pliación, un órgano suplementario que aumenta todavía más la
percepción de los cambios de posición. Se trata de tres canales

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

semicirculares situados de tal manera que discurren hacia


arriba, a la izquierda y la derecha. Si la cabeza gira, el líquido
contenido en ellos queda retrasado debido a la inercia, en tanto
en cuanto el giro se produzca en su dirección, con lo que excita
los filamentos de las células sensoriales situados en el interior
de los canales e indica, de este modo, al cerebro los movimien-
tos de giro. Esta mejora, que se mantuvo casi sin variaciones
hasta el ser humano, podemos considerarla el momento estelar
en el camino evolutivo de los órganos del equilibrio. Se pro-
dujo en la primera época de la evolución de los peces, hace
aproximadamente 480-450 millones de años. Mientras que en
los tiburones el estatolito sigue libre en el interior del estato-
cisto, en el ser humano se hizo más pequeño y aumentó su nú-
mero y, lo mismo que en los ctenóforos, quedan unidos a los
filamentos sensoriales. Si estamos tumbados de espaldas o un
piloto vuela cabeza abajo, los estatolitos quedan colgando y no
presionan sobre los filamentos sensoriales inferiores sino que
tiran de los superiores. Los estímulos recibidos por los órganos
del equilibrio pasan a través de metencéfalo hasta el cerebelo,
que se especializó en la elaboración de dichas indicaciones y
en su traducción en movimientos orientados del cuerpo. En las
aves el órgano del equilibrio está muy desarrollado a causa de
su modo de vida. El hecho de que en todos los animales con
ojos, y por tanto también en nosotros, las indicaciones de éstos
participen asimismo en la orientación espacial es evidente.
Mencionemos todavía un hecho curioso. En los decápodos
el estatocisto del órgano del equilibrio no está cerrado sino que
está comunicado con el exterior mediante un conducto. Estos
crustáceos no generan un estatolito, sino que el animal intro-
duce granos de arena o piedrecillas en ese canal. En lugar de
estatolitos, mediante un comportamiento innato surge el apro-
vechamiento de un material apropiado del entorno, que se
transforma de inmediato en componente de un órgano. Cuando
estos crustáceos mudan, pierden también el revestimiento in-
terno de dichos canales y el estatocisto, y con ello las piedreci-
llas que contiene. Por esa razón, tras la muda deben introdu-
cirse nuevas piedrecillas. Si se les coloca en un acuario con

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

limaduras de hierro, el animal las introduce en su órgano del


equilibrio. Colocando un imán potente cerca de su cabeza, las
limaduras de hierro son atraídas y las células sensoriales exci-
tadas en el interior del estatocisto indican al animal un «arriba»
y un «abajo» falsos, con lo que se coloca entonces de lado y
sus patas quedan al aire, cayendo sobre el dorso. Los estudian-
tes ante los que se hace este experimento se ríen pero no se les
ocurre que nuestro propio comportamiento no es mucho más
inteligente. Disponemos de un enorme cerebro que nos permite
realizar actos inteligentes pero, sin embargo, nos dejamos en-
gañar como ese cangrejo. Lo que para él es el imán es para
nosotros la esfera terrestre. Esta hace que, a pesar de nuestra
inteligencia y nuestros conocimientos, creamos en un «arriba»
y un «abajo» inexistentes.
El cuarto sentido mecánico por el cual percibimos cuanto
se desarrolla en el exterior es el más importante para la evolu-
ción humana. Sin su ayuda no se hubiese podido desarrollar
jamás la comunicación oral y, por consiguiente, es una base
fundamental de nuestra evolución. Sin él seguramente no ha-
bría aparecido una de nuestras formas artísticas más preciosas,
la música. Tras el sentido del tacto, que se convirtió en her-
mano del de la vista, después del sentido de la temperatura que
pone de relieve las oscilaciones más finas de las partículas ma-
teriales, tras el sentido de la percepción de la gravedad terrestre
y del movimiento en el espacio, que nos indica nuestra propia
posición en el planeta, llegamos al sentido del oído, a través del
cual llegan hasta nosotros informaciones desde grandes distan-
cias. Lo hacen a través de las oscilaciones producidas al chocar
una partícula material con otra y ésta transmite el choque a la
siguiente. En el espacio vacío, o mejor dicho, en el espacio en
el que hay poca materia, no hay sonido. En la superficie de la
Luna, que carece de atmósfera, es imposible conversar o dis-
frutar de la música. En el seno de las aguas, el sonido se pro-
pagan con mayor rapidez que en el aire, si bien generarlo allí
requiere mucha más energía. El sonido también se propaga en
las rocas, aunque no puede alcanzar una gran distancia y no lo

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hace de un modo regular. Se trata de oscilaciones que se pro-


pagan con una velocidad mucho mayor que la del calor y que
se caracterizan por su gran regularidad. Se miden por las pro-
piedades de sus ondas: el oído humano puede percibir aquellas
comprendidas entre 16 y 20.000 hertz, es decir, aquellas para
las que se producen entre dieciséis y veinte mil colisiones por
segundo.
Las oscilaciones lentas las percibimos como «graves», las
rápidas como «agudos». Las que son todavía más lentas y que
no oímos, las denominamos infrasonidos. Y aquellas que son
excesivamente rápidas para nuestro oído, ultrasonidos, igual
que hacemos con las oscilaciones que son excesivamente cor-
tas para nuestros ojos, que llamamos ultravioletas, y las dema-
siado largas, las infrarrojas. De lo que se trata en este caso es
de la limitación de los «orificios» del ya mencionado saco al
que nos parecemos. Durante nuestra percepción del sonido,
además del número de colisiones por segundo también es im-
portante la fuerza con la que se producen. Dicha fuerza se mide
en decibelios. Si un sonido tiene una frecuencia audible para
nosotros pero es demasiado débil, no es capaz de penetrar por
el orificio de nuestra percepción auditiva. Si es fuerte pero se
encuentra por fuera de nuestro umbral de audición, tampoco
puede entrar.
¿Cuándo y cómo penetra el sonido en el aparato de percep-
ción de los seres vivos? En el caso de nuestros antepasados pe-
ces, igual que en muchos otros animales pluricelulares, se per-
cibían algunas ondas sonoras con el órgano del equilibrio. En
los peces actuales todavía sucede así. La esfera que descansa
sobre los filamentos sensoriales también puede indicar vibra-
ciones. De este modo se produjo la ampliación de dicho ór-
gano, que construyó simultáneamente un nuevo taller. Junto al
estatocisto con sus estatolitos y los canales semicirculares, se
desarrollaron cavidades revestidas de epitelio sensorial que al-
canzaron tal grado de complejidad que todo el conjunto recibe
el nombre de laberinto (tabla 12, fig. 1). Todos disponemos de
dos de ellos, uno a la izquierda y otro a la derecha de 1a cabeza.
En un principio estos órganos del equilibrio, en contraposición

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con lo que sucede entre los decápodos, estaban aislados del ex-
terior. Sólo a través de tejidos y huesos las ondas sonoras po-
dían llegar hasta ellos. Sin embargo, pronto se produjo una co-
municación con el mundo exterior a través de la primera hen-
didura branquial involucionada. Es probable que esto sucediera
todavía en el medio acuático, mucho antes de que los primeros
peces conquistasen la tierra firme. ¿Por qué quedó sin trabajo
esta hendidura branquial y disponible para llevar a cabo otras
tareas? Respuesta: porque entretanto el arco branquial anterior
se había convertido en un borde de sujeción de la abertura bu-
cal, la mandíbula: la mitad superior, en la mandíbula superior,
y la inferior, en la mandíbula inferior, y entre ambas surgió una
articulación, llamada la articulación mandibular primitiva. A
partir del arco branquial anterior apareció también un borde
mandibular articulado y de la primera hendidura branquial un
estrecho conducto de comunicación con la cavidad bucal, el
espiráculo. Los tiburones actuales presentan esta configura-
ción, que aparece igual a como era en nuestros antepasados.
El siguiente paso fue la conquista de la tierra. El espiráculo
perdió su sentido lo mismo que las branquias. Mientras que és-
tas quedaron sin ninguna función y por lo tanto experimentaron
una gradual regresión, el espiráculo quedó cerrado con una
membrana y desempeñó una función muy importante. Resultó
ser adecuada para la percepción de ondas sonoras, convirtién-
dose en el tímpano. Igual que un tambor puede generar sonidos,
una membrana tensada los puede percibir y transmitirlos per-
fectamente. De este modo, en el laberinto aparecieron cavida-
des que se especializaron en la percepción del sonido y, al
mismo tiempo, en los vertebrados que conquistaron la tierra
firme surgió una membrana externa adecuada para la percep-
ción de los sonidos. En medio se encontraba la primitiva arti-
culación mandibular. Viene ahora una evolución muy curiosa
y sorprendente.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

TABLA 12. Cómo de un órgano del equilibrio, una branquia y


una pata aparecieron órganos auditivos
Figuras: 1 oído y laberinto del ser humano, 2 esquema de la membrana
basilar de la cóclea (caracol), 3 órgano auditivo del saltamontes, a = con-
ducto auditivo externo, b = membrana timpánica, c = oído medio, d = mar-
tillo, e = yunque, f = estribo y ventana oval, g = ventana redonda, h =
canales semircirculares, j = sáculo, k = cóclea (caracol), l = nervio audi-
tivo, m= trompa de Eustaquio, n = membrana basilar, o = hueso p = cu-
bierta quitinosa, r= invaginación cutánea, cuya pared de quitina se convir-
tió en tímpano, s = tubo traqueal ensanchado (representado en volumen),
t = células sensoriales situadas en él.
El ser humano no es en modo alguno el resultado de una construcción
dirigida, lo mismo que tampoco los restantes seres vivos. Nada lo demues-
tra con mayor claridad que el hecho de que los órganos vitales aparecieron
a través de los rodeos más curiosos. El proceso de la vida sólo pudo con-
tinuarse mediante estructuras que adquieren energía y materia y con ello
sintetizan nuevas estructuras orgánicas (pág. 281). Con ello se determina
el modo como deben crearse los órganos del cuerpo. Lo que en este ca-
mino evolutivo sea más adecuado como material de construcción le es in-
diferente al «constructor de los seres vivos», cuyo nombre es necesidad.
Para capturar las presas (energía y materia), los animales necesitan los ór-
ganos de los sentidos. Para ello utilizan la luz (tabla 4), lo mismo que las
ondas sonoras. El aparato auditivo de los vertebrados surgió a través de
sorprendentes caminos. La evolución comenzó hace unos 430 millones de
años, cuando en los peces desprovistos de mandíbulas (los agnatos) el
arco cartilaginoso anterior de sus branquias se transformó en una mandí-
bula. Se formó una articulación mandibular primitiva y la primera hendi-
dura branquial, ahora desprovista de función, se convirtió en el espiráculo
que todavía muestran hoy los tiburones y las rayas. En la siguiente etapa,
se formaron las mandíbulas óseas con una segunda articulación mandibu-
lar. La articulación primitiva perdió su función e involucionó. Parte de sus
restos se convirtieron con el tiempo en los huesecillos del oído: martillo,
yunque y estribo (d, e, f), gracias a los cuales el melómano puede disfrutar
de la música. El espiráculo pasó a ser conducto auditivo, más tarde oído
medio y trompa de Eustaquio (c, m). Con la conquista de la tierra firme,
este conducto se aisló del exterior mediante una membrana de la que sur-
gió el tímpano (b). Una parte del órgano del equilibrio se amplió para dar
la cóclea (caracol) (k), convirtiéndose en el órgano analizador de los soni-
dos. Estas transformaciones nos las muestra el desarrollo de los embriones
de todos los vertebrados, incluidos los seres humanos (páginas 156-158).
En el saltamontes (3) unas invaginaciones de la pata recubierta de quitina se
convirtieron en tímpano que recoge las ondas sonoras. Está situado anexo a
una tráquea ensanchada, es decir, un órgano respiratorio, de la que se formó

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un órgano auditivo con células sensoriales (t) que a través de fibras de dife-
rentes longitudes, como en la membrana basilar de la cóclea (2, n), podía dis-
tinguir diversos sonidos. También en este caso la materia constituyente tuvo
una importancia secundaria. También en este caso la función requerida, o sea,
la necesidad, dictó el camino que debía seguir la diferenciación de las células
participantes.

1. Oído
y labe-
rinto hu-
manos

2. Membrana basilar

3. Órgano auditivo del saltamontes

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Las mandíbulas primarias, que eran cartilaginosas, fueron


siendo sustituidas poco a poco por tejido óseo, apareciendo así
las mandíbulas que tienen hoy todos los mamíferos y también
nosotros. Apareció asimismo una nueva articulación mandibu-
lar. ¿Qué sucedió, sin embargo, con los arcos branquiales que
sujetaban las branquias y que habían quedado sin función, y
con la articulación mandibular primaria que también había que-
dado sin trabajo? Ya que el primer arco mandibular resultó ser
muy fácilmente transformable, el segundo cambio sucedió de
modo parecido. La parte inferior se convirtió en un elemento
de apoyo de la lengua y la superior en un pequeño hueso que
une el tímpano con el laberinto, cerrado hasta entonces, y de
este modo transmite al líquido que contiene las ondas sonoras
percibidas por el tímpano. Esta evolución tan sorprendente
como memorable es el momento estelar de la evolución de
nuestro órgano auditivo. De una parte del arco branquial surgió
el transmisor de sonido entre el tímpano y el laberinto. Este
primer huesecillo del oído recibe el nombre de columella,
puesto que tiene el aspecto de una pequeña columna. Su apari-
ción, es decir, el cuarto momento estelar en la evolución de
nuestros sentidos mecánicos, se remonta a 380-340 millones de
años.
La evolución posterior no es menos sorprendente, aunque
resulta más sencilla de explicar. Mientras que en todos los an-
fibios y reptiles el tímpano sigue situado en la pared exterior
del cuerpo, en nuestros antecesores mamíferos se desplazó ha-
cia el interior, donde queda más protegido, de modo que apa-
reció un conducto auditivo externo. En el laberinto se amplió
la cavidad encargada de la percepción del sonido, la lagena,
convirtiéndose en un tubo largo que en nuestros antecesores
mamíferos se alargó todavía más y se enrolló como un caracol
(tabla 12, figs. 1 y 2). En su interior se desarrolló una mem-
brana formada por diversas fibras largas y que oscila cuando
llegan a ella ondas sonoras de frecuencias diferentes. Por en-
cima suyo se disponen células sensoriales y se superpone otra
membrana que la toca. Cuando la membrana inferior oscila, las
células sensoriales que se encuentran sobre ella tocan con sus

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filamentos la membrana superior, se excitan y envían la infor-


mación al cerebro. De este modo, expuesto de manera simpli-
ficada, se descomponen, y analizan, todas las ondas sonoras en
sus componentes. Las diversas fibras de distintas longitudes de
la membrana en forma de caracol que conduce hacia arriba, os-
cilan de modo caprichoso como las cuerdas de un piano y ex-
citan diversas células sensoriales, con lo que se produce en el
cerebro un discernimiento diferenciado de los tonos percibidos,
que se lleva a cabo en centros especializados en el análisis del
sonido y que se encuentran en la corteza cerebral.
Lo más notable es que la sorprendente remodelación prosi-
guió un paso más. Como ya hemos señalado, la articulación
inicial de la mandíbula, la articulación mandibular primitiva
que había quedado sin función y que todavía existe en los tibu-
rones, involucionó poco a poco. En la parte inferior de esta ar-
ticulación se formó, sin embargo, otro huesecillo auditivo, el
martillo. De la parte superior emergió un tercero, el yunque. La
columella experimentó también un cambio de forma. Se con-
virtió en el estribo que establece el contacto con el laberinto.
De este modo, apareció una cadena de tres huesecillos, los más
pequeños de nuestro cuerpo, a través de la cual los sonidos se
pueden transmitir hasta la sección del laberinto encargada de
su percepción todavía mejor que a través de la columella origi-
nal. La cadena de huesecillos mejora la transmisión del sonido,
desde el aire hasta el líquido del laberinto, con lo que se puede
distinguir mejor en el oído interno. Por último, se formó el pa-
bellón auricular, la oreja, que conduce las ondas sonoras como
un embudo hacia el orificio de entrada. En nuestros antepasa-
dos todavía estaba dotado de movilidad, en nosotros es fijo.
No puede aceptarse que una evolución planificada tuviese
como meta la formación de este órgano auditivo, que surgió
más bien como ampliación de otro, el órgano de la gravedad, y
mediante la incorporación de partes del órgano respiratorio ori-
ginal que habían quedado sin función alguna. La primera hen-
didura branquial que había perdido su función adquirió de
nuevo utilidad y el primer arco branquial, inicialmente trans-
formado en mandíbula, dio lugar, durante la involución de su

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

articulación, a los huesecillos de nuestro oído. Lo tercero lo


brindó el segundo arco branquial que ya había quedado super-
fluo. Quien no lo crea, quien piense que todo esto es una fan-
tasía, que consulte cualquier manual de zoología o, mejor, que
se informe acerca del desarrollo embrionario del ser humano y
de sus parientes mamíferos en cuya evolución quedan hoy sus
huellas, en la que todavía pueden seguirse sus pasos. Quien
quiera, al igual que hacen hoy algunos investigadores, rescatar
el camino de la creación voluntaria del ser humano, tiene que
explicar la transformación de la articulación mandibular prima-
ria en huesecillos auditivos como pasos constructivos inteli-
gentes y consecutivos, es decir, debe defender que las mandí-
bulas originarias junto con su articulación involucionaron para
formar un órgano auditivo y que por ese motivo tuvo que apa-
recer una segunda mandíbula. Sin embargo, esto es sencilla-
mente absurdo.
En los peces pulmonados que volvieron al mar y transfor-
maron su pulmón en una vejiga natatoria, los actuales teleós-
teos, se produjo un tipo de percepción del sonido igualmente
curioso. La vejiga natatoria, un órgano para la regulación del
movimiento y que procedía de un órgano respiratorio (pág. 8),
se transformó de modo secundario en un tímpano que percibe
las ondas sonoras. También en este caso se formaron hueseci-
llos, llamados aparato de Weber, que transmiten las oscilacio-
nes a través de rodeos hasta la sección inferior del órgano de
equilibrio especializada en la percepción del sonido.
En los saltamontes apareció un órgano auditivo en las patas.
En este caso hay también una membrana que percibe las ondas
sonoras y las conduce hasta células sensoriales dotadas de pe-
queños filamentos que, de modo muy similar al caracol de
nuestro oído, son excitados por fibras de diversas longitudes
(tabla 12, fig. 3).
Con esto no hemos llegado todavía al final del comentario
acerca de nuestros sentidos mecánicos, que introducen en nues-
tro interior a través de un orificio u otro informaciones útiles
sobre el mundo exterior. Vamos a tratar un quinto sentido, cu-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

yos servicios nos son no menos importantes. Si los efectos me-


cánicos actúan sobre nuestro cuerpo con excesiva fuerza, da-
ñan nuestra estructura celular y reaccionamos de otra forma,
experimentamos «dolor». ¿Cuándo comenzó este sentido?
Podemos reconocer en los organismos unicelulares lesiona-
dos reacciones violentas, pero no sabemos si experimentan el
dolor. No podemos hablar con ellos, no podemos «correlacio-
narnos» con ellos. De todos modos, en el estudio de animales
superiores se ha averiguado que el dolor es producido por sus-
tancias que se liberan del interior de la célula al producirse la
lesión. Por esta razón podemos considerar como instante de na-
cimiento del sentido del dolor, aquel momento en que células
sensoriales con terminaciones libres se especializaron en la
percepción de dichas sustancias. El hecho de que los nervios
no son muy sensibles al dolor lo demuestra con claridad el ce-
rebro humano, la mayor reunión de células nerviosas existente.
Se pueden practicar en él intervenciones quirúrgicas sin la ne-
cesidad de anestesia, debido a que únicamente las membranas
que lo envuelven, y no la estructura nerviosa en sí misma, son
sensibles al dolor. En los animales dotados de una coraza ex-
terna, la percepción del dolor carece de valor biológico, motivo
por el cual no apareció. Lo podemos ver muy bien en los insec-
tos, como nos muestra un brutal experimento que se repite con
frecuencia. Si se le corta con unas tijeras cuidadosamente el
abdomen a una abeja que está bebiendo, continúa haciéndolo
sin percibirse de ello. El líquido que bebe sigue fluyendo por
la zona de corte. Cuando menor es la coraza y, por tanto, mayor
la cantidad de partes susceptibles de ser lesionadas, tanto ma-
yor es la importancia de la experimentación del dolor, que
puede desencadenar de manera refleja la huida, un comporta-
miento de defensa o un contraataque. Éste es el caso sobre todo
del ser humano, que no está protegido con un grueso pelaje, es
decir, una coraza de pelos, como sucede en sus parientes ma-
míferos. En nuestra piel existen aproximadamente 170 puntos
de dolor (nociceptores) por centímetro cuadrado frente a los 22
receptores de la presión. Las magulladuras y los rasguños se

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

perciben con claridad en los nociceptores musculares. En algu-


nos de nuestros órganos internos existen zonas, por ejemplo el
periostio, que están especializadas en la percepción del dolor.
Los dolores del alma son también un fenómeno del sistema
nervioso. Aparecen, al menos en los vertebrados superiores,
como consecuencia de instintos que no pueden realizarse. Los
mamíferos, que tienen un psiquismo superior, muestran con
claridad el hecho de que estas experiencias internas negativas
pueden conducir a claras experiencias dolorosas. El hecho de
que un perro o un simio sea capaz de sentir un dolor psíquico
no debería ofrecer ninguna duda. No se conoce todavía a través
de qué mecanismos aparece una sensación dolorosa de este
tipo. Sin embargo, se sabe con certeza que se produce en una
parte del diencéfalo, en el tálamo. Los instintos ligados a sen-
saciones placenteras también se producen allí. En el ser hu-
mano la actividad mental consciente se transformó en una va-
riada fuente de dolores y alegrías, que llamamos espirituales y
que se producen asimismo en el tálamo. Todas las sensaciones
que, procedentes del exterior y del interior del cuerpo, nos afec-
tan, pasan a través de esta gran central nerviosa hasta el cerebro
y se dotan durante el proceso de sensaciones de placer o dis-
placer. La aparición de este tipo de dolor, vinculado a nuestras
sensaciones más altas, la consideraremos como el quinto y úl-
timo momento estelar en el camino evolutivo de nuestros sen-
tidos mecánicos. Se superpone a la aparición de nuestro pensa-
miento consciente y la capacidad de deducción, a nuestra con-
ciencia del yo, y se remonta con ello apenas a hace 4-2 millones
de años. Puede argumentarse aquí que esta sensación está muy
por encima de las demás y que no se la puede equiparar con
ellas. Por otro lado, se trata sin duda del efecto de un contacto
con la materia del entorno, con la situación del medio. Nuestros
semejantes son también entorno y están formados asimismo
por materia. La variación de su comportamiento y de sus reac-
ciones se basa sin duda en una función mucho más compleja
que la que se desarrolla cuando nos cortamos un dedo o nos
rompemos un hueso. De todos modos, no existe un paso de
principio sino un avance gradual. Si perdemos una mano o

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

nuestros bienes, en cualquier caso se reduce nuestro potencial,


se nos hace un daño. Reaccionamos ante ambas cosas de idén-
tica manera, lo que se expresa con mucha claridad en el con-
cepto que las engloba, «dolor». La pérdida del amigo o la vul-
neración de nuestros más altos ideales nos producen dolor. Esta
es una sensación que, a través del estadio intermedio de los ins-
tintos, experimentó una especial diferenciación en el ser hu-
mano que piensa conscientemente.
Sin embargo, puede argumentarse que el dolor no sólo
viene desencadenado por un efecto mecánico, un mordisco,
una caída, el calor o la pérdida. Los efectos eléctricos o quími-
cos, así como las enfermedades orgánicas, producen dolor y
esto nos conduce ya al siguiente capítulo. Dado que un elevado
porcentaje de todos los efectos que nos producen dolor se ori-
gina por efectos mecánicos mediante materia extraña, no es in-
correcto alinear este sentido también en el grupo de los restan-
tes sentidos mecánicos por los que percibimos la presión, la
temperatura, la atracción de la Tierra y el sonido.

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X. ÓRGANOS QUÍMICOS

No menos instructivos para la valoración de nuestro propio


yo son los denominados órganos químicos, entre los que sólo
se suelen incluir los sentidos del olfato y del gusto. En realidad,
la propiedad de la materia de ponerse en contacto con otra ma-
teria o resultar alterada por ella, así como de ser alterada en su
estructura más íntima, es mucho más antigua que la aparición
de la vida. Esta capacidad la tienen prácticamente todos los áto-
mos y moléculas, ya se trate de un guijarro, una gota de agua o
una nube.
Toda la materia está constituida por átomos, cada uno de
los cuales tiene un núcleo alrededor del cual giran, a una mayor
o menor distancia, varios electrones. Se habla en este caso de
capas electrónicas. La envoltura externa de un átomo está
compuesta por nubes de electrones de intensa actividad eléc-
trica. Si dos átomos chocan entre sí, las «envolturas» de ambos
se ven afectadas: se atraen o se repelen, se interpenetran o se
deforman. Si durante este proceso los átomos se unen para
constituir unidades mayores, las moléculas, las envolturas elec-
trónicas se funden para dar lugar a una nueva que forma enton-
ces la superficie de la molécula y está dotada de determinadas
propiedades eléctricas. La química es la ciencia que se ocupa
de dichas propiedades, motivo por el cual la percepción de di-
chas propiedades por parte de los seres vivos recibe el nombre
de percepción sensorial química. Este nombre no es demasiado
afortunado, ya que el lego no permite deducir de él el tema del
que en realidad se trata, que es la interacción entre envolturas
electrónicas, la percepción de las propiedades eléctricas de
otras moléculas.
De hecho, el proceso de la vida es, sobre todo, un aconteci-
miento molecular. Si observamos un animal o un ser humano,
sus órganos visibles, como los ojos, las patas o la boca, nos
parecen lo más esencial. Las células invisibles que componen

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

estas unidades son sus componentes, y las partes que forman


las células los componentes de éstas. Por consiguiente, esto es
lo esencial. Las partes son tan sólo sus componentes. De nuevo
nuestro yo se encuentra presa de un prejuicio, producto de
nuestra percepción sensorial y del tipo de interpretación que el
ser humano le da desde hace miles de años. Lo que en realidad
hay en el centro de este acontecimiento son procesos molecu-
lares. Las moléculas que intervienen en él no son en modo al-
guno meros componentes, sino causas. Se diferencian entre sí
dando lugar a estructuras cada vez más complejas, de las cuales
algunas se conservan y reproducen y otras no. Las que lo hacen
las denominamos seres vivos, y nosotros mismos somos una
estructura de este tipo que continúa el fenómeno de la vida y lo
amplía. Incluso en colonias celulares tan gigantescas como las
plantas superiores, los animales y el ser humano, las funciones
esenciales se llevan a cabo a nivel molecular.
En el capítulo de la reproducción dijimos ya que el material
genético es una estructura molecular. De igual modo, en la nu-
trición la boca pluricelular y el tubo digestivo, también pluri-
celular, son sólo estructuras auxiliares. El proceso esencial se
realiza en el interior de las células, dentro de las unidades lla-
madas mitocondrias y ribosomas (tabla 20). El ojo pluricelular
no es asimismo más que un dispositivo auxiliar de este proceso
que facilita la búsqueda del alimento. Lo importante, lo esen-
cial, no es el aspecto del conjunto, el cuerpo como un todo, sino
una disposición determinada de moléculas cuyas acciones se
amplían a través de estructuras cada vez mayores. El ser hu-
mano, sin embargo, no es una «gran planta química» como se
afirma a menudo de modo bastante confuso, sino que las inter-
acciones químicas en las moléculas conducen a un proceso de
desarrollo y que unas estructuras adecuadas, las plantas, los
animales y los seres humanos, continúan.
Si contemplamos desde este punto de vista los sentidos quí-
micos, llegamos a su primer modo de actuación, a modo de
moléculas extrañas con sus nubes de electrones que originaron,
en un portador de vida, reacciones que fueron necesarias para
su posterior evolución. Así, el primer momento estelar de esta

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evolución debe situarse en época muy lejana, remontarse casi


al momento de la aparición de la vida, es decir, a hace unos
4.000 millones de años. Como se supone hoy y puede seguirse
experimentalmente, los primeros portadores de vida actuaron
como catalizadores, como consecutores de la multiplicación de
la propia estructura. En el caldo primigenio de océano de aque-
llos tiempos actuaron de tal modo con la materia extraña, que
encontraron que algunas de las moléculas se les unieron y au-
mentaron así su estructura, o bien que les ayudaron a formar
otros portadores de vida semejantes. Podemos concebir esto
como la forma primigenia de reproducción y nutrición y ver en
la capacidad de reaccionar frente a determinadas moléculas el
origen de un «sentido químico». Este intervalo del desarrollo
de la vida se llama hoy evolución química, lo que coincide con
la concepción expuesta. Lo que no coincide es la costumbre de
separar la evolución química de la evolución biológica. Nos
encontramos en este caso frente al mismo suceso que se ex-
pande. Se extendió desde el principio a través de estructuras
moleculares que se hicieron cada vez más complejas y obtuvie-
ron nuevas capacidades, especializándose algunas de sus partes
en funciones concretas, si bien hasta la aparición de la célula e
incluso después de ella, a lo largo de toda la evolución de los
organismos pluricelulares, los procesos moleculares siguieron
siendo el centro de los fenómenos.
En el marco de estas diferenciaciones se produjo el fenó-
meno de que algunas secciones de las células primitivas se es-
pecializaron en la percepción, es decir, en dejarse excitar por
determinadas moléculas que entraban en contacto con ella.
Esta célula primitiva, o arqueocito, obtuvo así información po-
sitiva y negativa de su medio. De tipo positivo fueron aquellas
que permitían reconocer por esta reacción el alimento o un me-
dio favorable. Las negativas avisaban al organismo de los
enemigos y de un medio desfavorable. Mientras que los prime-
ros cuerpos vivos poseían la capacidad de reaccionar ante las
características de otras moléculas gracias a las nubes electróni-
cas que las circundaban, más tarde otras secciones se respon-
sabilizaron de esta excitabilidad, y la reacción del cuerpo ya no

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

se produjo de modo inmediato sino mediado a través de reac-


ciones de todo el cuerpo. Llamar a esta reacción «sentido del
olfato» o «del gusto» es todavía prematuro. Debido a las inter-
acciones de las que aquí se trata, el nombre de «sentido quí-
mico» es más correcto, en especial suponiendo que no conduce
a asociaciones falsas y que en este caso no se percibe radiación
o contacto corporal sino la particularidad de las nubes electró-
nicas que envuelven las moléculas que se aproximan y la de las
fuerzas eléctricas que parten de ellas.
El segundo momento estelar en este campo evolutivo se
produce, por consiguiente, también en época muy temprana y
puede situarse en el período que se extendió hace aproximada-
mente 3.500-3.000 millones de años. En la pared de los arqueo-
citos aparecieron áreas que reaccionaban a la actividad de de-
terminadas moléculas. Los organismos celulares actuales, que
nos permiten hacernos una idea de estos primeros estadios evo-
lutivos, muestran con claridad este sentido químico. De este
modo, las amebas no sólo reaccionan a la luz, la presión o la
oscilación de materia ajena sino también ante aquellas propie-
dades de las moléculas que denominamos químicas, debido a
que caen dentro del campo del estudio de la química. El poste-
rior desarrollo se produjo por las mismas vías que en el caso de
los restantes órganos de las plantas y los animales. Cuando los
organismos unicelulares pasaron a constituir organismos pluri-
celulares, algunas de las células volvieron a especializarse en
esta tarea en el seno de estas comunidades (tabla 13, fig. 1). Se
especializaron en el análisis de las propiedades de las molécu-
las que se les acercaban o de trozos mayores de materia, con lo
que se convirtieron en receptores de un sentido químico y
transmitían información a otras unidades de la colonia celular
a la que pertenecían. Es ahora cuando se separan el olfato y el
gusto a causa de los estímulos percibidos, es decir, recibidos.
Se denomina olor a la percepción a distancia. El alimento, los
enemigos y la pareja delatan su presencia mediante sustancias
que segregan y gracias a las cuales se les puede reconocer. En
el caso de la presa viva y de los enemigos, es una interacción

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

no deseada, para sus intereses sería mucho mejor no ser reco-


nocidos. En el caso del congénere, y en especial en el de la
pareja sexual, las moléculas segregadas, como portadores de
determinados efectos, de un «olor» concreto, se transformaron
en una señal útil para ambas partes. En este sentido se desarro-
llaron órganos, las glándulas, que producen dichas sustancias
de reconocimiento y que excitan los órganos sensoriales del
compañero sexual cuando las percibe. Éste es el efecto a dis-
tancia del sentido químico. En segundo lugar, otras células se
especializaron en la percepción próxima de propiedades mole-
culares, para la comprobación de la presa capturada. A esto lo
denominamos sentido del gusto, en la acepción propia del tér-
mino. Se comprueba el valor y el contenido energético y mate-
rial de la materia obtenida por los organismos animales. No
todo lo que un animal captura con su boca le es necesario o le
sirve, por lo que es importante disponer de la capacidad de di-
ferenciación. Por consiguiente, los dos órganos especializados
de la percepción englobados bajo el nombre común de sentidos
químicos se desdoblan en este punto. En los animales acuáticos
ambas funciones desempeñan ya un papel importante, si bien
suelen ser percibidas por células sensoriales indistinguibles en
cuanto a su estructura. Algunas se concentran en la zona bucal
y otras se extienden por toda la superficie del cuerpo. No obs-
tante, no existe una separación estricta entre ellas. En los gusa-
nos, las células sensoriales están dispersas por todo el cuerpo,
y reaccionan tanto ante influencias próximas como lejanas, es
decir, perciben tanto el olor como el sabor. Los peces cartila-
ginosos, tiburones y rayas, han desarrollado por encima de la
boca órganos olfatorios especiales, mientras que los gustativos
se formaron en su interior. Sin embargo, no se ha producido
todavía una división clara del trabajo. Incluso en los peces car-
tilaginosos, que derivan de los peces pulmonados que respiran
aire, la situación no está todavía clara y no brinda una visión
global. En muchos peces encontramos papilas gustativas, es-
parcidas por toda la superficie de su cuerpo. Sólo en tierra
firme, debido a las condiciones completamente distintas allí

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

reinantes, se produjo una clara separación entre lo que llama-


mos sentido del olfato y sentido del gusto. Pero de momento
no hemos llegado hasta aquí, puesto que queda por mencionar
una de las tareas del sentido químico, que incluso en los textos
de biología y zoología suele pasarse por alto. Tiene incluso una
importancia especial y su aparición supone, por lo tanto, un
momento estelar propio.
Ya en los órganos sensoriales de percepción de la presión y
del olor vimos que no sólo aparecen en la superficie de los ani-
males y de nuestro propio cuerpo, sino también en su interior.
Estos órganos que informan al sistema nervioso central de lo
que sucede en los órganos y cuyas directrices son necesarias
para mantenerlos en funcionamiento, para permitir el desarro-
llo de sus funciones, reciben el nombre de proprioceptores. En
el ámbito óptico no existen órganos sensoriales internos de este
tipo, ya que los rayos de luz apenas pueden propagarse en el
interior del cuerpo, pues tan sólo son capaces de atravesar el de
los más pequeños organismos vivos transparentes. Los órganos
sensoriales que reaccionan a los estímulos luminosos serían
una inversión equivocada. Incluso si se formasen, no podrían
dar a la colonia celular a la que pertenecen mayor capacidad
vital y de competencia de la que poseen. La situación es com-
pletamente distinta en el caso de la percepción de los estímulos
químicos. Como ya hemos señalado antes, en las plantas pluri-
celulares y en los animales la diferenciación de las células que
se forman descansa sobre sustancias inhibidoras. Cada una de
estas células contiene el mismo material genético que lleva to-
das las instrucciones necesarias para la colonia. Que unas cé-
lulas se especialicen en una tarea y otras en otra diferente, es
decir, que se diferencien en estructura y comportamiento, se
debe a las sustancias inhibidoras que inutilizan dentro de la cé-
lula una parte de material genético y en otra, otra distinta.
¿Cómo se imparten estas directrices? ¿Cómo se ordena a la cé-
lula «A» que se especialice en una función y a la célula «B»
que participe en la formación de un órgano completamente dis-
tinto? Para ello se necesita un correo neumático interno, que
apareció mucho antes de que surgiera la primera estructura del

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

sistema nervioso. Dicho correo se basa en sustancias que de-


terminadas células de la asociación celular segregan y que ejer-
cen sobre otras acciones concretas. Para ello estas otras células
deben percibir de algún modo, es decir, reconocer, que el men-
saje va dirigido a ellas y no a otras células, o sea, deben ser
capaces de percibir señales químicas o, dicho de otro modo,
reaccionar ante determinadas moléculas que actúan como car-
tas en este correo y que van dirigidas a ellas. La aparición de
los primeros organismos pluricelulares se remonta aproxima-
damente a hace 1.800 millones de años, por lo que no resulta
fácil reconstruir lo que sucedió en aquel entonces. Dado que,
entretanto, la situación se ha mantenido prácticamente inalte-
rada incluso en los organismos pluricelulares más grandes,
como el abeto, el elefante o el ser humano, podemos leer en los
representantes actuales lo que sucedió entonces, los progresos
que se produjeron y las funciones en que se basaron.
El estudio de los tejidos orgánicos ha demostrado que existe
efectivamente un correo de este tipo, que envía de una célula a
otra determinadas órdenes que son cumplidas por otras células.
Esta capacidad, de tanta importancia, requiere que la pared ce-
lular reconozca este correo, es decir, moléculas sueltas, y per-
mita su entrada en el interior de la célula. ¿Cómo se produce
esto? A este respecto disponemos de resultados muy conclu-
yentes de la investigación. Al igual que en los organismos uni-
celulares, la pared celular dispone de dispositivos especializa-
dos que permiten el paso de determinadas sustancias e impiden
el de otras. Se habla de una permeabilidad selectiva. De todos
modos, en la pared de las células no existen aberturas especia-
les que permitan el paso a sustancias con formas concretas,
como por ejemplo moléculas. Se trata más bien de mecanismos
que se ocupan de realizar sus funciones mediante el consumo
de energía. En algunos tejidos se ha demostrado que dichos
mecanismos permiten la entrada al interior de la célula sólo a
determinadas sustancias y también en instantes concretos. Una
vez en el interior, actúan directa o indirectamente sobre el ma-
terial genético activando una u otra sección o sintetizando de-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

terminadas sustancias En las células vegetales, que están reves-


tidas de una capa rígida de celulosa, la semipermeabilidad
desempeña un papel especial. Las sustancias disolventes, sobre
todo el agua, se incorporan con facilidad al interior de la célula
y las disueltas en ellas deben permanecer, si no son deseadas,
en su exterior. Si la concentración fuera de la célula es mayor
que en su interior, este proceso debe actuar en contra de la con-
centración, contra el gradiente osmótico, lo que sólo es posible
con un considerable consumo de energía. En el cuerpo de los
animales pluricelulares se producen constantemente procesos
selectivos de este tipo: algunas sustancias actúan como estímu-
los y son aceptadas, a otras no se les permite la entrada, por
mucho que presionen a la célula. La concentración de líquido
en el interior de las células vegetales tiene especial importan-
cia, ya que les dota de la necesaria turgencia, la tensión reque-
rida para dar sostén y apoyo a otras células. En todos estos ca-
sos, en el interior de la comunidad celular se producen deter-
minadas sustancias que ponen en marcha ciertas reacciones. El
sentido del olfato y del gusto dirigidos hacia el exterior se con-
traponen, por consiguiente, en las colonias celulares de los or-
ganismos pluricelulares vegetales y animales, a un sentido del
olfato interno. De manera paralela a su evolución, se puede
producir la formación de sustancias correo especializadas, de
las que hablaremos en un capítulo posterior. De lo que aquí se
trata es de reconocer que el sentido químico que se dividió
frente al entorno en uno del olfato y otro del gusto, tiene en el
interior del cuerpo una importancia incluso mayor que en el
exterior, convirtiéndose en un medio auxiliar necesario para la
diferenciación celular, en un medio auxiliar de la organización
interna
La aparición de esta función sensorial, que se inició con la
diferenciación celular de los metazoos, fue el tercer momento
estelar en la evolución de la percepción de los estímulos quí-
micos. Tuvo lugar hace 1.700-1.500 millones de años. A través
de los intersticios entre las paredes celulares se difundieron
sustancias que, según las instrucciones fijas en su material ge-
nético, condujeron en cada célula a determinadas reacciones.

— 221 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

En los organismos pluricelulares el material genético, en forma


de una larga molécula de ADN, es un conjunto de unidades que
se repiten multitud de veces. No sólo determina lo que debe
suceder, sino también cuáles de sus órdenes deben impedirse.
La conexión telefónica necesaria para ello se produce mediante
sustancias a través de moléculas y su percepción, es decir, por
el olor, o por así decirlo, a través de un olor interno. Por medio
de millares de signos fluye de una célula a otra, de un grupo
celular a otro, sin que tengamos noticia de ello, sin que nuestro
orgulloso yo lo sospeche lo más mínimo. Percibe la fragancia
de una rosa y valora el sabor de las frambuesas o de la salsa
para la ensalada. Sin embargo, no sospecha que nuestro orgu-
lloso cuerpo (los huesos, los ojos, el corazón, las orejas, el hí-
gado, la mano) surge gracias a signos olfativos.
El estudio en profundidad de los diferentes pasos del desa-
rrollo de un embrión en los animales pluricelulares nos brinda
una visión especial de la conexión telefónica, que apareció mu-
cho antes de que lo hiciese el sistema nervioso. El biólogo ale-
mán Hans Spemann, que fue galardonado en 1935 con el pre-
mio Nobel por estos experimentos, trasplantó a la región ven-
tral de un embrión de tritón la parte de otro embrión de tritón
de la que suele surgir el notocordio. Y mira por dónde, en el
vientre del primer embrión surgió un eje como base para la pos-
terior columna vertebral, la médula espinal y la cabeza. Mien-
tras que en el caso del trasplante de otras porciones su desarro-
llo se orientaba según las directrices de la zona que las rodeaba,
se había trasplantado en este caso un grupo de células dotadas
de funciones organizadoras que obligaba a las células circun-
dantes, mediante señales químicas, a obedecer sus dictados. O
expresado con mayor propiedad, mediante sustancias que ac-
tuaban como mensajeras o transmisores de órdenes. Evidente-
mente, en el embrión humano no pueden realizarse experimen-
tos de este tipo, aunque conducirían a resultados muy pareci-
dos. Dentro de este contexto son también interesantes los pro-
cesos de regeneración. Algunos gusanos inferiores, en especial
los turbelarios, se pueden cortar en diversos trozos, cada uno
de los cuales completa después las partes restantes del cuerpo.

— 222 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Así, a partir de un único turbelario pueden obtenerse diez, aun-


que cada uno de ellos sea más pequeño. En otros animales, aun-
que no puede restituirse la cabeza, sí puede hacerse con órga-
nos o parte de las extremidades. El material genético de las cé-
lulas puede influir, mediante señales adecuadas, sobre la co-
munidad celular restante. Esto lo hace mediante sustancias ante
las cuales dichas células reaccionan, debido a la percepción de
«olores» intracorporales. También la célula nerviosa que se
forma en la médula espinal y en el cerebro y sus neuritas, las
prolongaciones transmisoras de órdenes que envía hacia esos
órganos, que asimismo les imparten órdenes, realizan esta fun-
ción mediante el «olor». Todo órgano en formación vierte al
cuerpo las sustancias que conducen a las terminaciones nervio-
sas que les darán más tarde las órdenes. Las células seminales
masculinas, los espermatozoides, no llegan al óvulo por simple
casualidad, a través de la multitud de otros espermatozoides,
sino gracias a la ayuda de sustancias «olorosas» que perciben
y les indican el camino.
En las conversaciones normales entre los seres humanos,
estos procesos no desempeñan un papel importante. Tiene mu-
cha más importancia lo que dice un jefe de Estado, lo que
cuenta una vecina, lo que se ha planeado para las vacaciones
del verano. Vuelve a quedar así de manifiesto la poca corres-
pondencia que existe entre el yo y las partes que lo constituyen.
Incluso la unidad temporal es totalmente distinta. La interac-
ción entre diversas moléculas, su interacción química, se desa-
rrolla en centésimas y milésimas de segundo. Billones de estos
procesos, de los que nada sospechamos, se producen en nuestro
cuerpo sin que nuestro yo, que está constituido por ellos, se
entere.
Pero volvamos al camino evolutivo de nuestros antepasa-
dos. Ha llegado el gran momento: los primeros peces colonizan
la tierra firme. Desarrollan un pulmón, y a partir de peces pul-
monados, como los que existen hoy, aparecen los anfibios. ¿A
través de qué orificio se inhala del aire? El primero disponible
es la boca. Dado que el saco pulmonar se forma a partir de una
evaginación del tubo digestivo, la boca está predestinada a esta

— 223 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

función. Evidentemente, con reservas, ya que cuando se ingiere


el alimento se perturba el proceso respiratorio. Sin embargo,
existe otra posibilidad. Los peces cartilaginosos, los tiburones
y las rayas presentan ya un canal que va desde las fosas olfati-
vas por encima de la boca hasta ésta. De esta manera el agua
puede pasar junto a los tejidos sensibles a los olores y acceder
a la boca. En los peces pulmonados estos canales se han con-
vertido en conductos. La función respiratoria es más adecuada
para oler que para comer. De este modo surge una vía doble, a
través de la cual el aire puede entrar o salir de los pulmones a
través de la boca o de la nariz. Los orificios que conectan las
cavidades nasal y bucal se denominan coanas. Esto es, por así
decirlo, sólo la solución al problema anterior. En el lado ventral
del tubo digestivo apareció el pulmón como una evaginación.
Dado que en tierra firme resultó ser muy útil, todas las muta-
ciones que lo ampliaron y mejoraron eran ventajosas, por lo
que aumentó de tamaño y, dado que el aumento de su superficie
fomentaba el intercambio gaseoso, se replegó (tabla 14). Sin
embargo, esto exigía un dispositivo que separase ambas vías.
Si se respira a través de la nariz o de la boca, el aire inspirado
debe llegar al pulmón. Si se come, el alimento ingerido no debe
ir al pulmón sino hasta el estómago, a través del esófago. La
solución no era sencilla y tuvo que resolverse durante la colo-
nización de la tierra firme. La solución fue una válvula que ce-
rraba el camino de acceso al pulmón al comer. Si se respira, la
válvula se abre y el aire irrumpe a través de la tráquea en lugar
de hacerlo a través del esófago. Se plantea de nuevo la cuestión
siguiente: ¿es esto una prueba de la voluntad de una inteligen-
cia divina? Respuesta: no, en absoluto. Todo el dispositivo es
bastante complicado y podría haberse resuelto desde el princi-
pio por caminos separados. Sin embargo, no fue posible por
mutaciones, en especial porque en ellas cada paso intermedio
debe tener un valor de selección, es decir, aportar ventajas so-
bre los competidores o, al menos, no causar desventajas. De
todos modos, la formación de un pliegue adecuado, de una vál-
vula, se encuentra dentro de lo que es posible alcanzar por mu-
taciones. Tuvo que desarrollarse también el mecanismo que

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

dispusiera cuándo debía abrirse o cerrarse la válvula y también


tuvo que generarse un estímulo provocador de la tos que ga-
rantizase que el alimento sea expulsado de la tráquea, si se in-
trodujera en ella por error.
En el próximo capítulo, cuando tratemos de los órganos del
lenguaje, veremos con más profundidad esta área de nuestro
cuerpo. Lo que aquí nos interesa es el momento estelar en el
que se separaron definitivamente los sentidos del gusto y del
olfato y en el que cada una de las células sensoriales responsa-
bles de ellos mostró una estructura especial. Éste, el cuarto mo-
mento estelar del camino evolutivo de los sentidos químicos,
se produjo hace 400-380 millones de años. Coincide en el
tiempo con la aparición de los primeros vertebrados terrestres,
los anfibios. En el aire, se amplían notablemente las posibili-
dades del sentido del olfato. En el agua las sustancias se dilu-
yen con lentitud y se extienden poco a poco. Si en las aguas del
trópico se sacrifica un pez, transcurren varios minutos antes de
que los tiburones que hay a 50 o 100 metros de distancia se den
cuenta de ello. En tierra firme, el viento dispersa las sustancias
olorosas con mayor rapidez y a mayores distancias. Se conocen
entre tos insectos aptitudes excepcionales a este respecto. Los
machos de algunas mariposas perciben sustancias olorosas
emitidas por las hembras a distancias de varios kilómetros,
siendo atraídas por ellas. Sus órganos sensibles a los olores,
sencillos de diversos tipos, aparecen principalmente en las an-
tenas. En los zánganos de la abeja se encuentran hasta 30.000
de dichos órganos en cada una de ellas, mientras que en los
machos de la mariquita esa cifra asciende a 50.000. El pro-
blema de los artrópodos es su caparazón externo formado por
una capa recia de quitina. En las placas cribosas, las células
sensibles a los olores se encuentran por debajo de una placa de
quitina provista de finísimos poros. En el caso de los conos ol-
fatorios, los filamentos sensoriales de las células olfativas atra-
viesan la capa de quitina, emergiendo de ella a pesar de que
están todavía protegidos por una cúpula hendida de quitina. En
nuestros antepasados vertebrados, que nos interesan más, las

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

células olfativas se desarrollaron muy juntas en el techo supe-


rior de la cavidad nasal. En nuestros antepasados los reptiles,
como puede observarse en las especies actuales, se inició la
formación de una placa ósea que separa la vía de los alimentos
de la cavidad olfatoria situada por encima de ella. La mucosa
se plegó y se formaron estructuras óseas de refuerzo. Un corte
a través de los lóbulos olfativos de un corzo o un cerdo nos
muestra un laberinto parecido a un cuadro surrealista (tabla 13,
fig. 3). En este campo sensorial el ser humano se encuentra
muy por detrás de muchos animales. El cobaya tiene frente a
ciertas sustancias una sensibilidad olfativa mil veces mayor.
Un perro pastor supera en un millón de veces al ser humano, si
bien con ello se llega al límite absoluto, ya que en este caso es
suficiente con una única molécula aromática para que una de
las células sensoriales la perciba. El ser humano es un animal
visual. La manera en que construye sus conceptos y almacena
sus recuerdos está sometida a una gran influencia visual. O di-
cho más exactamente, influye sobre nuestro yo. Hesse y Do-
flein escribieron en su obra Tierbau, Tierleben: «si el ser hu-
mano tuviese un sentido del olfato tan fino como el de un perro,
entonces no sólo se vería afectada su vida sensorial sino todo
el mundo de sus representaciones, que experimentaría un cam-
bio definitivo... No hay duda que con ello se nos oculta una
parte muy interesante del mundo que nos ha sido dado». En
otras palabras: se demuestra aquí que la forma en que nuestro
yo ve el mundo está fuertemente influida por nuestros órganos,
es subjetiva. Mediante el desarrollo preponderante de nuestros
aparatos visual y auditivo, en vinculación con el sentido del
tacto, nuestros conceptos, las herramientas de nuestro pensa-
miento, están unívocamente determinados y con ello también
la orientación de nuestras valoraciones, las metas de nuestros
esfuerzos por entender el mundo y entendernos a nosotros mis-
mos. A esto es a lo que se refería Immanuel Kant cuando afir-
maba que no somos capaces de reconocer objetivamente la
«cosa en sí».

— 226 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

En nuestros lejanos antepasados los reptiles, se formó un


órgano especial de percepción de los olores: el órgano de Ja-
cobson. Surgió como una derivación de la cavidad nasal y
desemboca junto al paladar en la cavidad bucal. El lengüeteo
de las serpientes sirve para la percepción de los olores. Reco-
gen con las puntas de la lengua bífida las sustancias olorosas y
las depositan a la entrada de este órgano. El hecho de que el
sentido del olfato esté muy desarrollado entre los carnívoros,
pero también entre los ungulados, es resultado de una adapta-
ción a su forma de vida. Los depredadores llegan hasta su presa
husmeándola, y las presas se percatan de su presencia gracias
al olfato. El sentido del olfato está muy poco desarrollado entre
las aves, ya que en su rápido desplazamiento es mucho más
ventajosa la orientación visual. Su capacidad de visión está
muy desarrollada y, en cuanto a la percepción de los detalles,
las aves de presa superan ampliamente a los seres humanos. Es
interesante mencionar que las ballenas han perdido la capaci-
dad olfativa. Descienden de vertebrados terrestres y su cuerpo
muestra hasta qué punto los órganos pueden adaptarse a una
nueva forma de vida. Las extremidades posteriores involucio-
naron y a partir de un pliegue cutáneo endurecido apareció la
aleta caudal horizontal. Las células olfativas especializadas
quedaron, sin embargo, ligadas a la vía respiratoria, es decir, al
análisis del aire.
En los vertebrados terrestres depredadores la capacidad ol-
fatoria desempeñó otra función suplementaria. Aparecieron en
ellos glándulas odoríferas y pautas de comportamiento que sir-
vieron para la defensa de su territorio. Al igual que el ser hu-
mano delimita su propiedad con vallas o carteles indicadores,
los animales dejan marcas olorosas y vemos un ejemplo de ello
en el perro que orina en una esquina de la calle. Con esto se
comunica a cualquier competidor el siguiente mensaje: «aquí
mando yo, no te atrevas a penetrar en este territorio». Las hor-
migas y algunos gasterópodos trazan rutas olorosas que les fa-
cilitan la orientación. En el caso de los insectos sociales, los
habitantes de la misma colonia se reconocen por el olor. Los
vigilantes apostados en la entrada comprueban en cada colonia

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

esta tarjeta de visita. El perro es capaz de distinguir a cualquier


ser humano por su olor. Sólo en el caso de los gemelos univi-
telinos, que sean además del mismo tamaño, se equivoca. Las
plantas forman en sus flores superficies aromáticas para atraer
a los insectos y convertirlos así en órganos de transporte de sus
células germinales masculinas (págs. 91, 94, tabla 17).
Mucho menos dramático, si bien no menos importante para
el ser humano, fue el desarrollo de la percepción química cer-
cana a la que denominamos sentido del gusto. El lugar de su
actuación es la cavidad bucal, en la que se comprueba si el ali-
mento ingerido es apto o no. Como ya hemos señalado, en al-
gunos peces las papilas gustativas están situadas en los labios
y los barbilones, así como en todo el cuerpo. En tierra esto no
es posible, ya que estos órganos sólo pueden actuar cuando es-
tán cubiertos de una capa húmeda. Sólo existe una solución
mediante la que analizar la particularidad de las nubes electró-
nicas que rodean a estas moléculas. Por eso, en los vertebrados
terrestres sólo las encontramos en el interior de la cavidad bu-
cal. Innumerables células sensoriales se sitúan juntas en un es-
pacio muy pequeño, formando una estructura papilar, lo que
aumenta la eficacia de los filamentos sensoriales que reciben
sus señales del entorno. Sólo precisan distinguir cuatro cuali-
dades de estímulos a las que denominamos dulce, salado, agrio
y amargo. Lo dulce es una percepción de especial importancia,
ya que el azúcar es un portador de energía fácilmente asimila-
ble. Las sales son asimismo importantes para el cuerpo. Algu-
nos ácidos son perjudiciales y algunos venenos, amargos. El
mayor desarrollo del sentido del gusto en los mamíferos frente
a sus otros parientes vertebrados radica en el mayor número de
las citadas papilas sensoriales. En el ser humano se les encuen-
tra sobre todo en la superficie de la lengua, así como en la parte
posterior del paladar e incluso en la epiglotis. Lo dulce lo per-
cibimos sobre todo en la punta de la lengua, lo salado en su
borde anterior, lo agrio en la parte media y lo amargo en la zona
posterior. Respecto a la percepción de sabores, el ser humano
no es en modo alguno la cumbre de la creación. Tenemos en la
boca unas 1.000 papilas gustativas, mientras que el cerdo posee

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

5.000 y la vaca que nos parece tan estúpida más de 90.000. Con
el aumento de la edad su número se reduce. En los seres huma-
nes este descenso se inicia a partir de los veinte años y su nú-
mero queda reducido a una tercera parte al alcanzar los
ochenta. La saliva que fluye con tanta abundancia en nuestra
boca, junto a su colaboración en las tareas de la digestión, per-
mite disolver las sustancias gustativas y mantiene, además,
limpieza con el fin de poder percibir constantemente nuevos
sabores con las papilas gustativas que se encuentran en los bor-
des de dichas ranuras y necesitan esa limpieza con el fin de
poder percibir constantemente nuevos sabores (tabla 13, fig. 2).

TABLA 13. Sobre la relatividad de nuestra orientación artística


Figuras: 1 células de la «percepción química» en la cutícula externa de
una lombriz, 2 botones gustativos en las papilas de la lengua humana, 3
sección transversal de la cavidad nasal de un cerdo, a = epitelio monoes-
tratifícado (epitelio cilindrico), b = células sensoriales especializadas en
el «análisis químico», c = capa muscular inferior con fibras nerviosas, d =
papila de la lengua, e = surco, f = botones gustativos en las paredes late-
rales, g = glándulas salivares, h = láminas óseas, j = cavidad laberíntica, k
= mucosa olfatoria.
Los animales obtienen información de las condiciones del entorno a través
de órganos que transforman los rayos de luz o las ondas sonoras en «trans-
misores de información» (tablas 4 y 12). Otra posibilidad es la percepción
de las características químicas (moleculares) de las partículas materiales
que llegan a los seres vivos a través del agua o del aire. La figura 1 muestra
en sección la cutícula de un gusano formada sólo por un estrato celular
(epitelio cilíndrico) y en el que dos células (b) están especializadas en la
percepción de los estímulos químicos. La totalidad de las células del
cuerpo, incluidas las musculares (c), tienen en su núcleo el mismo material
genético aunque partes suyas quedan «tapadas» mediante determinadas
sustancias inhibidoras. Esto da lugar a que cada célula se dedique a una
función, produciéndose así una división del trabajo (págs. 72, 232).
La diferenciación de la percepción de los «estímulos químicos» en olfati-
vos y gustativos se produjo ya en la línea de nuestros antecesores, en los
peces; hace 400 millones de años adquirió especial importancia cuando
algunos de ellos se adaptaron a la vida en tierra firme, es decir, al medio
aéreo. La percepción a distancia analizando las partículas materiales que
llegan por el aire se convirtió en el sentido del olfato, la destinada a probar
la presa al devorarla fue el sentido del gusto. La figura 2 muestra una sec-
ción transversal de la superficie de la lengua humana. Alrededor de las

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

papilas (d) hay surcos (e) estrechos llenos de saliva, hasta cuyos botones
gustativos (f) llegan las partículas disueltas de la presa. Estos botones di-
ferencian cuatro calidades muy importantes: dulce, ácido, salado y
amargo. La percepción a distancia localizada en la nariz recibió en los
vertebrados terrestres el apoyo de la actividad pulmonar. El aire inspirado
es conducido a través de grandes cavidades sobre una gran superficie de
células olfatorias, que se mantienen húmedas mediante glándulas muco-
sas, puesto que estas células sólo pueden «analizar químicamente», es de-
cir, comprobar sus características moleculares, las partículas que se en-
cuentran disueltas. Con respecto a esta percepción sensorial el ser humano
no es ninguna «cumbre de la creación» sino muy inferior a muchos de sus
parientes animales. La figura 3 muestra una sección transversal de la ca-
vidad nasal del cerdo, que a diferencia de la nuestra está ramificada en
laberinto, con lo cual el animal dispone de un mayor epitelio olfatorio y
es capaz de distinguir muchos más matices de olor. Si en lugar de nosotros
hubieran sido los cerdos los que hubieran alcanzado una inteligencia cons-
ciente del yo, sus compositores no habrían creado sinfonías de sonidos
sino de olores.
1. Cutícula de la lombriz de tierra

2. Lengua humana

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

3. Cavidad nasal del cerdo

Si nuestra percepción de los gustos se limitara a diferenciar


estas cuatro cualidades, la gastronomía se habría desarrollado
de manera bastante reducida. El paso a tierra firme, que abrió
nuevas dimensiones el sentido del olfato, fue también muy im-
portante para el sentido del gusto. La relación ya mencionada
entre las fosas nasales originales y la cavidad bucal tuvo como
consecuencia que, también durante la valoración del alimento
introducido en la boca, pudiese actuar, al mismo tiempo, el sen-
tido del olfato. Las vías de conexión, las coanas, se encontra-
ban en los anfibios en posición muy delantera, aunque en los
reptiles ya se desplazaron hacia atrás, mientras que en los ma-
míferos la pared de separación con la cavidad nasal, el paladar
duro, se prolongó más mediante una pared blanda, de modo
que, en nosotros, la unión de las cavidades nasal y bucal se en-
cuentra en posición muy posterior, por encima de la epiglotis.
Hasta allí llega el alimento previamente masticado y desmenu-
zado, que envía así las sustancias olorosas para que se las ana-
lice mejor en la nariz. Por consiguiente, no sólo degustamos los
alimentos sino que también los olemos por vía interna. Cuando

— 231 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

estamos acatarrados, las vías olfatorias internas están bloquea-


das, por lo cual la comida presenta menos sabores. En el curso
del desarrollo de nuestra cultura culinaria aparecieron, además,
percepciones visuales y táctiles, de los labios y de la boca, que
enriquecieron todavía más nuestros placeres gastronómicos. La
preparación y la condimentación de los platos, su combinación,
su orden, las bebidas acompañantes, el equilibrio entre lo frío
y lo caliente, los recipientes en los que se sirven las viandas, la
compañía agradable y muchas otras cosas más. Las mariposas
tienen, tanto en la trompa como en las patas, órganos gustati-
vos. Si éste fuese nuestro caso, hubiésemos articulado nuestras
costumbres tróficas de un modo todavía más complejo.
Sin embargo, existe todavía un quinto momento estelar en
la evolución de nuestros sentidos químicos que se remonta a
hace 10-8 millones de años. Aunque pueda parecer banal, fue
de importancia decisiva para el ser humano. Se refiere a la apa-
rición de nuestra nariz prominente, mediante la cual nos dife-
renciamos del resto de los animales y en especial de los prima-
tes. ¿Por qué apareció esta prolongación cartilaginosa, este «sa-
liente nasal»? Surgió en la época en que nuestros antepasados
primates pasaron a la vida en la estepa, se convirtieron en pri-
mates depredadores y accedieron, adaptándose a este compor-
tamiento, a la marcha erguida. El apéndice nasal es un tejado
protector contra el sudor que cae y de la lluvia, que lo separa
del órgano olfatorio. La marcha erguida hizo que esta estruc-
tura resultase ventajosa, si no necesaria. ¿Una fruslería? En
modo alguno. En la tarjeta de visita de nuestro propio yo, en
nuestra cara, se convirtió en el punto central. Cuando valora-
mos la belleza de los demás tiene mucha importancia. Se con-
virtió en una característica racial con un efecto importante. A
partir de la forma de la nariz sacamos conclusiones acerca del
carácter, ella nos crea una impresión simpática y amable o todo
lo contrario. Por esa razón, las operaciones de nariz son en la
actualidad muy valoradas.
Nuestro punto de partida fue que las moléculas actúan sobre
otras mediante las características de las nubes electrónicas que

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

las envuelven y que constituyen su «superficie», de la que sur-


gen interacciones específicas. Al comienzo del desarrollo de la
vida, la capacidad de reaccionar ante dichas interacciones se
confundía en buena medida con la alimentación, la reproduc-
ción y la defensa. Aparecieron entonces unos órganos para su
análisis. Entre los organismos pluricelulares, alcanzaron espe-
cial importancia en el interior de su cuerpo. Los animales y las
plantas tienen al menos tantos como células tiene su cuerpo. En
el caso del ser humano son billones. Con nuestro sentido del
«olfato interno» que no accede a nuestra conciencia, se erige y
se derrumba nuestra organización corporal. El sentido del ol-
fato y del gusto orientado hacia el exterior tiene, respecto de
éste, una importancia secundaria. De todos modos, dichos ór-
ganos transmiten al ser humano placeres selectos y un pequeño
tejado que protege a nuestro órgano olfatorio se convirtió en un
elemento interesante para el enjuiciamiento de nuestro yo por
parte de otros. Finalmente, este «tejado» se ha convertido en el
transcurso de nuestro desarrollo tecnológico en un órgano au-
xiliar de nuestros ojos, ya que sin la presencia de este apéndice
destinado a otras funciones sería muy difícil que pudiésemos
sujetar unas gafas.

— 233 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

XI. EL PULMÓN Y EL APARATO FONADOR

Llegamos ahora a otro órgano del que poseemos aproxima-


damente unos cien mil, sin que los consideremos como tales.
Probablemente no sea superfluo decir que fueron ellos los que
convirtieron, en última instancia, al ser humano en lo que es.
Se trata otra vez de mecanismos tan pequeños que, hasta la fe-
cha, ningún ojo los ha visto. Se trata de los conceptos, que son
auténticas herramientas de nuestro pensamiento y que sólo
cuando están dotados de nombre son utilizables. Esto significa:
las herramientas, los órganos de almacenamiento de la infor-
mación y la transmisión de ésta, el elemento que vincula, que
mantiene al ser humano unido, que hace que su conocimiento
y experiencia puedan comunicarse y que convierte a la gran
variedad de individuos en «la humanidad». De estos conceptos
dijo Angelus Engel, historiador de la literatura nacido en 1851
y fallecido en 1938, que se los debemos en último extremo a la
lengua y al lápiz. Alumbraron en el ser humano cuando éste
intentó comunicarlos. El instrumento para su comunicación
fueron las palabras. Un refrán árabe lo compara a una flecha:
una vez que ha sido lanzada no hay quien la detenga. El apóstol
Juan relata sobre su origen: «En el principio fue el verbo y el
verbo estaba en Dios y Dios era el verbo.» Ludwig Börne los
denominó «los horribles señores secretos del mundo que go-
biernan, ocultos». En cuando a sus efectos Kung Fu-tzu afirmó
que no hay ninguna palabra «a la que no le amenacen contes-
taciones». Hebbel pensaba de forma optimista que «encontrar
la palabra significa encontrar las cosas mismas». Con un espí-
ritu igualmente optimista Goethe afirmaba: «Primero encon-
traré el sentido y acto seguido también las palabras.» Por otro
lado, en la actualidad Eugène Ionesco afirmó en un tono mucho
más pesimista que «la palabra deteriora el pensamiento.»
Los conceptos se fijan mediante palabras, el lenguaje
consta de ellas y mediante signos escritos se transforma en una

— 234 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

estructura material duradera. Acerca del lenguaje Jean Paul


dice que es un «nubarrón en el que la fantasía ve otra forma».
Christian Morgenstern la consideró «un reto que impulsa in-
creíblemente hacia un desarrollo superior». Rivarol advertía
que es «un instrumento cuyos resortes no deben ser forzados».
Y en lo que respecta a la escritura Oswald Spengler pensaba
que «es el gran símbolo de la lejanía, es decir, no sólo de la
distancia sino también de la duración, del futuro, del deseo de
eternidad». Acerca de los legados antiguos Montaigne decía:
«Creo que todos ellos, uno tras otro, tienen razón a pesar de
que a menudo se contradigan.» Esto último es hoy la regla. Mu-
chos conceptos se han gastado, por lo que resultan cuestiona-
bles, y, con ello, también las palabras y la escritura, que los
transforma en materias.
En este libro se defiende, con palabras, la visión más bien
impopular e incluso, para algunos, hiriente de que el ser hu-
mano no es una meta deseada del desarrollo de la vida, que
nuestro yo se autovalora mal y que no tiene ni la más remota
idea de qué está compuesto aquello que acostumbramos a lla-
mar «nuestro libre albedrío». Lo que sin embargo aquí se ex-
plica no es en modo alguno la caprichosa chapucería de un ma-
lintencionado difamador de nuestros valores establecidos, sino
prácticamente la consecuencia de aquello que puede leerse hoy
en cualquier diccionario o cualquier libro de texto. Se enseña
en casi todos los colegios. Lo curioso reside en que muy pocos
seres humanos extraen las consecuencias de estos resultados y
conocimientos y apenas los utilizan para valorar su propia exis-
tencia y vida, para orientar sus acciones o falta de acción. El
saber acumulado por tantas y tan buenas ciencias se ha hecho
tan grande, el flujo de información que cae sobre el actual ser
humano es de tal magnitud y variedad, que esto se convierte en
disculpa para contemplar tan sólo los resultados útiles y cómo-
dos de las ciencias, y, del mismo modo, todo aquello que intro-
duce cambios, divierte o distrae, pero que, en definitiva, nos
lleva a seguir la corriente. A esto hay que añadir las ideologías
que hoy imperan. En el mundo occidental, los seguidores de la
economía de mercados proclaman a los cuatro vientos: «saca

— 235 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

lo mejor de tu vida. No pienses sino sé feliz». Y en el mundo


oriental se afirma: «la colectividad es lo que cuenta. La colec-
tividad te ayuda, te potencia, tú eres esta colectividad. Ella
quiere lo mejor para ti. Incorpórate». En los dos campos en los
que el potencial armamentista se ha hecho tan enorme que
puede destruir toda la vida en el planeta, el ser humano es
desindividualizado. La tendencia es: «para qué reflexionar so-
bre las cosas si no aportan un beneficio personal, si no son de
utilidad para la economía o la comunidad». Debido a que en-
tretanto puede ocurrir, y por desgracia seguramente sucederá
así en uno u otro lado por locura o casualidad, que se apriete el
botón que borrará del mapa nuestro mundo en cuestión de se-
gundos, no está fuera de lugar hacer un intento, aunque deses-
perado, para reorientar la atención de nuevo sobre el yo, sobre
su aparición, a la luz de la ciencia de la que ya disponemos, con
la intención de proceder a una valoración más justa de nuestro
propio ser y los conflictos que nos parecen tener tanta impor-
tancia. Y seguramente también resulta conveniente poner ante
los ojos del hombre actual el espejo que le muestre la relativi-
dad de los valores por los que se rige, con el fin de que logre
percatarse de que muchos de los conceptos y valores que ido-
latra no son, en modo alguno, absolutos.
¿Cómo aparecieron los conceptos, las palabras, el lenguaje
y la escritura? ¿Dónde se encuentran los momentos estelares
de esta evolución? Si el ser humano fuese la meta deseada de
una fuerza creadora divina, tal y como muchas religiones, y en
especial el cristianismo, propugnan dogmáticamente, cabría
suponer que dicha evolución hasta el logro de estas herramien-
tas, sin las cuales el hombre no se habría convertido nunca en
un ser humano, ponen al descubierto una planificación invisi-
ble y una clara realización. Se plantea entonces, en primer lu-
gar, la cuestión de por qué la vida surgió en el agua, de por qué
tanto tiempo residió en antepasados precelulares submicroscó-
picos y de por qué se invirtió tanto esfuerzo en un tumulto in-
significante de medusas, caracoles y caballitos de mar. La res-
puesta que se da es que los caminos de Dios están más allá de
la comprensión humana, de la reflexión crítica del hombre. De

— 236 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

todos modos, si tenemos un respecto tan incondicional a esta


fuerza creadora, cabe pensar que, si es que el ser humano fuese
realmente su meta, podría haber actuado de una manera mucho
más eficaz. No se critica aquí el resultado de esa evolución sino
la grotesca falta de metas de sus caminos. La maravilla de la
naturaleza no pierde con ello nada de su fascinación, si bien se
duda que tras el concepto de «naturaleza» tan manido en la ac-
tualidad, se esconda un agente con voluntad, un constructor
que planifica, una instancia que no tiene nada mejor que hacer
que diseñar en este planeta un millón de especies diferentes de
insectos y que en el marco de una colección de vertebrados
desarrolle un ser viviente, el «ser humano», como obra maestra
especial. El deseo de este libro no es el de herir sentimientos
sino más bien de que todos los que actúan, viven y juzgan como
si no existiesen, tomen conciencia de los resultados innegables
de la ciencia. Dado que la palabra, el lenguaje y la escritura
fueron una condición tan decisiva para el desarrollo del pro-
greso humano, de su civilización y cultura, es pertinente for-
mular aquí la pregunta de si en ella se ve la huella de una vo-
luntad con un objetivo, de una planificación divina. La res-
puesta es que aquí hay tan pocos indicios como en los demás
sitios. La evolución avanzó, como podría decirse, dando a tien-
tas pequeños pasos desvalidos, desde un avance al siguiente.
Donde surgió algo ventajoso, esto se conservó a través de una
especie animal o vegetal, imponiéndose en la posterior evolu-
ción sobre los competidores. En aquellos lugares en los que el
progreso sólo era posible a través de etapas intermedias, que
carecían por sí mismas de valor de selección, es decir, que no
eran idóneas para la lucha por imponerse, no se produjo una
ayuda por parte del creador. Esto es lo que sucedió en el camino
evolutivo de todos los órganos que componen hoy el cuerpo
del ser humano. La situación no fue distinta en el camino evo-
lutivo hacia la formación de conceptos, palabras, el lenguaje y,
en último término, la escritura y la ciencia.
Hemos hablado ya varias veces acerca del instante decisivo
de la conquista de la tierra firme por parte de nuestros antepa-
sados vertebrados. Tras la aparición de las primeras estructuras

— 237 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

vivas, de la unidad organizada, la célula, y de la formación de


plantas y animales pluricelulares, éste fue seguramente el
cuarto momento estelar de la vida. El rodeo a través del que
nuestros antepasados peces lograron conquistar la tierra, no
muestra en modo alguno la ayuda de una mano solícita. En el
medio extremo de los pantanos secos y de las restantes aguas
continentales se produjo, según hemos comentado ya, el hecho
de que los peces que sobrevivieron a estos períodos de sequía
gozaron de una ventaja sobre sus competidores, sin que impor-
tara el cómo lo lograron. Estaban dotados de una boca que poco
a poco se había formado y configurado para la toma del ali-
mento. Cualquier mejora en dicha boca, los órganos sensoriales
que le indicaban la presencia de la presa, los órganos de movi-
miento que acercaban a ella, los mecanismos de comporta-
miento que permitían que dicha boca entrase en acción y los
órganos de la digestión que introducían después los alimentos
en el propio cuerpo, aumentaron la capacidad de supervivencia,
el valor de competencia, la posibilidad de conservarse y multi-
plicarse. Sin embargo, todo esto no servía de nada si no se ob-
tenía también oxígeno, ya que el alimento sólo puede ser apro-
vechado mediante combustión, oxidación, con su ayuda. Por lo
tanto, sin oxígeno todo el proceso es baldío. En el agua se ob-
tenía oxígeno a través de las branquias, pero en tierra estos ór-
ganos fracasaron en la realización de su cometido, se secaron.
De todos modos queda todavía otra solución de urgencia, que
puede contemplarse en los peces que viven en un acuario cuya
agua no contiene la cantidad suficiente de oxígeno. Los peces
nadan entonces cerca de la superficie y tragan aire por la boca.
El tubo digestivo, si bien no está dotado para la recogida y la
conducción del oxígeno hasta la sangre, permite sin embargo
que a través de las branquias llegue más cantidad a ella. Lo que
le falta son superficies delgadas a través de las cuales los vasos
sanguíneos puedan absorber gas. Está orientado hacia el ali-
mento sólido. En nuestros antepasados más primitivos, que
reptaban penosamente en el barro seco, se produjeron asi-
mismo mutaciones que tuvieron como consecuencia la forma-
ción de una cavidad evaginada en la parte anterior del intestino.

— 238 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

De este modo apareció una primera zona destinada a la absor-


ción de oxígeno por parte de la sangre (tabla 14, fig. 1). La
pared en esa zona es delgada y está muy vascularizada. Aque-
llos de nuestros antepasados más primitivos que disponían de
este órgano tan primitivo para la obtención de oxígeno a partir
del aire tenían una ventaja decisiva. Podían sobrevivir durante
algún tiempo en el medio aéreo. Podían, incluso, desplazarse
sobre sus aletas sobre el suelo y tener así la posibilidad de en-
contrar una charca que todavía no se hubiera secado. Antes que
ellos, otros seres vivientes habían conquistado ya la tierra: las
plantas y algunos animales inferiores, razón por la que allí ya
existía alimento. Se dio así para estos de nuestros antecesores
una interesante posibilidad. No sólo el poder llegar hasta otras
charcas era ventajoso sino que la marcha por terreno seco per-
mitía también encontrar alimento. Naturalmente, el proceso se
explica aquí de modo muy simplificado, ya que lo único que
hemos de hacer es aclarar los puntos esenciales: uno de los ver-
tebrados más antiguos, el pez, se convirtió en pionero que con-
dujo a la aparición de los vertebrados terrestres, a la de los seres
humanos y, en último extremo, a la del lenguaje y la escritura.
Un ser superior que hubiera estado interesado en esta evolución
habría escogido, si es que este rodeo a través del agua para lle-
gar a la tierra hubiera sido necesario, una pez hermoso, dotán-
dole de pulmones y órganos fonadores, y lo habría convertido
en el humano planeado. Pero no fue esto lo que sucedió. Nadie
se ocupó de este animal acuático para, una vez alcanzada la
tierra, convertirlo en la cumbre de la creación. La idea de que
dicha cumbre apareció a imagen y semejanza de esa fuerza di-
vina implicaría que ella misma vivía también en el agua, lo que
tampoco parece probable.

TABLA 14. Aparición del fuelle al que nosotros debemos


nuestra voz y los teleósteos su capacidad de regular la
flotabilidad
Figuras: 1 pez pulmonado australiano, 2 pulmón camerular de anfibio, 3
bronquios ramificados del pulmón humano, a = branquias, b = pulmón
primitivo resultante de una evaginación intestinal, c = pliegue de la pared,

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

d = cámara de la pared pulmonar, e = tráquea, f = bronquios que se rami-


fican en los bronquiolos, g = alveolos en los extremos de las ramificacio-
nes, que producen un nuevo aumento de la superficie.
El modo en que el azar ha influido, y determinado, el camino evolutivo de
los animales pluricelulares lo demuestra perfectamente el pez pulmonado,
un descendiente directo de los peces primitivos que conquistaron la tierra
firme y de los que proceden todos los vertebrados terrestres, incluido el
hombre (pág. 4, tablas 1, 5). Nos sigue mostrando cómo a partir de una
evaginación de la parte anterior del tubo digestivo apareció el primer pul-
món (1), el primer órgano para la obtención de oxígeno y desprendimiento
de dióxido de carbono al aire. En el intercambio gaseoso entre los vasos
sanguíneos y el medio conviene que exista la máxima superficie posible.
Por esa razón las branquias de los peces que respiran en el agua se ramifi-
can, y también en el pez pulmonado comienza a plegarse el pulmón rudi-
mentario, que apareció simplemente como una vejiga lisa. El desarrollo
posterior de este órgano en los vertebrados terrestres (2, 3) muestra cómo
la función requerida, o sea, la necesidad, dirige el camino del perfeccio-
namiento. Cuanto mayor es la superficie mejor es el intercambio de gases,
lo cual es una clara ventaja en la «lucha por la vida», en la que se impone
el más apto. En los anfibios (cf. tabla 5) el pulmón ya es camerular (d),
con lo cual su superficie experimenta un notable aumento. En los mamí-
feros se ramifica y divide en un sistema de canales (f, g) provisto de dimi-
nutos alveolos, aumentando así varios miles de veces la superficie. En el
hombre, este fuelle adquirió una importancia adicional. Debido a su cre-
ciente capacidad intelectual y de la conciencia del yo resultante, consiguió
la capacidad de comunicarse con sus congéneres, intercambiar experien-
cias con ellos y aumentar así de manera notable las posibilidades de su-
pervivencia. El pulmón, por azar, era el requisito necesario para este
avance. De ser un órgano del intercambio gaseoso con el aire se convirtió,
como función adicional, en un fuelle necesario para la comprensión oral
(pág. 186).
Este fuelle se volvió igualmente útil, también al azar y «sin querer», en
los teleósteos. También ellos proceden de los peces pulmonados, aunque
de aquellos que con el pulmón adquirido volvieron al medio acuático en
el que este órgano, ahora sin función, les sirvió para regular su flotabili-
dad. Mientras que los peces cartilaginosos (tiburones y rayas) no pueden
tarar su peso, los teleósteos lograron la vejiga natatoria gracias a la «ex-
cursión por tierra firme» de sus antecesores. ¿Existe una planificación
consciente en el pulmón que nos permite hablar y en la vejiga natatoria?
Desde luego que no. Tanto en uno como en otro caso fue una ventaja apa-
recida al azar, que permitió un aumento de eficacia y dirigió así una nueva
evolución (pág. 8). ►

— 240 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

1. Pez pulmonado australiano

2. Pulmón de anfibio

3. Pulmón humano

La realidad desnuda es que la conquista de la tierra por


parte de los vertebrados, a los que pertenecemos, no recibió
ningún apoyo, no es una pincelada magistral. Se produjo, como
puede observarse fácilmente, en un entorno poco apto, gracias

— 241 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

a unas mutaciones favorables. Una vez superado este escollo,


las cosas avanzaron con mayor rapidez. Cualquier variación
corporal que favoreciera este cambio de medio era una ventaja
clara que se conservaba, se imponía y quedaba fija en la des-
cendencia. A partir de los peces primitivos dotados de un ór-
gano muy poco eficaz para la obtención de gas aparecieron los
primeros anfibios, más tarde los reptiles, a continuación los
mamíferos y al final nosotros mismos. Debido a que este ór-
gano de la respiración, el pulmón recién aparecido, se convirtió
después no sólo en una herramienta auxiliar en la percepción
de olores sino también del lenguaje, debemos considerar que el
primer momento estelar en la evolución hasta el lenguaje es ese
período de la conquista de la tierra firme. Por consiguiente,
coincide con dos momentos estelares ya comentados, con el
segundo del camino evolutivo de la mano y con el cuarto en la
evolución de nuestros sentidos químicos, de nuestro órgano ol-
fativo, situándose por lo tanto hace 400-380 millones de años.
Este momento estelar es enormemente banal desde el punto de
vista del ser humano actual, de las elevadas ciencias, de los
poetas, pensadores y artistas. Apareció un pequeño saco gra-
cias al cual se podía absorber oxígeno. Un creador que hubiese
generado al ser humano a través de este camino tendría que ver
todo de modo muy caprichoso. Si se tienen en cuenta el número
de estrellas en el Universo, infinitos billones, se tomó mucho
tiempo para ocuparse de los procesos que se produjeron en el
planeta Tierra. Para empezar, tardó bastante en hacer que el
planeta se formase, dicho en pocas palabras, 6.000 millones de
años (tabla 16). Después, tardó bastante hasta que las condicio-
nes climáticas sobre el planeta se hicieron adecuadas para la
vida, que al principio sólo fue en el medio acuático: 3.000 mi-
llones de años. Transcurrieron además otros 3.600 millones de
años hasta que por fin el pez pulmonado se decidió a llevar a
cabo su acción pionera. Sin embargo, la paciencia del construc-
tor divino no se había acabado, ya que desde el instante de la
aparición de ese pequeño saco, condición imprescindible para
el lenguaje y la escritura vinculada a él, y la aparición del ser
humano transcurrieron 396 millones de años. Quien afirme que

— 242 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

éste exagera su importancia no debería ser considerado a la li-


gera como hereje. Si llegamos a estar dotados de razón, no
puede ser un error emplearla. Si las conclusiones que resultan
de dicho empleo no coinciden con lo que el ser humano ha
transmitido como herencia fantasiosa, le quedan entonces sólo
dos posibilidades: sacar las consecuencias de ello o persistir en
el mundo de sueños de su concepción insostenible. En el sis-
tema de vasos sanguíneos las capacidades aumentaron al am-
pliar la superficie a través de capilares, cada vez más ramifica-
dos. En el tubo digestivo esa capacidad se incrementó gracias
al aumento de la superficie absorbente, gracias a la formación
de vellosidades intestinales. Tal como nos muestran los anfi-
bios actuales, en el caso del pulmón la situación no fue dife-
rente. Inicialmente sólo aumentó el grado de evaginación del
intestino, convirtiéndose en una estructura alveolada (tabla 14,
fig. 2). En los reptiles vemos lo que sucedió en la serie de nues-
tros antepasados. El pulmón, como órgano de la obtención de
oxígeno y expulsión del dióxido de carbono, formó mediante
subdivisión en su interior cámaras suplementarias. En los ma-
míferos, por último, los canales se estrecharon cada vez más,
transformándose en pequeños canales en cuyos extremos se
disponen arracimadas pequeñas vesículas. Se trata de los al-
veolos pulmonares, rodeados de delicados vasos sanguíneos.
De este modo se produjo una extraordinaria ampliación de la
superficie del pulmón, de la superficie disponible para el inter-
cambio de gases. En el ser humano, su superficie es 50 veces
mayor que la de su cuerpo (tabla 14, fig. 3).
Con esto nos hemos adelantado un buen trecho en la evolu-
ción de nuestro órgano fonador y de nuestra escritura. El se-
gundo momento estelar en este camino evolutivo se produjo
hace 340-300 millones de años. Nuestros antepasados anfibios
todavía tragaban el aire, proceso que hoy podemos observar
perfectamente en las ranas. El aire es deglutido con la boca ce-
rrada a través de las vías de comunicación con la cavidad nasal,
las coanas, mediante el descenso del suelo de la cavidad bucal.
El aire que se encuentra en el interior del pulmón se comprime
en la cavidad bucal mediante la contracción de los músculos

— 243 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

abdominales, cerrando simultáneamente los agujeros de la na-


riz, en la que se mezcla el aire exhalado con el inhalado. Una
parte de este aire de mezcla es comprimido, por último, en el
pulmón, cuando la rana eleva el suelo de la cavidad bucal, con
lo que reduce ésta. Mediante la apertura de la boca y las osci-
laciones del suelo del paladar, la rana expulsa el resto. A con-
tinuación cierra la boca, abre los orificios nasales y comienza
el proceso otra vez. Este sistema de respiración no es muy efi-
caz, ya que el aire exhalado es inhalado por segunda vez a pesar
de estar enriquecido con dióxido de carbono. Sin embargo, este
hecho no es más problemático que el de la posición del corazón
de los anfibios, en cuyo ventrículo común se mezclan la sangre
arterial y la venosa (tabla 2, fig. 2).
Sólo cuando aparecieron los reptiles a partir de los anfibios,
es decir, los lagartos, las tortugas y las serpientes, mejoró la
desafortunada estructura. Esto se logró con ayuda de las costi-
llas, es decir, con huesos que soportaban y protegían y que no
guardan ninguna relación con la respiración. En los anfibios
actuales son cortas y sólo protegen al cuerpo contra las fuerzas
procedentes desde arriba. En los reptiles, sin embargo, son tan
largas que circundan la cavidad corporal, al mismo tiempo que
la amplían. En la cara anterior apareció una unión cartilaginosa
elástica, el esternón. Un proceso esencial fue que en estas cos-
tillas se insertasen músculos que transforman la caja torácica
en un fuelle, en un órgano auxiliar del pulmón. Este fue el se-
gundo momento estelar en el camino evolutivo de nuestro ór-
gano respiratorio y, al mismo tiempo, de nuestro órgano fona-
dor. La rana ya puede, mediante una laringe primitiva, compri-
mir el aire respiratorio, para lo cual la abertura laríngea se abre
y cierra. De este modo, croa de manera característica. Este mé-
todo no habría sido adecuado para que los seres humanos se
comunicaran entre sí. La transformación de la caja torácica en
un fuelle activo creó las condiciones necesarias. Su aparición,
el segundo momento estelar, tuvo lugar hace 340-300 millones
de años.

— 244 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

En nuestros antepasados mamíferos se produjo otro perfec-


cionamiento. Entre las cavidades torácica y abdominal apare-
ció, mediante la unión de los pliegues de la zona ventral y dor-
sal, el diafragma musculoso, que incrementa todavía más la efi-
cacia de este fuelle. Como debe aprender todo cantante, no sólo
se respira con la caja torácica sino también con el diafragma.
Con esta mejora aumentó la eficacia de nuestro fuelle, el pul-
món. Sin embargo, para la capacidad del habla lo decisivo fue
la aparición de una corriente controlada del aire inspirado y es-
pirado. El que expulsamos lo utilizamos además para la crea-
ción de los sonidos que nos ayudan a entendernos, si bien ésta
no es una ley válida en general. El rebuzno de un asno se ori-
gina por la inhalación del aire, al igual que el sonido penetrante
del avetoro o el canto de las alondras que ascienden por el aire.
Antes de ocuparnos del auténtico instrumento musical al
que sirve este fuelle, la laringe, es interesante plantearnos la
pregunta de cómo funciona en los insectos que conquistaron
también el medio aéreo. ¿Qué pasó con su voz? ¿Dónde está su
laringe, cuál es su fuelle?
Es muy instructivo saber que carecen de un auténtico fuelle.
Estos colonizadores del suelo y del aire han recorrido una his-
toria diferente, han dejado tras de sí una evolución distinta.
Quien crea en una fuerza planificadora con un objetivo con-
creto, debe llegar a la conclusión que el planificador se dedicó,
en este caso, en nuestro planeta, que es uno de los millones de
cuerpos celestes existentes, con gran paciencia a ensayar mo-
delos muy diversos. Mientras que los vertebrados tienen un es-
queleto interno, de lo que trataremos en el próximo capítulo,
los artrópodos lo tienen externo. Por consiguiente, no se trata
de huesos que soporten su cuerpo desde el exterior sino de una
coraza de quitina que los sostiene y, a la vez, les protege. Cual-
quier cangrejo nos la muestra, y en el suelo o en el aire la vemos
en sus parientes los insectos. Esta estructura conlleva ventajas
y desventajas. La ventaja de este camino evolutivo es que los
órganos de soporte realizan una función suplementaria. No
sólo mantienen a todos los órganos en su posición correcta y
brindan resistencia a la gravedad terrestre, sino que también

— 245 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

protegen al cuerpo, forman una coraza que les defiende de efec-


tos perturbadores y de sus enemigos. La función protectora y
de soporte de la coraza significa, con respecto a los vertebra-
dos, un ahorro esencial. Sin embargo, tiene varias desventajas.
Primero, está el problema de los elementos del desplazamiento.
Las patas necesitan articulaciones, algo nada sencillo en el caso
de una coraza externa (los herreros que en la Edad Media cons-
truían las armaduras para los caballeros se enfrentaron al
mismo problema). Tuvieron que aparecer por mutación articu-
laciones que brindasen libertad de movimiento a las extremi-
dades revestidas de tubos duros (tabla 15). Segundo, el pro-
blema del crecimiento. Una coraza externa de este tipo es un
tejido muerto segregado por las células, que no puede variar de
tamaño. Por este motivo los animales tienen que mudar, un pro-
ceso molesto y complicado que también lleva consigo grandes
riesgos. Cuando una langosta muda el caparazón, queda con su
blando cuerpo totalmente desprotegido frente a los enemigos.
Por esa razón son necesarios mecanismos del comportamiento
para que, primero, adquieran las sustancias de reserva necesa-
rias y, tras la muda, busquen refugio en una grieta estrecha
hasta que se forme el nuevo caparazón. La tercera es una des-
ventaja muy importante, que consiste en que la coraza limita el
tamaño del cuerpo. En el caso de los organismos pequeños esto
no constituye un problema especial, pero en el de los grandes,
sobre todo en tierra firme, la coraza se vuelve cada vez más
pesada. Este es el motivo por el cual en nuestro planeta no apa-
recieron abejorros del tamaño de águilas ni alacranes cebolle-
ros del tamaño de un elefante. El hecho de que hoy, en contra
de las fantásticas concepciones de las películas de ciencia fic-
ción, no puedan aparecer crustáceos o arañas gigantescas se
debe simplemente a que su desarrollo en el campo gravitatorio
de nuestro planeta no fue posible. La coraza externa impuso un
límite absoluto al desarrollo del tamaño, si bien en menor me-
dida en las aguas, donde el empuje ascensional sirve de ayuda,
y en mayor medida en el aire.

— 246 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Sin embargo, otra ventaja contrarrestaba todas estas des-


ventajas. Con el material que forma la coraza externa, la qui-
tina, se pueden construir conductos incomprimibles, lo cual
pudo ser uno de los motivos por el cual el problema de sumi-
nistro de oxígeno a las diversas células pudo solucionarse en
estos organismos pluricelulares de un modo distinto a como se
había hecho en los vertebrados. Los insectos conquistaron el
medio aéreo sin pulmones. Unos finos canales, las tráqueas que
se extienden desde el exterior del cuerpo, se ramifican en su
interior y conducen el oxígeno a todos los órganos del cuerpo.
Estos canales se endurecen gracias a capas de quitina y permi-
ten, al mismo tiempo, el intercambio gaseoso. En los insectos
también encontramos un líquido sanguíneo que penetra en los
intersticios hísticos y poseen asimismo un corazón que mueve
dicho líquido. Sin embargo, este sistema no precisaba hacerse
cargo de una función suplementaria de transporte de gas, ya
que para ello existe una red propia de canales. Desventaja: es-
tos canales no son adecuados para la producción de sonidos, al
contrario de lo que sucede con el pulmón.
El siguiente momento estelar en la evolución de la voz hu-
mana, de la escritura del hombre, es la aparición, al final de la
tráquea, de un instrumento musical, la laringe. Este final es un
punto débil en los vertebrados, ya que en él se cruzan las vías
respiratoria y de los alimentos. Si penetra comida en los pul-
mones, se bloquea su funcionamiento. Si entra aire en el estó-
mago es, por lo menos, incómodo. Por eso no es demasiado
sorprendente que en este punto débil, en este cruce apareciese,
tuviese que aparecer, un dispositivo que regulase simultánea-
mente el tráfico. Se desarrolló a partir de cartílagos formados a
partir de arcos branquiales involucionados. Se trata de la la-
ringe. Cuando se deglute la comida, unos músculos cierran la
entrada de la tráquea. Ésta se mantiene abierta gracias a estruc-
turas anulares, del mismo modo que lo hacen las tráqueas de
los insectos con los tubos de quitina. En los mamíferos, el apa-
rato de cierre va protegido por un cartílago situado por delante
suyo, el cartílago tiroides. Parece innecesario decir que estas
piezas que mantienen abierta la tráquea se formaron asimismo

— 247 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

a partir de restos de arcos branquiales. Otra mejora que apare-


ció en los mamíferos es la tapa de la laringe que regula aún
mejor el cierre de la abertura de la tráquea. En los anfibios,
dentro de la laringe se desarrolló, mediante pliegues a ambos
lados, una membrana que puede vibrar gracias a la corriente de
aire y que de este modo genera sonidos. Éstas son las llamadas
cuerdas vocales, que en realidad son pliegues y, por tanto, de-
berían llamarse «láminas vocales» y que se completaron du-
rante la época de la evolución de los reptiles. Se formó un com-
plicado sistema muscular que tensa más o menos dichas «cuer-
das». Éste fue el tercer momento estelar en el camino evolutivo
de nuestro lenguaje, que tanta importancia tuvo en nuestra con-
versión en seres humanos. Se produjo hace 250-220 millones
de años. Fueron así posibles las primeras emisiones de sonido
diferenciado, algo muy ventajoso para el reconocimiento de los
congéneres y de los compañeros sexuales, pero nada más. La
paciencia del creador invisible que, según piensan muchos, es-
peró a que se completase este camino evolutivo tan lento, es
inimitable. Estaba descansando, esperaba. Unos millones de
años no tenían ninguna importancia para él. A pesar de su meta
inequívoca, la cima de su acción, la creación a su imagen y
semejanza, se comportó paciente y no actuó para acelerarla.
Permanecía a la espera de lo que se producía a través de rodeos
arbitrarios y en pequeños pasos.
Volvamos a observar la situación en los insectos. Para ellos
también es importante el reconocimiento de los congéneres y
de los compañeros sexuales. No disponen de un fuelle central
que, además de su función principal, sea capaz de emitir soni-
dos. Tienen un esqueleto interno, poseen tráqueas, es decir, tie-
nen ventajas y desventajas respecto de los vertebrados. Una de
las desventajas es que sus tráqueas no son adecuadas para piar,
hablar y cantar. Tienen paredes duras. Sin embargo, durante los
movimientos del vuelo se retraen, pero no son tubos de órgano.
Por el contrario, la coraza externa rígida les abre otras posibi-
lidades de emitir sonidos. Los saltamontes y los grillos frotan
las alas, con lo cual rozan una placa que pasa por encima de un
borde afilado. Estos dispositivos se pueden desarrollar, sin más

— 248 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

problemas, por mutación. Los saltamontes mueven el ala de-


lantera y la rascan con el fémur como si se tratara del arco de
un violín. En las chicharras se formó en el primer segmento del
abdomen una especie de tímpano que oscila al ser tensado por
una serie de músculos. Una vesícula traqueal del abdomen ac-
túa como caja de resonancia. Cualquier visitante de las costas
mediterráneas conoce la intensidad con la que actúa este dis-
positivo.
Pero volvamos al ser humano. ¿Qué instrumento suplemen-
tario introdujo aquí el constructor divino para lograr la tan im-
portante comprensión oral? Ninguno. Si hemos de creer que
actuó, dejó de nuevo que las cosas siguieran su curso. Mediante
un especial desarrollo de los músculos situados en las cuerdas
vocales nos fue posible generar sonidos determinados en lími-
tes de oscilación estrechos. El cantante se gana la vida con esta
capacidad. Si no fuésemos mamíferos nos resultaría muy difícil
pronunciar la «O» y la «U». Con el fin de que las crías pudieran
mamar del pecho materno, los labios se configuraron de modo
que la abertura bucal se cerrara hasta formar un orificio re-
dondo. Todo esto se complica aún más con las consonantes, de
las que existe un gran número en los distintos idiomas. Sin la
colaboración de los dientes, del paladar, de la lengua y de la
cavidad nasal, no podrían formarse. Sin embargo, ninguno de
éstos apareció con la intención de colaborar en la formación de
la voz. Por decirlo de algún modo, todos los instrumentos au-
xiliares del habla humana no han sido creados intencionada-
mente, sino que son elementos prestados. Numerosas coinci-
dencias que se unieron en este caso de manera afortunada, ac-
tuaron positivamente en la formación del ser humano. Ni el
pulmón, ni la laringe, ni la lengua, ni los labios, ni los dientes
surgieron para llevar a cabo la función de la comprensión. La
cavidad bucal, la cavidad nasal y la cavidad torácica actúan
como cajas de resonancia. En el caso de los aulladores (prima-
tes), al igual que entre las ranas, se desarrolló una caja de reso-
nancia especial que les posibilita emitir sonidos de gran inten-
sidad. En el ser humano esta caja ha involucionado. Las falsas
cuerdas vocales superiores son un resto de ella.

— 249 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

¿Pero de qué sirve el mejor instrumento musical si carece-


mos de músico? El habla humana dispone de un instrumento
diferenciado para la generación de sonido como condición ini-
cial, pero esto no es todo. Nuestros parientes más cercanos, los
simios, son un claro ejemplo de ello. No son sonidos lo que
faltan sino cerebro. El cuarto momento estelar de la evolución
de la capacidad del ser humano para hablar se produjo hace 4-
2 millones de años, cuando su cerebro logró pensar, sacar con-
clusiones y dio origen a la conciencia del yo. En este proceso
un factor decisivo fue el gran desarrollo de la corteza cerebral.
Una de sus partes, el área de Broca, fue la responsable del em-
pleo práctico del instrumento fonador humano como elemento
de comprensión. Igualmente, un instinto innato de entenderse
mediante el lenguaje, que aparece tanto en el niño como en mu-
chos adultos.
Sin embargo, «hablar» es tan sólo una palabra, nada más.
¿Qué se esconde detrás de ella? ¿En qué se basa este proceso?
Como ya se ha dicho, en conceptos. Éstos se forman en anima-
les con un desarrollo intelectual superior, por ejemplo los pri-
mates. La gran variedad de formas que tienen aspecto de árbol
la engloban bajo el concepto «árbol», todo lo que es amarillo
lo incluyen en el concepto «amarillo» y todo lo que se mueve
abajo en el de «se mueve». Sin embargo, lo que su cerebro no
es capaz de hacer es relacionar estos «cajones» intelectuales
con una determinada serie de sonidos, con una «palabra». Para
ello sirvió la corteza cerebral muy desarrollada del ser humano.
Mientras que los mamíferos superiores desarrollaban concep-
tos averbales, el ser humano es capaz de formar conceptos ver-
bales. No sólo reconoce, gracias a la abstracción, la totalidad
de los fenómenos parecidos, sino que es capaz de ligar el resul-
tado de dicha abstracción a un símbolo de palabra. En nuestra
experiencia subjetiva este proceso es sencillo, pero en el niño
en desarrollo no lo es. En el ser humano adulto esta capacidad
se convierte en fundamento de su superioridad sobre los ani-
males.
¿Por qué adquirió tanta importancia la comunicación ver-
bal? Muy sencillo, porque le permite al ser humano transmitir

— 250 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

a sus descendientes las experiencias que, de lo contrario, desa-


parecerían con su muerte. Los animales también recogen expe-
riencias, pero no pueden transmitirlas. No existe ningún meca-
nismo conocido que permita transmitir las características ad-
quiridas al material genético de la célula germinal. Por lo tanto,
que los padres tengan más o menos experiencia es una cosa que
no se refleja en el acervo genético de sus descendientes. Este
conocimiento no se transmite al animal joven, que debe conse-
guirlo por sí mismo. Mediante el lenguaje, sin embargo, es po-
sible realizar la «herencia de las características adquiridas».
Una generación puede comunicar el tesoro de sus experiencias
a la siguiente. De este modo, cada individuo no debe empezar
cada vez desde el principio y los mecanismos de la conducta se
transmiten. Dado que mediante estos últimos también es posi-
ble crear estructuras que se las utilice para fines determinados
y aumenten el poder, por ejemplo, herramientas o máquinas, la
fabricación de órganos suplementarios obtenidos artificial-
mente es también transmisible de padres a hijos y de maestros
a discípulos. Es una evolución cuyos efectos no tienen límites.
La experiencia ya no se pierde. El individuo deja de ser, en
sentido estricto, un individuo. Su conocimiento, sus experien-
cias, permanecen y se continúan en otros seres humanos. Junto
al material genético, que sólo puede cambiar por mutación,
aparece otro mecanismo director, el cerebro, que habla y trans-
mite sus experiencias a otros. Presenta una desigual capacidad
de adaptación, de transmitir lo que ha obtenido de modo indi-
vidual a su descendencia. Este es el cuarto momento estelar en
la evolución de nuestros órganos respiratorios, de nuestros ór-
ganos fonadores. Se transforman en unidades auxiliares de algo
completamente distinto. Se convierten en complementos, en
ampliaciones fundamentales del material genético. Esta capa-
cidad apareció hace 2-1 millón de años. Gracias a este mo-
mento estelar, el ser humano se convirtió en humanidad, el in-
dividuo en colectivo.
Apareció la transmisión oral. Surgieron costumbres que se
mantuvieron, nacieron los usos. Se construyeron escuelas en

— 251 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

las que se transmitía el saber a los niños, con lo que éstos go-
zaban de un punto de partida nuevo. No tenían que comenzar
faltos de experiencia, ya que se les transmitía una cantidad
siempre creciente de experiencias, de conocimientos prácticos
y teóricos. Sin embargo, el ser humano no se volvió por ello
más pacífico. En la actualidad, y desde siempre, se ha esfor-
zado por evitar los conflictos y las guerras, que han aparecido
constantemente. Se predica el ideal del amor al prójimo y los
fundadores de las religiones lo defienden con tanto ahínco
como falta de éxito. Sin embargo, no aminoran las disputas y
los conflictos violentos no disminuyen. Cualquier individuo
posee todas las razones para la conciliación, para superar los
motivos de conflicto, ya que lo que es se lo debe a una gran
cantidad de predecesores de los que apenas sabe nada. Muy
pocos son capaces de profesar un amor universal al prójimo,
siendo muchos más los que sienten un agradecimiento global.
Mientras continuemos considerando las casas, los sillones y las
calles como algo dado, algo evidente, no tendremos solución.
Todo esto y mucho más, y, en último término, tampoco el len-
guaje, no lo hemos creado nosotros mismos sino que nos ha
sido regalado. Un regalo que está próximo a la conciliación.
Sin la gran cantidad de otros antecesores, casi todos ellos com-
pletamente desconocidos, a los que debemos todo aquello que
constituye en la actualidad nuestra vida, no seríamos nada. Se-
ríamos menos aptos para la vida que un animal. Cada uno de
nosotros se encuentra, en el momento de su nacimiento, en
cierta medida, sobre un pedestal y todos deberíamos recono-
cerlo así. Pero sólo unos pocos son conscientes de ello. Lo que
se encuentra se considera evidente. Lo que no responde a los
propios deseos se transforma en un acicate para la crítica y la
agresión. Sin embargo, si contemplamos cómo surgió todo, en-
tonces las cosas tienen otro aspecto.
El quinto y último momento estelar en esta evolución fue
la aparición de la escritura hace aproximadamente 5.000 años.
El descubrimiento realizado por nuestra mente de transformar
las palabras en materia equiparó la escritura al material gené-
tico. Lo mismo que éste se divide y comunica sus instrucciones

— 252 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

a los descendientes, las instrucciones escritas permanecen in-


cluso mucho tiempo después de que el individuo muera. En
esto, precisamente en este hecho, se basa en primer término el
progreso humano, la técnica del hombre, la civilización y la
cultura. Así fue cómo se transformó la multitud de los hombres
en «humanidad». Así fue cómo apareció la ciencia, emergió la
herencia común, sobre la que se puede basar el progreso futuro.
«Al principio fue el verbo.» Con esto quiere expresarse se-
guramente que al principio había una fuerza dirigida hacia una
meta y dotada de voluntad que dictaba el desarrollo. Los resul-
tados de la investigación no apoyan esta concepción. Lo que se
esconde detrás de este poderoso desarrollo es completamente
incierto. Cuál pueda ser su utilidad es un misterio. De todos
modos existe. Y ésta es precisamente nuestra ventaja en tanto
en cuanto no concibamos nuestra existencia, nuestra concien-
cia, como un valle de lágrimas y un tiempo en el que se nos
somete a prueba. Existimos, esto es lo único concreto en reali-
dad. Nuestro espíritu nos ofrece la posibilidad de investigar
nuestro devenir con detalle. Durante dicha investigación se de-
muestra que muchas de las concepciones entrañables que nos
han sido transmitidas desde antiguo son sólo el fruto de una
imaginación muy rica y nada más. El hecho de que tras esta
existencia y de este universo se esconde una «causa», un «mo-
tivo», no debería cuestionarlo ningún pensador. Sin embargo,
que seamos la meta y el centro de esta voluntad es cada vez
más improbable. Nuestra vida, en cuanto a su sentido o falta de
él, no varía por ello en lo más mínimo. Nuestra existencia ni
gana ni pierde importancia. Incluso aunque no seamos el ser
mimado de un director invisible, tenemos muchos motivos para
estar satisfechos de existir. Lo que hagamos con nuestra exis-
tencia depende de nosotros. Para ello tan sólo puede servirnos
de ayuda una visión realista de la estructura que constituye
nuestro yo y de aquella otra de la cual está formada.

— 253 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

XII. LA PIEL Y LOS HUESOS

Se calcula que el número de células que constituyen el


cuerpo humano es de unos 60 billones, es decir, 60 millones de
millones, una cifra considerable. En la actualidad viven en el
mundo unos 5.000 millones de seres humanos. De acuerdo con
los cálculos aceptados generalmente, en el año 1900 éramos
2.000 millones, en 1700 unos 600 millones, en la época del na-
cimiento de Cristo unos 160 millones y 7.000 años antes de
Cristo unos 10 millones. Si se considera que la edad media de
una generación son 20 años, se obtiene un número total de seres
humanos para las épocas históricas de aproximadamente
150.000 millones. Así pues, puede concluirse que el cuerpo de
cada ser humano comprende unas 400 veces más células que
hombres han vivido desde el año 7000 antes de Cristo.
Cada una de las células de esta enorme aglomeración que
compone el cuerpo humano —a excepción de los eritrocitos,
que no son células verdaderas dotadas de un núcleo— es, como
ya señalamos, capaz de dar lugar, en principio, a cualquier te-
jido u órgano. En su núcleo, cada una de estas células alberga
todo el material genético, es decir, las instrucciones para el
desarrollo de todas las células. Es precisamente este material
genético el que permite que una célula ayude al proceso de apa-
rición de la nariz, mientras que otra participa en el de los
músculos, los huesos, los vasos sanguíneos o cualquier otra es-
tructura funcional. En el presente capítulo vamos a tratar de
aquellas células que dan lugar a los órganos que reciben los
nombres de huesos y piel.
Primera cuestión: ¿qué relación guardan entre sí dichos ór-
ganos? Externamente no tienen casi nada en común. Los hue-
sos constituyen nuestro esqueleto, son para nosotros el símbolo
de la muerte, ya que, además de los dientes, son lo único que
queda de nosotros. El resto del cuerpo se corrompe o, dicho

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

con mayor exactitud, se convierte en alimento para las bacte-


rias de la putrefacción y otros seres vivos. Nuestra piel está más
próxima a nosotros, reviste nuestro cuerpo y lo limita frente al
entorno. Es sensible y la protegemos y cuidamos. Es el órgano
del tacto. Las mujeres la suavizan con ayuda de polvos, y me-
joran su aspecto mediante el maquillaje. El ser humano pali-
dece de miedo, y las chicas enrojecen de pudor. Millones de
turistas yacen al sol durante el verano para dorarse al máximo.
A los negros se les reconoce por su piel oscura. Las quemadu-
ras se cuentan entre las lesiones más horribles.
Desde el punto de vista funcional, por el contrario, la piel y
los huesos se conciben como una unidad en la que a menudo
uno apoya al otro, haciéndose cargo de sus tareas. La función
de los huesos es el soporte del cuerpo, pero la piel (o la cutí-
cula) también puede servir de sostén, como nos lo demuestra
el ejemplo de los crustáceos o los insectos y el de las tortugas
entre los vertebrados. La función de la piel es la protección, y
para ello forma escamas, pelos y corazas. Sin embargo, los hue-
sos pueden ayudar en esta función, como por ejemplo, el crá-
neo, que protege nuestro órgano más sensible, o las costillas,
que lo hacen con el corazón y los pulmones. Por esa razón se-
guiremos el camino evolutivo de ambos órganos, la piel y el
esqueleto, de manera conjunta.
La piel es la estructura más antigua, pues, en un sentido
amplio, incluso los organismos unicelulares poseen una, aun-
que se trata de una membrana flexible constituida sólo por al-
gunas moléculas. Las fuerzas de la tensión superficial ayudan
a su formación, y gracias a dichas fuerzas una gota de agua
también dispone de una membrana que permite sin más el paso
de un grano de polvo. En este caso actúan fuerzas de enlace
moleculares de tal naturaleza que permiten el paso de determi-
nadas sustancias, impidiendo el de otras. Esta finísima mem-
brana es menos una protección contra agentes externos que una
especie de filtro que sólo permite el paso de lo deseado, impi-
diéndoselo a lo no deseado, incluso aunque se aplique energía
para ello. Otras membranas constituyen en el protoplasma de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

la célula una estructura compleja, convirtiéndose así en órga-


nos de sostén. En el caso de las plantas pluricelulares se forman
paredes sólidas que brindan protección y soporte. Sobre todo
en tierra, donde las plantas crecen luchando entre ellas por con-
seguir el sol y, por consiguiente, deben elevarse lo más posible,
tiene especial importancia la existencia de esta pared celular
constituida por celulosa. Cuando, en contra del gradiente os-
mótico, absorbe líquido, genera una sobrepresión interna que
convierte a la célula en un material de construcción capaz de
oponer resistencia. En el caso de las plantas que alcanzan un
mayor desarrollo, las paredes celulares se refuerzan y vuelven
más densas con la inclusión de sustancias sólidas, es decir, se
lignifican. En las células se almacenan también las materias de
desecho, muriendo y dando lugar al material elástico que com-
pone los troncos y las ramas. De este modo, las membranas y
las paredes constituyen, de forma directa o indirecta, el esque-
leto de sostén de las plantas.
En los animales la situación es distinta. Tienen necesidad
de desplazarse para perseguir y atrapar a la presa, motivo por
el cual las paredes celulares de celulosa no les resultarían úti-
les. También disponen de una pared celular que, sin embargo,
es más delgada, sensible y elástica. Mediante órganos celulares
especiales, las tonofibrillas, las diversas células se agrupan en
una estructura pluricelular. Las células que revisten al orga-
nismo pluricelular se especializan, primero, en la formación de
una membrana monoestratificada. El anfioxo, que es uno de
nuestros parientes más antiguos, nos muestra hoy un epitelio
sencillo de este tipo. En el subsiguiente proceso evolutivo,
tanto entre los vertebrados como entre los restantes metazoos
agrupados bajo el nombre de invertebrados, se formó más
tarde, por caminos diferentes, una membrana estratificada, cu-
yas células se especializaron para la protección y la defensa.
Entre nuestros parientes más antiguos, los erizos de mar nos
muestran cómo las células de la hipodermis segregan placas de
cal, formando así púas de gran eficacia. En los gasterópodos,
los moluscos y los crustáceos las células cuticulares forman
impresionantes corazas. También entre los peces más antiguos

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

y carentes de mandíbulas se formó una coraza cutánea, lo


mismo que en los placodermos (tabla 5). Estos últimos apare-
cieron hace unos 450 millones de años y se extinguieron hace
unos 300 millones de años. Para los animales depredadores, la
coraza representa toda una serie de inconvenientes. Dificulta
los movimientos y el intercambio gaseoso con el entorno, re-
duce el contacto sensorial y aumenta el peso. Los placodermos
tenían dura sólo la parte delantera, mientras que la porción de
la cola que les propulsaba no lo era. Si habían desarrollado ojos
y aletas pectorales móviles, disponían de orificios. Parientes de
estos peces, antepasados de los tiburones actuales, alcanzaron
una solución mucho mejor. Formaban asimismo una coraza, si
bien constituida por diminutas placas situadas imbricadas, a las
que llamamos escamas. Una coraza de este tipo es móvil y
puede extenderse a lo largo de todo el cuerpo. Sin embargo,
durante la conquista de la tierra firme resultó ser muy pesada y
constituyó una desventaja. Tan sólo en el borde de la boca,
donde dieron lugar a los dientes, dichas escamas perduraron
hasta el ser humano (tabla 3). Los anfibios actuales nos mues-
tran cómo estas placas, que en el agua habían constituido una
ventaja, involucionaron por completo. En su caso, las secrecio-
nes mucosas se convirtieron en otra forma de defensa. Estos
animales son escurridizos, se zafan con facilidad. Sin embargo,
en sus descendientes los reptiles surgieron más tarde, a partir
de una sustancia córnea ligera, de nuevo placas. Mientras que
las escamas de los tiburones y de los teleósteos aparecían total
o parcialmente a partir de los estratos celulares inferiores, la
piel de muchos reptiles (lagartos y serpientes) se forma exclu-
sivamente a partir de las capas celulares superiores, la epider-
mis. En los mamíferos estas escamas experimentaron una re-
gresión, debido, en buena medida, a su paso a la homeotermia,
ya que para la regulación térmica se precisa un contacto lo más
directo posible entre la piel y el aire para que, cuando se pro-
duzca un sobrecalentamiento interno, pueda generarse frío por
sudación y evaporación y sea así posible reducir la temperatura
de la sangre. Uno de los mamíferos primitivos cuyos descen-
dientes han llegado hasta la actualidad, los pangolines, nos

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

muestra un cuerpo completamente cubierto por una coraza de


escamas. En los restantes mamíferos esa coraza es sustituida
por un revestimiento protector de pelos, de cuya aparición tra-
taremos más adelante como de un momento estelar especial.
Con ello no se han agotado todavía las funciones de las cé-
lulas de la piel. Otra posibilidad de defenderse de los ataques
de los enemigos la constituyen las glándulas venenosas. In-
cluso aunque no puedan ayudar al animal apresado sino tan
sólo dañar al atacante, resultan ya útiles en este aspecto. La
mayoría de los depredadores tienen la capacidad de aprendizaje
y en el futuro evitan un alimento tan indigesto. O bien, y esto
resultó ser mucho más importante, los depredadores alcanzan,
con el correr del tiempo y la sucesión de las generaciones, me-
diante modificaciones en su material genético, mecanismos in-
natos de reconocimiento que les avisan después, de manera ins-
tintiva, de la presencia de presas venenosas. Muchos indivi-
duos quedan así en el camino, pero al final la secreción de ve-
neno se convierte en una defensa eficaz. Junto a dichas glán-
dulas venenosas, se formaron células epiteliales, las menciona-
das glándulas sudoríparas (en la piel del ser humano hace 2 mi-
llones de años), así como glándulas sebáceas que segregan una
sustancia grasienta importante para el cuidado de los pelos y
las glándulas odoríferas que trataremos en especial cuando nos
ocupemos del pelo. Además de esto, se tienen los numerosos
órganos sensoriales de la piel: en el ser humano los 3 millones
de los que dispone, tanto unicelulares como pluricelulares, le
sirven para avisarle de la presión, el frío, el calor, el dolor y de
los estímulos gratos y de otro tipo. Contemplado desde este
punto de vista, la piel, en su conjunto, está lejos de ser un ór-
gano sencillo. Las células que la constituyen cumplen cometi-
dos muy diferentes y a través de un largo camino evolutivo lle-
garon a la formación de estructuras funcionales muy distintas.
Como primer momento estelar de dicha evolución, que con-
templamos junto al de los huesos, debe considerarse el instante
en que en los organismos primitivos más sencillos se formó,
gracias a moléculas adecuadas, la primera membrana protec-
tora. Evidentemente, esto sucedió mucho antes de la aparición

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de las primeras células anucleadas, antes de la aparición de las


primeras plantas y animales, es decir, hace unos 3.800-3.500
millones de años.
El segundo momento estelar se refiere a la evolución que
condujo a la formación de los huesos de nuestro esqueleto in-
terno y se sitúa hace 1.200-1.000 millones de años. Por aquel
entonces, en los organismos pluricelulares sencillos, determi-
nadas células se especializaron en mantener unido el cuerpo
desde el interior. Como ya hemos señalado, en la célula aislada
esta función la cumplían membranas que formaban una estruc-
tura llamada retículo endoplasmático, y entre los metazoos
otros orgánulos celulares, las tonofibrillas, se ocupaban de la
unión de las diversas células. Sin embargo, en los organismos
animales pluricelulares de mayor tamaño esto no bastaba para
conseguir que el cuerpo se mantuviese unido y se sostuviera.
Por consiguiente, células de tejido conjuntivo (fibroblastos) es-
féricas o estrelladas, que se formaron entre la piel y el tubo di-
gestivo, asumieron otras funciones. Están dotadas, al igual que
algunas amebas, de apéndices largos y segregan sustancia ge-
latinosa formando en su interior un tejido de fibras más o me-
nos denso. Hay una gran variedad de tipos, unen los órganos
entre sí, llenan los espacios vacíos, ayudan a cerrar las heridas,
regeneran partes perdidas o dañadas, forman (entre la piel y los
músculos) una capa elástica y están presentes y dispuestas en
cualquier lugar del marco de la gran comunidad celular para
llevar a cabo los servicios requeridos. Cuando nos lavamos con
una esponja de baño natural, lo estamos haciendo con el esque-
leto fibroso primitivo de este animal elaborado por sus fibro-
blastos. Mientras este animal sésil con aspecto de planta vive,
su sistema de cavidades laberínticas está revestido de células
especializadas y su superficie externa de un epitelio celular.
Mueren cuando la esponja es arrancada del fondo marino y sa-
cada al aire, pudriéndose asimismo las células del tejido con-
juntivo. Lo que queda es el tejido de fibras creado por ellas.
Cuando un ser humano envejece, su piel se arruga, ya que los
tejidos conjuntivos han perdido su fuerza y elasticidad. En los
primeros meses de vida el embrión está constituido en buena

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

medida por fibroblastos. Entre sus tareas especializadas más


sorprendentes están su participación en la córnea del ojo y la
formación del humor vítreo del interior de éste. Algunos de
ellos se desplazan como amebas por el interior del cuerpo: son
los linfocitos, grupo al que pertenecen también los glóbulos
blancos. En efecto, todo el sistema linfático está formado por
células de tejido conjuntivo. También los tejidos adiposos es-
tán formados por ellas. Los tejidos cartilaginosos y los huesos
de nuestro esqueleto son estructuras muy especiales, y con ello
llegamos al tercer y cuarto momentos estelares.
Los primeros cartílagos se formaron en la serie de nuestros
antepasados, tercer momento estelar, hace 700-500 millones de
años en nuestros antepasados peces. El cartílago se forma a
partir de células de tejido conjuntivo por deposición de sustan-
cias más duras en la sustancia intermedia gelatinosa segregada
por él y por un entrelazado cada vez más intenso de las fibras
que lo cruzan. El material elástico así formado se amplía, mien-
tras que las células constituyentes quedan cada vez más sepa-
radas. Al final están totalmente aisladas unas de otras, tan sólo
alimentadas mediante finos conductos linfáticos. Los vasos
sanguíneos no penetran en los cartílagos. El esqueleto de los
tiburones y de las rayas es de esta sustancia. Del mismo modo,
en todos los vertebrados, y con ello también en el ser humano,
el esqueleto del embrión está constituido inicialmente por car-
tílago. En el transcurso del desarrollo posterior, éste es susti-
tuido, pieza a pieza, por células óseas, osteoblastos. También
aquí podemos leer en el desarrollo del embrión cómo se pro-
dujo, en el pasado remoto, la evolución, cómo el esqueleto car-
tilaginoso original se transformó lentamente en un esqueleto
óseo. Sin embargo, no todo se osifica, en el cuerpo humano
existen todavía muchos elementos cartilaginosos, como, por
ejemplo, el soporte de las orejas o el de la nariz prominente,
toda la laringe, las superficies articulares de los discos inter-
vertebrales, las de los huesos huecos, las piezas elásticas de
unión entre las costillas y el esternón, el menisco de la rodilla,
los anillos de soporte de la tráquea y algunos otros. En los seres
humanos tiene especial importancia la sínfisis, una hendidura

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

situada entre las porciones planas de la pelvis. Discurre por de-


lante, en la línea media, y está recubierta por una sustancia car-
tilaginosa facilitando el parto en la mujer. Cuando el feto es
expulsado del cuerpo de la madre mediante las contracciones
musculares de la matriz, debe pasar a través del estrecho cuello
de la pelvis, lo que se ve dificultado por el gran desarrollo del
cerebro humano y, con ello, de la cabeza. La estructura elástica
de la sínfisis sirve, pues, de ayuda durante el parto; además, en
el recién nacido el esqueleto craneal está formado, en buena
medida, por tejido conjuntivo, razón por la cual es deformable.
Sólo al alcanzar los veinte años de edad se completa definiti-
vamente la osificación del esqueleto humano.
El siguiente momento estelar en el camino evolutivo del es-
queleto de soporte interno fue, hace 400-380 millones de años,
el reforzamiento de las estructuras cartilaginosas mediante los
osteoblastos. Éstos ya habían formado en los antepasados sin
mandíbula las corazas externas y ahora participaban en la cons-
trucción del esqueleto interno. El proceso seguido no consiste
en que un fibroblasto vaya acumulando cada vez más sustancia
calcárea hasta convertirse en un hueso. Dado que el fibrocito
se encuentra inmerso como una isla en el material que ha
creado, una vez concluida su elaboración apenas puede influir
sobre esta estructura. La situación es totalmente distinta en las
células que dan lugar a los huesos. Por muy duros, muertos y
pétreos que puedan parecemos éstos, están llenos de vida, son
una «piedra» de constitución orgánica que, además, posee la
capacidad de crecer y variar su forma. Una prueba de ello la
constituye la curación de cualquier rotura ósea.
Los huesos se originan de dos maneras: por formación di-
recta a partir de tejido conjuntivo, como ocurría entre los pla-
codermos y como sucede con los huesos que encierran nuestro
cerebro en un cráneo, o mediante el desplazamiento y la susti-
tución de la estructura cartilaginosa, proceso que se verifica en
todos los huesos de nuestros brazos y piernas, en los de la co-
lumna vertebral y de las costillas.

— 261 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

La capacidad de las células de «rediferenciarse» ayuda a


muchos animales a cambiar su estructura, en especial a los in-
sectos en el curso de la metamorfosis. La oruga se convierte en
pupa y, siguiendo determinados mecanismos genéticos, su
cuerpo experimenta una total transformación, saliendo de la
oruga la mariposa cuya estructura es por completo diferente.
Durante este proceso se eliminan tejidos y se construyen otros,
es un proceso muy riguroso pero apacible y que discurre con-
forme a un plan. La cuestión es diferente en el caso del despla-
zamiento y sustitución de los cartílagos por parte de los huesos.
No se trata, en este caso, de una pacífica carrera de relevos en
la que uno cede el puesto al siguiente concursante. Los fibro-
blastos se disuelven y son eliminados, aunque no sin resisten-
cia, pues continúan multiplicándose todavía hasta ser total-
mente arrollados. Durante el proceso los vasos sanguíneos se
convierten en aliados de los osteoblastos. Mientras que rodean
todos los cartílagos en una especie de malla y dejan su alimen-
tación en mano de la linfa que penetra en los intersticios celu-
lares, los osteoblastos (las células generadoras de tejido óseo)
son apoyados de forma activa por los vasos sanguíneos, mar-
chan juntos y unidos y continúan estándolo después de la lucha
victoriosa, existiendo una estrecha vinculación entre ellos. La
estructura cartilaginosa se deshace y la sangre aporta constan-
temente el oxígeno necesario para ello. Al igual que los fibro-
blastos, sus «antecesores», los osteoblastos tienen también el
aspecto de amebas dotadas de finas prolongaciones. Su forma
se parece a la de las células ganglionares menos ramificadas
del cerebro. Al igual que éstas, las prolongaciones largas se
unen entre sí, si bien en este caso no para transmitir señales
sino para la mutua alimentación. En el espacio que se encuentra
entre estas finas prolongaciones se segrega en primer lugar una
sustancia de tejido conjuntivo gelatinosa, atravesada de fibras,
y más tarde se deposita cal.

— 262 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

TABLA 15. Esqueleto interno o externo: una pequeña causa de


grandes consecuencias
Figuras: 1 pata posterior de un insecto (chinche de las plantas) con esque-
leto externo, 2 pata posterior de un vertebrado (rana) con esqueleto in-
terno. a = cubierta quitinosa, b = músculos en el interior del tubo de qui-
tina, c = articulación, d = hueso, e = músculos insertos en un hueso.
La formación de organismos pluricelulares de mayor tamaño sólo fue po-
sible cuando produjeron órganos que mantuvieron unidas los miles de mi-
llones de células que forman su cuerpo. Existían tres posibilidades. En
primer lugar: un tejido de sostén lo más compacto posible. En segundo
lugar: una cubierta rígida que sujeta el cuerpo desde el exterior (exosque-
leto). Y en tercer lugar: puntales rígidos en el interior del cuerpo (esque-
leto interno).
La primera posibilidad se plasmó en los moluscos, que, sin embargo, sólo
podían formar cuerpos de cierto tamaño en el medio acuático en el que el
empuje del agua neutraliza la fuerza de la gravedad. Los calamares, que,
salvo la pequeña pluma interna, carecen de esqueleto y, sin embargo, tie-
nen tentáculos de hasta 10 metros de largo (calamares gigantes), alcanza-
ron aquí una gran eficacia (tabla 4). La segunda posibilidad se realizó en
los artrópodos: los crustáceos en el agua y los arácnidos y los insectos en
el medio aéreo. Su cuerpo está rodeado de una coraza de quitina, que en
el agua lleva depósitos calcáreos, que protege a la colonia celular y, al
mismo tiempo, le sirve de sostén (1). Lo mismo que sucede con toda fun-
ción doble, esto supone un ahorro y, por lo tanto, una ventaja. Sin em-
bargo, en la tierra firme donde la fuerza de la gravedad actúa plenamente,
la coraza se convirtió en un factor limitante. Cuando aumenta el cuerpo,
el volumen y el peso crecen más (a 3) que la sección de las piezas (b 2) que
lo soportan. Por esa razón, los crustáceos pudieron alcanzar en el agua
dimensiones notables (langostas, bogavantes), mientras que los insectos y
los arácnidos que vivían en tierra tenían un límite a su crecimiento. Esto
limita asimismo el número posible de células cerebrales y con ello la po-
sibilidad de alcanzar una inteligencia superior (cf. págs. 186-187).
La tercera posibilidad se hizo realidad en los vertebrados: el esqueleto in-
terno cartilaginoso u óseo (fig. 2). Para doblar, contraer o estirar (b, e) las
patas, los músculos deben seguir en este caso un curso distinto, presen-
tando menor complicación el problema de las articulaciones (c). Una pe-
queña causa de grandes consecuencias: los protóstomos (tablas 5 y 9) ad-
quirieron en una fase temprana de su evolución un sostén orgánico me-
diante tejidos compactos o formación de corazas y, por consiguiente,
cuando algunos de sus representantes conquistaron la tierra firme 700 mi-
llones de años más tarde, no pudieron formar cuerpos de gran tamaño. Por
el contrario, dentro del grupo de los deuteróstomos, los protocordados ad-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

quirieron el sostén del cuerpo mediante un esqueleto interno. Los verte-


brados descendientes de ellos continuaron esta evolución y, cuando colo-
nizaron la tierra, pudieron formar cuerpos grandes y, por tanto, cerebros
de mayor tamaño con muchos más ganglios. Este fue el requisito esencial
para que a partir de esta línea evolutiva, 800 millones de años después de
la formación del esqueleto interno, pudiera aparecer un ser vivo con una
capacidad intelectual superior al promedio: el ser humano.

1. Pata de in-
secto

2. Pata de rana

Todos los huesos tienen en común, independientemente de


su modo de aparición, el hecho de estar revestidos por una capa
muy calcificada y por ello muy dura. En su interior se encuen-
tra un entramado de trabéculas denominado tejido esponjoso.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Sin embargo, esta denominación no hace justicia a la resisten-


cia y la utilidad de estas trabéculas. En los huesos sometidos
en determinada dirección a tensiones o tracciones, las trabécu-
las se alinean del mismo modo que las colocaría un técnico ba-
sándose en cálculos estadísticos. Más aún: al romperse un
hueso, si varía esa dirección de la fuerza aplicada, las trabécu-
las se adaptan a las nuevas líneas de tensión. Este ejemplo
muestra en qué medida el hueso está dotado de mayor vida y
eficacia que sus antecesores, y «oponentes», los cartílagos.
Más sorprendente todavía es la perfecta disposición regular
en el interior de la superficie exterior dura del hueso, el tejido
compacto. Los osteoblastos forman alrededor de los vasos san-
guíneos estructuras columnares que se vuelven más densas al
depositarse sobre ellas capas concéntricas, hasta unirse for-
mando bloques con las columnas próximas. Mediante los ca-
nales transversales que conducen hacia el exterior del hueso, se
facilita la comunicación con los sistemas circulatorio y ner-
vioso central. Los huesos largos de los brazos y las piernas es-
tán huecos por dentro. En esta cavidad interna se encuentra la
médula ósea, que durante el desarrollo embrionario es el lugar
de formación de los glóbulos rojos, y más tarde un almacén de
energía en forma de grasa. Teniendo en cuenta todo esto, el
hecho de que toda esta compleja estructura pueda crecer, es de-
cir, variar su tamaño, resulta muy misterioso. Si los cambios
genéticos acaecidos en la evolución de los vertebrados no hu-
bieran creado esta facultad, no existiríamos.
Los huesos crecen: comparando el esqueleto de un recién
nacido con el de un adulto se ve en las diferencias de tamaño
las transformaciones producidas. Los polifacéticos fibroblastos
no sólo forman osteoblastos sino también osteoclastos, células
destructoras del tejido óseo. Durante el crecimiento de un
hueso largo los osteoclastos destruyen en su interior vacío la
artística estructura de columnas, mientras que por fuera, simul-
táneamente, los osteoblastos construyen otras nuevas. Si toma-
mos con la mano un hueso largo seco, parece un trozo de piedra
de forma muy característica. En realidad, en su interior hay
vida. Su crecimiento es igual de dramático que su nacimiento

— 265 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

por sustitución del tejido cartilaginoso, su adaptación a la pre-


sión y tracción a las que está sometido. Durante el desarrollo
del niño, los huesos deben cumplir constantemente su función,
a pesar de los cambios de forma. ¿Cómo aumentan de longitud
los huesos largos? Mediante la destrucción por dentro y la
construcción por fuera lo único que puede suceder es el au-
mento del diámetro. También en este caso debe buscarse una
explicación en los cambios genéticos. Cerca de las articulacio-
nes estos huesos poseen una zona cartilaginosa que se trans-
forma en sustancia ósea cuando el aumento de longitud del
hueso se ha completado, es decir, entre los 18 y los 20 años de
edad del individuo. Hasta entonces, se forman en estas zonas
de crecimiento todos los osteoblastos nuevos que se requieren.
Es evidente que los nervios y las hormonas deben ejercer un
control constante, ya que los animales en los que las dimensio-
nes de los miembros fuesen diferentes no resultarían aptos para
las exigencias de la vida y de la lucha por la competencia. Ade-
más de ello, el volumen y el peso de un cuerpo aumentan con
el cubo y la sección de las superficies de soporte sólo con el
cuadrado. Por este motivo, la dimensión de los huesos de los
animales pequeños es completamente distinta al de los grandes,
lo que hace que en el elefante los huesos sean proporcional-
mente más resistentes que en la musaraña. De este modo, en el
niño las relaciones son también distintas a las que existen en
los adultos.
Esto nos lleva de nuevo a las plantas pluricelulares, cuyo
esqueleto de soporte comentamos al comienzo de estas consi-
deraciones. Un viejo roble necesita un tronco de diferente gro-
sor que un ejemplar joven. Por consiguiente, al crecimiento de
los árboles se le imponen en este mismo contexto los mismos
límites que al de los vertebrados, si bien sólo en tierra. En él
agua, el empuje reduce en gran medida, o incluso elimina, el
efecto de la fuerza gravitatoria. Así pudieron desarrollarse en
las aguas mamíferos de 30 metros de longitud y hasta 100 to-
neladas de peso, las ballenas que regresaron al mar. Sin em-
bargo, tienen el mismo número de vértebras que una musaraña
o una jirafa. No obstante, estos huesos se adaptaron, mediante

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

innumerables variaciones del material genético, a las condicio-


nes de vida imperantes en cada caso. Algunos huesos involu-
cionaron y otros se fundieron con otros, pero, en principio, to-
dos los vertebrados están dotados de la misma estructura ósea.
Nos enfrentamos, por lo tanto, a una evolución larga y com-
pleja, cuyo primer momento estelar fue la aparición de una
membrana de revestimiento. Se completó dando lugar a la
membrana celular, que se convirtió, en las plantas pluricelula-
res, en órgano de sostén, a partir de la cual, en el posterior desa-
rrollo, apareció el material de construcción para un esqueleto
de soporte interno.
En los animales, esta membrana mantuvo la función de pro-
tección, asumiendo las células formadas cada vez más funcio-
nes nuevas. A lo largo de mucho tiempo, hasta los reptiles, fue-
ron apareciendo nuevas estructuras y funciones, si bien esto no
constituyó un nuevo momento estelar determinante para noso-
tros, los seres humanos. En el esqueleto interno se produjeron,
durante este período, muchas más cosas. Según hemos indi-
cado ya, el segundo momento estelar de nuestro camino evolu-
tivo fue la aparición de los polifacéticos fibroblastos. El tercer
momento estelar fue la aparición del tejido cartilaginoso que es
capaz ya de sostener grandes cuerpos. El cuarto momento es-
telar, el ataque de los osteoblastos, que, en combinación con el
sistema circulatorio sanguíneo y el sistema nervioso, creó un
esqueleto interno tan duro como apto para los cambios. El
quinto momento estelar afecta de nuevo a un paso evolutivo de
la piel. El paso a la homeotermia produjo un giro decisivo. El
peligro de un excesivo enfriamiento es aquí mucho menor que
el de un sobrecalentamiento. La presencia de una coraza pro-
tectora seguía siendo necesaria, pero no debía perturbar el in-
tercambio de gases con el entorno. En los mamíferos la solu-
ción al problema vino de mano del revestimiento de pelos, y en
las aves, también homeotermas que se desarrollaron más tarde
a partir de los reptiles, fue el plumaje. En las plumas, los inves-
tigadores encontraron muy pronto indicios claros de que se ha-
bían desarrollado a partir de las escamas de los reptiles. Las
plumas son tanto una buena protección corporal como un buen

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

instrumento para el vuelo. En cuanto al pelo la situación es


completamente distinta. Se trata de una estructura nueva en la
que, sin embargo, la disposición sigue recordando la del anti-
guo revestimiento de escamas. En las aves, a partir de cada es-
cama, apareció una pluma. En los mamíferos, surgieron más de
un pelo, por lo general tres, a partir de cada una de las escamas.
En la pluma, del raquis parten barbas provistas de bárbulas que
forman la lámina, tan ligera y apta para el vuelo, la protección
y la regulación térmica. Al igual que las escamas córneas de
los reptiles, las plumas córneas de las aves están imbricadas.
Tanto en los pelos como en las plumas una sustancia grasienta
permite la flexibilidad del material córneo del cual están for-
mados. Un ejemplo de los diversos caminos necesarios para
que apareciesen estas unidades que cumpliesen esos cometi-
dos, es que en la raíz de cada pelo se formaron de una a tres
glándulas que segregan esa sustancia. Sin embargo, en las aves
se desarrolló a ambos lados de la cola, en su nacimiento, una
glándula (la glándula uropigial) que segrega esa sustancia. El
ave la toma con el pico y frota con ella las plumas, que quedan
así impermeabilizadas. Paralelamente a las glándulas, tuvieron
que aparecer unos mecanismos de comportamiento innatos
para que la cabeza y el pico realizaran los movimientos corres-
pondientes, ya que ni el comportamiento de las moscas ni esta
coordinación de movimientos es un acto inteligente.
El pico de las aves es asimismo una estructura córnea de la
piel. Mientras que el ave primitiva Archaeopteryx, conservado
en numerosos restos fósiles, tenía todavía dientes que, al igual
que los nuestros, procedían de las escamas redondas del tiburón
ancestral, en todas las especies actuales han involucionado y
hoy no aparecen ni durante el desarrollo embrionario. A partir
de la epidermis de los reptiles que se queratinizaba surgieron,
además de los pelos y las plumas, las garras, que en el caballo
se convirtieron en pezuñas y en nosotros en uñas. Cuando nues-
tros antecesores primates abandonaron las selvas que empeza-
ban a aclarar hace 28-22 millones de años y pasaron a las sa-
banas como depredadores, el pelaje se convirtió en una desven-
taja durante la persecución de la presa. Se calentaba demasiado

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

y, por consiguiente, involucionó, si bien lo hizo sólo en aque-


llas zonas donde ya no se le necesitaba. El pelo permaneció en
la cabeza como protección contra el calor y el frío, así como a
modo de cojín que protegiese de los golpes a nuestro cerebro.
Por encima de los ojos se conservó una delgada banda de pelos
para proteger estos órganos frente al sudor que se deslizaba por
la frente. En las axilas y en las áreas genitales el pelo continuó
siendo un elemento auxiliar de las glándulas olorosas que ahí
se encuentran y que forman parte de los instrumentos de la se-
xualidad. Dichos pelos actúan como «dispersores». Las sustan-
cias olorosas segregadas se reparten sobre su superficie y así
pueden acceder al aire y dispersarse. El hecho de que el pelo
de nuestra cabeza, las cejas y las pestañas que protegen al ojo
del polvo adoptasen como función secundaria una misión se-
ñalizadora en el comportamiento de la pareja lo podemos ver
en cualquier mujer sin necesidad de haberlo aprendido. Una
cabellera bonita, unas pestañas largas y unas cejas cuidadas au-
mentan la fuerza de atracción, son desencadenantes de reaccio-
nes positivas en el otro sexo. Por contra, los pelos que nacen
en las cavidades nasales no aumentan las posibilidades de con-
vertirse en reina de la belleza. Se conservaron porque son ne-
cesarios como filtro del polvo, como protección de las células
olfativas sensibles y, sobre todo, para impedir la entrada de su-
ciedad al pulmón.
A quien albergue todavía dudas de que los seres humanos
descendemos del velloso mono le recomendaríamos estudiar
los músculos horripilantes que ponen en erección el pelo de los
mamíferos. La función de este dispositivo es la protección tér-
mica. Cuando los pelos están erguidos, el espesor del pelaje es
mayor y con ello también la capa aislante. La segunda función
que adoptó fue la de un medio de imposición, de crear miedo
en el enemigo, en los congéneres o en la pareja. Lo que parece
más grande da la impresión de ser más poderoso. En el ser hu-
mano este revestimiento protector de pelo experimentó una
gran regresión y tan sólo quedó vello, en lugar del pelaje del
que disponíamos antes sobre las partes ahora desnudas de nues-
tro cuerpo. Los músculos que ponían erizados los pelos siguen

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

en su sitio y actúan. Su involución necesitará todavía algunos


millones de años. El circuito regulador que dirige su funciona-
miento sigue activo. Si tenemos frío, tiran de las raíces de los
pelos existentes, con lo que provocan la aparición de pequeños
levantamientos de la piel y se nos pone lo que llamamos «piel
de gallina». Esto carece de sentido, ya que de este modo au-
menta la superficie y con ello crece la pérdida de calor. Ade-
más, el calor generado por la tensión de los músculos hace que
se pierda todavía más calor. Quien quiera continuar pensando
como antes, que una voluntad consciente nos hizo como somos
ahora, es decir, que un arquitecto divino nos creó, debe admitir
que formó en nuestra piel varios cientos de miles de termina-
ciones nerviosas superfluas. ¿Superfluas? No. no sólo super-
fluas sino incluso desventajosas, ya que cuando hace frío au-
mentan nuestra superficie y potencian con ello la pérdida de
calor.
Si la construcción hubiese tenido un objetivo, habría sido
más razonable que los músculos se contrajesen con el excesivo
calor en lugar de con el frío, y que en ese caso el aumento de
la superficie potenciaría la evaporación y con ello el descenso
de la temperatura. Sin embargo, un cambio de este tipo requiere
millones de años con mutaciones. Por consiguiente, quien
quiera una demostración clara y palpable de que descendemos
de los animales y que no somos el producto de una voluntad
divina, que salga a la intemperie cuando hace frío y se desvista.
Nuestra piel de gallina es una demostración de ambas cosas.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

LA EVOLUCIÓN DEL UNIVERSO

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

TABLA 16. El fenómeno de la «vida» en el marco del desarrollo


de nuestra «patria grande», el Universo
Figuras: A = situación en la primera centésima de segundo después del
«estallido inicial» o big bang, B = situación en los tres primeros minutos.
C = en los primeros milenios, D = sucesos en el período entre 13.000 y
10.000 millones de años, E = entre 10.000 y 6.300 millones de años. F =
entre 6.300 y 4.500 millones de años, G = entre 4.500 millones de años y
la actualidad, H = período de aparición de los primates y, en su centro, de
los primeros homínidos, J = los principales grupos de hombres primitivos
fósiles durante los 500.000 últimos años, K = algunas culturas destacadas
y personalidades del desarrollo humano en los 5.000 últimos años.
El cerebro de cualquier ser humano (cf. tabla 10) proporciona estimacio-
nes sujetas a la influencia del material genético o de la tradición y la edu-
cación, que fijan el pensamiento por derroteros determinados. A esto se
añade que la capacidad de este complejo orgánico tiene límites funciona-
les, algo sobre lo que ya llamó la atención Immanuel Kant y que los resul-
tados de investigación de la física moderna han confirmado. Nuestro ce-
rebro no puede imaginarse la «equivalencia entre energía y materia», es
decir, que la materia se origine a partir de energía pura y que pueda trans-
formarse de nuevo en ésta, ni tampoco puede imaginarse la relatividad del
espacio y el tiempo propuesta por Einstein, ni un espacio curvo finito,
como tampoco uno que se expanda. La física atómica, una de cuyas prin-
cipales herramientas es el número, aumentó también nuestros conocimien-
tos acerca de los inicios del Universo y de los procesos que tienen lugar
en el interior de las estrellas. Según la opinión actual, nuestro Universo
surgió hace unos 13.000 millones de años con una explosión de enverga-
dura inimaginable. Se la denomina, de manera bastante lapidaria, «explo-
sión inicial» o big bang, y su «eco» nos llega hasta la actualidad en la
radiación de fondo de microondas, descubierta en 1965. A partir de este
eco y de otros resultados de la investigación fue posible reconstruir los
detalles de este comienzo dramático.
Durante la explosión inicial sólo había energía de intensidad y densidad
inimaginables. Las partículas de materia que se formaban se aniquilaban
mutuamente, transformándose de inmediato en energía. En la primera cen-
tésima de segundo después de esta manifestación, que no surgió de un
único punto «sino que se produjo de manera simultánea en todos sitios»,
la temperatura descendió a unos 100.000 millones de grados y se consoli-
daron las partículas elementales que constituyen todos los núcleos atómi-
cos: los pesados y estables protones y los neutrones (A). El Universo era
varios millones de veces más pequeño que en la actualidad. La energía
que lo llenaba en la que, como si fuera una sopa en ebullición, se formaban

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

pequeñas partículas de materia que volvían a destruirse, tenía una densi-


dad unos 4.000 millones de veces superior a la del agua que conocemos.
En el curso de los tres primeros minutos, mientras que el Universo se ex-
pandía bajó más la temperatura hasta que se formaron también partículas
elementales ligeras, entre ellas los electrones, dentro de esta constante for-
mación y aniquilación (B). De 300 a 500.000 años después, estos últimos
formaron con los protones, alrededor de los cuales orbitaban, los primeros
átomos: los átomos de hidrógeno (C). Sin embargo, el «principio» no fue
este elemento sino la energía.
En los 3.000 millones de años que siguieron, se produjo la formación de
átomos de otros elementos ligeros, además de las primeras agrupaciones
atómicas llamadas moléculas (D). Siguió la formación de las nubes de ga-
ses que poco a poco se condensaron para dar galaxias, y aparecieron las
estrellas en cuyo interior, como si se tratara de incubadoras, se formaron
los átomos de los elementos pesados. En otras exploraciones gigantes (su-
pernovas) esas estrellas resultaron destruidas y los átomos que se habían
formado en ellas se dispersaron por el Universo (E). En este proceso de
apariciones y desapariciones surgió nuestra Vía Láctea, y hace unos 6.500
millones de años nuestro Sistema Solar y el planeta sobre el que vivimos
(F, cf. tabla 11). Después de que se enfriara la corteza de la Tierra, hace
unos 4.000 millones de años comenzó el proceso de la vida, que se conti-
nuó a través de estructuras moleculares capaces de crecer y multiplicarse,
los seres vivos, y que representa un despliegue energético de potencia y
volumen crecientes (G, cf. tabla 4; pág. 107). Hace unos 60 millones de
años aparecieron los primeros primates y de entre ellos, hace 4 -0,5 millo-
nes de años, los primeros «hombres primitivos» (H). Existe un número
creciente de fósiles de estas líneas evolutivas de los últimos 500.000 años
(J). La transmisión histórica del progreso cultural comenzó hace unos
5.000 años (K). Las ciencias exactas no cuentan con más de 350 años. Sin
embargo, el primer pensador que vislumbró nexos causales verdaderos vi-
vió hace 2.500 años. Fue el filósofo griego Anaximandro, que afirmó que
la causa primitiva del mundo no era una sustancia material «sino un per-
manente devenir» y que el ser humano «procedía de antecesores peces».

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XIII. ÓRGANOS DEL MOVIMIENTO

Stefan Zweig siguió, en sus Momentos estelares de la hu-


manidad, una perspectiva de poeta. En el presente libro trata-
mos el mismo tema pero desde la perspectiva biológica, desde
el punto de vista de la evolución descubierta por la investiga-
ción, que convierte a todas las plantas y los animales, incluido
el ser humano, en parientes y seres con un mismo destino. He-
mos topado con innumerables indicios de que, en contra de la
opinión transmitida desde la antigüedad, el ser humano no es
en modo alguno el resultado de un acto creador deseado, de que
en la evolución de las plantas y de los animales no puede reco-
nocerse la acción de una mano divina que haya dirigido esta
evolución con una meta concreta hacia una mayor perfección.
Por otro lado, cualquier animal o planta, en especial si se
estudia su cuerpo y formas de comportamiento de una manera
detenida, presenta una idoneidad tan increíble que parece casi
inexplicable que todo esto haya podido aparecer sin un plan,
una voluntad o un objetivo, sin un esfuerzo dirigido hacia una
meta. ¿Debe de haberse producido todo esto a través de las mu-
taciones, es decir, de los cambios casuales de la herencia gené-
tica, y de las nuevas combinaciones a través de la mecánica de
la sexualidad? Nuestro cerebro se resiste resueltamente a esta
visión, a esta presunción. Y nuestra propia experiencia parece
darnos la razón. ¿Cuándo se ha visto aparecer una obra sin ha-
ber hecho nada? ¿Qué cantidad de paciencia y esfuerzo re-
quiere cualquier obra deseada, cualquier creación propia? ¿Y
todo esto tiene que haber sucedido por casualidad? ¿La forma
tan sutil de las flores y de las mariposas? ¿La estructura tan
completa del cuerpo de una abeja o de una pantera, o incluso
del ser humano? ¿El comportamiento tan sorprendentemente
diferenciado de un pájaro jardinero o de un icneumónido, o la
genialidad de un Beethoven y un Einstein?

— 275 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Entre los filósofos griegos, con Empédocles apareció ya la


idea de que en este caso nuestro cerebro posiblemente con-
funde la causa con el efecto. Si consideramos los seres vivos
como un efecto, es decir, como una obra, entonces tiene sentido
preguntarse por su causa, es decir, por el causante intencio-
nado. Si, por el contrario, vemos en los seres vivos una estruc-
tura adecuada para determinados efectos, entonces ellos mis-
mos son la causa. En este caso una distribución muy determi-
nada de partes genera un efecto muy concreto, que es el de con-
tinuar existiendo. Lo que es adecuado no es entonces el resul-
tado de un fatigoso acto de creación sino que se impone de
modo automático, es lo adecuado para el mantenimiento de un
proceso. Lo inadecuado no puede reproducirse, motivo por el
cual se queda en el camino. Visto de esta forma, la adecuación
no es el resultado de un esfuerzo consciente sino necesidad.
Muchos pensadores y filósofos se han roto la cabeza acerca del
difícil tema de «azar y necesidad». Entre los filósofos griegos
fue Demócrito, más tarde fue Nietzsche y en la actualidad, el
biólogo francés y premio Nobel Jacques Monod, así como mu-
chos otros biólogos moleculares más. En el fondo, se puede
seguir a Monod si se desea conocer la orientación de todos es-
tos esfuerzos y pensamientos. En su libro El azar y la necesi-
dad formuló con toda precisión lo que quienes le siguieron in-
tentaron demostrar después con ayuda de otros argumentos.
Definió primero los seres vivos (pág. 17) 1 como «objetos do-
tados de un proyecto que a la vez exponen en sus estructuras y
representan en sus actuaciones». Segundo, supuso que cada
uno de estos planes tenía una «información» y con ello (pág.
21) un «mensajero». Tercero, es, por tanto, evidente que al or-
ganismo (pág. 62) «no se le impone su estructura macroscópica
mediante la actuación de fuerzas externas». Aquí hay «órde-
nes» anteriores que sólo pueden encontrar explicación en su
origen. Y de ello resulta la pregunta desesperada de Monod
(pág. 132), que se convirtió también en sus seguidores, por

1
Las citas corresponden a la edición alemana. Monod. J., Zufall und
Notwendigkeit, Munich. 1971.

— 276 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

ejemplo, el premio Nobel Manfred Eigen, en el centro de su


pensamiento y trabajo: «¿Dónde se encuentra el origen de su
sorprendente diversidad morfológica y fisiológica?» Si los se-
res vivos tienen su origen en mutaciones, es decir, imperfec-
ciones del mecanismo de mantenimiento, entonces la evolu-
ción no podía ser «una propiedad del ser vivo» (pág. 146).2 Es
más bien «el resultado de una inmensa ruleta».
¿Cuál es, pues, el origen de los seres vivos y de su idonei-
dad? La respuesta que aquí se defiende ya se ha indicado. Para
toda «vida», para toda «actividad», para todo «proceso», la
condición primaria necesaria es la energía. De este modo, el
tipo de obtención de energía clarifica y determina la estructura
fundamental de todas las plantas y animales. Independiente-
mente de cómo apareciesen, ya fuese al azar o por acción di-
vina, la estructura fundamental necesaria les está ya determi-
nada, es, así, expresión de una «necesidad». Esta determina la
forma que deben tener un animal o una planta para ser aptos.
Empecemos con las plantas. Están fijas a un sitio, carecen
de orejas, de ojos, de boca y de patas. ¿Por qué? Porque su
fuente de energía es la luz solar. No necesitan percibirla con
ojos técnicamente perfectos, no tienen que correr tras ella con
patas, ni vencerla con estrategias, ni atraparla, no se ven obli-
gadas a digerirla ni a triturarla con ayuda de un tubo digestivo.
Hay más rayos solares de los que se necesitan, incluso aunque
durante doce horas sea de noche. Un problema de mayor en-
vergadura es el de las sustancias necesarias. En el mar están
diluidas y presentes casi en cualquier lugar, en la tierra firme
hay que extraerlas del agua subterránea con la ayuda de las raí-
ces. Por este motivo las plantas pueden florecer fijas a un lugar
y no precisan órganos de desplazamiento especiales, de órga-
nos sensoriales, de cerebro ni de órganos concretos para vencer
a otros seres vivos y triturar su sustancia. Lo que necesita la
planta son superficies que le permitan recibir los rayos solares,
órganos situados en dichas superficies que retengan la energía

2
Se cita por la edición alemana. Eigen, M. —Winkler. R., Das Spiel, Mu-
nich, 1975.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de los rayos solares, la fijen y la conviertan en servidor suyo,


así como órganos para la obtención de las sustancias necesarias
que precisan para mantener su estructura, desarrollarla y mul-
tiplicarla. Con esto aparece una ventaja en la lucha de compe-
tencia: la de quien eleva mejor su superficie hacia la luz, por
encima de la de los demás.
Con esto queda aclarada la estructura fundamental de las
hierbas, los arbustos y los árboles que nos rodean. Sus órganos
centrales son aquellos que capturan la energía solar, las hojas.
En la lucha con sus oponentes, se las eleva lo más posible, por
encima de las de los competidores. Esto aclara la necesidad de
los tallos y las ramas, ya que las hojas necesitan que se les su-
ministren las sustancias necesarias para llevar a cabo su activi-
dad fijadora. Esto explica, en tierra firme, la necesidad de las
raíces. Otra de las funciones que cumplen, estas últimas, es la
de órganos de sujeción de los tallos y troncos que cada vez se
hacen más altos. Finalmente, se necesitan órganos de distribu-
ción a través de los cuales la energía obtenida por las hojas, u
otras unidades fotosintetizadoras, pueda llegar a los demás ór-
ganos del cuerpo. Igualmente sucede con las sustancias que és-
tas necesitan. Resultado: un canguro carece de la disposición
necesaria para fijar los rayos solares. Sus ojos no sirven para
este propósito, sus patas son totalmente inadecuadas para ello.
Es diferente en el caso del tallo de una hierba, el haya o el
abeto. Todo, en ellos, se orienta hacia la función básica de la
obtención de energía. Las restantes unidades realizan funciones
auxiliares y se les suministra para ello lo que necesitan.
La cuestión no es distinta en los animales. Su fuente de
energía son seres vivos, ya sean vegetales o animales. Deben
rastrearlos, acercarse a ellos, desgarrarlos y robarles la energía
almacenada en su estructura. Esto determina, en gran medida,
la estructura que debe tener su cuerpo y las unidades especiali-
zadas (órganos, etc.) de que deben disponer. Las horas, las raí-
ces o las acículas servirían de muy poca ayuda a un lobo, una
mariquita o una serpiente cascabel. En primer término, necesi-
tan unidades con las que avistar, localizar y reconocer a la
presa. En segundo lugar, pero no menos importante, precisan

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de órganos que les permitan aproximarse a la presa, capturarla


o al menos arrancarle pedazos de su cuerpo. El animal que
puede moverse, equipado con órganos sensoriales, boca y tubo
digestivo, no es un diseño caprichoso. La fuente de energía
dicta cómo debe ser una estructura que le permita acercarse e
incorporarla a su propio organismo. De igual modo que la luz
solar determina la estructura fundamental de las plantas, la
presa disponible en cada momento determina la de los anima-
les, así como la de los órganos de que debe disponer para in-
corporarla. En el mar existen animales que están fijos al suelo
como las plantas y que dejan en manos de las corrientes mari-
nas la tarea de llevar la presa hasta su boca. Sin embargo, esto
es sólo una excepción. Por lo general, es necesario el movi-
miento propio, lo que nos conduce al tema del presente capí-
tulo. Casi para cualquier especie animal, la capacidad de mo-
vimiento es la condición más importante para la obtención del
alimento. No sobre la base de un conocimiento superior ni so-
bre la de una casualidad curiosa, sino por necesidad. Los ani-
males a los que les falta esta capacidad no pueden imponerse,
ni, mucho menos, multiplicarse. Sólo pueden hacerlo aquellos
que están constituidos de tal manera que son capaces de apro-
ximarse a su presa. Para eso tienen la ayuda de sus órganos
sensoriales y algunos de ellos disponen, además, de un cerebro
que les permite juzgar. Sin embargo, todo esto no les sirve de
nada si carecen de la capacidad de movimiento. La presa dicta
finalmente la necesidad de que exista dicha capacidad. Esto no
es válido sólo en nuestro planeta, lo sería también en cualquier
otro.
¿Qué hay entonces acerca de esta capacidad de movi-
miento, cuándo se inició? Los seres vivos más primitivos vi-
vían inicialmente de un modo pasivo en las aguas del «caldo
primigenio» que por aquel entonces todavía estaba lleno de ele-
mentos ricos en energía. Los elementos se brindaban, junto con
la energía, como un regalo: aquel que durante un choque podía
acercarlos hacia sí y utilizarlos tenía ventaja en la competencia.
Más tarde, estos regalos comenzaron a escasear. El siguiente
nivel evolutivo fue el de aquellos organismos primitivos que

— 279 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

supieron aprovechar otras fuentes de energía y sacaron con ello


ventaja. La más potente de todas ellas es, con diferencia, la luz
solar: quien pudiese arrancarle su energía se encontraba por de-
lante de los demás. En una estructura molecular quedó ateso-
rada esa energía y se la utilizó al servicio de los órganos, del
cuerpo. Sin embargo, con ello había aparecido otra fuente de
energía en el mundo, los propios organismos. Para destruir su
estructura se necesita oxígeno. Las plantas lo producen como
desecho, haciéndose con ello un flaco servicio, ya que abrieron
así la posibilidad de existencia de los depredadores y, al mismo
tiempo, crearon las condiciones necesarias que debían cumplir
dichos organismos, su estructura. La estructura de los gusanos,
la que precisan los peces y las medusas, la necesaria para los
anfibios y los crustáceos, la que necesitan los mamíferos y las
libélulas y también la estructura que precisa el mamífero lla-
mado hombre. Junto a muchos otros portadores de funciones,
órganos, los animales debían disponer de los del desplaza-
miento. ¿Cuál es su historia? ¿Dónde están los momentos este-
lares de su evolución?
Si observamos los grupos más importantes de organismos
unicelulares actuales encontramos tres métodos de desplaza-
miento. El primero nos lo muestran las amebas que ya hemos
mencionado repetidas veces y en las que la sustancia corporal,
el protoplasma, se transforma él mismo en órgano de desplaza-
miento (tabla 19, fig. 1). Proyectan porciones de plasma hacia
delante, los pseudópodos, y se deslizan de manera uniforme
por encima del suelo. En el caso de los flagelados, el órgano de
desplazamiento tiene forma de látigo que actúa como remo.
Bate hacia un lado u otro, o gira, con lo que logra que el cuerpo
avance. Sin embargo, también funciona al revés. Algunos de
estos flagelos dejan que el flagelo les arrastre. En este caso, el
flagelo se desliza como una serpiente en el agua. Tercer tipo de
desplazamiento: flagelos cortos pero más numerosos, los ci-
lios, que baten todos al mismo ritmo como los remos. Estos
animales reciben el nombre de ciliados. Se parecen a una ga-
lera, con cientos e incluso miles de pequeños remos que la ha-

— 280 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cen avanzar. Como han demostrado investigaciones más minu-


ciosas, los tres métodos de desplazamiento se basan en el fun-
cionamiento de una misma unidad fundamental. Se trata de
moléculas de proteínas de forma especial que se unen y de esta
manera ejercen una tracción. La capacidad de estas minúsculas
unidades de tirar hace posible el movimiento de arrastre, así
como el realizado con cilios o flagelos. El primer momento es-
telar de esta evolución, que se prolonga por toda la serie animal
hasta el ser humano, es el de la unión de dichas moléculas para
formar fibrillas contráctiles, llamadas también miofibrillas. En
los organismos unicelulares actuales se las puede observar con
ayuda del microscopio electrónico. El instante de su naci-
miento se sitúa incluso antes del de los primeros animales, ya
que las primeras plantas que obtuvieron energía luminosa ne-
cesitaban órganos de flotación y avance para no hundirse en los
abismos. Por lo tanto, el primer momento estelar data de hace
por lo menos 3.000-2.500 millones de años.
En el cuerpo de los animales pluricelulares algunas células
se especializaron en formar, dentro de su protoplasma, la ma-
yor cantidad posible de dichas fibrillas. De este modo apare-
cieron las células musculares, miocitos, alargadas, que dispo-
nen asimismo de núcleos celulares y forman en ambos extre-
mos finas prolongaciones, un material de construcción inmejo-
rable para tejidos mayores, formados por millares de dichas cé-
lulas. Sin embargo, apareció también otro tipo de miocitos. Es-
tán mucho más diferenciados y tienen una estructura bastante
más complicada, siendo capaces de realizar contracciones mu-
cho más rápidas. Las estructuras moleculares delgadas y grue-
sas forman segmentos de fibra que discurren paralelos como
hechos a máquina y que, observados con un potente microsco-
pio, presentan un aspecto regular estriado. Esta imagen regular
aparece debido a que las secciones oscuras y claras de las fibras
son paralelas entre sí. Los músculos compuestos por dichas cé-
lulas recibieron el nombre de estriados y dado que para los
otros se necesitaba también un nombre que les diferenciase, se
les denominó lisos. Ambos tipos se diferencian básicamente en

— 281 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

que las células de la musculatura estriada no son células nor-


males sino estructuras gigantes en las que hay hasta varios
cientos de núcleos. Estas fusiones reciben el nombre de sinci-
tios. Aparecen a causa de la división de los núcleos, pero no de
las células, o bien por fusión de numerosas células que de este
modo forman agrupaciones multinucleadas. En el tipo estriado
no se habla por lo tanto de células musculares sino de fibras
musculares. Tienen un tamaño unas 10 veces mayor que las
lisas, están situadas regularmente unas junto a otras y presentan
aspecto de tubos de goma llenos. Se unen entre sí mediante cé-
lulas de tejido conjuntivo formando cordones musculares. En
el ser humano, los músculos sometidos a la voluntad, es decir,
aquellos con los que realizamos los movimientos, están consti-
tuidos por fibras estriadas, mientras que aquellos otros que
mueven los órganos internos, por ejemplo la musculatura del
intestino, los vasos sanguíneos, las glándulas, etc., están com-
puestos por células musculares lisas. La ventaja de estas últi-
mas consiste en que, si bien no trabajan tan rápidamente, son
mucho más ahorrativas. Cuando se necesita un acortamiento
permanente, es decir, una tensión durante bastante tiempo, lo
consiguen sin gastar energía. Se habla de un dispositivo de cie-
rre tónico por contraposición a! acortamiento tetánico de tra-
bajo de los músculos estriados. Ya que éstos también son ca-
paces de realizar una tensión permanente, como muestran, por
ejemplo, los músculos que mantienen erguida nuestra cabeza o
los de la cadera que nos mantienen erectos. En este caso, sin
embargo, el efecto permanente se consigue mediante una serie
muy rápida de tirones individuales de las fibras musculares, 50-
70 por segundo, que no percibimos. Otra ventaja de los múscu-
los lisos es su gran capacidad de dilatación. Esto desempeña un
papel de gran importancia en el caso de órganos huecos tales
como la vejiga o el útero.
En muchos animales se encuentran ambos tipos de muscu-
latura y a menudo unidos en un trabajo en equipo. Un ejemplo
de ello es el músculo de cierre de la concha de los moluscos,
formado por fibras lisas y estriadas. La ventaja de estas últimas

— 282 —
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es que cuando se aproxima un enemigo o se produce una per-


turbación, pueden cerrar la concha a la velocidad del rayo. La
ventaja de las fibras lisas es que la posición cerrada puede man-
tenerse después, sin consumo de energía, durante períodos pro-
longados de tiempo. El miocardio ocupa un puesto de excep-
ción entre los restantes músculos. No puede descansar nunca,
no puede hacer una pausa ni recuperarse. Si su actividad se de-
tiene, entonces toda la comunidad celular muere, que en el caso
de los vertebrados es al cabo de unos pocos minutos. En espe-
cial, las células cerebrales han de ser constantemente alimenta-
das, ya que si se detiene el aporte de sangre son las primeras en
resultar dañadas y destruidas. Se ha calculado que a lo largo de
una vida de 65 años, el corazón del ser humano bombea a tra-
vés del cuerpo unos 20.000 hectolitros de sangre, lo que equi-
vale a la cantidad de líquido contenida en 4 millones de botellas
de cerveza. Este trabajo lo realizan miocitos de un tipo distinto,
es decir, del tercer tipo. Son estriados pero no pluricelulares, es
decir, no constituyen sincitios. Tienen los extremos estrellados
y están unidos entre sí formando redes. No se alimentan de la
sangre que fluye a través de las cámaras del corazón, sino, al
igual que cualquier otro órgano, mediante vasos del sistema
circulatorio. Una pequeña parte de la sangre arterial bombeada
por el corazón regresa así, mediante un rodeo desde el exterior,
a este órgano para alimentarle. Si estos vasos coronarios fallan,
sobreviene un infarto. Se produce una situación paradójica: las
células del corazón mueren de hambre, se asfixian y se intoxi-
can por el dióxido de carbono generado por su incansable acti-
vidad, a pesar de que en él hay sangre con materias nutritivas,
oxígeno y unidades que pueden eliminar con facilidad el dió-
xido de carbono. Precisamente el órgano que dispone de la cir-
culación más intensa de sangre sucumbe por falta de ella.
En el resto del cuerpo la colaboración entre los músculos y
los vasos sanguíneos es perfecta, no menos de la que existe en-
tre éstos y los osteoblastos. Si un músculo necesita más ali-
mento o más oxígeno, lo comunica a los vasos sanguíneos de
inmediato. Éstos se dilatan y aumentan con ello el aporte de
sangre necesaria. Igualmente y de manera constante, a través

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de los nervios se producen respuestas a la médula espinal que,


a su vez, emite las órdenes correspondientes. La coordinación
de los diferentes movimientos musculares es responsabilidad
del sistema nervioso central, su función más original. No se
produce ningún movimiento muscular sin la correspondiente
orden. Los nervios transmiten estas instrucciones a los múscu-
los mediante prolongaciones en forma de placa, pero no de ma-
nera directa, como se creía antes, sino por vía indirecta. El po-
tencial eléctrico que discurre a través de los nervios no produce
excitaciones inmediatas en los músculos sino a través del rodeo
de las sustancias que éstos segregan y que actúan sobre las fi-
bras musculares. Allí, en el seno de las fibras musculares, la
excitación de una fibrilla se extiende a la siguiente. De este
modo se ponen en movimiento fuerzas inusitadas. Si se com-
para la energía que se consume para la transmisión de las seña-
les a través de los nervios con la que emplean los músculos
como consecuencia de la orden, la relación es de 1 a 100.000.
El tiempo transcurrido antes de que el músculo se contraiga
como consecuencia de la orden, el tiempo de contracción, es
diferente para los diversos tipos de músculos. En la muscula-
tura lisa del intestino de la rana es de 75 segundos. En el
músculo estriado de sus patas de 0,05 segundos. En los múscu-
los estriados que mueven las alas de una mosca es de tan sólo
0.0015 segundos. En todas las acciones violentas y rápidas le
es imposible al miocito obtener la energía necesaria mediante
combustión de las sustancias alimenticias. El oxígeno no puede
almacenarse. Por este motivo encontró otra solución. Libera
energía mediante procesos químicos que se realizan con
enorme rapidez y sin necesidad de consumir oxígeno. Las ba-
terías eléctricas contenidas en cada célula, las moléculas de
ATP, se transforman en moléculas de ADP, la fosfocreatina se
disocia en creatina y ácido fosfórico, y los glucógenos se diso-
cian en ácido benzotartárico. Los miocitos movilizan así la
energía que necesitan para contraerse con rapidez y con ello
entran, como dicen los químicos, en una «deuda de oxígeno».
Igual que sucede con un crédito bancario instantáneo, este prés-
tamo hay que devolverlo: sólo cuando el ADP se transforma de

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nuevo en ATP y se forma fosfocreatina a partir de creatina y


ácido fosfórico como almacén de energía, queda el músculo
preparado para la siguiente contracción. Después de la des-
carga explosiva, se produce la auténtica combustión del glucó-
geno y del ácido benzotartárico. Este proceso requiere más
tiempo, que en caso de esfuerzos intensos es de algunos minu-
tos. Los músculos estriados se ven bombardeados con órdenes
que llegan a través de los nervios, que desencadenan la con-
tracción de las fibrillas y, por lo tanto, del músculo entero. El
«banco» que hay en cada una de las fibras musculares propor-
ciona en todo momento las cantidades necesarias de energía,
que después deberán ser devueltas con prontitud. El momento
estelar de la evolución de estos dispositivos de tanta compleji-
dad, sin los cuales no sería posible ni el más mínimo movi-
miento de nuestro cuerpo, fue el instante en que surgió el pri-
mer miocito en los animales pluricelulares. Es muy probable
que se tratara del tipo «liso». El momento de este decisivo
avance se remonta a hace 1.600-1.400 millones de años.
Antes de entrar en el próximo momento estelar, que se pro-
dujo poco después, hay que mencionar todavía el hecho de que
en el cuerpo de los animales pluricelulares los modos de des-
plazamiento de los organismos unicelulares siguieron desem-
peñando un papel importante. Ya hemos hablado de los glóbu-
los blancos que circulan por nuestro interior con movimientos
ameboides (tabla 19, fig. 2). Son una policía interna, eliminan
residuos y destruyen los parásitos que se introducen devorán-
dolos, y si es necesario abandonan el cuerpo con esta carga ve-
nenosa, por lo que se suicidan. Existe un gran número de otras
células ameboides de este tipo. Por ejemplo, los fibroblastos
que se mueven libres, las células hepáticas que se desplazan
mediante pseudópodos y, sobre todo, las células ganglionares
de nuestro cerebro crean así las condiciones necesarias para el
proceso del pensamiento. ¿Qué sucede con los flagelados?
¿Quién sabe, al observar espermatozoides, o sea, células ger-
minales masculinas, por el microscopio que apenas se diferen-
cian de esos animales (tabla 19, figs. 4, 5)? ¿Y qué sucede con

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los ciliados? Si observamos por el microscopio el epitelio ci-


liado de la tráquea, de un conducto seminal, de la cavidad nasal
o de muchos tejidos de nuestro cuerpo, nos da la impresión que
numerosos ciliados se han unido para formar un tejido y reali-
zar juntos una misma tarea. Esto demuestra que los métodos de
desplazamiento de los organismos unicelulares también se em-
plean entre los pluricelulares, o sea, que se conservan. Si nos
miramos en el espejo al afeitarnos o perfilar la línea de las cejas
contemplamos una cara, nuestro rostro, no un montón de célu-
las. También en este caso el yo se ha orientado de manera de-
ficiente. Una persona corriente no se imagina ni remotamente
qué es lo que se refleja en realidad en su piel o su cuerpo. Tam-
poco sabe de qué está compuesto ese cuerpo, ese «yo» que per-
cibimos. Ni de qué tareas individuales, de qué unidades o qué
esfuerzos.
El tercer momento estelar en el camino evolutivo de los
músculos llegó poco después, hace 1.200-1.000 millones de
años. En ese período las fibras musculares alcanzaron una or-
denación muy eficaz que denominamos túnica muscular. Fi-
bras musculares anulares y longitudinales forman un tubo que
se puede dilatar y contraer. En el caso de las fibras que siguen
un curso diagonal, también son posibles las rotaciones. Me-
diante las correspondientes instrucciones coordinadas un tubo
de este tipo puede desplazarse al estirar el extremo anterior y
hacer avanzar después hacia delante, como si fuera una onda,
un anillo comprimido. La totalidad de los gusanos se desplazan
de este modo. Su estructura básica es la de un tubo muscular
de este tipo, en cuyo interior discurre el tubo digestivo, que
tiene la boca en el extremo anterior y en cuyos alrededores hay
órganos sensoriales que señalan la presencia de alimento, o sea,
la dirección en la que debe moverse el tubo para encontrarlo.
Nos guste o no, lo consideremos o no un atentado contra la
dignidad del ser humano, el hecho es que éste era el aspecto
que tenían nuestros antepasados más primitivos y que así es
como se desplazaban. De todas maneras, al parecer no fue du-
rante mucho tiempo. Mientras que el camino evolutivo hasta
los crustáceos y los insectos está lleno de numerosas formas

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intermedias, cuyos descendientes han llegado hasta nuestros


días, el antecesor vermiforme de los vertebrados pronto optó
por nadar libremente en el agua y no ha dejado ningún repre-
sentante de los pasos intermedios recorridos. En la lucha com-
petitiva contra organismos nadadores mejor dotados, los primi-
tivos antepasados se extinguieron. El modo de vida nadador
requería otra disposición más idónea de las fibras musculares
y otra coordinación de los impulsos nerviosos. En el agua los
movimientos serpenteantes son más eficaces para desplazarse
hacia delante cuando actúan grupos de músculos opuestos
complementarios. En este caso resulta muy ventajosa una vari-
lla de apoyo a la que puedan insertarse los grupos de músculos.
El anfioxo nos muestra en la actualidad la primera fase de la
aparición de un cordón de esta clase, constituido por células de
sostén, alrededor del cual se desarrolló después el eje de apoyo
formado por vértebras de todos los vertebrados. En los tiburo-
nes estas vértebras son cartilaginosas, mientras que en los an-
fibios y en los teleósteos se han osificado. De esta manera, el
tubo musculoso fue sustituido en esta línea evolutiva por otra
disposición muscular: cordones de acción complementaria que
asumen la función del desplazamiento. Sin embargo, en el in-
terior del cuerpo el tipo estructural del primitivo tubo siguió
dando buenos resultados. En el tubo digestivo de la mayoría de
los gusanos el alimento ingerido avanza gracias a contraccio-
nes ondulares, movimientos peristálticos. Esta construcción no
se ha modificado en lo más mínimo hasta los mamíferos, inclu-
yéndonos nosotros. También los vasos sanguíneos primitivos
movían la sangre que contenían exclusivamente de este modo,
y nuestro estómago o nuestro corazón desplazan su contenido
a través de movimientos peristálticos análogos. Los conductos
secretores de numerosas glándulas, los canales que conducen
la orina, los que expulsan los huevos o el útero que saca al ex-
terior del cuerpo materno la cría recién nacida, funcionan por
el mismo principio que este tubo musculoso primitivo, es decir,
con ayuda de una combinación de cordones musculares dis-
puestos anular y longitudinalmente, o incluso en diagonal. A

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través de los nervios, llegan a estos músculos órdenes coordi-


nadas, de modo que las ondas de contracción siguen a lo largo
del tubo.
Por lo tanto, el siguiente momento estelar en la evolución
de los músculos fue su unión a un esqueleto interno de sostén,
primero con la notocorda y después con los cartílagos y los
huesos. El anfioxo nos muestra casi con absoluta precisión el
momento de este cuarto progreso evolutivo, acaecido hace
800-600 millones de años. El notocordio es un elemento rígido
que todavía no es cartilaginoso, y a él le sigue la formación de
una columna vertebral cartilaginosa u ósea. En los peces, los
anfibios, los reptiles, los mamíferos y las aves, esta varilla ar-
ticulada se convirtió en el órgano auxiliar central del desplaza-
miento, añadiéndosele después las extremidades. Al principio
fueron aletas, después las patas y los brazos y piernas. Las par-
tes de apoyo del esqueleto comenzaron separadas de la co-
lumna vertebral, incorporándose más tarde elementos de unión:
las cinturas escapular y pélvica. Esta última establece una
unión firme entre las patas traseras y la columna. Al despla-
zarse sobre tierra firme, deben elevar el cuerpo del suelo y des-
plazarlo hacia delante. Los huesos de la cintura escapular, por
el contrario, no van unidos en todos los vertebrados terrestres
a! eje central de apoyo sino que lo hacen a través de músculos,
tendones y huesos, de una manera indirecta. En la carrera y el
salto resulta más conveniente una unión elástica con las patas
anteriores. La clavícula sirve de elemento de apoyo; entre los
felinos, que abaten su presa con un salto, ha experimentado una
regresión y ha sido sustituida por una banda tendinosa.
Entre los músculos y los huesos se establece una alianza
similar a la que hay entre los osteoblastos y los vasos sanguí-
neos. Para el desplazamiento, sobre todo en tierra firme, hacían
falta extremidades que, sin embargo, debían ser accionadas por
músculos. Sin estos elementos impulsores la estructura ósea
carecería más o menos de sentido, e incluso, aunque se produ-
jera por mutaciones, no aportaría ninguna ventaja a la especie
afectada, por lo que no podría continuar su desarrollo. Consi-
derar esto es importante, si se tiene en cuenta que la anagénesis

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de los seres vivientes ha ido siempre acoplada a modificaciones


en el material genético. En la formación de las extremidades
eran importantes, y debían acoplarse, no menos de cuatro lí-
neas evolutivas distintas; la formación de los huesos iba pareja
al correspondiente desarrollo de los vasos sanguíneos, pero
otro tanto sucedía con respecto a los músculos que los movían,
necesitándose, además, nervios y mecanismos de órdenes. En
cada uno de estos niveles tuvieron que producirse variaciones
en el material genético y llegarse a combinaciones adecuadas
con el fin de que el antepasado de nuestra serie de los mamífe-
ros tuviera posibilidades de sobrevivir y de evolucionar. Dónde
y cómo deben insertarse los huesos en los músculos viene de-
terminado por el movimiento a realizar. El avance de un flage-
lado requiere ya algo más que la simple contracción de unas
fibrillas. Deben actuar oponiéndose, actuar como antagonistas,
dilatándose unas mientras que otras se contraen. Sólo de esta
manera puede producirse el movimiento de progresión del
cuerpo mediante el flagelo. Con nuestras extremidades sucede
otro tanto. Para que una pierna pueda avanzar o retroceder, los
haces musculares de lados opuestos del hueso debe ejercer una
tracción (tabla 15, fig. 2). Unos deben actuar de manera que la
contracción desplace la pierna hacia delante, mientras que
otros deben hacerlo de tal suerte que tiren de ella hacia atrás.
Si giramos un brazo, por ejemplo alrededor del hombro, o lo
elevamos y descendemos, todo este juego se lo debemos a la
colaboración de numerosos músculos antagonistas, que se con-
sigue gracias a sus acciones contrapuestas. Precisamente aquí
se pone especialmente de relieve la notable importancia de la
sexualidad, de la fusión de materiales genéticos diferentes y de
la aparición de nuevas combinaciones de genes. Si todos los
avances hubieran tenido que esperar a una mutación del paso
que les precedía, nunca habría sido posible esta evolución co-
mún, ya que a los músculos, los vasos sanguíneos, los nervios
y los huesos les corresponden secciones totalmente diferentes
dentro del material genético (en el cromosoma). Gracias a la
constante recombinación de las variaciones dentro del acervo
genético de la especie, las posibilidades de esa colaboración

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eran mucho mayores. Los músculos dependían de los huesos y


éstos de aquéllos, y ambos, de los vasos sanguíneos y de los
nervios, de los mecanismos de coordinación que se forman en
las células ganglionares, es decir, para conseguir un movi-
miento coordinado innato o «coordinación hereditaria». Por
consiguiente, aunque cada uno de los pasos individuales se
diera al azar, lo que en conjunto se desarrolló no venía deter-
minado en absoluto por el azar sino por la necesidad. La obten-
ción de energía a expensas de otros hizo necesario el movi-
miento de desplazamiento y éste dictó a continuación el curso
posterior de la evolución. Un esqueleto interno fija al detalle el
curso que han de seguir los músculos para moverlo, y qué otras
estructuras son necesarias para ese movimiento de avance.
También los polifacéticos fibroblastos tomaron parte en
este desarrollo, entrando en acción. En primer lugar se produjo
la unión de los músculos a los huesos, a los que se insertaron
mediante las ya citadas tonofibrillas, que en el cuerpo de los
animales pluricelulares unen las células vecinas. Sin embargo,
el músculo no suele adosarse de modo inmediato al hueso sino
que lo hace a través de una especie de cordón. Éstos, los ten-
dones, los forma el tejido conjuntivo mediante fibras de colá-
geno de gran resistencia. De este modo el tejido conjuntivo no
sólo mantiene agrupadas las fibras musculares, sino que en sus
extremos forma también una conexión con el hueso, de longi-
tud variable. Si el cuerpo humano, como el de los restantes ani-
males, muestra cada vez nuevos detalles de una sorprendente
eficacia, esta impresión se acrecienta si se le contempla como
lo que es: una colonia celular que, mediante una progresiva di-
visión del trabajo, llegó a funciones cada vez más perfecciona-
das y a una mayor capacidad de propagar el proceso de la vida.
En la rodilla y el codo los músculos deben doblarse en la arti-
culación para fijarse al hueso siguiente, a fin de accionar los
movimientos del antebrazo o de la pierna. Fibroblastos dis-
puestos con una perfección suma, diferenciados en tendones,
hacen esto en colaboración con una sección del hueso que les
sirve de ayuda.

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En la línea evolutiva de los protóstomos que condujo a los


anélidos, los crustáceos, los insectos y los arácnidos, los
músculos desarrollados por el mismo principio tuvieron que
adaptarse a las peculiaridades de un esqueleto externo (tabla
15, fig. 1). En este caso, la posterior evolución va ligada de
modo inmediato a la estructura del tubo muscular primigenio,
designándose su aparición como el tercer momento estelar en
la vía evolutiva de los músculos. En los gusanos formó, además
de su función como órgano del desplazamiento, un «corsé»
protector situado debajo de la piel y que engloba al tubo diges-
tivo y la cavidad general del cuerpo. En los artrópodos se de-
positó encima una coraza dura de quitina, adquiriendo una me-
jor configuración en los crustáceos y los insectos, con extremi-
dades dotadas de articulaciones cada vez más perfectas como
en la armadura de un caballero medieval. En el curso de esta
evolución, el tubo musculoso inicial se redujo a cordones que
realizaban con mayor eficacia las tareas encomendadas. Tam-
bién en este caso, como en el de los vertebrados, se produjeron
complejas disposiciones de músculos antagonistas. Sin em-
bargo, aquí los músculos no discurren por el exterior de los
huesos sino que se encuentran en el interior de tubos articula-
dos. De esta manera, el cuerpo del animal se mueve, a través
de los correspondientes movimientos coordinados, en una u
otra dirección, tras la presa, huyendo del enemigo, durante el
proceso sexual con su pareja, etc. Esto sucede tanto en el esca-
rabajo como en el caracol, en un cangrejo y un tiburón o una
jirafa. Además, en todos los animales superiores, incluidos no-
sotros, existen también músculos activos que no están unidos
al esqueleto interno o externo. Ya hemos hablado de los nume-
rosos que existen en nuestro cuerpo, lo mismo que de las fibras
que erizan el pelo de los restantes mamíferos y que en nosotros
perdieron su función. Otros músculos aislados mueven la pu-
pila del ojo, accionan con virtuosismo nuestra lengua y nues-
tros labios al hablar, provocan los sutiles cambios de expresión
de la piel de nuestro rostro: son los numerosos movimientos
señalizadores de nuestra mímica que indican al congénere ac-
titud amistosa o enfado, simpatía o antipatía, atención, rechazo,

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desilusión, sorpresa, susto y muchas cosas más. En este caso se


desarrollaron movimientos musculares innatos de acuerdo con
los mecanismos innatos del reconocimiento, es decir, la co-
rrecta interpretación de los movimientos expresivos, de las se-
ñales. En el rostro desprovisto de pelo del ser humano las ex-
presiones mímicas y la correcta interpretación de su significado
tienen especial importancia. Los órganos del movimiento, los
músculos, asumieron aquí lo mismo que en la laringe, la boca,
la lengua, los labios y las manos, la función adicional de trans-
misión de la información. A partir de órganos auxiliares para
la captura de la presa y la defensa contra los enemigos, surgie-
ron numerosos órganos auxiliares de la comprensión, es decir,
de la transferencia de la información, del cerebro.
Con estos cuatro momentos estelares (la aparición de las
primeras fibrillas formadas por moléculas contráctiles de pro-
teína, la primera célula muscular, el tubo musculoso-cutáneo o
túnica muscular y los músculos que accionan nuestro esqueleto
óseo) se ha alcanzado la cumbre de esta sucesión evolutiva, se-
gún se cree convencionalmente. Se hace así justicia a la imagen
que el hombre tiene de su propio cuerpo y del de los restantes
seres vivientes, pero no a la verdadera evolución, pues ésta
continuó un paso más: un momento estelar acaecido hace 2,5-
1,5 millones de años, puesto que no sólo a través de la propia
contracción muscular se pueden ejecutar movimientos, sino
también haciendo que movimientos de otros seres sirvan de
motor impulsor.

TABLA 17. Aprovechamiento directo de fuerzas y funciones


ajenas
Figuras: 1 araña con hilo volador, 2 flores que transforman a insectos
(abejas) en órganos de transporte de la plantas, 3 el ser humano que utiliza
la fuerza de los animales con ayuda de la domesticación, la fuerza del
viento con ayuda de un molino y el trabajo de otros hombres con ayuda
del dinero.
Para toda actividad la «energía libre» (la que puede producir trabajo) es
un requisito imprescindible. Las plantas la consiguen mediante la fotosín-
tesis a partir de los rayos solares. Los animales consumiendo materia or-
gánica, a la que extraen, al digerirla, la energía de enlace contenida en sus

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

moléculas (págs. 107-108). Existe también otra posibilidad de aumentar


la propia potencia: consiste en utilizar en provecho propio las fuerzas aje-
nas, con lo cual se ahorran las propias.
La figura 1 muestra una araña que aprovecha la energía del viento. El hilo
que ha fabricado no sirve para tejer una tela sino que es una herramienta
funcional. Ofrece resistencia al viento, eleva a la araña en el aire y le per-
mite así cambiar de emplazamiento «volando». La figura 2 muestra la he-
rramienta «flor» que muchas plantas producen y a través de la cual ponen
a los insectos a su servicio. Las plantas no tienen que perseguir a su fuente
principal de energía, la luz solar, por lo que para estos organismos pluri-
celulares no existe la necesidad de disponer de patas o alas. Se quedan
fijos en un sitio, lo cual conlleva, sin embargo, el problema de cómo pue-
den llegar los gametos masculinos hasta los femeninos de un congénere.
La herramienta «flor» lo resuelve. Está estructurada de tal modo que los
insectos acuden a ella, quedándose entonces adheridos a sus patas los ga-
metos masculinos. Los insectos los llevan después hasta la flor, donde
pueden encontrarse con los gametos femeninos. En este caso ya existe un
«trueque». El color y el olor atraen a los insectos hasta las flores y se les
recompensa por sus servicios con el néctar azucarado (rico en energía) y
el polen adecuado como alimento. Ni el insecto ni la planta son conscien-
tes de este proceso ventajoso para ambas partes; surgió por modificaciones
en el material genético que en las plantas condujo a la formación de flores
y en los insectos a un mecanismo innato de comportamiento. Durante el
vuelo de una flor a otra, los insectos se convierten en órganos de despla-
zamiento de las plantas.
En el ser humano pensante y consciente del yo, esta posibilidad de apro-
vechar funciones y fuerzas ajenas al servicio propio y de este modo aho-
rrarse esfuerzos se alcanzó de manera individual e independientemente del
material genético. El hombre deja que las fuerzas del entorno (animales,
viento, la energía del petróleo, la energía atómica, sus congéneres, etc.)
trabajen por él, creando para ello herramientas, máquinas y organizacio-
nes adecuadas (es decir, «necesarias»). Este importante avance se lo de-
bemos al especial desarrollo de la corteza cerebral (tabla 10). Así, gracias
a nuestra técnica, superamos ampliamente en poder a los restantes seres
vivos, y así surgió nuestra cultura y nuestra civilización.

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1. Araña con hilo volador 2. Abeja como órgano

3. Energía ajena empleada por el hombre

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Antecedentes de este desarrollo, que en el ser humano ad-


quirió importancia real, los ha habido en gran número en la
evolución de las plantas y de los animales. Los organismos plu-
ricelulares forman prolongaciones que aumentan su superficie
y con ello la resistencia al rozamiento en el agua. Con ayuda
de estas prolongaciones aprovechan las fuerzas moleculares de
su entorno, se ahorran o facilitan la trabajosa tarea de contra-
rrestar la gravedad terrestre con flagelos o cilios. Existen mul-
titud de animales que aprovechan las corrientes de agua y que
de este modo ahorran sus propios movimientos. O bien el apro-
vechamiento de la actividad de otros animales: en las cavidades
de las esponjas viven numerosos inquilinos. Se fijan al interior
de este sistema de tubos, dejan que el movimiento ciliar de las
células que revisten estos conductos lleve hasta ellos agua car-
gada de sustancias nutrientes y se aprovechan sin cansarse de
ese esfuerzo capturando así el alimento que hay en la corriente
de agua. Más ejemplos de la utilización de los esfuerzos de
otros organismos los encontramos en prácticamente todos los
grupos animales, y en cantidades ilimitadas. Esta tendencia y
este método se encuentran incluso entre las plantas. La hiedra
y otras trepadoras se ahorran el esfuerzo de tener que ascender
en busca del sol mediante sus propios tallos, aprovechando los
de otras plantas por los que trepan, llevando así sus propias ho-
jas a mayor altura que las del competidor. Entre los numerosos
ejemplos que se dan en el reino de los insectos citaremos sólo
uno, el de los aceiteros o corralejas (Meloe). Las larvas de estos
insectos trepan por las hojas, donde esperan a una abeja para
fijarse a sus pelos y dejarse transportar hasta la colmena, direc-
tamente hasta las celdas en las que desarrollan los huevos. Se
alimentan de sustancias nutritivas que encuentran en su interior
y, de este modo, disponen de unas reservas de energía que no
han de molestarse en adquirir por sí mismos. Sin embargo, para
ello es necesario un movimiento innato que la corraleja lleva
en su comportamiento. Lo mismo sucede en cualquier otro caso
de aprovechamiento del movimiento ajeno en los animales, que
sólo en raras ocasiones se adquiere por aprendizaje. De este

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modo, el método de ahorrar esfuerzos sólo pudo desarrollarse


dentro de estrechos límites.
La situación es muy otra en el ser humano. La inteligencia
de nuestra corteza cerebral de múltiples dimensiones permite
aprovechar tales circunstancias de manera consciente y diri-
gida. La existencia del viento: el hombre fabricó molinos que
le producían trabajo, construyó veleros que con la fuerza de los
vientos le transportaban por la superficie del agua. Mediante
turbinas es capaz de aprovechar la fuerza del agua que cae. En
la electricidad descubrió un transmisor de energía muy prác-
tico, una forma de energía que puede transformarse en otra: la
fuerza hidráulica en rendimiento mecánico, en iluminación, en
calefacción. Se añade a esto el aprovechamiento de la energía
almacenada en el carbón, el petróleo y el átomo. Y sobre todo:
el aprovechamiento de sus congéneres. A través de nuestra in-
teligencia que indaga en las interrelaciones, el aprovecha-
miento de la actividad ajena se convierte en el momento central
del desarrollo cultural del ser humano. A la depredación se le
asocia ahora el trueque. Las funciones especializadas ajenas se
utilizan ahora pagando por ellas. Por dinero trabaja un criado,
un médico, un abogado, una sociedad de seguros, una fábrica
de automóviles e incluso el Estado, prestando servicios que au-
mentan el potencial propio. Dentro de la sociedad humana or-
ganizada el ser vivo «hombre», surgido del reino animal, se
puede ahorrar prácticamente todo movimiento propio, aprove-
chando casi todo el trabajo ajeno. A través del dinero, un ele-
mento de trueque que de manera análoga a la electricidad trans-
forma un movimiento en otro, una función en otra distinta, el
cuerpo humano adquiere órganos muy especializados que tra-
bajan para él, que aumentan su rendimiento, que permiten for-
talecer el proceso de la vida y que incluso le ayudan a alcanzar
una potenciación que puede resultar peligrosa para él mismo.

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XIV. EL EJÉRCITO DE LAS GLÁNDULAS

Si cerramos los ojos y nos ponemos a meditar, se pone de


manifiesto con toda claridad que el proceso se desarrolla en
nuestra cabeza, y más concretamente, en su parte anterior de su
zona superior, donde se encuentra nuestro cerebro o, para ser
más precisos, la corteza cerebral. Una prueba de que nuestro
espíritu, nuestra inteligencia y nuestra conciencia del yo son el
resultado de la actividad de las células cerebrales, son los efec-
tos de las lesiones, las enfermedades y el desarrollo deficiente
del cerebro, e incluso el paulatino despliegue de la capacidad
de pensar en los niños. Lo mismo que cualquier órgano lesio-
nado, deficiente o en proceso de desarrollo es incapaz de desa-
rrollar toda su capacidad, lo mismo sucede con el cerebro. Sin
embargo, en este aspecto existe el convencimiento de que nues-
tro espíritu es algo separado de la materia.
El pensamiento, la razón y la conciencia se contemplaron
en la filosofía como «el lado inmaterial de la realidad», algo
que va más allá de lo material. Esto se consideró, y mucha
gente sigue considerándolo, como parte de un espíritu univer-
sal divino, como aspecto de una razón inescrutable que une esta
fuerza superior al hombre, y sólo a él. Platón designa al espíritu
como «la eterna mirada sobre sí mismo de Eterno» y Aristóte-
les lo veía como «el pensamiento pensante en sí mismo». Pa-
racelso escribía: «Por lo tanto, todo ser humano tiene un espí-
ritu que reside fuera y que tiene su asiento en las estrellas su-
periores.» En épocas más recientes, Christian Morgenstern lo
formulaba con mayor claridad: «No existen dos clases de espí-
ritu sino solamente uno, y es el espíritu de Dios...» La idea de
que el espíritu humano es algo separado de nuestro cuerpo pro-
cede en buena medida de la concepción de la identidad inme-
diata de nuestra inteligencia, de nuestra conciencia con esa in-
teligencia superior, esa conciencia universal propia del creador
de todas las cosas. El ser humano sólo es capaz de comprender

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

con pensamientos humanos esta razón última: nuestro espíritu


sería así parte integrante de este espíritu universal implantado
en nuestro cuerpo. La mayoría de estas ideas están sometidas
asimismo a la influencia de la creencia en una vida posterior a
la muerte. La inmortalidad del alma sólo tiene importancia
práctica si se conserva la individualidad. Pero esto supone el
mantenimiento del espíritu más allá de la muerte, tras la desin-
tegración de las células cerebrales.
Como ya se ha dicho, científicamente no existe posibilidad
de contradecir estas creencias. Sin embargo, la investigación
tampoco ha encontrado pruebas que permitan creer que nuestro
pensamiento, nuestra inteligencia y nuestra conciencia del yo
sea un fenómeno desligado de las células cerebrales. Por el
contrario, se han descubierto otras relaciones que exigen una
revisión radical de las convicciones arraigadas desde antiguo.
Mientras que el hombre corriente cree desde siempre, y consi-
dera como algo natural, que su intelecto discernidor es el timo-
nel del cuerpo, cada día son más las pruebas de que, en reali-
dad, como sucede con todos los animales superiores, estamos
sometidos a dos fuerzas rectoras diferentes. El sistema ner-
vioso es una de ellas y su instancia consciente es el yo que per-
cibimos. Pero al mismo tiempo, existe una segunda jerarquía
directriz que tiene mucho más poder y competencias de las que
nos imaginamos. Su actividad no se basa en impulsos eléctricos
que se desplazan velozmente por todo el cuerpo a través de los
conductos nerviosos, que emiten órdenes y envían señales de
control a las centrales. Su trabajo se basa en un sistema señali-
zador mediante sustancias que envían órdenes a todos los rin-
cones del cuerpo, a menor velocidad pero no por ello de manera
menos eficaz, y que allí reciben avisos de control. Nuestro
«yo» sabe poco de todo esto. Si nos hacemos un corte en la
yema del dedo y la herida cura poco a poco, sabemos perfecta-
mente que esto no es el resultado de nuestro espíritu, nuestra
inteligencia y nuestra conciencia. Sabemos también que no po-
demos controlar nuestros órganos internos y que no todas las
actividades del sistema nervioso llegan a nuestra conciencia.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Los propios sueños nos lo aclaran. En cualquier caso, la cura-


ción del dedo la consideramos como algo natural, lo mismo que
el crecimiento del lactante hasta llegar a la edad adulta. Lo que
el lego desconoce en toda su importancia y alcance es que este
segundo gobierno que funciona a través de «principios acti-
vos», de señales materiales, tiene una importancia y unas capa-
cidades inmensas y que construye según sus leyes todo el sis-
tema nervioso central, junto con sus principales mecanismos.
No obstante, si queremos ver objetivamente nuestro yo, verlo
como lo que es en realidad a la luz de los resultados de la in-
vestigación científica, debemos ocuparnos más de esta segunda
fuerza rectora que actúa en nosotros, y a esto es a lo que vamos
a dedicarnos ahora.
Si buscamos en los textos y diccionarios modernos la voz
«glándula», vemos que con ella se designan células o formas
pluricelulares que secretan sustancias hacia el exterior o el in-
terior. Ejemplo de una glándula exocrina, que emite hacia el
exterior, es el lagrimal. Ejemplo de una glándula endocrina,
que secreta hacia el interior, es el páncreas. Sin embargo, lo
que no se incluye bajo este nombre es la glándula más pode-
rosa, polifacética y diferenciada del cuerpo de todos los seres
vivos. Si queremos saber más acerca de ella, tenemos que diri-
girnos a otra palabra, la de «núcleo celular». Si el avance y el
conocimiento humanos en todos los tiempos han encontrado
graves obstáculos se debe sólo en parte a la tan citada «ceguera
de los contemporáneos», y es consecuencia sobre todo de las
trabas que se impone el propio espíritu humano. Estas son los
«conceptos que han cobrado carta de naturaleza», que no sólo
conducen a error al lego sino también al experto. Una vez arrai-
gados se toman igual que la leche materna y no se consideran
ya herramientas del pensamiento, que es lo que son, sino sim-
plemente como «tarjetas de visita» de la verdad misma. El con-
cepto de «glándula» es un ejemplo de todo esto. Se creó antes
de suponer que existieron núcleos en las células, conlleva la
idea de un tamaño determinado y pasa por alto las relaciones
funcionales.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

De hecho no existe en el cuerpo, ya sea vegetal o animal,


ningún otro órgano que emita tantos principios activos a su en-
torno como el núcleo, debido al material genético que contiene.
Como ya se ha indicado, éste consta de largas cadenas molecu-
lares en la que se disponen, alineadas como si fueran letras,
palabras y frases, las unidades químicamente activas llamadas
genes. Estos se encuentran configurados de tal modo que to-
man moléculas de su entorno y las ordenan de tal manera que
se originan sustancias de gran potencia. Se trata de complejas
moléculas de proteína, la mayoría de las cuales actúan como
enzimas. Se entienden por tales unas sustancias que actúan ca-
talíticamente, como intermediarios, en las uniones y separacio-
nes de moléculas sin quedar ellas incluidas en la unión o sepa-
ración resultantes. En el curso del proceso se pueden modificar,
pero al final del mismo vuelven a ser lo que eran al principio.
Las distintas «frases» del material genético, los genes que im-
parten órdenes, forman así enzimas que desencadenan entonces
procesos químicos en la célula. Si esto no recibe el nombre de
actividad glandular se debe sobre todo a que la ciencia se ha
dividido en numerosas especialidades que caminan de manera
independiente hacia lo desconocido. En cada uno de estos ca-
minos se habla un lenguaje diferente, se crean los propios con-
ceptos y denominaciones. Esto ha conducido a grandes éxitos
en las distintas disciplinas pero con esta especialización se ha
perdido la visión de conjunto. Cuando uno de los representan-
tes de una disciplina se sale de su camino para hablar con los
de otras distintas, se utilizan palabras que en cada caso tienen
significados completamente diferentes, y a menudo sucede
también que se designan con palabras distintas cosas que son
funcionalmente idénticas.
Lo mismo sucede en este caso. La bioquímica se ocupa de
las estructuras moleculares en el interior de la célula, y la ana-
tomía, la morfología comparada y la fisiología tratan sobre las
células y los órganos del cuerpo. Sin embargo, si queremos co-
nocer mejor la esencia de la segunda fuerza rectora de nuestro
cuerpo que se basa en sustancias o principios activos, debemos
lanzar por la borda las ideas y los convencimientos actuales y

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

dejarnos de preocupar por el tamaño de la estructura, y dejar


que el criterio rector sea el siguiente: ¿qué hace, cuál es su fun-
ción y modo de funcionamiento, cuáles son sus efectos en la
gran colonia celular «hombre»?
El primer momento estelar en la evolución de las glándulas
fue aquel instante en el que el material genético, en su función
primigenia como órgano de diversificación del cuerpo, logró
formar principios activos adicionales que, por un lado, dirigían
otros órganos y, por el otro, controlaban su propia actividad.
Debe entenderse que una cosa no es posible sin la otra. Si este
material genético produjera todos sus enzimas al mismo tiempo
lo único que resultaría sería un caos de funciones. Por consi-
guiente era necesaria una sucesión temporal estrictamente
coordinada. Esto se consiguió a través de palabras, frases y pá-
ginas de la escritura química de órdenes que en un instante de-
terminado ponían fuera de funcionamiento esta o aquella parte
del material genético de las cadenas de ADN, es decir, que lo
enmascaraban. Este decisivo avance debió de lograrse en época
muy temprana, mucho antes de que el material genético que-
dara englobado en un órgano rodeado de una membrana, el nú-
cleo de la célula, estimándose en hace 2.600-2.300 millones de
años. El material genético de la célula que se dividía al hacerlo
ésta, emitía con un cierto orden aquellas sustancias que dirigían
la viabilidad de todo el cuerpo.
El segundo momento estelar fue este importante período de
hace 2.000-1.700 millones de años cuando las células que hasta
entonces vivían aisladas, los organismos unicelulares, se unie-
ron para formar colonias. A través de mutaciones, modificacio-
nes del material genético, se consiguió en muchas especies que
los nuevos individuos formados tras la división celular no se
separasen. Al principio esto era algo erróneo con efectos nega-
tivos. Pero las nuevas posibilidades que ello brindaba permi-
tieron su persistencia. Un pequeño acúmulo celular logró en
cierto momento resultar más apto, conseguir un mejor balance
energético. Sin embargo, un rendimiento especial sólo era po-
sible si estos acúmulos, estas colonias celulares, se dividían el
trabajo: si las células se especializaban en funciones concretas,

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

con lo cual se llegaba a un organismo de orden superior, una


totalidad más apta.
¿Pero cómo pudo suceder esto? Hay que tener en cuenta
que estas células primitivas ya eran capaces de realizar muchas
actividades. Por consiguiente, para la división del trabajo no
hacía falta ninguna facultad nueva sino sólo suprimir algunas
de las ya existentes. De este modo, determinadas células de la
colonia se dirigieron a una actividad concreta. Aquellas sustan-
cias mediante las cuales el propio material genético se pone
trabas, los llamados represores, adquirieron así un nuevo sig-
nificado. Los genes que los producen se llaman genes regula-
dores y todos los otros que se encargan de la síntesis de las
proteínas, genes estructurales. Lo que debió suceder en este
punto de la evolución es fácil de imaginar. Los genes regula-
dores extendieron su actividad a las células vecinas. De un
modo u otro sus señales debieron de llegar a estas células e
influir sobre su núcleo, que entonces secretaba determinadas
enzimas, con lo cual la célula se especializaba en una función
dada.
Si esto ha quedado claro, comprender la posterior evolución
no constituye ningún problema. Mediante la división del tra-
bajo en el interior de las colonias celulares, éstas se hicieron
superiores a las células aisladas. De este modo se continuó el
desarrollo evolutivo. En el interior de estos primeros organis-
mos pluricelulares la red de órdenes que iban en todas direc-
ciones, a través de las paredes celulares y por los líquidos hís-
ticos en los espacios intersticiales, se hizo cada vez más com-
pleja. Cuando se llegó a la formación del sistema circulatorio
surgió la posibilidad de emitir señales mucho mejor y desde
mayores distancias. Al principio eran células glandulares ais-
ladas que emitían sus señales, sus sustancias mensajeras. En el
curso de la evolución surgieron formaciones con mayor nú-
mero de células, las glándulas en sentido estricto, que fabrica-
ban tales sustancias, las hormonas, en mayor cantidad y las ver-
tían en la sangre, a través de la cual se extendían por todo el
cuerpo. Éste fue el tercer momento estelar, hace 1.000-700 mi-
llones de años. Las sustancias mensajeras desencadenaban

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

ahora sus efectos no sólo en los tejidos circundantes, provo-


cando actividades celulares, sino que actuaban también sobre
partes del cuerpo situadas a cualquier distancia. Hasta donde
llegara la circulación sanguínea se podía actuar sobre células,
tejidos y órganos mayores, o bien frenar su actividad. El go-
bierno central submicroscópico contenido en las células, el ma-
terial genético, formó así unidades auxiliares de mayor tamaño
a través de las cuales sus órdenes se reforzaron como sucede
con un relé (tabla 18).
Sin embargo, esto es tan sólo una de las caras de esta evo-
lución, de este momento estelar tan importante. La desventaja
de todas las hormonas es que se desplazan con lentitud y su
acción es limitada. Los músculos de una pata, un ojo o un ala,
deben entrar en acción en fracciones de segundo. Dado que to-
dos los animales dependen de la captura del alimento orgánico
y esto hace necesarias las funciones sensoriales y de desplaza-
miento, el material genético, contenido millones de veces en
cada célula, tuvo que crear un órgano auxiliar pluricelular de
tipo especial mediante diferenciación celular: el sistema ner-
vioso. A través de cables telefónicos internos que comunican
los impulsos eléctricos, deben producirse las percepciones sen-
soriales y enviarse las órdenes a los músculos. Tuvieron que
aparecer los ganglios que elaboran las indicaciones sensoriales,
así como mecanismos para los movimientos hereditarios, la
coordinación hereditaria. Ésta fue, originariamente, la tarea del
sistema nervioso central y en modo alguno la de formación de
un «yo». Una vez que este sistema de órganos había aparecido
(las plantas, que no lo necesitan, no lo crearon) continuó desa-
rrollándose, ya que es perfectamente posible que mediante mu-
taciones se ampliase poco a poco su capacidad funcional. A
ésta se añadieron las funciones de la memoria y del aprendi-
zaje. Las centrales que habían surgido, los ganglios, fueron
reuniéndose hasta constituir un «cerebro» en el que de nuevo
unas partes se orientaron hacia tareas especiales. Por último,
fue posible la extracción de «conclusiones» y apareció una
«conciencia del yo». Nos encontramos así ante la situación de
que, junto al gobierno original propiamente dicho, apareció un

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

segundo que cada vez resultaba más funcional y que poco a


poco se hizo con las riendas de la dirección del cuerpo. El pro-
blema es que «hay en mí dos almas», o expresado de manera
más sobria a la formulación de Goethe: «en mi cuerpo hay dos
gobiernos». Visto desde el material genético, el gobierno real
y central del cuerpo, todo el sistema nervioso central es una
unidad auxiliar que se hace cargo de una parte de las tareas de
gobierno, en especial de las referentes a los movimientos cor-
porales que no son adecuadas para las sustancias mensajeras,
ya que son excesivamente lentas y actúan de manera poco se-
lectiva.
No existe una auténtica separación entre los sistemas ner-
vioso y hormonal. Ambos evolucionan de modo paralelo y
hasta nuestros días siguen estrechamente unidos. Los nervios
no conducen sus impulsos directamente a los músculos sino a
través de la secreción de sustancias en las zonas de contacto,
las placas terminales. En la unión de las terminaciones nervio-
sas, las sinapsis, sucede otro tanto. En último extremo, todo el
sistema nervioso, al igual que todos los órganos, se construye
gracias a estas sustancias mensajeras. Toda célula nerviosa
debe su origen también a las sustancias inhibidoras, los repre-
sores, que desactivan determinadas partes del material genético
y las orientan hacia la actividad nerviosa. Hasta el presente así
es cómo tiene lugar el proceso. El sistema nervioso tiene una
actuación muy limitada, si es que tiene alguna, durante la fase
embrionaria, ya que durante ella él mismo se encuentra en for-
mación.

TABLA 18. El caprichoso pilar de nuestro «yo»


Figuras: A = óvulo humano con el material genético contenido en su in-
terior (genoma), B = formación del cuerpo por segmentación y diferencia-
ción celular, C = sistema de control mediante hormonas (sistema hormo-
nal) formado dentro de la estructura corporal, D = sistema de control a
través de ganglios (sistema nervioso), a-g = las principales glándulas hor-
monales (glándulas endocrinas), h = sistema nervioso vegetativo, j-o =
médula espinal y secciones del cerebro (sistema nervioso animal), p = cor-
teza cerebral muy desarrollada en el ser humano, sede de la inteligencia y
de la conciencia del yo (sistema nervioso humano). Las flechas indican

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

qué centrales de control influyen en mayor medida sobre las expresiones


de voluntad del «yo».
En las vivencias subjetivas del ser humano el «yo» aparece con una di-
mensión fija. Por otro lado, todo el mundo sabe que este «yo» se «desco-
necta» durante el sueño, que los estados de ánimo (por ejemplo, debido al
hambre, enojo, impulso sexual, miedo o estados orgánicos tales como es-
trés, agotamiento, enfermedades internas, ciclo de menstruación de la mu-
jer, edad y otros) pueden modificar el sentido de las resoluciones e influir
de manera decisiva sobre la voluntad. Las relaciones descubiertas por la
investigación muestran las influencias decisivas a este respecto. El rector
original del cuerpo de cualquier organismo pluricelular es el material ge-
nético que se encuentra en el interior del óvulo (A). En el curso de las
sucesivas divisiones celulares se transmite a todas las células somáticas
(B). Dentro del marco de la formación del cuerpo por diferenciación celu-
lar, el material genético construye también estructuras de control plurice-
lulares: el sistema hormonal y el sistema nervioso (C, D). La técnica de
mando del material genético, la emisión de sustancias activas, lo continúa,
en el plano pluricelular, el sistema hormonal. Las glándulas endocrinas
(a-g) secretan sus principios activos, las hormonas, a la circulación san-
guínea donde a modo de correo interno estimulan o inhiben células, tejidos
u órganos situados en otro lugar. Controlan los procesos de crecimiento,
la composición química del líquido hístico, la presión sanguínea, la ter-
morregulación, la eliminación de agua, el metabolismo, el comporta-
miento sexual y muchos otros procesos (pág. 310). Las centrales del sis-
tema nervioso (h-o) controlan mediante impulsos eléctricos, que se trans-
miten a gran velocidad a través de los nervios, todos los procesos de mo-
vimiento que dependen de la transmisión de señales. El sistema nervioso
vegetativo regula la actividad de los órganos internos, a menudo en cola-
boración con hormonas, y la médula espinal y las distintas zonas del cere-
bro se dedican a funciones especiales de control del cuerpo (página 130).
Mediante señales de respuesta, lo mismo que en el sistema hormonal, las
órdenes son controladas y corregidas de manera constante (circuitos regu-
lares). En un sistema enormemente reticulado, la práctica totalidad de las
centrales de ambos sistemas de control están en conexión directa o indi-
recta con todas las restantes.
En los vertebrados superiores el sistema nervioso se independizó parcial-
mente del material genético cuando una de sus centrales, el prosencéfalo
(o), se especializó en la función de aprendizaje. Surgió así un segundo
«gobierno» en el cuerpo: al comportamiento innato se le añadió en medida
creciente el comportamiento adquirido, independiente del material gené-
tico (pág. 181). El gran desarrollo de la corteza cerebral (p y tabla 10)
permite al hombre la capacidad del pensamiento inteligente y la concien-
cia del yo. Mediante la comprensión oral y la escritura podemos transmitir

— 305 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

experiencias a otros de modo que tras la muerte se conservan en la comu-


nidad, que a partir de ellas puede obtener otras (tradición, ciencia).
El «yo» del ser humano está sometido a la influencia de prácticamente la
totalidad de los centros de órdenes (a-p), pero en especial del diencéfalo
(k), donde se localizan sobre todo los mecanismos de comportamiento
creados por el material genético (la motricidad innata, la sensibilidad in-
nata, los instintos). Por otro lado, también depende de la hipófisis (c), la
principal central de órdenes del control hormonal que está íntimamente
unida a una parte del diencéfalo, el hipotálamo. «Dos almas hay en mí»,
escribió Goethe. Son muchas más.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Dejemos por un momento a un lado la aparición de esta se-


gunda instancia de órdenes y de su integración en la primera.
Detengámonos en las glándulas que emiten, como órganos au-
xiliares del material genético escondido en los núcleos celula-
res, sustancias señalizadoras y cuyas órdenes se transmiten a
través de la corriente sanguínea. Dichas glándulas se desarro-
llan en todos los grupos animales. Se trata de «fábricas», ma-
yores o menores, sin una localización sistemática, por lo que
aparecieron en lugares muy diversos. Desde el punto de vista
de su función, el lugar del cuerpo desde el cual las glándulas
segregan sus sustancias es de importancia secundaria. Por este
motivo aparecieron en el lugar que mejor les vino a las muta-
ciones casuales. Únicamente dos glándulas que segregan di-
chas hormonas, llamadas glándulas endocrinas, se encuentran
situadas en puntos que un constructor consciente hubiese ele-
gido para ello; son las células intersticiales de las gónadas y las
secretoras de la mucosa del duodeno. La secreción hormonal
de las células intersticiales está en estrecha interrelación con la
formación de los gametos masculinos y femeninos, por lo que
se produce muy cerca de ellos. Igualmente las células de la mu-
cosa del duodeno, al pasar la papilla alimentaria, indican al
páncreas que debe emitir su secreción. Los órganos sensoriales
internos y los nervios también pueden encargarse de esta tarea,
si bien la transmisión de señales a través de las hormonas dio
en este caso resultados satisfactorios, por lo que se mantuvo.
La posición de la epífisis, en la parte superior de la cabeza y
que antiguamente se consideraba como la sede del alma, es por
el contrario más bien curiosa. Sus sustancias influyen en el in-
tercambio de hidratos de carbono y fosfatos y se le asigna una
función inhibidora en el desarrollo sexual. ¿Y su posición? Se
justifica por su origen, ya que apareció a partir del ojo pineal
que en algunos reptiles, como por ejemplo el lución, todavía es
funcional. En los mamíferos involucionó y se hizo cargo de una
función completamente distinta: se transformó en la epífisis, es
decir, en una glándula hormonal.
Todavía más curioso es el lugar y la forma de aparición de
dos glándulas endocrinas muy importantes, el tiroides y las

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

glándulas paratiroides. Sucede lo mismo con el timo. En estas


tres, el desarrollo embrionario en los vertebrados, también en
el embrión humano, muestra todavía con claridad que se for-
man a partir de esbozos del intestino branquial y de sus sáculos,
que involucionaron en los vertebrados terrestres al igual que
los arcos branquiales. El tiroides apareció, y todavía lo hace en
todos los embriones, entre las dos primeras aberturas branquia-
les del intestino branquial, se desplazó después hacia abajo y
se situó en dos lóbulos a ambos lados de la laringe, con la que
no guarda ninguna relación y en una posición que no le brinda
excesiva protección. Sus principios activos, tiroxina y triyodo-
tironina, influyen entre otras cosas sobre el crecimiento y la
diferenciación corporal, produciendo su exceso la enfermedad
de Basedow y la falta de su producción alternancias en el desa-
rrollo y la aparición del bocio.
Las cuatro glándulas paratiroides, que regulan el suministro
de calcio a los huesos, surgen a partir de las bolsas branquiales
tercera y cuarta, se desplazan también hacia abajo, se sitúan
asimismo al lado de la laringe y se incluyen en el interior del
tiroides. El timo, cuyos principios activos influyen sobre la for-
mación del sistema linfático y de los anticuerpos, surge a partir
de los tejidos de las bolsas branquiales tercera y cuarta y se
desplaza hasta el espacio libre que queda detrás del esternón y
por delante de! corazón, formando un órgano bilobulado. Si la
posición de estas tres glándulas tan importantes hubiese estado
planificada, existirían para ellas en el cuerpo lugares mucho
más adecuados que no exigirían desplazamiento en el curso de
su aparición. Sin embargo, en este caso, el paso de la vida acuá-
tica a la terrestre dejó su huella. Evidentemente, se produce con
mayor frecuencia el proceso de cambiar y diferenciar las tareas
de un material ya existente por mutación que el de crear uno
completamente nuevo. Para esto basta con recordar que los
huesecillos de oído se formaron a partir de la articulación man-
dibular primitiva de los peces cartilaginosos que había involu-
cionado, el conducto auditivo externo y el oído medio a partir
del espiráculo anterior, los cartílagos de la laringe, tan impor-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

tante para nuestra habla, a partir de los restos de los arcos bran-
quiales involucionados y, finalmente, los anillos rígidos de la
tráquea, a partir de otros restos. Si esto fue una intención pla-
nificada, entonces cabe asignar, al constructor que produjo in-
tencionadamente al ser humano, una enorme dosis de capricho
y paciencia, sin entrar en la cuestión de por qué nos ha cons-
truido dando el rodeo del paso por los peces y, si nos alejamos
todavía más, el rodeo a través de parientes tales como las ac-
tuales estrellas de mar.
En otras dos glándulas hormonales muy importantes, las
cápsulas suprarrenales y los islotes de Langerhans, la evolu-
ción no es menos curiosa. Las primeras se encuentran situadas
en nosotros encima de los riñones y están formadas por dos
partes que guardan poca relación entre sí y han aparecido por
vías muy distintas. La médula interior segrega, en situaciones
críticas, adrenalina hacia la sangre, colocando de este modo al
cuerpo en una mayor disposición de combate. La actividad del
corazón se acelera, aumenta la presión sanguínea y las instruc-
ciones ordenan al hígado que aporte azúcar a la sangre, mien-
tras que se ordena a los vasos sanguíneos que suministren azú-
car de forma prioritaria a los músculos y, a éstos, que lo que-
men a mayor velocidad. La corteza produce más de 25 sustan-
cias diferentes que controlan, entre otras cosas, el contenido en
minerales de la sangre, el equilibrio hídrico del cuerpo y las
gónadas masculinas. La médula no aparece en el interior del
órgano sino que surge a partir de células que forman también
los ganglios del sistema nervioso simpático y que previamente,
y al igual que éstos, estaban situadas entre los riñones y por
delante de ellos formando una larga doble fila. En los tiburones
sigue siendo así. En los vertebrados superiores se desplazan
hacia abajo durante el desarrollo embrionario y se introducen
en el interior de las cápsulas suprarrenales, que a su vez se for-
man en el peritoneo para situarse más tarde en el extremo su-
perior de los riñones. Cuando se reúnen en el interior de esta
glándula hormonal, el órgano original se transforma en la cor-
teza. Las partes que no han participado en el desplazamiento

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

permanecen en el tejido fundamental de los riñones, en el hí-


gado y en las proximidades de las gónadas, donde segregan asi-
mismo hormonas. Los islotes de Langerhans, que secretan la
insulina tan importante para el metabolismo del azúcar, se han
instalado de manera análoga en el páncreas, que tiene una fun-
ción totalmente diferente. Asimismo tampoco se ve ninguna
planificación dirigida en la aparición de otra importante glán-
dula hormonal, la hipófisis. Nace en el techo del paladar y
desde allí emigra hacia arriba en dirección al cerebro. En la
parte inferior de éste se une con una evaginación del diencé-
falo, formándose entre ambos un lóbulo separador. De todas
maneras, vierten a la sangre hormonas diferentes. Todo esto se
explica fácilmente si se contempla todo el camino seguido por
la evolución. Estos «talleres de producción» surgieron al prin-
cipio en el lugar adecuado para una determinada función. Más
tarde se ampliaron sus tareas, adquirieron nuevas funciones, se
unieron a otros órganos y quedaron incluidos en ellos. También
en la economía, las empresas surgidas poco a poco y que han
experimentado diversos cambios en sus orientaciones presen-
tan un aspecto totalmente distinto a aquellas otras que se crean
para un fin muy determinado. Si el hombre fuera una creación
nueva, el resultado de una planificación dirigida hacia él, estas
circunstancias resultarían inexplicables y misteriosas. Pero si
tenemos en cuenta el camino recorrido desde el organismo uni-
celular al pez y de éste al hombre, no lo son en absoluto.
La hipófisis se convirtió en un centro de conmutación esen-
cial de nuestro cuerpo. No es mayor que un guisante y se divide
en dos secciones, cada una de las cuales desempeña actividades
directoras. El lóbulo anterior es el más alejado del sistema ner-
vioso y dirige, quizá en su función original, los procesos de
crecimiento y la formación de los gametos. Con todo esto, caen
dentro de su responsabilidad las funciones más importantes de
la vida: el crecimiento, la multiplicación y el perfecciona-
miento. Más tarde, esta parte se hizo asimismo cargo del con-
trol de todas las glándulas endocrinas. A partir de aquí se con-
trola, de manera directa o indirecta, la actividad del tiroides, de
la glándula paratiroides, del timo, de los islotes de Langerhans

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

y de las cápsulas suprarrenales (médula y corteza) así como la


producción de hormonas de las gónadas. El lóbulo posterior,
donde las vías nerviosas del diencéfalo envían a la corriente
sanguínea sustancias mensajeras, influye a través de las hor-
monas vasopresina y oxitocina sobre la presión sanguínea, la
excitación de la musculatura lisa de la vejiga, el útero, el intes-
tino delgado y el intestino grueso y, además, sobre la elimina-
ción de agua y la capacidad de concentración de los riñones.
Estas actividades suelen ir unidas a las de los sistemas nervio-
sos simpático y parasimpático de modo que se produce un do-
ble control que crea una mayor seguridad. Los circuitos regu-
ladores desempeñan un papel importante y prácticamente se
plasman todas las combinaciones posibles: la orden y la señal
de recepción a través de hormonas o señales nerviosas, ambas
a la vez o cada una de un modo distinto. En la regulación del
nivel de azúcar en sangre, la interacción de estos efectos ad-
quiere especial complejidad, ya que tanto el tiroides como los
islotes de Langerhans y la médula y la corteza de las cápsulas
suprarrenales se encuentran sujetos a la influencia del lóbulo
anterior de la hipófisis. El estudio de estas relaciones no es
nada sencillo puesto que las hormonas actúan en cantidades ín-
fimas, por lo que resultan muy difíciles de detectar y analizar.
Las acciones que parten de la hipófisis son de naturaleza muy
variada. Sus hormonas (producen más que cualquier otra glán-
dula endocrina) actúan por medio de la corriente sanguínea y a
través de las membranas celulares activando genes aislados, re-
presores, para reforzar o reducir su acción; en las paredes celu-
lares incrementan o reducen la permeabilidad a las señales; ac-
tivan o inhiben otras glándulas y, por último, actúan sobre el
sistema nervioso, favoreciendo o anulando sus órdenes. Si con-
tinuamos preguntándonos si nuestro cuerpo es reflejo de un
constructor consciente que persigue un objetivo, también aquí
nos llevaremos un desengaño. Es característico de la mayoría
de las hormonas que actúen de manera específica a la función,
no a la especie. Dicho en términos vulgares esto significa que
en el cuerpo de un canguro estas sustancias activas provocan
los mismos efectos que en un murciélago o ser humano. Si el

— 311 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

hombre hubiera sido creado para un fin determinado por un ser


planificador, o sea, un dios, éste creó en nosotros portadores de
señales análogos a los de los animales que nos rodean, por en-
cima de los cuales nos encontramos. El material y la forma de
construcción presentan una sorprendente similitud. En la mo-
derna medicina esto ha supuesto la ventaja de que los princi-
pios activos que se administran con fines curativos al cuerpo
humano no necesariamente han de obtenerse de éste, sino que
pueden producirse en animales, como por ejemplo las vacas.
Dejemos ahora estas glándulas tan importantes para la re-
gulación interna del cuerpo y dediquémonos a otras que tam-
bién actúan en el interior y que son asimismo órganos auxilia-
res del gobierno central, es decir, del material genético. Como
ya se ha dicho, los organismos pluricelulares pudieron aparecer
porque el material genético actúa por fuera de la célula e in-
fluye sobre el material genético de otras, que son integrantes
de la colonia cada vez mayor, bloqueando partes del código y
activando otras. Una actividad más del material genético en el
interior de la célula consiste en que actúa sobre la formación
de las enzimas que disgregan las sustancias nutritivas, que des-
truyen su estructura molecular y liberan la energía que contie-
nen. Los elementos materiales resultantes de esta disgregación
se utilizan más tarde como elementos de construcción para la
sustancia del propio cuerpo. Hoy se conoce muy bien cómo se
produce esta «digestión» intracelular. Numerosas enzimas tra-
bajan codo a codo, como en la línea continua de montaje de
una fábrica. Para la disgregación de los tres elementos nutriti-
vos principales, las grasas, las proteínas y los hidratos de car-
bono, existen en el interior de la célula especialistas cada uno
de los cuales realiza determinadas funciones hasta que finaliza
el proceso de degradación, que es la base para que puedan ac-
tuar las células y puedan producirse otras nuevas. Resulta in-
teresante el hecho de que las tres «líneas continuas de produc-
ción» finalizan en una «línea de montaje» común, llamada ci-
clo de Krebs. En numerosos pasos intermedios (ácido oxalacé-
tico, ácido cítrico, ácido isocítrico, ácido oxalsuccínico, ácido

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

α-cetoglutámico, ácido succínico, ácido fumárico y ácido má-


lico) se extrae del alimento la energía que contiene. El proceso
es similar en el tubo digestivo, con la única diferencia que aquí
las enzimas no son sintetizadas por el material genético sino
por células glandulares especializadas o por unidades funcio-
nales de mayor rango, las glándulas pluricelulares.
Esta actividad puede entenderse de modo correcto sólo si
se la contempla en relación inmediata con los procesos que dis-
curren en el interior de la célula. También aquí el material ge-
nético se hace con órganos auxiliares pluricelulares que am-
plían sus posibilidades, para realizar funciones sin las cuales
no podría existir el organismo pluricelular. Antes de que el ali-
mento capturado de un modo u otro por la colonia de células
pueda llegar al interior de éstas a través de su membrana, debe
quedar desmenuzado y degradado hasta el punto de ser hidro-
soluble. De esta actividad se encargan las glándulas digestivas
que trabajan con enzimas, lo mismo que sucederá más tarde en
la degradación definitiva en el interior de la célula. En la boca,
donde se trocea el alimento y se le mastica, comienzan a actuar
las primeras glándulas digestivas. Con la saliva, que convierte
al mismo tiempo el alimento en una papilla escurridiza, se vier-
ten las primeras enzimas: principalmente amilasa, además de
maltasa, lipasa, proteinasa y peptidasa. En el estómago, además
del ácido clorhídrico que mata todas las bacterias actuando
como desinfectante, se incorporan pepsina, catepsina y quimo-
sina. En el duodeno actúa la bilis procedente del hígado, que
disgrega las grasas en pequeñas gotitas y las convierte en una
emulsión fina; a continuación, actúan sobre las sustancias or-
gánicas las enzimas del páncreas: tripsina, erepsina (exopepti-
dasas y dipeptidasas), maltasa, lactasa, lipasa y otras amilasas.
Las glándulas del intestino delgado producen erepsina, inver-
tasa, lactasa, nucleasa y otras maltasas y lipasas además de en-
teroquinasa, que activa la tripsina del páncreas. AI final del
tubo digestivo, en el ciego y el intestino grueso, actúan bacte-
rias sobre todo aquello que no ha pasado a la sangre. Muchas
de ellas producen también vitaminas que el cuerpo aprovecha.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Del páncreas ya hemos dicho que en su interior se instala-


ron los islotes de Langerhans sin que influyeran en su secreción
digestiva: un huésped con habitaciones separadas y salida por
otra puerta. Distinto a lo sucedido con el hígado, que en los
vertebrados se convirtió en una central importante. Lo mismo
que el sistema circulatorio fue asumiendo funciones adiciona-
les a la inicial, la de distribución del alimento, otro tanto ocu-
rrió en este caso. Además de la importante secreción de bilis,
se añadió el control de todas las sustancias nutritivas que ab-
sorbe el intestino, salvo las grasas que desde éste pasan a la
corriente circulatoria a través del sistema linfático. Todo lo de-
más lo tiene que analizar, revisar y elaborar el hígado con otras
enzimas más. Las sustancias perjudiciales se eliminan junto
con la bilis. Primera función adicional: se neutralizan aquí los
residuos metabólicos que la sangre trae de las células y se les
convierte en ácido úrico que más tarde, de nuevo a través de la
sangre, pasa a los riñones para su eliminación. Segunda fun-
ción adicional: aquí se almacena energía en una jaula química
llamada glucógeno, para en caso de necesidad cederla con ra-
pidez a los músculos. Tercera función adicional: desintegra-
ción de los glóbulos rojos muertos, cuyo hierro es llevado hasta
la médula ósea a través de la sangre para la formación de otros
nuevos. Cuarta función adicional: aquí se sintetizan sustancias
necesarias para la coagulación de la sangre. Quinta función adi-
cional: el hígado es el depósito de sangre del cuerpo, capaz de
almacenar hasta el 20 por ciento del total de la existencia. Lo
sorprendente en este caso es que no sean células distintas las
que realizan todas estas funciones sino siempre las mismas. Sin
embargo, han pasado a trabajar en una especie de turnos. Fa-
brican bilis o se dedican a las otras funciones. La formación de
este órgano tan polifacético y decisivo, el hígado, puede muy
bien considerarse el cuarto momento estelar en la evolución de
las numerosas glándulas. Dicho momento se remonta a hace
550-450 millones de años.
El final de este capítulo no aporta nada esencialmente
nuevo. Además de las glándulas que transmiten señales, las que
secretan principios activos, existen otras que no amplían de

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

modo inmediato el potencial del material genético, que no son


órganos auxiliares en la formación de las enzimas y de las sus-
tancias mensajeras. Son sobre todo aquellas que consiguen ac-
tuar sobre el entorno de una manera mancomunada. En las ara-
ñas son las glándulas de la seda, en las abejas las de la cera.
Muchos peces poseen glándulas productoras de gas con cuya
ayuda pueden regular su flotabilidad, la mofeta tiene glándulas
repugnatorias que le sirven para la defensa, muchas plantas y
animales tienen glándulas odoríferas que para un fin u otro
atraen a sus congéneres o a otros animales. Las glándulas ve-
nenosas están asimismo muy difundidas, lo mismo que las
glándulas mucosas. Numerosos mamíferos han formado glán-
dulas sudoríparas que alcanzaron especial importancia en nues-
tros antepasados, los simios cazadores de la estepa.
De todos modos, hemos de destacar una de estas glándulas
cutáneas cuya aparición, hace 230-200 millones de años, debe
considerarse el quinto momento estelar en la evolución de las
glándulas: se trata de las glándulas mamarias de la mujer. So-
mos mamíferos y esto supone algo más que una mera categoría
en la clasificación zoológica. No habríamos llegado nunca a la
condición de seres humanos si no hubiéramos podido desarro-
llar nuestra capacidad de aprendizaje. Sin embargo, un requi-
sito para ella es que las crías no lleguen «completas» al mundo,
o sea con todos sus mecanismos de comportamiento, sino in-
maduras y necesitadas de la protección de sus padres. Pero en-
tre otras cosas, para ello era necesario que la madre alimentara
a su hijo después del nacimiento con sustancias de su propio
cuerpo: sustancias disueltas en agua que, a través de la sangre,
pueden penetrar directamente en el interior de las células a tra-
vés de sus membranas, es decir, la leche. La mama se convirtió,
más allá de su función nutriente, en un carácter sexual secun-
dario. Su visión y su tacto tienen un efecto desencadenante de
la disposición sexual del hombre, activando así las glándulas
endocrinas. La subida de la leche viene controlada por la hipó-
fisis. Por el contrario, el efecto estimulante del pecho juvenil
perfectamente formado actúa a través de mecanismos del sis-
tema nervioso central, o sea, a través de otros mecanismos de

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nuestro cuerpo, a través del segundo gobierno del que se ori-


gina nuestro yo.

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XV. ÓRGANOS DEL MANTENIMIENTO

Una de las ideas más curiosas de la ciencia es que, aunque


a nivel individual la muerte es nuestro enemigo, no lo es en
absoluto de la vida. Más aún: si las plantas y los animales vi-
vieran diez veces más, ya no existiríamos, pues la anagénesis
de los seres vivos habría tardado diez veces más en comple-
tarse. Entre la duración de la vida y la ventaja para el desarrollo
general existe una relación perfectamente calculable. Los orga-
nismos necesitan un determinado tiempo para lograr prosperar
y atesorar las cantidades necesarias de energía y materia para
la reproducción. Sin embargo, si viven demasiado, constituyen
un obstáculo en el camino del progreso, puesto que sólo a tra-
vés de variaciones en el patrimonio hereditario puede desarro-
llarse algo nuevo, que no logrará establecerse hasta no encon-
trar un «puesto» vacío. Lo mismo que en la economía una em-
presa asentada con excesiva firmeza a menudo impide el pro-
greso, lo mismo ha sucedido desde siempre con las plantas y
los animales. El provocador aforismo de Heráclito de que la
guerra es el padre de todas las cosas, tiene una cierta justifica-
ción, por cuanto que incluso la extinción de especies enteras
permitió acelerar el proceso de la selección de lo más apto. En
el ser humano, cuya experiencia y capacidad intelectual au-
mentan con la edad, una duración media más larga de la vida
no constituye ninguna desventaja para la evolución. Por el con-
trario, por sus obras (pongamos por caso fábricas) contempla-
das universalmente la aniquilación puede, en efecto, fomentar
el avance, como ha demostrado, por ejemplo, el desarrollo eco-
nómico después de la última Guerra Mundial.
En este capítulo nos dedicaremos a la cuestión que se opone
a la muerte: la seguridad, la protección, la conservación de los
órganos, el orden corporal. Mirando la totalidad de los seres
vivos que se han desarrollado desde hace 4.000 millones de
años, cada uno de ellos representa una determinada disposición

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de partes que se continúa en el devenir general. El despliegue


de la vida es como una corriente que se propaga mediante de-
terminadas estructuras materiales, que obtiene del entorno
energía y materia, que las transforma en estructura de su propio
cuerpo, crecen, se multiplican y producen nuevas estructuras.
Si resultan adecuadas para continuar el proceso que denomina-
mos corriente vital, se originan numerosos individuos de la
misma «especie». Si no son aptas, la corriente de la vida cesa
en este punto. Como ya hemos dicho, los individuos de una
especie no deben vivir demasiado. Esto frena el progreso,
causa desventajas a otras ramas de esta evolución. Por otro
lado, en todo individuo vivo, además de sus órganos de obten-
ción de materia y energía y reproductores, son necesarios mu-
chos otros cuya única función es mantener la estructura corpo-
ral, conservar sus partes, asegurar, prevenir contra las pertur-
baciones y, en caso necesario, renovar. Estos órganos que exis-
ten en todos los seres vivos, y naturalmente también en nuestro
cuerpo, tienen aspectos diferentes pero debe contemplárseles
en conjunto. La función que cumplen les emparenta. Esa fun-
ción común es la de conservar el ser vivo, su orden y su exis-
tencia. ¿Pero cómo discurre el camino evolutivo para estos
«dispositivos», dónde están aquí los «momentos estelares»
para la evolución del ser humano?
Para la conservación del individuo, vegetal o animal, tienen
gran importancia sobre todo las reservas, y en particular las de
energía, pues sin ésta no hay movimiento, se extinguen todos
los procesos. Evidentemente también son importantes las re-
servas de sustancias, como por ejemplo las de agua en las re-
giones áridas. Sin embargo, en este caso tanto los organismos
unicelulares como los pluricelulares pueden «apretarse más el
cinturón» en caso de necesidad. Si un órgano se altera, se
pierde integridad, aunque se puede conservar el orden general
por transformación de las partes existentes. La energía, sin em-
bargo, es imprescindible. Si sus fuentes acaban agotándose por
completo, las ruedecillas de la vida se detienen de manera de-
finitiva y el orden corporal pierde su valor vital. Ya no es capaz

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de continuar la corriente de vida a través de su propia estructura


individual.
No obstante, hemos de seguir todavía un poco dentro del
campo teórico. En los seres vivos no es posible separar de ma-
nera estricta materia y energía, pues el material del que están
compuestos contiene ambas. La estructura corporal está for-
mada principalmente de moléculas de proteína: constan de áto-
mos, o sea materia, y las fuerzas que los mantienen unidos. Si
comemos un trozo de carne, ingerimos un gran número de esas
moléculas proteicas, o sea, tanto la materia como la energía que
contienen. La estructura corporal de las plantas consta asi-
mismo de proteínas, aunque hay otro tipo molecular que
desempeña también un papel importante: los hidratos de car-
bono. Si comemos plantas la situación no ha variado. También
los hidratos de carbono están formados por átomos, es decir,
materia y las fuerzas que los mantienen unidos. Por consi-
guiente, toda molécula de proteína y de hidrato de carbono es
una reserva de materia y de energía. Si se «desmenuzan» esas
moléculas, se las escinde en sus partes, tanto una como otra se
liberan. Por esa razón la estructura de cualquier planta o de
cualquier animal representa la reserva más primitiva. Si hay
necesidad, se las puede obtener por desintegración de la propia
estructura. Sin embargo, ésta no es la solución ideal. En primer
lugar, porque las células y los tejidos sólo hasta un cierto punto
son capaces de «autodigerirse» y mantener el orden general a
pesar de la destrucción de la estructura. Segundo, porque
cuando la situación vital mejora, esta estructura debe ser re-
construida y durante estas idas y venidas se producen grandes
pérdidas de energía. En la economía la situación no es distinta.
Si para evitar la suspensión de pagos se venden algunas máqui-
nas que más tarde hay que volver a comprar, las pérdidas son
considerables. Desde luego, es mayor la pérdida que en el caso
de la formación de reservas para tiempos difíciles, por ejemplo,
en forma de stocks. Por este motivo, las plantas y los animales
sólo en casos extremos echan mano de la destrucción de su pro-
pia estructura. Lo que hacen con mayor frecuencia es crear re-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

servas cuya constitución y destrucción exige pérdidas peque-


ñas. Sus reservas están formadas también por moléculas, por
aquellas cuya formación y destrucción les resulta económica-
mente favorables, es decir, les causa pérdidas energéticas redu-
cidas. Las más conocidas de estas moléculas son aquellas que
denominamos azúcares y grasas. Se trata de depósitos de ener-
gía y de materia. El azúcar tiene la ventaja de que puede dispo-
nerse de su energía con rapidez. La destrucción de las molécu-
las de grasa necesita más tiempo, si bien éstas contienen más
energía.
Todo animal o planta, es decir, toda célula, dispone de otro
tipo de «cuenta». Es una cuenta corriente de la que puede ha-
cerse uso en cualquier momento. En este caso se trata también
de un tipo de moléculas cuyo nombre abreviado es ATP. Como
ya hemos indicado, se parece a una batería eléctrica que puede
cargarse y descargarse casi sin pérdidas (tabla 20, fig. 5). En
toda célula hay miles de dichas baterías, situadas en su proto-
plasma y que se cargan y descargan hasta 2.000-3.000 veces al
día. Al igual que el dinero, presentan la ventaja de que gracias
a ellas una función puede transformarse en otra completamente
distinta. Toda la actividad que se produce dentro de la célula se
realiza gracias a su mediación. La energía recibida que debe
quedar rápidamente disponible, se almacena en dichas baterías.
Además, todas las actividades celulares son accionadas por
ellas. Únicamente cuando están descargadas se acude entonces
a las reservas de azúcar o de grasa con el objetivo de volverlas
a cargar para que el servicio constante no se detenga.
Todos los animales y plantas son colonias celulares por
cuanto el inmenso número de células que las componen fabri-
can sus propias baterías de ATP. No se ha producido nunca la
aparición de órganos pluricelulares especializados en la forma-
ción de ATP y en la transmisión de energía. Tampoco en los
seres humanos. Por el contrario, los azúcares y las grasas se
almacenan tanto en las células como en los órganos pluricelu-
lares. En el caso de los organismos unicelulares animales y de
los metazoos inferiores, se trata del glucógeno parecido al al-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

midón vegetal, que junto al ATP se emplea como almacén uni-


versal de energía. En los animales pluricelulares, y también en
el ser humano, el glucógeno se almacena sobre todo en el hí-
gado y en los músculos. Debido a su estructura molecular, to-
dos los azúcares se incluyen en el gran grupo de los hidratos de
carbono. En las plantas fue otro hidrato de carbono el que se
convirtió en almacén principal de energía y materia, el almi-
dón, que se acumula en los tubérculos, las raíces, los frutos y
las semillas. De acuerdo con las necesidades de la planta, se le
puede transformar fácilmente en azúcar.
Consideraremos como momento estelar en la evolución de
los depósitos de reserva la aparición de las moléculas llamadas
grasas, que demostraron ser muy importantes en la evolución
general y la del hombre. Su primera aparición, es decir, el ins-
tante en el que se produjo el primer momento estelar en los
órganos de mantenimiento, debió producirse hace 3.500-2.500
millones de años. Una prueba de ello es que encontramos gotas
de grasa en el protoplasma de los organismos unicelulares. De-
bido a que la grasa es más ligera que el agua, estas gotas desem-
peñan el papel de órganos de flotación. Su formación se con-
virtió en una manera de evitar el hundimiento en las fosas abi-
sales, carentes de luz. Esto fue muy importante para las plantas
unicelulares así como para los animales planctónicos, cuyo ali-
mento son dichas plantas. Por ello, la segunda propiedad de las
grasas, la de almacenar energía de forma muy concentrada, de-
bió de asumir su papel en segundo lugar. En nuestros antepa-
sados vertebrados, y en nosotros mismos, la grasa se almacena
en distintas partes del cuerpo: el hígado y los depósitos grasos.
En la anguila, la grasa puede superar el 60 por ciento de la ma-
teria seca. En los animales homeotermos adquirió importancia
una tercera característica: conduce mal el calor y es adecuada
como capa aislante. En el caso de las ballenas, animales de san-
gre caliente que regresaron al mar, la capa de sebo está muy
desarrollada en el tejido conjuntivo subcutáneo. En el cacha-
lote alcanza un espesor de 35 centímetros. Además, el efecto
de empuje les viene naturalmente muy bien a estos animales.
Una cuarta propiedad de la grasa es su elasticidad. Nuestros

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

riñones y vísceras están sujetos de manera elástica mediante


depósitos grasos, con lo que quedan protegidos contra los gol-
pes. Formamos cojines de grasa en las nalgas, en la base del
pie y en la palma de la mano, pero también detrás del ojo, lo
que permite que el globo ocular gire sin fricción. En la mujer
los cojines de grasa constituyen la característica sexual del pe-
cho prominente así como las caderas y los muslos redondeados
que deben considerarse en primer término como reservas de
energía y materia para la época del embarazo. Por esta razón es
muy difícil eliminarlas mediante dietas.
En el ser humano, la formación de grasa se convirtió en un
problema debido a mecanismos innatos. Dado que el cuerpo
humano no está construido con un objetivo determinado, no se
encuentra preparado para responder a la tendencia al placer del
hombre. Es por esto por lo que la cultura gastronómica tiene
para nosotros efectos secundarios incómodos. El cuerpo crea
sin descanso reservas que ya no son el objetivo de nuestro pro-
ceso alimenticio y que nadie desea. De este modo la dieta y el
adelgazamiento se han convertido en un problema muy engo-
rroso para muchas personas.
Una segunda condición para el mantenimiento de la estruc-
tura y el orden corporales, junto a la creación de reservas, es la
eliminación de los residuos producidos en el interior del
cuerpo. La vida es, como ya se dijo, un proceso. La corriente
vital se continúa mediante estructuras materiales adecuadas ca-
paces de recibir energía y materia y transformarlas en otras sus-
tancias vivas. Estos procesos son transformaciones molecula-
res en cuyo transcurso se producen desechos de manera auto-
mática. Se habla de metabolismo y de metabolitos, o residuos
metabólicos, que participan en él. Durante la destrucción de los
hidratos de carbono y de las grasas, a veces puede utilizarse
todo durante la destrucción de las moléculas, en cuyo caso
queda al final, como desecho, agua y dióxido de carbono, dos
materias que no son especialmente complicadas. El agua es
condición indispensable para la vida y constituyente funda-
mental de las células, por lo que vuelve a utilizarse. El dióxido
de carbono puede eliminarse a través de la pared corporal en

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

los organismos pequeños, y en los grandes a través del mismo


camino por el que se obtiene el oxígeno, es decir, las branquias
o los pulmones. Sin embargo, éste es el caso más favorable.
Con frecuencia quedan residuos tóxicos para las células que
deben eliminarse. Durante el proceso de destrucción de las pro-
teínas, esto sucede de manera muy especial. Queda constante-
mente nitrógeno, en forma de amoníaco, así como azufre, fós-
foro y otros elementos en combinaciones dañinas para el
cuerpo. Las células transforman estos elementos, de nuevo me-
diante una manipulación química, en otros que ya no son vene-
nosos, es decir, que no son directamente dañinos. Sin embargo,
hay que retirarlos, ya que, de lo contrario, perturbarían la acti-
vidad interna. En el caso de los organismos unicelulares y de
los pluricelulares más sencillos, se les elimina a través de la
pared celular. En los organismos pluricelulares más grandes
llegan al estrecho sistema intersticial desde donde deben salir
al exterior del cuerpo. ¿Cómo? Va hemos mencionado los gló-
bulos blancos que, con movimientos ameboides, se desplazan
a través de los tejidos, devoran los agentes patógenos que se
hayan introducido y, cargados con ellos, abandonan el cuerpo,
es decir, se suicidan por el bien de la comunidad celular. En los
organismos pluricelulares sencillos que no disponen de ningún
sistema de vasos sanguíneos, existen ya este tipo de células mi-
gratorias, o planocitos, que hacen el servicio de recogida de
desechos. Devoran los productos residuales de las células y se
desplazan, con ellos en su interior, hasta la pared celular o el
intestino eliminándolos allí. Más tarde se formó un sistema de
finos tubos que desembocaban en el exterior. Mediante células
flamíferas el líquido se mueve en los canales. Esta solución nos
la presentan todavía los platelmintos, sobre los que ya hemos
dicho que tienen un tubo digestivo ramificado. Al igual que
éste, que alimenta directamente las células, los platelmintos
disponen de un segundo sistema de tubos ramificado que con-
duce los residuos hacia el exterior. El cuarto estadio evolutivo,
que nos muestran asimismo los gusanos, se refiere a la forma-
ción de cavidades generales del cuerpo a partir de las cuales
parten canales que conducen al exterior. Mediante «embudos

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

ciliados» (nefrostomas) recogen los desechos de la cavidad del


cuerpo y los conducen hacia fuera. Estos tubos reciben el nom-
bre de nefridios y los gusanos actuales todavía los presentan.
Las células migratorias que se mueven por el sistema de espa-
cios intersticiales y transportan los residuos hasta la cavidad
del cuerpo, cumplen otros servicios auxiliares. Vemos así un
tipo de suicidio para bien de una comunidad mayor. En otros
animales el proceso es menos dramático, las células migrado-
ras se reúnen en los nefrostomas y vacían los residuos en los
nefridios. El quinto estadio evolutivo, que nos muestran hoy
los nemertinos, es el de la formación de un primitivo sistema
de vasos sanguíneos al que se conectan los nefridios. Las vías
sanguíneas no sólo conducen ahora las sustancias nutritivas
hasta los tejidos sino que recogen allí los residuos. Los trans-
portan después hasta los nefridios, expulsándolos así al exte-
rior. En el sexto estadio evolutivo la situación cambia por com-
pleto y los vasos sanguíneos tratan de conectarse con las célu-
las flamíferas de los nefridios, con la canalización que conduce
al exterior. Esto es lo que sucede con todos los vertebrados.
Dos sistemas de canales se unen y entran en contacto íntimo.
Se forman primero los vasos sanguíneos junto a las aglomera-
ciones de varias células flamíferas, los glomérulos, a través de
las cuales conducen los residuos hasta la cavidad general del
cuerpo y desde donde llegan hasta los nefrostomas. Más tarde,
estos últimos involucionan y los «nódulos vasculares» se trans-
forman en recipientes, las cápsulas de Bowman, en los que la
sangre introduce directamente los residuos en los sistemas de
evacuación (tabla 7, c).
A quien las afirmaciones vertidas en los capítulos prece-
dentes no le hayan servido todavía como prueba de que el ser
humano no es el resultado deseado de una construcción, sino
más bien un descendiente de los peces primitivos que vivían en
el mar, surgido poco a poco mediante múltiples transformacio-
nes, le remitimos también aquí al camino evolutivo que sigue
el embrión humano. No sólo el curso que siguen nuestros vasos
sanguíneos, la aparición de los huesecillos del oído y de la la-
ringe, así como el acuario en el que se desarrolla el embrión

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

nos muestran con toda claridad que descendemos de seres vi-


vos que vivían en el agua y que respiraban mediante branquias.
La aparición de nuestros riñones a partir de los nefridios de
nuestros antepasados peces también lo demuestra, ya que el
desarrollo embrionario recapitula con toda claridad la historia
filogenética. Cualquiera de los seres humanos que aparecen a
partir de una sola célula muestra durante su desarrollo el modo
en que inicialmente los túbulos renales involucionaron, pri-
mero en su parte anterior (pronefros) y después en la central
(mesoneros), para dar lugar en su parte posterior (metanefros)
a los riñones actuales (tabla 7). Comprende en el ser humano
no menos de 2,2-2,5 millones de cápsulas de Bowman con sus
correspondientes glomérulos y cada una de estas unidades re-
cibe el nombre de corpúsculo de Malpighi, cuya eficacia es
mucho mayor que la de los nefridios originales. El 85 por
ciento del líquido retirado de la sangre por los túbulos renales
es devuelto mediante un segundo proceso, a modo de ahorro de
los animales terrestres, de nuevo a la sangre. Las sustancias ex-
traídas de ésta son comprobadas en este lugar y se devuelven
las sales necesarias para el cuerpo. Mediante circuitos regula-
dores nerviosos y hormonales se influye sobre la concentración
en sangre de las sustancias importantes para el cuerpo, además
de sobre la presión sanguínea. En el transcurso de la evolución,
el hígado se hizo cargo de la producción de urea y se convirtió
así en un órgano auxiliar en la eliminación de los residuos. El
sistema linfático, es decir, los vasos más finos que más tarde se
unieron y desembocaron en las venas, se convirtió en otro dis-
positivo auxiliar, es decir, uno de drenaje que sirve de apoyo al
sistema circulatorio. Las febriles células migradoras tienen
aquí su cuartel general y se forman en prolongaciones de los
vasos, los nódulos linfáticos. En esta evolución puede conside-
rarse como momento estelar el instante, hace 1.000-800 millo-
nes de años, en que aparecieron los primeros nefridios. Primero
desembocaron, ciegos, en los tejidos, más tarde se abrieron a la
cavidad general del cuerpo, se conectaron al sistema de vasos
sanguíneos y se concentraron en la parte posterior del cuerpo
en la que se encuentran los riñones, formando con el hígado, el

— 325 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

sistema linfático y las células migradoras un grupo muy activo


de ayudantes.
La tercera condición para el mantenimiento de la estructura
y el orden corporales, junto a la formación de reservas y la eli-
minación de los residuos, es la defensa contra los enemigos
procedentes del exterior. Todos los organismos contienen en
sus moléculas energía y materia que otros pueden utilizar. A
estos ladrones se les puede mantener a distancia mediante co-
razas, púas y venenos, mediante una defensa activa basada en
la boca o las garras, con comportamientos de huida, enmasca-
ramiento o engaño al enemigo. Sin embargo, se desarrollaron
agresores contra los que no sirven estos sistemas, ya que son
demasiado pequeños. A través del camino que ofrecen las aber-
turas del cuerpo o a través de la misma piel, penetran en el in-
terior y lo parasitan. Muchos de ellos son inocuos, no perturban
el orden interno e incluso algunos, como las bacterias y los pro-
tozoos de la flora intestinal, prestan algunos servicios, con lo
que se convierten en elementos de dicho orden interno, en ór-
ganos que ayudan al cuerpo aun a pesar de que él no los haya
creado. Sin embargo, otros muchos producen enfermedad de-
bido a su actividad depredadora, a su multiplicación y, sobre
todo, a los desechos que producen, es decir, suponen un peligro
serio para la organización total. Ya que se encuentran en el in-
terior del cuerpo, sólo desde el interior del cuerpo pueden ser
combatidos.
Ya hemos hablado de la policía interna, que adopta la forma
de glóbulos blancos, y de las células migradoras que actúan en
el sistema linfático, los linfocitos. Su actividad se extiende
hasta la última hendidura del tejido, combatiendo en todos los
sitios a los enemigos que han penetrado y retirando los resi-
duos. Además de esto, en nuestros antepasados se desarrolló
un arma defensiva de especial eficacia. Su aparición, hace 500-
400 millones de años, fue otro momento estelar en el camino
evolutivo de los órganos que mantienen la estructura y el orden
corporales.
En la ciencia actual se designa con el nombre de órgano
sólo aquellas estructuras pluricelulares orientadas hacia una

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función determinada como, por ejemplo, el ojo, la boca, el


oído, el pulmón o el corazón. Si, por el contrario, se considera
prioritario el cumplimiento de una tarea, entonces es indife-
rente el tamaño que tenga una unidad que sirve al cuerpo, si
está formada por muchas o por una sola célula que realiza la
tarea o si, en último extremo, es tan sólo parte de una célula o
su formación. Desde el punto de vista funcional, el material
genético es, sin duda alguna, una unidad de importancia deci-
siva para el cuerpo, y desde esta perspectiva un órgano. Sin
embargo, dado que no está compuesto por células sino que es
una parte del interior celular, no se habla aquí de órgano sino
de orgánulo. En el caso de las armas defensivas de las que va-
mos a ocuparnos ahora, los anticuerpos, no se trata ni siquiera
de un orgánulo sino de un producto de desecho de las células.
Son moléculas que, de acuerdo con las ideas generales, no pue-
den considerarse vivas sino que deben tomarse como estructu-
ras inanimadas. En este caso el punto de vista funcional conti-
núa sirviéndonos de ayuda. En último extremo, el cuerpo de
todos los animales y plantas está formado en su totalidad por
materia inerte, por átomos y moléculas. Estas se convierten en
«materia vitalizada» cuando se agrupan formando estructuras
que sirven a los portadores de la corriente de la vida, los seres
vivos, de una u otra forma, tal y como lo designara Teilhard de
Chardin, o en «órganos» en un sentido amplio. De este modo
es como queremos concebir a los anticuerpos, cuya aparición
consideramos incluso como un momento estelar de la evolu-
ción de los órganos de mantenimiento.
En la evolución de los animales y las plantas, el proceso
seguido fue parecido al de la aparición de los Estados y el de
la construcción de sus armas ofensivas y defensivas. Avance
por un lado, cuando se gana una guerra y el vencedor se ex-
tiende por los territorios conquistados. Avance por el otro lado,
cuando éste consigue la superioridad y adquiere mayor poder
y una mayor influencia. Sucedió lo mismo en la lucha entre los
depredadores, grandes y pequeños, y sus presas. Si eran capa-
ces de alcanzar, por mutación y sus combinaciones, un pro-
greso, tenían mayor capacidad de competencia y ampliaban su

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

área de influencia. Muchos individuos de esta especie podían


imponerse, florecer. Más tarde, los perseguidos alcanzaban una
nueva estructura de defensa, mediante mutaciones o su combi-
nación. La situación cambiaba por completo. Los que ahora
podían florecer eran los perseguidos, mientras que los depre-
dadores pasaban un mal momento. Muchos morían de hambre,
no podían reproducirse... hasta que volvía a producirse un pro-
greso a su favor. En la lucha defensiva de nuestros múltiples
antepasados la situación fue análoga, al igual que en el resto de
las líneas evolutivas del árbol de la vida. En los antepasados
primitivos de los vertebrados, las células migradoras fueron las
primeras que se ocuparon de la defensa contra la penetración
de pequeños depredadores, las bacterias, los virus y los proto-
zoos parásitos. No sólo devoraban los residuos rechazados por
las células sino que, cuando lo conseguían, también los propios
enemigos que habían penetrado. Con ello se inició la alternan-
cia entre agresión y defensa. Las células migradoras «aprendie-
ron», primero seguramente mediante señales químicas, es de-
cir, el «olor», a reconocer a los intrusos. De las bacterias intru-
sas sólo pudieron sobrevivir aquellas que fueron capaces de
huir de un modo u otro de la policía interna o que pudieron
protegerse de su actividad. Segundo paso a favor de la defensa:
las células del plasma sanguíneo logran segregar sustancias que
ponen fuera de combate, de forma parecida a la bala de un re-
vólver, a los virus, bacterias y protozoos. Dos de dichas armas
fueron el inferieron y la properdina de las proteínas. El pri-
mero actúa contra los innumerables virus, inhibiendo la síntesis
de sus ácidos nucleicos, es decir, su capacidad de reproducir el
material genético y, por tanto, su multiplicación. La segunda
está estructurada de tal manera que se une al material de la
membrana celular de las bacterias y organismos unicelulares y
no sólo los inhibe sino que los mata. Sin embargo, la duración
de esta sustancia es breve, por lo que debe ser renovada cons-
tantemente. Si dicho proceso no se produce por algún motivo,
entonces los invasores vuelven a estar en ventaja.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

El tercer paso lo constituye una fuerza defensiva específica


y adquirida. No se basa ya en la formación de sustancias, pro-
teínas, que destruyen en general estos o aquellos invasores,
sino que se fundamenta en la obtención de un arma especial
hecha a la medida de las características del agresor, del intruso.
Se determinan las características del enemigo, su estructura
molecular concreta. Esto se lleva a cabo mediante receptores,
es decir, con mayor exactitud, mediante órganos sensoriales in-
ternos. Si los linfocitos entran en contacto con nuevos invaso-
res, determinan sus características. Acto seguido, y con ayuda
de esta información, elaboran por sí mismos o con ayuda de
unidades especializadas, una proteína especial que se adapta a
las características del invasor como una llave a la cerradura y
que se une a él, quiera éste o no, convirtiéndolo en una combi-
nación totalmente distinta que ya no perturba al cuerpo y que
las células migradoras pueden ingerir y eliminar.
Los enemigos que han penetrado en el cuerpo, que le ponen
en peligro y con ello la persistencia de su material genético, de
sus genes, reciben el nombre de antígenos. Las sustancias que
los neutralizan, que los vuelven inofensivos, reciben el nombre
de anticuerpos. Se trata de proteínas específicas que destruyen
al invasor de muy distintos modos. Algunas lo matan, otras lo
disuelven como si fuesen nutrientes, otras lo neutralizan de
modo que no pueda resultar dañino. La lucha en este frente
continúa. Curiosamente, en el caso del ser humano ésta se di-
rige contra nosotros mismos. Como consecuencia de nuestra
inteligencia, la medicina ha alcanzado ya el estadio que le per-
mite sustituir los órganos dañados por los de otro ser humano,
como, por ejemplo, un riñón, por el de otra persona. En princi-
pio, al cuerpo le basta con uno solo, por lo que si se encuentra
un donante puede llevarse a cabo el trasplante. O el caso del
corazón. Aquí únicamente puede utilizarse el de una persona
que haya fallecido dejando su estructura cardiaca intacta. Estas
posibilidades existen asimismo para casi todos los órganos En
muchas circunstancias el problema radica en el proceso del
trasplante. Incluso si éste sale bien, la operación puede resultar
un fracaso, y el órgano extraño deja de funcionar demasiado

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pronto, cuando el cuerpo lo rechaza. Le ayudaría realmente, le


permitiría continuar viviendo, sin embargo, «no lo quiere». Si
el ser humano estuviese creado con el objetivo de actuar de
modo inteligente, se plantea la cuestión de por qué el cuerpo
está programado de manera «tan tonta e incapaz para el apren-
dizaje». Sin embargo, esto se explica por su camino evolutivo.
La defensa contra proteínas extrañas fue a lo largo de cientos
de millones de años una ventaja evidente. Sin embargo, en de-
terminadas ocasiones, es hoy una desventaja. Dado que dicha
evolución no está regida por ninguna voluntad con un objetivo
concreto, el cuerpo se comporta, por lo tanto, de forma «erró-
nea». Rechaza aquello que le cura, aquello que puede volver a
restablecer el orden de su estructura dañada.

TABLA 19. Nuestros antepasados y elementos constituyentes


Figuras: 1 ameba (Mayorella vespertilio), 2 glóbulo blanco de la sangre
humana (leucocito), 3 célula de la membrana del pericardio humano en un
cultivo hístico (histiocito), 4 flagelado (Trachelomonas oblonga), 5 célula
sexual masculina (espermatozoide), a = núcleo, b = pseudópodo, c = fla-
gelo. Aumento: figura 1 =x600, figura 3= x800, figura 2 y 4= x 3.000,
figura 5= x 5.000.
Como se sabe hoy, todos los animales y plantas pluricelulares, incluyendo
al ser humano, proceden de organismos pluricelulares que surgieron hace
más de 2.000 millones de años a partir de formas vivas todavía más sen-
cillas (tabla 4). A pesar de este enorme intervalo de tiempo, los organis-
mos unicelulares han logrado prosperar hasta nuestros días representados
en muchas especies, que pueden encontrarse en cualquier gota de agua.
Las figuras 1 y 4 muestran dos tipos que tienen especial éxito: las amebas,
que se mueven mediante pseudópodos y con los cuales «engloban» tam-
bién a sus presas, incorporándolas a su cuerpo, o sea, «devorándolas», y
los flagelados, que con ayuda de un flagelo se desplazan hasta los lugares
donde encuentran mejores condiciones de vida. Si se trata de una especie
vegetal se dirige hacia la luz del sol, si animal persigue a otros organismos.
Este hormigueo de variados organismos unicelulares en las gotas de agua
le parece insignificante al ser humano, a él, el Prometeo que robó el fuego
a los dioses, que contempla a sus antepasados tales como Lao-tsé, Ham-
murabi, Demócrito y Alejandro Magno, que cuenta entre sus congéneres
con Nietzsche, Beethoven y Einstein. También la ciencia parece confirmar
este menosprecio. Los primeros organismos pluricelulares de los que des-
cendemos aparecieron hace más de 1.800 millones de años, separándose

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

ya de los unicelulares (pág. 103). Los vertebrados, nuestros parientes más


próximos, están formados por miles de millones de células que forman
una compleja organización, que se han «diferenciado» en diversas funcio-
nes concretas. ¿Por qué deberían interesarnos en especial los organismos
unicelulares?
El hecho cierto es que el abismo que separa a los organismos pluricelula-
res de los unicelulares, al orgulloso hombre de la insignificante ameba, no
es en modo alguno tan grande como parece. A pesar de los 1.800 millones
de años de separación, nuestro cuerpo sigue mostrando con toda claridad
nuestra pertenencia a ellos, que descendemos de ellos. La figura 2 muestra
un glóbulo blanco, de los que en nuestro cuerpo se encuentran miles de
millones. Se deslizan igual que amebas entre los intersticios de nuestros
tejidos, engloban partículas alimenticias y las devoran. Dentro del marco
de la organización de nuestro cuerpo, tienen la función de órganos de po-
licía y de basureros. Cazan los parásitos que penetran en nuestro interior
y eliminan los residuos de los tejidos. Todavía más: si se toman tejidos de
un órgano humano y se cultivan, por ejemplo células cardiacas (3), la co-
munidad ya no puede influir sobre ellas y se convierten de nuevo en ame-
bas con pseudópodos que llevan una vida independiente. Incluso más: las
células de nuestro cerebro representan con sus pseudópodos nuestras vías
de pensamiento. Las células cancerosas son revolucionarias que consumen
el cuerpo desde el interior como un ejército de amebas. Y las especies
actuales demuestran también que las amebas se pueden convertir en fla-
gelados por reconversión de su cuerpo. Las células de tipo flagelado
desempeñan también un papel importante en nuestro cuerpo, como sucede
con los espermatozoides del hombre (5).

1. Ameba 2. Glóbulo blanco

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

3. Célula pericárdica

5. Espermatozoide

4. Flabelado

Una cuarta condición para el mantenimiento de la estruc-


tura y el orden corporales son las medidas de control y seguri-
dad. No sólo los residuos y los depredadores invasores pertur-
ban el funcionamiento interno, sino que los órganos también
pueden obstaculizarse mutuamente e incluso destruirse. Ya he-
mos hablado antes del corazón que, debido a su movimiento
constante, podría dañarse a sí mismo y a los órganos que le
circundan. Esto se evita mediante el pericardio, que es un saco
lleno de líquido. O el pulmón en constante movimiento, que se
encuentra sujeto dentro de la pleura pero separada de ella por
una delgada capa de líquido de modo que las membranas no
rozan entre sí. O las articulaciones de los huesos, que, como las

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

partes móviles de las máquinas, necesitan engrase y disponer


de un cojinete. Esta función la cumplen las bolsas sinoviales y
el tejido cartilaginoso. O la presión sanguínea, que al produ-
cirse esfuerzos repentinos podría romper los vasos. En este
caso es el brazo, del que todavía no hemos hablado, el que ac-
túa a modo de válvula de seguridad. En este órgano grande y
elástico se forman los glóbulos blancos y se destruyen los ro-
jos. Una de sus funciones esenciales, sin embargo, es también
la de válvula de seguridad. Más del 10 por ciento de los glóbu-
los rojos se almacenan aquí. Si el organismo se eleva a alturas
donde el aire contiene poco oxígeno o necesita más cantidad
de éste debido a un esfuerzo, entonces abre sus compuertas y
más glóbulos rojos extraen del aire lo que el cuerpo necesita.
Si durante ese esfuerzo la presión sanguínea experimenta un
súbito aumento, el bazo se dilata en consonancia y evita así que
se produzcan daños.
Las glándulas lagrimales se ocupan de que la córnea muy
acuosa del ojo no se seque ni roce. El reflejo de la pupila ase-
gura que las células fotosensibles de la parte trasera del ojo no
resulten dañadas por una excesiva cantidad de luz. Los reflejos
de estornudar y toser consiguen que los cuerpos extraños pue-
dan ser expulsados con rapidez antes de que obturen las vías
respiratorias. El sueño, este instinto que nos gobierna, se ocupa
de que demos a las sensibles células de nuestro cerebro el des-
canso y la recuperación necesarios. El velo del paladar y la la-
ringe se encargan de que cuando tragamos no acceda ningún
alimento a las vías respiratorias. Por último, hay que añadir la
gran cantidad de circuitos que aseguran la constante actividad
de nuestros órganos y su colaboración.
En esta línea evolutiva de los dispositivos de seguridad ne-
cesarios vamos a considerar como momento estelar el instante
en el que, durante la conquista de la tierra firme por parte de
nuestros antepasados, se mantuvo constante el «ambiente in-
terno» de nuestras células. Este instante se produjo hace 350-
330 millones de años.
Hay que tener en cuenta que los seres vivos primitivos que
existieron hasta la aparición de la célula, estuvieron adaptados

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

durante 3.000 millones de años al mar como espacio vital y


entorno, es decir, a la composición de las sustancias disueltas
en sus aguas. Cuando aparecieron los organismos pluricelula-
res, la evolución continuó también en el mar, es decir, en el
mismo ambiente. Con la conquista del agua dulce comenzaron
las complicaciones, pues se hicieron necesarios dispositivos
que asegurasen la concentración interna de sales y otras sustan-
cias contra el efecto diluyente de un entorno distinto. Sin em-
bargo, el problema adquirió dimensiones críticas durante la
conquista de la tierra firme. El portador de la vida ya no estaba
rodeado de agua sino de aire. Como se ha expuesto ya en un
capítulo anterior, el embrión de todos los vertebrados, incluido
el ser humano, crece en un «acuario artificial», el amnios. En
este caso junto a la composición del medio circundante, juega
un papel decisivo sobre todo el efecto de la gravedad terrestre
que se experimenta en el medio aéreo. En el amnios, el embrión
es tan ligero como en el agua y, por consiguiente, puede desa-
rrollarse a sus anchas. Sin embargo, no sólo el embrión de los
vertebrados terrestres se desarrolla en un ambiente artificial
sino que, tomado en sentido estricto, todo vertebrado terrestre,
y, por lo tanto, también nosotros, es en su conjunto un acuario.
Las células de las que consta nuestro cuerpo y que por múlti-
ples diferenciaciones forman los diversos órganos, están rodea-
das de un líquido hístico cuya composición química es sorpren-
dentemente análoga a la del océano primigenio. Si el ser hu-
mano fuera un desarrollo especial o el objetivo de una planifi-
cación, esto no sería necesario. Sin embargo, ya que durante un
período tan prolongado (de 3.500 millones de años) las células
se habían adaptado al agua, al mar, su organización interna no
era ya modificable mediante variaciones en su material gené-
tico. Era mucho más sencillo adquirir dispositivos que conti-
nuaran garantizado la constancia del medio original. Puede que
la idea parezca absurda: sin embargo, hasta la fecha las células
de todos los animales terrestres viven en un líquido que, a tra-
vés de numerosos órganos e innumerables circuitos regulado-
res, se mantiene constante, de modo que se parece al océano
original. Especialmente importante para el funcionamiento de

— 334 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

las membranas celulares, es decir, para aceptar determinadas


sustancias y evitar la entrada de otras, son las sales disueltas en
la sangre, en los líquidos hísticos y en la linfa, en especial las
relaciones entre ellas. En el mar, la relación entre las cantidades
de cloruro sódico, cloruro potásico y cloruro de calcio son de
[Link], y en el líquido corporal de [Link]. Desde el punto de
vista externo, el aspecto de los vertebrados terrestres es com-
pletamente diferente al de sus antepasados los peces. La comu-
nidad celular que los constituye, sin embargo, continúa vi-
viendo en el ambiente originario.
Para el mantenimiento de la estructura y el orden corporales
es necesaria, junto con la formación de reservas, la eliminación
de residuos, la defensa contra las perturbaciones externas y las
medidas de seguridad interna y de control constante, otra con-
dición, que es la capacidad de renovación, la regeneración. Las
partes se van gastando y deben ser respuestas. En la interacción
con el entorno se producen lesiones, pérdida o destrucción de
órganos, cuya reconstrucción es vital ya que, en caso contrario,
el flujo de la vida cesa en ese punto. La célula como elemento
estructural del cuerpo pluricelular muestra aquí toda su fuerza
y potencia. Es, visto desde el punto de vista económico, un ma-
terial de construcción caro, precisa un aporte constante de ener-
gía y materia; cada una de ellas está dotada de la información
del plan completo del organismo. Pero cuando los órganos en-
vejecen o están lesionados, este esfuerzo suplementario resulta
una ventaja. Todas las células nucleadas son, en principio,
«omnipotentes» y son capaces de diferenciarse para funcionar
de acuerdo con cada una de las diversas posibilidades del có-
digo genético. En las plantas aún puede observarse esta capa-
cidad. Experimentalmente puede obtenerse un nuevo individuo
incluso a partir de células sueltas muy diferenciadas. En el caso
de los animales, esta capacidad de transformación se reduce
con el grado de su mayor desarrollo, o expresado con mayor
exactitud, con la diferenciación de la comunidad celular. Si se
corta un turbelario en tres partes, el extremo posterior es capaz
de formar una nueva cabeza y un nuevo segmento intermedio,
el extremo anterior el resto del cuerpo y el intermedio una

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

nueva cabeza y una nueva cola. Incluso si se divide al animal


en 200 trozos, muchos de ellos dan lugar a un nuevo turbelario,
aunque más pequeño. También en nuestros antiguos parientes
los equinodermos la capacidad de regeneración es notable. Si
cortamos un brazo de una estrella de mar, éste se renueva, es
decir, forma un nuevo disco central y otros cuatro brazos. En
los vertebrados esta capacidad se ha reducido mucho. Las sa-
lamandras son todavía capaces de regenerar miembros enteros,
y es bien conocido que la lagartija puede hacerlo con su cola.
En lugar de la porción perdida de la columna vertebral aparece
un cordón cartilaginoso. Sin embargo, esto son excepciones, ya
que, por regla general, lo único que puede curarse son las heri-
das, es decir, sólo pueden regenerarse partes de los órganos. De
todos modos, las aves renuevan su plumaje y en el ser humano
los cabellos cortados vuelven a crecer. Cuando se afirma que
todo nuestro cuerpo se renueva cada 7 años esto es cierto en
tanto en cuanto la mayoría de nuestras células, salvo las ner-
viosas y musculares, envejecen constantemente, mueren y se
forman de nuevo. Las células de las capas externas de nuestra
piel se queratinizan, se desprenden sin cesar y son restituidas.
Los glóbulos sanguíneos tienen una vida corta y se regeneran
permanentemente en la médula ósea. Los osteoblastos del es-
queleto se disgregan y vuelven a aparecer. Las células indife-
renciadas del cuerpo son una especie de reserva y pueden, se-
gún las necesidades, diferenciarse, es decir, ocuparse de tareas
específicas. El grado de omnipotencia de nuestras células cor-
porales se pone de manifiesto claramente con los virus. Estos
son, en realidad, material genético extraño. Penetran en las cé-
lulas y sustituyen el material genético de éstas por el suyo pro-
pio. Si atacan al cuerpo, nuestras células se vuelven a progra-
mar para fabricarlos, los hacen con toda perfección y, más
tarde, mueren. Para decirlo con mayor claridad: si se les dan
las órdenes precisas, nuestras células son capaces incluso de
producir virus.
El momento estelar de esta evolución que debe incluirse en
el marco de los órganos necesarios para el mantenimiento, se
sitúa hace 4-2 millones de años. El desarrollo de la inteligencia

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

humana fue determinante. Condujo a que el ser humano au-


mentase el número de sus órganos mediante estructuras artifi-
ciales, creando órganos técnicos. Consideramos las armas, las
herramientas y los vestidos como no pertenecientes al cuerpo
debido a que no están formados por sustancia celular. Sin em-
bargo, de hecho, amplían las capacidades del cuerpo y le sirven
lo mismo que cualquier otro órgano. Desde el punto de vista
funcional, unas gafas o un lápiz también lo son. Las ventajas
de estas unidades formadas a partir del sistema nervioso central
y no del material genético son, entre otras, que se pueden guar-
dar. No gravan al cuerpo ni tienen que ser arrastradas de ma-
nera permanente. Otra ventaja es que se pueden sustituir con
mayor facilidad que las estructuras celulares. Entre las comu-
nidades humanas organizadas, algunas se especializaron en su
fabricación y las suministran a cambio de otros valores. El
desarrollo industrial incrementó esta posibilidad hasta el infi-
nito. Mediante el intercambio, a través del dinero, se puede
comprar y sustituir hoy cualquier herramienta, cualquier uni-
dad que pueda prestarnos algún servicio. El mantenimiento de
estos «órganos artificiales» se puede encomendar a otros.
Como se indicó al principio, la larga duración de la vida de
las plantas y los animales es sólo una ventaja limitada en cuanto
al desarrollo de la vida, a su evolución. Lo que sobrevive a los
individuos es el plan de su estructura, que se renueva en cual-
quiera de los actos de su reproducción. Por lo tanto, el órgano
central del mantenimiento es el material genético que permite
una constante regeneración de la totalidad de los individuos.
Su vida individual es limitada, si bien la estructura de la especie
se conserva a pesar de todo. Constantemente aparecen nuevos
corzos, abedules o seres humanos, nuevos ojos, corazones u
hojas. En el caso de los órganos artificiales mediante los que
aumentamos las capacidades de nuestro cuerpo, aparecen nue-
vos mecanismos de reproducción y mantenimiento. Los meca-
nismos de síntesis se transmiten ahora de forma oral, se fijan
con la escritura y se enseñan en la escuela. De este modo, en
este desarrollo creado por el hombre se preserva también lo que
resulta útil, lo que realiza alguna tarea. Igual que los órganos

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

celulares han mantenido en el curso de generaciones siempre


la misma estructura, hasta que han sido sustituidos por otros
más aptos para dichas funciones, los productos de nuestra téc-
nica se mantienen siempre en modelos nuevos hasta que son
desplazados por otros mejores.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

XVI. ELEMENTOS Y PROPORCIONES

Queda todavía por comentar una serie importante de pro-


blemas. ¿Influyen los elementos que constituyen nuestro
cuerpo sobre su forma? ¿Por qué todos los animales superiores
son simétricos, por qué lo es también el ser humano? ¿Por qué
estamos formados, al menos en lo que se refiere a nuestra ima-
gen externa, por dos mitades especularmente casi idénticas? Y
finalmente: ¿por qué tenemos el tamaño que tenemos? ¿Por
qué no medimos tan sólo un centímetro, o por qué no llegamos
a medir 48 metros de altura? Tal y como se verá, a este respecto
el tamaño del planeta sobre el que vivimos tiene una influencia
inmediata. También lo es la materia de la que estamos hechos.
En cuanto al tamaño del planeta, tiene en el punto de la evolu-
ción alcanzando en la actualidad incluso una importancia espe-
cial, determinante para el destino de todos los seres vivos que
habitan en él.
Empecemos, por lo tanto, por los elementos. Son átomos,
precisamente los mismos que forman también las montañas,
los desiertos, el mar, los lagos, los ríos y el aire. En cuanto al
material, las montañas, las aguas y los gases son parientes le-
janos nuestros. A quien no crea esto le remitimos al ejemplo de
las plantas. Su «alimento» está constituido completamente por
materia inorgánica. Su fuente de energía son los rayos solares,
su fuente de material es en primer término el agua con las sus-
tancias y el aire disueltos en su interior. Transforman en sus
estructuras «materia inerme» en «materia viva». Los átomos
que extraen de su entorno, fundamentalmente los de carbono,
hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, los transforman con la ayuda
de la energía luminosa en estructura que continúa el proceso de
la vida. Por tanto depende de una combinación determinada de
elementos. Si dicha combinación es de tal tipo que el proceso
de la vida puede continuar en ella, entonces se ha transformado
en materia orgánica. Si la combinación ya no es adecuada, o

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

si envejece perdiendo de esta manera su adecuación, entonces


se detiene el proceso en este punto y la estructura se descom-
pone convirtiéndose la materia de nuevo en inorgánica.
Los animales son, como se ha indicado ya en varias ocasio-
nes, por regla general, depredadores de materia orgánica. Su
fuente de energía la constituyen las fuerzas que mantienen uni-
dos los átomos, en último término la energía de los rayos sola-
res que transforman las plantas en la energía de unión que man-
tiene a sus átomos juntos. Si un animal devora una planta le
roba dicha energía y sustancia, degrada su materia orgánica y
forma con ella su propia materia orgánica. Si un animal se
come a otro, entonces sucede lo mismo: de nuevo se roba ma-
teria orgánica y se transforma en otra estructura orgánica. Por
tanto, lo que diferencia a los seres vivos de las montañas, los
mares, los desiertos y el aire no es en modo alguno la materia
que los constituye sino un proceso, que continúa cuando los
átomos dan lugar a una combinación determinada, cuando la
estructura formada por ellos está dotada de las propiedades ne-
cesarias. Desde este punto de vista los seres vivos no son en sí
el auténtico fenómeno sino un proceso que se continúa a través
de ellos. Dicho proceso se inició hace 4.000 millones de años
en el mar y fue creciendo poco a poco como un alud. Sus por-
tadores son los seres vivos. Éstos se multiplicaron, aparecieron
cada vez más especies nuevas. Dicho con mayor precisión:
aparecieron cada vez nuevas combinaciones de moléculas, de
tal forma que continuaron un proceso que aumentaba como un
alud. Al principio esto sucedió tan sólo en el mar, después tam-
bién en aguas salobres y finalmente también en tierra, en el
aire. Así el auténtico fenómeno es una corriente que iba en au-
mento, a la que hemos denominado en su totalidad «corriente
de la vida», que atrae cada vez más materia inorgánica y ener-
gía, sometiéndola simultáneamente a su servicio y que conti-
núa siempre mediante generaciones sucesivas de combinacio-
nes atómicas, en especies siempre nuevas de «seres vivos». Si
una combinación es adecuada para continuar esta corriente, en-
tonces es un ser vivo. Si no es adecuada para dicha función, no
lo es. Si pierde la adecuación, entonces deja de ser un ser vivo.

— 340 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

¿Cuándo apareció la materia que nos convierte en parientes


lejanos de las montañas y los mares, dónde se encuentran los
momentos estelares de este proceso evolutivo?
El primero coincide con el origen del Universo, que de
acuerdo con las investigaciones actuales se produjo hace apro-
ximadamente 13.000 millones de años. Los átomos, por su
parte, están compuestos también por unidades más pequeñas,
que constituyen los auténticos elementos de toda la materia.
Todos los átomos están constituidos por las mismas «partículas
elementales», cuyo tamaño es un millón de veces menor que el
de los átomos. La visión general se facilita gracias al hecho de
que existen tan sólo tres de dichas partículas elementales que
constituyen la estructura permanente de los átomos, y que re-
ciben los nombres de protones, neutrones y electrones. Toda la
materia de la que están formados el planeta Tierra y los demás
cuerpos celestes, está constituida por protones, neutrones y
electrones. Los protones y neutrones, grandes y pesados, apa-
recieron en la cuarta centésima de segundo después del origen
de nuestro Universo, los electrones algo más tarde, en el trans-
curso del primer minuto (tabla 16).
El Universo se originó en un fenómeno que en ciencia se
designa con la expresión, un tanto insustancial, de «explosión
inicial» o big bang. Se trató de una explosión de dimensiones
inimaginables. El hecho de que se hubiese producido se reco-
noció cuando se observó que las galaxias y sus estrellas se ale-
jan unas de otras a gran velocidad, desplazándose cada vez más
lejos y en todos las direcciones del Universo, o de acuerdo con
la formulación actual, difícil de concebir para nuestro pensa-
miento, que el espacio se extiende cada vez más sobre ellas. El
instante de la explosión, a consecuencia de la cual apareció
masa, es decir, materia, a partir de la energía, se puede calcular
a partir de la velocidad de dichos movimientos. Además esta
explosión dejó un eco residual, que puede detectarse todavía en
la actualidad: la radiación cósmica del fondo de microondas.
A partir de ella se ha podido calcular que la temperatura que
reinaba en el instante de la «explosión inicial» era muy superior

— 341 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

a los 100.000 millones de grados. En este punto nos vemos


obligados a introducir brevemente otra concepción.
Desde siempre se consideró que la materia y la energía, es
decir, la sustancia y la fuerza, eran algo completamente dis-
tinto. Sin embargo, Einstein reconoció en 1906 que la materia
es una forma de energía, que cada gramo de materia representa
9×1020 ergios de energía. En los años 1932 y 1933 se logró de-
mostrar este hecho experimentalmente convirtiendo materia en
energía y obteniendo materia de energía pura. Las partículas
elementales que forman toda la materia son, por así decirlo,
«paquetes» altamente estables de energía altamente concen-
trada. De este modo, la idea tan natural para nuestro cerebro de
que la materia y la energía eran cosas completamente distintas
ya no puede mantenerse por más tiempo.
Cuando en el Antiguo Testamento Dios creó al principio la
luz, esto coincide con la concepción actual del inicio de nuestro
Universo. El principio fue luz, radiación, de una intensidad
inimaginable, y en este instante de una concentración inimagi-
nable de fuerza y calor apareció la masa a partir de la energía,
se formaron las partículas elementales. Este fue, por tanto, el
primer momento estelar importante, hace 13.000 millones de
años. En el mismo instante de la aparición del Universo actual
se formaron también las partículas elementales que forman, en
última instancia, nuestro cuerpo, que constituyen toda la mate-
ria por nosotros conocida (tabla 16, A, B). El segundo mo-
mento estelar, unos 400.000 años después de la «explosión ini-
cial», fue el instante en el que se formó el primer átomo.
Todos los átomos están formados por un núcleo, compuesto
por protones y generalmente también por neutrones, y por los
electrones cuyo tamaño es mucho menor, que dan vueltas alre-
dedor de dicho núcleo a gran distancia de él. De este modo,
todos los átomos están formados en una proporción muy pe-
queña por masas, en realidad materia, estando constituidos
principalmente por «espacio vacío». Esto repugna también a la
«inteligencia humana sana», si bien es, a pesar de todo, un he-
cho completamente comprobado. En el caso más sencillo un
electrón gira alrededor de un protón, formando el átomo del

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

elemento llamado hidrógeno. Si 29 electrones giran alrededor


de 63 protones y neutrones, el átomo del que se trata es el del
elemento llamado cobre. Si son 79 los átomos que giran alre-
dedor de 197 protones y neutrones, entonces el átomo que ha
aparecido es el elemento llamado oro. Si son 92 los electrones
que giran alrededor de 238 protones y neutrones, entonces apa-
rece un átomo del elemento pesado denominado «uranio».
La formación de los átomos exige una gran cantidad de
energía. Se formaron cuando aparecieron en el Universo en ex-
pansión y sometido a enfriamiento las galaxias, en cuyo seno
se produjo la formación de las estrellas, soles, así como las in-
mensas explosiones de supernova. Como salidos del horno,
fueron apareciendo los diversos átomos, también aquellos que
constituyen nuestro propio cuerpo. Muchos de ellos son más
viejos que el planeta Tierra, que según la idea dominante en la
actualidad apareció hace aproximadamente 60.000 millones de
años mediante el colapso de gas y polvo cósmicos (tabla 11).
A partir de los átomos, y de nuevo a causa de sus propiedades
eléctricas, aparecieron los enlaces entre los átomos, las molé-
culas. Este proceso se inició hace aproximadamente un millón
de años tras la explosión inicial. Este fue el tercer momento
estelar en el camino evolutivo de la materia que forma nuestro
cuerpo.
La unión de moléculas en los mares primigenios de nuestro
planeta dio lugar a aquellas combinaciones gracias a las cuales
se inició, hace 4.000 millones de años, el proceso de la vida, un
proceso cuya particularidad radica en que no alcanza, como los
demás, estados de equilibrio con las fuerzas del entorno com-
pensando de este modo su potencia para realizar trabajo, sino
que, por el contrario, aumenta dicha potencia como un alud. En
el transcurso de este proceso se produjo necesariamente, muy
pronto, una lucha competitiva entre las estructuras que los con-
tinuaban. Éstas necesitaban energía, necesitaban materia.
Quien era capaz de obtener con más facilidad dicha «materia»,
sin importar la forma en que se presentase, se encontraba en
una posición superior respecto de los demás, les arrebataba di-

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

cha materia, la incorporaba a su propia estructura, es decir, po-


día crecer con más rapidez y multiplicarse más, continuar el
proceso de la vida antes que los demás, que, necesariamente,
se quedaban, en esta competición, por el camino. Cada nueva
propiedad que significaba en este proceso una ventaja poten-
ciaba a sus portadores y se convertía en una desventaja para los
demás. Esta competencia ha continuado hasta nuestros días.
Los animales y las plantas que nos rodean nos dan clara mues-
tra de ello. La lucha de los seres humanos y de las estructuras
de poder creadas por nosotros, empresas, Estados, nos lo de-
muestran. Para el desarrollo de los organismos fue importante
en tanto en cuanto en dicho círculo, que Darwin denominó «lu-
cha por la existencia», los progresos se imponen. En realidad,
no se trata de una lucha «por la existencia» sino «por la conti-
nuación». Las estructuras que son capaces de continuar mejor
el proceso de la vida en algún campo determinado se imponen,
desplazan a otras, continúan siempre en las siguientes genera-
ciones hasta que de nuevo se produce una mejora gracias a la
cual la corriente de la vida se puede imponer de forma más
competitiva, por lo que las estructuras que son menos aptas son
desplazadas. Desde este punto de vista se pueden comprender
los animales y las plantas y su idoneidad con mucha más faci-
lidad. Si vemos en ellos el objeto principal, como se suponía
hasta ahora, entonces tropezamos automáticamente con la pre-
gunta: ¿Quién los creó, cómo se produjo su idoneidad? Si por
el contrario concebimos el fenómeno real como un proceso pa-
recido a un alud, entonces queda claro que tan sólo determina-
das estructuras dotadas de propiedades muy concretas son ca-
paces de continuarlo, y precisamente éstas son las que resultan
idóneas, por lo que desplazan a las precedentes. La introduc-
ción de una lucha competitiva fue por ello un momento estelar
especialmente importante para el desarrollo global de la vida.
Y de igual modo que la aparición de las materias fundamenta-
les coincidió prácticamente con la del Universo, el inicio de la
competencia coincidió con el del proceso de la vida, hace apro-
ximadamente 4.000 millones de años.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Nada nos parece más natural que el hecho de que nuestra


estructura sea simétrica. Sin embargo, nada es evidente en
nuestro mundo. Todo lo que existe tiene una causa, y las causas
son lo que tratan de estudiar la ciencia y la filosofía. Un ave-
llano no es en modo alguno simétrico, la mayoría de las plantas
no lo son. Los animales no son todos simétricos. Por ejemplo
los cisnes. Si nos lavamos con una esponja de baño entonces lo
hacemos con el esqueleto interno de un animal libre de sustan-
cia viva. Este es todo menos simetría.
Los animales se hicieron simétricos en el instante en el que
empezaron a buscar mediante movimientos de progresión el
alimento. En esta actividad, la simetría se convierte en una ven-
taja. Imaginemos un escarabajo que tenga en un lado seis patas
y en el otro tan sólo una. Es muy probable que en ese caso corra
describiendo círculos, pero, incluso si logra desplazarse en lí-
nea recta hacia un objetivo, estará, sin duda, en desventaja
frente a un competidor que con una estructura corporal idéntica
disponga, sin embargo, de tres patas a cada lado. De este modo
se imponen en todas las líneas evolutivas estructuras simétricas
de los animales. Si la boca se encuentra delante, en el centro,
ésta es la mejor solución para una búsqueda activa depredadora
del alimento. Si los órganos sensoriales más importantes, los
ojos, las narices, los oídos, se encuentran situados en las proxi-
midades de dicha abertura, esto representa asimismo una ven-
taja. Otra ventaja la constituye el hecho de que los ojos y los
oídos aparezcan en parejas, es decir, que estén dispuestos si-
métricamente a ambos lados del cuerpo. Durante la adaptación
a un tipo especial de vida, mediante la herencia, pueden produ-
cirse naturalmente también excepciones. Las platijas viven de
lado sobre el fondo, están perfectamente camufladas gracias a
la adaptación de su color, esperan de este modo a la presa. Esta
forma de actuar demostró ser ventajosa: las platijas se impusie-
ron. Mediante mutaciones lograron incluso que el ojo que te-
nían situado hacia abajo se desplazase hacia el otro lado. De
este modo son ahora asimétricas, tienen ambos ojos en el
mismo lado. Durante el desarrollo embrionario de estos peces

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

se ve sin embargo, con toda claridad, que descienden de ante-


pasados simétricos y que lo único que han hecho es adaptarse
a una manera especial de captura de la presa.
En la línea de nuestros antepasados se produjo hace 1.200-
1.000 millones de años la formación de la estructura simétrica
del cuerpo, otro momento estelar del camino de la evolución
de nuestro propio cuerpo. En realidad con la competencia que
actúa constantemente, esta simetría necesaria se mostró como
un factor estructural de primer orden. No fue ninguna pincelada
genial del creador, sino tan sólo una necesidad. Los órganos
internos como el pulmón, el corazón, el hígado y las asas intes-
tinales tuvieron que plegarse a este dictado. Independiente-
mente de cuál sea su posición, deben estar dispuestos de tal
forma que no perturben la simetría necesaria para el cuerpo en
su totalidad.
La siguiente cuestión es: ¿por qué el ser humano alcanza
una estatura de dos metros mientras que el abeto llega a medir
más de 20 metros y una ballena supera incluso los 30 metros
de longitud? La respuesta es que en este caso el factor que de-
termina la forma es aquí la fuerza gravitatoria ejercida por el
planeta en el que vivimos, es decir la fuerza de la gravedad. La
influencia de dicha fuerza se reduce sensiblemente debajo del
agua gracias al empuje, motivo por el cual en su seno pueden
desarrollarse animales mucho mayores y a pesar de ello de gran
movilidad. En tierra, por el contrario, todos los seres vivos se
ven completamente afectados por la fuerza de la gravedad, lo
que impone un límite al desarrollo del tamaño tanto de las plan-
tas como de los animales. Si aumenta el tamaño de un cuerpo
en tierra, entonces lo hace también su volumen corporal, y con
ello su peso, como el cubo (es decir, la tercera potencia) del
tamaño, por lo que la capacidad de soporte de las partes que lo
sostienen debe aumentar con la sección, es decir, con la se-
gunda potencia (el cuadrado) del tamaño. Éste es el motivo por
el cual los animales más grandes necesitan patas mayores y los
árboles más altos troncos relativamente más gruesos. La com-
paración entre un ratón y un elefante demuestra este hecho con
claridad, si bien esto queda más patente al comparar los troncos

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

de un roble joven y uno viejo. Si nuestro planeta tuviese un


tamaño de una cuarta parte del que tiene y su fuerza gravitato-
ria tuviese, por lo tanto, una intensidad cuatro veces menor de
la que tiene, entonces podrían formarse animales terrestres mu-
cho mayores y los troncos de los árboles podrían crecer mucho
más. Si por el contrario, nuestro planeta fuese cuatro veces ma-
yor de lo que es y su atracción aumentase de manera corres-
pondiente, no sería posible que nuestro cuerpo alcanzase el ta-
maño que tiene en la actualidad.
Con esto llegamos a una interdependencia muy importante
e interesante: ¿hasta qué punto dependió la evolución hasta lle-
gar al ser humano de un determinado tamaño del planeta en la
que se produjo?
Hay que tener para esto en cuenta lo siguiente: el tamaño
de las partículas elementales está predeterminado, así como
también el tamaño de los átomos por ellas formados. El que un
átomo de oxígeno o de hierro se encuentre en un cuerpo celeste
grande o pequeño no influye para nada en su tamaño o, en todo
caso, no lo hace de forma esencial. Las fuerzas que mantienen
unidos los átomos son de tal magnitud que, comparadas con
ellas, la fuerza de la gravedad juega tan sólo un papel subordi-
nado, a no ser que se produzcan en el Universo inmensas con-
centraciones de materia. Sin embargo, no nos referimos a éstas
sino únicamente a los cuerpos celestes que forman parte de la
evolución de la vida. Dado que el tamaño de los átomos tam-
bién es fijo está asimismo fijado el de las moléculas, lo que
influye a su vez sobre el tamaño de la célula. Evidentemente
debe estar formada por un número mínimo de moléculas para
poder llevar a cabo la totalidad de su función, ya que, en caso
contrario, se habrían impuesto en el curso de la competencia
células más pequeñas, compuestas por un número menor de
unidades. El tamaño de la célula influye, sin embargo, en un
punto importante del proceso de aparición del hombre. Para la
formación de nuestro cerebro se precisaban, evidentemente,
unas dimensiones adecuadas, hecho del que la comparación
con los monos nos ofrece un ejemplo muy claro. El tamaño del
cerebro significa: el número de ganglios, es decir, de células

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

nerviosas. Los cuerpos constituidos por células deben, por


tanto, alcanzar una cantidad determinada de ellas para acceder
a la posibilidad de tener inteligencia. En un planeta cuatro o
seis veces mayor se hubiesen formado, sin embargo, al menos
en tierra, tan sólo seres vivos más pequeños. Dado que además
del de los átomos y de las moléculas, también viene determi-
nado el tamaño mínimo de las células, habría sido muy difícil
que alcanzásemos un número de ganglios suficiente que nos
hubiese permitido disponer de un pensamiento inteligente y
consciente de nuestro yo. Por el contrario, sobre un planeta me-
nor se hubiesen podido formar animales de mayor tamaño, si
bien habría surgido en este caso el problema de si el tamaño de
la superficie bastaba para que se produjese el proceso de la evo-
lución. En este caso existen también límites que indican que
sólo mediante una gran variedad de formas y de cambios gené-
ticos y sus combinaciones se habría podido llegar a la anagé-
nesis. A un Dios se le puede conceder la capacidad de poner en
un mundo de tan sólo 100 metros de diámetro un ser humano;
sin embargo, en el camino que ha tomado en realidad el desa-
rrollo de la vida, esto no habría sido en ningún modo posible.
Aceptamos que aquí se pueden hacer muchas objeciones.
Existen células de tamaños muy diferentes. Los insectos muy
pequeños han logrado desarrollar funciones cerebrales muy
considerables. Es posible que, a través de otro camino seguido
por las mutaciones y la aparición de mecanismos que potencia-
sen la evolución, hubiesen aparecido también seres inteligentes
del tamaño de un guisante. Sin embargo, en este contexto, cabe
indicar de forma general que para el desarrollo de la vida no
sólo se necesita agua, no sólo se requiere este o aquel tipo de
átomos, esta o aquella temperatura y condiciones similares,
sino que el tamaño del planeta, sobre el cual se desarrolla dicho
proceso, juega también un importante papel. Si es muy pe-
queño, entonces existen unos límites que se imponen al desa-
rrollo de la altura. Si es demasiado grande, entonces es la fuerza
de la gravedad la que impone a su vez los límites. Para la esta-
tura del ser humano hay dos cosas que son, de todos modos,
importantes. Primero, el tamaño de los elementos de los que

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

estamos formados, es decir, el tamaño de las partículas elemen-


tales y de los átomos, determinado por las leyes físicas. Se-
gundo, el tamaño del planeta Tierra, nuestro hogar. De este
modo tampoco estamos ante una pincelada caprichosa de un
creador que nos crea a nosotros personalmente. También aquí
se produce la fuerza formadora de las condiciones que deter-
minaron el proceso de la vida y señalaron con ello la evolución
del ser humano.
Otro momento estelar: la influencia modeladora ejercida
por la fuerza de la gravedad terrestre que en el mundo acuático
no juega un papel despreciable. El ejemplo más claro ya se ha
comentado: la ventaja en la selección, la ventaja competitiva
de aquellos peces que, a través del rodeo de la adaptación al
aire de sus antepasados, consiguieron el órgano de la vejiga na-
tatoria. Si no existiese la gravedad terrestre entonces este ór-
gano sería superfluo, por lo que no brindaría ningún tipo de
ventaja en la competencia. Otro ejemplo: el de la ballena ya
mencionada. Se trata de un mamífero de sangre caliente, que
desciende de vertebrados terrestres. En tierra los mamíferos de
mayor tamaño son el rinoceronte y el elefante. Sus patas nos
muestran con claridad que en su caso ya no puede producirse
un aumento de la masa corporal. Sin embargo, en el mar este
aumento podría tener lugar sin dificultades. Los enormes cetá-
ceos se desplazan por los mares sin dificultad y a gran veloci-
dad. Por lo tanto, el instante de la conquista de la tierra es un
momento determinante en lo referente al tamaño. En el caso de
los miriápodos, los insectos y los arácnidos el tamaño de sus
cuerpos está limitado por la coraza externa. Los vertebrados,
dotados de un esqueleto interno, pudieron por el contrario desa-
rrollar en tierra cuerpos mucho mayores. El sexto momento es-
telar es, por tanto, el de la evolución de nuestros elementos
constituyentes y proporciones, la conquista de la tierra por
parte de nuestros antepasados peces hace aproximadamente
350 a 330 millones de años.
Existe todavía otra problemática importante que no debe-
mos olvidar, importante en cuanto al desarrollo global de la

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

evolución y especialmente importante en el punto de la evolu-


ción en el que nos encontramos en la actualidad. Se trata de la
armonización de los órganos entre sí, respecto del cuerpo en su
totalidad y respecto del entorno. La importancia decisiva de la
competencia entre los diversos portadores del proceso de la
vida, los «seres vivos», ya se ha subrayado. ¿Quién vence en
esta lucha? Evidentemente aquellas estructuras que, por un
lado, responden mejor a su entorno, cuyos órganos están, por
lo tanto, mejor adaptados a las necesidades particulares, y, por
otro lado, también aquellas que son capaces de realizar la
misma función de forma más económica o favorable. Si un ani-
mal tiene un corazón cuatro veces mayor de lo necesario, esto
significa un gasto innecesario y actúa de forma negativa en la
competencia. Esto se cumple, sin embargo, no sólo para el co-
razón, que se ha tomado como un ejemplo arbitrario, sino de
igual forma para cualquier otro órgano. Cuanto más armónico
sea el cuerpo en su totalidad respecto de sus necesidades reales,
tanto más fácil le será sobrevivir en la lucha con sus competi-
dores.

TABLA 20. Los órganos principales del hombre y del manzano,


que generalmente no se consideran como tales
Figuras: 1 material genético (cadena de ADN) con los extremos sólo en
esquema, 2 plastidio, 3 mitocondria, 4 ribosoma, 5 molécula de ATP. a =
cadenas de polinucleótidos, a las que se adhieren las letras del código ge-
nético en forma de cuatro bases: b = adenina, c = timina, d = guanina, e =
citosina, f = membrana externa, g = láminas de grana, h = crestas, j =
subunidades del ribosoma, k = centro de síntesis, l = ARN mensajero, m
= ARN de transferencia, o = cadena de proteína sintetizada, p = molécula
de adenosinmonofosfato, r, s = fosfatos, t, u = energía liberada en la sepa-
ración de los fosfatos. Aumento: figura 2= ×30.000, figura 3= ×70.000,
figura 4= ×1.500.000, figura 1 = ×15.000.000, figura 5= ×50.000.000.
El concepto de órgano surgió en una época en la que no existían micros-
copios ni análisis químicos y designa a partes del cuerpo claramente dife-
renciadles, tales como piernas y brazos, ojos y nariz, corazón e hígado.
Hoy sabemos que las funciones más importantes en las plantas, los ani-
males y el ser humano no las realizan esas grandes unidades pluricelulares
sino los órganos de las células que nos constituyen, que, sin embargo, por

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

el concepto tradicional de órgano que tenemos no se consideran como ta-


les. No obstante, si designamos con esta palabra a las unidades principales
a las que el cuerpo debe sus funciones y capacidades, debemos colocarlas
en primer lugar.
La figura 1 muestra el material genético contenido en cualquier núcleo
celular, que durante el proceso de la reproducción imparte todas las órde-
nes necesarias para la formación de un nuevo individuo. Tiene la forma
de una cadena doble (a) a la que se unen cuatro moléculas diferentes (b-
d), las letras del código de instrucciones, el código genético. En cada di-
visión celular la doble cadena se divide de tal modo que cada una de las
nuevas células contiene en su núcleo todo el código. En el ser humano
estas cadenas son tan largas que el código traducido a nuestra escritura
ocuparía 10 tomos de una enciclopedia de 1.000 páginas cada uno (capí-
tulo 5). La figura 2 muestra el orgánulo celular llamado plastidio, un taller
con cuya ayuda las plantas aprovechan la energía solar. Las hojas son sim-
plemente estructuras auxiliares mientras que el auténtico trabajo, la foto-
síntesis, lo realizan los plastidios contenidos en las células. La figura 3
muestra el orgánulo celular llamado mitocondria al que todos los anima-
les, y el hombre, deben la obtención de energía por inclusión de alimento.
La boca, el estómago, el intestino, los órganos sensoriales y los órganos
de desplazamiento son sólo estructuras pluricelulares auxiliares para la
obtención de la presa, mientras que la auténtica disgregación de las molé-
culas orgánicas ingeridas se realiza en las mitocondrias contenidas en to-
das las células (pág. 153). La figura 4 muestra el orgánulo celular ribo-
soma, el taller de la síntesis de las proteínas. Los mensajes para la síntesis
emitidos por el material genético en forma de moléculas de ARN mensa-
jero (1) llegan hasta este taller, las moléculas de ARN de transferencia (m)
llevan el material de construcción necesario y después salen las moléculas
de proteína (o). La figura 5 muestra una molécula de ATP, un «órgano
celular» que igual que una batería toma la energía adquirida por las mito-
condrias y la transporta a todas las partes de la célula en las que hace falta
(pág. 148). La liberación de energía (t) se produce por separación del fos-
fato (s). Cuando el ser humano está en apuros, por separación de un se-
gundo fosfato (r) se puede obtener todavía una pequeña cantidad de ener-
gía (u). Al enlazarse de nuevo los fosfatos, se recarga esta batería. Que
todos los organismos pluricelulares, incluso el ser humano, continúan
siendo colonias celulares lo demuestra el hecho de que las funciones más
importantes se siguen llevando a cabo en orgánulos celulares, aunque esto
suponga una pluralidad infinita. En el cuerpo de cualquier gran organismo
pluricelular, desde un manzano al hombre, se encuentran miles de millo-
nes de estos talleres idénticos.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Otro punto lo constituyen los diversos rangos, las priorida-


des. No es infrecuente que los órganos se estorben mutua-
mente. Si en el cuerpo se encuentran por ejemplo los huesos,
los músculos, los vasos sanguíneos o los nervios, entonces se
plantea la cuestión de quién es el que debe desviarse. Por regla
general son los huesos y los músculos los que tienen preferen-
cia: los vasos sanguíneos y los nervios no los atraviesan. Sin
embargo, algunas veces la situación es exactamente la contra-
ria, como por ejemplo en el caso de los huesos del cráneo o en
el del diafragma. O el problema del emplazamiento óptimo en
el cuerpo. No es raro que se produzcan conflictos y que el me-
jor parado sea aquel organismo en el que los órganos más im-
portantes ocupen el lugar óptimo, mientras que otros han de
llegar a un compromiso.
A esto se añade además la cuestión de la integración. En
nuestro cuerpo hay órganos de gran importancia que son órga-
nos celulares y que, por regla general, no se designan como
tales. Precediendo a todos está el material genético contenido
en cada una de nuestras células, un esfuerzo gigantesco. Asi-
mismo, están los plastidios de las plantas que capturan la ener-
gía solar y la transforman en energía de enlace molecular, o las
mitocondrias contenidas en cada una de las células que, me-
diante destrucción de las moléculas, liberan energía, y los ribo-
somas que sintetizan proteínas propias de su especie. También
está el ATP formado por todas las células como intermediario
energético que está en constante actividad. Todos estos órga-
nos (tabla 20) se forman en cada una de las células, lo que su-
pone de nuevo un esfuerzo inmenso. Además, nuestro cuerpo
está compuesto asimismo de órganos pluricelulares, por ejem-
plo, nuestras manos, ojos y riñones. Existen además unidades
que nos sirven, que pertenecen a un nivel superior de integra-
ción y que tampoco reciben el nombre de órganos ya que ellas
mismas están constituidas por innumerables órganos. Entre
ellas se cuentan el sistema de los vasos sanguíneos y el sistema
nervioso. Sirven, en su conjunto, al cuerpo lo mismo que un
órgano. Finalmente, en el caso del ser humano hay que sumar
unidades de origen artificial. no obtenidas por diferenciación

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

celular sino por la actividad cerebral, a las que no denomina-


mos con razón órganos porque no están integradas en el cuerpo,
no están formadas por células y generalmente no han sido ni
siquiera creadas por él. Un ejemplo de esto es un diente pos-
tizo. Está hecho de otro material, se le ha elaborado en otro
lugar, pero, ¿es menos «órgano» que el diente natural que tiene
al lado? En ocasiones, y eso es lo que importa en último tér-
mino, realiza su función incluso mejor que éste. Dado que está
firmemente unido a nuestro cuerpo, lo aceptamos, a pesar de
su procedencia, como «órgano» más que unas gafas o unos za-
patos. Sin embargo, éstas también aumentan las capacidades de
nuestro cuerpo, por lo que son, en este sentido, órganos. En
último extremo, también lo es una vivienda en cuyo interior
nos recogemos como lo hace un caracol en su concha.
Lo que en todo caso es esencial es que todas las unidades
deben estar armonizadas entre sí, dado que una dimensión erró-
nea o conflictos entre los órganos resultan inevitablemente ne-
gativos para el cuerpo, para su capacidad de existencia y su
fuerza competitiva. En el caso del ser humano, esta condición
se desplazó a otras áreas, las de la comodidad y la cultura. Sin
embargo, en ellas la situación tampoco es diferente. Lo impor-
tante, aquí también, es el cumplimiento de la tarea y formamos
unidades que nos sirven, que son asimismo «órganos».
Llego ahora al final, al último momento estelar que se men-
ciona en este libro. Es el primero, que es tan irreal que todavía
no ha tenido lugar, ya que representa únicamente una meta ha-
cia cuya consecución podemos esforzarnos. Su enunciado es:
armonización de nuestros órganos de origen corporal y artifi-
cial y armonización de todos ellos en el planeta Tierra, que en
la actualidad dominamos, y, por tanto, de la totalidad de la na-
turaleza, de la totalidad de todo aquello que ella es capaz de
darnos así como de la totalidad de nuestros parientes las plantas
y los animales. En la actualidad nos enfrentamos a este pro-
blema, que es casi irresoluble. Para el desarrollo del poder del
ser humano, para la reproducción y la tendencia hacia el lujo,
este planeta se hace cada vez más pequeño. La catástrofe es
previsible.

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HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

Si existiesen veinte planetas distintos que pudiésemos ha-


bitar, el problema sería mucho menos grave. Sin embargo, di-
chos planetas no existen. El flujo de la vida ha crecido con tal
empuje por encima de nuestra inteligencia y de la gran cantidad
de órganos artificiales que el ser humano crea, produce, comer-
cia y vende en la actualidad, ha alcanzado tal potencia, que la
autodestrucción de este proceso está más cerca de nosotros de
lo que la mayoría quieren creer o darse cuenta. Nos alegre o
no, somos precisamente nosotros los que estamos predestina-
dos a frenar el crecimiento en forma de alud de la corriente de
la vida o a enfrentarnos con el final de su evolución. A esto es
a lo que nos referíamos al principio del libro cuando decíamos
que el conocimiento acerca del proceso de aparición de nuestro
cuerpo, y con ello de nuestro «yo», es en la actualidad de gran
importancia. El hecho es que somos parte de una evolución que
ahora se estrella contra la pared de un espacio demasiado an-
gosto, si es que las cosas discurren como hasta el presente, y
que amenaza con autodestruirse.
Al ser humano moderno este tema le afecta en gran medida,
por mucho que trate de convencerse de lo contrario. ¿Cuáles
son las bases de nuestra existencia? ¿Cuál es la situación del
ser humano? Cuando todavía se es estudiante y las metas aún
no están claras, son cuestiones que pueden resultar interesan-
tes. Sin embargo, ¿qué tiene que ver esto con la vida real: con
el dinero que ganamos, la casa cuya propiedad deseamos, el
automóvil que conducimos, los lugares a los que acudimos du-
rante las vacaciones, las fiestas que damos, el reconocimiento
social del que disfrutamos, el bienestar por el que luchamos o
el equilibrio seguro, alegre y despreocupado que ansiamos? El
dedo gordo del pie, lo tenemos. ¿Y nuestros ojos? Sí, son ne-
cesarios, pero lo que cuenta, en realidad, es el Estado, la co-
yuntura económica, los impuestos, el éxito profesional, la fa-
milia, la seguridad en la vejez. ¿O tampoco? ¿Sería posible que
el ser humano se pareciese a una gota de agua que es arrastrada
por una gran corriente y que cada uno de nosotros tan sólo go-
zase de un mínimo de libre albedrío?

— 355 —
HANS HASS DEL PEZ AL HOMBRE

El lenguaje que hablan los jefes de Estado continúa siendo


el mismo de siempre. El pensamiento, que dirige la formación
de la voluntad general, se produce en categorías que no han
cambiado en lo esencial desde hace miles de años. En cierto
modo, me parece a mí, el ser humano vive como en un sueño.
O mejor dicho, en un sinnúmero de sueños que fabricó su fan-
tasía y que ésta sigue fabricando. Los valores por los que nos
regimos no se corresponden en absoluto con la imagen global
de la realidad que resulta de la investigación. Esta misma quedó
desamparada al subdividirse en muchas áreas especiales y ya
no es capaz de aprovechar los propios resultados para lograr
una consecuencia global. El «conocerte a ti mismo» escrito en
el friso del templo de Deltas obtiene en el momento actual de
la evolución una importancia trágica y dramática. Por consi-
guiente, el séptimo momento estelar en la evolución de los ele-
mentos constituyentes y las proporciones del ser humano, el
octogésimoquinto del presente libro, es la armonización de
nuestro cuerpo y de las estructuras de poder que nosotros for-
mamos, con la realidad. Debería producirse en los próximos
30-100 años, ya que, en caso contrario, es posible que no pueda
llegar a tener lugar. Este es el auténtico trasfondo de este libro,
su propósito, y lo que me movió a escribirlo. Espero haber con-
tribuido en algo a su realización.

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