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Encuentro de Francisco con el Evangelio

El documento describe el encuentro de Francisco de Asís con el Evangelio que determinó su vocación. Explica que Francisco escuchó en misa un pasaje sobre cómo deben predicar los discípulos y se sintió inspirado a seguirlo literalmente. Cambió su vestimenta para adoptar un estilo de vida sencillo y empezó a predicar con fervor, convenciendo a los oyentes. El documento analiza este encuentro y sus implicaciones, como que ocurrió en el contexto de una comunidad eclesial y que Francisco interiorizó profundamente las palabras del Evangelio
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Encuentro de Francisco con el Evangelio

El documento describe el encuentro de Francisco de Asís con el Evangelio que determinó su vocación. Explica que Francisco escuchó en misa un pasaje sobre cómo deben predicar los discípulos y se sintió inspirado a seguirlo literalmente. Cambió su vestimenta para adoptar un estilo de vida sencillo y empezó a predicar con fervor, convenciendo a los oyentes. El documento analiza este encuentro y sus implicaciones, como que ocurrió en el contexto de una comunidad eclesial y que Francisco interiorizó profundamente las palabras del Evangelio
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COLEGIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD BUCARAMANGA

Franciscanismo

Quinto encuentro: con el Evangelio

El encuentro de Francisco con el Evangelio presenta algunas dificultades históricas, en cuanto las fuentes biográficas relatan dos
episodios relacionados con el Evangelio que resultaron determinantes para su vocación: uno en la iglesita de la Porciúncula, narrado
por tres fuentes (TC 25, 1 Cel 22, LM 3,1), y otro en la iglesia de San Nicolás, cerca del mercado de Asís, narrado por cuatro (AP 11,
TC 29, 2 Cel 15, LM 3,3). El primero tiene como protagonista sólo a Francisco y se refiere a un texto de misión (Mt 10,9-10; Lc 9,3;
10,4); en el segundo intervienen, junto al santo, sus primeros compañeros, y se refiere a tres textos evangélicos relacionados con el
seguimiento de Cristo (Mt 19,21; Lc 9,3; Mt 16,24) que son de carácter fundacional, en cuanto constituyen el núcleo mismo de la vida
religiosa.

Sin entrar aquí en discusiones de carácter histórico, en principio pensamos que el uno no excluye al otro, pues no hay entre ellos
oposición intrínseca; al contrario, creemos que son complementarios y tal vez por ese motivo fueron asumidos ambos por la Leyenda
de los tres Compañeros y la Leyenda Mayor. En este estudio damos primacía el encuentro ocurrido en la Porciúncula, no sólo porque
es el que al parecer tiene la prioridad cronológica, sino porque contiene una gran fuerza en la dinámica narrativa y porque marca un
paso de gran importancia en el proceso vocacional de Francisco.

Fieles al criterio metodológico seguido en los pasos anteriores, partimos del relato que hace la Leyenda de los tres Compañeros:
«Cuando el bienaventurado Francisco acabó la obra de la iglesia de San Damián, vestía hábito de ermitaño, llevaba bastón y calzado y
se ceñía con una correa. Habiendo escuchado un día en la celebración de la misa lo que dice Cristo a sus discípulos cuando los envía a
predicar, es decir, que no lleven para el camino ni oro ni plata, ni alforja o zurrón, ni pan ni bastón, y que no usen calzado ni dos
túnicas, y como comprendiera esto más claro por la explicación del sacerdote, dijo transportado de indecible júbilo: “Esto es lo que
ansío cumplir con todas mis fuerzas”. Y, grabadas en su memoria cuantas cosas había escuchado, se esforzó en cumplirlas con alegría,
se despojó al momento de los objetos duplicados y no usó en adelante de bastón, calzado, zurrón o alforja; haciéndose una túnica muy
despreciable y rústica, abandonada la correa, se ciñó con una cuerda. Adhiriéndose de todo corazón a las palabras de la nueva gracia y
pensando en cómo llevarlas a la práctica, empezó, por impulso divino, a anunciar la perfección del Evangelio y a predicar en público
con sencillez la penitencia. Sus palabras no eran vanas ni de risa, sino llenas de la virtud del Espíritu Santo, que penetraba hasta lo más
hondo del corazón y con vehemencia sumían a los oyentes en estupor» (TC 25).

La primera cosa que se debe observar en este relato es que no se hace mención de la iglesia de la Porciúncula, pero tampoco se dice en
forma explícita que el episodio ocurrió en la iglesia de San Damián. La introducción hace alusión a esta última, pero sólo como
referencia cronológica (ecclesiae Sancti Damiani perfecto iam opere); todo da a entender que la introducción busca como primer
objetivo poner de presente la manera de vestir de Francisco, típica de un ermitaño, a fin de que aparezca más claro el cambio externo
que se obró en él como reacción inmediata al evangelio que acababa de escuchar. Además de esta introducción, en la narración se
pueden distinguir los cuatro pasos siguientes: a) Un día, durante la celebración de la Misa, Francisco escucha un pasaje evangélico en
el que Jesús indica la forma externa como los discípulos deben ir a predicar; b) después de que el sacerdote le explica el pasaje, declara
que eso es lo que él desea cumplir con todas sus fuerzas; c) de inmediato se despoja de los vestidos propios del ermitaño y asume
literalmente los recomendados por el Evangelio; d) empieza a predicar en público con palabras que convencían a los oyentes.

El relato paralelo de Vida primera de Celano sigue en sustancia los mismos pasos que se observan en la Leyenda de los tres
Compañeros, aunque es menos sobrio en su lenguaje y amplía algunos detalles que bien vale la pena subrayar. En primer lugar, ubica
el episodio en la iglesia de la Porciúncula, «cuando terminó de reparar dicha iglesia» y se encontraba en «el tercer año de su
conversión» (1Cel 21). La descripción de la forma externa como deben ir los discípulos de Cristo es colocada en el segundo paso, es
decir, en la explicación que le da el sacerdote. La reacción de Francisco a esta explicación es enfatizada con más fuerza por Tomás de
Celano, pues dice que, «saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: “Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco,
esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica”» (1 Cel 22); como se puede ver, es una expresión mucho más
larga y vehemente que la de la Leyenda de los tres Compañeros. El Celanense es también mucho más prolijo en la descripción de la
túnica que se preparó Francisco y, sobre todo, de su significado, pero no hace mención en esta unidad narrativa de la predicación del
santo ni de sus efectos entre sus oyentes; la concluye exaltando su capacidad de escuchar y cumplir la Palabra de Dios: «nunca fue
oyente sordo del Evangelio» (1 Cel 22).

Por su parte, Buenaventura sigue el relato del Celanense pero sintetizándolo. Con todo, ofrece una precisión que puede ser interesante,
o sea, que escuchaba «la misa de los Apóstoles» y, sobre todo, con su percepción teológica de los hechos, hace observaciones que le
dan un gran alcance al texto, como por ejemplo cuando, después de recordar el pasaje evangélico, dice: «Oyendo esto,
comprendiéndolo y encomendándolo a la memoria, el amigo de la pobreza apostólica exclamó lleno de indecible alegría...»; o cuando
comenta que Francisco actúa, «poniendo toda la solicitud de su corazón en llevar a cabo lo que había oído y en conformarse en todo a
la regla de la perfección apostólica» (LM 3,1). Las observaciones del Doctor Seráfico ofrecen también aquí un itinerario que puede ser
útil pedagógicamente en la tarea formativa frente a la Palabra de Dios. 

La reacción de Francisco a la escucha del Evangelio, que es unánime en los tres relatos, nos coloca en un momento culminante del
proceso vocacional del santo, en cuanto le iluminó de forma definitiva su futuro. Y no podía ser de otra manera, pues es la Palabra de
Dios la que determina cualquier vocación cristiana. Este encuentro es rico de consecuencias pedagógicas que bien vale la pena señalar,
aunque sea en forma breve. 

En primer lugar, indica que la clarificación de la vocación se dio en Francisco después de un proceso largo: «Se encontraba en el tercer
año de su conversión», dice Tomás de Celano. Dios ordinariamente se acomoda al tiempo del hombre, permite que haga proceso, pero
está siempre presente en su camino. Desde hacía tres años el joven aspirante a caballero había hecho una pregunta durante la visión de
Espoleto: «Señor, qué quieres que haga» (TC 6); sólo ahora encuentra una respuesta clara. Las palabras llenas de entusiasmo que él
pronuncia después de escuchar la explicación del sacerdote son un indicio de que, no obstante la importancia de los encuentros
anteriores, aún no estaba del todo satisfecho, de que en su corazón todavía se albergaban las dudas, de que todavía se encontraba en
búsqueda. La inmediatez de su respuesta, el cambio súbito de vestido y su dedicación inmediata a la predicación son un indicio de que
su corazón se encontraba abierto y disponible a la Palabra de Dios. De aquí en adelante ya no tendrá más dudas. Es a este momento
determinante, aunque no en forma exclusiva, al que se refiere el santo en su Testamento cuando proclama de forma repetida la acción
de la inspiración divina en su vida.

En segundo lugar, el encuentro con la Palabra se da en el contexto de la celebración eucarística, la máxima expresión de la comunidad
cristiana, la que la genera y la lleva a su punto culminante. Este hecho es de una gran importancia para cualificar teológicamente tanto
la vocación de Francisco como cualquier otra vocación. Pero junto a la escucha comunitaria, está también el encuentro personal con la
Palabra, que pone en juego la libertad humana y la respuesta responsable al Dios que habla.

En estrecha relación con lo que precede, Francisco recibe la explicación del sacerdote, quien le clarifica el texto proclamado. En la
persona del sacerdote está representada la Iglesia, quien es la encargada de aclarar e interpretar de manera oficial la Palabra de Dios.
De esta forma, la vocación del santo adquiere una dimensión eclesial ya desde sus orígenes.

Un cuarto elemento digno de ser tenido en cuenta es la interiorización de la Palabra que hace Francisco. LaLeyenda de los tres
Compañeros dice que grabó «en su memoria» cuanto había escuchado, pero es quizás en la Leyenda Mayor donde encontramos el
camino más adecuado con la sucesión de los cuatro verbos usados por el Doctor Seráfico: «escuchar», «comprender», «encomendar a
la memoria» y «llevar a cabo», los cuales marcan una disciplina interior que bien podría ser propuesta como camino pedagógico para
los jóvenes aspirantes a la vida franciscana, pero no sólo para ellos.

En quinto lugar debe destacarse el contenido de las palabras evangélicas que impactaron a Francisco: todas hacen referencia a la forma
como deben ir los discípulos de Cristo a ejercer el ministerio de la predicación, es decir, con sobriedad, sin nada que les dificulte
caminar velozmente y en plena libertad, de tal manera que los cuidados y preocupaciones terrenas no entorpezcan la completa
dedicación a la tarea de anunciadores del Reino. Estas disposiciones, que entrarán más tarde en la Regla de los hermanos Menores (cf.
1 R 14; 2 R 3,10-14), están en el centro de uno de los aspectos que mejor identificarán la espiritualidad de Francisco de Asís: la
desapropiación.

Por último, otro elemento que emerge del quinto momento vocacional de Francisco es que su encuentro inicial con la Palabra de Dios
se da a través de uno de los llamados discursos de misión, en el que Jesús instruye a sus discípulos sobre la forma como deben ejercer
la predicación. Este elemento está también en el centro de la manera como el Pobrecillo entendió su llamada a la Perfectio evangelica.
Su vocación es por su esencia no sólo evangélica sino también evangelizadora, y por ello concibe su Orden como una Fraternidad en
misión.

A la luz de cuanto precede queda claro que el encuentro con el Evangelio resultó determinante en la vocación de Francisco y en la
orientación que tomó la Orden por él fundada. Esto explica por qué, cuando al final de su vida hizo el recuento de su itinerario
espiritual, colocó como un hito la revelación que Dios le hizo: «El mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo
Evangelio» (Test 14).

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