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Prosodia

Este documento presenta una clase sobre prosodia, el estudio de la pronunciación y acentuación del latín. Explica las diferentes formas históricas de pronunciar el latín y se enfoca en la pronunciación restituida, que intenta reproducir la fonética original. Luego, describe detalladamente cada letra del alfabeto latino, incluyendo su pronunciación, y explica las vocales, diptongos y otras características de la fonética latina.
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Prosodia

Este documento presenta una clase sobre prosodia, el estudio de la pronunciación y acentuación del latín. Explica las diferentes formas históricas de pronunciar el latín y se enfoca en la pronunciación restituida, que intenta reproducir la fonética original. Luego, describe detalladamente cada letra del alfabeto latino, incluyendo su pronunciación, y explica las vocales, diptongos y otras características de la fonética latina.
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Unidad 3 - Estudio de la Lengua

Clase nro. 2 - Prosodia


ISP “JVG” – Departamento de Lengua y Literatura

Introducción a la Lengua y la Literatura Latinas “A” – Prof. Marcela Nasta

Unidad 3 – Estudio de la Lengua

Clase nro. 2 – Prosodia

La prosodia es el estudio de la acentuación y la pronunciación de una lengua – en


este caso, de la lengua latina. Es claro que la acentuación y la pronunciación de latín,
como la de cualquier lengua, variaron a lo largo del tiempo y también según su
distribución geográfica y el mayor o menor grado de instrucción de sus hablantes.
Ahora bien, al margen de esto, históricamente se han propuesto distintas
pronunciaciones de la grafía latina:

• la pronunciación eclesiástica, más cercana a la pronunciación del latín tardío (s.


III al VIII d.C.) que a la del latín clásico (mediados del s. I a.C. a 14 d.C.);
• la pronunciación vernácula, que aplica las reglas de la propia prosodia a la
pronunciación de los fonemas latinos; por ejemplo, un francés que lee el
nombre Aurelius va a leer /Oreliús/;
• la pronunciación restituta (reconstruida o restablecida), que intenta reproducir la
fonética original del latín del s. I a.C. como convencionalmente se cree que
fue.[1] Esta tarea pudo realizarse a partir de:

1. la escritura de las inscripciones epigráficas (lápidas, graffitis, etc.), que


reproduce la lengua hablada más que la regla ortográfica;
2. la catalogación de formas ortográficas, formas léxicas y usos sintácticos
consideradas erróneos por los filólogos y gramáticos antiguos;
3. las correcciones de estos “errores” y los comentarios que suelen acompañarlas;
4. las burlas que los escritores cultos hacían de las formas vulgares;
5. la transcripción de palabras griegas y latinas;
6. el testimonio de los escritores antiguos que reproducen sonidos mediante juegos
de palabras, onomatopeyas, etc.;
7. los errores de transcripción de los documentos latinos clásicos;
8. la genealogía de las lenguas romances, etc.

Nosotros procuraremos seguir las pautas que esta pronunciación establece, aun siendo
conscientes de que • esta cuestión es en gran medida convencional y de que,‚
inevitablemente nuestra pronunciación también será vernácula, en el sentido de que
nuestro español rioplatense necesariamente incidirá en nuestra pronunciación del latín.
Dicho esto, pasamos a la presentación del alfabeto latino, en cuya conformación
inciden tanto el alfabeto griego occidental como el alfabeto etrusco.

El alfabeto latino. Consonantes y vocales

El alfabeto latino es el siguiente:

A B C D E F G H I K L M N O P Q R S T U X Y Z

Como puede observarse, el alfabeto latino consta de veintitrés letras, dos de las cuales,
la Y y la Z, fueron incorporadas para transcribir palabras de origen griego. También
podrá notarse la ausencia de algunas consonantes que integran el alfabeto español:
la J y la V, a las cuales nos referiremos más adelante; la CH y la LL, que también
veremos más tarde; la Ñ y la W, que sencillamente no existen en latín.

Consonantes

B igual que en castellano.

C a diferencia de lo que ocurre en castellano, se pronuncia siempre como /k/,


cualquiera sea el contexto lingüístico en que se encuentre:

cano (yo canto) = /káno/

censor (censor) = /kénsor/

cinis (ceniza) = /kínis/

coma (cabellera) = /kóma/

currus (carro) = /cúrrus/

Cicero (Cicerón) = /kíkero/

cecinit (él cantó) = /kékinit/, etc.

D igual que en castellano.

F igual que en castellano.


G seguida de A, O, U, se pronuncia igual que en castellano:

galea (casco) = /gálea/

gobius (gobio, especie de pez) = /góbius/

gusto (yo saboreo) = /gústo/.

En cambio, seguida de E y de I, se pronuncia como en castellano guerra, guiso:

gelu (hielo) = /guélu/

egestas (carencia, pobreza) = /eguéstas/

gibba (joroba) = /guíba/

septuaginta (setenta) = /septuaguínta/

Ahora bien: atención cuando encontramos la G:

• en posición interior de palabra, precedida de N, y


• seguida de U + vocal.

En esta circunstancia, GU no es la consonante G + la vocal U, sino que constituye un


“dígrafo”, es decir, una doble grafía para representar una sola consonante. Esta
consonante GU es una velar labializada (o labiovelar) sonora:

• es velar porque en su articulación interviene el velo del paladar;


• es labializada porque en su articulación también intervienen los labios, que se
redondean ligeramente;
• es sonora porque al pronunciarla vibran las cuerdas vocales.

En este dígrafo, la U es la representación ortográfica de la labialización, que en fonética


se representa con una W: lo que en fonética es GW, gráficamente es GU. Esto significa
que aquí la U no cuenta como vocal, lo cual debe recordarse a la hora de separar en
sílabas (cuestión cuya importancia veremos luego). Desde el punto de vista de la
pronunciación, esta labialización se pronuncia muy suavemente como una U.

lingua (lengua) = /língua/ lin-gua (y no lin-gu-a)

unguen (grasa) = /úngüen/ un-guen (y no un-gu-en)[2]

sanguis (sangre) = /sángüis/ san-guis (y no san-gu-is)

unguo (yo perfumo) = /únguo/ un-guo (y no un-gu-o).


H igual que en castellano.

K igual que en castellano. Es un arcaísmo, muy poco utilizado en el período clásico.

L igual que en castellano.

M igual que en castellano.

N igual que en castellano.

P igual que en castellano.

Q esta consonante ocurre siempre labializada. Esto significa que siempre aparece
seguida de una U que es la representación ortográfica de esa labialización: lo que en
fonética es Qw, en la grafía es QU. Como ven, ocurre lo mismo que con Gw. De hecho,
esta Qw es la versión sorda de Gw, es decir, es la misma consonante con la salvedad
de que su pronunciación no conlleva la vibración de las cuerdas vocales. Al igual que
en Gw, esa labialización se pronuncia muy suavemente como una U:

quantum (cuánto) = /kuántum/ quan-tum

aqua (agua) = /ákua/ a-qua

querela (queja) = /kueréla/ que-re-la

equester (ecuestre) = /ekuéster/ e-ques-ter

quintus (quinto) = /kuíntus/ quin-tus

aquila (águila) = /ákuila/ a-qui-la

quocirca (en consecuencia) = /kuokírka/ quo-cir-ca

loquor (yo hablo) = /lókuor/ lo-quor

equus (caballo) = /ékuus/ e-quus

R igual que en castellano.

S igual que en castellano.

T igual que en castellano.


X es una consonante doble. Esto significa que la X representa gráficamente el
encuentro de C + S o de G + S. Se pronuncia igual que en castellano.

pax (paz) = /paks/ bajo la grafía X subyace C + S: *pacs > pax[3]

rex (rey) = /reks/ bajo al grafía X subyace C + G: *regs > rex

Z es otra consonante doble que además tiene la peculiaridad, antes señalada, de que
se introduce en el alfabeto latino para trasliterar palabras griegas. Representa el
encuentro de D + S. Si fuéramos estrictos, deberíamos pronunciarla como tratando de
reproducir el zumbido de una mosca, pero lo cierto es que lo habitual es pronunciarla
como nuestra S (o C + E / I):

Zama (Zama, ciudad de África) = /sáma/

zelus (celo, envidia) = /célus/

zona (cinturón) = /sóna/

A este listado se suman otras tres consonantes (llamadas “aspiradas”) también


utilizadas para transcribir palabras de origen griego:

PH transcripción de la consonante griega “phi” /fi/; se pronuncia como


nuestra F: philosophia (filosofía) = /filosófia/

TH transcripción de la consonante griega “theta”; en rigor, su pronunciación debería


reproducir la de la Z en el español peninsular, pero lo cierto es que no hacemos
diferencia con nuestra T: theatrum (teatro) = /te-á-trum/

CH transcripción de la consonante griega “ji”; en rigor, su pronunciación debería


reproducir la de nuestra J (jardín, jefe, jirafa, joroba, julio) o G (Gerardo, gimnasio),
pero lo cierto es que no hacemos diferencia con nuestra K: chorus (coro) = /kórus/

Por último, es preciso señalar que la mayoría de las consonantes latinas puede
geminarse (de geminus = doble, gemelo, mellizo), es decir, duplicarse. Esto tal vez
lleva a enfatizar un poco la pronunciación de la consonante en cuestión, pero no más
que eso. En el silabeo, las geminadas se separan.

gibba (joroba) = /guíba/ gib-ba

terra (tierra) = /térra/ ter-ra


affigo (yo ajusto) = /afígo/ af-fi-go

immotus (inmóvil) = /imótus/ im-mo-tus

puella (niña, muchacha) = /puéla/ pu-el-la

Nótese, entonces, que en latín también hallamos la grafía LL, que tenemos en el
alfabeto español, pero no se trata de lo mismo. En latín, LL no es una consonante en sí
misma sino la duplicación o geminación de la consonante L. Por lo demás, el sonido de
nuestra LL no existe en la lengua latina.

Vocales

Las vocales latinas son A – E – I – O – U, y se pronuncian igual que en


castellano. A estas se suma la Y, utilizada para transcribir la ípsilon griega. En rigor,
esta Y debería pronunciarse como la U francesa o la Ü alemana, pero lo cierto es que
no hacemos diferencia con nuestra I: Pythagoras (Pitágoras) = /Pitágoras/.

En latín existen, por otra parte, cinco diptongos, que dividimos en dos grupos en
función de su frecuencia de uso.

1r. grupo: AE, AU, OE, que son los más utilizados:

caelum (cielo) = /káelum/ Š cae-lum

laurus (laurel) = /láurus/ Š lau-rus

poena (pena, castigo) = /póena/ Š poe-na

Atención aquí, porque la combinación OE tiene la peculiaridad de que puede no ser un


diptongo. No lo es cuando:

• es utilizada para la trasliteración de palabras griegas donde el encuentro de


una O con una E no constituye diptongo: poeta (poeta) = /poéta/ Š po-e-ta. Sin
embargo, cuidado porque en comoedia (comedia) y tragoedia (tragedia) OE sí
es diptongo porque lo es en los correspondientes sustantivos griegos:

/komóedia/ co-moe-dia

/tragóedia/ tra-goe-dia

• cuando el encuentro de esa O y de esa E obedece a razones de morfología


propias del latín:

coegi (yo obligué) = /koégi/ co-e-gi


coepi (yo empecé) = /koépi/ co-e-pi

2do. grupo: EU, UI, que son los menos utilizados, y se encuentran generalmente en
conjunciones o pronombres.

Dicho esto, es preciso agregar que la I y la U no solamente pueden funcionar como


vocales sino también como semivocales.

Cuando funcionan como vocales, se comportan igual que las restantes, como cualquier
vocal.

Cuando funcionan como semivocales, se comportan exactamente como si fueran una


consonante, lo cual significa, obviamente, que en tales casos no pueden recibir el
acento ni formar sílaba por sí solas sino sólo en concurrencia con otra vocal / diptongo.

En este punto aparecen en escena la J y la V, consonantes que integran el


alfabeto español y que sin embargo no hemos incluido en el latino. En latín, el empleo
de la J y de la V tiene que ver, como ya supondrán, con esta cuestión de la I y de
la U vocales y semivocales.

El empleo de una grafía distinta para la representación de la I y la U vocálica y


semivocálica se remonta al humanismo del s. XVI, cuando la I y la U semivocales
comienzan a representarse mediante J y V respectivamente, reservándose la
grafía I / U para el uso vocálico. Dado que esta iniciativa fue liderada por el francés
Petrus Ramus (Pierre de la Ramée, 1515-1572), la J y la V suelen denominarse “letras
ramistas”.

Ahora bien, el empleo de las letras ramistas no obedece, hay que decirlo, a un criterio
uniforme. El diccionario VOX, habitualmente utilizado en los primeros cursos de latín,
distingue la U y la V, y de hecho tiene entradas diferentes para cada una de estas
grafías. Así, por ejemplo:

• para buscar ulcero (yo hiero) = /úlkero/ entramos por la U (U en posición inicial y
seguida de consonante tiene valor vocálico), pero
• para buscar uenio (yo vengo) = /uénio/ entramos por la V porque la U en
posición inicial y seguida de vocal tiene valor consonántico: el diccionario utiliza
la ramista correspondiente y, en consecuencia, no
encontramos uenio sino venio, entrando por la V.

Esta distinción U / V según se trate de la vocal o de la semivocal la vamos a encontrar


en cualquier lugar del diccionario, cualquiera sea la posición que la vocal/semivocal
ocupe en cualquier palabra.

No ocurre lo mismo en el caso de I y J. Al igual que la U, en posición inicial y seguida


de consonante la I tiene valor vocálico, y en la misma posición pero seguida de vocal
tiene valor consonántico: en incola (habitante) = /ínkola/ la I es vocálica; en iam (ya) =
/iám/ es consonántica. Por lo tanto, si se mantuviera el criterio aplicado para
distinguir U / V, debería escribirse jam. Sin embargo, no es esto lo que sucede:
el VOX no distingue I y J, sólo tenemos la entrada por la I. Esto significa que
encontramos incola y iam entrando por el mismo lugar y con la I escrita de la misma
manera, y en ningún lugar, ninguna palabra, ninguna posición dentro de una palabra
vamos a advertir la distinción I / J: no se la toma en cuenta en absoluto.

Desde luego, esto no siempre funciona así: el célebre diccionario latín-francés de Félix
Gaffiot emplea ambas letras ramistas, mientras que el canónico latín-inglés Oxford
Latin Dictionary no utiliza ninguna de las dos, y la misma fluctuación se advierte en las
ediciones críticas de los textos clásicos. Por nuestra parte, adoptamos el mismo criterio
que el diccionario VOX y distinguimos U / V pero mantenemos siempre la I.

Vale la pena destacar que, como se habrá podido observar, al margen de cuál sea la
grafía utilizada, la pronunciación no varía: uenio y venio se pronuncian igual, con
la U / V parecidas a la W inglesa (“whisky”); iam y jam se pronuncian igual, /iám/.

Dicho esto, en el siguiente cuadro se presentan los contextos lingüísticos más


relevantes para la distinción entre I y U vocálicas y semivocálicas. Cabe aclarar que en
este cuadro:

• el signo # indica “silencio inicial”, es decir, que nos encontramos en el inicio de


una palabra;
• la rayita ( – ) indica el lugar que ocupa la I o la U dentro de la palabra;
• C = consonante; V = vocal.

Contexto
I U
lingüístico
#–C imber (lluvia) unda (ola)
VOCAL C–C miles (soldado) annus (año)
C–V gladiator (gladiador) suasio (consejo)
SEMI- #–V iecur = jecur (hígado) uetus = vetus (viejo)

VOCAL V–V maior = major (mayor) auarus = avarus (avaro)

La distinción entre vocal y semivocal es importante porque incide en la separación en


sílabas, la cual, a su vez, es un paso necesario para determinar el lugar del acento en
cada palabra.
Otra cuestión que concierne a las vocales es el rasgo de la cantidad. Dijimos
antes que en latín tenemos cinco vocales. La cantidad es el (mayor o menor) tiempo
que dura la pronunciación de una vocal. Cuando, según suponemos, un romano
pronunciaba una vocal por más tiempo, hablamos de una vocal larga; y cuando lo hacía
por menos tiempo, hablamos de una vocal breve. Así, las cinco vocales latinas pueden
ser largas o breves, según cuánto tiempo (suponemos) se le dedicaba a su
pronunciación dentro de la palabra. Lógicamente, todos los diptongos
(AE, AU, OE, EU, UI) son largos.

La cantidad larga se marca con una rayita sobre la vocal: ā ē ī ō ū, mientras


que la breve se marca con una especie de sombrerito: ă ĕ ĭ ŏ ŭ. Huelga aclarar que
no podemos reproducir el fenómeno de la cantidad, pero es fundamental para poder
leer los distintos tipos de versos latinos, para acentuar correctamente y para reconocer
cuestiones morfológicas y distinguir significados. Así como para nosotros no es lo
mismo decir “público”, “publico” o “publicó”, para los romanos tampoco era lo mismo
decir vĕnit (él viene) que vēnit (él vino), o mălum (desgracia) que mālum (manzana).

Ahora bien, las vocales pueden ser largas o breves “por naturaleza” o “por
posición”.

Decimos que una vocal es larga o breve “por naturaleza” cuando su cantidad
tiene que ver con la historia de la lengua, con cuestiones morfológicas o etimológicas,
etc. En definitiva, y aunque no es muy académico, podríamos decir que “por
naturaleza” es más o menos “porque sí” y, a menos que conozcamos esas cuestiones
que recién mencionamos, no podemos prever la cantidad en cuestión.

Cuando una vocal es larga o breve “por posición”, en cambio, hay dos reglas que
permiten prever su cantidad. Estas reglas con las siguientes:

• toda vocal seguida de vocal con la que no forma diptongo, es breve: la última -i-
de saevitia (crueldad) = /saeuítia/ es breve porque está seguida de otra vocal, la
-a, con la que no forma diptongo;
• toda vocal seguida de dos o más consonantes distintas una de otra, doble
consonante (X, Z) o consonante geminada (dos consonantes iguales), es
larga: praecēptum (precepto) = /praeképtum/; edūxit (él sacó / condujo fuera de)
= /edúxit/; antecēllo (yo me elevo por encima de) = /antekélo/.

Acentuación

Este fenómeno de la cantidad, que es tan importante en latín, se vincula muy


estrechamente con el último capítulo de la prosodia, que es la acentuación. En este
orden de cosas, es preciso señalar que:

• en latín no existe el acento ortográfico, pero sí el acento prosódico (es decir, el


que no se escribe pero sí se pronuncia);
• en latín no existen palabras agudas (acento en la última sílaba) ni
sobreesdrújulas (acento en la ante-antepenúltima sílaba): sólo hallaremos
palabras graves (acento en la penúltima sílaba, como en castellano mano, lápiz,
amparo, examen, mármol, procedo) y esdrújulas (acento en la antepenúltima
sílaba, como en castellano sílaba, máscara, exámenes, cántaro).

Lo dicho en el punto 2) significa que, en latín, las palabras bisílabas no dan lugar a
dudas respecto de su acentuación: dado que no hay palabras agudas, una palabra
bisílaba será necesariamente grave (mano, lápiz). La duda surge con las palabras de
más de dos sílabas, donde tendremos que determinar si son graves o esdrújulas.

A tal efecto, la sílaba clave es la penúltima sílaba. Nótese que al decir “penúltima” (o,
como veremos, “antepenúltima”), estamos considerando las palabras desde el final
hacia el inicio, trabajando “de derecha a izquierda”. Entonces, la regla de oro es que:

• si la penúltima sílaba es LARGA (o sea, si la vocal que la integra es larga), el


acento cae en esa sílaba;
• si la penúltima sílaba es BREVE (o sea, si la vocal que la integra es breve), corro
o retrotraigo el acento a la antepenúltima sílaba; que esta antepenúltima sílaba
sea larga o breve no importa: si la penúltima es breve, corro el acento y se
acabó.

Ejemplos:

• ulcero (yo hiero): separo en sílabas: ul-ce-ro.

La sílaba que no interesa es -ce-.

Nos preguntamos, entonces, si esta sílaba es larga (en cuyo caso el acento caería allí)
o breve (en cuyo caso tenemos que correr el acento a la antepenúltima sílaba, ul-).

Para responder a esta pregunta, a su vez, tengo que preguntarme por la cantidad de la
-e-. ¿Podemos aplicar aquí alguna de las reglas de cantidad por posición? No, porque
esta -e- no está seguida de otra vocal con la cual no forma diptongo (en cuyo caso
sería breve), ni seguida de dos consonantes, consonante doble o consonante
geminada (en cuyo caso sería larga).

Esto significa que esta -e- será breve o larga “por naturaleza”. ¿Cómo averiguo,
entonces, la cantidad? Voy al diccionario y allí veo que sobre esta -e- no hay ningún
signo (ni la rayita que indica que la vocal larga, ni el “sombrerito” que indica que es
breve). Aquí hay que aclarar, entonces, que el diccionario procede por omisión: donde
no pone nada, como en ulcero, quiere decir que la vocal es breve. Si la -e- de ulcero,
entonces, es breve, necesariamente tengo que correr el acento a la sílaba anterior, y
leer ulcero.[4]
Es importante insistir en cómo se maneja el diccionario. El diccionario solamente nos
dice cuándo la vocal es larga, señalándola con la rayita correspondiente. No nos va a
indicar la cantidad de una vocal ni cuando esa vocal es breve ni cuando su cantidad
(larga o breve) puede inferirse mediante las reglas de cantidad por posición.

• incola (habitante): separo en sílabas: in-co-la.

La sílaba que nos interesa es -co-. ¿Larga o breve?

Para responder, veo primero si puedo inferirlo aplicando las reglas de cantidad por
posición.

No puedo aplicar ninguna de las dos reglas: la -o- no está seguida de otra vocal con la
cual no forma diptongo (en cuyo caso sería breve) ni de dos consonantes, consonante
geminada o consonante doble (en cuyo caso sería larga).

Por lo tanto, voy al diccionario. Allí veo que sobre la -o- no hay ninguna marga, lo cual
significa que la -o- es breve. En consecuencia, tengo que correr el acento a la sílaba
anterior, y leer incola.

• gladiator (gladiador): separo en sílabas: gla-di-a-tor.

La sílaba que nos interesa es -a-. ¿Larga o breve?

Veo si puedo aplicar alguna de las reglas de cantidad por posición.

No puedo aplicar ninguna: la -a- no está seguida de otra vocal con la cual no forma
diptongo (en cuyo caso sería breve) ni de dos consonantes, consonante geminada o
consonante doble (en cuyo caso sería larga).

Por lo tanto, voy al diccionario. Allí me encuentro con gladiātor, es decir, con la
indicación de que esa -a- es larga. Por lo tanto, el acento cae allí y leo gladiator.

• saevitia (crueldad): separo en sílabas: sae-vi-ti-a.

La sílaba que nos interesa es -ti-. ¿Larga o breve?

Veo si puedo aplicar alguna de las reglas de cantidad por posición. En este caso,
puedo aplicar la primera: toda vocal seguida de vocal con la que no forma diptongo es
breve: la -i- de -ti- está seguida de -a, y IA no forma diptongo en latín. Por lo tanto, esa
-i- es necesariamente breve. En consecuencia, corro el acento y leo saevitia.
• praeceptum (precepto): separo en sílabas: prae-cep-tum.

La sílaba que nos interesa es -cep-. ¿Larga o breve?

Veo si puedo aplicar alguna de las reglas de cantidad por posición. En este caso,
puedo aplicar la segunda: una vocal seguida de dos consonantes es larga (también se
dice que la vocal “está trabada” o que el grupo consonántico “traba” la vocal). La -e- de
-cep- está seguida de dos consonantes, -pt-. En consecuencia, esa sílaba es larga; el
acento se queda ahí y leo praeceptum.

• antecello (me elevo por encima de): separo en sílabas: an-te-cel-lo.

La sílaba que nos interesa es -cel-. ¿Larga o breve?

Veo si puedo aplicar alguna de las reglas de cantidad por posición. En este caso,
puedo aplicar la segunda: una vocal seguida de consonante geminada es larga. Aquí
tenemos la -e- seguida de la geminada -ll-. En consecuencia, la sílaba -cel- es larga; el
acento se queda ahí y leo antecello.

• enixe (con esfuerzo, con empeño): separo en sílabas: e-ni-xe.

La sílaba que nos interesa es -ni-. ¿Larga o breve?

Veo si puedo aplicar alguna de las reglas de cantidad por posición. En este caso,
puedo aplicar la segunda: una vocal seguida de doble consonante es larga. Aquí
tenemos la -i- seguida de la consonante doble -x-. En consecuencia, la sílaba -ni- es
larga; el acento se queda ahí y leo enixe.

• educo: separo en sílabas: e-du-co.

La sílaba que nos interesa es -du-. ¿Larga o breve?

Aquí no puedo aplicar ninguna de las reglas “de posición”. La -u- no está seguida de
otra vocal con la cual no forma diptongo (en cuyo caso sería breve) ni de dos
consonantes, consonante geminada o consonante doble (en cuyo caso sería larga).
Por lo tanto, voy al diccionario. Y allí me encuentro con dos posibilidades, porque tengo
una entrada en que la -u- no tiene ninguna marca, lo cual significa que es breve. Esto,
a su vez, nos obliga a correr el acento y leer educo.

Pero inmediatamente después tengo otra entrada en la que -u- está marcada como
larga: edūco. En este caso, el acento se queda en esa sílaba y leo educo. Para los
romanos, evidentemente las dos palabras no sonaban de la misma manera, y esto les
permitía distinguir significados: educo significa “educar”, “criar”, “cuidar”, mientras
que educo significa “hacer salir”, “guiar fuera de”, “desenvainar”. ¿Cómo vamos a elegir
entre uno y otro? Lógicamente, nos vamos a guiar por el contexto, que seguramente
nos dará indicios de cuál de los dos verbos se trata.

Todavía quedan algunos detalles que precisar, pero lo dicho es suficiente para
empezar. Veremos esos detalles a medida que, conforme avancemos en el estudio de
la lengua latina, vayan surgiendo ejemplos concretos que requieran y faciliten más
explicaciones. Es todo por ahora.

==============================================================

[1] En este sentido, se destaca la labor del del humanista, filósofo y filólogo holandés
Erasmo de Rotterdam (1466-1536) plasmada en sus Colloquia (Diálogos o Coloquios),
de 1517.

[2] Nótese aquí la diferencia por ejemplo entre unguen (grasa) = /ungüen/
e ingens (grande, enorme) = /inguens/.

[3] Con el empleo del asterisco * queremos decir que la forma que le sigue es una
reconstrucción. El signo > significa “se transforma en”.

[4] Marcamos en negrita la sílaba que recibe el acento prosódico.

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