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Justicia Al Doroteo

Este documento presenta la historia de Doroteo, un hombre del pueblo de Fermoselle, España, en el siglo XIX. Doroteo huye de la justicia española y emigra a Argentina, donde espera hacer fortuna. El documento describe el contexto de Fermoselle y Vigo en esa época y establece la historia de Doroteo antes de su partida a Buenos Aires.
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Este documento presenta la historia de Doroteo, un hombre del pueblo de Fermoselle, España, en el siglo XIX. Doroteo huye de la justicia española y emigra a Argentina, donde espera hacer fortuna. El documento describe el contexto de Fermoselle y Vigo en esa época y establece la historia de Doroteo antes de su partida a Buenos Aires.
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Justicia al Doroteo

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Justicia al Doroteo

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Justicia al Doroteo

JUSTICIA AL DOROTEO

El malevo de Fermoselle

José Luis Barreña

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Justicia al Doroteo

Agradecimientos

 Al Ayuntamiento de Fermoselle por la recepción de esta obra y su divulgación.

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Justicia al Doroteo

Dedicado a:
La memoria de mis padres José Barreña Martín
y
Carmen López Ramos
Mis abuelos Nemesio Barreña Martín
y
Teresa Martín Robles
Mis tios Tomás, Cándido, Jesús y Ramón

A mis primos, en particular a José Barreña Diez

De manera muy especial a ese paraíso zamorano


llamado Fermoselle, atiborrado de historia y
bendecido por la naturaleza.

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Justicia al Doroteo

Barreña, José Luis


Justicia al Doroteo / José Luis Barreña. - 1a ed . - General Rodríguez : José Luis
Barreña, 2018.
125 p. ; 18 x 11 cm.

ISBN 978-987-42-7114-3

1. Novelas Históricas. I. Título.


CDD A863

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Justicia al Doroteo

PREFACIO

Doroteo, el Doroteo, es un personaje del pueblo de Fermoselle. Hablo en presente porque


aún lo es. A más de un siglo de su existencia, aún sigue estando presente en la villa zamorana.
Fermoselle, pueblo que brota estoico desde las entrañas de las rocas, dejándose ver a la
distancia, como derramándose desde su cumbre. Su arquitectura por momentos pareciera
esforzarse para mantener la vertical, convertida en una perenne equilibrista.
Balcón del Duero, orgulloso de ser la capital del Parque Nacional de los Arribes del Duero,
ese patrimonio natural único que impresiona hasta a los imperturbables.
Sus olivos, vides, frutales y hasta hortalizas nacen y crecen vitales en esas tierras
cultivadas en terrazas y pendientes, ejemplo del esfuerzo, la pasión y el amor por el más noble
de los trabajos: el de la tierra.
Sus intrincadas callejuelas, hacia arriba, hacia abajo, con todo el abanico de ángulos, que a
los turistas y forasteros pueden hacer volver al punto de partida sin darse cuenta y nuevamente a
empezar, como si fuera un laberinto.
Sus miradores nos permiten sin esfuerzo visualizar Miranda do Douro en el Portugal
contiguo, vecino y hermano. Toda esa geografía escarpada y el Duero como entrando y saliendo
de la villa, ofrecen postales para no dejar de contemplar.
Sus cafés de tantas y tantas historias, algunas contadas a la carta, otras olvidadas y
reeditadas y tantas más imaginadas. Las partidas infaltables por las tardes y noches, las
recorridas de tapas por los cafés y restaurantes. Las comidas clásicas de décadas y siglos,
llevadas a platos del presente, un deleite para todos los sentidos, acompañadas por ese regio
vino fermosellano y los postres, ¡los postres!, otro manjar nada menor.
La rapidez de sus gentes para darse cuenta fácilmente quiénes de sus visitantes son de cepa
fermosellana, preguntando, como quien no quiere la cosa:
—Buenas, ¿de cuál familia son?
Más les vale a los descendientes en busca de sus raíces conocer el mote familiar, caso
contrario, deberán pedir ayuda a Sherlock Holmes para dar con ese tronco ancestral.
Este es el Fermoselle de hoy, confrontado fraternalmente con este otro del que les contaré
en esta narración.
No hay día, en ese bellísimo pueblo zamorano, donde alguno de sus habitantes no lo
nombre, no le cuente a los turistas sobre las andanzas de ese Doroteo.
Hasta Miguel de Unamuno escribió sobre el Doroteo. La prensa española de comienzos del
siglo XX lo tuvo durante dos meses, todos los días de ese periodo, en sus primeras noticias.

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Justicia al Doroteo

En esta novela histórica trato de reconstruir el discurrir vital de Gabriel, el Doroteo. Parte
ficción, parte realidad, mixtura de ambas.
Quienes conocen al protagonista de este relato se sorprenderán, y deberán redireccionar sus
opiniones en relación con su existencia. Quienes jamás escucharon hablar de él, también; al
menos, es lo que intento. Podrán reflexionar sobre los hablares populares, los mitos creados y
quiénes y con qué intereses pudieron hacerlo; sobre las verdades y falsedades de esas
construcciones colectivas que no lo fueron en un comienzo, como es este caso.
Como descendiente de fermosellano, como un fermosellano más, porque ese es mi pueblo
aunque naciera a más de 10.000 kilómetros de él, este relato fue una gran y hasta osado
asombro. No era aquello oído, aquello que me habían contado, era disímil, contrario, opuesto,
otro Doroteo.
Tanto así, que al toparme con información desconocida para mí, me vi en la obligación
gustosa de rehacer la primera parte ya desarrollada. Me tropecé con una historia enfrentada a la
que aún se sigue contando en la capital de los Arribes.
El Doroteo era un hombre de su tiempo, de esa villa zamorana, fronteriza y caciquil. Un
pueblo relevante por su población la cual el tiempo y los avatares económicos disminuyera hasta
los prácticamente 1.500 habitantes de la actualidad.
Un Fermoselle muy diferente al actual. Con sus gentes siempre trabajadoras tenaces, con el
característico orgullo castellano, con la alegría de sus fiestas, sus cantares, sus comidas
características, sus motes; todo esto que actualmente se mantiene intacto, como mencioné antes.
Este otro, tenía además caciquismo político, navajas siempre dispuestas a utilizarse, naipes y
juego, contrabando y pandillas.
Es mi deseo puedan disfrutar de este relato, y de ser posible, sirva para reflexionar sobre
otras tantas historias y sobre la misma historia.

José Luis Barreña

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Justicia al Doroteo

Justicia al Doroteo

El malevo de Fermoselle

Le faltaban unas horas al sol, haragán e insuficiente, para dar una temperatura más
agradable a ese gélido lunes 30 de enero de 1865, en el Fermoselle fronterizo y rural.
Varias de sus cinco mil almas andaban esforzadas tratando de dar sombra en la densa
oscuridad. En la casa de Rafael se habían escuchado los gritos de dolor, dolores del parto de
Manuela.
Alguien diría décadas después acerca de los fuertes sollozos del niño recién parido, jamás
el pueblo había oído semejantes y sonoros gritos, y no dudaban que el nuevo poblador gozaría
de gran fuerza y mayor coraje.
Había nacido haciendo ruido de presencia Gabriel González González, el futuro Doroteo.
Entre los primeros o el primer sustantivo propio que escuché de mis padres zamoranos, fue
el de Fermoselle, y en ese Fermoselle, un sinnúmero de nombres y motes desde los de mis
abuelos y tíos a uno citado de vez en cuando: «el Doroteo», «el temible Doroteo», hasta alguna
anécdota que me contara mi padre y al pasar aludiré sin citar la fuente.
Como a todo niño, me fascinaba escuchar esos hechos supuestos de ese personaje
pueblerino con aires de malevo, quien entre diciembre de 1903 y febrero de 1904 extendiera su
notoriedad a toda la geografía peninsular. Nada de esto último me había contado mi padre, de
esas vicisitudes del Doroteo luego descubiertas y transformadas en una narración que aquí
desarrollaré mezclando ficción y realidad, historia y cuento.
Cuando el siglo XIX, fatigoso y jadeante, comenzaba su tránsito por la última década
presto hacia al cambio de centuria, Doroteo abandona veloz Zamora en dirección a Pontevedra,
mas puntualmente al puerto de Vigo. Su apuro no era por llegar tarde al embarque a las
Américas, concretamente a la Argentina; nada de retrasos, la justicia lo buscaba por desacato y
otras rebeldías a la ley y a las autoridades.
En realidad, nada de tanta gravedad, unas pedradas de mozuelo bravucón a la Guardia
Civil y otras relacionadas con su apego a los naipes y las reyertas posteriores a esa afición tan
común por aquellos tiempos.
En un café de Vigo, unos días antes de partir el vapor hacia las pampas, Doroteo,
conversaba entusiasmado, vinos y pulpos de por medio, con un gallego de verbo fluido quien le
comenta la fortuna forjada en Buenos Aires. «Llueven billetes del cielo», le dijo en forma
figurada, aunque Doroteo se lo tomó al pie de la letra.

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Justicia al Doroteo

Por aquellos tiempos, Vigo era una ciudad donde los trabajadores del mar y su producto, se
movían de un lado al otro, como hormigas cargadas siguiendo caminos sinuosos. Los grandes
«carrejones» tirados por fornidos bueyes, llevaban el derivado del mar a otras comarcas y
provincias; el olor a pescado y las salazones impregnaban el aire, las fosas nasales y hasta las
prendas más íntimas.
Futuros emigrantes completaban el paisaje urbano de ese Vigo decimonónico. La mayoría
gallegos, pero también de Castilla, de Zamora, de Fermoselle como el Doroteo que se paseaba
esperando su barco, previo reemplazo de su nombre. Cambió el de Gabriel por el de Rafael,
manteniendo los González de sus dos apellidos, y así partió sereno de su España nativa.
Aún le faltaban a Vigo unos años para ver transformarse esa vida por un tiempo, dejando el
centelleo del trabajo riguroso, por el deambular de los soldados derrotados en las últimas
guerras coloniales, quienes, errantes y sin destino por la ciudad, con sus heridas lacerantes, y
mutiladoras, dejando algunos su último suspiro y huesos en tierras gallegas, delineaban un
lúgubre paisaje humano. El cementerio de Pereiró se vio de pronto sobrepoblado con las tumbas
que pretendían eternizar los restos de aquellos soldados que trajeron sus heridas de los últimos
bastiones americanos y se vinieron obligados a vivir sus últimos días a Vigo.
El Doroteo, con toda certeza, nunca se enteró de estos sucesos. De haberlos conocido, su
convicción de emigrar habría tenido aún mayor fuerza y ni una mínima o exigua duda se habría
cruzado por su cavilante cabeza.
Era el año en que se cumplían los cuatro siglos del Descubrimiento y Conquista. Doroteo
lejos estaba de ser un obsequio de España a la América a punto de perder para siempre.
De niño mostraba un carácter inquieto, belicoso, sensible e irritable ante las injusticias,
incluso a los agravios. Su comportamiento ante esas situaciones llegaba a ser lindante con la
intolerancia. Poco pudieron hacer sus progenitores por menguar esas conductas, su nobleza
apaciguó el revertir de ese andar por parte de sus padres. Así, sin los límites familiares
necesarios para domesticarlo, el Doroteo comenzó su recorrido por la vida, dispuesto a ponerle
el pecho a todo aquello que contradijera sus verdades, en ocasiones llevadas al altar de los
dogmas.

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Justicia al Doroteo

Argentina

Doroteo no era precisamente un hombre de la mar. Si bien, conocía el mar sin mojarse los
pies ni subir a una minúscula barca, por lo cual la travesía de ultramar fue su mayor tormento.
El vapor Trent por momentos se convertía en una mecedora sin fin y los vómitos del
macho fermosellano se volvieron interminables. Perdió varios kilos en ese perpetuo viaje.
A punto estuvo de quedarse en Brasil cuando el vapor hizo su escala en el puerto de
Santos. No era el único con pretensiones acortar el largo viaje, varios paisanos bajaron para no
volver a subir.
Haciendo un esfuerzo mayúsculo, el Doroteo aguantó a duras penas. Un 11 de agosto de
1892 el vapor ponía amarras en el puerto de Buenos Aires. Mujeres y hombres se persignaban,
agradecían a sus patronos pueblerinos y se juraban y perjuraban jamás volverían a subirse a un
barco, promesa cumplida inquebrantablemente por la mayoría.
Al desembarcar, su primera acción fue mirar el cielo, dejó sus ojos clavados en un
firmamento nublado, sus manos abiertas y atentas, pero no… no caían billetes; esa fue su
primera desilusión.
En su Fermoselle natal no eran muchos los que extrañaban a Doroteo, sus apenas
veintiocho años no habían sido del agrado de una parte de sus vecinos, como un suave alivio
sobrevolaba algunas almas del pueblo, unas no muy puras, sombrías otras y el resto ingenuas de
fácil tracción.
Si bien, era un viajero de corto alcance, en especial llevado por el juego de naipes, el que,
al parecer, era el motivo de su principal ingreso económico… su «trabajo», como él llamaba,
jamás había cruzado por su mente, una travesía tan extensa a una tierra distante y desconocida.
No ahorraba discusiones ni esquivaba desafíos, de los cuales siempre salía airoso,
aumentando su ascendiente de guapo y temido. Esto también molestaba a algunos quienes
almacenaban en silencio una inquina por ese Doroteo y aguardaban el momento de revancha,
esperando al llegar esa ansiosa ocasión pudieran conservar el valor para enfrentarlo.
El Doroteo llega a una Buenos Aires parturienta, donde inmigrantes, gauchos y criollos
comenzaban a darle carácter a la dinámica idiosincrasia de la capital del Río de la Plata.
Mientras, una bisagra servía de cierre a una Argentina en despedida y daba la bienvenida a otra,
en ese momento, con más incertidumbres que certezas.
Como muchos de sus paisanos, su primer alojamiento fue el conocido popularmente como
Rotondo, hotel de inmigrantes.
Una semana dicen que el Doroteo estuvo en esa morada provisoria, de ahí partió a un
conventillo en los arrabales. Nadie sabe con certeza si fue en los actuales barrios de San Telmo,

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Justicia al Doroteo

Pompeya o la zona del Abasto, aunque algunos repiten como loros creativos lo contado por sus
padres, abuelos y bisabuelos, señalando mayoritariamente al barrio de San Telmo, en una de
esas mansiones de ricos abandonadas por la fiebre amarilla, y más tarde convertidas en esos
icónicos, multitudinarios y ruidosos conventillos. Especie peculiar de hogares múltiples, con
patios y baños compartidos, donde las frustraciones y esperanzas se entrelazaban y separaban
con la misma avidez.
Un paisano de Fermoselle le confesó, en una carta a su hermana Carmen, que el Doroteo le
había sacado de encima a un polaco matón que lo vivía extorsionando. Con su navaja de dos
cuartas en el cuello del aprovechador, el polaco huyó pálido y jamás volvió a molestarlo; el
fermosellano agradecido no volvió a ver a Doroteo.
En otra ocasión, un paisano de los tantos que habitaban y pululaban por la capital porteña,
iba con su carro lechero haciendo el reparto, cuando de repente, sin verlos, aparecieron dos con
sus cuchillos verijeros1 exigiéndole el dinero recaudado.
El fermosellano no quería entregar el fruto de su esfuerzo, terco se negaba, y los dos
malevos estaban a punto de abrirlo ante la cara de terror del pobre lechero, cuando de repente le
brillaron los ojos, tanto habrá sido ese resplandor que obligó intuitivamente a los dos a girar las
cabezas sobre sus espaldas. Ahí se encontraron con el Doroteo y su revólver en la mano, al
Goyo con su facón y al Renato con navaja y revólver; sin pensarlo, los guapos salieron
corriendo. Se preguntarán de dónde surgieron ese Goyo y el Renato, ya llegaremos a ese
encuentro.
Fue tal la gratitud de este paisano que no dejaba de abrazarlo, Doroteo lo dejó expresar su
gratitud y le dijo:
—Majo, deja de tanto manoseo y mándale mis respetos a tu familia cuando les escribas.
Los saludos del Doroteo en forma epistolar cruzaron el océano y llegaron a Fermoselle. La
familia del lechero llevó unos chorizos de la última matanza a don Rafael, como agradecimiento
por el comportamiento valeroso y fraterno de su hijo.
No fueron los únicos auxilios brindados por Doroteo a otros coterráneos: más las cartas a
los amigos con sus hazañas por las tierras pampas fueron aumentando su influjo de valentón en
el pueblo de los Arribes.
Malevos, cafishos2 y compadritos eran parte de la acuarela de los arrabales porteños.
Gauchos, inmigrantes de medio mundo, en especial de Europa, y criollos, componían en

1
Es un cuchillo de tamaño menor que el facón, por tanto, más fácil de utilizar. Se lo llevaba y lleva enfundado en la
ingle, del lado de la mano hábil, en lo que sería la verija de la vaca, de ahí su nombre.
2
Vividores, proxenetas en la jerga del lunfardo.

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Justicia al Doroteo

porcentajes desiguales algunas de estas categorías de bravos, valientes, facinerosos y viriles


hombres de esa época rioplatense, donde el tango nacía y el preludio de una clase media, tímida,
muy tímida, era aún un embrión transparente, invisible; nacida décadas posteriores, sería el
emblema orgulloso de la Argentina pujante en el nuevo continente.
En su Fermoselle el Doroteo era «Gardel», como afirma una sentencia popular del Buenos
Aires posterior, para ejemplificar que alguien es una estrella, un superior, un genio, “un capo” al
decir de la generación actual. Aquí, apenas era un principiante observando con asombro ese
canto melancólico y baile sensual como pocos: el tango estaba pariendo. No quitaba su mirada
confundida al ver a esos machos como se tomaban de las manos y practicaban esa danza en
espacios reservados.
Su porte lo ayudaba al menos para aparentar; su jactancia, el manejo de la navaja, su
astucia y habilidad para los naipes lo auxiliarían para sobrevivir durante un tiempo.
Era un híbrido entre un compadrito y un malevo, su falta de habilidad para el baile no le
permitía integrar la primera categoría, y su carencia de coraje mayúsculo con los de mayor porte
lo alejaba del malevo. Así andaba Doroteo con unos y con otros, tratando de no mostrar sus
flaquezas. Era conocedor que, ponerlas a luz, lo alejaría de estos personajes —en el mejor de los
supuestos— y eso lo llevaría al trabajo duro como el de tantos inmigrantes.
Ahí, en esos arrabales conoció la historia del famoso matrero Juan Moreira quien, algo más
de veinte años atrás, había traído a los saltos a la autoridad y entregado cara su vida bajo la
bayoneta trapera del policía Chirino, quien dejó un ojo y unos dedos en la muerte de Moreira en
el piringundín3 La Estrella del pueblo de Lobos. Moreira entregó su vida peleando hasta el
último suspiro, como buen macho de esos tiempos hechos historia, leyenda, épica...
Conocedor del origen de Moreira, era hijo de un español mazorquero 4 del caudillo Juan
Manuel de Rosas, rudo, cruel y despiadado servidor rosista. Doroteo se vanagloriaba afirmando
ser paisano del padre del emblemático gaucho, del mismo pueblo de España, y hasta primo
segundo de su padre, ante la ignorancia de sus interlocutores, dándole este supuesto parentesco
y raíz nativa un respeto hereditario ante el malevaje.
Lejos estaba Doroteo de un personaje valeroso con aires de justiciero como Moreira, y más
aún de la bravura y honor atribuidos al gaucho rebelde, todo un diestro en el manejo de los
puñales. Aunque es verdad que lo acompañó hasta el último suspiro el famoso facón que le

3
Locales similares a un bar, de poca monta, con la concurrencia de los sectores humildes y arrabaleros, donde se
bebía, se bailaba y se ofrecía sexo. Una especie de prostíbulo.

4
Organización parapolicial en el gobierno de Juan Manuel de Rosas, la cual utilizaba el terror para conseguir los
apoyos al gobierno.

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Justicia al Doroteo

obsequiara el político Adolfo Alsina —de quien fuera guardaespaldas—, doblegaba en su largo,
al por aquellos tiempos, clásico cuchillo macho, también llamado facón por las autoridades
policiales, denominación que luego se hizo popular entre el gauchaje y el malevaje.
Ese Buenos Aires de finales del siglo XIX era demasiado para el Doroteo, al menos para él
solo. Se había convertido en una prioridad encontrar socios en su andar por esa metrópolis
donde cada esquina podía depararle amargas sorpresas. Compañeros fieles, leales como él, para
juntos buscarse la vida de la mejor manera posible.
Así que en forma casual, inesperada… se hizo de dos amigos y fieles compañeros. Un
malevo de ley como el correntino 5 Goyo Insaurralde, descendiente de españoles y guaraníes; y
el siciliano Renato, este último desentonaba con la estatura, apenas llegaba al metro setenta en
puntas de pie.
El Goyo medía metro ochenta. Moreno, corpulento, con unos intimidantes y gruesos
bigotes, los cuales por sí solos ponían distancia, todo un artista con el facón y más aún con el
verijero. Coraje y lealtad le sobraban, tenía para repartir, no así las neuronas donde la naturaleza
no había sido tan prodigiosa con él. Para eso estaba el Doroteo, quien en picardía y
planificaciones era todo un especialista.
Renato estaba en el medio, las neuronas justas, de facones escasa idea, solo para cortar la
carne asada, algo más diestro con las navajas, pero con el revólver era un experto y cuando
había que repartir puñetazos, no había muchos como el Renato, no respetaba altura, corpulencia
ni edad.
Aquí me detendré en estos dos personajes influyentes en la vida adulta de Doroteo. Tanto
fue así que Doroteo siempre reconoció emocionado esos tiempos en Buenos Aires y a esos dos
amigos, socios, compadres6, cómplices… como jamás tuvo.
Gregorio Insaurralde, conocido desde niño como “Goyo”, apodo de todos aquellos que
llevaban su nombre, había sido el cuarto hijo de una prole de nueve en un pueblo del interior
correntino. De niño conoció el trabajo duro y el trato despectivo de los patrones en la estancia
donde nació. Esas extensiones de campo obtenidas de forma mal habida, donde el horizonte
parecía fundirse con el universo y las injusticias floreándose sin el mínimo pudor.
No conoció el menor afecto por parte de sus padres, solo la complicidad con sus hermanos.
A los 17 años el patrón vino al rancho y lo alistó en las milicias y, desde ese momento, no
volvió a su humilde hogar ni a sus pagos.

5
Gentilicio de los nacidos en la provincia argentina de Corrientes.

6
Compadre, es un término utilizado por los gauchos argentinos para llamar de esa forma a alguien que lo consideran
un par, un amigo fiel.

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Justicia al Doroteo

Sin saberlo, pasó a formar parte de la última revolución que terminara por definir la
organización política de la Argentina: la llamada revolución del 80. Ese tránsito de su vida lo
hizo andar rodando de un lugar al otro, llevado por las circunstancias, las autoridades y en
ocasiones por su propia decisión.
Esa vida ingrata, oprobiosa por momentos, lo terminó convirtiendo en un rebelde,
desconfiado, con sentimientos contenidos y resentimientos por ocasiones incontrolables. En su
vida brotó una lágrima de esos ojos negros por momentos imposible de descifrar.
Traiciones y lealtades, batallas y entreveros, forjaron a un hombre rudo, habilidoso con las
armas blancas, hasta diestro tirador, aunque las armas de fuego no eran lo suyo, las consideraba
poco varoniles.
Analfabeto, como no podía ser de otra manera con la infancia vivida y la adolescencia
jamás conocida, se las arreglaba con destreza para no dejarse embaucar en esos mundos casi
subterráneos donde desarrollaba su vida.
Bravo e implacable con las traiciones, la misma actitud tenía para defender a quienes les
mostraban lealtad. Amores nunca le faltaron, era consciente de la imposibilidad de formar una
familia y hogar estable, así andaba por ahí haciendo algunos nidos y luego otra vez partiendo.
En uno de esos nidos, en el interior cercano a Buenos Aires, dejó dos pichones a quienes no les
permitió faltar nada.
Odiaba a los patrones y a la autoridad, algo común en los hombres de su estirpe. Sensible
ante cualquier injusticia, no podía contenerse sin responder, esa característica de su personalidad
le trajo, no solo problemas, también varias cicatrices en su cuerpo.
La revolución del 90 lo encontró en Buenos Aires, ahí participó, nuevamente le tocó estar
del lado de los perdedores, aunque esquivó la cárcel y los arrabales se transformaron en su
residencia permanente.
Como el paradigma del malevo, vivió al filo de la ley cuando no transgrediéndola, aunque
jamás puso un pie como reo en una comisaría. La experiencia de su vida lo había dotado de la
sagacidad suficiente para saber acomodar el cuerpo en las más varias situaciones.
En ese Buenos Aires cosmopolita que dejaba de ser la gran aldea colonial, los inmigrantes
por miles llegaban a diario y muchos de ellos iban a parar a las orillas, eran mirados con recelo
por Goyo. Aunque no tenía resentimiento contra ellos, trataba de tenerlos alejados, con los que
se había acercado era porque le mostraban tener historias en común a pesar de las distintas
geografías y culturas.
Renato, había nacido en el pueblo de Giarre, en la provincia siciliana de Catania. Al
contrario de Goyo, la familia era su refugio protector y los amigos una extensión de ella.
Valoraba la lealtad por sobre muchas otras cualidades. La autoridad no era de su agrado, por el

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Justicia al Doroteo

contrario, sentía un desprecio visceral. Con el poder era respetuoso, en ocasiones, temeroso, más
en esa Sicilia de su época, como la posterior, donde quienes ostentaban esa posición no eran
precisamente benévolos con quienes no sucumbían a sus intereses.
Elegante, esa cualidad la compartía con Doroteo, le gustaba aparentar. También de un gran
coraje y un carácter en ocasiones brioso, belicoso. Algunos de sus familiares habían partido a
finales de la década del ochenta hacia Buenos Aires. Él se resistía a dar ese paso, estaba
confiado en ayudar al crecimiento económico de su familia, había logrado hacer algunos
trabajos non sancto para un grupo delictivo protegido por las autoridades e inclusive por el clero
tan respetado, hasta venerado en su pueblo y su Sicilia jamás olvidada.
El uso del revólver y la navaja, lo adquirió en esas andanzas. Era reconocido por sus jefes
por ser eficiente en los encargos que cumplía con prolijidad. Su tarea, por llamarlo de algún
modo, había ayudado económicamente a su familia, tanto así que tuvieron un evidente ascenso
social, todos sabían la razón de ese escalonamiento, pero todos se lo guardaban para el interior
de sus hogares.
A comienzo de 1890, un encargo lo puso en tensión con sus principios. Le habían
encomendado la extorsión a un comerciante amigo de la familia y muy apreciado por Renato.
Durante tres noches no pudo pegar un ojo, sus principios chocaban contra un muro una y otra
vez, no podía realizar semejante traición.
Las órdenes eran claras: el comerciante cedía o lo tenía que asesinar. Antes debía realizar
otra extorsión a un contrabandista, éste debía darle una importante suma de dinero, ahí no tenía
ningún resquemor moral, era como robarle a un ladrón, en cambio, lo del día siguiente, lo de su
respetado amigo, eso era muy distinto.
Al final, fiel a sus convicciones, extorsionó al contrabandista, se hizo de una gran suma de
dinero y de ahí partió silencioso del pueblo, llegó al primer puerto y como polizón se subió al
primer barco que partía hacia Argentina.
Así llegó a Buenos Aires a mediados de 1890, yendo a vivir con sus parientes al barrio de
La Boca, no aguantó mucho, estaba plagado de genoveses, los cuales no eran de su agrado, esta
razón lo llevó meses después a los arrabales.
En ese peligroso, riesgoso y colorido espacio orillero, marginal de ese Buenos Aires a
finales de 1892 los tres se encontraron sin buscarse. Compartían el mismo irreverente desprecio
a la autoridad, los mismos valores de la amistad, parecidos corajes y habilidades
complementarias hacían de este trío un mismo ente monolítico.
Compartieron aventuras y costumbres. Goyo les enseñó a beber caña manteniendo la
vertical y a chupar mate amargo, esto último les costó, el mate les pareció horroroso,
indigerible, al final no pudieron alejarse de él y su ronda amistosa por las mañanas y las tardes.

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Justicia al Doroteo

Doroteo, por su parte, el arte de saborear el vino, descartar ese agriado o dulzón disfrazado de
néctar alcohólico vendido en los bodegones, por aquellos de diferentes texturas y sabores donde
el paladar discriminaba la técnica de ese hacer milenario.
Por su parte, Renato hizo al Goyo dejar por momentos su afición incontenible por la carne
y a Doroteo esos platos fuertes y condimentados de su Fermoselle natal por las pastas. Renato
era todo un chef en preparar todas las semanas pastas con salsa siciliana, la cual era literalmente
devorada por sus dos amigos y, cuando llegaba un domingo sin que en la semana Renato no
elaborara uno de sus platos, eso podía causar una amigable disputa.
Aunque el máximo placer era, en los días de lluvia cuando el agua golpeaba las chapas del
conventillo en un concierto ruidoso no ajeno de armoniosa melodía, las tortas fritas7 de Goyo
acompañadas de mate amargo, esos momentos de ramplona gastronomía podrían durar horas de
conversaciones sobre los más variados temas y confesiones de cada uno de ellos sobre sus vidas
y anhelos del futuro.
Los primeros años, Goyo y Doroteo hacían bromas por el castellano atravesado de Renato,
quien tenía un sentido del humor bastante acotado. Al comienzo y durante un tiempo, Renato se
enojaba antes esas burlas, en algunas ocasiones a punto estuvo, con uno u otro, de trompearse.
Después de un tiempo largo, comprendió el afecto y cariño que encerraban esas bromas y
sonrisas posteriores, sin reconocer su actitud, de a poco dejó esas reacciones guardándolas en el
arcón de los buenos recuerdos.
Así, los tres vivieron años en ese Buenos Aires hostil y marginal. Cuando las situaciones se
ponían demasiado peligrosas por algunas de sus fechorías, cada uno partía para un lugar distinto
hasta que amainara el peligro. Así, el Goyo salía hacia Navarro, al rancho de una hermana quien
tenía a cargo a sus dos hijos; el siciliano a Luján con un primo; y el Doroteo, sin familia que lo
cobijara, cruzaba al charco hacia Montevideo, donde pasaba desapercibido para las autoridades,
no así en los ambientes que rondaba. Conocido como el «gallego de la timba», solía hacer
algunas diferencias económicas con su hacer en los naipes.
Hasta seis meses estuvieron dispersos en sus tantas correrías. El primero en llegar era el
Doroteo, el responsable de la logística, buscaba un conventillo nuevo, y ahí, previo acuerdo que
los tres tenían y guardaban como secreto bajo siete llaves y treinta candados, volvían a reunirse,
a formar un nuevo hábitat y territorio para seguir con sus negocios.
Para disimular sus vidas rayanas con la marginalidad, solían hacer algunas changas en el
puerto de la Boca. En sus tantas aventuras, nunca habían caído presos, ni siquiera habían

7
Un clásico de la gastronomía popular de Río de la Plata. Se elabora con harina de trigo, grasa de vaca o cerdo, sal y
agua, las tradicionales se fríen en grasa.

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Justicia al Doroteo

traspasado las altas puertas de dos hojas y banderolas de comisaría alguna. El barrio boquense
era habitado mayoritariamente por italianos donde Renato tenía unos cuantos paisanos. Ahí se
tiraban hasta un mes trabajando; por lo general eran unas semanas, donde incluso solían
turnarse, salvo el Goyo, Renato y Doroteo no habían tenido una vida de esfuerzo laboral.
Para finales de 1894, Renato invitó a sus leales amigos y compañeros a una tertulia de sus
compatriotas en la Boca. Goyo declinó la invitación, tenía un entrevero con unas faldas en el
conventillo vecino al de ellos.
Doroteo aceptó el envite y apareció allí una noche templada de fines de noviembre. Junto a
Renato entró con su porte de compadrito, no hizo más que girar su vista por los presentes hasta
que sus ojos quedaron fijos, hipnotizados...
—¿A quién estás fichando? —le preguntó Renato.
—A esa rubia maja que se encuentra entre dos mujeres a su lado — respondió Doroteo.
—¡Antonia! ¡Vení! Te la presento, es la hija de un amigo que se fue a Mendoza —le
comentó Renato.
No solo fue Doroteo quien quedó prendado con la mirada, también la joven Antonia se
había fijado en la estampa de Doroteo; Gabriel en aquellos pagos, el Doroteo había quedado
para Fermoselle.
Con la férrea custodia de madre y tía, apenas pudo conversar y bailar unas piezas con la
joven de unos veinte años, de encendidos ojos azules y figura no menos atractiva.
Sin que las guardianas pudieran darse cuenta, Gabriel arregló una cita para el día siguiente
en el mismo barrio de la Boca. La joven debió utilizar su mayor ingenio para poder acudir
puntual a encontrarse con el caballero fermosellano.
De esta forma, a las escondidas, pudieron concretar una aventura amorosa para Gabriel y
algo más para Antonia.
La joven italiana vivía con su madre, su tía y dos hermanas pequeñas, más un primo
menor. Padre y tío estaban en Mendoza, en San Rafael, iniciando un proyecto vitivinícola
subvencionado por el gobierno de la provincia cuyana. Cuando estuvieran instalados y con
buenos ingresos, llevarían con ellos al resto de la familia.
Al menos para el Doroteo, ese noviazgo había recortado sus escapadas a los piringundines
con sus siempre nobles compañeros. Hasta que en junio de 1895 recibió una noticia por parte de
Antonia, y por primera vez en sus treinta años se quedó sin respuesta:
—Gabriel, estoy embarazada —fue la escueta frase.
—Pero, pero… ¿cómo? —atinó a decir titubeante el futuro padre.
—Como se hacen los niños, Gabriel, tú lo sabes o quieres que te lo explique —expresó con
ironía la joven Antonia

18
Justicia al Doroteo

— Aún no le he dicho nada a mi madre y a mi tía, no sé cómo hacerlo y no puedo esperar


demasiado… pronto se darán cuenta.
—¿Y… qué quieres que haga? —preguntó dubitativo Gabriel.
—Que nos casemos —le respondió firme Antonia.
—Déjamelo pensar.
—¿Qué tienes que pensar, Gabriel?
—Tengo que pensar, no estoy preparado para esto, el matrimonio no es para gente como
yo —respondió cortante Gabriel, dando por finalizada la conversación y despidiéndose.
Si algo tenía claro Gabriel era que su vida no podía compartirla con una mujer. Sus
andanzas de un lado al otro, de un lío en otro, no eran para tener mujer y menos un hijo.
—¿Qué te anda pasando compadre? —preguntó Goyo al verlo contrariado y hasta callado,
silencioso, algo poco común en él.
—Problemas, problemas que no tienen arreglo —le respondió Gabriel.
—Para qué estamos los amigos. Contame y veré cómo te puedo dar una mano —le
respondió con noble afecto el Goyo.
Conocedor el Doroteo de la lealtad incondicional de su camarada, le largó todo, como una
de sus vomitadas en el vapor. El Goyo, hombre de vida corrida, comprensivo, lo escuchó con
atención. Luego de un silencio, le dijo:
—Me parece bien, yo hice lo mismo con mis dos hijos. Lo único que te pido es que me
jures por el Tata8 Dios, que nunca le dejarás faltar nada a ese gurí9.
—Quédate tranquilo, no es necesario ningún juramento, me conoces y sabes que jamás
dejaré a ese niño tenga alguna vez la menor necesidad mientras esté vivo —respondió con
convicción Gabriel.
A los dos o tres días, Gabriel se encontró con Antonia y le ratificó su decisión con
argumentos repetidos de memoria como alguno de los cantos populares de su pueblo.
Antonia no paraba de llorar y Gabriel no sabía cómo consolarla. Después de varios
minutos, la joven, temblorosa, abrazada a Gabriel, asintió comprensiva y resignada a los
fundamentos dados por su amado.
No había pasado lo peor para ambos. Gabriel la acompañó al conventillo para hablar con
su madre y tía. Los gritos de las dos italianas, con insultos irreproducibles en italiano,

8
Tata es el nombre dado a los padres en las zonas rurales de Argentina y Tata Dios, es el Señor.
9
Forma de llamar a los niños y jovencitos en algunas zonas rurales de Argentina, en especial en la Mesopotamia.

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Justicia al Doroteo

castellano, cocoliche10 y hasta en su propio dialecto, más una montaña de las más diversas e
inimaginables maldiciones, se escuchaban desde los barcos que aún no habían llegado a puerto.
Gabriel, callado, sin emitir una palabra, dejó a las mujeres descargaran toda su bronca,
mientras Antonia se deshacía en lágrimas y lloriqueos que meneaban su cuerpo de forma
incesante.
Al final, luego de unas horas de furia que por momentos parecía nunca terminaría, Gabriel
llegó a un acuerdo. Él le daría su apellido al niño y se ocuparía de todas las necesidades de su
crianza y, si fueran llamadas a Mendoza, se haría cargo de la criatura.
Para la madre y la tía, dentro de lo dramático del cuadro, era lo más razonable. Antonia
asintió, pero su corazón estaba a punto de estallar de dolor, no podía entender cómo alejar de su
vida a ese niño que aún no había nacido y por el cual sentía el más incondicional y tierno de los
amores.
La fuerte tradición y las rigurosas reglas religiosas no dejaban espacio más que para el
sufrimiento. Dejando a su progenitora, sin la prueba de la impureza, podía reiniciar una nueva
vida en Mendoza sin jamás su padre y demás familiares lo supieran.
Cuando Renato se enteró de la negativa del Doroteo, tuvo un duro enfrentamiento, de no
estar el Goyo de por medio, uno de los dos habría terminado en la «Chacarita»11.
Durante un tiempo las relaciones entre ambos estuvieron crispadas, tensas, buscaban
cualquier motivo para enfrentarse, pero ahí siempre estaba el Goyo apaciguando. Sin quererlo,
Doroteo había ofendido uno de los tres pilares en los valores de su amigo, en este caso el de la
familia.
El 28 de noviembre, Gabriel fue llamado. Antonia había parido una niña tan bella como su
madre y con la fuerza de su padre. Para Gabriel, como años después le contara a un amigo de
Fermoselle, fue el día más feliz de su vida, con nada podía comparar ese momento. Antonia fue
su nombre y González el apellido.
Pasado el tiempo, al ver Renato a Gabriel deshacerse en atenciones con la niña, al igual
que con su madre, además del gran cariño dispensado por el arisco padre, terminaron
normalizando su amistad.
Renato les pasó un dato a sus dos compañeros, en especial dirigido a Gabriel. Había
conseguido una invitación para una partida en el barrio de La Recoleta, donde habría

10
Modo o forma propia de hablar de los inmigrantes italianos a finales del siglo XIX y principios del XX en Buenos
Aires, mezclando palabras en italiano y castellano.
11
Popular cementerio de Buenos Aires.

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Justicia al Doroteo

compadritos y señoritos con mucho dinero, agregando una sentencia porteña con un gran
esfuerzo por no remarcar su acento siciliano
—Esto será «papita p’al loro» —anunció con aires premonitorios Renato.
Programaron todo al detalle, cada uno sabía su rol en esas partidas. Esta era la más
importante a la cual iban a asistir, el dinero que podían ganar les alcanzaría para bastantes meses
y más, siempre y cuando todo saliera bien.
Gabriel era un jugador consumado, como buen fermosellano, todo un virtuoso con los
naipes. Esa era su verdadera profesión, el matonismo lo ayudaba y la picardía completaba las
mejores cualidades para ese hacer.
Eran conscientes que cada jugador solía llevar otro el cual en realidad jugaba para él.
Además, al menos uno o dos malevos cumplían funciones varias: desde proteger al jefe por
cualquier altercado, pasar alguna seña del juego, hasta custodiar lo ganado.
Juntaron todo el dinero atesorado durante un año, hasta el último céntimo; no era una
fortuna pero lo suficiente para empezar.
Los tres se presentaron a la hora puntual, llevados por un carruaje de lujo que habían
reservado para tan privilegiada ocasión. Gabriel, más que compadrito parecía un dandi. El
Goyo, impecable, aunque su prestancia no podía ocultar al malevo. Renato convertido en un
«tanito»12 simpático y entrador, se movía por todo el espacio como una especie excéntrica de
mimo hablador, ganando la simpatía de unos y otros.
Los 3 con sus correspondientes y rutilantes funyi13 a lo Maxera, el nuevo sombrero
sinónimo del compadrito; como pólvora se iba extendiendo por ese Buenos Aires en mutación,
infaltable cubierta varonil para ocasiones especiales como esta.
Gabriel se sentó en la cómoda silla tapizada, de madera de caoba, en una de las cuatro
mesas redondas con tapiz verde. El Goyo, parado detrás. Renato, dando vueltas alrededor de las
mesas y observando cada movimiento de los sentados y en particular de los parados.
Todo arrancó bien, Gabriel pronto pudo cuadruplicar el dinero traído, no necesito la ayuda
de sus compañeros. Enfrente de él, un señorito también hábil jugador, obtuvo una ganancia
similar.
A dos sillas de Doroteo, a su izquierda, otro señorito con marcada pericia para el manejo
de los naipes, también iba acumulando ganancias.
A medida que el juego avanzaba, unos abandonaban y otros los reemplazaban en las sillas;
estaba a la vista que eran pocos aquellos quienes se habían embolsado lo perdido por el resto.
12
Diminutivo de tano, expresión utilizada en Argentina para denominar genéricamente a los italianos.
13
Sombrero en lunfardo.

21
Justicia al Doroteo

Sin hablar entre ellos, los tres habían concluido que debían preocuparse por ese señorito quien al
parecer también tenía bastante de compadrito y hasta de malevo.
A pesar de los buenos modales de los cuales con picara discreción hacia alarde, algo no
cerraba en su comportamiento. Gabriel seguía ganando y había superado con creces los mejores
pronósticos imaginados por el trío.
De forma disimulada, Gabriel iba pasando el dinero excedente al Goyo, quien a su vez, con
la misma pericia, traspasaba una parte a Renato sin que nadie se percatara.
La mesa tenía doce jugadores. El tiempo avanzaba, el vino y la bebida blanca, caña y
whisky, el humo de los cigarros, más las perdidas, generaban un ambiente denso, inquietante,
por momentos un polvorín al lado de un fogón. El heterogéneo terceto lo había percibido y
estaban preparados para improvisar hasta la huida si fuera necesario.
El señorito al cual habían fichado14, empezó a perder, tanto que en una hora se le fueron
todas las ganancias y estaba apostando el dinero propio. Se notaba su nerviosismo en aumento,
su mirada no tenía la misma calma, por el contrario, era una mirada por momentos irascible,
llena de furia con un creciente esfuerzo para controlarla.
Los tres malevos a sus espaldas tomaban fiel nota del ánimo de su jefe. Gabriel había
notado que el problema no era con él, pero estaba a dos sillas de la suya y podía ponerlo en
peligro. Con gestos les trasmitió su inquietud a Goyo y Renato, quienes también lo habían visto;
ambos eran eximios expertos para observadores esas cuestiones.
De repente, el señorito empezó a los gritos, acusando de hacer trampa al de las dos sillas
siguientes a Gabriel. No tardó nada para que en un instante se armara un pandemonio de tiros y
cuchilladas.
Gabriel con el revólver humeante de los disparos y el facón en la otra mano, buscó a sus
amigos. El Goyo se había cargado a uno y Renato volteó a otro de un solo puñetazo, mientras
descargaba el tambor de su revólver.
El humo de los cigarros fue reemplazado por el de la pólvora de los disparos, la sangre
había redecorado la espléndida habitación. Los tres salieron como pudieron. Con todo el dinero
ganado, se alejaron y nunca se enteraron de cómo había terminado aquello.
Esperaban ver lo sucedido en los diarios. Nada salió, ni dos palabras: el poder de algunos
de los presentes podía silenciar, ocultar los hechos y hacer desaparecer los muertos.
La cuestión es que se fueron a festejar el triunfo al piringundín, salieron los tres a la
madrugada acompañados de sus respectivas borracheras.
Esa noche el Doroteo se había graduado de malevo.

14
Termino del lunfardo cuyo significado es observar, marcar, vigilar.

22
Justicia al Doroteo

Al otro día, Gabriel fue a ver a su dos Antonia y les llevó un regalo a cada una; además,
una suma de dinero muy superior a la habitualmente entregada a la madre de su hija.
El gesto de Antonia no fue el de siempre, era triste; tanto, que Gabriel le preguntó:
—¿Qué te pasa, Antonia?
Unas lágrimas asomaron por sus mejillas y lentas se fueron escurriendo por su bello rostro,
se pasó la mano una y otra vez, hasta debió sacar un pañuelo, ya húmedo, guardado en un de
los bolsillos de su delantal.
Gabriel supo de inmediato que algo grave sucedía. Entre las pocas alternativas, no tenía la
menor intención de acertar cuál era la que había producido este estado de ansiedad de la joven
mujer, pero acertó.
—En… en quince días tendré que irme a Mendoza —dijo Antonia, titubeante y
temblorosa.
—Pero, ¡¿cómo tan rápido?! —preguntó Gabriel.
—Así lo decidieron mi padre y mi tío, tienen un viñedo y vivienda para todos. Aunque
sabes que aquello más importante en mi vida, nuestra amada hija, no me puede acompañar en
este viaje sin retorno.
Antonia dijo toda la frase de corrido, sus lágrimas estaban por secarse de tanto usarlas, de
tanto dolor incontrolable.
—Gabriel, deberás hacerte cargo de la niña y te pido me jures por tu Virgen de la Bandera,
que jamás le dejes faltar nada; en especial, el cariño, el amor que siempre le has dado —dijo
Antonia como si le estuviera entregando una parte de su cuerpo.
—Por la Virgen de la Bandera te juro cumpliré con lo que me pides —le respondió Gabriel
y la estrechó en un interminable, efusivo y fuerte abrazo con pretensiones de eternidad, del cual
ambos jamás se olvidarían.
Doroteo se fue cabizbajo y pensativo, le preocupaba cómo haría para cuidar de una niña
tan pequeña con su forma de vida, a la vez, con un punzante… profundo dolor por esa madre
que tan injustamente debía abandonar a su hija.
Al llegar al conventillo, se reunió con sus amigos y les planteó la cruda situación que
debía resolver. Renato encontró rápidamente la salida ideal. Una tía, también del barrio de la
Boca, toda una madraza, podía hacerse cargo de la pequeña Antonia bajo la supervisión de
Gabriel con los gastos que él seguiría afrontando.
Teresa, la tía de Renato, quedó hechizada en ese diciembre de 1897 cuando recibió a la
pequeña Antonia; le ofrecería sin límites todas las atenciones necesarias, en especial las
afectivas, el mayor requerimiento hecho por Gabriel a la siciliana. La contribución de Doroteo,
siempre fue desprendida, generosa; casi todos los días pasaba a ver a su hija y se quedaba todo

23
Justicia al Doroteo

el tiempo posible y un poco más. Las despedidas se transformaban en un pequeño desgarro en


su corazón y un recuerdo a esa madre lejana y sufriente.
Antonia partió con su incontenible dolor a cuesta, el cual le duraría toda la vida. Jamás
dejó de reprocharse en silencio su falta de coraje para mandar a la mierda a la tradición y los
inflexibles dogmas religiosos.
Sus mandatos eran superiores a su angustia; la familia lo primero, los hombres decidían y
la tradición el camino al cual no debía esquivar. Al año de llegar, su padre, una noche, después
de la cena, le informó de la llegada en unos meses de un primo segundo, 15 años mayor que
ella; ese sería su marido.
La noticia, no era para discutir, ni siquiera para un mínimo “pero”, una mínima duda, fue
asumida con resignación por Antonia, quien a esa etapa de la vida estaba convencida que el
diablo había metido su cola filosa, cruel, desalmada… en el corazón de su vida.
Tal cual le indicó su padre, días más, días menos, el primo segundo, de 37 años en el
pasaporte y 50 en el cuerpo, se presentó formal y puntual. Tan conservador como su padre, al
extremo de nunca haberla tuteado, terminó siendo su esposo y asegurando el fluir rígido de la
tradición.
Tres hijos aportaron el matrimonio a este mundo, dos varones y una niña. Antonia se
impuso como premisa de su vida, en la educación de sus hijos, tirar al pozo ciego todos esos
valores medievales que destruyeron su vida.
A los 12 años de matrimonio, Roberto, su esposo, fue llamado para el otro mundo, unos
años antes su padre, ambos le habían dejado una bodega que iba viento en popa. Se dedicó a la
crianza de sus hijos, les dio una educación y valores muy diferentes a los recibidos por ella. Uno
de los varones terminó siendo médico, el otro, Gabriel, el segundo, un enólogo prestigioso quien
junto a su madre llevaría el negocio familiar, y la niña, Teresa, maestra ejemplar, todos ellos
alejados de esos principios retrógrados de los cuales su madre fue una víctima más entre
millones.
Gabriel en Buenos Aires, alejado de Antonia y de sus padecimientos, sin nunca más tener
la más mínima noticia de ella. Así fue pasando el tiempo y los años. Doroteo había asimilado la
cultura ecléctica de ese Buenos Aires en acelerada transformación. En su mente, Fermoselle
estaba cada vez más lejos, en su corazón latía cada día, a cada momento.
Apenas iniciado el nuevo siglo, los primeros meses de 1900, el azar y la aventura
cambiarían el destino de los tres.
A finales de un febrero caluroso, pegajoso por la humedad porteña, el terceto estaba en uno
de los piringundines donde solían frecuentar, bebiendo como era costumbre en esos lugares de
lujuria rentada.

24
Justicia al Doroteo

Mientras esperaban turno, observaron cómo un cafisho cogía del cuello a un joven
delgado, vestido con cierta elegancia para lo que eran esos emblemáticos tugurios, y con gritos
de frases cortas le decía que esperara, que no era su turno. El joven insistía en que a él le
correspondía; sin tener idea quien había ocupado su turno: el comisario.
Goyo, el más sanguíneo de los tres, se paró con una mano en su facón y la otra metida en
la chaqueta donde guardaba el revólver, y se fue sobre el proxeneta quien, al verlo, con una seña
casi imperceptible hizo que dos de sus malevos rápidamente se ubicaran en sus flancos, con sus
manos dentro de la chaqueta listos para defender al jefe. Ante este contexto, Renato y Doroteo
se pararon detrás y a los laterales de Goyo.
El cafisho, quien si algo debía proteger y engrandecer, de ser posible, era su autoridad,
increpó verbalmente a Goyo. Doroteo, de verbo fácil y aceitado, advirtiendo que la situación
terminaría mal, intervino con una dialéctica prolija en la jerga orillera y esto hizo apaciguar los
ánimos exaltados y todo quedara en desafíos sin sangre en el polvoriento piso. Terminaron
aceptando que ese día no tendrían ninguna percanta para saciar sus viriles necesidades, al menos
podían volver vivos al conventillo, lo cual no era poco.
El joven, piamontés, llegado a la Argentina con 5 años en 1878, los invitó a beber como
agradecimiento. Era empleado administrativo de uno de los frigoríficos más importantes del
floreciente barrio de Mataderos; trabajaba en la tesorería, donde se hacían los pagos a los
trabajadores y proveedores, entre otros.
El piamontés, lubricando su lengua con el alcohol y descordinándola con su cerebro,
hablaba sin parar, describiendo todos los detalles de su trabajo, mientras el trío, silencioso,
escuchaba atentamente, solo interrumpiendo para que el interlocutor ampliara algún detalle.
Después de más de dos horas, turno incluido para el hijo itálico, se despidieron de él y lo
acompañaron hasta unos metros después de la salida. Convirtiendo la vereda en meandros
fantasiosos, fue desapareciendo entre las penumbras de las pocas luces de los desalineados
faroles hasta esfumarse de la vista.
Los tres se miraron con la complicidad de quienes se conocen al detalle, de quienes
comparten gustos y vicios.
A los pocos días, se volvieron a encontrar con el piamontés. Al verlos, los invitó a beber,
pasando juntos, un largo y ameno tiempo. El joven no podía disimular su admiración por estos
personajes pintorescos, atrevidos y valientes.
Entrados los cuatro en copas, él les preguntó si querían un trabajo arriesgado pero bien
pagado. El gerente andaba buscando gente como ellos para que lo acompañara a lugares de
cierto riesgo. Era un inglés muy estricto, hacía poco tiempo había llegado a Buenos Aires y no

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Justicia al Doroteo

se sentía muy seguro. Entre los malevos, las bandas, los policías corruptos y los anarquistas, el
inglés necesitaba protección.
Los tres, sin analizar demasiado la propuesta, le dieron el sí, como en un casorio. Aunque
le advirtieron que ellos no estaban para trabajos a destajo, sería solo en casos puntuales y
convenir el pago previamente a cada servicio. El Doroteo aclaró que sus tarifas no eran
económicas, ellos eran profesionales y, como tales cobraban.
A los dos días, el piamontés arregló una reunión con el inglés. A las diez y media de la
mañana estaban los tres esperando ser recibidos, vestidos con esmero y con la propuesta bien
afinada.
Al fin los atendió el gerente. Era un hombre de unos treinta años, alto, rubio, de ojos
celestes, elegante, hijo de uno de los dueños del frigorífico con residencia en Londres. Hombre
educado, hablando un español entendible, les expuso con detalle cuál sería el trabajo.
Lisa y llanamente los quería de guardaespaldas, para él, la empresa y su familia. Doroteo le
preguntó cuál sería el salario, temiendo que quisieran arreglarlos con «dos chirolas»15. Se había
equivocado, el inglés no era estúpido y sabía que estos tres, además de nobles eran competentes
en lo suyo, al exponerles la propuesta, los socios y amigos trataron de ocultar la sorpresa,
hicieron una corta pausa, como analizándola… y aceptaron sin más, ni siquiera intentaron
pichulear16 unos pesos más.
Al salir, se cruzaron con el piamontés, quien estaba a punto de ingresar a ese pequeño
grupete y así pasar a formar un cuarteto. Lo invitaron a beber unas copas a la salida del trabajo.
Estaban consolidando una amistad, veían en este joven a alguien en quien confiar, aunque no
diera el piné17 de ellos.
En unos meses fueron ganándose la confianza del gerente, quien cada vez les daba
mayores responsabilidades. Cuando vino el padre durante unas semanas, fueron designados, con
otros dos, para su custodia. El padre había quedado tan impresionado que se los quería llevar a
Londres, pero el hijo se negó de manera tajante.
Un martes a fines de abril, se fueron con el piamontés al piringundín. Bebidas y mujeres
les esperaban a los tres. Con el cafisho la relación era bastante tirante desde aquel altercado que
tuvo como resultado la amistad del joven.

15
Monedas de poco valor.

16
Tratar de sacar una ventaja monetaria en una compra o negocio.
17
No tener el mismo nivel, no dar la talla.

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Justicia al Doroteo

Luego de beber, el piamontés no era hombre de mucho aguante para el alcohol; además, se
le aflojaba la lengua y hablaba de más. En un momento lo llamaron, era su turno. Estuvo más de
una hora, algo que a los tres les llamó la atención sin generarles mayor inquietud.
Al salir el piamontés, entró, casi a escondidas el comisario. Nunca supieron cuánto tardó
en salir. Ellos a la media hora se fueron, tenían algo importante para la media mañana del día
siguiente y querían estar descansados, aunque desconocían el trabajo a realizar.
Al llegar al frigorífico, los estaban esperando el piamontés y su jefe. Les comentaron que
el trabajo iba a ser especial, fuera de los habituales, con mayor responsabilidad, por lo cual
tendrían un dinero extra por él.
El piamontés estaba al tanto de todo pero no les había comentado nada, su jefe se lo tenía
prohibido. Les explicaron que debían llevar una fuerte suma de dinero al Banco de la Nación
Argentina. Irían en tres carruajes. Adelante el Goyo y Renato; en el del medio, el piamontés, el
jefe, otro guardaespaldas y el dinero; en el último, el Doroteo con un paisano de León recién
llegado y que había combatido en la guerra perdida con Estados Unidos.
Partió la corta caravana tal cual lo previsto, con toda normalidad. Cuando habían recorrido
unos 400 metros, un carro lechero se cruzó delante del primer carruaje donde iban el Goyo,
Renato y el otro custodio. De repente, aparecieron dos carros más, y uno detrás del de Doroteo.
Sin poder reaccionar, se bajaron de los carros unas siete u ocho personas sumadas a otros
tantos que salieron de dos zaguanes, uno en cada acera. Sin mediar palabras y con armas de alto
poder de fuego, hasta fusiles y alguna ametralladora, comenzaron a disparar a discreción. El
Doroteo se tiró al piso como pudo, se dejó caer a la acera, arrastrándose se protegió haciendo
disparos hasta alcanzar la entrada de un conventillo, mientras observaba como su paisano de
León había sido cosido a balazos. Desde el pasillo vio cómo sus amigos eran asesinados con
total frialdad. Hubo algo que lo dejó más helado, frío, tieso e indignado: el cabecilla de la banda
era el comisario quien la noche anterior había entrado al piringundín después del piamontés.
—Piamontés gilipollas, bocazas, buchón18 —se dijo en un silencio estruendoso el Doroteo
mientras no paraba de mirar y buscar la manera de huir rápidamente de esa carnicería.
Como pudo, saltó los fondos del conventillo y se fue escabullendo hasta poder llegar a la
pieza donde vivía. Cogió todo el dinero ahorrado e hizo lo mismo con el de Goyo y Renato.
Se fue al otro extremo de Buenos Aires, contó y repartió en tres partes, a cada una le
extrajo un 20% y con eso forma una cuarta y menor porción. Salió hacia el pueblo de Navarro a
la casa de la hermana del Goyo, con desgarro le narró lo sucedido y le dejó el dinero, haciendo

18
Delator, confidente de la policía.

27
Justicia al Doroteo

hincapié que su destino era para los dos hijos del correntino valeroso. Entre lágrimas sedantes,
la hermana solo asintió con la cabeza.
Al leer los diarios, se encolerizó de tal forma que estuvo al borde de hacer una locura, la
cual hubiera tenido por resultado su propio final: quería buscar al comisario para llenarlo de
plomo, pero lo detuvo el pensar en su hija y en la promesa hecha a su madre.
El comisario ladrón y asesino aparecía explicando el trágico robo y haciendo culpable a
Doroteo, como el responsable de haber entregado a todos, fundamentando sus dichos en el
hecho de haber sido el único sobreviviente y que permanecía prófugo.
Pasada su rabia, tomó conciencia del final de su estadía en Buenos Aires y la Argentina,
debía irse de prisa. Antes partió a la casa de la tía de Renato, le dejó el dinero que le
correspondía y se llevó a su pequeña Antonia, ante la angustia de Teresa quien tenía un cariño
entrañable a la niña y el dolor por la pérdida de su sobrino.
Mientras Teresa preparaba prolijamente las pertenencias de la niña, Doroteo, fue a la pieza
de un italiano con quien solía mantener dilatadas conversaciones sobre la vida, sus vicisitudes y
el mundo que les tocaba vivir. Coincidían en muchos principios, aunque discrepaban en su
mirada del mundo: el tano era un anarquista intrépido, convencido de sus ideas, las cuales había
convertido en un dogma. Estuvo poco más de 20 minutos con él, le dejó la cuarta fracción del
dinero —la más pequeña—, junto a su revólver y unos 30 proyectiles que le habían quedado, se
despidieron con un fraternal abrazo, sabiendo que nunca más volverían a verse.
En tres días, padre e hija, estaban en Montevideo esperando el gran barco a vapor para
partir a Vigo. Era el final de sus correrías por las tierras pampas. Mucho había aprendido. De
joven incontrolable, se había transformado en todo un hombre de gran valentía, afinada lealtad y
sobrada nobleza.
La mañana anterior a su partida, dejó a Antonia en la pensión, salió a tomar un café, antes
compró el periódico El Día, lo dobló y se lo puso debajo de la axila. Pasó por una botica,
compró una pócima para los vómitos y, tratar de prevenir los malestares del extenso viaje que le
esperaba, lento siguió camino al bar. Sentado, pidió su café, colocó el diario sobre la mesa
redonda; en la parte inferior derecha de la portada, un titulo exponía: «Argentina; Asesinaron a
un comisario de Mataderos – todos los indicios indicarían que fue un anarquista, tras hacerle
detonar una bomba de alquitrán, le efectuó 6 disparos. Hasta el momento, las fuerzas policiales
no tiene pistas firmes sobre el criminal».
El rostro de Doroteo, no podía disimular la satisfacción, en su interior, en silencio estalló
un: “¡hijo puta, la has pagado!” Bebió su café, el cual nunca deleitó tanto, llamó al mozo, le
pidió otros dos, el mozo miró extrañado, pensando que se había vuelto loco, no supo cómo
reaccionar, hasta que Doroteo insistió, el mozo, dudoso cumplió el pedido y trajo los dos cafés.

28
Justicia al Doroteo

A los 10 minutos, Doroteo dejó el dinero, más un exagerada propina y partió lento hacia la
pensión.
Ahora sí podía partir tranquilo a su tierra, había cumplido con los códigos de aquellos
machos de ley, sus espaldas no cargarían con la arrolladora frustración de no haber podido
desagraviar la muerte cobarde de aquellos dos que lo ayudaron a crecer como hombre.
Aquí es inevitable hacer un paréntesis en este relato, una aclaración, polemizar con la
historia verbal transmitida desde hace más de cien años sobre el mote de Doroteo, aunque
algunos consideren extemporáneo y hasta imprudente este alto en el relato.
Los motes, tan antiguos como modernos, toda una fuente de creatividad, ingenio y hasta
picardía, más allá del buen o mal gusto; son y han sido de tal importancia en los pueblos que
reemplazan a los apellidos, los cuales solo son conocidos por los funcionarios. Se transmiten de
padres a hijos, o de madres a hijos según la identificación de las descendencias. En algunos
casos, una avanzada feminista. Recuerdo muy bien el caso de un fermosellano a quien conocí, el
cual se identificaba orgulloso con su mote materno, dejando a un lado el paterno.
Son un real linaje proletario y hasta aristocrático.
Un defecto físico, una parte destacable del cuerpo, un accidente en la vida, un oficio, o
hasta lo más original, marcaba de por vida a la persona, su familia y hasta a las generaciones
venideras.
Raro, dicen algunos, el mote de Doroteo. ¿Un nombre propio de apodo? Como si hubiera
una regla, como si el código civil estableciera cuáles pueden y cuáles no ser apodos o motes.
En mi caso, el de mi familia paterna, el mote es nuestro apellido, esto sí es una rareza
incumplidora de las reglas sin reglas de los motes y apodos.
Parte de esa tradición oral y hasta escrita que atribuye el mote de Doroteo a Gabriel
González González, por José «Doroteo» Arango Arámbula, «Pancho Villa», no se condice con
la realidad temporal de su existencia. Dicen haber sido por un supuesto viaje del Doroteo de
Argentina a México. Este hecho por sí solo sería excepcional; los españoles se quedaban en
Argentina o volvían a España, muy pocos podrían haber hecho ese viaje y el Doroteo no tenía
esas características. Lo más contundente para descartar esta osada aseveración, es que Gabriel
se fue de España llevando en su petate vital el apodo de Doroteo.
El atribuirle ese viaje inexistente a las tierras mexicanas del cual se sigue diciendo,
repitiendo y volviendo a repetir; lo sostienen bajo el pretexto que en México estuvo
instruyéndose en el manejo del revólver con Pancho Villa, quien para esa época, este personaje
relevante de la historia mexicana, era un desconocido para la inmensa mayoría de su país y, por
tanto, para el resto del mundo.

29
Justicia al Doroteo

Dado que el Doroteo anduvo por los arrabales porteños, tuvo maestros a montones para
adquirir esa habilidad.
¿Entonces, de dónde sale ese apodo?
De ese pasado hermético del Fermoselle de entre 1870 y 1880 me llegó un rumor filtrado
por alguno de los intersticios incontrolables del ayer que, casualmente, coincide con mi
hipótesis a priori estimada osada hasta que esa inesperada sorpresa del pasado atenuó tanto
desatino de mi parte.
Desconozco el mote familiar de los González González, no hay ningún rastro de cuál
fuera. Doroteo más bien era un apodo de Gabriel, o sea, sería el Doroteo de tal familia. Como el
convento franciscano en esos tiempo infantiles de Gabriel tendría cierta gravitación en el
pueblo, y siendo San Doroteo de Gaza, alguien reconocido por esa orden religiosa. Suponiendo
que posiblemente Gabriel no sería muy dedicado a los estudios, característica compartida por el
santo palestino antes de su ingreso al monasterio del abad Seridio, algún franciscano que lo haya
tratado, es probable lo comparara con aquel joven y tan lejano Doroteo, aunque éste, el
fermosellano, lejos estuviera de la santificación.
Al margen de esta aventurada conjetura, lo único que puedo expresar con mayor certeza:
que para ello no tengo respuesta ni cercanamente incuestionable. Solo puedo decir con
irrefutable convicción, que el apodo de Doroteo, es un secreto guardado por el olvido antojadizo
del pasado.

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Justicia al Doroteo

El regreso a España. Entre Galicia y Fermoselle

A finales de septiembre de 1900, Doroteo desembarca junto a su pequeña Antonia en el


Puerto de Vigo. Uno de sus hermanos lo estaba esperando deseoso por conocer a su sobrina y
escuchar las aventuras del Doroteo por las tierras gauchas.
Un fuerte abrazo volvió a reunir a los hermanos. Antonia conoció a su primer familiar
paterno, quien la trató con inocultable y hasta efusiva ternura. Estaba al tanto de todo; Gabriel le
había comentado lo ocurrido en las incalculables cartas enviadas, solo le había quedado
pendiente el último y más doloroso capítulo, el cual jamás le contó íntegramente.
Doroteo pasó unos días en la casa de su hermano para luego ir a una pensión; aún tenía una
suma substancial del dinero traído de Argentina. Deseaba quedarse las Navidades y el Año
Nuevo con sus hermanos para luego marchar a Fermoselle, volver a encontrarse con sus padres
y presentarles a la nieta. Siendo consciente, dada la inflexible religiosidad de sus progenitores,
no sería tan bien recibido como en Galicia.
El Gabriel había quedado en Argentina, nuevamente se fue acostumbrando a su apodo y,
solo para los más íntimos y algún que otro paisano, seguía el Gabriel.
Decidió extender brevemente su estadía hasta pasado Reyes y el 10 de enero partió para
Fermoselle, previa visita a algunos de sus amigos de andanzas en tierras galaicas. Estos
encuentros le ayudaron a conseguir algunos reales más para permitirle prolongar por un tiempo
su vida de casi un bacán y ajena a todo esfuerzo laboral. Con sus casi treinta y siete años nunca
había agachado el lomo, como diría mi madre; lo más, ayudar a su padre en el comercio y a
realizar algunas gestiones fuera de Fermoselle.
A mediados de enero llegó a su Fermoselle natal. Lo primero que hizo antes de ir a ver a su
padre, fue entrar a la Iglesia de La Asunción, en la Plaza Mayor. Se quedó de rodillas media
hora o más, agradeciendo a la Virgen de la Bandera por la protección recibida los últimos años
y por el reposo en paz de sus amigos asesinados arteramente en esa trampa cruel, la cual no
podía borrar de su mente. Era su principal deseo al llegar a su pueblo, si bien todas las noches
en Buenos Aires rezaba frente a la estampa de la virgen, enmarcada y sobre su mesita de luz a
modo de hogareño altar, como todo fermosellano de que se precie de tal.
Quienes lo veían quedaban atónitos ante este Doroteo distinguido, imponente, de
conversación verborrágica, amable, con un reluciente reloj de plata y su leontina cruzada al
chaleco la cual elegante se ocultaba en uno de sus bolsillos, mostrándolo solo para ver la hora.
Si las gentes se sorprendían al verlo después de tantos años, varios quedaban con sus bocas
abiertas y llenos de intrigas debido a la niña que cogía con fuerza la mano de Doroteo.

31
Justicia al Doroteo

Los mozos, niños cuando partió Doroteo, quedaban pasmados de admiración ante tal
personaje, combinación de señorito y valentón; algunos sacaban sus sombreros o boinas para
saludarlo con reverencia.
Doroteo ignoraba la situación compleja, casi convulsionada existente en su pueblo. Luego
de saludos formales, de ocasión y calurosos abrazos, se dirigió a la casa de sus padres, con la
convicción que toda esa alegría recibida en la Plaza Mayor, terminaría al cruzar el portal
paterno.
El encuentro con sus padres se inició con un gran y tierno abrazo de su madre, Manuela, y
otro de su padre, quien miró hacia abajo, hacia Antonia, se agachó y le dio dos besos a la niña,
uno en cada mejilla; lo mismo hizo Manuela, mientras ambos se persignaban.
El padre le tenía preparado un suculento almuerzo al estilo del pueblo y más aún en un frío
invierno. La niña no emitía sonido —para ella todo era extraño, no tenía en claro la
circunstancia que estaba viviendo— salvo en el resoplar de la sopa caliente servida como primer
y clásico plato; sus ojitos se paseaban por su padre, su abuelo y su abuela según cada uno
hablara.
Terminado el almuerzo, a la hora del chupito y el café, Gabriel, como lo llamaban sus
padres, le dijo a Antonia que fuera a jugar al portal. Mirando a su padre, a quien lo encontró
anciano con sus casi setenta años, le expuso con el mayor respeto:
—Padre, esta niña es mi hija. Es una hija ilegal. Su madre, italiana, debió partir a la
provincia de Mendoza y quedó a mi cargo. Lleva mi apellido; la he reconocido…Su padre cortó
su relato.
—¿Y qué me quieres decir con este cuento, Gabriel? —preguntó serio.
—Que me gustaría se criara en Fermoselle, con ustedes y con mi hermano José. Usted
sabe… yo ando de un lado para otro y no le puedo dedicar las atenciones que la niña merece —
terminó diciendo Gabriel con profuso esfuerzo.
—Gabriel, sabes muy bien que no podemos tener una hija ilegal. ¿Qué dirán los vecinos?,
¿qué dirá el cura…?— con el mismo respeto mantenido pero inocultable enojo, Gabriel le
respondió:
—No me importa qué piensen los demás, que hablen lo que quieran, nadie tendrá coraje de
decírmelo en la cara, y el cura sería mejor que se ocupe de lo suyo, tiene bastante por hacer y…
—Y nada —lo interrumpió su padre—, es nuestra decisión —sentenció, mirando a
Manuela, quien sumisa inclinó la cabeza mientras una lágrima sostenida con fuerza, al final se
derramó silenciosa y escondida sobre su falda.
—Como usted diga, padre —respondió Gabriel tratando de controlar su carácter.

32
Justicia al Doroteo

—No te preocupes, desde que llegaste a Galicia, me he encargado de buscarle un buen


hogar donde tendrá una educación como la niña merece. Mañana mismo irá a vivir con la
maestra. —Con esto don Rafael puso fin al pedido de su hijo.
Gabriel terminó aceptando lo resuelto, convencido de ser la mejor decisión posible.
También confiaba en su hermano José, él asistiría con los mayores detalles en la crianza de su
hija; su hermano era un hombre serio, responsable y reconocido en el pueblo.
Un mes más se quedó Doroteo en su pueblo, arreglando los detalles de su hija y haciendo
unos trámites para su padre en Zamora, quien en ese momento gestionaba los detestables
consumos que tenían convulsionados a los pueblos de toda la península. Un acuerdo caciquil
había determinado el devenir de este impuesto en la villa.
Como regla para todo fermosellano que se encontrara al alcance del pueblo, Doroteo
volvió en agosto a pasar las fiestas de San Agustín. Después de muchos años reaparecía para
disfrutar de esos días veraniegos únicos, en este pueblo arrinconado entre el Duero y el Tormes,
de donde pareciera emerger con su pecho henchido de orgullo.
Departió con su familia y los tantos amigos. Le llamó la atención un grupo numeroso de
mozos a quienes les gustaba guapear y más aún cuando estaban mal entonados con el néctar
alcohólico de las uvas. En la puerta del café se vio obligado a intervenir cuando estaban
molestando a unos amigos:
—¡¿Qué hacéis con mis amigos?! ¡Dejad de molestarlos! —les advirtió Doroteo mostrando la
empuñadura del facón regalado por su amigo Goyo.
—No, no estamos molestando a nadie, Doroteo. Ya nos vamos —le respondieron con temor los
mozos.

Terminado el pequeño altercado, Doroteo preguntó quiénes eran esos. Le expresaron que
pertenecían a la partida de «La Porra», lisa y llanamente una pandilla. Los amigos le explicaron
que tenían a mal traer a muchos vecinos. Actuaban con total impunidad porque contaban con el
apoyo del Ramonico, el alcalde, quien los solía utilizar para sus intereses políticos y
económicos, los cuales en la práctica eran la misma cosa.
Era ese Fermoselle un pueblo de vino, fiestas y bailes, naipes y toros, navajas y revólveres,
porras, riñas, pero fundamentalmente un pueblo de gente con orgullo, dispuesta a defender su
honor y el de los suyos a costa de sus vidas si llegara el extremo.
Doroteo aprovechó las fiestas para hacer crecer su «prestigio»; además de ser un bravucón,
ahora era un hombre de mundo en un lugar donde muy pocos habían cruzado el océano en
aquellos tiempos. Muy pocos también eran quienes en alguna ocasión habían llegado a Zamora
o Salamanca. La gran mayoría terminaba sus días sin conocer más que Fermoselle y unos

33
Justicia al Doroteo

escasos pueblitos cercanos. Y aquellos que iban más allá, lo hacían por trámites indelegables,
jamás por aventuras o placer.
Con su figura imponente, cerca del metro ochenta, gran altura para aquellos tiempos
retacones, tez blanca —muestra de no andar en el arduo trabajo de las fincas y campos
fermosellanos—, ojos cafés, bigotes a la usanza, nariz romana y sonrisa fácil de hombre
agradable, marcaba una masculinidad no desapercibida para las damas.
Su vestir de señorito, su chambergo de ala ancha, chaleco cruzado, reloj de plata Longines
con su nombre y apellido, recuerdo de su estadía en Buenos Aires, y la capa que completaba la
elegancia de aquel pasado, además de su regia personalidad… No, no era hombre para no
dejarse ver.
De sociabilidad versátil, podía tratar con la misma comodidad a un señorito de Madrid
como a un malevo de los más orilleros arrabales porteños.
Muchas eran quienes soñaban con ese aventurero, sueños inconfesables donde el pecado
las retenía entre las sábanas nocturnas donde el Doroteo entraba y salía silencioso según los
deseos soñolientos de las damas.
No eran pocas las señoritas y señoras que guardaban en sordina sus más atrevidas y
picarescas intenciones con el Doroteo.
Hombre reservado en enredos de faldas, era sabedor de las pasiones desencadenadas en su
andar por la Plaza Mayor o en su pasar por las enmarañadas callejuelas del milenario pueblo.
No era para marido, como confesó una de sus amantes a una amiga de Aldeadávila:
—“Gabriel era el hombre ideal para dejar correr sin ataduras todas nuestras pasiones
contenidas y que corran y corran… hasta que dure. Te aseguro, Concha, que no hubo ni habrá
mejor recreo para nuestra rutina que un hombre como el Gabriel” —terminó afirmando aquella
dama sin ponerse colorada.
Para mediados de ese septiembre de 1901, pasada la festividad de la Virgen de la Bandera,
patrona del pueblo y de la cual Gabriel, el Doroteo, era un ferviente devoto, nuevamente partió a
otras tierras, dejando tras sí una hilera de corazones femeninos esperando su vuelta.
Zamora y Galicia, esta última era como su segundo hogar. Por su cabeza pasaban
infinidades de ilusiones, gran parte por el hecho de volver a partir, aunque no tenía claro dónde
ir. Su hija era también una estaca que lo tenía atado con una soga corta, su responsabilidad y
conciencia no lo dejaban volar como quisiera.
Para todo esto, en Fermoselle la situación se iba calentando cada día más, el impuesto de
consumos y los llamados gestores, ese acuerdo entre caudillos locales, estaban convirtiendo al
pueblo en un caldero a punto verter su potaje hirviente. En cualquier momento todo estallaría;
faltaba que alguien encendiera la mecha, y el alcalde parecía ser el poseedor de la cerilla.

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Justicia al Doroteo

Manuel Garrido, el Ramonico, era dueño de una aceitera, ganadero y uno de los principales
propietarios. Tenía cuarenta y siete años, de mediana estatura y un inconfundible bigote rubio.
Elegante como todo señorito, símbolo de poder, no parecía un hombre de sobrados escrúpulos,
más bien esa cualidad era bastante esmirriada en este personaje quien mucho tendrá que ver en
los próximos meses con el Doroteo.
Aunque nadie lo cuenta, la historia parece olvidarlo, el alcalde era un hombre de oscuros
negocios mezclados con la política, nada inusual por aquellas épocas y que al parecer mucho no
ha cambiado en tantos lares de este mundo sin importar a qué hora nace o se pone el sol.
La división del pueblo entre consumeros y anticonsumeros, la procacidad del alcalde en
esa tiniebla de negocios y política, probablemente su interés en manipular los consumos a su
antojo, alguna situación ligada al contrabando que más adelante y, como al pasar, pareciera
quedar en una evidencia muda por tantos oídos de repentina sordera, fue haciendo de forma
fríamente calculada y con el apoyo de la partida de La porra, disidiera utilizar esa especie de
cerilla de plata lista para iniciar el incendio cuyas llamas estaban solapadamente dirigidas.
El 28 de octubre de 1901, muy temprano, la Plaza Mayor se fue colmando de gente. Con el
paso del tiempo, la plaza repleta y la gente con sus ánimos cada vez más excitados, caldeados
con el acicate de los mozos de La Porra, quienes aspiraban dirigir a la masa y que terminaron
haciéndolo, llevando a la multitud hacía donde ellos interesadamente pretendían. Como el otoño
se lleva las andurrinas19 de Fermoselle, el pasado así olvidó la ausencia de muchos
fermosellanos a esa mañana de ira, algunos se resistían a ser borregos arreados por pastores que
los dirigían al matadero.
El alcalde, la Guardia Civil, los alguaciles, todos miraron para otro lado y dejaron hacer, a
los gritos contra los consumos y con el «¡Mueran los arrendatarios!». La primera acción
violenta fue incendiar la administración de consumos, luego se dirigieron al Ayuntamiento y
sacaron el archivo municipal al centro de la plaza, hicieron una pira con todos los papeles, libros
y carpetas.
Las llamas implacables redujeron a cenizas todas esas palabras contenidas en ellos, algunas
resistían su extinción, pero no pudieron, otras, fácil y dócilmente se dejaron llevar por la
hoguera, estas últimas eran las palabras encubridoras de los chanchullos del alcalde,
seguramente el motivo principal de la amnésica fogata. También parte de la historia de
Fermoselle desapareció entre las lenguas ardientes y quemadoras de memoria, para dejar una
laguna en el pretérito histórico de este rincón del Duero.

19
Golondrinas.

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Justicia al Doroteo

No conformes, se dirigieron al comercio del padre del Doroteo, Rafael González, quien era
uno de los gestores de los consumos. Tomaron por asalto su comercio y lo saquearon, nada pudo
hacer su hermano José, su prestigio en el pueblo no sirvió para frenar a la turba. Don Rafael fue
corrido de un empujón, tampoco pudo oponer resistencia, sus casi 70 años no se lo permitieron.
De esa forma patotera, terminaron llevándose todo aquello que quisieron y dejando en la ruina a
don Rafael.
Sin ningún detenido y tramitándose la causa en los juzgados de Bermillo de Sayago, todo
quedó en nada: «Fue un delito de multitud, de muchedumbre; imposible identificar a los
responsables», sentenció la justicia. De esta forma, con este dictamen, nadie fue culpable. Ni el
alcalde, quien fue absuelto de los cargos imputados en un principio; tampoco los de la partida de
La Porra. Esto supuso el inicio de algo aún peor, algo impensable en la villa fermosellana. “Una
bisagra y un biombo en su historia”, diría años después José el “hojalatero”, hombre de gran
lucidez escondida en los ¡tan, tan! de los golpes con sus martillos sobre el imperturbable
yunque.
Don Rafael escribió a uno de sus hijos en Galicia contándole lo ocurrido, pidiéndole se
pusieran en contacto con Gabriel (Doroteo) para que viniera a ayudarlo, y tratar de recomponer
en algo sus pérdidas.

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Justicia al Doroteo

Doroteo y el honor

No fue fácil localizar al escurridizo Doroteo, varias averiguaciones hizo su hermano hasta
dar con él y poderle informar de los acontecimientos en el pueblo, y las necesidades de su padre
ante la angustiosa circunstancia atravesada
Era fines de noviembre de 1901. Hacía unos días Doroteo había recibido la noticia de los
hechos. Mientras se afeitaba con su afilada navaja y se me miraba al espejo, se preguntaba con
la sangre hirviendo y con la furia dominando su carácter:
—¿Cómo pudieron esos cobardes movidos en bandadas de cuervos atacar la casa de mi
padre? ¿Acaso no saben que es el padre del Doroteo? —Seguidamente se respondía—: ¡Ya se
enterarán quién es el Doroteo y jamás volverán a ofender a nadie de mi familia y menos a mí!
Cuando Doroteo llegó en la diligencia de Pintas, lo esperaban su hermano y dos amigos.
Bajó con su elegante vestimenta y sus maletas, e indicó a un joven lo acompañara con su
equipaje hasta la casa familiar. Mientras hacía el trayecto, rápidamente se corrió por el pueblo la
voz de su presencia y con seguridad sus ansias de venganza; no fueron pocos a quienes le
temblaron las piernas por lo que les pudiera ocurrir.
Su padre se encontraba abatido y su madre no paraba de lamentarse y pedirle ayuda a la
Virgen de la Bandera, mientras el Doroteo se iba inflamando de bronca y odio. Terminado el
relato, lo primero que hizo fue ir a ver al Ramonico, el alcalde, quien se desligó de toda
responsabilidad y le echó la culpa a los de la partida de La Porra. Si bien Doroteo estaba
enrojecido de bronca contra esa pandilla, era consciente del rol del alcalde, sin reparos se lo
hizo conocer en términos poco amigables, el Ramonico solo atinó a bajar la cabeza sin emitir
respuesta, como un zorro con piel de cordero.
Durante la noche fue concibiendo las diferentes formas de reparar el honor agraviado de la
familia. Planificó al detalle. Su mente no paraba de dar vueltas, de imaginar las mil maneras de
actuar ante esos cobardes. Al final se terminó durmiendo ansioso de despertar para comenzar
con su propia justicia, ante la inacción y la perfidia de los juzgados.
Su primer lugar fue el casino, ahí pudo enterarse en detalle de lo ocurrido, la versión
recogida en ese ambiente conocedor de la vida pueblerina, era muy similar a lo contado por su
padre. No tardó demasiado en conocer quiénes integraban esa partida llamada La porra, como
también aquellos respaldos con los cuales contaban, como el del alcalde, sin tomar real
dimensión de la profunda división que los consumos habían ocasionado en el pueblo y el
aprovechamiento político que algunos hacían de esa partición.

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Justicia al Doroteo

Así dio comienzo el Doroteo a su leyenda, con su vestimenta de señorito, su navaja, su


facón, su revólver, su prestancia y coraje, prácticamente solo contra la autoridad y una ladina
pandilla vendida a los servicios al poder.
El Doroteo contaba con el sostén moral de otra parte, desde los más humildes hasta un
sector de los más acomodados del pueblo y contrarios al alcalde. En el fondo se jugaba el poder,
algo que no entraba en el razonamiento del Doroteo, familiarizado a dirimir rencillas menos
complejas y más leales.
Fiel a su carácter indócil, con la experiencia adquirida en los arrabales rioplatenses,
comenzó una acción que tenía como objetivo humillar a los responsables de la quiebra de su
padre. Si bien tenía un grupo de seguidores, en la práctica, siempre era Doroteo contra el resto.
Sus acompañantes lejos estaban de ser matones como él ni como los de La porra; eran simples
pueblerinos quienes veían en este grandote a alguien que podía poner algo de orden en un
pueblo que había caído, con cierta resignación, en la tiranía.
Pronto comenzó Doroteo su venganza, consiguió el apoyo de los arrendatarios y parte del
pueblo harto de tanto desmán. Esta especie de táctica profundizó la división de las gentes de la
villa, con la particularidad que ahora los bandos estaban más equilibrados.
Así, Doroteo emprendió su persecución a cada uno de los responsables de la ruina de su
padre, a humillarlos en público, a parar bailes y cachear a los mozos, sacarles sus navajas,
porras y hasta armas de fuego y, llevárselas a la Guardia Civil haciéndolos quedar como unos
incompetentes incapaces de no poder mantener el orden pueblerino.
En ocasiones, cuando algún mozo pretendía resistirse, un par de cachetadas eran
suficientes para así, rápidamente siguiera al resto en desbandada.
En otras, no solo se conformaba con parar los bailes y cachear a los mozos, como un
severo celador los mandaba a dormir a sus casas.
Su padre Rafael, meses después, contaría con inocultable vanidad paterna, el respeto y
afecto de los más humildes para con su hijo, quien era considerado un hombre generoso por los
más desfavorecido del pueblo. En una ocasión entregó las últimas monedas en su bolsillo a una
madre que vino a pedir limosna. También describió que otra oportunidad, una madre le vino a
pedir llorando por su hijo, quien se pasaba todo el día en el café. El Doroteo lo fue a buscar y lo
llevó de una oreja a su casa, cortándole de esa forma tan peculiar, ausente de la pedagogía de
estos tiempos, el vicio al cual había sucumbido, como tantos otros, su joven paisano.
Ulpiano Puente, uno de los más importantes propietarios y conocidos en la villa, referente
para muchos, crítico agrio del contexto social y político al cual se había llevado a Fermoselle,
además de hombre valiente y de convicciones, contaba que el Doroteo era una especie de
policía voluntario quien ponía orden en un pueblo donde La porra hacía y desasía a su gusto

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Justicia al Doroteo

gracias al recato cómplice de las autoridades. Desde la llegada de Gabriel, como lo llamaba
Ulpiano, todo eso había terminado y la «gente honrada» podía vivir en paz, afirmaba
inquebrantable en su decir el vecino.
Pero también se fue ganando el odio de quienes le temían y habían sido objeto de su
accionar vengativo. Estos buscaban afanosos el momento y el apoyo para poner freno a un
Doroteo, por momentos, desbocado en sus reprimendas y altanerías. Algunos del pueblo
consideraban ese proceder lindante con el despotismo.
El continuo denigrar a los mozos de tan temerosa partida, iba sembrando de rencor a estos
inquietos y cuasi imberbes matones quienes, hasta hacía poco tiempo eran los dueños de la
calle.
El alcalde tampoco estaba a gusto; por un lado, por el cobro de algunos arriendos
encomendados al Doroteo, y por otro, porque se sentía controlado. «Como acorralado»,
afirmaba otro viejo vecino, quien a su vez agregaba: «A las malas fieras, para matarlas, hay que
dejarlas correr a campo abierto, jamás arrinconarlas». Queriendo o no, este anciano estaba
advirtiendo al Doroteo.
Algunos señalan que fue una noche de marzo de 1902, cuando un grupo de unos veinte
mozos, la mayoría de la partida de La porra, habían rodeado el café con la idea de vengar los
agravios recibidos por el Doroteo, quien se encontraba dentro. No había duda alguna que
estaban ahí para matarlo; armados de cuchillos, pinchos, hoces: uno de ellos, incluso, llevaba un
revólver.
Cuando el Doroteo advirtió el escenario generado, le dijo a la tabernera:
—Abra usted la puerta.
—No, por Dios —contestó ella.

—¡Abra, he dicho! —Y, adelantándose, salió a la puerta empuñando el revólver en su


mano derecha y el facón en la izquierda, la cual había vendado con el pañuelo que sacó de su
cuello, al estilo del gaucho argentino, y exclamó:
—¡Aquí está Gabriel, el Doroteo! ¿Quién le busca?
La única respuesta recibida fue el sonido de los rústicos calzados en la corrida de los
mozos quienes huyeron cobardemente desperdigados, con el único deseo de estar lo más lejos
posible de la taberna y en especial, de la vista del Doroteo, quien enfundó su revólver, guardó su
facón y con maestría desenrolló su pañuelo de la mano y se lo volvió a colocar al cuello.
Doroteo había salido airoso a pura guapeza del primer enfrentamiento peligroso que tuvo… era
una advertencia a su accionar. Si bien la prudencia no era su más destacada cualidad,
igualmente había tomado nota de lo ocurrido. Aún estaba dispuesto a algunas acciones más y

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Justicia al Doroteo

pronto finalizaría con sus desagravios, yéndose tranquilo del pueblo para no volver por mucho
tiempo o tal vez… jamás.
Al otro día, el prestigio de valentón del Doroteo había aumentado, al igual que la cólera de
los asustados y frutados matadores quienes, buscaban afanosos, alianzas con el poder para
sacarse de encima al fastidioso matón, convertido en todo un justiciero implacable.
Los de La porra eran conscientes de quienes podían tener de aliados. El alcalde, el primero,
y por medio de este a los alguaciles, los carabineros y a la propia Guardia Civil. Solo debían
dejar que alguien pensara cómo y cuándo actuar, a sabiendas de ser ellos, con el mayor de los
placeres, la mano de obra ejecutora.
Precisamente al 2 de mayo siguiente al último altercado, cuando se celebraba la romería de
Fermoselle, uno de sus amigos le había comentado el día anterior al Doroteo:
—Gabriel, ten mucho cuidado, quédate mañana en casa, no vayas a la romería porque los
de La porra han tramado matarte aprovechando el gentío en el pueblo.
—Tú no te preocupes por mí, esos mozos no tienen coraje para enfrentarme y menos aún
para matarme —le respondió el Doroteo a su amigo, quien insistió con su preocupación.
Al otro día, cuando la plaza estaba atiborrada de gente, los de La porra esperando llegara el
Doroteo, pasado un tiempo cuando descartaban su presencia, apareció caminando tranquilo,
parsimonioso, haciendo resaltar su figura, con un bamboleo viril de su capa y con varios amigos
a su alrededor, aunque lejos estaban estos de ser guardaespaldas, solo servían para hacer bulto.
Desafiante, el Doroteo se paseó frente a los mozos, con su mano en la empuñadura del
revólver y dirigiéndoles una mirada de superioridad, habrá sido de tal calibre que ninguno de
ellos se atrevió a decirle algo. Los mozos, sin alardes, se fueron dispersando frustrados.
No pasó una semana de este último hecho, cuando se cruzó con el Ramonico en la calle.
Este lo paró y le dijo:
—Más te vale que pronto te vayas del pueblo, no quiero verte más por aquí.
El Doroteo, le sacaba unos cuantos centímetros, lo miró fijamente, sin responderle.
—¿No has entendido, te tengo que repetir o eres tonto? —insistió el alcalde.
—Me iré cuando me plazca y eso sucederá cuando termine con algunos de tus chanchullos
—le respondió con sobrada templanza; sabía bien qué respuesta esperaba del Ramonico.
—Si te quedas un tiempo más, no irás más que al cementerio —lo amenazó el alcalde.
Eran las palabras que Gabriel quería escuchar de la boca del alcalde.
—Veremos si tienes los cojones para ello —respondió provocador Doroteo.
Algunos cuentan, dicen, afirman que el Doroteo fue a denunciarlo a la Fiscalía, otros
afirman lo contrario y todos aseveran la autenticidad del hecho aquí descripto.

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Justicia al Doroteo

El padre de Doroteo, su hermano José y sus más íntimos amigos, tenían la convicción que
algo grave se tramaba. El ambiente pueblerino y hasta el mismo aire lo transmitía, era
inocultable, todos estaban preocupados por el desarrollo de los acontecimientos por venir.
Decidieron reunirse con Doroteo en la casa de su amigo José Flores, un hombre fuerte, leal y de
solidas convicciones, aunque era valiente, su vida pasaba por el diario trabajar. Conocía a
Doroteo de chico, habían forjado una respetuosa y entrañable amistad.
Así lo hicieron. El Doroteo escuchó las preocupaciones de su padre y la gente más
allegada. Solo se dedicó a poner el oído sin emitir opinión alguna, hasta que terminaron de
expresar todas sus inquietudes ante el enrarecido ambiente observado en algunos de los
personajes importantes del pueblo, desde la partida de La porra, el alcalde, la Guardia Civil, los
carabineros y otros protagonistas oscuros de ese Fermoselle que habían vuelto gris, quitándole
la vida colorida y alegre de la cual hacía gala desde siempre.
Gabriel, como lo llamaba ese grupo de los más íntimos, aunque al menos uno de ellos
demostraría no serlo tanto o tener la lengua demasiado resbaladiza, les informó su decisión de
marcharse, lo haría al día siguiente de la festividad de Corpus.
Después de ese encuentro y los días siguientes, Doroteo actuó con más compostura en su
proceder, aunque era difícil revertir lo hecho. De todas maneras, tuvo algún que otro pequeño
altercado, respondiendo provocaciones de los mozos avasallados por él y que seguían siéndolo
en cada ocasión en que era desafiado.
El pueblo se encontraba dividido, quebrado, partido en dos, entre quienes apoyaban y
estimaban valioso su aporte para el control de los mozos díscolos, aunque este accionar
supusiera tolerar alguna extralimitación del Doroteo, y quienes lo detestaban, lo consideraban
un tirano, entre ellos ricos y pobres mezclados, unos y otros; los más eran aquellos quienes
vieron recortada su libertad de hacer a diestra y siniestra.
Como una sombra, taciturnas conspiraciones solo escuchadas por el silencio de las noches
y escondrijos deshabitados, disimulados entre abandonados lugares del andar de las gentes,
como en algún espacio fuera de horario del ayuntamiento o cuartelillo, se iban entretejiendo con
prisa las distintas estrategias para terminar con el Doroteo; era lo único que les alteraba el sueño
en los últimos meses. Estaban en conocimiento, por el desliz de uno de los amigos de la reciente
reunión, presuntamente reservada, que Doroteo había decidido irse y para eso tenía una fecha
determinada, esto les había acelerado los planes.
El 29 de mayo amaneció nublado, con una fina llovizna, que persistente resistía irse. Por
momentos decidía caprichosa dejarse sentir; por otros, volvía como una especie de perseverante
humedad, como advirtiendo malos augurios, lágrimas pulverizas desde un cielo aciago.

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Justicia al Doroteo

El cura, quien compartía uno de sus apellidos con el alcalde, además de una aceitada
relación con el capitoste pueblerino, también coincidía con la antipatía para con el Doroteo,
probablemente por diferentes motivos. Algunos contaban por aquellos tiempos, que las
confesiones de un sinnúmero de damas enamoradas del Doroteo, era la razón primera de la
enemistad con el religioso.
Observando el cielo, convertido en una especie de meteorólogo ah hoc, el cura llegó a la
conclusión celestial que el tiempo no cambiaría por más festividad de Corpus, por lo cual
resolvió suspender la tradicional procesión, comunicando la decisión parroquial al alcalde y
demás protagonistas de la comisión de festejos. El resto de las festividades seguirían tal cual lo
programado, en especial el típico y siempre esperado baile al anochecer.
En el último tramo del atardecer, la Plaza Mayor se presentaba atestada de gente. Mozos y
señoritas, caballeros y damas se paseaban, entraban y salían de los cafés, hacían pequeños
círculos de animada conversación y con incontenibles risotadas; entre ellos, el Doroteo con su
amigo José Flores en medio del gentío.
Queriendo entrar la noche, dos mozos dieron comienzo a una reyerta. El Doroteo intervino
separándolos. Cuando todo parecía tranquilizarse, apareció Ricardo, el Mateo, un mozo
chulesco de 18 años, quien capitaneaba la partida de La porra. Detrás, unos veinte más,
encolerizados por la agitación de los cabecillas de la pandilla, como hombres a quienes les
habían robado el cerebro y colocado en su lugar un cencerro para no perderse de la majada.
Ricardo, el Mateo, a su vez primo del Doroteo, aunque sin ningún tipo de relación y menos
aún de afecto o simpatía, le dijo desafiante a este, trazando una raya en el piso y con un puñal en
la otra mano:
—¡Ven acá, majo, que te voy a matar! —Dejadme tranquilo… no tengo ganas de
cuestiones… Tengamos la fiesta en paz —respondió sereno Doroteo.
Con toda la pandilla detrás de él, esta vez el Mateo no retrocedió y a la vez incitaba al
resto:
—¡A él! ¡A él! —arengaba a los demás aguijoneando el coraje escondido de sus
seguidores.
En la plaza se fue formando un hueco, en el centro, estaban quienes pretendían
temerariamente agredir al Doroteo. Desde el café de Las Delicias, los parroquianos salieron a
ver qué sucedía con tanto alboroto, presenciando los hechos, los cuales, parecían ir en aumento
geométrico, en lugar de tranquilizarse.
Ante la amenaza y el comienzo de pedradas de los mozos contra el Doroteo, este le pidió a
su amigo José Flores, quien lo acompañaba en la ocasión:
—Retírate, José, no sea que estos te lastimen con una piedra.

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Justicia al Doroteo

Al ver la ferocidad de las pedradas, desde el café, Ulpiano Puente y otros les gritaron a los de La
porra:
—¡Déjenlo en paz, ni a los toros se les hace eso!
Al observar el incremento de la agresión, el Doroteo sacó su revólver y realizó unos tiros al
aire. Al principio, los mozos retrocedieron, pero el fervor estaba desfasado y volvieron a
avanzar. La razón había tomado vuelo a mucha distancia de la plaza, dejando a su antónimo el
dominio de los hechos por venir.
Como último recurso, situado a unos dos metros, el Doroteo hizo detonar su revólver
contra los jóvenes, hiriendo en el brazo a José Marcos.
A todo esto, el alcalde, quien también presenciaba todo el altercado desde el café, al
escuchar los tiros del Doroteo llamó a la Guardia Civil dando la siguiente orden:
—¡Detengan al Doroteo, y si se resiste, fuego a él! —fue el tajante mandato del Ramonico.
Unos mozos de la misma pandilla se acercaron al alcalde en forma simultánea al desarrollo
de los hechos y le pidieron exaltados:
—¡Señor alcalde, que toquen las campanas para que se reúna el pueblo! ¡Queremos
justicia!
—No hace falta. Hay bastante gente reunida— respondió el alcalde. Uno de los viejos del
pueblo, también en la acera del café, en voz baja y con resignación le dijo a otro de su quinta:
—“Esto está todo armado y el Ramonico es el cabecilla. Es el final del pobre Gabriel, de
esta no sale vivo”.
Mientras los hechos se precipitaban, viéndose el Doroteo sin balas y solo con su navaja
contra los mozos, decidió correr en dirección al pozo Mergúbez; alguien luego dirá que iba a la
casa de la maestra, donde estaba su hija.
Detrás de él, un grupo de unos seis o siete, capitaneados por el Mateo con un puñal y el
Alistano, seguidos por el Muelero, el Pecero, José Rivero, el Portugués; el Morra, con un
revólver, y el resto con armas blancas y pinchos. El otro grupo de unos doce o quince por otra
calle, también con cuchillos y navajas, pinchos y hasta uno de ellos con una hoz, entre los que
se vieron al Mingo, Lázaro y Tadeo. Todos comenzaron la caza del Doroteo, como una jauría
hambrienta persiguiendo su presa más preciada.
Era cerca de las nueve de la noche cuando en Fermoselle se estaba por escribir el capítulo
más tenebroso de su larga historia. Una mácula indeleble de resistente maquillaje tendría
ocupados en el futuro a quienes la crearían, tratando de borrarla con un placebo, tironeando
tenaz la historia hasta el presente.
El Mateo encabezaba el acecho con un puñal en su mano, otros con palos y pinchos, oses y
el Morra con su revólver, todos afanosos por dar caza al Doroteo.

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Justicia al Doroteo

La noche abrazó la villa y el Doroteo siguió corriendo en dirección al pozo Mergúbez,


buscando desesperado una casa abierta donde protegerse de los desairados jóvenes que
vehementes buscaban venganza.
Agitado y con el odio pisándole los pies, vio una puerta abierta, entró en la casa donde se
encontraba una mujer con su niña en brazos, ante la sorpresa de Doroteo, rápido de reflejos le
pidió:
—Anda, ponte a salvo, que me vienen siguiendo y puede peligrar la vida de esa niña.
La mujer, quien como todos en el pueblo, conocía a su huésped inesperado, trató de pedirle
alguna explicación, pero él insistió en que se fuera por su seguridad, insistiéndole sobre el
peligro al cual se exponía junto a su niña.
Luego de unos minutos, la madre y su hija corrieron a ponerse a salvo. La casa era
precaria, el Doroteo se dirigió a la cocina, esperando que la noche fuese su socia en esta ocasión
y no lo descubrieran; otra cosa sería el día siguiente si lograba salir airoso de ese apremiante
momento.
Pronto, el Mateo y sus seguidores lo encontraron, lo descubrieron y a los gritos advirtieron
al otro grupo que con prontitud se acercó y comenzó a rodear la casa.
En un hecho confuso, José María Marcos fue herido con un arma blanca. Al principio se
pensó que la herida se la infligió el Doroteo en su huida, luego se dijo había sido la gente que
rodeó la casa. Nunca se pudo saber cómo fue cortado en un brazo este joven, el segundo herido,
en realidad solo anécdotas insignificantes ante lo que vendría.
Detrás de los de La porra, había unos cuarenta para ese momento, aunque solo unos quince
los que actuaban con impune libertad. Desde la plaza fueron llegando muchos más, la curiosidad
los movió al extremo que en un instante había más de trescientas personas; algunos inclusive se
atrevieron a dar un número mayor.
El alcalde, el teniente de carabinero —sobrino del alcalde—, miembros de Guardia Civil,
también fueron llegando a la vivienda. Estaban a dos metros o menos, sin hacer nada; inclusive,
alguien escuchó decir al teniente que tapiaran la puerta así el Doroteo no pudiera salir.
Pronto el Mateo, José Peños, el Muelero, el Mingo y el Oño, subieron al tejado, inflamados
de saña dada por la impunidad y la cobardía anestesiada por la superioridad numérica. En forma
simultánea Casanueva, el Pecero, el Tarizo, el Dientes y el Lázaro, empezaron a tapiar la puerta
con grandes piedras. Con estas acciones impidieron al Doroteo huir. Convertido en una fiera a
punto de ser cazado en el precario escondite convertido en una trampera infranqueable…
Se escuchó decir al alcalde que echaran fuego a la vivienda, que el Ayuntamiento se
encargaría de todos los gastos. Entre los secretos devorados por el tiempo transcurrido desde
aquella noche de horror, nadie sabe si en verdad se cumplió con esa morbosa promesa.

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Justicia al Doroteo

El Alistano pidió un candil el cual no era solo para iluminar. Los que estaban en el techo
comenzaron a sacar las tejas y rápidamente prendieron fuego. Tiraban tejas al interior y tizones
encendidos, siguiendo las indicaciones del Dientes quien, asomado a la ventana, observaba y les
transmitía los movimientos del Doroteo. Lo pinchaban con sus picas y disparaban con escasa
puntería.
Muchos de los vecinos que presenciaban la desalmada batida humana, protestaban ante
tanta barbarie sin límite. Paula Piris superó su temor por la indignación de lo que sus ojos veían,
les gritó:
—¡Dejen en paz al pobre Gabriel! ¡Sois unos animales! —clamó con todas sus fuerzas ante
el mutismo cómplice de las autoridades allí presentes.
El Pecero, joven de corto razonamiento, con excitante chulería, le respondió amenazador:
—¡Aquí calla todo el mundo, con que chitón!
Corriendo de un lado al otro de la casa, el Doroteo iba dejando rastros de sangre por paredes y
pisos, mientras las heridas se iban sumando a su cuerpo y clamaba a sus agresores:
—¡Por la Virgen de la Bandera, perdonadme, que yo os perdono a vosotros! —gritaba
balbuceante. —¡No hay perdón! — obtenía como respuesta de las bestias —. ¡Muere, muere!
— exclamaban vehementes los pendencieros y arrebatados agresores.
Ese pedido del Doroteo seguía marcando hasta el final su superioridad sobre los asesinos,
quienes eran conscientes de dejarlo ir a ese extremo de la atroz agresión, serían ellos quienes al
día siguiente deberían suplicar.
Carolina Serrano, quien al ver desde el balcón de su casa el inicio de la trifulca en la plaza,
fue acompañada por la esposa del segundo alcalde, siguiendo a los curiosos hasta la casa donde
tenían acorralado al Doroteo. Estaba a un metro de la puerta, a su lado el alcalde.
Al observar tan increíble y bárbara escena y escuchando decir a los agresores, a esa altura
de los hechos, casi asesinos: «¡Ahí va! ¡Pínchale ahora! ¡Tírale, que no se vaya! ¡Anda, anda,
que ya está medio muerto!» y otras frases del mismo tenor. Espantada por los sucesos, Carolina
le dijo a su acompañante:
—¡Vamos a rezar una salve a la Virgen! ¡Pobre Gabriel! ¡Cuánta ingratitud ha tenido!
El Doroteo, tambaleante en la oscuridad de la frágil vivienda, ante el acecho de sus tozudos
criminales, buscaba su puñal caído. Buscaba todo aquello que sirviera para defenderse de esa
banda asesina. Nada encontraba, sus pensamientos corrían por su mente como una película
acelerada.
Su hija, ¿qué sería de ella? Su inevitable muerte sin poder defenderse, peor que la de sus
entrañables Goyo y Renato, quienes no alcanzaron a tomar conciencia de su final. En cambio el

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Justicia al Doroteo

suyo era un lento martirio, parecía eterno, con su cuerpo cada vez más lesionado, lacerado,
sangrante.
Un segundo, solo un segundo… una bala atravesó su cuello… se cerraron drásticos,
mortales… sus pensamientos. Lo último que alcanzó a murmurar antes de su expiración fue:
—¡Piedad, Virgen de la Bandera, que me abraso! —Con esa frase y una estampa de la
virgen en su chaleco, se despidió amargo de este mundo Gabriel, el Doroteo.
Los asesinos habían bajado del tejado. Retiraron las piedras y entraron en búsqueda de su
trofeo. Le volvieron a pinchar con sus palos, a clavarle puñales y a cortarlo con navajas; el
Muelero trató de cortarle el cuello con una hoz, y son varios quienes afirmaron sobre su
intención de seccionarle sus atributos, aunque no lo habría logrado.
Luego diría la autopsia que recibió un total de setenta y dos heridas, de esta forma
discriminaban los médicos las lesiones encontradas en el cuerpo de Doroteo: «Ocho muy
graves, dos mortales, diez menos graves y el resto contusiones y magullamientos».
Las heridas alcanzaron prácticamente todo el cuerpo.
Entusiasmados y embriagados de arrogancia, luego de haberse cargado al único que les
podía poner límites, exclamaron victoriosos:
—¡Ya lo matamos! ¡Que echen cohetes y que toquen las campanas a vuelo!
Todos triunfantes con el premio de su desquicio tirado inerte en el piso, le robaron algunas
de sus ropas e incluso en un momento, al correr el cuerpo, les pareció ver al Doroteo mover un
brazo. Este hecho inesperado y casi sobrenatural hizo que todos salieran corriendo… hasta
muerto temían a la víctima. Luego se asomaron temerosos y esperaron unos minutos para volver
a entrar.
Concepción Vidal, una de las vecinas quien no quitó su mirada atenta de todo lo ocurrido,
vio correr a la Vidala —la novia del Altisano— quien llevaba unos relojes en sus manos y dijo
que se los había dado su novio. Casualmente, los asesinos del Doroteo se llevaron sus dos
relojes, los zapatos, su capa y hasta el chambergo que llevaba puesto. El revólver y facón
tampoco fueron encontrados.
El martirio, el viacrucis, como definiera más tarde un periodista, al que habían sometido al
Doroteo, se extendió por más de media hora, ante la inacción de autoridades y de los vecinos
ante el vil asesinato; por más que varios protestaron no obtuvieron más respuesta que amenazas.
Finalizado el macabro crimen, se fueron primero los asesinos y luego los curiosos.
Increíblemente, el alcalde, algunos miembros de la fuerzas de seguridad y vecinos allegados a
los asesinos, decían y repetían que el Doroteo se había suicidado, ante el rostro desorientado de
los vecinos quienes atónitos escuchaban semejante afirmación, con un halo de retorcida
hipocresía nunca vista en el milenario pueblo.

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Justicia al Doroteo

El pozo Mergúbez, en sus ochocientos años de existencia, nunca presenció tanta brutalidad
humana. Cuentan que a partir de ese momento comenzó a dar agua salobre, sus lágrimas
incontenibles jamás volvieron a suministrar el agua dulce y fresca de la cual tantos
fermosellanos se servían. Desde ese instante de sangre, fuego y locura, su dulzura se escurrió y
nadie sabe dónde se perdió.
Sin apuros, con toda la parsimonia y cuando nadie quedaba, las autoridades ordenaron
retirar el cadáver. Los despojos mortales del Doroteo fueron llevados por la Plaza Mayor hacia
un corral en el exterior del cementerio, donde cerdos y perros entraban a todas las horas, con la
única protección del señor Nadie. Con los años, esta circunstancia agregó otro párrafo al mito
que se comenzaba a escribir del Doroteo.
Al día siguiente, los vecinos —no todos— iban a ver a la víctima de la partida de La porra,
quienes desde la noche anterior se apoderarían del pueblo. Aunque en realidad, pasaron casi dos
años para que esa pretensión se hiciera realidad en plenitud, siempre con los límites impuestos
en su connivencia con el poder.
Tan abominable fue lo sucedido, que no se pudo ocultar el crimen, y al olvido de los
agujeros negros de la estupidez mendaz fue a parar el presunto suicidio. Las autoridades
judiciales se vieron obligadas a intervenir ante tamaña barbarie.
Así comenzó la instrucción, el desfile de testigos haciendo sus declaraciones y más tarde
las primeras detenciones.

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Justicia al Doroteo

El juicio

Se iniciaba otra etapa no menos hipócrita donde doña inmoralidad comenzaría a pasearse
oronda por pasillos y estrados judiciales, sin pudor, sin vergüenzas…
Empezada la instrucción judicial, al poco tiempo fueron detenidos los considerados, por la
mayoría de los declarantes, como los principales responsables del crimen. Los seis eran: el
Mateo, el Alistano, José Peños, el Muelero, el Morra y el Mingo, todos integrantes reconocidos
de la partida de La porra.
A estos seis les siguieron otros cinco como cómplices y un sexto: el alcalde, quien
nuevamente era procesado, meses después de haber sido absuelto por el levantamiento de los
consumos, cuya resolución judicial tendría estrecha relación con esta nueva actuación de los
tribunales.
«El crimen de Fermoselle», como lo denominaría la totalidad de la prensa española, siguió
dividiendo a los fermosellanos, y el andar caciquil apostando sus recursos a fogonear esa grieta
aldeana, digno ejemplo de las observaciones maquiavélicas.
Todos los acusados fueron detenidos preventivamente y llevados a la prisión de Zamora
hasta el momento del juicio.
Los principales diarios de España enviaron sus corresponsales a la capital zamorana. El
juicio, que comenzara en los inicios de diciembre de 1903, con la conformación del tribunal,
compuesto por tres jueces, más el fiscal, el acusador privado y los abogados de las defensas,
tuvo sus primeros inconvenientes —por denominar los hechos de la manera más piadosa— con
la integración del jurado popular, sería el pistolazo del partida de un proceso judicial que no
dejaría indiferentes a propios y extraños..
De todo lo que se nos pueda ocurrir, sucedió con la conformación del jurado. Uno de los
primeros incidentes se dio con Antonio Cebrián, al declararse incapacitado por ser sordo. Ante
esta afirmación, el presidente del tribunal le preguntó en voz muy baja su apellido, al
responderle Cebrián de forma inmediata y en voz alta, la gran concurrencia de público se
repartió entre risas e indignación.
Nicanor Castillo, otro de los jurados, fue impugnado por ser uno de los testigos aportados
por la defensa. En lugar de ser inhabilitado para ocupar una función de tanta responsabilidad, el
presidente decidió mantenerlo como jurado suplente en último lugar, como escondiéndolo
debajo del felpudo.
Uno de los periódicos describía a los jurados de esta forma: «La mayoría de los jurados
son tipos verdaderamente populares, llevando sus clásicas melenas largas y vistiendo la capa

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Justicia al Doroteo

sayaguesa del país». La mayoría de ellos eran del propio Fermoselle y se paseaban en la sala
entre los acusados, saludándose con afecto, e inclusive se los podía ver en los cafés zamoranos
departiendo con quien, para ese momento, era exalcalde.
Así, con la anormalidad procesal transformada en lo más normal, dio inicio el proceso. El
fiscal, junto a la acusación particular, fueron los únicos en mantener el decoro de la justicia.
Pidió la pena de muerte para los seis principales responsables del asesinato; catorce años de
prisión para los cinco cómplices y quince para el exalcalde por su oscura y más aún, sospechosa
inacción en la función institucional ostentada al momento del crimen.
Al poco de marchar este proceso que la memoria histórica hará el favor de olvidar, un
hecho anunciaba el obsceno derrotero procesal. Así, en un momento, avisado, el presidente del
tribunal suspendió la sesión por un suceso insólito: el jurado se había escapado de la sala.
Tuvieron que ir las fuerzas del orden a buscar a cada uno y sentarlos a la tarde en el sitio
establecido.
A fin de seguir engrosando el diccionario de aquello que no debe hacerse en un proceso
judicial independiente, basta con mencionar al único que no estaba ingresado en prisión: el
exalcalde, quien se movía constantemente entre Fermoselle y la capital zamorana, haciendo todo
lo necesario para asegurar el logro de sus fines.
Todas las madrugadas de ese principio de diciembre frío, gélido como la estación climática
instituye, el exalcalde se encargaba, por intermedio de alguno de sus segundones, que las
carretas hacia Zamora fueran completas con quienes él estimara servían a sus intereses
procesales y políticos.
Los testigos iban desfilando por la audiencia siempre al completo de público y en
ocasiones con intermitentes altercados, esta reiterada e intolerable anomalía llevó al presidente
del tribunal a disponer la custodia dentro y fuera del recinto por militares y guardias civiles para
traer un mínimo de paz en el desarrollo procesal.
La división del pueblo se trasladó al juicio. Se notaba algo concluyente respecto a los
testigos. Aquellos quienes en la instrucción habían declarado la veracidad de los hechos, en
especial quienes eran cercanos a los acusados, luego se desdecían de lo expresado en esa
primera etapa judicial, en muchos casos sin mostrar un mínimo atisbo de decoro.
Por el contrario, aquellos quienes mantenían la indignación y sin ninguna cercanía, ni
simpatía a los acusados, sostenían con firmeza sus dichos, sin que en la mayor parte de las
intervenciones, los abogados de las defensas pudieran doblegar sus afirmaciones acusadoras.
Todo se había transformado en un verdadero espectáculo del grotesco más rancio. Con
declaraciones desdiciendo lo dicho, con amnesias repentinas, por las amenazas de los allegados
a los acusados, hasta por la compra pecuniaria de débiles conciencias y lábiles billeteras, con

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Justicia al Doroteo

una carencia de dignidad que brillaba ante su paseo descarado por todos los rincones de la
audiencia.
Fueron numerosas las declaraciones nombrando, acusando, como principal responsable al
ex alcalde, sin tener en cuenta las tantas que en la misma línea se hicieron en la instrucción,
luego desmentidas unas y olvidadas otras. Pero la más dura fue la del funcionario José García
Bravo, oficial vista de aduanas al momento de los hechos.
García responsabilizó a los acusados del crimen, haciendo hincapié en el alcalde
Ramonico, los guardias civiles y carabineros, los cuales no hicieron nada para frenar la orgía de
sangre que parsimoniosos presenciaban a pasos de la casa del espanto.
El mismo funcionario describió con rigor a la partida de La porra: «forman parte de los
acusados en este juicio», dijo y agregó que esos mozos tenían atemorizada a las gentes del
pueblo. Finalizó su declaración con una suspicaz confesión: exponiendo que venía a declarar en
esta ocasión —puesto que al momento del inicio del juicio ejercía sus funciones en Galicia—
por orden del cuerpo al que pertenece, clara manifestación de alejar a estos de cualquier
sospecha.
Ningún defensor se atrevió a rebatir lo expresado por el funcionario aduanero, esta
declaración por un instante preocupó a los acusados, en especial al exalcalde. Era muestra de la
disputa encubierta entre la aduana y el Ramonico, la cual con certeza estaba relacionada con la
evasión del impuesto al consumo y, sin dudarlo, por el contrabando.
Un evento sorprendente se producía en la prisión de Fermoselle, era un mensaje directo
dirigido a los jueces de la audiencia. El presidente de la diputación provincial y natural de
Fermoselle, Evaristo Diez, acompañado por un periodista de un diario de tirada nacional, fueron
a la prisión de Zamora a visitar a los acusados, preocupados por su estado. Aunque jamás, este
diputado, se tomó la misma molestia visitando a los padres del Doroteo ni a su hija huérfana, la
cual no podía contener sus llantos desde el mismo momento que se enteró de la bestial muerte
de su padre, al cual amaba sin reticencias y no dejaba de extrañar sus visitas y caricias.
Era evidente, hasta para los necios, que la maquinaria del caciquismo político se estaba
aceitando para su fiel funcionamiento, en la defensa de un correligionario, sin interesar su
integridad moral.
Otra declaración esperada fue la del padre del Doroteo, don Rafael, quien con gran dolor y
con un marcado deterioro físico, describió las supuestas bondades de su hijo y su fuerte carácter.
Entre otros dichos, expresó que su hijo solo volvió para hacer justicia con quienes lo fundieron
en el motín de los consumos, puesto que la justicia estuvo ausente con esos vándalos quienes lo
habían llevado a la ruina. Terminó acusando al exalcalde, como autor intelectual de lo sucedido.

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Justicia al Doroteo

El devenir del juicio no se celebraba únicamente en la audiencia, más bien ocurría fuera de
ella.
El procesado exalcalde, en uno de los descansos de las sesiones, sentado como todo un
señorito en un notorio café de la capital zamorana, leía el diario El Imparcial del 10 de
diciembre de 1903, la crónica del corresponsal del juicio en Zamora firmada por José Balcázar.
Al principio, su lectura la acompañaba con los ceños fruncidos, luego los ojos se fueron
abriendo y una socarrona sonrisa resplandeció su semblante; no era para menos al leerlo
completo:

Junto a la barra del salón, a un metro de la mesa de los periodistas, había visto en todas las
sesiones del juicio oral a un hombre de pueblo con gorra de piel en forma de capacete, calzón
ajustado y chaleco de dos carreras de botones de plata. Desde el primer día me inspiró
curiosidad. Le observaba, y no perdía detalle, y en más de una ocasión le oí hacer comentarios
al debate. Tenía gran interés en hablarle. Satisfice mi deseo. Se trata de un hombre
originalísimo, de un pardillo de Roelos, pueblo distante cuatro teguas de Fermoselle, de uno de
esos legistas rurales que sin haber pasado por ninguna universidad ni haber leído ningún libro
de derecho poseen la lógica de la razón, la intuición del conocimiento práctico, el concepto
indiscutible de la realidad.
Hablamos de muchas cosas. Su conversar fue muy agradable y como era natural, en el
transcurso de ella departimos también sobre el famoso crimen de Fermoselle. —Asiste usted a
todas las sesiones —me dijo—, ya lo veo. Muestra grande atención, y es lástima porque todo lo
que ve es pura comedia.

El asesinato de Fermoselle es de los más horribles que se registran en los anales judiciales;
concurren en él toda clase de circunstancias agravantes. Hubo premeditación, alevosía,
nocturnidad, abuso de superioridad y un ensañamiento que espanta. Todo eso es verdad.

Habrá usted oído que Ricardo Fermoselle, el Mateo, desafió a Gabriel, lo persiguió con armas
en la mano, repitió con otros mozos: «¡A él! ¡A él!»; lo vieron después en el tejado de la casa
del crimen, y más tarde en el interior de la casa. Habrá usted visto los irrebatibles cargos que
existen contra el alcalde, las acusaciones contra e1 Alistano, el Pecero, el Portugués; la
horrible participación que tuvieron en el crimen el Muelero, el Morra, el Dientes y el Mingo,
cargos y acusaciones que responden a un elemental espíritu de justicia; pues bien, a pesar de la
lógica, del derecho, de la razón y de cuantas consideraciones divinas y humanas haga usted,
voy a darle una seguridad, amarga, pero cierta: los procesados que se sientan en el banquillo
saldrán absueltos. ¿Por qué? Por muchas razones.

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Justicia al Doroteo

No necesito explicarlas, sino referirle hechos. Habrá usted notado que el defensor del alcalde,
en sus preguntas, defiende a todos; habrá usted oído como yo que uno de los procesados,
contra el que más cargos resultan y cuya delincuencia es clara y terminante, ha dicho que si le
condenan «canta todo lo ocurrido». En ese «todo» se refiere a mayores responsabilidades del
alcalde; habrá usted sabido, por último, que el jurado, formado en su mayoría por «pardillos»
como yo, son declarados y convencidos y probados amigos del alcalde y de su defensor. La
caza de testigos que todos los días se hace a la llegada de los carros de Fermoselle, el
singularísimo hecho de que los testigos no tengan habitación independiente en la audiencia y el
que los jurados hasta hace tres días hayan circulado libremente por entre el público y los
procesados, y en ocasiones estar en el café con el alcalde, son detalles suficientes para darle,
esa opinión tan pesimista.

Pero hay más. Yo he oído a varios jurados —añadió el pardillo de Roelos— decir que hasta
ahora no existen pruebas de la culpabilidad o complicidad de los procesados. Y por encima de
todo está la lógica de la razón, que es siempre mayor que la razón de la lógica, y como la
certeza es la confirmación de un hecho, doy a usted mi opinión de que el veredicto será de
inculpabilidad.
El pardillo de Roelos, hombre inteligente y despierto, me dejó atónito.

¿Serán verdad sus revelaciones? ¿Se cumplirán sus profecías?

José Balcázar, 9 de diciembre de 1903.

Las estrategias judiciales estaban visiblemente definidas. Por un lado, la fiscalía y la


acusación particular, basándose en las declaraciones inquebrantables de aquellos testimonios sin
titubeos ni temores relatando lo sucedido, y por otro, la responsabilidad de cada uno de los
acusados, más el peritaje de los forenses; esto hacía suponer que el jurado tenía elementos
sobrados para declarar la culpabilidad.
Las defensas, encabezadas por el abogado del exalcalde y vecino de Fermoselle, pretendían
repetir la misma decisión judicial obtenida en los motines del 28 de octubre de 1901, donde
fueron imputados varios de los que se encontraban nuevamente procesados.
Entendiéndose que lo sucedido fue un delito de muchedumbre imposible de individualizar,
a pesar de los seis asesinos, los cinco cómplices más el exalcalde, lejos estaban de ser una
«muchedumbre enardecida dejada llevar por el calor de las masas que exteriorizaban el valor
reprimido de cada uno ante las injusticias padecidas por todo un pueblo».

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Justicia al Doroteo

El único delito imputable a la supuesta muchedumbre era el de «curiosidad», el cual, por


no estar incorporado al mamotreto del código penal, era inaplicable. Aunque si hubiese
favorecido al exalcalde, se la habrían ingeniado para hacerlo entrar por el primer hueco que
vieran libre en ese trasto aplicador de supuesta justicia.
Por el lado de la prensa, los corresponsales de los periódicos nacionales enviaban sus
crónicas telegráficas con admirable objetividad en la transcripción de las declaraciones de
testigos y procesados. Éste hecho es para resaltar; la habilidad profesional para saber diferenciar
crónica de opinión, hechos de interpretación, objetividad de subjetividad.
La misma coincidencia se daba en el relato de los hechos y acusados del «Crimen de
Fermoselle», hasta compartían algunos de los adjetivos calificativos utilizados para describirlo:
cruel, horrible, inhumano, calvario, martirio, viacrucis, salvajes, bárbaros, bestias, jauría,
ensañamiento, torturas y escarnio, entre tantos otros.
Los mismos medios, sin excepción, hacían responsable intelectual del asesinato al
exalcalde.
Las opiniones periodísticas de los medios nacionales repudiaban el hecho en forma
unánime. Algunas, elevando al Doroteo al altar de los más nobles caballeros. En otro caso,
comparándolo con los personajes más épicos de la historia española.
Otros más cautos, haciendo descripciones más terrenales. En un desafortunado caso,
incluso, utilizando una frase, la cual entre 1976 y 1983 en la Argentina que dejara muchas
décadas atrás Doroteo, fue trágica en referencia a las desapariciones y crimines de lesa
humanidad, cuando ante un desaparecido decían: «Algo habrá hecho».
Apenas pasados unos pocos días de iniciado el juicio, el 12 de diciembre de 1903, el
médico oficial informó al presidente de la audiencia sobre la enfermedad del jurado Celestino
Castro la cual se había agravado y no podía concurrir a las sesiones. Extraoficialmente el
médico explicó que su enfermedad era moral más que física.
Celestino era un hombre estimado por su rectitud y honradez; sus amigos estaban al tanto
de su disposición de abandonar el jurado popular. Como vecino de la villa, no quería enfrentarse
a los procesados, pero tampoco estaba dispuesto a favorecerlos. Su conciencia se hacía
insostenible durante las noches y los días, ese suplicio por mantener su honorabilidad terminó
por decidirlo a dejar ese jurado cargado de parcialidad: fuera por temor, por amistad y por la
compra lisa y llana de la voluntad.
No era la renuncia de otro jurado más; con esta, el jurado quedaba incompleto. Este hecho
vino como anillo al dedo del monstruo; los procesados estaban deseando ganar tiempo, tener un
pequeño espacio temporal para terminar de zurcir las hilachas sueltas de la venal justicia.

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Justicia al Doroteo

El juez y presidente de la audiencia, desde el inicio del proceso, había mantenido un


comportamiento correcto en el devenir de los acontecimientos judiciales. Lentamente lo fue
variando, como viboreando, desde ya, a favor de los inculpados, los gestos políticos de altos
funcionarios, habrían influido en ese torcerse del magistrado, convirtiendo su rectitud en la
misma que una rama de parral.
La audiencia no hizo esperar su resolución. Hasta algunos periodistas y otros seguidores
atentos de ese proceso que mantenía en vilo a parte de España, desconfiaban que, algo
aconteciera para entorpecer o doblar el rumbo de los hechos y la legalidad fijaban de forma
inconfundible.
Celestino, como dicen por las tierras pampas que anduviera el Doroteo poco tiempo antes,
«cayó como peludo de regalo»20 para quienes, afanosos, buscaban justicia, fue un baldazo más
de inmoralidad. El presidente, rápido de reflejos, decidió suspender el juicio sin fecha de
reanudación hasta lograr completar el jurado.
Cuando muchos hacían tómbolas sobre la fecha de continuación del juicio, suponiendo la
reanudación no se concretaría, al menos hasta marzo o abril, se equivocaron. A fines de enero,
la audiencia volvió a desempeñar su hacer y al corto tiempo mostraría nuevamente que los
avatares no azarosos; se repetirían y hasta superarían a los de la primera etapa.
Así fue, en la primera sesión del 31 de enero de 1904, se volvió a suspender la vista. En
esta oportunidad se debió a una impugnación razonable: uno de los jueces suplentes del tribunal
resultó ser hermano de uno de los abogados de la defensa; otra muestra donde inoperancia y
desvergüenza eran por momentos difícil de disociar.
Este nuevo entorpecimiento, arteramente malicioso, hizo crispar aún más los ánimos de
todos aquellos quienes estimaban que este juicio despedazaba los más elementales pasos de un
proceso penal, y no callaban al opinar que la cola del caciquismo estaba metida en el cúmulo de
las irregularidades rayanas con lo fantástico, vistas en todo ese atolondrado trajinar judicial.
Con el correr de la segunda parte del juicio, fueron declarando los acusados, quienes
pendencieros en unos casos, vanidosos otros y despreocupados el resto, iban desfilando delante
del tribunal con sus olvidos a cuesta, sus decires contradictorios y sus inocencias a flor de
labios.
Mientras día a día todo se enrarecía más y más, los zamoranos y forasteros acudían a
presenciar este espectáculo de desarrollo solapadamente ininteligible y final imaginable, iban
juntando broncas tras broncas, indignación e impotencia.

20
Cuando ocurre algo inesperado, sorpresivo y por lo general molesto.

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La audiencia del 4 de febrero de 1904 volvió a sorprender desagradablemente a la mayoría


de seguidores y curiosos de este caso sombrío. Al finalizar la sesión de ese día, observaron al
presidente conversar con el fiscal, pero nadie pudo escuchar lo hablado por más esfuerzo en
afinar sus oídos.
No tardó mucho, en ese revoltijo en que se había convertido la audiencia y su proceder de
disfraz carnavalesco, para pronto conocer el contenido de la sigilosa conversación. El fiscal
había sido llamado a Madrid por el mismísimo ministro de Gracia y Justicia. A partir del
próximo día sería reemplazado, hasta su vuelta, por el teniente fiscal. Era demasiado sospechosa
la situación creada cuando faltaban pocos días para las exposiciones finales donde el fiscal tenía
un rol protagónico.
Las sesiones siguieron sin el fiscal, merecedor del respeto de quienes incólumes seguían
enarbolando la bandera de la justicia. Pasaron unos pocos días hasta comenzarse a rumorear con
insistencia el reemplazo del fiscal titular por otro desconocido, aunque con la sospecha
inocultable sobre su accionar como representante noble del ministerio público.
Solo transcurrieron seis días desde ese llamado ministerial para que se cumplieran los
peores presagios y se colocara la fresa a ese postre agriado en que se había convertido este
juicio, el cual contaba con el interés creciente de la opinión pública de toda España.
El fiscal había sido traslado a Santander, justo dos días antes de exponer sus conclusiones
finales ante el jurado popular. No fueron pocos, quienes rabiosamente se sonreían ante las
expresiones del cronista enviado por el Heraldo de Madrid, quien decía textualmente: «A
causado indignación el traslado a Santander del fiscal de esta audiencia, persona rectísima, y se
cree que su traslado pudo obedecer a intrigas políticas». Algunos se preguntaban con respuesta
incluida:
—Qué perspicaz el periodista, ¿cómo se ha dado cuenta que en todo esto está metido el
rabo enlodado de la zorra política? —Una risa combinada de irritación acompañaba estas
preguntas.
Todos los dedos índices señalaban al mismo personaje, al diputado por Zamora a las
Cortes, perteneciente a la comarca de Sayago, quien una década después fuera declarado hijo
predilecto de Fermoselle, el cual, cuidando su rebaño vernáculo a cargo del exalcalde, no estaba
dispuesto a ver a esa majada dispersarse y alejarse de su mano interesadamente protectora.
Llegado el tramo final del proceso; primero fue el fiscal reemplazante quien se dirigió por
última vez al jurado, con modificaciones “piadosas” en el pedido de penas y con una
vehemencia más rayana con la de un mediocre actor teatral que de la convicción propia y
profesional de esa función esencial en todo juicio. Luego siguió la acusación particular y por
último las defensas, siendo el más ardiente, vehemente en su pedido al jurado el abogado de

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Justicia al Doroteo

Fermoselle y defensor del alcalde. Tal como se preveía, solicitó la absolución de todos los
acusados por estimar los cargos como un delito de muchedumbre, siguiendo el mismo camino
de los motines por los consumos, una comparación que, por repetida hasta el hartazgo, hacía
lastimar los tímpanos de los oyentes ansiosos de justicia.
Al final, el corolario a tan logrado despropósito, se produjo un 16 de febrero de 1904. El
jurado descartó cada una de las acusaciones y se pronunció por la inculpabilidad de todos los
acusados. El fiscal, obligadamente como correspondía a su cargo, pidió al tribunal la revisión
del juicio por un nuevo jurado. El presidente, actuando como un juez de la inquisición, descartó
in limine tal solicitud y dio por finalizado el juicio sin más.
Este fallo, esperado por el galimatías en que se convirtió todo el proceso, tuvo igualmente
el rechazo unánime de la prensa, desde la zamorana a la española sin importar la ideología o
tendencia política de los diarios. Tal injusticia impartida por la justicia, costaba digerir hasta por
aquellos poseedores de un estómago a prueba de las más variadas impudicias, no se había
inventado digestivo alguno para tan mal trago.
Las gentes de Zamora estaban encolerizadas, los diarios criticaban con la mayor dureza el
fallo de este jurado de precaria moral, algunos hasta comenzaron a juntar firmas para pedir un
nuevo juicio. Pero como sucede en ocasiones ante tanta sinrazón, los días fueron aplacando los
ánimos ante la ladina falta de respuesta de las autoridades.
Los políticos, los caudillos, los caciques hicieron oídos sordos al unísono reclamo de la
prensa, al repudio sonoro o silencioso de abogados y ciudadanos. Ellos habían subido al carrusel
de la ignominia de los poderosos sin pudor. Eran los poseedores de la sortija para la próxima
vuelta, mientras el resto, el pueblo, mirando, solo mirando, las vueltas victoriosas de los
vencedores que lograron convertir a la justicia en su propio chiringuito.
Así las cosas, el Doroteo fue quien terminó nuevamente ajusticiado sin justicia, el paso
despiadado del tiempo acabaría su labor reafirmando esa letal inmoralidad, incrustando en la
historia oral la mayor desdicha al deshonor de alguien a quien su época y su futuro se la negara,
«siendo los verdugos los héroes populares y el justiciero el siniestro malvado».
¿Por qué el tiempo actuó perversamente contra Doroteo? No fue el tiempo, él solo es eso,
es tiempo, es el paso de acontecimientos más acontecimientos, ninguna relación tiene con esto.
Fueron los hombres, los responsables de su muerte y los encargados de repetir y repetir, de
mentir y mentir, lavando de esa manera su latrocinio una y otra vez. Los vencidos, vencidos
fueron y no pudieron hacer trascender la otra verdad, tal vez, la más cercana a la verdad.
Quedará como recuerdo de un hecho tan trágico que sólo el mal puede explicar, pero como mal
que es, nunca lo hará. Es mi razón el apego al honor el cual jamás debe separarse de la verdad,
quien me lleva a este vericueto explicativo ´tratando de resarcir a un paisano quien no fue un

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Justicia al Doroteo

héroe, un santo, solo un valiente lleno de defectos quien a su manera trató de hacer la justicia
que no se hizo antes ni después, el después también fue con él...
Doroteo había vuelto, fiel a su cultura, a resarcir el orgullo mancillado de su padre y el de
él mismo, sin tener en cuenta que con su accionar ofendió el de otros… otros taimados, sin
escrúpulos, pero con el mismo orgullo ancestral.
Así, dadas las circunstancias, a Doroteo lo terminó matando su sombra más cobarde,
desleal, primitiva y cruel. Luego, una supuesta y pretensiosa historia le daría el tiro de gracia.

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Justicia al Doroteo

Antonia

¿Qué sucedió con su amada hija Antonia? No era Doroteo un padre de tiempo completo,
era un padre a su forma, y lo era tan especial, que la niña estuvo durante años llorando,
derramando lágrimas en silencio las cuales fueron acompañadas con las peores pesadillas.
Amaba a su padre como a nada ni a nadie en esa villa que era por ese entonces, su mundo,
pequeño y grande a la vez.
Su madre adoptiva hizo el mayor esfuerzo junto a su tío José para compensar, en parte, el
amor esfumado de ese padre asesinado; en especial, desde la muerte de sus abuelos, quienes no
tardaron demasiado para irse también tras las huellas invisibles de su hijo Gabriel.
De todo se cuenta, hablares y habladurías, aquí no podría extenderme sobre el desarrollo
de toda la existencia de esa niña, desde adolescente, joven, mujer, madre y abuela, y siempre, en
cada etapa, según cuentan, con su Virgen de la Bandera y la única foto de su padre a buen
resguardo.
De cuantos dichos me han llegado sobre ese pasado lejano y olvidado, solo algunos podré
narrarles, reduciéndolos a los supuestamente más verosímiles.
Una de esas versiones rescatada en el hablar de la mujeres en los portales, o en los
encuentros en las fuentes de María-Abril, La Noria, la del Penao y otras concurridas para
encontrarse con el valioso líquido tan esencial en una geografía donde no abundaba más que en
sus encajonados ríos. Esos encuentros coloquiales eran un manantial inagotable de noticias.
Creíbles, increíbles y hasta ficticias, la vida misma de un pueblo donde la cercanía generaba
amistades de por vida y también odios que terminaban cuando se entoñaban las osamentas en
las tumbas.
Una de esas murmuraciones afirma que la niña estuvo durante días, meses y años llorando
por su padre asesinado, esa pena desconsolada la acompañó hasta su último día en este mundo,
como una astilla dolorosa incrustada en su corazón.
Esos hablares cuentan que a los 12 o 13 años marchó a Zamora con su madre de crianza, la
maestra. Se casó con un guardia civil, estudio y ejerció el magisterio inculcado por esa señora
quien la educó con amor y que el pretérito efímero olvidó hasta su nombre, apenas su profesión
lo reemplazó, como si fuera un mote más.
Tuvo cuatro hijos, el primero y el último, varones. Bautizó Gabriel al primero y Doroteo al
último. Solo volvía a Fermoselle en cada fiesta de la patrona del pueblo, siguiendo la devoción
de su padre y de todo fermosellano creyente.

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Justicia al Doroteo

Otros también cuentan con la misma convicción, que al cumplir la mayoría de edad, con el
dinero producto de la venta de su herencia paterna, hasta ese momento administrada por su tío
José, más unas fincas dejadas a ella por sus abuelos, partió a la Argentina.
Desde hacía unos años, gracias a la ayuda de la maestra, pudo localizar a su progenitora
siempre buscada y más aún deseada. Su madre, viuda joven, la mandó llamar. Cuando tomó
conocimiento de lo sucedido a Gabriel, padeció un enorme dolor; nunca, ni una sola noche,
pudo olvidar a su niña y a su amado caballero fermosellano.
Según esta última versión, el encuentro con su madre en el puerto de Buenos Aires fue
indescriptible, no pararon de abrazarse, de llorar y llorar. Ambas se reconocieron sin el mayor
esfuerzo, físicamente eran muy similares, Antonia hija tenía una altura algo superior a la de su
madre, por lo demás, hasta la misma sonrisa, similar mirada y la simpatía de su padre. Se
integró fácilmente a sus hermanos menores, y terminó casándose con un sobrino de Renato.
La otra versión, tan fiable como las anteriores, cuenta con el mismo énfasis que, se casó
con un zamorano nuevo en la villa. Habría llevado una vida recatada, aparentando no recordar
nada de aquellos hechos siniestros; y lo peor, debiendo cruzarse a diario con los matadores de su
padre.
Cuentan esos mismos hablares que, aún silenciosos retumban en las callejuelas, que
mientras ella vivió, todos los 29 de mayo, siempre amanecía un ramo de flores en el pozo
Mergúbez.
Fuera cual fuere la verdad, lo cierto es el sufrimiento traumático padecido por esa niña de
la cual, muy pocos se habrían preocupado. La crueldad ejercida contra su padre, extendió su
mano infame hacia la niña, de otra forma, pero igualmente feroz.

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Justicia al Doroteo

¿El final y un nuevo comienzo?

En la última década del siglo pasado, yendo con mi tía a visitar las tumbas donde reposan los
restos de mis abuelos y tíos paternos, mientras caminábamos por la carretera paralela al paredón del
cementerio, se detuvo en su lento andar y, levantando su cachaba, me señaló un lugar del yuyal que
podría ser cualquiera.
—Ahí enterraron al Doroteo. Era un hombre maldito, lo mató la gente y por su malicia no lo
dejaron enterrar dentro del cementerio —me comentó mi tía, como esas historias que se relatan en los
pueblos de algunos de sus antiguos vecinos popularmente más famosos.
Buscando alguna sentencia no cientificista sobre la historia para ser aplicada a esta historia sin
contar, o contada a medias, o contada desde un lado de la alambrada, reflexioné sobre las siguientes:
En 1983, el rockero argentino de merecido reconocimiento, Litto Nebbia, en la canción Quien
quiera oír que oiga, escribe la siguiente sentencia: «Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere
decir que hay otra historia: la verdadera historia». Se repitió tanto, que como tantas frases populares
coreadas hasta el empacho, hasta conmover las pasiones dormidas, terminó convirtiéndose en una verdad
irrefutable. Muchos jóvenes y no tan jóvenes la citan y vuelven a citar, casi en forma mecánica,
exclamándola como verdad revelada, como el éxito de un alquimista. Es comprensible reconocer que
suena linda a los oídos, aunque más cercana al arte y a la literatura para definir algo tanto relevante como
la historia.
Útil acicate para los jóvenes apasionados envueltos en las lides políticas y en las intrincadas telas
de araña de las ideologías, pero a mi humilde saber y entender, se trata de una frase fácilmente rebatible
desde la propia historia que en tantos ejemplos se encarga por sí misma de destruirla, desintegrando sus
palabras y hasta las propias letras. Si la historia de los perdedores fuera la verdadera historia, para tomar
un solo y contundente ejemplo, los nazis tienen la verdad y todo lo escrito son delirios impuestos por los
vencedores. A pesar de esta crítica que puede parecer demoledora y lo es, en el caso del Doroteo, es
perfectamente aplicable, como la excepción a aquello que no tiene regla.
El escritor islandés Halldór Laxness afirmó drásticamente que «La historia siempre es totalmente
diferente a lo que ha sucedido». Como buen escritor, fue drásticamente literario en su sentencia, pero no
alejado de la verdad. No debe haber historiador que pueda revivir, recrear un hecho tal cual sucedió en la
complejidad multifacética de ese momento pasado, de esa fotografía nunca vista.
El escritor Irlandés Colum McCann acuñó otra frase más cercana a la historiografía que a la
literatura, su brillante profesión: «Las mentiras repetidas se convierten en historia, pero no
necesariamente se convierten en verdad».
Más drástico y cortante fue Winston Churchill, premio Nobel de Literatura y además historiador
a tiempo parcial, aunque más dedicado a ser un gran actor de ella. Así, con pedantería expresó y dejó
tallado un mosaico en el devenir de los hechos de este mundo: «La historia la escriben los vencedores».
¿A qué voy con todo esto…? A Doroteo, de quien no se ha escrito historia alguna. Inclusive quien
aquí irrespetuosamente escribe sobre su trayectoria vital, solo cuenta, relata, aquello que pudo haber sido

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Justicia al Doroteo

uno de sus derroteros por esa existencia en ese lejano Fermoselle decimonónico y esa Argentina de
finales del mismo siglo. Como su última y corta parte de su vida, aquello que en realidad se cuenta de él,
de boca en boca, de generación en generación, y donde pareciera que los Churchill triunfaron.
Terminaré este relato con una frase propia, la cual humildemente estimo oportuna para finalizar esta
aproximación de quién fue Doroteo: «Cuando la historia esquiva la verdad, deja de ser historia para
convertirse solamente en leyenda».

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Justicia al Doroteo

Fuentes

1. Archivo del Arzobispado de Zamora.


2. Centro de Estudios Latinoamericanos: http://www.cemla.com/
3. CORTEZ, Luis. Donde Sayago termina… FERMOSELLE. Salamanca: Librería
Cervantes, 1995. p. 45, 46, 47, 48, 49.
4. Diario El Imparcial. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital. Disponible
en: http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/

5. Diario ABC. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital. Disponible en:


http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/

6. Diario La Época. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital. Disponible en:


http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/

7. Diario El Liberal. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital. Disponible en:


http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/

8. Diario El País –diario republicano-. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca


Digital. Disponible en: http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/

9. Diario El Día. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital. Disponible en:


http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/

10. Diario El Correo Español. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital.


Disponible en: http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/

11. Diario El Heraldo de Madrid. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital.


Disponible en: http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/

12. Diario El Globo. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital. Disponible en:
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13. Diario El Siglo Futuro. Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca Digital. Disponible
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14. Justicia popular a sangre y fuego. GARCÍA, J. A. En: Diario La Opinión de Zamora.
1993

15. RIVERA LOZANO, Manuel. Fermoselle. Impresión Heraldo de Zamora, 1996. p 52,
66, 67, 68, 69, 116, 117, 118, 326, 328, 365, 393, 395.

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Justicia al Doroteo

Indice
Prefacio

Justicia al Doroteo -El malevo de Fermoselle

Argentina

El regreso a España. Entre Galicia y Fermoselle

Doroteo y el honor

El juicio

Antonia

¿El final y un nuevo comienzo?

Fuentes

63

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