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Miguelito y el acoso escolar en clase

El documento narra la historia de Miguelito, un niño de 7 años que sufre acoso escolar por parte de compañeros mayores. Un día, varios de sus compañeros se meten en una pelea para defender a Vicentito, quien estaba siendo golpeado injustamente. Todos son castigados a pesar de que el agresor era otro niño. Los padres de los niños reaccionan de manera diferente ante el incidente.

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Miguelito y el acoso escolar en clase

El documento narra la historia de Miguelito, un niño de 7 años que sufre acoso escolar por parte de compañeros mayores. Un día, varios de sus compañeros se meten en una pelea para defender a Vicentito, quien estaba siendo golpeado injustamente. Todos son castigados a pesar de que el agresor era otro niño. Los padres de los niños reaccionan de manera diferente ante el incidente.

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Francisco Manuel Mancera Reyes – www.flujovisual.

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EL PEOR DÍA DE LA CORTA VIDA DE MIGUELITO.

La historia que voy a contar no trata sobre mundos soñados que se hacen reales, donde
el protagonista vence todos los obstáculos y se casa con una bella princesa a la que
libera de un terrible hechizo y viven felices y comen perdices. Lo más cercano a lo que
no es esta historia es que Miguelito haya podido comer perdices. Nada más.
Miguel, al que todos llaman Miguelito, solo tenía siete años y era muy bajito. Y su baja
estatura suponía un problema cuando los listillos de la clase tenían ganas de pelea,
porque los listillos nunca buscan riña con alguien que les pueda vencer. Estos elementos
son malas personas y pésimos estudiantes y tal vez por eso buscaran incordiar a menudo
a Miguelito, porque era más listo que ellos. Parece que la inteligencia y la fuerza deban
ser enemigas eternas. O sería mejor decir que la fuerza de los estúpidos no soporta la
inteligencia de los débiles. Son los inteligentes los que pasan de curso y los “listillos”
repiten. Lo que supone un problema: los repetidores acaban por ser más grandes, por
tamaño y por edad, que los que hay en su clase.
Pues bien, a Miguelito le ocurría esto mismo. Varios compañeros suyos eran listillos,
repetidores, más grandes y mayores que él. Pero lo peor era que los otros alumnos no
hicieran nada cuando los listillos le amenazaban con pegarle. Y eso que todos los
odiaban, pero respiraban tranquilos mientras la cosa no fuera con ellos. De modo que a
Miguelito le costaba cada vez más ir a clase. Siempre se levantaba queriendo quedarse
acostado y soñar despierto con otros mundos donde no tuviera que sufrir humillaciones.
Pero su mamá se encargaba cada mañana de estropearle ese pequeño deseo. Ella no
notaba nada, porque Miguelito se preocupaba muy mucho de que no se diera cuenta
nadie. Le romperían la crisma si algún día se chivaba.
Habían otros que sufrían el mismo acoso. Martinito, un genio que sacaba malas notas. Y
es que nadie se daba cuenta que era el más listo de todo el colegio, más inteligente que
alumnos mayores que él. Martinito casi nunca hablaba con nadie y no tenía amigos. Por
eso era una presa fácil. También estaba Vicentito, un niño muy tímido y temeroso, pero
con un corazón como su cabeza de grande, y su cabeza era grandota, os lo aseguro, lo
que era motivo de burla. O Manolito, que quería estudiar y tener negocios de mayor.
Éste era inteligente, trabajador y amigable. El problema que le encontraban los más
cazurros es que era gitano, y según ellos todos los gitanos son unos vagos y unos

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maleantes. Miguelito no comprendía muy bien el odio hacia Manolito, especialmente si


los listillos argumentaban unas razones perfectamente aplicables a ellos mismos. En
todo caso, pensaba, si algunos gitanos cumplían esos tópicos, estaba claro que Manolito
no era así.
Desgraciadamente, los profes no tenían mucho margen de maniobra para castigar
debidamente a éstos indeseables. Además, algunas veces, cuando era castigado uno de
los listillos venían sus padres y amenazaban a los profesores. O sea, la misma historia
de Miguelito con los listillos, pero entre los profesores y los listillos de los padres. No
sé si me explico.
Un día se fue una profesora y vino una sustituta. Resultó ser lo mejor que ocurrió aquel
año. No porque la que se marchara fuera mala, sino porque la que vino era una mujer
excepcional. Además, era muy guapa. Es un detalle que la mayoría de niños de siete
años no darían importancia, excepto Miguelito. La Señorita Paula fue el primer y único
amor platónico de nuestro protagonista. A menudo, al acostarse, le gustaba imaginar que
la Señorita castigaba a algún cafre y venían los padres enfurecidos. Entonces él, sacando
una fuerza y una inteligencia inusual en cualquier persona normal, resolvía la situación,
quedaban humillados los impresentables padres y su mentecato hijo, y la señorita
acababa admirando a su heroico alumno. Eso era todo el amor platónico que sentía.
(Cuando se es niño no se sabe muy bien qué es el amor de verdad, el de los
compromisos, las alegrías y las desilusiones.)
Otras veces imaginaba que uno de los cafres ponía en jaque a todo el colegio,
secuestrando a la Señorita Laura y pidiendo un rescate. De pronto aparecía Miguelito
deslizándose desde una cuerda y entrando por la ventana rompiendo los cristales.
Reducía con dos golpes de karateca al malo y así se convertía de nuevo en el alumno
favorito de la Señorita Laura. (Ya sé que suena todo un poco raro, pero es que los niños
de siete años han visto muchos dibujos animados a esa edad).
Una de sus ensoñaciones favoritas era en la que, siendo ya su alumno predilecto, se
convertía en el centro de las iras y las envidias de los malos, que le arrebataban a la
Señorita Laura, y después de luchar triste y dolorido por el mundo, sacando fuerzas de
flaqueza, consigue volver a traer al colegio a la indefensa y dulce profesora y todo
vuelve a la normalidad, pero con un amor aún más intenso y verdadero. (Como veis
también ven películas que no corresponden a su edad).

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Cosas como éstas eran las que le gustaba imaginar cuando se acostaba. Luego, en el
colegio, trataba de responder siempre el primero, hacer notar que era el mejor
estudiante, pero la Señorita Laura solo le pedía las respuestas en pocas ocasiones. Sin
embargo, sí se preocupaba mucho de saber cuánto sabía Martinito. O de darle
oportunidades a Manolito. O al resto de la clase, incluso a los listillos, aunque con éstos
fuera especialmente severa. No obstante, y a pesar de no dar más protagonismo a
Miguelito, le agradaba que ella siempre premiara cada respuesta correcta con una dulce
sonrisa. Y que le pusiera un positivo, que eso a final de trimestre aumentaba ligeramente
la nota, que también hay que ser prácticos.
Y así, sin cambios significativos, pasaron días y más días y algún mes hasta que llegó el
día del que quería hablaros. El más gárrulo de los listillos, al que llamaban El Pelos
Pinchos, después de haber quedado en ridículo ante un niño mayor que él, le pegó una
paliza al pobre Vicentito, el del corazón grande, culpándole de algo que no había hecho.
Todo para descargar la rabia contenida por su humillación contra alguien a quien
pudiera pegar fácilmente (ya os dije que nunca se atreven con los que les pueden
vencer). Y ante aquello, todos los alumnos miraban lo que ocurría sin intentar
remediarlo, impotentes por su miedo. Miguelito sentía la necesidad de parar aquella
atroz injusticia, pero no tenía suficientes agallas para hacerlo. Sin embargo, fijaos qué
cosas, Martinito, sin mediar palabra tendió en el suelo de un puñetazo al Pelos Pinchos
y dijo que si quería pelear con Vicentito también tendría que pegarle también a él.
Desgraciadamente, así lo hizo el otro, que como podréis suponer era repetidor y más
grande que los dos. Y entonces, también se metió en la pelea Manolito, el gitano. Ya
eran tres contra un furioso chusmilla, quién ya comenzaba a sentirse inseguro. Fue
cuando Miguelito decidió que entre los cuatro debían darle una lección al Pelos Pinchos.
En fin, el resultado fue que entró la Señorita Laura y los castigó a los cinco.
Curiosamente, y a pesar de estar esperando en el despacho del director a que vinieran
sus padres y de tener un buen chichón en la frente, Miguelito se sentía bien. Le habían
dado caña al más indeseable de la clase. Pero no comprendía por qué la Señorita Laura
los castigó a todos cuando comenzó la pelea el chusmilla del Pelos Pinchos, acusando
falsamente al pobre Vicentito, que estaba allí sentado con los dos ojos morados. El
infeliz Vicentito, a pesar de todo, tampoco se sentía mal. Nunca hubiera esperado que
tres compañeros se partieran la boca por él. A Martinito le sangraba la nariz, pero seguía

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sin decir ni mu, y Manolito lloraba implorando que no llamaran a sus padres. El Pelos
Pinchos no levantó ni en un solo instante la mirada del suelo. Y la Señorita Laura
parecía muy enfadada y preocupada.
Pasado el mediodía llegaron los padres de todos y pasaron a hablar con el director y la
profesora. El padre del Pelos Pinchos tenía muy mala apariencia. Vestía chándal y
llevaba joyas muy grandes. Parecía que no se cuidaba mucho, pero no veáis como
gritaba. Daba miedo. Miguelito y los demás los oían desde fuera. El padre del Pelos
Pinchos amenazó a la Señorita Laura y el director lo echó a la calle y expulsó del
colegio a su problemático hijo. Luego, los padres de Manolito también se pusieron muy
furiosos. Decían que todo lo que pasaba contra su hijo, incluso el hecho de que ahora
estuviera sentado esperando un castigo, obedecía al racismo de los profesores. Al
director y a la Señorita Laura les ofendió esa palabra y dijeron que no se trataba de nada
de eso. Los padres de Manolito se marcharon llevándose al niño y diciendo que no
volvería nunca más al colegio de los payos, que lo pondrían a trabajar. La Señorita
Laura les rogó que dejaran a Manolito estudiar y conseguir sus sueños y que la
enseñanza era obligatoria y un derecho. Se marcharon sin oírla. En cuanto a los padres
de Miguelito, Vicentito y Martinito no daban crédito a que sus hijos, tan dóciles y
buenos, se hubieran metido en una pelea. Les hicieron pasar a los tres y explicaron todo
desde el principio. Miguelito puso mucho empeño en demostrar que se metió en la pelea
para defender a Vicentito, a quién el Pelos Pinchos le pegaba sin motivo alguno. Pero no
quedó como un héroe. Le castigaron a dos semanas sin recreo, haciendo deberes, junto a
Martinito. Por suerte fueron más generosos con Vicentito, que le dieron unos días libres
para que fuera al médico y se recuperara de sus hematomas. Aunque también para que
se le pasara un poco el miedo.
Pero lo peor vino cuando todos salieron y se dirigían a sus respectivos coches. El padre
del Pelos Pinchos esperó escondido a la Señorita Laura, y cuando ella pasó por allí la
asaltó y le pegó varios puñetazos. Los que le dio tiempo, ya que los padres de los niños
fueron a defenderla, pero el muy cobarde huyó corriendo calle abajo. Todos, y
especialmente Miguelito, quisieron ayudar y consolar a la profesora. Aunque, claro está,
Miguelito no pudo hacer gran cosa. Los mayores se encargaron de todo. La ayudaron a
levantarse del suelo, le limpiaron la sangre de la nariz y se ofrecieron a llevarla a un
hospital. Al niño le entristeció mucho todo aquello. Cada vez le daba más asco el

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colegio y pronto rompió a llorar. Y fijaos qué cosas, la Señorita Laura, que lloraba y
temblaba de miedo tras la agresión, se secó las lágrimas que le corrían por la cara y se
aguantó las que pugnaban por salir, abrazó al pequeño Miguel y le dijo que no temiera
por nada, que a ella no le hacía falta ir al hospital, que todo estaba bien y ya se había
solucionado lo del Pelos Pinchos. Sus padres lo cogieron en brazos y se lo llevaron al
coche. Desde el hombro de su papá vio como la Señorita Laura, antes de meterse en su
automóvil, se despidió lanzándole un besito al aire.
En el camino a casa se alegró de dos cosas. Una de tener unos padres maravillosos y no
como el papá del Pelos Pinchos, que se comportó exactamente igual que su hijo. Le
pegó cobardemente, aunque se comportara como si no lo fuera, a quien no tenía la
culpa. Aunque sería más exacto decir que el Pelos Pinchos se comportó como su padre.
De alguien tuvo que aprender. Y de la otra cosa que se alegró era de que a pesar de
existir gente como el Pelos Pinchos y su familia, también habían personas como la
Señorita Laura, que a pesar de ser una mujer normal, que llora y tiembla cuando le
pegan, tiene el valor suficiente para defender lo que es justo y dar lo mejor de sí misma
cuando los demás la necesitan.
Desde entonces Miguelito fue al colegio sin pensar solamente en lo malo, aunque los
cafres siguieran haciendo de las suyas. Cumplió las dos semanas sin recreo y se hizo
muy amigo de Martinito, que cada vez hablaba más y estaba más animado, y de
Vicentito, que se sentía muy a gusto con unos amigos que veían que tenía un corazón
tan grande como su cabeza. Una de las cosas por la que más se alegraron todos fue de
que dejaran a Manolito volver al colegio.
Como veis no os he contado una historia de príncipes y princesas que luchan contra
seres imposibles y deshacen magias terribles y al final solo comen perdices porque son
felices (fijaos qué estupidez solamente el último punto, ¡con lo feliz que se es comiendo
también frutas y verduras!), sino que os he contado una historia de príncipes de siete
años y princesas de treinta, que luchan a diario por ser felices aunque no haya para ellos
grandes recompensas.
Que no os falte cariño a ninguno. Un abrazo.

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