Quisiera escribir sobre algo loco, como lo que le sucedía a Harry
Haller. Quisiera escribir “sólo para locos” y tratar de persuadir
a los ocasionales lectores a no leer esto; con aquella
advertencia él no logró disuadirme, me atrapó, quizá esa haya
sido su intención; aún no le puse título a este escrito: no
importa, los títulos no importan, las historias son las que
cuentan, ellas importan.
Quisiera comenzar diciendo: «había una vez…» como en general
comienzan los cuentos para niños, esa ha de ser la manera como
se narra en occidente, donde había princesas y príncipes de los
cuales trataban las historias; cortes, magistrados, sacerdotes,
obispos, condes, duques…, toda esa vida que no es nuestra, que
nunca lo fue; ¡Oh no! No apuesto por una división maniquea del
mundo, entre occidente y no occidente; debo recordar además
que este es un cuento, una historia, no así un tratado de
sociología. Por estos lares; lo digo por achacoso, los cuentos
inician así: «Mi abuelito dice que…» también me gustaría iniciar
mi narración de esa manera, pero dejaría de ser yo, no me
gusta ni el uno ni el otro, las encuentro algo falsas, se nota que
fueron inventadas; mi narración es real sucedió hace no mucho
tiempo ha.
Recuerdo que no podía poner el título a este escrito; qué les
parece: «Yo, el parlanchín», o este otro: «A diario conmigo…»
me canso, no puedo ponerle ni siquiera un título a un
(mini)cuento y quiero escribir una gran historia.
memorias de un loco
Saben, me gustó iniciar hablando de locura y que mejor ocasión,
ésta, para hablar de ella, no lo creen; en realidad no hablare de
la locura, os contare una historia mía.
Estoy, creo yo, sentado en la biblioteca de mi universidad; hay
gente alrededor que lee y escribe, eso se hace en una biblioteca
¿No? No está llena, a veces suele estarlo: hoy no, esta mañana
sucedió algo inexplicable para mi, desperté junto a Bet, una
mujer que no había visto en mucho tiempo, anoche nos
encontramos por casualidad en una calle paceña, me invitó a
beber una copa de vino; acepté gustoso. Saben ustedes,
hablamos de todo, recordamos años pasados, experiencias
vividas, reímos; estaba feliz, como no lo había estado en mucho
tiempo. Nos retiramos de aquel Café a las once y veinte de la
noche; subimos caminando por aquel “paseo”. No había mucha
gente, algunos jóvenes bebían y con alegría se mofaban unos de
otros.
La invité a mi habitación, en la calle Linares número setecientos
trece, no soy creyente de nada, por lo que el trece no significa,
para mi, otra cosa que una cantidad, un número como cualquier
otro; lo hago saber porque algunas amigas me hicieron notar
aquello.
Gustosa aceptó. No creí que lo haría, lo había dicho por decirlo
sólo, pues, ella antaño solía evitar salir conmigo y me plantó
muchas veces, entonces pensé: «vaya que cambió… ¡Mucho!»
Aunque luego reflexioné: «ha de hacerlo por cortesía, seguro
que luego de unos minutos se va, me dará alguna excusa y yo la
dejare ir aunque no le crea realmente» mientras esto pensaba,
ella comenzó a hablar, contó de sus viajes y aventuras, había
viajado por algunos países de Europa, había conocido Paris,
donde conoció a un músico de jazz llamado Jean Paul, un gran
jazzista en su decir. Sus juicios e ideas me sorprendieron, no
me parecía la chica que conocí tiempo atrás, me sorprendí por
haber mantenido ese juicio de ella, la intentaba encajar en
aquel pasado, erré.
Entramos a mi cuarto, mi cubil. La ví cerrar lo ojos al entrar y
ver por primera vez mi habitación, también me sorprendí por
haberla dejado llegar tan lejos; su rostro irradio dicha, luego
dijo.
– Extrañaba algo como esto, no es como los otros pero es tan…
– Parecido?
– No…!
– Similar?
– No, no, no… no puedes comparar. Agrego con voz suave, pero
categórica, luego continuó. Cada uno tiene su… esencia, lo suyo,
lo que hace que sea único.
– Vaya que cambiaste?
– No me digas que tu no? Me miro inquisitiva y segura, como
nunca lo había hecho, no la reconocí.
– Oh si! Todos los hacemos, no te parece?
– No esperabas esto de mi verdad?
– No, no lo esperaba; cuando te ví hoy por la calle, vi a la chica
que hace años conocí. Veo que no eres la misma y me
sorprendes, no sé como obrar, me siento… como en medio de la
selva a plena noche, sin mapas ni brújulas, sin saber a donde ir,
pero sabiendo que debo ir a algún lugar.
– Tranquilo! Dijo con su suave voz de Miss Lady Day. Yo te
ayudare. Agregó y no se bien a que se refería con eso.
– Ayudarme en qué?
– Ven aquí. Extendió sus brazos, como una madre a su crío; me
extendía sus brazos ahora, y yo lo había deseado hace tiempo,
esto era irreal para mi, no lo creía y no lo quería creer;
obedecí.
– Sigo siendo aquella, mírame. Ordeno enérgica y tierna.
Desarmado sólo podía obedecer, no quería echar a perder
aquellos momentos; si era un sueño: lo soñaría, si era real: lo
viviría. La había soñado tiempo ha, tantas veces, haciendo lo
que ahora, la había soñado de esta y de otras maneras.
Luego de conversar, le ofrecí más vino, abrí lo mejor que tenía.
Bebimos una, dos, tres, botellas; reíamos y recordábamos; a
esas alturas mi cuarto ardía con nuestros cuerpos entrelazados.
Quizá no fue así, no lo recuerdo; quizá me dormí y ella se
durmió junto a mi.
Ahora, cuando vuelva, no espero encontrarla, la dejé en la
calle, la ví; era una chica que vestía un pantalón “jeans” azul,
algo desteñido, una polerita rosada con mangas blancas, algo
ajustada a su talle; al parecer esperaba el autobús; la vi y me
figuro que no lo notó, no notó que la miraba, no notaría mi
presencia. Para mi, por sobre el bullicio, por sobre toda esa
gente, ella era única, estaba ahí, no sonreía, esos labios no
sonreían, esos ojos miraban sin reconocer a ninguno a los
transeúntes; no a mí, yo no era algo para ella, era una nada, era
un vacío. Ha pasado el tiempo, estoy frente a hormiguitas
encolumnadas que llamamos frases. Debí hablarle, debí
intentarlo: ¡No! No debo.
Otro día se fue ya, otra noche que llega, no es otra. La gente
sale de las oficinas, invaden ésta calle, nadie saluda a nadie,
quisiera ver como A. Roquentin: sombrerazos; todos obran
como desconocidos, deben serlo seguramente. Los automóviles
zumban por la calle y en la acera: la gente. No los quiero ver y
los veo: pronto llegare a casa, pronto estaré a salvo. Hace tanto
que no veo a nadie conocido. Vida se fue, nunca supe a donde,
no la llegue a conocer; Xina también se fue, no hay quien me
diga las cosas de frente y con franqueza asesina, la amaba por
eso. No está ninguna de ellas. Voy a volver a salir. Este encierro
no lo soporto, la calle me recibirá, esa multitud me incluirá, al
menos estaré ahí.
Otra vez en este Café.
– ¿Qué se va a servir, señor?
– Una botella de vino tinto y una ramera en “jacuzzi”.
– ¿Perdón?
– No haga caso y tráigame el vino, por favor.
– En seguida se lo traigo.
No debí decir aquello, debo cuidarme de decir las cosas, no
estoy en mi habitación y podría resultar nefasto.
– Aquí tiene Señor. Descorcha y sirve un poco en la copa de
cristal, de la que antes de mí alguien más habrá bebido, como lo
harán después de mi también; la bebo de un trago, luego sirve
copa llena.
– Gracias. Se va.
– Buenas noches señora, puedo invitarla a… bueno asistiría
conmigo a una función? Duda un poco antes de contestar,
aunque lo hace con naturalidad.
– Espero a alguien.
– Desde hace una hora?
– Es observador usted.
– No siempre.
– Cuándo le conviene?
– Si quiere tomarlo de esa manera, por mi está bien.
– Me decía…?
– Hay una función de… no puedo decirle, le gustaría
acompañarme?
– De qué se trata? Teatro? Cine?…
– Prefiero no decirle…
– Una sorpresa…?
– Si desea tomarlo así, no objetare.
– No me lo dirá?
– No.
– Vamos entonces.
No salió como pensé, pero aceptó, ahora qué debo hacer, no
debí hablar, debí callar, debí dejarla en su mundo y su espera;
qué debo hacer ahora. No, no, no, no funciona de esta manera,
ellas no contestan de esa manera, nadie lo haría, ellas
contestarían con desconfianza: si; esa mujer por ejemplo, la
que esta allí, junto a la ventana; no parece que aceptaría, está
sola, pero se nota que espera a alguien, vio su reloj en cinco
oportunidades en diez minutos, espera a alguien eso es seguro.
La que esta por allá, debajo del retrato de Marilyn, ella está
ensimismada, tiene una hojas frente a sus ojos y seguro que no
contestaría de esa manera. A qué función las llevaría, no
conozco nada de teatro, no conozco nada de música, nada de
nada. Inventar ¿Inventar? Claro, inventar, crear una función,
tu… yo interpretaré un personaje y ella, quién sea: otro
personaje, yo seré un caballero, tu una dama, interpretaremos
una obra caballeresca; yo diré buenas noches y tu contestaras
igual, yo diré muchas cosas y tu contestaras a cada uno de mis
enunciados, y lo harás por no parecer grosera, me echaras en
cuanto puedas, dirás que no tienes tiempo y yo… deberé
marcharme.
Es otra noche perdida, no le hablé a la mujer de la ventana y no
le hablé a la que estaba debajo de Marilyn; a la primera la llamé
Vida, a la segunda Bet. “Vida” me miró un par de veces y sonrió
un poco, quizá sólo una mueca. “Bet” no lo hizo
explícitamente, la ví, en dos ocasiones observándome por el
rabillo del ojo. “Vida” parecía más dispuesta a conocerme,
aunque su explicites puede ser una forma de ahuyentar posibles
conversaciones; ello me intimidó un poco. “Bet” puede haber
estado más dispuesta, pero no lo hacía por no parecer obvia,
por no parecer ligera. Maldita sea, como puedo saber si no les
hablo.
La última copa, mis músculos están relajados y estoy ebrio.
Otra vez en la calle.
Ese café me vomitó, ahora mi habitación me engullirá; mañana,
si llego a mañana, me vomitará el para que otra estructura me
trague; a diario me ingurgitan y regurgitan, me regurgitan e
ingurgitan. Esta noche quiero estar acompañado, quizá llame a
cualquier servicio de acompañantes y juegue con alguna
desconocida a amarnos; no hay nadie en casa. Vida partió del
café y Bet también, sus sitios fueron ocupados por otras
personas, y el mío. Mañana partiré a un largo viaje.
La muerte se me apareció en un viejo y la esperanza en una
niña, la niña parecía Kate, no la veo hace tanto, extraño jugar
con ella a la patineta, extraño sentir sus manitas pequeñas y
calientes…; la muerte se parecía a mí, más canoso y arrugado:
más viejo, era yo, yo mismo buscándome. Quizá muera mañana
en el viaje que emprenderé. Esperanza, esperanza de volver
seguramente: «quiero volver». No creo en los sueños, pero me
sobresalta, me da temor y temblor lo que hoy paso, lo que soñé.
El viento sopla, hace frío. La gente surca las calles, están
abrigados, llevan abrigos, bufandas, guantes y demás atavíos; el
día está cubierto de nubes, hay algo de niebla que corre por
entre los cuerpos, se me antojan fantasmales. Hasta aquí llegue
bien. El tren partirá a las cuatro y media, es seguro que se
retrasara; deje mi maleta y un baúl que me obsequio Cristinne:
¿Qué será de ella?. No llevo mucho, no quiero cargar con el
pasado, quiero vivir lejos de mi habitación, quiero alejarme,
estoy lejos y él sigue teniendo influencia, dominio en mí: «debo
ir más lejos aún, para olvidarlo, borrarlo». Son las cuatro y
veintidós, será mejor que aborde, no quiero retrasarme. El tren
es algo viejo, su metálica y roja estructura esta cubierta de
sarro; dentro me recibe una mujer, se muestra gentil, me
conduce a mi sitio, tengo el asiento veintidós: «una coincidencia
especial». Los asientos están tapizados con un paño rojo,
delgadas líneas negras lo surcan cada pulgada, no son muy
cómodos. La gente aborda ya poco a poco: mujeres, hombres,
niños; cholas, qáras e indios, todos abordan sin distinciones.
Recuerdo a mamá en el rostro de una chola, que lejana su
presencia, no pensé hace tanto en ella; parto para huir también
de esos recuerdos. Me siento menos ido, algo nostálgico, hasta
que percibo una mano sobre mi hombro, no reconozco ese
rostro, es el bibliotecario, me informa que deben cerrar; me
veo lloroso y triste, todo lo he vivido… ya no está la chica de
pelo castaño, a mi derecha, me miró un momento y sólo tengo
ese recuerdo; debo hablar con alguien, con quien sea, debo
decir lo que siento, debo vivir…