Ana Grondona - Pobres, Indigentes y Desempleados
Ana Grondona - Pobres, Indigentes y Desempleados
CEIC [Link]
Contenidos
RESEÑA CRÍTICA (VARIAS OBRAS): “POBRES, INDIGENTES Y DESEMPLEADOS. UNA
RESEÑA SOBRE LAS FORMAS HISTÓRICA DE DELIMITACIÓN” por Ana Lucía Grondona......... 2
RESEÑA CRÍTICA (VARIAS OBRAS): “PRECARIEDAD LABORAL: APUNTES PARA UNA
APOXIMACIÓN SOCIOLÓGICA A SUS FORMAS CONTEMPORÁNEAS” por Elsa Santamaría
López …………………………………………………………………………………………………..……….. 34
(c)
CEIC, 2009, de esta edición
—1—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
Resumen Abstract
Pobres, indigentes y desempleados. Una reseña sobre las The poor, the pauper and the unemployed. A review of
formas históricas de delimitación historical delimitations
El presente artículo es una reseña sobre los modos de
delimitación de las poblaciones pobres analizados en los This paper reviews the different classifications of the
trabajos de Karl Polanyi [1944], Mitchell Dean [1991], poor examined by Karl Polanyi [1944], Mitchell Dean
William Walters [2000] y Christian Topalov [1994]. En el [1991], William Walters [2000] and Christian Topalov
recorrido del texto, también se retoma el análisis de [1994]. In this review, we also retake their analysis of
estos autores respecto a la articulación entre la the articulation between the multiplication of classifi-
proliferación de las distintas clasificaciones y la cations and the constitution of “the social” as both an
constitución de “lo social” como objeto de observación e object of intervention and scrutiny.
intervención.
Índice
Introducción ........................................................................................................ 2
1) Primer tramo: pobreza, pauperismo y mercado de trabajo ................................... 3
2) Segundo tramo. La constitución de un nuevo campo semántico: desempleo, empleo
regular, empleo casual, semi-casual, sub-empleo.................................................... 15
Reflexiones finales.............................................................................................. 31
Referencias bibliográficas .................................................................................... 32
I NTRODUCCIÓN
“Sabemos con certeza que los hombres y las mujeres
empleados, serán llamados a obtener nuevas habilidades y a
aprehender nuevos procesos muchas veces en el curso de su
vida laboral. Esa capacidad de adaptación presupone una inte-
ligencia entrenada que sólo una buena educación puede hacer
general. Nuestra economía, cada vez más sofisticada, demues-
tra que las personas que carezcan de esta capacidad de adap-
tabilidad se convertirán en casi permanentemente inemplea-
bles” (Parlamentario David Madel, Conservador británico, No-
viembre de 1971, House of Commons Intervention1)
1
En: [Link] 27/02/09. Tra-
ducción nuestra.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —2—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
CEIC [Link]
leerse, entonces, como una historia de demarcación de fronteras. Como suele ocu-
rrir, las formas de circunscripción de distintos territorios de intervención social están
lejos de ser prolijas. Las demarcaciones se superponen unas con otras y constituyen
un espacio estriado por las huellas de delimitaciones previas. Pareciera que nada
resultara definitivamente desactivado: aún en las definiciones de la población objeti-
vo de cualquier programa del siglo XXI resuenan las memorias del principio de me-
nor elegibilidad de 1834 o la aún más antigua división tripartita de los pobres isabeli-
nos (capaces, impotentes y vagabundos).
Tres de los libros que tomamos para esta reseña tienen como intención prin-
cipal la de desentramar la madeja de clasificaciones que conformaron la población
objeto de intervención social. Y los tres, además, se sostienen en un diálogo cons-
tante con uno de los textos fundamentales para analizar la política social en su pro-
fundidad histórica. Nos referimos a La gran transformación (1944) de Karl Polanyi.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —4—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
La historia que cuenta el texto discurre, entonces, entre dos grandes trans-
formaciones: la que produjo la sociedad de mercado y la que lo puso en crisis. En un
gesto análogo al de Marx en El Capital, Polanyi toma a Inglaterra como escenario
para estudiar el desarrollo de la sociedad de mercado. Esta historia es, al mismo
tiempo, el de la conformación de la fuerza de trabajo (o lo que es lo mismo, del mer-
cado de trabajo) y la constitución de “lo social”. Como veremos, los análisis de Mit-
chell Dean, Christian Topalov y William Walters tomarán el mismo escenario (aunque
Topalov también incluirá a [Link] y Francia) y compartirán la dualidad del programa:
la puesta en relato de las demarcaciones de la política social permite ver, a contra-
luz, la historia de conformación de la sociedad salarial normal y “lo social” como dis-
curso.
Desde la perspectiva de Karl Polanyi (que veremos no es la de Mitchell De-
an), lo social nacería de la misma trama discursiva que entre 1795 y 1834 articuló la
diferenciación entre pobreza y pauperismo: la polémica de Speenhamland (ver infra).
En lo que sigue del apartado desarrollaremos los argumentos de la segunda (y más
densa) parte de La gran transformación.
A contramano del cercamiento de los campos y de la derogación de la servi-
dumbre parroquial que había transformado a la población de agricultores en una
muchedumbre dislocada, en 1795 en Inglaterra se inauguraba un sistema de subsi-
dio a los pobres (con o sin salario) que garantizaba el acceso al pan. Desde la pers-
pectiva del libro, Speenhamland fue a la vez un último intento de retener el poder por
parte de la vieja oligarquía y un modo de exorcizar los fantasmas de la revuelta
campesina. Entre sus defectos, Polanyi destaca la baja de la productividad, de los
salarios, las erosiones en el “autorrespeto” y la postergación de la consolidación del
mercado. A pesar de pertenecer a otro tiempo (el del paternalismo social) Speen-
hamland, explica el autor, fue el nacimiento de la civilización del siglo XIX. En reali-
dad, las que preanunciaron la civilización del siglo XIX fueron las críticas de la na-
ciente economía política al sistema-que coagularían en el Informe sobre las leyes de
pobres de 1832 y en la Reforma de 1834. Los resultados inesperados del sistema
puesto en 1795 revelaron la trama compleja de leyes que gobernaban el orden co-
lectivo, haciendo surgir “a la sociedad en sentido nuevo y distintivo” (Polanyi 1992:
92).
Desde la perspectiva del libro que estamos siguiendo, la reforma a las leyes
de pobres se estableció contra el sistema de Speenhamland2. Mediante ésta se
abandonaba el paternalismo anterior, sosteniéndose en el pilar fundamental del prin-
2
Según la reciente interpretación de Margaret Somers (2003) los efectos “perniciosos” del sistema
estuvieron lejos de ser generalizados y que, más aún, se trató de un sistema escasamente desarro-
llado. Así, la contribución de Speenhamland habría sido centralmente a nivel de las representaciones,
en tanto alrededor de ella se construiría un mito fundamental para el modo de producción capitalista
en su fase industrial: los pobres, si se les garantiza la reproducción de la vida, no trabajan o lo hacen
con una baja productividad y sólo por un alto salario. Mitchell Dean (1991), por su parte, rechaza la
hipótesis de que la reforma haya sido contra este sistema en particular, sino contra todas las formas
de asistencia a los varones pobres capaces de trabajo y a las mujeres que eran sus dependientes.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —5—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
cipio de menor elegibilidad. Este principio3 planteaba que las condiciones de la asis-
tencia deberían ser siempre peores que las peores condiciones de trabajo fuera de
ella (salario, esfuerzo, etc.), de modo que sólo buscaran ser asistidos los “realmente”
necesitados. De este modo, el único modo de acceder a la asistencia sería entrando
a un workhouse (casas de trabajo, asilo).
Uno de los aspectos más criticados del sistema de Speenhamland fue el tra-
tamiento indiferenciado a una muchedumbre en la que no se distinguía entre los po-
bres (trabajadores) de los indigentes (incapaces o indispuestos para el trabajo). La
reforma de 1834 marcaría a fuego esta diferenciación y pondría al pobre en su nue-
vo lugar en el mundo: el mercado de trabajo. De este modo, las nuevas leyes cons-
truyeron una arquitectura institucional que “levantaba las barreras” al mercado e in-
auguraba una sociedad sostenida en la utopía de un orden regulado por el mercado,
impensable para el siglo XVIII. Respecto a qué hacer con los indigentes, que no per-
tenecían al mercado de trabajo, se abrió un amplio campo de debate en el que se
incluían posiciones totalmente abolicionistas de toda forma de socorro como las de
Edmund Burke, pasando por la propuesta del Panopticom y del pauper management
de Jeremy Bentham, las aldeas de Robert Owen y la caridad para Joseph Town-
send.
El abstencionismo de Burke daba cuenta de un descubrimiento reciente de la
economía política que marcaría el decurso de la política social: el hambre resulta un
poderoso aguijón para estimular al trabajo. Polanyi se detiene a analizar el modo en
que hacia fines del siglo XVIII la economía política descubría en la naturaleza bio-
lógica del hombre el fundamento no-político del orden social. Desde la fábula de los
perros y las ovejas de Joseph Townsend hasta las leyes de población de Thomas
Malthus, el nuevo orden de la sociedad de mercado se sostenía en las determina-
ciones de la naturaleza, aunque paradójicamente este orden haya sido construido
mediante intervenciones como la Reforma. El abstencionismo se sostiene en una
mirada que rompe con el paternalismo de Speenhamland, para fundar la interven-
ción en una lógica económico-natural. Como veremos en el apartado que sigue, Mit-
chell Dean trabajará de modo particular esta hipótesis.
El libro de Polanyi se ocupa de mostrar que la economía de mercado es una
estructura institucional que sólo ha existido en un momento determinado de la histo-
ria. Para desnaturalizarla, recurre a la antropología, descubriendo a partir de ella tres
principios alternativos para regular los intercambios en una sociedad. Así, habría
sociedades cuyos intercambios se basan en el principio de reciprocidad y en un
marco institucional organizado a partir de la simetría, otras en las que se sostienen
en el principio de redistribución y una organización centralizada, un tercer tipo de
sociedades en las que aparece el principio del hogar, sostenido en formas autárqui-
cas de organización y, finalmente, algunas sociedades regulan sus intercambios a
partir de varios de estos principios. Polanyi continúa con la enumeración de las for-
3
Formulado por la Comisión Real de Estudio de la ley de pobres, aunque antes también por Daniel
Defoe. El falso problema de los orígenes.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —6—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
CEIC [Link]
4
La mercancía, en tanto forma de cooperación, siempre pone en juego la producción de la vida mate-
rial.
5
La plusvalía es la diferencia entre el valor que la fuerza de trabajo produce en su consumo produc-
tivo, durante el proceso de trabajo con los medios de producción del capitalista, y el valor que ella
comporta como mercancía (y por la que el capitalista paga en el mercado). Así, la plusvalía resulta de
que hay una mercancía (la fuerza de trabajo) que tiene la capacidad de generar más valor que el que
ella tiene.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —8—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
posibilidad del capitalismo radica en que la fuerza de trabajo tome la forma de mer-
cancía, pero resulta imposible (históricamente) que la fuerza de trabajo sea una mer-
cancía más.
Uno de los mayores méritos del clásico de Polanyi es el de exponer la imposi-
bilidad de que la fuerza de trabajo sea una simple mercancía: el molino satánico del
mercado dejado a su suerte sólo puede destruir la vida y la trama social. Ahora bien,
el economista pretende resolver esta paradoja develando el carácter supuestamente
“ficticio” de esta mercancía. Afirma, entonces, que “el trabajo es sólo otro nombre
para una actividad humana que va unida a la vida misma, lo que a su vez no se pro-
duce para la venta sino por razones enteramente diferentes; ni puede separarse esa
actividad del resto de la vida, almacenarse o movilizarse” (Polanyi, 1992: 123). No
resulta tan evidente que “no se produce para la venta”. En los manuscritos de 1844
Marx advierte sobre esta inversión central de las sociedades capitalistas. El trabajo
consciente y libre es la actividad vital que distingue a los hombres del resto de la na-
turaleza, su ser genérico, su fin, la posibilidad de realizar (hacer real) lo que aparecía
como mera potencia abstracta. Sin embargo, el trabajo asalariado genera una situa-
ción tal que lo que es fin y esencia deviene mero medio para la subsistencia biológi-
ca, mero medio para el salario. Según este argumento, la producción de la vida en el
capitalismo aparece subsumida a la lógica del capital. Sin embargo, su subsunción
absoluta a esta dinámica (como marca Polanyi) implicaría, en el límite, la destrucción
de la vida. Esta ambivalencia instala un problema irresoluble, al que no cabe esca-
par con objeciones esencialistas, o de un humanismo dudoso, que se nieguen a
aceptar que la fuerza de trabajo es una “mera” mercancía (al menos, sin falsear el
argumento de Marx que se pretendía rebatir).
A partir de esta digresión, buscamos producir una crítica al argumento de Po-
lanyi que restituya el lugar paradójico de la fuerza de trabajo. A partir de ello, se
puede afirmar que las formas de “protección de la sociedad” no resultaron de una
“reacción automática” nacida de una sustancialidad última que habría sido “falseada”
por la extensión de la lógica de la ganancia a espacios en los que ella resultaba “fic-
ticia”. Ni el mercado, ni la protección resultan de la “reacción automática” de una na-
turaleza última. Ambos son producidos histórica y políticamente. La preocupación de
los “mecanismos de seguridad” sería justamente por las “condiciones de vida”, o pa-
ra ser más claros: por la producción de ciertas condiciones.
En este punto, resultan sumamente valiosos los aportes de Michel Foucault
alrededor de la noción de biopolítica (2006, 2007). Con este concepto, se designa
una forma de ejercicio del poder que emerge en el siglo XVIII, preocupada por la
administración de las condiciones de vida de la población. El concepto de población,
a su vez, hace referencia a una entidad compuesta de procesos vitales, en la que se
intervendrá en pos de producir vida y mejor vida6 (Dean, 1999: 209). La biopolítica,
sin embargo, siempre actúa dibujando fronteras que delimitan poblaciones a las que
6
“Hacer vivir, dejar morir”, el sintagma de la biopolítica es el reverso del poder de soberanía que ver-
emos más adelante (nota 10).
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —9—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
les tocará el destino de la muerte (en alguna de sus múltiples formas). La biopolítica
y el racismo de Estado son parte de una misma lógica de intervención en las pobla-
ciones. Es justamente con este marco teórico que Mitchell Dean trabajará la noción
de “constitución de la pobreza”, a partir de la que realizará críticas propias al argu-
mento de Karl Polanyi. A continuación nos detendremos en la reseña de este texto.
7
El autor se vale del concepto weberiano lebensführung, que podría traducirse como “modo metódico
de vida”.
8
Las racionalidades de gobierno configuran campos discursivos desde los cuales se construyen los
problemas y soluciones para el gobierno. Uno de sus aspectos centrales es el de constituir en un acto
de definición y delimitación la población objetivo de gobierno, al tiempo que se plantean, como fin
último, lograr ciertas transformaciones en ella y generar modos particulares de organizar sus rela-
ciones, es decir, de ordenarla. Las tecnologías de gobierno, por su parte, son mecanismos prácticos,
locales, sutiles y cotidianos, mediante los cuales se intenta conformar, normalizar, guiar e instrumen-
talizar los deseos, acciones y pensamientos de los sujetos objeto de gobierno (de Marinis 1999; Dean
1999, Rose 1999).
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —10—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
1.3.1 L I B E R A L I S M O : ¿ G O B I E R N O M O R A L O E C O N Ó M I C O D E L O S P O B R E S ?
9
Según describe Foucault en Omnes et singulatim (1990), la razón de Estado (que mencionaremos a
continuación) y la doctrina de la policía son dos técnicas de poder que surgen alrededor del siglo
XVII. La razón de Estado responde a la preocupación de los funcionarios por desarrollar una técnica o
arte con reglas determinadas que garantice el crecimiento del Estado, atendiendo a la naturaleza del
medio que debe gobernarse. La doctrina de la policía, por su parte, es una técnica de gobierno que,
junto con la centralización de la administración de la justicia, del ejército y del fisco vendrán a refor-
mular los términos del dominio político ahora centralizado en el rey. La policía, en realidad, no es una
función con un objeto específico distinto del de las otras funciones estatales, por el contrario la admin-
istración policial incluía los ámbitos de la moralidad, la religión, la salud, el abastecimiento, las carret-
eras, los edificios públicos, la seguridad, las artes liberales, el comercio, las fábricas, la servidumbre,
los labradores y los pobres. La policía administraba las cosas y las personas y la relación entre estos
terminus.
10
En la interpretación que Dean hace de este concepto de Foucault, se trata de un modo de gobernar
modelado en la relación entre el soberano y sus súbditos, Supone la trascendencia del soberano so-
bre los subsidios de un territorio delimitado. Sus instituciones principales son el sistema jurídico y la
ley. Sus medios son deductivos, de bienes, de trabajo, de tiempo y de vida, sus símbolos son la es-
pada y la sangre. El poder de soberanía se expresa en el poder de muerte: “hacer morir y dejar vivir”
(Dean 1999).
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —11—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
XVIII y comienzos del siglo XIX implicó una “desmoralización” del tema de la pobre-
za y su transformación en un asunto “secamente” económico. Por el contrario, ob-
serva el autor, el “Discurso sobre pobres” no se fundamenta en la prosecución de
valores morales, sino en la razón de Estado, orientada a fortalecer y engrandecer la
nación. Sería el discurso económico, paradójicamente, el que fundaría la interven-
ción sobre los pobres a partir de una mirada moral para la que la promoción de cierta
forma de vida, basada en el reconocimiento de la responsabilidad individual, de-
vendría un fin en sí mismo.
Dean propone como bisagra de esta verdadera mutación en el modo de com-
prender e intervenir sobre los pobres la teoría de la población de Thomas Malthus. Si
bien ya Joseph Tonwsend, en su discusión sobre las leyes de pobres había descu-
bierto que el “hambre” era el motor a partir del cual el pobre podía verse impulsado a
cambiar su suerte, permanecía aún embretado en un discurso marcado por una te-
leología de la riqueza y felicidad de la nación, que partía de un equilibrio a restituir.
Malthus partiría, por el contrario, de la premisa del desequilibrio fundamental entre el
crecimiento de la población y el de los alimentos, el modo de salvar este desequili-
brio sería la regulación moral de los comportamientos a partir de la delimitación de la
responsabilidad individual. El abstencionismo que se derivaba del principio de la po-
blación implicaba, por sí mismo, una racionalidad capaz de especificar una forma de
vida para los pobres: el matrimonio transformaría al pobre varón en un “ganapán” y a
la mujer en su dependiente. De este modo, no sólo se comenzaba a perfilar una
nueva sinonimia fundamental para el desarrollo de las políticas sociales —pobre
equivale a trabajador—, sino que se delimitaba el espacio del hogar como ámbito
privado cuya reproducción caía bajo la responsabilidad del obrero (Donzelot 1998).
Así, el liberalismo, inconfesablemente maltusiano, establecía condiciones materiales,
sociales e institucionales que promovían una forma de vida —frugal, ordenada y cas-
ta— que se planteaba, sin embargo, como “natural”. Ya no se buscaba gobernar or-
denando el reino como si fuera una casa, sino “levantar las barrera” que impedían la
conducción responsable de la vida de los trabajadores: era menester suprimir la
asistencia pública.
La reforma de 1834, aunque no abolió enteramente la ayuda a los pobres, im-
plicó su reducción y una redefinición significativa. En principio, estuvo sostenida en
una moral de la moderación y la responsabilidad individual, ya que se negaba la
asistencia a aquellos pobres capaces de trabajar y a sus dependientes. En este sen-
tido, según explica Dean, se trató de una reforma no paternalista, en tanto suprimió
la protección del Estado soberano sobre los pobres, pero la alternativa resultó cla-
ramente patriarcal. Entonces, la reforma no sólo produjo un mercado de trabajo y un
obrero “liberado” de cualquier otro modo de garantizar su reproducción, sino que co-
adyuvó a delimitar el espacio doméstico, materialmente sostenido por el salario y
administrado cotidianamente por las mujeres. Este ámbito sería central en el desa-
rrollo de la política social, en tanto intervención que busca actuar sobre la paradójica
condición de la fuerza de trabajo. Condiciones de vida y (necesidades, estructura,
composición) del hogar serían términos indisociables para la racionalidad de la polí-
tica social.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —12—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
1.3.2 “L O S O C I A L ”: ¿ E M E R G E N C I A D E L A P O L É M I C A S O B R E E L PA U P E R I S M O O
D E L D E B AT E S O B R E L A S C O N D I C I O N E S D E T R A B A J O ?
Una de las hipótesis centrales del texto es que la condición de pobreza (que
no cabe confundir con el “Discurso de los pobres”, ver supra) emerge a fines del si-
glo XVIII como condición diferenciada respecto de la “masa” de sus portadores. La
condición de pobreza aparecía como equivalente a la de “dispuesto al trabajo”. A
partir de ello, pasaba a ser interpretada como un requisito para el desarrollo de la
riqueza, pues si era necesaria para el trabajo, teoría ricardiana mediante, también lo
era para la creación de valor. Si “pobreza” y “fuerza de trabajo” eran sinónimos que
delimitaban el naciente mercado de mano de obra, el “pauperismo” constituía una
suerte de exterior constitutivo: la pobreza era el origen natural del trabajo, mientras
que el pauperismo era un estado de corrupción de la naturaleza humana.
La lógica de intervención suponía como primer objetivo la separación entre la
población pobre y la indigente. Para ello operaba el principio disuasivo (o de menor
elegibilidad, ver supra), en una suerte de semiotécnica que hacía de la vergüenza un
elemento de autoselección de los “beneficiarios”. En segundo lugar, debía adminis-
trarse de algún modo a la masa de indigentes incapacitados para el trabajo. En su
texto, Dean examina, al igual que Polanyi, las diversas propuestas de administra-
ción, en particular, las de Jeremy Bentham, Robert Owen y Patrick Colquhoun.
Ahora bien, las discusiones en torno a la separación de la población pobre
trabajadora y la administración de los indigentes permanece, desde la perspectiva
de Dean, en el campo de la economía moral, es decir, de una economía que aún no
ha visto las abstracciones matemáticas de William Stanley Jevons o de Leon Walras,
ni ha “echado por tierra” la teoría del valor-trabajo. En contraposición a Polanyi, De-
an no ve en este debate del pauperismo el nacimiento de “lo social”, sino, tan sólo
una superficie para su emergencia. Desde su perspectiva, el nacimiento del discurso
social debería fecharse a mediados del siglo XIX, momento en el que la preocupa-
ción dejaba de ser la de separar dos tipos de población para su tratamiento diversifi-
cado, y pasaba a ser el de la degeneración de la población trabajadora. El autor se
refiere con ello al debate de fin de siglo sobre los condiciones de trabajo.
De acuerdo a la interpretación de Dean, en su primera formulación, la gu-
bernamentalidad liberal sería pre-social. Hemos visto que el pauperismo fue concep-
tualmente separado de las consideraciones sobre la pobreza, y las estrategias para
su administración descansaban en la asunción de que, en principio, eran poblacio-
nes que podían aislarse. El objetivo de la estrategia de menor eligibilidad, cristaliza-
da en las workhouses, era el de prevenir el esparcimiento del pauperismo, no sólo
conteniéndolo en un espacio cerrado, sino también disuadiendo solicitudes de asis-
tencia por parte de trabajadores potenciales. Este modo de administración, asumía
que el trabajo era una fuerza moralizadora y estimaba las virtudes del “trabajador
independiente”, dirigiéndose al proletariado como sujetos racionales de intercambio.
En esta primera formulación, el modo liberal de gobierno de los pobres, de
raigambre maltusiana, se articuló con modos filantrópicos de intervención en la po-
breza. Mitchell Dean afirma que hubo una “cooptación intelectual” de la caridad cris-
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —13—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
tiana como instrumento para la racionalidad de este primer liberalismo, o, visto des-
de el otro lado de la relación, que la filantropía adoptó un punto de vista maltusiano.
Como veremos en el apartado que sigue, Christian Topalov compartirá estas re-
flexiones, al analizar lo que denomina “epistemología de la caridad”.
En una formación más tardía, sin embargo, la gubermentalidad liberal postu-
laría una “cuestión social”. A partir de esta nueva perspectiva, el pauperismo dejaría
de ser algo que podía “separarse”, para convertirse en un riesgo que atravesaba a
toda la población trabajadora. Ya no sería simplemente una causa, sino el símbolo
en el que se condensaban todos los síntomas de la desmoralización. En efecto, lo
que aparecería como problemático era que las condiciones que producían el paupe-
rismo (y con él, las enfermedades, el crimen, y la amenaza política) eran las mismas
bajo las que la población obrera estaba obligada a subsistir. El modo liberal de go-
bierno no sólo debía remover las barreras para la constitución de una clase de traba-
jadores asalariados, sino que tenía que ser también capaz de expurgar aquellas
condiciones y modos de vida de los pobres que amenazaban el propio sostenimiento
de esta población (Dean, 1991: 217).
En este marco, las condiciones de trabajo (y el medio urbano) aparecerían
como objeto del gobierno, para evitar la degradación moral generalizada. Emergía,
con ello, la figura de la previsión social, sostenida en la presuposición de que ade-
más de una naturaleza con sus propias leyes (como las de la población, por ejem-
plo) e individuos con comportamientos determinados, existía un entramado de rela-
ciones que conformaban un todo social con responsabilidades respecto de sus ele-
mentos. En nombre de “lo social” se abría un nuevo espacio de administración para
asegurar las condiciones vitales de reproducción de la economía. En las palabras
del autor:
“El modo liberal de gobierno del siglo XIX trazaba una doble espiral.
En la primera vuelta el problema del pauperismo conducía a la
producción de las condiciones del trabajo asalariado. En la
segunda, en la legislación fabril, en la salud pública, en la policía y
las medidas educativas, el camino del primer círculo fue re-trazado
a partir de las preocupaciones sobre la efectiva reproducción de las
condiciones del trabajo asalariado a través de la estructura crucial
de la familia organizada alrededor del varón ganapán” (Dean, 1991:
219, énfasis y traducción nuestra).
Los dos textos que reseñaremos en el apartado que sigue abordan esta “se-
gunda vuelta de la espiral”, en particular en lo que hace a la constitución de las con-
diciones del empleo asalariado normal, a partir de la delimitación de su contrario: el
desempleo.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —14—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
CEIC [Link]
CEIC [Link]
CEIC [Link]
CEIC [Link]
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —19—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
CEIC [Link]
entre ellos los textos de Geoffrey Drage (Inglaterra), Josephine Shaw Lowell (Esta-
dos Unidos) y Lucien March (Francia). En estos diagnósticos, aunque diversos, apa-
recía la delimitación del problema de un “sedimento industrial” cuya problematización
impulsa un nuevo ejercicio clasificatorio: desamparados agudos, desamparados es-
tacionales no crónicos, surplus labor (Lowell), desempleados crónicos (Lowell y Dra-
ge), casual laborers, unemployables, los sin valor económico por defectos físicos o
morales (Drage), desempleados por causas personales —voluntarias o involunta-
rias— y desempleo forzado o inmerecido (March).
En lo que hace a las diferencias que presentaban estas clasificaciones en ca-
da contexto, es interesante el análisis de Topalov, pues marca que para Francia el
concepto de “inempleable” apenas aparece, mientras que era un elemento constante
y fundamental en las clasificaciones de Estados Unidos y Gran Bretaña. Desde la
perspectiva del autor, esto se vincularía, nuevamente, con la tradición estigmatizante
de las leyes de pobres y la influencia de las teorías de la degeneración y la herencia
en estas sociedades.
A partir del análisis de este ejercicio clasificatorio de la población desemplea-
da, Topalov observa que, si bien el diagnóstico de fines del siglo XIX presentaba al
desempleado como una “víctima de las circunstancias”, y en este sentido, dejaba de
estar definido por características morales, su “exoneración” reposaba en la concen-
tración de toda estigmatización sobre una nueva categoría. Esta sub-población se
presentaba como lo contrario de los genuinamente desempleados, a la que se desti-
nará el lenguaje moralizante, eventualmente reconvertido en lenguaje científico. Las
categorías inglesas de residuo y unemployable cumplirían ese papel, junto con la
estadounidense tramp y la francesa vagabond.
A partir de allí, Topalov analiza el modo en que, particularmente en Inglaterra,
el discurso eugenésico de la degeneración se articuló con el de la economía política
y la filantropía para delimitar esta población residual de desempleados. Junto con su
delimitación, emerge un debate respecto de la responsabilidad de estos individuos
en su propia suerte. Así, por ejemplo, desde la perspectiva reformadora del matri-
monio de Sidney y Beatrice Webb o de William Beveridge, el residuo era víctima de
sus propias limitaciones físicas y psicológicas antes que un agente responsable de
ellas11.
También en el caso francés —aunque menos estigmatizante en tanto la eu-
genesia no llegaría sino hasta 1913— se configuraba al vagabond como exterior
constitutivo de la población desempleada. Esta categoría incluía a los refractarios al
trabajo, los inválidos y los obreros intermitentes.
En el caso estadounidense, por su parte, el problema sería cifrado a partir del
término tramp, clásico objeto de fascinación cultural, literaria y sociológica —que dar-
11
Este debate es pasado por alto por Walters, quien pareciera entender que inempleables y desem-
pleados voluntarios funcionaban como sinónimos.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —21—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
ía, entre otros frutos, el estudio de 1922 Hobo, a cargo de uno de los fundadores de
la escuela de Chicago, Robert E. Park—. En la temprana delimitación de la pobla-
ción tramp el lenguaje de la degeneración jugaría (como en el caso inglés) un papel
importante, propio de la Progressive Era. El tratamiento propuesto para esta pobla-
ción residual sería semejante para los tres casos: colonias de trabajo o trabajos
públicos y, en algunas propuestas extremas, la esterilización.
El libro de Walters extiende su análisis a todo el siglo XX, razón por la que es-
te autor también trabaja sobre las delimitaciones posteriores al interior de la pobla-
ción desempleada. Dada la mirada histórica de esta reseña, no nos detendremos en
el análisis de las categorizaciones contemporáneas, pero si en el de las clasificacio-
nes de las décadas del treinta y el cuarenta. Uno de los aportes más interesantes del
trabajo del sociólogo canadiense es su indagación sobre el papel del “desempleo de
largo plazo”. El autor sitúa la emergencia de este concepto en el contexto de crisis
de la entre-guerra. En ese marco de suba del desempleo, se relajaron los condicio-
namientos para acceder a los seguros de desempleo, pues muchos veteranos de
guerra habían quedado fuera del mercado de trabajo, siendo políticamente inacep-
table el dejarlos librados a su suerte. Ahora bien, esta apertura generó un problema
de desfinanciamiento del sistema. La configuración de una sub-población que re-
quería otro tratamiento (la asistencia en base a la “necesidad”, como veremos al final
del siguiente apartado), fue la respuesta contingente ante este problema. Nacían así
los “desocupados de larga duración”.
12
Las oficinas de empleo surgen en Gran Bretaña en 1909, en Francia en 1914 y en [Link] en 1918,
mientras que el seguro lo hará en 1911 en Gran Bretaña, en Francia en 1914 y en [Link], un poco
más tarde, en 1937.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —22—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
13
En 1834 se estableció la Comisión de leyes para pobres (Poor Law Comission) para administrar la
asistencia social. En 1847 pasó a llamarse Poor Law Board. En 1871 ésta se disolvió y se formo el
Local Government Board, que tomó funciones del Board of Trade y del Home Office, presidida por
Chamberlain.
14
Según indica Frederik Mill (1917), el único antecedente de obras públicas realizadas como modo de
absorber fuerza de trabajo desempleada se había registrado en Lancashire durante la hambruna del
algodón en 1863.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —23—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —24—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
mirada colectivizante, sino tan sólo un punto de vista que pone al desempleo en el
lugar de “variable” independiente, que no puede modificarse a voluntad (desempleo
“involuntario”). No sería el colectivo el que se iba a asegurar, como en el caso de las
trade unions, sino a cada individuo. El método actuarial era desconocido para el es-
quema sindical, mientras que el esquema de 1911 se sostenía en una lógica de la
proporcionalidad, la contractualización y la individualización.
El seguro también operaba como técnica individualizante en tanto suponía cri-
terios de eligibilidad que, aunque no morales en el mismo sentido que los que ope-
raban cuando las leyes de pobres, sí evaluaban el comportamiento de los sujetos en
el mercado de trabajo. En efecto, el seguro sólo era una alternativa para los trabaja-
dores sin empleo, capaces de obtener uno, que no estuvieran participando en huel-
gas, empleables y dispuestos a aceptar un empleo cuando éste apareciera. Esta
última condición alcanza para mostrar la antítesis de objetivos respecto de la estra-
tegia sindical, que justamente buscaba construir una posición de fuerza capaz de
negociar las mejores condiciones de trabajo sin verse obligados a ceder a la necesi-
dad de un salario.
Ahora bien, la contraparte de esta individualización que introducía la técnica
del seguro, era la aparición de éste como derecho. La individualización era, enton-
ces, una interpelación también en términos de ciudadanía social, que abría espacios
de resistencia. En este punto, Walters plantea la necesidad de hacer una “genealog-
ía” del beneficiario, analizando las prácticas más moleculares, pedagógicas y prácti-
cas que fueron conformando esta particular posición de sujeto. Esta genealogía re-
cupera los saberes olvidados del National Unemployed Workers Movement que en-
señaba a los beneficiarios cómo manejarse y reclamar su seguro.
A partir de 1930, a las tecnologías del seguro y de las oficinas de empleo
habría que sumarle otras nuevas, destinadas a gobernar al “desempleo de larga du-
ración”. Según explica Walters, el modo de tratar con este problema no sería ya el
seguro, sino la asistencia, pero evitando caer en la dinámica propia de las leyes de
pobres. De lo que se trataba era de construir “la necesidad”16 como espacio de inter-
vención, sin contradecir el carácter “ciudadano” de los asistidos. Se conformarían,
para ello, tres modos de intervención en la población sin empleo: el seguro, las do-
naciones a los sin trabajos (out-of work donations) y beneficios focalizados y discre-
cionales. Es interesante notar que según explica Walters, hacia 1940 el diagnóstico
de la inempleabilidad y de los desempleados de larga duración caería rápidamente
en desuso producto de la movilización de fuerza de trabajo impulsada por la guerra.
La posguerra, efectivamente, traería nuevos y “keynesianos” aires, que impul-
sarían a gobernar el desempleo no solamente directamente, sino indirectamente, en
tanto que variable económica sobre la que podía actuarse a partir de la política eco-
16
La construcción de la necesidad tiene como antecedente el trabajo de 1899 de Benjamin Seebohm
Rowntree (del Social Survey Movement) y su medición de la relación entre necesidades (canasta
básica de alimentos y servicios) y salario, como modo de determinar la pobreza (hoy denominada
“pobreza absoluta”).
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —25—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
nómica de impulso del consumo. Volveremos sobre este punto al final del apartado
que sigue.
CEIC [Link]
debate sobre el pauperismo, encuentra una mirada muy semejante a esta sobre la
que teoriza Topalov. Incluso, observaba una articulación entre la mirada de la filan-
tropía y de la naciente economía política, ambas preocupadas por las singularidades
de los comportamientos morales.
Ahora bien, las clasificaciones objetivantes que se desarrollarían hacia 1880
implicaron un cambio neto en relación a este régimen de causalidad. Ya no se trata-
ba de articular un conjunto de causas “objetivas” y “subjetivas” que dieran cuenta del
caso, sino que se buscaba distinguir categorías de fenómenos y poblaciones. En
este proceso de delimitaciones y observación surgiría una pluralidad de métodos de
recopilación de información y de agentes de recolección, montados sobre estructu-
ras preexistentes (los sindicatos17, las organizaciones filantrópicas, la policía). Uno
de los pioneros de la nueva epistemología sería Charles Booth con su encuesta de
1889, que distinguía entre causas “objetivas” y “personales” del desempleo.
Ahora bien, según explican tanto Topalov como Walters, Hobson en 1895 fue
más allá que su antecesor Booth en este proceso de construcción del desempleo
como problema social, pues sostuvo que este no podía explicarse a partir de las ca-
racterísticas personales de los desempleados. Beveridge continuaría este camino,
para firmar que el estudio del desempleo debía abandonar cualquier preocupación
por los factores individuales, pues en cada caso particular confluía una multiplicidad
de causas inabordables para la ciencia. En consecuencia, la única clasificación po-
sible era una que partiera de las causas del desempleo como fenómeno social.
En este punto, explica Topalov, puede observarse la emergencia de un nuevo
(y tercer) régimen de la mirada. La novedad no radicaría ni en la apelación a leyes, o
a “lo social”, ni a la existencia de clasificaciones objetivantes (que ya aparecían en
las encuestas de Booth). No sólo se prescinde de un estudio del comportamiento de
cada individuo, sino también del de cualquier grupo de individuos categorizados de
un modo particular. El objeto de intervención sería el de las leyes objetivas de un
fenómeno social cuya existencia se mostraba independiente de sus manifestaciones
individuales. Explicar lo social por lo social e intervenir en lo social con la lógica de lo
social, ese era el objetivo.
El modo más claro de dar cuenta de este pasaje de una mirada reformadora-
clasificadora-objetivante al de una mirada propiamente sociológica es observar el
desarrollo de la estadística asociada a la medición del desempleo.
Tal como muestra Topalov, junto con la enumeración local de los desemplea-
dos hacia fines de siglo, aparecerían diversos intentos de producir censos naciona-
17
En su trabajo, Topalov muestra que el papel de los sindicatos en la enumeración de la población
sin trabajo, hacía parte de una estrategia más amplia de conformación de espacios administrativos
orientados a la problemática del trabajo (las secretarías de trabajo) y la integración en ellos del movi-
miento obrero. Uno de los primeros lazos estables entre los nacientes ministerios y el movimiento
obrero eran los informes periódicos de nivel de actividad. Entre 1913 y 1921, una vez puesta en mar-
cha la estructura de los seguros, el estado prescindirá cada vez más de los sindicatos como agentes
de información.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —27—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
les de desempleo (1896 en Francia, entre 1890 y 1900 en Estados Unidos y más
tarde, en 1931, en Gran Bretaña). Estas propuestas se encontraban con una serie
de problemas de clasificación. Fundamentalmente, el de la delimitación de la “pobla-
ción activa”, por un lado, y del “asalariado”, a su interior. Si las encuestas locales de
sindicatos y asociaciones filantrópicas contaban con el conocimiento singular como
modos de determinar (de modo más o menos objetivo) la condición de un trabajador,
el ejercicio de traducir esta observación en un censo requería de la construcción de
definiciones para las que no había consenso o que eran difícilmente operacionaliza-
bles. Por ejemplo: ¿cómo medir la voluntariedad o involuntariedad de un trabajador
sin empleo? Sumadas a estas polémicas sobre la posibilidad de censar el desem-
pleo, también aparecerían discusiones en torno a la legitimidad de tales mediciones.
Las objeciones serían planteadas, fundamentalmente, desde dos perspectivas, la de
la filantropía y la de la economía política. Se generaba, de esta manera, una defensa
del trabajo de caso, de la mirada clínica a la que nos referíamos más arriba, única
capaz de develar algo de verdad sobre el fenómeno humano de la pobreza.
Más allá del fracaso de estos primeros intentos de cuantificación estadística,
el intento de construir al desempleo como una “tasa”, como un fenómeno colectivo
separado de sus manifestaciones individuales, tendría consecuencias epistemológi-
cas y prácticas. Este es uno de los aspectos fundamentales sobre los que llaman la
atención de Topalov en el proceso de objetivación del desempleo como fenómeno
social. Para dar cuenta de él, toma dos obras en particular: la de Max Lazard de
1908 (Le chomage et la profesión) y la de William Beveridge de 1909 (Unemploy-
ment. A problema of industry).
Si estos trabajos fueron importantes en la delimitación del desempleo como
fenómeno sui generis, el desarrollo que por entonces comenzaba a tener la estadís-
tica matemática lo sería otro tanto. Efectivamente entre la primera y la segunda dé-
cada del siglo veinte comenzaba a avanzar esta nueva rama de la matemática que,
a diferencia de la estadística administrativa, no se proponía contabilizar cada caso,
sino medir las variaciones relativas de variables macro. Así, por ejemplo Arthur Bow-
ley en 1912 construyó un índice de desempleo sin haber salido a contar un solo
desempleado. Por el contrario, realizó su trabajo a partir del procesamiento matemá-
tico de una serie heteróclita de datos: porcentaje de “sin trabajo” del Departamento
de Trabajo, las cifras de efectivos asalariados en determinadas industrias, etc. La
estadística matemática, por su propia lógica, generaba un impulso hacia la abstrac-
ción: la unidad, elemento necesario para contar, desaparecía, para dejar paso a una
magnitud construida sin otra propiedad más que la de variar como otra magnitud, y
sin otra función más que la de indicar el sentido amplio de sus variaciones relativas.
No se trataba ya de un conocimiento directo sobre las cosas (ni siquiera mediado
por otros agentes, como el de Booth), sino de un conocimiento indicial. El índice del
estadístico, nos dice Topalov, se parece al del detective o al del paleontólogo: ofrece
una medida de lo inaccesible.
Esta transformación de la mirada suponía una reconfiguración de los actores
encargados de observar el fenómeno del desempleo. La estadística administrativa
requería de la actividad de burocracias locales del estado civil, con saberes más o
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —28—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
CEIC [Link]
18
Justamente, a partir de 1970, el nuevo objetivo de estabilización de los precios relegará el desem-
pleo al plano de administración local, paradójicamente, en el contexto en que el desempleo aparece
como un fenómeno global.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —30—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
R EFLEXIONES FINALES
19
La última consideración que quisiéramos hacer está referida, justamente, a Georg Simmel. Aunque
ninguno de los reformadores, ni de los economistas, ni de los funcionarios cite su trabajo, temprana-
mente el sociólogo alemán daba cuenta de la diversidad de miradas sobre la pobreza, desde una
perspectiva sociológica. En su texto El pobre (1908), recorre distintas formas de la relación de asis-
tencia y entre ellas encuentra dos que conforman un interesante contrapunto: la caridad privada y la
asistencia pública. Esta última, tiene como objetivo garantizar la seguridad de la sociedad, fin para el
cual la asistencia al pobre resulta un mero medio. Esta forma de asistencia no se refiere al pobre,
sino a las causas de la pobreza. La beneficencia privada, en cambio, sí atendería a las singularidades
del pobre, pues uno de sus objetivos es el de distinguir los méritos de los asistidos. Simmel interpreta
sociológicamente esta diferencia, lo que le permite incluir el artículo al que nos referimos en una pre-
ocupación más amplia y abstracta sobre las formas sociales. No podemos extendernos más sobre
este punto.
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —31—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
siempre a lo mismo. Sin embargo, pareciera más oportuno hacer la advertencia con-
traria.
Efectivamente, como decíamos en la introducción, es llamativo el modo en
que ciertos análisis reproducen las autodefiniciones de los organismos internaciona-
les y los think tank respecto a la “revolucionaria novedad” de distintos modos de
comprender la pobreza o el desempleo. Pareciera estar operando cierto “afán de
novedades” que insiste en traer a la mesa viejos conceptos con historia como si es-
tuviéramos asistiendo a su nacimiento. Esta deshistorización de los conceptos es
fundamental como proceso que borra los ecos de discursos anteriores, refundando,
cíclicamente, viejas tácticas y discursos. Es probable que en este mecanismo sea
clave la lógica del campo de los especialistas de lo social que insta a los sujetos a
producir “novedades” constantemente para presentarlas en informes, congresos,
publicaciones, etc. Por otra parte, es igualmente probable que las ciencias sociales,
también impulsada por la lógica de reproducción de su propio campo, hayan exage-
rado estas supuestas “rupturas” en aras de producir sus propias “novedades”.
Reconducir el estudio de las políticas sociales a sus derroteros históricos,
como proponen los autores que hemos reseñados, nos permite tomar distancia de
esta perspectiva. Sobre todo, partir del carácter ambivalente de la fuerza de trabajo
(al que llegamos gracias a los análisis de Polanyi y Marx), que nos permite volver a
situar a la política social en el registro en el que se escribe su historia: el modo capi-
talista de producción.
R EFERENCIAS B IBLIOGRÁFICAS
CEIC [Link]
Protocolo para citar este texto: Grondona, Ana Lucía, 2009, “Reseña crítica (Varias Obras):
Pobres, indigentes y desempleados. Una reseña sobre las formas histórica de delimita-
ción”, en Papeles del CEIC (Revisión Crítica), vol. 2009/1, nº 6, CEIC (Centro de Estudios
sobre la Identidad Colectiva), Universidad del País Vasco,
[Link]
(c)
Ana Lucía Grondona
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —33—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
Resumen Abstract
Precariedad laboral: apuntes para una aproximación Work precariousness: notes on a sociological approach
sociológica a sus formas contemporáneas. to its contemporary ways.
La precariedad laboral se ha convertido en un rasgo que Work precariousness has become one of the most rele-
define el modelo de empleo español y así lo hacen vant Spanish employment pattern, which is corrobo-
constar diversos estudios publicados en los últimos años, rated by different studies published in recent years. In
sobre los que se realizarán algunos apuntes. Comprende this text we review those studies: Castillo (2005),
obras de Castillo (2005), Alonso (2006), Laparra (2007) y Alonso (2006), Laparra (2007), and Prieto, Ramos,
Prieto, Ramos, Callejo (2008). Callejo (2008).
Índice
Introducción ........................................................................................................................................ 34
Apuntes para una aproximación sociológica a las formas contemporáneas de la precariedad
laboral ................................................................................................................................................... 35
Para seguir reflexionando................................................................................................................. 39
Obras reseñadas................................................................................................................................. 40
I NTRODUCCIÓN
(c)
Elsa Santamaría López
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —34—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
Podemos anunciar que uno de los rasgos que definen la precariedad laboral
es su multidimensionalidad; por tanto, un aproximación a la misma desde diferentes
planos de análisis nos ayudará a interpretar de manera más adecuada este fenóme-
no oscuro, escurridizo y rico en matices.
Proponemos, a partir de la selección de estudios mencionada, al menos tres
planos de análisis: desde un plano socioeconómico, la precariedad responde a
dinámicas productivas y empresariales que fragmentan el proceso de trabajo y las
relaciones laborales y cuartean la calidad del empleo; desde un plano socioestructu-
ral, la precariedad equivale a poner en duda los pilares básicos que contribuyen a la
cohesión social y desde un plano experiencial, la precariedad se equipara a la incer-
tidumbre, a la inseguridad y a la falta de protección, no sólo de las condiciones de
trabajo sino también de las condiciones de vida.
(c)
Elsa Santamaría López
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —35—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
Las preferencias por investigar desde uno u otro plano son evidentes, pero no
se trata de planos independientes, al menos no deberían serlo, tan sólo se presen-
tan separados como forma de ordenar un mapa complejo sobre la cuestión de la
precariedad laboral.
La investigación que dirige Castillo (2005) nos describe las consecuencias de
un modelo económico de acumulación flexible y globalizado como el actual, a partir
de estudios de caso de procesos laborales en sectores productivos, industriales o de
servicios, distribuidos por la geografía del Estado español. Algunos de esos casos se
refieren a procesos de producción de automóviles, servicios logísticos, al trabajo de
las mujeres en la confección de ropa y en la comercialización de cítricos, a formas
de trabajo en call centers, en el sector turístico y a procesos de calidad total. Es des-
tacable el trabajo empírico en el que se basan los casos estudiados, pero sobre todo
el esfuerzo por comprender cómo realidades laborales específicas se encuentran
inmersas en procesos económicos que van de lo local a lo global y viceversa.
A través de estos casos, podemos acercarnos a la precariedad en los proce-
sos de trabajo y los efectos que ésta tiene sobre las condiciones en las que se reali-
zan las actividades laborales. Las denominadas prácticas de flexibilización laboral
ajustadas a una producción y unos servicios just in time, traen consigo procesos de
dependencia y explotación de las personas trabajadoras. Asimismo, las prácticas
empresariales de externalización y subcontratación de ciertas actividades laborales
son mecanismos que propician condiciones precarias de empleo. Independiente-
mente de las particularidades de cada sector económico, de cada mercado de traba-
jo y del perfil de trabajadores y trabajadoras de cada caso, el panorama que se nos
presenta es el de la fragmentación, individualización y concentración del control ca-
da vez más pronunciada de los procesos de trabajo.
De la precariedad en los procesos de trabajo, más pegados a la actividad la-
boral, pasamos a la precariedad en el empleo, más cercana la dinámica del mercado
laboral, para lo cual recurrimos al intento de Laparra (2006) de delimitar la categoría
de “empleo precario”. Este estudio se basa en dos investigaciones colectivas, una
con una perspectiva macro de análisis comparativo internacional entre cinco países
de la Unión Europea (Francia, Italia, Alemania, Reino Unido y España) y otra micro
localizada en los servicios sociales de Navarra.
Con la intención de operacionalizar la categoría de “empleo precario”, pero
reconociendo las limitaciones conceptuales y metodológicas de tal tarea, proponen,
desde una aproximación cuantitativa, ocho indicadores que definen lo que podría
denominarse “empleo precario”. Estos ocho indicadores son: llevar menos de un año
en el empleo, tener un contrato temporal, trabajar en horario asocial, recibir bajos
ingresos, malas condiciones físicas en el puesto de trabajo, sufrir acoso en el traba-
jo, bajo nivel de autonomía y bajo contenido intelectual del trabajo. Con estos indica-
dores llegan a la conclusión que el mercado de trabajo español, comparado con la
media de la Unión Europea, presenta una incidencia particularmente alta del empleo
precario.
(c)
Elsa Santamaría López
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —36—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
Aparte de estos indicadores laborales del empleo precario, también son signi-
ficativos los procesos políticos (negociaciones colectivas, reformas laborales y políti-
cas de protección, entre otros) que contribuyen a la instalación de ciertos niveles de
precariedad en los mercados laborales. La precariedad que se ha instalado en el
mercado de trabajo español responde en parte a la desregulación de las relaciones
laborales sufridas desde mediado de los años ochenta. Los poderes públicos tienen
por tanto capacidad para intervenir en los procesos de precariedad, tanto contenién-
dola como fortaleciéndola, ya que influyen en las prácticas empresariales a través de
la legislación laboral, intervienen en los términos en los que se realizan las negocia-
ciones colectivas, regulan la protección social e incluso, como empleadores, inter-
vienen en la generación de empleo, un empleo muchas veces precario.
Pasamos a un plano de análisis más específicamente socioestructural y de la
mano de Alonso (2007) reflexionamos sobre el lugar del trabajo en la vida social
contemporánea a la luz de los cambios acontecidos en las últimas décadas. La
fragmentación e individualización de los mercados de trabajo, la heterogeneidad de
las relaciones laborales y de los modelos biográficos junto a unas transformaciones
políticas que difícilmente consiguen mantener cuotas de bienestar hacen visibles los
límites de la ciudadanía laboral. Este diagnóstico nos sitúa ante lo que el autor
anuncia como la crisis de la ciudadanía laboral. Este plano de análisis nos permite
acercarnos a un sentido de la precariedad que se encuentra instalado en la propia
estructura social. Precariedad que tiene que ver con la desarticulación de los resor-
tes institucionales y colectivos que convirtieron al empleo en el principal integrador
social, esto es, en el eje central sobre el que se construyó el modelo de ciudadano
que hoy en día reconocemos como legítimo poseedor de deberes y derechos socia-
les.
La transformación de una sociedad vertebrada por un poder inclusivo del em-
pleo puesto cada vez más en cuestión, ha repercutido no sólo en la composición y
prácticas de los sujetos implicados, sino también en el propio Estado. De la centrali-
dad de demandas como el aumento salarial y las mejoras en las condiciones labora-
les, donde el Estado tuvo que organizar instituciones y definir instrumentos de acción
para intervenir en los conflictos laborales y en las repercusiones del desempleo, se
está dando paso a planteamientos que establecen como necesaria la articulación de
políticas de redistribución y de reconocimiento, para la precariedad.
La fragilidad, la inseguridad y la desprotección sociolaboral fruto de la preca-
riedad del empleo, entendido éste como una relación social, tiene consecuencias
sobre la construcción del tejido social y sobre la capacidad de intervención y de ac-
ción colectivas. Desde esta perspectiva, la precariedad laboral no es analizada como
el resultado de un desajuste en el proceso de trabajo ni como resultado de un fun-
cionamiento perverso del mercado laboral, sino como un mecanismo central del ciclo
disciplinario postfordista (2005:240); es por eso, que la precariedad así entendida, se
traslada al centro de la cuestión social, generando solidaridades, integraciones y
ciudadanías también precarias.
Por último, atendemos a otro plano de análisis de la precariedad esta vez, a
partir de la investigación coordinada por Prieto, Ramos y Callejo (2008) sobre las
(c)
Elsa Santamaría López
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —37—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
(c)
Elsa Santamaría López
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —38—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
La brevedad que requieren unos apuntes como los que aquí se presentan, tan
sólo nos permite situarnos sobre pistas e indicios por dónde seguir reflexionando.
Estos apuntes se mantienen sobre presupuestos teóricos y empíricos demasiados
alejados y nos sitúan en escenarios también demasiado dispares, pero sin embargo
creemos que pueden resultar complementarios para una aproximación sociológica a
las formas contemporáneas de la precariedad laboral.
Cuál sea la respuesta que la sociología de al fenómeno de la precariedad no
es cuestión sencilla, más que nada porque la interpretación de este fenómeno no
guarda entre sí, como hemos podido comprobar, la homogeneidad que se le supone
a una respuesta única, será, más bien, la combinación de enfoques y escenarios la
que obligue a plantear(nos) el papel de la precariedad laboral y, con ello, el papel
que juega el análisis sociológico sobre la misma.
Un análisis —valga la expresión— precario, principalmente, porque debe des-
arrollarse siendo consciente de las limitaciones de analizar una dinámica más bien
disipativa (que se caracteriza por sus múltiples formas y por que se mueve en distin-
tos planos) como es la de la precariedad laboral. Limitaciones que afectan tanto a la
capacidad de conocer como a la capacidad de ver rasgos precarios que siempre han
estado ahí, vertebrando las relaciones capital-trabajo, pero marginales por conside-
rarse aspectos residuales del sistema capitalista, y también rasgos precarios más
contemporáneos que ya no quedan relegados ni a las periferias ni a los márgenes
del mercado laboral sino que se encuentran en la propia dinámica económica y labo-
ral.
Es por eso que hay interpretaciones que olvidan determinados rasgos preca-
rios y mientras que otras interpretaciones denominan como precario aquello que sólo
lo parece. Los marcos interpretativos de la precariedad laboral deben ir, por tanto, en
busca de conocer tanto sus causas como sus consecuencias y desarrollarse tanto
en la vertiente material (sobre el acceso a recursos) como en la vertiente subjetiva
(conformación de identidades), lo que complejiza más si cabe la tarea sociológica.
Viejas y nuevas preguntas se presentan, entonces, ante la cuestión de la pre-
cariedad laboral: ¿es la precariedad laboral un efecto residual de la práctica econó-
mica o en todos los mercados de trabajo se (re)producen rasgos precarios?, ¿es lo
precario algo contingente o es el escenario en el que se trabaja y se vive?, ¿pode-
mos hablar de una cultura de la precariedad laboral20?, ¿en qué sentidos? Tratar de
responder a estas preguntas obliga a volver la mirada sobre la (con)formación y
transformación del mundo del trabajo y sobre sus límites; entre otros los que esta-
20
Un intento de definir algo así como una “cultura de la precariedad” lo encontramos en el monográfi-
co de la Revista Sociedad y Utopía nº 29 (2007), en el que desde una perspectiva interdisciplinar, ya
que se encuentran textos de economistas, sociólogas, juristas, historiadores y politólogos, sitúan en el
centro de la problemática del mercado laboral, el tema de su precarización del empleo y se interrogan
sobre los efectos perversos de esa precariedad como una pauta cultural instalada en lo social.
(c)
Elsa Santamaría López
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —39—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
blecen las fronteras entre lo que es un empleo de calidad y lo que es un empleo pre-
cario, así como los que perfilan los procesos de estratificación y segmentación socio-
laboral contemporáneos.
Será necesario nutrir con argumentos de otras áreas de las ciencias sociales
como la antropología, el derecho, la historia, la economía, la ciencia política y la psi-
cología cualquier “caja de herramientas” que queramos componer, con la que acer-
carnos al fenómeno de la precariedad.
La selección de planos y escenarios aquí expuestos, no agota la problemática
sociológica de la precariedad laboral, menos aún cuando detrás del consenso acer-
ca de su importancia y relevancia como rasgo del modelo de empleo español, abun-
dan los desacuerdos en la interpretación a cerca de las causas que la generan y de
los efectos que es capaz de provocar.
Asimismo la dispersión de contenidos y dimensiones de la precariedad laboral
y las limitaciones de la sociología para asirla como proceso escurridizo que es,
hacen de la misma un espacio ineludible en el que seguir profundizando e investi-
gando.
O BRAS RESEÑADAS
(c)
Elsa Santamaría López
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —40—
Papeles del CEIC (Revisión Crítica) vol. 2009/1, marzo 2009 (ISSN: 1695-6494)
CEIC [Link]
Protocolo para citar este texto: Santamaría López, Elsa, 2009, “Reseña crítica (Varias
Obras): Precariedad laboral: apuntes para una aproximación sociológica a sus formas con-
temporáneas”, en Papeles del CEIC (Revisión Crítica), vol. 2009/1, nº 6, CEIC (Centro de
Estudios sobre la Identidad Colectiva), Universidad del País Vasco,
[Link]
(c)
Elsa Santamaría López
(c)
CEIC, 2009, de esta edición —41—