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1. LA RECEPCIÓN DEL DERECHO INTERNACIONAL POR LOS ORDENAMIENTOS INTERNOS
El planteamiento doctrinal de las relaciones entre el ordenamiento jurídico internacional y el
interno ha tenido cierta importancia en la ordenación positiva de dichas relaciones.
Simplificando, podemos observar dos grandes teorías: la dualista y la monista.
Para la dualista, cuyos autores representativos son Triepel y Anzilotti, el Derecho internacional y
el derecho interno son dos órganos jurídicos diferentes y separados en cuanto al proceso de
formación, al contenido material y a la fuente de creación. Las consecuencias prácticas de esta
posición dualista o de separación de los ordenamientos son dos: 1) una norma internacional no
puede ser directamente obligatoria en el orden jurídico interno; los destinatarios son los Estados
que han prestado su consentimiento, por lo que como los órganos internos sólo aplican las
normas internas, para que un Tratado internacional sea aplicable en el orden interno deberá ser
transformado en norma interna mediante un acto del legislador; 2) como el Tratado se
transforma en norma interna, la norma posterior puede derogar o modificar la norma anterior.
Para la monista, cuyas escuelas más representativas son la escuela normativista y la escuela
sociológica, el Derecho internacional y el derecho interno son un sólo sistema: hay una unidad
en el ordenamiento jurídico. El problema reside en saber si la norma fundamental es la norma
internacional o la norma interna. A partir de 1934 defendió que la norma fundamental reside en
el D.I. Sostiene que el derecho interno es un orden derivado respecto del D.I.; es el orden
internacional el que reconoce poder a los sujetos estatales para crear normas jurídicas, por lo
que la juridicidad y obligatoriedad del derecho interno depende de su conformidad con la norma
fundamental El monismo es una posición coherente y tiene mejor técnica jurídica: el Estado no
puede desconocer internamente las normas que ha generado externamente. Como veremos es
la tradicional posición de España, reafirmando el principio constitucional de congruencia.
2. LA RECEPCIÓN Y LA JERARQUÍA DEL DERECHO INTERNACIONAL EN EL DERECHO
CONSTITUCIONAL COMPARADO
2.1. La posición de los ordenamientos internos respecto al derecho internacional general
La Constitución alemana proclama la adopción automática al ordenamiento interno del Derecho
internacional general. Por su parte, las constituciones francesa e italiana adoptan una postura
similar. El valor jurídico de los preceptos en los que estas constituciones regulan esta materia es
declarativo, al reconocer una adaptación automática de los ordenamientos jurídicos internos al
Derecho internacional general. Son, en definitiva, normas declarativas de reconocimiento
expreso de las conductas a las que habrán de ajustarse los Estados.
No obstante, dicha conducta también deberán observarla los restantes Estados, aunque no lo
hayan reconocido dentro de sus constituciones. Es decir, todos los Estados, en su calidad de
sujetos de Derecho Internacional, están obligados a la observancia del Derecho internacional,
dadas las obligaciones que éste impone en la materia.
2.2. La posición de los ordenamientos internos respecto al Derecho internacional convencional
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La Constitución francesa de 1958: supone que el tratado tiene una autoridad superior a la de la
ley interna y que pueden ser aplicados dentro del ámbito interno, una vez que hayan sido
ratificados o aprobados y también publicados. Así pues, la posición del ordenamiento jurídico
francés es monista, aunque moderada al exigir la publicación para la recepción en el derecho
interno y se proclama la primacía del tratado sobre la ley francesa, anterior o posterior al
tratado. En caso de conflicto con un tratado en vigor, las autoridades administrativas y judiciales
están obligadas a dejar inaplicadas las leyes anteriores o posteriores que contradigan un
tratado.
La Constitución holandesa de 1983: se trata de un sistema dualista moderado, porque la
recepción del Derecho Internacional convencional en el Derecho neerlandés se hace mediante
su transformación en ley interna, si bien el tratado tiene una fuerza superior a la ley.
La Constitución italiana de 1947. La recepción de los tratados en su orden jurídico exige el
procedimiento de adattamento o transformación del tratado en una norma jurídica interna .
Luego, el tratado internacional en el Derecho italiano tendrá el rango de una ley (si la materia
objeto del tratado es competencia del Parlamento italiano) o de un decreto (si la materia es
competencia del ejecutivo). Dicha ley o decreto produce la transformación del tratado en una
norma de derecho interno de idéntico contenido y que tendrá la misma jerarquía que la norma
interna que operó su transformación, pudiendo derogar normas internas de igual rango que le
sean incompatibles, de la misma forma que el tratado, en cuanto ley o decreto interno, puede
sufrir derogaciones por normas internas posteriores de igual rango.
La propia jurisprudencia internacional ha sostenido invariablemente el postulado de la primacía
del Derecho internacional. Esta primacía no se sustenta en las constituciones de los Estados
miembros, sino en la naturaleza y caracteres específicos del propio Derecho internacional y de la
Comunidad Internacional. Todo Estado, independientemente de los preceptos constitucionales,
como miembro de la Comunidad Internacional, está obligado a respetar sus compromisos
internacionales. La Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas han mantenido de
forma constante que “el Derecho interno no puede prevalecer ni sobre las obligaciones de un
Estado según el Derecho internacional consuetudinario ni sobre sus obligaciones según el
Derecho internacional convencional” y, en consecuencia, “un Estado no puede invocar frente a
otro Estado su propia Constitución para sustraerse a las obligaciones que le impone el Derecho
internacional o los tratados en vigor”. La primacía de los Tratados internacionales jamás ha sido
justificada por la jurisdicción internacional en las Constituciones estatales. Los propios Estados
han corroborado este principio general del Derecho relativo a la no invocabilidad del derecho
interno frente al tratado internacional, ligado íntimamente al principio pacta sunt servanda, en
el Convenio de Viena sobre el Derecho de los Tratados.
3. LA RECEPCIÓN DEL DERECHO INTERNACIONAL EN EL DERECHO ESPAÑOL
3.1. La recepción del Derecho internacional general
La CE no dice de forma expresa cuál es la posición del Derecho español en relación con el
Derecho Internacional General. Ante casos similares, la doctrina iusinternacionalista europea
trata de explicar la ausencia de una recepción formal del Derecho internacional general, por la
existencia de una norma tácita de adopción automática de las normas consuetudinarias en todo
orden jurídico interno. Tal recepción automática se produce desde el momento de cristalización
de la costumbre en la Comunidad Internacional, salvo oposición manifiesta de España en el
momento de su formación. En efecto, todo Estado, por el hecho de serlo, implícitamente está
obligado a respetar y a hacer respetar las normas consuetudinarias. Lo que obliga al Estado
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internacionalmente, le obliga internamente por exigencia lógica del principio de congruencia
entre la actividad interna y externa del Estado. Por ello, salvo norma constitucional en contrario,
se considera que todo ordenamiento posee una norma tácita de recepción automática que se
funda en el propio orden jurídico internacional.
Algunos apoyos específicos permiten entrever un reconocimiento muy genérico del
ordenamiento internacional general:
a) En el preámbulo de la CE al enunciarse el principio orientador de la actividad exterior del
Estado, se proclama la voluntad de España de colaborar en el fortalecimiento de “unas
relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la tierra”, y estas
relaciones se hallan regidas, en ausencia de tratados, por el Derecho Internacional General.
b) En el art. 96.1 CE hay una recepción automática, aunque parcial “de las normas generales del
Derecho Internacional” en relación con el proceso de conclusión de los tratados: un tratado
internacional no puede ser derogado, modificado o suspendido en España más que conforme
a las normas del propio tratado «o de acuerdo con las normas generales del Derecho
internacional”.
c) En el art. 10.2 CE se remite, para la interpretación de las normas relativas a los derechos
fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce, inter alia, a la Declaración
Universal de Derechos Humanos, que no es un tratado.
d) En el art. 21.2 de la LOPJ hace otra remisión amplia al Derecho internacional general en
materia de inmunidades jurisdiccionales del Estado extranjero.
Por lo que se refiere a la jerarquía del derecho consuetudinario, el art. 96.1 CE sitúa en el
mismo plano a las normas consuetudinarias y convencionales: luego, tienen jerarquía superior
a las leyes.
3.2. La recepción del Derecho internacional convencional
La recepción del Derecho internacional convencional en el ordenamiento español viene regulada
constitucionalmente en el párrafo primero del art. 96.1 CE, que establece que “Los Tratados
internacionales válidamente celebrados, una vez publicados oficialmente en España, formarán
parte del ordenamiento interno.” Por su parte, el art. 1.5 CC establece que “Las normas jurídicas
en los Tratados internacionales no serán de aplicación directa en España en tanto no hayan
pasado a formar parte del Ordenamiento interno mediante su publicación íntegra en el BOE ”. En
este precepto, figuran dos precisiones de interés en relación al art. 96.1 CE: se concreta la
publicación en el BOE y se inserta el término “aplicación directa”.
Las normas contenidas en los Tratados obligan a España desde su entrada en vigor en el orden
internacional en la fecha pactada por las Partes. En cuanto tales tratados son fuente directa y
plenamente eficaces en el Derecho interno una vez publicados oficialmente, siendo susceptibles
de crear por sí mismos derechos y obligaciones directamente exigibles por los particulares e
invocables ante los órganos judiciales y administrativos (disposiciones self-executing o
directamente aplicables).
El art. 96 de la C.E. mantiene así la solución tradicional de la posición monista en las relaciones
entre el Derecho Internacional y el Derecho interno, aunque es un monismo «moderado» pues
se exige la publicación oficial del tratado. Como sistema monista o de unidad de ordenamientos
no puede admitir una disociación entre la vigencia internacional de la norma y la vigencia
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interna. Hay una necesidad de coherencia en la actuación del Estado, en tanto que persona o
sujeto de Derecho Internacional y persona o sujeto de Derecho interno. Por ello, la exigencia de
publicidad oficial del Tratado debería materializarse antes o simultáneamente a su entrada en
vigor.
La publicación se llevará a cabo mediante la inserción del texto íntegro del Tratado en el BOE
(incluidas, en su caso, las reservas o declaraciones formuladas, y cualquier otro documento
anejo al tratado o complementario del mismo). También si el consentimiento se hubiere
prestado mediante ratificación o adhesión haciendo constar, en su caso, si se recabó la
autorización de las Cortes Generales en los casos exigidos por los artículos 93 y 94.1 de la C.E.
Cerrando la publicación del Tratado tiene que constar una comunicación suscrita por el
Secretario general técnico del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación en la que se
indica la fecha en la que el tratado obliga a España. Cualquier variación (nuevos Estados Partes,
modificaciones, denuncias, etc.) tiene que publicarse en el BOE.
La publicación oficial es una condición para la aplicación directa de la norma internacional como
condición de oponibilidad. La plena eficacia del tratado se logra con la publicación oficial del
mismo, y así permite la invocación de los derechos y obligaciones contenidos en el Tratado en
las relaciones entre los particulares y en las relaciones de éstos con las Administraciones
públicas, es decir, la plenitud de efectos; pero la falta de publicación de un Tratado en vigor no
excluye que el tratado surta otros efectos jurídicos. La falta de publicación oficial no podrá ser
invocada por la Administración del Estado «como justificación del incumplimiento de un
tratado».
La publicación es un acto material que permite dar a conocer su contenido, ya sea para invocar
los derechos que pueda crear como para exigir a los particulares las obligaciones que imponga.
Un tratado no publicado en modo alguno puede crear obligaciones para los particulares; ni las
Administraciones públicas ni otros particulares pueden prevalerse de las disposiciones de un
tratado en vigor y no publicado para exigir su cumplimiento a otro particular, pues la falta de
publicación hace inoponible el tratado en vigor debido a una sólida razón basada en la seguridad
jurídica. Como las reservas forman parte del Tratado, la retirada de una reserva también debe
ser objeto de publicación en el BOE
Ahora bien, el particular puede reclamar ante las administraciones públicas, especialmente los
órganos administrativos relacionados con el contenido del tratado, aquellos derechos que el
tratado cree en su favor: la Administración del Estado no puede oponer como excusa para
aplicar un Tratado en vigor su propio incumplimiento (la falta de publicación) o su ignorancia. La
Administración del Estado no se puede desentender de las obligaciones internacionales que le
incumben directamente ante los particulares.
Bien distinto es la aplicación judicial de un Tratado no publicado oficialmente. En el caso de
invocación de un Tratado ante un juez o Tribunal las dificultades serían mayores pues éstos no
pueden aplicar tratados que no han sido publicados oficialmente. El TC ha confirmado que «los
Tribunales españoles no pueden aplicar un precepto convencional que no se ha integrado en
nuestro Derecho, especialmente si con él resulta afectado un derecho fundamental de los
particulares como es la libertad» . Esa falta de publicación es «un anormal funcionamiento de los
servicios públicos» y si se demuestra el daño causado al particular, por la imposibilidad de
aplicar un tratado en vigor y no publicado, daría lugar a la responsabilidad patrimonial de la
Administración.
Cuando el tratado se publique en fecha posterior a su entrada en vigor para España, deberían
retrotraerse sus efectos a aquella fecha.
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Concluyendo, los tratados internacionales en vigor para España forman parte del ordenamiento
interno en cuanto tales tratados, en el sentido de que ni la eventual autorización de las Cortes ni
su deseable inmediata publicación en el B.O.E. los transforma en normas internas.
4. LA JERARQUÍA DE LOS TRATADOS EN EL DERECHO ESPAÑOL
Al integrarse en el Derecho español, el tratado internacional conserva su naturaleza de norma
internacional y su especial eficacia jurídica. En cuanto tal norma internacional, su primacía sobre
el derecho interno se sustenta en el propio Derecho Internacional y no depende de un
reconocimiento al efecto por parte de la CE. Todo Estado, como miembro de la Comunidad
Internacional, está obligado a respetar sus compromisos internacionales aceptando la superior
jerarquía del Derecho Internacional, independientemente de los preceptos de su ordenamiento
interno. Si un Estado dejara de aplicar un tratado, aplicando disposiciones contrarias de una ley
interna, comete un hecho ilícito internacional e incurriría en responsabilidad internacional ante
la otra u otras Partes del Tratado.
Si bien la CE no declara de modo directo la primacía del Derecho internacional convencional,
dicha primacía se afirma de forma indirecta, pero inequívoca, en el párrafo final del art. 96.1 CE:
“Sus disposiciones sólo podrán ser derogadas, modificadas o suspendidas en la forma prevista en
los propios Tratados o de acuerdo con las normas generales del Derecho internacional.».
Conforme al mismo, un tratado no puede ser modificado, derogado o suspendido de forma
unilateral, por ejemplo, por una ley de Cortes o por una ley autonómica o por un Decreto-Ley,
sino mediante la voluntad concertada de los Estados Partes que concurrieron en el mismo. En
consecuencia, las leyes internas quedarían inaplicadas en caso de contradicción con un Tratado
en vigor para España.
4.1. Las relaciones entre Constitución y Tratados y el control de la constitucionalidad de los
Tratados
Existen diversos mecanismos para solventar las diferencias entre los tratados y la Constitución:
En primer lugar, el propio ordenamiento internacional ofrece el mecanismo de las
reservas para salvar situaciones de conflicto con el Derecho interno.
En segundo lugar, si no se puede hacer uso de las reservas y se duda de la conformidad
de un tratado sobre el que se proyecta manifestar el consentimiento, la CE ha previsto en el
art. 95.2 la posibilidad de un control previo de constitucionalidad de los tratados
internacionales. Si hubiera que reformar la CE (arts. 166 a 169) para poder ser Parte del
Tratado, se está evidenciando que, en tal situación límite de conflicto, el ordenamiento
constitucional cede ante el interés tutelado por la norma de Derecho Internacional. También
significa que, ya sea mediante el control previo de la constitucionalidad de los tratados (art.
95), ya sea mediante el control a posteriori (art. 161), los Tratados deben respetar y
conformarse a la CE. En este sentido, un Tratado que ya formase parte de nuestro
ordenamiento interno, podría ser objeto de un control de constitucionalidad por parte del TC
mediante el recurso de inconstitucionalidad y la cuestión de insconstitucionalidad.
El control de constitucionalidad corresponde exclusivamente al TC, que no puede declarar la
nulidad del Tratado como lo hace respecto de la Ley. Debe entenderse que lo declara
inaplicable (nulidad puramente interna), pues la nulidad de un Tratado sólo puede fundarse
en las causas previstas en el Derecho Internacional y no puede ser declarado unilateralmente
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por una de las Partes. Ahora bien, no aplicar el Tratado significaría incurrir en responsabilidad
internacional. En estos casos, España tendría varias opciones, aunque nada fáciles.
o Por un lado, si la sentencia del TC constata la inconstitucionalidad del
procedimiento seguido para la manifestación del consentimiento, esa sentencia sobre la
inconstitucionalidad extrínseca o externa permitiría a España alegar internacionalmente la
nulidad del tratado, siguiendo el procedimiento previsto en los arts. 65 a 68 del Convenio
de Viena. Pero también se podría subsanar el vicio del consentimiento iniciándose
nuevamente, de forma correcta, el procedimiento previsto en nuestra CE para la
prestación del consentimiento.
o Por otro, si la sentencia del TC constata el conflicto entre el Tratado y la CE por
motivos sustanciales o inconstitucionalidad intrínseca o interna, cabría entre varias
opciones:
a) Concertarse con la otra u otras Partes para dar por terminado o suspendido,
total o parcialmente, el Tratado.
b) Modificarlo de común acuerdo en el punto en cuestión.
c) Si el tratado lo permite podría denunciarse, aunque la denuncia no surtiría
efectos hasta agotado el plazo de preaviso, haciendo frente en todo caso a la
responsabilidad internacional a que hubiese lugar por el período de inaplicación.
d) También se podría iniciar el procedimiento de reforma de la Constitución a fin
de hacerla compatible con el Tratado y, al eliminarse el conflicto con la Constitución, el
tratado podría aplicarse plenamente.
4.2. La práctica judicial española en la aplicación de los Tratados
Son muy numerosas las sentencias de nuestros Tribunales, en especial del TS, en las que se
muestra de forma constante en el tiempo el arraigo de su jurisprudencia favorable a la
recepción automática y al superior rango de los Tratados sobre la ley, utilizando una
interpretación coordinada de los arts. 96 CE y 1.5 CC. Por su parte, no es cierto que el art. 95.1
de la Constitución confiera fuerza supraconstitucional a los Tratados; al contrario el art. 95.1 CE
confirma que ningún Tratado puede ser contrario a la CE, por lo que se prevé un control previo
de constitucionalidad para impedir la prestación del consentimiento por España, salvo que se
revise la CE.
4.3. La eficacia interpretativa de los Tratados internacionales en España
El art. 10.2 CE establece que “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las
libertades que la Constitución reconoce, se interpretarán de conformidad con la Declaración
Universal de los Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas
materias ratificadas por España”.
El anterior precepto aporta una innovación importante. Significa que los tratados
internacionales sobre derechos humanos celebrados por España suministran criterios de
interpretación de la propia CE y del conjunto del ordenamiento jurídico español, que han de ser
tenidos en cuenta por todas las Instituciones del Estado y, en especial, por los órganos
administrativos y judiciales.
No obstante, es importante distinguir la función interpretativa que cumple este art. 10.2 CE
frente a la función integradora o de recepción que se opera en el art. 96 CE. De forma genérica,
el TC ha visto en esos tratados sobre derechos humanos una fuente de inspiración del conjunto
del derecho positivo español ya que «los derechos fundamentales responden a un sistema de
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valores y principios de alcance universal que subyacen a la Declaración Universal y a los diversos
convenios internacionales sobre derechos humanos, ratificados por España, y que, asumidos
como decisión constitucional básica, han de informar todo nuestro ordenamiento jurídico». El
art. 10.2 obliga, pues, a interpretar los derechos contenidos en la CE de acuerdo con el
contenido de los Tratados sobre derechos humanos de los que España sea parte, de modo que
en la práctica este contenido se convierte en cierto modo en el contenido constitucionalmente
declarado de los derechos y libertades que enuncia la CE.
5. EL DESARROLLO Y LA EJECUCIÓN DE LOS TRATADOS INTERNACIONALES Y LA RESPONSABILIDAD
INTERNACIONAL DE ESPAÑA
La aplicación de los tratados internacionales compete a todas las Instituciones del Estado:
legislativo, ejecutivo y judicial, tanto en el orden estatal como en el autonómico.
5.1. Disposiciones directamente aplicables
En coherencia con la recepción automática de los tratados internacionales de los que España es
parte, las disposiciones directamente aplicables (self- executing) de tales tratados, es decir, las
que no estén condicionadas a un desarrollo legislativo o reglamentario, engendran derechos y
obligaciones para los particulares, que los órganos administrativos y judiciales del Estado deben
proteger y aplicar. Es decir, si el contenido del tratado es suficientemente preciso e
incondicional (disposiciones directamente aplicables o self-executing) tendrá eficacia directa e
inmediata y afectará a los derechos y a las obligaciones de los particulares, debiendo asumir los
órganos judiciales y administrativos del Estado y de las Comunidades Autónomas la vigilancia,
aplicación y protección de los derechos y obligaciones establecidos por el tratado.
5.2. Disposiciones condicionadas a un desarrollo legislativo o ejecutivo
En ocasiones los tratados o parte de sus disposiciones no pueden ser aplicados directamente
(disposiciones not self-executing). En estos casos, estos tratados o disposiciones precisarán de
un desarrollo legislativo, que corresponderá a las Cortes Generales o al legislativo autonómico
(cuando afecte a la competencia de una Comunidad Autónoma) si la materia a la que se refiere
el tratado es objeto de reserva legal o exige modificación de leyes anteriores, o puede precisar
de un desarrollo reglamentario, que corresponderá al Gobierno de la Nación o al ejecutivo
autonómico.
Una situación distinta es la planteada por algunos convenios internacionales sobre derechos
humanos concluidos en la esfera de la O.N.U., como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos y la Convención sobre los Derechos del Niño. Están redactados creando aparentemente
obligaciones sólo para los Estados, por lo que en alguna ocasión el TS ha negado la protección de
determinados derechos bajo la errónea apreciación de que «son normas que imponen
obligaciones a los Estados partes, preceptos que no alcanzan a los particulares que son los que
conforman, como partes litigantes, el presente procedimiento». Si el TS hubiera razonado sobre
la naturaleza y el carácter de los derechos humanos en vez de hacer una interpretación
formalista fuera del heterogéneo contexto universal, hubiera concluido que al menos ciertos
derechos humanos que se declaran en el citado Convenio son inherentes al ser humano (como
la especial protección de la infancia), por lo que los textos internacionales se limitan a
declararlos y los Estados, incluidos los jueces, deben protegerlos.
5.3. Desarrollo y ejecución por las Comunidades Autónomas
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Las Comunidades Autónomas pueden asumir en sus Estatutos la ejecución de los tratados
internacionales que afecten a materias de su competencia. Aunque el art. 149.1.3.ª CE dice que
el Estado tiene competencia exclusiva en «las relaciones internacionales», dada su ambigüedad,
debe hacerse una interpretación sistemática basada en los principios que rigen la CE y en la
génesis del actual art. 149.1.3.a, entendiendo que este precepto da competencia exclusiva en la
proyección exterior de la actividad del Estado como son la conclusión de los tratados (ius ad
tractatum), la representación del Estado (ius legationis), dirección de la política exterior y
responsabilidad internacional.
Pero en la proyección interior de las relaciones internacionales, como es el caso de la aplicación
interna de los tratados, esa actuación del Estado está sometida a la CE que “reconoce y
garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y las regiones”, por lo que la
distribución interna de las competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas debe ser
respetada al aplicarse el tratado internacional. En este sentido, todas las Comunidades
Autónomas han asumido expresamente en sus Estatutos de Autonomía competencia de
desarrollo normativo y ejecución de los tratados internacionales en materia de su competencia.
5.4. Modalidades de la ejecución y responsabilidad internacional de España
La ejecución de un tratado internacional del que España es parte, es una actividad interna del
Estado, pudiendo corresponder a cualquiera de los poderes públicos estatales. Así pues, aunque
el segundo párrafo del art. 93 CE, de forma parcial y confusa, confía a las Cortes o al Gobierno,
según los casos, la garantía del cumplimiento de los tratados, es obvio que todos los poderes
públicos deben ejercer sus competencias para el correcto cumplimiento de los tratados.
Sin embargo, España, como Estado, asume la responsabilidad internacional por un eventual
incumplimiento del tratado y no importa qué institución o poderes del Estado haya violado el
tratado (puede ser un órgano legislativo, ejecutivo o judicial del Estado o de una Comunidad
Autónoma u otras entidades territoriales u organismos públicos). El incumplimiento del tratado
es un hecho ilícito internacional que se atribuye únicamente al Estado en su conjunto, debiendo
asumir éste la correspondiente responsabilidad internacional.