Por Carolina Reznik para Zibilia.
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Microteatro, como su nombre lo indica, es un ciclo de obras cortas. Esta experiencia
puede generar en el espectador dos cosas: o se engancha y el tiempo le pasa volando, o
no termina de entrar en el código y agradece la brevedad de la pieza. Estas opciones se
ven potenciadas por el hecho de que uno ve más de una obra y entonces las
comparaciones son inevitables. A continuación, la crónica de una aventura teatral.
El ciclo Microteatro surgió en el 2009, impulsado por un grupo de artistas, en la ciudad
de Madrid y al poco tiempo se extendió a lo largo del mundo. En el 2017 llegó a Buenos
Aires para instalarse en Palermo, en un espacio que cuenta con 6 salas pequeñas y un
bar. La propuesta consiste en obras de 15 minutos –en torno a diferentes ejes temáticos-
en un espacio de 15 metros cuadrados con no más de 20 espectadores.
A simple vista puede parecer solamente una propuesta diferente en cuanto a la duración
de las obras pero, lo cierto, es que es mucho más. Es una experiencia que interpela al
espectador ya sea desde la exigencia de que se mueva –subir para ver una obra, bajar al
finalizar y volver a subir para ver otra- hasta la incomodidad que genera el espacio
reducido de las salas en las que prácticamente los actores deben esquivar al público
mientras actúan. Además, uno se suele cruzar con la misma gente en las diferentes
funciones y se genera cierta confianza y hasta una charla.
Ya el hecho de planear qué obras ver es todo un desafío: armar el rompecabezas con los
diferentes horarios, que queden entre medio mínimo 30 minutos y, sobre todo, elegir
entre las 6 obras de cada sesión (de las cuales, las que no pertenecen a la sesión central
no están todos los días).
Esta peripecia se enmarca y se completa con una propuesta gastronómica. Arriba están
las salas y abajo un hermoso y amplio bar en el que se puede comer rico y tomar algo
mientras uno espera. Y, por altoparlante se van anunciando los comienzos de las
funciones, cada 5 minutos, lo que nos recuerda a un aeropuerto o a una terminal de
micros.
Es cierto, no a todos les gusta este happening posmoderno en el que el espectador se
mueve, las piezas son breves, hay ruido y, en muchos casos, vemos el detrás de escena
de una obra cuando estamos entrando a otra. Casi nada queda del tradicional rito de “ir a
ver una obra de teatro”. Pero, sin duda, hay que aplaudir las nuevas propuestas, en este
caso en materia de teatro. Sobre todo porque renuevan y ofrecen otra alternativa que
convive con la modalidad convencional.
Qué haya para todos los gustos, che.
Aquí, algunas “microcríticas” de las obras que vimos:
La repitente
Un instituto de clases de apoyo es el escenario de esta historia que derrocha ternura.
Una maestra infalible y una alumna que está a punto de volver a repetir emprenden una
aventura entre los contenidos de las materias que, además, las convertirá en amigas.
Ambientada en los 90, la puesta en escena no cae en exageraciones ni en chistes fáciles.
Por el contrario, las actrices transitan las situaciones con total naturalidad y no podemos
dejar de reconocer a una típica maestra y a una alumna adolescente. La risa y la
emoción que nos genera la pieza surge de una trama bien construida que, por más que
breve y sencilla, no deja de ser muy disfrutable.
Dirección y dramaturgia: Andrés Passeri
Actúan: Mayra Homar y Celina Passeri / Laura Berman.
Rompecabezas
Las historias entre vecinos siempre son un terreno fértil para lo absurdo y
Rompecabezas no es la excepción. Una vecina obsesionada convoca a sus vecinos. A
partir de ahí, el grupo se ve envuelto en un desafío obligado que tendrá un final trágico.
Las actuaciones -a tono con lo ridículo de la historia- son caricaturescas y exageradas, y
la caracterización de los personajes extravagante y artificial.
Si bien el final nos sorprende, la trama se agota al poco tiempo, igual que los recursos
cómicos. Sin duda una obra a la que le viene bien el formato breve.
Dirección y dramaturgia: Mariana Arrupe
Actúan: Gonzalo Amor, María de la Paz Pérez, Sara Calla y Andrea Guzzetti / Gabriela
Matz.
Germán de Dinamarca
¿Quién dijo que el vestuario de una canchita de fútbol no es un espacio propicio para
representar Hamlet? ¿Y quién dijo que todos los actores tienen que estar vivos? Germán
tenía un sueño y sus amigos lo ayudarán a cumplirlo a toda costa. El olor a átomo
desinflamante inunda el espacio, los espectadores ubicados en semicírculo somos el
público de la obra y, a la vez, el de adentro de la obra. Una parodia a una de las piezas
más clásicas de la historia del teatro que, como tal, se adapta y resemantiza en los
contextos más diversos. Si uno conoce Hamlet, no dejará de sorprenderse por esta
versión comprimida y futbolera. Y si uno no la tiene tan presente, no por eso dejará de
reírse y disfrutar esta delirante adaptación.
Dirección: Ezequiel Tronconi
Dramaturgia: Víctor Malagrino.
Actúan: Walter Cornás, Gonzalo Ruiz y Víctor Malagrino.
Cuentas claras
Una mesa con dos copas de vino. Una mujer que espera nerviosa, manda audios sin
parar a una amiga, anda de acá de para allá. Claro, seguramente tiene una cita romántica
y está ansiosa. Al poco tiempo llega él, contento. Su tranquilidad emocionada contrasta
claramente con el acelere de ella. Pero algo no anda bien o, por lo menos, ambos no
están en sintonía, no solo por la diferencia de ritmos. A medida que avanza la acción se
nos descubre una historia en la que nada es lo que parece.
La escena está prácticamente vacía, salvo por la mesa y un cuadro -al estilo Warhol- que
hace juego con el vestido de ella. La trama es vertiginosa, con diálogos acelerados,
verdades descubiertas y un final inesperado. Los actores realizan con talento un
contrapunto sumamente disfrutable sin el cual la obra no sería la misma. El espectador,
que por poco no respira ni pestañea, despierta de la ilusión con los aplausos finales. Una
obra de la que, sin duda, nos gustaría ver más.
Dirección: Pablo D'Elía
Dramaturgia: Sebastían Villar Rojas
Actúan: Cecilia Meijide e Ignacio Torres