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BASSOLS, Solidão

Este documento discute diferentes tipos de soledad y la distinción entre "estar solo" y "estar a solas". Explora cómo la experiencia analítica puede ser una forma de "estar a solas" sin "estar solo", confrontando al sujeto con una soledad más profunda relacionada con la falta del Otro y el goce femenino. También contrasta la soledad con el Otro de lo simbólico y una soledad más radical sin representación en el lugar del Otro.

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BASSOLS, Solidão

Este documento discute diferentes tipos de soledad y la distinción entre "estar solo" y "estar a solas". Explora cómo la experiencia analítica puede ser una forma de "estar a solas" sin "estar solo", confrontando al sujeto con una soledad más profunda relacionada con la falta del Otro y el goce femenino. También contrasta la soledad con el Otro de lo simbólico y una soledad más radical sin representación en el lugar del Otro.

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BASSOLS, SOLEDADES

Pero ¿de qué soledad se trata? El peregrino en cuestión, antes de ser


pasante, no parece en sus Soledades muy solo en realidad, más bien
demasiado acompañado por todos sus fantasmas. ¿De qué soledad se
trata entonces en estas soledades? Habría que distinguir aquí entre
“quedarse solo” y “estar a solas”. Y hay, en efecto, muchos lugares
multitudinarios en nuestra civilización donde uno puede estar muy solo sin
poder estar a solas fácilmente. (Un aeropuerto, por ejemplo, es un lugar
idóneo para estar solo sin poder estar a solas). En esta perspectiva, la
experiencia analítica es más bien una experiencia de estar a solas sin saber
muy bien con qué, pero no podría llevar al sujeto, menos al analista, a una
satisfacción en su soledad.
Mejor ahora Paul Valéry: “Un hombre solo está siempre en mala
compañía”, es decir, en compañía de su Yo o en compañía de unos otros en
los que buscará entonces encontrar el reflejo de su Yo. Difícil así estar a
solas. “¿Y una mujer?”, preguntará enseguida. ¿Una mujer sola está en
mejor compañía, más a solas en su soledad? En todo caso, si seguimos le
idea de Lacan en su Seminario XX, la mujer parece estar mucho más a
solas con el Otro en la medida que está en relación más directa con la
radical alteridad de su goce. Y es por ello que dirá, años después, que “las
mujeres son las mejores analistas, o las peores”, cuando este estar a solas se
puede volver insoportable… sin el Otro.
¿Cómo podríamos traducir entonces aquella otra frase de Lacan en la que
su famoso aforismo aparece modulado por otra soledad que la
autosuficiente: Seul l’analyste, soit pas n’importe qui, ne s’autorise que de
lui-même (Autres écrits, p. 308)? Dado que este seul condensa en francés
nuestro “solo” (el de la soledad, sin acento), el “sólo” (con acento,
equivalente a “solamente”), pero también el “a solas” que hemos
introducido aquí, proponemos la siguiente versión: “Sólo a solas el analista,
es decir no cualquiera, se autoriza en él mismo”.

SOLEDADES II

La soledad como sentimiento siempre miente un poco sobre la verdadera


pareja del sujeto, esa pareja que le acompaña inevitablemente como su
sombra, o mejor, que le acompaña bajo la sombra de su imagen narcisista.
Cuando alguien nos habla, en un tono más o menos quejoso, de su soledad
sabemos que no hay que creerle mucho, que en realidad se está
confrontando a lo insoportable de lo que le es más cercano, a lo
insoportable de su verdadera pareja.
Es en este sentido que he propuesto distinguir el sentimiento de soledad del
“estar a solas”. Siempre se está a solas con algo (con un libro, con uno
mismo, hasta con Dios), pero no necesariamente con alguien.
Tal vez la experiencia analítica sea la experiencia más verdadera de estar a
solas con… ¿con qué, precisamente? El “a solas” introduce una
presencia irreductible, que no pude negativizarse, esa presencia que la
enseñanza de Lacan escribe con el objeto a y que es finalmente, una
vez despojado de todas las identificaciones narcisistas, el lugar en el
que el sujeto puede, si quiere, reconocer a su verdadera pareja.
Encontrar la buena distancia con el objeto fue, por otra parte, el objetivo
analítico de una corriente sabiamente criticada por Lacan en los años
cincuenta, la así llamada corriente de “la relación de objeto”. El problema
es, precisamente, que no hay relación posible con el objeto, no hay relación
que pueda escribirse de manera recíproca para fundar esa buena distancia
entre unos y otros, esa buena distancia que sería el ideal de comunidad.
Así, la comunidad parecería condenada o bien a quejarse o bien a
satisfacerse en la soledad de sus miembros.
Es el precio de su dilución en las diversas formas del discurso del Amo que
hace sentir al sujeto, no sólo que él es único – lo que de hecho es siempre la
condición del sujeto dividido por el inconsciente - sino también y sobre
todo que él es el único. Creerse el único es, en realidad, la mejor manera
de no saberse solo, de no consentir al “estar a solas”. Y es precisamente
sobre la distinción entre el único (en francés, le seul) y el solo (seul) que
traducimos por el “a solas” que Lacan hace pivotar la relación del analista
con el acto analítico en dos densas páginas de su discurso a la EFP de 1967:
“no hay, - escribe ahí -, homosemia entre el único (le seul) y solo (seul)”.
MONJA
Se refirió a ella en varios momentos, por ejemplo en una de las versiones
de su “Proposición del 9 de Octubre”, donde recomendaba prestar toda la
atención a “la relación del sujeto con la [experiencia de la] Revelación”,
una experiencia en la que el “saber textual” del inconsciente tiene toda su
intervención. De esta experiencia de la Revelación Lacan escribe lo
siguiente: “No porque su valor religioso se haya tornado indiferente para
nosotros debe descuidarse su efecto en la estructura”[2]. Es llamativo que
Lacan llame “saber textual” al saber del inconsciente que tiene ese efecto
en la estructura. Se trata de un texto, de una letra, que debe ser leída.
Dirá —“la soledad no es un medio”— en lugar de lo quería decir —“la
soledad no es un fin”—. Tomémoslo en su valor de verdad, como el índice
de otra soledad que no se sabe a sí misma necesariamente. Hay otra soledad
que no es un medio pero que tampoco es un fin. O si me permiten decirlo
así, hay una soledad que es “un medio sin fin”, un medio infinito, un
espacio de soledad que no tiene bordes ni límites. Y no se trata en este
espacio, “medio sin fin”, de estar a solas con Dios para llegar a una fusión
mística como sucede en otros casos, sino de estar a solas con el Otro para
hacerlo hablar, para hacer hablar al Otro que no existe como tal, al Otro
que sólo se puede hacer existir por medio de la palabra.
Recapitulemos. Hay entonces la soledad como medio. Es una soledad sin el
otro de la realidad, sin  el otro con minúsculas, el otro de la realidad
familiar y social     al que el sujeto ha renunciado. Es una soledad que
puede autoabastece, sin embargo, en la esfera imaginaria del yo consigo
mismo.
Hay entonces una segunda soledad, una soledad que se abre al Otro con
mayúsculas, el Otro de lo simbólico. Es una soledad en la que el sujeto está
a solas con el Otro del lenguaje. Es una soledad acompañada por el Otro
del lenguaje.
Pero hay finalmente una tercera soledad, una soledad sin fin, por decirlo
así. Es la soledad ante la falta del Otro, una soledad que podemos llamar
real. El Otro se muestra aquí agujereado, el Otro tiene aquí la estructura de
un Toro. No es sólo una pequeña alteración del orden de las letras: del Otro
al Toro. El Toro es también la figura topológica, esa suerte de goma
neumática con un agujero central, que Lacan tomó para abordar la
estructura del ser que habla en relación al goce del Otro. Ante la falta del
Otro, ante el agujero del Otro, hay una soledad irreductible, es la soledad
del goce del Uno, sin representación posible.

La soledad de la esfera

No he escuchado a un sujeto que me hable de su soledad igual a la de otro.


En todo caso, podemos distinguir de entrada dos soledades. Hay una
soledad con el Otro, de la que por ejemplo hablaba ya D. W. Winnicott en
su clásico artículo “La capacidad para estar solo”. Es una soledad con un
Otro que él igualaba a la madre. Es incluso una soledad para el Otro. Y hay
una soledad sin Otro, una soledad más radical de hecho, sin representación
posible en el lugar del Otro. Es esta soledad la que encontramos
especialmente cuando el sujeto se confronta con el goce femenino, ese goce
sin representación significante, más allá del falo. Es la soledad a la que se
refiere Lacan , por ejemplo en su Seminario Aún, como una soledad de la
que nada sabemos, una soledad que es “ruptura del saber”.  Llega a decir
incluso algo más enigmático todavía: es la soledad “que de una ruptura del
ser deja huella”. 

El amor de transferencia es aquí lo que permite a la pulsión condescender,


por un “falso enlace” como calificaba Freud a la transferencia, al lugar del
Otro y a la pregunta por su deseo. Como dice el monstruo Chapalu, según
el párrafo de Apollinaire evocado por Lacan al final de su Seminario III:
“el que come ya no está solo.” Pues bien, el que come significantes en la
transferencia también deja de estar solo, hace representar en todo caso su
soledad en el lugar del Otro. Todos los analistas pueden dar cuenta de los
efectos terapéuticos de esta solución oral de la soledad. La paradoja es que,
por el hecho de que el analista no responde al amor de transferencia con el
espejismo de la contratransferencia, el sujeto puede confrontarse por ahí a
esa otra soledad a la segunda potencia a la que antes nos referíamos. De
una soledad a otra. O para ser más rigurosos con la lógica lacaniana: de la
soledad con el Otro a la soledad del Uno, del Uno del cuerpo hablante que
nos convoca al próximo Congreso de la AMP en Rio de Janeiro.
Me llamó la atención esta diferencia que el uso de la lengua nos ofrece: una
cosa es “estar solo” y otra “estar a solas”. Se puede estar solo con una
multitud alrededor. Muchas veces somos testimonio como analistas de esta
soledad tan contemporánea. Es también la imposibilidad de estar a solas.
Por otra parte, se puede “estar a solas con” en muchas situaciones y
maneras, pero siempre marcadas por una asimetría, incluso por una no
reciprocidad: se puede estar a solas con alguien más, también con uno
mismo, con un buen libro, hasta con Dios. La sesión analítica es un modo
muy singular de “estar a solas” sin “estar solo”.
Este “estar a solas con” es ya un modo de renunciar a la soledad que no
tiene otro horizonte que el autoerotismo de la pulsión.

“Solo, como siempre he estado en relación a la causa analítica…”


Digamos que la relación con la causa analítica, en la que cada uno
experimenta la soledad extrema, esa soledad que no se sabía a sí misma,
implica un “estar a solas” que nos lleva necesariamente a la experiencia de
la Escuela, entendida como una suma de soledades. Es el modo de hacer
productivo aquel saldo cínico que se encuentra al final del análisis, un saldo
inherente a la no existencia del Otro, sin verse llevado a esa otra soledad,
criticada muy pronto por Lacan en la comunidad analítica de los años 50’,
de las Beatitudes que se bastan a sí mismas.

Si se me permite el excurso topológico que Lacan evoca en un momento


para distinguir estas dos formas de soledad: es el pasaje de la soledad de la
esfera, cerrada sobre sí misma en una suerte de mónada, a la soledad del
toro, que abraza dos agujeros distintos, el interior y el central. La soledad
de la esfera es la soledad que se piensa única. La soledad del toro es la que
puede permitir engarzarse a otra soledad sin ninguna ilusión de
complementariedad o de completitud.

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