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Las 7 Palabras

1) La quinta palabra de Jesús en la cruz, "Tengo sed", expresa su sed física y espiritual por completar la redención y salvar a la humanidad. 2) La sexta palabra, "Consumado es", proclama que Jesús cumplió su misión redentora en la tierra de acuerdo a las Escrituras. 3) Con la séptima palabra, "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", Jesús entrega voluntariamente su vida en las manos de Dios Padre como un

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Las 7 Palabras

1) La quinta palabra de Jesús en la cruz, "Tengo sed", expresa su sed física y espiritual por completar la redención y salvar a la humanidad. 2) La sexta palabra, "Consumado es", proclama que Jesús cumplió su misión redentora en la tierra de acuerdo a las Escrituras. 3) Con la séptima palabra, "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", Jesús entrega voluntariamente su vida en las manos de Dios Padre como un

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Quinta Palabra: 

Tengo Sed (Juan 19:28)

       Es la expresión de un ansia de Cristo en la cruz. Se trata, en primer término, de la sed


fisiológica, uno de los mayores tormentos de los crucificados. La palabra está tomada de los
salmos 19:21; 68: 22:15 y 21:16. Se interpreta en sentido alegórico: la sed espiritual de
Cristo de consumar la redención para la salvación de todos. Cuadra con la estructura del
cuarto evangelio, y nos evoca la sed espiritual que Cristo experimentó junto al pozo de la
Samaritana. Muestra la humanidad de Jesucristo, es un hombre real, no un fantasma sino un
ser humano verdadero. Su dolor fue tan real como el nuestro. El vinagre (Marcos 15:23)
vino mezclado con cidra. Se le daba al crucificado para endrogar al penitente. Se le daba
para que la pena del crucificado no fuera tan amarga. El vino ayudaría al crucificado a
olvidar su dolor. Muchas personas desean escapar su dolor en las drogas y el alcohol. Cristo
nos enseña otro camino: Jesús enfrentó su futuro. Ante la copa que estaba tomando, Jesús
se negó a tomar el vino que se le ofrecía. 

     Esta "quinta palabra" es lo más pequeño que Jesús gritó desde la cruz, pero una de las
cosas más humanas y más profundas. La sed es algo profundamente humano y natural, tan
necesario para conservar la vida tanto casi como la misma existencia de Dios que nos
conserva; pero la sed de Cristo es mucho más profunda no puede ser calmada solo con
agua, es la sed de que todos sus hermanos puedan tener agua y comida suficiente... es la sed
de los pobres de ayer, de hoy y de siempre.  ¿Nos preocupamos de calmar la sed de nuestro
pueblo?.

1. Uno de los más terribles tormentos de los crucificados era la sed.


2. La deshidratación que sufrían, debido a la pérdida de sangre, era un tormento durísimo. Y
Jesús, por lo que sabemos, no había bebido desde la tarde anterior.
3. No es extraño que tuviera sed; lo extraño es que lo dijera.
4. La sed que experimentó Jesús en la Cruz fue una sed física. Expresó en aquel momento
estar necesitado de algo tan elemental como es el agua. Y pidió, “por favor”, un poco de
agua, como hace cualquier enfermo o moribundo.

      Jesús se hacía así solidario con todos, pequeños o grandes, sanos o enfermos, que
necesitan y piden un poco de agua. Y es hermoso pensar que cualquier ayuda prestada a un
moribundo, nos hace recordar que Jesús también pidió un poco de agua antes de
morir. Pero no podemos olvidar el detalle que señala el Evangelista San Juan: Jesús
dijo: “Tengo sed”. “Para que se cumpliera la Escritura”, dice San Juan (Jn.19,28). Jesús
habló en esta quinta Palabra de “su sed”. Aquella sed que vivía El como Redentor. Jesús, en
aquel momento de la Cruz, cuando está realizando la Redención de los hombres, pedía otra
bebida distinta del agua o del vinagre que le dieron. Poco más de dos años antes, Jesús se
había encontrado junto al pozo de Sicar con una mujer de Samaria, a la que había pedido de
beber. “Dame de beber”. Pero el agua que le pedía no era la del pozo. Era la conversión de
aquella mujer. Ahora, casi tres años después, San Juan que relata este pasaje, quiere
hacernos ver que Jesús tiene otra clase de sed. Es como aquella sed de Samaria. “La sed del
cuerpo, con ser grande es limitada". "La sed espiritual es infinita”. Jesús tenía sed de que
todos recibieran la vida abundante que Él había merecido. De que no se hiciera inútil la
redención. Sed de manifestarnos a Su Padre. De que creyéramos en Su amor. De que
viviéramos una profunda relación con El. Porque todo está aquí: en la relación que tenemos
con Dios.

Sexta Palabra: Consumado Es (Juan 19:30)

   «Todo está cumplido» Se puede interpretar como la proclamación en boca de Cristo del
cumplimiento perfecto de la Sagrada Escritura en su persona. Esta palabra pone de
manifiesto que Jesús era consciente de que había cumplido hasta el último detalle su misión
redentora. Es el broche de oro que corona el programa de su vida: cumplir la Escritura
haciendo siempre la voluntad del Padre (Mt 5,17 ss.; 7, 24 ss.; Le 22,42; lo 4,34). Es una
declaración de victoria. Cristo había cumplido su misión, había conseguido el propósito
para el que fue enviado – la salvación de su pueblo. Con su obediencia perfecta, Jesucristo
cumplió la ley en toda su totalidad. Durante su vida Jesús guardó la ley en toda su
perfección, es lo que llamamos ‘obediencia activa’; en su muerte de cruz, Jesús llevó el
castigo que requería la ley de todos aquellos que rompían sus ordenanzas. Jesús logró
ambas cosas a favor nuestro. Por medio de su vida y su muerte podemos ser justificados
delante del Dios padre. Somos justos porque su justicia es contada a nosotros por medio de
la fe. Somos libres de condenación porque la culpa por todos nuestros pecados fue puesta
sobre los lomos de Cristo y por eso podemos ser libres de condenación. Cristo hizo una
obra completa, no solamente nos quitó la culpa de nuestra cuenta, sino que también nos
aseguró la vida eterna. Jesús fue no solamente el cordero sino también el sumo sacerdote.
Gracias a la muerte de Cristo hoy podemos nosotros allegarnos a Dios por medio de
Jesús. En la cruz de Cristo: el diablo fue destruido, la ley fue cumplida, y nuestro pecado
fue quitado. No hay acusación, el abismo de separación entre Dios y los hombres ha
desaparecido. La cruz de Cristo revela la justicia divina. La cruz abre la puerta al cielo a
todo aquel que le cree a él.  "todo está cumplido" y murió... si hubiéramos seguido paso a
paso el drama de la vida de Jesús como en una telenovela, en este momento deberíamos
romper en llanto, porque el autor y actor principal ha muerto, para una película este no sería
un buen final, pues muere el protagonista. Pero como esto no es ni una telenovela ni una
película, tratándose de la vida real, o de "la mas real de las vidas", nos acongojamos y
sufrimos por la muerte de nuestro redentor, pero por uno de esos misterios tan grandes de
nuestro existir, la vida posee una ambigüedad tan grande que a la vez nos alegramos por la
muerte, porque sabemos que luego viene la resurrección y la vida definitiva junto al
Padre. Jesús finaliza su misión entre nosotros... nos ha dado su mensaje, y algunos, aunque
sin entenderlo mucho, han hecho caso al llamado y se han empapado del mensaje del Reino
y de la misericordia del Padre... ahora nos toca a nosotros, somos los portadores de un
mensaje que no es nuestro, el mensaje de que "todo se ha cumplido" y la redención fue
consumada por Cristo desde la Cruz y la resurrección. 

      Estas palabras no son las de un hombre acabado. No son las palabras de quien tenía
ganas de llegar al final. Son el grito triunfante del vencedor. Estas palabras manifiestan la
conciencia de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado al mundo: dar la
vida por la salvación de todos los hombres. Jesús ha cumplido todo lo que debía
hacer. Vino a la tierra para cumplir la voluntad de su Padre. Y la ha realizado hasta el
fondo. Le habían dicho lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Le dijo su Padre que anunciara a
los hombres la pobreza, y nació en Belén, pobre. Le dijo que anunciara el trabajo y vivió
treinta años trabajando en Nazaret. Le dijo que anunciara el Reino de Dios y dedicó los tres
últimos años de su vida a descubrirnos el milagro de ese Reino, que es el corazón de
Dios. La muerte de Jesús fue una muerte joven; pero no fue una muerte, ni una vida
malograda. Sólo tiene una muerte malograda, quien muere inmaduro. Aquel a quien la
muerte le sorprende con la vida vacía. Porque en la vida sólo vale, sólo queda aquello que
se ha construido sobre Dios. Y ahora Jesús se abandona en las manos de su Padre. “Padre,
en tus manos pongo mi Espíritu”. Las manos de Dios son manos paternales. Las manos de
Dios son manos de salvación y no de condenación. Dios es un Padre. Antes de Cristo,
sabíamos que Dios era el Creador del mundo. Sabíamos que era Infinito y todopoderoso,
pero no sabíamos hasta qué punto Dios nos amaba. Hasta qué punto Dios es PADRE. El
Padre más Padre que existe. Y Jesús sabe que va a descansar al corazón de ese Padre.

Septima Palabra: Padre, en tus manos entrego mí espíritu (Lucas 23:46)

     Esta palabra expresa la oblación de la propia vida, que Jesús pone a disposición del
Padre. Evoca el (salmo 30,6), en que el justo atormentado confía su vida al Dios bondadoso
y fiel. En Cristo toda se había cumplido, sólo quedaba morir, lo que acepta con agrado y
libremente. Esteban, protomártir cristiano, que imitó a Cristo en la primera palabra, lo hizo
también en esta última, encomendando su espíritu en el Señor Jesús (Hechos 7:59). Abba,
una palabra intima para referirse al ‘padre’. Jesús dando cumplimiento a la profecía (Salmo
22:8) puso su espíritu en manos de su padre amado. Jesús pone su espíritu el cual salía de
su cuerpo en aquella hora, al cuidado del Dios Padre. Las últimas palabras de Jesús nos
muestran un principio que todos los que tenemos a Dios como Padre podemos seguir.
Cuando llegue el momento de partir de este mundo, digamos tal como Jesús mismo dijo,
“Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Esteban pudo hacerlo, quiera Dios que nosotros
también podamos en su debido momento. Nosotros debemos intentar que cada día de
nuestras vidas esté en las manos del Padre. Lamentablemente en nuestro tiempo esto parece
volverse imposible, nuestra cultura no entiende que los tiempos de Dios no son los nuestros
y e cada momento confía mas en sus fuerzas que en las de Dios. Hoy parece que vivimos
como si Dios no existiera, o por lo menos como si no tuviera influencia en nuestras vidas,
hemos tomado solos las riendas de nuestras vidas y nos ha ido bastante mal pues no hemos
puesto nuestro espíritu en las manos del Padre. ¿Cuántas veces he empezado algo sin rezar
antes? ¡Y después me quejo de cómo me va! Todas esas veces fui crucificado, pero sin
esperanzas de resurrección... pues ¿quién nos da la vida? 

      Y el que había temido al pecado, y había gritado: “¿Por qué me has abandonado?”, no
tiene miedo en absoluto a la muerte, porque sabe que le espera el amor infinito de Su
Padre. Durante tres años se lanzó por los caminos y por las sinagogas, por las ciudades y
por las montañas, para gritar y proclamar que Aquel, a quien en la historia de Israel se le
llamaba “El”, “Elohim”, “El Eterno”, “El sin nombre”, sin dejar de ser aquello, era Su
Padre. Y también, nuestro Padre. Y el hecho de que tenga seis mil millones de hijos en el
mundo, eso no impide que a cada uno de nosotros nos mime y nos cuide como a un hijo
único. Y, salvadas todas las distancias, también nosotros podemos decir, lo mismo que
Jesús: “Dios es mi Padre”, “los designios de mi Padre”, “la voluntad de mi Padre”. Y si es
cierto que es un Padre Todopoderoso, también es cierto que lo es todo cariñoso. Y en las
mismas manos que sostiene el mundo, en esas mismas manos lleva escrito nuestro nombre,
mi nombre. Y, a veces, cuando la gente dice: “Yo estoy solo en el mundo”, “a mi nadie me
quiere”, El, el padre del Cielo, responde: “No. Eso no es cierto. Yo siempre estoy
contigo”. Hay que vivir con la alegre noticia de que Dios es el Padre que cuida de nosotros.
Y, aunque a veces sus caminos sean incomprensibles, tener la seguridad de que El sabe
mejor que nosotros lo que hace. Hay que amar a Dios, sí. Pero también hay que dejarse
amar y querer por Dios. En las manos de ese Padre que Jesús conocía y amaba tan
entrañablemente, es donde Él puso su espíritu.

 Conclusión: Hermanos queridos  después de esta reflexión de las siete palabras de Cristo


en la Cruz, podemos decir lo siguiente: Cuando Cristo dijo su última palabra, en la Biblia se
explica que el velo del templo se rasgó. Ya no más había que ir a Jerusalén una vez al año
para ofrecer un sacrificio el día de la expiación. El sacrificio perfecto ha sido completado y
tanto usted como yo tenemos acceso a la presencia de Dios por medio de Cristo. "Unico
puente entre Dios y los Hombres". Si usted todavía no ha tomado el beneficio de este
sacrificio perfecto, hoy Jesús le extiende una invitación para que se beneficie de este
sacrificio. “si oyeres hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. acepta a Jesús como tu
Señor Personal; y entregale tu corazón y tu espiritu para que tengas vida abundante, en esta
tierra y en la eternidad con él.

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