Ética y Vocación en la Abogacía
Ética y Vocación en la Abogacía
La abogacía es una actividad y un grupo social al que pertenecen únicamente los profesionistas del
Derecho que se dedican habitualmente a brindar asesoramiento jurídico y postular justicia ante
los tribunales, pero en un sentido amplio consagrado por el uso la abogacía comprende a todos los
individuos graduados en Derecho que se dedican a cualquiera de las múltiples actividades
directamente relacionadas con el vastísimo campo de acción a que dan lugar la
creación, interpretación y aplicación del orden jurídico, es en este último sentido que hablaremos
de la abogacía.
Por culpa de los malos abogados que han sido y siguen siendo por desgracia, ya que la abogacía
carga sobre sus espaldas una historia multisecular de burla y desprestigio sancionada no sólo por
el alma popular sino por muchos espíritus selectos que no han dudado en lanzar contra ella sus
denuestos.
Nos guste o no nos guste, es cierto que durante siglos una literatura mediocre y también una
literatura de más alto nivel han formado del abogado una imagen pública como la de un ser
codicioso vendedor de palabras o descarado prestidigitador de la verdad y de la justicia.
Cuál sería la imagen de la abogacía en el siglo XVI que las autoridades españolas en América por
mucho que su acto sea discutible se vieron en la penosa necesidad de prohibir su ejercicio en los
territorios recién conquistados. Los que del viejo mundo traían también acerca del abogado
un pensamiento que se expresa en estas palabras cabales dichas lo mismo de la
República Dominicana, que por el de la ciudad de Buenos Aires "vengan clérigos pero no
abogados", ésta posición quiere decir simplemente que, así como el clérigo predica la paz y enseña
la fraternidad entre los hombres, el abogado hace lo contrario: un enredador y picapleitos que los
concita que perturba sus pasiones inferiores: que los enfrenta para salir con el pez en su anzuelo
que inventa los problemas donde no los hay y con su arte y maña pone en juego, sale a flote con lo
suyo aunque se hundan los demás. En fin no como un colaborador sino como un grave
perturbador de la paz social.
Sin embargo aún suponiendo que el juicio negativo esté justificado, vale únicamente de los malos
abogados por numerosos que estos sean pero no de la abogacía como profesión, pues ésta se
define y encuentra su razón de existir en su fin principal y último la justicia. De aquí se desprende
que la abogacía comporta como exigencia esencial la necesidad de ser exigida con un elevado
sentido ético y que las primeras cualidades que debe reunir el abogado son en el sentido de la
justicia y la rectitud moral.
Ni un picapleitos, ni un enredador, ni un leguleyo, puede ser el abogado, el profesionista de la
abogacía, si el hombre que hay en el abogado fuere todo eso, lo será como tal, pero no como
abogado antes bien, traicionando su profesión, porque no cabe el ejercicio de la abogacía sin las
directrices éticas que lo gobiernan.
Consideramos en primer lugar, al abogado como un hombre de probidad moral, quiere esto decir
que siendo el intérprete del derecho, ciencia cultural y teniendo por fin último de su actividad la
justicia, valoración, cultura, también maneja categorías que son la expresión del espíritu y de
la conciencia de un pueblo o sea categorías morales.
Por medio del derecho y de la ley se dirige la conducta de los hombres hacia la justicia dando
protección a los bienes que garantizan el desenvolvimiento de la personalidad del hombre, de
la libertad. Todo esto quiere decir valores morales, y estos valores morales sólo puede manejarlos
debidamente quien esté dotado, a su vez, de probidad moral por encima de otros cualesquiera
atributos; incluso el de la pericia, pues esa probidad moral es base y sustento de la abogacía.
Debemos de entender que hablar de la moral profesional es asunto de responsabilidades propias
del hombre cabal, de aquél que es capaz de decidir consciente y reflexivamente sobre su propia
conducta y de asumir los riesgos de las propias decisiones. El que consagra su vida a una profesión,
a las responsabilidades morales que ya tiene como ser humano, añade de aquellas otras
responsabilidades morales que son propias del ejercicio de su profesión.
El cirujano que trabaja sobre el cuerpo humano, el ingeniero que construye un puente o el
abogado que tiene en sus manos un problema de justicia, está asumiendo especiales
responsabilidades morales que no tienen aquellos que no se dedican a sus respectivas
profesiones, así el compromiso de ejercer bien una profesión, significa asumir las
responsabilidades morales propias de ella. Esto es verdad de cualquier profesión, sólo de esta
manera se puede lograr una convivencia social que merezca el calificativo de humana.
La sociedad humana, se caracteriza entre otras cosas por ser un entretejido de responsabilidades:
de los padres para con los hijos, de los cónyuges entre sí, de los ciudadanos para con las
autoridades y de éstas para con los ciudadanos, de cada profesional para sus clientes y para la
sociedad.
Vocación profesional
A continuación haremos una breve reseña sobre lo que debiera tomarse en cuenta para el
ejercicio de una profesión, ya que ante todo debe existir vocación profesional.
Cuando la vocación es auténtica, es decir, cuando corresponde a las potencialidades, habilidades,
metas e ideales de la persona, entonces el ejercicio profesional crea una segunda naturaleza, y las
actividades propias de la profesión se facilitan hasta hacerse muchas de ellas de manera casi
automática. Entonces las responsabilidades profesionales se aceptan sin dificultad.
La carga extra de responsabilidades no se resiente como un gravamen que pesa sobre la
conciencia y que podría inhibir la actuación, sino que se toma gustosamente como el
acompañamiento natural del trabajo libremente emprendido. Si no fuere por la especial ayuda de
la vocación, muchas personas responsables no se atreverían a asumir los compromisos peculiares
a determinadas profesiones.
Acontece lo mismo que en el matrimonio, en el que las tendencias naturales al mismo ayudan a
sobrellevar las cargas que implica. Pero hay una diferencia: la mayoría de las vocaciones no son
resultado sin más de tendencias naturales, influjos del medio ambiente y decisiones libres. Por eso
hablamos de una segunda naturaleza, es decir, de una conformación de la personalidad a la que se
puede llegar por medio de la práctica deliberada de actos y que una vez lograda facilita las
conductas concordantes con esos hábitos. Lo que nos lleva a otra reflexión.
La vocación, por perfecta que sea, no exime del cuidado de mantenerla viva, no sólo debe ser
cultivada sino que, una vez lograda, debe seguir siendo atendida. La vocación que no se ejercita y
vigila acaba decayendo y se puede perder, las responsabilidades morales que se asumen por ella
son inyecciones que la revitalizan, y, al contrario, cuando se rehuye una responsabilidad moral
propia de la vocación, ésta se debilita.
Así una vocación vigorosa es aquella que continuamente se enfrenta a las responsabilidades
morales que le son propias, las asimila con naturalidad y se complace en ellas, los que tienen
auténtica vocación no esperan recompensas materiales de su ejercicio profesional; para ello es
suficiente la satisfacción del trabajo profesional bien cumplido, una vida así se siente llena, a pesar
de los contratiempos e ingratitudes , porque se vive por un ideal mucho más elevado que uno
mismo, un ideal que se ama y que merece todos los sacrificios.
Cuando se ama algo, no sólo desaparecen los titubeos ante las responsabilidades morales que
ese amor exige, sino que las desea como ocasiones de afirmar ese amor. La fuerza última y
definitiva que hace posible una vocación y las responsabilidades morales que se siguen de ella
es el amor a los ideales propios de la vocación, con amor todo es llevadero, sin amor la vocación
decae en un compromiso social que apenas se puede soportar.[2]
De ahí que los aspectos normativos que regulan la conducta humana no se agotan en las
disposiciones jurídicas, sino que, al lado de las reglas del Derecho, existen las normas del trato
externo y las normas morales o éticas, por tanto, si las normas de la ética profesional son normas
morales, corresponden a un ámbito no típicamente jurídico. Sobre la pertenencia de las reglas de
ética a la moral y no al Derecho, opina el procesalista Ángel Francisco Brice que las reglas de
conducta respectivas "no tienen la fuerza coercitiva de la legislación penal vigente; existen
consignadas en los reglamentos de los Colegios de Abogados y su violación da lugar a las sanciones
establecidas por esos reglamentos.[3]
Sin embargo, las reglas de ética pertenecen al dominio de la moral y ello es suficiente para que
lleven en sí la necesidad de cumplirse, so pena de merecer el desprecio de la sociedad, el
establecimiento y cumplimiento de estas reglas son tan indispensables al decoro de la abogacía
que la preocupación por su efectividad ha existido siempre.
Para Pedro Chávez Calderón, la ética profesional comprende deberes hacia los miembros de ese
mundo y se dará prioridad a los deberes referidos a los clientes; en segundo lugar, estarán los que
aluden a la institución donde trabaja; en tercero, los correspondientes a los colegas; y en cuarto,
los relativos a la personas relacionadas con el círculo social.[4]
La ética tiene una plena configuración moral y no jurídica, ya que como lo establece
el Diccionario de la Lengua Española, "es la parte de la filosofía que trata de la moral y de
las obligaciones del hombre. Por lo que se refiere a la ética profesional, es el conjunto de reglas de
naturaleza moral que tienden a la realización del bien, en el ejercicio de las actividades propias de
la persona física que se dedica a una profesión determinada".
La ética profesional está integrada por normas de conducta de naturaleza moral, lo que significa
que se trata de reglas de conducta con las características propias de las normas morales, es decir;
son unilaterales porque frente al sujeto obligado no existe un sujeto pretensor con facultades para
exigir el acatamiento de las reglas de conducta. Son internas porque no basta con que la persona
se pliegue a la exigencia de la norma, sino que es preciso que en su fuero interno considere que
con plena convicción, ha aceptado la procedencia de la obligatoriedad y no se le forzará al
cumplimiento de la conducta debida. Esta característica va ligada a la autonomía, porque la propia
persona la hace suya, y por último, no es coercible porque no tiene sanción.[5]
Desde el punto de vista teleológico las normas éticas tienen como finalidad la realización del bien.
El ser humano, poseedor de la libertad, está capacitado conforme a su propia naturaleza y libre
albedrío, para conocer la suprema virtud del bien y para identificar el mal. Aplicado a una
profesión, la rectitud de la conducta obliga a una actitud de respeto a todo lo positivo, ya sea
desde una perspectiva personal o desde la perspectiva de nuestros semejantes.[6]
La intervención de la ética profesional en el desenvolvimiento de la conducta humana de los
profesionales es muy conveniente para el beneficio común de los integrantes de la comunidad. A
este respecto coincido con Edgar Bodenheimer que nos dice que sería equivocado asegurar que,
en una sociedad gobernada por el Derecho, la moral no tendría lugar salvo como guía íntima del
alma o conciencia individual. En un verdadero sentido, la moralidad es el establecimiento de una
jerarquía de valores supremos que han de gobernar a una sociedad.
La doctrina ética o moral nos aporta ciertos criterios esenciales para evaluar los actos y la
conducta humana, en toda sociedad los valores morales que la guían se reflejan de alguna manera
incorporándose al Derecho. El Derecho considera los motivos, intenciones y pensamientos de los
hombres como importantes y relevantes, de otro lado, la mayor parte de
las sociedades reconocen, además de las reglas de moralidad que han ido incorporadas a las
normas jurídicas, otras normas morales.
Dentro de esa esfera el individuo es libre de actuar según su voluntad, es esencial al régimen de
Derecho que no exista otro instrumento de carácter social que pueda deshacer la obra que el
Derecho ha realizado, si esas reglas de moralidad que no han pasado al sistema jurídico estuviesen
dotadas de sanciones coactivas semejantes a las del Derecho, quedaría prácticamente borrada la
significación específica de la regulación jurídica.
El prestigio del individuo y de la profesión misma dependen de la observancia de las reglas
morales integradoras de la ética profesional, por tal motivo, Manuel de la Peña y Peña , hace
referencia a que el ejercicio de la abogacía es de suyo muy honroso y recomendable, así como el
abuso de algunos profesionales lo hace odioso, vil y detestable. Incluso, a pie de página, se refiere
con amplitud a los apodos que suelen darse a los malos abogados, y apunta que no sólo en
el lenguaje del vulgo quejoso, sino en el de escritores muy juiciosos.
En consecuencia, la dignificación de la profesión de abogado, ha de enaltecer el acatamiento a las
normas que derivan de la ética profesional, Para Manuel de la Peña y Peña, la existencia de esas
desviaciones en la profesión de la abogacía ha de servir de ejemplo a los abogados para ejercer la
profesión con integridad y decoro. Considera que la conducta de un mal abogado, por desgracia,
en los pocos justos, lleva a desacreditar a todos los demás y aun se utiliza para hacer odiosa a la
misma profesión que, como indica Manuel de la Peña y Peña, "es de lo suyo tan noble y
provechosa, y que debiera ser muy respetable y estimada".[7]
Al ilustre filósofo del Derecho, Luis Recaséns Siches le ha preocupado la actitud a veces denostarte
que suele emplearse contra la profesión de la abogacía. Sobre ese particular expresa: "desde
remotos tiempos circulan por el mundo dos ideas contradictorias sobre la profesión jurídica. Por
un lado, la idea de que la profesión de abogado y la de juez constituyen el ejercicio de una
nobilísima actividad. Por otra parte, abunda un juicio irónico de acre sátira, contra los juristas".[8]
La exigencia del apego a las normas de la ética profesional es asentada en la Enciclopedia Omeba
"Hablar del abogado, implica, forzosamente, hablar de la ética profesional. Por ser tal, el abogado
debe ajustarse a normas de conducta ineludibles, que regular su actuación, enaltecen y dignifican
a la profesión. El alto ministerio social que cumple, los intereses de todo orden, la libertad,
el patrimonio, la honra, que le son confiados y el respeto que debe guardar a sí mismo y al título
universitario que ostenta, exigen del abogado el cumplimiento fiel de las normas de ética
consagradas por la tradición".[9]
En concepto de Rafael de Pina, es a veces tan imprescindible la ética profesional que el Derecho se
encarga de recogerla y de convertirla en normas jurídicas. Establece al respecto: "el hombre como
es sabido no está únicamente sujeto en su vida de relación a normas jurídicas, sino que sobre él
gravitan las normas morales no menos importantes y eficaces". En opinión de Carnelutti el
Derecho es un medio dirigido a reducir a la moral la conducta de los hombres.[10]
También juzga esencial a la profesión de la abogacía la ética profesional el jurista español Antonio
Fernández Serrano, citado por Carlos Arellano García, cuando afirma: "es éste un requisito
universalmente exigido, pues no se concibe que una profesión que coopera a la
sagrada función de la administración de justicia y que radica en servicios de confianza, pueda ser
desempeñada por quienes no se ajustasen a las normas de un vivir honesto.[11]
El atributo esencial del abogado es su moral, la abogacía es un sacerdocio; la nombradía del
abogado se mide por su talento y por su moral, y Osorio estima que" en el abogado la rectitud de
la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos".[12] La conducta
moral es la primera condición para ejercer la abogacía, nuestra profesión es ante todo, ética, el
abogado debe saber derecho, pero, principalmente, debe ser un hombre recto.
En el siglo XVIII, se entendía por abogado "un hombre de bien, capaz de aconsejar, defender a sus
conciudadanos", para otros la vida profesional se resume en una sola palabra: "honradez". Tan
importante es la ética profesional, que el acatamiento a las normas jurídicas, sin un adecuado
contenido ético de tales reglas de Derecho es sólo una fuerza que doblega, para que sea un
auténtico deber, es menester una presión interna de la conciencia del sujeto obligado.
Conforme al criterio de Nicolai Hartman, el terreno de la ética es el más difícil para el hombre
porque debe comprender a sus semejantes y no debe imponerse a los demás. De las nociones
analizadas derivamos la reflexión de que la ética profesional es imprescindible para matizar el
contenido de las normas jurídicas que regulan la actividad profesional del abogado pero, además
es indispensable para enaltecer la dignidad de nuestra profesión y para mantener el decoro que
apoye el prestigio de una actividad tan noble puesto que su finalidad es sostener la convivencia
armónica en el seno de la sociedad.
El abogado no puede ocupar el lugar de conductor de hombres si no mantiene la aureola de
dignidad propia de una profesión que tiene como base la confianza de los semejantes. La maldad
es un motivo de repudio y de justa censura; por tanto, el abogado en su actuación ha de apegarse
a la realización del bien en todas aquellas ocasiones en que el obrar profesional lo coloque ante
una disyuntiva de bien o mal. Ese es el gran objetivo de la ética profesional que justifica
plenamente su existencia.
Por supuesto que no bastaría la existencia de las reglas de ética profesional, sino que es preciso su
acatamiento. A tal efecto, Marco Tulio Cicerón expresaba: "No ha de poseerse la virtud a la
manera de un arte cualquiera, sin practicarla, la virtud consiste precisamente en la práctica". El
abogado ha de creer en la ética profesional y, concomitantemente, ha de apegar su conducta
cotidiana a los postulados de moralidad contenidos en ella.[13]
Estamos ciertos de que el tema de la ética profesional no deja de tener fuertes nexos con la
Filosofía, por ello, es oportuno citar a Rudolf Stammler, quien con firma el enfrentamiento
cotidiano con los principios de la ética profesional. Determina este autor: "Cada día que amanece
trae para cada hombre nuevos problemas interiores, nuevas dificultades que agitan su espíritu. Y
si quiere gozar de seguridad y sosiego tiene que dar a esos problemas soluciones que pueda
refrendar un juicio crítico. Los deseos y los afanes hay que subordinarlos a la ley suprema de la
rectitud de voluntad y tomar ésta por mira de orientación".[14]
Por tanto, no sólo es necesario tener en el ejercicio profesional el constante contacto con la ética
profesional, sino que es de interés cotidiano. Por supuesto que ante la posible dificultad que
pudiera encontrarse en la determinación de los principios éticos, orientados hacia la realización
del bien, es conveniente examinar en particular los deberes que se han señalado como integrantes
de las reglas de conducta morales que conforman la ética profesional.
Leer más: [Link]
formacion-juridica/[Link]#ixzz40LqZjegw
La carrera de la Abogacía es una de las mas bendecidas y lindas que existen, pero como todo
principio debe fundamentarse en un sustento legal, siendo ésta la Ley del Organismo Judicial la
cual entre otros aspectos resalta los más importantes, como lo son las calidad para ejercer la
profesión, la actuación de los abogados, derechos, obligaciones, impedimentos, prohibiciones,
responsabilidades y sanciones para ejercer la noble profesión, por lo que les compartimos esta
parte especial!
ABOGADOS
ARTICULO 196. Calidad de Abogado. (Reformado por Decreto 64-90 del Congreso de la
presenten a los tribunales de justicia deberán ser respaldados con la firma y sello de abogado
colegiado, y sin ese requisito no se dará curso a ninguna gestión. El abogado es responsable del
fondo y de la forma de los escritos que autorice con su firma. No es necesaria la intervención de
un abogado en los asuntos verbales de que conozcan los juzgados menores, en las gestiones del
Ministerio Público, cuando el cargo no esté servido por profesional; y en los demás casos previstos
por otras leyes.
ARTICULO 198. Derechos de los abogados. (Reformado por Decreto 64-90 del Congreso de
la República). Los tribunales y jueces dejarán a los abogados en la justa libertad que deben tener
para sostener por escrito y de palabra los derechos de sus clientes. Los abogados deben proceder
con arreglo a las leyes y con el respecto debido a los tribunales y autoridades; serán citados por
éstas con el decoro correspondiente y no se les interrumpirá ni desconcertará cuando hablen en
estrados, ni se coartará directa ni indirectamente el libre desempeño de su alta investidura e igual
trato deberán darles las autoridades, funcionarios y empleados de la Administración Pública de
cualquier jerarquía. Los tribunales darán a los abogados el trato respetuoso inherente a su
investidura.
ARTICULO 199. Impedimentos. (Reformado por Decretos 64-90; 75-90 y 112-97 del Congreso
sufran sus clientes por su ignorancia, culpa, dolo, descuido, negligencia o mala fe comprobadas.
ARTICULO 203. Sanciones. Por la interposición de recursos frívolos o impertinentes que
el tribunal que conozca del asunto, haciéndose saber a la Corte Suprema de Justicia; ésta lo
comunicará a su vez a los demás tribunales y al Colegio de Abogados, ordenando que se haga la
correspondiente anotación en el Registro de Abogados y que se publique en el Diario Oficial y en la
Gaceta de los Tribunales.
4° — LUCHA:
Tu deber es luchar por el derecho; pero el día que encuentres en
conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia.
No sólo en los viejos textos se atribuye a la abogacía una significación
guerrera. El proceso oral o escrito son su batalla dialéctica; las ideas
de los escritores franceses del siglo XIX que concebían la acción civil
como le droit casqué et armé en guerre y la excepción corno un
droit qui n’a plus l’épée, mais le bouclier lui reste; el carácter
naturalmente belicoso de buena parte de la humanidad; el
endiosamiento de la lucha por el derecho que se hace en el libro
fascinante de Ihering; todo esto y mucho más, ha hecho que a lo largo
de los siglos al abogado se lo conciba como un soldado del derecho.
Pero la lucha por el derecho plantea, cada día, el problema del fin y de
los medios.
El derecho no es un fin, sino un medio. En la escala de los valores, no
aparece el derecho. Aparece, en cambio, la justicia, que es un fin en sí
y respecto de la cual el derecho es tan sólo un medio de acceso. La
lucha debe ser, pues, la lucha por la justicia.
Los asuntos no se dividen en chicos o grandes, sino en justos o
injustos. Ningún abogado es tan rico como para rechazar asuntos
justos porque sean chicos, ni tan pobre como para aceptar asuntos
injustos porque sean grandes.
Por la grave confusión entre el fin y los medios, muchos abogados, aun
de buena fe, creen aplicable al litigio perdido, la máxima médica que
aconseja prolongar a toda costa la vida del enfermo en espera de que
se produzca el milagro.
Los incidentes, las dilatorias, las apelaciones inmotivadas, constituyen
una confusión de valores. Podrán todos esos ardides forenses ser
eficaces en alguna que otra oportunidad; pero son justos muy pocas
veces. Podrán, en ciertos casos, significar una victoria ocasional; pero
en la lucha lo que cuenta es ganar la guerra y no ganar batallas. Y si
en determinado caso, algún abogado ha ganado la guerra con el ardid,
Página 10
Secretaría del Consejo Universitario
que no pierda de vista que en la vida de un abogado la guerra es su
vida misma y no sus efímeras victorias.
La confusión del fin y los medios podrá pasar inadvertida en algún caso
profesional. Pero a lo largo de la vida entera de un abogado no puede
pasar inadvertida.
Día de prueba para el abogado es aquel en que se le propone un caso
injusto, económicamente cuantioso, pero cuya sola promoción alarmará
al demandado y deparará una inmediata y lucrativa transacción. Ningún
abogado es plenamente tal, sino cuando sabe rechazar, sin
aparatosidad y sin alardes, ese caso.
Y más grave aún es la situación que nos depara nuestro mejor cliente,
aquel rico y ambicioso cuya amistad es para nosotros fuente segura de
provechos, cuando nos propone un caso en que no tiene razón. El
abogado necesita, frente a esa situación, su absoluta independencia
moral. Bien puede asegurarse que su verdadera jerarquía de abogado
no la adquiere en la Facultad o el día del juramento profesional; su
calidad auténtica de abogado la adquiere el día en que le pueda decir a
ese cliente, con la dignidad de su investidura y con la sencillez
afectuosa de su amistad, que su causa es indefendible.
Hasta ese día, es sólo un aprendiz; y si ese día no llega, será como el
aprendiz de la balada inmortal, que sabía desatar las olas, pero no
sabía contenerlas.
5°— SE LEAL:
Sé leal para con tu cliente, al que no debes abandonar hasta que
comprendas que es indigno de ti. Leal para con el adversario,
aun cuando él sea desleal contigo. Leal para con el juez, que
ignora los hechos y debe confiar en lo que tú le dices; y que, en
cuanto al derecho, alguna que otra vez, debe confiar en el que tú
le invocas.
El punto relativo a la lealtad del abogado reclama rectificar un grave y difundido error. Desde hace
siglos se viene con fundiendo en una
misma función la abogacía y la defensa.
Unamuno, en El sentimiento trágico de la vida, escribía estas
palabras: “Lo propio y característico de la abogacía es poner la lógica
al servicio de una tesis que hay que defender, mientras que el método
rigurosamente científico parte de los hechos, de los datos que la
realidad nos ofrece, para llegar o no a la conclusión. La abogacía
supone siempre una petición de principio y sus argumentos son todos
ad probandum. El espíritu abogadesco es, en principio, dogmático,
mientras que el espíritu estrictamente científico es puramente racional,
es escéptico, esto es, investigativo”.
De esta proposición a la de Vaz Ferreira, cuando afirma en Moral para
intelectuales, que la profesión de abogado es intrínsecamente
inmoral, por cuanto impone la defensa de tesis no totalmente ciertas o
de hechos no totalmente conocidos, no hay más que un paso.
El error es grave, porque la abogacía no es dogmática. La abogacía es
un arte; y el arte no tiene dogmas.
La abogacía es escéptica e investigativa. El abogado al dar el consejo,
ai orientar la conducta ajena, al asumir la defensa, comienza por
investigar los hechos y por decidir libremente su propia conducta. La
abogacía moderna, como la medicina, se va haciendo cada día más
preventiva que curativa; y en esa función el abogado no procede
dogmáticamente, sino, por el contrario, críticamente. El abogado como
consejero, no da argumentos ad probandum sino ad necesitatem; y
éstos no son sistemáticos ni corroborantes, sino que se apoyan sobre
los datos que, necesariamente, suministra la realidad.
Lo que sucede es que el abogado, una vez investigados los hechos y
estudiado el derecho, acepta la causa y entonces se trasforma de
abogado en defensor.
Entonces sí, sus argumentos son ad probandum y su posición es
terminante y se hace enérgico e intransigente en sus actitudes. Pero esto no ocurre por
inmoralidad, sino por necesidad de la defensa.
Antes de la aceptación de la causa, el abogado tiene libertad para
decidir. Dice que sí y entonces su ley ya no es más la de la libertad,
sino la de la lealtad.
Si el defensor fuera vacilante y escéptico después de haber aceptado
la defensa, ya no sería defensor. La lucha judicial es lucha de
aserciones y no de vacilaciones. La duda es para antes y no para
después de haber aceptado la causa.
La lealtad del defensor con su cliente se hace presente en todos los
instantes y no tiene más límite que aquel que depara la convicción de
haberse equivocado al aceptar. Entonces se renuncia la causa, con la
máxima discreción posible, para no cerrar el paso al abogado que debe
reemplazarnos.
El día máximo de esa lealtad es el día de ajustar los honorarios; ya que
lo grave de la defensa es que, instantáneamente, de un día para otro,
la fuerza de las cosas trasforma al defensor en acreedor. Y ese día no
es posible lanzar al suelo el escudo para que el cliente lo tome en
resguardo de su nuevo enemigo. Sobre este punto, los Mandamientos
no tienen enunciaciones. Pertenece al fuero de la conciencia. Ya lo
decía Montaigne: la perfecta amistad es indivisible.
En cuanto a la lealtad para con el adversario, cabe en esta simple
reflexión: si a las astucias del contrario y a sus deslealtades
correspondiéramos con otras astucias y deslealtades, el juicio ya no
sería la lucha de un hombre honrado contra un pillo, sino la lucha de
dos pillos.
¿Y en cuanto a la lealtad frente al juez? También aquí es necesario
rectificar.
Ossorio, en su libro famoso, hace una distinción en punto a los deberes
del abogado para con el juez. Respecto de los hechos, considera él
que el juez está indefenso frente al abogado. Como los ignora,
forzosamente debe creer de buena fe en lo que el abogado le dice.
Pero en cuanto al derecho, no ocurre lo mismo. Allí actúan en pie de
igualdad, porque el juez sabe el derecho; y si no lo sabe, que lo
estudie.
¿Será así? Es muy probable que no. El abogado dispone, para estudiar
el derecho aplicable a un caso, de todo el tiempo que desea. Pero el
juez, víctima de una tela de Penélope que él teje de noche y su
secretario desteje de día, suministrándole sin cesar asuntos y más
asuntos, no dispone de ese tiempo. Y lo mismo ocurre con el juez
honradamente pobre, que no puede comprar todos los libros que se
publican; o con el que ejerce lejos de las grandes ciudades donde se
hallan las buenas bibliotecas; o con el que no puede tener contacto
con profesores y maestros para plantearles sus dudas; o con el que,
carente de salud, no puede afanarse en la lectura todo lo que su
pasión le demanda. En esos casos una cita deliberadamente trunca,
una opinión falseada, una traducción maliciosamente hecha, o un
precedente de jurisprudencia imposible de fiscalizar, constituyen
gravísima culpa.
Una rara filiación etimológica liga ley y lealtad. Lo que Quevedo decía
del español, que sin lealtad más vale no serlo, es aplicable al abogado.
Abogado que traiciona a la lealtad, se traiciona a sí mismo y a su ley.
6° — TOLERA:
Tolera la verdad ajena en la misma medida en que quieres que
sea tolerada la tuya.
Este punto es profundo y delicado. Ser a un mismo tiempo enérgico,
como lo requiere la defensa, y cortés como lo exige la educación;
práctico, como lo pide el litigio, y sutil como lo demanda la inteligencia;
eficaz y respetuoso; combativo y digno; ser todo esto tan opuesto y a
veces tan contradictorio, a un mismo tiempo, y todos los días del año,
en todos los momentos, en la adversidad y en la buena fortuna,
constituye realmente un prodigio.
Y sin embargo, la abogacía lo demanda. ;Ay de aquél que la ejerce con energía y sin educación, o
con cortesía y sin eficacia’
Para conciliar lo contradictorio no hay más que un medio: la tolerancia.
Esta es educación e inteligencia, arma de lucha y escudo de defensa,
ley de combate y regla de equidad.
Aunque parezca un milagro, lo cierto es que en el litigio nadie tiene
razón hasta la cosa juzgada. No hay litigios ganados de antemano, por
la sencilla razón por la cual Goliat incurrió en soberbia al considerarse
vencedor anticipado en la histórica lucha.
El litigio está hecho de verdades contingentes y no absolutas. Los
hechos más claros se deforman si no se logra producir una prueba
plenamente eficaz; el derecho más incontrovertible tambalea en el
curso del litigio, si un inesperado e imprevisible cambio de
jurisprudencia altera la solución.
Por eso, la mejor regla profesional no es aquélla que anticipa la victoria
sino la que anuncia al cliente que probablemente podrá contarse con
ella. Ni más ni menos que esto era lo que establecía el Fuero Juzgo
cuando condenaba con la pena de muerte al abogado que se
comprometía a triunfar en litigio; o la Partida III, que imponía los daños
y perjuicios al abogado que aseguraba la victoria.
Las verdades jurídicas, como si fueran de arena, difícilmente caben
todas en una mano; siempre hay algunos granos que, querámoslo o no,
se escurren de entre nuestros dedos y van a parar a manos de nuestro
adversario. La tolerancia nos insta, por respeto al prójimo y por
respeto a nuestra propia debilidad, a proceder con fe en la victoria,
pero sin desdén jactancioso en el combate.
¿Y si el cliente nos exige seguridad de victoria?
Entonces acudamos a nuestra biblioteca y extraigamos de ella una
breve página que se denomina Decálogo del cliente y que es común en
los estudios de los abogados brasileños, y leámosle: “No pidas a tu
abogado que haga profecía de la sentencia; no olvides que si fuera profeta, no abriría escritorio de
abogado”.
7° — TEN PACIENCIA:
El tiempo se venga de las cosas que se hacen sin su
colaboración.
Existe un pequeño demonio que ronda y acecha en torno de los
abogados y que cada día pone en peligro su misión: la impaciencia.
La abogacía requiere muchas virtudes; pero además, como las hadas
que rodearon la cuna del príncipe de Francia, tales virtudes deben
estar asistidas por otra que las habitúe a ponerse pacientemente en
juego.
Paciencia, para escuchar. Cada cliente cree que su asunto es el más
importante del mundo.
Paciencia, para hallar 1 aoslución. Esta no siempre aparece a primera
vista y es menester andar detrás de ella durante largo tiempo.
Paciencia, para soportar al adversario. Ya hemos visto que le debemos
lealtad y tolerancia, hasta cuando sea un majadero.
Paciencia, para esperar la sentencia. Esta demora, y mientras el
cliente se desalienta y desmoraliza, incumbe al abogado contener su
desfallecimiento. En esta misión, debe tener presente que el litigio,
como la guerra, lo gana en ciertos casos quien consigue durar tan sólo
un minuto más que su adversario.
Y, sobre todo, paciencia para soportar la sentencia adversa.
La cosa juzgada, dice Chiovenda, es la suma precisión. Agreguemos
nosotros que, por ese motivo, reclama la suma paciencia.
8° — TEN FE:
Ten fe en el derecho, como el mejor instrumento para la
convivencia humana; en la justicia, como destino normal del
derecho; en la paz, como sustituto bondadoso de la justicia; y
sobre todo, ten fe en la libertad, sin la cual no hay derecho, ni
justicia, ni paz.
Cada abogado, en su condición de hombre, puede tener la fe que su
conciencia le indique. Pero en su condición de abogado, debe tener fe
en el derecho, porque hasta ahora el hombre no ha encontrado, en su
larga y conmovedora aventura sobre la tierra, ningún instrumento que
le asegure mejor la convivencia. La razón del más fuerte no es
solamente la ley de la brutalidad, sino también la ley de la angustiosa
incertidumbre.
Pero el derecho, como hemos visto, no es un valor en sí mismo, ni la
justicia es su contenido necesario. La prescripción no procura la
justicia, sino el orden; la transacción no asegura la justicia, sino la
paz; la cosa juzgada no es un instrumento de justicia, sino de
autoridad; la pena no es siempre medida de justicia, sino de seguridad.
Pero a pesar de estas temporales desviaciones, la justicia es el
contenido normal del derecho, y sus soluciones, aun las aparentemente
injustas, son frecuentemente más justas que las soluciones contrarias.
La fe en la paz proviene de la convicción de que también la paz es un
valor en el orden humano. Sustitutivo bondadoso de la justicia, invita a
renunciar de tanto en tanto a una parte de los bienes, para asegurarse
aquello que está prometido en la tierra a los hombres de buena
voluntad.
En cuanto a la fe en la libertad, sin la cual no hay derecho, ni justicia,
ni paz… ésa no necesita explicaciones entre los mandamientos del
abogado. Porque si éste no tiene fe en la libertad, más le valiera, como
dice la Escritura, atarse una piedra al cuello y lanzarse al mar.
9° _ OLVIDA:
La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará
un día en que la vida será
imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu
victoria como tu derrota.
En qué círculo del infierno estarán algún día esos abogados que nos
recitan inclementes, a veces tomándonos de la solapa, alzándonos la
voz como si fuéramos el adversario, sus alegatos, sus informes o sus
memoriales?
¿Y qué lugar del purgatorio está reservado a aquellos que a la vejez
siguen contando aún los casos que defendieron en la juventud?
¿Y qué recinto del paraíso aguarda a los directores de las revistas de
jurisprudencia, que se rehusan a publicar las notas críticas de aquellos
que confunden los periódicos jurídicos con una tercera o cuarta
instancia?
Porque la verdad es que existe una insidiosa enfermedad que ataca a
los abogados y que les hace hablar constantemente de sus casos. Aun
de aquellos que, por una u otra razón, nacieron para ser olvidados.
Los pleitos, dice el precepto, se defienden como propios y se pierden
como ajenos. También la abogacía tiene su fair play, el cual consiste
no sólo en el comportamiento leal y correcto en la lucha, sino también
en el acatamiento respetuoso de las deciciones del arbitro.;
El abogado que sigue discutiendo después de la cosa juzgada, en nada
difiere del deportista que, terminado el encuentro, pretende seguir en
el campo de juego tratando de obtener, contra un enemigo inexistente,
una victoria que se le ha escapado de las manos.
El notariado
El ejercicio del notariado es una función noble que se realiza con estricto apego a los postulados éticos
y a las normas legales, ya que los notarios con su actuar contribuyen a la paz y al desarrollo económico
y social de los países, y a fortalecer la seguridad jurídica en las sociedades.
La función notarial en Guatemala se fundamenta en una serie de principios éticos que aluden a
criterios de imparcialidad, independencia, a la formación y capacitación permanente profesional, a las
relaciones recíprocamente respetuosas con los colegas y con las organizaciones profesionales, a la
lealtad con la competencia, a la indelegable intervención personal del notario en los actos que autoriza,
al secreto profesional, al deber de asesoramiento y, por supuesto, a la diligencia y responsabilidad del
notario.
Los notarios desempeñan una función pública, pero no dependen directamente de autoridad
administrativa;
Los notarios guatemaltecos ostentan los títulos académicos de Abogado y Notario, pueden
ejercer simultáneamente las funciones de abogado y notario, sin que exista ninguna
incompatibilidad;
Dentro de sus funciones, los notarios pueden tramitar asuntos de jurisdicción voluntaria, como
procesos sucesorios, identificaciones de personas, cambios de nombre, rectificaciones de
partidas de nacimiento, etcétera.
Como parte de nuestra trayectoria notarial, Guatemala ha contado con un Presidente de la Unión
Internacional del Notariado Latino, Notario Carlos Enrique Peralta Méndez; un Consejero General
ante la Unión Internacional del Notariado Latino, Notaria Mirna Lubet Valenzuela Rivera; seis
Consejeros Honorarios de la Unión Internacional del Notariado Latino; tres delegados en la Red
Mundial del Notariado; notarios miembros de la Academia Notarial Americana; y notarios miembros
de las distintas comisiones de la Comisión de Asuntos Americanos.
CODIGO DE ETICA PROFECIONAL
Normas Generales Artículo [Link] de aceptación. El abogado tiene absoluta libertad de aceptar
o rechazar los asuntos en que se solicite su patrocinio, sin manifestar los motivos de resolución
salvo los casos de nombramiento de oficio, en que la declinación debe ser justificada. Para
resolver, debe prescindir de su interés personal y cuidar de que no influyan en su ánimo sino los
intereses de la justicia. Por consiguiente, no aceptará un asunto sino cuando tenga absoluta
libertad moral para dirigirlo. En el caso del abogado que preste sus servicios por contrato o ejerza
la profesión como funcionario público, debe excusarse en los asuntos concretos que señale el
párrafo anterior y, si no se admitiere su excusa, deberá sostener enérgicamente su independencia.
Artículo [Link] de los pobres. La profesión de abogado impone la obligación de defender
gratuitamente a los pobres, de conformidad con la ley, cuando lo soliciten o recaiga en él defensa
de oficio. Artículo 3. Independencia de la defensa. El abogado tiene derecho de hacerse cargo de la
defensa de un acusado, cualquiera que sea su opinión sobre el asunto. Artículo 4. Objeto dela
acusación. El objeto primordial de toda acusación es conseguir que se haga justicia y no la
necesaria condena del acusado. Artículo 5. Secreto profesional. Guardar el secreto profesional
constituye un deber y un derecho para el abogado. Hacia los clientes, es un deber que perdura aún
después de que haya dejado de prestar sus servicios. Ante los jueces y demás autoridades, es un
derecho irrenunciable. La obligación de guardar el secreto profesional incluye todas las
confidencias relacionadas con el asunto. Artículo 6. Cobro de honorarios. Como norma general, el
abogado tendrá presente que el objeto esencial de la profesión es servir a la justicia y colaborar en
su administración. El provecho o retribución nunca puede constituir decorosamente el móvil
determinante de los actos profesionales. Artículo 7. Estimación del monto de honorarios. Para la
estimación de honorarios, el abogado debe, fundamentalmente atender lo siguiente: a) la
importancia de los servicios; b) la cuantía del asunto; c) la novedad o dificultad de las cuestiones
jurídicas debatidas; d) la experiencia, la reputación y la especialidad de los profesionales
intervinientes; e) la rapacidad económica del cliente; teniendo presente que la pobreza obliga a
cobrar menos y aun a no cobrar; f) la posibilidad de que el abogado resulte impedido de intervenir
en otros asuntos; g) si los ser-vicios profesionales son aislados, fijos o constantes; h) el tiempo
empleado en el patrocinio; i) el grado de participación en el estudio, planteamiento y desarrollo
del asunto; j) si el abogado solamente patrocinó al cliente o también le sirvió de Mandatario.
Artículo 8. Pacto de cuota-litis. Dadas las altas finalidades de justicia, que persigue el abogado en
el ejercicio de su profesión, debe abstenerse de convenir participación alguna en el resultado de
cualquier juicio o asunto, por lo que es censurable el contrato de cuota-litis. Artículo 9.
Responsabilidad del abogado. El abogado debe responder por su negligencia, error inexcusable o
dolo.
DEONTOLOGIA JURIDICA
Deontología Jurídica Artículo 41. Conocimiento observancia y difusión de los deberes éticos. El
abogado y el notario deben tener un claro concepto de la justicia. En esa virtud se considera
Necesaria la observancia, divulgación y difusión de los deberes morales de los abogados, notarios
y, en general, de los servidores del derecho. Artículo 42. Difusión de la ética profesional. Se
recomienda a las Facultades de Ciencias Jurídicas y Sociales y de Derecho de las universidades del
país introducir, en los pensum de estudios, cursos de Deontología Jurídica. Se recomienda, así
mismo, que sus catedráticos en cada asignatura reflexionen con sus alumnos sobre los aspectos
éticos del caso, situación o conflicto que sea motivo del estudio. El Colegio de Abogados y
Notarios de Guatemala debe propiciar conferencias, seminarios y cualquier otro tipo de
actividades sobre aspectos de Deontología Jurídica. Queda obligado, además, a efectuar
publicaciones sobre esa temática. Las Asociaciones e Institutos de Abogados y Notarios
deben motivar e instruir a sus miembros sobre la importancia y la observancia del Código
de Etica Profesional.