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Félix Grande

Félix Grande es considerado el escritor y flamencólogo más importante de los últimos 35 años. Su obra Memoria del Flamenco, publicada en 1979, marcó un antes y un después en la literatura sobre flamenco, aportando una nueva visión poética, estética y metafísica. La obra reúne una amplia documentación sobre la historia social de Andalucía y la cultura gitana, así como la historia del flamenco desde el siglo XVIII. La prosa poética de Grande transmite la esencia del flamenco con pasión, precisión
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Félix Grande

Félix Grande es considerado el escritor y flamencólogo más importante de los últimos 35 años. Su obra Memoria del Flamenco, publicada en 1979, marcó un antes y un después en la literatura sobre flamenco, aportando una nueva visión poética, estética y metafísica. La obra reúne una amplia documentación sobre la historia social de Andalucía y la cultura gitana, así como la historia del flamenco desde el siglo XVIII. La prosa poética de Grande transmite la esencia del flamenco con pasión, precisión
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FÉLIX GRANDE, UN ESCRITOR FLAMENCO

José Martínez Hernández

Félix Grande es el intelectual y escritor flamenco más importante de los últimos


treinta y cinco años. No voy a detallar aquí y ahora sus múltiples logros y
méritos a este respecto para apuntalar esa afirmación, pues nos sobran datos y
nos falta espacio, sólo diré que su obra ha marcado un antes y un después en la
literatura flamenca, sobre todo con dos libros fundamentales y ya clásicos:
Memoria del flamenco (Espasa-Calpe, 1979) y García Lorca y el flamenco
(Mondadori 1992). Y, ya que hablamos de memoria, demos por unos instantes
audiencia al recuerdo.

PREMIOS:
-Nacional de Flamencología en 1980.
-Miembro de número de la Cátedra de Flamencología y Estudios
Folklóricos de Jerez de la Frontera .
-Premio Hidalgo de la Asociación Presencia Gitana
Todos por Memoria del Flamenco.
-Galardón de la Revista Flamenca El Olivo al mejor escritor de temas
flamencos por votación popular en 1998.

OBRAS:
-“Persecución” disco y obra de teatro (1976)
-“Grandes del flamenco”, seis LP con antología y estudio de Félix en1981.
(Philips) con el estudio “El arte flamenco: prodigiosa moral de la
memoria”.
-Memoria del Flamenco (1979), segunda edición 1986, tercera edición
actualizada en Círculo de Lectores 1996.
-Agenda Flamenca, primera edición 1985, segunda edición Mondadori
1992.
-García Lorca y el flamenco, Mondadori 1992.
-“Lo flamenco en la Lola se va a los Puertos”, en el libro colectivo La
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generación del 98 y Manuel Machado ante el Flamenco, La Unión 1998


-Camarón y Paco de Lucía, editado en formato de lujo por Cajamadrid en
1998.
-Antología Poesía flamenca en 2010. En colaboración con José Martínez
Hernández.
-El poema largo “Criatura de dolor” en Libro de familia, Visor 2011.

En el año 1979 yo estaba terminando la Licenciatura en Filosofía en la


Universidad de Valencia. En aquel tiempo leía con voracidad todo lo que caía en
mis manos, pero sentía especial predilección por la poesía y la filosofía, pues
veía en ambas dos caminos paralelos hacia el conocimiento que, a menudo, se
cruzan y se encuentran. Entre los poetas, mis preferidos eran don Antonio
Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández y entre los filósofos mis
favoritos eran Unamuno y Nietzsche, tan distintos y tan semejantes, ambos
egotistas, apasionados y trágicos, con esa manera encorajinada de escribir a
gritos, interjectiva y vibrante, que agarra al lector por las solapas del alma y lo
zarandea sin escrúpulos. Mis gustos musicales también estaban en esa época
muy definidos, porque el flamenco me había robado ya el corazón para siempre:
Manuel Soto “El Sordera”, Terremoto de Jerez, Manuel de los Santos
“Agujetas”, José Menese con las letras de Moreno Galván, Antonio Mairena,
Camarón de la Isla y Manolo Caracol, siempre Manolo Caracol. No imaginaba
yo entonces qué podían tener en común San Manuel Bueno, mártir y la
seguiriya o Así habló Zaratustra y la soleá, pero intuía que aquellas lecturas
arrebatadoras y aquellos quejidos lacerantes crecían desde la misma raíz y se
habían asomado al mismo vértigo de penas y alegrías con coraje y afán de saber.
Sobre el flamenco había realizado lecturas superficiales, pues desconocía
las más profundas y relevantes, y tenía una impresión muy negativa de la
literatura dedicada a él, protagonizada, en gran parte, por poemas ripiosos y
facilones y por una retórica grandilocuente y hueca en la que convivían de
manera frustrante la expresión altisonante y barroca y la vaciedad de contenido.
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Sentía que la importancia y la hondura del flamenco merecían otra mirada,


pedían una actitud moral diferente, necesitaban palabras con otra música. Y fue
en estos avatares cuando, mirando novedades en el escaparate de mi librería
habitual, vi dos volúmenes en edición de bolsillo cuyo título secuestró de
inmediato mi atención: Memoria del Flamenco. Entré con la precipitación del
niño que espera un regalo y abrí el primer volumen saltando el prólogo de
Caballero Bonald y yendo directamente a las primeras palabras de Félix Grande:

“Escribo estas líneas al anochecer, junto a una botella de vino. He estado escuchando, a
solas, en la casa vacía, una seguiriya que canta Camarón de la Isla. <<A los santos del
cielo / les voy a pedir…>> Hace unas horas, los habitantes de mi casa, los míos, mis
gentes, han ido a otros asuntos; ya no tardarán en volver. En este tiempo he visto cómo se
amortiguaba, hasta morir, la luz del día; cómo la noche, cortés e inexorable, iba llenando
el mundo. Tomé un primer vaso de vino y me entregué, de buena ley y maniatado, a la
voracidad de mis recuerdos…” (Grande, 1979ª: 7).

Yo también me entregué con premura a la lectura de aquel magnífico


texto olvidándome del mundo y, a partir de ese momento, no pude levantar los
ojos del libro, estuve más de media hora leyendo de pie hasta que el cansancio
aconsejó marcharse a disfrutarlo a otro sitio con más comodidad y, al pagarlo,
me lo llevé sonriendo como quien compra una joya de valor inadvertido e
incalculable por un ridículo precio.
Memoria del Flamenco de Félix Grande es uno de los pocos clásicos
imperecederos de la literatura flamenca. Forma parte de un contexto histórico
en el que se produjo una importante renovación y evolución del flamenco
protagonizada por figuras como Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar y Víctor Monge
Serranito en la guitarra o Camarón de la Isla, Enrique Morente y José Menese,
en el cante, y marcó un antes y un después en los escritos sobre nuestro arte,
aportando una nueva visión poética, estética, ética y metafísica sobre él. Esta
obra monumental desarrolla tres hilos argumentativos principales: la historia
social de Andalucía desde el siglo XVI, la odisea terrestre de los gitanos desde la
India hasta su asentamiento definitivo en España y en Andalucía a partir del
siglo XV, y la historia conocida del flamenco desde el siglo XVIII. En ella se
reúne una vasta documentación manejada con la precisión del historiador, la
profundidad del antropólogo y la emoción del poeta. Desde las célebres
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conferencias de García Lorca no se había escrito acerca del flamenco con tanta
pasión, precisión y belleza, pues la prosa poética que trenza la urdimbre de este
texto excepcional es, junto con la del poeta granadino en Juego y teoría del
duende, la más exacta y conmovedora que se ha dedicado hasta hoy a la más
universal de nuestras músicas. Memoria del flamenco es, en primer lugar, una
obra que anuda la memoria personal del autor y la colectiva del flamenco para
definir y desarrollar una honda moral de la memoria:

“Para provocar o para sostener esa moral, para apartar el olvido o la indiferencia – es
decir, la mentira -, como se aparta con una manta el humo para poder respirar aire, el
artista flamenco empuja a su memoria hacia lo vivido y lo junto, empuja a su vino hacia
su corazón, <<Porque lo vivo era lo junto>> Es frase que consigna una moral de la
memoria. El flamenco lo sabe. Quizá bebe por eso. Tal vez canta por eso. Acaso vive para
eso. Hay una honda moral en la memoria, hay una honda moral en la música: sin la
música (que también es memoria, y viceversa), vivir sería un error.” (Grande, 1979ª: 18)

Memoria del flamenco es también una reivindicación y celebración de la


cultura popular, de la música como lenguaje, de la cultura flamenca y de los
intelectuales que la defendieron a lo largo de su desarrollo, con especial
mención a Federico García Lorca y Manuel de Falla por la organización del
célebre Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922. Y, en definitiva, es un
homenaje a los parias y olvidados de la Historia, a los que, en vez de
protagonizarla, la han sufrido y han permanecido en el desván del recuerdo
marginados y olvidados, pues, frente a la memoria coloreada y brillante de los
vencedores, Félix Grande nos habla de la memoria gris y dolorida de los
vencidos.
Memoria del flamenco supuso la consagración de Félix como
“flamencólogo”, palabra que no me acaba de gustar y que me resisto a utilizar en
su caso, pues pienso, más bien, que ha sido un flamenco escritor o un escritor
flamenco, tanto da, es decir, un creador que a través de la escritura ha
expresado su ser y su vivir flamencos. Dicho de otra manera, Félix ha sido, ante
todo, un escritor y un intelectual que ha vivido y comprendido como pocos el
espíritu de nuestro arte, no un entendido o un experto que se ha ocupado de él,
aunque también fuera esto último. Y aprovecho esta distinción entre quien
comprende algo y quien entiende de algo para establecer una línea divisoria
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entre dos maneras de acercarse al flamenco y, en general, a toda manifestación


artística. Casi diría entre dos tipos de personas y caracteres humanos: el
“comprendedor” y el entendedor. Comprender es ver y sentir algo desde dentro
y entender es mirarlo desde fuera. Quien comprende tiene un conocimiento
interno y esencial, mientras que quien sólo entiende conoce lo externo y
circunstancial. Para comprender es imprescindible ser, para entender basta con
hacer. Quien comprende algo es también ese algo, participa de ello, vive y
conoce su espíritu de manera natural, pero quien entiende de algo está en ello
de forma artificial, lo analiza o lo juzga, pero se queda en la letra y no penetra en
el espíritu. El “comprendedor” vive unido en amor y amistad con lo
comprendido, el entendedor sólo lo saluda como un conocido más o menos
lejano. De ahí que la guasa flamenca, con buen tino, diga con sorna de algunas
personas que “conocen” el flamenco pero no tienen “amistad” con él.
Félix Grande, nuestro querido Félix, estaba hermanado con el flamenco y
es el último representante de una magnífica tradición de intelectuales españoles
que lo han comprendido y amado de veras, que han reivindicado la cultura
popular y, con ella, como una de sus manifestaciones más verdaderas y
estremecedoras, el Arte Flamenco. Sus nombres son de sobra conocidos por los
buenos aficionados y estudiosos: Antonio Machado y Álvarez, “Demófilo”, sus
hijos Manuel y Antonio Machado, Manuel de Falla, Federico García Lorca, Luis
Rosales, Anselmo González Climent, Ricardo Molina, Francisco Moreno Galván,
José Manuel Caballero Bonald, Fernando Quiñones, etc. A todos ellos debemos,
le tomo a Félix prestadas unas palabras, “una permanente e innumerable
gratitud”. Gracias al empeño y al talento de esta venerable familia de
“comprendedores” y amantes del flamenco, la más nuestra de nuestras músicas
es cada día más respetada, apreciada y celebrada, aunque no tanto como se
merece. Sin embargo, no piensen ustedes que cometo la injusticia de poner a los
intelectuales por encima de los artistas flamencos. Ni mucho menos. Creo que
estos últimos son los verdaderos padres y madres de la criatura, pero también
creo que sus defensores intelectuales son los padrinos, y, sin ellos, por
desgracia, la hermosa y prodigiosa criatura se quedaría sin bautizar.
Félix Grande puso su hombría de bien y todo su talento literario y poético
al servicio de la revalorización del flamenco y lo hizo no sólo con la convicción
de quien defiende una causa justa, sino con la pasión de quien se defiende a sí
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mismo, a su gente, a su cultura y a sus valores. Reivindicó el flamenco como una


de las músicas más misteriosas y prodigiosas que ha creado la especie humana:

“En general, la música (tan poco esclava del discurso lógico, tan arrasadora de las lindes
de la razón) es el arte más misterioso y esencial, más revelatorio y sincero y, quizá por
todo ello, más otorgador de consuelo (cuando se ha dicho que todo poema aspira a ser
música no se ha expresado ningún despropósito). Y dentro de la música que la especie
humana ha acertado a darse a sí misma para celebrar su existencia, lamentar sus
calamidades y resistirse a ese imán que a todos nos lleva hacia el misterio de la muerte,
la música flamenca ocupa un sitio particularmente desgarrador y particularmente
prodigioso”. (Grande, 1992:41)

Reprochó con tanta tristeza como firmeza el desdén de sus colegas


intelectuales hacia esta música:

“Esa carencia de humildad es una constante en los intelectuales que no entienden y que
se niegan a entender la entidad del flamenco –es decir: que ignoran cuanto éste
contiene de profunda cultura, profunda música, profunda metafísica y profunda
sociología.”

E intentó dar una explicación profunda y radical a ese desdén:

“¿Por qué en el antiflamenquismo militaron tantas personas ilustres e ilustradas? ¿Por qué
todavía hoy en el mundo del poder universitario sobrevive tan fuerte resistencia a dar
entrada al flamenco en el espacio de las grandes creaciones estéticas de la aventura
humana? Porque la parte de la aventura humana que se manifiesta en el flamenco es,
grosso modo, su parte tenebrosa, y la Ilustración, por su propia concepción del mundo,
siente ante lo tenebroso o temor o desdén: y tiende a combatirlo. La Ilustración expulsó en
el siglo XVIII y por la puerta de servicio a las emociones mojadas de sombra que
empapaban de terror y desorden el inconsciente colectivo de las comunidades, y proclamó
la dictadura de la Felicidad; esas emociones mojadas de sombra, reivindicadas por el
Romanticismo, regresaron durante el siglo XIX derribando la puerta de entrada y tratando
de establecer el Senado de la Exaltación. La Ilustración cree en las Luces y en la Felicidad;
en el fondo, el Romanticismo sólo cree en la Desgracia. La Ilustración combate por lo
diáfano contra lo tenebroso; el Romanticismo descree de la Razón y busca sus argumentos
en el imperio de la Oscuridad”(Grande, 1992: 60-61).

El flamenco como rito y como fiesta comunitaria:


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“Desde una concepción exigente del hecho dramático del cante, nada más lejos para
definirlo que la palabra espectáculo. Podemos llamarlo ceremonia, podemos llamarlo fiesta
(otorgando a la palabra fiesta un sentido lúdico y a la vez una resonancia antropológica),
pero no es pertinente llamarle espectáculo. Cuando al suceso dramático del cante es posible
abarcarlo con el sustantivo espectáculo, es que ese suceso dramático ha renunciado a su
naturaleza más íntima, más ensimismada, más comunicativa y esencial” (Grande,
1992:46).

Félix supo escuchar en el flamenco la voz de los desheredados y parias de


la historia, la crónica musical y poética de unos orfeos renegridos y tiznados por
la pena, hijos del desamparo y la desgracia:

“¡Ah, sus aulas! Los humillados / llevaban el conservatorio / en la dentadura del alma: /
su profesor era el dolor, / la tristeza su pentagrama / y su metrónomo una furia /
enjalbegada de piedad”. (Grande, 2011: 80)

Unos parias que sólo se tenían a si mismos y que sobrevivían de pie sosteniéndose
sobre le mínima y precaria solidaridad de la familia:
Félix Grande en su poema Criatura de dolor:

“Su madre, su padre, su hermana.


su hermano…¿Qué puede saber
sobre la sangre familiar
quien no tiene miedo del mundo?
La familia era su refugio,
su abogado, su sindicato,
su voto, su Casa del Pueblo,
su Senado, su Parlamento
y su Constitución. ¿Qué sabe
de esa vieja legislación
quien no tiene miedo del mundo?
¿Quien no tiene miedo ¿qué sabe
de lo sagrado de la música? (Grande, 2011:81)

Reivindicó no sólo el cante, el toque y el baile, sino también el milagro


minimalista y descarnado de la poesía flamenca, reprochándoles a los
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estudiosos e investigadores su desdén hacia ella:

“¿Por qué no han celebrado ustedes todavía el Cancionero anónimo flamenco? ¿Por qué
no han estudiado la tensa economía expresiva, la lóbrega sinceridad, el desamparo
urgente, la subterránea palpitación histórica y civil que se contienen en ese picacho
geológico que sobresale en nuestra cordillera verbal y a la que aquí y ahora nombramos
como Cancionero anónimo flamenco?”. (Grande, 1992: 58-59)

En otra de sus obras fundamentales, García Lorca y el flamenco, Félix


reconoció en García Lorca al genial precursor de una posible Estética del
flamenco con su teoría del duende:

“La teoría del duende que elaboró García Lorca es un portento. Servirá al flamencólogo
para comprobar que el poeta supo bajar a lo esencial en el flamenco, sirve al artista
flamenco para reconocer el privilegio de la grandeza de su servidumbre y, en general,
sirve a cualquiera que se interese por las artes, para tener más claro qué es el arte, cuáles
son sus auténticas exigencias últimas y hasta dónde el oficio de artista es un asunto
serio –como por lo demás, no seamos exquisitos, cualquier asunto humano-. O dicho de
otro modo: nos va la vida en ello, nos va la vida en todo. Si el artista flamenco no lo
comprende así, no sucederá nada: vendrán la perfección, la distracción o el hielo, pero
no vendrá el duende”. (Grande, 1992: 78)

En esta obra, llena de pasión, admiración y conocimiento sobre Federico,


Félix Grande no elude el poner de manifiesto sus errores al hablar sobre
flamenco, -poner como ejemplo de seguiriya cuatro coplas de soleá, creer que
Torres es el apellido del cantaor jerezano Manuel Torre, afirmar que el cante se
ha venido cultivando desde tiempo inmemorial o decir que los cantes flamencos
son creaciones artísticas populares, etc.-, pero, frente a esos detalles menores,
señala y celebra en el poeta granadino el nacimiento de una nueva concepción
poética y estética inspirada en el flamenco:

“En las coplas flamencas, y para decirlo con palabras de García Lorca, hay una
<<ausencia casi absoluta del ´medio tono´>>; esto es: en esas construcciones poéticas
no predominan – y casi ni aparecen – la calma, la armonía, y tal vez ni siquiera lo que
llamamos la belleza, en su sentido más apaciguado, sino que lo que predomina en ellas
es el sobresalto, el estrago, el patetismo. Hay, pues, en esa poética no una belleza que
nos dilate la respiración, sino una belleza que nos aprieta la garganta. La belleza de la
poética flamenca no es confortable, sino desgarradora; no es nuestro acompañante: es
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nuestro cómplice. No señala lo que hay en nuestra vida de continuidad: señala con el
dedo lo que al fondo de nosotros es fractura y catástrofe. La belleza del flamenco no nos
sugiere que avanzamos entre la Luces del Progreso: afirma que habitamos el mundo
muriendo a tientas y viviendo con escozor.” (Grande, 1992: 61-62)

Y, por encima de sus muchos aciertos, con empatía y clarividencia


admirables, a lo largo de toda su obra dedicada al flamenco, vio en él su
condición de música trágica, de música desgarrada que contiene una metafísica
de la tragedia y del grito:

“Con coraje o con miedo, es cuestión de matices: lo importante es el grito. Las coplas
que tienen gritos en su ser, al preguntar gritando – es decir, al protestar contra la
muerte – reivindican la vida (...) Pues bien: nuestro cante flamenco está lleno de gritos.
Yo diría de gritos temerosos. De ayeo. Con eso basta. A la copla flamenca, si se le lee el
ayeo correctamente, si se le descifra su grito, se le verá la metafísica.” (Grande,
1979a:30).

Metafísica trágica del grito y de la música.

“Tal vez gritar y preguntar sean una misma cosa. Tal vez las preguntas, los gritos, fueron
articulando la cultura, siguen articulándola”
“La comunión más profunda con todos los otros seres de la especie – los seres vivos y los
seres muertos – se produce a través del grito. Que la orfandad del grito desemboca en la
multitud. Que la fraternidad aúlla. Que el aullido es amor.”

“Hay un lugar donde se juntan la metafísica y la Historia. A veces, ese lugar se


llama el grito.”

“La metafísica y la Historia tienen algo en común que lo esencial de ambas:


muestran la enemistad de la vida contra la muerte. En ocasiones la muestran
con el grito. El grito ama a la vida.”

“Quien dijo que el hombre es un ser para la muerte decía la verdad. Quien dijo <<nunca
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nadie muere nada>> decía la verdad. Y ambas verdades son complementarias, y quizá
no son nada la una sin la otra. Quizá la vida es la perpetua mezcla de esos dos
sobresaltos, de ese matrimonio de escalofríos. El ser ha celebrado siempre al sol, las
cosechas, los nacimientos, la iniciación, las bodas, las victorias: y siempre las celebrará.
El ser siempre ha llorado la oscuridad, las muertes, la desunión, la vejez, las derrotas,
las injusticias: y las llorará siempre. La vida es un enorme capital de desconsuelo y de
consuelo. De gratitud y rebelión. Pero sobre todo, de música, la portentosa actividad del
hombre que junta al desconsuelo y al consuelo.” (Grande, 1979ª: 28)

En Libro de familia, el último de sus libros de poesía, Félix Grande


incluyó la que sería se despedida literaria del flamenco, un largo poema
titulado “Criatura de dolor” en el que nos dejó una reveladora definición
de los seres humanos y de su parentesco metafísico y ancestral con el
flamenco:

CRIATURA DE DOLOR:

Definición del Flamenco:


“¡Ah, destino: somos ignorancia errabunda
y somos fogonazo fantástico! ¡Ah, luz en sombra, somos
la horda remota, enriquecida por la música!: Somos
la altiva horda, aliviada de ritmo, lujosa de lenguaje;
somos el desamparo y el amparo; somos la desesperación
caída en el algodón de una palabra, un sonido, una forma;
somos la comunión del infortunio, la mano helada
que alguien o algo toca, y la enciende; somos
los pies golpeando sobre la tierra a tempo, en espera
de la limosna de los antepasados; somos esos brazos
y esas manos moviéndose por todo lo alto, como
si llamaran a los siglos nonatos; somos esa furiosa
guitarra cuyo ímpetu melancólico nos requiebra las penas.
Somos el despojamiento fastuoso: un rugido
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De bárbara consolación.
Somos un cante flamenco.” (Grande, 2011:66)

Y, además de lo antedicho, Félix Grande fue durante toda su vida un


quijotesco defensor de causas perdidas, haciendo honor a las palabras de su
admirado y querido Antonio Machado: “Siempre que he visto a un hombre solo,
o seguido de menguada hueste, luchar contra el medio en que vive, he sentido el
orgullo de pertenecer a la especie humana”. Félix se puso al lado de todo aquello
que veía injustamente atacado y perseguido: los gitanos, la guitarra flamenca,
Luis Rosales, Paco de Lucía, Federico García Lorca, etc., etc. Por eso merece
compartir el acertado elogio que dedicó el poeta Lucano al gran Catón de Útica
en un verso célebre: “la causa vencedora agradó a los dioses y la vencida a
Catón”.
Y merece también que le dediquemos nuestro recuerdo agradecido y
emocionado. He tenido la fortuna de compartir con Félix Grande más de veinte
años de mi vida. Ha sido para mí maestro, amigo y hermano del alma y con mis
palabras sólo he querido honrar su memoria y mantenerla viva, del mismo
modo que se mantiene para siempre presente e imborrable en mi corazón.

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