Annotation
Después de un despido fulminante, Simon se ve obligado a ocuparse de
su casa y de su hijo, mientras su esposa sostiene la economía familiar.
Deprimido y lleno de odio contra el jefe que lo traicionó, un día Simon
conoce en un parque a tres padres en su misma situación, pero que se toman
las cosas de manera distinta. Más fuertes, más seguros de sí mismos y más
amables, Michael, Charlie y Ramon no tardan en invitar a Simon a sumarse a
su 'jauría'. Hasta que, después de una salida con sus nuevos amigos, Simon
empieza a experimentar unos extraños e inquietantes cambios en su cuerpo y
en sus percepciones, y siente que su realidad se ha convertido en una
pesadilla. Inquietante thriller de suspense a la vez que una radiografía ácida y
desapasionada sobre la crisis económica y la nueva masculinidad.
JASON STARR
Sinopsis
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Nota del autor
notes
JASON STARR
La jauría
Traducción de Martín Rodríguez-Courel Guinzo
Umbriel
Sinopsis
Después de un despido fulminante, Simon se ve obligado a
ocuparse de su casa y de su hijo, mientras su esposa sostiene la
economía familiar. Deprimido y lleno de odio contra el jefe que lo
traicionó, un día Simon conoce en un parque a tres padres en su
misma situación, pero que se toman las cosas de manera distinta.
Más fuertes, más seguros de sí mismos y más amables, Michael,
Charlie y Ramon no tardan en invitar a Simon a sumarse a su
'jauría'. Hasta que, después de una salida con sus nuevos amigos,
Simon empieza a experimentar unos extraños e inquietantes
cambios en su cuerpo y en sus percepciones, y siente que su
realidad se ha convertido en una pesadilla. Inquietante thriller de
suspense a la vez que una radiografía ácida y desapasionada sobre
la crisis económica y la nueva masculinidad.
Título Original: The pack
Traductor: Rodríguez-Courel Guinzo, Martín
©2011, Starr, Jason
©2012, Umbriel
ISBN: 9788492915125
Generado con: QualityEbook v0.75
Para Chynna
1
Simon Burns se despertó sintiendo que algo le mordisqueaba en la nuca.
Había estado soñando que estaba nadando en el mar; quizás en el Egeo, en la
costa de Creta, donde no había estado jamás. Había sido un sueño placentero
y relajante hasta que sintió el mordisqueo. Entonces el pulso se le había
acelerado por el convencimiento de que estaba siendo atacado por un tiburón
o algo mortífero, y cuando se despertó se incorporó instintivamente y casi le
da un codazo a su esposa, Alison, en la mandíbula.
—Eh —protestó ella.
Tardó unos segundos en percatarse de que no estaba nadando en el Egeo
y que se encontraba en su piso de la Ochenta y nueve con Columbus.
—Ay, lo siento. —El corazón seguía retumbándole en el pecho.
Alison estaba sentada en la cama, abrazándole por detrás y besándole en
la nuca. Vaya con el ataque de un tiburón sanguinario.
—¿Un mal sueño?
—Bueno y malo.
—¿Cuál era la parte mala?
—Creí que eras un tiburón en Grecia.
—¿Así que un tiburón griego, eh? No soy tan terrorífica, ¿verdad?
—Era sólo un sueño.
Alison le besó de nuevo en el mentón y preguntó:
—¿Cómo te sientes?
¿Cómo te sientes? era el código que tenían para: ¿Quieres hacer el
amor? Últimamente no lo hacían. No era culpa de nadie; ambos habían
estado muy atareados en sus trabajos a jornada completa, y cuando llegaban a
casa se ocupaban de Jeremy hasta que se iba a dormir —algunas noches les
daban incluso las diez—, y para entonces estaban tan hechos polvo que se
derrumbaban en el sofá y se ponían a ver la tele. El doctor Hagan, su
terapeuta matrimonial, les había mandado algunos ejercicios para potenciar la
intimidad en su matrimonio —seguir saliendo por la noche, planear
escapadas románticas—, salvo que con el cuidado de su hijo y el trabajo
tampoco habían tenido mucho tiempo para nada de eso.
—Me siento muy bien —replicó Simon, intentando animarse.
La besó en los labios sujetándole la cabeza. Alison se recostó en la cama
y él se colocó encima y le agarró las manos. Intentaba no distraerse, aunque
le resultaba difícil no hacerlo. Echó un vistazo al reloj de la mesilla de noche:
las siete cuarenta y cuatro. Era gestor de cuentas de una agencia de publicidad
del centro, y en cuarenta y seis minutos tenía una reunión con un cliente
importante. Intentó concentrarse en hacer el amor, aunque siguió
preocupándose por la reunión y un ascenso pendiente, mientras reproducía en
su cabeza fragmentos aleatorios de conversaciones mantenidas en el trabajo.
—¿Va todo bien? —preguntó Alison.
—Muy bien —mintió Simon—. ¿Por qué?
—Da lo mismo.
Él la besó con un ligero gemido, y sus ojos se movieron hacia la mesilla
de noche: las siete cuarenta y cinco.
—¡Mamá! —llamó Jeremy, su hijo de tres años, desde su dormitorio.
Alison le lanzó una mirada que decía: ¿Te lo puedes creer?
—Puede que se vuelva a dormir —aventuró Simon.
Prestaron atención, no oyeron nada y reanudaron la actividad amatoria,
y entonces sonó el despertador con la música que tocaba todas las mañanas:
«Beautiful Day», de U2.
—Las inconveniencias siempre vienen acompañadas —comentó Simon.
—¡Mamá! —volvió a llamar Jeremy.
—¡Ya voy, cielo! —respondió Alison. Se puso las bragas y masculló en
un tono de frustración—: Esto es tan difícil.
Él también había saltado de la cama.
—Fue sólo un coitus interruptus.
—No, me refería a todo esto. —Hizo un gesto con las manos, abarcando
la habitación con la mirada—. Los dos trabajando a jornada completa e
intentando hacerle un hueco al sexo siempre que podemos. Y tengo la
sensación de que nos estamos perdiendo toda la infancia de Jeremy.
—Vamos —objetó Simon—. Me parece que ahora estás siendo un poco
melodramática.
—Ya sabes a qué me refiero —replicó ella—. Conseguimos dedicarle...
¿cuánto?, ¿tres, cuatro horas al día? No es suficiente.
Ya habían hablado de eso antes. Cuando Jeremy nació, Alison había
considerado dejar su trabajo como representante farmacéutica e intentar
encontrar algo a tiempo parcial, pero después de hacer multitud de números
se dieron cuenta de que no podían apañárselas. A duras penas se las
arreglaban en Manhattan con dos sueldos a jornada completa, e irse a vivir
fuera de la ciudad sería igual de caro si se tenía en cuenta los gastos de
transporte y la necesidad de tener dos coches. Así que habían decidido
permanecer en la ciudad, conservar sus empleos y contratar a una niñera que
cuidara de Jeremy entre semana. La situación distaba de ser infrecuente: la
mayoría de los padres trabajadores de Manhattan tenían que contratar niñeras,
aunque se hacía especialmente duro cuando Jeremy adquiría nuevos
conocimientos, ampliaba su vocabulario o aprendía una nueva triquiñuela en
el parque infantil. Ésos eran momentos que los padres jamás recuperarían.
—Me siento tan frustrado como tú —comentó Simon—. Si lo de mi
ascenso sale adelante, a lo mejor puedes reducir tu jornada o incluso dejar el
trabajo. Pero hasta entonces, no podemos hacer nada.
—Lo sé, lo sé —admitió Alison—. Sólo digo que esto empieza a
hacerse pesado, nada más.
Ella se puso una larga camiseta con «La mejor mamá del mundo»
escrito encima y se fue a atender a Jeremy.
Simon se afeitó y duchó lo más deprisa que pudo y entró en el comedor
mientras terminaba de vestirse, abotonándose la camisa. Jeremy estaba en su
trona, desayunando: Special K y un cartón de zumo.
—Aquí está mi muchachote —dijo Simon—. Choca esas cinco, chaval.
Levantó la mano y Jeremy le dio una palmada.
—Chócala —respondió el niño.
—Así se hace.
Miró a Alison, que estaba descargando el lavavajillas. Se dio cuenta de
que seguía disgustaba por la conversación mantenida, aunque no había nada
que pudiera decirle para hacerla sentir mejor, sobre todo cuando ya llegaba
tarde al trabajo.
Terminó de abotonarse la camisa mientras se dirigió al armario
empotrado, cogió la primera corbata que vio —la azul marino— y se la
colocó alrededor del cuello sin ceñir, se puso el bléiser, cogió su maletín y
regresó por donde había venido.
El timbre de la puerta sonó. Simon supo quién era antes de abrir:
Margaret, la niñera.
—Hola, Simon, buenos días.
Margaret era la tercera niñera que habían tenido desde el nacimiento de
Jeremy: Marianna se había ido cuando ella y su familia regresaron a Ecuador,
y Linda lo había dejado para tener su propio hijo. Era raro que las niñeras
pudieran permitirse dejar sus trabajos para cuidar de sus hijos, mientras que
él y Alison no podían, aunque por otro lado las niñeras solían vivir fuera de la
ciudad. Si querías vivir en Manhattan, en un piso que fuera más grande que
un estudio, en un edificio decente y en un barrio decente, entonces tenías que
hacer sacrificios.
Margaret era, con diferencia, la mejor niñera que habían tenido.
Jamaicana, de unos cuarenta y tantos años y con dos hijos criados, y lo más
importante de todo es que era fantástica con Jeremy. Paciente y divertida,
resultaba evidente que disfrutaba de verdad el tiempo que pasaba con el niño.
Jeremy sentía una pasión loca por ella. Hablaba a todas horas de Margaret, a
veces pedía que estuviera los fines de semana y se agarraba unos berrinches
de espanto cuando la niñera se iba a su casa por las noches. Aunque era
fantástico que tuviera unos lazos tan estrechos con su niñera, a veces eso era
algo duro de aceptar para Simon, y sobre todo para Alison, puesto que les
recordaba lo mucho que se estaban perdiendo por el hecho de que otra
persona criara a su hijo.
—¡Viva, ya está aquí Margaret! —exclamó Jeremy con excitación. Se
levantó de la mesa y echó a correr hacia la niñera, a la que dio un gran
abrazo.
—Vamos, que tienes que terminar de desayunar —le ordenó Alison.
Jeremy la ignoró y se dirigió a Margaret:
—Quiero enseñarte el dibujo que hice ayer.
—Acaba de desayunar, haz caso ahora a tu madre —dijo Margaret, y
Jeremy obedeció inmediatamente y volvió a su sitio.
Simon le echó una mirada a Alison y se percató de lo decepcionada y
dolida que se sentía, aunque no lo demostrara realmente.
Cuando Margaret se ocupó de Jeremy, Alison volvió al lavavajillas.
Simon apareció detrás de ella como una exhalación, la besó en el cuello y le
susurró:
—El sanguinario tiburón ataca de nuevo. —Aquello ni siquiera le
arrancó una sonrisa a su mujer. Y añadió—: Todo va a ir bien, cariño, te lo
prometo. —Alison permaneció impasible. Él insistió—: Eh, como dice Bono,
hoy es un día hermoso —y ella casi sonrió.
—Te comprendo —dijo él.
—Sí, me comprendes.
Simon llevaba trabajando en Smythe & O’Greeley, o S&O, siete años.
Anteriormente había trabajado como creativo para una agencia más pequeña,
pero le gustaba más su actual trabajo porque podía tener una mayor relación
personal con los clientes, o sea, conseguía divertirse más. El ascenso a primer
gestor de cuentas le permitiría una mayor aportación creativa, y eso supondría
una agradable variación respecto a lo que había estado haciendo últimamente.
Cuando estaba pasando la tarjeta electrónica para entrar en las oficinas
de S&O, Paul Kramer apareció por detrás de él y dijo:
—Llegando pronto para hacerle la pelota a Tom, ¿eh?
Paul era unos pocos años más joven que Simon. Al igual que él, era
gerente de cuentas y candidato al puesto de primer gestor. En realidad, había
cuatro candidatos de S&O para el puesto y —según los rumores— unos
cuantos más de fuera de la empresa. A Simon le parecía que estaba en una
excelente posición para hacerse con el puesto gracias a su antigüedad —
llevaba en S&O más tiempo que cualquiera de los candidatos de la casa,
incluido Paul, que sólo llevaba en la empresa alrededor de un año— y porque
era el más cualificado para el puesto.
—No, es que tengo una reunión temprano —dijo.
—¿Con Tom? —preguntó Paul con una sonrisa taimada.
Tom Harrison era el jefe de ambos.
—No, con un cliente.
—¿Con qué cliente? —siguió preguntando Paul.
Seguía con su sonrisita, como si estuviera interpretando el papel de
alguien que estuviera compitiendo maliciosamente por un ascenso, aunque
era evidente que «estaba» compitiendo maliciosamente.
—Con Dave Milligan, del Deutsche Bank —respondió Simon.
—Te creo, te creo —dijo Paul—. Supongo.
¡Puaj!, Simon detestaba las intrigas oficinescas. No era muy competitivo
por naturaleza. Había crecido sin haber participado jamás en ningún deporte
organizado ni jugado en ningún equipo del instituto o la universidad. Aunque
iba a los bares con los muchachos de la oficina a ver los partidos importantes
por televisión, en casa no veía los deportes y realmente no comprendía la
razón de que ganar o perder fuera para los demás una cuestión tan de vida o
muerte. Llegar a aquellos niveles de trivialidad en compañía de sus
compañeros de trabajo le parecía tan tonto como improductivo. En última
instancia, ¿no estaban todos los de la empresa en el mismo equipo?
—Buenos días, Mark —le dijo a su ayudante.
—Buenos días —respondió el joven—. Los clientes acaban de llegar,
están en la sala de reuniones. Los bollos y los cafés ya están servidos y les
dije que enseguida estarías con ellos.
—Fantástico; muchas gracias por haberte ocupado de todo —dijo
Simon.
Ése era el error que cometía la gente. Si eras mezquino con las personas,
al final eso no te reportaba nada. Trata a los demás con respeto y ocurrirán
cosas buenas; tal filosofía le había dado buenos resultados a lo largo de su
carrera profesional.
La reunión con la gente del Deutsche Bank fue de maravilla. Estaban
más que complacidos con su actual relación con S&O y querían aumentar sus
gastos para el siguiente trimestre, y también discutir nuevas campañas para el
próximo año.
Exultante por lo positivo de la reunión, Simon regresó a su oficina.
Estaba a punto de sentarse a la mesa y empezar a esbozar algunas ideas para
la propuesta cuando Mark entró y dijo:
—Tom te ha estado buscando.
—Gracias —replicó Simon—. ¿Dijo qué quería?
—No, pero quiere que te reúnas con él en el despacho de Joe McElroy
inmediatamente.
—Fantástico, gracias.
Joe McElroy era el subdirector de recursos humanos. Simon imaginó
que aquello tenía que ver con el ascenso; tal vez Tom quisiera darle la noticia
en el despacho de Joe porque necesitaban revisar el convenio de beneficios.
Simon no quería adelantarse demasiado a los acontecimientos y atraerse la
mala suerte, aunque le resultó difícil no excitarse un poco. Llevaba siete años
matándose a trabajar en aquel empleo, y era sensacional que al final recibiera
la recompensa por sus esfuerzos. Con el aumento de sueldo podría
incrementar las aportaciones a su plan de jubilación y al fondo para la
universidad de Jeremy, así como hacer de vez en cuando alguna amortización
doble del préstamo hipotecario. También podría llevar a la familia de
vacaciones sin la sensación de debacle financiera, y quizás en uno o dos años,
si conseguía otro ascenso con mayor sueldo o podía cambiar a otra agencia
para mejorar, Alison podría dejar su trabajo y quedarse en casa con Jeremy
cuando éste empezara el jardín de infancia.
Cuando Simon entró, Tom estaba junto a Joe delante de la mesa. Tom
tenía unos cuarenta y cinco años, pero los veinte años que llevaba en el
extenuante mundo de la publicidad e incontables almuerzos de negocios
acompañados de unos cuantos martini, y otras tantas copas a la salida del
trabajo hacían que pareciese unos diez años más viejo. Joe era joven y
atildado y hacía pocos años que había terminado la carrera.
—Hola —dijo Simon.
Tom empezó a decir algo, quizás a devolver el saludo, pero Simon le
cortó.
—Bueno, tengo algunas noticias fantásticas. Acabo de salir de la
reunión con Dave Milligan y Andrew Chin, del Deutsche Bank. Parece que
están dispuestos a ampliar un montonazo su cuenta de gastos con nosotros
para el próximo trimestre.
—¿En serio? Eso es, en fin, fantástico —dijo Tom—, aunque yo...
—Lo sé, estoy entusiasmado —le cortó Simon—. Llevo meses tratando
esto con esos tipos y creo que al final conseguí que se decidieran. —Se
percató de que Tom parecía distraído, quizás hasta molesto por algo, así que
preguntó—: ¿Va todo bien?
—No —respondió Tom—. Me temo que no. —Seguía sin mirarle a los
ojos.
—Si no he conseguido este ascenso, lo entiendo —dijo Simon—. Sé que
había otros candidatos y que sólo uno de nosotros puede...
—Lo siento, pero vamos a tener que suprimir tu puesto —soltó Tom.
Sobrevino un silencio, como el silencio después del lanzamiento de una
bomba atómica.
—¿Perdona? —Simon no comprendió realmente lo que Tom había
dicho; aquellas palabras carecían de sentido.
—Lo siento —repitió su jefe—. Tengo las manos atadas al respecto y
todo esto me hace sentir fatal.
Simon sintió una náusea sorda en las tripas. Se sentía como si le hubiera
asestado un golpe a traición, que en cierto sentido es lo que había hecho.
—Ahora puedes irte, Tom —terció Joe.
Cuando Tom salió del despacho, Joe le puso fugazmente una mano en el
hombro y dijo:
—Lo siento.
Simon seguía en una nube. ¿Estaba ocurriendo eso realmente?
Joe tendió una carpeta para que Simon la cogiera.
—Aquí se explica todo lo que tienes que saber sobre tu indemnización
por despido y los beneficios....
La voz de Joe se fue desvaneciendo hasta convertirse en un zumbido.
Los pensamientos se iban arremolinando en la cabeza de Simon, todos
carentes de sentido. Al mirar a Joe, le pareció estar viendo una película muda
a cámara lenta. Le oyó decir «encantado de repasarlo todo contigo» y
«responder a cualquier pregunta que tuvieras», y entonces la voz volvió a
desvanecerse. Simon estaba pasmado por la frialdad de Joe, por que no
mostrara ninguna emoción. Para el caso, Joe podría haber estado solo en la
habitación, hablándole a una pared.
No recordaba haberse marchado del despacho de Joe. De repente se
encontró caminando resueltamente por el pasillo, y entonces, en apariencia
sin solución de continuidad, estaba en el despacho de Tom, diciendo:
—Es una broma, ¿verdad? No me estás despidiendo en serio, ¿no?
Su jefe estaba sentado a su mesa. Simon estaba tan alterado que estaba
temblando de veras.
—No deberías estar aquí —respondió Tom.
—¿Estás de coña? —preguntó Simon—. ¿Qué demonios está pasando
aquí? Vamos, cuéntamelo.
Tom respiró hondo y dijo a regañadientes:
—Mira, tú sabes cómo está la cosa actualmente. Es una cuestión de
números, lisa y llanamente.
—Pero en aquella evaluación de rendimientos de hace dos semanas
dijiste que estaba haciendo un trabajo excelente. Esas fueron tus palabras
exactas: «Estás haciendo un trabajo excelente, Simon».
Joe entró como una exhalación en el despacho.
—Va a tener que abandonar este despacho ahora, señor Burns —dijo.
—¿Señor Burns? —dijo Simon, dirigiéndose a Joe—. ¿Me acabas de
llamar señor Burns en serio?
—Haz lo que te dice —terció Tom.
—Vamos, te lo suplico —le dijo Simon a Tom—. Tengo esposa y un
hijo, tenemos que pagar una hipoteca, la manutención y los cuidados del niño
y...
—Hablo en serio —le cortó Joe—. No está autorizado a tener esta
conversación.
—¿Por qué yo? —Simon continuó dirigiéndose a Tom—. ¿Por qué no
otro? Me refiero a que Paul lleva aquí, ¿cuánto?, ¿un año? ¿Por qué no
despedirle a él?
—Esto podría afectar a su indemnización por despido —insistió Joe.
—En otras palabras, ¿ni siquiera hablas conmigo? —El enfado de Simon
iba en aumento, igual que el tono de su voz—. ¿Ni siquiera me das la
oportunidad de defenderme? ¿Después de siete años? ¿De siete malditos
años?
—Lo lamento, Simon —dijo Tom.
—Por favor, no hables con él —instó Joe a Tom.
—Oh, lo lamentas —observó Simon—. Ah, bueno, eso mejora
muchísimo las cosas. Pero dime, dime una cosa —Simon sabía que estaba
perdiendo el control, pero aun así continuó—. ¿Cuándo, en los siete años que
llevo trabajando aquí, cuándo no he cumplido contigo? Todos los proyectos
que te he entregado en su plazo, las reuniones a las que nunca he faltado. La
única vez que me tomé un día por enfermedad en siete años fue cuando mi
hijo tuvo la maldita gripe porcina.
—Si no sale ahora mismo —le amenazó Joe—, tendré que informar de
esto.
—Mírame a los ojos —Simon seguía hablándole a Tom—. Mírame a los
ojos y dime que no tienes nada que ver con esta decisión.
Su jefe desvió la mirada hacia la pantalla de su ordenador.
—Es increíble —dijo Simon, y salió del despacho con paso firme. Cerró
la puerta de un portazo para impresionar y toda la endeble pared tembló y
oyó que dentro del despacho se caía algo de cristal y se hacía añicos. Se
dirigió de vuelta a su mesa sintiéndose aturdido y embotado, pero a mitad de
camino se dio la vuelta y volvió a entrar en el despacho de Tom
precipitadamente.
—Lo siento. No... no era mi intención hacer eso.
Su jefe ahora parecía cabreado, y se inclinaba sobre el marco roto de un
cuadro mientras empezaba a recoger los trozos más grandes de cristal.
—Vete ya, Simon. Se acabó, ¿de acuerdo?
Un corpulento guardia de seguridad había entrado en el despacho y
estaba parado al lado de Joe.
—Lo siento —le dijo el subdirector de recursos humanos—, pero tienes
que recoger tus objetos personales y abandonar el edificio ahora mismo.
Kevin te echará una mano.
Simon permaneció allí varios segundos, paralizado, antes de marcharse.
La gente de la oficina había dejado lo que estaban haciendo y atisbaban por
encima de sus cubículos o levantaban la mirada desde sus mesas. Todavía
envuelto en una neblina, sintiendo como si sólo estuviera allí a medias, los
ignoró a todos. Sin saber cómo, acabó en su despacho, metiendo cosas en una
caja mientras el guardia de seguridad permanecía cerca de la puerta, pero no
recordaba haber cogido la caja y apenas era consciente de nada de lo que
estaba haciendo. En un momento dado, Mark se asomó y dijo: «Eh, tío, lo
siento de veras», pero Simon no le respondió y ni siquiera lo miró.
Cuando terminó de recoger sus cosas, la conmoción por haber sido
despedido estaba empezando a debilitarse y la ira le golpeaba con todas sus
fuerzas. Menuda mierda era aquello. Él no era un simple empleado a tiempo
parcial ni un eventual. Había invertido siete años de su vida en trabajar para
S&O, ¿y así era como terminaban? ¿Qué había dicho Tom: Vamos a tener
que suprimir tu puesto? Tener, como si fuera un decreto divino o algo
parecido. Después de todos esos años, ¿no podía haberle dado al menos un
aviso, haberle hecho algún tipo de insinuación de lo que se le avecinaba?
Pero no, no le había dicho una palabra, aunque —se percató de repente— sí
que había habido algunas pistas. Como aquella reunión de personal de hacía
dos semanas que Tom se «había olvidado» comentarle; y aquella vez
(¿cuándo había sido?, ¿al final de la semana anterior?), cuando tomó el
ascensor en el que iban Tom y Eric, uno de los directores creativos, y habían
interrumpido de repente su conversación... Cuanto más pensaba en ello, más
cuenta se daba de que desde el principio había habido pequeñas y sutiles
pistas, y quizá, si no hubiera estado tan estresado por el trabajo y con todo
aquel calendario suyo tan disparatado, podría haber unido las piezas del
rompecabezas antes y darse cuenta de que su puesto estaba en peligro.
No obstante, era tan cobardica por parte de Tom soltarle aquello por
sorpresa. Sí, como si realmente supusiera que se iba a creer que él había
tenido las manos atadas, que se había alzado en su defensa ante Andy
Wallace y los demás tipos de la dirección. Si Andy hubiera sugerido
despedirle, lo más seguro es que Tom hubiera consentido inmediatamente. O
lo más probable era que hubiera sido idea de su jefe. En ese momento se lo
imaginó con absoluta claridad: Andy reunido con Tom pidiéndole que le
sugiriese de quién librarse —si de Paul o de Simon— y a su jefe diciendo:
«Creo que deberíamos despedir a Simon».
Deseaba poder hacer algo —pasar por encima de Tom, presentar algún
tipo de queja—, pero sabía que lloriquear por la situación no le iba a llevar a
ninguna parte. En el mundo de la publicidad se despedía permanentemente a
la gente; era el pan nuestro de cada día. Había tenido suerte de que, hasta ese
momento, no le hubiera ocurrido nunca a él. Aunque sin duda había sido un
error cerrar la puerta del despacho de Tom de un portazo y romper el marco
de aquel cuadro. Después de todo, podría necesitar una carta de
recomendación.
Abandonar la oficina fue una de las experiencias más humillantes de su
vida. Aunque no vio a nadie observándolo, sabía que «todos» lo observaban.
Sería la comidilla del día en la oficina... qué demonios, de la semana. Les
contarían a sus esposas y amigos que Simon Burns había sido despedido y
que había cerrado la puerta de su jefe de un portazo y roto el marco de un
cuadro. Sólo quería salir de allí de una puñetera vez lo más deprisa que
pudiera, pero se le antojó que tardaba minutos en ir desde su despacho hasta
los ascensores. En ese momento, estaba intentando centrar la vista en el vacío
y ponerse en plan zen, pero le resultó imposible apartar los pensamientos de
su cabeza. Aquélla era la primera vez que le despedían de un trabajo, se
percató de pronto, y estaba absolutamente desprevenido para la desenfrenada
avalancha de emociones. Se sentía avergonzado y la pena le embargaba,
como un absoluto fracasado. También estaba aterrorizado, sabiendo que era
imposible que pudiera pagar las facturas con una magra prestación por
desempleo. El mercado laboral estaba tan difícil que no había ninguna
garantía de que pudiera encontrar un empleo ese año, e iba a tener que pulirse
todos sus ahorros sólo para dar de comer a su familia.
Cuando subía caminando por Broadway, bajó del bordillo cuando el
semáforo se había puesto en rojo y un taxi que circulaba a toda velocidad
estuvo a punto de embestirlo. Aunque apenas puso atención cuando, envuelto
en una nube, prosiguió su camino hacia la parte alta de la ciudad, con la
sensación de que su vida se había ido a la mierda.
2
Su mujer se tomó la noticia mucho mejor que lo que Simon había supuesto.
No quiso dársela por teléfono, así que se lo dijo en persona, cuando ella llegó
a casa del trabajo y después de que Margaret se hubiera ido. Al principio,
Alison se alteró y se puso hecha una furia, insultando a Tom y lamentándose
por la completa injusticia del hecho, en especial por la manera en que había
sucedido.
—¿Sabes?, puede que no sea tan malo —soltó de pronto.
Estaba en el sofá, mientras Simon daba vueltas de un lado para otro. En
su habitación, Jeremy jugaba con su tren de juguete.
—¿Cómo que no es malo? —protestó—. Apenas nos las arreglábamos
con dos sueldos y ahora tenemos sólo uno, y en la actual situación económica
podría tardar meses o años antes de encontrar otro trabajo.
—Tal vez no tengas que encontrar un trabajo —dijo Alison.
Simon dejó de dar vueltas.
—¿Me estás tomando el pelo, verdad? —preguntó. Sabía que no, así que
continuó—: ¿Cómo se supone que vamos a sobrevivir? ¿Has visto las últimas
facturas? Podemos utilizar mi indemnización para pagar las facturas de las
tarjetas de crédito, y apenas dará para cubrirlas, ¿y luego qué? Sólo la
hipoteca son tres mil doscientos al mes, y luego está la alimentación, las
facturas, el sueldo de Margaret...
—Podemos despedir a Margaret —sugirió ella.
Entonces supo adónde quería ir a parar Alison.
—¿Y cómo se supone que podemos hacer algo así? —le retrucó—.
Apenas nos arreglábamos con dos sueldos. Todo lo que tendremos es tu
sueldo y mi paro, y recuerda que la prestación de desempleo no está libre de
impuestos.
—Podemos recortar gastos —propuso Alison—. Comer más en casa,
prescindir de algunos canales por cable, comprar al por mayor en Costco y no
poner tanto el aire acondicionado en verano. Podemos gastar menos,
mentalizarnos para hacerlo. Apuesto a que podemos ahorrar quinientos
dólares al mes, tranquilo.
—Quinientos dólares no supondrán ninguna diferencia —sentenció
Simon.
—Puede que consigamos ahorrar mil —dijo Alison—. Podemos coger
más el metro y el autobús, y dejaré de derrochar en los masajes. Incluso
puedo empezar a comprar el maquillaje en Rite Aid, en lugar de en Sephora.
—Sigo pensando que los números no van a salir —insistió él.
—De acuerdo, puede que tengamos que recurrir a nuestros ahorros
durante una temporada, hasta que resolvamos cómo salir adelante. Pero no
creo que tengamos que hacerlo durante mucho tiempo. Y si este año no
hacemos aportaciones a nuestros planes de pensiones, ya repondremos parte
del dinero.
—Sí, ¿y qué se supone que voy a hacer? ¿Ser un padre amo de casa
durante el resto de mi vida?
—No, claro que no —dijo Alison—. Puedes seguir buscando un trabajo,
pero en el peor de los casos, si no trabajaras durante un año o quizá dos, hasta
que Jeremy empezara el jardín de infancia, la cosa no sería tan mala. A lo
mejor podrías hacer algo como autónomo, dar asesoramiento desde casa, y
mientras al menos uno de los dos estaría con Jeremy durante el día... y eso es
lo más importante, ¿no te parece?
Simon tuvo que admitir que la idea no carecía de lógica. A Alison le iba
bien en su trabajo, ganaba un sueldo decente y estaban cubiertos por su
seguro médico. Además, al menos por el momento, no tenían más alternativa.
Puesto que no tenía preparado ningún currículum actualizado, probablemente
pasarían semanas antes siquiera de que pudiera empezar a realizar entrevistas.
—No sé, ¿de verdad me ves como un papá amo de casa?
—Muchos hombres lo hacen —replicó Alison—. El marido de mi amiga
Julie, Ron, se queda en casa con sus hijos en Westchester, y conozco a unas
cuantas personas en Facebook cuyos maridos no trabajan. Hoy día la gente
tiene que hacer lo que sea para salir adelante.
—Pero ¿vas a ser feliz así?
—Más feliz de lo que soy ahora —respondió Alison—. En otras
palabras, por supuesto que ojalá fuera yo la que se quedara en casa con él,
pero me acostumbraré a ello, y creo que también será mejor para nosotros. En
los últimos tiempos el trabajo te ha tenido muy estresado, y eso no ha sido
estupendo para nuestro matrimonio. Puede que un descanso del trabajo sea
beneficioso para todo, ¿sabes?
A él no le gustó la manera vaga con que le estaba culpando de sus
problemas matrimoniales, pero no quiso darle mayor importancia. En todo
caso, sería un posible tema a plantear en la siguiente sesión con el doctor
Hagan.
—De acuerdo, estoy deseando intentarlo —dijo.
Durante el resto de la noche, Alison pareció entusiasmada con el nuevo
plan y siguió dale que te pego con el nuevo programa, haciendo sugerencias
sobre parques infantiles, posibles reuniones con amiguitos para jugar y
espectáculos gratis por la ciudad para que Simon llevara a Jeremy. Aunque
podía comprender las razones de que Alison pensara que sería estupendo que
Jeremy fuera criado por uno de sus padres, la idea no le entusiasmaba tanto
como a ella. Después de todo, ese día había sido uno de los peores de su vida.
Le habían despedido de su trabajo e inopinadamente unos negros nubarrones
se cernían sobre su carrera profesional. No es que quisiera una manifestación
multitudinaria de compasión, pero un poco de compasión habría estado bien.
Hicieron su rutina nocturna: Alison preparó a Jeremy para acostarlo y
luego él le leyó un cuento. Cuando el pequeño se quedó dormido, Simon se
dirigió por el pasillo hasta el dormitorio principal y vio a su mujer en la cama
usando su ordenador portátil.
—Hay montones de cosas para los dos por toda la ciudad —le informó,
todavía rebosando optimismo—. Te estoy mandando por correo electrónico
una lista completa de cosas para hacer. Va a ser fantástico. Os lo vais a pasar
bomba los dos juntos.
Simon fue a la cocina y se sirvió una copa de Chardonnay de una botella
abierta del frigorífico. Confiaba en que el vino lo serenase y le ayudara a
olvidar la pesadilla de aquel día, pero cuando regresó al salón seguía tenso.
Encendió el televisor —puede que sintonizara Comedy Central— y al final se
quedó dormido.
Por la mañana Simon tuvo que despedir a Margaret. Alison le había sugerido
que la llamara antes de que saliera de su piso de Queens, pero a él le pareció
que eso sería demasiado violento; Margaret había sido la niñera de Jeremy
durante casi dos años, y pensó que se merecía recibir la noticia
personalmente.
Antes de que la mujer llegara, Alison llevó a Jeremy a dar un paseo en
su cochecito para que el drama fuera menor.
Margaret pareció saber que algo pasaba cuando se dio cuenta del
silencio que reinaba en el piso.
—¿Dónde está Jeremy? —preguntó.
Simon decidió no andarse por las ramas.
—Lo siento, tenemos que prescindir de ti.
Le explicó la situación: lo habían despedido la víspera y sencillamente
no podían permitirse pagar a una niñera.
A Margaret se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Créeme, sé muy bien por lo que estás pasando —comentó Simon—.
Sé que mucha gente dice eso en estas situaciones, pero en este caso es
verdad.
—Lo entiendo —replicó Margaret—. ¿Dónde está Jeremy?
—Pensamos que sería mejor que no estuviera aquí. Pero puedes hablar
con él por teléfono más tarde y nos encantaría que vinieras a comer alguna
vez.
—Gracias —dijo Margaret—, estaría bien.
Se estaba tomando la noticia con dignidad; Simon tenía que
reconocérselo. No se había puesto a cerrar las puertas a portazos ni a romper
los marcos de cuadros.
Cuando la niñera se marchó, se puso a dar vueltas por el piso. Al
principio se sintió mal por tener que decirle adiós a Margaret, que se había
convertido en parte de la familia, pero entonces aquella amargura se
transformó en autocompasión por la manera en que había terminado su
trabajo. Sí, Tom le había cogido totalmente desprevenido, y habían estado
sucediendo montones de movidas secretas y apuñalamientos políticos por la
espalda, pero había sido un gran error marcharse de la oficina de la manera
que lo había hecho. Se sentía humillado, como si se hubiera puesto en
ridículo.
Abrió su ordenador portátil y escribió:
Apreciado Tom:
Quiero disculparme por la forma en que discurrieron las cosas ayer. La
situación me pilló desprevenido. Estaba conmocionado y realmente no fui
consciente de mi comportamiento. Como es evidente, lamento mi reacción y
estaría encantado de pagar la reparación del marco del cuadro. Sigo bastante
impresionado y alterado, como es lógico, pero comprendo que el negocio es
el negocio y espero que podamos sacarle el mayor provecho a una situación
adversa. ¿Qué te parece si almorzamos o tomamos una copa, tal vez en algún
momento de la próxima semana, y hablamos de esto personalmente?
Una vez más, lamento lo de ayer y espero que nos reunamos pronto.
Con mis mejores deseos,
Simon
Leyó la nota varias veces y consideró que había logrado darle el tono
perfecto. Quería que fuera respetuosa y pedir disculpas, pero sin mostrarse
como un calzonazos; un equilibrio difícil de conseguir. Sólo hizo un cambio:
«Apreciado Tom» por «Hola, Tom», buscando un inicio más informal y
amistoso. La leyó de nuevo, le gustó aún más, y le dio a la tecla de enviar.
Confiaba en que el mensaje le ayudara a reconciliarse con su ex jefe o al
menos a iniciar el diálogo. El mundo de la publicidad de Manhattan era un
pañuelo, y lo último que necesitaba era que se corriera el rumor de que era un
tipo conflictivo y que había dejado su trabajo en S&O de mala manera.
Alison y Jeremy regresaron de su paseo.
—¿Dónde está Margaret? —preguntó el niño.
Era un chico inteligente y se percató del importantísimo cambio en su
rutina diaria.
Al darse cuenta probablemente de lo violento que le resultaba a Simon
dar la noticia, Alison intervino y dijo:
—Margaret ya no va a estar contigo durante el día. Desde ahora papá
será quien se quede contigo.
Ahí fue cuando empezó el berrinche supremo. Los gritos evolucionaron
rápidamente a una llantina incontrolable, las patadas y los molinetes de
brazos. Alison tenía que prepararse para ir a trabajar, y cuando volvió del
dormitorio enfundada en un traje de diseño de color negro y con zapatos de
tacón, el pelo recogido en un pulcro moño y arrastrando una pequeña maleta
con muestras de productos, la pataleta seguía en aumento.
—Tengo una prisa enorme —le dijo a Simon en la puerta—. Tengo una
reunión dentro de quince minutos en la Sesenta y cuatro con Mad y no puedo
retrasarme. ¡Uf!, siento dejarte así, pero esto sólo confirma que hemos
tomado la decisión correcta; estaba demasiado unido a ella. —Le besó en los
labios—. Llámame después y cuéntame cómo va el día. Buena suerte.
Se marchó, y con un niño de tres años histérico en los brazos, a Simon
se le ocurrió de repente que ésa era su vida ahora: oficialmente, era un papá
amo de casa.
Intentó tranquilizar a Jeremy con todo tipo de distracciones. Le sugirió
leer y jugar con la Rana Saltarina, pero ni siquiera un intento de soborno con
un helado de chocolate Amazon Valley de Häagen-Dazs surtió efecto.
Sencillamente, no había razonamiento posible con un niño de tres años
desquiciado. Si a los dos eran terribles, a los tres eran psicóticos. En todo
caso, Jeremy se estaba poniendo cada vez más histérico. Todos los niños son
maestros en controlar el tono y el nivel preciso de gritos para volver locos a
sus padres, y su hijo no era una excepción. Siempre había sido un niño
ruidoso —cuando nació era el más ruidoso de la sala de recién nacidos—,
pero ahora, a sus tres años, sus alaridos eran especialmente ensordecedores y
crispantes, al menos para los oídos de Simon. Pensó que un poco de aire
fresco sería de ayuda, y lo puso en su cochecito... bueno, lo intentó. Jeremy,
porfiando hasta el extremo de resultar prácticamente inaprensible, no paraba
de arquear la espalda y no dejaba que le pusiera las correas. Aunque Simon
intentaba mantener la calma, se dio cuenta de que estaba gritando a su hijo.
Entonces, decidiendo que ya estaba harto de aquella mierda, cogió al niño
emberrinchado en una mano y el cochecito en la otra y se fue del piso.
Llevó en brazos a su hijo histérico durante tres manzanas. En la Ochenta
y seis, Jeremy estaba tan agotado por el berrinche que finalmente se dejó
sentar en el cochecito. Simon también estaba cansado y deseando que alguien
le empujara a él por la ciudad el resto del día.
Fueron al parque infantil de Central Park, en la Ochenta y una y Central
Park West. Simon había estado en aquel parque muchas veces los sábados y
los domingos, pero entre semana las sensaciones del sitio eran muy
diferentes. Los fines de semana había montones de madres y padres, pero de
pronto se percató de que en ese momento era el único tío presente. Había
unas pocas madres hablando entre ellas, y el resto de mujeres eran niñeras de
aspecto extranjero.
Había pensado que Jeremy estaba hecho unos zorros y que jugaría
tranquilamente el resto de la mañana, pero resultó que su calma era un ardid y
que en realidad estaba guardando sus energías. Cuando Simon le dijo que era
el momento de bajarse de su cochecito, el arrebato número dos no tardó en
producirse. El niño se negó a moverse y empezó a gritar a todo pulmón,
llamando a Margaret. Simon se convirtió en el destinatario de las miradas
compasivas de las madres y las niñeras, aunque sabía que todas estarían
pensando: Mira a ese tío patético, no tiene ni idea de lo que está haciendo.
Cuanto más ruidoso y frenético se ponía su hijo, más cohibido se sentía.
¿Se lo estaba imaginando o algunas de las niñeras se estaban riendo de él?
Una estaba sonriendo maliciosamente y enviaba un mensaje de texto, puede
que hablándole a una amiga sobre el papá abrumado del parque infantil que
era incapaz de controlar a su hijo. Cuando Jeremy salió corriendo y agarró
dos puñados de tierra del cajón de arena y se los arrojó a la cara, se hartó.
Cogió a su hijo y, sin saber cómo, consiguió sujetarlo con las correas en el
cochecito y salieron volando del parque infantil. El niño seguía gritando tan
desaforadamente que un par de coches que pasaban por Central Park West
aminoraron la marcha porque los conductores quisieron ver qué demonios
estaba pasando. Simon decidió que ya había tenido bastante: iba a empujar a
Jeremy en su cochecito hasta que se tranquilizara o se quedara dormido, lo
primero que aconteciera.
Alrededor de dos horas más tarde, el pequeño se quedó dormido.
Sudoroso y exhausto, Simon entró en un Starbucks de Broadway. Era casi
mediodía, y Alison no llegaría casa hasta las cinco y media o las seis, o más
tarde. Sabía que todos los días no serían igual de malos, aunque todavía no
estaba seguro de que pudiera lograr ser padre y amo de casa sin perder la
razón.
Comprobó su cuenta de correo electrónico esperando un milagro: Tom
había reconsiderado su decisión, y él podría recuperar su empleo. Pero no, su
ex jefe no había respondido todavía. ¿Era posible que aún no hubiera visto el
correo electrónico? Probablemente tendría toda la mañana de reuniones, y si
tenía algún almuerzo, podría no regresar a la oficina hasta las dos o más
tarde. Quizás hubiera leído ya el mensaje en su iPhone, pero a veces Tom no
respondía a los correos electrónicos a través de su teléfono y esperaba a estar
de nuevo ante su Mac.
Jeremy se despertó de su siesta, y lo llevó a un pizzería de la calle
Amsterdam para comer. Ya no lloraba ni berreaba, aunque seguía de un
humor rezongón y difícil. Pidió un taza de salsa para mojar su pizza, y luego,
por supuesto, no tardó en echarse la salsa por encima y derramarla por el
suelo.
Intentando seguir la corriente y no cabrearse demasiado, Simon ignoró
la probable subida de su tensión arterial.
—Muy bien, chaval, a todos se nos caen las cosas —e intentó limpiar la
salsa con un puñado de servilletas.
Sólo había limpiado la mitad más o menos de la salsa cuando su hijo
proclamó:
—Tengo que ir al baño.
—Muy bien, estaremos en casa dentro de unos minutos. ¿Puedes
aguantarte?
—No —Jeremy estaba encogido, y su cara iba adquiriendo un tono
rosáceo por momentos.
Simon y Alison le habían enseñado recientemente a utilizar el inodoro,
aunque el niño había tenido unos cuantos accidentes.
—Muy bien, vas a tener que esperar.
—Papi, se me está saliendo.
—No se está saliendo. Piensa en cosas sólidas. Piensa en ladrillos,
cemento...
Lo cogió en brazos y lo llevó al baño, situado al fondo de la pizzería.
Había una nota sujeta a la puerta con cinta adhesiva: «AVERIADO».
—Oh, vamos, tiene que ser una broma —se lamentó Simon.
—Creo que me hago caca —dijo Jeremy.
—No te haces caca —contestó—. Acero, hormigón, hierro forjado... —
Entonces le gritó al tipo de detrás de la barra—. ¿Hay algún baño para los
empleados?
El individuo negó con la cabeza.
Llevó a Jeremy de vuelta al cochecito, diciendo:
—Sólo estamos a unas pocas manzanas de un baño; ¿puedes aguantarte
dos minutos? —Pero era demasiado tarde; la tez de Jeremy había adquirido
una tonalidad rosa brillante y estaba contrayendo las facciones poniendo su
«cara de hacer caca».
—No, la cara de hacer caca no —suplicó Simon—. La cara de hacer
caca no. —De pronto le llegó el insoportable olor a excremento. Otras
personas también lo olieron, y una mujer hizo una mueca de asco mientras se
cambiaba de mesa con su porción de pepperoni.
—Está saliendo más —informó el niño.
Se dio cuenta de que Jeremy se estaba alterando, así que lo tranquilizó.
—De acuerdo, no te preocupes, todo va a ir bien, chaval. No pasa nada.
El olor empeoraba.
—Eh, ¿no te lo puedes llevar fuera? —preguntó un tipo sentado en una
mesa próxima.
—Lo siento —se disculpó, y, cogiendo el cochecito y a su hijo cagón,
salió a la calle.
—Creo que he terminado —dijo Jeremy.
La blanda caca se le estaba filtrando entre la ropa y le caía por la parte
posterior de las perneras del pantalón, sobre el brazo y el pecho de Simon.
—Muy bien, tenemos que ponerte en el cochecito para poder llevarte a
casa.
—Cámbiame.
—¿Cambiarte qué? No he traído ninguna muda.
—Margaret siempre lleva ropa.
—Bueno, yo no soy Margaret. —De inmediato deseó poder absorber las
palabras y tragárselas. Recordarle que Margaret no estaba allí era lo peor que
podía haber hecho, sobre todo con su hijo ya en un estado tan vulnerable—.
Lo siento —dijo—. No quería decir eso. Sólo quería decir...
Pero era demasiado tarde. Los labios de Jeremy temblaron y sobrevino
otro cataclismo emocional.
Intentó tranquilizarlo diciéndole que todo iría bien y sobornándole con
promesas de helados, chocolatinas y nuevos juegos para su Rana Saltarina,
pero nada surtió efecto. Jeremy ya estaba gritando como un histérico,
forcejeando con él mientras trataba de sentarlo en el cochecito. Simon tenía
ahora los brazos cubiertos de caca, y su hijo gritaba a pleno pulmón.
Oficialmente, aquel día se había convertido en una pesadilla.
Renunció a ponerlo en el cochecito y lo llevó en brazos hasta casa. Una
vez allí, le quitó la ropa manchada de caca, lo metió directamente en la
bañera y abrió la ducha. Al principio el agua salió demasiado caliente, y
Jeremy aulló y empezó a llorar de nuevo. Simon tardó alrededor de media
hora en asearlo y ponerle la ropa limpia.
Necesitaba un descanso; era la hora de la niñera electrónica. Aparcó a su
hijo delante del televisor para que viera PBS Kids, mientras él se conectaba a
Internet en su ordenador personal. Seguía sin haber respuesta de Tom, aunque
todavía podría estar en un almuerzo o en una reunión o liado con cualquier
otra cosa. A pesar de que el largo día le dificultaba la concentración, Simon
quiso ser lo más productivo posible. Envió un par de correos electrónicos a
sendos cazatalentos que conocía, aunque no era muy optimista en cuanto a
que fuera a encontrar un trabajo rápidamente. Echar un vistazo a los últimos
anuncios de ofertas de trabajo también fue bastante desalentador, y se dio
cuenta de los derroteros que estaba tomando la situación: iba a estar
demasiado cualificado para los trabajos disponibles, y los trabajos que quería
no existirían. Tuvo la molesta sensación de que iba a estar parado durante
mucho tiempo.
Después de enviar varias solicitudes más informales a cazatalentos y
contactos que tenía en otras agencias, se dirigió a la página web del
Departamento de Trabajo del estado de Nueva York para solicitar el subsidio
de desempleo. Cuando terminó de rellenar el formulario online, respondiendo
a preguntas tales como: «¿Ha buscado trabajo esta semana?», tuvo la
surrealista sensación de «no me puedo creer que esté haciendo esto
realmente». Si la semana anterior alguien le hubiera dicho que ese día estaría
solicitando el subsidio de desempleo, habría pensado que tal persona estaba
loca. La semana pasada había estado que se salía, centrado en el acuerdo con
Deutsche Bank, esperando el ascenso con ilusión. Cuando introdujo su
número de la seguridad social, se sintió absolutamente humillado, como si
estuviera siendo despedido una vez más; podía oír a Tom diciendo: «Lo
siento, pero vamos a tener que eliminar tu puesto», y sintió el mismo
repentino retortijón en las tripas.
En ese momento llegó un correo electrónico. Quizá fuera el destino;
Tom le respondía, diciéndole que agua pasada no mueve molino, o mejor
aún, que quería volver a contratarlo. Quizá la pesadilla se hubiera acabado;
estaba a punto de despertar. Quedarían para tomar una copa y limar asperezas
y Simon no tardaría en poder reanudar su antigua vida.
El mensaje no era de Tom; era de Joe, de recursos humanos.
Estimado señor Burns,
En relación con el correo electrónico enviado por usted al señor
Harrison esta mañana y en previsión del acuerdo pendiente sobre su
indemnización por despido, le pido por favor que desista de manera
inmediata de cualquier intento de comunicación entre usted y el señor
Harrison.
Si tiene alguna pregunta más sobre esta cuestión, puede ponerse en
contacto conmigo directamente.
Atentamente,
Joe McElroy
Subdirector de recursos humanos
Simon se quedó atónito. Permaneció con los ojos clavados en la pantalla
sin expresión en la cara hasta que el salvapantallas se activó, y entonces se
quedó mirándolo de hito en hito. ¿De verdad que Tom había reenviado su
correo personal a Joe? Se sintió traicionado, humillado. ¿Después de todo lo
que había hecho por Tom y la agencia durante los últimos siete años, después
de todo el tiempo extra que había invertido y de haberle dejado en tan buen
lugar en tantas campañas? Y para empeorar las cosas, se trataba de un tipo al
que Simon había considerado amigo. De acuerdo, no un amigo «amigo», pero
¿cuántas veces habían ido a almorzar y a tomar copas después del trabajo o a
entretener a los clientes llevándolos a los partidos de los Knicks o a los
espectáculos de Broadway? Pocos años atrás, cuando Tom había pasado por
una época difícil en su matrimonio, le había dado algunos consejos para que
superara la crisis. Y en otra ocasión, cuando un pariente de Tom tuvo que
someterse a una intervención quirúrgica para implantarle un marcapaso,
Simon se puso en contacto con un amigo que había sido operado del corazón
por un renombrado cirujano, y el pariente de Tom acabó utilizando los
servicios del mismo especialista. ¿Y después de todo eso, no sólo le había
despedido, sino que había reenviado su correo electrónico a recursos
humanos? No entendía qué había hecho para merecerse aquel trato. No había
acosado a nadie ni cometido ningún delito; cuando Tom le comunicó el
despido, sólo había roto el marco de un cuadro.
Simon empezó a dar vueltas por el piso intentando resolver qué hacer a
continuación. Quería llamar a Tom —a veces el correo electrónico era una
manera tremendamente ineficaz de comunicarse— y enfriar los ánimos, pero
sabía que eso sólo empeoraría las cosas. Era evidente que su antiguo jefe
intentaba evitar ponerse en contacto con él, y si empezaba a llamarlo ahora,
después de la advertencia de «desistir de cualquier intento de comunicación»,
tal vez los mandamases de S&O trataran de joderle con la indemnización por
despido.
No recordaba la última vez que se había enfurecido tanto. Peor aún, no
tenía manera de expresarse. Sí, podría responder a Joe de recursos humanos.
El hecho de que Joe se hubiera comportado de forma tan gilipollas en la
oficina, y le hubiera enviado un nota tan formal y fría, era otra humillación
más, puesto que Simon siempre había sido amable con él. Se saludaban en el
ascensor y siempre que se cruzaban en los pasillos, y habían charlado en la
zona de las máquinas expendedoras unas cuantas veces. Podría responderle,
pero ¿para decirle qué? ¿Que estaba disgustado? No lograba superar el que
Joe le hubiera llamado «señor Burns».
Volvió a leer el mensaje en su portátil quizás una docena de veces.
Todavía estaba perplejo por la frialdad no sólo de Tom, sino de toda la
empresa. Aunque no tuviera idea de lo que pensaban de la situación sus
colegas, no es que su bandeja de entrada rebosara exactamente de despedidas
cariñosas y palabras de ánimo. Muy bien, tal vez la gente era políticamente
correcta y se atuviera a la política de la empresa, pero no podía evitar suponer
que todos pasaban de él, de la misma manera que habían hecho Tom y Joe.
Siguió buscando trabajo en Internet, pero a medida que las búsquedas
resultaban infructuosas, más se fue desanimando.
Alison llegó a casa sobre las seis y cuarto. Después de abrir la puerta, se
detuvo y miró por el piso. Probablemente reparó en los platos sucios dentro
del fregadero y sobre la encimera, en los platos del desayuno que seguían en
la mesa del comedor y en Jeremy sentado en la alfombra viendo Dora la
Exploradora, con todos los juguetes desperdigados a su alrededor.
—Supongo que hoy no vi la previsión meteorológica —dijo Alison.
—¿La previsión meteorológica? —Todavía absorto en los pensamientos
de cómo se la habían jugado en la agencia, no entendió el comentario.
—No sabía que hoy pasaría un huracán por el salón.
Simon no sonrió. En su estado de ánimo, no le veía la gracia a nada.
—Oh, vamos, cariño, sólo estoy bromeando.
Alison besó a Jeremy y le dio un fuerte achuchón, se acercó a Simon y
le besó.
—Bueno..., ¿cómo ha ido?
—¿Cómo ha ido qué? —preguntó él.
—Tu primer día como padre amo de casa.
La expresión de exasperación de Simon debió de decirlo todo.
—Así de bien, ¿eh? —dijo Alison—. Quiero oírlo todo más tarde, sólo
tengo que hacer una llamada importante en unos minutos. Ah, ¿y sabes qué?
He cerrado aquel gran acuerdo en el que he estado trabajando.
—¿Acuerdo? —preguntó Simon.
—Con el doctor Wong. Hoy nos ha hecho un gran pedido.
—Eso es estupendo —Simon intentó con todas sus fuerzas parecer que
se alegraba por ella.
—Sí que es estupendo —recalcó Alison—. Creo que podría convertirse
en un contrato lucrativo, quizá sobre múltiples líneas de productos. Claro está
que todo depende de cuántas recetas extienda, aunque ahora mismo el asunto
parece muy alentador. —Echó un vistazo a Jeremy, que estaba sentado como
un indio sobre la alfombra delante del televisor—. ¿Cuánto tiempo lleva
viendo la tele?
—No lo sé —dijo Simon—. Unas cuantas horas.
—Sólo debería ver la tele media hora o una hora al día como máximo.
—Alison apagó el televisor y le dijo a Jeremy—: Hora de cenar.
Entonces examinó la cocina.
—¿Todavía no has empezado a hacer la cena? Tiene que cenar a las seis
y estar en la cama a las ocho. —Las aletas de la nariz de Alison se dilataron
—. ¿Por qué el piso huele a caca?
—Tu estás al cargo ahora —respondió Simon, y se llevó el portátil con
él al dormitorio.
Durante la cena Simon siguió igual de gruñón y sin ganas de hablar sobre
cómo había transcurrido el día.
Después, cuando Jeremy ya estaba acostado, Alison se sentó a su lado
en el salón.
—¿Ya estás listo para hablar?
Simon le contó lo de la debacle de la caca en la pizzería.
—¿Y por eso estás así? —preguntó Alison—. ¿Por un poco de caca?
—No fue un poco de caca, fue mucha caca.
—Ya sabes lo que dicen —dijo ella—. La caca existe.
—A ti te resulta fácil de decir. No tuviste que caminar cinco manzanas
cubierta de caca —replicó Simon, casi con una sonrisa.
—Podrías haber cogido un taxi.
—Estamos intentando ahorrar en taxis, ¿recuerdas? Y deberías haber
visto a Jeremy, estaba histérico. Te juro que fue como si me hubiera
encontrado de pronto con un niño poseído por el diablo o algo parecido.
Estaba temblando y babeaba. Creo que lloraba con más fuerza que cuando
nació.
Alison se echó a reír.
—¿Te parece divertido?
—No —replicó, sin dejar de reírse—. Vale, sí, me parece divertido.
Simon no pudo evitar echarse a reír él también.
—Créeme, si hubieras estado en mi lugar hoy, ahora no te estarías
riendo.
—Si no hubiera sido la caca, habría sido otra cosa —comentó Alison—.
Un día se caerá del tobogán y necesitará que le den puntos, o le picará una
abeja o se pondrá con una fiebre de caballo de buenas a primeras. Sólo hay
que poner al mal tiempo buena cara.
—Eso no es lo único que ha pasado hoy —prosiguió Simon.
—Oh, no, ¿y qué más ha pasado? ¿También se te cagó un pájaro
encima?
Alison soltó una carcajada, pero él puso cara de palo.
—Lo siento —se disculpó ella—. Sólo estoy bromeando. Vale, ¿qué es
lo que ocurrió?
Simon le contó lo del correo electrónico a Tom y la respuesta de Joe.
—Sé lo frustrado que te sientes —dijo ella—, pero el pasado es el
pasado, y ahora tu responsabilidad es Jeremy, no tu antiguo trabajo. Tienes
que superarlo.
—Me parece que he podido cometer un gran error.
—Oh, para, sólo es un correo electrónico. No hay que sacar las cosas de
quicio.
—No, me refiero a haber despedido a Margaret. Pensé que podría
manejar todo este asunto de ser un papá amo de casa, pero no creo que esté
hecho para esto.
—Eso es ridículo. —Le tranquilizó Alison—. Eres un padre estupendo,
y eres fantástico con Jeremy. Y sólo ha sido un día. Tienes que darte una
oportunidad.
—Pero no para de preguntar por ella.
—Tiene tres años. Tardará algún tiempo en acostumbrarse.
—Quizá podríamos pagarle a Margaret con nuestros ahorros.
—Necesitamos ese dinero para la hipoteca y el mantenimiento del piso
y, ah, ¿qué me dices de la comida? ¿Te has olvidado de la comida? Ya hemos
hablado de esto y hecho todos los cálculos, y ahora mismo no hay otra
manera.
Simon sabía que tenía razón.
—Bien, no sé si podré soportar otro día como hoy.
—Creo que lo que necesitas es un horario —sugirió Alison—. Tienes
que controlar inflexiblemente el cuidado del niño, como si fuera un trabajo. A
las nueve haces esto, a las diez aquello, el almuerzo a mediodía, etcétera,
etcétera. Y también tienes que cambiar de actitud. Tienes que darte cuenta de
lo afortunado que eres. La mayoría de madres y padres matarían por
conseguir pasar más tiempo con sus hijos, y ahora tienes esa oportunidad. —
Le sujetó la mano y se la apretó—. Eres un «papá», tienes el mejor trabajo
del mundo. Organízate el horario a tu antojo, toma todas las decisiones y
piensa en la fantástica seguridad laboral que tienes. Después de todo —le
besó en la mejilla—, nadie podrá despedirte jamás del trabajo de ser padre.
3
Simon comenzó el siguiente día con una actitud renovada y optimista. Si iba
a ser padre a jornada completa, quería ser un padre a jornada completa
fantástico, y sin duda no quería que su situación con Tom afectara a su
paternidad. Así que siguió el consejo de Alison y elaboró un horario. Le
prepararía el desayuno a Jeremy, luego lo vestiría y saldrían por la puerta a
las diez. Irían a Central Park y jugarían a la pelota y corretearían por allí hasta
las doce, luego comerían en Subway y a continuación irían a la biblioteca a
las dos para escuchar a un cuentacuentos, tras lo cual tomarían un tentempié
—unas barras de cereales y un batido— antes de darse un paseo hasta el
parque infantil próximo a la Ciento uno, en Riverside Park.
Pero el horario se desbarató desde el primer momento. Jeremy se negó a
comer las torrijas que le hizo —«Están demasiado blandas, papá»— y tuvo
que hacerle un bocadillo caliente de queso. Cuando el niño terminó de
desayunar, ya eran las diez pasadas, y luego tardó mucho más de lo que había
previsto en vestirle, tras lo cual Jeremy invirtió una media hora en el retrete;
dijo que se debía a que le dolía la barriguita, aunque probablemente se
debiera realmente a que tuviera miedo de tener otro «accidente».
Al final salieron del piso alrededor de las once. Cuando llegaron al
parque empezó a llover, así que lo de jugar a la pelota se fue al garete.
Aunque se había acordado de meter una chaqueta y un par de mudas de más
para el niño, se olvidó de coger la capota de plástico del cochecito, de modo
que Jeremy acabó empapado. En vez de cambiarle la ropa mojada en un baño
público, lo llevó de vuelta a casa. Y por supuesto, en el preciso instante en
que entraban en su edificio, el sol empezó a brillar esplendorosamente.
Mientras le cambiaba la ropa mojada, Jeremy preguntó:
—¿Y por qué ya no puede cuidar Margaret de mí?
—Porque yo me ocupo de ti.
Respiró hondo varias veces, intentando mantener la calma.
Después de comer en Subway, era demasiado tarde para asistir a la
lectura de la biblioteca. Muy bien, así que el día no había discurrido
exactamente como estaba planeado, pero al menos no había habido ninguna
pataleta de importancia ni ningún desastre intestinal hasta el momento. Eran
sus primeros pinitos.
En el parque infantil de Riverside Park, dio la casualidad de que
Matthew, el amigo de Jeremy, estaba allí con, creyó Simon, una nueva
niñera. Había visto a Matthew con su madre en los parques infantiles del
barrio y un par de veces con una niñera rubia distinta. Aquélla tenía una
cabellera negra, larga y lisa, y parecía mexicana o puertorriqueña. Era joven,
tal vez tendría unos veinticinco años, y estaba sentada sola en un banco.
Mientras los niños jugaban, Simon se quedó de pie y la saludó con la
cabeza y le sonrió unas cuantas veces, reconociendo educadamente su
presencia, hasta que al final decidió sentarse a su lado.
—Soy Simon —dijo.
La muchacha entrecerró los ojos, como si no le hubiera entendido bien.
—Bianca —respondió con un marcado acento extranjero.
—Encantado de conocerte.
Simon hizo algunos comentarios del tipo de: «Últimamente ha hecho
muy buen tiempo» y «Los niños se lo pasan estupendamente juntos». Bianca
sonrió con cortesía, sin decir gran cosa, aunque él tuvo la sensación de que lo
hacía por timidez, no por grosería. La chica tuvo una llamada al móvil y
mantuvo una animada conversación en español. En el ínterin, casi sin darse
cuenta, Simon comprobó su cuenta de correo electrónico. Ningún mensaje de
Tom, Joe ni de ningún otro del trabajo; sólo una nota de un cazatalentos con
el que se había puesto en contacto y que empezaba: «Gracias por su solicitud,
pero en la actualidad no sabemos de ninguna oferta...»
Cuando Bianca terminó su llamada, Simon le preguntó que de dónde era
—ella respondió que de Guadalajara— y cuánto tiempo llevaba en el país —
dos años—; la muchacha le dijo que asistía a clases nocturnas en el Hunter
College y que quería trabajar en la industria de la moda. Simon siguió
intentando darle palique. Durante un momento la chica pareció cohibirse y
apenas habló, y se produjeron unos silencios violentos mientras él trataba de
pensar nuevas preguntas que hacer. Pero poco a poco la chica fue ganando
confianza, se hizo más habladora e incluso le hizo preguntas, incluida la de a
qué se dedicaba. Pillado por sorpresa —nadie le había preguntado por su
trabajo desde su despido—, dijo:
—Yo... esto... trabajo en publicidad. —Y antes de que le hiciera más
preguntas, añadió—: Pero ahora me he tomado unas vacaciones y hago algún
trabajo de consultoría desde casa. —Se sintió idota por mentir, pero al menos
por el momento se sentía demasiado avergonzado para decir en voz alta:
estoy en el paro.
Aunque no tenía nada en común con Bianca y se hacía difícil mantener
una conversación con una persona que hablaba un inglés chapurreado, era
agradable hablar con alguien y no sentirse un completo marginado en un
parque infantil. Mientras, los dos niños se turnaban entre risas para bajar por
el tobogán. Sería fantástico poder organizar un día o dos a la semana para que
Jeremy jugara con Matthew. Luego, si encontraba un par de cuentacuentos
regulares y seguía con visitas a los museos una vez a la semana y encontraba
alguna otra actividad, al cabo de poco tiempo él y Jeremy tendrían una buena
rutina diaria. Así que le dijo a Bianca:
—Eh, estaba pensando que sería estupendo que nos pudiéramos
encontrar aquí de nuevo de vez en cuando.
La chica pareció desconcertada, como si no entendiera lo que estaba
diciendo.
—En otro momento —le aclaró—. En otro tiempo1... Volver a
encontrarnos... Concertar una cita.
De repente ella pareció entender algo y cruzó las piernas, apartándose un
poco.
—Tengo novio —soltó en español.
Simon recordaba lo suficiente de su español del instituto para saber lo
que significaba aquello.
—Oh, no, no —dijo—. No me refería a esa clase de cita. Quería decir a
una cita para jugar, por los niños. Por los niños.
—Lo siento —respondió ella—. No estoy interesada.
—¿Interesada en qué? No, de verdad, no me entiendes, no comprendes.
No te estoy pidiendo una cita. Estoy casado, ¿ves? —Levantó la mano
izquierda para mostrar su alianza, y entonces se dio cuenta de que no la
llevaba; se la había quitado esa mañana al ducharse y debía de haber olvidado
ponérsela de nuevo—. Mi alianza está en casa —dijo—, en mi piso.
Pero Bianca ya se había levantado.
—Discúlpeme —dijo—. Y se fue a recoger a Matthew. Luego, sin mirar
hacia Simon, puso al niño en el cochecito y se marcharon del parque infantil.
Simon sabía que no había hecho nada malo y que todo había sido un
malentendido, pero le pareció que había pifiado una oportunidad de conseguir
una cita permanente para que su hijo pudiera jugar.
Jeremy se le acercó corriendo.
—¿Por qué Matthew ha tenido que irse a casa? —preguntó el niño.
—Supongo que era la hora de su siesta.
Jeremy arrugó la frente.
Dejó que jugara un rato más, aunque su hijo parecía triste. Al menos,
cuando llegó el momento de irse, lo puso en el cochecito sin que se produjera
ningún alboroto.
Durante el fin de semana Simon tuvo algo de tiempo para sí mientras Alison
asumía la mayor parte del cuidado de Jeremy. Había planeado dedicar el
tiempo a trabajar en su currículum y buscar algún trabajo, pero acabó por no
hacer mucho de nada. El sábado, durmió hasta tarde, y se pasó la mayor parte
del resto del día en el sofá, en calzoncillos y camiseta, viendo reposiciones de
películas y series cómicas en la televisión. El domingo no salió del piso,
salvo para dar un paseo hasta Duane Reade a comprar leche y papel
higiénico.
—Deberías ir al gimnasio —dijo Alison— o a correr por el parque o lo
que sea. Pasarse todo el día sentado sin hacer nada como un bulto no
mejorará las cosas.
Simon no se ofendió por lo del «bulto» porque sabía que tenía razón. Tal
vez estuviera un poco deprimido, lo que era lógico dada la situación, pero no
era capaz de reaccionar.
El lunes por la mañana, tenían hora a las once con el consejero
matrimonial. Le habían pedido a Christina, una recién licenciada que había
vuelto a casa de sus padres, que vivían en el mismo rellano, que hiciera de
canguro durante un par de horas, y luego se encontraron en la consulta del
doctor Hagan en Park Avenue, él acudiendo desde casa, y ella desde el
trabajo.
Alison solía estar parlanchina antes de las sesiones, pero ese día no
estaba muy habladora. Cuando Simon le preguntó si pasaba algo, respondió:
—No, ¿por qué?
—No sé, pareces molesta por algo.
—Sólo estoy cansada, nada más —dijo sin mirarle mientras pasaba las
hojas de una revista cogida al azar.
En la consulta, ambos ocuparon sus sitios acostumbrados en el sofá y el
doctor Hagan se sentó en el sillón situado enfrente. Era un hombre enjuto y
nervudo con el pelo entrecano y un poblado bigote. Era un buen terapeuta,
aunque tenía una rara peculiaridad: siempre utilizaba atuendos conjuntados
de un solo color. Algunos días todo era rojo, otros verde, amarillo, azul, etc.
Ese día llevaba unos zapatos morados, pantalones morados, jersey de cuello
vuelto morado y gafas tintadas en morado. Extraño, sí, pero comparado con
los demás psicoterapeutas a cuya consulta habían acudido parecía el más
cuerdo con diferencia.
La actitud distante de Alison se extendió a la sesión, y Hagan lo percibió
de inmediato.
—¿Está incómoda? —preguntó.
—No —dijo ella, descruzando las piernas y volviéndolas a cruzar—.
Estoy bien.
Hagan asintió con la cabeza, tomando nota mental.
—Bueno, ¿cómo van las cosas últimamente? —prosiguió.
Alison miró a Simon como diciendo: «Aprovecha», así que éste dijo:
—La verdad es que esta semana han pasado muchas cosas.
Y empezó a explicar que había sido despedido y se había convertido en
un papá amo de casa a jornada completa.
—Parece que ambos han experimentado algunos cambios de
importancia —dijo Hagan—. ¿De qué manera está afectando esto al
matrimonio?
Alison volvió a mirar a Simon para que tomara la iniciativa.
—Francamente, no hemos pasado juntos el tiempo suficiente —dijo él
—. Yo estoy con Jeremy durante el día, y cuando Alison llega a casa, se hace
cargo de él, y luego nos vamos a dormir. Así que, sí, el cuidado del niño se ha
parecido mucho a la lucha libre por equipos, ahora tú, ahora yo.
—¿Han tenido tiempo para la intimidad?
Simon no estaba mirando directamente a Alison, pero por el rabillo del
ojo vio que su mujer tenía la vista clavada en Hagan.
—No, la verdad es que no —respondió Simon—, y estoy absolutamente
dispuesto a asumir toda la responsabilidad. Me agota tanto perseguir por
todas partes a un niño de tres años todo el día que a las diez estoy hecho
polvo. Bueno, ahora sé a qué se refieren las madres cuando dicen que están
demasiado cansadas para tener relaciones sexuales.
—Los períodos de cambios son siempre momentos muy exigentes en un
matrimonio —dijo Hagan—. Pero salir adelante va a ser aún más importante
para ambos que buscar tiempo para estar juntos. Y tampoco estoy hablando
necesariamente del sexo. Recuerden: la intimidad empieza fuera del
dormitorio.
Simon extendió el brazo para poder coger la mano de su esposa.
—Tiene razón —admitió—. Me esforzaré más, seguro.
Durante el resto de la sesión hablaron de estrategias para aumentar la
intimidad en el matrimonio. Simon pensó que había sido una buena sesión,
aunque Alison seguía pareciendo bastante distraída.
Más tarde, cuando salieron de la consulta, intentó aliviar la tensión.
—Bueno, hoy era el día del morado, ¿eh? —soltó.
Alison apenas sonrió.
Se produjo un silencio antes de que él volviera a hablar.
—Bueno, ¿qué tal si en lo sucesivo intentamos que Christina haga de
canguro una noche determinada a la semana para que nosotros podamos salir
de forma regular?
—Me parece una buena idea —respondió Alison sin prestar mucha
atención. Entonces echó una mirada a su reloj—. Ay, lo siento, tengo que
irme corriendo a una reunión. Ya hablamos de esto después, ¿vale?
Le besó rápidamente en los labios y se alejó por Park Avenue todo lo
deprisa que le permitían sus tacones. Simon esperó a que se diera la vuelta y
se despidiera con la mano como era su costumbre, pero Alison dobló la
esquina de la Ochenta y seis sin mirar atrás.
4
Más tarde, ya en el piso, Simon se dirigió a Jeremy en un tono optimista:
—¿Listo para pasar un día divertido?
—¿Adónde vamos? —Su hijo ya parecía aburrido.
—Al parque infantil —declaró, intentando que sonara emocionante.
—¿Otra vez?
Simon no podía culparle por su falta de entusiasmo.
—Vale, se me ha ocurrido una idea fantástica. Hoy haremos algo
diferente.
Instaló a Jeremy en el cochecito para correr, y en lugar de ir a Central
Park, trotó hacia el centro de la ciudad por el carril bici del río Hudson
empujando el carrito. Empezó fuerte, espoleado por la emoción del cambio
que suponía salir del Upper West Side. Pero al cabo de un kilómetro y medio
los calambres y el cansancio hicieron presa de él, así que la mayor parte de lo
que quedaba del camino hasta Battery Park —el parque infantil favorito de
Jeremy—, en el sur de Manhattan, lo tuvo que hacer caminando. Pasar otro
día en un parque infantil no era precisamente un cambio de pauta
descomunal, pero al menos era un parque infantil diferente.
Su hijo se lo estaba pasando en grande, y por primera vez en días no
había preguntado por Margaret. Empezó jugando con varios niños que se
entretenían con un balón de fútbol. Por lo general, Jeremy se mostraba
reservado con los pequeños que no conocía, así que Simon se alegró de ver
que se comportaba de manera tan extrovertida.
Luego se puso a observar el entorno y vio a tres tipos sentados en un
banco cercano. Se dio cuenta de que eran los padres de los niños. El tipo
grande y rubio era casi igualito que su hijo, y el individuo latino y guapo era
a todas luces el padre del niño guapo y latino. El otro niño, que era el más
alto de los tres, era sin duda el hijo del tipo de pelo gris de cara juvenil y tersa
y que tenía un aire del Richard Gere de Pretty Woman.
El del pelo gris le dijo algo a los otros, y todos miraron hacia Simon.
El rubio fue el primero que sonrió, luego el latino y por último el del
pelo gris.
Simon les devolvió la sonrisa y pensó: Yo también podría aprovechar
para ser sociable, y se acercó a aquellos tipos.
—Hola —dijo.
—Hola, ¿cómo va? —preguntó el rubio.
—Bastante bien —respondió—. Hace un bonito día, ¿eh?
—Hermoso —corroboró el latino.
—Absolutamente maravilloso —terció el del pelo canoso.
Simon reparó en que el tipo del pelo gris tenía unos ojos realmente
oscuros, o quizá sólo parecían tan oscuros por el contraste con su pelo gris.
Iba vestido con unos pantalones beige y un jersey de cuello de cisne negro, y
aunque no era un experto en moda, era evidente que se trataba de ropa cara
que probablemente hubiera sido comprada en Barney y no en H&M. El
grandullón vestía con vaqueros y botas de trabajo, y, aunque llevaba una
camiseta gris holgada, ésta no ocultaba que tenía unos hombros anchos y
musculosos y era evidente que estaba en una forma física estupenda. El latino
tal vez fuera el más guapo de todos; por sus rasgos delicados y el largo pelo
negro parecía un modelo. Al igual que el tío del pelo gris, el latino iba muy
bien vestido —chaqueta deportiva negra planchada encima de una camiseta
negra y pantalones negros planchados— y del cuello le colgaba una gran cruz
de oro.
Los tres tenían una cosa en común: un aspecto desenfadado. Pero no se
trataba de un desenfado hortera, ni «elegante» al estilo del antiguo Don
Johnson de los ochenta. Su aspecto era muy moderno, despreocupado, muy
en la onda. Si en la revista GQ publicaran un artículo sobre los padres de
Nueva York, aquellos tipos podrían aparecer en él.
—Tu hijo está disfrutando —dijo el canoso.
—Sí —reconoció Simon, mientras observaba a Jeremy correr y reírse—.
Se lo está pasando bomba.
—Es tu único hijo —afirmó el del pelo gris.
Simon percibió un ligero acento, tal vez alemán o austriaco.
—Sí —admitió Simon—. Lo es, sí.
—Nosotros estamos en la misma situación —prosiguió el canoso.
—Sí, todos tenemos sólo un hijo —corroboró el rubio.
—Uno y se acabó —terció el latino.
—Fantástico —dijo Simon—. Sí, los niños son estupendos, ¿verdad?
Hubo un largo silencio durante el cual él y los otros hombres
contemplaron a sus hijos jugar. Pero no fue un silencio violento, como
cuando Simon se había esforzado en conversar con las niñeras de la zona alta
de la ciudad. No sintió la presión de tener que pensar algo para decir a
continuación. El silencio parecía normal, relajante.
Entonces el hombre del pelo gris extendió la mano.
—Soy Michael.
—Simon.
Se estrecharon las manos. Aunque no pareció ejercer ninguna fuerza de
más, Michael estrechaba la mano con mucha firmeza.
—Charlie —dijo el rubio.
—Ramón —se presentó el latino.
Los otros también estrechaban la mano con firmeza, aunque no tanto
como Michael.
—¿Así que vives por aquí? —preguntó Ramón.
—No, en realidad vivo en el Uptown.
—Yo también —dijo Charlie—. Bueno, más bien en el Midtown. En
Turtle Bay.
—Yo, en El barrio2 —le informó Ramón.
—¿Y tú? —le preguntó Simon a Michael.
—En Tribeca.
—Excelente —exclamó Simon—. Y entonces, ¿de qué os conocéis?
—Nos conocimos aquí mismo, en este parque infantil —explicó Ramón.
—Bueno —dijo Simon—. Quiero decir que es estupendo que os
conocierais.
—Eres nuevo en todo esto, ¿eh? —preguntó Charlie.
—¿Cómo lo sabes?
Charlie se echó a reír.
—Por la pinta.
—¿Y qué pinta es ésa?
Ramón se rió.
—Pinta de no sé cómo demonios he llegado hasta aquí —bromeó.
Charlie y Ramón se echaron a reír con más ganas. Michael estaba
sonriendo ligeramente, aunque no riéndose propiamente dicho.
Simon se sumó a las risas.
—Sí, la verdad es que eso resume bastante bien mi vida últimamente.
Era fantástico dar rienda suelta a la risa. Hasta que Simon empezó a reír,
no se había dado cuenta de la enorme tensión a la que había estado sometido
en los últimos tiempos.
—Todos hemos pasado por eso —le consoló Charlie—. No te
preocupes, con el tiempo se va haciendo más fácil.
—Es bueno saberlo —comentó Simon—. Así tengo algo por lo que
esperar, pues.
—Te pasas todo el día con tu hijo —observó Michael.
Lo dijo como una afirmación, no como una pregunta; de nuevo, Simon
percibió un ligero acento.
—Sí —reconoció Simon—. Me han echado del trabajo, así que
realmente no tengo ninguna otra alternativa.
—Bienvenido al club —bromeó Ramón—. Yo soy actor, por lo que me
paso gran parte de mi vida en el paro.
Todos se echaron a reír.
—¿Así que ocurrió de repente, no? —preguntó Charlie.
—Muy de repente —admitió Simon—. Me pilló completamente por
sorpresa. Ningún aviso, ninguna verdadera explicación, pero, oye, es así
como ocurren las cosas. Sí, ha sido un gran cambio, ¿sabéis?, pero también
hay muchas cosas positivas. Es fantástico pasar más tiempo con mi hijo.
Estaba sorprendido de lo cómodo que se sentía hablando de su situación
laboral con aquellos tipos.
—Todos somos muy afortunados por tener tiempo para estar con
nuestros hijos —declaró Michael.
—Sí, estoy de acuerdo —convino Simon—. Muy afortunados.
Jeremy miró hacia Simon y le saludó con la mano sonriendo de oreja a
oreja, y él le devolvió el saludo. Hacía mucho tiempo que no veía a su hijo
tan feliz.
—Tu hijo es encantador —le piropeó Charlie.
—Gracias.
—Sí, estoy de acuerdo, tío —terció Ramón—. Buen trabajo.
—Bueno —dijo Simon—, ¿y venís mucho por aquí?
—Sí —respondió Michael.
—¡Fantástico! —exclamó.
Ramón consultó su BlackBerry.
—Maldita sea, tengo que volver al Uptown. Mi madre quiere sacar a
pasear a Diego más tarde.
—Sí, yo también debería ponerme en marcha —dijo Charlie.
Los tres cogieron sus bártulos al mismo tiempo y les dijeron a sus hijos
que era hora de marcharse. Simon se quedó impresionado de lo bien
educados que eran los niños; ninguno protestó lo más mínimo y se subieron
en sus cochecitos felices y contentos.
—¿Nosotros también nos tenemos que ir? —preguntó Jeremy.
—Podemos quedarnos otros quince minutos, ¿de acuerdo?
—Vale —El niño pareció entristecerse de repente, y se dirigió solo al
tobogán.
—Bueno, amigo, ha sido un placer conocerte —dijo Charlie—. Espero
que volvamos a verte por aquí en algún momento.
—Sí, yo también lo espero.
Los otros también se despidieron y luego se marcharon del parque
infantil empujando los cochecitos delante de ellos.
Simon sintió un bajón, como le ocurría siempre que terminaba una
buena fiesta y se iba el último invitado. Para variar, había sido estupendo
pasar un rato con alguien que pensara lo mismo que él.
Estaba comprobando su correo electrónico en su móvil cuando oyó:
—Eh, Simon.
Charlie había regresado, sin el cochecito, y se paró delante de él.
—Hola —Le devolvió el saludo con una sonrisa, encantado de verlo.
—Acabamos de hablarlo —empezó diciendo Charlie—. Pareces un tipo
realmente estupendo y a nuestros hijos les gusta el tuyo, así que si quieres
volver por aquí y pasar el rato con nosotros en otra ocasión, sería estupendo.
—Caramba, gracias por el ofrecimiento —dijo Simon—. Es muy amable
por vuestra parte.
—Estaremos aquí mañana a eso del mediodía, por si te quieres pasar.
—No tenemos ningún plan, así que tal vez lo hagamos. Muchísimas
gracias.
Charlie se reunió de nuevo con los otros, que estaban esperando en el
exterior de la puerta del parque infantil. El canoso hizo un gesto con la
cabeza hacia él —quizá para despedirse— y Simon se quedó mirándolos
mientras se alejaban.
—Bueno, hoy Jeremy y yo hemos tenido un día interesante —proclamó
Simon.
Alison acababa de llegar a casa del trabajo y estaba revisando el correo,
que Simon había dejado sobre el buró situado junto a la puerta de la calle.
—Oh, ¿en serio? —preguntó ella.
A Simon le pareció alterada, o al menos irritada.
—Sí —confirmó—. Llevé a Jeremy a Battery Park, ¿sabes? A aquel
parque infantil que le gusta.
—Eso está bien —respondió, distraída, sin dejar de mirar el correo.
—Hizo unos nuevos amiguitos allí y se lo pasó fantástico, y yo estuve
matando el rato con sus padres.
—Nos hemos retrasado un mes en la factura de la televisión por cable.
—Ya veo que estás distraída, te lo contaré más tarde.
—Lo siento, te escucho, te escucho. Conociste a unos padres en el
parque infantil, eso es fantástico. A lo mejor puedes volver a quedar con ellos
en alguna otra ocasión.
—En realidad, nos dijeron que volviéramos mañana para estar con ellos.
—Bueno, ¿y dónde está el problema?
—No lo sé —respondió Simon—. Quiero decir que Battery Park nos
pilla un poco lejos, y no estoy seguro de que realmente quieran que estemos
allí. Creo que podrían habernos invitado sólo por educación.
Alison le miró a los ojos por primera vez desde que había entrado en
casa.
—No entiendo a qué viene toda esa inseguridad. No te habrían invitado
a ir allí si no quisieran que fueras. Y dijiste que Jeremy se divirtió, ¿no es así?
—Se lo pasó pipa.
—Entonces, no entiendo cuál es el problema. A él le gustan los niños, y
a ti te gustan sus padres. Parece una situación fantástica para ambos.
—Sí —admitió—. Supongo que lo es.
—Acuérdate de pagar la factura de la televisión por cable, ¿de acuerdo?
—Se dirigió por el pasillo hacia el dormitorio para quitarse la ropa del
trabajo. Simon se disponía a seguirla para preguntarle cuál era el motivo de
su extraño comportamiento, pero el día había sido largo y estaba cansado, y
decidió dejarlo pasar.
5
En el bar M del hotel Mansfield en Midtown, Olivia Becker, ya por su tercer
Vodka Collins, le decía a su amiga Diane Coles:
—¿Qué ha pasado con todos los tipos formales y buenos de esta ciudad?
Vamos, en serio, ¿dónde se han escondido? No es que esté pidiendo tanto.
Sólo quiero a alguien con una pinta decente, alguien «con trabajo» que no me
vaya a hablar de su adicción a la coca en la segunda cita. No sé, nunca esperé
encontrarme en esta situación, ¿sabes? Nunca imaginé llegar a los treinta y
ocho años sola. A los veinte, siempre tuve novios, por lo general mayores, ya
de treinta, y eran tipos buenos y decentes. ¿Qué les ha ocurrido a esos tíos?
¿Adónde se han ido? Bueno, poseo mi propia empresa, tengo un piso
fabuloso y lo único que no tengo es un tío. Y estoy tan harta de esos idiotas
que juegan conmigo y que sólo quieren salir tres veces hasta que te acuestas
con ellos y luego dejan de llamar. Hacía cinco años estaba bien, pero ahora es
patético. Los hombres de esta ciudad se comportan como si estuvieran en la
gran fiesta de la fraternidad mundial. —Le dio un trago a su copa con
abatimiento. Sus labios estaban insensibles al hielo, así que supo que ya
estaba borracha.
—No puedes conocer a alguien cuando quieres conocer a alguien —dijo
Diane—. Cuando ocurre, ocurre. Es como cuando conocí a Steve, ¿vale? Me
había dado totalmente por vencida y me traía sin cuidado. Entonces, me puse
en la cola de Starbucks cuando volvía a casa del gimnasio, sin maquillar, con
un aspecto auténticamente horrible, y aquel tipo empieza a hablar conmigo.
¿Te das cuenta? No puedes planear enamorarte. Es algo totalmente azaroso.
—Sí, vale —Olivia se bebió de golpe lo que quedaba de su copa e hizo
un gesto al camarero para que le pusiera otra—. He intentado la técnica de no
intentarlo y, ¿sabes qué?, que cuando intento no conocer a alguien, voy y no
conozco a nadie. En Match parece que no sea capaz de conseguir que me
escriba alguien por debajo de los cincuenta años. He asistido a fiestas para
citas rápidas, e incluso fui a aquel crucero para solteros de JDate. Detesto
todo este jueguecito de intentar conocer a alguien, de verdad que lo detesto.
¿Cuántos días me he tirado en Central Park, sentada en un banco, leyendo un
libro, comportándome como la Señorita Encantada de Estar Sola, y luego
vuelvo a casa, me siento en el sofá y me tiro todo el fin de semana viendo la
tele y pintándome las uñas de los pies mientras me siento como una mierda?
Ya te puedes decir que todo es porque el tipo adecuado todavía no se ha
presentado, como si estuvieras viviendo en algún inesperado cuento de hadas:
al final el Príncipe Encantado aparecerá y en un abrir y cerrar de ojos te
llevará hacia la puesta de sol. Entonces la realidad aparece y te das cuenta de
que hace diez años que todos los príncipes encantados se alejaron en sus
caballos hacia la puesta de sol. Mientras, los hombres de mi edad y mayores
lo tienen fácil: el tiempo no corre para ellos y sus arrugas son consideradas
sugerentes. Vaya, que lo entiendo; ¿por qué un tipo decente y sensato que
frise los cuarenta o ya los haya cumplido querría quedar conmigo, cuando
puede hacerlo con una impresionable jovencita de veinticuatro que no esté
hastiada? Es sólo una cuestión de naturaleza. Los únicos tipos que se
interesan por mí son los bordes que sienten aversión por el compromiso y que
siguen viviendo con sus padres, o los cincuentones tripudos divorciados que
han estado casados de mala manera durante veinticinco años y sólo quieren
echar un polvo.
El camarero le llevó la copa, a la que Olivia le dio inmediatamente un
buen trago. Al darse cuenta de que el camarero —rubio, guapo y frisando los
treinta— ni siquiera la había mirado a los ojos, añadió:
—¿Te das cuenta? Hace diez años ese tipo no habría parado de
revolotear a mi alrededor, intentando meterse en mis bragas. ¿Y ahora?
Bubkes3.
—Tal vez deberías parar de beber —dijo Diane—. Te estás
emborrachando.
—Ah, déjalo, no estoy borracha.
—Confía en mí. Cuando empiezas a quejarte de los tíos en yidis, es que
estás borracha.
—No estoy borracha —insistió Olivia, aunque se sentía bastante pedo.
Tenía los labios entumecidos, ¿y ésa era su tercera o su cuarta copa? Bah, ¿y
qué más daba? Dio otro buen trago y depositó la copa con más fuerza de lo
que había pretendido—. Estoy harta, hasta el moño de sentirme tan
impotente, ¿sabes? Cuando tenía veintitantos, tenía el poder. Iba a un bar y
me tiraban los tejos diez tíos y tenía que escoger. No es justo que ahora sean
los hombres los que tengan el control, que sujeten todas las sartenes por el
mango. —Se afianzó en el taburete de la barra y añadió—: Se acabó, de ahora
en adelante no voy a esperar a que los tíos se me acerquen. A partir de ahora
yo voy a ser el hombre. En serio, no soy capaz de acordarme de la última vez
que le pedí salir a un tío. ¿En la universidad? La próxima vez que vea a un
tipo guapo voy a ir directamente al grano y a ver qué ocurre. Porque ¿a quién
coño le importa, no te parece?
Le dio otro buen trago a su copa.
—De acuerdo, ¿qué tal el tipo que está junto a la puerta? —preguntó
Diane.
Olivia se volvió para mirar, y no precisamente con sutileza. Giró la
cabeza con tanta violencia y rapidez que podría haberse producido un
esguince cervical. Vio a un tipo sentado en un sofá en la zona del salón que la
miraba directamente... o al menos eso parecía. Tenía unos cuarenta y tantos,
guapo, de facciones duras y el pelo gris y ondulado, vestido con unos
vaqueros descoloridos y una camisa blanca de cuello abotonado con las
mangas arremangadas hasta los codos. Los botones superiores de la camisa
estaban abiertos y dejaban a la vista una pelambrera gris en el pecho. En otro,
la pinta podría haber sido chunga, pero él le sacaba partido.
—Ostras, es bastante guapo, ¿verdad? —dijo Olivia.
—¿Bastante? —preguntó Diane—. Está como un tren.
Olivia se volvió de nuevo.
—Se da un aire al Richard Gere de Pretty Woman.
—A lo mejor es tan rico como Richard Gere en Pretty Woman —
especuló Diane—. Creo que no deberías cortarte.
El tipo reparó en Olivia, la miró directamente y sonrió. Sus ojos tenían
un no sé qué, tan oscuros y apasionados; se hacía difícil apartar la mirada de
ellos.
—Me acaba de sonreír —dijo Olivia.
—Bueno, ¿a qué estás esperando?
—Tal vez esté esperando a alguien.
—Eso no lo sabes —la animó Diane—. Vamos, si decías en serio todo
eso de ligar como un hombre, mueve el culo hasta allí.
Sabiendo que su amiga tenía razón, Olivia le dio otro trago a su copa
para reforzar la confianza en sí misma y se acercó directamente al tipo.
—¿Me puedo sentar contigo? —soltó.
La frase era tan mala, que sonó a ingeniosa. Bueno, eso pensó al menos,
aunque quizá fuera que el alcohol la estaba animando.
—Sabía que te acercarías —replicó el hombre.
La estaba mirando fijamente con aquellos ojos desenfrenadamente
apasionados.
—¿Ah, en serio? —dijo, intentando ser coqueta—. ¿Y cómo lo supiste?
—Siempre sé cuándo una mujer me desea —respondió él.
Si cualquier otro hombre le hubiera dicho eso, habría pensado que se
trataba de un completo gilipollas y se habría marchado, y hasta puede que le
hubiera vaciado una copa en el regazo. Pero aquel tío tenía algo. Rezumaba
encanto por los cuatro costados.
—¿Y piensas que yo te deseo? —preguntó.
—Sí —dijo el hombre. Olisqueó el aire de manera ostensible, Olivia le
vio mover las aletas de la nariz, y añadió—: Llevas Safari.
Se quedó pasmada. ¿Cómo había adivinado el perfume?
—Sí —respondió—. ¿Cómo has...?
—Me gusta —dijo él—, y no lo digo como cumplido para el perfume.
No soy un gran admirador de Raph Lauren; en realidad, prefiero Dior,
Givenchy o Creed. Pero ese perfume en ti huele muy bien. Es la mezcla del
perfume y tu propio olor lo que lo hace tan irresistible.
Incluso borracha, se dio cuenta de que aquel tipo era..., bueno, fuera de
lo común. Pero le gustaba. Fuera como fuese, era diferente, lo cual era un
saludable cambio respecto a los estereotipados abogados con los que había
estado saliendo en los últimos tiempos. También era varonil, lo que era un
alivio. Estaba harta de todos los perdedores metrosexuales de la ciudad.
—Bueno, ése es quizás el cumplido más interesante que me han hecho
en toda mi vida.
—Soy Michael... Michael Hartman. —Sonrió, extendió la mano y la
miró directamente a los ojos. Olivia tuvo la sensación de estar mirando dos
imanes negros.
—Olivia... Olivia Becker —dijo, mientras se estrechaban la mano.
Michael la daba con mucha fuerza y a ella le dolió un poco, aunque no le
importó. Sujetarle la mano la hizo sentirse extrañamente segura, protegida.
No deseaba soltársela, y se sintió desilusionada cuando él la retiró.
—Seré franco contigo —dijo Michael—. Sé que te sientes atraída por
mí..., si no fuera así ya te habrías largado. Así que, a mi modo de ver,
tenemos dos alternativas. Podemos hablar, conocernos mutuamente y quedar
unas cuantas veces antes de que te pida que vengas a mi casa de Tribeca, o
podemos ir allí ahora mismo... Así que vendrás conmigo a casa ahora.
Olivia lo estaba mirando fijamente, pensando: «¿Este tipo está hablando
en serio?» Una parte de ella ni siquiera sabía por qué estaba manteniendo
aquella conversación. Por lo general, era reservada, incluso estirada, y jamás
habría soportado que un tío le tirase los tejos de una forma tan grosera. ¿No
se acababa de quejar a Diane de que Manhattan se estaba convirtiendo en una
fiesta de fraternidad universitaria? Sin embargo, había algo tan estimulante en
aquel tipo. Quizá fuera también que estaba harta de las medias tintas y sabía
cuáles eran las intenciones de Michael. O al menos sabía cuáles eran sus
intenciones con el contenido alcohólico de cuatro Vodka Collins corriendo
por su torrente sanguíneo.
—Pues vayamos —soltó. Olivia oyó sus palabras como si las hubiera
dicho otra persona y ella sólo fuera alguien que las escuchara.
—Estupendo. —Michael se levantó.
Olivia sabía que aquello era una locura, que no debería estar haciéndolo,
pero al darse cuenta de lo sexi que era Michael, con aquellos hombros bien
desarrollados y los brazos musculosos —aunque no demasiado—, no pudo
aguantarse:
—Sólo déjame que le diga a mi amiga que me voy.
—¿Es que has perdido la chaveta? —le espetó Diane cuando se lo dijo.
—¿Qué? —replicó—. Será una aventura.
—¿Una aventura? ¿Estás chalada? Ni siquiera le conoces. Has estado
hablando con él... ¿cuánto?... ¿dos minutos? Ni siquiera dos minutos. Vamos,
estás de broma, ¿no?
—Te mandaré un mensaje de texto luego y te diré cómo ha ido.
Olivia empezó a alejarse, y Diane le cogió de la muñeca.
—¿Cómo ha ido qué? —preguntó.
Olivia miró hacia Michael, reparando de nuevo en sus ojos negros y
soñadores.
—Por favor, suéltame, me estás avergonzando.
Diane no la soltó.
—Estás borracha, ¿vale? No estás tomando una buena decisión. Ve y
dile a ese tipo que ha sido estupendo conocerlo, pídele acaso el teléfono y
déjame que te lleve a casa.
—No soy una niña —protestó Olivia con seriedad—. Ahora, ¿puedes
hacer el favor de soltarme?
Diane la soltó a regañadientes.
—Muy bien, pero, por favor..., ten cuidado.
—Lo tendré —le aseguró Olivia, y fue hasta Michael—. Muy bien,
vamos —le propuso.
Ambos salieron entonces y bajaron los pocos escalones hasta la calle.
—Está bien de esta manera —dijo él.
Olivia no sabía a qué se refería, pero no se molestó en preguntar. Él le
cogió la mano otra vez, con fuerza, varonilmente, y la condujo por la acera.
Aunque todavía no debían de ser las siete, ya era de noche; estaban en
octubre y los días se iban haciendo más cortos. El aire frío la espabiló un
poco y, aunque seguía emocionada por lo impredecible de todo aquello,
empezaba a preguntarse si no estaría cometiendo un error.
Entonces Michael se acercó a un todoterreno Lexus negro aparcado en
doble fila y abrió la puerta trasera, dejando al descubierto dos lujosos asientos
de piel negra y un minibar.
—Tienes que estar de broma —dijo ella.
—Por favor, entra.
Olivia se acordó de lo que había dicho Diane, de que a lo mejor Michael
era tan rico como Richard Gere en Pretty Woman.
—¡Qué demonios! —y entró en el coche. Michael se sentó a su lado,
todavía sujetándole la mano. El vehículo arrancó en dirección a la Quinta
Avenida.
—Esto es una locura —comentó Olivia—. No me puedo creer que esté
haciendo esto.
—Piensas que estás loca.
—No literalmente —respondió—. Pero irme a la casa de un tío al que
acabo de conocer no es lo que hago normalmente.
—No es ninguna locura en absoluto —dijo él—. En realidad, es muy
natural. Viste algo que deseabas y actuaste en consecuencia. Si te hubieras
quedado allí sentada sin hacer nada y hubieras dejado que se esfumara la
oportunidad de conocerme, creo que eso sí que habría sido una locura.
A ella le pareció que tenía su lógica.
—Supongo que es otra manera de considerarlo —admitió—. Bueno,
¿siempre te haces llevar en coche por la ciudad e intentas ligar con mujeres?
—A veces, sí —respondió él.
Olivia tuvo que reírse; le pareció la única reacción adecuada.
—¿Adónde me...? Quiero decir, ¿adónde vamos?
—No, ya lo ibas a decir bien la primera vez, la verdad es que te llevo.
Vamos a mi casa.
—Vale, ¿dijiste que vivías en Chelsea?
—En Tribeca.
—Cierto, en Tribeca, por supuesto —Olivia estaba examinando las
botellas de bebidas alcohólicas, preguntándose si debería tomar otra copa;
probablemente no fuera una gran idea—. ¿Puedo tomar una copa? —
preguntó.
—Por supuesto —dijo Michael—. Estabas bebiendo Vodka Collins.
Olivia le soltó la mano y cruzó los brazos por delante del pecho.
—Muy bien, ¿cómo lo supiste?
—Digamos que soy una persona muy observadora —respondió él,
mientras empezaba a preparar la bebida vertiendo el vodka.
—No sé cómo consigues que no pierda la compostura.
—Porque te sientes locamente atraída por mí.
—¿Te das cuenta? A lo mejor locura sería la palabra adecuada.
—No hay nada de qué avergonzarse. —La tranquilizó—. Eres sincera y
honesta con tus sentimientos. No te escondes de tus emociones. A mí eso me
parece maravilloso.
—Hablo en serio —insistió ella—, ¿cómo supiste que estaba bebiendo
un Vodka Collins?
Michael terminó de preparar la bebida, mezclándola.
—Me fijo en los detalles en los que los demás no reparan. Supongo que
se puede decir que es un don natural.
Olivia siguió pensando que era extraño, y se preguntó si la habría estado
acechando o algo parecido. Entonces se preguntó por qué no le importaba.
Michael puso el vaso delante de ella.
—Lo siento, no hay azúcar.
—¿Y cómo es que tú no bebes? —preguntó Olivia.
—Mi familia es alemana —respondió él—. Teníamos una fábrica de
cerveza.
Olivia le iba a preguntar por la clase de cerveza que fabricaban y qué
tenía que ver eso con que no bebiera, pero le distrajo el sorbo que le acababa
de dar a la bebida.
—Bien, eres un buen barman.
Después de darle otro sorbo depositó el vaso. El coche había tomado un
atajo hacia el West Side y en ese momento se dirigían —o eso parecía—
hacia Broadway. A Olivia le pareció que había vuelto a recuperar el
entusiasmo.
—¿Así que no quieres saber nada acerca de mí? —preguntó.
—Sé tu nombre, es más que suficiente.
—Ni siquiera sabes cómo me gano la vida, y yo no sé nada sobre lo que
haces tú.
—Lo que yo hago carece de importancia.
—Bien, tengo mi propia empresa de diseño gráfico... —empezó Olivia,
pero él la silenció cuando empezó a besarla.
Al igual que cualquier otra mujer soltera de treinta y ocho años, había
besado a muchos hombres. Todos los tíos tenían su propio y exclusivo estilo
de besar, pero no recordaba haber sido besada jamás con tanta pasión y tanta
genuina emoción. Los labios de Michael eran fuertes y firmes, y tenía una
lengua mágica. Sintió que la deseaba, que no conseguía saciarse de ella, que
deseaba devorarla.
Olivia, casi dando boqueadas, estaba tan embelesada que no se percató
de que el coche se había detenido hasta que Michael se apartó un momento.
—Aquí es.
Ella permaneció con los labios separados y los ojos cerrados.
—¿Aquí es qué? —preguntó, perdida aún en besolandia.
—Mi casa.
Salieron del coche. No estaba segura de en qué calle estaban, aunque era
en la parte más occidental de la ciudad; la calle Oeste y el río estaban a
menos de una manzana. La calle estaba mal pavimentada y con los antiguos
adoquines al aire, lo que hacía difícil mantener el equilibrio sobre los tacones.
Michael la hizo entrar en un edificio industrial rehabilitado que tenía
uno de aquellos ascensores a los que tienes que llamar.
—Bonito lugar —dijo Olivia—. ¿En qué planta vives?
—En todas —respondió él—. El edificio es mío.
Olivia pensó: Un todoterreno de la gama más alta, un edificio en
propiedad, ¿quién es este tío? ¿Donald Trump? Lo miró con los ojos
entrecerrados, preguntándose si era Trump. Bah, estaba borracha, así que
nunca se sabe. No, no era Trump, pero era guapo a rabiar.
Subieron unas cuantas plantas en el ascensor y de pronto se encontraron
en un loft tremendo. Era como sacado de una revista de decoración, de un
artículo de los pisos más espectaculares de Manhattan. Los techos tenían al
menos seis metros de alto, unas mamparas dividían el espacio en habitaciones
y había una escalera de caracol que subía.
—¡Oh, Dios mío, este lugar es increíble! —exclamó Olivia.
Michael la cogió en brazos y la llevó por el loft hasta un gran
dormitorio. Una vez allí, la dejó caer en la cama y empezó a desnudarse
delante de ella. Muy bien, aquélla era sin ningún género de dudas una de las
noches más extrañas de su vida, aunque Olivia pensó: Relájate y adelante.
Michael tenía un cuerpo increíblemente erótico, o al menos eso pensó
ella. Era grande, musculoso y peludo. Por lo general, se sentía atraída por los
tíos muy atildados, pero la pinta peluda funcionaba en aquél.
—Desnúdate —dijo él.
Ningún tío le había hablado de aquella manera antes, pero le gustó.
Una vez desnuda, él acabó de quitarse la ropa, se subió encima de ella y
la inmovilizó con fuerza, besándola de la manera que lo había hecho en el
coche. Olivia sintió que se iba lejos, muy lejos, a algún país remoto y
prohibido, a correr una aventura, y deseó quedarse allí para siempre.
Más tarde, Olivia estaba acurrucada contra el cuerpo sudoroso de Michael.
Tenía un olor penetrante y almizclado que no se parecía a nada que ella
hubiera olido en un hombre con anterioridad, pero era un olor que le
gustaba... y mucho.
Todavía sentía un cosquilleo por todo el cuerpo, asombrada por lo
fantástico que había sido el polvo. Por lo general, tenía que estar con un tipo
tres o cuatro veces antes de que se sintiera sincronizada, y con algunos jamás
conseguía conectar. Pero con Michael se sintió cómoda desde el primer
momento, y deseó darle todo y perderse en él.
Se acurrucó un poco más contra él. Estaba recobrando la sobriedad
aunque seguía sintiendo un agradable estremecimiento, tanto por los residuos
del alcohol en su organismo como por las secuelas del poderoso orgasmo que
había tenido. Pensó en los acontecimientos que habían conducido a aquella
noche, en su forma de comportarse impulsivamente en el bar, pero en lo
fantásticamente bien que había resultado. Quizás había descubierto el secreto
para conocer a un hombre en Manhattan: ponerse bolinga y largarse con el
primer tío guapo que viera. Y si eso daba resultado, podría escribir un libro al
respecto y hacerse millonaria.
Se echó a reír ante la idea, y Michael abrió los ojos.
—Creí que estabas dormido.
—Yo no duermo.
Olivia se rió entre dientes, pero cuando vio que hablaba en serio, dijo:
—¿A qué te refieres con que no duermes?
—Me refiero a que no duermo.
—Todo el mundo duerme.
—Yo no.
—De acuerdo, entonces, ¿qué es lo que haces? —A Olivia le pareció
divertido.
—Descanso —contestó él.
—En eso consiste dormir, ¿no? Cuando descansas, cuando estás
inconsciente.
—Pero yo no estoy inconsciente —dijo él—. Siempre estoy consciente,
listo para reaccionar.
Hacía menos de dos horas que se habían conocido, pero ya le conocía lo
suficiente como para saber que sería imposible sacarle una respuesta clara, o
al menos lógica.
—Bien, sin duda alguna eres uno de los tíos más excepcionales que
jamás he conocido —dijo ella—, y también uno de los más atractivos.
—Soy el más atractivo —afirmó Michael sin ninguna expresión en el
rostro.
Olivia se echó a reír.
—Dios mío, no tienes un ego pequeño, ¿verdad?
Empezó a besarlo en el cuello, por debajo de la mandíbula.
—Bueno, dime —preguntó—: ¿Cómo llegaste a ser tan bueno en la
cama?
—He estado con muchas mujeres.
—¿Cuánto es muchas? —Dejó de besarlo y se apartó. Habían utilizado
condón, pero aun así...
—He satisfecho a todas —dijo él.
Olivia tuvo que echarse a reír. Le volvió a besar.
—No te gusta responder preguntas, ¿no?
—He contestado a tu pregunta.
—Supongo que en cierto sentido sí —admitió ella—. Bueno, no tienes
que contarme tu pasado esta noche; es más excitante si prolongamos el
misterio, ¿no crees? —Ahora estaba encima de él, besándole en el pecho—.
Mmm, qué bien hueles.
—Te alegras de haber venido —dijo él, afirmándolo.
—Sí —reconoció Olivia—. Estoy muy, muy contenta y también de
venirme4 —y se rió por el doble sentido.
—Tu amiga te dijo que no estabas tomando una buena decisión —soltó
él con seriedad.
—Si hubiera experimentado lo que yo, no lo habría dicho. —Olivia
siguió besándole por la firme barriga sudorosa y peluda, y de pronto cayó en
la cuenta y se incorporó—. Espera un segundo, ¿cómo sabes eso?
—¿Saber qué? —preguntó Michael.
—Ella te estaba dando la espalda en el bar, y tenía que estar a unos seis
metros de distancia. ¿Cómo sabes que me dijo eso?
—Tengo un oído excelente.
—Pero el bar estaba lleno de ruidos, había música y gente hablando.
¿Cómo es posible que oyeras lo que dijo?
—El problema no es que no responda preguntas —empezó él—. El
problema es que haces demasiadas.
Le dio la vuelta rápidamente y se puso encima de ella de nuevo,
tratándola con brusquedad. Olivia no se podía creer que él ya estuviera listo
para otro asalto. ¿Qué le pasaba a aquel tío?
En medio de la noche, después de que lo hubieran hecho cuatro veces, Olivia
tuvo que ir al baño. Michael estaba profundamente dormido —Nunca
duerme; sí, claro—, así que se levantó de la cama en silencio y se dirigió al
baño, que estaba no muy lejos a la derecha. Estaba a punto de entrar cuando
vio una gran parte del loft que no había visto todavía, así que, por curiosidad,
fue a examinarla.
Había una especie de salón, con muebles de aspecto muy caro y una
zona que tenía unas estanterías altas llenas de libros muy antiguos, los cuales,
en cierto sentido, parecían desentonar en el piso, por lo demás supermoderno.
Además, había una gran mesa de billar, otra de ping-pong y... ¿eso era un
triciclo?
—Te has perdido.
La voz de Michael la sobresaltó. Estaba a unos tres metros de ella, en
pelota picada.
Con una mano en el pecho, Olivia dijo:
—Dios mío, me has dado un susto de muerte. Pensaba que estabas dor...
—Se contuvo y continuó—: No te esperaba, eso es todo.
—Ahora tienes que irte a casa —dijo él—. Mi chófer te llevará adonde
tengas que ir.
—Oh, vale —dijo ella—. Vivo en el Upper East...
—Le diré que estás bajando —Y se dirigió de nuevo al dormitorio.
En circunstancias normales, habría tenido la sensación de que la estaban
echando a patadas, pero sin que supiera por qué no le importó. La noche
había sido lo que había sido. No albergaba ninguna expectativa.
Mientras Michael llamaba a su chófer, Olivia se vistió. Cuando se estaba
poniendo los zapatos, echó un vistazo hacia la ropa de Michael en un sofá y
vio una pistolera. Muy bien, así que el tío tenía un hijo y llevaba pistola. ¿Y
quién no andaba por esa ciudad con unos cuantos secretos a cuestas?
—¿Lista? —preguntó él—. Te acompañaré abajo.
Se puso una bata roja de seda, como la que llevaría Hugh Hefner, y
bajaron en el ascensor hasta la planta baja. Olivia le iba a preguntar por su
hijo —¿qué tenía de extraordinario tener un hijo?—, pero entonces resolvió
que eso no cambiaría nada. Había sido un encuentro de una noche; lo más
probable es que nunca lo volviera a ver.
Ya en la calle, él le abrió la puerta del Lexus para que entrara. Estaba
sorprendida; ¿ni siquiera un beso de buenas noches? Ah, bien, ¿qué le vas a
hacer?
Entró en el coche.
—Hasta mañana —dijo él. No fue una pregunta, por supuesto. No le
estaba pidiendo salir, le estaba «diciendo» que iban a salir.
Antes de que ella pudiera responder, Michael cerró la puerta de un
portazo y el coche se alejó.
6
La lluvia azotaba las ventanas del piso.
—Parece que hoy va a ser un día para estar a cubierto —pronosticó
Alison—. ¿Por qué no llevas a Jeremy al cine o algo por el estilo? Creo que
están echando una nueva película de Pixar en el IMAX.
Estaba vestida para ir al trabajo con un traje de chaqueta negro y zapatos
de tacón, e iba completamente maquillada. Simon estaba tumbado en la cama
en calzoncillos.
—Sí —admitió Simon—. Supongo que hoy el parque infantil queda
descartado.
Alison le estaba dando la espalda mientras se miraba al espejo.
—Bueno, quería hablar sobre la sesión del consejero —dijo Simon.
—¿Qué pasa con ella?
—Sólo quería saber por qué estás...
—¡Mamá! —llamó Jeremy desde su habitación.
—¿Puedes ocuparte de él? —preguntó Alison—. Tengo que irme
corriendo, ya llego cinco minutos tarde.
—¿Podemos hablar de esto más tarde? —le gritó Simon cuando ella se
alejaba.
—Por supuesto, luego —dijo Alison, y salió del piso.
Simon vistió a Jeremy y le dio el desayuno; estaba mejorando en el
control de la rutina matinal. Ya sabía en qué cajones encontrar los vaqueros,
las camisetas y las sudaderas; seguía sin saber hacer las tortitas exactamente
como las hacía Margaret, pero con un poco de esfuerzo terminaría cogiéndole
el tranquillo.
Después del desayuno le dijo a su hijo:
—Bueno, ¿qué te apetece hacer hoy, chaval? ¿Una peli? ¿Un museo?
—Quiero jugar con aquellos niños otra vez —declaró Jeremy.
—Hoy no podemos —respondió—. Está lloviendo.
—No, no lo está.
Simon miró hacia la ventana y vio que efectivamente había dejado de
llover, que las nubes se estaban abriendo y dejaban pasar algo de sol a través
de ellas.
—No sé —titubeó—, el parque infantil estará mojado. Ni siquiera estoy
seguro de que esos niños estén hoy allí.
—Pero yo quiero ir —insistió el pequeño.
—Te diré lo que vamos a hacer —dijo—. Veamos cómo está el tiempo a
mediodía. Si hace bueno, iremos, ¿de acuerdo?
A mediodía el cielo se había vuelto a nublar y estaba lloviznando, pero
Jeremy estaba teniendo un buen día —quizás el día que mejor se había
portado desde su transformación en padre a jornada completa—, y Simon no
quería arriesgarse a un retroceso.
—Bueno, podemos acercarnos allí a ver.
—¡Yupi! —exclamó Jeremy.
A Simon le dolían las piernas de la carrera de la víspera, así que
cogieron el metro hasta el centro. Cuando salieron en South Ferry, seguía
lloviznando, y también hacía un tiempo desapacible y frío. Simon lamentó no
haber insistido en que ese día se quedaran en la parte alta. Sin embargo, el
parque infantil no estaba lejos, así que resolvió que, puesto que de todas
maneras estaban en el centro, no pasaba nada por que se acercaran al parque.
Mientras caminaban siguiendo el Hudson, la llovizna se convirtió en una
lluvia ligera. Jeremy dijo que le dolían las piernas —no habían llevado el
cochecito—, así que lo cogió en brazos y cargó con él. No tenía paraguas, por
lo que se estaban empapando y el niño se quejaba de que tenía frío. Simon
estaba a punto de darse la vuelta y marcharse sin más cuando se sorprendió
de ver más adelante a los tres tipos que había conocido el día anterior.
Estaban jugando al fútbol con sus hijos en el parque infantil y no parecían
amilanarse ante el mal tiempo. Ramón fue el primero que lo vio y lo saludó
con la mano, y luego Michael y Charlie miraron en su dirección.
Jeremy vio a los otros niños.
—¡Están aquí! —dijo con excitación, y se escabulló de los brazos de
Simon para echar a correr hacia allí.
—¡Ve más despacio, que está resbaladizo! —le gritó cuando se alejaba,
pero por supuesto su hijo no fue más despacio y entró en el parque infantil a
toda pastilla.
Cuando entró Simon, Charlie se acercó para saludarlo.
—Hola, amigo —dijo con una amplia sonrisa, y los otros también dieron
la impresión de alegrarse sinceramente de verle, no ocultando su entusiasmo
—. Es genial verte de nuevo.
—También lo es veros a vosotros —correspondió Simon—. No estaba
seguro de si estaríais hoy aquí.
—Bah, un poco de lluvia no nos preocupa —alardeó Charlie—. Ven.
Simon y Charlie fueron hasta el otro extremo del parque infantil. Al
igual que el día anterior, aquellos tipos iban bien vestidos, y se mostraron
muy cariñosos y amables.
—Bienvenido de nuevo, amigo mío —dijo Ramón cuando le estrechó la
mano.
Luego se la estrechó Michael con mucha firmeza, mirándole
directamente a los ojos.
—Nos alegra que hayas venido.
Se sentaron en el banco y charlaron un rato sobre lo agradable que era
aquel parque infantil y lo fantásticamente bien que parecían pasárselo los
niños. Como colega en las lides de amo de casa, Simon se sentía
insólitamente identificado con aquellos sujetos. Era como si hubiera estado
perdido en algún remoto país extranjero y se hubiera dado de bruces de
repente con un grupo de simpáticos norteamericanos.
Entonces vio que Michael dilataba las aletas de la nariz, como si
estuviera oliendo algo, se dirigía a uno de los cochecitos y de una bolsa
sacaba un pañal, un paquete pequeño de toallitas higiénicas Huggies y crema
A&D.
—¡Jonas! —gritó, y su hijo echó a correr hacia él inmediatamente.
Simon se quedó impresionado; Jeremy jamás habría sido tan obediente.
También le impresionó que Michael hubiera sido capaz de darse cuenta de
que su hijo necesitaba un cambio de pañal desde el otro lado del parque
infantil.
—Impresionante —le felicitó Simon—. ¿Cómo haces eso?
—Instinto paterno —respondió Michael, y entonces llevó a su hijo hasta
un banco vacío y le empezó a cambiar el pañal cagado.
Simon permaneció en el otro banco con Charlie y Ramón.
—De verdad que nos alegramos de que hayáis vuelto —dijo Charlie—.
Mi hijo, Nicky, no ha parado de decirme lo mucho que le gusta Jeremy.
—Diego me estuvo diciendo lo mismo al volver a casa ayer —refrendó
Ramón—. Decía: «¿Va a volver Jeremy mañana?» Y yo: «Espero que sí,
porque me parece que su padre también es un tío muy enrollado».
El actor, que llevaba la misma cruz de oro que la víspera, estaba
sonriendo de oreja a oreja. Era una sonrisa ideal y contagiosa, y era casi
imposible no sonreír con él.
—A Jeremy también le gustan vuestro hijos —dijo Simon—.
Prácticamente me ha estado suplicando que viniéramos hoy aquí.
—¿Así que ahora tienes a Jeremy todo el día? —preguntó Charlie.
—Ajá —respondió Simon—. Mi esposa trabaja y no tenemos niñera... Y
vosotros, ¿estáis casados?
—Yo divorciado —dijo Charlie.
—Oh, lo lamento.
—Sólo los casados dicen eso —le tranquilizó Charlie—. Los
divorciados siempre me felicitan. —Y se echó a reír—. Hablando en serio, al
principio fue duro, pero es lo mejor que me ha ocurrido jamás. Y también es
mejor para mi ex esposa y para Nicky. Mi ex y yo seguimos siendo amigos,
es sólo que no podíamos vivir juntos, ¿entiendes?
—¿Y tú? —le preguntó a Ramón.
—Jamás me he casado. Me gustan las mujeres demasiado.
—Así es Ramón —terció Charlie—. Te tiene que gustar su lógica.
Simon y Charlie se echaron a reír.
—Fuera de bromas —dijo Ramón—. Vivo para las mujeres. Las
mujeres son lo más hermoso del mundo. Y no estoy hablando sólo de las
mujeres de las revistas de moda. Señálame a cualquier mujer en la calle y te
enseñaré algo hermoso en ella. Pueden ser los ojos, el pelo, las manos, el tono
de su voz o el sonido de su risa, pero todas las mujeres tienen algo que las
hace hermosas y especiales. Y de la manera que yo lo veo, si Dios hubiera
querido que estuviéramos sólo con una mujer, no habría puesto tanta belleza
en el mundo.
—Vale, supongo que es una manera de verlo —admitió Simon.
—O más de una —apostilló Charlie.
Los tres se echaron a reír. A Simon le gustaban verdaderamente aquellos
tipos.
—En realidad, hay una mujer con la que me habría casado —continuó
—, pero me abandonó, así que no me quedó elección. —De pronto los ojos se
le llenaron de lágrimas—. Pero no estoy furioso con ella. ¿Cómo podría
estarlo? Me hizo el mejor regalo de mi vida. Diego es ahora mi vida. No
puedo imaginar vivir sin mi hijo, y mi madre, su abuela5, me ayuda a criarlo,
así que todo está bien.
Michael terminó de cambiar el pañal, y Jonas salió corriendo para ir a
jugar con los demás niños.
Durante el resto del tiempo, Simon se lo pasó en grande hablando con
Charlie y Ramón, aunque Michael no se mostró tan locuaz. De vez en cuando
se reía o sonreía o hacía algún comentario, pero la mayor parte del tiempo se
limitó a estar sentado allí, escuchando y viendo jugar a su hijo.
Cuando los juegos terminaron y todos empujaban sus cochecitos hacia la
verja, Charlie le dijo a Simon:
—Eh, creo que voy en tu dirección. ¿Quieres que cojamos el metro
juntos?
—Sí, fantástico.
Se dirigieron por el río hacia la estación de South Ferry. Cuando Simon
se aseguró de que Michael no estaba, preguntó:
—Bueno, a todo esto, ¿qué le pasa a Michael?
—¿Pasarle? —preguntó Charlie.
—No habla mucho.
—Siempre es así al principio.
—Ah, vale —dijo Simon—. Porque pensé que quizá yo no le gustaba o
algo parecido.
—Eso es una locura, cree que eres un tipo fantástico. Michael puede
ser..., ¿cómo te diría...? reservado. Sí. Puede ser reservado. Pero ya verás
cómo se muestra más abierto cuando te conozca.
—¿Está casado? —preguntó Simon.
—Creo que no —dijo Charlie—. En realidad, no habla mucho de la
madre de Jonas. Pero sí, Michael es un gran tipo... Realmente cambió
nuestras vidas.
—¿En qué sentido? —preguntó Simon, y entonces vio a su hijo
corriendo delante con Nicky y dijo—: Eh, Jeremy, no corras, tienes que
caminar, ¿de acuerdo?
Cuando los dos hombres volvieron a ponerse a la altura de sus hijos,
Charlie dijo:
—Soy bombero.
—¡Caramba! —exclamó Simon—. No tenía ni idea. Eso es fantástico.
—¿Ves? Eso es lo que no paraba de decirme todo el mundo, lo guay que
soy. Ya sabes cómo es esto; bombero después del once de septiembre en
Nueva York y automáticamente eres un héroe. Pero ¿qué es lo que hice yo?
Aquel día estaba en casa enfermo, con treinta y nueve y medio de fiebre. Pero
después la gente me daba las gracias y me felicitaba y me decía lo fantástico
que era el trabajo que hacía. Los niños me pedían autógrafos, la gente me
llamaba «señor» y me sujetaban las puertas para que pasara. Creía que no me
lo merecía, ¿sabes?, así que iba por ahí mosqueado. Y el asunto también me
pasó factura en mi matrimonio. De cualquier modo, Nicole y yo llevábamos
años teniendo problemas, pero aun así mi vida se estaba desmoronando...
Entonces conocí a Michael, y la verdad es que no sé explicarlo. El tipo es
como uno de esos... no me sale la palabra... orador motivacional. Sabe la
manera de hacer que te veas a ti mismo de manera diferente, de
transformarte. Parece una cursilada, lo sé, pero es verdad.
Continuaron caminando hasta el metro y cogieron juntos la línea uno
hacia el Uptown. Charlie le preguntó por su antiguo trabajo, y Simon le habló
de los clientes que había tenido y de las campañas en las que había trabajado.
—Bueno, si hay algo que pueda hacer para ayudar, no tienes más que
decírmelo —le ofreció Charlie—. Quiero decir que si tienes que acudir a
alguna entrevista y necesitas a alguien que haga de canguro de Jeremy, lo que
sea. Hago dos turnos de veinticuatro horas a la semana y mi ex trabaja a
jornada completa, así que estoy mucho tiempo con Nicky durante el día.
—Gracias —dijo Simon—. Es muy amable por tu parte.
En Times Square, Charlie y Nicky se apearon y Simon y Jeremy les
dijeron adiós con la mano a través de la ventanilla cuando el metro arrancó.
—Su problema es que no tiene ninguna pasión —dijo Alison.
Estaba en la esquina de Lexington Avenue y la Setenta y siete, cerca del
hospital Lenox Hill, hablando por el móvil con su hermana, Lauren, que vivía
en San Francisco.
Alison continuó:
—Cuando le conocí era un emprendedor y estaba motivado. Recuerdo
con qué entusiasmo hablaba del futuro, de todos nuestros proyectos. Íbamos a
tener dos hijos, vivir en un piso más grande, yo no tendría que trabajar
porque algún día él sería un gran ejecutivo de la publicidad. Sinceramente, no
me sorprende que le hayan despedido. Ya no tiene aquel fuego dentro de él,
no quiere competir. Deberías haberlo visto este fin de semana, sentado en el
sofá como un bulto sin hacer nada. No sé quién es, pero no es el hombre con
el que me casé.
—¿Has hablado de algo de esto con él? —preguntó Lauren.
—Estuve a punto de decir algo durante nuestra última sesión con el
consejero matrimonial —dijo Alison—, pero ¿para qué? Él es quien es, y no
va a cambiar. Llevamos viviendo como compañeros de habitación desde hace
meses.
—¿Te refieres a que no tenéis relaciones sexuales?
—No, lo hacemos de vez en cuando —respondió—, pero parece como si
estuviéramos cumpliendo un trámite. Siempre parece algo que tuviéramos
que hacer para conseguir terminarlo, como una faena casera. Él lo negaría,
estoy segura, pero siento que realmente no me desea. Y no estoy hablando de
sexo; ya ni siquiera me toca y no me siento identificada con él. Todas
nuestras conversaciones giran en torno a Jeremy u otras minucias. Sé que es
un tópico, pero no me compra flores ni hace nada para demostrarme que me
valora. Eso es exactamente, ni más ni menos. En pocas palabras: no me
valora.
—Mira, no es que lo defienda, pero ahora está sufriendo mucho —
insistió Lauren—. Ambos estáis sufriendo mucho. Tienes que dar tiempo a
que las cosas se asienten.
—Lo sé, pero no se trata sólo de ahora, es... —Alison tenía otra llamada
entrante, del médico al que había estado intentando localizar. Dijo—: Tengo
que coger esta llamada.
—Todo va a ir bien —le aseguró Lauren—. Te lo prometo.
—Gracias por decirlo. Ojalá pudiera creerte.
Alison atendió la otra llamada, cambiando a su personaje optimista y
profesional.
—Hola, doctor Sadacca, ¿cómo se encuentra hoy?
El doctor Sadacca era un prestigioso ginecólogo de York Avenue.
Alison lo había llevado a comer hacía unas semanas, a modo de reunión
preliminar, para hablar de la nueva generación de anticonceptivos orales que
ella representaba, y Sadacca le dijo que estaría libre el jueves siguiente por la
tarde para una reunión de seguimiento. En circunstancias normales, Alison se
habría alegrado por la venta potencial, pero últimamente le resultaba difícil
entusiasmarse por algo.
Había pensado que estaría más contenta con la nueva situación, con ser
el sostén de la familia, aunque era difícil no sentirse resentida. Simon pasaba
horas a diario con Jeremy mientras ella correteaba por la ciudad, trabajando
como una mula. No le parecía justo.
Cuando acabó la llamada con Sadacca, vio a un hombre vestido con un
terno que cruzaba a toda prisa Lexington Avenue y abrazaba a la preciosa
mujer pelirroja que lo estaba esperando. El hombre estaba tan contento de
verla que la cogió en brazos y la sostuvo en vilo varios segundos antes de
volver a dejarla en el suelo. Alison los observó, deseando tener un hombre en
su vida que se emocionara al verla, y que la abrazara con fuerza, como si no
quisiera soltarla.
Luego, esa misma tarde, cuando salía de su siguiente reunión, recibió un
mensaje de texto de Simon:
Estoy pensando en ti en este momento.
Durante la última sesión con el consejero matrimonial, éste había sugerido
que se enviaran mutuamente mensajes de texto durante el día con mensajes
de amor como una manera de intensificar la intimidad en su matrimonio.
Sabía que Simon sólo estaba escribiéndole porque pensaba que tenía que
hacerlo, como si fuera la asignación de unos deberes; no era algo sentido.
Pero sería demasiado hostil no responder, así que le contestó, con un
mensaje:
Gracias
De inmediato lamentó haber enviado el mensaje, y sobre todo haber añadido
la cara sonriente. ¿Por qué estaba jugando a aquel juego, dejando que él
creyera que no pasaba nada, cuando era evidente que las cosas no estaban
bien?
Cuando llegó al piso después del trabajo, se lo encontró hecho un
absoluto desastre, como venía siendo norma: platos sucios sobre la mesa y la
encimera y los juguetes desperdigados por el suelo del salón. Pero al
contrario que otras noches, en las que había intentado ser considerada con lo
que Simon estaba pasando y todos los cambios acaecidos en su vida, en esa
ocasión no pudo controlarse.
—No es justo, no es justo —masculló (quizá para sí, quizá para Simon,
quizá para nadie) mientras empezaba a aclarar los platos y a meterlos en el
lavavajillas.
Él dijo algo referente a que lo lamentaba y que había estado planeando
limpiar antes de que ella llegara a casa, pero que había regresado antes de lo
que él esperaba.
Alison le cortó.
—No puedo trabajar todo el día y luego llegar a casa y pasar una hora
limpiando lo que vosotros dos ensuciáis. Si vas a estar en casa todo el día,
también tienes que hacer alguna faena del hogar. Yo no puedo con todo.
—Tienes razón, lo siento —se disculpó él—. Fuimos al centro otra vez,
a Battery Park, y tenía intención de arreglar la casa, pero no tuvimos ocasión.
—Estos platos son del desayuno. Podrías haberlos limpiado antes de
marcharte.
—Tienes razón —admitió Simon—. La próxima vez lavaré todos los
platos. Lo siento.
Alison no dijo nada, sabiendo que el verdadero problema entre ambos
no tenía nada que ver con los platos.
Quería hablar con él y expresarle cómo se sentía, pero después de bañar
a Jeremy y de acostarlo quiso tener un poco de tiempo para ella, así que vio
parte de The Rachel Maddow Show. Cuando se metió en la cama, Simon
estaba dormido, se tumbó a su lado y le dio la espalda.
Había sido la noche que Simon había dormido mejor desde hacia días. Estaba
en la cocina, sirviéndose el café, cuando Alison entró vestida ya para el
trabajo.
—He dejado una manzana y un plátano en la encimera; asegúrate de
ponerlos en el cochecito de Jeremy. No ha comido mucha fruta últimamente.
—No te preocupes, me encargaré de que hoy coma bien —contestó
Simon.
Alison lo besó en los labios tan tenuemente que casi fue un beso de aire.
Luego salió del piso a toda prisa.
No tenía ni idea de por qué su mujer se mostraba tan distante desde
hacía dos días, pero decidió no dejar que eso le afectara. Habían pasado por
muchos períodos a lo largo de su matrimonio en que no se habían llevado
bien, y al final las cosas siempre acababan resolviéndose de una u otra
manera. Estresarse o hacer un mundo de ello sólo empeoraría las cosas.
Pasó una mañana agradable y relajante con Jeremy. Jugaron a Candy
Land y luego el niño vio un poco la televisión mientras él atendía su correo
electrónico. Jeremy no montó ningún alboroto para dejarse vestir ni lavar los
dientes, y cuando llegó la hora de dirigirse al centro para ir a Battery Park, se
sentó en el cochecito sin rechistar. Sin duda alguna se estaba acostumbrado a
que su padre fuera el principal responsable de su cuidado, y ahora que había
conocido a aquellos tres tipos y a sus hijos y que tenía una rutina casi regular,
Simon también se sentía mucho más cómodo.
Más tarde, ya en el parque infantil, pasaron otra tarde fenomenal. Era
sorprendente lo bien que jugaban juntos los cuatro chavales. Lo compartían
todo y sin la menor discusión. Simon se lo pasó bien con los padres. Charlie y
Ramón estuvieron tan fantásticos como siempre, y aunque Michael seguía
pareciendo muy reservado, Simon se estaba acostumbrado a su idiosincrasia,
a su forma de hablar sentenciadora, incluso cuando parecía estar
preguntando. Aunque no entendía lo que Charlie había dicho acerca de que
Michael era como «un orador motivacional», sin duda alguna había algo
misterioso en su persona, y era evidente que era un padre fantástico. Parecía
estar sintonizado con su hijo, Jonas, al que observaba incluso cuando no
parecía estar haciéndolo, respondiendo casi instantáneamente a sus
necesidades, incluidos los cambios de pañales, el agua y los refrigerios.
Los otros le invitaron a quedar otra día, y Simon sugirió quedar en el
Uptown para cambiar. A todos les encantó la idea, así que a la tarde siguiente
se encontraron en el Sheep Meadow de Central Park. Era un día soleado y
cálido, y jugaron todos al fútbol, padres contra hijos. Simon creía estar en
bastante buena forma, pero le resultó difícil mantenerse a la altura de aquellos
tíos, que eran todos unos excelentes atletas. Mientras los niños comían sus
tentempiés, ellos jugaron al Frisbee. Charlie era capaz de lanzar el disco a
una distancia increíble, tal vez a la longitud de un campo de fútbol
americano, y Michael siempre lo cogía, daba igual lo inalcanzable que
pareciera. Era un tipo cuadrado y no parecía ser tan rápido, lo cual hacía que
el espectáculo pareciera aún más asombroso. La gente se paró alrededor
soltando exclamaciones de asombro, como si estuvieran asistiendo a una
exhibición de fuegos artificiales.
Cuando se tomaron un descanso, Simon le dijo a Charlie:
—¡Ostras!, es asombroso. ¿Cómo haces eso?
—Jugué un poco al Ultimate6 cuando era joven —contestó—. Y a veces
juego al Frisbee con los muchachos del parque de bomberos. En las
meriendas familiares, ¿sabes?
—¿Y cómo eres tan rápido corriendo? —le preguntó a Michael,
advirtiendo que el interrogado no parecía estar sudando en absoluto, aunque
había hecho unas veinte carreras seguidas de cien metros a toda velocidad.
—Siempre he sido un corredor veloz —respondió.
—Pero es que eres realmente veloz. Deberías ser una estrella de la pista
o algo así.
—No me gustan los deportes de competición —replicó Michael—, pero
me encanta correr, sobre todo de noche. No hay nada igual a eso.
Cuando se marchaban del Sheep Meadow a eso de las cinco de la tarde,
los cuatro caminando juntos detrás de sus hijos, Simon dijo:
—Bueno, ha estado muy bien, y los niños también parecen habérselo
pasado en grande.
—Saldrás con nosotros mañana por la noche —dijo Michael.
—¿Una cita nocturna para que jueguen los niños? —preguntó Simon.
—No, solamente nosotros, los cuatro hombres —explicó Michael—. Ni
hijos ni mujeres. Vendrás a la antigua fábrica de cervezas de mi familia en
Brooklyn.
—Uy, eso suena de maravilla —dijo Simon. Él y Alison no tenían
ningún plan, así que no le pareció que fuera un problema.
—Nos reunimos allí de vez en cuando —terció Charlie—. Es algo así
como una noche de tíos, ¿sabes?
—Amigo, espera a ver el sitio —dijo Ramón—. No te lo creerás.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Simon había salido
una noche sólo con tíos. Sus otros amigos trabajaban todos a jornada
completa, estaban casados y con hijos, y no veían a sus vástagos lo suficiente
entre semana, así que reunirse con Simon los fines de semana era inviable
porque querían pasar el tiempo con sus familias. Él llevaba haciendo ya de
papá permanente más de una semana, y una noche fuera con aquellos tíos era
exactamente lo que necesitaba.
—Mañana por la noche me parece perfecto —dijo—. ¿A qué hora
queréis que me pase?
7
—¿Te has sentido alguna vez en perfecta sintonía con un tío? ¿Como si no
fuerais dos personas? ¿Como si vuestros cuerpos se fundieran física y
espiritualmente? Eso es lo que pasa entre Michael y yo. Es como si siempre
que estamos juntos me transportara a un remoto país hermoso y peligroso,
aterrador y excitante al mismo tiempo.
Olivia y Diane caminaban por la hierba en Bryant Park sujetando sus
bolsas de comida para llevar: unas ensaladas de Cosi. Era un día brillante y
soleado, un agradable interludio después de toda la lluvia caída
recientemente, pero podrían haber estado en pleno monzón que Olivia
hubiera seguido de un humor fantástico.
—Caray —dijo Diane—, ésa sí que es una buena valoración, sobre todo
para un tío al que has conocido... ¿cuándo?, ¿hace tres días y medio?
—Sé que no es mucho tiempo —respondió Olivia—, pero ¿sabes?,
puede que el tiempo esté sobrevalorado. Después de todo, algunas personas
se pasan la vida juntos y nunca llegan a conocerse realmente... Y sin ningún
género de dudas, son los polvos más asombrosos que haya echado nunca.
—¿De verdad? —Diane se sentía intrigada.
—Créeme —insistió—. No tienes ni idea.
Se sentaron a una de las mesas metálicas verdes colocadas en torno al
parque. Muchos ejecutivos y turistas aprovechaban el buen tiempo, así que la
mayoría de las mesas estaban ocupadas, y los senderos abarrotados.
Cuando sacó su ensalada de pollo Shanghái de la bolsa, Diane dijo:
—Creo que me hago una idea. En fin, yo ya he tenido buen sexo antes.
—Y yo también lo he tenido —replicó Olivia—. Pero hay buen sexo y
hay sexo buenísimo. Ya he tenido buen sexo antes, pero este sexo es
bueníiiiiisimo.
—¿Y por qué es buenísimo? —Diane se echó a reír.
—No se parece a nada que haya experimentado. Es áspero, visceral, es
violento, es... —respondió Olivia, sin intentar ser graciosa
—Basta —dijo su amiga—. ¿Violento?
—Violento en el buen sentido. —Se levantó un poco la blusa para
enseñarle parte de una marca negra y azul encima de la cintura.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Diane—, ¿te hizo eso él?
—Tendrías que ver el aspecto de mis brazos y mis piernas —dijo Olivia
—. Tiene unas manos tan fuertes que casi no puede evitarlo. Me inmoviliza
contra la cama con tanta fuerza que no me puedo mover.
—¿Y eso es divertido?
—Y sus ojos —prosiguió Olivia— son tan intensos. Me mira
directamente a los ojos mientras lo hacemos y... Sé que podría resultar difícil
de entender, pero es como..., bueno, es como si pudiera ver dentro de su
alma.
—Por favor, dime que esto no es real —suplicó Diane—. Por favor,
dime que el tipo resultó ser el típico abogado gilipollas que dejó de llamarte y
que esto es una broma.
—¿Sabes lo que dice cuando entramos en su habitación? —preguntó
Olivia—. «Desnúdate.» Y no lo dice como si me estuviera pidiendo que me
quite la ropa. Lo dice en otro sentido.
—Eso parece muy romántico.
—Yo no utilizaría esa palabra —replicó Olivia—. No, no es romántico.
Tampoco es erótico. Es apasionado. Es sólo asombrosamente apasionado.
—Ser golpeada y mangoneada es apasionado —sentenció Diane con
cara de palo.
—Sí —concedió Olivia—. Estoy tan harta de intentar averiguar lo que
piensan los tíos. Creo que todos los hombres con los que he quedado alguna
vez tenían problemas para expresarse. Con éste todo está fuera. No hay tontos
malentendidos ni nada de andar por ahí con pies de plomo. No hay muros.
—De acuerdo, nada de lo que estás diciendo ahora tiene ninguna lógica.
A Olivia le frustró que ella y su amiga estuvieran en una longitud de
onda tan distinta.
—¿Sabes esa sensación de incomodidad que suele producirse la primera
vez que estás con un tío? ¿Cuando no sabes cómo expresarte todavía?
¿Cuando todo es tácito?
Diane asintió con la cabeza, no muy segura.
—Bueno, pues con Michael no hay nada de eso. Él toma el control, en el
buen sentido, como un bailarín experto. Me siento segura cuando estamos
juntos. Me hace sentir a salvo, protegida, como si nada pudiera hacerme
daño. Es como si hubiera vivido con chicos toda mi vida y ahora estuviera
con un hombre. Pero ni siquiera es como si él fuera un hombre. Es mucho
más que un hombre.
Diane, con el tenedor de la ensalada sujeto delante de la boca
melodramáticamente, miró sin parpadear a Olivia.
—Creo que ya sé cuál es el problema. Te estás acomodando.
—¿Cómo que me...?
—Intenta sacarte a ti misma de ese país de fantasía en el que estás
metida y míralo desde una perspectiva racional, de la manera que lo estoy
viendo yo. La otra noche salimos y conociste a un tío. No creo que tomaras la
decisión correcta, pero, de acuerdo, te fuiste a su casa con él. Todos tenemos
nuestros momentos de debilidad. Echaste un buen polvo (perdón, buenísimo)
y eso te cegó. Crees que tienes que conformarte con el señor Bicho Raro
Violento porque quizá podrías no conocer a nadie más. Pero conocerás a
alguien más. Porque eres una mujer impresionante.
—Gracias por tus palabras de ánimo —dijo Olivia—, pero no creo que
lo entiendas. Ese tío me gusta de verdad. Creo que es el hombre más
impresionante que jamás he conocido. Y estoy enamorada de él.
—Oh, Dios mío, ¿no se lo habrás dicho, verdad?
—No soy idiota —protestó Olivia—. Me he enamorado de los tíos
suficientes para saber que decir «te quiero» demasiado pronto es un mata-
relaciones automático. Pero eso no cambia lo que siento.
—No sé qué decir —dijo Diane—. En fin, si ser mangoneada y
magullada es tu idea de una relación estupenda, ¿quién soy yo para
discutírtelo?
—¿Te he contado lo de su olor?
—No. Creo que has omitido esa parte.
—Oh, por Dios, me encanta el olor de su piel. —Y para recalcar sus
palabras, respiró hondo y dejó escapar el aire lentamente—. De verdad te lo
digo, no me harto de olerlo. ¿Sabes eso que dicen de que los franceses no
usan colonia y que a las francesas eso les pone a cien? Nunca entendí dónde
estaba la gracia; siempre me pareció que sería como follar con un taxista o
algo así. Pero ahora lo entiendo. Cuando lo estamos haciendo, Michael tiene
un olor tan penetrante a almizcle... Es asombroso. Es un olor único e íntimo.
Y no me canso de olerlo.
El recuerdo del olor de Michael le hizo sentir que estaba en la cama con
él, jodiendo con él. Cerró los ojos y gimió en voz mucho más alta de lo que
había sido su intención. Cuando abrió los ojos, dos tipos de mediana edad,
trajeados, que estaban sentados a la mesa, la estaban mirando con una sonrisa
de complicidad.
—Ay, lo siento —se disculpó, obligándose a sonreír.
Cuando los tipos dejaron de mirar, Diane dijo:
—Mira, entiendo que estés entusiasmada porque hayas conocido a este
nuevo tío excéntrico, y entiendo que te sientas atraída de verdad por él, y
entiendo que hayas tenido un sexo fantástico. Pero haz caso de alguien que
está fuera de la situación; ¿es extraño, no crees? Parece como si te estuviera
manipulando. No te estás comportando como lo haces habitualmente.
—¿Te refieres a que no me siento tan desgraciada como es habitual? ¿Te
refieres a que no estoy lloriqueando porque no puedo conocer a nadie nuevo
y estoy harta de conocer a los mismos gilipollas de siempre?
—No —dijo Diane—, lo que quiero decir es que no estás contemplando
la situación con claridad. No es normal acabar magullada por follar.
—No me hace daño...
—Y no sabes nada de ese tío. ¿Has averiguado siquiera a qué se dedica?
—Su familia tenía una fábrica de cerveza. Creo que ha debido de
heredar dinero.
—¿Crees?
—No quiero investigar, ¿vale? Es como lo que me dijo la otra noche:
«Las preguntas sólo complican las cosas». Cuando pensé en ello, me di
cuenta de que tenía mucha razón. Siempre estoy cuestionando las relaciones,
encontrando razones para que no me gusten los tíos. Que si es demasiado
esto, que si es demasiado aquello, que si se queda corto en esto otro, que si se
pasa en lo de más allá. La ignorancia es mucho más sencilla.
—Parece como si intentara esconderte algo.
—No, es todo lo contrario. Todo está a la vista. No hay secretos, no hay
límites.
—No sabes nada de él.
—Sé que tiene un hijo.
—¿Te lo dijo él?
—No, vi cosas de su hijo en la casa.
Diane consideró aquello durante unos segundos.
—Bueno, eso al menos hace que me sienta mejor. Vaya, si tiene un hijo,
¿hasta que punto puede estar loco, no?
Comieron durante un rato sin decir nada. Mientras su amiga comía la
ensalada evitando mirarla a los ojos, ella picoteaba en la suya —últimamente
no tenía mucho apetito, y había perdido dos kilos en unos días—,
imaginándose inmovilizada en la cama por Michael mientras ella le recorría
la musculosa espalda con las uñas. Él le había dicho que no podían verse esa
noche, que iba a salir con unos amigos. Iba a ser duro no estar juntos; ya
estaba sintiendo la abstinencia de Michael.
Al cabo quizá de unos treinta segundos, Olivia rompió el silencio.
—Bueno, ya está bien de hablar de mí y de mi loca vida sexual. ¿Cómo
te ha ido? —Intentaba deliberadamente quitarle hierro a la situación con la
esperanza de aliviar la tensión. Funcionó; bueno, al menos durante un ratito.
Diane empezó a contarle que ella y Steve estaban planeando pasar sus
primeras vacaciones juntos, en la islas Turcas y Caicos, y Olivia intentó
concentrarse, pero su mente seguía dispersa. Consiguió hacer los comentarios
adecuados, como: «Eso suena fantástico» y «Sois tan afortunados», pero la
conversación parecía forzada, más como una comida de negocios que un
almuerzo con una amiga íntima.
Diane pareció darse cuenta de lo violento de la situación y se apresuró a
terminar su ensalada como si no pudiera esperar para largarse. Cuando miró
la hora en su iPhone, dijo:
—Oh, vaya, es casi la una, y tengo que volver a la oficina para hacer una
llamada. —Olivia sabía que sólo era una excusa.
Se marcharon del parque y no hablaron hasta que estuvieron en la Sexta
Avenida.
—Siento de corazón que te haya parecido un poco majara antes —se
disculpó Olivia—. Ya sabes lo excitada que me pongo siempre que conozco a
alguien. Por alguna razón, esta vez es muchísimo más intenso.
—No, es culpa mía —replicó Diane—. No debería habérmelo tomado
tan a pecho. Puede que me haya pasado de la raya.
—No, sólo te estabas preocupando por mí, y te lo agradezco. Pero no te
preocupes. Soy una chica mayorcita.
Se dieron un abrazo de despedida.
—¿Qué tal si comemos de nuevo la semana que viene? —preguntó
Olivia.
—Estoy liadísima y luego me iré a las islas Turcas y Caicos —respondió
Diane.
—Ah, es verdad. Entonces, ¿qué tal cuando vuelvas? O, ya sé, ¿y si
quedamos los cuatro? La verdad es que creo que tienes una impresión
equivocada de Michael. Si llegaras a conocerlo, te darías cuenta de por qué
pienso que es tan especial.
—Muy bien, me encantaría —dijo Diane, aunque Olivia se dio cuenta de
que la idea no le convencía en absoluto.
En el camino de vuelta a su oficina, Olivia quiso llamar a Michael sólo
para oír su voz, pero recordó que le había dicho que no le gustaba hablar por
el móvil. ¿Qué era lo que le había dicho cuando la había llamado el otro día?
Ah, sí: «No me llames». Su franqueza era tan condenadamente erótica.
De repente se dio cuenta de que estaba en su oficina, sentada a su mesa.
Caray, ¿cómo ha ocurrido? Le pareció que sólo habían pasado unos segundos
desde que se estaba despidiendo de Diane, y sin saber cómo había cruzado la
Sexta Avenida y caminado por la Cuarta, subido en ascensor hasta la séptima
planta y recorrido el pasillo hasta su despacho panorámico. Le había estado
ocurriendo con frecuencia recientemente; siempre estaba tan ensimismada
pensando en Michael que parecía brincar de un sitio a otro y de un
pensamiento a otro en un aturdimiento delirante que le hacía difícil conseguir
hacer algo. Y no era propio de ella ser tan distraída, porque por lo general
solía concentrarse al máximo, sobre todo en el trabajo. Solía trabajar catorce
horas al día y dirigía su pequeño negocio. Tenía nueve empleados además de
dos en prácticas de la Escuela de Diseño, y generalmente estaba pendiente de
todo lo que sucedía en su empresa.
Diane había estado en lo cierto —era evidente que no se estaba
comportando con normalidad—, pero ¿por qué era eso tan malo? Por fin
había encontrado a un tío con el que conectaba y que le aceleraba el pulso.
Desconectar era sólo un efecto colateral del enamoramiento.
Respondió a los correos electrónicos del trabajo que se habían
acumulado en su bandeja de entrada, incluido uno de su ayudante, que había
concertado una reunión con el señor Kyoto, un importante cliente potencial
de Japón que pronto iba a venir a la ciudad. Kyoto era el responsable de una
cadena de restaurante japoneses de lujo que se estaba expandiendo por la
ciudad, y estaba considerando contratar a la empresa de Olivia para que se
encargara de la señalización, las cartas de los menús y los demás elementos
de diseño gráfico. Intentó concentrarse en su trabajo, pero era difícil quitarse
a Michael de la cabeza.
Después, esa misma tarde, en una reunión de personal, Kathleen, una
directora de proyectos, estaba haciendo una presentación.
—¿Qué te parece? —preguntó Kathleen.
Sorprendida en plena ensoñación sobre el irresistible olor varonil de
Michael, Olivia respondió:
—Perdona, ¿de qué estamos hablando exactamente?
8
Al mirarse en el espejo de cuerpo entero de detrás de la puerta del baño,
Simon no supo si el jersey de cuello de cisne beige y la chaqueta deportiva
azul marino lo hacían parecer moderno o convencional. Sabía que los
muchachos irían bien vestidos esa noche y él también quería ir bien vestido.
Pero quería un estilo informal, espontáneo; nada que le confiriera el aspecto
de un almidonado profesor universitario.
—¿Te gusta lo que ves?
No había oído entrar a Alison, y dio un pequeño respingo.
—Caramba, y encima nervioso —dijo su mujer—. ¡Por Dios santo!,
¿qué te pasa hoy? Parece como si fueras a acudir a una cita.
—Lo siento, no esperaba que aparecieras así, sin previo aviso —se
defendió Simon.
—¿No es el tercer conjunto que te pruebas?
En realidad, era el quinto.
—El segundo.
—Creía que sólo ibas a ir a un bar.
¿Se lo estaba imaginando o había un ligero tono acusatorio en la voz de
Alison? Sí, probablemente. Cuando llevabas once años casado, los matices en
el tono de tu esposa eran difíciles de pasar por alto.
—No es un bar —aclaró Simon—. Es una fábrica de cerveza.
—¿Y cómo sé que no vas a tener una aventura loca con alguna joven y
hermosa niñera que has conocido en el parque infantil?
Sabía que estaba siendo sarcástica, aunque también detectó amargura en
su tono. Esta vez decidió no dejarlo pasar.
—¿He hecho algo malo? ¿Estás enfadada conmigo?
—No. —Alison se alejó—. ¿Por qué?
—Llevas unos días mostrándote distante —dijo Simon—, y apenas
abriste la boca durante la última sesión con Hagan.
Alison se volvió de pronto.
—De acuerdo, algo no va bien, ¿vale? Quiero que las cosas se arreglen,
y no se van a arreglar.
—No sé de qué estás hablando —respondió él—. ¿Qué cosas?
—Tú, nosotros, nuestras vidas. Pensé que todo mejoraría si no
trabajabas. Pensé que estarías sometido a menos tensión y que seríamos... no
sé... más felices. Pero seguimos teniendo los mismos problemas.
—Sé que últimamente ando un poco distraído —reconoció él—, pero
me parece que tengo una buena razón para ello, ¿no te parece?
—Esto no tiene nada que ver con que te despidieran.
—Mira —empezó Simon—. Como dije en la sesión, me esforzaré, y
hablaba en serio cuando dije lo de coger a Christina como canguro. Creo que
deberíamos tener una noche fija para nosotros.
—No se trata de salir una noche —respondió Alison—. ¿Es que no lo
pillas?
—Mamá. —Jeremy estaba en la puerta.
—¿Sí, cariño?
—Noto algo raro en el cuello.
El niño siempre se quejaba de que le dolía el cuello cuando tenía dolor
de garganta.
—De acuerdo, cariño, voy enseguida.
Jeremy salió de la habitación.
—Mejor que le tome la temperatura —dijo Alison—. Espero que no se
ponga enfermo.
—Creo que tenemos que hablar de esto.
—No creo que haya nada de qué hablar —respondió Alison, y se fue a
atender al niño.
Simon no soportaba que su mujer hiciera aquello: empezar un gran
drama o discusión sobre algo y entonces marcharse antes de que él tuviera
oportunidad de expresarse. Sabía por experiencia que cuando Alison perdía
los estribos no solía ser por algo que tuviera que ver con él. Probablemente
fuera la tensión del trabajo, o la situación familiar —sus padres habían
muerto en un accidente de circulación en Florida hacía tres años y su
hermana, que vivía en San Francisco, era su único pariente cercano— y
desquitarse con él era la manera que tenía a veces de desfogarse. Hablaría con
ella del tema en otra ocasión, cuando estuviera realmente dispuesta a tener
una conversación.
Se probó unos cuantos conjuntos más —incluido el jersey de cuello de
cisne y la chaqueta deportiva de nuevo—, y al final se decidió por unos
sencillos vaqueros y una camisa negra de manga larga. Era perfecto; tenía un
aspecto informal, no demasiado peripuesto, y no daba la impresión de que se
hubiera esforzado en tener buena pinta. Generalmente, no se secaba el pelo
con el secador, pero, ¡qué narices!, podía darse un poco de volumen; después
de todo, su pelo no era cada vez más abundante. Finalmente se añadió un
poco de gomina, y su cazadora de piel negra de piloto completó el atuendo.
Se examinó de nuevo en el espejo y le pareció que tenía buena pinta..., ¡una
pinta de puta madre! Sí, sin duda esa noche no desentonaría de los
muchachos.
Salió entonces al salón y vio a Jeremy en el sofá junto a Alison. Su hijo
estaba manifiestamente pálido, y ella le sujetaba una toalla mojada contra la
frente.
—Tiene treinta y ocho grados y medio y le sube deprisa —dijo su mujer
—. Hace un momento sólo tenía treinta y ocho con dos.
—Oh, no. —Simon le palpó la frente a Jeremy—. Puf, está caliente. ¿Le
has dado Tylenol?
—Sí, ya le di Tylenol.
La respuesta pareció cortante, aunque él no se lo tomó como una
cuestión personal. Ella siempre se angustiaba cuando Jeremy se ponía
enfermo.
—¿Has oído de algún virus? —preguntó Alison.
—Creo que una de las niñeras dijo algo acerca de un virus; no estoy
seguro.
—Me duele mucho la garganta. —Jeremy estaba poniendo la cara triste
y desgarradora en la que eran expertos todos los niños.
—Espero que no sea faringitis —dijo Alison.
—Tal vez debería cancelar la cita y quedarme en casa.
—No, no pasa nada —contestó ella—. En cuanto el Tylenol le haga
efecto, se quedará dormido. Por la mañana llamaré al doctor Leibner.
—¿Estás segura?
—Completamente. Sal con tus amigos esta noche. Que te diviertas.
Si pensó que había conseguido ocultar el rencor en su tono de voz, no
fue así.
—Me duele mucho el cuello, mami. —El niño empezó a llorar.
—Todo va a ir bien, chaval —dijo Simon.
—Papi, no quiero que te vayas.
—Vete ya —dijo Alison—. Antes de que se coja un berrinche de aúpa.
Simon se despidió de ella con un beso y salió del piso rápidamente. En
el descansillo, mientras cerraba la puerta con llave, oyó los gemidos de
Jeremy.
Cuando bajaba en el ascensor hasta el portal, se sintió fatal. Ya en el
portal estuvo a punto de llamar a Alison para asegurarse de que todo iba bien,
pero se contuvo, consciente de que una llamada telefónica en ese momento
podría irritarla aún más. Después de todo, no quería que pensara que la estaba
suplantando de alguna manera. Además, no había ningún motivo real para
quedarse en casa. Jeremy sólo estaba pasando por uno de sus habituales y
melodramáticos arrebatos de llanto y probablemente ya se hubiera calmado.
Cuando se dirigía hacia la boca de metro de la Ochenta y seis con
Central Park West, la culpa empezó a actuar, no por Jeremy, sino por lo que
Alison le había dicho sobre su infelicidad. Quizá no le estuviera cargando
ningún muerto y tuviera un motivo de queja legítimo. Era verdad que de un
tiempo a esa parte no le había estado prestando la suficiente atención; ni
siquiera la besaba lo bastante ni le hacía ningún cumplido cuando sabía que
era eso lo que quería de él. La quería y deseaba hacerla sentir especial y hacer
cosas buenas para ella, pero la vida siempre parecía interponerse.
Entonces, al recordar el consejo del doctor Hagan sobre una manera de
aumentar la complicidad en el matrimonio, le envió un mensaje de texto.
¡Sólo deseo que sepas que te quiero muchísimo y que pienso en ti!
Sabiendo lo mucho que le gustaría el carácter íntimo de la frase, bajó los
escalones hasta la estación del metro de la calle Ochenta y seis.
En el exterior de la estación de metro de Bedford Avenue, en Brooklyn,
consultó el GPS de su teléfono para orientarse. Siempre había tenido un
sentido de la orientación detestable, e incluso con un mapa y sabiendo dónde
estaba y la ubicación de la cervecería, seguía temiendo perderse.
Michael le había dicho que la fábrica estaba «cerca del barrio de
DUMBO7, pero el aburguesado barrio de moda no aparecía por ninguna
parte. Siguiendo las indicaciones del GPS, se metió en una tierra de nadie de
viejas fábricas abandonadas y solares vacíos y llenos de basura caminando
hacia el viejo astillero de Brooklyn. Estaba a punto de hacerse de noche,
aunque las farolas todavía no estaban encendidas, así que estaba más oscuro
de lo que lo estaría a medianoche. Según su teléfono, estaba yendo en la
dirección correcta y todavía tenía que caminar unas pocas manzanas más.
Dobló en Assembly Road, una calle inhóspita y lúgubre, y caminó hacia East
River. ¿Estaría haciendo lo correcto? A todas luces aquélla no parecía una
manzana donde hubiera una fábrica de cerveza, al menos no en
funcionamiento. Llegó a un edificio que hacía esquina, y según el GPS
aquélla era la dirección que Michael le había dado.
La entrada del edificio estaba cerrada con una verja. Miró por todas
partes, pero no fue capaz de encontrar ningún timbre para llamar. Probó a
sacudir la verja con la intención de llamar la atención de alguien de dentro,
pero no hubo respuesta.
Acababa de darse cuenta de que no tenía los números de los móviles de
los muchachos cuando oyó:
—Eh, grandullón.
Se puso tenso y sus instintos urbanos entraron en acción, pensando que
podría estar en peligro. Pero miró a su derecha y vio a Ramón acercándose
con una amplia sonrisa en el rostro.
—Hola. —Simon también se alegró de verlo. Extendió la mano para
dársela, pero en vez de eso el latino le propinó un gran abrazo con fuerza.
—Es fantástico que hayas venido —dijo—. Es cojonudo verte, amigo.
Simon le soltó de inmediato, pero Ramón siguió apretando unos
segundos más de los necesarios antes de que por fin le soltara.
—Sí, lo mismo digo —correspondió Simon—. En realidad, no sabía si
éste era el lugar que me habíais dicho. No hay timbre para llamar ni nada que
se le parezca.
—Tienes que llamar al portero automático.
—Pero ¿cómo...?
—¡Michael! —La voz de Ramón fue tan atronadora que Simon tuvo que
taparse los oídos—. ¡Charliiiiiiiie!
Pasaron varios segundos, y al cabo se oyó un zumbido y Ramón abrió la
puerta.
Entraron en un gran vestíbulo destartalado con la pintura de las paredes
levantada y montones de tablones del suelo hechos trizas y otras basuras
desparramadas por doquier. Un gran candelabro oxidado colgaba del techo,
pero sólo funcionaban unas pocas bombillas.
—¿Bonito, verdad?
No estuvo seguro de si Ramón bromeaba o no, aunque no le pareció que
lo hiciera.
—Sí, me encanta venir aquí —continuó el latino—. Es como un oasis en
medio de la ciudad.
¿Un oasis?
A Simon le pareció un poco extraño, pero ¿y qué?, pasaría una noche
divertida fuera, una aventura. Después de toda la actividad parental que había
desarrollado últimamente y de todo lo que había pasado en el trabajo, se
merecía un poco de diversión.
El actor llamó al viejo ascensor industrial de acero. La puerta se abrió
hasta la mitad y se atascó.
—No te preocupes, es así —le tranquilizó Ramón—. Vamos.
Entró con él y las puertas se cerraron, y entonces, tras una pausa
dramática, el ascensor empezó a subir lentamente. Simon, que padecía una
leve claustrofobia, se alegró de repente de no estar solo, aunque no consiguió
imaginar en qué podría ayudarle Ramón si el ascensor se paraba. Aquél era la
clase de trasto en el que podías morir si se atascaba y no conseguías señal en
el móvil.
—A propósito, te lo iba a decir cuando te vi; me encanta esa cazadora —
Ramón alargó la mano hacia él y frotó el cuello de la chaqueta entre los
dedos—. ¿De qué marca es?
Simon se sintió un poco extraño, como si su acompañante estuviera
violando su espacio.
—Adivina —dijo.
—Calvin Klein.
—No, me refería a que es de Guess8. Ésa es la marca.
Ramón se echó a reír. Fue una risa especialmente escandalosa, pero
quizá lo fuera porque estaban dentro del ascensor. Entonces dijo:
—Me encanta lo gastada que está la piel; es lo que le da carácter. La
ropa dice mucho sobre la persona. Mi abuela, Dios la tenga en su gloria, era
diseñadora de moda en Puerto Rico. Me lo enseñó todo sobre la ropa. Como
siempre me decía: «No es cómo te veas, es cómo te sientes». Y tú la llevas
muy bien, tronco. Eso es a lo que me refiero.
Por fin dejó de frotar el cuello de la cazadora.
—Gracias —dijo Simon. Le sentó bien el cumplido, sobre todo después
de tanto tiempo de tensión decidiendo qué ponerse esa noche. Iba a
corresponder, a decirle que le gustaba la americana negra que llevaba, pero
entonces el ascensor se paró en seco otra vez y después de otra pausa muy
larga las puertas se abrieron.
Se quedó pasmado. Después de ver el vestíbulo, esperaba que todo el
edificio estuviera en mal estado, pero aquella planta estaba inmaculada. No
era un experto en arquitectura, pero la construcción parecía datar de la época
del Empire State Building. Art decó, techos altos y una vista increíble de
Manhattan al atardecer al otro lado del río.
—¡Increíble! —A Simon no se le ocurrió otra cosa que decir. Aquello lo
expresaba todo bastante.
—Por aquí —indicó Ramón, y lo condujo por una habitación que
parecía ser un despacho majestuoso con unos ventanales que discurrían desde
el suelo hasta el techo y una vista panorámica del horizonte de Manhattan.
Casi había anochecido por completo, y la luna surgía, baja, justo por encima
de los edificios más altos.
—Vale, ahora ya sé a qué te referías por «hermoso» —comentó Simon.
Siguiendo al actor, continuó admirando las asombrosas vistas mientras
cruzaban el despacho, y entonces entraron en una habitación sin ventanas
mucho más oscura. Era tan oscura que Simon apenas podía ver. Michael y
Charlie estaban sentados uno al lado del otro en un sofá de piel, aunque se
levantaron de un salto inmediatamente cuando los vieron entrar.
Charlie fue el primero en acercarse.
—Eh, amigo mío —y le dio un gran abrazo a Ramón que duró al menos
diez segundos. Luego abrazó a Simon, y Michael hizo lo propio con el latino.
Por último, el anfitrión abrazó al recién incorporado al grupo, y su apretón
fue notablemente más fuerte que el de los otros dos. Simon sintió incluso que
le estrujaba los pulmones y le hacía difícil respirar; ya estaba a punto de
decirle que lo soltara cuando Michael se apartó.
A Simon le quedaron doloridos los brazos y la caja torácica y tuvo que
recuperar el aliento antes de poder hablar.
—Gracias..., muchísimas gracias por recibirme aquí. Este lugar es
demasiado.
—Sí, a mí me encanta —dijo Michael.
—Bueno, esto, ¿y cuándo cerró la cervecería?
—Hace siglos que es de mi familia.
—¿Esta cervecería?
—También teníamos una en Alemania.
—¿Sigue en funcionamiento la de Alemania?
—No, mi familia ya no se dedica al negocio de la cerveza, pero, como
ya te dije, la vida continúa.
Simon estaba intentando pensar en otra pregunta cuando Michael le dijo:
—Ahora te comerás una chuleta.
—¿Una chuleta? —Simon no estaba seguro de haber oído bien.
—Sí —terció Ramón—. Tendrías que ver cómo las cocina mi amigo
Michael. Hace las mejores chuletas de la ciudad de Nueva York.
—Sí, Michael hace unas chuletas impresionantes —abundó Charlie.
—Ay, caray, es muy amable por tu parte —dijo Simon—. Pero la verdad
es que no tengo hambre. Ya comí antes de venir aquí.
El anfitrión pareció ofendido.
—Michael es un gran cocinero —manifestó Ramón.
—Gracias —le dijo Simon a Michael—. De verdad que te lo agradezco.
Pero la cuestión es que de todas las maneras rara vez como carne roja. No es
que sea vegetariano, es sólo que intento evitarla.
Todos lo miraron, desconcertados.
—Ya sabéis, por razones de salud —continuó Simon—. La presión alta,
el colesterol. Tengo antecedentes familiares, así que procuro tener cuidado.
No obstante, ninguno pareció comprender de qué estaba hablando.
—Lo siento —se disculpó—. En fin, no era mi intención ofender...
—Es una chuleta realmente buena —le cortó Charlie.
Simon quiso poner fin a tanta tensión.
—¿Sabéis qué?, creo que después de todo me queda un poco de sitio.
Me encantaría comerme esa chuleta.
Ramón y Charlie mostraron una amplia sonrisa, aunque Michael
mantuvo la inexpresividad del rostro cuando cruzó una puerta en dirección a
la parte posterior de la habitación.
—Debería echarle una mano —dijo Ramón, y lo siguió.
Al contrario que en la zona de juegos infantil y en el parque, cuando
Simon se había sentido tan cómodo con los muchachos, la discusión de la
chuleta le había hecho sentir un poco torpe.
—Bueno —le preguntó a Charlie—. ¿Cómo te va?
—Tirandillo, tirandillo —respondió Charlie—. ¿Y tú qué tal?, ¿todo
bien?
—¿A qué te refieres?
—No sé, parecías un poco, no sé, apurado con todo ese asunto de la
chuleta. Si de verdad no tienes hambre o lo que sea, puedo hablar con
Michael y...
—No, no, me encantará probarla —contestó—. Pero gracias, te lo
agradezco.
El bombero miró hacia la habitación por la que habían salido los otros
dos, se acercó a Simon y le habló en voz baja.
—Ésta es la manera que tiene Michael de imponer sus rarezas, ¿sabes?
La chuleta es una especie de tradición con él; siempre que venimos aquí nos
hace chuletas, pero créeme si te digo, y te habla alguien que cocina para un
parque de bomberos lleno de tíos hambrientos, que esas chuletas están
buenísimas.
—Bien, suena de maravilla —dijo Simon—. Estoy impaciente por
probarla.
—¿Seguro? Todavía pareces un poco asustado.
Se echó a reír.
—No, estoy bien. Es que parece que con vosotros siempre hay alguna
sorpresa, pero ya me voy acostumbrando.
—Sí, sé a qué te refieres —admitió Charlie—. Recuerdo que la primera
vez que vine aquí sentí lo mismo. Me dije: ¿qué sitio es éste? Está
destartalado, en medio de ninguna jodida parte...
—Exacto.
—Y los abrazos. Pensé: ¿de qué va esto? En fin, no soy un homófobo de
ésos, pero me dije: vale, tío, tómatelo con calma. Pero cuando llegué a
conocer a los muchachos y averigüé de qué iba todo esto, mi actitud cambió.
Pero al principio me pilló... ¿cómo se dice?... desprevenido. Sí, me pilló
desprevenido. En fin, sólo somos un grupo de tíos que disfrutan de la mutua
compañía, así que ¿por qué contenerse?, ¿por qué no expresarse? No sé tú,
pero yo siempre he tenido problemas para mostrar mis emociones. Mi ex no
paraba de darme la lata todo el tiempo, diciendo que no hablaba nunca, que
me guardaba mis emociones, y todo eso. Ni siquiera como bombero he
sentido, ya sabes, la camaradería que se supone que tienes que sentir con los
muchachos. Nunca he sentido ese vínculo, nunca me he sentido parte de
nada. Pero aquí cambió todo eso. Después de conocer a Michael y de
empezar a pasar mucho tiempo con él y con Ramón, es como si toda mi vida
hubiera cambiado. —De pronto se le humedecieron los ojos—. ¿Lo ves? —
dijo—. ¿Te das cuenta? Éste es un aspecto de mí completamente nuevo.
Antes jamás me ponía así.
Charlie desvió la mirada, como si no quisiera llorar delante de él. Ver a
aquel bombero grande y fuerte volverse tan vulnerable conmovió a Simon.
Entonces Ramón y Michael entraron, el primero sonriendo abiertamente.
—¿Quién está listo para comerse una chuleta? —preguntó el latino.
Colocaron cuatro platos con sendos chuletones sobre la mesa. No había
nada más en los platos, sólo las chuletas. Ramón repartió cuchillos y
tenedores a todos, excepto a Michael, y luego los dos se sentaron en los
sillones de piel marrón situados frente a la mesa de centro, y Simon y Charlie
lo hicieron en el sofá.
—Bon appetit —dijo Ramón.
Simon vio a Michael coger su chuleta con las manos y sujetarla como
una mazorca de maíz. Empezó por un extremo y, masticando a una velocidad
increíble, liquidó toda la parte inferior de la chuleta. Luego, como el carro de
una máquina de escribir, retrocedió hacia el otro extremo del chuletón, y así
siguió hasta devorar la mitad de la chuleta en unos treinta segundos. Él lo
miraba de hito en hito, asombrado, aunque parecía que los otros dos
consideraban aquello absolutamente normal y apenas le prestaron atención
cuando empezaron a comer sus chuletas. Utilizando los cuchillos y los
tenedores, las cortaban en pedazos, masticaban y tragaban. Y aunque ni de
lejos comían tan deprisa como Michael, con todo lo hacían a una velocidad
pasmosa, como si estuvieran compitiendo a ver quién terminaba antes.
Entretanto, nadie habló; estaban totalmente enfrascados en la comida.
Michael casi había terminado su chuleta cuando de pronto miró a
Simon. Fue sólo un vistazo pasajero, pero su mirada oscura e impávida hizo
que pegara un respingo. No queriendo ofender a su anfitrión de nuevo, cortó
un trozo de la chuleta y le dio el primer mordisco. ¡Caray!, Ramón tenía
razón: era espléndida. Había comido en Smith & Wollensky en Manhattan, y
en Musso y Frank en Hollywood, y aquella chuleta era más tierna y sabrosa
que cualquiera que hubiera comido en su vida.
—¡Alucinante!, está de muerte —exclamó—. En serio. Está
espléndidamente hecha, Michael.
El aludido, que había terminado de comer y estaba chupando el hueso, o
no le oyó u optó por no responder. Al cabo de unos minutos, los otros dos
también terminaron y empezaron a chupar los huesos.
Dos minutos más tarde, Ramón depositó la costilla completamente
limpia en el plato.
—¡Caray, qué buena estaba! —exclamó.
Charlie dejó su hueso.
—Impresionante, como siempre.
Empezaron a conversar con la misma normalidad que podrían haber
mostrado en el parque infantil, intercambiando anécdotas de sus hijos.
Ramón dijo que el suyo había mojado la cama hacía dos noches, y Michael le
sugirió que leyera un buen libro sobre el tema. Entonces Charlie contó que su
hijo quería un triciclo, y Simon le contó que había oído que una tienda de
bicicletas de Lexington Avenue estaba de rebajas. Todos se mostraron
sumamente cordiales y extrovertidos, y en comparación con toda la
incomodidad anterior, la situación parecía muy normal.
Simon se comió la mayor parte de su chuleta, aunque estaba demasiado
lleno para terminarla.
—¿Tienes agua o algo para beber? —le preguntó a Michael, muerto de
sed
Su anfitrión se levantó de inmediato con el porte con que un caballero
chapado a la antigua se levanta cuando una dama entra en una habitación.
—Tomarás cerveza.
—Fenomenal —respondió—. Me encantaría tomar una cerveza.
Michael salió hacia la habitación de la que había traído las chuletas y
regresó a los pocos minutos con una bandeja con cuatro pintas de cerveza.
Tres eran claras y una negra; no tanto como la Guinness, pero casi.
—Mi amigo ha sacado la birra especial —proclamó Ramón,
intercambiando una mirada de complicidad con Charlie.
—¿Qué es eso de la birra especial? —preguntó Simon con cautela.
—Es una receta de la familia de Michael —aclaró Charlie.
—Es una cerveza especial proveniente de Alemania —le explicó
Michael.
La mirada del anfitrión era tan intensa que Simon tuvo que desviar la
suya.
—La tomamos la primera vez que vinimos aquí —comentó Ramón—.
Prepárate..., es explosiva.
—Sí, es bastante fuerte —corroboró Charlie.
Simon cogió el vaso, titubeó y se llevó la cerveza a la nariz. No olía
como una cerveza negra ni como «ninguna» otra cerveza. Era penetrante,
avinagrada.
—¿Fuerte en qué sentido? —preguntó.
—Es difícil de describir —contestó Charlie.
—Mmm, me encanta este olor —dijo Ramón, cerrando los ojos. La
reacción parecía extraña, porque era imposible que Ramón pudiese oler la
cerveza desde el otro lado de la mesa de centro.
Simon volvió a sostenerle la mirada a Michael. Le dio la sensación de
que éste podría ofenderse, y deseando evitar la incomodidad, como había
pasado antes con la chuleta, le dio un sorbo a la cerveza.
Era amarga, y le provocó una mueca, pero se trataba de un amargor
bueno, como el del rábano o el del café muy cargado. Al mismo tiempo, se
parecía muchísimo a una cerveza.
—Interesante —declaró—. No creo haber probado nada parecido a esto
antes.
—Tú espera, tío —dijo Ramón—. Ya te subirá.
Simon dio otro trago más largo, acostumbrándose a aquel gusto peculiar.
No sintió gran cosa y no esperaba sentirlo; había bebido cervezas de alta
graduación antes y siempre había tenido una tolerancia alta. En la
universidad, sus amigos a menudo se maravillaban de que pudiera tomarse
seis o siete cervezas y se comportara con bastante normalidad mientras ellos
estaban totalmente pedos.
Charlie habló dirigiéndose al latino.
—Bueno, cuéntanos lo de esa mujer que conociste en el metro la semana
pasada.
—Ah, Francesca —respondió el interpelado, alargando el nombre con
un marcado acento español, como queriendo cargarlo lo más posible de
erotismo—. Su voz, tío, es como la música. Me encanta oírla hablar. Ya
puede estar hablando del tiempo o de algo que haya escuchado en las noticias
o donde sea, que suena a poesía. Sin duda alguna es la mujer más hermosa
con la que he estado jamás.
—Sí, como si no hubiéramos oído eso antes —comentó Charlie, riendo.
Mientras Ramón les contaba la historia de su cita —«La recogí en su
apartamento a las seis de la tarde. Amigo, estaba despampanante...»—,
Simon continuó dándole sorbos a su cerveza. Sin embargo, no tenía ninguna
reacción fuera de lo normal. Sí, de acuerdo, quizá se sintiera ligeramente
desconcertado, pero eso era todo. Mientras tanto, se estaba aficionando cada
vez más al sabor y también le gustaba la textura; era fuerte, y sin embargo
suave y seca, aunque no demasiado seca. Pero la atención de Michael estaba
puesta en el actor —que hablaba con creciente apasionamiento y exagerados
movimientos de manos—, Simon seguía teniendo la sensación de que lo
estaba observando a él.
Entonces aquello le golpeó. Llegó de repente, de ninguna parte. En un
momento, estaba sentado allí, escuchando a Ramón, y todo era normal, y al
instante siguiente la habitación se volvió borrosa, distorsionada. Sus ojos ya
no eran ojos; eran caleidoscopios. Podía entender retazos del relato de Ramón
—«su piel era tan encantadora» y «las manos más hermosas que haya visto
jamás»—, pero no podía seguir lo que estaba diciendo. Pero no sentía miedo
ni pánico; era todo lo contrario, en realidad. Se sentía relajado, adormilado,
como un extraño en el cuerpo de otro.
—Creo... que... me pasa... algo...—se oyó decir.
No sabía si estaba hablando despacio de verdad o si no estaba diciendo
nada en absoluto y sólo se imaginaba que lo estaba haciendo. Hacía años que
no se fumaba un porro, pero no era capaz de recordar haberse sentido tan ido
jamás cuando estaba colocado.
Aquello era más que estar colocado. Era evidente que le estsba pasando
algo.
Entonces miró directamente a los ojos infinitamente negros de Michael.
Podría haber apartado la mirada si hubiera querido, pero no quiso. Aquella
oscuridad era tranquilizadora, balsámica. Entonces, poco a poco,
plácidamente, se quedó dormido y se convirtió en parte de ella.
9
Tom Harrison llegó a su casa de Bernardsville, Nueva Jersey, poco antes de
las nueve (más tarde de lo habitual; su explicación oficial fue que había ido a
«tomar una copa con los muchachos del trabajo») y cenó (croquetas de pollo,
una patata asada y judías verdes, todo recalentado) mientras veía parte del
partido de los Knicks en su televisor LCD de sesenta y dos pulgadas en el
salón. Su esposa, JoAnne, estaba arriba, leyendo o viendo la televisión, y su
hija de dieciséis años, Gail, dormía ese día en casa de una amiga.
Cuando terminó de cenar, metió los cacharros en el lavavajillas, subió y
asomó la cabeza en el dormitorio donde JoAnne estaba tumbada viendo la
televisión.
—Hola.
—Hola, cariño, ¿cómo te fue el día? —le preguntó ella.
—Bien, gracias —y continuó hasta su despacho al final del pasillo.
Lo fantástico de vivir en una gran casa en una zona residencial era que
podías desperdigarte y no tener que estar el uno encima del otro. JoAnne
podía estar en la otra punta de la casa y él escaparse a su despacho y tener
toda la intimidad que quisiera.
Se conectó a Internet en su ordenador con el corazón latiéndole ya
aceleradamente. Abrió el Yahoo! Messenger, vio que Krenj22 estaba
conectada y envió un mensaje instantáneo:
te echo mucho de menos muñeca
Lo cierto es que había visto a Karen hacía menos de una hora —habían
tenido un par de horas de sexo en el hotel Chandler de la calle Treinta y uno,
y habían cogido juntos el tren de cercanías de las 8.02—, pero es que no se
cansaba de estar con ella.
Llevaban liados ya... caray... seis años. Se habían conocido en el tren de
cercanías de Nueva Jersey. Durante meses habían viajado en el tren de las
7.18 en el penúltimo vagón y acabaron fijándose el uno en el otro,
intercambiando sonrisas y alguna que otra palabra de cortesía, antes de que
Tom se sentara finalmente junto a ella una mañana y entablaran una
conversación de verdad. Resultó que Karen también trabajaba en marketing
—en el entorno del cliente—, así que tenían mucho de lo que hablar, e
incluso tenían conocidos comunes. Eran de la misma edad, ambos se habían
criado en la parte central de Jersey, cerca de Princeton, y parecían tener en
común todo lo demás. Tom tuvo la sensación de que por fin había conocido a
su alma gemela.
Un día quedaron para tomar una copa después del trabajo y acabaron
magreándose apasionadamente en un oscuro callejón cerca de Penn Station.
La cosa desembocó muy pronto en una aventura en toda regla: habitaciones
de hotel, polvos en el despacho a altas horas de la noche y frecuentes correos
electrónicos, llamadas telefónicas y mensajes de texto. Incluso urdían
convenciones fuera de la ciudad a las que ninguno de los dos realmente
necesitaba asistir para poder verse los fines de semana. Mantenían la aventura
en un absoluto secreto; ni siquiera se lo habían contado a sus amigos más
íntimos. Al principio, atrapados en el desenfreno de su mutua atracción,
habían cometido alguna imprudencia, salvándose de puro milagro. El marido
de ella, Richard, había estado a punto de ver un par de mensajes de texto, y
JoAnne oyó por casualidad el fragmento de una conversación telefónica que
Tom mantenía en el garaje y para la que tuvo que improvisar una excusa
plausible. Después de resolver que necesitaban una manera de explicar
potencialmente todos los mensajes de texto y llamadas telefónicas, se
presentaron mutuamente a sus respectivos cónyuges. Las dos parejas
empezaron a salir a cenar y al cine, y poco a poco Karen y JoAnne se
hicieron buenas amigas, mientras que Tom disfrutaba pasando el tiempo con
Richard, viendo partidos de fútbol americano y jugando juntos al golf de vez
en cuando. Los hijos de ambos matrimonios también se hicieron amigos.
Karen tenía dos hijos: Matt, que tenía la edad de Gail (incluso llegaron a salir
durante algún tiempo), y Ricky, que le llevaba dos años al hijo mayor de
Tom, James. Tanto Ricky como James estaban fuera de casa, estudiando en la
universidad.
A veces Tom se sentía culpable. Incluso había considerado —sin
ninguna seriedad— acabar con el idilio. Razonó que si no hubiera conocido a
Karen y encontrado una salida al aburrimiento y ausencia de pasión en su
matrimonio, casi con absoluta certeza se habría divorciado, lo que habría
originado toda una nueva serie de problemas. La aventura amorosa no sólo
había salvado probablemente su matrimonio, sino también el de Karen y
Richard, y evitado muchísimo dolor a ambas familias.
De acuerdo, se conocía lo bastante bien como para darse cuenta de que
en su razonamiento había defectos importantes, pero el engaño no iba a durar
mucho más tiempo. Cuando Gail y Matt fueran a la universidad el año
siguiente y los dos nidos quedaran vacíos, Tom y Karen iban a anunciar que
querían sus divorcios. Luego, pasados uno o dos años, cuando los divorcios
estuvieran concluidos, comunicarían que eran pareja. Sabía que al principio
JoAnne se quedaría hecha polvo —ser una mujer sola de cincuenta y dos
años sería duro—, pero todo sería para bien. No tenían ningún acuerdo
prematrimonial, así que no le iría mal en el divorcio. Tom le daría una buena
suma de dinero y la instalaría en un piso en algún sitio. JoAnne estaría bien.
Honradamente, no sabía donde habían empezado a estropearse las cosas
en su matrimonio. Siempre había estado loco por JoAnne; eran casi
inseparables. Luego llegaron los niños, lo que estuvo bien durante un tiempo,
hasta que ella cambió. Siempre andaba quejándose de que era él el que había
cambiado, pero eso era ridículo, porque era ella la que se había convertido en
alguien totalmente diferente. Ya no le interesaba el trabajo de Tom ni nada
que tuviera que ver con él. Cuando se conocieron, ella trabajaba en
publicidad, y la había animado a reincorporarse a su trabajo, cosa que no
había hecho, y en ese momento él tenía la sensación de que ya no había la
misma conexión. Escribió:
Tomharr: estuviste tan bien esta noche
Karen contestó:
Krenj22: ahhhh, gracias tú no estuviste tan mal semental
Tomharr: Dios mío, me estás poniendo tan cachondo ahora mismo,
cielo
Y estaba cachondo. Era asombroso cómo el mero hecho de estar mandándose
mensajes con Karen hacía que sus hormonas se desbocaran.
Krenj22: lo sé, yo también. Estoy impaciente por verte el sábado
El sábado Richard iba a estar fuera todo el día y JoAnne y Gail iban a ir de
compras a la ciudad. Karen tenía planeado pasarse por casa de Tom unas
horas.
Tomharr: va a ser fantástico
Oyó unas pisadas que se acercaban por el pasillo enmoquetado y escribió:
Tomharr: J
J era el código en clave para JoAnne se acerca. Cerró rápidamente la ventana
de la conversación y abrió un documento de correo electrónico en blanco.
Entonces su mujer entró y preguntó:
—¿Vienes a la cama?
—Sí, un segundo. —Fingió estar absorto en el teclado.
JoAnne no podía ver la pantalla desde su posición.
—¿Otra vez trabajando hasta tarde? —preguntó
—Sí, ya sabes —respondió Tom—. Tengo que preparar esa gran
reunión de lanzamiento de la semana que viene.
—¿Qué gran reunión de lanzamiento?
¿Te das cuenta? Era «ella» la que no le escuchaba. «Ése» era el
problema en su matrimonio.
—¿No te acuerdas? Te hablé de ella la semana pasada.
—Siempre tienes alguna reunión o conferencia importante. —Parecía
irritada—. ¿Cómo se supone que tengo que estar al tanto?
—Sólo estaré unos minutos más.
—De acuerdo, intentaré esperarte —dijo ella—, aunque no sé si podré.
Esta noche estoy verdaderamente cansada.
Cuando JoAnne se marchó, se sintió aliviado. «Estaba agotada»; bueno,
eso significaba que si se retrasaba lo suficiente se quedaría dormida y no
tendría que tener relaciones con ella. La parte más dura de mantener el lío
durante los últimos seis años había sido mantener también una vida sexual
normal con JoAnne.
Se cercioró de que su esposa había vuelto al dormitorio, y se volvió a
conectar a Yahoo! Messenger. ¡Joder!, Karen no estaba conectada, aunque le
había enviado un último mensaje:
Krenj22: Tengo que irme buenas noches estoy impaciente por oír tu voz
mañana te quiero besos y abrazos
Tom leyó el mensaje varias veces, sin que le gustara un pelo. ¿Tengo que
irme? ¿Adónde «tenía que ir» a las once de la noche? Afirmaba que sólo
dormía con Richard ocasionalmente —no porque quisiera, sino porque tenía
que hacerlo para no levantar sospechas—, y se preguntó si en ese momento
estaría en la cama con él. La idea de que estuviera desnuda con otro hombre
le dio asco y le hizo regurgitar el gusto ácido de las croquetas de pollo. No
podía evitarlo; la quería toda para él.
Con la intención de no dejar que las perturbadoras imágenes calaran
demasiado hondo en su cerebro, comprobó su correo electrónico del trabajo:
nada demasiado importante, sólo la actualización de un parte de cuentas de su
secretario y una nota de recursos humanos sobre el acuerdo de indemnización
de Simon Burn. Se alegraba de que Simon hubiera dejado de enviarle correos
electrónicos directamente, porque el comportamiento del tipo estaba
empezando a ser patético. Cerrar la puerta de un portazo y romper el marco
del cuadro era una cosa, pero suplicar que le dejaran volver a su puesto y
enviarle aquel correo electrónico era una chabacanería. El puesto de Simon
había sido suprimido porque se había merecido que se suprimiera su puesto, y
fin de la historia. A pesar del acuerdo con el Deutsche Bank, sus cuentas
llevaban meses bajando, y no era tan codicioso como algunos de los
empleados más jóvenes de la agencia, como Paul Kramer, por ejemplo. A
Tom le gustaba Simon como persona, pero alguien se tenía que ir y Simon se
lo había ganado a pulso.
Alrededor de las once y cuarto, se metió en la cama con JoAnne. Su
esposa estaba tumbada boca arriba, roncando, y le estuvo dando pequeños
codazos hasta que se puso de lado y se apartó de él. Encendió la luz de su
mesilla de noche y leyó durante unos minutos —100 sencillos secretos de
personas de éxito—, aunque se cansó enseguida, apagó la luz y dejó caer el
libro al suelo junto a la cama. Empezaba a quedarse dormido cuando JoAnne
se volvió a poner boca arriba y comenzó a roncar de nuevo. Dios mío, era tan
irritante; ¿por qué no se operaba para que le corrigieran de una vez aquel
tabique desviado? A veces le parecía que dormía al lado de Seabiscuit.
Eh, aunque eso daba igual. No tardaría en estar divorciado y vivir con
Karen. Dormía siempre tan bien a su lado. Y como le decía con frecuencia:
parecía que fueran dos piezas de un rompecabezas que encajaran
perfectamente.
Volvió a darle un codazo a JoAnne, prácticamente empujándola, pero
tenía el sueño demasiado profundo y no se movió. Tom temía que si la
despertaba ella quisiera ir al baño a hacer pis y al volver, completamente
despierta, quisiera echar un polvo, así que dejó que continuara roncando y se
dio la vuelta hacia el otro lado, una oreja apretada contra el colchón, la otra
con una almohada encima bien apretada para amortiguar el ruido.
El ruido de un animal despertó a Tom con un sobresalto. No era JoAnne con
su ronquido caballuno. Era Duncan, su cocker spaniel. Estaba abajo, ladrando
como un loco.
—Oh, vamos, dame un respiro —rezongó Tom. Siempre se despertaba
refunfuñón, sobre todo si no había dormido mucho tiempo.
—¿Puedes ir a ver qué pasa? —preguntó su esposa.
—Probablemente sea un ciervo. Olvidémoslo. Acabará callándose.
Pero los ladridos no amainaban; en el mejor de los casos, se estaban
haciendo más fuertes, más estridentes y persistentes.
—Muy bien —dijo JoAnne con aquel repentino tono de enfado en su
voz que siempre le provocaba ardor de estómago a Tom—. Iré a ver.
—Vale, ya voy yo —replicó Tom, saliendo de la cama.
Se puso las zapatillas y bajó. La verdad era que el perro estaba ladrando
como un loco.
—¡Tranquilo, Duncan! ¡He dicho que tranquilo!
Sí, como si fuera a dar resultado.
El can estaba en la cocina, arañando la puerta trasera.
—¿Qué pasa? ¿De qué se trata?
Tom echó una miradita a través de la cortina de la puerta, pero no pudo
ver nada. Encendió la luz del porche y miró de nuevo. Nada, aunque Duncan
no aflojaba.
—Ahí no hay nada —dijo Tom, levantando la cortina—. Mira, mira.
El perro continuó arañando y ladrando; nunca lo había visto ponerse así.
Consideró encerrarlo con llave en la caseta el resto de la noche, aunque,
conociendo a Duncan, aquello probablemente no serviría de nada.
Continuaría ladrando y armando bulla.
—De acuerdo, tú ganas.
Sacó la linterna del cajón de las herramientas y salió al porche.
Probablemente hubiera un ciervo allí fuera, poniendo nervioso a Duncan.
Dirigió la linterna hacia la zona boscosa de detrás de la casa, pero no vio
nada. Lo más probable es que se hubiera ido ya, aunque el perro seguía
ladrando con furia.
—Bien, ¿quieres que mire yo? Pues miraré. ¿Luego prometes callarte?
Apuntando el haz por delante de él, bajó los escalones hasta el césped
del patio trasero. Supuso que si daba una vuelta a la casa, Bambi saldría
corriendo, Duncan dejaría de ladrar y después todos podrían dormir
felizmente.
Mientras recorría la parte trasera de la casa, la oscuridad aumentó y sólo
tenía el haz de la linterna para guiarlo. Entonces titubeó durante un instante y
una idea lo inquietó de repente. ¿Y si es una mofeta? Había visto una en el
camino de acceso... ¿Cuándo había sido? ¿El día anterior? Bueno, ése sería
un final perfecto para esa noche, ¿no? Acabar rociado por la orina de una
mofeta.
Se disponía a doblar la esquina de la casa, donde la oscuridad era aún
mayor, cuando fue atacado. Ocurrió tan de repente que ni siquiera se dio
cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que ya estaba en el suelo, y el
hombre encima de él. Cuando se le ocurrió la idea de repeler el ataque o de
gritar, estaba demasiado débil y aturdido para reaccionar. Debía de haber
dejado caer la linterna, porque no veía nada —sólo una oscuridad
arremolinada— y lo único que oía era un sonoro gruñido.
Arañó la cara peluda del hombre, y entonces sintió el dolor en el cuello.
Durante unos segundos no supo qué estaba sucediendo, y entonces el hombre
empezó a morderle.
¿Gruñidos? ¿Le mordían? ¿Una cara peluda? ¿Qué diantres?
Intentó soltarse, pero fue inútil. Estaba demasiado débil y aquel tipo era
demasiado fuerte; su boca era como un cepo. Había llegado el momento... iba
a morir..., pero no podía morir ahora. ¿Y Karen? Tenía que ver a Karen al día
siguiente. Sus pensamientos empezaron a distorsionarse, a hacerse
disparatados, como ocurría cuando empezaba a soñar. Estaba en un lago,
flotando boca arriba, bajo un sol abrasador y Karen estaba allí. Pero ¿por qué
parecía tan enfadada? ¿Por qué se estaba alejando?
¡Karen, cariño, vuelve conmigo! ¡Kaaaaaaaren!
10
No aguanto el dolor de cabeza.
Ése fue el primer pensamiento de Simon cuando se despertó. El
siguiente fue:
¿Dónde diantres estoy?
Reconoció las hojas podridas y húmedas, unos palos, una gran hormiga
que caminaba muy despacio a pocos centímetros delante de su cara.
Se incorporó rápidamente, el dolor de cabeza era cada vez peor, pero
aquélla era la menor de sus preocupaciones. ¡Joder! Estaba en el bosque.
Se levantó al instante, mareado porque el pulso le latía con fuerza.
Intentó pensar, encontrarle sentido a aquello, pero tenía el cerebro atascado y
sus pensamientos eran incapaces de conectarse de una manera lógica. Cerró
los ojos y respiró hondo un par de veces, tratando de recobrar la calma. No
tuvo suerte. Cuando abrió los ojos, estaba aún más aterrorizado y confuso.
También estaba helado, y entonces se dio cuenta de la razón: estaba desnudo.
No, Dios mío, no, aquello no estaba ocurriendo. No podía estar
ocurriendo. Se colocó las manos sobre las partes pudendas, mirando
frenéticamente por todas partes, buscando su ropa. Si hubiera podido gritar o
mostrar cualquier otra emoción aparte del puro terror, se habría puesto a
llorar.
¿Dónde estaba?
De acuerdo, tenía que concentrarse; el pánico no iba a resolver nada.
Tenía que mantener la calma, el control; con que fuera capaz de encontrar la
ropa interior, todo iría bien. Compartimentar el atolladero en el que se
encontraba lo hacía más gobernable y —al menos por el momento— menos
aterrador. Su ropa interior tenía que estar en alguna parte. No podía haber
sido arrojado en mitad de un bosque desnudo, ¿correcto? Tenía que buscar,
pero no podía hacerlo a la desesperada; tenía que buscar con lógica. Decidió
caminar, cincuenta pasos en cada dirección, y luego regresar al punto
original, y a continuación cincuenta pasos en una dirección ligeramente
diferente, y repetir la operación hasta que hubiera cubierto un área que se
extendiera cincuenta pasos en todas las direcciones. Si su ropa interior estaba
en alguna parte de aquella zona, la encontraría.
Aquello estaba bien: había formulado un plan, estaba asumiendo el
mando. No tardaría en encontrar sus calzoncillos y el resto de sus ropas y
entonces resolvería la manera de salir de allí..., donde coño fuera que
estuviese.
Estaba temblando, le castañeteaban los dientes. No estaba helando,
aunque la temperatura debía de ser... ¿de cuánto?, ¿de entre ocho y diez
grados? Levantó la vista hacia la copa de los árboles y las motas de luz que
brillaban a través de ellas. Era difícil saber qué hora era, pero parecía que era
por la mañana, porque oía piar a los pájaros; pero ¿eso significaba algo,
verdaderamente? ¿No cantaban los pájaros todo el día? ¿Y por qué puñetas
estaba pensando en los pájaros cuando necesitaba sus malditos calzoncillos?
¿Cómo había ocurrido aquello? Michael, ese bastardo. Sabía que de una
manera u otra aquel loco hijo de puta era el responsable de lo que le estaba
pasando; ¿qué otra explicación podía haber? Lo último que recordaba era
estar en el piso, aturdido a causa de aquella cerveza. Receta de familia, y una
mierda. Sin duda Michael estaba loco, le había drogado y arrojado allí, en
medio del bosque. Estaba furioso consigo mismo por no haber confiado en su
intuición acerca de aquellos tipos. Sí, quería decir tipos, en plural, porque
Charlie y Ramón eran igual de responsables. Ramón, diciendo: «Es
explosiva», y Charlie era el más loco de los tres, aparentando ser el señor
Comprensivo y Realista cuando estaba igual de chiflado. ¿Qué era eso para
ellos, una especie de broma? ¿Estarían sentados en ese momento riéndose
juntos?
Entonces tuvo una idea que lo aterrorizó verdaderamente. Drogado,
desnudo, ¿sería posible que...?
No quería llegar tan lejos, pero... Le tranquilizó el hecho de que no
sintiera ningún dolor o achaque fuera de lo normal. No obstante, sabía que él
no se habría quitado la ropa voluntariamente, con independencia de lo mucho
que lo hubieran drogado. Debían de haberlo hecho ellos; ¡malditos pirados
pervertidos!
Impulsado por la ira, apretó el paso. Estaba caminando sobre brotes y
ramas punzantes, aunque apenas las notaba, quizá debido a lo fríos que tenía
los pies.
Contó: cuarenta y nueve, cincuenta, y entonces regresó a su situación
original. Partió en una dirección ligeramente distinta, contando otros
cincuenta pasos. Después de hacerlo varias veces se dio cuenta que
probablemente estuviera perdiendo el tiempo. Sí, había cubierto un buen
trozo de terreno, pero, por lo que sabía, sus ropas podían estar a kilómetros de
distancia.
Entonces hizo lo que quizá debería haber hecho inmediatamente: gritar
pidiendo socorro. No supo cuántas veces gritó: «¡Socorro!» y «¡Ayúdenme!»,
quizá más de cien. Paró cuando empezó a enronquecer y la garganta le dolía
demasiado para proseguir. Entonces se le ocurrió que era posible, que de
hecho podría morir allí. Había leído un artículo en alguna parte en Internet
acerca de que la gente podía sobrevivir sin agua durante algo así como
cuarenta y ocho horas. No parecía haber ningún lago, río o arroyo en las
cercanías. Tal vez encontrara uno al final, pero ¿y si no lo encontraba? No
sabía nada de técnicas de supervivencia. Era un neoyorquino, por Dios. Sabía
cómo conseguir un taxi y pedir comida para llevar en un restaurante, y para
de contar.
Estaba convencido de que aquello era el fin. Moriría de hambre o de
frío, lo primero que llegara. Jeremy tendría que crecer sin su padre y Alison
sería una viuda de treinta y siete años. De pronto se sintió responsable de
todos los recientes problemas de su familia. Perder su trabajo fue algo que
había escapado a su control, pero podría haber sido un marido mejor. Se
había mostrado distante e irritable, sobre todo en los dos últimos años, y no
se había esforzado tanto en arreglar su matrimonio como habría podido. Ojalá
tuviera una oportunidad, sólo una más, de decirle a Alison lo mucho que
significaba para él. Al menos, dos semanas atrás, había hecho aquel pago
para su póliza de vida de quinientos mil dólares. Su mujer podría reducir su
jornada laboral y pasar más tiempo con Jeremy. En algunos aspectos, su
familia estaría mejor con él muerto.
Entonces reparó en algo. Era un diminuto objeto negro, allá lejos, quizás
a unos cincuenta metros o así. Estaba tan lejos que no sabía si realmente lo
estaba viendo o si pensaba que lo estaba viendo, pero sabía que estaba allí.
Tal vez no fuera nada, pero se dirigió lentamente hacia allí de todas maneras,
y entonces, a medida que se fue animando, apretó el paso. Luego empezó a
trotar y por último echó a correr hacia el objeto. Quizá fuera porque estaba
excitado, o teniendo una descarga de adrenalina, pero le pareció estar
corriendo a una velocidad tremenda. Aunque de hecho el objeto estaba allí,
no lo estaba imaginando. Una increíble sensación de alivio y alegría lo
embargó cuando llegó y recogió uno de sus calcetines.
Se puso tan contento que no pudo contenerse y empezó a gritar de
nuevo. Rápidamente encontró el otro calcetín a unos veinte metros de
distancia. Cubriéndose las partes íntimas con los calcetines, sin saber por qué
supo dónde estaría el resto de su ropa; fue casi como si pudiera olerla. ¿Podía
olerla? Efectivamente, no tardó en encontrar la camiseta, y luego, gracias a
Dios, sus calzoncillos. Les quitó la tierra que tenían encima sacudiéndolos y
se los puso, mascullando:
—Gracias, gracias, gracias, gracias.
De pronto, con la esperanza recuperada en parte, su cerebro parecía estar
funcionado de nuevo. El dolor de cabeza había remitido y, aunque estaba
medio desnudo, ya no estaba helado y ni siquiera sentía frío. No obstante,
notaba la boca un poco rara, ligeramente adormilada, con la misma sensación
que se tenía a la media hora siguiente a un arreglo dental. Siguió caminando,
buscando el resto de su ropa. Al cabo de unos minutos encontró los
pantalones y la cazadora de cuero y uno de los zapatos. Lo mejor de todo: no
parecía faltar nada importante. Tenía su cartera, las llaves y el móvil. El
dinero de la cartera —unos sesenta dólares— había desaparecido, pero ésa
fue la menor de sus preocupaciones. Antes de ponerse los pantalones,
comprobó la hora: vale, era por la mañana, las ocho y treinta y siete. Calculó
que habría bebido la cerveza a las diez de la noche anterior, lo que significaba
que había estado «perdido» más de diez horas. Luego consultó el GPS y
encontró su localización: Mendham, Nueva Jersey.
Mendham estaba al norte de Jersey a... ¿cuánto?, ¿a una hora de la
ciudad? ¿Y qué demonios hacía precisamente allí? No tenía ninguna familia
en Jersey. Su antiguo compañero de cuarto de la Universidad de Cornell,
Ivan, vivía en Red Bank, en la costa de Jersey, pero eso estaba en la otra
punta del estado.
Tras decidir que ya intentaría resolver el misterio más tarde, se acabó de
vestir rápidamente —bueno, le faltaba uno de los mocasines Rockport—,
volvió a consultar su teléfono y vio que tenía dieciséis llamadas perdidas,
siete correos de voz nuevos y ocho nuevos mensajes de texto.
Llamó a casa y oyó:
—¿Dónde demonios estás? —Alison parecía furiosa, aunque también
sumamente preocupada.
—Gracias a Dios —dijo—. No tienes ni idea de lo bien que me sienta
oír tu voz.
—¿Te encuentras bien? —preguntó ella—. Te he llamado tantas veces;
creo que he dormido una hora en toda la noche. Ya estaba a punto de
empezar a llamar a los hospitales.
—Lo siento. Pero estoy bien. No tienes que preocuparte.
—¿Cómo es que no llamaste? ¿Dónde estás?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? ¿Qué quieres decir con que no lo sabes?
Se sintió repentinamente azorado y avergonzado por haberse permitido
llegar a aquella situación, y no quería inquietar a Alison más de lo que ya lo
estaba. Ya le había causado suficientes problemas de un tiempo a esa parte,
por culpa de haber perdido el trabajo y de poner a la familia en un apuro
económico. Se suponía que tenía que ser el sostén de la familia, el padre, y
ahora era un parado desnudo en medio de un bosque.
No, aquel lío era su lío, e iba a salir de él solo.
—Todavía estoy en Brooklyn —mintió—. Creo que bebí demasiado.
—¿A qué te refieres con demasiado? ¿Adónde fuiste?
—A la fábrica de cerveza. Supongo que perdí el conocimiento allí.
—¿Supones?
—Quiero decir que lo perdí.
—¿Por qué no me llamaste?
—Fue como si perdiera la noción del tiempo. —Esto lo dijo con aplomo.
Después de todo, era la verdad.
—Ni te imaginas lo asustada que estaba. —Ahora parecía más enfadada
—. No contestabas al teléfono, y me preocupaba que te hubiera ocurrido algo
horrible, y Jeremy está enfermo de verdad.
A Simon se le aceleró el corazón.
—¿Está bien?
—Conseguí bajarle la fiebre a treinta y ocho con tres, pero tiene un
sarpullido muy feo. Lo voy a llevar al doctor Leibner a... ¡Maldita sea!, llego
tarde.
Simon se sintió fatal.
—Te lo prometo —dijo—, jamás volverá a ocurrir nada parecido a esto.
—¿Cuándo vienes a casa?
Después de mirar a su alrededor y darse cuenta de que no tenía ni idea
de cómo iba a salir del bosque, respondió:
—En cuanto pueda.
—Bueno, ¿puedes comprar algo de leche y papel higiénico? Y no sé si
Jeremy va a necesitar alguna medicina... Si fuera así, te pondré un mensaje de
texto y te puedes pasar por la farmacia.
—Sin problema —contestó Simon—. Lo que necesites. Lo compraré,
sólo tienes que decírmelo... Y os quiero a los dos... mucho. —Le resultó
difícil no quedarse sin habla, sobre todo en el «mucho», pero consideró que
lo había disimulado bastante bien.
Después de un largo silencio —durante el cual se imaginó a Alison
mordiéndose el labio inferior y sacudiendo la cabeza, como hacía siempre
que estaba muy enfadada—, ella le respondió sin ninguna emoción.
—Yo también te quiero —y colgó.
Así que Simon se iba a encontrar con una buena cuando llegara a casa,
aunque comparado con el apuro de hacía unos pocos minutos, cuando estaba
desnudo y pensaba que su vida iba a acabar, tener a su esposa de uñas durante
un par de días no era lo que se decía una gran preocupación.
Miró por todas partes buscando el otro zapato, aunque sabía que no lo
iba a encontrar; tenía la corazonada de que no estaba allí. De todas maneras
siguió buscando durante un rato, al cabo del cual decidió: A la mierda con él.
Podía vivir sin un zapato y sólo quería llegar a casa cuanto antes.
Sin molestarse en consultar el GPS, empezó a caminar a paso vivo. No
tenía la menor idea de adónde se dirigía, aunque en cierta manera sí sabía, por
instinto, que lo estaba haciendo en la dirección correcta, hacia el pueblo más
cercano. Sólo para asegurarse, consultó el teléfono y, efectivamente, estaba
caminando hacia el centro urbano de Mendham. No tenía ni idea de dónde
había sacado aquel repentino sentido de la orientación; Alison llevaba años
tomándole el pelo porque «no tenía cabeza para los mapas». Era de la clase
de individuo que, durante los viajes familiares, se detenía a menudo en las
gasolineras para preguntar por las direcciones y aun así acababa perdiéndose.
Quería ahorrar tiempo y tenía muchísima energía, así que corrió por el
bosque. Incluso con un solo zapato podía correr bastante deprisa, y no se
quedaba sin aliento. Debía de deberse a la descarga de adrenalina o a la
tensión, porque la última vez que había ido al gimnasio —¿cuándo había
sido, el mes pasado?—, después de veinte minutos en una de las máquinas
elípticas, había acabado resoplando.
Vio un claro en el bosque más adelante, y entonces llegó a una carretera.
Era de dos carriles, y de vez en cuando pasaban coches en uno u otro sentido.
Quería encontrar algún tipo de punto de referencia, una tienda o algo
parecido, para poder llamar a un taxi o a un servicio de alquiler de coches con
chófer. No tenía ni idea de cuál era la tienda más cercana, pero hacia la
derecha olía a pizza, así que se dirigió hacia allí. ¡Anda!, ¿olía a pizza?
¿Cómo era posible? No había nada en la carretera hasta la curva más cercana,
como a unos doscientos metros más adelante. Era imposible que oliera a
pizza a esa distancia. Tenía que tratarse de alguna clase de alucinación; igual
que la gente abandonada en un desierto imagina que ve lagos y arroyos, él
estaba oliendo a pepperoni y anchoas.
Echó a correr por la carretera, dobló la curva y se paró en seco cuando
vio el pequeño centro comercial y la pizzería de Sal. Vale, aquello sí que era
raro, pero entonces decidió que tenía que haber sido pura chiripa, o el viento,
que quizás había impulsado el olor a pizza por la carretera. No parecía que
soplara nada de viento —las hojas de los árboles no se movían lo más
mínimo—, pero daba lo mismo lo que fuera. Estaba encantado de haber
acertado y avanzado un paso en su regreso a casa.
Entró en la pizzería, y la jovencita de la caja registradora le indicó la
dirección del restaurante y el número de teléfono del alquiler de coches. Pidió
un coche por el móvil y le dijeron que lo enviarían allí.
La mezcla de los olores a ajo, cebollas, pimiento verde, salchicha y, por
supuesto, pepperoni y anchoas resultaba prácticamente irresistible, y Simon
se dio cuenta de que estaba hambriento. En un cajero automático pegado al
restaurante sacó doscientos dólares, tras lo cual compró una porción de pizza
sencilla, la devoró y pidió otra. Engulló la segunda porción y seguía teniendo
hambre, así que encargó una tercera con extra de salchicha y pepperoni. Por
lo general, nunca comía pizza con tanta carne —la pesadilla del colesterol—,
pero tenía un antojo y no pudo resistirse.
Podría haberse comido una cuarta porción sin ningún problema, pero el
coche llegó. El chófer —un joven rubio— le explicó que le costaría 140
dólares ir a la ciudad. Simon tuvo la sensación de que le estaba cobrando al
menos cuarenta dólares de más, pero qué narices, quería llegar a casa.
El taxi apestaba a Old Spice. A Simon no le molestaba el Old Spice —él
mismo lo utilizaba, la verdad—, pero ¿cuánto se ponía aquel tipo? Abrió las
ventanillas, pero el tubo de escape del camión que tenía delante no era mucho
más agradable, así que resolvió que tendría que aguantarse con el Old Spice.
Recibió un mensaje de texto de Alison:
Leibner cree que es un virus compra más Tylenol
Él contestó:
¡Vale!
El texto de Alison era un poco frío; sin embargo, le alivió que las cosas en
casa parecieran mejorar, aunque no sabía muy bien cómo abordar la situación
con Michael y los muchachos. Deseaba llamarlos inmediatamente y ponerlos
a parir, pero no tenía manera alguna de ponerse en contacto con ellos. Ni
siquiera sabía los apellidos de Ramón y Charlie. Se planteó buscar por
Michael Hartman para ver si podía conseguir un número, pero ¿cuál era el
sentido exacto de hacerlo? Bueno, le llamaría y y le diría lo que pensaba de
él. Y ¿luego qué? No tenía ningún medio real de vengarse. Podría llamar a la
policía, afirmar que había sido drogado, pero ¿de verdad quería meterse en
todo ese lío con la bofia? Ni siquiera estaba seguro de que pudiera demostrar
nada de lo que le había ocurrido, y aunque la policía le creyera, ¿qué?
Michael probablemente afirmaría que había sido una broma pesada.
¿Actuaría la policía realmente contra él, formularían alguna denuncia o se
limitarían a soltarlo con alguna clase de apercibimiento?
Caviló sobre ello la mayor parte del trayecto, y cuando el coche enfiló el
puente George Washington y entró en la ciudad, seguía sin saber qué hacer.
Se sentía inclinado a intentar olvidar todo el asunto. Jamás volvería a ver a
Michael ni a los otros y fingiría que no existían y que lo de la noche anterior
jamás había ocurrido. A pesar de su rabia, no tenía sentido intentar vengarse
cuando no había ninguna venganza real que tomar.
Le pidió al conductor que lo dejara delante de un Duane Reade en
Broadway. Después de comprar lo que Alison le había encargado, se dirigió a
su piso. Los aromas de los restaurantes thai, chinos, japoneses, italianos,
mexicanos, cubanos e indios por los que pasó de camino le recordaron que
seguía hambriento y que la pizza apenas había hecho mella en su apetito.
Entró en el piso.
—¡Estoy en casa! —anunció.
Alison salió rápidamente al pasillo y susurró:
—Chist, acabo de ponerlo a dormir.
—Perdona —se disculpó—. De verdad que lo siento. —La segunda
disculpa fue por lo de la última noche, no por su forma de entrar en casa.
Se dio cuenta de que Alison seguía enfadada con él. Se acercó a ella en
el rincón del comedor y le dio un beso a modo de saludo. Ella se lo devolvió
a regañadientes.
—Hueles estupendamente. —No había tenido intención de decirlo; le
había salido de sopetón. Pero es que Alison olía estupendamente.
—¿Ah, sí? —Estaba sorprendida—. Hoy todavía no he tenido ocasión
de ducharme.
Al recordar que horas antes había creído que iba a morir y que su único
deseo había sido tener la oportunidad de ver a Alison una vez más, le echó
los brazos a la cintura.
—Es tan agradable verte.
Parecía que seguía cabreada.
—La última noche fue horrorosa —dijo ella—. Siempre llamas.
—Lo siento muchísimo —se disculpó—. Nunca más te haré pasar por
algo así, te lo prometo.
—Estaba convencida de que te había ocurrido algo.
—No me pasó nada —mintió—. Estoy perfectamente. Mmm, ¿huelo a
hamburguesas?
—Anoche le hice hamburguesas de pavo a Jeremy, aunque apenas las
probó.
—¿Las que sobraron están en el frigorífico? —preguntó, aunque ya
había abierto la puerta del electrodoméstico. Sacó el plato de hamburguesas
de pavo y arroz, le quitó el papel de aluminio que las cubría y empezó a
comer de pie junto a la encimera de la cocina.
—Leibner está totalmente convencido de que es viral —le comunicó
Alison—. Dijo que si sigue con la fiebre o empeora la faringitis, que lo
llamemos y vendrá, pero que hay una epidemia y que en los últimos días ha
atendido un montón de casos parecidos en su consulta... ¿Qué es eso?
Tenía los ojos entrecerrados, mirando ligeramente hacia abajo, hacia el
cuello de Simon.
—¿Qué es qué? —Él respondió con la boca llena de comida. Dio otros
rápidos mordiscos, volviéndose a llenar la boca, se dirigió al espejo del salón
y vio lo que parecía unas pequeñas manchas de sangre—. Ah, no lo sé. —
¿Tal vez se había cortado la última noche, cuando corría desnudo por el
bosque? Parecía verosímil, salvo que no tenía ningún corte en el cuello, sólo
las manchas rojas. Entonces dijo—: No lo sé, quizá salsa de pizza.
—¿Salsa de pizza?
—Sí, me tomé un par de porciones en Jer... digo, en el centro, antes.
Quiero decir en Brooklyn. Aunque no me explico cómo me manché de salsa
el cuello.
Se miró con más detenimiento al espejo. No parecía salsa de pizza,
parecía sangre. Ah. Tal vez se hubiera arañado cuando corría desnudo por el
bosque. Era afortunado de que no le hubiera sucedido nada peor.
—¿Dónde está tu otro zapato? —preguntó Alison.
—Ah. Yo... esto... lo perdí.
—¿Y cómo puedes perder un zapato?
—Perder, lo que se dice perder, no lo perdí. Quiero decir que me lo dejé
en casa de Michael. —Sonrió, convirtiéndolo en una broma—. Quiero decir
que no lo pude encontrar, pero estoy seguro de que está en alguna parte, y
aparecerá. Lo siento, tengo que echar una meada de caballo.
Después de orinar, se duchó rápidamente y sintió que revivía y
recobraba la energía. Qué raro, cualquiera pensaría que después de todo por
lo que había pasado la noche anterior y esa mañana necesitaría echarse a
dormir, pero no, estaba impaciente por salir.
Fue al dormitorio y salió llevando la bata de Ralph Lauren que Alison le
había regalado por el día de San Valentín de hacía dos años. Le había tomado
el pelo con que la bata hacía que se sintiera como James Bond.
Ella estaba en la cocina, aclarando algunos platos y llenando el
lavavajillas.
—Hola, Moneypenny —dijo, entrando en la cocina y haciendo su mejor
imitación de Daniel Craig, aunque apenas logró que le saliera el acento
británico.
Alison casi sonrió. Mmm, olía estupendamente. No era el perfume, ni
siquiera el champú o el suavizante; era ella.
—Hoy hueles de maravilla —soltó, pensando en voz alta.
Ella lo miró sorprendida, como si pensara: ¿A qué viene todo esto?
—Gracias —dijo.
Siguió ocupada con los platos, y él se quedó observándola, admirando la
curva de su trasero con forma de corazón embutido en los vaqueros pirata de
Gap; la musculatura de sus antebrazos y bíceps; la manera en que unas pocas
hebras de su pelo castaño y rizado le caían por la frente hasta justo la altura
de los ojos y, por supuesto, su maravilloso olor. ¿Qué pasaba ese día con él y
su sentido del olfato?
Quizá fuera porque esa mañana había pensado que no iba a volver a
verla jamás, pero de repente apreciaba a Alison de una manera especial.
Se acercó por detrás, la cogió de las caderas con firmeza y se apretó
contra ella. Entonces cerró los ojos y aspiró, paladeando el aroma único de su
mujer.
—Mmm... —dijo. Y luego—: ¿Está Jeremy dormido?
Alison cerró el agua.
—Sí, estaba agotado, pobrecito. Pero ¿qué estás...?
—¿Tú qué crees? —preguntó él.
Ella captó inmediatamente el sentido.
—¿Ahora?
—¿Qué tiene de malo ahora?
La estaba besando en el cuello, mordisquéandola ligeramente.
—¡Caray! —exclamó ella—. Eso me gusta mucho.
Siguió besándola y chupándole el cuello. No se cansaba de hacerlo.
—No tienes que hacer esto sólo porque creas que estoy furiosa contigo.
La besó y chupó en el cuello con más fuerza, subió hasta su oreja y le
mordisqueó el lóbulo.
—Eso está muy bien. —Gimió en voz baja, como hacía cuando
empezaba a ponerse cachonda—. ¿Qué mosca te ha picado?
Simon no respondió. La deseaba desesperadamente.
Le dio la vuelta y la empujó de espaldas contra el frigorífico. Mientras la
besaba, le metió la mano por debajo de la camiseta, se la subió por la espalda
ya pegajosa y le desabrochó el sujetador. Luego fue moviendo la mano hacia
atrás y se la ahuecó sobre uno de los pechos. Sintió endurecerse el pezón
contra la palma de la mano.
Alison consiguió apartar la boca de la suya el tiempo suficiente para
hablar.
—No podemos.
Simon se frotó la pelvis contra la de Alison, queriendo que se diera
cuenta de lo dispuesto que estaba para ella.
—¿Por qué no?
No dejó que le contestara, besándola, mordiéndole el labio inferior
ligeramente mientras se restregaba contra ella. Entonces Alison lo apartó
empujándole el pecho con las manos.
—Jeremy podría salir de su habitación.
Sabía que tenía razón, pero no se paró. Ella consiguió liberar la boca una
vez más.
—Vamos —dijo
Le cogió de la mano y lo condujo hasta el dormitorio. En circunstancias
normales, ella asumía el mando durante el sexo. Así había sido siempre. Era
la que tomaba la iniciativa, y su posición favorita era ponerse encima. Así
que fue un poco insólito que Simon la tirara sobre la cama boca arriba y se
pusiera él encima. Pero a ella no pareció importarle. Cuando la inmovilizó y
continuó besándole el cuello y la cara, Alison le rodeó la cintura con las
piernas y dejó que Simon llevara la batuta.
Una media hora más tarde, él estaba tumbado de espaldas, y ella hecha
un ovillo contra él con la cabeza apoyada en el hombro y el pecho sudorosos
de Simon.
—¡Ha sido increíble! —dijo Alison. Tenía los ojos cerrados y empezaba
a quedarse dormida, aunque seguía sonriendo. Sin duda, había sido el polvo
más apasionado y brioso que habían echado en mucho tiempo, quizá nunca
habían disfrutado tanto del sexo. Ella estaría de acuerdo en que nunca habían
formado una pareja muy folladora, pero además de no tener suficiente sexo
últimamente, la calidad de éste había diminuido sin duda con el paso de los
años. Por lo general, era un tanto apresurado, un poco incómodo y —aunque
Simon jamás llegaría tan lejos como para describirlo como aburrido— a todas
luces predecible. Era como si se conocieran el uno al otro demasiado bien.
Sabían qué posiciones les gustaban, lo que les excitaba y lo que no, y no
había variaciones. Simon admitía que el problema era sobre todo de él.
Alison sugería a menudo probar nuevas cosas, y había llegado a comprar
algunos juguetes sexuales para casa y lencería provocativa, pero a él no
acababan de enrollarle. Por lo general, culpaba a la tensión del trabajo,
aunque a veces se preguntaba si no tendría razón su mujer y no sería que él
tenía un problema de libido o algún tipo de desequilibrio hormonal, porque
sencillamente no tenía el interés por mejorar la vida sexual común que
probablemente debería haber tenido.
Hasta ese día.
Ese día había sido completamente diferente. De pronto se había sentido
increíblemente cachondo, apasionado y viril. Pero el mayor cambio había
sido su funcionamiento mental. Por lo general, era pasivo en la cama; cuando
algo no le gustaba, esperaba sin más a que ella decidiera hacer otra cosa. Ese
día él le había dicho dónde debía poner exactamente las manos y cómo le
gustaba que le besara y tocara. Había asumido el mando de una manera que
jamás antes había hecho, y tenía que admitir que le había parecido fantástico.
—¿Por qué no hacemos esto más a menudo? —preguntó Alison,
moviéndose un poco para besarle en el hombro, justo encima de la axila.
—No lo sé —respondió, y apretándola contra él, la abrazó con más
fuerza.
—Bueno, pues deberíamos —insistió ella—. Sobre todo los fines de
semana. Los dos estamos en casa y Jeremy suele echar la siesta. Es el
momento perfecto para estar juntos.
—Trato hecho.
Se quedaron en silencio durante un rato. Era agradable estar juntos así
en mitad del día, y ella tenía razón, «deberían» hacer aquello más a menudo.
Se dio cuenta, por el sonido de la respiración de Alison, que empezaba a
quedarse dormida, aunque, a pesar de todo por lo que había pasado la noche
anterior y esa mañana y de una tanda de polvos briosos, él estaba despierto y
despabilado, como si se acabara de tomar una taza de café bien cargado.
—Prométemelo —dijo ella casi dormida, con una vocecilla apenas
audible.
—¿Que te prometa qué?
—¿Qué? —Estaba desorientada.
—Querías que te prometiera algo.
—¿Ah, sí? —Alison abrió los ojos—. Oh..., prométeme... prométeme
que nunca me volverás a hacer eso.
—¿Volver a hacer qué? —Se quedó desconcertado; ¿había hecho algo
durante el polvo que no le había gustado? Había sido mucho más agresivo de
lo normal, pero a ella parecía haberle gustado—. Creía que pensabas que
había sido maravilloso.
—¿Qué? —dijo ella, confundida. Había vuelto a cerrar los ojos.
Entonces añadió—: No, me refería a lo de anoche. Estaba tan preocupada por
ti, no te puedes hacer una idea. Prométeme..., prométeme que jamás... —Su
voz se fue desvaneciendo— volverás a asustarme de esa manera... otra vez.
—Prometido.
Alison se durmió. Él la abrazó, retorciéndole dulcemente algunas partes
de su pelo, y entonces sintió algo y apenas se lo pudo creer. Tener una
fantástica relación sexual y asumir el mando era una cosa, pero lo que estaba
ocurriendo en ese momento era algo casi sin precedentes. Después de todo,
sólo habían terminado de follar hacía... ¿cuánto?... ¿cinco minutos? Se movió
y levantó la colcha; no, no era una falsa alarma. Estaba listo para otro asalto.
11
Simon estaba tan excitado que se planteó despertar a Alison, pero era tan
profundo su sueño que optó por no hacerlo. Se distrajo pensando en lo
habitual: baloncesto. No dio resultado. Como mucho, pensar en todo aquel
ejercicio físico y agresividad lo excitaron más. Pensó en la noche anterior, en
la fábrica de cerveza con aquellos tipos, en que se había despertado desnudo
en el bosque y en lo furioso que se había puesto. Empezó a pensar en Tom
Harrison y su situación laboral; aquello le aplacó a toda prisa, pero sabía que
duraría mucho. Sentía una atracción tan fuerte por Alison que le parecía
imposible estar junto a ella sin ponerse cachondo.
Entonces oyó despertarse a Jeremy en su habitación, así que se levantó
de la cama en silencio, se puso los calzoncillos boxer y una camiseta, y salió
al pasillo.
El niño estaba empezando a despertarse, y se preguntó cómo había
podido oírle. El dormitorio principal estaba en el otro extremo del pasillo al
del cuarto de Jeremy, y Simon y Alison jamás lo oían cuando las dos puertas
estaban cerradas a menos que su hijo gritara a voz en cuello. Cuando era más
pequeño, habían tenido que utilizar un intercomunicador para oírlo.
Simon se sentó en la cama y palpó la frente de Jeremy.
—Frío como un pepino —dijo sonriendo.
El niño se incorporó de inmediato.
—¿Dónde está mami? —preguntó
—Durmiendo —le respondió—, bueno, ¿cómo te encuentras, chavalote?
—No lo sé.
—Tienes que saberlo. ¿Estás cansado? ¿Quieres volver a dormirte?
—Juguemos al baloncesto —dijo Jeremy, saliendo de la cama y
cogiendo el balón Nerf de encima de la cómoda.
—Supongo que eso significa no.
Lanzaron la pelota a la canasta por turnos. A pesar de estar enfermo, o
de estar recuperándose de la enfermedad, Jeremy tenía su habitual energía
desenfrenada de un niño de tres años. Corría como una flecha por la
habitación, persiguiendo la pelota. Por lo general, Simon se sentaba en la
cama y lanzaba un par de veces, y luego miraba jugar a Jeremy, pero ese día
tenía más energía que su hijo de tres años, y también persiguió el balón
moviéndose prácticamente sin descanso.
Al final, el niño, a todas luces agotado, preguntó:
—¿Tenemos que seguir jugando, papi?
Cayó en la cuenta de que hacer correr a su hijo mientras su cuerpo
seguía luchando con un virus, quizá no hubiera sido una idea tan estupenda.
—Ya sé, ¿qué tal un descanso para comer? —preguntó—. ¿Tienes
hambre?
—No sé.
—«No sé» quiere decir sí —decidió Simon—. Vamos.
Hablar de comida le recordó que seguía hambriento. Los restos de la
última cena de Jeremy continuaban en la encimera de la cocina, y se los
zampó en varios mordiscos que no masticó bien.
—¿Qué tal mantequilla de cacahuetes y gelatina? —le preguntó a su
hijo.
—No sé.
—Te haré un bocadillo. Puedes ver la tele mientras tanto. ¿Te apetece
ver The Wiggles en TiVo?
—¡Yupi!
Simon se preguntó qué pasaba con él y su apetito ese día. Tenía la
sensación de poder seguir comiendo sin parar y sin embargo no conseguía
llenarse. Mientras le preparaba el bocadillo a Jeremy, se hizo uno para él
poniéndole mantequilla de cacahuetes hasta que tuvo un grosor de más de dos
centímetros. Se comió su bocadillo de pie y luego le sirvió el suyo al pequeño
con un vaso de leche.
Después de darle uno o dos mordiscos, su hijo anunció que estaba lleno.
—Quiero salir a jugar.
—No puedes —le dijo—, después de la fiebre que tuviste anoche, no.
Tienes que estar sin fiebre veinticuatro horas antes de poder salir.
Jeremy puso cara de tristeza.
Simon tenía que admitirlo: él también se sentía con ganas de callejear.
Últimamente había estado muy casero, sobre todo los fines de semana,
contentándose con matar el tiempo, ver la televisión u holgazanear en
Internet. Pero ahora se sentía sumamente inquieto, como enjaulado. Estaba en
un piso de dos habitaciones de buen tamaño en Manhattan, pero para el caso
podría haber estado atrapado en una jaula.
Siguieron viendo más Wiggles, y luego jugaron a «En busca del tesoro»,
pero a Simon le resultaba difícil mantenerse quieto y no paró de levantarse
entre tirada y tirada para estirarse y a veces hacer flexiones de brazos y saltos
con extensiones de brazos y piernas.
Cuando la tarde ya tocaba a su fin, Alison entró en el salón y fue
directamente hasta su hijo.
—¿Cómo está? —le preguntó a Simon.
—Mucho mejor —le respondió—. Le está bajando la fiebre.
Ella le tocó la frente a su hijo con los labios.
—Tienes razón, le ha bajado. —Le levantó la camiseta al niño y le
examinó la tripa—. El sarpullido también está desapareciendo. Gracias a
Dios.
—Voy a salir a correr por el parque —dijo Simon.
Alison entrecerró los ojos, sorprendida.
—¿Ahora?
—Sí, necesito salir del piso, tomar un poco el aire. No estaré fuera
mucho tiempo.
Le dio un beso y entró trotando en el dormitorio. Salió al cabo de unos
minutos vestido con unos pantalones de chándal y una sudadera con capucha
y las zapatillas de deporte puestas. Alison estaba sentada a la mesa con
Jeremy, jugando al dominó de figuras.
—Creo que al volver me pasaré por Whole Foods y compraré algunas
cosas.
—Hice la compra hace sólo unos días —dijo Alison—. Creo que
estamos servidos hasta mañana.
—Está bien, sólo me daré un garbeo por allí después de correr.
—¿Cómo es que hoy tienes tanta energía? —Le lanzó una coqueta
mirada de complicidad—. No me estoy quejando, que conste.
Simon le dio un beso de despedida, advirtiendo que olía a sexo, y
entonces se marchó del piso a toda prisa, antes de que se pusiera demasiado
tonto.
Se puso a trotar en el ascensor y al llegar abajo salió corriendo del
edificio. No estaba seguro de estar cometiendo un error por no hacer algunos
estiramientos previos. Había tenido algunos problemas en la región lumbar en
el pasado, y tenía una lesión en la rodilla derecha de jugar al tenis que nunca
se había curado por completo. Pero por otro lado no le apetecía pararse, y
además se sentía a gusto y no le dolía nada.
Se dirigió a la parte alta de la ciudad corriendo y tomó por el sendero
que rodeaba el estanque. Aunque anochecía ya, el sendero seguía con mucha
actividad, a rebosar de corredores que iban y venían a diferente velocidad.
Simon apenas era consciente de que estaba corriendo, como si estuviera
preocupado por lo bien que se estaba en la calle, respirando el aire
relativamente fresco de Central Park. Aunque seguía detectando cierta
polución urbana, el fresco aire otoñal estaba dominado por los olores de las
hojas caídas y el estiércol del cercano camino de herradura. También era
absolutamente consciente de los demás sonidos que le rodeaban: el crujido de
las pisadas en el sendero de grava, el viento en los árboles, los fragmentos de
conversaciones de los demás corredores...
Se percató de que estaba corriendo demasiado deprisa. Llevaba años sin
salir a correr, aunque en la cinta de correr del gimnasio alcanzaba el nivel
cinco, que básicamente era un caminar rápido. Ahora corría sin gran esfuerzo,
zigzagueando entre los otros corredores, y no sentía ninguno de los habituales
agarrotamientos en la espalda ni dolor en la rodilla. Cuando esprintó al
máximo, sintió que le faltaba un poco el aire, así que amainó el paso, que no
obstante siguió siendo el doble de rápido de lo que había sido capaz de
mantener antaño. Nunca había dado más de una vuelta al estanque —una
vuelta eran casi dos kilómetros y medio—, pero después de dar la primera no
sintió ningún cansancio, así que dio otra, y al terminar, decidió: ¡Qué
demonios!, y dio una tercera. Podría haber dado la cuarta, pero el parque
estaba como boca de loco y no quería que Alison se preocupara por él, sobre
todo después de haber pasado fuera toda la noche anterior.
Salió del parque en la 96 Oeste en lugar de en el cruce de central Park
West, envió un mensaje de texto a Alison —«Estaré en casa en 15»— y
siguió corriendo una par de manzanas más hasta el Whole Foods de
Columbus.
Como cuando estaba en el parque, en la tienda se le hicieron muy
presentes los intensos olores que le rodeaban. En particular, dominaban los
quesos. Había muchísimas variedades, y cada uno tenía su propio y exclusivo
aroma. Era irresistible, como caminar por el invernadero de un jardín
botánico y respirar el olor de todas las flores y plantas al mismo tiempo.
Había estado en aquella tienda muchas veces y no había apreciado nada de
aquello, probablemente a causa de sus muchas preocupaciones laborales, las
tensiones conyugales o cualquier otro problema que en el momento le
reconcomiera en el inconsciente. Ahora se sentía como si hubiera sido
liberado y pudiera prestar más atención a los detalles que generalmente
pasaba por alto.
Después de escoger un par de quesos —el Stilton y el Maytag Azul eran
irresistiblemente penetrantes—, se dirigió a la carnicería como si una fuerza
lo empujara hacia allí. No sabía a qué se debían aquellas repentinas ansias por
la carne; era especialmente insólito en un tipo que, por lo general, comía
carne tan esporádicamente que casi era vegetariano. Entonces se acordó de
Michael al servirle el chuletón la noche anterior y lo rica que estaba aquella
carne. El recuerdo aumentó sus ansias, convirtiendo su deseo carnívoro casi
en insoportable. No sólo quería comer carne; ¡tenía que comerla!
Añadió varios paquetes de solomillo y filetes de vaca al carro, y unos
cuantos más de carne picada. Las chuletas de cordero parecían tentadoras, así
que también las añadió. Tampoco fue capaz de resistirse a las salchichas; olía
la carne y las especias a través del envoltorio.
Cuando llegó a casa, antes de guardar la compra, abrió dos paquetes de
solomillo. No tenía ni idea de cómo cocinar la carne, así que se limitó a poner
dos en una gran sartén y encendió el fuego.
Alison, que había estado jugando con Jeremy en la habitación de su hijo,
entró en la cocina.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.
—Estoy cocinando algo para cenar.
—¿Solomillos? —Alison, que era una vegetariana estricta, casi pareció
espantarse.
—Sólo tuve un antojo, eso es todo.
Ella miró lo que había dentro de la sartén.
—¿Te vas a comer todo eso?
—Se me abrió el apetito con el ejercicio.
Antes de hablar Alison se aseguró de que Jeremy no los podía oír.
—Hablando de apetito, antes estuviste increíble. Pero ¿a qué viene todo
esto?
Simon percibió que ella seguía oliendo deliciosamente a sexo.
—Viene a que me sale de dentro.
—Pero apenas me tocabas últimamente, y de repente estás entusiasmado
conmigo. Tienes que admitir que es un gran cambio.
—Puede que por fin aprecie lo maravillosa que es la esposa que tengo.
La besó. Ella se apartó y dijo:
—Mejor que no empecemos nada que no podamos terminar.
—¿Quién dice que no podemos terminarlo?
—Supongo que no quieres que se te queme la carne.
Jeremy entró en la cocina y saludó.
—Hola.
Alison se soltó de Simon.
—A lavarse esas manos —le dijo al niño, y luego le susurró a su marido
—: Continuará. —Se apartó rápidamente, abrió el aparador para sacar los
platos y anunció—: Se cena en cinco minutos.
Cinco minutos más tarde la familia estaba sentada a la mesa del comedor
para cenar. Jeremy tenía macarrones con queso, Alison ensalada y sopa de
lentejas recalentada de la otra noche, y Simon los dos trozos de solomillo
sobre el plato y nada más.
—¿No quieres nada con eso? —preguntó ella.
—Así comimos las chuletas anoche —dijo Simon—. No estuvo nada
mal.
—¿Comes carne dos noches seguidas?
—Vamos —se defendió él—. Es solomillo. No es como si me estuviera
enganchando a la cocaína.
—¿Qué es cocaína? —preguntó Jeremy.
—Dije Coca-Cola —mintió Simon—. Es una bebida no alcohólica.
—¿Y qué es una bebida no alcohólica?
—¿Dónde comiste chuleta? —preguntó Alison.
—Michael las preparó anoche.
—Caray, qué amable por su parte.
—¿Qué es una bebida no alcohólica? —insistió Jeremy.
—Un refresco —le explicó Simon—. Es otra forma de llamar a los
refrescos.
Se acordó de pronto de la cerveza que le había servido Michael, y de que
probablemente también lo drogara y lo arrojara en el bosque. Era raro; Simon
casi había conseguido abstraerse ya de toda la experiencia.
—Sí —admitió con los dientes apretados—. Muy amable.
—Puede que servir una chuleta sola esté de moda o algo así —comentó
Alison—. A lo mejor se lo vio hacer a alguien en algún programa de cocina.
—¿Michael es el hombre del pelo gris? —preguntó Jeremy.
—Sí.
—¿Y cuándo voy a ver a mis amigos otra vez?
—Lo siento, ya no vamos a verlos nunca más.
Sorprendido por la noticia, el niño pareció entristecerse.
—¿Y por qué no? —preguntó Alison.
—No hay ningún motivo —contestó Simon.
—Pero ¿por qué...?
—Lo cierto es que no quiero hablar de esto ahora. —Fue
deliberadamente cortante con la intención de poner fin a la conversación.
—Bueno, sólo estoy sorprendida, eso es todo —insistió Alison—.
Quiero decir que parecía que te divertías con ellos. Por Dios, si hasta has
pasado la noche en casa de ese tipo, Michael.
—No es la casa de Michael..., es su fábrica de cerveza.
—Lo que sea, parece que te lo pasabas bien..., y a Jeremy le encantan
sus nuevos amigos.
—Quiero verlos —terció el niño, poniendo ceño.
—No quiero hablar de esto ahora —dijo Simon, dando a entender que
no quería mantener aquella conversación delante de su hijo.
Alison captó la indirecta y lo dejó correr. Pero más tarde, después de que
acostaran a Jeremy y cuando Simon estaba lavándose los dientes, ella entró
en el baño.
—Bueno, no lo entiendo, ¿por qué no quieres ver más a tus amigos?
—No son mis amigos —le contestó él con la boca llena de pasta.
—Conocidos, al menos —observó Alison—. ¿Habéis tenido algún tipo
de discusión?
Simon siguió lavándose los dientes y no respondió.
—Me doy cuenta de que no quieres hablar de ello. Es que es una lástima
por Jeremy, porque le gustan esos niños, y no le has llevado mucho a jugar
con sus otros amigos.
Simon se enjuagó la boca y escupió antes de contestar.
—¿Te refieres a Matthew? Lo intenté, pero tiene una nueva niñera que
parece un poco..., bueno, no parecía muy animada a quedar más veces para
jugar.
—¿Y qué pasa con William? Su madre lo lleva a veces a ese parque
infantil de Riverside.
—No me voy a pasar todo el día con un puñado de mamás —replicó
Simon—. Además, William pega a Jeremy.
—Le pegó una vez.
—No voy a quedar a jugar con William. —Se dio cuenta de que aquello
parecía un poco riguroso, así que lo expresó de otra manera—. En fin, en
realidad es que no quiero, ¿vale? Pero ya encontraremos otros nuevos
amigos, estoy seguro. Déjamelo a mí.
—De acuerdo, muy bien. Sólo digo que Jeremy necesita estar rodeado
de niños de su edad. El otro día vi a algunos padres pasando el tiempo en la
sección infantil de Barnes and Noble. Tal vez deberíais ir por allí.
—Ésa es una buena idea —admitió—. Quizá lo haga.
Sólo deseaba poner fin a la conversación, y funcionó, porque ella se
metió en el dormitorio. Aun así se sintió mal por ser tan cortante, pero le
pareció que le estaba presionando para reunirse de nuevo con Michael y los
otros, y bajo ningún concepto iba a hacer tal cosa.
Después de lavarse la cara, se miró al espejo y sacó la lengua. ¿Eran
imaginaciones suyas o su lengua parecía más roja de lo acostumbrado?
También la notaba áspera y adormilada, como si se la hubiera escaldado
bebiendo algún líquido caliente, pero no había tomado ningún líquido
caliente. Seguía teniendo las encías un poco entumecidas y le dolía la boca,
quizá por masticar la carne con demasiada fuerza. Se había despachado dos
solomillos, y sin embargo seguía con hambre.
Alison estaba en la cama, leyendo Allure. Simon respiró hondo,
disfrutando del olor de la piel de su esposa, algo molesto con que se mezclara
con los olores de las muestras de perfumes de la revista. Sólo quería olerla a
ella y a nada más.
—Tu olor es tan increíble —dijo—. Podría estar oliéndote eternamente y
jamás me cansaría.
—Vaya, gracias —respondió ella, ruborizándose.
La deseaba. Desesperadamente.
Alison levantó la vista de la revista y reconoció de inmediato la mirada
lasciva en sus ojos. ¿Y cómo no iba a darse cuenta? Lo más seguro es que
pareciese que quería devorarla.
—¿Otra vez? —preguntó ella. Alison olía insoportablemente bien.
Él no respondió; sólo se metió en la cama y empezó a hacerle el amor.
Simon se despertó entornando los ojos porque unas listas de sol se colaban a
través de las persianas, incidiendo directamente en él. Aunque no le pareció
que hubiera dormido bien —tenía la sensación de haber permanecido en una
duermevela toda la noche, como cuando se ingiere cafeína en exceso—, se
encontraba completamente descansado.
—¿Qué hora es? —preguntó, medio dormida, Alison cuando él se
levantó de la cama.
—Las seis y cuarto.
—Pero si es domingo. ¿Qué haces levantándote?
—No estoy cansado; vuelve a dormirte.
Muerto de hambre, fue a la cocina y se preparó un paquete entero de
salchichas, ocho bien gruesas unidas. Estaba tan hambriento que se comió un
par de pie, delante del fogón, antes de que estuvieran totalmente hechas. Puso
el resto en un plato, y se las estaba comiendo en la mesa del comedor cuando
Alison salió del dormitorio en bragas y con una larga camiseta.
—Mira al carnívoro. ¿Por qué te ha dado por comer tanta carne este fin
de semana? —preguntó.
—No lo sé —respondió, y era la verdad; no tenía ni idea de lo que
estaba sucediendo.
Jeremy durmió hasta tarde —para él— y se despertó a las nueve
pasadas. Pero después de una buena noche de sueño seguía sin tener fiebre y
parecía completamente recuperado. Simon sugirió que tuvieran un día
familiar, y a Alison le pareció que era una gran idea.
Más tarde, cuando estaban bajando en el ascensor, la mujer con el
retriéver labrador castaño se subió en el quinto. El perro solía ser amistoso y
le gustaba que lo acariciaran, pero por algún motivo ese día, cuando Simon
dijo: «Hola», el perro se encogió de miedo y se escondió detrás de su dueña.
—Supongo que todos tenemos nuestros días tímidos, ¿eh?
—Maxie no —replicó la mujer—. ¿Qué te pasa hoy, Maxie?
En el portal, la mujer tuvo prácticamente que arrastrar al perro, que no
paraba de gañir, hasta el exterior del edificio.
Hacía una mañana fría y lluviosa, pero a Simon le daba igual. Caminó,
empujando el cochecito, con la cazadora abierta, disfrutando de la brisa fría
que soplaba contra su pecho. Le habían puesto la capota de plástico al
cochecito. Alison, que sujetaba el paraguas, le preguntó si quería meterse
debajo con ella, pero él se negó. Le gustaba sentir la lluvia fría en la cara, era
estimulante, tonificante.
Fueron al Museo de Historia Natural porque Jeremy quería desenterrar
huesos de dinosaurio en la Sala de los Descubrimientos. En vez de observar
jugar a los niños, como era su costumbre, Simon se metió allí con Jeremy y
excavó con él. El pequeño utilizaba un pequeño palo y un cepillo, pero él usó
ambas manos, excavando muy deprisa, extrayendo una cantidad de tierra que
los niños con sus herramientas habrían tardado una eternidad. Durante un rato
se enfrascó en la tarea, feliz de jugar con su hijo, y entonces, al mirar hacia
Alison la vio junto a los demás padres, que lo observaban con expresiones
ambiguas; no supo decir si de perplejidad o de diversión.
Después del museo fueron a comer a un restaurante indio de Columbus.
Era tipo bufé y Simon gravitó hacia los platos ricos en proteínas de pollo y
cordero. Debió de hacer seis o siete viajes para rellenar su plato y seguía
hambriento.
El cielo se abrió y acabó haciendo una tarde soleada y templada, así que
fueron al parque. Pletórico de energía, Simon se dedicó a perseguir a Jeremy
por los senderos y por algunas de las zonas de césped por las que pasaron y
terminó llevándolo sobre los hombros. Luego fueron a los caballitos, y
después el niño quiso trepar a las rocas cercanas a la pista de patinaje de
Wollman Rink.
—De acuerdo, vamos —dijo Simon.
—¿Estás seguro? —preguntó Alison.
Entendió su sorpresa. Solía ser él quien se ponía paranoico con dejar que
Jeremy corriera cualquier riesgo tanto en el parque como en las zonas de
juegos, y era ella la que a menudo le decía que era excesivamente cauteloso.
Cogidos de las manos, Simon y Jeremy treparon a las rocas. En un
momento dado, el pequeño titubeó, a todas luces asustado por tener que
salvar la distancia entre las rocas, aunque su padre le sujetaba la mano
extendida.
—No pasa nada —le dijo—. Papá te sujeta.
Su hijo se inclinó hacia delante, saltó a la otra roca y aterrizó sin ningún
percance. Parecía alborozado.
—Tened cuidado los dos —gritó Alison desde abajo.
Siguieron subiendo hasta llegar a lo alto de la roca más elevada, desde
donde tuvieron una fantástica vista del Wollman Rink abajo y del hotel Plaza
y los rascacielos del centro.
Simon se puso a cuatro patas en el borde de la roca y le preguntó a
Jeremy:
—¿Quieres verme saltar?
—¡Sí, salta, salta!
—¿Qué estás haciendo? —dijo Alison desde abajo.
Debía de haber unos seis metros hasta el suelo. Sabía que saltar era una
pésima idea y que podía romperse algo sin ninguna dificultad.
—Salta, papá.
—Simon —dijo Alison.
Siguió agachado, mirando el suelo. Al principio dudó —estaba
demasiado lejos, podía matarse—, pero entonces se convenció de que podía
hacerlo. Y sin pensárselo más, saltó de la roca. Cayó con fuerza sobre los
pies, y aunque intentó amortiguar el impacto doblando las rodillas al caer,
esperó que empezara el dolor, sobre todo en la región lumbar y en la rodilla
mala. Pero, sorprendentemente, se sintió muy bien. Igual que un niño que
acabara de hacer un viaje apasionante en un parque de atracciones, quiso
hacerlo otra vez, pero cuando echó a correr hacia el otro lado de la roca, se
dio cuenta de que Alison no estaba allí.
—¿Ally?
No hubo respuesta. Entonces la vio descendiendo por las rocas,
sujetando a Jeremy de la mano. Parecía furiosa. Simon estaba desconcertado.
—¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?
—Ahora mismo estoy enfadada contigo.
—¿Por qué? No tengo ni idea de lo que...
—Lo dejaste allí arriba solo. ¿Y si se llega a caer? Se podría haber roto
el cuello.
Se dio cuenta de que tal vez tuviera razón. Le parecía increíble haber
sido tan alocado.
Cuando Alison llegó al suelo, sujetando todavía la mano de Jeremy, ni
siquiera lo miró a los ojos. Pasó caminando por su lado como si no estuviera
allí.
Echó a correr para alcanzarla.
—Mira, lo siento, ¿vale? Nunca más volveré a hacer algo así.
Durante el resto del camino a casa hablaron con Jeremy, aunque no entre
ellos. Simon se sentía fatal, pero sabía que intentar hablar con Alison cuando
estaba alterada no le llevaría a ninguna parte y sólo empeoraría la situación.
Esperó hasta que estuvieron de vuelta en casa, en el salón, y Jeremy se
metió en el baño.
—Lo siento —insistió—. No sé qué otra cosa quieres que diga.
—No lo entiendo —dijo ella—. ¿Por qué lo hiciste?
—No lo sé.
—Jamás te había visto hacer algo parecido. Siempre eres muy prudente
con las rocas, ¿y vas y dejas solo a Jeremy allí arriba y saltas desde lo alto?
—Mira —dijo él—. Reconozco que dejar a Jeremy allí arriba mientras
saltaba fue un error, ¿de acuerdo? La cagué y, créeme, de verdad que me
siento fatal por ello. Pero no lo saquemos de madre. En fin, salté de una roca,
no de un avión.
—No obstante, ha sido extraño. Es tan raro como que de repente estés
tan hiperactivo. ¿De dónde sacas toda esa energía?
—Anoche no parecías quejarte.
Sonrió, intentando aliviar la tensión. Y funcionó, porque Alison no pudo
evitar casi sonreír.
—No, no tengo ninguna queja a ese respecto.
Simon aprovechó el momento y la abrazó con fuerza. Entonces se
percató del encogimiento de Alison y se dio cuenta de que la estaba
abrazando con demasiada fuerza, así que aflojó. Con la cara quizás a poco
más de un centímetro de la de ella —olió el romero, el curry y el cardamomo
en el aliento de su mujer aunque ésta tenía la boca cerrada—, dijo:
—No te preocupes, te prometo que nunca más volveré a saltar de las
rocas, sobre todo cuando Jeremy esté allí arriba. Me parece increíble que lo
hiciera. Me siento fatal.
Después de un beso especiado con la boca abierta, ella le respondió.
—Puede que esté relacionado con el estrés. Tal vez necesites un
descanso de tu paternidad a jornada completa.
—¿Un descanso? Pero si sólo llevo haciéndolo..., ¿cuánto?, ¿un par de
semanas?
—A lo mejor puedo coger una semana de vacaciones el mes que viene.
—Pero si has estado procurando acumular días de vacaciones para que
podamos ir a Maine en agosto.
—¿Y cómo se supone que nos vamos a poder permitir lo de Maine?
¿Has mirado la cuenta corriente últimamente?
—Parece que eres tú la que estás estresada.
Alison respiró hondo.
—Tienes razón. Supongo que tener una conversación de dinero un
domingo por la tarde no es la mejor de las ideas, ¿verdad?
—¿Crees que Jeremy querrá echar una siesta? —Simon hizo la pregunta
de modo insinuante, rodeándole la cintura con los brazos.
—Me temo que ese departamento está fuera de servicio —contestó ella
—. Mi cuerpo no está acostumbrado a toda esta actividad.
—Supongo que estar estresado sí que tiene algunas ventajas —bromeó,
y los dos sonrieron.
—En cualquier caso, me temo que hoy ya hemos perdido la oportunidad
de una siesta —dijo ella—. Si duerme una siesta tan tarde, no habrá manera
de que duerma esta noche.
Más tarde, Alison y Jeremy estaban en el sofá, viendo alguna película
sobre un perro que también era detective. Simon no estaba seguro, pero le
pareció que ya la había visto.
Sintiéndose recluido de nuevo, anunció que se iba al gimnasio. Alison le
lanzó una mirada de sorpresa, pero la ignoró y se marchó del piso.
Era socio del New York Sports Club y solía ir al que estaba en la
Noventa y cuatro y Broadway. Bueno, «solía» probablemente no fuera la
palabra que mejor describiera sus hábitos de hacer ejercicio, porque en el
mejor de los casos sus horarios de gimnasio eran erráticos. Cuando trabajaba,
había intentado ir cuatro días a la semana, aunque era afortunado si iba uno o
dos. En los últimos tiempos, desde que se había convertido en papá y amo de
casa, al llegar la noche se había sentido tan agotado que ni siquiera había ido.
Al igual que la víspera cuando había salido a correr, se sentía relajado y
no se molestó en hacer estiramientos. Se dirigió directamente a una máquina
de press de banca. Normalmente, hacía tres series con treinta kilos y pasaba a
otra máquina. Aunque ese día, los treinta kilos parecían no pesarle. Aumentó
a cuarenta, luego a cincuenta y más tarde a cincuenta y cinco y sesenta.
Cuando probó con sesenta y cinco, empezó a notar el esfuerzo, aunque
todavía fue capaz de hacer diez repeticiones. ¿Qué narices pasaba? ¿Es que la
máquina estaba estropeada? No lo parecía. Cuando terminó, otro tipo —de
unos veinticinco años, en una forma física evidentemente sensacional, con
hombros y brazos bien definidos— utilizó la máquina y le costó lo suyo alzar
cuarenta kilos.
Simon utilizó varias máquinas más en las que también pareció capaz de
soportar una cantidad de peso insólitamente alta.
Un musculoso sujeto tipo culturista que estaba parado cerca se fijó en él.
—Así se hace, tronco —dijo, impresionado.
Simon se apartó con el corazón latiéndole apresuradamente, no porque
estuviera cansado..., sino porque estaba aterrorizado. Alison tenía razón; algo
raro estaba pasando y no tenía ni idea de qué era. Era verdad que había estado
sometido a muchísimo estrés últimamente, pero el estrés no te aumentaba la
energía y te hacía más fuerte. Además, había estado estresado durante días —
joder, durante semanas— y aquellos extraños cambios se habían producido
sólo en los dos últimos días, desde la noche en la fábrica de cerveza.
De pronto no podía respirar profundamente. Estaba inmóvil, aunque el
corazón le latía como si estuviera esprintando a toda velocidad. Sintió una
presión en el pecho; tal vez se había hecho un esguince muscular en la
máquina de press de banca, pero ¿cómo podía saber si no se trataba de algo
mucho peor? La palabra infarto estaba en alguna parte de su consciente, pero
intentó ignorarla. Aunque la sensación era como si se estuviera muriendo,
sabía que eso no era posible. Era joven —bueno, casi joven— y estaba en
óptima forma. ¿O estaba muriéndose?
Quizá todo el ejercicio que había estado haciendo fuera excesivo para su
organismo. ¿Acaso no había jóvenes jugadores de baloncesto, en la mejor
forma física de sus vidas, que a veces sufrían un colapso en plena cancha?
Oía los latidos de su corazón y apenas podía respirar. Entró como una
exhalación en el baño de caballeros y se echó agua fría en la cara mientras
intentaba tranquilizarse. Aunque no fuera un infarto, sabía que estaba
ocurriendo algo terrible. Podría estar teniendo un derrame cerebral o quizá
tuviera un tumor cerebral. ¿No era una señal de advertencia de un posible
tumor cerebral un cambio en el apetito? Pues bien, sin duda ese síntoma lo
tenía. ¿Y qué decir de sus afinados sentidos del oído y el olfato? ¿No eran
también síntomas de lo mismo?
—¿Te encuentras bien, tronco?
Simon miró en el espejo y vio al hombre detrás de él. Le intentó decir:
«Ayúdeme», pero no consiguió meter el aire suficiente en los pulmones.
Necesitaba aire... aire fresco. No aquel aire cargado del baño de un gimnasio
que apestaba a orina y sudor.
De repente se encontró fuera, en la acera, delante del gimnasio, pero no
tenía ni idea de cómo había llegado allí. Oh, Dios mío, ¿ahora también
padecía amnesia? Todo estaba blanco, deformado. Tenía que ir a un hospital.
Llamó a un taxi, abrió la puerta y le dijo al taxista:
—Al hospital Saint Luke. —Entonces lo pensó mejor y dijo—: No
importa —y se apeó.
Se dio cuenta de que estaba teniendo un ataque de pánico. Ya había
pasado por eso antes; como en aquella ocasión, hacía seis años, cuando él y
Alison fueron a visitar a unos amigos a Seattle y Simon estaba convencido de
que había comido salmón contaminado e insistió en ir a urgencias a las dos
de la mañana. Pero después de eso se había estado tratando el problema y
llevaba años sin tener un ataque de pánico.
Estaba de pie delante del gimnasio, apoyado en el edificio por si perdía
el equilibrio o se desmayaba o ambas cosas. Unos cuantos transeúntes le
preguntaron si se encontraba bien o necesitaba ayuda, pero les hizo señas
para que siguieran su camino.
Por fin, al cabo de unos diez minutos, se sintió un poco mejor. Al menos
aquella blancura había desaparecido y podía llenar los pulmones de aire.
Sabía que estaba bien, que no iba a morir, pero, por si acaso, iba a pedir hora
para ver a su médico lo antes posible, con un poco de suerte al día siguiente
por la mañana.
—¿Cómo te fue el entrenamiento? —le preguntó Alison cuando entró en
el piso.
—Estupendamente —contestó. Fue directamente al baño y se metió en
la ducha.
La función de masaje de la ducha le ayudó a liberar la tensión del cuello
y los hombros. Qué raro; no sentía el agotamiento que solía seguir a los
ataques de pánico. En realidad, se encontraba bastante bien.
Olió desde el baño la cena mientras se estaba cocinando: un salteado de
cebollas, pimientos, tofu y... ¿qué era aquello?, ¿champiñones? Cuando salió
para ir a la cocina, Alison estaba cocinando. Vio que había acertado con los
ingredientes, incluidos los champiñones.
Durante la cena, aunque se moría de ganas de comer carne de nuevo, se
ciñó al salteado, decidido a superar aquella fase o lo que fuera. Aunque su
potenciado sentido del olfato era verdaderamente asombroso; desde el otro
lado de la mesa fue capaz de discernir que Alison le había lavado el pelo a
Jeremy con champú para bebés de Johnson & Johnson; también, que ella
había utilizado aquella nueva crema hidratante con aloe y alguna otra con
base de coco, probablemente para las manos. Pero nada de lo que se había
puesto conseguía ocultar el olor a sexo. Y éste le estaba excitando de nuevo,
así que tuvo que mantener las piernas cruzadas con fuerza durante toda la
cena para evitar tener una erección.
Jeremy se fue a la cama a su hora habitual, las siete cuarenta y cinco, y
Alison se quedó viendo la tele en el sofá un rato, y luego anunció que estaba
agotada y se fue a la cama antes de las diez. Al día siguiente empezaba para
ella una semana de trabajo, y tenía que madrugar.
Aunque Simon no estaba cansado en absoluto. Más bien todo lo
contrario; se moría por salir. Realizó múltiples series de abdominales, aunque
no consiguió cansarse, y luego hizo sin ninguna dificultad cincuenta flexiones
de brazos, cuando su límite habitual era de unas doce.
Llevaba físicamente activo las últimas treinta y seis horas o así, y no se
había conectado a la Red ni consultado Internet para nada. Con la esperanza
de que mirar fijamente un rato la pantalla de un ordenador podría agotarlo y
hacerle dormir, se sentó en el sofá del salón y encendió su ordenador portátil.
Después de leer por encima sin prestar atención algunas de las
principales noticias, comprobó su correo electrónico. Le echó un vistazo a un
mensaje de su primo Craig —un chiste reenviado que no tenía mucha gracia
— y a una oferta de descuento de Redbox, y se desplazó hasta un mensaje de
marosen76@[Link] con el asunto: ¿Te has enterado? No reconoció la
dirección y pensó que sería un correo basura. Estaba a punto de borrarlo, pero
entonces decidió abrirlo, sólo por ver de qué se trataba:
Hola, Simon:
Te escribo desde mi correo particular. No sé si te has enterado de la
espantosa noticia sobre Tom. Yo sigo horrorizado. Aún no he oído nada
sobre los preparativos del funeral, pero cuando me entere te lo comunicaré.
De todas maneras, sólo quería que lo supieras por si todavía no te habías
enterado.
Mark
Simon releyó el correo de su ex ayudante como una docena de veces,
pero siguió sin parecerle real. ¿Una espantosa noticia sobre Tom?
¿Preparativos del funeral? Para su exasperación, la nota carecía de detalles.
¿De verdad estaba muerto Tom? ¿Cómo había ocurrido? ¿Había sido un
accidente de tráfico? ¿Un infarto de miocardio o un derrame cerebral? Por
Dios bendito, la familia de Tom. Había estado con su esposa, JoAnne, varias
veces, en la fiesta anual de Navidad una vez y en otras ocasiones, y le había
parecido una mujer fantástica. Ay, Dios mío, y sus pobres hijos. El hombre
tenía la perfecta familia de zona residencial y de buenas a primeras: ¡bum!,
todo había sido aniquilado.
De pronto todos sus problemas recientes se le antojaron en comparación
una nimiedad. Dejando a un lado sus diferencias, Tom era un buen tipo y no
se merecía morir. Sí, la vida es injusta, pero aquello iba más allá de lo injusto.
Era inapelablemente cruel.
Simon entró en el dormitorio de Jeremy, le besó en la frente y susurró:
«Te quiero mucho». A continuación entró en el suyo, donde Alison dormía
de cara a él roncando dulcemente, la besó y dijo: «Te quiero, cariño». Ella
farfulló un «Yo también te quiero» y volvió a quedarse dormida.
Volvió al ordenador. Quería saber más detalles de lo que había ocurrido.
Iba a escribir un correo a Mark o a llamarle, pero resolvió que primero
miraría en la Red a ver si había alguna noticia al respecto.
Había una cobertura periodística mayor de lo que había esperado: toda
una página de resultados de las ediciones digitales de los periódicos,
incluidas la del New York Daily News, el New York Post y el Newark Star-
Ledger. Si no hubiera estado tan maníaco, probablemente se habría enterado
el día anterior de la muerte de su ex jefe.
Leyó unas cuantos artículos breves, los cuales contenían en buena
medida la misma información: Tom Harrison, vicepresidente ejecutivo de la
agencia Smythe & O’Greeley, había muerto por el ataque de un animal, tal
vez un perro grande, en el exterior de su casa de Bernardsville, Nueva Jersey.
Según los artículos, a Tom y a su esposa les habían despertado los ladridos de
su perro a eso de la medianoche del sábado, y había sido atacado cuando salió
a ver qué pasaba. Su esposa descubrió el cuerpo y llamó al 911, aunque la
muerte de Tom se certificó en el lugar del suceso. No había mucha más
información sobre el ataque, excepto que la policía y la División de Pesca,
Caza y Flora y Fauna de Nueva Jersey estaban investigando el incidente.
Todos los artículos estaban fechados el sábado, y parecía que el domingo no
se había publicado ningún artículo de seguimiento.
Mientras leía entre la conmoción y el horror los detalles del incidente,
Simon se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta, embobado.
Por Dios bendito, muerto por el ataque de un perro; qué manera tan horrible
de morir. Y de inmediato, se sintió repentinamente abrumado por la culpa.
Siempre había creído en el karma, y se sintió fatal por toda la ira que había
sentido hacia Tom últimamente a causa del despido. Si no le hubiera enviado
toda aquella energía negativa, quizás el perro no le habría atacado. Aunque
racionalmente se daba cuenta de que semejante planteamiento era ridículo, a
cierto nivel profundo y primigenio parecía ser de una lógica aplastante.
Estaba releyendo el artículo del Star-Ledger para ver si se había perdido
algún detalle, cuando se topó con parte de una frase que hizo que todo su
cuerpo se pusiera en tensión: «Harrison salió de su casa de Bernardsville, en
el norte de Nueva Jersey...» Todos los artículos mencionaban que vivía en
Bernardsville, aunque Simon había estado leyendo deprisa y estaba tan
abrumado por la noticia de su muerte que no había prestado mucha atención a
los detalles ni establecido la evidente conexión: a Tom le habían matado en el
norte de Nueva Jersey en la madrugada del sábado, y Simon se había
despertado en un bosque del norte de Nueva Jersey a primeras horas de la
mañana del sábado. No estaba seguro de qué hacer con aquella extraña
coincidencia, pero sólo por curiosidad se metió en Google Maps y tecleó:
«Bernardsville, Nueva Jersey». Había oído hablar de Bernardsville, aunque
no estaba muy seguro de dónde estaba. Confió en descubrir que estuviera en
una parte totalmente diferente del norte de Nueva Jersey en donde había
estado aquella noche, quizás a más de cien kilómetros de distancia. ¿Cómo se
llamaba el pueblo al que había llamado para alquilar el coche? Men-algo.
Mendham, sí, eso era.
Apareció un mapa de Bernardsville. Entonces alejó la imagen y de
repente le pareció que estaba de nuevo en el gimnasio, teniendo otro ataque
de pánico.
Bernardsville era el pueblo vecino de Mendham.
12
Permaneció con los ojos clavados en el mapa de la pantalla acaso unos cinco
minutos, intentando hallarle la lógica a lo que estaba viendo. Vio Mendham,
Nueva Jersey, adonde había llamado al servicio de alquiler de coches, y el
siguiente pueblo era Bernardsville. Quizás hubiera dos Mendham o diferentes
maneras de escribirlo y estaba cometiendo un error. Aunque sabía que se
estaba haciendo ilusiones, nada más: sólo había un Mendham y había estado
allí. Pero ¿cómo era posible que hubiera estado tan cerca de la casa de Tom?
Si Michael y los muchachos lo habían llevado al bosque como una increíble
broma pesada sin ninguna gracia, ¿cómo es que habían escogido al azar un
lugar para abandonarlo tan próximo a la residencia de su ex jefe?
Toda la situación, desde el hecho de haber sido arrojado desnudo al
bosque a la muerte de Tom por el ataque de un animal rabioso, parecía tan
surrealista, tan estrambótica, que se preguntó si algo de aquello estaba
ocurriendo realmente. Quizá las alucinaciones fueran otro síntoma de lo que
le estaba ocurriendo últimamente, fuera esto lo que fuese. A lo mejor se
estaba imaginando estar sentado delante del ordenador en ese momento o lo
estaba soñando. A lo mejor seguía en el bosque o en la fábrica de cerveza de
Michael.
Cerró los ojos y contó hasta diez, diciéndose que si todo era un artificio
de su mente, cuando llegara a diez y abriera los ojos regresaría adonde fuera
que realmente estuviera. Sabía que se estaba comportando puerilmente, pero
de todas las maneras lo hizo, y al llegar a diez se produjo un verdadero
suspense mientras esperaba a abrir los ojos y ver a Michael, Charlie y
Ramón. Pero, ¡ay!, seguía delante del portátil, mirando fijamente el artículo
del Star-Ledger.
Aunque contar le había tranquilizado, y ahora podía pensar con más
lógica. Sí, era una rarísima coincidencia que hubiera estado en la zona donde
Tom había muerto, pero las coincidencias se daban. En una ocasión, un
amigo suyo había hecho un viaje a China y una vez allí se encontró con una
antigua novia. Si te podías encontrar a una antigua novia en China, podías
despertarte desnudo en un bosque próximo a donde tu ex jefe había fallecido
por el ataque de un animal. En todo caso, se percató, tenía que sentirse
afortunado. Después de todo, había habido un perro rabioso en el bosque
cerca de donde había perdido el conocimiento. Había tenido suerte de que no
le hubiera matado.
Una cosa positiva en relación con aquella noticia: la tensión lo estaba
agotando y por fin empezaba a sentir sueño. Al día siguiente llamaría a Mark
y conseguiría más detalles. Si hubiera seguido trabajando en S&O, con toda
certeza habría asistido al funeral, aunque, dado lo que había sucedido entre
ambos, no estaba seguro de cuál era la forma correcta de actuar, y resolvió
que se ocuparía de ello por la mañana.
Se metió en la cama con Alison, aunque no logró sentirse a gusto. Le
encantaba estar junto a ella, pero el olor de su mujer lo estaba excitando
demasiado y sabía que no conseguiría dormirse. Así que se llevó la almohada
al salón y se quedó a dormir en el sofá.
Al igual que la noche anterior, no pudo dormir profundamente, aunque
sí durmió bien. Se sentía totalmente recuperado cuando Alison entró en el
salón por la mañana.
—¿Has dormido aquí toda la noche?
Simon sabía que parecería raro si le decía que estaba demasiado
excitado para dormir a su lado.
—Sí, tenía un poco de insomnio, nada más. Me quedé dormido delante
del televisor.
—Lo siento. Deberías haberme despertado. Te habría dado una de mis
pastillas para dormir.
—Gracias, pero ya sabes cuánto detesto tomar esas cosas.
Alison se metió en la cocina para preparar una cafetera. Cuando regresó,
Simon estaba sentado en el sofá; era asombroso lo despierto que estaba ya.
Normalmente necesitaba dos tazas de café bien cargado sólo para reunir la
suficiente energía para salir de casa. Pero en ese momento tenía la sensación
de poder correr un maratón.
—Bueno, anoche recibí una mala noticia —dijo.
Le contó lo de la muerte de Tom en el exterior de su casa de Nueva
Jersey. Alison se quedó comprensiblemente consternada. Simon le explicó
que se había enterado por Mark y que había leído «un poco sobre el asunto en
Internet». Por supuesto que no le contó la parte más extraña, la de que él
había estado en la misma zona donde se había producido el ataque, porque
hasta donde ella sabía el viernes por la noche él se había quedado a dormir en
la fábrica de cerveza. Simon detestaba tener secretos con ella y lamentó no
haber sido sincero desde el principio, pero a esas alturas contarle la verdad se
le antojaba más complicado que seguir mintiendo. O quizá mentir fuera una
palabra demasiado fuerte. Seguir omitiendo.
—¿Vas a ir al funeral?
—No estoy seguro. Es un poco violento, ¿sabes? Creo que lo más
probable es que le envíe flores y una nota a su esposa.
—Tenía hijos, ¿verdad?
—Dos.
Alison sacudió la cabeza.
—Es tan horrible. ¿Te lo puedes creer?
La cafetera pitó, y regresó a la cocina.
—¿Quieres una taza? —gritó.
—No, gracias.
El olor del café era tan fuerte que le estaba provocando náuseas. Simon
abrió la ventana para dejar que entrara algo de aire fresco, aunque la verdad
es que no sirvió de nada.
—¿En serio que no quieres café? —Ella había vuelto con una taza.
—No, segurísimo que no.
—Vale. —Parecía escéptica—. Me sorprende, nada más. No recuerdo ni
una sola vez que hayas rechazado el café por la mañana. No será por lo que
dije ayer, ¿no? ¿Lo de que estabas tan hiperactivo?
—No —la tranquilizó—. Sólo intento rebajar la dosis de cafeína. Creo
que me ha estado estresando.
El olor era tan penetrante que sintió que le ardían las membranas
nasales. No se podía creer que alguna vez le hubiera gustado esa cosa.
—Siento haberme enfadado de esa manera contigo ayer en el parque —
dijo Alison—. Me parece que me comporté como una niña grande.
—No, el niño fui yo —respondió Simon—. No debería haber dejado a
Jeremy encima de esas rocas. Jamás volveré a hacer algo así. Se acabaron los
riesgos estúpidos.
—Lo que le ocurrió a tu jefe relativiza las cosas, ¿verdad?
—¿A qué te refieres?
—A cómo puede cambiar toda tu vida en un instante. En un segundo,
todo es perfecto. Y al siguiente, toda tu vida está destrozada. —Terminó de
darle un trago al café—. No sé lo que estoy diciendo, creo que mi cerebro
sigue durmiendo. —Y añadió—: ¿Seguro que estás bien?
—¿Por qué?
—Por la manera en que te comportas. Pareces ansioso.
Simon se dio cuenta de que estaba haciendo girar los hombros y movía
la cabeza de un lado a otro, así que dejó de hacerlo, procurando quedarse
completamente quieto.
—Lo siento, es por todo este asunto de Tom, supongo. Lamento cómo
discurrieron las cosas entre nosotros, ¿sabes? Quiero decir que me enfurecí
con él y ahora está muerto.
—No te puedes sentir culpable por algo así.
—No es culpa. Es sólo la sensación de haber... La verdad es que no sé
explicarlo. Responsabilidad. Tengo un extraño sentimiento de
responsabilidad.
—Sientes lástima por su familia, no por ti. —Alison echó un vistazo al
decodificador debajo del televisor—. Uf, mira qué horas. Me parece increíble
que ya empiece otra semana de trabajo. Tengo la sensación de que el fin de
semana ha pasado volando.
Simon oyó a su hijo despertándose en la cama.
—Iré a levantar a Jeremy.
—Tal vez debieras dejarlo dormir hoy —dijo Alison—. Todavía está
convaleciente.
—Ya se ha levantado.
—¿Cómo lo sabes?
No supo cómo responder a eso. ¿Cómo podía haber oído a Jeremy
moviéndose en la cama desde la otra punta de la casa?
—¡Mamá! —llamó el niño desde su cuarto.
—¿Ves? —le dijo a Alison.
Vistió a Jeremy y le hizo el desayuno: una torrija con una salchicha.
Simon se preparó todo el paquete de salchichas, porque no pudo resistirse a
meterse otro chute de carne. Estaba en la mesa, comiendo con Jeremy,
cuando Alison salió del dormitorio vestida para el trabajo y perfumada con
Juicy Couture. El perfume, al mezclarse con los demás aromas del champú, el
suavizante y la crema hidratante de su mujer, hizo que tuviera la sensación de
estar en el departamento de perfumería de Bloomingdales.
Ella debió de verle hacer una mueca, porque preguntó:
—¿Pasa algo?
—No —contestó Simon—. Esto... nada... la comida, que se fue por el
agujero equivocado. —Le dio un trago al vaso de leche entera.
—Otra comida baja en grasas, por lo que veo —observó Alison.
—Saldré a correr luego para quemarla. —Simon miró a Jeremy—.
Parece que hace un bonito día; a lo mejor podemos jugar al fútbol.
—Yo quiero volver a ver a mis amigos. —El niño lo dijo en aquel tono
que ponía antes de tener un berrinche.
—No podemos verlos —dijo Simon.
—¿Por qué no?
—Te dejaré que te encargues de esto —le dijo Alison—. Que tengáis un
día fantástico los dos.
Simon llamó a la consulta del doctor Segal, su médico de familia, e intentó
conseguir hora para esa mañana, imaginando que podría lograr que Christina
le hiciera un canguro.
—¿Es una emergencia? —preguntó la recepcionista.
—Esto..., la verdad es que no —dijo Simon—. Es que tuve unos
síntomas raros que querría describirle.
—¿Qué clase de síntomas?
—Tengo muchísima energía y se me ha agudizado el sentido del olfato y
del oído.
Se hizo un silencio en la línea. Se dio cuenta de lo ridículo que podía
parecer aquello.
—Si pudiera hacerme un hueco, se lo agradecería —dijo Simon—. Creo
que podría estar teniendo alguna reacción a algo.
—Lo antes que puedo darle hora es para dentro de dos semanas.
—¿No me puede atender hoy?
—Lo siento, ¿quiere pedir hora para dentro de dos semanas? —La mujer
parecía un poco irritada.
Simon concertó la cita, pero el mero hecho de hablar con la
recepcionista y de describir sus síntomas en voz alta le convenció de que
había estado exagerando y de que probablemente no le pasaba nada grave.
Las enfermedades graves hacían que te sintieras peor, no mejor, y la idea de
que los síntomas de un tumor cerebral hubieran aparecido casualmente el
mismo día que se había despertado en el bosque de Nueva Jersey era
sencillamente ridícula. Los síntomas que experimentaba eran, a todas luces,
los efectos colaterales de cualquier droga que aquellos tíos le hubieran dado y
que había provocado que perdiera el conocimiento aquella noche. Ésa era la
explicación más sencilla y la más lógica.
Llevó a Jeremy a la Gran Pradera de Central Park y allí le dieron unas
cuantas patadas a un balón de fútbol. La actividad física le ayudó a mejorar
su estado de ánimo. Podría haber seguido jugando todo el día, pero como una
hora más tarde Jeremy dijo que tenía hambre, hicieron un descanso para
tomar un aperitivo: un yogur y un plátano que Simon había llevado.
Sentado junto a su padre en un banco del parque, Jeremy dijo:
—Eres el mejor papá y el más divertido del mundo. —Y añadió—: No
cambies nunca.
No las tuvo todas consigo respecto a qué había querido decir su hijo con
aquello, aunque pensó que el precoz comentario era adorable y tomó nota
mental para contárselo a Alison más tarde.
—Te lo prometo —le aseguró—. Jamás cambiaré.
Sentía como si él y Jeremy estuvieran estableciendo lazos afectivos,
acercándose más de lo que nunca lo habían hecho, lo cual era asombroso. De
pronto, su decisión de convertirse en papá amo de casa le pareció fantástica.
Como Alison había señalado, la vida era precaria, y no había ninguna
garantía. Tenía que saborear lo que fuera más importante, y nada lo era más
que pasar el tiempo con su hijo.
—¿Qué vamos a hacer ahora, papá?
Eran sólo las diez. Podían volver al piso y comer, pero luego ¿qué? Le
habría encantado volver al parque a seguir correteando por allí, pero pensó
que Jeremy no querría. Podrían ir a un parque infantil, pero la idea de pasar el
tiempo con las niñeras todo el día le pareció deprimente. Ya habían ido al
Museo de Historia Natural, y, además, era lunes, así que los museos estaban
cerrados.
—¿Qué te parece ver una película? —preguntó Simon.
—No quiero ir a ver una película.
Él tampoco quería ir al cine. Lo que quería era ver a los tipos aquellos
en el parque infantil del centro. Curiosamente, no sentía la misma ira hacia
ellos que la víspera y el día anterior. O al menos sentía la imperiosa
necesidad de verlos de nuevo, obtener algunas respuestas y dejar atrás las
demás emociones.
—Tengo una idea —dijo Simon—. Demos un paseo misterioso.
—¿Y eso qué es?
—Si te lo digo, ya no será un misterio.
El niño se puso a gritar, radiante de felicidad.
—¡Hurra! ¡Un paseo misterioso!
Simon nunca había reparado en lo infernal que era el metro de la ciudad de
Nueva York. El aire era frío, húmedo y viciado, y la mezcla de olores a orina,
moho y humanidad era manifiestamente asquerosa; ¿cómo podía soportarlo
nadie? Y el ruido era desquiciante; cada vez que un convoy se detenía entre
chirridos, pensaba que le iba a explotar el cerebro.
Fue un alivio cuando llegaron a South Ferry, y mientras subían las
escaleras que conducían a la acera, llevando el cochecito plegado en una
mano y sujetando la de Jeremy con la otra, se sintió como si hubiera estado
trabajando en una mina de carbón todo el día y aquél fuera el primer aire
fresco que respirara en horas. No es que el aire del centro de Manhattan fuera
especialmente fresco, pero, comparado con el del metro, era como estar en
los Alpes.
Puso a Jeremy en el carrito y entraron en Battery Park por State Street.
Su hijo se había dado cuenta de que iba a ver a sus amigos, y estaba
revolucionado.
—¿Ya hemos llegado? —preguntaba, impaciente, mientras Simon lo
empujaba en el cochecito.
—Casi.
—Quiero bajarme —declaró el niño, moviéndose nerviosamente.
—Tengo una idea mejor. —Simon echó a correr, empujando el
cochecito por delante de él. Torcieron para coger el paseo que seguía el río.
No se dio cuenta de lo deprisa que iba hasta que vio que estaba adelantando a
los ciclistas. Aminoró la marcha y echó un vistazo dentro del cochecito para
ver si su hijo se había asustado, pero Jeremy se lo estaba pasando en grande y
sonreía de oreja a oreja.
El parque infantil apareció un poco más adelante. Simon no vio a los
tres hombres, y se preguntó si habrían cambiado de planes por algún motivo.
Quizás alguno no habría podido acudir ese día y se reunirían más tarde o
simplemente no lo harían. Bueno, aun así Jeremy podría jugar, aunque Simon
se sintió decepcionado. Realmente se había mentalizado para obtener algunas
respuestas.
Pero, un momento, sí estaban allí. No los veía, pero oyó hablar a
Ramón, aunque tenían que estar... ¿a cuanto?, ¿a cien metros? También había
muchos otros ruidos: los gritos de los niños, las conversaciones de los
adultos, el gorjeo de los pájaros, las olas del río que chapoteaban contra los
muelles... Resultaba asombroso lo ruidosa que podía llegar a ser incluso una
parte de la ciudad sin tráfico cuando prestabas atención, y por algún motivo
reconocía hasta los sonidos más sutiles sin pretenderlo conscientemente.
Se acercaron y Simon seguía sin verlos —aunque seguía oyendo la risa
de Ramón— y entonces Jeremy, señalando delante de él, gritó:
—¡Ahí está Diego! ¡Y ahí está Nicky!
Efectivamente, los hijos de aquellos tipos estaban allí, jugando en el
cajón de arena, y delante de éste —no hacia la parte posterior del parque
infantil donde solían pasar el tiempo— estaban Michael, Charlie y Ramón.
Aunque todavía no les habían visto ni a él ni a Jeremy; o, si los habían visto,
lo disimularon con una increíble frialdad, sin interrumpir su conversación,
que versaba —sorpresa y conmoción— sobre carne. Ramón estaba contando
cómo había preparado un solomillo la otra noche, cuando había tenido una
cita para cenar en su piso. La conversación sobre la carne despertó en Simon
un ansia incontenible, aunque intentó ignorarla.
Jeremy se contoneaba presa de la emoción en el cochecito.
—Quiero bajar, quiero bajar.
Una vez dentro del parque infantil, le soltó las correas, y el niño se lanzó
como una exhalación hacia el cajón de arena y empezó a jugar con sus
amigos. Entonces Simon le echó una mirada a los tres, que repararon en él
por primera vez. Firme en sus trece, intentó no mostrar ningún temor. No
quería darles la satisfacción de que pareciera que habían tenido éxito en
humillarlo. Esperaba que se sorprendieran de verlo, o que lo ignoraran, o que
tuvieran alguna reacción enérgica del tipo que fuera. Lo último que esperaba
es que se «alegraran» de verlo.
—Eh, aquí está nuestro amigo —proclamó Ramón, sonriendo
abiertamente. Se acercó trotando y le dio un gran y caluroso abrazo.
A continuación se acercó Charlie y le dio la bienvenida .
—Tronco, ¿cómo te va? —Y también le dio un abrazo.
Por último le llegó el turno a Michael. Le miró directamente a los ojos,
sosteniéndole la mirada varios segundos, antes de hablar.
—Bienvenido de nuevo al grupo —y le abrazó con una fuerza
extraordinaria durante unos diez segundos antes de soltarlo.
Simon se preguntó si aquello formaba parte del juego. ¿Estaban
intentado actuar con normalidad, como si no hubiera ocurrido nada el viernes
por la noche, sólo para divertirse un poco más, para seguir con otra partida
del juego Humilla a Simon Burns?
—Venga, siéntate —le invitó Charlie, comportándose como el señor
Simpatía.
—Sí, quédate con nosotros —terció Ramón. Su gran cruz de oro le
colgaba sobre el pecho, por encima de la ceñida camiseta negra de manga
larga y cuello de pico.
No le cupo ninguna duda de que aquellos individuos estaban gravemente
trastornados, tal vez incluso locos, pero no les iba a dar la satisfacción de
marcharse. Eso era exactamente lo que querían —que saliera corriendo—, así
que ¿por qué darles lo que querían? De manera que hizo lo contrario de lo
que de verdad esperaban y se unió a ellos en el banco. Sí, ésa era la manera
de mantener el control.
—Bueno, amigo, ¿cómo te ha ido el fin de semana? —preguntó Charlie.
Simon lo miró, buscando algún atisbo de sarcasmo, pero el bombero no
estaba de broma. De acuerdo, si era así como querían jugar, así sería como
jugarían.
—Muy bien —respondió—. ¿Y a vosotros?
—Uy, nada mal —dijo Charlie—. Mi ex se quedó con Nicky, así que
estuve solo. Vi una película con mi novia el sábado por la noche. Y ayer
también nos quedamos todo el día en casa.
—Haciendo el amor, ¿no? —preguntó Ramón con una sonrisa,
provocando a su amigo.
—Sí, también hubo un poco de eso —contestó Charlie—. Ya sabes
cómo es.
Ambos se rieron y se palmearon mutuamente las manos.
—¿Y tú qué tal, Michael? —preguntó Simon mirándolo directamente,
queriendo que viera lo poco asustado que estaba.
—Yo también follé mucho.
—Sí, Michael tiene una nueva dama, aunque todavía no nos la ha
enseñado. Ni siquiera nos ha dicho su nombre.
—A lo mejor es la escogida —soltó Charlie.
—Sí, cuidado, pronto dejará de salir con nosotros —dijo el latino—.
Nos dirá algo así como: «Muchachos, estoy demasiado ocupado para
vosotros, divertíos solos».
Ramón y Charlie se echaron a reír, aunque Michael conservó la
seriedad.
—Sabéis que nunca os abandonaré —dijo—. Seguiremos juntos
eternamente.
—Bah, tío, sabes que sólo te estoy tomando el pelo —respondió Ramón,
echándole un brazo por el hombro.
—¿Y tú qué tal? —le preguntó Charlie a Simon.
—¿Yo qué tal qué?
—¿Que si hiciste algo emocionante este fin de semana?
Simon pensó: ¿Lo dice en serio?
—No, la verdad es que no. Pasé mucho tiempo con mi familia.
—Eso es fantástico —comentó Ramón.
—Sí —reconoció—, fue fantástico. Ayer fuimos al museo, al parque y
dimos un paseo. El sábado también estuve con ellos, quiero decir después de
volver de Nueva Jersey.
Pensó que aquello sin duda provocaría una reacción; al menos un
parpadeo en alguno. Pero todos siguieron comportándose con absoluta
normalidad.
Se produjo un largo silencio que rompió finalmente Ramón.
—Y bien, ¿qué estuviste haciendo en Jersey?
¿Era posible que realmente no lo supiera?
—No gran cosa —respondió—. Estuve un rato... en casa de un amigo.
—¡Estupendo! —exclamó Ramón. Y entonces gritó hacia el cajón de la
arena—: ¡Eh, Diego!, tienes que compartir la pala. Ahora le toca a él. Es lo
justo. —Volvió la mirada a Simon—. En casa de un amigo, ¿eh? Vaya, yo
salí algún tiempo con una mujer de Princeton. Era increíblemente hermosa.
Tenía el pelo largo, como Cleopatra.
El actor siguió hablando, elogiando a su antigua amante, y entonces
Charlie cambió de tema y comentó algo acerca de lo bien que se lo pasaban
los niños jugando juntos, y Michael metió baza, comentando que era como si
«fueran hermanos».
Entonces Simon interrumpió lo que estaba diciendo Ramón.
—¿Os puedo hacer una pregunta?
Los tres le miraron, esperando que continuara.
—¿No os sorprende verme hoy aquí? —dijo finalmente
—¿Y por qué habría de sorprendernos? —dijo Charlie—. Es lunes, y
dijiste que vendrías el lunes.
—¿Cuándo dije eso?
—Cuando te fuiste de la fábrica de cerveza el viernes por la noche.
Ramón y Charlie parecían desconcertados. Michael estaba mirando
hacia otra parte, sonriendo por algo que estaba haciendo su hijo.
—¿Qué ocurre, amigo? —preguntó Ramón—. ¿Qué sucede?
—De acuerdo, mirad —dijo Simon—. Ya basta, sé lo que ocurrió,
¿vale?
Michael le estaba mirando ahora, aunque era difícil saber qué estaba
pensando. ¿Estaba sorprendido? ¿Enfadado? ¿Intrigado? ¿Todo lo anterior?
Simon nunca había conocido a nadie como aquel tío.
—¿Lo que ocurrió con qué? —preguntó Charlie.
O eran los mejores actores del mundo o eran unos completos psicópatas
mentirosos. No había término medio.
—La otra noche —dijo Simon—. Había algo en la cerveza. O quizá
fuera en la chuleta, no lo sé, pero me hicisteis algo. Me drogasteis y me
arrojasteis a un bosque de Nueva Jersey, y sólo quiero saber por qué lo
hicisteis. No sé, ¿os pareció muy gracioso, tíos? ¿Es eso lo que hacéis para
correros? ¿Conocer a un tío en el parque infantil, invitarle a salir y luego
intentar humillarle?
Estaba tan afectado mientras hablaba que no fue consciente de las
reacciones de los tres individuos. Entonces se dio cuenta de que no parecían
haber reaccionado en absoluto; los tres le miraban fijamente, sin ninguna
expresión en el rostro. Incluso Michael parecía convincentemente perplejo.
—El que está bromeando eres tú, ¿no? —preguntó Charlie.
Frustrado, Simon insistió.
—Mirad, sólo quiero saber qué es lo que me hicisteis, porque creo que la
droga me está produciendo unos extraños efectos secundarios.
—Eso es una locura, amigo —replicó Ramón, sacudiendo la cabeza.
—¡Ya sé que es una locura! —No había tenido intención de levantar la
voz. Unas cuantas madres y niñeras que estaban cerca miraron en su
dirección.
—¿De verdad piensas que te drogamos? —Charlie parecía sinceramente
dolido.
—No he dicho que fueras tú —Miró con hostilidad a Michael—. Fue él
quien sirvió las bandejas.
—Yo no te drogué —negó Michael—. Te di a probar la cerveza
familiar.
—Oh, deja de tomarme el pelo, ¿vale? —replicó Simon—. No era sólo
cerveza. He bebido cerveza antes, bebo cerveza permanentemente y no pierdo
el conocimiento y me despierto en el maldito Nueva Jersey. Pusiste algo en la
cerveza. ¿Qué hiciste, me colaste un Rohypnol?
Las mujeres volvieron a mirar.
—Te lo digo en serio, amigo —dijo Charlie—. Vas a tener que bajar la
voz.
—¿Por qué piensas que nosotros te llevamos a Nueva Jersey? —
preguntó Ramón.
—¿Cómo si no llegué allí?
—Espera, nada de esto tiene sentido —terció Charlie—. Dices que
nosotros te drogamos, pero ¿cuándo? Bebiste un poco, eso fue todo.
—Te avisé de la cerveza —le recordó Ramón—, pero parecías
soportarla bien. Me dejaste impresionado.
—¿Cómo que parecía soportarla bien? —dijo Simon—. Me desmayé en
la fábrica de cerveza.
Los tres intercambiaron miradas de perplejidad.
—Lo último que recuerdo —continuó— es que estaba sentado en el
sofá, de manera que me ocurrió «algo».
—Te pusiste un poco bolinga —dijo Ramón—, pero no borracho,
borracho. Te comportabas de manera bastante normal, ésa es la verdad.
—¿No te acuerdas de haber jugado al billar? —preguntó Charlie.
—¿Al billar? —Simon no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
—Sí, jugamos algunas partidas al billar. En la última me diste una
paliza. Todavía no sé cómo hiciste aquel tiro combinado. Fue una locura.
Nadie pestañeó.
—¿Qué ocurrió después del billar? —inquirió Simon, preguntándose:
¿Es posible que estén diciendo la verdad?
—Subimos a la azotea —intervino Charlie— a tomar un poco de aire
fresco. ¿De verdad no recuerdas nada de esto?
—¿Bebí algo más?
Ramón negó con la cabeza.
—No, ninguno lo hicimos. Sólo nos relajamos tomando un poco el aire,
hablando de nuestros hijos y..., ah, sí, nos contaste lo de que te habían
despedido del trabajo.
Simon tuvo una sensación de vacío y desazón en las tripas, como si un
médico le acabara de diagnosticar una enfermedad terminal. Intentó no
mostrar ninguna reacción.
—¿Y qué es lo que dije? —preguntó
—Nada, que tu jefe te había cogido totalmente desprevenido, que fue
una injusticia, que no te había contestado algunos correos electrónicos y que
te habías cabreado con él... ¿Te encuentras bien?
Simon se quedó alelado, no se podía concentrar. Se dio cuenta entonces
de que estaba chupando algo: una paja. Charlie le había dado uno de los
cartones de zumo de su hijo.
—Bebe —le dijo.
Sorbió un poco de zumo de manzana y se sintió mejor. Bueno, al menos
ya no tenía la sensación de que iba a perder el conocimiento.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Charlie.
—Sí —respondió—. Muy bien. —Era imposible que pudiera decir una
mentira mayor.
—Lo que te ocurrió es completamente normal —explicó Michael—.
Algunas personas tienen reacciones muy fuertes. Es imposible predecirlo.
—Sí, ya te dijimos que la cerveza era fuerte —corroboró Ramón—, pero
a pesar de todo quisiste probarla. Pusiste cara como de decir: «Una cerveza
fuerte, ¿y qué? La puedo soportar, no hay problema».
Todo eso era verdad, se percató Simon; no le habían obligado a beber la
cerveza. Él había tomado aquella decisión.
—¿En serio que te despertaste en Nueva Jersey? —preguntó Charlie.
Simon sorbió lo que quedaba de zumo y se levantó.
—Creo que debería irme ya.
—Pero si acabas de llegar —objetó Ramón.
—Lo siento —insistió—. Tengo que irme.
Se dirigió hasta el cajón de la arena y cogió de la mano a Jeremy.
—Venga, nos vamos a casa.
Sabedor de que la clave para evitar un berrinche en toda regla era actuar
con rapidez, no soltó a su hijo, levantó el cochecito con la otra mano y se
alejó rápidamente del parque infantil sin mirar en dirección a aquellos
sujetos, aunque podía sentir que lo observaban y hablaban de él. No lograba
entender lo que estaban diciendo —hablaban en susurros—, poco sí oyó su
nombre en la conversación.
Ya fuera del parque infantil, sentó a su hijo en el cochecito y lo ató con
las correas ignorando sus protestas. Se alejó en dirección a la parte alta de la
ciudad. Se sentía furioso, humillado, asustado, y quería alejarse lo más
deprisa posible. ¿En qué había estado pensando para bajar hasta allí? Había
querido obtener respuestas, pero sólo había conseguido más preguntas. La
mañana había comenzado siendo tan perfecta... y ahora todo volvía a ser una
porquería.
Jeremy estaba gritando.
—¡No me quiero ir! ¡No me quiero ir!
No sólo ir allí había sido un error, sino una injusticia para Jeremy:
dejarle que jugara con sus amiguitos unos minutos y luego llevárselo a
rastras.
—Todo va a ir bien —le dijo—. Te lo prometo.
Pero el niño continuó retorciéndose y aullando. Para distraerlo, echó a
correr, empujando el cochecito delante de él. Al igual que antes, iba muy
deprisa, y al cabo de unos minutos Jeremy se tranquilizó, disfrutando del
paseo. Hizo el camino hasta la parte alta, unos ocho kilómetros, en una media
hora. Eso significaba que había estado corriendo... ¿a cuanto?, ¿casi a un
kilómetro cada cuatro minutos?, empujando a un niño en un cochecito. Le
pareció que jamás había hecho un kilómetro en menos de seis minutos o más
y, además, por sorprendente que pudiera parecer, apenas había perdido el
aliento. Seguía sin tener ni idea de dónde sacaba toda aquella energía y
resistencia, pero en ese momento tenía otras cosas en la cabeza.
Jeremy le dijo que tenía hambre, lo cual era lógico: era más de la una y
se había olvidado de darle de comer. Fueron a un restaurante chino de
Broadway, donde el niño comió un pollo moo shu, y él un entrecot a la
pimienta y doble ración de costillas de cerdo con salsa barbacoa. Satisfecho
su apetito, Jeremy se puso de pronto de un humor excelente, se mostró
parlanchín y risueño y parecía haber olvidado que había sido apartado de sus
amigos. ¡Ay, quién tuviera tres años, cuando los problemas son tan efímeros!
Después de comer regresaron a casa. Jeremy se había quedado dormido
en el cochecito, así que lo trasladó cuidadosamente a su cama para que
continuara con la siesta. Por su parte, inquieto como estaba, hizo cien
flexiones de brazos sin ninguna dificultad, aunque no le ayudaron a relajarse.
Mientras hacía unos abdominales, repetía incesantemente en la cabeza
fragmentos de la conversación mantenida con aquellos tres tipos. Quería
obligarse a creer que estaban mintiendo, que todos estaban en connivencia
para gastarle una elaborada broma de mal gusto, aunque no consiguió
encontrar ningún argumento de peso. Todos parecían demasiado
convincentes, y era imposible que hubieran podido inventar la parte en la que
había puesto verde a Tom. Lo más probable es que la noche hubiera
discurrido exactamente como afirmaban que lo había hecho; Simon había
sufrido una fuerte reacción a la cerveza, y, aunque no lo recordaba, a
continuación había ido a Nueva Jersey por sus propios medios. Pero ¿por qué
había ido allí? ¿Para hablar con Tom? ¿Para enfrentarse a él? ¿Era posible
que incluso hubiera hablado con él antes de que lo mataran? Y, en cualquier
caso, ¿cómo había conseguido llegar a Nueva Jersey? Recordó que le habían
desaparecido unos sesenta dólares de la cartera; esa cantidad no era suficiente
para pagar un trayecto en taxi de más de una hora desde la ciudad. ¿Era
posible que hubiera utilizado el dinero para pagar el taxi o al menos parte de
la carrera? Tal vez no hubiera tenido dinero suficiente para pagarla, y al darse
cuenta el taxista lo hubiera dejado al borde de la carretera cerca del bosque.
Vale, eso era posible, aunque no veía ninguna razón para que se hubiera
adentrado corriendo en el bosque y despojado de toda su ropa. Esa parte
carecía completamente de sentido, y era tan aterradora y humillante que ni
siquiera quiso seguir pensando en ello.
Cuando Jeremy se despertó de la siesta, Simon, agitado e inquieto como
estaba, le sugirió volver a salir para volar una cometa o jugar más al fútbol,
pero el niño le dijo que estaba cansado, así que lo colocó delante del televisor
durante el resto de la tarde hasta que Alison regresó a casa después del
trabajo. Ella no había visto a su hijo en todo el día y Simon quiso dejarles que
pasaran algún tiempo solos en mutua compañía, así que anunció que iba a
salir a correr. Dio cinco vueltas al estanque. No supo lo rápido que había ido,
aunque prácticamente esprintó todo el rato y ningún otro corredor le
sobrepasó. Le apetecía dar unas cuantas vueltas más, pero se había hecho de
noche y tenía que volver para cenar.
Antes de meterse en la ducha alcanzó a verse en el espejo. ¿Por qué
tenía un aspecto tan desastrado? Se había afeitado esa mañana, y por lo
general podían pasar dos o tres días sin que creciera algo parecido a una
barba. Al afeitarse, reparó en el tono muscular de sus brazos y hombros. ¿Era
nueva aquella tonificación o se debía sólo a que se estaba mirando con más
detenimiento, como cuando miras fijamente un cuadro y adviertes los
detalles? Daba igual. Le parecía fantástico y se sentía de maravilla, y eso era
lo único que importaba.
Cuando terminó de afeitarse, sacó bola durante un rato, admirando su
físico, y luego se pesó: ochenta y dos kilos. La última vez que se había
pesado —¿cuándo?, ¿la semana pasada?—, no llegaba a los setenta y nueve.
Volvió a comprobarlo, a ver si se trataba de un error, pero volvió a salir
ochenta y dos. Qué raro, no le parecía que hubiera engordado; antes bien, se
veía más esbelto y en mejor forma. Los músculos pesaban más que la grasa,
pero ¿cómo era posible que hubiera ganado casi tres kilos y medio de
músculos en una semana? Si comer carne y salchichas podía aumentar la
musculatura tan rápidamente, ¿por qué los atletas perdían el tiempo con los
esteroides?
Después de ducharse y de vestirse con un pantalón de chándal y una
camiseta, se dirigió al comedor, donde Alison estaba poniendo la mesa para
cenar.
—¿Le pasa algo a la báscula? —preguntó.
—No —respondió ella—. ¿Por qué?
—Por nada, es que he engordado. —Supuso que le había quitado
importancia al asunto, aunque ¿había algo realmente que trivializar? De todas
maneras, ¿qué importaban tres kilos y medio? Ni que no hubiera engordado
ya antes de repente. ¡Vaya!, poniéndole tantísima salsa de soja a su sashimi
llegaría a los cuatro kilos.
Alison le sonrió seductoramente.
—A mí me parece que estás fantástico.
Si Jeremy no hubiera estado despierto, jugando con su Leapster en el
salón, le habría hecho el amor allí mismo. Se imaginó bajándole las bragas,
arrojando los platos de encima de la mesa y dejando que se hicieran añicos
contra el suelo, y luego tumbándose encima de ella sobre la mesa,
agarrándole el culo con fuerza mientras....
—¡Dios mío! —exclamó Alison.
Estaba mirando fijamente hacia abajo y se cubría la boca con las manos,
fingiendo asombro al advertir la tienda de campaña que se había formado en
los pantalones de chándal de Simon.
Él también se sorprendió. Sabía que estaba excitado, pero no tan
excitado. Debía de haberse empalmado casi instantáneamente. ¿Cuándo había
sido la última vez que le había pasado algo parecido? ¿A los dieciséis años?
—Supongo que debería de anular el pedido de Viagra —bromeó Alison.
Se aseguró de que Jeremy no fuera a entrar, se acercó a su marido y se
restregó contra él.
—Ojalá pudiera solucionarte eso —le susurró provocativamente.
—Oh, por Dios, tienes un olor tan asombroso ahora mismo. —Simon
aspiró profundamente.
—Bueno, esta noche me siento mejor —dijo Alison—. Creo que estoy
preparada para otra cita.
—Tienes la regla —le contestó él, y la besó con suavidad, disfrutando
de su olor un rato más, tras lo cual ella se metió en la cocina para terminar de
preparar la cena.
Alison había preparado una ensalada de pollo con guarnición de
zanahorias y brécol cocidos. Simon se moría por comerse el último solomillo
que quedaba en el frigorífico, aunque se resistió, queriendo hacer lo correcto
para su colesterol. Sin embargo, seguía teniendo un hambre canina, y comió
mucho más deprisa de lo que era su costumbre sin apenas masticar la comida.
—Jo, qué deprisa come papá —comentó Jeremy, impresionado.
—Pues no le imites —intervino Alison—. La verdad es que deberías ir
más despacio, cariño; sino vas a tener un cólico.
Simon asintió con la cabeza. Los siguientes bocados los masticó
lentamente, pero no pudo contenerse y empezó a engullir la comida de nuevo.
Alison se pasó la mayor parte de la noche jugando con Jeremy. Simon
estaba increíblemente caliente y no veía la hora de que su hijo se fuera a
dormir para poder hacer el amor con su esposa. Igual que un colegial recluido
que no pudiera esperar a que sonara la campana para salir de estampida del
colegio, no paraba de comprobar la hora. La miró a las siete, y cuando volvió
a mirarla a las siete y cinco le pareció increíble que sólo hubiera pasado cinco
minutos, porque tenían que ser las ocho, o las ocho menos cuarto como muy
pronto. Pero el que espera desespera, y un hombre caliente jamás consigue
echar un polvo. Cada vez que pensaba en el sexo o imaginaba a Alison
desnuda, se empalmaba, así que tenía que caminar de un lado para otro por el
piso y de vez en cuando hacía unas flexiones de brazos, abdominales y saltos.
Aunque casi no podía pensar en otra cosa que no fuera el sexo, era una buena
distracción; al menos no estaba pensando en aquel otro asunto.
Por fin llegó la hora de acostar a Jeremy. De acuerdo con la rutina
nocturna, Simon fue a leerle un cuento para que se durmiera. Queriendo que
se quedara dormido lo más deprisa posible, le estaba leyendo Donde habitan
los monstruos tan deprisa que apenas resultaba comprensible.
—Papi, lo haces todo demasiado deprisa —observó Jeremy con una
sonrisa.
Casi como si intentara prolongar inconscientemente la frustración sexual
de su padre, esa noche no hubo manera de que Jeremy se quedara dormido.
No paró de llamar a Alison y Simon, de pedir agua, de decir que tenía que
hacer pis, de afirmar que había monstruos en su habitación..., lo que fuera,
con tal de seguir despierto. Por fin, poco antes de las diez se quedó dormido.
Alison estaba en el baño, inclinada sobre el lavabo, lavándose la cara, pero
Simon no pudo esperar. La agarró por atrás y empezó a besarla y a morderla,
a chuparle el cuello, embelesado por su olor y su sabor. Le pasó las manos
por el pelo y la besó. Ella todavía tenía la cara mojada y enjabonada y el agua
seguía corriendo, pero ¿a quién le importaba?
—No he terminado de lavarme.
Simon ignoró el comentario y la llevó en brazos hasta la cama. En pocos
segundos Alison se quedó sin ropa y se metieron en faena. La besó, la olió, la
mordió; el desenfreno y la intensidad alcanzaban a muchos aspectos. Entre
gemidos, ella expresó su preocupación por el ruido, así que Simon encajó el
iPod de ella en su soporte y siguió haciéndole el amor mientras Nickelback
ahogaba sus ruidos sexuales.
Como una media hora más tarde, se tumbó en la cama con el cuerpo
tibio de Alison acurrucado contra el suyo. Simon respiró hondo. Por Dios,
aquello era alucinante; ¿cómo es que nunca había apreciado el olor de su
esposa? Llevaba años con aquella asombrosa diosa del sexo metida en la
cama y no le había dado importancia. Tras unos minutos de charla y
arrumacos, se volvió a poner encima de ella.
—Pero mañana tengo que trabajar —protestó ella.
—¿Qué es más importante: el trabajo o el sexo?
Alison le agarró por los hombros y lo atrajo.
Más tarde, alrededor de las tres de la madrugada, después de haber
hecho el amor por cuarta vez, Alison estaba desfallecida, aunque él no estaba
cansado en absoluto; en el peor de los casos, estaba más cachondo. En ese
momento casi le pareció ridículo que durante el fin de semana hubiera
pensado que le pasaba algo. Hacía años que no se sentía mejor; tenía una
energía sin límites y un impulso sexual arrasador.
Entonces, mientras permanecía tumbado de espaldas al lado de su
sugerente, asombrosa e irresistible esposa, se preguntó: Bueno, ¿y cuál es
exactamente el problema?
13
Alison no tenía idea de qué estaba pasando con su marido últimamente,
aunque el cambio le estaba gustando... y mucho. Antes de eso —¿cuándo
había sido?, ¿el sábado?, ¿sólo hacía tres días?— le había parecido que
viviría un matrimonio conflictivo y distanciado eternamente, pero ahora era
como si de repente tuviera un flamante esposo.
Llevaba años quejándose de la falta de intimidad en su matrimonio, ¿y
de pronto su marido estaba pendiente de ella a todas horas? Pues claro que se
sentía escéptica. ¿Era realmente Simon? ¿Su Simon? ¿Ese tipo que a veces
había estado días sin tocarla era el mismo que de repente parecía incapaz de
saciarse de ella?
Al principio supuso que todo se debía a que él se sentía culpable por
haber pasado aquella noche fuera. Quizás en vez de aparecer con flores o una
joya, su manera de disculparse consistía en transformarse en un donjuán. Pero
aquella clase de pasión era difícil de fingir. No parecía que sólo pretendiera
compensar una mala acción; por primera vez en meses Alison sentía que
Simon estaba haciendo un esfuerzo sincero por salvar su matrimonio.
Y los cambios no se quedaban sólo en el sexo. La manera de mirarla y
tratarla era completamente diferente, y sentía que la deseaba como nunca
antes la había deseado. Cuando la miraba en la cocina o sentado enfrente de
ella a la mesa del comedor, percibía la lujuria en sus ojos. A veces era casi
excesiva, como si fuera un personaje de una novela romántica subida de tono,
aunque comparado con la manera en que habían ido las cosas en los últimos
tiempos, cualquier cambio era bien recibido.
¿Aquellos cambios repentinos tenían algo que ver con la cantidad de
proteínas que estaba ingiriendo? Le resultaba raro verle comiendo tanta
carne. Tal vez había tenido razón ella y el problema no estaba sólo en la
relación entre ambos; quizás hubiera también algún componente químico. Tal
vez no fuera la testosterona; a lo mejor Simon había tenido alguna deficiencia
de aminoácidos que le fastidiaba el impulso sexual. Pero parecía extraño que
unos solomillos y unas cuantas hamburguesas hubieran tenido un efecto tan
drástico, y además, ¿cómo es que un chute de proteínas le había cambiado la
personalidad, haciendo que se interesara más por ella? Ahora le hacía
cumplidos como quince veces al día, diciéndole lo hermosa que era o lo
fantásticamente bien que olía. De un tiempo a esa parte se mostraba
obsesionado con los olores: en el parque, en el restaurante indio, en el
dormitorio..., sobre todo en el dormitorio. En la cama no paraba de
olisquearla por todas partes, ¿y cuántas veces le había preguntado por su
perfume? Había utilizado Juicy Couture durante los últimos años y jamás
había suscitado el menor comentario. Pero ahora Simon parecía muy
obsesionado con su olor y, cuando la olía, a ella le encantaba ver la ligera
dilatación de sus orificios nasales, como si saboreara el olor, como si
estuviera catando un vino o algo parecido.
Pero, dejando a un lado tantas cosas raras, lo cierto es que estaba
disfrutando del nuevo Simon. Después de todo, un marido que siempre estaba
dispuesto a follar y que parecía no cansarse de ella, ¿qué tenía de
desagradable? Entre polvo y polvo, se acurrucaba con ella y le «hablaba» de
verdad. ¿Era ése el mismo tipo que solía darse la vuelta, se apartaba y se
quedaba dormido después de hacerlo? En cuestión de pocos días, Alison no
sólo había recuperado a su amante, sino también a su amigo.
Estaba disfrutando tanto del inopinado cambio que no quería analizar en
exceso lo que estaba sucediendo. Confiaba en que no fuera sólo una etapa, en
que pudieran mejorar su relación y dejaran atrás para siempre el difícil
período por el que había atravesado su matrimonio.
El lunes por la noche, se estaba lavando la cara, preparándose para
acostarse, cuando Simon empezó a besarla en la nuca de la manera que
acostumbraba hacer últimamente —utilizando la lengua y los dientes—, y
entonces hasta la llevó en brazos a la cama. A Alison le encantaba la forma
que tenía Simon de asumir el mando durante el sexo; era tan diferente a como
solía ser. En el pasado practicaban las posiciones habituales y siempre había
prisa por terminar, pero ahora parecía disfrutar de verdad de hacerle el amor,
de mirarla a los ojos, de comportarse como si realmente la quisiera.
El comportamiento de Simon en la cama también había cambiado; de
pronto empezó a hacer cosas que antes parecían no gustarle, como el sexo
oral. Antaño lo había practicado, bien que a regañadientes, aunque en los
últimos años había dejado de hacerlo por completo. Cuando Alison había
sacado el tema durante una sesión con el psicólogo, Simon se había sentido
muy incómodo y había cambiado de tema. También había algo diferente en
su lengua; era más firme, o parecía más grande, y tocaba en los lugares
adecuados.
Tampoco ella se cansaba de su seductor marido. Le encantaba el tono
muscular de su espalda y sus hombros; ¿estaba mejorando su forma física o
es que hacía tiempo que no le prestaba atención? Y no sabía la razón, pero
hasta el pelo de su pecho también le parecía más sensual.
Por la mañana, le estaba pasando los dedos por el pelo sudoroso de su
pecho mientras le decía:
—Estás tan bueno.
—No pares —replicó él—. Es muy agradable.
Seguía acariciándole el pecho con las yemas de los dedos, disfrutando
del mero hecho de estar con su marido en la cama, cuando de pronto Simon
se incorporó.
—¿Qué sucede? —preguntó Alison.
—Jeremy se ha levantado.
—¿De verdad? —Ella aguzó el oído—. No le oigo.
—¡Papá!
La expresión de Simon decía: «Te lo dije».
—Y no te lo pierdas —comentó Alison—, ahora te llama a ti por las
mañanas.
—No te vayas a ofender.
—En absoluto. La verdad es que me parece maravilloso.
Él se dirigió al cuarto del niño, y Alison se estiró en la cama, pensando
que aquello era maravilloso. Ahora que sentía que su marido estaba haciendo
un esfuerzo extra para salvar el matrimonio, su resentimiento por no estar en
casa con Jeremy durante el día se iba desvaneciendo. Su hijo también parecía
más feliz los últimos días y era evidente que estaba empezando a sentirse
unido a Simon, con la misma clase de intimidad que había tenido con
Margaret. Había algo especial en que un padre y un hijo pasaran tanto tiempo
juntos; después de todo, tal vez la decisión de que Simon fuera papá y amo de
casa estuviera dando resultado. Con los sacrificios que estaban haciendo,
estaban saliendo adelante económicamente, y por primera vez en años eran
todos felices.
Se volvió a adormilar. Se despertó cuando Simon la besó.
—Mmmm —dijo Alison—. Eso estuvo bien.
—Son más de las ocho.
—Gracias, tengo que levantarme. —Volvió a besarlo—. Pero no me
apetece. Me quiero quedar en la cama contigo todo el día.
—A mí también me encantaría —respondió él—. Te he hecho café.
Alison le vio sostener una taza.
—Caray, qué amable por tu parte. —Cogió la taza y le dio un sorbo—.
Me parece increíble que no estés agotado. Anoche lo hicimos... ¿cuántas
veces?, ¿tres?
—Cuatro —le corrigió—. Pero ¿quién cuenta esas cosas?
—Debí de quedarme dormida durante la cuarta.
—Lo hiciste, pero aun así estuviste increíble.
Volvieron a besarse. Alison tuvo que recordarse que aquél era el mismo
hombre del que se había quejado que «no la besaba lo suficiente» durante una
sesión reciente de la terapia de pareja.
—Ojalá pudiera quedarme contigo en la cama todo el día —dijo ella.
—¿Y por qué no podemos?
No estaba segura de si se lo estaba diciendo en broma.
—Bueno, creo que sería difícil explicárselo a Jeremy. Además, hoy
tengo muchísimo trabajo que hacer.
—En ese caso —dijo Simon—, continuará.
La besó de nuevo, esta vez fue un beso más largo, recorriéndole el pelo
con las manos. A Alison le pasaron por la cabeza fugaces destellos de lo que
habían hecho durante la noche; si no hubiera tenido tanto trabajo que hacer,
habría considerado seriamente lo de quedarse ese día en casa y aceptar la
oferta de su marido.
Tendría que haber estado agotada, pero después de la ducha se sintió
llena de energía. Quizá los problemas conyugales la habían estado
desgastando más de lo que había creído. Ahora que tenía una nueva
perspectiva y todo aquel sexo fantástico, unas pocas horas de sueño eran más
que suficiente para que arrancara.
Simon estaba en la cocina. Había descargado el lavavajillas y guardado
todos los platos y en ese momento estaba —pasmo y sorpresa— restregando
los fogones de la cocina. Oficialmente, se había convertido en el marido más
perfecto del mundo.
—Ven aquí —le dijo él cuando la vio observándole.
Se acercó, y Simon la beso con fuerza, apasionadamente, mientras le
rodeaba la cintura con los brazos y la atraía hacia él.
En el autobús que cruzaba la ciudad, Alison intentó leer el Times en su
iPad, pero los fugaces recuerdos de la noche no pararon de entrometerse en
su concentración. Esa mañana tenía una reunión con otras dos representantes
de ventas de Manhattan en el Starbucks de la Ochenta y cinco con la
Segunda. Chandra, una joven rubia, advirtió un cambio en Alison.
—¿Has adelgazado? —preguntó.
—No —contestó—. Creo que no.
—Bueno, pues tienes un aspecto asombroso —le piropeó.
—Es verdad —terció Rachel, la otra representante—. Estás
absolutamente deslumbrante.
Al acabar la reunión, le envió un mensaje de texto a Simon.
¡Anoche estuviste increíble!
No era un texto obligatorio en cumplimiento de la sugerencia de su terapeuta
matrimonial; se lo escribió porque había querido hacerlo.
Al cabo de más o menos un minuto recibió el siguiente:
Estoy impaciente por volver a hacerte el amor
¿De verdad estaba sucediendo aquello? ¿En serio que estaba intercambiando
mensajes eróticos, íntimos y sinceros con su marido?
Como disponía de un momento de descanso, en el piso de arriba del
mismo Starbucks se sentó en una mesa en el rincón donde no había nadie
cerca, y llamó a su hermana a San Francisco a través de Skype.
—Cuánto tiempo —dijo Lauren.
Alison cayó en la cuenta de que llevaba varios días sin ponerse en
contacto con su hermana y que no le había devuelto un par de mensajes
telefónicos y uno de texto recibidos durante el fin de semana.
—Lo siento —se disculpó—. Han ocurrido muchas cosas últimamente.
Pasó entonces a relatarle el repentino cambio de personalidad de Simon
y todo lo relacionado con las relaciones sexuales que estaban teniendo.
—Es casi como si supiera que tenía que hacer algo drástico para salvar
nuestro matrimonio —dijo Alison—, y por primera vez tengo la sensación de
que realmente le importa, de que quiere arreglar las cosas.
Lauren la estaba mirando fijamente con el rostro inexpresivo.
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad?
Alison levantó las manos delante de la cámara.
—¿Ves? No tengo ningún dedo cruzado.
—Bueno, déjame ver si lo entiendo bien —dijo Lauren—. ¿El tipo de
quien te quejabas que no tenía ninguna pasión, que ya no te tocaba ni parecía
quererte, ahora «se pasa» porque bebe los vientos por ti?
—No me estoy quejando —replicó Alison—, pero sí, es como si de
repente fuera una persona completamente diferente. Literalmente, no me lo
quito de encima.
Algo había captado la atención de Lauren.
—Un segundo —dijo, y se levantó. Al cabo de un minuto más o menos
regresó sosteniendo a Isabella, su hija de tres meses.
—Oh, Dios mío, está preciosa —dijo Alison—. Qué lástima que no
pueda cogerla.
Cuando Isabella nació, a Alison le había hecho ilusión, por supuesto,
aunque no podía evitar ocasionales arrebatos de celos y lástima. Lauren tenía
dos hijos preciosos, pero por lo que hacía a Alison, con uno se había acabado.
Por motivos económicos, y dado que las cosas habían sido tan difíciles en su
matrimonio, tener un segundo hijo era impensable. Durante mucho tiempo,
había sido motivo de disgusto para ella que Jeremy jamás fuera a tener un
hermano y que ella no tuviera la oportunidad de tener una hija. Pero ahora
que las cosas habían mejorado tantísimo con Simon, de repente se abría una
nueva perspectiva en su vida. La lástima había desaparecido, y en el esquema
general de las cosas, ¿tener otro hijo era realmente lo peor del mundo?
Hablaron de la pequeña un rato, y luego Lauren volvió sobre el tema.
—Así que ¿realmente crees que ha cambiado?
—Bueno, veremos si sigue así —dijo Alison—. Aunque para ser
sincera, no sé cómo va a poder. —Miró a su alrededor para asegurarse de que
nadie podía oírla, se acercó al micrófono y dijo bajando la voz—: En fin, es
una locura la energía que tiene, y no sé cómo voy a poder seguir así ni... Si
hoy casi no puedo ni andar.
De pronto Lauren la estaba mirando con aire grave.
—¿Y dices que esto ocurrió después de pasar fuera una noche entera?
—Sí. —Alison conocía tan bien a su hermana que se dio cuenta de que
su cerebro maquinaba algo—. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
—No digo esto para asustarte —dijo Lauren—, pero me parece que
tienes un problema grave.
—¿Un problema? ¿A qué te...?
—No sé cómo decirte esto —prosiguió su hermana—. En fin, estoy a
casi cinco mil kilómetros de distancia y sólo escucho lo que estás
contándome y no tengo nada más en que basarme. Vaya, quizá la situación
sea más compleja de lo que parece, y no quiero decir nada que te asuste si no
hay motivo para ello.
—¿Me lo puedes decir ya? —preguntó Alison.
Lauren esperó varios segundos, la mirada penetrante buscando un efecto
melodramático.
—Me parece que te está engañando —anunció por fin.
Alison se echó a reír.
—¿Simon? Por favor.
Lauren siguió con su mirada penetrante.
—Te lo aseguro —insistió Alison—, eso es ridículo. Para empezar, no
es esa clase de tío, jamás haría eso. Y además miente de pena, nunca podría
tener una aventura.
—Eso es lo que decía yo de Alex.
Alex era el primer marido de su hermana. Llevaban casados cuatro años
cuando descubrió que él seguía viéndose en secreto con su antigua novia. Y
era verdad: Lauren siempre había dicho que Alex jamás la engañaría, incluso
cuando los indicios habían sido meridianamente claros para Alison.
—Simon no es como Alex.
—Acuérdate, Alex también empezó a interesarse repentinamente por el
sexo —insistió Lauren—. Yo me decía: ¿a qué viene todo esto? Y algunas
noches no venía a casa, o llegaba a las tres de la mañana, siempre con alguna
excusa, que yo me creía como una idiota. No estoy diciendo que seas idiota,
pero ya sabes lo que dicen: la mujer es siempre la última en saberlo.
—Pensaba que la mujer siempre lo sabe.
—Eso también.
Alison pensó en ello unos segundos, pero no le encontró ninguna lógica.
Ella y Simon habían tenido sus problemas, pero él no era un adúltero.
Cambió de tema volviendo a Isabella y, como si se hubieran puesto de
acuerdo, el bebé le vomitó encima a su madre. Lauren tenía que irse a limpiar
aquella porquería, así que se despidió.
Alison tuvo un día de reuniones encadenadas, y en algún momento la
falta de sueño de la última noche le pasó factura. Cuando llegó a casa a la
hora habitual, cerca de las seis, estaba hecha polvo, aunque Simon estaba
como el conejito de Energizer. Ya había bañado a Jeremy, lo tenía listo para
acostarse y había hecho la cena: solomillo y patatas para él, aunque había
tenido la consideración de preparar una ensalada griega para ella.
El centro de atención en la mesa durante la cena fue Jeremy, aunque de
tanto en tanto Simon le lanzaba las mismas miradas seductoras con las que le
obsequiaba de un tiempo a esa parte. Daba la sensación de que quisiera saltar
por encima de la mesa para arrancarle la ropa y estuviera haciendo todo lo
posible para contenerse. Alison no pudo evitar recordar lo que su hermana le
había dicho. Era verdad que el comportamiento de Simon, sobre todo el
sexual, había cambiado radicalmente. ¿Era posible que todo fuera una manera
de encubrir un lío o incluso la aventura de una sola noche? Se acordó de que
el viernes por la noche, antes de salir de francachela con sus amigotes, se
había agobiado por no saber qué ponerse. ¿Y desde cuándo se preocupaba
tanto por su aspecto? Había leído en el New York Magazine un artículo sobre
cierta madre del Upper East Side cuyo marido la había abandonado por una
niñera que había conocido en el parque infantil. Puede que estuviera siendo
increíblemente ingenua sobre todo el asunto; quizá Simon fuera el típico
marido adúltero y en lo más profundo ella se negara a aceptar la verdad. No
creía que se negara a aceptarlo, aunque ¿no era ésa la definición de negarse a
aceptarlo?
—¿Te he dicho que esta noche estás preciosa?
Alison sabía que tenía un aspecto horrible, y que estaba ojerosa. Aun así,
era muy amable por su parte que mintiera.
—No —respondió—, no me lo has dicho.
—Bueno, pues te lo digo ahora. Estás preciosa.
Tenía los ojos clavados en ella, mirándola con ternura. Le resultaba
difícil imaginar que la estuviera engañando y que nada de aquello fuera real,
pero, por si las moscas, estaría ojo avizor.
14
Mientras esperaba delante de su casa en la calle 65 Este, a Olivia la
embargaba la habitual excitación que precedía a las citas con Michael. Era
una relación tan diferente a todo lo que había vivido con sus antiguos novios.
Siempre había una originalidad adictiva en cualquier nueva relación, pero con
los demás tíos la intensidad empezaba a desaparecer al cabo de unas cuantas
citas, una vez que llegaban a conocerse mutuamente. Pero después de cada
cita con Michael, la atracción que sentía se volvía cada vez más
embriagadora.
Como siempre, Eddie, el chófer de Michael, la recogió en el todoterreno
Lexus negro. Era un joven negro, de unos veinticinco años. Había intentando
entablar conversación con él en varias ocasiones, pero el empleado apenas
hablaba, con toda seguridad siguiendo órdenes de su jefe. Le habría
encantado sacarle el cerebro a Eddie y averiguar más cosas sobre Michael. El
enigma era de lo más subyugante, aunque a veces se trocaba en frustración
cuando Michel respondía a sus preguntas con otras preguntas o se mostraba
descaradamente evasivo. Estaba decidida a obtener algunas respuestas;
respuestas de verdad.
Se abrieron camino entre el tráfico de hora punta en dirección al centro y
finalmente llegaron a Tribeca. El coche se detuvo delante del edificio de
Michael.
—Gracias, Eddie.
El chófer no dijo nada; sólo se marchó.
Después de que llamara al portero automático del piso, Michael hizo
bajar el ascensor para que subiera. Olivia se metió en la caja, y en el
momento preciso en que las puertas se iban a cerrar, se volvieron a abrir y un
hombre muy viejo se subió con ella.
No le había visto nunca. Por su cara extremadamente arrugada, debía de
tener noventa y tantos años, aunque parecía encontrarse en una forma física
extraordinaria para su edad. Caminaba muy bien, y su espalda se mantenía
absolutamente recta. De manera excepcional, lo encontró tremendamente
atractivo. No solían interesarle los viejos. Había tenido amigas que salían con
sesentones y septuagenarios —bueno, siempre que los tipos fueran lo
bastante ricos—, pero ella no le veía la gracia. En una ocasión había salido
con un cirujano jubilado de setenta y cuatro años, pero estaba en buena
forma, nadaba todos los días y se teñía el pelo. Tenía el aire eternamente
joven del presentador de toda la vida de un concurso de la televisión, pero
siempre le pareció que estaba follando con su abuelo.
De todas formas, aquel tipo le gustó. Tenía el pelo gris y abundante,
llevaba un jersey negro de cuello de cisne y tenía la pinta de una vetusta
estrella del rock. De no haber sido por su cara extremadamente arrugada,
podría haber aparentado unos sesenta sin dificultad.
No pareció reparar en Olivia en lo más mínimo, de hecho se comportó
como si ella fuera invisible. En Manhattan, tal cosa no habría resultado
insólita en un ascensor abarrotado, o en el ascensor de un edificio muy
concurrido. Pero en un edificio en el que Michael había dado a entender que
vivía solo y que tenía un ascensor privado, la absoluta indiferencia del
anciano se hacía rara.
Decidiendo que porque el viejo se mostrara grosero eso no significaba
que ella tuviera que serlo, le dedicó la más amistosa de sus sonrisas.
—Buenas noches —dijo Olivia.
Siguió sin haber reacción. Lo dijo una vez más, mucho más alto, pero el
hombre siguió sin mirarla. Bueno, lo había intentado lo mejor que sabía, ¿qué
otra cosa podía hacer? Entonces, sin previo aviso, el anciano se volvió hacia
ella, mirándola con dureza. No era una mirada torva; era una mirada torva
con esteroides. La estaba calibrando, juzgando y detestando al mismo tiempo.
En ese momento, ella cayó en la cuenta de por qué el viejo le resultaba tan
familiar. Había visto esos ojos antes; eran iguales que los de Michael, de un
marrón tan oscuro que prácticamente eran negros. Tenía que ser un pariente o
algo parecido.
—Hola, soy Olivia.
En el mejor de los casos, esto sólo provocó que la mirada del carcamal
se hiciera más fría y vacía. De no ser tan viejo y no pensar ella que era un
pariente de Michael, hasta podría haber temido que el tipo intentara atacarla o
algo por el estilo. Sin embargo, el sujeto era de un espeluznante que quitaba
el hipo, así que mantuvo la mano cerca del bolso, donde guardaba su
pulverizador de pimienta, por si las moscas.
El ascensor llegó al último piso, donde vivía Michael, y las puertas se
abrieron. Salió a toda prisa, y el viejo se quedó dentro. Cuando las puertas se
cerraron, miró hacia atrás y vio que seguía mirándola con ferocidad, como si
fuera Hannibal el Caníbal y ella su próxima comida.
—Estás aquí.
La voz de Michael casi la hizo pegar un respingo.
—Dios, me has dado un susto...
Y sorprendida una vez más para variar, tuvo una reacción tardía.
Michael estaba a unos pocos pasos de ella, en pelota picada y totalmente
empalmado.
—Oh, Dios mío. —Olivia se estaba cubriendo la boca con la mano, ya
más caliente que asombrada.
—Esta noche estás preciosa —le dijo Michael, comportándose como si
salir a recibir a una mujer a la puerta con una erección fuera lo más normal
del mundo.
—Gracias —agradeció ella, intentando no mirar fijamente, aunque era
imposible no hacerlo—. Lo mismo te digo.
Se acercó a ella, cerró los ojos y aspiró profundamente, como si
estuviera saboreando el olor. La cuestión era que no había ningún olor real
que saborear; Olivia no llevaba perfume porque él le había dicho que prefería
su olor natural.
—Esta noche tienes un olor encantador —sentenció Michael.
Se puso detrás de ella y siguió aspirando profundamente. Había hecho lo
mismo en las demás citas: olisquearla cuando llegaba, como si fingiera ser un
perro. De haber estado con cualquier otro tío, le habría parecido de lo más
estrafalario, pero Michael era capaz de conseguir prácticamente todo. Olivia
jamás había conocido antes a un fetichista de la transpiración, pero si eso era
lo que necesitaba para ponerse cachondo, ¿quién era ella para quejarse?
Además, había salido con tíos que no se levantaban del sofá ni dejaban el
mando de la PlayStation cuando ella entraba en una habitación, así que, en
comparación, ser olisqueada no parecía tan terrible.
—Bien, veo que te excita bastante verme —dijo.
Michael no lo entendió o se negó a sonreír, imposible de saber. Sin
mediar más palabras, la cogió de la mano y la condujo a través del loft hasta
el dormitorio.
—Desnúdate —dijo entonces.
Obedeció encantada.
Todavía le dolían las muñecas y tenía las manos prácticamente entumecidas
de haberlas tenido inmovilizadas con tanta fuerza y durante tanto tiempo.
—Tal vez no sea ninguna novedad, pero éstas son las mejores relaciones
sexuales que jamás he tenido. Conozco a muchas mujeres que dicen eso, y
seré sincera, yo misma se lo he dicho a casi todos los hombres con los que he
estado, pero mentía en todas las ocasiones. Esta vez no. De verdad, son los
mejores polvos que he echado en mi vida.
—Estás enamorada de mí —observó Michael.
Olivia se incorporó, sobresaltada. ¿Era posible que hubiera soltado la
palabra tabú durante el coito? Creía que no, pero tan enfrascada como había
estado, podría haber dicho prácticamente cualquier cosa.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella—. ¿Es que... dije algo mientras
estábamos...?
—El amor es la emoción más fácil de reconocer —replicó Michael—.
La gente puede disimular el miedo y el odio, pero no pueden ocultar el amor.
—¿Y eso es malo? —preguntó Olivia.
—Sí —respondió Michael—. El amor es debilidad. Sólo aman los
humanos. Los demás animales nunca aman.
—No sé nada a ese respecto —dijo Olivia—. Tuve una amiga que tenía
dos chihuahuas, y parecían estar bastante unidos.
—Tienes que dejar de amarme inmediatamente —le espetó él, y su
acento alemán se hizo patente de pronto..
Olivia no tuvo más remedio que echarse a reír; la absoluta seriedad de
Michael hacía que la conversación pareciera aún más absurda.
—Mira, no digo que esté enamorada de ti. Pero he amado a otros tíos
antes, y sé por experiencia que no es algo que uno pueda abrir y cerrar como
un grifo.
Michael se la quedó mirando de hito en hito con sus ojos negros e
inexpresivos y no dijo nada.
—Verás, entiendo que quizá tengas problemas con el compromiso,
¿vale? En fin, eres un tío mayor, nunca has estado casado, o al menos no creo
que lo hayas estado, y sé que es demasiado pronto para tener siquiera esta
conversación. Lo entiendo, ¿de acuerdo? Pero sólo quiero que sepas que no
soy «esa» mujer. Lo que quiero decir es que no te voy a clavar las garras. Así
que ¿qué tal si le damos carpetazo a toda esta conversación del amor y
fingimos que nunca ha tenido lugar?
Michael seguía con la mirada clavada en ella.
Tenía unos ojos tan cautivadores que Olivia perdió el hilo de sus
pensamientos durante unos segundos, y luego continuó.
—Vaya, ¿crees que no hablo en serio? Te lo aseguro, no te presionaré en
absoluto. Hace tiempo que renuncié a buscar marido. Y no tengo intención de
tener hijos, si es eso lo que te preocupa.
Michael permaneció en silencio. ¿Estaba asimilando lo que le estaba
diciendo o había estado ignorándola por completo?
No habló hasta pasados unos diez segundos.
—Márchate ahora.
Olivia estaba acostumbrada a aquella brusquedad; en todas sus citas le
había pedido que se fuera, diciéndole: «Márchate ahora»; formaba parte de su
encanto disparatado. O «había formado» parte de él. De repente la actitud de
Michael se le antojó más grosera que seductora, y empezó a ponerse
paranoica. Aunque nunca la había invitado a pasar la noche, tampoco nunca
había querido que se marchara tan pronto: ni siquiera eran las ocho.
—¿Estás intentando romper conmigo? —preguntó Olivia—. Porque si
eso es lo que está ocurriendo aquí, te agradecería que lo hicieras y punto.
Detesto las rupturas a cámara lenta.
—Si quisiera romper contigo, rompería contigo.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres?
Michael no respondió.
—Por supuesto, el señor Mudo Elocuente no dice nada. Te sabes este
número al dedillo, ¿no es así?
Olivia se vistió a toda prisa mientras Michael permanecía en la cama,
tumbado boca arriba y con los ojos abiertos de par en par.
—De acuerdo, te gusta ser sincero; pues bien, yo también voy a ser
sincera —dijo ella—. No puedo seguir haciendo esto eternamente. Creo que
eres un tipo fantástico y follar contigo es alucinante, pero al final tiene que
haber algo más de comunicación si vamos a continuar con esta relación o
como queramos llamarla. Tarde o temprano tendrás que empezar a abrirte.
—Mi chófer te recogerá mañana a las siete.
Olivia respiró hondo, desfogando su frustración.
—Estupendo, lo que quieras —y salió de la habitación. Había recorrido
la mitad del camino hasta el ascensor cuando retrocedió airosamente y dijo
—: ¿Sabes qué?, que de estupendo nada. Si quieres que ande por aquí, mejor
que empieces a dejarme entrar.
—Estás irritada conmigo.
—Maldita sea, pues claro que estoy irritada contigo.
—La irritación es buena. La furia es mucho más saludable que el amor.
—¿Te das cuenta? De eso es de lo que hablo. De que no me hablas.
—En este preciso momento te estoy hablando.
—Estás hablando, pero no dirás nada. Quiero saber qué es lo que pasa
dentro de tu cabeza. Quiero conocer al verdadero Michael Hartman.
—No quieres eso.
—Sí, quiero eso. ¿No es eso en lo que consiste una relación?
Él seguía mirando al techo.
—No quieres conocerme —insistió él.
—Por supuesto que quiero conocerte —replicó ella—. Quiero conocer
todo lo relacionado contigo.
—Dices eso, pero hay cosas sobre mí que no entenderías, cosas que es
mejor que no sepas.
—Te lo aseguro, no tienes de qué preocuparte. Nada de lo que puedas
decir me va a espantar.
La miró fijamente durante mucho tiempo, aunque de una manera
diferente, como si estuviera intentando resolver algún complicado problema.
—Ya sabes cosas de mi familia.
—Bueno, vi un triciclo la primera noche que estuve aquí... Iba a decir
algo, pero pensé que a lo mejor te mostrabas susceptible, que podías pensar
que me iría o algo por el estilo porque tenías un hijo.
—Se llama Jonas.
—¿Vive siempre contigo?
—Sí.
—Ah —dijo Olivia—. Bueno, ¿y quién...?
—Su madre está muerta.
—Lo siento.
Michael no dijo nada.
—¿Y que hay del anciano que vi en el ascensor? Parecía tener un aire de
familia.
—Conociste a mi padre.
—Bien, no es que lo conociera exactamente, sólo...
—Volker nació en Alemania.
—¿Vive aquí?
—Sí.
—¿Y cómo es que no me hablaste de tu familia antes? En fin, ¿por qué
tiene que ser un secreto tan grande?
—Te he escogido como mi pareja sexual.
Olivia esperó a ver si se explayaba al respecto. No fue así.
—¿Y eso qué tiene que ver con lo otro?
—Él no quiere que tenga parejas sexuales. Tampoco quiere que tenga
amigos. Quiere que esté solo.
—No veo por qué ha de ser asunto suyo lo que hagas —comentó Olivia
—. Digo yo que eres un hombre adulto y que puedes salir con quien te dé la
gana. ¿Y lo de no tener amigos? Eso es ridículo.
—Te dije que había cosas que no entenderías.
No tenía ni idea de qué estaba hablando Michael, pero al menos le
pareció que estaba teniendo su primera conversación casi normal con él.
Aunque muy lento, algún progreso estaba haciendo.
—Bien, gracias por contarme todo esto —dijo ella—. De verdad que te
lo agradezco. ¿Y te das cuenta? Todavía sigo aquí. No me has espantado.
Lo besó en los labios, y el olor almizclado de Michael la volvió a poner
cachonda.
—Ahora vete.
—¿A qué viene tanta prisa por deshacerte de mí esta noche? ¿Estás
enfadado conmigo?
—Sí.
Ella estuvo a punto de soltar una carcajada, pero entonces se dio cuenta
de que no era divertido.
—¿Por qué? ¿Qué he hecho?
—Has hecho demasiadas preguntas.
—Si las respondieras, no tendría que hacerlas. ¿Por qué quieres que me
vaya tan temprano?
Él volvió a apartar la mirada.
—Tengo que hacer un trabajo —respondió Michael.
—¿Qué clase de trabajo?
—Ésa es la razón de que no me gusten las preguntas. Porque las
preguntas llevan a más preguntas.
—Por lo general, las preguntas llevan a las respuestas.
—No entenderías mi trabajo.
—¿Tiene que ver con el negocio de la cerveza?
—No.
—No entiendo por qué tiene que ser un misterio tan grande. Es sólo
trabajo. ¿Qué eres, un prostituto?
Michael no reaccionó. Tal vez la estuviera ignorando o puede que ella
hubiera dado en el clavo; aquello explicaba por qué se concentraba tanto en el
sexo y era tan distante, emocionalmente hablando. Era evidente que aquella
noche en el bar se había sentido a sus anchas ligando con ella, y sabía lo que
se hacía en la cama.
Olivia estaba a punto de preguntarse si era un gigolo cuando Michael le
soltó:
—Esta noche voy a matar a alguien.
—¿Perdona? —No estaba segura de haberlo oído bien.
—Que esta noche voy a matar a alguien —repitió.
¿«Matar» era una forma moderna de decir «joder» en el argot de los
gigolos?
—¿Y a quién tienes que matar?
—No lo sé.
—¿Así que vas a matar a una persona al azar?
Oh, no, ¿no sería uno de aquellos anormales que tenían relaciones
sexuales con extraños en los baños públicos, verdad? ¿Iba a tener que ir a
hacerse análisis para sabe Dios cuántas enfermedades?
—No —respondió él.
—No serás de los que meten el rabo en el agujero de un baño público
para que te la mamen, ¿verdad?
—No te entiendo.
—Yo tampoco lo entiendo.
—Te dije que no lo entenderías —prosiguió él.
Entonces a Olivia le asaltó una visión fugaz: la cartuchera que Michael
llevaba la primera noche.
—Espera —replicó ella—, no estarás diciendo literalmente que vas a
matar a alguien esta noche, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y por qué vas a matar a alguien?
—Porque es mi trabajo.
—La gente te contrata para...
—Sí.
—Pero ¿quién...?
—No lo sé.
—¿No sabes...?
—No.
¿Por qué se sintió de repente Olivia como si estuviera en una obra de
David Mamet?
—Bueno, a ver si lo entiendo bien. Alguien a quien no conoces te
contrata para matar gente. ¿Como si fueras un sicario, quieres decir?
—Soy un sicario.
—¡Increíble! —exclamó Olivia—. Bueno, ¿y para quién trabajas? ¿Para
la mafia? —Se echó a reír.
—No estás asustada.
—¿Y por qué habría de estarlo? No me vas a matar a mí, ¿no? —
Intentaba convertirlo en una broma, coquetear con él, pero Michael no dio
muestras en ningún momento de seguirla.
—No eres como las demás mujeres. Otras habrían salido corriendo, pero
tú te quedas. —Esperó varios segundos antes de añadir—: Dices que quieres
conocer mi secretos, pero no los entenderás. —Se levantó (por supuesto
empalmado) y dijo—: Ahora debes irte.
Ella quería saber más, pero le pareció que, obligándole a abrirse hasta el
punto en que lo había hecho, había tentado a su suerte y que ya era hora de
dar por terminada la noche.
En el coche, de regreso al Upper East Side, la emoción de otra
estimulante noche juntos seguía bullendo en ella. Michael estado en lo cierto:
la idea de que fuera un asesino no la asustaba en absoluto; en realidad, la
ponía más caliente. Además, era fácil aceptar cualquier cosa que él le dijera,
porque sabía que nada de aquello era real. Todo —su extraña forma de
comunicarse, el sexo desenfrenado, su sentido melodramático de la existencia
— era tan desmesurado que cómo iba a asustarse o a sentirse siquiera
medianamente preocupada. ¿Porque le hubiera dicho: «Voy a matar a alguien
esta noche» en aquel tono grave y oprimente? ¡Vamos, anda! Era evidente
que, desde la noche que se habían conocido, ella había estado participando en
un complicado juego de rol. Si él quería fingir que era un sicario psicópata,
pues estupendo. Por lo que a ella concernía, toda aquella relación o como
quisieran llamarla, no era más que un enloquecido viaje en una montaña rusa,
un agradable descanso de los tipos triviales con los que llevaba años saliendo.
El coche frenó delante de su edificio.
—Hasta mañana a la misma hora —se despidió de Eddie.
Mientras subía las escaleras de su casa riéndose como una tonta, dijo en
voz alta:
—Soy un sicario.
En la cama siguió riéndose, dándole vueltas al asunto, casi sin poder
esperar a que llegara el siguiente gran giro. En serio, quería hacerla creer que
se ganaba la vida matando gente. ¿Qué podría superar eso?
15
—Bueno, ¿cómo fue el fin de semana?
Simon y Alison acababan de llegar a la sesión del terapeuta familiar y
estaban sentados uno al lado del otro en el sofá de piel negro, mirando al
doctor Hagan, que ese día llevaba unos zapatos verdes oscuros, pantalones
verdes, jersey de cuello de cisne verde y gafas con cristales tintados verdes.
—Alucinante —dijeron Simon y Alison al unísono.
Los tres se echaron a reír con demasiado entusiasmo.
—Bueno, es estupendo ver que para variar ambos están de acuerdo —
comentó Hagan cuando terminaron de reírse.
Simon le cogió la mano a Alison.
—¿Quieres empezar, cariño? —preguntó.
—Bien, ha habido un cambio... realmente... bueno..., espectacular —
empezó ella.
—¿Un cambio? —Hagan estaba intrigado.
—Sí —prosiguió Alison—. En los últimos días... Bueno, desde el
sábado, nuestro matrimonio ha experimentado un repentino cambio radical, la
verdad.
Mientras seguía con las explicaciones, Simon se distrajo por el
penetrante olor a humo de puro. Había percibido aquel olor con anterioridad
en la consulta de Hagan, pero nunca había sido tan intenso. Aunque no se
veía nada de humo en la habitación, olía como a un bar de fumadores de
puros.
—Discúlpeme —le dijo el doctor a Alison. Entonces se dirigió a Simon
—: ¿Hay algo que le haga sentir incómodo?
—Es sólo el olor —explicó.
—¿El olor? —Hagan estaba desconcertado.
Alison olisqueó el aire y se encogió de hombros, como si no percibiera
nada fuera de lo normal. Simon se sorprendió de que ninguno de los dos lo
olieran; era tan intenso.
Entonces Hagan cayó en la cuenta.
—Le ruego que me disculpe, no creía que se notara. Por lo general,
fumo fuera, pero el otro día me fumé un puro en la consulta.
Hagan sacó un ambientador del cajón de su mesa y lo pulverizó por toda
la habitación, pero, ¡por Dios!, aquello era peor. El falso olor a cítrico era tan
fuerte que Simon sintió que se iba a asfixiar.
Hagan advirtió su malestar.
—No me había dado cuenta de que fuera tan sensible. ¿De verdad es tan
malo? —preguntó.
Simon le respondió entre toses.
—Tal vez podría abrir la ventana.
El doctor abrió la ventana de la consulta situada bajo el nivel de la calle,
lo cual fue una pequeña ayuda, aunque no excesiva.
—Gracias —dijo Simon con voz ronca—. Me pondré bien.
—Éste ha sido otro de los grandes cambios de los últimos tiempos —
explicó Alison—. Últimamente, está muy sensible a los olores.
—Es cierto, lo estoy —corroboró él.
—Mmmm. —El doctor Hagan no parecía estar muy seguro de cómo
interpretar todo aquello.
—Su oído también ha mejorado —añadió Alison.
—¿Ah, sí? —El doctor se dirigió a Simon—. ¿Tenía algún problema
auditivo?
—No —respondió él—. Lo que Alison quiere decir es que ahora oigo
mejor, nada más.
—Ah, y tiene mucha más energía —dijo ella—. No sólo sexual, sino
también física. Va continuamente al parque a correr. Y también ha cambiado
su dieta.
—¿En qué sentido ha cambiado?
—En que siento unas ganas locas de comer carne —aclaró Simon.
—Y nunca ha sido un comedor de carne —prosiguió Alison—. Vaya,
cuando le conocí era prácticamente vegetariano. Ésa fue una de las cosas que
al principio me... —Se contuvo, aunque Simon sabía que había estado a
punto de decir: «gustaron de él». En vez de eso, dijo—: Ha sido una gran
sorpresa, nada más.
—Ya veo, ya veo —dijo Hagan—. Bueno, en realidad no creo que sea
tan insólito. Esto es algo que quizá debería tratarse en una terapia individual,
aunque los cambios dietéticos suelen ser una cuestión de control. Simon ha
experimentado grandes cambios en su vida últimamente, y ha confesado que
al principio ser amo de casa le abrumaba, así que no me sorprende ver que
asume el control con un nuevo régimen dietético y físico. Lo que estoy
diciendo es que no creo que sea motivo de preocupación, a menos que se
produzca una peligrosa pérdida de peso o cause algún problema en el
matrimonio.
—Oh, créame, no me estoy quejando —dijo Alison, poniéndole el brazo
en la espalda a Simon y acercándose a él en el sofá.
—Pero sí que parece haber un cambio emocional bastante espectacular
—observó Hagan—. ¿Qué explicación le encuentran?
Simon y Alison se miraron. Él se dio cuenta de que ella quería que
tomara la batuta.
—La verdad, no estoy seguro —empezó—. Supongo que me di cuenta
de lo maravillosa y sensual que es la mujer con la que estoy casado. Supongo
que había acabado atrapado en una rutina y no la apreciaba como debía.
La mirada de Alison se volvió vidriosa de pronto, como si estuviera a
punto de echarse a llorar, y entonces lo besó. Él le devolvió el beso, y lo
cierto es que empezaron a darse el lote en el sofá delante de Hagan. Tal fue la
fogosidad con que se pusieron a ello que no se dieron cuenta de lo que
estaban haciendo hasta que el doctor carraspeó sonoramente.
Después de la sesión, volvieron a casa y liberaron a Christina del
cuidado del niño. Por la noche, Simon fue a correr al parque, y cuando
regresó, Jeremy ya estaba dormido, así que hicieron el amor durante varias
horas.
—Nunca imaginé que esto podría ser así —dijo Alison.
—¿Así, cómo?
Ella le estaba pasando los dedos por el pecho peludo y sudoroso.
—Tan perfecto.
El jueves amaneció soleado y templado, un día magnífico para el parque
infantil. Jeremy quiso ir a ver a sus amigos del centro, y yendo todo tan bien
como iba en los últimos días, Simon no vio ningún motivo para seguir
evitando a aquellos tipos. Después de todo, las citas para jugar era algo que
se hacía para los niños, no para los padres, y negar a Jeremy la oportunidad
de jugar con sus amigos parecía la mayor de las equivocaciones.
Pese a cómo se había marchado el día anterior, de forma tan repentina y
melodramática, cuando llegaron al parque infantil, los tres se comportaron
como cualquier otra tarde, y ni siquiera parecieron sorprenderse de verlos. Le
dieron los calurosos abrazos de siempre y luego se sentaron en el banco
hablando de los temas normales: comida, sexo y sus hijos. Simon seguía
pensando que estos tíos eran raros, sobre todo Michael; estaba empezando a
entender lo que Charlie había querido decir acerca de que era como una
especie de orador motivacional. Aun sin poder precisar la razón exacta, era
indudable que pasar el tiempo con aquellos tres tipos hacía que se sintiera
seguro y confiado, y eso, sin ningún género de dudas, había estado teniendo
un efecto positivo en su matrimonio.
Esa noche, Mark le envió un correo electrónico con la información sobre
el funeral de Tom, que se celebraría al día siguiente, viernes, en una funeraria
de Bernardsville, Nueva Jersey. Todos los de la oficina habían sido invitados,
y Mark aclaró que «se limitaba a pasar la información». Aunque la mayor
parte del tiempo Simon había conseguido olvidar aquella noche, seguía
enfadado consigo mismo por haber ido a Nueva Jersey, posiblemente para
enfrentarse a Tom, y en ese momento estaba indeciso sobre si ir o no al
funeral.
Más tarde, cuando estaba en la cama con Alison, entrelazados los
cuerpos desnudos y húmedos, se lo comentó.
—Una parte de mí cree que debería ir, porque trabajé con ese tío siete
años. Por otro lado, me despidió y ni siquiera respondió a mis correos.
—Los funerales son para la familia, no para el difunto. Si vas, lo haces
por su esposa y sus hijos, no por él.
Aquello era de una lógica aplastante, y como había coincidido con la
esposa de Tom, JoAnne, varias veces, decidió que ir era lo correcto.
Por la mañana cogió el tren de las 8.18 que salía de Penn Station para
Bernardsville y luego un taxi hasta la funeraria. El pintoresco y exclusivo
pueblo le resultó completamente desconocido, y le seguía sorprendiendo que
hubiera estado en aquella zona el viernes por la noche, no hacía ni una
semana. Estuvo tentado de pedirle al taxista que pasara por delante de la casa
de Tom, sólo para ver si eso le despertaba algún recuerdo, pero no quiso
perderse el principio de la ceremonia religiosa.
Llegó alrededor de las diez y cuarto, cuando la gente había empezado a
entrar en fila en la capilla. Estaba menos concurrida de lo que había esperado.
Había supuesto que habría un asistencia tremenda —no en vano Tom era
bastante joven—, pero parecía haber menos de setenta personas, tirando por
lo alto. Aparte de la mujer de Tom, que estaba sentada en la primera fila con
dos adolescentes, probablemente sus hijos, sólo reconoció a algunas personas
del trabajo, incluido Mark, que estaba sentado con Jennifer —la antigua
secretaria de Tom— hacia la parte de atrás. También reparó en dos de los
vicepresidentes más antiguos con, ¡oh, joder!, Paul Kramer, el lameculos que
había conseguido el ascenso que supuestamente tenía que haber sido para él.
Simon no quería entablar una embarazosa conversación con él, y de pronto ir
al funeral se le antojó un tremendo error; ¿en qué había estado pensando?
Había supuesto que asistirían docenas de personas de la oficina, pero como
sólo estaban presentes los allegados de Tom, se sintió completamente fuera
de lugar. Incluso empezó a pensar en marcharse; todavía no había reparado
nadie en él y nadie le echaría a faltar. Entonces Mark le divisó y le hizo una
seña para que se acercara, así que ahí se acabó la idea.
—Hola —saludó Mark—. Te he guardado un sitio.
Simon se sentó.
—Gracias.
Andy Wallace, unos de los vicepresidentes, miró hacia él, y se
reconocieron mutuamente con medias sonrisas y un saludo de cabeza.
Entonces se dio cuenta de que Paul le estaba mirando, aunque no se
sonrieron; Simon se limitó a mirar fijamente al gilipollas aquél hasta que éste
desvió la mirada.
La atmósfera de la capilla era lúgubre, como correspondía a la ocasión, y
una pieza clásica, tal vez Chaikovski, sonaba tenuemente. Aunque imperaba
la quietud, Simon podía oír las conversaciones susurradas. Había tanto «ruido
de susurros» que era difícil descifrar cada conversación individual, pero de
todas formas consiguió concentrarse en Paul y entender lo que le decía a
Andy: «¿Qué narices está haciendo aquí?» Luego, unos segundos después,
añadió: «Espero que no piense que ahora va a conseguir un trabajo. Es tan
patético. Ese tipo es un puñetero perdedor».
Cuando empezó el funeral, se interrumpieron todos los susurros, aunque
el llanto y los gemidos continuaron. Era evidente que el oficiante, un anciano
con barba que podría haber competido en un concurso de sosias del
presidente Lincoln, no había conocido a Tom y que hablaba por la
información que le habían suministrado. Le salió bastante bien simular que
realmente lo conocía y consolar a la familia, aunque de principio a fin el
panegírico transmitió una deprimente sensación de indiferencia. La familia
próxima, sobre todo los hijos, estaban visiblemente afectados, y no pararon
de llorar a moco tendido durante todo el servicio. A Simon también se le
llenaron los ojos de lágrimas. Los pobres chicos habían perdido a su padre, y
no pudo evitar imaginar su propio funeral algún día, con Jeremy llorando. Le
aguijoneó la impaciencia por volver a casa y darle a su hijo un enorme
achuchón.
Entonces reparó en una mujer que estaba sentada hacia la parte de atrás
de la capilla y que parecía especialmente afectada, hasta el punto de haber
sollozado y gemido en una o dos ocasiones. Era atractiva, de unos cuarenta y
cinco años, el pelo rubio corto, y a Simon se le ocurrió que era extraño que se
mostrara tan afectada como la familia. Entonces cayó en la cuenta: haría
como unos seis meses, en los servicios de caballeros de S&O, Simon se
estaba lavando las manos y oyó por casualidad que Tom le hablaba a Greg,
de contabilidad, de una mujer con la que «había estado tonteando
últimamente». Supuso que la mujer afligida de la parte de atrás había sido la
amante de su antiguo jefe.
El director de la funeraria invitó a la mujer de Tom a subir al estrado,
pero estaba demasiado desconsolada para hablar. Cuando lo hizo su hija y
dijo: «Mi padre no se merecía esto. Nadie se merece esto», prácticamente
todos los asistentes se pusieron a llorar.
Por último, el hombre invitó a todos a que fueran al cementerio para el
entierro. Simon tenía planeado escabullirse, pero por si acaso alguien le
preguntaba, llevaba una excusa preparada: tenía que volver a la ciudad para
cuidar de su hijo.
Cuando todos salían de la capilla, Mark se dirigió a él.
—Brutal, ¿eh?
—Sí —dijo Simon.
Mark miró hacia todas partes y entonces susurró:
—He oído que su esposa lo ha pasado fatal. Hasta la han tenido que
ingresar. Tiene un soplo cardíaco congénito o algún tipo de enfermedad
cardíaca, y les preocupaba que pudiera tener un infarto de miocardio o algo
por el estilo. Pero, amigo, al menos ha conseguido venir.
Simon sacudió la cabeza mostrando compasión.
Mark continuó hablando en un susurro.
—Una cosa es perder a alguien que quieres, pero todo este misterio tiene
que hacerlo peor. En fin, ni siquiera han encontrado al lobo todavía.
—¿El lobo?
—¿No te has enterado? —dijo Mark—. Sí, ahora dicen que lo hizo un
lobo. Hay cerca una reserva o algo parecido, y la poli y la comisión de fauna
y flora o quien sea han estado rastreando la zona, aunque aparentemente no
han encontrado nada todavía..., Ah, y hallaron el esqueleto de un ciervo.
Creen que el lobo también mató al ciervo. ¿Tío, te encuentras bien?
Simon quería mostrar un reacción de compasión y perplejidad adecuada
a la ocasión, aunque aparentemente no lo estaba consiguiendo.
—Estoy bien, sí. Un poco impresionado..., eso es todo.
—Sí, lo entiendo —dijo Mark—. Cada vez que pienso en ello, me digo:
«¿Que al tío lo mató un lobo en su propio patio? Bah, es una broma».
¿Seguro que te encuentras bien? —insistió—. Pareces, no sé, como si
estuvieras pálido.
—Puede que tenga sed, no he comido y me he levantado temprano. —
Simon se dio cuenta de que estaba balbuciendo—. Discúlpame un segundo.
Se escabulló y se dirigió al baño, donde se mojó la cara con agua fría en
un intento de calmarse. Ir allí había sido una idea horrible; ¿en qué había
estado pensando? Si de verdad quería olvidar lo que le había ocurrido aquella
noche, tenía que darle carpetazo en vez de seguir enfrentándose a ello.
Transcurridos unos minutos se sintió un poco mejor. Sólo quería llegar a
casa: comer alguna chuleta, correr en el parque, jugar con su hijo, hacerle el
amor a su esposa... La vida era buena ahora, y quería saborear cada segundo.
Cuando salió del baño, la mujer de Tom estaba allí mismo, a unos pocos
pasos, recibiendo el consuelo de una pareja. Parecía afligida, débil, con unos
círculos negros debajo de los ojos. A Simon le pareció que debía decir algo,
así que lo hizo.
—Perdona. ¿JoAnne?
La viuda lo miró como si fuera un extraño.
—Simon Burns... de S&O. Trabajaba..., bueno, trabajé con tu marido.
JoAnne mantuvo la expresión de desconcierto, aunque de pronto dijo:
—Oh, gracias, muchísimas gracias por venir.
Simon sospechó que seguía sin saber quién era él; se habían visto sólo
unas pocas veces y lo más probable es que no lo reconociera fuera de
contexto.
—Sólo quería que supieras cuánto lo siento. Tu marido era una
grandísima persona.
De acuerdo, estaba exagerando... un montón..., pero el único objeto de
estar allí era consolar a la familia, ¿no? Y era evidente que JoAnne agradecía
sus intenciones. Entonces se abrazó a él con fuerza, como si no quisiera que
se fuera.
—Gracias..., muchísimas gracias —repitió la mujer.
Mientras la abrazaba, su mirada se cruzó por primera vez con la del tipo
que le había estado presentando sus condolencias a la viuda antes de que él se
acercara. Era un individuo de mediana edad, un poco gordo, y tenía el aire
arrogante propio de la gente rica y poderosa. Estaba mirando a Simon de
manera inquisitiva.
—¿Le conozco? —preguntó el tipo.
Simon y la viuda terminaron de darse el largo abrazo, y otra pareja se
acercó para presentarle sus condolencias.
Simon no había visto a aquel individuo en su vida.
—Soy un colega de Tom.
—¿Vive en la zona?
—No.
—Ah, pensé que tal vez le conocía del club de campo o de algún sitio
así. Me resulta verdaderamente familiar, no sé por qué. —Extendió la mano
—. Soy Alan. Alan Freedman.
Simon se la estrechó.
—Simon Burns.
El hombre seguía mirándolo de hito en hito, y él estaba empezando a
sentirse incómodo.
—Simon Burns —dijo Alan, entrecerrando los ojos—. No, no me suena.
Pero de verdad que me resulta familiar. Sé que le he visto en alguna parte.
—Supongo que es una de esas cosas que pasan —contestó—. Bueno, ha
sido un placer conocerle.
Se apartó. Cuando llegó a la parte delantera de la sala, miró hacia atrás y
vio que Alan seguía observándolo. Se obligó a sonreír y entonces advirtió que
Mark y Jennifer estaban distraídos, en medio de una conversación, así que se
escabulló afuera. Le había pedido una tarjeta al taxista que le había llevado
hasta allí, y estaba marcando los números en el móvil cuando oyó:
—¿No vas al cementerio?
Todavía nervioso después del extraño encuentro con Alan Freedman, le
dio un brinco el corazón, se volvió y vio a Paul Kramer. Rezumaba
engreimiento y mostraba una media sonrisa, lo que parecía especialmente
inadecuado considerando el escenario y las circunstancias. Puestos a pensar
en ello, no parecía ni de lejos tan afectado como debía de haber estado
durante el funeral. Simon no pudo evitar preguntarse si se debía a que, con
Tom fuera de juego, habría puesto los ojos en otro ascenso. Tratándose de él,
no le extrañaría, porque Paul había demostrado incontables veces ser un
oportunista rastrero.
—No, esta tarde tengo que cuidar de mi hijo.
—Ah, vale, es lógico —dijo Paul, todavía con la media sonrisa—.
Pensaba que ya que habías venido hasta aquí te quedarías a la función
completa, pero si tienes que volver a la ciudad estoy seguro de que la familia
lo comprenderá. A propósito, ¿conoces al menos a la familia?
—No te entiendo.
—Es que me sorprende verte aquí. No sabía que tú y Tom fuerais tan
íntimos. La verdad, creía que lo odiabas... Me refiero a después de lo que
ocurrió y todo eso.
Su sonrisilla de suficiencia se había transformado en una sonrisa abierta.
—¿Odiarle? —Simon se dio cuenta de que había hablado demasiado
alto, y en voz más baja dijo—: ¿Por qué tendría que odiarle?
—Bueno, para empezar porque te despidió.
De haber tenido aquella conversación un mes antes, en el trabajo, podría
haberse sentido intimidado. Después de todo, en los conflictos oficinescos no
había sido precisamente un buscavidas agresivo. Su carencia de un
comportamiento despiadado había dificultado sin duda su ascenso en el
escalafón de la empresa y probablemente había terminado por costarle el
empleo. A los sujetos como Paul, que estaban dispuestos a utilizar la
intimidación y la puñalada trapera para llegar a lo más alto, les iba mucho
mejor en el mundo de los negocios que a los tipos como él, que evitaban
recurrir a la agresión.
Pero en ese momento Simon percibió algo extraño. No se estaba dejando
amedrentar por Paul; todo lo contrario, se estaba manteniendo firme. Más que
firme. Él era el agresor, el que asumía el mando.
Se acercó dos pasos a Paul, sacando pecho ligeramente.
—He venido porque trabajé con ese tío siete años, y porque quería
presentar mis respetos a la familia.
Fue evidente que Paul percibió que ése era un Simon Burns diferente, un
Simon Burns al que no podía quitar de en medio de un empujón como había
sido su costumbre. La sonrisa había desaparecido. ¿Parecía incluso un poco
asustado?
—Oh, vale —dijo—. Me sorprendió verte, nada más.
—A mí no —replicó Simon, acercándose otro paso y disfrutando de
pronto de poder intimidarle—. A mí me parece completamente lógico que
estés aquí, sobre todo porque Andy Wallace está aquí.
—¿A qué... a qué te refieres?
—Vamos, es tan evidente —replicó Simon—. Ahora quieres el puesto
de Tom. Ni siquiera podías esperar a que se enfriara el cadáver para empezar
tu campaña, ¿verdad?
—Eso es ridículo.
—Apuesto a que no has parado de soltarle indirectas a Andy todos los
días. Tal vez debería hablar con él y decirle que me dijiste que querías el
puesto de Tom.
Simon empezó a dirigirse hacia la capilla, pero Paul se interpuso en su
camino.
—Tranquilo, ¿vale? Tranquilo —dijo.
Simon lo miró amenazadoramente, como un matón de patio de colegio.
El trepa estaba visiblemente asustado; casi parecía que estuviera al borde de
las lágrimas.
—Tengo que irme —dijo Paul, y se dirigió de nuevo al interior.
Simon le gritó cuando se alejaba:
—Ah, y a propósito...
Paul se detuvo y miró hacia atrás. Prácticamente estaba temblando.
—Creo que tú también eres un puñetero perdedor.
Su expresión de asombro le resultó divertida.
16
Alison estaba disfrutando de su día libre con Jeremy. Por la mañana habían
ido a un cuentacuentos de la Biblioteca Pública de Nueva York en la Ochenta
y uno con Amsterdam, y luego al niño se le antojó ir a jugar con sus nuevos
amigos del centro.
—Por favooooooooor —suplicó, arrugando la frente de manera
adorable.
Aquella monería era casi irresistible, pese a lo cual Alison se resistió.
—No, eso es lo que tú y papá hacéis juntos. Hoy nosotros haremos otra
cosa.
Así que fueron al parque infantil de Central Park, cerca de la Noventa y
seis. Dio la casualidad de que allí estaba un niño, Miguel, que Jeremy
conocía de la clase de gimnasia a la que había asistido el año anterior. La
madre de Miguel no estaba allí —lo había llevado la niñera—, por lo que
Alison se sentó en un banco, se enfrascó momentáneamente en hacer un
sudoku en su iPhone, y al cabo llamó su hermana.
Alison le explicó que se había tomado un día de permiso en el trabajo
para que Simon pudiera asistir al funeral de su antiguo jefe, y entonces su
hermana le preguntó cómo le iban las cosas con él.
—Tengo que decir que alucinantemente bien —le dijo.
Le explicó que Simon parecía estar «esforzándose en serio por cambiar»
y que era como si tuviera un «flamante marido».
Cuando terminó su entusiasta relato, se hizo un silencio en la línea y
creyó que se había cortado la comunicación.
—¿Sigues ahí? —preguntó.
—Estoy aquí, estoy aquí.
—¿Qué pasa? —dijo, aunque sabía que su hermana estaba a punto de
seguir dándole la tabarra con Simon.
—Dímelo tú.
—Vale, no vuelvas otra vez sobre eso.
—Lo siento, es sencillamente que soy muy escéptica. En un matrimonio,
cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, suele no serlo.
Si alguna otra persona le hubiera dicho eso, probablemente habría hecho
caso omiso del consejo. Pero no era propio de Lauren meter las narices en los
asuntos personales del prójimo. Siempre había sido la juiciosa y la lógica de
la familia; Alison era la proclive a tomar decisiones temperamentales, y si su
hermana sentía que algo no iba bien, no podía ignorar la posibilidad de que
fuera bien encaminada.
—Entiendo perfectamente lo que dices —dijo—, pero la idea de que de
verdad me esté engañando se me antoja muy remota.
—De acuerdo, te voy a hacer una pregunta —le propuso su hermana— y
quiero una respuesta sincera. Ni siquiera la pienses, sólo contesta lo que te
salga de las tripas. ¿Preparada?
—Preparada.
—¿Piensas que Simon te está ocultando algo? —preguntó Lauren
después de una dramática pausa.
—Sí —respondió Alison sin titubear.
—No tengo nada más que decir.
Alison soltó el aire que había tomado.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer, planteárselo a la cara?
—No, yo no haría eso —dijo Lauren—. Tú no quieres provocar un
drama si no hay necesidad. Quizá podrías, no sé, encontrar alguna prueba.
—¿Alguna prueba? ¿Quieres que contrate a un detective?
—No tiene por qué ser tan drástico, pero puedes fisgonear un poco por
tu cuenta. ¿Puedes examinar su móvil?
—Siempre lo lleva encima.
—¿Siempre?
—Normalmente.
—Lo que te tienes que preguntar —continuó Lauren— es si quieres
averiguarlo cuanto antes o cuando sea tarde. Acepta el consejo de alguien que
vivió con un adúltero cuatro años: cuanto antes es muchísimo mejor que
cuando sea tarde.
Alison sabía que su hermana tenía razón. No había ninguna duda de que
estaba pasando algo raro, y sabía que si dejaba que se prolongara y luego, al
cabo de un mes o de un año, descubriera un lío amoroso, se daría de
cabezazos por no haber actuado antes.
De vuelta en el piso, cuando Jeremy se fue a dormir la siesta, se conectó
a la Red con Internet Explorer y examinó el caché de los sitios que Simon
había visitado últimamente. Mientras bajaba por la pantalla viendo sus
búsquedas recientes en Google, intentó prepararse para lo peor: búsqueda de
hoteles, juguetes sexuales, lencería o alguna otra prueba de un asunto
amoroso. Al mismo tiempo sabía que era imposible que se pudiera preparar
para la humillación que sentiría si sus sospechas se confirmaran.
Pero no encontró nada fuera de lo normal. Simon había estado en eBay,
The [Link] y la página web de la compañía de transportes de Nueva
Jersey, y había hecho varias búsquedas relacionadas con las noticias sobre la
muerte de su antiguo jefe. De pronto se sintió terriblemente culpable por
fisgonear en sus asuntos. Si el matrimonio se basaba en la confianza,
entonces, en cierta manera, le pareció que era una traidora.
Salió de Internet y se ocupó de algunas tareas domésticas: limpiar el
polvo y pasar la aspiradora. Estaba intentando olvidar la situación, pero no
dejaba de oír la voz de su hermana: «Si en tu matrimonio hay algo que
parezca demasiado bueno para ser verdad, probablemente no lo sea». Aunque
seguía sintiéndose mal por desconfiar de Simon, se recordó que no era ella la
que había provocado la situación. De natural no era una paranoica. Hasta
hacía bien poco, la idea de que su marido la engañara ni siquiera se le había
ocurrido; había sido él el que había provocado todo con su extraño
comportamiento, y ella tenía una buena razón para sospechar.
Apagó la aspiradora y volvió a conectarse a Internet para hacer una
búsqueda: «Indicios de que un marido te engaña». Mientras examinaba los
resultados, llegó a convencerse aún más de que su paranoia estaba justificada.
Muchos de los sitios advertían que uno de los indicios más reveladores de
que tu marido te está engañando son los cambios de comportamiento. No era
que el comportamiento de Simon hubiera cambiado un poco de un tiempo a
esa parte; es que lo había hecho radicalmente. Otra importante señal de la
existencia de problemas era la repentina preocupación por el atuendo. Alison
se acordó de la noche que había salido con sus amigos, el momento en que
había empezado todo aquello, cuando se agobió por lo que iba a ponerse y se
probó un sinnúmero de prendas. Hasta había bromeado con él diciéndole que
parecía que tuviera una cita. A la sazón, no pensó en serio que fuera a
reunirse con una mujer, pero ¿y si lo había hecho? Tal vez había estado en el
piso de alguna mujer, de alguna niñera que hubiera conocido en el parque
infantil, y ella había sido lo bastante idiota para creer que se había
emborrachado y perdido el conocimiento en la fábrica de cerveza de su
amigo.
Oyó girar la llave en la cerradura, y la puerta de la calle se abrió.
Canceló la ventana que estaba explorando al entrar Simon.
—Hola —dijo él con entusiasmo.
—Hola —respondió con deliberada falta de entusiasmo—. No te
esperaba tan pronto. Pensé que volverías casi a la hora de la cena.
—Sí, yo también lo pensaba —dijo Simon—. Fui al funeral, pero decidí
no acudir al cementerio.
—¿De verdad? ¿Y por qué?
—Le di el pésame a su esposa, y me pareció que ya era suficiente.
Además, os echaba de menos a los dos.
Seguía sentada delante del ordenador. Él la abrazó por detrás y la besó
en la nuca. ¿A qué venía eso de que la mordiera tanto últimamente? Que la
saludara con un beso también era un comportamiento poco habitual; bueno,
poco habitual antes del último sábado. Se puso tensa mientras la besaba, pero
Simon no pareció advertirlo.
—¿Que nos echabas de menos? —preguntó Alison—. Si sólo has estado
fuera unas pocas horas.
—Sí, ya lo sé —admitió él—, pero el funeral fue tan triste, la familia
estaba tan afectada. Hizo que apreciara lo que tengo... Mmmm, tu olor es tan
alucinante. ¿Jeremy está durmiendo la siesta?
—Sí, pero debería levantarse de aquí a unos minutos. —En realidad,
esperaba que la siesta de su hijo se prolongara al menos media hora más,
aunque sabía lo que él estaba insinuando.
Efectivamente.
—¿Qué tal si nos vamos a la cama...? —preguntó Simon.
Alison se preguntó si realmente habría ido al funeral. A lo mejor había
estado follando con su novia toda la tarde y aquélla era una más de sus
mentiras.
La volvió a besar y ella se levantó con gran brusquedad, como si la silla
le hubiera soltado una descarga eléctrica.
—No, ahora no.
A Simon no le pasó desapercibida su brusquedad.
—¿Qué pasa?
—Tengo que terminar de limpiar —respondió ella, y volvió a ponerse
con la aspiradora.
Simon no insistió.
Cuando Jeremy se despertó de la siesta, se lo llevó al parque a jugar al
fútbol. ¿Por qué le gustaba ir tan a menudo al parque a correr últimamente?
¿Para quién se estaba poniendo en forma?
Después del fútbol, Jeremy parecía agotado, como si hubiera estado
corriendo de aquí para allá sin parar, pero Simon, con su energía
desenfrenada, anunció que iba a salir a correr por el parque y que empezaran
a comer sin él. Alison no pudo evitar imaginar que estaba planeando ir a casa
de su amante para un desahogo sexual. Hasta era posible que viviera en el
barrio, no muy lejos. Quizá cada vez que regresaba sudoroso de sus carreras,
en realidad había estado con ella. Si no podía conseguir algo de su esposa,
salía para obtenerlo en otra parte. De pronto se le antojó que era más que
evidente que la estaba engañando; no se podía creer que hubiera estado tan
ciega.
—¿Quién...? —estuvo en un tris de añadir: ¿... es ella?, pero consiguió
contenerse. Sabía que en ese momento su reacción era visceral y que no tenía
ninguna prueba. Y no quería provocar un drama innecesario por Jeremy.
—¿Quién qué? —preguntó Simon.
—No importa.
Cuando regresó de correr, se metió directamente en la ducha. ¿Era para
quitarse de encima el olor de aquella mujer? También se metió con el móvil
en el baño. ¿Le estaría enviando un mensaje de texto?
Alison no veía el momento de echarle el guante a aquel teléfono.
Más tarde, esa misma noche, tuvo su oportunidad. Después de leerle un
cuento a Jeremy para que se durmiera, Simon entró en el dormitorio cuando
estaba tumbada en la cama viendo un DVD de The Rachel Maddow Show. Se
desnudó y se quedó sólo con los calzoncillos, momento en el que ella reparó
en su pecho, que parecía aún más peludo que la noche anterior.
—Folla conmigo ahora —dijo él.
—¿Qué has dicho?
Habían tenido mucho sexo en los últimos tiempos, pero ¿le estaba
«exigiendo» en serio que tuvieran relaciones?
—Perdona —se disculpó Simon, pareciendo casi avergonzado—. No sé
por qué lo he dicho de esa manera. Sólo quería saber si, puesto que Jeremy
está dormido, querrías hacer el amor ahora.
Alison le echó un vistazo a su entrepierna y vio que tenía una erección.
Entonces se lo imaginó fugazmente con su amante.
—No.
—¿Es que pasa algo?
—No —repitió ella, mirando el programa de Rachel Maddow. Deseaba
que se marchara, porque no podía soportar verle mentir y engañarla
descaradamente a la cara.
—Pareces enfadada conmigo por algún motivo.
—No lo estoy.
—Ah —dijo él—. Entonces, ¿cómo es que no quieres...?
—No tenemos por qué tener sexo múltiples veces todos los días.
—No tenemos ninguna obligación —replicó él—. Pensaba que querías
tener más sexo. Pensé que te gustaba.
—Y me gustaba..., quiero decir que me gusta..., pero me parece que
quieres batir algún record o algo parecido. Y no entiendo por qué tú... Da
igual. Sólo estoy cansada y quiero acostarme pronto esta noche, nada más.
Alison vio que seguía empalmado, y sacudió la cabeza con frustración.
—De acuerdo —dijo Simon—. Me doy cuenta de que estás de mal
humor. Te dejaré tranquila.
Se metió en el baño. Alison no oyó correr el agua ni que levantara la
tapa del retrete. Se preguntó si se estaría masturbando, y de ser así, ¿en quién
estaría pensando?
Entonces descubrió el móvil de Simon encima de la cómoda. Lo abrió y
revisó las últimas llamadas recibidas y marcadas. Aparte de las llamadas al
móvil de Alison, había una a Mark, su antiguo ayudante. Pero ¿cómo sabía
ella si era de verdad Mark? Podría ser que hubiera guardado el número de su
amante con ese nombre pensando que eso evitaría que lo pillaran. Abrió su
bolso y sacó una pluma y una tarjeta de visita y apuntó el número. Luego
comprobó los mensajes de texto: no había mensajes enviados ni recibidos.
Eso era extraño, porque había intercambiado varios con él recientemente.
¿Había borrado todos sus mensajes por algún motivo?
—¿Qué estás haciendo?
Alison miró y lo vio de pie junto a la puerta del baño. Bajó rápidamente
el teléfono.
—Empezó a pitar. Pensé que había saltado la alarma.
Era una mala excusa, pero fue lo mejor que se le ocurrió a bote pronto.
—No pasa nada —dijo él—. Si quieres utilizar mi teléfono, puedes
hacerlo.
Simon estaba mirando fijamente hacia abajo, hacia la tarjeta de visita
que sostenía en la mano. De manera instintiva ella cerró el puño y estrujó la
tarjeta.
—Sólo era la alarma —dijo.
Cuando Simon volvió al baño, volvió a meter la tarjeta de visita en el
bolso y regresó a la cama. Se sentía fatal por la situación. Esa misma mañana
todo iba de maravilla y ahora volvía a estar en un matrimonio conflictivo.
Estaba decidida a no dejar que eso fuera adelante. Iba a conseguir
respuestas y superar aquello de una u otra manera.
El sábado por la mañana, después de que Simon regresara de dar otra larga
carrera más, Alison salió a comprar algo de comida. Camino de la tienda, se
detuvo en una cabina telefónica de Columbus. Hacía años que no llamaba
desde una cabina, pero quería comprobar el número que había anotado y no
quería que en el identificador de llamadas apareciera el número de su móvil.
El número de Mark era realmente el de Mark; el que saltó fue su buzón
de voz. Se sintió más frustrada que aliviada. Si Simon estaba teniendo un lío
amoroso, quería averiguarlo ya, y su instinto le decía que pasaba algo, que sin
duda lo que había estado sucediendo últimamente no era normal.
El resto del fin de semana no fisgoneó más entre las cosas de Simon,
sino que estuvo atenta y no advirtió nada. Fue el de siempre; bien, el de
siempre de los últimos tiempos: haciendo ejercicio, comiendo carne y
queriendo tener relaciones sexuales con ella..., bueno, más o menos a todas
horas. También siguió hablando con aquel extraño tono de exigencia. Una
noche durante la cena, al servirse un vaso de zumo de manzana, le dijo:
«Quieres zumo de manzana», pero no como pregunta, sino afirmándolo. Lo
había hecho cerca de una docena de veces, y estaba empezando a ser muy
cabreante.
El sábado por la noche Alison le dijo que volvía a estar cansada. Pareció
decepcionado, pero no le preguntó nada al respecto. No obstante, el domingo,
cuando volvió a rechazarlo, le preguntó:
—¿Puedes hacer el favor de decirme qué está pasando? No puedo leerte
el pensamiento. Si estás enfadada conmigo por algo, dime de qué se trata.
Alison sabía que cualquier discusión degeneraría en pelea.
—Qué más da —respondió, y se puso a ver un DVD del Rachel
Maddow Show hasta que se quedó dormida.
No durmió mucho tiempo. Al cabo de más o menos una hora, se despertó,
dándole vueltas al extraño comportamiento de Simon y si de verdad tenía que
ver con que la estuviera engañando. A lo mejor no obedecía a ninguna causa
en particular, y no era más que un aspecto más de la crisis de los cuarenta.
Después de todo, había perdido su trabajo y se había convertido en un papá
amo de casa; ésos eran cambios importantes en la vida. Y no tenía ninguna
prueba de que la estuviera engañando, así que tal vez estaba sacando
conclusiones erróneas. Podría ser que todo aquel ejercicio e interés por el
sexo desenfrenados fueran sólo su manera de hacer un esfuerzo añadido para
salvar el matrimonio. ¿Acaso no le había pedido ella durante meses que se
esforzara un poco? Tal vez estaba siendo tremendamente injusta. Ahora que
Simon estaba esforzándose de verdad, ella perdía los papeles.
El lunes por la mañana Alison tenía una cita de ventas con el doctor
Greenberg en su consulta de la Ochenta y cuatro, entre Park y Madison. La
recepcionista la hizo pasar a la sala de espera. Greenberg no la pudo atender
hasta casi mediodía; ya había empezado a adormilarse cuando la enfermera le
dijo que ya podía ver al doctor. Alison no conocía especialmente bien a
Greenberg, y su perorata, en contra de lo habitual, fue precipitada y
deslavazada. El médico cogió las muestras y le dijo que la llamaría para tener
otra reunión, aunque ella se dio cuenta de que ésta no llevaría a nada. Se
sintió mal porque Greenberg era un ginecólogo prestigioso e influyente que
podría mostrarse esquivo, y tuvo la sensación de que había echado a perder
una ocasión importante.
Echó a andar por Madison Avenue, tirando de la maleta de las muestras
e intentando no ser demasiado dura consigo misma; había pasado por mucho
recientemente, y todo el mundo tenía derecho a un día flojo de vez en
cuando. El día se había despejado y era hermoso y soleado; había montones
de gente haciendo compras y las mesas de las terrazas de los cafés estaban
llenas. Envió un mensaje de texto a Simon:
¡Espero que estéis disfrutando de este espléndido día!
Él no le respondió con la inmediatez que era habitual en los últimos tiempos.
No paró de comprobar el teléfono mientras caminaba hacia el centro, pero
siguió sin haber respuesta. Supuso que estaría enfadado con ella y que habría
borrado el mensaje sin molestarse siquiera en leerlo. Si estaba equivocada al
respecto y Simon no estaba teniendo una relación ilícita, lo único que estaba
consiguiendo con sus sospechas era alejarlo. Quizá su hermana y las páginas
web estuvieran equivocadas, y los cambios en la conducta de Simon no
fueran más que su extraña manera de esforzarse para arreglar su matrimonio.
Le pareció raro estar esperando su mensaje de contestación, así que lo
llamó. Simon lo cogió al cuarto timbrazo.
—Hola —dijo.
—Hola, sólo quería saludar —respondió Alison—. Quería disculparme
por mi comportamiento del fin de semana. Es que estaba agobiada, nada más,
pero lo he pagado contigo y te pido perdón.
—No pasa nada —dijo Simon—. Te echo de menos.
Alison ya no se acordaba de cuál había sido la última vez que le había
dicho que la echaba de menos..., ¿cuando eran novios? Parecía sincero, lo que
la hizo sentir aún más culpable por haber sospechado de él.
—Yo también te extraño —respondió—. Bueno, ¿dónde estáis? ¿En
Battery Park?
—No, hoy los muchachos han venido a la parte alta. Estamos pasando el
rato en el Sheep Meadow.
—Eso me parece fantástico. Bueno, que tengáis un día fantástico. Y dale
a Jeremy un besazo de mi parte.
—Lo haré. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Alison dio por terminada la llamada sintiéndose fatal. No por decir «te
quiero» a su marido, que era fantástico y normal; se sentía fatal por la manera
en que lo había tratado los últimos días. Todos sus motivos para dudar de él y
mostrarse tan distante durante el fin de semana se le antojaron ridículos. Lo
extrañaba y estaba impaciente por verlo más tarde.
Escribió otro mensaje: «¡Te echo de menos!», pero no lo envió cuando
se le ocurrió que estaba a unos diez minutos a pie del Sheep Meadow y que
no tenía otra cita hasta después de comer. ¿No sería bonito darles una
sorpresa a los dos?
Y sin pensárselo dos veces, puso rumbo al parque.
Subió la colina, y poco a poco el Sheep Meadow se fue haciendo visible.
Divisó a Simon y a sus amigos de inmediato; era imposible no verlos. En
medio del prado la gente vitoreaba mientras miraban a Simon y a los otros
hombres jugar al Frisbee descamisados. A Alison le sorprendió ver a su
marido sin camisa —jamás se la quitaba en el parque, ni siquiera los días más
calurosos del verano— y también le sorprendió lo velludo que tenía el pecho.
Lo había visto en el dormitorio, por supuesto, pero allí solían tener una
iluminación más bien tenue. Por lo que fuera, al aire libre la vellosidad de
Simon parecía más asombrosa. Y los otros tipos también parecían
notablemente peludos. Se paró a mirar cuando el hombre de la abundante
cabellera gris —supuso que aquél era el tal Michael— lanzó el Frisbee
lejísimos y un individuo de aspecto latino lo agarró y regresó corriendo a toda
velocidad hasta el primero como un perro feliz. Después de que el tipo
cuadrado y musculoso recuperara el disco, llegó el turno de Simon. Alison
contempló con asombro cuando su marido echó a correr a una velocidad
fulgurante, atrapó el disco y volvió corriendo hasta Michael, sonriendo
abiertamente y sin que pareciera faltarle el aliento. Jeremy y los otros tres
niños también estaban gritando entusiasmadamente entre los demás curiosos.
Mientras observaba la escena, pensó: ¿De verdad está ocurriendo esto?
¿Por qué se comportaba Simon de aquella manera, y cómo era capaz de
correr tan deprisa? Nunca había sido un corredor especialmente rápido, pero
de repente era como una estrella del atletismo. Era imposible que hubiera
adquirido una forma física tan fantástica durante la semana anterior, sólo por
ir a correr al parque y jugar al fútbol con Jeremy.
Ahora los cuatro hombres se estaban abrazando unos a otros por turnos.
Simon abrazó al tipo del pelo gris durante un buen rato, puede que un minuto,
y entonces se empezaron a gritar mutuamente cosas como: «¡Impresionante!»
y «Sí, chaval». Luego hicieron chocar las palmas de las manos durante un
rato más, todavía comportándose como universitarios anfetamínicos. Alison
había visto antes en el parque a tíos con una buena dosis de bravuconería
masculina. Durante los fines de semana de primavera y verano, la
testosterona hacía que los partidos de fútbol y de fútbol americano de toque
menudearan en el parque. Pero aquello no le pareció que fuera la típica
química entre machos; Simon y los otros desprendían una extraña energía que
prácticamente rayaba en la euforia.
Alison no tenía ni idea de qué pensar de todo aquello, pero el instinto le
dijo que por fuerza guardaba relación con los demás extraños
comportamientos de Simon de los últimos tiempos. Era demasiada casualidad
que hubiera conocido a aquellos individuos y cambiado más o menos al
mismo tiempo. Tenía que haber alguna relación; sólo que no tenía ni la más
remota idea de cuál podría ser.
En última instancia, decidió no saludar y alejarse caminando
rápidamente, antes de que Simon y Jeremy repararan en ella.
Esa tarde, entre una cita y otra, se paró en el Starbucks de la Primera y la
Setenta y cinco, se conectó a Internet y se puso a buscar «marido
repentinamente veloz», «marido repentinamente velludo» y «marido
repentinamente carnívoro». Los resultados no le dieron ninguna pista sobre la
situación de Simon, aunque en un sitio sugerían que la vellosidad podía estar
relacionada con un desequilibrio hormonal. ¿Habría demasiadas hormonas en
la carne que comía? Hizo una búsqueda para «hormonas de la carne marido
velludo». pero no consiguió resolver el misterio.
Durante el resto de la jornada laboral no consiguió quitarse de la cabeza
las imágenes de su descamisado marido ni de las palmadas de felicitación y
los abrazos entre Simon y sus nuevos amigos. ¿A qué se debía aquel
comportamiento? Su esposo nunca había sido tan aparentemente sobón con
los hombres. Puestos a pensar en ello, ni siquiera tenía muchos amigos
varones. De vez en cuando quedaba con sus amigos, Stu o Kenny, para ir
tomar unas cervezas, pero no era lo que se decía un hombre que prefiriese la
compañía masculina y las aficiones propias del sexo. Ésa había sido una de
las cosas que le habían gustado de él cuando se conocieron. La mayoría de
sus novios anteriores habían sido fanáticos de los deportes, y fue
reconfortante estar con un tío que prefería ir a una cata de vinos o a la
inauguración de una galería que repantigarse en el sofá para ver un partido de
hockey.
Al acordarse del larguísimo abrazo con Michael, Alison soltó:
—¿No será homosexual, verdad?
No había sido su intención decirlo en voz alta. Cheryl, una camarera con
quien charlaba a veces, estaba pasando la fregona cerca de ella.
—¿A quién te refieres? —le pregunto en un tono de chismosa.
—Oh, nada, pensaba en un actor al que vi anoche en televisión —mintió
Alison.
—¿Actores? —Cheryl soltó una risotada—. Créeme, chica, son todos
homosexuales.
Alison nunca había detectado antes ningún comportamiento homosexual
en Simon, y había parecido muy hetero..., sobre todo de un tiempo a esa
parte. Dicho esto, y aunque no era precisamente un metrosexual, vestía mejor
que la mayoría de los tíos y por lo general iba muy bien arreglado. Recordaba
haberle tomado el pelo al principio de conocerse porque utilizaba un
exfoliante facial de albaricoque y una crema hidratante corporal
«reafirmante». Quizás él y aquel tío canoso tenían un lío. Tal vez eso
explicara la noche que había pasado fuera de casa y por qué iba a correr y al
gimnasio permanentemente: para ponerse en forma para su novio. Y quizá
todo el interés en el sexo heterosexual fuera sólo una especie de
compensación excesiva para poder seguir dentro del armario. Podría ser que
Alison no fuera su esposa; sólo su tapadera.
Aunque nada convencida de que algo de aquello fuera cierto, esa teoría
parecía tan lógica como cualquiera de las otras que se había planteado
recientemente. Si él no era homosexual, sí que tenía un gran secreto, y tal vez
éste tuviera algo que ver con sus nuevos amigos.
Esa noche cuando regresó a casa del trabajo, no habló mucho con
Simon. Él le preguntó por cómo le había ido el día.
—Estupendo —respondió, y se puso a jugar con Jeremy un rato. Se
sentía tan incómoda cerca de su marido que de hecho le resultaba difícil
mirarle.
Después de cenar, Jeremy estaba viendo The Wiggles y Simon lavaba
los platos. Entendiendo que no había motivo para alargarlo más, Alison entró
en la cocina.
—¿Te lo pasaste bien con tus amigos hoy?
El «te lo pasaste bien» iba con bala, pero Simon no lo captó.
—Sí, la verdad es que sí. Jeremy también se lo pasó pipa.
—Creía que habías decidido no verlos más.
—Cambié de idea —respondió—. Creo que son unos tipos estupendos.
Me gustan un montón.
Al venirle de nuevo aquella imagen en la cabeza, la de Simon abrazando
a Michael, preguntó:
—¿Y qué es lo que te gusta de ellos?
—¿A qué te refieres?
—Sólo siento curiosidad —mintió ella—. En fin, ¿qué es lo que tienen
que es tan especial?
—No lo sé —dijo—. Supongo que congenio con ellos. Vaya, todos
somos padres amos de casa a jornada completa o a tiempo parcial, y todos
tenemos un hijo...
—¿Ellos también hacen mucho ejercicio?
—No estoy seguro, pero realmente son unos atletas. ¿Qué sucede? ¿Qué
pasa?
—Que ya no tienes que seguir haciéndolo.
Simon, que estaba fregando la sartén en la que se había preparado las
chuletas de cerdo para cenar, preguntó:
—¿Que no haga más qué?
—Todo esto —respondió ella, dando rienda suelta a su frustración—. Si
tienes un secreto, si está pasando algo, puedes hablarlo conmigo. O lo
podemos hablar con el doctor Hagan. Pero toda esta representación, o como
quieras llamarlo, no nos lleva a nada.
Simon cerró el grifo.
—Lo siento, pero ahora mismo de verdad que estoy confundido. Eres tú
la que se está comportando de manera extraña, no yo.
—¿Yo? —dijo Alison—. ¿En qué he...?
—Quizás estuviera en la consulta del doctor Hagan con una esposa
diferente que se hizo lenguas de lo fantásticas que habían sido las cosas
últimamente y lo mucho que había mejorado nuestro matrimonio.
—Es verdad que me gustan algunos de los cambios —replicó Alison—.
En fin, me gusta que tengamos más intimidad, y es estupendo que volvamos a
tener relaciones sexuales, pero el conjunto es excesivo. Tu actividad física, tu
afición a la carne, el que de repente tengas esa agudeza auditiva y que tengas
más pelo en el cuerpo del que jamás hayas tenido. —Se dio cuenta de que
todo aquello sonaba de lo más loco, pero prosiguió—. Sé que está pasando
algo, algo que me estás ocultando, y no me digas que es todo fruto de mi
imaginación porque no lo es. Sé que no lo es.
Simon se secó las manos con el trapo de la cocina e intentó rodearla con
los brazos, pero ella retrocedió.
—Mira, sé que recientemente me he estado comportando de manera
diferente —reconoció Simon—. Al principio estaba preocupado, pero llamé a
la consulta del doctor Segal y les describí mis síntomas y la cosa les pareció
ridícula. Entonces pensé: ¿por qué me preocupo por esto cuando nuestras
vidas están mejorando? No nos peleamos tanto, tenemos relaciones sexuales
fantásticas y Jeremy está más contento, que era lo que queríamos, ¿verdad?
Queríamos encontrar la manera de ser felices, de mejorar nuestras vidas, y
está ocurriendo, así que ¿por qué resistirse?
Alison no respondió de inmediato, al principio por resultarle difícil
encontrar un punto débil a tanta lógica.
—Pero ¿qué pasa con los cambios físicos? ¿Esa locura por la carne y el
vello de tu pecho? —dijo entonces.
—No le encuentro explicación —respondió él—. Lo único que sé es que
parece increíble.
Para hacer hincapié en lo dicho Simon mostró una sonrisa de oreja a
oreja, pero a Alison le pareció una sonrisa exagerada, como de maníaco, la
misma que había mostrado cuando hacía chocar las palmas de las manos con
sus amigos en el parque. No tenía ni idea de quién era aquel hombre, pero no
era su marido.
—Siento que te estoy perdiendo —soltó.
—¿Cómo que me estás perdiendo? —preguntó él—. Estoy aquí.
Pero no estaba allí. Aquel peludo carnívoro que corría detrás del Frisbee
en el parque y que se fundía en abrazos desmesurados con sus amigos era un
absoluto extraño.
—Lo único que quiero es que las cosas vuelvan a ser lo que eran —dijo
Alison—. Prefiero todos nuestros antiguos problemas a esto. Sólo quiero que
vuelva mi marido.
El resto de la noche no le dirigió la palabra. Confiaba en que aplicarle el
tratamiento del silencio le enviaría el mensaje de que estaba disgustada en
serio y con un poco de suerte se acercaría y compartiría con ella lo que estaba
ocurriendo. Pero Simon no pareció darse por aludido en absoluto. Cuando
Jeremy se quedó dormido, entró en el dormitorio.
—Quiero follar contigo —soltó.
Ella perdió los estribos.
—¿Por qué sigues hablándome de esa manera tan rara? ¿Te importaría
dejar de hacerlo, por amor de Dios? —protestó a gritos.
Simon, aparentemente tan sorprendido como ofendido, no respondió y
se metió en el baño, probablemente para masturbarse. Frustrada, Alison
arrojó la almohada contra el cabezal de la cama y le propinó unos cuantos
puñetazos. Le parecía increíble que volvieran a tener problemas conyugales.
Agotada por la larga y estresante jornada, apagó la luz y se quedó
dormida. La despertaron los fuertes gritos de Simon. Desorientada, al
principio no supo qué estaba sucediendo, hasta que se dio cuenta de que
debía de llevar un rato dormida, porque Simon estaba acostado dando vueltas
en la cama con gran violencia, mientras gritaba:
—¡No! ¡No! ¡Dios mío, no! ¡Noooooooooo!
—Despierta. —Alison lo sacudió—. Sólo es un sueño. Despierta.
Entonces se puso a gritar con una fuerza que ella no le había oído jamás.
Era un grito de absoluto terror.
—Simon, ¿me oyes? Simon.
Siguió gritando y gimiendo.
—¡No, no! ¡Por favor, nooo!
Jeremy se puso a gritar desde su habitación.
—¡Papi! ¡Papi!
Alison zarandeó a Simon, suplicándole, pero nada surtió efecto.
Jeremy gritaba como un histérico.
—¡Papi! ¡Papi!
—¡Ya no soporto esto más! ¡No lo soporto! —gritó ella, y salió volando
del dormitorio.
17
El sueño de Simon:
Estaba hambriento, a oscuras, sin poder ver nada, aunque podía oler
algo. Olió a árboles y a aire fresco y frío del campo, pero sobre todo le
llegaba el olor de su siguiente comida.
La comida se acercaba a él. Esperó en silencio el momento oportuno, y a
continuación se estaba moviendo a una velocidad increíble, casi estaba
volando. Saltó hacia su comida y mordió la deliciosa carne, dándose un
banquete con ella. Mmmm, era la mejor comida de toda su vida. Deseaba
seguir comiendo eternamente. No conseguía saciarse.
Entonces se encontró corriendo de nuevo envuelto en una oscuridad
absoluta. Aunque no podía ver nada, lo veía todo. Volvía a estar hambriento.
Oyó algo a lo lejos, se detuvo y aguzó el oído. ¿Era un enemigo? No, era
comida, aunque sabía que tenía que no hacer ruido o la comida se escaparía.
Estuvo quieto durante mucho tiempo, observando a su comida en la
oscuridad. De pronto él ya no estaba allí. Estaba fuera, observándose, aunque
él no era él, en cualquier caso no el «yo» que conocía. Tenía el cuerpo de un
ser humano, pero también era un animal feroz con dientes y garras afiladas.
Estaba devorando su comida, salpicando la sangre caliente a su alrededor.
Se despertó gritando, aliviado por encontrarse en su dormitorio y no en
aquel bosque negro como boca de lobo. Alison sostenía a Jeremy en brazos.
Su hijo estaba sumamente alterado y sollozaba.
—¿Qué sucede? —preguntó Simon—. ¿Se encuentra bien?
—Le has dado un susto de muerte —respondió Alison.
—¿Cómo es posible?. —Entonces recordó que estaba en el bosque,
viéndose como un animal despiadado—. Lo siento. Tuve una pesadilla, nada
más.
Jeremy seguía llorando. Simon se levantó de la cama.
—Deja que lo coja.
Alison retrocedió.
—No le pasa nada, puedo ocuparme de él. —Se dio la vuelta para
marcharse, añadiendo—: Tal vez quieras dormir en el sofá esta noche.
Simon no comprendía por qué estaba tan furiosa con él. Hacía sólo un
par de días que todo parecía tan estupendo, y de repente volvía a ser infeliz, a
quejarse, a rechazar tener relaciones sexuales con él. Quería hablar con ella
de todo eso, aunque sabía que no podría resolver nada en ese momento, en
plena noche, mientras estuviera tan malhumorada, así que cogió su almohada
y se dirigió al sofá.
Aunque no pudo dormir; tenía demasiado fresca la pesadilla en la
cabeza. La primera parte, cuando tenía hambre y buscaba comida, había sido
estimulante; pero la siguiente, cuando le pareció estar fuera de la escena,
observando la versión animaloide de sí mismo, fue aterradora. No sabía por
qué le resultaba tan horrible; sólo era un sueño, por Dios.
Entonces, como en una revelación repentina, pensó: «Yo era el lobo». El
primer ataque del sueño había sido el del ataque del lobo a Tom, y el segundo
había sido el que mató al ciervo del bosque. No era precisamente un experto
en el análisis de los sueños, pero le pareció lógico que el sueño tuviera que
ver con la culpa reprimida. Se sentía culpable por toda la furia que había
albergado contra Tom, y el sueño era una especie de fantasía perversa. Ésa
era la única explicación lógica.
Pero comprender el sueño no lo hacía parecer menos aterrador. Había
parecido tan real que de hecho había tenido la sensación de encontrarse allí,
mordisqueando la carne salada, y tenía miedo de volver a dormirse, no fuera
a ser que la pesadilla se reanudara. Aunque ésa no era la única razón de que
no pudiera dormir; también tenía una molesta erección. Habían pasado dos
días desde el último polvo que Alison y él habían echado, aunque se le
antojaba como si hubieran transcurrido siglos. Pero no tenía ganas de
masturbarse. Quería hacerle el amor a su mujer, no a una versión fantasiosa
de ella.
Al final se quedó dormido, aunque la pesadilla se repitió. En esa ocasión
fue incluso más vívida; sin ninguna duda era un ataque contra Tom. Incluso
le vio la cara y oyó sus gritos. El ataque al ciervo también fue más real. La
carne del animal era más dura que la de Tom; la de éste había sido una
comida con más grasa, le había saciado más.
Por la mañana Alison seguía de un humor avinagrado y apenas le dirigió
la palabra. Simon se sentía mal por la reciente distancia que se había abierto
entre ellos, pero no se le ocurría ninguna manera de arreglar las cosas. Había
intentando hablar con ella la última noche, aunque ya no la entendía. Si los
hombres eran de Marte, ella era de un universo distinto. Sabía que intentar
hablar no tendría ningún sentido y sólo aumentaría el distanciamiento, así que
decidió que no sacaría nada a colación hasta que tuvieran la próxima sesión
con el terapeuta matrimonial.
Llevó a Jeremy al centro para que jugara en Battery Park con los hijos
de los muchachos. En marcado contraste a lo incómodo que se había sentido
recientemente cerca de Alison, en cuanto vio a los tres tipos se notó más
tranquilo y relajado. Parecían entenderlo de una forma que su mujer no era
capaz.
Mientras abrazaba a Charlie, Ramón dijo:
—Hoy todos quieren un trozo del héroe.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Simon.
—¿Todavía no has leído los periódicos de hoy? —El actor fue hasta el
banco, cogió un ejemplar del Daily News y se lo tendió para que pudiera ver
la foto de Charlie en la primera plana, sonriendo abiertamente mientras
rodeaba con el brazo a una atractiva rubia. El titular era sencillo:
MI HÉROE
—Ayer Charlie salvó a una mujer en un incendio —explicó Ramón.
—Eh, ya sabes cómo son los periódicos. —El bombero intentaba
mostrarse modesto—. Lo exageran todo.
—¿Exagerar? Te metiste en el fuego, amigo. —Ramón siguió hablando
para Simon—. El periódico dice que si no llega a entrar, la mujer habría
muerto en un minuto. Tuvo que romper la puerta delantera para llegar hasta
ella, y tenía como tres cerraduras. Echó la puerta abajo él solo.
—Eso no es nada —terció Charlie—. Cualquiera de los muchachos de
mi equipo habría hecho lo mismo.
—Sí, pero no lo hicieron —insistió Ramón—. Eso es lo que te convierte
en héroe.
—Nos sentimos muy orgullosos de Charlie —declaró Michael. Entonces
le dijo a Simon—: Estás orgulloso de Charlie.
El silencio pareció prolongarse mientras todos le miraban, esperando a
que respondiera.
—Por supuesto que estoy orgulloso de él —dijo por fin.
Michael pareció complacido.
—Gracias —le dijo Charlie—. Eso significa mucho para mí, tío.
—Y le salvaste la vida a una mujer preciosa; estoy seguro de que se
mostrará muy agradecida —bromeó Ramón—. Espero que consiguieras su
número de teléfono.
—Por supuesto —admitió el bombero sonriendo.
Ramón le echó el brazo por el hombro y se lo acercó.
—Éste es mi chico, éste es mi chico.
Después del parque infantil, los cuatro llevaron a sus hijos a un
McDonald que había cerca. Los niños comieron sendos Happy Meal, y los
padres varias hamburguesas Angus cada uno. Simon había previsto comerse
dos, pero el olor a carne frita le abrió el apetito aún más, así que pidió cuatro
y una botella de agua. Ramón y Charlie también pidieron varias cada uno,
pero Michael compró ocho.
Se sentaron en medio del restaurante con sus bandejas a rebosar. Simon
se dio cuenta de que la gente los miraba, pero estaba demasiado concentrado
en la comida para que le importara de verdad. Michael sacó las hamburguesas
de los bocadillos y las amontonó formando una gran pila de carne. Charlie y
Ramón hicieron lo mismo, y Simon, dándose cuenta de que sería mucho más
agradable comerse la carne sola, también amontonó las suyas.
No podía masticar la carne lo bastante deprisa; sólo quería meterse para
el cuerpo todo aquello lo más rápido posible. Los otros engullían las suyas.
Se dio cuenta de que la gente de las otras mesas los estaban mirando, pero no
le importó. No podía pensar más que en lo hambriento que estaba y en la
comida que tenía delante, y no le importaba nada más. La carne le hizo
acordarse de una sensación que había tenido recientemente, durante la
pesadilla, cuando había visto a Tom —su comida— delante de él. Mientras
tragaba un gran pedazo de hamburguesa, le pasó por la cabeza una rápida
imagen de sí mismo como hombre lobo mientras hundía los dientes en el
cuello de Tom, y tuvo una arcada cuando la carne se le quedó atascada en la
tráquea.
Charlie fue el primero en levantarse y como una aparición se colocó
inmediatamente detrás de su silla, listo a aplicarle la maniobra de Heimlich,
aunque Simon pudo regurgitar la carne por sus propios medios.
—Estoy bien —dijo entre toses—. Estoy... perfectamente.
—No te preocupes, Charlie está especializado en reanimación
cardiovascular —dijo Ramón—. No vas a morir por ninguna hamburguesa
Angus mientras tengamos a un bombero heroico con nosotros.
Simon vio a Jeremy, que desde la mesa contigua lo miraba asustado.
—No pasa nada, no te preocupes —le dijo—. Papá se va a poner bien, te
lo prometo.
Tranquilizado, el niño se dio la vuelta de nuevo para seguir hablando y
riendo con sus amigos.
Tosió unas cuantas veces más, continuando con su recuperación.
—Supongo que estaba comiendo demasiado deprisa.
Michael parecía desconcertado, como si no le oyera o no le
comprendiera.
Después de dar un trago de agua, continuó comiendo, aunque más
lentamente. Al principio se sintió bien, pero entonces volvió a estar allí,
hincando los dientes en el cuello de Tom. La visión fue incluso más nítida
que la vez anterior, y muy real, como si fuera un recuerdo y no un sueño.
Volvió a tener una arcada, aunque menos intensa que la anterior.
—¿Seguro que te encuentras bien? —preguntó Charlie.
—Sí —respondió—. Estupendamente.
Consiguió terminar lo que le quedaba de las hamburguesas sin más
incidentes, aunque todavía presa de la inquietud. Los otros también habían
terminado de comer.
—Tienes miedo —le espetó Michael.
Simon ya se había acostumbrado a su estilo de comunicación brusco y
directo.
—Sí, la verdad es que sí. ¿Cómo te has dado cuenta?
—El miedo es debilidad, igual que el amor.
Simon entrecerró los ojos, intentando entender de qué estaba hablando.
Cuando resultó evidente que no se lo iba a explicar, dijo:
—Anoche tuve un extraño sueño.
Tres pares de ojos se clavaron de pronto en él, esperando que
continuara.
—Soñé que era..., bueno..., un lobo —dijo Simon—. O no exactamente
un lobo. Tenía rasgos de lobo..., los dientes, las garras, el pelaje, pero era yo.
Sea como sea, soñé que atacaba a un hombre y lo mataba, y que luego
también atacaba y mataba a un ciervo.
Evitó premeditadamente hacer cualquier referencia a la relación del
sueño con lo que le había ocurrido a Tom. Los otros tres lo estaban mirando
sin ninguna expresión en el rostro, como si esperaban el remate de un chiste.
—Eso fue todo —concluyó—. Me desperté gritando.
—Fue un sueño feliz —dijo Michael.
—No —respondió—, fue terrorífico. Bueno, eso no es del todo cierto.
Una parte fue terrorífica, el final. Al principio no me sentía feliz ni asustado.
—Fuiste fuerte en el sueño —prosiguió Michael.
Simon se había sentido poderoso en el sueño.
—Puede —admitió—. Pero no fuerte en el buen sentido. Fuerte de una
manera aterradora.
Se le hizo raro estar siendo psicoanalizado por uno de los padres del
parque infantil en un McDonald abarrotado. No entendió por qué había
sacado el tema a colación.
—Caray, mirad la hora que es —dijo, consultando el móvil—.
Tendríamos que estar volviendo a casa.
Delante del McDonald se despidieron con abrazos, y luego Simon echó
a correr hacia el Upper West Side, empujando a Jeremy en el cochecito de
correr. Como siempre, el ejercicio lo tranquilizó, y la pesadilla sobre Tom
dejó de inquietarle tanto. Lo fantástico de las pesadillas es que no te
persiguen eternamente; al final son sustituidas por nuevas pesadillas. Tenía
que vivir su vida y dejarlo correr.
Un hombre calvo de mediana edad que llevaba una chaqueta deportiva
negra, parado cerca del mostrador del portero, se lo quedó mirando cuando
entró en el portal. La forma que tuvo de mirarlo hizo que Simon se
preguntara si conocía a aquel sujeto de alguna parte, aunque no le resultaba
nada familiar. Sonrió de manera instintiva, pero el hombre no le devolvió la
sonrisa. En vez de eso, echó un vistazo a su izquierda, a James, el portero, y
debió de recibir alguna especie de señal o reconocimiento por parte de éste
porque entonces fue cuando le habló.
—Discúlpeme, ¿el señor Burns?
Simon se detuvo y miró al hombre con más detenimiento. Seguía sin
poder situarlo.
—Lo siento, ¿le conozco?
El hombre le mostró una placa.
—Dan Dorsey, policía de Bernardsville. ¿Podría hablar con usted, por
favor?
18
Incapaz de procesar lo que estaba sucediendo, en un principio creyó que
debía tratarse de algún malentendido.
—Lo siento —dijo—. Creo que tiene una dirección equivocada.
—¿Es usted Simon Burns?
—Sí, pero...
—¿Nos podemos sentar un momento? —Dorsey hizo un gesto con la
mandíbula hacia el sofá de piel y la butaca a juego del otro extremo del
vestíbulo de la portería.
—Creo que se equivoca de Simon Burns —insistió.
—A menos que vivan dos Simon Burns en esta dirección, me parece que
no estoy equivocado.
Se dio cuenta de que lo del malentendido era impensable.
—¿De qué se trata? —preguntó débilmente al policía, mientras una
fugaz imagen de sí mismo arrancando un trozo de cara de Tom pasaba por su
cabeza. Entonces se le doblaron las rodillas y estuvo a punto de perder el
equilibrio.
Dorsey alargó la mano rápidamente y le agarró del brazo.
—¿Se encuentra bien, señor Burns?
—Sí, muy bien —respondió—. Me parece que he debido coger algo.
Llevo todo el día como mareado.
—Venga, sentémonos unos segundos —dijo el policía—. Esto no nos
debería llevar mucho tiempo.
—Estoy con mi hijo —adujo Simon, inclinando el cochecito hacia
arriba.
Dorsey miró a James.
—Sí, puedo cuidar de él, no pasa nada —dijo el portero.
Simon dejó a Jeremy con James a regañadientes y se reunió con Dorsey
al final de la portería. Le iba la cabeza a mil por hora, mientras intentaba
comprender por qué querría la policía hablar con él. De alguna manera debían
de haber averiguado que había estado en Bernardsville la noche que habían
matado a Tom. ¿Habrían encontrado su zapato en el bosque? Si era así, no
tenía ni idea de qué explicación les podía dar de su presencia allí que no fuera
la verdad. ¿Y por qué no contar la verdad? ¿Qué tenía que esconder?
Dorsey estaba sentado en la butaca, así que Simon se sentó enfrente de
él en el sofá.
—Sigo sin entender a qué viene esto... —dijo. Entonces cayó en la
cuenta de que tal vez no debería aparentar tanta ingenuidad, así que añadió—:
Ha dicho que era de Bernardsville. ¿Acaso su interés en hablar conmigo tiene
que ver con mi antiguo jefe, Tom Harrison?
—Sí, de hecho sí que tiene que ver —respondió el policía.
—Estoy confuso —dijo Simon, pensando: Tiene el zapato. Tiene que
tener el zapato.
De pronto volvió a sentir el gusto a sangre en la boca. Durante un
segundo o dos sintió un mareo, pero se le pasó.
—¿Tiene usted un lobo? —preguntó Dorsey.
—¿Perdone? —La pregunta parecía tan rara que Simon no estuvo
seguro de haber oído correctamente.
—Un lobo —repitió Dorsey—. ¿Tiene uno?
—No —respondió—. Claro que no tengo un lobo. ¿Por qué habría de
tener un lobo?
—Algunas personas los tienen ilegalmente como mascotas —explicó—.
Pero dicen que no tiene ninguno, así que...
—Desde luego que no tengo ninguno —dijo Simon, sabiendo que
Dorsey debía de tener una muy buena razón para ir hasta Manhattan para
interrogarlo, y la única razón aparentemente lógica era que había encontrado
el zapato. Estaba considerando si debía sacar a colación lo del zapato por
propia iniciativa, ser sincero y directo. ¿Había algún motivo para no ser
sincero y directo?
—¿Y supongo que no conoce a nadie que tenga un lobo? —preguntó
Dorsey—. ¿Quizás un amigo?
—No —respondió Simon—. Por supuesto que no conozco a nadie que
tenga un lobo. ¿Qué clase de pre...?
—¿Estuvo usted en Nueva Jersey la noche que mataron a Tom
Harrison?
Simon titubeó. Iba a decir la verdad, desembucharla sin más, pero
entonces se oyó decir:
—No.
—¿Puedo preguntarle dónde estuvo esa noche?
—¿Eso fue el viernes pasado, no? Estuve en Nueva York, me quedé en
casa de un amigo.
Dorsey asintió lentamente con la cabeza, deliberadamente..., ¿o sólo
estaba pensando? Simon no tenía ni la más remota idea de lo que haría si
entonces el policía le decía que tenía el zapato. Quería contar la verdad,
admitir que estuvo allí, pero al mismo tiempo no podía quitarse de la cabeza
los recuerdos de la pesadilla que había tenido ni la sensación de culpabilidad.
Quizá, después de todo, tuviera algo que ocultar. Aquella noche había
perdido el conocimiento, así que ¿cómo podía saber que no estuvo en Nueva
Jersey? Había estado furioso con Tom y tenía motivos para querer matarlo,
así que a lo mejor había conseguido un lobo y lo había llevado con él hasta su
casa aquella noche. Era absurdo, por supuesto, pero en absoluto más absurdo
que despertarse desnudo en el bosque. ¿Cómo podía descartar algo?
—El motivo de que le esté interrogando —dijo Dorsey— es que alguien
cree haberlo visto cerca de la casa del señor Harrison.
—¿Que alguien me vio? —Simon tuvo una visión momentánea de la
pesadilla: a su yo animal clavando los dientes en la deliciosa carne—. ¡Eso es
una locura!
Simon estaba verdaderamente aterrorizado, aunque la reacción debía de
haber sonado a enfado o frustración, porque el policía dijo:
—Tranquilícese, señor Burns. Entiendo que se disguste, pero va a tener
que calmarse. Sólo hago mi trabajo, siguiendo las pistas, intentando cerrar
este caso.
Simon recobró la compostura lo mejor que pudo.
—Lo siento. Me ha pillado por sorpresa, eso es todo. ¿Dijo que me
había visto alguien?
—Sí, un vecino—le aclaró Dorsey—. Dijo que le vio en la funeraria y
pensó que le resultaba familiar.
Simon se acordaba de aquel tipo —¿cómo se llamaba?—, el que había
hablado con él mientras le daba el pésame a la mujer de Tom. ¿Fieldman?
No, Freedman... Alan Freedman. Si Freedman afirmaba que había visto a
Simon en la casa de Tom aquella noche, es que probablemente lo hubiera
visto. Pero se sintió aliviado por el hecho de que no tuvieran el zapato. Podía
negar que lo hubieran visto —era su palabra contra la de Freedman—, pero
no podría discutir nada si encontraban el zapato.
Así que habló con aplomo.
—Bueno, yo no estuve allí. Eso es totalmente absurdo. ¿Y de qué va
todo esto? ¿Pretende acusarme de algo?
—Como le dije antes, a veces la gente tiene mascotas ilegales. Así que
sólo estamos comprobando si alguien podría haber tenido un lobo que
hubiera llevado hasta allí.
—Espere, a ver si lo entiendo bien. ¿Usted piensa que llevé a mi lobo
ilegal hasta Bernardsville y que una vez allí mi lobo atacó a Tom hasta
matarlo?
—Sólo hago mi trabajo, señor Burns. Tenemos un testigo que afirma
que lo vio en la zona, así que tengo que seguir la pista. Pero si usted dice que
no estuvo allí, entonces le pido disculpas por las molestias causadas.
—No estuve allí —insistió, sosteniéndole la mirada al policía e
intentando mostrarse lo más serio posible.
—¿Estuvo en la ciudad esa noche?
—Sí —respondió Simon—. Pasé toda la noche en casa de un amigo.
—En ese caso, lo siento —se disculpó el policía—. Créame, preferiría
estar haciendo otras cosas hoy, en lugar de hacerle peder el tiempo. Pero
mírelo desde nuestro punto de vista. Primero pensamos que le había atacado
un perro rabioso o algo parecido, y luego el forense determinó que fue un
lobo. Créame, si esto hubiera ocurrido en Newark en lugar de en
Bernardsville ni siquiera se habrían tomado la molestia de analizar el ADN ni
de realizar ninguna investigación. Pero ése es un barrio acomodado y a la
gente le preocupa que pueda haber un lobo salvaje corriendo por ahí, así
que...
—¿Y no es ésa la explicación más probable?
—Sí y no —contestó Dorsey—. Hay una reserva de lobos a considerable
distancia en Knowlton Township, a unos ochenta kilómetros de
Bernardsville. Pero aunque de algún modo se hubiera escapado un lobo de la
reserva, parece altamente improbable que hubiera recorrido toda la distancia
hasta Bernardsville. Así que empezamos a tomar en cuenta a las mascotas
domésticas. Lo crea o no, encontramos a un tipo que tenía una mascota de un
cruce de perro y lobo a diez minutos en coche de la casa de Harrison.
Confirmamos que ese animal no se escapó aquella noche. Ya estábamos a
punto de abandonar el caso, o al menos a dejarlo en un segundo plano,
cuando ese testigo acudió a nosotros, diciendo que lo había visto a usted en la
casa. Así que, sí, estoy de acuerdo en que parece extraño, pero puede
entender el motivo de que tuviéramos que comprobarlo.
Simon se levantó.
—Si eso es todo, ahora tengo que subir con mi hijo.
—Sólo una cosa más —dijo Dorsey, levantándose también—. Ha dicho
que esa noche estuvo en casa de un amigo. ¿No tendrá por casualidad el
número de teléfono de ese amigo?
Simon tenía los números de los tres tipos en su móvil.
—Lo siento, no.
El policía pareció desconcertado.
—Lo cierto es que es sólo un conocido —explicó—, el padre de uno de
los amigos de mis hijos. Tal vez pueda conseguírselo o...
—Ahora mismo no tiene demasiada importancia. —Le tranquilizó el
policía—. Le diré qué vamos a hacer: si lo necesito, le llamaré. Gracias por
su ayuda, y lamento las molestias, pero, oiga, al menos usted no ha tenido
que conducir dos horas ni aguantar el embotellamiento del puente de George
Washington para llegar aquí.
Dorsey sonrió, como si intentara quitarle importancia a la situación, y le
dio las gracias a Simon por su tiempo.
—Te devuelvo a tu padre —le dijo a Jeremy cuando se marchaba del
edificio.
El resto de la tarde, Simon y Jeremy se quedaron en casa. Intentó que el niño
echara una siesta, pero como no hubo manera lo colocó delante del televisor.
En el ínterin, no pudo evitar repasar una y otra vez el interrogatorio de
Dorsey. Aunque resultara increíble, le pareció que el policía no se había
mostrado suspicaz, pero quizás era lo bastante listo para en ese momento
aparentar ser un tío enrollado e intentar que Simon cometiera un desliz. Pero
un desliz ¿sobre qué? Esa era la parte más delirante de todo aquello. No había
hecho nada. Aunque no pudiera descartar que se hubiera hecho con un lobo
esa noche, la idea se le antojaba tan remota, tan absolutamente descabellada,
que no se la podía tomar en serio. Había estado en el escenario de un crimen,
o cerca del escenario de un crimen, pero no había hecho nada malo.
Entonces le volvió a asaltar aquella sensación de estar hincando los
dientes en el cuello de Tom, de saborear su carne.
—¡Déjalo ya! —gritó de pronto.
Jeremy lo miró, sobresaltado. Simon lo tranquilizó, le dijo que todo iba
bien, pero la cosa estaba lejos de ir bien. Si de verdad era inocente y no tenía
nada que ocultar, ¿por qué le parecía que tenía que ocultarlo todo?
Sintiéndose mal de pronto, entró corriendo en el baño, se inclinó sobre
el inodoro y empezó a vomitar. Lo último que había comido —solomillo,
salchicha y hamburguesas Angus— no es que saliera precisamente con
facilidad. Entre arcada y arcada, con la faringe ardiéndole, volvió a tener una
rápida visión de la pesadilla, de él convertido en lobo mientras engullía la
carne del ciervo, y las arcadas se hicieron aún más fuertes. Le pareció que iba
a volverse loco, y quizá ya lo estuviera. Después de todo, la locura era algo
frecuente en su familia. Por parte de su padre, el tío Ken de Irlanda estaba
recluido en un centro psiquiátrico, y por el de su madre, su primo Roger de
Michigan era esquizofrénico.
Necesitaba correr. Últimamente, cuando corría era el único momento en
que se sentía verdaderamente feliz y al mando de su vida, pero no podía salir
a correr y dejar a Jeremy solo. Pensando que al menos supondría algo de
actividad física, le preguntó a su hijo si quería ir al parque a jugar al fútbol,
pero el niño estaba enrabietado y se negó. En vez de eso, Simon hizo cien
flexiones de brazos y unos cuantos cientos de saltos, pero no sirvió de nada.
El piso de ciento veintiséis metros cuadrados nunca le había parecido tan
pequeño; para el caso, bien podía haber pasado la tarde en un ataúd.
Cuando Alison llegó a casa, echó un vistazo dentro de la cocina, a los
platos sucios del fregadero, y a los juguetes esparcidos por el salón, e
inmediatamente sacudió la cabeza unas cuantas veces, como hacía siempre
que se enfurecía por algo.
—Esto no es justo —soltó—. No debería llegar a casa y encontrarme
con esto.
—Lo siento —se disculpó Simon, apresurándose a recoger algunos
juguetes del suelo—. Tenía previsto ordenar antes de que llegaras a casa,
pero no sé cómo me despisté.
—No es justo, no es justo —repitió Alison, quizá para sí mientras
empezaba a llenar furiosamente el lavavajillas, haciendo entrechocar los
platos—. Tengo que trabajar todo el día, privarme de todo y luego ¿vengo a
casa para esto? Tienes que ayudar más. No me puedes hacer esto.
Simon, sujetando un balón de fútbol americano, el Leapster, un puñado
de animales de peluche y algunos otros juguetes, dijo:
—Tienes razón. Limpiaré más de ahora en adelante y me esforzaré más.
Te lo prometo.
Ella no aceptó ni dejó de aceptar sus disculpas y se metió en el
dormitorio hablando entre dientes.
—No es justo... Es que no es justo.
Aunque Simon estaba en el salón y no debería haber podido oírlo, la oyó
con toda claridad.
Pidieron la cena para ellos dos a un japonés. Simon pidió el sashimi
deluxe, y aunque dio buena cuenta del salmón, el atún y la perca, ni de lejos
le dejaron tan satisfecho como un buen solomillo.
En la mesa, la atención se centró en Jeremy. Simon intentó entablar
conversación con Alison unas cuantas veces, pero en todas las ocasiones ella
le respondió de forma cortante, y en líneas generales aparentó ignorarlo,
evitando mirarle a los ojos.
Hasta que Jeremy anunció:
—Hoy ha venido la policía a ver a papá.
—¿La policía? —Alison miró a Simon por primera vez durante la cena.
—Sí —respondió Jeremy—. Un agente.
—¿Es eso cierto? —le preguntó Alison.
—Sí —contestó Simon—. Fue en relación con lo que le ocurrió a Tom.
—Puesto que su hijo estaba escuchando, evitó deliberadamente mencionar
cualquier cosa concreta sobre el ataque.
—¿Y por qué querían hablar contigo?
—Están hablando con todos los que trabajaron con él, y también con sus
amigos y vecinos. Están buscando al... —y deletreó la palabra—: ele, o, be, o.
—No lo entiendo.
—Ele, o...
—Me refiero a que no entiendo por qué han querido hablar contigo.
Simon deseó no haberse metido en aquel atolladero y haber pensado en
su lugar en una buena mentira.
—Sólo querían saber si alguien conocía a algún amigo de Tom que
tuviera uno de mascota, eso es todo. Supongo que piensan que lo atacó la
mascota de alguien.
—¿Una mascota atacó a alguien? —preguntó Jeremy.
—¿Qué tal esos raviolis? —Simon intentó cortar de raíz la curiosidad de
su hijo.
Alison todavía parecía confundida, aunque lo dejó pasar, probablemente
porque seguía enfadada con él en general y no le apetecía tener una
conversación.
Simon mordió un trozo de perca y se imaginó que estaba mordiendo a
Tom. Tuvo un par de arcadas, aunque no se atragantó.
—¿Estás bien? —preguntó Alison.
—Muy bien —contestó—. No es nada.
No pareció quedar convencida.
Simon no pudo comer más; en parte porque tenía miedo a morir
atragantado, y en parte debido a que estaba preocupado por el interrogatorio
de Dorsey. Aunque éste no había parecido demasiado receloso —en realidad,
parecía como si sólo estuviera cumpliendo con el expediente—, era posible
que su apatía no fuera más que una argucia. Quizá tuviera realmente
información, o al menos una pista, sobre dónde había conseguido Simon el
lobo, y estaba esperando a que cometiera un desliz. Quizás había dicho que
no necesitaba el número de Michael porque estaba planeando ponerse en
contacto con él por sus propios medios, antes de que Simon tuviera
oportunidad de hablar con él.
Se disculpó y se metió en el cuarto de baño con su móvil. Envió un
mensaje de texto a Michael:
Tengo que hablar contigo inmediatamente. ¿puedo ir a verte?
Quería hablar con Michael en persona, por si acaso la policía había
intervenido la línea telefónica.
De acuerdo, sabía que probablemente se estaba poniendo absolutamente
paranoico, pero no podía evitarlo.
Pasaron unos cuantos segundos, y entonces recibió lo siguiente:
ven a la fábrica de cerveza
Continuaron con su intercambio de mensajes:
vale, fantástico, ¿a qué hora?
ven a la fábrica de cerveza
¿ahora?
ven a la fábrica de cerveza
¡fantástico!
Alison estaba bañando a Jeremy.
Simon asomó la cabeza en el cuarto de baño.
—Salgo a tomar una copa con mis amigos.
—¿Ahora? —Parecía cabreada.
—Sí —dijo—. Me acaban de llamar, están en un bar del centro y
quieren que me pase. No estaré fuera hasta muy tarde, te lo prometo. ¿Es un
problema?
—¿Vas con tus amigos del parque infantil? —Lo preguntó en tono
acusatorio, como si fuera a salir para reunirse con un grupo de pedófilos.
—Sí —respondió él—. ¿Pasa algo?
—No quiero discutirlo ahora —soltó Alison, entregando a Jeremy su
patito de goma.
—No entiend...
—He dicho que no quiero discutirlo.
—De acuerdo, fantástico —dijo Simon, aliviado en realidad, porque él
tampoco quería discutirlo ahora; sólo quería encontrarse con Michael lo antes
posible—. Hablaremos después. —Se inclinó sobre la bañera y besó a Jeremy
en la cabeza mojada—. Papi te verá más tarde, ¿Vale?
—Vale.
Pero Alison lo siguió fuera del baño hasta el recibidor.
—¿Eres homosexual? —preguntó
—¿Qué?
—Dime la verdad y lo entenderé —dijo ella—. Será mucho menos
humillante si eres absolutamente sincero sobre esto.
—¿Así que es de esto de lo que se trata? ¿En serio piensas que soy
homosexual?
—¿Lo eres?
Simon no daba crédito a lo que oía.
—No soy homosexual, ¿de acuerdo? ¿Es que no ha resultado evidente
estos últimos días?
—Te vi abrazarle.
—¿A quién?
—A Michael.
—¿Cuándo nos...?
—Ayer, en el parque. Estaba por la zona y quise daros una sorpresa, y te
vi abrazarlo un buen rato.
Simon se echó a reír; Alison, no.
—Sé qué quizá te pareció extraño (al principio a mí también me lo
parecía), pero así son ellos.
—¡Mami, el agua está demasiado fría! —gritó Jeremy.
—Ya voy —respondió Alison. Luego, digiriéndose a su marido, añadió
—: Sé que está pasando algo contigo. De repente tienes todos esos secretos.
Tienes esos amigos secretos, y no sé cómo has aprendido a correr tan deprisa.
¿Qué otros secretos me escondes?
El recuerdo de la sangre de Tom le provocó a Simon una arcada, aunque
se recuperó rápidamente.
—No te estoy escondiendo nada. Sólo estoy pasando por un mal
momento, la crisis de los cuarenta o lo que sea. No sé de qué se trata, pero te
prometo que lo superaré.
—¡Mamá! —gritó Jeremy.
—Mejor que lo superes —dijo Alison—, si dices en serio lo de salvar
este matrimonio.
Ella regresó al baño con aire resuelto y Simon se fue en sentido
contrario, hacia la puerta de la calle.
Sabía que aquello no era sólo un melodrama; su esposa estaba
disgustada de verdad. La estaba haciendo a un lado y sabía que si la apartaba
demasiado la perdería. Era una mujer paciente en cierto sentido, pero cuando
tomaba una decisión se mantenía en sus trece y no miraba atrás. Había
insinuado lo del divorcio en las últimas sesiones de la terapia matrimonial, y
durante las discusiones entre ambos, sin llegar a mencionar realmente la
palabra, había hecho afirmaciones del tipo de: «No estoy segura de que pueda
seguir así» y «Tal vez sea el momento de un cambio». En el pasado, las
disputas entre ambos solían deberse a malentendidos, pero ahora resultaba
especialmente frustrante porque Simon sabía a la perfección lo que la
disgustaba, pero no sabía qué hacer al respecto. Aunque era consciente de su
cambio de conducta, no sabía cómo modificarla para que volviera a ser la de
antes. Tenía la sensación de que las decisiones que tomaba no dependían de
él, como si fuera un forastero dentro de su propio cuerpo.
Ay, Dios, quizá se estaba volviendo loco de verdad.
Salió del edificio y se puso a caminar hacia el metro de la Ochenta y seis
y Central Park West, pero tenía tanta energía que el resto del camino lo hizo
corriendo a toda velocidad, metiéndose entre el tráfico como una flecha.
Esprintar le sentó de maravilla, aunque no fue suficiente. Deseaba correr
durante horas, kilómetros y kilómetros, eternamente.
Mientras esperaba en el andén, empezó a mosquearse con el joven rubio
que estaba a su lado y de cuya iPod salía la música de Lady Gaga a toda
mecha. No tenía nada en contra de Lady Gaga, pero ¿tenía que ponerla tan
condenadamente alta el muy capullo? Iba a decirle algo cuando se dio cuenta
de que la música no molestaba a nadie más en el andén y que debía ser que su
oído ultrasensible volvía a las andadas. Para escapar del tipo, se dirigió al
otro extremo del andén y se paró junto a un tío calvo y bajito vestido con
traje que estaba leyendo el Wall Street Journal. El individuo lo miró de una
manera rara, cómplice, o al menos pensó que era una manera rara y cómplice.
Intentó ignorarlo, pero cuando le echó una mirada, el tipo le seguía mirando,
y la paranoia se apoderó de él y se preguntó si no sería un policía secreto,
alguien que trabajase con Dorsey. Quizás ésa fuera la razón de que el agente
hubiera mostrado tanta indiferencia al final del interrogatorio, porque había
puesto a alguien para que le siguiera.
Un convoy se aproximaba... ¡Joder!, el ruido fue ensordecedor; Simon
tuvo que taparse los oídos. Después de que los vagones se detuvieran con un
chirrido, evitó entrar deliberadamente en el mismo que el calvo. Pero fue
incapaz de tranquilizarse, porque podía oír el ruido entremezclado de la
música que salía de al menos media docena de iPod. Se tapó las orejas con
las manos y le pareció que todo el mundo lo miraba fijamente..., quizá porque
lo «estaban» mirando fijamente. Pero ¿lo miraban porque se estaba
comportando de manera extraña o porque uno de ellos era un policía? Una
mujer asiática no lo miraba, y de todos fue la que más miedo le dio.
Durante el trayecto hasta Brooklyn cambió de vagón varias veces,
aunque no consiguió sacudirse la sensación de que alguien lo observaba. Su
paranoia no hizo sino aumentar cuando llegó a Bedford Avenue, en
Brooklyn, y echó a correr por las calles oscuras y vacías hacia la antigua
fábrica de cerveza. Debió de mirar una docena de veces por encima del
hombro sintiéndose desconcertantemente fuera de control, como si alguna
fuerza ajena guiara sus actos y él fuera un mero testigo de aquello.
Una vez en la fábrica, llamó: «¡Michael!, ¡Michael!» y la puerta se abrió
con un zumbido.
Una rata pasó como una flecha entre él y el viejo ascensor. Al igual que
la primera vez que visitó la fábrica, el viaje en ascensor fue espantosamente
lento. Cuando salió, le sorprendió una vez más el lujo y el aspecto
inmaculado de todo en comparación con la planta baja.
—¿Hola? —dijo.
Esperó. No hubo respuesta.
Se dirigió hacia las ventanas con la vista panorámica de Manhattan.
—Comerás una chuleta.
Simon se detuvo, tratando de recuperarse del susto que le había dado su
anfitrión. Aunque había ido a reunirse con él y el tono de voz no fue
especialmente alto, el ruido imprevisto le sobresaltó, quizá porque por lo
demás la habitación estaba en silencio.
Volvió la cabeza y lo vio parado en la entrada de la cocina sujetando dos
platos con un chuletón cada uno.
Como se moría por un chute proteínico, estuvo a punto de aceptar, pero
entonces se acordó de la última vez que había estado allí, cuando había
comido la chuleta y bebido la cerveza, y decidió que no consumir nada era
quizá la manera más inteligente de actuar.
—Acabo de comer —se excusó—. Pero gracias.
Michael no pareció ofenderse en lo más mínimo.
—Siéntate —le dijo.
Simon se sentó en uno de los sofás, y su anfitrión lo hizo enfrente de él.
A continuación se puso a observar a Michael mientras éste empezaba a dar
cuenta de una de las chuletas, cogiéndola con las manos y comiéndola como
una mazorca de maíz. Sabía que no debía interrumpirle mientras comía
dándole conversación, porque no le habría respondido a nada. Así que se
limitó a quedarse allí sentado mientras Michael devoraba las dos chuletas.
Pasados diez o quince minutos terminó de comer y, comportándose como si
todo aquello fuera absolutamente normal, le dijo:
—Sigues teniendo miedo.
—Sí —admitió Simon—. Tiene que ver con lo que os conté hoy en el
McDonald.
—El sueño.
—Sí —dijo—. Salvo que no creo que fuera un sueño. Creo... creo que
hice algo terrible.
Simon le explicó que se había despertado en Nueva Jersey cerca de
donde había sido asesinado Tom y que había sido interrogado por Dorsey.
—Pensaba que era sólo una coincidencia que estuviera en la zona
aquella noche —continuó—. En fin, ¿cómo podría haber tenido yo algo que
ver con el ataque de un animal? Pero ahora hay un testigo, un tío llamado
Alan Freedman que le dijo a la policía que me vio allí aquella noche, y ya no
soy capaz de racionalizar el asunto y seguir diciéndome que fue una
coincidencia, cuando sé que no lo fue. Estaba enfadado con Tom; hasta
vosotros dijisteis que aquella noche me quejé de él. Así que debí de coger un
taxi o lo que fuera hasta allí, y conseguí un lobo en alguna parte y... Mira, sé
que todo esto parece una locura. Me siento un loco contándolo. Pero ¿qué
otra explicación puede haber?
Michael permaneció en silencio un rato antes de hablar.
—No le has contado esto a nadie más.
—No —respondió—. Bueno, se lo habría contado a mi esposa, pero no
andamos en muy buenas relaciones últimamente. No creo que contarle que
pienso que tal vez matara a mi jefe cayera demasiado bien en este preciso
momento.
—No debes decírselo —soltó Michael—. No lo entenderá.
—Ah, hay... otra cosa —dijo Simon—. La noche que me desperté
denudo en el bosque... no pude encontrar uno de mis zapatos. Si la policía lo
encuentra, querrán saber por qué estaba en casa de Tom aquella noche y por
qué mentí al respecto. Y como hay un testigo... Supongo que ahora entiendes
la razón de que esté tan asustado. Le dije a la policía que estuve en tu casa
aquella noche, y tal vez intenten verificarlo y quieran hablar contigo. No sé
qué más decirles. Nunca he estado tan asustado... Creo que maté a Tom,
estoy convencido de que lo maté. —Le temblaban los labios; estaba
intentando no echarse a llorar.
—Les diré que te quedaste a dormir toda la noche.
—¡Genial! —exclamó Simon—. ¿De verdad harías eso por mí?
—Haría lo que fuera por un miembro de mi jauría —dijo Michael.
Aunque Simon no comprendió muy bien a qué se refería con aquello,
continuó hablando.
—¡Caray!, es muy amable por tu parte. En fin, te lo agradezco de
verdad, pero no tienes que hacerlo. Puedes decirles que me quedé a dormir en
tu casa, pero que no puedes estar seguro de que saliera en algún momento.
Quiero decir que si deseas decir algo así para cubrirte las espaldas, estaría
absolutamente...
—Les diré que estuviste aquí —insistió Michael— y que pasaste aquí
toda la noche... Y algún día, tú harás algo por mí.
Simon no tenía ni idea de lo que había querido decir con aquello, pero se
sentía la mar de feliz y aliviado.
—Gracias. No tienes ni idea del peso que me quitas de encima. Bueno,
puede que la policía no hable contigo y que todo acabe tranquilizándose. Pero
saber que harías esto por mí en el peor de los supuestos, puede que sea lo
mejor que alguien haya hecho por mí jamás.
Su anfitrión no dijo nada. Tras un largo período de silencio, Simon tuvo
la sensación de que, por lo que concernía a Michael, la conversación se había
acabado. Le dio las gracias varias veces antes de despedirse.
—Bien, te veré en el parque infantil el jueves, ¿de acuerdo?
—Sí —dijo Michael.
Y Simon se marchó. En el metro de vuelta a Manhattan, no dejó de
repetirse las palabras de Michael: «Algún día, tú harás algo por mí». Tenía la
vaga sensación de que podría lamentar haber intimado más con Michael, pero
en ese momento se sentía tan aliviado de tener una coartada sólida para el
asesinato de Tom que no le importaba nada más.
19
Cuando Alison cogió a Jeremy para sacarlo de la bañera, el niño se puso a
gritar.
—¡No, no quiero salir!
—Tienes que hacerlo.
Jeremy volvió a gritar, esta vez más fuerte, y entonces Alison resbaló en
el suelo mojado y casi perdió el equilibrio.
Asustada, alterada y furiosa, le gritó:
—¿Ves lo que ocurre cuando no colaboras? ¡Podrías habernos matado a
los dos!
Había gritado mucho más de lo que había pretendido. Asustado por el
exabrupto de su madre, Jeremy se puso a gritar como un histérico.
—Adelante, grita. —Estaba que echaba chispas—. Grita toda la noche si
quieres. Mira lo que me importa.
Mientras le secaba con la toalla y le ponía el pijama, dejó que la rabieta
del niño continuara, y entonces se tranquilizó y cayó en la cuenta de lo que
había hecho: hacer pagar a su hijo el pato del enfado y la frustración que
sentía hacia Simon.
Lo cogió en brazos.
—Lo siento, cariño, mami lo siente muchísimo. Mami no quería levantar
la voz. Mamá está pasando una mala temporada, pero no tiene nada que ver
contigo, ¿vale? ¿Vale?
—Vale —dijo Jeremy, gimoteando.
Aunque el niño se recuperó enseguida, el sentimiento de culpa por
hablarle mal persistió. La tensión del día y sus problemas conyugales estaban
pudiendo con ella. No creía que Simon hubiera dicho en serio lo de ocuparse
de sus problemas, y aunque lo hiciera, no estaba convencida de que las cosas
volvieran alguna vez a la normalidad.
Terminó de ponerle el pijama a Jeremy y de prepararlo para que se
acostara, y luego se puso a hacer algunas faenas caseras. Cuando habían
decidido que Simon fuera un padre amo de casa, él había aceptado hacer la
mayor parte de la compra y la limpieza y ocuparse de las cosas generales de
la casa, pero no había mantenido su palabra. Su reciente obsesión por la
actividad física le había hecho descuidar las faenas caseras, y cuando ella
llegaba a casa parecía haber un fregadero lleno de platos o montones de
juguetes esparcidos por el suelo del salón u otros desastres que arreglar por la
casa. Tampoco se había estado ocupando de la colada; parecía como si no
hubiera puesto una lavadora durante una semana. Jeremy estaba sin ropa
limpia para ponerse y el cesto de la ropa sucia estaba a rebosar.
—No es justo —dijo mientras preparaba unas cuantas tandas de ropa
para lavar—. Es que no es justo.
Unos segundos después se detuvo un momento, sosteniendo unos
vaqueros de Simon que habían estado enterrados en el fondo del cesto y que
tenían unas manchas oscuras. Estaba a punto de arrojarlos al montón de la
ropa oscura cuando se detuvo de nuevo, al acordarse de que eran los vaqueros
que se había puesto la noche que había pasado en la fábrica de cerveza y
habían empezado todos aquellos extraños cambios de conducta. Al
examinarlas más detenidamente, el tipo de color que tenían le recordó al de
las manchas de la regla en sus bragas. Entonces recordó algo más: a la
mañana siguiente de la noche de marras, Simon tenía unas manchas de sangre
en el cuello.
Dejó correr un poco de agua sobre los pantalones en el lavabo del baño,
y efectivamente el agua salió rosa. El corazón le latió aceleradamente, como
si encontrar sangre en los vaqueros de Simon fuera una especie de revelación,
como si demostrara algo, pero ¿qué demostraba? ¿Qué tenía que ver un poco
de sangre con que su marido pudiera tener un lío? Aquello era tan turbador
como todo lo demás ocurrido recientemente; los últimos acontecimientos
parecían piezas de un rompecabezas que para su exasperación no encajaban.
Estaba convencida de que estaba pasando algo; aquello era demasiado
extraño como para que no significara alguna cosa, y estaba decidida a
encontrar la respuesta. Tal vez debería contratar a un detective. O al menos
debería empezar a pensar como un detective. De acuerdo, ¿qué es lo que
haría un detective? Seguirlo. Eso sería difícil sin ser descubierta. Muy bien,
¿qué más? Seguir el dinero. Si le estaba engañando, tendría que haber cargos
sospechosos.
Después de acostar a Jeremy, Alison se conectó a Internet y comprobó
las cuentas de Mastercard, Visa y Amex. Retrocedió hasta dos meses atrás,
bastante antes del momento en que había empezado toda aquella locura, pero
no encontró nada fuera de lo normal. Se sintió frustrada por haber
desembocado en un callejón sin salida, aunque sintió que se estaba
acercando. Tenía que haber «algo».
Entró en la página web del banco electrónico Chase y examinó la
actividad reciente de la cuenta. Había muchas más operaciones del cajero
automático que de la tarjeta de crédito, pero repasó la lista lentamente.
Estaban relacionados tanto los reintegros de ella como los de Simon, pero no
había ninguna cantidad ni pago desacostumbrado. La mayor parte sólo eran
reintegros en metálico de doscientos dólares —la cantidad que retiraban
habitualmente— y diversos pagos a parafarmacias y tiendas de alimentación.
Estaba perdiendo la esperanza de que fuera a encontrar un movimiento que
arrojara luz sobre la situación. Aunque Simon no era normalmente un sujeto
taimado, era listo, y si la estaba engañando y no quería que lo pillaran,
probablemente pagaría las habitaciones de hotel y las facturas de los
restaurantes en metálico.
Examinó la siguiente página de operaciones y vio una del 11 de octubre
—por doscientos dólares en Mendham, Nueva Jersey— y tuvo una descarga
de adrenalina. Ésa era la mañana que Simon la había llamado para decirle que
estaba en casa de Michael. El hijo de puta. Le había mentido.
Todo le empezó a dar vueltas; le resultaba difícil concentrarse y respirar.
No se podía creer que estuviera ocurriendo eso realmente. Se balanceó
lentamente adelante y atrás con los ojos cerrados, furiosa a medias, a medias
conmocionada, esperando a que aquello se asentara, a que pareciera real. Sí,
como si la realidad fuera a mejorar las cosas. Le parecía increíble que Simon
le hubiera hecho eso a ella, que se lo hubiera hecho a su familia. ¿Cómo era
posible que fuera tan egoísta?
Al cabo se levantó, impulsada por su instinto, que le decía que se
marchara, que se alejara de esa situación lo más pronto posible. Despertaría a
Jeremy y se irían; abandonarían el hogar.
Entró en la habitación de su hijo; dormía plácidamente, la manta
cubriéndole la barbilla, acurrucado con Sam, que así había llamado a su oso
de peluche favorito. Alison estaba a punto de tocarlo para despertarlo cuando
dudó. ¿Era eso lo mejor para su hijo? ¿De verdad quería someterlo a aquel
drama? ¿Despertarle y decirle que tenía que dejar a su padre? Se estaba
dejando llevar por las emociones y casi seguro que no estaba tomando las
decisiones lógicas. Tenía que retroceder y meditar. Volvió de nuevo al salón.
Dios bendito, le parecía increíble encontrarse en semejante situación. Pese a
lo difícil que habían sido las cosas tiempo atrás, y pese a lo tremendas que
habían sido recientemente, nunca había esperado llegar a aquel punto. Había
supuesto que al final tocarían fondo, y que Simon haría un esfuerzo, un
esfuerzo sincero, para resolver lo que fuera que lo hubiera estado atribulando
en los últimos tiempos y detener aquel extraño comportamiento —su
representación, o como fuera que lo denominara la psicología al uso—, y que
seguirían adelante con sus vidas. Y mientras, la había estado engañando,
engañando en toda regla. En ese momento probablemente estaría con la putita
de su novia. Se preguntó cómo sería, si sería más guapa que ella, o más
joven. Seguramente sería una de aquellas chicas que veía a veces en el
gimnasio, poseedoras de un perfecto cuerpecito. Probablemente sería ella la
que estaba animando a Simon a hacer ejercicio físico como un poseso y a
cambiar de dieta. Le dio asco todos aquellos polvos que había echado con él
recientemente. Sexo «sin protección».
Sintiendo unas náuseas repentinas, entró en el baño precipitadamente y
se inclinó sobre el inodoro. Tuvo varias arcadas, pero no vomitó nada.
Se tranquilizó y decidió que se había acabado lo de ser débil. Si era
débil, sería como si ganara «él». Pensó en llamar a Lauren a través de Skype
o por teléfono, pero no quería utilizar a su hermana mayor como muleta.
Quería manejar aquello sola: racional y pragmáticamente.
Se conectó a Internet y obtuvo los nombres y números de varios
abogados especializados en divorcios. Al día siguiente tenía un par de huecos
en su agenda de trabajo y se entrevistaría con ellos. Luego, tal vez un día
después, iría a ver alquileres con algunos agentes de la propiedad
inmobiliaria para encontrar algún piso que pudiera permitirse. Uno de una
habitación en un edificio decente era impensable, pero tal vez pudiera
encontrar un estudio. Levantaría una pared para crear un pequeña habitación
para Jeremy. Buscaría en el Upper East Side; no quería estar demasiado cerca
de Simon, pero Jeremy tenía que ver a su padre, así que estar en el otro lado
de Central Park sería lo mejor que podría hacer.
Eran las diez pasadas. Simon llevaba fuera más de dos horas. Alison
empezó a preguntarse si tendría previsto volver, o si tendría alguna otra
explicación ridícula. De copas con sus amigos..., ¡y una mierda! Aunque le
traía sin cuidado si regresaba; si por ella fuera, podía pasar la noche fuera el
resto de su vida.
Como media hora más tarde Alison oyó la llave girando en la cerradura.
Cuando Simon estaba colgando el abrigo en el armario empotrado, ella
apareció en el recibidor.
—Quiero la separación —dijo.
En ninguno de los conflictos conyugales que habían tenido a lo largo de
los años, ninguno de los dos había pronunciado la palabra «divorcio» o
«separación», sabedores de que sería cruzar una línea trascendental que
ninguno quería traspasar. Así que ahora Simon se dio cuenta inmediatamente
de que ella hablaba en serio.
—Vamos, cariño. —Se acercó para intentar abrazarla.
Ella le apartó las manos a manotazos.
—Quítame las zarpas de encima.
—No entiendo nada —protestó Simon—. ¿Por qué estás tan furiosa?
—Nunca pensé que me mentirías. Nunca pensé que fueras capaz de eso.
—¿Capaz de qué? No sé de...
—¿Es Juliet?
Juliet era una antigua compañera de Simon a quien Alison había
conocido el año anterior en la fiesta de Navidad de la oficina. Entonces había
pensado que Juliet parecía coquetear un poco más de la cuenta con su marido,
y aunque lo cierto es que no pensaba que él y Juliet tuvieran un lío y no tenía
intención de mencionarla, en ese momento fue la única posibilidad que se le
ocurrió, y estaba tan alterada que soltó el nombre sin más.
—¿Juliet? ¿De verdad es eso lo que piensas?
Parecía convincentemente sorprendido, aunque a esas alturas ¿cómo iba
ella a creerse nada?
—Entonces, ¿quién es? —insistió Alison—. ¿Alguien que conociste en
el parque infantil? ¿O es que después de todo eres homosexual? ¿Tienes un
novio en Nueva Jersey?
—¿En Nueva Jersey? ¿Por qué en Nueva Jersey?
—Hiciste un reintegro bancario allí el día que pasaste la noche en la
fábrica de cerveza.
Había pronunciado «fábrica de cerveza» destilando sarcasmo, y por la
manera en que Simon se ruborizó supo que había dado con algo.
Al cabo de unos segundos dio un paso hacia ella.
—Lo puedo explicar —dijo.
—¡Apártate de mí, joder! —le gritó.
De adulta jamás había pegado a nadie, pero si se le acercaba otro paso le
iba a cruzar la cara de un sopapo.
—Cariño...
Dio otro paso, y ella le pegó una bofetada con todas sus fuerzas,
alcanzándole en la mejilla y la nariz. Aunque aparentemente Alison se llevó
la peor parte. Simon no pareció reaccionar en absoluto, pero a ella la mano la
estaba matando.
—Allí era donde vivía Tom —se explicó él—. No tengo ningún lío
amoroso. Te lo juro por Dios.
A Alison le dolía demasiado la mano para procesar verdaderamente la
información.
—Me trae sin cuidado —le espetó ella—. ¡Sólo aléjate de mí, joder!
—Es la verdad —continuó él—. Fui allí la noche que lo mataron. Estaba
avergonzado, así que no te lo conté. Aquella noche me emborraché. Bueno,
emborracharme no, pero la cerveza que me dio Michael me produjo una
reacción extraña. Fuera como fuese, estaba furioso con Tom, así que debí de
tomar un taxi hasta allí. Aunque evidentemente no tuve nada que ver con lo
que le ocurrió ni nada parecido. Fue una enorme coincidencia, eso fue todo.
Ahora Alison entendió lo suficiente de lo que le estaba diciendo para
darse cuenta de lo absurdo que sonaba.
—¿Qué? —preguntó—. ¿De qué me estás hablando?
—Ésa es la razón de que estuviera en Nueva Jersey —contestó él—. Fui
allí a ver a Tom, no a una mujer. Pero no tuve nada que ver con lo que le
ocurrió; fue una absoluta coincidencia que fuera esa la noche en que un lobo
lo mató. Pero por eso la policía quería hablar conmigo, porque un vecino me
vio allí.
Estaba asombrada por lo sincero que parecía, por su capacidad para
inventarse esos cuentos sin ninguna dificultad, como si se los creyera él
mismo de verdad.
—¿Qué es lo que te ha ocurrido?
—Sé que parece una locura —replicó Simon—. A mí también me
parece una locura, pero te quiero, ¿vale? Y quiero que las cosas se arreglen
entre nosotros. Creo que deberíamos adelantar nuestra próxima cita con
Hagan, verlo mañana si es posible.
—Estoy harta de Hagan y estoy harta de ti.
Se alejó por el vestíbulo e intentó entrar en el baño, pero él alargó la
mano e impidió que la puerta se cerrara.
—No entiendo por qué estás tan alterada. No he hecho nada malo.
—¿Te importa quitarte de la puerta, por favor?
—Pero ¿qué he hecho? Dime qué he hecho.
—Me has mentido.
—Lo siento, ¿de acuerdo? Estaba avergonzado. Nunca había perdido el
conocimiento de esa manera. Y también estaba pasando por un momento
difícil; acababa de perder mi empleo, me estaba adaptando a ser un padre
amo de casa. ¿Qué tal si eres un poco comprensiva conmigo?
Alison detestó empezar a sentirse culpable. Entonces tuvo una idea.
—¿Y qué hay de la sangre? —preguntó.
Lo vio ruborizarse.
—¿Sangre? ¿Qué sangre?
Parecía verdaderamente asustado. Ella tuvo la sensación de haber dado
con algo.
—Encontré sangre en los vaqueros que llevabas aquella noche.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Simon, los labios apretados, aunque
era evidente que ella había descubierto algo.
—Los puse bajo el agua y salió rosa —explicó Alison—. Era sangre, sin
duda.
—Oh —dijo él— Yo... esto... debí de cortarme en alguna parte esa
noche. Estaba verdaderamente borracho y me desperté en el bosque. Estaba
tan avergonzado por todo; por eso no te lo dije.
La explicación parecía tan estrambótica que Alison no supo qué hacer
con ella.
—La verdad es que ya me da lo mismo —dijo—. Ahora, ¿te importaría
dejarme utilizar el baño, por favor?
Él se apartó, y Alison cerró la puerta y echó el pestillo. Se sentó en el
inodoro, se dio cuenta de que no tenía ganas de mear y en vez de eso se puso
a llorar. Pensó en cómo habían sido las cosas entre ella y Simon, cuando eran
novios y eran amigos, como uña y carne, y lo diferente que era todo ahora.
No tenía ni idea de cómo habían llegado desde el punto A al B. Le creía en
cuanto a lo de que había estado en la casa de Tom en Nueva Jersey aquella
noche, pero le parecía extraño que diera la casualidad de que hubiera estado
allí.
Se echó a llorar con más fuerza. Deseó que Simon hubiera tenido un lío.
Una aventura amorosa habría sido algo manejable; una aventura habría tenido
solución.
Simon estaba golpeando la puerta.
—¿Puedes abrir? ¿Te importa abrir y que hablemos de esto, por favor?
No respondió. Él continuó aporreando la puerta, y le ignoró hasta que
finalmente se marchó.
20
El miércoles por la tarde Olivia estaba en su despacho, preparándose para la
reunión que tenía al día siguiente con el señor Kyoto de Japón, cuando su
secretaria, Stephanie, asomó la cabeza.
—Tienes una llamada por la línea uno —dijo.
—Ya la he visto —respondió—. ¿Puedes coger el mensaje? Estoy
agobiada con esto.
—Es Diane. Dice que es urgente.
¿Diane? Esa semana estaba en las islas Turcas y Caicos con Steve. ¿Qué
podía ser tan urgente?
—De acuerdo, gracias.
Stephanie se marchó, y Olivia cogió la llamada por el manos libres.
—¿Cómo te va, cariño? —preguntó.
Al principio hubo un silencio, y al cabo oyó la voz de Diane.
—Esto se ha ido a la mismísima mierda.
—¿Estás en las islas Turcas y Caicos? —le preguntó Olivia.
—No, estoy en mi casa.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—Ya tenía el equipaje hecho y estaba preparada para salir cuando recibí
un mensaje de texto de Steve diciéndome: «Lo siento, a mi modo de ver esto
no funciona, buena suerte en todo». No me lo podía creer. Pensé que se
trataba de una broma. Ya sabes cómo es Steve, tiene un sentido del humor
que a veces no hace ninguna gracia. Podía ser una broma. Así que lo llamé y
me salió su buzón de voz, y le dejé un mensaje. No me devolvió la llamada, y
yo me dije: «¿Qué puñetas?» y le envío un mensaje de texto dos veces.
Entonces él me llamó y me dijo que se había acabado. Así, sin ninguna
explicación, sólo adiós y que te vaya bien en la vida.
—Oh, lo siento muchísimo.
—El vuelo y la reserva del hotel están con cargo a mi tarjeta de crédito.
Puedo intentar cancelarlo en parte, pero aun así me va a costar dinero. ¿Te lo
puedes creer? Menudo gilipollas.
—¿No hay nada que puedas...?
—Deberías haberlo oído diciéndome toda esa mierda, ¡hace sólo dos
días! No paraba de decirme cosas como: «Estoy loco por ti», «Puedo verme
pasando el resto de mi vida contigo», «Para mí eres perfecta». Suelo ser muy
prudente a la hora de creerme toda esa mierda porque me he quemado
muchas veces antes, pero al final me rendí y me abrí a él porque creí que por
una vez, sólo por una vez, había conocido a un tipo normal, sincero y
honrado en Manhattan. Y entonces recibo este mensaje de texto.
—Lo siento muchísimo, cielo —repitió Olivia.
Mencionó todos los lugares comunes habituales como: «Es sólo un tío»
y «Tienes que rehacerte», pero Diane parecía estar tomándoselo a la
tremenda. Entonces tuvo una idea genial.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó.
—Poner mierda en la página de Facebook de Steve.
—Reúnete conmigo en el bar XR de Houston con Sullivan.
—¿Me tomas el pelo? —replicó su amiga—. Ahora mismo me veo
horrible.
—Tienes dos horas para embellecerte.
—La verdad, no...
—Te veo allí.
Olivia cortó la llamada y llamó a Michael.
—Me llamas —dijo él.
—Te echaba mucho de menos, cielo —respondió—. ¿Y tú a mí?
—No.
Era lo esperado, aunque era una locura lo caliente que la ponía siempre.
—Me preguntaba qué te parecería salir esta noche con una amiga mía.
Sólo para tomar unas copas y quizá comer algo rápido, y luego...
—Quiero follar contigo esta noche —replicó Michael.
—Follaremos, pero mi amiga necesita compañía.
Olivia le explicó la situación y dónde se iba a reunir con Diane.
—Tu amiga también necesita follar esta noche —sentenció Michael.
Creyendo que le estaba sugiriendo un trío, Olivia dijo:
—No es de esa clase de...
La cortó.
—Tengo un amigo que follará con ella. Lo llevaré conmigo.
—Oh —dijo Olivia—. Eso sería estupendo. Pero no creo que ella sea de
la clase que...
Michael cortó la comunicación.
Iba a llamarlo de nuevo, pero antes de que empezara el tono de llamada,
cortó. Diane necesitaba compañía, y Olivia quería ver si ella y Michael
podían hacer algo juntos que no conllevara desnudarse. Desde el encuentro
en el restaurante aquella noche no le había vuelto a ver fuera de su piso ni,
para el caso, a la luz del día. Estaba empezando a preguntarse si no sería una
especie de vampiro o algo parecido.
Dejó de trabajar temprano y se vistió, entre informal y provocativa: falda
negra corta, camiseta sin mangas escotada y botas altas de piel negra de Anne
Klein que se había comprado el mes anterior, pero que todavía no había
estrenado. Siempre había gozado de una alta autoestima, y se paseó por
delante del espejo pensando que tenía un aspecto realmente erótico. Hasta lo
dijo en voz alta.
—Qué sexy estoy.
El taxi la dejó delante del bar en Houston Street en el preciso instante en
que llegaba Diane. El lugar no se animaba hasta mucho más tarde y estaba
casi vacío. Pidieron sendos Vodka Collins. Entonces Olivia miró la hora en
su móvil.
—Me preguntó donde están estos tíos.
—¿Tíos?
No le había dicho nada de la doble cita a Diane que, cayendo en la
cuenta de repente, se enfureció y se levantó.
—No me puedo creer que hayas hecho esto. Es lo último que necesito
ahora mismo.
—Sólo quería que conocieras a Michael y a su amigo soltero. ¿Cómo
sabes que no es un tío fantástico?
—No hay tíos fantásticos, ¿es que no lo entiendes?
Diane se dirigió hacia la puerta y Olivia fue tras ella; se pararon al
mismo tiempo cuando vieron entrar a Michael y a un latino tremendamente
atractivo. Los dos iban vestidos de negro, Michael con un jersey de cuello de
cisne negro y unos pantalones chinos del mismo color, y el latino con una
vaqueros negros muy ceñidos y una americana negra. Llevaba la americana
abierta y debajo de ésta una camisa negra con pespuntes bordados y con los
cuatro o cinco botones superiores desabrochados, por lo que quedaba a la
vista la mayor parte de su pecho velludo y una cadena de oro. De tratarse de
cualquier otro tipo con semejante aspecto, la primera impresión hubiera sido
que se trataba de un sujeto despreciable, pero de alguna manera aquel latino
conseguía sacarle partido. Bueno, al menos eso es lo que pensó Olivia; Diane
parecía un poco aterrorizada.
—Saluda a Ramón —le indicó Michael.
El aludido le sostuvo la mirada a Olivia y la piropeó.
—Eres sencillamente despampanante.
—Gracias —Olivia sintió una vibración parecida a la que tuvo cuando
había conocido a Michael. El hombre destilaba una masculinidad desmedida
de lo más estimulante.
Él le cogió la mano y se la besó sin dejar de mirarla a los ojos.
—Ella es mi amante —le espetó Michael.
Caray, ¿de verdad estaba celoso? Olivia no pudo evitar sentirse
halagada.
—Oh, perdón —se disculpó Ramón ante ella. Entonces se volvió hacia
Diane con la misma expresión arrebatada—. Esta noche estás sencillamente
despampanante.
Una vez más, en cualquier otro individuo, hubiera resultado irrisorio,
incluso patético, oírle repetir el mismo cumplido, pero de alguna manera
Ramón conseguía que pareciera sincero.
—Soy Ramón —dijo, por supuesto haciendo resonar la erre al
articularla.
Diane —quizás entre fascinada y horrorizada— consiguió responder con
vacilación:
—Y yo Diane.
—Acompáñame —le sugirió Ramón, que, sin soltarle la mano, la
condujo hasta el fondo del bar.
Diane miró hacia atrás y, aunque no dijo nada, Olivia se dio cuenta de lo
que estaba pensando: «Te voy a matar por esto».
Michael se sentó al lado de Olivia en la barra, y cuando la camarera se
acercó, dijo:
—Tráigame un vaso de agua sin hielo.
—Sí, señor —respondió con sarcasmo la camarera, una mujer de corta
estatura con tatuajes, aunque él no pareció reparar en el hecho, o si lo hizo,
no pareció importarle.
Olivia miró hacia el fondo, donde Ramón estaba sentado en un mullido
sofá muy cerca de Diane, todavía sujetándole la mano. Parecía ser el único
que hablaba.
—No se la ve muy contenta —aventuró.
—Te gusta Ramón —afirmó Michael.
—Oh, me parece la mar de atractivo —replicó—. No tanto como tú,
claro, cielo. —Lo besó, y fue entonces cuando reparó en el notorio
abultamiento en sus vaqueros—. Bueno, a lo mejor quieres ponerle solución a
eso.
—Quiero follar —dijo él—. Yo no oculto mis emociones.
—Yo tampoco, cariño, pero ahora estamos en un lugar público.
—Sólo los humanos ocultan sus emociones.
—¿Y qué? ¿Es que tú no eres humano?
Michael no respondió.
—Hablo en serio. ¿Es que tenemos que hacer esto sin parar?
—Nunca hemos estado antes en este bar.
—No, me refiero a «esto» —le aclaró Olivia—. A esta representación, o
como quieras llamarla.
—Quieres que mienta.
—No, quiero que «dejes» de mentir. ¿No podemos descansar de este
juego una noche? ¿O al menos mientras estemos aquí?
—Yo no engaño.
—Muy bien, lo que tú digas —respondió Olivia—. En fin, si esto es lo
que necesitas para animarte, me apunto. Vaya, que seguiré con el engaño.
Permanecieron sentados en silencio, bebiendo a sorbos. Olivia esperaba
que Michael iniciara una conversación, pero éste, sin dejar de mirar fijamente
al espejo que estaba detrás de la barra, tal vez a sí mismo, no dijo ni una
palabra. Se limitó a permanecer allí sentado, dándole sorbos a su agua y
todavía con la erección. Pasaron cinco minutos, y luego diez, y siguió sin
abandonar su personaje, como si fuera absolutamente normal ir a un bar con
una mujer y no decir ni una sola palabra. Olivia estaba asombrada por el
comportamiento de Michael. ¿Era una especie de actor de método o algo así?
Si no lo era, se estaba desperdiciando una gran carrera.
Ramón condujo a Diane de la mano de vuelta a la parte delantera del
bar.
Ella hizo entonces una señal con los ojos a su amiga para que se
acercara.
—Ayayay, allá vamos —dijo Olivia.
Se acercó a Diane mientras Ramón esperaba junto a la puerta.
—Vale, lo siento, te debo una, ¿de acuerdo? —dijo, adelantándose a su
amiga.
—Me voy a casa con él —comentó Diane.
Olivia advirtió algo diferente en ella; su amiga estaba prácticamente
resplandeciente. Era difícil creer que fuera la misma mujer desolada que
había entrado en aquel bar hacía menos de media hora.
—¿Hablas en serio? —preguntó—. Creía que estabas...
—¿Qué puedo decir? —replicó Diane—. Tú estabas en lo cierto y yo
estaba equivocada. Algunos tipos son encantadores y tú lo tienes claro como
el agua, y este tío es verdaderamente encantador. Es como si hubiera salido
de una novela romántica. Sólo le falta un caballo blanco.
—Estoy de acuerdo contigo... por supuesto —admitió Olivia—. Aunque
como amiga tuya tengo que recordarte que ahora mismo eres vulnerable. En
fin, tú y Steve acabáis...
—Ay, y a quién le importa el idiota de Steve —la interrumpió Diane—.
Vaya, debería haberlo plantado cuando me enseñó una foto de su Porsche en
nuestra primera cita. —Miró hacia el latino y sonrió, y entonces añadió—:
Quiere que vaya a su casa para ver su azotea.
Diane se volvió hacia Ramón, que dijo:
—Perdona si te estaba mirando fijamente. Pero tu belleza es fascinante.
La manera en que estaba contemplando a Diane —anhelantemente, con
una pasión contenida— dejó sin respiración incluso a Olivia.
Ramón y Diane entrelazaron sus brazos, salieron del bar y se alejaron en
la noche.
—Caray, creo que lo he visto todo —comentó Olivia. Entonces,
repentinamente ardiendo de deseo ella también, le dijo a Michael—: Bueno,
¿no deberíamos ir a tu casa?
—Esta noche tengo trabajo que hacer —respondió él.
—¿Esta noche? —No pudo disimular su decepción—. Me estás
poniendo celosa. ¿Qué es lo que vas a hacer, matar a alguien?
—Sí.
Era asombrosa la manera que tenía de mantenerse siempre fiel a su
personaje.
—¿En serio? —preguntó ella con coquetería—. ¿Y puedo acompañarte?
—No lo entenderás.
—Ay, ¿por qué no dejas eso de una vez? ¿Es que no te enteras? Yo no
soy como las demás mujeres de esta ciudad.
—Sólo quieres compartir experiencias conmigo porque no sabes lo que
soy. En cuanto veas lo que soy, me odiarás.
Preguntándose por qué no paraba de decir «que» en lugar de «quien»,
ella preguntó:
—¿Por qué no me dejas compartirlo sin más?
—Si te dejara compartirlo, jamás podrías volver atrás —respondió
Michael—. Eso lo entiendes. —No estaba preguntando; era una afirmación.
—Sí, eso lo entiendo.
Tras una larga y gélida mirada —¿cómo hacía eso sin abandonar el
personaje?—, Michael se dio la vuelta. Olivia pensó que se estaba
marchando, desembarazándose de ella, y entonces se dio la vuelta.
—Ven conmigo —dijo él.
Ella lo alcanzó.
—¿Adónde vamos?
Michael no respondió, y ella pensó: «¡Que narices!» Iba a acompañarlo,
así que más le valía disfrutar.
Dobló en Sullivan Street y pasó por Bleecker hasta llegar a Washington
Square Park, donde retrocedió hacia el centro por Thompson hasta llegar a
Houston, desde donde regresó a la parte alta por otra calle. No miró a Olivia
en todo el rato y mantuvo una expresión seria y decidida de intensa
concentración. Prosiguieron zigzagueando por las calles de West Village
durante tal vez otros veinte minutos hasta que finalmente Michael se detuvo
delante de un coche aparcado, un viejo Honda, y empezó a juguetear con el
manillar. ¿Era aquello lo que había estado haciendo todo aquel rato, buscar su
coche? Entonces se percató de que Michael no estaba abriendo la puerta, sino
que estaba forzando la cerradura con una ganzúa, o al menos es lo que
parecía. Olivia se recordó que nada de aquello era real, que todo formaba
parte de un juego, un juego que se iba haciendo más extraño por momentos.
Finalmente Michael consiguió abrir la puerta. Luego abrió la del
copiloto.
—Entra.
¿Y ahora qué papel estaba representando?, ¿el de un ladrón de coches?
«Como quieras», pensó ella mientras se sentaba.
Por la dirección que llevaban, Olivia pensó que estaban regresando a la
casa de Michael en Tribeca, pero entonces él giró en Canal y entró en el
Holland Tunnel.
—¿Adónde nos dirigimos? —preguntó.
—Pronto llegaremos.
Olivia guardó silencio hasta que salieron en Nueva Jersey y cogieron la
I-78. Entonces decidió que no veía motivo para que no pudiera hacer
preguntas, aunque él se negara a responderlas.
—Bueno, ¿así que alguien te contrató para hacer este trabajo?
—No, éste es un favor que le hago a un amigo.
—Bien, eso es muy considerado por tu parte. Yo no consigo que mis
amigos me rieguen las plantas cuando me voy de vacaciones, pero tú matas
por los tuyos. Caray, qué hombre.
Michael no sonrió, por supuesto, aunque Olivia estaba que se partía de
risa.
—Bueno, mi peligroso y tenebroso sicario ladrón de coches —continuó
—, ¿por qué decidiste seguir una vida dedicada al crimen?
—Porque me divierte matar gente. Lo haría gratis, y he matado gratis.
Pero aún es mejor si la gente me paga por matar.
—¿Y no te preocupa acabar en la cárcel? Bueno, no sé si eres consciente
de ello, pero el asesinato es ilegal. —Olivia se lo estaba pasando en grande
provocándolo.
—Mi padre quería que dirigiera la fábrica de cerveza. Pero yo no quería
trabajar para Hartman Beer ni tampoco para mi padre.
—Espera... Hartman Beer —dijo Olivia—. Me resulta familiar. Creo
que la bebíamos cuando estaba en la universidad en Siracusa... Pero teníamos
un apodo para ella.
—Pedorra.
—Ajá, eso es. —Olivia se echó a reír—. Pero a mí no me parecía que
fuera tan mala. La verdad es que me parecía bastante buena.
—Estás mintiendo.
—Tienes razón, estoy mintiendo.
Olivia estaba disfrutando de las bromas; por una vez se estaban
relacionando como una pareja normal.
La sensación no duró demasiado.
Un período de diez minutos de silencio le recordó que no era más que
una participante de un extraño juego y que no tenía ni la menor idea de cuáles
eran las normas.
—Bueno —preguntó—, ¿por qué no quisiste meterte en el negocio de la
cerveza?
—Soy una persona colérica —dijo Michael. Guardó silencio durante un
rato, y Olivia pensó que había terminado de hablar. Entonces añadió—: La
ira es hermosa. Mucha gente la repudia; se esconden de ella y castigan a la
gente por su causa. Pero ¿por qué castigar a las personas por algo que es
natural? ¿Las castigamos por comer? ¿Por respirar? Entonces, ¿por qué
castigarlas por matar? Todos los animales matan. Pero ¿acaso los animales se
arrepienten de matar? ¿Es que lloran a sus víctimas? No, los animales aceptan
su ira, su rabia. Los humanos también pueden experimentar tal dicha si se
limitan a aceptar su condición natural de animales. Para mí, ser un sicario es
la manera perfecta de expresar mi cólera natural.
Olivia asimiló todo aquello mientras intentaba mantener una expresión
de seriedad e interés, como si estuviera saliendo con un tipo normal —
digamos un abogado— y éste le estuviera hablando de su trabajo, aunque
mientras escuchaba estaba pensando: Carajo, lo de este tío no tiene remedio.
Una voz procedente de algún lugar de su interior le estaba diciendo que se
largara ya, mientras todavía tuviera ocasión de hacerlo, pero como era
habitual la voz era débil y ella apenas le estaba prestando atención.
Atravesaron una parte de Nueva Jersey en la que Olivia no había estado
nunca. Por lo que ella sabía, Michael iba a cruzar en coche toda la región. Le
preocupó que nada de aquello le preocupara en lo más mínimo.
Pero él no iba a atravesar la región, al menos no sin hacer primero una
breve parada en Bernardsville, Nueva Jersey.
Se detuvo en el arcén y se sacó un papel del bolsillo en el que
previsiblemente estaban escritas unas direcciones. La luz dentro del coche era
escasa; Olivia no podía imaginarse que pudiera leer algo en el papel. Tras
examinarlo durante varios segundos, Michael siguió conduciendo. Ella no se
molestó en preguntar adónde se dirigían porque sabía que no se lo diría.
Giraron varias veces y acabaron en una zona residencial de campanillas.
Entonces Michael apagó los faros y de pronto se sumieron en la oscuridad
más absoluta.
A ella se le aceleró el pulso.
—¿Qué narices estás haciendo? —preguntó.
Michael continuó a la misma velocidad y entonces tomó una curva
cerrada. Olivia era incapaz de ver algo, así que extendió la mano por delante
de ella y se agarró al salpicadero, preparándose para una colisión inminente.
—¿Has perdido el juicio? —gritó—. ¡Para el coche! ¡Detente
inmediatamente!
—Deja de gritar o tendré que matarte.
Su voz era firme, y si Olivia no hubiera estado convencida de que nada
de aquello era real, se habría sentido aterrorizada. En vez de eso, lo que
estaba era cabreada.
—Bueno, ¿no puedes dejar esta ridiculez de una vez y hablarme como
una persona normal? ¿Y te importa volver a encender las luces, por Dios
bendito?
Michael no se detuvo y tomó otra curva cerrada. Olivia se estaba
acostumbrando a la oscuridad; había algunas luces dentro de las casas,
aunque no demasiadas. Pudo distinguir la calle, o al menos una parte, así que,
aunque el trayecto sin faros seguía siendo para ponerle a uno los pelos de
punta, ya no era absolutamente terrorífico.
Entonces Michael aminoró la marcha, se detuvo en el bordillo y apagó el
motor. No había ninguna casa en la zona inmediata, así que en ese momento
ella no podía ver nada. Pero le oyó manipular algo; no supo de qué se trataba.
Sonaba a algo duro, tal vez metálico. Entonces se acordó de la cartuchera y
de lo que le había dicho acerca de que era un sicario. El pulso volvió a
palpitarle con fuerza.
—¿Qué es lo que vas a hacer? —preguntó.
Olivia pensó si no estaría equivocada. ¿Y si aquello no era un juego? ¿Y
si era real?
—Espera aquí —le ordenó Michael.
Salió del coche y se alejó; aparentemente estaba cruzando la calle,
aunque desapareció en la oscuridad y era imposible decir adónde exactamente
se estaba dirigiendo.
De acuerdo, la cosa se iba haciendo más rara por momentos, y Olivia
tuvo que admitirlo: aunque estaba aterrorizada y temía realmente por su vida,
a otro nivel aquello la estaba poniendo cachonda. Tal vez fuera ésa la gracia
del asunto: el miedo como afrodisíaco.
Entonces empezó a reírse en voz alta, y no porque estuviera de humor
para reír; era simplemente una manera de aliviar la tensión.
Michael llevaba ausente varios minutos —hasta empezó a preguntarse si
no la habría dejado allí tirada—, y entonces el súbito ruido de la puerta del
coche al abrirse hizo que pegara un respingo.
Él entró en el coche.
—Bueno, ¿mataste al que querías matar?
—Sí.
Colocó el objeto en el asiento entre ellos y, sin encender los faros, dio la
vuelta para cambiar de sentido y recorrió como media manzana en total
oscuridad.
—Vamos, otra vez no —se quejó Olivia—. ¿Qué estás haciendo?
Al cabo de otra media manzana Michael encendió los faros. En el coche
entró la luz suficiente para que ella pudiera ver que el objeto que estaba entre
ellos era una pistola con lo que parecía un cañón muy largo. Se asemejaba a
una de aquellas cosas... ¿cómo se llamaba?... un silenciador.
Aunque no se preocupó, sabiendo que el arma formaba parte del juego.
Michael sólo estaba intentando hacer que creyera que era un peligroso e
impredecible sicario que incluso estaba dispuesto a conducir sin luces.
—No le dirás a nadie lo que has visto esta noche. Si se lo dices a alguien
o tan siquiera piensas en decírselo a alguien, tendré que matarte, y no quiero
matarte. Me gustas —le espetó él en la oscuridad.
—Gracias, probablemente sea lo más amable que me haya dicho jamás
un tío —respondió, destilando sarcasmo... ¿Y por qué no? Sabía que él no lo
pillaría porque estaba hablando muy en serio.
Desvió la mirada, hacia la oscuridad absoluta del otro lado de la
ventanilla del copiloto, y puso los ojos en blanco.
Entonces Michael volvió a detener el coche.
—¿Por qué nos paramos?
—Sal.
Olivia le echó un rápido vistazo a la pistola que yacía entre ellos; no
pudo evitar que el pulso se le volviera a acelerar.
—¿Por qué?
—Sal —repitió él.
Ella salió; la combinación del miedo y la excitación resultaba adictiva.
Podía ver algo, porque la luna proyectaba cierta luz blanca azulada. Le
pareció que estaban en un paraje boscoso. No veía ninguna casa.
Luego salió él también. Olivia reparó en que había dejado el arma, lo
cual la sorprendió un poco; esperaba que la fuera a golpear.
—Sígueme —le ordenó Michael.
—¿Cómo te voy a seguir? No veo nada.
La ignoró; ¿de qué se sorprendía ella?
Agarrándolo por la parte posterior de su larga cazadora de piel, lo siguió
en la oscuridad. Aunque no veía nada, supo con toda certeza que estaban en
una zona poblada de árboles. Olía las hojas podridas y las notaba crujir bajo
sus botas junto a las ramas caídas de los árboles. ¡Joder!, ¿por qué
precisamente había tenido que escoger aquella noche para ponerse sus nuevas
Anne Klein?
—Por tu culpa se me están estropeando mis botas nuevas —protestó,
siendo consciente de lo consentida y quejica que parecía. La única respuesta
de Michael fue caminar todavía más deprisa, con lo que pareció que se ponía
al trote. Aterrada, no fuera a ser que se le escapara, se aferró a la cazadora
con más fuerza. Tenían que estar rodeados de árboles contra los que
potencialmente podían darse de morros, pero al igual que cuando habían
estado conduciendo sin faros, de algún modo él sabía adónde se dirigían. ¿Ya
había estado allí antes? ¿Había vivido en el bosque de las afueras de
Villarremota, Nueva Jersey?
Siguieron caminando al mismo ritmo, moviéndose en zigzag por el
bosque durante tal vez cinco minutos hasta que llegaron a un pequeño claro.
Olivia supo que no había árboles alrededor porque vio el cielo plagado de
estrellas.
Levantó la vista.
—¡Increíble! —exclamó con el asombro que muestran todos los nativos
de Nueva York ante un cielo estrellado.
—Desnúdate.
—¿Aquí? —preguntó ella fingiendo sorpresa, aunque la idea la estaba
poniendo caliente. Así que, después de todo, ésa era la idea que tenía él de los
juegos preliminares. A pesar del frío, había pasado mucho tiempo desde la
última vez que Olivia había follado al aire libre; desde aquel viaje a Vermont
para acampar con su novio Todd hacía cinco años.
—¿Por qué no? —dijo ella—. En fin, «adonde fueres, haz lo que
vieres», ¿no es así?
Se despojó de las botas y se bajó la falda.
—Hace mucho frío, ¿no podrías rodearme con los brazos? —preguntó,
temblando. Se desabrochó el sujetador y se quitó las bragas.
Sus ojos se estaban acostumbrando un poco a la oscuridad, y gracias a la
débil luz de la luna pudo adivinar el perfil del cuerpo de Michel. Se había
quitado la ropa y estaba en pelotas con su habitual erección.
Entonces se puso encima de ella. Ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. En
un momento ella estaba de pie, y al siguiente prácticamente se le había
echado encima y la había tirado al suelo. Chilló al ser pillada desprevenida,
pero le gustó. Aquél era el loco impredecible que le gustaba, el Michael del
que nunca tenía suficiente.
—Date la vuelta —le exigió él.
En el bosque, bajo la luz de la luna, con el gruñido de Michael, más
grave de lo habitual, como único ruido, el polvo estaba siendo salvaje,
desenfrenado, animal.
—Oh, Dios mío, no pares. Por favor, no pares.
Alargó la mano hacia atrás para tocarle el brazo... ¿Por qué estaba tan
peludo? Siempre había tenido los brazos velludos, pero aquella sensación era
diferente: tenía el brazo «cubierto» de pelo.
No le dedicó demasiado tiempo a pensar en ello porque estaba a punto
de correrse y le costaba pensar, lo que se dice «pensar, pensar», en otra cosa.
Como siempre que estaba a punto de tener un orgasmo, dejó conscientemente
al mundo fuera para concentrarse en las intensas sensaciones.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Olivia—. Oh, por Dios, cariño, me tienes
tan a punto... estoy tan, tan cerca... Exactamente así, sí, justo así.
A punto de llegar al clímax, miró por encima del hombro, pero no vio a
Michael, sino a otro, a otra cosa. Era un ser en parte humano y en parte
animal. Tenía la cara cubierta por una espesa pelambrera gris; la nariz era
gruesa y oscura, como la de un perro; tenía las aletas ensanchadas, y sus
dientes eran enormes y afilados. Sólo sus ojos eran reconocibles: eran, sin
duda, los ojos de Michael.
¿Se había puesto alguna clase de máscara? Pero ¿cómo podía parecer tan
real una máscara?
Si esto le hubiera ocurrido en otro momento, habría gritado de puro
terror, pero al mismo tiempo estaba tan abrumada y tan metida en el
momento que su cerebro orgásmico no era capaz realmente de procesar nada
que no fuera el intenso placer que estaba experimentado. Cuando se corrió,
relajó las piernas y se despatarró sobre el suelo frío boca abajo, y sintió el
peso de Michael encima de ella y quiso verle la cara de nuevo. Seguramente
aquello sólo había existido en su imaginación. Estaban haciendo el amor al
aire libre, como animales, así que había imaginado que él era un animal; sea
como fuere, en ese momento parecía un razonamiento cargado de lógica.
Quiso mirar hacia atrás de nuevo para verlo, esperando que ahora tuviera una
apariencia absolutamente normal, cuando sintió la cara peluda de Michael en
la nuca; sus gruñidos, o jadeos en realidad, parecieron ahora mucho más
fuertes. Aquello no era cosa de su imaginación; estaba ocurriendo de verdad.
Intentó volver la cabeza pero no pudo, y entonces sintió que la estaba
mordiendo en el lado izquierdo del cuello. Sabía que debería estar gritando,
pero no quería hacerlo y, además, no podía mover la boca ni el cuerpo.
Aunque no estaba paralizada; tuvo la sensación de que su incapacidad para
moverse fuera una decisión totalmente suya. Al mismo tiempo, supo que
aquello no era normal, que indudablemente le estaba pasando algo, y sin
embargo no le importó. Era el dolor más placentero que jamás había
experimentado y deseó que no terminase nunca. Sus pensamientos se
desvanecían al tiempo que la noche negra se tornaba blanca. En alguna parte
de su conciencia, pensó: Me estoy muriendo, pero jamás había experimentado
una alegría tan pura. Si aquello era la muerte, quería morir.
Su último pensamiento antes de que la oscuridad cayera fue: Vamos...
adelante.
21
Simon se había levantado temprano y estaba con Jeremy. Alison, vestida para
irse a trabajar y arrastrando detrás de ella su pequeña maleta llena de
muestras médicas, entró en el comedor, donde su hijo se tomaba sus
Cheerios. Le dio los buenos días con un beso, pero a Simon no le dijo nada ni
dio muestras de reconocer su presencia de ninguna otra manera. Nada que
objetar; sabía que cuando Alison se enfadaba con él lo mejor era apartarse de
su camino, concederle un tiempo para que se apaciguara, porque intentar
hablar con ella entonces sólo hacía que empeorasen las cosas.
—Hasta eso de las siete, mi tesoro —le dijo Alison a Jeremy sin mirar a
su marido, y salió del piso volando.
No pudo evitar sentirse dolido, pero intentó centrarse en el lado bueno.
De acuerdo, así que se comportaba como si no existiera, pero al menos no le
estaba pidiendo la separación a gritos. Pasito a pasito.
Pasó un buen día a solas con Jeremy. Los muchachos no se iban a reunir
ese día porque Charlie tenía que hacer un turno de veinticuatro horas, así que
llevó a Jeremy al centro, al Museo de Bellas Artes Infantil de la calle
Lafayette, y se lo pasaron como enanos jugando con los grandes cubos de
espuma. Después fueron a la pizzería favorita de Simon, la de Ben, en Spring
Street. El niño se tomó una porción sencilla, y él una a rebosar de salchichas
y pepperoni. Fue bonito pasar una tarde normal y agradable con su hijo.
Cuando Alison llegó a casa del trabajo siguió comportándose de la
misma manera que antes: muy cálida y cariñosa con Jeremy y fría y distante
con Simon. Imaginando que tener un altercado con ella no llevaría a ninguna
parte y que probablemente empeoraría las cosas, Simon salió a dar una larga
carrera por el parque. Las rápidas imágenes de su ataque a Tom habían ido
remitiendo en su cabeza —ese día sólo las había tenido de manera
intermitente—, aunque seguía sin poder sacudirse el subyacente sentimiento
de culpa. Dio un par de vueltas al estanque y luego otra grande alrededor de
todo el parque. Cuando corría, era el único momento en el que se sentía
verdaderamente libre, cuando los problemas de su vida se le antojaban
irrelevantes.
Cuando llegó a casa, Alison ya estaba en la cama dormida. Simon estaba
caliente y lamentó que no estuvieran en mejores términos, aunque por el
momento no le quedaría otra que apechugar con ello. Se duchó y se metió en
la cama con su esposa, donde finalmente se sumió en un sueño ligero.
Le despertó el timbre de la puerta.
Alison también se levantó.
—¿Quién puede ser? —preguntó en la oscuridad.
Simon echó un vistazo al reloj: las cuatro pasadas.
El timbre volvió a sonar. Era algo insólito en sí mismo, porque cuando
tenían visitas el conserje siempre las anunciaba.
—Serán algunos estudiantes borrachos, seguro —dijo, pero sabía que la
explicación no se sostenía, puesto que aquél era un edificio para familias y no
había muchos universitarios borrachos de jarana por los pasillos en mitad de
la noche.
—Jeremy se va a despertar de un momento a otro —dijo Alison,
encendiendo la luz.
Fue como si hubiera estado esperando a que le dieran la señal.
—¡Papá! —gritó el niño.
Alison parecía muy enfadada, y el que Jeremy reclamara a Simon sin
duda no estaba siendo de ninguna ayuda.
—Vale, tranquilízate —dijo él—. Ocúpate de Jeremy y yo me encargaré
del que esté tocando el timbre.
Al acercarse a la puerta, oyó a una mujer en el pasillo.
—Tiene que estar en casa, vuelve a llamar —dijo la voz.
—Vale, ya voy, ya voy —dijo Simon.
Supuso que sería alguna pareja, tal vez unos amigos de alguien del
edificio, o unos subarrendadores que habían llamado al timbre del piso
equivocado. Cuando le vieran se disculparían avergonzados y eso sería todo.
Así que su sorpresa fue natural cuando abrió la puerta y vio allí a los dos
policías.
Se trataba de una mujer baja y atractiva, tal vez puertorriqueña, y un tipo
negro, mucho más alto y grande, que esperaba en el descansillo, al lado de la
puerta de entrada. Aunque el tipo llevaba una camisa totalmente negra de
manga larga y la mujer iba vestida con unos pantalones y un jersey también
completamente negros, la actitud de ambos proclamaba a los cuatro vientos:
maderos.
En efecto.
—¿El señor Burns? —preguntó la latina.
—Sí —respondió, y la mujer le mostró una placa.
—Soy la inspectora Geri Rodriguez de la policía de Nueva York, y va a
tener que acompañarnos.
¿Policía de Nueva York?
Simon se puso muy nervioso, aunque intentó no demostrarlo.
—Creo que hay un error. Ya hablé con alguien de la policía de Nueva
Jersey el otro día.
—No hay ningún error —le corrigió Rodriguez.
Parecía hablar en serio; aquélla parecía muy diferente a la visita
«rutinaria» de Dorsey. Pero ¿de qué podría querer hablar con él la policía de
Nueva York?
—Esto es ridículo —protestó Simon—. Son las cuatro de la mañana y
han despertado a mi familia. Quiero saber qué está pasando.
—No le estamos deteniendo, señor Burns —le aclaró la mujer—, sólo
nos lo vamos a llevar para que lo interroguen. ¿Lo entiende?
—¿Interrogar acerca de qué? No hay ningún motivo para...
—¿Ha oído lo que le ha dicho? —terció el tipo negro. Aunque su tono
fue educado e incluso sonrió ligeramente, su actitud de no andarse con
tonterías le indicó a Simon que discutir no serviría de nada.
—¿Por qué no se pone unos zapatos? —le sugirió la inspectora.
¿Había dicho «zapatos» de una manera tendenciosa? ¿Esperaba alguna
clase de reacción? ¿Habían encontrado su zapato perdido en el bosque? Sintió
una punzada de miedo y se vio a sí mismo como el lobo mientras desgarraba
la carne de Tom.
Mientras se ponía los mocasines, echó un vistazo hacia el pasillo, donde
Alison estaba de pie con los brazos cruzados delante del pecho. Aunque lo
estaba mirando directamente, Simon sintió como si él ni siquiera estuviera
allí.
Presa de la frustración, sabía que el que la policía se lo llevara era lo
último que necesitaba su matrimonio en ese preciso momento.
—No te preocupes, todo va a salir bien, te lo prometo —le dijo a Alison
—. No es más que una equivocación. Lo resolveré y estaré en casa lo antes
posible.
La expresión de ella no experimentó ningún cambio.
—No lo entiendo. Si sólo quieren hacerme unas preguntas, ¿por qué no
me las hacen en casa? —les preguntó a los policías una vez en la calle.
Lo trasladaron en la parte trasera de un coche camuflado de la policía
hasta una comisaría de la zona alta de la ciudad. Cuando entraron, vio escrito
en el edificio: Homicidios Manhattan Norte.
—Vamos, esto es una locura —soltó—. Ya hablé con Dorsey, del
Departamento de Policía de Bernardsville. ¿Han hablado ya con él o no?
Mientras lo conducían por un pasillo, Rodriguez y el otro inspector
mantuvieron la mirada clavada al frente.
—¿Por qué no me deja a mí hacer las preguntas? Deje que haga mi
trabajo —le espetó Rodriguez.
Lo llevaron a una sala de interrogatorios. Paredes de color gris, una
mesa rectangular con una silla en uno de los lados largos y dos en el otro.
Una de las paredes era de cristal, sin duda un espejo polarizado. Aunque
hubieran encontrado su zapato, Simon no comprendía lo que estaba
sucediendo; ¿por qué lo estaban tratando como si fuera un verdadero
sospechoso de asesinato? Presa de la paranoia una vez más, se preguntó si la
policía habría encontrado alguna nueva prueba, o si quizá se habría
presentado otro testigo. ¿Y si alguien lo había visto con un lobo aquella
noche? ¿Y si realmente había azuzado a un lobo contra Tom?
Para ya, se dijo. Sabía que su comportamiento era ridículo: iban a
hacerle algunas preguntas rutinarias y ahí acabaría todo.
Después de que le ordenaran que se sentara del lado de la mesa con una
silla, volvió a intentarlo.
—Esto es ridículo; no entiendo qué está pasando. —Una vez más lo
ignoraron y lo dejaron solo en la sala.
Una media hora más tarde, Rodriguez regresó sola y ocupó la silla que
estaba frente a él.
—¿Dónde está el lobo? —preguntó la inspectora.
—¿El lobo?
—Eso es, el lobo.
—He intentado decírselo, pero no me escuchan —replicó Simon—. No
tengo nada que ver con ningún lobo, ya he pasado por esto con Dorsey. ¿Han
hablado siquiera con...?
—¿Dónde está? —preguntó Rodriguez—, ¿en casa de algún amigo? Si
no me lo dice, empeorarán las cosas para usted.
—Por última vez —dijo Simon—. No tengo ningún lobo. ¿Por qué
habría de tener un lobo?
—¿Donde estuvo esta noche entre las ocho y las diez?
Ahora Simon no tenía ni la más remota idea de qué iba todo aquello.
—Estuve en casa.
—¿Toda la noche?
—Sí, toda la noche, aunque... Espere, toda la noche no. Fui a correr al
parque.
—¿Cuánto tiempo?
—Un par de horas. ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?
—Un par de horas para correr es mucho tiempo.
—Me gusta dar largas carreras, no comprendo por qué...
—¿A qué hora salió a correr?
—No lo sé, alrededor de las nueve —contestó—. Pero ¿qué está
pasando? En mi piso dijeron que iba a ser un interrogatorio rutinario, pero
ahora...
—¿A qué hora regresó de Nueva Jersey esta noche?
—¿De Nueva Jersey? —Simon estaba perdido—. Yo no he estado en
Nueva Jersey esta noche.
La agente estaba estudiando su expresión, como si intentara pillarlo en
una mentira.
Entonces hablaron los dos al mismo tiempo.
—Mire, si usted no... —empezó Simon.
—Disparó y mató a Alan Freedman y a su esposa, ¿verdad? —preguntó
ella.
—¿Qué? —replicó Simon, estupefacto—. Ni siquiera... —Un momento,
Alan Freedman; ¿por qué le resultaba tan familiar ese nombre? Entonces se
acordó. De pronto se sintió mareado, como si estuviera en un tris de perder el
conocimiento—. Espere, Alan Freedman. ¿Se refiere al vecino de Tom
Harrison?
—Temía que pudiera identificarlo, así que fue en coche hasta allí y lo
mató. Su esposa estaba allí, así que también la mató.
—Un momento —protestó Simon—. ¿Alan Freedman está muerto? ¿Y
su esposa también está muerta? No lo entiendo. ¿Cómo es posible?
De pronto se acordó de Michael, diciéndole: «Haré lo que sea por un
miembro de mi jauría». Pero ¿de verdad mataría a dos personas inocentes?
—¿Cuál es el problema? —preguntó Rodriguez—. ¿Se siente
incómodo? Pues en la celda en la que va a pasar el resto de su vida sí que va a
estar incómodo.
—Esta noche estuve en casa —declaró Simon—. No he tenido nada que
ver con esas muertes. No fui en coche hasta la casa de Alan Freedman en
Nueva Jersey. Apenas conozco a Alan Freedman y no tengo ni idea de quién
es su esposa.
—Deje que le haga otra pregunta. —La inspectora lo miró fijamente—.
¿Cómo podría saber que los Freedman fueron asesinados en su casa?
—Usted me lo dijo —replicó Simon.
—No, la verdad es que no lo hice.
¿Se lo había dicho? Todo estaba tan embrollado que no era capaz de
pensar con claridad.
—He supuesto... que fue lo que sucedió. —Por extraño que pareciera, se
sentía culpable, como si tuviera que encubrirse.
—¿Qué tal si nos dejamos de rodeos —insistió Rodriguez— y me
cuenta dónde estuvo realmente esta noche?
—Estuve en casa —repitió—. Estuve en Nueva York. Pueden hablar
con el conserje de mi edificio. Me vio salir y me vio regresar. Hable con
James, y hable con mi esposa..., los dos se lo dirán. Le juro por Dios que no
he tenido nada que ver con esos asesinatos.
—¿Es usted un hombre religioso, señor Burns?
—No —dijo Simon.
—Entonces, ¿por qué narices piensa que me puede importar que lo jure
por Dios o no?
Con toda la tranquilidad que pudo —que no era mucha en absoluto—,
Simon dijo:
—Mire, yo no maté a esas dos personas esta noche, ¿de acuerdo? Eso es
completamente ridículo. Yo no soy un asesino, ¿vale? Soy padre. Soy
marido.
La inspectora parecía estar estudiando sus reacciones. Simon tuvo la
sensación de que la estaba convenciendo.
—Mírelo desde mi punto de vista —dijo ella—. El martes fue
interrogado por la policía de Nueva Jersey porque un hombre creyó verlo
cerca de la casa de Tom Harrison la noche que lo mataron. Entonces, esta
noche matan a ese hombre y a su esposa. ¿Me va a decir que es pura
coincidencia?
O puede que no la estuviera convenciendo.
—Sí —respondió Simon—. Tiene que serlo.
—¿Así que quiere que crea que me está diciendo la verdad y que no fue
a Nueva Jersey esta noche?
—Le estoy diciendo la verdad.
—Aunque quizá contrató a alguien para que fuera a Nueva Jersey por
usted.
—¿A qué se refiere con que contraté a alguien?
—Sí, a un sicario —explicó Rodriguez.
—Oh, vamos, deme...
—¿Qué hay de la noche que mataron a Tom Harrison? ¿Va a negar
también que esa noche estuvo allí? Alan Freedman dijo que lo vio.
—Alan Freedman cometió un error.
—O tal vez no. Quizás usted utilizó a un lobo para que matara a su
antiguo jefe, pensando que era la manera perfecta de salirse con la suya,
aunque no contó con que alguien lo viera allí.
—Eso no es cierto —protestó Simon—. Le aseguro que no estuve en
Nueva Jersey.
En ese momento Rodriguez le estaba mirando de una manera diferente;
¿se daba cuenta de que estaba mintiendo? ¿Tendría ella el zapato? ¿Sólo
estaba reteniendo esa información para intentar arrancarle una confesión?
—Tengo entendido que estuvo con un amigo la noche que mataron a
Tom Harrison —dijo ella.
—¿Así que hablaron con Dorsey?
—¿Hay alguien más que pueda dar fe de su paradero aquella noche,
aparte de su amigo?
—No —dijo Simon— Sólo mi amigo.
—Así que tiene a su amigo como coartada para un asesinato, y a su
esposa para el otro. ¿Es correcto eso, señor Burns?
—Quiero un abogado.
—Con abogado o sin él, todo será mucho más fácil si se entrega —dijo
ella—. Mírelo de esta manera: pase lo que pase, acabará rindiéndose, así que
¿por qué no nos ahorra tiempo a todos y confiesa?
Simon sintió como si la habitación estuviera reduciéndose de tamaño.
Todo en su interior se estaba acercando. Le resultaba difícil respirar.
—Quiero un abogado —insistió.
La inspectora se levantó, llegó hasta la puerta y se volvió.
—Ah, una cosa más, señor Burns.
Había llegado el momento: habían encontrado el zapato. Si tenían su
zapato, estaba acabado. No había manera de poder negar que estuvo en la
casa de Tom la noche que lo mataron, y de alguna manera también acabarían
cargándole los otros asesinatos.
—¿Conoce a un hombre llamado Dave Doherty?
Simon soltó el aire que había estado conteniendo.
—No —respondió. Era verdad; no tenía ni idea de quién era Dave
Doherty.
—¿Está seguro? —insistió Rodriguez.
Simon se estrujó la sesera: ¿sería Dave Doherty el padre de uno de los
amigos de Jeremy? ¿Sería el marido de una de las amigas de Alison?
¿Alguien con quien él hubiera ido a la universidad?
—Sinceramente, no tengo ni la más remota idea de quien es —dijo—.
Un momento, no me diga que también lo han matado. —Lo dijo en un tono
absolutamente jocoso.
—El año pasado encontraron su cuerpo en Howard Beach, Brooklyn.
—Joder, estaba de broma —observó Simon.
—¿Piensa que el asesinato es divertido, señor Burns?
—No, no pienso tal cosa, claro que no, sólo... —De pronto cayó en la
cuenta de que estaba siendo acusado de otro asesinato—. Espere un
momento. Si intenta decir que...
—Doherty vivía en Manhattan. En realidad, no muy lejos de usted. En
Hell’s Kitchen. Estaba casado y tenía un hijo. ¿Cuántos años tiene su hijo,
señor Burns?
—¿Qué importa...?
—¿Cuántos?
—Tres —respondió a regañadientes.
La agente esbozó una sonrisa.
—Qué divertido —dijo ella—. Doherty tenía un hijo de dos años. Ahora
tendrá tres. La misma edad que su hijo.
Simon iba a preguntarle si pensaba que el asesinato era algo divertido,
pero tuvo la sensación de que el comentario no sería bien recibido.
—Ya se lo he dicho, nunca he oído hablar de Dave Doherty —dijo en su
lugar—. ¿Por qué cree que tiene que ver algo conmigo?
—Tal vez tenga que ver con los mordiscos de lobo hallados en su
cuerpo.
Después de echarle un último vistazo, ella salió de la sala.
Se quedó solo en el cuarto blanco e intensamente iluminado. ¿Ha
ocurrido de verdad? Toda la situación —el ser interrogado por tres
asesinatos, dos de los cuales indudablemente no había cometido— había sido
absolutamente estrafalaria, pero lo de Dave Doherty ya era el colmo. ¿Y
quién demonios era Dave Doherty? ¿Rodriguez había insinuado en serio que
él podría tener algo que ver con un cuarto asesinato, o era sólo alguna especie
de estrategia de interrogación para intentar confundirlo?
Estaba mareado y sentía claustrofobia. Empezó a dar vueltas de un lado
para otro de la sala, sintiéndose como un animal salvaje en una jaula
diminuta. Cayó en la cuenta entonces de que probablemente lo estuvieran
observando a través del espejo polarizado y que aparentar nerviosismo y
agitación tal vez no fuera la mejor idea. Así que regresó a su silla e intentó
mostrarse lo más paciente posible, actuando como si no tuviera nada que
ocultar, aunque la realidad era que tenía algo enorme que ocultar. Llevaba
días sin querer admitirlo, pero no podía esconderse de la verdad mucho más
tiempo: sin duda había matado a Tom. No era una coincidencia que hubiera
estado en Nueva Jersey aquella noche, y Alan Freedman no había cometido
ningún error. La sangre de sus vaqueros era la de Tom, y lo más probable era
que todo hubiera ocurrido como decía la policía: de alguna manera se había
hecho con un lobo y lo había llevado a la casa de Tom. Pero ¿qué había
pasado con el lobo? ¿Y de verdad Michael había matado a Freedman y a su
esposa? Se le hacía difícil imaginar que hubiera matado a dos personas
inocentes. Entonces tuvo un escalofrío, percatándose de que su única
coartada para el asesinato de Tom tal vez fuera un psicópata redomado.
Era difícil calcular el tiempo transcurrido, aunque tuvo la sensación de
llevar sentado, esperando, al menos una hora cuando Rodriguez regresó por
fin.
—Puede salir —le espetó la agente.
—Gracias —respondió Simon—. No sé cuánto tiempo más hubiera
podido aguantar aquí dentro.
—No, quiero decir que se puede marchar.
—¿Lo dice en serio? —Se quedó estupefacto; no se podía creer que
fuera a salir de allí. Unos segundos antes había estado convencido de que
jamás volvería a estar libre.
—Sí, pero no se preocupe —añadió la inspectora de manera inquietante
—, todavía no hemos acabado con usted.
Camino de la salida de la comisaría, Simon vio a Dorsey, el inspector de
Nueva Jersey. Le sonrió instintivamente y le hizo un saludo con la mano,
pero aquél no era el Dorsey amistoso y tranquilo que le había visitado el otro
día. Aquél era un Dorsey enojado y serio cuya mirada glacial pretendía sin
duda enviarle un mensaje.
Simon necesitaba aclararse las ideas y tranquilizarse sobremanera, así
que volvió a casa corriendo. Casi estaba amaneciendo, y las primeras luces
del día teñían el cielo de un azul muy oscuro. El efecto de la actividad física
sobre su psique fue asombroso mientras la esperanza regresaba rápidamente.
Entonces consiguió convencerse de nuevo de que quizá fuera una extraña
coincidencia que hubiera estado en casa de Tom aquella noche, y de que
quizá la sangre de sus vaqueros no fuera la de Tom, y de que los asesinatos
de Alan Freedman y su esposa también hubieran sido una extraña
coincidencia que no tenían nada que ver ni con él ni con Michael.
Era fantástico encontrarse de nuevo en su edificio y volver a pasar por
delante de James como un hombre libre. Pero cuando entró en su piso supo
de inmediato que pasaba algo. En el vestíbulo aspiró profundamente. Sí, sin
duda algo había cambiado.
En el comedor olió a tinta, quizá de un rotulador. A continuación vio la
nota encima de la mesa con la caligrafía de Alison.
Esto no es lo que quiero. Lo siento.
Inspeccionó desesperadamente las habitaciones, gritando los nombres de su
mujer y de su hijo, aunque sabía que era inútil.
Su familia se había ido.
22
Olivia abrió los ojos esperando estar en Cuba. Había estado soñando que
tenía sexo en una playa con un musculoso cubano, pero en vez de eso al que
vio fue a Michael, que la estaba mirando.
Acto seguido se dio cuenta de que estaba en su piso, en Tribeca. Estaba
demasiado cansada, y todavía demasiado en Cuba, para procesar
completamente nada de lo que veía.
—Pensé que tendría que enterrarte en el bosque —dijo Michael.
Ella intentó incorporarse. ¡Joder!, le pareció como si tuviera una bola de
bolera atada a la cabeza.
—Oh, Dios mío, no creo que me haya sentido jamás así. ¿Qué me ha
ocurrido? —Cerró los ojos unos segundos, los abrió de repente y dijo—: ¿A
qué día estamos?
—Debes descansar —dijo él.
—¿Hoy es jueves? ¿Verdad que sí?
—No puedes ir a ninguna parte. No estás en condiciones.
—¿Qué hora es? —Buscó su bolso por todas partes con la mirada,
consiguiendo levantar la cabeza más de lo que lo había logrado la primera
vez—. ¿Dónde está mi bolso? ¿Dónde está mi iPhone?
—Tienes todo lo que necesitas.
—Oh, no, ¿es jueves, verdad? ¿Es por la mañana? ¿Sigue siendo por la
mañana?
Consiguió espabilarse, y entonces se dio cuenta de que estaba
completamente vestida con la misma ropa, incluidas las botas, que se había
puesto la noche anterior. Por Dios, era jueves realmente.
—No te marcharás —dijo Michael.
—No lo entiendes —respondió Olivia—. Tengo trabajo. Un importante
cliente llega hoy de Japón para reunirse conmigo. ¿Dónde está mi bolso?
Lo localizó encima del aparador al otro lado de la habitación. Cuando se
incorporó, él la agarró de los hombros intentando tumbarla de espaldas, ella
le devolvió el empujón, con mucha más fuerza que la que pretendía,
proyectándolo de espaldas contra la pared de ladrillo.
—Ay, Dios mío —dijo ella—. Lo siento. —No tenía ni idea de cómo
podía haber ocurrido. Michael pesaría unos noventa kilos; sí, tenía una prisa
loca, pero ¿de dónde había sacado la fuerza para lanzarlo tan lejos?
—¿Te das cuenta? —preguntó él; parecía encontrarse bien—. Te dije
que no estás preparada. Todavía no sabes cómo controlar tu fuerza.
Ella fue hasta su bolso y hurgó en su interior buscando el teléfono.
—Vale, son las nueve menos diez... Todavía tengo diez minutos para
llegar a mi oficina.
—No puedo perderte de vista —insistió Michael, colocándose ahora
entre ella y la salida, y lo hizo como si esperase que fuera a embestirlo y
tuviera que defenderse.
—Por favor, quítate de en medio. No puedo llegar tarde a esa reunión.
—No quieres ir a ninguna reunión.
—Sí, quiero ir a una reunión, así que deja de hacer el ridículo de esta
manera. De verdad que ahora no tengo tiempo para esto. —Se dio cuenta de
que tenía la ropa desaliñada y sucia—. Oh, por Dios, ¿qué me ha ocurrido?
—Tuve que vestirte.
De repente se acordó de todo: la doble cita, el extraño viaje a Nueva
Jersey, el polvo con Michael en el bosque, el que su cara le hubiera parecido
la de un animal.
—Ahora tienes un aspecto normal —comentó—. Pareces... —Estaba
confusa. Volvía a sentir la cabeza sumamente pesada, y fue consciente de
otros extraños dolores en las encías y los pies, especialmente—. ¡Por Dios!,
¿qué narices me ha ocurrido? Debí de perder el conocimiento, y yo nunca me
desmayo. ¿Me echaste algo en la bebida en el bar? Bueno, no entiendo la
razón de que lo hicieras..., ni cuando lo... —Tuvo otro recuerdo: el de él
haciéndole aquel descomunal chupetón, mordiéndola en el cuello. Se palpó la
zona y la notó ligeramente pegajosa y escocida. Sin duda tenía una herida
allí, lo que era un alivio porque eso al menos parecía confirmar que no se
había vuelto totalmente loca.
—Cicatrizará por completo mañana —observó Michael—. De ahora en
adelante tus heridas cicatrizarán más deprisa. Es uno de los muchos dones
que te he dado.
—¿De verdad me mordiste?
—Sí.
Se tocó de nuevo la herida e hizo un mueca de dolor.
—¿Y por qué me mordiste?
—A veces, durante el sexo, pierdo el control y no puedo evitarlo. Pero
eso debería haberte matado. Todos aquellos a los que he mordido han muerto,
incluida la madre de mi hijo. Sólo hay una explicación al hecho de que hayas
sobrevivido... Eres mi alma gemela.
—Un momento, a ver si lo entiendo bien —dijo Olivia—. Anoche me
amenazaste con matarme si revelaba tus secretos, ¿y ahora piensas que somos
almas gemelas?
—Sí.
—Estás mal de... —se reprimió, pensando de nuevo en su reunión—.
Una plancha. ¿Tienes una plancha?
Michael la estaba mirando de forma inexpresiva.
—Claro, tú no respondes, ¿por qué habría de esperar otra cosa?
—Ya te lo he dicho, no estás preparada...
—¿Te importa hacerme el favor...?
—Notas el cambio.
—Me noto como si tuviera una resaca tremenda porque debiste
obligarme a tragar un hipnótico o algo por el estilo.
—Todavía no eres consciente de lo que ha ocurrido. Ya no eres humana.
Ahora tienes sangre de lobo, igual que yo.
—¿Sangre de lobo? —Tuvo que echarse a reír, y luego dijo—: Primero
eres un sicario, y ahora un lobo. Menuda imaginación tienes, ¿no? Bueno,
tengo que irme a trabajar.
Lo apartó de su camino con un empujón, golpeándole con tanta fuerza
que lo tiró al suelo.
—Oh, Dios mío, lo siento —se disculpó—. No era mi intención hacer
eso.
—¿Te das cuenta? Todavía no sabes cómo controlar tu fuerza. Debo
enseñártelo todo —le dijo él desde el suelo.
Olivia se dio cuenta de que estaba pasando algo extraño, pero no tenía
tiempo para pensar en ello ni discutirlo. Salió de la habitación y atravesó el
loft hacia la salida.
Michael echó a correr tras ella.
—Tu cuerpo ha cambiado para toda la eternidad. Ya no eres humana.
La alcanzó y la agarró por detrás. Olivia estaba a punto de empujarle de
nuevo cuando vio al padre de Michael a unos metros por delante de ella,
enfrente del ascensor. Estaba con un niño, de unos tres años, al que cogía de
la mano.
Olivia y Michael se pararon; su padre daba la sensación de estar
sumamente enojado con él por algún motivo, aunque aquélla era sólo su
expresión natural. Excepto por el pelo gris, el niño parecía una versión
reducida de Michael. Sus caras tenían una forma parecida y los ojos eran
prácticamente idénticos.
—Hola, soy Olivia —le dijo al niño. La criatura no respondió, y
entonces, habiéndose creado una extraña y embarazosa situación, añadió—:
Y tengo que irme.
Se metió en el ascensor. Esperaba que Michael intentara detenerla, pero
se quedó allí, como hipnotizado por su padre, y la dejó marchar. Recordó que
le había contado que su padre no quería que tuviera amantes y se preguntó si
eso habría tenido que ver con el hecho de dejarla marchar.
Y a quién le importa, pensó.
Eddie no la estaba esperando con el Lexus en el exterior del edificio.
—¡Maldita sea! —masculló, y salió a la calzada de adoquines con la
esperanza de llamar a un taxi. Las miradas de la gente le recordaron que tenía
un aspecto horrible. En la acera, una mujer le susurró al tío con el que estaba:
«Algunas han salido a pasear su vergüenza». A Olivia le trajo sin cuidado,
pero mientras seguía caminando se preguntó cómo era posible que hubiera
oído lo que había dicho la mujer. Después de todo, estaba a sus buenos seis
metros de distancia y sin duda lo había dicho en un susurro.
Su atención se desvió cuando divisó un taxi vacío parado en un
semáforo en rojo en Warren Street.
—¡Taxi! —gritó, y echó a correr hacia el coche. Le sorprendió haber
llegado al taxi casi en un instante, y eso con unas botas con no menos de siete
centímetros y medio de tacón—. A la Cuarenta con la Sexta —le dijo al
taxista.
Por suerte no había mucho tráfico en West Street y avanzaban deprisa.
Olivia no pudo evitar darse cuenta de la cantidad de hombres atractivos que
había en Manhattan. Mensajeros en bicicleta, repartidores de UPS, borrachos
en las esquinas de la calle; ¿de verdad acostumbraba a quejarse de lo difícil
que era conocer tíos en esta ciudad? Había hombres atractivos por doquier,
aunque, de acuerdo, ¿qué le estaba pasando a sus hormonas? No recordaba
haber estado nunca tan salida. Incluso el flaco y sudoroso taxista con barba
no le parecía tan mal. Ni olía tan mal. La verdad es que olía bastante bien: un
olor áspero y penetrante, sin ningún desodorante que entorpeciera su olor
natural. También olía a otros tíos en el taxi, probablemente pasajeros
anteriores. Sus olores flotaban en el aire y habían penetrado en la tela del
asiento trasero.
Encontraron un atasco al cruzar hacia el este, así que le dijo al taxista
que la dejara en la Treinta y siete con la Séptima. Caminó deprisa hasta que
empezó a correr hacia su oficina sorteando a los viandantes. Le sentaba de
maravilla correr, como si llevara años enjaulada, y tenía una percepción
acusadísima del entorno. Cada olor, bocinazo, voz, motor de coche, tos y
estornudo le llegaba nítido y amplificado. Si se concentraba, oía las
conversaciones privadas: al otro lado de la calle una mujer se quejaba a su
amiga del mal servicio de un restaurante donde habían cenado la noche
anterior; un tipo con traje hablaba por teléfono sobre una mujer: «Te lo
aseguro, tronco, bebe los vientos por ti». ¿De verdad estaba oyendo todo
aquello? ¿Cómo era posible? ¿Y qué le pasaba a su sentido del olfato? La
polución del tráfico era el olor dominante, a pesar de lo cual era capaz de
detectar la orina, las heces de los perros y el humo de los cigarrillos. También
percibía los olores exclusivos de la gente y los de muchos perfumes y
colonias, y cuando pasó corriendo junto a un restaurante, el aroma del beicon
y la salchicha se impusieron sobremanera y le provocaron un ataque de
hambre. Aunque ya llegaba muy tarde a la reunión, no pudo resistirse a entrar
en el local y pedir huevos y beicon para llevar. Mientras observaba al beicon
crepitar en la sartén, se le antojó un bocado irresistible.
—¿Puede ponerle doble de beicon, por favor? —preguntó. Luego, como
parecía que el beicon tardaba una eternidad en hacerse, añadió—: Esta bien,
me lo llevaré así.
—Pero todavía no está hecho —dijo el cocinero.
—No me importa.
Olivia cogió el pedido de huevos y beicon a medio hacer y, parada en la
acera en el exterior del restaurante, se lo comió a toda prisa. Cuando estaba
terminando de engullir las dos últimas tiras, pensó: ¿De verdad que estoy
comiendo beicon? Por lo general, evitaba las carnes grasientas y saladas, pero
el sabor fue de lo más gratificante, y la comida pareció darle un chute de
energía que la fortaleció y espabiló. Quería más —las diez tiras o así que se
había comido apenas la saciaron—, pero tenía que llegar a su reunión, así que
dobló la esquina a todo correr en dirección a su edificio.
Con cuarenta minutos de retraso e impaciente porque el ascensor no
llegaba, cogió las escaleras hasta la séptima planta. Subió los peldaños de dos
en dos, aunque no estaba sofocada cuando pasó junto a la recepción,
preguntándole a Denise:
—¿Sigue aquí el señor Kyoto? —y aunque ya había recorrido la mitad
del pasillo, la oyó con toda claridad cuando le contestó.
—Te está esperando en la sala de conferencias.
Olivia entró y vio al maduro y trajeado japonés sentado a la mesa de
conferencias con Kathleen, la directora de proyectos.
—Lamento mucho llegar tarde —dijo—. El tráfico era una locura.
El señor Kyoto se levantó e hizo una reverencia con la cabeza.
—No importa, no hay ningún problema —dijo el hombre—. Es un gran
placer reunirme con usted, señorita Becker. —Su inglés tenía un marcado
acento extranjero.
—Lo mismo digo —correspondió Olivia, notando el marcado olor
varonil del japonés. Era intenso (quizá debido a que estaba nervioso por la
reunión) y el único olor masculino de la sala, lo que de alguna manera lo
hacía aún más tentador. Cuando se concentró, pudo percibir los demás olores
que había en la habitación: el Obsession de Calvin Klein de Kathleen, una
fragancia cítrica que quizá perteneciera al champú o al jabón corporal del
señor Kyoto, un intenso olor a café y su propio aliento a beicon.
—¿Va todo bien? —preguntó Kathleen.
Olivia se dio cuenta de que quizás había estado ensanchando las aletas
de la nariz o poniendo caras raras mientras detectaba los diferentes olores.
Confió en que el cliente no se hubiera dado cuenta.
—Oh, sí, muy bien —respondió—. Es sólo... esto... alergias. —Sorbió
para recalcar sus palabras.
—El señor Kyoto me estaba contando que ésta es la primera vez que
visita Nueva York —comentó Kathleen.
—Ah, ¿es eso cierto? —dijo Olivia, reparando en lo guapo que era
Kyoto. Le gustaba su cuerpo esbelto y el pelo gris de las sienes. Incluso sus
gafas de empollón a lo Woody Allen parecían sensuales. Resultaba raro,
porque los hombres asiáticos normalmente no eran su tipo. Por lo general,
encontraba que tenían unos rasgos demasiado delicados; había salido durante
algún tiempo con un tailandés y había roto con él porque le parecía que
estaba besando a una mujer. Pero aquel tal Kyoto estaba teniendo un efecto
muy diferente en ella. Olivia no recordaba la última vez que un tipo al que
acabara de conocer la hubiera puesto tan caliente. Pero, se recordó, aquél no
era sólo un tío; era un cliente potencial, un cliente potencial muy importante.
Su cadena de restaurantes era una cuenta descomunal, y no podía perder
aquel negocio. Ya había causado una primera impresión desastrosa
apareciendo tarde; era el momento de que recobrara la compostura y sacara lo
mejor de ella.
Entonces se dio cuenta de que el japonés la estaba mirando a su vez de
manera expectante.
—¿Pasa algo? —preguntó, consciente de que había hecho algo
inadecuado.
—La tarjeta... —dijo Kathleen con nerviosismo.
Olivia vio que el señor Kyoto le extendía una tarjeta de visita.
—Lo siento —se disculpó—. Francamente, no sé dónde tengo la cabeza
esta mañana.
Según la etiqueta comercial japonesa, se suponía que tenía que coger la
tarjeta con la mano derecha y dejarla sobre la mesa, pero inopinadamente
volvió a distraerse por el olor corporal de Kyoto. Lo estaba mirando
fijamente y no pudo evitar imaginarse besándolo en su exquisito cuello, así
que cogió la tarjeta con la mano equivocada y la puso en la mesa boca abajo.
Dándose cuenta inmediatamente del error, Kathleen le dio la vuelta a la
tarjeta.
—Lo siento —volvió a disculparse Olivia.
El japonés sonrió.
—No importa, no hay problema —dijo, y añadió—: Le he traído un
obsequio de mi país —y le tendió un pequeño paquete envuelto.
Olivia advirtió que el aliento de Kyoto olía a menta, probablemente por
la pasta de dientes que había utilizado esa mañana, aunque no se explicaba
cómo era capaz de percibir tan bien su aliento a la distancia que estaban.
Entonces se imaginó que le desabrochaba el chaleco y la camisa, y le pasaba
las manos por el terso pecho, y luego le besaba y le arrastraba suavemente la
lengua por la piel.
—Gracias. Es muy amable por su parte.
Preguntándose cómo olería la piel del hombre de cerca, y si el olor sería
aún más atractivo, abrió el obsequio: una cámara digital.
—Muchísimas gracias. Me encanta.
Kyoto parecía incómodo, y Olivia recordó que según la etiqueta se
suponía que ella no tenía que desenvolver el regalo de una visita hasta que
ésta se hubiera marchado.
—Lo lamento, sé que se suponía que no tenía que hacer esto. ¿No hace
calor aquí dentro?
—No —dijo Kathleen—. En fin, creo que no. Tal vez deberíamos
empezar ya con la presentación.
El señor Kyoto se sentó a la mesa de conferencias junto a Kathleen.
Olivia comenzó la presentación.
—Antes de nada, gracias por haber pensando en Becker Design. Somos
una empresa de diseño gráfico de servicio integral que satisfará todas sus
necesidades, desde el diseño a... —Entonces le llegó un tufillo a Kyoto y esto
encendió una fantasía de sus cuerpos desnudos entrelazados, y entonces dijo
—: Perdón, ¿qué estaba diciendo? —y tuvo que volver a empezar el discurso.
Se atrancó más de una vez en la presentación. Se daba cuenta de la creciente
frustración del señor Kyoto, y Kathleen también parecía sumamente
incómoda. Sabía que la estaba cagando a lo grande. Recordó la advertencia
de Michael de que todavía no sabía controlarse y su afirmación de que ya no
era humana y que ahora tenía sangre de lobo. Acudió entonces a su mente
una imagen de la última noche: cuando Michael cobró la apariencia de un
animal poco antes de morderle en el cuello.
¿Qué le había hecho ese loco?
En ese momento se oyó decir: «Somos una empresa de diseño de
servicio integral que satisfará todas sus necesidades», y luego, abrumada por
el olor de Kyoto, añadió: «No lo aguanto más. Lo siento, es que el señor
Kyoto me está... distrayendo demasiado».
Kathleen la miró fijamente, tal vez desconcertada, acaso aterrorizada.
—Creo que deberíamos hacer una pausa —propuso la directora de
proyectos.
Kyoto se levantó.
—Lo siento mucho, pero me vuelvo a mi hotel ahora. Perdonen.
—Por favor —dijo Olivia—. Deme otra oportunidad. Ya se lo dije, esta
mañana estoy un poco despistada.
—No pasa nada —dijo el nipón—. Discúlpenme. Adiós.
El hombre intentó pasar junto a Olivia para salir de la sala.
—No, no lo entiende —insistió ella—. No soy así normalmente.
Extendió la mano y agarró la de Kyoto, pero sentir la calidez de la piel
del hombre contra la suya y respirar su olor de cerca se le hizo insoportable.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Kathleen.
Olivia volvió a la realidad de golpe y se dio cuenta de que estaba
abrazando vehementemente al señor Kyoto. Le soltó.
Al japonés se le doblaron las rodillas y estuvo en un tris de caerse.
—No quería hacer eso —se disculpó Olivia—. No no sé qué está
pasando. ¿Se encuentra bien?
Intentó ayudarlo, pero Kyoto consiguió incorporarse solo. Entonces
agarró su maletín, le gritó algo en japonés y se marchó de la oficina.
Kathleen fue tras él entre ruegos para que regresara.
Olivia estuvo a punto de perseguirlo también, pero entonces identificó el
intenso olor del japonés que perduraba en la habitación y por todo su cuerpo,
y de repente le trajo sin cuidado perder a un cliente importante o lo que fuera.
El olor era lo único que le importaba.
23
Simon se pasó la mañana llamando, escribiendo correos electrónicos y
enviando mensajes de texto a su mujer, todo por docenas, pero ella no le
respondió. También se puso en contacto con todos los que se le ocurrieron —
la hermana de Alison, sus amigas íntimas, la gente del trabajo, las madres del
barrio— y todos le dijeron que no tenían ni idea de su paradero. El jefe de su
esposa, Kevin, el director regional de ventas, le dijo que le había mandado un
correo electrónico a primeras horas de la mañana diciéndole que se tomaba el
día libre por motivos personales, pero que no sabía nada más.
Simon jamás se había sentido tan impotente. Todo lo que podía hacer
era esperar y confiar en que ella decidiera regresar o al menos llamar o
ponerle un correo electrónico para que supiera dónde estaba. Pero, por lo que
sabía, ella y su hijo se habían marchado de Nueva York o incluso del país. ¿Y
si había decidido trasladarse a San Francisco para estar cerca de su hermana?
La antigua compañera de habitación de la universidad, Michelle, vivía en
Adelaida, Australia. Alison podría haberse llevado a Jeremy a Adelaida y
buscar trabajo allí. ¿No decía siempre que algún día quería vivir en Australia?
Convencido de pronto de que Alison había huido con Jeremy a
Australia, se conectó a Internet para buscar información y ponerse en
contacto con Michelle... ¿Cómo se apellidaba? Mason, sí, Michelle Mason.
Como era de esperar, había tropecientas Michelle Mason, pero mientras
buscaba se dio cuenta de que se estaba precipitando en sus conclusiones.
Alison no haría las maletas sin más y dejaría su trabajo para irse a San
Francisco, a Australia o a cualquier otro sito fuera del área de Nueva York.
No era tan inestable ni frívola; no huiría por las buenas de toda su vida. Hacía
varios años, antes de que Jeremy naciera, a Simon se le había ocurrido la idea
de trasladarse a la Costa Oeste, pero ella se opuso porque no quería cambiar
de trabajo y renunciar a vivir en Manhattan.
Aquello hizo que Simon se sintiera mejor, aunque no demasiado.
Estaba tan absorto en intentar localizarla que casi se había olvidado de
que era un sospechoso de asesinato. Encontrar la sangre en sus pantalones fue
probablemente la gota que había desbordado el vaso de la paciencia de
Alison, ¿y podía culparla, realmente? Quizás hubiera hecho lo correcto
abandonándolo. Si de verdad había sido lo bastante loco para azuzar a un
lobo contra Tom, proteger a Jeremy y alejarse de él todo lo posible tal vez
fuera la decisión más inteligente que podría haber tomado su mujer.
Entonces recordó que ese día los muchachos se iban a reunir en Battery
Park a mediodía. Todos sus problemas habían empezado cuando los conoció,
y aunque seguía sin saber qué tenían que ver, si es que tenían algo que ver,
con el caos que presidía su vida de un tiempo a esa parte, por fin había
llegado el momento de conseguir algunas respuestas.
Sin pensárselo dos veces, salió del piso y se dirigió hacia el metro.
Mientras caminaba por la 89 Oeste en dirección a Columbus, no paraba de
mirar por encima del hombro para ver si alguien lo seguía. A un tercio de
manzana más o menos por detrás de él había una mujer delgada de unos
veintitantos años con unos pantalones beis y una cazadora corta. Cuando
Simon dobló en Amsterdam y cruzó temerariamente la calle en diagonal,
volvió a comprobarlo, y la mujer había doblado la esquina y también se
dirigía al sur por Amsterdam. ¿Una coincidencia? Simon no lo creyó así, y
cuando la desconocida continuó detrás de él al doblar en la Ochenta y seis en
dirección a Broadway, se convenció de que era policía.
Había previsto coger el metro, pero no quería estar encerrado, sobre todo
con alguien que le siguiera. Entonces se le ocurrió una idea mucho mejor.
Giró en Broadway y echó a correr a toda velocidad, primero
zigzagueando entre los viandantes, luego cambiando de dirección en
Broadway. Corrió por el carril de las bicicletas, manteniéndose al mismo
ritmo que un mensajero que se quedó tan atónito que casi perdió el control de
su bici y estuvo a punto de estrellarse contra el camión de una lavandería,
aunque frenó justo a tiempo. Cuando pasaba junto a Zabar en la Ochenta,
miró hacia atrás y no vio a la mujer por ninguna parte. Poli o no, le había
dado esquinazo.
Cuando Simon llegó al parque infantil —sudoroso aunque no cansado—, era
como cualquier otra tarde. Michael, Charlie y Ramón estaban sentados en el
banco habitual, con sus hijos corriendo y jugando en las proximidades.
Parecían unos padres normales; incluso Michael parecía inofensivo mientras
sostenía una pistola de agua. Pese a todo lo ocurrido últimamente, y todo lo
que Simon sospechaba que había ocurrido, no podía negar que regresar junto
aquellos individuos — o con «la jauría», como diría Michael— le
proporcionaba una sensación de familiaridad y calidez.
Ramón fue el primero en verlo; su franca sonrisa se metamorfoseó
enseguida en una expresión de perplejidad.
—¿Dónde anda tu hombrecito? —le preguntó.
—Con su madre.
—¿Así que has venido hasta aquí sólo para pasar el rato con nosotros?
—preguntó Charlie.
—Sí —respondió—. Supongo que sí. —Miró a Michael—. Bueno,
pertenezco a la jauría, ¿no es así?
El interpelado no mostró ninguna reacción, tan sólo su habitual
expresión vacía y distante.
—¡Increíble! —exclamó Charlie—. Eso es todo un detalle por tu parte.
Nicky, el hijo de Charlie, se acercó para quejarse de que el hijo de
Ramón le estaba empujando.
—No le estaba empujando —se defendió Diego.
—Sí me empujabas —dijo Nicky.
—No es verdad.
—Me estabas empujando.
Charlie y Ramón ordenaron a sus hijos que se portaran bien, y los niños
se alejaron corriendo y siguieron jugando a pillar.
—Bueno, está bien —dijo Charlie—. Ramón nos estaba hablando de su
última novia.
—Eh, amigo, ya te lo dije, ésta es diferente.
—Siempre son diferentes —le retrucó Charlie.
—Eso es cierto —admitió Ramón—. Las mujeres son como los árboles:
no hay dos iguales. Pero esta mujer es el árbol más hermoso del bosque.
—Michael le concertó la cita con ella —intervino Charlie para poner al
corriente a Simon.
—¿De verdad? —preguntó éste.
—Los amigos se hacen favores entre ellos —corroboró Michael,
mirándole directamente.
Simon no supo si estaba aludiendo a la coartada que le había dado para
la noche del asesinato de Tom o si estaba sugiriendo que había matado a Alan
Freedman y a su esposa.
—Se llama Diane —prosiguió Ramón—. Es alucinante. Sin duda la
mujer más sensual que he conocido en toda mi vida. Podría hacerle el amor
todas las noches durante el resto de mi vida y jamás llegaría a cansarme.
El latino continuó cantando las alabanzas de su última conquista, y
cuando terminó, se dirigió a Simon.
—Bueno, amigo, ¿y qué pasa contigo? ¿Sigues teniendo esas pesadillas?
El bombero y el actor sonrieron.
—La verdad es que, de un tiempo a esta parte, mi vida es toda ella una
pesadilla.
Las sonrisas fueron sustituidas de pronto por graves expresiones de
preocupación.
—¿Qué ha ocurrido, tronco? —preguntó el latino.
—Sí, ¿qué es lo que pasa? —abundó Charlie—. ¿Tiene algo que ver con
aquello de Nueva Jersey?
—No, tiene que ver con otra cosa de Nueva Jersey.
Michael siguió sin mostrar el menor indicio de emoción.
—¿Y de qué se trata? —preguntó Charlie con preocupación.
—Bueno, ya le hablé de ello a Michael —dijo Simon—, pero la noche
en que atacaron y mataron a mi jefe en Nueva Jersey, aquel otro tío...
—¿Te refieres a Alan Freedman? —preguntó el bombero.
Simon miró con furia a Michael.
—No hay secretos para la jauría —le explicó éste.
—No lo entiendo. ¿Pretendes que les cuente...?
—No te preocupes, tronco. —Ramón sonrió—. Te apoyamos en todo.
Simon dejó de hablar, asimilando todo aquello. Tal vez fuera bueno que
Michael se lo hubiera dicho a los muchachos; si eran tres los que podían
respaldar la historia, la coartada sería mejor, y confiaba en Charlie y en
Ramón más de lo que confiaba en Michael. Sin embargo, no pudo evitar
sentirse profundamente traicionado.
—¿Y qué pasa con Freedman? —inquirió Charlie—. ¿Te han vuelto a
preguntar los policías por él?
—Sí, la policía me ha interrogado.
—No lo entiendo —dijo Ramón.
—Freedman y su esposa —explicó Simon— fueron asesinados a tiros
anoche.
—Tío, no puede ser —comentó el actor.
—Estás de broma —soltó Charlie.
Como siempre, Michael se mantuvo inexpresivo. Si jugara al póquer,
podría hacer una fortuna.
—Sí —dijo Simon—, es terrible. Y también demasiada casualidad, ¿eh?
—¡Y que lo digas! —exclamó Charlie—. Es una casualidad bastante
grande, ¿no?
La sorpresa de Charlie y Ramón parecía sincera, aunque con Michael era
imposible saber qué pensaba.
—Mirad, sé que tal vez todo sea una extraña coincidencia —prosiguió
Simon—, pero de todas maneras tengo que preguntarlo... ¿Alguno de
vosotros tiene algo que ver con esto?
Ramón tardó en reaccionar.
—¿Hablas en serio? ¿De verdad crees que mataría a dos personas? —
preguntó.
Charlie parecía igual de ofendido.
—En fin, es verdad, somos amigos y mentiríamos a la policía para
ayudarte a salir del atolladero. Pero ¿matar a la gente? ¿De verdad piensas
que haría algo así?
—Perdonad —se disculpó Simon—. Tenía que preguntarlo, eso es todo.
Le echó una mirada a Michael, esperando su respuesta, pero éste
permaneció en silencio.
—¿Y qué pasa contigo? ¿Tienes algo que ver con esto?
Michael habló después de un breve silencio.
—¿Me estás acusando?
—No. Sólo te lo pregunto.
Una larga mirada inexpresiva antes de responder.
—Anoche estuve con una mujer.
—Ah, muy bien —Simon se dio cuenta de que no le había respondido a
la pregunta—. Sólo lo preguntaba porque la policía no cree que sea una
coincidencia que un tío que acababa de decirles que me había visto cerca de
la casa de Tom acabara muerto, y yo tampoco creo que sea una coincidencia.
—Ha dicho que no lo hizo —dijo Charlie.
—No —retrucó Simon—; en realidad, no ha dicho eso.
—Deberías recordar quiénes son tus amigos —le espetó Michael.
No añadió nada más, aunque no tenía por qué hacerlo, dado que la
insinuación estaba más que clara. Acusarle del asesinato de dos personas tal
vez fuera una mala idea cuando dependía de él para la coartada de otro
asesinato.
—Bueno, supongo que lo de anoche fue sólo una coincidencia
disparatada —dijo Simon desistiendo e intentando aliviar la tensión—.
Últimamente todo ha sido una locura. —De repente, al recordar cómo había
perdido a su familia, y quizá para siempre, se emocionó. Desvió la mirada, no
queriendo llorar delante de los muchachos.
—Todo va a ir bien, tío —le consoló Charlie.
—Sí, todo se calmará —dijo Ramón.
—Mi esposa encontró sangre en los vaqueros que llevaba la noche que
fue asesinado mi jefe. No sé si era sangre de él, pero ¿de quién más podría
haber sido? Luego la policía me llevó a la comisaría para interrogarme, y
cuando regresé a casa..., mi esposa y Jeremy habían desaparecido.
—¿Desaparecido? —preguntó Charlie—. ¿Quieres decir que te han
abandonado?
Todavía intentando contener las lágrimas, asintió con la cabeza.
—Ah, la hostia, lo siento —dijo Charlie sinceramente.
—Sí —dijo Ramón—. Lo siento de verdad, tronco.
—Hay muchas mujeres —comentó Michael.
Simon tardó unos segundos en asimilar aquello.
—¿A qué te refieres?
—Quiere decir que hay muchos peces en el mar —intervino Ramón—.
Y tiene razón, puedes creerme a ese respecto. —Algo captó de repente la
atención del latino, que gritó a su hijo—: ¡Eh, Diego, te dije que no
empujaras! ¿No querrás que te mande al banquillo, verdad?
Se produjo un largo período de silencio en el que los tres tipos se
quedaron mirando cómo jugaban sus hijos, y Simon tuvo la sensación de que
nadie quería seguir hablando de los asesinatos. Entonces se levantó.
—Bueno, gracias, pero debo marcharme.
Los otros le dieron los grandes abrazos de costumbre. Como siempre, el
de Michael fue el más fuerte y el que más duró.
—Gracias por aparecer —dijo el bombero—. Y lamento lo de tu esposa.
Como alguien que ha pasado por un divorcio, sé lo duro que puede ser.
Confío en que podáis resolver las cosas.
—Sí —replicó Simon—. Yo también.
—Nos vemos hoy a medianoche —le espetó Michael.
—¿Hoy a medianoche? —Se sintió confundido—. ¿Qué pasa hoy a
medianoche?
—Nada, que nos reunimos en la cervecería —explicó Ramón—. Para
pasar el rato y comer chuletas. No te apures, no habrá cerveza de la familia ni
nada por el estilo.
—Deberías venir —le sugirió el bombero—. Será un desmadre.
—¿Y por qué a medianoche? —preguntó Simon.
—Es la hora a la que nos reunimos —explicó Michael.
—Gracias —replicó Simon—, pero tengo que ver qué ocurre con mi
familia.
—Tienes que reunirte con nosotros esta noche —insistió Michael.
Una vez más Simon sintió que le estaba amenazando.
—Tengo que irme.
Mientras se alejaba se concentró en su oído, intentando oír a hurtadillas
la conversación de los muchachos para ver si comentaban algo sobre las
muertes de la noche anterior. Pero sólo oyó que Charlie decía que esa noche
era el cumpleaños de un colega y que intentaría ir a la fiesta que celebraban
en el parque de bomberos antes de acudir a la cervecería de Brooklyn.
Empezó a caminar hacia la parte alta de ciudad por el Hudson, frustrado
porque ninguna de sus preguntas había obtenido respuesta. Mientras
caminaba por el paseo fluvial, consultó su móvil, pero no había ningún
mensaje de Alison. Aunque estaba enfadado con ella por hacerle pasar por
aquello, ¿podía culparla realmente? Al fin y a la postre, lo que le había hecho
pasar él de un tiempo a esa parte había sido mucho peor. Sólo esperaba que
se pusiera en contacto pronto, desde donde estuviera, únicamente para que le
dijera que ella y Jeremy estaban bien. Si llamaba, le suplicaría que le diera
otra oportunidad y haría todo lo que pudiera para salvar su matrimonio. Su
vida estaría vacía y no tendría sentido sin su familia.
Aún con la paranoia de que los policías lo estaban siguiendo, miraba por
encima del hombro cada treinta segundos más o menos. No vio a nadie
sospechoso, pero al mirar una vez más, reparó en una anciano que avanzaba
con paso cansino a unos veinte metros por detrás de él. El hombre era
extremadamente viejo, así que no creyó que fuera un poli, pero había algo en
aquel hombre —tal vez la fijeza en la mirada de sus ojos oscuros— que le
hizo sentirse incómodo.
Cuando volvió a mirar, el hombre estaba más cerca, como a unos diez
metros, y su mirada se le antojó aún más penetrante. Aceleró el paso
pensando que era imposible que el anciano pudiera mantener su ritmo, pero
cuando miró de nuevo, estaba a la misma distancia detrás de él y caminaba
notablemente deprisa.
Simon sabía ahora que no era cosa de su imaginación; sin duda le
estaban siguiendo. Se detuvo y esperó a que el anciano lo alcanzara.
—¿Le puedo ayudar? —le preguntó
Algunas de las arrugas de la cara del viejo parecían tener una
profundidad de más de un centímetro, y sin embargo lucía una melena gris
tan abundante como la de un adolescente.
—Acompáñeme —le dijo aquel desconocido con un marcado acento
alemán.
—¿Perdone?
—Acompáñeme —insistió el viejo.
El hombre se salió del sendero y se dirigió a una zona parcialmente
oculta por los árboles.
Simon iba a ignorarlo, de la manera que ignoraría a cualquiera de los
locos de Nueva York, hasta que el hombre dijo:
—Tiene que ver con Michael y su jauría. Debe venir conmigo ahora.
24
Olivia quería follar. Pensó en enviar un mensaje de texto a Michael, pero
¿para qué lo necesitaba? De repente la ciudad se había llenado de hombres
sensuales, y cualquiera le serviría. Además, no estaba segura de si debía amar
u odiar a Michael. Seguía sin tener ni idea de lo que le había hecho la noche
anterior ni por qué se sentía como se sentía; lo único que sabía era que tenía
un apetito insaciable.
Mientras caminaba por la Quinta Avenida, le tiró los tejos a casi todos
los tíos con los que se cruzó, sonriéndoles, diciéndoles: «Hola» y «¿Cómo
estás?» a algunos, y girándose para examinarlos. Pasar junto a una obra en la
Quinta con la Treinta y ocho fue todo un festín de masculinidad. Debía de
haber como veinte sudorosos machos sentados en la acera delante de la obra,
comiendo bocadillos de fiambre y hamburguesas. Era como si la carne
rezumara por los poros de los obreros y se mezclara con su sudor. Ah, el
paraíso.
Los tíos se dieron cuenta de que Olivia babeaba por ellos.
—¡Sí, nena, menea ese culo para mí! —gritó un tipo grande y sudoroso.
Y otro:
—Si como caminas cocinas...
La mayoría de las mujeres, sintiéndose irritadas y ultrajadas, habrían
pasado sin decir palabra, así que no tuvo nada de raro que los tíos se
sorprendieran cuando Olivia se acercó, contoneándose, al grandullón.
—Si lo que quieres es mi culo, es todo tuyo, corazón —le soltó.
El tipo se quedó descolocado por completo; posiblemente era la primera
vez que se le acercaba una mujer de aquella manera. Parecía aturdido de
verdad.
—Venga, vayamos a un hotel ahora mismo, pago yo —dijo Olivia—.
Aunque te lo advierto: procura dar lo mejor de ti.
Descubrió que deseaba el bocadillo de rosbif del tío casi tan
desesperadamente como anhelaba su cuerpo. Se lo quitó y le dio un tremendo
mordisco.
—Hoy no tengo paciencia para pichas flojas —dijo, y continuó
caminando, llevándose lo que quedaba del bocadillo. El tío la dejó marchar,
probablemente demasiado aturdido y humillado para hacer algo. Los
amigotes del hombre no se interpusieron en su camino, como si no supieran
cómo reaccionar.
Olivia dobló en la Treinta y cinco y siguió hasta el Playwright, un bar de
ambiente deportivo en el que había estado algunas veces y que recordaba
como un buen lugar para ligar. Ya había conocido allí a un par de tíos; los
dos resultaron ser unos completos fracasados, pero ese día un completo
fracasado estaría bien.
Un grupo de irlandeses bulliciosos se congregaban en torno a la barra
viendo un partido de fútbol en una gran pantalla de televisión. Las demás
pantallas mostraban una carrera de caballos. Había tanta testosterona en el bar
que Olivia se sintió como una amante del chocolate que hubiera sido arrojada
a un tanque del chocolate más sabroso del mundo.
La mayoría de los tíos allí presentes la examinaron porque ella los
estaba examinando con todo el descaro. No todos los días entraba una mujer
en el bar y empezaba a desnudarlos con la mirada. Al igual que los obreros de
la construcción, se sintieron intimidados por su actitud, aunque ella lo estaba
disfrutando. Jamás se había sentido tan poderosa ni con tanto control sobre la
situación.
Por extraño que pareciera, se sintió menos atraída por el tío más guapo,
un acicalado sujeto de Wall Street que estaba con un amigo hacia el fondo del
bar. Probablemente se había duchado esa mañana..., ¡puaf! Y llevaba una
colonia insoportable..., ¡puaf y puaf! Le gustó mucho más el tipo que estaba
detrás de él con vaqueros y una sudada camiseta de casa de apuestas Belmont
Stakes y que estaba leyendo un programa de hípica.
Olivia le guiñó un ojo.
—¡Eh!, ¿qué tal va eso?
El tipo la miró como si estuviera loca y se alejó.
Sin inmutarse, como una vendedora telefónica inasequible al desaliento,
siguió adelante con otros hombres, aunque obtuvo parecidos desplantes. No
lo entendía. ¿No se suponía que a los tíos heterosexuales les gustaba follar
con cualquier mujer echada para adelante? Aquello debería haber sido como
una fantasía masculina para ellos, pero su crudeza parecía estar fracasando.
Se sentía frustradísima. Quería follar y no comprendía por qué tenía que ser
tan complicado.
—¿Qué tiene que hacer una chica aquí para echar un polvo?
Lo único que consiguió fue unas cuantas carcajadas y la mirada
reprobatorio de la camarera rubia.
Ya estaba a punto de rendirse e ir a probar en otro bar, cuando oyó la
estruendosa voz de un tipo.
—Vale, guapísima, vayamos a una habitación.
En la barra, detrás de ella, estaba un tipo corpulento, la cara fofa, el
escaso pelo peinado hacia atrás, el traje arrugado. Tenía los ojos vidriosos e
inyectados en sangre; probablemente llevaba todo el día bebiendo. Olivia olió
el whisky y... ¿era cerveza aquello? Recordó fugazmente que Michael había
sabido con exactitud lo que estaba bebiendo la noche que se habían conocido.
El olor a alcohol emanaba de la boca y los poros del individuo, pero también
percibió el olor almizclado de su cuerpo.
En pocas palabras: era perfecto. No pudo resistirse a extender la mano y
darle un apretón en una de las nalgas.
—Bonito culo. El resto debe ser igual de bueno.
No se podía creer su comportamiento, pero era tan liberador poder decir
lo que se le pasara por la cabeza sin ninguna cortapisa.
Aunque el tipo no reaccionó, probablemente porque estaba muy pedo.
¿Estaba «demasiado» pedo? Impaciente, deseando desesperadamente el
cuerpo carnoso de aquel sujeto, Olivia estaba prácticamente jadeando.
—¿Quieres hacerlo en el baño?
—¿Qué?
—Que si lo hacemos en el baño —respondió ella.
—Espera. —El hombre dio una palmada sobre la barra como si hubiera
tenido una revelación—. ¿Cuánto me va a costar esto?
—¿Costar?
—¿Eres una puta, no? —El tío era un bocazas y aquello atrajo la
atención de la gente, incluida la de la camarera.
—No, no soy una puta. Sólo quiero un amante, y lo quiero ahora.
El tipo le miró con expresión de tonto.
—¿Quieres decir que me deseas sólo porque me deseas? —Miró su vaso
de whisky casi vacío y dijo—: Sabía que esta cosa era buena, pero no que lo
fuera tanto.
—Perdone —le dijo la camarera a Olivia—, va a tener que marcharse
ahora o tendré que llamar a la policía.
Lo que le faltaba: ser detenida por prostitución. La meterían en una
celda y no tendría ninguna oportunidad de follar esa noche. Bueno, al menos
de follar con un hombre.
Cogió al grandullón por la mano.
—Vamos, salgamos de aquí.
Ya en la acera, le preguntó:
—¿Está muy lejos tu piso?
—¿Piso?
Ahora estaba claro lo borracho que estaba realmente el tipo; apenas se
sostenía en pie.
—Sí, piso —repitió Olivia—. Ya sabes, donde vives.
—Oh, yo no vivo en Nueva York —respondió—. Soy de Kansas City.
Estoy aquí para asistir a una conferencia sobre seguros. —Empezó a rebuscar
en el bolsillo interior de la americana.
¿No le iría a dar su tarjeta de visita, verdad?
Sí, iba a dársela.
—Me llamo Jim, Jim Anderson, pero mis amigos me llaman Jimmy.
Olivia lo arrastró hacia el bordillo. Deseaba su cuerpo tan
desesperadamente que estaba pensando en arrancarle la ropa en el asiento
trasero de un taxi.
Pero entonces el hombre dijo:
—Mi hotel está justo enfrente.
Gracias a Dios, por fin le iba a salir bien algo.
Rodeó al sujeto con el brazo y echó a andar muy deprisa, prácticamente
arrastrándolo. Tenía que pesar más de noventa y cinco kilos, aunque, tal vez
debido a que estaba excitaba por su inminente conquista, le parecía estar
tirando de un niño.
Subieron a la habitación de Jim en el Comfort Inn. Olivia empezó a
desnudarse inmediatamente, quitándose la camiseta.
—Desnúdate —dijo, mientras se estaba quitando la falda.
—¿Quieres decir ahora...?
—Desnúdate —repitió con firmeza.
Jim parecía muy nervioso, incluso aterrorizado.
—Oh, de acuerdo —y se quitó la chaqueta lentamente.
—Más deprisa.
El hombre se desnudó rápidamente hasta quedarse con los holgados
calzoncillos boxer de rayas. A Olivia le gustaba estar al mando y decirle lo
que tenía que hacer. ¿Quién habría pensado que en su interior tuviera tanto de
estricta gobernanta?
—Los calzoncillos también —dijo, imitando incluso la manera de
arrastrar las palabras de Deliverance para darle mayor realismo.
Jim estaba a punto de quitarse la ropa interior cuando parpadeó con
fuerza.
—¿Va en serio? —preguntó.
Aquello la confundió.
—¿Qué es lo que va en serio?
El hombre estaba abochornado, mientras miraba las axilas de Olivia.
Ésta levantó el brazo izquierdo y vio la espesa mata de pelo. Parecía la axila
de un hombre, y estaba segura de haberse afeitado en la ducha antes de salir
la noche anterior.
¿Formaba eso parte de lo que Michael le había hecho?
—Y tus piernas.
Olivia se miró las piernas y se sorprendió de que pareciera que llevara
semanas sin depilarse.
—Eh, lo siento —dijo él—. Estoy borracho, pero no lo suficiente para
esto. —Empezó a ponerse los calzoncillos de nuevo.
De ninguna manera iba a dejar que el tío aquél se fuera. Por fin había
encontrado a un hombre dispuesto a servirla, y no iba a permitir que se le
escapara la oportunidad.
—Oh, no, de eso nada —dijo, intentando agarrar los calzoncillos.
—Por favor, estoy casado. —Jim levantó una mano, mostrando una
gruesa alianza de oro—. Ni siquiera deberías estar aquí.
Se dio la vuelta intentando apartarse de ella, y al hacerlo le dio con el
codo en la mandíbula.
—¡Eh! —exclamó Olivia.
Estaba a punto de agarrarlo cuando sintió una intensa presión en la cara,
sobre todo en la boca, y a continuación un terrible dolor, como si le fuera a
explotar el cuerpo. Pero el dolor fue rápidamente sustituido por algo parecido
a una descarga de adrenalina. Aunque era algo más que adrenalina; era un
torrente de energía, aplomo y fuerza, todo de golpe. Estaba frente al espejo de
cuerpo entero situado junto al baño y vio el pelo negro y espeso que de hecho
le estaba creciendo en la cara, y cuando abrió la boca vio los largos y afilados
dientes.
Quizá debería haberse asustado, pero la sensación fue demasiado
increíble. Era como si toda su vida hubiera estado muerta y por fin estuviera
viva. Se miró en el espejo, enseñando los dientes y mirándose las garras con
asombro. Luego dilató las anchas y oscuras aletas de la nariz y se tocó la cara
con una de las garras. ¡Dios mío!, le encantaba su aspecto. Podría haber
seguido contemplándose toda su vida. Intentó decir: «Esto es increíble», pero
lo que le salió fue un sonoro gruñido.
—Lo siento —dijo Jim—. No era mi intención golpearte. Sólo fue un...
Olivia se volvió hacia él y le encantó la expresión de terror y conmoción
absolutas de Jim. Menuda gozada era contemplar a aquel hombre grande y
fuerte encogido ante la mera visión de ella. Ningún hombre la volvería a
intimidar.
—Ay, mi... —sin resuello de pronto, Jim no pudo terminar la frase.
Olivia sintió el impulso de empujarlo, de comprobar su fuerza, así que,
qué diablos, lo empujó y lo derribó al suelo fácilmente. Se plantó sobre él y
gruñó, encantada con el poder y el control que tenía de repente. Jim se
levantó y retrocedió ante ella, a todas luces aterrorizado, preguntándose qué
era lo que iba a suceder a continuación, sabiendo que estaba indefenso y a su
absoluta merced. Aquella mujer, aquel animal, podría matarlo en cuanto
quisiera, aplastarlo con las manos desnudas, arrancarle literalmente la carne a
dentelladas y escupirla después.
Entonces Olivia olió a orina, y se dio cuenta de que Jim se había meado
en los calzoncillos. Presa de pánico, el hombre se dio la vuelta y salió
corriendo de la habitación en calzoncillos, pidiendo socorro a gritos.
Pensó en perseguirlo y divertirse un poco más haciendo que se cagara de
miedo, pero súbitamente empezó a sentirse más débil y menos segura de sí
misma, y cuando se miró al espejo, vio que empezaba a tener su aspecto
normal de nuevo. El pelo y los dientes estaban disminuyendo y los demás
rasgos faciales que habían sufrido alteraciones estaban volviendo a su estado
anterior. Alucinada, se palpó la cara con sus manos humanas. ¿Sería posible
que lo estuviera imaginando, que tuviera una especie de alucinación
disparatada? No, había ocurrido de verdad. Seguía teniendo dolores por todas
partes, probablemente un efecto residual de la transformación, y no había
ninguna duda de que los dolores eran reales. Pero ¿cómo narices estaba
pasándole algo así? ¿Cómo era posible?
Eh, ya habría tiempo de aclarar los detalles más tarde, y era tan
sumamente divertido que le traía sin cuidado. Más caliente aún de lo que
había estado, salió del hotel y deambuló por las calles del centro, reanudando
su acechanza nocturna.
Simon examinó al anciano con detenimiento. Tenía la cara tan arrugada que
debía de tener cien años, y sin embargo no se comportaba como un viejo
centenario. Tenía un cuerpo vigoroso, y una mente aguda. Volvió a examinar
los ojos del hombre y observó un evidente parecido familiar con Michael.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Acompáñame.
Ahora cayó en la cuenta de que el hombre hablaba exactamente igual
que Michael; bueno, igual que Michael, pero con un pronunciado acento
alemán.
Lo siguió varios metros más allá del sendero hasta la zona próxima a los
árboles.
—He de hablar bajo o Michael me oirá.
—¿Cómo le va a oír? Se ha quedado en el parque infantil, ¿no? —
Calculó que debían de estar a casi un kilómetro de distancia del parque.
—Está lo bastante cerca —susurró el anciano. Entonces añadió—: Soy
Volker Hartman, el padre de Michael. Tú eres uno de sus amigos..., el nuevo.
—¿Qué es lo que quiere?
—Debes permanecer alejado de mi hijo —dijo Volker—. Y debes
decirle al resto de los de la jauría que tampoco se acerquen a él.
Los ojos del viejo eran como canicas negras, y mientras lo miraban
fijamente no pestañeó ni una sola vez. Simon supuso que el hombre estaba
loco o al menos totalmente chocho, aunque seguía queriendo oír lo que tenía
que decir.
—¿A qué se refiere con la jauría? —preguntó Simon.
—¿A qué crees que me refiero?
—No lo sé, por eso se lo pregunto.
—Sí lo sabes —dijo Volker—. Deberías saberlo. Debes de notar los
cambios. Has de saber que ahora eres diferente.
El corazón le latía ya con tanta fuerza que notaba el pulso en la cara.
—No, no lo sé. Cuénteme qué diablos está pasando.
—Ahora tienes sangre de lobo.
—¿De qué? —Le estaba resultando difícil concentrarse. Deseaba creer
que no eran más que las incoherencias de un loco, que los médicos que
atendían a Volker en Bellevue aparecerían corriendo de un momento a otro y
se lo llevarían en una red gigante, aunque no podía negar la sensación de que
le habían quitado un peso gigantesco de encima, como cuando se desvela
repentinamente un secreto que has estado guardando celosamente.
—De lobo —repitió Volker.
—Eso es... —Le resultaba difícil hablar. Tuvo que serenarse antes de
hacerlo—. Eso es una locura. —Pero sabía que no lo era. Sabía que era de
una lógica aplastante.
—No es una locura —replicó el hombre—. Ahora eres como Michael y
como yo, compartes nuestra sangre.
—Pero ¿cómo...?
—La cerveza que te dio —le explicó—. Le advertí que no lo hiciera,
pero se negó a escucharme.
—¿Así que la cerveza me hizo...? —A Simon le costó pronunciar las
palabras—. ¿La cerveza me convirtió en lobo?
—Sí —dijo Volker—. Era una vieja fórmula de mi país. La gente que no
es de nuestra familia no puede soportar la sangre de los lobos, y salvo raras
excepciones, un mordisco resulta siempre fatal. Así que Michael elaboró una
cerveza con su suero sanguíneo para preparar tu cuerpo para el mordisco.
—¿Mordisco? —preguntó Simon—. ¿Qué mordisco?
—Te falta ser mordido para convertirte en un lobo permanente. Por el
momento tú y los demás hombres sois lobos temporales. No seréis lobos
permanentes hasta que os muerdan. Pero tú tienes que impedir que eso
ocurra, debes impedir que te muerdan y que muerda a los otros. ¿Me
entiendes?
Simon estaba aturdido. Se dio cuenta de que probablemente había estado
en alguna clase de estado de conmoción durante todo ese tiempo, y ahora la
realidad se imponía de repente.
—¿Así que está diciendo que va a intentar mordernos?
—Sí. Esta noche.
—¿Esta noche? ¿En la fábrica de cerveza?
—Sí. Comprendes que eso no debe ocurrir, ¿verdad?
—No lo entiendo —dijo Simon—. ¿Por qué nos quiere morder?
—Tiene sus razones.
—¿Qué razones? No lo entiendo.
—Dice que se encuentra solo, que quiere una jauría. Intentó morder a
otros, antes de hacer la cerveza, y murieron todos. No comprende que
estamos destinados a estar solos. Así es como ha sido siempre, desde antes de
que nuestra familia viniera de Friburgo.
Simon pensó fugazmente en Dave Doherty, la víctima de asesinato del
que le había hablado la inspectora Rodriguez. Tal vez había sido uno de los
reclutados fallidos... Pero en este momento tenía la cabeza como un bombo;
le costaba procesar todo aquello de golpe.
—Te cuento esto para que puedas evitar que ocurra —prosiguió Volker
—. Si no os muerde, dejaréis de ser lobos temporales. Puede que en uno o
dos meses se pasen los efectos de la cerveza y volváis a ser totalmente
humanos. Pero si esta noche os muerde, no habrá vuelta atrás; seréis lobos
eternamente.
Simon volvió a reparar en la oscura y penetrante mirada de Volker, y le
asaltó un fugaz recuerdo de la noche que se había emborrachado con la
cerveza en la fábrica, y de que había tenido la sensación de ser absorbido por
la oscuridad de los ojos de Michael.
—Pero ¿cómo... cómo se supone que se lo voy a impedir? —preguntó
—. No puedo controlar lo que hacen.
—Será difícil porque han sentido la fuerza de los lobos, que puede ser
muy seductora —reconoció el anciano—. Pero todavía se les puede
convencer. Aún hay tiempo.
—Pero ¿por qué me lo pide a mí? ¿Por qué no se lo dice usted mismo a
Ramón y a Charlie?
—A mí no me escucharán, pero tú les gustas. Eres su amigo. Puedes
convencerles.
—¿Y qué pasa con Michael? Es su hijo, ¿no? ¿No puede decirle que no
nos muerda?
—Se niega a escucharme. Es demasiado tozudo, y yo soy demasiado
viejo. No tengo la fuerza para detenerlo. Ahora es él el que tiene la fuerza de
nuestra familia. Es el líder. Tiene una fuerza descomunal y puede matar a
quien le plazca.
—Fantástico, entonces, ¿cómo se supone que le voy a detener? ¿Qué se
supone que tengo que hacer, dispararle?
Estaba siendo sarcástico, aunque Volker le respondió con toda seriedad.
—Un disparo probablemente no lo mate... al menos uno. Los licántropos
son difíciles de matar, sobre todo un lobo poderoso como Michael. La única
manera segura de matar a un hombre lobo es desgarrarle la mandíbula y
partirle la cabeza en dos. Esto es lo que debes hacer si tienes oportunidad, si
todos tenemos una oportunidad.
—Quiere que le desgarre la mandíbula a su hijo y le parta en dos la
cabeza —dijo Simon con cara de póquer.
—Debes hacerlo, sí. Es la única manera segura de salvarnos.
—Vamos, está de broma, ¿no?
—Ojalá lo estuviera.
—Pero ¿por qué...?
—No hay tiempo para preguntas —dijo el anciano—. Comprendes la
razón de que te avise. Si te conviertes en lobo permanente, entonces puedes
convertir en lobos a otras personas. La sangre de los lobos está destinada a
permanecer sólo en nuestra familia; se supone que no se puede compartir con
los demás.
—¿Y si no puedo pararlo? —preguntó Simon con desesperación.
—Debes hacerlo —insistió el viejo—. Si nuestra sangre se extiende,
será el final de todos nosotros. —Lo miró melodramáticamente y añadió—:
Buena suerte para ti y tus amigos. —Y se alejó a toda prisa.
Simon estaba tan aturullado y abrumado que no reaccionó de inmediato.
Al cabo de unos segundos, cuando su cerebro se puso en marcha con una
sacudida y se dio cuenta de que todavía tenía más preguntas, era demasiado
tarde: Volker ya se había ido.
25
Alison y Jeremy habían pasado la mayor parte del día encerrados en una
pequeña habitación del hotel Radisson, en la Cuarenta y ocho con Lex.
Salieron a dar un corto paseo hasta una pizzería para que el niño comiera una
porción de pizza, pero luego ella empezó a no encontrarse bien —estaba
agotada, tenía náuseas y se sentía un poco mareada—, así que regresaron al
hotel y se quedaron en la cama, mientras Jeremy veía la programación
vespertina de Nick Jr.
Aunque Alison se sentía fatal, sabía que sus síntomas eran
absolutamente psicosomáticos. Su decisión de abandonar a Simon había sido
impulsiva, sin ningún plan de adónde ir ni de cómo iba a vivir realmente sola.
Cuando los policías se lo llevaron, estaba convencida de que le estaba
mintiendo; por lo que sabía su marido había conseguido un lobo para atacar y
matar a Tom. No creía que fuera un psicópata, pero de la manera que se había
estado comportando, ¿cómo iba a descartar nada? Se había sentido muy
trastornado por ser despedido, así que ¿cómo podía saber que no había
perdido el juicio y cometido una insensatez?
Furiosa, humillada y harta de todas las mentiras, había hecho una maleta
para ella y Jeremy, cogiendo al azar la ropa de los cajones de la cómoda y del
armario empotrado y metiéndola dentro. Necesitaba marcharse, huir, y no
había trazado realmente ningún plan para el futuro ni para nada. Garrapateó
una nota y luego despertó a Jeremy. El niño estaba de mal humor y lloró
cuando le obligó a vestirse. Luego lo sacó en brazos del piso, arrastrando tras
ella la maleta a rebosar, paró un taxi en Columbus y dijo «Hotel Radisson»
sólo porque ése era el hotel donde se había alojado su hermana la última vez
que estuvo en la ciudad y fue el primero que le vino a las mientes. En el taxi,
Jeremy se quedó dormido, y no quiso despertarlo de nuevo sabiendo que
empezaría llorar otra vez. Así que lo sacó en brazos del taxi —cuando estaba
dormido siempre parecía pesar el doble de lo que pesaba despierto—, y a
partir de ahí estuvo tan absorta en instalar a su hijo y acostarlo que lo cierto
fue que no se le hizo patente su nueva situación: que ahora estaba
completamente sola.
El terror se impuso. No había vivido sola desde los veintitrés años, y
entonces sus padres estaban vivos. Ahora no tenía a nadie. Seguía teniendo
algunas buenas amigas en la ciudad, pero estaban casadas y tenían sus
propias responsabilidades. Lauren vivía a casi cinco mil kilómetros, y el
apoyo emocional que le brindaba su hermana se quedaba en eso. Necesitaba
tener a alguien cerca, en persona, no un amigo de Skype.
Simon no sólo era su marido, sino que llevaba años siendo su único y
verdadero sistema de apoyo en Nueva York. De repente se sintió aterrorizada
e insegura, sin ninguna idea de cómo iba a salir de todo aquello. La absoluta
falta de seguridad en sí misma le resultaba muy extraña; siempre había sido
una persona equilibrada, comedida y firme; no estaba acostumbrada a que las
cosas se desviaran de su curso. Suponiendo que Simon no estuviera detenido,
¿qué iba a hacer, llamar a un abogado especializado en divorcios? De
ninguna manera él aceptaría algo menos que la custodia compartida, y
teniendo en cuenta el extraño comportamiento de Simon en los últimos
tiempos, ella preferiría la custodia completa. Pero era imposible que él fuera a
renunciar a la custodia y si se sentía amenazado podría intentar que le
concedieran la completa. Alison tendría que aducir que Simon no estaba
preparado para ser progenitor monoparental, lo que en esencia sería una
declaración de guerra. Ambos contratarían a sendos abogados y las cosas no
tardarían en volverse asquerosas. Conocía parejas que se habían gastado más
de cien mil dólares por cabeza en el divorcio. Y aunque ella consiguiera la
custodia, ¿cómo manejaría su vida? No podría pagar los cuidados del niño ni
los gastos del piso, lo cual, de entrada, había sido el motivo de que Simon se
hubiera convertido en padre y amo de casa. Tendrían que vender el piso, pero
luego ¿adónde se iría? En Manhattan los inmuebles se habían descontrolado,
y necesitaría al menos un piso de una habitación. Pero aunque pudiera
conseguir una entrada baja, ¿cómo iba a permitirse pagar el mantenimiento y
los recibos de la hipoteca? Y también tendría que encontrar a alguien que
cuidara de Jeremy. Podría intentar contratar de nuevo a Margaret..., siempre
que no hubiera encontrado otro empleo todavía ni estuviera resentida por
haber sido despedida. Si Margaret no estaba disponible, tendría que pasar por
todo el proceso de encontrar una nueva niñera, lo que en ese momento se le
antojó completamente abrumador.
Simon no había parado de llamarla y enviarle mensajes de texto durante
todo el día. Ella le había quitado el sonido al móvil y había echado un vistazo
sólo a los primeros mensajes —«¿Dónde estáis?», «Lo siento», «Os echo de
menos», «Quiero veros», etcétera—, pero no se había molestado en abrir los
demás. En el ínterin, Jeremy había estado preguntando por su padre sin parar.
«Dónde está papá?» y «¿Por qué no puedo ver a papá?»
A eso de las cuatro de la tarde, recibió otra llamada de Simon, y aunque
no respondió, luego escuchó el mensaje de voz. Aparentemente consternado,
decía que estaba «muy preocupado» y le suplicaba que por favor le
devolviera la llamada.
Tras resolver que ignorarlo en este aspecto sería bordear la pura
crueldad, cedió y le envió un mensaje de texto:
Todo va bien
Como unos diez segundos más tarde, Alison recibió:
¡¡¡GRACIAS A DIOS!!!
Y un par de segundos después, Simon escribió:
¿Dónde estáis????????
Alison se echó a llorar y no respondió.
Luego Simon escribió:
Por favor, queda conmigo. Lo puedo explicar TODO. ¡¡¡TE LO
PROMETO!!!
No podía negar que le echaba de menos. Quizá fuera porque tenía al antiguo
Simon —que era razonable, con quien podía entenderse— metido en la
cabeza.
Al cabo de un minuto, él escribió:
¿¿¿Hola??? ¿¿¿Estás ahí???
Al mirar a Jeremy, que estaba sentado en la cama, inocente e ignorante,
decidió que no podía mantenerlo alejado de su padre para siempre. Así que
envió un mensaje de texto con la dirección del hotel. Como media hora más
tarde, ella y Jeremy estaban en el ruidoso y animado vestíbulo cuando
apareció Simon.
—¡Papá! —gritó el niño, y echó a correr hacia su padre, que estaba en
cuclillas con los brazos extendidos y una amplia sonrisa en el rostro.
Alison tenía que admitirlo: de entrada también era agradable ver a
Simon. Tuvo que recordar todo lo que la había hecho pasar en los últimos
días para recargar su imagen de cabreada.
Él levantó a Jeremy en el aire y le dio un fuerte abrazo.
—Éste es mi chico —dijo, y lo besó en la coronilla.
—Os dejaré que paséis un rato juntos —propuso Alison.
—Espera —replicó Simon—. Tengo que hablar contigo.
—Éste no es el momento.
—Es importante.
Ella percibió un tono diferente en su voz; bueno, diferente en cuanto a
los últimos tiempos. Quizás el dejarlo le hubiera asustado tanto como la había
asustado a ella, y estaría dispuesto a esforzarse en serio con los problemas de
ambos. No podía hacerle daño escuchar lo que tuviera que decir.
Alison cruzó los brazos con fuerza por delante del pecho.
—Muy bien. ¿De qué se trata?
De la funda de su ordenador Simon sacó dos cuadernos para colorear y
un estuche de sesenta y cuatro lápices Crayola.
—Mira lo que te ha traído papá —le dijo a Jeremy.
El niño se puso como loco, aunque quería tanto a su papá que se habría
entusiasmado con cualquier regalo que le hubiera llevado.
Jeremy se sentó en el sofá y se enfrascó inmediatamente en los libros
para colorear.
—Bueno —dijo Alison.
—Bueno... —Simon parecía estar muy nervioso de pronto—. Bueno,
¿cómo te ha ido?
—Has dicho que tienes algo importante que contarme. ¿De qué se trata?
—Antes de nada, perdóname. Tú tenías razón y yo estaba equivocado.
Admito que me ha estado pasando algo últimamente. Algo que no quería
reconocer porque..., bueno, porque es demasiado aterrador. Pero ahora
entiendo lo que me está pasando, y no voy a seguir negándolo.
Estaba empezando a quedarse sin voz, y Alison a preocuparse; ¿le iba a
comunicar que le habían diagnosticado una enfermedad terminal?
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó—. ¿Has averiguado que tienes algo?
—Sí.
—¿De qué se trata?
Simon miró para otro lado, en dirección contraria a donde estaba
sentado su hijo, y cuando la miró de nuevo tenía los ojos tan llorosos que las
pupilas parecían no enfocar.
—La verdad es que no sé cómo decir esto.
—Dímelo ya. —Estaba aterrorizada. ¿De verdad iba a morir? No sabía
cómo lo iba a soportar. Seguía queriéndolo mucho y de hecho era incapaz de
imaginar perderlo. ¿Y cómo se lo explicaría a Jeremy?
En ese momento un par de lagrimones se deslizaban por las mejillas de
Simon.
—Por favor, dímelo —le rogó Alison.
Él echó una mirada a Jeremy, que seguía coloreando, se volvió hacia
ella y le habló en voz baja, prácticamente susurrando las palabras.
—Bueno, he descubierto que soy..., bueno, que soy un licántropo.
Había hablado en voz tan baja que ella no le oyó con claridad.
—Disculpa —dijo Alison—, ¿qué has dicho?
—Que soy un licántropo —repitió, igual de bajito que la vez anterior.
Quizá porque continuaba conmocionada por la perspectiva de que le
hubieran diagnosticado una enfermedad mortal, siguió sin poder asimilar lo
que le estaba diciendo. Le pareció que había dicho algo así como «icantro».
—¿Qué narices es icantro? —preguntó—. ¿Una especie de virus?
—No, icantro no. Licántropo. Soy un licántropo.
Esta vez le había oído alto y claro, y la preocupación por la salud de su
marido se vio repentinamente sustituida por la ira.
—¿Por qué me estás haciendo esto?
—No lo hice a propósito —contestó—. Me ocurrió aquella noche,
cuando...
—Vienes aquí —le interrumpió Alison—, comportándote como si
hubieras experimentado ese gran cambio, diciendo que estás dispuesto a
esforzarte en arreglar nuestros problemas, ¿y entonces me vuelves a tomar el
pelo jugando con mis sentimientos? ¿Hasta dónde crees que lo voy a
soportar?
—Por favor —le suplicó—. Sólo escúchame...
—No, escúchame tú. Te dejé porque estaba cansada de todas las
mentiras, cansada de que te comportaras como si no pasara nada cuando era
evidente que estaba pasando algo muy gordo. Pero si vas a aparecer aquí y
comportarte como si todo esto fuera una gran broma...
—Lo comprendo —contestó él—, ¿vale? Lo entiendo.
—Pásalo bien con Jeremy. —Alison se acercó a su hijo y le dijo—:
Ahora mamá va a ir a hacer algunas compras y te quedarás un rato con papá,
¿vale?
—Vale.
Pasó por delante de Simon, aunque no llegó muy lejos antes de que él se
acercara por detrás y la cogiera del brazo.
—Sé que parece una locura —dijo—, pero piensa en ello. Piensa en ello,
nada más, ¿de acuerdo?
—¿Quieres hacer el favor de soltarme?
No la soltó.
—Todos los cambios empezaron la noche que fui a casa de Michael y
bebí aquella cerveza.
—Quiero que me sueltes el brazo.
—No lo entiendes. —La soltó, aunque ahora estaba delante de ella,
impidiéndole que se marchara—. Creo que maté a Tom. —Sin duda lo dijo
en voz mucho más alta de lo que había sido su intención. Miró rápidamente a
un lado y a otro como si temiera que alguien pudiera haberlo oído. Jeremy,
sentado en el sofá, había mirado hacia allí, y Simon le preguntó:
—¿Cómo van esos dibujos?
—Muy bien.
—Bueno —dijo—. Sigue dibujando, chaval, ¿vale? —Cuando Jeremy
volvió a concentrarse en el cuaderno de colorear, continuó hablándole a
Alison en voz más baja—. Creo que maté a Tom... No exactamente yo, sino
yo en otro estado. No me refiero a otro estado como Nueva Jersey. Bueno,
estaba en Nueva Jersey, pero me refiero a un estado... no humano. Cuando
estaba... cuando era lobo. Mira, sé lo disparatado que parece, pero si piensas
en ello, si tan sólo piensas en ello... Tenía sangre en los vaqueros, pero le
mató un lobo. No le encontraba ninguna lógica hasta que hablé con el padre
de Michael, y ahora todo encaja a la perfección. No llevé ningún lobo para
matar a Tom. ¡Yo era el lobo!
Alison lo estaba mirando como si no lo hubiera visto nunca. Era un
absoluto extraño..., peor aún, un absoluto extraño maníaco. La dejó atónita la
manera en que realmente parecía creerse todo aquello; no era una actuación.
La situación era peor de lo que había imaginado. Simon había perdido
completamente el contacto con la realidad.
—Necesitas ayuda —dijo, procurando mantener la calma todo lo posible
—. Ayuda profesional en serio.
—Alison, por favor, si tan sólo...
—Llama a la consulta del doctor Hagan —le interrumpió—. Que te
recomiende un buen psiquiatra. No un psicólogo, un psiquiatra. La verdad es
que creo que necesitas tomar alguna medicación o que te hagan alguna
evaluación médica comple...
—No estoy loco —protestó Simon—. Pensé que estaba loco, pero ahora
que entiendo lo que está sucediendo, ya no me lo parece. Piensa, sólo piensa
en lo que me ha estado sucediendo. El sentido del oído. Los lobos oyen muy
bien. O el crecimiento del pelo. Los lobos son peludos. O... o... o... ¿Qué me
dices de la ingestión de carne? Los lobos comen carne. Los cambios no son
aleatorios; no son una reacción a nada que tenga que ver con mi vida. Se debe
a que ahora soy un animal, o más que un animal... ¿Sabes de lo que estoy
hablando? No me he estado comportando como siempre porque no era yo.
—Mami, creía que te ibas a comprar.
—Un momento, Jeremy —replicó Simon.
Alison se lo quedó mirando fijamente.
—No sé por qué me estás haciendo esto, convirtiendo mis sentimientos
en una montaña rusa.
—Lo siento —se disculpó—. De verdad que lo siento. Pero la buena
noticia es que esto se va a acabar. Si lo que el padre de Michael me dijo es
cierto, irá desapareciendo. Y pronto volveré a ser normal.
—Papá, ¿puedes jugar ya conmigo?
—Un segundo —dijo Simon. Luego se dirigió a Alison—. Por favor,
dame otra oportunidad. No sé cómo voy manejar todo esto solo. Necesito que
estés conmigo para ayudarme a superarlo.
—¿Quieres ayuda? —preguntó ella. Miró a Jeremy para asegurarse de
que no estaba escuchando, y entonces añadió para Simon—: Pues ve a un
loquero. No lo hagas por mí ni por ti..., hazlo por Jeremy. —Y entonces le
dijo a su hijo—: Adios, cariño —y se alejó con aire resuelto.
Había llegado a las puertas giratorias que daban a la calle Cuarenta y
ocho cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo —dejando a su hijo con
su padre, que a todas luces estaba trastornado—, así que regresó, cogió a
Jeremy por el brazo y se lo llevó hacia el ascensor tirando de él.
El niño dejó caer los lápices y empezó a llorar y a gritar.
—¡Quiero jugar con papá! ¡Quiero estar con papá!
Como era de esperar, el ascensor estaba en otra planta, y Alison tuvo
que esperar mientras intentaba contener a su vociferante hijo de tres años.
Estaba de cara a los ascensores, aunque podía sentir los ojos de todos los que
estaban en el vestíbulo observando la escena como si fuera un gran teatro.
El ascensor llegó por fin y entraron. Simon se había quedado cerca de
los sofás y miraba directamente a su esposa.
Jeremy soltó su aullido más estridente, «Papiiiiiiiiiii», en el momento en
que las puertas se cerraron.
26
Mientras caminaba hacia la parte alta por Madison Avenue, Olivia llamó a
Diane.
—Tengo grandes noticias.
—Yo también —dijo su amiga.
—¿En serio? —¿El tío con el que se fue Diane, Ramón, la había
mordido? ¿También ella era una loba?—. Tenemos que vernos ya.
—Pero es que he quedado con Ramón.
—No lo entiendes, tengo que verte ahora mismo. ¿Dónde estás?
Diane estaba saliendo del trabajo en el centro en ese mismo instante,
aunque aceptó reunirse con Olivia para tomar una copa rápida en Brasserie,
un bar-restaurante de la calle Cincuenta y tres, cerca de Park Avenue, en el
que quedaban a veces.
El encargado, un tío joven y rubio, preguntó:
—¿Cuántos?
Había visto al tipo allí antes, aunque nunca había reparado en lo
monísimo que era. Lo miró de arriba abajo.
—Con uno es suficiente —replicó Olivia. Entonces vio que Diane le
hacía señas desde la barra, y se dirigió allí como una flecha.
No estaba segura de si su amiga era también loba, aunque parecía más
feliz que nunca.
La saludó con un abrazo —apretando con más fuerza de la que pretendía
— y no la soltó hasta que Diane se quejó.
—¡Ay!, me estás haciendo daño.
—Disculpa —Entonces, examinando de nuevo al encargado, añadió—:
Quiero a ese tío.
—Podría ser tu hijo.
—¿Y a quién le importa la edad? —replicó—. Sólo quiero su cuerpo.
—Muy bien, Demi —dijo Diane.
Olivia cogió al vuelo la alusión a Demi Moore, pero no sonrió. Miró
fijamente al tío hasta que éste la miró también y entonces se alejó
rápidamente. Tenía que mejorar eso; fueran cuales fuesen las vibraciones que
enviaba, estaba claro que no la ayudaban a echar un polvo.
—Bueno —dijo Diane—. ¿Cuál es ese notición del que querías hablar?
Ramón me espera en su casa.
—Eso es parte de lo que quería hablar contigo —respondió Olivia—.
¿Cómo van las cosas con él?
—Asombrosamente bien, y todo te lo debo a ti. Es tan increíblemente
apasionado, ¿sabes? Me hace sentir tan bien, tan deseada. Sé que tal vez me
esté comportando como una loca, y que quizá sólo esté despechada por lo de
Steve, aunque no lo creo. Me parece que conectamos de verdad. No sé dónde
ha estado escondido este tío, pero hemos sido afortunados de encontrarnos,
¿verdad?
Olivia estaba moviendo la mandíbula. Después de que los colmillos
lobunos quedaran ocultos, la boca le había dolido un montón, y todavía le
dolía un poco. Pero ¿qué se suponía que tenía que hacer, ir a ver al dentista?
Éste le preguntaría: «¿Y cuál es el problema?», y ella respondería: «Ayer me
convertí en loba». Sí, eso causaría muy buena impresión.
—¿Qué te pasa en la boca? —le preguntó Diane.
—¿Quieres decir que todavía no te ha ocurrido a ti?
—¿Qué es lo que no me ha ocurrido?
—¿Todavía no te ha mordido?
—¿Mordido?
—Cuando hacéis el amor.
—Bueno, me besa con verdadera intensidad, pero no llamaría morder a
eso.
—¿Me refiero a si te ha mordido en el cuello?
—¿Como un chupetón?
—No, como un mordisco de verdad.
Olivia extendió la mano y le retiró el pelo del cuello, pero no vio
ninguna marca de mordisco.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó su amiga.
—A lo mejor ya ha cicatrizado —replicó Olivia—. Me dijo que cicatriza
rápidamente. ¿Ves? La mía ya ha desaparecido y anoche me hincó bien los
dientes.
—Espera —dijo Diane—. ¿De verdad ésta era la razón por la que
querías que nos reuniéramos ahora? ¿Para hablar de mordiscos? Cuando me
llamaste diciéndome que tenías un notición, pensé que sería algo
espectacular. Pensé que estabas embarazada, o que te habías comprometido, o
que te había pasado algo importante en el trabajo. ¿No te reunías hoy con ese
cliente japonés?
—¿Quieres decir que no notas ningún cambio físico extraño? —
preguntó Olivia—. ¿No eres más rápida, más fuerte y más peluda? ¿No te
mueres por comer carne y follar sin parar?
—¿Más peluda?
—Oh. —Olivia se quedó pensativa—. Supuse que, puesto que Ramón y
Michael son amigos y se comportan como si fueran de la misma... tribu o lo
que sea..., debía de haberte convertido en... No importa.
—¿Qué es lo que no importa? —preguntó Diane—. Por favor, dime de
qué va todo esto.
—Si te lo contara, no te lo creerías. Al principio ni yo misma me lo
creía. Pensé que Michael me estaba tomando el pelo, que intentaba liarme.
Pero luego lo experimenté por mí misma y es asombroso, enriquecedor.
Tienes que vivir la experiencia.
—En serio, ¿te encuentras bien?
—Ya sé —prosiguió Olivia con renovada excitación—. Vayamos al
baño de señoras. Te morderé allí.
—¿Disculpa?
—No creías lo que te contaba de Michael, y luego conoces a Ramón y
compruebas lo asombrosos que son esos tíos, ¿no? Así que confía en mí
también en esto... Te prometo que sólo te dolerá unos segundos. Tal vez
pierdas el conocimiento momentáneamente, pero yo te cuidaré, te lo prometo.
Y cuando te despiertes, no te vas a creer lo bien que te sentirás.
—Lo siento —dijo Diane. Metió la mano en el bolso para sacar un
billete de veinte dólares y lo puso en la barra—. Ramón me está esperando, y
no sé qué está pasando aquí, no sé si es una broma o qué, pero te comportas
de una forma muy extraña.
A Olivia le entraron de repente unas ganas locas de comer carne, carne
humana cruda.
—Tienes que dejar que te muerda —dijo. Deseosa de saborear la carne
de su amiga, la agarró de la mano y le levantó el brazo a la altura de la boca,
que abrió de par en par al tiempo que cerraba los ojos. Ya estaba a punto de
cerrar las mandíbulas cuando en el último momento Diane dio un fuerte tirón
y se liberó de ella.
—¿Es que estás completamente loca?
—No te preocupes, ya te lo dije, la herida cicatrizará.
—Me estás empezando a asustar en serio.
—No tienes ni idea de lo que te pierdes.
—Déjalo ya, ¿vale?
—No lo entiendes. Antes me acerqué a un puñado de tíos en una obra,
ya sabes, la clase de tíos que les gritan guarradas a las mujeres y hacen que
huyan despavoridas, muertas de vergüenza. Bueno, yo era una de esas
mujeres, yo era una víctima, pero ya no lo soy. Me acerqué a esos tíos, me
planté delante de sus narices y asumí el mando, y me tuvieron miedo. ¿Sabes
lo fantástica que es esa sensación? Es algo increíble, y tú también puedes
sentirla si me dejas morderte. —Volvió a cogerle el brazo e intentó morderla
de nuevo, aunque sus dientes sólo rozaron la piel.
Diane se soltó y se marchó del restaurante.
Olivia la siguió por la calle Cincuenta y tres, diciendo:
—Vamos, no tienes ni idea de lo fantástico que es ser una mujer lobo.
Diane abrió los ojos como platos.
—De acuerdo, estás oficialmente loca. Necesitas ayuda.
Olivia la agarró del bolso por detrás y tiró con más fuerza de la que
pretendía. Diane, que llevaba unos tacones altos, perdió el equilibrio y se dio
una costalada contra la acera. La gente se apresuró a ayudarla. Tenía un
profundo corte en la mejilla; la visión de la sangre aumentó el deseo en su
amiga.
Un señor mayor se arrodilló junto a Diane.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó.
Olivia apartó al hombre de un empujón y empezó a lamerle la herida.
No había nada más rico en este mundo. Todo era poco.
—Por favor, no te muevas —suplicó.
Entonces Diane la apartó de un empujón.
—Aléjate de mí de una puñetera vez. ¡Estás completamente loca! —
gritó.
Los presentes miraron a Olivia con hostilidad, y movida por el instinto
—estaba en peligro y tenía que huir—, salió corriendo como una flecha hacia
Lexington Avenue.
—¿Veré mañana a papá? —preguntó Jeremy.
En medio de la cama de matrimonio del Radisson, agarrado a Sam, su
oso de peluche favorito, y con la manta subida hasta el mentón, parecía muy
pequeñito y vulnerable.
—No estoy segura, mi vida —dijo Alison.
—¿Por qué no? —insistió el niño.
—Por favor, ahora duérmete, ¿vale?
—¿Pero cuando voy a ver a papá?
—Tesoro, tienes que dormir.
Pero Jeremy no quiso dormir. Siguió preguntando por Simon hasta que
se dio cuenta de que no iba a obtener una respuesta definitiva; entonces pidió
ir al baño, y luego se quejó de que tenía hambre y sed y de que no estaba
cansado, y de que tenía miedo de que hubiera chinches en la cama. Fue como
si tuviera una lista de cosas que pedir que le mantuviera despierto el mayor
tiempo posible. Chinches, visto; agua, visto; abrazos y besos, visto. Alison se
mostró paciente al principio, pero cuando dieron las nueve, casi una hora
después de haberlo acostado, y seguía despierto, no pudo evitar hablarle con
brusquedad y amenazarlo con que, si no estaba dormido al cabo de cinco
minutos, le quitaría a Sam. Eso no hizo sino empeorar las cosas, por supuesto,
y el niño no dejó de llorar hasta que por fin, cuando estaban a punto de dar
las diez, se quedó dormido.
Alison se sentía culpable por levantarle la voz. Sabía que lo que la tenía
cabreada eran las frustraciones de aquel día, pero también sabía que eso no
era una excusa. Jeremy ya estaba triste y confundido, y ella sólo había
empeorado las cosas.
Por lo general, no bebía alcohol, pero necesitaba algo para calmarse, así
que fue hasta el minibar y se sirvió un botellín de ginebra que mezcló con
tónica. Se bebió la mayor parte de un solo trago, y el resto de otro. Tal vez
fuera psicosomático, pero ya se sentía más relajada y, en cualquier caso, un
poco menos descontrolada. ¿Qué narices? Abrió otro botellín y se sirvió una
segunda copa.
Tenía muchas cosas en la cabeza —como intentar resolver lo que iba a
hacer con el resto de su vida—, aunque principalmente seguía tratando de
asimilar la escena con Simon en el vestíbulo. Teniendo en cuenta el
comportamiento errático y excéntrico de su marido en los últimos tiempos,
había pensado que éste había llegado todo lo lejos que era capaz y que por fin
estaba dispuesto a volver a la tierra y admitir que estaba preparado para
encarar sus problemas, ¿y qué hacía entonces? Declaraba que era un
licántropo. Y lo más disparatado de todo había sido que no parecía que
estuviera loco en absoluto. Parecía sincero y racional, y realmente se creía
todo lo que decía, de la misma manera que un enfermo mental se cree que no
está mal de la cabeza.
Después de echarse al coleto de un trago la segunda copa, se sintió
rejuvenecida, o al menos decidida a encontrarle algún sentido a toda la locura
de Simon; si no para ayudarle, al menos para ayudarse a sí misma. Se conectó
a Internet en su portátil y entró en Google, donde escribió:
mi marido cree que es un licántropo
Dios bendiga a Internet. Cuando has tocado fondo, cuando te sientes
completamente aislada y sola en el mundo y piensas que no es posible que
nadie esté pasando por lo que tú estás pasando, en un abrir y cerrar de ojos
puedes encontrar una comunidad de compañeras sufridoras. Resultó que no
era la única esposa que creía que su marido fuera un hombre lobo. En
diferentes foros y páginas web, había mujeres de maridos que creían que se
estaban convirtiendo en hombres lobos, e incluso había el relato de un marido
que le había suplicado a su esposa que lo hiciera detener para no hacerle daño
a nadie. De acuerdo, así que algunas de las mujeres que escribían parecían
estar tan locas como sus supuestos locos maridos, pero aun así leer sus
correos fue tranquilizador.
Entonces se topó con el resultado de una búsqueda que realmente atrajo
su atención. Había una enfermedad mental llamada trastorno licantrópico, por
la que una persona padecía el delirio de creerse un hombre lobo. Un enfermo
del norte de Inglaterra estaba tan convencido de que era un licántropo que
había acabado por adquirir rasgos auténticamente lobunos, incluidos dientes
protuberantes y —esto era lo más interesante— un aumento del crecimiento
del pelo. Alison estaba ligeramente excitada, no sólo a causa del alcohol que
avanzaba por su torrente sanguíneo, sino porque estaba convencida de que
por fin había dado con el verdadero origen de los problemas de Simon, y
creía que con el tratamiento adecuado podría curarse o al menos estabilizarse,
y que toda aquella locura sería pasajera. A lo mejor ella podía encontrar a un
psiquiatra, a un experto en la materia, y de ese modo su marido pudiera
recibir la ayuda necesaria.
Los efectos de la bebida se manifestaron de pronto con toda su fuerza;
en un instante pasó de la agradable excitación a rozar la borrachera. Ya no
pudo seguir concentrándose en los resultados de su búsqueda en Internet. Se
metió en la cama con Jeremy, que estaba profundamente dormido, aunque
todavía con cara de enfado; su almohada estaba húmeda por las lágrimas.
Alison se acurrucó a su lado y le susurró:
—Lo siento, mi amor. Mamá te quiere mucho, mucho.
Lo besó ligeramente en la frente; el niño siguió profundamente dormido
y ni siquiera se movió.
27
Simon quería hablar con Alison para suplicarle que le comprendiera, que le
apoyara, que volviera a casa, aunque sabía que era mejor dejar que se fuera.
Era evidente que creía que estaba loco, y en serio, ¿se lo podía reprochar? Si
la situación fuera a la inversa y Alison acudiera a él con el cuento de que se
había convertido en mujer lobo, él probablemente habría hecho lo mismo:
decirle que estaba loca e intentar mantener a Jeremy lo más lejos posible de
ella.
Así que se marchó del hotel y se dirigió de nuevo hacia el West Side a
través del parque. Estaba a punto de anochecer y soplaba una brisa fría y
continua. De no sentirse como se sentía, también habría pensado que estaba
loco, pero sabía que algo fuera de su alcance se había enseñoreado de su
cuerpo y que el viejo Simon Burns apenas era un observador pasivo.
Rodeado por los árboles y respirando el aire más fresco del parque, no
pudo evitar echar a correr a toda velocidad. Corrió por el sendero un rato y
luego se desvió para meterse en el Ramble, la zona boscosa y accidentada
que ocupaba el centro del parque, saltando sobre las ramas caídas y
esquivando los árboles sin ningún esfuerzo. Su sentido del olfato parecía aún
más poderoso, y aunque corría de manera aleatoria en ésta o aquella
dirección, sabía en todo momento dónde estaba exactamente porque se
orientaba por el olor de las algas del lago y el aroma de la comida que llegaba
desde el restaurante Boathouse, situado a unos cien metros de distancia.
También olía a la gente y sabía instintivamente la manera de evitarla.
Después de correr por allí durante quizás un par de horas, puede que
más, continuó en dirección a su piso, en la 89 Oeste. La vivienda parecía
sensiblemente silenciosa y deprimente sin su familia. Cuando pasó por
delante de la habitación de Jeremy y se lo imaginó sentado en el suelo
jugando, las lágrimas le anegaron los ojos. Para empeorar las cosas, percibía
con absoluta nitidez el olor de su hijo, y el de Alison también estaba por
todas partes.
Se quitó la camisa y se miró fijamente al espejo de cuerpo entero,
asustado por lo peludo que estaba. Tal vez no había estado pendiente, o lo
había ignorado por completo, porque parecía más peludo que aquellos rusos
del Club del Oso Polar de Coney Island que iban a nadar al océano en pleno
invierno. Se estremeció —la misma clase de estremecimiento que cuando uno
se acuerda de un ser querido que ha muerto— cuando pensó: «Esto es real».
Durante todo el día, desde que había hablando con Volker, había estado tan
absorto preocupándose por encontrar a Alison y Jeremy e intentar salvar su
matrimonio que no había reparado del todo en la enormidad de lo que le
había sucedido. No se trataba sólo de lo fantásticamente bien que se sentía
cuando corría por el bosque o porque tenía una percepción sensorial mayor;
la realidad era que había cambiado, que sin saber por qué se había
transformado. Peor aún, eso significaba que sus recuerdos de haber matado a
Tom no eran meras fantasías. Realmente había asesinado a alguien.
Al mirarse en el espejo, no tuvo ni idea de quién era aquel hombre, pero
no era Simon Burns.
Entró en el baño y se echó agua caliente en el pecho, extendió un poco
de gel de afeitar y empezó a afeitarse desesperadamente. Lo hizo sin orden ni
concierto, odiando a aquella persona o «cosa» en la que se había convertido,
con el único deseo de arrancar aquel pelo de su cuerpo y ser de nuevo su
antiguo yo. La maquinilla enseguida se obturó con el pelo, la aclaró y siguió
afeitándose, presionando ocasionalmente con demasiada fuerza, y en el
ángulo erróneo, y cortándose, aunque no por eso se detuvo. En realidad,
siguió afeitándose con más frenesí, porque lo único que quería era quitarse el
pelo del cuerpo lo más deprisa posible.
Al cabo de unos diez minutos, había conseguido afeitarse la mayor parte
del pecho. Había varios cortes que rezumaban sangre, pero no se molestó en
hacer nada al respecto. Se afeitó los hombros y toda la superficie de la
espalda a la que pudo llegar, cortándose unas cuantas veces más, y
finalmente, dándose cuenta de la inutilidad de todo aquello, se detuvo. Sus
problemas no se podían resolver con una maquinilla de afeitar.
¿O sí?
Tal vez rebanarse el cuello sería la mejor solución. O tomar pastillas, o
tomar un baño con el secador, o arrojarse por la ventana. Aunque lo que
Volker le hubiera dicho fuera verdad, que podía dejar de ser un lobo y volver
a ser un ser humano normal si no le mordían, ¿resolvía eso realmente sus
problemas? Era un asesino, y eso nunca cambiaría. Parecía que era sólo
cuestión de tiempo que la policía encontrara el zapato perdido, o a otro
testigo, o alguna prueba que demostrara que había estado en casa de Tom
aquella noche. Y aunque la policía no fuera capaz jamás de relacionarlo con
el asesinato, ¿cómo se suponía que iba a vivir con la culpa? Todos los días,
durante el resto de su vida, los recuerdos lo perseguirían y tendría que vivir
con la conciencia clara de que no sólo había acabado con la vida de Tom,
sino de que había arruinado las vidas de todos los miembros de su familia. ¿Y
qué pasaba con Alan Freedman y su esposa? Quizás hubiera sido también el
responsable indirecto de sus muertes.
En ese momento, lo mismo le hubiera dado estar en la celda de una
cárcel, porque ya se sentía como si estuviera en una jaula virtual que lo iba a
mantener encerrado durante el resto de su vida. No había ninguna duda al
respecto: era una persona horrible y peligrosa, y todos saldrían ganando con
su muerte.
Entonces pensó: ¿Por qué no acabar con todo de una vez? Intentar
matarse con una maquinilla Gillette Mach 3 tal vez no diera resultado, pero
utilizar los somníferos sí.
Con el corazón latiéndole aceleradamente vació un frasco entero de
Ambien en la palma de su mano. Y ya estaba a punto de tragarse todas las
pastilla de golpe cuando pensó en su familia. No podía suicidarse en el piso;
eso sería demasiado traumático para Alison y Jeremy, y lo último que
deseaba era hacerles más daño del que ya les había ocasionado. Se arrojaría al
vacío, no desde el piso, sino desde el puente de Brooklyn. Había cámaras por
todas partes y la policía podría intentar detenerlo, pero si actuaba con la
suficiente rapidez, sólo tendría que recorrer una de las vigas de acero
transversales hasta el borde del puente y lanzarse al vacío.
Se vistió de nuevo, resolviendo que bajaría corriendo al centro hasta
llegar al puente y acabaría de una vez. En media hora habría puesto fin a su
sufrimiento.
Salió del piso. Cuando iba a salir del edificio, se despidió de James, el
conserje.
—Quiero darle las gracias por todo.
—¿Es que se va a alguna parte? —preguntó el hombre.
—Sí —respondió, y salió.
Se dirigió al centro a todo correr por Columbus Avenue, con el viento
azotándole el rostro e imaginando cómo lo sentiría cuando estuviera cayendo
hacia la muerte, volando hacia el río oscuro. Tal vez muriera antes de chocar
con el agua, aunque esperaba que no fuera así. Se merecía el dolor del golpe
definitivo.
Aumentó la velocidad y en cuestión de segundos —bueno, o al menos
eso le pareció— estaba en los alrededores del centro, acercándose a Times
Square. Ya era bien entrada la noche, aunque teniendo en cuenta los brillantes
neones y las miles de personas que había en las calles, podría haber sido
media tarde. Un tipo que pasó por su lado le empujó y siguió caminando sin
mirar atrás ni disculparse de ninguna manera. El resto de la gente caminaba
por su lado sin mirarle a los ojos ni advertir aparentemente que estuviera allí.
Bien podría haber saltado ya del puente, porque en lo concerniente a aquella
gente él no existía. Sus amigos le echarían de menos, y sus padres, y algunos
familiares, pero sus vidas no se verían afectadas en lo más mínimo por su
desaparición. Las dos únicas personas del mundo a quienes realmente les
importaba algo su vida eran Alison y Jeremy. A ella le afectaría al principio,
pero luego conocería a algún otro hombre y empezaría una nueva vida;
Jeremy, sin embargo, padecería la pérdida para siempre. Cuando tuviera
noventa años, seguiría contando la historia de que cuando tenía tres su padre
había declarado que era un licántropo y se había tirado del puente de
Brooklyn. ¿Era así realmente como quería que su hijo lo recordara? ¿Como
un hombre débil y conflictivo? ¿Como un cobarde?
Se paró en la acera en el cruce de la Cuarenta y cuatro con Broadway.
Permaneció allí varios minutos, prácticamente ajeno a la gente que pasaba
por su lado en todas las direcciones. Aunque se pasara el resto de su vida en
la cárcel, de una u otra manera quería estar allí para Jeremy. Y cuando
muriese, quería que su hijo lo recordara como a un héroe.
Al levantar la vista hacia una de las carteleras digitales, vio la hora:
21.42. En poco más de dos horas los muchachos se reunirían en la fábrica de
cerveza y Michael los mordería y tal vez morirían más personas. Simon
ignoraba si Volker le decía la verdad sobre lo que iba a ocurrir esa noche,
pero después de lo que había experimentado últimamente, no tenía ni un solo
motivo para no creerlo.
Se palpó buscando el móvil, y entonces recordó que no había cogido ni
el teléfono ni la cartera, imaginando que no los necesitaría adonde iba. Pero
¿no había dicho Charlie que iba a ir al parque de bomberos de Great Jones
Street, a una fiesta de cumpleaños, antes de acudir después a la fábrica de
cerveza?
Sin pensárselo dos veces, atravesó la Cuarenta y cuatro y se dirigió al
centro a toda velocidad.
—Busco a Charlie —le preguntó al bombero calvo con los bíceps cubiertos
de tatuajes.
Simon acababa de entrar en el Parque de Bomberos 9 y se acercó a los
tres hombres que mataban el rato, al fondo, jugando a las cartas.
—¿Quién es usted, otro periodista? —preguntó el sujeto.
—No, sólo un amigo.
—De acuerdo, espere un segundo.
El tipo subió al piso superior y al cabo de unos segundos Charlie, con
una amplia sonrisa en el rostro, bajó deslizándose por la barra.
—¡Eh, tío, qué sorpresa!
Lo abrazó con fuerza, aunque no mantuvo el abrazo tanto tiempo como
solía hacer en el parque infantil. Simon tuvo la sensación de que había
modificado su comportamiento porque estaba en el trabajo.
—Éste es mi amigo Simon —proclamó Charlie—. Uno de los
muchachos con los que paso el tiempo en el parque infantil.
Simon y los otros bomberos intercambiaron saludos.
—Bueno, ¿qué te trae por aquí, tronco? —le preguntó a continuación
Charlie—. ¿Mentalizándote para esta noche?
—No sé lo que está pasando.
El bombero sonrió, aunque Simon se dio cuenta de que estaba
preocupado.
—¿Pasando? —preguntó Charlie—. ¿Sigues con eso?
—Sé lo que nos hizo Michael —soltó—. Sé que nos convirtió en licán...
—Ja, ja, ja, eso sí que es realmente divertido, tío —le interrumpió
Charlie, levantando la voz y esforzándose en mostrar su despreocupación,
aunque los otros bomberos estaban jugando una nueva mano de póquer y no
prestaban atención. Entonces añadió—: Vamos, tomemos un poco el aire.
Dejó que Simon lo precediera hasta la parte delantera del parque de
bomberos. Cuando ya estaban ambos en la acera, le hizo un gesto con la
cabeza para que le siguiera por la calle en dirección a Lafayette.
Entonces le habló en voz muy baja.
—No puedes venir aquí sin avisarme y empezar... Éste es mi trabajo, ¿lo
entiendes?
—Así pues, es todo verdad —dijo Simon—. Lo sabías desde el
principio, ¿no es así?
Charlie apartó la mirada meneando la cabeza y se volvió de nuevo hacia
él.
—No deberíamos estar teniendo esta conversación sin que los demás
muchachos estén presentes. No hay secretos en la jauría.
—Oh, ya puedes dejar toda esa mierda. ¿Qué es lo que sabes?
—Eh, tío, en serio, tienes que guardar silencio.
—¿Habló contigo el padre de Michael?
—Lo digo en serio, tie...
—Responde, maldita sea.
—Sí, habló conmigo, ¿de acuerdo?
Simon se lo quedó mirando varios segundos antes de hablar.
—Así que me mentiste. ¿Sabías lo de la cerveza y todo lo demás desde
el principio?
La impotencia de Charlie para mirarle a los ojos fue la respuesta.
—No lo entiendo —dijo Simon—. ¿Por qué no me lo contaste
enseguida?
—No lo preguntaste.
—Tú me dijiste que Michael era como un orador motivacional, que era
cautivador y estimulante.
—Lo es.
—Oh, dame un respiro, ¿vale? —No pudo evitar levantar la voz—.
Sabías exactamente lo que nos había hecho, lo que me hizo, y te comportaste
como si yo estuviera loco y todo fuera fruto de mi imaginación.
El bombero le cogió por el antebrazo y lo hizo avanzar por la calle, lejos
del parque de bomberos.
—Mira —dijo—. Pensé que era lo mejor, ¿de acuerdo?
—¿Lo mejor? —replicó Simon—. Maté a mi jefe, he perdido a mi
familia, mi vida está arruinada. —Iba a contarle que incluso había pensado en
el suicidio, pero entonces pensó que no valía la pena molestarse. En vez de
eso, dijo—: No tengo nada.
—Siento lo de tu familia —replicó Charlie—. Pero lo resolverás. Estoy
seguro. Y recuerda... —Le puso una mano en el hombro—. Siempre nos
tienes a nosotros.
Como siempre, el bombero parecía sincero, aunque en ese momento la
sinceridad tenía a todas luces el objetivo de ganárselo. ¿Cómo había sido tan
inconsciente?
—Pensé que realmente eras diferente. Ramón es Ramón, está como una
cabra, pero pensé que tú eras..., no sé, un tipo equilibrado.
—Y lo soy. —Charlie mantuvo la mano en el hombro de Simon durante
unos segundos más, pero luego le soltó y dijo—: Créeme, yo estaba como tú
al principio. Cuando bebí aquella cerveza, me di cuenta de los cambios y me
dije: «¿Qué es lo que me ha hecho este tío?» Estaba furioso. Quería
respuestas..., Pero entonces vi la parte positiva. Me di cuenta de lo bueno que
era, de lo mucho que había mejorado mi vida, y me di cuenta de que Michael
nos había entregado un don maravilloso.
—Y una mierda un don —replicó Simon—. Nos drogó, nos infectó, o
como quieras llamarlo.
—No me digas que no te gusta. Que no te sientes fantásticamente bien.
Que no ha mejorado tu vida.
Simon se acordó de la carrera por el bosque ese mismo día, de lo
eufórico y vivo que se había sentido, de las relaciones sexuales con Alison,
las mejores de toda su vida.
Pero se zafó de aquellos recuerdos positivos rápidamente, y una vez más
el horror de aquello en lo que se había convertido se adueñó de él.
—Cometí un asesinato. Maté a un hombre inocente por culpa de lo que
me hizo Michael. ¿Cómo puedes decir que eso es fantástico?
—Te estás culpabilizando demasiado —protestó el bombero—. Como
Michael dice: matar es natural. Los animales no paran de matar y jamás
tienen remordimientos.
—¿Así que no debería tener remordimientos por matar a alguien?
—Tú no lo hiciste, fue un animal.
—Escucha lo que estás diciendo —dijo Simon—. Es así como Michael
te lava el cerebro, o quizá sea la sangre de lobo que corre por tu organismo y
que afecta a tu comportamiento, pero en este momento no piensas con lógica.
Michael es un asesino. Anoche mató a Alan Freedman y a su esposa. Y creo
que mató a otros antes. Está ese tipo, Dave Doherty, al que mataron el año
pasado. Tenía un hijo de la misma edad que los nuestros. Y sé que la policía
halló mordeduras de lobo en su cuerpo. Bueno, ¿cómo crees que ocurrió?
—¿Cómo?
—Michael, ¿quién crees que lo hizo si no? Volker me dijo que su hijo
mordió a otros antes de que se le ocurriera poner el suero sanguíneo de los
lobos en la cerveza. Si su hijo nos hubiera conocido el año pasado, podríamos
estar muertos, y probablemente hayan desaparecido otros padres de
Manhattan, víctimas de las que la policía ni siquiera tiene noticia.
—No sabes si todo eso es verdad.
Se dio cuenta de que Charlie tenía razón.
—Tampoco tú.
—Mira, tengo que volver a la fiesta, en serio —dijo el bombero—. Creo
que el problema es que tienes miedo. Tienes miedo de admitir lo mucho que
te gusta esto, miedo a admitir lo fantástico que es que seas mucho más fuerte
y tengas mucha más confianza en ti mismo, y de lo bueno que es tener tres
amigos, tres «verdaderos» amigos; unos amigos que harían lo que fuera por
ti. Tienes miedo de liberarte, de ceder. —Hizo una pausa para dejar que sus
palabras calaran, y añadió—: Mira, tú tomas tus propias decisiones, haz lo
que tengas que hacer; lo único que sé es que yo soy más feliz que nunca. Soy
un buen padre y les gusto un montón a las mujeres, y hasta parece que
últimamente también le gusto a mi ex esposa. Y ya viste el periódico, ahora
soy un gran héroe en esta ciudad. Los chicos del departamento me respetan
como no me han respetado jamás, y cuando la gente y los niños me saludan
por la calle, tengo la sensación de que les puedo devolver el saludo con
orgullo.
—No se trata de ti —dijo Simon—. Esto afecta a otras vidas. Eres
bombero; tu trabajo consiste en proteger a la gente. Deberías comprender
esto.
—Sí, lo comprendo —respondió Charlie—. Comprendo que si Michael
no llega a darme aquella cerveza y yo no hubiera desarrollado todo este
músculo, si no me hubiera sentido tan seguro de mí mismo, jamás habría
podido sacar a esa mujer de aquel incendio. Se había quedado atrapada y el
techo le cayó encima, pero la saqué de allí gracias a Michael. Así que no
puedes decir que lo que nos está pasando sea todo malo.
—Pero ¿qué estás diciendo? —preguntó Simon—. ¿Que si salvas a una
persona no pasa nada por que mates a otra? ¿Que una vida compensa a la
otra?
—No, sólo digo que porque tú hayas matado a alguien no significa que
vaya hacerlo yo.
Simon asimiló lo que acababa de oír, sabiendo que podría ser verdad.
—Puede que tengas razón. Puede que no mates a nadie. Puede que seas
el mejor bombero, el más heroico y el más atractivo del mundo. Pero ahora
de lo que estoy hablando es de lo que me dijo el padre de Michael: que si esto
se extiende va a ser el final de todos nosotros. Si piensas en ello, verás que
probablemente sea verdad. La policía ya me está investigando. ¿Y si me
detienen, y me someten a algunas pruebas médicas o lo que sea y averiguan
lo que me ocurrió? ¿Y si da la casualidad de que tú y Ramón os metéis en
algún problema? ¿Y si son asesinadas otras personas?
—El viejo también habló con Ramón y conmigo —dijo Charlie—. Lo
sabemos todo, ¿vale?
—Si lo sabes, entonces no vayas a la fábrica de cerveza esta noche —
dijo Simon—. Según Volker, si Michael no nos muerde, esto acabará por
desaparecer, y podremos seguir con nuestras vidas.
Charlie sonrió, pero no de la manera que solía sonreír en el parque
infantil. No era una sonrisa amistosa; era una sonrisa falsa y distante, como si
se estuviera acordando de un chiste privado.
—Creo que no me has escuchado. No quiero que desaparezca. Es lo
mejor que me ha ocurrido en mi vida, y por lo que a mí concierne esto sólo
puede mejorar.
El bombero de los tatuajes en los brazos salió y gritó:
—¡Eh, Charlie, estamos a punto de sacar la tarta!
—¡Gracias, tío, voy ahora mismo! —le gritó. Luego le dijo a Simon—:
Mira, amigo, tengo que irme. Agradezco tu preocupación, pero ya soy
mayorcito y puedo tomar mis propias decisiones.
—Entonces toma la correcta.
Charlie volvió a fingir la sonrisa.
—Haz lo que tengas que hacer. Y espero que aparezcas esta noche
porque me caes bien de verdad.
Sin decir nada más, Charlie regresó al parque de bomberos.
Simon estaba frustrado por no haber podido convencer a Charlie. No veía
ningún motivo para que fuera a tener más suerte con Ramón, aunque llegados
a ese punto, ¿qué tenía que perder?
El otro día el actor le había invitado a la fiesta de cumpleaños de Diego;
Simon creyó que recordaba la dirección en el Harlem hispano, así que echó a
correr a toda velocidad hacia la parte alta por la Tercera Avenida. Aquello de
recorrerse la ciudad corriendo se estaba convirtiendo en un medio de
transporte muy eficiente. Había un atasco en los alrededores del centro y en
las proximidades del puente de la calle Cincuenta y nueve, pero siguió
corriendo junto a los coches embotellados, yendo tan deprisa que pudo
sincronizarse con la mayoría de los semáforos y cruzar las calles en el
momento preciso en que cambiaba del rojo al verde.
Dobló en la Ciento dieciséis y se puso al trote. Ajá, encontró la dirección
correcta: Ramón Díaz, piso 9. Pulsó el portero automático. No hubo
respuesta, y se dio cuenta de que era muy probable que el actor no estuviera
en casa. Volvió a llamar y esperó. Bueno, había hecho todo lo que estaba en
sus manos.
Había empezado a alejarse cuando oyó la voz confusa de Ramón en el
portero automático.
—¿Sí?
Volvió como una exhalación.
—Soy yo, Simon... Simon Burns, del parque infantil.
Un largo silencio —tal vez unos diez segundos— y entonces Ramón le
dejó entrar con un pitido.
Subió los escalones de dos en dos hasta el quinto piso. Ramón le estaba
esperando al final de la escalera con una bata blanca limpia. Sonaba música
salsa, no en el salón, en otra habitación del piso o quizás en otro piso.
Probablemente la música estuviera baja, pero Simon la oyó con claridad.
—¡Hola, amigo!
Sonriendo, el actor parecía verdaderamente contento de verlo, aunque
sabía que, como en el caso de Charlie, aquella cordialidad era fingida, una
actuación.
El latino extendió los brazos para darle un abrazo.
—Eso no es necesario —dijo Simon, pasó por su lado y entró en el piso.
Había un olor..., un perfume acusadamente floral. O allí había una mujer o
había estado una hacía poco.
—¿Va todo bien, tío? —Ramón parecía dolido. Sí, bueno. Olisqueó el
aire—. Vaya, diría que has venido hasta aquí corriendo como una centella. Te
has pegado una buena sudada.
Simon decidió que iría al grano.
—No puedes aparecer esta noche en la fábrica, si lo haces, cometerás un
gran error, y ya no habrá vuelta atrás.
Ramón entrecerró los ojos, como si estuviera desconcertado.
—No sé de qué estás hablando. Sólo vamos a ir a pasar el rato, a
relajarnos y tomar unas cervezas. Pero no tienes de qué preocuparte; no
probaremos la cerveza de la familia.
—Lo sé —replicó Simon con seriedad.
—Si lo sabes, entonces, ¿cuál es el problema?
—Me refiero a que sé lo que está pasando. Hablé con el padre de
Michael; lo sé todo. Sé lo que Michael nos hizo, y sé cuál es el verdadero
significado de la jauría.
—Si lo sabes, ¿qué es lo que te molesta? —le preguntó Ramón tras
ponderar su comentario—. Hasta las doce.
—No quieres hacer esto —le espetó Simon—. Crees que quieres, pero
no quieres.
Ramón mostró una amplia sonrisa.
—Creo que sé lo que quiero.
—No lo sabes —insistió Simon—. Eres como un adicto, y Michael es
igual que tu camello. Te enganchó, te hizo creer que necesitabas esto para
sentirte bien contigo mismo, para mejorar tu vida. Pero no lo necesitas. Y si
no te sales ahora, esto va a arruinar nuestras vidas para siempre.
Ramón sonrió con la misma sonrisa fingida que Charlie.
—Tío, no sé qué es lo que...
—Deja de actuar, ¿vale? —le espetó Simon—. Estoy intentando
ayudarte. Y si no te quieres salvar a ti mismo, piensa en Diego. No quieres
pasarte toda la vida con esa enloquecida sangre de lobo corriendo por tus
venas. ¿Y si un día le muerdes? ¿Y si le atacas?
Entonces se oyó una voz femenina.
—Me dijiste que estabas al margen de todo esto.
Simon miró a su derecha y vio a una mujer delgada, de unos treinta años
y con el pelo negro y liso. Llevaba puestos unos vaqueros y se estaba
terminando de abotonar una blusa negra. Era sin duda la mujer que había
olido.
—Vuelve a la habitación, cariño —le ordenó Ramón.
—¿Quién eres tú? —le preguntó la fémina a Simon.
—Da lo mismo quién sea —dijo el actor—. Espérame en la cama.
—Soy Simon. Simon Burns.
—¿Qué es eso de la sangre de los lobos? —insistió la chica.
—Cariño. —Ramón intentó cogerla de la mano, pero ella se la apartó de
un manotazo antes de que pudiera hacerlo.
—Me dijiste que no sabías nada al respecto —le reprochó la mujer.
—Y no lo sé, cariño, yo...
—¿Qué es lo que sabe? —le preguntó Simon a la amante de Ramón.
—Hace unas horas mi amiga me contó que era una mujer lobo —
respondió—. Estaba como loca, e intentó morderme.
—¿Su amiga no conocerá por casualidad a Michael Hartman? —le
preguntó Simon.
—Ha estado saliendo con un tipo llamado Michael —contestó la mujer
—. Bueno, no sé si usted lo llamaría salir, pero han estado follando
prácticamente todas las noches.
—Muy bien, ahora tienes que irte —conminó Ramón a Simon.
—¿Dónde está su amiga ahora? —preguntó Simon.
—No tengo ni idea —respondió la mujer.
—Si intentó morderla, es que es sumamente inestable —sentenció—.
Tiene que mantenerse alejada de ella.
—He dicho que es hora de que te marches —le espetó el actor con
aspereza.
Estaba sujetando la puerta, y de repente pareció muy serio, nervioso,
como si pudiera emprenderla violentamente a golpes con él en cualquier
momento. Simon nunca había visto una ira así en Ramón, pero por lo que
fuera no le sorprendió.
—Sabía que seguramente esto sería una pérdida de tiempo —replicó—,
pero te aprecio y quería ayudarte. Y sigo queriendo ayudarte.
—No necesito ninguna ayuda.
—¿Lo ves? —insistió—. Es como una adicción. No querrás ayuda hasta
que toques fondo, cuando sea demasiado tarde. —Dio un paso hacia el
descansillo, volvió la mirada y le dijo a la mujer—: No se acerque a su amiga
—y entonces Ramón cerró la puerta de golpe.
Simon bajó hasta la calle. Bien, había hecho todo lo que estaba en sus
manos, aunque no podía ayudar a la gente que no quería ser ayudada. Lo que
no entendía era la razón de que él no pareciera haber llegado tan lejos como
ellos. ¿Cómo es que él podía resistirse a ir a la fábrica de cerveza esa noche,
pero ellos no? ¿Tendrían más sangre de lobo corriendo por sus venas que él?
Dobló en la esquina de la Tercera, en dirección al centro, mientras la
desesperación de la situación se iba imponiendo. Si los muchachos querían
que Michael los mordiera, y éste era tan poderoso como Volker había
afirmado, ¿cómo se suponía que él iba a detenerlo? Ya no había nada más
que pudiera hacer, salvo ir a casa y esperar a que lo que quedaba de su vida
se fuera a la mierda. Aunque la policía jamás encontrara ninguna prueba que
lo vinculara con el asesinato de Tom, nunca estaría a salvo. Una vez que
Michael convirtiera a Charlie y a Ramón en hombres lobo tras morderlos,
serían dos personas más dispuestas a matarle. Entonces oyó: «¡Eh!», se
volvió y vio a la mujer del piso de Ramón que corría hacia él.
Cuando lo alcanzó, aminoró la marcha y empezó a caminar junto a él.
—Tenía que salir de allí —le comentó con desesperación—. Ramón me
está dando miedo, todos me están asustando con la locura esa de los
licántropos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Simon, extendiéndole la mano.
La mujer no se la estrechó.
—Diane —Y entonces añadió—: Bueno, ¿y tú quién eres? ¿Cómo sabes
tanto sobre esto?
Simon sabía que decirle que él mismo era un licántropo la pondría
histérica y haría que hubiera menos probabilidades de que creyera algo de lo
que le dijera, así que decidió otra cosa.
—Conozco a Ramón del parque infantil. Tenemos hijos de la misma
edad. —Se dio cuenta de que había respondido con una evasiva, igual que
podría haber hecho Michael.
Diane parecía desconcertada.
—¿Así que Ramón te lo contó?
—Él y sus amigos, sí.
—¿Y por qué piensan todos que son licántropos?
Simon oyó la voz de Michael en su cabeza: «Ella no lo entenderá».
—Mira, todos están gravemente trastornados, ¿vale? —dijo Simon—.
Ya viste cómo se comportó tu amiga. ¿Te pareció normal?
Aquello pareció surtir efecto.
—Deberías haberla visto. Intentó morderme, me lamió la sangre de una
herida, y ahora me está enviando unos mensajes de texto disparatados
diciendo que quiere venir a mi piso.
—Creo que podrías estar corriendo un gravísimo peligro, Diane.
Parecía verdaderamente aterrorizada.
—¿Por qué no dejas de...?
—Podría ser algo peor que los mordiscos. ¿Y si intenta matarte?
—¿Y por qué habría de intentar matarme?
—Porque no tiene control de sus actos. Está loca.
Aparentemente aterrorizada, Diane se detuvo con los brazos cruzados
delante del pecho.
—Por favor, cuéntame qué está pasando.
Simon también se detuvo.
—Tienes que confiar en mí.
—¿Confiar en ti? Si no sé quién eres.
—Ya te dije quién soy. Me llamo Simon Burns. Soy un ejecutivo pu...
Quiero decir un ex ejecutivo de publicidad. Estoy casado, tengo un hijo de
tres años y vivo en el Upper West Side. Sé lo que está pasando porque
también me quieren morder a mí.
Diane miró fugazmente hacia el suelo, probablemente para echarle un
vistazo a la alianza del hombre; eso pareció aumentar su confianza en Simon.
Lo más seguro es que estuviera pensando: ¿Un tío casado? ¿Con un hijo?
¿Hasta qué punto puede ser peligroso?
—Bueno, ¿y por qué no acudes a la policía?
—¿Y qué va a hacer la policía cuando les diga que creo que unas
personas que afirman ser hombres lobo me quieren morder? Mira, sé que no
tienes ningún motivo para confiar en mí, pero la verdad es que intento
ayudarte. Saben que conoces su existencia, y eso te convierte en una
amenaza. Tienes que mantenerte alejada de ellos hasta que esto se calme.
Diane lo miró fijamente con los ojos muy abiertos y una expresión de
incredulidad en la mirada; entonces bajó del bordillo y desde la calzada sacó
una mano para intentar parar un taxi.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Simon.
—Me voy a casa —respondió ella—. Por hoy ya he tenido bastante.
Un taxi se paró junto a Diane.
—Tu amiga puede estar esperándote allí.
Ella titubeó con la mano en el manillar de la puerta.
—Ya viste lo loca que está —continuó Simon—. Deja que te acompañe
hasta tu piso. Sólo para asegurarme de que es seguro.
—No es necesa...
—Por favor —le suplicó—. Te ha mandado mensajes de texto
diciéndote que podría estar allí, ¿no es así?
—¿Suben o qué? —preguntó el taxista.
Diane, sin dejar de pensar, permaneció inmóvil unos segundos más.
—Muy bien. Lo que tú digas —le dijo al fin.
Simon subió al asiento trasero del taxi junto a ella. Percibió el olor de
muchas personas, y también a frituras, a chicles y a orina.
—Más te vale que no seas un acosador loco —le soltó Diane mientras se
dirigían al centro.
—Te lo prometo, no soy un acosador loco.
—Ya, eso es exactamente lo que diría un acosador loco.
Casi sonrieron.
—Lo siento. Ahora en serio, pareces un buen tío. Estaba un poco
asustada... Bueno, ver a alguien que conoces, alguien en quien confías, actuar
de repente como una completa loca. La verdad es que fue como si se hubiera
convertido en otra persona.
—Sí —convino Simon—. Sé cómo es.
—Bueno, ¿y qué tiene que ver su novio con todo esto?
—¿Novio? —Simon se estaba haciendo el tonto.
—Sí, antes, cuando te dije que me había dicho que era una mujer lobo,
me preguntaste si conocía a Michael. ¿Qué tiene él que ver con esto?
Simon intentó evitar el tema.
—No estoy seguro. Sólo oí que está involucrado, eso es todo.
—¿Sabes?, le previne acerca de él desde el principio —comentó Diane
—. La noche que se conocieron, me opuse a que se fuera a casa de ese tío, y
luego intenté convencerla para que rompiera con él, pero era como si la
hubiera hechizado. Pensé que él también estaba loco, en fin, la dureza con
que la trataba en la cama y le exigía tener relaciones, y... —Sacudió la cabeza
—: ¿Me estás oyendo?, yo aquí culpándola y he hecho exactamente lo
mismo; me he dejado embelesar de la misma manera por Ramón. Y pensar
que no paraba de quejarme de los tíos que he conocido en Match. Al menos
esos tipos no creían que eran licántropos.
Al cabo de unos diez minutos el taxi se detuvo delante de la vivienda de
Diane, una casa de vecindad sin ascensor en la calle Cuarta Este, entre las
Avenidas A y B. La mujer pagó la carrera y luego, cuando ella y Simon
salieron del taxi, se puso a mirar en todas las direcciones, a todas luces
aterrorizada.
—¿Quieres que inspeccione tu piso por ti? —preguntó él—. Sólo para
asegurarnos de que está todo bien. Tu amiga podría haber encontrado la
manera de entrar.
—No tienes por qué...
—No pasa nada, quiero hacerlo.
—Gracias —dijo ella—. Estoy bastante asustada.
Cruzaron la doble puerta de seguridad y subieron hasta el cuarto piso
por las escaleras. Diane jadeaba ligeramente, aunque Simon respiraba con
normalidad.
—Caray, estás en buena forma —observó ella—. Llevo viviendo aquí
cinco años y todavía no me he acostumbrado a las escaleras.
Abrió las dos cerraduras y encendió las luces. Era un piso estrecho y
alargado. A la izquierda había una pequeña cocina y un angosto salón
conducía a un pasillo de menos de un metro de ancho y a otra habitación.
—Sé que ahora estoy completamente paranoica —dijo Diane—, pero ¿te
importaría echar un vistazo y asegurarte de que Olivia no está aquí?
Simon recorrió el piso, mirando en el baño, incluida la ducha, y entrando
en el pequeño dormitorio, que apenas tenía la suficiente anchura para albergar
una cama doble. Inspeccionó el armario empotrado del dormitorio y luego se
centró en la verja que cubría la ventana y que se abría a la escalera de
incendios.
Volvió al salón, donde esperaba Diane.
—No hay moros en la costa.
—Gracias —dijo ella—. Reconozco que ahora me siento mucho más
segura. ¿Te apetece beber algo? Tengo zumo de arándanos y Vitaminwater.
Simon vio —y olió— unas lonchas de pavo envueltas en el papel de una
charcutería dentro del frigorífico. Sintió unas ganas locas de comerse aquella
carne —casi podía saborearla—, pero se contuvo.
—No, gracias... Por mí está bien así.
—Quiero disculparme de nuevo —comentó Diane, cogiendo la botella
del zumo de arándanos—. Ha sido un día tan extraño, y cada vez lo es más...
También estoy furiosa conmigo misma, por liarme con Ramón. ¿Dijiste que
era amigo tuyo?
—No estoy seguro de que la palabra amigo sea la correcta —puntualizó
Simon—. Conocido, más bien.
—Es increíble que me haya enamorado de un tío así —reconoció Diane
—. Es tan afectado y farsante... Por lo general, enseguida calo a los
individuos así. Pero el tío tenía algo y me sentí irresistiblemente atraída hacia
él, y no tengo ni idea del porqué.
—Sí, Ramón causa esa impresión en las personas. Probablemente sea...
—Iba a decir «la sangre de lobo que corre por su organismo», pero pensó que
eso no sería bien recibido, así que dijo—: Lo más seguro es que sea su forma
de ser.
Diane se sirvió un vaso de zumo. Simon notó que el olor de la mujer era
mucho más penetrante que antes, quizá debido a que había sudado al subir las
escaleras. La observó mientras bebía la mayor parte del zumo de un trago.
Entonces reparó en el reloj que había encima de la cocina: 23.14.
—Pero esta noche me ha asustado de verdad. La forma en que me agarró
cuando le anuncié que me marchaba, su comportamiento, clavadito al de
Olivia esta tarde —dijo ella.
—¿Tienes familia en la ciudad? —preguntó Simon.
—Soy de Michigan.
—Bien, creo que deberías pensar en volver a casa durante algún tiempo
—le sugirió—, hasta que las cosas se tranquilicen.
—Estás de broma, ¿verdad?
La expresión de Simon indicaba que no lo estaba.
—No puedo hacerlo —precisó ella—. Mi trabajo está aquí. ¿Y por qué
habría de marcharme? ¿Porque mis amigos se comportan de forma un poco
extraña? Vale, muy extraña.
Él mantuvo la seriedad.
—No —argumentó él—. Debes irte para salvar tu vida.
—¿Lo ves? Intentas asustarme de nuevo. ¿Eso te excita?
Diane se fijó en la cintura de Simon o algo un poco más abajo. Al
principio él pensó que estaba mirando su alianza otra vez, pero entonces se
dio cuenta de que algo no encajaba, porque parecía asustada, incluso
asqueada.
Y cayó en la cuenta.
—Lo siento muchísimo —dijo, apartándose y metiéndose la mano
dentro de los pantalones para colocarse el pene erecto—. Nunca me había
ocurrido esto antes... Vaya, no es normal que ocurra así... Lo siento
muchísimo.
De pronto Diane pareció aterrorizada.
—Ramón también tenía erecciones repentinas como ésa... O, Dios mío,
eres uno de ellos, ¿verdad?
—No —dijo Simon—. Por supuesto que...
—Espera, déjame adivinar, ¿tú también crees que eres un licántropo,
verdad?
—No, eso es completamente absurdo; por supuesto que no, los hombres
lobo no existen. —Simon intentaba que pareciera absurdo, pero
probablemente estuviera sobreactuando.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Diane—, ¿morderme también? —
Abrió un cajón y sacó una gran cuchillo de carne. Esgrimiéndolo, dijo—: ¡Sal
de mi casa ahora mismo, pervertido hijo de puta!
—Vamos —dijo Simon—, aparta el...
Ella le embistió con el cuchillo, que le pasó peligrosamente cerca de la
cara.
—¡Para! —exclamó—. ¿Estás loca?
—¿Que si estoy loca? ¡Ja, ésa sí que es buena!
Arremetió con el cuchillo contra Simon, que pudo retroceder en el
momento justo.
—De acuerdo, muy bien, ya me voy, ya me voy.
Se dirigió hacia la puerta, y estaba a punto de correr los cerrojos cuando
olió a una mujer. No era Diane, aunque también la olía todavía. Aquélla era
una mujer diferente.
—Creo que tu amiga está aquí —dijo Simon.
Diane estaba desconcertada.
—¿Cómo demonios sa...?
—Hay una mujer al otro lado de la puerta.
—¿Y cómo lo sabes?
—La huelo.
La expresión de Diane preguntaba: ¿Qué? Entonces sonó el timbre y
abrió los ojos desmesuradamente. Se quedó inmóvil, mirando fijamente a
Simon.
Luego se oyó una voz femenina.
—Diane, vamos, abre; ya sé que tienes a un tío ahí dentro, huele de
rechupete.
—Ay, Dios mío. —Diane estaba aterrorizada—. Es ella.
28
—Lo he oído —dijo Olivia desde el descansillo.
—¿Cómo ha podido oírme? ¿Y cómo la oliste? —preguntó Diane a
Simon en un susurro.
—Déjala entrar —sugirió él.
—¿Estás loco? Intentará morderme de nuevo.
—No se lo permitiré.
—Debería llamar a la policía ahora mismo. Estáis todos locos.
Simon la agarró de la mano —la que no sujetaba el cuchillo— y la llevó
hasta la parte posterior del piso, hasta el dormitorio. Acto seguido se acercó
muchísimo a su oreja y le habló en voz tan baja que apenas era audible.
—Tú déjala entrar, ¿de acuerdo? Estoy aquí, te protegeré, te lo prometo.
—Suéltame.
Simon la soltó.
—Yo no tengo ninguna intención de hacerte daño, pero tu amiga Olivia
evidentemente sí —le susurró—. Tengo que razonar con ella, asegurarme de
que esta noche no ocurra nada malo, algo que haga que todo esto ya no tenga
solución. Si ocurre tal cosa, nunca más volverás a estar a salvo, siempre
estarás en peligro. ¿Me entiendes?
Diane pareció reaccionar ante la vehemencia de Simon. Al menos ya no
intentaba matarlo de una cuchillada.
—Muy bien —dijo. Parecía más tranquila.
Simon hizo una mueca.
—Muy bien —continuó ella en un susurro—. Pero si no logras
convencerla de que me deje en paz, llamaré a la policía.
Se metió en el baño con el cuchillo y cerró la puerta con llave.
—¿Vas a abrir? —preguntó Olivia—. No me voy a ir hasta que por lo
menos hable contigo.
Simon abrió la puerta de la calle e inmediatamente se quedó fascinado,
igual que un perro se para en la calle y se queda mirando fijamente a otro
perro de la misma raza.
—¿Quién eres tú? —preguntó la mujer.
Él sabía que ella estaba sintiendo lo mismo; tenía que estar sintiéndolo.
—Un amigo de Diane.
—¿Se ha agenciado a otra monada de tío? —preguntó Olivia—.
Increíble, realmente esta noche está barriendo con todo y yo ni siquiera puedo
echar un polvo.
—No, lo cierto es que Diane y yo nos acabamos de conocer.
—¿De verdad? —Olivia ya estaba dentro del piso y cerraba la puerta—.
En ese caso, la veda está abierta.
De buenas a primeras le echó los brazos a la cintura y lo atrajo hacia
ella. Simon no quería tal cosa, aunque no pudo evitarlo. Olía deliciosamente
y era un gusto tocarla; la deseó tan desesperadamente como una cena con
carne.
Las manos de Olivia ya estaban en su culo, arrimándolo contra ella, y
Simon sintió su pene erecto apretujado contra la cremallera de sus vaqueros.
Entonces, cuando pensó: ¿Qué coño estoy haciendo?, recuperó la
cordura. No tenía ningún interés real en ninguna mujer que no fuera Alison;
aquello sólo era la sangre de lobo poniendo patas arriba su cerebro.
—Déjalo —dijo, apartándola con las manos.
—¿Por qué? —preguntó ella, jadeando—. Me pones tan caliente, y sé
que tú también me deseas.
La vio ensanchar ligeramente las aletas de la nariz. Simon aborreció que
tuviera razón.
Olivia le desabrochó los vaqueros y le acarició por encima de los
calzoncillos. Él volvió a apartarla de un empujón, un poco más fuerte en esta
ocasión, o al menos con más decisión, pero a continuación ella lo empujó con
fuerza contra la pared. Se sorprendió de lo fuerte que era aquella mujer; él
debía de pesar entre veinticinco y treinta kilos más, pero lo estaba
zarandeando de aquí para allá sin ningún esfuerzo.
—Mira, sé lo que está pasando —dijo Simon.
—Si lo sabes, ¿por qué no te quitas la ropa y te callas?
—No, quiero decir que sé lo que te hizo. Sé que también te dio a beber
la cerveza, pero si no te presentas esta noche te pondrás bien, volverás a ser
normal.
Intentó pillarle la entrepierna una vez más, y entonces, como si hubiera
oído de repente lo que le había dicho, Olivia preguntó:
—¿Qué cerveza?
—La cerveza de su fábrica. Fue eso lo que te ocurrió, ¿no?
—No tengo ni idea de lo que estás hablando —dijo, y se abalanzó de
nuevo sobre él.
Simon empezó a dar vueltas a la pequeña mesa redonda de la cocina,
consiguiendo evitarla a duras penas.
—No lo entiendo. Si no te dio la cerveza, ¿cómo has llegado a esto? —
Entonces lo comprendió—. Espera, Michael... te ha mordido ya, ¿verdad?
En ese momento Olivia se paró y lo miró con suspicacia.
—¿Cómo es que conoces a Michael?
Simon le miró entonces el cuello y vio una pequeña marca que parecía
estar cicatrizando. De pronto percibió el peligro en el que se encontraba. El
instinto le gritó que saliera corriendo, que se alejara como alma que lleva el
diablo, pero no podía abandonar a Diane.
—Michael es sólo un tío al que conozco —respondió—. Pero sé lo que
te hizo. Sé lo desesperada que estás por morder a tu amiga, pero no
sobrevivirá si lo haces. ¿De verdad quieres matarla?
La expresión de Olivia se relajó. ¿Estaba consiguiendo que lo
entendiera?
—Ahora sé por qué estás aquí —dijo ella—. Porque quieres ser el
primero en morderla.
No, no había conseguido que lo entendiera.
—No, estoy aquí porque sé lo que está pasando —replicó Simon—. Sé
lo peligroso que es esto. Tenemos que detenerlo ahora, antes de que se nos
vaya de las manos.
—¿Sabes lo que pienso? —Olivia sonrió diábolicamente—. Pienso que
morderé a quien me dé la gana.
No estaba bromeando. Le cerró el paso y lo empujó de espaldas contra
la cocina. Simon no podía contenerla; era demasiado fuerte. Para defenderse,
agarró lo único que tenía al alcance de la mano: una sartén. La balanceó con
todas su fuerzas y la estrelló en la cabeza de Olivia con un sonido metálico.
Ella se desplomó de golpe, aparentemente sin sentido. Simon fue hasta
el baño y gritó a Diane:
—¡Vamos, salgamos de aquí!
La mujer no abrió la puerta, así que retrocedió y la echó abajo con el
hombro. Diane, sujetando el cuchillo por delante de ella, le gritó que se
largara de allí.
Simon hizo caso omiso del cuchillo y la agarró de la otra mano.
—Vamos. —Empezó a arrastrarla hasta la puerta de la calle, pero
entonces los dos se pararon de golpe, aterrorizados por lo que estaban viendo.
Olivia estaba enfrente de ellos, aunque ya no era Olivia. La cara, el
cuello y los brazos estaban cubiertos de un pelo negro y espeso —¡parte del
pelo todavía estaba creciendo!—, tenía unos dientes grandes y afilados y unas
manos gruesas y peludas con grandes garras. Simon se la quedó mirando
como si contemplara un accidente espantoso: con una mezcla de asco, miedo
y absoluta incredulidad.
Cuando pudo reaccionar, fue demasiado tarde. Ya había saltado hacia él,
derribándolo de espaldas y haciendo que se golpeara violentamente la nuca
contra el radiador. Se quedó aturdido, desorientado. Diane gritaba:
«¡Ayúdame!» Cuando a Simon se le despejó la vista, vio que, tras derribar a
Diane y quitarle el cuchillo de un golpe, Olivia estaba encima de ella y se
disponía a morderla en el cuello.
Entonces la embistió y con su impulso la descabalgó de Diane. Pero
Olivia, impasible, se recuperó enseguida y se dispuso a atacar a Simon con
sus afiladas garras extendidas. Él intentó contraatacar, pero fue inútil. Olivia
lo inmovilizó contra el suelo boca arriba y le hundió las garras en el hombro.
Los largos y afilados dientes brillaron por entre las babas cuando gruñó.
Aunque Simon no hubiera estado completamente dominado, el terror le
habría paralizado.
Cuando le hundió los dientes en el cuello, ni siquiera intentó resistirse.
El mordisco fue doloroso, pero el resto de su cuerpo estaba extrañamente
relajado, como si de pronto se hubiera sumido en un trance contemplativo; no
experimentaba su dolor, lo «observaba». Pero aunque estaba muy tranquilo e
imperturbable, también era consciente de lo que le rodeaba y sabía
exactamente lo que le estaba ocurriendo. Sabía que una mujer lobo
enloquecida le estaba mordiendo en el cuello, y oía a Diane diciéndole a
gritos que parara, y luego se oyó otra voz, de hombre, que hablaba desde el
pasillo: «Eh, ¿qué está pasando ahí dentro?» Pero a pesar de todo el caos que
lo rodeaba, la mente de Simon estaba relajada y no sentía angustia ni miedo.
Sólo cuando Olivia acabó de morderle y lo miró con la sangre —su
sangre— mezclada con sus babas en los dientes, la rabia retornó a él.
Entonces la emprendió a golpes, apartándola con las manos, y aquello resultó
sorprendentemente efectivo, porque Olivia cayó al suelo. Él ignoraba de
dónde procedía aquella súbita fuerza, pero le gustó la sensación de dominio y
control. El mundo llevaba años golpeándole, y ahora, en cuestión de
milésimas de segundo, había pasado de maltratado a maltratador. La pisoteó,
jadeando, respirando, respirando «de verdad» por primera vez en años o
quizá por primera vez en su vida.
Entonces, con un sonido gutural y colérico, Olivia —o su enloquecida
versión lobuna— se levantó y lo embistió de nuevo, pero la agarró del pelo
antes de que pudiera arañarlo y la lanzó por los aires sin ninguna dificultad.
Ella cayó sobre la mesa y de ahí al suelo con fuerza. En esta ocasión pareció
quedarse aturdida. Estaba a punto de ir tras él de nuevo, pero titubeó, como si
se lo pensara mejor, dándose cuenta seguramente de que estaba en
desventaja.
El individuo del descansillo estaba aporreando la puerta.
—Eh, Diane, ¿te encuentras bien? —Y volvió a aporrear la puerta unas
cuantas veces más.
Durante unos cuantos segundos, Olivia permaneció allí —jadeando—
intentando evaluar la situación, y entonces empezó a transformarse de nuevo,
recuperando su forma humana. El pelo y los dientes retrocedieron, y parecía
aterrorizada y desconcertada.
—¿Qué... qué está pasando?
—¿Hola? —dijo el vecino.
Entonces, como si supiera instintivamente que se encontraba en peligro
y tenía que huir, se dirigió como una flecha hacia la parte posterior del piso.
Abrió la verja y salió a la escalera de incendios por la ventana. Simon pensó
en perseguirla, pero el vecino seguía aporreando la puerta y no quería dejar a
Diane sola.
—Dile que no pasa nada —le susurró a Diane.
Ella, que parecía más que estupefacta y a todas luces traumatizada por
todo lo que había visto, no respondió.
Simon le dio un suave codazo.
—Vamos, ve a decírselo. Dile que todo va bien y que se vaya —le
susurró.
Después de unos segundos de silencio, y todavía aturdida, Diane dijo
débilmente:
—No pasa nada.
—Más alto —le susurró Simon.
—¡No pasa nada! —gritó de repente.
—¿Estás segura? —preguntó el tipo—. Parecía como si hubiera una
pelea ahí dentro.
Simon le volvió a dar un codazo.
—¡Tranquilo! ¡Todo está perfecto! —gritó Diane
Se produjo un largo silencio antes de que el hombre volviera a hablar.
—De acuerdo, si tú lo dices.
Pero no se marchó. A Simon le pareció que ahora tenía el sentido del
oído aún más fino; estaba oyendo realmente la respiración superficial del
vecino a través de la puerta. También oía música y las televisiones de los
demás pisos, y el ruido de la calle, el sonido de las bocinas, el motor de los
coches. Distinguía incluso las conversaciones: una mujer le contaba a un
hombre algo que le había oído decir a Jon Stewart en The Daily Show; un tipo
hablaba sobre su medicina para las verrugas; una anciana se estaba riendo...
Por fin el hombre del descansillo se alejó. Simon se concentró en sus
chirriantes pisadas, y al cabo una puerta se abrió al final del descansillo y se
cerró de un portazo.
Diane recorrió el piso con la mirada, contemplando las sillas patas arriba
y el cuchillo y la sartén tirados en el suelo.
—¿Verdad que nada de esto ha sucedido? —preguntó.
—¿Llamaste a la policía? —inquirió Simon.
Ella negó con la cabeza.
—Bien —dijo—. Si les hablaras de esto, lo más probable es que
quisieran enviarte a Bellevue. Tienes que marcharte de Nueva York
inmediatamente. Olivia va a volver, y los demás también podrían venir.
Ahora que lo sabes todo no te dejarán en paz, te lo aseguro.
—¿Cómo... cómo es posible? —preguntó ella—. ¿Cómo pudo...
cambiar?
El propio Simon estaba aterrorizado y con un susto de muerte, pero, sin
saber por qué, podía mantener la calma.
—Eso ahora no importa. Piensa sólo en tu seguridad. Es lo único que
importa.
Oyó algo más de la conversación sobre Jon Stewart.
—Tu cuello —observó Diane.
Se tocó el cuello y luego miró la sangre en sus dedos. Desde que Olivia
le había mordido, se encontraba en un estado de fortalecimiento tal que no
había considerado detenidamente todas las posibles consecuencias de lo que
le había ocurrido. No sabía si ser mordido por otro que no fuera Michael
podría convertirlo en lobo para siempre, pero no había duda de que había
algo en él radicalmente distinto. Sus sentidos del oído y el olfato eran aún
más agudos que antes, ¿y qué decir de su increíble y repentina fuerza?
Fue hasta el fregadero de la cocina y se lavó el mordisco. Era una herida
profunda —le había hundido los dientes hasta el fondo—, pero no estaba
sangrando tanto como cabría esperar.
—Deberías ir a un hospital —sugirió Diane.
Simon sabía que un hospital era impensable; una visita al centro de
salud conduciría inevitablemente a una visita de la policía, lo que no le
llevaría a nada positivo. Además, si ahora se había convertido
definitivamente en un lobo, ya nadie podría hacer nada por salvarlo.
—No te preocupes por mí, me pondré bien —dijo, e inmediatamente se
dio cuenta de lo ridícula que era tal afirmación; le pasaría cualquier cosa
menos ponerse bien. Y añadió—: Pero prométeme que te marcharás de
Nueva York. Ya viste a Olivia; ahora sabes que no te estoy mintiendo. La
policía jamás te creerá, y si te quedas aquí, algún día acabará mordiéndote y
puede que hasta te mate.
Se lo estaba pintando bien negro porque no quería que mencionara su
nombre a la policía, y porque sinceramente creía que abandonar la ciudad era
lo mejor que podía hacer Diane.
—No —dijo ella débilmente.
—¿Qué?
—No —repitió ella en voz más alta, y cogió el cuchillo del suelo—.
¡Lárgate ahora mismo de mi piso!
—Te lo aseguro —dijo Simon—. Estás cometiendo un gran...
—¡Lárgate!
Temiendo que el vecino volviera a aparecer, le advirtió una vez más que
no llamara a la policía y salió volando del piso.
Sabía que ella iba a llamar a la policía, y realmente no podía culparla. En
ese momento estaba aterrorizada, y de haber estado él en su lugar y haber
presenciado lo que Diane había presenciado, probablemente también avisaría
a la policía. Si mencionaba su nombre —y no tenía ningún motivo para creer
que no lo haría—, relacionándolo con una jauría de supuestos licántropos,
podría causarle problemas, sobre todo si la policía decidía hacerle un análisis
de sangre y encontraba sangre de lobo. Entonces lo relacionarían con el
asesinato de Tom, y eso ni siquiera sería lo peor de todo. Se imaginó el circo
mediático y las noticias: ¡Un verdadero licántropo descubierto en Manhattan!
Eso provocaría el frenesí de los medios de comunicación, y las vidas de
Alison y Jeremy quedarían destruidas para siempre.
Podría haber considerado el suicido de nuevo de no haber sido por un
hecho incontrovertible: se sentía impresionantemente bien.
Desde que Olivia le había mordido había experimentado un aumento
importante de energía, y sus sentidos del olfato y el oído eran increíblemente
finos. Mientras bajaba las escaleras alcanzó a distinguir las conversaciones de
todos los pisos por los que pasaba, y también el sonido de los televisores, la
música, la gente que estaba follando. Y su sentido del olfato también era
increíble. Percibió el olor de las basuras, de alguien que comía gambas con
salsa de langosta, de otro que comía pollo asado y puré de patatas; y el
fumigador debía de hacer poco que había pasado, porque el olor del
insecticida en el primer piso y en el segundo se impuso a todos los demás.
Jamás había estado tan compenetrado con su entorno; se sentía más
alerta y, bueno, más vivo que nunca. Al recordar el aumento de fuerza
después de haber sido mordido, quiso probarse para ver si era algo pasajero
—como una descarga de adrenalina— o si el efecto era duradero. Miró a su
alrededor buscando algo pesado que levantar. ¿Un cubo de basura? No, eso
era demasiado fácil. ¿Y qué tal un coche? O, mejor aún, un todoterreno.
Parado junto al bordillo, delante de él, había un Explorer. Se acuclilló
detrás del coche, encontró algo donde agarrarse debajo de la placa de la
matrícula, y tiró. No iba a utilizar toda su fuerza, así que no esperaba mover
el coche demasiado, si es que lo movía. Sí, había podido lanzar a Olivia por
los aires, pero había una notable diferencia entre una mujer y un todoterreno.
Así que se sorprendió, e incluso se asustó, cuando no sólo movió el vehículo,
sino que lo levantó sin dificultad a considerable distancia del suelo. Tan
inesperado fue que lo soltó de repente, y cuando el coche cayó sobre el
pavimento, la alarma empezó a aullar. Para Simon el ruido resultó atroz y, en
parte porque quería alejarse del ruido y en parte porque las pocas personas
que circulaban por la calle ya estaban mirando hacia allí, se alejó corriendo
hacia la Avenida A.
Ahora corría mucho más deprisa de lo que había corrido nunca, y ni
siquiera se estaba esforzando. Aunque enseguida se encontró a veinte
manzanas de donde se había activado la alarma del coche, si se concentraba
todavía podía oírla entre los muchos otros ruidos urbanos. Si de alguna
manera lograba que no lo detuvieran y podía acostumbrarse a la sobrecarga
sensorial, aquello no parecía tan malo. Jamás nadie podría reparar lo que le
había hecho a Tom, pero si la policía no encontraba suficientes pruebas para
detenerlo, de una manera u otra quizá pudiera dedicar sus nuevas aptitudes a
un buen fin. No se sentía inestable ni un asesino, aunque la sangre de lobo
parecía estar surtiendo un efecto muy diferente en Oliva. Ella estaba
indudablemente loca, y era capaz de causar graves estragos. Quizá cuando
Charlie y Ramón fueran mordidos, se volverían igual de locos. ¿Y qué
pasaría con la gente a la que ellos pudieran morder? Era fácil adivinar el
resultado: al cabo de unas semanas habría docenas de licántropos homicidas
deambulando por las calles de Manhattan.
Pero ¿era forzoso que Ramón y Charlie tuvieran que ser mordidos esa
noche? Aunque no había podido convencerles de que no fueran a la fábrica
de cerveza, quizá con su flamante y repentina fuerza podría impedir
físicamente a Michael que los mordiera. Entonces, si, como afirmaba Volker,
la sangre de lobo acabaría por agotarse o abandonar el organismo de ambos,
tal vez Charlie y Ramón recuperarían su racionalidad y se darían cuenta de
que pasar el resto de sus vidas como licántropos no era una cosa tan
fantástica.
Al mirar el escaparate de una tienda de ropa cerrada, vio la hora: 23.36.
No sabía si podría recorrer la distancia hasta la fábrica de cerveza de
Brooklyn en veinticuatro minutos, ni si sería lo bastante fuerte para impedir a
Michael que hiciera lo que puñetas deseara hacer, pero iba a poner toda la
carne en el asador para intentarlo.
29
Mientras corría como alma que lleva el diablo hacia el centro, estaba
sorprendido de su rapidez. ¿De verdad eran ésas sus piernas? Igual estaba
haciendo un kilómetro en menos de dos minutos y medio, corriendo tan
deprisa que el viento le estaba entumeciendo el rostro y la gente se paraba
para mirarlo, y de tanto en tanto a vitorearlo, como si estuviera corriendo en
el maratón de Nueva York. Cruzó rápidamente Bowery y Chinatown y la
zona del ayuntamiento hasta el puente de Brooklyn. Había dejado de llover y
el cielo estaba despejado. Había una luna llena y grande —quizá la luna llena
de otoño— y parecía estar situada justo encima del centro de Brooklyn.
Al cruzar el puente, disminuyó la velocidad hasta adoptar un ritmo
normal porque no quería llamar la atención de los pocos policías con los que
se cruzó. Le parecía increíble que hacía unas dos horas hubiera estado
considerando saltar desde aquel gran puente. Ahora tenía claro que el suicidio
no sólo acabaría con su vida, sino que sellaría la suerte de cualquier futura
víctima de Michael y su jauría. Muy bien, tal vez las manías de grandeza
fueran otro efecto colateral de ser un lobo, pero cuando llegó al lado de
Brooklyn del puente, la idea de que él era la última esperanza, de que era «un
salvador», le proporcionó la motivación para correr aún más deprisa hacia la
antigua Fábrica de Cerveza Hartman.
Ya no necesitaba ningún GPS; de manera instintiva sabía con exactitud
en qué dirección dirigirse zigzagueando por las calles oscuras y brillantes por
la lluvia. No tenía ni idea de la hora, aunque si todavía no era medianoche, le
faltaba poquísimo.
La puerta del edificio estaba cerrada. No tenía tiempo de pedir a gritos
que alguien le abriera, así que la embistió con el hombro y la atravesó sin
dificultad. Olió a los muchachos; las colonias y el sudor de Ramón y de
Charlie, y el olor mucho más pronunciado de Michael; estaban allí, de eso no
había duda, pero ¿sería demasiado tarde? Quizá tuviera uno o dos minutos,
aunque con toda certeza el tiempo se estaba acabando.
Tocó el timbre para llamar el ascensor, no oyó nada y entonces vio una
entrada a su derecha. La abrió con un crujido y vio el hueco de una escalera a
oscuras. Apenas podía ver algo —tan sólo los primeros escalones—, pero no
le importó porque sus demás sentidos compensaban el de la vista con creces e
instintivamente sabía adónde se encaminaba. Empezó a subir los escalones de
tres en tres, ignorando el olor a orina, moho y heces. No eran excrementos
humanos, sino de animales, probablemente de ratones y ratas. Aunque
envuelto en una oscuridad absoluta, no erró al poner el pie en ningún escalón
y sabía cuándo giraba el hueco de la escalera. Debió de subir unos diez pisos.
Si las plantas estaban señaladas, daba igual porque no podía verlas, pero el
olor del sudor de los otros se iba haciendo más fuerte, así que sabía que se
estaba acercando.
Atravesó la habitación en la que había estado en sus anteriores visitas a
la cervecería. Predominaba el olor a carne, y no supo si era de ese día o de
algún día anterior, aunque el de los muchachos se estaba debilitando. Regresó
hacia el ascensor y la escalera y recorrió un pasillo que conducía a una parte
de la fábrica en la que no había estado nunca. Bueno, eso pensó al menos,
pero a continuación pasó junto a una gran mesa de billar y se acordó de que
los demás le habían dicho que la noche que perdió el conocimiento había
jugado al billar. Pero... un momento... ¿estaba perdiendo el olor de nuevo? Se
paró y aspiró profundamente; los muchachos estaban cerca, y cuando se
concentró en su oído distinguió el sonido de la voz de Michael. Atravesó la
sala como una exhalación y encontró otra escalera que subía. La voz de
Michael se estaba haciendo más fuerte, y los olores mucho más
pronunciados, y al final salió a la azotea.
La luna brillaba como un foco gigante, y las luces de Manhattan al otro
lado del río parecían parpadear como las estrellas. Charlie y Ramón estaban
de pie cerca de la cornisa del edificio, enfrente de Michael, que le daba la
espalda a Simon.
—¡No lo hagas! —gritó éste.
Michael se volvió para mirarlo con su habitual inexpresividad.
Imposible saber si estaba asustado, sorprendido o que no podía importarle
menos su irrupción.
—Has venido —dijo.
—Sí, he venido —contestó Simon— y me voy a ir ahora mismo con
Charlie y Ramón.
—Eh, vamos —saltó el bombero—. Ya hablamos de esto, tío.
—Sí —intervino Ramón—. Tienes que tranquilizarte, amigo. Si no
quieres ser mordido esta noche, pues fantástico, pero no nos fastidies a
nosotros.
—Lo siento, pero no puedo dejar que os haga esto.
Sabía que Charlie y Ramón estaban pensando: Sí, ¿y cómo se lo vas a
impedir? Y lo sabía porque estaba pensando exactamente lo mismo.
Michael dilató las aletas de la nariz.
—Tu cuerpo desprende cierto olor —dijo.
—Bonita manera de saludar —replicó Simon. Entonces aspiró y dijo—:
El tuyo también.
El olor de Michael nunca había sido tan predominante. A Simon le
recordó al olor de algunos animales del Zoo Infantil de Central Park.
Michael volvió a ensanchar las aletas de la nariz, en esta ocasión de una
manera más pausada y exagerada.
—Hueles a la mujer con la que he estado follando.
—Caray, eres bueno —admitió Simon—. Yo mismo estoy mejorando en
la percepción de los olores, pero tengo que decir que eso ha sido
impresionante.
—Has estado con Olivia.
—Sí, tuve el placer de reunirme con tu novia esta noche. Qué ciudad tan
pequeña, eh. Es un poco... excéntrica, pero estoy seguro de que tiene
poderosos motivos para ello. Ahora entiendo por qué sois pareja; tenéis
mucho en común.
Michael no mostró ninguna reacción, aunque Simon percibió su miedo.
Charlie y Ramón parecían perdidos.
—Ah —añadió Simon—, y me hizo un regalito de despedida.
Se bajó el cuello de la camisa un poco y giró la cabeza ligeramente para
enseñarle a Michael su cuello mordido.
—Estúpida zorra —soltó.
Simon nunca lo había visto reaccionar con tanta vehemencia ante nada;
solía ser tan equilibrado. Los otros también advirtieron el cambio en su
comportamiento.
—¿Qué pasa? —preguntó Charlie.
—Que esta noche he sido mordido —manifestó Simon— por una mujer
que sin duda alguna está desquiciada y psicótica. Si sois mordidos, os podría
suceder lo mismo a vosotros ¿De verdad queréis deambular por la ciudad
como lunáticos intentando morder a la gente?
—¿Diane te mordió? —preguntó Ramón.
—No, su amiga —dijo Simon.
Michael le dio la espalda y se volvió hacia los otros dos.
—No hay tiempo para discusiones. Ahora os concederé el don
definitivo: el poder del lobo. —Y dirigiéndose a Ramón, dijo—: Adelántate.
El latino titubeó, lanzó una rápida mirada a Simon y se acercó dos pasos
a Michael.
Con la intención de atraer la atención de este último, Simon agarró lo
que tenía más cerca, una mesa de merienda con una sombrilla. y la levantó
sin dificultad por encima de la cabeza, aunque debía de pesar más de ciento
treinta kilos. Luego la arrojó y el mueble fue a estrellarse contra el muro de
ladrillo.
Michael se volvió hacia él con una expresión de... ¿era temor? Al menos
se había sobresaltado.
—Déjalos marchar ahora mismo —le ordenó Simon.
Se mantuvo firme, intentando parecer y actuar de la manera más
amenazadora posible.
—La jauría es ahora tu familia —dijo Michael—. Deja que se nos unan
los demás.
—Me parece que no me has entendido —replicó Simon—. No me
importas tú y no me importa la jauría. No quiero ver que se haga daño a nadie
más.
—Tienes que aceptar quién eres —le censuró Michael—. Has recibido
un don maravilloso, y tienes que aprender a valorarlo.
—Yo no pedí ningún don.
—Un bebé no pide nacer.
—Tú no eres Dios, sólo eres un psicópata.
—Y tú eres exactamente igual que yo.
—No me parezco a ti en nada.
Al mirar fijamente la oscuridad de los ojos de Michael, no pudo evitar
sentirse intimidado. Sabía que estaba en desventaja, pero se mantuvo en sus
trece, negándose a mostrar debilidad.
—Eso lo dices ahora —dijo Michael—. Pero espera a que experimentes
el placer de matar por primera vez. Entonces me lo agradecerás.
—En realidad, ya conozco lo que se siente al matar —respondió Simon
— y sé que lo detesto.
—Todavía no has matado.
—¿Qué quieres decir? Maté a mi antiguo jefe, ¿recuerdas?
—Yo lo maté —confesó Michael.
Simon sintió como si toda la sangre de su cuerpo se le hubiera subido de
golpe al cerebro.
—Eso es imposible. Recuerdo haberlo matado.
—Imaginaste haberlo matado. Quisiste ser yo.
—Pero recuerdo... ser un lobo.
—Antes de ser mordido, no te podías transformar —explicó Michael—,
no tenías ese don. Pero después de beber la cerveza familiar, me contaste que
tu jefe te había despedido y que deseabas verlo muerto. Así que mi chófer nos
llevó a Nueva Jersey. Lo atrajimos fuera de su casa y me viste matarlo.
Deseabas matarlo y yo quise ayudarte. Quería que te unieras a la jauría. Los
otros se unieron enseguida, pero tú eras más difícil. Si te contaba que no
habías matado a tu jefe, tal vez no te hubieras unido a nosotros jamás. Te hice
un gran favor.
Simon tardó un buen rato en asimilar todo aquello.
—Pero ¿cómo acabé desnudo? —preguntó.
—Cuando alguien recibe la sangre de nuestra familia por primera vez,
tiene reacciones impredecibles —le explicó Michael—. Algunos mueren,
otros se duermen y otros, como tú, se ponen eufóricos. Quizá fuera así porque
como humano te sentías prisionero de tu vida, y como lobo te sentiste
verdaderamente libre por primera vez.
Debería haberse sentido aliviado por averiguar que no había asesinado a
Tom, pero no era así como se sentía. Lo único que se le ocurrió fue que haber
creído que había asesinado a Tom casi había destruido su matrimonio, le
había hecho considerar el suicidio, y le había llevado a su transformación en
licántropo.
—Si no maté a Tom, entonces puedo acudir a la policía. Podría decirles
que lo hiciste tú, y contarles también lo de Alan Freedman y su esposa.
—Tengo tu zapato —dijo Michael.
—¿Zapato? —preguntó, aunque sabía perfectamente a qué zapato se
estaba refiriendo.
Michael sacó su móvil y le enseñó una imagen del que
incuestionablemente era el mocasín Rockport que había perdido en Nueva
Jersey aquella noche.
—Y tiene adherida sangre de la víctima —añadió—. No querrás que la
policía tenga esta prueba.
Si de verdad tenía sangre de Tom adherida —y no tenía ningún motivo
para creer que Michael estuviera mintiendo—, lo mismo le daba haberlo
matado que no, porque la policía jamás creería en su inocencia.
—Hijo de puta —vociferó, y entonces arremetió contra Michael con la
intención de placarle, aunque fue como si un jockey intentara pelear con un
forzudo de feria. Su oponente era tan fuerte que apenas pudo moverlo, y acto
seguido Michael empezó a sacudirse adelante y atrás con mucha rapidez,
igual que un caballo que quisiera espantar una mosca molesta, hasta que
consiguió tirarlo violentamente al suelo.
Simon se dirigió de nuevo hacia él por detrás y le rodeó la espalda con
los brazos, tratando de derribarlo. Michael forcejeó intentando liberarse, pero
Simon empleó toda su fuerza y no le soltó. Desde donde estaba no podía
verle la cara, pero Charlie y Ramón miraban directamente a Michael como...
como si estuvieran mirando a un monstruo. Simon estaba aflojando, porque
Michael estaba ganando fuerza mientras su cuello se hacía más grueso y
peludo. Entonces, con una violenta sacudida, Michael consiguió arrojarle
contra el suelo alquitranado de la azotea. Cuando Simon levantó la vista, vio
lo que había fascinado a los otros: Michael se había transformado. El
abundante pelo blanco de su cara contrastaba con los ojos oscuros, y su nariz
era negra y ancha como la de un animal. Como licántropo tenía un aspecto
más majestuoso que Olivia, y mucho más amenazador. No necesitaba gruñir
para intimidar; su mera presencia creaba un aura de temor. Las manos
gruesas y peludas tenían unas garras largas, mucho más largas y de aspecto
más letal que las de Olivia, y como respiraba con la boca abierta Simon vio
sus dientes de apariencia afilada.
Se sintió como una presa, como si el hombre lobo pudiera saltar sobre él
y hacerlo añicos cuando quisiera. Pero entonces la atención de Michael se
desvió de nuevo hacia Ramón.
—Es... espera, tío, un momento —tartamudeó el actor.
Un instante después Michael le había saltado encima y empezado a
morderle en el cuello. Al mismo tiempo Simon sintió una presión en las
manos, los pies y las encías, y se le empezó a hinchar la cara. El dolor fue
aplastado por un repentino aumento de la confianza en sí mismo y la fuerza.
Sabía lo que le estaba pasando, en qué se estaba convirtiendo, y sin embargo
no se asustó. La transformación parecía algo natural, como si llevara mucho
tiempo de esa guisa, acaso una eternidad, y se liberó.
Olivia se moría de ganas de morder a Diane. Había estado muy cerca, sus
dientes casi le habían atravesado la piel, cuando aquel individuo se la había
quitado de en medio. El tío también tenía un gusto bastante bueno, pero con
todo seguía ansiando la carne de Diane. Se quedó un rato en la terraza del
edificio de su amiga hasta que el tipo aquel se marchó del piso. No necesitó
verlo irse; pudo «oler» que se marchaba. Entonces intentó volver a entrar en
el piso por la ventana, pero Diane había cerrado la verja con llave. Olivia
sabía que podía arrancarla de un buen tirón, pero lo más seguro es que los
vecinos la oyeran. Iba a entrar en el edificio de la misma manera que había
hecho antes —por la puerta de la terraza que daba al hueco de la escalera—
cuando oyó una sirena de la policía. Estaba bastante lejos, pero aun así la oía
con claridad. Entonces se dirigió a la cornisa y vio las luces giratorias de un
coche patrulla, como a unas diez manzanas de distancia, que avanzaba por la
Avenida B. En efecto, el coche dobló en la manzana de Diane y se detuvo
delante del edificio de vecinos. Bueno; de momento no podría morder a su
mejor amiga... al menos esa noche. Empezó a saltar de edificio en edificio
hasta llegar a lo alto del que terminaba la manzana. Una vez allí descendió
por la escalera de incendios y bajó de un salto a la calle Cuarta Este.
Enseguida percibió el olor del tío. Era el suyo, sin duda; resultaba
inconfundible. Morderle el cuello le había abierto el apetito en serio; así que
ahora quería terminar la comida. Siguió su olor a lo largo de la manzana, y
luego hacia el centro por la Avenida A. Se sacó las botas, las arrojó a un
contenedor de basura y continuó descalza. Empezó a trotar, más tarde a correr
y al final esprintó en dirección al centro. Avanzó zigzagueando por las calles
de la ciudad sin saber adónde se dirigía, aunque sabía que mientras pudiera
oler a aquel tipo iba en la dirección correcta. Era como una rata en un
laberinto, salvo que al final de éste no habría un miserable trozo de queso; su
recompensa sería un maravilloso festín de carne humana cruda.
Su persecución la llevó al centro, frente al puente de Brooklyn. Cuanto
más avanzaba, más hambrienta estaba. Sólo había estado en Brooklyn unas
cuantas veces en su vida, cuando estaba saliendo con aquel abogado de
Williamsburg. Atravesó el barrio de DUMBO y se metió en una zona
industrial de Dios sabe qué parte del barrio. Dobló en una calle sumida en la
oscuridad —la luz de la farola estaba fundida—, pero estaba siguiendo el
olor, y aunque hubiera sido ciega habría sabido adónde se dirigía. El olor se
hizo más fuerte delante de un decrépito edificio de aspecto industrial. ¿Era
posible que fuera allí adonde había ido aquel individuo? Entonces vio las
palabras cinceladas encima de la entrada:
FÁBRICA DE CERVEZAS HARTMAN
¿No le había mencionado Michael en una ocasión que tenía una fábrica de
cerveza en Brooklyn? ¿Por qué había ido allí el tío de la casa de Diane?
Habían forzado la puerta y estaba abierta. Olivia entró en el vestíbulo a
oscuras y dijo: «¿Hola? ¿Hay alguien en casa?», pero no obtuvo respuesta. El
olor del tipo seguía siendo muy intenso, y lo siguió hasta el oscuro hueco de
una escalera.
—Sé que estás aquí, y te voy a encontrar como sea, así que es inútil que
te escondas de mí —dijo.
Entonces también detectó el olor de Michael y... ¿no era ése el olor del
tipo latino, Ramón, con quien Diane había estado saliendo? Sí, sin duda era él
—podría distinguirlo en cualquier parte— y aun había otro penetrante olor
masculino que no reconoció.
En la negrura de boca de lobo del hueco de la escalera, supo con
precisión por dónde estaba yendo. Se acordó entonces de estar en el coche
con Michael, la noche en que había estado conduciendo sin los faros
encendidos, y comprendió cómo lo había logrado. Después de haber subido
un par de tramos, los olores se hicieron más potentes, así que supo que se
estaba dirigiendo en la dirección correcta. También oía sonidos —gruñidos
animalescos y gritos humanos— que aumentaron sus ansias de sexo y sangre.
Salió a una extensa zona que estaba sorprendentemente limpia y bien
amueblada, pasó junto a una mesa de billar y llegó a otra escalera. Mientras
subía, los sonidos se fueron haciendo más intensos y los olores de los viriles
hombres eran ya embriagadores.
Salió a la terraza y vio a un poderoso hombre lobo de pelo grisáceo —
por el olor supo que se trataba de Michael— que luchaba con otro licántropo
más pequeño y de pelaje más oscuro, que supo, por el olor, que se trataba del
tipo al que había estado siguiendo. Indudablemente Michael llevaba las de
ganar en la batalla —estaba encima del otro, mordiéndole y clavándole las
zarpas—, pero de pronto el pequeño consiguió soltarse y describió una curva
con el brazo, como si diera un torpe revés de tenis, y golpeó en la cara a
Michael. Éste se tambaleó hacia atrás ligeramente, recuperó el equilibrio y
volvió a la carga.
La visión de los dos licántropos puso a Olivia como una moto. Le
parecía que estaban luchando por ella y estaba impaciente por joder o matar
al que ganara. Entonces reparó en los dos hombres que permanecían
apartados a un lado: Ramón y un grandullón al que no había visto jamás, pero
que también tenía un olor increíble.
Caminó hacia ellos pavoneándose, contoneando las caderas y
mirándolos provocativamente.
—Eh, chicos, confío en que no tengáis otros planes para esta noche —
les dijo—. Y si es así, tengo la corazonada de que los anularéis.
—¿Quién cojones eres tú? —preguntó el grandullón.
—Es la novia de Michael —le respondió Ramón—. La que mordió a
Simon.
—Se llama Simon, ¿eh? —dijo ella, mirando al hombre lobo que le
estaba clavando las garras en la cara a Michael. Saltó un chorro de sangre, y
Olivia se acercó a toda prisa y la lamió del alquitranado. La paladeó con
fruición, aunque eso sólo consiguió abrirle el apetito de una cena mucho más
abundante.
Mientras Simon y Michael seguían luchando, ella se levantó y pasó
revista a Ramón y al grandullón. El latino era el más sensual, pero el tipo
grande la llenaría más, así que se abalanzó sobre él, derribándolo fácilmente
al suelo. El tipo intentó soltarse, pero su resistencia sólo sirvió para excitarla
más. A pesar de su tamaño, el hombre no estaba a su altura. Cuando ya estaba
a punto de clavarle los dientes en la cara, algo duro la golpeó y la quitó de
encima de él. Se recuperó deprisa y vio a Ramón parado sobre ella, sujetando
una silla de metal y a punto de golpearla de nuevo. Pero en esa ocasión estaba
preparada y esquivó el golpe sin dificultad. En el ínterin, sintió que el cambio
se operaba: el dolor, pero también el torrente de aplomo y la sensación de que
nada podría herirla jamás, sobre todo ningún simple hombre.
Completamente transformada, miró ferozmente a Ramón, regocijándose
de lo aterrorizado que parecía, de lo poderosa que se sentía. Saber que podía
abalanzarse sobre él y destrozarle cuando quisiera era el sentimiento más
estimulante que jamás hubiera experimentado, y deseó que no terminara.
Pero su ansia por comer carne se había incrementado, haciéndose casi
insoportable, así que levantó en vilo al hombrecillo aterrorizado y vociferante
y lo arrojó lejos de ella sin ninguna dificultad, tras lo cual se fue a buscar el
plato más copioso.
El grandullón intentó huir hacia la escalera, pero lo agarró por detrás. Le
derribó e inmovilizó contra el suelo y le arrancó un pedazo de mejilla. Los
gritos del hombre la excitaron aún más. Olivia masticó la carne dura y salada,
pero apenas la satisfizo. Le quería comer toda la cara, y seguir bajando hasta
aquel gran pecho carnoso y devorarle todo el cuerpo. Ya le iba a dar otro
mordisco cuando sintió un agudo dolor en la espalda y unas garras que se
hundían en ella.
Simon vio que Olivia atacaba a Charlie, pero Michael lo tenía inmovilizado
contra el suelo y no podía soltarse. Luchaba contra él lo mejor que podía,
pero estaba en desventaja; aparte de la superioridad de Michael en tamaño y
fuerza, éste contaba también con la ventaja importantísima de la experiencia.
Había sido hombre lobo toda su vida y poseía un control absoluto sobre su
cuerpo, mientras que Simon se sentía indeciso en el suyo de licántropo, como
si estuviera conduciendo un coche que no hubiera llevado nunca. Sus
movimientos eran torpes, y tenía miedo de correr riesgos. Cuando intentaba
arañar y morder a Michael, fallaba la mayor parte de las veces o tropezaba o
sólo conseguía golpearle suavemente. Mientras, Michael parecía estar
jugando con él, sabedor de que podía engullir a su adversario en cuanto
quisiera.
Sin embargo, la impresión de ver que Olivia se había transformado en
mujer lobo y que, ¡ay, joder!, acababa de arrancarle un trozo de cara a
Charlie, le provocó una nueva oleada de fuerza. Consiguió zafarse de su
adversario y se fue a por Olivia, atrayendo su atención cuando le clavó las
garras en la espalda. La mujer lobo se volvió, encolerizada, y le mordió en el
hombro. Tenía una expresión salvaje de hambre canina en los ojos y la sangre
le goteaba de la boca. Simon gruñó de dolor cuando ella reanudó el ataque
contra Charlie, al que arrancó un trozo de brazo.
Mientras Simon intentaba levantarse, se preguntó por qué Michael había
renunciado a él, y entonces vio la razón. Tenía inmovilizado a Ramón en la
esquina de la terraza y le estaba mordiendo en el cuello. Lo más probable es
que fuera demasiado tarde para salvar al actor de convertirse en hombre lobo,
aunque todavía podía salvar a Charlie.
Puesto en cuclillas, Simon intentó saltar sobre la espalda de Olivia. Pero
calculó mal el salto, para el que utilizó demasiada fuerza, y salió volando
hacia la cornisa del edificio. Cayó de hecho por el lateral, aunque en el último
momento logró asirse con una de sus manos garrudas. Aunque dio lo mismo;
estaba soltándose de su asidero, y en unos segundos caería diez pisos. Intentó
gritar: «Socorro», pero no fue capaz de formar las palabras. Además, nadie
iba a salvarlo.
Vio a Olivia, que mostraba sus horribles dientes con regocijo. Advirtió
que la licántropo estaba saboreando el momento al máximo, disfrutando del
miedo que veía en él. Lo miró furiosamente durante unos segundos y luego
saltó sobre Charlie y le mordió en el cuello.
Simon se estaba resbalando. Ya estaba a punto de soltarse y acabar con
todo cuando imaginó que oía a Jeremy decir: «Papá, no», y estimulado por
los deseos de vivir, luchar y sobrevivir, los cuales no sabía que tuviera,
consiguió impulsarse hacia arriba con una mano.
Pero quizá fuera demasiado tarde. Olivia estaba mordiendo y clavándole
las garras a Charlie, que estaba tan ido que ya apenas oponía resistencia. Era
como si se hubiera rendido y aceptara su destino.
Arremetió contra Olivia, derribándola desde atrás. Ella pudo utilizar sus
piernas lobunas para desembarazarse de él arrojándolo por encima de su
cabeza. Simon cayó de rodillas, se levantó rápidamente y se volvió,
poniéndose en actitud de combate. La mujer lobo, que ahora tenía la cara
cubierta de sangre caliente, gruñó y escupió saliva intentando intimidarlo con
su valor, aunque Simon, negándose a retroceder, gruñó aún más con más
fuerza. Cuando ella le atacó de nuevo, estaba preparado. Fue directamente a
por la cabeza de Olivia y consiguió clavarle las dos garras en la boca. Con la
izquierda le sujetó la mandíbula superior y se la hundió en las encías y con la
derecha le agarró la inferior, y luego tiró en direcciones opuestas. Oliva rugió
de furia e intentó soltarse, pero Simon se mostró tenaz y no cedió. Diciéndose
que tenía que hacer aquello, que o mataba o le mataban, siguió desgarrándole
la quijada hasta que se oyó un fuerte chasquido. La licántropo siguió
defendiéndose mientras se ahogaba con su sangre, pero él no la soltó. Al
final, tras un último estertor, el cuerpo de Olivia quedó inánime.
La terraza se sumió en un súbito silencio. Ramón estaba en un rincón,
sujetándose el cuello mordido, y Michael seguía agazapado sobre Charlie con
los dientes hundidos en la garganta del otro hombre. Olivia estaba
indudablemente muerta en medio de un oscuro charco de sangre.
Simon levantó la cabeza hacia la luna gigante y aulló con desesperación.
30
—A ver si lo entiendo bien —le dijo Anthony Sanchez, un joven agente del
Departamento de Policía de Nueva York—. Está diciendo que esta noche vio
a su mejor amiga convertirse en mujer lobo.
A Diane le desagradó la sonrisilla de suficiencia de Sanchez, como si se
estuviera tomando el asunto a chacota. Era evidente que la compañera del
agente, una robusta rubia llamada Cheryl Mullen, también se lo estaba
tomando a cachondeo.
—Mire, sé que es difícil de creer —dijo Diane—, también lo es para mí,
¿de acuerdo? Pero ocurrió..., lo vi con mis propios ojos y no estoy loca.
Pregunte a cualquiera de mis vecinos. Adelante, llamen a sus timbres, y ellos
les dirán lo que oyeron aquí dentro. O traigan a alguien que recoja el ADN.
Tiene que haber ADN de ella aquí dentro. Analícenlo, y verán cómo luego ya
no se ríen.
Se percató de que cuanto más negaba su locura, más loca parecía, lo que
sin duda no estaba ayudando a su causa.
—Nadie se ríe de usted, señora —dijo Sanchez con cara de póquer,
aunque Diane se daba cuenta de que por dentro seguía con la sonrisilla de
suficiencia.
—¿Ha consumido alguna droga esta noche? —preguntó Mullen.
—Por supuesto que no —replicó ella—. ¿Es eso lo que piensan
realmente? ¿Que estoy drogada?
Ambos agentes intercambiaron una mirada.
—Hablen con el vecino de al lado —sugirió Diane.
—Ya hemos hablado con él —contestó Mullen.
—¡Fenomenal! —exclamó—. ¿Y?
—Dijo que oyó a alguien discutiendo y gritando en su piso —terció
Sanchez—, pero que no vio salir a ninguna mujer. Dijo que vio marcharse a
un tipo.
—Es el tipo del que les estaba hablando.
—El que la salvó de que ahora fuera también una mujer lobo —declaró
Sanchez.
—Exacto —admitió Diane—. Él salió por la puerta, pero ella se fue
corriendo por la escalera de incendios. Pero ya no era licántropo cuando
huyó; volvió a convertirse en un ser humano.
Los dos policías la miraban impasibles, evidentemente sin creer una
palabra.
—Creen que les estoy mintiendo, ¿verdad? —preguntó Diane—. Creen
que me dedico a esto, que es así como me divierto. Llamo a los polis y les
cuento una trola sobre la presencia de licántropos en mi piso. Creen que no
tengo nada mejor que hacer con mi tiempo. ¿Por qué no buscan pruebas?
Tiene que haber pequeños pelos por el suelo. O debe de haber saliva o...,
esperen, miren esos puntitos en el suelo, eso es sangre. No de ella, sino de él,
pero ha de haber más pruebas en alguna parte, sólo tienen que buscarlas.
Los policías se dirigieron hacia la puerta.
—Ahora tenemos que irnos —anunció Sanchez.
—No me pueden dejar aquí sola —se quejó Diane con desesperación—.
¿Y si regresa? ¿Y si intenta echar la puerta abajo? Está loca. Quiere matarme.
¿Y si los demás vienen a por mí? Está su novio, Michael, él fue el que
empezó todo esto. Supe que era un tipo problemático en el bar, pero aun así
Olivia se fue a casa con él.
—Si alguien intenta entrar a la fuerza en su piso, puede llamar al
novecientos once —le informó Mullen.
Diane agarró a Sanchez del brazo.
—Pero ¿es que no lo entienden? ¡Van a venir a por mí, todos van a venir
a por mí! —recalcó en tono suplicante.
Sánchez liberó su brazo de las manos de Diane.
—Podemos llamarle una ambulancia, señora. ¿Quiere que lo hagamos?
Diane retrocedió, mirando rápidamente de un lado a otro, y dijo en voz
baja:
—Él tenía razón.
—¿Quién tenía razón? —preguntó Mullen.
—Simon me dijo que no me creerían —contestó—. Me dijo que
pensarían que estaba loca. Y que me querrían llevar a Bellevue.
—Si quiere que le llamemos una ambulancia, podemos hacerlo —repitió
Sanchez—. Si no, la verdad es que ahora mismo no hay nada que podamos
hacer por usted.
—No estoy loca —insistió Diane—. Me importa un comino lo que
crean. ¡No estoy loca!
Cuando los policías se marcharon, le echó la llave a las dos cerraduras
de la puerta y puso la cadena, y luego comprobó que la cerradura de la verja
de la ventana que daba a la escalera de incendios estuviera bien cerrada. Sin
embargo, no se sentía a salvo, y no estaba segura de que volviera sentirse a
salvo jamás. Aparte de Olivia, sólo tenía unas cuantas amigas íntimas en la
ciudad, y todas estaban casadas y con hijos. No quería llamarlas en plena
noche y asustarlas con su historia de hombres lobo. Bueno, eso si se
asustaban. Si los polis no la habían creído, ¿por qué habrían de creerla sus
amigas? Pensó en llamar a su ex, Steve, y rogarle que se acercara, pero
después de haberla plantado con un mensaje de texto, hacer tal cosa le
pareció patético. Deseaba llamar a sus padres a Michigan —sólo oír la voz de
mamá y de papá habría sido tranquilizador—, pero no quería asustarlos, y
además ¿qué podían hacer a más de mil kilómetros de distancia para
ayudarla?
Jamás se había sentido tan asustada ni tan sola. Se sentó en el suelo del
pasillo, entre el dormitorio y el baño, con las rodillas agarradas y sollozando.
Al cabo quizá de una media hora seguía sin relajarse y se preguntó si los polis
no tendrían razón y estaría loca. ¿Cómo era posible que hubiera visto lo que
creía haber visto? Podría ser que hubiera fantaseado todo lo sucedido aquella
noche. A lo mejor no había ocurrido realmente nada de aquello, a lo mejor
aquel día no había tenido lugar. A lo mejor Olivia no se había vuelto loca y
ella jamás había conocido a aquel tal Simon. A lo mejor sólo estaba teniendo
alucinaciones a causa de alguna droga o podría ser que tuviera algún virus.
¿No había virus que podían provocar alucinaciones?
Llamó al móvil de Olivia y le salió el buzón de voz.
—Olivia, cielo, soy yo. Por favor, dime que esta noche no ha existido,
por favor, dime que hay alguna explicación para todo esto. Por favor, por
favor, llámeme en cuanto oigas esto.
Hacer aquella llamada no había resuelto nada, aunque al menos hizo que
se sintiera diligente. No sabía qué era lo que había ocurrido realmente, pero sí
sabía que no podía ser lo que creía que había ocurrido, y saber que había
alguna explicación, aunque todavía no la conociera, la consoló un tanto.
Se tumbó en la cama y, aunque seguía teniendo dificultades para
relajarse, consiguió dormir un rato. Al amanecer, el sol que entraba en la
habitación por la ventana con barrotes la hizo sentir un poco optimista. Fuera
lo que fuese lo que había ocurrido la noche anterior, había ocurrido en el
pasado, y pensar demasiado en el pasado no servía de mucho. Se duchó y se
vistió para ir al trabajo, ansiosa por empezar el día y volver a la seguridad de
su rutina. Iría a la oficina, al gimnasio, quedaría con una amiga —quizás
incluso con Olivia— para tomar una copa por la noche y todo volvería a la
normalidad. Los recuerdos de la noche anterior ni siquiera parecían recuerdos
propios. Tenía la sensación de que fuera algo que había soñado o visto en la
televisión.
Salió del piso con cautela, mirando a ambos lados, salió al descansillo y
se dirigió a la calle. Era una mañana normal; la gente se dirigía al trabajo,
escuchando sus iPod. Echó a andar manzana arriba, feliz de alejarse del piso
y de volver a la rutina, y entonces creyó oír algo detrás de ella y se volvió.
No vio nada fuera de lo normal, excepto a un hombre muy viejo parado
cerca del edificio de su casa. Tenía una cara sumamente arrugada y unos ojos
muy oscuros, y parecía estar mirándola directamente. Justo cuando la
penetrante mirada del viejo empezaba a inquietarla, el hombre se volvió y se
alejó de ella corriendo a toda velocidad en dirección a la Avenida B.
No le entraba en la cabeza cómo un anciano podía correr tan deprisa.
¿Era posible que se hubiera imaginado al anciano o que hubiera tenido otra
alucinación?
Se alejó corriendo hacia el metro, seriamente preocupada por su cordura.
Alison le preparó a Jeremy su desayuno favorito: torrijas y leche con cacao.
Desde que dejaron el hotel a primeras horas de esa mañana, había estado
intentando mantener la calma por su hijo, aunque en realidad le aterraba la
idea de que a Simon le hubiera pasado algo terrible. Al principio, cuando
volvió al piso vacío supuso que estaría dando una de sus largas carreras, pero
entonces encontró su móvil, y era insólito que fuera a ninguna parte sin su
móvil.
Si le hubiera ocurrido algo, sería culpa de ella. Se sentía culpable por
haberlo rechazado en el hotel el día anterior. ¿Y si el trastorno licantrópico
era aún peor de lo que pensaba? ¿Y si tenía un brote esquizofrénico en toda
regla y estaba desorientado, deambulando por la calles de Nueva York?
Incluso podrían haberlo matado.
—¿Cuándo vuelve a casa papá? —preguntó Jeremy por tercera vez esa
mañana..., ¿o era la cuarta?
—No lo sé, cielo. —Sintió como si estuviera utilizando todos los
músculos de la cara para obligarse a sonreír.
—Pero ¿adónde ha ido? —insistió el niño.
—Ha salido a hacer algunos recados —respondió. Luego, antes de que
su hijo pudiera hacer otra pregunta, añadió rápidamente—: ¿Por qué no te
terminas las torrijas antes de que se enfríen, vale?
Después de desayunar, jugó con Jeremy e intentó tenerlo distraído,
aunque en su cabeza seguía imaginándose el peor de los casos. Se imaginó a
la policía haciendo acto de presencia para decirle que Simon estaba muerto.
Querrían llevarla al anatómico-forense para que identificara su cadáver, y ella
sería viuda, y Jeremy huérfano. La situación le pareció tan real que se puso a
considerar llamar a la policía para informar de una persona desaparecida;
pero ¿había realmente desaparecido Simon? ¿No tenían que pasar
veinticuatro horas para que la policía se molestara siquiera en buscarle? Sólo
habían transcurrido unas dieciocho desde que le había visto en el hotel.
A mediodía ya no pudo soportarlo más. Al menos tenía que salir del
piso, porque quedándose allí, esperando, no hacía más que empeorar las
cosas. Estaba en la habitación de Jeremy preparándolo para salir cuando oyó
girar la llave en la cerradura. Entró corriendo en el salón en el momento en
que Simon entraba en el piso.
—Gracias a Dios que estás bien —dijo, y lo abrazó como si llevara años
sin verle.
Jeremy apareció gritando.
—¡Papi está en casa! ¡Papi está en casa! ¡Papi está en casa! —Echó a
correr hacia su padre y se abrazó a su pierna.
—Eh, muchachote, qué alegría verte —dijo Simon. Luego se dirigió a
Alison hablándole con seriedad—: ¿Va todo bien?
—De maravilla.
—Oh, muy bien —dijo con voz titubeante—. Porque ayer parecías tan...
—Ayer fue ayer —replicó ella. Entonces hizo una mueca—. ¿Has ido a
correr con esa ropa?
—Sí. Yo...
—Bueno, no importa —le tranquilizó—. Me alegra que estés aquí.
Jeremy se estaba apretando la nariz con el pulgar y el índice.
—Papá, hueles realmente mal.
—Lo sé, chaval, papá necesita darse una ducha. ¿Por qué no vas a ver
algo en la televisión un rato y luego me pongo a jugar contigo, eh?
—Vale —dijo Jeremy, y se fue feliz y contento a ver la televisión.
Luego Simon le dijo a Alison:
—Bueno, ¿es de verdad todo esto? ¿Ya no estás enfadada conmigo?
—No, no estoy enfadada en absoluto —le aseguró—. Ahora te creo.
—¿De verdad?
—Sí, y no creo que estés loco. Jamás te juzgaría por algo que está fuera
de tu control.
—¡Caramba! —exclamó Simon—. De verdad que agradezco que digas
eso. Pero ¿no tienes miedo?
—¿Por qué habría de temer a mi marido? —Le abrazó, y añadió—: Te
quiero tanto. Y no te preocupes. Haremos lo que tengamos que hacer para
curarte.
—¿Curarme? ¿Y cómo piensas que puedes curarme?
—Yo no, pero puedes conseguir ayuda profesional.
Simon dejó de abrazarla y se retiró un par de pasos.
—Espera, cuando dices que me crees, ¿qué es lo que crees?
—Lo que me dijiste ayer. —Entonces le habló en un susurro para que
Jeremy no pudiera oírla—. Que creías que eras un hombre lobo.
—Mira —dijo él—. De verdad que agradezco que digas eso, y estoy
contentísimo de que hayáis vuelto a casa, y espero que nos podamos sentar y
hacer lo que tengamos que hacer para resolver las cosas y que nos
recuperemos. Pero dicho esto, sé lo absurdo que te ha debido de parecer. No
espero necesariamente que creas que esto me ha ocurrido de verdad, pero
quiero ser sincero contigo acerca de lo que ha sucedido, porque estoy cansado
de comportarme como un mentiroso.
—Bueno, déjalo ya —dijo ella—. Te he dicho que te creo, ¿vale?
—¿De verdad crees que soy un...?
—Sí —afirmó Alison—. Si te creo, es que te creo.
—Pero...
—No hay peros que valgan —le interrumpió—. El matrimonio es una
sociedad. Supongo que fue culpa mía por olvidarlo. Cuando me casé contigo,
fue para lo bueno y para lo malo, y te voy a ayudar a superarlo, aunque tú
también tienes que cumplir con tu parte. Me quedaré contigo, pero tienes que
hacerte tratar tu problema y conseguir la ayuda que necesitas.
—Creo que no comprendes exactamente lo que...
—He hecho algunas averiguaciones en Internet —respondió ella—. Hay
un psiquiatra en el centro, el doctor Milton Levison, que ha tratado esta clase
de problemas antes. Quiero que vayas a verlo y resuelvas tu problema. Lo
único que quiero es verte hacer un esfuerzo.
—Un momento... ¿Un psiquiatra? —preguntó él—. ¿Por qué crees que
yo...?
—Porque —le interrumpió— creo que en este preciso momento estás
pasando por algo muy difícil, y que necesitas que alguien te ayude a
superarlo. No estarás solo; estaré a tu lado para apoyarte en todo lo que
necesites. Y no tienes que preocuparte; me he documentado bien sobre tu
enfermedad y se puede tratar muy bien.
—¿Mi enfermedad?
—El trastorno licantrópico —precisó Alison—. Ya sabes, cuando uno
cree que es un... —Volvió a mirar en dirección a Jeremy, y añadió—: Bueno,
ya sabes el qué.
—Sigo pensando que no compren...
—Podemos discutirlo más tarde. No voy a ir a ninguna parte, así que
tenemos tiempo de sobra. Ahora me tengo que poner al día con el trabajo,
pero tú y Jeremy deberíais estar un rato juntos; lleva preguntando por ti todo
el día, y también todo el día de ayer. —Volvió a hacer una mueca; realmente
Simon olía espantosamente mal—. ¿Por qué no te das esa ducha ahora, vale?
Simon detestaba tener secretos con Alison, pero ¿qué otra salida le quedaba?
Había intentado decirle la verdad la víspera y no le había creído, así que, al
menos por el momento, si para mantener a la familia unida era necesario
dejar que creyera que tenía un trastorno, que así fuera. Mientras tanto, y más
después de lo que había pasado la noche anterior, tenía suerte de estar allí.
En la fábrica de cervezas se había lavado y quitado del cuerpo la sangre
de Olivia, pero seguía necesitando darse una ducha urgentemente. Dejó que
el agua saliera todo lo caliente que podía soportar. Confiaba en que el dolor le
distrajera, pero no pudo quitarse de la cabeza las espantosas imágenes de la
última noche y dudaba que lo consiguiera alguna vez. Aunque sabía que
había matado a Olivia en defensa propia, y que ésta habría matado a Charlie,
y tal vez también a Ramón, si no la hubiera detenido, era la verdadera
brutalidad del homicidio lo que seguía horrorizándole. No conseguía
encontrarle una explicación ni convencerse de que había sido su parte de
licántropo la que lo había hecho, porque había sido plenamente consciente de
lo que estaba haciendo. La había matado porque ella le había querido matar;
había tenido que elegir.
Aunque no había podido evitar que Michael mordiera a Ramón y a
Charlie, al menos la hemorragia del bombero se había detenido —según
parecía los hombres lobo tenían una capacidad de recuperación mucho más
rápida que los humanos—, y Michael le aseguró que se pondría bien. Simon
no soportaba que aquél hubiera conseguido exactamente lo que quería —su
jauría de lobos— y se sentía utilizado y manipulado. Le parecía como si
Michael hubiera orquestado todo lo que había sucedido la noche anterior en
la terraza, y que lo había dejado ir sabiendo que acabaría atacando y matando
a Olivia. Y lo que era peor: Michael se había ofrecido voluntariamente para
deshacerse del cuerpo de la mujer y ayudar a tapar el incidente, así que a la
sazón tenía algo más con lo que amenazar a Simon.
Con una toalla alrededor de la cintura, entró en el dormitorio, donde
Alison estaba trabajando en el portátil sentada a la mesa.
—¿Te sentó bien la ducha, cariño? —preguntó.
De acuerdo, el cambio de actitud de ciento ochenta grados de Alison era
algo peculiar. Se hacía difícil creer que aquélla fuera la misma mujer que sólo
veinticuatro horas antes había parecido odiarlo visceralmente.
—Bastante bien.
—¿Te has recortado el pelo del pecho?
El pelo que se había afeitado la víspera ya había vuelto a crecer en su
mayor parte, haciendo que pareciera que se lo había recortado.
—Sí, me acicalé un poco.
Alison sonrió.
—Acerca del psiquiatra. No quiero que pienses que te estoy
amenazando, porque no es así en absoluto. En fin, recabar ayuda profesional
es cosa tuya; supongo que sólo quiero saber si estás dispuesto a hacer la
mitad del camino que te corresponde. Y también podemos hablar de esto con
el doctor Hagan, por supuesto.
—No, lo del psiquiatra me parece una idea fantástica —mintió Simon.
—¿En serio?
—Sí —contestó él—. Bueno, tienes razón, sin duda me está pasando
algo importante. ¿Qué quieres que te diga? Pensar que soy un hombre lobo...
¿No debe de haber ninguna dolencia peor que ésa, no?
—Está bien que puedas bromear al respecto —dijo Alison—. Demuestra
que tienes conciencia de tu enfermedad. Puede que sea muy saludable. —Le
miró provocativamente, mordiéndose el labio inferior—. Ven aquí.
Simon se acercó adonde estaba sentada, y ella le rodeó la cintura con los
brazos.
—Mmm, ahora hueles de maravilla —dijo ella.
—Y tú también.
Era verdad; tenía un olor alucinante. Simon se dio cuenta de que estaba
excitada, y él también, y su repentina erección desplazó la toalla.
—Oooh, mira quién ha vuelto. —Alison le masajeó el bulto,
poniéndosela aún más dura. Entonces, dirigiéndose al pene de Simon, dijo—:
Te echaba de menos. —Y luego, hablándole a él—: ¿Quedamos esta noche
en la cama?
—Eso parece un buen plan.
Simon se vistió y dejó que ella siguiera trabajando. Resultaba asombroso
que su matrimonio pareciera estar arreglándose de repente cuando había
estado tan seguro de que iba camino del divorcio.
En el salón cogió a Jeremy en brazos y le besó en la cabeza, paladeando
la mezcla de olores de su champú infantil y su exclusivo olor corporal.
—Mmm, no te imaginas lo bien que sienta respirar este olor —le dijo a
su hijo.
—¿Qué olor?
—No importa —respondió, cerrando los ojos y aspirando más de aquel
olor—. No importa.
Jeremy se sentó en su regazo y hablaron, y vieron juntos un poco de The
Wiggles, y durante un rato Simon consiguió olvidar que era un hombre lobo y
un asesino y que la felicidad familiar que estaba disfrutando quizá no durase
mucho tiempo.
Alison entró en la habitación.
—Jo, mira qué dos. Esperad, quedaos así, que voy a por mi cámara —
dijo. Regresó e hizo algunas fotos—. Estáis tan, tan adorables. Voy a tener
que enmarcar una de éstas.
Salieron a comer unas hamburguesas a Jackson Hole. Una no fue suficiente,
y Simon no pudo evitar pedir tres más. En cierto momento, se dio cuenta de
que Alison le estaba mirando con lástima y aire de complicidad. Era evidente
que creía que la ingesta de carne formaba parte de aquella «enfermedad» de
la que ella iba a ayudarle a «curarse»
Más tarde, esa misma noche, después de que Jeremy se fuera a la cama,
Simon se estaba desnudando cuando Alison se acercó sigilosamente por
detrás.
—¡Bu!
—Me has pillado desprevenido —dijo, aunque evidentemente no había
sido así. La había oído acercarse de puntillas por la alfombra y, si se
concentraba, podía oír fragmentos de conversación en el piso de al lado. En
realidad, su oído era tan bueno que le resultaba más difícil no oír que oír.
También la había olido, y supo que estaba desnuda antes de darse la
vuelta para abrazarla. Se metieron juntos en la cama y empezaron a hacer el
amor. Era fantástico estar con su esposa, y tocarla, y besarla, deseándola
como nunca antes la había deseado. Hizo que Alison se corriera varias veces,
y entonces le tocó a él. Estaba encima, mirándola a los ojos. Sintió el familiar
aumento de tamaño de sus genitales y que la sangre se le subía a la cabeza, y
todo el cuerpo se le tensó como cuando estaba a punto de tener un fuerte
orgasmo, y entonces ocurrió.
Sintió una repentina presión en todo el cuerpo, sobre todo en la boca, y
le pareció que se le separaban los huesos de las piernas y de los brazos,
tensándole los ligamentos. Presa del pánico, exclamó: «¡Oh, Dios mío!», pero
Alison debió de pensar que aquello era la antesala de su orgasmo, porque dijo
lo que solía decir cuando él estaba a punto de eyacular: «Córrete para mí,
cariño, córrete para mí», y le rodeó la cintura con las piernas. Simon sabía
que tenía que escapar, que en pocos segundos se convertiría en una bestia
enloquecida encima de su esposa y que sólo Dios sabía lo que le haría, y
entonces, sin que la presión dejara de aumentar, consiguió soltarse, se metió
en el baño y cerró la puerta con llave.
Se miró en el espejo. Los dientes le sobresalían ligeramente de la boca,
tenía la mandíbula más prominente y los ojos parecían más grandes y quizá
de una tonalidad más oscura, aunque no tenía excesivo pelo en la cara —sólo
el rastrojo habitual— y el dolor en los ligamentos estaba remitiendo.
—¿Simon? —Alison golpeó la puerta con los nudillos—. Simon, ¿qué
pasa? ¿Te encuentras bien?
Él se echó agua fría en la cara y se miró de nuevo en el espejo. Los
dientes habían retrocedido, y salvo por cierto dolor residual en la boca, las
manos y los pies, se sentía bastante normal. Esta vez había evitado el
desastre, pero ¿qué ocurriría la próxima ocasión?, ¿y la siguiente? Parecía
que el cambio se producía en los momentos de extrema emoción —cuando se
enfadaba o se sentía amenazado o cuando follaba—, pero eso no significaba
que pudiera controlarlo siempre. Tal vez pudiera evitar las relaciones
sexuales por el momento, aunque al final, si quería seguir casado, tendría que
volver a tenerlas; ¿y si la próxima vez no conseguía detener la
transformación? Podría intentar morder y matar a Alison igual que había
matado a Olivia. ¿O qué pasaría la siguiente vez que perdiera los estribos?
Por lo general, era un tipo equilibrado, pero de vez en cuando, como le
pasaba a cualquiera, se irritaba y levantaba la voz. La próxima vez que
tuviera una disputa con Alison, ¿se iba a convertir en un hombre lobo
homicida? ¿Y si mordía un día a Jeremy, Dios no lo quisiera, porque se
negara a meterse en el cochecito o se demorase demasiado en el baño?
¿Cómo se suponía que iba a evitar convertirse en licántropo delante de su
hijo? Aunque no le hiciera daño, la experiencia de ver a su padre
transformarse lo dejaría marcado para el resto de su vida.
Alison volvió a golpear la puerta.
—Simon, ¿qué estás haciendo ahí dentro? Simon, me estás asustando de
verdad. Por favor, di algo.
—Estoy bien.
—¿Qué dices?
—Que bien —repitió él—. He... dicho que estoy bien.
Permaneció en el baño un par de minutos más salpicándose la cara con
agua, y luego regresó al dormitorio.
—¿Qué diablos ha ocurrido? —preguntó Alison.
—Debe ser parte del trastorno. —No se le ocurrió otra cosa.
—Tienes que ir a ver al doctor Levinson lo antes posible —dijo ella—.
A lo mejor puedes conseguir hora para mañana.
Cuando Simon volvió a meterse en la cama, Alison estaba tumbada boca
arriba con los ojos abiertos, mirando el techo. La habitación estaba a oscuras
salvo por la poca luz proveniente del piloto nocturno del baño.
La besó en la mejilla.
—No te preocupes, todo irá bien. Te lo prometo.
Esperaba que fuera verdad. Se acordó de Michael diciendo: «Eres
exactamente como yo», y de Volker al advertirle que si la sangre de los lobos
se extendía «será el final de todos nosotros».
—Lo sé —respondió Alison.
Tumbado boca arriba, Simon oía los latidos del corazón de su mujer y, si
se concentraba, la suave respiración de Jeremy en la habitación contigua.
Ahora el futuro no le preocupaba; su único deseo era disfrutar de ese
momento con su familia, a donde pertenecía. Cuando Alison se puso de
costado, él también se dio la vuelta, la abrazó por detrás pegándose a ella y
ambos se quedaron dormidos.
Nota del autor
Mi más sincero agradecimiento a Gabriel Mason, Nick Harris y Brian
DeFiore; sin su apoyo y aliento iniciales esta novela no existiría. También me
siento afortunado de formar parte de un maravilloso colectivo de escritores,
incluidas Alison Gaylin y Michelle Gagnon, que leyeron los primeros
borradores y me hicieron numerosas e impagables sugerencias. Chynna Skye
Starr me ayudó a resolver varios aspectos peliagudos de la trama y fue una
fantástica y sabia consejera. Susan Allison creyó en La jauría desde el
principio, y sus aportaciones han contribuido a mejorar muchos aspectos del
libro. Y desde aquí quiero enviar un grandísimo saludo a los bibliotecarios,
libreros y lectores que han hecho posible mi carrera.
Título original: The Pack
Editor original: Ace Books, The Berkley Publishing Group, Penguin Group,
New York
Traducción: Martín Rodríguez-Courel Ginzo
Todos los nombres, personajes, lugares y acontecimientos de esta novela
son producto de la imaginación del autor, o empleados como entes de ficción.
Cualquier semejanza con personas vivas o fallecidas o establecimientos
comerciales es mera coincidencia. La editorial no tiene ningún control, ni
asume ninguna responsabilidad, por la autoría ni el contenido de páginas
webs citadas en esta obra.
ISBN EPUB: 978-84-9944-212-9
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la
autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento
informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o
préstamo público.
Copyright © 2011 by Jason Starr
All Rights Reserved
© de la traducción 2012 by Martín Rodríguez-Courel Ginzo
© 2012 by Ediciones Urano, S.A. Aribau, 142, pral. - 08036 Barcelona
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Depósito legal: B-8.933-2012
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notes
Notas a pie de página
1 En español, en el original, igual que las demás palabras en cursiva del
episodio con la niñera. (N. del T.)
2 El East Harlem o Harlem latino. (N. del T.)
3 Yidis: tontería, miseria, algo ridículo. Vamos, nada de nada. (N. del T.)
4 To come significa tanto venir como correrse, venirse. De ahí el doble
sentido en inglés, que en español resulta un poco forzado por la forma
reflexiva. (N. del T.)
5 En español, en el original. (N. del T.)
6 Deporte de competición parecido al fútbol americano que se juega con
un disco Frisbee. (N. del T.)
7 Acrónimo de Down Under the Manhattan Bridge Overpass (Bajo el
Paso Elevado de Manhattan). (N. del T.)
8 To guess: adivinar. Imposible trasladar la confusión al español. (N. del
T.)