La Obra del Espíritu Santo en la Iglesia
La Obra del Espíritu Santo en la Iglesia
El trabajo que tienes delante, más que un trabajo es un corto resumen, expuesto de forma
breve, resumida pero a la vez concisa, de la Gran obra del Espíritu Santo en la Iglesia
Primitiva, o Iglesia de los Orígenes como dicen algunos. Un trabajo que sin duda ofrece sus
retos. Primeramente porque no es fácil expresar en unas pocas páginas la Gigantesca Obra
que ha hecho el Espíritu Santo en la Iglesia Primitiva. Tanto es así, que tenemos
prácticamente todo el Nuevo Testamento que habla de ello, y son muchas más páginas que
un breve trabajo como este, y aun así vemos que ellos expresan también de forma resumida
lo que han visto y oído, puesto que no habrían folios para exponer todo lo que estaba
haciendo el Espíritu Santo.
Al hablar una poco de la obra del Espíritu Santo en la iglesia como una comunidad unida en
Cristo y no una organización tipo gubernamental o política, repasaremos como la cuida, la
prepara, la capacita y la guía para que haga la obra que le ha sido encomendada. Luego
hablaremos también de la Obra que hace el Espíritu Santo en la vida personal de cada
miembro de este Cuerpo que es Cristo. Cómo actúa, cómo realiza en el hombre la
conversión y otros aspectos más. Te invitamos a conocer un poco más de esta historia tan
espectacular que desde hace mucho está siendo formada, y que no terminará hasta que el
mismo fundador venga para concluirla, una historia llamada cristianismo.
Podemos decir que el cristianismo es lo que es hoy porque se ha concientizado que el Dios
revelado en las Escrituras es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El cristianismo es no en tanto,
activo, dinámico y progresivo tanto en su forma, desarrollo y progreso. "Es sabido que
desde los días en que se redactan los escritos neotestamentarios y a lo largo de los tres
primeros siglos de cristianismo, la ocupación teológica primaria fue la cristología, la
persona de Jesucristo. Y en oblicuo, y paulatinamente, la pneumatología, el Espíritu
Santo."1 Pero fue
solamente con el correr del tiempo que la Iglesia transformó el legado escritural de la
verdad concerniente al Espíritu Santo en una formulación doctrinal y teológica. Muchos de
los Padres de la Iglesia Primitiva y la mayoría de los primeros credos hicieron referencia al
Espíritu Santo, pero por lo general la doctrina no fue hecha objeto de controversia, y por
consiguiente no fue desarrollada. El credo de los Apóstoles que simplemente dice: "Creo en
el Espíritu Santo", data del primer siglo en su compilación original. "La primera teología
madura sobre el Espíritu Santo aparece propiamente en el siglo II se prolonga en el III y
llega a su culmen en los siglos IV y V."2 Recién en el siglo cuarto (IV) le dio su forma
moderna.
Es evidente que las primeras décadas de la Iglesia por lo menos estaba entregada a la
verdad de la existencia y el ser del Espíritu Santo. Pero si volvemos al primer siglo y
echamos un vistazo en el libro de los Hechos, vemos que el acontecimiento más grande es
la irrupción, la efusión del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es, prácticamente, el motor de
todo. Si comparamos Hechos con las Epístolas de Pablo, es cierto que no encontramos en
los Hechos grandes declaraciones teológicas sobre el mismo pero si uno lee atentamente se
da cuenta que es una realidad que lo impulsa todo.
Clemente de Alejandría (155-220 D. C.). Escribió: "El espíritu Santo es uno y el mismo por
todas partes". Él enseñó que el Espíritu Santo, descendiendo del cielo sobre el hombre, le
hacía capaz de contemplar las cosas divinas.
En cierta ocasión Tertuliano se refirió al Espíritu Santo como el "Vicario" de Cristo. Esta
palabra significa "substituto", pero desde entonces ha sido adoptada por la Iglesia Romana
y es usada para el Papa.
Orígenes (186-253 D. C.) En una declaración de las doctrinas de su tiempo dijo: "El
Espíritu Santo es asociado con el Padre y el Hijo en honor y dignidad. No es claro si fue o
no engendrado. Él inspiró a los escritores sagrados". De otros escritos es evidente que
Orígenes adoptó la posición de creer que el Espíritu Santo es increado. Enseñó que el
ministerio del Espíritu Santo era para otorgar santidad, y que la doctrina del Espíritu
emanaba solamente de la revelación.
Por otro lado no todos los registros antiguos concuerdan con la ortodoxia.
Los Monarquíanos Al comienzo del (segundo) II siglo, enseñaban que el Espíritu Santo no
es distinto del Padre y del Hijo.
Pelagio (360-420 D. C.) rechazó la doctrina de la obra creativa del Espíritu en regenerar a
los creyentes, y con esto comenzó una línea de pensamientos que ha llegado a estar
representada por el Unitarianismo y ciertos liberales extremados.
La Escuela Macedonia Anterior al concilio de Nicea (425 D. C.) negó la personalidad y la
Deidad del Espíritu.
Hipólito (Siglo III) es responsable de haber presentado al Espíritu Santo como una mera
fuerza en vez de una persona.
Aún los creyentes ortodoxos no siempre estaban de acuerdo con la sana doctrina. Las
funciones de la Palabra y el Espíritu eran evidentemente confundidas.
El libro de los Hechos es sin duda el libro por excelencia en la presentación de la Iglesia
desde sus inicios en Jerusalén hasta que Pablo, el mayor "héroe" de la Iglesia primitiva,
llega la principal ciudad del Imperio Romano. El libro nos ofrece además una panorámica
de la vida y de la predicación de esta comunidad primitiva que ya en sus inicios fue llamada
"cristianos". Nos muestra como desde Jerusalén siguió su expansión del Evangelio hacia
Samaria, Antioquía, Asia Menor, Grecia hasta llegar a Italia. Es también en este libro donde
vemos de una forma clara y eficaz que la Iglesia debe su origen y existencia
misma al Espíritu Santo. Al hablar de la Iglesia Primitiva, por supuesto que nos referimos a
la Iglesia o comunidad del primer siglo, la primera comunidad de Cristianos, la cual cómo
el mismo libro de los Hechos nos relata, tuvo su inicio en Pentecostés. Día en el cual los
mismos discípulos de Jesús aguardaban todos unánimes el cumplimiento de la promesa
(Hch.
2:1). Aguardaban conforme al mandato del Mismo Jesús, que les dijo que no saliesen de
Jerusalén sino que esperasen la promesa del Padre (Hch. 1:4). Y así lo hicieron como nos
relata Lucas en el libro de Hechos, y el día de Pentecostés el principio de vida fue impartido
a la Iglesia, poniendo así el combustible a su motor para que empezara a funcionar y
avanzar. Y mientras que la Iglesia exista aquí en la tierra, ese mismo Espíritu Santo
continuará morando en la Iglesia y dándole la vida tan especial. "Jesús consideró a sus
discípulos como el remanente de Israel que aceptó su proclamación del Reino y que
después formó el verdadero pueblo de Dios, el Israel espiritual."3 Los doce apóstoles
elegidos por Cristo para dar inicio a Su movimiento, el cristianismo, ellos son los
encargados a partir de Pentecostés de esparcir el Evangelio de Salvación al Mundo. El
Espíritu Santo, que allí les fue concedido, es quién les dará la fuerza y la entereza para
evangelizar. "Esta actuación del Espíritu del Señor tendrá una continuidad ininterrumpida
en todo el tiempo de la Iglesia que entonces se inicia"4
Una de las contribuciones importantes del Espíritu Santo a la Iglesia es constituida por el
hecho que ha dado y confirma la Palabra escrita. Por medio de una intuición directa en el
corazón del creyente el Espíritu Santo constituye una declaración de que Dios es el Autor
de las Escrituras. Eso es lo que le da al cristiano la seguridad de que la palabra que es
manual de su vida, la Guía de la Iglesia, es la verdadera Palabra de Dios, confirmada por
Cristo y sellada por el Espíritu Santo.
Dios tiene una Iglesia sobre la Tierra, la cual está compuesta por todos los verdaderos
cristianos. Esta Iglesia podríamos decir, es un organismo espiritual del cual es miembro
todo creyente verdadero, sea cual fuere la afiliación a organización externa que tenga. Esta
iglesia no es otra sino el cuerpo en el cual todos los miembros están vitalmente unidos, de
manera que ellos no viven sólo por sí y para sí mismos, apartado de los demás, sino que
están unidos unos con otros en un enlace real. A esta iglesia, se entra a formar parte por
medio de Jesucristo, pues Él es la puerta (Jn. 10:9). Nadie entra en la iglesia sino por la
puerta. "Pero fuera de la puerta, por así decirlo, está el Espíritu Santo, quien en forma
soberana se acerca a ciertos individuos y los conduce irresistiblemente hacia esta puerta, y
a través de ella, de manera que se conviertan en miembros de la Iglesia de Jesucristo."5 En
otras palabras, es el Espíritu Santo quién establece esta Iglesia verdadera. Y esta naturaleza
fundadora del Espíritu Santo así como el método que Él utiliza para establecer la Iglesia es
algo que vemos claramente delimitado en las Escrituras, especialmente en el libro de los
Hechos de los Apóstoles. Si ponemos atención por ejemplo en el acontecimiento de
Pentecostés (Hch. 2:1- 13), nos damos cuenta de que Lucas pasa a describir un
acontecimiento que tuvo carácter constituyente en la existencia de la Iglesia primitiva.
Escena de enorme trascendencia en la historia de la Iglesia nos narra Lucas en este capítulo
del libro de Hechos. A esta escena, como a algo extraordinario, se refería Jesús cuando,
poco antes de Su ascensión, avisaba a los apóstoles de que no se ausentasen de Jerusalén
hasta que llegara este día (Hch. 1:4, 5).
Cuando se cumplieron los días: Esta introducción nos asegura que llegamos a una fecha
importante en la historia lucana del pasado que dio existencia a la Iglesia. Con la misma
fórmula se anunciaba el nacimiento del hijo de María (Lc 2,6) y la inauguración del viaje-
éxodo de Jesús (Lc 9,51). Equivale, por consiguiente, a un indicativo que señala el
principio de las etapas más importantes en la historia sagrada de Lucas. Aquí señala el
terminus a quo para la nueva era de la Iglesia, inaugurada por el don del Espíritu.6
Tenemos además los Evangelios, así como las cartas Paulinas que nos dan más detalles del
proceso de esta iglesia, del funcionamiento de esta maquinaria a partir de entonces, así
como los procedimientos para una persona hacer parte de la misma. Las Escrituras nos
dicen que "el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios"
(Jn. 3:5), con lo cual entendemos que uno debe nacer de nuevo por el Espíritu Santo a fin
de entrar a formar parte de la iglesia de Cristo, como Jesús lo indicó a Nicodemo. Además,
todo miembro debe confesar que Jesucristo es el Señor, y esto sólo se puede hacer con el
poder del Espíritu, como lo dijo Pablo: "nadie que hable por el Espíritu de Dios llama
anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo (1Cor.
12:3). Y eso, una vez más nos confirma que la iglesia, la cual Cristo es la cabeza, es
establecida por el poder del Espíritu Santo. Como algunos autores dicen: "Del mismo modo
que el Espíritu Santo formó el cuerpo físico de Jesucristo en la encarnación, así también
forma el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la iglesia."7
1.3 El Espíritu Santo Administra la Iglesia
En la Iglesia que es el cuerpo de Cristo, cada miembro está puesto de tal manera que pueda
ejercer la función que le es propia. El Espíritu Santo da a cada miembro del cuerpo de
Cristo un don o una facultad particular, según Él quiere (1 Cor. 12:11). Estos dones o
talentos, son los que permite a la Iglesia el ejercer su actividad de forma ordenada y
efectiva y servir a Dios honradamente. Cristo mismo ha capacitado a unos como apóstoles,
profetas, maestros, etc., (Ef. 4:11) El Espíritu Santo dirige la administración de la Iglesia
para que se tomen decisiones sabias (Hch. 6:1-7). Es Él quien en un momento de discordia
y murmuración da las instrucciones para la resolución eficaz del problema, de forma que
todos sean atendidos de igual manera, y que la administración sea más justa y eficaz (Hch.
6:1-7). Es quién coordina y organiza la iglesia, y da la presenta la forma que la Iglesia debe
ser administrada. Es Él quien equipa a la iglesia completamente para que sea capaz de
llevar adelante la obra del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo. En todo el
libro de los Hechos vemos como el Espíritu Santo es quién pone a parte a los que quiere
que trabaje en Su obra, como el caso de Bernabé y Pablo. Vemos como dirige a los
discípulos indicándoles por donde pasar y por donde no pasar, y qué hacer en cada
situación.
Todos los negocios y el programa de la Iglesia en la tierra deben estar bajo la dirección y la
guía del Espíritu Santo (Hch. 20.28; 15.28). La Iglesia progresa en la medida que el
Espíritu Santo es permitido ser el líder de ella. Si nos fijamos en los Evangelios, cuando
Jesús al inicio emprendió la tarea de formar Su Iglesia, vemos que Él ha comenzado con un
pequeño equipo de trabajo, los cuales Él mismo los preparó como líderes. Ese equipo
central que era al inicio de 12 luego fue ampliado a 72, y en Pentecostés vemos que llegó a
crecer hasta llegar a un grupo de 120. "Él adopta el mismo criterio hoy, preparando gente
para el liderazgo que le dé continuidad a la obra de crecimiento y desarrollo de su iglesia
en un compañerismo activo con él".8 Y para poder entender por qué Cristo lo hace así,
primeramente tenemos que darnos cuenta de que, desde el mismo principio de Su obra Dios
decidió incluirnos como amigos y colaboradores en la misma. Él quiso y sigue queriendo
que seamos parte de la administración de Su obra, Su pueblo, Su Iglesia, juntamente con el
Espíritu Santo, que es principal administrador y Cristo que es la cabeza de la misma.
Vemos que desde la Creación Él dotó a Adán y a Eva con todas las facultades y dones
necesarios para ejercer el dominio y la administración de lo que había creado en Su nombre
(Gn. 1:28). Y aún que el ser humano ha fallado y ha decepcionado a Dios en la
responsabilidad de gestionar lo que le había encomendado, aun así, al nacer de nuevo por
medio del bautismo, Él nos hace una nueva creación, y al entrar por la puerta que es Cristo
volvemos a hacer parte de esa nueva realidad del Reino de Dios. Es entonces cuando los
privilegios y responsabilidades que habíamos recibido para gobernar y gestionar nos son
restaurados por el Poder del Espíritu Santo, quién capacita, prepara y pertrecha al pueblo de
Dios para entrar otra vez en una cooperación activa y dinámica con las Tres Personas de la
Trinidad. No queda duda de que el Espíritu Santo de Dios está siempre dispuesto a
capacitar a los creyentes y a dotarles con las facultades necesarias en la labor de
administrar, gestionar y liderar la obra de Dios, pero es deber nuestro como Sus siervos,
pedir Su dirección y permanecer constantes en Su camino. "Él guía indudablemente: pero
tanto sus orientaciones, como la capacidad para reconocerlas y obedecerlas, podrán
aprovecharse únicamente cuando cedamos el lugar al Espíritu Santo, quien es el legítimo
representante de Cristo sobre la tierra."9 Vemos a través de las Escrituras y también de la
historia, que la iglesia primitiva era completamente consciente de encontrarse bajo la
acción y conducción del Espíritu Santo y de estar llena de sus dones. Así vemos como el
Señor glorificado ejerce Su plena autoridad sobre ella.
Los discípulos que antes veíamos con rasgos de timidez y cobardía (Mt. 26:5; 26:69-74),
ahora les vemos transformados en intrépidos propagadores de a doctrina de Cristo (Hch.
2:14). Pedro predica ante el Sanedrín cuando antes negó a Jesús ante ese mismo tribunal
(Hch. 4:18-20). La narración que encontramos en (Hch. 2:14-52) es interesante porque
contiene el primer sermón cristiano. Pues antes estábamos "acostumbrados" a escuchar
sermones de boca de Cristo, pero ahora vemos por primera vez, un sermón acerca de Cristo
en boda de otro. Eso sí es algo más que interesante, y que se hará luego, cada vez más
común entre los diferentes personajes del Nuevo Testamento.
2. Había lo que se llama la didajé, que quiere decir literalmente enseñanza, y que dilucida y
desarrolla el significado y las implicaciones de los hechos que se han proclamado. Para
decirlo en términos actuales, es como si, después que el predicador ha expuesto los hechos
incontestables, los oyentes le preguntaran: « ¿Y ahora qué?» La didajé sería la respuesta a
esa pregunta.
3. Había lo que se llama la paráklésis, que quiere decir literalmente exhortación. Esta clase
de predicación presentaba a los oyentes la obligación de ajustar su vida al Kerygma y a la
didajé que ya les habían dado.
Es el Espíritu Santo quién dice a dónde hay que ir y a donde no hay que ir. Él elige los
caminos por donde sus obreros han de pasar, y va delante preparando cada detalle.
· Hch. 16:6,7(negativo).
Además, es Él Espíritu Santo que también elije a las personas que deben servir en la obra
de Evangelizar al mundo impartiendo las Buenas Nuevas de Cristo Jesús: "Apartadme a
Bernabé y a Saulo para la obra a la que os he llamado" (Hch. 15:2).
Vemos a través de las Escrituras que la obra del Espíritu Santo no se limita a establecer la
Iglesia de Cristo, llevar el hombre a la conversión, restaurar sus vidas e incorporarlos al
cuerpo de Cristo, sino que además unifica a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo. Y eso lo hace
morando en cada miembro de este cuerpo (1 Co. 3:16, 6:19). Y es por medio de este morar
constante del Espíritu en los miembros es que ellos permanecen unidos a Cristo, la Cabeza
de la Iglesia. El Espíritu Santo es siempre el mediador de la unión del creyente con Cristo;
es decir, Cristo mora en el creyente por medio del Espíritu o a través de Él. Como dice
Pablo: "Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu […]"12 Y el mismo apóstol lo sigue
diciendo:
"ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos
vosotros sois uno en Cristo Jesús".13 Seguramente si de no ser así la iglesia no existiría,
pues ¿cómo podría el cuerpo vivir separado de la cabeza o los miembros separados del
cuerpo? Así "no sólo los creyentes individualmente mantienen una unión vital y mística
con Cristo, la Cabeza, sino que también mantienen una unión real entre sí."14 Y esta es una
realidad que sin duda, todos los que somos cristianos la hemos experimentado al reunir con
verdaderos hijos de Dios de diferentes culturas, lenguas, etc.
Ahora sí, es importante no confundir uniformidad con unidad, pues "notemos que dentro
del Cuerpo, como se ha dicho frecuentemente, no hay uniformidad pero sí unidad dentro de
la diversidad".15 Eso es, somos muy diversificados, pues así fuimos creados, pero somos
unidos porque la unidad del Espíritu es una unidad Espiritual. Es una unidad producida por
Él en el corazón y la conciencia de todos aquellos que son de Cristo. Nos estamos unidos a
una organización, sino unidos a un Ser, Cristo Jesús, Quién nos Creó, nos Salvó y nos
Redimió.
La Epístola a los Efesios nos enseña que una base inquebrantable de la unidad del Espíritu.
Y esta base está constituida por básicamente siete elementos:
Estas son las bases de la unidad de la Iglesia de Cristo dadas por Él mismo a través del
Espíritu Santo. Unas bases sólidas, establecida por acción y voluntad de Dios. Bases que
nos permiten a nosotros como creyentes, disfrutar aquí en la tierra al menos un poquito de
la unidad vivida en el cielo. Como dice René Pache: "Si los hijos de Dios pensasen que han
de pasar juntos la eternidad, sería a verdaderamente el momento de que comenzaran a
ponerse de acuerdo aquí abajo."20
3. Mora en el creyente (Rom. 8.9 – Jn. 14.17 –1 Cor. 3.16, 17, 1 Cor. 6.19 – 2 Cor. 13.5)
8.26).
Seguramente podríamos exponer algunas obras más que el Espíritu Santo hace en la vida
del creyente, pero con eso tenemos lo suficiente para ver que la obra del Espíritu Santo en
la vida del creyente es de inmensa importancia, y además no tiene límites. La obra del
Espíritu Santo en la vida de todo aquel que cree en Cristo no es solo importante sino
necesaria, pues es Él quién nos lleva al arrepentimiento, y nos hace ver todo aquello que
debemos abandonar, cambiar o restaurar en nuestras vidas, a fin de ser verdaderos testigos
de Cristo, a fin de estar realmente preparados para que Él haga morada en nosotros.
Vemos que a partir de Pentecostés todos los que fueron agregados a la iglesia de Cristo,
fueron impulsados a la conversión por el Espíritu Santo que había llenado a los discípulos
que impartían la palabra. "Es el Señor, y no los hombres, que añade a la Iglesia los que son
salvos (Hch. 2:7)."21 El Espíritu Santo es quién impulsa al hombre a la conversión, tanto a
nivel individual como colectivo. Y eso lo podemos confirmar en los siguientes pasajes:
a. Las multitudes (Hch. 11:15, 16; 1:5; 2:4; 4:31; 9:31).
Al hablar de conversión, muchos lo relaciona con el Bautismo del Espíritu Santo, pero el
cristiano no siempre recibe al Espíritu Santo en el momento del bautismo sino después
(Hch. 8:14-17), como dicen algunos estudiosos al escudriñar algunos texto bíblicos que así
lo describe. ¿Por qué? Se han dado cuatro explicaciones básicas del porqué tomando en
especial el caso de Felipe:
2. Los prejuicios hacia los samaritanos eran tan grandes que si no hubieran sido los
apóstoles, hubiera sido para los judíos muy difícil aceptar esta situación.
3. La fe de los samaritanos no era del todo completa y quizá hacía falta que se les predicara
más para que comprendieran mejor las cosas.
4. Hay quienes dicen que la fe de los samaritanos era mágica porque sólo habían visto a
Felipe obrar milagros. Les hacía ver que se habían convertido a Felipe y a sus obras y no a
Dios. Pedro y Juan no hicieron milagros allí y sólo predicaron a Dios.
Estas son las explicaciones que se han dado en cuanto a la obra de Felipe en Samaria,
donde los bautizados no recibieron al Espíritu Santo en el mismo momento. También se
habla del caso de Pablo, que tuvo su conversión cuando Cristo se le apareció en el camino a
Damasco, pero solo recibió el Espíritu Santo cuando Ananías le visitó y le impuso la mano
(Hch. 9:17).
Por otro lado, es importante tener claro que la conversión no es sinónimo de conocer a
Cristo intelectualmente, o ir a la iglesia regularmente. Una persona puede pasar toda su vida
en la iglesia, escuchando sermones, colaborando con las actividades, etc., y tener su
conversión en el último día de su vida. Muchos han tenido esta experiencia, de ser
creyentes por muchos años pero no haber tenido una verdadera conversión. Vemos por
ejemplo el caso de Martín Lutero, que "fue sacerdote durante doce años antes de declarar:
En ese momento sentí que había nacido completamente de nuevo y que había entrado al
mismo paraíso a través de portones que se habían abierto".22 Lo mismo pasó con John
Wesley y cuando Jesús le dijo a un hombre que tenía que nacer de nuevo (Jn. 3:7), estaba
hablando a uno de los líderes religiosos de Israel. Testimonios como estos podríamos
relatar unos cuantos más, pero el objetivo aquí es mostrar cuán fácil es dar por sentado,
equivocadamente, que todos aquellos que tienen una posición de líder en la Iglesia de Dios,
ya se ha incorporado realmente en el Reino de Dios. En realidad eso no es así, y los pocos
ejemplos que hemos visto nos lo demuestran. Este nuevo nacimiento, esta conversión es
algo como hemos dicho, extraordinario, único y personal. Una experiencia con Cristo como
nunca hemos tenido. En esta conversión a una esperanza viva Jesús lo enfatiza diciendo que
solo es posible a través del Espíritu Santo (1P. 1:3). "Por sí mismo el hombre nunca puede
ir a Dios. Está totalmente corrompido. Su inteligencia, voluntad, y emociones, están del
todo corruptas. En cuanto a su inteligencia, el hombre no puede entender a Dios su reino,
ni siquiera cuando se lo explican en la forma más diáfana; porque el pecado ha oscurecido
su comprensión y ha hecho que en lo espiritual esté totalmente ciego."23 Por esta razón,
ésta conversión se trata de una realidad de la que nosotros, al igual que Nicodemo,
podemos participar solamente a través de la obra del Espíritu Santo. Lo único que hacemos
es permitir que el Espíritu Santo haga tal obra en nuestra vida, y que podamos así
experimentar y vivir en primera persona este maravilloso milagro llamado conversión.
CONCLUSIÓN
Por supuesto que podríamos seguir hablando más acerca de la obra del Espíritu Santo en la
iglesia primitiva, pero no hemos querido extendernos mucho en el tema, sino presentarlo de
una forma breve, en pocos puntos, pero los que hemos creído ser los más esenciales.
Cabe resaltar que, como hemos visto, que desde el momento en que la Iglesia fue
establecida, a partir del momento en que el Señor envío al Paráclito prometido, la historia
del siervo fiel a Dios, por no decir del cristiano, así como historia del mundo, ha dado un
vuelco completamente. Pues el inicio del cristianismo ha marcado un antes y un después en
la historia. Se ha hecho, podríamos decir, una nueva historia sobre la historia. Este
acontecimiento único y extraordinario en la historia de la humanidad ha despertado, sigue y
seguirá despertando enorme interés no solo en el creyente, sino en el gnóstico, en el
místico, etc., etc. Acerca de este acontecimiento, vemos que se han escrito miles de obras,
millones de páginas. Muchos relatan los hechos y los datos históricos, así como todo
aquello que sea verificable, otros se dedican a intentar descubrir más acerca de este ser
identificado muchas veces por la paloma, pero que en realidad vuela sobre todos nosotros y
quiere hacer nido en nuestros corazones.
Hacer un trabajo como este, no resulta en otra cosa que en la confirmación una vez más de
lo extraordinario que es el hacer parte de este remanente que empezó hace dos mil años. Un
remanente que ha ido creciendo día tras día como hemos podido rever en algunos pasajes
bíblicos, y como también vemos en nuestra historia actual. Un trabajo que quizá no aporte
mucho al que lo lea, puesto que lo que hay expuesto nada más es que resumen de resumen.
Pero un trabajo de mucha importancia para el que lo ha hecho, pues al resumir e intentar
expresar en breves palabras cada párrafo o cada línea, mucha información y muchos hechos
y descubrimientos fantásticos han quedado en mi mente. Todo lo que hay expresado, al fin
y al cabo ha tenido que pasar por mi carne, y eso sí no tiene precio.
Cabe concluir, con la grata satisfacción de una lección más aprendida, de la fe una vez más
confirmada, y de la fuerte seguridad de que el barco llamado "iglesia" llegará pronto a su
puerto sano y salvo, pues el Capitán que lo conduce es el mismo que lo ha creado.
La arboleda y la lógica
Luis Vidales
(Calarcá, 1900 - Bogotá, 1990) Poeta colombiano autor de Suenan timbres (1926), el mejor
y casi único poemario vanguardista en Colombia, cuya índole innovadora se manifiesta en
la ruptura con los esquematismos y en la búsqueda de nuevas formas expresivas de la
sensibilidad contemporánea.
Luis Vidales
Suenan timbres fue la única obra poética estrictamente vanguardista escrita en Colombia en
aquella época; de ahí el escándalo y la incomprensión con que fue recibida en su país. No
había medida en los versos, ni rima, ni ritmo; sus temas no eran sentimentales, ni su
lenguaje el que habitualmente se encontraba en obras poéticas. En su lugar, el poemario
trata temas cotidianos, con el lenguaje del pueblo de la calle; se trataba de una poesía de
ideas, expresada en un tono juguetón y humorístico. Vidales cedió a la intuición renovadora
de José Asunción Silva y se apropió con sagacidad de las grueguerías de Ramón Gómez de
la Serna. Con él irrumpió en el país esa antipoesía que cobija lo feo y lo cotidiano. Su afán
de soberanía expresiva recuerda a Vicente Huidobro y su osadía, a Picasso. El influjo del
libro en el desarrollo posterior de la literatura en Colombia fue considerable, especialmente
en las recientes voces líricas nacionales.