P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
HACIA LA SANTIDAD
Aslan & Ripichip Editores
LIMA – PERÚ
2003
Hacia la Santidad 2 de 113
Nihil Obstat
P. Fortunato Pablo
Prior Provincial
Agustino Recoleto
Imprimatur
Mons. Carmelo Martínez
Obispo de Chota (Perú)
2003
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ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA SANTIDAD
Dios te quiere santo. Deseo de santidad.
Ser santo según tu vocación. Santos diferentes.
La santidad es amor. Necesidad de la oración.
Todo por amor.
La comunión de los santos. a) Los ángeles
b) Los santos c) Las almas del purgatorio d) Los hombres de la tierra.
Confianza total. a) Nguyen Van Thuan
b) Madre Teresa de Calcuta c) Madre Angélica
d) Santa Gianna Baretta.
Ser misionero.
SEGUNDA PARTE: EXPERIENCIAS MISIONERAS
Vida misionera. Correrías apostólicas.
La misa. La confesión. Sacrificios.
Alegrías. Los pobres. Los enfermos.
Los protestantes. Promoción vocacional.
Ser sacerdote. Religiosas misioneras.
El amor a María. La protección del ángel. En el hospital.
Oraciones Misioneras: Misionero en los Andes.
En la Sierra del Perú. Siguiendo el camino.
Hablando con Dios. En un rincón de la tierra.
Cantando con los ángeles. En la Selva. Frente al mar. Con Jesús Eucaristía.
TERCERA PARTE: DESEOS DE SANTIDAD
VIDAS EJEMPLARES: Mi maestro. Mi amigo Agustín.
Accidente fatal. El campesino pobre. El vendedor de flores.
Un santo sencillo. El mendigo santo.
SUEÑOS DE SANTIDAD: Sueño con Jesús.
Soñando en la soledad. Mi alma en primavera.
ANSIAS DE SANTIDAD:
Mi alma enamorada de Jesús. Mi entrega.
Amar a Jesús. Ansias de santidad.
Alabar a Jesús. Mensaje de Jesús. La vida. Hacia la santidad.
CONCLUSIÓN
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HACIA LA SANTIDAD
INTRODUCCIÓN
Los santos son los frutos más hermosos de la
humanidad, son la riqueza de la Iglesia. Son los que más han
contribuido a la felicidad de la humanidad, porque la verdadera
felicidad sólo se encuentra en Dios, y ellos han contribuido con
su vida y su ejemplo a hacer un mundo mejor, más humano y
más feliz.
Los santos son nuestros hermanos, no son seres de otras
galaxias. Nacen y viven y mueren como nosotros, pero con la
diferencia de que ellos viven inmersos en Dios. Por eso, su vida
es una obra maestra de la gracia divina. Ellos son los hombres
de Dios por excelencia, los amigos de Dios, sus hijos
predilectos.
Pues bien, Dios quiere que seamos santos, porque quiere
que seamos felices, y las personas más felices son,
precisamente, los santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres
ser santo? ¿No te parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz
solamente con placeres y comodidades de este mundo, que pasa
como nube mañanera? ¿No quieres ser feliz para siempre?
Recuerda que los santos son los que más aman. La
santidad es amor. ¿Estás dispuesto a amar a Dios y a los demás
sin condiciones, con una entrega total? Si es así, este libro es
para ti. Te felicito por tus deseos de santidad. Vale la pena
intentarlo. Cuento contigo.
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PRIMERA PARTE
LA SANTIDAD
En esta primera parte, vamos a tratar de la santidad y de
cómo todos nosotros podemos y debemos ser santos. Porque la
santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un deber de
todos. Y, si Dios quiere que seas santo, ¿por qué tú no lo vas a
querer? ¿Crees que es muy difícil? Para ti solo es imposible,
pero no olvides lo que dice Jesús: “Sin Mí no podéis hacer
nada” (Jn 15,5), pero “todo es posible al que cree” (Mc 9,23).
Por eso, San Pablo afirma: “Todo lo puedo en Cristo que me
fortalece” (Fil 4,13).
DIOS TE QUIERE SANTO
Dios, tu Padre, que te ha creado, quiere lo mejor para ti
Y, por eso, quiere que seas santo. La voluntad de Dios es tu
santificación (1 Tes 4,3). Dios te eligió desde antes de la
formación del mundo para que seas santo e inmaculado ante Él
por el amor (Ef 1,4). Por eso, en la Biblia, que es una carta de
amor de Dios, se insiste mucho: “Sed santos, porque yo
vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2; 20,26). Y Jesús nos dice:
“Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48).
Así que tú y yo, y todos "los santificados en Cristo Jesús,
estamos llamados a ser santos" (l Co 1,2).
El mismo Catecismo de la Iglesia Cató1ica nos habla en
este sentido: "Todos los fieles son llamados a la plenitud de la
vida cristiana" (Cat 2028). "Todos los cristianos, de cualquier
estado o condición están llamados cada uno por su propio
camino, a la perfección de la santidad" (Cat 825).
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En el concilio Vaticano II, en la Constitución "Lumen
gentium", todo el capítulo V está dedicado a la vocación
universal a la santidad. Y dice en concreto: “Quedan invitados,
y aun obligados, todos los fieles cristianos a buscar
insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio
estado” (Lumen gentium n° 42).
Así que está claro que puedes ser santo. Dios lo quiere
¿y tú? No digas que no tienes las cualidades necesarias. No
digas que Dios no te ha llamado. No has venido al mundo por
casualidad. No eres un cualquiera para Dios, no eres uno más
entre los millones de hombres que han existido, existen o
existirán. Él te ama con un amor personal. Él te conoce por tu
nombre y apellidos. Él quiere siempre lo mejor para ti y sigue
soñando maravillas en tu vida. ¿Lo vas a defraudar en sus
planes divinos? ¿Crees que no vales nada? ¿Crees que todos los
demás valen más que tú? Tú tienes que cumplir tu misión y ser
santo, cumpliendo tu misión con las cualidades que Dios te ha
dado. No envidies a nadie. No sueñes con otras misiones, no te
sientas triste por no tener lo que tú quisieras “humanamente
hablando”. Dios te ama así como eres. No te compares con los
demás para devaluarte o para creerte superior. Levántate de tus
cenizas y de tus pecados. Levanta la cabeza y mira hacia el
cielo. Allí te espera tu Padre Dios y cuenta contigo para salvar
al mundo.
Sé humilde y servicial con todos. Sé amable, procura
hacer felices a cuantos te rodean. Sé instrumento del amor de
Dios para los demás. Que el amor sea la norma suprema de tu
vida y que, por amor, des tu vida entera a1 servicio de los
demás. Y tu Padre Dios se sentirá orgulloso de ti y te sonreirá
en tu corazón y sentirás su paz y felicidad dentro de ti. No
temas. Jesús te espera en la Eucaristía para ayudarte y nunca te
abandonará. María es tu Madre y vela por ti. Los santos son tus
hermanos. Y un ángel bueno te acompaña.
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DESEO DE SANTIDAD
El primer paso para ser santo es querer ser santo. Si no
quieres serlo, porque crees que es imposible para ti o
simplemente no quieres, porque crees que hay que sufrir
demasiado y prefieres tu vida tranquila y sin complicaciones...
Entonces, estás perdido y nunca llegarás a la santidad.
Santa Teresa de Jesús nos habla de que hay que tener
una "determinada determinación", una decisión seria de querer
ser santos. Evidentemente, las personas que tienen una voluntad
muy débil y que se quedan en bonitos deseos, pero no ponen de
su parte y no se esfuerzan, nunca podrán llegar a ser santos,
mientras no adquieran esa fuerza de voluntad que es necesaria
para hacer grandes cosas.
Recuerdo que un día estaba paseando con otro sacerdote
y se nos acercó un buen hombre que le dijo a mi compañero:
“Padre, Ud. es un santo”. Y él le dijo: “No soy santo, pero
quiero ser santo". Una buena respuesta, reconocer que somos
pecadores y nos falta mucho, pero decir claramente y sin
vergüenza: “Quiero ser santo”. Personalmente, cuando me
dicen algo así, les digo: “Solamente soy un aspirante a la
santidad”, ¿y tú?
Si quieres ser santo de verdad, debes comenzar por ser
un buen cristiano. Eso significa que nunca debes mentir, ni
robar, ni decir malas palabras ni ser irresponsable. Eso supone
una decisión firme de evitar todo lo que ofenda a Dios y a los
demás y querer ser siempre sincero, honesto, honrado,
responsable...
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Una vez que estás bien encaminado y deseas amar a
Dios sobre todas las cosas, no debes angustiarte por no ver
avances importantes, pues la santidad es un regalo de Dios que
debes pedir también humildemente todos los días. ¿Lo pides de
verdad y con sinceridad? Pero no pidas un determinado tipo de
santidad, sea con dones místicos o sin ellos, con buena salud
para trabajar o con enfermedad, con puestos importantes o sin
ellos. Déjale a Dios que escoja el tipo de santidad que quiere
para ti. Él te conoce y te ama, déjate llevar sin condiciones, e
invoca a tu santo patrono. ¡Qué importante es tener un nombre
cristiano y tener un santo protector a quien invocar con
devoción!
SER SANTO SEGÚN TU VOCACIÓN
Toda vocación, incluida la del matrimonio, es un
compromiso de fidelidad, lo cual implica un riesgo, pero vale la
pena arriesgarse como se arriesga el sembrador al echar 1a
semilla o quien se va de viaje o quien comienza una empresa.
El que no quiere correr riesgos y no se arriesga, nunca hará
nada que valga la pena. Por eso, cada vez hay más hombres que
no quieren casarse, y prefieren divertirse como solteros o, a lo
sumo, convivir para poder después romper fácilmente el
compromiso matrimonial. Pareciera que hoy la mayor parte de
la gente no quiere compromisos definitivos. Pero la vocación es
una elección libre, responsable y definitiva, para toda la vida.
Compromete toda la vida hasta sus últimas consecuencias. Es
una entrega total. Por eso, hay que cultivar todos los días la
fidelidad a la propia vocación, siendo fiel en los más pequeños
detalles. Hay que evitar los permisivismos, que ofuscan la
mente y el corazón, pues nos hacen huir del sacrificio y del
esfuerzo, buscando el mínimo esfuerzo y haciendo siempre lo
mínimo indispensable.
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Lamentablemente, hay muchos hogares, conventos y
seminarios en los que se ofrecen toda clase de comodidades y
se exige muy poco, y por este camino nunca se conseguirán
verdaderas vocaciones. La auténtica vocación muere en un
ambiente de mediocridad. Los medios términos y las medias
tintas la dejan fuera de combate. La vocación debe cultivarse
cada día en la renuncia a muchas cosas buenas, pero
inconvenientes.
La santidad no se improvisa, no se consigue de un día
para otro. La santidad es un camino de subida hacia la altura y
supone esfuerzo y trabajo personal. Es sólo para esforzados que
tienen fuerza de voluntad y saben perseverar sin volver atrás.
Quizás necesites toda la vida para prepararte y madurar lo
suficiente, o quizás Dios te regale la santidad en el último
momento como un don, en consideración a tantos años de
oración, pidiéndole esta gracia. Dios tiene caminos distintos
para cada uno.
Como dice el poeta León Felipe:
Nadie fue ayer,
ni va hoy
ni irá mañana
hacia Dios
por este camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.
Lo importante es no desanimarte nunca en este camino,
que, a veces, está lleno de piedras y espinas. Tu camino es
único y distinto al de todos los otros santos. Dios tiene para ti
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un plan único. Tú no eres una fotocopia de otros santos, sino
una flor única en el jardín de Dios. Por eso, no dejes nunca tu
oración personal por muy cansado que estés y, dado que la
santidad es una conquista personal y un regalo de Dios, debes
pedirla todos los días. Dile todos los días: “Señor, hazme
santo”. Y pide a todos los que puedas que te ayuden con sus
oraciones por “una intención especial”. Así podrás obtener
muchas bendiciones, porque otros muchos te encomiendan en
sus oraciones.
Sin embargo, no necesitas entrar a un convento o hacer
grandes penitencias o grandes obras para ser santo. Basta que
cumplas fielmente tus obligaciones de cada día con amor.
Éste fue precisamente el gran mensaje que dejó al
mundo el fundador del Opus Dei, el santo Josemaría Escribá de
Balaguer. Él decía: “La santidad grande que Dios nos reclama
se encierra aquí y ahora en las pequeñas cosas de cada
jornada” (Amigos de Dios 312). “La santificación del trabajo
ordinario constituye como el quicio de la verdadera
espiritualidad para los que, inmersos en las rea1idades
tempora1es, estamos decididos a tratar a Dios" (ib. 61). “Dios
nos espera cada día en un laboratorio, en el quirófano de un
hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la
fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en
todo el inmenso panorama del trabajo. Sabedlo bien, hay un
algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes
que toca a cada uno de vosotros descubrir"(Conversaciones
114).
“Hay que santificar el trabajo, santificarse en el
trabajo, santificar a los demás con el trabajo” (ib. 55). Por eso,
“vive tu vida ordinaria, trabaja donde estás, procurando
cumplir los deberes de estado. Sé leal, comprensivo con los
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demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ése
será tu apostolado” (Amigos de Dios 273).
Pregúntate a cada instante como aquella abuelita: “Esto
que voy a hacer ¿le gustará a Jesús? ¿Qué haría Jesús en mi
lugar?” Si te hicieras estas preguntas frecuentemente, podrías
ver las cosas de distinta manera y no desde un punto de vista
demasiado humano y egoísta.
El Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica “Novo
Millennio ineunte”, dice: “El ideal de perfección no ha de ser
malentendido como si implicase una especie de vida
extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la
santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y
adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor
que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años
a tantos cristianos, y entre ellos a muchos laicos, que se han
santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida.
Ahora es el momento de proponer de nuevo a todos con
convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria”.
Así que ya lo sabes, tú también puedes ser santo, tienes
madera de santo y estás ya inscrito en la lista de los futuros
santos. ¿Te vas a retirar de la carrera por cobardía o por
comodidad? ¿Qué te dirá tu Padre Dios, que desea siempre lo
mejor para ti? Él cuenta contigo, no lo olvides.
SANTOS DIFERENTES
Si analizas la historia de la Iglesia, verás cómo ha habido santos
de todos los colores, de todas las razas y en todos los tiempos y
lugares. Ninguna profesión tiene la exclusiva de la santidad y
ninguna esta excluida de ella. Hay santos para todos los gustos,
desde niños pequeños a abuelitos, desde débiles doncellas a
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robustos soldados, desde reyes o Papas a agricultores
analfabetos. Veamos algunos ejemplos:
REYES: San Luis Rey de Francia y San Fernando, rey de
Castilla. Santa Isabel de Hungría o Santa Isabel de Portugal.
SOLDADOS: San Sebastián, el capitán romano que murió
mártir, atravesado por varias flechas. Y tantos otros mártires de
las legiones romanas en los primeros siglos de cristianismo.
PROFESORES: San Juan Bosco, Marcelino Champagnat y
tantos santos y santas dedicados a la educación de la niñez y de
la juventud.
POLÍTICOS: Santo Tomas Moro, nombrado el 3-10-2000, por el
Papa Juan Pablo II como el patrono de los políticos. Él ocupó el
cargo de canciller de Inglaterra y, por oponerse a la anulación
del matrimonio del Rey Enrique VIII, fue decapitado en 1535.
MADRES DE FAMILIA: Santa Mónica, la madre de San
Agustín. Santa Francisca Romana, que tuvo 3 hijos y ayudaba
admirablemente a todos los necesitados. Santa Catalina de
Génova, la santa del purgatorio, que consiguió convertir a su
esposo con su vida sacrificada y santa; al igual que la Beata
Ana María Taigi y miles y miles de madres santas, reconocidas
por la Iglesia.
NIÑOS: San Pelayo y San Tarsicio, que fueron cruelmente
asesinados por amor a Jesús. Y los beatos Jacinta y Francisco,
videntes de Fátima.
SABIOS: San Jerónimo, San Agustín, Santo Tomás de Aquino y
tantos otros doctores de la Iglesia.
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ESCLAVOS: Santa Baquita, la joven africana, cinco veces
vendida y cinco veces comprada como esclava. Se hizo
religiosa y llegó a ser un ejemplo de santidad en el convento.
INDÍGENAS: San Juan Diego, el vidente de la Virgen de
Guadalupe, y Katerina Tekakwitha (1659-1682), apache de
USA, beatificada el 22 de junio de 1980.
MÉDICOS: San Cosme y San Damián, que por su caridad
desinteresada, al final, terminaron siendo mártires de nuestra fe.
ZAPATEROS: San Crispín y San Crispiniano, dos mártires del
siglo III
EMPLEADAS DE HOGAR: Santa Zita, que desde los 12 años
sirvió como empleada en una familia distinguida hasta su
muerte, o Angela Salawa, beatificada por el Papa Juan Pablo II
el 13 de agosto de 1991.
PAPAS: Los beatos Pío IX y Juan XXIII, de feliz memoria, y
otros muchos como San Pedro, San Lino, San Cleto... De los
264 Papas, que ha habido hasta ahora, la tercera parte han sido
santos. Ninguna profesión tiene un récord tan alto. Y no
olvidemos a los cientos de sacerdotes y religiosas, que sería
demasiado largo enumerar.
ESPOSOS: San Isidro labrador y su esposa; Luigi y María
Beltrame Quattochi (siglo XX) que, según dijo el Papa Juan
Pablo II, vivieron una vida ordinaria de modo extraordinario y
fueron beatificados el 21 de octubre del 2001. Tuvieron cuatro
hijos, dos de ellos sacerdotes.
Incluso, hay familias enteras de santos como la familia
de San Basilio y su esposa Emelia con todos sus hijos: Pedro de
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Sebaste, Gregorio Niseno, Macrina y el grande San Basilio
Magno. (siglo IV)
Y también la familia del venerable Tescelín, su esposa
la beata Alicia y sus hijos los beatos Guy, Gerardo, Humbelina,
Andrés Bartolomé, Nivardo y el gran San Bernardo de
Claraval. (siglo XII)
Todos han sido santos por el amor.
LA SANTIDAD ES AMOR
Piensa en amar y en hacerlo todo con amor y por amor,
es decir, en convertir todas tus obras en amor. Trabaja con amor
y ofrécelo todo con amor.
La santidad es amor. Por eso, si vas a una casa o a una
Comunidad religiosa y quieres saber quién es el más santo,
observa quién es el que más ama. No es el que mejor habla de
Dios o de las cosas espirituales. No es el que trabaja más por el
Señor ni desempeña los cargos más importantes. Ni siquiera el
que más horas está retirado de los otros en supuesta oración.
Observa al que hace las cosas que más cuestan, al que está más
pronto para hacer cualquier sacrificio para servir a los demás, al
que hace las cosas que los otros no quieren, al que está más con
los enfermos o aguanta mejor a los de carácter violento.
Si en estos casos, no lo ves murmurar y lo ves alegre y
contento. Si hace el bien calladamente y sufre en paz y con
paciencia, tratando siempre de sonreír y hacer felices a los
demás. Si sufre con amor sus propios sufrimientos o
debilidades... ahí está el santo.
Hacia la Santidad 15 de 113
Santo es el que ama a Dios y se abandona a sus planes y
le puede decir en cada momento: “Señor, soy tuyo, aquí estoy
para hacer tu voluntad”.
Hacer la voluntad de Dios en cada instante, sonreír y
hacer felices a los demás, son algunas de las pistas que te
llevarán a reconocer al que es verdaderamente santo, porque la
santidad se mide por el amor. Cuanto más amas de verdad, más
santo serás. Así que no olvides que el amor es santidad y la
santidad es amor. Ahora bien, para amar hay que orar y
comunicarse con la fuente del amor, que es Dios.
NECESIDAD DE LA ORACIÓN
Cuando yo era un joven sacerdote, durante dos años
estuve en crisis y no rezaba el rosario ni el Oficio divino ni
hacía oración. Creía que era perder el tiempo, porque no sentía
nada y tenía mucho que hacer en la parroquia. Pero, cuando ya
empecé a sentir deseos de dejar el sacerdocio, porque creía que
podía hacer mucho más por los demás, viviendo mi propia vida
en el mundo... Entonces, antes de dar el paso definitivo, tuve
una brillante idea, creo que inspirada por mi ángel, de pedir
oraciones a cuatro conventos de clausura. Y me olvidé... Pero
Dios no olvida, toma en serio nuestra oración; y, sin darme
cuenta, poco a poco, fui recuperando la fe y el deseo de orar,
asistiendo a grupos carismáticos.
Ahora, con la perspectiva de los años, me doy cuenta
de que la gran lección que aprendí es que nunca debo dejar la
oración, porque me pierdo. Cualquier santo, por más santo que
sea, si quiere dejar de serlo en el más breve tiempo posible, no
tiene más que dejar la oración. En cambio, un pecador que
quiera ser santo, lo primero por donde debe empezar es por la
oración sincera de todos los días.
Hacia la Santidad 16 de 113
En este momento, me vienen a la mente tantos miles de
sacerdotes y religiosas que, a lo largo de los años, han
abandonado su vocación. Quisiera poder preguntarles a a cada
uno: “¿Dónde dejaron su oración?” Porque se puede ser
cumplidor “material” de los tiempos de oración, asistiendo a la
capilla, a disgusto, sin poner de nuestra parte, leyendo libros
que no le llegan al alma o preparando homilías, charlas etc.,
pero eso no es oración. La oración es amor y, si no hay
comunicación personal con Dios, aunque hayamos estado “en
oración”, hemos estado “sin oración” y sin amor, con el alma
vacía. Eso es lo mismo que ir al comedor y no comer. Si no
comemos, si no oramos, porque no tenemos tiempo o por lo
que sea, ¿qué podemos esperar? Es la historia, ya muy repetida,
de “una muerte anunciada”.
Por mi parte, procuro ser siempre fiel a mi tiempo de
oración, consciente de mi propia debilidad humana y procuro
pedir oración por mí a todos los que puedo. Ojalá que tú hagas
de tu vida una continua oración y no sólo en los tiempos
establecidos, porque toda la vida debe ser un acto continuo de
amor a Dios. A veces, es fácil decir pequeñas jaculatorias:
“Jesús, yo te amo, yo confío en Ti” u otras parecidas, diciendo
con frecuencia: “Señor, por tu amor”.
Busca el silencio y evita el ruido.
Parece que en muchos hogares y conventos, ha hecho
entrada triunfal el ruido. Se evita a toda costa el silencio y se
llenan los tiempos libres con el televisor o el transistor o la
conversación. Muchos huyen del silencio como de un demonio.
Y así nunca tienen tiempo para leer, para pensar o para orar.
Recuerdo que Lewis en uno de sus libros habla de un
experimentado diablo del infierno que dice: "Queremos hacer
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del Universo un continuo ruido. Hemos hecho grandes
progresos en este sentido. El ruido nos defiende de los
estúpidos remordimientos y de los deseos de grandes cosas,
que así parecen inalcanzables”. Esto lo escribió en 1947, pero
todavía parece tener actualidad. Por eso, tú evita las
conversaciones inútiles o ruidosas, evita la música estridente,
evita perder el tiempo y busca el silencio para pensar y orar.
Busca a Dios en el silencio. Dios es amigo del silencio.
Nunca dejes la oración. Se cuenta que el diablo en una
oportunidad no podía entrar en un convento, porque todos sus
frailes eran observantes y no aceptaban sus insinuaciones para
pecar, y lo expulsaban y le cerraban las puertas. Pero un día
cambió de táctica y, en vez de insinuarles que hicieran cosas
malas, les fue inspirando hacer muchas cosas buenas, como
trabajar en la huerta, predicar, dar charlas y retiros, tener
reuniones y misas por todas partes, etc., de modo que no tenían
tiempo para orar y, cuando iban a la oración, estaban tan
cansados, que se dormían. Y, de esta manera, se fue apagando
poco a poco el fervor de aquel convento y así pudo entrar y
crear divisiones y desanimarlos en su vocación.
Trabajar y trabajar por el Señor sin oración, es la herejía
de la acción. Muchos sacerdotes y religiosas han abandonado
su vocación, porque decían: “Todo lo que hago es oración,
todo el día estoy hablando de Dios, todo lo que hago es para
Dios”. Pero una cosa muy distinta es hablar de Dios y otra es
hablar con Dios. De la misma manera, un casado que trabajara
doce horas diarias, incluidos los domingos, y no tuviera tiempo
para hablar con su esposa, estaría perdiendo a su esposa. No
basta trabajar para la esposa, hay que hablar con ella y
demostrarle amor. No tener tiempo para orar, es no tener
tiempo para amar; y sin amor y sin oración, la vida está vacía.
Hasta los casados necesitan tener tiempo para orar, pues de otro
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modo, sus corazones se sentirán vacíos, al faltarles el amor de
Dios, y entonces... todo puede suceder.
Una cosa, que siempre me ha llamado la atención, es
que todos los santos sin excepción han sido muy devotos de
María. Así que, si quieres ser santo, tampoco desprecies la
ayuda que Dios te quiere dar por medio de María. Invócala
como a una Madre cariñosa, conságrate a Ella, ofrécele cada
día el santo rosario, y así sentirás palpablemente su protección
y su amor de Madre. Yo siempre le tuve mucha devoción, ¿no
pudo ser Ella quien salvó mi sacerdocio? Yo así lo creo. Te
recomiendo consagrarte a María y por María conságrate a
Jesús, para hacer de Jesús el centro de tu vida. Jesús te espera
siempre como un amigo en la Eucaristía. Ten con Él los
mismos sentimientos y actitudes que tendrías con una persona,
a quien amas mucho. ¿Cuántos besos le has dado a Jesús en
esta semana o en este día en alguna imagen? ¿Has comulgado?
¿Le ofreces todas tus cosas como flores de amor?
Dile que lo amas con todo tu corazón, con toda tu alma
y con todo tu ser. Entrégate a Él en cuerpo y alma. Ríndete a
sus pies, porque Él es tu Dios. Y dile ahora:
"Jesús de mi vida y de mi corazón, en
este momento de mi vida, quiero darte mi
corazón entero. Mi corazón es para Ti y
solamente para Ti. Por medio de María
me consagro a Ti y quiero que Tú seas el
Señor y el Rey de mi vida. Te amo, Jesús,
y quiero amarte sin cesar todos los días
de mi vida. Todo mi amor para Ti.
Amén”.
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TODO POR AMOR
Estamos diciendo que toda nuestra vida debe ser un acto
de amor a Dios. Todo debemos hacerlo por Él y para Él. Desde
que nos despertamos por la mañana, podemos decirle: "Buenos
días, Señor". Y lo mismo al acostarnos. Y así podemos
ofrecerle cada cosa importante que hacemos durante el día, sea
estudiar, cocinar, caminar, trabajar, comer... Lo dice San Pablo:
"Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo
todo para gloria de Dios" (1 Co 10,31). ¡Es tan fácil decir a
cada momento: "Por Ti, Señor, por tu amor"!
Dios no necesita tus obras, sólo quiere tu amor. Por eso,
ofrécele cada día, al despertar, el nuevo amanecer; ofrécele la
noche, al ir a descansar. Que todo, aunque sea pequeño, sea
hecho con amor. No pienses que tu vida es inútil, porque tú no
puedes hacer grandes cosas. No creas que Dios no te quiere,
porque no eres una persona importante. Procura hacer las cosas
más ordinarias de la manera más extraordinaria, es decir,
amando extraordinariamente; entonces, verás la diferencia y tus
caminos estarán llenos de flores de amor, que los ángeles
ofrecerán con alegría a tu padre Dios. Como decía el poeta:
¿Qué tendrá lo que es pequeño,
que a Dios siempre tanto agrada?
¿Qué tendrá una sonrisita,
una atención prodigada,
un saludo, una palabra?
Levantarse en el momento,
en que toca la campana,
saludar y sonreír a Dios
al abrir nuestra ventana,
guardar silencio…
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Decir un sí que nos cuesta,
vencer una repugnancia,
sorber, tal vez, una lágrima.
¿Qué tendrá lo pequeñito,
que a Dios siempre tanto agrada?
¿Qué tendrán esos granitos
de trigo de la hostia santa,
que han formado tantos héroes,
tantos santos, tantas santas?
Hazlo pues, todo con amor y por amor, para darle un
valor sobrenatural.
Un santo decía que las obras sin intención sobrenatural
son como un cuerpo sin alma y, por eso, hay mucha gente, que
hace muchas cosas buenas cada día, pero no le sirven para su
crecimiento espiritual, pues las hacen por obligación o porque
no hay más remedio, pero no las hacen por amor a Dios y a los
demás. Veamos ahora la diferencia de las obras que hacemos
según su intención.
Un periodista, se fue un día a visitar unas canteras de
piedra, de donde sacaban sillares para construir una catedral. Y
le preguntó a un obrero:
- ¿Qué hace Ud.?
- Estoy sudando la gota gorda, aburrido y cansado,
esperando que llegue la hora para irme a mi casa a
descansar.
Otro respondió: Estoy ganándome el pan para mi familia.
Pero el tercero respondió: Estoy construyendo una catedral.
Como vemos, uno trabajaba sin ganas, lo menos
posible, por obligación. Otro lo hacía por ganar un sueldo y
alimentar a su familia. Pero el tercero, tenía un ideal superior;
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porque, además de ganar el pan para su familia, trabajaba por
amor a Dios, porque estaba colaborando en la construcción de
una catedral para gloria de Dios.
Otro ejemplo. Un periodista va a un restaurante y
pregunta a un comensal:
- ¿Qué está haciendo?
- Estoy comiendo, porque me gusta comer bien.
Otro responde: Estoy comiendo, porque tengo hambre y quiero
seguir viviendo.
Pero otro le dice: Estoy comiendo para vivir y por amor a Dios,
a quien le agradezco y le ofrezco cada día mi comida.
¿Alguna vez te acuerdas de rezar antes de las comidas y
ofrecerle lo que te da y de darle gracias?
Otro ejemplo. Una niña ve un día a unos turistas, que
están admirando la catedral de la ciudad y se deshacen en
elogios ante la belleza tan majestuosa de aquella moderna
catedral. Y la niñita les dice:
- Yo he construido esta catedral.
- ¿Tú? ¿Cómo?
- Porque, cuando la estaban construyendo, yo le traía todos
los días la comida a mi papá.
Quizás otros niños también le llevaban la comida a sus
papás y lo hacían por obligación, a regañadientes, y de mala
gana. Otros quizás lo hacían por amor a su papá, simplemente.
Pero esta niña lo hacía, no sólo porque amaba a su papá, sino
también, porque amaba a Dios y se sentía colaboradora en la
construcción de aquella catedral, que sería para gloria de Dios.
De la misma manera, podríamos preguntarle a cada ser
humano: Tú ¿por qué vives? ¿Por qué comes? ¿Por qué
duermes? ¿Por qué trabajas o estudias? ¿Solamente, porque te
Hacia la Santidad 22 de 113
gusta? ¿Por obligación? ¿O por amor a Dios y para gloria de
Dios? Asimismo se podría preguntar a algunos religiosos: Tú
¿Por qué oras o vas a misa? ¿Por obligación? ¿O porque te
gusta? ¿O por amor a Dios?
Ofrezcamos a nuestro Padre Dios todo lo que hacemos y
todo lo que somos y tenemos, y digámosle muchas veces para
hacer de nuestra vida una continua oración o un acto continuo
de amor, lo que Jesús le pedía a la Venerable Consolata
Betrone: "Jesús, María, os amo, salvad almas" o simplemente:
"Jesús, yo te amo, yo confío en Ti".
Vive el presente con amor y dile a Jesús con cada
respiración y cada latido de tu corazón: "Jesús, yo te amo".
LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
Creo que una de las características más importantes de
la vida de los santos es esta común unión con los ángeles, los
santos del cielo y las almas del purgatorio. Es la unión entre la
Iglesia peregrina de la tierra, la Iglesia purgante del purgatorio
y la Iglesia triunfante del cielo. Todos estamos unidos en
Cristo. Por eso, la comunión eucarística con Cristo debe
llevarnos a vivir esta comunión con la Iglesia total.
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica "Como todos
los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se
comunica a los otros" (Cat 947). Esto quiere decir que "el
menor de nuestros actos hecho con caridad, repercute en
beneficio de todos los hombres, vivos o muertos. Y todo pecado
daña esta comunión" (Cat 953). Por eso, pedir ayuda a tanta
gente buena de la tierra y a los ángeles y santos del cielo,
incluso a las almas del purgatorio, nos puede ayudar
enormemente en nuestro progreso espiritual.
Hacia la Santidad 23 de 113
Ciertamente, vivir esta comunión de los santos, esta
común unión con los demás, es una experiencia gozosa y
maravillosa. Imaginemos a un niño que debe recorrer un largo
camino entre selvas y montañas, llenas de peligros y animales
salvajes. ¿Será inteligente de su parte rechazar toda ayuda que
pueden brindarle sus hermanos mayores, que lo pueden llevar
en brazos, cuando se canse, y que se preocuparán de su salud,
de su comida, de sus necesidades y lo defenderán de los
peligros? Pues bien, nosotros tenemos que recorrer un largo
camino en esta vida para llegar al cielo. Si vamos solos,
rechazando toda ayuda, probablemente vamos a sucumbir ante
tantos peligros y tentaciones, pero si nos dejamos ayudar por
nuestros hermanos mayores, los santos, ángeles y almas del
purgatorio, podemos estar seguros de que llegaremos a la meta.
a) Los ángeles
¡Qué importante es, para nosotros, la ayuda de los
ángeles! Los ángeles son nuestros defensores, consejeros,
consoladores y amigos inseparables. Muchas veces, le he
pedido a Jesús que me una a todos los ángeles para que mi
nombre esté en su "corazón" y puedan amar y adorar a Jesús en
unión conmigo. Muy especialmente amo a mi ángel custodio,
que es mi gran amigo. Por la mañana le pido que me guíe y me
dirija en todas las acciones de la jornada y que se acuerde de
encomendar a todos aquellos que me piden oraciones o por
quienes debo orar en especial. Sobre él escribí un pequeño libro
titulado "Tu amigo, el ángel". Con frecuencia, lo envío a que
bendiga a personas cercanas o lejanas y les dé muchas
bendiciones y flores de amor. Tengo experiencia de que cumple
su misión. Con él converso, muchas veces, como si lo viera, y
es para mí un amigo inseparable, que reza por mí y me ayuda
en todas las cosas. Él me inspira muchas ideas buenas y me
protege del mal y del maligno. Cuando converso con una
Hacia la Santidad 24 de 113
persona, pienso en su ángel. Cuando paso por la calle, pienso
en los ángeles de los que pasan a mi lado. Me he consagrado a
mi ángel y a todos los ángeles para sean mis hermanos y
amigos queridos, especialmente a los ángeles de los sagrarios, a
quienes pido que adoren a Jesús en mi nombre también.
Cuando celebro la misa, mi ángel me acompaña y se hace
especialmente presente. En la misa pienso en los ángeles de
todos los presentes y en los de mis hermanos espirituales y
familiares y les pido que me acompañen. Amemos a los ángeles
y pidámosles ayuda. Se sentirán felices de ayudarnos, porque
para ello han sido puestos por Dios a nuestro lado. Veamos
algunos ejemplos:
Una religiosa me escribía lo siguiente: "En nuestra
Comunidad se profesa una gran devoción a los ángeles, en
especial al arcángel San Miguel, al cual se atribuye la
asistencia milagrosa durante la invasión francesa de 1648.
Todos los templos y conventos y casas particulares de la
ciudad fueron saqueados y robados, menos nuestro convento.
Varias veces lo intentaron; pero al quererlo ejecutar, aparecía
un hombre de aspecto hermoso, alto de estatura, que con una
espada en la mano defendía la puerta de entrada.
Las religiosas creyeron que se trataba de algún oficial
francés, pero cuando quisieron buscarlo para agradecérselo,
no se halló ninguno que diese noticia de tal capitán ni que
hubiera hombre con tales señas. Por eso, se creyó que había
sido el arcángel San Miguel, patrono de la Comunidad, de
quien hemos recibido muchos insignes beneficios. Hoy tenemos
su imagen en lugares destacados de la casa. También tenemos
devoción a nuestros ángeles custodios y al santo ángel de la
ciudad".
Otra religiosa contemplativa me escribía: “En mi
convento hay una celda que se llama "la celda de los ángeles”.
Hacia la Santidad 25 de 113
Según se lee en la historia del convento y las monjas lo han
transmitido unas a otras, había cerca de nosotras otro
convento de frailes carmelitas y, cierta noche, vio un fraile que
en la ventana de la citada celda, entraban y salían muchos
ángeles. Al día siguiente, se lo comunicó a las religiosas y
resultó que esa misma noche, en esa misma celda, había
muerto una santa religiosa. Desde entonces se llama a esa
celda, la celda de los ángeles”.
Otra religiosa me escribía: “Tenía yo entre siete u ocho
años. Estaba sola en mi habitación y era noche cerrada. A
través de los cristales de la ventana se veía el exterior todo
negro. Y noté detrás de mí una sombra blanca, volví la cabeza
y vi un angelito en medio de la ventana, vestido con una túnica
blanca, ceñida con un cinturón de florecitas; sus manos
estaban juntas en actitud de oración. Tendí la mano para
tocarlo, pero desapareció.
Salí corriendo a llamar a una tía y le conté todo,
señalándole el sitio donde lo había visto de pie y que era de mi
tamaño, pero no me creyeron. Mis ojos puros de entonces lo
vieron y lo recuerdo tan nítidamente como si hubiera sucedido
ahora mismo”.
Veamos otro testimonio de una señora italiana que me
escribía:
“Cuando tenía quince años era una chica dulce y
tímida. Yo estudiaba pintura en la Academia de Bellas Artes de
Milán. Muchas veces, a lo largo del primer año de estudio se
me presentaba un joven por el camino a la Academia y después
a mi regreso a casa. No sabía quién era, no le hacía preguntas.
Él hablaba constantemente y me decía muchas cosas bellas.
Ibamos a la iglesia de San Marcos a rezar antes de ir a clase y
él se inclinaba profundamente con mucha devoción. Yo lo
Hacia la Santidad 26 de 113
imitaba. Sentía que se trataba de una criatura extraordinaria,
que sólo yo veía, pero no sabía quién era. La luz de sus ojos
era insostenible. Mis padres lo sabían y, sobre todo, mi papá,
hombre de gran plegaria, estaba contento. Una de las últimas
veces que me acompañó, me dijo que me casaría con un
hombre llamado Luis. Pero después, ya no lo vi más. Esperé
por meses poder verlo, recé, lo busqué, pero nunca más lo
volví a ver.
Una noche, después de varios años y estando ya
casada, soñé con un bellísimo ángel que me era conocido. Se
trataba de mi querido y misterioso amigo de mis años
juveniles. Él me dijo, sonriendo: ¿No te dije que te casarías
con un hombre llamado Luis? Yo soy tu ángel custodio y te
ayudé, de modo especial, en tu primer año de estudios en
Milán, porque tenías mucho temor de andar por la ciudad y
temías perderte. Te he ayudado en los peligros y te he guiado
para acrecentar tu fe. Me dijo también que siempre estaba a mi
lado y que debía continuar haciendo siempre el bien, aunque
estuviera desposada”
Recuerda que estás rodeado de ángeles, que te aman y
quieren ayudarte.
b) Los santos
Los santos del cielo son nuestros hermanos mayores,
que ya viven en la felicidad plena de Dios. ¡Qué importante es
pedir su ayuda e intercesión, empezando por Nuestra Madre la
Virgen María! Ellos no están descansando ni tomando
vacaciones en el cielo, olvidados de nosotros. Ellos siguen
amándonos y preocupándose de nosotros. Por eso, decía Santo
Domingo de Guzmán a sus frailes: “No lloréis por mí, os seré
más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente
que durante mi vida”. Santa Teresita del niño Jesús decía:
Hacia la Santidad 27 de 113
"Pasaré mi cielo haciendo bien en la tierra. Derramaré sobre
el mundo una lluvia de rosas”. Y a su hermano espiritual el P.
Roulland le escribía: “Hermano mío, presiento que os seré
mucho más útil en el cielo que en la tierra... Cuento con no
estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la
Iglesia y por las almas... Lo que más me atrae a la patria
celestial es la esperanza de amar a Dios como lo he deseado
siempre y el pensamiento de que podré hacerlo amar de una
multitud de almas que le alabarán eternamente” (Carta 225).
Los santos son nuestros amigos. Por eso, es muy
importante tener un santo patrono. Es triste que muchos padres
pongan a sus hijos nombres modernos, que no son de santos,
como Platón, Aristóteles, Sandokan, etc. Y, de esa manera, los
están privando de un patrono a quien invocar. Hay que poner
nombres cristianos a los niños. Personalmente, invoco cada día
al santo del día y leo el relato de su vida para poder conocerlo y
quererlo más. Lo invoco, en el momento de la misa, y le pido
que me acompañe y me ayude, especialmente, en su día.
También tengo algunos santos que son de mi especial devoción,
amigos especiales, a quienes invoco con más frecuencia como
Santa Teresita, San Agustín, P. Pío... De los santos recibimos
abundantes bendiciones. Santa Teresita cuenta en su
Autobiografía cómo experimentó una inmensa alegría de la
visita que recibió en sueños de la Venerable Sor Ana de Jesús,
fundadora del Carmelo en Francia. Dice: "Después de
acariciarme con más amor del que jamás puso al acariciar a
su hijo la más tierna de las madres, la vi alejarse... Mi corazón
estaba henchido de gozo... y yo creía y estaba segura de que
existía el cielo y de que este cielo estaba poblado de almas que
me quieren y que me miran como a una hija suya. Mi corazón
se deshizo de amor y gratitud no sólo hacia la santa que me
había visitado, sino también hacia todos los bienaventurados
del cielo” (MB 2).
Hacia la Santidad 28 de 113
La beata Ana Catalina Emmerick decía: “Veo a los
santos derramar siempre beneficios sobre los lugares donde
reposan sus huesos. Los cuales brillan con la misma luz y los
mismos colores que ellos y siempre parecen como una parte de
ellos, pero más especialmente donde son invocados”. Pidamos
a Jesús que nos una a todos los santos del cielo para que lleven
nuestro nombre en su corazón y amen y adoren a Dios también
en nuestro nombre.
c) Las almas del purgatorio
Nuestra unión espiritual llega también al purgatorio.
Estas almas pueden ayudarnos, y nosotros podemos y debemos
ayudarlas con nuestras oraciones y sufrimientos, y, en especial,
con misas. Pensemos que hay una común unión extraordinaria
entre los familiares vivos y los difuntos.
¡Cuánto bien hacen a sus familiares los difuntos buenos,
ya desde el purgatorio! Se dan casos de la conversión y
acercamiento a Dios de familias enteras a la muerte de la
madre. Una buena madre es una bendición de Dios para todos
sus descendientes hasta el final de los siglos. Recuerdo que un
obispo contaba que tenía mucha devoción a su madre difunta y
siempre la invocaba en sus problemas y sentía su protección
especial. Santa Teresita, hablando de la muerte de su padre,
dice: “Después de seis años de ausencia, lo siento en torno a
mí, mirándome y protegiéndome” (Carta a Leonia, 24-8-1894).
Veamos un ejemplo, que he leído en un libro fidedigno.
Este caso ocurrió el 3 de noviembre de 1888. En horas de la
noche, una señora llamó a un sacerdote para que fuera a cierta
dirección a asistir a un enfermo grave, que necesitaba
urgentemente confesarse. El sacerdote acudió a la dirección
indicada y se encontró con que el joven, que se suponía debía
estar gravemente enfermo, estaba perfectamente bien. Como
Hacia la Santidad 29 de 113
hacía mucho tiempo que había abandonado toda práctica
religiosa, se pusieron a conversar y, al final, el joven le pidió al
sacerdote que lo confesara. Le prometió ir al día siguiente a la
Iglesia parroquial para comulgar, pero como no fue, el
sacerdote volvió a su casa. Allí se encontró con la noticia de
que el joven había fallecido. En la casa vio, entonces, una
fotografía y preguntó quién era aquella señora. Le dijeron que
era su madre, que hacía tiempo había fallecido. Y era
precisamente la misma señora que le había avisado para ir a su
casa a confesarlo, la madre difunta del joven.
El Padre Berlioux, que escribió un hermoso libro sobre
el purgatorio, cuenta la historia de una persona muy devota de
las almas del purgatorio. A la hora de su muerte, fue atacada
fuertemente por el demonio; pero, en un momento dado, se vio
rodeada de una multitud de personas desconocidas de radiante
belleza y de una luz maravillosa que, rodeándola, le dieron paz
y tranquilidad en aquellos últimos momentos de su vida. Ella
preguntó: ¿Quiénes son Uds.? Respondieron: “Somos
habitantes del cielo, a quienes tu ayuda nos condujo a él y en
gratitud hemos venido a acompañarte en tu paso a la
eternidad”.
Ante estas palabras, una sonrisa iluminó su rostro y se
durmió en la paz del Señor, rodeada de tantos protectores, a
quienes había ayudado durante su vida. Recordemos que en el
cielo no existe la ingratitud y que nos quedarán eternamente
agradecidos.
d) Los hombres de la tierra
Nuestra común unión también se da estrechamente entre
los hombres que vivimos en la tierra. Por eso, es muy
importante pedir ayuda espiritual a otras personas y rezar por
ellos. La oración, decía San Agustín, es la fuerza del hombre y
Hacia la Santidad 30 de 113
la debilidad de Dios. ¡Cuántas gracias habremos obtenido de
otros que han orado por nosotros, incluso en siglos pasados o
que rezarán en siglos venideros, y Dios nos ha dado las
bendiciones de sus oraciones! Decía Santa Teresita: “Cuántas
veces he pensado que, muchas de las gracias extraordinarias
con las que Dios me ha colmado, se las debo a algún alma
humilde a la que sólo conoceré en el cielo”.
Santa Faustina Kowalska dice en su Diario: “Siento
muchas veces, cuando otras personas rezan por mí. Lo siento
de repente en mi alma. Pero no siempre sé quién es la persona
que intercede por mí” (15-3-1937).
Tú también habrás recibido muchas gracias a través de
tus antepasados o de personas desconocidas, sin mérito alguno
de tu parte. ¿Qué sabemos de los misterios inescrutables de
Dios? Los padres de Santa Teresita pedían a Dios un hijo
misionero y Dios les di una hija patrona de las misiones.
¡Cuántos milagros se pueden conseguir con la oración por los
demás! Por eso, procura aprovechar el tiempo. Si eres anciano,
enfermo, desempleado, aprovecha tu tiempo en cosas útiles y
en hacer más oración por los demás. Cada oración, cada acto de
amor, cada obra buena o sacrificio, tiene un gran valor para la
eternidad. No los desperdicies, ora mucho y acepta tus
sufrimientos en unión con los sufrimientos de Cristo por la
salvación de los demás.
A veces, he pensado: Muchas almas se habrán
condenado eternamente por su propia culpa, por supuesto;
pero también, porque aquellos que debían ayudarlas no lo
hicieron, comenzando por sus familiares. Si nosotros fuéramos
más generosos y oráramos más, muchos otros podrían obtener
gracias extraordinarias con las cuales podrían salvarse. María
Simma, la gran mística austríaca, cuenta que un día un alma
del purgatorio le dijo: “Hoy morirán en Voralberg dos
Hacia la Santidad 31 de 113
personas que están en gran peligro de condenación. No se
salvarán, si no se reza mucho por ellas”. María, ayudada por
otras personas, rezó todo el día. A la noche siguiente, otra alma
le dijo que los dos se habían salvado, gracias a sus oraciones, a
pesar de que una de ellas no había recibido los últimos
sacramentos.
Personalmente, todos los días en la misa encomiendo a
todos los hombres, especialmente a mis familiares, a mis
hermanas espirituales y a todos los que Dios ha puesto en mi
camino y que forman parte de la gran familia espiritual, que
Dios me ha encomendado. También en la misa diaria
encomiendo a todos mis antepasados, a todos los que han hecho
posible que yo exista físicamente y también a quienes me
transmitieron la fe. ¡Cuántas gracias habrán recibido en siglos
pasados, porque Dios los bendijo, sabiendo que un sacerdote
iba rezar por ellos, después de cientos de años! También
encomiendo a mis familiares de los siglos futuros, porque la
oración no tiene fronteras, abarca a todos los tiempos y lugares,
ya que para Dios todo es presente.
CONFIANZA TOTAL
La confianza total en Dios es condición indispensable
para ser santos y crecer en el amor de Dios. Confiar en Él, sin
condiciones, es la mayor alegría que podemos dar a nuestro
Padre Dios. Por eso, le decía Jesús a una santa religiosa: “Si me
amas, confía en Mí; si quieres amarme más, confía más en Mí;
si quieres amarme inmensamente, confía inmensamente en
Mí”.
La Madre Teresa de Calcuta decía; “Señor, acepto lo
que me des y te entrego lo que quieras tomar de mí. Señor, soy
tuya y, si me haces pedacitos, cada pedacito será para Ti”. Eso
Hacia la Santidad 32 de 113
es confianza, confiar hasta el límite de decirle que ponga y
quite de nosotros lo que quiera, sea salud o enfermedad,
pobreza o riqueza, prestigio o cargos importantes... Ella decía
que la verdadera santidad consiste en hacer siempre la voluntad
de Dios con una sonrisa. ¿Por qué? Porque, si amas a Dios y
crees en su amor, debes confiar hasta el punto de creer
firmemente que su voluntad es lo mejor para ti y debes seguirla
sin condiciones.
Santo Tomás de Aquino decía que “La santidad es una
firme resolución de abandonarse en Dios”. El jesuita Jean
Pierre de Caussade (1673-1751) en su famoso libro Abandono
en la Providencia divina, dice: “Toda la santidad puede
reducirse a una cosa, la fidelidad a la misión de Dios. Esta
fidelidad consiste en la amorosa aceptación de lo que Dios nos
envía a cada instante. Pues, para el que confía en Dios, todo lo
que sucede se convierte para él en gracia y providencia de
Dios”. Esto significa que debemos estar dispuestos a aceptar en
cada momento la voluntad de Dios, manifestada a través de las
circunstancias de cada día, aunque sean adversas y
desagradables.
Pero, teniendo la seguridad de que Él lleva el timón de
la barca de nuestra vida y que con Él estamos a salvo. Con Él
no perdemos. Con Él todo es ganancia, apostamos a vencedor,
pues sabemos que el camino que Dios quiere para nosotros es el
mejor. Y Dios todo lo va a permitir para nuestro bien (Rom.
8,28), aun cuando no veamos el final del túnel.
Ser santo, pues, significa estar dispuestos en cualquier
momento, a hacer la voluntad de Dios. Es estar siempre
“listos”, estar dispuestos a lo impredecible de Dios, que nos
puede llamar a cualquier hora y en cualquier lugar sin consulta
previa. ¿Estás preparado? ¿Alguna vez le has dicho con
sinceridad: “Me entrego a ti totalmente y para siempre”?
Hacia la Santidad 33 de 113
Recuerda que Dios tiene buena memoria y lo toma en serio. ¿O
tú ya te has olvidado? ¿O lo dijiste por decir, sin ningún
compromiso? Job decía: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó,
¡Bendito sea el nombre de Dios!” (1,21). “Aunque Él me
matara, seguiría confiando en Él” (13,15). Y Jesús le decía a
su Padre: “Que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc
22,42).
Hay que seguir confiando, aunque nos lleve por
caminos de espinas, aunque todo parezca oscuro y sin solución,
aunque parezca que todo el mundo se nos viene encima o que
todos están contra nosotros. Pase lo que pase, sigamos
confiando en Él. Podemos decir con el salmista: “Aunque pase
por un valle de tinieblas, no temeré mal alguno, porque Tú,
Señor, estás conmigo” (Sal 23,4). Y escuchar a Jesús que nos
dice en esos momentos difíciles: “No tengas miedo, solamente
confía en Mí” (Mc 5,36).
“Señor, yo me entrego a Ti, me pongo
en tus manos con una confianza sin
límites, porque tú eres mi Dios. Haz de
mí lo que tú quieras, puedes tomar o
quitar lo que desees. Todo lo acepto
como venido de tus manos, porque te
amo y sé que todo lo que tú decidas es
lo mejor para mí, porque creo en tu
amor. Señor, yo te amo y yo confío en
Ti, ahora y para siempre, sin
condiciones ni limitaciones. Llévame
donde tu quieras, escóndeme en tu
divino Corazón y hazme santo. Amén”.
Veamos ahora algunos ejemplos:
a) Nguyen Van Thuan
Hacia la Santidad 34 de 113
Él era un cardenal vietnamita, que vivía en el Vaticano y
murió el año 2002. Cuando era un joven obispo, fue
encarcelado por los comunistas de su país y estuvo 13 años en
la cárcel, nueve de los cuales estuvo solo en una celda. Él nos
dice en su libro Testigos de esperanza: “Durante mi larga
tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin
ventanas, a veces bajo la luz eléctrica durante muchos días, a
veces en la oscuridad, me parecía que me ahogaba por el calor
y la humedad, al límite de la locura... Una noche, desde lo
profundo del corazón, una voz me dijo: ¿Por qué te
atormentas? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de
Dios. Todo lo que has hecho y deseas seguir haciendo: Visitas
pastorales, formación de seminaristas, construcción de
escuelas, de hogares para estudiantes, misiones de
evangelización, etc., son obras de Dios, pero no son Dios. Si
Dios quiere que abandones todo eso, hazlo en seguida y TEN
CONFIANZA EN ÉL. Dios hará las cosas infinitamente mejor
que tú. Él confiará esas obras a otros que son mucho más
capaces que tú. Tú has elegido a Dios y no sus obras. CONFIA
EN ÉL. Esa luz me dio una paz nueva y cambió totalmente mi
modo de pensar. Lo importante era elegir a Dios y no las obras
de Dios, y confiar en Él”.
Y así lo hizo. Y cada día celebraba la misa para tomar
fuerzas. Y pudo ver el poder de Dios en acción. Dice así:
“Nunca podré expresar mi gran alegría al celebrar
diariamente la misa con tres gotas de vino y una gota de agua
en la palma de mi mano... Cada día, al recitar las palabras de
la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el
alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo,
mediante su sangre mezclada con la mía. Han sido las misas
más hermosas de mi vida... Por la noche los prisioneros
católicos se alternaban en turnos de adoración. Jesús
Eucaristía nos ayudaba con su presencia silenciosa y muchos
Hacia la Santidad 35 de 113
cristianos volvían al fervor de su fe. Budistas y otros no
cristianos se convertían, porque la fuerza del amor de Jesús
era irresistible. La prisión se convirtió en escuela de catecismo
y los católicos bautizaban a sus compañeros y eran sus
padrinos... Jesús se convirtió así, como decía Santa Teresa de
Jesús, en el verdadero compañero nuestro en el Santísimo
sacramento”.
Confiar en Dios es apostar por Él, con la seguridad de
que siempre saldremos vencedores.
b) Madre Teresa de Calcuta
Todos conocemos a esta santa religiosa que dedicó su
vida al cuidado de los más pobres de entre los pobres. Pues
bien, cuando era una joven religiosa de 36 años de la
Congregación de Loreto, y estaba tranquila, dando clases en un
colegio de la India, Dios le pidió que dejara todo y se dedicara
a atender personalmente a los más pobres, dejando su
Congregación. Veamos lo que ella misma nos dice:
“Fue el 10 de Setiembre de 1946, en el tren que me
llevaba a Darjeeling. Allí, mientras oraba a Nuestro Señor en
la intimidad y silencio, percibí con claridad que me urgía a
renunciar a todo para seguirle a Él, en las chabolas. El
mensaje estaba muy claro: tenía que dejar el convento de
Loreto para entregarme al servicio de los pobres, viviendo en
medio de ellos. Era un mandato... Abandonar Loreto
constituyó para mí el mayor sacrificio. Algo mucho más difícil
que abandonar mi familia y mi patria por primera vez para
entrar en el convento. Loreto significaba todo para mí...
Después de dos años de la llamada (con los permisos
correspondientes) abandoné Loreto el 16 de Agosto de 1948.
Me encontré en la calle, carente por completo de techo, de
compañía, de ayuda, de dinero, de un empleo, de garantía
Hacia la Santidad 36 de 113
material alguna. De mis labios brotó entonces esta oración:
Tú, Dios mío. Nadie más que Tú. Tengo fe en tu llamada y en
tu inspiración. Estoy segura de que no me abandonarás jamás.
Ayúdame a serte fiel. Yo confío en Ti...
El mismo día que abandoné Loreto, en mi primer
recorrido por las calles de Calcuta, se me acercó un sacerdote
y me pidió un donativo para una colecta a favor de la prensa
católica. Yo había abandonado Loreto con cinco rupias, de las
cuales había dado ya cuatro a los pobres. Le di a aquel
sacerdote la única rupia que me quedaba.
Aquella misma tarde, ese sacerdote me vino a ver y
traía un sobre. Me dijo que un hombre le había hecho entrega
de él por haber oído hablar de mis proyectos, que quería
favorecer. En el sobre había 50 rupias. En aquel momento,
experimenté la sensación de que Dios había comenzado a
bendecir la obra y de que ya no me abandonaría jamás”.
Actualmente, las hermanas de la Madre Teresa están
extendidas por todo el mundo y cuidan a miles de enfermos,
especialmente a los más pobres y abandonados.
c) Madre Angélica
La Madre Angélica es una religiosa norteamericana.
Cuando era joven religiosa, tuvo un grave accidente, que la
dejó casi tullida para toda la vida, perdiendo una vértebra.
Ahora camina con dificultad con hierros en las piernas. Pero
ella no se amilanó y pudo superar sus limitaciones con una fe
inmensa en Jesús y en su presencia real en el Santísimo
Sacramento. Actualmente, tiene seis doctorados y muchos
premios nacionales e internacionales. Fundó el convento donde
reside con la finalidad de adoración perpetua al Santísimo
Sacramento, en Birmingham, Alabama (USA). Con su fe y
Hacia la Santidad 37 de 113
oración, y la de sus religiosas, ha conseguido lo que hubiera
parecido humanamente imposible: una editorial católica con su
imprenta, la mayor emisora de radio privada de onda corta, un
Instituto misionero y un canal de televisión católico por cable,
que emite vía satélite las 24 horas en distintas lenguas y llega a
170 países.
Para ella, todo es un milagro de Dios por su confianza
total. Ella habla de que “fue cuestión de lanzarse al vacío,
confiando solamente en Dios. Fue cosa de fiarse de Dios y
dejarse llevar. Y todo llegó poco a poco... A mí todo el mundo
me decía que mi proyecto de televisión era irrealizable, me
hablaban de gastos, de equipos necesarios... Pero la obra se
realizó. Por eso, debemos ser locos de amor por Jesús y tener
la audacia de creer en Él. Él nos sigue diciendo como hace dos
mil años: No tengas miedo, solamente confía en Mí”.
d) La Beata Gianna Baretta Molla
Santa Gianna Baretta Molla (1922 - 1962) fue capaz de
confiar en Dios hasta la muerte. Era una doctora en medicina,
casada y con tres hijos. En 1961 quedó embarazada de su
cuarto hijo y a los dos meses, le detectaron un fibroma en el
útero, que amenazaba su vida y la vida del niño. Ella conocía
muy bien los riesgos, lo más aconsejable, “humanamente
hablando”, era operarla de inmediato para sacarle el fibroma y
así salvar su vida, aunque tuviera que perder a su hijo. Pero
ella, como cristiana, rechazó tajantemente la posibilidad de ser
operada, porque quería salvar a su hijo a toda costa.
El 21 de abril de 1962 nació su cuarta hija, sana y salva.
A los siete días, el 28 de abril, a sus 39 años de edad, moría
ella, repitiendo las palabras: “Jesús, yo te amo; Jesús, yo te
amo”. Ella confió en Dios hasta el final y Dios le pidió su vida
y dejarlo todo, incluidos sus cuatro hijos y su esposo y familia.
Hacia la Santidad 38 de 113
Humanamente, parece un fracaso. Pero su vida llegó a la
plenitud del amor. Durante aquellos meses de embarazo, su
confianza y amor a Dios crecieron hasta el punto que Dios la
encontró madura para la siega y ahora la Iglesia y el mundo
entero reconocen su santidad. El 24 de abril de 1994 fue
beatificada por el Papa Juan Pablo II y canonizada por el
mismo Papa el 10 de mayo del 2004. ¿No podrá ahora desde el
cielo velar por su familia mucho mejor de lo que podría haberlo
hecho aquí en la tierra?
Los caminos de Dios son impredecibles. Nosotros
debemos dejarnos llevar y confiar en Él. Él sabe el camino.
Ahora, Gianna Emanuela, su cuarta hija, puede vivir y puede
decirle al mundo entero, en este mundo de violencia y de
millones de abortos: “Yo estoy viva porque mi madre me amó
tanto que fue capaz de dar su vida por mí”. Cristo también lo
hizo por ti. ¿Serías tú capaz de hacer lo mismo por Él?
¿Estás dispuesto a confiar en Dios hasta las últimas
consecuencias, aunque te pida la vida? ¿Estás dispuesto, como
Abraham, a dejarlo todo e irte a donde el Señor te envíe,
aunque te quedes sin nada ni para comer, como la viuda pobre
del Evangelio, que echó en la alcancía del templo los pocos
centavos que tenía? Dios te pide confianza total. Dile que te dé
ese regalo y no lo defraudes jamás, desconfiando de su amor
por ti.
SER MISIONERO
Ser misionero es dejarlo todo y seguir a Cristo a donde
Él nos envíe para salvarle almas. Y todos debemos ser
misioneros. Jesús nos dice a todos: “Id por el mundo entero y
predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16,15). Y, si no
podemos ir a tierras lejanas a predicar, sí podemos ser
Hacia la Santidad 39 de 113
misioneros y llegar al mundo entero con nuestra oración y
nuestros sufrimientos, ofrecidos generosamente por la
salvación de los demás. El apostolado de la oración llega hasta
los confines del mundo y los enfermos misioneros pueden
salvar tantas almas o más que los misioneros de vida activa. Por
eso, la Iglesia ha nombrado a Santa Teresita del Niño Jesús
como patrona de las misiones, a pesar de que nunca salió de su
convento y murió a los 24 años de tuberculosis. Pero su vida
estuvo llena de amor y de oración por las misiones y los
misioneros y, por eso, la Iglesia nos la presenta como ejemplo
junto al apóstol San Francisco Javier, que llegó predicando
hasta las puertas de China.
De hecho, todos los santos, sin excepción, han sido
misioneros, es decir, se han preocupado por la salvación de los
demás, aunque hayan vivido en el desierto. Su vida, aunque
solitaria, tenía una dimensión católica, es decir, universal. Y
viviendo solos, vivían en unión y amor con la humanidad de
todos los tiempos y oraban por ella.
Ser católico de verdad es tener una dimensión universal
en la vida. Ser católico es ofrecer tu vida por la salvación de los
demás, empezando por tu propia familia, sin olvidarte de las
almas del purgatorio. Por eso, te digo en nombre de Dios:
“Abre tu vida a las dimensiones del mundo. No te encierres
dentro de ti mismo y de tu familia. Abre los ojos y mira cuántos
hermanos tuyos te necesitan para salvarse. Ora, sufre y trabaja
por su salvación. Dios lo quiere. Dios quiere que seas
misionero, aunque estés enfermo o en silla de ruedas. Porque
ser cristiano es ser misionero”.
Que seas un misionero santo.
Hacia la Santidad 40 de 113
SEGUNDA PARTE
EXPERIENCIAS MISIONERAS
En esta segunda parte, quiero transmitir algunas de mis
experiencias misioneras, durante los 34 años de misionero en el
Perú y durante los quince meses de capellán militar en el Norte
de Africa. Quiero hacerlo con la intención especial de animar a
tantas religiosas, especialmente contemplativas, a ser
misioneras y para que estén convencidas de que los frutos de
los misioneros de vida activa se deben, en su mayor parte, a sus
oraciones y sacrificios, y nunca desconfíen de la validez y de la
eficacia de su vocación. Personalmente, me siento apoyado por
muchas de ellas, que me escriben y son mis hermanas de
oración.
A ellas les dedico especialmente estas páginas
misioneras.
VIDA MISIONERA
A lo largo de mi vida misionera en el Perú, he podido
acumular mucha experiencia en relación con las almas. He
podido sentir el hambre y la sed de Dios en mucha gente
humilde y pobre, para quienes el sacerdote es verdaderamente
un enviado de Dios. Y he visto sus rostros curtidos por el sol y
el aire de los Andes y los he visto sufrir y morir, pero también
los he visto rezar con fe y confiar en Dios como no lo he visto
tan palpablemente en otros lugares donde he podido vivir. Su
vida de trabajo y sacrificio han sido para mí una escuela mejor
que todas las escuelas de teología del mundo para vivir mi voto
de pobreza. De ellos he aprendido mucho, quizás más de lo que
Hacia la Santidad 41 de 113
yo les he enseñado. Aquellos campesinos pobres, catequistas,
hermanos del apostolado... me daban lecciones de teología sin
palabras bonitas, sino con su propia vida de fe, fuerte y robusta.
Por supuesto que estoy pensando en los mejores, porque
también el misionero debe sufrir al ver la indiferencia de otras
ovejas. Algunos lo rechazan, porque les invita a dejar sus
vicios; otros lo rehúyen por temor, debido a su ignorancia y
pobreza; otros quizás no tienen ningún interés en las cosas de
Dios y quieren vivir su vida “a su manera”. Pero el sacerdote
se siente Padre de todos y por todos debe orar y encomendarlos
en la misa diaria. Tampoco faltan, lobos rapaces que se llevan
sus ovejas a otro redil y los convierten a otras sectas, porque
están abandonadas como ovejas sin pastor. Es triste, pero real,
que la falta de sacerdotes en aquellos lugares alejados de la
civilización les hace fácilmente presas de las sectas o de los
vicios.
Durante mi estancia en los Andes peruanos, tenía mi
residencia en un pueblecito llamado Pimpincos, a 2.400 metros
sobre el nivel del mar. A muchos lugares y caseríos, sólo podía
ir una sola vez al año, normalmente para las fiestas del lugar,
aunque procuraba ir en otros momentos en que estuvieran más
tranquilos y menos preocupados por la fiesta. En algunos
lugares, cuando llegaba, hacía varios años que no los visitaba
ningún sacerdote. Eran caseríos pequeños y no tenían ni
siquiera capilla para ir a rezar.
Yo pensaba: “Hay tanto que hacer, tanta gente
hambrienta de Dios y yo soy un pobre hombre con mi tiempo
tan limitado, con distancias tan largas, con caminos llenos de
barro...” Y le decía: “Señor, te encomiendo a mis ovejas,
cuídalas tú, porque yo no puedo llegar a todas”. Por eso,
pienso en la gran importancia de la oración de las misioneras
contemplativas. Ellas sí pueden llegar hasta los más recónditos
Hacia la Santidad 42 de 113
lugares con su oración y sacrificio. Hay que orar mucho. El
mundo necesita de Dios y nosotros no podemos dejar
abandonados, sin sacerdotes y sin fe, a tantos hermanos que nos
necesitan.
CORRERÍAS APOSTÓLICAS
En mula o a caballo, raras veces a pie, con sombrero de
paja o sin él y siempre vestido con mi hábito negro de agustino
recoleto. En mi equipaje no podía faltar el poncho de aguas
para la lluvia ni la alforja de cuero en la que llevaba lo
necesario para la misa. Subiendo o bajando los enormes cerros
de los Andes. Con frío o con calor; a veces, sudando la gota
gorda, o con lluvia por caminos llenos de barro. Siempre
acompañado de un catequista que me guiaba y me ayudaba en
cualquier dificultad. Casi siempre silbando o cantando, cuando
el clima era bueno, para manifestar mi alegría interior al Dios
del Universo que ha creado tantas maravillas de la naturaleza.
Cuando llegaba a un caserío, salían muchos a recibirnos
con alegría, a no ser que fuera un caserío distante, donde se iba
después de varios años. Normalmente, en casi todos los lugares,
la llegada del sacerdote era un día de fiesta. Por la noche nos
reuníamos para la misa y allí, niños y viejos, hombres y
mujeres (y hasta perros y gatos) todos unidos cantábamos
alabanzas al Señor.
Yo los encomendaba y pedía por ellos por intercesión
de María, la buena Madre, a quien siempre hacía referencia. Y,
por supuesto, en compañía de los ángeles, que siempre están
por todas partes.
¡Qué gozo siente el misionero al ver la alegría y la
sonrisa en aquellos rostros de gente humilde, que lo aprecian y
Hacia la Santidad 43 de 113
lo escuchan con atención! Al día siguiente, era el día de los
bautismos, matrimonios, confesiones, visita a los enfermos y
otras diligencias antes de emprender el camino hacia otro lugar,
pues no había tiempo para descansar, ya que otros estaban
esperando y ya estaban avisados de mi llegada. Y así una
semana, o quince días, o un mes.
Por fin, llegaba a mi parroquia de nuevo y descansaba y
me aseaba y podía comer un poco mejor. Y, de nuevo, después
de un mes, planear otra nueva gira, porque lo pedían y había
muchas personas sedientas de la Palabra de Dios. Pero,
primero, había que tomar fuerzas físicas y espirituales para
poder comenzar de nuevo, pues en las correrías apostólicas no
me dejaban ni a sol ni a sombra y uno no tenía tiempo ni para
rezar.
“¡Qué hermosos son sobre los montes,
los pies del mensajero, que anuncia la
paz, que trae las buenas nuevas y
anuncia la salvación!” (Is 52,7).
LA MISA
Las mejores y más hermosas experiencias de mi vida
sacerdotal han sido las misas. Muchas veces, la celebración de
la misa ha sido para mí un verdadero gozo. He celebrado misa
en catedrales y hermosas iglesias, pero las que recuerdo con
más cariño son las que celebraba en aquellas capillitas o chozas
de barro con techo de paja, rodeado de niños.
Cuando las celebraba por la noche a la luz de las
lámparas Petromax, tenían un sabor especial y un misticismo
extraordinario ante la atención de los presentes y el poder de
Dios, que se hacía presente. No faltaban días en que llovía y el
Hacia la Santidad 44 de 113
ruido de la lluvia y el frío molestaba un poco, pero todo se
podía superar por la alegría de estar reunidos después de tanto
tiempo.
¡Cuántas veces, al celebrar la misa, invitaba a los
ángeles de los presentes y a todos los ángeles del Universo a
unirse a nuestra celebración! ¡Es hermoso celebrar la misa
rodeado de ángeles, aunque sean invisibles!
Los primeros viernes eran días de fiesta parroquial. De
todos los rincones de la parroquia, a veces, desde distancias a
cuatro o cinco horas de camino, venían unos trescientos
campesinos para cumplir la “promesa”, es decir, a cumplir con
la misa y comunión de los primeros viernes. A estos hermanos,
se les llamaba los hermanos del apostolado. Eran los más
fervorosos y daban ejemplo de vida cristiana. Llegaban el
primer viernes al pueblo hacia el mediodía y se confesaban
durante toda la tarde. A las 7 p.m. tenía lugar la misa, bien
cantada por ellos, y todos nos sentíamos verdaderamente
alegres. Después de la misa, todos a cenar, donde podía cada
uno, en las casas de amigos del pueblo. Y después de cenar, un
buen grupo iba a dormir a la parroquia, sobre tablones de
madera; los demás se buscaban un lugar en las casas del
pueblo. Pero, antes de dormir, tenía lugar la tertulia,
conversación con el sacerdote para contarle las últimas
novedades de los distintos lugares. Al día siguiente, de nuevo a
la misa muy temprano y, después, corriendo a sus casas para
comenzar a trabajar. Era admirable verlos con qué devoción
comulgaban, algunos descalzos, otros con sus pobres sandalias,
muchas mujeres con sus hijos a cuestas... Pero todos con
alegría y fe.
¡Cuántas gracias le he dado a Dios en mi vida por
haberme hecho misionero! ¡Valió la pena haber nacido y
dedicarme a llevar a Dios a mis hermanos!
Hacia la Santidad 45 de 113
Pero no todos los años vividos en el Perú he estado en la
Sierra, en las montañas de los Andes. La mayor parte del
tiempo lo he pasado en las grandes ciudades de Lima y
Arequipa. También aquí he celebrado muchas misas con
inmensa alegría. Quizás las misas más íntimas han sido las que
he celebrado yo solo en la intimidad con Jesús. A veces, la
debilidad me quitaba la concentración y celebraba con esfuerzo.
Otras veces, sentía al Señor de modo especial, como aquella
noche de Navidad de 1998 en que estaba muy enfermo; había
salido hacía dos días del hospital y mientras mis hermanos de
Comunidad, celebraban la misa de Nochebuena en dos lugares
distintos, yo celebraba solo en la capilla de la Comunidad. Me
sentía tan débil y pequeñito que le ofrecí al Señor mi debilidad
¿qué más le podía ofrecer, además de mis pecados? Creo que
en cuestión de eficacia espiritual fue de las mejores de mi vida.
Por supuesto que he gozado mucho en misas de ciertos
días de fiesta, sobre todo, el día de Jueves Santo y en las fiestas
de Jesús y de María, que he procurado siempre celebrar con
especial interés, rodeado de ángeles y santos, y orando por todo
el mundo, incluidas las almas del purgatorio. Solamente en los
primeros tiempos de mi vida sacerdotal, llegué a celebrar casi
por compromiso y sin fe ni devoción, porque estaba perdiendo
la fe por mi falta de oración personal. Felizmente, eso pasó y
ahora siento la grandeza de la vocación sacerdotal y no olvido
que la misa es lo más grande que se celebra cada día en la
tierra y trato de celebrarla, como si fuera mi única misa o mi
última misa. La misa es el centro de mi vida de cada día y cada
día me preparo unos minutos antes de celebrar; voy con tiempo
a la sacristía, y, después de la misa, me recojo unos momentos
para poder decirle de todo corazón: “Gracias, Señor, por ser
sacerdote y por esta misa que acabo de celebrar”.
Hacia la Santidad 46 de 113
LA CONFESIÓN
Después de la santa misa, mis mayores alegrías las he
recibido al administrar el sacramento de la confesión, sobre
todo, al confesar a personas después de cuarenta o cincuenta
años que no se confesaban. Muchas de estas confesiones han
sido para mí de una experiencia inolvidable. Se siente una
inmensa alegría al oír: “Parece que se me ha quitado un gran
peso de encima, he rejuvenecido veinte años, gracias, Padre”.
Por eso, algunas veces, he pensado: “Hubiera valido la pena
haber nacido, haber confesado a esta persona y, después,
haber muerto. Habría valido la pena ser sacerdote sólo para
esto”.
Y ¡qué alegría ver sonreír con sinceridad y desde el
fondo del alma a aquellos hombres después de años de tristeza
y de estar cargando un fardo tan pesado! En ocasiones, eran
mujeres que habían abortado varias veces y durante años no
habían podido vivir tranquilas; otras veces, eran hombres que
habían vivido en el ateísmo muchos años o volvían a la Iglesia
católica después de haber deambulado por varias sectas,
buscando la verdad. O simplemente, lo que era más frecuente,
personas que habían vivido durante años sin poder comulgar,
porque eran convivientes o casadas solamente por lo civil. ¡Qué
felicidad para ellas regularizar su situación y casarse por la
Iglesia y poder comulgar!
Recuerdo el caso de aquel viejecito que, al ir a darle la
unción de los enfermos, después de confesarse, con la alegría
del perdón recién estrenado, me decía entre lágrimas: “Padre,
la ignorancia, la ignorancia me hizo cometer tantos pecados”.
Así explicaba él, el porqué de los pecados de su juventud.
Nadie le había orientado y había ido por el camino fácil del
vicio y de la mala vida.
Hacia la Santidad 47 de 113
Tampoco olvidaré el caso de algunos alcohólicos,
hombres o mujeres que se confesaban y entraban en grupos de
“alcohólicos anónimos”, y cambiaban de vida. En concreto,
recuerdo aquel esposo que le pegaba a su esposa y ella vino a
hablar conmigo, porque quería divorciarse. Pude hablar con los
dos y fueron a un “Encuentro matrimonial” y después se
casaron por la Iglesia y él entró en el grupo parroquial de
alcohólicos anónimos y su vida cambió hasta el punto de ser
actualmente uno de los mejores dirigentes de la parroquia. Pero
tampoco puedo olvidar algunos casos, en que algunos
drogadictos o personas muy deprimidas llegaron al suicidio.
Sólo me quedó rezar por ellas y confiar en la misericordia de
Dios.
Hay personas que dicen que “para qué me voy a
confesar con un hombre que es más pecador que yo”.
Felizmente, es Jesús quien perdona y no el sacerdote, el
sacerdote es solamente un instrumento del perdón de Dios. Si él
es pecador, Dios lo juzgará. Pero a través de la confesión, Dios
puede derramar en nuestras vidas abundantes bendiciones que,
de otro modo, no podremos recibir. Por eso, yo siempre
recomiendo la confesión, al menos, mensual, y procuro tener
tiempo para confesar y ayudar en dirección espiritual a quienes
me lo solicitan.
SACRIFICIOS
La vida misionera, sobre todo, en lugares alejados de la
civilización es muy sacrificada. Además, hay que tener buena
salud para soportar las privaciones. A título personal puedo
decir que una de las cosas que más me hacían sufrir eran las
comidas. Por mis males de estómago, del que me operaron
siendo joven seminarista, debo guardar dieta todos los días. En
aquellos lugares, preparaban la comida con manteca de cerdo y
Hacia la Santidad 48 de 113
eso me sentaba mal. Muchas veces, me preparaban cosas con
picante o con mucha grasa... Y tenía que decirles que no podía
comerlo, lo cual era siempre desagradable, pues no hubiera
querido rechazar lo que me preparaban con tanto cariño. A
veces, tenía que comer menos de lo que hubiera deseado y
pasaba hambre, aunque normalmente siempre estaba previsto
de gran cantidad de plátanos, con los que suplía las deficiencias
alimentarias.
En muchos lugares, había que soportar las pulgas y los
chinches que no te dejaban dormir, en otros eran las ratas.
Nunca me olvido del día que visité Cuica, donde había una
plaga de ratas. Durante la misa, las veía correr por la Iglesia y
me llamaban la atención, porque muchas eran medio blancas.
Por la noche, tuve que dormir en una habitación con latas de
kerosene encendidas para que no se acercaran. Pero había
lugares que parecían tranquilos y, a media noche, escuchaba
ruidos, encendía la linterna y allí aparecían las ratas, que subían
por las paredes.
Otras veces, eran los fríos que hacían sufrir, o los
calores que hacían sudar la gota gorda. Con frecuencia, llovía
mucho y los caminos estaban llenos de barro, de modo que en
algunos trechos ni la mula podía pasar, porque se hundía, y
tenía que caminar a pie, lo cual para mí era una especial
mortificación. No faltaban accidentes; algunas veces, la mula se
caía o se resbalaba con peligro de caer y lastimarme, pero,
gracias a Dios, mi ángel siempre estaba atento para cuidarme.
Para dormir, unas veces me preparaban sitio en la
escuela del lugar o en las casas, rodeado de gente que dormía
en el suelo alrededor de mi cama; o preparaban un colchón
encima de una mesa o en el suelo. Dependía de los lugares,
pero faltaba la privacidad, que es tan importante, y uno no se
podía ni duchar, porque allí no había esas comodidades.
Hacia la Santidad 49 de 113
Tampoco faltaban los peligros de serpientes, donde
menos se esperaba. En una oportunidad, estaba conversando
tranquilamente con dos amigos y, al mirar a mis pies, vi que
una serpiente roja, pequeña, de las más venenosas, estaba
pasando por encima de mi zapato. Me aparté y trataron de
matarla, pero ya se había ido.
Una vez, cuando desperté por la mañana, sentí que mi
labio inferior estaba muy hinchado. ¿Qué había pasado? No lo
sé, pero algo me había picado en la noche. Tuve que celebrar la
misa con media lengua. Pero así es la vida del misionero, y tuve
que continuar el recorrido previsto, porque en otros lugares me
estaban esperando. Gracias a Dios, no fue cosa grave.
En aquella época de los años setenta, en el pueblo donde
residía, no había ni agua ni luz ni carretera, Los lunes esperaba
con ilusión al cartero a ver si traía algunas noticias del exterior.
Mi única distracción era la radio. Por las noches, a la luz de la
lámpara, leía algo de la Biblia o de los cuatro únicos libros que
tenía o rezaba un poco y, a dormir, en mi cama de paja. No
faltaban ocasiones en las que el sacerdote debía poner orden en
las peleas de las fiestas y debía llamar la atención a algunos
profesores o policías borrachos. También el misionero, muchas
veces, debe hacer de arquitecto o constructor de obras. En
Pimpincos, recogiendo limosnas y trayendo cemento desde las
ciudades de la costa, pude mejorar la Iglesia y el atrio del
templo, que da a la plaza del pueblo. En Arequipa, con ayuda
extranjera, pude construir un gran complejo parroquial, donde
actualmente viven unas religiosas, y mejorar los salones
parroquiales. En otros lugares, los misioneros son los que
procuran llevar a esos pueblos agua y desagüe, luz, carretera y
hasta puentes, hacen obras sociales como la colocación en las
casas de servicios higiénicos con pozos ciegos. Y dan charlas
de salud y de todo lo que sirva para promover el desarrollo
Hacia la Santidad 50 de 113
humano y espiritual de la gente, incluidas las clases de religión
en los colegios.
ALEGRÍAS
Nunca me olvidaré de aquellos viajes en mula o caballo
de hasta diez horas al día. Recuerdo que, muchas veces, iba
cantando, porque me sentía feliz al ver aquel maravilloso
panorama de las montañas.
Todavía conservo algunas fotos de aquellos lugares. Me
impresionaban especialmente las bandadas de huacamayos,
especie de loros grandes y de vivos colores, muy hermosos.
Aunque hablando de panoramas, nunca olvidaré los días que
estuve en la Selva central del Perú. Fuimos desde San Ramón
en una avioneta hasta Satipo y todo el trayecto era volar sobre
una sabana inmensa verde. Es una vista emocionante ante la
que uno no puede hacer otra cosa que alabar a Dios, autor de
tantas maravillas. Después de varias horas, descendimos en un
pequeño campo y de allí tuvimos que ir en mula otras cinco
horas para llegar al lugar donde nos esperaban para casar a una
pareja de jóvenes novios. Él era descendiente de los austríacos
del Tirol, que habían llegado a aquellas tierras hacía unos cien
años atrás, ella era nativa de la Selva. Todo fue muy hermoso y
confesé a algunos antes de la misa y pude disfrutar en grande
con aquellos hombres; muchos de ellos rubios y otros
quemados por el sol.
Y, hablando de panoramas, tampoco puedo olvidar mis
tiempos de capellán militar en el Norte de Africa, en el Peñón
de Vélez de la Gomera, una pequeña islita española en las
costas de Marruecos. Solamente estábamos allí cien soldados
con el capitán y tres suboficiales. Por las tardes, me iba a la
parte posterior de la isla y allí me divertía cantando y mirando
Hacia la Santidad 51 de 113
el horizonte. De vez en cuando, se veía saltar a los delfines,
pero, sobre todo, el espectáculo más maravilloso eran las
puestas de sol. Eran extremadamente bellas y yo solamente
podía agradecer a Dios por tantas maravillas y por tanto amor
que había derramado en sus criaturas. Por supuesto que no
faltaban días de tempestad en que el mar se alborotaba y las
olas se alzaban majestuosas al chocar contra las rocas de
acantilado. Daba miedo ver al mar tan embravecido y eso me
ayudaba también a meditar en el poder de Dios y en la
fragilidad humana. De vez en cuando, me ponía a escribir mis
impresiones, mirando a las gaviotas volar raudas sobre el
litoral. Me gustaba escribir.
En mi vida misionera he ayudado a toda clase de
personas: jóvenes, esposos, ancianos, enfermos, pero de
quienes he recibido mayores alegrías ha sido de los niños. Ellos
han sido siempre mis amigos predilectos. Hasta ahora, todos los
domingos, al salir de la misa, les reparto caramelos y
chocolates y me siento feliz de verlos felices y me alegro,
cuando me sonríen y me dicen con toda su inocencia “Gracias,
Padre” con un beso o con un abrazo. Pero no solamente los
domingos, también entre semana llevo siempre mi bolsillo
lleno de caramelos y, cuando veo a los niños por la calle, ellos
se acercan a saludarme y yo les doy un caramelo. Por eso,
muchos me llaman el “Padre de los caramelos”. Es muy
hermoso sentirse querido por los niños y, a la vez, es una buena
pastoral, pues muchos de ellos atraen a sus padres a la Iglesia
para verme y recibir su caramelo. ¡Es bello hacer felices a los
niños! A veces, compro muñecas u otros juguetes para hacerlos
felices. Otras veces, les compro víveres para sus familias o les
doy ropa o dinero para sus estudios. Lo importante es hacerlos
felices y verlos sonreír. Y así yo me siento feliz al verlos felices
¿Puede haber en el mundo algo más bello que la sonrisa de un
niño que ríe feliz?
Hacia la Santidad 52 de 113
¡Que Dios bendiga a todos los niños del mundo! “De
los que son como ellos es el reino de los cielos” (Mc 10,14).
LOS POBRES
Vivir en un país pobre puede ayudar a sentirte más
solidario con los pobres, al ver tantas necesidades materiales,
cuando uno lo tiene todo. En Arequipa, organicé un comedor
para los alcohólicos, que deambulaban por las calles y que se
dedicaban a robar para vivir. Eran unos cuarenta y les hacía
cantar y rezar. Ciertamente, tenían un fondo bueno, pero había
que corregirles muchas cosas y debíamos tener mucho cuidado,
porque, si nos descuidábamos, nos robaban hasta los platos y
cubiertos.
Incontables veces he repartido ropa, víveres, medicinas
y otras cosas a gente pobre, aunque muchas veces también,
tratan de engañar para que se les dé más. Pero hay que
aceptarlos con sus defectos y quererlos y ayudarlos a amar más
a Dios y a ser más responsables en su vida privada, con su
propia familia. Muchas veces, he visto a niños pequeños
trabajar, vendiendo caramelos, limpiando coches o limpiando
zapatos.
Y, cuando les compraba algo o les ayudaba y les
sonreía, veía en sus rostros una alegría nueva y me decían
invariablemente: “Gracias, Padre”. Muchos de ellos, son de
familias muy pobres, algunos se han escapado de su casa,
porque les pegaban. Uno de estos niños se dedicaba a cantar en
los autobuses públicos, y, después, les vendía caramelos a los
pasajeros. Le ayudé mucho a superarse y nos hicimos muy
amigos. Otro día vino a verme un limpiabotas y le di una
ayuda. Él se quedó tan contento que me dijo: “Voy a ir a mi
tierra y, cuando vuelva, le voy a traer un queso de los buenos”.
Hacia la Santidad 53 de 113
En otra oportunidad, iba en coche por la ciudad de Lima
y vi en la acera a un hombre pobre, con la cabeza baja y que
parecía muy triste. Yo lo miré y le dije, sonriendo: “Que Dios
te bendiga, hermano”. Él me miró y me contestó: “Gracias,
Padre”. No hubo tiempo para más, el coche arrancó y lo perdí
de vista, pero me sentí muy contento y todo el día pensé en él y
recé por él.
Mucha gente viene a la parroquia casi todos los días a
pedir algo, sobre todo en Navidad, que es el tiempo en que más
víveres repartimos a las familias y juguetes a los niños. Y da
gusto ver sonreír a los niños pobres, aunque sea con un
chocolate o con un caramelo. Algunos días viene a vender
caramelos a la puerta del templo una mujer, que tiene cinco
hijos. Siempre procuro ayudarle y le recomiendo que no los
deje sin estudiar y de darles buen ejemplo.
Los campesinos pobres que viven en la Sierra, lo que
más sienten es no tener un futuro prometedor en su tierra y
tienen que emigrar a las grandes ciudades con todo lo que ello
supone. Muchas veces, se alejan de la Iglesia o se dedican a los
vicios, si no les va bien y no encuentran un trabajo. Otros se
quedan en las montañas, pero tienen que sufrir muchas
penurias, sobre todo, en los años en que hay sequía o hay
demasiada lluvia y los ríos se desbordan y se interrumpen las
carreteras...
Personalmente, quiero agradecer a Dios por tantas
experiencias que me han hecho madurar y me han abierto al
amor de mis hermanos. En este momento, estoy pensando en
tantos campesinos que he conocido y que me han querido y me
ofrecieron su amistad sincera. Campesinos comprometidos,
hermanos del apostolado y tantos otros en los diferentes grupos
de las parroquias donde he trabajado en Lima y Arequipa.
Hacia la Santidad 54 de 113
Hermanos de la Legión de María, carismáticos y
neocatecúmenos, cursillistas de cristiandad, de encuentros
matrimoniales, de grupos juveniles o de adultos o de ancianos o
de novios o de niños. A todos va mi agradecimiento sincero y
mi oración.
LOS ENFERMOS
También los enfermos han sido siempre una de mis
preocupaciones sacerdotales. A lo largo de mi vida he
celebrado muchas misas “de sanación” por los enfermos, casi
siempre en grupos carismáticos. En una ocasión, oramos por un
chofer que tenía cáncer y, mientras todos rezábamos, empezó a
sentir un fuerte calor por todo el cuerpo. Después, el médico
certificó su curación. Y lo vi trabajar por muchos meses
después hasta que lo perdí de vista. ¡Son las maravillas de
Dios!
Cuando era capellán del hospital materno infantil “Santa
Rosa” en Lima, todos los días visitaba a los niños y a las
señoras después de celebrar la misa en la capilla de las
religiosas que atendían el hospital. Pero, otras muchas veces, he
acudido hospitales o a las casas, cuando nos llaman de urgencia
para dar la unción a los enfermos. Siempre la presencia del
sacerdote da paz, porque no va como un simple amigo a
conversar o contar chistes, sino a orar y consolar.
Actualmente, en todas nuestras parroquias tenemos
postas médicas para la atención a los enfermos, donde les
damos medicinas gratis o a muy bajo costo. Y llevamos la
comunión a los enfermos los primeros viernes de mes.
En la Sierra de los Andes, con unas distancias tan
grandes, parecía que estaban esperando al sacerdote, pues
Hacia la Santidad 55 de 113
algunos, una vez que recibían el sacramento de la unción de los
enfermos, morían ese mismo día o al día siguiente. Como si
Dios les hubiera dado esa gracia especial, de morir bien
preparados.
Todos ellos me enseñaron con su pobreza y su espíritu
de sacrificio a amar más a Dios. Allí he visto muchos niños
desnutridos y enfermos, que podrían haberse curado fácilmente
en la ciudad, pero por falta de dinero, sus padres no podían
llevarlos al hospital y se morían. Recuerdo a un joven enfermo,
que no podían llevarlo al hospital y estaba resignado a morir.
Murió después de tres meses de haberlo conocido y me dio
pena al pensar en tanta gente que se moría por no tener las
medicinas o no poder llevarlos al hospital. En mi Parroquia de
Pimpincos había una familia pobre, la más pobre del pueblo. La
mamá estaba enferma y no podía caminar. Varias veces, la
visitaba para consolarla y me lo agradecía mucho. Yo les
ayudaba con lo poco que tenía, pero su fe, a pesar de su
pobreza, me conmovía y hacía madurar mi propia fe.
De todos modos, yo mismo soy un enfermo entre los
enfermos. De joven era el seminarista más enfermo del
seminario, y de adulto sigo en el mismo camino, pero he
comprendido que el dolor y la enfermedad, en vez de alejarnos
de Dios puede acercarnos más a Él, y que, en vez de ser un
castigo, muchas veces es más bien, un regalo de Dios.
LOS PROTESTANTES
Una de las preocupaciones actuales de todo sacerdote,
en especial en América Latina, es la propagación de las sectas
protestantes. Hay un dicho que dice: “Católico ignorante,
seguro protestante”. Pues bien, muchos católicos ignorantes,
que no conocen ni viven su fe, se cambian fácilmente de
Hacia la Santidad 56 de 113
religión y abandonan nuestra fe. Por eso, edité un librito
Católico conoce tu fe y otro Católico, defiende tu fe, para
poder aclarar dudas y poder defenderse de los ataques de los
hermanos separados que, a veces, con insistencia malévola
hablan de que los católicos son idólatras, porque tienen ídolos,
como ellos llaman a las imágenes religiosas.
En Arequipa, a través de los 17 grupos de la legión de
María, íbamos a visitar a los enfermos a los hospitales, a visitar
a las familias casa por casa y teníamos 10 cuadros hermosos de
la Virgen María que iban visitando las casas y producían
muchos frutos. Estábamos convencidos de que, donde había
amor a la Virgen, no entraban los hermanos separados.
Recuerdo a una señora, que se había hecho evangélica y asistía
a su iglesia, pero que secretamente conservaba amor a la Virgen
y se iba, de vez en cuando, a una Iglesia católica a rezar delante
de una imagen de María. Un día, sus hermanos de religión
fueron a su casa y encontraron una imagen de la Virgen y le
dijeron que tenía que tirarla y destruirla, pero ella dijo que NO.
Ellos le hablaron del infierno, de que era idólatra, etc., pero ella
dijo que NO tiraba a la Virgen. Eso fue motivo suficiente para
dejar su iglesia y acercarse a nuestra parroquia. Actualmente, es
una buena cristiana, comprometida con la pastoral parroquial.
En otra familia, se convirtió el papá a los evangélicos y
ellos fueron a la casa y destruyeron todas las imágenes. La
mamá se indignó, porque le habían destruido su imagen de la
Virgen a quien ella amaba mucho y por más que asistían a su
casa a hacer reuniones y le daban charlas, no pudieron
convertirla por su amor a la Virgen.
Otro caso, entre muchos, fue el de aquellos esposos
evangélicos de Arequipa, que regresaron a la Iglesia católica,
cuando yo les aclaré lo que significaba María para los católicos,
Hacia la Santidad 57 de 113
y cómo Ella nos lleva a amar a Jesús y no a alejarnos de Él. Sí,
María es el mejor camino para llegar a Jesús.
Por eso, fomentábamos el amor a María y el rezo del
rosario en la parroquia, que era eminentemente mariana, no
sólo por los grupos de la Legión de María, sino también,
porque tenía por titular a la Virgen de Chapi, patrona de la
ciudad. Todo el día teníamos el templo abierto para dar
oportunidad a que muchas personas de distintos lugares
pudieran venir a visitar a la “Mamita”, como llaman a María.
En los programas de televisión, que tuve durante cinco años en
Arequipa, de vez en cuando, aclaraba la doctrina católica sobre
las imágenes y sobre la Virgen y otras verdades fundamentales
de nuestra fe. Entonces, me di cuenta de cuánto bien se puede
hacer a través de los medios de comunicación social. Por eso,
algunas veces he seguido asistiendo a algún canal de televisión
a grabar algún programa y lo mismo a emisoras de radio.
También publiqué en Arequipa muchos artículos católicos en el
periódico de la ciudad. Actualmente, cada año procuro editar un
libro para aclarar algún punto importante de nuestra fe y así
ayudar a los fieles a que se sientan orgullosos de ser católicos.
PROMOCIÓN VOCACIONAL
Estoy convencido plenamente que vale la pena ser
sacerdote y, si mil veces naciera, mil veces me haría sacerdote.
El sacerdote no es un hombre cualquiera, porque nadie puede
celebrar la misa ni absolver los pecados, por más que haga las
mismas cosas y diga las mismas palabras. Él ha sido escogido
por Dios para ser su instrumento y ningún otro puede hacer que
Cristo le obedezca y se haga presente en el pan y el vino ante
las palabras de la consagración. Por eso, Hugo Wast decía:
“Un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar,
más que un banquero, más que un médico, más que un
Hacia la Santidad 58 de 113
maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede
reemplazarlo a él”. Y el santo P. Pío decía muchas veces: “Es
más fácil que el mundo viva sin el sol que sin la misa”. Y no
hay misa sin sacerdote. Por eso, en mi vida sacerdotal me he
preocupado mucho de promover las vocaciones sacerdotales y
religiosas.
Pero ¡qué tristeza se siente al ver tantos lugares alejados
sin sacerdotes o parroquias de cuarenta, o cincuenta, o cien mil
habitantes con un solo sacerdote! ¡Y pensar que en el mundo
hay unos cien mil sacerdotes que abandonaron su ministerio
sacerdotal en los años de crisis!
Por eso, hay que orar mucho por esta intención del
aumento de las vocaciones. Sin sacerdotes, la moral de los
pueblos se va deteriorando. Recuerdo que en una ocasión, visité
un caserío que hacía unos diez años que no lo visitaba ningún
sacerdote. Me recibieron con mucha consideración, pero veía
con tristeza que muchos eran indiferentes y no acudían a la
misa. Por eso, hice el propósito de rezar todos los días en la
misa por las vocaciones sacerdotales y religiosas y lo estoy
cumpliendo después de muchos años.
Con frecuencia, les pregunto a los niños si quieren ser
sacerdotes o religiosas y, cuando veo a alguno más dispuesto le
digo: “Yo estoy viejo y necesito repuesto, ¿quieres ser mi
sucesor?” Esta costumbre la he adquirido, porque cuando era
un joven seminarista, un sacerdote me dijo a mí: “Yo pronto
voy a morir y quisiera que tú fueras mi sucesor en el
sacerdocio, ¿aceptas?” Y yo le dije que sí.
Por supuesto que lo que más anima a seguir este camino
es el buen ejemplo de los propios sacerdotes, verlos alegres y
entregados a su vocación. Pero no faltan muchos padres de
familia que prefieren que sus hijos sean barrenderos antes que
Hacia la Santidad 59 de 113
sacerdotes. Me he encontrado con personas que sentían en su
vida un gran vacío por no haber seguido la vocación sacerdotal
o religiosa, a la que se sentían llamados en su juventud. No
puedo olvidarme del caso de aquel joven que tenía las maletas
listas para irse al seminario, pero su padre le lloró y le pidió que
no se fuera. Y para no darle un disgusto y para que no
“muriera” de pena, no se fue, a pesar de ser mayor de edad.
Hasta ahora se lamenta.
Otros casos he conocido de mujeres que tampoco
siguieron su vocación y después se han casado con un buen
hombre, pero siguen con un gran vacío interior y desean que
alguno de sus hijos pueda seguir este camino.
Oremos mucho por las vocaciones y animemos a los
jóvenes que veamos bien dispuestos. Una de las cosas que más
me ayudó, cuando era niño a escoger este camino, fue el leer
libros de Tierras lejanas, libros en los que se relataban
aventuras de misioneros en tierras de misión. Pidamos a Dios
que escoja a algún miembro de nuestra familia y colaboremos
en esta tarea con nuestro dinero y con nuestra oración,
especialmente el día del DOMUND (domingo mundial de las
misiones) o los días especiales de oración por las vacaciones.
Que Dios los bendiga por esta buena acción.
SER SACERDOTE
Realmente, ser sacerdote es una gracia inmensa que
nunca podré valorar lo suficiente y lo mismo puedo decir de la
vida consagrada.
Por eso, es realmente penoso, cuando uno encuentra
algún sacerdote tibio o que da que hablar a sus feligreses. Una
Hacia la Santidad 60 de 113
vez, me hablaron de un sacerdote que era alcohólico y era
párroco en un pueblecito de las alturas de Arequipa. Daba pena
escuchar cómo descuidaba su ministerio y que, a veces,
celebraba la misa sin devoción, teniendo la iglesia sucia y el
sagrario lleno de hormigas. Y que hasta la gente le faltaba el
respeto, porque parece que tenía un hijo con una mujer del
lugar.
Ciertamente, es muy triste escuchar estos casos u otros
parecidos, que aprovechan los periodistas para desprestigiar a
todos los sacerdotes por unos pocos que siempre hay en todas
partes. Por eso, yo me hice el propósito, desde mis años de
estudiante, de ser sacerdote, pero de los buenos; porque malos
ya había bastantes.
Siempre, en mis oraciones personales, hay un lugar para
mis hermanos sacerdotes. E invito desde aquí a todos los que
lean estas páginas a orar por ellos. No juzguemos, Dios juzgará.
Procuremos respetarlos, invitarlos a mejorar, démosles nuestro
apoyo y nuestra amistad. Pero, sobre todo, oremos por los
sacerdotes, a quienes Dios ha escogido para ser sus ministros en
el mundo.
Y en este momento, quisiera decir con palabras del
sacerdote y periodista español José Luis Martín Descalzo:
“Me hice sacerdote para hablar a los hombres de Dios
y a Dios de los hombres, para ser intermediario entre Dios y
los hombres. Me hice sacerdote para enseñarles a mirar al
cielo, para explicarles que el mundo es muy hermoso y que no
es preciso romperse la cabeza en busca de la felicidad por el
mundo, cuando el paraíso está dentro de nosotros, si queremos
mirar”.
Hacia la Santidad 61 de 113
Sí, vale la pena ser sacerdote. Dios me ha escogido y yo
debo darle cuenta de mis hermanos. Quiero llevarlos al cielo y
quiero ser una luz que ilumine su camino. ¡Ojalá que lo
consiga!
RELIGIOSAS MISIONERAS
En mi vida misionera he tenido, algunas veces, el apoyo
de religiosas misioneras. En mi parroquia de los Andes no
había religiosas, pero en las otras parroquias de Arequipa o
Lima tenemos varias comunidades de religiosas. Ellas son un
apoyo fundamental en la vida parroquial. Pero quiero recordar
en este momento a aquellas religiosas que me acompañaron en
una gira apostólica por la selva. Fueron días en los que estaba
de vacaciones y fui a visitar la selva y, en una de sus salidas, las
acompañé para ayudarlas con mi ministerio sacerdotal. Después
de varias horas, llegamos a un caserío perdido en medio de la
floresta. Solamente una vez al año iba el sacerdote a visitarlos.
Se celebraba la fiesta patronal y tuve que celebrar varias
misas, muchos bautismos y algunos matrimonios. Pero me
encantaba conversar con la gente sencilla. Entonces, me di
cuenta de que las religiosas eran muy queridas por todos y que,
hasta los indígenas de las tribus alejadas de la civilización,
venían a buscarlas para pedirles ayuda. A veces, era ayuda
material; porque eran muy pobres. Otras veces, era ayuda para
sus enfermedades, porque en aquellos lugares no hay médico ni
enfermeros. Las religiosas eran como mamás, que a todos
daban cariño, ayuda y consuelo.
¡Cuánto bien hacen las religiosas en aquellos lugares!
Yo las admiraba por su entrega y dedicación. Y se daban
tiempo para atenderme, haciéndome mi dieta especial para mi
estómago delicado. Y tenían tiempo para estar pendientes de
Hacia la Santidad 62 de 113
cualquier cosa que pudiera necesitar. Eran también para mí
como madres, que me atendían.
Todavía las recuerdo, caminando entre al barro y
sudando; y haciendo parada para descansar en la casa de un
buen hombre a medio camino, donde pudimos tomar un buen
refrigerio. Y no olvidemos que los mosquitos y el calor y el
sudor, donde no hay ninguna clase de facilidades, eran un
tormento permanente. Pero siempre se las veía alegres. Incluso,
aprovecharon mi estadía para confesarse y tener alguna misa a
solas con Jesús, porque ellas también necesitan de la oración
para tomar fuerzas para continuar el camino de su entrega.
En este momento, quiero agradecer también a tantas
religiosas contemplativas, que con su vida, su oración, sus
sacrificios y su amor, son la retaguardia de apostolado
sacerdotal. ¡Cuántas bendiciones habré recibido de Dios y las
habrán recibido todos mis feligreses a través de las religiosas,
que rezan por mí y por quienes Dios me ha encomendado. Ellas
son misioneras desde su convento.
A todas ellas mi admiración y mi agradecimiento.
EL AMOR A MARÍA
En todos los lugares, donde he ejercido mi ministerio
sacerdotal, he procurado inculcar un gran amor a María,
sabedor de que María nos lleva a Jesús y que Ella es el camino
más rápido, más fácil y más seguro para llegar a Jesús. Desde
que era muy niño me consagré a María. En el Seminario vivía
con especial ilusión el mes de mayo, mes de María. Y siempre
he tenido alguna imagen de María en mi habitación. Durante
los dos años que estuve en crisis, dejé de rezar el rosario, que
creía era una repetición monótona de Avemarías. Pero, cuando
Hacia la Santidad 63 de 113
superé esta crisis, mi amor por María aumentó, pues creí que
Ella había salvado mi sacerdocio a través de la oración de las
religiosas.
Desde entonces, siempre he rezado el rosario completo. Nunca
me olvidaré de los dos viajes que hice a Fátima (Portugal), uno
de seminarista y el otro después de haber vivido cinco años en
el Perú. En este último, celebré la misa con especial fervor,
renovando mi consagración a Ella. Por algo mi nombre
religioso es Fray Angel Peña de la Virgen de Fátima. Algo
parecido puedo decir de mi visita al santuario de Lourdes en
Francia. Me entusiasmó la procesión de las antorchas y la misa
por los enfermos. Volví renovado y con más amor a María.
Otra experiencia, que siempre recuerdo, fue mi visita al
santuario de El Pilar de Zaragoza, en España, celebrando la
misa en el altar de San Antonio de Padua y besando el pilar
bendito.
Durante mi estancia de 16 años en Arequipa, fundé la Legión
de María, que con 17 grupos era el grupo más fuerte y
dinámico de la parroquia. Por ser una parroquia eminentemente
mariana, fomentaba el amor a María con el rezo del rosario y
repartiendo estampas, medallas, revistas, etc. El primero de
mayo era el día de fiesta parroquial; ese día venían de distintos
lugares de Arequipa, quizás unas treinta mil personas. Y
muchas otras durante todo el mes de mayo.
En mis tiempos de misionero en la sierra peruana construí, en la
casa parroquial, una gruta a la Virgen de Lourdes, y en mis
correrías apostólicas les hablaba de mis tres amores: Jesús
Eucaristía, María y el Ángel custodio. En el templo parroquial
coloqué una imagen nueva de María. Y, antes de las misas de la
noche, les enseñaba a los niños diversas canciones entre las que
no podían faltar canciones a María. María siempre me
acompañaba en las correrías apostólicas por medio de alguna
estampa y, sobre todo, siempre la llevaba en mi corazón. Ella
Hacia la Santidad 64 de 113
me cubría con su manto y me cuidaba como buena madre de las
tentaciones y a Ella le debo todos mis éxitos misionales, pues
todo se lo encomendaba y todo se lo ofrecía, ya que estar
consagrado a María significa ser de María y, por María, ser de
Jesús. ¡A Jesús por María!
Cuando escribí el libro Apariciones y mensajes de María se lo
dediqué especialmente a Ella y compuse en su honor la canción
que está al final del libro. En esta canción se dice: “Soy de
María, soy de Jesús y quiero serlo por siempre jamás”. Amén.
LA PROTECCIÓN DEL ÁNGEL
Muchas veces en mi vida he estado en peligros de accidentes de
coche, de caídas del caballo, en peligros de animales, de
contagios al atender enfermos... Sólo Dios puede saber de
cuántas me he librado con la ayuda del ángel. Pero puedo decir
que mi ángel, a quien siempre he tenido una especial devoción
desde niño, siempre me ha cuidado con especial esmero.
Recuerdo un día en especial. Habíamos ido a bendecir la cruz
de un cerro y tuvimos que subir con mucha dificultad hasta la
cima. Y era muy hermoso ver en la cumbre, desde lejos, aquella
cruz que habían puesto los primeros misioneros para manifestar
que aquellos lugares pertenecían a Jesús. Hacía varios siglos
que ya no se celebraban allí sacrificios humanos o ritos
satánicos como habían hecho los “gentiles”, como así llamaban
a los primeros habitantes de aquellos lugares, cuando todavía
no eran cristianos.
Pues bien, era un día de viento frío, el día anterior había llovido
y el terreno estaba resbaladizo. Al bajar del monte, en un cierto
momento, la mula empezó a resbalarse y a dar traspiés, de
modo que tuve que tirarme al suelo lo antes posible. Gracias a
Dios, no pasó nada, solamente tiró por el suelo la alforja y las
cosas que llevaba. Los campesinos que me acompañaban, se
Hacia la Santidad 65 de 113
quedaron asustados, pensando que me podía haber pasado algo
grave, si la mula se hubiera caído conmigo en aquellos
precipicios o se hubiera caído encima de mí.
Pero Dios vela siempre por los misioneros y creo que mi ángel
cumplió su misión y me cuidó en aquel peligro como aquel día
en que una serpiente pasó por encima de mi zapato, o aquel día
en que fui a visitar a un enfermo muy grave y en su casa una
tarántula estuvo muy cerca de picarme, o aquel otro en que un
perro bravo estuvo a punto de morderme, o aquella vez en que
las espinas de una zarza casi me sacan un ojo, al pasar por una
vegetación muy tupida con el caballo. ¡De cuántos peligros me
habré salvado!
Yo era un inexperto para caminar por aquellos lugares llenos de
barro, en que la mula caminaba al borde del precipicio con el
consiguiente peligro de resbalarse y caer hasta el abismo. Yo ni
siquiera sabía poner bien los arreos del caballo y debía
obedecer los consejos de mi acompañante que, con frecuencia,
tenía que abrirme paso a través de estrechos caminos con el
machete. Yo debía estar atento, cuando las ramas estaban muy
bajas y, a veces, podían golpearme. Varias veces, las ramas
bajas se llevaron mi sombrero sin mayores consecuencias.
Otras veces, el caballo no quería avanzar por algún motivo
desconocido y había que estar atento y ver la manera de
tranquilizarlo. Pero, a pesar de mi inexperiencia, confiaba en
Dios y en mi ángel que me acompañaba y me cuidaba. Por eso,
quiero darle gracias públicamente a Dios por este ángel, que ha
colocado a mi lado para cuidarme y defenderme durante toda
mi vida.
EN EL HOSPITAL
No todo ha sido color de rosa en mi vida misionera.
Varias veces, he tenido que ser ingresado al hospital por
Hacia la Santidad 66 de 113
motivos de salud. En esos momentos, en los que me sentía muy
débil, con frecuencia, no tenía ganas de rezar y ni siquiera de
sonreír.
Eran momentos en los que uno toca fondo y siente toda
la debilidad de su ser humano, que puede romperse en cualquier
momento y puede irse al otro mundo.
Pero, aún en esos momentos difíciles, procuraba
acordarme de mi ángel para que me acompañara y me ayudara.
Ofrecía mis sufrimientos a Jesús, como flores de amor, aunque
quizás no siempre con la alegría que debiera. Soy consciente de
que soy muy débil ante el dolor, pero sé que tiene mucho valor
ante Dios. Por eso, trato de ofrecerlo, aunque, por otra parte,
deseo que todo pase pronto y así recobrar lo antes posible la
salud. Pero, en medio de mi debilidad, procuro ser un enfermo
misionero, sabiendo que, hasta el dolor y la debilidad, ofrecidas
con amor, sirven para la salvación del mundo.
Muy especialmente, me acuerdo de una vez que estuve
enfermo con hemorragias de estómago y tuve que estar dos
meses en descanso. Durante esos dos meses, celebraba la misa
yo solo, sentado, porque no tenía fuerzas ni para celebrar de
pie. Iba a la capilla a orar, aunque con frecuencia me dormía.
Sentía frío, mi estómago no estaba bien y hasta me aburría estar
en cama. Me sentía como un pobre inútil, mientras mis
hermanos tenían que hacer solos todo el trabajo.
En otra oportunidad, fue algo totalmente diferente. Se
me paralizó una cuerda vocal y no podía hablar normalmente.
Sufría, porque, para hablar fuerte, me salían gritos. Tuve que
buscar una señora foníatra para hacer ejercicios de voz, pero
pasé dos años sin poder celebrar la misa en público y sólo me
dedicaba a confesar, pues el hablar en voz baja me era más
factible, aunque con dificultad. Era, pues, un cero a la izquierda
Hacia la Santidad 67 de 113
en la comunidad, sólo era un enfermo misionero, cuando yo
hubiera querido estar sano y fuerte para trabajar como los
demás hermanos, pero los caminos de Dios son diferentes.
Por eso, he aprendido a ver la mano de Dios en todo y
saber aceptar su voluntad, pues de nada sirve rebelarse contra
las situaciones adversas o enfermedades, que pueden tener un
valor enorme sobrenatural, si las ofrecemos con amor. Ahora ya
no puedo trabajar en la Sierra o en la selva, mi trabajo especial
es como enfermo misionero y hacer lo que puedo en las tareas
parroquiales.
¡Dios sea bendito!
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ORACIONES MISIONERAS
MISIONERO EN LOS ANDES
Señor, soy misionero y me encuentro esta tarde lejos, muy lejos
de la civilización. Me encuentro en una de las montañas de los
Andes y es hermoso ponerse aquí de rodillas y rezar en
silencio, frente al grandioso panorama que se abre ante mí.
La tarde está en declive, comienza el ocaso del sol y veo
algunas nubes paseando por aquí. Señor, el paisaje que
contemplo es recio y fuerte por la gallardía con que miran las
montañas. Me parece escuchar su voz a través del viento, una
voz profunda y armoniosa, algo así como los acordes de la
quinta sinfonía. Señor, mi caballo relincha de gozo en este
instante, parece que él también siente tu presencia en las
alturas.
Mi guitarra parece indicarme que la coja en mis brazos y
responda con sus notas y mis cantos a ese Dios que yo siento en
el aire que respiro, en el paisaje que contemplo, en el alegre
relincho de mi caballo y hasta en esas nubes que pasean por el
cielo.
Señor, ahora estoy sentado en lo más alto y veo barrancos y
ríos y valles. Y con mi guitarra y el eco de los montes te canto,
Señor, diciendo: “Gracias por la vida. Me siento feliz de haber
nacido y mucho más feliz por haberte conocido. Amén”.
Después de esta canción, que era oración, me sentí descansado,
sereno y feliz. Y de nuevo emprendí el regreso por entre los
montes, cantando con mi guitarra y montado en mi caballo.
Pronto me alejé de aquel lugar de oración, desde el que sólo se
divisaba a lo lejos: un hombre, un caballo, una guitarra. Y yo
me sentía contento de ser misionero del Señor.
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EN LA SIERRA DEL PERÚ
Señor, en esta mañana lluviosa de setiembre me encuentro en
un rincón perdido de los Andes y yo te alabo y te agradezco por
el bonito panorama que contemplo ante mi vista. Estoy en un
lugar que se llama Panamá. Desde el portal de una humilde
chocita campestre estoy viendo llover a raudales. Los pollos y
las gallinas se pasean ante mí. Los perros están acurrucados en
la cocina. Victoria se afana preparando el desayuno. Julio, el
papá de la familia, está preparando el lugar para la misa.
¡Que bueno es mi amigo Julio! Me dice: ¡Que bien viene esta
agua para mi tierra! Y yo, contemplando el paisaje y
escuchando el murmullo de la lluvia le hablo de Dios y de
tantas maravillas que Dios ha creado para alegría de los
hombres.
A lo lejos se divisan los montes altivos y orgullosos de los
Andes y los campos con su caña de azúcar, el café, los plátanos
y los árboles silvestres. El cielo está encapotado; pero, poco a
poco, se ve en la lejanía un horizonte cada vez más claro,
poniendo la esperanza de un día de sol que ha de venir.
Después del desayuno, he recibido a algunos campesinos que
han venido a visitarme y a conversar de las cosas de Dios. Al
atardecer, cuando ya el día estaba calmo y sereno, ha venido la
gente de los alrededores para la misa, que he celebrado con
todo el fervor de que era capaz, ofreciendo mi vida a Jesús por
la salvación de mis hermanos. Y ellos, en silencio, me
escuchaban hablarles de un Dios amigo, de un Dios cercano,
que siempre nos espera en la Eucaristía. También les he
hablado del ángel custodio, de ese amigo inseparable que
siempre nos acompaña y que nos protege de tantos peligros y
asechanzas del maligno. Y, por supuesto, les hablé de nuestra
Hacia la Santidad 70 de 113
Madre María. Les conté algunos relatos sobre apariciones
marianas y me he sentido feliz de verlos tan admirados y
silenciosos, escuchando mis palabras.
Después de la misa y de la cena, me he retirado a descansar y,
en ese momento de oración, le di gracias a mi Dios por
haberme hecho misionero. Gracias, Señor, por la alegría que
me das y por haberme hecho sacerdote para llevar tu mensaje
de amor a todos mis hermanos.
Mañana tengo que levantarme temprano para ir a otro lugar
llamado Choros, junto al río Marañón, y así seguiré predicando
tu palabra y tu mensaje por los pueblos del mundo, porque ser
misionero es ser misionero del mundo entero. Gracias, Señor,
por ser misionero.
SIGUIENDO EL CAMINO
El día comienza. Todavía el ambiente respira la frescura
de la noche y me encuentro en Choros, acompañado de dos de
mis amigos. Estamos sentados en una pequeña habitación que
nos dieron de posada, esperando el desayuno y temiendo la
llegada del tremendo calor que hace siempre en esta tierra.
Señor, Choros es el lugar más apartado de mi parroquia,
es una llanura entre montañas, a la orilla de un gran río: el
Marañón. Es tierra cálida y fértil, donde los arrozales y los
cocoteros se extienden a la orilla de este gran río. Solamente
una vez al año la he podido visitar y quizás nunca más la vuelva
a ver, pero siempre la llevaré en mi corazón y siempre estarán
sus hijos en mi oración.
Señor, comprendo que al ser visitados tan pocas veces,
su fe esté débil, pero siempre rezaré por ellos. Sí, haré una
Hacia la Santidad 71 de 113
campaña de oraciones y sacrificios, pediré oración a todos los
que pueda en todos los rincones del mundo, porque sé que no
los puedo dejar solos. Son como los hijos lejanos que un padre
nunca puede olvidar y, aunque no los pueda ver, siempre los
lleva en su corazón y en su oración.
Cada día, al celebrar la misa, encomiendo a un ángel
que lleve hasta ellos las bendiciones del Señor. No están solos,
son mis hijos alejados, lejanos, pero muy queridos.
Señor, haz que en cada uno de ellos brille una luz y
surja la esperanza para que, comprendiendo tu presencia entre
sus almas, puedan alabarte y darte gracias.
¡Que Dios los bendiga. Nunca los olvidaré a lo largo de
mi vida!
HABLANDO CON DIOS
Señor, después de una gira por los rincones más
apartados de mi parroquia he vuelto mejorado a mi vida
ordinaria. Nunca podré olvidar aquella noche en que, para huir
del calor del día, hicimos el recorrido a la luz de la luna. La
tranquilidad y el silencio nos rodeaba, solamente interrumpido
por algunos animales nocturnos que gritaban desde lejos.
Tuvimos que pasar un río poco profundo, y con peligros
que podían acechar, porque en aquellos lugares había pumas,
esos tigres americanos que merodean las casas en busca de
ovejas que matar. Pero el viaje fue tranquilo y, al amanecer,
¡qué belleza, ver el sol nacer entre los montes! Parecía que un
mundo nuevo amanecía y yo sentía a Dios en las flores, en el
cielo y en los árboles y hasta en el aire que tenía un olor a tierra
Hacia la Santidad 72 de 113
mojada. ¡Qué maravillosos paisajes! ¿Por qué hiciste cosas tan
bellas, Señor?
Y qué sencillos aquellos hombres que salieron a mi
encuentro y que me buscaban para conversar. Les hablé de Dios
y me escuchaban atentos y, cuando celebré la misa en aquella
casa sin puertas, hasta los pequeños me miraban con ojos
abiertos. Yo me sentía contento en medio de ellos y pensaba
que estaba celebrando de nuevo el grandioso misterio de la
Navidad. Y Dios bajó a nosotros en aquella choza y yo sonreía
a aquellas gentes humildes, que me querían de verdad.
Gracias, Señor, por mi vida misionera. Gracias por ser
sacerdote. Gracias por esta misa que he podido celebrar.
Gracias, por tu presencia en medio de nosotros. Gracias por
todo, Señor.
EN UN RINCÓN DE LA TIERRA
Señor, me encuentro en un rincón del mundo, perdido
entre las montañas. Esta mañana hemos celebrado la primera
comunión de unos niños muy pobres. Algunos estaban
descalzos, algunos parecían desnutridos y poco desarrollados
para su edad, algunos tenían los ojos tristes, otros en cambio,
estaban alegres. Hemos celebrado la misa en la escuelita del
caserío, que tendrá unos 50 habitantes permanentes sin contar
los que viven en casas aisladas por los alrededores.
Señor, me he sentido contento de ver sonreír a estos
niños. Durante la misa les he hablado de María y de que deben
amarla y encomendarse a ella. Les he dicho que recen todos los
días, al menos, tres Avemarías al levantarse y acostarse, y que
se consagren a Ella, que como Madre cariñosa los cuidará y
protegerá con su manto. Después de la misa se me ha acercado
Hacia la Santidad 73 de 113
un niño, Felipe, y me ha dicho que quería que le ponga el
manto de la Virgen para que su consagración a Ella sea de
verdad para toda la vida. Me ha emocionado su gesto y le he
puesto sobre la cabeza mi estola sacerdotal y he rezado por él
consagrándolo a María y haciéndole repetir una oración. Y me
sonrió con una bella sonrisa. ¡Qué bella es la sonrisa de los
niños, Señor!
Creo que María habrá sonreído a Felipe, que, con sus
ocho años, ha comprendido mejor que muchos “sabios” de este
mundo que, bajo el manto de María, se vive mejor y más feliz
que con todo el dinero y con todos los placeres del mundo. Por
mi parte, consagré a María a esos niños que habían hecho su
primera comunión, en especial, a Felipe para que sea sacerdote
y continúe mi tarea.
Señor, gracias por habernos dado a María como Madre
nuestra. Gracias por su presencia cariñosa a nuestro lado.
Gracias, Madre mía, por tu sonrisa y por tu amor.
CANTANDO CON LOS ÁNGELES
Era un día caluroso y yo viajaba a caballo hacia un
caserío distante, donde me esperaban para la misa. A medio
camino, nos detuvimos yo y mi acompañante para tomar un
descanso. Estábamos rodeados de montañas y yo pensaba en
los ángeles que nos rodeaban. Pensaba: ¡Cuántos ángeles
habrá por aquí! y quise sentirme rodeado de ángeles y le pedí
al Señor que me enviara millones y millones de sus ángeles
para acompañarme en aquel viaje y para que me defendieran de
todos los peligros.
Cuando reanudamos la marcha, íbamos en silencio, pero
yo estaba en oración y pensando en aquellos millones de
Hacia la Santidad 74 de 113
ángeles invisibles que me acompañaban. Y me sentía
especialmente contento. ¡Es tan hermoso sentirse rodeado de
ángeles! Y hablaba con ellos y les sonreía y jugaba con ellos a
ver quién amaba más a Jesús. Yo decía: “Señor, te amo con
todo mi corazón”. Y me imaginaba que ellos me respondían:
“Nosotros te amamos con todo nuestro ser”. Y pensaba: “Me
ganan, porque son muchos y son más santos que yo”. Y yo
seguía: “Señor, te amo con el amor de Jesús y de María”. Y
ellos decían: “Señor, te amamos con el amor de Jesús y de
María y del Espíritu Santo”. Y yo respondía: “Señor, te amo
con todo el amor que existe y ha existido y existirá en el
Universo por siempre jamás”. Y ellos respondían: “Y nosotros
te amamos con tu mismo amor de Dios y de todas tus
criaturas”.
Creo que quedamos empate, pero me sentí feliz de estar
tan bien acompañado. Cuando tuvimos nuestro segundo
descanso, me di cuenta de que había un eco formidable en
aquel lugar. Entonces, les invité a los ángeles a alabar a Dios
conmigo. Les dije: “A ver quién grita más fuerte”. Yo decía
con toda mi voz: “Dios mío, yo te amo” y el eco de los montes
repetía “Dios mío, yo te amo”. Y así, diciendo palabras de
amor a Dios, seguí unos momentos. Mi acompañante me
miraba, sonriendo... ¿Y los ángeles? Creo que también
participaron, aunque no pude oír su voz. Y me imaginé que,
como la vez anterior, también habíamos quedado empate.
Después, continuamos el último tramo del camino y me
imaginaba a los ángeles, cantando como aquella noche de
Navidad. ¡Qué bello debe ser el canto de los ángeles, de
millones de ángeles, a la vez! Por la noche, a la hora de la misa,
rodeado de aquellos campesinos humildes, me volví a sentir
rodeado de ángeles. En el momento de la consagración, me
imaginaba que estaban de rodillas adorando a su Dios, recién
nacido, en aquella chocita del último rincón del mundo.
Hacia la Santidad 75 de 113
¡Que felicidad vivir en íntima unión con los ángeles!
Creo que el Padre Dios me sonrió aquella noche, en aquella
chocita de barro durante la misa, pues le recordaría la noche
bella y hermosa de la Navidad en la cueva de Belén. Y creo
también que los ángeles cantarían hermosas canciones al niño
Dios.
Hacia la Santidad 76 de 113
EN LA SELVA
Recuerdo aquel día en que fui con otro sacerdote a
visitar la selva. Llegué a bordo de una pequeña avioneta hasta
lo más lejano de su parroquia. Después tuvimos que caminar
dos horas hasta llegar al lugar donde nos esperaban. Nunca me
olvidaré de aquel viaje de bendición. Hicimos un recorrido en
lancha por el río para visitar a otros poblados machiguengas en
plena selva. Fue algo delicioso y encantador para mí, porque
era algo nuevo. Disfrutaba de verdad ante aquel paisaje
cautivador, que se extendía a lo largo de las márgenes del río.
Los tucanes y las chicharras nos acompañaban con su canto, el
cielo estaba hermoso y todo era tranquilo en aquella jornada. Y
yo alababa a mi Dios por tantas maravillas.
Cuando al atardecer, celebré la misa, mientras el otro
sacerdote confesaba, me sentía feliz de ser sacerdote y poder
celebrar el gran misterio de la Navidad en aquella chocita
humilde, pero en donde también estaba el mismo Dios
encarnado en la hostia consagrada. Los niños me miraban con
ojos abiertos y yo les sonreía. Sí, Dios bajó hasta nosotros
aquella noche en plena selva, como si hubiera querido ser uno
de nosotros. Aquel día era como si Jesús nos dijera que él
también era un indio entre los indios de la selva y que podían
abrazarlo en la comunión como a una amigo de verdad, que se
dejaba querer y los amaba con todo su corazón.
Al anochecer, me fui a orar junto al río y allí, a solas
con Dios, sentí su amor y su presencia como quizás nunca antes
en mi vida. Sentí que Jesús estaba allí conmigo, sentí que me
amaba y que estaba feliz de estar conversando conmigo en
aquel rincón del mundo. Sentí que Jesús era mi amigo de
verdad y nos prometimos amor eterno, sin condiciones, para
siempre. Desde entonces, Jesús ha sido más real en mi vida y,
cada vez que celebro la misa, lo miro entre mis manos y
Hacia la Santidad 77 de 113
recuerdo aquel día en que me hizo sentir su presencia en un
poblado machiguenga en un lugar lejano de la selva. Allí estaba
Él esperándome y yo me emocioné al sentir su amor en el
silencio sonoro de la selva, entre los ruidos de la noche y el
murmullo de las aguas del río, que me invitaba a orar. Gracias,
Señor, por haberme hecho sacerdote.
FRENTE AL MAR
Señor, me encuentro en el Peñón de Vélez de la Gomera
en las costas marroquíes, y soy el capellán de un destacamento
militar español. Hace un día espléndido en este mes de
noviembre. Y yo siento una alegría intensa e inexplicable al ver
el mar tan manso y apacible que parece que tuviera miedo de
besar las playas. Miles de peces he visto desde los acantilados y
ahora me siento feliz, contemplando el horizonte sin límites.
Las gaviotas planean con destreza y se posan en el mar, y
después se dirigen raudas hacia la altura. ¡Qué bonito es ver
volar a las gaviotas! ¡Qué bello es el atardecer, cuando el sol
deja una estela roja sobre el horizonte! Aquí he disfrutado de
los atardeceres más bellos de mi vida, llenos de poesía y de
oración. ¡Cuántos días, al ir a celebrar la misa, disfruto del
atardecer y después celebro la misa a solas con Jesús, pues
apenas dos soldados me acompañan. Pero ¡qué importa, si la
misa es la misa de Jesús y yo soy su ministro, y podemos
celebrar unidos el gran misterio de la redención! ¡Oh Jesús,
cuántas veces he sentido deseos de ser santo y amarte con toda
mi alma al disfrutar de las bellezas de la naturaleza! No
solamente en este Peñón, cuando veo a los delfines jugando y
saltando sobre el agua, también he sentido esta misma alegría
entre las montañas de la sierra del Perú al ver a los huacamayos
con sus lindos colores o al ver el maravilloso panorama de la
selva desde la altura del avión.
Hacia la Santidad 78 de 113
Señor, tú estás aquí conmigo y me siento feliz de tu
presencia. Tú eres mi amigo y yo te amo. Gracias por haberme
escogido y por quererme tanto.
Me siento muy débil y pequeñito ante el dolor y ante los
problemas y fracasos de la vida diaria, pero Tú, Señor, lo
puedes todo. Hazme santo, y gracias por este día tan
maravilloso, por los buenos musulmanes que son mis amigos,
por las montañas que se ven a lo lejos y que ponen un fondo de
leyenda a este rincón de ensueño. Gracias por los delfines y las
gaviotas, por el sol y las montañas, por el cielo y por el mar.
Gracias por decirme que me amas a grandes voces a través de
este paisaje tan hermoso. En este momento, me comprometo a
dejarte obrar en mí y a dejarme amar por ti para que puedas
llevarme a la santidad.
CON JESÚS EUCARISTÍA
Señor, te doy gracias por todas las veces que, a lo largo
de mi vida, he podido estar a tus pies, adorando tu presencia y
agradeciendo tu amor. Quiero agradecerte, especialmente, por
todas las veces en que me has hecho sentir tu presencia de
manera sensible. Han sido muchas veces en las que, de modo
callado, pero sensible, me has hecho sentir tu amor y tu bondad.
Por eso, puedo decirte que Tú eres el Señor y dueño de mi vida.
Tú el centro y el Señor de mi existencia.
¿Te acuerdas de aquel día en que estaba enfermo en la
clínica y me fui a la capilla a rezar? Me pase un par de horas
tranquilo, contento y con mucha paz.
Y, cuando estaba en Pimpincos, y me iba a tocar la
campana y a preparar las cosas, antes de la misa, y me quedaba
unos momentos contigo... Parecían momentos de gloria. Y,
cuando en el Peñon de Vélez, iba a celebrar la misa y miraba al
Hacia la Santidad 79 de 113
sol del atardecer... Parecía como si tú estuvieras visiblemente
presente en aquel sol maravilloso, que se ocultaba.
Señor, es cierto que, muchas veces, me he dormido a tus
pies, llevado por el cansancio o la falta de sueño o la
enfermedad. Pero sé que tú me sonreías desde el sagrario e
irradiabas tus rayos de luz sobre mí.
¡Oh Jesús Eucaristía, centro de mi vida y amor de mi
alma. Sin Ti no podría vivir. Por eso, quiero unirme a tus
ángeles y santos para adorarte cada día. Quiero ser tu amigo.
Ayúdame a cumplir el compromiso que hice contigo aquel día,
estando en Arequipa, de pasarme todos los días, al menos, una
hora extra a tus pies junto al sagrario.
Señor, recibe mis pecados, mis sufrimientos
y debilidades y haz que sea tu amigo de
verdad. Te ofrezco mi vida, te ofrezco mi
amor con todos los besos y flores de mi
corazón. Amén
Hacia la Santidad 80 de 113
TERCERA PARTE
DESEOS DE SANTIDAD
En esta tercera parte, quiero expresar mis deseos de
santidad a través de algunos de mis escritos, que pueden animar
a los jóvenes y no tan jóvenes a ser misioneros y a aspirar a la
santidad. Muchos de estos escritos son de mis años jóvenes,
cuando tenía tantas ilusiones de cambiar el mundo y de ser un
misionero santo. Ojalá que puedan servir para alentar a todos a
seguir el camino de Dios en plenitud y no quedarse en una vida
tranquila de mediocridad, estancados y sin ilusión. Vale la pena
intentarlo. Dios nos quiere santos y nosotros debemos tener
deseos de santidad.
VIDAS EJEMPLARES
MI MAESTRO
En un pueblo de Castilla, de cuyo nombre sí quiero
acordarme, pasé los mejores años de mi infancia. Nunca
olvidaré aquellas tardes en que iba al frontón a jugar a la pelota
o aquellas otras en que me iba con algún amigo al campo, en
pleno verano a recoger fruta de su huerta.
Los domingos, después de la misa, era la catequesis
para los niños en la misma iglesia. Por la tarde, el párroco nos
reunía a los niños para ver una película muda de Charlot y
enseñarnos las cosas de Dios. Siempre recordaré los días de
Semana Santa, porque, con frecuencia, venían los “frailes de
barba”, los Padres capuchinos, y nos hacían reflexionar
seriamente en el más allá.
Hacia la Santidad 81 de 113
Cuando había procesiones por las calles del pueblo, era
hermoso ver, ordenadamente, niños, hombres y mujeres en
grandes filas, cantando el Ave María y otras canciones
religiosas.
También tengo presente en mi memoria a los momentos
en que iba a la escuela, con todos mis amigos. Había días del
más crudo invierno, en que apenas íbamos cinco a la clase. Y
nos calentábamos en la estufa encendida con leña. Pero,
normalmente, la escuela era para nosotros un lugar de
aprendizaje para la vida. Siempre recordaré con cariño a aquel
gran maestro que, además de enseñarnos las materias del curso
escolar, nos hablaba de Dios y de los valores humanos. Nos
ponía ejemplos para inculcarnos la justicia, la caridad, la
honradez, la sinceridad, la responsabilidad y la pureza de
costumbres para llegar a ser “hombres de provecho”.
Eran muchos los ejemplos. Uno de los que más recuerdo
es el de aquel joven que fue a pedir un trabajo y le dijeron que
no había. Al salir, encontró un alfiler en el suelo y se lo
devolvió al dueño. Y el dueño, admirado por aquel detalle, le
dio trabajo, porque necesitaba personas honradas hasta en lo
más mínimo.
Desde estas líneas, quiero elevar mi agradecimiento a
aquel maestro bueno y religioso, que, con su buen ejemplo, nos
enseñó a orar y a ser buenos ciudadanos para el bien de la
patria. Cuando, después de muchos años, regresé al pueblo, ya
había muerto y pude darme cuenta de que todavía su recuerdo
seguía vivo y tenía un nieto sacerdote.
Que Dios lo bendiga y lo tenga en su reino. Él fue un
ejemplo nosotros. Él fue un “santo varón”, que nos enseñaba
con el ejemplo no importa saber su nombre. Siempre lo llevo en
mi corazón. Le podríamos llamar, simplemente: San Maestro
Hacia la Santidad 82 de 113
MI AMIGO AGUSTIN
“Aquí yace Agustín Pérez García”. Así comenzaba el
epitafio de su tumba. Fue una tarde de otoño, en que las hojas
de los árboles caían en desbandada y el cielo encapotado de
nubes negras hacía ver más tristes las cosas de la vida. Fui al
cementerio a visitar a mi amigo y al leer su epitafio y pensar en
su vida yo pensé, en el silencio de aquella tarde, en las huellas
profundas que había dejado a su paso entre familiares, amigos y
conocidos.
Sentado junto a su tumba, vi su vida pasada como en
una película. Recordé sus años de niño, cuando los dos íbamos
a la escuela por el camino del río, cuando íbamos a cazar
mariposas, a descubrir tesoros escondidos, a jugar a la pelota o
zambullirnos en el río. ¡Aquellos días de la infancia que
parecían de eterna primavera!
Crecimos juntos en aquel lugar de nuestra tierra y
soñamos juntos en nuestro porvenir. Yo quería ser militar,
como mi padre, y tener un uniforme nuevo para hacerme
respetar y admirar por los demás. Él quería ser jinete y cabalgar
por las praderas entre las flores y los ríos y las hojas de los
árboles. ¡Cuántas veces también solíamos hablar con Dios en la
soledad del crepúsculo, acompañados por el agua del río y el
susurro de los pinos del monte! Hablábamos con Dios y lo
sentíamos tan cerca que le contábamos nuestras penas, lo
asociábamos en nuestros juegos y cantábamos con canciones de
nuestra tierra.
Así, poco a poco, entre llantos y sonrisas, entre penas y
alegrías, fueron perdiéndose en el recuerdo los días de nuestra
juventud. Nos hicimos adultos y yo, olvidándome de mis
Hacia la Santidad 83 de 113
sueños militares, me hice sacerdote para siempre; él, por su
parte, encontró a la buena Antonia y se casó con ella. Los dos
formaron un hogar humilde. Los dos eran felices, amándose de
veras. Trabajaban con entusiasmo desde el amanecer hasta la
caída del sol. Su bondad y simpatía eran de todos conocidas. A
pesar de su pobreza, siempre había ayuda para los necesitados
en su hogar y todos los días rezaban en familia el rosario a
María.
Recuerdo aquel año en que el pueblo se cubrió de luto
por la crecida del río. Murieron cinco personas y varias casas
quedaron destruidas. En aquellos momentos de dolor general,
Agustín no descansaba, dejaba sus tierra al cuidado de Dios y
acompañado de la buena Antonia, recorría las casas pidiendo
ayuda para aquellos hombres sin techo, angustiados y
enfermos. Durante tres meses, cobijaron en su casa a cinco
personas que con ellos compartieron su pan como en familia.
Algunos días, cansado del trabajo, Agustín se recostaba
en su cama y pensaba en sus hermanos y se repetía sin cesar:
“Agustín, ellos esperan tu entrega, tu servicio y esperan tu
amistad, no los abandones”. Y así, con nuevas fuerzas, se
ponía de rodillas y comenzaba a rezar.
Pronto vinieron los hijos, que fueron recibidos como
una bendición de Dios: Patricia, Francisco, Matilde, José y
Martincito. Cinco pimpollos, que llenaron de lágrimas y
sonrisas aquella casita de Agustín.
Sus hijos fueron creciendo y él seguía trabajando la
tierra, cantando a la vida, ayudando a quien podía y confiando
siempre en Dios. Pero un buen día su esposa cayó gravemente
enferma. Cáncer diagnosticaron los médicos. Sin embargo, él,
siempre sereno, le confiaba a Dios sus penas y la animaba a
sufrir con paciencia. Él la veía agotarse cada día, él la veía
Hacia la Santidad 84 de 113
dirigirse lenta e inexorablemente hacia la muerte y él sufría,
porque la amaba y no quería quedarse solo, sin su Antonia.
Pero él le ofrecía a Dios su vida y sus sufrimientos y
todas las mañanas, después de besarla con cariño y sonreírle,
respiraba profundamente, besaba el crucifijo que llevaba en el
cuello y cabalgando en su caballo, con la filarmónica entre las
manos, se encaminaba lentamente a su trabajo diario.
Al fin, murió la buena Antonia y se quedó triste y solo.
Se sentía viejo, pero no se amilanó ante la vida. Con nuevos
bríos se dirigió a la ciudad a vivir con Patricia, que estaba
casada con un ingeniero y tenía ya tres hijos. Su vida recobró
un nuevo aliento al estar entre los suyos. Sus nietos lo querían
con locura y él les hablaba de Dios, de las flores, de sus
tierras... Los domingos los llevaba de paseo por el campo; y los
días ordinarios los llevaba al colegio en la mañana y por la
tarde iban a la iglesia a dar gracias a Dios y a comulgar en la
misa vespertina.
¡Qué alegría se llevó aquel día en que su nieto Vicente
le dijo que quería decir misa como el Padre de la Iglesia! Le
entusiasmó la idea, lo animó a realizarla y al poco tiempo ya
estaba Vicente en el Seminario. Y así, poco a poco, entre las
cosas sencillas de cada día, iba viviendo Agustín lleno de amor
a Dios y a los hombres, hasta aquella tarde en que un coche lo
mató en la pista.
Cuando me enteré, acudí presuroso a consolar a la
familia. Al día siguiente, les celebré la misa y les hablé de
Agustín, el hombre santo y bueno, que se santificó amando a
Dios y a los hombres en las cosas sencillas de la vida,
cumpliendo en todo momento su deber como un verdadero
cristiano.
Hacia la Santidad 85 de 113
Al llegar a este punto de mis pensamientos, sentado en
el cementerio, me levanté, miré por última vez su tumba y le
sonreí, recordando nuestros juegos e ilusiones de niños. Los
dos habíamos seguido caminos diferentes, pero ambos
habíamos dirigido nuestras vidas rumbo a las estrellas del cielo.
Él me había ganado la carrera; pero yo, entusiasmado con el
ejemplo de su vida, hice el propósito de acelerar la marcha para
subir cada día más arriba y estar más cerca de Dios junto a las
estrellas de la eternidad. ¡Ojalá que lo consiga! ¡Que Dios
bendiga a Agustín por su ejemplo y por su vida!
ACCIDENTE FATAL
Todavía recuerdo a mi amigo Felipe, que nos dejó una
tarde calurosa de verano. Nosotros, impotentes, lo veíamos
morir cada minuto y sentíamos profunda tristeza ante aquel
amigo íntimo, que se iba para siempre.
Todo comenzó aquel domingo en que fue con un amigo
a dar un paseo en coche por la orilla del mar. El tiempo era
apacible y los dos conversaban alegremente de su trabajo, de su
vida y de su familia. Pero, en un momento dado, sin previo
aviso, un autobús de pasajeros los chocó por detrás y quedaron
atrapados entre hierros retorcidos, casi inconscientes y
sufriendo atrozmente. En un instante, su vida había quedado al
borde del sepulcro. Estaban sangrando profusamente y todo
parecía un triste final.
Gracias a Dios, pudieron ser rescatados y llevados al
hospital más cercano, donde su amigo pudo restablecerse en
poco tiempo. Pero mi amigo Felipe tuvo que ser operado y le
quitaron las dos piernas. Y así comenzó un nuevo calvario en
su vida sin poder caminar. Él se desesperaba, gritaba y se
rebelaba contra Dios. ¿Por qué, decía, tenía que ser yo? ¿Por
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qué no me he muerto de una vez? ¡Quiero morirme, no puedo
soportar más!
Y, sin embargo, lo soportó. En los momentos de calma,
cuando los dolores amainaban, comenzó a pensar. Pensó en su
nueva situación ante la vida. ¿Qué iba a ser de él? ¿Valía la
pena seguir viviendo? ¿Cuál era el sentido de su vida?
A solucionar estas cuestiones le ayudó la religiosa
enfermera que lo atendía en el hospital. Y no con palabras, lo
hizo con su modo de ser y de atender. Era admirable aquella
religiosa. Siempre sonriente, siempre con palabras de aliento y
hablándole de Dios. ¿Cómo es posible, se decía, que esta
religiosa encerrada de por vida entre enfermos y dolores pueda
sonreír y ser feliz? No cabe duda, algo debe haber en ella que la
haga tan feliz ¿Será su modo de ser? ¿Será su vida entregada?
¿Será Dios?
Así empezó a pensar y a confiar en Dios, leía libros
religiosos y cada día se iba afianzando más en el conocimiento
y en el amor de Dios. Él también quería ser feliz como aquella
buena religiosa y para ello no necesitaba tener dos piernas, solo
hacía falta amar y confiar en Dios. Y ese fue el principio de su
conversión y de su entrega a Dios. Le ofreció todos sus dolores
y, al sentirse útil, ya no deseó morirse y comenzó a sonreír
¡Qué cambio tan grande se había dado en él! Parecía un santo,
sufriendo valientemente el dolor.
Él quería sobrevivir y así lo pedía en oración, pero otros
eran los planes de Dios. A los dos meses de estar en el hospital,
sintió fuertes dolores. Sólo le quedaban veinte días de vida.
Pero él, al saberlo, no se desesperó. Lloró en silencio
junto a Dios y aceptó sus planes con paciencia y serenidad.
Hacia la Santidad 87 de 113
Cada día que pasaba se sentía más cerca de Dios y, olvidándose
de todo, sólo pensaba en amar a Dios.
Al fin llegó aquella tarde calurosa de verano en que
partió hacia la eternidad... Algunos decían: ¿Por qué lo ha
permitido Dios? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué no
murió en el accidente? Pero él ya les sonreía desde el cielo y ya
volaba bajo las estrellas del firmamento. Y yo, pensativo,
recordé sus palabras antes de morir: "Cuando muera, no estés
triste, voy a vivir feliz eternamente con Dios. Me alegro de
haber nacido y de morir confiando en Dios. ¡Dichoso
accidente que transformó mi vida! ¿Qué hubiera sido yo sin
él? Un hombre cualquiera, uno del montón. Pero ahora tengo
fe, amo a Dios y sé que Él me espera más allá de la muerte,
lleno de amor. Por eso le he dicho: Señor, aquí estoy, todo lo
mío es tuyo, ahora y para siempre”.
Felipe Antonio, descansa en paz. Gracias, por tu valor y
por tu ejemplo.
EL CAMPESINO POBRE
Durante mi estancia en la Sierra Perú, tuve la dicha de
conocer a un pequeño gran hombre. Un gran hombre de
pequeña estatura. Su nombre era Juan o Juanito, como todos le
decían, era uno de aquellos hermanos del apostolado, que
cumplía fielmente con la “promesa”, es decir, que todos los
primeros viernes de mes, cumplía con asistir al pueblo a la misa
para comulgar. Él vivía en un caserío alejado de la parroquia, a
unas tres horas y media de camino.
Su presencia irradiaba un algo de “divino”, por su
constante sonrisa y por sus ojos brillantes de la alegría de Dios.
¡Cuántas veces me acompañó por aquellos caseríos en mis
Hacia la Santidad 88 de 113
correrías apostólicas!. Él era mi segundo ángel guardián para
cualquier emergencia que surgiera en el camino. Cuando
llegaba a su casa, su esposa se desvivía por atenderme y
ponerme la comida apropiada para mí. Lo que más admiraba de
él, era su disponibilidad para servirme a mí y a sus hermanos.
Era el catequista del lugar y se preocupaba de reunir a la gente
del caserío para la catequesis del domingo. Para todos, era un
buen padre. Para los niños, parecía un abuelito, que a todos
quería y acariciaba con cariño.
Cuando iba con él, yo iba en su mula y él a pie. Yo
admiraba su resistencia física y su espíritu de sacrificio. Vivía
la pobreza sin haber hecho voto y yo aprendía de él a vivirla,
mejor que en los libros.
Su historia había sido muy original. Ya adulto, no sabía
leer ni escribir, y algunos protestantes lo buscaban para hablarle
de los ídolos (léase imágenes religiosas) le decían que se iba a
condenar si no dejaba la religión católica y se hacía protestante.
Él, hombre de oración, no sabía responderles. Como amaba
nuestra fe católica, comenzó a aprender a leer y a escribir.
Cuando ya supo leer, todas las noches, a la luz de una lámpara
Petromax, leía y leía la Biblia para poder contestar a los
protestantes. Después de dos años de leer constantemente la
Biblia todos los días, empezó a ir a distintos caseríos a
hablarles de Dios, como un misionero itinerante.
En varios lugares, cuando él llegaba, se reunían y lo
admiraban por sus profundas palabras y su convencimiento
personal. Cuando había enfermos, los visitaba y... algunos se
sanaban. El Padre Alonso, que lo conocía mejor que yo, le
preguntó un día: - “Tú ¿qué haces? Dice la gente que sanas a
los enfermos. Y el respondió:
Hacia la Santidad 89 de 113
- Padrecito, yo he leído que Jesús dice: “Él que cree en Mí,
impondrá las manos sobre los enfermos y éstos quedarán
sanos”. Yo rezo y ellos se curan.
Maravillosa respuesta de un hombre que creía en la
Palabra de Dios.
Pues bien, mi amigo Juanito era un hombre de fe
profunda. Un hombre que, cuando venía a la Parroquia,
disfrutaba, rezando delante del sagrario con su amigo Jesús. Él
vivía con Jesús, él amaba a Jesús, él disfrutaba, acompañando a
Jesús y recibiéndolo en la comunión.
Juanito era, en mi opinión, el mejor amigo de Jesús en
aquellos lugares, el que con sus ojos brillantes de fe y de amor,
hacía el bien a todos los que lo rodeaban, el que oraba por los
enfermos y muchos se sanaban, un hombre que nunca olvidaré
y que ahora, desde el cielo, está intercediendo por nosotros. Y,
al pensar en Juanito, estoy pensando en tantos otros, que fueron
un ejemplo para mí y me ayudaron a amar más a Dios con su
fe, su sacrificio y su generosidad.
A él le podríamos llamar Juan de Dios, porque, creo,
que, realmente, era un hombre todo de Dios.
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EL VENDEDOR DE FLORES
Estaba un día sentado junto a un arbolito al borde de un
camino. Los pájaros, alegres, revoloteaban a mi alrededor. Las
aguas del arroyuelo saltaban juguetonas entre las piedras. El
cielo brillaba en el firmamento azul y yo me sentía contento,
mirando el bello panorama del atardecer. Y me puse a pensar…
Pensaba en la eternidad, en la fugacidad de la vida, y en el más
allá.
De pronto, vi venir por el camino a un vendedor de
flores. Muchas veces, a lo largo de mi vida misionera, los había
visto por las calles de Lima, pero aquella tarde me pareció un
poco extraño encontrarme por un camino solitario a uno de
ellos. Él se acercó y me dijo:
- ¿Puedo descansar contigo?
- Por supuesto, le respondí
- ¿Cómo te llamas?, le pregunté
- Antonio
- Y ¿qué haces por aquí a estas horas?
- Estoy recogiendo del campo las flores que mañana iré a
vender por las calles de la ciudad
- ¿Y eres feliz con este trabajo?
- Muy feliz. Como ves, tengo bellas flores. Y cada una de
ellas tiene la bendición de Dios, pues al recogerlas le pido
al buen Dios que bendiga a quienes me las compren. Hay
flores para todos. Y todas llevan la sonrisa y el amor de
Dios. Cada mañana, cuando me levanto, me digo a mí
mismo: Hoy quiero hacer más felices a mis hermanos.
Quiero repartir, por los caminos de este mundo, flores de
alegría, de amor, de pureza, de caridad y de paz. Flores
que alegren sus vidas y los hagan un poco más felices.
Por eso, le pido a Dios su bendición para que se cumplan
mis deseos y todos sean más felices. ¡Es tan fácil hacer
Hacia la Santidad 91 de 113
felices a los demás! Yo lo hago, repartiendo flores del
campo. Tú puedes hacerlo, repartiendo flores espirituales
con tus pequeños servicios, con tu sonrisa, con tu alegría,
con tu generosidad. Yo reparto flores de amor. ¿Y tú?
- Yo, le dije, también quiero repartir flores espirituales a mis
semejantes.
Entonces, pensé que sería un ángel bajado del cielo para
darme una lección. Pero no, parecía un ser humano, muy pobre
y sencillo, que vivía el amor de Dios sin grandes ideas
teológicas. Y que, despidiéndose de mí, me regaló unas flores y
su mejor sonrisa. Y yo pensé: Si hubiera venido un ángel del
cielo, no lo habría hecho mejor. Y me sentí pequeñito ante
aquel humilde trabajador de Lima, que vendía flores y repartía
sonrisas, porque amaba mucho a Dios.
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UN SANTO SENCILLO
Había una vez un hombre sencillo. Nació en un pequeño
pueblo de España. Y allí mismo entró al convento de nuestra
Orden para ser sacerdote. Era inteligente y cumplía sus deberes
a cabalidad. Y así, poco a poco, fue creciendo en sabiduría ante
Dios y ante los hombres. Al ordenarse de sacerdote, sus
superiores lo enviaron a las misiones de China y allí trabajó los
primeros veinte años de su vida, con toda la fuerza de su
juventud. Hasta que los comunistas lo expulsaron junto a
muchos otros misioneros y volvió a la patria. Allí los
superiores le encomendaron la tarea de la formación de
seminaristas.
Y así pude conocerlo. Era uno de esos hombres que
dejan huella, cuyo recuerdo no puede borrarse de la mente de
los que lo conocieron. Era un hombre de Dios, un hombre de
oración. Y que, a pesar de sus problemas de salud, nunca se
quejaba. Yo supongo que hacía tiempo que se había consagrado
sin condiciones al Señor y Él le había tomado la palabra. Pero,
en su exterior, era un hombre afable, sencillo y siempre
sonriente.
Cuando íbamos de paseo, me gustaba estar a su lado
para oírle contar sus aventuras misioneras en China, lo cual me
animaba enormemente en mis deseos de ser misionero, al igual
que a mis compañeros. Era un hombre recto, que no transigía
con la mediocridad, era exigente, pero a la vez era un padre que
sabía entender. Nos corregía con seriedad, pero era también
paciente. Nos inculcaba mucho el espíritu de pobreza y, cuando
celebraba misa, se veía que la celebraba con fervor, por amor a
Jesús. Siempre nos hablaba de María, a quien tenía mucha
devoción.
Hacia la Santidad 93 de 113
Cuando, después de muchos años, fui a verlo, estando
ya él viejo, lo seguía admirando por su espíritu de oración, de
servicio y sacrificio. Le gustaba servir la mesa, limpiar los
platos y hacer otros trabajos humildes para ayudar según sus
fuerzas a la Comunidad. Creo que era un santo de cuerpo
entero, aunque, aparentemente, no tenía dones extraordinarios.
Su santidad era la del cumplimiento fiel y alegre de las
pequeñas cosas de cada día.
Él fue mi maestro de novicios y, por eso, cuando pienso
en los maestros de novicios, me imagino que todos son santos,
como él lo fue. En su tumba se podría haber escrito “P.
Joaquín, un hombre de Dios, un santo sencillo, sin llamar la
atención”.
Él nos marcó el camino, ojalá sigamos sus huellas.
Siempre lo recordaré con cariño.
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EL MENDIGO SANTO
Esta historia la cuenta Juan Tauler, famoso místico
alemán del siglo XIV. Dice que le pedía constantemente al
Señor que le diera un maestro espiritual para llegar a ser santo.
Un día, al salir de la iglesia, vio a un mendigo que pedía
limosna. Sus pies estaban heridos, llenos de barro y desnudos.
Sus vestidos eran viejos y estaban rotos. Daba pena verlo, pues
tenía el cuerpo lleno de llagas.
Juan le dio una moneda y le dijo:
- Que Dios te bendiga y te haga feliz.
- Soy muy feliz. Sé que Dios me ama y acepto con alegría
todo lo que me sucede como venido de sus manos. Cuando
tengo hambre, alabo a Dios; cuando siento frío, alabo a
Dios; cuando recibo desprecio, alabo a Dios. Cualquier
cosa que reciba de Dios o que él permita que yo reciba de
otros, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura,
alegría o tristeza, la recibo como un regalo. Desde
pequeñito sé que Dios me ama. Él es sabio, justo y bueno.
Siempre he sido pobre y desde pequeño padezco una grave
enfermedad, que me hace sufrir mucho. Pero me he dicho a
mí mismo: Nada ocurre sin la voluntad o permiso de Dios.
El Señor sabe mejor que yo lo que me conviene, pues me
ama como un padre a su hijo. Así que estoy seguro de que
mis sufrimientos son para mi bien. Y me he acostumbrado a
no querer, sino a lo que Dios quiere.
Siempre estoy contento, porque acepto lo que Dios quiere y
no deseo, sino que se haga su santa voluntad. Así que
nunca he tenido un día malo en mi vida y tengo todo cuanto
puedo desear. Y estoy bien, porque estoy como Dios quiere
que esté.
- ¿Y si Dios lo arrojara a lo más profundo del infierno?
Hacia la Santidad 95 de 113
- Entonces, me abrazaría a Él y tendría que venir conmigo al
infierno. Y preferiría estar en el infierno con Él que en el
cielo sin Él.
- Dígame, ¿Ud. pertenece a alguna gran familia?
- Yo soy Rey
- ¿Rey? ¿Y dónde está su reino?
- Mi reino está en mi alma, donde vivo con mi padre Dios.
Entonces, Juan, que era aspirante a santo, comprendió
que ese mendigo de la puerta de la iglesia, era un gran santo,
más rico que los más grandes monarcas y más feliz que todos
ellos. Le dio otra moneda, le dio su propio manto y entró de
nuevo a la iglesia para agradecer a Dios la gran lección
recibida. Nunca olvidaría que el fundamento de toda santidad
es aceptar siempre y en todo la voluntad de Dios. Es decir,
hacer feliz en todo a su Padre Dios.
Hacia la Santidad 96 de 113
SUEÑOS DE SANTIDAD
SUEÑO CON JESÚS
Ayer tuve un sueño que me hizo feliz. Estaba sentado en mi
barca a la orilla del mar. Me encontraba triste y con pena por
tantos problemas que debía afrontar. El horizonte se veía negro,
anunciando una horrible tempestad. Y, en ese momento, cuando
más indeciso y confundido me encontraba, sin fuerzas para
nada... vi a Jesús, caminando por la playa, acercándose a mí.
Venía sonriente y, al llegar, me tendió la mano y, sin
preámbulos, como si fuera un amigo de años, me dijo: “Boga
mar adentro hasta alta mar, allí encontrarás un tesoro que
tengo reservado para ti. No temas, yo estaré contigo y
vencerás la tempestad”.
Yo me emocioné, parecía que todos los problemas hubieran
desaparecido, ya no tenía miedo al porvenir, las dudas habían
desaparecido y una paz y un seguridad divinas llenaron mi
espíritu. Jesús estaba conmigo. Lo miré a los ojos y vi en Él un
amor tan grande por mí, una ternura tan inmensa, una mirada
tan cariñosa, una alegría tan contagiosa, que le dije sin vacilar:
“Señor, ahora mismo me lanzo mar adentro. No tengo miedo a
la tempestad, porque sé que Tú vas conmigo. Estoy ansioso de
descubrir ese tesoro que Tú tienes reservado para mí”.
Al instante, Jesús desapareció de mi vista y yo comencé a
remar con desesperación, pense que podría alcanzar el tesoro en
unos minutos, pero el tiempo pasaba las horas se hacían más
largas, comenzaba a llover y el frío, la lluvia y el viento, me
hacían temblar. El mar arreciaba cada vez más fuerte, sentía
marearme, no podía controlar mi barca y el cansancio me
dominaba. A veces, las dudas y las tinieblas me envolvían y
pensaba que todo era un sueño imposible, pero recordaba los
Hacia la Santidad 97 de 113
ojos divinos de Jesús a la orilla del mar y su recuerdo me
infundía nuevas esperanzas.
Así continué por horas y horas, no sé cuántas. Me desanimaba,
pero el pensamiento de Jesús me confortaba. Yo me dejaba
llevar por las olas, incapaz de gobernar mi barca. Hasta que
llegó el momento, cuando menos lo pensaba, en que, de pronto,
vi algo en la superficie. Era un cofre pequeñito y algo muy
dentro de mí me dijo que ese era el tesoro. Lo tomé en mis
manos, lo miré despacio y un sentimiento de desilusión me
invadió. ¡Qué pequeño debe ser el regalo! Había soñado con
grandes cosas y... no podían estar dentro. Lo abrí expectante y
fue mayor aún mi desilusión. No había nada dentro. Digo sí,
había un pequeño papelito. Lo tomé con desgana y lo leí. Decía
así: “Deja en ese cofre todo lo negativo que llevas dentro: tus
pecados, tus miedos, tus enfermedades, deja todo lo que no te
gusta de ti mismo en este cofre y échalo al mar. Yo me haré
cargo de ello y ya no llevarás más su pesada carga. Confía en
mí. Soy tu amigo Jesús”.
Una gran paz inundó mi alma. Allí mismo le hice entrega a
Jesús de mis miedos, pecados y debilidades. Allí hice la mejor
oración de entrega de mi vida a Jesús y me sentí feliz. Jesús era
el dueño de todo lo malo que había en mí y Él se iba a encargar
de todo. Me desperté feliz y le dije:
Gracias, Jesús, por tomar mis pecados
y debilidades. Gracias, por hacerte
cargo de todo lo negativo que hay en
mí. Gracias, por llevarme de la mano
por la vida. Gracias, porque sé que
puedo confiar en Ti y gracias por esta
paz, esta alegría y este amor que has
derramado en mi corazón y gracias
Hacia la Santidad 98 de 113
también por María. Toda mi vida
quiero que sea para Ti.
SOÑANDO EN LA SOLEDAD
Señor Jesús, a veces, me gusta pensar e imaginarme estar solo y
vivir para siempre en la soledad, alejado de los hombres y
viviendo solo para Ti.
Quisiera estar solo en la inmensidad de las olas y estar entre el
cielo y el mar en tu barca, Señor. A veces, sueño con estar en
la tundra helada del polo norte y allí, a solas contigo, hacerme
una covacha y vivir juntos los dos entre el frío y la nieve, pero
felices y alegres, sin temor. A veces, también sueño con vivir
aislado del mundo en la selva impenetrable y gritar a los
montes para que repitan tu nombre y te glorifiquen sin cesar.
Quisiera estar perdido en el desierto, entre la nieve, en el mar,
en las montañas, en la selva, en el espacio interestelar.
Pero sé que eso es imposible, y, por eso, me siento pequeño y
me siento débil, inútil y siento que sin Ti ni soy ni seré nunca
nada. Quiero vivir contigo, Señor, aunque sea entre la multitud
de las grandes ciudades, aunque sea entre los rascacielos de
cemento, aunque sea entre la incomprensión de los amigos, de
la gente que me busca y no me deja descansar. Pero quiero vivir
contigo y hacer de mi corazón un pequeño desierto, donde
pueda vivir en el silencio de mi corazón, donde nadie pueda
entrar mas que Tú. Quiero hacer de mi alma un pequeño
sagrario donde habites Tú.
Gracias, Señor, quiero amarte con
todo mi corazón, con toda mi alma y
con todo mi ser.
Hacia la Santidad 99 de 113
MI ALMA EN PRIMAVERA
Mi querido Jesús, hoy he pensado en mi alma y me la he
imaginado como un verde campo, salpicado de flores, con
arbustos en flor y pájaros, cantando las maravillas de la
Creación. Así es mi alma, un campo verde de primavera con la
esperanza en flor, prometiendo abundantes y maravillosos
frutos de amor.
Señor, es el tiempo de la sementera, siembra en mi campo toda
clase de gracias para que pronto den hermosos frutos. Sonríeme
a través de las flores y de los pájaros. Hazme sentir el sol y el
calor de tu infinito amor y haz que yo también sonría en esta
primavera como el sol, como los pájaros y las flores. Que todos
cuantos vengan a mí, sientan el perfume de mi alma en flor y
aprecien la hermosura de mi primavera.
Señor, gracias por mi alma en flor, gracias por tantas
esperanzas que has puesto en mí, gracias por cultivarme con
tanto cariño, gracias por haberme escogido.
Ojalá que mi alma sirva de refugio a todos cuantos te buscan.
Señor, haz que se dejen cultivar sin poner obstáculos, haz,
Señor, también de su alma un bello campo de primavera, con la
esperanza en flor y la sonrisa de tu amor.
ANSIAS DE SANTIDAD
MI ALMA ENAMORADA DE JESÚS
Una hermosa mañana de primavera, cuando los arroyuelos
cantaban alegres entre las piedras de las montañas, y las
gaviotas surcaban felices el firmamento azul, yo, sentado en la
orilla, frente al mar, pensaba en Jesús. Los rayos luminosos del
Hacia la Santidad 100 de 113
sol comenzaban a inundar la tierra y yo sentía a Jesús dentro de
mí. Un calor inmenso me rodeaba y me llegaba hasta el centro
más hondo de mi ser. Era el amor divino que me empapaba y
me decía desde muy adentro que me amaba. Y yo me sentía
como una novia enamorada y le sonreía y le decía: “Gracias,
Jesús. Yo te amo y yo confío en Ti”
Oh Jesús, yo quisiera ser como esos pájaros que veo en las
alturas y llevar hasta tu cielo un mensaje de paz. Quisiera que
todos los ruidos de la creación fueran cantos de alabanza a Ti,
Señor. Quisiera ser un pez de aguas profundas para llegar hasta
los últimos rincones del mar y decir a todas las criaturas:
"Amen a Dios. Jesús es mi Dios". Quisiera ser una golondrina
alegre que, con sus trinos y sus vuelos, pudiera alegrarte a Ti,
Jesús. Quiero darte un beso de amor y decirte con mis labios y
mi alma que te quiero. Quiero que mi alma enamorada vibre al
ritmo de tu corazón y te ame eternamente,
Oh Jesús, ¡qué bella es la tierra, qué bellos paisajes diviso
desde aquí! ¡Qué lindas las flores, que te ofrecen su hermosura,
su fragancia y su color! ¡Qué bonitas las selvas, las montañas,
los ríos, los valles, los árboles, los mares, los pájaros, los peces
y el firmamento azul! ¡Qué bellos los hombres y los niños y las
mujeres que reflejan en sus labios y en sus ojos tu sonrisa de
Dios!
Mi alma enamorada te alaba a Ti, Señor. Mi alma enamorada te
canta a Ti, Jesús. Mi alma se alegra con tu sonrisa y tu amor.
Jesús, quisiera ser una pequeña flor en tu jardín del cielo.
Quisiera ser una gotita de sangre de tu cáliz bendito. Quisiera
ser una miga de pan consagrado y vivir en el cielo hermoso de
tu Corazón.
María, Madre mía, quisiera amar a Jesús tanto como tú.
Quisiera amarte tanto como Él. Quisiera ser tu pequeño Jesús y
Hacia la Santidad 101 de 113
sentir tus caricias de madre... Abrázame contra tu Corazón para
sentir tus latidos de amor que, como repiques de campanas, me
llevan tu alegría y tu amor.
¡Qué felicidad pensar que Jesús vive en mí y yo en Jesús! ¡Su
cielo está en mi corazón y yo estoy en el Corazón de Jesús!
Si la creación es tan bella... que me quedo extasiado ante la
majestad del mar y de las olas... Si me quedo admirado ante los
vuelos raudos de las gaviotas... Si los delfines me alegran con
sus saltos alegres... Si el sol es tan hermoso con sus rayos de
colores... ¿Cómo será Dios? ¿Cómo será su eterno cielo azul?
Por eso, quiero entrenarme desde ahora para después cantarle
mi amor por toda la eternidad. Quiero que, mi vida sea un canto
de amor. Sí, un canto de amor. Te invito, hermano, a cantar
¿Sí? ¿Listos? Tú pones la música y yo pongo la letra. Inventa la
música más linda para Jesús. Él se merece lo mejor.
Cántale así:
Caminando por las playas y ciudades de la tierra,
vi un día a Jesús a la orilla del camino.
Cansado y solitario me decía: "Hijo mío,
necesito tu ayuda, tu amor y tu servicio
para alegrar los caminos de este mundo”.
Y yo, sonriendo le decía: “Yo te amo y soy tu amigo.
¿Qué quieres que haga por Ti, Jesús mío?”
Y Él me respondía cantando: “Diles a mis hermanos que los
amo.
Vete por el mundo y dales mi alegría”.
Y yo, caminando con Jesús, les hablaba de su amor.
Y yo, caminando con Jesús, sentía cada día más su amor.
Y mi alma enamorada le cantaba y le decía:
“Jesús, yo te amo. Jesús yo te adoro.
Jesús, yo te amo. Yo confío en Ti”.
Hacia la Santidad 102 de 113
Gracias, Jesús, por mi vida. Gracias, Jesús, por mi alegría.
Gracias, Jesús, por María. Gracias, Jesús, por tu amor. Amén.
MI ENTREGA
Era un día cualquiera de la historia de mi vida. Amanecía y el
sol entre rayos de colores aparecía entre las montañas en todo
su esplendor. Y yo desde mi ventana me sentía feliz mirando el
cielo, respirando profundamente la alegría de vivir. Y decía:
“Gracias, Señor, por este nuevo día. Gracias por la luz y las
montañas. Gracias par mi vida. Gracias por tu amor”.
Casi al mismo tiempo una luz divina atravesó mi mente y lo
comprendí todo. Dios estaba allí, me hablaba como un amigo y
me sonreía. Dios me amaba y me bendecía y me invitaba a vivir
en plenitud.
Sí, en aquel momento, sentí deseos de gritar al mundo sus
errores, sentí deseos de despertar a los hombres de sus vanos
ideales, sentí deseos de recorrer la tierra y predicar la luz, la
alegría, la verdad, el amor y la vida. Sentí deseos de ser grande,
de ser santo, de aspirar a las alturas, de llenar de una nueva luz
el camino de mi vida. Quería dar sentido pleno a mi existencia
y sentía que Dios esperaba mi respuesta.
Por eso, en aquella mañana de agosto, cuando los pájaros
cantaban en el cielo y las flores sonreían en la tierra, allí
mismo, de rodillas, le dije a Dios que SÍ, que me tomara de la
mano y me guiara por la vida, que contara conmigo, porque
quería seguirlo e irradiar su luz y su amor por este mundo.
En aquel instante, sentí la caricia del sol sobre mi rostro con
más intensidad. Sentí que era el mismo Dios que me abrazaba y
me acariciaba con la luz del sol y me sentí feliz. Comprendí que
Hacia la Santidad 103 de 113
había nacido para ser feliz y hacer felices a los demás.
Comprendí que debía ser espejo para reflejar la luz a los demás.
Había nacido para hacer de mi vida una canción, una canción
de eterna juventud. Una canción de vida y esperanza, una
canción alegre y de alabanza al Dios del mar, del cielo y las
montañas. Mi corazón palpitaba de emoción y cada latido era
un acto de amor al Dios del cielo. Me sentía vivir en plenitud,
porque una alegría divina me empapaba. Era feliz.
Pero ese mismo día, al atardecer, el sol desapareció entre las
montañas, negras nubes aparecieron en el horizonte y, al poco
rato, comenzó a llover. Sentí que era el mismo Dios que de
nuevo me cubría con sus lágrimas, llorando por la ingratitud de
tantas almas. Era el mismo Dios de la mañana, el mismo Dios
amante y compasivo, el mismo que era Luz, Amor y Vida, que
me decía con los ojos tristes: “Llora tú también por tus
pecados y por toda la maldad de tus hermanos”. Y yo pensé en
Jesús, lo vi en la cruz, clavado, ensangrentado, adolorido; vi su
mirada triste, tierna y humilde, pidiéndome consuelo. Estaba
solo y me pedía compañía. Y yo, al verlo tan Dios y tan
humano, tan rico y tan necesitado, tan fuerte y tan debilitado.
Me conmoví, me acerqué a su cruz, temblando por el miedo,
vacilante e inseguro, sin saber qué podía yo hacer por
consolarlo.
Y en aquel momento de mi vida me ofrecí a Él, diciéndole,
llorando y compungido: “Aquí me tienes, mi Dios, estoy
contigo ¿Qué puedo yo hacer por Ti para ayudarte? ¿Cómo
puedo, tan pobre y débil, consolarte?”
En aquel momento me pareció que una estrella, más brillante
que las otras, dirigía hacia mí su luz radiante y un rayo de su
luz tocó mi rostro. Me sentí atraído irresistiblemente hacia la
estrella y por el camino de luz que me trazaba quise caminar y
subir hasta alcanzarla. Quería conocerla, empaparme de su luz
Hacia la Santidad 104 de 113
y vivir dentro de ella. Y he aquí que, en ese momento, pensé
que María era esa estrella y me sentí orgulloso de ser su hijo y
amarla a través de las estrellas.
Cuando el silencio se apoderó de nuevo de la noche, me sentí
contento. Mi vida era hermosa. Valía la pena vivir para Dios.
Valía la pena vivir bien y en plenitud. Yo había nacido para
triunfar en esta vida y no quería ser un fracasado. Quería ser
útil a la humanidad. Tenía que cumplir bien la misión que mi
Dios me había encomendado. Muchas, muchísimas almas las
había puesto a mi cuidado y su salvación y santificación
dependía ahora de mi respuesta, de mi generosidad, de mi
entrega decidida a la causa del Señor.
Señor, mi Dios, aquí estoy, aquí me tienes, soy
tuyo, haz de mí lo que Tú quieras. Estoy listo,
empezamos cuando Tú quieras. No me pidas
permiso para nada. Guíame a donde quieras. Yo
confío en Ti. Sólo quiero decirte que te amo y
quiero ser tuyo totalmente y para siempre.
Gracias, Jesús, por haberme dado a María como
Madre mía.
AMAR A JESÚS
Jesús, yo quisiera amarte tanto como las rosas, que dejan media
vida, cuando las besa el viento. Quisiera amarte tanto como las
flores frescas, que dejan que su vida se vaya por sus venas,
cuando la diligente abeja se acerca, las contempla y quiere
transformarlas en buena y dulce miel.
Señor, que sea la flor y tú la abeja. Descansa un poco en el
jardín de mi alma. Mira el polvo que encubre mi belleza y
Hacia la Santidad 105 de 113
lávame con tus besos de lluvia en primavera. Limpia mi rostro
ennegrecido con la alegría del sol y las estrellas.
Jesús, quisiera ser un pajarillo alegre y en las alas del viento
recorrer medio mundo y decir a los hombres lo mucho que los
quieres. Quisiera ser un lago de límpidas y refulgentes aguas
para reflejar tu hermoso y bello rostro. Quisiera estar contigo
de modo permanente y sentirme tranquilo, cuando la tempestad
arrecie y el viento se subleve.
Jesús, ven a decirme ahora lo mucho que me quieres. Dímelo al
oído o grítalo entre rocas para que el viento traiga el eco de tu
voz. Pero dímelo ahora, teniéndome en tus brazos y haz que mi
vida sea de ahora y para siempre una rosa fragante, un pajarillo
alegre o un lago refulgente. Oh Jesús, te amo con toda mi alma.
Hacia la Santidad 106 de 113
ANSIAS DE SANTIDAD
Oh Jesús, te entrego todo lo que soy y tengo por medio de
María. Te entrego mi vida y mi familia, mi salud y mi
enfermedad, mi trabajo y mi descanso, mis estudios, mis
ilusiones y mis esperanzas. Todo te lo entrego y quiero que sea
tuyo, ahora y para siempre. Tómalo todo, no quiero guardarme
nada. Toma el control de mi vida, haz de mí lo que Tú quieras,
sea lo que sea te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti,
porque Tú eres mi Dios y mi Señor.
Oh Jesús, te amo con todo mi corazón, con toda mi alma y con
todo mi ser. Te ofrezco mi pureza y mi cariño, mi amor y mi
ternura, te ofrezco todos los afectos y sentimientos de mi
corazón. Tuyo soy y tuyo quiero ser para siempre. Te doy
gracias por haberme escogido, por haberme llamado, por
haberme perdonado, por haber tenido paciencia conmigo, por
haber seguido confiando en mí a pesar de todos mis pecados.
Te doy gracias, porque me has dado a María como madre. Su
mirada y su presencia son como una estrella que guía mi vida
hacia Ti. Gracias por mi ángel, tan bello y hermoso, que tanto
me ayuda y me aconseja. Gracias, Señor, por ser mi amigo y
esperarme todos los días sin cansarte en el sagrario. Gracias,
porque en la comunión puedo abrazarte y recibir tu abrazo
divino. Gracias, por tantos momentos hermosos que pasamos
juntos y unidos en oración.
Tú eres el amigo que nunca falla, el amigo que siempre me
espera, el amigo fiel que siempre me perdona y sigue confiando
en mí. Por eso, quiero hacer de la Eucaristía el centro de mi
vida. Quiero hacer de mi vida una “acción de gracias” a tu amor
eucarístico y a tu presencia real entre nosotros en este
sacramento de amor.
ALABAR A JESÚS
Hacia la Santidad 107 de 113
Era un día de mayo a la alborada, cuando las golondrinas,
jugando por las ventanas y cantando alegremente, me
despertaron del sueño. Yo miré por la ventana y vi el sol que
renacía entre los montes del pueblo. Me quedé extasiado y en
silencio ante el maravilloso espectáculo del sol brillando entre
múltiples colores y pensé: “Si es tan bello el sol que me dan
ganas de adorarlo, ¡cuánto más no será el Señor que pudo
hacerlo!”
Señor, yo te alabo por el sol y sus colores, por el cielo y las
estrellas, por la vida de los hombres. Yo te alabo por el viento
que estremece, por el frío, por la lluvia, por la tierra, el mar y el
fuego.
Señor de los abismos y de las montañas, de los valles y de las
alturas. Que te bendigan, Señor, las catedrales todas con
vidrieras que nadie ha podido alcanzar. Bendígante las islas sin
playas ni bahías y los delgados arrecifes de coral. Bendígante
los pájaros, las flores y el limpio manantial, y el pez que se
desliza en la sima abismal.
Alábente, Señor, las estrellas y las nubes. Digan tu gloria los
montes y los puertos del mar. Alábente, los faros de pie en el
litoral y los trigales y las rosaledas y los leños en el hogar. Te
bendigan: el que ara la tierra, el que cava en las minas, el que
pesca en el marQue te dé gloria el gozo y te alabe el dolor. Te
bendiga la niebla y el claro cielo azul, el hombre que está en
gracia y el hombre pecador y también el sediento que busca un
manantial.
Gracias por mi vida. Gracias, Señor, por este corazón
que me has dado para amar y que ahora te alaba y te bendice
con toda la creación.
Hacia la Santidad 108 de 113
MENSAJE DE JESÚS
No te lamentes por cualquier cosa, haz algo para
iluminar el mundo y alegrar la vida de los demás. Al salir a la
calle no te olvides de ponerte la mejor de tus sonrisas. Que hoy
haya alguien que sea mejor y más feliz por haberte encontrado.
Que hoy escribas la mejor página del diario de tu vida.
No seas como esos hombres débiles que no quieren
superarse y no aprecian nada bueno a su alrededor. Prefieren
morir a vivir, prefieren dormir a disfrutar de la belleza que los
rodea.
En la vida pasarás por verdes y deslumbrantes praderas
y también te encontrarás con quebradas oscuras... Hay ríos que
te darán agua para vivir y océanos que te mostrarán el infinito.
Tu vida estará tejida de tristezas y alegrías, encuentros y
despedidas, éxitos y fracasos, pero no te desanimes jamás.
No seas mediocre, lucha con todas tus fuerzas, da lo
mejor de ti mismo. Si hablas, habla con todo tu ser; si gritas,
grita con toda tu voz; si lloras, llora con todas tus lágrimas; si
amas, ama con toda tu alma y, cuando sonrías, sonríe con la
mejor de tus sonrisas.
Sonríe a la vida, no pidas limosnas de amor a cuantos
viven a tu lado. No pienses tanto en recibir, sino en dar; porque
al final tendrás tanto cuanto hayas dado. Construye desde ahora
tu futuro. Llena de amor cada instante de tu vida. Piensa que yo
nunca te abandonaré. Nunca te quedes satisfecho con lo que
tienes, aspira siempre a más. No seas como el agua del río, un
día alegre y cantarina, que cansada del largo camino se queda
estancada y muere podrida. No seas mediocre. Nunca te
detengas. Da siempre lo mejor de ti mismo. Hay un camino
Hacia la Santidad 109 de 113
infinito por recorrer. Yo siempre te espero al final del camino.
¡Siempre adelante! ¡Pon rumbo a las estrellas!
Yo te acompaño, no temas. Te bendigo por medio de mi
madre María.
JESÚS
“Piensa que puedes ser santo,
confía en Dios,
esfuérzate y lo conseguirás”
Hacia la Santidad 110 de 113
HACIA LA SANTIDAD Él tu camino será.
Camino que lleva al Padre
Pon tu mano en el arado, con rumbo de eternidad.
no vuelvas la vista atrás.
Pon tu mano en el arado No quieras coger las flores,
y busca la santidad. ni lo que dejaste atrás,
vive con Dios el presente,
Sólo a Dios busca en la vive en Cristo la Verdad.
vida,
sólo Dios tu caminar, Pon tu mano en el arado,
sólo Dios en tu mirada. no vuelvas la vista atrás.
Y a tu Dios encontrarás. Pon tu mano en el arado
y busca la santidad
Tu vivir será ser Cristo,
.
Hacia la Santidad 111 de 113
LA VIDA
La vida que no florece deshecho en cantos y en
y es estéril y escondida, rimas.
es vida que no merece
el santo nombre de vida. Compartir quiero mis días
Por eso, yo, con profunda con otras almas hermanas
ansia de vida y de amor, y partir mis alegrías que,
quiero regar mi sudor en lo que tienen de
y hacer mi vida fecunda humanas,
como le place al Señor. tan suyas son como mías.
abrir a todos mis brazos
Quiero que la vida mía y consolar sus pesares
no sea germen enfermo y entre risas y cantares
en tierra rasa y bravía, darles la vida a pedazos.
quiero remover el yermo
y hacer fecunda la ería Y, al fin, rendido quisiera
y quiero dar en amores poder decir cuando muera:
cuanto mi espíritu encierra Señor, yo no traigo nada
y deshacerme en sudores de cuanto amor Tú me
para que al dar en la tierra dieras.
produzca la tierra flores. Todo lo dejé en la arada
en tiempos de sementera.
Alma mía, da cuanto tengas Allí sembré mis ardores,
hasta las últimas sobras. vuelve tus ojos allí,
Tú, voluntad, date en obras. que allí he dejado unas
Tú, inteligencia, en ideas. flores
Y tú, hirviendo de pasión, de consuelos y de amores.
cual deshace el ventarrón Y ellas te hablarán de mí.
las nieves sobre las cimas, (José María Pemán).
entrégate, corazón,
CONCLUSIÓN
Hacia la Santidad 112 de 113
Después de todo lo que has leído en este libro, quisiera
preguntarte de nuevo: ¿Quieres ser feliz para toda la eternidad y
no sólo para los cuatro días de este mundo? ¿Quieres ser santo?
Si crees que es un misión imposible, es que no crees en el poder
de Dios, que puede levantarte desde lo más profundo del
abismo hasta las alturas de la divinidad. Recuerda el caso del
hombre endemoniado de Gerasa. Cuenta el Evangelio que vivía
en las tumbas de cementerio, y que nadie podía sujetarlo y que
tenía muchos demonios dentro, pues eran una legión, ¿Puede
haber algo más imposible que esto? Sin embargo, Jesús expulsó
los demonios y aquel hombre se convirtió en un hombre de
Dios, en un amigo de Jesús. Quería seguir a Jesús como
discípulo, pero Jesús le dijo: “Vete a tu casa y a los tuyos y
cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha
tenido misericordia de ti. Y él se fue y comenzó a predicar en
la Decápolis cuanto le había hecho Jesús y todos se
maravillaban” (Mc 5, 19-20).
¿Recuerdas a San Dimas, el buen ladrón? Tú eres ahora
mejor de lo que él fue y ¿no puedes ser santo? No tengas
miedo. Jesús te sigue diciendo como a Jairo: “No tengas
miedo, solamente confía en Mí” (Mc 5, 36). Pide y recibirás.
Pide esta gracia de la santidad, día y noche, mañana y tarde, y
verás cómo el Señor toma en serio tu oración. No importa, si no
ves progresos, Dios puede hacerte santo en el último momento
de tu vida. Dios te dice en su palabra: “Encomienda tu vida al
Señor, confía en Él y déjalo actuar” (Sal 36,5).
Pero no seas mediocre, da lo mejor de ti mismo,
esfuérzate y haz de Jesús Eucaristía el centro de tu vida. Dile
con San Agustín: “Señor, a Ti solo busco, a Ti solo amo y tuyo
quiero ser. Mi único deseo es conocerte y amarte” (Sol 1, 1).
De todos modos, no te hagas muchos problemas ni
busques hacer grandes penitencias. Recuerda siempre lo que le
Hacia la Santidad 113 de 113
decía Jesús a la Vble. Consolata Betrone: “Tú piensa sólo en
amarme, yo pensaré en ti y en todas tus cosas hasta en los más
mínimos detalles”. Tú piensa sólo en amar a Jesús en todas las
cosas. Él se encargará de realizar tu deseo de santidad. No te
preocupes, Él sabrá cómo y cuando.
Que seas santo. Es mi mejor deseo para ti. Saludos de
mi ángel.
Tu hermano y amigo del
Perú
P. Ángel Peña O. A. R.
Agustino Recoleto