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BAUTIZADOS

La misión cristiana tiene su origen en el amor divino y debe ser impulsada por un encuentro personal con Cristo, reflejando una vida transformada. No se trata de proselitismo, sino de iluminar conciencias y vivir el Evangelio en el día a día, siendo testigos auténticos del amor de Dios. Cada bautizado es una misión en sí mismo, llamado a compartir el Evangelio y a colaborar con la obra misionera en el mundo.

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BAUTIZADOS

La misión cristiana tiene su origen en el amor divino y debe ser impulsada por un encuentro personal con Cristo, reflejando una vida transformada. No se trata de proselitismo, sino de iluminar conciencias y vivir el Evangelio en el día a día, siendo testigos auténticos del amor de Dios. Cada bautizado es una misión en sí mismo, llamado a compartir el Evangelio y a colaborar con la obra misionera en el mundo.

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Así: 1) La misión la comenzó el mismo Dios, quien “envió a su Hijo”

porque amaba al mundo (Jn 3, 16)… porque se conmovía de la


situación de muerte, oscuridad, conflicto. Una misión, entonces,
“de origen divino” y “movida por el amor” que se perpetua en los
misioneros que salen impulsados por ese amor y no por intereses
ideológicos, sectarios, etc. al decir del apóstol Pablo: “El amor de
Cristo nos impulsa” (2Co 5,14).

2) La misión —el “salir y anunciar”— solo puede hacerse desde la


“experiencia personal de encuentro con Aquel que se anuncia”: es
decir, se testimonia a través de una vida transformada, no por una
técnica de mercado o de espectáculo televisivo, sino mostrando “lo
que el Evangelio —que es la persona de Cristo— ha hecho en cada
uno”. De los misioneros en su país se quejaba Gandhi (1869-1948):
“Me gusta Cristo, pero no los cristianos; son tan diferentes a Él”.
Con tanta razón indicaba San Francisco a sus enviados: “Anuncien
el Evangelio, y si es necesario hablen”. O sea, ni panfletos, ni
videos, ni señales extrañas, sino “una nueva forma de vivir”: un
verdadero misionero no puede tener así una “vida oculta o privada”
y salir solo por momentos de “show”, sino mostrar con humildad lo
que el Señor hace cada día en su vida.

3) La misión no es una forma de dominio de la conciencia —como


ocurre al anunciar el fin del mundo, el castigo de Dios—, sino una
iluminación de ella, como solo “conocer el amor de Dios” da paz a
la Humanidad. No es proselitismo que “captura creyentes”
haciéndolos creer que “ahora son mejores que los demás”,
estimulando un sentimiento de superioridad y desprecio a los “no
creyentes”, antes que un cambio profundo de la conducta;
3) La misión, si bien tiene la imagen clásica del “misionero que
parte a un mundo lejano”, es una “acción hacia quien está cerca”:
“Los misioneros anuncian siempre un mensaje de salvación a todos.
No solo los misioneros que van lejos, también nosotros, misioneros
cristianos, decimos una buena palabra de salvación” (Papa
Francisco, Angelus, 3 de junio 2016). Sin dejar de recordar que “hay
tres cuartas partes de la tierra que no conocen, o conocen mal el
Evangelio”, y sin frenar ese impulso de viaje misionero, hay que
admitir que el secularismo, la confusión religiosa —¿sentimiento,
adrenalina o vida nueva?— urgen una “misión en la propia casa”.

4) La misión implica la “configuración también dolorosa”, con el que


se anuncia: el mejor testimonio de que “Dios existe y vale la pena”
es la entrega de la propia vida de tantos “misioneros mártires”,
testigos con la sangre de un “Sumo Bien” al que apunta su deseo. Y
todo comienza con el “bautismo”, con la luz que se recibe y con la
unión con el “muerto y resucitado” para que los demás tengan
vida.

Que la Virgen del Rosario, portadora en sus brazos del Niño que es
Evangelio vivo, anime la misión de todo bautizado, ella que “salió
presurosa hacia la casa de Isabel”, llevando en su seno la misma
persona de Señor (cf. Lc 1,39-45).
“Es un mandato que nos toca de cerca: yo soy siempre una misión;
tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una
misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es
atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida.
Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de
nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de
Dios”, nos recuerda el Papa Francisco.

En primer lugar, la importancia del encuentro personal de cada uno


de nosotros con Cristo. En la Eucaristía, en la escucha de la Palabra
de Dios, en los momentos de oración personal y de la comunidad.
Es decir, nadie puede dar aquello que no tiene, no podemos
anunciar a Cristo ni tener espíritu misionero, si Él no habita en
nosotros y es algo fundamental en nuestras vidas.
Segundo, el recuerdo vivo del testimonio de los santos y de los
mártires. El anuncio del Evangelio crece y arraiga no sólo por las
palabras, lo hace, sobre todo, por el testimonio. Recordemos la
famosa frase de Tertuliano: “La sangre de los mártires es semilla de
cristianos”.
Tercero, debemos retomar en todas nuestras actividades pastorales
y catequéticas una renovada formación misionera; es decir, así
como hace cien años el espíritu misionero prendió en el corazón de
toda la cristiandad, ahora con la predicación, con la catequesis, en
los grupos de formación, etc., debemos prender nuevamente esta
llama misionera en cada corazón de los creyentes.
Finalmente, en cuarto lugar, debemos hacer crecer la caridad
misionera. Es decir, nuestra colaboración por distintos medios con
todo el mundo misionero. Abrir nuestro corazón con generosidad,
aportando desde nuestra pobreza, para que el anuncio del
Evangelio sea posible en todo el mundo.

¿qué es un beato y qué un santo?. El primero ha vivido las condiciones propias de un cristiano y
puede ser considerado un ejemplo. El segundo, por lo bueno que ha sido, por sus virtudes y por
los milagros que gracias a la intercesión de Dios ha podido realizar, ya llegó al cielo

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75 "¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído? ¿cómo oirán sin


que se les predique? y ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rm
10, 14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede
anunciarse a sí mismo el Evangelio. "La fe viene de la predicación"
(Rm 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión
de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con
autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como
miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de
Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser
dada y ofrecida

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