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Trabalenguas Infantiles

El primer cuento trata sobre una tortuga llamada Uga que siempre llega tarde y es perezosa. Una hormiga la aconseja sobre la importancia del esfuerzo y la perseverancia. Uga decide esforzarse más y se siente feliz con sus logros. El segundo cuento habla de un niño malhumorado al que su padre le dice que clave un clavo cada vez que se enoje. El niño mejora su carácter y saca todos los clavos. El tercer cuento es sobre un dragón que devuelve los libros robados por una bruja malv
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Trabalenguas Infantiles

El primer cuento trata sobre una tortuga llamada Uga que siempre llega tarde y es perezosa. Una hormiga la aconseja sobre la importancia del esfuerzo y la perseverancia. Uga decide esforzarse más y se siente feliz con sus logros. El segundo cuento habla de un niño malhumorado al que su padre le dice que clave un clavo cada vez que se enoje. El niño mejora su carácter y saca todos los clavos. El tercer cuento es sobre un dragón que devuelve los libros robados por una bruja malv
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Cuentos

Uga la Tortuga

Caramba, todo me sale mal! se lamenta constantemente Uga, la tortuga. Y es que no es para
menos: siempre llega tarde, es la última en acabar sus tareas, casi nunca consigue premios a
la rapidez y, para colmo es una dormilona.
¡Esto tiene que cambiar! se propuso un buen día, harta de que sus compañeros del bosque le
recriminaran por su poco esfuerzo al realizar sus tareas.
Y es que había optado por no intentar siquiera realizar actividades tan sencillas como
amontonar hojitas secas caídas de los árboles en otoño, o quitar piedrecitas de camino hacia
la charca donde chapoteaban los calurosos días de verano.
-¿Para qué preocuparme en hacer un trabajo que luego acaban haciendo mis compañeros?
Mejor es dedicarme a jugar y a descansar.
- No es una gran idea, dijo una hormiguita. Lo que verdaderamente cuenta no es hacer el
trabajo en un tiempo récord; lo importante es acabarlo realizándolo lo mejor que sabes,
pues siempre te quedará la recompensa de haberlo conseguido.
No todos los trabajos necesitan de obreros rápidos. Hay labores que requieren tiempo y
esfuerzo. Si no lo intentas nunca sabrás lo que eres capaz de hacer, y siempre te quedarás
con la duda de si lo hubieras logrados alguna vez.
Por ello, es mejor intentarlo y no conseguirlo que no probar y vivir con la duda. La
constancia y la perseverancia son buenas aliadas para conseguir lo que nos proponemos;
por ello yo te aconsejo que lo intentes. Hasta te puede sorprender de lo que eres capaz.
- ¡Caramba, hormiguita, me has tocado las fibras! Esto es lo que yo necesitaba: alguien que
me ayudara a comprender el valor del esfuerzo; te prometo que lo intentaré.
Pasaron unos días y Uga, la tortuga, se esforzaba en sus quehaceres.

Se sentía feliz consigo misma pues cada día conseguía lo poquito que se proponía porque
era consciente de que había hecho todo lo posible por lograrlo.
- He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse grandes e imposibles metas,
sino acabar todas las pequeñas tareas que contribuyen a lograr grandes fines.

El niño y los clavos

Había un niño que tenía muy, pero que muy mal carácter. Un día, su padre le dio una bolsa
con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma, que él clavase un clavo en la cerca
de detrás de la casa.
El primer día, el niño clavó 37 clavos en la cerca. Al día siguiente, menos, y así con los días
posteriores. Él niño se iba dando cuenta que era más fácil controlar su genio y su mal
carácter, que clavar los clavos en la cerca.
Finalmente llegó el día en que el niño no perdió la calma ni una sola vez y se lo dijo a su
padre que no tenía que clavar ni un clavo en la cerca. Él había conseguido, por fin,
controlar su mal temperamento.
Su padre, muy contento y satisfecho, sugirió entonces a su hijo que por cada día que
controlase su carácter, que sacase un clavo de la cerca.

Los días se pasaron y el niño pudo finalmente decir a su padre que ya había sacado todos
los clavos de la cerca. Entonces el padre llevó a su hijo, de la mano, hasta la cerca de detrás
de la casa y le dijo:

- Mira, hijo, has trabajo duro para clavar y quitar los clavos de esta cerca, pero fíjate en
todos los agujeros que quedaron en la cerca. Jamás será la misma.

Lo que quiero decir es que cuando dices o haces cosas con mal genio, enfado y mal
carácter, dejas una cicatriz, como estos agujeros en la cerca. Ya no importa tanto que pidas
perdón. La herida estará siempre allí. Y una herida física es igual que una herida verbal.

Los amigos, así como los padres y toda la familia, son verdaderas joyas a quienes hay que
valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te escuchan, comparten una palabra de
aliento y siempre tienen su corazón abierto para recibirte.

Las palabras de su padre, así como la experiencia vivida con los clavos, hicieron con que el
niño reflexionase sobre las consecuencias de su carácter. Y colorín colorado, este cuento se
ha acabado.

FIN

El dragón de las palabras

Hace mucho, mucho tiempo…, a finales de la era de los dragones y los castillos,
circulaba una leyenda en torno a una bruja tremendamente malvada.
En muchos lugares se había oído y asegurado su existencia y, aunque nadie reconocía
haberla visto jamás, todos parecían saber cosas de ella. Habitaba en un castillo lejano de
Europa, pero, se decía que era tan poderosa que a todas partes del mundo podía hacer llegar
su maldad.
Convencida de que los libros conducían a los hombres al progreso y a la libertad, aquella
malvada bruja no quería que el pueblo conociese la lectura, y al dragón de su castillo, todos
y cada uno de los libros que se escribían en el mundo, le hacía tragar. La bruja tenía miedo
de que la gente leyese y aprendiese a pensar y, tras ello, la despojasen de su castillo, de su
poder, y de toda su maldad.
Así, fueron pasando los años y los hombres, poco a poco, se olvidaron de leer y de pensar.
Los niños, por su parte, crecieron comunicándose por señas, balbuceando palabras aisladas
que jamás veían escritas en ningún lugar, y cuyo significado no llegaban a comprender y
nadie les sabía enseñar ya.
El dragón de la horrible bruja, que observaba con profunda tristeza lo que había conseguido
finalmente, y hasta donde había llegado su maldad, decidió luchar contra ella y poder
devolver así a los hombres su dignidad. Frente a la bruja, el dragón abrió sus fauces
decidido a expulsar una gran bola de fuego, como aquella que había hecho arder todos y
cada uno de los libros robados por la bruja en la boca de su estómago.
Pero de la boca del dragón no salía fuego, lo que provocó una carcajada de tal magnitud en
la bruja malvada, que según dice la leyenda, dio origen a varios terremotos en la tierra. El
dragón del temido castillo solo expulsaba palabras, de tantos libros como se había comido.
Impresionado, el dragón sopló y sopló hasta sacar de su interior la última de las letras
robadas. Y estas, poco a poco, fueron dando forma a las palabras, las palabras a las frases, y
las oraciones a todos y cada uno de los libros perdidos. ¡Qué espectáculo de formas y
colores se veía! Las vocales danzaban y giraban dando vueltas como locas, y los personajes
de cuento más famosos buscaban ansiosos su hogar, revoloteando sobre los rostros
perplejos de la muchedumbre, que se había agolpado, ante el ruido, frente al castillo de la
malvada bruja.
De esta forma, el esfuerzo del dragón fue debilitando el poder de la bruja, que quedó
finalmente sepultada bajo las toneladas de libros que el dragón consiguió devolver al
mundo tras sus grandes bocanadas de aliento.
Y, como por obra de un milagro, los hombres fueron recuperando la libertad y la cordura, y
los niños ordenando sus ideas en sus pequeñas cabezas y hablando de nuevo con fluidez.
Todos, muy felices, fueron recogiendo cada uno de los libros, dispuestos a colocarlos en las
bibliotecas, en las escuelas…, y en las humildes estanterías de sus casas. Tras ello, se
dirigieron al dragón para agradecerle el haberles liberado de la terrible maldición de la
bruja. No pudieron, sin embargo, dar las gracias al dragón, que había dado en su lucha ante
la malvada bruja, hasta la última gota de su feroz aliento.
Si oís en algún lugar el rumor de una leyenda que comienza diciendo, «érase una vez el
dragón de las palabras», corred hacia un libro cercano, agarradlo fuerte, leedlo, y dad
gracias. Algunos aún dicen, que para que no desaparezca ni nos falte nunca más un libro,
aquel dragón nos vigila y nos guarda…
Yayuca y la estrella de Navidad

El pequeño Tom era un niño muy risueño y travieso. En exceso, según su mamá, que
reprendía cada una de sus divertidas y alocadas ocurrencias. Tom consideraba que nadie le
entendía en el mundo. Nadie, salvo «Yayuca», su abuela del alma. Y es que Yayuca era una
abuela muy especial. Decía a cada rato cosas de lo más inverosímiles que a nadie le
resultaban divertidas, excepto a Tom, que creía comprender a su abuela y su extraño e
infantil sentido del humor. ¡Qué tardes se pasaban Yayuca y Tom, mirándose el uno al otro,
hasta ver quién carcajeaba primero! En otras ocasiones, como en las que Yayuca simulaba
que no conocía a Tom o le llamaba con otros nombres, solían jugar a policías y ladrones, y
así se divertían y pasaban las horas entre muchas historias y juegos más. Pero a mamá
parecía no gustarle ninguno de aquellos juegos. Reñía continuamente a la abuela diciéndole
que «volviera en sí», que no podía estar siempre pendiente de ella y de todo el mundo.
Yayuca tenía un alma como aquella que se tiene solo en la más tierna infancia. Se
encabezonaba a veces con las cosas más extrañas: colores, objetos, palabras…las cuales
gustaba a veces de repetir ininterrumpidamente en una misma conversación. Como cuando
a Tom le daba por los robots o los extraterrestres, y al decirle mamá que se ponía pesado,
hablaba entonces más deprisa y sin parar. Un año, cerquita de Navidad, el revoltoso de Tom
registró el cuarto de su madre buscando algún regalo o sorpresa que estropear. No encontró
regalos, pero sí unas cajas muy bonitas con las que jugar. Y ni corto ni perezoso, pintó dos
de aquellas cajas con marcas de grandes ojos y bocas, y tras ponerse una en la cabeza le
entregó la otra a Yayuca:
-¡Soy-un-robot! ¡Soy-un-robot! – Repetía Tom frente a su abuela, realizando una especie de
danza robótica.
¡Cuánto reía Yayuca observándole corretear a su alrededor! Y así transcurrió felizmente la
tarde, hasta que la mamá de Tom, casi enfurecida, arrebató la caja al pequeño gritándole si
no se daba cuenta de cómo estaba su abuela, o si es que pretendía acabar con ella. Aquellas
palabras consternaron al pequeño. Pero Tom, que poseía una mente tremendamente
inquieta, solo pudo permanecer haciéndose preguntas apenas unos minutos, y tras ello, se
puso manos a la obra. Durante días permaneció casi completamente encerrado en su cuarto,
con tijera y lapiceros trabajando sobre el viejo parquet. Fueron necesarios algunos
materiales más, como un espumillón blanco brillante, que sisó disimuladamente del árbol
de Navidad del salón, o el algodón del baño. Pero pronto Tom salió de su cuarto satisfecho,
ansioso, y con ganas de rematar su propósito con su obra maestra a hombros. Estaba
decidido a que su abuela volviese a la normalidad (como tanto pedía mamá, y a pesar de
que a él le encantaba Yayuca tal cual era), y tenía de plazo tan solo unos días hasta la
llegada de los Reyes Magos, justo al término de la Navidad.
Tom había escuchado en la escuela que la Estrella de Belén era la encargada de guiar los
pasos de los Reyes. Lo cierto es que no recordaba muchos más datos sobre aquella
misteriosa estrella, pero si aquellos hombres mágicos habían conseguido guiarse por ella,
estaba convencido de que tenía que brillar como ninguna otra en el mundo, y así se había
propuesto construir la suya. Tom tiñó durante días los algodoncillos del cuarto de baño con
purpurinas de plata, y los pegó sobre una enorme cartulina amarilla que guardaba de una
antigua manualidad. Alrededor, coronó toda su estructura con el precioso espumillón
brillante del árbol de Navidad, y se dispuso a colgarla de su ventana con el hilo del cometa
que sobrevolaba algunos veranos por el parque de las encinas chatas. No podía fallar. Los
Reyes verían los destellos de su Estrella de Belén al izarse en la noche con el viento,
vendrían a casa, y curarían a su abuela que al parecer se encontraba rota.
Aquella noche mágica, Tom apenas podía conciliar el sueño, pero no quiso husmear por los
pasillos como de costumbre. Quería que todo saliera como debía ser y no quería que los
Reyes se enfadasen a última hora por sus travesuras. De manera que, a pesar de todos los
extraños ruidos que percibió, no se movió de la cama. A la mañana siguiente, cuando Tom
distinguió los rayos de luz del día entre los resquicios de la persiana, corrió al salón, y ante
la sorpresa de su madre no se abalanzó sobre los regalos, ni siquiera los miró. Tom solo
acariciaba el rostro de su abuela extrañado, mirándola sin parar. Esperaba encontrar alguna
prueba en ella de que los Reyes le habían concedido su deseo, pero no encontró nada
distinto. Entonces Yayuca, tras dirigir a su nieto la mirada más directa, tierna y sincera que
podía haber, le dijo sacudiendo un regalo entre las manos: « ¿Jugamos a los robots?».
Tom se sintió aquel día de Reyes el niño más feliz del mundo sobre la tierra jugando con su
Yayuca sin parar. ¡Cuánto reían! Y el pequeño quedó convencido de que los Reyes no
habían dado con su estrella.  Solo con el paso de los años comprendió que sí la habían
encontrado, y guardó para siempre en su corazón el regalo de aquellos instantes
extraordinarios…
Lupita, la mariquita rica

Lupita era una mariquita, que soñaba con volar sola hasta lo más alto, para distinguirse de
las demás. Tras la suculenta herencia de su padre Epafrodito, que en paz descanse, Lupita
se convirtió en la mariquita más rica de Pueblobichito, su humilde ciudad.
Al verse con tanto dinero, Lupita se volvió tan caprichosa, que incluso se cansó de andar, y
decidió invertir su fortuna en viajes para al fin conseguir volar, como ninguna otra
mariquita lo había hecho jamás.
Subió en helicópteros, viajó en avión, y hasta surcando el cielo en globo a Lupita (que todo
se le hacía poco) se la vio. Viajaba Lupita siempre maquillada con enormes pestañas, y
ataviada con largos guantes de seda y un sombrero tan grande que se la veía a cien pies.
Pero pronto, Lupita empezó a necesitar a alguien con quien poder compartir todas las
maravillas que había visto a lo largo de tanto viaje. Empezó a imaginar, mientras
contemplaba el mundo, como sería la vida con otro bichito que la susurrara canciones a la
orilla del mar o celebrase con ella la Navidad. Recordaba con tristeza a sus amigas Críspula
y Cristeta, con las cuales se pasaba horas enteras jugando y sobrevolando los arbustos
espesos y radiantes en primavera. O a Serapio y su brillante mirada, posándose sobre sus
pequeñas alas en los días más espléndidos de la florida estación. Y Lupita sintió de repente
una profunda tristeza que con su dinero no podía arreglar.
Decidió entonces poner sus patitas en tierra para ordenar todas aquellas ideas. Y vagando
de un lado a otro, llegó a un extraño lugar al que se dirigían muchas mariquitas de su
ciudad. La Cueva del Suplicio, como se llamaba, era un sitio a donde acudían la mayoría de
mariquitas que no tenían nada, para empeñar lo poco que les quedaba y así dárselo a los
demás el día de Navidad.
Viendo a aquellas mariquitas luchar por no perder la sonrisa de los suyos, con su propio
esfuerzo y sin ayuda de los demás, comprendió Lupita que no eran ellos los pobres y se
avergonzó de su codicia y su vanidad.
Decidió en aquel momento Lupita, depositar en aquel lugar todo su capital, incluidos sus
guantes de seda y su gigante sombrero. ¡Quería ser como las demás!
Lupita había comprendido al fin que, en volar hasta lo más alto, no se encontraba la
felicidad.

EL PIRATA ESCACHARRADO
Érase una vez un pirata, al que la mala suerte (sin saber por qué), le había venido a ver…
El pirata tenía un ojo de palo, una pata llena de ojos y hasta una larga melena, que se le
había mudado de la cabeza a los pies. ¡Parecía que le hubieran vuelto del revés!
Aquel corsario destartalado ya no tenía cuchillos, ni garfios, ni parche en el ojo… ni cara de
malo. Pero tenía unas uñas tan largas, que le servían de ancla cuando frenaba su barco, para
poder hacer pie. Y es que hasta las anclas se habían alejado de él.
Descansaba el pirata siempre en islas desiertas, puesto que todo desaparecía nada más
posarse en ellas. Y así vivía asustando al miedo, con su ojo de palo, su pata llena de ojos y
sus pies llenos de pelo.
 La Tierra y el Mar me han olvidado…– se lamentaba el escacharrado pirata– ¡A
pesar de haber robado cien barcos, navegado mil horas y haber sido un pirata tan malo!
No le quedaban fuerzas ya a aquel pirata, para seguir intentando lo del ser un pirata malo. Y
decidió, tras mucho pensar, abandonar sus galones (cuatro jirones mal remendados sobre la
solapa de una chaqueta vieja y tiesa) en alta mar.
Y a partir de entonces, la mala suerte ya no vino a visitarle nunca más…
Expediente Hormiga

 
Lidia, una niña de cinco años despierta y muy observadora, creía haber revelado un
importante misterio para la Humanidad. Estaba convencida de haber descubierto el origen
de los marcianos.
Dedicaba horas, en sus ratos libres, a estar en el campo con sus abuelos. Horas en las cuales
observaba, muy atentamente, la naturaleza y todo cuanto sucedía a su alrededor, acurrucada
bajo el viejo chopo del tatarabuelo Rufo. Pero de todo cuanto podía admirar, sin duda, lo
que más le apasionaba eran las hormigas.
A la pequeña Lidia le inquietaba ver de qué manera aquellos minúsculos bichitos iban y
venían, de un lado para otro, a lo largo del día. Su manera de actuar parecía demostrar que
todas aquellas hormigas supiesen perfectamente a qué punto exacto de la casa o de la huerta
del tatarabuelo Rufo debían dirigirse en cada momento y por qué motivo.
Siempre que había pizcas de miga de pan en la cocina, las dichosas hormigas comenzaban a
acudir desde el viejo chopo, situado a no menos de cien metros de la casa. Una vez allí, y
organizadas en dos bloques perfectos de filas indias, se disponían para recoger los pequeños
cuscurros de pan y volvían hasta la sombra del viejo chopo, bajo la cual se enterraban en su
hormiguero, desapareciendo, como si no hubiesen estado allí jamás. ¿Cómo podían saber
aquellos diminutos seres dónde se encontraba la cocina? ¿Y por qué parecían saber la hora
exacta en la cual tendrían dispuestos siempre sus abuelos los cuscurros o las miguitas de
pan para llevárselas?, se preguntaba Lidia, atónita, cada vez que observaba el fenómeno.
Con toda seguridad, aquellas hormigas debían de pertenecer a algún grupo o familia muy
unida y avanzada. En ocasiones, desplegaba su gran lupa y hasta le parecía que reían entre
ellas y llegaban a conversar.
Lidia había oído a los adultos hablar sobre todo aquello de las naves espaciales y los
extraterrestres…y poco a poco, todo parecía encajar. Observar a aquellas hormigas tan
atentamente la había llevado al convencimiento absoluto de que aquellos extraños seres
debían de tener algún sistema de control sobre nosotros. Un sistema, tan avanzado, que ni
siquiera les hacía falta usar naves para visitarnos, haciéndolo a cuerpo descubierto y
enfrentándose a grandes peligros, como la gran pisada del pie del abuelo Pipe.
– ¡Ajá! ¡Os he descubierto! –Exclamó Lidia observando la boca del hormiguero.
Y la pequeña se echó la siesta aquella tarde, increíblemente feliz, bajo la sombra del viejo
chopo del tatarabuelo Rufo.
Había dado con el secreto de los marcianos…

La Tía Rita

La tía Rita era una mujer de lo más peculiar.


Poseía una espalda curvada, con la cual aparentaba una edad de lo más avanzada. Joroba
que le hacía un cuerpo semejante, al caminar, al de una pobre grulla sin alas. Sin embargo,
no era aquello lo más singular. Todo el mundo comentaba que la tía Rita sufría de
espasmos y que, por ello, el cuerpo parecía habérsele partido en cuarto y mitad.
La tía Rita era una mujer de lo más “especialita”. Su hermana decía que era alérgica a la
letra “i” y que, por ese motivo, vivía en un sin vivir. Si la nombraban, estornudaba, y si
estornudaba…de nuevo, el cuerpo entero otra vez le temblaba: ¡aaachís! La pobre Rita ya
no sabía, cómo de aquel castigo escapar podría:
– «Ji, ji, ji…» –Carcajadas de señoras y señores…
– « ¡Piii! ¡Piiii! » –Sonido de coches en calles y callejones…
– «Din, don…Din, don… » –Repiques de campanas y relojes…
¡Quiquiriquí!…De la mañana a la noche, la tía Rita se encontraba inmersa en una extraña
danza (compuesta de muecas curiosas y muchos temblores) que parecía no tener fin. Hasta
que un día la hermana de Rita, ideó una manera de acabar con la caprichosa alergia en torno
a aquella letra tan estrechita.
Acordándose de que su hijo Martín, tartamudeaba y se atragantaba con la misma letra “i”,
decidió hurtarle la vocal a su hermana, para ponerla en el abecedario del pequeñín.
Presurosa, acudió al Consejo superior de los nombres de todos los reinos. En él, las
personas más sabias acuñaban en madera elegantemente tallada, todas las letras del
abecedario en el Casillero Oficial de todos los niños y niñas, conforme aprendían a hablar,
leer y escribir.
Una vez informados del caso de su hermana Rita y de su hijo Martín, todos los sabios y
sabias del consejo, acordaron conceder al pequeño, la vocal que tanta alergia le había
provocado a su tía. Y, finalmente, tallaron a Martín, muy cuidadosamente, la dichosa letra
“i”.
La «hermana Reta», como la llamaron a partir de entonces, pudo al fin relajarse y vivir
feliz, y Martín pudo de una vez pronunciar la “i”…
¡Achís!

Adivinanzas

Mi tía Cuca tiene una mala racha, ¿quién será esta muchacha?
La cucaracha

Canto en la orilla, vivo en el agua, no soy pescado, ni soy cigarra.


La rana

Soy pequeño y blandito y mi casa llevo sobre el lomito.


El caracol
Porque tengo sangre fría aparezco en primavera en piedras encaramada siempre al
sol que más calienta.
La lagartija

Dos pinzas tengo, hacia atrás camino, en el agua vivo, en el mar o en el río.
El cangrejo

Qué animal tiene las cinco vocales?


El murciélago

En lo alto vive, en lo alto mora, en lo alto teje la tejedora.


La araña

¿Quién será que de noche sale y de día se va?


El búho

¿Cuál es el animal que más tarda en quitarse los zapatos?


El cienpiés

Tengo hipo al decir mi nombre, ¿quien soy?


El hipopótamo
Choco me dice la gente, late mi corazón. El que no sepa mi nombre, es un gran
tontorrón.
El chocolate
Zorra le dicen, aunque siempre del revés. Se lo come el japonés y plato muy rico es.
El arroz
Con tomate y con lechuga, en el plato suelo estar; puedo ser algo picante y a muchos
hago llorar.
La cebolla
Blanca por dentro, verde por fuera. Si quieres que te lo diga, espera.
La pera
¿Quieres té? ¡Pues toma té! ¿Sabes ya qué fruto es?
El tomate
Vengo de padres cantores, pero yo no soy cantor. Llevo la ropa blanca y amarillo el
corazón. ¿Quién soy?
El huevo
La A, anda. La B, besa. La C, reza ¿Qué fruta es esa?
La cereza
Redondo como la luna y blanco como la cal. Me hacen de leche… ¡y ya no te digo más!
El queso
Oro parece y plata no es, ¡y no lo adivinas de aquí a un mes!
El plátano
Aunque no es un hombre, lleva sombrero y al cesar la lluvia sale el primero.
El champiñón
En blanco pañal nací, En verde me transformé, Y durante el crecimiento, Amarillo
me quedé.
El limón
Soy una loca amarrada que sólo sirvo para ensalada.
La lechuga
Figura redonda, cuerpo colorado, tripas de hueso y zancos de palo.
La cereza
Una señorita va por el mercado con su cola verde y su traje morado.
La berenjena
Somos bolitas redondas que al morir nos despedazan, nos reducen al pellejo y todo el
jugo nos sacan.
Las uvas
Primero blanca nací, después verde me quedé, y cuando dorada torné, hiciste un jugo
de mí.
La naranja
Tengo capa sobre capa; si me las quieren quitar nadie de llorar se escapa.
La cebolla
Arca monarca de gran poder, que ningún carpintero la pudo hacer.
La cáscara de nuez
Tiene ojos y no ve, tiene agua y no la bebe, tiene carne y no la come tiene barba y no es
un hombre.
El coco
Soy un viejo arrugadito que si me echan al agua salgo mucho más gordito.
El garbanzo

Trabalenguas

Lado, ledo, lido, lodo, ludo,


decirlo al revés lo dudo.
Ludo, lodo, lido, ledo, lado,
¡Qué trabajo me ha costado!

La sucesión sucesiva de sucesos 


sucede sucesivamente con la sucesión del tiempo.

Si el caracol tuviera cara como tiene el caracol, 


fuera cara, fuera col, fuera caracol con cara.

A Cuesta le cuesta subir la cuesta,


y en medio de la cuesta, ¡¡va y se acuesta!!

Compré pocas copas, pocas copas compré,


como compré pocas copas, pocas copas pagaré.

Toto toma té, Tita toma mate,


y yo me tomo toda mi taza de chocolate.
El cielo está enladrillado,
¿quién lo desenladrillará?
El desenladrillador que lo desenladrille,
buen desenladrillador será.

Yo no quiero que tú me quieras porque yo te quiero a ti.


Queriéndome o sin quererme, yo te quiero porqué sí.

Compró Paco pocas copas y,


como pocas copas compró,
pocas copas Paco pagó.

Pablito clavó un clavito


en la calva de un calvito,
en la calva de un calvito
Pablito clavó un clavito.

La institutriz Miss Tres-tros


ha pegado un gran traspiés
por subir al treinta y dos 
en lugar de al treinta y tres.

El Rey de Constantinopla esta constantinoplizado.


Consta que Constanza, no lo pudo desconstantinoplizar
El desconstantinoplizador que desconstantinoplizare al Rey de Constantinopla,
buen desconstantinoplizador será.

Pepe Pecas pica papas con un pico, 


con un pico pica papas Pepe Pecas.
Si Pepe Pecas pica papas con un pico, 
¿dónde está el pico con que Pepe Pecas pica papas?
Me han dicho que has dicho 
un dicho que he dicho yo.
El que lo ha dicho, mintió.
Y en caso que hubiese dicho
ese dicho que tú has dicho
que he dicho yo,
dicho y redicho quedó.
y estaría muy bien dicho,
siempre que yo hubiera dicho
ese dicho que tú has dicho
que he dicho yo.

Cuando cuentes cuentos, 


cuenta cuantos cuentos cuentas,
porque si no cuentas cuantos cuentos cuentas 
nunca sabrás cuantos cuentos cuentas tú

Parra tenía un perro.


Guerra tenía una parra.
El perro de Parra subió a la parra de Guerra.
Guerra pegó con la porra al perro de Parra.
Y Parra le dijo a Guerra:
“¿Por qué ha pegado Guerra con la porra al perro de Parra?”
Y Guerra le contestó:
“Si el perro de Parra no hubiera subido a la parra de Guerra, 
Guerra no hubiese pegado con la porra al perro de Parra.”

No me mires que nos miran, 


nos miran que nos miramos,
miremos que no nos miren
y cuando no nos miren nos miraremos,
porque si nos miramos
descubrir pueden
que nos amamos.

El amor es una locura que solo el cura lo cura,


pero el cura que lo cura comete una gran locura

¿Cómo quieres que te quiera


si quién quiero que me quiera
no me quiere como quiero que me quiera?

Mi mamá me mima
y yo mimo a mi mamá.

El cielo está encapotado,


¿quién lo desencapotará?
El desencapotador que lo desencapote
buen desencapotador será.

Luengas lenguas hacen falta para no trabalenguarse.


El que no tenga una luenga lengua bien podrá trabalenguarse.

Tres tristes trapecistas con tres trapos troceados


hacen trampas truculentas 
porque suben al trapecio por trapos y no por cuerdas

Si Sansón no sazona su salsa con sal, le sale sosa;


le sale sosa su salsa a Sansón si la sazona sin sal.
Te quiero porque me quieres,
¿quieres que te quiera más?
te quiero más que me quieres,
¿qué más quieres que te quiera?

Buscaba en el bosque Francisco a un vasco bizco tan brusco, 


que al verlo le dijo un chusco: – ¡qué vasco bizco tan brusco!

¿Cuánta madera roería un roedor


si los roedores royeran madera?

El hipopótamo Hipo está con hipo. 


¿Quién le quita el hipo al hipopótamo Hipo?

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