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El documento habla sobre el origen y desarrollo del capitalismo. Explica que surgió a partir de la burguesía en la Edad Media y se consolidó durante la Revolución Industrial, adoptando diversas formas a lo largo de la historia. También analiza conceptos como la burguesía y su estrategia de poder.

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El documento habla sobre el origen y desarrollo del capitalismo. Explica que surgió a partir de la burguesía en la Edad Media y se consolidó durante la Revolución Industrial, adoptando diversas formas a lo largo de la historia. También analiza conceptos como la burguesía y su estrategia de poder.

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PORTADA

INDICE
INTRODUCCION
EL CAPITALISMO

Formación socioeconómica que precede al socialismo y al comunismo.


Se asienta en la propiedad privada de los medios de producción y la
explotación del trabajo asalariado. La finalidad de la producción capitalista y
la fuente de enriquecimiento de los capitalistas es la apropiación de la
plusvalía. La principal contradicción antagónica del capitalismo es la
existente entre el carácter social de la producción y la forma privada de
apropiación. Las clases fundamentales del capitalismo son el proletariado y
la burguesía. Entre estas clases se libra una irreconciliable lucha de clases.
El capitalismo atraviesa distintas fases en su desarrollo. La libre
competencia, típica de la primera fase del capitalismo, conduce
gradualmente a un elevado desarrollo de las fuerzas productivas, al
perfeccionamiento de la técnica, a la concentración y la socialización de la
producción, a la formación de los monopolios y al imperialismo, fase en la
que se forman las premisas para la revolución socialista. La Gran Revolución
Socialista de Octubre (1917) y la primera guerra mundial (1914-1918)
pusieron comienzo a la crisis general del capitalismo. Actualmente, la esfera
de influencia mundial del capitalismo se ha reducido, y éste experimenta la
influencia del sistema socialista mundial. El capitalismo moderno se
caracteriza por un aumento vertiginoso de la concentración e
internacionalización de la producción, la regulación interestatal de la
economía capitalista mundial (Mercado Común, &c.), el crecimiento del
complejo industrial-militar, la militarización de la economía, la carrera de los
armamentos, la lucha de los monopolios contra la distensión, el
reforzamiento del capitalismo monopolista de Estado y el ascenso del
movimiento democrático. En la presente etapa se agravan las viejas formas
(y surgen nuevas) de las contradicciones dentro de los Estados capitalistas.
Atraviesa dificultades el sistema de regulación estatal-monopolista de la
economía y la política contra las crisis, se agudizan las contradicciones entre
los Estados imperialistas y los países en vías de desarrollo y se profundiza la
crisis política, espiritual e ideológica. Se amplía y perfecciona el sistema de
explotación, lo cual se debe a las nuevas formas de organización capitalista
de la producción y a su racionalización. Se intensifica el proceso de
polarización de clase de la sociedad capitalista, aumenta la diferencia en los
ingresos, crece la cantidad numérica y cambia la composición de la clase
obrera, que pasa a ser cada vez más cualificada, aumenta su papel
sociopolítico y se proletarizan la intelectualidad y las capas medias. Surgen
nuevos antagonismos sociales. El capitalismo tiene aún posibilidades de
crecimiento económico (una de las reservas es el aprovechamiento de los
adelantos de la revolución científico-técnica), pero las relaciones capitalistas
obstaculizan la utilización del potencial material y espiritual de la sociedad en
provecho de toda la población y hacen necesaria su sustitución por las
relaciones de producción socialistas. El capitalismo es incapaz de dirigir
racionalmente el desarrollo social, lo que refuta los distintos pronósticos
sobre la sociedad “postindustrial”, formulados por los ideólogos burgueses
para justificar y preservar el capitalismo.

Origen

El capitalismo no siempre ha operado de la misma forma en que hoy lo


hace. Aunque sus inicios formales datan del siglo XVI y XVII, hubo
importantes antecedentes en diversos momentos y lugares de la historia.

Su antecedente más directo se ubica hacia el final del Medioevo, a


medida que surgía de la sociedad feudal una nueva clase social dominante:
la burguesía, cuya actividad comercial permitía la acumulación de dinero u
otros activos (mercancía, y después maquinaria), lo cual es un rasgo
fundamental para el surgimiento de la lógica capitalista.
El origen del capitalismo estuvo fuertemente determinado por la
expansión de la industria textil inglesa a partir del siglo XVII, gracias a la
masificación del trabajo. En el siglo XVIII, con las primeras máquinas
artesanales, comenzó el modo industrial de producción.

El surgimiento de los primeros Estados-nación y la Revolución Industrial


fueron elementos clave en la instauración en Europa del nuevo sistema.

El espíritu del capitalismo clásico de la época fue comprendido por el


economista y filósofo escocés Adam Smith (1723-1790). Fue plasmado en su
La riqueza de las naciones (1776), de donde surgió el fundamento central del
libre mercado, que aconsejaba la menor intromisión del Estado posible.

Sus ideas fueron luego parte de la filosofía del Liberalismo del siglo XIX,
época que presenció el desarrollo del sistema de fábricas, y el gigantesco
éxodo de las regiones rurales a las urbanas que éste ocasionó, dando origen
así a la clase obrera o proletariado.

En adelante, el capitalismo sufrió enormes cambios en su modo de


funcionamiento, impulsado por las catástrofes económicas del siglo XX y sus
dos guerras mundiales. Además, la constante innovación tecnológica que
marcó la segunda mitad de ese siglo, hasta que el capitalismo se volvió
global de inicios del siglo XXI.

La burguesía y su estrategia

Con el término burguesía se suele denominar a la clase media


acomodada, propietaria y capitalista, si bien este término puede emplearse
con diversos rangos de matices en la filosofía política, económica, sociología
e historia. El término, así como la clase social a la cual hace referencia, ha
variado con el tiempo desde su aparición a finales de la Edad Media.
Para la escuela de pensamiento marxista, por ejemplo, crítica del
sistema capitalista, la burguesía representa la clase social de los
propietarios, dueños de los medios de producción, que subsisten a partir de
la explotación de la mano de obra del proletariado (sector obrero). En la
actualidad el término puede ser empleado de manera despectiva: “burguesía
parasitaria”, “burguesía explotadora”, etc.

La expansión y empoderamiento de la burguesía fue clave en la


transición del sistema feudal al moderno. Los burgueses no estaban sujetos
a ningún señor feudal, pero fueron la clase que acumuló las riquezas
monetarias y se erigieron pronto como un nuevo elemento de poder,
independiente del clero y la aristocracia.

De hecho, muchos aristócratas empobrecidos cruzaron sus familias con


burgueses adinerados para salvar económicamente su familia y compartieron
así la nobleza de su linaje con los grandes mercaderes plebeyos.

Con el paso del tiempo, el dinero pasó a tener mucho mayor valor que
los títulos nobiliarios, en la medida en que los mercados crecían, el
conocimiento se democratizaba y el sistema feudal de las castas se
derrumbaba junto al absolutismo.

Teniendo en vista esto, podemos distinguir tres momentos en los que la


burguesía determinó su identidad y estrategias. El primero de imitación de la
nobleza. El segundo de integración con las clases bajas en confrontación con
la nobleza. El tercero de suplantación de la nobleza en confrontación con las
clases bajas. Este último momento es en el que podemos ubicar la identidad
específica de la burguesía.

El primer momento comienza cuando los mercaderes alcanzan a


acaparar grandes fortunas, sobre todo en el período en el que muchos de
ellos se constituyen en banqueros. Desde esta época y hasta el siglo XVIII, la
burguesía carece de una ideología consistente y, sobre todo, de una
identidad propia asumida. Inmersa en el mundo perceptual y conceptual del
sistema feudal, creciendo bajo la hegemonía de su dogma, la burguesía no
concibe otra forma de prestigio social que la representada por la nobleza. La
nobleza representa entonces el ideal a alcanzar para una burguesía que
prospera económicamente a grandes pasos, la única posición visible como
meta del ascenso social. A la vez, eran plenamente conscientes de la
imposibilidad de alcanzar legítimamente esa posición sin poseer un linaje de
nobleza. La imitación de la nobleza y el anhelo de integrarse a ella es
entonces la tendencia dominante en la burguesía en este momento (Le Goff,
1982). Otras tendencias orientadas en el mismo sentido fueron la compra de
títulos de nobleza y el acceso a la nobleza por matrimonio o, en el caso de
los profesionales letrados, por servicios prestados como funcionarios del
Estado. Esto último dio origen a la denominada “nobleza de toga”,
particularmente importante en Francia. A este momento peculiar en el que el
Otro se constituye en objeto de deseo lo podríamos denominar como la
identidad mimética de la burguesía. En sentido estricto, este momento no
representa la construcción de una identidad propia, sino la búsqueda de
integración en una identidad ajena.

El segundo momento es más puntual y tiene lugar en el marco temporal


en que la burguesía conduce una revolución con el fin de obtener el poder
político. El caso paradigmático que ilustra esto es el de la burguesía francesa
en el período que va de los años 1789 a 1830. Sin embargo, es un momento
que se repite en distintos espacios geográficos y en distintos períodos de
tiempo en los que la burguesía intenta, con éxito o sin él, una toma
revolucionaria del poder. La principal característica de este momento es la
identificación por parte de la burguesía con todos los sectores de las clases
inferiores, conformando en conjunto una totalidad expresada bajo el
concepto de “pueblo”. Esta construcción teórica de una totalidad se sustenta
por lo general en algún mito de los orígenes de corte nacionalista. La
burguesía se posiciona como portavoz de este “pueblo” y dirige sus
acciones. También, señalando su ilegitimidad y exponiendo sus abusos,
delimita al enemigo: la nobleza, la aristocracia dueña de las tierras y
poseedora de privilegios por derecho de sangre. Aquí alza la burguesía su
estandarte más difundido: “todos los hombres son iguales”. Exige el fin de los
linajes privilegiados, la igualdad de oportunidades para todos. Esta es la
identidad revolucionaria de la burguesía.

El tercer y último momento, también lo es cronológicamente. Tiene su


aparición tras la toma del poder político por parte de la burguesía. Su
característica principal es la de ser la contracara absoluta del segundo
momento identitario, de la identidad revolucionaria. Desde el momento en
que la burguesía se posiciona al mando del poder político, la igualdad de los
hombres puede seguir siendo postulada teóricamente; sin embargo, en la
práctica, los hombres comienzan a diferenciarse. El dinero es, una vez más,
la medida de la diferencia. La burguesía se deslinda de las clases inferiores,
asignándoles la marca de incultas, holgazanas, peligrosas, delictivas,
etcétera. Restructura así por completo su identidad, construyendo con las
clases bajas un nuevo Otro al que es necesario, si no combatir, al menos
controlar o alejar. La cultura y la educación burguesas se erigen en este
momento como símbolos de superioridad, como licencia natural para ejercer
el poder y como barreras infranqueables que las clases inferiores, incluidas
aquí en cierta forma las mujeres de la propia burguesía, no pueden
atravesar. Esta es la identidad reaccionaria de la burguesía, la identidad de
la burguesía en el poder. Una identidad que guarda muchas similitudes con
la identidad aristocrática tradicional que anteriormente confrontó. Bajo esta
identidad la burguesía extenderá su hegemonía desde su toma definitiva del
poder en la primera mitad del siglo XIX hasta que la crisis del consenso
liberal y progresista subyacente a los sucesos que marcaron las primeras
décadas del siglo XX (Primera Guerra Mundial, Revolución Rusa, acceso de
las masas a la educación y a la legalidad política, entre los más relevantes)
obligue a la reconfiguración de la misma bajo otras coordenadas.

¿Por qué el capitalismo es considerado una forma de degradación del


ser humano?

¿Qué es la dignidad? ¿Qué es lo que nos hace dignos de algo? ¿Qué


no nos hace dignos? El hombre en su afán de conseguir lo deseado se
amarra a cadenas que cree ser capaz de romper, o amarra a otros teniendo
fe de que el poder no lo consumirá. La esclavitud, un claro ejemplo de esto,
tal vez uno de los negocios más antiguos y que a día de hoy sigue estando
presente pero no de una manera tan obvio, sino más bien, de una forma más
ilusoria.

El sentarse en una oficina por más de 10 horas al día, haciendo lo


mismo de siempre y recibiendo un pago que supuestamente compensa tu
trabajo, para luego salir al mundo y ser bombardea por información que solo
te frie las neuronas, no es dignidad, ni pensarlo…Es perder la vida.

La cantidad de niños muriendo de hambre a nivel mundial, a causa de


un sistema que favorece exclusivamente a los dueños de las súper empresas
distribuidoras de alimentos, no es dignidad, ni pensarlo…Es un crimen de
lesa humanidad.

Ahogarse entre deudas que tal vez ni siquiera sabias que tenías,
trabajar cada vez más y más para seguir llenándose de deudas y seguir
enriqueciendo a los grandes banqueros, no es dignidad, ni pensarlo... Es el
anfitrión de un parasito que te chupa todo lo que produces.

Solo los acumuladores se benefician verdaderamente del capitalismo,


aquellos que saben que el dinero es poder, y que usan este como un antifaz
para hacer lo que les plazca, porque aceptémoslo, dale una máscara a un
hombre y veras quien realmente es. Esta “realidad” los hace llegar a los
confines más oscuros de la moralidad humana, esa donde el resto del mundo
solo es una pequeña hormiga a la cual no le importa aplastar con tal de
obtener lo que se quiere.

La base de la ideología capitalista no está errada, quienes ejecutaron


las ideas de forma incorrecta si

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