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Jimmy Ruiz - Cuento

Un viejo adivinante llega a un pueblo en sequía, donde su presencia es ignorada y su oficio despreciado por el cura. A medida que la situación del pueblo empeora, el cura se enfrenta a su propia soledad y desesperación, mientras el viejo encuentra en el silencio y la ausencia de la gente una oportunidad para comunicarse con los muertos. Al final, el pueblo queda desolado, pero la llegada de la lluvia coincide con la desaparición de las reliquias de Santa Brígida, sugiriendo un sacrificio para restaurar la esperanza.

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Jimmy Ruiz - Cuento

Un viejo adivinante llega a un pueblo en sequía, donde su presencia es ignorada y su oficio despreciado por el cura. A medida que la situación del pueblo empeora, el cura se enfrenta a su propia soledad y desesperación, mientras el viejo encuentra en el silencio y la ausencia de la gente una oportunidad para comunicarse con los muertos. Al final, el pueblo queda desolado, pero la llegada de la lluvia coincide con la desaparición de las reliquias de Santa Brígida, sugiriendo un sacrificio para restaurar la esperanza.

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SANTOS OFICIOS

Nunca dijo su nombre. Apareció en el pueblo sin ruido


detrás de una caravana de gitanos. Instaló junto a
ellos su tienda y ejerció sin mucho éxito su oficio de
adivinante. Cuando el campamento se levantó, nadie
en el pueblo notó su presencia, ni el interés oscuro
por el que se quedaba. Era viejo, usaba ropa negra y
suelta que dejaban ver la decadencia de su cuerpo
cuando el viento soplaba en contra; su única
pertenencia era un tarot que no dejaba de barajar. Se
instaló en una casa abandonada a las afueras del
pueblo y puso sobre su puerta un letrero rojo que
aventuraba grandes portentos por unas pocas
monedas. Paso el tiempo; su figura se hizo familiar.
Ante la ausencia de visitas a su consulta salía a
buscarlas a la calle. De vez en cuando algún paisano
descuidado caía en la tentación de que le leyeran la
suerte pero el viejo hablaba de lo que la gente no
quería escuchar: hambre, muerte y desolación. La voz
sobre su impericia explicaba el aparente fracaso de su
empresa, pero no le faltaba el ánimo para dejarse ver
los sábados en el mercado y los domingos en la misa;
eso sí, en las bancas de atrás para evitar la mirada de
fuego del cura, que al tanto de su labor, no perdía
oportunidad en la homilía para juzgar severamente
sus malas artes. Sin clientes y con la saña de la iglesia,
la rutina del viejo se incrusto en la rutina del pueblo y
después de unos meses era uno más, entre ellos,
invisible. Llegó el verano y con él la sequía. Los días
pasaban lentamente bajo un sol de infierno. La tierra
se secó. Las nubes se convirtieron en un recuerdo
lejano. Los alimentos empezaron a escasear y la gente
preocupada, sumó a los rezos diarios, la idea de una
gran romería a las montañas con la imagen de Santa
Brígida. Famosa por arrancar entre otros tiempos
agua de cielos cerrados. El cura, quemó incienso y
elevó largas promesas de futuras visitas al santuario
que sería levantado en su honor. La gente del pueblo
bajo de las montañas contenta, rejuvenecida por la
esperanza. Los jóvenes tomaban de la mano a las
jóvenes y en sus ojos se leían promesas. Las ancianas
no dejaban de persignarse acosadas por grises
presentimientos. Las escasas flores en el santuario de
la santa se marchitaron; las oraciones siguieron; la fe
y la tierra mostraban los mismos signos de cansancio.
El cura exhortaba en una iglesia vacía a mantenerse
firme ante la prueba, pero los rosarios iban perdiendo
lentamente velocidad y los rumores de las beatas
ante el altar cesaron. La lluvia no llegó. Cuatro meses
después, se vieron las primeras familias levantando
trastos para mudanza. Ocho meses después la mitad
del pueblo se había ido y al cabo de un año, solo
quedaban el viejo, el extraño viejo con su tarot y el
cura, el obstinado cura con sus reliquias. Santa
Brígida, o lo que quedaba de ella, huesos sueltos
decorados según la tradición con diamantes y
envueltos en un rico tejido de oro, estaba incrustada
en un lugar desconocido del altar mayor. El cura lo
creía pero consideró siempre un sacrilegio, la sola
idea de probarlo. En ausencia de parroquianos llegó a
celebrar la misa con un martillo y la tentación de
recuperar el único tesoro que lo mantenía atado al
pueblo y a su miseria. Siguió celebrando. Su sentido
del deber era más fuerte que su fe. Misa tras misa,
siempre a las siete, a pesar de que hace semanas el
pueblo estaba vacío. En esas estaba, una mañana de
los días finales, cuando a mitad de la ofrenda, sintió
una ausencia metálica, terrible y perpetua. Un suspiro
hondo y lento se escapó de sus viejos pulmones y
camino hacia la puerta abierta de la iglesia. La luz de
un sol naciente iluminaba un polvo suspendido, casi
quieto, que levitaba sobre las casas abandonadas
como en ausencia de gravedad; El cura contuvo el
aliento para no respirar ese aire diabólico, se dio la
espalda y se supo vencido por el peso árido de las
circunstancias. No terminó la misa, cerró la puerta de
la iglesia y notó asustado que ésta no hacia el ruido
oxido de costumbre. Pensó en voz alta, consiente de
su absoluta soledad: “hasta el puto ruido se fue de
este puto pueblo”. El padre comprendería años
después que ese silencio no era cualquier silencio, era
el padre crónico de todos los silencios. El silencio que
reinaba en el mundo antes de que Dios lo llenara de
música. El cura, busco cuerdas, enfilo su vieja mula,
ato trastos y le pareció que toda la vida, había estado
rodeado de basura. Ya no podía orar, ni siquiera tenía
el siseo de su propia voz para consolarlo. La ausencia
del sonido era aún más cruel que el ruido de la
guerra. El viento no dejaba huella en su paso por las
rendijas de las ventanas; los pájaros habían huido; las
moscas habían dejado de volar. La propia mula no
había escapado, porque siempre estaba amarrada,
pero hasta a ella se le notaba la emoción de dejar
aquel sitio. El cura dejo de sospechar y se convenció
de los trazos malignos que escribían el fin de la
historia del pueblo. Pensó en buscar, al menos con su
mirada, por vez última el lugar de las reliquias, pero
hasta esa convicción se le estaba muriendo con la
sequía; “de pronto solo eran cuentos”, se dijo y se
resignó a recuperar las piezas más valiosas y
montarlas malamente, en su carreta sucia y
maltrecha.
A las afueras del pueblo, cuando ya marchaba, se
quedó de pie frente a una casa derruida, que toda
una vida había estado abandonada y que ahora era la
única casa habitada. Pensó muy en el fondo de su
corazón que si se podía achacarle a alguien el origen
de la desgracia era a ese viejo forastero. Fabricó una
historia en su mente sobre una confabulación
demoníaca para alterar el clima y dejar sin agua la
tierra; Suspiró largamente. Los habitantes habían
renunciado a sus casas para que en ellas habitaran
una hueste de demonios. El cura, pensó, una última
vez, en quedarse para defender los territorios de Dios,
pero después se dijo así mismo, que Dios tenía la
culpa por haberlo dejado solo. Santa Brígida, meditó,
se queda atrapada en una tapia de la iglesia, a ella le
toca lidiar con las artes mañosas del maligno. En esas
meditaciones estaba cuando el viejo del tarot abrió su
puerta.
-- ¿Se va Señor Cura?
-- Me voy y Usted debería hacer lo mismo porque aquí
no queda nada.
--Yo vine aquí por eso Señor cura. Las cartas me
dijeron que esto iba a pasar; la sequía va a durar
todavía mucho tiempo y yo necesito un lugar así
tranquilo para trabajar.
Al cura le entró miedo, pero preguntó con voz firme:
--¿cuál es tu oficio, hijo de Satanás?
--Mi negocio es con los muertos, dijo el viejo, cuando
la gente deja de hacer ruido, hasta las ánimas más
tímidas salen a dar vueltas y tienen siempre algo para
contar.
--Pues que los tratos te salgan mal y que se mueran
las malas artes aquí contigo y que se pudra tu sangre
y que se pierda tu voz; levantó la mano con una furia
desconocida, como si fuera a lanzar algo y abrió
mucho los ojos. El cura se sentía desconcertado. No
era el dueño de esas palabras, le aterrorizó ser el
puente de la magia oscura que lo estaba
contaminando todo; una burla macabra, una burla del
diablo para el diablo. El viejo, arqueó las arrugas de
sus mejillas y le mostró una dentadura roída, sucia e
incompleta. Yo no dije eso, dijo el cura, y se supo
presa del mal que se estaba haciendo en todas la
cosas.
--No se asuste dijo el viejo, más bien, entre a la casa y
le cuento sobre las almas que amparaba usted con sus
rezos y que no lo merecían, venga y le cuento que
hacían cuando las luces del pueblo se apagaban.
--No, grito el cura, bajando la mano, que no puedas
obtener nada de nadie, ni de nada, Santa Brígida se
queda para amarrarte de las patas con el Patas. Y
salió corriendo, atizando su mula, empujando su
carreta, impotente ante un poder contra el que no
podía.

Venga a visitarme padre, cuando quiera. El viejo


movía la mano tras de un cura que corría, mientras
soltaba una curiosa y casi imperceptible carcajada. El
cura siguió su camino malhumorado tirando de su
carreta, sintiendo esas palabras como una derrota en
su corazón. No es justo se decía, tantos años, tanta
gente, para que dejes morir todo como si nunca te
hubiéramos servido. Llego la noche. Había caminado
toda la tarde y se resguardó vencido debajo de la
carreta. En sueños lo asalto la figura del viejo.
“Contame viejo cabrón, le decía, contame cuáles son
tus negocios o te arreglo bien esa mueca”. Hay
ánimas de animas padre, no puedo contarle por los
votos que usted cuando era joven hizo, pero si
reniega de ellos pasa a ser de los míos, quéjese de esa
vida inútil que tenía y yo le hago un puesto en mis
filas. El viejo soltaba risas visagrosas y secas,
carcajadas entre las cartas que volaban sobre su
desdentada cara.
En sueños, el padre espantaba esas cartas como si
fueran moscas, mientras veía al viejo atando la lluvia
para que no bajara del cielo. En sueños lo veía
arrancando un tesoro de una pared y sacándolo en el
lomo de un jumento sin que nadie lo molestara, en
sueños, con esa risa petrificada, satisfecha y pútrida.
Se despertó de un salto, el sol había salido hacía rato,
tenía hambre y sed pero su angustia moral era mayor.
Enfiló su carreta de regreso, camino al pueblo y paso
toda la mañana jalando a su mula que no quería
volver. El sol se posaba implacable sobre su cabeza y
cuando ya tenía en la distancia la vista de la torre de
la iglesia, calló desmayado, tal vez muerto. Lo toco la
sombra de un jumento que a la carga llevaba un
hombre viejo y un pequeño baúl. El cura, que estaba
vivo, tuvo la impresión de que conocía las formas. La
noche estaba a punto de caer, un fuerte dolor de
cabeza punzó la frágil humanidad del cura. Su carreta
y su mula no estaban. Se levantó y camino lo poco
que le quedaba para llegar al pueblo. Pasó por la casa
del viejo y estaba vacía. Al llegar a la iglesia la
encontró con las puertas abiertas, con la tapia
izquierda junto al atar mayor violada y tras un
montón de escombros despojada de las reliquias; su
grito rompió el silencio y fue como si el sonido
volviera a reinar en el mundo. Santa Brígida, susurró
llorando, en la puerta de la iglesia, te volviste a
inmolar para salvar a los tuyos. Sus lágrimas se
confundieron en el suelo con las primeras gotas de
lluvia que después de meses mojaban las calles
desiertas.

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