EL ROL DE LAS PASIONES EN LOS TRASTORNOS DE ANSIEDAD
Dra. Zelmira Seligmann
El DSM-V dice que los trastornos de ansiedad son los que “comparten las
características de miedo y ansiedad excesivos, así como las alteraciones conductuales
asociadas.”1 Los trastornos de ansiedad se distinguen de las situaciones normales por su
intensidad o duración, siendo sin embargo el criterio de temporalidad, en cierto modo
relativo, pues prima el criterio puramente psicológico de sobreestimación del peligro en las
situaciones temidas o evitadas, donde ese miedo o ansiedad es desproporcionado a la
realidad.
Hay diferentes trastornos de ansiedad: el miedo a la separación o pérdida de
determinadas personas por un apego inapropiado, el mutismo selectivo por una
incapacidad de hablar en situaciones sociales, las fobias específicas hacia situaciones u
objetos precisos evitados siempre con un miedo desproporcionado al riesgo real, las fobias
sociales, el miedo a la evaluación negativa por parte de los demás, a sentirse humillado o
rechazado, los trastornos de pánico, agorafobia, la ansiedad generalizada. Están
caracterizados por un miedo que aparece como excesivo respecto de la realidad. 2
Todos estos trastornos tienen por denominador común el miedo a un mal que, en el
fondo, implican un bien que se teme perder. Porque: “El bien es anterior al mal, por ser el
mal privación de bien.”3
Por eso voy a referirme principalmente a dos pasiones, que se dan en dichos
trastornos y son: el miedo y el deseo; y veremos cómo pueden aparecer juntas en las
situaciones normales y en las patológicas. Sin embargo, no podemos dejar de referirnos a
otra pasión fundamental que es el amor, pues dice San Agustín que todas las pasiones son
causadas por el amor4, ya que se refiere al bien y el bien tiene razón de fin. El hombre obra
por un fin. “Todas las pasiones del alma se derivan de un solo principio, el amor, en el que
tienen una recíproca conexión”.5 Por eso el amor es el que le dará también una tonalidad
moral, pues afirma este Padre de la Iglesia –citado por Santo Tomás– que “hablando de las
pasiones: Estas son malas, si es malo el amor; buenas, si es bueno.”6
Seguiré de cerca el pensamiento de los Padres de la Iglesia y de Santo Tomás de
Aquino, pues es importante –si queremos hacer una psicología realista– reconocer la
1
Cfr. Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales, 5ª edición (DSM-V), 189
2
Cfr. DSM-V
3
S. Th. I-II q 25 a 2 corpus
4
S. Th. I-II q 25 a 2 sc
5
S. Th. I-II q 41 a 2 ad 1
6
S. Th. I-II q 24 a 1 sc
1
verdad contenida en la Revelación y la Tradición de la Iglesia, ya que “El misterio del
hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado” 7, y es Cristo quien nos
muestra la verdad sobre el hombre. Porque como muy bien afirma el psiquiatra Rudolf
Allers, en la psicología y psiquiatría modernas conocemos al hombre en su naturaleza
caída, desordenada, destruida, y por eso es poco lo que podemos saber de él, de su realidad
más profunda, de su destino, del sentido y fin al que dirige toda su vida y sus conductas, si
no recurrimos a la sabiduría de la Iglesia. Por eso utilizaré este saber para aplicarlo a los
problemas que se le plantean al hombre de hoy en día y que la psicología intenta dar
solución.
El la segunda parte de la Suma de Teología Santo Tomás estudia primero los actos
humanos que reflejan dinámicamente la imagen de Dios y por los que se accede a la
felicidad y la bienaventuranza, y sigue luego con un tratado profundamente psicológico,
sobre las pasiones del alma: que son actos humanos secundarios o por participación, ya
que son “comunes al hombre y a los animales” 8. Pero no se dan de la misma manera en el
hombre que en el animal, sino en forma análoga, porque a diferencia de los animales, en el
hombre hay una participación intrínseca de la racionalidad y libertad. 9
El Aquinate se va acercando al tema de las pasiones siguiendo el pensamiento de
San Agustín y dice:
que los movimientos del ánimo a los que los griegos llaman «pathe» y algunos de
los nuestros, como Cicerón, perturbaciones, otros los llaman afecciones o afectos,
pero otros más expresivamente los denominan pasiones, como en griego. Lo cual
evidencia que las pasiones del alma son lo mismo que los afectos. Ahora bien, las
afecciones pertenecen claramente a la parte apetitiva y no a la aprehensiva. Luego
también las pasiones se hallan más bien en la parte apetitiva que en la
aprehensiva.10
Y san Juan Damasceno afirma que
“La pasión es un movimiento de la potencia apetitiva sensible a causa de la
imagen de un bien o de un mal. Y de otro modo: La pasión es un movimiento
irracional del alma a causa de una sospecha de bien o de mal. 11
En las pasiones hay siempre una mutación o cambio corporal, porque se da en el
apetito sensitivo. Santo Tomás subraya siempre el factor orgánico. Hay dos elementos: el
anímico o formal y el orgánico o material. El que padece, el paciente, es atraído hacia el
7
Concilio Vaticano II, GAudium et Spes, 22
8
Prólogo a la cuestión 6
9
Victorino Rodriguez O.P., Introducción al Tratado de las pasiones
10
S. Th. I-II q 22 a 2 sc
11
S. Th. I-II q 22 a 3 sc; San Juan Damasceno, Exposición de la fe II, 22
2
agente12, padece algo o es afectado por las cosas mismas. Como en la operación de la
potencia apetitiva el que apetece es inclinado a lo apetecible, es propio del que padece ser
como traído por la acción del agente, con una transmutación del órgano corporal; podría
decirse que el hombre es de alguna manera movido y conducido. El bien tiene poder
atractivo y el mal repulsivo. En las pasiones hay un cierto movimiento al bien y al mal que,
al poseerlo, causan deleite o tristeza. 13 Por eso afirma San Juan Damasceno que la “pasión
es un movimiento en uno pero a partir de otro”14, de otra cosa, de un agente u objeto.
Las pasiones se dividen según sea este bien o mal, absoluto (del concupiscible) o
bajo la razón de arduo o difícil (del irascible).
Pero para acercarnos al tema psicológico es interesante analizar lo que observa
Santo Tomás cuando afirma que
“La magnitud de la pasión no sólo depende de la fuerza del agente, sino
también de la pasividad del paciente, porque los seres muy pasibles padecen mucho
aun de parte de activos débiles. “15
Y esto significa que –si bien uno se siente afectado por el bien o mal que captamos
del agente (presente o ausente)– hay un grado que es personal, subjetivo, podría decirse un
nivel de mayor o menor “sensibilidad” individual, que no depende ya del objeto real sino
de la “pasividad” –dice Santo Tomás– de la persona, o sea del que padece, que puede
afectarse mucho más de lo normal en intensidad o por más tiempo del normal, o sea,
padecer de manera que no corresponde objetivamente al bien a seguir o al mal que hay que
rechazar. Ya Santo Tomás veía que hay personas que sufren mucho aún por parte de cosas
o situaciones “débiles” o no tan importantes en sí mismas. Hay una “intensidad” subjetiva
que puede llegar a ser patológica. También debemos tener en cuenta el papel de la
imaginación en las pasiones y cómo puede influir para deformar la realidad,
amplificándola o reduciéndola.
Podría hablarse también de una extensión del término pasión a afectos más
elevados correspondientes a la voluntad (por ejemplo la esperanza, el amor, etc), aunque a
veces puedan llamarse con otras palabras como por ejemplo caridad en vez de amor. En
Santo Tomás aparecen con las pasiones sensibles actos correlativos de la voluntad, y esto
se explica por el influjo mutuo de lo sensual y espiritual en el hombre.
El temor como pasión en los trastornos de ansiedad
12
S. Th. I-II q 22 a 2 corpus
13
Tomás de Aquino, Comentario de la ética a Nicómaco, II, V nº 293-296
14
San Juan Damasceno, Exposición de la fe II, 22
15
S. Th. I-II q 22 a 3 ad 2
3
Para estudiar los trastornos de ansiedad trataremos principalmente la pasión del
temor. Los Padres de la Iglesia tratan también otros estados que son formas o grados de
esta pasión como el miedo, el terror, la ansiedad, la angustia y el desamparo, los cuales se
corresponden bastante con los trastornos analizados por el DSM-V.
“Lo que provoca el temor es el riesgo de una privación o de un sufrimiento, o
la idea o el sentimiento de que se va a perder o se podría perder aquello que se desea
o a lo que se está apegado”16, afirma San Juan Damasceno.
El temor mira al mal futuro. La pasión del alma proviene de la presencia psíquica
del agente, sin que esté realmente o corporalmente presente. El animal por el hecho mismo
de aprehender el presente se mueve por instinto a esperar el bien futuro o a temer el mal
futuro (por ejemplo la oveja teme al lobo de sólo verlo y huye). El temor proviene de un
mal futuro que supera el poder del que teme y que no puede resistir, pero que todavía es
evitable.17
Pero puede referirse a un bien en cuanto tiene relación al mal, porque el mal es la
privación de un bien que se ama. Por eso dice San Agustín que “no hay causa de temer sino
la de perder el bien que se ama”. 18 También puede compararse el bien y el mal, y entonces
se refiere al mal del que se huye, en relación a un bien que por sí puede causar un mal, por
ejemplo cuando se teme a Dios porque puede castigarlo. 19
Después de la tristeza (que se da cuando ya se posee inevitablemente el mal), el
temor es el que tiene más carácter de pasión por tres cosas:
1) porque la pasión es una potencia pasiva y su objeto es un motor activo, la pasión
es efecto del agente;
2) porque es el movimiento de una potencia apetitiva con órgano corporal y va
acompañado de una transmutación corporal; y
3) porque se llaman propiamente pasiones a los movimientos que implican un
daño.20
Enumera Santo Tomás los males que pueden ser temidos por el hombre. 21 El
primero que analiza es el trabajo que abruma. Y esto tiene mucha actualidad. Muchas
personas hoy en día presentan trastornos de ansiedad por problemas laborales, no sólo por
el miedo a no poder cumplir con las expectativas de los demás, sino por el miedo a perder
el trabajo y no poder subsistir, no poder mantener la familia o el nivel de vida que llevan.
16
J-C. Larchet, Terapéutica de las enfermedades espirituales, Ed Sígueme, Salamanca 2016, 205
17
Cfr. S. Th. I-II q 41
18
S. Th. I-II q 42 a 1
19
Cfr. S. Th. I-II q 42 a 1
20
S. Th. I-II q 41 a 1 corpus
21
Cfr. S. Th. I-II q 41 a 4
4
También menciona al Aquinate como mal que puede despertar un gran temor: la deshonra,
el quedar mal delante de los demás y sobre todo el miedo a perder la imagen social, tema
que vemos hoy en día muy exacerbado por la influencia de los medios de comunicación
masivos y el afán de éxito mundano que invade incluso a personas religiosas.
El temor como pasión del irascible se da –como hemos dicho– bajo la razón de
arduo, y por eso Santo Tomás habla de aquellas cosas que exceden la capacidad del
hombre y hacen difícil enfrentar una situación:
1) por su magnitud,
2) por la falta de costumbre que no sabemos enfrentarlas o
3) por ser imprevistas, como es bien sabido, por ejemplo, que el “efecto sorpresa”
nos debilita frente a un agresor. Disminuye el temor si uno considerando ese mal, puede
prevenirlo, buscarle una solución, y así rechazar el mal futuro; por eso lo aumenta el hecho
de que sea repentino e inesperado. Santo Tomás afirma que interviene en esto el hecho de
que el hombre siempre “desea estar seguro” 22, y teme todo aquello que manifieste la
inestabilidad o la fragilidad de la vida. El hombre moderno busca seguridades pero allí
donde no puede encontrarlas de manera estable, como es el dinero o la fama.
Sin embargo, hay en el hombre un temor que es propio de su naturaleza. 23 Una
fuerza que apega al hombre a su propio ser, y por eso teme perder la vida y todo lo que
atente contra ella, contra su propia integridad, y a repeler lo que tiende a destruirla. El
temor proviene de la representación de un mal futuro que destruye o entristece. En este
sentido lo más temido es la muerte, pues destruye lo principal, que es mantener el ser y
su integridad; y es un temor natural. A veces no aparece ese temor o porque es remoto o
lejano (o al menos cree que lo es, y muchos viven como si nunca fueran a morir) o porque
ya el mal está encima sin esperanza de salvación, y así la pasión propia es la tristeza. 24 El
hombre se apega naturalmente a la vida y experimenta la repulsión frente al no-ser. Y estas
nociones pueden ser muy bien aplicadas a la terrible situación que sufre nuestra época: y
es la desvalorización y destrucción de la vida débil e indefensa. La llamada con toda razón
“cultura de la muerte” no deja de tener sus consecuencias dramáticas en el psiquismo
de todos los que vivimos esta época de grandes crímenes “legales”, permitidos y hasta
impuestos. Nada de lo que le pasa a las demás personas nos es ajeno. Nos enfrentamos día
a día a la proclamación del asesinato de los débiles, como un derecho de los más fuertes.
Sin duda me refiero al aborto y a la eutanasia principalmente, pero sin olvidar todo tipo de
22
S. Th. I-II q 42 a 5 sc
23
Cfr. S. Th. I-II q 42 a 2
24
Cfr. S. Th. I-II q 42 a 2
5
manipulación ilícita, donde las personas son simplemente descartables, “descartadas” y
manejadas caprichosamente por personas inescrupulosas. Quizás inconscientemente, pero
esto tiene una repercusión muy profunda en el psiquismo y en la formación de patologías,
pero poco estudiada por la psicología actual. La muerte de los demás no nos deja
impávidos y esto, a la larga, tiene sus consecuencias en los afectos. La negación de la
muerte, como también la presenciamos hoy en día (incluso por una falsa esperanza en la
ciencia moderna) tampoco soluciona el temor inconsciente que hay por detrás de todas la
amenazas al ser y su integridad. Es más, esa negación evidencia el no querer enfrentar el
tema más importante de la vida, que es la conservación natural del ser. Tampoco dejamos
de lado el temor que causa la constante inseguridad vivida en nuestro país y en muchos
países que viven en guerra o en alerta constante. Los que somos psicólogos lo sabemos
quizás por la experiencia de haber atendido personas con trastornos de ansiedad, cuando
han vivido situaciones muy traumáticas de robos u homicidios de familiares o conocidos. Y
tampoco podemos dejar de mencionar aquí la tremenda vivencia de los que han consentido
en abortos, y todas las consecuencias psíquicas, ya conocidas y muy bien estudiadas, no
sólo por los trastornos de ansiedad que muchas veces presentan, sino también la depresión
y hasta el suicidio. Creo que deberían estudiarse más en profundidad las consecuencias
psíquicas y las patologías que surgen de esta “cultura de la muerte” en la que vivimos,
donde el ser humano no tiene ningún valor.
Pero como la vida no sólo se refiere a lo corporal sino principalmente al alma, los
Padres de la Iglesia hablan de un temor más elevado en el hombre que, conciente de su
realidad fundamental de ser creatura religada al creador, lo que teme es lo que lo pueda
separarlo de Dios, es decir el pecado y al Maligno, que dan la muerte al alma, que es la
única muerte verdaderamente temible.25 La muerte biológica sólo destruye la forma
terrena, pero el pecado mata lo más profundo de nuestro ser que es la relación con el fin
último y la felicidad a la que todos aspiramos.
En el relato del Génesis encontramos la advertencia de Dios junto a la prohibición
de comer del árbol del bien y del mal: “No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte”
(Gén 3, 3) y nos dice este mismo libro que después de haber comido, sintieron los pasos de
Dios, se ocultaron y tuvieron miedo (Gén 3,10). El temor puede nacer de algún acto o
estado de pecado, por el remordimiento de su conciencia. Pero incluso el pecado puede
suscitar temor bajo la forma de ansiedad y de angustia difusa, aun cuando la persona no ha
tomado conciencia clara de su falta o de la gravedad de la misma.26
25
Larchet, o.c. 206
26
Cfr. Larchet, o.c , 211
6
Y, si me permiten una breve digresión, para demostrar que el tema de la muerte del
alma tiene actualidad en la psicología, no puedo dejar de hacer mención al psicoanalista
francés Jacques Lacan, quien fuera educado en la fe católica de la que luego se alejó, y que
hace referencia explícita (a pesar de que los psicoanalistas hacen sus propias
interpretaciones) al Juicio Final y a las dos muertes: la biológica y la del alma. El hombre
con la transgresión y su deseo perverso, pero eliminando la culpa, se encuentra con la
segunda muerte, que es la muerte del alma y el juicio final condenatorio donde prevalece el
odio a Dios.27 Lacan, siguiendo a filósofos como Kant, Nietzsche y Hegel, piensa que la
felicidad es irrealizable porque el hombre sólo puede obrar el mal, con la consecuente
muerte del alma. Por eso para este psiquiatra, lo más importante del psicoanálisis es su
dimensión ética; si bien es una ética contraria a la ética de Aristóteles y a la filosofía
clásica.28
Los Padres de la Iglesia consideran también el temor como consecuencia del pecado
original porque –en el pecado– el hombre ya no teme destruir su ser conforme a Dios, sino
que –en la naturaleza caída– se apega al pecado por el amor propio y el egoísmo. Ahora
el hombre teme perder, y teme lo que puede hacerle perder, un objeto
sensible cuya posesión (real o anticipada por la imaginación) le procura cierto
disfrute sensible. La idea o el sentimiento de esta posible pérdida engendra en su
alma un estado de malestar y perturbación cuyos efectos siente también el plano
corporal: “el primero en recibir la impresión de este temor puede ser tanto el alma
como el cuerpo” y, en cualquier caso, “se comunican uno a otro”, observa San Juan
Clímaco. 29
Según la enseñanza de los Padres de la Iglesia, en la pasión desordenada del temor
hay siempre un apego a este mundo, a los bienes terrenos y a los placeres sensibles.
Ciertamente los psicólogos podemos constatar que muchas personas consultan por su
miedo a abandonar situaciones que son malas en sí mismas, pero no conciben su vida de
otra manera. Muchas veces hay un apego al pecado (al menos material) y miedo a dejarlo
como si se perdiera algo de sí mismo, como si se perdiera la propia identidad. Muchos “se
casan” –por así decir– con situaciones que les causan daño, y a veces mucho daño, pero no
quieren dejarlas (como por ejemplo las relaciones tóxicas, el maltrato, relaciones perversas
contra-natura, etc). Hay un temor a perder la vida que llevan, apasionadamente irracional,
aunque esto les traiga muchos trastornos, incluso orgánicos. No es menos cierto que
generalmente se tiene la idea de que se va al psicólogo para que les ayude a estar bien,
27
Cfr. Z. Seligmann, La ley y la psicología moderna, EDUCA, Buenos Aires, 2012
28
Cfr. J. Lacan, Le Séminaire de Jacques Lacan, Livre VII, L´étique de la psychanalyse, 1959-1960, Editions du Seuil,
Paris 1986
29
Larchet, o.c. 207
7
viviendo mal. No para cambiar las conductas que lo están destruyendo, sino para
afirmarlas y vivirlas sin culpas ni remordimientos. O sea, se quiere vivir mal sin que haga
mal, y esto es imposible. Los casos más comunes hoy en día son: el concubinato, el
adulterio, las relaciones homosexuales, etc.
Respecto del pecado, Santo Tomás se pregunta si hay temor en el mal de culpa, o sea
en la persona cuando peca formalmente. Y responde que no lo hay, porque el pecado
depende de la voluntad y el temor se refiere a una causa extrínseca a la voluntad. 30 Pero,
puede haber temor a las consecuencias de lo que se hizo (por ejemplo a ir a la cárcel si se
comete un delito, si se roba o mata) o –como vimos más arriba– temor a dejar el placer
que causa ese desorden o apego sensible.
Los Padres de la Iglesia ven en este último temor una enfermedad, por todos los
trastornos que la constituyen y los que engendra. Hay en esta patología una perversión
de una disposición natural que puede ser virtuosa como lo es el hecho del miedo a perder a
Dios y a perderse a sí mismo, el miedo a perder la propia alma. 31
“Pero en el temor no sólo se olvida de Dios como principio y fin del ser y de la
vida, como sentido y centro de la existencia; también niega, ignora y rechaza su
acción providencial y su protección benévola, que Él ejerce sobre todos los seres. El
temor revela la ilusión que tiene el hombre de que está abandonado a sí mismo, de
que no puede o no debe contar más que con sus propias fuerza, de que está privado
de la ayuda de Dios.”32
Por eso el temor muestra muchas veces la falta de fe en la Providencia Divina; y esto
es muy propio del hombre moderno alejado de Dios, centrado en sí mismo, que vive como
si todo dependiera sólo de él. Y esto, en el fondo, lo angustia, lo abruma, porque
ciertamente es algo que lo supera, no puede luchar solo contra todos los males del universo
(naturales y sobrenaturales). Y no sólo el temor es una falta de fe en la Providencia Divina
y en los bienes espirituales sino, al mismo tiempo, es concederle un valor
desproporcionado a los bienes sensibles y terrenos, que tarde o temprano se pierden igual,
porque son pasajeros. San Juan Damasceno contrapone el temor ineficaz a la
despreocupación eficaz del que pone todo en manos de la Providencia Divina. 33
El carácter patológico aparece también por parte de la imaginación que deforma la
realidad, por ejemplo, aumentando los peligros. Y puede llegar a deformar de tal manera la
percepción, que llegue al delirio. También es cierto que el terror, cuando ya anula la
30
Cfr. S. Th. I-II q 42 a 3. También puede temerse al demonio o a las malas compañías que seducen y llevan a pecar.
31
Cfr. Larchet, o.c. 208
32
Larchet, 209
33
San Juan Damasceno, Exposición de la fe, III, 23
8
reflexión y la capacidad de razonar, no permite considerar los acontecimientos en su justa
proporción.
Respecto de las causas del temor, dice Santo Tomás que la causa psicológica del
temor es –a modo de disposición– el amor. Porque se teme perder las cosas que se aman
y en la intensidad con que se aman. 34 Por el hecho de amar un bien se sigue que se mire
como malo lo que causa la privación de ese bien y lo teme.
Dice San Agustín: “Nadie duda que no es otra la causa de temer sino el poder perder
35
después de conseguirlo o el no alcanzar después de esperado aquello que amamos.” El
amor dispone al sujeto de modo que estima como mal inminente y difícil lo que se opone al
objeto amado. El bien que se ama tiene razón de fin, y afirma Santo Tomás –al menos
respecto del fin último– que “aquello en que uno descansa como en su fin último, domina
el afecto del hombre porque de ello toma las reglas para toda su vida.” 36 O sea que aquello
que amamos y lo tenemos por fin, va determinando nuestros afectos y estructurando la
personalidad. El amor, que es complacencia en un bien, dispone a ver como mal todo lo
que se opone a lo amado. El movimiento de tendencia al bien que supone el amor, explica
el rechazo y huída del mal opuesto.
Pero también es causa del temor la impotencia, la carencia de fortaleza y poder para
repeler con facilidad el mal inminente. Y en este sentido cualquier defecto o inferioridad
pueden ser causa del temor y, cuando este es desproporcionado o desordenado, genera
trastornos de ansiedad.
No estaba lejos de estos conceptos el psiquiatra Alfred Adler, discípulo disidente de
Freud, fundador de la Escuela de Psicología Individual, y que veía cómo el sentimiento de
inferioridad –que se compensa con la tendencia a la superioridad (que se ha comparado
con la soberbia37)– genera fines ficticios que organizan todo el estilo de vida neurótico y las
diversas patologías psíquicas.38
Los Padres de la Iglesia también consideran la pusilanimidad como una forma del
temor. San Juan Damasceno la define como “el temor a ejecutar una acción” 39; es una
actitud de debilidad, de falta de valentía frente a un deber que hay que cumplir.
Considerada como una forma de locura porque se teme el actuar dominado por la
imaginación. La persona pusilánime deforma la realidad, y la ve como temible o le parece
34
Cfr. S. Th. I-II q 43 a 1
35
Citado en S. Th. I-II q 43 a 1 sc
36
S. Th. I-II q 1 a 5 sc
37
Cfr. M. Echavarría, La soberbia y la lujuria como patologías centrales de la psique en Alfred Adler y Santo Tomás de
Aquino, en Andereggen-Seligmann, La psicología ante la gracia, EDUCA, Buenos Aires, 1997
38
Cfr. A. Adler, El carácter neurótico, Planeta-Agostini, Barcelona 1994
39
Cfr. Citado por Larchet, o.c., 212
9
imposible realizar ciertas acciones, cuando realmente no es así. Es víctima de una ilusión
que bloquea su dinamismo psíquico. Y esto es especialmente importante cuando se trata de
la vida espiritual porque paraliza su desarrollo y evolución.
Los mismos Padres ven como terapéutica del temor, de la ansiedad, la angustia, la
inquietud y la tristeza, el desapegarse de las cosas de este mundo poniéndose en las
manos de Dios y en su Providencia; creyendo firmemente que recibirá la ayuda y
protección necesaria,40 y si no nos da lo que queremos, teniendo la confianza en que Él nos
dará siempre lo mejor para nuestro bien.
Santo Tomás estudia los efectos del temor y dice que el miedo produce contracción,
enfriamiento y palidez. El temor hace callar y temblar, altera la respiración y se siente
opresión en el corazón. Como dijimos más arriba, en las pasiones hay alteración corporal
que es como el elemento material.41 El temor fuerte tiende a impedir la operación y acción
exterior por defecto del cuerpo que es instrumento. Por parte del alma, si el temor es leve o
moderado, no perturba la razón y entonces puede contribuir a obrar bien, porque se busca
el consejo de los demás y se obra poniendo más atención en las propias acciones. El miedo
hace que desconfiemos de nosotros mismos y busquemos otras opiniones. Por eso se puede
obrar bien aunque sea con miedo. Pero si el temor es fuerte, perturba la razón y paraliza la
operación. Y así Santo Tomás considera la pereza, por ejemplo, como una forma de temor a
la laboriosidad, porque impide la acción retrayendo la voluntad. 42
En cuanto a la facultad de aconsejar bien, ninguna pasión hace un buen consejero
porque sumergido en la pasión, las cosas se ven mayores o menores de lo que son en la
realidad. Si el temor es grande se perturba el pensamiento y se obstaculiza el juicio. Por eso
es importante que los psicólogos trabajen también –o principalmente– en la educación de
su propia personalidad, para ser virtuosos y así poder ayudar a los demás.
La pasión del deseo en los trastornos de ansiedad
Como dijimos al comienzo, en los trastornos de ansiedad está implicado el deseo
como pasión que significa un movimiento o tendencia a un bien deleitable ausente o
futuro. Se teme la pérdida de un bien que se desea conservar.
El deseo referido a lo material es finito y puede saciarse, pero cuando participa la
inteligencia y la voluntad puede hacerse infinito e insaciable, ya que puede ser amado y
40
Cfr. Larchet, o.c.
41
S. Th. I-II q 44 a 1
42
S. Th. I-II q 44 a 4
10
buscado sin medida.43 Y en este sentido la cosa deseada tiene cierta razón de fin, y el fin
estructura los afectos y dirige las conductas.
Todo hombre desea ser feliz, y este es el deseo más fundamental. Porque quiere
conocer su causa, hay un profundo deseo de Dios. El hombre fue creado para unirse a Dios,
que es el sumo Bien, y es el fin de todo deseo. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica
que
“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre porque ha sido
creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en
Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”. 44
Las cosas pueden ser deseadas sin medida, aún cuando las cosas en sí sean
limitadas, como puede pasar con la codicia de las riquezas, los placeres, los honores
mundanos, etc. El deseo de las cosas como fin es infinito, mientras que el de los medios,
está limitado a la medida que lleva al fin. Por eso los que ponen su fin en las riquezas o en
el status social, la imagen y la popularidad, o los placeres, por ejemplo, tienen deseos
infinitos y son insaciables, nunca están satisfechos.
Santo Tomás muestra que los efectos de los deseos son: el cansancio y aburrimiento
por la dilación del bien, el enojo por lo que se tiene en la actualidad (estar siempre
desconforme con todo) y sobre todo la inquietud por la cosa deseada. 45 Pensemos en
nuestra época donde se pone tanto énfasis en el éxito personal y social, en la fama, el
dinero y las cosas que éste puede comprar, el nivel socio-económico, los placeres, y otros
medios que se viven como fines, y todas las conductas se dirigen a estos logros. Se buscan
las cosas mundanas como verdaderos ídolos. Las personas, en la actualidad, se aferran a
estas cosas terrenas, las sobrevaloran, viven insatisfechas con lo que tienen porque desean
siempre más, y esto genera un fuerte temor a perderlas.
Todo deseo está ligado a un placer, a un deleite, por eso en la orientación de ese
deseo de Dios, el hombre recibe una felicidad y un gozo espiritual infinito que no puede
encontrar fuera de Dios, porque las cosas creadas –que son finitas– no pueden dar más
que un placer o una felicidad limitadas. Poniéndolas en el lugar de Dios, se les pide lo que
no pueden dar y esto genera una frustración e insatisfacción muy profunda, que se
manifiesta en estas ansias e inquietud constante.
Con el pecado original el hombre fue tentado a seguir otros placeres inferiores más
fácilmente accesibles e inmediatos; entonces invirtió la dirección de su deseo prefiriéndose
43
Cfr. S. Th. I-II q 30
44
Catecismo de la Iglesia Católica, nº 27; cfr. 1718
45
Cfr. S. Th. I-II q 30
11
a sí mismo en vez de buscar la contemplación de las realidades divinas. Así comenzó a
desear las creaturas y quiso gozar de ellas egoístamente, fuera de Dios. Por eso san
Máximo dice que por el pecado el hombre quiso adueñarse de las cosas de Dios, quiso ser
como Dios, pero “sin Dios, antes que Dios y no según Dios”. 46 Esta desviación del deseo
innato de Dios, constituye una perversión, una desnaturalización que debilita la vida
racional, y que terminará en una enfermedad mental. Cuanto más se aman y desean los
objetos sensibles, y más se teme el perderlos, menos se ama y desea a Dios.
El deseo del hombre caído, el deseo que ha perdido su propio fin, busca sucedáneos
en los placeres sensibles que son como burdas imitaciones de una felicidad espiritual que
se ha perdido. Esto lo retoman las corrientes psicoanalistas contemporáneas, las cuales
dan mucha importancia a la “función del deseo”, que es el deseo perverso, como dice
Jacques Lacan, porque se refiere a un bien sensible inmediato (especialmente el placer
sexual) pero que tiene un fin malo, que es la rebelión a Dios y la condenación del alma,
como vimos más arriba. Cuando se dejan de lado los deseos de Dios y las realidades
espirituales, el hombre se vuelve hacia los objetos más bajos.
Una característica propia del deseo es que tiene la capacidad de unificar la
personalidad en base al objeto deseado y buscado. Cuando hay una inversión deseando lo
inferior, la personalidad se divide, porque los seres particulares y sensibles son múltiples, y
se diversifican los objetos del deseo. Incluso aparecen deseos contradictorios, porque se
buscan diferentes placeres, cada vez con mayor intensidad y con mayor ansiedad, porque
nunca satisfacen. A nivel sensible, no se puede separar el placer, del miedo a perderlo y el
sufrimiento que causa su desaparición efectiva, por eso también para evitar el dolor se
multiplican los placeres, acrecentando también el sufrimiento cuando estos terminan, y la
ansiedad por mantenerlos. Se corre de objeto en objeto, se prueba uno y otro placer sin
lograr pacificar el alma, y así la frustración es permanente y cada vez más profunda.
Terapéutica de los trastornos de ansiedad desde una psicología realista
Nos preguntamos ahora por la terapéutica del temor. Lo primero que tendríamos
que ver, es una rectificación del amor. Hay que analizar bien y tener conciencia de lo que
realmente amamos. El amor más perfecto destierra el temor.
Como dice San Juan:
46
Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 398
12
"No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque
el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros
amemos, porque él nos amó primero."47
El amor al prójimo aleja los temores, pero más fundamental es el amor a Dios que
excluye todas las formas de temor mundano. Aún el temor natural frente a la conservación
de la vida biológica desaparece cuando se ama a Dios más perfectamente. Y el cristianismo
tiene veinte siglos de ejemplos de mártires que, incluso, iban cantando a la muerte por la
conservación de la vida del alma que, como dijimos antes, es más importante que la vida
biológica. Es necesario preocuparse más por agradar a Dios que a los hombres. Porque
recordemos que en el temor desordenado hay un apego y deseo sensible. El temor
espiritual desplaza al sensible.
Hay un temor sano y virtuoso que es el temor de Dios. Según los Padres de la Iglesia
es necesario convertir el temor sensible y reorientarlo hacia Dios. Uno de los remedios
fundamentales es desarrollar este temor de Dios que, a medida que crece, reduce y ocupa
el lugar del temor sensible.48 Para sanar los miedos es necesario un gran desapego de las
cosas terrenas, hay que escapar de las preocupaciones temporales.
San Juan Casiano afirma:
“si alguno quiere tender a la perfección, tras partir del primer grado, que es el
del miedo, y propiamente es servil..., se elevará por un progreso continuo hasta las
vías superiores de la esperanza y luego al tercer grado, que es el del amor...
Esforcémonos, pues, con todo ardor, para progresar del miedo a la esperanza, y de
la esperanza a la caridad de Dios y al amor de las virtudes.” 49
El temor puede contribuir a purificar el alma, puede hacer al hombre cauteloso y
capaz de discernir el bien y el mal, es un motor y guía de arrepentimiento sano. Los
trastornos de ansiedad pueden servir –como todo sufrimiento en la vida– para cambiar,
para rectificar la voluntad, darle una nueva dirección a la vida.
Son remedios eficaces: el desapego de todo lo terreno, el desprendimiento de los
propios caprichos nacidos de una voluntad herida, la humildad para reconocer la fragilidad
humana y la necesidad de la ayuda divina, el cumplimiento de los mandamientos (que son
de ley natural), esforzarse por adquirir la virtud, la oración, los sacramentos, y la confianza
en la Providencia divina.
47
I Jn 4, 18-19
48
Cfr. Larchet, o.c. 576
49
Juan Casiano, Conferencias, XI, 6-7. Citado por Larchet, o.c., 578
13
En un nivel más elevado, hay un temor espiritual, que nace de la caridad más
perfecta y del amor a Dios, y es el temor de separarse de Dios. Y ya no es el temor al castigo
o el deseo de la recompensa, sino el temor de amor, es el miedo a herir el amor.
Es también terapéutico de los trastornos de ansiedad lo que constituye el cimiento
de todas las virtudes, que es la humildad. El psiquiatra católico Rudolf Allers afirma que la
neurosis o enfermedades propiamente psíquicas (diferenciándolas de las que tienen una
base orgánica), se curan con una verdadera metanoia, un cambio muy radical que genere
una actitud humilde de aceptación de la propia creaturalidad. 50 El hombre de hoy en día es
autosuficiente, seguro de sí mismo, sólo cree en su propio poder, al que teme perder. Pero
ciertamente esto lo sumerge en una gran inquietud, que surge de la realidad de que no
somos capaces de sostener nuestro ser por nosotros mismos. La actitud soberbia de creerse
dios, no necesitar de él, de buscar –aún inconscientemente– el propio endiosamiento
sintiéndose el centro de la realidad (egocentrismo), genera enfermedades mentales, como
muy bien lo demuestra el psiquiatra de origen judío Alfred Adler. Porque la soberbia está
en la imaginación, es un alejamiento de la realidad. Y hoy en día se vive superficialmente,
buscando éxitos mundanos, en un ateismo práctico que facilita estas actitudes erróneas
que crecen con la imaginación desordenada centrada en el propio yo. Y la única forma de
curarse es con la humildad, que –como decía Santa Teresa– es “andar en verdad”.
Pero también es importante acrecentar la pasión contraria al temor que es la
audacia. Ya Aristóteles decía que “la audacia es contraria al temor” 51. Así como el temor
rechaza el daño futuro porque se imagina que ese mal triunfará sobre uno, la audacia
afronta el peligro inminente debido a que piensa en la victoria que logrará sobre el
peligro.52 La audacia incluye cierta seguridad que quita el miedo. Por eso la confianza en la
Providencia divina y en que Dios siempre permite todo para bien de los que lo aman, da
una seguridad que aleja los temores y las inquietudes.
“El objeto de la audacia es un compuesto de bien y mal; y el movimiento de la
audacia hacia el mal presupone el movimiento de la esperanza hacia el bien.” 53 La audacia
sigue a la esperanza, porque primero se espera superar el mal terrible inminente, y luego se
lanza audaz contra el. Y por el contrario la desesperación sigue al temor pues desespera
uno frente a la dificultad (o casi imposibilidad) de lograr el bien que esperaba. Así como la
50
Cfr. R. Allers, Naturaleza y educación del carácter, Labor, Barcelona, 1950
51
Aristóteles, II Retórica C 5 n. 16 (Bk I383aI6)
52
Cfr. S. Th. I-II q 45
53
S. Th. I-II q 45 a 4 ad 2
14
esperanza es anterior a la audacia, el temor es anterior a la desesperación; pero de la
misma manera que no siempre del temor se sigue la desesperación, sino cuando es muy
intenso, tampoco se sigue siempre de la esperanza la audacia, sino cuando es muy
vehemente.54
Afirma Aristóteles que la audacia
“tiene lugar cuando se produce en la imaginación la esperanza de cosas
saludables como próximamente existentes, y de las temibles, como no siendo o
dándose lejanas”55
La esperanza, como causa de la audacia, es provocada por lo que nos hace estimar
como posible el alcanzar la victoria, pero porque uno confía; ya sea
1) en el propio poder: como la fortaleza física, la experiencia, o las riquezas, o
2) en el poder ajeno como los amigos, otras personas competentes y –afirma Santo
Tomás – principalmente si el hombre confía en el auxilio divino. 56 Ya Aristóteles había
observado que “quienes están bien con la divinidad son más audaces” 57
Sin embargo la audacia sólo como pasión, o sea un movimiento del apetito sensitivo,
sigue a la aprehensión sensitiva y por eso emite un juicio inmediato sin evaluar las
dificultades de la situación. Por eso muchas veces cuando el audaz experimenta el peligro,
encuentra que es mayor de lo que se imaginó y se retira sin luchar. Por el contrario cuando
interviene la razón, se pueden analizar las dificultades con la deliberación y así muchas
veces se encuentra que las cosas son menos peligrosas de lo que se creían, y por eso se
enfrenta a los males con virtud produciendo constancia y perseverancia en la lucha. 58 Por
eso es necesaria la virtud para vencer el miedo.
Para los Padres de la Iglesia la acción terapéutica es claramente el temor de Dios, un
santo temor espiritual que destierra el temor sensible. Porque dicen que “en el temor de
Dios consiste la verdadera felicidad” 59, porque es una fuente de humildad que conduce al
hombre a la caridad, que es el coronamiento de todas las virtudes. Conduce a la sabiduría y
a la contemplación. El temor de Dios aleja los deseos carnales, pensamientos e
imaginaciones, ahoga las pasiones desordenadas e introduce todas las virtudes. Da
estabilidad interior frente a los problemas de la vida y especialmente frente a los males que
54
Cfr. S. Th. I-II q 45 a 2 ad 2
55
Aristóteles, II Retórica C 5 n. 16 (Bk I383aI7). Citado en S. Th. I-II q 45 a3 sc
56
Cfr. S. Th. I-II q 45 a 3 corpus
57
Aristóteles, II Retórica C4 (Bk 667aI5)
58
Cfr. S. Th. I-II q 45 a 4 corpus
59
San Juan Crisóstomo, citado por Larchet, o.c. 587
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debemos enfrentar en el camino espiritual. Porque el temor de Dios aparece como la
condición y principio de toda la vida virtuosa que es la vida mentalmente sana.
Y termino con un pasaje del libro del Eclesiástico (34, 15-16-17) que resume la
terapéutica de la ansiedad:
"Quien teme al Señor de nada tiene miedo, y no se intimida, porque él es su
esperanza. Feliz el alma del que teme al Señor: ¿en quién se sostiene? ¿cuál es su
apoyo? Los ojos del Señor sobre quienes le aman, poderosa protección, probado
apoyo, abrigo contra el viento abrasador, abrigo contra el ardor del mediodía,
guardia contra tropiezos, auxilio contra caídas, que levanta el alma, alumbra los
ojos, da salud, vida y bendición."60
60
Biblia de Jerusalen, Eclo. 34, 14-17
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