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Perdón

El perdón es una experiencia que implica reconocer nuestras limitaciones y errores, y es esencial para la paz y la reconciliación entre las personas. Perdonar y pedir perdón son actos de madurez que permiten liberarse de la culpa y fomentar el amor y la comprensión. La práctica del perdón no solo beneficia a quienes lo reciben, sino también a quienes lo otorgan, promoviendo así un camino hacia la libertad emocional y la sanación personal.

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Perdón

El perdón es una experiencia que implica reconocer nuestras limitaciones y errores, y es esencial para la paz y la reconciliación entre las personas. Perdonar y pedir perdón son actos de madurez que permiten liberarse de la culpa y fomentar el amor y la comprensión. La práctica del perdón no solo beneficia a quienes lo reciben, sino también a quienes lo otorgan, promoviendo así un camino hacia la libertad emocional y la sanación personal.

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PERDÓN

Perdón tiene que ver con la experiencia de las limitaciones propias y ajenas, de la
inevitabilidad de los errores y de la realidad de algunas culpas. Pronunciar esta palabra
puede considerarse en dos perspectivas diferentes: la de aprender a pedir perdón y la
capacidad de dar perdón, de perdonar. Ambas son importantes, no por educados
convencionalismos sociales, sino porque atañen a la paz y la reconciliación entre seres
humanos.
Decir con verdad perdón es dar o recibir libertad, reconciliación, amor. El perdón nos
da la oportunidad de empezar de nuevo. De no ser esclavos de nuestra biografía, (como
dice muy bien el gran humanista y teólogo, Director de Sal Terrae, José A. García) de
liberarnos de nuestras hipotecas.
Perdón es una palabra de madurez porque supone comprensión, libertad y amor y
esto no se improvisa, no se da tan fácilmente fuera de un proceso de maduración.
En estos últimos años, psiquiatras y psicólogos norteamericanos han enriquecido la
bibliografía psicológica de la palabra perdón, indicando su poder terapéutico. Perdonar
no es un gesto religioso sino también, y ante todo, radicalmente humano.
Perdonarse y perdonar es amarse y amar; reconocerse mayor que la culpa o el error.
Perdonarse es aceptar todos los colores de nuestro arco iris personal sin pretender quitar
ninguno. Decirse perdón a uno mismo es saberse humano, situado, limitado, fruto de su
elección y circunstancia y radicalmente, valioso y bueno.
No es fácil otorgarse el perdón, pues supone renunciar a esa compulsión de origen
inconsciente que amplificamos en nuestro yo a través de los sentimientos de culpa. La
culpabilidad, frecuentemente y en sus dimensiones más desmesuradas, es una

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enfermedad. La experiencia de los sentimientos de culpa retroflexiona la agresividad en
conductas autopunitivas que pueden llegar a ser muy dolorosas y deteriorantes para el
sujeto que la experimenta. Decirse perdón es renunciar a la culpa y no es tan fácil
renunciar a sentirnos culpables. Tal vez la necesidad de reparar, en un autocastigo, nos
impide la dimensión terapéutica del perdón. La autoagresión de la culpa la perpetuamos
cuando no nos perdonamos a nosotros mismos y torturamos nuestro yo con
pensamientos y emociones dolorosas que generan mucho sufrimiento. Perdonarse es
renunciar a ese sufrimiento fiándose del otro y fiándonos de nosotros mismos, de lo
profundamente buenos y valiosos que somos a pesar de las limitaciones y de los errores.
Podremos haber causado mal a otras personas o a nosotros mismos. Esto es innegable
pero, a la vez, podemos trascender ese mal otorgándonos mutuamente el perdón que
libera o reconcilia. Perdonarse supone renunciar con ternura a nuestras fantasías de
héroe, superman, o de intransigente perfección.
Perdonarse es desmontar nuestro narcisismo e ir poco a poco humanizándonos en la
verdadera estatura.
Perdonar es acoger al otro como es, sabiendo que es mayor que su conductas,
comprendiéndolas en lo más profundo; sacando de nuestra generosidad esa amnistía o
ese indulto que libera a otro de la pesada carga de la culpa. Saber pedir perdón es
confiar en la magnanimidad del otro, reconocer, con verdad, nuestro error o nuestro mal
y ofrecernos ante el otro sabiéndole capaz de integrar y superar nuestra limitación.
Perdón es una palabra mágica que da libertad, fe en uno mismo y en el otro y sobre
todo transmite respeto y amor.
La palabra perdón se atasca entre resentimientos, rencores, malentendidos y
venganzas. El resentimiento hace daño al que lo rumia y conserva como una prueba de
la maldad del otro o de su propia victimación. Liberarnos de los resentimientos, ser
capaces de perdonar, es importante no sólo para la persona perdonada sino para la mujer
y el hombre que tiene y experimenta la libertad de perdonar. La ausencia de la palabra
perdón hace tanto daño al que no la pronuncia como al que no la escucha, pues la
palabra perdón es música, fiesta, danza y sobre todo encuentro de personas. La mano
que otorga el perdón, aunque no quiera otorgar nada, firma su propia grandeza.
El perdón es reconciliación humana. Perdonarse es reconciliarse con nuestro propio
pasado; perdonar es ofrecer al otro un camino de liberación sin las hipotecas de su error.
El perdón es como una hoja firmada en blanco donde se puede escribir cualquier cosa.
Nos importa el otro, no lo que hizo puntualmente que pertenece a un paso en falso en la
vida. Aprender a perdonar es aprender a vivir en paz, supone saberse pequeño y
necesitado del perdón. ¡Quién no necesita muchas veces en su vida que le sean

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perdonados sus errores! ¡Quién no experimenta libertad al perdonar! Puede ser que el
sentimiento no acompañe el acto deliberado de nuestra voluntad que perdona. Solemos
decir: "perdono, pero no olvido". Que el recuerdo sea experiencia aprendida, sabiduría
adquirida, pero no estancamiento emocional en un resentimiento que impediría el fluir
de lo mejor de nosotros mismos.
Aprender a pedir perdón y perdonar es aprender a vivir en lo humano. Ser capaces de
trenzar una historia en la que existe trigo y cizaña. Tolerar la ambigüedad y optar por
creer que, a pesar de todo, la bondad es ontológicamente más honda que la culpa y el
error en todo ser humano, aunque tengamos que protegernos de esas culpas y errores.

Ejercicios: perdón

1. En una actitud sosegada deja que la paz vaya invadiendo tu cuerpo. Relajadamente
recuerda situaciones en tu vida que necesitan escuchar la palabra perdón otorgada
por ti a ti mismo/a. Pronúnciala despacio, como si trataras a tu mejor amigo o
amiga. Dale un sentido liberador y acógete tal como eres, mayor que tus propios
errores.
2. Recuerda personas a la que por limitación, ignorancia, o inconsciencia hayas podido
causar algún mal. Deja que aparezcan sus rostros y que surja de verdad de tu
corazón la petición de perdón. Imagina que la recibes y permite que la paz y la
libertad vayan reconciliándose, cada uno por su camino pero sin recuerdos dolorosos
que te impidan un presente esperanzado.
3. Aunque tus sentimientos puedan alborotarse, déjalos reposar, remansarse
suavemente en el fondo de ti mismo/a. Acepta tu pequenez y date cuenta de cómo
necesitas gozar de la palabra perdón para caminar ligero de equipaje por tu vida.
Escucha por dentro aquello de: "ser hombre es una circunstancia atenuante".
Nacidos del amor, para la libertad de amar, acoge el perdón para que no se
interrumpa este proceso que te constituye en tu esencia más profunda.

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