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Bienaventurados Los Que Lloran

Al hablar de "Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación", pequeño pasaje incluido en el Sermón del Monte (Mateo capítulos 5 al 7), debemos remitirnos al inicio del ministerio de Jesús en Galilea. Cristo realizó su obra allí durante algunos meses antes de predicar este sermón. El mensaje que había proclamado por toda esa región, "El reino de los cielos se ha acercado", había llamado la atención de todas las clases y dado aún mayor impulso a sus esperanzas ambiciosas.

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Bienaventurados Los Que Lloran

Al hablar de "Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación", pequeño pasaje incluido en el Sermón del Monte (Mateo capítulos 5 al 7), debemos remitirnos al inicio del ministerio de Jesús en Galilea. Cristo realizó su obra allí durante algunos meses antes de predicar este sermón. El mensaje que había proclamado por toda esa región, "El reino de los cielos se ha acercado", había llamado la atención de todas las clases y dado aún mayor impulso a sus esperanzas ambiciosas.

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Bienaventurados los que lloran, porque ellos

recibirán consolación
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consolacion

Al hablar de “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”, pequeño
pasaje incluido en el Sermón del Monte (Mateo capítulos 5 al 7), debemos remitirnos al inicio
del ministerio de Jesús en Galilea. Cristo realizó su obra allí durante algunos meses antes de
predicar este sermón. El mensaje que había proclamado por toda esa región, “El reino de los
cielos se ha acercado”, había llamado la atención de todas las clases y dado aún mayor impulso
a sus esperanzas ambiciosas. La fama del nuevo Maestro había superado los confines de
Palestina y a pesar de la actitud asumida por la jerarquía, se había difundido mucho el
sentimiento de que tal vez fuera el Libertador que habían esperado. Grandes multitudes seguían
los pasos de Jesús y el entusiasmo popular era grande.

Solo, sobre un monte


Solo, sobre un monte cerca del mar de Galilea, Jesús había pasado la noche orando en favor
de estos escogidos. Al amanecer, los llamó a sí y con palabras de oración y enseñanza puso
las manos sobre sus cabezas para bendecirlos y apartarlos para la obra del Evangelio. Luego
se dirigió con ellos a la orilla del mar, donde ya desde el alba había principiado a reunirse una
gran multitud.

Además de las acostumbradas muchedumbres de los pueblos galileos, había gente de Judea y
aun de Jerusalén; de Perea, de Decápolis, de Idumea, una región lejana situada al sur de Judea;
y de Tiro y Sidón, ciudades fenicias de la costa del Mediterráneo. “Oyendo cuán grandes cosas
hacía”, ellos “habían venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades…; porque
poder salía de él y sanaba a todos”.
Como la estrecha playa no daba cabida, ni aun de pie, dentro del alcance de su voz, a todos los
que deseaban oírlo, Jesús los condujo a la montaña. Llegado que hubo a un espacio despejado
de obstáculos, que ofrecía un agradable lugar de reunión para la vasta asamblea, se sentó en
la hierba, y los discípulos y las multitudes siguieron su ejemplo. Allí comenzó una de las más
bellas predicaciones que han podido salir de la boca de nuestro Salvador.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos


recibirán consolación
Esta es una de las bienaventuranzas expresadas por Jesús. El llanto al que se alude aquí es la
verdadera tristeza de corazón por haber pecado. A medida que una persona se siente
persuadida a mirar a Cristo levantado en la cruz, percibe la pecaminosidad del ser humano.
Comprende que es el pecado lo que azotó y crucificó al Señor de la gloria. Reconoce que,
aunque se lo amó con cariño indecible, su vida ha sido un espectáculo continuo de ingratitud y
rebelión. Abandonó a su mejor Amigo y abusó del don más precioso del cielo. El mismo crucificó
nuevamente al Hijo de Dios y traspasó otra vez su corazón sangrante y agobiado. Lo separa de
Dios un abismo ancho, negro y hondo, y llora con corazón quebrantado.

Ese llanto recibirá “consolación”


Dios nos revela nuestra culpabilidad para que nos refugiemos en Cristo y para que por él
seamos librados de la esclavitud del pecado, a fin de que nos regocijemos en la libertad de los
hijos de Dios. Con verdadera contrición, podemos llegar al pie de la cruz y depositar allí nuestras
cargas.

Hay también en las palabras del Salvador un mensaje de consuelo para los que sufren aflicción
o la pérdida de un ser querido. Nuestras tristezas no brotan de la tierra. Dios “no aflige ni
entristece voluntariamente a los hijos de los hombres”. Cuando él permite que suframos pruebas
y aflicciones, es “para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad”. Si la
recibimos con fe, la prueba que parece tan amarga y difícil de soportar resultará una bendición.
El golpe cruel que marchita los gozos terrenales nos hará dirigir los ojos al cielo. ¡Cuántos son
los que nunca habrían conocido a Jesús si la tristeza no los hubiera movido a buscar consuelo
en él!

Las pruebas de la vida


Las pruebas de la vida son los instrumentos de Dios para eliminar de nuestro carácter toda
impureza y tosquedad. Mientras nos labran, escuadran, cincelan, pulen y bruñen, el proceso
resulta penoso, y es duro ser oprimido contra la muela de esmeril. Pero la piedra sale preparada
para ocupar su lugar en el templo celestial. El Señor no ejecuta trabajo tan consumado y
cuidadoso en material inútil. Únicamente sus piedras preciosas se labran a manera de las de
un palacio.

Nuestro Padre celestial no se olvida de los angustiados. Cuando David subió al monte de los
Olivos, “llorando, llevando la cabeza cubierta, y los pies descalzos”, el Señor lo miró
compasivamente. David iba vestido de cilicio, y la conciencia lo atormentaba. Demostraba su
contrición por las señales visibles de la humillación que se imponía. Con lágrimas y corazón
quebrantado presentó su caso a Dios, y el Señor no abandonó a su siervo. Jamás estuvo David
tan cerca del amor infinito como cuando, hostigado por la conciencia, huyó de sus enemigos,
incitados a rebelión por su propio hijo. Dice el Señor: “Yo reprendo y castigo a todos los que
amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete”. Cristo levanta el corazón contrito y refina el alma que
llora hasta hacer de ella su morada.

Dios no desea la tristeza


Dios no desea que quedemos abrumados de tristeza, con el corazón angustiado y quebrantado.
Quiere que alcemos los ojos y veamos su rostro amante. El bendito Salvador está cerca de
muchos cuyos ojos están tan llenos de lágrimas que no pueden percibirlo.

Anhela estrechar nuestra mano; desea que lo miremos con fe sencilla y que le permitamos que
nos guíe. Su corazón conoce nuestras pesadumbres, aflicciones y pruebas. Nos ha amado con
un amor sempiterno y nos ha rodeado de misericordia. Podemos apoyar el corazón en él y
meditar a todas horas en su bondad. El elevará el alma más allá de la tristeza y perplejidad
cotidianas, hasta un reino de paz.

Bienaventurados también los que lloran con Jesús


Bienaventurados también los que con Jesús lloran llenos de compasión por las tristezas del
mundo y se afligen por los pecados que se cometen en él y, al llorar, no piensan en sí mismos.
Jesús fue Varón de dolores, y su corazón sufrió una angustia indecible.

Su espíritu fue desgarrado y abrumado por las transgresiones de los hombres. Trabajó con celo
consumidor para aliviar las necesidades y los pesares de la humanidad, y se le agobió el
corazón al ver que las multitudes se negaban a venir a él para obtener la vida. Todos los que
siguen a Cristo participarán en esta experiencia. Mientras compartan su amor, tendrán parte en
su doloroso trabajo para salvar a los perdidos. Comparten los sufrimientos de Cristo, y
compartirán también la gloria que se revelará. Estuvieron unidos con él en su obra, apuraron
con él la copa del dolor, y participan también de su regocijo.

Por medio del sufrimiento, Jesús se preparó para el ministerio de


consolación
Fue afligido por toda angustia de la humanidad, y “en cuanto él mismo padeció siendo tentado,
es poderoso para socorrer a los que son tentados”. Quien haya participado de esta comunión
de sus padecimientos tiene el privilegio de participar también de su ministerio.

“Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también
por el mismo Cristo nuestra consolación”. El Señor tiene gracia especial para los que lloran, y
hay en ella poder para enternecer los corazones y ganar a las almas. Su amor se abre paso en
el alma herida y afligida, y se convierte en bálsamo curativo para cuantos lloran. El “Padre de
misericordias y Dios de toda consolación…, nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para
que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación:
¡Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación!

Adaptado de “El discurso maestro de Jesucristo” de Elena White

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