El Gato Negro y Otros Cuentos... - Edgar Allan Poe
El Gato Negro y Otros Cuentos... - Edgar Allan Poe
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Edgar Allan Poe
ePub r1.0
Titivillus 19.03.2020
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Título original: The Black Cat
Edgar Allan Poe, 1843
Traducción: Doris Rolfe
Cubierta: José María Ponce sobre una ilustración de Aubrey Beardsley
Ilustraciones: Harry Clarke & Arthur Rackham
Grabado del autor: Justo Barboza
El gato negro, 1843
Manuscrito hallado en una botella, 1833
Un descenso al Maelström, 1841
El entierro prematuro, 1844
Los hechos en el caso del señor Valdemar, 1845
El corazón delator, 1843
El tonel de amontillado, 1846
Hop-Frog, 1849
El pozo y el péndulo, 1843
Berenice, 1835
Ligeia, 1838
La caída de la Casa de Usher, 1839
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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La presente obra es traducción directa e íntegra del original inglés en su edición: «The Black
Cat» (United States Saturday Post, 1843. Revisada para Tales, 1854). «Ms. Found in a
Bottle» (Baltimore Saturday Visitor, 1833. Revisada para The Gift, Southern Literary
Messenger y Broadway Journal, 1845). «A Descent into the Maelstrom» (Graham’s
Magazine, 1841. Revisada para Tales, 1845). «The Premature Burial» (The Dollar
Newspaper, 1844). «The Facts in the Case of M. Valdemar» (American Whig Review, 1845.
Revisada para Broadway Journal, 1845). «The Tell-Tale Heart» (James Russell Lowell’s
Pioneer, 1843. Revisada para Broadway Journal, 1845). «The Cask of Amontillado»
(Godey’s Lady’s Book, 1846). «Hop-Frog» (Flag of our Union, 1849, publicada como
«Hop-Frog»; o «The Eight Cained Ourangoutangs»). «The Pit and the Pendulum» (The Gift,
1843. Revisada para Broadway Journal, 1845). «Berenice» (The Southern Literary
Messenger, 1835). «Ligeia» (Baltimore American Museum, 1838. Revisada para Broadway
Journal, 1845). «The Fall of the House of Usher» (Burton’s Gentleman’s Magazine, 1839.
Revisada para Tales, 1845).
Las ilustraciones que aparecen en esta edición son originales de Harry Clarke (Tales of
Mystery and Imagination, George G. Harrap &Co. htd., Londres, 1919) y Arthur Rackham
(para el cuento Hop-Frog).
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Introducción a la novela de intriga
Yo no creo en las brujas,
pero haberlas haylas.
Alvaro Cunqueiro
Preliminar
En el otoño de 1978, dos psicólogos franceses dieron a conocer a la opinión
pública de su país un informe, según el cual el posible origen de muchos trastornos
nerviosos infantiles podría residir en los efectos que sobre su ánimo provocaba la
lectura de cuentos o relatos de terror. A raíz de su publicación, se levantó una
apasionada polémica sobre el tema, en la que participaron, sosteniendo tesis muy
diversas, destacadas personalidades tanto científicas como literarias.
Como consecuencia del debate surgió una cierta alarma popular, que se concretó
en una petición firmada por numerosos ciudadanos, para que el Ministerio de Cultura
francés adoptase medidas oportunas.
Las autoridades galas, envueltas en el dilema de ser acusadas ora de prácticas
inquisitoriales ora de debilidades perniciosas, encargaron a un equipo de expertos de
la UNICEF —el organismo internacional encargado de la defensa de la infancia— la
redacción de una encuesta e informe definitivo sobre el asunto. Durante un año, los
sociólogos Paul Audat y Jacques Bugnicourt, junto con la doctora Mamis Ivonne,
recopilaron todos los trabajos referentes al tema, consultaron a numerosos
especialistas, investigaron personalmente y terminaron por dar a luz un volumen, el
informe Audat, donde recogían las conclusiones a sus trabajos. Para ellos la literatura
de intriga, misterio o incluso terror no incidía negativamente en las mentes juveniles
y, por tanto, no aconsejaban ninguna medida preventiva. «El miedo —resumían—, en
realidad, nunca procede del exterior. Está en nosotros mismos. La lectura de relatos
de ese género no resulta perjudicial para los niños y jóvenes, les permite conocer,
reconocer y dominar el miedo que llevan en su interior».
Hemos querido abrir nuestra Introducción a la novela de intriga con esta crónica,
porque, por desgracia, todavía existen hoy gentes que miran con desconfianza o
aversión el acercamiento de niños y jóvenes a esas áreas literarias. La literatura en
ningún caso crea miedo; lo descubre y delata. No es su causa u origen; todo lo más,
su mensajero. Por eso conviene recordar la máxima espartana: «No es de cobardes
tener miedo, sino tener miedo de tenerlo».
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El terror Alguien, quizá de forma exagerada, ha podido afirmar que el amor es
y el un sentimiento que inventaron los escritores provenzales allá por el
hombre siglo XII. No podría decirse lo mismo del terror. El sentimiento o sensación
de terror parece consustancial al hombre, algo unido a su condición o naturaleza
animal. Desde siempre el hombre se ha asustado. No resulta difícil imaginarse a los
hombres primitivos aterrorizados por el espectacular aparato de los fenómenos
naturales: rayos que abrasan, truenos que abruman o centellas que rompen la noche.
Un eclipse de sol debió de representar para ellos un cataclismo inaprehensible. El
mundo fue durante siglos un espacio peligroso para el hombre. El progreso humano
ha permitido que se hayan conocido y dominado muchos focos de terror. El fuego y
la luz rompieron hasta cierto punto el misterio de la noche, pero en otros muchos
aspectos todavía el hombre continúa siendo un ser a la intemperie. Los antiguos
terrores permanecen agazapados en lo más profundo de nosotros. Lo terrorífico
asusta, pero a la vez atrae. No es de extrañar por tanto que el componente estético del
hombre haya trabajado sobre los materiales del terror. Las pinturas del Bosco, los
crueles frisos asirios o las macabras esculturas aztecas confirman que el hombre en
todas las épocas históricas ha buscado plasmar artísticamente su peculiar relación —
repulsión/atracción— con el terror.
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Todos sabemos que, al hablar o verbalizar aquello que nos asusta u
origina miedo, éste parece evaporarse, y quizá sea ésta la causa de que la Terror y
literatura
humanidad desde sus comienzos históricos haya tendido a objetivar sus
temores a través de la literatura. En los textos literarios más antiguos se
nos refieren historias cercanas a lo terrorífico: diluvios, pestes devastadoras, muertes
anunciadas, ángeles exterminadores, nefastos presagios. En las sagas noruegas, en los
textos bíblicos o en la literatura hindú se encuentran temas próximos al terror. La
literatura oral o escrita ha sido un medio, entre otros, de ahuyentar los malos
espíritus. Veremos en su momento cómo los relatos de terror, si bien siempre
presentes en la literatura universal, terminarán por formar un género aparte,
precisamente en la etapa histórica en la que el hombre pretende por medio de la razón
olvidar las oscuras zonas de lo atávico o irracional que comúnmente denominamos lo
sagrado.
Precisamente porque los elementos, ingredientes y estructuras
Géneros formales típicas de la literatura de terror están presentes en la historia
colindantes
literaria desde sus comienzos, la delimitación del género no puede
efectuarse de un modo claro y unívoco. Sin entrar ahora en la polémica
sobre la consistencia de las teorías que estudian los géneros literarios, parece diáfano
que la literatura de terror es colindante con otros tipos de narración. En realidad las
señas de identidad de esta clase de literatura coinciden y hasta se confunden en
muchos casos con la literatura de aventuras, la literatura fantástica, los cuentos de
hadas y la literatura policiaca y criminal. Como en ellas, en la literatura de terror se
presenta un misterio, un obstáculo que salvar, un hecho a quien encontrarle
explicación o una irrupción de lo insólito. Comparte con ellas zonas de afinidad y
encuentro; de ahí lo dificultoso, a veces, de situar una determinada obra en un género
u otro.
Indica el poeta Rainer Maria Rilke que «elegir es renunciar al
horizonte», y si traemos a colación su pensamiento es porque inclinarse Concepto
de la
por una definición de la literatura de terror entre las muchas existentes literatura
significa tirar por un camino, aun a sabiendas de que existen otras posibles de terror
rutas.
La que aquí proponemos: «Literatura de terror es aquélla cuyo fin es producir
miedo en el lector o auditor. Es decir, busca, a través de la producción del miedo, el
hallazgo de un cierto placer estético», se debe al ensayista español Rafael Llopis, uno
de los más capacitados conocedores del tema, y la ofrecemos, insistimos, sin ánimo
dogmático alguno. Otras muchas podríamos haber presentado como alternativa a la
citada. Cada una tiene sus ventajas e inconvenientes.
Si hemos preferido ésta, es porque a nuestro entender encierra dos cualidades de
mérito:
— Su sencillez.
— La conexión entre el miedo y estética.
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Aproximación El mero enunciado de un concepto resulta escasamente eficaz para
a la literatura la comprensión de un fenómeno. Sólo a través de continuas
de terror aproximaciones podemos llegar a comprender la compleja realidad que
se oculta bajo una definición. A ello dedicaremos las páginas que siguen.
Como en todo objeto de estudio, la literatura de terror se puede abordar desde
muy variopintas ópticas, ángulos o puntos de vista: la sociología, la psicología, la
historia, la mitología, etc. Dadas las limitaciones que el espacio disponible y el
carácter de esta Introducción nos imponen, nos acercaremos a ella desde aquellos
campos más cercanos a la crítica literaria. Pero, antes de avanzar por esa vía,
señalaremos que históricamente se ha detectado la existencia de dos técnicas o
formas básicas de producir miedo y, por tanto, de dos tipos literarios de terror:
— Terror oblicuo o intelectual.
— Terror frontal o emocional.
En el caso del terror oblicuo, blanco o metafísico, lo terrorífico, la provocación de
miedo en el lector, no resulta de la introducción en la ficción narrativa de hechos o
seres constitutivamente aterradores, sino de la discreta, gradual y sopesada
conversión de objetos o seres de apariencia real familiar en objetivos o seres de
«otro» orden, es decir, de orden siniestro.
El terror frontal, negro o emocional, se caracteriza porque en este tipo de relatos
lo terrorífico proviene de la aparición acumulativa dentro de la trama de personajes u
objetos terroríficos en sí mismos: fantasmas, vampiros, tumbas, sangre, muertes, etc.
De cada uno de ellos podemos citar las siguientes características:
• En las narraciones de terror oblicuo o intelectual el terror se sugiere, se intuye, y
el miedo es de tipo más cerebral o psicológico, lo que de ninguna forma significa que
sea menos intenso. En ellas el miedo se palpa, de ahí que lo importante sea la
creación de una atmósfera sutilmente opresiva.
• En las narraciones de terror frontal o directo, lo terrorífico se describe, se
muestra, y el miedo es de carácter más emotivo o visceral, sin que ello signifique
mayor facilidad para su producción. En ellas el terror se ve, de ahí que en este tipo de
relatos abunden las escenografías truculentas.
En principio no puede afirmarse que una técnica sea mejor o peor que la otra. Con
el método directo se han escrito excelentes relatos de terror, como sería el caso de El
Monje, de Matthew G. Lewis, e igual sucede cuando se sigue la técnica del terror
oblicuo o sugerente, tal y como hace Henry James en su novela Otra vuelta de
tuerca[1]. Sí parece cierto sin embargo que para la sensibilidad del lector moderno,
más cercana al estilo elusivo, el método indirecto resulta más afín y atrayente.
Vistos ya estos dos modos de producir terror, nos acercaremos ahora a la
narraciones de este tipo atendiendo a los aspectos estructurales y temáticos.
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En la literatura de terror puede aislarse la presencia repetida de tres
elementos: Estructura
e
• Muerte. ingredientes
• Sangre. formales
• Erotismo.
De la presencia de la muerte proviene un ingrediente formal básico: la tentación
de conquistar la inmortalidad, que a su vez se plasmará literariamente en el
protagonismo primordial dentro del género de seres —vampiros, monstruos,
fantasmas, etc.—, caracterizados por estar poseídos por un mal concreto: la sed de
perdurar eternamente. Este deseo de transgredir la ley humana de la mortalidad —
Drácula, Frankenstein— es el hilo que liga el terror con lo sagrado. De ahí las
evocaciones religiosas perceptibles en muchas de las narraciones de terror.
A nuestro entender esta presencia tan fuerte del apremio por romper el tiempo
está en la base de otros muchos ingredientes que aparecen en la literatura de terror:
las ruinas de castillos o mansiones en cuanto reliquias de otro tiempo; los espacios
oscuros, por cuanto que la no luz parece ser el lugar del no tiempo, o los paisajes
remotos, por evocar geografías en donde el tiempo (la historia) apenas ha dejado
huella.
La sangre es una presencia contraria a la muerte y literariamente funciona en este
tipo de literatura como su polo estructural opuesto: representa la vida, el recuerdo
constante y físico de la condición mortal del hombre. Desde un prisma formal muy
simple y casi anecdótico conviene hacer notar la abundancia de personajes pálidos
que pueblan este tipo de relato. Su palidez —carencia o flaqueza de sangre— pone en
sobreaviso a cualquier lector: actúa como señal que sugiere el más allá. De ahí su
eficacia y, por tanto, su tópica sobreabundancia. Donde mejor puede comprenderse
esta relación muerte-sangre-terror es en la novela Drácula de Bram Stoker. El conde
vence al tiempo gracias a la sangre de sus víctimas, la muerte de ellas es la
contribución obligada para su inmortalidad de vampiro. Pero la sangre como recuerdo
de la vida mortal no se limita dentro de la literatura de terror al tema de los vampiros.
En realidad su contraposición con el mal —deseo soberbio de inmortalidad— da
lugar a la estructura narrativa más común en el género: héroe mortal que se opone al
malvado o en otras palabras enfrentamiento del bien con el mal.
El erotismo es una presencia que aúna a las dos anteriores por cuanto que en él
coexisten el deseo agudo de vivir con intensidad —hierve la sangre— y una fuerte
tendencia a diluirse o fundirse —desvanecerse— en el objeto amado. El erotismo en
las narraciones de terror aparece como un lugar de redención: el lugar donde se vive
fuera del tiempo. Explicar esta fusión de contrarios podría llevarnos a disquisiciones
fatigosas y acaso aburridas. Valga como argumento el recuerdo de esa frase inevitable
entre enamorados: a tu lado se me pasa el tiempo sin darme cuenta.
A nivel literario la presencia del erotismo se resuelve o desemboca en la aparición
de una trama amorosa que se superpone y entrevera a la lucha ya indicada entre el
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bien y el mal. Ni que decir tiene que ese componente erótico en las malas obras del
género aparece en sus formas más degradadas y superficiales, perdiendo así el
complejo papel estructural a que hemos hecho referencia.
No quisiera terminar este breve apunte sobre los tres ejes subterráneos de la
literatura de terror sin mencionar las sugestivas (y subjetivas) teorías del profesor
Guillermo Pezzi. Según él, en muchas narraciones terroríficas el erotismo se hace
presente en su variedad narcisista. El ejemplo literario que señala es la famosa novela
de R. L. Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde[2], ampliando su teoría
a todos aquellos relatos en que se produce la transformación de un personaje humano
en otro ser, humano o bestia; es decir, aquéllos cuyo tema es el doble o ese otro que
parecemos llevar dentro y que para Pezzi representa una posible alternativa para
escapar de la propia vida.
Muerte, sangre y erotismo son los tres pilares sobre los que se levanta el universo
literario de las narraciones de terror. Estas tres presencias se explicitarán
literariamente a través de muy diversas tramas que a su vez darán lugar a muy
dispares narraciones. Es hora, por tanto, de pasar a analizar la literatura de terror
desde el punto de vista temático.
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Los temas
Se ha indicado repetidas veces que los temas de la literatura de terror son
limitados. Parecería que los autores insistiesen una y otra vez en abordar temáticas
muy semejantes, aunque con tratamientos y por tanto resultados muy distintos. No
vamos a intentar agotar la lista de temas en estas breves páginas, pero sí daremos
noticia atenta de los que personalmente vislumbramos como más significativos y
pertinentes dentro del género.
• Los relatos de espíritus
Confluyen bajo esta rúbrica aquellas narraciones en las que los espíritus —
fantasmas, espectros, etc.— son «presencias» de muertos que reaparecen en los
lugares que habitaron en otros tiempos. Constituyen de hecho el «leitmotiv» de la
novela gótica. Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki serviría como
ejemplo representativo.
• Los no muertos
Los «undead» en su denominación inglesa constituyen esos seres híbridos entre la
vida y la muerte: cadáveres reanimados y evadidos de sus tumbas. Encarnan el deseo
soberbio de estar por encima de la mortalidad, que hemos definido como la maldad
propia de las narraciones de terror. Entre ellos ocupan la primera plana los vampiros.
Drácula de B. Stoker es la novela cima y emblema de este tipo de relatos. En ella la
muerte, la sangre y el erotismo se entrelazan de forma magistral, de ahí su
consideración de obra maestra.
• Demonios
Satán y lo satánico ocupan un gran espacio en el arco de los temas del terror.
Unas veces de forma directa y otras por vía de seres a través de los cuales manifiesta
su poder y maldad, el diablo en cuanto encarnación del mal absoluto y contrafigura
de Dios destaca como elemento preponderante en este tipo de literatura.
• Monstruos
Los monstruos —físicos o metafísicos— que se pasean por los relatos de terror
pueden ser agrupados en dos modalidades:
— Narraciones que tratan de la creación de monstruos: Frankenstein, El Golem o
La isla del Dr. Moreau. En todas ellas el constructor o fabricante de monstruos
intenta apoderarse de la facultad divina de crear vida y, por tanto, de vencer a la
muerte.
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— Narraciones en las que interviene una persona monstruosa o deforme. Ejemplo
de este tipo sería Las manos de orlac de Renard, La mano encantada de Gérard de
Nerval, y, colindante con el género policiaco, El fantasma de la Opera de Gastón
Leroux.
• El Doble
Tal y como hemos indicado al hablar de la presencia del narcisismo en algunos
relatos de terror, este tema, uno de los más tradicionales del género, ha dado lugar a
múltiples variantes. En algunos casos «el doble», ese otro yo que descansa en el
fondo del personaje, devendrá la contracara del yo aparente, su personalidad oculta y
depositaria de sus instintos irracionales y primarios. En realidad el doble será el
vengador de las frustraciones que la vida en sociedad con sus leyes, reglas y moral
provoca en el hombre. En algunos relatos —El Bosque de Ancines, de Martínez
Barbeito— tomará forma de bestia salvaje; en otros, caso de la ya citada novela de
Stevenson, mantendrá su apariencia humana.
Una vez estudiados los aspectos estructurales, formales y temáticos de la
literatura de terror, pasaremos a recorrer con algún detalle el panorama histórico del
género. Veremos los orígenes remotos de este tipo de ficción, nos detendremos en la
época en que cuaja estilísticamente y repasaremos las principales obras que el género
ha sumado en las literaturas nacionales de mayor relieve.
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Visión histórica de la literatura de terror
La presencia de lo misterioso —la irrupción de lo insólito en lo común
Orígenes — es una constante en la literatura de todos los tiempos. Ahora bien, la
remotos
característica que hemos señalado como rasgo necesario para poder
encuadrar una obra dentro del género de terror: producir miedo en el lector,
no aparece hasta una época concreta: el Romanticismo.
Temas misteriosos, presencia de espectros, noticias sobre hombres lobos,
encantamientos y venganzas ultraterrenas, se encuentran en algunas obras literarias
que merecen ser citadas. En el Satiricón de Petronio se habla de un caso de
licantropía o conversión de un hombre en lobo; otro autor romano, Plinio el Joven,
cuenta una historia sobre un fantasma que aparece en una casa cargado de cadenas.
En Hamlet y Macbeth, Shakespeare introduce espectros en la trama; Lope de Vega, en
El Peregrino en su patria, cuenta la historia de una posada embrujada. La aparición
de Mrs. Veal de Daniel Defoe es, según Rafael Llopis, el último cuento de misterio
anterior al Romanticismo.
Al lado de estos orígenes remotos literarios es necesario reparar en la
vertiente del folklore popular. Es raro el país que no cuenta entre sus Literatura
oral
tradiciones con cuentos folklóricos en los que lo misterioso se hace
presente. En realidad, la rica tradición popular de la literatura oral va a ser
el fondo de donde los autores clásicos del terror extraerán los temas más típicos. Los
fantasmas, los vampiros, los monstruos, son creaciones de origen popular; materiales
folklóricos de una comunidad que a través de ellos conformaba la escala de valores
de su grupo humano. El pasado oral de los relatos de misterio ha dejado profundas
huellas en el género tanto en lo que atañe a sus contenidos —temas— como a sus
formas —técnica del suspense—. Las leyendas germánicas recopiladas por los
hermanos Grimm, y las colecciones de cuentos orientales, el Calila e Dimna, e
incluso Las mil y una noches, se nutren de idénticos elementos, que luego habrán de
reaparecer en la literatura romántica. Conviene no olvidar por tanto la importancia de
la literatura popular o folklórica en la formación de la literatura de misterio.
Al final del Siglo de las Luces, el siglo de la razón, una nueva
Orígenes sensibilidad literaria invade Europa: el Romanticismo, un movimiento que
próximos,
la novela exalta el yo individual, denigra una mera visión racionalista de la historia
gótica y explora las partes oscuras y los pliegues más recónditos del hombre. Un
estilo que defiende que en la distancia se ve mejor, que en la ambigüedad todo se
torna más bello y que busca en el pasado el refugio contra las dolorosas historias del
presente. El romántico gusta de las situaciones extremas, de los sentimientos
exasperados. Repudia el término medio. Ama la muerte y los cementerios, las ruinas,
lo inexplicable, lo raro, lo extraño, lo siniestro. Lo misterioso.
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En este ambiente, Horace Walpole (1717-1797) publica la novela El Castillo de
Otranto y crea así un género: la novela de misterio, novela gótica o novela negra,
como también será conocido. La trama de esta novela emerge de la aparición de un
gigantesco yelmo en el patio de armas del castillo, y por la novela desfilarán
asesinatos misteriosos, espectros, profecías. Los temas característicos de la novela de
terror.
La novela del británico es todavía hoy un clásico del género a pesar de su
estructura farragosa. Interesa dar a conocer algunas de las frases con que su autor
prologó su segunda edición, pues expresan lo que de ruptura supuso para la historia
de la literatura: «Fue un intento de aunar dos tipos de novela sentimental: la antigua y
la moderna. En la primera todo era imaginación e inverosimilitud; en la segunda
siempre se intenta imitar a la naturaleza, cosa que a veces se ha conseguido con éxito.
[…] El autor de estas páginas creyó posible reconciliar ambos tipos. Deseoso de dejar
vagar libremente los poderes de la fantasía por los ilimitados reinos de la inventiva y
desde allí crear situaciones más interesantes, quiso conducir los agentes mortales de
su drama de acuerdo con las reglas de la verosimilitud. En resumen, hacerlos pensar,
hablar y actuar tal y como pudieran hacerlo hombres y mujeres corrientes en
situaciones extraordinarias».
Pero, aunque la novela es acogida con éxito, permanecerá como un caso aislado
durante mucho tiempo. En 1794, una dama inglesa, Ann Radcliffe (1764-1823),
publica Los misterios de Udolfo, que será la apoteosis de la novela gótica. Los
ingredientes clásicos de este tipo de obras: el amor, el misterio y la angustia
demuestran, tras el éxito comercial, su absoluta eficacia. La novela gótica se pone de
moda. En 1795 otro autor inglés publica El Monje. Matthew Gregory Lewis
(1775-1818) mezcla en su relato lugares fúnebres y tétricos con damas inocentes,
cadáveres y amantes lujuriosos y apasionados. Aparecen centenares de relatos de este
estilo. El público los reclama y durante muchos años periódicos y revistas incluirán
narraciones de semejantes características. Se convierte en subgénero popular; en una
receta más que en una escuela.
A partir de este núcleo originario, la novela gótica o «román noir», la literatura de
terror penetra en todas las culturas europeas constituyéndose en veta de todas las
literaturas. Los vientos del Romanticismo empujaron el gusto por lo misterioso, la
pasión por el folklore popular desenterró numerosas leyendas de donde los autores de
la alta literatura o el folletín arrancaron temas para sus obras, y poco a poco los
perfiles del género —creación de un crescendo de inquietud— se fueron definiendo.
Dar cuenta detallada de todas las obras de relieve que el género ha dado es tarea que
sobrepasa las intenciones de esta Introducción. Nos limitaremos, por tanto, a
presentar un breve panorama de los frutos de este tipo de relatos en las literaturas
nacionales donde alcanzó mayores logros.
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Si la novela gótica, con su ambiente de castillos, fantasmas, cadenas
que se arrastran, asesinatos sangrientos y doncellas atemorizadas tuvo su Literatura
inglesa
origen en Inglaterra, la literatura de este país proseguiría dando atención a
los temas de terror, aunque de una forma más sutil que la usual en aquellas
primeras novelas.
Una noche lluviosa del año 1816, un grupo de escritores de renombre: Lord
Byron, M. Lewis, John Polidori, Shelley y su bella esposa Mary decidieron ocupar su
ocio apostando sobre cuál de ellos podría escribir un buen relato de misterio. De
aquella apuesta saldrían dos libros importantes para la historia de la literatura de
intriga y terror. Mary W. Shelley escribe su novela Frankenstein[3], en la que se
presenta por primera vez un personaje que va a tener muchos imitadores: el
monstruo. Polidori produce otro relato, El vampiro, que, si bien obtuvo escaso éxito,
será el precedente directo de Drácula de Bram Stoker y toda la serie vampiresca.
Con estos dos relatos la novela de misterio se desplaza desde la escenografía de
las novelas góticas hacia nuevos horizontes. Todavía en 1820, Charles Robert
Maturin publica Melmoth el errabundo, que está considerado como el canto de cisne
del género que abriera Walpole. A partir de entonces lo misterioso pierde truculencia
y gana en profundidad; la ansiedad se origina más por los efectos estilísticos que por
la trama en sí. La alusión se revelerá más eficaz que la descripción detallada. La
literatura de terror encontrará su molde adecuado: el cuento o el relato breve.
Sin ánimo de agotar la lista de autores británicos que se acercan al género es
preciso, sin embargo, hacer mención de aquellos que de alguna forma imprimieron un
sello especial en este tipo de historias.
Las hermanas Brontë, en sus novelas Jane Eyre y Cumbres borrascosas,
depuraron algunos elementos de la novela negra y trasladaron la atmósfera de
misterio a tramas básicamente amorosas. Charles Dickens introdujo en sus cuentos El
misterio de Edwin Drood y El Guardavías la técnica de acercarse al misterio a través
de un riguroso tratamiento realista. En este aspecto hay que citar también a William
W. Collins (1824-1889), quien muy influido por Edgar A. Poe alcanzó gran fama con
La casa encantada y La dama vestida de blanco.
Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), un irlandés de agitado y angustiado
talante, es uno de los maestros del género. En sus relatos no aparecen ni ruidos
extraños ni castillos en ruinas. Es un auténtico genio en la creación de ambientes
opresivos, su estilo se basa en la insinuación y el poder sugestivo de su prosa. Creó
una forma literaria típica, la «ghost story» (cuentos de fantasmas), que todavía
permanece. Sus cuentos: Carmilla, El Vigilante o Relación de los extraños sucesos de
Dungier Street son imprescindibles en cualquier antología de terror.
En un estilo semejante al de Le Fanu hay que citar a M. R. James (1862-1936),
que en su relato El señor Humphrey y su herencia introduce un proceso distanciador
entre el lector y los personajes. Con él, el misterio abandona el tema trascendente que
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hasta entonces había sido usual, y cobra una apariencia más superficial que algunos
críticos, equivocadamente a nuestro entender, le achacan.
A finales del siglo XIX aparecen dentro de la literatura inglesa dos obras clásicas
del género de terror: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de R. L. Stevenson
(1850-1894), y Drácula, de Bram Stoker (1847-1912).
En la novela de Stevenson aparece un tema típico de la novela de misterio: el
doble. La invención o intuición de que en cada persona habita un otro a quien se
siente como depositario y poseedor de características generalmente malignas y
demoniacas. Las transformaciones de uno a otro ser que la novela nos ofrece
responden a toda una teoría sobre la realidad interior de los hombres. Mucho antes de
que Sigmund Freud hablara del inconsciente, Stevenson presentaba su personal visión
del desconocido que nos habita.
Drácula es quizás el personaje más conocido que la literatura de misterio ha dado
al mundo. Según parece, su creador se basó en relatos y leyendas populares. Algunos
investigadores han llegado a afirmar que el conde Drácula fue un personaje real.
Literariamente Bram Stoker conoció El vampiro de Polidori y Varney, el vampiro de
Prest, pero su novela es de una calidad muy superior. Oscar Wilde le concedió el
calificativo de una de las mejores novelas jamás escritas. Es uno de los momentos
cumbres de la literatura fantástica. La ambientación es perfecta. La gradación de la
trama, inmejorable. La fuerza del personaje central, el demoniaco conde, es
irresistible. Desde el punto de vista formal supone una vuelta a la novela larga, y a
pesar de ello la intriga no decae en ningún momento. Sobre el personaje de Drácula
se han escrito múltiples continuaciones. Ninguna ha alcanzado su calidad, pero su
sola existencia da prueba del éxito que significa.
Algunos autores piensan que las grandes obras del género de misterio no se
encuentran entre las escritas por autores especializados en ese tema, sino entre las
producidas por escritores de renombre que se han acercado ocasionalmente a dicha
temática. Éste sería el caso del norteamericano afincado en Londres, Henry James, y
Otra vuelta de tuerca, en donde el misterio se entreteje tan sutilmente en la trama,
que la ambigüedad total se apodera del lector cuando cierra el libro. Un aire siniestro
se respira en toda la novela, un veneno de perversidad flota en el ambiente, pero
nadie podrá afirmar categóricamente de dónde vienen tan opresivas influencias. Todo
ello hace de Otra vuelta de tuerca una obra insólita y uno de los productos de más
valía que la literatura británica ha conseguido en el campo del terror.
El último autor inglés de quien haremos mención es Daphne du Maurier, cuyas
obras han servido en muchas ocasiones para la producción de películas de gran éxito:
Los pájaros y Rebeca son sus títulos más destacados.
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Los cuentos de terror y misterio fueron conocidos durante mucho
La literatura tiempo con el sobrenombre de «cuentos alemanes». Ello se debe a la
alemana
enorme influencia que el Romanticismo alemán tuvo en el resto de las
culturas occidentales. El gusto por lo medieval, por lo fantástico, tuvo
sin duda su foco en la Alemania de fin de siglo. Entre los autores alemanes que
cultivaron el género es necesario tener en cuenta a:
Johann Ludwig Tieck (1773-1853). Sus cuentos de misterio son poéticos y
corresponden a los denominados de tendencia blanca. Su influencia sobre Nathaniel
Hawthorne y E. A. Poe está comprobada. El fiel Eckart o El monte de las runas son
relatos más sobresalientes.
L. Achim von Arnim intentará la síntesis de lo caballeresco y mágico con lo
tenebroso. Pobreza, riqueza, culpa y penitencia de la condesa Dolores, e Isabel de
Egipto, donde narra la historia —salpicada de fantasmas— de la hija de un rey de los
gitanos que se convierte en el primer amor del emperador Carlos V, son sus obras que
han perdurado con más fama.
La figura más importante es Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1766-1822), con
quien el Romanticismo alemán llega a la superación de sí mismo en la búsqueda de la
realidad en lo irreal. De personalidad compleja, buscó refugio en el alcohol contra sus
tormentos interiores. Sus alucinaciones etílicas se reflejan en la atmósfera de sus
Cuentos Fantásticos y en su novela de aparecidos y sonámbulos Los elixires del
diablo. Su mundo alucinado, muy lejano de la normalidad, le proporcionó la
admiración de Poe y Baudelaire e hizo de su arte una avanzada alemana en el campo
de la literatura de misterio.
El panorama alemán se completa con la obra de autores como los hermanos
Grimm, Brentano, Eichendorff, Kleist y Theodor Storm.
Jacques Cazotte y el Marqués de Sade están considerados como los
precursores de la literatura fantástica y de misterio francesa. La primera Literatura
francesa
gran figura de relieve es Charles Nodier (1780-1844), que tratará en sus
obras tanto temas de misterio de corte poético, Trilby, como macabro,
Infernaliana y Lord Kuthven o los Vampiros. Nodier es el introductor de la novela
gótica en Francia.
Honoré de Balzac, el gran escritor galo, fue muy aficionado al gusto por lo
tenebroso y escribió, aparte de una continuación de Melmoth el errabundo, varios
cuentos de miedo de gran calidad.
Gérard de Nerval, muy atraído por la literatura fantástica alemana, cultivó con
acierto el género, pero el escritor romántico francés que más destaca es Prosper
Mérimée (1803-1870). En La Venus de lile se inspira en un motivo que luego se
repetirá mucho en la literatura: la estatua que cobra vida. Como veremos, Gustavo
Adolfo Bécquer retornará al tema en su leyenda El beso.
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Ya en pleno realismo, lo misterioso y terrorífico encontrará en Francia su mejor
encarnación en la obra de Guy de Maupassant (1850-1893), un hombre a quien una
enfermedad de tipo sexual le arroja poco a poco a las fronteras de la locura y al
suicidio. Aun cuando ha dejado varios cuentos de misterio, uno de ellos, El Horla,
basta para que su nombre permanezca entre los clásicos del horror: la historia de un
enfermo y su «doble», extrae su fuerza persuasiva de la sobriedad estilística y del
rigor de su exposición. La psicología, uno de los caminos hacia el que derivará la
novela de misterio, aparece como medio adecuado para crear un marco de
incertidumbres. Luis Vax, uno de los grandes conocedores de la literatura fantástica,
resume el valor de este relato al indicarnos que «Maupassant transfiere el horror de
un alma personal al universo entero».
Como continuadores de Maupassant es necesario citar a Barbey d’Aurevilly,
autor de Las diabólicas, y a Villiers de L’Isle-Adam que con sus Cuentos crueles y
Axel deriva hacia lo satánico.
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La literatura norteamericana ha dado quizás, y tomada en su
Los conjunto, la mejor y más personal aportación a la novela de terror. Cuatro
norte-
americanos hombres, cuatro autores, han dejado su huella propia en la literatura de lo
«negro». A cada uno de ellos dedicaremos nuestra atención.
Nathaniel Hawthorne (1804-1864) es uno de los grandes autores de la joven
Norteamérica. Su obra gana en prestigio según pasan los años. Nada mejor para
comprender su talento que escuchar el juicio que le mereció a Edgar Allan Poe: «Su
estilo, aun cuando nunca vigoroso, es la pureza misma. Su imaginación es rica. Su
sentido del arte, exquisito, y su habilidad de ejecución, muy grande. Tiene poca o
ninguna variedad de tono. Aplica la misma manera, brumosa, sugestiva y ensoñadora,
a todos sus temas, y, aun cuando crea que se trata del genio más auténtico que nuestra
literatura en conjunto posee, no puedo evitar considerarlo el amanerado más
desesperado de sus días».
La influencia alemana está clara en su colección de relatos Cuentos contados dos
veces, pero La letra escarlata, una enigmática novela de ambiente sobrecogedor,
demuestra que Hawthorne era poseedor de un mundo propio. La casa de los siete
altillos es una novela donde el misterio se aúna con el trascendentalismo moral. En
más de un sentido se muestra cercana a Cien años de soledad de García Márquez.
Edgar Allan Poe es sin duda y por motivos muy diferentes el escritor básico de la
novela de intriga y de terror. Sus obras siguen ocupando un lugar incomparable en la
literatura. En Poe se da tanto el terror negro, macabro, truculento —Berenice—,
como el terror blanco, psicológico, sugeridor, poético —El pozo y el péndulo—, pero
su importancia literaria viene dada por el hecho de que con su estilo elevó a arte lo
que hasta entonces no pasaba de divertimento.
Sus obras de misterio no fueron escritas al azar, sino que respondían a su teoría de
lo que trataba de hacer y que desarrolló en una carta que hoy conservamos:
Acusado de ser apenas un eco de los escritores góticos que lo precedieron, responde
que, en efecto, trabajaba en un campo literario ya explotado por los alemanes y sus
imitadores europeos y norteamericanos, pero agrega:
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Locuras, despedidas irreparables, calabozos, castillos, mazmorras, citas misteriosas,
entierros prematuros, tesoros ocultos, pájaros nocturnos, gritos proféticos eran temas
frecuentes en la literatura popular de su tiempo. Poe trabajó a partir de aquel baratillo
de elementos, pero tomándolo en serio y eso es lo que lo distingue. Los
convencionalismos tácitos de la época romántica se hacen en él objeto de una
vehemente concentración intelectual, transfigurando lo accesorio en eje, lo aparatoso
en siniestro.
El misterio se vuelve, en manos de Edgar A. Poe, en horrible. En sus cuentos
apenas si se siente un soplo de vida; ocurren crímenes que no se reflejan en la
conciencia humana, hay risas que no suenan, llantos sin lágrimas, bellezas sin amor,
amor sin ternura, árboles que no dan frutos, vendavales petrificados, flores que no
tienen fragancia. Su mundo es silencioso, frío, maldito, lunar, estéril: un matorral del
diablo.
Después de él, el género de misterio y terror ya no puede seguir siendo el mismo.
Su nivel de exigencia no podía ser sorteado. La «exactitud de su tiniebla» impediría
confundir en adelante lo misterioso con lo arbitrario. Le dio solidez al género y en
este sentido, como en la novela policiaca, puede ser considerado su creador.
Ambrose Bierce (1842-1914) es un autor injustamente olvidado por muchos. De
vida agitada: oficial en la guerra de Secesión, periodista, escritor y por último
consejero de las tropas de Pancho Villa, es el introductor de una variación importante:
el humor negro. Desde la distancia estilística, casi glacial, Bierce, aborda lo macabro.
El contraste entre los contenidos y el tono hace de su obra una joya literaria. Sirva
como ejemplo el arranque de uno de los cuentos que agrupó bajo el título El Club de
los Parricidas:
Howard Philips Lovecraft (1890-1937) es para Rafael Llopis y otros muchos críticos
la cima indiscutible del relato materialista de terror y punto de viraje del viejo cuento
de miedo hacia la moderna ciencia ficción.
Persona atormentada, demuestra desde muy temprana edad su interés por los
relatos de misterio, la ciencia y la filosofía. Su primer relato, Dagon, hace vislumbrar
ya un talento excepcional para la creación de espacios tenebrosos, pero será a partir
de 1929 cuando comience a dar a conocer los cuentos que habrá de agrupar bajo la
rúbrica de Los Mitos de Cthulhu, entre los que destacan La Ciudad sin Nombre, El
Ceremonial, El color que cayó del Cielo y El Morador de las Tinieblas. El horror de
Lovecraft es de carácter cósmico, sagrado, infinito. De hecho algunos críticos creen
ver un parentesco directo entre el misterioso final de La narración de Arthur Gordon
Pym[4], de Edgar Allan Poe, y su visión fantástica. Los mitos se basan en la creencia
de que la tierra estuvo habitada en otra época por una raza muy evolucionada y que
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fue expulsada del planeta por practicar la magia negra. El espacio narrativo de
Lovecraft y sus seguidores es un intento literario de recuperar el conocimiento de
aquellos antiguos pobladores.
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Desde los comienzos de nuestra historia literaria puede rastrearse la
presencia de motivos y temas de misterio. En Los Milagros de Nuestra La literatura
de misterio
Señora de Gonzalo de Berceo, bien es verdad que con una visión y terror
cristiana, lo misterioso está presente. En El Conde Lucanor de Don Juan en España
Manuel reaparecen temas típicos del terror y en nuestro rico romancero se encuentran
desarrollados muchos asuntos de misterio.
El lugar que la magia ocupa en La Celestina ha sido destacado por el profesor
Maravall, y la constante fantástica en la literatura del Siglo de Oro ha sido constatada.
Para Rafael Llopis, «en el seno de una novela larga —El peregrino en su patria, de
Lope de Vega— aparece el primer cuento de miedo moderno no sólo de la literatura
española, sino de la literatura universal».
Pero los mejores frutos de esta rama de nuestra literatura aparecerán,
coherentemente, con la irrupción del Romanticismo. En la obra poética de autores
como Cadalso, Noches lúgubres, y Espronceda, El estudiante de Salamanca, la
presencia de lo subterráneo y sobrenatural es palpable. Dentro del movimiento
romántico nos encontramos con un representante excepcional: Gustavo Adolfo
Bécquer. Si el autor de las Rimas está considerado como el padre de la moderna
poesía española, es necesario también resaltar su aportación al género de misterio.
Sin duda muy influido por la literatura germánica conseguirá en muchas de sus
leyendas plasmar la atmósfera propia de las composiciones clásicas. En Maese Pérez
el organista, la aparición de lo sobrenatural alcanza un clímax casi perfecto. La
historia de las almas en pena consigue momentos de verdadera ansiedad en El Monte
de las Ánimas. Otro motivo tradicional de la literatura negra, la animación de una
estatua, está tratado en su leyenda El Beso. No son las únicas narraciones en que los
elementos de la literatura de terror se muestran presentes. El misterio de Bécquer es
de corte poético y muy lejano al macabrismo o la truculencia, pero su talento cautiva
y agita al lector, llevándole hasta ese estado de ansiedad que hemos definido como
rasgo pertinente de la literatura de terror.
Pedro Antonio de Alarcón, un escritor que buscó en muchas ocasiones temas para
sus escritos en las fuentes del folklore popular, también se vio tentado, y con fortuna
diversa, por los temas de encantamientos y aparecidos. Su cuento El amigo de la
muerte es suficiente muestra de su buen hacer.
Tampoco es posible olvidarse de obras como Vidas Sombrías, de Pío Baroja —
por cierto, un entusiasta de E. A. Poe—, o de la importancia de lo misterioso en
muchos escritos de don Ramón María del Valle-Inclán, como Jardín Umbrío o la
Sonata de Invierno. Se da en Valle-Inclán esa conjunción Belleza-Muerte que
constituye para Poe una de las claves de sus teorías sobre la literatura de terror.
En la literatura de nuestros días el misterio no ha sido un tema tratado con
demasiada frecuencia, pero algunos atisbos indican que existe un cierto movimiento
de acercamiento hacia esos temas. Juan Benet en SubRosa ofrece unas narraciones
que responden a las características de las «ghost story» y muy recientemente Cristina
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Fernández Cubas ha publicado un cuento, Mi hermana Elba, en donde el dominio de
los resortes que inducen hacia lo extraño es perfecto.
Dentro de España y en las literaturas en lengua no castellana hay que mencionar a
los gallegos: Alvaro Cunqueiro, Vicente Risco y al, por desgracia, ignorado Anxel
Fole. Las letras catalanas cuentan con un escritor magistral de historias fantásticas:
Joan Perucho.
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Indudablemente es imposible agotar en unas pocas páginas toda la
Otros extensa nómina de autores y obras relacionados con la literatura de intriga y
autores
terror. Creemos haber ofrecido un muestrario significativo de los grandes
autores del género. No termina con ellos el repertorio y de ahí la necesidad
de mencionar, aunque de forma breve, otros escritores.
La literatura rusa cuenta con excelentes autores de narraciones de misterio.
De Nikolai Gógol es necesario citar sus relatos El Viy y La Nariz; de Leónidas
Andreiev, El Misterio; de Chejov, La celda n.° 9, y de Aleksei Tolstoi, La familia
Vardalak, una extraordinaria narración sobre el tema de los vampiros.
Al checo Gustav Meyrink debemos una de las novelas más importantes: El
Golem, donde al enigmático mundo judío se superponen visiones emparentadas con
Hoffmann.
El italiano Dino Buzzati es un prestigioso autor de relatos insólitos como El fin
del mundo o Una casa que empieza con L, pero personalmente recordamos con
verdadero agrado una narración fantástica sobre el pintor El Bosco, que introduce en
el prólogo a un estudio sobre su pintura.
En la literatura hispanoamericana sobresalen algunas de las mejores obras de
misterio en lengua castellana. De Horacio Quiroga, un magistral discípulo de Poe, es
necesario citar Los buques suicidantes y El espectro. De Amado Nervo, Amnesia, El
sexto sentido y El donador de almas. Ernesto Sábato con Informe sobre ciegos, que
incluye en su novela Sobre héroes y tumbas, logra una de las cumbres del género, y
Jorge Luis Borges es nada más y nada menos que el creador del misterio metafísico.
Finalizaremos llamando la atención sobre un autor casi absolutamente
desconocido: el persa Sadegh Hedayat, en cuya novela La lechuza ciega hay, como
en Poe, una necrofilia patente y una atmósfera terrorífica. Por su afición al opio y al
alcohol y su insistencia en el motivo del enterrado vivo, recuerda inevitablemente al
bostoniano. Hedayat nació en Teherán en 1903 y se suicidó en París —acaso un día
de aguacero— en 1951.
Hemos insistido en que lo que caracteriza a la novela de intriga o
misterio es el hecho de que, tanto sus contenidos temáticos como sus Consideración
final
rasgos formales, están encaminados a la exasperación sensitiva del
lector, a la producción en él de miedo. De lo que hemos ofrecido a lo
largo de las páginas de esta Introducción se deduce que, en cada período o momento
literario, la producción del miedo se logra de modos muy diversos.
En la literatura de nuestros días se ha producido un cambio cualitativo que afecta,
entendemos que de una forma decisiva, a las raíces del género. En efecto, frente a la
novela decimonónica caracterizada por la presencia de una trama con inicio, nudo y
desenlace, la narrativa actual se ha desembarazado, entre otras cosas, de la lógica de
esta secuencia. El desenlace ya no es un presupuesto que aparezca de forma
inevitable; es más, su ausencia es uno de los rasgos de la literatura de nuestros días.
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Si ello es así, se comprenderá que la provocación de una ansiedad que no se verá
resuelta varía sustancialmente los principios de la novela de terror.
La ansiedad no resuelta da lugar a un nuevo tipo de narraciones: la literatura de lo
absurdo, y es ahí, en esa categoría pariente pero no igual al terror, donde debe situarse
la obra de ciertos autores que algunos sitúan, erróneamente a nuestro entender, en el
campo del misterio. A pesar de que cronológicamente pertenece a la narrativa del XIX,
Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, es para nosotros el primer atisbo de lo
que hemos calificado como literatura de lo absurdo. El Proceso y El Castillo, de
Kafka, son ejemplos semejantes.
Juan y Constantino BÉRTOLO CADENAS
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El gato negro
No espero ni pido que nadie crea el extravagante pero sencillo relato que me
dispongo a escribir. Loco estaría, de veras, si lo esperase, cuando mis sentidos
rechazan su propia evidencia. Sin embargo, no estoy loco, y ciertamente no sueño.
Pero mañana moriré, y hoy quiero aliviar mi alma. Mi propósito inmediato es
presentar al mundo, clara, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios
domésticos. Las consecuencias de estos episodios me han aterrorizado, me han
torturado, me han destruido. Sin embargo, no trataré de interpretarlos. Para mí han
significado poco, salvo el horror; a muchos les parecerán más barrocos que terribles.
En el futuro, tal vez aparezca alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a
lugares comunes, una inteligencia más tranquila, más lógica y mucho menos
excitante que la mía, capaz de ver en las circunstancias, que detallo con temor, sólo
una sucesión ordinaria de causas y efectos muy naturales.
Desde la infancia me distinguía por la docilidad y humanidad de mi carácter. La
ternura de mi corazón era incluso tan evidente, que me convertía en objeto de burla
para mis compañeros. Sobre todo, sentía un gran afecto por los animales y mis padres
me permitían tener una gran variedad. Pasaba la mayor parte de mi tiempo con ellos y
nunca me sentía tan feliz como cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo
de mi carácter crecía conmigo y, cuando ya era hombre, me proporcionaba una de
mis principales fuentes de placer. Aquellos que han sentido afecto por un perro fiel y
sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza ni la intensidad de la
satisfacción así recibida. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que
llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la mezquina
amistad y frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de descubrir que mi mujer tenía un carácter no
incompatible con el mío. Al observar mi preferencia por los animales domésticos,
ella no perdía oportunidad de conseguir los más agradables de entre ellos. Teníamos
pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un mono pequeño y un gato.
Este último era un hermoso animal, notablemente grande, completamente negro y
de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo
era un poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que
todos los gatos negros eran brujas disfrazadas. No quiero decir que lo creyera en
serio, y sólo menciono el asunto porque lo he recordado ahora por casualidad.
Pluto[5] —tal era el nombre del gato— era mi predilecto y mi camarada. Sólo yo
le daba de comer, y él me acompañaba en casa por todas partes. Incluso me resultaba
difícil impedir que me siguiera por las calles.
Nuestra amistad duró, así, varios años, en el transcurso de los cuales mi
temperamento y mi carácter, por medio del demonio Intemperancia (y enrojezco al
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confesarlo), habían empeorado radicalmente. Día a día me fui volviendo más
irritable, malhumorado e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Me permitía usar
palabras duras con mi mujer. Por fin, incluso llegué a infligirle violencias personales.
Mis animales, por supuesto, sintieron también el cambio de mi carácter. No sólo los
descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Pluto, sin embargo, aún sentía el
suficiente respeto como para abstenerme de maltratarlo, como hacía, sin escrúpulos,
con los conejos, el mono y hasta el perro, cuando por accidente, o por afecto, se
cruzaban en mi camino. Pero mi enfermedad empeoraba —pues ¿qué enfermedad es
comparable al alcohol?—, y al fin incluso Pluto, que entonces envejecía y, en
consecuencia, se ponía irritable, incluso Pluto empezó a sufrir los efectos de mi mal
humor.
Una noche, al regresar a casa, muy embriagado, de uno de mis lugares predilectos
del centro de la ciudad, me imaginé que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré y,
asustado por mi violencia, me mordió levemente en la mano. Al instante se apoderó
de mí la furia de un demonio. Ya no me reconocía a mí mismo. Mi alma original
pareció volar de pronto de mi cuerpo; y una malevolencia, más que diabólica,
alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del
chaleco un cortaplumas, lo abrí, sujeté a la pobre bestia por la garganta y
¡deliberadamente le saqué un ojo! Siento vergüenza, me abraso, tiemblo mientras
escribo de aquella condenable atrocidad.
Cuando con la mañana mi razón retornó, cuando con el sueño se habían pasado
los vapores de la orgía nocturna, experimenté un sentimiento de horror mezclado con
remordimiento ante el crimen del que era culpable, pero sólo era un sentimiento débil
y equívoco, y no llegó a tocar mi alma. Otra vez me hundí en los excesos y pronto
ahogué en vino todo recuerdo del acto.
Entretanto, el gato mejoraba lentamente. La cuenca del ojo perdido tenía, sin
duda, un aspecto horrible, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de
costumbre, por la casa; pero, como era de esperar, huía presa del pánico cuando me
acercaba a él. Aún quedaban en mí, al principio, gran parte de mis antiguos
sentimientos como para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que
una vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento pronto cedió paso a la
irritación. Y entonces se presentó, como para mi derrota final e irrevocable, el espíritu
de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo,
estoy tan seguro de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los
impulsos primitivos del corazón humano…, una de las facultades o sentimientos
primarios indivisibles, que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha
encontrado cien veces cometiendo una acción malvada o tonta por la simple razón de
que sabe que no debía cometerla? ¿No tenemos una tendencia permanente, en contra
de nuestro buen sentido, a transgredir lo que constituye la Ley simplemente por el
hecho de serla? Este espíritu de la perversidad, como he dicho, causó mi derrota final.
Era aquel insondable anhelo que tenía el alma de acosarse, de violentar su propia
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naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, lo que me empujó a continuar y
finalmente a consumar el agravio que había infligido al inocente animal. Una
mañana, a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un
árbol, lo ahorqué mientras las lágrimas me brotaban de los ojos y el más amargo
remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque sabía que me quería, y
porque creía que no me había dado motivos para sentirme ofendido; lo ahorqué
porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que pondría en tal
peligro mi alma, que la llevaría —si ello fuera posible— más allá del alcance de la
misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
La noche del día en que cometí ese acto cruel me despertaron gritos de
«¡Fuego!». Las cortinas de mi cama estaban en llamas. La casa entera ardía. Con gran
dificultad pudimos escapar del incendio mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó
destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y, desde entonces, me resigné a la
desesperación.
Estoy por encima de la debilidad de intentar establecer una relación de causa y
efecto entre el desastre y la atrocidad que cometí. Me limito a detallar una cadena de
hechos, y no quiero dejarme ni un posible eslabón. Al día siguiente del incendio
visité las ruinas. Todas las paredes, salvo una, se habían desplomado. La que quedaba
en pie era un tabique, de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual
se apoyaba la cabecera de mi cama. El yeso del tabique había resistido, en gran
medida, la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una apretada
muchedumbre se había reunido alrededor de esta pared y varias personas parecían
examinar parte de la misma atenta y minuciosamente. Las palabras «¡extraño!,
¡raro!» y otras expresiones semejantes despertaron mi curiosidad. Me acerqué al
lugar y vi, como grabada en bajorrelieve sobre la blanca superficie, la figura de un
gigantesco gato. La imagen mostraba una precisión verdaderamente maravillosa.
Había una cuerda alrededor del pescuezo del animal.
Al contemplar por primera vez esta aparición —porque apenas podía considerarla
otra cosa—, mi asombro y mi terror eran extremos. Pero al fin la reflexión vino en mi
ayuda. El gato, como recordé, había quedado ahorcado en el jardín, cerca de la casa.
Cuando sonó la alarma del incendio, este jardín fue invadido inmediatamente por la
muchedumbre y alguien debía de haber cortado la cuerda y tirado el animal en mi
habitación por la ventana abierta. Seguramente lo habían hecho con la intención de
despertarme. La caída de las otras paredes había empotrado a la víctima de mi
crueldad en la masa de yeso recién aplicada, cuya cal, junto con las llamas y el
amoníaco desprendido del cadáver, había producido entonces la imagen tal y como
yo la vi.
Aunque así, fácilmente, estas explicaciones calmaron mi razón, si no enteramente
mi conciencia, sobre el asombroso hecho que acabo de describir, lo ocurrido no dejó
de impresionar profundamente mi imaginación. Durante meses no pude librarme del
fantasma del gato y en todo este período mi espíritu experimentó un vago sentimiento
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que recordaba, sin serlo, el remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del
gato y a buscar en los envilecidos lugares que habitualmente frecuentaba otro animal
de la misma especie y de una apariencia semejante, que pudiera ocupar su lugar.
Una noche, mientras estaba sentado, medio borracho, en una más que infame
taberna, de pronto me llamó la atención un objeto negro que yacía sobre la tapa de
uno de los enormes toneles de ginebra o de ron, que constituían el principal
mobiliario del lugar. Durante algunos minutos yo había estado mirando fijamente la
parte superior de ese tonel y lo que me sorprendió entonces fue el hecho de no haber
visto antes el objeto que se hallaba encima. Me acerqué a él y lo toqué con la mano.
Era un gato negro, un gato muy grande, tan grande como Pluto y con un gran
parecido a él en todos los aspectos, salvo en uno. Pluto no tenía ni un pelo blanco en
el cuerpo, pero este gato mostraba una mancha blanca, grande aunque indefinida, que
le cubría casi todo el pecho.
Cuando lo toqué, se levantó en seguida, empezó a ronronear con fuerza, se
restregó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Éste era, pues, el
animal que andaba buscando. Inmediatamente propuse comprárselo al tabernero, pero
esa persona me dijo que no era el dueño, que no sabía nada del gato, y que nunca
antes lo había visto.
Seguí acariciando el gato y, cuando me levanté para marcharme a casa, el animal
se mostró dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, y a ratos me inclinaba
y lo acariciaba mientras venía a mi lado. Cuando estuvo en casa se acostumbró en
seguida y pronto llegó a ser el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, en seguida descubrí que surgía en mí una antipatía hacia el animal.
Era exactamente lo contrario de lo que yo había esperado, pero, sin que sepa cómo ni
por qué ocurría, su evidente afecto por mí me disgustaba y me irritaba. Lentamente
tales sentimientos de disgusto y molestia se transformaron en la amargura del odio.
Evitaba encontrarme con el animal; una cierta vergüenza y el recuerdo de mi acto de
crueldad me prohibían abusar de él físicamente. Durante algunas semanas no le pegué
ni lo maltraté con violencia; pero gradualmente, muy gradualmente, llegué a sentir
una inexpresable repugnancia por él y a huir en silencio de su odiosa presencia, como
si escapara de la emanación de la peste.
Lo que, sin duda, aumentaba mi odio hacia el animal fue el descubrimiento, a la
mañana siguiente de haberlo traído a casa, de que aquel gato, igual que Pluto, había
perdido uno de sus ojos. Sin embargo, precisamente esta circunstancia lo hizo más
querido de mi mujer, quien, como ya he dicho, poseía en alto grado esos sentimientos
humanitarios que una vez habían sido el rasgo distintivo de mi temperamento y la
fuente de muchos de mis más simples y puros placeres.
Con mi aversión hacia el gato, su cariño por mí parecía a la vez aumentar. Seguía
mis pasos con una pertinacia que me sería difícil hacer comprender al lector.
Dondequiera que me sentara venía a agazaparse bajo mi silla, o saltaba a mis rodillas,
cubriéndome con sus repugnantes caricias. Si me levantaba a pasear, se metía entre
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mis pies y así, casi, me hacía caer, o clavaba sus largas y afiladas garras en mi ropa y
de esa forma trepaba hasta mi pecho. En aquellos momentos, aunque ansiaba
destruirlo de un golpe, me sentía, no obstante, refrenado; en parte por la memoria de
mi crimen anterior, pero principalmente —déjenme confesarlo ya— por un terrible
temor al animal.
No era exactamente aquel temor miedo a un mal físico, y, sin embargo, no sabría
cómo definirlo de otro modo. Me siento casi avergonzado de admitir, sí, incluso
ahora, desde esta celda para criminales, casi me siento avergonzado de admitir que el
terror y el horror que aquel animal me causaba habían sido alimentados por una de las
más insignificantes quimeras que fuera posible concebir. Más de una vez, mi mujer
me había llamado la atención sobre el aspecto de la mancha de pelo blanco, de la cual
ya he hablado, y que constituía la única diferencia visible entre esa extraña bestia y la
que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque era grande, había
sido al principio muy indefinida, pero, gradualmente, casi imperceptiblemente, de
forma que mi razón luchó durante largo tiempo para rechazar ese cambio como
imaginario, la mancha fue adquiriendo una rigurosa nitidez en sus contornos. Era ya
la imagen de un objeto que tiemblo al nombrar —y por ello sobre todo odiaba, temía
y me habría librado del monstruo si me hubiese atrevido a hacerlo—, era, digo, la
imagen de una cosa atroz, horrible, ¡la imagen del PATIBULO! ¡Oh, fúnebre y
terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Y entonces sentía de veras sobre mí una desgracia mayor que la simple desgracia
humana. ¡Y pensar que una bestia, cuyo semejante yo había destruido
desdeñosamente, una bestia podía obrar sobre mí, sobre mí, un hombre creado a
imagen y semejanza de Dios, tanta insufrible miseria! ¡Ay, ni de día ni de noche
conocía ya la bendición del descanso! De día el animal no me dejaba en paz ni un
momento, y de noche despertaba yo sobresaltado por sueños de indescriptible terror
para sentir el ardiente aliento de aquella cosa en mi cara y su enorme peso —
encarnada pesadilla que no tenía yo el poder de quitarme de encima— descansando
eternamente sobre mi corazón.
Bajo la opresión de tormentos como éstos, sucumbió en mí el débil vestigio del
bien. Ya mis únicos acompañantes íntimos eran pensamientos malvados, los más
oscuros y los más malignos pensamientos. El mal humor de mi disposición habitual
creció hasta convertirse en un odio a todas las cosas y a toda la humanidad; y mi
mujer, que de nada se quejaba, era la más habitual y más paciente víctima de las
repentinas, frecuentes e incontrolables explosiones de furia a que me abandonaba
entonces ciegamente.
Un día ella me acompañó, cuando iba a algún quehacer doméstico, al sótano de la
vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras
bajaba la empinada escalera y casi me hizo caer cabeza abajo, lo cual me exasperó
hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando, en mi rabia, el temor infantil que
hasta entonces había detenido mi mano, lancé un golpe que hubiera causado la
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muerte instantánea del animal, de haber caído como deseaba. Pero la mano de mi
mujer detuvo el golpe. Provocado por su intervención, estalló en mí una rabia más
que demoníaca; logré soltar mi brazo de su mano y le hundí el hacha en la cabeza.
Cayó muerta a mis pies, sin un quejido.
Consumado el horrible asesinato, me dediqué deliberadamente a la tarea de
ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de casa, ni de día ni de noche, sin correr
el riesgo de que los vecinos me vieran. Se me ocurrieron varias ideas. Por un
momento pensé cortar el cadáver en pequeños trozos y destruirlos con el fuego. En
otro momento decidí cavar una tumba en el suelo del sótano. Luego consideré si
debía arrojarlo al pozo del jardín, o meterlo en una caja, como si fueran mercancías,
y, con los trámites normales, llamar a un mozo de cuerda para que lo retirase de la
casa. Por fin, encontré lo que me pareció un recurso mucho mejor que cualquiera de
éstos. Decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se cuenta que los monjes de
la Edad Media hacían con sus víctimas.
Para un propósito semejante el sótano era idóneo. Las paredes no habían sido
sólidamente construidas y se les había aplicado una capa de yeso basto, que la
humedad del ambiente no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes
había un saliente, motivado por una falsa chimenea, que se había rellenado de forma
que se pareciera al resto del sótano. No tenía dudas de que fácilmente podía quitar los
ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y taparlo todo como antes, de manera que
ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.
Y mis cálculos no me desilusionaron. Con una palanca saqué fácilmente los
ladrillos, y después de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo
apuntalé en esa posición y casi sin dificultad volví a colocar los ladrillos en la forma
original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé con la mayor
precaución posible un yeso que no se podía distinguir del antiguo, y revoqué
cuidadosamente, de nuevo, el enladrillado. Cuando acabé, me sentí satisfecho de que
todo hubiera quedado bien. La pared no mostraba la menor señal de haber, sido
alterada. Recogí del suelo los desechos con el más minucioso de los cuidados.
Triunfante, miré alrededor y me dije: «Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano».
Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había sido la causa de tanta
desdicha; porque al fin me sentí firmemente resuelto a matarla. Si hubiera podido
encontrar el gato en ese momento, su destino habría quedado para siempre sellado;
pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi anterior acceso de
cólera, se negaba a presentarse mientras yo siguiera de mal humor. Es imposible
describir, ni imaginar, el profundo y dichoso sentimiento de alivio que la ausencia del
odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así al menos durante
una noche, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y
tranquilamente; ¡sí, pude dormir, incluso con el peso del asesinato sobre mi alma!
Pasaron el segundo y el tercer día, y aún no volvía mi atormentador. Una vez más
respiraba como un hombre libre. ¡El monstruo aterrorizado había huido del lugar para
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siempre! ¡No volvería a verlo jamás! ¡Mi felicidad era suprema! La culpa de mi
negro acto me molestaba poco. Se habían hecho algunas indagaciones, pero éstas
hallaron respuesta sin dificultad. Incluso habían registrado la casa, pero, por supuesto,
no se descubrió nada. Yo consideraba asegurada mi felicidad futura.
Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en la casa
intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa investigación. Seguro de que
mi lugar de ocultación era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me
pidieron que los acompañara en su registro. No dejaron ningún rincón ni escondrijo
sin explorar. Al fin, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. No me temblaba ni un
solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el de quien duerme en la
inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Crucé los brazos sobre el pecho y
me puse a dar vueltas despreocupadamente. Los policías quedaron totalmente
satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo de mi corazón era demasiado fuerte
para ser reprimido. Ardía en deseos de decirles, al menos, una palabra como prueba
de triunfo, y de asegurar doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.
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—Caballeros —dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera—, me alegro de
haber disipado sus sospechas. Les deseo a todos felicidad, y un poco más de cortesía.
Por cierto, caballeros, ésta es una casa muy bien construida —en mi rabioso deseo de
decir algo con naturalidad no me daba completa cuenta de mis palabras—, me
permito decir que es una casa de excelente construcción. Estas paredes (¿ya se
marchan ustedes, caballeros?), estas paredes son de gran solidez y entonces,
empujado por el puro frenesí de mis bravatas, golpeé pesadamente con el bastón que
llevaba en la mano sobre esa misma parte de la pared de ladrillo detrás de la cual se
hallaba el cadáver de la esposa de mi alma.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas se había
silenciado la repercusión de mis golpes, cuando ¡una voz me contestó desde dentro de
la tumba! Un quejido, al principio ahogado y entrecortado como el sollozar de un
niño, que luego creció rápidamente hasta transformarse en un largo, fuerte y continuo
grito, totalmente anómalo e inhumano, un aullido, un quejumbroso alarido, mezcla de
horror y triunfo, como sólo pudiera surgir en el infierno, al unísono, de la garganta de
los condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la condenación.
Hablar de mis propios pensamientos de entonces es un disparate. Desmayándome,
di unos tambaleantes pasos hacia la pared de enfrente. Por un instante el grupo de
hombres, en la escalera, quedó inmóvil, preso de un extremo y espantoso terror. Al
momento, una docena de fuertes brazos trabajaban en la pared. Cayó de una pieza. El
cadáver, ya muy corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció erguido ante
los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el solitario
ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había
inducido al asesinato y cuya voz delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había
emparedado al monstruo en la tumba!
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Manuscrito hallado en una botella
QUINAULT, Atys[6]
De mi país y mi familia poco tengo que contar. El trato injusto y el paso de los años
me alejaron del uno y me distanciaron de la otra. Una considerable herencia me
permitió recibir una preparación poco común, y la inclinación contemplativa de mi
ánimo me facilitó la ordenación metódica de los conocimientos que mis tempranos
estudios habían ido acumulando asiduamente. Más que cualquier otra cosa, el estudio
de los moralistas alemanes me ofrecía un gran placer, no porque equivocadamente
admirase yo su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis hábitos de
pensamiento estricto me permitían descubrir sus falsedades. Se me ha reprochado con
frecuencia la aridez de mi espíritu; la falta de imaginación se me ha imputado como
un crimen; y el pirronismo[7] de mis opiniones me ha dado fama en todo momento.
En realidad temo que mi fuerte predilección por la filosofía física haya impregnado
mi mente de un error muy frecuente en nuestra época, me refiero a la costumbre de
atribuir todo suceso, incluso el menos susceptible de tal atribución, a los principios de
aquella ciencia. En general, nadie podría encontrarse menos expuesto que yo al
peligro de salirse de los severos límites de la verdad, seducido por los ignes fatui[8] de
la superstición. Me ha parecido apropiado establecer esta premisa, para que el
increíble relato que he de narrar no sea considerado el desvarío de una tosca
imaginación en vez de la experiencia positiva de una inteligencia para la cual los
ensueños de la fantasía han sido letra muerta y nula.
Después de pasar largos años viajando por el extranjero, en el año 18 me
embarqué en el puerto de Batavia, ciudad de la rica y populosa isla de Java, para
hacer un viaje al archipiélago de las islas de la Sonda[9]. Iba como pasajero, sin otro
motivo que una especie de inquietud nerviosa que me perseguía como si fuera un
espíritu maligno.
Nuestro barco era un hermoso navío de unas cuatrocientas toneladas, tenía
remaches de cobre y había sido construido en Bombay, de madera de teca de
Malabar. Transportábamos una carga de algodón y aceite de las islas Laquedivas[10].
También llevábamos a bordo bonote, azúcar de palmera, manteca clarificada de leche
de búfalo, cocos y unos cajones de opio. El arrumaje había sido torpemente hecho y,
por lo tanto, el barco aguantaba poca vela.
Partimos con poco viento, y durante muchos días navegamos por la costa oriental
de Java, sin otro incidente para paliar la monotonía de nuestro derrotero que el
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encuentro ocasional con algunos de los pequeños grabs[11] del archipiélago a donde
nos dirigíamos.
Una tarde, mientras me encontraba apoyado en el coronamiento, observé una muy
extraña y aislada nube hacia el noroeste. Era notable tanto por su color como por ser
la primera que habíamos visto desde nuestra partida de Batavia. Estuve mirándola
con gran atención hasta la puesta del sol, cuando de pronto se extendió hacia el este y
el oeste, ciñendo el horizonte con una estrecha franja de vapor que parecía una línea
de costa baja. En seguida me llamó la atención el color rojizo oscuro de la luna y la
extraña apariencia del mar. Éste pasaba por un cambio rápido y el agua parecía más
transparente que de costumbre. Aunque podía distinguir el fondo claramente, sin
embargo, al echar la sonda, descubrí que el barco se hallaba en quince brazas. El aire
se había vuelto intolerablemente cálido y se llenaba de exhalaciones en espiral
semejantes a las que despide el hierro candente. Mientras caía la noche, hasta el
último soplo de viento se extinguía, y hubiera sido imposible concebir calma más
absoluta. La llama de una vela colocada en la popa brillaba sin oscilación visible, y
un pelo largo, sostenido entre un dedo y el pulgar, colgaba sin que fuera posible
descubrir la menor vibración. No obstante, como el capitán dijo que no veía
indicación de peligro y como evidentemente estábamos derivando hacia la costa,
mandó aferrar las velas y echar el ancla. No se montó la guardia, y la tripulación,
formada principalmente por malayos, se tendió a descansar sobre la cubierta. Bajé a
la cámara, no sin sentir un claro presentimiento del mal. En realidad, todas las
apariencias justificaban mis aprensiones de un huracán. Comuniqué mis temores al
capitán; pero él no hizo caso de mis palabras y se alejó sin dignarse darme una
respuesta. Mi inquietud, sin embargo, no me permitía dormir, y alrededor de
medianoche subí a cubierta. Mientras apoyaba el pie en el último peldaño de la
escalera de toldilla, me sobresaltó un fuerte rumor como el zumbido que produce una
rueda de molino girando rápidamente, y antes de que pudiera captar el significado del
ruido descubrí que la embarcación temblaba hasta su centro. Al instante, un mar de
espuma escoró el barco y, atravesándolo de proa a popa, barrió por entero las
cubiertas.
La extremada furia de la ráfaga resultó ser, en gran medida, la salvación del
barco. Aunque se encontraba totalmente sumergido, no obstante, como sus mástiles
se fueron por la borda, después de un minuto surgió lentamente del mar, y vacilando
un rato bajo la inmensa presión de la tempestad, por fin se enderezó.
Me es imposible decir por qué milagro escapé de la destrucción. Aturdido por el
choque del agua, me encontré, después de volver en mí, apresado entre el codaste y el
timón. Con gran dificultad me puse en pie, y mirando a mi alrededor, mareado, lo
primero que me impresionó fue la idea de que nos encontrábamos entre los
rompientes, porque la vorágine formada por las montañas de espuma y agua en que
estábamos sumidos sobrepasaba en terror la creada por la más alocada imaginación.
Después de un rato oí la voz de un viejo sueco, que había embarcado con nosotros en
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el momento en que el barco partía del puerto. Le llamé con todas mis fuerzas, y al
poco rato vino tambaleándose a popa. Pronto descubrimos que éramos los únicos
supervivientes del accidente. Todos los que se encontraban en la cubierta, a
excepción de nosotros, habían sido barridos y lanzados por la borda; el capitán y los
oficiales debían de haber perecido mientras dormían, porque los camarotes estaban
inundados. Sin ayuda, no podíamos esperar hacer mucho para salvar el barco, y al
principio nuestros esfuerzos estaban paralizados por el miedo a zozobrar en cualquier
momento. El cable del ancla, por supuesto, se había roto como un bramante al primer
soplo del huracán, de lo contrario nos hubiéramos hundido en un momento.
Corríamos con terrible velocidad delante del viento y el oleaje rompía sobre la
cubierta. El armazón de popa estaba muy destrozado y en muchos aspectos el barco
había sido dañado; pero con gran alegría descubrimos que las bombas no estaban
atascadas y que no se había desplazado el lastre. Ya había pasado la furia del huracán,
y pocos peligros temíamos de la violencia del viento; pero nos inquietaba que cesara
por completo, pues creíamos que dada la desastrosa condición del barco pereceríamos
en el tremendo oleaje que seguiría de inmediato. Sin embargo, esta legítima
aprensión no parecía que de ninguna manera fuera a verse prontamente verificada.
Durante cinco días y cinco noches, en el transcurso de los cuales nuestro único
alimento fue una pequeña cantidad de azúcar de palmera conseguida con gran
dificultad en el castillo de proa, el maltratado barco voló a una velocidad que
desafiaba toda medida, impulsado por sucesivas ráfagas de viento, que aun sin igualar
la primera violencia del huracán eran más aterradoras que cualquier tempestad que
hubiera visto antes. Nuestro rumbo, con pequeñas variaciones, durante los primeros
cuatro días fue sur-sureste; y debíamos de haber pasado delante de la costa de Nueva
Holanda. Al quinto día el frío se hizo extremo, aunque el viento había girado un
punto hacia el norte. El sol se alzó con un brillo amarillo enfermizo, y subió muy
pocos grados por encima del horizonte, sin emitir una luz decisiva. No se veían
nubes, aunque el viento arreciaba y soplaba con una furia inconstante e irregular.
Hacia mediodía, según la aproximación con que podíamos adivinar la hora, otra vez
nos llamó la atención la apariencia del sol. No daba luz que mereciera propiamente
tal nombre, sino un resplandor apagado y tétrico sin reflejos, como si estuvieran
polarizados todos sus rayos. Poco antes de sumergirse en el henchido mar se
apagaron sus fuegos centrales, como si los extinguiera de repente algún inexplicable
poder. Sólo era un pálido contorno plateado mientras se precipitaba al insondable
mar.
En vano esperamos la llegada del sexto día… Ese día aún no ha llegado para mí,
y para el sueco no llegó jamás. Desde entonces estuvimos envueltos en una negra
oscuridad, hasta tal punto que no hubiéramos podido ver un objeto a veinte pasos del
barco. La noche eterna continuó rodeándonos, sin el alivio de aquella luminosidad
fosfórica del mar que solíamos ver en la zona tropical. También observamos que, si
bien la tempestad seguía bramando con violencia no disminuida, ya no se veía la
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apariencia de oleaje, o de espuma, que antes nos había circundado. Alrededor de
nosotros todo era horror y tenebrosidad profunda y un negro y moribundo desierto de
ébano. Un terror supersticioso se insinuaba gradualmente en el ánimo del viejo sueco,
y mi propia alma estaba envuelta en un asombro silencioso. Descuidamos toda
atención al barco, por considerarla completamente inútil, y después de atarnos tan
bien como pudimos al tocón del palo de mesana, mirábamos amargamente hacia
aquel mundo del océano. No teníamos medios de calcular el paso del tiempo, ni
podíamos adivinar nuestra posición. Sin embargo, éramos conscientes de haber
llegado más hacia el sur de lo que fuera cualquier otro navegante antes, y
experimentamos gran asombro al no encontrar los acostumbrados obstáculos de hielo.
Mientras tanto, cada momento amenazaba con ser el último para nosotros, cada
oleada montañosa se apresuraba a hundirnos. El oleaje sobrepasaba todo lo que yo
había antes imaginado como posible, y es un milagro que no fuéramos sumergidos al
instante. Mi compañero habló de la ligereza de nuestro cargamento y me recordó las
excelentes cualidades de nuestro barco; pero yo no podía evitar un sentimiento de
completa desesperanza de la esperanza misma, y melancólicamente me preparé para
esa muerte que en mi opinión nada podía retrasar más de una hora, ya que cada nudo
que avanzaba el barco el oleaje de las prodigiosas aguas negras se hacía más
funestamente pasmoso. A veces nos quedábamos casi sin aliento a una altura más
elevada que la del albatros, a veces nos mareábamos con la velocidad del descenso
hacia algún infierno acuoso, donde al aire quedaba estancado y ningún sonido
molestaba el sueño de los «kraken[12]».
Nos encontrábamos en el fondo de uno de estos abismos, cuando un repentino
grito de mi compañero se alzó horriblemente en la noche. «¡Mira! ¡Mira! —gritó,
chillando en mi oído—. ¡Dios todopoderoso! ¡Mira, mira!». Mientras hablaba, me di
cuenta de que un lúgubre y apagado resplandor de luz roja fluía por las laderas del
enorme abismo en donde nos hallábamos, y arrojaba un brillo vacilante sobre nuestra
cubierta. Levantando los ojos contemplé un espectáculo que heló la corriente de mi
sangre. A una terrorífica altura, justo encima de nosotros, y sobre el mismo borde del
empinado descenso, flotaba un gigantesco buque de quizá cuatro mil toneladas.
Aunque levantado sobre la cumbre de una ola de más de cien veces su propia altura,
su tamaño aparente aún excedía el de cualquier buque de guerra o de la Compañía de
Indias Orientales. Su enorme casco era de un profundo negro deslustrado, sin
ninguno de los acostumbrados adornos de un navío. De las portañolas abiertas se
proyectaba una sola fila de cañones de bronce, de cuyas superficies pulidas se
desprendían los fuegos reflejados de innumerables linternas de combate que se
balanceaban entre las jarcias. Pero lo que más nos inspiraba horror y asombro era que
el buque tomaba rumbo a sotavento con todas las velas desplegadas en medio de
aquel mar sobrenatural y aquel huracán ingobernable. Cuando lo descubrimos al
principio sólo podía verse la proa mientras se elevaba lentamente desde el tenebroso
y horrible golfo que quedaba detrás. Por un momento de intenso terror quedó parado
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el barco sobre la vertiginosa cima, como si estuviera contemplando su propia
grandeza; y entonces tembló y vaciló y… se precipitó hacia abajo.
En aquel instante no sé qué repentina serenidad se apoderó de mi espíritu.
Tambaleando me situé tan a la popa como pude y esperé sin miedo la destrucción que
nos sobrevenía. Nuestro propio navío por fin dejaba de luchar e iba zozobrando con
la proa sumergida en el mar. Por lo tanto, la masa descendente chocó con el barco en
esa parte de su armazón que ya estaba hundida y el resultado inevitable fue arrojarme,
con irresistible violencia, sobre las jarcias del buque desconocido.
En el momento de mi caída, el barco vaciló y viró, y atribuí a la confusión
reinante el que yo pasara inadvertido a los ojos de la tripulación. Con no mucha
dificultad me abrí camino hacia la escotilla principal que estaba medio abierta y
pronto encontré la oportunidad de esconderme en la cala. Apenas podría decir por
qué lo hice. Un vago sentimiento de admiración temerosa que se había apoderado de
mi mente, cuando miré por primera vez a los tripulantes, fue quizás el motivo de que
me ocultara. No estaba dispuesto a confiarme a una raza de gentes que, después de la
superficial ojeada que había podido echarles, producían en mí tanta extrañeza, duda y
aprensión. Por eso pensé que era apropiado buscar un escondrijo en la cala. Lo
conseguí quitando unas pocas tablas movibles de tal manera que me dejara sitio entre
las enormes cuadernas del buque.
Apenas había terminado mi trabajo cuando unas pisadas en la cala me obligaron a
hacer uso del escondrijo. Un hombre pasó frente a mi refugio con paso débil e
inseguro. No pude verle la cara, pero tuve la oportunidad de observar su aspecto
general. Mostraba los signos de una muy avanzada edad y de una gran debilidad.
Temblaban sus rodillas bajo el peso de los años y todo su cuerpo vacilaba al caminar.
En voz baja y entrecortada murmuraba para sí mismo unas palabras en una lengua
que no pude entender, y él buscaba algo desordenadamente en un rincón entre un
sinnúmero de instrumentos extraños y deterioradas cartas de navegación. Había en su
actitud una alocada mezcla del malhumor de la segunda infancia y de la solemne
dignidad de un dios. Por fin subió a cubierta y no volví a verlo más.
Un sentimiento, para el cual no encuentro nombre, se ha apoderado de mi alma,
una sensación que no admite análisis, ante la que las lecciones de tiempos pasados no
sirven y cuya clave temo que tampoco ofrezca el futuro. Para una mente constituida
como la mía, esta última consideración resulta ser un terrible mal. Jamás, sé que
jamás conoceré la naturaleza de mis conceptos. Sin embargo, no es extraño que estos
conceptos sean indefinidos, puesto que tienen su origen en fuentes tan absolutamente
novedosas. Un nuevo sentido, una entidad nueva se ha añadido a mi alma.
Hace ya mucho que pisé por primera vez la cubierta de este terrible navío, y creo
que los rayos de mi destino se están concentrando en un foco. ¡Hombres
incomprensibles! Envueltos en meditaciones de una especie que no puedo adivinar,
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pasan frente a mí sin darse cuenta de mi presencia. Ocultarme es un absoluto
desvarío, porque esta gente no quiere ver. Hace sólo un momento pasé directamente
delante de los ojos del contramaestre, y no hace mucho que me atreví a entrar en el
camarote privado del capitán y tomé de allí los materiales con que escribo y con que
he escrito antes. De vez en cuando seguiré escribiendo este diario. Es verdad que tal
vez no encuentre oportunidad de comunicarlo al mundo, pero no dejaré de intentarlo.
En el último momento encerraré el manuscrito en una botella y la arrojaré al mar.
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Un incidente que ocurrió me ha dado nuevos motivos de meditación. ¿Son estas
cosas evidencia de la operación de un azar ingobernable? Me había atrevido a subir a
la cubierta y me había tumbado, sin llamar la atención, entre un montón de flechastes
y viejas velas, en el fondo de un bote. Mientras meditaba sobre lo singular de mi
destino, inconscientemente pintarrajeaba yo con una brocha embadurnada de brea los
bordes de una arrastradera cuidadosamente doblada y colocada sobre un barril que
había cerca. Esta vela ya está envergada y los impensados toques de la brocha se
despliegan, formando la palabra «Descubrimiento».
Últimamente he hecho muchas observaciones sobre la estructura del navío.
Aunque está bien armado, creo que no es un buque de guerra. Sus jarcias,
construcción y equipo general, todo ello, niega una suposición semejante. Fácilmente
puedo percibir lo que el barco no es… Me temo que sea imposible decir lo que es. No
sé cómo ocurre, pero, cuando examino su extraño modelo y el raro aspecto de sus
mástiles, su enorme tamaño y su extraordinario velamen, su proa severamente
sencilla y su anticuada popa, a veces cruza por mi mente una sensación de cosas
familiares y siempre con tales sombras de memoria se mezcla un inexplicable
recuerdo de viejas crónicas extranjeras y de edades antiguas.
He estado mirando las cuadernas del buque. Está construido con un material que
desconozco. Hay un aspecto peculiar de la madera que me parece que la hace
inservible para el propósito al cual se ha aplicado. Me refiero a su extrema porosidad,
que no se relaciona con la condición carcomida que es debida a la navegación por
estos mares, ni con la podredumbre resultante de su edad. Quizá parezca una
observación demasiado extraña, pero esta madera tendría todas las características del
roble español, si el roble español fuera dilatado por medios anormales.
Al leer la frase anterior viene a mi memoria un curioso apotegma de un viejo
navegante holandés de rostro curtido por la intemperie. «Tan seguro es —
acostumbraba a decir cuando alguien ponía en duda su veracidad—, tan seguro como
que hay un mar donde el mismo barco crecerá como el cuerpo vivo de un marinero».
Hace alrededor de una hora, me atreví a meterme entre un grupo de tripulantes.
No me hicieron el menor caso y, aunque estuve en medio de ellos, parecían
totalmente ajenos a mi presencia. Igual que el primero que había visto en la cala,
todos mostraban las señales de una muy avanzada edad. Sus rodillas temblaban de
debilidad, sus hombros se doblaban de decrepitud, su piel marchitada se estremecía
en el viento, sus voces eran bajas, trémulas y entrecortadas; sus ojos brillaban con los
humores de los años, y su pelo cano ondeaba terriblemente en la tempestad. A su
alrededor, por todas partes de la cubierta, se veían esparcidos instrumentos
matemáticos de la más peculiar y anticuada construcción.
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Mencioné hace algún tiempo que una arrastradera había sido izada. Desde ese día
el barco, con el viento en popa, ha seguido su aterradora carrera hacia el sur, con
todas las velas desplegadas, desde la galleta de mástil hasta las botavaras de
arrastraderas, y hundiendo a cada momento los penoles del juanete en el más
asombroso infierno de agua que la mente del hombre podría imaginar. Acabo de bajar
de la cubierta donde me resulta imposible mantenerme de pie, aunque la tripulación
parece experimentar poca inconveniencia. Me parece un milagro de milagros que
nuestra enorme masa no sea tragada en el acto y para siempre. Sin duda estamos
destinados a flotar siempre en el mismo borde de la Eternidad, sin precipitarnos
finalmente al abismo. Por entre olas mil veces más gigantescas que las que he visto
jamás nos deslizamos con la facilidad de la rápida gaviota, y las colosales aguas alzan
las cabezas sobre nosotros como demonios de la profundidad, pero como demonios
son limitados a simples amenazas y se les prohíbe destruir. Me siento inclinado a
atribuir estos incidentes de salvación a la única causa natural que puede explicar tal
efecto. Debo suponer que el barco está sometido a la influencia de alguna fuerte
corriente o alguna impetuosa corriente de fondo.
He visto al capitán cara a cara, y en su propio camarote, pero, como yo esperaba,
no me hizo caso. Aunque en su apariencia no hay nada que a los ojos de un
observador casual pudiera señalar que sea más o menos que un hombre…, sin
embargo un sentimiento de irremediable reverencia y temor se mezclaba con el
sentimiento de admiración con que yo lo contemplaba. Tiene casi mi estatura, es
decir, unos cinco pies ocho pulgadas. Su cuerpo es de contextura sólida y firme, sin
ser robusto ni notablemente delgado. Pero es la singularidad de la expresión que
domina su cara, es la intensa, la maravillosa, la emocionante evidencia de una vejez
tan absoluta, tan extrema, que excita en mi espíritu una sensación, un sentimiento
inefable. Su frente, aunque apenas arrugada, parece llevar el sello de una miríada de
años. Sus cabellos canos son crónicas del pasado, y sus ojos, aún más grises, son
sibilas del futuro. El suelo del camarote estaba cubierto de extraños infolios con
broches de hierro, desmoronados instrumentos de ciencia y obsoletas y olvidadas
cartas de navegación. El capitán tenía la cabeza inclinada, apoyada en las manos, y
estudiaba con llameantes e inquietos ojos un papel que tomé por una comisión y que,
en todo caso, llevaba la firma de un monarca. Murmuraba para sí, como había hecho
el primer marinero que vi en la cala, unas bajas y malhumoradas sílabas en una
lengua extranjera, y aunque estaba a mi lado, su voz parecía llegar a mis oídos desde
la distancia de una milla.
El barco y todos los que navegan en él están impregnados por el espíritu de la
Antigüedad. Los tripulantes se deslizan de un lado a otro como espectros de
sepultadas centurias, sus ojos comunican un significado ansioso e intranquilo, y
cuando sus dedos aparecen ante mis ojos bajo el desolado resplandor de las linternas
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de combate, me siento como nunca antes me he sentido jamás, aunque durante toda
mi vida he sido comprador de antigüedades y fui embebiendo las sombras de las
derruidas columnas de Baalbek, Tadmor y Persépolis[13], hasta que mi propia alma se
ha convertido en una ruina.
Cuando miro a mi alrededor, me siento avergonzado de mis aprensiones
anteriores. Si temblaba ante la tempestad que ha reinado hasta ahora, ¿no me quedaré
horrorizado ante la guerra de viento y mar, para la cual las palabras tornado y huracán
resultan insignificantes e ineficaces? Alrededor del barco sólo reina la oscuridad de la
noche eterna, y un caos de agua sin espuma, pero a una legua a cada lado pueden
verse indistintamente, a ratos, enormes murallas de hielo, que se alzan hacia un
desolado cielo y parecen las paredes del universo.
Como había imaginado, resulta que el barco está en una corriente, si es apropiado
darle ese nombre a una marea que, bramando y aullando por entre el blanco hielo,
corre hacia el sur con la velocidad de una catarata que se precipita al abismo.
Supongo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones,
sin embargo una curiosidad de penetrar en los misterios de estas espantosas regiones
predomina sobre mi desesperación y me reconciliará con el aspecto más horroroso de
la muerte. Es evidente que nos apresuramos hacia algún conocimiento apasionante,
algún secreto imposible de comunicar, cuyo alcance entraña la destrucción. Quizá
esta corriente nos conduce al mismo polo sur. He de confesar que una suposición
aparentemente tan alocada tiene todas las probabilidades a su favor.
La tripulación recorre la cubierta con pasos inquietos y trémulos, pero en sus
rostros hay una expresión más propia de la vehemencia de la esperanza que de la
apatía de la desesperanza.
Mientras tanto el viento sigue de popa y, como llevamos todas las velas
desplegadas, a veces el barco se levanta en vilo sobre el mar… ¡Oh, horror de los
horrores! De repente el hielo se abre a la derecha y a la izquierda y estamos girando
vertiginosamente, en enormes círculos concéntricos, dando vueltas y vueltas por los
bordes de un gigantesco anfiteatro, las cumbres de cuyas paredes se pierden en la
oscuridad y la distancia. Pero me queda poco tiempo para pensar en mi destino, los
círculos se reducen rápidamente, nos precipitamos furiosamente a la vorágine y, entre
el rugir y el bramar y el tronar del océano y de la tempestad, el barco se estremece,
¡oh, Dios!, y… ya se hunde.
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NOTA.— El relato Manuscrito hallado en una botella se publicó originalmente en
1831 [1833], y sólo muchos años después conocí los mapas de Mercator[14], en los
que el océano se representa como precipitándose por cuatro bocas en el golfo polar
(del Norte), para ser absorbido allí en las entrañas de la tierra; el polo mismo se
representa como una roca negra, alzándose hasta una altura prodigiosa. (E. A. P.).
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Un descenso al Maelström
Ya habíamos alcanzado la cumbre del despeñadero más alto. Durante unos minutos el
viejo parecía demasiado fatigado para hablar.
—No hace mucho tiempo —dijo por fin— yo podría haberle guiado por este
camino tan bien como el más joven de mis hijos; pero hace ya unos tres años, me
ocurrió un acontecimiento que nunca antes le había ocurrido a ningún mortal (o por
lo menos de manera que algún hombre sobreviviese para contarlo), y las seis horas de
terror mortal que aguanté entonces me han quebrantado el cuerpo y el alma. Usted me
supone un hombre muy viejo, pero no lo soy. Bastó menos de un solo día para
cambiar estos cabellos de un negro azabache a blancos, para debilitar mis miembros y
trastornarme los nervios de tal forma que tiemblo cuando hago el menor esfuerzo y
me asusto de una sombra. ¿Sabe usted que apenas puedo mirar desde este pequeño
risco sin sentir vértigo?
El «pequeño risco» a cuyo borde se había tumbado a descansar tan
descuidadamente, que la parte más pesada de su cuerpo sobresalía del mismo,
mientras sólo se salvaba de la caída por la presión de su codo sobre el extremo de
canto resbaladizo, este «pequeño risco», un liso precipicio de negra roca reluciente,
se elevaba unos mil quinientos o mil seiscientos pies desde el mundo de peñascos de
más abajo. Nada me habría inducido a acercarme ni a unas seis yardas de su borde.
En realidad, tan emocionado estaba al ver la peligrosa posición de mi compañero, que
me tendí sobre el suelo, me aferré a los arbustos que había a mi alrededor y no me
atrevía siquiera a mirar hacia el cielo, mientras luchaba en vano por deshacerme de la
idea de que los mismos cimientos de la montaña estaban amenazados por la furia de
los vientos. Pasó un largo rato antes de que pudiera cobrar suficiente ánimo para
incorporarme y mirar a lo lejos.
—Usted tiene que sobreponerse a esas fantasías —dijo el guía—, porque le he
traído aquí para que tenga la mejor vista posible del escenario donde ocurrió ese
episodio que mencioné antes, y para contarle toda la historia con el lugar ante sus
ojos.
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»Ahora nos encontramos —siguió, de esa forma detallada que caracterizaba sus
palabras—, ahora nos encontramos, digo, cerca de la costa de Noruega, a sesenta y
ocho grados de latitud, en la gran provincia de Nordland y en el melancólico distrito
de Lofoden. La montaña en cuya cumbre estamos sentados es Helseggen, la Nublada.
Estírese un poco más, sujétese a las matas si se siente mareado, así, y mire allá lejos,
más allá del cinturón de niebla que hay bajo nuestros pies, hacia el mar.
Miré, sintiendo vértigo, y contemplé la ancha extensión del océano, cuyas aguas
tenían un color tan negro, que me recordó en seguida la descripción que hace el
geógrafo nubio del Mare Tenebrarum[16]. Ninguna imaginación humana podría
concebir panorama más deplorablemente desolado. A derecha e izquierda, tan lejos
como alcanzaba la mirada, se veían extendidas, como las murallas del mundo, filas de
riscos horriblemente negros y sobresalientes, cuyo aspecto tenebroso destacaba aún
más debido al oleaje que rompía contra ellos su cresta espantosa y blanca, aullando y
rugiendo eternamente.
Opuesta al promontorio sobre cuyo ápice nos hallábamos, y a una distancia de
cinco o seis millas mar adentro, se veía una pequeña isla de aspecto desolado, o, más
bien, se podría decir que su posición se percibía a través de las bravas oleadas que la
envolvían. A unas dos millas más cerca de la costa se alzaba otra isla más pequeña,
horriblemente escabrosa y estéril y rodeada a trechos por montones de oscuras rocas.
En el espacio entre la isla más lejana y la costa se notaba algo insólito en la
apariencia del océano. Aunque en aquel momento soplaba un viento tan fuerte hacia
tierra que un bergantín mar afuera estaba a la capa con dos rizos en la vela cangreja, y
a cada instante se hundía el casco entero hasta desaparecer de la vista, no había un
oleaje agitado, sino sólo un breve, rápido y furioso embate del agua en todas
direcciones, tanto frente al viento como hacia otras partes. Se veía poca espuma,
salvo en la proximidad inmediata de las rocas.
—Aquella isla en la lejanía —continuó el viejo— la llaman Vurrgh los noruegos.
La que está a mitad de camino se llama Moskoe. Aquélla, una milla al norte, es
Ambaaren. Más allá se encuentran Iflesen, Hoeyholm, Kieldholm, Suarven y
Buckholm. Aún más allá, entre Moskoe y Vurrgh, se encuentran Otterholm, Flimen,
Sandflesen y Skarholm. Éstos son los nombres verdaderos de aquellos lugares, pero
por qué creyeron preciso darles nombres, es algo que ni usted ni yo podemos
comprender. ¿Oye algo? ¿Nota algún cambio en el agua?
Llevábamos ya unos diez minutos en lo alto de Helseggen, a donde habíamos
ascendido desde el interior de Lofoden, de manera que no habíamos visto el mar
hasta que se presentó de golpe al llegar a la cumbre. Mientras el viejo hablaba percibí
un fuerte sonido que iba aumentando, como el rugir de una enorme manada de
búfalos en la pradera americana; y al mismo tiempo noté que el aspecto del mar allá
abajo, que era el que los marineros llaman picado, se iba transformando rápidamente
en una corriente lanzada en dirección este. Mientras yo seguía mirando, la corriente
adquirió una velocidad monstruosa. A cada momento aumentaba su velocidad, su
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marcado ímpetu. Cinco minutos después, todo el mar, hasta Vurrgh, se agitaba con
furia ingobernable, pero donde esa rabia dominaba más era entre Moskoe y la costa.
Allí la vasta superficie de las aguas, abierta y hendida por mil canales antagónicos,
reventaba de pronto en una convulsión frenética, levantándose, hirviendo, silbando,
girando en gigantescos e innumerables vórtices, y todo aquello formaba remolinos y
se disparaba hacia el este con una rapidez que el agua no adquiere en ninguna otra
parte, salvo en precipitadas caídas.
Pocos minutos después el panorama sufrió un nuevo cambio radical. La superficie
del agua se hizo más plana y los remolinos desaparecieron uno tras otro, mientras
prodigiosas franjas de espuma surgían donde antes no había ninguna. Al rato,
aquellas franjas se extendieron hasta una gran distancia, se unieron, y empezaron a
girar como los remolinos desaparecidos, pareciendo formar el germen de otro aún
más gigantesco. Súbitamente, muy rápido, todo aquello adquirió una existencia clara
y definida, formando un círculo de más de media milla de diámetro. El borde del
remolino estaba representado por una ancha franja de brillante espuma, pero ni una
partícula de ésta resbalaba hacia la boca del terrorífico embudo, cuyo interior, hasta
donde alcanzaba la mirada, era una lisa, reluciente y negrísima pared de agua,
inclinada hacia el horizonte en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados, que giraba
vertiginosamente con un movimiento oscilante y angustioso, lanzando a los vientos
un pasmoso clamor, medio aullido, medio rugido, que ni siquiera la poderosa catarata
del Niágara alza a los cielos en su agonía.
La montaña temblaba hasta sus mismos cimientos, y se estremecían las rocas. Me
dejé caer boca abajo y, en un exceso de agitación nerviosa, me agarré a las escasas
plantas.
—Esto —dije por fin al viejo—, esto no puede ser más que el gran remolino del
Maelström.
—Así suelen llamarlo —dijo—. Nosotros los noruegos le llamamos el Moskoe-
ström, por la isla de Moskoe, que cae en medio.
Las descripciones corrientes de aquel vórtice no me habían preparado en absoluto
para lo que vi. La de Jonas Ramus[17], que es tal vez la más minuciosa de todas, no
puede dar la menor idea ni de la magnificencia ni del horror de la escena… ni de la
extrema y perpleja sensación de novedad que confunde al espectador. No sé bien
desde qué punto de vista el mencionado escritor lo contempló, ni a qué hora del día,
pero no pudo haber sido desde la cumbre de Helseggen, ni durante una tormenta. Hay
algunos pasajes de su descripción que merecen citarse por sus detalles, aunque su
efecto es sumamente débil para comunicarnos una impresión del espectáculo.
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cosa que ocurre incluso en plena calma. Durante la pleamar, la
corriente sube entre Lofoden y Moskoe con turbulenta rapidez, pero el
estrépito de su impetuoso reflujo al mar apenas es comparable al de
las más fuertes y espantosas cataratas, porque el ruido se escucha a
varias leguas, y los vórtices o remolinos son de tal extensión y
hondura, que si un barco es atraído por ellos inevitablemente es
tragado y hundido hasta el fondo y allí se queda destrozado contra las
rocas; y cuando el agua se sosiega, los fragmentos del barco emergen
otra vez a la superficie. Pero los intervalos de tranquilidad sólo se
suceden durante los momentos del cambio de marea y con buen
tiempo, y no duran más que un cuarto de hora, antes de que la
violencia vuelva gradualmente. Cuando la corriente es más turbulenta,
con la furia incrementada por la tormenta, resulta peligroso acercarse
a una milla noruega de la tal corriente. Botes, yates y barcos han sido
arrebatados por no prevenirse contra ella antes de llegar a su alcance.
Asimismo ocurre con frecuencia que las ballenas se acercan
demasiado a la corriente y resultan vencidas por su violencia; cuando
eso acontece es imposible describir sus aullidos y bramidos en la
inútil pugna por escapar. Cierta vez, un oso, tratando de nadar de
Lofoden a Moskoe, fue atrapado por la corriente y resultó tragado
mientras rugía tan terriblemente que se le oía desde la costa. Grandes
cantidades de abetos y pinos, después de ser arrebatados por la
corriente, salen a la superficie otra vez, rotos y destrozados de tal
forma que parecen erizados de cerdas. Esto muestra claramente que el
fondo consiste en rocas escabrosas, entre las que son arrastrados y
desgarrados los árboles. Dicha corriente se regula por el flujo y reflujo
del mar; la alta y baja mar se suceden constantemente cada seis horas.
En el año 1645, a primeras horas de la mañana del domingo de
sexagésima, la corriente rugía con tanta impetuosidad y estrépito, que
las mismas piedras de las casas construidas en la costa cayeron al
suelo.
En lo que a la profundidad del agua se refiere yo no podía entender cómo habría sido
posible verificarla en la proximidad del vórtice. Las «cuarenta brazas» deben de
referirse sólo a las partes del canal cercanas a la costa de Moskoe o Lofoden. La
profundidad en el centro del Moskoe-ström debe de ser inconmensurablemente
mayor; y no hay mejor prueba de tal hecho que la obtenida con sólo echar una ojeada
al abismo del remolino desde el despeñadero más alto de Helseggen. Mirando desde
esta cima al rugiente Flegetón[18], allá abajo, no podía yo evitar sonreír de la
simplicidad con que el honrado Jonas Ramus relata, como prodigios difíciles de creer,
las anécdotas de ballenas y osos, pues me parecía de verdad evidente que aun los más
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grandes buques de guerra que hay, si caen dentro de la influencia de esa atracción
mortal, pueden resistirla tanto como una pluma frente al huracán, y desaparecerían
completa e instantáneamente.
Los intentos de explicar el fenómeno, algunos de los cuales, según recuerdo, me
habían parecido lo suficientemente verosímiles al leerlos, ahora se presentaban bajo
un aspecto muy distinto y nada satisfactorio. Por ejemplo, la idea predominante es
que este vórtice, además de otros tres más pequeños que hay entre las islas Feroe «no
tienen otra causa que el choque de las olas, al subir y bajar durante el flujo y reflujo,
contra un saliente de rocas y escollos, el cual encierra el agua para que se precipite
como una catarata; y así, mientras más alta está la marea, más profunda será la caída,
y el resultado natural de todo aquello es un remolino o vórtice, cuya prodigiosa
succión se conoce por experiencias de menor envergadura», según palabras de la
Encyclopaedia Britannica. Kircher[19] y otros imaginan, por el contrario, que en el
centro del canal del Maelström hay un abismo que penetra el globo, y que emerge en
alguna región muy remota —el golfo de Botnia se nombra específicamente en un
caso—. Dicha opinión, ociosa en sí misma, era la que mi imaginación aceptaba con
mayor facilidad, mientras contemplábamos la escena. Pero, cuando la mencioné a mi
guía, me sorprendió oírle decir que, pese a ser éste el punto de vista más aceptado por
los noruegos, él, sin embargo, lo rechazaba. En cuanto a la noción precedente,
confesó su incapacidad de comprenderla; y yo estaba de acuerdo con él, porque, si
bien parecía concluyente escrita en el papel, llega a ser enteramente ininteligible e
incluso absurda considerada entre el tronar de aquel abismo.
—Ya he podido echar una buena ojeada al remolino —dijo el viejo—, y, si viene
ahora detrás de esta roca, para estar al socaire y protegido del bramar del agua, le
contaré una historia que le convencerá de que tengo motivos para saber algo del
Moskoe-ström.
Me situé donde él deseaba y el viejo comenzó a decir:
—Mis dos hermanos y yo fuimos en una ocasión dueños de un queche aparejado
como una goleta, de unas setenta toneladas, con el cual solíamos pescar entre las islas
más allá de Moskoe, casi hasta Vurrgh. En todas las contracorrientes violentas del
mar hay buena pesca, en los momentos propicios, si uno tiene el ánimo para
intentarla; pero entre todos los habitantes de la costa de Lofoden, nosotros tres
éramos los únicos que nos acercábamos con regularidad a las islas. Las zonas
habituales de pesca se encuentran mucho más abajo, hacia el sur. Allí hay buena
pesca a todas horas sin mucho riesgo y por eso todos prefieren aquellos lugares. Las
buenas zonas de aquí, entre las rocas, sin embargo, no sólo ofrecen las mejores
variedades, sino que existen en gran abundancia, de modo que con frecuencia
pescábamos en un solo día lo que los más tímidos conseguían apenas en una semana.
En realidad, hacíamos de esto una especulación desesperada… El riesgo de la vida
correspondía al menor trabajo, y el coraje sustituía al capital.
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»Fondeábamos el queche en una caleta, a unas cinco millas costa arriba de este
lugar, y era nuestra costumbre, en buen tiempo, aprovecharnos de la calma de un
cuarto de hora para cruzar el canal principal del Moskoe-ström, muy arriba del
remolino, y luego bajar para echar el ancla en alguna parte cerca de Otterholm o
Sandflesen, donde las contracorrientes no son tan violentas como en otras zonas. Allí
solíamos quedarnos hasta casi la hora de la calma, y entonces levábamos anclas y
regresábamos a casa. Nunca empezamos esta expedición sin tener un buen viento
para la ida y la vuelta, un viento del que estuviéramos seguros que no nos fallaría
antes del regreso, y en contadas ocasiones nos equivocamos en los cálculos. Sólo dos
veces en seis años tuvimos que quedarnos la noche al ancla a causa de una calma
chicha, lo cual es de veras una cosa rara en estas aguas, y una vez nos vimos
obligados a quedarnos en la zona de pesca durante casi una semana, pasando hambre,
debido a un viento muy fuerte que se desató poco después de que llegáramos allí, y
que hacía tan turbulento el canal, que era imposible abrigar la intención de cruzarlo.
En aquella ocasión hubiéramos sido arrastrados mar afuera a pesar de todo (porque
los remolinos nos hacían girar tan violentamente, que por fin encepamos el ancla y la
arrastramos) de no ser porque derivamos hacia una de las innumerables
contracorrientes, una de esas que hoy está acá y mañana desaparece, que nos llevó al
socaire de Flimen, donde, por suerte, pudimos detenernos.
»No podría contarle ni la vigésima parte de las dificultades que encontrábamos en
aquella zona de pesca (es un mal lugar incluso con buen tiempo), pero siempre lo
solucionábamos de manera tal, que cruzábamos el mismo peligroso Moskoe-ström
sin accidente, aunque a veces tuve el corazón en la boca cuando nos retrasábamos o
nos adelantábamos unos minutos al momento de la calma. En ocasiones el viento no
era tan fuerte como habíamos pensado al salir y entonces corríamos menos de lo
deseado, mientras la corriente hacía ingobernable el queche. Mi hermano mayor tenía
un hijo de dieciocho años, y yo tenía dos fuertes muchachotes. Los tres nos hubieran
sido de gran ayuda en esas ocasiones para dar a los remos, y también para pescar
después, pero, aunque éramos capaces de correr nosotros el riesgo, no podíamos ser
tan crueles como para permitir a los jóvenes meterse en el peligro, porque, al fin y al
cabo, había un horrible peligro, ésa es la pura verdad.
»Dentro de pocos días hará tres años que ocurrió lo que voy a contarle. Era el 10
de julio de 18…, día que la gente de esta región del mundo no olvidará jamás, porque
fue cuando se levantó el huracán más terrible que haya caído jamás del cielo. Y, sin
embargo, durante toda la mañana y hasta las últimas horas de la tarde, había soplado
una suave y continua brisa del suroeste y el sol había brillado, de modo que el
marinero más viejo de entre nosotros no hubiera podido sospechar lo que iba a
suceder.
»Los tres (mis dos hermanos y yo) habíamos cruzado hasta las islas a eso de las
dos de la tarde y pronto habíamos llenado casi el queche con una excelente pesca,
que, como todos comentamos, era ese día más abundante que nunca. A las siete, por
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mi reloj, levamos anclas y nos dirigimos a casa, para atravesar lo peor del Ström
durante la calma, que según sabíamos iba a producirse a las ocho.
»Partimos con una buena brisa de estribor y durante un rato corrimos a gran
velocidad, sin pensar siquiera en el peligro, porque en realidad no teníamos el menor
motivo para temerlo. De pronto, nos desconcertó una brisa procedente de Helseggen.
Esto era insólito, algo que nunca antes nos había pasado, y yo empecé a sentirme un
poco inquieto, sin saber exactamente por qué. Enfilamos el barco contra el viento,
pero no podíamos avanzar en absoluto a causa de las contracorrientes, y yo estaba a
punto de proponer que regresáramos a donde habíamos anclado antes, cuando, al
mirar hacia atrás, vimos todo el horizonte cubierto por una extraña nube del color del
cobre que se levantaba con la más asombrosa rapidez.
»Entre tanto, la brisa que nos había desviado amainó, y nos encontramos en una
calma total, derivando hacia todos los rumbos. Este estado de cosas, sin embargo, no
duró lo bastante como para dejarnos tiempo de reflexionar. En menos de un minuto se
nos vino encima la tormenta, en menos de dos el cielo quedó encapotado por
completo, y con esto y con el torrente de espuma alrededor, de repente, se hizo tanta
oscuridad, que no podíamos vernos unos a otros en el queche.
»Es un disparate intentar describir el huracán que se levantó entonces. El
marinero más viejo de Noruega jamás vio nada parecido. Habíamos soltado todas las
velas antes de que el viento nos alcanzara, pero, al primer soplo, los dos mástiles
volaron por la borda como si los hubieran aserrado, y el palo mayor se llevó consigo
a mi hermano, el más joven, que se había atado a él, creyendo que tendría más
seguridad.
»Nuestro barco era como la pluma más liviana que jamás flotara en el agua. Tenía
una cubierta corrida, con sólo una pequeña escotilla cerca de proa, y siempre
solíamos asegurarla cuando íbamos a cruzar el Ström, por precaución contra el mar
picado. De no haber sido por esta circunstancia, habríamos zozobrado en seguida,
porque durante unos momentos quedamos totalmente sumergidos. No puedo explicar
cómo mi hermano mayor escapó a la destrucción, porque jamás tuve la oportunidad
de averiguarlo. Por mi parte, tan pronto como hube soltado el trinquete, me tiré boca
abajo sobre la cubierta, con los pies contra la estrecha borda de proa y con las manos
agarrando un perno de argolla cerca del pie del palo mayor. Fue el puro instinto lo
que me indujo a hacer eso, y fue indudablemente lo mejor que podía haber hecho,
porque estaba demasiado aturdido para pensar.
»Durante unos momentos, como he dicho, estuvimos totalmente inundados, y
todo ese rato yo contuve el aliento y me aferré al perno. Cuando ya no podía
aguantarlo más, me levanté sobre las rodillas aferrando aún el perno con las manos, y
así pude sacar la cabeza fuera del agua. Pronto nuestro pequeño barco dio una
sacudida, como la que da un perro al salir del agua, y así se liberó en alguna medida
de las aguas. Entonces yo trataba de sobreponerme al aturdimiento que me había
dominado y de recobrar mis facultades para ver lo que tenía que hacer, cuando sentí
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que alguien me cogía del brazo. Era mi hermano mayor, y mi corazón saltó de
alegría, porque con toda seguridad creía yo que se había caído por la borda, pero al
instante toda esta alegría se convirtió en horror, porque él puso la boca junto a mi
oído y gritó la palabra “¡Moskoe-ström!”.
»Nadie sabrá jamás los sentimientos que me asaltaron en aquel momento.
Temblaba de pies a cabeza como si sufriera el más violento ataque de calentura. Yo
bien sabía lo que mi hermano quería decir con esa sola palabra, sabía lo que quería
hacerme entender. Con el viento que entonces nos arrastraba íbamos derechos al
remolino del Ström, ¡y nada podía salvarnos!
»Como usted comprenderá, siempre, cuando cruzábamos el canal del Ström, lo
hacíamos mucho más arriba del remolino incluso durante el mejor tiempo, y entonces
teníamos que esperar y observar con cuidado el momento de calma. Pero ahora
íbamos lanzados directamente hacia el mismo vórtice, ¡y empujados por el más
violento huracán! “Sin duda”, pensé, “llegaremos allí justo en el momento de la
calma, eso nos da alguna pequeña esperanza…”, pero al instante me maldije por ser
tan tonto como para pensar en esperanza alguna. Bien sabía que estábamos
condenados, aunque hubiéramos tenido un barco diez veces mayor que un buque de
noventa cañones.
»Ya había pasado la primera furia de la tempestad, o tal vez no la sentíamos tanto
por estar corriendo delante de ella, pero en todo caso el mar, que al principio el viento
había aplacado, plano y espumoso, se alzaba ahora en enormes montañas. También
un extraño cambio se había producido en el cielo. En todas direcciones, a nuestro
alrededor, aún seguía tan negro como la pez; pero en lo alto, casi encima de nosotros,
se abrió de repente un círculo de cielo despejado, tan despejado como no lo he visto
nunca, y de un brillante y profundo azul, y a través de él brillaba la luna llena con un
resplandor que me era desconocido. Iluminaba todo a nuestro alrededor con la más
grande claridad, pero ¡por Dios, qué escena iluminaba!
»Hice uno o dos intentos de hablar con mi hermano, pero, de alguna manera que
no pude comprender, el estruendo había aumentado tanto que no podía hacerle oír ni
una palabra, aunque gritaba con todas mis fuerzas en su oído. Al rato meneó la
cabeza, con la cara tan pálida como la muerte, y levantó un dedo, como si dijera
“¡escucha!”.
»Al principio no pude entender lo que quería decir, pero pronto un horroroso
pensamiento cruzó por mi mente. Saqué mi reloj de la faltriquera. Estaba parado.
Eché una mirada a su esfera, a la luz de la luna, y rompí a llorar mientras lo arrojaba
lejos al mar. ¡Se había parado a las siete! ¡Llegamos después de la calma y el
remolino del Ström estaba en plena furia!
»Si un barco es de buena construcción, está bien equipado y no lleva mucha
carga, cuando corre con un fuerte viento, las olas dan la impresión de resbalar por
debajo del casco, lo cual parece muy extraño a un hombre que vive en tierra, y a eso
se le llama surcar en lenguaje marinero.
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»Pues bien, hasta entonces habíamos surcado las olas hábilmente, pero al rato un
gigantesco oleaje nos alcanzó por la bovedilla y nos alzó con él arriba, más arriba,
como si subiéramos al cielo. No habría creído que ninguna ola podía elevarse tan
alto, Y entonces bajamos en una carrera, un deslizamiento y una caída que me hizo
sentir náuseas y mareo, como si cayera en sueños desde alguna elevada cumbre de
montaña. Pero mientras nos encontrábamos en lo alto eché una rápida mirada
alrededor, y esa única mirada fue más que suficiente. Comprendí en un instante
nuestra posición exacta. El torbellino del Moskoe-ström se hallaba a un cuarto de
milla justo enfrente, pero no se parecía al Moskoe-ström de todos los días, más que la
turbulencia tal y como la ve usted ahora se parece al canal de un molino de agua. Si
yo no hubiera sabido dónde nos encontrábamos y qué habíamos de esperar, no
hubiese reconocido aquel lugar de ninguna forma. Tal cual lo vi, involuntariamente
cerré los ojos de horror. Mis párpados se apretaron como en un espasmo.
»No debían de haber pasado más de dos minutos cuando de pronto sentimos
descender las olas y quedamos envueltos en espuma. El barco dio una brusca media
vuelta a babor y se lanzó en este nuevo rumbo como un rayo. Al mismo momento el
estruendo del agua quedó ahogado por una especie de agudo alarido, un sonido como
el que se imaginaría hecho por las tuberías de muchos miles de barcos de vapor,
dejando escapar a la vez la presión de sus calderas. Ya entrábamos en el cinturón de
resaca que siempre rodea el remolino, y por supuesto pensé que en otro momento nos
hundiríamos en el abismo, el interior del cual sólo podíamos vislumbrar oscuramente,
a causa de la asombrosa rapidez con que nos arrastraba la corriente. El barco no daba
en absoluto la impresión de sumergirse en el agua, sino de flotar como una burbuja
sobre la superficie de las olas. Su banda de estribor estaba junto al remolino, y a
babor se elevaba aquel mundo del océano de donde habíamos salido. Quedaba como
una inmensa muralla tremolante entre nosotros y el horizonte.
»Tal vez le parezca extraño, pero entonces, cuando estábamos en las mismas
fauces del abismo, me sentí más sereno que cuando nos aproximábamos a él.
Decidido a no conservar más esperanza, me libré de gran parte de ese terror que al
principio me había acobardado. Supongo que fue la desesperación lo que templó mis
nervios.
»Puede parecer que me jacto, pero lo que digo es la verdad. Empecé a reflexionar
sobre lo magnífico que era morir de esa manera, y lo absurdo que era pensar en algo
tan insignificante como mi propia vida individual, frente a esa manifestación tan
maravillosa del poder de Dios. De veras creo que me sonrojé de vergüenza cuando
esta idea cruzó por mi mente. Después de un rato, se apoderó de mí la más intensa
curiosidad acerca del propio remolino. En realidad sentí un deseo de explorar sus
profundidades, pese al sacrificio que iba a hacer; y mi pena mayor era que nunca
podría contar a mis compañeros de la costa los misterios que vería. Sin duda éstas
eran extrañas fantasías para ocupar la mente de un hombre en un peligro tan grave, y
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después he pensado muchas veces que quizá las evoluciones del barco, alrededor del
vórtice, pudieron haber aturdido un poco mi entendimiento.
»Hubo otra circunstancia que ayudó a devolverme la serenidad, y fue que se
calmó el viento, que no podía alcanzarnos en el lugar donde nos encontrábamos,
porque, como usted mismo vio, el cinturón de la resaca queda bastante más bajo que
el nivel general del mar, y éste entonces se alzaba sobre nosotros como una alta y
negra cresta montañosa. Si nunca ha estado en el mar durante una fuerte borrasca, no
puede usted imaginarse la confusión mental que producen el viento y la espuma de
las olas. Le ciegan, ensordecen y ahogan y le quitan a uno todo poder de actuar o de
pensar. Pero ya nos veíamos en gran medida libres de estas molestias, igual que a los
criminales condenados a muerte se les permiten pequeños placeres que se les habían
prohibido antes de que se pronunciara la sentencia.
»Es imposible decir cuántas veces dimos la vuelta al circuito. Corrimos
alocadamente quizá una hora, volando más que flotando, acercándonos cada vez más
al centro de la gran resaca, y luego adentrándonos más y más en su horrible borde
interior. Durante todo ese tiempo no había soltado el perno de argolla. Mi hermano
estaba en la popa, aferrándose a un gran barril vacío, firmemente atado bajo el
compartimento de la bovedilla, que era la única cosa en cubierta que no había sido
barrida y arrojada por la borda cuando el viento se nos vino encima. Mientras nos
acercábamos, al borde del abismo, él dejó de aferrarse al barril y se lanzó hacia el
perno, del que, en la agonía de su terror, trató de apartar mis manos; porque el perno
no era lo bastante grande como para ofrecernos a ambos un sostén seguro. Nunca
sentí una pena más aguda que cuando le vi intentar ese acto, aunque sabía que estaba
loco cuando lo hizo, loco de atar debido al puro terror. Sin embargo, no quería yo
luchar con él. Pensé que no importaba en absoluto si el uno o el otro nos aferrábamos,
así que le dejé el perno y pasé al barril a popa. No encontré gran dificultad para hacer
eso, porque el queche volaba en círculos con bastante estabilidad, sin diferencia de
niveles, sólo balanceándose bajo las inmensas oscilaciones y movimientos del
remolino. Apenas me había asegurado en mi nueva posición, cuando dimos un gran
bandazo a estribor y nos lanzamos de proa hacia el abismo. Murmuré una apresurada
plegaria a Dios, y pensé que todo había terminado.
»Mientras sentía el mareo de la precipitada caída, instintivamente me aferré con
más fuerza al barril y cerré los ojos. Durante algunos segundos no me atreví a
abrirlos, mientras esperaba la muerte instantánea y me maravillaba de no estar ya en
lucha mortal con el agua. Pero pasó momento tras momento. Aún seguía vivo. La
sensación de caída había cesado y el movimiento del barco se parecía mucho al de
antes cuando estábamos en el cinturón de espuma, a pesar de que ahora se inclinaba
más. Cobré ánimos y otra vez miré el panorama.
»Nunca me olvidaré de las sensaciones de pavor, espanto y admiración con que
miraba a mi alrededor. El barco parecía estar colgado, como por arte de magia, a
mitad de camino hacia el abismo, sobre la superficie interior de un embudo de
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inmensa circunferencia y prodigiosa hondura, cuyas laderas perfectamente lisas se
podrían haber tomado por ébano, a no ser por la confusa rapidez con que giraban y
por el espantoso y fulgurante resplandor que despedían, mientras los rayos de la luna
llena, atravesando esa fisura circular entre las nubes que ya he descrito, caían en un
diluvio glorioso y dorado sobre las negras paredes y se derramaban hasta las más
remotas honduras abismales.
»Al principio me encontraba demasiado confundido para poder observar nada con
precisión. Todo lo que vi fue ese inmenso estallido de pavorosa grandeza. Al
recobrarme un poco, sin embargo, mi mirada cayó instintivamente hacia abajo. En
esa dirección se me ofrecía una vista completa, debido a la manera como el queche
colgaba de la superficie inclinada del vórtice. El barco iba bastante equilibrado, es
decir, la cubierta quedaba en un plano paralelo al del agua, pero éste se inclinaba en
un ángulo de más de cuarenta y cinco grados, de modo que parecía como si estuviera
muy escorado. No pude dejar de observar, sin embargo, que no me era mucho más
difícil mantenerme aferrado y balanceado en esta posición que si el barco hubiera
estado totalmente nivelado, y supongo que esto se debía a la velocidad con que
girábamos.
»Los rayos de la luna parecían buscar el mismo fondo del profundo abismo, pero
aun así no podía ver nada con claridad, debido a una espesa niebla que lo envolvía
todo, y sobre la cual se extendía un magnífico arco iris, semejante a ese estrecho y
tambaleante puente que según los musulmanes es el único sendero entre el Tiempo y
la Eternidad. Aquella neblina o rocío se producía sin duda por el choque de las
enormes paredes del embudo cuando se juntaban todas en el fondo…, pero no
intentaré describir el alarido que se alzaba al cielo desde el interior de aquella niebla.
»Nuestro primer deslizamiento al vórtice mismo, desde el cinturón de espuma de
arriba, nos había llevado una gran distancia pendiente abajo, pero el descenso ya no
guardaba ninguna proporción. Girábamos una y otra vez, no con movimiento
uniforme, sino en balanceos y sacudidas que nos mareaban y nos empujaban en un
giro de a veces sólo unos cientos de pies, a veces por casi todo el circuito del vórtice.
Nuestro avance hacia abajo, a cada revolución, era lento pero muy visible.
»Mirando alrededor, hacia la ancha extensión de ébano líquido que nos arrastraba
así, percibí que nuestro barco no era el único objeto sumido en el abrazo del
remolino. Por encima y por debajo de nosotros se veían fragmentos de navíos,
enormes masas de cuadernas y troncos de árboles, junto a muchos artículos más
pequeños, como trozos de muebles, cajas rotas, barriles y duelas. Ya he descrito la
anormal curiosidad que había reemplazado en mi interior a los terrores originales. Esa
curiosidad parecía aumentar mientras me iba acercando más y más a mi horroroso
destino. Ahora empecé a observar con un extraño interés los numerosos objetos que
flotaban a nuestro lado. Debía de haber estado delirando, porque hasta busqué
diversión en calcular las velocidades relativas que asumían en el descenso hacia la
espuma del fondo. “Este abeto”, me encontré diciendo una vez, “será sin duda el que
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dé el horrible salto y desaparezca”, y entonces me quedé desilusionado al ver que los
restos de un mercante holandés se le adelantaban y se hundían antes. Por fin, después
de hacer varias conjeturas de esta naturaleza, y de quedarme decepcionado por todas,
este hecho, el hecho de equivocarme invariablemente, me llevó a una nueva serie de
pensamientos, y entonces empecé a temblar de nuevo y mi corazón volvió a latir otra
vez pesadamente.
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»No era un nuevo terror lo que así me afectaba, sino el nacimiento de una
esperanza aún más emocionante. Esta esperanza surgió en parte de la memoria y en
parte de las observaciones que hacía. Recordé la gran variedad de materia flotante
que se veía esparcida por la costa de Lofoden, y que había sido tragada y luego
escupida por el Moskoe-ström. La gran mayoría de aquellos artículos quedaban rotos
de la manera más absoluta, tan raspados y ásperos que daban la impresión de haber
sido clavados con astillas por toda la superficie, pero entonces recordé claramente
que había algunos objetos que no estaban nada desfigurados. Me hubiera sido
imposible explicarme la razón de esta diferencia, de no ser porque los fragmentos
destrozados fueron los únicos que habían sido completamente absorbidos, que los
otros habían entrado en el remolino a una hora avanzada de la marea, o, por alguna
razón, habían bajado tan lentamente después de entrar, que no habían llegado al
fondo antes del cambio dél flujo o reflujo, según el caso. Me pareció posible, en
ambos casos, que hubieran sido lanzados otra vez al nivel del océano sin correr el
destino de los que habían sido arrastrados más temprano o habían sido tragados más
rápidamente. También hice tres observaciones importantes. La primera fue que, por
regla general, cuanto mayor era el objeto, más rápido era el descenso; la segunda, que
entre dos masas de igual tamaño, una esférica y la otra de cualquier diferente forma,
la mayor velocidad correspondía a la esfera; la tercera, que entre dos masas de igual
tamaño, la una cilíndrica y la otra de distinta forma, la cilíndrica era absorbida con
mayor lentitud.
»Desde que escapé del remolino, he hablado varias veces de este asunto con un
viejo profesor del distrito, y fue de él de quien aprendí el uso de las palabras
“cilindro” y “esfera”. Me explicó, aunque he olvidado la explicación, cómo lo que yo
había observado era de hecho el resultado natural de las formas de los fragmentos
flotantes, y me mostró cómo un cilindro, nadando en un vórtice, ofrecía más
resistencia a la succión, y era absorbido con mayor dificultad que un objeto de igual
tamaño, de cualquier otra forma[20].
»Había una asombrosa circunstancia que contribuía a reforzar estas observaciones
y a desatar mis ansias por aprovecharme de ellas. Era que, a cada vuelta, pasábamos
junto a un barril, o una verga, o un mástil roto de navío, y tales objetos, que yo había
visto flotar a nuestro nivel cuando abrí los ojos y observé las maravillas del remolino,
quedaban ahora muy por encima de nosotros y parecían haberse movido poco de su
posición original.
»Ya no vacilé más pensando lo que debía hacer. Decidí atarme firmemente al
barril de agua, al cual me aferraba ahora, soltarlo de la bovedilla, y arrojarme con él
al agua. Valiéndome de señas, llamé la atención a mi hermano, mostrándole los
barriles que se acercaban flotando a nosotros, y traté por todos los medios que tenía a
mi alcance de hacerle comprender mi plan, pero, entendiera o no, el caso es que se
negó con la cabeza desesperadamente y no quiso abandonar su lugar junto al perno.
Me era imposible obligarle a la fuerza; la urgencia no permitía demoras, y así,
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después de un amargo conflicto interior, le abandoné a su suerte, me até al barril con
las cuerdas que lo aseguraban a la bovedilla y me precipité con él al mar, sin un
momento de vacilación.
»El resultado fue precisamente el que había esperado. Ahora que le estoy
contando este relato, y como ve que escapé y como ya conoce la manera como me
salvé, puede imaginar todo lo que me queda por narrar. Abreviaré el fin de la historia.
Tal vez hubiera pasado una hora, más o menos, desde que abandoné el queche,
cuando lo vi debajo, a una gran distancia, allí dio tres o cuatro turbulentas vueltas en
rápida sucesión, y, llevándose consigo a mi querido hermano, se precipitó de proa, de
una vez para siempre, al caos de espuma del abismo. El barril al cual me había atado
se había hundido poco más que la mitad de la distancia existente entre el fondo del
abismo y el punto desde el que yo me arrojé por la borda, cuando un gran cambio se
produjo en el aspecto del remolino. La inclinación de los lados del enorme embudo se
hacía menos empinada a cada momento. La turbulencia del vórtice se hacía menos
violenta. Poco a poco fueron desapareciendo la espuma y el arco iris, y el fondo de la
vorágine parecía elevarse lentamente. El cielo estaba despejado, los vientos se habían
calmado, y la luna llena declinaba radiante por el oeste, cuando me encontré en la
superficie del océano, a plena vista de las costas de Lofoden, y justamente encima del
lugar donde había estado el remolino del Moskoe-ström. Era la hora de la calma,
pero el mar aún se agitaba con olas gigantescas por efectos del huracán. Fui
arrastrado violentamente al canal del Ström y en pocos minutos la corriente me llevó
costa abajo hacia la zona de los pescadores. Un bote me recogió, agotado y, ya que el
peligro había pasado, mudo a causa del recuerdo del horror. Los que me subieron a
bordo eran mis viejos compañeros y camaradas de todos los días, pero les resulté tan
extraño como si hubiera sido un viajero del mundo de los espíritus. Mi pelo, que el
día anterior había sido negro como las alas del cuervo, estaba tan blanco como lo ve
usted ahora. También dijeron que la expresión de mi rostro había cambiado por
completo. Les conté mi historia… y no me creyeron. Ahora se lo cuento a usted, y
apenas puedo esperar que dé más crédito a lo que digo del que le concedieron los
alegres pescadores de Lofoden.
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El entierro prematuro
Hay ciertos temas que por su interés cautivan, aunque resulten en exceso horribles
para los propósitos de la auténtica ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos
si no quiere ofender o desagradar. Sólo pueden ser tratados con propiedad cuando la
gravedad y majestad de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por
ejemplo, con la más intensa de las «penas agradables» al leer los relatos del paso del
Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres, de la masacre de San
Bartolomé o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
negro de Calcuta[21]. Pero en estos relatos lo que emociona es el hecho, la realidad, la
historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado unas pocas de las calamidades más destacadas y augustas de la
historia, pero en ellas la extensión, no menos que el carácter de la calamidad, es lo
que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y fantástico catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos
ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos
inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la última aflicción, en realidad
es particular, no difusa. Que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre
individualmente y nunca el hombre en masa…, ¡demos por eso gracias a un Dios
misericordioso!
Ser enterrado vivo es, sin la menor duda, la más terrorífica de las vivencias que
jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con
frecuencia, con mucha frecuencia, nadie en su sano juicio lo negaría. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos.
¿Quién podría decir dónde termina la una y dónde comienza la otra? Sabemos que
hay enfermedades en las cuales acontece un cese total de todas las funciones vitales y,
sin embargo, dicho cese es simplemente suspensión, para darle su justo nombre. Es
sólo una transitoria pausa en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto
período, algún invisible y misterioso principio pone en movimiento de nuevo los
mágicos piñones y las maravillosas ruedas. La cuerda de plata no quedó desprendida
para siempre, no quedó roto irreparablemente el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estuvo el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben
producir tales efectos, de que la bien conocida incidencia de tales casos de muerte
aparente debe llevar naturalmente en ocasiones a entierros prematuros, aparte de esta
consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y de la
ordinaria para probar que un gran número de tales entierros ha tenido lugar en
realidad. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien
verificados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias tal vez
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permanecen aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace
mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa
y ampliamente extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos,
abogado eminente y miembro del Congreso, cayó víctima de una repentina e
inexplicable enfermedad, que confundió por completo a sus eminentes médicos.
Después de mucho padecer, murió, o se supuso que había muerto. Nadie sospechó, y
en realidad no había motivos para hacerlo, que no estaba verdaderamente muerta.
Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. La cara adquirió el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la acostumbrada palidez
marmórea. Los ojos quedaron sin brillo. No se le notaba ningún calor. Las
pulsaciones cesaron. Durante tres días el cuerpo fue conservado sin enterrar, y en ese
tiempo adquirió una rigidez pétrea. El funeral, en suma, se apresuró a causa del
rápido avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que durante los tres años siguientes
permaneció cerrada. Al término de este plazo fue abierta para la recepción de un
sarcófago, pero ¡ay!, qué terrible choque aguardaba al marido cuando abrió en
persona la puerta. Al balancearse hacia afuera los portones, un objeto vestido de
blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer, llevando la
mortaja aún no convertida en polvo.
Una cuidadosa investigación dejó bien a las claras que había revivido a los dos
días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían hecho caer éste de la
repisa o nicho hasta el suelo, donde quedó roto de tal forma, que permitió escapar a la
mujer. Apareció vacía una lámpara que por accidente se había dejado llena, dentro de
la tumba; puede, no obstante, que se consumiera por evaporación. En los peldaños
superiores de la escalera que descendía a la espantosa cámara había un gran trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la
puerta de hierro. Mientras ella se ocupaba en eso, probablemente se desmayó o tal
vez muriera de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro
que se proyectaba hacia adentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 ocurrió en Francia un caso de inhumación de un ser vivo, en
circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación, de que la verdad es
ciertamente más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle
Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y de gran belleza. Entre sus
numerosos pretendientes se encontraba Julien Bossuet, un pobre littérateur[22], o
periodista, de París. Sus talentos y su amabilidad habían despertado la atención de la
heredera, quien, al parecer, le amaba verdaderamente; pero el orgullo de linaje de la
joven hizo por fin que tomara la decisión de rechazarlo y de casarse con monsieur
Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin
embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá incluso la maltrató. Tras haber
pasado con su marido unos años desdichados ella murió —por lo menos su estado se
parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron—. Fue enterrada,
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no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal. Lleno de desesperación
y aún inflamado por el recuerdo de su afecto profundo, el amante viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de
desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A
medianoche desenterró el ataúd, lo abrió, y en el momento de separar los cabellos,
quedó paralizado por los amados ojos que se abrieron. En realidad, la dama fue
enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias
de su amante la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido
confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a sus habitaciones
alquiladas en la aldea. Empleó ciertos poderosos remedios aconsejados por sus no
escasos conocimientos médicos. En suma, ella revivió. Reconoció a su salvador.
Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró toda la salud. No era duro
su corazón de mujer, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó
a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó
con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia,
convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama,
que sus amigos no podrían reconocerla. Sin embargo, se equivocaron, porque al
primer encuentro, monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó
la reclamación y el tribunal la apoyó, decidiendo que las extrañas circunstancias y el
largo período transcurrido habían abolido consecuente y legalmente la autoridad del
marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig —publicación de gran autoridad y mérito que
algún editor americano haría bien en traducir y publicar— relata en uno de los
últimos números un acontecimiento muy penoso de la misma naturaleza en cuestión.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue
derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza,
que le dejó de momento inconsciente; el cráneo quedó levemente fracturado, pero no
se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Le sangraron y le
aplicaron muchos otros remedios comunes. Sin embargo, cayó lentamente en un cada
vez más irremediable estado de sopor y por fin se pensó que había muerto.
Hacía un tiempo caluroso, y fue enterrado, con indecorosa rapidez, en uno de los
cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente,
el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del
mediodía sucedió una gran conmoción, provocada por un campesino que declaró que,
cuando estaba sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como
si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a
las palabras del hombre, pero el evidente terror que sufría y la terca insistencia con
que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre.
Rápidamente algunos se hicieron con palas, y la tumba, vergonzosamente superficial,
quedó en pocos minutos lo bastante abierta como para dejar al descubierto la cabeza
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de su ocupante. Entonces estaba muerto, aparentemente, pero se le veía sentado
dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Fue llevado de inmediato al hospital más cercano, y allí se le declaró aún vivo,
aunque en estado de asfixia. Después de unas horas, volvió en sí, reconoció a algunas
personas conocidas, y mediante frases inconexas relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, quedaba claro que debía de haber estado consciente durante más
de una hora, mientras estaba enterrado, antes de caer en la insensibilidad. La tumba
había sido llenada descuidadamente de una tierra excesivamente porosa y suelta, y así
dejó entrar algo de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató
de hacerse oír. Fue el tumulto en el parque del cementerio, dijo, lo que pareció
despertarlo de un profundo sueño, pero apenas despierto se dio cuenta de los
espantosos horrores de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia escrita, iba mejorando y parecía
encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima del
charlatanismo de las experimentaciones médicas. Se le aplicó la batería galvánica[23]
y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso
bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de
devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado durante dos
días. Esto ocurrió en 1831, y por aquel entonces causaba profunda sensación en todas
partes donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre
tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus
médicos. Después de su aparente fallecimiento se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem[24], pero se negaron a permitirlo. Como sucede con
frecuencia ante tales negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a gusto, en privado. Fácilmente hicieron arreglos con algunos de los
numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera
noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado.
Ya se había practicado una incisión de cierta longitud en el abdomen, cuando el
aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos y lograron los efectos acostumbrados, sin nada de particular
en ningún sentido, salvo en una o dos ocasiones, en las que cierta acción convulsiva
señalaba un grado mayor del normal en la apariencia de vida.
Se estaba haciendo tarde. Era casi la hora del amanecer y se juzgó oportuno, al
fin, proceder en seguida a la disección. Sin embargo, un estudiante tenía especiales
deseos de probar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los
músculos pectorales. Se hizo una tosca incisión y se apresuró a aplicar el alambre;
entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de
la mesa, dio un paso hacia el centro del cuarto, miró intranquilo a su alrededor unos
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instantes y entonces… habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero las palabras fueron
pronunciadas y las sílabas se oyeron claramente. Después de hablar cayó
pesadamente al suelo.
Durante unos momentos todos quedaron paralizados de asombro, mas la urgencia
del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton
estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin
embargo, se les estuvo ocultando todo conocimiento de la resurrección hasta que ya
no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquéllos y su extasiado
asombro.
La peculiaridad más emocionante de este incidente, sin embargo, se encuentra en
lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo
el sentido, que de un modo borroso y confuso se daba cuenta de todo lo que le estaba
ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta
aquel en que cayó desmayado sobre el piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las
incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado
pronunciar en aquel grave instante de peligro.
Sería cosa fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque de
veras no nos hacen falta para establecer el hecho de que ocurren entierros prematuros.
Cuando reflexionamos acerca de las raras veces en que, por la naturaleza del caso,
tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren
frecuentemente sin que lo sepamos. En realidad, casi nunca se ha invadido con cierta
amplitud un cementerio, por cualquier razón, sin que aparecieran esqueletos en
posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas.
De veras es espantosa la sospecha, ¡pero más espantoso es el destino! Puede
afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso resulta tan terriblemente cierto para inspirar
la más extrema de las angustias físicas y mentales que el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la
tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la
oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor, estas cosas, junto con los deseos del aire y
de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de queridos amigos que volarían a
salvarnos sólo con que se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca
pueden saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los verdaderamente
muertos, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de
pasmoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No
conocemos nada tan angustioso en la tierra, no podemos ni soñar con nada tan
horrible en los dominios del más remoto infierno. Y por eso todos los relatos sobre el
asunto en cuestión despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a
la temerosa reverencia hacia el propio tema, depende justa y específicamente de
nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es algo
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que corresponde a mi propio conocimiento, a mi propia, personal y verídica
experiencia.
Durante varios años había yo sufrido de ataques de ese raro trastorno que los
médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones, e incluso la diagnosis
misma de esta enfermedad, siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y
manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una
especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las
pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor,
una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los
labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante acción de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas y aun meses, mientras el examen más cuidadoso y
las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material
entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla
general, lo salvan del entierro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y que alimentan la consiguiente sospecha, corroborada sobre todo por la
ausencia de la corrupción. El progreso de la enfermedad es, por fortuna, gradual. Las
primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada
vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En ello reside la mayor
seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera
la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo
a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los
textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un
estado de semisíncope o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la
vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la
enfermedad me devolvía, súbitamente, al perfecto conocimiento. Otras veces el
ataque era rápido, impetuoso. Me sentía enfermo, aterido, con escalofríos y mareos, y
así caía postrado en seguida. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro,
silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. De estos últimos ataques despertaba, sin embargo, lenta y gradualmente, en
contra de lo repentino del acceso. Así como el día amanece para el mendigo que vaga
por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos y sin casa, así tan
lenta, tan cansada, tan alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero aparte de esta tendencia a caer en trance, mi salud general parecía buena, y
no podía percibir que le afectara en absoluto esa sola enfermedad, a no ser que en
efecto una peculiaridad de mi sueño normal pudiera considerarse como provocada
por ella. Al despertarme nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis
facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y
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perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en especial se
encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia
moral. Mi imaginación se fue tornando sepulcral. Hablaba de «gusanos y tumbas y
epitafios». Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto
me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era
excesiva; durante la segunda, era suprema. Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, con absoluto temor a pensar, temblaba, temblaba como las
trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la
vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, porque me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme como ocupante de una tumba. Y
cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un
mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la
única, predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para
mi relato una visión solitaria. Creí que estaba inmerso en un trance cataléptico de más
duración y profundidad que lo normal. De repente sentí una mano helada en mi frente
y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído la palabra: «¡Levántate!».
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había
despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en
que me encontraba entonces. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis
pensamientos, la fría mano me cogió furiosamente de la muñeca, sacudiéndola con
petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:
—¡Levántate! ¿No te he pedido que te levantes?
—¿Y tú —pregunté— quién eres?
—No tengo nombre en las regiones donde habito —replicó la voz tristemente—.
Fui mortal y soy espectro. Era despiadado, pero ahora soy piadoso. Sientes que me
estremezco. Me rechinan los dientes mientras hablo, pero no es por el frío de la
noche, de la noche sin fin. Mas este horror es insoportable. ¿Cómo puedes tú dormir
tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas grandes agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche
exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es éste un espectáculo de aflicción…?
¡Mira!
Miré y la figura invisible que aún me aferraba la muñeca había logrado que se
abrieran las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salía el débil resplandor
fosfórico de la descomposición, de modo que pude ver sus más escondidos rincones y
allí mirar los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño junto al gusano. Pero
¡ay!, los verdaderos durmientes eran menos, por muchos millones, que aquellos que
no dormían en absoluto, y había una débil lucha y había una triste y general
intranquilidad, y desde las profundidades de los innumerables pozos salía un
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melancólico susurro de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que
parecían reposar tranquilos, vi que un inmenso número había cambiado, en mayor o
menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron originalmente sepultados. Y
la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:
—¿No es, ¡ah!, no es un lastimoso espectáculo?
Pero, antes de que pudiera encontrar palabras para contestar, la figura había
dejado de aferrarme la muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron, y las tumbas se
cerraron con una repentina violencia, mientras de ellas brotaba un tumulto de gritos
desesperados, diciendo otra vez:
—¿No es, ¡oh, Dios!, no es un espectáculo lastimoso?
Fantasías como ésta, presentándose de noche, extendían su terrorífica influencia
aun hasta llegar a mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron trastornados, y caí
víctima de perpetuo horror. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a
practicar ningún ejercicio que me alejara de la casa. En realidad no me atrevía a
apartarme de la presencia inmediata de aquellos que conocían mi propensión a la
catalepsia, por miedo a que, en uno de mis acostumbrados ataques, me enterraran
antes de averiguar mi verdadero estado. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis
amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo que el acostumbrado, se
dejaran convencer de que no tenía remedio. Incluso llegaba a temer que, como les
causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar cualquier ataque
prolongado como excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía los juramentos
más sagrados de que en ninguna circunstancia me enterrarían hasta que la
descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese toda conservación. Y aun así
mis terrores mortales no atendían a razón ninguna, no aceptaban ningún consuelo.
Empecé a aguardar una serie de complejas precauciones. Entre otras cosas, mandé
remodelar la cripta familiar de forma tal, que podía abrirse fácilmente desde el
interior. ¡La más ligera presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy
dentro de la tumba, bastaba para abrir rápidamente los portones de hierro! También
estaba prevista la libre admisión de aire y luz, y adecuados recipientes con alimentos
y agua, al alcance del ataúd, preparado para recibirme. Este ataúd estaba acolchonado
de forma suave y cálida y provisto de una tapa, hecha según el principio de la puerta
de la cripta, con el añadido de resortes ideados de tal modo, que el más débil
movimiento del cuerpo bastaría para soltarla. Además de todo ello, del techo de la
tumba colgaba una gran campana, cuya cuerda pasaría por un agujero en el ataúd y se
ataría a una de las manos del cadáver. Pero ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el
destino del hombre? ¡Ni siquiera estas seguridades tan bien ingeniadas bastaban para
librar de las más extremadas agonías de la inhumación en vida a un infeliz
predestinado a ellas!
Llegó una época, como me había ocurrido antes a menudo, en que me encontraba
emergiendo, de un total estado de inconsciencia, a la primera sensación débil e
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indefinida de la existencia. Lentamente, con gradación de tortuga, se acercaba el
pálido amanecer gris del día psíquico. Una torpe inquietud. Una resistencia apática de
sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna, esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso aún más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un
período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual los sentimientos
que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, un breve
hundimiento en la negación del ser; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el leve
estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror,
mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y
entonces, el primer esfuerzo positivo por pensar. Y entonces, el primer intento de
recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces la memoria ha
recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo consciencia de mi estado.
Siento que no me estoy despertando de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido
de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, abruma
mi tembloroso espíritu el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre
presente.
Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, quedé inmóvil. ¿Y
por qué? No podía reunir el valor suficiente para moverme. No me atrevía a hacer el
esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que
era seguro. La desesperación —tal como ninguna otra clase de desdicha produce
jamás—, sólo la desesperación, me empujó, después de una profunda duda, a abrir
mis pesados párpados. Lo hice. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había
terminado. Sabía que la manifestación más crítica de mi trastorno había pasado hacía
mucho. Sabía que, a la sazón, había recuperado el uso de mis facultades visuales, y,
sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, la intensa y absoluta falta de luz de la noche
que dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y me lengua reseca se juntaban convulsivamente, pero
ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de
una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón a cada laboriosa y difícil
inspiración.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me demostró que
estaban atadas, como se les hace a los muertos. Sentí, también, que yacía sobre
alguna materia dura, y a la par mis flancos se hallaban estrechamente prietos por algo
semejante. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin
levanté con violencia mis brazos, que estaban rígidos, con las muñecas cruzadas.
Chocaron contra madera sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a una distancia de
sólo seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un
ataúd.
Y entonces, en medio de todas mis infinitas desdichas, vino dulcemente el
querubín de la esperanza, porque pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice
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espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas
buscando la cuerda de la campana: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinaba triunfante; porque no pude
evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que yo había preparado tan
cuidadosamente, y entonces también llegó de pronto a mis narices el fuerte y especial
olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había
caído en trance cuando me encontraba lejos de casa, entre forasteros —cuándo o
cómo, no podía recordarlo—, y me habían enterrado como a un perro, metido en
algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado a lo profundo, a lo profundo y
para siempre, de alguna tumba ordinaria y anónima.
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Mientras esta horrible convicción se abría paso con fuerza hasta lo más íntimo de
mi alma, otra vez luché por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo,
salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó por los reinos de la noche
subterránea.
—Oye, oye, ¿qué es eso? —dijo una áspera voz, en respuesta.
—¿Qué diablos pasa ahora? —dijo un segundo.
—¡Fuera de ahí! —dijo un tercero.
—¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés? —dijo un cuarto, y
entonces unos individuos de aspecto muy rudo me cogieron y me sacudieron sin
ceremonia durante varios minutos. No es que me despertaran del sueño, porque ya
estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión
de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado por un
amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río
James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. El camarote de una
pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos había ofrecido
el único refugio asequible. Nos contentamos como pudimos y pasamos la noche a
bordo. Yo dormía en una de las dos únicas literas, y no hace falta describir las literas
de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de
cama de ningún género. Su anchura mayor medía dieciocho pulgadas. La distancia
entre el fondo y la cubierta era, justamente, la misma. Me había resultado dificilísimo
introducirme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión —porque
no fue ni sueño ni pesadilla— surgió naturalmente de las circunstancias de mi
postura, de la propensión habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he
mencionado, de concentrar mis sentidos, sobre todo de recobrar la memoria durante
un largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los
tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la
misma carga procedía el olor a tierra. La venda alrededor de las mandíbulas era el
pañuelo de seda que me había atado en la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel
momento a las de la verdadera sepultura. Eran terriblemente, eran increíblemente
espantosas; pero del mal procedió un bien, porque su mismo exceso provocó en mi
espíritu una revulsión inevitable. Mi alma adquirió temple, adquirió serenidad. Salía
al campo. Hacía ejercicio vigoroso. Respiraba el aire libre del cielo. Pensé en más
cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan[25].
No leí más Pensamientos nocturnos, ni rimbombancias sobre cementerios, ni cuentos
de miedo como el presente. En resumen, me convertí en un hombre nuevo y viví una
vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre mis
aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los trastornos catalépticos, de
los cuales quizá fueron menos la consecuencia que la causa.
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Hay momentos en que, aun para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra
triste humanidad puede asumir la apariencia del infierno, pero la imaginación del
hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva
legión de los terrores sepulcrales no puede considerarse como completamente
imaginaria, pero igual que los demonios en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por
el Oxus[26], deben dormir o nos devorarán…, debemos permitirles dormir, o
pereceremos.
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Los hechos en el caso del señor Valdemar
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cierta del señor Valdemar hablar tranquilamente de su cercana muerte, como de algo
que él no había de evitar ni lamentar.
Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por vez primera, fue muy
natural, por supuesto, que pensara en Valdemar. Conocía demasiado bien la serena
filosofía de mi amigo para temer sus escrúpulos; y no tenía él parientes en América
cuya intromisión fuera probable. Le hablé francamente del tema; y para mi sorpresa
pareció interesarle vivamente. Digo para mi sorpresa, pues, aunque siempre se había
entregado libremente a mis experimentos, nunca antes había mostrado simpatía por lo
que yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo exacto respecto al
momento en que sobrevendrá la muerte; y por fin convinimos en que me mandaría
llamar unas veinticuatro horas antes del momento anunciado por sus médicos para su
fallecimiento.
Hace ahora algo más de siete meses que recibí del señor Valdemar la siguiente
nota:
Estimado P…:
Ya puede usted venir. D… y F… coinciden en que no pasaré de
mañana a medianoche, y creo que han calculado muy bien la hora.
Valdemar
Recibí esta nota media hora después de que fuera escrita, y un cuarto de hora más
tarde me encontraba ya en la habitación del moribundo. No le había visto desde hacía
diez días, y quedé asombrado al observar la terrible alteración que tan breve período
había obrado en él. Tenía la cara de un color plomizo; los ojos estaban absolutamente
sin brillo; y la demacración era tan extrema, que la piel se le había abierto en los
pómulos. La expectoración era excesiva. El pulso apenas se percibía. Sin embargo,
conservaba, de forma harto extraordinaria, su capacidad mental y cierto grado de
fuerza física. Habló con claridad, tomó unas medicinas paliativas sin ayuda ajena, y
cuando yo entré en el cuarto, lo hallé ocupado en escribir notas en una libreta. Estaba
incorporado en la cama, apoyado en almohadas, y los doctores D… y F… le atendían.
Después de estrechar la mano a Valdemar, llevé a estos señores a un lado y les
pedí un relato minucioso del estado del paciente. Desde hacía dieciocho meses el
pulmón izquierdo estaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y por supuesto
resultaba totalmente inútil para mantener la vitalidad. El derecho, en la parte superior,
también estaba parcial o completamente osificado, mientras que la región inferior
sólo era una masa de tubérculos purulentos entremezclados. Existían varias y
extensas perforaciones; y en un punto se había producido una adherencia permanente
a las costillas. Estas condiciones del lóbulo derecho eran de fecha relativamente
reciente. La osificación se había extendido con una rapidez bastante insólita, pues un
mes antes no se habían descubierto señales de la misma, y la adherencia sólo se había
observado en los tres últimos días. Aparte de la tuberculosis, los médicos
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sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación hacían
imposible un diagnóstico exacto. Ambos médicos opinaban que Valdemar moriría al
día siguiente a eso de la medianoche (un domingo). Eran entonces las siete de la tarde
del sábado.
Al abandonar la cabecera del enfermo para hablar conmigo, los doctores D…
y F… se despidieron de él por última vez. No tenían intención de volver a verle; pero,
a petición mía, convinieron en visitar al paciente a eso de las diez de la noche del día
siguiente.
Cuando se habían ido, hablé francamente con Valdemar del tema de su cercana
muerte y también, más especialmente, del propuesto experimento. Aún se mostró
muy dispuesto e incluso ansioso de que se hiciera, y me pidió que lo empezara en
seguida. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, estaban de servicio, pero no me
sentía en libertad de participar en una intervención de tal naturaleza sin testigos más
fiables de lo que estas personas pudieran ser en caso de algún accidente repentino.
Por eso aplacé el experimento hasta cerca de las ocho de la noche del día siguiente,
cuando la llegada de un estudiante de medicina a quien conocía (el señor
Theodore L…l) me libró de toda preocupación. En un principio mi propósito era
esperar a los médicos, pero me sentí persuadido a proceder, primero, por la urgente
insistencia de Valdemar, y segundo, por mi convicción de que no había un momento
que perder, ya que con toda evidencia empeoraba rápidamente.
El señor L…l tuvo la amabilidad de asentir a mi deseo de que tomara nota de todo
lo que ocurriera; y lo que ahora voy a relatar está sacado de sus apuntes, ya en forma
abreviada o verbatim[33].
Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, tomando la mano del paciente, le
rogué que declarase, tan claramente como pudiera, al señor L…l si él (Valdemar)
estaba totalmente dispuesto a que yo hiciera el experimento de hipnotizarlo en su
estado actual.
Contestó, débil pero de modo audible:
—Sí, quiero ser hipnotizado —y añadió inmediatamente después—: Temo que lo
haya retrasado demasiado tiempo.
Mientras así hablaba, comencé los pases que antes había yo encontrado que eran
efectivos para someterlo. Evidentemente quedó influido por el primer movimiento
lateral de mi mano sobre su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, no se
produjeron más efectos perceptibles hasta unos minutos después de las diez, cuando
los doctores D… y F… llegaron, acudiendo a la cita acordada. En pocas palabras les
expliqué cuál era mi propósito y, como no tenían nada que objetar, considerando que
el paciente ya estaba en agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los
pases laterales por otros verticales, y dirigiendo mi mirada enteramente al ojo derecho
del enfermo.
A esta altura su pulso resultaba imperceptible y su respiración eran estertores, a
intervalos de medio minuto.
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Este estado siguió casi sin alteración durante un cuarto de hora. Al final de este
período, un suspiro natural pero muy profundo escapó del pecho del moribundo y
cesó la estertórea respiración, es decir, los estertores ya no eran perceptibles, y los
intervalos de la respiración no disminuían. Las extremidades del paciente estaban
heladas.
A las once menos cinco percibí señales inequívocas de influencia mesmérica. La
mirada vidriosa se transformó en esa expresión de inquieto examen interior, que
jamás se ve salvo en casos de sonambulismo, y sobre el cual es imposible
equivocarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice temblar sus párpados, como
al acercarse el sueño, y con unos cuantos más los cerré por completo. Sin embargo,
no me quedé satisfecho con este estado, sino que continué vigorosamente las
manipulaciones, con el pleno empleo de mi voluntad, hasta que dejé rígidos los
miembros del dormido, a quien había colocado en una posición que parecía cómoda.
Las piernas estaban completamente estiradas y los brazos reposaban en la cama a los
lados de su cuerpo. La cabeza quedaba sólo ligeramente elevada.
Cuando había logrado todo esto, ya era plena medianoche, y pedí a los caballeros
presentes que examinaran el estado de Valdemar. Después de varios experimentos,
admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance
mesmérico. La curiosidad de ambos médicos se despertó en sumo grado. El doctor
D… en seguida decidió quedarse al lado del paciente toda la noche, mientras que el
doctor F… se despidió, prometiendo regresar al amanecer. El señor L…l y los
enfermeros también se quedaron.
Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta alrededor de las tres de la
mañana; luego me acerqué a él y le encontré, precisamente, en el mismo estado en
que le había dejado cuando el doctor F… se fue, es decir, se encontraba en la misma
posición, el pulso era imperceptible, la respiración era leve (apenas se notaba sin
acercarle un espejo a los labios), los ojos estaban cerrados de forma natural y los
miembros rígidos y tan fríos como el mármol. A pesar de eso, la apariencia general,
indudablemente, no era la de la muerte.
Al acercarme a Valdemar intenté influir sobre su brazo derecho, al objeto de que
siguiera al mío, mientras lo pasaba suavemente de un lado a otro por encima de su
cuerpo. En semejantes experimentos con tal paciente nunca antes había logrado esto,
y ciertamente no pensaba lograrlo ahora. Pero, para mi asombro, su brazo siguió sin
demora, aunque débilmente, cada movimiento que el mío le señalaba. Decidí
arriesgar unas palabras de conversación:
—Valdemar ¿duerme usted? —pregunté.
No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, y me animé a repetir la
pregunta, una y otra vez. A la tercera repetición, todo su cuerpo se agitó con un ligero
estremecimiento, los párpados se abrieron tanto como para mostrar una línea blanca
de los ojos, los labios se movieron torpemente y de entre ellos, en un murmullo
apenas audible, brotaron las palabras:
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—Sí… estoy dormido. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!
Palpé sus miembros y los encontré tan rígidos como antes. El brazo derecho
obedecía como antes al movimiento de mi mano. De nuevo interrogué al hipnotizado:
—¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar?
La respuesta fue ahora inmediata, pero aún menos audible que antes:
—Dolor, no… Estoy muriendo.
No me pareció aconsejable molestarle más por el momento y no le dije ni le hice
nada más hasta la llegada del doctor F…, quien se presentó un poco antes de la salida
del sol y expresó ilimitado asombro al encontrar al paciente aún con vida. Después de
tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que hablara otra vez con el
hipnotizado. Lo hice, diciendo:
—Valdemar, ¿aún duerme usted?
—Sí, aún duermo…, muriendo.
Ahora la opinión, o mejor dicho el deseo de los médicos, era que Valdemar se
quedara sin ser molestado en su actual estado aparentemente tranquilo hasta que
sobreviniera la muerte, cosa que, según todos, debería suceder dentro de pocos
minutos. Decidí, sin embargo, hablar con él una vez más y simplemente repetí mi
pregunta anterior.
Mientras le hablaba, un marcado cambio se produjo en la cara del hipnotizado.
Los ojos se abrieron lentamente, las pupilas giraron hacia arriba y desaparecieron, la
piel cobró un color cadavérico, semejante no tanto al pergamino como al papel
blanco; las héticas manchas redondas que hasta ahora se veían claramente en el
centro de cada mejilla se apagaron en el acto. Empleo esta expresión porque el
carácter repentino de su desaparición me hizo pensar más que nada en una vela que se
apaga de un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se separó de los dientes, que
antes había cubierto por completo; y la mandíbula inferior cayó con un estirón
audible, dejando la boca muy abierta y revelando, a plena vista, una lengua hinchada
y ennegrecida. Creo que todos los miembros del grupo allí presentes estaban
acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte; pero la apariencia de Valdemar
en este momento era tan desmesuradamente horrible, que hubo un movimiento
general de separarse de la cama.
Ahora creo que he llegado a un punto en este relato en que el lector se verá
asombrado hasta la absoluta incredulidad. No obstante, mi deber es, simplemente, el
de continuar.
Ya no había el más débil indicio de vida en Valdemar, y, creyéndole muerto, ya
íbamos a confiarlo a los enfermeros, cuando observamos un fuerte movimiento
vibratorio de su lengua. La vibración siguió durante, tal vez, un minuto. Al final de
este tiempo, de las mandíbulas abiertas e inmóviles brotó una voz, una voz tal, que
sería una locura de mi parte intentar describir. Hay, en realidad, dos o tres epítetos
que podrían aplicársele y que resultarían en parte adecuados; yo podría decir, por
ejemplo, que el sonido era áspero, inconexo y hueco; pero el horrible conjunto es
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indescriptible, por la sencilla razón de que semejantes sonidos jamás han irritado los
oídos de los hombres. Dos características, sin embargo —según creía entonces y aún
creo—, podrían calificarse como propias de aquella entonación, como adecuadas para
dar una idea de su peculiaridad aterradora, sobrenatural. En primer lugar, la voz
parecía llegar a nuestros oídos —por lo menos a los míos— desde una larga distancia,
o desde una caverna situada en las profundidades de la tierra. En segundo lugar, me
produjo la misma sensación (temo, de veras, que sea imposible hacerme entender)
que las materias gelatinosas o glutinosas producen en el sentido del tacto.
He hablado de ambos, «sonido» y «voz». Quiero decir que el sonido consistía en
un silabeo claro, de una claridad incluso maravillosa y emocionante. El señor
Valdemar hablaba, y era evidente que contestaba a la pregunta que le hice unos
minutos antes. Le había preguntado yo, como se recordará, si seguía durmiendo. Y
entonces dijo:
—Sí…, no… Estuve durmiendo…, y ahora, ahora…, estoy muerto.
Nadie de los presentes aparentó negar ni intentó reprimir el inexpresable,
escalofriante horror que aquellas pocas palabras, así pronunciadas, eran capaces de
comunicar. El señor L…l (el estudiante) se desmayó. Los enfermeros escaparon de la
habitación a toda prisa y fue imposible convencerlos de que volvieran. No aspiro a
que mis propias impresiones sean inteligibles al lector. Durante casi una hora, en
silencio, sin pronunciar una palabra, nos ocupamos en reanimar al señor L…l.
Cuando volvió en sí, otra vez nos pusimos a investigar el estado de Valdemar.
Seguía en todos los aspectos como lo he descrito la última vez, con excepción de
que el espejo ya no ofrecía señales de respiración. Fracasó un intento de hacer sangrar
su brazo derecho. Debo mencionar, también, que el brazo ya no obedecía a mi
voluntad. En vano traté de hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal
cierta de la influencia mesmérica se encontraba ahora en el movimiento vibratorio de
la lengua, cada vez que yo volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Parecía hacer
esfuerzos por contestar, pero ya no tenía voluntad suficiente. Parecía totalmente
insensible a preguntas hechas por cualquiera que no fuera yo, aunque yo trataba de
poner a cada uno de los presentes en relación mesmérica con él. Creo que ya he
narrado todo lo necesario para entender el estado del hipnotizado en este período. Se
llamó a otros enfermeros; y a las diez salí de la casa acompañado por los dos médicos
y el señor L…l.
Por la tarde volvimos a visitar al paciente. Su estado seguía siendo el mismo.
Ahora discutimos un rato sobre la conveniencia y la viabilidad de despertarle, pero
sin gran dificultad llegamos a la conclusión de que hacerlo no serviría a ningún
propósito. Era evidente que, hasta ese instante, la muerte (o lo que normalmente se
denomina muerte) había sido frenada por el proceso mesmérico. A todos nos parecía
claro que despertar a Valdemar, simplemente, aseguraría su inmediato, o por lo
menos su rápido, fallecimiento.
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Desde ese momento hasta fines de la semana pasada —un periodo de casi siete
meses— seguimos visitando a diario la casa de Valdemar, acompañados de vez en
cuando por médicos y otros amigos. Durante todo ese tiempo el hipnotizado se
conservaba exactamente como lo he descrito la última vez. Los enfermeros lo
atendían continuamente.
Fue el viernes pasado cuando por fin decidimos hacer el experimento de
despertarle, o de intentar despertarle; probablemente fue el infeliz resultado de este
experimento lo que ha dado lugar a tanta discusión en círculos privados y a una
emoción popular que no puedo dejar de considerar como injustificada.
Con el propósito de librar a Valdemar del trance mesmérico, empleé los pases
acostumbrados. Durante un rato, éstos resultaron inútiles. La primera señal de un
retorno a la vida lo proporcionó un descenso parcial del iris. Se observó, como
especialmente notable, que este descenso de la pupila fue acompañado por un
abundante flujo de icor[34] amarillento de debajo de los párpados, que despedía un
olor penetrante y sumamente repulsivo.
Ahora me sugirieron que debía tratar de influir sobre el brazo del paciente, como
al principio. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F… expresó el deseo de que
interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:
—Valdemar, ¿puede usted explicarnos lo que siente o lo que desea ahora?
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Instantáneamente reaparecieron los círculos héticos en las mejillas, la lengua
tembló o, mejor dicho, se movió violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y
los labios quedaban rígidos como antes), y por fin la misma odiosa voz, que ya he
descrito, brotó:
—¡Por amor de Dios! ¡De prisa, de prisa! ¡Hágame dormir… o de prisa…
despiérteme… de prisa! ¡Le digo que estoy muerto!
Perdí por completo la serenidad, y por un momento me quedé sin saber qué hacer.
Primero intenté tranquilizar al paciente, pero, al fracasar, debido a la total ausencia de
la voluntad, volví a comenzar y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. En este
intento pronto vi que tendría éxito —o por lo menos imaginé que mi éxito sería
completo—, y estoy seguro de que todos los allí presentes estaban preparados para
ver despertar al paciente.
Pero lo que ocurrió realmente fue algo para lo cual era, de veras, imposible que
ningún ser humano pudiera estar preparado.
Mientras con presteza ejecutaba yo los pases mesméricos, entre exclamaciones de
«¡Muerto, muerto!», que literalmente estallaban de la lengua y no de los labios de la
víctima, su cuerpo entero inmediatamente, en el espacio de un solo minuto o aún
menos, se encogió, se desmoronó, se pudrió bajo mis manos. Sobre el lecho, ante
todos los presentes, quedó sólo una masa casi líquida de repugnante, de abominable
putrefacción.
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El corazón delator
¡Es verdad! Nervioso, muy, muy nervioso, lo he sido y lo soy; pero ¿por qué dirán
que estoy loco? El mal ha agudizado mis sentidos, no los ha destruido ni los ha
entorpecido. Sobre todo tenía un oído muy fino. Oía todas las cosas del cielo y de la
tierra, y además muchas del infierno. Así que ¿cómo voy a estar loco? Atiendan y
observen con qué cordura, con qué tranquilidad les puedo contar toda la historia.
Me es imposible decir cómo se me metió por primera vez la idea en la cabeza;
pero, una vez dentro, me obsesionaba día y noche. ¿Propósito? Ninguno. ¿Pasión?
Descartada. Yo quería al viejo. Nunca me había hecho daño. Nunca me había
insultado. Su oro no me atraía. Creo que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía el ojo de un
buitre, un ojo azul pálido, velado con una membrana. Cada vez que me echaba la
vista encima se me helaba la sangre; y así poco a poco —muy paulatinamente— fui
tomando la decisión de matar al viejo y con ello librarme del ojo para siempre.
Ahora, fíjense en esto. Ustedes se empeñan en decir que estoy loco. Los locos no
saben nada, pero tenían que haberme visto a mí. Tenían que haber visto con qué
cordura procedí, ¡con qué cautela, con qué previsión, con qué disimulo puse manos a
la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana entera antes de matarlo. Y
cada noche, a eso de las doce, hacía girar el picaporte de su puerta y la abría ¡tan
despacito! Y luego, cuando la abertura era lo suficientemente grande como para que
me cupiera la cabeza, introducía una linterna cerrada, cerrada, cerradísima para que
no saliera ninguna luz, y luego metía la cabeza. ¡Oh, se hubieran reído al ver con qué
habilidad la metía! La movía despacio, muy, muy despacio, para no turbar el sueño
del viejo. Me llevaba una hora meter toda la cabeza por la abertura hasta conseguir
verlo echado en la cama. ¿Qué? ¿Un loco hubiera sido capaz de esto? Y entonces,
cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna
cautelosamente —eso sí, con toda cautela (porque las bisagras crujían)—, y la abría
justo para que un solo rayito de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y así lo hice durante
siete largas noches —cada noche exactamente a las doce—, pero siempre encontré el
ojo cerrado; y por eso me era imposible realizar mi tarea, porque no era el viejo lo
que me irritaba, sino su ojo malvado. Y cada mañana, al amanecer, me iba
descaradamente a su cuarto y le hablaba tan tranquilo, llamándole por su nombre en
tono cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes, tenía que
haber sido en verdad un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, justo a las
doce, le contemplaba mientras él dormía.
La octava noche procedí con más cautela que nunca al abrir la puerta. El minutero
de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás hasta
aquella noche llegué a sentir el alcance de mi propio poder, de mi sagacidad. Apenas
podía dominar mi sensación de triunfo. ¡Pensar que yo estaba ahí, abriendo la puerta
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poco a poco, y que él ni siquiera imaginaba mis actos ni pensamientos más
recónditos! Casi tuve que reírme entre dientes al pensarlo; y tal vez me oyera, porque
de repente se movió en la cama como si se sobresaltase. ¿Y creen ustedes que me
eché atrás? Pues no. Su cuarto estaba tan negro como un pozo, con una densa
oscuridad (porque las contraventanas estaban bien cerradas por miedo a los ladrones),
y por eso yo sabía que no podía ver la abertura de la puerta y seguí empujándola,
empujándola sin cesar.
Ya tenía la cabeza dentro y estaba a punto de abrir la linterna, cuando mi pulgar
resbaló en el cierre de lata, y el viejo pegó un salto en la cama gritando: «¿Quién está
ahí?».
Me quedé muy quieto sin decir nada. Toda una hora estuve sin mover un solo
músculo y durante ese tiempo no le oí acostarse. Todavía estaba sentado en la cama,
escuchando igual que he hecho yo noche tras noche, escuchando en la pared la
carcoma de la muerte.
Al rato oí un leve gemido, y me percaté de que era el gemido de un terror mortal.
No era un gemido de dolor ni de pena —ya lo creo que no—, era el sonido sofocado
que surge del fondo del alma cuando la oprime un temor reverencial. Conocía bien
ese sonido. Muchas noches, exactamente a medianoche, cuando todo el mundo
dormía, ha brotado de mi propio pecho, ahondando con su horrible eco los terrores
que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía, y le
compadecía, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Sabía que él había estado
despierto desde que oyó el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Desde
entonces el miedo le embargaba cada vez con más fuerza. Intentaba inútilmente
convencerse de que era infundado; había estado diciéndose: «No es más que el viento
en la chimenea, es sólo un ratón que corre por el suelo», o «es simplemente un grillo
que chirrió una sola vez». Sí, había estado tratando de animarse con estas
suposiciones, pero se dio cuenta de que todo era en vano. Todo era en vano; porque la
muerte se le acercaba acechándole con su negra sombra y envolvía a su víctima. Y
fue la fúnebre influencia de la invisible sombra lo que le hizo sentir —porque ni la
vio ni la oyó—, sentir la presencia de mi cabeza dentro del cuarto.
Luego de esperar un buen rato, con mucha paciencia, sin oír que volviera a
acostarse, decidí abrir una ranura —pequeña, pequeñísima— en la linterna. Así la
abrí —no pueden imaginarse con cuantísimo cuidado—, hasta que por fin un rayo
muy tenue, como un hilo de araña, salió de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de
buitre.
Estaba abierto —muy, muy abierto— y me puse furioso mientras lo observaba.
Lo vi con perfecta claridad todo de un azul apagado, con una horrible membrana que
me helaba la sangre en las venas; pero no acerté a ver el resto de la cara ni del cuerpo
del viejo; porque había dirigido el rayo, como por instinto, precisamente sobre ese
maldito punto.
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¿Y no les he dicho ya que lo que ustedes toman equivocadamente por locura no es
más que una exagerada agudeza de los sentidos? Pues resulta que me llegó a los oídos
un sonido bajo, sordo y rápido como el que hace un reloj cuando va envuelto en un
trapo. De sobra conocía aquel sonido también. Era el latir del corazón del viejo.
Aumentó aún más mi furia, como el redoblar de los tambores estimula el valor del
soldado.
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Pero aun entonces me contuve y permanecí inmóvil, casi sin respirar. Mantenía
quieta la linterna. Intentaba mantener el rayo lo más fijo posible sobre el ojo.
Mientras tanto el infernal tamborilear del corazón aumentaba. Se hacía cada vez más
rápido, más fuerte por momentos. ¡El terror del viejo tuvo que haber sido enorme!
Les digo que cada vez se oía más fuerte. ¿Se enteran? Ya les he dicho que soy
nervioso; y es que lo soy. Así que en esa hora siniestra de la noche, en el horrible
silencio de aquella vieja casa, un ruido tan extraño como aquél me llenó de un terror
incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos más y me quedé
inmóvil. ¡Pero los latidos se oían cada vez más fuertes, más fuertes! Pensé que el
corazón iba a estallar. Y entonces una nueva ansiedad se apoderó de mí: ¡algún
vecino podía oír aquel sonido! ¡Al viejo le había llegado su hora! Con un fuerte
alarido abrí la linterna y salté dentro del cuarto. Él pegó un grito… sólo uno. En un
momento lo tiré al suelo y le eché la pesada cama encima. Entonces sonreí
alegremente, al ver que ya iba tan adelantado. Pero, durante muchos minutos; el
corazón siguió latiendo con un ruido ahogado. Esto, sin embargo, no me irritaba; no
podría oírse a través de la pared. Por fin cesó. El viejo estaba muerto. Quité la cama y
examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Puse mi mano sobre
su corazón y la mantuve allí varios minutos. No había ninguna pulsación. Estaba
completamente muerto. Su ojo ya no me molestaría más.
Si ustedes aún creen que estoy loco, cambiarán de opinión en cuanto les describa
las sabias precauciones que adopté para esconder el cuerpo. La noche avanzaba y yo
actuaba rápidamente, pero en silencio. Primero, despedacé el cadáver. Le corté la
cabeza, los brazos y las piernas.
Luego levanté tres tablas del suelo de la habitación y deposité los restos en el
hueco. Volví a colocar las tablas con tanta habilidad, con tanta astucia, que ningún ojo
humano —ni siquiera el suyo— hubiera podido descubrir el menor error. No había
nada que lavar —ningún tipo de mancha— ni rastro de sangre. Buen cuidado había
tenido yo de ello: lo había puesto todo en una tina… ¡ja, ja!
Cuando hube terminado todas estas faenas ya eran las cuatro, pero seguía tan
oscuro como a medianoche. Al oírse las campanadas de la hora, llamaron a la puerta
de la calle. Bajé a abrir tan tranquilo, pues ¿qué podía temer ya? Entraron tres
hombres y se presentaron, muy cortésmente, como agentes de policía. Durante la
noche, un vecino había oído un grito; se despertaron sospechas de algún delito;
presentaron una denuncia en la comisaría y los enviaron a ellos para registrar el lugar.
Sonreí, pues ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los caballeros. El grito, les
dije, fui yo, soñando. Les conté que el viejo estaba fuera, en el campo. Acompañé a
mis visitantes por toda la casa. Les rogué que registraran, que registraran a fondo. Y
acabé llevándolos a su cuarto. Les mostré sus tesoros, intactos, cada uno en su lugar.
Entusiasmado al sentirme tan seguro, traje sillas al cuarto y les pedí que descansaran
allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la alocada audacia de mi perfecto triunfo,
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colocaba mi silla en el mismísimo lugar bajo el cual reposaba el cadáver de la
víctima.
Los agentes se mostraban satisfechos. Mi actitud les había convencido. Me
encontraba especialmente tranquilo. Se sentaron y charlaban de cosas corrientes,
mientras yo les contestaba con alegría. Pero al poco rato sentí que empezaba a
ponerme pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y tenía como un
zumbido en los oídos; pero ellos seguían allí sentados y charlando. El zumbido se
hizo más claro, seguía oyéndolo, sólo que más claro aún; yo hablaba sin parar para
acallar esa sensación; pero el zumbido continuaba, cada vez con mayor precisión,
hasta que, por fin, descubrí que el ruido no estaba dentro de mis oídos.
Sin duda me puse muy pálido entonces, pero seguí hablando con mucha labia y en
voz bien alta. Sin embargo, el sonido aumentaba… ¿y yo qué iba a hacer? Era un
sonido bajo, sordo, rápido…, semejante al sonido que hace un reloj que va envuelto
en un trapo. Yo me ahogaba y, sin embargo, los agentes no oían nada. Hablaba más
deprisa, con más vehemencia, pero el ruido seguía creciendo. Me levanté y me puse a
discutir sobre trivialidades en un tono estridente y con gestos violentos; pero el ruido
seguía creciendo. ¿Por qué no se marcharían? Recorrí el cuarto de arriba a abajo a
grandes zancadas, como si me hubieran puesto furioso los comentarios de aquellos
hombres, pero el mido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía yo hacer? ¡Echaba
espuma por la boca, deliraba, maldecía! Agarré la silla en la que había estado sentado
y la arrastré por las tablas del suelo, pero el ruido se oía por encima de los demás y
seguía creciendo. Se hizo más fuerte…, más fuerte…, fuertísimo. Y los hombres
seguían charlando tan tranquilos y sonreían. ¿Era posible que no lo oyeran? ¡Santo
Cielo! ¡No, no! ¡Lo oían, lo sospechaban, lo sabían! ¡Estaban burlándose de mi
horror! Eso creí y eso creo aún. ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía!
¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más
aquellas sonrisas hipócritas! Me di cuenta de que o me ponía a gritar o me moría, y
entonces —otra vez—, ¡escúchenlo, más fuerte, más fuerte, más fuerte, fuertísimo!
—¡Malvados! —grité—. ¡Basta ya de disimular! ¡Admito los hechos! ¡Levanten
las tablas! ¡Aquí… aquí! ¡Es el latir de su horrible corazón!
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El tonel de amontillado
Había yo soportado lo mejor que podía los mil agravios de Fortunato, pero, cuando se
atrevió a insultarme, juré que me vengaría. Vosotros, que conocéis tan bien la
naturaleza de mi alma, no pensaréis que salió de mi boca ninguna amenaza. Al final,
me vería vengado; este punto quedó para mí resuelto definitivamente, pero el mismo
carácter definitivo con que lo resolví excluía toda idea de riesgo. No sólo debía
castigar sino castigar con impunidad. Un agravio no resulta reparado cuando el
castigo alcanza al reparador. Queda igualmente sin reparar cuando el vengador no se
descubre como tal ante quien le ha ofendido.
Hay que entender que ni por mis hechos ni por mis palabras había yo dado motivo
a Fortunato para dudar de mi buena voluntad. Seguía, como era mi costumbre,
sonriéndole en la cara, y él no se daba cuenta de que ahora sonreía yo pensando en la
idea de su inmolación.
Un punto débil tenía el tal Fortunato, aunque, por lo demás, era hombre de
respetar y aun de temer. Se enorgullecía de ser un buen conocedor de vinos. Pocos
italianos poseen el verdadero espíritu del virtuoso en este arte. La mayoría de ellos
adaptan su entusiasmo de acuerdo con el momento y la oportunidad, para engañar a
los millonarios ingleses y austríacos. En pintura y en piedras preciosas, Fortunato,
como sus compatriotas, era un charlatán, pero, en cuanto se refiere a vinos añejos, era
sincero. En este sentido, no era yo notablemente distinto a él; también yo era experto
en vendimias italianas y compraba con largueza cuando tenía una oportunidad.
Fue a la hora del crepúsculo, una tarde en que el carnaval alcanzaba su suprema
locura, cuando encontré a mi amigo. Me saludó con un cariño extremado, porque
había estado bebiendo en exceso. El hombre estaba vestido de bufón. Llevaba un
ajustado traje a rayas multicolores y su cabeza quedaba coronada con un cónico gorro
con cascabeles. Me sentí tan contento de verle, que me pareció que nunca terminaría
de estrecharle la mano.
Le dije:
—Mi querido Fortunato, qué suerte haberte encontrado. Qué buen aspecto tienes
hoy. Por cierto, he recibido un barril de vino que pasa por amontillado, pero tengo
mis dudas.
—¿Cómo? —dijo él—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mediados de
carnaval!
—Tengo mis dudas —contesté—, y he sido lo bastante tonto como para pagar el
precio total del amontillado sin consultarte antes. No pude encontrarte, y tenía miedo
de perder un buen negocio.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
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—¡Amontillado!
—Y he de resolverlas.
—¡Amontillado!
—Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con capacidad
crítica es él. Me dirá…
—Te digo que Lucresi no sabe distinguir entre un amontillado y un jerez.
—Y, sin embargo, algunos tontos aseguran que como catador es digno rival tuyo.
—Anda, vamos ya.
—¿Adónde?
—A tu bodega.
—No, amigo mío; no quiero aprovecharme de tu bondad. Veo que tienes una cita.
Y Lucresi…
—No tengo nada que hacer. Vamos.
—No, amigo mío. No me preocupa tanto que estés ocupado, sino que veo que
padeces un fuerte catarro. Las criptas son intolerablemente húmedas. Están cubiertas
de salitre.
—Vamos, de todos modos. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te habrán
engañado. Y en cuanto a Lucresi, él no sabe distinguir un jerez de un amontillado.
Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo; y yo, luego de ponerme un
antifaz de seda negra y de ceñirme un roquelaire[35] dejé que me llevara
apresuradamente a mi palazzo[36].
No encontramos a los sirvientes en casa; habían marchado ellos también a
divertirse haciendo honor al carnaval. Yo les había anunciado que no regresaría hasta
el amanecer, y había dado órdenes expresas de que no se movieran de casa. Y estas
órdenes bastaban, como yo bien sabía, para asegurar la desaparición inmediata de
cada uno en el momento que les volvía la espalda.
Saqué dos antorchas de sus soportes, y entregando una a Fortunato, le conduje a
través de varias habitaciones hasta la arcada que llevaba a las criptas. Iba yo delante,
bajando una larga escalera de caracol, pidiéndole a mi compañero que tuviera
cuidado al seguirme. Por fin llegamos al fondo y quedamos juntos sobre el húmedo
suelo de las catacumbas de los Montresor.
Mi amigo caminaba con pasos tambaleantes y al moverse tintineaban los
cascabeles de su gorro.
—El tonel —dijo.
—Está más adelante —contesté—; pero mira las blancas telarañas que brillan en
las paredes de estas cavernas.
Se volvió hacia mí y me miró a los ojos, con los suyos que eran dos globos
brumosos destilando los humores de la embriaguez.
—¿Salitre? —preguntó después de un rato.
—Salitre —contesté—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
—¡Uf, uf, uf…! ¡Uf, uf, uf…! ¡Uf, uf, uf…! ¡Uf, uf, uf…! ¡Uf, uf, uf…!
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A mi pobre amigo le fue imposible contestarme hasta pasados varios minutos.
—No es nada —dijo por fin.
—Ven —dije con decisión—, vamos a regresar; tu salud es preciosa. Eres rico,
respetado, admirado, querido; eres feliz como lo fui yo en un tiempo. Eres un hombre
a quien echarán de menos. En mi caso, no importaría. Volvamos, o caerás enfermo y
no quiero tener esa responsabilidad. Además, está Lucresi…
—Basta —dijo—, esta tos no es nada; no me matará. No moriré de una tos.
—Es verdad, es verdad —contesté—; no es que quiera, por cierto, alarmarte
innecesariamente…, pero debes tomar todas las precauciones apropiadas. Un trago de
este Médoc[37] nos protegerá de la humedad.
Entonces rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga fila de la
misma clase.
—Bebe —le dije, presentándole el vino.
Lo alzó a los labios con una mirada maliciosa. Se detuvo y asintió amistosamente
con un movimiento de cabeza, mientras tintineaban sus cascabeles.
—Brindo —dijo— por los enterrados que descansan a nuestro alrededor.
—Y yo, porque tengas larga vida.
Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante.
—Estas criptas son enormes —dijo.
—Los Montresor —contesté— fueron una distinguida y numerosa familia.
—He olvidado vuestras armas.
—Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente
rampante cuyos dientes se clavan en el talón.
—¿Y el lema?
—Nemo me impune lacessit[38].
—¡Muy bien!
El vino chispeaba en sus ojos y los cascabeles tintineaban. Mi propia imaginación
empezó a despertarse con el Médoc. Pasamos de largo numerosos muros formados
por esqueletos apilados, entre los cuales se mezclaban toneles y barriles, hasta entrar
en los más apartados rincones de las catacumbas. Otra vez me detuve, y me atreví a
tomar del brazo a Fortunato por encima del codo.
—¡El salitre! —dije—, mira cómo crece. Cuelga como musgo sobre las criptas.
Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos. Ven,
vamos a volver antes de que sea tarde. Esa tos…
—No es nada —dijo—, sigamos adelante. Pero antes bebamos otro trago del
Médoc.
Rompí el cuello de una frasca de De Grâve y se la entregué. La vació de un trago.
Sus ojos se iluminaron con una luz ardiente. Riéndose, tiró la botella a lo alto con un
gesto que no entendí.
Le miré con sorpresa. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprendes?
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—No, yo no —contesté.
—Entonces no eres de la hermandad.
—¿Qué?
—No eres masón.
—Sí, sí —dije—, sí, lo soy.
—¿Tú? ¿Tú, masón? ¡Imposible!
—Soy masón —contesté.
—Muéstrame una seña —dijo.
—Aquí la tienes —contesté, sacando de entre los pliegues de mi roquelaire una
paleta de albañil.
—Bromeas —exclamó, retrocediendo unos pasos—. Pero vamos a ver ese
amontillado.
—Como quieras —dije, guardando la herramienta bajo mi capa y ofreciendo otra
vez mi brazo a Fortunato. Se apoyó pesadamente en él. Seguimos nuestro camino en
busca del amontillado. Pasamos por una serie de arcadas bajas, descendimos,
seguimos adelante y descendimos otra vez hasta llegar a una profunda cripta, donde
el aire estaba tan viciado que apenas permitía fulgurar las llamas de nuestras
antorchas.
En el más lejano extremo de la cripta aparecía otra menos espaciosa. Restos
humanos apilados contra sus paredes subían hasta la parte alta de la bóveda, como
puede verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados de esta cripta interior
estaban así ornamentados. Del cuarto lado se habían caído los huesos y estaban
esparcidos por el suelo, formando en una parte un montón bastante grande. Dentro de
la pared descubierta por la caída de los huesos vimos una cripta o nicho aún más
interior, de unos cuatro pies de largo, tres de ancho y seis o siete de alto. Parecía
haber sido construido sin ningún propósito especial, pues sólo servía de separación
entre dos de los colosales soportes del techo de las catacumbas, y su pared posterior
era constituida por uno de los muros de granito macizo que las circundaba.
En vano Fortunato, alzando su tenue antorcha, trataba de descubrir las
profundidades del nicho. La débil luz no nos permitía ver el fondo.
—Sigue adelante —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi…
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras daba unos inciertos pasos
camino adelante, y yo le seguía de cerca. En un instante había llegado al fondo del
nicho y, al encontrar que la roca detenía su marcha se quedó parado, estúpidamente
confundido. Un instante después, lo dejé encadenado al granito. Había en la roca dos
argollas de hierro, separadas horizontalmente, a unos dos pies una de la otra. De la
primera de las argollas colgaba una corta cadena y de la siguiente un candado.
Rodeándolo por la cintura con los eslabones, pude cerrar el candado en pocos
segundos. Él quedó lo suficientemente asombrado como para resistirse. Extraje la
llave y salí del nicho.
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—Pasa tu mano por la pared —dije—; no dejarás de sentir el salitre. De veras,
hay mucha humedad. Una vez más, te ruego que volvamos. ¿No? Entonces, tendré
que abandonarte. Pero primero debo ofrecerte todas las pequeñas atenciones que
pueda.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que volvía de su asombro.
—Es verdad —contesté—, el amontillado.
Mientras decía estas palabras me puse a buscar entre el montón de huesos que he
mencionado antes. Apartándolos a un lado, pronto descubrí una cantidad de piedras
de construcción y mortero. Con estos materiales y con la ayuda de mi paleta de
albañil empecé vigorosamente a tapar la entrada del nicho.
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Apenas había colocado la primera hilera de bloques de mampostería, me di cuenta
de que a Fortunato se le había pasado en gran medida la embriaguez. La primera
señal que noté era un bajo y quejumbroso grito procedente del fondo del nicho. No
era el quejido de un borracho. Luego hubo un largo y persistente silencio. Coloqué la
segunda hilera, y la tercera y la cuarta; y entonces oí los furiosos golpes de la cadena.
El ruido duró varios minutos, y durante ese tiempo, para escucharlo con más
satisfacción, dejé de trabajar y me senté sobre el montón de huesos. Cuando por fin
cesó el metálico ruido, tomé de nuevo la paleta y terminé sin interrupción la quinta, la
sexta y la séptima hilera. La pared llegaba entonces casi al nivel de mi pecho. Otra
vez me detuve y, levantando la antorcha por encima de la mampostería, proyecté unos
débiles rayos de luz sobre la figura que quedaba allí dentro.
Una serie de fuertes y agudos alaridos, salidos de pronto de la garganta de la
figura encadenada, parecieron echarme violentamente hacia atrás. Durante un breve
momento vacilé, temblé. Desenvainando mi espadín, empecé a tantear con él dentro
del nicho. Pero sólo con reflexionar un instante me tranquilicé. Apoyé la mano sobre
el macizo muro de la catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho;
contesté con mis gritos a los gritos de aquel que clamaba. Los repetí como un eco, los
aumenté, los superé en volumen y en fuerza. Así lo hice y el que gritaba calló.
Era ya medianoche, y mi tarea llegaba a término. Había completado la octava, la
novena y la décima hilera. Terminé gran parte de la undécima y última; quedaba
únicamente por colocar y fijar una sola piedra. Luché bajo su peso; la coloqué
parcialmente en posición. Mas entonces surgió del nicho una risa apagada que hizo
que se me erizase el cabello. La siguió una voz triste que con dificultad reconocí
como la del noble Fortunato. La voz dijo:
—¡Ja, ja, ja…, ja, ja, ja…!, una broma excelente, de veras, una excelente broma.
Pasaremos unos buenos ratos riéndonos de esto en el palazzo…, ¡ja, ja…!, mientras
tomamos el vino…, ¡ja, ja, ja!
—¡El amontillado! —dije.
—¡Ja, ja, ja…, ja, ja, ja…!, sí, el amontillado. Pero ¿no se está haciendo tarde?
¿No estarán esperándonos en el palazzo mi esposa y los demás? Vámonos ya.
—Sí —dije—, vámonos ya.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—, ¡por el amor de Dios!
Pero escuché en vano esperando la respuesta a mis palabras. Me sentí impaciente.
Llamé en voz alta:
—¡Fortunato!
No hubo respuesta. Llamé otra vez:
—¡Fortunato!
No hubo respuesta aún. Pasé la antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. En
réplica sólo llegó un tintinear de cascabeles. Mi corazón se sintió enfermo; era a
causa de la humedad de las catacumbas. Me apresuré, pues, a terminar mi tarea.
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Coloqué la última piedra en su sitio y la cubrí con mortero. Contra la nueva
mampostería volví a levantar la antigua muralla de huesos. Durante medio siglo
ningún mortal los ha perturbado. In pace requiescat[39]!.
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Hop-Frog
Jamás conocí a nadie que apreciara una broma tanto como el rey. Parecía vivir sólo
para las bromas. La manera más segura de ganar su favor era contarle una buena
historia, con mucho de cómica, y contarla bien. Así ocurría que sus siete ministros
tenían fama de ser bromistas consumados. Todos se parecían al rey, además, por ser
altos, corpulentos y zalameros, así como bromistas inimitables. Nunca he podido
determinar si la gente engorda gastando bromas o si hay algo en la misma gordura
que predispone a gastar bromas, pero lo cierto es que un bromista delgado es rara
avis in terris[40].
En cuanto a la finura —o, como los denominaba él, los «espíritus» del ingenio—,
el rey se preocupaba muy poco. En especial admiraba una broma por su amplia
vulgaridad y con frecuencia poco le importaba aguantar un largo camino para
encontrarla. Las excesivas delicadezas le cansaban. Hubiera preferido el Gargantúa,
de Rabelais[41], al Zadig de Voltaire[42]; y en general las bromas pesadas y concretas
armonizaban con su gusto mucho mejor que las verbales.
En los días de mi relato, los bufones profesionales aún se estilaban en la corte.
Varias de las grandes «potencias» continentales aún mantenían sus «bobos», que
llevaban trajes multicolores y gorros con cascabeles, y que debían estar siempre alerta
para ofrecer ingeniosas agudezas en cualquier momento, a cambio de las migajas que
caían de la mesa real.
Nuestro rey, como cosa natural, mantenía su bufón. El hecho es que le hacía falta
cierta cantidad de insensatez, aunque sólo fuera para equilibrar la pesada sabiduría de
los siete sabios que eran sus ministros, por no mencionar la suya propia.
Su bufón profesional, sin embargo, no era tan sólo un «bobo». Su valor se
triplicaba a los ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquellos
días, los enanos abundaban en las cortes tanto como los bufones, y para muchos
monarcas hubiera resultado difícil pasar los días (los días son bastante más largos en
la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el cual reírse y sin un enano de
quien reírse. Pero como ya he dicho, en el noventa y nueve por ciento de los casos,
los bufones son gordos, rechonchos y difíciles de manejar…, por lo cual nuestro rey
se felicitaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba el bufón) un triple tesoro en
una sola persona.
Creo que el nombre «Hop-Frog[43]» no le fue dado al enano por sus padrinos de
bautismo, sino que le fue otorgado por mutuo acuerdo de los siete ministros, debido a
que era incapaz de caminar como el resto de los mortales. En realidad, Hop-Frog sólo
podía andar con una especie de paso contractivo —algo que estaba entre un salto y un
culebreo—, movimiento que ofrecía al rey una diversión ilimitada y a la vez, por
supuesto, un consuelo; porque el rey (a pesar de su vientre protuberante y de su
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hinchada, orgullosa cabeza de buena cuna) era considerado por la corte entera como
una figura de suma perfección.
Pero si bien la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con
gran dolor y dificultad en un camino de tierra o sobre el pavimento, la naturaleza
parecía haber compensado aquella deficiencia de sus miembros inferiores
concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos, que le permitía efectuar diversas
hazañas de maravillosa destreza cuando se trataba de trepar por cuerdas o por árboles.
Y cuando hacía tales ejercicios, de veras se parecía mucho más a una ardilla, o un
pequeño mono, que a una rana.
No puedo afirmar con exactitud de qué país era Hop-Frog. Había venido, sin
embargo, de alguna región bárbara de la que nadie había oído hablar, situada a una
enorme distancia de la corte de nuestro rey. Hop-Frog y una joven casi tan enana
como él (aunque de exquisitas proporciones y maravillosa bailarina) habían sido
arrancados a la fuerza de sus respectivos hogares, situados en provincias adyacentes,
y enviados como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.
En esas circunstancias, no es de extrañar que surgiera una gran intimidad entre los
dos pequeños cautivos. Así, llegaron pronto a ser amigos entrañables. Hop-Frog, pese
a que actuaba en muchas diversiones, no era nada popular y no podía prestar mayores
servicios a Trippetta; pero ella, debido a su gracia y a su exquisita belleza (pese a ser
enana), era admirada y mimada por todos; y gozaba así de mucha influencia, que
nunca dejaba de ejercer, si le era posible, en favor de Hop-Frog.
Con motivo de una gran solemnidad —no recuerdo cuál— el rey decidió celebrar
un baile de disfraces; y siempre que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas
semejantes, se acudía sin falta a los talentos de Hop-Frog y Trippetta. Hop-Frog tenía,
sobre todo, tanto ingenio para montar espectáculos, inventar personajes novedosos y
preparar trajes de disfraz para los bailes, que al parecer no se podía hacer nada sin su
ayuda.
Llegó la noche de la féte[44]. Bajo la dirección de Trippetta, se había preparado un
esplendoroso salón, que se decoró con todo aquello que pudiera prestar éclat[45] a una
mascarada. La corte entera ardía con fiebre expectante. Podría uno haber imaginado
que ya todo el mundo tenía resuelto el asunto de los trajes y los personajes que iban a
representar. Muchos habían decidido ciertamente desde hacía una semana o incluso
un mes los rôles[46] que harían, y en efecto nadie mostraba la menor señal de
indecisión, salvo el rey y sus siete ministros. Nunca pude explicarme por qué ellos
vacilaban, a no ser que lo hicieran con ánimo de broma. Lo más probable fuese que, a
causa de su gordura, les resultara difícil decidirse. En todo caso, el tiempo pasaba
volando y, como último recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.
Cuando los dos pequeños amigos obedecieron a la llamada del rey, encontraron a
éste bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; no obstante, el monarca
parecía estar de muy mal humor. Sabía que a Hop-Frog no le gustaba el vino, porque
excitaba al pobre cojo casi hasta la locura, y la locura no es una sensación agradable.
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Pero el rey gozaba con las bromas pesadas y le divertía obligar a Hop-Frog a beber y
(como decía) a ponerse «alegre».
—Ven acá, Hop-Frog —dijo, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala—.
Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes —Hop-Frog suspiró— y luego nos
concedes el beneficio de tu ingenio. Lo que nos hace falta son personajes, personajes,
hombre, algo novedoso, fuera de lo común. Estamos cansados de esta eterna
monotonía. ¡Venga, bebe! El vino te avivará el ingenio.
Como de costumbre, Hop-Frog trató de inventar una broma en réplica a las
sugerencias del rey, pero no se encontraba con fuerzas. Sucedió que aquel día era el
cumpleaños del pobre enano, y la orden de beber a la salud de sus «amigos ausentes»
le llenó los ojos de lágrimas. Grandes y amargas gotas cayeron dentro de la copa
mientras, humildemente, la tomaba de manos del tirano.
—¡Ah! ¡Ja, ja, ja! —bramó el rey mientras el enano, de mala gana, vaciaba la
copa—. ¡Mira lo que puede un vaso de buen vino! ¡Ya te brillan los ojos!
¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, porque el efecto del
vino sobre su excitable cerebro era tan poderoso como instantáneo. Nerviosamente
dejó la copa en la mesa y contempló a los allí reunidos con una mirada casi demente.
Todos parecían divertirse mucho con el éxito de la «broma» del rey.
—Y ahora, ocupémonos de cosas serias —dijo el primer ministro, que era un
hombre muy gordo.
—Sí —dijo el rey—, ven, Hop-Frog, préstanos tu ayuda. Personajes, mi buen
hombre, necesitamos personajes… Nos hacen falta a todos nosotros…, ¡ja, ja, ja! —
Y como sus palabras pretendían ser un chiste, los siete hicieron eco a su risa.
También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.
—Vamos, vamos —dijo impaciente el rey—, ¿no tienes nada que sugerirnos?
—Estoy intentando pensar en algo nuevo —contestó el enano, ensimismado,
porque el vino le había dejado confundido.
—¡Intentando! —gritó ferozmente el tirano—. ¿Qué quieres decir con eso? Ah,
ya entiendo. Estás de mal humor y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! —Y
llenó otra copa que ofreció al cojo, quien se limitaba a mirarla con fijeza, tratando de
recobrar el aliento.
—¡Bebe, te digo! —gritó el monstruo—, o por todos los demonios que…
El enano vaciló. El rey se puso morado de rabia. Los cortesanos sonreían con
afectación. Trippetta, pálida como un cadáver, se acercó al sillón del rey, y cayendo
de rodillas le rogó que tuviera piedad de su amigo.
El tirano la miró durante unos momentos, evidentemente maravillado ante tal
audacia. Parecía no saber qué decir ni qué hacer, ni cómo expresar convenientemente
su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba, rechazó con violencia a la bailarina
y le tiró a la cara el contenido de la copa rebosante.
La pobre joven se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, regresó
a su sitio al otro extremo de la mesa.
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Durante casi un minuto hubo un silencio total, y se habría podido oír la caída de
una hoja y de una pluma. El silencio fue interrumpido por un bajo y áspero ruido
rechinante que parecía proceder de todos los rincones de la sala al mismo tiempo.
—¿Qué… qué…? ¿Por qué haces ese ruido? —preguntó el rey, volviéndose
furioso hacia el enano.
Éste parecía haberse recobrado mucho de su embriaguez, y mirando fija y
tranquilamente al tirano a los ojos, respondió con sencillez:
—¿Yo? ¿Cómo podía haber sido yo?
—El ruido parecía venir de afuera —observó uno de los cortesanos—. Me
imagino que fue el loro en la ventana, que afilaba su pico en los alambres de la jaula.
—Es verdad —contestó el monarca, como si la sugerencia le aliviara—, pero, por
el honor de un caballero, habría jurado que este vagabundo hacía rechinar sus dientes.
Al oír eso, el enano rió (el rey era un bromista demasiado empedernido para
oponerse a que alguien se riera), al tiempo que mostraba unos dientes grandes,
poderosos y muy repulsivos. Además, declaró que estaba dispuesto a tragar tanto
vino como se le pidiera. El monarca se calmó; y Hop-Frog, después de vaciar otra
copa sin perceptibles efectos nocivos, comenzó a exponer en seguida, animosamente,
sus proyectos para la mascarada.
—No puedo explicarme la asociación de ideas —observó, muy tranquilamente, y
como si nunca en su vida hubiera probado vino—, pero apenas vuestra majestad pegó
a la joven y le arrojó el vino a la cara, apenas vuestra majestad hubo hecho eso, y
mientras el loro hacía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió una diversión
excelente, una extravagancia de mi propio país, que con frecuencia se representa en
nuestras mascaradas, pero que aquí será completamente nueva. Lo peor, sin embargo,
es que hace falta un grupo de ocho personas, y…
—Pues aquí nos tienes —exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de
la coincidencia—. Exactamente ocho: yo y mis siete ministros. ¡Vamos! ¿En qué
consiste esa diversión?
—La llamamos —contestó el cojo—, los Ocho Orangutanes Encadenados, y si se
la representa bien, resulta verdaderamente divertida.
—Nosotros la representaremos —declaró el rey, irguiéndose con dignidad y
dejando caer los párpados.
—La gracia del juego —continuó Hop-Frog— está en el espanto que causa entre
las mujeres.
—¡Magnífico! —bramaron a coro el monarca y su Consejo.
—Yo os disfrazaré de orangutanes —continuó el enano—. Dejadlo todo en mis
manos. El parecido será tan sorprendente, que los asistentes al baile de máscaras os
tomarán por bestias de verdad… y, por supuesto, se sentirán tan aterrados como
llenos de asombro.
—¡Oh, es exquisito! —exclamó el rey—. ¡Hop-Frog! Yo haré de ti un hombre.
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—Las cadenas servirán para aumentar la confusión por su ruido. Se ha de poner
en circulación la noticia de que habéis escapado en masa de vuestros domadores.
Vuestra majestad no puede concebir el efecto que en un baile de máscaras causan
ocho orangutanes encadenados, que la mayoría de los invitados toma por verdaderos,
y que se lanzan a la sala dando gritos salvajes entre la delicada multitud de damas y
caballeros elegantemente vestidos. El contraste es inimitable.
—Debe de serlo —dijo el rey; y el Consejo se levantó rápidamente (porque se
estaba haciendo tarde), para llevar a cabo el proyecto de Hop-Frog.
La manera como éste iba a vestir al grupo de orangutanes era muy sencilla, pero
lo bastante eficaz para conseguir sus propósitos. En la época de mi relato, los
animales en cuestión podían ser vistos muy raras veces por la gente en el mundo
civilizado, y como las imitaciones preparadas por el enano eran suficientemente
bestiales y más que suficientemente horrendas, nadie dudaría así de su segura y
natural condición.
Primero el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico muy
ajustada. Luego se los embadurnó con brea. En esta etapa del proceso, alguno del
grupo sugirió que podían emplearse plumas, pero la sugerencia fue rechazada
inmediatamente por el enano, que pronto convenció a los ocho, mediante
demostración práctica, que el pelo de una bestia como el orangután se imitaba con
mayor verosimilitud empleando la fibra del lino. En consecuencia, se aplicó una
espesa capa de lino sobre la brea. Después se buscó una larga cadena. Primero, el
enano la pasó por la cintura del rey y la dejó bien atada; luego la pasó por la cintura
de otro y la ató de nuevo; y así sucesivamente fue haciendo con todos. Cuando el
encadenamiento quedó terminado y los del grupo se separaban uno de otro lo más
posible, formaban un círculo; incluso para lograr que todo pareciera más natural,
Hop-Frog tendió el resto de la cadena formando dos diámetros del círculo, cruzados
en ángulo recto, tal como se hace hoy en día entre los que capturan chimpancés u
otros grandes monos en Borneo[47].
El gran salón en que se iba a celebrar el baile de máscaras era circular, de techo
muy elevado, y recibía la luz del sol por una sola ventana situada en su punto más
alto. De noche (hora para la cual había sido diseñado el salón), era iluminado,
principalmente, por medio de una enorme araña de luces, suspendida por una cadena
del centro de la claraboya, y que se hacía subir y bajar mediante un contrapeso, como
es de costumbre, pero, para que no produjera un aspecto desagradable a la vista, el
contrapeso pasaba por fuera de la cúpula, sobre el techo.
El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta, pero en
algunos detalles, al parecer, se había dejado ella guiar por el juicio más sereno de su
amigo el enano. Fue merced a sus indicaciones por lo que se retiró el candelabro
colgante. Las gotas de cera de sus velas (que en ésa tan calurosa temporada era
imposible evitar) habrían podido estropear las ricas vestiduras de los invitados,
quienes, a causa de la multitud que llenaría el salón, no podrían mantenerse
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constantemente alejados del centro; o sea, de donde colgaba la araña de luces.
Candelabros adicionales se colocaron en varias partes del salón, donde no
molestarían, al tiempo que se fijaban antorchas, que desprendían un agradable aroma,
en la mano derecha de cada una de las cariátides que se hallaban pegadas a las
paredes y que sumaban entre cincuenta y sesenta.
Los ocho orangutanes, siguiendo el consejo de Hop-Frog, esperaron
pacientemente hasta medianoche (cuando el salón estaba completamente abarrotado
de máscaras) para hacer su entrada. Sin embargo, tan pronto como el reloj dio la
última campanada, se lanzaron, o más bien entraron rodando juntos, porque la traba
de las cadenas hizo caer a la mayoría y dar traspiés a todos mientras intentaban
avanzar.
La emoción producida entre las máscaras fue prodigiosa y llenó de júbilo el
corazón del rey. Tal como se había esperado, no pocos invitados creyeron que
aquellas criaturas de aspecto feroz eran en realidad bestias de alguna especie, si no
precisamente orangutanes. Muchas mujeres se desmayaron de terror, y si el rey no
hubiera tenido la precaución de prohibir toda clase de armas en el salón, su grupo,
quizás, pronto hubiera expiado con sangre su extravagancia. Atemorizados, todos se
lanzaron hacia las puertas, pero el rey había mandado cerrarlas con llave
inmediatamente después de su entrada, y, por sugerencia del enano, las llaves le
habían sido confiadas a él.
Mientras el tumulto llegaba a su punto culminante y cada máscara se preocupaba
sólo por su propia seguridad (porque, de hecho, había mucho peligro verdadero
debido a la presión de la emocionada multitud), la cadena, de la que normalmente
colgaba la araña de luces y que se había alzado al retirar el candelabro, descendió
lentamente hasta que el gancho de su extremidad quedó a tres pies del suelo.
Después, pronto, el rey y sus siete amigos, que habían dado vueltas
tambaleándose por toda la sala, se encontraron por fin en su centro y, naturalmente,
en contacto con la cadena. Mientras se encontraban allí, el enano, que los seguía de
cerca, animándolos a mantener la emoción, cogió la cadena de los orangutanes en el
punto de intersección de los dos diámetros que atravesaban el círculo en ángulo recto.
Con la rapidez de la luz, introdujo allí el gancho del cual solía colgar el candelabro; y
en un instante, por acción de alguna fuerza invisible, la cadena del candelabro subió
lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de todos y, como consecuencia
inevitable, arrastró a los orangutanes unos contra otros y cara contra cara.
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A esta altura, los invitados se habían recobrado en alguna medida de su alarma; y
empezaban a considerar todo el asunto como una gracia ingeniosa, por lo que
rompieron a gritar y reír al ver la difícil situación de los monos.
—Dejádmelos a mí —gritó entonces Hop-Frog, cuya voz estridente se oía
fácilmente a pesar del alboroto—. Dejádmelos a mí. Creo que los conozco. Sólo con
que pudiera mirarlos bien sabría de inmediato quiénes son.
Trepando entonces por encima de las cabezas de la multitud, logró acercarse a la
pared, donde se apoderó de la antorcha de una de las cariátides, y regresó, como antes
se había ido, al centro de la sala, saltó, con la agilidad de un mono, sobre la cabeza
del rey y trepó unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para
examinar el grupo de orangutanes a la par que gritaba:
—¡Pronto descubriré quiénes son!
Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se desternillaban
de risa, el bufón emitió un penetrante silbido, al momento la cadena ascendió con
violencia unos treinta pies, arrastrando consigo a los consternados y trémulos
orangutanes, y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya y el
suelo. Aferrado a la cadena mientras subía, Hop-Frog aún seguía en su posición por
encima de los ocho disfrazados y (como si no pasara nada insólito) seguía todavía
acercándoles la antorcha cual si tratara de descubrir quiénes eran.
Tan atónita quedó la concurrencia ante aquella ascensión, que durante un minuto
guardaron un absoluto silencio, al fin interrumpido por un bajo y áspero rechinar
parecido al ruido que había llamado la atención del rey y de sus consejeros cuando
aquél arrojó el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta ocasión no se podía dudar de
dónde procedía el sonido. Venía de los dientes como colmillos de fiera del enano, que
los hacía rechinar y crujir mientras echaba espuma por la boca y clavaba una mirada
llena de feroz y enloquecida rabia en los rostros del rey y sus siete compañeros.
—¡Ay, ya! —dijo por fin el bufón enfurecido—. ¡Ah, comienzo a ver quiénes
son!
Y en ese momento, fingiendo examinar al rey más de cerca, aplicó la antorcha a
la capa de lino que le envolvía y que al instante estalló en vivas llamas. En menos de
medio minuto los ocho orangutanes ardían furiosamente entre los alaridos de la
multitud que, horrorizada, los miraba desde abajo y que nada podía hacer para
prestarles la menor ayuda.
Por fin las llamas, creciendo en su violencia, obligaron al bufón a trepar más alto
por la cadena, para escapar de su alcance; y, mientras él hacía ese movimiento, la
multitud volvió a hundirse en el silencio. El enano aprovechó la oportunidad para
hablar una vez más:
—Ahora veo claramente —dijo— qué clase de gente son estos disfrazados. Son
un gran rey y sus siete consejeros, un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una
joven indefensa, y sus siete consejeros que le apoyan para que cometa ese ultraje. En
cuanto a mí, soy simplemente Hop-Frog, el bufón, y ésta es mi última bufonada.
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Debido a la alta combustibilidad del lino y de la brea a la cual se adhería, apenas
tuvo tiempo el enano de terminar su breve discurso antes de que quedara cumplida la
obra de venganza. Los ocho cadáveres se balanceaban colgando de sus cadenas, en
una masa fétida, ennegrecida, repugnante e irreconocible. El cojo arrojó la antorcha
sobre ellos, trepó tranquilamente hasta el techo y desapareció a través de la claraboya.
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Se supone que Trippetta, situada en el tejado del salón, había sido cómplice de su
amigo en la ígnea venganza, y que juntos escaparon a su propio país, ya que jamás se
los volvió a ver.
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El pozo y el péndulo
Estaba agotado, mortalmente agotado por aquella larga agonía, y, cuando por fin me
desataron y dejaron que me sentara, creí que mis sentidos me abandonaban. La
sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase de claros acentos que
llegó a mis oídos. Después, el murmullo de las voces inquisitoriales[49] parecía
concentrado en un solo zumbido vago y soñoliento. Me llevó al alma la idea de
revolución, tal vez porque en mi fantasía la asociaba con el ronroneo de una rueda de
molino. Aquello duró poco, porque muy pronto dejé de oír completamente. Sin
embargo, durante un rato, pude ver, ¡pero con qué terrible claridad! Vi los labios de
los jueces de negras vestiduras. Me parecían blancos, más blancos que la hoja sobre
la cual trazo estas palabras, y finos hasta lo grotesco, finos por la intensidad de su
expresión de firmeza, de resolución inmutable, de inflexible desprecio hacia el
sufrimiento humano. Vi que los decretos de lo que para mí suponía el destino, aún
salían de aquellos labios. Los vi retorcerse al pronunciar una frase mortal. Los vi
formar las sílabas de mi nombre, y me estremecí porque no se produjo ningún sonido.
Vi, también, durante unos momentos de horror delirante, el suave y casi
imperceptible ondear de las negras colgaduras que ocultaban las paredes de la sala.
Entonces mi mirada cayó sobre las siete altas velas de la mesa. Al principio
mostraban apariencia de caridad y parecían esbeltos ángeles que iban a salvarme,
pero entonces, súbitamente, una náusea mortal invadió mi espíritu y sentí que cada
fibra de mi cuerpo vibraba como si hubiera tocado los hilos de una batería galvánica,
mientras aquellas formas angélicas se transformaban en espectros sin sentido, de
llameantes cabezas, y comprendí que no recibiría de ellas ninguna ayuda. Entonces
penetró en mi fantasía, como una profunda nota musical, la idea del dulce descanso
que debía procurar la tumba. El pensamiento me vino apacible y cautelosamente, y
parecía que hubiera pasado largo rato antes de que yo lo apreciase plenamente, pero
en el momento en que mi espíritu llegaba por fin a sentirlo y acariciarlo, las figuras
de los jueces desaparecieron como por arte de magia, las altas velas se hundieron en
la nada, sus llamas se apagaron por completo, la oscuridad de las tinieblas siguió,
parecía que todas las sensaciones hubieran desaparecido en una vertiginosa y loca
caída, como la del alma en el Hades[50]. Entonces el universo todo era ya silencio,
quietud y noche.
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Me había desmayado, pero no afirmaré que hubiera perdido por completo la
conciencia. No trataré de definir, ni siquiera de describir, lo que me quedaba de ella,
sin embargo no se me había ido toda la conciencia. En el sueño más profundo… ¡no!
En el delirio… ¡no! En el desmayo… ¡no! En la muerte… ¡no!, incluso en la tumba
no todo se pierde. De lo contrario, no existiría la inmortalidad para el hombre. Al
despertarnos del más profundo de los sopores, rompemos el finísimo velo de algún
sueño. Sin embargo, un segundo después (tan frágil pudo haber sido aquel velo) no
nos acordamos de haber soñado. Cuando volvemos a la vida después de un desmayo,
pasamos por dos etapas; primero, la del sentido de la existencia mental o espiritual;
segundo, la del sentido de la existencia física. Parece probable que, si, al llegar a la
segunda etapa, pudiéramos recordar las impresiones de la primera, encontraríamos
que éstas hablan de memorias del abismo que se abre más atrás. Y ese abismo… ¿qué
es? ¿Cómo, por lo menos, distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las
impresiones de lo que he llamado la primera etapa no pueden ser recordadas a
voluntad, sin embargo, después de un largo rato, ¿no se presentan inesperadamente,
mientras nos preguntamos maravillados de dónde surgen? Aquel que no se ha
desmayado no descubre extraños palacios y caras fantásticamente familiares en las
ascuas que brillan; no contempla, flotando en el aire, las tristes visiones que muchos
no ven; no piensa en el perfume de alguna rara flor, no es él quien nota que su
cerebro se confunde con el sentido de una cadencia musical que jamás le había
llamado la atención antes.
Entre frecuentes y pugnaces intentos de recordar, entre anhelantes luchas para
recoger algún vestigio del estado de aparente inexistencia en que se había hundido mi
alma, ha habido momentos en los que he soñado con el triunfo, breves, brevísimos
períodos en los que pude evocar recuerdos que la lúcida razón de una hora posterior
me asegura que sólo podían referirse a aquella condición de aparente inconsciencia.
Estas sombras de la memoria revelan, de modo borroso, altas figuras que entonces me
levantaron y me llevaron silenciosamente hacia abajo…, abajo…, más abajo aún…,
hasta que un horroroso mareo hizo presa en mí ante la sola idea de comprobar lo
interminable de ese descenso. También revelan un vago horror en mi corazón, a causa
de la quietud anormal de mi propio corazón. Viene luego una sensación de súbita
inmovilidad que invade todas las cosas; como si aquellos que me llevaban (¡atroz
cortejo!) hubieran cruzado en su descenso los límites de lo ilimitado, y descansaran
del tedio de su tarea. Después de esto viene a la mente la sensación de algo plano y
húmedo, y luego, todo es locura, la locura de una memoria que se afana luchando
entre cosas prohibidas.
Súbitamente volvieron a mi alma el movimiento y el sonido, el tumultuoso
movimiento del corazón, y el sonido de su latir a mis oídos. Siguió una pausa en la
que todo quedó en blanco. Otra vez sonido, movimiento y tacto, una sensación de
hormigueo por todo mi cuerpo. Luego la simple conciencia de existir, sin
pensamiento, algo que duró largo tiempo. Después, de súbito, el pensamiento, y un
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terror tembloroso y el esfuerzo anhelante por comprender mi verdadero estado.
Siguió un intenso deseo de caer en la insensibilidad. Luego vino un repentino revivir
del alma y el éxito del esfuerzo por moverme. Y entonces el pleno recuerdo del
proceso, los jueces, las negras colgaduras, la sentencia, la náusea, el desmayo. Luego,
un olvido total de todo cuanto siguió, de todo lo que un día posterior, y esfuerzos de
mucha intensidad, me han permitido recordar vagamente.
Hasta ese momento no había abierto los ojos. Sentí que yacía de espaldas, sin
ataduras. Extendí la mano, y ésta cayó pesadamente sobre algo húmedo y duro. La
dejé allí algún tiempo, mientras trataba de imaginar dónde estaba y qué podía ser yo.
Ansiaba hacer uso de mis ojos, pero no me atrevía. Temía echar la primera mirada a
los objetos que me rodeaban. No es que temiera encontrar cosas horribles, sino que
me horrorizaba la posibilidad de que no hubiese nada que ver. Por fin, con el corazón
lleno de una desesperación salvaje, abrí de golpe los ojos. Mis peores presentimientos
se confirmaron. La oscuridad de la noche eterna me envolvía. Luché por respirar. La
intensidad de las tinieblas parecía oprimirme y ahogarme. La atmósfera tenía una
pesadez intolerable. Aún quedé inmóvil, y haciendo esfuerzos por razonar. Recordé
los procedimientos de la Inquisición y a partir de ese punto traté de elucidar mi
verdadera situación. La sentencia había sido pronunciada, y me pareció que desde
entonces había transcurrido un muy largo intervalo de tiempo. Sin embargo, ni
siquiera por un momento me consideré verdaderamente muerto. Semejante
suposición, a pesar de lo que leemos en relatos novelescos, es por completo
incompatible con la verdadera existencia; ¿pero dónde estaba y en qué estado me
encontraba? Los condenados a muerte, como sabía yo, normalmente perecían en un
auto de fe[51], y uno de éstos se había celebrado la misma noche del día de mi
proceso. ¿Me habrían devuelto a mi calabozo a la espera del próximo sacrificio, que
no tendría lugar hasta varios meses más tarde? En seguida comprendí que tal cosa era
imposible. En aquellos días se daba una inmediata demanda de víctimas. Y, además,
mi calabozo, como todas las celdas de los condenados en Toledo, tenía suelo de
piedra y no faltaba la luz.
Una espantosa idea impulsó de pronto la sangre en torrentes hacia mi corazón, y
durante un breve rato volví a caer en la insensibilidad. Al reponerme en seguida me
levanté, temblando convulsivamente cada fibra de mi cuerpo. Extendí los brazos
alocadamente por encima y por alrededor, en todas direcciones. No encontré nada; sin
embargo, temía dar un paso, por miedo a tropezar con las paredes de una tumba. El
sudor brotaba de todos mis poros, y quedaba en grandes y frías gotas sobre mi frente.
La agonía de la incertidumbre por fin se volvió inaguantable y empecé a moverme
hacia adelante cuidadosamente, con los brazos extendidos y los ojos desorbitados en
la esperanza de captar algún débil rayo de luz. De esta forma di muchos pasos, pero
todo seguía siendo aún oscuridad y vacío. Respiré con mayor libertad. Parecía
evidente que el mío, por lo menos, no era el más horrible de los destinos.
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Y entonces, mientras seguía dando cautelosos pasos hacia adelante, vinieron
agolpándose en mi recuerdo mil vagos rumores de las atrocidades de Toledo. Cosas
extrañas se contaban sobre los calabozos —siempre había creído yo que eran fábulas
—, pero aún así resultaban extrañas y demasiado horrorosas para ser repetidas como
no fuese en voz baja. ¿Me dejarían morir de hambre en este subterráneo mundo de
tinieblas?, o, ¿qué destino, quizás aun más espantoso, me aguardaba? Demasiado bien
conocía yo el carácter de mis jueces para dudar de que el resultado sería la muerte, y
una muerte más amarga que la habitual. Todo lo que me preocupaba y me enloquecía
era el modo y la hora en que llegaría tal muerte.
Por fin mis manos extendidas tocaron algún obstáculo sólido. Era una pared, al
parecer de piedra, muy lisa, viscosa y fría. Empecé a seguirla, avanzando con toda la
cuidadosa desconfianza que antiguos relatos me habían inspirado. Pero este proceder
no me ofrecía los medios para averiguar las dimensiones de mi calabozo, puesto que
podía dar toda la vuelta y regresar al punto de partida sin advertirlo, tan
perfectamente uniforme parecía la pared. Por eso busqué el cuchillo que llevaba en
mi bolsillo cuando me condujeron a la cámara inquisitorial, pero había desaparecido;
mis ropas habían sido cambiadas por un sayo de burda estameña. Tenía pensado
meter la hoja en alguna pequeña fisura de la manipostería para identificar mi punto de
partida. La dificultad, sin embargo, era insignificante, aunque en el desorden de mi
fantasía al principio me pareció insuperable. Arranqué al fin un trozo del borde del
sayo y lo coloqué bien extendido y en ángulo recto con respecto a la pared. Al tentar
toda la superficie mientras daba la vuelta a mi celda, encontraría así el trapo una vez
concluido el circuito. Tal fue lo que pensé, pero no había contado con la extensión del
calabozo ni con mi propia debilidad. El suelo estaba húmedo y resbaladizo. Me
tambaleé mientras avanzaba durante un rato, hasta que tropecé y caí. La excesiva
fatiga me indujo a permanecer postrado y el sueño me dominó pronto allí mismo.
Al despertar y extender un brazo encontré junto a mí un pan y un jarro de agua.
Estaba demasiado agotado como para reflexionar acerca de esto, pero comí y bebí
ávidamente. Poco después reanudé mi vuelta al calabozo, y con mucho trabajo llegué
por fin al trozo de estameña. Hasta el momento en que caí había contado cincuenta y
dos pasos, y al reanudar la vuelta había contado cuarenta y ocho más antes de llegar
al trapo. Eran, entonces, cien pasos; y calculando una yarda por cada dos pasos,
llegué a la conclusión de que el calabozo tenía un perímetro de cincuenta yardas[52].
Sin embargo, había encontrado muchos ángulos en la pared y por eso no pude
adivinar la forma exacta de la cripta; la llamo así porque no podía dejar de suponer
que fuera una cripta.
Tenía pocos motivos —ciertamente ninguna esperanza— para hacer estas
investigaciones, pero una vaga curiosidad me impulsaba a continuarlas. Apartándome
de la pared decidí cruzar el área de espacio abierto. Al principio avancé con extrema
cautela, porque el suelo, aunque parecía hecho de material sólido, resultaba peligroso
debido al limo acumulado. Por fin, sin embargo, cobré ánimo y no vacilé en dar pasos
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firmes, tratando de cruzar en una línea tan recta como me fuera posible. De esta
manera había avanzado unos diez o doce pasos cuando el borde desgarrado del sayo
se me enredó en las piernas. Lo pisé y caí violentamente de bruces.
En la confusión de mi caída no me percaté de un detalle ciertamente asombroso,
que unos pocos segundos después, mientras aún yacía boca abajo, me llamó la
atención. Fue esto: mi barbilla descansaba en el suelo del calabozo, pero mis labios y
la parte superior de mi cabeza, aunque parecían menos elevados que la barbilla, no
tocaban nada. Al mismo tiempo, mi frente parecía bañada con un vapor viscoso, y el
olor característico de hongos podridos penetraba en mi nariz. Extendí el brazo y me
estremecí al descubrir que había caído al mismo borde de un pozo circular, cuya
extensión, por supuesto, no tenía medios de averiguar en aquel momento. Tanteando
la manipostería debajo del borde logré desprender un pequeño fragmento y lo dejé
caer al abismo. Durante muchos segundos escuché cómo repercutía al chocar en su
descenso contra los lados de la sima; por fin sonó un ruido apagado en el agua,
seguido de sonoros ecos. A la vez oí un sonido como el de abrirse y cerrarse
rápidamente una puerta en lo alto, mientras un débil rayo de luz brillaba
instantáneamente entre las tinieblas y desaparecía con la misma rapidez.
Comprendí claramente el destino que me habían preparado, y me felicité por el
oportuno accidente que me permitió escapar del mismo. Un paso más, antes de mi
caída, y el mundo nunca hubiera vuelto a verme. La muerte que acababa de eludir
tenía exactamente las características que yo había considerado fabulosas y frívolas en
las historias que se contaban acerca de la Inquisición. Elegía ésta para las víctimas de
su tiranía dos clases de muerte: una llena de horrendas agonías físicas y otra saturada
de los más espantosos horrores morales. Yo estaba destinado a la última. Largos
sufrimientos me habían debilitado los nervios, al punto de que me estremecía al oír el
sonido de mi propia voz, lo que me convertía sin duda en el sujeto adecuado para la
clase de tortura que me aguardaba.
Temblando de pies a cabeza y tanteando el camino, volví a la pared, resuelto a
perecer allí antes de arriesgarme al terror de andar entre los pozos, pues mi
imaginación suponía la existencia de muchos en el calabozo. En otro estado de ánimo
tal vez hubiera tenido el valor para acabar de una vez con mis desgracias tirándome a
uno de esos abismos, pero en aquel momento yo era el peor de los cobardes. Y
tampoco podía olvidar lo que había leído sobre esos pozos: que el súbito fin de la
vida no formaba parte de su más horrible plan.
La agitación de mi espíritu me mantuvo despierto durante muchas y largas horas,
pero por fin me dormí de nuevo. Al despertarme, otra vez encontré a mi lado un pan y
un jarro de agua. Me consumía una sed ardiente y vacié el jarro de un solo trago. El
agua debía de contener alguna droga, porque, apenas la hube bebido, me sentí
irremediablemente soñoliento. Un sueño profundo cayó sobre mí, un sueño como el
de la muerte. No sé, por supuesto, cuánto duró, pero, cuando abrí de nuevo los ojos,
los objetos que me rodeaban eran visibles. Gracias a un desolado fulgor sulfuroso,
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cuyo origen me fue imposible averiguar al principio, pude ver la extensión y el
aspecto de la cárcel.
En cuanto a su tamaño, me había equivocado mucho. El perímetro total de las
paredes no pasaba de unas veinticinco yardas. Durante unos minutos este hecho me
causó un mundo de vanas molestias, ¡vanas, de veras! ¿Qué podría, sin embargo,
tener menos importancia en las terribles circunstancias que me rodeaban que las
simples dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma experimentó un desenfrenado
interés por las nimiedades y me ocupé en tratar de explicarme el error que había
cometido en mis cálculos. Por fin la verdad se me reveló. En mi primer intento de
explorar había contado cincuenta y dos pasos, hasta el momento en que caí; debía de
estar a un paso o dos del trozo de estameña; de hecho, casi había completado la vuelta
a la cripta. Entonces dormí, y, al despertarme, debí de volver sobre mis pasos: así
llegué a pensar que el perímetro tenía casi el doble de su verdadero tamaño. La
confusión de mi mente me impidió notar que había comenzado la vuelta con la pared
a la izquierda y que la terminé teniéndola a la derecha.
También me había engañado sobre la forma del espacio. Al tantear las paredes
había encontrado muchos ángulos y así tuve la impresión de una gran irregularidad;
¡tan potente es el efecto de la oscuridad total sobre quien sale del letargo o del sueño!
Los ángulos eran simplemente los de unas ligeras depresiones o nichos situados a
trechos irregulares. El calabozo tenía la forma de un cuadrado. Lo que había tomado
por mampostería ahora parecía hierro o algún otro metal, en enormes planchas cuyas
suturas o junturas causaban las depresiones. La entera superficie de esta celda
metálica aparecía toscamente pintarrajeada con todas las feísimas y repulsivas
imágenes que han surgido de la superstición sepulcral de los monjes. Las pinturas de
demonios en aspectos amenazantes, con figuras de esqueletos y otras imágenes
verdaderamente aterradoras, cubrían y deformaban las paredes. Observé que los
contornos de esas monstruosidades quedaban bien marcados, pero también que los
colores parecían desteñidos y borrosos, como si los hubiera afectado la humedad de
la atmósfera. Ahora reparé también en el suelo, que era de piedra. En el centro se
abría el pozo circular de cuyas fauces había escapado, pero era el único en todo el
calabozo.
Vi todo esto borrosamente y con gran trabajo, porque mi situación física había
cambiado mucho durante el sueño. Ahora yacía de espaldas, completamente estirado,
sobre una especie de bajo armazón de madera. Estaba firmemente atado por una larga
correa semejante a un cíngulo. Pasaba ésta dando muchas vueltas por mis miembros y
mi cuerpo, dejándome sólo en libertad la cabeza y el brazo izquierdo, de tal forma
que podía yo, con grandes esfuerzos, alcanzar los alimentos colocados en un plato de
barro en el suelo, a mi lado. Vi, para mi horror, que se habían llevado el jarro. Digo
para mi horror, porque me consumía una sed insoportable. Al parecer, la intención de
mis perseguidores era estimular esa sed, porque la comida del plato consistía en carne
condimentada con picante.
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Mirando hacia arriba examiné el techo de mi prisión. Tendría unos treinta o
cuarenta pies de alto, y su construcción se asemejaba a la de las paredes. En uno de
sus paneles una figura muy rara cautivó toda mi atención. Era la figura pintada del
Tiempo, tal como se lo suele representar, salvo que, en vez de guadaña, sostenía lo
que, a primera vista, creí que era la imagen dibujada de un enorme péndulo, como
suelen verse en los relojes antiguos. Algo, sin embargo, en la apariencia de esa
máquina me empujó a mirarla con más atención. Mientras la observaba directamente
desde abajo hacia arriba (porque estaba colocada exactamente sobre mí), imaginé que
se movía. Un instante después esta impresión quedó confirmada. La oscilación del
péndulo era breve, y, por supuesto, lenta. Lo observé durante un rato, con algo de
miedo, pero también me sentía maravillado. Cansado, por fin, de contemplar su
movimiento monótono, volví los ojos hacia los otros objetos de la celda.
Un leve ruido me llamó la atención y, mirando hacia el suelo, vi que cruzaban por
él varias ratas enormes. Habían salido del pozo que se encontraba justo al alcance de
mi vista, a la derecha. Aún entonces, mientras las miraba, subían muchas,
apresuradamente, con ojos voraces, atraídas por el olor de la carne. Me costaba
mucho esfuerzo y atención ahuyentarlas del plato de comida.
Habría pasado media hora, quizás una hora entera (porque no podía calcular bien
el paso del tiempo), antes de que volviera a levantar la mirada a lo alto. Lo que vi
entonces me dejó confundido y maravillado. El vaivén del péndulo había aumentado
su carrera en casi una yarda. Como consecuencia natural, su velocidad también era
mucho mayor. Pero lo que me perturbó fue comprobar que había descendido
visiblemente. Entonces observé —con cuánto horror no hace falta decirlo— que su
extremidad inferior estaba formada por una media luna de acero reluciente, que
medía aproximadamente un pie de punta a punta, las puntas se curvaban hacia arriba
y el borde inferior estaba tan afilado cono una navaja. También como una navaja, el
péndulo parecía pesado y macizo, ensanchándose desde el filo hacia la sólida y ancha
estructura que quedaba encima. Colgaba de un pesado vástago de bronce, y todo el
mecanismo silbaba al oscilar en el aire.
Ya no podía abrigar dudas del destino que el torturador ingenio de los monjes
había ideado para mi fin. Los agentes de la Inquisición se habían dado cuenta de mi
descubrimiento del pozo, el pozo, cuyos horrores estaban destinados a un renegado
tan atrevido como yo, el pozo, típico del infierno y que según los rumores era
considerado como Ultima Thule[53] de toda una serie de castigos. Yo había evitado
caer en ese pozo por el más casual de los accidentes, y sabía que sorprender o atrapar
a la víctima del tormento constituía una parte importante de todo lo siniestro de
aquellas muertes en los calabozos. Ya que no había caído en el pozo, el diabólico plan
no contaba con arrojarme al abismo; y así (como no quedaba otra alternativa) me
aguardaba una destrucción diferente y más benigna. ¡Más benigna! Casi me sonreí en
medio de la agonía al pensar en tal aplicación de la palabra.
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¡Qué inútil es hablar de las largas, largas horas de horror más que mortal, durante
las cuales conté las silbantes vibraciones del acero! Pulgada tras pulgada, vaivén tras
vaivén, con un descenso sólo apreciable a intervalos que parecían siglos, bajaba y
seguía bajando. Pasaron días —podían haber pasado muchos días— antes de que
oscilara tan cerca de mí, que me abanicaba con su acre aliento. El olor del afilado
acero penetró con fuerza en mi nariz. Rezaba, cansaba yo al cielo con mis rezos
pidiendo que el péndulo descendiera con más rapidez. Me puse frenéticamente loco y
luchaba y me esforzaba por levantar mi cuerpo hasta alcanzar el camino de la
oscilación del horrible alfanje. Y entonces me serené de pronto, y quedé sonriendo a
esa reluciente muerte, como un niño ante un extraño juguete.
Siguió otro período de absoluta insensibilidad; fue breve, porque al volver de
nuevo a la vida noté que no se había producido ningún descenso perceptible del
péndulo. Podía haber durado mucho tiempo, porque sabía de la existencia de
demonios que observaban mi desmayo y que podían haber detenido el péndulo a su
voluntad. Al volver en mí, me sentí enfermo…, oh, indeciblemente enfermo y débil,
como después de un prolongado ayuno. Aun en la agonía de esas horas, la naturaleza
humana ansiaba alimento. Con un penoso esfuerzo extendí el brazo izquierdo todo lo
que me permitían las ataduras, y me apoderé de los pocos restos que las ratas habían
dejado. Mientras me llevaba una porción de alimento a los labios, pasó por mi mente
un pensamiento de alegría apenas nacida…, de esperanza. Pero ¿qué tenía yo que ver
con la esperanza? Fue, como he dicho, un pensamiento que apenas se había
conformado… El hombre tiene muchos así, que jamás concluyen. Sentí que era de
alegría, de esperanza, pero también sentí que había perecido en el momento mismo de
hacerse. En vano luché por perfeccionarlo, por recobrarlo. El prolongado sufrimiento
casi había aniquilado todas mis facultades mentales ordinarias. Yo era ya un imbécil,
un idiota.
El vaivén del péndulo formaba un ángulo recto con mi cuerpo extendido. Vi que
la media luna estaba destinada a cruzar la zona del corazón. Deshilacharía la
estameña de mi sayo, retornaría para repetir sus operaciones, otra vez, y otra vez. A
pesar de su recorrido terroríficamente amplio (unos treinta pies o más) y del silbante
vigor de su descenso, capaz de partir incluso las mismas paredes de hierro, todo lo
más que lograría durante varios minutos sería sólo deshilachar mi sayo. En este
pensamiento me detuve. No me atreví a seguir esta reflexión. Me extendía en ese
pensamiento con una pertinaz atención, como si al hacerlo pudiera detener en ese
punto el descenso del acero. Me obligué a meditar sobre el sonido que haría la media
luna al pasar por el vestido, sobre la extraña sensación de excitación que el roce de la
tela produce en los nervios. Pensé en todas estas frivolidades hasta que me dio
dentera.
Bajaba…, incesante y lentamente bajaba. Encontré un frenético placer en
contrastar la velocidad lateral con la de su descenso. A la derecha…, a la izquierda…,
lejos y cerca…, con el aullido de un espíritu infernal, ¡hacia mi corazón con el paso
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sigiloso del tigre! Alternativamente, reí a gritos y di alaridos, según una u otra idea
me dominara.
Bajaba…, ¡seguro, implacable, bajaba! ¡Ya vibraba a tres pulgadas de mi pecho!
Luché con violencia, furiosamente, para soltar mi brazo izquierdo. Éste quedaba libre
solamente del codo hasta la mano. Podía moverlo con gran esfuerzo desde el plato,
puesto a mi lado, hasta la boca, pero nada más. Si hubiera podido romper las ataduras
por encima de mi codo, habría intentado agarrar y detener el péndulo. ¡Pero hubiera
sido igual que si tratara de parar un alud!
Bajaba… Aún incesante, inevitablemente bajaba. Jadeaba y luchaba yo a cada
vaivén. Me encogía convulsivamente a cada recorrido. Mis ojos seguían su carrera
hacia afuera, hacia arriba, con la ansiedad de una desesperación sin sentido, se
cerraban con un espasmo cuando descendía, aunque la muerte hubiera sido un alivio,
¡qué inexpresable alivio! Aún me temblaba cada nervio al pensar que la más leve
caída del mecanismo precipitaría aquella reluciente y afilada hacha contra mi pecho.
Era esa esperanza la que hacía estremecer mis nervios y contraerse mi cuerpo. Era la
esperanza —esa esperanza que triunfa en el potro de tormento—, que susurra al oído
de los condenados a muerte hasta en los calabozos de la Inquisición.
Me percaté de que después de diez o doce oscilaciones el acero se pondría en
contacto con mi sayo, y con esta observación se apoderó de mi espíritu toda la
marcada y completa serenidad de la desesperación. Por primera vez en muchas horas
—o tal vez días— me puse a pensar. Ahora se me ocurrió que la venda, o cíngulo,
que me envolvía, era una sola. Ninguna cuerda separada me ataba. El primer roce de
la afiladísima media luna sobre cualquier parte de la banda la soltaría de forma que,
con la ayuda de mi mano izquierda, podía desenroscarla de mi cuerpo. Pero ¡qué
espantosa, en ese caso, era la proximidad del acero! ¡Qué mortal el resultado de la
menor lucha! ¿Era verosímil, además, que los esbirros de los torturadores no hubieran
previsto semejante posibilidad? ¿Era probable que la venda cruzara mi pecho en el
justo lugar donde pasaría el péndulo? Temiendo descubrir que mi débil y, al parecer,
última esperanza se frustrara, levanté la cabeza lo suficiente para distinguir con
claridad mi pecho. El cíngulo envolvía mis miembros y mi cuerpo por todas partes,
salvo por el lugar donde pasaría la constante media luna.
Apenas había dejado caer la cabeza en su sitio anterior, me cruzó por la mente, de
pronto, algo que sólo puedo describir como la informe mitad de aquella idea de
liberación que he mencionado antes, y de la cual sólo una parte flotaba borrosamente
en mi cerebro cuando llevé la comida a mis ardientes labios. Entonces el pensamiento
completo se presentó, débilmente, apenas sensato, apenas definido, pero entero. En
seguida, con la nerviosa energía de la desesperación, empecé a intentar su
verificación.
Durante muchas horas, una gran cantidad de ratas había pululado por las
proximidades del armazón de madera sobre el cual me hallaba. Eran salvajes,
atrevidas, hambrientas; sus rojas pupilas me miraban feroces como si esperaran
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verme inmóvil para hacer de mí su presa. «¿A qué alimento —pensé— han estado
acostumbradas en el pozo?».
A pesar de todos mis esfuerzos por impedirlo habían devorado el contenido del
plato, salvo unos pocos restos. Ya, por mera costumbre, mi mano se agitaba de un
lado a otro sobre el plato; y, por fin, la inconsciente uniformidad del movimiento le
hizo perder su efecto. En su voracidad, los asquerosos animales clavaban sus agudos
dientes en mis dedos. Tomé entonces los trozos de la aceitosa y sazonada carne que
quedaban en el plato y froté cuidadosamente con ellos la venda hasta donde pude
alcanzarla; entonces, levantando mi mano del suelo, permanecí totalmente quieto, sin
apenas respirar.
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Al principio los hambrientos animales se sobresaltaron, aterrorizados por el
cambio, por el cese del movimiento. Retrocedieron alarmados, muchos se refugiaron
en el pozo. Pero aquello duró sólo un momento. No en vano había yo contado con su
voracidad. Al observar que seguía sin moverme, una o dos de las ratas más atrevidas
saltaron al armazón y olfatearon el cíngulo. Eso pareció la señal para el asalto
general. Salían del pozo corriendo en renovadas cuadrillas. Se agarraban a la madera,
corrían por ella y saltaban a centenares sobre mi cuerpo. El acompasado movimiento
del péndulo no les molestaba en absoluto. Evitando sus golpes, se ocuparon de la
venda untada. Me abrumaban, pululaban sobre mí en montones cada vez más
grandes. Se retorcían cerca de mi garganta, sus fríos labios buscaban los míos. Me
sentía agobiado bajo su creciente peso; un asco para el cual no existe nombre en el
mundo entero llenaba mi pecho y helaba con su espesa viscosidad mi corazón. Sólo
un minuto más, y creí que la lucha terminaría. Claramente percibí que la venda se
aflojaba. Sabía que ya debía de estar cortada en más de una parte. Con una
determinación que sobrepasaba lo humano me quedé quieto.
No había errado en mis cálculos, ni había aguantado aquello en vano. Por fin sentí
que estaba libre. El cíngulo colgaba en tiras de mi cuerpo. Pero el golpe del péndulo
ya alcanzaba mi pecho. Había partido la estameña del sayo. Había cortado el lino.
Pasó dos veces más, y una aguda sensación de dolor me recorrió cada nervio. Pero
había llegado el momento de escapar. Apenas agité la mano, mis libertadores huyeron
en tumulto. Con un movimiento uniforme, cauteloso, de soslayo, contraído y lento,
me deslicé de las ligaduras hasta quedar fuera del alcance del alfanje. Por el
momento, al menos, estaba libre.
¡Libre!… ¡y en las «garras de la Inquisición»! Apenas me había apartado de mi
lecho de horror para pisar el suelo de piedra del calabozo, cesó el movimiento de la
máquina infernal y la vi subir, movida por alguna fuerza invisible, y desaparecer por
el techo. Aquello fue una lección que tomé en cuenta muy desesperadamente. Sin
duda, espiaban cada uno de mis movimientos. ¡Libre! Sólo había escapado de la
muerte bajo una forma de agonía, para ser entregado a algo peor que la muerte bajo
otra forma. Pensando en esto, recorrí nerviosamente con los ojos los barrotes de
hierro que me encerraban. Algo insólito, algún cambio que al principio no distinguía
bien se había producido evidentemente en el calabozo. Durante muchos minutos de
una temblorosa abstracción de ensueño estuve ocupado en vanas y deshilvanadas
conjeturas. En estos momentos me di cuenta por primera vez del origen de la
sulfurosa luz que iluminaba la celda. Procedía de una fisura de media pulgada de
ancho[54], que se extendía al pie de todas las paredes, que así parecían, y en realidad
lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar a través de la abertura,
pero, por supuesto, fue en vano.
Al ponerme otra vez de pie, comprendí de pronto el misterio del cambio en la
celda. Ya he mencionado que los contornos de las figuras pintadas en las paredes eran
bastante nítidos, y que, sin embargo, los colores parecían borrosos e indefinidos.
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Ahora esos colores poseían, y lo tenían cada vez más, un brillo intenso y
sorprendente, que daba a las espectrales y diabólicas imágenes un aspecto capaz de
quebrantar nervios aún más fuertes que los míos. Ojos endemoniados, de una
vivacidad salvaje y aterradora, me miraban ferozmente desde mil direcciones, donde
ninguno se había hecho visible antes, y brillaban con el espeluznante fulgor de un
fuego que me era imposible obligar a mi imaginación a considerar como irreal.
¡Irreal…! ¡Mientras respiraba llegó a mis narices el aliento del vapor del hierro
candente! ¡Un olor sofocante llenaba la celda! ¡Un brillo más profundo crecía a cada
momento en los ojos que contemplaban ferozmente mi agonía! Un tono más subido
de rojo se expandía sobre los pintados y sangrientos horrores. ¡Y yo jadeaba, tratando
de respirar! Ya no cabía duda sobre la intención de mis torturadores… ¡Ah, los más
implacables, los más demoníacos de entre los hombres! Retrocedí hacia el centro de
la celda, huyendo del metal candente. Mientras pensaba en la espantosa destrucción
que me aguardaba, la idea de la frescura del pozo invadió mi alma como un bálsamo.
Corrí hasta su mortal borde. Forzando la vista, miré hacia abajo. El resplandor del
techo ardiendo iluminaba sus más remotos huecos. Sin embargo, durante un horrible
instante, mi espíritu se negó a comprender el sentido de lo que veía. Por fin el
entendimiento se abrió camino, luchó por entrar en mi alma…, se marcó en fuego
sobre mi acelerada razón. ¡Oh, cómo podría expresarlo! ¡Oh, espanto! ¡Todo, todo
menos eso! Con un alarido me alejé del borde y hundí mi cara en las manos,
sollozando amargamente.
El calor aumentaba rápidamente, y una vez más miré hacia arriba, temblando
como en un ataque de calentura. Un segundo cambio se había producido en la celda,
pero no suponía más que la alteración de su forma. Igual que antes, fue inútil, al
principio, que intentara apreciar o comprender lo que ocurría. Pero no duraron mucho
mis dudas. Mi doble escapatoria había acelerado la venganza de la Inquisición y ya el
Rey de los Terrores no permitiría más demoras. Hasta entonces mi celda había sido
cuadrada. Vi que dos de sus ángulos de hierro se habían vuelto agudos y otros dos,
por consiguiente, obtusos. La espantosa diferencia creció rápidamente con un ruido
profundo, retumbante y quejumbroso. En un instante la celda había cambiado su
forma por la de un rombo. Pero el cambio no se detuvo allí: yo no esperaba ni
deseaba que se detuviera. Me habría gustado apretar contra mi pecho las rojas
paredes, como si fueran vestiduras de paz eterna. «La muerte —dije—, ¡cualquier
muerte salvo la del pozo!». ¡Insensato! ¿No me daba cuenta de que la intención del
hierro candente era precisamente la de empujarme al pozo? ¿Podría resistir su fulgor?
O, si eso fuera posible, ¿podría aguantar su presión? Y entonces el rombo se hacía
más y más plano con una rapidez que no me dejaba tiempo para meditar. Su centro, y
por supuesto su mayor anchura, caía exactamente encima del abierto abismo. Me
encogí…, pero las paredes, cerrándose, me empujaban irresistiblemente hacia
adelante. Por fin no quedaba ni una pulgada sobre el suelo firme del calabozo donde
apoyar mi retorcido y quemado cuerpo. Ya no luchaba, pero la agonía de mi alma se
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desahogó en un solo, prolongado alarido final de desesperación. Sentí que me
tambaleaba al borde…, desvié la mirada.
¡Y escuché un zumbido discordante de voces humanas!
¡Resonó un fuerte toque de muchas trompetas! ¡Oí un áspero chirriar como de mil
truenos! ¡Las ardientes paredes retrocedieron! Una mano extendida cogió la mía,
cuando, desvanecido, caía al abismo. Era la del general Lasalle[55]. El ejército francés
acababa de entrar en Toledo. La Inquisición había caído en manos de sus enemigos.
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Berenice
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que ocurrió una total inversión en el carácter de mis más simples pensamientos. Las
realidades del mundo me afectaron como visiones, y sólo como visiones, mientras las
extrañas ideas del país de los sueños se tornaron a su vez no en materia de mi
existencia cotidiana, sino realmente en la completa y absoluta existencia mía.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la casa señorial. Pero crecimos
de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de
fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo vivía
encerrado en mí, entregado apasionadamente en cuerpo y alma a la meditación más
intensa y penosa; ella, vagando sin cuidado por la vida, sin pensar en las sombras del
camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su
nombre: ¡Berenice! ¡Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos
despiertan ante este sonido! ¡Ah! ¡Viva aparece su imagen ante mí, ahora, como en
los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Oh, encantadora y fantástica belleza!
¡Oh, sílfide entre los arbustos de Arnheim[57]! ¡Oh, náyade entre sus fuentes! Y
entonces, entonces todo es misterio y terror y una historia que no se debe contar. La
enfermedad —una enfermedad mortal— cayó como el simún sobre su cuerpo e,
incluso mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio pasó por ella, penetrando
en su mente, sus costumbres y su carácter, y de la forma más sutil y terrible llegó a
alterar incluso la identidad de su persona. ¡Ay! La fuerza destructora vino y se alejó,
y la víctima…, ¿dónde estaba? Yo no la conocía, o ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades promovidas por aquella primera y fatal
que desencadenó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima,
puede mencionarse como la más angustiosa y obstinada en su naturaleza una clase de
epilepsia que con frecuencia terminaba en un trance, un trance muy semejante a la
extinción de la vida, del cual su manera de despertar era, en los más de los casos,
asombrosamente repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad —porque me han
dicho que no debería darle otro nombre—, mi propia enfermedad aumentó
rápidamente y al fin asumió un carácter monomaniaco de nueva y extraordinaria
especie, ganando en vigor a cada hora y a cada momento, y por último tuvo sobre mí
el más incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si tengo que llamarla así,
consistía en una morbosa irritabilidad de esas facultades de la mente que la ciencia
metafísica designa como las atentivas. Es más que probable que no me explique; pero
temo, en realidad, que de ninguna manera sea posible comunicar a la inteligencia del
lector corriente la idea de aquella nerviosa intensidad de interés con que, en mi caso,
los poderes de la meditación (por no hablar en términos técnicos) se ocupaban y se
hundían al contemplar aun los objetos más comunes del universo.
Reflexionar largas, incansables horas con mi atención fija en algún trivial dibujo
hecho en el margen o en la tipografía de un libro; estar absorto durante buena parte de
un día de verano en la peregrina sombra que caía oblicuamente sobre la tapicería o
sobre la puerta; perderme durante toda una noche mirando la tranquila llama de una
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lámpara o las ascuas de un fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor;
repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, gracias a la
continua repetición, dejaba de comunicar la menor idea a la mente; perder todo
sentido del movimiento o de la existencia física, por medio de la absoluta quietud del
cuerpo, mantenida larga y obstinadamente: tales eran algunos de los caprichos más
comunes y menos perniciosos provocados por una condición de las facultades
mentales, no única, por cierto, pero sí capaz de desafiar cualquier análisis o
explicación.
Sin embargo, que no se me entienda mal. La atención excesiva, seria y morbosa,
así excitada por objetos triviales, en sí no se debe confundir en su naturaleza con esa
tendencia a la meditación corriente en todos los hombres, y a la que se entregan
especialmente las personas de una ardiente imaginación. Tampoco era, como pudo
suponerse al principio, una condición grave, ni la exageración de una tendencia
semejante, sino un estado primario y esencialmente distinto, diferente. En un caso el
soñador o el entusiasta, al interesarse por un objeto normalmente no trivial, pierde
imperceptiblemente de vista este objeto en un bosque de deducciones y sugerencias
que surgen de él, hasta que, al final de la ensoñación muchas veces llena de deleite,
encuentra que el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece
enteramente y queda olvidado. En mi caso el objeto primario era invariablemente
trivial, aunque adquiría, por medio de mi visión perturbada, una importancia refleja e
irreal. Pocas deducciones, o ninguna, hallaba, y aquellas pocas volvían pertinazmente
al objeto original como centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y al final de
la ensoñación, la primera causa, lejos de perderse de vista, había alcanzado ese
interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo primordial de la
enfermedad. En una palabra, los poderes de la mente, ejercidos de forma especial,
eran, en mi caso, como ya he dicho, los de la atención; y en el caso del soñador son
los de la especulación.
Mis libros en esta época, si no servían realmente para aumentar el trastorno,
compartían en gran medida, como se verá, por su carácter imaginativo e
inconsecuente, las cualidades características del trastorno mismo. Recuerdo bien,
entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine
Beati Regni Dei; la gran obra de San Agustín, La Ciudad de Dios; y de Tertuliano,
De Carne Christi, en la que la frase paradójica Mortuus est Dei filius; credibile est
quia ineptum est; et sepultus resurrexit; certum est quia impossibile est[58] ocupó
todo mi tiempo durante muchas semanas de inútil y laboriosa investigación.
Así se verá que, agitada en su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón
semejaba aquel peñasco del océano mencionado por Ptolomeo Hephestion[59], que
resistía sin vacilar los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las
aguas y los vientos, pero que temblaba con el solo toque, de la flor llamada
asfódelo[60]. Y aunque, para un pensador descuidado, podría parecer un asunto fuera
de toda duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su
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desgraciada enfermedad me hubiera sugerido muchos temas para el ejercicio de esa
meditación intensa y anormal cuya naturaleza me he preocupado bastante en explicar,
sin embargo no era éste el caso, en absoluto. En los ratos lúcidos de mi mal, la
calamidad de Berenice me daba lástima de veras; y conmovido hondamente por esa
total ruina de su bella y dulce vida, no dejaba yo de meditar con frecuencia,
amargamente, sobre los medios portentosos que habían obrado con aquella rapidez
una tan extraña revolución. Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de
mi enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias
semejantes, a los hombres comunes. Conforme con su propio carácter, mi trastorno se
recreaba en los cambios de menor importancia, pero más asombrosos, producidos en
la constitución física de Berenice, en la extraña y pasmosa deformación de su
identidad personal.
Durante los días más luminosos de su belleza sin par indudablemente nunca la
había amado. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos míos nunca
habían sido del corazón, y mis pasiones siempre eran de la mente. En las tempranas,
brumosas horas de la mañana, en las entrelazadas sombras del bosque al mediodía, y
en el silencio de mi biblioteca por la noche, ella había pasado veloz ante mis ojos, y
yo la había visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un
sueño; no como un ser de la tierra, sino como la abstracción de un ser semejante; no
como algo para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como
tema de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y entonces, entonces me
estremecía ante su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo,
lamentando amargamente su estado decaído y desolado, recordé que me había amado
largo tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio.
Y al fin la fecha de nuestras nupcias se acercaba cuando, una tarde del invierno de
aquel año, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos, que
son la nodriza de la bella Alcíone[61], estaba yo sentado (y creía encontrarme solo) en
la sala interior de la biblioteca. Pero, levantando los ojos, vi a Berenice delante de mí.
¿Fue mi propia imaginación excitada, o la brumosa influencia de la atmósfera, o
la incierta luz crepuscular de la sala, o los pliegues grises que caían alrededor de su
figura lo que causó en ella un contorno tan vacilante e indefinido? No podría decirlo.
Ella no pronunció una palabra, y yo… ni por el mundo entero podría haber enunciado
una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi cuerpo; una sensación de insufrible
ansiedad me oprimía; una curiosidad devoradora penetraba mi alma; y, hundiéndome
en la silla, quedé un rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona.
¡Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se mostraba en
una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro.
La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; el cabello, antes de un
negro azabache, caía parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas
con innumerables rizos de un vivo rubio, que contrastaban, discordantes, por su matiz
fantástico, con la melancolía del rostro. Sus ojos estaban sin vida, sin brillo y
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aparentemente faltos de pupilas; y yo me encogí involuntariamente ante su mirada
vidriosa y pude contemplar sus delgados y marchitos labios. Se abrieron; y en una
sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron
lentamente a mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto, o que, al verlos,
hubiera muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me llamó la atención y, alzando los ojos,
descubrí que mi prima había salido de la sala. Pero de la desordenada cámara de mi
cerebro, ¡ay!, no había salido, y no se podía alejar, el blanco y horrible espectro de
los dientes. Ni una pequeña mancha en su superficie, ni una sombra en su esmalte, ni
una mella en sus bordes existió en los dientes que ese rato de su sonrisa no dejara de
grabarse en mi memoria. Los veía ahora incluso más claramente que los había visto
entonces. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí y en todas partes, visibles y
palpables ante mí, largos, delgados y excesivamente blancos, con los pálidos labios
contorsionándose alrededor de ellos, como en el justo instante de su primitivo,
terrible desarrollo. Entonces llegó la furia plena de mi monomanía, y yo luchaba en
vano contra su influencia extraña e irresistible. Entre los múltiples objetos del mundo
externo no tenía pensamientos sino para los dientes. Los anhelaba con un deseo
frenético. Todos los otros asuntos y todos los intereses distintos fueron absorbidos por
aquella única contemplación. Ellos, sólo ellos, quedaban presentes para mi mirada
mental, y ellos, en su singular individualidad, llegaron a ser la esencia de mi vida
cerebral. Los examiné bajo todas las luces. Los vi desde todos los ángulos. Estudié
sus características. Medité sobre sus peculiaridades. Ponderé la alteración de su
naturaleza. Me estremecí mientras les atribuía, en la imaginación, un poder sensible y
consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. De
mademoiselle Sallé[62] que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía
con más seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el
pensamiento insensato que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era por lo que los
codiciaba tan locamente! Sentía que sólo la posesión de ellos podía devolverme la
paz, restituyéndome la razón.
Y así cayó la tarde sobre mí; entonces vino la oscuridad y se quedó un rato y se
fue, y el día amaneció otra vez, y las brumas de una segunda noche se acumularon
alrededor, y yo seguía sentado inmóvil en esa sala solitaria, aún encerrado en la
meditación; y aún el fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, mientras,
con una viva y horrible claridad, flotaba entre las cambiantes luces y sombras de la
cámara. Al fin irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación; y
entonces, después de un rato, se oyó el ruido de voces preocupadas, entremezcladas
con múltiples y apagados gemidos de pena o de dolor. Me levanté de la silla y,
abriendo de golpe una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una joven
criada, deshecha en lágrimas, quien me contó que Berenice ya no existía. Había
sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la
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tumba se encontraba lista para recibir a su ocupante, y todos los preparativos para el
entierro estaban terminados.
Me encontré sentado en la biblioteca, y otra vez solo. Parecía que hubiera
despertado de un sueño confuso y emocionante. Sabía que ya era medianoche y era
consciente de que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero de aquel
melancólico período intermedio no tenía una clara, o por lo menos una definida
comprensión. Sin embargo, el recuerdo de ese rato estaba lleno de horror, un horror
más horrible por ser vago y un terror más terrible por su ambigüedad. Era una página
espantosa en la historia de mi existencia, toda escrita con borrosos recuerdos,
horripilantes, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue en vano; mientras tanto,
como el espíritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parecía
seguir sonando en mis oídos. Yo había cometido un acto, ¿qué era? Me hice la
pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la sala me contestaron: ¿Qué era?
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En la mesa a mi lado brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja.
No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes con frecuencia, porque
pertenecía al médico de la familia. Pero ¿cómo se encontraba sobre mi mesa y por
qué me estremecía al contemplarla? Estas cosas no tenían una explicación y por fin
mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada.
Eran las extrañas pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: «Dicebant mihi sodales
si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas». Por qué,
entonces, al estudiarlas, ¿se me erizaron los pelos de la cabeza y se congeló en las
venas la sangre de mi cuerpo?
Sonó un leve golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como el ocupante de una
tumba, un sirviente entró de puntillas. Su aspecto mostraba un espantoso terror y me
habló en una voz trémula, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas.
Contó de un alocado grito que turbó el silencio de la noche, de la servidumbre
reunida, de una búsqueda en dirección de donde procedía el sonido, y entonces sus
palabras se hicieron emocionantemente claras cuando me habló susurrando de una
tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún
respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!
Señaló mis ropas, estaban manchadas de barro y de sangre. No hablé, y me tomó
suavemente la mano, tenía huellas hechas por uñas humanas. Dirigió mi atención
hacia algún objeto apoyado contra la pared, lo miré durante unos minutos, era una
pala. Con un grito corrí a la mesa y tomé la caja que había allí. Pero no pude abrirla,
y por mi temblor se deslizó de mis manos y cayó pesadamente y se rompió en
pedazos, y de la caja, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental,
mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, marfileños, que se
desparramaron por el suelo.
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Ligeia
Por mi vida que no puedo recordar ahora cómo, cuándo, ni, siquiera con precisión,
dónde conocí a lady Ligeia. Muchos años han transcurrido desde entonces, y mucho
sufrimiento ha debilitado mi memoria. O, tal vez, ahora no puedo recordar estos
detalles porque, en realidad, el carácter de mi amada, su extraordinaria erudición, el
singular y, sin embargo, plácido estilo de su belleza y la elocuencia emocionante,
cautivadora, de su expresión profunda y musical, entraron en mi corazón con pasos
tan constantes y secretos, que han quedado inadvertidamente desconocidos. No
obstante, creo que la conocí por primera vez y que la veía con frecuencia en una gran
ciudad antigua y ruinosa cerca del Rin. Sin duda le he oído mencionar a su familia.
Que procede de una remota y antigua época es indudable. ¡Ligeia! ¡Ligeia! Enterrado
como estoy en estudios de índole ideada para amortiguar las impresiones del mundo
exterior, sólo por esta dulce palabra, Ligeia, puedo formar ante mis ojos, en la
fantasía, la imagen de aquella que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, destella
dentro de mí el recuerdo de que nunca he sabido cuál era el apellido paterno de la que
fue mi amiga y mi prometida, que llegó a ser compañera de estudios y por fin la
esposa de mi alma. ¿Fue por una juguetona orden de parte de mi Ligeia, o fue para
tener una prueba de la fuerza de mi afecto por lo que me fue prohibido indagar sobre
tal detalle? ¿O fue más bien un capricho mío, una ofrenda alocadamente romántica en
el altar de la devoción más apasionada? Sólo borrosamente recuerdo el hecho
mismo… ¿Es, pues, extraño que me haya olvidado por completo de las circunstancias
que lo originaron o acompañaron? Y, de veras, si ese espíritu que llaman Romance, si
alguna vez la tenue y alada Ashtophet[64] del Egipto idólatra, ha presidido, como
cuentan, los matrimonios aciagos, entonces sin duda presidió el mío.
Hay un asunto querido, sin embargo, en el que mi memoria no falla. Es la
persona de Ligeia. Era de elevada estatura, más bien delgada, y en sus últimos días
incluso demacrada. En vano intentaría la descripción de su majestad, la serenidad de
su porte o la incomprensible ligereza y soltura de su paso. Entraba y salía como una
sombra. Nunca me daba yo cuenta cuando aparecía en mi cerrado estudio, salvo por
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la amada música de su dulce y profunda voz, mientras posaba su mano de mármol
sobre mi hombro. Jamás mujer alguna la ha igualado en la belleza de su rostro. Era el
resplandor de un sueño de opio, una etérea y animosa visión más extravagantemente
divina que las fantasías que flotaban alrededor de las almas adormecidas de las hijas
de Delos[65]. Sin embargo, sus facciones no tenían esa regularidad que nos han
enseñado falsamente a adorar en las obras clásicas de los paganos. «No hay una
belleza exquisita —dice Bacon[66], lord de Verulam, refiriéndose con justeza a todas
las formas y genera[67] de la hermosura— sin algo de extraño en las proporciones».
No obstante, aunque veía que las facciones de Ligeia no eran de una regularidad
clásica, aunque percibía que su hermosura era en verdad «exquisita» y sentía que
había mucho de «extraño» en ella, sin embargo he intentado en vano detectar la
irregularidad y averiguar mi propia percepción de lo «extraño». Examiné el contorno
de su frente alta y pálida: era impecable —¡qué fría de veras esa palabra aplicada a
una majestad tan divina!— la piel, que rivalizaba con el más puro marfil, la amplitud
dominante y la serenidad, la suave prominencia de sus parietales, y luego los cabellos
de negro azabache, satinados, abundantes y naturalmente rizados, que mostraban la
plena fuerza del epíteto homérico «cabellera de jacinto». Miraba el delicado perfil de
la nariz, y sólo en los elegantes medallones de los hebreos había contemplado
semejante perfección. Tenía la misma lustrosa suavidad de la superficie, la misma,
apenas perceptible, tendencia a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente
curvadas que indican el espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Ahí en verdad se
veía el triunfo de todas las cosas celestiales, la curva magnífica del corto labio
superior y la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos que bailaban y el
expresivo color, los dientes reflejando con un brillo casi sorprendente cada rayo de la
sagrada luz que caía sobre ellos en la más serena y plácida y, sin embargo,
esplendorosamente radiante de todas las sonrisas. Analizaba la forma del mentón y
ahí también encontraba la suave extensión, la delicadeza y la majestad, la plenitud y
la espiritualidad de lo griego, el contorno que el dios Apolo reveló sólo en sueños a
Cleomenes[68], el hijo del ateniense. Y entonces miraba profundamente a los grandes
ojos de Ligeia.
Para ojos no tenemos modelos en la antigüedad remota. Quizás también ocurriera
que en aquellos ojos de mi amada yacía el secreto al cual alude el lord de Verulam.
Eran, he de creerlo, mucho más grandes que los ojos normales de nuestra raza. Eran
aún más grandes que los ojos de gacela de la tribu del valle de Nourjahad[69]. Sin
embargo, sólo a ratos, en momentos de intensa emoción, este rasgo peculiar se hacía
más que levemente notable en Ligeia. Y en tales momentos su belleza era, o en mi
fantasía ardiente así parecía, tal vez, la de seres que están por encima o fuera de la
tierra, la belleza de la fabulosa hurí de los turcos. El color de sus ojos era del negro
más brillante, y sobre ellos caían oscuras y largas pestañas. Las cejas, de línea algo
irregular mostraban el mismo matiz. Lo que de «extraño» encontraba en sus ojos era,
sin embargo, de una naturaleza distinta a la forma, el color o el brillo de los rasgos, y
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ha de atribuirse, al fin, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido, tras cuya vasta
extensión de mero sonido, protegemos nuestra ignorancia sobre gran parte de lo
espiritual! ¡La expresión de los ojos de Ligeia! ¡Durante cuántas horas he meditado
sobre ella! ¡Cómo, durante toda una noche de pleno verano, he luchado por
comprenderla! ¿Qué era… ese algo más profundo que el pozo de Demócrito[70], que
yacía hondamente en las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me poseía la pasión de
descubrirlo. ¡Aquellos ojos, aquellos grandes, luminosos y divinos ojos! Para mí
llegaron a ser las estrellas gemelas de Leda[71], y yo, para ellos, el más devoto de los
astrólogos.
No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica,
asunto de una emoción más penetrante que el hecho —nunca notado, creo, por las
escuelas— de que, en nuestros esfuerzos por traer a la memoria algo de un tiempo
largamente olvidado, con frecuencia nos encontramos al mismo borde del recuerdo,
sin poder, al fin, captarlo. Y así con cuánta frecuencia, en mi intenso examen de los
ojos de Ligeia, he sentido el acercamiento al pleno conocimiento de su expresión, lo
he sentido acercarse y no llegar a ser mío, ¡y así por fin desaparecer enteramente! Y
(extraño, ¡oh, el más extraño de todos los misterios!) encontraba, en los objetos más
comunes del universo, un círculo de analogías con aquella expresión. Quiero decir
que, después del período en que la belleza de Ligeia entró en mi espíritu morando allí
como en un santuario, recibía de muchas existencias en el mundo material un
sentimiento parecido al que siempre sentía dentro de mí, despertado por sus ojos
grandes y luminosos. Sin embargo, no era capaz de definir más profundamente aquel
sentimiento, ni de analizarlo, ni siquiera de contemplarlo fijamente. Lo reconocía a
veces, repito, al mirar una enredadera que creía rápidamente, al contemplar una
mariposa, una crisálida, la corriente de un arroyo. Lo he sentido en el océano, en la
caída de un meteoro. Lo he sentido en las miradas de personas de una insólita
ancianidad. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una de sexta
magnitud, doble y cambiante, que se encuentra cerca de la gran estrella de Lira[72]),
que, tras un examen telescópico, me han comunicado idéntico sentimiento. Me he
sentido lleno de él al oír ciertos sonidos de instrumentos de cuerda y con frecuencia
por la lectura de pasajes de libros. Entre otros innumerables ejemplos, recuerdo bien
algo escrito en un volumen de Joseph Glanvill, que (tal vez simplemente gracias a su
rareza, ¿quién sabe?) nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: «Y allí yace la
voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad con su vigor?
Porque Dios no es sino una gran voluntad que penetra todas las cosas por la
naturaleza de su empeño. El hombre no se entrega a los ángeles, ni a la muerte por
entero, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad».
El paso de los años y la reflexión consiguiente me han permitido averiguar de
veras alguna conexión remota entre este pasaje del moralista inglés y una parte del
carácter de Ligeia. La intensidad en el pensamiento, acción o habla, era
posiblemente, en ella, el resultado o por lo menos un índice de esa gigantesca
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voluntad que, durante nuestras largas relaciones, no daba otras y más inmediatas
pruebas de su existencia. De entre todas las mujeres a quienes he conocido jamás,
ella, la externamente serena y siempre plácida Ligeia, era presa con más violencia
que ninguna de los tumultuosos buitres de la inflexible pasión. Yo no podía estimar
semejante pasión, salvo por el milagroso dilatarse de aquellos ojos que me
encantaban y me pasmaban a la vez, por la casi mágica melodía, modulación,
claridad y placidez de su voz tan profunda, y por la feroz energía (hecha doblemente
efectiva en contraste con su modo de expresarse) con que pronunciaba habitualmente
sus extravagantes palabras.
He mencionado la erudición de Ligeia: era inmensa, tal como jamás he conocido
en una mujer. Su conocimiento de las lenguas clásicas era profundo y, en cuanto
podía juzgar por mis propias nociones de los dialectos modernos de Europa, nunca la
pillé en falta. A decir verdad, en cualquier tema de los más admirados, simplemente
por ser los más abstrusos de la alardeada erudición académica, ¿alguna vez descubrí a
Ligeia en falta? ¡De qué modo singular y emocionante me ha llamado fuertemente la
atención, sólo en estos últimos tiempos, este particular detalle en el carácter de mi
esposa! Dije que sus conocimientos eran tales como jamás había encontrado yo en
una mujer, pero ¿dónde está el hombre que haya recorrido todas las amplias
extensiones de las ciencias morales, físicas y matemáticas? No vi entonces lo que
percibo ahora claramente: que las adquisiciones de Ligeia eran enormes, eran
asombrosas; sin embargo, me daba suficiente cuenta de su infinita superioridad para
entregarme con infantil confianza a su guía por el mundo caótico de la investigación
metafísica, de la que me ocupaba mucho durante los primeros años de nuestro
matrimonio. ¡Con qué vasto triunfo, con qué vivo gozo, con cuánto de todo lo etéreo
que tiene la esperanza, sentía yo, mientras ella se inclinaba sobre mí en los estudios
poco buscados y menos conocidos, aquella deliciosa perspectiva que lentamente se
agrandaba ante mí, por cuya larga, espléndida senda no hollada, podía yo al fin
avanzar hacia la meta de una sabiduría demasiado divina y preciosa para no ser
prohibida!
¡Qué agudo había de ser el dolor con que, después de unos años, vi alzar el vuelo
y desaparecer mis bien fundadas esperanzas! Sin Ligeia yo no era más que un niño
sumido en la ignorancia. Sólo su presencia, sus lecturas hacían vívidamente
luminosos los muchos misterios del trascendentalismo en que estábamos inmersos.
Privadas del fulgor radiante de sus ojos, las doradas letras de suave brillo se tornaron
más opacas que el plomo saturnino. Y entonces aquellos ojos brillaron cada vez con
menos frecuencia sobre las páginas que yo estudiaba. Ligeia cayó enferma. Sus
vehementes ojos ardían con un resplandor demasiado glorioso; los pálidos dedos se
volvieron del color transparente de la tumba y las venas azules sobre la alta frente se
dilataban y se encogían impetuosamente ante los cambios de la más leve emoción.
Entendí que había de morir, y luché desesperadamente en espíritu con el tétrico
Azrael[73]. Y las luchas de la mujer apasionada eran, para mi asombro, aún más
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enérgicas que las mías. Había visto muchos rasgos de su inflexible carácter que
llegaron a convencerme y a creer que para ella la muerte vendría sin terrores; pero no
fue así. Las palabras son incapaces de describir una idea justa de la ferocidad de la
resistencia que opuso a la sombra. Yo gemía con angustia ante el lamentable
espectáculo. Yo hubiera querido calmar, hubiera querido razonar, pero, en la
intensidad de su violento deseo de vivir, de vivir, sólo vivir, el consuelo y el
razonamiento eran la más extrema insensatez. Sin embargo, hasta el último momento,
entre las más convulsivas angustias de su indomable espíritu, no se tambaleó la
placidez externa de su porte. Su voz se tornó más suave, más profunda… Sin
embargo, no me gustaría pensar mucho en el extravagante sentido de aquellas
palabras tranquilamente pronunciadas. Mi cabeza daba vueltas mientras escuchaba
encantado una melodía más que mortal, conjeturas y aspiraciones que los mortales
jamás habían conocido.
No debería haber dudado de que me amara, y fácilmente pudiera haber entendido
que, en un pecho como el suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria. Pero
sólo en la muerte quedé plenamente impresionado con la fuerza de su afecto. Durante
largas horas, reteniendo mi mano, vertía ante mí las exuberantes expresiones de un
corazón cuya devoción más que apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo había
merecido yo la bendición de semejantes confesiones? ¿Cómo había merecido ser
condenado a la pérdida de mi amada en la hora en que me las hacía? Pero no puedo
soportar el extenderme sobre este tema. Permítanme decir solamente que en el
abandono más que femenino de Ligeia al amor, ¡ay!, todo inmerecido, todo conferido
sin ser yo digno, por fin reconocí el principio de su anhelo, su tan ardiente deseo de
asirse a la vida, una vida que se le escapaba ahora tan velozmente. Era, sí, este
extravagante deseo, esta ansiosa vehemencia del deseo de vivir, sólo vivir, que soy
incapaz de describir, que no encuentro palabras que lo expresen.
Al pleno mediodía anterior a la noche en que iba a morir, imperiosamente me
llamó a su lado y me rogó que repitiera ciertos versos que ella había escrito pocos
días antes. La obedecí. Eran éstos:
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meros títeres ellos, que entran y salen
al ruego de enormes cosas informes
que mueven sin cesar el extraño decorado,
agitando, desplegando sus alas de cóndor,
¡vertiendo invisible aflicción y pesar!
¡Abigarrado drama! ¡Oh, sin duda,
jamás quedará olvidado!
Con su fantasma siempre perseguido
por una multitud que no lo alcanza
en un círculo que gira y vuelve
siempre al eterno lugar.
Y mucho de locura y más pecado
y horror… el alma de la intriga.
¡Pero mirad! Entre el tumulto de mimos
una forma se arrastra, se insinúa,
roja como la sangre serpentea,
¡y sale de la dramática soledad!
¡Se retuerce! ¡Se retuerce! Con dolores mortales
transforma a los mimos en alimento,
y los serafines lloran ante horribles colmillos
de sangre humana manchados.
¡Apagadas están las luces, todas apagadas!
Y sobre cada forma temblorosa
el telón, un paño mortuorio,
cae con furia de tormento,
y los ángeles todos pálidos y tristes,
levantados ya, sin velos, afirman
que el drama es la tragedia «Hombre»
y su héroe el Gusano Vencedor[75].
—¡Oh, Dios! —Casi gritó Ligeia, saltando en pie y levantando los brazos con un
movimiento brusco, mientras yo leía los versos finales—: ¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre
Divino! ¿Serán así de irremediables estas cosas? ¿No será vencido ni una vez aquel
Vencedor? ¿No somos una parte íntima de ti? ¿Quién…, quién conoce los misterios
de la voluntad con su vigor? El hombre no se entrega a los ángeles, ni a la muerte por
entero, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.
Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer sus blancos brazos y regresó
solemnemente a su lecho de muerte… Mientras lanzaba los últimos suspiros,
mezclado con ellos brotó un suave murmullo de sus labios. Escuché con cuidado y
distinguí de nuevo las palabras finales del pasaje de Glanvill: «El hombre no se
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entrega a los ángeles, ni a la muerte por entero, como no sea por la flaquera de su
débil voluntad».
Murió; y yo, abrumado, aterrado por el dolor, ya no podía soportar la desolada
soledad de mi estancia en la sombría y ruinosa ciudad en las orillas del Rin. No me
faltaba lo que el mundo llama fortuna. Ligeia me había dado mucho, mucho más de
lo que por lo común cae en suerte a los mortales. Por eso, después de unos meses de
un tedioso vagabundeo sin rumbo, compré y reparé en parte una abadía, cuyo nombre
no mencionaré, en una de las regiones más salvajes y apartadas de la hermosa
Inglaterra. La sombría y triste grandeza del edificio, el aspecto casi salvaje del
terreno, las muchas memorias melancólicas y venerables relacionadas con ambos
parecían estar acordes con los sentimientos de absoluto abandono que me habían
llevado a esa remota y agreste región del país. Sin embargo, aunque la parte exterior
de la abadía, ornada de ruinoso verdor, sufrió pocos cambios, me entregué con una
perversidad infantil y, tal vez con una débil esperanza de aliviar mis penas, a
desplegar en su interior magnificencias más que reales. Yo había sentido, incluso en
mi infancia, un gusto por semejantes extravagancias y entonces volví a ellas como en
la senectud del dolor. ¡Ay, cuánta incipiente locura podría descubrirse, incluso, en las
espléndidas y fantásticas cortinas, en las esculturas solemnes de Egipto, en las
cornisas y los muebles extraños, en los lunáticos diseños de las alfombras con borlas
de oro! Yo me había transformado en un esclavo atado en las trabas del opio, y mis
trabajos y mis órdenes se habían teñido del color de mis sueños. Pero no debo
detenerme para contar los detalles de estos absurdos. Hablaré sólo de aquella cámara,
siempre maldita, a donde, en un momento de enajenación mental, conduje al altar
como esposa, como sucesora de la inolvidada Ligeia, a lady Rowena Trevanion, de
Tremaine[76], la de los rubios cabellos y azules ojos.
No hay una parte de la arquitectura ni de la decoración de aquella cámara nupcial
que no aparezca ahora ante mis ojos. ¿Dónde estaban las almas de la orgullosa
familia de la novia, cuando, por su sed de oro, permitieron pasar el umbral de un
apartamento tan decorado a una doncella, a una hija tan querida? He dicho que
recuerdo minuciosamente los detalles de la cámara… Sin embargo, olvido tristemente
asuntos de profunda importancia, y no había allí orden ni límites en la fantástica
exhibición que se fijaran en mi memoria. La habitación se encontraba en una alta
torrecilla de la almenada abadía, era de forma pentagonal y de vastas proporciones.
Una única ventana, un enorme cristal de Venecia, de una sola pieza y de matiz de
plomo, ocupaba toda la fachada sur del pentágono, de modo que los rayos del sol o de
la luna, al atravesarlo, caían con un brillo espectral sobre los objetos. En lo alto de
esta inmensa ventana se extendía el enrejado de una antigua enredadera que trepaba
por los sólidos muros de la torre. El techo, de oscuro roble, era excesivamente alto,
abovedado y esmeradamente decorado con los motivos más extravagantes y
grotescos de un diseño semigótico, semidruídico. Del centro mismo de esta
melancólica bóveda pendía, de una sola cadena de oro de largos eslabones, un
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inmenso incensario del mismo metal, de estilo sarraceno, con numerosas
perforaciones dispuestas de forma que salían por ellas, como si poseyeran la vitalidad
de una serpiente, continuas contorsiones de llamas multicolores.
Algunas pocas otomanas y candelabros de oro, de estilo oriental, quedaban
alrededor, y había también un lecho, el lecho nupcial, de modelo indio, bajo,
esculpido en ébano macizo, con un pabellón encima como una colgadura fúnebre. En
cada uno de los ángulos de la cámara había un gigantesco sarcófago de granito negro,
de las tumbas de los reyes situadas cerca de Luxor[77], con sus antiguas tapas
cubiertas de inmemoriales esculturas. Pero en los tapices del apartamento se hallaba
¡ay!, la fantasía principal. Las altas paredes, gigantescas, incluso faltas de proporción,
se cubrían de arriba a abajo en vastos pliegues de una pesada y espesa tapicería,
tapices de un material como el de la alfombra, la cubierta de las otomanas y el lecho
de ébano, del pabellón y de las suntuosas volutas de las cortinas que ocultaban
parcialmente la ventana. El material era el más rico tejido de oro. Se cubría, a
intervalos irregulares, por arabescos de un pie de diámetro, tejidos en diseños del más
negro azabache. Pero estas figuras sólo mostraban el verdadero carácter del arabesco,
cuando se las miraba desde un solo punto de vista. Por un procedimiento hoy común,
que de veras se originó en una remota época de la antigüedad, se producían aspectos
cambiantes. Para el que entraba en la habitación parecían simples monstruosidades,
pero, al avanzar, esta apariencia cambiaba y, paso a paso, a medida que el visitante se
movía en la cámara, se veía rodeado por una serie interminable de formas espectrales
que pertenecen a las supersticiones de los normandos o que nacen en los culpables
sueños de los monjes. El efecto fantasmagórico se incrementaba enormemente por la
introducción artificial de una fuerte y continua corriente de aire detrás de los tapices,
que prestaba una horrible, inquietante animación al conjunto.
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En habitaciones como ésas, en una cámara nupcial como la descrita, pasé con la
dama de Tremaine las impías horas del primer mes de nuestro matrimonio… Las pasé
con poca inquietud. Que mi mujer temía el feroz humor de mi temperamento, que
huía de mí y me amaba poco, no podía yo pasarlo por alto, pero me causaba más
placer que otra cosa. La aborrecía con un odio que pertenecía más a un demonio que
a un hombre. Mi memoria volaba al pasado (¡oh, con qué intensidad de pena!), a
Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada. Me recreaba con recuerdos de
su pureza, su sabiduría, su elevada y etérea naturaleza, su amor apasionado e idólatra.
Entonces mi espíritu ardía plena y libremente con mayor intensidad que todos los
fuegos que eran suyos. En la emoción de mis sueños de opio (porque estaba
encadenado con los grilletes de la droga), la llamaba por su nombre en voz alta
durante el silencio de la noche, o durante el día, entre los apartados lugares de los
estrechos valles, como si, con esa ansiosa vehemencia, la pasión solemne, el fuego
devorador de mi deseo por la desaparecida, pudiera devolverla a la senda que había
abandonado —¿ah, podía ser para siempre?— en la tierra.
Alrededor del comienzo del segundo mes de matrimonio, lady Rowena cayó
repentinamente enferma y se repuso lentamente. La fiebre que la consumía
perturbaba sus noches y, en su inquieto estado de semisueño, hablaba de sonidos, de
movimientos dentro y fuera de la cámara de la torre, y yo deducía que no tenían más
origen que el trastorno de su imaginación, o, tal vez, las influencias fantasmagóricas
de la cámara misma. Al fin llegó la convalecencia y por último quedó restablecida.
Sin embargo, sólo pasó un breve período hasta que otra segunda enfermedad, más
violenta, la condujo de nuevo al lecho del sufrimiento, y de este ataque su
constitución, siempre débil, nunca se recuperó por completo. Sus males eran, después
de este período, de un carácter alarmante y de una recurrencia aún más alarmante,
que desafiaba el conocimiento y los grandes esfuerzos de sus médicos. Con el
incremento de la enfermedad crónica, aparentemente aferrada con tal fuerza a su
constitución que no parecía poder ser desterrada por medios humanos, yo no dejaba
de observar un aumento semejante en la irritabilidad nerviosa de su temperamento y
en la excitación motivada por triviales miedos. Otra vez hablaba ella, y ahora con
más frecuencia e insistencia, de los sonidos, de los leves sonidos y de los insólitos
movimientos entre las tapicerías, a los cuales se había referido antes.
Una noche, hacia finales de septiembre, ella me llamaba la atención sobre este
molesto asunto con más insistencia de lo que solía. Acababa de despertarse de un
sueño inquieto, y yo había estado observando, con sentimientos casi de ansiedad, casi
de vago terror, los espasmos de su cara demacrada. Estaba yo sentado al lado del
lecho de ébano sobre una de las otomanas de la India. Ella se incorporó a medias y
habló con un susurro bajo y serio de los sonidos que oía entonces, pero que yo no
podía oír; de movimientos que veía entonces, pero que yo no podía percibir. El viento
corría veloz tras los tapices, y yo quería mostrarle (lo que, confieso, yo no podía creer
del todo) que aquellos suspiros casi imperceptibles y aquellas muy suaves variaciones
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de las figuras sobre la pared no eran más que los efectos naturales de la habitual
corriente de aire. Pero la palidez mortal que se extendía por su cara me probaba que
mis esfuerzos por tranquilizarla serían inútiles. Parecía a punto de desmayarse y no
había ayudantes al alcance de la voz. Recordé dónde se guardaba una garrafa de vino
ligero que le habían recomendado sus médicos, y de prisa crucé la habitación para
traerla. Pero, al pasar bajo la luz del incensario, dos circunstancias de índole
sorprendente me llamaron la atención. Sentí que algún objeto de tacto perceptible,
pero invisible, había rozado levemente mi persona, y vi sobre la alfombra dorada, en
el mismo centro del lujoso brillo que arrojaba el incensario, una sombra, una suave,
indefinida sombra de aspecto angélico, tal como se podía imaginar fuera la sombra de
un espectro. Pero yo estaba embriagado por la excitación de una inmoderada dosis de
opio y no hice mucho caso de estas cosas, ni hablé de ellas con Rowena. Al encontrar
el vino, crucé la cámara de nuevo y llené una copa que llevé a los labios de la dama
desmayada. Entonces se había recobrado un tanto, sin embargo, y tomó el vaso
mientras yo me dejaba caer sobre la otomana que tenía cerca, con los ojos fijos en
ella. Fue entonces cuando advertí claramente un suave paso sobre la alfombra, cerca
del lecho; y durante un segundo después, mientras Rowena llevaba el vino a sus
labios, vi, o tal vez soñé, que caían en la copa, como si provinieran de alguna fuente
invisible en la atmósfera de la habitación, tres o cuatro grandes gotas de un líquido
brillante del color del rubí. Si yo lo vi, no pasó lo mismo con Rowena. Bebió el vino
sin vacilar, y yo me abstuve de hablarle de un incidente que debía de ser, al fin y al
cabo, sólo la sugerencia de una viva imaginación, morbosamente activada por el
terror de la dama, por el opio y por la hora.
Sin embargo, no puedo ocultarme que, inmediatamente después de la caída de las
gotas color rubí, se produjo un rápido empeoramiento en el estado de mi mujer; así
que, a la tercera noche, las manos de sus sirvientes la prepararon para la tumba y la
cuarta la pasé sentado solo, con su cuerpo amortajado, en aquella fantástica cámara
que la había recibido como novia. Extravagantes visiones, engendradas por el opio,
flotaban como sombras ante mí. Contemplé con ojos inquietos los sarcófagos en los
ángulos de la habitación, las cambiantes figuras de los tapices y el serpenteo de las
llamas multicolores del incensario suspendido. Entonces, mientras recordaba las
circunstancias de aquella anterior noche, mis ojos cayeron sobre el lugar bajo el brillo
del incensario en donde había visto las leves huellas de la sombra. Ya no estaba allí,
sin embargo, y, respirando con mayor libertad, dirigí la mirada hacia la pálida y rígida
figura del lecho. Entonces me asaltaron mil recuerdos de Ligeia, entonces me volvió
al corazón, con la turbulenta violencia de una inundación, la totalidad de ese
inexpresable dolor con que la había contemplado a ella así amortajada. La noche
avanzaba y, todavía con el corazón lleno de amargos pensamientos de la única, la
supremamente amada, quedé mirando el cuerpo de Rowena.
Quizá fuera medianoche, tal vez más temprano, o más tarde, porque no era
consciente del paso del tiempo, cuando un sollozo bajo, suave pero muy claro, me
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despertó de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de muerte.
Escuché en una agonía de terror supersticioso, pero no hubo repetición del sonido.
Esforcé la vista para distinguir cualquier movimiento del cadáver, pero no fue
perceptible ninguno. Sin embargo, no podía haberme engañado. Sí, había oído un
ruido, por leve que fuera, y mi alma se despertó dentro de mí. Mantuve con decisión
y perseverancia mi atención clavada en el cuerpo. Pasaron muchos minutos antes de
que ocurriera ninguna circunstancia que arrojara luz sobre el misterio. Por fin se hizo
evidente que un color muy débil, apenas visible, había aparecido sobre las mejillas y
junto a las pequeñas venas hundidas de los párpados. Con una especie de indecible
horror y espanto, para los que la lengua mortal no tiene expresión suficientemente
enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir y que mis miembros quedaban rígidos
donde estaban. Sin embargo, el sentido del deber, al fin, obró para devolverme la
serenidad. Ya no podía dudar de que nos habíamos precipitado en los preparativos, de
que Rowena aún vivía. Era preciso que algo se hiciera de inmediato, pero la torre
quedaba lejos de las dependencias de la abadía donde los criados residían, no había
ninguno al alcance de mi voz, yo no tenía medio de llamarlos en mi ayuda sin
abandonar la habitación varios minutos, y no podía aventurarme a salir. Por eso luché
solo en mis intentos de hacer volver el espíritu que aún flotaba cerca. En poco tiempo
resultó evidente que había sucedido una recaída; el color desapareció de los párpados
y las mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente
marchitos y apretados en la espectral expresión de la muerte; una repulsiva frialdad
húmeda se extendió rápidamente por la superficie del cuerpo; y toda la habitual
rigidez cadavérica sobrevino de inmediato. Me dejé caer con un estremecimiento en
el diván de donde había sido levantado tan bruscamente, y otra vez me entregué a las
visiones apasionadas de Ligeia.
Así transcurrió una hora cuando (¿sería posible?) por segunda vez percibí un vago
sonido procedente del lugar del lecho. Escuché… con un horror extremo. Se repitió el
sonido: fue un suspiro. Corriendo en dirección al cadáver vi, claramente vi, temblar
sus labios. Un minuto después se relajaron, revelando una línea brillante de los
dientes nacarados. El asombro luchaba ahora en mi pecho con el profundo pavor que
hasta entonces había reinado solo. Sentía que mi vista se nublaba, que mi razón
erraba; y sólo con un esfuerzo violento logré por fin armarme de valor para
emprender la tarea que mi deber me señalaba una vez más. Había a la sazón un cierto
rubor sobre la frente y sobre las mejillas y la garganta; un calor perceptible penetraba
todo el cuerpo; incluso se notaba un leve latir del corazón. La dama vivía, y con
redoblado ardor me entregué a la tarea de reanimarla. Froté y bañé sus sienes y sus
manos y utilicé cada esfuerzo que la experiencia y no pocas lecturas médicas podían
sugerirme. Pero fue en vano. De repente huyó el color, el latir cesó, los labios
recobraron la expresión de la muerte y un instante después el cuerpo entero adquirió
las características del frío, el color lívido, la intensa rigidez, el contorno sumido y
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todas las aborrecidas peculiaridades de lo que ha sido, durante muchos días, habitante
de la tumba.
Y otra vez me hundí en visiones de Ligeia, y otra vez (¿quién se maravilla de que
me estremezca mientras escribo?), otra vez llegó a mis oídos un leve sollozo desde el
lugar del lecho de ébano. Pero ¿por qué detallaré minuciosamente los inexpresables
horrores de aquella noche? ¿Por qué me detendré a relatar cómo, una y otra vez, hasta
cerca del alba gris, este feísimo drama de resurrección se repitió; cómo cada
terrorífica recaída devino en una muerte aún más rigurosa y aparentemente
irremediable; cómo cada agonía tuvo el aspecto de una lucha con algún enemigo
invisible; y cómo cada lucha fue seguida por no sé qué extraño cambio en la
apariencia del cadáver? Me apresuraré en la conclusión.
La mayor parte de la espantosa noche había pasado, y la que había estado muerta
de nuevo se movió, y ahora con más vigor que antes, aunque se despertaba de una
extinción más pasmosa que ninguna y más absolutamente sin esperanza. Hacía
mucho que yo había dejado de luchar, de moverme, y me quedé sentado rígidamente
en la otomana, presa indefensa de un torbellino de emociones violentas, de las cuales
el extremo pavor fuera quizá la menos terrible, la menos devoradora. El cadáver,
repito, se movía, y ahora con más vigor que antes. Los colores de la vida fluyeron con
inusitada energía al rostro, los miembros se relajaron y, salvo que los párpados
seguían fuertemente apretados y que las vendas y ropas de la tumba aún prestaban su
aspecto sepulcral a la figura, podría haber soñado que Rowena, de veras, se había
sacudido totalmente las cadenas de la muerte. Pero si no acepté completamente esta
idea ni aun entonces, no pude menos de abandonar mis dudas cuando, levantándose
del lecho, tambaleándose con débiles pasos, con los ojos cerrados y con el gesto de
alguien perdido entre sueños, aquella cosa amortajada avanzó atrevida y
perceptiblemente hacia el centro de la habitación.
No temblé, no me moví, porque una multitud de indecibles fantasías relacionadas
con el aire, la estatura y el porte de la figura cruzaron de pronto mi cerebro, me
paralizaron, me convirtieron en fría piedra. No me movía, sino que miraba fijamente
la aparición. Había un alocado desorden en mis pensamientos, un tumulto
incontrolable. ¿Podía ser de verdad Rowena viva la que tenía delante? ¿Podía ser
realmente Rowena por entero, lady Rowena Trevanion, de Tremaine, la de cabellos
rubios y azules ojos? ¿Por qué, por qué había de dudarlo? La venda ceñía
apretadamente la boca, ¿pero entonces podría no ser la boca de la viva dama de
Tremaine? Y las mejillas, rosadas como en la plenitud de la vida, sí, éstas podían ser
de veras las bellas mejillas de la viviente dama de Tremaine. Y el mentón con sus
hoyuelos, como en sus días de salud, ¿podría no ser el suyo? Pero entonces, ¿había
crecido ella desde su enfermedad? ¡Qué inexpresable locura se apoderó de mí con
aquel pensamiento! ¡De un salto llegué a sus pies! Encogiéndose ante mi contacto,
dejó caer de la cabeza, sueltas, las espectrales vendas que la habían envuelto, y cayó
ondeando en la inquieta atmósfera de la habitación una enorme masa de pelo largo y
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desordenado: ¡era más negro que las alas del cuervo de la medianoche! Y entonces
fueron abriéndose lentamente los ojos de la figura que tenía delante de mí. «En esto,
por lo menos —grité en voz alta—, nunca, nunca podría equivocarme… Éstos son los
grandes, los negros ojos, los vehementes ojos de mi perdido amor, los de lady…, los
de LADY LIGEIA».
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La caída de la Casa de Usher
DE BÉRANGER[78]
Durante todo un triste, oscuro y silencioso día de otoño de aquel año, cuando las
nubes bajas colgaban opresivamente en los cielos, cruzaba yo a caballo una región
singularmente lúgubre del país; y por fin me encontré, mientras caían las sombras de
la noche, a la vista de la melancólica Casa de Usher. No sé cómo fue, pero, a la
primera contemplación del edificio, un sentimiento de insoportable tristeza invadió
mi espíritu. Digo insoportable, porque no lo aliviaba ninguno de esos sentimientos
semiagradables, por ser poéticos, con los cuales la mente recibe de forma habitual
aun las más adustas imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Contemplé la
escena que tenía delante de mí —la casa misma, los simples rasgos del paisaje, los
muros sombríos, las ventanas como ojos vacíos, unas escasas juncias fétidas, unos
cuantos troncos de árboles marchitos— con una absoluta depresión de ánimo, que no
puedo comparar a ninguna sensación terrenal, salvo al sueño posterior de un fumador
de opio, al amargo despertar a la vida cotidiana, la odiosa caída del velo. Existía un
frío helado, un decaimiento, un malestar del corazón, una irredimible tristeza mental
que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime.
¿Qué era? —Me detuve a pensar—, ¿qué era lo que tanto me desalentaba en la
contemplación de la Casa de Usher? Era un misterio irresoluble; tampoco podía
abordar las tenebrosas fantasías que se agolpaban en mi mente mientras meditaba. Me
vi obligado a recurrir a la conclusión insatisfactoria de que, sin ninguna duda, hay
conjuntos de objetos naturales, muy simples, que tienen el poder de afectarnos de esta
forma, aunque el análisis de semejante poder se diluye en consideraciones demasiado
profundas para nosotros. Era posible, reflexioné, que un arreglo diferente de los
detalles de la escena, de los pormenores del cuadro, fuera suficiente para modificar, o
tal vez para anular, su capacidad de crear una impresión penosa; y, procediendo de
acuerdo con esta idea, dirigí mi caballo al escarpado borde de un negro y pavoroso
lago que se extendía con un quieto brillo junto a la casa; vi en sus profundidades —
pero con un estremecimiento aún más penetrante que antes— las imágenes
reconstruidas, invertidas, de las grises juncias, los troncos espectrales y las ventanas
como ojos vacíos.
En esta mansión de melancolía, sin embargo, me proponía pasar unas semanas.
Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis mejores compañeros de la
niñez, pero habían transcurrido muchos años desde nuestro último encuentro. Sin
embargo, una carta me había llegado a una parte remota del país, una carta suya, la
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cual, por su carácter de excesiva insistencia, no admitía otra respuesta que la
presencia personal. La misiva denotaba señales de la agitación nerviosa del escritor.
Habló de una enfermedad corporal grave, de un trastorno mental que le oprimía, y de
un intenso deseo de verme, como su mejor y, en realidad, único amigo íntimo, con el
propósito de conseguir, por la animación de mi compañía, algún alivio de su mal. Era
la manera de expresar todo esto, y sobre todo… era la aparente sinceridad que
acompañaba su petición lo que no me permitía vacilar, y, en consecuencia, obedecí en
seguida a lo que aún consideraba un requerimiento muy singular.
Aunque de muchachos habíamos sido compañeros íntimos, en realidad poco sabía
de mi amigo. Siempre había mostrado una reserva excesiva. Sabía, sin embargo, que
su antiquísima familia era conocida, desde tiempos inmemoriales, por una peculiar
sensibilidad de temperamento, que se exhibía a través de largas épocas en muchas
obras de exaltado arte, y se manifestaba en años recientes en repetidos actos de
caridad generosos pero discretos, además en una devoción apasionada por los detalles
intrincados, más que por las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles, de la
ciencia musical. Conocí también el hecho, muy impresionante, de que la estirpe de
los Usher, consagrada por el tiempo, nunca había producido en ninguna época una
rama duradera, en otras palabras, que la familia entera se limitaba a la línea de
descendencia directa y siempre, con variaciones muy insignificantes y breves, había
sido así. Esta deficiencia, reflexioné, mientras repasaba mentalmente la perfecta
consonancia del carácter del lugar con el de la gente que lo habitaba, y mientras
especulaba sobre el posible influjo que el uno, en el largo paso de los siglos, tal vez
ejerciera sobre el otro; esta deficiencia, digo, era quizás la falta de una rama colateral,
y la consiguiente transmisión constante, de padre a hijo, del patrimonio junto con el
nombre, que al fin había identificado de tal manera a los dos como para fundir el
título original de la heredad en el anticuado y equívoco nombre de «Casa de Usher»,
nombre que, en boca de los campesinos que lo empleaban, parecía incluir a la familia
y la mansión familiar.
He dicho que el único efecto de mi experimento poco infantil —el de mirar a las
profundidades del pequeño lago— había ahondado mi primera y extraña impresión.
No cabe duda de que la conciencia del rápido aumento de mis supersticiones —pues,
¿por qué no he de darles ese nombre?— servía principalmente para acelerar el
aumento mismo. Tal es, lo sé desde hace mucho tiempo, la paradójica ley de todos los
sentimientos que tienen como base el terror. Y quizá fuera sólo por esta razón por lo
que, cuando levanté otra vez los ojos hacia la casa, desde su imagen en el agua, creció
en mi mente una rara fantasía, una fantasía en verdad tan ridícula, que sólo la
menciono a fin de mostrar la viva fuerza de las sensaciones que me oprimían. Yo
había excitado mi imaginación hasta tal punto, que realmente creía que sobre toda la
mansión y el terreno flotaba una atmósfera peculiar a ellos y a su vecindad inmediata,
una atmósfera que no tenía afinidad alguna con el aire del cielo, sino que emanaba de
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los árboles marchitos, de los muros grises y del oscuro lago silencioso; un pestilente y
místico vapor, opaco, estancado, levemente perceptible y de color plomizo.
Sacudiendo de mi espíritu lo que debía de haber sido un sueño, examiné con más
cuidado el verdadero aspecto del edificio. Su rasgo principal parecía ser su excesiva
antigüedad. Grande era la decoloración obrada por el tiempo. Diminutos hongos se
extendían por toda la fachada y colgaban en finas y enredadas tramas del alero. Pero
todo esto, extraordinariamente, había afectado poco al estado de las ruinas. Ninguna
parte de la mampostería había caído; y parecía haber una extraña incongruencia entre
la aún perfecta adaptación de las partes y la condición ruinosa de las piedras
individuales. En este aspecto me recordaba mucho la engañosa integridad de viejos
maderajes que se han podrido largos años en alguna cripta olvidada, donde no entra
un soplo de aire externo. Aparte de estos indicios de amplia ruina, la estructura daba
pocas señales de inestabilidad. Tal vez el ojo de un cuidadoso observador pudiera
descubrir una fisura apenas perceptible, que se extendía desde el tejado de la casa a lo
largo de la fachada y cruzaba el muro en zigzag hasta perderse en las tenebrosas
aguas del lago.
Mientras observaba aquellas cosas, cabalgué por una corta calzada elevada hasta
llegar a la casa. Un criado de servicio tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica
del vestíbulo. Un criado de paso sigiloso me condujo desde allí por múltiples, oscuros
e intrincados pasillos hacia el estudio de su amo. Mucho de lo que encontré en el
camino contribuyó, no sé cómo, a que aumentaran los indefinidos sentimientos de los
cuales ya he hablado. Mientras que los objetos que me rodeaban, los relieves de los
techos, los sombríos tapices de las paredes, los suelos de negro ébano y los
heráldicos, fantasmagóricos trofeos que rechinaban con la vibración de mis pasos
eran cosas a las cuales, o a semejantes, estaba acostumbrado desde la infancia, y
aunque no vacilaba al reconocer cuán familiar era todo aquello, aún me maravillaba
descubrir qué desconocidas eran las fantasías que esas consabidas imágenes,
despertaban en mí. En una de las escaleras me tropecé con el médico de la familia. La
expresión de su rostro, pensé, era una mezcla de insidiosa astucia y de perplejidad.
Me saludó con ansiedad nerviosa y siguió su camino. Luego, el criado abrió una
puerta y me dejó en presencia de su amo.
La habitación en que me encontraba era muy amplia y alta. Las altas ventanas,
estrechas y puntiagudas, quedaban a tanta distancia del suelo de negro roble, que eran
completamente inaccesibles desde el interior. Débiles rayos de luz teñida de carmesí
atravesaban apenas los cristales enrejados y servían para distinguir suficientemente
los objetos más destacados a mi alrededor; los ojos, sin embargo, luchaban en vano
para alcanzar los ángulos más remotos de la cámara o los huecos del techo abovedado
y ornado con relieves. Oscuros tapices cubrían las paredes. El mobiliario era profuso,
incómodo, anticuado y destartalado. Por todos lados había muchos libros e
instrumentos musicales en desorden, pero no lograban prestar vitalidad a la escena.
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Sentía yo que se respiraba una atmósfera de pena. Un aire de rigurosa, honda e
irremediable tristeza lo envolvía y lo penetraba todo.
A mi llegada, Usher se levantó de un sofá en el que había permanecido
completamente estirado y me saludó con una calurosa vivacidad que tenía mucho,
pensé al principio, de exagerada cordialidad, de constreñido esfuerzo de hombre de
mundo ennuyé[79]. Sin embargo, una mirada a su rostro me convenció de su perfecta
sinceridad. Nos sentamos y durante unos momentos, mientras él callaba, lo
contemplé con un sentimiento en parte de lástima, en parte de pavorosa admiración.
Sin duda, ningún hombre había cambiado jamás en tan breve tiempo tan
terriblemente como Roderick Usher. No sin dificultad pude admitir la identidad del
lánguido ser que tenía ante mí con la del compañero de mi niñez. Sin embargo, el
carácter de su cara había sido siempre extraordinario. La tez cadavérica, los ojos
grandes, líquidos y luminosos más allá de cualquier comparación; los labios algo
delgados y muy pálidos, pero de una curvatura insuperablemente hermosa; la nariz de
delicado tipo hebreo, pero con aletas amplias, desconocidas en formas semejantes; el
mentón de molde fino, revelando en su falta de prominencia una escasa energía
moral; el pelo de una suavidad tenue como tela de araña; estos rasgos, y una insólita
expansión de los parietales, componían un rostro que no era fácil de olvidar. Y ahora,
en la mera exageración del predominante carácter de estas facciones y de la expresión
que habitualmente comunicaban, se daba un cambio tan grande, que yo dudé de la
persona con quien hablaba. Y entonces la espectral palidez de la piel y el milagroso
brillo de los ojos, destacando sobre todo lo demás, me asombraron e incluso me
infundieron un reverente temor. El fino pelo, además, había crecido descuidadamente
y, como su textura era de seda finísima, flotaba en vez de caer alrededor de la cara, y
yo no podía relacionar, aun haciendo un esfuerzo, su apariencia de arabesco con idea
alguna de simple humanidad.
En las maneras de mi amigo me impresionó en seguida una incoherencia, una
inconsistencia, que pronto descubrí surgían de una serie de débiles e inútiles
esfuerzos por sobreponerse a una habitual ansiedad, una excesiva agitación nerviosa.
En realidad ya estaba preparado para algo de esta naturaleza, no menos por su carta
como por reminiscencias de ciertos rasgos juveniles y por las conclusiones que
deduje de su peculiar conformación física y su temperamento. Su gesto era
alternativamente vivaz y malhumorado. Su voz pasaba rápidamente de una indecisión
trémula (cuando la exuberancia vital parecía totalmente en suspenso) hasta esa clase
de concisión enérgica, esa enunciación abrupta, ponderada, lenta y hueca, esa
expresión gutural pesada, equilibrada y perfectamente modulada, que se puede
observar en el borracho perdido o en el incorregible fumador de opio, en los períodos
de más intensa excitación.
De esta forma habló del objeto de mi visita, de su sincero deseo de verme y del
consuelo que esperaba que yo le pudiera ofrecer. Habló con bastantes detalles de lo
que concebía la naturaleza de su enfermedad. Era, dijo, un mal constitucional y
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familiar, para el cual desesperaba de hallar remedio, una simple afección nerviosa,
añadió inmediatamente, que sin duda pasaría pronto. Se manifestaba el mal en una
multitud de sensaciones anormales. Algunas de éstas, tal y como las detalló, me
interesaron y me confundieron, aunque quizás influyeran los términos que empleó y
el estilo general del relato. Sufría él mucho de una agudeza morbosa de los sentidos;
sólo soportaba el alimento más insípido; sólo podía vestir ropa de cierta textura; los
olores de todas las flores le resultaban opresivos; aun la luz más débil torturaba sus
ojos; y sólo había sonidos peculiares, y éstos de instrumentos de cuerda, que no le
inspiraban horror.
Le encontré esclavo de una anómala clase de terror. «Moriré —dijo—, tengo que
morir de esta deplorable locura. Así, así, y no de otra manera, me perderé. Temo los
sucesos del futuro, no en sí mismos, sino en sus resultados. Tiemblo al pensar en
cualquier incidente, incluso el más trivial, que obrara sobre esta intolerable agitación
de mi alma. En realidad no aborrezco el peligro, salvo en su efecto absoluto: el terror.
En este desalentado, este lamentable estado, creo que llegará el momento, tarde o
temprano, en que tenga que abandonar la vida y la razón juntas, en alguna lucha con
el siniestro fantasma, EL MIEDO».
Me percaté, además, a intervalos y a través de insinuaciones interrumpidas y
equívocas, de otro extraño rasgo de su estado mental. Estaba dominado por ciertas
impresiones supersticiosas relativas a la casa que ocupaba y de donde, durante
muchos años, no se había atrevido a salir, relativas a una influencia cuya fuerza
supersticiosa fue descrita en términos demasiado ambiguos para repetirlos aquí, una
influencia que algunas peculiaridades en la simple forma y sustancia de su mansión
familiar habían ejercido sobre su espíritu, decía, a fuerza de tolerarlas largo tiempo;
un efecto que el aspecto físico de los muros grises, las torrecillas y el oscuro lago en
que éstos se miraban, había obrado por fin en la moral de su existencia.
Admitía, no obstante, aunque no sin vacilar, que gran parte de la peculiar
melancolía que le afectaba podía atribuirse a un origen más natural y mucho más
palpable: a la grave y prolongada enfermedad, en realidad a la evidencia de la cercana
muerte de una hermana tiernamente amada, su única compañera durante muchos
años, su último y único pariente en la tierra. «Su fallecimiento —decía con una
amargura que nunca podré olvidar— le dejaría (a él, al indefenso y frágil) como
último miembro de la antigua raza de los Usher». Mientras hablaba, lady Madeline
(que así se llamaba) pasó lentamente por una remota parte de la gran habitación, y sin
haber advertido mi presencia, desapareció. La miré con absoluto asombro, no
desprovisto de miedo, y, sin embargo, encuentro imposible explicar estos
sentimientos. Una sensación de estupor me oprimía mientras mis ojos seguían los
pasos que se alejaban. Cuando al fin una puerta se cerró tras ella, instintiva y
ansiosamente mi mirada intentó buscar la cara del hermano, más éste había hundido
la cara entre las manos, y sólo pude percibir cómo una palidez mayor que la habitual
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se extendía sobre los dedos enflaquecidos, por entre los cuales caían copiosas y
apasionadas lágrimas.
Hacía tiempo que la enfermedad de lady Madeline había desconcertado a sus
médicos. Una constante apatía, una extenuación gradual de su persona y accesos
frecuentes, aunque transitorios, de carácter parcialmente cataléptico, eran la insólita
diagnosis. Hasta entonces ella había resistido con firmeza la opresión de su mal y se
había negado a guardar cama, pero a la caída de la tarde de mi llegada a la casa se
rindió (como su hermano me contó esa noche con inexpresable agitación) al
aplastante poder de la fuerza destructora; y supe que la rápida visión que de su
persona había tenido yo sería probablemente la última, porque nunca más volvería a
ver a la dama, por lo menos con vida.
Después, durante varios días, ni Usher ni yo mencionamos su nombre y en ese
tiempo estuve ocupado en serios intentos para aliviar la melancolía de mi amigo.
Pintábamos y leíamos juntos, o yo escuchaba, como en un sueño, las extrañas
improvisaciones de su conmovedora guitarra. Y de este modo, mientras una intimidad
cada vez más estrecha me admitía sin reservas a lo recóndito de su espíritu, aún con
más amargura entendía la futilidad de todo esfuerzo por animar a una mente desde la
cual la oscuridad, como si fuera una cualidad inherente y real, se derramaba sobre
todos los objetos del universo físico y moral, en una incesante irradiación de
melancolía.
Siempre guardaré en la memoria las muchas horas solemnes que pasé a solas con
el dueño de la Casa de Usher. Sin embargo, no lograría comunicar una idea exacta del
carácter de los estudios o de las actividades en las cuales me envolvía o cuyo camino
me enseñaba. Una idealidad excitada y altamente enfermiza arrojaba un vehemente
brillo infernal sobre todas las cosas. Sus largos, improvisados cantos fúnebres
sonarán para siempre en mis oídos. Entre otras cosas, conservo dolientemente en la
memoria cierta rara perversión y amplificación de la extravagante melodía del último
vals de Von Weber[80]. De las pinturas sobre las que rumiaba su esmerada fantasía, y
que crecían con cada pincelada hacia una imprecisión que me estremecía con tanta
más emoción cuanto que ignoraba por qué; de estas pinturas (aún tengo sus imágenes
vividas ante mí) en vano podría extraer una pequeña parte que estuviera al alcance de
las meras palabras escritas. Con la absoluta sencillez, con la desnudez de sus diseños,
él atraía y hasta intimidaba la atención. Si jamás mortal alguno pintó una idea, ese
mortal fue Roderick Usher. Para mí por lo menos, en las circunstancias que me
rodeaban entonces, surgía de las puras abstracciones que el hipocondriaco lograba
plasmar en el lienzo una intensidad de intolerable temor reverente, del cual jamás he
sentido ni una sombra al contemplar, incluso, las ensoñaciones, ciertamente
brillantes, pero demasiado concretas, de Fuseli[81].
Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que compartía con menos
rigor el espíritu de la abstracción, puede ser esbozada, aunque débilmente, en
palabras. Era un pequeño cuadro que representaba el interior de una cripta o túnel
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inmensamente largo, con paredes bajas, lisas, blancas y sin interrupción ni decorado.
Ciertos toques accesorios del diseño servían bien para comunicar la idea de que esta
excavación se hallaba a una excesiva profundidad bajo la superficie de la tierra. No se
veía salida alguna en toda la vasta extensión; tampoco se percibía ninguna antorcha,
ni otra fuente artificial de luz; sin embargo, una ola de intensos rayos se extendía por
el espacio y bañaba el conjunto en un resplandor espectral e inesperado.
Acabo de mencionar esa morbosa condición del nervio auditivo, que hacía
intolerable a la víctima toda música con excepción de ciertos efectos de instrumentos
de cuerda. Tal vez fueron los estrechos límites en los que se confinaba con la guitarra
que dieron origen, en gran medida, al carácter fantástico de sus realizaciones. Pero así
no se explica la fervorosa facilidad de sus impromptus[82]. Debían de ser y lo eran,
tanto las notas como las palabras de sus extravagantes fantasías (pues, con frecuencia,
se acompañaba con improvisaciones verbales rimadas), debían de ser el resultado de
ese intenso recogimiento y concentración mental a los cuales he hecho referencia
como notables sólo en ciertos momentos de la más elevada y artificial excitación. He
recordado fácilmente las palabras de una de estas rapsodias. Quizá me impresionó
con más fuerza mientras la tocaba, porque en la corriente oculta o mística de su
sentido creía percibir por primera vez una plena conciencia por parte de Usher de que
su elevada razón vacilaba sobre su trono. Los versos, con el título El palacio
encantado[83], decían casi, si no exactamente, así:
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en torno al trono donde
(¡roca porfídica!)
en pompa de su gloria merecida
sentábase el señor del reino.
Y llena de rubíes y de perlas
la puerta del palacio brillaba
por donde entraban flotando,
para siempre centellando,
una tropa de ecos cuya dulce tarea
era sólo cantar, alabar
con voces de sublime belleza,
el genio y el ingenio del rey.
Mas cosas malignas, vestidas de pena,
asaltaron el dominio del rey,
(¡Ay!, ¡lamentemos, ninguna alba
le verá jamás, desolado!)
Y en torno al palacio la gloria
que antaño florecía
es sólo un cuento de oscura memoria
sepulto en antiguos tiempos.
Y los viajeros ahora en ese valle,
por ventanas de roja luz
ven fantásticas y vastas formas que se mueven
con melodías discordes,
mientras, cual rápido río espectral,
por la pálida puerta siempre,
horrenda tropa se lanza y ríe,
pero ya la sonrisa no existe.
Recuerdo bien qué sugerencias nacidas de esta balada nos llevaron a una serie de
pensamientos, entre los que se hizo aparente una opinión de Usher que mencionó, no
tanto por su novedad (pues otros hombres[84] han pensado así), como por la forma
pertinaz en que la mantenía. Esta opinión, de forma general, trataba de la sensibilidad
de todos los seres vegetales. Pero, en su trastornada fantasía, la idea había cobrado un
carácter más atrevido, y penetraba sin derecho, bajo ciertas condiciones, en el reino
de lo inorgánico. Me faltan las palabras con que expresar toda la extensión o todo el
ansioso abandono de esta convicción. La creencia, sin embargo, se relacionaba
(como he insinuado previamente) con las grises piedras de la casa de sus antepasados.
Las condiciones para la sensibilidad habían sido satisfechas, imaginaba él, por el
método de colocación de las piedras, por el orden de su disposición, por los muchos
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hongos que las cubrían y por los marchitos árboles que las rodeaban, mas sobre todo
por la larga duración inalterada de este arreglo y por su duplicación en las quietas
aguas del lago. La evidencia —evidencia de tal sensibilidad— podía verse, dijo (y me
sobresalté al escucharle), en la lenta pero segura condensación de una atmósfera
propia en torno a las aguas y los muros. El resultado podía descubrirse, añadió, en
aquella influencia, silenciosa pero insistente y terrible, que durante siglos había
modelado los destinos de su familia, haciéndole a él tal y como yo ahora lo veía.
Semejantes opiniones no precisan comentario, y no haré ninguno.
Nuestros libros —los libros que durante años habían formado una no pequeña
parte de la existencia mental del inválido— estaban, como podrá suponerse, en
estricta armonía con este carácter fantasmal. Leíamos con atención obras tales como
el Ververt et Chartreuse, de Gresset; Belfegor, de Machiavelli; El cielo y el infierno,
de Swedenborg; El viaje al interior de la tierra de Nicolás Klim, de Holberg;
Quiromancia, de Robert Flud, de Jean D’Indaginé y de De la Chambre; el Viaje a la
distancia azul, de Tieck; y Ea ciudad del Sol, de Campanella. Un libro de nuestra
especial predilección era un pequeño volumen en octavo del Directorium
Inquisitorum, del dominico Eymeric de Gironne; y había pasajes de Pomponius Mela,
de los viejos sátiros africanos y egipanes[85] sobre los que Usher pasaba largas horas
soñando. Pero encontraba su principal placer en la lectura de un curioso y sumamente
raro libro gótico en cuarto —el manual de una iglesia olvidada—, las Vigiliae
Mortuorum secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae[86].
No podía yo dejar de pensar en los extraños ritos de esta obra, y en su probable
influencia sobre el hipocondríaco, cuando, una tarde, después de informarse
bruscamente de que lady Madeline ya no vivía, declaró su intención de preservar su
cadáver durante quince días (antes de su definitivo entierro) en una de las numerosas
criptas situadas intramuros de la mansión. El profano motivo que alegó para justificar
este singular proceder fue tal, que yo no tenía libertad para debatirlo. El hermano
había llegado a esta decisión (según me dijo) tras considerar el carácter insólito de la
enfermedad de la fallecida, ciertas inoportunas y ansiosas preguntas de sus médicos y
la lejana y expuesta situación del cementerio de la familia. No negaré que, cuando
recordé el siniestro rostro de la persona a quien había encontrado en la escalera el día
de mi llegada a la casa, no tuve deseos de oponerme a lo que consideré una
precaución quizás inofensiva y en manera alguna inhumana.
A petición de Usher, le ayudé personalmente en los preparativos de la sepultura
temporal. Puesto ya el cadáver en el ataúd, los dos solos lo trasladamos a su lugar de
descanso. La cripta en que lo depositamos (y que llevaba tanto tiempo sin abrir, que
nuestras antorchas, casi apagadas por la opresiva atmósfera, nos dieron poca
oportunidad de investigar) era pequeña, húmeda y totalmente imposible de ser
iluminada; yacía a gran profundidad, justamente debajo de esa parte de la casa donde
se hallaba mi propio dormitorio. La habían empleado, al parecer, en feudales y
remotos tiempos, con el propósito de que hiciera de mazmorra, y en días más
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recientes, como almacén de pólvora o de alguna otra sustancia altamente
combustible, porque una parte del suelo y todo el interior de un largo pasillo
abovedado por donde pasamos al llegar hasta allí estaban cuidadosamente revestidos
de cobre. La puerta de hierro macizo también estaba protegida de ese metal. Su
enorme peso, al moverse sobre los goznes, produjo un insólito y agudo sonido
chirriante.
Después de dejar nuestra fúnebre carga sobre caballetes en aquel lugar de horror,
retiramos a un lado, parcialmente, la tapa aún suelta del ataúd y contemplamos la cara
de la muerta. Un asombroso parecido entre el hermano y la hermana me llamó la
atención ahora, por primera vez, y Usher, adivinando tal vez mis pensamientos,
murmuró unas pocas palabras por las cuales entendí que la difunta y él habían sido
gemelos, y que simpatías de una naturaleza apenas inteligible siempre existieron
entre ellos. Sin embargo, nuestras miradas no descansaron mucho en la muerta,
porque no podíamos contemplarla sin temor. La enfermedad que la llevara a la tumba
en la fuerza de la juventud había dejado, como es corriente en todos los males de
carácter estrictamente cataléptico, la burla de un leve rubor en el pecho y la cara y esa
sonrisa sospechosamente prolongada en los labios, que es tan terrible en la muerte.
Volvimos la tapa a su sitio, la atornillamos, y, cerrando bien la puerta de hierro,
regresamos fatigosamente hacia los apartamentos apenas algo menos lúgubres de la
parte superior de la casa.
Y entonces, transcurridos unos días de amarga pena, un notable cambio se
produjo en las características del trastorno mental de mi amigo. Su porte normal
había desaparecido. Descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Vagaba de
habitación en habitación con pasos apresurados, desiguales y sin rumbo. La palidez
de su rostro se había transformado, si fuera posible, en un color aún más espectral,
mientras la luminosidad de sus ojos se había apagado por completo. El timbre a veces
ronco de su voz ya no se oía; y un tono trémulo, como de extremo terror, acompañaba
sus palabras de forma habitual. Hubo momentos, en realidad, en que pensé que su
mente siempre agitada estaba siendo víctima de algún secreto opresivo, y que luchaba
por cobrar el ánimo suficiente para divulgarlo. Otras veces, en cambio, me sentía
obligado a concluir que todo era resultado de las extravagancias de la locura, porque
le veía mirar absorto al vacío durante largas horas, en actitud de la más profunda
atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No es de extrañar que su estado
me aterrara, que me contagiase. Sentía que se insinuaban en mí, a pasos lentos pero
seguros, las indomables influencias de sus propias supersticiones fantásticas e
impresionantes.
Al retirarme tarde a la cama la noche del séptimo u octavo día después de
depositar a lady Madeline en la cripta, experimenté de modo especial y con plena
fuerza el poder de estos sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho, mientras
las horas pasaban tediosamente. Luchaba para vencer con la razón la nerviosidad que
me dominaba. Intenté creer que mucho, si no todo, de lo que sentía era debido a la
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desconcertante influencia de los lúgubres muebles del cuarto, de los oscuros y
andrajosos tapices que, torturados al ser removidos por el aire de una tempestad
creciente, oscilaban de un lado a otro sobre las paredes y susurraban cerca de los
adornos de la cama. Pero mis esfuerzos resultaron inútiles. Un temblor incontenible
invadía gradualmente mi cuerpo; y al fin quedó sobre mi propio corazón un íncubo de
alarma absolutamente inmotivada. Traté de sacudírmelo, luchando, jadeante; me
incorporé sobre las almohadas y miré fijamente a la intensa oscuridad de la
habitación; escuché —no sé por qué, salvo que un espíritu instintivo me impulsara—
ciertos sonidos bajos, indefinidos, que llegaban en las pausas de la tormenta, a largos
intervalos, no sé de dónde. Vencido por un intenso sentimiento de horror, inexplicable
pero insoportable, me vestí de prisa (pues sabía que no dormiría más esa noche), y
traté de recobrarme del lamentable estado en que había caído, paseando rápidamente
de un lado al otro de la habitación.
Había dado así sólo unas pocas vueltas, cuando un leve paso en la escalera
adyacente me llamó la atención. Al rato reconocí que era el paso de Usher. Un
instante después llamó con un toque suave a mi puerta y entró con una lámpara. Su
cara, como de costumbre, tenía una palidez cadavérica, pero, además, había una
especie de loca alegría en sus ojos, una histeria evidentemente reprimida en su total
expresión. Su aire me pasmaba, pero cualquier cosa era preferible a la soledad que
había soportado tanto tiempo, y hasta agradecí su presencia como un alivio.
—¿Pero no lo has visto? —dijo abruptamente, después de mirar unos momentos a
su alrededor en silencio—. ¿Entonces, no lo has visto? ¡Pero, espera! Lo verás.
Diciendo esto y protegiendo cuidadosamente la lámpara, se acercó de prisa a una
de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.
La furia impetuosa de la ráfaga que penetró casi logró levantarnos del suelo. Era
en verdad una noche tormentosa, pero de una severa hermosura, extrañamente
singular en su terror y en su belleza. Al parecer, un torbellino cobraba su fuerza en
nuestra vecindad, pues había frecuentes y violentos cambios en la dirección del
viento; y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas que pesaban sobre las torres de
la casa) no nos impedía ver la viva velocidad con que alocadamente volaban desde
todas partes y chocaban entre sí, sin desaparecer en la distancia. Digo que incluso su
excesiva densidad no nos impedía ver esto. Sin embargo, no podíamos vislumbrar la
luna ni las estrellas, ni se veía el brillo de los relámpagos. Pero las superficies
inferiores de las enormes masas de agitado vapor y todos los objetos terrestres en
torno a nosotros brillaban en una luz anormal de una gaseosa exhalación claramente
visible y luminosa que rodeaba la casa y la amortajaba.
—¡No debes mirarlo…, no lo mires! —dije a Usher, estremeciéndome, mientras
le apartaba con suave violencia de la ventana para llevarlo a una silla—. Estas
apariencias, que te confunden, no son más que fenómenos eléctricos bastante
comunes, o puede ser que tengan su espectral origen en el miasma corrupto del lago.
Vamos a cerrar esta ventana; el aire es frío y peligroso para tu salud. Aquí tenemos
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una de tus novelas predilectas. Yo la leeré y tú escucharás, y así pasaremos juntos
esta noche terrible.
El antiguo volumen que había tomado era Mad Trist, de sir Launcelot
Canning[87]; pero lo había llamado un libro predilecto de Usher más por triste broma
que en serio; porque, en realidad, hay poco en su verbosidad inculta y falta de
imaginación que pudiera interesar a la idealidad elevada y espiritual de mi amigo.
Pero era el único libro que tenía a mano y alimenté una indefinida esperanza de que
la excitación que ahora agitaba al hipocondríaco pudiera encontrar alivio (porque la
historia de los trastornos mentales está llena de semejantes anomalías) aun en las
extremas locuras de lo que iba a leerle. De haber juzgado, en realidad, por la actitud
exageradamente tensa y vivaz con que escuchaba, o parecía escuchar, las palabras del
relato, bien pudiera haberme felicitado por el éxito de mi idea.
Había llegado a esa parte bien conocida de la historia cuando Ethelred, el héroe
de Trist, al haber buscado en vano una pacífica entrada en la casa del ermitaño,
procede a entrar por la fuerza. Ahí, como se recordará, las palabras de la narración
son las siguientes:
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un palacio de oro con suelo de plata; y del muro colgaba un escudo de
reluciente bronce con esta leyenda:
Y Ethelred alzó la maza y golpeó la cabeza del dragón, que cayó a sus
pies y lanzó su pestilente aliento con un alarido tan horrible y áspero,
y a la vez tan penetrante, que Ethelred se vio obligado a taparse los
oídos con las manos ante el horrendo ruido, tal como jamás hasta
entonces se había escuchado nunca.
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Apenas había pronunciado estas sílabas, como si en ese momento un escudo de
bronce hubiera caído en realidad sobre un suelo de plata, percibí un eco claro, hueco,
metálico y retumbante, aunque aparentemente sofocado. Perdiendo los nervios por
completo, me puse en pie de un salto; pero el movimiento de balanceo rítmico de
Usher seguía sin cesar. Corrí apresuradamente hasta la silla en que estaba sentado.
Sus ojos miraban fijamente hacia adelante y por toda su cara se extendía una rigidez
pétrea. No obstante, cuando posé mi mano sobre su hombro, un fuerte
estremecimiento recorrió toda su persona; una sonrisa infeliz temblaba en sus labios;
y vi que hablaba con un murmullo bajo, rápido e incoherente, como si fuera
inconsciente de mi presencia. Inclinándome sobre él, muy cerca, por fin bebí el
odioso significado de sus palabras.
—¿Que no lo oigo? Sí, lo oigo y lo he oído. Mucho…, mucho…, mucho tiempo,
muchos minutos, muchas horas, muchos días lo he oído, pero no me atrevía… ¡Oh,
ten lástima de mí, miserable desgraciado que soy! No me atrevía…, ¡no me atrevía a
hablar! ¡La hemos encerrado viva en la tumba! ¿No dije que mis sentidos son
agudos? Ahora te digo que oí sus primeros débiles movimientos en el ataúd hueco.
Los oí… hace muchos, muchos días…, pero no me atrevía…, ¡no me atrevía a
hablar! Y ahora, esta noche, ¡ja, ja! ¡La puerta rota del ermitaño, el grito de muerte
del dragón y el estruendo del escudo! ¡Di, más bien, el ruido de su ataúd al rajarse, el
crujir de los goznes de hierro de su cárcel y sus luchas dentro del pasillo de cobre de
la cripta! ¡Oh!, ¿dónde me esconderé? ¿No estará pronto aquí? ¿No se apresura a
reprocharme mis prisas? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No distingo ese pesado
y horrible latir de su corazón? ¡INSENSATO! —Ahora se puso de pie furiosamente y
gritó las palabras como si en el esfuerzo entregara el alma— ¡INSENSATO! ¡TE DIGO
QUE AHORA ESTÁ A LA PUERTA!
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Como si en la energía sobrehumana de su voz se encontrara el poder del hechizo,
los enormes y antiguos tableros que Usher señalaba abrieron lentamente, al instante,
sus pesadas mandíbulas de ébano. Fue obra de la ráfaga veloz…, pero entonces en la
puerta se vio la alta y amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre en
sus blancas vestiduras y huellas de una amarga lucha en cada parte de su demacrado
cuerpo. Durante un momento quedó ella temblando, tambaleándose en el umbral;
luego, con un bajo lamento, se volcó pesadamente hacia adentro sobre el cuerpo de su
hermano, y en su violenta agonía final le arrastró al suelo, ya muerto, víctima de los
terrores que había anticipado.
Huí horrorizado de aquella cámara, de aquella mansión. La tormenta seguía con
toda su furia cuando me encontré cruzando la vieja calzada. De repente corrió por la
senda una extraña luz y me volví para ver de dónde podía salir tan increíble brillo,
pues la enorme casa y sus sombras quedaban solas detrás de mí. El resplandor venía
de la luna llena que se ponía, roja como la sangre, y que brillaba vivamente a través
de aquella grieta antes apenas perceptible, como he descrito, que se extendía en
zigzag desde el tejado de la casa hasta su base. Mientras miraba, la fisura iba
ensanchándose, abriéndose rápidamente; sopló una ráfaga feroz del torbellino, el
globo entero de la luna estalló entonces ante mis ojos, mi cabeza daba vueltas al ver
desplomarse los poderosos muros —hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz
de mil aguas— y a mis pies el profundo y corrompido lago se cerró, sombrío y
silencioso, sobre los restos de la «Casa de Usher».
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Apéndice
La época
Cuando Edgar Allan Poe nace en Boston, el año 1809 está estrenando
La joven
sus primeras hojas de calendario, y hace apenas dieciséis años que su país
Norte-
américa había consumado la independencia. Representantes de los trece estados
fundadores la habían proclamado en 1776 y cinco años más tarde la derrota
del ejército inglés en Yorktown convirtió la proclama en un derecho de «facto»,
aunque hasta el Tratado de Versalles de 1793 Inglaterra no reconoció la definitiva
pérdida de sus colonias americanas.
La joven nación contaba, además de con unos territorios ricos, fértiles y amplios,
con un capital humano dotado de algunas características peculiares: amor a la libertad
y a la democracia y afán de superación y aventura. Sobre estos pilares se asentará su
porvenir de riqueza, poderío y tolerancia. El derecho a la vida, la libertad y la
búsqueda de la felicidad será el punto de partida y la meta que la nueva nación
tomará como modelo. No ha de creerse, sin embargo, que la sociedad norteamericana
resolvería fácilmente los conflictos de intereses que en todo grupo humano aparecen.
A lo largo de la primera mitad del siglo XIX Norteamérica se incorporará a la carrera
industrial, ganará nuevos territorios y sentirá desgarrarse su convivencia por motivos
ideológicos, comerciales y económicos que tan sólo podrán ser superados después de
la guerra civil, o de Secesión, entre los Estados del Norte y el Sur (1861-1865),
bastantes años más tarde de que Poe haya hecho su definitivo mutis de la escena vital
(1849).
Durante esos años el conjunto de la joven nación crecerá
enormemente. Los Estados del Norte y el Sur progresarán, pero de forma Norte y Sur
divergente. La sociedad del Norte, más emprendedora y progresista, se
transforma por la revolución industrial, el transporte barato y los
movimientos por la educación, el humanitarismo y las inmigraciones. El Sur se
quedará casi al margen de los nuevos tiempos y los cambios sociales que la
industrialización lleva consigo. Permanecerá anclada en una economía de esclavos y
algodón.
En el Norte las fábricas comienzan a ser inseparables del paisaje. La comunidad
del Norte vivía una época atareada, activa. La apertura de canales, carreteras y
ferrocarriles facilitaba los intercambios comerciales y la expansión de una mentalidad
abierta y flexible. Los nuevos transportes ampliaron el mercado económico y
favorecieron la industrialización. La población pronto se agrupó alrededor de las
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grandes ciudades. Entre 1820 y 1850 la población de ciudades como Nueva York,
Baltimore o Boston se cuadruplicó. El teatro, el boxeo y las carreras de caballos eran
los ocios populares más destacables. Las capas sociales eran de escasa rigidez.
Apenas se notaban las diferencias sociales por el aspecto exterior. Cada hombre era
medido por su esfuerzo. Poco después el esfuerzo sería medido por el dinero. El dólar
se convertiría en la medida de la felicidad.
El Sur fue el reino del algodón, y el pedestal de su trono era la esclavitud negra.
Las plantaciones de algodón ocupaban la mayor parte de las tierras. La producción de
caña de azúcar y tabaco completaba la economía de aquellos Estados. Las grandes y
poderosas familias, si bien eran relativamente pocas, imponían el tono y las
costumbres sociales. Su código de conducta era casi medieval, caballeresco:
hospitalarios, amables con las mujeres, llenos de un alto sentido del honor. Tenían el
mismo carácter fuerte de un ruso feudal. Despreocupados en los negocios, pero
implacables frente a quienes dudasen de su autoridad u hombría. La sociedad sudista,
la sociedad de Poe, era aficionada a las artes, al teatro, a la literatura, a la música y a
los duelos. Eran amantes de los deportes al aire libre y fanáticos de las feroces peleas
de gallos. Alguien ha definido aquella sociedad como «un paraíso de pulcritud y
buenas maneras bajo cuyos mármoles se ocultaba un río de sudor y sangre».
Hacia 1850 Norte y Sur habían evolucionado hacia dos civilizaciones casi
diferentes, tan distintas en su base material y en su visión de la vida como lo son hoy
España y Marruecos. Esta separación profunda de los hombres del Norte y del Sur no
impidió sin embargo que el país avanzase en la tarea de construir su propia identidad.
Superando conflictos y divergencias, una sociedad nueva y globalizadora surgía poco
a poco. Unas metas comunes se fueron formando, unos mitos donde identificar la
vida norteamericana fueron producidos por el mundo cultural. La literatura cumplió
una función aglutinante.
Con el principio del siglo XIX, la literatura de Estados Unidos
La literatura
comienza a tener un lugar propio en la literatura universal. Con el siglo
triunfa el Romanticismo. En los primeros escritores norteamericanos se
encuentran rasgos románticos: canto a la naturaleza, gusto por lo
ambiguo o misterioso, exageración de sentimientos, pero pueden encontrarse también
ciertas características propias.
El primer escritor norteamericano que obtuvo fama en Europa y autoridad
universal fue Washington Irving (1783-1859), especialmente famoso en España por
sus Cuentos de la Alhambra. Representa una especie de Walter Scott de las llanuras
americanas. Sus narraciones sobre los indios, los exploradores y los pioneros crearon
las bases de un género de aventuras, basado en la historia de la Conquista del Oeste,
que forma una especie de épica norteamericana. Junto a él, James Fenimore Cooper
(1789-1851) completa la nómina de narradores que contribuyeron a forjar una idea
común sobre los orígenes heroicos de la nueva nación.
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El poeta más típico de la época, el romántico y semifilósofo William Cullen
Bryant (1794-1878), estuvo muy influido y dio a conocer la poesía de los grandes
románticos ingleses como Shelley, Byron o Wordsworth.
El gran patriarca o santón de las letras norteamericanas durante los años centrales
del siglo XIX fue Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Especie de semipoeta y
semipensador, creó una escuela literaria, «el trascendentalismo», que tiñe con rasgos
peculiares a la literatura norteamericana. Este movimiento defendía una cierta
divinidad de la naturaleza humana: históricamente fue un intento de hacer a los
americanos dignos de su independencia y elevarlos a una nueva altura entre los
mortales. Como discípulo del anterior puede ser considerado Henry David Thoreau
(1817-1862). Su obra más célebre es Walden, donde en una prosa más bien
altisonante cuenta su experiencia de solitario en los bosques. La presencia última del
panteísmo de Rousseau atraviesa muchas de las páginas de este libro, que, al calor de
los movimientos hippies y ecologistas, ha sufrido una reciente recuperación.
Esta literatura de grandes palabras, esperanzada y optimista, es la predominante
en los Estados Unidos durante la vida de Poe. No es difícil comprender que la obra de
este último poco tiene que ver con la visión optimista sobre el hombre que autores
como Emerson o Longfellow ofrecían. De ahí que algunos piensen que el autor de El
Cuervo es ajeno o extraño a la literatura de su tiempo. Quizás el único autor
contemporáneo con el que guarde cierta semejanza sea con Nathaniel Hawthorne
(1804-1864), que tanto en sus Cuentos contados dos veces como en sus obras
maestras, La letra escarlata y La casa de los siete altillos, utiliza el misterio y lo
enigmático con funciones que superan lo anecdótico.
El autor
Los datos biográficos de mayor relieve en la trayectoria de Edgar
Allan Poe han sido ya tratados, entendemos que con suficiente fortuna, en Aclaración
otros volúmenes de esta colección[88]. Pretendemos ahora centrarnos en
aquellos aspectos de su vida más nebulosos o significativos para el
esclarecimiento de las peculiaridades de su personalidad y obra. No seguiremos por
tanto un método meramente cronológico —nacimiento, infancia, juventud, madurez,
muerte—, sino que atenderemos con cierto detenimiento a determinadas
circunstancias o hechos que pudieron tener un impacto serio en su constitución
interna.
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David Poe era el primero de los siete hijos de un irlandés que, llegado
Su padre en temprana edad a los Estados Unidos, cobraría cierta fama durante la
Hasta qué punto Edgar Allan Poe heredó algunas de las características de su padre es
una cuestión aventurada. Lo que sí puede, sin embargo, considerarse como
importante es el hecho de que el niño sin duda captó el abandono del padre, lo que
debió de afectar en alguna medida a su estructura interior.
Su madre, Elisabeth Arnold, era una actriz inglesa, hija de actores y
que siempre vivió entre las candilejas teatrales. Sobre ella y en fechas Su madre
cercanas a su muerte escribió un crítico:
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ha cambiado. La desgracia ha hecho presa en ella. Abandonada, es el
único sostén de sus hijos —todos ellos de muy corta edad—, sin
amigos y sin amparo. Sin embargo todavía conserva igual expresión
de dulzura e idéntica perfección de figura y facciones, aunque los
infinitos pesares hayan podido marchitar las rosas de sus mejillas.
Las relaciones de Edgar con su madre han sido causa de muchas interpretaciones.
Algunos autores ven en ellas la base de su personalidad. No puede dudarse de que en
los primeros años se concretan algunos hechos que determinarán futuras formas de
relacionarse con la realidad. Durante el escaso tiempo que Poe vivió con su madre fue
testigo de su penosa enfermedad —la tuberculosis— y seguramente la idea de la
enfermedad se unió a la sensación de afecto. La muerte de su madre debió de
conmover sus resortes internos y de ahí que algunos vean en este hecho una de las
claves que explicarían su fascinación por ella, su necrofilia, reflejada de forma
expresiva en estos versos:
Una fijación en la figura materna, bella, enferma y luego muerta, permite, quizá de
una forma demasiado simple, comprender su gusto por juntar lo bello con lo fúnebre,
y su posible deseo inconsciente de volver al cobijo materno —sentido como
imposible— podría estar en la raíz de sus extraños comportamientos afectivos. Los
cuentos de Berenice o Ligeia admiten una lectura en este sentido.
John Allan, el rico hacendado que se hace cargo del huérfano Poe a la
Su padre muerte de su madre, va a representar un papel básico en la configuración de
adoptivo
la personalidad del escritor. Aun cuando se ha hecho excesivo hincapié en
el desapego afectivo de Allan hacia Poe, o en su tacañería con respecto a
éste, conviene indicar que existen numerosos testimonios que informan que, al menos
en un principio, el padre adoptivo se comportó con cariño hacia el niño. La rebeldía
de Edgar frente a él nació tanto de la incomprensión de éste como de las conductas
irritantes que Poe mantuvo con Allan. Quizá la desordenada vida matrimonial y
extramatrimonial de su padre adoptivo hizo surgir, o incrementar, una aversión
profunda. En cualquier caso esa fuente de conflictos redundaría inequívocamente en
los aconteceres de su vida.
Por su madre adoptiva, Frances, sintió un profundo y compartido cariño. También
en este caso iba a comprobar cómo la muerte le arrebataría el objeto de sus ternuras.
Nadie parece ponerse de acuerdo a la hora de valorar la formación
cultural de Edgar Allan Poe. Algunos creen que era más bien superficial Su equipaje
cultural
y de carácter divulgativo. Otros creen ver en él una persona de amplia y
profunda cultura. Existen pruebas documentales de que estudió griego y
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latín con notable aprovechamiento. El francés fue una lengua que dominaba muy
correctamente. Sobre su conocimiento de la obra de los filósofos Aristóteles o Kant
nada salvo conjeturas puede afirmarse. Sí está claro que Defoe y los poetas
románticos ingleses, Wordsworth, Shelley, Byron y Coleridge, formaron parte de sus
lecturas predilectas. Aun cuando pueda pensarse que su bagaje cultural no fue
demasiado sólido, no puede sin embargo dudarse que conocía los principales autores
de su época. Su interés por las literaturas orientales —típico de su época— y los
«ismos» irracionalistas de su tiempo —espiritismo, mesmerismo, teosofía— está
corroborado.
Sobre el papel que las mujeres han desempeñado en la vida de Edgar
Las Allan Poe han corrido ríos de tinta. Sobre su incapacidad para mantener con
mujeres
ellas relaciones adultas se han escrito múltiples obras. El pensamiento al
respecto más generalizado consiste en afirmar que vio en ellas más un ideal
—la posibilidad de recuperar la madre arrebatada— que una realidad tangible y
conflictiva.
Su primer amor recayó sobre Helen Stanard, madre de un condiscípulo, que volcó
hacia él un viento de ternura y cariño. Cuando Helen, víctima de un ataque de locura,
perezca, Edgar visitará casi todas las noches su tumba. Quizá su persistente obsesión
—o necesidad— de considerar que los muertos no están completamente muertos se
reafirmó —la muerte de su madre sería el origen— con aquella historia.
Su primera historia amorosa —es decir, un amor vivido recíprocamente— tuvo
como objeto a Elmire Royster, una joven vecina con quien se carteó en sus días
universitarios. La interceptación de la correspondencia por parte del padre de Elmire
puso fin —aunque no punto final— a aquella aventura amorosa. Cuando Edgar se
enteró del casamiento de su amada con un rico hacendado, sufrió un fuerte
desengaño, cuyos ecos literarios están presentes en las estrofas de su primer poema,
Tamerlán. Muchos años más tarde aquella primera historia devendría el capítulo final
de su biografía amorosa. Viudo Poe y viuda ella, reanudaron sus relaciones y
proyectaron casarse. La muerte de Edgar impidió que el círculo del amor se cerrase
totalmente.
El caso de Mary Deveraux, a quien conoce casualmente y de forma breve, es de
gran importancia biográfica, pues es la única historia amorosa en la que Poe se dirige
a una mujer reclamando pruebas físicas de amor. En todo caso tales demandas no
fueron atendidas.
En 1845 Poe entra en contacto con un grupo de poetisas con las que,
alternativamente y a veces al tiempo, sostendrá relaciones amorosas al menos
idealmente. Llegará a declararse y a pedir en matrimonio a varias de ellas, en
ocasiones a una el mismo día que a otra. Parece como si Edgar buscase
inconscientemente ser desdeñado. Entre ellas la relación más seria —estuvo a punto
de casarse— fue con Sarah Helen Whitman, una viuda de cuarenta y cinco años con
la que mantuvo un contacto espiritual prolongado.
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La historia de amor que más intriga a los estudiosos de Poe es la que
tuvo como copartícipe a su prima Virginia Clemm, con la que se casó Virginia
Clemm
cuando ella contaba trece años de edad y con la que convivió hasta que ésta,
después de una larga y penosa enfermedad —otra vez la tuberculosis—,
fallece el 30 de enero de 1847. La atracción de Poe por su prima-niña ha sido pasto
para la imaginación, más bien morbosa, de muchos investigadores. La casi
generalidad de ellos da por hecho que la extraña pareja nunca llegó a «conocerse» en
el sentido bíblico de la palabra. En cualquier caso existen innumerables pruebas del
cariño que le profesó y del duro golpe —acaso el definitivo— que supuso para Allan
Poe su cruel enfermedad y su desaparición. Creemos que el mayor testimonio sobre
el valor de esa historia amorosa es la transcripción de la carta que en agosto de 1835
Poe remite a su tía —y futura suegra— cuando ésta le da a conocer que un pariente
está dispuesto a encargarse de la tutela de Virginia:
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renunciar a lo que es mi propia vida. Si ella me hubiera querido
verdaderamente, no hubiera rechazado con desdén esa oferta. Oh,
Dios se apiade de mí. Si Virginia se va con N. P., usted misma, mi
buena tía, qué va a hacer.
Yo tenía ya apalabrada una linda casita en un lugar apartado, en
Church Hill; recién construida, con un enorme jardín y todas las
comodidades deseables, por sólo cinco dólares al mes. Desde
entonces no he cesado de soñar, día y noche, con el placer que me
produciría ver allí a mis únicas amigas, todo lo que yo tengo en la
tierra, junto a mí; el orgullo que yo sentiría pudiéndoles proporcionar
todas esas comodidades y llamando a Virginia mi esposa. Pero el
sueño ha terminado. Dios tenga piedad de mí. Para quién voy a vivir.
Entre extraños, sin nadie que sienta ningún afecto por mí.
El puesto se lo han dado a otro esta mañana, a Branch
T. Saunders, pero White se ha comprometido a darme un sueldo de
sesenta dólares al mes, y con eso podríamos vivir los tres con
bastante comodidad y felices: aun los cuatro dólares que pago ahora
en la pensión bastarían para mantenernos a todos, pero voy a
disponer de quince a la semana y qué necesidad tenemos de más. Yo
había pensado enviarles algún dinero cada semana hasta que usted
tuviera noticias de Hall o de William Poe, y luego, con eso, hubiera
comprado algunos muebles para empezar, porque White no puede
adelantarme nada. Después todo se solucionaría, o yo haría un
esfuerzo desesperado y trataría de conseguir un préstamo para ello.
Hay pocas probabilidades de que la casa se alquile inmediatamente.
Ahora mismo le enviaría cinco dólares, porque White me ha abonado
ocho hace dos días, pero, según parece, usted no ha recibido todavía
mi última carta y no me decido a confiarlos al correo, ya que la
correspondencia desaparece continuamente. Son para usted, y yo se
los guardaré hasta tener noticias suyas; entonces le enviaré eso y
algo más si puedo conseguirlo mientras tanto. En mi carta le contaba
que William Poe me había escrito respecto a ustedes, ofreciendo su
ayuda y haciendo algunas preguntas a las que le he contestado. Sin
duda les escribirá pronto y con alguna ayuda efectiva. Confíe en
Dios.
El tono de su carta me ha lastimado profundamente. Oh, tía, tía,
usted me quería antes, ¿cómo puede ahora proceder tan cruelmente?
Habla usted de Virginia aprendiendo elegantes modales y haciendo su
entrada en sociedad… y en tono tan mundano… Está usted segura de
que eso la hará más feliz. Cree que alguien puede quererla más
tiernamente que yo. Virginia aquí tendrá más, muchas más
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oportunidades de entrar en sociedad que con N. Poe. Aquí todos me
reciben con los brazos abiertos.
Adiós, querida tía. Yo no puedo darle ningún consejo. Pregúntele
a Virginia. Deje la decisión en sus manos. Haga que me envíe una
carta escrita por ella, una carta diciéndome adiós para siempre, y ya
puedo morirme, mi corazón se hará pedazos, pero no diré una
palabra más.
E. A. P.
Bésela en mi nombre un millón de veces.
Para Virginia:
Amor mío, mi vida, mi dulcísima Sissy, mi adorada mujercita,
piénsalo bien antes de romper el corazón de tu primo Eddy.
Dice usted: «¿Me puede indicar cuál fue el terrible mal que
produjeron las irregularidades lamentadas tan profundamente?». Sí,
puedo hacer algo más que indicarlo. Este «mal» fue el más grande que
podía sucederle a un hombre. Hace seis años mi esposa, a quien yo
amaba como jamás hombre alguno amó antes, se rompió un vaso
sanguíneo mientras cantaba. No se tenía esperanza por su vida. Me
despedí de ella para siempre y padecí todas las agonías de su muerte.
Se restableció en parte, y otra vez tuve esperanza. Al fin de un año el
vaso volvió a romperse. Yo pasé por la mismísima escena… Y
después otra vez; otra vez, y aún una vez más, en intervalos
diferentes. Cada vez sentía todas las agonías de su muerte, y en cada
crisis de la enfermedad la amaba cada vez más y me aferraba a su vida
con más desesperada pertinacia. Pero soy de naturaleza sensitiva,
nervioso en un grado común. Me volví loco, con largos intervalos de
horrible juicio sano. Durante estos ataques de absoluta inconsciencia
bebía; sólo Dios sabe cuántas veces y cuánto. Como era natural, mis
enemigos atribuyeron mi locura a la bebida, en vez de atribuir la
bebida a la locura.
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Si bien queda claro que Poe se sentía atraído por la bebida cada vez que sufría un
trastorno, también lo es que igual o más le sucedía en los momentos de optimismo y
exaltación. El alcohol le produjo grandes contratiempos profesionales y personales.
Sin embargo, una y otra vez retornaba a su compañía. Un deseo latente de
autodestrucción parece evidente en su conducta. En el episodio etílico que dio
cumplimiento a sus días encontró quizá la paz y el descanso que anhelaba.
E. A. Poe, como otros muchos autores, Coleridge, Verlaine, Conan
Doyle, Cocteau, William Burroughs, Allen Ginsberg, fue aficionado al El
láudano
consumo —moderado— de drogas opiáceas. Algunos de sus escritos
parecen transcribir sus experiencias con el láudano, un derivado del opio.
Muchas de sus descripciones se diría que están escritas bajo los efectos de la droga.
Berenice, se indica, fue escrita en dicho estado. Algunos autores entienden que el
tema de la droga forma parte de la leyenda de Poe, de la visión maldita que a partir de
los escritos de Baudelaire se creó alrededor de su figura. En cualquier caso, con uso
moderado o no, por simple afán experimentador o por mera terapia médica, Poe
probó la droga y conoció sus efectos alucinatorios. Cuáles fueron las repercusiones de
tales relaciones en su obra puede ser materia de discusión, pero indudablemente
algunos de sus pasajes remiten a experiencias de droga, aun cuando pudiera ser que
Edgar A. Poe utilizase materiales provenientes de experiencias ajenas.
Su droga real fue la literatura. Su auténtica válvula de escape y su más
La tenaz venganza contra las desgracias y desventuras de su vida cotidiana.
literatura
En la literatura volcó Poe sus sueños y sus frustraciones, sus ansias de
gloria y sus impulsos más íntimos. Lo que vuelve intrigante su peripecia
humana no es tanto ésta en sí como el hecho de que con tal vida —o por tal vida—
fuese capaz de crear algunos de los mejores cuentos de la literatura universal. Él fue
el pionero de la moderna novela policiaca y de la novela de misterio. Creó una
sensibilidad nueva y un nuevo escalofrío literario. Su obra es la justificación de su
vida. La prueba de que su paso por el mundo no fue inútil.
Con razón se ha dicho que existen dos Edgar A. Poe. Uno el
escritor norteamericano y otro el que se inventó Charles Baudelaire. Es Su malditismo
cierto que el poeta de Las flores del mal fabricó de alguna manera su
imagen, al recargar con exceso las tintas negras en muchos de los
aspectos de su biografía y obra. También es verdad que la posible falsificación podría
haber mejorado el original o descubrir enfoques más acertados. Baudelaire fomentó
una explicación «maldita» de Poe.
La crítica está de acuerdo en que la traducción al francés de sus obras por parte de
Baudelaire mejoró de forma muy ostensible el estilo del padre de la novela policiaca,
pero a través de la óptica del poeta francés los aspectos truculentos de su obra se
trasladaron, de modo tal vez equívoco, a su persona. La visión psicoanalítica, y
fundamentalmente la popularizada interpretación que de Poe hizo Marie Bonaparte,
ha acentuado la imagen de un Poe obsesionado por la muerte, neurótico, necrofílico,
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opiómano, paranoico y alcoholizado. Sin duda que la vida del autor de El Cuervo fue
algo más que eso. Nadie está desesperado las veinticuatro horas del día, escribió
Konstantinos Kavafis, pero es indudable que, en el caso de Poe, resulta difícil, si no
imposible, determinar dónde empieza la leyenda y dónde acaba la realidad.
La obra
Si elegir siempre conlleva el riesgo de equivocarse, en el caso que se nos
planteaba —selección de una docena de relatos de E. A. Poe—, éramos conscientes
de que el posible desacierto podría afectar a alguien más —de ahí su importancia—
que a los responsables de llevar a término la elección. Si ésta fuese errónea, se
distorsionaría la obra de Poe y los lectores serían víctimas de un fraude frente al que
difícilmente podrían defenderse. La responsabilidad de que tal situación no se diese,
sumada a nuestra propia exigencia de rigor profesional, nos llevó a fijar unos criterios
objetivos mínimos, para que, aun teniendo en cuenta la predecible arbitrariedad que
toda selección encierra, los evitase en la medida de lo posible.
Estos criterios, recogidos según el menor o mayor grado de subjetividad que
permiten introducir, son los que siguen:
— el tema,
— la representatividad,
— la calidad literaria.
El criterio editorial de dar a la luz un tomo donde se recogiese una muestra de los
relatos de terror de Poe eliminaba de por sí todos aquellos que por sus características
temáticas no pudieran incluirse en el género de terror.
Como segundo criterio nos inclinamos por la representatividad, es decir, el mayor
o menor grado en que cada uno de los cuentos contuviesen el modo o modos típicos
de Poe al acercarse al terror, así como sus obsesiones o gustos favoritos: espacios
cerrados, amores fúnebres, mares tenebrosos, etc.
La calidad literaria fue el tercer criterio —the last but not the les [sic]— que guió
nuestra selección. Ni que decir tiene que la exigencia de calidad fue máxima, aun
cuando se buscase compaginarla con la representatividad. También se tuvo en cuenta
lo que podríamos denominar decantación cultural, procurando recoger aquellos
relatos que críticos y degustadores de Poe aprobaban o citaban con mayor insistencia.
La superposición de estos tres criterios junto con las preferencias personales
dieron como resultado el muestrario narrativo que ofrecemos, esperando que a pesar
de posibles discrepancias merezca una feliz acogida.
Quisiéramos llamar la atención sobre dos cuestiones que atañen a nuestra tarea:
su parcialidad y su ordenamiento.
Extraer de un conjunto de relatos una parte de ellos siempre implica problemas de
parcialidad. En el caso de estos cuentos de Poe la cuestión se acrecienta dada la
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profunda unidad orgánica que subyace tras el conjunto de sus narraciones. Poe
manifestaba en una carta:
Página 188
Página 189
Tratamiento del terror
En la Introducción a esta temática hemos mencionado que en la creación de
miedo o terror se distinguen dos métodos, técnicas o tratamientos diferentes, aunque
no opuestos, que dan lugar a dos clases o tipos de relatos o cuentos de terror: un
terror directo, en el que la sensación de miedo surge de elementos terroríficos en sí
mismos, y otro indirecto o metafísico, en el que el horror proviene de ingredientes o
escenarios más ambiguos y sugerentes.
Es un rasgo de Poe el eficaz entreveramiento de ambas técnicas, pero a pesar de
ello puede distinguirse en cada cuento la preponderancia de uno u otro método. En
Manuscrito hallado en una botella, Un descenso al Maelström, El tonel de
amontillado, El corazón delator e incluso en Los hechos en el caso del señor
Valdemar, lo terrorífico proviene básicamente de lo reflexivo, intelectual o
psicológico. En Berenice, Ligeia, Hop-Frog y El entierro prematuro, aun cuando la
opresión psicológica está presente, aparecen elementos horrorosos por sí mismos:
tumbas, cadáveres, sangre, etc. En otros relatos, El pozo y el péndulo, El gato negro o
La caída de la Casa de Usher ambos tratamientos coexisten de forma equilibrada, de
ahí que merezcan especial atención para muchos críticos de su obra.
Para el análisis de los cuentos de terror una de las metodologías más
Vías de fértiles consiste en contraponer los elementos de lo ordinario a las
lo extra-
ordinario presencias de lo extraordinario. Para un comentario sobre Poe esta óptica
conviene en gran manera por la mezcla en sus escritos de un realismo casi
costumbrista con situaciones o escenarios cercanos a lo nebuloso, siniestro, extraño o
anormal. Pablo Neruda, el gran poeta chileno, llamó exacta tiniebla a esta misteriosa
combinación.
Lo extraordinario irrumpe en sus narraciones con cuatro grados:
— hiperbólico,
— extrasensorial,
— extralógico,
— sobrenatural.
Los tres primeros modos de esta escala, tomada de los trabajos del profesor Serra
sobre lo fantástico, si bien no suspenden las leyes naturales, descubren otras leyes
secretas y misteriosas de lo real. El cuarto modo sucede totalmente al margen de lo
natural.
Lo hiperbólico, lo exagerado, está presente de forma muy precisa en alguno de los
cuentos de Poe. Así, en Un descenso al Maelström, la grandiosidad del remolino es el
elemento que desencadena la trama narrativa.
Lo extrasensorial, aquello que actúa sin que los sentidos lleguen a captarlo,
abunda en los textos de nuestro genial autor. El gato negro es el mejor ejemplo. El
Página 190
pozo y el péndulo supone precisamente un juego entre los sentidos y lo que está fuera
de sus límites.
Lo extralógico funciona en su narrativa en muy pequeñas dosis y, por tanto, con
gran eficacia. Poe suele buscar a menudo una apoyatura racional para sus tramas. La
presencia del barco fantasma con su tripulación de extraños ancianos es una clara
muestra de ingredientes extralógicos cuya abundancia, quizás excesiva, se
contrarresta literariamente con la noticia final del autor sobre el mapa de Mercator en
el Manuscrito hallado en una botella
Lo sobrenatural sobrevuela la inmensa mayoría de las obras de Poe. El regusto
por todo lo relacionado con la muerte es una de las claves de su universo narrativo.
Ligeia, La caída de la Casa de Usher nos muestran hasta dónde llegó su talento en
ese terreno.
En Berenice, Ligeia y La caída de la Casa de Usher se encuentra uno
de los temas más favoritos de Poe: la no muerte de los muertos. Una idea Aspectos
temáticos
casi fija, que podría tener su origen en algunos episodios biográficos de la
realidad histórica de Poe. Curiosamente en ellos, y en El entierro
prematuro, también aparecen referencias a la cuestión de la catalepsia y, de forma
entremezclada, divagaciones sobre el opio y sus efectos.
El retorno —real o simbólico— de los muertos, bien para vengarse, bien para
recobrar aquello de lo que la muerte los ha despojado, es un motivo que descubrimos
en El corazón delator, El gato negro y en Ligeia. Si bien es un tema tradicional de la
novela gótica, el tratamiento de Poe es singular: el retorno, en el caso de los dos
primeros relatos, es indirecto o aparente, y en Ligeia se produce a través de un
proceso de reencarnación.
Los hechos en el caso del señor Valdemar se monta sobre un tema que apasionaba
a Poe y que hacía furor en la sociedad norteamericana de su tiempo: el mesmerismo o
doctrina del médico alemán Franz Antón Mesmer (1734-1815) sobre el magnetismo
animal y su aplicación a la hipnosis. Sobre el mismo motivo escribió Poe otro relato,
Revelación mesmérica, que está muy lejos de la calidad del anterior.
En La caída de la Casa de Usher han visto algunos especialistas en Poe ciertos
rasgos autobiográficos: Usher es Poe a los treinta años. Lady Madeline es Virginia.
Sus extrañas relaciones con su hermano y la inconfesable razón de éste para desear su
entierro en vida recuerdan las prolongadas torturas junto al lecho de su agonizante
esposa y prima.
Manuscrito hallado en una botella y Un descenso al Maelström transcurren en un
escenario muy del gusto de Poe. En el primero hay claras concomitancias con su
novela La narración de Arthur Gordon Pym y el segundo semeja una parábola sobre
el terror ancestral a lo desconocido.
Todos ellos suceden en un espacio cerrado, incluso encerrado. Ésta es una
característica general en la escenografía de Poe. Parte de los estudios de su obra
interpretan que esta peculiaridad procede de su mundo psíquico y creen ver en ello un
Página 191
síntoma de su permanente nostalgia por regresar al perdido claustro materno. Aunque
no se acepte esta visión, es necesario hacer constar que, literariamente, la elección de
espacios limitados y opresivos potencia los efectos narrativos y concentra su eficacia.
El pozo y el péndulo constituye una excelente prueba de ello.
En la mayoría de los cuentos de misterio el narrador suele coincidir
Aspectos con la víctima. Esta técnica permite una transmisión más fácil de los
formales:
el narrador diferentes estados de ánimo que el encuentro con lo misterioso provoca
en su interior. Por otra parte, la comunicación entre el lector y el texto es
más directa y, por tanto, la transferencia de ansiedad desde la víctima al lector resulta
más eficaz.
En los cuentos de Edgar A. Poe ésta suele ser también la tónica normal. En Un
descenso al Maelströn y El tonel de amontillado esta regla no se cumple. Mientras
que en el primero este hecho no supone una significación de relieve, en el caso de El
tonel de amontillado, además de conferir un tono humorístico e irónico al texto,
explica su final amoral, poco frecuente en Poe, quien en sus obras no suele dejar sin
castigo la transgresión de las leyes morales.
Entre los cuentos existen ejemplos de composiciones diferentes. En
algunos el relato comienza de forma neutral, crece gradualmente la La
estructura
sensación de misterio y termina en un clímax de terror. Sucede así, por
ejemplo, en Ligeia y Los hechos en el caso del señor Valdemar. En El
pozo y el péndulo el relato comienza en plena tensión para terminar —excepción en
Poe— con un final feliz. En El gato negro se adelantan, de forma alusiva, los motivos
de la intriga o misterio, para finalizar con una sorpresa final, de forma semejante a El
corazón delator.
Desde el punto de vista formal el cuento más interesante es sin duda alguna La
caída de la Casa de Usher. Desde el principio se adelanta la sensación de opresión y
perversidad a través de meras intuiciones irracionales del narrador. La descripción del
interior de la casa, el aspecto de Usher y de su hermana objetivizan esa idea y el
desenlace la explica. La técnica del paralelismo entre los hechos de una lectura y la
narración en sí es un acierto formal brillantísimo.
Este cuento descubre lo que Baldini denomina las analogías musicales de la
estructura de los cuentos de Poe. Para este crítico sus personajes están regulados a
semejanza de los de un drama musical, y el sentimiento del horror, del miedo, del
abatimiento, como también el de la alegría desenfrenada y salvaje, son, para Poe,
como otras tantas tonalidades o tiempos musicales, con los cuales organiza la
estructura de sus dramas.
Constantino BÉRTOLO CADENAS
Página 192
Guía de ilustraciones
Estructura
El ilustrador ha conservado y reflejado los aspectos fundamentales
Una inter-
de los escritos de misterio de Poe: el terror, la agonía y la sorpresa ante
pretación fiel
de las «claves» lo inesperado; en suma, las fuerzas de lo desconocido y extraordinario.
de Poe Las ilustraciones, pues, expresan fielmente los contenidos de Poe, pero
en la forma, en la imagen, hay una considerable diferencia.
Podría pensarse que las ilustraciones de Clarke son una mera
decoración del texto: tal es la exuberancia de líneas y detalles La imagen
decorativa
ornamentales (como en El coloquio de Monos y Una). Pero, al mirarlas
más detenidamente, se perciben con fuerza las claves básicas de Poe.
Aunque la imagen esté tratada irreal e incluso sofisticadamente, sorprende la gran
expresividad de las figuras, personajes sometidos al terror más desesperado (El pozo
y el péndulo, El entierro prematuro).
La belleza aparece reflejada como contrapunto (Ligeia, Morella), y se
El horror y
refiere a personajes y al medio natural: la naturaleza nos muestra su
la belleza
magnitud inquietante (El cottage de Landor, Silencio). Clarke indaga
también en la sorpresa y lo monstruoso o repugnante (Los hechos en el
caso del señor Valdemar, La caída de la casa de Usher, El gato negro, Los crímenes
de la Rue Morgue). En general, el episodio narrativo que selecciona refleja dos
aspectos: el horror ante lo extraordinario, lo monstruoso hecho presente (La máscara
de la Muerte Roja, El gato negro), y los momentos en que los personajes están
sometidos a la tensión de lo que va a ocurrir (El corazón delator, El tonel de
amontillado).
Técnica
Hay una total predilección por la línea, que llega a sutiles filigranas. El
medio utilizado —la tinta china y la pluma— permite este tipo de imágenes, El juego
de la
que no pretenden representar con realismo las anatomías, el volumen o el línea
espacio. Se trata de ambientes en su mayor parte sin perspectiva, sin juego
atmosférico o de luces y sombras.
Prescinde del color, para aumentar la tensión dramática de las escenas,
Blanco
mediante el sobrio uso de dos matices absolutos, simbólicos. Los tonos
y negro
Página 193
grises están conseguidos a base de tramas realizadas con la pluma,
empleando también el punteado y la tinta salpicada.
Este gusto por la línea curva, reflejada como un organismo vivo y
dinámico; las formas estilizadas y de proporciones alargadas; los detalles El estilo
modernista
de ornamentación —suntuosos en la riqueza y variedad de ropajes y
formas— nos remiten a un estilo que floreció en Europa hacia finales del
siglo XIX y que tuvo su definición más concreta —en el campo de la ilustración de
libros— en Inglaterra. Clarke muestra un estilo muy semejante al del gran maestro
británico del Art Nouveau, Aubrey Beardsley (1872-1898), a quien pertenece la
ilustración de la cubierta. Existe también una relación con el estilo de Arthur
Rackham (1867-1939), autor de las ilustraciones de Hop-Frog.
La tensión dramática y el horror se reflejan especialmente en los ojos y
Tensión la mirada de los personajes, como la parte más expresiva del cuerpo.
expresiva
Algunos personajes (El gato negro) reflejan un tipo de expresionismo más
germánico que británico, ya que la pintura y la ilustración inglesas han sido
más dadas a lo irónico que a lo expresionista; ésta, en cambio, es una característica
casi constante del arte alemán.
El autor
Harry Clarke nació en Dublín en 1890. Su actividad se desarrolló en el campo del
diseño, la decoración y la vidriera, como continuador del movimiento inglés Arts and
Crafts (Artes y Artesanías). Asistió a la Dublin Metropolitan School of Art
(1910-1913), y realizó varias exposiciones. Su actividad como ilustrador se inscribe
en toda una corriente de expansión por Europa que caracterizó a los seguidores de
Beardsley y Rackham, y que tendría adeptos en Francia y Alemania, particularmente
en ilustradores como Von Bayros y Alastair. Clarke realizó también ilustraciones para
los cuentos de Andersen y de Perrault y para el Fausto de Goethe. Murió en Suiza
(1931), cuando el estilo de su obra era ya considerado como las últimas producciones
del decadentismo.
Carmen BERNÁRDEZ
Página 194
Bibliografía
Página 195
1838 How to Write a Blackwood Article[18] Cómo escribir un artículo a la manera de
Blackwood (1956)**.
1838 A Predicament[19] Una malaventura (1956)**.
1839 The Haunted Palace El palacio embrujado***.
1839 The Devil in the Belfray[20] El diablo en el campanario (s. a.)*.
1839 The Man that Was Used Up[21] El hombre que se gastó (1956)**.
1839 The Fall of the House of Usher[22] La caída de la casa Usher (s. a.)*.
1839 William Wilson[23] William Wilson (s. a.)*.
1839 The Conversation of Eiros and Charmion La conversación de Eiros y Charmion.
1840 Tales of the Grotesque and Arabesque (2 Cuentos de lo grotesco y lo arabesco.
vols.)
—Contiene 24 cuentos
1840 The journal of Julius Rodman Diario de Julius Rodman.
1840 Why the Little Frenchman Wears his Hand in Por qué el pequeño francés lleva la mano en
a Sling cabestrillo (1956)**.
1840 Peter Pendulum, the Business Man El hombre de negocios (1956)**.
1840 Sonnet-Silence Silencio***.
1840 The Man of the Crowd[24] El hombre de la multitud (s. a.)*.
1841 The Murders in the Rue Morgue[25] Los crímenes de la calle Morgue (s. a.)*.
1841 A Descent into the Maelström[26] Un descenso al Maelström (s. a.)*.
1841 The Island of the Fay[27] La isla del hada (1944).
1841 The Colloquy of Monos and Una[28] El coloquio de Monos y Una (s. a.)*.
1841 Never Bet your Head. A moral tale[29] Nunca apuestes tu cabeza al diablo.
1841 Eleonora[30] Eleonora (s. a.)*.
1841 Three Sundays in a Week[31] Tres domingos por semana (s. a.)*.
1842 The Oval Portrait[32] El retrato oval (s. a.)*.
1842 The Mask of the Red Death[33] La máscara de la Muerte Roja (s. a.)*.
1842 The Mystery of Marie Rogêt[34] El misterio de Marie Rogêt (s. a.)*.
1842 The Pit and the Pendulum[35] El pozo y el péndulo (s. a.)*.
1843 The Conqueror Worm El gusano conquistador***.
1843 The Tell-Tale Heart[36] El corazón delator (s. a.)*.
1843 The Gold Bug[37] El escarabajo de oro (s. a.)*.
1843 The Black Cat[38] El gato negro (s. a.)*.
1843 Diddling Considered as One of the Exact El timo. (Considerado como una de las
Sciences[39] ciencias exactas). (1956)**.
1843 The Prose Romances Poemas en prosa (1946).
1843 Morning on the Wissahiccon[40] El alce (1956)**.
1844 The Spectacles[41] Los anteojos (s. a.)*.
1844 A Tale of the Rugged Mountains Un cuento de las montañas escabrosas.
1844 The Balloon-Hoax[42] El camelo del globo (s. a.)*.
1844 Doings of Gotham Los hechos de Gotham.
1844 Dream-Land El país de los sueños***.
1844 The Premature Burial[43] El entierro prematuro (1942).
1844 Mesmeric Revelation[44] Revelación mesmérica (s. a.)*.
1844 The Oblong Box[45] La caja oblonga (1951).
1844 The Angel of the Odd[46] El ángel de lo singular (s. a.)*.
1844 The Purloined Letter La carta robada (s. a.)*.
Página 196
1844 «Thou are the Man[47]» «Tú eres el hombre» (1956)**.
1844 Literary Life of Thingum Bob[48] Autobiografía literaria de Thingum Bob.
1845 The Raven and Other Poems El cuervo y otros poemas (1895).
1845 The Thousand-and-Second Tale of El cuento mil y dos de Scheherazade
Scheherazade[49] (1956)**.
1845 Some Words with a Mummy[50] Conversación con una momia (s. a.)*.
1845 The Power of Words[51] El poder de las palabras (s. a.)*.
1845 The Imp of the Perverse[52] El demonio de la perversidad (s. a.)*.
1845 Eulalie Eulalia***.
1845 Tales (contiene 12 cuentos) Cuentos.
1845 The System of Dr. Tarr and Professor El sistema del doctor Tarr y del profesor
Fether[53] Fether (s. a.)*.
1845 The Facts of M. Valdemar’s[54] La verdad sobre el caso del señor Valdemar
(s. a.)*.
1846 The Sphinx[55] La esfinge (s. a.)*.
1846 A Valentine «Valentine»***.
1846 The Cask of Amontillado[56] El tonel de amontillado (s. a.)*.
1847 To M. L. S. A M. L. S.***.
1847 The Domain ol Arnheim[57] El dominio de Arnheim, o El jardín-paisaje (s.
a.)*.
1847 Ulalume Ulalume***.
1848 An Enigma Un enigma***.
1848 To… A…***.
1848 To Helen (II) A Elena***.
1849 Mellonta Tauta[58] Mellonta Tauta (s. a.)*.
1849 Hop-Frog, or the Eight Chained Orang- Hop-Frog (s. a.)*.
Outangs[59]
1849 For Annie Para Annie***.
1849 Von Kempelen and his Discovery[60] Von Kempelen y su descubrimiento (1956)**.
1849 X-ing a Paragraph[61] X en un suelto (1956)**.
1849 Landor’s Cottage[62] El «Cottage» de Landor (s. a.)*.
1849 Sonnet-to my Mother A mi madre***.
1849 Annabel Lee Annabel Lee***.
1849 The Bells Las campanas***.
Página 197
Índice de contenido
Cubierta
Cubierta
El gato negro
Un descenso al Maelström
El entierro prematuro
El corazón delator
El tonel de amontillado
Hop-Frog
El pozo y el péndulo
Berenice
Ligeia
Apéndice
Guía de ilustraciones
Bibliografía
Índice de contenido
Notas
Página 198
Notas a la bibliografía
Página 199
Notas
Página 200
[1] Publicado en esta colección. <<
Página 201
[2] Publicado en esta colección. <<
Página 202
[3] Publicado en esta colección. <<
Página 203
[4] Publicado en esta colección. <<
Página 204
[5] Dios de la riqueza, hijo de Ceres y de Jasón, a quien Júpiter privó de la vista para
que repartiera sus dones a los hombres sin distinguir unos de otros. Se le representa
en figura de niño con el cuerno de la abundancia en las manos. <<
Página 205
[6] Philippe Quinault (1635-1688). Oscuro dramaturgo francés, autor de unos catorce
libretos de ópera. La cita que hace Poe pertenece a una ópera dramática en cinco
actos titulada Atys. Dice así: «Quien no tiene más que un momento para vivir / Nada
tiene que disimular». <<
Página 206
[7] Alusión a Pirrón de Elide (alrededor del 365-275 a d. C.), quien afirmaba que la
Página 207
[8] Fuegos fatuos. (En latín en el original). <<
Página 208
[9] Java es una isla de Indonesia en el archipiélago de la Sonda, cuya capital es
Página 209
[10] Archipiélago situado en el Mar de Omán, frente a la costa de Malabar, que
Página 210
[11] Del árabe ghuráb, que significa «cuervo». Pequeña embarcación de dos mástiles,
Página 211
[12]
Monstruos marinos, mencionados por primera vez por el teólogo danés Erik
Pontoppidan (1698-1764), obispo de Bergen y autor de la Historia Natural de
Noruega, aparecida en 1752. Se los considera causantes de los remolinos y de los
maremotos. <<
Página 212
[13] Baalbek está en Líbano; Tadmor, en Palmira (la bíblica ciudad de las palmeras, en
Página 213
[14] Gerhard Kremer, que latinizó su apellido, convirtiéndolo en Mercator fue un
matemático y geógrafo holandés nacido en 1512 y muerto en 1594. Poe alude a sus
cartas geográficas, que son, de entre su obra, lo que más fama le ha dado. <<
Página 214
[15] Joseph Glanvill —no Glanville, como equivocadamente escribe Poe— fue un
escritor inglés del siglo XVII, perteneciente al círculo de los platónicos de Cambridge,
compuesto por idealistas entregados al estudio de la cábala judía, entre otras materias.
La cita pertenece al libro Ensayos sobre diversos e importantes temas de Filosofía y
Religión (1676). <<
Página 215
[16] Mar tenebroso (en latín en el original). Poe hace alusión al árabe Idrisi, autor del
Kitab Rujjar, o Libro del Entendimiento. Mare Tenebrarum, por otra parte, es la
denominación común del Mar del Norte. <<
Página 216
[17] Geógrafo noruego, que cita la Historia Natural de Noruega, publicada en 1752.
Página 217
[18] Uno de los ríos del infierno, según los griegos. Era afluente del Aqueronte y
Página 218
[19] Athanasius Kircher (1601-1680). Jesuita alemán, políglota, matemático e
inventor, entre otras cosas, de una máquina de escribir. Entre sus obras destaca la
titulada Mundo subterráneo. <<
Página 219
[20] Véase Arquímedes, De Incidentibus in Fluido, lib. 2. (Nota del Autor).
Página 220
[21] Paso del Beresina o Bereziná: En 1812, los restos del gran ejército napoleónico se
encontraron rodeados por tres ejércitos rusos cerca del río Bereziná. Napoleón
engañó a los rusos sobre el lugar del paso del río, aunque murieron la mayoría de los
constructores de este paso. Terremoto de Lisboa: La capital de Portugal fue destruida
por un seísmo seguido de un incendio en 1755. Peste de Londres: En 1665 una grave
epidemia de peste mató a 75 000 personas, y al año siguiente un gigantesco incendió
destruyó las 4/5 partes de la ciudad. Se conoce como noche de San Bartolomé a la
matanza general de protestantes ejecutada por orden de Carlos IX, en París, el 24 de
agosto (San Bartolomé) de 1572. Agujero negro de Calcuta: En 1756, Suraj-ud-
Dowlah, gobernador de Bengala, se apoderó de Calcuta. Los ingleses escaparon y,
entre los que quedaron, metió a 146 personas en un calabozo de menos de 2 metros
cuadrados. Al día siguiente sólo quedaban 23 vivos, entre ellos el historiador del
hecho. <<
Página 221
[22]
Literato, hombre de letras (en francés en el original), así como señorita
(mademoiselle), que acabamos de ver, y señor (monsieur), que aparece más adelante.
<<
Página 222
[23] Aplicación de la galvanoplastia, método que consiste en la aplicación de un ánodo
Página 223
[24] Autopsia. (En latín en el original). <<
Página 224
[25] William Buchan (1729-1905), médico inglés, célebre por un tratado de medicina
práctica que lleva por título El médico doméstico. Escribió también la obra Deberes
de una madre. <<
Página 225
[26] Nombre antiguo del Amu-Daria, río de Asia que nace en Afganistán y sirve de
frontera entre este país y las Repúblicas Soviéticas de Tayikia y Uzbekia, para
desembocar en el lago Aral, aunque antiguamente lo hacía en el Caspio. En cuanto a
la mención que Poe hace de Afrasiab, puede que, en su afán por llenar sus escritos de
citas no siempre fundadas, se refiera a Abraxas, que es un vocablo simbólico usado
por los gnósticos para expresar el curso del sol. Abraxas ha sido considerado también
como dios que reúne en sí mismo lo divino y lo demoniaco. <<
Página 226
[27] Doctrina del magnetismo animal, o hipnosis, expuesta por Mesmer en la segunda
mitad del siglo XVIII. Franz Anton Mesmer (1734-1815) fue un médico alemán cuyos
experimentos despertaron siempre gran animadversión entre los demás componentes
de la clase médica, que le consideraban un charlatán. En 1784 el Gobierno francés
decidió investigar sus actividades, prohibiéndole el ejercicios de las mismas. <<
Página 227
[28] A punto de morir. (En latín en el original). <<
Página 228
[29] Biblioteca forense. (En latín en el original). <<
Página 229
[30] Pseudónimo. (En francés en el original). <<
Página 230
[31] Wallenstein es la conocida trilogía dramática del poeta alemán Johann Cristoph
von Friedrich Schiller (1759-1805). Escrita en verso, las tres piezas de que consta
son: El campamento de Wallenstein (1796), Los Piccolomini (1797-1798) y La
muerte de Wallenstein (1798-99). Gargantúa, novela del escritor francés François
Rabelais (1494-1553), fue publicada en 1534. Dos años antes había publicado
Pantagruel, y en 1546 y 1548 los libros tercero y cuarto. De la unión de todo este
material, más un quinto libro inconcluso, surgió la conocida novela Gargantúa y
Pantagruel. <<
Página 231
[32]
Político norteamericano (1773-1833). Partidario de Jefferson y demócrata en
1799, se opuso a la guerra con Inglaterra en 1812, cuando era Jefe del Partido
Republicano. Pretendía ser descendiente del príncipe indio Pocahontas. <<
Página 232
[33] Literalmente, palabra por palabra. (En latín en el original). <<
Página 233
[34] Líquido seroso que supuran algunas úlceras. <<
Página 234
[35] Especie de ropón antiguo que llegaba hasta las rodillas, parecido a una capa, y
que llevaban los hombres en la época de Luis XIV. Su nombre (en francés en el
original) procede del duque de Roquelaure. Poe equivocadamente escribe roquelaire.
<<
Página 235
[36] Palacio, casa suntuosa. (En italiano en el original). <<
Página 236
[37] Región francesa del departamento de Gironde, famosa por sus vinos. <<
Página 237
[38] Nadie me hostiga impunemente. (En latín en el original). Es la divisa de Escocia.
<<
Página 238
[39] «¡Descanse en paz!». (En latín en el original). El orden correcto de la frase es
Página 239
[40] Rara especie sobre la tierra. (En latín en el original). La expresión es corriente
entre los poetas latinos. Véase por ejemplo en Horacio (65-8 a d. C.), Sátiras, libro II,
2, 26, y en Juvenal (60-140 aprox.), Sátiras, 6, 165. <<
Página 240
[41] François Rabelais (1494-1553). Médico, filósofo y pedagogo francés considerado
creador de la lengua francesa moderna. Véase Los hechos en el caso del señor
Valdemar, nota 31. <<
Página 241
[42] François Marie Arouet (1694-1778), más conocido por F. M. Voltaire, nombre
que adoptó en 1718. Escritor, poeta y pensador francés, publicó su obra Zadig en
1732. Autor, también, de la afamada obra que lleva por título el de Cartas inglesas.
<<
Página 242
[43] Hop: brinco; Frog: Rana. El autor alude al juego de «pídola», que en inglés se
Página 243
[44] Fiesta. (En francés en el original). <<
Página 244
[45] Brillo, realce. (En francés en el original). <<
Página 245
[46] Papeles. (En francés en el original). <<
Página 246
[47] La mayor de las grandes islas del archipiélago de la Sonda (Malasia). Forma parte
Página 247
[48] Cuarteto compuesto para las puertas del mercado que había de ser construido en
Página 248
[49] Personas pertenecientes a la Inquisición, que era un tribunal, distinto del ordinario
y presidido por un obispo, encargado por el papado de la lucha contra la herejía. <<
Página 249
[50] Nombre griego de Plutón, dios de los infiernos. En este caso se refiere al lugar
mismo, esto es, al lugar de los muertos, que también recibía el nombre de Hades. <<
Página 250
[51] En el original Poe dice textualmente autos-da-fé. El auto de fe era la
proclamación de la sentencia dictada por la Inquisición, seguida de la abjuración de
los errores o de la entrega a la autoridad civil de los condenados a muerte. <<
Página 251
[52] La yarda tiene 91,44 cm. El perímetro, pues, era de unos 46 metros. <<
Página 252
[53] Thule, nombre con el que se conocía en la antigüedad a las islas descubiertas al
norte de las Británicas. Ultima Thule era el límite norte del mundo conocido, que aquí
se toma como «última o extrema prueba». La frase latina Ultima Thule (literalmente
«la más apartada Thule») pertenece a la Geórgica I (v. 30) del poeta latino Publio
Virgilio Marón (70-19 a. de C.). En la época romana se consideraba que más allá de
esa supuesta isla no existía ningún país. Así lo da a entender también el escritor y
filósofo latino de origen hispano —nació en Córdoba—, Lucio Anneo Séneca (3 a. de
C.-65 d. de C.) en su tragedia Medea (vv. 378-379). <<
Página 253
[54] Es decir, de unos 12 milímetros. <<
Página 254
[55] Antonine C. L. Lasalle (1775-1809), conde de Lasalle, fue un general de la
Caballería de Napoleón, que sobresalió en las campañas de Italia, Egipto, Prusia y
España. Pasó luego a Asturias, y murió en la batalla de Wagran a consecuencia de
una herida en la cabeza. <<
Página 255
[56] Parece evidente que Poe se refiere a Ben Zaid, cortesano de Abd al-Rahman III
Página 256
[57] Ciudad simbólica, síntesis del paisaje paradisíaco. Poe le dedicaría un cuento
Página 257
[58] Celio Secondo Curione (1503-1569), escritor y polemista religioso italiano, que
se unió al coro de protestas por la condena del español Miguel Servet con la
publicación De amplitudine beati regni Dei (La grandeza del reino santo de Dios).
San Agustín (Aurelius Augustinus, 354-430), obispo y Padre de la Iglesia Católica
africana, interpretó en La ciudad de Dios la vida individual y social del hombre a la
luz de los principios del cristianismo. Tertuliano (Quintus Septimus Florens
Tertullianus, c. 155-220), apologista y teólogo africano, autor de unas 30 obras
doctrinales, apologéticas, ascéticas y morales. En De carne Christi (La carne de
Cristo) combatió el docetismo y expuso la doctrina cristiana de que el cuerpo de
Cristo era un cuerpo humano. «El hijo de Dios ha muerto: es tanto más creíble cuanto
más incongruente; y sepultado, resucitó: es tan cierto como imposible». <<
Página 258
[59] Rey de Egipto (304-247 a. C.), que sucedió a Ptolomeo I después de matar a sus
hermanos. Hizo casar a su hijo Everzete con Berenice, su sobrina, que le aportó en
dote la Cirenaica. Se le debe la traducción al griego de la Biblia hebraica llamada
«versión de los setenta». Protector de las artes y las ciencias. <<
Página 259
[60] Planta liliácea silvestre con flores blancas a lo largo de un tallo erguido y hojas
radicales. <<
Página 260
[61] Ya que Júpiter, durante la estación invernal, da dos veces siete días de calor, los
Página 261
[62] No se tienen noticias de la existencia de tal personaje. Seguramente se trata de
otra cita apócrifa de Poe. Todos sus pasos eran sentimientos. Todos sus dientes eran
ideas. (En francés en el original). <<
Página 262
[63] Véase la nota 15 en Un descenso al Maelström. <<
Página 263
[64] Sin duda Poe se inventó el nombre de la divinidad así como el de su leyenda.
Posiblemente Ashtophet sea una palabra surgida de la suma de otras dos: Ashtoreth o
Astarté, diosa fenicia y egipcia del amor y la fecundidad, y Tophet o Tófet (voz
púnica que significa «lugar de holocausto»), asociado en la Biblia con Milkom o
Moloc y otras divinidades a quienes se ofrecían sacrificios humanos. Así, podemos
leer en el profeta Jeremías: «Los hijos de Judá […] han construido los altos de Tófet
[…] para quemar a sus hijos e hijas en el fuego» (Jer 7, 30-32). <<
Página 264
[65] Isla griega del mar Egeo, cuna de Apolo y Diana. Allí se encontraba el gran
Página 265
[66] Francis Bacon (1561-1626), filósofo y político inglés, es autor, entre otras, de las
obras El adelanto del saber, Sobre los avances de las ciencias y Apotegmas. <<
Página 266
[67] Géneros. (En latín en el original). <<
Página 267
[68] Escultor ateniense a quien se atribuye la Venus de Médicis. <<
Página 268
[69] Poe alude aquí a la novela oriental de Frances Sheridan titulada La historia de
Página 269
[70] Filósofo griego que vivió hacia los años 460-370 a. de C., de quien se dice que se
sacó los ojos para ver mejor. Poe alude probablemente a su teoría filosófica, según la
cual la naturaleza está compuesta de vacío y átomos. Demócrito ha sido considerado
como uno de los precursores de la teoría atómica. <<
Página 270
[71] Las «estrellas gemelas de Leda» son los Dioscuros Cástor y Pólux, hijos de Leda
Página 271
[72] Constelación del hemisferio boreal del cielo, limitada por la del Dragón, Cisne,
Zorro y Hércules. Sus estrellas más brillantes son Vega, de 1.ª mag., le siguen dos de
3.ª mag., siete de 4.ª mag., etc. La estrella variable β, típica de las variables líquidas,
la cuádruple ε, y alguna otra, pueden ser contempladas con telescopios de escasa
potencia e incluso con gemelos. <<
Página 272
[73] Según los mahometanos, el Ángel de la Muerte. <<
Página 273
[74] Mimos, farsantes, bufones. <<
Página 274
[75] Este poema no apareció en la primera versión de Ligeia. Fue publicado
independientemente en el Graham’s Magazine de enero de 1843, con el título de «El
Gusano Vencedor», y luego incorporado a Ligeia en la versión del Broadway Journal
(27 de septiembre de 1845). <<
Página 275
[76] Localidad del País de Gales, sito en las proximidades del Puerto Madoc, en la
Página 276
[77]
En árabe al-Aqsur, ciudad del Alto Egipto. Actualmente ocupa el sector
meridiano de la antigua ciudad faraónica, Tebas. <<
Página 277
[78] Pierre Jean de Béranger (1780-1857), poeta francés popular por sus canciones
satíricas, que lo llevaron a prisión en 1821 y en 1828. Combatió a los borbones y fue
protegido de Luciano Bonaparte. Sus obras principales se titulan Canciones morales
y Nuevas y viejas canciones. Los versos citados por Poe pertenecen al poema Le
Refus («El rechazo») y dicen así: «Su corazón es un laúd; / tan pronto como se le
toca, resuena». <<
Página 278
[79] Aburrido, cansado. (En francés en el original). <<
Página 279
[80] Carl Maria von Weber (1786-1826), compositor alemán, el primero de la escuela
Página 280
[81] Henry Fuseli (1741-1825), pintor y escritor inglés. Imitador de Reynolds, escribió
Página 281
[82] Género musical pianístico típico de la época romántica. Su nombre alude al
Página 282
[83]
Poe publicó este poema en abril de 1839 en la revista Baltimore Museum.
Después decidiría incluir los versos en el presente cuento. <<
Página 283
[84] Watson, el doctor Percival, Spallanzani y especialmente el obispo de Landaff.
Véase Ensayos químicos, vol. V. (Nota del autor). [Con Watson debe de referirse Poe
al médico inglés sir William Watson (1715-1787), estudioso de los fenómenos
eléctricos y perfeccionador de la botella de Leyden. Thomas Percival (1740-1804),
médico inglés, fundador de la Sociedad literaria y filosófica. Lazzaro Spallanzani
(1729-1799) fue un naturalista italiano que hizo muchos viajes científicos y estudios
y llevó a cabo varios experimentos. Entre sus obras cabe mencionar el Opúsculo de
física vegetal y animal]. <<
Página 284
[85] Seres fabulosos, mitad cabra, mitad hombre. <<
Página 285
[86] Jean-Baptiste Louis Gresset (1709-1777), escritor satírico francés autor del
poema Ver-vert y de la epístola La Cartuja (La Chartreuse). Niccoló Machiavelli
(1469-1527), estadista y escritor italiano conocido por su obra El Príncipe, y autor de
la sátira citada Belfagor archidiablo. Emanuel Swedenborg (1688-1772), místico
sueco, que expuso su teosofía en Los arcanos celestes (obra a la que probablemente
se refiere Poe). Ludvig Holberg (1684-1754), escritor danés, autor de la sátira El
viaje al interior de la tierra de Nicolás Klim. Robert Fludd (1574-1637), médico y
polígrafo inglés, autor importante de teosofía, no se le conoce la paternidad de
Quiromancia, así como los otros autores que cita Poe. Johann Ludwig Tieck
(1773-1853), escritor romántico alemán, conocido por su amplia producción, entre la
que no se encuentra la obra citada por Poe. Tommaso Campanella (1568-1639),
pensador italiano, expone su sueño político en La ciudad del Sol. Nicolás Eimerico
(1320-1399), teólogo e inquisidor español de Gerona (clave de la confusión de Poe).
Nombrado inquisidor general del reino de Aragón en 1356, escribió el Directorium
Inquisitorum (Directorio para Inquisidores), en 11 volúmenes, que han quedado
inéditos. Pomponius Mela (s. I), geógrafo latino de origen hispánico. Vigiliae…
resulta desconocida. <<
Página 286
[87] No hay constancia de la existencia de la obra y del autor que cita Poe. Es, a todas
luces, un dato de su propia cosecha. Mad significa locura; trist, sin embargo, no tiene
traducción posible. Quizás Poe lo utilice como pretendida denominación geográfica.
O quizás use tri, prefijo de tres, o de tercero, y luego st, abreviatura de estrofa, de
donde la traducción posible sería la siguiente: «Locura en tres estrofas»; o, también,
«Locura en tres fases». <<
Página 287
[88] Concretamente en El escarabajo de oro y otros cuentos y en La narración de
Página 288
Notas a la bibliografía
Página 289
[1] Poemas publicados por primera vez en el volumen Poesía (s. a.). En adelante sólo
Página 290
[2] Cuento publicado en «Saturday Courier». <<
Página 291
[3] Es decir, sin año. Publicados en fecha próxima a la edición original en los
siguientes títulos: Historias Extraordinarias, Nuevas Historias Extraordinarias,
Historias grotescas y serias y Cuentos de lo grotesco y lo arabesco. En adelante sólo
se citara como: (s. a.)*. <<
Página 292
[4] Cuento publicado en «Saturday Courier». <<
Página 293
[5] Cuentos publicados por primera vez en Obras en prosa (2 vols.). Puerto Rico. En
Página 294
[6] Cuento publicado en «Saturday Courier». <<
Página 295
[7] Cuento publicado en «Saturday Courier». <<
Página 296
[8] Cuento publicado en «Baltimore Saturday Visiter». <<
Página 297
[9] Cuento publicado en «Godey’s Ladys Book». <<
Página 298
[10] Cuento publicado en «Southern Literary Messenger». <<
Página 299
[11] Cuento publicado en «Southern Literary Messenger». <<
Página 300
[12] Cuento publicado en «Southern Literary Messenger». <<
Página 301
[13] Cuento publicado en «Southern Literary Messenger». <<
Página 302
[14] Cuento publicado en «Southern Literary Messenger». <<
Página 303
[15] Cuento publicado en «Southern Literary Messenger». <<
Página 304
[16] Cuento publicado en «American Monthly Magazine». <<
Página 305
[17] Cuento publicado en «American Museum of Science». <<
Página 306
[18] Cuento publicado en «American Museum of Science». <<
Página 307
[19] Cuento publicado en «American Museum of Science». <<
Página 308
[20] Cuento publicado en «Saturday Chronicle and Mirror of the Times». <<
Página 309
[21] Cuento publicado en «Burton’s Gentleman’s Magazine». <<
Página 310
[22] Cuento publicado en «Burton’s Gentleman’s Magazine». <<
Página 311
[23] Cuento publicado en «The Gift ». <<
Página 312
[24] Cuento publicado en «Burton’s Gentleman’s Magazine». <<
Página 313
[25] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 314
[26] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 315
[27] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 316
[28] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 317
[29] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 318
[30] Cuento publicado en «The Gift ». <<
Página 319
[31] Cuento publicado en «Saturday Evening Post». <<
Página 320
[32] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 321
[33] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 322
[34] Cuento publicado en «Ladies Companion». <<
Página 323
[35] Cuento publicado en «The Gift ». <<
Página 324
[36] Cuento publicado en «The Pioneer». <<
Página 325
[37] Cuento publicado en «Dollar Newspaper». <<
Página 326
[38] Cuento publicado en «Saturday Evening Post». <<
Página 327
[39] Cuento publicado en «Saturday Courier». <<
Página 328
[40] Cuento publicado en «The Gift ». <<
Página 329
[41] Cuento publicado en «Dollar Newspaper». <<
Página 330
[42] Cuento publicado en «New York Sun». <<
Página 331
[43] Cuento publicado en «Dollar Newspaper». <<
Página 332
[44] Cuento publicado en «Columbian Lady’s…». <<
Página 333
[45] Cuento publicado en «Godey’s Ladys Book». <<
Página 334
[46] Cuento publicado en «Columbian Lady’s…». <<
Página 335
[47] Cuento publicado en «Godey’s Ladys Book». <<
Página 336
[48] Cuento publicado en «Southern Literary Messenger». <<
Página 337
[49] Cuento publicado en «Godey’s Ladys Book». <<
Página 338
[50] Cuento publicado en «American Review». <<
Página 339
[51] Cuento publicado en «United States Magazine and Democratic Review». <<
Página 340
[52] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 341
[53] Cuento publicado en «Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine». <<
Página 342
[54] Cuento publicado en «American Review». <<
Página 343
[55] Cuento publicado en «Arthur’s Ladies Magazine». <<
Página 344
[56] Cuento publicado en «Godey’s Ladys Book». <<
Página 345
[57] Cuento publicado en «Columbian Lady’s…». <<
Página 346
[58] Cuento publicado en «Godey’s Ladys Book». <<
Página 347
[59] Cuento publicado en «The Flag of our Union». <<
Página 348
[60] Cuento publicado en «The Flag of our Union». <<
Página 349
[61] Cuento publicado en «The Flag of our Union». <<
Página 350
[62] Cuento publicado en «Arthur’s Ladies Magazine». <<
Página 351
Página 352