HISTORIA Guayaquil
HISTORIA Guayaquil
PRIMERO
La idea del “Gran Guayaquil” subyace en toda la obra.
Comienza por tratar las culturas aborígenes. Se afirma que desde hace 10 mil años, los
primeros habitantes (cazadores-recolectores) a donde llegaron es a “un lugar paradisíaco
donde los árboles ofrecían todo aquello que Dios había dispuesto” “Era un nuevo Edén,
en nada distinto al bíblico” (p. 3). También Valdivia fue “La madre de todas las culturas
americanas” y en la cuenca del Guayas “nacían los pueblos del que miles de años
después sería llamado…(sic) Nuevo Mundo” (p.4). Pero, ¿no suena esto a exageración?
¿Cabe hablar, seriamente, del Edén, del paraíso terrenal bíblico y de Valdivia o la
1
cuenca del Guayas como cunas de todas las culturas americanas, desde Alaska hasta la
Patagonia?
2
comunicaciones de nuestro país, que la Convención Nacional de 1845 la incorporó
como uno de los elementos que adornan nuestro Escudo Nacional”; la creación de la
Junta de Beneficencia de Guayaquil “la más noble y efectiva institución ecuatoriana al
servicio de las clases necesitadas de todo el país. Símbolo de la filantropía
guayaquileña, su obra está fija al servicio de la ciudadanía junto con su espíritu de
solidaridad, caridad y prestigio” (p. 63), a pesar de que luego “varias veces la voracidad
centralista de los enemigos de Guayaquil han pretendido ¨llevarse la Junta a Quito,
quitarle sus rentas o hacerla desaparecer¨; pero los guayaquileños la han preservado y
defendido ¨como un solar propio, y así continuará siendo aunque a alguien le resulte
doloroso¨-” (ps. 63-64). Aparecen así, de repente, afirmaciones que pintan situaciones
irreales: los “enemigos” de la ciudad, los “centralistas” y sobre todo, Quito. ¿Se está
hablando en serio?
SEGUNDO
El concepto transversal más importante en todo el libro es el de “Guayaquil
Independiente”.
De acuerdo con los autores, el espíritu autonomista y libertario ya estuvo presente desde
la época colonial, cuando Guayaquil luchó y se impuso sobre los incendios, los piratas y
las plagas, sin ayuda de nadie. Ese mismo espíritu irrumpirá en la época de la
Independencia.
El libro refiere que cuando en 1808 Napoleón invadió a España, en varias ciudades de
América se formaran Juntas para defender los derechos del rey Fernando VII. Eso,
dicen los autores, también ocurrió en Quito el 10 de Agosto de 1809. Ellos afirman que
“la Junta quiteña buscó el respaldo de Guayaquil, pero ésta, consideró que la revolución
no era independentista y se negó a participar de ella” (p. 33). Sin embargo, por su
fidelidad al rey, Guayaquil alcanzó el título de “Muy Noble y Muy Leal”. Pero para
Hoyos-Avilés, “aunque parece contradictorio resulta lógico, si consideramos que los
guayaquileños no podían respaldar una asonada sin ideología, que no representaba
ningún beneficio para la Audiencia” (p. 34). Y, sin más, los autores despachan a la
Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809 en apenas 10 (diez) líneas de texto de
308 caracteres (con espacio), en todo un libro de 151 páginas.
3
Es preciso saber que desde hace varios años circulan en Guayaquil una serie de
versiones sobre la Revolución del 10 de Agosto de 1809 en Quito, acogidas y hasta
aplaudidas en ciertos círculos “intelectuales” y políticos. Algún fanático poco instruido
en la historia llegó a sostener que lo de Quito era pura y simple “mentira”. Por
consiguiente, es necesario aclarar, sobre la base de lo que los historiadores más serios ya
han investigado desde hace tiempo, que la Junta de Quito y las otras que se
establecieron en Caracas, Bogotá, Buenos Aires o Santiago de Chile, fueron fieles al
rey, al mismo tiempo que revolucionarias. La de Quito instaló, por primera vez, un
gobierno criollo propio y movilizó conceptos tales como soberanía, representación de
los pueblos, libertad. El movimiento quiteño arribó al primer Congreso en la historia
nacional y llegó a dictar la Primera Constitución, en 1812. Pero, sobre todo, la
Revolución de Quito es ampliamente reconocida en toda Latinoamérica como un hito
fundamental en el proceso de la emancipación del continente. Y, además, fue
reconocida en su propia época como una gesta enmarcada en las luchas libertarias y
anticoloniales, a tal punto que en el Chile de aquellos tiempos se consagró la frase
“Quito, Luz de América”. Simón Bolívar siempre exaltó los sucesos de Quito. Eloy
Alfaro veneró no solo la obra del Libertador sino que reconoció la grandeza de la
Revolución del 10 de Agosto de 1809. ¿Por qué deberían tener razón las
interpretaciones que niegan una trayectoria reconocida por nuestros pueblos y afirmada
en los conocimientos intelectuales más amplios?
De manera que todo ecuatoriano sensato, con un mínimo de conciencia patria, tiene que
preguntarse ¿cuál es la intención de presentar una versión de la historia antiquiteña?
¿Qué pasiones esconde? Con responsabilidad y respeto a los procesos históricos
generados en la diversidad geográfica y social que tiene el Ecuador, es el país entero y
no solo Quito, el que en este 2009 celebra el Bicentenario de la Revolución del 10 de
Agosto de 1809, un hecho que ha despertado el interés y la solidaridad de otros países
latinoamericanos que también empiezan a celebrar sus Bicentenarios a partir de este
año: Bolivia, México, Colombia, Argentina, Chile y Venezuela. En el año 2020 el
Ecuador estará orgulloso de celebrar el Bicentenario de la Revolución del 9 de Octubre.
Pero volviendo al libro, los autores destacan que en septiembre de 1810, un mes
después de la masacre del 2 de agosto en Quito, el guayaquileño José Joaquín de
Olmedo partió a las Cortes de Cádiz: “Allí, en el corazón jurídico de España, Olmedo
hizo sentir su poderosa presencia distinguiéndose por su talento y elocuencia, hasta que
el 12 de agosto de 1812 –ante las notables eminencias que conformaban dichas Cortes-
se cubrió de gloria su célebre ¨Discurso Sobre la Supresión de las Mitas¨-” (p. 34). Para
que la historia sea balanceada y completa, también sería bueno destacar que no solo fue
Olmedo quien estuvo presente en Cádiz y mantuvo allí intervenciones que dignifican a
la historia ecuatoriana. Además actuó el quiteño José Mejía Lequerica, quien tiene
incluso el más alto reconocimiento en esa ciudad, en la que existen varias placas en
homenaje a esta célebre personalidad americana y hasta un busto que lo recuerda.
Como avanzaba el proceso emancipador, los autores escriben: “en el corazón de los
guayaquileños” crecía un nuevo sentimiento, cuyos precursores eran José de Antepara,
José Joaquín Olmedo y José de Villamil, quienes “se habían nutrido con ideas
independistas” (p. 34). Las “ideas de independencia, democracia, constitución y libre
determinación, poco a poco… de boca en boca… empezaron a regarse entre todos los
guayaquileños (sic)” (p. 36). Ello ocurrió después del año 1816, cuando volvieron a
Guayaquil Antepara y Olmedo, a quienes se sumó Villamil (p. 36). Hay que observar
4
que según los mismos autores, eso ocurrió DESPUÉS de los sucesos de Quito de 1809 y
1810, años más tarde, por tanto, de las labores precursoras de Eugenio Espejo y de
todos los ilustrados quiteños, muchos años después de que Francisco de Miranda
iniciara su lucha independentista en Coro (1806), Venezuela, y años después de que
Bolívar, a partir de 1810, comenzara sus campañas para la independencia de
Sudamérica.
A continuación, los autores afirman que cuando llegaron a Guayaquil los oficiales
venezolanos León de Febres-Cordero, Luis Urdaneta y los hermanos Luis Felipe y
Miguel de Letamendi, esto es a mediados de 1820, “los patriotas guayaquileños, al
conocer las causas de su presencia en la ciudad, los invitaron a quedarse para participar
en el movimiento revolucionario que se estaba gestando” (p. 37). Así se armó el asunto:
la “Fragua de Vulcano” y la “Aurora Gloriosa” del 9 de Octubre de 1820, día en el que
se suscribió el Acta de la Independencia de Guayaquil “y por que no decirlo, de toda la
Patria” (p. 39). “Ese 9 de octubre de 1820, por primera vez en nuestra historia, se
mencionó de manera oficial la palabra independencia” (p. 39). El ejemplo de Guayaquil
fue seguido por otros pueblos y hasta Cuenca (3 de noviembre de 1820) se puso bajo su
protección. Se incrusta, entonces, una frase: “Quito guardó silencio” (p. 40). Después,
vino la Primera Asamblea y el “Reglamento Provisorio de Gobierno” que fue la Primera
Constitución que regiría los destinos jurídicos de la nueva nación…”.
5
sido la protagonista principal de toda la campaña emancipadora…” (p. 45). “Qué
egoísmo el de Bolívar” “Quiso desprestigiar a Guayaquil… pero no pudo (sic)” (p. 45).
El 11 de julio de 1822 llegó Bolívar a Guayaquil. Aunque en la ciudad había partidarios
suyos, la gran mayoría quiso un Guayaquil independiente, libre y soberano (ps. 46-47).
“Pero Bolívar no admite razones ni quiere esperar” (p. 47); y “sin respetar el deseo de
los guayaquileños de mantener su independencia” (p. 47) Bolívar impuso la anexión de
Guayaquil, gracias a los 3.000 hombres “que acompañaban al usurpador” (p. 47). “Así,
de manera artera, Bolívar ocupó y tomó por la fuerza la ciudad capital de la Provincia
Libre de Guayaquil, se proclamó Jefe Supremo, y decretó su anexión a Colombia,
poniendo fin a un año y nueve meses en los que Guayaquil había permanecido libre e
independiente” (p. 47). Así se perpetró el “abuso” (p. 47). Vino también la entrevista
entre Bolívar y San Martín. Para lo cual, Bolívar “de manera muy astuta” (p. 48) se
había adelantado, pues ya tenía a Guayaquil. San Martín se ofreció para liberar el Perú,
pero “Bolívar, que no quería compartir las glorias de la independencia con uno de los
más grandes generales de América, rechazó la propuesta y el Perú debió esperar casi
dos años para lograr su libertad” (p. 48). Más tarde vino la liberación del Perú, bajo
contribución de los esfuerzos guayaquileños. Y los autores concluyen con una frase
absolutamente sonora: “Tres libertadores -no dos- tiene América: Bolívar, San Martín y
Guayaquil” (p. 50).
Pero todavía hay más: como los guayaquileños no se sometieron a las autoridades
grancolombianas, consolidaron su reducto en la Municipalidad, “convirtiendo al
ayuntamiento porteño –con su incansable espíritu de trabajo- en el corazón del
desarrollo de la ciudad y la provincia” (p. 51). Otra vez intervino Bolívar: “El desarrollo
casi autonómico de la ciudad debió molestar mucho a Bolívar”, de manera que se
expidió una ley que quitó todas las atribuciones al Cabildo, “Doloroso golpe para una
ciudad y un Estado que habían sido no solo espíritu del patriotismo sino, además, la luz
de la libertad que había iluminado a los ejércitos independentistas de Bolívar y San
Martín” (p. 51). Guayaquil incluso se había declarado “Departamento Federal” (p. 51),
pero la idea federalista no pudo concretarse porque Bolívar se proclamó dictador de
Colombia (p. 52).
Para muchas ecuatorianas y ecuatorianos posiblemente esta sea la primera vez que
conocen una interpretación de la historia como la que presentan las dos personas que
han escrito la “Historia de Guayaquil”. Debiéramos esperar que no se derrumbe todo lo
que estudiaron en escuelas, colegios o universidades. Confiar en que no pierdan su
espíritu nacional, su patriotismo ni su sentido de pertenencia al Ecuador. ¿Hay
guayaquileños que se creen semejantes interpretaciones?
Como se anotó antes, el proceso de la Independencia del Ecuador no fue solo una obra
casi exclusiva de guayaquileños. Un libro como el de Manuel J. Calle titulado
“Leyendas del Tiempo Heroico” (1905), destinado a fomentar valores cívicos en los
niños, pintó al héroe Abdón Calderón en la Batalla del Pichincha, pero ¿con la bandera
de Guayaquil…? La anexión de esta ciudad a la Gran Colombia no fue obra de las
confabulaciones contra su libertad y su autonomía. De otra parte, Simón Bolívar ha sido
reconocido en todas las historias de los países latinoamericanos y particularmente en los
que él liberó. En nuestros días hay cada vez un adelanto en el espíritu integrador de
América Latina. La figura de Bolívar preside este interés que rebasa las fronteras. En el
Guayaquil de la época independentista incluso hubo un claro pedido de prestantes
figuras guayaquileñas a Bolívar para integrarse a Colombia y participar del sueño de la
6
unión ¿Por qué una interpretación ACTUAL debe cuestionar toda la trayectoria común
de nuestros pueblos en el espíritu de Bolívar? ¿Cuál es el propósito de todo ello? ¿Qué
pensarán los pueblos latinoamericanos sobre el Bolívar “descubierto” en esta versión de
una historia simplemente local? ¿Cómo es posible que la figura más universal de
América Latina, reconocida incluso en el mundo, quede a nivel de un intrigante,
rencoroso, usurpador, enemigo y vil conculcador de la “libertad” de Guayaquil?
7
Prosigamos. En el siglo XX, Guayaquil crecía, y “nada podía detenerla” (p. 91). Otras
jornadas “libertarias”: la “sonora silbatina” al presidente Camilo Ponce Enríquez en el
Estadio Modelo; durante el cuarto velasquismo, la muerte de estudiantes guayaquileños;
bajo la Junta Militar, contra el decreto que “pretendió centralizar las rentas de
Guayaquil y sustraer la autonomía administrativa y económica de sus entidades y de
manera especial de las de asistencia social” (p. 94), acción “de un gobierno resentido,
que quería acabar con nuestra amada ciudad y sus instituciones” (p. 94), contra el cual
salieron las damas guayaquileñas y “escribieron una de las páginas más gloriosas en la
historia de la mujer ecuatoriana” (p. 95); otra muerte de estudiantes durante el quinto
velasquismo; además, cuando estuvo de alcalde Antonio Hanna Musse, se aprobó el
contrato para adquirir una “procesadora de basura”; pero murió el presidente Jaime
Roldós y “asumió el poder ejecutivo el hasta entonces vicepresidente Osvaldo Hurtado
Larrea, quien casi de inmediato desató una feroz persecución en contra del alcalde
Hanna, quien bajo la improbada acusación de negociados en la adquisición de dicha
maquinaria, fue defenestrado y privado de su libertad.// Perdió así la ciudad, una
magnífica oportunidad de resolver uno de sus más agobiantes problemas” (p. 100). Y
entonces vino la “larga y negra noche” de la década 1982-1992, llegó Abdalá Bucaram
a quien se le recordará “por varias generaciones como el verdugo de Guayaquil” (p.
104). Sin embargo, como “la oscuridad no podía durar para siempre” (p. 112), en 1992
llegó, finalmente, León Febres Cordero; después, el sucesor, Jaime Nebot Saadi. Desde
entonces, la historia de Guayaquil cambió para siempre. Termina el libro con una frase
del Alcalde Nebot: “No vamos a renunciar jamás al derecho de tener libertad para
decidir, justicia para recibir y creatividad para progresar. Eso es autonomía y no hay
renuncia a la autonomía”.
¡Qué interpretaciones de la historia…! Pero, ¿de qué se trata todo esto? ¿Qué causa
autonomista de Guayaquil se defiende e interpreta? Porque los ecuatorianos y
ecuatorianas debiéramos entender, claramente, que existe un tipo de “autonomismo”
oligárquico escondido tras las legítimas e históricas aspiraciones libertarias del pueblo
guayaquileño, a las que, en cambio, no se atiende. Ese autonomismo oligárquico se ha
presentado, a lo largo de la historia nacional, bajo una triple dimensión:
1. ninguna sujeción a la autoridad del Estado, si es que ese Estado no coincide con
la forma en que los grupos de poder guayaquileño llevan la administración, la
economía y la política de su ciudad;
2. las elites del poder de Guayaquil deciden por sí y ante sí. De lo contrario, todo lo
demás significa atentado a su “autonomismo”;
3. edificios, monumentos, servicios, instituciones, actividades, obras públicas de la
ciudad, riqueza económica, valores, sentimientos, emociones, etc. pertenecen a
las elites que dominan Guayaquil, son su patrimonio y no pertenecen a la nación
ecuatoriana como entidad superior.
TERCERO
En esta historia el pueblo ha desaparecido.
8
hay múltiples actores en los hechos y en los procesos. En el caso de la “historia” que
comentamos, esta situación desaparece, pues “todos” quedan unificados en el concepto
“guayaquileño” y “Guayaquil”.
Pero deberían aparecer los campesinos y los montubios. Y los esclavos negros. Además,
desde la época colonial. ¿O no los hubo? ¿No eran también “guayaquileños”? Porque en
el trabajo de los astilleros hubo esclavos. En el trabajo agrícola hubo campesinos sujetos
a explotación. No aparecen los cacaoteros: ni los dueños de haciendas, ni los
campesinos, sometidos a las terribles condiciones en las que vivían explotados en las
haciendas cacaoteras. Ni una sola imagen de las “fichas” con las que se pagaba a los
productores del cacao en lugar de salarios justos. Se ha dejado de lado el hecho de que
la “riqueza” costeña no fue obra de unos cuantos magnates, sino de siglos de
explotación a los trabajadores agrícolas. Aparecen algunos comerciantes y banqueros.
Prohombres de la época. Ni una referencia a los artesanos y peor aún a los primeros
núcleos obreros. Y eso que en Guayaquil nacieron las primeras manufacturas e
industrias del Ecuador. Al comenzar el siglo XX existían en Guayaquil una buena
cantidad de organizaciones de trabajadores. Hicieron huelgas y lucharon por sus
reivindicaciones contra las oligarquías guayaquileñas. Pero lo cierto es que la única
referencia al movimiento obrero es la de los sucesos del 15 de noviembre de 1922.
Según la “historia” que comentamos, esa “primera gran huelga general de los
trabajadores” (p. 77) fue obra de que, junto al descontento, aparecieran las influencias
de la “novelería izquierdista proveniente de la Unión Soviética”. Por entonces había
aparecido la “Confederación Obrera del Guayas” y la “situación fue aprovechada por
los politiqueros para intentar poner fin al gobierno constitucional del Dr. Tamayo y de
esa manera alcanzar el poder” (p.77); la situación hizo crisis, “parecía que todo
Guayaquil no se componía más que de masas proletarias” (p. 78), pero
“lamentablemente, mezclados entre los trabajadores hizo también su aparición un gran
número de delincuentes y anarquistas criollos que, enceguecidos por las noticias de la
revolución rusa, intentaron desarmar a las fuerzas policiales, apostadas por obvia
precaución en diversos lugares de la ciudad” (p. 78); vinieron “las incitaciones para
asaltar los almacenes” y se inició “un desenfrenado saqueo” que obligó a la policía a
disparar, primero al aire y “luego al cuerpo de los asaltantes” (p. 78). Así es que ese 15
de noviembre, “el ejército y la policía reprimieron violentamente las acciones
vandálicas y de saqueo que se ocultaban tras la manifestación popular” (p. 78). En el
libro se recuerda que el guayaquileño Joaquín Gallegos Lara escribió su novela “Las
Cruces Sobre el Agua”, pero que “en definitiva no es nada más que eso, una novela de
denuncia social y política que no refleja totalmente la realidad histórica de ese día” (p.
78). Si ni Gallegos Lara convence, allí están las obras de Elías Muñoz, un historiador
guayaquileño del movimiento obrero ecuatoriano, que trató documentadamente sobre la
matanza obrera del 15 de noviembre. Y están las obras, testimonios y documentos de
9
una serie de investigadores. Pero se ha preferido la versión “oficial” que a su tiempo dio
el propio gobierno oligárquico de José Luis Tamayo.
Otra referencia tangencial es la que se hace sobre la Revolución Juliana de 1925. Ella,
se escribe, también fue fruto de dos causas: una, la confabulación de militares y
políticos que, con el pretexto de combatir al gobierno de Gonzalo S. Córdova tenía, en
realidad, “el oscuro propósito de acabar con la hegemonía política y económica de
Guayaquil” (ps. 78-79); y otra, el “resentimiento” de Luis Napoleón Dillon con la banca
guayaquileña y especialmente con Francisco Urbina Jado, debido a que se le impidió el
negocio de sus propios billetes hipotecarios (p. 79). Así es que el “golpe artero” juliano
(p. 79) “tuvo como objetivo principal destruir a la banca guayaquileña”.
Hay que imaginar que esta es una interpretación que dejará boquiabiertos a todos los
investigadores nacionales que han escrito sobre el tema, a todos los extranjeros que se
ocuparon de la Misión Kemmerer en el Ecuador y a cualquier persona de buen juicio.
Porque la Revolución Juliana fue una importante transformación en el devenir histórico
del país. Gracias a ella se liberó al Estado de la influencia y dependencia que mantuvo
frente a las oligarquías regionales, se puso en orden las finanzas y con sentido nacional,
se cortaron los abusos de la poderosa banca de la época y se incorporó la misión social
del Estado, para atender derechos laborales, seguridad social y mejoramiento de las
condiciones de vida en el país. Es una fantasía creer que fue una revolución
“ignominiosa” para Guayaquil, cuando lo que en realidad hizo fue afectar a los
poderosos grupos del poder local, que pretendían disfrutar de los negocios privados sin
responsabilidad social ni estatal alguna, pero a costa del Estado y de los trabajadores
explotados por esa misma oligarquía.
10
evasión de impuestos, la violación de derechos laborales. ¿No son fenómenos sociales
que han coexistido en la historia económica del Ecuador?
CUARTO
Desde hace varios años, bajo el manto de una supuesta renovación de conceptos y
visiones, se difunden obras y artículos de un puñado de escritores guayaquileños que
incursionan en el campo de la historia. Ellos han alterado las interpretaciones sobre la
historia ecuatoriana y han rebuscado fundamentos para sostener la idea de que existe un
tipo de historia guayaquileña “diferente”, en la que el autonomismo y el deseo de
libertad e independencia han sido, en todo tiempo, los ejes de la trayectoria de la ciudad.
Desde su visión, no hay, en todo el Ecuador, otra comunidad social más libertaria que la
guayaquileña. Y todo aquel que se atreva a contradecir su interpretación historiográfica
queda descalificado como un anti-guayaquileño. El libro de Hoyos-Avilés parece
coincidir con estas “modernas” renovaciones historiográficas.
11
Tampoco hay que olvidar que aparecieron mentalizadores del proyecto de “ciudad-
Estado”, la idea de “dos sistemas, una república” (proyecto Singapur) y hasta de “dos
repúblicas”. ¿Estamos ante un genuino “autonomismo” guayaquileño? ¿Acaso las
“novísimas” interpretaciones sobre Guayaquil acompañan a los intereses del
socialcristianismo hegemónico en la vida política de la ciudad?
En todo caso, no alarmaría que sea así. Al fin y al cabo, todo investigador social sabe
bien que en historia hay múltiples interpretaciones. También las oligarquías, los grupos
de poder, las capas dominantes, hacen su propia historia y tienen derecho a su propia
versión de la misma.
Pero otra cosa es asumir conceptos preconcebidos bajo los cuales los hechos y procesos
se ajustan a una interpretación previamente existente y se manipulan o tergiversan con
fines políticos ACTUALES. Y cabe preguntar a los lectores si son las finalidades
políticas las que han sido antepuestas. Porque al menos, con peso sobre nuestros
actuales días, se ha aprovechado para un nuevo recuerdo (p. 137):
Rafael Correa, presidente del Ecuador desde enero de 2007, había atacado mas de una
vez a su ciudad natal, Guayaquil y a su alcalde Jaime Nebot S. Los continuos ataques y
amenazas a esta ciudad que tanto trabajo había costado reconstruir, despertó la
indignación de los ciudadanos. El Alcalde, una vez más, hizo un llamado a todos
quienes viven en Guayaquil, para defenderla y expresar su protesta al gobierno central y
a sus artimañas electorales.
Los autores dicen que el 24 de enero de 2008 “más de 350.000 ciudadanos” se volcaron
a la avenida Nueve de Octubre, en “la más grande concentración en la historia del
Ecuador”, que “unió a todos los guayaquileños en defensa de su ciudad”. Ante esa
12
muchedumbre dio su discurso el alcalde Nebot. La marcha “fue la primera
manifestación de protesta al gobierno de Correa y marcó el principio de la lucha para
defender la autonomía, las rentas para municipios, universidades y todas las acciones
que impiden el desarrollo de la ciudad y del país. Guayaquil se puso en marcha y nada,
ni nadie, la podrá detener” (ps. 137-138). ¿No es ésta una posición política evidente que
se superpone a cualquier análisis histórico? ¿No es la posición del socialcristianismo?
13
todo el país. Los guayaquileños con sentido social y democrático, no pueden caer en la
defensa de los intereses del dominio político de las oligarquías. Siempre se rebelaron
contra ellas en jornadas pioneras que engrandecen al Ecuador. Nuestros valores y sus
ideales no son observados únicamente en el interior del país sino por el mundo. Por
tanto, cualquier interpretación sobre la historia local o nacional no puede caer en el
riesgo de hacer el ridículo. Guayaquil merece quedar bien y más aún en el conjunto de
los países latinoamericanos y, por cierto, entre las naciones liberadas por Simón
Bolívar. La historia de Guayaquil, tomada con seriedad y patriotismo, forma parte del
orgullo nacional. Los ecuatorianos esperamos siempre que sean los mismos
guayaquileños, con su singular energía, con su dinamia y su espíritu emprendedor, los
que levanten su crítica, su voz libertaria, demócrata y autonomista, para incluir la
denuncia de las manipulaciones y de los engaños que pueden hacerse a nombre de su
propia historia.
14