El Cristianismo y Los Nuevos Tiempos - Christopher Dawson
El Cristianismo y Los Nuevos Tiempos - Christopher Dawson
I. RELIGION Y VIDA
II. NATURALEZA Y DESTINO DEL HOMBRE
III CRISTIANISMO Y SEXO
I. RELIGION Y VIDA
Capítulo
I CON frecuencia se dice que el Cristianismo ya no tiene contacto con la vida y que ya
no satisface las exigencias del mundo moderno. Y estas críticas son sintomáticas de
un cambio general de actitud ante los problemas religiosos. Los hombres de hoy se
interesan menos por los fundamentos lógicos y metafísicos de la religión que por sus
resultados prácticos. No se preocupan tanto de la verdad de la doctrina cristiana
cuanto del valor de la vida cristiana. Más que el dogma cristiano, atacan hoy la ética
cristiana.
Lo cual no es del todo oído, porque demuestra que ya la gente no traca a la religión
como si fuera completamente ajena a la vida diaria del hombre. La aceptación pasiva
de la religión como algo que todo ciudadano respetable da por descontado ya no es
posible, y, al mismo tiempo, está igualmente desacreditada la oronda aceptación
burguesa del mundo. Cualquiera admite hoy día que el mundo no anda bien, y los que
critican al Cristianismo son precisamente los más descontentos. Los más ansiosos de
cambiar el mundo son los que atacan con más violencia a la religión; y si atacan al
Cristianismo es porque lo juzgan como un obstáculo para una verdadera reforma de la
vida humana. Pocas veces en la historia han estado los hombres tan descontentos de
la vida ni tan conscientes de la necesidad de una liberación; y si abandonan el
Cristianismo es porque sienten que está al servicio del orden establecido y que no
tiene poder real ni siquiera voluntad de cambiar el mundo y libertar al hombre de sus
dificultades presentes. Han perdido la fe en las antiguas tradiciones espirituales que
inspiraron la civilización en el pasado y tienden a buscar una solución en algún
práctico remedio externo, como el comunismo o la organización científica de la vida,
algo determinado y objetivo que pueda ser aplicado al todo social.
Sin embargo no hay razón suficiente para suponer que el mundo pueda salvarse
por la máquina o por alguna reforma externa. En realidad, la gran tragedia de la
civilización moderna está en el fracaso del progreso material para satisfacer las
necesidades humanas. Tiene mayor poder el mundo moderno que en cualquier época
pasada, pero ha usado de este poder tanto para la destrucción como para la vida; es
más rico, y, sin embargo, estamos en las agonías de una gran crisis económica; es más
sabio, y, sin embargo, toda nuestra ciencia parece incapaz de ampararnos. No es
poder, ni riqueza ni ciencia lo que le falta a nuestra civilización, sino vitalidad
espiritual; y de no poderse adquirir ésta, nada podrá salvarnos de lasuerte corrida por
la civilización de la antigüedad clásica y por tantas otras civilizaciones que fueron
brillantes y potentes en sus días.
Pues bien, esta cuestión de la vitalidad espiritual, ya sea en el individuo o en la
sociedad, constituye el núcleo central y la esencia misma del problema religioso.
Religión no es filosofía, ni ciencia, ni moral, sino ni más ni menos que una comunión
con la vida divina, ya sea que la consideremos internamente como el acto mismo de
comunión, o externamente como un sistema de creencias y prácticas por las que el
hombre pone su vida en relación con los poderes que rigen la vida universal.
Como es de suponerse, la primordial preocupación de la religión primitiva son las
fuerzas de la naturaleza, y el centro a cuyo alrededor se funda es el culto de los
poderes de la fertilidad y la generación, de que dependen tanto la vida física de la
tierra como la del hombre. Todos los momentos vitales de la vida de la tribu o de la
comunidad rural estaban investidos de significado religioso y santificados por ritos
religiosos, ritos que no eran meramente mágicos en el sentido utilitario, sino
sacramentales y místicos, puesto que eran los canales por los que el hombre entraba
en contacto y comulgaba con los divinos poderes que regían el mundo. Así, pues, en la
sociedad primitiva no se podía pensar en ninguna contradicción ni conflicto entre
religión y vida, pues ambas eran aspectos complementarios de la misma cosa. La
religión era núcleo vital del organismo social y regulaba por completo la actividad
económica y política de la sociedad. Tampoco había contradicción entre lo material y
lo espiritual, porque las cosas materiales eran vistas como vehículos de fuerzas
espirituales. En efecto, para el hombre primitivo, el mundo es un vasto complejo de
poderes espirituales, buenos, malos e indiferentes, que afectan a su vida a cada paso, y
la religión es el sendero que él se ha abierto en esta selva espiritual.
Las grandes religiones vinieron a cambiar todo eso. La religión dejó de estar
centrada alrededor de las necesidades prácticas de la vida humana. Volvióse cosa de
disciplina espiritual y de contemplación intelectual. El hombre se dio cuenta del
carácter trascendente de la realidad espiritual y se libertó del terror de las tinieblas y
del poder de las fuerzas siniestras que nos acechan en la naturaleza o detrás de ella.
Pero este tipo de religión más elevado, con su claro concepto de la distinción entre
espíritu y materia, trata además el germen de un conflicto entre religión y vida. No
había, en las heladas cimas a las que lleva la senda de la contemplación, lugar para el
común de los mortales, y, sin embargo, esta misma senda era la única que conducía a
la liberación y a la vida espiritual. La forma más impresionante y paradójica de ese
contraste se da en el budismo, porque el budismo, más que todo, es un intento directo
y sincero de resolver el problema de la vida humana, pero lo hace valiéndose de la
negación radical de la vida misma. Buda pretendía enseñar al hombre el secreto de la
felicidad y el camino de la liberación espiritual, pero su noble enseñanza moral tenía
su origen en la idea de que la existencia es dolor y que su fin es la paz del Nirvana.
Este pesimismo, este dar la espalda a la vida, es más o menos característico de
todas las grandes religiones de la antigüedad; ni los griegos, a pesar de su humanismo
y de su aprecio de la vida física, pudieron librarse de él. La primera palabra de la
especulación griega es el misticismo órfico, con su añoranza de liberación del doloroso
círculo de nacimiento y muerte; y su última palabra está en la doctrina neoplatónica
de la maldad de la materia y de la necesidad que tiene el alma de escapar del mundo
de los sentidos al mundo del puro espíritu.
En un mundo en que tales concepciones dominaban, junto con los restos
decadentes de la tradición más antigua, de adoración de la naturaleza, apareció el
Cristianismo, trayendo también él un mensaje de liberación y de salvación espiritual.
Pero la tradición que éste heredaba era diferente tanto en la del mundo griego como
en la del oriental, pues su dualismo no era el del yogui indio ni el del filósofo helénico.
La religión judía se diferenciaba de todas las demás por el dinámico realismo de su
concepción de Dios. No era el Dios de Israel una abstracción metafísica como la idea
platónica del Bien, o el Brahma universal, o el Tao chino, “no el Dios de los filósofos y
de los sabios, sino el Dios Vivo, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, Deus
meus et Deus vester”.
Este Dios Vivo se manifestaba exteriormente por la acción vital de su Espíritu
Creador, como el soplo de vida divina que flotaba sobre el caos primordial y que
inspira a los profetas con la palabra de vida. Según el lenguaje helenístico del libro de
la Sabiduría, es la fuerza “que alcanza de confín a confín, ordenando todas las cosas
con suavidad y fuerza, la cual, siendo una sola, todo lo puede, y permaneciendo en sí
misma, renueva to das las cosas, y por las naciones se difunde en las almas santas,
forma amigos de Dios y profetas”.
De modo que la idea cristiana de la salvación no era libertarnos del cuerpo y del
mundo sensibles: era la salvación del hombre entero, cuerpo y alma, por la iniciación
de una nueva vida. En ninguna otra religión el concepto de vida es tan capital y tan
característico como lo es en el Cristianismo.
Desde su origen fue considerado el Cristianismo, no como una gnosis intelectual, o
como una nueva moral, sino como una nueva vida: como la inyección de un nuevo
principio vital que transformaba la naturaleza humana, elevándola a un plano
objetivamente superior del ser. Para la Iglesia primitiva era el cristiano una nueva
criatura, tan diferente del hombre “psíquico” natural o más diferente aún que éste lo
era de los animales.
Esta concepción es tan absolutamente fundamental en la teología paulina como en
la juanina. Para San Pablo, Cristo es el segundo Adán, el primogénito de la nueva
creación, y de la unión orgánica y sacramental de Cristo con la Iglesia había nacido la
nueva humanidad espiritual. De la misma manera, en los escritos juaninos, Jesús no es
sólo un maestro o un modelo moral: él es la vida y la fuente de la vida, y por eso la
esencia del Cristianismo consiste en injertar esta vida divina en el tronco de la
humanidad por un vital acto sacramental.
Por este sacramentalismo muchos críticos modernos han comparado al
Cristianismo con los misterios religiosos de su tiempo, que también hacían hincapié
en la idea de un nuevo nacimiento. Pero, mientras los misterios paganos no eran otra
cosa que los ritos de las antiguas religiones de la naturaleza, investidos de un nuevo
significado metafísico, o más bien teosófico, los sacramentoscristianos guardan una
relación orgánica con la naturaleza esencial del Cristianismo. La humanidad de Jesús
es un sacramento, la Iglesia visible es un sacramento y todos los momentos vitales de
la vida cristiana necesariamente se manifiestan en actos sacramentales. Los misterios
paganos y el gnosticismo eran igualmente incapaces de tender un puente de unión
sobre el abismo que separa la vida humana de la realidad espiritual. Aquéllos eran
medios para escapar a la realidad de la vida y no medios de regeneración. Si el
Cristianismo derrotó a sus rivales, fue porque se hizo sentir como una realidad
histórica y social capaz de transformar la vida humana.
El Cristianismo primitivo está animado de una triunfante sensación de vitalidad
espiritual sin paralelo en la historia de las religiones. Despertad vosotros los que
dormís y levantaos de entre los muertos y Cristo brillará sobre vosotros.” El nuevo
principio de vida espiritual que se introdujo en la humanidad hizo que los hombres
pudieran encarar con nuevo valor las duras realidades de la existencia. No liberó al
hombre del dolor y de la muerte, pero puso a éstos al servicio de fines vitales; tal es la
gran victoria psicológica del Cristianismo: haber hecho la reconquista espiritual de
aquella parte de la vida que hasta entonces había estado bajo la sombra de la muerte.
“Mostradnos milagros —escribió Blake—, ¿podéis acaso presentar mayores milagros
que éstos? Hombres que consagran toda su vida al desprecio, a las ofensas y a la
muerte. El cristiano podía aceptar lo que de suyo el hombre no puede soportar,
porque la cruz se había convertido en talismán de vida. Podía, como dice San Pablo,
gozar en sus dolores, porque éstos eran prolongación y complemento delo que Cristo
sufrió por su cuerpo, que es la Iglesia.
Esta heroica aceptación del dolor es, por supuesto, rara. Es la señal del santo. Pero
el hecho es que sólo en el santo se realiza la vida cristiana en toda su plenitud. No se
puede juzgar al Cristianismo por estadísticas ni sacando un término medio. Puede
hacer más un santo que mil hombres corrientes, por más activos y bien organizados
que sean. En tal sentido, el Cristianismo es esencialmente aristocrático, puesto que
para él lo único que cuenta es la calidad del individuo. Pero, sin embargo, es por otra
parte la más democrática de las religiones, porque mendigo sin educación que sea
santo vale más que mil sabios y organizadores, como decía San Francisco, y ya puede
felicitarse el predicador brillante por el efecto de sus sermones, cuando en verdad su
éxito se debe a las oraciones de algún santo desconocido, cuya importancia es
ignorada tanto por él como por otros.
Eso es lo que quiere decir San Pablo en su famoso panegírico de la caridad, porque
la caridad no es otra cosa que esa fuerza misteriosa de la vida espiritual que actúa en
la voluntad. No es fuerza humana ni cualidad moral, sino una energía sobrenatural
que transforma la naturaleza del hombre y edifica una nueva humanidad. Nada nos da
una idea más aterradora de la diferencia entre religión viva y religión muerta y de la
apostasía del mundo moderno, que la profunda degradación sufrida por la palabra
caridad en nuestro tiempo. Ha perdidotodo su sentido vital y su misteriosa cualidad
“numínica”. Se ha identificado con la más externa y espiritualmente vacía forma de
beneficencia social, y hasta esta misma beneficencia anda teñida de cierto color de
protección social y de egoísta satisfacción ética. De la misma manera, la gran frase de
San Juan: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”, ha sido convertida,
por el mismo proceso de degradación, de la más profunda de las verdades
espirituales, en una banalidad sentimental.
Estos son simples ejemplos del modo como los conceptos espirituales pueden ser
vaciados de su significación vital. Nos basta comparar el arte eclesiástico moderno con
el del pasado para sentir que la vida lo ha abandonado, y que aquello mismo que en
otro tiempo era mirado como realidad viva se ha convertido en fórmula muerta. Y esta
desvitalización de la religión moderna explica en gran parte la actitud anticristiana de
escritores como Nietzsche y D. H. Lawrence. Porque nada es tan repugnante como la
religión muerta: es lo más muerto que hay. No sirve ni para el estercolero, como dice
el Evangelio.
¿Cuál es la causa de este estado de cosas? Muchos dirán que el Cristianismo ya fue
probado y resultó insuficiente; que su promesa de vida nueva era engañosa y que
nunca tuvo verdadero poder para cambiar al mundo y transformar la naturaleza
humana. ¿Pero se puede sostener eso a la faz de la historia? ¿No es obvio, acaso, para
toda inteligencia no prejuiciada, que el Cristianismo ha sido una de las mayores
fuerzas espirituales de la historia universal, y que sin él nuestra civilización habría
sido completamente diferente? Y aun hoy conserva su poder sobre las almas de los
que se ponen en contacto vital con él. Lo malo es que los canales de comunicación
entre el Cristianismo y el mundo moderno han sido estrechados y disminuidos. El
mundo ha seguido su propio camino, dejando a un lado al Cristianismo, y sólo quienes
poseen un sentido vigoroso de religión personal tienen el valor de superar los
obstáculos y restablecer por sí mismos el contacto. Y aun éstos encuentran a menudo
difícil acomodar todos los aspectos de su vida completa a las normas cristianas. De
corazón y voluntad son verdaderos cristianos, y, sin embargo, una gran parte de su
vida —física, económica y social— permanece inalterada como parte integrante del
mundo secular.
El hombre es un ser social y su medio social condiciona la mayor parte de su vida.
No puede libertarse de la coacción social por un mero acto de voluntad, y, sin
embargo, como cristiano, tampocopuede aceptar la división de la vida que convierte la
religión en un negocio privado sin influencia en las cuestiones sociales y prácticas.
Siempre fue éste uno de los problemas medulares de la vida cristiana. Los primeros
cristianos se veían realmente forzados a una ruptura radical con el mundo secular,
porque éste era pagano, y el solo hecho de ser cristiano rompía los lazos del hombre
con la vida cívica y la actividad pública. Los cristianos formaban una raza aparte, con
una vida social propia que, como la de los judíos o la de los primitivos cuáqueros, era
más intensa por lo mismo que se encontraba reprimida y limitada. Pero con la
conversión del Imperio el peligro de la secularización se agravó al punto. El mundo
parecía más peligroso como amigo que como enemigo, y la religión, que había
resistido todos los ataques de los perseguidores, ahora que se había convertido en la
Iglesia estatal del Imperio parecía estar a punto de perder su libertad y vitalidad. La
nueva situación requería un remedio nuevo, y éste fue el movimiento monástico, que,
empezando en Egipto, se propagó por el mundo cristiano con rapidez extraordinaria.
La vida monástica no era otra cosa que un intento de poner en práctica, sin
componendas, las enseñanzas del Evangelio, abandonar todo lo que sirviera de
obstáculo al cumplimiento literal del ideal evangélico y fundar la totalidad de la vida
en principios cristianos.
Los hombres huyeron de las ciudades al desierto para escapar de la atmósfera de
secularismo que envolvía la vida social. Formaron una nueva vida social fuera del
Estado, una vida de la mayor simplicidad posible, sin propiedad privada, ni
independencia personal, ni matrimonio; un comunismo fundado en la pobreza, la
castidad y la obediencia, que es el único verdadero comunismo que ha conocido el
mundo.
Por supuesto, esa clase de vida sólo puede ser realizada por una pequeña minoría.
Constituía la ciudadela interior de la vida cristiana una como reserva de fuerza
espiritual de la que el resto de la Iglesia podía proveerse conforme a sus necesidades.
Existía, está claro, el peligro de que el culto del ideal monástico condujera a los
hombres a descuidar o menospreciar la vida ordinaria del cristiano medio, como lo
vemos en la historia de la Iglesia de Oriente, que dejó de ser levadura del mundo y se
volvió estática e inmutable como las demás religiones del mundo oriental. En
Occidente, sin embargo, el monasticismo mantuvo siempre la conciencia de su misión
apostólica. Fueron los monjes quienes convirtieron a los bárbaros y pusieron los
fundamentos de la cultura occidental. Gracias al ejemplo y la influencia de los monjes,
la Iglesia occidental no aceptó la dualista separación de la religión y de la vida, que era
el resultado que debía esperarse de la aceptación externa del Cristianismo por una
sociedad bárbara y semipagana. El Cristianismo medioeval fue una fuerza dinámica
que tuvo que luchar contra enormes” obstáculos para hacerse realidad en la vida
social. Por escaso que haya sido el éxito de aquel esfuerzo, fue por lo menos un
movimiento vital que abrazó todo lo que tenía vida en la cultura de entonces. Desde
San Benito y San Bonifacio hasta San Bernardo y San Francisco, de Beda a Alcuino,
desde San Buenaventura hasta Santo Tomás, la historia de la Iglesia medioeval es la de
una heroica y trágica lucha por la vindicación de ideales espirituales y por la
realización de los principios cristianos en la vida social. No podemos, claro está,
considerar la civilización medioeval como el modelo de lo que debería ser una
civilización cristiana, como, un ideal al que la sociedad moderna debería conformarse.
Es admirable no tanto por lo que realizó como por lo que intentó realizar, porque
rehusó contentarse con soluciones parciales y porque intentó poner todas las fases de
la vida en relación vital con la religión.
Así, pues, no es ningún accidente el que a la pérdida de la unidad cristiana en el
siglo dieciséis siguiera la pérdida de la unidad de la vida cristiana. La tentativa de los
reformadores de espiritualizar la religión terminó en la secularización de la sociedad y
la civilización. La Reforma acabó por vaciar de todo contenido lo que quería reformar.
Los reformadores se rebelaron contra el externalismo de la religión medioeval, y
suprimieron la misa. Protestaron contra la falta de santidad personal, y suprimieron a
los santos. Atacaron la riqueza y liviandad de los monjes, y suprimieron el
monasticismo y la vida de voluntaria pobreza y de ascetismo. No pretendían
abandonar el ideal de perfección cristiana, pero trataron de realizarlo, en el
puritanismo y no en la vida monástica, y en el quietismo en vez del misticismo. Y
resultó que la práctica de la perfección se convirtió en característica de una secta en
lugar de ser la vocación de una minoría. Sostenía el difunto canónigo Lacey que las
sectas del protestantismo corresponden a las órdenes religiosas del catolicismo, y hay
en ese asunto un innegable elemento de verdad, porque cada nuevo intento de
realizar en la práctica el Cristianismo, desde los anabaptistas hasta los cuáqueros, y
desde los moravos hasta los metodistas y los hermanos de Plymouth, dio origen a una
nueva agrupación religiosa. Pero mientras que la orden religiosa formaba parte de un
todo universal y tenía su razón de ser en la vida del todo, cada secta se alzaba contra la
que le precedía, y existía como un fin en sí misma. Los puritanos intentaron
popularizar el ascetismo haciéndolo obligatorio para todo cristiano, y resultó que lo
volvieron repulsivo. El hombre corriente reconocía gustoso la abnegación del asceta
medioeval, pero sentía disgusto por las pretensiones de los santos puritanos, que
miraba como hipocresía y esnobismo espiritual. En consecuencia, a cada nueva
afirmación de las exigencias puritanas seguía una reacción di rígida hacia la
secularización dé la cultura. Dondequiera que fue derrotado el puritanismo, como en
la Inglaterra y la Alemania del siglo XVIII, las Iglesias del Estado se secularizaron más
que la Iglesia medioeval en sus peores momentos, y, en cambio, dondequiera que
triunfó, como en Escocía y Nueva Inglaterra, tuvo un efecto deprimentey paralizador
en la vida y en la cultura.
Mientras tanto, en la Europa católica, la Iglesia mantuvo todavía el principio de
unidad espiritual y sostuvo su derecho de control sobre la vida social e intelectual.
Mostró su vitalidad en la intensa actividad misional de las nuevas órdenes religiosas y
en la vida espiritual de sus santos y místicos. Pero sólo a costa de un inmenso esfuerzo
pudo conservar su dominio de la sociedad. Fue como una ciudad sitiada bajo la ley
marcial de la Inquisición y dentro de las murallas de la protección del Estado. Y ni así
se vio libre de los ataques del sectarismo y del secularismo.
También el mundo católico tuvo sus puritanos en los fausenistas y sus eratianos en
los galicanos. Ni más ni menos que en la Europa protestante, el encono de las luchas
religiosas desacreditó la causa de la religión y acarreó el alejamiento mental de la
sociedad. La victoria no fue de los jesuitas, ni de los jansenistas, ni de los hugonotes,
sino de Voltaire, mientras que por su parte el despotismo ilustrado del Estado del
siglo XVIII hizo pagar cara a la Iglesia la confianza que ésta había puesto en el apoyo
del poder secular.
Ya la Iglesia no protestaba contra la injusticia social. Se había vuelto aliada de los
poderes gobernantes e instrumento de intereses creados, y, en consecuencia, la
mentalidad europea se alejó del Cristianismo, que parecía haber perdido su vitalidad
espiritual, y buscó un nuevo ideal en el servicio de la humanidad y en el culto de la
libertad, del progreso social y de las luces.
La época de la Revolución Francesa fue de infinita esperanza e idealismo. Sentían
los hombres que el mundo renacía y que estaban viendo a la humanidad libertarse de
su milenaria esclavitud a la superstición y opresión y presenciando la aurora de una
edad nueva.
A pesar de su aparente racionalismo, el movimiento era esencialmente religioso, y
se inspiraba en fuentes cristianas, disfrazando ideas tradicionales con imágenes
nuevas. Pero era una religión que, en lugar de realidades espirituales, ponía
abstracciones intelectuales, que ponía la imaginación en lugar de la fe y el idealismo
en lugar de la caridad. Ahí donde el Cristianismo reconocía la inmensa carga del mal
hereditario que pesaba sobre la raza humana y la necesidad de una • liberación real, la
nueva religión cerraba los ojos a todo lo que no fueran las virtudes naturales del
corazón humano, y ponía paños tibios a las heridas de la humanidad con unas cuantas
perogrulladas morales. De esa manera, la nueva religiónse convirtió en religión de
muerte y no de vida. En vez de libertar a la humanidad, dio libertad a las fuerzas
antiespirituales del individualismo económico y del nacionalismo egoísta, y dejó a la
sociedad en libertad de despeñarse hacia su destrucción.
Todo eso lo comprendió más claramente aquel extraño profeta heterodoxo,
William Blake, que los representantes oficiales de la tradición cristiana. “Nunca podrá
ser amigo de la raza humana —escribía— aquel que predica la Moral Natural o la
Religión Natural… Vosotros, ¡oh deístas!, profesáis ser los enemigos del Cristianismo, y
lo sois; sois también los enemigos de la Raza humana y de la Naturaleza Universal…
Vuestra religión, ¡oh deístas!, es la adoración del Dios deeste mundo, por la que
llamáis Religión Natural y Filosofía Natural y Moralidad Natural o Rectitud, las
virtudes egoístas del Corazón Natural. Esa era la religión de los fariseos, que mataron
a Jesús. El deísmo es lo mismo y termina en lo mismo." “Rousseau pensaba que los
hombres eran buenos por naturaleza; en realidad, los halló malos y no encontró
ningún amigo. La amistad no puede existir sin el perdón constante de los pecados.”
Pero, al mismo tiempo, Blake no era menos hostil al Cristianismo ortodoxo de su
época, que había abandonado la causa del pobre y que usaba argumentos religiosos
como paliativos de la opresión y de la injusticia.
En el pasado, el Cristianismo había sido un pórtico de entrada a la vida, pero ya no
lo era.
En otro tiempo tímido y en peligrosos pasos, seguía el hombre justo su camino por
el valle de la muerte.
Hay rosales plantados donde crecen espinas, y en los estériles breñales cantan las
abejas melifluas.
Hasta que el malo abandonó el camino fácil para andar por caminos peligrosos y
echar al justo a desérticos climas, ahora la rastrera serpiente camina en dulce
humildady el hombre justo rabia en los desiertos donde los leones rugen.
Veía Blake al Cristianismo ortodoxo como la Iglesia de Oro a la que nadie podía
entrar porque la serpiente había profanado el altar, y por eso el justo se apartaba para
refugiarse en una pocilga, echándose entre los puercos.
Sin embargo, a pesar de los avances del secularismo, el Cristianismo tradicional
era mucho más fuerte y más vital que la fantástica mitología gnóstica en que halló
Blake su solución personal. El idealismo de éste no era más que una mariposa bajo la
rueda de la civilización moderna, mientras que la antigua tradición cristiana mostraba
aún su poder sobre las vidas de los hombres.
Durante toda la época de decadencia espiritual del mundo moderno hubo hombres
y mujeres que rehusaron transar y mantuvieron en toda su plenitud el ideal de la vida
cristiana. El santo mendigo Benito José de Labre fue contemporáneo de los filósofos
que predicaban el evangelio del egoísmo ilustrado y de los industrialistas que
sacrificaban la vida humana al poder del dinero. El cura de Ars hizo sus milagros en
medio del orondo materialismo burgués del tiempo de Luis Felipe y del Segundo
Imperio. El padre Damián cuidaba a los leprosos de Molokai cuando estaba en su
apogeo la explotación económica a que el comercialismo europeo sometía a los
pueblos vasallos, y en la época en que parecía imposible desenredar la vida humana
de las complejidades de la civilización mecánica, Charles de Foucauld abandonaba
París para llevar la vida de los padres del desierto en las más profundas remotidades
del Sahara.
Y aunque sea un caso extremo, el de Foucauld es típico en cierto modo de la
situación del ideal cristiano en el mundo moderno. Este ideal se veía forzado a
segregarse de la corriente principal de la vida moderna y, en consecuencia, no
obstante su permanente vitalidad, no podía dominar ni modificar las circunstancias
que regían las vidas particulares de la mayoría de los hombres. La vida de los santos
daba testimonio contra el mundo moderno, antes que servirle de ejemplo. La vida del
hombre corriente no se gobernaba por la regla de fe, sino por la ley del dinero. El
negocio y no la religión era la norma de la existencia.
Verdad que el Cristianismo no puede dejar completamente de ser social mientras
sea cristiano. La expresión cabal de este hecho está en el sacra mentalismo objetivo de
la Iglesia católica, pero no se halla del todo ausente ni de las formas más
individualistas del protestantismo. La verdadera esencia de la vida cristiana es ser
social, porque la vida cristiana consiste en una comunión con el hombre tanto como
con Dios, y esto es la vida de una Iglesia.
Hay peligro, sin embargo, en el mundo moderno de que la vida social de la Iglesia
descienda a un nivel secundario respecto al de la sociedad secular. Para los primeros
cristianos, la Iglesia, literalmente, lo era todo: era la nueva humanidad y el comienzo
de un nuevo mundo; todavía en la Edad Media la Iglesia seguía siendo la sociedad
fundamental que abarcaba una parte mayor y más profunda de la vida humana que el
Estado o cualquier sociedad económica. Pero en el mundo moderno, especialmente
para los protestantes, la Iglesia se ha convertido en una sociedad secundaria, una
especie de sociedad auxiliar religiosa o dependencia de la sociedad primaria que es el
Estado; y los aspectos económicos y seculares de la vida constantemente invaden los
dominios de la Iglesia, hasta el punto que ésta se halla en peligro de verse
completamente excluida de la vida humana.
¿Cómo se ha de remediar este estado de cosas? ¿De qué modo puede el
Cristianismo volver a ser el centro vital de la vida humana?
En primer lugar, es necesario recuperar el terreno perdido por la progresiva
secularización de la civilización moderna. Debemos dejar atrás el individualismo y el
sectarismo de la postreforma y recobrar nuestro contacto vital con el Cristianismo
como realidad social y como unidad orgánica. Pero esto es imposible si no superamos
el carácter subjetivo y el relativismo del pensamiento del siglo XIX y recobramos un
sentido objetivo y realista de la verdad espiritual.
Pero aun esto solo no basta. Sería únicamente la base de la tarea esencial que el
Cristianismo moderno ha de encarar. No es una nueva religión lo que el mundo
necesita, sino una nueva aplicación de la religión a la vida. Y el Cristianismo no podrá
mostrar su plena eficacia, ya sea como fe viva, ya como realidad social orgánica, si no
cura primero las dolencias del alma individual y restablece la perdida unidad de la
vida interior del hombre. Como hemos visto, hoy día está la vida humana dividida
contra sí misma. Pero tal división no es simplemente debida a la oposición entre la fe
religiosa, que rige la mente del cristianismo individual, y aquellos intereses seculares
que controlan su actividad exterior. Viene de mucho más adentro, puesto que nace
también del desequilibrio y contradicción entre la vida del espíritu y la del cuerpo.
Tanto la vida espiritual como la vida física son ambas reales y ambas son necesarias
para la integridad ideal de la humana existencia. Pero si un hombre se ve entregado
sólo a sus propias fuerzas, sin algún superior principio de orden — sin la Gracia, para
decirlo con el término cristiano—, aquella integridad no se realiza. El espíritu lucha
contra la carne y la carne contra el espíritu, y la vida humana se desgarra en dos por
este conflicto interior.
Las religiones orientales trataron de resolver este conflicto negando al cuerpo y
condenando radicalmente a la materia como mala e inexistente. Alcanzaron la paz del
Nirvana por el sacrificio de lo humano. El humanista occidental, en cambio, buscó una
solución dentro de los límites de la naturaleza humana, eliminando los valores
absolutos y ajustando cuidadosamente las aspiraciones espirituales del hombre a sus
circunstancias materiales. Apaciguó la rebelión del cuerpo sacrificando el deseo de
Dios que hay en el alma.
Ninguna de esas soluciones es aceptable para el Cristianismo. Para él, tanto la
realidad del espíritu como el valor del cuerpo son innegables. Está por la redención
del cuerpo y por la realización de una unidad superior en que carne y espíritu al par
sean conductos de vida divina.
No se puede negar que en la práctica ha parecido a veces que el Cristianismo
estaba conforme con la actitud del asceta oriental o con un puritanismo ético no
menos unilateral, que no reconoce suficientemente el valor del cuerpo ni los derechos
de la vida física. Pero, eso no obstante, el ascetismo cristiano no está fundado, en
principio, sobre el dualismo platónico y oriental, sino en el Antiguo Testamento, que
estableció el principio de una ley divina de la vida, reguladora de todas las fases de la
humana existencia, física, social o espiritual. La ley no era una mera cuestión de
ritualismo externo. Era una norma espiritual a que debía el hombre conformar sus
pensamientos y sus actos y por la que toda su vida se convertía en un acto litúrgico. Y
así vemos en los Salmos cómo fue incorporado este ideal a la experiencia religiosa y
convertido en fundamento de la vida espiritual del individuo, lo mismo que de la vida
social de la Iglesia nacional.
Sobre esa base se edificó la ética cristiana, y no se puede de ningún modo
considerar que el repudio paulino de la ley mosaica haya sido una negación de ese
ideal. El Evangelio cristiano significaba la instauración del poder del espíritu —ley de
libertar— en lugar del legalismo externo de la antigua alianza, Pero su propósito era
igualmente comprensivo y universal. Era, en palabras de San Pablo, “la ley del espíritu
de vida en Cristo Jesús”.
De ahí que la vida cristiana no sea sólo un ideal para la mente y la conciencia: es
una vida nueva que junta al cuerpo y al espíritu en una síntesis vital. No es meramente
un orden de fe: es el orden de la caridad llevado a cabo en la acción.
¿Cómo puede ser realizado este orden dentro de las circunstancias de la vida
moderna? No podemos volver al riguroso ascetismo forma del pasado, como no
podemos regresar a la ley social del Antiguo Testamento. Pero tampoco podemos
prescindir por completo del ascetismo, error de los quietistas y sentimentalistas.
Necesitamos un nuevo ascetismo que se acomode a las nuevas condiciones del mundo
moderno, un recio entrenamiento del cuerpo y de la mente en la nueva vida.
Como lo ha señalado en un artículo el padre Martindale, las necesidades de la
Nueva Edad están ya reclamando nuevas formas de vida religiosa. El ideal ascético ya
no se manifiesta en la reglamentación externa de la vida, sino que se halla tan
íntimamente confundido con la vocación religiosa, que sólo encuentra su expresión
espontánea en la vida de la comunidad. Para el religioso, sin embargo, es más fácil
resolver este problema porque su vida entera está ordenada a un fin religioso, sin que
lo distraiga ninguna diversidad de metas. Inevitablemente, es más difícil la posición
del seglar, porque las formas exteriores de la vida son determinadas por fuerzas
económicas que hacenmuy poco caso de consideraciones religiosas. Aun los más
pobres tienen hoy día oportunidades de divertirse que sobrepasan todo lo que aun las
clases privilegiadas conocieron en épocas pasadas. Casi parece absurdo esperar que la
gente lleve el espíritu de Galilea o de Asís al ambiente de Hollywood o de Chicago.
Ningún cristiano puede negar que sea posible. Pero esto supone algo más que
piadosas trivialidades, algo más que idealismo ético. Requiere un esfuerzo heroico,
como el que se necesitó para convertir al Imperio Romano. Yo, personalmente, creo
que la necesidad produce al hombre, y que la época venidera de la Iglesia verá un
resurgimiento de energía espiritual manifestarse en la vida cristiana. Pero esto no nos
absuelve a nosotros de nuestra responsabilidad. No nos basta sentarnos a esperar una
solución apocalíptica de nuestros problemas. El santo, como todo grande hombre, es
el instrumento de una aspiración social, y el éxito de su misión depende de las
reservas de fe y voluntad espiritual que han sido acumuladas porla actividad anónima
de hombres y mujeres corrientes e imperfectos, cada uno de los cuales ha hecho su
contribución individual, por pequeña que sea, para edificar un nuevo orden de vida
cristiana.
II. NATURALEZA Y DESTINO DEL HOMBRE
LA DOCTRINA de la Iglesia católica sobre el hombre ha mantenido siempre el justo
medio entre dos teorías opuestas: la que considera que el hombre es un animal y la
que sostiene que es un espíritu. Siempre ha insistido el catolicismo en que la
naturaleza humana es doble. El hombre no es ni sólo carne ni sólo espíritu, sino un
compuesto de ambas cosas. Su función natural es la de servir de puente entre dos
mundos, el mundo de los sentidos y el mundo del espíritu, ambos reales, ambos
buenos, pero esencialmente diferentes. Por ambos lados su naturaleza se abre a las
impresiones deafuera; es capaz de doble actividad; y de la apropiada coordinación de
los dos elementos que la integran depende, todo el destino del hombre —y no el
destino suyo solamente—, pues, siendo un puente, depende de él en cierto modo la
espiritualización del mundo inferior y su integración en el orden universal.
En los primeros tiempos de la Iglesia, la principal oposición a este concepto de la
naturaleza humana venía de los que afirmaban, como los gnósticos y. maniqueos, que
esta naturaleza era puramente espiritual y que su unión con el cuerpo era en sí misma
un mal y el origen de todos los males.
Esta misma manera de pensar, mantenida por los cátaros y los albigenses, fue
también la herejía predominante en la Edad Medía, y aun tiene adeptos hoy entre los
teósofos y entre los que pertenecen a la secta llamada Ciencia Cristiana (Christian
Science).
En los últimos cuatro siglos, sin embargo, el espiritualismo ha venido
constantemente decayendo y el concepto materialista del hombre se ha vuelto el gran
rival del catolicismo. Verdad es que en la última generación una fuerte ola de
espiritualismo pasó otra vez sobre la civilización occidental, manifestándose en las
letras y las artes, en la filosofía y la religión, para no mencionar sus manifestaciones
inferiores, como la magia y las mesas giratorias. No obstante, este movimiento no se
fundaba en un concepto claro de las relaciones entre espíritu y materia. Ha sido, en
general, una reacción del sentimiento contra el dogmático racionalismo científico del
siglo XIX. En literatura está representado tanto por el materialismo místico de
Maeterlinck, cuanto por el Catolicismo tradicional de Claudel y el vago simbolismo de
W. B. Yeats. No es ni filosofía ni religión, sino más bien agnosticismo con tendencias
místicas y nuevas hambres de infinito. La actitud religiosa resultante se halla bien
expresada por uno de los nuevos poetas franceses, P. J. Jouve:
Jai ditDieu jeditai l étoileOu le vent dam les atbtesñus; L Univets, l antique Raison,
Athéna bleu ou Christ en Croix,
Etceseraittoujouts plus vrai.
Quizá este movimiento sea un fenómeno pasajero, sin raíces profundas en la
mentalidad de nuestro tiempo y sin importancia para el porvenir; pero es también
posible que señale el principio de una época religiosa y la permanente decadencia de
la tradición materialista, que ha ejercido creciente dominio sobre la civilización
occidental desde el siglo XV.
El cambio que sufrió Europa en este tiempo fue demasiado complejo para
atribuirlo a una causa determinada. Fue la ruptura de la unidad social y religiosa de la
Edad Media. Los hombres se dieron cuenta de que disponían de nuevo poder y nuevo
saber en todo terreno, y aprovecharon plenamente sus nuevas oportunidades con un
espíritu de autoafirmación implacable que no se paraba en derechos ajenos ni
respetaba autoridad ni tradición. En tan repentina y violenta expansión, el genio de la
época previo y planeó todas las conquistas esenciales del mundo moderno en
contraposición al medioeval. Ciertamente, la mentalidad de algunos de los grandes
artistas y humanistas, sobre todo la de Leonardo de Vinci, es más moderna que la de
los filósofos de la ilustración del siglo XVIII, o que la de los iniciadores de la industria y
la ciencia del XIX.
Se comprende que semejante época elaborase una nueva visión de la naturaleza
humana. Los hombres del Renacimiento apartaron sus ojos del mundo del espíritu
para fijarlos en el mundo del color y la forma, de la carne y la sangre; cifraron su
esperanza, ya no en la supraterrena perfección del santo cristiano, sino en la gloria del
hombre, del hombre ya libertado para vivir su propia vida y para realizar la perfección
de poderío, belleza y saber, que le pertenecía por derecho propio. Volvieron al antiguo
concepto jónico de la naturaleza, “Physis”, un orden material único, que, racional, o
irracional, abarca todo cuanto existe. “Ninguna cosa es más humana ni más divina que
otra, sino que todas las cosas son semejantes y todas divinas.”
Cierto es que pocos pensadores fueron lo bastante consecuentes o lo bastante
audaces para exponer esa idea de modo explícito, como Giordano Bruno. Pero está
implícita en la vida y la obra de muchos hombres del Renacimiento. Rabelais, por
ejemplo, pudo haber sido sincero en sus profesiones de fe en Dios, pero la verdadera
dirección de sus ideas se revela cuando pone en lugar de espíritu y carne, en lugar de
gracia sobrenatural ynaturaleza caída, la oposición de “Physis” y “Antiphysis”: es
decir, por un lado la alegre “Physis” del humanista y del poeta, del campesino y del
soldado, de todo lo que es real y carnal y no siente vergüenza de sí, y por otro lado la
odiosa y oscura “Antiphysís”, de los dómines y de los monjes, hostil para con la vida y
destructora de la alegría.
Pero sólo en los cerebros extraordinarios de una época extraordinaria —como lo
fueron Bruno y Rabelais— alcanzaron las nuevas ideas su expresión clara; el
individuo ordinario, aunque viviese cómo humanista, medio pertenecía todavía, en
ideas y sentimientos, a la Edad Media. Además, el Renacimiento cristiano del siglo
dieciséis en gran parte deshizo la obra del Renacimiento pagano, de tal modo que a
principios del siglo diecisiete la marea parecía haber comenzado a bajar.
Esto no obstante, las tradiciones racionalista y humanística fueron continuadas, ya
por escépticos no sistemáticos, como Montaigne, ya por ateos dogmáticos, como
Vanini, hasta que en el siglo XVIII parecieron entrar en su propio terreno. Desde
entonces, la labor negativa de la crítica destructora, junto con la obra positiva de
formar una síntesis racionalista y natural, han sido vigorosamente continuadas,
gracias, en especial,a un ambiente más favorable creado por las revoluciones de la
política y de la industria y por la desaparición del Ancien régime.
La concepción naturalista del hombre ha sido influida sobre todo por la doctrina
darwinista del origen de las especies y por las teorías evolucionistas que de ella
procedieron. La doctrina de un desenvolvimiento continuo por toda la escala de la
naturaleza animada y de la evolución gradual de la especie humana por selección
natural parecía demostrar que ya era innecesario suponer, fuera del mundo material,
un principio distinto para explicar la existencia del hombre: éste era una sola cosa con
lo demás de la naturaleza. Luego, la teoría evolucionista se injertó en las primeras
teorías liberales de adelanto político y social, para formar la doctrina moderna del
progreso material indefinido y necesario, doctrina fundamentalmente anticientífica,
basada en un optimismo irracional, pero que, a pesar de ello, es hoy parte integrante
del equipaje intelectual del hombre moderno ordinario. Hasta aquí, sin embargo, el
movimiento naturalista no ha recibido su forma filosófica definitiva. Ambiciosos
intentos de elaborar una síntesis naturalista no han faltado, pero ninguno ha sido
definitivo. Ni Condorcet, ni Holbach, ni Bentham, ni Comte, ni Spencer, ni Haeckel:
ninguno de éstos puede considerarse como el filósofo del movimiento. Pero todos
ellos tienen muchos puntos comunes en su doctrina del hombre. Ya sean deístas,
materialistas o agnósticos, todos convienen en que el hombre es una parte del mundo
material; en que su verdadero fin consiste en elconocimiento, dominio y goce de este
mundo, y en que ningún principio espiritual puede interponerse dentro de este orden
cerrado que se gobierna por leyes físicas uniformes. Pero, en verdad, si se toma en
conjunto, el naturalismo actual se debe no tanto a una teoría filosófica cuanto a los
éxitos materiales de la civilización moderna y a la conquista de la naturaleza realizada
por el hombre. El reino del misterio, frente al cual se siente el hombre humilde y débil,
ha retirado sus fronteras. El hombre puede ahora conocer, su propio mundo sin
recurrir a la revelación, vivir su propia vida sin sentir su total dependencia de los
poderes sobrenaturales. Ya no es esclavo de fuerzas ignotas, sino dueño y señor de su
casa, resuelto a sacarles provecho a sus recién adquiridos poderes.
De aquí resulta una actitud frente a la vida que se ve clara en el siguiente pasaje de
la “Alocución Presidencial” del profesor Bateson a la BritishAssociation, en 1914:
“Apenas está empezando el hombre a conocerse a sí mismo según es: un animal algo
longevo, dotado de grandes capacidades para gozar, siempre que no abuse de ellas
deliberadamente. Hasta el presente, la superstición y las ideas míticas acerca del
pecado han sido el freno principal de estas capacidades. El misticismo no morirá del
todo: estas extrañas fantasmagorías no las cura el saber; pero sus formas pueden
cambiar, y el misticismo, considerado como fuerza encaminada a la supresión de la
dicha, va perdiendo rápidamente su dominio del mundo moderno. Así como en la
decadencia de las religiones primitivas se usaron, en vez de víctimas humanas en los
sacrificios, muñecas, ushabti, así también ahora la telepatía, la nigromancía y otros
juguetes inofensivos están reemplazando a la escatología y a la inculcación de un
código moral feroz. Estamos viendo a las razas civilizadas de Europa emanciparse del
control tradicional en el pensamiento, en las artes y en la conducta, emancipación
llamada a tener maravillosas influencias de mucho alcance. Volviendo a concepciones
más libres, o, si queréis, más simples, de la vida y de la muerte, las generaciones que se
vienen levantando están resueltas a sacarle más provecho a este mundo que sus
antecesores”.
Esa manera de ver la vida es, evidentemente, más práctica que filosófica. Sólo es
posible para el que mira únicamente la superficie de la vida; si miramos por dentro al
hombre, se ve que la simplicidad de ese criterio es engañosa.
Si el hombre se conforma con la satisfacción de su existencia animal, sin pedirle a
la vida nada más que lo que puede darle esta existencia, al punto desaparecen los más
altos valores de la vida. El verdadero progreso de la raza humana ha brotado,
precisamente, de ese mismo elemento de lo eterno y lo ilimitado, que trata de negar el
materialista. A lo largo de toda su historia, el hombre ha sido guiado, no como Buckle
enseñaba, por la prosecución racional de fines prácticos y materiales, sino por su
creencia en una realidad trascendente y en la verdad de los valores morales y
espirituales. Mucho de eso puede afirmarse con verdad hasta de los mismos valores
en que se funda la civilización idealdel materialista. Aun el mismo profesor Bateson
pide al ideal de su comunidad eugenésica que no elimine a los Shakespeares y
Beethovenes. Pero, ¿qué valdría la obra de Shakespeare si la duda de Hamlet fuera una
mera neurastenia física y la desesperación de Lear fuera no más que la reacción de un
animal herido ante hostiles circunstancias?
La verdadera excelencia del hombre no está en someterse a la ley de la naturaleza
animal, sino en resistirla y reconocer que hay otra ley. La ley del mundo animal es ley
de deseo instintivo y fuerza bruta: no deja lugar a la libertad ni al derecho ni al bien
moral. Sólo en el hombre entra en juego un principio nuevo, puesto que reconoce que
por encima del bien natural del placer y de su propia realización se encuentra un bien
más alto, independiente del hombre mismo, un bien sin límites, ideal, espiritual. Cierto
es que el hombre no persigue este bien necesariamente; muy fácil le es no hacerle
caso para entregarse a la animalidad, pero, aun entonces, sabe que puede escoger, que
tiene responsabilidad y que ha ganado o bien perdido algo.
Tal contraste entre la conciencia moral del hombre y el mundo de la experiencia
sensible es uno de los problemas fundamentales de la existencia y constituye una
dificultad obvia con la que tienen que habérselas el materialista y el naturalista al
afirmar que no hay en todo el universo más que este mundo de lo sensible. Con todo,
así lo han aceptado resueltamente, desde los días de Huxley, a pesar de todas las
dificultades, algunos de los materialistas más íntegros y clarividentes. Bertrand
Russell, en uno de sus ensayos, llega hasta fundar su teoría ética en ese contraste.
Según él lo admite, el mundo que la ciencia nos revela es un mundo de fuerza ciega, y
el hombre, con su conocimiento del bien y del mal, es sólo un átomo abandonado en su
mundo que nada sabe de ese conocimiento. El origen del ser humano, su crecimiento,
sus esperanzas y sus temores, sus amores y sus creencias, son sólo efectos de
accidentales colocaciones de átomos, y su destino es ser tragados otra vez por las
fuerzas ciegas de la materia. Rechaza, sin embargo, la conclusión de que nuestras
ideas morales no valen nada y de que sólo debemos adorar la mera Fuerza. “Si la
Fuerza es mala, como parece serlo —dice—, rechacémosla desde el fondo de nuestros
corazones. En eso consiste la verdadera libertad del hombre: en resolverse a adorar
únicamente al Dios creado por nuestro propio amor del bien y sólo respetar el cielo
que nos inspira la visión interior de nuestros mejoresmomentos. En nuestros actos, en
nuestros deseos, estamos perpetuamente obligados a someternos a la tiranía de las
fuerzas externas; pero en el pensamiento, en la aspiración, somos libres, libres del
mezquino planeta en que se arrastran impotentes nuestros cuerpos, libres mientras
vivamos, hasta de la misma tiranía de la muerte.”
Yllega así a la paradójica conclusión de que debemos amar a un buen Dios que no
existe y negarnos a servir a la naturaleza, que sí existe, pero no es buena. No es
probable que una religión como ésa llegue a ser popular, puesto que siempre serán los
hombres inclinados a acomodar su moralidad a su manera de concebir el universo.
Antes de conformarse con una fragante contradicción entre lo real y lo ideal,
preferirán rebajar su ideal para ponerlo de acuerdo con su manera de concebir la
realidad. Para no verse cogidos en el dilema de Russell, los naturalistas tienen que
negar la trascendencia del ideal moral, a no ser que para zafarse de la dificultad, como.
Haeckel y tantos otros, recurrana una idealización irracional y sentimental de
lanaturaleza.
Por otra parte, una vez que se admite la superioridad absoluta del espíritu humano
sobre todo lo demás del universo, se hace difícil, intelectual y prácticamente,
detenerse donde Bertrand Russell se detiene. Porque si ya se admitió que con la
aparición de la conciencia humana ha surgido un principio, o categoría del ser, más
alto que todo lo demás del universo material, se hace difícil suponer que ese principio
sea tan transitorio y de carácter tan limitado como asegura Russell.
Hasta en el limitado sector de experiencia que nuestra mente abarca, la potencia
del espírituno admite comparación con la de las fuerzas naturales. La fuerza de la
razón consciente puede moldear y dirigir de mil maneras al mundo de la materia
inconsciente y de la naturaleza animal. Gracias al poder de la razón, el hombre es
como el dios de este planeta. Es capaz de vencer al medioambiente y de coordinar las
fuerzas naturales para servirse de ellas. Y no es este consciente dominio de la
naturaleza el único reinado del espíritu humano. Es más vasto el reino del
pensamiento abstracto que el de la acción. Inagotables son las riquezas del reino del
espíritu, y es en él donde las mayores inteligencias son las que sienten con más viveza
sus propias limitaciones, como si fueran, pese a toda su ciencia y filosofía, nada más
que niños cogiendo conchas en las orillas de un mar sin límites.
Hay un punto en que el mundo espiritual y el mundo material entran en contacto
consciente. Ese punto es el hombre. Es de lo más contrario a la razón pensar que todo
el mundo del espíritu se reduce a su manifestación en la inteligencia del hombre, y
concebir, en consecuencia, el universo como un inmenso cosmos material en el que un
solitario fragmento de ser espiritual existe, únicamente, en el caso particular de una
sola criatura racional y moral. Mucho más razonable es suponer que el mundo del
pensamiento y de los valores espirituales, en cuyo umbral tiene el hombre conciencia
de encontrarse, es un mundo real y verdadero, un orden de seres no menos grande
que el orden material, y que únicamente en ese mundo hallaremos la solución del
conflicto, de otro modo insoluble, entre las aspiraciones espirituales del hombre y las
limitaciones de su existencia material.
A primera vista, el problema parece más bien agravarse cuando se admite la
existencia de un mundo espiritual. En efecto, si el hombre es espiritual, ¿por qué no
vive por el espíritu? Él puede dominar por la razón el mundo exterior, pero no puede
dominar su propia naturaleza; puede, es verdad, reconocer el supremo valor del orden
moral, pero parece incapaz de hacerlo dominar su propia vida individual y social. No
de la razón, sino de un impulso natural, proceden muchos de los actos humanos,
impulso que tiene sus raíces profundas en la naturaleza animal del hombre. En
verdad, la principal fuerza impulsora de la vida humana parece que es un instinto vital
subconsciente, el cual, de suyo y esencialmente, no se distingue del instinto vital del
mundo animal. Este impulso de vida o impulso vital se manifiesta en todos los deseos
naturales que giran alrededor de la lucha por la existencia empeñada en la
consecución de todas aquellas cosas que sirven para la vida del individuo o de la
especie en el plano de lo puramente animal. Encuentra su expresión primordial y más
característica en el impulso sexual, y por eso ha sido llamado “libido” por Jung y los
psicólogos de su escuela; pero traspasa en mucho los límites de las funciones sexuales,
haciéndose sentir hasta en los planos más elevados de la experiencia humana, los que
parecen menos relacionados con las necesidades físicas elementales.
Capítulo
II LA vida del instinto inconsciente o semiconsciente está muy lejos, sin embargo, de
abarcar el campo entero de la actividad humana. Ni los salvajes más remotos viven
únicamente guiados por el instinto, y, por lo que hace al hombre civilizado, el
predominio de otros motivos conscientes y racionales de su conducta está a la vista.
La razón permite al hombre reflexionar sobre sus instintos revisándolos y
juzgándolos, prever las consecuencias de sus actos impulsivos y reprimirlos cuando su
ejecución le sea desventajosa, ya que el instinto es ciego y puede llevar al individuo a
su propia ruina, como un insecto guiado por la llama de una candela. En general, sin
embargo, la acción racional no es fundamentalmente diferente, en cuanto al fin que
persigue, de la acción instintiva. Casi nunca los motivos conscientes en que se
inspiranlos actos del individuo y de la sociedad son otra cosa que la prolongación de
los impulsos de la vida física en el plano de lo racional. El interés consciente del propio
yo, la búsqueda deliberada del placer, de la riqueza y del poder, ya sea en el caso del
individuo, ya en el del grupo, ocupan en la acción racional el mismo lugar que en la
acción instintiva ocupan los oscuros impulsos físicos que rigen la vida del instinto.
Ambos motivos de conducta, el racional egoísta y el vital instintivo, pueden entrar en
conflicto el uno con el otro, porque en la competencia social de la vida civilizada, para
alcanzar el éxito, tenemos que ejercer alguna represión sobre nosotros mismos y nos
es menester cierta clase de ascetismo que va contra el instinto físico. Esa consciente
búsqueda del propio yo es en esencia por entero diferente del instinto animal, aunque
desde el punto de vista moral no esde un carácter más elevado. Es mala, en realidad,
como no puede serlo el instinto animal, pues éste no es, como aquélla, la actividad
propia de una fuerza espiritual. La vida animal instintiva es mejor que la del egoísmo
racional porque es menos estrecha, ya que no solamente sirve a los fines del
individuo, sino también a los de la especie y, más aún, a los de la naturaleza toda. El
individuo es entonces siervo e instrumento de un impulso universal.
Pero en la vida racional el individuo se ha impuesto sobre el impulso, a l menos en
cuanto éste lo mantiene al servicio de fines oscuros e in comprendidos. Ya no está al
servicio de un fin último universal, sino de algún otro fin particular y secundario, es
decir, usa del impulso y de las cosas materiales para su propio placer y ventaja
individuales, y puede suceder que éstos no tengan una justificación última ni sirvan a
ningún fin dentro del plan general de las cosas. Ahora bien, si la hipótesis materialista
fuese verdadera, de ella se deduciría que el impulso vital, ya como instinto
inconsciente, ya como egoísmo racional, no sólo será el poder dominante en el
hombre, sino el único. Porque es una inconsecuencia negar que el espíritu tenga
existencia real y continuar creyendo que debe ser una fuerza motivadora de la acción.
De hecho, no existirían libertad ni responsabilidad moral; el hombre sería esclavo del
instinto físico y de su particularegoísmo, y por dondequiera que lo empujase la fuerza
vital, por allá iría.
Pero, en realidad, como hemos visto, el hombre tiene un lado espiritual en su
naturaleza. Tiene conciencia de otro bien además del bien del instinto y del egoísmo,
de un bien que es absoluto y espiritual, y tiene también un concepto vago de algún
poder espiritual ante el cual es responsable.
Basado en esa conciencia de lo espiritual y para satisfacción de sus propias
espirituales necesidades, construye el hombre sus sistemas de religión natural,
sistemas tal vez ineficaces para dominar siempre y en todo caso al instinto vital, pero
al menos capaces de modificarlo y de inspirarle al hombre el deseo de una vida más
alta y libre.
En las sociedades primitivas, en que el hombre se halla absorbido en una lucha por
la mera existencia contra las misteriosas fuerzas de la naturaleza, la religión, como las
otras actividades de la vida, se queda más o menos en el plano de lo instintivo,
persiguiendo más bien objetos materiales que espirituales. Pero aun aquí subsiste la
conciencia espiritual, si bien obscurecida por la sensación de misterio que envuelve
con sus sombras al mundo material y por la cual el hombre primitivo mira todas las
cosas y fuerzas materiales como si fueran movidas por espíritus que las habitan. Así,
pues, a medida que el hombre avanza en civilización y gana mayor dominio de su vida,
la religión de la naturaleza pierde importancia, mientras la religión de la sociedad le
quita el primer puesto. La vida diaria del pueblo se racionaliza y seculariza, pero sus
necesidades más profundas quedan vivas.
Aunque la religión de la sociedad parece utilitaria, lleva implícito un elemento
espiritual. Si, por ejemplo, la religión de muchas civilizaciones primitivas se ordena
principalmente a la consecución del éxito en la guerra, la verdadera finalidad de este
éxito no es obtener ventajas materiales para la sociedad, sino exaltar a su dios por la
victoria.
Pero sólo cuando la civilización ya está madura, cuando la sociedad ya ha
adquirido conciencia de sí misma y la lucha por la mera existencia se ha aflojado, sólo
entonces se hacen sentir con toda su fuerza las necesidades espirituales de la
naturaleza humana. Entonces comienza el hombre a razonar sobre la vida y sobre el
fin de la vida, y a establecer comparaciones entre la vida que vive en realidad y la vida
ideal que su espíritu anhela. Se subleva contra su situación de esclavo de la ley del
instinto animal y del deseo egoísta, no menos que contra la ley de la muerte, por la que
todas las conquistas de la mente humana parecen vanas. Se siente juguete de
necesidades y dolencias físicas por las que su vida individual no es más que una lucha
egoísta por sobrevivir, lucha que inevitablemente acabará, de todos modos, en la
muerte. Y si vive para la sociedad, buscando en ésta una permanencia que no
encuentra en su propia vida, no hace otra cosa que trasladarse a un círculo más
amplio donde el proceso es siempre el mismo. Sólo puede satisfacer la vida cívica
cuando también la sociedad está al servicio de un fin espiritual. En sí misma, la vida
social no es más espiritual que la del individuo. Tan fácilmente puede animalizarse la
una como la otra, si no es que más fácilmente la primera que la segunda. Y tanto sirve
al espíritu de grupo la horda humana cuando se arranca y despedaza un miembro
enfermo o lisiado, como cuando con temerario arrojo se echa sobre la garganta del
enemigo común.
En efecto, cuando contemplamos la historia de la humanidad en globo es cuando
los males dela humana existencia nos son más visibles. Vemos imperios, edificados
por la opresión, con la sangre de los pobres, irse despeñando gradualmente a su ruina,
para ser reemplazados por otros no menos sanguinarios, pero más bárbaros, que van
también en pos de igual destino. Ni es la civilización prenda de libertad, porque una
civilización que vemos dominada, no ya por el instinto natural inconsciente, sino por
la consciente concupiscencia de placer, de poderío y de riqueza, es mucho más
horrible que la barbarie. ¿A qué maravillarse, por lo tanto, de que haya habido
siempre algunos hombres que se apartaron de la crueldad, de la avaricia y de la
lujuria, inherentes, según parece, a la lucha por la existencia, y que hasta han
rechazado la vida misma, si ha de obtenerse por esos medios?
Tal ha sido el problema fundamental que apremia a la especie humana desde hace
miles de años y que es de actualidad tan palpitante hoy día como en tiempos de Buda.
Es verdad que la última generación creía que este problema, como tantos otros, estaba
ya resuelto por la ciencia. Se jactaba de que:
"La Ciencia ha iluminado el nebuloso sentido común del hombre, dotado su casera
visión de amplitud expansiva y puesto al descubierto la carcomida base de la
superstición antigua. Aquella angustia de Pascal, aquellas vanas paradojas de Agustín,
aquellas parábolas semíticas de Pablo, aquellosvolúmenes de Aquino, ¡todo arrojado
al limbo de los ídolos antediluvianos!"
Pero, en verdad, ¿quién se atrevería ahora a sostener que “aquella angustia de
Pascal” se ha vuelto menos insistente por el descubrimiento del hombre de
Neanderthal o del pitecántropo de Java? Los hombres de este tiempo hemos vuelto a
los antiguos problemas, que ciertamente no vienen de la falta de conocimientos
científicos, sino que se derivan de las condiciones inherentes a nuestra misma
naturaleza.
Fue en la India donde, antes que en otra parte, la religión llegó a esa altura, gracias
en primer término a condiciones locales y climatológicas que, al mismo tiempo que
favorecían el desarrollo de una civilización, la mantenían encerrada dentro de sus
propios límites. Sería erróneo, sin embargo, creer que el pensamiento de la India, en sí
mismo, se derivó de esos factores materiales. Igual proceso se verifica en toda
civilización cuando madura. Pueblos ha habido, como los chinos y los romanos,
dotados de genio para la vida social, para la organización, el trabajo y las realizaciones
de orden práctico, pero aun estos mismos pueblos llegaron finalmente a experimentar
la inevitable insatisfacción de la vida humana tal cual es y a sentir la necesidad de la
liberación.
Esos fenómenos se hicieron notar con extraordinaria fuerza y se extendieron de
modo excepcional en la India, donde los postulados fundamentales de la religión
natural penetran más profundamente que en ninguna parte dentro de la vida y el
pensamiento del pueblo. La sensación que tiene el hombre de estar atado con las
ligaduras de la vida animal y del deseo y de estar sometido a la ley de la muerte; su
creencia en las consecuencias de la acción moral, Karma, en forma de inevitable
retribución o recompensa.; y sobre todo la necesidad de verse libertado de la vida
animal y de la ley de la muerte (Nirvana), todo esto se encuentra en la raíz de cada uno
de los grandes sistemas de la India, ya sea budista o vedantista, ya sankhija o yoga, ya
sivaíta a vishnuíta, aunque ande todo envuelto en una maraña de animismo,
politeísmo y magia.
Los indios se representan el proceso total de la vida como si fuera una rueda sin fin
de vidas y de muertes, cogida por las garras del monstruo Kama, que personifica al
deseo: verse libertados de esa rueda es la finalidad de todos sus esfuerzos:
"En la ronda infinita de nacer y renacer, buscando en vano me apresuré a ver este
edificio quién lo planeó.
¡Qué desgracia! Nacer sin cesar.
¿Cómo podrá escapar el hombre de las garras de esta tiranía que es, según parece,
la vida misma? Sólo —se dijo— dando la espalda a la vida, sólo comprendiendo que
todo el mundo de lo sensible no es más que una ilusión, y abandonando lo finito y lo
conocido para perseguir únicamente el infinito desconocido. El aguijón de la muerte
es el deseo: acabad con el deseo y destruiréis la muerte, pero al mismo tiempo
destruiréis la vida,al menos en lo que la vida tiene de humano y de limitado".
La expresión clásica de esa actitud frente a la vida es el budismo, que superaba a
las demás religiones de la India por la simplicidad de su razonamiento y por la
austeridad de su moral. “Sólo dos cosas enseño: el dolor y la supresión del dolor”,
replicó Buda a los que pretendían averiguar si el Nirvana era existencia o inexistencia.
La vida es mala, malo el cuerpo, malos los sentidos, y la conciencia mala. Sólo en la
destrucción y en el cese de todas esas cosas el verdadero bien puede encontrarse. No
es otro el evangelio del resto de las grandes religiones espiritualistas del Oriente. Ya
sea que su enseñanza consista en un monismo espiritualista como el del Vedanta; ya
que enseñen un nihilismo espiritualista como el budismo o un dualismo espiritualista
como el maniqueísmo, todas están de acuerdo en que los males del hombre1 no
provienen del desorden o de la flaqueza de su actual existencia, sino que constituyen
su vida misma. El mal no depende de la voluntad del hombre, sino que está ligado, en
unión esencial, con la existencia del cuerpo y del mundo material. En consecuencia, no
se trata de espiritualizar esta vida; hay que darle la espalda, para que así el hombre
pueda volver al único absoluto, indiferenciado Ser o No Ser, del que es parte su
espíritu.
Tal es la solución oriental de la vida, y por ella el progreso se acaba. La sociedad
pierde su energía vital superior empleándola solamente en la persecución de lo
absoluto, mientras la energía espiritual del hombre se disipa en la teosofía y el
ascetismo.
Pero toda civilización, por progresista que sea, llega a un nivel en que ha llevado a
cabo la realización de sus potencialidades naturales, y entonces su tendencia es ya a
caer en una estática estabilidad, bizantina u oriental, en que el impulso de vida se
vuelve hacia la religión.
No hay por qué suponer que la civilización científica e industrial moderna no
correrá, en último término, la misma suerte que las grandes civilizaciones del pasado
y escapará a ese destino. Hacia allá iba la civilización europea en los primeros tiempos
del Imperio Romano, a pesar del genio científico de los griegos y del espíritu
esencialmente “occidental” de los propios romanos. La espiritualista actitud oriental
frente a la vida era la dominante, tanto en la filosofía como en la religión, en el
neopitagorismo y el neoplatonismo, como en los cultos orientales, sobre todo en el
gnosticismo y el maniqueísmo; y ése fue casualmente el gran peligro que sorteó la fe
cristiana en los primeros siglos de la Iglesia.
No obstante, esas religiones, a pesar de la honda impresión que producen y de la
gran fascinación que ejercen en las mentes saciadas de progreso material, no
resuelven el problema de la vida humana. Por sí solo el hombre es incapaz de
reconciliar la antinomia de su naturaleza espiritual y material. Ya lo vemos
zambullirse en la vida delcuerpo, sin parar mientes en los derechos del espíritu, o ya
lo vemos procurar darles a éstos satisfacción cumplida desatendiendo completamente
al cuerpo y a la vida que está condicionada por éste. Sin embargo, no es cosa fácil para
el hombre prescindir totalmente de su naturaleza. Por más que neguemos el mundo
material, éste sigue moviéndose, y el cuerpo espera el momento oportuno para
cobrársela al que lo desprecia.
Por eso, ni el budismo, con ser la más extrema de las religiones espiritualistas,
pudo verse libre de las influencias del paganismo y de la magia; y el camino de la
renunciación y la ley de disciplina moral fueron pronto sustituidos por la obscenidad y
la superstición del budismo tántrico, que se propagó por la India del Norte a
principios de la Edad Media.
Por lo que hace a las religiones monistas, es más fácil aún el proceso de su
degeneración, porque la vaguedad y la antinomia misma con que el pan teísta mira a
la vida, tienden a idealizar la naturaleza inferior del hombre y a disimular, bajo una
capa de simbolismo, las complacencias del deseo físico.
Capítulo
III PERO por importante que sea el carácter social del sexo, no es la sola base de la
moralidad. Los hombres no regularán nunca su vida sexual por consideraciones
de utilidad social o de bien común. La pasión sexual es demasiado fuerte para que esto
sea posible. Cuando el eugenesista y elreformador sexual tratan al sexo como si
fueraasunto de mera higiene personal o social, no toman en cuenta las fuerzas
elementales de la naturaleza humana. Porque no sólo es el hombre incapaz de
racionalizar la pasión sexual, sino que propende a convertirla en objeto de adoración.
La literatura moderna está llena de la exaltación de la pasión y de la glorificación del
amante que desafía las convenciones sociales y sacrifica honor y dicha para satisfacer
su deseo. Esta romántica actitud respecto al sexo no es menos contraria a la moral
cristiana que el racionalismo de los abogados de la reforma sexual, pero sí está mucho
más matizada de ideas cristianas. Es, en verdad, definida mente religiosa en cuanto
considera al amor sexual como medio de purificación moral y de iluminación
espiritual. Cierra los ojos a los aspectos físicos del sexo y sólo ve el amor como unión
de almas. Desgraciadamente, esta negación del carácter físico del sexo tiende a
producir, no la espiritualidad, sino una malsana y perversa sexualidad. Encuentra
placer más bien en la frustración que en el éxito. Cuanto mayores son los obstáculos
para el coronamiento de la pasión y cuanto más sin esperanzas se presenta ésta, tanto
más romántica resulta. Así se explica la tendencia a exaltar todo lo prohibido, que
vemos en la romántica idealización del incesto, característica de Byron, Shelley y Poe,
y en la actitud de los románticos modernos hacia la perversión sexual.
Hoy día, ya no es posible la antigua actitudromántica. La psicología y el
psicoanálisis han deshecho todas las ilusiones poéticas y han indicado con brutal
franqueza las crudas realidades que se esconden tras el sentimiento romántico.
Actualmente sufrimos una igualmente exagerada insistencia sobre el aspecto físico del
sexo y una reacción hacia el materialismo crudo. No obstante, el romanticismo colora
aún nuestro pensamiento más de lo que nos damos cuenta. Nada más incisivo que la
crítica de Bertrand Russell al concepto romántico del amor, y, sin embargo, pese a
todo su racionalismo y ciencia psicológica, no podemos dejar de sentir que su propia
actitud respecto al sexo es fundamentalmente romántica. Lo mismo puede afirmarse
de casi todos los abanderados de la nueva moral, ya sean profesores, como Havelock
Ellis y el Dr. Briffault, o escritores populares, como la doctora Marie Stopes. Su
racionalismo está mezclado con el romanticismo, en tan enmarañado enredo, que es
imposible tener ninguna confianza en su imparcialidad científica. Y sí esto es cierto de
los líderes intelectuales, ¿qué se podrá decir del hombre y la mujer corrientes? Su
romanticismo los lleva a idealizar sus emociones, mientras que su racionalismo los
vuelve escépticosrespecto a todos los principios últimos. En consecuencia, la vida
sexual pierde para ellos toda su profundidad, permanencia y misterio, y se convierte
en una actividad superficial, una especie de diversión de la que esperan obtener sólo
una excitación emocional.
Los males inherentes a este estado de cosas han sido clarísimamente
comprendidos por el único escritor moderno sobre asuntos sexuales que ha logrado
evitar tanto el Escila del racionalismo como el Caribdis del romanticismo: el
malogrado D. H. Lawrence. Nadie podrá acusarlo de menospreciar o menguar el sexo.
Para él era la cosa más importante del mundo y la única sagrada. Pero por lo mismo se
asemejaba al tradicionalista en su oposición al romanticismo y al racionalismo de la
actitud moderna. Veía la fuente del mal en la moderna tendencia a “cerebralizar” el
sexo. Tan luego como tratamos de explotar mentalmente el amor, de convertirlo en
problema intelectual y en objetode emoción consciente, hacemos de él una
mezcolanza, un amor “pervertido por la mente, por la voluntad y por el ego”. El sexo
es bueno; la intromisión de la mente es lo que lo ensucia y lo corrompe. En
consecuencia, el ideal de Lawrence era mantener al sexo separado de la mente,
preservar la castidad del sexo puro de todo revoltijo producido por la razón y la
emoción consciente, y así, volver a la espontánea sexualidad natural del animal.
Pues bien, es cierto que la sexualidad naturales buena, y que es la más alta y, por
decirlo así, la más religiosa de las actividades del animal. Pero en el hombre, esa
pureza natural del sexo ya no es posible; está inevitablemente contaminada de
egotismo y de emoción consciente. Sobrepasa su función natural y se convierte en
válvula de escape de todos los deseos insatisfechos de la vida psíquica. Deja de ser un
apetito físico natural y se convierte en una pasión cuasi espiritual que absorbe por
completo al hombre y tuerce su naturaleza.
Porque el catolicismo ha reconocido siempre esta verdad y ha enseñado que la
concupiscencia — desorden del instinto sexual— es un mal, hay escritores, como
Bertrand Russell, que lo condenan diciendo que predica la muerte. Pero el criterio
católico no es ninguna fantasía maniquea, sino un hecho de experiencia común
ampliamente confirmado por la psicología moderna. En verdad, el psicólogo freudiano
afirma, con mayor insistencia que el teólogo, que el impulso sexual es la fuente
principal del desorden y el sufrimiento físicos. Pero difiere del católico en cuanto
piensa que es posible curar este desorden por los métodos del análisis racional. Esto
puede tener éxito para curar lasneurosis, que son el síntoma más obvio del desorden,
pero no suprime el conflicto espiritual que hay en el fondo. La racionalización de la
vida sexual y la supresión de las represiones no bastan para devolver a los hombres la
paz de la mente y la unidad espiritual. La juventud moderna no parece más feliz por
haberse emancipado. En verdad, a juzgar por las descripciones de Aldous Huxley y de
otros observadores de la vida contemporánea, el sexo se ha convertido más bien en
fuente de disgusto y de tormento que de placer.
Podemos rechazar la solución católica del problema moral, pero no podemos
negar la existencia del problema mismo. El racionalismo, que ataca al catolicismo por
su ascetismo y por su triste idea de la naturaleza humana, es mucho más
profundamente pesimista él mismo. Si Pascal ve al mundo como un hospital, Voltaire
lo ve como un manicomio. La naturaleza humana ha perdido su dignidad, sin perder
su corrupción. El mal permanece, pero se ha vuelto repugnante en vez de trágico.
Ya sea que miremos al mundo desde un punto de vista religioso o bien desde un
punto de vista naturalista, tenemos que admitir que el hombre es una criatura que no
satisface. Si se juzga como animal, no tiene la perfección del animal, porque sus
potencias espirituales comunican algo monstruoso a su animalidad. Y como ser
racional, hasta el racionalista tiene que considerarlo un fracaso, puesto que la mayor
parte de su vida está a merced del impulso y de la pasión. Si trata de suprimir el lado
animal de su naturaleza por el puro esfuerzo consciente de la voluntad, ya encontrará
la naturaleza mil maneras inesperadas y desagradables de vengarse. Si, por otra parte,
trata de avenirse con sus instintos suprimiendo toda represión y relajando las
restricciones morales, su vida sexual se vuelve trivial y vacía y pierde su contactocon
las fuerzas más profundas de la personalidad.
En ambos casos, el intento de racionalizar el sexo y de cerrar los ojos a las
realidades más profundas que están por debajo o por encima de la razón, lleva al
fracaso.
Queda la solución católica. La concreta realidad del sexo, demasiado fuerte para las
leyes abstractas de la razón, sólo puede ser encarada por la no menos objetiva
realidad del espíritu. Aunque el sexo no pueda racionalizarse, puede espiritualizarse,
porque el hombre halla en la religión una fuerza que no es menos capaz de
posesionarse por completo de la voluntad que la pasión física. Desde luego, la sola
idea de realidad espiritual es hoy generalmente rechazada. El racionalista la
conceptúa una engañosa ilusión metafísica, mientras Lawrence la juzga como otro
producto del racionalismo, otra abstracción de la “mentalidad blanca”. Para la
mentalidad religiosa, sin embargo, la realidad espiritual no es un concepto ideal o una
abstracción metafísica; es un ser viviente (Deus
Fortis vivus). Y aun los que le niegan toda validez objetiva a esta creencia no
pueden negar su tremenda potencia psicológica, porque la experiencia demuestra que
es la única fuerza del mundo que es más potente que el propio interés y que la
sensualidad, y que es capaz de transformar la naturaleza humana y variar el curso de
la historia. El peligro verdadero de la religión no es que sea demasiado débil o
demasiado abstracta para afectar la conducta humana, sino más bien que, siendo tan
absoluta e inflexible, aplaste y ahogue a la naturaleza:
Opressa gravi sub religione
Quae caput a coeliregionibusostendebat
Horribilisuperaspectumortalibusinstans.
No es éste un peligro imaginario. En el budismo tenemos el ejemplo de una gran
religión universal que se ha fundado en la negación radical de la vida y considera el
nacimiento y el deseo sexual como implacables males. Tal actitud no es exclusiva del
budismo. Era igualmente característica delos movimientos gnóstico y maniqueo, que
fueron los rivales más peligrosos del Cristianismo primitivo, y afectaron la propia
mentalidad cristiana por medio de los Evangelios apócrifos y de las Actas de igual
clase y por otros canales subterráneos.
No obstante, esa tendencia nunca contagió a la Iglesia. Ella insistió desde el
principio en que el matrimonio es honorable en todo y el lecho nupcial inmaculado”.
Aunque el catolicismo haya conquistado al mundo con sus ideales de virginidad y
martirio, nunca negó la bondad del matrimonio ni la bondad de la vida. Si el ascetismo
de los monjes del desierto nos parece a nosotros puramente negativo y hostil a la vida,
recordemos que sólo rompiendo completamente con el mundo antiguo —yéndose al
desierto a comenzar una vida nueva— era posible conquistar la independencia y la
autonomía de los ideales cristianos. Sobre todo, había que rescatar al sexo de la
degradación y vulgaridad en que había caído durante la decadencia de la sociedad
grecorromana, y esto sólo se podía lograr por un proceso drástico de disciplina y
penitencia purgativa. El catolicismo se irguió para sostener la existencia de los valores
espirituales absolutos en un mundo desilusionado y desesperanzado, y, por lo tanto,
tuvo que corroborar estos valores con el sacrificio de todo bien menor, no sólo del
bien del matrimonio, sino hasta del bien de la propia vida. El carácter esencialmente
positivo del ideal cristiano sólo podía realizarse plenamente cuando pasara la lucha
con el mundo pagano, y así tenemos que considerar, antes que las vidas de santos
como San Antonio y San Simeón Estilita, las de otros, como San Francisco de Asís y San
Felipe Neri, para encontrar la expresión completa del ascetismo cristiano, ascetismo
fundamentalmente humano y amigo de la vida.
Este supone un heroico sacrificio de la vida natural del sexo y de la familia para
mejor servir a Dios y al pueblo cristiano, pero no es de ningún modo negación de los
valores que ha superado.
Además, el catolicismo no se conforma con aceptar el matrimonio como un bien
natural: desde el principio ha sostenido que el matrimonio posee positivo valor y
significación espiritual, como medio de comunicar gracia sobrenatural. Este concepto
sacramental del matrimonio tiene base en el famoso pasaje de la Epístola a los Efesios,
en que se compara la unióndel hombre y la mujer por el matrimonio a la unión de
Cristo y la Iglesia, pasaje que es muy extraño que no tome en cuenta Bertrand Russell
cuando declara que San Pablo nunca “sugiere que haya algún bien positivo en el
matrimonio o que el afecto entre marido y mujer sea cosa hermosa y deseable”. De
hecho, en el misterio del amor es precisamente donde San Pablo encuentra el
significado del matrimonio. Este no es simplemente unión física de los cuerpos,
empujados por el instinto ciego del deseo, ni es la abstracta unión moral de las
voluntades. Hs la expresión física o la encarnación de una unión espiritual, en que él
acto sexual se ha convertido en el vehículo de un más alto propósito creador. Por esta
razón la Iglesia mira el matrimonio como figura y participación sacramental del
misterio de la Fe: el matrimonio de Dios y hombre en la encarnación. Así como la
humanidad es salvada y deificada por Cristo, así las funciones naturales del sexo y la
reproducción son espiritualizadas por el sacramento del matrimonio.
A primera vista, esta doctrina puede parecer infinitamente alejada de la realidad
de la vida y de escasa utilidad para el moralista práctico. Pero una vez que hemos
renunciado al vano intento de racionalizar la vida sexual, debemos estar preparados
para hallar en el sexo un elemento afín a los supremos misterios de la vida. Siempre ha
tenidoel hombre el sentido religioso del sexo. La religión primitiva lo veía como el
supremo misterio cósmico, fuente de la vida y fecundidad de la tierra, mientras las
religiones superiores hicieron de él la base de su concepción de la vida, ya en sentido
pesimista, como en el budismo, ya, como en China, en la idea metafísica de un orden
rítmico que impregna la vida del universo. El Cristianismo dio un paso más,
atribuyendo al sexo positiva significación espiritual, y dio así a la civilización
occidental un ideal de amor y matrimonio más elevado que el de cualquier otra
cultura. Para que estos ideales característicamente europeos sobrevivan, es necesario
preservar una base espiritual para la vida sexual. El romanticismo intentó realizarlo,
creando una religión del sexo y exaltando la pasión hasta convertirla en un ideal
espiritual; pero, al hacerlo así, perdió tanto su sostén en los principios espirituales
cuanto en las realidades físicas. El modo verdadero de espiritualizar el sexo no es
idealizando nuestras emociones y disimulando el apetito físico bajo una nube de
sentimiento, sino disponiendo nuestra vida sexual en relación con una realidad más
universal. La idealización romántica de la pasión y el intento racionalista de reducir el
amor y la satisfacción del deseo físico fracasan por igual en dar base a la vida sexual,
pues ésta sólo puede fundarse en un orden espiritual que trascienda los apetitos y la
voluntad egoísta del individuo. Sólo cuando el hombre acepta el matrimonio como
algo superior a sí mismo, como sagrada obligación a la que debe conformarse, es
capaz de realizar todas sus posibilidades espirituales y sociales.
De ahí que la restauración del concepto religioso del matrimonio, ideal católico,
sea la más importante de todas las condiciones requeridas para solucionar nuestras
dificultades presentes. Su importancia no puede medirse por consideraciones
prácticas, porque significa la reintroducción deun principio espiritual dentro del
propio núcleode la vida humana.
La civilización occidental está amenazada hoy día con la pérdida de su libertad y
de su carácter humano. Está en peligro de sustituir con un mecanismo muerto una
cultura viva. El hedonismo no puede ayudarla, ni siquiera el racionalismo. Sólo puede
salvarse por una renovación de la vida. Y esto es imposible sin amor, porque el amor
es la fuente de lavida, tanto física como espiritual. Pero si se divorcia el deseo físico de
su principio espiritual y se convierte en fin de sí mismo, deja de ser amor y ya no da
vida. Degenera en estéril lujuria. Sólo cuando la fe lo espiritualiza se convierte en
amor vivificante y participa del misterio de la creación. Amor exige fe, como vida exige
amor. La pérdida de la fe significa, en último término, no sólo desorden y dolor moral,
sino la pérdida de la vitalidad social y la consunción de la vida física.
FIN