0% encontró este documento útil (0 votos)
216 vistas3 páginas

Demetrio 1

El documento presenta una entrevista al pintor peruano Demetrio Saldaña. Resume su trayectoria como artista desde sus inicios dibujando en la soledad del campo, hasta su formación en la Escuela de Bellas Artes de Trujillo donde fue influenciado por Pedro Azabache. Más tarde, pintores como Van Gogh y Modigliani lo inspiraron a darle vida y sentimiento a sus cuadros. Saldaña expresa su deseo de que su pintura transmita la soledad del hombre moderno y sea apreciada a nivel internacional.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
216 vistas3 páginas

Demetrio 1

El documento presenta una entrevista al pintor peruano Demetrio Saldaña. Resume su trayectoria como artista desde sus inicios dibujando en la soledad del campo, hasta su formación en la Escuela de Bellas Artes de Trujillo donde fue influenciado por Pedro Azabache. Más tarde, pintores como Van Gogh y Modigliani lo inspiraron a darle vida y sentimiento a sus cuadros. Saldaña expresa su deseo de que su pintura transmita la soledad del hombre moderno y sea apreciada a nivel internacional.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

DEMETRIO SALDAÑA

EL COLOR DE LA SOLEDAD
Por Alberto Alarcón

El deseo del éxito lo había abandonado; trabajaba porque tenía que hacerlo, porque le
impedía sufrir demasiado, mentalmente, porque distraía su mente. Podía pasar sin
esposa, sin hogar y sin hijos; podía pasarse sin amor, amistad y salud; podía arreglarse
sin comodidades y sin alimentos casi, y aún se podía pasar sin Dios. Pero no podía
privarse de algo que era más grande que él mismo, de algo que era su razón de vivir: el
poder y la habilidad de crear...

Hace poco, el Covid-19 se llevó a mi hermano, el pintor Demetrio Saldaña, cuando


estaba en la plenitud de una obra rebosante de amor por la historia de su tierra y de
intensas búsquedas en las misteriosas esencias del arte pictórico. Todavía no me
repongo de este dolor. Ayer, viendo mis archivos, me encontré con esta entrevista que
le hice para el diario “La Industria”. Creo que fue la última que concedió. Ojalá sirva
para que mis lectores conozcan el alma pura de Demetrio, sus afanes y, sobre todo, la
tenacidad creativa con que abordaba la concreción de cada una de sus extraordinarias
telas.
Encontrarme con un pintor, me regresa a mi adolescencia, al aroma perdido de la
vocación frustrada. Sobre todo, con un conocedor de su oficio, con alguien que nos
devuelve la torpe realidad convertida en áureos objetos que hacen vibrar en nuestras
almas el halo de la belleza. Esto me ocurrió hace poco, en la todavía solitaria calle
Raimondi de esta ciudad, con el artista plástico Demetrio Saldaña Hipólito, a quien veo
diariamente subir y bajar de su atelier con un cuadro en la mano. Hace poco, él y el
pintor Carlos Rodríguez Zamora, montaron una exposición en homenaje al
desaparecido maestro indigenista Pedro Azabache. Han sido los últimos cuadros de
Saldaña que he visto. Impresionado por la poesía que satura sus temas —los caballos,
la historia, las mujeres y las calles—decidí conocer algo más acerca de él y compartirlo
con mis lectores.
AA. Hablemos, Demetrio, un poco de ti, de tus inicios, de cómo empezó tu vocación
de pintor.
DS. Yo nací en Sausal, en 1946, mi padre era obrero; además tenía un hermano mayor
que dibujaba. Tal vez por ahí empezó todo, empecé a dibujar espontáneamente desde
pequeño. A mi papá le gustaba verme dibujar, nunca tuve esa oposición familiar de la
que siempre hablan algunos artistas. Además, yo era un niño muy solitario, me gustaba
ir al campo y allí, en la soledad de los cerros y los árboles, me ponía a dibujar.
Hice la primaria y la secundaria en Sausal. Cuando terminé decidí venir a Trujillo y
postular a la Escuela de Bellas Artes. Esta escuela empezó a funcionar gracias a las
gestiones de don Pedro Azabache en 1962, y recién en 1967 lo hizo de manera oficial.
AA. ¿Qué encontraste en la escuela, quién fue el profesor que consolidó tu vocación?
DS. Tuve suerte e ingresé a la Escuela, junto con Carlos Rodríguez Zamora, allí
congeniamos y nos hicimos amigos. El maestro que más me impactó fue precisamente
don Pedro Azabache. Era muy riguroso en la enseñanza, él nos dio las pautas para
apreciar los elementos de la pintura, nos educó en ver la realidad de otro modo, sobre
todo en lo referente a forma y composición, en darle un sentido a la línea, al color.
Como era bastante riguroso, muchos compañeros desertaron. Allí en la escuela,
gracias a los libros, conocí también la obra de José Sabogal; me interesó mucho, por su
búsqueda de lo peruano. Pero quién me impactó verdaderamente fue Sérvulo
Gutiérrez, por lo explosivo, por su amor a la libertad creadora, por lo tormentoso; me
impresionaron sus trabajos como un testimonio humano. Egresé de la Escuela en 1972
y fui el primer puesto de mi promoción. Creo que fui un estudiante aprovechado.
AA. Como es natural, buscaste luego una guía más allá del ámbito nacional, ¿qué
pintores universales te dieron nuevas pautas, ideológicas, prácticas?
DS. En este sentido le debo mucho a mi profesor de historia del arte, Ramiro Paredes
de Santolalla. Gracias a él descubrí a Vincent Van Gogh. Su color agresivo, sus paisajes
arrancados de la tierra, sus noches estrelladas como un cataclismo del cielo, todo eso
fue una gran lección para mí. Me enriqueció espiritualmente leer las cartas a su
hermano Theo, testimonio de los grandes sufrimientos de Van Gogh, como hombre y
como pintor. Él sabía que su dibujo era burdo, pero se empeñó hasta convertirse en un
gigante del impresionismo. El otro fue Amedeo Modigliani. Me gustó por el esquema
tan simple de su pintura, que es casi una interpretación del ser; por lo melancólico de
sus figuras y por su línea escueta, caligráfica. No es un clásico tipo Rubens o Tiziano; los
personajes de Modigliani están realmente frente al pintor. Él le da sentimiento, alma a
la pintura. Modigliani me enseñó a poner la vida en cada cuadro.
AA. Tú has vivido tu juventud en una época en que era imprescindible apostar por un
arte contestatario, testimonial, ¿te involucraste en ello?
DS. En esa época vivía en La Esperanza y naturalmente veía la pobreza todos los días.
Ya en ese entonces tenía los recursos teóricos y prácticos y por supuesto hice realismo
social. Mi metáfora son los perros flacos que pintaba en esa época, los seres humanos
desvalidos clamando justicia. Estuvimos bastante estimulados también por los grandes
muralistas mejicanos: Siqueiros, Orozco, Rivera, por su fuerza, por su exaltación de lo
humano. Además, como pintor, siempre me he identificado con los pobres. Por eso
nunca he tenido bonanzas económicas. Cuando uno encamina su obra, lo material
pasa a un segundo plano.
AA. ¿Luego de esa etapa, qué vino?
DS. Luego de esa etapa he pasado a una más, persistente hasta ahora, una etapa de
total libertad. El real-socialismo marcó un camino, ahora me siento más libre, siempre
estoy pugnando por liberar las formas hasta llegar a un cierto expresionismo. Los
caballos que has visto en mi última exposición me han dado esa libertad, son caballos
salvajes; rompen la naturaleza, y en ellos el color es más agresivo. Me siento libre
también en los temas. Hago desnudos donde me importan mucho la línea y la forma,
siguiendo el paradigma de Modigliani: En el paisaje urbano mi pintura es como yo,
soledosa, barnizada con un halo de ausencia. En esas bancas solitarias que pinto,
siempre estoy yo disfrutando mi soledad.
AA. ¿Cómo te autoevalúas ahora en el aspecto técnico?
DS. Trabajo pacientemente el color, me gustan los cálidos (amarillos y rojos), los
trabajo en todas sus gamas. En cuanto a la composición, voy a los esquemas más
simples, trabajo línea y color, trato de que cada elemento se manifieste por sí mismo.
Creo haber encontrado un sello propio, considero mi pintura como un examen de mi
mundo interior.
AA. ¿Cuál es tu visión de la actual pintura trujillana y de la situación cultural en
nuestra ciudad?
DS. Es difícil dar nombres. Hay pintores ya consagrados como Carlos León, Francisco
Castillo, Eduardo Urquiaga, Carlos Rodríguez, Tito Monzón, Joselito Sabogal y otros, lo
que pasa es que acá los artistas no encontramos estímulos. No hay, por ejemplo, una
galería para exponer adecuadamente pintura, tampoco hay curaduría de arte y
entonces al pintor le parece que toda su obra es valedera. Tampoco hay crítica, sólo
comentarios sueltos. Al pintor no hay que reventarle cohetes si no se lo merece, eso
no tiene sentido.
AA. ¿Qué perspectivas te has trazado como artista para los años que vienen?
DS. Quiero que mi pintura tenga un carácter universal, que se pueda ver con agrado en
cualquier parte del mundo. En todo lugar hay parques y calles solitarias. Esa es una
constante. Allí quiero entrar yo, expresar un poco la soledad del hombre de estos
tiempos. He expuesto en París el año pasado, también en Alemania. Apunto para
afuera. Felizmente hay propuestas para promocionar mi obra fuera del país. Espero
que esto se cumpla pronto.

Antes de despedirnos, Demetrio me muestra su más viejo libro de cabecera, Lujuria de


vivir, de Irving Stone, una biografía novelada de Van Gogh, y me lee un pasaje: «El
deseo del éxito lo había abandonado; trabajaba porque tenía que hacerlo, porque le
impedía sufrir demasiado, mentalmente, porque distraía su mente. Podía pasar sin
esposa, sin hogar y sin hijos; podía pasarse sin amor, amistad y salud; podía arreglarse
sin comodidades y sin alimentos casi, y aún se podía pasar sin Dios. Pero no podía
privarse de algo que era más grande que él mismo, de algo que era su razón de vivir: el
poder y la habilidad de crear». Saldaña me mira emocionado, y luego de unos
segundos me dice: «Es hermoso vivir así, ¿no?»

También podría gustarte