La manta
Víctor Balaguer
Un padre casó a su hijo y le donó su fortuna. Quedóse a vivir
padre con los recién casados, y así pasaron dos años, al cabo
de los cuales nació un hijo del matrimonio.
Fueron luego sucedo sucediéndose los años uno tras otro hasta
los catorce. El abuelo valetudinario ya no podía andar sino
apoyado en su bastón y sentíase bajo la aversión de su nuera,
la cual era orgullosa y vana y decía continuamente a su
marido: Yo me voy a morir pronto si tu padre continúa
viviendo con nosotros. Me es imposible sufrirlo ya por más
tiempo.
El marido se fue a encontrar con su padre y le habló de esta
manera: -Padre, salid de mi casa. Ya os he mantenido por
espacio de doce años o más. Idos a donde queráis.
-Hijo no me eches de tu casa. Soy vejo, estoy enfermo y nadie
me querrá. Por el poco tiempo que me queda de vida, no me
hagas esa afrenta. Me contento con un poco de paja y un
rincón en el establo.
-No es posible, idos, mi mujer los quiere.
-Que Dios te bendiga, hijo mío. Me voy, ya que así lo deseas;
pero al menos dame una manta para abrigarme, pues voy muerto
de frio.
El marido llamó a su hijo, que era todavía un niño.
-Baja al establo, le dijo, y dale a tu abuelo una manta de
los caballos con que pueda abrigarse.
El niño bajó al establo con su abuelo, le escogió la mejor
manta de los caballos, la más holgada y la menos vieja, la
doblo por la mitad, y haciendo que su abuelo sostuviera uno
de los extremos, comenzó a cortarla sin hacer caso de los que
el anciano le decía.
-¿Qué has hecho, niño? Tu Exclamo el abuelo. Tu padre ha
mandado que me la dieses entera. Voy a quejarme a él.
- Obrad como gustéis, contesto el muchacho.
El viejo sale del establo y buscando a su hijo le dice:
-Mi nieto no ha cumplido tu orden, no me ha dado más que la
mitad de una manta.
-Dásela por entero, le dijo el padre al muchacho.
-No, por cierto contesta el rapaz. La otra mitad la guardo
para dárosla a vos cuando sea mayor y os arroje de mi casa.
El padre, al oír esto, llamó al abuelo que ya se marchabas
-Volved, volved, padre mío, le dijo. Os hago dueño y señor
de mi casa, lo juro por San Pedro, No comeré yo un pedazo de
carne sin que voz hayáis comido otro. Tendréis buen aposento,
un buen fuego, y vestido como el que yo llevo.
Y el buen anciano lloró sobre la cabeza del hijo arrepentido.