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Darton Resumen

1) El documento discute dos tendencias en la historia intelectual a finales de los 1960: la historia del libro y el análisis del discurso. 2) Analiza cómo el análisis del discurso desafió la noción de las ideas como unidades autónomas de significado y en su lugar trató de reconstruir el discurso político. 3) Señala algunas limitaciones del análisis del discurso como no considerar factores fuera de los textos formales y la dificultad de explicar la transición de las ideas a la acción
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Darton Resumen

1) El documento discute dos tendencias en la historia intelectual a finales de los 1960: la historia del libro y el análisis del discurso. 2) Analiza cómo el análisis del discurso desafió la noción de las ideas como unidades autónomas de significado y en su lugar trató de reconstruir el discurso político. 3) Señala algunas limitaciones del análisis del discurso como no considerar factores fuera de los textos formales y la dificultad de explicar la transición de las ideas a la acción
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Darton resumen

Difusión versus discurso


A decir verdad, esos temas son tan complejos y han sido abordados con tanta frecuencia que
tal vez nunca brinden respuestas definitivas. Nosotros no los podemos resolver nada má s
señ alando la existencia de un corpus de libros prohibidos y añ adiendo los nú meros en nuestra
lista de best sellers. Por el contrario, creo que debemos reprimir el deseo de soluciones
definitivas. Los problemas relevantes en la historia involucran tal cantidad de
experiencia humana que es imposible reducirla a denominadores comunes. Al lidiar con
esos problemas, el historiador trabaja como una persona que establece un diagnóstico en
busca de patrones a partir de los síntomas antes que como el médico que convierte los
datos duros en conclusiones definitivas
Dos tendencias: En retrospectiva parece ser claro que hacia el final del decenio de 1960
ocurrió una divisió n en la historia intelectual. Por un lado (historia del libro), los académicos
atraídos por la historia social se lanzaron en busca de temas tales como la difusió n de la
ideología, la cultura popular y las mentalités colectivas. Por el otro, los académicos que se
inclinaban hacia la filosofía se concentraron en el aná lisis de los textos, de la intertextualidad
y los sistemas lingü ísticos que constituyeron escuelas de pensamiento (análisis de discurso)
Claro, los “orígenes” siempre se reconstruyen retrospectivamente y muchos de ellos escapan a
la conciencia de sus contemporá neos. Tal vez, como sostiene Chartier, los revolucionarios
invocaron a la Ilustració n con el fin de legitimar su gobierno dá ndole así una genealogía
intelectual respetable.3 Pero aun si tal fuera el caso, esto no prueba que las ideas de los
philosophes no hubieran tenido que ver con el origen de la Revolució n. Si la historia cultural
ha de explicar realmente los orígenes de la Revolución Francesa, debe establecer
conexiones entre los patrones de las actitudes y de las conductas, por un lado, y la acción
revolucionaria, por otro. De otra forma, no hará sino desplazar a otro nivel –el nivel de la
cultura, entendida de manera amplia– la misma dificultad que le pareció tan objetable
en el relato que hizo Mornet de la difusión de las ideas.
Al igual que los estudios sobre la difusió n, el aná lisis del discurso surgió a partir de una
sensació n de inconformidad con la historia de las ideas convencional. El aná lisis del discurso
desafió la noció n misma de una idea como una unidad de pensamiento o como un contenedor
autó nomo de significado. Lovejoy aisló las “unidades de ideas” como objeto de estudio y las
siguió tal y como pasaban de un filósofo a otro a lo largo de los siglos. Para sus críticos,
este procedimiento pasaba por alto el punto principal en la comprensión del significado.
Tal y como los filósofos lingüistas desde Wittgenstein en adelante lo habían demostrado,
el significado no era herencia de las ideas. El significado se transmitía por medio de
expresiones y los interlocutores lo construían; activaba patrones convencionales de
expresión; y funcionaba contextualmente, de suerte que las mismas palabras podían
portar diferentes mensajes en diferentes tiempos y textos
En lugar de aislar ideas clave, la nueva generació n de historiadores intelectuales trató de
reconstruir el discurso, esto es, abordaron las grandes obras de la teoría política como parte
de una discusió n continua en torno a la política, un debate general expresado en un idioma
particular o un sistema de significado peculiar a una cierta sociedad en un cierto tiempo. Por
lo tanto, cuando le pasaron revista a la historia convencional del pensamiento político, la
hallaron plagada de anacronismos.
É l reduce el pensamiento político del Antiguo Régimen a tres “lenguajes” discursivos: un
discurso de la voluntad, que Baker identifica con Rousseau; un discurso de la razó n, expuesto
por Turgot; y un discurso de la justicia, articulado del modo má s eficaz por el apologista de los
parlamentos, Louis-Adrien Le Paige. Tal y como él lo entiende, los primeros meses de la
Revolució n constituyeron una lucha épica por la supremacía entre estos discursos.
Furet asimismo remonta el Terror a los movimientos discursivos que se dieron en 1789, y
también él adopta un concepto lingü ístico del poder, el cual muestra por medio de metá foras
espaciales. Furet sostiene que al respaldarse en una forma rousseauniana para expresar la
voluntad del pueblo, los revolucionarios instalaron un discurso de la soberanía en el “espacio
vacío” que había dejado vacante la monarquía absoluta. Tras desplazar al absolutismo, la
palabra misma, la parole, se volvió absoluta. Hablar en nombre de la “voluntad general” era
ejercerla. De ahí que la representació n del poder se volviera el poder; la política se transformó
en lenguaje; y el “circuito semió tico” gobernó por encima de todo. Aunque la noció n de
semió tica de Furet es oscura, las implicaciones de su argumentació n son claras: desde los
primeros meses de la Revolució n, el discurso dictó el desarrollo de los acontecimientos y el
filosofar de los revolucionarios condujo directamente al Terror.
El trabajo de todos ellos ofreció una inteligente relectura de numerosos tratados y
debates y tuvo la ventaja de enfrentar el problema de cómo las ideas se mezclan con los
acontecimientos. Pero también acusó algunas de las debilidades del análisis del discurso.
1.- Primero, al imponer un modelo discursivo al flujo de los acontecimientos, no quedó
espacio para la contingencia, el accidente y el mismo proceso revolucionario. En mi opinió n
hay mucho que comentar sobre la “tesis de las circunstancias”, por pasada de moda que se
encuentre. No lo explica todo, desde luego, y es preciso reconocer un elemento ideoló gico, casi
religioso, en las convicciones de muchos revolucionarios, en especial durante el trá gico “Gran
Terror” del verano de 1794a historia narrativa anticuada de Aulard y Palmer ofrece una
explicació n bastante má s convincente del Terror que cualquier exégesis filosó fica sobre 1789,
incluida la variedad lingü ística embellecida con metá foras relativas a los espacios. Por mi
parte, confieso que no entiendo qué pueda ser un “espacio intelectual”.
2.- Segundo, las explicaciones filosó ficas de la Revolució n no llegan hasta la historia del
significado. Se limitan a unos cuantos tratados y al registro de los debates parlamentarios.
Só lo que la idea que los revolucionarios tenían de su situació n la moldearon todo tipo de
fenó menos, la mayoría de los cuales sucedieron fuera de las salas de debates.
En resumen: en los discursos revolucionarios el significado no venía preempacado; era
inherente al mismo proceso revolucionario. Tenía que ver con las personalidades, las
facciones, las ideas previas sobre las estrategias políticas, las categorías cambiantes
sobre la izquierda y la derecha y sobre todo tipo de presiones ejercidas en los diputados
desde la sociedad. El análisis del discurso debería tomar en consideración todos estos
factores y otros todavía más alejados del pensamiento formal: la emoción, la
imaginación, los prejuicios, los supuestos implícitos, las representaciones colectivas, las
categorías cognoscitivas, todo el espectro del pensamiento y del sentimiento que en
alguna ocasión perteneció a la agenda de las investigaciones de la historia de las
mentalités. Al darle la espalda a ese tipo de historia, los analistas del discurso asumieron
posturas que a duras penas se diferencian de la historia de las ideas de antes. La
dificultad a la que ellos se enfrentan no proviene de haber abrazado una perspectiva
semiótica del conflicto político sino de no lograr llevar a la semiótica lo suficientemente
lejos: a las plazas y a las calles, en donde la gente común y corriente daba forma a su idea
del mundo.
3.- Tercero, el aná lisis del discurso reconoce la necesidad de estudiar el trá nsito de las ideas a
la acció n pero no se enfrenta a las dificultades de realizar semejante cosa. Ese problema se
mantuvo en el fondo en Cambridge, en donde los filó sofos historiadores limitaron sus
investigaciones a la teoría política. Pero ocupó el centro de la escena en París, en donde se
propusieron explicar los acontecimientos y sobre todo la Revolució n Francesa, el
acontecimiento supremo en los inicios de la historia moderna. Poner alguna atención a los
estudios sobre la difusión podría resultar útil en este sentido, pues de identificarse los
tratados políticos más difundidos, se podría buscar la intertextualidad desde la
perspectiva de lo que llamaba la atención del francés del siglo XVIII y no desde la de los
académicos del siglo XX.
Los acontecimientos vienen envueltos en significados, de ahí que no podamos separar la
acción de la interpretación o dejar la historia en los meros acontecimientos. Pero eso no
quiere decir que los acontecimientos sólo estén hechos de un discurso filosófico o que la
gente común y corriente dependa de los filósofos para darle sentido a sus propias vidas.
La creación de sentido sucede en la calle y en los libros. La formación de la opinión
pública sucede en los mercados y en las tabernas lo mismo que en las sociétés de pensée.
Para entender la forma en la que los públicos les dieron sentido a los acontecimientos, es
preciso llevar la investigación más allá de las obras de los filósofos y llegar a las redes de
comunicación de la vida diaria.
Redes de comunicación
Una respuesta afirmativa parece asumir una noció n lineal de causalidad, como si se pudiera
discutir desde la venta de un libro hasta su lectura, sobre las convicciones de los lectores, la
movilizació n de la opinió n pú blica y el involucramiento del pú blico en una acció n
revolucionaria. Es claro que eso no funcionará . El modelo de causa y efecto de la difusión no
alcanza a incluir factores independientes, no únicamente fuentes de la opinión pública no
literarias sino la lectura misma como una apropiación activa más que como la recepción
pasiva de los textos
Metodología: La ventaja de la historia del libro como una especie de estudio de la difusió n
radica en que uno conoce exactamente lo que se está difundiendo: no se trata de discursos ni
de opinió n pú blica sino de libros. Desde luego que los libros son muchas cosas: objetos
manufacturados, obras de arte, artículos de intercambio comercial y vehículos de ideas. De
suerte que su estudio se derrama sobre numerosos campos, tales como la historia del trabajo,
el arte y el comercio. Su estudio es particularmente valioso en la historia intelectual, ya que
ofrece una forma de minimizar el anacronismo. En lugar de empezar con la pregunta: “¿Qué
tan difundida se encontraba la Ilustració n?”, el historiador puede determinar qué libros en
efecto circulaban má s ampliamente en el siglo XVIII. Puede entonces dedicarse a trabajar con
categorías creadas por él mismo en el empeñ o por medir sectores específicos del mercado
literario. Con la informació n suficiente y un conjunto vá lido de criterios, acaso hasta logre
calcular la demanda que había para la Ilustració n, esto es, determinar el lugar de las obras de
los philosophes en el patró n general de la cultura literaria; localizar a la Ilustració n, por así
decirlo, sin empezar por buscarla.
Modelo: Comparado con una concepció n unilineal de la difusió n, este modelo tiene dos
ventajas. En primer lugar, rechaza la idea de una filtració n vertical en favor de una visió n
orgá nica, la cual plantea la penetració n de la sociedad por medio de una red de comunicació n
compuesta de arterias, venas y vasos capilares, y toma en cuenta cada una de las etapas en el
proceso de producció n y distribució n. Se lo puede diseñ ar con algunos cambios al aplicarse a
otros períodos de la historia, a otras culturas y a otros medios impresos como perió dicos,
panfletos y carteles. Pero el principio sigue siendo el mismo: representar el proceso de
comunicació n de forma tal que haga justicia a su naturaleza sistemá tica y a la
intercomunicació n de sus partes.
En segundo término, en lugar de asumir un funcionamiento autosuficiente, similar al de una
má quina, el modelo admite influencias externas en cada una de sus fases. Autores, editores,
impresores, libreros, bibliotecarios y lectores modificaron constantemente su conducta en
respuesta a la presió n del Estado, la Iglesia, la economía y los distintos grupos sociales
É nfasis en la lectura de la apropiació n respecto a la lectura, el no recopilar solo los best seller
no entrega una panorá mica real a la cultura lectora de la Francia prerrevolucionaria
La Rochelle, traté de mostrar la forma en la que un individuo respondió apasionadamente a
las obras de Rousseau y có mo, al hacerlo, conformaba el rousseaunismo como un marco
cultural para encontrarle sentido a la vida. Otras investigaciones sobre la respuesta de los
lectores han confirmado esta tendencia. Esto no demuestra por un lado la prevalencia de la
pasividad o, por otro, la de la indeterminació n. En su lugar sugiere que los lectores
encontraron sentido en los textos al acomodarlos en un marco cultural preexistente
Elemento metodológico: Normalmente ¿có mo les damos sentido a las cosas? Me parece que
no es sacando conjeturas del fondo de nuestras almas y proyectá ndolas a nuestro alrededor,
sino má s bien acomodando estas percepciones en marcos. Los marcos que tomamos de
nuestra cultura, debido a que la realidad tal y como la experimentamos es una construcció n
social. Nuestro mundo viene organizado: dividido en categorías, moldeado por las
convenciones y coloreado por las emociones compartidas. Siempre que nos encontramos con
algo significativo, lo acomodamos en un orden cognitivo que heredamos de nuestra cultura; y
con frecuencia lo ponemos en palabras. De ahí que los significados, como el lenguaje, sean
sociales, sin importar la inflexió n individual que les queramos dar. Al crear significados, nos
involucramos en una actividad profundamente social, en especial cuando leemos.
debemos abrirnos camino en un terreno simbó lico denso; pues cuanto tiene que ver con el
libro lleva la marca de las convenciones sociales: no ú nicamente el lenguaje en el que está
escrito, sino su tipografía, su caja, su formato, su encuadernació n y hasta la publicidad
empleada para venderlo. Cada uno de estos elementos orienta al lector, dirigiendo su
respuesta. El lector asimismo aporta bastante al texto: expectativas, actitudes, valores y
opiniones, y éstas asimismo tienen determinantes culturales. De ahí que la lectura se
encuentre determinada por partida doble, por la naturaleza del libro como medio de
comunicació n y por los có digos generales que el lector ha interiorizado y en donde debe
ocurrir la comunicació n
Metodología: En primer lugar, al enfatizar la importancia de los marcos culturales, no
suscribo una idea holística de la cultura. Pienso que en todos los sistemas culturales hay
fisuras y fallas, de modo que la creació n de sentidos supone lo mismo conflicto que
coherencia. Só lo que el conflicto moviliza marcos que está n en conflicto –o bien, para tomar
prestado un término de la escuela de Cambridge, prá cticas discursivas antagó nicas
En segundo lugar, al enfatizar los límites culturales de la lectura, no quiero decir que los
lectores deban encontrar mensajes idénticos en el mismo libro. Casi cualquier sistema cultural
es lo suficientemente amplio para acomodar las respuestas originales y contradictorias a los
textos. No estoy proponiendo un argumento en favor de la sobredeterminació n sino tratando
de discutir en contra de una idea subdeterminada de la lectura, la cual la deja a un lado del
campo de la historia cultural. La apropiació n me parece un concepto valioso, pero no si
excluye a la historia de la lectura de otra tradició n académica con la que bien se articula: el
estudio de las actitudes, valores y visiones del mundo que en Francia se conoce como la
historia de las mentalités.
en vez de causa y efecto (modelo), es preciso imaginar reforzamiento, retroalimentació n y
amplificació n mutuos
Como lo ilustra el segundo modelo, este proceso de retroalimentació n alcanzó a otros medios,
los cuales se entrelazaron en un sistema general de informació n. Los mismos motivos con
frecuencia aparecían en las discusiones que se daban en los cafés, en los poemas improvisados
en los salones, en los impresos que se pegaban a los muros, en las gacetas manuscritas que
circulaban por debajo de la manga, en los panfletos que se vendían clandestinamente y en los
libros, en donde se mezclaron con otros motivos para formar narraciones complejas. No sirve
de mucho preguntar si un cierto motivo apareció primero en forma de chisme o en la letra
impresa, pues los temas se originaban en distintos puntos y viajaban en diversos rumbos,
pasando por diversos medios y ambientes. La pregunta crucial no tiene que ver con el origen
de un mensaje sino con su amplificació n y con su asimilació n: con la forma en la que
reverberaba en la sociedad y se volvía significativo para el pú blico. ¿Có mo contribuyeron los
libros impresos a este proceso?
Como hemos visto, la retó rica de estas obras reforzó su fuerza persuasiva como historias, aú n
cuando le hicieran guiñ os al lector y le dieran a entender que no hablaban tan en serio. No hay
duda de que muchos lectores recabaron el material de sus libros y lo difundieron en sus
charlas de sobremesa en cenas y cafés. Es probable que también emplearan las perspectivas
de sus lecturas para interpretar nuevos asuntos recogidos en las conversaciones de otros. Al
leer libros prohibidos participaban en la radicalizació n de la opinió n pú blica.
Los libros prohibidos moldearon la opinió n pú blica en dos sentidos: al fijar en la letra impresa
el descontento (preservando y difundiendo la palabra) y al acomodarla en el interior de una
narració n (transformando las conversaciones sueltas en un discurso coherente).
Sería extravagante reducir fenó menos tan complejos como la pérdida de fe y la falta de nervio
a un efecto de la lectura. Pero es fácil subestimar la fuerza de los impresos, sobre todo hoy que
el libro ha perdido el sitio que alguna vez tuvo en el centro del sistema de comunicació n de la
sociedad. Para apreciar la fuerza de los libros prohibidos en el siglo XVIII –el corpus completo
de la literatura ilegal, no só lo sectores aislados– hay que apreciarlos desde una perspectiva
del siglo XVIII, o mejor aú n, desde la perspectiva que el absolutismo desarrolló un siglo antes.
Esta consideració n vale para todos los argumentos en contra de la importancia de los livres
philosophiques, por lo que me detendré aquí, antes de tratar de responder las otras
objeciones
La historia del libelo político
La literatura de la ilustració n también fue leída por los reyes, es má s ellos consumían las
satiras para reírse de sí mismo, con eso destierra la tesis causalista d ellos libros impulsaron
la revolució n
Difusion de panfletos en contra la nobleza y el rey, aunque muchos de ellos aceptaban la figura
del rey, lo que nos indica la incidencia y heterogeneidad del significado linguistico en la época,
pues es necesario reconocer las condiciones del contextos para comprender la influencia de
estos panfletos.
Del chisme al manuscrito, del manuscrito a la imprenta y del sexo a la política, el trá fico de
escá ndalos se transformó en toda una nueva rama de la literatura Esos ataques llevaron al
libelle má s allá de las palizas de los anticuados panfletos y bandos, y al rango de un arma
mucho má s destructiva, la biografía política amplia. Al comenzar el siglo XVIII, ya estaba
despejado el camino para los best sellers que tanto dañ aron la legitimidad de Luis XV y de la
propia monarquía
La primera característica que viene a la mente es su escala. A diferencia de sus predecesores,
los libelles del siglo XVIII eran largos y complejos relatos de un tomo Casi toda la literatura
anterior circuló en panfletos, hasta las novellas sobre Luis XIV, las cuales no se reunieron en
ediciones en varios tomos sino hasta la década de 1730. Es probable que los panfletos
impactaran con fuerza en la opinió n pú blica, al menos en crisis como la de la Fronda. Pero
tendían a ser efímeros. En segundo lugar, los libelles en forma de libros tuvieron mayor
circulació n que la anterior literatura panfletaria. Los libelles posteriores pertenecían a una
industria amplia, la cual abasteció a todo el reino por medio de una extensa red de
distribució n. Se trataba de best sellers, producidos simultá neamente en ediciones de mil o
má s ejemplares por varios editores, quienes competían para satisfacer un mercado muy
crecido.

En tercer lugar, los ataques a Luis XV superaron los dirigidos a Luis XIV, al ubicar la vida
sexual del rey dentro de un relato general de la historia contemporá nea. En cuarto lugar, hasta
como relatos sexuales los libelles posteriores difirieron enormemente de los del reinado
anterior. En La France galante, el rey es galante. Combina galantería con poder, sacá ndoles
gran tajada a las mujeres de su corte igual que Francisco I y Enrique IV. Excepto por algunos
panfletos, casi todos de finales del reino, el rey es una figura imponente, amo viril de un
poderoso reino, a quien se le suele llamar con respeto “le Grand Alcandre”. Así, pese a su
ocasional irreverencia, a menudo el escá ndalo colocó a Luis XIV bajo una luz favorable; en
algunos casos el escá ndalo debió fortalecer el culto al Rey Sol
Aunque los episodios aislados se borraron de la memoria colectiva, sí permanecieron los
patrones generales. Ellos formaron un marco narrativo, el cual se podía imponer a las
situaciones segú n cambiaran las circunstancias. A la vez que el significado de los textos
aislados se ajustaba al tono de los acontecimientos presentes, se derivaba, asimismo, de un
metatexto elaborado a lo largo de tres siglos. Así que los libelles contra Luis XV pertenecían al
forcejeo entre Maupeou y los parlamentos, y al mismo tiempo expresaban una actitud
desafiante hacia la autoridad real que se remontaba a la Liga Cató lica y a la Fronda.
De la há bil calumnia del Renacimiento al panfleto de la Fronda, la biografía política eró tica y la
protesta airada contra el despotismo, la literatura del libelo reunió fuerza y se transformó en
una acusació n amplia del régimen, aun cuando no incitara a la revolució n. De hecho, nadie
anticipó la revolució n ni la incitó entre los franceses antes de 1787. Hay que entender los
orígenes ideoló gicos de la Revolució n como un proceso de deslegitimació n del Antiguo
Régimen má s que como la profecía de un régimen nuevo. Y nada minó con mayor eficacia la
legitimidad que la literatura del libelo.
NO OBSTANTE, algunas correrías preliminares en la historia de la lectura, sabemos muy poco
sobre la forma en la que los lectores respondieron a los libros durante el Antiguo Régimen.
Nos hemos enterado só lo de lo necesario para desconfiar de nuestra propia intuició n, pues
cualesquiera que puedan ser las respuestas, sucedieron en un mundo mental tan diferente al
nuestro que no podemos proyectar nuestra propia experiencia en la de los lectores franceses
ante los textos doscientos añ os atrá s. Sin embargo, en mi opinión es válido hacer una
mínima afirmación: las reacciones de los lectores, si bien variadas, tendieron a ser
fuertes. En un tiempo en el que la televisión y la radio no desafiaban la supremacía de la
letra impresa, los libros suscitaban emociones y sacudían el pensamiento con un poder
que hoy en día no alcanzamos a imaginar
Segú n esta tesis, la experiencia de la lectura fue bá sicamente “intensiva” hasta mediados del
siglo XVIII y “extensiva” en adelante. La “intensidad” se derivaba de la prá ctica de leer unas
cuantas obras, la Biblia en particular, una y otra vez, con frecuencia en voz alta y en grupos.
Cuando los lectores optaron por lo “extensivo”, se volcaron hacia una gran cantidad de
materiales impresos, en especial publicaciones perió dicas y narraciones ligeras, sin
considerar má s de una sola vez el mismo texto.
Nada así sucedió en el siglo XVIII. La tecnología de la impresió n, la organizació n del comercio
del libro y la educació n de los niñ os no difirieron fundamentalmente de lo que existía cien
añ os antes. Aunque los gustos cambiaron y creció el pú blico lector, la experiencia de la lectura
no se transformó . Se volvió má s secular y variada, pero no menos intensa. No pasó por una
revolució n.
Desde luego que los textos mismos contienen numerosos indicios sobre las respuestas que
anticiparon los autores y los impresores. Se asumía, por ejemplo, que los libros pornográ ficos
se leían con fines de estimulació n eró tica. De ahí la famosa observació n de Rousseau sobre los
“libros que se leen con una sola mano”
Los documentos de Jean- Charles-Pierre Lenoir, el má s importante teniente general de la
Policía parisina en los añ os anteriores a la Revolució n, deben leerse con sumo cuidado, pues
Lenoir los compuso en diferentes momentos entre 1790 y 1807, cuando salió huyendo de la
Revolució n Francesa. Quiso defender su administració n en contra de los revolucionarios,
quienes lo habían acusado de abusar de su poder y lo habían expulsado del país. Pero Lenoir
asimismo quería entender qué había provocado la caída del Antiguo Régimen. Y él sabía tanto
sobre las maquinaciones internas que sus observaciones, depositadas en el borrador de unas
memorias que nunca concluyó , ofrecen valiosa informació n sobre las actitudes y las políticas
hacia los libros prohibidos en los má s altos niveles del gobierno francés.
No tenemos acceso a las mentes de los hombres y mujeres como para apreciar la forma en la
que hace dos siglos manipulaban los textos. Só lo las podemos estudiar indirectamente, por
medio del testimonio de los autores, los impresores, los libreros, los funcionarios del gobierno
y del lector ocasional que dejó algú n registro de su reacció n. Pero todas las evidencias señ alan
en la misma direcció n: los lectores se tomaban en serio la literatura prohibida. Toda ella, esto
es, salvo por un documento final.
El pasaje sugiere, en efecto, que el pú blico no creía todo lo que le surtían los libellistes, pero
no demuestra que los lectores se negaran a tomar en serio los libelles. Por el contrario, hace
una distinció n entre la calumnia exagerada, la cual era capaz de producir una reacció n en
sentido inverso, y los ataques má s moderados a los abusos de poder, los cuales podían poner
al pú blico en contra de los déspotas del gobierno. En este caso, la descripció n del “pú blico”
que ofrece Mercier parece aplicarse en primer lugar a gente como él, es decir, a personas bien
informadas, a los enterados en el mundo de las publicaciones y de los asuntos pú blicos.
Al igual que muchos de sus contemporá neos, columbró un proceso indirecto por medio del
cual los libros fijaban el derrotero de la opinió n pú blica y la opinió n pú blica daba forma a los
acontecimientos. Só lo que esa noció n es también una construcció n ideal, expresada en su
forma má s noble
La opinión pública
Sin embargo, una breve discusió n del tema acaso ayude a despejar el camino para un estudio
posterior así como para responder una ú ltima objeció n: tal vez los libros prohibidos no
afectaron del todo a la opinió n pú blica; tal vez só lo fueran su reflejo. Esta tesis se apoya en dos
tipos de argumentos sobre el carácter autó nomo de las actitudes hacia la monarquía entre la
gente comú n en París. Segú n el primero, se puede detectar una visió n “desacralizada” de la
realeza a partir de pequeñ os cambios espontá neos en la vida diaria de los parisinos.1 Segú n el
segundo, los parisinos comenzaron a expresar una hostilidad abierta hacia el rey en la década
de 1750 y tal vez incluso antes.
El primer argumento se deriva de algunas otras observaciones sobre la vida diaria en el
Tableau de Paris. Mercier observó que los vendedores de cosas usadas vendían viejos sellos
en hierro forjado con figuras pintadas de los reyes y de las reinas y que los parisinos
compraban sin pensar una imagen de Luis XVI o de Catalina II para colgarla en el exterior de
sus tabernas o de sus estancos. Tampoco dudaban en comprar “pasteles à la royale” y “carne à
la royale” en las tiendas de comida.3 Segú n Roger Chartier, este empleo informal de imá genes
y palabras demuestra una “desinvestidura simbó lica y emocional” que desacralizó a la
monarquía, robá ndole todo “significado trascendente”. De hecho, esto explica el éxito de los
livres philosophiques, pues la desacralizació n de las actitudes vino primero que la publicació n
de los libros má s que al revés.
Algunos de los informes estaban redactados en forma de diá logos, de manera que al leerlos
uno puede imaginarse el tono de las discusiones políticas de hace má s de 260 añ os. Sin
embargo, es preciso abstenerse de semejante fantasía, pues los espías de la policía no eran
estenó grafos y sus informes, al igual que todos los documentos histó ricos, só lo son textos, no
ventanas transparentes hacia el pasado. Aun así, los informes revelan lo suficiente para
hacernos una idea general de la forma en la que se expresaban los parisinos sobre Luis XV al
comienzo de su reinado.
No obstante la imperfecció n de las fuentes y las imprecisiones que circundan a la sola idea de
la opinió n pú blica, parece claro que a mediados del siglo XVIII se desplomó el respeto del
pú blico por la monarquía. Se pueden localizar numerosas razones para este cambio: la
humillació n en los asuntos exteriores luego de la guerra o de la Sucesió n de Austria, la crisis
fiscal y la controversia sobre el impuesto vingtième y la agitació n jansenista, la cual produjo
una nueva ronda de fuertes conflictos entre la corona y los parlamentos. Buena parte del
descontento se concentró en la vida privada del rey, la cual alimentó los “ruidos pú blicos” en
el momento mismo en el que el rey perdió el contacto con el pú blico y abandonó algunos de
los rituales clave de la realeza
Pero al llegar aquí creo oportuno hacer una advertencia sobre el costal de trucos que los
historiadores les hacen a los muertos. He empalmado unos informes policiales con un relato
sobre el jansenismo popular, ordenando la cronología y añ adiendo observaciones etnográ ficas
de forma tal que los añ os inmediatos a 1750 aparezcan como un quiebre crucial en la historia
de la monarquía francesa. Lo hice de buena fe. Pero lo que hice fue plantear un asunto, nada
má s que eso, y no puedo pretender conocer lo que hace que un sistema de valores se rompa.
Es cierto que parece extravagante pensar que los franceses pudieron haber leído algunas de
las picantes relaciones de las vidas privadas de los reyes y que luego, de pronto, como
consecuencia de sus lecturas, perdieron la fe en su realeza. La destrucció n de la fe tal vez
suceda en un nivel má s bá sico, ahí donde se encuentran los rituales sagrados, por un lado, y
por otro los patrones de la conducta cotidiana.
Sin embargo, también parece exagerado sostener que algo, en este nivel visceral de la fe, se
quebró hacia 1750, distanciando permanentemente al pueblo de su soberano. El sonido, el
dolor de la herida no aparecen en los documentos. Puedo identificar un cambio de tono en los
chismes de los cafés y percibir sus resonancias en algunos cuantos diarios de la época, ¿pero
es eso suficiente para respaldar una afirmació n mayor relativa al colapso de la legitimidad en
un antiguo sistema político? Antes de 1750 es posible localizar una gran cantidad de charlas
furiosas relativas a los reyes y a las reinas. Segú n Arlette Farge, experta en archivos policiales
y en la historia de los pobres de París, las críticas a los soberanos se remontan a los primeros
añ os del siglo XVIII.14 Yo sostendría que eso tuvo que ver en todas las explosiones políticas en
la etapa temprana del París moderno: sobre todo en las grandes crisis de 1648- 1652, 1614-
1617 y 1588-1594, que en comparació n hicieron ver como moderados los problemas de
mediados del siglo XVIII. En lugar de hablar de una escisió n que cortó el apego del pueblo con
la corona en 1750, me parece má s razonable imaginar una serie de impactos y un proceso de
erosió n a largo plazo
¿Causa o efecto? ¿Denigració n por vía oral o impresa? Las preguntas poseen una confusa
cualidad “y/o”. Los libelles y mauvais propos existieron simultá neamente, repitiéndose y
reforzá ndose entre sí en su desarrollo en un amplio período. Ambos dieron forma y
expresaron a la opinió n pú blica conforme ésta también cambiaba de forma y reunía fuerza a
lo largo de los siglos. Darle prioridad a un elemento por encima del otro es perderse en una
discusió n sobre el huevo y la gallina en busca de la causa original. De lo que se trata, tal y
como yo lo veo, no es de determinar qué fue primero o qué causó qué, sino má s bien entender
la forma en la que todos los medios interactuaron en el proceso de la formació n de la opinió n
pú blica.
“Los medios” traen a la mente ideas sobre la televisió n, la radio y la prensa diaria. Francia no
contaba con nada de esto –el primer diario francés, el Journal de Paris, se empezó a publicar
en 1777, pero tenía muy poco de eso que reconocemos como “noticias”–, y sin embargo los
franceses recibían una gran cantidad de informació n por medio de los sistemas de
comunicació n propios del Antiguo Régimen. La palabra se difundía por medio de los chismes,
las canciones, las cartas, los impresos, los carteles, los libros, los panfletos, las gacetas
manuscritas y los perió dicos de todo tipo –las publicaciones extranjeras y la prensa oficial
francesa controlada por la censura–. Cuando los historiadores han llegado a estudiarla, por lo
general han tratado a la opinió n pú blica como una idea que discutían los filó sofos má s que
como una fuerza que le da forma a los acontecimientos
No só lo por medio de la popularizació n en las publicaciones perió dicas de las ideas
desarrolladas en los libros. Las publicaciones perió dicas transmiten novedades. Lo mismo
hicieron los chismes de café y los gacetilleros clandestinos, dos variedades de nouvellistes que
difundían las noticias por los circuitos de comunicació n orales y escritos. Para seguir el
derrotero de la opinió n pú blica es preciso consultar la obra de estos periodistas premodernos.
Só lo que está condenado al desencanto aquel historiador que busque en estas fuentes las
señ ales de la inminente Revolució n.

Estas paradojas se ven menos intrigantes si se considera la naturaleza de las noticias. Se trata,
creo, de una construcció n cultural: no de lo que sucedió , sino de relatos sobre lo que sucedió ,
relatos que son obra de especialistas que comparten convenciones sobre lo que es un relato y
sobre có mo debe contarse. Estas convenciones varían con el tiempo; de modo que las
novedades de un siglo pueden parecer desconcertantes para los lectores de otro siglo y
pueden diferir enormemente de los relatos retrospectivos que forman los historiadores.
Sabemos poco de lo que volvía atractivos los relatos para los lectores del siglo XVIII; pero
fuera lo que fuera, quizá s sea un error suponer que existe una divergencia muy grande entre
las narraciones de los libros y las narraciones de las novedades. A fin de cuentas quizá s los
libelles valieran la pena por su informació n
Tal vez el interés en el sexo de la realeza siga siendo hoy tan fuerte que nos impide apreciar el
atractivo de esta literatura, pero tenemos que entender la forma en la que funcionaba ese
atractivo. Suponía tres estrategias retó ricas bá sicas, cada una de las cuales tenía afinidades
con el periodismo de la época. En primer lugar, como en la noció n de que “los nombres hacen
noticia”, les ofreció a los lectores una picante sensació n de familiaridad con “les grands”. Los
libellistes emplearon recursos que Bussy-Rabutin perfeccionó –las descripciones físicas
precisas, los diá logos y los extractos de cartas– para crear la ilusió n de estar presenciando la
vida interna de la corte desde la perspectiva de un invisible voyeur. En segundo lugar, los
libellistes cristalizaron los temas generales en anécdotas, las cuales parecían transmitir el
sabor de la vida en los estratos superiores de la sociedad. Este material lo tomaron prestado
de los chismes de café y de las viñ etas de las gacetas clandestinas. De hecho, como ya vimos,
las Anecdotes sur Mme la comtesse du Barry interrumpían su relato con tanta frecuencia con
citas de las gacetas y trascendidos de los nouvellistes que en ciertas partes se leen como una
pá gina de perió dico. Pero sus anécdotas siempre ilustraban un punto general: la decadencia y
el despotismo de Versalles
En tercer lugar, a diferencia de los medios no impresos tales como los chismes y las hojas
volantes de noticias, los libelles fijaron de manera permanente estos relatos en libros,
volviéndolos accesibles a las mú ltiples lecturas de una multitud de lectores. Y a diferencia de
otros medios impresos tales como el panfleto corto y la chronique scandaleuse, no só lo
contaban breves anécdotas o las hilaban en una serie sin fin y sin forma. En su lugar, las
trabajaron en narraciones complejas, ampliando y diversificando sus significados las
anécdotas caben en el interior de una versió n procaz de la Cenicienta, que también se podía
leer como una biografía política o como una historia contemporá nea de Francia.
Nunca la versió n que tienen los historiadores de los hechos y la percepció n que de ellos se
tuvo en su momento se han alejado tanto. Esta disparidad se puede explicar de diversas
formas, pero a fin de cuentas desemboca en un dilema: o bien los historiadores han
interpretado mal las causas de la Revolució n, o la gente de la época padecía un severo
problema de falsa conciencia. De mi parte, creo que los historiadores se equivocan, no só lo
porque apenas ven algo má s que un interés de clase en la postura que asumieron los notables
y los parlamentos, sino porque no consideran lo que la gente de la época veía, esto es, no
toman suficientemente en cuenta a la opinió n pú blica. La idea que entonces se tenía de los
hechos era tan importante como los hechos mismos; de hecho, es inseparable de ellos. Esa
idea les dio significado y al hacerlo determinó el modo en el que la gente tomó partido cuando
se originó una situació n en verdad revolucionaria.

Para 1787, el pú blico lector se encontraba saturado de todo tipo de libros ilícitos, los cuales
atacaban los valores ortodoxos del Antiguo Régimen en todos los frentes. Pero los libelles
políticos tuvieron una resonancia particular toda vez que acomodaron los acontecimientos de
1787-1788 de manera especial. Al estallar la crisis, se trazaron límites y la gente tomó partido:
la gente informada, esto es, el “pú blico” que constituía la opinió n pú blica. En abril de 1787
todo el mundo en este amplio segmento de la sociedad se sintió obligado a tomar partido en
pro o en contra de Calonne.

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