Mercedes Blanco
Góngora heroico. Las Soledades y la tradición épica
Centro de Estudios Europa Hispánica, Madrid, 2012, 444 p.
ISBN: 978-84-15245-22-3
José Manuel Rico García
Universidad de Huelva
[Link]@[Link]
Luis Gómez Canseco
Universidad de Huelva
canseco@[Link]
La aparición casi simultánea de los ensayos de la profesora Mercedes Blanco
Góngora o la invención de una lengua (Universidad de León, 2012) y este Gón-
gora heroico vienen a coronar una trayectoria investigadora en el gongorismo de
más de veinte años, cuyo primer gran hito fue la monografía Les Rhétoriques de
la Pointe (París, 1992). Ambos ensayos constituyen una summa gongorina que
da respuesta a muchos de los puntos más controvertidos de la obra del «Píndaro
andaluz». Blanco se ha impuesto en el Góngora heroico el reto de reconstruir
los cimientos de una invención singular como fueron las Soledades. Sin trampa
ni cartón, señala desde el título a la tradición épica e invita a los lectores a un
detallado recorrido intelectual por las páginas de un libro tan hermoso en su
presentación como sabio en su fondo, en el que la literatura se mezcla con el
arte, la geografía y la historia.
El ensayo se organiza en doce capítulos cohesionados por una línea argu-
mental nítidamente trazada, que se formula de forma sintética en el propio
título: examinar las cualidades, las fuentes y reminiscencias de la poesía épica y
de lo heroico en las Soledades, desde la premisa de que Góngora violenta cons-
cientemente los principios de la epopeya, como advirtió uno de sus más sagaces
comentadores, Martín Vázquez Siruela, quien apuntó una clave reveladora, se-
ñalando que el poeta «rompió los canceles que él mismo se había puesto y salió
con aquellos partos heroicos».
Los versos de la Primera Soledad desconcertaron a sus primeros lectores, y aún
hoy, cuatrocientos años después, seguimos proponiendo respuestas a sus intencio-
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nes. La mayor parte de los primeros comentaristas pensó, como en el caso de Jáu-
regui, que el intento de Góngora en las Soledades «fue escrevir versos de altísimo
lenguaje, grandílocos i heroicos», un dictamen condicionado por la consideración
del estilo, por el tono general de la obra y por el empleo de todos los recursos de la
elocución audaz. La inédita Sylva a las Soledades… con anotaciones compuesta por
Manuel Ponce se hacía eco de la opinión más extendida entre los críticos, a saber,
que esta silva había «errado los estilos» porque «contenía una acción lírica… y a
escripto versos cuyo nerbio es heroico». Ese nervio o aliento épico lo comunicaba
el estilo. En la desorientación provocada por el género del poema tuvo mucho
que ver la decisiva influencia de Tasso en la teoría literaria europea del siglo xvii,
y Mercedes Blanco deja testimonio de ello evaluando el peso de las proposiciones
teóricas del poeta de Sorrento en la controversia gongorina, y examinando las
Soledades a la luz de Tasso, sin dejar de marcar la distancia entre uno y otro. Tasso
definió lo heroico, lo dramático y lo lírico desde planteamientos retóricos o de
estilo y asimiló la clasificación ciceroniana de la res a los tres niveles del decorum
estilístico. Su caracterización de los géneros dependía tanto de la segmentación de
la res y del decoro que siguió puntualmente en el discurso tercero de sus Discorsi
como de la traducción con comento que había realizado Vettori en 1562 del in-
fluyente tratado Sobre el estilo de Demetrio. El estilo fue, pues, elemento definidor
para la estimación del género; pero eran muchos los componentes de las Soledades
que lesionaban los preceptos del poema heroico; principalmente, como ha subra-
yado Blanco, los que conciernen a la fábula. Las Soledades carecían, a los ojos de
los lectores de entonces, de los requisitos más elementales de la fábula, el alma de la
poesía, componente esencial del poema heroico. Por ello no extraña que, transcu-
rrido más de medio siglo de la redacción de las Soledades, un profundo conocedor
de la obra como Nicolás Antonio no hubiera percibido su hechura épica y lamen-
tara en su Biblioteca Nueva que Góngora «no se hubiese ceñido a componer algún
poema épico», pues si así hubiera sido «no tendríamos que envidiar ni a Grecia su
Homero, ni a Roma su Virgilio, ni su Torcuato a Italia.»
En el primer capítulo, «Batallas y canciones en Marruecos», se fundan algu-
nos de los argumentos recurrentes del ensayo a partir del estudio de la canción u
oda A la toma de Larache. Por un lado, esta pieza responde a la vocación heroica
que está presente en las Soledades y culmina en el Panegírico al duque de Lerma;
de otro lado, Góngora demuestra en esta composición una recta interpretación
del hecho histórico que la inspiró, cualidad que también ponderará Blanco en
los capítulos dedicados al discurso de las navegaciones del político serrano, mar-
cado, a su juicio, por un riguroso sentido histórico. Con todo, sobresale en el
capítulo una de las tesis más originales de la obra: en esta canción celebrativa está
latente una idea que se materializará en las Soledades, «glorificar la prudencia y
no la violencia, dorar con el prestigio de lo heroico las artes y las actividades de
la paz» (p. 66). Estas páginas trascienden el mero análisis de la composición para
constituir un tratado sobre la poética del epinicio o canción heroica a través de
los ejemplos de Herrera, de Barahona de Soto y del propio Góngora.
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Cabría, no obstante, haber discurrido con mayor atención en cómo muchas
de las características atribuidas a esta pieza estaban ya presentes en la Canción de
la armada que fue a Inglaterra, primer ensayo de Góngora en la canción heroica.
Incluso mantendrá de forma casi idéntica el esquema métrico formado por cin-
co estancias de 17 versos, y un envío que repite los últimos versos de la sirima
con el mismo sentido profético que el de «Levanta, España, tu famosa diestra».
En ella Góngora había demostrado un agudo sentido crítico sobre la realidad
histórica de los acontecimientos, que se declaraba en el disimulado escepticismo
con el que se contemplaba la invasión de Inglaterra; en la advertencia ante el
peligro turco; en la exhortación al rey a proteger sus costas ante esta amenaza; y
en la necesidad de reanudar la cruzada contra los infieles, rearmados después de
Lepanto. Es decir, opta, como en la dedicada a Larache, por la prudencia como
estrategia política. Como en el Apocalipsis, fuente principal junto a Petrarca de
la dedicada a la Invencible, en las dos canciones el planteamiento argumental
se esquematiza en la pugna entre dos fuerzas antagónicas, expresiones del bien
y del mal, la verdadera fe, representada por la monarquía española y los enemi-
gos de la fe. Y como en el Apocalipsis, la canción se concibe como una profecía,
modelo que queda de manifiesto de forma inequívoca en los respectivos envíos.
La cuestión del género es el asunto exclusivo de los capítulos II-VI. Desde
mediados del Quinientos, el poema heroico se convirtió en un problema de
enorme calado para la teoría y la práctica literarias, que, desde planteamientos
neoaristotélicos, alcanzó a cuestiones como la verosimilitud, la invención de la
fábula o su disposición. Si el modelo de Tasso se ofreció como paradigma per-
fecto, Góngora, como subraya la profesora Blanco, renunció de antemano a él y
optó por un camino complementario, pero bien distinto. Para empezar, desechó
lo épico en favor de lo heroico, entendiendo esta categoría como más dúctil
y abierta. En segundo lugar, optó por el cauce métrico de la silva, que ofrecía
márgenes más amplios y no predefinidos, conforme a los modelos de Estacio o
Angelo Poliziano. Por último, y en contra de cualquier principio aristotélico, se
deshizo de la fábula como eje de la narración y del suspense como mecanismo de
conexión con el lector. El resultado fue un poema que, aunque obviaba elemen-
tos claves del género, mantenía su retórica y sus recursos estilísticos al servicio de
otra materia. Mercedes Blanco ha definido esta invención poética como «epope-
ya de la paz», acudiendo al marbete que Jean Chapelain forjó para definir otro
poema singular, el Adone de Giambattista Marino. La defensa que se propuso en
1623 el entonces joven Chapelain mantiene ciertas analogías con los discursos
en defensa de las Soledades. Chapelain urdió un audaz subterfugio para acallar
las voces de quienes objetaron que el Adone no se atenía a los principios de lo
heroico, principalmente porque sus acciones acontecieron en tiempos de paz. A
quienes así pensaban respondió Chapelain arguyendo que el epilio de Marino
introducía una especie de epopeya poco común, la «epopeya de la paz», poema
cuya naturaleza admitía, incluso, entreverar burlas. Aun reconociendo Blanco
que Chapelain se sirvió de una falacia argumentativa para filiar genéricamente el
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Adone, admite que las Soledades pueden ser contempladas desde esta perspectiva
ética y estética que ya había adoptado en la Oda a la toma de Larache.
La construcción de las Soledades vulneraba, en efecto, las leyes que la poética
había establecido para el poema heroico: la fábula carecía de unidad, integridad
y grandeza; el poema no celebraba la acción particular del protagonista en una
acción heroica, por el contrario, este se comportaba como espectador semovien-
te de lo que sucedía a su alrededor. Góngora omitía el apartado de las costum-
bres, otra de las partes cualitativas del poema, pues no se proporciona ninguna
información sobre el origen social del protagonista ni sobre los confusos fines
que guían su deambular. Los censores no dieron crédito ante la actitud pasiva y
silente del protagonista, mero observador de la escueta acción que acontecía en
la Primera Soledad. De aquel mirón, como lo motejó Jáuregui, cuando concluía
la Primera Soledad, no se sabía nada. Solo después de leer el métrico llanto del
peregrino en la Soledad segunda (vv. 116-171) se puede inferir el pasado militar
y los anhelos cortesanos sugeridos mediante alusiones en la primera (vv. 167-
172), y solo entonces, por ejemplo, se acierta a comprender la intención anticu-
rialesca del «¡Oh bienaventurado albergue!» entonado por el joven náufrago. El
poema, pues, carece de lo que hoy llamaríamos las condiciones de narratividad:
los personajes no están individualizados, no sufren una transformación y, en
consecuencia, no hay una causalidad clara que motive sus acciones y dote de
coherencia a una acción o proceso casi inexistente. En suma, estos ingredientes
conforman, en ingeniosa expresión de Blanco, la «antinovela gongorina». Esta
renuncia a las condiciones de narratividad, a la causalidad que procura la trans-
formación de los personajes y el desarrollo de la acción cabe interpretarla como
el deseo de representar un mundo sin conflictos.
El texto de la Soledad primera lesionaba también otra parte cualitativa, inte-
gridad de la fábula, pues a los ojos de muchos lectores no tenía principio, medio
ni fin; ni las débiles conexiones entre las partes estaban justificadas. Góngora
había optado por el procedimiento de ruptura del ordo naturalis de más arraigo
en la tradición épica, el comienzo in medias res, comienzo que prefiguraba el
desarrollo de un poema épico. Sin embargo, para los primeros comentaristas,
que ignoraban el plan global de la obra, esas expectativas quedaban frustradas,
pues comprobaban que en la primera de las Soledades no concurrían los dos
constituyentes imprescindibles de cualquier acción bien trazada: la peripecia del
protagonista y el reconocimiento. En nuestra opinión, el veredicto final de una
censura como el Antídoto confirma, en efecto, que fue juzgado desde la perspec-
tiva de lo heroico y revela las razones de su condena de forma sumaria: «Debiera
V.m., según esto, ponderar las muchas dificultades de lo heroico, la constancia
que se requiere en continuar un estilo igual y magnífico, templando la gravedad
y alteza con la dulzura y suavidad inteligible, y apoyando la elocución a ilustres
sentencias y nobles, y al firme tronco de la buena fábula o cuento, que es el
alma de la poesía». En esto coincidieron hasta sus más conspicuos y denodados
defensores, como el Abad de Rute, que adscribió el poema en su Examen del
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Antídoto a lo lírico porque «no puede ser épico, ni la fábula o acción es de héroe
o persona ilustre ni acomodado el verso». Con todo, el mismo comentarista
consideró la filiación bizantina del poema por su comienzo in medias res y por
dilatar, como Heliodoro, la información sobre «la doncella y el mancebo, que
al fin supimos ser Teágenes y Cariclea»; y acallaba las objeciones de los críticos
sobre el ignoto peregrino de las Soledades con la siguiente socarronería: «Tras el
bautizo le vendrá la habla». También Díaz de Rivas vio la justificación de lo épi-
co en el bizantinismo de la forma, en la materia amorosa y en el simbolismo de
la peregrinación, rasgos que emparentaban el poema con un género en boga por
entonces, el relato bizantino. Tasso, en efecto, había prescrito en sus Discorsi que
la materia amorosa podía ser sujeto del poema épico y ponía por ejemplos que
cumplían este requisito las obras de Heliodoro, Aquiles Tacio, Museo o Valerio
Flaco. La concesión del Tasso permitió a Díaz de Rivas legitimar la naturaleza
heroica del poema y vincularlo a la narración de Heliodoro.
Además de intentar dar una respuesta a la cuestión del género desde los pa-
rámetros de la teoría y la práctica literarias del Renacimiento, los seis primeros
capítulos señalan numerosas fuentes y analogías inéditas, nuevos intertextos de
signo épico que operan como antecedentes y legitiman el discurso heroico de las
Soledades. En ese apartado sobresale la importancia concedida a los postulados
de Pontano y a la imitación de las silvas de Poliziano, por las que debió de inte-
resarse el joven Góngora en Salamanca, donde el Brocense se había ocupado de
editarlas y anotarlas. También en las obras latinas de Poliziano halló a Homero,
al Homero leído e interiorizado por el Humanismo toscano. Magistrales son las
páginas dedicadas a examinar las concomitancias entre el inicio de las Soledades
y el Peregrino en su patria, o el arranque de Os Lusíadas. Igualmente sugestivo
es el análisis de la presentación perifrástica del héroe, emparentada con los co-
mienzos de la Odisea y de la Eneida. A estas concomitancias se dedica de forma
específica el capítulo VI, «Márgenes idílicos del relato heroico». En él relaciona
Blanco la arcádica escena de la hospitalidad de los cabreros con un episodio
repetido a menudo en la tradición épica, el amparo dispensado por un anfitrión
humilde a un personaje noble. La fuente principal del argumento utilizado por
Góngora lo señala Blanco por primera vez: la fuga de Erminia en la Jerusalén
Liberada (VII), pasaje que pone en relación con un episodio de la Farsalia. El
peregrino de las Soledades, a diferencia de Erminia, no procede de la guerra, por
ello no inquieta a los cabreros; pero los dos son encarnaciones del desengaño. En
su opinión, Góngora, como en los ejemplos de Lucano y Tasso, pone de relieve
el carácter ejemplar de la humilde hospitalidad. La autora, como es obvio, no
elude definir el Beatus ille entonado por el peregrino como una oda horaciana;
pero lo integra en su tesis interpretativa sobre el género de las Soledades como un
remanso o paréntesis lírico de la narración; es decir, como obraban los episodios
aducidos en la Farsalia o en la Jerusalén. Creemos, no obstante, que es posible
invertir las premisas de tal planteamiento argumentativo y contemplar (así lo
hicieron algunos comentaristas) lo épico como el marco narrativo que encuadra
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el polimorfismo lírico de las Soledades. Sin querer contradecir un ápice el plan-
teamiento de la autora, mirada así, la obra responde a la estrategia de un poema
lírico. Esta perspectiva inversa no entraría en contradicción con algunas de las
conclusiones más reveladoras que proporciona el ensayo, por ejemplo, con las
extraídas del análisis de las fuentes del métrico llanto del peregrino y del canto
amebeo de la Segunda Soledad, donde, en opinión de la autora, se yuxtaponen
dos estilos y dos concepciones del amor: respectivamente, el petrarquista y el del
Renacimiento latino de raíz alejandrina representado por Poliziano, Sannazaro
y Pontano.
Ciertamente, nos descubren estas páginas que Góngora no se atuvo a nin-
gún modelo fijo, sino que integró una tradición poética en la que cabían por
igual textos griegos, latinos y neolatinos, italianos, portugueses y españoles, des-
de Virgilio a la Farsalia de Lucano, que se hace presente en una dimensión mo-
ral, los Panegíricos de Claudiano, acaso su autor preferido, las Silvas de Poliziano,
el Orlando furioso de Ariosto, la Jerusalén de Tasso o la épica penínsular, con Os
Lusíadas de Camões y la Araucana, textos ambos que leyó con particular aten-
ción. De esas lecturas, llegaron a las Soledades no solo concepciones generales del
poema, sino versos, personajes, motivos o episodios, ya sean los discursos sobre
la navegación, el asunto de la celebración marina o el referido interludio idílico
que conecta al peregrino de Góngora con la Erminia de Tasso, la fabulación geo-
gráfica o el interés por la representación viva del paisaje, aun en sus más nimios
detalles. Una especial importancia le otorga Mercedes Blanco a la influencia de
Homero, al que señala como ejemplo de enargeia o evidentia en las descripciones
del paisaje y en la elección de un destino privado para el héroe, frente a la meta
colectiva que, desde Virgilio, planteó la fábula épica. Es admirable el conjunto
de noticias que proporciona sobre la recepción de Homero en el Humanismo
europeo e hispánico, punto de partida para el análisis de los vestigios homéricos
hallados en las Soledades. Mercedes Blanco ha sido capaz de reconocer alusiones
homéricas que no fueron apreciadas por los comentaristas antiguos. Entre las
reminiscencias señaladas, la más significativa, por su relación con la tesis soste-
nida a lo largo del trabajo, es, en nuestra opinión, la que interpreta la irrupción
del peregrino, por el azar y el infortunio de un naufragio, en un lugar utópico,
escenario de una armonía social que su amigo Pedro de Valencia había cifrado en
el microcosmos habitado por los feacios que acogieron a Odiseo antes de su re-
greso a Ítaca. Pedro de Valencia, sin embargo, animó al poeta a seguir el ejemplo
de los autores griegos, «aquellos grandazos», porque no reconoció su influencia
en el texto de las Soledades que le había remitido Góngora para que lo juzgara.
De especial interés resulta la dimensión política que este Góngora heroico
reserva al poema a partir del excurso sobre las navegaciones contemporáneas de
españoles y portugueses en la Soledad primera. De acuerdo con las lecturas de
Robert Jammes o John Berverly, Góngora estaría invitando a moderar la codicia
conquistadora del imperio y sus súbditos con una ambición prudente y atenta,
sobre todo, a la paz y la prosperidad del reino. Esta segunda parte, comprendi-
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da entre los capítulos IX-XII, se integra en la línea argumental del ensayo para
reforzar la tesis central, pues en un elegante ejercicio de erudición y sutileza
crítica Blanco demuestra que el combate con el mar narrado sumariamente es
un relato épico en miniatura, y que las representaciones cosmográficas son un
ingrediente de la composición de numerosos poemas heroicos, algunas de las
cuales pudieron ser el germen del discurso de las navegaciones, como la profecía
de los descubrimientos del canto XV de la Jerusalén o la descripción del orbe
enunciada por Astolfo en el Orlando furioso, donde reconoce la huella de la
profecía de Séneca en la Medea, que Lía Schwartz había señalado como fuente
del pasaje gongorino. Tampoco renuncia a examinar la impronta de Os Lusíadas
y la Araucana en pasajes y versos del discurso del político serrano. Muchas de
las páginas de esta parte vienen a explicar sentidos inéditos, como el apartado
dedicado a reconocer, sin perder de vista los modelos de Lactancio y Claudiano,
la ubicación del Fénix, el pájaro de Arabia, en las islas de las especias halladas por
los portugueses, entre Ceilán y las Molucas.
A partir de la metodología aplicada por Alexandre Doroszlaï en el estudio
de la geografía del Orlando a través de la colección de mapas que poseían los
duques de Ferrara en tiempos de Ariosto, Blanco se ocupa de examinar qué
fuentes cartográficas inspiraron el mapamundi verbal del texto de las Soledades,
y halla esas fuentes en los mapas histórico-literarios de Ortelius, en los atlas
impresos en los Países Bajos en la segunda mitad del xvi y en los mapas murales
de vastas regiones. A esta exposición magistral que nos ofrece Blanco sobre los
procedimientos de la creación en el Renacimiento y sobre la convergencia de las
artes cabría añadir que cosmógrafos contemporáneos de Góngora sobresalieron
por sus intereses humanísticos y literarios, como es el caso de Antonio Moreno
Vilches, quien mantuvo una intensa relación con Caro, Tamayo de Vargas, Es-
pinosa o Robles, y no fue ajeno a la controversia gongorina.
Recupera Mercedes Blanco en estos capítulos la historicidad del poema y el
trasfondo político de esta epopeya de la era de los descubrimientos, pues subraya
que la composición de las Soledades coincide con las últimas tentativas españolas
de conquistar nuevos territorios en el Pacífico y de abrir nuevas rutas comercia-
les con el fin de atenuar el impacto de la expansión holandesa, tentativas que
ilustra, entre otros ejemplos, con la semblanza de Pedro Fernández de Quirós,
cuyos entrañables afanes por conquistar la terra australis incognita fueron des-
oídos. Pero esta dimensión política corre pareja con la interpretación moral del
poema. Góngora reelabora con materiales y tópicos clásicos la execración de la
navegación moderna y de sus causas. El discurso, impregnado de fatalismo, des-
estima que tales empresas de expansión estuvieran justificadas por responder a la
representación de una monarquía ejemplar o a la propagación de la fe; lo cual no
impidió, como hemos expuesto en otro lugar, que una retórica para dominicos
que permanece manuscrita en la Biblioteca Colombina, la Lengua española culti-
vada, obra de fray Antonio Ruiz de Cabrera, viera en esos versos de Góngora la
misión profética y evangelizadora de los españoles dictada por Malaquías.
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La pesimista reprobación, sin concesiones, del político serrano se hace desde
un promontorio, con la mirada puesta en el mar, escenario de siniestras des-
dichas; mirada contemplativa y simbólica, entendemos, desde la atalaya, que
adquiere una intención moral enraizada en el humanismo cristiano y en el refor-
mismo postridentino. Esa atalaya se sitúa, por contraste con lo descrito y con el
mundo del que proviene el peregrino, en una naturaleza y sociedad armónicas,
sin conflictos, sin violencia, preservadas de las contingencias de la historia. De
ahí la conexión con la literatura latina y su condena moral del imperio como
fuente de codicia y origen de la decadencia y la corrupción de la costumbres. La
alternativa de don Luis sería una sociedad más pequeña y menos ambiciosa, tal
como había defendido su amigo y censor Pedro de Valencia en el discurso Acerca
de las enfermedades y salud del reino, donde, tras denostar el Imperio y las con-
quistas de ultramar, afirmaba, desde una suerte de estoicismo público, que «el
reino puede ser gobernado y sustentado en paz, con templanza y gastando mo-
deradamente». Góngora adopta una posición comprometida frente a su tiempo
y frente a la historia mediante una voz autocrítica que infunde serenidad lírica
al discurso. Si se nos permite el oxímoron, el «héroe lírico» es en esos versos la
proyección del propio Góngora, como lo es el peregrino en la contemplación
de un universo idealmente concertado que el lector admira a través de sus ojos.
Sobre las Soledades se han ido sedimentando comentarios monumentales,
exámenes críticos y juicios sesudos que en ocasiones han terminado por sepultar
los versos bajo el peso de una erudición estéril. No encontrará el lector sabiduría
inerte en este Góngora heroico, sino saber que ilumina con nueva perspectiva el
sentido de versos y pasajes de las Soledades y su intención global. La creación
poética está sometida a una constante confrontación con las obras que la pre-
cedieron. En poesía el aura de los grandes autores es especialmente perceptible
porque las palabras son menos perecederas que los significados que soportan.
Mercedes Blanco nos ha regalado una lección sobre ello con el ejemplo de la más
singular creación gongorina.
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