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El Lector Insumiso

Este largo documento describe la transformación del lector solitario en una figura responsable de fomentar la lectura a nivel nacional y cuantificar su actividad lectora. Relata cómo la lectura pasó de ser una actividad privada e íntima a estar regulada por objetivos e indicadores, presionando al lector a leer rápido y cumplir cuotas. Esto ha llevado al último lector a renunciar a la lectura en señal de rechazo a las convenciones hipócritas construidas alrededor de los libros.

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El Lector Insumiso

Este largo documento describe la transformación del lector solitario en una figura responsable de fomentar la lectura a nivel nacional y cuantificar su actividad lectora. Relata cómo la lectura pasó de ser una actividad privada e íntima a estar regulada por objetivos e indicadores, presionando al lector a leer rápido y cumplir cuotas. Esto ha llevado al último lector a renunciar a la lectura en señal de rechazo a las convenciones hipócritas construidas alrededor de los libros.

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No hay vicios más difíciles de erra-


dicar que aquellos que popular-
mente se consideran como virtudes.
Entre ellos, el vicio de la lectura es el
principal.
Edith Wharton

De pronto toda la expectación fue a caer sobre el último lector.


Solamente porque era el último. De otra forma nadie le habría
prestado la menor atención. Lo mismo le sucedió a San Ambrosio
cuando un día cerró la boca para leer. En medio del murmullo
habitual de las celdas, su silencio fue estentóreo. Algunos condis-
cípulos le lanzaron miradas de horror; entre ellos San Agustín,
que escribió sobre el hecho en medio de su propio escándalo. Los
ojos de San Ambrosio recorrían las páginas, “pero su voz y su
lengua descansaban”, y aquella lengua inmóvil revestía una im-
portancia enorme para la historia posterior de la humanidad. Se aca-
baba de conquistar la privacidad del lector y con ella nacían también
los furores de la posesión, la lectura en lo oscurito. Pero eso era
sólo el principio, porque leer así, digamos, egoístamente, en la
intimidad, para sí mismo —pero sobre todo, fuera de la audición
de los demás, sin censor, sin horarios, sin guía— amplió de in-
mediato las posibilidades de evasión y placer del lector silencio-
so. Leer se había convertido en una fuerza absorta. Frente a sus

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ojos aparecieron las estanterías prohibidas y se multiplicaron ad
infinitum las posibilidades de la biblioteca. Podía leer cualquier
cosa, a cualquier hora, en cualquier lugar. Y pronto aprendería
a construir su refugio incluso en las condiciones más hostiles:
oculto entre la multitud de los cafés o encerrado en el baño (el
monasterio secular de la lectura), leyendo de pie en la librería
ambulante del metro o aislado en su habitación. Una libertad
conquistada de aquel modo, sin límites espaciales y con enor-
mes facultades de maniobra e introspección, terminó por abrirle
un formidable apetito. Así, el lector insaciable se precipitó duran-
te siglos tras los libros.
¡Qué nostalgia siente el último lector por su intimidad perdida
ahora que todo el mundo —los maestros, los padres de familia,
los secretarios de Estado— le piden cuentas y se preocupan por
él! Bajo la mirilla de una época iletrada, el lector ha dejado de ser
un sibarita de las tapas duras, para convertirse en un prócer de las
buenas conciencias. Es el último de su especie y sobre sus espal-
das recae la continuidad de la cultura, es decir, de la civilización.
Cuánta responsabilidad para un muchacho que sólo quería saber,
una tarde en la que no tenía ganas de hacer la tarea, si Gregorio
Samsa había vuelto a ser él mismo. Tumbado en su cama, el mu-
chacho cruza de un lado a otro las páginas, lenta, perezosamente,
deteniéndose en cada palabra. Se rasca la cabeza, se pedorrea, se
siente feliz; nada le gusta más que estar solo. Sin embargo, desde
hace algunos minutos alguien llama con insistencia a la puerta.
Se trata de un encuestador. ¿Y qué quiere? Hacer algunas pregun-
tas para el “Estudio sobre los Comportamientos de la Compra
de Libros” en relación con variables como la estacionalidad (sic),
los géneros literarios y la escolaridad, cuyos resultados serán de
vital importancia para implementar el “Plan Quinquenal de Fo-
mento a la Lectura”. El encuestador promete no quitarle mucho
tiempo, esa materia tan preciada para el lector. ¿Le gusta leer?

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¿Cuánto tiempo dedica diariamente a la lectura? ¿Compra usted
libros para disfrute personal? ¿Cuántas páginas lee por minuto?
Califique del 1 al 10 el libro que está leyendo en este momento…
He aquí cómo el tiempo de la intimidad ha quedado oficialmente
condenado a desaparecer bajo la tiranía del saber cuantificable.
Ahora el lector debe acumular títulos y aprender técnicas de lec-
tura rápida y abultar su currículo con bibliografía, porque de él
ya no sólo depende el futuro del libro sino también la estabilidad
macroeconómica y los índices de lectura impuestos por los orga-
nismos internacionales —¡si lees menos de veinte libros al año,
nos dará un infarto!— Ya lo sabemos: la información, a diferen-
cia de la literatura, es regulada diariamente por relojes mecánicos
que promueven lectores mecánicos y escritores mecánicos entre-
gados compulsivamente a la recreación inmediata y coyuntural
—vacía— de la realidad que alimenta al sistema.
El reino del juego, de lo gratuito, ha sido suplantado por el im-
perio del cálculo. ¡No divagues, no imagines, no tiendas puentes
entre una cosa y otra: la lectura es una obligación moral que la
reflexión crítica destruye! Y sobre todo: ¡No pierdas el tiempo!
Así, los pensamientos del último lector —y qué bueno que sea el
último, pues de eso se trata, de extinguirlo por completo— son
coaccionados a seguir el ritmo del statu quo, un territorio contro-
lado donde los políticos y los empresarios no dejan de admirar
públicamente las virtudes de los libros, pero han proscrito para
siempre las horas de ocio para leerlos.
El hábito de la lectura es tan bueno como el ejercicio diario, la
sobriedad, la costumbre de madrugar. ¡Y previene el Alzheimer!
En efecto, el lector nunca había sido tan ejemplar como cuando
comenzó a desaparecer. Su epitafio podría decir sin ironía: “Fui
un lector adicto, hasta que el vicio de la lectura se me convirtió
en virtud”. Y si no, pensemos un momento en este hecho: justo
cuando el adolescente, desparramado en la cama, comenzaba a

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disfrutar su primera novela, lo han convertido en héroe nacio-
nal. Levántate y lee. Qué monserga. El lector ha sido finalmente
alcanzado por el Plan Quinquenal de Fomento a la Lectura. Toda
pereza indecente ha quedado desterrada; lo mismo que la vora-
cidad. Y ya nunca podrá exclamar con orgullo aquella frase de
Charles Lamb: “A mí no me importaría ser sorprendido solo en
los serios corredores de una catedral leyendo Cándido...”.
No es extraño que una mañana el lector torturado perdiera para
siempre el apetito. No le interesaba ya nada, ni siquiera Salinger.
Su deserción escandalizó a los maestros, a los académicos, a los es-
critores, a los intelectuales y a George Steiner quienes culparon de
inmediato a la televisión, al iPod, a la prisa, al fin de las humanida-
des, a internet. Y sobrevino entonces la era detestable de los predi-
cadores del libro, cientos de escritores bienpensantes dedicados a
pregonar en todos los medios de comunicación los beneficios que
reporta tener la nariz metida en los libreros —esa calistenia del es-
píritu imprescindible para sostener la conversación más banal— o
la forma en que nos hacemos mejores personas por obra y milagro
de la letra. El escenario parecía impensable: cientos de editores y
maestros agradeciendo a toda esa buena gente de la tele que presta
su imagen para ganar lectores, aunque en el fondo no les guste
leer. Porque, según el dictamen de las editoriales corporativas que
promueven a sus autores como si fueran payasos de circo, hoy ya
nada gana lectores más que la tele. Que vengan los conductores de
la barra matutina a contarnos un resumen del Quijote. Que Carlos
Cuauhtémoc Sánchez adoctrine a los jóvenes con su moral reac-
cionaria. Eso es mejor que nada, dicen los maestros de secundaria
sin temor a hundirse entre sus falsas premisas, eso es mejor que
buscar inútilmente las perlas en el estercolero.
Tantas manos enlazadas alrededor del fuego perdurable del
libro están haciendo un gran trabajo, están a punto de sofocarlo
para siempre.

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Hay algo si no perverso, por lo menos sospechoso en ese ingre-
so estelar de la literatura (antes la loca de la casa) a la sociedad del
espectáculo. Es el momento de su domesticación final, alcanzan-
do así el ideal de sus detractores: convertirse ella misma en simu-
lación, representar el papel de institución inofensiva y respetable,
santificada y obligatoria, una literatura llena de lugares comunes
y buenas intenciones que ha declinado para siempre al peligro.
La conversión del escritor en marca de prestigio para noticieros y
secciones culturales, no hace más que consentir el triunfo de eso
que Vila-Matas ha llamado “los enemigos de lo literario” (“pienso
poner bombas mentales en todas las casas de todos esos canallas
que están destruyendo la literatura, de todos esos hombres de ne-
gocios que editan libros, todos esos directores de departamento,
líderes del mercado, equilibristas del marketing, licenciados de
economía”) y que en otra ocasión Kundera describió como “las
termitas de la reducción”, es decir, la forma en que los medios
han sumido la cultura en una mediocridad estándar. No es que el
escritor deba blasfemar en cadena nacional (oh, glorias de la au-
tocensura), es tan sólo que se ha convertido en un títere elocuente
del mismo poder que a veces critica.
Tal vez por eso, el lector simplemente ya no desea leer más.
Con su renuncia quiere decirnos algo. Ha gritado que no, llevan-
do al extremo la actitud radical que ha perdido la literatura, y le
ha cerrado la puerta —quizá para siempre— a ese objeto rectan-
gular que otros veneran como si fuera una urna. En su negativa se
expresa un repudio, una desconfianza implícita a las convencio-
nes más hipócritas que en las últimas décadas se han construido
alrededor del libro, quitándole la fuerza crítica que lo hace respi-
rar. Es probable que durante su infancia, el lector insumiso pasara
de los libros al álbum de estampillas y de ahí a algún juego que se
prolongaba hasta el anochecer, sin que hubiera fronteras entre una
cosa y otra. El libro pertenecía a la misma esfera intemporal del

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juego donde ningún reloj daba la hora; volvía a empezar en cada
lectura, abría puertas hacia regiones cada vez más vastas. Quizá
con el paso de los años se habría convertido en un lector ávido,
incluso extremo, insaciable, para quien la lectura nunca termi-
naría, porque continuaría en el libro siguiente, en el que estaría
por descubrir. Pero ha ocurrido todo lo contrario: se ha vuelto un
adolescente receloso, un antilector, que no desea domar sus zonas
salvajes, aquella parte de sí mismo donde ha continuado siendo
niño o artista. En el colegio, esa zona ha sido condenada al rincón
de los reportes de lectura, los exámenes de opción múltiple, las
fichas biográficas, nada. Y en la radio, los periodistas y los autores
no hacen más que respaldar (¿sin darse cuenta?) el sentido del
deber que defienden los políticos con su retórica vacía. ¡Seamos
un país de lectores! Indócil, el joven se preguntará, como lo hizo
hace más de un siglo Edith Wharton: “¿Por qué todos deberíamos
ser lectores? No se espera que todos seamos músicos, pero sí que
debamos leer...”. Y proclamará la negación de la lectura y será el
bárbaro que escupe todas las tardes sobre los bigotes de Flaubert,
del mismo modo que Flaubert escupía sobre los bigotes de los
filisteos de su época...
Además de una provocación, el lector que ha dejado de leer
plantea una paradoja: si ha abandonado la lectura en la adoles-
cencia —del mismo modo que Rimbaud dejó la poesía—, ha sido
sólo para recuperar su fuerza liberadora. Tiene ansias de vivir y
está construyendo su autonomía. Por eso sus frustraciones con el
libro, un aparato de tortura que ya sólo le produce aflicción, ha-
blan más de nuestro fracaso —de nuestras imposturas— que del
suyo. Su insumisión señala una derrota: los libros ya no le ofrecen
refugio frente a la hostilidad del mundo, porque se han conver-
tido ellos mismos en productos y réplicas de esa hostilidad. Los
libros han sido domados. Ningún discurso oficial disipará esa
desilusión; todo lo contrario: legitimará su radicalidad. Y el lector

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insumiso buscará otros caminos, será un nómada de la red y sus
zonas autónomas, aún no confiscadas; escuchará a Radiohead,
pasará la tarde en el cine. Y al final del día, serán las palabras de
Thom Yorke o Kurt Cobain las que habrán alterado su conciencia
con una fuerza mucho más inquietante y turbadora que todos los
libros placebo que nos invitan a leer en los medios. Entonces no
es el lector quien está siendo amenazado por las horas que dedica
a bajar música de su computadora; es todo el sistema literario en
pleno (es decir, los usos y costumbres de una comunidad reunida
alrededor del libro, una comunidad históricamente seducida por
los cantos de sirena, hambrienta de poder) el que ha entrado en
una fase de adiestramiento y pasividad, plegándose dócilmente a
los mecanismos que la dictadura de lo consumible ha impuesto
sobre todas las esferas de la vida. El mercadeo inescrupuloso de
la literatura promueve una lectura filistea y mecánica, una lectura
inofensiva y lábil, que se escuda bajo el argumento de que vender
cualquier libro es mejor que no vender ninguno.
En el siglo Gaetano Volpi, un librero de Padua, vivía
torturado por una idea fija: el Mundo existe como una conspira-
ción contra el Libro. Esa convicción paranoica lo llevó a tomar
medidas de seguridad extremas en su biblioteca, como desterrar
a los niños y prohibir la entrada a los ladrones. Más que dar a
leer los numerosos volúmenes que poseía, su ideal era vigilarlos
lo mejor posible. En 1756, publicó sus famosas Advertencias, un
prontuario de instrucciones para proteger al Libro contra los
cuatro elementos. Aunque imaginó todas las amenazas posibles,
desde las gotas del aliento hasta las inundaciones y los terremo-
tos, nunca pensó que el verdadero enemigo estaba en casa y era
él mismo. Un día Volpi tuvo un ataque de melancolía, durante el
cual imaginó, aterrorizado, el incendio de su biblioteca. Algu-
nas horas después, en medio de su pesadumbre, rozó un libro
con una vela por distracción. Había caído en la trampa de sus

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terrores imaginarios y pocas horas más tarde murió entre las
llamas de su biblioteca.
Algo semejante ocurre en estos días en los que proliferan las es-
cenas de pánico ante el desinterés de los lectores, la debacle de las
librerías y la crisis editorial. Como Gaetano Volpi vivimos domina-
dos por el terror a la conspiración contra el Libro sin sospechar que
el asesino está en casa y somos nosotros mismos. Es decir: hemos
elegido proteger los libros evitando que se lean. Nacido del miedo
ante su desaparición, el deber leer es una respuesta histérica que sólo
produce una fobia legítima en los lectores. En un prontuario con-
temporáneo sobre los peligros que acechan al libro, deberían figurar
en primer lugar los programas oficiales de enseñanza de la literatura,
junto con los resúmenes del Quijote y las lecturas obligatorias (¡y en
una semana!) de Madame Bovary. Toda esa penosa esclavitud de la
letra le hace más daño al futuro del libro que cinco horas de teleno-
velas. Cosa curiosa: la esclavitud de la letra promueve el mismo tipo
de lectura ciega que alienta el mercado: una lectura veloz, superflua,
que aleja al lector de su propio pensamiento (“no podemos pensar
—escribió Connolly— si no tenemos tiempo de leer”).
Los libros son una pasión electiva, no un imperativo. Del mis-
mo modo que a nadie se le puede obligar a soñar o amar, la inti-
midad con el libro, dice Daniel Pennac, no es algo que se pueda
decretar ni promover a través del yugo. Desde cierta perspectiva,
los libros, ya lo sabemos, no sirven para nada. La lectura es un
acto libre, fortuito, a veces difícil. Tiene que ver con los estados de
ánimo y las cosmogonías individuales, con el tipo de mundo que
cada lector quiere ir creando para sí mismo. Por eso no hay forma
de perpetuarla más que asumiendo su carácter impráctico e indó-
cil. En contra de la santurronería de la lectura que hoy impera en
los medios, el lector insumiso ha hecho su elección, defiende una
posición, libera una zona del espíritu. Sabe que se encuentra ante
las puertas de un incendio.

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