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Urbanización en el Perú: Historia y Proceso

El documento describe el proceso de urbanización en el Perú desde la época colonial hasta la actualidad. Durante la época colonial, las ciudades se desarrollaron de forma orgánica alrededor de las iglesias, con calles irregulares. En el periodo colonial tardío, hubo un esfuerzo por racionalizar las ciudades con trazados de cuadrícula. Sin embargo, la población a menudo se asentó de forma espontánea, siguiendo caminos existentes. En los últimos 50 años, el Perú ha experimentado una rápida urbaniz
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Urbanización en el Perú: Historia y Proceso

El documento describe el proceso de urbanización en el Perú desde la época colonial hasta la actualidad. Durante la época colonial, las ciudades se desarrollaron de forma orgánica alrededor de las iglesias, con calles irregulares. En el periodo colonial tardío, hubo un esfuerzo por racionalizar las ciudades con trazados de cuadrícula. Sin embargo, la población a menudo se asentó de forma espontánea, siguiendo caminos existentes. En los últimos 50 años, el Perú ha experimentado una rápida urbaniz
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PROCESO DE

URBANIZACIÓN EN
EL PERÚ

QUISPE VELASQUEZ YEISON WILDER

NUEVO CHIMBOTE, 30 DE DICIEMBRE DEL 2020


ÍNDICE:

PROCESO DE URBANIZACIÓN EN EL PERÚ:.................................................................................1


URBANIZACIÓN EN EL PERÚ EN LA ÉPOCA COLONIAL:......................................1
URBANIZACIÓN EN EL PERÚ A INICIOS DEL SIGLO XX:.......................................6
DIMENSIONES DE LAS POBLACIONES MIGRANTES A PARTIR DEL SIGLO
XIX:.......................................................................................................................................13
INTRODUCCIÓN:

En el siguiente informe se detallará el proceso de urbanización en el Perú desde la época


colonial hasta la actualidad la cual se ha visto acelerada en los últimos cincuenta años.

En estos procesos han tenido gran influencia la migración interna y las comunidades
indígenas, continuadoras del mundo andino y núcleo básico de los pueblos indios
peruanos. La migración, como en todo el mundo, fue consecuencia del incremento de la
población y de la expansión del latifundio o gran propiedad de la tierra. La creciente
población campesina expulsada de sus comunidades de orígenes, pasó en los últimos
cincuenta años a formar parte del conglomerado urbano.

El Perú es un país donde la informalidad predomina a toda escala. Donde discurre un


insólito proceso de cambios, convulsos, preñado de incertidumbre y de pobreza crítica.
La combinación del intenso crecimiento demográfico, la acelerada urbanización, la
emergencia de los pueblos indios quechua y aimara, la crisis del mundo rural, el
narcotráfico, el movimiento político subversivo y la crisis del Estado, configuran un
panorama muy singular en el Perú que lo diferencian tajantemente del derrotero de los
otros países de América Latina.

Crearon así un estilo informal de asentamiento humano que se ha difundido a todos los
ámbitos de las ciudades del país. Actualmente casi el 60% de la población urbana del
Perú en este tipo de asentamientos carentes, en su mayoría de servicios básicos.
1. PROCESO DE URBANIZACIÓN EN EL PERÚ:

1.1. URBANIZACIÓN EN EL PERÚ EN LA ÉPOCA COLONIAL:


Durante el siglo XVIII emerge en el Perú colonial, entre 1800 y 1900 el Perú vivió
una relativa calma demográfica durante la cual la recuperación no ocurrió a saltos
sino a una tasa constante. Desde comienzos de siglo, dicho crecimiento tomó
impulso hasta alcanzar 6 440 000 habitantes en 1940. una nueva forma de
comprender la ciudad, como un laboratorio urbano, un espacio de experimentación,
a propósito del proyecto civilizador de los borbones, a través del despliegue de
estrategias que procuraban la racionalización de las prácticas urbanas, tanto en el
ámbito social como en la fábrica física. La cartografía urbana tuvo un papel
destacado en la implementación de estas reformas, por un lado, al constituir una
herramienta poderosa en su gestión y construcción y por otro lado, al reflejar y
exaltar los cambios que experimentaba la ciudad.
En la época colonial la considerable reducción de la población indígena se debió a
las guerras, epidemias, explotación y desprecio por la vida indígenas.
En el Perú colonial la cartografía como herramienta de representación urbana,
estuvo asociada al mismo proceso fundacional. Sin embargo, su desarrollo fue
limitado durante los dos primeros siglos. El período colonial tardío fue por el
contrario, especialmente auspicioso en la constitución de la empresa cartográfica.
Esta eclosión de la cartografía urbana nos habla de los objetivos variopintos que
envolvieron la empresa cartográfica colonial. Junto a un interés por el conocimiento
científico del territorio con fines de exploración y explotación, las autoridades
construyeron un discurso ilustrado en torno al espacio urbano. Los mapas tuvieron
un papel clave en este último propósito, al constituir imágenes poderosas en
términos de difusión y consolidación del proyecto urbano reformista.
Los cartógrafos representaron a Lima como una ciudad homogénea en términos
gráficos, a la vez que construían una mirada más global y laica de ésta. Así, la
edilicia religiosa presentaba la misma jerarquía que los artefactos de la ciudad
ilustrada como la plaza de toros, el coliseo de gallos, las alamedas, los cuarteles,
etc., lo que evidenciaba prácticas espaciales asociada a usos y experiencias urbanas
más mundanas, en clara competencia con la ciudad barroca. Uno de los documentos
que mejor expresa esta mirada particular de Lima es el plano de Andrés Baleato de

1
1790. Al no diferenciar sectores, barrios ni unidades de vivienda, encontramos una
homogeneidad gráfica, una mirada atenta a los cambios que experimenta la ciudad,
expresando una ciudad laica, ordenada, circulacionista y mejor articulada con su
entorno rural, resaltando así, los valores urbanos ilustrados. Asimismo, esta
cartografía es sensible a una representación más amplia de la urbe, favoreciendo la
visibilidad de espacios urbanos asociados a la plebe, como Santa Ana, Santiago del
Cercado y San Lázaro, así como algunos fragmentos en torno a las puertas de la
ciudad, espacios que los planos del siglo XVII muchas veces prefirieron omitir.
Asimismo este plano evidencia las dificultades de la autoridad local por diferenciar
el espacio urbano del rural, que formaban un conjunto heterogéneo en constante
interacción. El ideal de exactitud que buscaba Baleato se vio favorecido entre otras
razones, por una técnica que consistía en representar con detalle la superficie
edificada de la ciudad, diferenciando gráficamente espacios llenos y vacíos, con tal
rigurosidad, que podría cuantificarse los metros cuadrados construidos a partir del
documento cartográfico.

Ilustración 1: PLANO DE LA CIUDAD DE LIMA, ANDRÉS BALEATO 1970

La cuadrícula o trazado en damero ha constituido uno de los referentes más


poderosos del discurso del orden y poder. Tal trazado ha sido asociado a diversos
proyectos de ciudad, bajo discursos, significados y contextos específicos.8 La
conceptualización del trazado cuadriculado como expresión física de orden y control
también puede evidenciarse en los proyectos de reconstrucción de diferentes
ciudades tras desastres, como el incendio de Londres (1666), el sismo de Lisboa
(1755), o el tsunami y terremoto del Callao (1746), cuando la autoridad aparecía
como agente protagónico en la reconstrucción de tales escenarios. En el espacio
colonial hispanoamericano, el damero estuvo asociado asimismo a conceptos e
imaginarios de disciplina y control, constituyendo el epítome del proyecto urbano
colonial, cuyo centro representado por la plaza mayor, constituía el vórtice del
espacio urbano, a partir del cual se difuminaban los valores de la ciudad letrada.

Esta práctica fue recurrente y asimilada por los vecinos en Lima y el Callao. Tal es
el caso de Bellavista, ciudad construida después del tsunami de 1746 y la
destrucción del puerto. Frente a una propuesta de ciudad en damero, siguió un
proceso paulatino de reacomodo a la estructura urbana precedente. La cartografía
del Callao y Bellavista de Antonio Cañabate (1797), reflejó ese trazado orgánico,
espontáneo, opuesto al orden que sus fundadores como Luis Godín y el virrey
Manso de Velasco, intentaron plasmar.

Ellos redujeron actividades y hombres a los imperativos de la cuadrícula, asignando


los marineros a Bellavista y los indios pescadores a un sector adyacente,
conformado por cuatro manzanas cuadradas. El resultado, pocos años después, fue
el regreso a un tejido orgánico, que se extendía en torno a los caminos que
conducían a Lima y el regreso de los indios pescadores al puerto. Allí, la población
portuaria desarrolló al igual que en Bellavista, formas espontáneas de
asentamiento .Se trataba en fin, de la recuperación y afirmación de un patrón de
enorme tradición, en consonancia con la proximidad al mar.

Las elites asimismo entablaron un enfrentamiento con las murallas y el río,


alterando la cuadricula y los principios de arquitectura militar, con el fin de extender
sus propiedades hacia el Rímac a modo de terrazas. Mercaderes y cargadores
hicieron lo propio en el Callao antes y después del sismo de 1746. En ambos casos,
se interesaron por usufructuar el entorno portuario de acuerdo a sus intereses
particulares.

En el barrio de San Lázaro, la plebe discutió el orden que imponía en este caso, los
franciscanos a través del referente urbano de la alameda de los Descalzos. En este
contexto las casas se localizaron inicialmente en torno a la Iglesia y parroquia de
San Lázaro, como en las ciudades medievales europeas. Más tarde se extendieron en
el eje este-oeste, paralelo al recorrido del Rímac. El escenario en conjunto distaba
mucho del ideal hispano de ciudad. Más se acercaba a un arrabal, cuyo trazado
aproximadamente regular alrededor de la iglesia, iba diluyéndose conforme se
alejaba de la misma. Buena parte de este denso tejido urbano estaba conformado por
callejones y viviendas precarias, hábitat de la plebe, negros y esclavos libertos.

El perímetro ribereño de la ciudad constituyó otro escenario en discusión con el


tejido urbano limeño. No obstante las disposiciones por conservar la trama reticular
de la ciudad, el proceso de urbanización de este espacio distendió del trazado oficial,
a la vez que se desarrollaba un eje de crecimiento urbano paralelo al río, proceso
advertido por los viajeros y expedicionarios ilustrados, quienes resaltaron la forma
triangular de la planta de la ciudad, donde el lado más extenso correspondía
precisamente al frente ribereño. En este entorno el trazado era más bien alargado,
amorfo en otros casos, en afán por abarcar el mayor frente posible.

Ilustración 2: PLANO DE LA PLAZA, FUERTES Y POBLACIÓN DEL CALLAO, A FINES DEL


SIGLO XVIII

La construcción de Lima ilustrada entonces implicó la representación de la urbe en


dos escalas: 1) la ciudad amurallada, incluyendo el barrio de San Lázaro, 2) La
ciudad y su entorno rural y litoral. La cartografía de Lima a lo largo del siglo XVIII
se ocupó por igual de ambas escalas. Hasta el siglo XVII, la cartografía urbana se
había centrado en vistas parciales, levantadas a partir de intereses puntuales:
económicos, administrativos, militares/defensivos que derivaron en vistas sesgadas,
escenarios fragmentados de la ciudad. En contraposición, citamos el trabajo de
Antonio de Ulloa en torno a Lima de mediados del siglo XVIII, que es el primer
documento cartográfico propiciado por el poder central abocado a la representación
de la ciudad en conjunto. Esta perspectiva no sólo se ocupó de la ciudad amurallada,
sino que dio cuenta de espacios antes relegados, como el barrio de San Lázaro, el
Cerro San Cristóbal, el entorno ribereño y los distintos caminos de Lima hacia el
norte y el este.19 Por este mismo objetivo y estrategias transitaron los subsiguientes
planos de Lima: Andrés Ordóñez (1769), Nicolás de Mendizábal (1770), José
Jiménez (1787), Andrés Baleato (1790), entre los más conocidos

Ilustración 3: PLANTA Y DISEÑO DE LA CIUDAD DE LOS REYES

Respecto a la representación de Lima y su entorno, podemos citar los trabajos de


Antonio de Ulloa, insertos en esta mirada racional, matemática e ilustrada del
espacio. La carta topográfica del valle de Lima y Callao de 1743 es el primer
documento cartográfico que busca un levantamiento riguroso, representando la
ciudad amurallada, el valle de Lima y sus pueblos, el espacio litoral y el puerto
del Callao. Hasta entonces la administración colonial carecía de una
representación rigurosa de la jurisdicción del corregimiento del Cercado. Sólo se
conocían los documentos centrados en el litoral y que representaban el valle y
sus pueblos tangencialmente. El plano de Ulloa es el primer intento auspiciado
por la corona, por acercarse desde la cartografía a una visualización de Lima
como entidad administrativa en conjunto. La cartografía militar que se ocupó del
entorno de Lima no sólo destacó el imaginario ilustrado de la geografía urbana y
sus extramuros, sino además que se interesó por representar los ámbitos
contrapuestos a la razón urbana, tales como palenques y rancherías, resaltando
su actitud desafiante y peligrosa. En este propósito se inscribe por ejemplo, el
plano de Lima levantado por Francisco Javier de Mendizábal y Manuel de León
en 1807.

1.2. URBANIZACIÓN EN EL PERÚ A INICIOS DEL SIGLO XX:


En el inicio del Siglo XX encontró al Perú en un proceso de modernización
económica y robustecimiento del Estado que mantenía intactas las formas de
producción y los mecanismos de dominación interna y dependencia externa surgidos
desde el régimen colonial. La República otorgó a los criollos, descendientes de
españoles, al monopolio del dominio económico y político, mientras los indígenas
quedaron en la condición de ciudadanos disminuidos, pobres, discriminados y
deprimidos.
Como resultado de esta creciente dependencia y modernización de la economía
ocurrida principalmente entre 1920 y 1940, se había establecido un Estado
regularmente renovado; la estructura social se hizo más compleja con la constitución
de capas populares e indias, y la vida política alcanzó una nueva dinámica mediante
la absorción de ideas predominantes en Europa y la emergencia de partidos
radicales.
En esta primera mitad del siglo XX, el Perú presentaba la imagen todavía de un país
rural, atrasado y pobre. El peso mayor de la población rural era indiscutible.
De acuerdo al censo de ese año, solo el 17 % de la población peruana vivía en
ciudades de más de 20 000 habitantes y, aún en 1961, según el censo del mismo año,
ese porcentaje se elevó al 23 %. Es decir, más de las tres cuartas partes de la
población vivía en el campo o en pequeños centros poblados de muy estrecha
relación con el mundo rural. En cuanto a su distribución según regiones naturales
(Costa, Sierra y Selva), la Sierra albergaba en 1940 al 65 % de la población y en
1961 al 53 %.
Las elevadas tasas de natalidad peruana sobre poblaban a las comunidades y áreas
libres del sistema de hacienda, alcanzando el 1.6 % (desde 1876 hasta 1940). Desde
la década del 40 a 1965 esta tasa se incrementó un 70 % llegando al 3 %.Este
crecimiento estuvo asociado a un cambio notorio de las estructuras sociales,
económicas y políticas del país, ya que entre 1940 y 1966 la economía logro
duplicar su ritmo anual de crecimiento alcanzando el 5.5 anual.
La Institución económica dominante en el agro era la hacienda, gran propiedad que
monopolizaba las mejores tierras. Su explotación se realizaba mediante mano de
obra servil, sea de campesinos sin tierras o de comuneros procedentes de
comunidades cautivas del sistema de hacienda. Sobre este poder económico al
hacendado, blanco o criollo, señor de bienes y servicios, se erigía en el representante
político regional y en el eslabón del poder central. A este sistema se le denominó el
gamonalismo. La otra institución, propia de los campesinos o indígenas marginados,
era la comunidad.
En síntesis, hacendados y campesinos, blancos e indios, reproducían sus propios
valores y cultura en forma contrapuesta, y la modernización en curso no afectaba
esta división y asimetría entre dos mundos de pugna.
La condición económica y social descrita hubiera seguido incólume si el Perú
hubiese permanecido fuera del contexto mundial, pero inevitablemente fue afectado
por el expansivo imperialismo inglés desde principios del presente siglo.
Precisamente, el robustecimiento del Estado sucedió cuando los préstamos y
capitales externos multiplicaron su capacidad operativa. A la vez los préstamos
privados, las inversiones inglesas y las primeras inversiones norteamericanas,
permitieron desarrollar en la costa norte y central los enclaves del petróleo y el
azúcar, y en la sierra central el enclave minero. Fue el momento del auge del
algodón y de las finanzas urbanas limeñas, la aparición de bancos y de sociedades
anónimas para la explotación minera, agrícola y comercial. También fue el auge de
la explotación del caucho y otras especies en la región amazónica. Esta expansión
comercial hizo posible la emergencia de nuevos grupos de poder económico y
político.
Si bien las inversiones extranjeras dinamizaron la economía, por el lado de los
sectores marginados tuvo efectos negativos. Por el auge de la lana y otros productos
los gamonales ampliaron sus haciendas, arrebatando tierras comunales a los
indígenas y arrinconándolos a los peores lugares.
Por el caucho, los indígenas de la selva, que hasta el momento no habían sido
afectados, fueron sometidos a explotación y muerte, de manera semejante a lo
soportado por los indios de la sierra al momento de la conquista española. También
la propiedad monopólica o de enclave se extendió abusivamente en el agro, la
minería y al industria urbana. La mayoría de los valles costeños estaba en manos de
un grupo pequeño, base de la oligarquía nacional. La empresa minera Cerro de
Pasco llegó a concentrar 230 000 hectáreas de tierras, extendiéndose por tres
departamentos, seis provincias y una veintena de comunidades campesinas.
Adicionalmente, los centros productores y enclaves, urgidos de manos de obra,
mediante el sistema de enganche arrancaron a los campesinos indígenas de sus
pobres comunidades exponiéndolos a una nueva relación social y cultural.
En las ciudades los obreros y capas medias urbanas, influidos por sindicalismo y las
ideas políticas europeas, promovieron una vasta movilización popular, exigiendo sus
derechos laborales y políticos e influyendo, además, en los indígenas para que
recuperaran sus tierras o se defendieran de los gamonales. En otros importantes
asuntos, la legislación de este periodo consagró la jornada de ocho horas y el respeto
a las tierras comunales y a la raza indígena.
La política pro-indígena, sustentada por sectores urbanos progresistas, tuvo
pretensiones de tutelaje más no de realización democrática del país o de cambio en
sus condiciones sociales, como conquista del mismo campesinado en función de sus
específicos intereses y programas. Este movimiento contribuyó al surgimiento y
expansión de partidos políticos, de izquierda y de derecha, y al fortalecimiento de
los gremios obreros, proyectándose hacia un populismo que marcaría después
profundas huellas en el ordenamiento agrario. El proselitismo alcanzó niveles
importantes, pero no dejó de manifestarse como exclusivo de los medios costeños y
urbanos. Ningún partido o gremio llegó a captar bases rurales indígenas.
No obstante la diversidad y magnitud de los cambios, el poder terrateniente se
mantuvo intacto, no solamente porque el Estado no pudo adquirir la solidez
necesaria ni transformarse para erradicar este poder y orientarse a la formación de
una nación moderna, sino también porque el desarrollo capitalista en el Perú y
específicamente en el agro, en vez de erradicar los regímenes arcaicos de
producción y poder, se articuló a éstos. En consecuencia, los campesinos siguieron
sometidos por otro tiempo más a la ley del hacendado o, en su condición de indios,
constreñidos a las comunidades libres, ya reconocidas pero marginadas. A pesar de
representar a casi el 75% de la población peruana, los comuneros no tenían ni voz ni
voto en las Instancias del Estado.
La mano servil y otras formas semifeudales seguían caracterizando a las haciendas
del Perú. En todos los departamentos, incluyendo los de la costa y la selva, se hacía
uso de esta mano de obra, una de cuyas variantes era el yanaconaje. El yanacona era
el campesino que asumía, mediante un contrato formal, la conducción de una
parcela de la hacienda a cambio de una parte, generalmente la mitad, de la
producción que se entregaba al hacendado a manera de arrendamiento.
Desde la ciudad los sectores dominantes seguían viendo al campesino como
"serrano" o como "indio" al que había que "culturizar". Según el censo de 1940 al
analfabetismo afectaba al 57% de los adultos peruanos y un 35% no hablaba ni
entendía castellano. En 1961, 1972 Y 1981 el analfabetismo alcanzaba
respectivamente al 38.9%, al 27.5% y al 16.2% de la poblaci6n de 15 años o más.
La migración provinciana masiva a la costa y principalmente a Lima, se inició en la
década de 1940, favorecida por la ampliación de la red vial y las transformaciones
económicas que ensancharon al mercado interno. La bonanza de las exportaciones,
favorecidas primero por la segunda guerra mundial en la década de 1940 y luego por
la guerra de Corea, en la década de 1950, produjo el auge más importante de este
siglo en la economía peruana.
Hacia 1950, esta había sustituido ya, en lo principal, con carreteras asfaltadas y
afirmadas, al arcaico sistema de caminos de herradura y sendas peatonales. Nuevas
rutas de penetración unían a la Sierra y a la ceja de Selva, facilitándose grandemente
la comunicación entre regiones y ciudades. La radio se difunde y acelera la
intercomunicación de pueblos, caseríos y comunidades, con las ciudades
provincianas y las capitales de departamento.
El auge de las exportaciones y el crecimiento de las importaciones, multiplicaron la
demanda de manufacturas y renovaron el impulso de la industrialización, creando
nuevas fuentes de trabajo en la capital y principales ciudades costeñas, reforzando
las tendencias migratorias promovidas una década atrás. La miseria campesina y la
difusión en el medio rural de información sobre los relativamente elevados niveles
de vida de la capital y demás ciudades, consolidaron una poderosa corriente
migratoria del campo hacia la ciudad, corriente que ni la reforma agraria de 1969 ni
la crisis económica actual, de fuerte repercusión en las ciudades , han conseguido
modificar.
Fue en la década de 1950 cuando se consolidaron los elementos centrales que
caracterizan a la sociedad actual. La concentración de grandes contingentes de
migrantes en Lima y demás ciudades: la expansión industrial; la" ampliación de la,
presencia del Estado en todo el territorio, y la mayor participación de las regiones y
sus pueblos en la vida nacional ayudan a configurar esta nueva realidad y a debilitar
al anterior sistema de poder. Sin embargo, estos cambios se producían sin
reestructurar el sistema de propiedad en el campo. A la economía y la sociedad
andinas, preferentemente serranas, se sobreponen la economía y la sociedad urbanas
y costeñas, más desarrolladas, en una suerte de articulación en la que, si bien los
procesos anteriores debilitaban y ponían en crisis al agro serrano, la sociedad rural
seguía desenvolviéndose con .los patrones coloniales hispanos y las costumbres
andinas tradicionales. Las comunidades reproducían su lengua, cultura y formas de
vida sin grandes interferencias, en tanto que las clases dominantes, principalmente
costeñas, imponían un estilo occidentalizado moderno.

Aún las haciendas de la costa con cierto grado de capitalización, acudían a esta
modalidad.
Esta situación de coexistencia temporal de fenómenos arcaicos y, modernos entro en
crisis en la década de 1960, y el Estado criollo mostr6 su inadecuación a las
cambiantes fuerzas de 1a sociedad y 1a cultura nacional. La aparición de nuevos
enclaves, el acelerado movimiento industrial, el apogeo y la modernización de los
latifundios costeños, el auge sin precedentes de las exportaciones primarias
(agricultura, minería, pesca), acrecentaron las diferencias regionales en beneficio de
la costa y las ciudades, desplazando a la actividad agropecuaria tradicional a un
segundo plano en el producto bruto interno. Como no podía ser de otra manera el
agro serrano entro en descomposici6n arrastrando en su crisis a la clase terrateniente
y quitándole protagonismo político. Estos empobrecidos propietarios se sumaron al
inagotable caudal de campesinos migrantes, pasando a engrosar las nuevas clases
urbanas.El censo de 1961 registró más de 18000 en todo el Perú.
Los grandes latifundios-haciendas capitalistas y tradicionales- poseían más de la
mitad de la tierra hábil para la agricultura en el Perú. Sin embargo, sus propietarios
y beneficiarios no alcanzaban ni al 10 % de la población total. En 1961 habían en
total 10462 haciendas y fundos medianos. Otra parte de las tierras agrícolas le
correspondía aproximadamente a 807 000 unidades de explotación familiar que, en
conjunto, no alcanzaban ni al 10 % del total de las tierras hábiles del Perú. Por su
parte, las comunidades indígenas se defendían del acoso de las haciendas intentando
competir con ellas, pero su desventaja radicaba en la pobreza de sus tierras y en la
densidad de su población. Hasta 1986 el gobierno había reconocido 3 672
comunidades.
A lo expuesto se añadía un lento pero sostenido crecimiento demográfico, después
de la hecatombe que significó el dominio español.
La expansión industrial internacional y la política modernizadora promovida por el
gobierno militar de Odría, permitieron la modernización del país y el incremento de
las inversiones gubernamentales en obras públicas. La mayor parte de estas
inversiones se aplicó a planes de vivienda popular urbana, a la mejora de la
infraestructura educativa y de salud y al desarrollo de la red de carreteras.
Se produjo así un incremento notable en los procesos migratorios hacia las ciudades,
concentrándose, al mismo ritmo que la explosión demográfica*, en un nuevo tipo de
asentamiento urbano denominado barriada, que se constituirá en el estile dominante
de crecimiento de todas las ciudades del Perú.
Al mismo tiempo, el proceso de urbanización determinará el mayor peso de la
población urbana sobre la rural.
Según el censo de 1961 las mujeres campesinas y de estratos pobres de las ciudades
tenían respectivamente un promedio de 5.5 y 4.7 hijos, reduciéndose a 3 en los
sectores de mejor nivel económico o instrucción.
Las barriadas, surgidas de grandes invasiones de predios urbanos en la capital de la
Republica y ciudades principales, fueron el punto de partida del fenómeno de la
"informalidad", que luego se hará extensivo a todos los 'ámbitos de la sociedad. Se
trata de una modalidad de acomodo de los sectores populares, carentes de medios
para solucionar sus apremiantes necesidades, que, sin atacar frontalmente al orden
establecido -el Estado, las leyes, reglamentos y demás exigencias formales-
terminan superándolo y dando paso a un nuevo orden de perfil aun no preciso, pero
de carácter indudablemente popular e inédito.
Al mismo tiempo, coincidiendo con la organización de un nuevo movimiento
obrero, el campesinado se incorpora masivamente en el agro, a este proceso popular.
Es el momento de las huelgas en las haciendas algodoneras y azucareras de la costa,
y de los intentos de recuperación de tierras en la sierra. Esta movilización obligó a
renovar al Estado, creando temor entre los terratenientes y obligando a las propias
fuerzas armadas a experimentar, en 1961, una suerte de reforma agraria en el
departamento del Cusco.
Las acciones guerrilleras de 1962, 1963 Y 1965 conmocionaron mucho más la
institucionalidad política, al propugnar las transformaciones que hacía tiempo los
sectores populares reclamaban. Desde 1968 a 1975, el gobierno del general Velasco
Alvarado y las Fuerzas Armadas, se esforzaron en corregir estas incongruencias
mediante la aplicación de una radical reforma agraria, la estatización del petróleo y
de las más importantes empresas mineras, la reforma de la empresa y el
reconocimiento de la diversidad cultural del país al proceder a la oficializaci6n del
idioma Quechua.
Desde la aplicación de la ambiciosa reforma agraria de 1969 hasta 1a década del 70,
las extensiones afectadas de latifundios, haciendas y fundos sumaban los 8 599 253
has. y más de 2 millones de cabezas de ganado. Estos bienes fueron entregados a
375 246 campesinos y trabajadores agrícolas.
Hacia 1980 la reforma agraria había afectado 12 537 210 has., extensión superior a
las metas programadas a su inicio. A pesar de la profundidad de la reestructuración
de la tenencia de la tierra, o quizá debido a ella, veinte años después el campo no se
desarrolla; al contrario, se habla de una crisis del agro. Mientras la economía
peruana creció durante el periodo 1970-76 a una tasa promedio de 5%, el sector
agropecuario solo 10 hizo al 0.9%.
La producción per cápita igualmente se redujo prácticamente en casi todos los
rubros, a -2%. La causa del fracaso productivo del agro renovado no se halla tanto
en la reforma misma, sino en las condiciones en que opero. Una de ellas fue la crisis
mundial y la disminución de los precios de los productos primarios. Otra fue el
extremo atraso en la que se hallaban los grandes latifundios serranos.
Finalmente, el modelo de conducción de la tierra no correspondió a las necesidades
del desarrollo agrario y a las expectativas de los campesinos. Del total de tierras
adjudicadas, las grandes empresas asociativas creadas por el Estado controlaban el
62.3%.
Así 593 y complejos agroindustriales de la costa conducían 2 324 713 has. y 71
Sociedades Agrícolas de Interés Social (SAIS) o Empresas de Propiedad Social
(EPS), tenían 3 037 701 has. En cambio de las más de 4 000 comunidades, solo se
había beneficiado a 448 con apenas 889 364 has., en tanto que "grupos campesinos"
(448) y campesinos independientes, habían recibido 2 347 475 has. Este proceso,
que beneficio solo a un 40% de la PEA rural y principalmente a los trabajadores
asalariados, sumado a las crisis en que estaban sumidas las empresas asociativas
debido a mala gestión, escasos créditos, endeudamiento y descapitalización al punto
de no poder aportar beneficios ni nuevas fuentes de trabajo, indujo a las deprimidas
comunidades campesinas, en la sierra, a invadir las tierras de las empresas
asociativas y, en la costa, a desmantelarlas y generalizar su parcelación.
Estas son las causas principales que inducían e inducen hoy a la masiva migración
campesina que desborda no solo a la Gran Lima sino a todas las ciudades del Perú.
Es recién en la década de 1980, como consecuencia del auge del cultivo de la coca,
cuando se reorienta esta migración hacia la selva alta. Antes la migración a la selva
y ceja de selva no ocurría con igual intensidad, a pesar de las ventajas comparativas
que representaban respecto a la sierra en crisis.
Los fluctuantes y bajos precios de los productos agrícolas tradicionales limitaban
una mayor atracción. Pero de pronto, la alta cotización y la creciente demanda de la
hoja de coca atrajeron oleadas de colonizadores, comerciantes, asalariados y peones,
ante la esperanza de un rápido enriquecimiento. En esta misma década se manifestó
la inusitada violencia de Sendero Luminoso que afectó inicialmente al departamento
de Ayacucho, área serrana de mayor pobreza campesina, y luego se extendió a más
de la mitad del territorio peruano.
Sendero se impone a los cultivadores de coca y les ofrece protección y apoyo frente
a las fuerzas gubernamentales que, con el respaldo de los países consumidores de
cocaína, los reprimen y arrasan sus cultivos. Se incrementan así los índices de
violencia y mortandad en la zona de selva. A una década de iniciada esta violencia
política, salida de los campesinos de las comunidades y zonas de colonización, se ha
intensificado, al extremo de desaparecer comunidades enteras de las cuales no se
tienen estadísticas.
Como consecuencia de los procesos descritos, al Perú de hoy se encuentra frente a
una realidad cambiada y bullente. El campo no ha tenido la tranquilidad necesaria
para desarrollarse adecuadamente -salvo algunas comunidades de punta- y
transformarse en alternativa a la migración. La geografía humana del país ha sufrido
alteraciones sustantivas: la poblaci6n nacional se ha más que triplicado en solo
cuatro décadas, mientras un activo proceso de urbanización tiende a concentrar en
las ciudades a casi el 70% de la población total del país. Este es el escenario en el
que se define el futuro del Perú.
1.3. DIMENSIONES DE LAS POBLACIONES MIGRANTES A PARTIR
DEL SIGLO XIX:
Si bien durante la conquista y el coloniaje la mortalidad de la población aborigen
alcanzo dimensiones de hecatombe, se recuperó lentamente hasta alcanzar los dos
millones hacia fines del siglo XVIII; cerca de cinco millones al terminar el siglo
XIX y, llevado por esta tendencia, ha experimentado un incremento espectacular en
el siglo XX.
En 1940 el Perú tenía seis millones de habitantes, mayoritariamente distribuidos en
las zonas rurales. Entre 1940 Y 1981 su población se triplicó, y en 1990 sobrepasa
los 22 millones. Pero, además, esta población es ahora eminentemente urbana. De
acuerdo a los resultados censales de 1981 más del 65 % de su población habita áreas
definidas como urbanas, lo cual contrarresta con el 47% de 1961 o 30 % de 1940, a
consecuencia principalmente de la migración rural-urbana.
Desde antes de la migración de la década de 1940 y siguientes, Lima ya se expandía
hacia sus balnearios vecinos y el puerto del Callao; sin embargo, la población
campesina migrante no llegó a establecerse en dichas áreas. La mayoría tuvo que
apiñarse en el Cercado y el Rímac, tugurizándolos hasta extremos insostenibles.
Estos y otros factores desfavorecidos acudieron entonces a la invasión, primero, de
terrenos marginales (faldas de cerras, orillas de rio y arenales) y, luego, de otros
predios, a manera de válvulas de escape. A pesar de ella las sucesivas y mayores
oleadas migratorias mantuvieron la tugurización, reproduciéndola en otras áreas a
medida que la ciudad se expandía.
En 1940, los migrantes peruanos, según el censo de ese año, eran solo 439 662
personas; es decir, únicamente el 6.8 % de la población nacional de entonces que
ascendía a 6 440 000 habitantes. El 50.4% de estos migrantes se dirigió a la capital;
el 34.9% a otros lugares de la costa, y el resto a otros lugares de la sierra y la selva.
A partir de 1945 y la década de 1950 rea1izaron 119 invasiones en terrenos ganados
al lecho del rio Rímac y en los cerros próximos a la ciudad.
Hacia 1961, según e1 censo de ese año, 1a pob1ación migrante se había
incrementado a 1 237 000 personas y al 13% de la población total peruana que
entonces ascendía a 9 833 800 habitantes.
En los últimos 34 años, periodo que va de 1956 a 1990 e1 crecimiento de las
barriadas y su población ha sido sorprendente. Así, en 1956 se registraron 56
barriadas que concentraban a 119 886 habitantes, apenas el 9.5 % de la población
de Lima Metropolitana, estimada en ese entonces en 1 260 729 habitantes.
En 1961 prácticamente se duplicó al llegar a 316 829 habitantes (17.2 %). En 1972
fueron 805 117 habitantes (24.4%). El último censo de 1981 dio un total de 408
barriadas que albergaban a 1 460 471 habitantes, equivalentes al 32.5% de la
población total de Lima. A fines de 1983 e1 numero de barriadas o "pueblos
jóvenes" había llegado a 598, con 2 184 000 habitantes (36.4%). En 1990, de
acuerdo a estudios nuestros, las barriadas sobrepasan el millar con una población de
3 300 000 habitantes, aproximadamente; es decir, el 51.4% de la población total de
la Gran Lima. Si a ellos sumamos a los pobladores de tugurios y ciertos barrios
tradicionales, de igual o parecido origen migrante, se concluye que el 85% de la
población de Lima Metropolitana está formada por sectores populares y solo el 15%
se congrega en barrios residenciales de clase media y aita.
En la década de 1960, 168 invasiones dieron lugar a la formación del cono norte, y
en 1a década de 1980 el cono sur, al mismo tiempo que el de la zona este,
a1canzando más de 144 grandes invasiones hasta 1989.

En 1961 habían aumentado a 228 254, pero había una notoria disminución de la tasa
de alquiler hasta un 69.1%.
Siguiendo la ruta de los pioneros, estos migrantes se dirigieron principalmente a los
centros fabriles de Lima (64.6%): otros escogieron distintos lugares de la costa
(20.7%) y el resto, la sierra y la selva. El Instituto Nacional de Estadística ha
establecido, para el periodo 1967-12, la existencia de 888 178 migrantes en todo el
Perú.
De este total, Lima Metropolitana fue el polo de atracción para el 45.1% de los
migrantes, no obstante haberse observado una disminución en las cifras absolutas y
relativas respecto de 1961.
En 1967, según el Plan de Lima, existían 7 262 áreas de tugurios con 96
644·viviendas tugurizadas y ocupadas por 488 648 personas. La tugurizaci6n se
había diversificado de las casas subdivididas hasta los edificios, quintas
deterioradas, callejones, corralones, edificios y azoteas, afectando a 16 distritos de la
Gran Lima, incluso áreas reconocidas como residencia de sectores medios y
acomodados. La construcción de viviendas estaba rezagada respecto a1 crecimiento
de la población por eso de 11 537 viviendas 1imeñas, registradas por el censo de
1940, el 84% se hallaban alquiladas.
Las reducciones en las tasas de alquiler y el aumento del número de viviendas se
deben fundamentalmente a la formación de nuevas barriadas y urbanizaciones
asociativas que los sectores populares, especialmente migrantes, crean y organizan
en su propio espacio, ocupando múltiples áreas libres, pero a la vez violentando la
norma y el orden oficial. Siguiendo esta estrategia, los migrantes desbordaron el
perímetro urbano limeño tradicional.
En 1972 esta tasa disminuyó hasta el 39.1% de un total de 545 450 viviendas; en
1981 bajó hasta el 36 % de las 792 185 viviendas entonces existentes.
Para el periodo 1976-81, e1 peso de la migración interna respecto a la población
total peruana no varió. Así, de los 16 835 000 habitantes que había en 1981, el 6.6%
estaba constituido por migrantes. Durante este último quinquenio, en el que hubo 1
097 839 migrantes, el 35.8 % fue a Lima. A pesar de haber experimentado una
importante reducción desde el quinquenio anterior, en beneficio de las más
atrayentes zonas de la selva, la migración sigue sobredimensionando a la gran Lima.
Otros departamentos de la costa, como Ica, La Libertad y Lambayeque, que se han
caracterizado por captar un importante número de migrantes, en el último
quinquenio también han visto disminuir su importancia relativa. Esto se debería a
que algunos departamentos de la sierra como Arequipa y Junín, cuyas capitales son
también po1os regionales de desarrollo económico, han disminuido su tasa de
emigración.
Pero la causa principal está en las mejores oportunidades de vida que ofrece la zona
de selva, lo cual produce un inesperado incremento de los migrantes, como ocurre
en el departamento de San Martin que paso de una población migrante de 1.3 % a1
5.1 %.
Estos resultados del último quinquenio indican una indiscutible reorientación de los
flujos migratorios. Lima Metropolitana experimenta un significativo descenso en su
captación de migrantes, en la misma medida en que estos se reorientan hacia la zona
de la selva.
Del total de migrantes registrados en el último quinquenio para la ciudad capital,
mientras el 24 % lo constituían personas que venían a asentarse en ella, el 56 % lo
formaban personas que salían de Lima para asentarse en otro lugar del país,
presumiblemente la selva.
El desplazamiento desde el campo hacia las ciudades ha venido acompañado de la
expansión desmesurada y desordenada de las áreas urbanas. Lima, en este contexto,
se convierte en el modelo de crecimiento compulsivo de las ciudades del Perú, por
ser la primera en manifestar el fenómeno, por tener las mismas características y por
concentrar a más del 30% de la población nacional. En 1990 tiene 6 414 500
habitantes que se distribuyen en 49 distritos y dos provincias.
Al mismo tiempo que la expansión de las barriadas aumento el número de sus
viviendas, de 15 000, en la década de 1950, a 60 000 en la década de 1960; luego a
161 000, en la década de 1970, es decir, el 26.3 % del total de viviendas de Lima
Metropolitana de entonces. Al igual que Lima Metropolitana las demás ciudades del
Perú han visto crecer el número de barriadas. Nueve principales ciudades que en la
década de 1970 casi no tuvieron barriadas, vieron el surgimiento y la expansión de
estas en la década de 1980. Así, en 1986, Arequipa tenía 93 barriadas, con 42 845
habitantes. Chiclayo 54 barriadas y 27 866 habitantes. Chimbote 50 barriadas con
27 476 habitantes. Cusco 32 barriadas con 6 095 pobladores. Huancayo 13 barriadas
y 2 242 habitantes. Ica 17 barriadas con 5 175 pobladores. Iquitos 79 barriadas y 27
876 personas. Piura 44 barriadas con 26,534 habitantes, y finalmente Trujillo con 33
barriadas que reunían a 38 394 pob1adores.
En los últimos 50 años la sociedad peruana, tradicionalmente rural, pasó a ser
predominantemente urbana, sin que este cambio se correspondiera con un paralelo y
sustentario crecimiento industrial ni con una apropiada modernización de sus
instituciones, su tecnología y su cultura básica. Esta urbahizaci6n, que se caracteriza
principalmente por el crecimiento desmesurado de las ciudades, ha dado lugar a la
emergencia y agudización de problemas ocupacionales, de vivienda, de servicios, de
equipamiento básico, de infraestructura y otros, de gran envergadura.
Como consecuencia de la crisis económica de la década de 1970, del descenso en el
crecimiento industrial y la falta de nuevas fuentes de trabajo, la PEA no
debidamente ocupada o desocupada se orientó hacia el sector de los servicios. De
aquí que los resultados

Los comerciantes ambulantes, una gran proporción de los trabajadores


independientes, protagonizaron entonces otro desborde. El centro de Lima, la
llamada Lima virreinal, y sus principales jirones adquirieron el aspecto de ferias
provincianas por el atiborramiento de estos comerciantes. Inicial y esporádicamente
perseguidos, han sido luego consentidos por su excesivo número y por la constancia
con que vuelven a ocupar las calles después de cada operativo de desalojo; pero,
sobre todo, por su creciente importancia demográfica y política. La municipalidad
provincial trata insistente mente de "formalizarlos", pero el fenómeno adquiere, cada
vez, nuevos bríos. Surgen así centros de comercio informales o semi-legalizados,
que son grandes bazares callejeros como Polvos Azules y Amazonas,
Emancipación-Abancay, la Avenida Grau, el mercado central y otros muchos
distribuidos por doquier, incluso en los distritos tradicionales y segmentariamente en
distritos opulentos como San Borja, San Isidro y Miraflores. Por su similitud con la
capital, en las demás ciudades del Perú se reproduce el modelo hasta el cansancio.

Este comercio callejero, que representa el predominio del sector terciario en la


economía y una estrategia contestataria de supervivencia, también se extiende a la
actividad productiva. Se manifiesta en infinidad de talleres familiares, pequeñas y
medianas industrias distribuidas sin orden en todos los barrios populares de Lima.
Sus actividades abarcan los diversos bienes y servicios de bajo precio que consume
y utiliza la población de escasos recursos, pero todos operan subterráneamente, lejos
de los registros oficiales.

Frente a la crisis económica que afecta con fuerza a los medios urbanos, y al
agotamiento de las oportunidades de trabajo y mejores niveles de vida en las
ciudades, la migración campesina toma otros rumbos. Sc produce incluso una
migración de retorno y los lugares de origen, pero dentro ciertas condiciones que el
deprimido medio rural permite. Dentro de este contexto la mayoría de las
comunidades campesinas aprovechando los conocimientos y experiencias adquiridos
por sus miembros migrantes gestionan su reconocimiento y amparo por la ley, la
solución de sus viejos problemas, y la canalización de ayudas y recursos para
propiciar su desarrollo y su bienestar. Hasta junio de 1986 se habían inscrito
oficialmente 3 672 comunidades, habiendo otras 2 000 no registradas. Estos números
superan los de cualquier otra organizaci6n existente en el área rural, sea CAP, SAIS,
EPS, GC, etc. Estas comunidades conducían más de 19 millones de hectáreas de
tierras y pastos, y contaban con una población de más de 8 millones.

Esta relación entre las comunidades y sus migrantes está permitiendo el desarrollo de
procesos espontáneos de modernización, y crecimiento económico que contrastan
con la pasividad, la pobreza y el arcaísmo tradicionalmente atribuidos al campesino
peruano. Un resultado concreto de este proceso son las comunidades de punta, que se
distinguen por su integración a los circuitos comerciales mediante la vigorización de
su estructura comunitaria, la recuperación del control comunal de sus recursos, y la
explotación de los mismos en forma directa o con nuevos mecanismos organizativos
creados por los propios campesinos, como la empresa comunal.

Con la realización de la reforma agraria y 1a afectación de 12 537 21O has. de


tierras, las comunidades quedaron decepcionadas. Solamente fue beneficiado el 22%
de las reconocidas oficialmente, y esta minoría tan solo recibió al 19% (1 686 826
has.) del total de tierras afectadas, as decir un área menor al 10% de sus tierras
originales.
La reforma privilegió su propio modelo asociativo y tan solo a las comunidades
indígenas que participaban como socias de alguna de las varias empresas asociativas
creadas por la reforma agraria: CAT, SAIS, EPS, GC.

Para el año 1989 se estimaba que existían 150 hectáreas sembradas de coca en todo
el Perú, de las cuales 60 mil se distribuían entre el Alto Huallaga y el Huallaga
central. Del total de hectáreas sembradas se calcula que se cosecharon 250 000
toneladas de hojas de coca las que, comercializadas en bruto a 2 600 dólares la
tonelada, suman un total de 700 millones de dólares que fueron distribuidos entre los
campesinos, comerciantes de alimentos y bienes industria1es, e industrias
productoras de insumos para el cultivo de la hoja de coca; un ingreso neto, en suma,
para la economía peruana. De la comercialización de 2 700 toneladas de pasta básica
de cocaína (PBC), a 7 800 dólares el kilo, ingresó al Perú 1 890 millones de dólares,
equivalente al 11% del PBI que fue de 16 mil millones. Dadas las dimensiones de
este negocio ilegal, se calcula que por lo menos 600 mil peruanos dependen directa e
indirectamente del cultivo de la hoja de coca.

Debido a estas grandes ganancias, los pueblos de la selva, principalmente los del
Alto Huallaga, son grandes polos de atracci6n de la poblaci6n migrante. El promedio
de crecimiento poblacional de estas áreas es de 4.2% mientras que el del Perú entero
es de solo 2.6%. Los colonos de esta zona son de reciente estadía y casi la mitad
procede de la costa. Esta es la explicación de la tasa de emigración de la poblaci6n de
Lima Metropolitana.

Este nuevo estilo de desarrollo y modo de vida, que aparece en un contexto de crisis,
configura un proceso de gran envergadura, cuyos factores desencadenantes deben ser
identificados en los cambios demográficos y en el peso de la migraci6n provinciana,
cuya vitalidad permite superar las limitaciones que el momento impone y forjar un
nuevo destino para todo el país en el próximo milenio.
CONCLUSIONES:
 En la época colonial la cartografía urbana, constituyó una estrategia y un instrumento,
que al mismo tiempo que reflejaba, construía imaginarios, visiones,
representaciones del mundo en general y de la ciudad en particular, por parte de
las diversas instancias de la sociedad colonial, incluidas autoridades, elites y
clases subalternas este proceso se centró en Lima.

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