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Zagajewski. Releer A Rilke

Zagajewski. Releer a Rilke
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ADAM ZAGAJEWSKI

RELEER A RILKE
traducción del inglés
de javier fernández de castro

b a r c e l o n a 2017 a c a n t i l a d o

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t í t u l o o r i g i na l Rereading Rilke

Publicado por
acantilado
Quaderns Crema, S. A.
Muntaner, 462 - 08006 Barcelona
Tel. 934 144 906 - Fax. 934 636 956
correo@[Link]
[Link]

© 2009 by Adam Zagajewski. Publicado con el


permiso de Farrar, Strauss and Giroux, llc , Nueva York
© de la traducción, 2017 by Javier Fernández de Castro
© de esta edición, 2017 by Quaderns Crema, S. A. 

Derechos exclusivos de edición en lengua castellana:


Quaderns Crema, S. A.

i s b n : 978-84-16748-31-0
d e p ó s i t o l e g a l : b. 1362-2017

a i g u a d e v i d r e Gráfica
q u a d e r n s c r e m a Composición
r o m a n y à - va l l s Impresión y encuadernación

primera edición febrero de 2017

Bajo las sanciones establecidas por las leyes,


quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización
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o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o
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Leemos a Rilke por su poesía y su prosa,
por su novela Los apuntes de Malte Laurids
Brigge y por los centenares, si no miles, de
cartas que dejó, aunque también parece ha-
ber otro motivo importante: a nuestro enten-
der, la suya es en sí misma el mejor ejemplo de
vida de un artista moderno y quizá el mode-
lo más puro y perfecto en su infatigable bús-
queda de la belleza.
En la tradición literaria alemana fue Jo-
hann Wolfang von Goethe quien disfrutó du-
rante largos años del estatus no solamen-
te de poeta, dramaturgo y novelista excel-
so sino también el de modelo de persona su-
blime, un ideal de ser humano, que gozaba
de gran éxito pero asumía el precio de la re-
nuncia que implicaba pasar a formar parte
de una sociedad burguesa que acababa de
redescubrir el valor de los logros de la in-

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teligencia; Goethe, que aceptó gustosamen-
te la figura de alguien que representaba algo
más que su mero destino singular y permitió
graciosamente que otros—mediante el sin-
fín de ventanas que son sus cartas, diarios y
conversaciones—pudiesen contemplarlo en
sus diferentes momentos y estados de ánimo.
Goethe, miembro de una familia patricia de
Fráncfort, que de joven fue ministro en la
corte de Weimar, era un científico que recibía
todas las tardes en su bella mansión en Frau-
senplan a visitantes de todos los países ima-
ginables y les desvelaba arcanos de geología,
biología y literatura, un hombre al que Na-
poleón deseó conocer y con el que, como sa-
bemos, se reunió. Aunque Goethe reavivó la
imaginación de Alemania, al mismo tiempo
se mostró extremadamente escéptico frente
al nacionalismo de sus compatriotas nacido
a raíz de las guerras napoleónicas. Estaba or-
gulloso de su larga vida y no dejó de mofarse
de quienes morían pronto… Poeta y pensa-
dor, su territorio era tan vasto que abarcaba
numerosos elementos de la Ilustración pero

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también ingredientes vitales del Romanticis-
mo. Y, finalmente, este hombre que conocía
a fondo los silencios del estudio del escritor
fue también en 1792 testigo de la miseria de
la guerra premoderna, no como soldado sino
como observador que comparte con otros el
lodo, el hambre y la desesperanza de una de-
sastrosa campaña militar.
Y justo después de ese gigante, llegó Rai-
ner Maria Rilke, un modesto poeta sin ho-
gar, nacido en la periferia del Imperio aus-
trohúngaro, un artista que hubo de inventar-
se unos ancestros y que reivindicó un linaje
aristocrático—reivindicación al parecer al-
tamente dudosa—, un introvertido amante
de la soledad y alguien que, sobre todo en sus
últimos años, no se mostró particularmen-
te interesado en publicar y hasta el final de
su corta vida fue conocido únicamente por
un reducido número de iniciados. Nunca fue
ministro como Goethe, nunca senador como
Yeats, ni embajador como Saint-John Perse.
Es cierto que adoraba codearse con aristó-
cratas, pero no en la corte, sino únicamente

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en privado y preferiblemente en su entorno
natural, sus castillos y palacios; los conside-
raba reliquias pintorescas de una Europa me-
dieval más o menos imaginaria. Es significati-
vo que el castillo de Duino, perteneciente a la
familia Thurn und Taxis y cuyo nombre que-
dará ligado para siempre a la poesía de Rilke,
resultase destruido durante la Primera Gue-
rra Mundial (y reconstruido mucho más tar-
de): los aristócratas que Rilke conoció eran
la sombra de magnates otrora poderosos. Ni
uno solo de los políticos influyentes de su épo-
ca tuvo interés en conocerlo. ¿Clemenceau y
Rilke? ¿Lloyd George y Rilke? ¿Lenin y Ril-
ke? No, imposible, ridícu­lo, menuda broma.
Paul Valéry, sí, es más lógico; ambos poetas
se conocieron y su encuentro nos dejó un ras-
tro, la tan conocida fotografía (pero también
y principalmente la traducción de la poesía de
Valéry por parte de Rilke).
Lo más atractivo del estatus simbólico de
Rilke apenas tiene nada que ver con las cir-
cunstancias externas de la época. A diferen-
cia de Goethe, más que un ineludible repre-

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sentante de su tiempo, Rilke era un elegante
signo de interrogación en el margen de la his-
toria. En el espectro del Modernismo literario
se alineó con los antimodernos (en el sentido
de mostrarse hostil a muchas de las caracte-
rísticas de la recién nacida Revolución Indus-
trial), aunque no se tomó la molestia de desa-
rrollar sus ideas de forma coherente: al fin y
al cabo era un poeta y no un periodista filo-
sófico.
Le ocurrió lo que al Chopin del maravillo-
so poema de Gottfried Benn:

… cuando Delacroix desarrollaba teorías


se ponía inquieto, él
no podía justificar los Nocturnos.

Lo que nos atrae de él es su rigor interior, la


disciplina de su vida, los sacrificios que hizo.
Apreciamos cierta estilización intrigante de
su existencia externa comparable a una flecha
que cobra feroz velocidad camino de su ob-

  Traducción de Carlos Pereda, «Otras músicas», Ise­
goría, n.º 11 , 1995. (Todas las notas son del traductor).

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