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El documento describe varios conciertos para instrumentos de cuerda como el violín, violonchelo y fagot escritos por compositores como Vivaldi, Boccherini y Haydn. Vivaldi definió la forma del concierto con solista y dejó más de 200 conciertos para violín. Boccherini escribió doce conciertos para violonchelo que muestran su técnica virtuosística. El concierto para violonchelo de Haydn fue dedicado a un destacado violonchelista de su orquesta.

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El documento describe varios conciertos para instrumentos de cuerda como el violín, violonchelo y fagot escritos por compositores como Vivaldi, Boccherini y Haydn. Vivaldi definió la forma del concierto con solista y dejó más de 200 conciertos para violín. Boccherini escribió doce conciertos para violonchelo que muestran su técnica virtuosística. El concierto para violonchelo de Haydn fue dedicado a un destacado violonchelista de su orquesta.

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NOTAS

Aunque no fue ni mucho menos su inventor, Antonio Vivaldi definió en las primeras
décadas del siglo XVIII la forma del concierto con solista, asentando su estructura
tripartita (rápido-lento-rápido) y el estilo ritornello para los tiempos rápidos. El músico
veneciano dejó un legado de más de doscientos conciertos para violín, pero también
los escribió para otros instrumentos. No deja de ser significativo que fueran el fagot y
el violonchelo los dos más representados tras el violín (con 37 y 27 obras
respectivamente). Los timbres graves se ajustaban especialmente bien al gusto
vivaldiano por los pasajes melancólicos y expresivos.
El Concierto en do menor RV 401 es buen ejemplo de las soluciones que halló
Vivaldi para esta forma. Se trata de una obra relativamente tardía, escrita en los años
30, y en la que el compositor logra una escritura de una riqueza contrapuntística
extraordinaria desde el mismísimo arranque, que está tomado realmente de un
movimiento Lento de un concierto para violín. El pathos que trasmite la página se
asienta en el uso abundante del cromatismo. Sigue un Adagio de un lirismo
trascendido y un final fugado de ardiente dramatismo.
Entre los conciertos dobles que han sobrevivido de Vivaldi (casi medio centenar), el RV
531, escrito para dos violonchelos, es de los más antiguos (está datado en torno a
1715), lo que se aprecia en un estilo no lejano al de la colección de L’Estro Armonico.
Se trata de una obra rítmicamente imponente en la repetición de sus ostinati y que se
caracteriza por un juego continuo de imitaciones y superposiciones por terceras entre
los solistas que sacan buena parte de su material melódico de los ritornelos
orquestales. El tiempo lento es una auténtica sonata en trío, con los dos solistas
dialogando sobre el bajo continuo para dar forma a una elegante y melancólica
cantinela.
Como preludio de este concierto se incluye un concierto ripieno (esto es, para cuerdas,
sin solistas), escrito en la misma tonalidad de sol menor, el RV 156, que pertenece a
ese grupo de obras verdaderamente exquisitas del veneciano, en el que los medios son
reducidos, la brevedad acuciante, pero la expresividad máxima, por su carácter
contrapuntístico y su vigoroso dramatismo.
Si los conciertos para violonchelo de Vivaldi no dejan de ser relevantes por haber sido
escritos en un momento en que el cello se concebía básicamente como instrumento de
continuo, para Boccherini, violonchelista virtuoso, no dejaron de ser un medio de
expresión natural, aunque su reclusión en Arenas de San Pedro con la pequeña
orquesta que el infante don Luis tenía a su disposición, lo orientó más hacia el terreno
camerístico, y por eso sus quintetos (con dos cellos) se convirtieron en su máxima
especialidad. Los doce conciertos que se han conservado de Boccherini muestran una
técnica virtuosística en expansión, en especial en lo referente al registro más agudo del
instrumento. El Concierto en re mayor G 479 resulta llamativo porque las secciones
solistas del violonchelo están acompañadas solo por violines, lo que unido al recurso
habitual a las notas más agudas del instrumento dan a la música una ligereza y una
luminosidad especiales. El Allegro de apertura está ornamentado en el más
característico estilo rococó. El Adagio contrasta por su carácter solemne de escritura
mucho más cromática, aunque el violonchelo no abandona su tono ligero y decorativo
en los pasajes solísticos. El final es una danza rústica en la que Boccherini recurre a
expresivos ritmos sincopados.
Maestro indiscutible del cuarteto de cuerdas y de la sinfonía, Haydn no dejó un legado
comparable de conciertos, aunque algunos han conseguido recientemente el favor de
intérpretes y públicos. Es el caso del Concierto para violonchelo en do mayor, que
fue hallado en 1961 en los archivos del Museo Nacional de Praga. Se trata de una obra
datable en la primera mitad de la década de 1760 que el compositor dedicó a uno de
los más destacados instrumentistas de su orquesta, el violonchelista Joseph Weigl,
quien sin duda instruyó a Haydn sobre las nuevas técnicas que estaban permitiendo
ampliar la tesitura del instrumento (con la técnica del pulgar por ejemplo) y facilitar el
toque de agilidad, que Haydn explotará en un movimiento final de deslumbrante
virtuosismo, muy contrastado con el arranque del concierto, que con sus ritmos con
puntillo parece acercarse a la solemnidad de una obertura a la francesa. En el Adagio,
las cuerdas se quedan solas en el acompañamiento de un violonchelo que desarrolla
una línea espontánea, flexible, casi diríase nacida de la improvisación.
© Pablo J. Vayón

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