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Pensamiento Borroso

El documento describe cómo la lógica difusa o borrosa se opone a la lógica binaria de Aristóteles al reconocer que hay matices entre los opuestos y que las cosas no son siempre blanco o negro. También contrasta las filosofías de Aristóteles y Buda, señalando que Buda toleraba la ambigüedad entre A y no A, mientras que Aristóteles trazaba líneas claras. Finalmente, ilustra la lógica borrosa con ejemplos como la vejez de una casa o la felicidad de

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Pensamiento Borroso

El documento describe cómo la lógica difusa o borrosa se opone a la lógica binaria de Aristóteles al reconocer que hay matices entre los opuestos y que las cosas no son siempre blanco o negro. También contrasta las filosofías de Aristóteles y Buda, señalando que Buda toleraba la ambigüedad entre A y no A, mientras que Aristóteles trazaba líneas claras. Finalmente, ilustra la lógica borrosa con ejemplos como la vejez de una casa o la felicidad de

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1

PENSAMIENTO BORROSO1
La nueva ciencia de la lógica difusa2
BART KOSKO

Resumen y adaptación preparado por el Administrador Alberto


Merlano A.

Enero 1998

La lógica binaria de Aristóteles se reduce a una sola ley: o A o no A, o


esto o aquello. El cielo o es azul o no lo es. No puede ser a la vez azul y
no azul, no puede ser A y no A. El principio de contradicción de
Aristóteles estableció qué era lo filosóficamente correcto durante más
de dos mil años.

Buda vivió en la India cinco siglos antes de Cristo. Murió en la India casi
cien años antes que Aristóteles naciese en Grecia en el 383 a. C. El
primer paso de su sistema de creencias fue el de romper con el mundo
de palabras blanco y negro, desgarrar el velo de la bivalencia y ver el
mundo como es, plagado de contradicciones, con sus cosas y sus no
cosas, sus rosas que son y no son rojas, con A y no A.

El tema de la borrosidad y el gris aparece en los sistemas de creencias


orientales, viejos o nuevos, del taoísmo de Lao-tse al moderno zen del
Japón. O esto y aquello ante la contradicción de A y no A. Aristóteles
frente a Buda.

La historia antigua de la borrosidad se reduce a la de la lógica de


Occidente y de Oriente. En Occidente, Aristóteles nos dio la lógica
binaria y buena parte de nuestra visión del mundo. Nos enseñó a
manejar el cuchillo de la razón ya trazar siempre una Iínea entre los
opuestos, entre la cosa y la no cosa, entre A y no A. Cuanto mejor
tracemos esas líneas, más lógica será nuestra mente y más exacta
nuestra ciencia, se nos decía.

Por el contrario, los grandes Iíderes culturales de Oriente eran místicos.


Toleraban la ambigüedad o vaguedad, e incluso la promovían. Buda
rechazaba el mundo blanquinegro de las palabras en su camino hacia
el esclarecimiento espiritual o psíquico, mientras Lao-tze nos daba el
1
Editorial Crítica - Grijalbo Mondadori - Barcelona, España -1995

2
También se le conoce como pensamiento brumoso, lógica ambigua, pensamiento
multivalente, etc.
2

Tao y el emblema de éste, el del yin y el yang, la cosa y la no cosa a la


vez, A y no A al mismo tiempo.

Estados Unidos y Japón dirigen el mundo en los negocios y la técnica;


mandan en el dinero y en las matemáticas. Las culturas de ambos
países derivan de las de otras naciones. La Grecia antigua es para
Estados Unidos y la mayor parte de Europa lo que la China antigua y la
India son para Japón.

Aristóteles y Buda personifican esas dos raíces culturales. Buda fue


indio, no chino, y nunca estuvo en China. Pero su concepción del
mundo pasó por el filtro del taoísmo chino y desembocó en el budismo
zen, que impregna tanto el pensamiento y la cultura japonesa como su
historia y su manera de practicar los negocios.

La lógica de Aristóteles, su sesgo científico, han configurado en buena


medida el espíritu occidental moderno y definido el margen de variación
de sus parámetros, sus Iímites, su lista de lo que es correcto y de lo que
no lo es.

Buda no fue un teórico de la borrosidad en el sentido matemático, pero


tuvo la idea de los matices del gris: toleraba A y no A. Evitó con cuidado
la bivalencia artificial que nace del término de negación "no" de los
lenguajes naturales. Buda parece ser el primer pensador que rechazó el
mundo blanquinegro de la bivalencia por completo y sobre ello
construyó una filosofía personal. El positivismo lógico, por el contrario,
sostiene que si no puedes contrastar o demostrar matemáticamente lo
que dices, no has dicho nada. Les viene bien a científicos y
matemáticos, pues sólo les deja hablar a ellos. Todos los demás, dicen,
son enunciados carentes de sentido acerca del mundo, la vida, la moral,
la belleza. Los problemas de Dios, la metafísica, el bien, los valores se
reducen a meros pseudo problemas, cuestiones que plantean sólo
quienes han sido confundidos por el lenguaje y no saben qué puede
valer como respuesta y qué no.

No habrá filósofo al que preguntéis que no ataque al positivismo lógico,


sea por los detalles o por algún principio general, pero sigue siendo la
filosofía efectiva de la ciencia moderna, de la medicina y de la
ingeniería.

El mundo de las matemáticas no casa con el mundo que describe. Son


diferentes: uno es artificial, el otro real; uno es nítido, el otro está difuso.
El mundo es borroso, la descripción no. Todos los enunciados de la
lógica formal y de la programación de ordenadores son o verdaderos
del todo o falsos del todo, 1 o 0. Pero los enunciados en el mundo real
3

no son así. Los enunciados que hablan de hechos no son o verdaderos


o falsos del todo, su verdad cae entre la verdad y la falsedad totales,
entre el 1 y el 0. No son bivalentes; son multivalentes, grises, borrosos,
por ello el principio borroso afirma que todo es cuestión de grado.

A la borrosidad se le da en la ciencia un nombre formal: multivalencia.


También se le conoce como lógica difusa y lógica brumosa. Lo contrario
a la borrosidad es la bivalencia, el que sólo haya dos valores, dos
maneras de responder cualquier pregunta, verdadero o falso, 1 o 0.
Borrosidad significa multivalencia. Quiere decir que hay tres o más
opciones, quizá un espectro infinito, y no sólo dos extremos, que prima
lo analógico y no lo binario, que son infinitos los matices grises entre el
blanco y el negro. Expresa todo aquello que el abogado o el juez
quieren descartar cuando dicen: " responda sólo sí o no".

Los lógicos de los años veinte elaboraron la lógica multivalente para


abordar el principio cuántico de incertidumbre de Heisenberg. Este
principio dice que si mides algunas cosas de manera precisa, no podrás
hacer lo mismo con otras. Sugiere que, en realidad, nos las hemos de
ver con una lógica trivalente en la que los enunciados pueden ser
verdaderos, falsos o indeterminados.

Veamos un ejemplo para entender mejor en qué consiste la lógica


borrosa.

¿Estáis legalmente casados? Levantad la mano si es así. De esa forma


se divide al auditorio en dos partes, una parte A y una parte no A, los
casados y los no casados. La ley traza una Iínea continua entre
aquéllos y éstos. Bajad ahora las manos. ¿Cuántos sois felices? O
jóvenes, o tranquilos, o delgados, o altos, o listos, o sinceros. Levantad
la mano. Ahora, las manos no se levantan o se quedan abajo del todo.
No hay ley que nos trace una Iínea clara entre ser feliz o infeliz, joven o
viejo, gordo o flaco, bajo o alto, torpe o inteligente, sincero o falso.
Nuestra lógica borrosa no traza Iíneas continuas entre los contrarios.
Vivimos con una mezcla de todo. En estos casos es la ley de Buda la
que, hasta cierto punto, vale. Lo entendemos en cuanto vemos que las
manos de la gente se mueven de arriba abajo y de abajo a arriba hasta
que se quedan quietas entre los extremos del sí y del no totales. Lo
notamos cuando alguien nos pregunta: ¿Lo compra?, ¿Está con
nosotros? , ¿Lo hará?, ¿Comprendes?

El ejemplo del auditorio revela la esencia de la borrosidad: las cosas


borrosas se parecen a las cosas no borrosas. A se parece a no A. Las
cosas borrosas tienen con sus contrarias fronteras vagas. Cuanto más
se parece una cosa a su contraria, más borrosa es. La mayor
4

borrosidad se da cuando una cosa es igual a su opuesta: el vaso de


agua medio vacío y medio lleno.

El símbolo del yin y el yang es el emblema de la borrosidad. Representa


un mundo de opuestos, un mundo que a menudo asociamos con el
misticismo oriental, pues la lógica borrosa empieza donde termina la
lógica occidental.

Las palabras nombran conjuntos. Todos escribimos y decimos las


mismas palabras, pero no pensamos las mismas cosas. Las palabras
son públicas, pero los conjuntos que percibimos son privados.
Pensamos con conjuntos.

Casa nombra un conjunto de casas, una lista de casas, un grupo o


colección de casas. Pero ¿qué estructuras son casas y cuáles no? Nos
será más fácil señalar a algunas cosas como casas que a otras. ¿Qué
haremos con castillos, casas móviles, duplex, copropiedades, tiendas
puntiagudas de indios, tiendas de campaña, cobertizos, cuevas y cajas
de cartón de los tugurios? Es una cuestión de grado. Hay estructuras
que son más "una casa" que otras. En cierto grado son una casa y no lo
son. Las excepciones borran la delimitación entre casa y no casa. A y
no A, se cumple; la borrosidad, pues, se da: el nombre casa nombra un
conjunto borroso de cosas.

Y esto no se acaba en los nombres. Añadamos un adjetivo y


aumentaremos la borrosidad. Casa vieja nombra un subconjunto del
conjunto de casas. Todas las casas viejas son casas, pero no todas las
casas son viejas. Pero ¿cuán viejas han de ser para ser viejas? algunas
lo son más que otras. Es una cuestión de grado. Hay casas viejas que
pertenecen más al conjunto de las casas viejas que otras. Hasta
podemos clasificarlas por años, meses o días. Casa muy vieja nombra
un conjunto aún menor, un subconjunto de nuestro conjunto de casas
viejas. También podemos clasificar su mucha vejez por su época. La
histórica casa de campo medieval es más "muy vieja" que la granja
cuáquera o la cabaña de troncos de la guerra civil norteamericana.

La belleza es a la vez borrosa y relativa. Depende de quién hable y de


la cultura. Las decisiones legales también son borrosas y relativas.

Los conceptos legales varían de una cultura a otra. El gran incremento


de la información en nuestro siglo no nos ha servido para trazar la Iínea
entre la justicia y la injusticia, lo que es y no es equitativo, lo que está
bien y lo que no, la intención y la carencia de intención, lo privado y lo
público, lo mío y lo tuyo. La información no dejará de crecer a lo largo
de los siglos. En vez de simplificar las decisiones legales, una mayor
5

información aumenta la borrosidad. ¿Cómo decide un juez un caso?


¿Sigue la letra o el espíritu de la ley? ¿Abre un libro de reglas, compara
los "hechos" con las partes si-entonces de las reglas y lee el veredicto o
sentencia? ¿O usa la lógica borrosa compara hechos borrosos con
precedentes borrosos y llega a lo que parece un promedio ponderado
borroso?

Ronald Dworkin ha construido toda una teoría del derecho a partir de la


distinción entre reglas y principios. Los principios, dice Dworkin, "tienen
una dimensión de la que carecen las reglas; la del peso o la
importancia", y el tribunal "cita principios para justificar su adopción y
aplicación de una regla nueva". Tenemos volúmenes llenos de reglas,
pero sólo unos cuantos principios. Las reglas permiten o prohíben actos
precisos. Los principios nos guían a la hora de elegir y descartar reglas.
Sólo las reglas dictan los resultados, pase lo que pase. Cuando se
obtiene un resultado adverso, la regla se abandona o cambia. Con los
principios no pasa lo mismo; inclinan la decisión en un sentido, aunque
no de manera concluyente, y sobreviven, intactos, aunque no
prevalezcan.

Pensemos en esto: nuestros cerebros están llenos de conjuntos


borrosos. Pensamos con conjuntos borrosos y cada uno de nosotros
define sus propios Iímites de maneras diferentes. Agrupamos las cosas
en conjuntos borrosos latos y jugamos con los grupos y buscamos
conexiones. El pensamiento es un juego con conjuntos. Eso,
precisamente, es la lógica borrosa: razonar con conjuntos borrosos.

El lenguaje, en especial el matemático de la ciencia, crea fronteras


artificiales entre el blanco y el negro. La razón o el sentido común las
borran, trabajando con grises.

En el siglo pasado, John Stuart Mill dijo que las ideas nuevas
atravesaban tres fases de rechazo. En la primera, son falsas. En la
segunda, van contra lo generalmente aceptado. En la tercera, no son
sino noticias viejas, triviales, mero sentido común, y a todos se nos
habrían ocurrido si hubiésemos tenido el tiempo o el dinero o el interés
para ello. La lógica borrosa, ligada al rápido ritmo social de cambio de la
información, está pasando de la primera fase a la tercera. En
Occidente, la teoría borrosa está entre la primera y la segunda. La
mayoría de los científicos siguen atacándola por ser contraria a la fe
bivalente; sólo el éxito comercial de los productos borrosos la ha puesto
en el candelero, si no, aún yacería enterrada en artículos de oscuras
revistas. En el Lejano Oriente ha avanzado casi hasta la tercera fase.
La lógica borrosa o la multivalencia son, en sus raíces, una visión del
mundo o una ideología. La bivalencia también, y de ahí nace el
6

conflicto.

La lógica de Aristóteles se esconde bajo nuestros instintos bivalentes.


Esperamos de todo enunciado "bien formado" que sea verdadero o
falso, no más o menos verdadero o falso. A o no A. Esta ley del
pensamiento recorre nuestro lenguaje, nuestra educación, nuestros
pensamientos.

El misticismo oriental ofrece los únicos grandes sistemas de creencias


que aceptan las contradicciones, que se basan en A y no A, en el yin y
el yang. Como hemos dicho antes, unos doscientos años antes de
Aristóteles, Buda no dejaba que quienes le oyesen quedaran atrapados
en los problemas del tipo de o esto o aquello. Guardaba un "noble
silencio” cuando se le hacían preguntas binarias, del estilo de si el
universo es finito o infinito. Los monjes del moderno budismo zen
enseñan a sus discípulos a meditar con koans -¿qué rostro tenías antes
de que nacieses?, ¿cómo aplaudes con una sola mano?-, para que
atraviesen la coraza blanca y negra de las palabras y alcancen un
estado de conciencia esclarecido, o satori.

Nos podemos quitar de encima todos los libros de física, de química, de


biología y economía, y sustituirlos con nuevos libros que presenten
sistemas borrosos donde, en los antiguos, había ecuaciones. En teoría,
se puede traducir cualquier ecuación a reglas.

Más información quiere decir más hechos. Con más información se


describen mejor los hechos. Nos da imágenes más claras de ellos y
desde más ángulos. Pero la borrosidad promete ser parte permanente
de esas imágenes, pues aunque a más información, menos
incertidumbre, la borrosidad funciona al revés, a mayor información
mayor borrosidad1.

El conocimiento borroso se reduce a reglas borrosas. Una regla borrosa


establece entre los conceptos borrosos relaciones con forma de
enunciados condicionales. Si el tráfico es denso, entonces manténgase
el semáforo en verde más tiempo. Los sistemas borrosos almacenan
docenas o cientos o miles de estas reglas borrosas de sentido común.

A un controlador borroso adaptativo se le enseñaría cómo controla el


13
Estanislao Zuleta nos recordaba citando a Platón, que la sabiduría es un estado de vacío.
Entre más conocemos de algo menos categóricos, más "borrosos", somos. Por el contrario la
ignorancia es un estado de Ilenura. El que no sabe llena su ignorancia con opiniones y se siente
seguro, no duda, de lo que en su ignorancia afirma. De allí la aceptación universal como
definición de sabiduría, de la paradójica frase de Sócrates, "Solo se que nada se". Ella parece
confirmar que la sabiduría consiste en gran parte, en conocer que no se conoce.
7

tráfico un guardia de la circulación. Cuanto más datos entren, mejores


reglas saldrán. Los sistemas borrosos adaptativos "chupan los
cerebros" de los expertos.

La lógica borrosa no se hizo adulta en las universidades sino en las


actividades comerciales saltando por encima de las objeciones
filosóficas de los científicos occidentales.

A principios de la década de los noventa la borrosidad se ha convertido


en el emblema técnico y cultural del Lejano Oriente. Japón ha
encabezado la revolución borrosa en los productos de consumo de alta
tecnología. El gobierno japonés ha abierto dos grandes laboratorios,
cada uno de los cuales patrocina un congreso sobre la borrosidad en
años alternos.

La borrosidad también ha echado raíces en otros países del Lejano


Oriente, cada uno de ellos expresando su visión borrosa del mundo a
su manera. Los ingenieros chinos han aplicado los sistemas borrosos a
tareas industriales y militares.

Los sistemas borrosos de alta velocidad son inteligentes. Controlan hoy


en Japón los Metros y estabilizan helicópteros mejor que las personas.

La técnica de los sensores acelera la revolución borrosa. Esos


minúsculos expertos borrosos necesitan muchos datos, y cuanto más
de prisa y con mayor precisión los reciban, tanto mejor. Una lavadora
borrosa emplea sensores de carga para medir el tamaño y la textura de
la ropa que tiene que lavar y usa un sensor de luz pulsante para medir
la suciedad del agua de lavado. Las aspiradoras borrosas emplean
sensores infrarrojos a fin de medir la densidad de la suciedad y la
textura de la alfombra. Se reciben los datos y las reglas borrosas
ajustan el poder de succión de la aspiradora. Los televisores borrosos
miden el brillo, contraste y color relativos en cada imagen, entonces
intervienen los mandos para que la nitidez sea mayor.

Para entender el triunfo de la borrosidad en el Lejano Oriente hay que


entender, como me dicen mis amigos de allí, el "espíritu oriental", lo que
en gran medida depende de que se entienda el budismo, su historia, su
práctica y lo que va de una a la otra. Para sacudirnos de la fe bivalente,
por el contrario, tendremos que poner en duda la aplicabilidad universal
de las enseñanzas de Aristóteles.

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