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Crisis de La Masculinidad

La crisis de la masculinidad se ha producido debido a que los hombres han perdido sus modelos tradicionales de referencia a medida que las mujeres ganan más derechos e independencia. Esto ha llevado a muchos hombres a sentir inseguridad sobre su papel e identidad de género, y algunos recurren a la violencia o comportamientos de riesgo. Además, se critica que los hombres fueron educados para reprimir sus emociones y tener dificultades para establecer relaciones igualitarias e íntimas. El empoderamiento de las

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Crisis de La Masculinidad

La crisis de la masculinidad se ha producido debido a que los hombres han perdido sus modelos tradicionales de referencia a medida que las mujeres ganan más derechos e independencia. Esto ha llevado a muchos hombres a sentir inseguridad sobre su papel e identidad de género, y algunos recurren a la violencia o comportamientos de riesgo. Además, se critica que los hombres fueron educados para reprimir sus emociones y tener dificultades para establecer relaciones igualitarias e íntimas. El empoderamiento de las

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La Crisis de la Masculinidad

Coral Herrera

Algunos historiadores norteamericanos fechan la aparición de la crisis masculina en Estados Unidos a finales
del siglo XIX, cuando las mujeres se incorporaron al mercado laboral y comenzaron a luchar por sus
derechos. Pero es en el siglo XX, en la década de los 80, cuando florecen los artículos e investigaciones
sobre la crisis de la masculinidad en España, en Francia, en EEUU y Latinoamérica, especialmente en
Argentina.

En los 90 los medios de comunicación masivos comienzan a hablar del tema: el 28 de Septiembre The
Economist daba la señal de alarma con su apertura de portada: “The trouble with men”. Desde entonces
hasta hoy, no sólo se han multiplicado los estudios sobre masculinidades; también se ha desarrollado todo un
movimiento social y político que está sacudiendo los cimientos del patriarcado en muchos países. Son los
hombres igualitarios, que están reflexionando sobre esta crisis masculina y se han sumado a la lucha por la
igualdad, desde el trabajo de calle, y desde la academia.

Una de las causas de esta crisis es que los hombres posmodernos han perdido sus modelos de referencia,
según R. Conell (Australia). No les sirven los modelos tradicionales, como el de sus abuelos o padres, porque
ellos fueron educados en la cultura patriarcal y por tanto vivieron siendo dependientes de sus mujeres,
autoritarios, con dificultad para establecer relaciones íntimas y para expresarse emocionalmente.

Muchos sufren una gran carga de inseguridad sobre cuál es su papel, y tienen miedo a perder importancia o a
sacrificar su virilidad. No saben relacionarse con hombres gays y odian a las mujeres feministas, y algunos
emplean la violencia, tratando desesperadamente de ejercer su poder sobre su entorno, especialmente sobre
las mujeres cercanas. En todo el planeta, los hombres se suicidan más que las mujeres y mueren en actos de
imprudencia porque tienen menos herramientas para gestionar sus emociones. No saben cómo hacer frente
al miedo, al odio, a la desesperación, a la tristeza; por eso es frecuente que recurran a la violencia, contra sí
mismos o contra los demás.

Eduardo Bognino, psiquiatra y miembro de AHIGE y PPina, cree que la presión social sobre los “machos” ha
sido devastadora para la salud mental y emocional de muchos millones de hombres. Esto es debido a que la
masculinidad tradicional está sometida a constantes pruebas; un hombre ha de estar demostrando
continuamente que no es una mujer, que no es un niño, que no es homosexual. Tiene que demostrar que es
valiente, agresivo, activo, aunque tenga que poner su vida y la de otros en peligro. Los hombres, para
demostrar su virilidad, tienen que ser exitosos en su trabajo; promiscuos, fértiles y potentes en el ámbito de la
sexualidad. Crecen y construyen su identidad rechazando todo lo que tenga que ver con la feminidad; las
mujeres son siempre “lo otro”, aquello que uno no es.
En las películas, los videojuegos, los cómics, las series de televisión, se aprecia una falta de diversidad en
los modelos masculinos; unos son machos alfa en acción, otros donjuanes, y otros son unos “calzonazos”
que no saben dominar a sus mujeres. Gracias a la mitificación de la violencia viril de nuestra cultura, la mayor
parte de los hombres quieren ser vencedores, héroes o conquistadores de mujeres. La cantidad de mujeres
que pueden seducir es la prueba de su hombría, de ahí que se les eduque para ser promiscuos, y para
relacionarse con las mujeres únicamente desde la necesidad. Por eso el papel de las mujeres ha sido
siempre el de satisfacer sus demandas sexuales, y además ejercer de criadas para cubrir sus necesidades
afectivas y materiales.

Con la revolución feminista, muchas mujeres dejaron de configurar su vida en torno a la necesidad de ser
poseída por un hombre, y se rebelaron contra la doble moral sexual que les obliga a ser fieles y que en
cambio premia la promiscuidad masculina. Las mujeres posmodernas reclaman a sus compañeros mayor
implicación sentimental y más comunicación, reparto igualitario de las tareas domésticas, relaciones plenas
que no se basen en la evitación o la huida. Las mujeres de hoy ya no quieren cumplir el papel de “freno de
mano” del hombre, y muchas se rebelan contra el rol de madre que han de cumplir para que sus maridos se
comporten como personas adultas.

A algunos hombres les cuesta relacionarse igualitariamente con su familia o su pareja porque los entornos
“masculinos” (trabajo, deportes, negocios, política) son jerárquicos y competitivos, y porque con respecto a
las mujeres siempre se han situado o bien en un plano superior, o en un plano de dependencia emocional.
Además, han sido educados para reprimir sus emociones, y esta falta de expresividad les está pasando
factura. Les cuesta abrirse y compartirse, comunicar, mostrar cariño en público a otros hombres, mostrar
miedo o debilidad. Porque fueron educados para ser machos heterosexuales, duros, promiscuos, fuertes,
inquebrantables; se les mutiló para que no se dejen llevar por la sensibilidad o los sentimientos bajo el lema
“los hombres no lloran”.

Por todo esto a los varones les cuesta relacionarse en un plano de igualdad, y por esto las parejas también
están en crisis. El modelo de relación basado en la dominación y la sumisión ya no funciona ahora que las
mujeres pueden trabajar y no necesitan marido para sobrevivir. La liberación de las mujeres ha logrado que
no nos relacionemos ya desde la necesidad de tener un proveedor, sino desde la libertad para compartir la
vida con quien una desee.

Mientras las mujeres han ido empoderándose, los hombres sienten que han perdido su función como papel de
proveedor principal, cabeza de familia, rey de su casa y amo de sus propiedades, su mujer, sus hijos e hijas.
Ya no son necesarios ni para la defensa, ni para el mantenimiento del hogar, ni para la reproducción, como lo
demuestra el aumento de familias monoparentales encabezadas por mujeres autónomas, y como lo
demuestra el creciente uso de las técnicas de reproducción asistida.
La autoridad del pater familias ya no es sagrada. Ahora todo es negociable y las familias son democráticas:
en casa se hablan las cosas y se llega a acuerdos, se reparten tareas, se apoya a quien lo necesita. Las
mujeres se las arreglan solas ante los “maridos ausentes” (cada vez existen más jefas de hogares
monoparentales en todo el mundo). Los “padres ausentes” van perdiendo todo su poder porque no están,
porque no son, porque son incapaces de comunicarse ni de vincularse emocionalmente con sus hijos/as.
Ahora el respeto y el cariño hay que ganárselo, y muchos no saben por dónde empezar.

Y es que a muchos hombres les cuesta comprometerse. Con las mujeres, con los hijos, con las
responsabilidades de la vida. Su constante deseo de escapar (de sí mismo, de sus sentimientos, de sus
compromisos, de sus problemas, de su paternidad) revela, según algunos expertos en los estudios de las
masculinidades, la inmadurez de algunos para hacer frente a la vida.

Enrique Gil Calvo, sociólogo español, habla con naturalidad, en un proceso de autocrítica, del egoísmo de
género, según el cual los varones sumidos en la tradición machista siguen siendo pequeños tiranos
acostumbrados a que sus necesidades y deseos sean atendidas de inmediato. Son muchos los que desean
poder disfrutar de la impunidad de la infancia, por eso les gusta sentirse controlados, vigilados y regañados
por sus compañeras. La libertad se les antoja insoportable, porque no saben qué hacer con ella. Por eso
prefieren pasar de la madre a la esposa sin asumir su adultez, y pretenden que ambas cumplan su papel
maternal hasta el fin de sus días.

Los “nuevos” varones, en cambio, apoyan el empoderamiento de sus amigas, de sus amantes, de sus
compañeras, de sus madres y hermanas. Educan a sus hijas para que estudien y se desarrollen
profesionalmente, para que sean autónomas y se emparejen con quien deseen, sin las presiones sociales de
antaño. Felicitan a las mujeres de su entorno el 8 de Marzo, se manifiestan junto a ellas para reivindicar la
igualdad; pero aún son muchos los que se sienten culpables porque no son capaces de ceder sus privilegios
de clase.

Son los que “ayudan” en las tareas domésticas sin asumirlas como propias. Son los que cortan el césped del
jardín pero jamás limpian la mierda de los retretes. Son aquellos que evaden sus obligaciones poniendo
como excusa la ignorancia o la torpeza masculina en asuntos domésticos, como si encargarse de ellos fuese
una habilidad exclusivamente femenina que estuviese en la naturaleza de las mujeres desde el principio de
los tiempos.

El “nuevo hombre” se enfrenta a una libertad desconocida para configurar su identidad, y eso le angustia,
porque ha de inventarse nuevos modos de ser y de relacionarse y no sabe muy bien por dónde tirar. Algunas
mujeres se quejan de la indecisión masculina, de la inseguridad que les paraliza, de su falta de madurez. El
varón posmoderno no sabe si las mujeres desean machos posesivos o compañeros de viaje, y sufre por las
contradicciones internas entre el discurso y la práctica, entre el deseo de igualdad y las estructuras machistas
que habitan en todos los hombres y mujeres educadas en la tradición patriarcal.

Algunos aceptan el desafío y están explorando caminos desconocidos, rompiendo las barreras que les limitan,
liberándose de la opresión que sufren desde que están en la cuna. Estos aventureros están re-pensando la
masculinidad hegemónica y la diversidad de las masculinidades, están haciendo autocrítica, están
planteándose nuevos retos, y se atreven por fin a construir su propia identidad al margen del machismo y la
homofobia de nuestra cultura patriarcal. No es fácil porque todos llevamos incorporados estos esquemas,
estos roles, estos estereotipos que nos dicen como es un “verdadero” hombre o como es una “verdadera”
mujer. Pero basta con darse cuenta de que hoy la identidad no es un producto acabado, sólido, estable, sino
que es más bien un proceso en el que todo cambia.

Muchos se unen para organizarse y forman grupos de Hombres Igualitarios. Trabajan en varias áreas:
activismo, talleres, encuentros, intercambios, terapias grupales e individuales, charlas, capacitaciones,
investigación. En estos grupos se juntan varones de todas las edades y clases sociales, de diferentes
religiones e ideologías, con un objetivo común: hablar. Hablar de sí mismos, analizar la educación que han
recibido, cómo se sienten ahora, y qué pueden aportar ellos a la lucha por la igualdad y los derechos
humanos.

Estos grupos de Hombres escriben en webs y blogs, publican libros, comparten información, crean redes de
grupos masculinos, se reúnen en congresos internacionales, lanzan campañas a favor de la paternidad, salen
a la calle a protestar contra la violencia hacia las mujeres o contra la explotación de esclavas sexuales.
Trabajan con hombres maltratadores, realizan talleres de prevención con adolescentes, deconstruyen la
masculinidad tradicional opresora, y reivindican otras masculinidades diferentes, otras formas posibles de ser
y estar en el mundo.

Los hombres igualitarios desean mejorar sus relaciones con los amigos, sus relaciones sexuales y
sentimentales, sus vínculos familiares. Reivindican su derecho a ejercer y disfrutar de la paternidad. Están
revolucionando sus relaciones en la cama, en el trabajo, en la familia, y comienzan a sentir que tienen nuevos
roles, nuevas metas, nuevas inquietudes. Estos nuevos varones están marcando el camino hacia una cultura
más pacífica y amable, de relaciones más igualitarias y afectos más diversos.

El gran reto ahora, creo, es la lucha por la conciliación laboral y familiar. Los hombres quieren disfrutar de la
crianza y la educación de los niños y las niñas, de modo que están pidiendo a los gobiernos y las empresas
que permitan a los padres disfrutar de los mismos derechos y obligaciones que las madres.
Creo firmemente que es necesario que hombres y mujeres trabajemos unidos, porque lo que beneficia a
unas, beneficia también a los demás, y porque tenemos el mismo sueño: una sociedad igualitaria en la que no
se discrimine a la gente por sus diferencias, una sociedad sin jerarquías ni luchas de poder, una sociedad
pacífica e inclusiva en la que tengamos toda la libertad para configurar nuestras identidades al margen de las
imposiciones sociales, y más allá de las etiquetas.
EXTRACTO DEL LIBRO "LA MASCULINIDAD TÓXICA"
DE SERGIO SINAY. EDICIONES B, ARGENTINA, 2006

"Querido congénere:

Esta carta no podía tener otro destinatario que no fueras vos. Nadie podría entender mejor de qué
hablo, qué quiero decir. Querido congénere, vos y yo, varones ambos, estamos en peligro de
extinción. Así como nos mandaron a vivir nuestras vidas de hombres, así como nos mandaron
relacionarnos con las mujeres, con nuestros hijos, con las cosas, con los seres, con el mundo, así no
va más.

Te quiero contar cosas que escucho, que siento, que pienso, que vivo y que veo, cosas que nos
involucran y que, quizás, no ignoras y te preocupan tanto como a mí.
Veo mujeres tristes, desalentadas, resignadas a no encontrarse emocionalmente con nosotros, a no
contarnos como compañeros de vida, digo como verdaderos compañeros de vida, como hombres
dispuestos a explorar con ellas los espacios desconocidos del afecto, a confiar en que nuestras
diferencias nos enriquecerán, dispuestos a mirarlas con cariño, con ternura, con humor, además de
con deseo. Veo mujeres que no nos entienden ni se sienten entendidas por nosotros, mujeres que
han hecho hasta lo imposible por comunicarse (y debo decirte querido congénere, que a menudo
hacen de más, se ponen demasiado ansiosas, sofocan, se adelantan a nuestros tiempos). Han
hecho hasta lo imposible guiadas por la mejor, la más amorosa de las intenciones. Y hoy a muchas
las veo y escucho resignadas a convivir con hombres que siempre serán extraños y lejanos o,
directamente, a prescindir de ellos. Muchas mujeres prefieren compartir su tiempo con otra u otras
mujeres: reciben más afecto, más comprensión, más compañía (aunque le falte el tipo de compañía,
comprensión y afecto masculinos que tienen otra energía, otra vibración, no opuesta sino
complementaria). Hay mujeres a las cuales empezamos (sólo empezamos) a resultarles
prescindibles. Y si prescinden de nosotros, ellas estarán sin hombres, pero los que estaremos
verdaderamente solos seremos nosotros, te lo aseguro.
Nosotros, los varones sabemos muy poco, o nada, de estar solos, salvo en las trincheras o arriba de
un ring. Y aún así, nos damos el dudoso lujo de aislarnos.

Por las dudas, te lo aclaro: cuando digo que las mujeres acabarán prefiriendo estar con
mujeres, no hablo de sexo. Lo aclaro porque sé que los varones sabemos poco de intimidad,
simplificamos y nos confundimos. Estarán juntas de un modo que nosotros no sabemos estar
entre nosotros. Espero que entiendas. Y si no, hermano, espero que empieces a aprender a
entender.

Veo y oigo, también, a muchos hijos desalentados. Ya no hacen más esfuerzo por acercarse a sus
padres, ya no esperan que sus padres se acerquen a ellos, quiten el candado de la distancia
emocional, compartan sentimientos, sensaciones. Ya no esperan que sus padres se interesen de
verdad por lo que a ellos o ellas (hijo, hija) les pasa, ya no aspiran a ser revalidados por la amorosa
y firme mirada paterna. No sé si te ocurre, no sé si te ha tocado, pero he sido testigo u oyente de
muchas palabras de hijos desalentados. Dicen cosas como "A mi viejo no vale la pena pedirle nada,
nunca tiene tiempo, siempre está ocupado". O dicen: "Me hubiera gustado verlo en la entrega de
diplomas, me hubiese gustado que estuviera allí (y no en una reunión o jugando al tenis o llevando el
coche al taller) el día que traje a mi novia por primera vez a casa". O dicen: "Me gustaría no sentir
este silencio incómodo cuando nos quedamos solos. Me gustaría que me mire a los ojos cuando me
habla. Me gustaría que no opine sobre todo lo que digo. Me gustaría que me escuche sin juzgarme.
Me gustaría que alguna vez me prohíba algo y me lo explique, así puedo aprender. Me gustaría que
no me trate como a un amigo, que no se haga el pendejo, que no me robe mi manera de hablar;
necesito sentir que es mayor que yo, que tiene otra experiencia, que sabe cosas que no sé, que
podré confiar en él si me pierdo. Y así, con un padre pendejo, no puedo. Y paso vergüenza ante mis
amigos, porque encima no funciona como pendejo".

Muchos de esos hijos, hermano varón, ya no buscan a sus papás, se han resignado a perderlos
emocionalmente o a tenerlos sólo como proveedores. Y eligen como confidente a mamá. Ella, que
nunca fue varón, que no se siente como varón, que carece de experiencia de varón, tiene que
explicarles desde qué hacer con una chica (¡yo tampoco lo creía hasta que fui testigo varias veces!),
hasta como enfrentar una situación temida. Para esos hijos pronto seremos prescindibles. Ellos se
quedarán, funcionalmente, sin padre, les será doloroso pero seguirán adelante con su vida,
aprenderán a ser hombres de alguna manera, acaso sean buenos hombres. Los que nos vamos a
quedar de veras solos somos nosotros.

No sé si te pasa, no sé si lo sientes, observo cada vez más hombres que desconfían de otros
hombres, que los ven como enemigos, como obstáculos, o a lo sumo los ven como instrumentos,
como medios. "Este tipo me sirve o no me sirve, lo tengo que cuidar o lo tengo que cagar". Escucho
eso, lo escucho con una frecuencia que me alarma. Pasa en las empresas, en la política, en la vida
social, en los clubes, en las agrupaciones profesionales.
Veo cada vez más hombres enceguecidos por la ambición, a los que no les importa qué precio
(moral, en salud, en dinero, o reputación) hay que pagar para tener. Tener, ésa es la palabra,
hermano varón. Tener poder, mujeres, plata, casa, cosas (no importa qué cosas: cosas). Cuando
hay tan poca solidaridad, tan poca empatía, tan poca camaradería entre los varones estamos mal,
hermano varón. Nos quedaremos solos, solos entre nosotros, solos y en guardia, solos y enfermos.

Cada vez veo más hombres deprimidos, hombres que no duermen, hombres que parecen pastilleros
ambulantes (viagra, alopidol, alplax, clorazepán, ansiolíticos, sedantes, antiácidos, antiinflamatorios,
analgésicos, farmacias que caminan), hombres que desoyen todos los síntomas con que sus
cuerpos les hablan, hombres con dolores, con malestares físicos o emocionales a los que prefieren
no atender. Morimos antes de tiempo o llegamos estropeados a nuestra vejez. Necesitamos, para
nosotros y para otros, llegar vivos a la hora de nuestro final, con capacidad para convertir nuestras
experiencias en sabiduría y para hacer de nuestra sabiduría una herramienta al servicio de nuestros
afectos y nuestro mundo. Pero la gran mayoría de nosotros estamos llegando vacíos, sin nada para
transmitir, habiendo acumulado vivencias como quien junta fotos, pero sin haberlas transformado en
algo trascendente.

Así no va más, hermano varón, querido congénere. Con nuestra violencia, con nuestra ausencia de
perdón, de comprensión, de flexibilidad, estamos destruyendo el mundo. Digo nosotros, digo los
varones, no es un "nosotros" abstracto. Digo los hombres (no digo "la humanidad"), los que tenemos
pito y voces gruesas y pelos en todas las partes (a veces no en la cabeza). ¿Se entiende,
muchacho? Digo que los varones, con nuestro maldito mandato machista, ya hemos mucho daño y
ya nos hemos hecho mucho daño a nosotros. Así, no va.
Seremos prescindibles para las mujeres. ¿Quien nos hizo creer que estarán siempre a nuestros
pies, muertas por nuestros pitos? Seremos prescindibles para nuestros hijos. La paternidad biológica
es solo un dato, un accidente, hay que darle sentido, llenarla de contenido. Prescindimos entre
nosotros el uno del otro, apenas nos usamos. Así no se construyen vínculos fraternales y fecundos.
Ya hay mujeres (narcisistas si querés, egoístas si te parece, estoy de acuerdo) que nos usan de
padrillos, a veces sin que los sepamos, para tener hijos y librarse de tener maridos. Ya hay
fecundación in vitro. Y si la clonación avanza (Dios no permita que esos locos omnipotentes lleguen
a cumplir, invocando a la ciencia, sus sueños demenciales) bastará con una célula materna para
crear un hijo. Y no seremos necesarios ni como sementales. Será el ominoso final de un modelo que
nos hizo creer invulnerables, poderosos y ganadores. ¿Qué ganábamos, querido congénere?

¿De veras no estás un poco harto de tener que demostrar todo el tiempo que tenés huevos? ¿Qué
quiere decir tener huevos? No es algo que elegiste, no es algo que se logra con esfuerzo, con
aplicación, con creatividad. Terminémosla con los huevos. La mayoría de nosotros (la penosa
inmensa mayoría) ni siquiera sabe qué función cumplen los testículos en nuestro organismo.

¿De veras no estás harto de demostrar tu aguante, de bancártela solo? También los burros tienen
mucho aguante. Y los bueyes. ¿Hay algo más por lo que destaques? ¿Algo propio, generado desde
tu corazón?

¿De veras no estás harto de tener que demostrar a las mujeres el largo y el grosor de tu pene, de
tratar de batir récords cuando estás con ellas? ¿No estás harto de ir a la cama con pavor de que tu
arma tenga la pólvora mojada? ¿No estás harto de negarlo, lo vas a negar ahora una vez más? Yo
soy como vos, de manera que aquí podés ahorrártelo. Y, de paso, ¿no te gustaría saber un poco
más acerca de cómo sienten sexualmente las mujeres, de qué les gusta, de qué esperan de vos
antes de que empieces con tu exhibición y las dejes afuera? ¿No crees que podés llevarte alguna
grata sorpresa al averiguarlo? ¿O para vos no hay nada que aprender? ¿Dónde aprendiste tanto?
¿Te lo enseñó tu papá, o algún hombre mayor sabio, cariñoso, afectuoso y comprensivo? ¿O lo
aprendiste de oídas? ¿O pagando a una mujer de la cual no recordás el rostro? ¿De veras no estás
harto?

¿De veras no estás harto de mirar de reojo el auto del tipo del lado, y si es más nuevo o potente que
el tuyo, salir corriendo a cambiar tu coche para que no crean que sos pobre o que tenés menos
poder, o que la tenés más corta?

¿De veras no estás harto de hablar sólo de lo bien que te va, de callarte los dolores, las dudas, las
vergüenzas, las dudas? Digo, ¿no estás harto de aparentar, de competir aún de palabra, de tapar,
de disimular?

¿De veras no estás harto de tanto chiste machista, de tanto infantilismo acumulado, de tanta
simpleza intelectual, de tanto desprecio por las mujeres, por los homosexuales, por los que apuestan
a otra vida y a otros vínculos sin que pierdan por eso ni una gota de testosterona?
¿No estás harto, eso quiero decir, de vivir con el culo apretado por el miedo, por el pánico a lo
diferente?

¿No estás harto de justificar guerras, matanzas y destrucciones en nombre de la política?


¿No estás harto de callar, por miedo a que te llamen tonto, ingenuo o maricón, tu oposición a la
muerte de quien sea, de un palestino, de un libanés, de un judío, de un afgano, de un iraquí, de un
serbio, de un croata, de un ruso, de un indio, de un paquistaní, de una mujer, de un chico (de miles y
miles de chicos), no estás harto de tu propio silencio e inacción?

¿No estás harto de tener sólo cuatro o cinco temas de conversación (mujeres, política, fútbol,
economía, tecnología) temas seguros, donde nunca arriesgarás nada personal, temas protegidos,
temas que, a fuerza de ser los único, te alejan de otros temas, de otra gente, del corazón de otra
gente (mujeres, hijos, amigos, nuevos seres a conocer) y de tu propio corazón?

¿No estás harto de ser un eterno adolescente, alguien que se niega a entrar en las etapas evolutivas
de la vida, alguien que se convierte, mientras pasan los años, en la patética caricatura de un púber y
que , por muy macho que se diga, no tiene coraje (o huevos, como te gusta decir) para emprender la
aventura espiritual, emocional y cósmica de convertirse en un hombre de verdad, un hombre de los
que el mundo, y las mujeres, y nuestros hijos, y los otros amigos, necesitan?

Si no estás harto, acaso cuando lo estés ya sea tarde, ya estarás definitivamente solo, ya serás
absoluta e irreversiblemente prescindible. Si no estás harto, formás parte de una especie en
extinción. También los dinosaurios lo eran, aunque no lo supieran, cuando parecían enormes y
poderosos. Formás parte de una especie en extinción y no habrá una ONG que esté dispuesta a
rescatarte. Otras especies serán prioritarias. Especies que no depredan, que no discriminan, que no
asesinan masivamente entre sí, que equilibran el universo.

Si estás harto, el momento de cambiar es ahora. No hay excusas, no hay peros.

Así no va más. Me dirás que sí va, mire quienes gobiernan los países, quienes están al frente de las
empresas, quienes rigen el deporte, quienes manejan las finanzas, quienes son los economistas que
ven números pero no personas, quienes inventan cada día una guerra para seguir vendiendo armas
y robando petróleo mientras invocan causa inexistentes, quienes mandan a morir a los hijos de los
otros, quienes intoxican a nuestros hijos con la comida chatarra, televisión chatarra, juguetes
chatarra, ideas chatarra, quienes nos hacen creer que moriremos si no tenemos un auto, un plasma,
una computadora de ultimísima generación, que seremos poca cosa sin una zapatilla que hasta
marca nuestras pulsaciones, quienes manipulan nuestra salud desde las corporaciones
farmacéuticas. Miro y los veo. Son hombres insalubres, inoculados e inoculadores de un paradigma
tóxico. Y son mayoría. Es cierto. Pero te repito. También los dinosaurios parecían invulnerables,
cuando, aunque ellos no lo supieran, ya estaban en extinción. Y, de paso, pido perdón a los
dinosaurios por la comparación. Estos hombres no son inocentes como eran ellos. Son imputables.
A esta altura de la historia, de las comunicaciones, de la sociología, de la psicología, de la
información y del conocimiento, son imputables. No podrán decir que no sabían. En todo caso que
digan que les gustaba y les creeremos. No podrán decir que cumplían mandatos.
La civilización ha vivido cosas que impiden aceptar esa excusa.

Por eso digo, hermano varón, que si estás harto sólo te queda el camino de empezar a cambiar tus
conductas. No tus palabras, no basta con que cambies de discurso. Hay que transformar las
acciones, las actitudes, los hechos. Y también las palabras. Quedarte en el discurso te hará
imputable. El tiempo es ahora. El lugar es tu casa, tu trabajo, el espacio que compartes con tu mujer
(o con las mujeres), con tus hijos, con otros hombres. Es aquí y ahora, cada día en cada lugar. Ya.
No te dejes engañar por esa mayoría de hombres que ves.
Los varones somos, con el paradigma masculino hegemónico hoy vigente, una especie en peligro de
extinción. Y esos tipos son los responsables. ¿Querés ser como ellos? Yo no.

Me preguntarás desde dónde hablo, qué derechos me arrogo. Cuál es mi púlpito. Me identifico. Soy
un varón de este mundo, de este tiempo. Un marido, un padre, un profesional. Un hombre que ha
vivido ya más de la mitad de su vida y ha experimentado todos los mandatos del paradigma. Que
hace tiempo ya no quiere más de eso.

Soy un hombre harto de estos hombres. Un hombre que tiene con ellos una cuestión personal,
porque degradan mi sexo. Soy un hombre al que le duelen los tiempos que vive. Un hombre que
tiene la visión de un mundo compasivo y fraternal, inclusivo, enriquecido por la diversidad, fecundo.
Un hombre harto que sospecha no ser el único hombre harto.

Si también estás harto, nos encontraremos en el camino.

Hasta entonces, un abrazo fraterno.

Sergio Sinay

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