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Nada Es Lo Que Parece

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ALEJANDRO KHAN

NADA ES LO
QUE PARECE
A todos los que nos equivocamos,
porque es la mejor forma de aprender.
NADA ES LO QUE PARECE
© Alejandro Khan 2017
© Sonolibro Editorial 2017
© Paula Khan & Graphic Desk por la portada
© Podiprint, por la maquetación e impresión

Aviso legal

Reservados todos los derechos. Se permite la reproducción,


almacenamiento en sistemas de recuperación de la información y
transmisión de esta obra, cualquiera que sea el medio empleado –
electrónico, mecánico, fotocopia, grabación,… - con el permiso previo por
escrito del titular de los derechos de propiedad intelectual.

Esta novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e


incidentes, o son producto de la imaginación del autor o han sido usados
ficticiamente, por lo que cualquier parecido con la realidad es puramente
casual.

Sonolibro en el deseo de mejorar sus publicaciones agradecerá cualquier


sugerencia de los lectores u oyentes de esta obra, al departamento
editorial. Correo: [email protected]

Sonolibro Editorial
Calle Churruca Ed Astigi I – Local 1
Fuengirola, Málaga
ESPAÑA
B-92922632

ISBN: 978-84-17021-96-2
Índice de contenido
Portada
Título
Dedicatoria
Copyright
Índice
1. La libertad del altar
2. Fidel Pareo
3. Blasius
4. Caius Iulius Caesar
5. Conventio
6. Capilla menor
7. Nicomedia
8. Pendrive
9. Rajothep
10. Ichtus
11. Zenón
12. Resina y cal
13. Edicto de Tolerancia
14. Rickhart Swankid
15. Maximino
16. Atracción
17. El puente Milvio
18. Alffredo Denese
19. Mediolanum
20. Rudy Overson
21. El Crismón sagrado
22. El número phi
23. El destierro
24. Basir y los 100 €
25. La cueva de los sísifos
26. Las motocicletas
27. Tabula rasa
28. Las rocas
29. Jeshua
30. Epifanía
31. Arrio
32. Todos al suelo
33. Otra entrada
34. Instituto Wiseman
35. Sol Invictus
36. El pergamino
37. Mitra
38. Nada es lo que parece
39. La Biblia de Constantino
40. El fin justifica los medios
41. Mensaje oculto
42. Carbono 14
43. Videte sub terra
44. El estanque
45. La encrucijada
46. El Crismón sagrado
47. Hagia Sophia
48. La esperanza
49. El reparto
50. As-salamu alaykum
51. Motor de esperanza
52. Un sonolibro en Castelgandolfo
53. Donato Bonaventura
54. La Pietá
55. El serbio
56. ¿Suerte o Allah?
57. La FCG
1. La libertad del altar
Pérgamo, año 311 d. C.
¿Conseguiría algún día mi libertad? Solamente cuando respiraba aquel
aire puro, que revoloteaba entre los pinos de mi santuario preferido, sentía
que eso era posible.
Los días en que el amo estaba fuera con el villicus[1] visitando las
viñas, y sabía que no volvería hasta que fuera de noche, salía a hurtadillas
de la domus[2] y por un pequeño sendero que nacía en la linde del huerto
trasero, enseguida llegaba a la falda de la colina. Cuando jadeante por el
rápido ascenso llegaba a la cima, me sentaba entre los fragantes pinos
centenarios en lo más alto de la colina, por encima incluso de la ciudadela
alta. Todo Pérgamo estaba a mis pies.
Allí me sentía libre, ya que estaba convencido de gozar de la misma
visión que los dioses desde el Olimpo podían tener. En los días claros
podía ver perfectamente en la lejanía la línea del mar, ese mismo mar
cuyas aguas también bañaban la Hélade, mi patria y patria de pensadores y
poetas. También fue Grecia tierra de guerreros, aunque como tantos otros
estados, hacía ya varias generaciones que había tenido que ceder ante
Roma y su inmenso poder militar.
Quedó Grecia sometida, pero orgullosa de su pasado, que siempre será
recordado por lo excelso de sus pensadores y artistas, así como por haber
dado sentido a la palabra «democracia», convirtiendo a mi patria en la
cuna de la cultura del mundo conocido.
A escasos doscientos pasos por debajo se encontraba el gran teatro de
Pérgamo y el altar de Zeus, en cuyos bellos bajorrelieves los gigantes,
hijos de Urano y Gea luchan con Zeus y Atenea, que les acaban venciendo.
Hoy, sin embargo, aun siendo de piedra tallada, todos parecen querer
guarecerse de la ira de Eolo, el señor de los vientos, que aquí arriba está en
sus dominios. El altar no sufrió mucho, pero otros edificios tuvieron que
ser restaurados después de que los dioses hicieran temblar la tierra en
época de Galerio, destruyendo casas y templos.
Justo por delante del altar se encuentra lo que fue la maravillosa
biblioteca de Pérgamo, que Eumenes[3] hizo grande. Sin duda, la de
Alejandría fue la mayor y la mejor del mundo, pero aquella ciudad a la que
como otras muchas el gran Alejandro dio su nombre era una ciudad
sediciosa y dada a las revueltas, por lo que la biblioteca sufrió su misma
suerte. Aunque consiguió recuperarse de un primer incendio, la tragedia de
su desaparición se consumó hacía ya más de cuarenta años con la
reconquista de Alejandría por Aureliano, que como la mayor parte de los
militares romanos despreciaban la cultura y que sería el que, orgulloso de
su hazaña, la hiciera desaparecer por completo.
La de Pérgamo ya no era ni asomo de lo que fue. Habían desparecido
de ella los escritos de Aristóteles y de otros tantos filósofos de la Hélade
que le confiaron sus secretos. Los pocos que de valor quedaban fueron
obsequiados como si de una bagatela se trataran por Marco Antonio a la
menuda Cleopatra, dejando a lo que fue la mágica biblioteca de Pérgamo
totalmente huérfana del gran conocimiento que hasta entonces había
contenido.
El calor de los placenteros rayos solares sobre la piel y el olor a
libertad, que aquí arriba los pinos parecen exudar, poco tienen que ver con
lo sombrío y triste de las casas de los pobres o de los sótanos en los que
dormimos la mayor parte de los esclavos.
Nosotros no nos podemos quejar. Tenemos suerte, ya que servimos en
la gran domus de planta romana que nuestro amo Blasius tiene en la mejor
parte del barrio de comerciantes junto al Ágora. Brenes y yo tenemos un
cubículum para nosotros solos de tres que hay adosados al huerto, y
aunque es pequeño y está al lado del depósito de estiércol, al menos,
siempre está seco. No tenemos que dormir entre humedades y apenas hay
ratas, que prefieren merodear más cerca de las cocinas.
Llevamos en Pérgamo hace ya dos largos años, pero sin embargo me
gusta pensar que mi casa de verdad se encuentra aquí arriba en la cúspide
de la colina, junto a la memoria de lo que fue la gran biblioteca y la lejana
visión del mar que baña las costas de Grecia.
En el scriptorium[4] , los servi literati[5] pasamos las horas de luz,
trabajando para el bibliopola[6] , a quien mi anterior amo me vendió.
Otros compatriotas y yo fuimos hechos esclavos en una de las
incursiones romanas de castigo a nuestra rebelde Hélade natal. Perder de
forma inesperada y repentina la libertad para convertirte en un esclavo es
de uno los mayores castigos que los dioses te pueden mandar, pero yo no
podía quejarme del trato que Blasius nos daba.
El hecho de haber recibido una educación basada en los clásicos y
poder leer griego y latín, además de tener una facultad especial, de la que
más tarde hablaré, me facilitó un pequeño reconocimiento de mi amo y
algunas comodidades que los esclavos sin formación no tenían.
Cada vez hay más demanda entre los romanos ricos por conseguir
libros escritos que, en definitiva, no son más que copias de libros famosos.
Pero eso es lo que está haciendo a mi amo cada vez más rico, gracias a los
cientos de horas que nos pasamos cálamo en mano copiando los textos de
los autores clásicos que todo romano que se precie, debe tener en su
biblioteca.
[1] Esclavo que tenía la confianza del amo, generalmente un liberto.

[2] Casa romana típica de las familias con una buena situación económica.

[3] Eumenes II (d. C.) consiguió que la biblioteca de Pérgamo tuviera más de 300.000
volúmenes.
[4] Zona de trabajo de los escribas esclavos, donde se dedicaban a la copia de textos por
encargo.

[5] Esclavos con formación como escribas que trabajaban para un amo.

[6] Comerciante dedicado a la venta de libros.


2. Fidel Pareo
Valladolid, 19 de julio de 2016
Mientras iba rápidamente a su casa para meter en una maleta lo
necesario para un par de días, seguía pensando que debía tomar una
decisión y quizás éste fuera el momento. Mark tenía claro que cuando se
hizo abogado, no lo hizo para representar de forma habitual a políticos
corruptos, que se habían convertido en la clientela casi habitual del
despacho Meléndez-Arribas, cuyo socio fundador estuvo a punto de ser su
suegro. Autoafirmándose en su intención de dar un giro de 180° a su vida,
reprodujo mentalmente la conversación en la que el sacerdote le comunicó
que Fidel, su tío, su único pariente vivo, había muerto en un accidente.
Mark no lo entendía. Fidel era de esos conductores tan prudentes que
aburrían. Simplemente le parecía imposible que Fidel hubiera tenido un
accidente y, mucho menos, que hubiese muerto. Precisamente iba a haberle
visitado para pedirle consejo, a fin de salir del impasse tanto profesional
como sentimental en el que se encontraba.
Tras casi seis horas de coche desde Valladolid llegué a Ronda. Los
últimos 25 km hasta Algatocín había que hacerlos por la carretera
comarcal, dejando atrás unos cuantos pueblos de la Serranía como
Benadalid, Benalauría…, que tan a árabe sonaban. Mi destino era un
pueblo pequeño, muy parecido a todos los que había ido dejando atrás, que
tiene como núcleo central un conjunto abigarrado de casitas blancas y
techos rojizos, que parecen pintadas en la ladera de la montaña.
Tras unos minutos más, intentando sortear calles estrechas con
esquinas no pensadas para girar con un coche, y menos con uno grande,
finalmente tengo que dejarlo en una placita, ya que los últimos cien
metros hasta el único hostal en el que mi secretaria ha encontrado
habitación hay que hacerlos andando. Me recibe una señora rubia que
podría tener cualquier edad entre 35 y 50 años, algo regordeta y con los
colores de salud típicos de las gentes de la sierra, que muy formalmente,
mientras me ofrece la mano, dice:
—Buenos días, mi nombre es Pepi. Le estábamos esperando y
queremos antes de nada acompañarle en el sentimiento por la muerte de su
tío D. Fidel, que en gloria esté. Era una buena persona y en el pueblo se ha
sentido mucho su pérdida.
Todavía no me creía la muerte de Fidel y tardé unos segundos en
contestar:
—Muchas gracias.
Tras una ducha rápida y unos quince minutos de mala carretera, llegué
al tanatorio, que ya sólo con el nombre condiciona el ánimo a cualquiera.
Antes de llegar a la puerta de la única sala que parece estar ocupada, salió
a recibirme un hombre joven con alzacuello que, extendiendo su mano y
con una sonrisa un tanto exagerada, se presentó:
—Buenas tardes. Alffredo Denese, del obispado de Málaga. Ya sabe,
hemos hablado por teléfono esta mañana. El obispo y yo le acompañamos
en el sentimiento...
Sin dejarle terminar, quizás siendo un poco descortés, me presenté.
—Mark Lassiter. Le agradezco que se hayan encargado de organizarlo
todo. Han sido ustedes muy amables.
De su brillante cabeza calva, flanqueada por escaso pelo muy rubio,
parecía emanar un halo de luz, del que surgían unos inquisidores y
penetrantes ojos azules, acompañados de una sonrisa, que no parecía muy
sincera.
—No se preocupe por nada. Me imagino que querrá usted dar el
último adiós a su tío en privado. Como usted comprenderá, el ataúd es más
simbólico que otra cosa, ya que los restos…
Decididamente no me gustaba este tipo. Empecé a andar, mientras
decía «vale, vale gracias».
Detrás de un cristal, en una especie de pecera, se veía un ataúd
cerrado. Mi tío era relativamente joven, no llegaba a los cincuenta y cinco,
pero esa absurda muerte parecía haberle hecho viejo de repente al
reclamarle para sí. Vi reflejada mi imagen en el cristal de la habitación
donde estaba el triste ataúd; era la imagen de la soledad en que me había
quedado. Mi padre hacía ya diez años que se había marchado; mi madre a
principios de año y ahora, ni tres meses después, el único familiar directo
que me quedaba, mi tío Fidel. No estuve allí más de un minuto, el
ambiente me deprimía.
En el patio de entrada, tras recibir el pésame de un par de sacerdotes y
unas cuantas beatas incondicionales del padre Fidel, vi una pareja que me
pareció un tanto fuera de lugar: un hombre joven, aproximadamente de mi
edad y estatura, moreno con el pelo recogido en una coleta, con una
chaqueta azul que le venía grande, que estaba acompañado de una mujer
joven pelirroja, que me miraba con unos bonitos ojos verdes, algo
enrojecidos. El hombre dio un par de pasos y extendió una mano huesuda,
pero fuerte, a la vez que me decía:
—Mi nombre es Héctor Deverís y mi padre era muy amigo de Fidel.
—Ella también me dio la mano, aunque lo hizo con cierta reticencia.
En ese momento tuve una especie de flash mental y me acordé de las
palabras del sacerdote: «Se salieron de la carretera». Con bastante
inseguridad, y un tanto impulsivamente, pregunté:
—Entonces…, ¿su padre iba en el coche con mi tío Fidel? —Se oyó
desde atrás una voz que empezó a decir, mientras se acercaba:
—Ah, lo siento mucho, mea culpa. Yo creía que usted sabía que su tío
no iba solo. Iba con su gran amigo Héctor Deverís, un arqueólogo que
tiene un cortijo cerca del pueblo, y que desgraciadamente también ha
fallecido. Precisamente estos jóvenes son sus hijos, que acaban de recoger
sus cenizas.
Tras despedirse con un movimiento de cabeza los hijos de Deverís,
pregunté al sacerdote:
—Alffredo, ¿explíqueme para que lo entienda cómo fue exactamente
el accidente?
Tras un leve carraspeo, me contestó:
—Parece ser que su tío y Héctor Deverís habían estado en la venta que
está entre Algatocín y Benalauría, donde iban varias tardes a la semana a
tomar algún vaso de vino que otro. La carretera de vuelta al pueblo no es
buena, y de noche mucho menos y... bueno, parece ser que se salieron del
camino y cayeron a un barranco bastante profundo de los que tanto
abundan por estas sierras y con tan mala fortuna que, al llegar abajo, su
coche explotó. Además, era un día muy caluroso y se originó un incendio
tremendo que, alimentado con la vegetación seca, no pudo extinguirse
hasta el día siguiente, por lo que apenas quedaron unos restos totalmente
calcinados. Mark, si quiere puede acercarse después o mañana a la casa
que ocupaba su tío por si quiere recoger sus cosas. La señora que se
encargaba de las labores de la casa vive en la casa de al lado. Se llama
Sagrario.
—Gracias. No voy a esperar a mañana, voy a acercarme ahora.
Al tiempo que me entregaba una tarjeta, se despidió diciendo:
—Para cualquier cosa que le haga falta, por favor, no dude en ponerse
en contacto conmigo. Ahí tiene mi móvil personal. Gracias por todo.
Ya de vuelta en el pueblo, y orientado por un par de lugareños para
encontrar la dirección, llamé a una puerta pequeña pintada de marrón
brillante y casi inmediatamente salió una señora enjuta y menuda con el
pelo canoso, pero de ojos vivos.
—Perdone, ¿es usted Sagrario?
—Sí, sí, dígame.
—Mire, Sagrario. Soy el sobrino de Fidel Pareo, el párroco. He venido
a su funeral y el secretario del arzobispado me ha dicho que usted me
abriría la casa de mi tío.
—Sí, señor. Ahora mismo le abro. Bueno, que sepa usted que yo
apreciaba mucho a su tío. Era un buen hombre, a pesar de todo.
—Perdone, pero… ¿a qué se refiere?
—Bueno... yo no soy quien para hablar, y menos ahora que don Fidel
está recién enterrado. Dios lo tenga en su gloria. Pero lo que sí le puedo
asegurar es que su tío no había perdido la cabeza como decía el secretario
ese de nombre extranjero, tan fino.
—Perdido la cabeza, ¿pero de qué me está usted hablando? Si es una
broma, me parece de muy mal gusto.
—¿Cuánto hace que no veía usted a su tío?
—Pues desde las últimas navidades, que las pasamos juntos en la casa
de mi madre y estaba perfectamente. —Empecé a repasar en mi memoria
esa última visita y ahora me acuerdo que sí estaba un poco raro; de hecho,
estaba bastante más alterado que de costumbre y diciendo cosas que
supusimos que se debían a que había bebido más de la cuenta.
—Pues sepa usted que su tío sí estaba distinto. Desde principios de
año, cada vez estaba más enfurruñado y la verdad es que tenía un poco
abandonada la parroquia. Yo le oía cómo hablaba solo a voces en su casa,
parecía que peleándose consigo mismo. Daba golpes en las paredes y todas
las tardes se iba con ese amigo suyo, el francés, a la venta El Colorao,
dejando a la iglesia sin las novenas y los rosarios. A mí no me preocupaba
demasiado, pero a las beatonas del pueblo les faltó tiempo para
comunicárselo al arzobispado.
—Bueno, Sagrario ¿me abre la puerta...?
—Sí, sí. Vamos, vamos.
La verdad es que no se podía dar menos en casa. La puerta de la calle,
parecida a la de la casa de Sagrario, abría directamente a un saloncito con
una mesa camilla que tenía enfrente una pequeña chimenea renegrida. En
una de las esquinas se alzaba poco segura una estantería a la que habían
quitado la última balda para poner una televisión pequeña en lo alto y en la
otra un sofá de dos plazas de un color más parduzco que rojo, que había
conocido tiempos mejores.
—Aquí se tiraban horas y horas hablando —dijo Sagrario.
—¿Quiénes?
—Su tío y el francés. Y como a los dos les gustaba el vino...
En unos cinco pasos recorrimos una cocina pequeñísima seguida de un
baño espartano y llegamos a la única habitación de la casa, donde mi tío
debía mal dormir. La cama estrecha de madera pegada a la pared en el lado
de la derecha de la ventana y debajo de varios retratos, entre ellos el mío.
Como único mobiliario una mesita de madera, dos sillas con cojines
verdes, una estantería con libros, un espejo en la pared y un par de láminas
enmarcadas.
—Sagrario, ¿le importa dejarme la llave de la casa? Ya es tarde y
prefiero venir por la mañana para recoger las cosas de mi tío.
—Pues, no sé... Bueno, pero me la devuelve cuando termine. Tengo
que hacer una limpieza general. No sé si usted sabe que los muebles son de
la parroquia.
—No se preocupe, gracias. Por cierto, ¿sabe usted dónde queda la
venta El Colorao?
—Sí, no tiene pérdida. Salga del pueblo en dirección a Benarrabá,
suba el monte y se la encontrará a unos cinco o seis minutos más o menos.
Nada más decirlo, Sagrario salió de la casa y empecé a andar muy
lentamente por el casi mísero alojamiento.
Entré en su habitación y me acerqué a la mesa. Hice el amago de
quitar un cojín bastante rígido para sentarme, pero vi que la silla había
perdido la mayor parte del entrelazado de anea que le servía de asiento,
por lo que colocando de nuevo el cojín me senté y coloque los codos
encima de la mesa, mientras observaba la habitación e intentaba
imaginarme cómo había sido la austera vida de mi tío entre estas cuatro
paredes. Distinguí desde la distancia alguno de los títulos de los libros que
estaban en la estantería y con cierta curiosidad me acerqué a la misma
para poder hojearlos mejor. La mayor parte eran libros de historia,
especialmente historia del período romano y de la Iglesia Antigua.
Mi tío Fidel y yo teníamos una afición común que nos unía bastante:
éramos verdaderos incondicionales del antiguo mundo romano y, en
especial, de la figura de Julio César. Hasta tal punto llegaba nuestra afición
que incluso habíamos estado hacía unos años en Francia en una zona de
Borgoña llamada Alise-Sainte-Reine, donde se suponía que había tenido
lugar la batalla más famosa de la campaña de las Galias de Julio César: la
batalla de Alesia. Estuvimos tres días reconstruyendo todos los detalles de
la batalla sobre el terreno y la verdad es que fue una experiencia
inolvidable. Teníamos por costumbre enviarnos mensajes codificados por
correo electrónico al estilo de los que los generales romanos se
intercambiaban entre sí. Lo sabíamos. Era un tanto infantil, pero nos
gustaba y era una buena excusa para mantenernos en contacto.
En la estantería había un par de novelas; eso sí, históricas, de la época
romana. Me hizo sonreír ver también los siete tomos de los Comentarios
de las guerras de las Galias, escritos por César durante su campaña. Del
primer tomo sobresalía un papelito. Abrí el libro y vi que no era más que
una lista de la compra. No iba a darle más importancia, y estaba a punto de
arrugarla para hacer una bolita y tirarla a la papelera, cuando mi vista se
detuvo en uno de los elementos de la lista que no me cuadraba en absoluto.
No era demasiado larga:

—Harina
—Galletas María
—Dos tomates
—Una cebolla
—Media sandía
—Un décimo
—Café
—Aceite
—Ibuprofeno

En dos pasos entré en la cocina y, tras un vistazo, volví al salón. Era


totalmente imposible que mi tío hubiera hecho esta lista de la compra con
la intención de comprar los productos que en ella aparecían por una razón
muy sencilla: él no bebía café y, además, no tenía cafetera.
3. Blasius
Pérgamo, año 311 d. C.
El vozarrón de Brenes me sacó de mi contemplación:
—Lysander, vamos. Date prisa.
Brenes es el único que todavía me llama por mi nombre griego. Mi
amo Blasius ya me dijo que debía romanizar mi nombre para cuando
consiguiera ser liberto que, según él, si me portaba bien, podría ser en diez
o quince años, así que pasé a ser Lisandro para todo el mundo.
—Voy, ya voy —le tengo que gritar al tiempo que empiezo a andar,
antes de echar a correr despacio colina abajo. Mirando al suelo para no dar
un mal paso, le pregunto:
—¿Qué pasa hoy? ¿Por qué tienes tanta prisa?
Brenes tiene una sonrisa de oreja a oreja y, abriendo los brazos,
alegremente me contesta:
—Acuérdate. ¡El amo y el villicus no están y no volverán en un par de
días!
Efectivamente Blasius y su villicus Zenobio habían salido de viaje
urgente hacia el Norte, adonde habían sido llamados por alguien que debía
ser de gran importancia, por los preparativos tan cuidadosos que habían
hecho tanto de ropajes como de comitiva durante los últimos días.
—Ah, vale. No me acordaba, y ¿dónde quieres ir?
—Átilo ha recibido varios barriles de vino de la Galia y la hija del
anatolio me ha prometido una jarra para que bebamos el néctar juntos.
—Pero el portón de la domus se cierra antes de terminar la prima
vigilia[7] y ya es la hora duodécima[8] . No podemos entretenernos mucho,
que tú, una vez que empiezas, no sabes parar.
—No te preocupes tanto, ¡que pareces una vieja sin dientes!
Llegaremos antes de que cierren. Además, sabes que la mujer de Blasius
me tiene en especial estima y ahora que su marido está fuera no dudes que
me mandará llamar.
Ésto último me lo dijo Brenes al tiempo que, riéndose, me guiñaba un
ojo. No pude por menos de reírme con él, por lo dispuesto que estaba
siempre a meterse en líos, sobre todo de mujeres.
—Como te coja Blasius te va a mandar despellejar vivo, pero después
de cortarte lo que más quieres.
—Lo único que hago es regar su huerto en su ausencia. Además, a él
le gustan otro tipo de jardines, como tú bien sabes... —apostilló Brenes
soltando una carcajada y haciendo un gesto obsceno con los brazos y el
cuerpo mientras andaban.
—Anda, démonos prisa, que si tardamos mucho, la taberna se llenará
de gente y la anatolia no podrá salir. Si hace falta, siempre podemos entrar
por el peristylium[9] , saltando de la valla a los cipreses que están enfrente
de nuestro cubiculum[10] y nadie se enterará.
También en Pérgamo se había impuesto la moda romana de las
tabernae vinaria[11] . En Roma había muchas y solían estar en los bajos de
las insulae, esos altos edificios de cuatro y hasta seis plantas donde se
hacinaban decenas de familias por lo barato de los alquileres.
En Pérgamo, como apenas había edificios altos, las tabernae estaban
en los bajos de las casas de algunos comerciantes, pero siempre alejadas
de la entrada de la casa. Eran muy simples: suelo de barro cocido, una
especie de mesa alta alargada a la entrada paralela a una de las paredes y,
al otro lado, el comerciante, que solía tener detrás un estante simple para
poder colgar un par de ánforas, desde donde servía el vino en vasos de
barro al cliente.
Algunos comerciantes vendían, además del vino, pan y algo de
comida: habas, pescado seco, mursulm, garum y algunos incluso carne.
Había locales especialmente preparados que eran muy agradables, con
mesas y bancos de madera, en los que a la mortecina luz de las lucernae
colgadas de las esquinas, se apretujaba en la prima e, incluso, durante la
secunda vigilia[12] todo un maremágnum de nacionalidades y oficios:
legionarios romanos de tez y ojos claros, que pertenecían a la guarnición
de Pérgamo, y que provenientes d e los distintos territorios conquistados,
se habían adaptado completamente a la vida militar. La esperanza de todos
éstos era que, tras los veinte años de servicio en el ejército, al licenciarse
se les otorgara la ciudadanía romana. Siempre en los rincones solían estar
los mercaderes sirios y persas con sus barbas puntiagudas que, aunque
parecían cabizbajo s, con sus profundos ojos negros no perdían detalle de
todo lo que pasaba a su alrededor. También había libertos que asumían ya
su nuevo status y algún que otro esclavo bien visto por su amo por realizar
trabajos especiales o bien propiedad de un amo blando.
En los bajos de la domus de Blasius había dos tabernae, una pequeña
que había alquilado a un anatolio del sur llamado Kyrus, que vendía
prácticamente de todo lo que se pudiera comer y beber a su clientela
habitual, pero con dos condiciones: tenía que cerrar a la mitad de la
secunda vigilia, y la segunda por imposición de la mujer de Blasius, la
dómina[13] (no podía haber mujeres públicas).
La segunda, un poco más grande, realmente no era una tabernae. Era
el espacio que Blasius nos había preparado a los escribas o servi literati,
como él nos llamaba delante de sus clientes. Cuando no estábamos en la
gran biblioteca, teníamos que estar allí copiando textos, encuadernando o
leyendo a posibles clientes.
Un muro dividía el espacio en dos zonas, una en la que había cuatro
mesas junto a un enorme ventanal, para que siempre tuviéramos luz, en la
que copiábamos los textos y otra mesa un poco más grande, donde el
encuadernador cosía los pergaminos para hacer los libros. Hace ya muchos
años que aquí en Pérgamo se usaba el pergamino para escribir. Sin duda,
era mucho mejor que el papiro egipcio, que era demasiado frágil y de un
solo uso. De todas formas, ya no podíamos usar papiro para escribir,
porque Egipto, que era el único que lo tenía, no quería venderlo a Roma
por sus diferencias políticas. Pero Blasius, que tenía muy buena relación
con las caravanas egipcias de mercaderes, se había hecho con un
considerable acopio de papiro que utilizábamos para trabajos menos
lujosos.
En una de las esquinas de lo que nosotros llamábamos nuestra
libraria, Blasius había abierto una puerta a una pequeña habitación, que
originalmente había sido un almacenito de la casa. Estaba bonitamente
decorada y era muy agradable. Blasius incluso había encargado a un
esclavo pompeyano que le hiciera un mosaico en el suelo con un enorme y
colorido pavo real. Y alrededor en las cuatro paredes había hecho pintar
una serie de atractivos y muy coloridos frescos, que representaban una
serie de ritos iniciáticos que, aunque no nos lo dijo de forma clara, yo
estaba seguro que eran los del culto de Mitra[14] , que Blasius para no herir
la sensibilidad de los que todavía veneraban a los dioses romanos, disfrazó
con imágenes de los ritos de Baco y Dionisos
En la habitación había un triclinium, en el que Blasius había mandado
poner un respaldo poco habitual para que los clientes pudieran recostarse
cómodamente, mientras se les leía parte de algún libro antes de encargar
su copia.
Nuestra libraria tenía un pequeño portoncillo que daba a la taberna y
por él fue por donde, agachándose ligeramente, entró Luna, una bonita
muchacha morena, hija del anatolio dueño de la taberna, con una jarra de
vino y un puñado de habas frescas. Brenes tirando de su brazo, la atrajo
hacia sí hasta casi juntar sus rostros y, sonriendo, le preguntó:
—¿A qué hora te manda tu padre a dormir?
Mientras se marchaba contoneando las caderas a la vez que lanzaba
una traviesa mirada a Brenes, la hermosa muchacha le contestó:
—Cuándo se haya ido el último cliente.
Entre la escasa luz y el abundante humo de las lucernae, que se
colaban por el portoncillo, bebimos el vino aguado acompañado de las
habas y unos pocos higos que nos dejó Luna.
Cuando ya quedaban sólo unos cuantos clientes, como ya había pasado
en muchas ocasiones, tuve que tirar de mi compañero, que estaba
empeñado en quedarse hasta que el anatolio mandara a su hija a dormir.
A regañadientes me acompañó y, aunque todavía estábamos en la
última hora de la prima vigilia, tuvimos que saltar la valla para meternos
en nuestro cubículo por si la domina nos mandaba llamar.
[7] Primera parte de la noche de las 18:00 a las 21:00 horas.

[8] De las 17:00 a las 18:00 horas.

[9] Patio abierto que se encontraba en el interior de la casa.

[10] Pequeña habitación.

[11] Son las tabernas de las antiguas ciudades del Imperio romano.

[12] Las horas que iban desde las actuales 21:00 a las 0:00.

[13] Señora de la casa romana.

[14] Dios de origen persa. Su culto como religión mistérica dio lugar al nacimiento de sociedades
secretas. Culto muy practicado entre los militares romanos.
4. Caius Iulius Caesar
Algatocín, Ronda (Málaga), 20 de julio de 2016
Otra de las aficiones de Fidel, con la que a lo largo de los años
también Mark se había entusiasmado, era la de utilizar toda clase de
códigos y claves para la elaboración de mensajes. Era una especie de reto
personal que tenían entre los dos. Se enviaban mensajes encriptados, cada
vez más complicados, para ver si el otro se rendía y pedía explicaciones.
Examinando al día siguiente la lista, que en apariencia no era más que
una lista de la compra, Mark vio claro que tenía todos los visos de ser un
mensaje, aunque el acróstico no tenía sentido: H G 2 1 S U C A I
El 21 parecía estar combinado o bien con las dos primeras letras o con
las cinco últimas. ¿Que podían ser las dos primeras letras? ¿HG? El
famoso escritor de ciencia ficción se llamaba H.G. Wells, pero Hg también
es el símbolo del mercurio. Mercurio era en la mitología romana lo que
Hermes fue en la griega: el mensajero, el que llevaba los mensajes de un
lado a otro del Olimpo. Parecía que esa interpretación de las letras HG
tenía sentido. El número 21 podía referirse perfectamente al siglo en el
que nos encontramos, por lo que las cuatro letras seguidas HG21 se podían
referir al mensajero del siglo XXI. Sin duda, la forma del mensaje más
extendida por todo el mundo del siglo XXI es el correo electrónico. Fidel
me había enviado un mensaje. Ahora sólo había que averiguar adónde me
lo había enviado. Y enseguida lo vi muy claro.
El segundo conjunto de letras SUCAI puede leerse también como
CAIUS, que era el nombre por el que todos sus familiares y amigos
llamaban a Julio César.
Cuando mi tío Fidel y yo empezamos nuestras pequeñas
competiciones de descifrado de mensajes, creamos dos cuentas de correo
que sólo utilizábamos para enviarnos los mensajes. La mía era
[email protected] . Automáticamente, saqué el móvil de mi
bolsillo con la intención de conectarme al gestor de correo, pero no
detectó red 3G ni Wi-Fi. Tendría que esperar. Decidí acercarme a la venta
y volver a la casa al día siguiente.
Pasados unos cuatro kilómetros más o menos desde el pueblo, vi en el
margen derecho unas luces de neón un tanto exageradas junto a una casa
de una planta bastante grande. El letrero «Venta El Colorao» parecía
desmentir la primera sensación que causaban las múltiples luces rojas y
amarillas que en el letrero parpadeaban.
Una vez dentro, las apariencias parecían haberme engañado de nuevo,
ya que el local tenía bastante buena pinta: dividido en dos por una celosía
un tanto plateresca, en uno de los lados una barra de madera rústica y
varias mesitas en torno a una chimenea que hacía esquina, y en el otro, un
saloncito comedor que parecía acogedor. Ya en la barra, saludé:
—Buenas tardes.
—Buenas, ¿qué va a ser? —me preguntó el tabernero, pelirrojo de
barba, que, sin duda, daba nombre a la venta, mientras observaba con
detenimiento una de sus uñas, que parecía tener algún problema.
—Me da una cerveza, por favor.
Tras colocarme delante una Victoria, se acercó a una orza de barro y
con un cucharón sacó unas aceitunas machacadas de un color verde nuevo
que avisaba de su amargor. Unos pocos parroquianos me observaban con
curiosidad. En la mesa más cercana a mí había un hombre bajito y
rechoncho con el cuerpo como un barril y con una gran cabeza brillante y
calva que estaba agarrándose la oreja en gesto de concentración, mientras
explicaba a su contertulio con un aire un tanto didáctico en algo que
parecía otro idioma:
— Ay quárze cuéta ozé, ke tábamo pimentando con la obea y a tenío
ke zalí juyendo.
El tabernero, sonriendo ante la cara que debí poner, me aclaró:
—Juan es apicultor y parece que hoy casi le pican las abejas mientras
experimentaba. ¿Qué? ¿Estamos de paso o ha venido a pasar unos días a la
sierra?
Me preguntó el colorao tras aclararme el galimatías dicho por el
bajito.
—No, he venido al funeral de mi tío Fidel, el párroco.
Automáticamente, levantó la mano hasta la cabeza y excitado me
contestó:
—¿No me diga que usted es su sobrino? Claro, claro..., si Fidel nos
hablaba mucho de usted. Decía que su sobrino era el mejor abogado del
mundo. Pobre Fidel… y qué buenos ratos hemos pasado en la venta. Ya se
lo hemos dicho veinte veces al cabrón del alcalde, que hay que poner los
quitamiedos, que por lo menos algún accidente evitarán, pero hasta que no
se acerquen las elecciones ese hijo puta seguro que no hace nada.
—¿Por dónde tuvo el accidente mi tío? Bueno, tuvieron, porque me
enteré en el funeral que iba con un amigo.
—Sí, eran muy amigos desde que el francés se compró un cortijo aquí
el año pasado. Venían todas las tardes y estaban aquí un par de horas
hablando y bebiendo vino, al lado de la chimenea en invierno y al fresco
en verano. Pero eso sí, casi siempre los dos solos. El coche de su tío estaba
ya muy viejo y esos coches no frenan como los de ahora. A la mitad de la
bajada hasta el pueblo hay una curva muy cerrada y, además, con peralte.
Vamos, una curva de mierda, y esa es la que cogieron todo recto y cayeron
al barranquillo, lleno de maleza seca y allí se lio la de San Dios, con
perdón. Fíjese usted que tuvieron que venir dos aviones del Seprona y
estuvieron echando agua un día entero para apagar el fuego. Mire, en
aquella mesa están sentados precisamente los hijos del francés con los que
he estado hablando hace cinco minutos de lo mismo. Si quiere, se los
presento.
Miré adonde señalaba y, efectivamente, en una mesa del saloncito en
la que no me había fijado al entrar había una pareja sentada de espaldas, y
la coleta de él era inconfundible.
—No hace falta gracias —dije rechazando la oferta del tabernero. Me
acerqué hasta la mesa y pregunté con cierta vacilación:
—Hola, ¿cómo estáis? Nos hemos conocido hace un rato en el funeral.
¿Os importa que me siente en la mesa con vosotros?
La pareja sentada se miró entre sí y casi a dúo le contestaron
señalándole una silla:
—Claro, claro. Siéntate.
Una vez sentado Mark y ante la expectación de la pareja, empezó a
hablar:
—Tú eras Héctor, ¿verdad?
—Sí, igual que mi padre Héctor Deverís y esta es…
—Emily, Emily Belrieve, pero todos me llaman Emy —le dijo la
joven de los ojos bonitos un tanto secamente. Un poco incómodo, Mark se
dirigió a Héctor:
—A ver cómo os lo explico… Quería hablar con vosotros, porque no
sé si sólo es un mecanismo de defensa ante un hecho que no se quiere
aceptar, pero el caso es que me parece muy extraño el accidente en el que
se supone que han perdido la vida mi tío y vuestro padre.
—¿En el que se supone…? ¿Eso qué es? ¿Algún tipo de broma? —
replicó en voz alta y con genio Emy enarcando las cejas.
Héctor le puso la mano encima del brazo.
—Déjale que hable.
—A lo mejor me equivoco, pero es una sensación. No sé, simplemente
no me creo que Fidel haya tenido un accidente. Era demasiado prudente
para eso…
—Sí, pero había estado bebiendo y él iba conduciendo cuando
tuvieron el accidente.
Ahora tuve claro por qué me había saludado tan secamente: Emily
estaba convencida de que el responsable del accidente había sido mi tío
Fidel, porque después de estar bebiendo había cogido el coche.
—Mi tío siempre tuvo desde joven o, al menos, eso me contó mi
madre, una gran resistencia al alcohol, por lo que no creo que tuviera nada
que ver. Por otro lado, me ha comentado el tabernero que habéis estado
hablando con él hace unos minutos del incendio que causó la explosión del
coche. Se trataba de un coche pequeño del que no ha quedado
absolutamente nada reconocible. ¿Os parece normal una explosión de esa
envergadura? —Héctor intervino.
—Sí, a mí también me parece extraño. ¿Qué clase de explosión hace
prácticamente desaparecer un coche completamente? Lo que ha quedado
del coche son cuatro hierros retorcidos, así que imaginaos los cuerpos. No
hay ningún resto. No ha hecho falta incinerar nada, ya estaba todo
incinerado.
En ese momento se oyó el tono de un mensaje o correo de un móvil en
una mesa cercana y Mark se acordó de la lista y la sacó al tiempo que con
la otra mano desbloqueaba el móvil, y en silencio, bajo la atenta mirada de
los hermanos, les decía:
—He estado en la casita en el pueblo donde vivía mi tío y he
encontrado esta lista que estoy seguro la ha dejado donde lo ha hecho,
porque sabía que yo la encontraría.
Les explicó la incongruencia de la lista mientras intentaba abrir el
correo. Como no lo tenía configurado en el móvil, tuvo que entrar en la
web de Google y cuando consiguió introducir la contraseña. Empezaron a
entrar correos, sobre todo spam y publicidad. Héctor se había levantado y
estaba atendiendo una llamada, mientras Emy le miraba atentamente,
todavía con el ceño ligeramente fruncido.
Cuando finalmente terminaron de entrar todos los correos de la
cuenta, los labios de Mark empezaron a dibujar una sonrisa ante la cada
vez más extrañada mirada de Emy, que con genio le espetó:
—¿Se puede saber qué es lo que te hace gracia?
Sin decir palabra, Mark giró la pantalla del móvil y se lo acercó para
que pudiera verlo.
—¿Qué se supone que es esto?
—Mira el tercer correo empezando por el último recibido. —Emy se
acercó aún más el smartphone.
—¿Cuál? ¿El que te envía [email protected] , con el asunto
Nihil est quod videtur?[15]
—Sí. Ese correo es de mi tío, mira la fecha.
Tras observar detenidamente la cabecera del correo, y ya cambiando
su expresión por otra de curiosidad, preguntó:
—El correo es del día 19 de julio. Y, ¿qué me quieres decir con eso?
Nada más hacer la pregunta se dio cuenta de lo que la fecha
significaba y de lo que implicaba.
Empezó a mirarme con los ojos cada vez más abiertos. Mientras yo
asentía con la cabeza, ya sonriendo abiertamente, contesté a su pregunta:
—Efectivamente, te has dado cuenta, ¿no? El correo está fechado un
día después de la fecha del supuesto accidente.
—Pero, entonces…
—Entonces, Fidel no pudo morir en el accidente y, si él no lo hizo…
—…mi padre puede estar vivo, ¿no?
Los ojos de Emily se habían llenado de lágrimas y con un movimiento
reflejo había dejado caer su mano encima de la de Mark mientras le hacía
la retórica pregunta.
Tras unos segundos, pegó un salto de la silla y dio una carrera hasta la
puerta del local donde estaba Héctor, que la vio venir un tanto extrañado.
Le agarró de los hombros y, mientras le miraba con ojos brillantes por las
lágrimas, le dijo en voz baja, pero llena de intensidad:
—Papá está vivo. Ven, corre, ven.
Agarrado de la mano, lo trajo de vuelta a la mesa, donde Mark, que
acababa de leer el correo, mostró el móvil a Héctor. Tras los segundos que
necesitó para procesar la información, todavía sin creérselo, Héctor
preguntó:
—Y esto no será una broma de mal gusto, ¿no? ¿No podría haberlo
escrito otra persona? ¿Qué dice el mensaje?
Mientras negaba con la cabeza le contesté:
—Con el asunto es suficiente: “Nada es lo que parece”. Para mí es
más que significativo, porque conozco bien la forma de pensar de mi tío.
Él tenía claro que, cuando yo leyera el mensaje, sabría que no estaba
muerto.
—Vale, puede que tengas razón, pero ¿por qué hacernos sufrir de la
manera que lo han hecho? No lo entiendo.
—Tengo que volver a la casa de mi tío y mirar entre sus papeles.
Conociéndole, seguro que me ha dejado información en algún sitio.
Héctor, cuyo móvil empezó a sonar de nuevo, empezó a levantarse
mientras decía:
—Yo me tengo que acercar urgentemente al cortijo. Hay un problema
en la excavación en Iznik y tengo que hacer un Skype con el encargado.
Sin casi dejarle terminar, Emily, mirando a los ojos a Mark y ya con
un tono de voz totalmente diferente al que había tenido sólo unos minutos
antes, le preguntó:
—Si quieres, puedo ir contigo hasta la casa de tu tío y te ayudo buscar
lo que sea… a no ser que prefieras ir solo.
—No, no. Vale, encantado. Nos podemos ir juntos y luego nos vemos
con Héctor y ya le contamos.
[15] Nada es lo que parece.
5. Conventio
Pérgamo, año 311 d. C.
Ya en el mes de Ianuarius, cuando Blasius, mi nuevo amo, me trajo a
Pérgamo como esclavo, se dio cuenta de que yo no era como los demás
servi literati y que probablemente había hecho el mejor negocio de su vida
conmigo, cuando me había comprado al hispano, que fue mi anterior amo.
En aquel momento tuvo ciertas reservas por el alto precio que tuvo que
pagar por mí, pero en la primera ocasión que hizo uso de mis servicios
como escriba, comprobó satisfecho, que no sólo no se había equivocado,
sino que había hecho una muy buena inversión.
Había llegado a un acuerdo con un comerciante africano, del que no se
fiaba demasiado, por lo que me pidió que tomara nota de lo que habían
acordado y lo intentara reflejar en una conventio o contrato por escrito, del
cual me había dado un modelo redactado por un jurista romano de
prestigio, que ya había usado en otras ocasiones.
El acuerdo con el comerciante africano mencionaba múltiples
derechos y obligaciones de cada parte, por lo que su extensión hacía
prácticamente imposible transcribirlo en su totalidad, al menos por un
escriba que siguiera alguno de los sistemas clásicos de transcripción.
Después de haber concluido el acuerdo y antes de marcharse con el
africano, Blasius me encargó que le hiciera la copia en limpio para
revisarla por la tarde.
Cuando volvieron, le entregué una reproducción completa y ordenada
de prácticamente todo lo que habían dicho y querido reflejar en la
conventio.
Blasius, un tanto perplejo, no hacía más que examinar el documento y
mirarme. Después de unos minutos de lectura, entornando ligeramente sus
ojillos de cerdo, esbozó la mínima de las sonrisas, mientras me dijo en voz
queda, como para que no le oyera nadie:
—Bien, Lisandro, bien. No sé cómo lo has hecho, pero has reflejado
en la conventio prácticamente todo lo que el africano y yo hemos
acordado. ¿Cómo has podido hacerlo? Te aseguro que tú y yo vamos a
hacer muchas cosas juntos y, si eres fiel y cumples como hoy con tu
trabajo, tendrás tu recompensa, esa recompensa que todos los esclavos
ansiáis.
Aunque quería haber mantenido en secreto mis habilidades, al menos
durante un tiempo, quedó claro que mi intención se había visto superada
por el deseo que siempre tenía de hacer lo que sabía hacer y hacerlo bien.
Así fue como hice conocida, al menos para mi amo, esa habilidad mía que
tanto condicionaría mi vida en el futuro.
Toda mi familia, en concreto, mi padre y su hermano, y mi abuelo,
habían aprendido el arte del escriba en la famosa escuela de Egina, que fue
fundada por el ateniense Polisteo, que a su vez también provenía de una
familia muy antigua de escribas.
Por lo que nos contó mi abuelo, uno de los antepasados de Polisteo
había trabajado en Puteoli, un pueblo de la costa italiana al servicio de
Marco Tulio Tiro, que primero fue esclavo y después, una vez que fue
manumitido[16] , ya convertido en liberto, continuó trabajando como
secretario personal y amigo de Cicerón.
Al tener Tiro, como tarea principal, que tomar nota de todos los
discursos de Cicerón, para facilitarse su propio trabajo y conseguir
resultados que gustaran a su amigo más que amo, inventó un sistema que
desde entonces se llamó annotationes tironianae[17] , mediante el cual y
valiéndose de signos más sencillos que los de la escritura normal, se podía
conseguir escribir tan deprisa como hablara el orador mientras hablaba,
para después, ya con calma, transcribir con detalle todo lo captado.
Fue este sistema el que Polisteo aprendió y después nos transmitió a
todos los escribas de la escuela egineta.
Y gracias al sistema inventado por Tiro, había podido yo transcribir
casi literalmente todo lo que Blasius y el mercader africano habían
hablado para reflejarlo en la conventio, con la consecuente gran alegría de
mi amo, que veía en mi habilidad la posibilidad de una interesantísima
fuente de ingresos.
[16] Acto solemne por el que se daba la libertad a un esclavo.

[17] La primera forma de taquigrafía de la historia inventada por Tiro, esclavo de Cicerón.
6. Capilla menor
Algatocín, Ronda (Málaga), 20 de julio de 2016
Emily sonrió internamente cuando Mark le abrió la puerta del coche
en un gesto que sus amigas habrían tachado de micromachismo, pero que a
ella en realidad le gustó. Mientras salían del aparcamiento de la venta, se
fijó de reojo en él. Alto y moreno, con el pelo casi castaño y ligeramente
rizado, tenía un perfil muy grecorromano, un tanto duro, que contrastaba
con sus ojos, de un color miel oscura que le daban un cierto carácter de
ternura, al menos en apariencia. Podía decirse que era un hombre guapo.
Ya en la carreterilla que iba hacia el pueblo, le preguntó:
—¿Y a qué te dedicas, Mark? No sé de dónde lo he sacado, pero tengo
la idea de que eres abogado.
—Sí, he estado trabajando en un bufete en Valladolid varios años y la
verdad es que me estoy planteando la posibilidad de cambiar de aires,
venirme al Sur e intentar instalarme por mi cuenta. Y vosotros, ¿a qué os
dedicáis? ¿Trabajáis con tu padre?
—Los dos trabajamos con Héctor. Estábamos en Iznik, un pueblo de
Turquía, cuando tuvo lugar el accidente. Yo soy arqueóloga y me encargo
del trabajo de campo en las excavaciones y Héctor es especialista en
filología latina, semítica y, en definitiva, lenguas antiguas.
—Si te apetece, podías contarme cosas de tu trabajo. Siempre me ha
parecido muy interesante. El problema es que los profanos en vuestra
materia tenemos unas ideas demasiado estereotipadas, acerca de lo que es
la arqueología. Para muchos es como una mezcla de información de los
documentales sobre Egipto y las películas de Indiana Jones. Cuéntame,
¿qué es lo que más te gusta de tu trabajo?
—Pues el poder reconstruir cómo era la vida hace cientos, incluso
miles de años, a partir de unos restos que en apariencia no dicen nada.
Siempre me pareció como hacer magia... Lo que está claro es que el
trabajo de un arqueólogo poco o nada tiene que ver con la idea que tiene la
gente. Es un trabajo que tiene distintas fases hasta llegar a un
descubrimiento y la verdad es que hay fases que, a no ser que te guste
mucho lo que haces, pueden ser muy aburridas y, en ocasiones, muy duras
e, incluso, peligrosas.
—Bueno, pero por lo menos estoy seguro de que será bastante más
interesante que el mío. Está claro que en todos los trabajos por mucho que
te gusten hay momentos tediosos y aburridos, pero últimamente yo no
estoy nada contento con el mío.
—¿Estás especializado en algo?
—Últimamente llevo casi un par de años dedicándome al derecho
penal, en concreto, delitos económicos. Pero quizá por eso, porque no me
gusta, estoy casi decidido a cambiar de aires. Además, el bufete en el que
trabajaba es de quien iba a ser mi suegro.
—Ah, ¿entonces estás casado?
—No, no. Vivía con Helena, la hija de mi jefe, pero la convivencia
cada vez era más desastrosa y decidimos separarnos.
Los ojos de Emy brillaron durante un segundo y continuó:
—Pues yo, soy una enamorada del Sur. Yo no podría vivir en un sitio
de interior sin ver el mar cada día o, al menos, tenerlo cerca. Estoy segura
de que te irá bien si te quedas en el Sur. Por cierto, ahora que lo pienso
¿qué más decía el mensaje de tu tío? Porque nos quedamos con la fecha y
el asunto, pero me imagino que te diría algo más, ¿no?
Mark, que iba conduciendo, miró hacia delante y vio una entrada a un
camino a la derecha y frenó para poder parar. Cuando el coche estuvo fuera
de la carretera, sacando de nuevo el phablet, tras ponerlo en horizontal, se
lo pasó a Emy diciendo:
—Mira, léelo tú misma.
Emy leyó en silencio durante un par de minutos:

«Querido sobrino:
Si estás leyendo este correo, es probable que hayas
tenido que pasar por el mal trago de mi entierro.
Antes de seguir, te reitero: “Nada es lo que parece”.
Como último familiar mío que eres, necesito
sincerarme contigo, ya que no puedo hacerlo con
nadie más en quien confíe, aparte de mi buen amigo
Héctor Deverís, que ya sabe todo sobre mí.
Cómo bien sabes mi vida ha tenido un curso un
tanto irregular ya desde mi juventud. El empezar a
estudiar física, a pesar de que lo dejé sin llegar a
terminar la carrera, me provocó una serie de
inquietudes que sólo empezaron a calmarse en contra
de toda lógica científica, cuando entré en el seminario
y empecé a estudiar teología y después historia. La
religión consiguió imprimir a mi fogoso carácter una
cierta tranquilidad, que antes no tenía y a mi intelecto,
el gusto por la reflexión y la contemplación del
universo desde un prisma que iba más allá del puro
empirismo, que a veces me parecía insuficiente para
explicar la grandeza y belleza del cosmos.
Fue cuando ya había sido ordenado como
sacerdote que como periódicas migrañas empezaron a
acecharme los momentos de duda. Estaba claro que
mi formación científica me hacía condicionar no
subconscientemente como habría querido, sino con
plena consciencia, la inflexibilidad de los dogmas de
la iglesia a la realidad del mundo físico.
Como ya hemos comentado en alguna ocasión, fue
precisamente mi actitud lo que motivó al obispo a
enviarme a esta especie de retiro a Algatocín. Desde
que llegué a este pequeño pueblo al que tanto cariño
he tomado, sin poder remediarlo he tenido mis
mayores crisis de fe, estando incluso, en varias
ocasiones, a punto de colgar los hábitos, porque,
querido sobrino, creía que había perdido la fe y casi
llegué a perder la razón.
Pero precisamente en ese momento, como enviado
por los dioses del destino, apareció un viejo amigo
que conocí hace muchos años, mientras hacía un
curso monográfico sobre paleografía latina en Roma,
Héctor Deverís.
Él entonces era ya arqueólogo y estaba empezando
su carrera que, como puede que sepas, le ha ido
encumbrando hasta llegar a ser una de las máximas
autoridades en paleografía romana del mundo. El año
pasado, Héctor compró un cortijo muy cerca del
pueblo con intención de retirarse aquí y lo renovó por
completo. Desde entonces retomamos con gusto la
amistad que habíamos comenzado en Roma y desde
hace casi un año nos hemos estado viendo a diario
por las tardes, o bien en la venta, o en mi casa o en la
suya. Te preguntarás por qué te doy tantas
explicaciones sobre Héctor. Ten un poco de paciencia
y enseguida verás por qué.
A medida que fuimos intimando, Héctor empezó a
hacerme partícipe de todos sus descubrimientos, y muy
en especial del último que había hecho en Iznik,
ciudad situada en el noreste de Turquía y que en la
época romana tardía se llamaba Nicea.
Pero creo que mejor que resumirte el
descubrimiento hecho por Héctor, que tanto va a
cambiar nuestra percepción de cómo nos han contado
la historia, es preferible que lo veas y escuches tú de
primera mano. Estoy seguro que los hijos de Héctor te
van a ayudar. Busca en: F E V P X R D P K V C D.
¡No tengo duda alguna de que encontrarás lo que
he dejado para ti!
Tu tío, que te quiere y te querrá siempre,
Fidel».
*********************
—Pronto, Congregazione per la Dottrina della Fede, ¿qui parla?
—Dígale, por favor, a monseñor Bockig que me llame al teléfono
652656565 en los próximos 30 minutos.
—Excusi, perdón, pero ¿quién es usted?
—Alffredo Denese.
—Me puede repetir el número, por favor.
Unos 10 minutos después, Alffredo recibió la llamada del secretario
del dicasterio más importante de la curia romana, monseñor Bockig, que
de forma cortante le preguntó.
—¿Lo ha conseguido?
—No, todavía no. Después del accidente hemos registrado
minuciosamente la casa de Fidel, el sacerdote, y no hemos encontrado
absolutamente nada que nos pueda indicar dónde está.
—¿Y en la casa de Deverís?
—Tampoco. Acabamos de registrarla y hemos hecho copia del
contenido de dos portátiles y un PC. Ahora están examinando los ficheros
uno por uno.
—No me interesan los detalles. Me imagino que sabes perfectamente
lo que nos estamos jugando. Llámame cuando lo tengas. Haz lo que sea
necesario para conseguirlo. Tenemos que encontrarlo como sea antes de
que los áureos le pongan la mano encima.
*********************
Durante unos segundos Emily se quedó con el smartphone en las
manos, mirando a Mark. El detalle de haberle dejado leer un mensaje tan
personal como el que le había dejado su tío le había impresionado. Es más,
podía decir que, no esperándoselo, le había gustado mucho. Este podría
perfectamente ser el primer paso para establecer un lazo de confianza
entre los dos, que subconscientemente deseaba. ¿O el deseo era
consciente? Con un ligero cosquilleo en el estómago, le devolvió el móvil.
—Gracias por haberme dejado leerlo. Es un mensaje muy personal y
no tenías por qué…
—No pasa nada. Creo que cuando le conozcas, te gustará Fidel —
contestó Mark mientras arrancaba de nuevo el coche y se reincorporaban
de nuevo a la carreterilla.
Llegaron en silencio al pueblo y, ya sentados en las desvencijadas
sillas de la casa de Fidel, con libreta y lápiz por delante, Mark empezó a
explicar mientras escribía:
—El mensaje que ha dejado mi tío: F E V P X R D P K V C D. ¿A qué
te suena?
—No sé, pero parece una especie de cifrado tipo César, ¿no?
—Exactamente. Es el sistema más sencillo de cifrado, que ya se usaba
en tiempo de los romanos.
—Sí, pero el problema será saber cuál es el número que se suma a
cada letra para conseguir el mensaje. ¿Tú sabes cuál es el número?
—Sí, lo usábamos cuando yo estaba todavía en el colegio. Lo primero
que hacíamos era relacionar cada mensaje cifrado con la sucesión de
Fibonacci y después introdujimos otra variable.
—¿Cómo? Anda, explícamelo —dijo Emy sonriendo con los ojos a la
vez que se sentaba junto a Mark, que se quedó mirándola durante un par de
segundos antes de contestar:
—Lo primero que hicimos para que no resultara tan sencillo de
descifrar fue establecer como convención que las cinco primeras letras de
cualquier mensaje tendrían como correspondencia sus posiciones en el
alfabeto, restadas respectivamente de los cinco primeros números de la
sucesión de Fibonacci, empezando por el dos, es decir que usaríamos el 2,
3, 5, 8, 13.
—Vamos a hacerlo en el papel y a lo mejor así lo veo más claro.
—Vale. La primera letra, la que equivale a la F del mensaje, la
encontramos saltando dos letras hacia atrás, es decir, que será la C. ¿Cuál
crees tú que será la que corresponda a la E, que es la segunda?
—Para encontrar la que esconde la E debemos saltar tres lugares hacia
atrás, o sea: la A.
—Correcto. Haciendo lo mismo con las siguientes tres, tendríamos ya
las cinco primeras letras del mensaje: CAPIL.
—Vale, pues sigamos, ¿no?
—Aquí es donde introdujimos una pequeña variante. Para poder saber
a qué letra del alfabeto corresponde la 6ª letra de cada mensaje cifrado,
hay que dividir la posición de esa letra en el alfabeto por la razón áurea y
redondear en exceso.
¿Cómo…?
—En este caso, la primera 6ª letra es la R, que ocupa en el alfabeto la
posición 19, ¿de acuerdo?
—Sí, sí.
—Vale, pues dividimos 19 por 1,618, que es la razón áurea, y nos da
11,74. Al redondear en exceso, el 12, o sea…
—¿La L?
—Correcto. Yo ya lo tengo hecho, y una vez que se hace lo mismo con
todas las letras, llegamos al mensaje final que dice: CAPILLA MENOR.
7. Nicomedia
Pérgamo, año 311 d. C.
Unas semanas después de mi última visita a la colina en la que me
sentía libre me levanté del triclinium reservado a clientes en el que estaba
recostado, algo que nos tenía prohibido Blasius. Era ya la hora undécima y
estaba a punto de cerrar nuestra libraria o scriptorium, como a nuestro
amo le gustaba llamarlo. Era casi la última obligación de la jornada que
me correspondía hacer todos los días personalmente, pero hoy Sextus, uno
de los escribas, que se había incorporado recientemente a la libraria, me
había pedido que esperara un poco para cerrar, porque estaba terminando
el último capítulo de una copia de La Eneida de Virgilio para un cliente
que vendría al día siguiente.
Mientras con un paño húmedo limpiaba un poco el polvo de las
mesas, oímos un ruido en la puerta y de repente, como un torbellino, entró
Blasius, el amo, que sin dejar de andar me dijo, mientras se enjugaba el
sudor de sus orondas facciones:
—Lisandro, tengo muy buenas noticias para ti. Tienes que prepararte,
porque mañana salimos de viaje.
—¿De viaje? Amo, pero… ¿a dónde?
Con una sonrisa de oreja a oreja, Blasius contestó:
—Nos vamos a ir a la ciudad más grande y bella que hayas visto.
—¿Cuál? ¿Roma?
—Roma es la capital del Imperio de Occidente y está muy lejos de
nosotros, pero Nicomedia es la capital del Imperio de Oriente y allí es
donde vamos. Nuestro amado emperador Diocleciano hizo construir en
ella los más bellos edificios y monumentos del mundo. No habrás visto
nada igual en tu vida.
Dejando un poco de lado cualquier pregunta sobre las laureadas
bellezas de Nicomedia, con cierta preocupación pregunté a Blasius:
—¿Y qué vamos a hacer en la gran capital del Imperio de Oriente,
amo?
—No te preocupes, Lisandro. No te preocupes. Tú vas a seguir
haciendo el mismo trabajo que haces aquí, pero vas a tener la inmensa
suerte de entrar a formar parte del collegium de escribas del emperador.
Eso sí, primero tienes que aprender la forma en que trabajan en la corte, ya
no vas a ser un simple servi literati. ¡Tu vida va a cambiar a mejor!
Al darme cuenta de las implicaciones de lo que acababa de oír, sentí
como un pinchazo en el corazón. Blasius era un buen amo y siempre nos
había tratado bien. Además, me había prometido la posibilidad de llegar a
ser liberto. Pero, si ahora me había vendido, ¿quién iba a ser mi nuevo
amo? Y lo más importante, ¿podría llegar alguna vez a ganar mi libertad
con ese nuevo y desconocido amo?
Blasius, con esa habilidad típica de los comerciantes que parecen leer
el pensamiento del contrario cuando negocian, me miró y dijo con una
gran sonrisa, que pretendía imbuir en mí la idea de la suerte que había
tenido:
—No debes temer nada, porque tu nuevo amo va a ser el emperador,
aunque tú trabajarás para el maestro de escribas. Si trabajas duro y
cumples con todo lo que se te diga, ten por seguro que estarás incluso
mejor que aquí.

Dos días después, ya que la intendencia para un viaje tan largo


necesitaba una organización considerable, salimos un grupo de dos
caballos, dos burros y un pequeño carro, con la intención de unirnos a una
caravana de mercaderes que iba hacia el norte. Nos esperaba un viaje que
sabíamos sería duro.
8. Pendrive
Algatocín, Ronda (Málaga), 20 de julio de 2016
Mark y Emy, tras descifrar el mensaje de Fidel, salieron
inmediatamente por la calle mayor en dirección hacia la plaza en donde se
encontraba la iglesia del pueblo.
Unos cien metros por detrás de ellos un joven con un aspecto en nada
destacable les empezó a seguir.
La Iglesia, construida hacia 1550, era la más antigua de la Serranía de
Ronda. De arquitectura bastante simple, parecía haber querido emular
anacrónicamente el estilo románico. Tenía una nave central y dos naves
laterales. La capilla mayor estaba bajo la bóveda de la nave central y en
una de las naves laterales vieron dos pequeñas capillas: una profusamente
adornada con una imagen de una virgen flanqueada por imágenes de santos
y otra mucho más sencilla, en la que se veía un sobrio San Francisco de
Asís con una pequeña cruz en su mano derecha y, como todo atavío, el
oscuro hábito parduzco, típico de la orden franciscana.
Precisamente hacia esta capilla fue a la que se dirigió Mark, pero Emy
le paró sujetándole del brazo mientras señalaba a la otra.
—Mira, en esa dice que es la capilla menor.
Con una sonrisa, él contestó:
—Tienes razón, pero como conozco a mi tío perfectamente, estoy casi
seguro de que cuando mencionaba la capilla menor, se refería a la capilla
mínima, y la verdad es que no hay menos en capilla que la que le han
puesto al pobre San Francisco. Estoy seguro de que es esa.
De un vistazo, Mark comprobó que en toda la iglesia solamente había
un par de personas, una mujer mayor y un hombre de mediana edad con
una chaqueta gris, que se acababa de sentar en uno de los bancos centrales.
Susurrando, le dijo a Emy:
—¿Puedes vigilar por si acaso se levanta alguno? Yo voy a echar un
vistazo alrededor de la escultura.
Ante su gesto de cabeza asintiendo, Mark retiró el banco de madera
que estaba delante de la pequeña capilla y colocó a uno de los lados de la
hornacina con cuidado los jarrones con flores para evitar que se rompieran
con un movimiento brusco. Ya tenía únicamente enfrente la figura del
santo apoyada sobre un pedestal similar a un cofre de madera; similar no,
de hecho era un cofre de madera. Mark tuvo que levantar la escultura para
a su vez poder tener acceso a levantar la tapa del cofre. Aunque la
reproducción en escayola del santo no era demasiado grande, sí era pesada
y tuvo que hacer un esfuerzo considerable para colocarla en uno de los
lados sin tirar ninguno de los jarrones. Una vez que lo consiguió, se quedó
mirando al cofre durante unos segundos antes de intentar levantar
tímidamente la tapa. Cuando lo hizo, vio dentro una pequeña cajita de
madera que sacó con cuidado.
Cerrado el cofre, colocado el santo y los jarrones de nuevo en su sitio,
Mark se volvió para llamar a Emy al tiempo que extraía un pendrive de la
cajita y, levantando el brazo, se lo enseñaba.
Emy oyó el último de una serie de clics sucesivos, que parecían
provenir del resquicio que la puerta principal de la iglesia que había
dejado entreabierta cuando entraron. Vio un momento la sombra de un
hombre y, sin querer gritar, dijo:
—Eh, tú, ¿qué estás haciendo?
Salió desde donde estaba para intentar llegar a la puerta, pero Mark,
que la miraba un tanto sorprendido, estaba en medio. Para cuando con
cierta delicadeza le apartó y consiguió llegar, abrir la puerta y salir a la
entrada de la iglesia, no pudo ver más que a un joven con el pelo largo, que
mochila a la espalda se alejaba hacia el centro del pueblo.
Volviéndose hacia la entrada de la iglesia, de la que ahora salía un
extrañado Mark, contestó a la pregunta que con su inquisitiva mirada
parecía querer hacerle:
—Había un chico haciéndonos fotos.
—¿Estás segura?
Cuando iba a contestar, empezó a sonar su móvil.
—Es Héctor. Dime Héctor, ¿qué pasa?
Mark vio como frunció el ceño antes de colgar y preguntó:
—¿Algún problema?
—Sí, Héctor dice que cree que ha entrado alguien en el cortijo.
—Pues venga, vámonos para allá.
Metiéndose el pendrive en el bolsillo y espoleado por un impulso no
pensado, tendió la mano a Emy que, sin hablar, pero sin poder evitar
esbozar una sonrisa, y para su asombro, ruborizándose ligeramente, se
dejó llevar. Salieron rápidamente por la empedrada calle que iba hasta
donde estaba el coche aparcado.
*********************
El hombre de la chaqueta gris, que había sido testigo de lo sucedido
en la Iglesia se levantó sin prisa y salió de la misma. Vio como los dos
jóvenes corrían calle abajo, pero no le preocupaba. El localizador GPS que
había colocado en el coche del abogado le llevaría allá donde fueran.
*********************
El joven del pelo largo, con el auricular colgado de la oreja izquierda,
preguntó:
—¿Ha visto las fotos?
—Sí, las he visto. ¿Has podido comprobar qué contenía la cajita que
han encontrado?
—Sí, el tipo ha sacado un pendrive y se lo ha guardado en el bolsillo
antes de salir de la iglesia.
—¿Puedes entrar en su habitación del hostal y encontrarla?
—Hecho.
El joven prefirió no decirle al sacerdote que le habían visto. Ya le
había demostrado que tenía muy mal genio.
*********************
Diez minutos después, tras haber recorrido unos cuatro kilómetros,
por la carreterilla de acceso al pueblo, Emy le indicó:
—Entra por el carril a la izquierda y será mejor que dejes el coche
abajo. Con las últimas lluvias el carril hasta la casa no está para que lo
suba este coche.
La verdad es que eso era precisamente lo peor del coche de Mark que,
por otro lado era magnífico, pero era demasiado bajo y siempre rozaba con
cualquier bachecillo. Tuvieron que andar cuesta arriba unos cincuenta
metros hasta la casa por el carril que estaba un tanto deslavado por las
lluvias. La puerta estaba abierta y Emy entró directamente hasta el salón,
donde Héctor estaba de pie junto a la mesa, examinando carpetas de
documentación. Emy le dio un abrazo, mientras preguntaba:
—¿Qué se han llevado?
En vez de contestar, Héctor hizo un barrido lento con la vista,
abriendo al final los brazos diciendo:
—A primera vista, no parece que hayan robado nada a no ser que
vayamos descubriendo que nos falta algo, pero de lo que estoy seguro es
de que han estado investigando en mi portátil.
Mark preguntó:
—Pero, ¿cómo sabes que han entrado en la casa? ¿Estaba la puerta
abierta? ¿Había alguna ventana forzada o rota?
—No, no, no, pero estoy seguro que alguien ha estado mirando en mi
portátil, porque está apagado y yo siempre lo dejo en suspensión y,
además, tengo la manía de colocar el cable de red debajo del portátil
cuando dejo de usarlo, y estaba suelto.
—¿Te importa que arranque el portátil un momento?
—No, no. Adelante.
Tras los 40 segundos habituales de inicialización, Mark preguntó a
Héctor la clave. Se sonrojo ligeramente antes de decir:
—La verdad es que la clave que tengo puesta no es muy aconsejable,
pero como sólo lo usaba yo, no veía necesario tener una clave más
complicada. La clave es 4321.
Mientras desde detrás los hermanos le miraban, Mark tecleó a toda
velocidad, entrando en el panel de control, herramientas del sistema, visor
de eventos, seguridad y, tras mirar el reloj, repasó los registros de aquella
mañana.
—Está bastante claro lo que han hecho. Han clonado tu disco duro. Y,
además, por lo que veo tú eres administrador de una red interna con lo cual
toda la información que hayas compartido o hayan compartido contigo,
también la tiene quien haya hecho la copia del disco. Pero, ¿qué es lo que
tenías en el portátil tan importante como para que lo hayan querido
copiar?
*********************
Desde donde había parado, el hombre de la chaqueta gris podía ver
perfectamente la casa de Deverís y el coche del abogado, aparcado al
principio del carril. Sus órdenes eran simplemente vigilar e informar de
todos los movimientos de los hijos de Deverís. El profesor le daría
instrucciones cuando quisiera que interviniera. Probablemente, tendría que
buscar el momento ideal para intentar acercarse a ellos de forma casual.
De momento se ajustó los auriculares y empezó a buscar la frecuencia
del emisor, que había colocado en la casa para escuchar la conversación
entre los jóvenes.
9. Rajothep
Año 311 d. C. Llegando a Nicomedia.
Nuestro viaje duró casi 18 largos días. Fue un recorrido agotador por
las casi doscientas cuarenta millas romanas que separaban Pérgamo de
Nicomedia, andando hacia el noreste, en el que nos pasó de todo. La mayor
parte del trayecto era un terreno agreste y despoblado, a excepción de unos
cuantos grupos de nómadas sardos que llevaban su ganado de un lado a
otro, buscando el escaso pasto que salpicaba la llanura. Estaba claro que si
no nos hubiéramos unido a la caravana de mercaderes que desde Mileto
iban hasta la capital del Imperio, habríamos muerto en el camino. A la
semana de marcha nos asaltó un pequeño grupo de nómadas rebeldes,
entre los cuales me dijeron que había esclavos huidos, que habían hecho
del pillaje en los caminos su forma de vida. Pero nuestra caravana llevaba
treinta soldados, disciplinados y bien armados, que los rechazaron sin
dificultad.
Cuando ya estábamos en el límite de nuestras fuerzas, divisamos no
muy lejos las formidables e interminables murallas de piedra que
rodeaban la ciudad. A simple vista, no se vislumbraba el final de los
muros que estaban jalonados de torres de vigilancia cada medio estadio[18] .
El muro debía tener una longitud de varias millas y tenía a todo lo largo
una altura de un poco menos de 30 pies[19] . La ciudad estaba realmente
preparada para resistir cualquier asedio.
El sol ya estaba alto cuando por fin nos dejaron entrar en la ciudad.
Antes de poder hacerlo, los soldados revisaron todos y cada uno de los
carros que componían la caravana. Buscaban armas y obligaron a todos los
carros a quedarse fuera de la ciudad hasta el día siguiente. Sólo una
comitiva de mercaderes pudo entrar, junto con los cuales entró el grupo de
Blasius, del que yo formaba la cola.
Pasamos a través del doble arco de piedra que soportaba la estructura
del portón de entrada y empezamos a caminar hacia el centro de la ciudad.
La verdad es que me llevé una agradable sorpresa al comprobar que
dentro de la ciudad se daba la regularidad de la construcción típica de las
ciudades griegas, con las calles distribuidas de forma perpendicular entre
sí, lo cual conseguía dar una gran sensación de orden. Pero a medida que
seguíamos andando, lo helénico dejó paso a la clara influencia romana.
Vimos a una obesa matrona reclinándose en una litera portada por varios
esclavos nubios y una cuadrilla de oficiales de caballería que parecían de
origen galo; en definitiva, lo que habríamos podido ver en cualquier
ciudad romana importante.
A medida que nos acercábamos al ágora vimos una gran piedra que
parecía estar en el centro geométrico de la ciudad, encima de la cual los
pliegues de los ropajes de una mujer hermosamente esculpida parecían
ondear al viento. El escultor había conseguido imprimir un movimiento
cercano a la vida a la escultura, que no era más que una imagen de la
Mater Matuta, la madre de los buenos auspicios y diosa de la fertilidad y
el principio de las cosas.
A los pies de la escultura, un hombre con la cabeza rapada y una
túnica amarilla cruzada por encima de su brazo desnudo, nos estaba
esperando. Tenía los ojos pintados con kohl al estilo egipcio y junto a él
estaban dos jóvenes que parecían esclavos, que nos miraban con
curiosidad. Al llegar a su altura, nos saludó:
—Blasius de Pérgamo, permíteme que te dé la bienvenida a la ciudad
de Nicomedia, capital de nuestro amado imperio. Mi nombre es Rajothep
y soy el maestro de escribas de nuestra maravillosa ciudad.
Girándose ligeramente, se me quedó mirando durante unos segundos
en lo que parecía un intento de evaluación. Su mirada era hambrienta,
como queriendo absorber con ella todo lo que mi pobre persona pudiera
ofrecer. Finalmente, decepcionado por no haber aprehendido lo que
pretendía, o quizá decidiendo dejar la evaluación para otro momento, me
dijo:
—Estoy ansioso por comprobar los conocimientos que tu amo dice
que tienes. Venderlos, desde luego, los ha vendido muy bien.
Aun habiéndose dirigido a mí, estaba claro que no esperaba una
contestación, ya que inmediatamente, volviéndose hacia Blasius, como
arrepintiéndose del tiempo que me había dedicado, le dijo:
—El gobernador ha pedido que vayáis a su casa, donde os darán de
comer. Y a ti, Blasius, te acompañarán a las termas. Luego hablará contigo
y formalizareis la traditio[20] del esclavo. Él es quien actúa en nombre del
emperador.
[18] Medida de longitud equivalente a 185,12 metros.
[19] Equivalentes a unos 8 metros de altura.

[20] Acto por el que se entrega una cosa. En derecho romano, con ella se perfeccionaba la
entrega del esclavo.
10. Ichtus
Cortijo Familia Deverís – Algatocín, 20 de julio de
2016
Tras unos segundos, durante los cuales nadie contestó a la pregunta
que Mark había dejado en el aire, Emy le preguntó:
—Oye, ¿y el pendrive que encontramos en la iglesia?
Mark inmediatamente lo sacó e insertó en el portátil de Héctor. En la
memoria USB sólo había un archivo de vídeo en el que clicó. De repente,
apareció en la pantalla la imagen de Héctor Deverís y su hijo Héctor, que
no se lo esperaba, se dejó caer en una de las sillas. Emy, al verle, se llevó
una mano a la boca. Pero no les dio tiempo para más manifestaciones, ya
que la imagen empezó a hablar:
—Mis queridos hijos, si estáis viendo este vídeo, lo primero que
quiero hacer es pediros perdón. Pediros perdón por haberos hecho creer
que Fidel y yo habíamos muerto, pero era la única manera de que los
Milites Dei, por un lado, y los áureos, por otro, nos dejaran en paz. Fidel
me convenció para que lo grabara y él lo escondió de forma que estaba
seguro de que su sobrino Mark lo encontraría. Para explicaros en pocas
palabras cómo hemos llegado a esta situación, os puedo decir que la culpa
de todo la tiene un maravilloso pergamino de un valor incalculable para
nosotros como arqueólogos y paleógrafos, y de importancia difícil de
imaginar para toda la cristiandad y por ende también para el islam. Como
sabéis, a lo largo de los últimos años en las excavaciones de Iznik, hemos
hecho una serie de descubrimientos importantes, pero no transcendentales.
Pero lo que no sabéis es que Hamil, el encargado de la excavación,
encontró por pura causalidad en la parte de atrás de la tienda de trabajo, la
entrada a un antiguo túnel, que estaba perfectamente camuflada detrás de
un macizo de jérguenes espinosos. No se lo comentó a nadie más que a mí,
con lo que el día de descanso de los trabajadores aprovechamos que
estábamos solos en la excavación para entrar. Curiosamente, el túnel no
parecía natural, sino obra de la mano del hombre, al estilo de los túneles
de Derinkuyu, un poco más hacia el centro de Turquía. Anduvimos por un
corredor de escasa altura en dirección norte unos 50 o 60 metros, hasta que
para nuestra total sorpresa desembocamos en una sala cuya belleza y
amplitud nos dejó sin habla durante unos segundos. La sala tendría cerca
de quinientos metros cuadrados, con un pequeño estanque natural en uno
de los lados al que se oía le entraba una pequeña corriente de agua. Y, sin
embargo, no había sensación de humedad. Estaba claro que la cueva tenía
algún tipo de ventilación. En la bóveda observamos, como si fueran
estrellas brillantes, puntos del techo de la cueva por los que se colaban los
rayos de luz solar. A pesar de que he entrado en muchas cuevas, en aquel
momento pensé que aquella, sin ser la más grande, sí era una de las más
bonitas que había visitado. Empezamos a recorrerla en toda su extensión.
Nos sorprendió descubrir una serie de bancos claramente tallados en la
arenisca, ya que no era piedra lo que constituía la parte baja de la cueva.
Unos minutos después todo quedó claro, cuando encima de uno de los
bancos tallados, vimos un símbolo tallado de forma un tanto rudimentaria:
era el Ichtus.
Mark presionó la barra espaciadora del teclado haciendo que el vídeo
se detuviera, mientras decía:
—Me imagino lo que es, pero no estoy seguro.
Héctor se adelantó a Emy que iba a tomar la palabra.
—Sí. Si lo vieras, estoy seguro de que lo conocerías. No es más que el
símbolo del cristianismo primitivo, el típico dibujo en forma de pez.
—Pero el nombre era también un acrónimo de algo, ¿no?
Ahora ya fue Emy la que se adelantó:
—Sí, es un acrónimo en griego. El significado del conjunto es Jesús
Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Anda, dale al play, que sigamos escuchando
Héctor Deverís padre empezó a hablar de nuevo:
—Primero, los bancos tallados y luego el Ichtus daban claramente a
entender que aquella cueva había sido uno de los lugares en los que los
cristianos se ocultaron durante las persecuciones de Diocleciano. Como ya
sabéis, Galerio, al que después Diocleciano daría el título de César, fue el
que realmente empujó a éste a dictar los decretos de persecución de los
cristianos. El motivo, como siempre, fue político: los seguidores de la
secta cristiana no hacían más que aumentar, incluso entre los propios
miembros del ejército, que iban abandonando el culto a Mitra. Diocleciano
era un conservador de las tradiciones romanas y no quería que aquella
secta sin sentido quitara protagonismo a la historia y al futuro del nuevo
Imperio romano que él estaba construyendo. Por eso, y aunque no estaba
personalmente de acuerdo con la crueldad con la que Galerio la llevó a
cabo, autorizó la persecución de cristianos más sangrienta de la historia.
Sentados en uno de aquellos bancos, mientras soñábamos despiertos sobre
el pasado y bebíamos un trago de agua, nos sorprendió ver un haz de luz
solar concentrado, que incidía sobre una roca justamente frente al lado
norte de la laguna. Como no podía ser de otra manera, la curiosidad nos
llevó a acercarnos a la zona que iluminaba la luz de los últimos rayos de
sol del día y me di cuenta que un trozo de roca o arenisca como de unos 40
× 40 centímetros tenía un color muy ligeramente distinto del resto que lo
circundaba. De hecho, la arenisca tenía una veta a todo lo largo de la parte
baja que, sin embargo, se interrumpía en aquel punto. La palpé con los
dedos y, al presionar ligeramente, se cayó un trocito de la arenisca
solidificada. En aquel momento, empezó a irse la luz solar que lo
iluminaba. No había tardado más de unos minutos en dejar de iluminar ese
trozo de pared así que saqué y encendí mi linterna y Hamil siguió
arañando la arenisca con su martillete. La parte exterior se deshacía muy
fácilmente y después de unos minutos, cuando habíamos hecho una
cavidad con forma cuadrada, aceptablemente regular, de unos 5
centímetros de profundidad, para nuestra sorpresa vimos empezar a
aparecer una especie de piedra blanca totalmente lisa. Ya un poco
nervioso, y sintiendo esas mariposas en el estómago que conocéis bien,
seguimos excavando hasta que quedó claramente a la vista toda una placa
de mármol blanco, un tanto oscurecido por el paso del tiempo. Excavando
ya más frenéticamente, llegamos a los bordes de la placa que tendría unos
40 centímetros de lado. Con el corazón acelerándose por segundos, y un
poco de esfuerzo, conseguimos despegar la placa. En ese momento creo
que sentía algo parecido a lo que Schliemann sintió cuándo atisbó el
primer colgante del tesoro de Troya.
Al quitar la placa de mármol, me desencanté, porque vi el hueco lleno,
pero enseguida me di cuenta que era un relleno de unas piedrecitas casi en
polvo. Al ir sacándolas, fuimos dejando a la vista algo que parecía
envuelto en cáñamo. Unos minutos después retiraba los restos de hilatura
de cáñamo que rodeaban una vasija grande y extraña. La vasija era, en
esencia, del tipo que se usaban habitualmente en la época romana para
contener el aceite o el vino en las casas, pero de forma bastante rara.
Tendría unos 40 centímetros de alto y capacidad de unos 3 o 5 litros, pero
estaba achatada y completamente esmaltada. Por el peso, me daba la
sensación de no tener líquido alguno, lo cual no casaba mucho con el
hecho de que tenía la boca totalmente sellada con algún tipo de tapón. Otra
cosa que me extrañó sobremanera fue la dimensión de la boca de la vasija,
que era bastante desproporcionada con respecto al cuerpo. Era
excesivamente grande.
Salimos del túnel con la vasija y nos fuimos directamente a la tienda
de trabajo. Ni siquiera cerramos la cremallera, porque creíamos que no
había nadie en el campamento, aparte del guarda Abdullah, que nos
pudiera ver. Pero los hechos nos han demostrado que estábamos
equivocados. Después supimos por su repentina desaparición que
necesariamente tuvo que ser Tárkan, un joven arqueólogo, el que
fotografió la vasija y dio la información a los Milites Dei o a los áureos, o
a los dos.
—¿Qué es eso de los Milites Dei y los áureos? —preguntó Mark
parando el vídeo.
11. Zenón
Año 311 d. C., Nicomedia.
No tuve mucho tiempo para descansar, ya que después de comer unas
algarrobas secas encima de un plato de puls[21] , que nos dieron en un
pequeño patio en la parte trasera de la casa de alguien principal, Rajothep
me pidió que me fuera con él. Mientras tanto, Blasius se relajaba en las
termas y al día siguiente viajaría de vuelta a Pérgamo, satisfecho por el
negocio que había hecho con mi venta.
Rajothep me llevó a través de la ciudad. No pude por menos que
sentirme bien entre los majestuosos monumentos y edificaciones que
había por todas partes, que tanto se parecían a los que en Atenas había por
doquier. Aunque sin duda eran de dimensiones más reducidas, me
recordaban a mi querida patria.
Cuando llegamos al palacio residencia del emperador, Rajothep me
llevó directamente al salón de escribas, que estaba justamente detrás del
salón de los jurisconsultos y el gran salón, donde según me contó
Rajothep, el emperador o alguno de sus delegados despachaban cuando no
estaban de campaña.
En el scriptorium había unas 10 o 12 mesas con todos los útiles de
escritura habituales repartidas por la habitación. Cuando entramos, parecía
estar esperándonos un hombre alto, con el pelo blanco muy largo.
Rajothep me lo presentó como su maestro Zenón.
Cuando vi sus vacilantes andares, y que cuando a medida que iba
llegando hasta donde estábamos extendía su mano poniéndomela sobre la
cabeza, me di cuenta de que Zenón apenas podía ver. Efectivamente pasó
sus dedos por mis facciones en la forma en que suelen hacerlo los ciegos
para conocer a una persona. Aunque sus ojos eran azules, parecían estar
cubiertos de una telilla blanca que les daba la sensación de frialdad y
vacío. Sin esperar más, Zenón me pidió que me sentara en cualquier mesa
y cogiera el cálamo y un papiro.
Un tanto desubicado hice lo que me dijo y él empezó sin espera ni
introducción alguna a dictar. Lo que me leyó fue la Promulgación de la
diarquía de Diocleciano: cuando el emperador Diocleciano llegó al poder,
el Imperio romano era de tales dimensiones que consideró que para hacer
viable el gobierno del mismo, este se debía dividir en dos partes: Imperio
de Occidente e Imperio de Oriente, nombrándose a un emperador para
cada uno, asistido por un César.
Una vez hubo Zenón terminado de dictar, me preguntó mirándome
fijamente a los ojos de una forma que parecía querer traspasarme con la
mirada:
—Joven, escriba, ¿podrías repetirme todo lo que te he dictado a partir
de tus notas?
Dejando de un lado la modestia, le contesté que sí. Se quedó callado
durante unos segundos hasta que me dijo:
—Bien, estoy esperando.
Durante unos 15 minutos estuve leyendo de mis notas en voz alta.
Leía de forma un poco lenta, ya que tenía que ir interpretando las
terminaciones y los comienzos de palabra en que se basaba mi sistema de
transcripción. Pero cuando fui capaz de leer en voz alta la introducción
completa del acta de fundación de la diarquía, tal y como me la había
dictado Zenón, este con una gran sonrisa me dijo:
—Bien, bien, Lisandro. No sé cómo lo haces, pero está claro que
tienes un puesto entre nosotros y, a poco que pongas de tu parte, podrás
llegar a ser uno de los escribas oficiales del emperador. Has de saber que
es un honor que difícilmente se consigue. Incluso, muchos libertos lo
intentan sin lograrlo.
Dirigiéndose a un esclavo nubio, que estaba en la puerta de la sala,
dijo
—Lleva al nuevo escriba a la cocina, que le den algo de carne y
enséñale dónde va a dormir y que le den túnica y caligae[22] .
Al día siguiente me encontré de nuevo en la sala de escribas sentado
en la mesa principal de trabajo con otros cuatro escribas. Todos eran, como
mínimo, diez años mayores que yo y todos me miraban furtivamente con
cierto recelo. Yo no sabía qué era lo que íbamos a hacer, pero enseguida lo
averigüé. Zenón entró en la sala apoyándose en el hombro de Rajothep y
siguiéndoles llegaron dos jóvenes con toga que Zenón presentó.
—Estos dos jóvenes son ayudantes del jurisconsulto Atilano, que ha
redactado el edicto que mañana será aprobado por el emperador. Lo van a
leer en voz alta. Procurarán hacerlo despacio para que podáis transcribir
hasta la última palabra de lo que digan.
[21] Especie de sopa hecha con cereales hervidos. La variante pobre eran los cereales
simplemente mojados con agua.

[22] Calzado romano típico, híbrido entre sandalia y zapato.


12. Resina y cal
Algatocín, Ronda (Málaga), 20 de julio de 2016
Tras ahuecar su roja melena con los dedos, Emy se quitó las gafas y
empezó a masajear el puente de su nariz. Después contestó la pregunta que
Mark había dejado en el aire:
—Saber, no sé lo que es, pero lo de los Milites Dei, que en latín
significa «Los soldados de Dios», suena un tanto a secta ultracatólica de
fanáticos chalados. En cuanto a lo de los áureos, no tengo ni idea de lo que
significa.
—Entonces, tenemos medio claro que hay alguien, posiblemente
relacionado con la Iglesia, que está interesado en el códice que vuestro
padre ha encontrado y, además, hay otro grupo, secta o lo que sea, que
también lo quiere. Parece que va cobrando sentido el que tomaran la
decisión de desaparecer.
—Dale al play, anda —le pidió Héctor. El fotograma de Deverís cobró
vida y empezó a hablar:
—La vasija se diferenciaba de otros cientos que, como ella, a lo largo
de los años habíamos encontrado, por su extraña forma achatada y por
estar totalmente esmaltada, sin duda, a fin de lograr vencer la natural
porosidad del barro y conseguir así una estanqueidad casi perfecta. El
color habría sido más claro, pero el paso de cientos de años lo había vuelto
parduzco. El tipo de sellado que presentaba el extrañamente grueso y tosco
cuello lo hacía parecer estar lacrado con un tapón hermético. Por algún
ánfora de vino, que ya habíamos encontrado también sellada, sabía que lo
normal era que el tapón se formara con una mezcla de resinas y cal. Ese
tipo de momentos, de los que en realidad se dan tan pocos, son lo que le
dan sentido a las miles de horas de rodillas limpiando restos y respirando
polvo en que consiste una parte importante de la vida de un arqueólogo.
Una vez destapada, sin embargo, no pude sacar su contenido. Después de
intentarlo por todos los medios, no me quedó más remedio que, con todo
el dolor de mi corazón, romper la vasija. Al verse libre para salir, como si
hubiera sido impelido por una oculta fuerza, salió una especie de libro
arrugado y toscamente encuadernado pero, por lo demás, en lo que
parecían perfectísimas condiciones, ni acartonado ni deshecho. La verdad
es que sí estaba un tanto rígido, por lo que, antes de seguir tocándolo, lo
introduje inmediatamente en el humidificador al que, además del agua
destilada, añadí aceite de parafina. Era un volumen al que se le adivinaban
un número importante de hojas cosidas, por lo que habría que ir
humidificándolo en varios estadios para evitar cualquier accidente. Como
os podéis imaginar, aquella noche no pude pegar ojo por la excitación. Me
levanté todavía de madrugada y abrí el humidificador. Lo que me encontré
era completamente distinto a lo que introduje: el libro arrugado había
adquirido tersura e, incluso, parecía haber crecido. Con sumo cuidado,
empecé a abrir la primera página. El texto está escrito en una pequeña
letra uncial minúscula y comenzaba introduciendo el nombre de quien
escribía. Se llamaba Lisandro y era un joven escriba de origen griego que
fue vendido como esclavo a un romano de Pérgamo. El libro narraba la
historia de su vida y su trabajo inicial como escriba de Galerio, pero sobre
todo su trabajo para Constantino I el Grande, lo que le permitió ser testigo
de excepción de acontecimientos que cambiarían la historia. Hice una
serie de unas quince o veinte fotos de las páginas del libro y lo introduje
en una de nuestras cajas especiales, de perfecta estanqueidad. Sabía que
estábamos siendo vigilados muy estrechamente por las autoridades turcas,
de las que teníamos un representante en la excavación y sería muy
complicado intentar sacar el códice del país. No tenía dónde esconderlo y
tenía la sensación de que nos vigilaban, así que, antes de amanecer, volví a
la cueva y después de meter la caja en el mismo lugar donde habíamos
encontrado la vasija, reconstruí su escondite y lo dejé, creo, perfectamente
oculto. Grabé las coordenadas UTM del punto exacto, que podéis
encontrar en el nombre de este archivo de vídeo y volví a la tienda. No
quería que nadie supiera de su existencia. Y, además, sospechaba que
estábamos siendo vigilados por alguien. A los pocos días, decidí volver a
España para poder planificar con tranquilidad el futuro del Códice de
Lisandro. El mismo día que llegué al cortijo me reuní con Fidel y le conté
todo lo que había visto. Cuando vio las fotografías que había hecho, no
daba crédito a lo que le decían sus ojos. Tenía delante de sí lo que durante
muchos años había temido que apareciera: lo que se podía convertir en la
prueba de la mayor mentira de la historia de la humanidad.
*********************
Recostado en el único sillón que tenía en el despacho aparte del de la
mesa de trabajo, Rikhart Swankid con los ojos cerrados disfrutaba del
clásico de Mozart Eine kleine Nachtmusik, mientras con el dedo índice de
la mano derecha parecía estar dirigiendo una imaginaria orquesta. Su
ensueño fue interrumpido por el estridente sonido de su teléfono móvil,
que le hizo apretar las mandíbulas y comentar en voz baja como temiendo
que alguien le oyera.
—Puto móvil.
Miró el número entrante en la pantalla y vio que estaba bloqueado.
Automáticamente contestó con un lacónico:
—Sí.
—Soy Overson.
—¿Y bien? ¿Has podido oír algo interesante?
—Han entrado en la casa y pinchado el pendrive que han encontrado
en la iglesia en un portátil. Cuando he podido sintonizar bien su
frecuencia, ya llevaban un rato escuchando y Héctor Deverís explicaba a
sus hijos el descubrimiento del pergamino que, según él, tiene un valor
histórico incalculable.
Swankid, excitado, le interrumpió.
—Estaba seguro que Iznik era la clave y que, antes o después, iban a
aparecer indicios de lo que estamos buscando. ¿Dónde lo ha encontrado?
—Lo encontró en una cueva, a la que se llega desde un túnel. Tuve
que desconectar, porque la guardia civil colocó un control de radar de
velocidad y podrían haber detectado por casualidad la frecuencia por la
que estaba recibiendo el sonido de la casa.
—¿Has podido oír algo más?
—Conecté en el momento en que se había alejado la policía e imagino
que sería, al terminar ya el vídeo, que me ha parecido escuchar a los hijos
de Deverís decir que iban a viajar inmediatamente a Turquía y estaban
intentando convencer al abogado, el sobrino del sacerdote, para que fuera
con ellos también. Ah, sí. También le han preguntado si había tomado nota
de la lista de números desordenada.
—¿Qué lista?
—No lo sé, no lo han dicho.
—OK. Entonces, si Deverís les estaba dando explicaciones de lo que
ha encontrado, es porque no lo ha llegado a traer con él a España, sino que
lo ha dejado allí. Tiene su lógica, atendida la vigilancia a que deben estar
sometidos por el gobierno turco. Y esos números de esa lista pueden ser
perfectamente alguna forma de localizar el pergamino. Si pudiéramos
conseguirlos…
—El tal Mark dijo que los había registrado en su móvil. Puedo
localizar el despacho donde trabajaba e intentar conseguirlo, si tú tienes
alguien que lo pueda hackear.
—No hará falta, vas a ir con ellos a todas partes. Procura irte
directamente al aeropuerto de Málaga y compra billete abierto para vuelo
a Estambul. Espera a que lleguen los jóvenes, entabla conversación y
gánatelos. Voy a organizarlo todo para que en el aeropuerto Ataturk te esté
esperando un equipo de nuestros amigos de la zona que te ayudarán.
Tienes que retrasar a los chicos de la manera que sea para que podamos
llegar a la excavación antes que ellos y, por supuesto, antes que los Milites
Dei, que seguro que estarán cerca. Tienes que empezar a buscar el
pergamino de Deverís. Necesito el original, no quiero copias. Debemos
comprobar exhaustivamente la autenticidad del documento original. Estoy
seguro que contiene la clave para encontrar, lo que estamos buscando.
Sabes que hay mucho en juego.
13. Edicto de Tolerancia
Año 311 d.C., Nicomedia.
Uno de los jóvenes empezó a dictar y Zenón en aquel momento me
hizo sospechar que no estaba tan ciego como hacía ver, ya que con la mano
izquierda dio la vuelta a un pequeño reloj de arena. Después puso la mano
derecha encima del hombro del escriba situado más a la izquierda,
diciéndole:
—Empieza escribir hasta que levante mi mano de tu hombro
La mantuvo hasta que cayó toda la arena. Dio la vuelta al reloj,
pasando después a poner la mano en el hombro del segundo escriba y así,
sucesivamente, iban escribiendo lo que decían los juristas en el tiempo que
tardaba en caer la arena. Llegó a mí, donde se mantuvo tres veces más
tiempo que con los demás y todo ello mientras los ayudantes del
jurisconsulto seguían hablando sin parar. Estuvimos así cerca de la mitad
de una hora de verano y después, una vez que hubimos reconstruido
nuestras notas, se las leímos a Zenón. Este comprobó que lo transcrito era
casi la totalidad de lo dicho por los asistentes del letrado y nos dijo:
—Lo que habéis escrito es el decreto que nuestro bien amado
emperador Galerio va a sancionar con su sello imperial mañana para
detener la persecución de los cristianos. A partir de mañana podrán
practicar el culto de su secta libremente sin ser perseguidos. Haced cada
uno tres copias del texto completo para que puedan ser enviadas a los
coemperadores Licinio, Constantino y Maximino Daia, y así hagan
cumplir el decreto en sus respectivos territorios. Aquella misma tarde,
mientras los otros escribas terminaban sus copias del Edicto de Tolerancia
de Galerio, Zenón, al verme desocupado, me indicó la biblioteca que a
modo de galería rodeaba la sala por uno de los lados, diciendo:
—Lisandro, sube a la biblioteca y toma uno de los papiros del último
estante. Verás que el texto está escrito en letra uncial minúscula. Es un
nuevo modelo de letra que permite escribir mucho más texto en un rollo
de pergamino al ser más pequeña. Empieza a practicar con ella, lo
necesitarás.
Obedecí sus órdenes y, mientras examinaba los textos escritos que me
había dicho Zenón, escuché la siguiente conversación entre Rajothep y él:
—Maestro, ¿es cierto lo que dicen sobre que el emperador Galerio se
ha convertido y ahora pertenece a la secta de los cristianos?
—No, Rajothep, no. Galerio siempre ha sido un romano conservador y
los únicos dioses que él respeta y venera son los dioses romanos. Jamás
creería en el dios de los cristianos.
—Entonces, ¿por qué ha hecho este edicto? ¿Qué sentido tiene que ya
no los persiga más?
—Muy fácil, Rajothep: el emperador Galerio está muy muy enfermo;
de hecho, está muriéndose. Lleva varios meses con unos dolores terribles,
pudriéndose su cuerpo poco a poco. Estoy seguro de que no verá las
próximas calendas. Sus físicos y galenos lo han intentado absolutamente
todo, sin éxito. Ni sus dioses preferidos, Apolo o Esculapio, parecían
querer ayudarle. Sólo cuando sus dioses le fallaron, Galerio tornó sus
súplicas al dios de los cristianos. Aunque él nunca lo diría, estaba
convencido que su terrible enfermedad no era más que un castigo por las
persecuciones a las que había sometido a la secta de los cristianos.
Asimismo, alguien le había explicado los terribles castigos de la
condenación eterna que predicaban los cristianos. Su enfermedad y estas
ideas fueron probablemente las razones que, buscando el perdón del dios
de los cristianos, le impulsaron a decretar el edicto que liberaba su culto.
—Pero en ningún momento ha sentido ni sentirá nada por la secta de
los cristianos. Simplemente es miedo ante la muerte que ve se le acerca
sin que pueda hacer nada para evitarlo.
Efectivamente, lo que dijo Zenón se cumplió, ya que el emperador
Cayo Galerio Maximiano murió, dando fin a sus terribles sufrimientos
cinco días después de haberse dictado el que se llamó el Edicto de
Tolerancia. No pude por menos de asombrarme ante el cinismo del edicto,
sabiendo de la crueldad de las persecuciones de Galerio a los cristianos,
cuando en uno de sus párrafos centrales decía el edicto del emperador:
«….Habida cuenta de nuestra clemencia y costumbre de indulgencia
para con todos, autorizamos a los cristianos que reconstruyan sus lugares
de culto…»

Era el mes de abril del año 311, mes en el que empecé mi trabajo
como escriba del imperio, y durante unos cuantos meses tuve una vida
feliz, transcribiendo los textos que se me ordenaban y aprendiendo a usar
la nueva letra uncial minúscula.
14. Rickhart Swankid
Algatocín, Ronda (Málaga), 20 de julio de 2016
—Vamos a preparar unas bolsas de viaje e intentar reservar el primer
vuelo para Turquía. Mark, ¿tú que vas hacer? Entenderíamos que no
quieras venir, pero Héctor y yo tenemos que ir a nuestro campamento en
Iznik. Ya has oído a nuestro padre.
Mark, sin pensárselo mucho contestó, sonriendo:
—Está claro que me voy con vosotros. ¡Pienso darle un tirón de orejas
a Fidel!
—Oye, ¿has tomado nota de los números de esa lista desordenada que
mencionaba mi padre en el vídeo?
—Sí, la he registrado en el móvil, en la nube y también en papel.
*********************

Oxford, New College (Inglaterra), 20 de julio de


2016
El profesor Swankid tamborileó con los dedos en el reposamanos del
teclado, mientras reflexionaba sobre la llamada que acababa de recibir.
Tenía plena confianza en Rudy Overson en cuanto su compromiso con la
causa. El único problema era si tendría suficiente iniciativa ante las
situaciones imprevistas. Siempre había tenido a alguien que le diera
instrucciones.
De nuevo, un estridente timbre le sacó de su reflexión. Esta vez era el
timbre de cambio de clase. Levantándose, tomó una carpeta de su mesa y
salió animadamente de su despacho. Unos minutos después estaba en su
clase, de pie, pero ligeramente sentado en el borde exterior de su mesa,
mientras miraba alternativamente su reloj y la puerta de entrada. Faltaban
todavía unos minutos y mientras iban entrando los rezagados, se acercó
hasta la ventana, desde cuyo reflejo le miraba un hombre al que no se
acababa de acostumbrar por mucho que lo viera a diario: superada la
cincuentena, el hombre tenía el pelo totalmente gris, dejando la frente
cada vez más despoblada y unos hombros caídos que su Harris Tweed con
hombreras intentaba disimular. Pero sus ojos, entre azules y grises, incluso
detrás de las gafas, transmitían al conjunto de su apariencia una energía
especial difícil de explicar.
Cuando su reloj marcó las 11:59 se volvió y se acercó a la puerta.
Dejó entrar a un par de estudiantes que venían corriendo y la cerró con
llave a las 12 en punto.
Swankid venía ocupando esta aula desde hacía ya más de 10 años
como titular de la cátedra de Teoría de la Evolución. Era por todos
conocido su fervor darwinista y einsteiniano. Ateo convencido, no perdía
la ocasión para manifestarse en tal sentido delante de sus alumnos:
—Si hoy les dijera que el mayor culpable de los grandes males de la
humanidad ha sido la religión, probablemente ustedes con una media
sonrisa que no se atreverían a esbozar, me dirían que esa afirmación era
una obviedad. Estoy de acuerdo con lo que no se atreven a decirme por ser
tan evidente.
—Pero ahora tenemos que pensar que de una población mundial como
es la actual, de casi 7.300.000.000 personas, muy poca gente se escapa del
cáncer de la religión: hay aproximadamente 2.300.000.000 cristianos,
1.750.000.000 musulmanes, unos 1.200.000.000 hinduistas, unos 600
millones de budistas y unos 800 millones entre todas las demás pequeñas
en religiones como el sintoísmo, judaísmo, chamanismo coreano, los sijs,
los jainistas y unas 20 o 30 religiones más que prácticamente no son
conocidas. Como ya habrán ustedes calculado, 6.650.000.000 de habitantes
del planeta siguen o son fieles a algún tipo de movimiento religioso. Es
decir, que el 91% de la humanidad considera a la religión como una parte
más o menos importante de su vida. Les dejo una pregunta para que
trabajen sobre ella: ¿Creen ustedes que la evolución de la historia de la
humanidad habría sido distinta sin la religión? Hagan grupos y hablen
sobre ello durante 30 minutos. En los 15 minutos que queden de clase un
representante de cada grupo nos dirá en tres frases la esencia de sus
conclusiones.

Aprovechando el acaloramiento progresivo de las discusiones entre


los grupos, Rikhart salió por la puerta que el aula tenía a una pequeña
terraza, que al encontrarse en una primera planta estaba rodeada por el
verdor de la arboleda del campus. Sacando el móvil del bolsillo, tecleó el
número 90, prefijo de Turquía y el 1618. Tras cinco o seis tonos de
llamada, le contestó una voz femenina:
—¿Aló?
Muy extrañado al oír la voz de una mujer, preguntó en turco:
—¿Con quién hablo? Quiero hablar con el profesor Adnan Shahin.
—Disculpe, pero el profesor ha salido. Ah,no, pero ahora llega. —Se
oyeron unos pasos apresurados y un cambio considerable en la voz.
—¿Aló?
—Adnan, soy Rickhart.
Instintivamente, antes de contestar Adnan miró la pantalla del móvil y
comprobó el prefijo de Reino Unido y el número que llamaba 1618.
—Rik, buenos días. Espera un momento.
Hablando en turco pidió a su joven ayudante que saliera de su
despacho. Adnan, como profesor titular desde hacía más de 15 años del
Departamento de Geometría Diferencial, había adquirido por la antigüedad
el derecho a tener el mejor despacho del Departamento de Matemáticas de
la Facultad de Ciencias de la Universidad de Estambul. Una vez que se
hubo marchado la joven, retomó la conversación con su gran amigo de
juventud, mientras su rostro se iluminaba disfrutando del momento.
—Amigo Rik, es una verdadera alegría oírte. ¿Cómo va la vida por
esa pérfida Albión[23] tuya? ¿Tenemos alguna reunión del Consejo en
ciernes? Cuéntame.
—Amigo Adnan, no. No se trata de una reunión del Consejo, aunque
probablemente tengamos que convocar una en breve.
Swankid le puso al día sobre el descubrimiento del pergamino por el
profesor Deverís y la imperiosa responsabilidad que como áureos tenían
de hacerse con el documento histórico, por todo lo que podía implicar y
que prometía ser un descubrimiento, cuya importancia no se podía valorar
todavía. Una vez lo tuvieran, comprobarían si les era o no útil en su
cruzada contra esa droga sin sentido que era la religión y especialmente la
católica.
Swankid se tenía bien aprendido el contenido del discurso que daba a
todos sus seguidores áureos, pero lógicamente se reservaba la información
más importante.
—Tú siempre dijiste que Iznik era un filón sin explotar. Bien, ¿qué
quieres que haga?
—Organiza un equipo de 4 o 5 personas capaces, con equipos de
sondeo electrónico y el equipo técnico que necesiten para conseguir
encontrar el pergamino e investigar toda la zona donde esté. Que vayan a
la excavación, pero que tengan cuidado. Los Milites Dei también van a ir
allí. Tienen un interés especial en encontrar este pergamino. Estoy seguro
de que saben algo que ignoramos. Swankid sonrió para sus adentros. Él
sabía perfectamente que era lo que estaban todos buscando. Adnan le
contestó, solícito como siempre:
—Ta, ta, ta… No te preocupes, amigo mío, dalo por hecho. Antes de
terminar el día, nuestro equipo estará en la excavación. Tengo un buen
contacto en el Departamento de Arqueología del Ministerio de Cultura y
conseguiré una credencial suya para actuar en su nombre. De todas formas,
el ministerio tendrá ya un hombre en la excavación para controlar expolios
del patrimonio turco.
—Perfecto, Adnan. Sabía que podíamos contar contigo.
—Que la razón de Phi ilumine tu vida como lo hace con la mía.
[23] Albión (Inglaterra). Albus es blanco en latín y así es como veían los acantilados de las costas
inglesas los marinos al acercarse en los barcos desde Francia.
15. Maximino
Año 312 d. C., Nicomedia.
Inmediatamente después de la muerte de Galerio, incluso antes de
celebrarse sus honras fúnebres, comenzaron los movimientos políticos
para apropiarse de los territorios en los que ejercía su imperio. Zenón me
explicó que el Imperio romano había pasado de una diarquía a una
tetrarquía, es decir, estaba dividido entre cuatro emperadores:
Constantino, en Hispania, Galia y Britania; Majencio y Licinio, en Italia y
Norte de África, y Maximino al Este y Egipto.
Galerio había ejercido su imperio desde Grecia a Capadocia. A su
muerte, y sin dejar pasar un solo día, Maximino, que era el
geográficamente más cercano, empezó a marchar con sus legiones desde el
Este, y a medida que se iba acercando a Grecia, las huérfanas legiones de
Galerio se le iban declarando leales. En un movimiento militar magistral,
Maximino se hizo con todos los territorios de Galerio sin derramar una
sola gota de sangre, obligando desde su posición de poder militar a todos
sus coemperadores a aceptar la nueva división territorial. Satisfecho
consigo mismo, Maximino estableció su corte, aunque fuera
temporalmente, en el Palacio de Diocleciano, en Nicomedia, con la
intención de desposar a la viuda de Galerio.
Casi había pasado un año desde que entrara en la ciudad Maximino,
cuando recibió la visita de Eusebio de Nicomedia, que era uno de los
sabios más venerados de la secta de los cristianos. Este venía a pedir
permiso al emperador para levantar una nueva iglesia, amparándose en el
Edicto de Tolerancia de Galerio.
Zenón, que estaba con Rajothep y conmigo en la sala contigua a la
sala de despacho, nos explicó cómo Maximino era un pagano fanático que
odiaba a los cristianos todavía más que el fallecido Galerio. La prueba la
tuvimos enseguida cuando supimos cómo contestó a la petición de Eusebio
de Nicomedia.
—Cristiano, no hace falta que construyas ninguna iglesia más en
Nicomedia, aquí ya tenéis dos. Sin embargo, mi yerno y gran amigo, el
emperador Majencio, en la última ocasión que tuve de hablar con él, me
informó de que uno de los representantes de los cristianos en su territorio
le había pedido que permitiera ir a Italia alguno de los grandes sabios de
oriente para que pudiera adoctrinarles en los secretos y la magia de
vuestro culto. Y creo que debemos cumplir con su deseo, en lo que seguro,
estarás de acuerdo conmigo.
Era de suponer que, en el pequeño silencio que siguió, Eusebio de
Nicomedia prestó su aquiescencia a la solicitud de Maximino
—Me alegro que estés de acuerdo conmigo, cristiano y, por eso, te
autorizo que con la comitiva que te asignaremos y con nuestro saludo y
respeto tanto para Licinio como para Majencio y mi amada hija Valeria
Maximila, partas cuanto antes para poder ser útil tus compañeros de secta.
Aquella misma tarde el emperador llamó a Zenón a audiencia. Este,
un tanto cariacontecido tras el encuentro con Maximino, con voz queda
nos comunicó:
—El emperador quiere que mis dos mejores escribas vayan con la
comitiva de Eusebio de Nicomedia a Italia, de forma que este consiga,
presentándoos como un regalo para el emperador, introduciros en el
collegia de escribas de la corte, aduciendo vuestras especialísimas
facultades. Pero vuestra verdadera labor será escuchar todo lo que pase en
la corte para poder registrarlo en papiros. En su momento, y de forma
periódica, alguien os dirá a quién tenéis que ir entregando los papiros.
Lisandro no pudo reprimir su silencio:
—Pero, maestro, entonces, ¿a quién vamos a pertenecer?
Con el atisbo de una sonrisa en los labios, Zenón contestó:
—Mi querido joven Lisandro, tu pregunta es juiciosa. Mucho me temo
que un esclavo no es más que un peón en un juego del que desconocemos
las reglas. Es verdad que se trata de un viaje por mar no exento de
peligros, pero como esclavos no tenéis nada que decir al respecto, sino
obedecer y, además, puedo aseguraros que es preferible ese viaje, aunque
no os guste surcar las aguas que quedarse en Nicomedia, en donde mucho
me temo se avecinan tiempos de guerra y de dolor.
Así fue como Rajothep y yo dejamos Nicomedia atrás y con la
comitiva de Eusebio de Nicomedia emprendimos un gran viaje, en primer
lugar, hasta Éfeso, donde embarcamos en una nave de mercaderes que
atravesaría el mar Egeo hasta llegar al sur de la península itálica, para
bordearla y subir hacia el norte hasta que llegamos a Roma. Fueron
diecinueve inacabables días de navegación que ni Rajothep y yo
olvidaremos nunca.
16. Atracción
Cortijo de Héctor Deverís, Algatocín (Ronda),
20 de julio de 2016
—Oye, ¿por qué ha ido Héctor a Ronda para buscar los billetes a
Estambul? ¿No podríamos haberlos reservado directamente con el móvil?
Emy, que estaba sentada en una silla reclinada al sol, sonriendo
pícaramente contestó:
—Porque tiene una amiguita, Kathy, que le ha dicho que se los prepara
en un momento y Héctor tiene mucho interés en verla.
—¿Qué es? ¿Su…?
—Bueno, parece que se gustan.
—Estupendo, ¿no? Hablando de otra cosa, ¿de verdad crees que ese
pergamino del que habla tu padre en el vídeo es tan importante como para
que dé a entender que, incluso, podríamos estar en peligro?
—No es que lo crea, estoy segura. Si dice que es excepcionalmente
importante, es porque sabe el valor de su contenido. No te puedes hacer
una idea de hasta qué punto puede llegar el fanatismo religioso. Hace unos
años, en una excavación también en Turquía, encontramos una escultura
con la figura de Abu Bakr, uno de los califas fundadores del islam. Una
vez que se consiguió datar debidamente, descubrimos que provenía de los
primeros años del islam, del año 632. Como sabrás, el culto a las imágenes
está prohibido en el islam, por lo que, si hacíamos público nuestro
descubrimiento, las consecuencias habrían sido impredecibles. Si con los
versos satánicos se produjeron revueltas, con la escultura de Abu Bakr se
podría haber multiplicado la violencia entre suníes y chiíes, y lo normal es
que cualquiera de los clérigos iraníes nos hubiera puesto una fatwa,
reclamando nuestra muerte. Y con la cantidad de zumbaos que hay, era casi
seguro. Por eso, mi padre decidió que no le diéramos publicidad.
—Y, ¿qué hicisteis con la escultura?
—Tras consultar con un imán, amigo de mi padre, que era de los
sensatos, nos dijo que no se podía perder el valor histórico de la pieza.
—¿Y?
—Se la mandamos de forma anónima al museo de arte islámico de
Estambul y, que nosotros sepamos, nunca se ha expuesto.
—Pero, en este caso, no se trata de arte islámico, sino de un
documento histórico de carácter cristiano, que se supone que puede tener
una influencia, todavía no sabemos si positiva o negativa, aunque me temo
lo segundo, en la percepción del cristianismo.
—El mundo, en general, piensa que el fanatismo es patrimonio
exclusivo del islam y no puede estar más equivocado. Dentro de los
círculos religiosos cristianos hay múltiples interpretaciones y grados de
fanatismo: desde los que lo reducen al sufrimiento personal, como los
monjes con votos de negación de todas clases, pasando por los ultras, que
pueden ser grupúsculos escindidos de los Focolares, Regnum Christi…,
por considerarlo demasiado light, y que pretenden hacer de todo una
interpretación literal de la Biblia, evangelios…, hasta llegar a locos, como
Anders Breivik en Noruega, que mata 80 personas en un arrebato. Oye,
¿por qué has dicho que te temías que fuera la segunda, es decir, que fuera
negativo para el cristianismo? Me imagino que eres católico, pero, ¿eres
practicante?
Mark se la quedó mirando un tanto embobado. «Sólo me falta que se
me caiga la baba» —pensó para sus adentros y tardó un momento en
reaccionar:
—Sí y no. Sí, soy católico, como no podía ser de otra manera en el
seno de la familia en la que nací, y no soy practicante. Me considero más
bien agnóstico. Y con respecto a esa negatividad, que me temo, lo es,
porque creo que un documento que pruebe fehacientemente algo
perjudicial para el cristianismo puede afectar a la vida de la tercera parte
de la humanidad, 2500 millones de personas y, quizás, al resto también.
—Bueno, y siendo agnóstico, ¿que más te da?
—No sé, creo que a lo mejor el estado de duda es preferible al de
certeza absoluta.
Ella se le quedó mirando durante unos segundos y empezó a sentir un
cosquilleo que le subió por la espalda y, al llegar a la nuca, se convirtió en
una sensación agradable y difícil de describir que la hizo mover los
hombros. Hacía tiempo que no sentía nada por ningún hombre y la
sorprendió su reacción ante Mark. Parecía que los receptores sensoriales y
químicos de su cuerpo sabían más de atracción que su propio cerebro. Ese
magnetismo inexplicable entre los dos, debido a las feromonas o a que
simplemente estuviera baja de defensas y deseosa inconscientemente de
una relación, parecía obvio. Sacudiéndose sus reflexiones, escapó del
momento diciendo:
—Anda, por qué no vas haciendo tú la maleta de Héctor, mientras yo
hago la mía. Mete lo que meterías para ti para una semana.
*********************
Tras hablar con su informador, Alffredo Denese marcó en el registro
de llamadas uno de los teléfonos a los que llamaba habitualmente:
—Pronto.
—Soy Alffredo Denese. Pásame con Enzo en seguridad.
Unos segundos después:
—¿Sí?
—Enzo, soy Alffredo. Hace falta que prepares un equipo para ir a
Estambul. Escoge cuatro o cinco de los más convencidos Milites dei y que
vuelen a Estambul esta misma noche. Tienen que ir a la excavación que
está haciendo Deverís, dales toda la información.
—¿Héctor Deverís? Pero, ¿no estaba muerto?
—Sí, sí, eso creíamos. No está claro. Lo que nos interesa es que sus
hijos van a la excavación a buscar un pergamino que ha escondido en
alguna parte. Me da lo mismo cómo, pero tenéis que encontrarlo. Ese
pergamino es la llave a algo mucho más importante para nuestra querida
Iglesia. Es de vital importancia que lleguemos antes que los áureos. Dios
está de nuestra parte, pero la celeridad es nuestra obligación.
—No se preocupe, padre. Haremos lo que sea necesario.
—Nos delebimus hostes ecclesiae[24] .
—Nam ecclesia in aeternum[25] .
[24] Hay que destruir a los enemigos de la Iglesia.
[25] Por la eternidad de la Iglesia.
17. El puente Milvio
Año 312 d.C, 27 de octubre – A las puertas de Roma.
Cuando llegamos al campamento de Constantino en las afueras de
Saxa Rubra, muy cerca de Roma, fuimos directamente a ver a Osio de
Córdoba, que nos recibió en la misma tienda de Constantino. Desde donde
estábamos al otro lado del Tíber, y bastante cerca de las puertas de Roma,
el panorama que se ofreció a nuestros ojos era impresionante. Todo el
ejército del emperador Constantino se hallaba desplegado en la llanura y el
bullicio de los soldados, yendo de un lado para otro, era constante.
Por lo que me contó Rajothep, que había escuchado hablar a los
soldados, el emperador Majencio, al verse asediado por Constantino y
siendo un hombre en extremo supersticioso, pidió que se consultaran los
libros sibilinos y que le ofrecieran una profecía al respecto de la posible
batalla que iban a entablar. La contestación le llegó al día siguiente:
«Mañana morirá el enemigo de Roma».
Majencio recibió con alegría la profecía, ya que, para él, era el
beneplácito inequívoco de los dioses a la batalla.
Los libros sagrados habían hablado y el enemigo de Roma moriría el
día siguiente. Para él era palmario que el enemigo de Roma no podía ser
otro que Constantino y la única forma en que éste podía morir al día
siguiente era en batalla, por lo que Majencio tenía que salir de los muros
de Roma y librar batalla a campo abierto con él al día siguiente.
Ordenó a sus hombres que extendieran la noticia por toda la ciudad y,
sobre todo, que intentaran que la información llegara también a los
soldados de Constantino.
Enseguida llegó la profecía a oídos de Constantino y de sus hombres,
que empezaron a hablar entre ellos, cada vez más apesadumbrados.
Constantino, que rendía culto al Sol invictus, no creía demasiado en las
profecías, pero sabía que sus tropas no podían ir a la batalla con ese estado
de ánimo por lo que tenía que encontrar como fuera un revulsivo, que
pudiera no sólo contrarrestar la profecía, sino dar a entender a sus
soldados claramente que los dioses estaban a favor de Constantino por
tener la razón.
Y así fue, precisamente, como se le ocurrió aquella idea, que aunque
no tenía ninguna otra intención que la de ganar la batalla a Majencio,
cambiaría para siempre la historia del cristianismo.
Osio, el obispo cristiano, era el guía espiritual de Teodora, la
madrastra de Constantino, que se había convertido al cristianismo. Osio
había insistido en acompañarle a lo largo de toda su campaña, estaba claro
que con intenciones de convencerle de las bondades de su secta. A
Constantino, el cristianismo no le interesaba, pero como buen político que
era y viendo cómo desde el Edicto de Tolerancia de Galerio los cristianos
iban siendo cada día más, incluso entre las filas de sus soldados, sabía que
le interesaba guardar una buena relación con ellos.
Constantino sabía perfectamente que sus soldados, con formación casi
exclusivamente militar, eran bastante primitivos y deseaban creer en
signos sobrenaturales como manifestación de la intervención divina,
especialmente en momentos de crisis como era este. Y así fue como se le
ocurrió el plan que puso en práctica, llamando al obispo cristiano.
Nosotros lo escuchamos en la penumbra de uno de los rincones de la
enorme tienda de Constantino, donde llevábamos ya varias horas
esperando de pie, ya que para todos no éramos más que un mueble más.
Constantino dijo:
—Osio, necesito el consejo de una persona sensata. Quizá, tú puedas
dármelo.
—Será un honor, Augusto —repuso Osio.
—Sabes que nos encontramos en el punto final de la campaña contra
Majencio y ahora, casi a las puertas de Roma, tenemos que asestarle el
golpe final.
Osio, el obispo de Córdoba, sabía perfectamente el odio que Majencio
tenía a todo lo cristiano y también sabía que Constantino no tenía interés
en los asuntos cristianos, aunque tampoco los perjudicaba. Su forma de
pensar, práctica y política, le hacía ver que siempre era preferible una
cierta indiferencia que un odio vesánico declarado.
—Lo sé, Augusto y aunque, como sabéis, nuestros intereses son
puramente espirituales, pedimos a Dios que os ayude en vuestra empresa
para que Majencio, que tanto nos odia, encuentre el amor en su corazón.
—Bien, bien, pues precisamente tu dios es el que nos tiene que ayudar
o, al menos, su imagen.
—Su imagen… Augusto, no os entiendo.
—Osio, tanto los soldados de Majencio como él mismo creen que
tienen el favor de los dioses e irán a la batalla con un estado de ánimo
enardecido y exaltado, que puede decidir la batalla. Tú sabes que yo no soy
muy religioso, pero entiendo que todo ese ánimo que ahora tienen las
tropas de nuestro enemigo es el que le falta a las nuestras. Necesitamos
buscar algo que haga que nuestros soldados luchen con el convencimiento
de que los dioses están de nuestra parte.
—¿Y qué puede hacer un humilde hombre de Dios para ayudarte,
Augusto?
—Se me ha ocurrido una idea: ¿Y si dijéramos a las tropas que he
tenido una visión?
—¿Una visión?
—Sí, que he visto una cruz en el cielo, la cruz de tu dios.
—Pero…
—Calla y escucha. Para reforzar la idea, podemos decir que luego he
tenido un sueño en el que el tu dios, el dios cristiano, me ha pedido que
use su nombre. Creo que se dice Christus, ¿no?, como nuestro emblema en
la batalla. Y que lo usen todos los soldados…
Aquella tarde los soldados de Constantino recibieron de este una
arenga que necesitaban, ya que los ánimos estaban por los suelos.
Sin duda, impresionaba ver al emperador hablando a sus soldados.
Subido en un pequeño montículo, sus hombres le miraban desde abajo y lo
que veían era una imagen magnífica. El emperador era un verdadero atleta
de cuerpo hercúleo que con su torrente de voz podía ser escuchado por la
mayor parte de su ejército que le escuchaba en total silencio. Estas fueron
sus palabras:
—Soldados romanos, ayer tuve una visión en el cielo. Como una
especie de relámpago, vi la cruz del dios de los cristianos entre las nubes y
no le di demasiada importancia, pero después, por la tarde, tuve un sueño y
se me volvió aparecer la misma cruz envuelta en una luz blanca, mientras
la voz de su dios me decía:
«Ordena a tus soldados que coloquen el símbolo que me representa en
sus cascos y en sus escudos, y tu ejército se convertirá en mi ejército y no
conocerá la derrota».
Inmediatamente comenzaron los vítores de los soldados, que
rápidamente buscaron trocitos de madera para tiznarlos en las hogueras y
poder así pintar las toscas cruces en sus cascos y armaduras.
Las tropas de Majencio, convencidas de la bondad de la profecía, se
decidieron a abandonar la seguridad de las murallas de Roma y, saliendo
de la ciudad, unos doscientos soldados se acercaron sigilosamente antes
del amanecer hasta el campamento de Constantino y, aprovechando el
elemento sorpresa, atacaron y consiguieron matar a un buen número de
soldados, que ni siquiera pudieron defenderse. Pero todos los demás
soldados reaccionaron inmediatamente, se armaron y empezaron a luchar.
Como Constantino se dio cuenta de que sus atacantes tenían el río
Tíber detrás, decidió extender sus tropas en un gran semicírculo para ir
empujándoles hacia el río. Las tropas de Majencio no supieron reaccionar
y, al ver a los soldados de Constantino vociferando con una extraña cruz en
cascos y escudos, que se iban cerrando como una tenaza sobre ellos, unos
pocos soldados aterrados se dieron la vuelta y empezaron a cruzar el río.
Eso provocó la desbandada general y todos quisieron imitarles.
Aquello fue su sentencia de muerte, porque la fuerte corriente de las aguas
del río empezó a arrastrarles y el peso de sus mallas y corazas hizo el
resto.
Cientos de soldados murieron ahogados y, de los que quedaron, miles
sucumbieron bajo las flechas de los arqueros de Constantino y las lanzas
de los jinetes a caballo. Incluso Majencio, en su desesperado intento de
huir a caballo, cayó al río y se ahogó.
Constantino se había convertido en el emperador de todo el Imperio
romano de Occidente desde Britania hasta Grecia.
Al día siguiente, se quemaron los miles de cadáveres que habían
quedado esparcidos por el campo de batalla. Después, los soldados
limpiaron de sangre sus uniformes y pulieron hasta que brillaron sus
cascos, escudos y lanzas. Pero eso sí, todos volvieron a pintar la cruz del
dios de los cristianos tanto en sus escudos como en sus cascos. Todos
pensaban lo mismo: Constantino tenía razón y esta cruz había demostrado
ser un potente talismán, con una magia de gran fuerza en la batalla.
La entrada en Roma, de la que todos participamos y disfrutamos, fue
grandiosa. El emperador Constantino a la cabeza. Ver la fortaleza de su
cuerpo, con la espalda totalmente recta, montando su caballo con la capa
roja ondeando al viento, ya era en sí mismo un espectáculo, pero además
llevaba detrás de él a un soldado con la cabeza de Majencio ensartada en la
punta de su lanza que levantaba constantemente para que todos lo pudieran
ver. Aquello provocó la locura de los miles de romanos que nos recibieron
con gritos, aplausos y vítores, agradeciendo a Constantino que les hubiera
liberado del dictador Majencio.
Al día siguiente, en el Senado, muchos de los senadores, un tanto
recelosos por las posibles represalias que pudiera ejercer el nuevo
emperador sobre ellos, dada su estrecha relación con Majencio, felicitaron
amplia y sumisamente al emperador.
Constantino, que leyó la intranquilidad en sus rostros les sosegó
diciéndoles que no tomaría medidas contra nadie, lo cual no fue
completamente cierto, pero a los senadores lo único que les interesaba era
su seguridad y una pequeña parcela de poder, por lo que le reconocieron
como emperador y votaron inmediatamente erigir un monumento en honor
del salvador de Roma, al que llamarían el arco de Constantino y que se
erigiría junto al Coliseo. Finalmente, el Senado de Roma, de forma
unánime, nombró a Constantino, Augustus Máximus. Era el cuarto día
antes de las calendas de Novembris.
Los siguientes dos meses fueron de una gran tranquilidad y
asentamiento del nuevo orden que Constantino implantó en Roma.
Rajothep y yo estuvimos trabajando para el obispo cristiano Eusebio, pero
cuando los asistentes de Constantino supieron de mi habilidad como
escriba, me reclamaron para encargarme la toma y escritura de las cartas
del emperador.
Constantino tenía interés en conseguir la lealtad de Licinio, que
dominaba parte de las tierras de la Tracia. Si conseguía ponerlo de su lado,
ya sólo le quedaría como enemigo Maximino Daia, que era el emperador
de Oriente. La forma de sellar aquella unión era sencilla: Licinio se
casaría con la hermanastra de Constantino.
Durante todo Ianuaris estuvimos preparando el viaje a
Mediolanum[26] , donde tendría lugar la boda de Licinio.
Unos días antes de partir, Osio de Córdoba y Eusebio pidieron
audiencia con Constantino que sin muchas ganas se la concedió. Se daba la
aparente incongruencia o, al menos, a mí me lo parecía, de que Osio,
siendo un obispo católico, servía a Constantino como consejero político.
Yo estaba presente, como se me había instruido que siempre tenía que
estar, por si mis servicios eran requeridos, pero como no tenía nada mejor
que hacer, transcribía lo que se decía en el revés de viejos papiros que ya
no valían. El emperador, un tanto molesto por la visita, de la que era
evidente no tenía gana alguna, les saludó de forma un tanto seca:
—Bien, Osio, ¿qué queréis?
—Gracias por recibirnos, Augusto. Como sabes, en la gran batalla que
ganaste a Majencio, no estuviste solo, ya que…
Levantando un brazo musculoso, con el puño crispado, Constantino le
contestó gritando:
—Detente, Osio. Tú y yo sabemos perfectamente que la batalla la
ganaron mis soldados. Sé lo que pretendes decirme, pero tu dios no tuvo
absolutamente nada que ver y te ordeno que no pierdas el tiempo
intentando convencerme de lo contrario. Lo único que hicisteis fue
ayudarme a canalizar la superstición de mis hombres, haciéndoles creer
que teníamos un talismán mágico de nuestro lado, esa cruz de vuestro dios
que, como sabéis, fue mi propia invención, ya que ni la vi en el cielo ni
soñé con ella. Pero el engaño sirvió a nuestros fines y entre el fervor por el
mágico talismán que creó el engaño en mis hombres y la torpeza de
Majencio, ganamos la batalla.
—Pero Augusto…
—Lo dicho, pero aun así no penséis que soy desagradecido. Voy a
nombrar a Eusebio obispo de Roma y os voy a dar como residencia la
Domus Laterani[27] para que vuestra secta tenga una sede permanente.
Al oírlo, Eusebio hizo una genuflexión delante de Constantino como
único agradecimiento. Osio tomó la palabra de nuevo:
—Augusto, te agradezco en nombre de Eusebio su nombramiento
como obispo, cargo que le servirá sin duda para servirte a ti y a los
cristianos de Roma. Sin embargo, el asunto que nos trae ante ti es otro.
Desgraciadamente, sigue habiendo persecuciones contra nosotros en
algunas partes del imperio, especialmente en los territorios de Licinio y
Maximino Daia.
—Bien, tendré en cuenta lo que me decís y cuándo llegue a
Mediolanum, hablaré con Licinio, mi futuro cuñado. Ahora podéis
marcharos.

[26] Actual ciudad de Milán.

[27] Residencia de los papas desde el siglo IV hasta el siglo XIV, que sufrió un terrible incendio,
lo que motivó a los papas a trasladar su sede al Vaticano.
18. Alffredo Denese
Cortijo Deverís. Algatocín, Ronda (Málaga),
20 de julio de 2016
Emy sonrió cuando vio entrar a Héctor atropelladamente, diciendo:
—El avión sale a las cinco de la mañana, pero tendremos que estar allí
casi una hora y media antes para hacer el check in. Sugiero que vayamos a
cenar tranquilamente y luego hacia las dos nos vayamos para el
aeropuerto, que está como a una hora de aquí y esperaremos que se abran
las taquillas de embarque. ¿Os parece?
Mark contestó:
—Estupendo. Me acerco al pueblo y recojo mis cosas.
Emy, que conocía perfectamente la timidez de su hermano con las
chicas, le preguntó de forma un tanto socarrona:
—Oye, ¿qué tal Kathy? ¿Sigue tan guapa como siempre?
*********************
De los cuatro jóvenes que Adnan había convocado para ir a la
excavación de Deverís, dos eran profesores ayudantes: uno en el
Departamento de Arqueología del Próximo Oriente y el otro en
Bioarqueología. Los dos eran nuevas incorporaciones al movimiento áureo
totalmente convencidas. Los otros dos eran técnicos especialistas en
detección de objetos enterrados por ultrasonido. Adnan les había citado en
su despacho a mediodía. Les había explicado la emergencia: tenían que
encontrar como fuera un pergamino escondido en una excavación en Iznik
antes de que lo hicieran los Milites Dei , ya que estos, si el contenido del
pergamino era contrario a sus intereses lo destruirían o harían desparecer
para siempre, como habían hecho tantas veces. La misión de los áureos,
simbolizada por la letra phi, que a su vez representaba al número áureo,
era precisamente la contraria.
*********************
Después de hacer el check in en el aeropuerto de Málaga, pasaron a la
sala de embarque. Como tenían todavía delante de sí un par de horas de
espera hasta que les llamaran para embarcar, fueron hacia la única
cafetería que estaba abierta las 24 horas y se sentaron en uno de los
extremos de la misma. Sin ganas de tomar nada, Emy empezó a andar
alrededor de la cafetería cuando detrás de un letrero publicitario que
estaba en el otro extremo le pareció ver una cara conocida. Se acercó un
poco más, ya que no se fiaba demasiado de su creciente miopía, pero
efectivamente era quien creía que era: el sacerdote que se encargó del
entierro de su padre, Alffredo… algo. Cuando volvió a la mesa, lo
comentó:
— Demasiada coincidencia, ¿no? Está sentado ahí el sacerdote.
— ¿Quién?
—El del entierro, Alffredo… no se qué…
Héctor, intentando controlarse, pero claramente en tensión, iba a
hablar cuando Mark al oír el nombre de Alffredo, se levantó de un salto
diciendo:
—Ah, pues mira. Vamos a hacer que no se olvide de nosotros.
Seguidme la corriente.
Mark, Héctor y un segundo después Emy llegaron hasta la mesa donde
Alffredo estaba sentado con un café y la tableta encendida. Al verles, no
pudo reprimir un destello de aparente sorpresa en sus ojos, aunque
enseguida recobró la compostura y su pública sonrisa para levantándose
recibirles con su mano por delante. Mark fue el primero que dejándole con
la mano en el aire sin corresponderle y mirándole a los ojos le soltó
—¿Adónde viajas? ¡Qué casualidad que lo hagas el mismo día que
nosotros!
Sin perder su sonrisa, Alffredo contestó mientras se sentaba de nuevo:
—No me gusta tu tono, pero si te interesa saberlo, viajo a Roma donde
mis superiores me reclaman.
Héctor, que se había mantenido en un segundo plano, se acercó y
colocando las dos manos encima de la mesa se quedó mirando a Alffredo
de forma desafiante fijamente a los ojos y le espetó hablando casi entre
dientes:
—Te lo voy a preguntar una sola vez. ¿Me vas a explicar por qué tiene
la iglesia tanto interés en el descubrimiento de mi padre?
Esta vez Alffredo no pudo controlar su reacción y tiró casi la mitad de
la taza de café que estaba bebiendo al ponerse de pie en un salto, mientras
empezó a contestar gritando, aunque enseguida bajo el tono:
—¿Pero estáis completamente locos o qué os pasa? ¿De dónde habéis
sacado una imbecilidad como esa? ¿Os creéis que la Iglesia no tiene nada
más que hacer que ir en absurdas cruzadas tras pergaminos imaginarios?
—Y…, ¿de dónde te has sacado lo del pergamino?
Mark seguía mirando fijamente a los azules ojos del sacerdote,
intentando detectar el más leve atisbo de duda. Héctor, que se puso de pie
al lado de Alffredo, continuó:
—Entonces, ¿por qué nos estáis siguiendo? ¿Y por qué habéis tenido
la desfachatez de entrar en nuestra casa? Os tenemos grabados.
Esta vez Alffredo, recuperando su compostura mientras se limpiaba
con la punta de la servilleta, contestó:
—No sé a quiénes tenéis grabados, pero os puedo asegurar que no
tienen nada que ver ni conmigo ni con la Iglesia. Sentaos los tres, por
favor. Tenemos que hablar.
Una vez que estuvieron los cuatro sentados, tres de ellos expectantes,
Alffredo tomó la palabra y empezó a hablar.
—Tenemos tiempo hasta el embarque para poder aclarar unos cuántos
puntos. En primer lugar, y por si teníais alguna absurda duda, que os quede
claro que ni la Iglesia ni yo, ni nadie relacionado con nosotros, ha tenido
absolutamente nada que ver con la trágica muerte de Fidel y Héctor.
Aquello no fue más que lo que fue: un desgraciado accidente.
Volviendo la cara ahora hacia Héctor, le dijo aunque dirigiéndose a
todos:
—¿O no lo fue…?
Nadie entró a la pregunta, de la que todos sabían la respuesta. Emy
prefirió atacar:
—¿Y se puede saber qué demonios es lo que queréis de nosotros?
—Protegeros —contestó un tranquilo Denese.
—¿Protegernos?, ¿de qué?
—De qué, no. De quién. De quienes queremos protegeros es de los
áureos.
—¿Los qué? —preguntó Héctor.
—Los Áureos son un grupo de fanáticos que tienen como misión
obsesiva la destrucción de la Iglesia católica, bueno… realmente la
destrucción de todas las religiones, pero especialmente la religión católica.
—¿Y se puede saber qué diablos tiene todo eso que ver con nosotros?
—le preguntó Emy, que se iba excitando por momentos
—Bueno, el caso es que… sabíamos qué Héctor Deverís había
encontrado algo importante en la excavación de Iznik. Pero creemos que
ellos también lo saben. Tienen sistemas tecnológicos muy sofisticados que
les permiten ir siempre por delante de nosotros.
Héctor, levantándose de forma agresiva, le soltó:
—¿Ah, sí? ¿Y nos puedes explicar como sabías eso de mi padre? ¿Qué
pasa que le estabais vigilando? ¿Y a Fidel? ¿Y ahora a nosotros?
Ante la pregunta y actitud amenazante, Alffredo desvió los ojos hacia
la mesa y tras unos segundos, levantó la cabeza y miró a Héctor con unos
profundos ojos azules que no dejaban transparentar emoción alguna:
—Mirad, sé que es difícil de entender, pero la Congregación para la
Doctrina de la Fe del Vaticano, cuando se da la más mínima sospecha de
que pueda aparecer un documento antiguo que de alguna manera pudiera
contradecir, amenazar o poner en peligro los fundamentos de la religión
católica, reacciona enérgicamente y siempre prefiere prevenir a curar. Por
eso, hemos vigilado a vuestro padre y a Fidel, y ahora lo hacemos con
vosotros.
Necesitábamos saber qué era exactamente lo que decía el pergamino
que Deverís había descubierto.
—Entonces, ¿quién cojones ha entrado en el cortijo y ha copiado los
discos duros de los portátiles y ha intentado llevarse esto? —dijo Mark,
enseñando a Alffredo el pendrive que habían sacado de la iglesia.
Como si tuviera la boca seca, el sacerdote chasqueó un par de veces
antes de decir:
—Los que han entrado ya os lo he dicho. Son los áureos, sin duda y…
¿qué es exactamente lo que hay en ese pendrive?
Asomando una sonrisa a sus labios, Mark disfrutó diciéndole:
—En este pendrive tenemos la información necesaria para encontrar
el pergamino que tanto os preocupa y que espero sea la prueba definitiva a
la que tanto miedo parecéis tener.
En ese momento se escuchó por los altavoces:
«Se ruega a los señores pasajeros con destino Roma, embarquen por la
puerta G-29».
Mientras Alffredo levantaba su pequeña maleta de mano, Héctor le
dijo señalándole con el dedo:
— No te acerques más a nosotros. No nos hace falta tu ayuda para
nada.
—Pero, Héctor, os podemos ayudar con medios que vosotros no tenéis
a vuestro alcance.

Los tres jóvenes ya se habían alejado en dirección a la puerta de


embarque. Mientras movía la cabeza lateralmente unas cuantas veces,
Alffredo sacó el móvil del bolsillo e hizo una llamada.
19. Mediolanum
Año 313 d. C. – De Nicomedia a Mediolanum.
En las calendas[28] de Februarius del año 313, emprendimos viaje
hacia Mediolanum para asistir a la boda de la hermana de Constantino con
Licinio. Era pleno invierno y el frío que pasamos fue terrible, sobre todo
las mujeres que preferían ir en las literas llevadas por fuertes esclavos a ir
en los carros que se atascaban constantemente en el barro y que las habrían
obligado a ir la mayor parte del camino andando. Por mucho que quisieran
los artesanos cerrar las literas con cortinas de cuero, se colaba un aire
helado que las inmóviles, pero zarandeadas viajeras intentaban combatir
inútilmente con pieles de oso. Nosotros íbamos andando tras la muy
escasa polvareda, por el frío, que iban levantando los escuadrones de
scutarii[29] que avanzaban con sus enormes escudos. A paso marcial todos
portaban dos jabalinas a la espalda y la gladius romana envainada, que
habían cambiado por su arma preferida: la falcata hispana. Constantino
iba a la cabeza montado a caballo con su capa cobriza. Parecía que el
viento se hubiera puesto a su servicio para dar la gallardía adecuada a su
imagen de emperador.
Ya pasados cuatro días de los idus de Februarius llegamos por fin a
Mediolanum en donde todos nos pudimos recuperar del frío en mayor o
menor medida. A las mujeres, el servicio de Licinio inmediatamente las
llevó a sus aposentos, acogedoramente calientes gracias a sus chimeneas.
A nosotros nos permitieron alojarnos en la parte trasera de los establos
que, aunque impregnados de los olores típicos de cualquier caballeriza, al
menos estaban calientes.
Al día siguiente, Osio de Córdoba nos mandó llamar porque había
conseguido que le cedieran una pequeña habitación para nosotros en el
sótano de una de las alas de palacio donde él se hospedaba. Nos dijo:
—A partir de ahora debéis estar siempre preparados para cuando os
llame. Vais a tener la suerte de vivir importantes acontecimientos que van
a tener lugar en Mediolanum y que cambiarán el curso de la historia. En
cualquier momento puedo necesitar que escribáis los textos que os
dictaremos y quiero que se haga lo más rápidamente posible.
Y de aquella manera fuimos mudos testigos de piedra en la sala del
trono, de todo lo que sucedió en los días siguientes, siempre pendientes a
que nuestros servicios fueran requeridos.
Ninguno de nosotros, como es lógico, participamos en los
preparativos de la boda de la hermana de Constantino con Licinio, pero lo
que sí que nos permitieron fue bajar a la cocina y comer todo lo que
quisimos de las sobras. La boda realmente no era la causa principal de la
reunión entre emperadores, sino que lo fueron toda una serie de
conversaciones que tendrían lugar entre Constantino, Licinio y Osio de
Córdoba.
Lo que preocupaba a los emperadores era recuperar el orden perfecto
con el que el imperio siempre había funcionado y que parecía
desmoronarse por la multitud de problemas en los distintos territorios. Y
así escuchamos a Constantino decir a su nuevo cuñado:
—Licinio, tenemos que conseguir como sea recuperar la armonía y
seguridad en el imperio que ostentaba la tetrarquía creada por Diocleciano.
El Imperio ha sufrido los últimos 50 años una serie de cambios que lo
están desestabilizando, haciéndolo más incontrolable y eso es lo que
tenemos que evitar a cualquier costo. De poco sirve un gran imperio mal
organizado administrativamente.
—Querido cuñado, no puedo estar más de acuerdo contigo, pero han
sido demasiados frentes en los que hemos tenido que estar. Primero, las
luchas por el poder entre nosotros. Después, hemos tenido largas
campañas para vencer a los bárbaros tanto a los del lado del Rhin como a
los del lado del Danubio. Ya han sido sojuzgados y tenemos la paz
controlada en el centro de Europa. Ahora entre tú y yo controlamos la
mayor parte del mperio.
Osio, que había permanecido en silencio, tomó la palabra dirigiéndose
a Constantino:
—Augusto, como vuestro consejero, no me queda más remedio que
deciros que uno de los problemas principales que sufre el imperio, como
bien sabéis, es la propia administración imperial que se halla
completamente diluida entre miles de cargos que no operan bajo una
jerarquía ordenada, con lo que se duplican e incluso triplican los trabajos y
los gastos mientras se reducen los resultados.
—¿Adónde quieres llegar, Osio?
—Solamente me permitía sugeriros la posibilidad de una colaboración
entre el Imperio y la Iglesia cristiana, que lógicamente se pondría al
servicio del Imperio para conseguir restaurar ese orden que todos
buscamos, articulado quizás en torno a la religión cristiana como eje
central de unión de todos los ciudadanos del Imperio.
Constantino se quedó pensando unos segundos durante los cuales
reinó el silencio en el salón. Estaba claro que como buen político que era
se daba cuenta de que el crecimiento del culto cristiano era imparable, por
lo sencillo y económico de su práctica, y ello era a la vez paralelo al
declive de casi todos los demás cultos. Era lógico pensar que el
cristianismo podría ser un elemento de apoyo para la organización
imperial.
—¿Tienes algo más que decir, Osio?
—Sí, Augusto. Me atrevería a rogaros en nombre de todos los
cristianos que hagáis algo con respecto a Maximino Daia, que en Asia
Menor, Siria y Egipto sigue persiguiendo a los cristianos con una crueldad
y violencia que no acertamos a comprender.
—Bueno, ¿qué te parece Licinio? Osio te ha dado la excusa perfecta
para atacar a Maximino y, una vez que te deshagas de él, seremos los dos
únicos emperadores: yo de Occidente y tú de Oriente.
—Constantino, no veo por qué tengo que defender yo a los miembros
de una secta que adora a un rebelde judío que dicen ha vuelto de entre los
muertos y que dicen es el hijo de Dios y que su madre vuela por los cielos.
Todo eso no es más que una leyenda de dudosa vistosidad para niños.
—Sí, Licinio, pero abre tus miras, extiende tu visón al futuro de la
totalidad del imperio. Piensa, por un lado, en la intranquilidad, que
producen en el imperio las persecuciones de cristianos, con lo que si
conseguimos impedirlas nos lo tendrán que agradecer y la excusa es
perfecta, ya que Maximino ha incumplido con los acuerdos que firmamos
en Carnuntum hace varios años.
En los días que siguieron, y después de múltiples conversaciones
sobre la forma de reorganización del imperio, llegaron a la conclusión de
que dejar libertad de culto a todos los miembros del imperio, incluidos los
cristianos sería el mejor sistema para hacer ver al pueblo que sus
emperadores no iban a imponer a sus ciudadanos nada. Se trataba de
transmitir al pueblo una sensación de libertad que, en realidad, iba a estar
circunscrita a la religión. Las razones que motivaron el texto que
redactamos eran muy distintas a las que motivaron a Galerio con su edicto.
Tras conversaciones sin fin con Osio y otro padre de la iglesia,
Diodoro, acordaron redactar un texto que sería comunicado a todos los
gobernadores de las provincias del imperio.
Este fue el texto, en esencia, que redactamos siguiendo las
instrucciones de Osio:
«Habiéndose decidido hacía tiempo que no debemos cohibir la
libertad de religión, sino que debemos permitir que cada uno se ejercite en
las cosas divinas conforme al deseo de su alma, hemos sancionado que
todos nuestros súbditos, y en ellos incluimos a los cristianos, puedan
conservar y observar la fe de su secta o religión con total libertad, y todo
ello a fin de que quien quiera que sea el poder divino celestial pueda ser
propicio a nosotros y a todos los que viven bajo nuestro imperio».
Todas las copias de este escrito que hicimos fueron firmadas por
Constantino y Licinio y enviadas a todos los gobernadores provinciales.
[28] El primer día del mes.

[29] Soldados de infantería provenientes de Iberia, armados con falcata, gran escudo y jabalinas.
20. Rudy Overson
Vuelo Málaga – Estambul. 21 de julio de 2016.
Esbozando una sonrisa mientras veía a los ofuscados jóvenes andar
hacia la puerta de embarque, al tiempo que se levantaba y tiraba de su
trolley, Alffredo empezó a hablar por el móvil:
—Enzo, soy Alffredo. ¿Hiciste lo que te pedí?
—Sí. Uno de nuestros contactos en el aeropuerto intentará acceder al
equipaje de los Deverís. Cuando pasen por el escáner, saltarán todas las
alarmas.
—¿Qué vais a meter?
—Unas barras metálicas. Con eso estarán entretenidos un rato.
—¿Y los soldados?
—He mandado un grupo completo. Llevan un todoterreno y un par de
motos, y estarán en el aeropuerto esperándote.
—Perfecto. Cuando llegue, les daré instrucciones. De todas formas,
pásame el contacto de uno de ellos.
*********************
—Anda, déjame que me siente al lado de la ventana —dijo Emy
sosteniendo con una mano a Mark, que estaba a punto de sentarse en uno
de los cuatro asientos que les habían asignado en la parte central del avión.
—Vale, vale. Pasa —contestó Mark sonriendo, haciéndose a un lado.
Cuando unos minutos después el avión despegó del aeropuerto de
Málaga, Emy se dio cuenta de cómo Mark agarraba con fuerza los
reposabrazos de su asiento. Con un brillo socarrón en los ojos, le preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Te da miedo volar? ¿A un tío grande y fuerte como tú?
—Ríe, ríe… Pero sí, no lo puedo remediar, la verdad es que me da
pánico. Me consuela pensar que debe haber mucha gente que, como a mí,
no le hace gracia poner su vida en manos de una persona que no conoces.
—¡Pero, hombre, si el avión es el medio de transporte más seguro que
existe!
—Sí, pero el miedo es irracional y no entiende de estadísticas.
Después de la primera media hora de vuelo, el cansancio acumulado
que tenían del ajetreo del último día hizo mella en Emy que, apoyando la
cabeza en el hombro de Mark, empezó a quedarse dormida.
Tras unos minutos, Emy se acurrucó aún más y colocó su brazo
izquierdo sobre la cintura de Mark, que un poco sorprendido bajó la cara
para observar como dormía. Emy entreabrió los ojos y, sin decir nada,
levantó la cabeza y le besó suavemente en los labios.
—Perdonen ¿está ocupado el asiento?
Un hombre de unos cuarenta años, de rostro agradable, estaba
ligeramente inclinado preguntando a Héctor por el asiento que este tenía
libre a su derecha. Héctor miró de forma refleja a Mark y, volviéndose al
extraño a la vez que se incorporaba levemente en su asiento, dijo:
—No, no, está libre.
El hombre se acomodó e inmediatamente empezó a hablar mirando a
Héctor.
—Disculpad la interrupción, pero tenemos que hablar.
—Perdón, ¿cómo dice? —le preguntó Héctor agresivamente mientras
Mark y Emy, saliendo de su semiletargo, se levantaron en sus asientos y
giraron el rostro hacia el recién llegado, que les abarcó con una mirada de
sus ojos azules.
—Veréis. Mi nombre es Rudy Overson y sé quiénes sois.
—¿Y tú, quién demonios eres? ¿No serás un colega del cabrón del
cura, no? —preguntó Mark, incorporándose en el asiento agarrando los
reposabrazos.
—No, ni mucho menos. Pertenezco a una organización que se
denomina los áureos y me imagino que el cura ya os habrá hablado de
nosotros.
Emy preguntó con sarcasmo:
—¿Y se supone que tiene que impresionarnos de alguna manera el
nombrecito?
Esbozando una sonrisa, el tal Overson negó ligeramente con la cabeza
mientras contestaba a la pregunta:
—No, no, en absoluto. Simplemente estaba presentándome como lo
que soy: miembro de una organización que lucha contra el cáncer de la
humanidad que las religiones son y, en especial, la católica. Lo único que
pretendemos es que la sociedad se olvide de supersticiones medievales que
en algún momento tuvieron su sentido histórico como elemento de control
de masas y que la gente tenga la posibilidad de saber la verdad sobre todo
lo que nos han contado y decidan con total conocimiento, si en pleno siglo
XXI tiene algún sentido alguno de los planteamientos de las religiones.
Abandonado ya el sarcasmo, parecía que, además de a Emy, Overson
había conseguido acaparar la atención de los otros dos jóvenes, por lo que
continuó hablando:
—Veréis. Vuestro padre Héctor Deverís era un simpatizante de nuestra
organización y, además, también ha sido colaborador nuestro en asuntos
puntuales. Tú como su hijo, Héctor, sabrás cuál era la postura de tu padre
respecto a ese secretismo que tanto la Iglesia como la Umma[30] han tenido
siempre acerca de sus orígenes y los fundamentos dogmáticos en que se
basan. Tu padre siempre fue partidario de que su trabajo sirviera para que
la gente reflexionara sobre la verdad y con pleno conocimiento decidiera
si quería creer en algo irracional o, si de forma empírica, la física,
química, biología, en definitiva, la ciencia, podía darle una mejor
contestación a todas sus preguntas.
Mark, haciendo una seña con las manos para que parara en su
discurso, le preguntó;
—Vale, ya hemos entendido cuál es la misión de vuestra organización.
Pero, ¿qué es lo que quieres o queréis exactamente?
—Lo que queremos es ayudaros a recuperar el pergamino que ha
encontrado vuestro padre antes de que lo consigan encontrar los Milites
Dei.
Emy miró a Mark, que le hizo un gesto casi imperceptible.
—Sí, se llaman a sí mismos «Los soldados de Dios» y no se sabe, si
por inspiración divina o por orden de alguien, dicen tener como misión ser
los protectores de la fe católica. No existen oficialmente, pero sabemos
que dependen de alguien en la Comisión Ecclesia Dei del Vaticano.
Emy interrumpió a Overson.
—Oye, ¿un tal Alffredo Denese tiene algo que ver con la
congregación esa y los Milites Dei?
—Sí, sabemos que es el director de operaciones de los Milites Dei y
ha sido enviado a España por la Congregación para la Defensa de la Fe del
Vaticano para vigilar tanto a Fidel, el sacerdote, como a Héctor Deverís,
con el fin último de conseguir tener acceso al pergamino o a lo que sea que
hayan descubierto.
—El muy hijo de puta… Nos ha estado engañando desde el principio.
—Pensad que en el momento por el que está pasando la Iglesia
católica, el descubrimiento de cualquier documento que se pudiera probar
auténtico que, de alguna manera, demostrara la falsedad de los pilares
sobre los que se fundamenta el cristianismo, sería tan desilusionante para
cientos de millones de creyentes, sobre todo del hemisferio sur, que
perfectamente podría hacer desaparecer completamente la Iglesia católica.
Y os aseguro que eso no lo van a permitir nunca y que van a hacer todo
aquello que sea necesario para impedirlo y, cuando digo todo aquello que
sea necesario para impedirlo, me refiero exactamente a cualquier cosa
lógica o no que podáis imaginar.
Héctor, que se había mantenido casi en silencio, preguntó a Rudy:
—Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿Venir con nosotros hasta la
excavación? Me imagino que tienes claro que el pergamino que ha
descubierto mi padre es patrimonio turco y nosotros simplemente nos
reservaremos el derecho de descubrimiento e investigación.
—Nosotros no tenemos ningún problema con eso, porque lo que
queremos es precisamente que se haga público y no desparezca. Como me
temo que van a intentar retrasar vuestra llegada a Iznik como sea, igual
tenemos que…
—¿Retrasar nuestra llegada? ¿Cómo? —preguntó Emy.
—¿Habéis facturado algo de equipaje?
—Sí —contestó Mark.
—Bien. Como el equipaje irá directamente a Estambul, aunque
hagamos escala en Roma, lo más probable es que os hayan metido algo en
la maleta para que os detengan a vuestra llegada en Turquía.
—¿Quién demonios va a hacer una cosa así? —preguntó Emy
poniéndose de rodillas en el asiento de espaldas a la ventanilla del avión
para poder ver así mejor la cara de Rudy
—Tened por seguro que ellos, los Milites Dei, van a hacer lo que sea
para llegar antes que vosotros a la excavación. Lo que no saben es que un
grupo de científicos de la Universidad de Estambul, que también son
áureos ya están en camino hacia Iznik para llegar antes que ellos.
Mark, tras mirar a Emy durante unos segundos, dijo:
—Para el caso, que todavía pongo en duda, de que hagan lo que dices,
lo que podemos hacer es relativamente fácil. Solamente uno de nosotros se
queda en la línea de recogida de equipaje y los otros dos salen
directamente del aeropuerto.
—Yo me quedo para recoger las maletas —dijo Héctor.
—No —intervino Rudy—. Debéis salir separados y yo me haré cargo
de recoger vuestras maletas y…
Emy no le dejó terminar:
—No sé si hay algo que no veo, pero, ¿no es más fácil que
simplemente dejemos las maletas y salgamos por parejas: Mark y yo, por
un lado, y Héctor y Rudy, por el otro? Siempre podemos encargar a alguien
que las recoja y nos las dejen donde le digamos.
*********************
Desde que dejaron la carretera general, ya en las cercanías de Iznik, y
habían tomado un carril forestal, el Toyota Land Cruiser que llevaban no
paraba de dar botes. Aunque tuviera una magnífica suspensión, poco podía
hacer ante la serpenteante carreterilla, tan falta de mantenimiento como de
rectas.
Kumar llevaba 5 minutos con el teléfono pegado a la oreja, recibiendo
las últimas instrucciones de Adnan. Sus tres acompañantes no paraban de
reírse entre bromas. Aunque buenos especialistas en sus respectivas
materias, eran de las jóvenes incorporaciones a los áureos y realmente no
tenían conciencia alguna de los posibles peligros que les podían esperar en
la excavación. Sólo conocían de oídas a los Milites Dei y no sabían de lo
que eran capaces.
Por fin, al terminar una curva mareante, tuvieron delante, de repente,
la excavación de Héctor Deverís. No eran más de unas quince tiendas de
campaña de distintos tamaños. Hacía tiempo que habían perdido su color
blanco original para dejar paso a un beige que, en algunas de ellas, ya era
parduzco. Sin embargo, el conjunto no era desagradable, ya que las habían
levantado alrededor de un gran palmeral, que les proveía de sombra y
probablemente dátiles frescos y agua.
Con el todoterreno prácticamente al paso, llegaron a una explanada en
la que había una camioneta que, sin duda, había visto tiempos mejores y
un Suzuki.
Inclinado sobre el capó del pequeño todoterreno había un joven
moreno, bien vestido, que estaba escribiendo algo. Al verlos llegar,
levantó la vista, sin despegar el bolígrafo del bloc, aunque eso sí, dejó de
escribir.
Kumar, que lideraba a los recién llegados, se presentó al joven del
Suzuki, y mientras extendía la mano, saludó de la forma cortés que espera
cualquier musulmán.
—As Salam Alaykum[31] .
Incorporándose lentamente, el joven con mirada desconfiada le
contestó
—Wa-Alykum-as-Alam[32] .
—¿Es usted el encargado de la excavación?
—No. El titular de la excavación es Héctor Deverís. Yo soy
funcionario del Departamento de Arqueología del Ministerio de Cultura de
Turquía. Mi nombre es Mustafá Celik y he sido encargado por el gobierno
para controlar esta excavación. ¿En qué puedo ayudarles?
—Mi nombre es Kumar Sahin y venimos del Departamento de
Arqueología de la Universidad de Estambul. Me acompañan —dijo
señalando a los jóvenes que estaban detrás de él— dos especialistas en
medición ultrasónica para localización de objetos enterrados.
Tras la presentación, Kumar sacó del bolsillo de la sahariana sin
mangas un documento y se lo entregó a al representante del gobierno turco
diciéndole:
—Estas son nuestras credenciales, emitidas directamente por el
gobierno de Ankara. Nos han autorizado a valorar todo lo descubierto
hasta ahora y colaborar en la posibilidad de búsqueda de nuevos
yacimientos arqueológicos.
Mustafá Celik examinó cuidadosamente toda la documentación que le
había presentado y, con un gesto un tanto despectivo, dijo:
—Los papeles están en regla. Pueden hacer su trabajo, pero en el
momento que encuentren algo, llámenme inmediatamente. Me imagino
que no es necesario que les diga que no pueden sacar absolutamente nada
de la excavación sin mi permiso.
—Por supuesto, por supuesto. Esto… ¿quién es el encargado?
Con un gesto de desinterés, Mustafá extendió ligeramente el brazo
mientras señalaba:
—El encargado está controlando la criba al otro lado del palmeral.
Dejando el coche al lado del Suzuki, y tomando el equipo y
herramientas, empezaron a andar a través de una especie de cauce a ambos
lados del cual había obreros locales que con movimientos lentos, pero
rítmicos iban abriendo con la azada pequeños surcos en la tierra.
La mayor parte de la excavación estaba dividida en cuadriláteros
debidamente encordados para poder ir delimitando la zona a excavar,
pudiendo así organizar los siguientes estadios de excavación.
A medida que se acercaron al palmeral fueron viendo que el tamaño
de las tiendas no era tan pequeño como habían creído en un principio y al
estar todas abiertas pudieron ver el interior que era amplio y parecía
agradable. Todas tenían un doble techo para luchar contra el calor y había
dos de ellas que eran bastante grandes.
Nada más llegar al palmeral, vieron al lado de cada uno de los
cuadriláteros a un hombre con un carro de mano en el que otro obrero iba
vertiendo paladas de la tierra extraída para ir cribándola en busca de
pequeños restos. Cuando preguntaron, les señalaron al encargado. Este
estaba hablando con el cocinero, un turco de cejas pobladas y gran bigote
gris, que estaba preparando unas brasas en una especie de barbacoa
rudimentaria, en la que, por el olor a especias que despedía una marmita
grande tapada con un paño, iba a preparar shish kebab.
Kumar repitió su presentación y, tras las formalidades debidas el
encargado, que dijo llamarse Hamil Kaya, les explicó:
—Nadie me había advertido de vuestra visita. De todas formas, me
han llamado los hijos de Héctor ayer por la noche para decirme que
llegarían hoy a la excavación, por lo que podréis hablar con ellos y
pedirles la información que necesitéis.
Kumar, llevándose a Hamil a una parte donde no pudieran escucharle
los obreros, le explicó:
—Héctor Deverís era amigo nuestro y nos dijo que había encontrado
un túnel en algún lugar de la excavación que conducía a una gran cueva.
Nos hace falta que nos lleve allí.
Hamil miró a uno y otro lado como para asegurarse que nadie les
hubiera podido oír y, haciendo un gesto con el brazo y la cabeza
simultáneamente, les dijo:
—Seguidme.
Empezaron a andar detrás de él y, alejándose de la zona de los
trabajadores, se metió en una de las tiendas más grandes el campamento.
Una vez que estuvieron dentro de la tienda, les dijo:
—Se hace necesaria la máxima discreción, ya que el representante del
gobierno no sabe de la existencia del túnel. Vamos a salir por la parte de
atrás de esta tienda.
Mientras lo decía, atravesó la tienda y, tras agarrar un palo grande de
la esquina de la misma, abrió la cremallera de la lona trasera. Uno por uno
los áureos que le siguieron salieron a un hueco entre la falda de la colina y
la tienda, perfectamente oculto para todos. Colocándose delante de ellos,
Hamil dijo:
—Venid detrás de mí. La entrada a la cueva está justamente a la vuelta
de este montículo
Al dar la vuelta, los áureos buscaron con la mirada la entrada sin
encontrarla. Hamil, sonriendo, pidió:
—Dejadme un poco de espacio.
La falda de la colina estaba completamente rodeada de un seto natural
de altura considerable de un espino de la zona con púas de más de cuatro
centímetros que parecían pequeñas cuchillas. Hamil se metió entre los
jérguenes, que así se llamaban los arbustos, y con el palo hizo palanca en
un punto de la superficie de la ladera del montículo y creó un rudimentario
pasaje entre los espinos, y haciendo una seña a los áureos les dijo:
—Venga, pasad por aquí. La entrada no es demasiado grande, pero se
puede entrar bien.
Los áureos obedecieron y, agachándose ligeramente, empezaron a
andar. Una vez dentro, el túnel adquirió una altura casi normal. Todos
encendieron las luces frontales de los cascos que se habían colocado y
avanzaron precedidos por Hamil.
[30] Comunidad mundial de todos aquellos que profesan la religión islámica.

[31] Que la paz sea contigo.

[32] Y sobre ti también la paz.


21. El Crismón sagrado
Año 317 d. C. Roma.
Los años siguientes fueron relativamente tranquilos para mí, a
excepción de un par de episodios que, por mucho que lo intente, nunca
podré borrar de mi memoria. Nada más terminar la celebración de la boda
de la hermana de Constantino que, de hecho fue bastante corta, Licinio
tuvo que salir urgentemente para ponerse al frente de su ejército, a fin de
poder detener a Maximino Daia que acababa de cruzar la frontera y
atravesado la Capadocia en pleno invierno para poner sitio a Bizancio.
Después de una serie de escaramuzas, y a pesar de su inferioridad
numérica, Licinio ganó la batalla final, convirtiéndose así en emperador
absoluto de Oriente.
Pero el compartir con Constantino, el emperador de Occidente, el
dominio sobre el Imperio romano no era fácil. Como siempre decía
Rajothep, el ser humano es el único que ambiciona algo que no tiene,
aunque no le haga falta, obsesionándose con conseguir la posesión de lo
que sea. Una vez que la tiene, pierde el interés.
Tanto Licinio como Constantino ambicionaban el poder absoluto en el
imperio, pero ninguno quería dar el primer paso, hasta que Licinio, muy
mal aconsejado por uno de sus asesores, dio el visto bueno a una
conspiración para asesinar a Constantino en su propio palacio.
Constantino consiguió saber que Licinio estaba detrás de la
conspiración, pero sin pruebas suficientes, por lo que no le acusó, porque
por otro lado ya tenía la excusa que le hacía falta para atacarle
militarmente: Licinio siempre había detestado a los cristianos y, siendo su
corte totalmente pagana, le estuvo presionando durante años hasta que
accedió a despojar a los cristianos de sus bienes y demoler sus lugares de
culto. En una corta campaña Constantino derrotó a Licinio convirtiéndose
en el Augustus Máximus de todo el Imperio romano.
Yo llevaba ya viviendo en la corte de Constantino casi dos años, y
aunque no podía decirse que era el sueño de la vida que quise tener, era
relativamente feliz. Pero para mi desgracia el obispo cristiano Eusebio
tenía cierto interés en mí y, antes de que comenzara la campaña contra
Licinio, pidió a Constantino que me permitiera viajar con él para ponerme
a su servicio, ya que tenía que redactar importantes libros para la Iglesia,
para lo que necesitaría de escribas eficientes. Y lo malo es que yo no podía
hacer nada para impedirlo. Constantino, al sentirse en cierta medida
endeudado con la Iglesia y, por otro lado, no necesitar realmente de mis
servicios por estar en campaña militar, accedió a la petición de Eusebio,
con la obligación de restituirme a su cuerpo de escribas antes de la
terminalia[33] .
Me quedé en Roma, donde me asignaron un dormitorio al lado del
obispo, lo cual fue la primera señal de cuáles eran sus lúbricas intenciones.
Ya en varias ocasiones, mientras estaba haciendo mi trabajo en el
scriptorium, Eusebio se me acercó por detrás e inclinó la cabeza hasta
ponerla cerca de la mía, porque según él no podía ver la letra uncial
continuada por sus viejos y cansados ojos. En esas ocasiones, me ponía la
mano en la cabeza y me miraba intentando esbozar una desdentada
sonrisa, sin apenas conseguirlo.
Una noche me pidió que llevara un calentador a la cama de su
habitación y la fuera calentando. Cuando él llegó, yo tenía la cama caliente
tras haber pasado el calentador en todas direcciones por encima de las
húmedas sábanas.
Me pidió que le ayudara a quitarse el gran jubón pardo. Debajo de
este, sólo llevaba una camisola de lino gris sucia y maloliente. Sin
mirarme, me dijo:
—Apresúrate, Lisandro. Desvístete y entra en la cama para que me
puedas calentar los pies.
Totalmente perplejo ante esta petición por el que se suponía que era
un hombre religioso, y sabiendo como yo sabía por haberlos transcrito en
multitud de ocasiones, que el pecado de Sodoma era abominable a los
cristianos, dudé durante unos instantes. Enseguida, Eusebio me ordenó:
—Es que no quieres calentar los pies de tu obispo, Lisandro. ¿Tengo
que recordarte quién eres?
No quiero ensuciar este escrito relatando lo que pasó aquella noche y
muchas otras noches que vinieron después a lo largo de todo ese año.
Tuve, en algunas ocasiones, el pensamiento de escapar, pero los
cazadores de esclavos y los terribles castigos a los capturados me hicieron
desistir de la idea. Además, a mí el trabajo como escriba me gustaba y me
sentía apreciado. En definitiva, me acostumbré a que aquello pasaría y que
cualquier día Eusebio, ya de edad avanzada, moriría y si no, como muy
tarde, al llegar la terminalia podría yo volver a la corte de Constantino y
con el que fue mi tutor Rahotep vivir como escriba, esclavo, pero en una
posición que tenía más cosas buenas que malas.
Sin embargo, la incongruencia tan absoluta entre todas las bondades
de la religión cristiana que predicaba Eusebio, supuesto padre de la
Iglesia, y su lascivo comportamiento hacían que la rabia invadiera mi
cuerpo. Todos esos pecados que, según él, implicaban la condenación
eterna y que, sin embargo, él sin el más mínimo pudor practicaba casi a
diario, y no sólo conmigo, sino con cualquier joven a su servicio, debían
tener un castigo. No hacía más que darle vueltas a la cuestión, intentando
encontrar la forma de hacer coincidir mi venganza con un castigo a la
medida de sus desmanes. Y la oportunidad para empezar a planificarlo
surgió.
A Constantino, por un lado, le interesaba demostrar al pueblo su
agradecimiento al dios de los cristianos, que se suponía le había inspirado
en su visión con el Crismón sagrado para colocarlo en el lábaro[34] y en los
escudos, y así motivar a sus soldados a ganar la batalla del Puente Milvio.
Por el otro, quería fomentar y reforzar la idea del poder de ese talismán
entre sus soldados que, primitivos e incultos, siempre combatían mejor
ayudados por fuerzas sobrenaturales.
Por ello, había ordenado a los mejores orfebres griegos que le
prepararan una joya grandiosa, una joya que no tuviera parangón en todo el
Imperio romano y que, de entonces en adelante, representara el inequívoco
apoyo del dios de los cristianos a Constantino y a Roma.
La joya que fabricaron era extravagante en su riqueza: era una corona,
de casi un cubitus[35] de diámetro, hecha de unos tres dedos de oro macizo
de la mejor calidad proveniente de Legio[36] en la Hispania citerior
Tarraconensis [37]
, incrustada con grandes y perfectos diamantes que
desprendían un fulgor cegador. En medio de la corona se veía el
monograma de Cristo con la letra griega chi en forma de aspa y la ro,
acompañadas de dos pequeñas alfa y omega realizadas también en
diamantes, zafiros y esmeraldas.
Esta joya, que dio en llamarse el Crismón sagrado, se utilizaba para
colocarla en la parte superior del astil dorado del lábaro o estandarte. A
partir de entonces, este estandarte iría siempre al frente de los ejércitos
romanos de Constantino, representando la comunión entre el Imperio y la
Iglesia cristiana.
Después de haber vencido a Licinio, en un acto rodeado de pompa que
se celebró en Roma, la capital del imperio, Constantino en el Foro
imperial, rodeado de una multitud que lo aclamaba, hizo entrega a Eusebio
como obispo de Roma del Crismón sagrado, nombrándolo su depositario y
protector.
Eusebio dijo recibir el Crismón sagrado en nombre de la Iglesia con el
agradecimiento de todos los cristianos y como señal del apoyo sin fisuras
del emperador a la religión cristiana. Eusebio juró delante de Constantino
y todo el pueblo romano que por lo que simbolizaba lo protegería con su
vida.
[33] El último día del año.

[34] Estandarte (lanza larga o pica) en el que los emperadores romanos portaban su emblema o el
águila imperial.

[35] Medida de longitud equivalente a unos 44 cm.

[36] Actual León en España. Tenía las minas de oro más importantes de la época.

[37] La provincia más grande de Hispania. Ocupaba dos tercios de la península.


22. El número phi
Vuelo Málaga - Estambul. 21 de julio de 2016.
—Rudy, ¿te importa dejarnos solos un momento para que hablemos?
—ordenó más que preguntó Emy.
—En absoluto. Si queréis algo, estoy sentado en el pasillo central,
como veinte filas por detrás.
Una vez que le vieron alejarse, Emy preguntó:
—Bueno, ¿qué os parece? ¿Creéis que es de fiar?
Mark contestó:
—Es difícil saberlo, pero lo que dice tiene sentido y su actitud, en
cuanto que estaría dispuesto a quedarse a recoger las maletas, también es
ilustrativa de su talante.
—¿De qué? Podría ser perfectamente una afirmación calculada para
impresionarnos —se pronunció escéptico Héctor, al que Emy replicó
inmediatamente:
—Yo estoy por confiar en él.
—Yo también —dijo Mark.
*********************
—Perdone, padre, pero no puede estar ahí —recriminó la azafata, que
acababa de llegar a la zona media de servicio del avión, a un sacerdote con
traje clergyman, que se volvió y con unos cautivadores ojos azules y una
sonrisa le contestó:
—Mil perdones, señorita. La he visto tan ocupada que no quería
molestarla y me he permitido acercarme a buscar una botellita de agua
para tomarme esta pastilla para el dolor de cabeza —contestó Alffredo
amablemente, mientras le enseñaba una pastilla que tenía entre los dedos.
Sonrojándose ligeramente ante la franca sonrisa del atractivo
sacerdote y su actitud anterior, un tanto agresiva, la azafata intentando ser
amable rápidamente repuso:
—No se preocupe, le traigo una botellita en dos minutos. En esta zona
se ve que se han acabado.
Tras hacerle una leve inclinación de cabeza como señal de
agradecimiento, Alffredo abandonó su sonrisa, mientras por el resquicio
de la cortinilla espió una veintena de filas de asientos hacia atrás a los tres
jóvenes, a cuyo lado se había sentado un hombre que debía de estar
diciéndoles algo muy interesante, ya que estaban todos pendientes de él.
Alffredo tuvo claro inmediatamente quién podía ser el desconocido.
Cuando el hombre se levantó y fue hasta su sitio en el asiento central, sacó
el móvil con mucho cuidado y consiguió un enfoque nítido con el zoom
para hacerle una foto, mientras mascullaba en voz baja:
—Ya que habéis tomado partido, chiquitos, que empiece la función.
*********************
—Está bien, yo iré a buscarle —dijo Héctor levantándose de su
asiento.
Menos de un minuto después estaba de vuelta con Rudy Overson, al
que Héctor dejó pasar para que se sentara en el centro. Emy empezó a
hablar:
—Rudy, hemos hablado entre nosotros y vamos a hacer lo que
propusiste antes. Cuando lleguemos a Estambul, dejaremos las maletas e
iremos directamente a Iznik. Ya mandaremos a alguien a recogerlas
cuando hagan falta. Bueno, Rudy, ¿por qué no nos explicas ahora un poco
toda esa historia de los áureos?
Mark intervino antes de que Rudy empezara a hablar:
—Me imagino que tendrá que ver con el número phi o número áureo,
¿no?
Rudy contestó:
—Efectivamente, nuestra organización utiliza este nombre porque
vemos en phi o el número áureo, el número real que mejor expresa la
relación entre las medidas de todos los elementos del Universo. Este
número es esencial para entender la naturaleza, ya que está presente por
todas partes.
—¿Y eso cómo puede ser? Explica un poco más —le pidió Emy.
—Mirad, phi está representado por el número 1,618. A lo largo de
historia, este número ha apasionado a toda clase de pensadores,
científicos, músicos, artistas, desde Euclides, pasando por Galileo, Kepler,
Mozart, Darwin, hasta Einstein. Otro enamorado de Phi es Roger Penrose,
el matemático de Oxford que compartió recientemente el premio Wolf de
Física con Stephen Hawking. Por poneros un ejemplo que es casi
desconocido, la longitud y anchura de las moléculas de ADN guardan una
relación exacta de 1,618 por cada ciclo completo de su espiral helicoidal.
Pero es en el ámbito matemático en el que phi tiene propiedades que no
tiene ningún otro número en la naturaleza, como por ejemplo phi elevado
al cuadrado es igual a sí mismo +1, y su inverso es igual a sí mismo -1.
Eso no sucede con ningún otro número real positivo, lo cual da idea de su
especialidad. En el ámbito de la geometría, son infinitas las figuras
geométricas en las que las razones entre los lados de las distintas figuras
geométricas o entre los ángulos vienen expresadas por el número áureo.
Las dimensiones de las pirámides de Egipto, del Partenón griego y de
múltiples monumentos de la antigüedad utilizan como base el número
áureo. Las dimensiones de la tierra y la luna forman un triángulo
rectángulo, cuya hipotenusa es múltiplo del número áureo. La frecuencia
de pulsación de las estrellas es igual a phi. En el ámbito de la naturaleza
cercana, el número de pétalos de las flores es siempre múltiplo de phi, al
igual que la relación entre la nervadura de las hojas; en los seres humanos,
la relación entre mano y antebrazo, falanges de los dedos, longitud y
anchura de la cabeza. Prácticamente, nada en la naturaleza se escapa a la
posibilidad de expresarse en función del número áureo. Por eso lo
consideramos el símbolo numérico más universal. No es necesario recurrir
a religiones ni leyendas para interpretar el mundo en que vivimos. La
ciencia en su diversidad es más que suficiente para dar explicaciones
razonadas y comprobables a todo lo que vemos, tocamos o
experimentamos.
Durante unos segundos permanecieron en silencio, hasta que Emy
tomó la palabra:
—Oye, ¿no os parece que tanta perfección que expresa el número phi
y su omnipresencia en el Universo podría hacerle a uno pensar que es un
patrón que alguien ha usado para construirlo todo?
23. El destierro
Año 324 d. C. Roma. Salón imperial de
Constantino.
Aunque el emperador Constantino utilizaba habitualmente a Osio
como consejero por su forma de razonar con lógica e inteligencia,
acompañadas de una astucia política que nadie habría esperado en un
religioso, no trataba con él los asuntos verdaderamente importantes de
Estado.
Su asesor más querido era Críspulo, en cuyo honor el emperador
nombraría después a uno de sus hijos. Críspulo tenía un bagaje militar casi
paralelo al de Constantino. Era un romano inteligente y conservador y al
que nada gustaba el reconocimiento que el Emperador había hecho de la
secta cristiana. Así se lo manifestaba en una ocasión en la sala del trono,
donde me encontraba esperando a que se me dieran instrucciones para
redactar algunos escritos. Críspulo, que era el único a quien el Emperador
permitía que no se dirigiera a él de manera formal, le dijo:
—De verdad que no entiendo Constantino qué es lo que has visto en
esta secta de los cristianos.
—Críspulo, Críspulo, Críspulo, con lo astuto qué tú eres no entiendo
que no te hayas dado cuenta de la situación. Me imagino que habrás
advertido que los valores tradicionales romanos ya no tienen la
importancia que tuvieron. Nuestro imperio, que hasta hace muy poco
estaba dividido en cuatro pequeños imperios durante la tetrarquía, ha
tenido como basamento durante siglos la opulencia ad absurdum de las
clases altas, que se han rodeado de privilegios y molicie, haciendo crecer
durante años el sentimiento de odio y el descontento de las clases bajas.
Hemos, y digo hemos porque me incluyo, cometido toda clase de abusos,
despilfarrando millones de sestercios, mientras en el Imperio escaseaba el
trigo e incluso los ciudadanos de Roma han pasado hambre. Les hemos
mantenido callados con los juegos y las matanzas de cristianos en la arena,
que les han hecho sentirse afortunados por ser romanos.
Con genio, Críspulo le contestó:
—Hemos matado a los cristianos porque no se han querido doblegar a
rendir culto a nuestros dioses. Si no nos obedecen, mueren, es así de fácil.
—No, Críspulo, no. Hemos perseguido a los cristianos, matando miles
y quitándoles sus propiedades, simplemente porque en ciertos momentos
nos ha hecho falta alguien a quien poder acusar de ser el responsable de
todos los males del Imperio y quién mejor que los cristianos que no
ofrecen más que ventajas para ser masacrados. Por un lado, parecen no
tener conciencia de la realidad y la vida, ya que no temen perderla. Son
capaces de morir de maneras horribles con una sonrisa en los labios y, lo
que siempre nos ha interesado más, en ninguna ocasión se ha visto que
hayan tenido intenciones de vengarse de nosotros. Son los culpables
perfectos.
—Sí, pero eso no es más que el orden natural de las cosas, sobre todo
teniendo en cuenta que nosotros dirigimos el mundo civilizado.
—Déjame terminar, Críspulo. Piensa que al ser nuestro Imperio la
mezcla de culturas que es, nuestras tradiciones han ido perdiendo fuerza y
se han ido incorporando otras, las de los pueblos vencidos, que cada vez se
van extendiendo más. El culto al Sol Invictus y a nuestros dioses se ve
como algo del pasado. Los sacerdotes de Mitra se quejan de que ya casi
nadie ofrece sacrificios. Nos hace falta encontrar algo que pueda
constituirse en el origen de un sentimiento de unidad entre todos los
territorios y razas que componen el Imperio. Tenemos que conseguir que
el ser un ciudadano del Imperio no se vea simplemente como ser súbdito
del poder militar romano, sino que los ciudadanos, sin importar su origen,
se puedan sentir parte de algo más. Lo ideal es que ese «algo más» sea de
carácter espiritual y que, además, todo el mundo se dé cuenta de que ese
sentimiento de unión espiritual lo da precisamente el hecho de pertenecer
al Imperio romano. Y, lógicamente, el elemento que nos permita hacer
todo eso es fundamental que tenga un bajo coste.
—Y, ¿tú crees que el Dios de los cristianos nos puede servir para
implantar ese espíritu de unidad? ¿Pero de verdad crees que hay algo de
mejor en su Dios que en los nuestros?
—Querido Críspulo, precisamente la situación en la que se encuentra
la secta cristiana en la actualidad es perfecta para nuestros fines. Nos
necesitan para poder sobrevivir. Los principios en que se basa su religión
se apoyan en la figura de un hombre, ese Jesucristo que fue crucificado por
nosotros, pero por influencia de los judíos. Dicen que este hombre ayudó a
la gente y predicó lo que decía que era la palabra de Dios, nada
especialmente asombroso. Nosotros vamos a cambiar eso. Lo que más nos
interesa de todo esto es que nosotros ahora podemos moldear
completamente todos los personajes de esta religión a nuestro antojo,
convertirla en lo que nos interese para que pueda ser ese elemento que nos
ayude a darle unidad a todo el Imperio romano y, como los cristianos están
todavía temerosos por las persecuciones, cederán absolutamente a todo lo
que les pidamos, y a lo que no quieran ceder, se lo impondremos. Yo seré
el Augusto del Imperio romano y la cabeza de la Iglesia cristiana.
—Pero esa religión no tiene dioses como los nuestros. ¿Qué Dios que
se precie va a ir montado en un burro y se va a dejar torturar y crucificar?
¡Eso es totalmente absurdo!
—Lo único que tenemos que hacer es convertir a sus protagonistas en
divinidades para que los ciudadanos puedan ver en todo lo cristiano la
mano de un dios fuerte y poderoso que ha decidido ponerse del lado del
Imperio romano. Ese Jesucristo del que hablan no nos vale, porque es un
hombre del pueblo sin más. Nos hace falta dotarle de un aire de divinidad.
*********************
Durante los años siguientes, recorrí con la corte de Constantino la
mitad del Imperio Oriental, utilizando como base de operaciones
Nicomedia, dentro de la prefectura de Bitinia. Constantino estaba
buscando un enclave en el que construir un nuevo palacio y por ello
visitamos distintas ciudades, siendo la que más le gustó Nicaea, que por su
configuración física era por naturaleza inexpugnable. Fue precisamente el
viaje a Nicaiea, el que aproveché para poder consumar mi venganza de
Eusebio. Todo salió a la perfección.
Tras un agotador invierno, volvimos por fin a Roma a petición del
Senado para el nombramiento del nuevo cónsul y la inauguración del arco
de Constantino, cuya construcción se acababa de terminar.
El Senado, adoptando una decisión diplomática o temerosa a las
represalias, decidió nombrar cónsules de Roma a Constantino y a Licinio,
organizando para ello fiestas triunfales en las que, sobre todo, se celebraba
la victoria de Constantino. Fue para ello que se pidió a Eusebio que
preparara el Crismón sagrado para colocarlo en el lábaro y salir en
procesión delante de los nuevos cónsules de Roma. Cada vez que me
acuerdo, pienso en la justicia divina.
Por mucho que Eusebio buscó y rebuscó, no le quedó más remedio
que admitir entre temblores y oraciones la terrible conclusión: la más
grande joya del Imperio, el símbolo de la unión entre el Imperio y el
cristianismo, cuyo cuidado y vigilancia le habían sido encomendados y
que había jurado proteger con su vida, había desaparecido.
Tras concederle audiencia de forma urgente, cuando estuvo delante de
Constantino y de Osio, Eusebio, primero de rodillas y luego en total
prosternación, entre sollozos y balbuceos, comunicó al Emperador que el
Crismón sagrado había desaparecido.
Intentó dar toda clase de explicaciones a Constantino sobre la
imposibilidad de que hubiera desaparecido dadas las medidas de seguridad
que tenía, y que la única posibilidad era que espíritus malignos se lo
hubieran apropiado. No pudo evitar la cólera del Emperador, que dio
rienda suelta a su furia volcando la enorme mesa de mármol delante de la
que se sentaba.
Yendo hacia donde estaba postrado Eusebio, lo levantó como si fuera
un muñeco a más de un codo del suelo. El anciano, que lloraba
desconsoladamente, no pudo contenerse y empezó a formarse un charco en
el suelo justamente debajo de sus sandalias de cuero. Constantino, tras un
breve intercambio de miradas con Osio, con cara de asco lanzó a Eusebio
al aire tres o cuatro pasos, aterrizando el anciano en el duro mármol del
salón de recepción del emperador, golpeándose la cabeza contra el suelo.
Mientras se tocaba la frente, de la que había empezado a manar abundante
sangre, iba a levantarse cuando Constantino le dijo:
—Deja de lloriquear y escucha: puse en ti toda mi confianza. Hice
construir la más bella joya del Imperio y te la entregué como símbolo de
la unión del Imperio romano y el cristianismo y tú, viejo miserable, has
dejado que te la robaran. Mi instinto me pide que te mate aquí mismo,
pero en atención a la petición de Osio, aquí presente, te perdono la vida.
Desde hoy, dejas de ser el obispo de Roma. Saldrás de Roma hoy
totalmente solo. Si al anochecer estás en Roma, serás colgado.
24. Basir y los 100 €
Aeropuerto Atatürk (Estambul), 21 de julio de 2016.
Observando las multicolores filas de taxis a la salida del aeropuerto
de Estambul, Basir fumaba uno de esos cigarrillos turcos sin filtro que
marean sólo con verlo, mientras no quitaba ojo a un espectacular Toyota
Land Cruiser negro, que estaba muy cerca de una de las salidas del
parking. Dos hombres de complexión fuerte y de origen europeo fumaban
apoyados en el lado del coche que estaba más en la sombra, mientras otro
permanecía dentro del todoterreno, con una tableta en la mano,
consultando o leyendo algo. Los Milites Dei estaban impacientes.
De los cinco áureos que formaban el grupo para ir a la excavación de
Deverís, Adnan había elegido a Basir para que se quedara en el aeropuerto
mientras ellos iban directamente hacia la excavación. Su misión estaba
clara: tenía que impedir o al menos retrasar en todo lo posible la salida de
los Milites Dei del aeropuerto, y si no podía detenerles, tenía que
obstaculizar en todo lo que pudiera su avance. El equipo técnico de los
áureos ya estaría en la excavación de Deverís y necesitarían todo el
tiempo que pudiera ganarles para poder encontrar aquello, en lo que los
Milites Dei tenían tanto interés.
Lo primero que hizo Basir de forma bastante discreta fue acercarse a
la parte trasera del coche y, comprobando que dos de los Milites Dei
estaban fumando como a unos 10 metros del coche y que el otro, que
estaba sentado en la parte de atrás, lo estaba de tal forma que no podía
verle. Acercó la cara al cristal tintado de la luna trasera y, aunque el cristal
no dejaba ver con claridad, pudo vislumbrar las culatas de varios fusiles de
asalto confirmando su postura frente a la de Adnan, que en su inocencia
pensaba que no sería necesario recurrir a la violencia. Estaba claro que con
estos fanáticos las palabras no valían para nada.
Basir se alejó como a unos 50 metros del coche a un lugar desde el
que podía vigilar todos los movimientos de los Milites Dei. Sonrió
ligeramente cuando se atravesó en su campo de visión un grupo de jóvenes
pilluelos intentando llevar las maletas a los turistas y que estaban en
constante discusión con los maleteros oficiales del aeropuerto. Haciendo
una señal, llamó a uno de los jóvenes muchachos para que se acercara. El
que sin duda parecía más espabilado del grupo, se acercó con el ceño
fruncido, le miró y preguntó:
—¿Quieres comprar algo?
—No, pero si tus amigos y tú queréis ganar esto —le dijo,
enseñándole un billete de 50 € —no tienes más que hacer lo que te diga.
El muchacho siguió con sus pobladas cejas negras fruncidas, mientras
con una mirada un tanto desafiante le contestó:
—Sexo, no.
—No, no, no, no tiene nada que ver con sexo. Mira, ¿ves aquel
todoterreno negro en el que hay un hombre sentado en la parte de atrás y
otros dos hombres fumando a unos 5 o 6 metros delante del coche?
—¿El Land Cruiser negro? Sí, lo veo, ¿qué pasa?
—¿Tú crees que podríais entretener a los hombres que están fumando
en la parte delantera, mientras yo me acerco a la parte trasera del coche, de
forma que tenga cinco o seis segundos para comprobar una cosa?
Sin pestañear, el muchacho contestó muy serio:
—Eso está hecho, pero me tienes que dar 100 €. Tengo que repartir
con todos los chicos.
—Bien, ahora te doy los 50 € y si cumples con vuestra parte, te doy
los otros 50. ¿Cómo lo vais a hacer?
—Vamos a simular una pelea entre dos grupos que se disputan una
zona de turistas por las maletas. ¡No sería la primera!
—Tenéis que hacerlo lo antes posible.
—Déjame un par de minutos para organizarlo, y cuando veas a dos
grupos que van caminando el uno hacia el otro por delante de los dos
hombres que están fumando, será el momento para que te vayas acercando
al coche y hagas lo que tengas que hacer. Nosotros nos colocaremos entre
los hombres y el coche. Tú tendrás que estar pendiente del hombre que
está dentro del coche.
Basir se quedó mirando al muchacho mientras se marchaba, con
respeto por su aplomo y decisión. No tendría más de 15 años y sabía lo que
hacía. Inmediatamente, se acercó a su Discovery y abrió el portón trasero.
Tras hacer una serie de cálculos rápidos, sacó de una especie de maletín
negro bastante grande un disco metálico como de unos 10 centímetros de
diámetro que parecía pesado. Manipuló el temporizador digital del disco y
se lo metió en el bolso trasero del pantalón. Cerró el portón y esperó hasta
ver a los muchachos.
Menos de tres minutos después, vio cómo dos grupos de muchachos,
viniendo de sentidos opuestos, se acercaban el uno al otro en línea recta. A
su vez, Basir se fue acercando al todoterreno de los Milites Dei. Cuando
estaba ya solo a unos metros del todoterreno, los dos grupos de chicos que
venían lanzándose toda clase de improperios, colisionaron como si de una
melé[38] se tratara y empezaron a empujarse entre sí gritando y lanzándose
sonoros golpes. La algarada divirtió en extremo a los Milites Dei que, al
otro lado de la misma, siguieron fumando.
Basir aprovechó el momento y se deslizó debajo del coche. En menos
de cinco segundos, consiguió colocar el disco justamente al lado del
depósito del gasoil. El dispositivo estaba fuertemente imantado, por lo que
no se desprendería por mucho traqueteo que tuviera el coche.
*********************
Como todavía les quedaba cerca de una hora para llegar Estambul,
Héctor, bostezando mientras se giraba hacia la derecha y se recostaba lo
mejor que podía en el sillón, dijo:
—Voy a intentar dormir un rato.
Emy junto a la ventana, poniendo su mano sobre la de Mark,
preguntó:
—Oye, ¿a ti qué te parece todo esto? Yo lo veo como si estuviera en
ese estado de vigilia, entre sueño y realidad, que no te permite saber lo que
es real. Parece todo un poco locura, ¿no?
La verdad es que Emy estaba muy guapa sin las gafas. Sus ojos, a
pesar de ser verdes, comunicaban calor, sensación que acentuaba su
cobriza melena. Cada vez le gustaba más, pensó Mark. Notó que alguien le
movía la mano. Ensimismado mirándola, se había olvidado de contestar.
—Sí, sí… Yo no hago más que darle vueltas y no sé por qué, pero
tengo la sensación de que hay algo más en todo esto, algo que se nos
escapa. No sé, probablemente no sean más que elucubraciones de mi
imaginación. No tiene importancia.
Después de un momento en silencio, Emy se le quedó mirando y
poniéndole la mano sobre el brazo le preguntó:
—Mark, ¿alguna vez has tenido algún sentimiento hacia lo religioso?
—Sería absurdo decir que no. A fin de cuentas, me educaron en un
colegio católico. He vivido esa evolución por la que tantos hemos pasado,
ese despertar a la cultura y al empirismo científico, que a medida que
hemos ido creciendo, nos permite ir viendo las cosas desde la perspectiva
de la lógica científica, abandonando esa visión dogmática y primitiva con
la que nos quisieron marcar para siempre en nuestra juventud.
—¿Y entonces?
—Sí, sí, creo que sigo teniendo un cierto sentimiento de religiosidad.
Me encanta entrar en las grandes iglesias, porque allí inmediatamente
puedo desconectar del exterior. La monumentalidad arquitectónica, el
silencio, la paz que se respira allí, hacen surgir en mí algo que yo
identifico con el sentimiento de religiosidad, pero fuera, mi visión no es la
del creyente, tampoco la del ateo.
—Entonces, ¿te consideras más agnóstico?
—En cierta forma, sí. Es la visión de la comodidad. ¡Oye, pero bueno,
dejemos de hablar de mí!
Sonriendo a la vez que juntaba las manos y le hacía una cómica
reverencia, ella dijo:
—Vale, vale, ya seguiremos con la inquisición en otro momento.
Hablemos de otra cosa A ver, echémosle imaginación. Como arqueóloga,
es normal que lo haga, pero yo no sé si tú también, te has imaginado, por
un momento, lo increíble que sería poder viajar en el tiempo y poder ver
en vivo y en directo todo, o, al menos, algo de lo que nos han contado.
—Pues sí, sería increíble. Igual nos desencantábamos. La historia
estoy seguro de que maquilla los hechos.
Emy miraba por la ventana, mientras siguió preguntando:
—¿Junto a qué personaje de la historia te habría gustado pasar un día?
—Pues, probablemente, sería enriquecedor pasar un día junto a
Leonardo en el período que estuvo con Lorenzo de Médici ¿Y a ti?
—Me fascinan, Ada Lovelace, ya sabes, la hija de Byron, o Émilie du
Châtelet, adelantada a su tiempo. Me encantaría haber estado en el cuerpo
de Sofía Schlieman cuando se puso las joyas del Tesoro de Príamo, tras el
descubrimiento de Troya. En definitiva, cualquiera de esas mujeres a las
que el machismo histórico siempre quiso eclipsar.
Con una gran sonrisa, Mark le dijo:
—Me parece que coincidimos en gustos.
Girándose en su butaca, Emy se quedó mirándole a los ojos y con una
media sonrisa le preguntó:
—¿Qué piensas hacer cuando termine todo esto?
Pasándole el brazo por el hombro, Mark se acercó a ella mientras le
contestaba en voz baja:
—No sé lo que voy hacer, pero lo que sí sé es que me gustaría que nos
viéramos más.
Después, la besó con una ternura poco masculina que a Emy le
encantó.
[38] Jugada típica del rugby en la que se enfrentan dos grupos de jugadores.
25. La cueva de los sísifos
Año 324 d. C. Nicaea.
El dulce momento de la venganza, que desembocaría en el destierro
de Eusebio que ya he descrito, llegó cuando ya no podía soportar más su
lascivia. Eusebio, como custodio del Crismón sagrado que Constantino le
había entregado, había procurado dotar a su protección de las medidas de
seguridad adecuadas, introduciéndolo en un cofre grande de madera de
sándalo que, a su vez, estaba encerrado dentro de una habitación
exclusivamente usada para guardar los tesoros de la Iglesia. La puerta de
la habitación tenía dos grandes cerrojos asegurados con un cadnato[39] y
una cerradura especial que exigía una doble vuelta de la llave. Las dos
llaves que daban el acceso a la habitación las llevaba a Eusebio siempre
colgadas al cuello de un cordón que en sus orígenes fue blanco, pero que
con el tiempo, al igual que sus camisolas, fue adquiriendo un color
parduzco. Y nunca se desprendía de ellas, excepto cuando iba a dormir.
Una de aquellas noches, en las que el obispo había reclamado mi
presencia la víspera para realizar «trabajos de escriba», le acompañé
durante la cena y procuré que tuviera la copa de vino siempre llena. Antes,
había conseguido que uno de los esclavos que trabajaba para el
pharmacopola[40] , me diera un poco de extracto de una hierba adormidera.
Le puse unas cuantas gotas en el vino y, una vez superada la euforia
inicial, tras unas cinco o seis copas de vino, poco a poco fue cayendo en un
estado de estupor, por lo que me pidió le ayudara a retirarse a sus
aposentos. Después de dejarlo encima de la cama, ya que acostumbraba a
dormir vestido, esperé hasta que estuvo completamente dormido con una
respiración totalmente acompasada, acompañada de pequeños ronquidos.
Con cuidado para que las llaves no tintinearan, agarré el parduzco cordón
que, como siempre, había dejado encima de la pequeña mesa junto a su
cama.
Tuve que esperar un poco antes de salir de la habitación para
serenarme. Lo bueno era que no había ningún puesto de guardia a lo largo
del interminable pasillo que llevaba a la habitación que contenía los
tesoros de la Iglesia. No sin cierto trabajo pude quitar los dos cadnatios y
al girar la llave en la cerradura hizo un ruido que no me esperaba, por lo
que me quede paralizado, esperando que en cualquier momento llegara
alguien. Superando mi miedo, entré en la habitación y con la pequeña
llavecita abrí el bello cofre de madera adornado con tiras de bronce. La
escasa luz de la vela que llevaba fue más que suficiente para hacerme
admirar durante unos segundos el fulgor del Crismón sagrado, el símbolo
que el emperador quería que representase la unión entre el Imperio
romano y la religión cristiana.
Rápidamente introduje el Crismón en un saco que llevaba y volví a
toda prisa a la habitación de Eusebio. Para mi tranquilidad pude
comprobar que seguía durmiendo plácidamente. Escondí el saco en la
maleta de madera donde portaba los papiros y las tablillas enceradas junto
con mis cálamos y plumas, y me eché a dormir en la alfombra junto a la
cama.
Sabía que el Crismón sagrado no sería utilizado hasta el siguiente
desfile oficial de las legiones con el emperador Constantino a la cabeza,
por lo que no me tenía que preocupar, siempre y cuando lo tuviera alejado
de ojos indiscretos.
Yo aproveché el viaje que hicimos con Constantino a Nicaea para
esconderlo en una de las carretas en las que llevábamos nuestros
pertrechos. Permanecimos en aquella bonita ciudad casi seis meses,
mientras Constantino viajaba por distintas partes del Imperio. En aquel
momento vi la oportunidad que llevaba tiempo esperando. Tener en mi
posesión el Crismón sagrado me tenía sin dormir, porque no hacía más que
cambiarlo de sitio y siempre estaba pensando en que, si alguien lo
encontraba en mi poder, me esperaba una muerte horrible.
Un día afortunado, Rajothep y yo conseguimos convencer a los
guardas de que necesitábamos salir en busca de papiro, que se nos había
acabado y no podíamos trabajar. El papiro crecía en las riberas y
alrededores del enorme lago Ascanión, que rodeaba Nicaea por todas
partes menos por una. Los guardas, un tanto reticentes al principio, nos
dejaron salir porque sabían que no teníamos posibilidades de escaparnos,
ya que para hacerlo tendríamos que rodear el enorme lago y nos verían
inmediatamente. No le dije nada a Rajothep, porque no quería que, en caso
de que me descubrieran, pudieran implicarle también, pero en la cesta para
meter los tallos de papiro llevaba un ánfora panatenaica de buen tamaño,
de más de un pie de alta por un poco menos de ancha. Entre Antinoo, el
esclavo del ceramista y yo la tuvimos que romper para meter el envoltorio
de esparto que contenía el Crismón sobre una base de arena y ceniza, que
mantendrían el equilibrio de humedad. No sé qué es lo que hizo Antinoo,
pero cuando terminó, parecía que el ánfora nunca se hubiera roto.
Sellamos la boca con varias capas de resina y cal.
La orilla del lago estaba a un par de millas de la entrada de la ciudad.
Cuando llegamos allí, me separé de Rajothep y me alejé del lago rodeando
una pequeña colina que me ocultaba de los soldados y que se encontraba
como a un estadio del lago. No hice mucho caso a las llamadas de
Rajothep para que fuera con él. Simplemente le dije que me había sentado
mal el almuerzo y necesitaba dejar hacer a la naturaleza.
Al poco tiempo, observé una zona más oscura detrás de unos espinos y
tuve una corazonada de lo que iba a encontrar allí. Me metí de lleno entre
los sísifos y, sufriendo toda clase de arañazos de las temibles puntas que
las plantas usaban para protegerse, conseguí traspasar la barrera natural
que formaban. Efectivamente, como había sospechado, esa oscuridad era
una pequeña entrada a una gruta de la montaña. Tuve que agacharme para
poder entrar, pero en el momento que avancé 10 o 15 pasos empezó a
aumentar el tamaño del pasadizo. Continué andando durante casi medio
estadio hasta que para mi sorpresa salí de repente y, sin que nada me
indicara lo que iba a encontrar, a una sala inmensa, majestuosa, que se
veía iluminada por unos escasos, pero brillantes rayos de luz que caían
desde los orificios de la bóveda de la cueva que, sin duda, sería la parte
superior de la colina. La increíble cueva tenía una pequeña laguna natural
en uno de los lados. Aquel me pareció el escondite perfecto para mi gran
ánfora, con su precioso contenido.
Busqué diez o quince piedras de tamaño medio y las tiré al centro de
la laguna. Después me metí en el agua con el ánfora y, subiendo y bajando
varias veces, conseguí dejarla perfectamente sujeta y tapada con las
piedras en el centro de la laguna.
Aunque no tuve tiempo para ver mucho más, ya que no me quedé en la
cueva más de la mitad de una hora, vi unos bancos tallados y el símbolo
que usaban los cristianos. Estaba claro que los cristianos, huyendo de las
persecuciones y matanzas, habían elegido esta cueva para esconderse.
Cuando conseguí sortear a la salida la barrera de afiladas púas de los
sísifos, respiré tranquilo, pues había escondido el Crismón sagrado donde
nadie lo encontraría.
Tras la breve ausencia de Constantino, pasaron después casi siete años
de mi vida de una forma tranquila, durante los cuales Rajothep y yo
seguimos acompañando siempre a la corte de Constantino allá donde
fuera. Viajamos en un par de ocasiones a Roma, pero en el segundo viaje
nos quedamos casi tres años en la capital del Imperio.
El emperador nos encargó como un trabajo especial la búsqueda de
todos los textos cristianos que pudiéramos encontrar en las distintas
bibliotecas de Roma. Para ello nos dio acceso a poder caminar libremente
por Roma, acompañados de dos miembros de la desaparecida guardia
pretoriana. Corría ya el año 323, cuando tras un par de meses de
búsquedas, informamos al emperador de que los textos que habíamos
podido encontrar eran sólo copias de traducciones al latín de los textos
originales y, además, en un volumen escaso. El reducido número de padres
de la Iglesia en Roma y sus evasivas a la hora de proporcionarnos
información complicaron considerablemente nuestro trabajo.
No estando Osio de Córdoba en la corte, Constantino decidió hacer
llamar al desterrado Eusebio de Nicomedia a su presencia, pues sabía de
las buenas relaciones que aún mantenía con todos los padres de la Iglesia.
Cuando unas tres semanas después, en las calendas de Novembris, Eusebio
entró en la sala del trono escoltado por los agentes in rebus[41] , me
sorprendió ver lo mal que había envejecido en los años de destierro.
Eusebio no habría cumplido todavía los 60 años, pero parecía un anciano.
Apoyándose en un bastón que traía, estaba empezando a intentar
arrodillarse cuando Constantino le dijo:
—Quédate de pie. Aunque no te lo merezcas, te voy a ofrecer la
posibilidad de que te redimas a los ojos del Imperio romano.
Eusebio estaba tan sorprendido que ni siquiera contestó. Se limitó a
mirar al suelo.
—Quiero que escojas a dos jóvenes cristianos para que te acompañen
y vayas a visitar a todos los padres de la Iglesia y a tus compañeros de
culto, que puedan tener en su poder los escritos originales de los
cristianos. Quiero tener tanto los originales como las copias en Roma.
Vamos a hacer una collectio[42] de todos los textos cristianos. No quiero
que dejes ninguno, quiero que me los traigas absolutamente todos.
Cualquier escrito ya sea original o copia de cualquier clase que esté
relacionado con los cristianos, sus orígenes e historias quiero que me lo
traigas. Además de los cristianos, te acompañarán cuatro de mis mejores
agentes in rebus, por si encontraras oposición entre los que se llaman a sí
mismos tus propios hermanos. Tienes de plazo hasta las Kalendae
Ianuaris.

[39] Una especie de candado primitivo.

[40] Boticario o farmacéutico en época romana.

[41] Especie de policía secreta, que actuaba como vigilantes sin uniforme dentro del imperio.

[42] Colección o compilación de textos.


26. Las motocicletas
Aeropuerto Atatürk (Estambul), 21 de julio de 2016.
una vez que Hamil les hubo dejado en la gran sala de la cueva, Kumar
se volvió y, con un ademán enérgico, dijo:
—Venga, chicos. Empecemos a trabajar. Vamos a dividir la cueva por
sectores y tu Behram vas a ir haciendo el escaneo por cuadrantes. Que
Abdullah y Emin empiecen haciendo las divisiones físicas de los
cuadrantes. Yo estaré con Behram para ir mirando los radargramas en
busca de heterogeneidades en las paredes de la cueva. Usemos para
empezar una altura del suelo de un metro.
*********************
No había terminado de frenar todavía el avión, cuando Alffredo
Denese se levantó de su asiento quitándose el cinturón y, a pesar de la
furiosa mirada de la azafata, se dirigió a la puerta de salida en la parte
delantera del avión para ser el primero en abandonar el avión. En el
momento que se activó sistema hidráulico de apertura de la puerta,
Alffredo salió disparado por el pasillo acordeón que unía el avión con la
terminal.
Menos de cinco minutos después salía por la puerta principal del
aeropuerto Atatürk de Estambul, donde le recibía uno de los guardas
suizos enviados por Enzo, su colaborador más cercano. En círculos
vaticanos se sospechaba que Enzo era quien lideraba el brazo armado de
quienes se llamaban a sí mismos Milites Dei.
El soldado se veía un tanto ridículo llevando la pequeña maleta de
Alffredo, ya que medía un metro noventa y cinco con un cuerpo
proporcional a su altura. Completamente vestido de negro, avanzaba a
grandes zancadas mirando hacia atrás por si el sacerdote no podía seguir
su paso. Le dijo como intentando disculparse cuando se paró:
—El coche está a punto de llegar.
Unos segundos después el gran Toyota Land Cruiser dio un frenazo
delante de Alffredo. El joven, también vestido de negro, que iba en el
asiento del copiloto se bajó y abrió la puerta para que Alffredo pudiera
sentarse delante, mientras él pasaba atrás con el otro ocupante que saludó
al recién llegado.
—Eminencia, salimos inmediatamente hacia la excavación.
—No me llames eminencia, sólo soy un siervo de Dios, igual que tú.
Mi nombre es más que suficiente.
*********************
A unos 50 metros de allí, con la visera bajada mientras parecía estar
interesado en un cigarrillo, cuya ceniza quitaba con el dedo meñique, Basir
no se perdía ni un detalle. Cuando vio que el coche arrancaba y empezaba
a salir del aparcamiento del aeropuerto, se incorporó mientras levantaba la
visera de la gorra y tiraba el cigarrillo. Iba a prepararse para recibir a los
tres jóvenes que le habían encargado que llevara a la excavación de
Deverís.
Pero justamente cuando el todoterreno pasó por su lado, totalmente
pillado por sorpresa, se dio cuenta de que dos motos de gran cilindrada con
sendos jinetes vestidos de negro parecían ir a la zaga del todoterreno. No
tenía ni idea de dónde había salido, pero cuando vio cómo se alejaban,
parecía claro que iban juntos. Esto cambiaba completamente los planes.
Los áureos eran dos más con los que no había contado y el problema
principal ahora era la aparición de esas grandes motos.
Un par de minutos después de que el coche y las motos se hubieran
perdido en la distancia. Basir vio en una de las puertas de la terminal de
llegada a una pareja seguida de dos hombres que miraban a uno y otro
lado. Sacó su teléfono móvil y comprobó la foto que le habían enviado,
tanto de Rudy Overson como de los jóvenes. No había duda, eran ellos.
Rudy, que había visto la señal de Basir, dijo mientras le señalaba
discretamente:
—Allí está el encargado de recogernos.
Antes de que llegaran, el áureo se estaba presentando:
—Me llamo Basir. Nuestro coche está muy cerca, seguidme.
Diez minutos después empezaron a salir del aeropuerto, pero tuvieron
que ponerse en cola, ya que de repente se había formado una pequeña
caravana al quedar sólo un carril disponible debido a un accidente.
Mientras avanzaban lentamente, Basir fue explicando a Rudy y a los
jóvenes que iban sentados en la parte de atrás cómo, tras haber calculado
el tiempo aproximado que tardarían los Milites Dei en llegar a la pequeña
carretera que se desviaba desde la carretera principal antes de llegar Iznik
y que llevaba hacia la excavación, había colocado un pequeño explosivo
con un temporizador que inutilizaría su coche.
Rudy observó a Basir durante unos segundos y le pareció verlo un
tanto inquieto. Como sabía que era un profesional, le extrañó, por lo que le
preguntó:
—¿Hay algo más que no nos hayas dicho, Basir?
Basir, que no podía evitar sentirse avergonzado por no haberse dado
cuenta de la existencia de las motos explicó la situación y pidió disculpas.
A partir de ese momento, se creó un silencio incómodo que les
acompañó hasta que casi una hora después llegaron a los alrededores de
una ciudad llamada Gebze. Rudy les informó:
—Descansad un poco, si podéis. Nos quedan unas dos horas de coche.
*********************
Al cabo de unas dos horas y media de haber salido del aeropuerto
Atatürk de Estambul, el gran todoterreno negro seguido por las poderosas
motocicletas había parado en una especie de mirador y zona de descanso
de la carretera que se encontraba en lo alto de una colina. Desde allí se
divisaba perfectamente el gran lago de Iznik que bordeaba completamente
por su lado oeste la ciudad. La excavación estaba muy cerca.
Mientras Alffredo les daba las últimas instrucciones, les ordenó que
dejaran sus armas preparadas dentro del todoterreno para actuar de forma
inmediata en el momento que llegaran a la excavación. Tenían que tomar
el control inmediatamente. No creía que los áureos hubieran podido llegar
antes que ellos, pero de todas formas tenían que estar preparados para esa
eventualidad.
Mientras el líder del grupo hablaba con Alffredo ultimando los
detalles, uno de los soldados que estaba poniéndose un chaleco de kevlar,
sacó un cigarrillo, pero al ir a encenderlo se le cayó, por lo que se agachó a
recogerlo. Tuvo que hincar una rodilla en tierra, porque el cigarrillo había
rodado ligeramente debajo del todoterreno. Cuando al final lo pudo coger
y ya se iba levantar, algo llamó su atención. Se agachó un poco más y,
metiendo la cabeza debajo del coche, vio que había una especie de disco
de acero que estaba pegado en el depósito del gasoil del vehículo.
Benedicto, que así se llamaba el soldado, aunque le daba vergüenza su
nombre y prefería que todos le llamarán Bene, no era especialmente
despierto, pero tras unos segundos observando el objeto pegado en el
depósito del gasoil, se dio cuenta de lo que era y por fin reaccionó. Dando
gritos, avisó:
—Capitano, capitano, c’è una bomba.
El oficial al mando del grupo, que tenía el grado de capitán, como
conocía las limitaciones de Bene, mientras hablaba con Alffredo, con una
sonrisa en la boca preguntó:
—Ma ¿quello che dici, Bene?
Pareció como si el mismo aparato adosado al depósito del gasoil
quisiera haberle contestado, porque un segundo después de haber hecho la
pregunta se produjo una explosión que en sí misma no fue demasiado
grande ni ruidosa, pero como su consecuencia hizo explotar el depósito del
gasoil del coche, automáticamente generó un infierno de llamaradas y
humo negro que envolvieron el todoterreno.
La onda expansiva, aunque no demasiado potente, había tirado al
suelo a Alffredo y al capitán que estaban a escasos metros del coche. A los
otros dos soldados que estaban a unos 10 o 15 metros no llegó a afectarles.
Bene ni siquiera llegó a contestar a la pregunta del capitán.
27. Tabula rasa
Año 325 d. C. Nicaea.
Eusebio hizo buen uso de la tablilla con el sello imperial de
Constantino, que este le había dado para que se pudiera mover con libertad
por el Imperio y, al poco tiempo de haber salido de Roma, mandó a uno de
sus acompañantes de vuelta a palacio con más de veinte textos, unos
escritos en papiro; otros, los menos, en vellum[43] e, incluso, escritos en
simples tabula cerae[44] .
Tanto en esa partida como en las siguientes que fueron llegando cada
poco tiempo enviadas por Eusebio, se daba una gran mezcolanza de textos.
Muchos no eran en esencia textos cristianos, sino textos hebreos antiguos,
incluso de antes del nacimiento de Jesús, el creador de la secta de los
cristianos, que después iríamos uniendo en collectiones scriptorum[45] en
las que los agrupábamos cronológicamente. Constantino, en largas
sesiones de lectura a las que asistía también Osio de Córdoba, quería saber
qué es lo que decía cada uno de los textos. Como alguno de ellos estaba
escrito en hebreo y arameo, fue Rajothep el que se los iba leyendo a
medida que iba traduciendo. Yo me encargaba de aquellos que estuvieran
escritos en griego, que generalmente solían ser más recientes que los
anteriores.
Cuando terminábamos de leerle algún texto, Constantino pedía que lo
colocáramos en una de dos grandes cajas que tenía en el suelo, a sendos
lados de su sillón. Una vez hecho, esto nos pedía que nos marcháramos.
En una de las cajas estaban sobre todos los textos más antiguos, que
poco tenían que ver con la vida del creador de la secta de los cristianos,
Jesús. En la otra caja estaban sólo los textos que tenían que ver con la vida
de Jesús y de sus discípulos.
Entre los textos que trajo Eusebio y los que habíamos ido recibiendo
durante los meses anteriores, habíamos revisado más de una centena de
textos, de los cuales la mayor parte fue a la caja de los textos hebreos
antiguos. De esta caja nunca volvimos a saber, ya que no la volvimos a ver
nunca ni llegamos a saber qué pasó con los textos que tenía dentro.
En la caja cuyos textos tenían que ver con Jesús, el creador de la secta
de los cristianos, o sus seguidores, quedaron veintitrés textos, que
Constantino, esta vez a solas, hizo que Rajothep se los fuera leyendo
durante varias semanas, mientras yo iba tomando las notas que el
emperador me iba dictando.
Unos días después Constantino se reunió de nuevo con su gran amigo
Críspulo y con Osio de Córdoba. En aquella ocasión, estaba yo solo en el
pequeño scriptorium en la esquina de la sala, ya que Rajothep estaba
traduciendo un texto, cuando escuché la siguiente conversación, que
comenzó el emperador:
—Osio, lo he oído, pero no me acabo de creer que por asuntos tan
pueriles e insignificantes, como los que me han contado, haya serias
disensiones internas en vuestra secta. La verdad es que esa actitud no dice
mucho de los fundamentos de lo que vosotros llamáis vuestra religión.
Discutir sobre si Jesucristo existió siempre, al igual que Dios, que es
eterno, ya es absurdo ab initio, por cuanto sabemos que Jesucristo ni
siquiera existió, ya que os lo inventasteis, pero usar ese argumento para
crear dos corrientes enfrentadas dentro de vuestra secta, ya es el colmo de
la idiotez. ¡Lucháis contra vosotros mismos!
Intervino entonces Críspulo, que había permanecido en silencio:
—Pero aun así, Augusto, teniendo en cuenta nuestros planes, no
podemos permitir que haya ningún tipo de división interna en la Iglesia de
los cristianos. Podría repercutir negativamente en el imperio.
Constantino siguió sonriendo, ahora más abiertamente:
—Efectivamente, Críspulo. Me alegra que te hayas dado cuenta de las
posibles consecuencias. Tenemos que terminar con esa división interna de
forma inmediata y más, tratándose de una división basada en razones
banales y esas discusiones tan absurdas que han llegado hasta mis oídos.
Osio de Córdoba, con cierta cautela, preguntó:
—Y, ¿qué es lo que proponéis, Augusto?
—Muy fácil Osio, Tamquam tabula rasa[46] .
—Perdonad, Augusto, pero no os entiendo.
—Vamos a convocar el primer concilio universal del cristianismo y
será en su seno donde estableceré… bueno, estableceremos las bases de lo
que va a ser la religión cristiana a partir de ahora, que lógicamente en todo
momento deberá estar al servicio del mayor bien que es el Imperio
romano.
Unos días después, Eusebio se presentó ante Constantino, diciéndole
que le hacía falta contar con, al menos, un par de escribas en su labor de
preparación de textos.
—No abuses de tu suerte. Todos mis escribas están ocupados.
Márchate.
Constantino desde un lado y yo desde mi esquina nos quedamos
mirando con desprecio la renqueante figura del viejo, mientras
trabajosamente y despacio iba andando de espaldas hacia la puerta sin
volver la espalda al emperador.
[43] Piel de ternero muy fina.

[44] Tablilla encerada.

[45] Colecciones o compilaciones de textos.


[46] Como en una tabla alisada (en la que no hay nada escrito).
28. Las rocas
Carretera Estambul-Iznik. 21 de julio de 2016.
Cuando ya estaban a menos de dos kilómetros de la bifurcación, que
desde la carretera general de Estambul a Iznik iba hasta la excavación de
Héctor Deverís, Basir y sus pasajeros vieron un resplandor en lo alto de
una pequeña colina, junto a la carretera. A medida que se acercaban, se
delineó más claramente la causa del resplandor: era un vehículo en llamas.
Basir dijo a nadie en particular, pero con cierto grado de satisfacción:
—Ese es el coche de los Milites Dei y parece que el pequeño
explosivo ha hecho su trabajo, con lo que por lo menos no habrán podido
sacar los rifles de asalto del maletero.
Aguzando la vista a medida que se iban aproximando, Basir se dio
cuenta de que uno de los Milites Dei estaba observándoles con sus
prismáticos. Y lo malo era que no había posibilidad de utilizar la
capacidad del todoterreno para ir campo a través, ya que el desnivel a
ambos lados de la carretera era demasiado grande, al menos hasta llegar a
la colina en la que parecía nivelarse el terreno.
Basir ordenó más que dijo a sus pasajeros:
—A partir de ahora, os vais a intentar fundir con la tapicería del
coche. Pegaros lo más que podáis al suelo y tú, Rudy, exactamente igual en
la parte delantera. La buena noticia es que esos tipos no tienen los rifles de
asalto, porque la explosión los habrá destruido y, si quieren disparar,
solamente lo van a poder hacer con pistola. Seguramente, se acercarán al
borde de la carretera. Vamos a intentar pasar a toda velocidad y, con un
poco de suerte, presentaremos un mal blanco.
Cuando estaban a menos de 350 metros, Mark y Emy pudieron ver
cómo cuatro individuos, alejándose del coche en llamas, corrían a grandes
zancadas hacia la carretera seguidos de otros dos. Parecían ir todos pistola
en mano, mientras Alffredo se quedaba en la retaguardia.
Basir sabía perfectamente el tipo de pistola que utilizaba
habitualmente la guardia suiza y la mitad de las policías europeas: la Sig
Sauer P226, cuyas miras de alto contraste facilitaban el tiro
considerablemente a un tirador experto. Sin embargo, no eran muy fiables
a más de 30 o 40 metros. La única posibilidad que tenían de recibir el
menor número de impactos era acelerar el coche hasta conseguir en los
escasos trescientos metros que les separaban la máxima velocidad posible.
Reduciendo bruscamente de quinta a cuarta, lo que hizo rugir al
todoterreno sobrerevolucionado, Basir intentó coger más impulso para,
desde ese momento, pisar el acelerador a fondo. Los 120 km/h casi
inmediatamente dejaron paso a los 140 km/h.
El primero de los Milites Dei que había llegado a la carretera, se puso
en el medio y, adoptando la postura de tirador a dos manos, empezó a
disparar, aunque enseguida se dio cuenta de que tendría que retirarse hacia
el arcén, porque que a la velocidad a la que iba a llegar el todoterreno, no
le daría tiempo a quitarse de enmedio.
Los tres Milites Dei que le seguían disparaban sin parar, sabiendo que
apenas les daría tiempo a vaciar el cargador de quince balas de sus
pistolas, incluso con el disparador en modo de tiro semiautomático.
Bajo una lluvia de proyectiles, el todoterreno de Basir pasó a casi 160
km/h por delante de los tiradores, que siguieron disparando inútilmente
durante unos segundos.

Rudy, que se había incorporado en su asiento al dejar atrás a los


Milites Dei, observó que Basir, de repente, había empezado a sudar
copiosamente. Se imaginó que sería por la tensión del momento. Al mirar
por el retrovisor, Rudy vio cómo los Milites Dei habían empezado a subir
corriendo hacia la colina donde estaban las grandes motocicletas, para
salir en su persecución. Mientras los demás se incorporaban, Rudy felicitó
a Basir
—Bien hecho, Basir.
Basir esbozó una tímida sonrisa, mientras el sudor le seguía cayendo
por los lados de la cara hacia el cuello, bajo la extrañada mirada de Rudy.
Tuvo que ser Emy, que estaba sentada justo detrás de Basir, la que se
dio cuenta de que estaba manando sangre de forma tan abundante del
costado izquierdo de Basir, que estaba empapando el asiento y cayendo
hacia la tapicería. Dando un grito dijo:
—¡Está herido! ¡Basir está herido, está perdiendo mucha sangre!
Soltando el cinturón de seguridad que acababa de abrocharse, Rudy se
acercó todo lo que pudo hasta que vio claramente que Basir parecía haber
recibido dos impactos de bala, uno muy cerca del corazón y otro un poco
más abajo. Basir le miró con una sonrisa triste y, mientras movía la cabeza
negativamente, dijo dirigiéndose a todos:
—Mirad hacia vuestra izquierda. ¿Veis esos peñascos que hay como a
unos 200 metros de la carretera?
Todos miraron y vieron que, efectivamente, un poco más adelante se
veía un grupo de enormes piedras en el margen izquierdo, relativamente
cerca de la carretera. Basir siguió hablando con esfuerzo, pero con
autoridad
—No preguntéis nada y escuchad. En la próxima curva que es cerrada,
voy a frenar el coche para dar la vuelta. En ese momento, bajad todos del
coche rápidamente y salid corriendo a toda velocidad hacia las peñas.
Ahora mismo tenemos como unos dos o tres minutos de delantera sobre
ellos, con lo que si corréis rápido desde que os bajéis del coche, podréis
llegar a las rocas antes que las motos. Una vez allí, ya no os podrán
perseguir.
—Y una vez que estemos allí, ¿qué hacemos? ¿Nos escondemos
simplemente? ¿Por qué crees que no nos van a perseguir por las rocas? —
preguntó Rudy.
—La excavación de Héctor Deverís está justamente al otro lado de ese
grupo de peñas, no tendréis que trepar más de 400 o 500 metros para pasar
al otro lado. Pero ellos con sus motocicletas podrán llegar al mismo
tiempo o incluso antes que vosotros a la excavación por la carretera. No se
molestarán en perseguiros por las rocas.
Con voz trémula, Emy preguntó:
—Y tú, ¿qué vas a hacer?
—Voy a intentar detenerles o al menos entorpecerles todo lo que
pueda para conseguiros el tiempo que necesitáis para llegar a las rocas.
—Pero no te vamos a dejar solo, ni hablar de eso —dijo Emy con los
ojos brillantes.
Rudy les gritó a todos, pero especialmente a Emy:
—Si queréis salvar la vida, haced exactamente lo que os ha dicho
Basir. Estamos llegando a la curva. Estad preparados para saltar del coche
inmediatamente y salir corriendo a toda velocidad hacia las peñas.
No les dio tiempo a hacer más comentarios, ya que unos segundos
después Basir empezó a frenar el coche y, mientras tiraba del freno de
mano, dio un giro al volante a la izquierda haciendo un trompo y, girando
180°, colocó el todoterreno en sentido contrario. Estaba todavía en marcha
cuando Rudy y Héctor se tiraron del coche. Mark salió con Emy agarrada
de su mano derecha, que con lágrimas en los ojos se despidió de Basir
pasándole la mano por la cara, mientras llorando le decía:
—Gracias.
29. Jeshua
Año 325 d. C. Nicaea
—Augusto, si os parece, podríais explicarme con más detalle cuáles
son vuestras ideas e intenciones para ese concilio ecuménico universal que
queréis convocar.
El emperador estaba en una pequeña sala desde la que se dominaba la
sala de vistas, en donde se encontraba nuestro pequeño scriptorium. Solía
descansar allí recostado en un triclinium, mientras comía algo de fruta.
Los únicos ruidos que se escuchaban allí eran los trinos y gorjeos de los
pequeños pájaros que entraban y salían constantemente por los ventanales
que daban a los jardines de palacio. Se les oía aletear rápidamente sus
pequeñas alas y chapotear en el agua de los estanques, en los que bebían y
se refrescaban. En el momento que cualquier esclavo o jardinero se
acercaba, levantaban el vuelo en bandadas.
Desde donde yo estaba sentado, pude oír perfectamente la
conversación que Osio de Córdoba inició cuando se acercó al emperador.
Aunque no lo podía ver, estaba seguro de que Constantino se había
incorporado, tal y como era su costumbre. No gustaba de contestar ni
hablar con nadie, cuyos ojos se encontraran por encima de los suyos.
—Amigo Osio, sabes que eres mi consejero en muchos asuntos y que
respeto tu buen juicio, porque eres capaz de evitar que tus razonamientos
políticos se vean condicionados por tus preferencias religiosas. Así, en
ocasiones me ayudas a tomar la decisión que considero apropiada. Pero las
razones que me mueven a convocar este concilio ecuménico universal
amigo Osio, son de carácter político y no religiosas. Mi obligación es
velar por el futuro del Imperio romano.
—Pero Augusto, lo que no entendí bien es esa intención que
manifestasteis de establecer las bases del cristianismo, ya que estas
existen y son conocidas desde que Jesucristo vivió e impartió sus
enseñanzas a sus apóstoles, que las difundieron por medio mundo.
—Osio, te tengo por una persona inteligente, independientemente de
la fidelidad que tengas a tu secta y al dogmatismo de sus principios, jamás
demostrados. Y como tal persona inteligente que creo que eres, sabes
perfectamente que los pilares en los que se asienta el cristianismo son
pilares de paja, por no decir totalmente inexistentes
—Pero Augusto…
El emperador no le dejó seguir y, aún sin verle, me lo imaginaba
alzando una mano para que Osio se callara.
—Como sabes, durante los últimos meses Eusebio se ha encargado de
ir trayéndonos todos los escritos originales cristianos o relacionados con
lo cristiano desde los orígenes del cristianismo.
—Entonces, sí habéis leído los escritos de los primeros padres de la
Iglesia y los Evangelios.
—Espera un momento, Osio, voy a pedirle al escriba que traiga las
notas que he ido haciendo a lo largo de la lectura de vuestros textos y
escritos.
Al oír al emperador, no supe qué hacer: coger las notas a las que se
refería, con lo cual estaría dando a entender que había estado escuchando
la conversación, o no cogerlas, con lo que, siendo evidente como era que
tenía que haber escuchado la conversación, sería una falta de respeto.
Pero no me dio demasiado tiempo a decidirme, ya que el emperador
decidió por mí cuando, unos momentos después dirigiéndose a mí por mi
nombre, dijo:
—Lisandro, toma todas las notas que te he ido dictando cada vez que
escuchamos un texto cristiano y ven conmigo.
Rápidamente, hice acopio de la considerable cantidad de notas y seguí
las grandes zancadas de Constantino hasta que llegó a una pequeña mesa
junto al triclinium en la habitación de al lado, donde se había sentado ya
Osio de Córdoba. Tras pedirme que depositara las notas en la mesa y
sentarse delante de ellas, el emperador me dijo:
—Espera junto a la puerta por si necesito que interpretes alguna de las
notas.
Osio y él estaban sentados frente a frente. Constantino, con sus dos
grandes manos, esparció los documentos y notas por toda la mesa antes de
empezar a hablar.
—Amigo Osio, me gustaría que me contestaras una pregunta
importante. Para vosotros, los cristianos, la figura de Jesucristo es la
figura central y la que representa los valores fundamentales de vuestra
religión ¿Es correcto?
—Sí, así es. La figura de Jesucristo como hijo de Dios en la tierra.
—Y todo lo que sabéis sobre Jesucristo, es lo que dicen vuestros
textos sagrados. ¿Correcto?
—Sí, sí, claro.
—Bien, tú sabes que es normal conocer la vida y los hechos de
personas famosas del pasado gracias a los relatos de los historiadores,
escritos de los filósofos, diatribas de los políticos, odas y epopeyas de los
poetas, relaciones de datos de los escribas del imperio, y, en definitiva,
multitud de documentos en los que se reflejan los acontecimientos
sociales por las distintas administraciones, satrapías, regiones. Las
personas que por una u otra razón han sido famosas en una época,
generalmente han conseguido que se hable de ellas en los distintas capas
de la sociedad: el pueblo, los patricios, los políticos.
Entrecerrando ligeramente los ojos, Osio contestó con cierto recelo:
—Sí, sí, pero, ¿adónde queréis llegar, Augusto?
—No sé si sabes que mientras Eusebio recorría Oriente y parte de
Occidente en busca de todos los textos cristianos, aquí, en palacio, se ha
habilitado una sala de estudio en la que ha habido un grupo de diez
jurisconsultos y sus ayudantes, buscando y leyendo durante varios meses
todos los textos de historiadores romanos, griegos, orientales, escritos de
los filósofos, discursos de los políticos, laudatios[47] de los poetas,
compilaciones de los escribas del imperio, normas, decretos y órdenes de
los funcionarios del gobierno, escritos durante casi sesenta años. Desde
diez años antes del supuesto nacimiento de vuestro Jesucristo hasta
cincuenta años después de su supuesta muerte. Te puedes imaginar que la
labor ha sido ciclópea, pero era necesario hacerla antes de llegar a
conclusiones erróneas.
Osio no abró la boca que, sin embargo, torció en un rictus nervioso,
por lo que el Emperador siguió hablando:
—Y, de hecho, amigo Osio, no hemos encontrado absolutamente
ninguna mención de vuestro Jesucristo, ni del nombre Jeshua, que es como
se diría en hebreo Jesucristo. No hemos encontrado nada en registros de
nacimientos. Ni tampoco aparece entrada alguna en los censos de
ciudadanos, que vuestros propios libros sagrados mencionan y que se
hicieron durante su vida, que se pueda relacionar con Jeshua, hijo de José
y María, y mucho menos con el nombre Jesucristo. Tampoco hay
transcripción alguna de su supuesto juicio ante el entonces gobernador
Poncio Pilatos y, como tú sabes, nosotros los romanos dejamos constancia
de todo, sobre todo lo oficial, y en especial lo judicial.
No sé si lo sabes, pero existen miles de documentos de todo tipo de la
época. En ninguno de estos documentos hemos encontrado nada
relacionado ni de lejos con la persona de Jesucristo o el nombre Jeshua.
Simplemente, no existen referencias a su persona de clase alguna. Todo
esto, amigo Osio, sólo nos puede llevar a una conclusión lógica: Jesucristo
no existió.
—Disculpadme, Augusto, pero ¿habéis tenido en cuenta la damnatio
memoriae[48] ?
—Admiro la agilidad de tu respuesta, Osio, pero ¿te das cuenta del
absurdo que propones? La damnatio memoriae siempre se ha utilizado
para hacer desaparecer de los romanos la memoria de un emperador, por
haberlo considerado tras su muerte como un enemigo del estado. Nada que
ver con pobres judíos montados en burro.
Perdida la compostura y claramente excitado, Osio, incorporándose en
su asiento, intentó controlarse sin conseguirlo y con el rostro encendido, y
manoteando al aire, contestó:
—Nuestros textos sagrados dicen todo lo que los cristianos
necesitamos saber sobre Jesucristo. Son innumerables las ocasiones en las
que lo mencionan. No cabe ninguna duda de su existencia y así lo ratifican
nuestros…
Con un gesto más enérgico esta vez, Constantino paró de nuevo a
Osio, diciendo:
—Osio, Osio, ¿no te parece que los escritos cristianos tienen muy
poco valor probatorio, por no decir ninguno? Que nunca han sido
acreditados o autenticados por su coincidencia con escritos de cualquier
otro autor no cristiano. Un puñado de textos escritos por los miembros de
la secta cristiana, ensalzando la vida de su fundador, frente a miles de
textos de veracidad comprobada en los que no se menciona absolutamente
nada de vuestro Jesucristo. ¿Qué valor te crees que tienen? Y en vuestros
escritos, los primeros que hablan de la existencia de Jesucristo han sido
redactados de forma totalmente idealizada por los propios cristianos más
de cincuenta años después de su supuesta muerte. Ni siquiera las cartas
escritas por ese santo vuestro, San Pablo, dan ningún dato biográfico sobre
vuestro Jesucristo, como si rehuyera hablar de su infancia, familia y vida.
—Augusto, no puedo convenceros de algo de lo que con pena oigo ya
habéis concluido que es falso. Para los cristianos la figura de Jesucristo es
la base de nuestras creencias y no tenemos duda alguna de su existencia.
Nuestra fe es absoluta.
—Querido amigo, ni te aflijas ni te equivoques. Lo que hoy estamos
hablando aquí, de aquí no va a salir. Lo único que pretendía con toda la
exposición que te he hecho era explicarte por qué se va a convocar ese
concilio ecuménico universal. Hablando con sinceridad entre los dos y
como hombre inteligente en que te tengo, aunque no lo reconozcas, estarás
conmigo en que la existencia de Jesucristo tiene todos los visos de ser
simplemente una invención por parte de San Pablo y del resto de los
primeros cristianos, que quisieron, usando como base la Biblia judía crear
la idea de un mesías para así crear la religión definitiva. Siempre es buena
esa idea por la expectación que entre los ignorantes genera. Pero eso a mí
no me preocupa ni me importa. Lo que ahora tenemos que hacer es crear
una imagen de Jesucristo a la que podamos divinizar para poder estar
como mínimo a la altura de los dioses personificados de la cultura griega y
romana. Tenemos que darle unas cualidades a ese Jesucristo que sólo un
dios puede tener. Debemos dejar en la medida de lo posible en el olvido
sus cualidades humanas para destacar las divinas. Y, por otro lado, vamos
a convertir en cristianos aquellos mitos de la tradición romana u otras que
estén muy arraigados en la población, para facilitar el tránsito hacia el
cristianismo de la misma. Con todo lo que te estoy explicando y algunos
detalles que me reservo, y constituyéndome yo en el Pontifex Máximus[49] ,
conseguiremos dar a la religión cristiana el empuje definitivo que necesita
para convertirse la religión universal. Eso es lo que vamos hacer en el
concilio ecuménico universal de Nicea.

[47] Elogio, elegía, panegírico.

[48] Era una calificación que el Senado romano daba a la memoria de un emperador que se
hubiera considerado tras su muerte como un enemigo del estado. Se hacía desaparecer su nombre
de todos los monumentos, monedas, documentos…

[49] Sumo pontífice. Literalmente, el máximo constructor de puentes entre los dioses y los
hombres.
30. Epifanía
Carretera Estambul-Iznik. 21 de julio de 2016.
Tras ver cómo sus hombres no habían sido capaces de detener el
todoterreno en el que iban los chicos, Alffredo les gritó:
—Venga, subid rápido y vamos tras ellos.
Uno de los soldados, un verdadero gigante, se quedó sin saber qué
hacer cuando vio que Alffredo subió a la parte de atrás de una de las
motos. El sacerdote le dijo señalando unos peñascos:
—Baja la colina por el otro lado y sólo tendrás que andar un kilómetro
en paralelo a la carretera para llegar a la excavación.
Las dos motos, con dos pasajeros cada una, bajaron la colina pegando
saltos por las irregularidades del terreno, bajo la mirada del soldado que
habían dejado atrás, que empezó a escalar el peñasco a toda velocidad.
*********************
Una vez que Basir hubo dado la vuelta al coche, mientras intentaba
inútilmente contener la hemorragia de su costado izquierdo, con la mano
derecha tomó la palanca de cambios y empezó a pasar de una velocidad a
otra, sobrerrevolucionando el coche para tomar el impulso necesario. En
unos segundos había llegado a la velocidad adecuada y ya pudo vislumbrar
en la lejanía a las dos motos que se acercaban a toda velocidad. A medida
que se iban acercando, Basir se dio cuenta de que posiblemente no podría
hacer nada para parar a las motos, ya que estaban llegando a una zona en la
que la pendiente al lado de la carretera era muy poco pronunciada a uno de
los lados, con lo que las motos solamente tendrían que salir de la carretera
e ir campo a través y le pasarían de largo. Efectivamente, cuando estaban a
punto de llegar a la misma altura, las dos motos salieron de la carretera y
rodaron de forma perpendicular a la misma a unos 100 metros para
recuperar la dirección otra vez, pero en paralelo.
Basir hizo una maniobra brusca intentando girar 90°, pero la inercia
del coche unida al desnivel con el que se encontró al salirse de la carretera
hizo que el coche volcara y empezara a dar vueltas de campana que se
hicieron interminables hasta que llegó a pararse. Entonces, muy
lentamente empezó a ser recorrido por una lengua de fuego, hasta que tras
una pequeña explosión, una gran llamarada lo envolvió.
*********************
Desde que bajaron del coche, Mark y Emy cogidos de la mano habían
empezado a correr todo lo que les permitía el irregular terreno que les
separaba del pequeño macizo rocoso al que querían llegar. Héctor y Rudy
les seguían a unos metros.
Menos de tres minutos después, casi sin aliento, estaban llegando a las
primeras rocas. Rudy se volvió para ver como las dos motos de los Milites
Dei estaba llegando al punto de la carretera por el que tendrían que entrar
campo a través para intentar pillarles. Aceleró su paso y se puso delante de
todos diciéndoles:
—Venga, chicos. Tenemos que subir cuanto antes a las rocas para
ponernos fuera de su alcance.
Las dos motos acababan de salir desde la carretera e iban acercándose
dando botes por el terreno pedregoso que les separaba de las rocas. Apenas
podían acelerar por la irregularidad del terreno, que les obligaba a ir
mucho más despacio de lo que querían. A los pocos segundos, Alffredo
levantó la mano al tiempo que gritaba a su conductor:
— !Parad, parad y dad la vuelta!
Entre el ruido de los motores y ruedas, y envueltos en una nube de
polvo, mientras frenaban y giraban 180°, Alffredo dijo a sus hombres:
—No nos interesa perseguirles hasta las rocas. Para cuando
lleguemos, ya no estarán a tiro y lo que no vamos hacer es perseguirles a
pie. Al otro lado de esas rocas, a menos de quinientos metros está la
excavación de Héctor Deverís. Si vamos por la carretera, tardaremos
mucho menos que ellos en llegar allí, así que en marcha.
Una estela de humo y ruido fue lo único que quedó en el árido
pedregal mientras las motos se alejaban.
*********************
Jadeantes por el esfuerzo después de casi 10 minutos trepando por las
rocas, llegaron a lo que se podría llamar la cima que, en definitiva, no era
más que la parte más alta del roquedal. Inclinándose hacia delante con las
manos en las rodillas, Rudy esperó a recuperarse durante casi medio
minuto, para sacar después su móvil conectado con el sistema Iridium go
satelital.
Unos segundos después de haber presionado el tono de llamada, oyó la
voz al otro lado:
—¿Cómo va todo por allí? ¿Habéis llegado ya a la excavación?
Rudy, cuya respiración se iba normalizando, intentando controlar la
voz contestó:
—Estamos muy cerca, Rickhart, pero han matado a Basir.
—Estos tipos están locos, el fanatismo les ha hecho perder la cabeza.
Tomo el próximo avión a Roma y voy a intentar hablar con el cardenal Ilic
Signorile. Tenemos que parar a los Milites Dei como sea.
—Nosotros tardaremos una media hora en llegar a la excavación, pero
los Milites Dei llegarán antes que nosotros.
—Adnan está allí con sus hombres. Avísale.
—Lo he intentado, pero no contesta.

Swankid, que estaba solo en su despacho, no pudo reprimir su furia y,


al tiempo que daba una patada a su mesa, gritó sin que nadie le oyera:
—Al final, éstos mierdas se nos van a adelantar.
De repente, se quedó mirando al vacío y después de unos segundos en
silencio, sintió como una epifanía, que le erizó el cabello de la nuca
mientras le hacía lanzar al aire una pregunta que no esperaba contestación:
—¿Y no será que… están buscando exactamente lo mismo que yo
llevo tantos años intentando encontrar?
31. Arrio
Año 325 d. C. Nicaea.
—Disculpad mi ignorancia, Augusto, pero ¿con qué excusa vamos a
convocar ese concilio ecuménico? Sin duda, no habrá escapado a vuestra
astuta previsión la necesidad de una razón de peso para poder convocar a
todos los obispos de la Iglesia de las distintas partes del mundo.
Un atisbo de sonrisa asomó a los labios de Constantino cuando
contestó:
—Precisamente tus compañeros cristianos Arrio y Alejandro, el
obispo de Alejandría, nos han dado el motivo ideal con esa pequeña
discusión sobre cuestiones banales que tienen entre ellos y que, sin
embargo, tanta polvareda ha levantado entre vosotros.
Con claras muestras de sentirse ofendido, Osio contestó:
—Mi sentimiento de buen cristiano me obliga a desdeciros, Augusto.
Ni mucho menos es una cuestión banal la que enfrenta las dos corrientes.
El hereje Arrio se atreve a decir que Jesucristo no es de la misma sustancia
que Dios.
—Bueno, bueno, Osio. Aparte de lo ridículo de la discusión, los dos
sabemos que Jesucristo ni siquiera existió, por lo que lo de la sustancia
poco interés puede tener. En definitiva, y en lo que nos concierne, con ello
nos han dado la justificación ideal para poder convocar el concilio.
Haciendo una seña, me hizo acercarme:
—Lisandro, lee en alta voz la carta que te he dictado para que sea
enviada a todos los obispos cristianos.
Rápidamente encontré la tablilla donde tenía escrita la carta, que leí:
—«Como sabéis, queridos amigos, no hay nada más importante para
el Imperio romano que el orden del Imperio y la religión de sus súbditos.
Es, por ello, que hemos decidido convocar un concilio de todos los obispos
de la cristiandad en la ciudad de Nicaea en Bitinia, por un lado porque de
esta manera facilitaremos la llegada de los obispos de Italia y de otras
partes de Europa y, además, porque es de un clima agradable. Pero, sobre
todo, porque quiero estar cerca de vosotros y poder tomar parte en el
trabajo y las decisiones del concilio. Yo, Constantino, vuestro emperador,
por ello informo a todos los obispos cristianos, que espero que vengáis a la
ciudad de Nicaea atendiendo a mi petición. Consideradlo una obligación
de vuestro puesto, por lo que debéis empezar vuestro viaje con la mayor
urgencia».
Así fue como unos días después de las Kalendas Martias[50] salieron
en todas las direcciones del Imperio los mensajeros para convocar a todos
los obispos al concilio ordenado por el Pontifex Maximus, en que
Constantino se había erigido. El emperador, a fin de demostrar su interés
en la celebración del concilio, y ello a pesar de ser una cuestión
exclusivamente religiosa, anunció que el Estado pagaría todos los gastos,
poniendo incluso al servicio de los obispos la posta imperial para que
pudieran viajar más rápida y cómodamente.
A partir de las nonae Iunia[51] , la encantadora ciudad de Nicaea a
orillas del lago Ascanio, empezó a recibir la llegada de múltiples
comitivas de todo el Imperio. Los más distinguidos ministros del dios
cristiano fueron llegando por oleadas: sirios y cilicios, fenicios y árabes,
tebanos y libios, tracios y macedonios. El obispo de Roma, por su edad, se
disculpó enviando a dos presbíteros, pero llegaron incluso obispos de
zonas no pertenecientes al imperio como Armenia y Persia. Contamos un
total de 318 obispos.
La expectación en la ciudad no era solamente entre los cristianos,
entre los que era lógico que la hubiera, sino también entre los filósofos
paganos que, llenos de inquietud intelectual, buscaban reunirse con los
obispos cristianos para debatir acerca de la bondad de una u otra religión.
—Tuve la posibilidad de presenciar una discusión con bastante
público entre un conocido filósofo griego radicalmente contrario al
cristianismo y Eustorgio, el obispo de Mediolanum. Tras intentar el obispo
cristiano inútilmente desmontar durante horas los argumentos
perfectamente razonados del filósofo pagano, y ante la imposibilidad de
conseguirlo, concluyó diciendo: «Jesucristo y sus apóstoles no nos
concedieron el arte de la dialéctica, ya que consideraron que era más que
suficiente la doctrina que nos enseñaron, basada en la fe absoluta. La
conclusión a la que todos los presentes paganos o cristianos llegamos fue
la misma: la doctrina cristiana no podía ser objeto de prueba por
deducción lógica, sólo podía ser objeto de fe ciega.

Unos días después de la reunión que Osio de Córdoba mantuvo con


Constantino ya habían llegado prácticamente todos los obispos que iban a
asistir al concilio en Nicea.
Osio necesitaba tener una conversación privada con los obispos más
importantes de la cristiandad para poder explicarles la situación real en la
que se encontraban. Así, convocó a Alejandro, obispo de Alejandría; a
Eustacio de Antioquía; a los dos presbíteros, que habían venido en nombre
del obispo de Roma; a Macario, obispo de Jerusalén e, incluso, a quien yo
tanto odiaba, Eusebio de Nicomedia.
Se reunieron en la casa en la que Osio se alojaba y todo lo que allí
aconteció me fue referido por Casio, uno de los servidores de Osio,
realmente un esclavo que actuaba como su escriba.
Cuando estuvieron todos reunidos, Osio les fue dando a entender
cómo se encontraban probablemente ante el momento más importante de
la historia del cristianismo y cómo si actuaban con inteligencia y
diplomacia, sentarían unas bases que serían inamovibles a lo largo de los
tiempos.
Éste podía ser el momento en que pudieran instaurar al cristianismo
de forma definitiva como la única y verdadera religión en todo el mundo.
Si dejaban a Constantino establecer esas bases del cristianismo que quería,
tendrían el apoyo del Imperio romano y por ende tendrían el de todo el
mundo.
Con cierta reticencia, Osio tuvo que revelarles la pragmática postura
de Constantino generada de ese análisis, que había mandado hacer a sus
jurisconsultos y escribas, de todos los textos no cristianos de la época en
que se suponía que vivió Jesucristo.
Eusebio con la voz un tanto cascada se puso de pie y dio un bastonazo
en el suelo, mientras intentaba gritar:
—Ese pagano no se atreverá a poner en duda la existencia de nuestro
señor, ¿no?
Macario, obispo al que todos respetaban, le puso la mano en el brazo,
indicándole que se sentara, mientras Osio terminaba con su exposición
—Pues sí, Eusebio. A la conclusión a la que el emperador a través de
sus jurisconsultos, escribas, y todo un conjunto de fuentes de información,
ha llegado después de estudiar con detenimiento todos los textos no
cristianos coetáneos y posteriores a la existencia de Jesucristo, es que éste
no existió. Según su obcecado razonamiento, si no se menciona
absolutamente nada de Jesús en ningún texto verificable objetivamente, no
pudo existir.
Tras las encendidas protestas iniciales de todos los obispos, Osio,
levantando las manos para intentar apaciguar los ánimos, les pidió:
—Hermanos en Cristo, os pido que reflexionéis. Nuestra fe hace que
veamos como un sacrilegio las manifestaciones del emperador
Constantino, pero él no es cristiano y, por lo tanto, no puede cometer ese
pecado. Sin embargo, si dejamos la fe de un lado y nos limitamos
exclusivamente a los hechos probados históricamente, quizá hayamos de
admitir que tiene una parte de razón.
Los excitados obispos siguieron murmurando, pero más calmados y
Osio continuó:
—Esta oportunidad, que sin duda nos envía nuestro Señor,
probablemente no se nos vuelva a presentar. Pensad en la parábola de los
talentos. Si no aprovechamos esta ocasión, aunque tengamos que
plegarnos a las condiciones del emperador, es muy posible que el
cristianismo se acabe diluyendo como las demás religiones que ha habido
hasta ahora. Sabemos que Constantino sigue rindiendo culto al Deus Sol
Invictus[52] , pero no con demasiado entusiasmo, es demasiado pragmático
para eso.
Sin embargo, hay una razón fundamental por la que está apoyando al
cristianismo: nos quiere utilizar. Si consigue unir a todas las corrientes
cristianas en una sola, eso le va a servir para su propósito real, que es el
proyecto de unificación imperial. El cree que es más fácil de manejar una
sola religión que un número infinito de pequeñas sectas y religiones.
Intervino entonces Alejandro, obispo de Alejandría:
—Pero entonces, si quiere apoyar el cristianismo, tiene que entender
que debe respetar y obedecer nuestros principios doctrinales y artículos de
fe y, por supuesto, entre ellos la existencia de Jesucristo como la base y
fundamento de nuestra religión.
—Queridos hermanos, pensad que al emperador le apasiona la vida
material, pero la espiritual que caracteriza al cristianismo no le interesa,
por estar convencido de que el fundamento y la base de nuestras creencias
es falso. Pero lo mejor es que él estaría dispuesto a admitir públicamente
su firme creencia en la religión cristiana, siempre y cuando aceptemos los
principios que él considera deben ser el fundamento de nuestra religión.
Intervino de nuevo Alejandro:
—Pero esto es ir en contra de la palabra del Señor…
—Gracias, hermano Alejandro, pero el señor quería que fuéramos
pastores y posiblemente ayudemos mucho más a los millones de fieles que
en el futuro serán cristianos, si aceptamos el impulso que Constantino le
puede dar a nuestra religión, aunque sea ello a costa de modificar más o
menos profundamente los principios de nuestra fe. Con el paso del tiempo
todo se diluye y podremos cambiar la historia.
[50] 1 de marzo.

[51] El cinco de junio.

[52] El invencible Dios Sol.


32. Todos al suelo
El Vaticano, 21 de julio de 2016.
El vuelo desde el aeropuerto de Gatwick hasta el de Fiumicino había
sido completamente puntual, ya que duró menos de tres horas. El taxi le
dejó en menos de media hora en el Vaticano, donde fue recibido por el
ayudante del cardenal que le condujo a un despacho amueblado con buen
gusto, pero con escaso presupuesto. El profesor Rickhart Swankid
esperaba, escuchando de fondo un adagio que no acababa de identificar, la
llegada del cardenal, que más había tenido que luchar, para no ser
expulsado del Vaticano por el sector conservador de la curia romana.
Al oír abrirse la puerta, se levantó y anduvo al encuentro de la afable
figura que con una sonrisa, que sabía sincera, le extendía su regordeta,
pero muy fuerte mano, mientras decía:
—Querido amigo, Rickhart. Es un verdadero placer volver a verte.
—Amigo Ilic, te puedo asegurar que el placer es mío y ya sabes que
entrar en el Vaticano siempre me produce un cierto rechazo.
—Sí, pero cuando ves La Pietá o los frescos de Miguel Ángel se te
pasa todo, ¿o no?
El profesor no pudo evitar sonreír. Ilic le conocía bien. Rickhart tenía
casi alergia a los aspectos religiosos del Vaticano, pero el arte era otra
cosa. Solamente imaginarse que de un bloque de mármol pueda salir algo
como La Pietá, era simplemente algo tan increíble que estaba por encima
de cualquier discusión.
—Ilic, amigo mío, está claro que me conoces bien.
—Sentémonos, nos van a traer un poco de té.
Independientemente de las evidentes posturas irreconciliables de la
filosofía áurea con cualquier visión religiosa, en medio se encontraba la
filosofía de la sensatez, que daba a cada persona el valor que le
correspondía por sus actos como ser humano para sí y para los demás. El
caso que ilustraba lo dicho era el del cardenal Ilic Signorile, que
precisamente por ser defensor a ultranza de la teología de la liberación, tan
contraria a la radical visión del papa anterior, Josef Ratzinger, estuvo en
un par de ocasiones a punto de ser expulsado de la Iglesia.
El nombramiento del nuevo papa Santiago, que como un huracán de
viento fresco había irrumpido en las obsoletas y caducas instituciones de
la curia romana, habían permitido a Ilic dar rienda suelta a una visión de la
Iglesia mucho más acorde con el siglo XXI, basando la teología en el
análisis tanto de las ciencias sociales como de la teoría económica y
social.
Ilic se había ganado el respeto internacional, aún a costa de ser muy
mal visto por los conservadores círculos vaticanos, cuando durante la
limpieza étnica que tuvo lugar con la matanza de Srebrenica, consiguió
salvar a centenares de musulmanes bosnios ayudándoles personalmente a
cruzar la frontera. Eso para Swankid era la verdadera liturgia[53] y por eso
siempre lo respetaría. Mientras tomaban un té verde aromatizado con
frutos del bosque, Rickhart explicó a Ilic lo que estaba sucediendo en la
excavación de Deverís en Turquía. Tras escucharle, Ilic contestó:
—Sí, no es la primera vez que nos hablan de esos Milites Dei, que
consideran que esa supuesta representación que se arrogan de Dios, les
faculta para realizar cualquier acto. Como tú sabes Rickhart, los Milites
Dei fue un grupúsculo que se creó en torno a los años 50 de la mano del
movimiento ultracatólico italiano los Focolares. Los límites de sus
objetivos ya en sus inicios eran suficientemente difusos como para que
nadie supiera exactamente cuál era su función, lo cual lógicamente
utilizaron algunos desaprensivos para realizar actos de extrema violencia,
que como tú comprenderás nunca tuvieron la sanción favorable del
Vaticano. Pero la facción originaria de los Milites Dei, prácticamente se
diluyó en el tiempo por su incongruencia y falta de sentido. Y lo que tú
hoy llamas los Milites Dei puedo asegurarte, que ya no existen y si
existieran serían denunciados por el Vaticano.
En ese momento sonó el teléfono e Ilic habló durante un par de
minutos con su interlocutor. Tras colgar, y con una gran sonrisa dijo:
—Vamos, Rickhart. La verdad es que no me lo esperaba, pero le he
dicho al santo padre que estabas aquí y te va a recibir un momento.
Un tanto extrañado por lo poco habitual que era que el papa recibiera
a alguien si no tenía una cita concertada desde tiempo atrás, Swankid
siguió a Ilic, que agarrándole del brazo tiraba de él hacia la puerta.
Durante unos minutos anduvieron por unos pasillos que se hacían
interminables, hasta que llegaron a una puerta que, quien debía ser ayuda
de cámara del papa mantenía abierta con un gesto que podía ser o no una
sonrisa. Al entrar, vieron al papa, que con paso vivo se acercaba a ellos. El
profesor Swankid, completamente ajeno e indiferente al protocolo que
reinaba en el Vaticano, extendió la mano para saludarle mientras mirando
a los ojos del papa Santiago decía:
—Es un placer conocerle.
El papa con una franca sonrisa y ante el desconcierto de su ayuda de
cámara devolvió el saludo:
—El placer es mío, profesor Swankid. Aunque tengamos diferencias
irreconciliables, no por eso he dejado de leer sus libros. Cuando me he
enterado que estaba en el Vaticano, no he querido perder la oportunidad de
charlar con usted. Sentémonos.
Mientras lo decía señalaba una mesa de madera grande, pero austera
colocada encima de una alfombra que ocupaba la parte más ancha del
despacho. Una vez sentados en unos bonitos sillones blancos, el papa se
dirigió a su ayuda de cámara y a los dos sacerdotes que estaban junto a la
puerta
—Si no les importa, cierren la puerta al salir y esperen ustedes fuera
unos minutos. Gracias.
Una vez que se cerró la puerta tras salir un tanto extrañados quienes
siempre estaban en el despacho papal, el papa inclinó los ojos durante
unos segundos para después levantarlos y mirar fijamente al profesor
Swankid.
—Me ha explicado Ilic la razón de su visita y quiero confirmarle
personalmente que todo lo que haya podido oír sobre la existencia de esos
que se dicen llamar Milites Dei en la actualidad, no tiene absolutamente
nada que ver con la Santa Sede y cualquier actuación, que persona o
personas utilizando ese título tan rimbombante estén realizando, lo están
haciendo completamente al margen del Vaticano.
Levantó la mano para indicar a Swankid, que pretendía intervenir, que
le dejara terminar.
—De hecho, acabo de dar la orden para que el padre Alffredo Denese
se presente inmediatamente ante la comisión disciplinaria del clero, que
ha sido convocada con carácter de urgencia para mañana por la mañana
exclusivamente para analizar su comportamiento. Le puedo asegurar que
en el momento que haya la más mínima prueba de una actuación impropia
por su parte, nos veremos en la triste obligación de expulsar al padre
Denese y a cuantos hayan colaborado con él del Vaticano, y si
consideramos que se hubieran podido producir responsabilidades de
carácter criminal, informaríamos inmediatamente a los Carabinieri para
que tomen las riendas de la investigación criminal. Igualmente, hemos
pedido a Enzo, el capitán de la guardia suiza, que motu proprio se ha
desplazado a Estambul con cuatro guardias sin nuestra autorización, que se
presente inmediatamente en el Vaticano para dar explicaciones. Mucho me
temo que hay un grupo de personas que operando desde dentro del
Vaticano se han dado a sí mismos ese nombre tan peliculero de Milites
Dei, para intentar dar a entender de alguna manera que se trata de un grupo
promovido por la Santa Sede, cuando lo único que pretenden en realidad es
llevar a cabo actos que buscan exclusivamente el enriquecimiento
pecuniario personal y que, en absoluto, tienen nada que ver con aspecto
religioso alguno y lógicamente mucho menos con el Vaticano.
El profesor Swankid no reaccionó durante unos segundos, ya que no se
había esperado una exposición tan directa por parte del Papa. No podía
haber sido más claro: toda esa historia de los Milites Dei no era más que la
tapadera de un negocio millonario. Cuando, tras reflexionar, pensó que no
tenía nada más que preguntar y se iba a levantar, el Papa le hizo una seña
para que permaneciera sentado.
—Sé que a usted no voy a convencerle de la bondad de la Iglesia, pero
al menos espero convencerle de que en la Iglesia hay bastante más bondad
que maldad.
Cuando unos minutos después Ilic despedía a su amigo, el profesor
Swankid, que se volvía al aeropuerto, Agustín, uno de los sacerdotes que
había estado en el despacho papal y que había oído todo lo que se había
dicho dentro por su auricular conectado a un micro escondido en un jarrón
de porcelana dentro del despacho, marcó el teléfono de su compañero y
amigo Alffredo Denese y le explicó todo lo que había pasado.
*********************
El parsimonioso ritmo de trabajo de los trabajadores de la excavación,
que se movían con esa cansina cadencia del que trabaja a desgana, fue
interrumpido por el ruido de las dos enormes motos que, derrapando,
pasaron por delante de los coches aparcados a la entrada, para así meterse
en el centro justo de la excavación. Antes incluso de parar la motocicleta,
Alffredo Denese, furioso tras oír el mensaje de Agustín desde el Vaticano,
pistola en mano, ya se había bajado de la misma y estaba gritando
instrucciones a sus hombres:
—Reunid a todos los trabajadores en la tienda de campaña más grande
que haya y cerradla completamente por los cuatro costados. Que dejen
fuera los móviles y cualquier tipo de herramienta. Al que se resista,
pegadle un tiro en una pierna.
Hamil, el encargado, que no había atendido a la llamada de los recién
llegados, intentando no ser visto fue gateando hasta la tienda grande,
pegada a la colina.
Blandiendo su Sig Sauer, Alffredo entró en tromba en la tienda donde
estaban apelotonados los trabajadores, y apuntando a uno a la cabeza le
gritó:
—¿Dónde cojones está el encargado de la excavación?
Un hombre joven, que no parecía un trabajador, avanzó y se puso
delante de Alffredo diciendo:
—Soy un representante del gobierno turco. Le aconsejo que tire esa
pistola inmediatamente y…
No pudo decir más. Sin dudarlo, Alffredo levantó la pistola y le
disparó casi a bocajarro. Antes de caer al suelo, ya estaba muerto. Se hizo
un silencio absoluto y ante la cara de idiotas de los trabajadores turcos,
Alffredo, a quien haber matado a un hombre parecía haberle tranquilizado,
gritó a sus hombres:
—Buscadle.
*********************
— ¡No hay nada!
Cuando Adnan se agachó junto al joven técnico, este le señaló una
zona en la roca diciendo:
—Mira, este trozo ha sido reconstruido recientemente. El color es
distinto al resto de la arenisca alrededor. Gracias al rayo de luz, lo hemos
visto claro y al pasar el escáner hemos detectado un hueco. Lo hemos
abierto, pero está vacío.
*********************
Quedando sólo por registrar la tienda principal, Alffredo entró en ella
seguido por sus hombres. Inmediatamente, se dio cuenta de que al fondo
de la tienda, en la parte pegada a la montaña, había un aparatoso colgajo
de plumas indias y abalorios, cuya presencia no tenía mucho sentido allí.
Lo retiró y vio una pestaña de tela que de arriba abajo ocultaba una
cremallera.
Al abrirla, se dio de bruces con una especie de macizo de espinos, que
en el primer momento le echó para atrás. Pero, enseguida, se dio cuenta de
que se veía una especie de camino hecho, claramente, de pasar muchas
veces a través de los espinos.
Al enorme Udo, que acababa de llegar corriendo y sudoroso a la
excavación, le dieron la orden de quedarse fuera vigilando a los
trabajadores, mientras los demás siguieron a Alffredo por el túnel.
Linterna en una mano, y pistola en la otra, llegaron a la sala central de la
gruta y vieron allí cuatro tipos arrodillados, al lado de una parte de la
pared de la cueva. Sin duda, eran los áureos. Alffredo se lanzó hacia ellos
gritando:
—¡Todos al suelo!
[53] En su significado griego original: servicio al pueblo.
33. Otra entrada
Año 325 d. C. Nicaea
El emperador había ordenado que se habilitara una sala en palacio,
suficientemente grande para que los obispos pudieran tener sus reuniones.
Cada uno de los miembros de la cúpula cristiana se fue
reuniendo con los obispos que no habían asistido a la reunión con Osio,
para explicarles la importancia de lo que iba a acontecer en el concilio de
Nicea y las condiciones que el emperador Constantino exigía, que se
cumplieran, a fin de apoyar plenamente el cristianismo e incluso hacerse
cristiano.
Sin embargo, entre los obispos cristianos, algo que reforzó mi visión
sobre la imposibilidad de que ésta fuera la religión verdadera, fueron las
denuncias de toda clase que por escrito muchos de ellos presentaron ante
Constantino. En ellas acusaban a sus compañeros de fe, desde delitos
contra natura[54] , a delitos de asociación con los enemigos del Imperio
romano, delatándolos como intrigantes políticos al servicio de Licinio, el
que fue el mayor enemigo del emperador. También se acusaban con
bastante libertad los unos a los otros de herejía.
Constantino, sin embargo, no dio ningún valor a todas estas
acusaciones y de hecho, en una de las reuniones que tuvieron lugar en
palacio con un número considerable de obispos, pidió a uno de sus
ayudantes que trajeran un brasero con carbones ardiendo y sacándose de
los faldones de su capa todas las denuncias que se habían hecho entre sí
los obispos, las tiró al brasero declarando bajo juramento no haber leído ni
una sola de ellas. Mientras tanto y hasta que llegara el momento de
comenzar el concilio, yo no tenía apenas trabajo que hacer y el maestro de
escribas nos permitió que saliéramos de la ciudad a buscar papiro junto al
lago.
Hacía unos días que había oído una conversación entre dos cristianos
que hacían referencia a un túnel que había sido construido casi un siglo
antes durante el período más cruento de las persecuciones de cristianos, y
que llevaba precisamente a una cueva.
O mucho me equivocaba, o se trataba de la misma cueva donde yo
había escondido en el viaje anterior el Crismón sagrado. Pero tenía que
asegurarme, ya que no sabía si la cueva estaba siendo visitada
habitualmente por gente en la actualidad o no. No tenía mucho sentido que
así fuera, ya que hacía tiempo que habían cesado todo tipo de
persecuciones a los cristianos. De todas formas y siguiendo las
instrucciones que escuché en la conversación entre los cristianos, después
de buscar un par de horas encontré el punto de entrada al túnel, distinto al
que yo había utilizado, y que estaba a no más de diez stadia[55] de la
ciudad.
La entrada estaba prácticamente tapada por toda clase de maleza y me
llevó un buen rato atravesarla sin destruirla, ya que quería evitar por todos
los medios dejar una apertura visible. El camino hasta la cueva por esta
entrada era bastante más largo que el que había utilizado la otra vez y,
cuando se llegaba a la gruta, se hacía por el punto opuesto al que había
entrado en otras ocasiones. Satisfecho con mi conocimiento de las dos
entradas a la cueva, volví hasta la ribera del lago para recoger las hojas de
papiro.
Tenía en mente volver al terminar el concilio y esconder en la gruta
una collectio[56] de pergaminos, en la que redactaría todo el acontecer de
mi pobre vida desde que fui hecho esclavo.
Tenía un gran interés en dejar constancia de todo lo relacionado con el
nacimiento del cristianismo tal y como realmente estaba siendo
organizado por el emperador Constantino, siguiendo estrictamente sus
planes políticos, en los que el aspecto religioso era claramente un
elemento secundario. Probablemente, nadie leería mis escritos nunca, pero
si la providencia quería que alguien los encontrara, el que los leyera sabría
la verdad sobre los muros de falsedad sobre los que estaba asentada la
secta cristiana.
Ese interés llegó a convertirse en una obsesión y siendo consciente de
ello, a veces me preguntaba la razón. Quizás fuera el haber oído a Osio de
Córdoba y a otros predicar tantas veces de las bondades del Cristianismo,
y luego sufrir que uno de sus obispos me convirtiera en su esclavo sexual,
y por el otro escuchar personalmente todo lo que escuché sobre la falsedad
de sus orígenes. Había algo en mi interior que me obligaba a hacer lo
único que podía: dejar testimonio de lo que viví y oí en la forma que sabía,
escribiéndolo.

[54] Sodomía, homosexualidad.


[55] 185,12 metros.

[56] Recopilación, colección.


34. Instituto Wiseman
Iznik (Turquía), 21 de julio de 2016.
Rudy y Héctor llevaban ya casi cinco minutos observando desde el
risco en silencio todo lo que no estaba pasando en la excavación. No se oía
ni un solo ruido, no había ningún trabajador a la vista, no se veía al
inspector del gobierno turco. La situación no podía ser más sospechosa. En
esas condiciones, estaba claro que no iban a bajar. Ya iba Rudy a darse la
vuelta para decirle a Mark y a Emy que se marchaban, cuando Héctor vio a
la derecha de las tiendas de campaña que alguien les hacía señas. Como le
daba el sol de cara, miró inseguro hasta que, cerrando ligeramente los ojos
mientras hacía visera con las manos, pudo enfocar debidamente y se dio
cuenta de que era Hamil, el encargado de la excavación que les hacía
señas, indicándoles que bajaran. Inmediatamente, dijo a los demás
mientras empezó a descender:
—Es Hamil, nos está diciendo que nos acerquemos adonde él está.
Venga, vamos.
Para poder llegar a donde estaba Hamil necesariamente tenían que
pasar por delante de la tienda comedor. Pasaron todos menos Emy, que se
quedó rezagada unos segundos mientras se ataba el cordón de su deportiva.
De repente, soltó un grito al ver una gran mancha de sangre a la entrada de
la tienda. Casi al mismo tiempo, como salida de la nada, sintió una mano
enorme que envolvió prácticamente todo su hombro derecho y parte de la
espalda presionando con una fuerza que la dejó como en suspensión un par
de segundos, hasta que reaccionó intentando volverse sin conseguirlo:
—Pero, ¿quién mierdas…?
Al oírla, Mark fue el primero en volverse. Después lo hicieron Rudy y
Héctor. Lo que vieron les dejó a todos paralizados: una especie de gigante
de cerca de 2 metros de altura y unos 130 o 140 kilos tenía atrapada en su
enorme mano a Emy mientras con la otra mano apuntaba con una pistola,
que parecía lanzar destellos por efecto del sol, a Mark. Era sin duda uno de
los Milites Dei. Antes de que pudieran reaccionar, dijo:
—Pelirroja, esa no es la forma de hablar para una chica guapa como
tú. A partir de ahora vas a estar calladita y vosotros —dijo señalando a los
demás— vais a estar siempre a un metro por delante de mí y no se os
ocurra hacer ninguna estupidez.
Rudy, desde unos metros adelante, le increpó:
—No seas idiota, muchacho, deja a la chica, tira la pistola y márchate.
La policía está a punto de llegar
El gigantón, tras lanzar una carcajada, dijo:
—Buen intento. Tú, —dijo dirigiéndose a Hamil que estaba agachado
detrás de la esquina de una de las tiendas— sal de ahí y llévanos donde
está Alffredo y los otros. Ya os advierto, que el que se sienta un héroe, se
lo piense dos veces.
Unos minutos después cuando llegaron a la sala central de la cueva,
vieron un grupo de jóvenes, tumbados en el suelo boca abajo y los Milites
Dei armados y apuntándoles. Al ver llegar a la comitiva con Udo al final
pistolón en mano llevando a Emy por el hombro, Alffredo Denese sonrió
abiertamente. Acercándose a los recién llegados, mientras volvía la cabeza
hacia atrás dirigiéndose a sus soldados:
—Y vosotros decíais que Udo era un idiota, pues hasta ahora es el
único que ha demostrado tener lo que hace falta.
Señalando con el dedo a Rudy, Hamil, Mark y Héctor, y sonriendo al
planear anticipadamente lo que pensaba hacer con todos ellos, les dijo:
—Sabéis perfectamente qué es lo que quiero. Dádmelo y nos
marcharemos de aquí como si no hubiera pasado nada. Alguno de los
presentes sabe exactamente dónde está lo que quiero y me lo va decir. Por
si teníais alguna duda de mi interés, podéis preguntarle al inspector del
gobierno, aunque dudo que os conteste. Si no me lo entregáis, dentro de un
minuto mataré al primero de vosotros. Un minuto después, mataré a otro.
Y así hasta que se me acaben las balas o me quede sin blancos.
Mark avanzó un paso hacia Alffredo y dos de los Milites Dei,
apuntaron sus armas hacia él:
—No sois más que cuatro psicópatas cobardes pistola en mano. No
tenéis cojones para…
—Gracias por ahorrarme el trabajo de decidir quién va a ser el
primero.
—Eso no será necesario.
Al oír aquellas palabras cuyo grave tono fue multiplicado por el eco
de la cueva, todos se quedaron durante unos segundos paralizados en
silencio intentando localizar su origen, mientras el sonido todavía
reverberaba en el aire. Toda la cueva estaba en penumbra y las únicas luces
que permitían distinguir algunas partes de la misma eran las linternas de
los Milites Dei, que como grandes luciérnagas inquietas, no paraban de
moverse intentando detectar la procedencia de la voz que había quedado
después en silencio.
Entonces, todos vieron cómo apareció una pequeña luz en el extremo
opuesto de la gruta que empezó a avanzar hacia ellos hasta que Alffredo,
levantando su pistola, lanzó un grito:
—¡Identifícate o disparo!
Sin hacer mucho caso a la advertencia, la luz pareció seguir
caminando sola hacia ellos, hasta que se escuchó una fuerte detonación.
Alffredo había disparado al aire.
El eco natural de la cueva hizo que el sonido se repitiera, hasta que
acabó despareciendo, momento en el que se oyó de nuevo la voz, ya casi
en el centro de la cueva.
—Soy Fidel Pareo.
Mark de un salto pasó por delante de Alffredo, apartándolo con el
brazo sin darle tiempo a reaccionar, y se fundió en un abrazo con su tío.
Emocionados, permanecieron abrazados hasta que oyeron la voz de Emy,
al otro lado de la cueva y todavía sujeta por el gigantón:
—¿Y mi padre? ¿Dónde está mi padre?
Soltándose del abrazo de su sobrino, Fidel contestó con voz alta:
—No os preocupéis, está perfectamente.
Avanzando hasta ponerse a su lado y mirándole desde su mayor altura,
Alffredo se dirigió a Fidel:
—Que sepas, Fidel, que desde el primer momento no me creí lo del
incendio. Me importa poco lo que habéis hecho, si tenéis lo que hemos
venido a buscar. ¿Dónde está? –Tras volver la cara hacia Udo, que estaba
en la entrada del túnel a la sala, se volvió de nuevo hacia Fidel –Y, ¿por
dónde demonios habéis entrado?
Algo más relajado, Fidel explicó:
—Leyendo con Héctor un texto de principios del siglo IV,
encontramos una mención a un túnel por el que se decía que los cristianos
se escapaban de la ciudad de Nicea durante las últimas persecuciones de
los cristianos, y la verdad que fue totalmente por accidente que lo
descubrimos. Por ahí he entrado.
—Bien, bien ¿Qué es lo que habéis encontrado? ¿Dónde está?
Mirando fijamente a los ojos de Alffredo durante unos segundos, con
cierta tristeza Fidel contestó:
—Hemos encontrado en un maravilloso estado de conservación, un
códice que en hojas rectangulares de pergamino relata todos los hechos y
detalles de cómo tuvo realmente lugar el nacimiento del cristianismo.
Todo fue transcrito por un escriba de Constantino, que fue un testigo
excepcional de todo lo ocurrido en la corte de Constantino y en especial de
todo lo acontecido en el Concilio de Nicea.
Claramente excitado, Alffredo continuó:
—Y, ¿qué más? ¿Qué más habéis encontrado?
—Nada más, eso es lo único que hemos encontrado.
—No me gusta que me tomen por idiota y sé que hay algo más, de
hecho sé exactamente lo que es, pero de momento, ¿dónde está el
pergamino?
—El códice está en Rehovot, en Israel.
—¿En Israel? ¿Dónde, en el Instituto Wiseman?
—Sí, era el más cercano en el que había un espectrómetro acelerador
de masas, que nos permitiera establecer de forma totalmente exacta la
datación del códice. Héctor lo ha llevado allí.
—Bueno, pues lo tienes fácil. Si te vas ahora mismo para Estambul,
puedes estar en Israel dentro de unas 4 o 5 horas y el Instituto Wiseman no
está a más de 30 minutos del aeropuerto Ben Gurión. Lo que te voy a decir
querido y resucitado padre Fidel, no admite discusión de ninguna clase:
mañana a esta misma hora estaré esperándote aquí para que me entregues
el códice. En garantía de que vas a cumplir lo que estoy pidiendo, me llevo
a la joven hija de Héctor.
A pesar de la pistola que tenía apuntándole, Mark avanzó hacia
Alffredo empezando a gritar:
—No, no, no, me quedo yo contigo, pero a ella…
No lo vio llegar. Un soldado que tenía a la espalda, le dio un fuerte
culatazo en la cabeza con la pistola, que le hizo tambalearse, para acabar
cayendo en el suelo, semiinconsciente. Desde la entrada de la cueva, Emy
intentaba desasirse de la manaza de Udo y gritaba primero a Alffredo y
después a su guardián:
—¡Cobarde de mierda! ¡Suéltame, gigante subnormal!
Intentó volverse con rabia, pero era materialmente imposible luchar
con una montaña de músculos como Udo.
Héctor, sintiéndose completamente impotente, miró a Marc en el
suelo, que ya empezaba a recuperarse del golpe, y luego a Emy. Dándose
cuenta de que no podía hacer nada, se dirigió a Fidel:
—Fidel, yo me voy contigo a Israel. Vámonos cuanto antes.
Alffredo, mientras daba ligeras cabezadas afirmativas, dijo
dirigiéndose a Fidel:
—Bien dicho, mañana nos encontraremos aquí de nuevo a las 18:00.
No tengo que explicarte las consecuencias de que no estés aquí mañana a
esa hora y lógicamente con el códice.
Emy sonrió a Mark, que todavía atontado se quedó mirándola durante
unos segundos. Cuando empezó a sacudir la cabeza hacia los lados y a
levantarse, lo único que pudo ya ver de ella era al gigantesco soldado que
se la llevó agarrada del hombro como si fuera una niña pequeña, seguidos
por los otros Milites Dei y Alffredo cerrando filas.
Fidel, que se había detenido un momento para observar la pantalla de
su móvil, sonrió y lo cerró. Rudy, al verle con el móvil, se le acercó y le
pidió:
—Fidel, ¿tienes cobertura aquí dentro? ¿Te importa dejármelo un
momento? Tengo que hacer una llamada urgente y el mío se lo han llevado
esos tipejos.
Alejándose de los demás unos metros, Rudy explicó a Swankid, que se
encontraba en el Vaticano, en menos de un minuto la situación. Tuvo que
andar rápido para devolver el teléfono a Fidel, que ya había empezado a
moverse seguido por todos hacia la parte del túnel por la que había hecho
su aparición. A los pocos metros, Fidel les hizo una señal para que se
pararan y guardaran silencio. En voz baja, les dijo:
—Vamos a quedarnos aquí unos minutos hasta que estemos
completamente seguros de que los Milites Dei se han marchado.
Héctor extrañado le preguntó:
—¿Pero, para qué? Vámonos directamente al aeropuerto.
—Tranquilo, Héctor, no hace falta que vayamos al aeropuerto, porque
no vamos a volar a Israel. Tu padre me ha acaba de mandar un mensaje y
está a punto de coger un vuelo de vuelta a Estambul.
—¡Hostia, genial! Pero, ¿para qué nos hemos parado aquí?
—Seguidme.
Fidel ya estaba andando de vuelta a la gruta. Se agachó junto a una
pequeña cavidad natural en uno de los lados del túnel y metiendo la mano,
sacó un maletín de herramientas. Los otros le siguieron. Antes de la
entrada a la gruta, apagando su linterna, se asomó, diciendo:
—Venga, que ya se han ido.
Cuando entraron en la gran sala vieron que Hamil venía por el
extremo opuesto diciendo en voz alta:
—Ya se han marchado. Se han llevado vuestro todoterreno y las
motos. También se han llevado las llaves del coche, del funcionario del
gobierno, aunque a él ya no le van a hacer falta.
Rudy se adelantó y dijo:
—Llévame hasta el coche. Yo lo puedo arrancar.
35. Sol Invictus
Nicaea Iunius 325 d. C.
Constantino pidió a Osio que emplazara a todos los obispos para la
celebración de la primera sesión del concilio de Nicea el ante diem
novenus calendas Iulius[57] del año 325. En ese mismo día tenía lugar el
solsticio de verano. La elección del día no era de extrañar, ya que
Constantino seguía profesando culto al Sol Invictus[58] y por ello quería
celebrar el concilio en ese, el que era considerado el día más largo del año,
que anunciaba el principio del verano.
Todos los obispos, incluso acompañados en algunos casos por sus
ayudantes, fueron entrando lentamente en procesión. Iban vestidos con
extraños mantos de lana u otros materiales en los que, en su parte central,
habían practicado agujeros para poder pasar la cabeza. Estaban adornados
en su parte delantera con cruces, peces, y otros símbolos cristianos,
bordados con esmero. Desfilaron por la impresionante sala central del
palacio imperial, escoltados por sirvientes que el emperador había puesto
a su servicio. Se habían preparado varias filas de asientos a cada uno de
los lados de la sala central para que todos pudieran tener un asiento digno
y pudieran observar y participar en el concilio en una, al menos en
apariencia, igualdad de condiciones.
Un grupo de seis escribas estábamos colocados en un altillo situado en
la parte central de la sala, justamente enfrente del enorme sillón forrado de
terciopelo con reflejos dorados que había sido habilitado para el
emperador.
Una vez todos los obispos estuvieron sentados, el encargado de la
organización y el protocolo hizo una seña a uno de los soldados que
estaban en la puerta y empezó a entrar la comitiva del emperador
Constantino. En primer lugar, fueron entrando por su orden de rango los
distintos oficiales principales y, finalmente, todos los que estaban sentados
se pusieron en pie para recibir la radiante figura del emperador.
Este, vestido como venía con un ropaje de brillo áureo, parecía la
manifestación terrenal del Sol Invictus. Su majestuosidad era innegable, a
lo que ayudaba claramente su altura, que estaba muy por encima de la
media. Portaba su impresionante físico con la arrogancia de saberse el
blanco de todas las miradas.
Aumentaban aún más esa sensación de magnificencia, el brillo del oro
y las piedras preciosas que adornaban su capa de color rojo intenso, casi
púrpura.
Cuando llegó al punto central del salón, justamente enfrente de donde
nosotros estábamos disfrutando del espectáculo, se quedó de pie junto a su
sillón y miró a Osio.
Osio de Córdoba no iba a actuar en el Concilio como obispo de su
demarcación territorial, sino que se iba a hacer cargo de la presidencia de
las sesiones del Concilio.
Cuando el emperador le miró, automáticamente levantó los brazos y
haciéndolos descender lentamente ordenó a todos los que estuvieran de pie
que se fueran sentando, de forma que pudieran hacerlo simultáneamente
con el emperador que había querido tener esa deferencia para con ellos.
Los rostros de muchos de los prelados denotaban una cierta inquietud
cuando empezaron a sentarse, mientras observaban de forma un tanto
subrepticia a Constantino. Era, por otro lado, comprensible esta actitud
teniendo en cuenta que algunos por su edad habían sido objeto de las
persecuciones en tiempos no muy lejanos, por lo que verse de repente en la
magnífica sala central del palacio imperial como invitados de excepción,
era algo difícilmente conciliable con la posición que hasta hacía muy poco
habían tenido.
Pero, en aquel momento, todos tenían sus miradas puestas en
Constantino, el emperador que estaba dispuesto a cambiar la historia del
cristianismo convirtiéndolo en la religión más importante del mundo
conocido.
Tras unos momentos, se hizo el silencio absoluto, y el emperador,
levantándose solemnemente, se dirigió a todos los presentes. Empezó su
discurso en latín para que todos entendieran que debido a la importancia
de la ocasión, se iba a utilizar el idioma oficial del Imperio romano.
Con la fuerte voz que le caracterizaba, invadió el silencio de la sala,
lanzando sin embargo un mensaje de amistad a los presentes, que terminó
con las siguientes palabras:
«No admitiré ninguna división o desunión dentro de la iglesia del
Dios supremo, ya que a los dos nos parece abominable que se pueda
producir escisión de clase alguna dentro de nuestra iglesia, ya que esas
disensiones internas podrían acabar produciendo algún tipo de alteración
en el orden del Imperio romano, orden que les es sagrado a los dioses.
Os pido, por tanto, que vuestra generosidad e inteligencia haga que
olvidéis esas causas de pequeñas diferencias entre vosotros y que
eliminéis de raíz esas actitudes que pueden llevar a la confusión a los
ciudadanos del Imperio, que van a aceptar la religión del Dios supremo
como la única y verdadera, y a mí como su Pontifex Maximus. Si así lo
hacéis, estaréis sirviendo al Dios supremo y a mí.»
Como buen político que era y siguiendo la planificación que en los
días previos del concilio había hecho con Osio, dejó a partir de ese
momento que los obispos empezaran a discutir entre ellos. Tomó la
palabra mi odiado Eusebio, que pretendía defender las posiciones de Arrio,
que estaba muy cerca de ser declarado hereje por ser contrario a admitir la
divinidad de Jesucristo. Nada más hacer su exposición inicial, hubo una
reacción virulenta por la mayor parte de los presentes y varios obispos al
grito de «blasfemia, mentira, herejía» se acercaron al ya anciano Eusebio y
uno de ellos le arrancó los papeles del discurso, en señal de su rechazo
absoluto.
No queriendo intervenir Constantino ni Osio, dejaron que siguieran en
sus acaloradas intervenciones los obispos de las distintas facciones en
varias de las sesiones del concilio, que tuvieron lugar hasta que llegaron a
acordar lo que se llamó a partir de entonces el Credo Niceno[59] .
En una de las últimas sesiones del concilio, Osio explicó con detalle a
los presentes toda una serie de cánones, que iban a constituir la columna
vertebral del cristianismo a partir de entonces. Todos ellos habían sido
producto de las reflexiones de Constantino sobre cómo instaurar la
religión cristiana en el Imperio, sin que ello pudiera producir un rechazo
por parte de los ciudadanos del mismo. La mayoría de los obispos eran
completamente contrarios al establecimiento de estos cánones que sabían
tenían su origen exclusivo en los deseos políticos de Constantino y no en
lo que ellos consideraban las raíces del cristianismo. Pero la aceptación de
los mismos formaba parte de las negociaciones, que habían tenido lugar
entre la cúpula de representación de los obispos y Constantino, desde la
llegada de aquellos a Nicea.
Desde la perspectiva de los obispos, era preferible plegarse a los
deseos del emperador y estaban dispuestos a sacrificar lo que hiciera falta
para conseguir que el cristianismo se convirtiera en la religión del
Imperio.
El emperador, en su discurso final antes de entrar en la materia de los
cánones, quiso dejar sentada la base fundamental del cristianismo a partir
de entonces, dotando a la figura de Jesucristo de una divinidad como Dios
que hasta entonces no había tenido. Constantino sabía que la única forma
de convencer a los ciudadanos del Imperio para que adoraran a un dios, era
que éste actuara y realizara actos de tal, como milagros imposibles de ser
concebidos de la mano de un humano.
Constantino ya había acordado con la cúpula de obispos y con Osio
que se iba a redactar una nueva Biblia, cuyas directrices serían las
impulsadas por el presente concilio, y las humildes ideas que él y su
equipo de jurisconsultos iban a aportar para conseguir que la implantación
de la religión cristiana tuviera un carácter universal, y no plantease ningún
problema en su progresiva aceptación por parte de los ciudadanos del
Imperio.
En uno de sus últimos discursos en el Concilio, dijo Constantino:
«Una vez superadas esas pequeñas diferencias entre vosotros, me
complace en el corazón poder decir que nuestras mentes y espíritus están
unidos en el consenso acerca de la divinidad de Jesucristo, que no sólo fue
hombre, sino que fue Dios y lo demostró a lo largo de su vida con actos
milagrosos que sólo a los dioses les son dados.
Pequeños detalles que, sin embargo, son importantes y que creemos
deben ser cambiados son, entre otros, la fecha de celebración del
nacimiento de nuestro Dios.
Al ser esa fecha totalmente ignorada, por no existir ni escrito ni
testimonio veraz que la mencione, la debemos hoy determinar. Creo, de
corazón, que no existe mejor fecha para considerarla como la del
nacimiento del Dios de nuestra religión, que el solsticio de invierno[60] , es
decir, la fecha en la que el sol nace de nuevo todos los años.»
Ni sobre este cambio ni sobre los siguientes que propuso hubo
comentario alguno por parte de los obispos, que parecían prestar con su
silencio aquiescencia a todo lo dicho por el emperador.

[57] El noveno día anterior al primero de julio.

[58] El invencible Dios Sol.


[59] Declaración de contenido de los principios de la fe cristiana, unificando criterios de
interpretación.

[60] La fecha en la que se consideraba que nacía el Sol Invictus, justo después de la semana de
fiestas de la Saturnalia. En el año 45 a.C. el calendario juliano fijó el 25 de diciembre como la
fecha del solsticio de invierno
36. El pergamino
Cueva de los sísifos. Excavación, 21 de julio de
2016.
Mientras Hamil y Rudy iban en dirección a la salida, Fidel aceleró el
paso y en silencio atravesó la cueva, seguido por Héctor y Mark, hasta el
punto donde habían encontrado el códice, depositando allí la maleta de
herramientas. Ante la interrogante mirada de los dos jóvenes, Fidel se
sentó en uno de los bancos tallados en la arenisca, pidiéndoles que se
sentaran a su lado y empezó a contarles:
—Cuando llegamos a Estambul después de nuestra fingida muerte, lo
primero que hicimos fue venir a sacar el códice de su escondite. Después
nos metimos en una habitación de un hotel a las afueras de Iznik durante
un par de días, para intentar leer todo su contenido. No fue fácil, ya que el
pergamino se había contraído ligeramente desde que Héctor lo hubiera
humidificado y, por otro lado, el tipo de escritura scriptio continua era
difícil de leer. Es una forma de escritura clásica de la época romana tardía,
en la que no había ninguna separación entre las palabras. Simplemente se
escribía todo seguido y, para mayor complicación, no se utilizaba ningún
signo de puntuación. Leer esta forma de escritura es lento y laborioso.
Estuvimos casi dos días enteros con sus correspondientes noches
transcribiendo con ayuda de la grabadora y el portátil el contenido del
códice.
—¿Y bien?
Con una sonrisa por la impaciencia de Héctor, Fidel continuó:
—El valor histórico que los escritos de Lisandro tienen es
inestimable, ya que supondrán una visión del origen del cristianismo que
puede tener unas consecuencias de un impacto imprevisible. Pero casi al
final del códice, en las dos últimas páginas, por puro accidente y debido
quizás a mi afición que Mark conoce bien por los códigos, mensajes
ocultos y, en definitiva, todo lo que rodea a la esteganografía, me di cuenta
de que se repetía cierto patrón y de las primeras letras de las líneas
impares, como si de un acróstico se tratara, surgió una frase que decía
Videte sub terra, o sea, «mirad abajo hacia la tierra».
Ahora fue Mark el que levantándose de un salto, dijo:
—Pues no esperemos más, y vamos a buscar lo que sea que haya
enterrado.
Unos quince minutos después habían sacado de debajo de donde se
encontró el pergamino, un bloque del tamaño de un atlas grande de
geografía, que tenía dos placas de mármol superpuestas con una
separación entre ellas de unos 12 o 15 centímetros que, sin embargo,
formaban prácticamente un solo cuerpo, estando unidas por todos sus
bordes con una capa similar a la que tenía la vasija que contenía el códice.
Posiblemente era también resina y cal ya oscurecida por la oxidación, pero
que había sido profusamente colocada para evitar la entrada de la más
mínima cantidad de aire entre las dos placas de mármol.
Mientras Héctor y Fidel se quedaron en la tienda, martillo y cincel en
mano, intentando desvelar el segundo secreto del escriba, Mark, Rudy y
Hamil se fueron a buscar a Héctor padre al aeropuerto.
*********************
Cuando el cardenal Ilic se disponía, como era su costumbre, a repasar
la agenda de la semana para asegurarse de que no había ningún imprevisto
y que todo estaba bajo control, extrañado, escuchó el comienzo del Canon
de Pachelbel. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era de su móvil,
al que había cambiado el tono de llamada hacía un par de días, y como no
le había llamado nadie últimamente, no se había acordado del cambio.
Sacó con prisa el móvil antes de que se cortara la llamada y contestó:
—Pronto.
—Ilic, soy Swankid. Rudy Overson, uno de mis colaboradores, se
encuentra en la excavación de Héctor Deverís. El que dice ser
representante del Vaticano, Alffredo Denese, junto con Enzo, el capitán de
la guardia suiza y un par de guardias más se han llevado a la hija de Héctor
como rehén a punta de pistola y han matado al representante del gobierno
turco. Te llamo por el aprecio que te tengo, para evitar un escándalo al
Vaticano.
—Un rehén y un muerto, ¿por qué? ¿Qué es lo que han encontrado
exactamente?
—Según Rudy, parece ser que han encontrado un códice escrito por un
escriba del siglo IV, llamado Lisandro.
Durante unos segundos, Ilic se mantuvo en silencio al otro lado de la
línea como esperando que Swankid continuara con su descripción. Al no
hacerlo, este le preguntó:
—Bien y, ¿para qué quieren a la hija de Deverís?
—Los Milites Dei mañana a las 18:00 horas devolverán a la joven a
cambio del códice —sonriendo al otro lado de la línea, Swankid apostilló
— y mi deber es llamar a la policía, tú lo sabes.
—No, no, no hace falta. Como bien dices Rickhart, no podemos
permitirnos el lujo de que se relacione al Vaticano con ese demente de
Alffredo Denese, pero inevitablemente si va la policía, directamente detrás
llegará la prensa, con lo que te puedes imaginar lo que supondría para el
Vaticano, que te reitero no ha tenido absolutamente nada que ver con esa
barbaridad. Déjame que hable primero con un par de personas y
probablemente encontremos la forma de solucionar de manera interna esta
crisis, siendo nuestra prioridad lógicamente recuperar sana y salva a la
hija de Héctor Deverís. Te llamo o mando mensaje en unos 30 minutos.
—A mí no me queda más remedio que volverme a Londres, pero te
paso el contacto de Rudy Overson que está con el hijo de Héctor Deverís y
también le pasaré el tuyo a Rudy también para que estéis conectados.
—Amigo mío, déjalo, por favor, todo en mis manos.
Swankid respiró con satisfacción al colgar el teléfono. Había
conseguido que el Vaticano le allanara el camino. Ellos se ocuparían de los
Milites Dei.
Nada más colgar el teléfono, Ilic, arremangándose ligeramente la
sotana que le venía un poco larga, comenzó a andar a toda velocidad y,
unos segundos después, empezó a correr con zancadas patizambas de sus
fuertes piernas por el largo pasillo vaticano que le separaba de los
aposentos de Su Santidad.
A lo largo de su impropia carrera, pasó por delante de las extrañadas
miradas de varios sacerdotes y ya antes de llegar ligeramente jadeante a la
entrada del despacho papal, iba diciéndole en voz alta al asistente que
estaba en la puerta:
—Giovanni, diga por favor a Su Santidad que tengo que hablar con él
muy urgentemente.
Con un gesto que denotaba su incomodidad por la inobservancia del
más mínimo protocolo, Giovanni, a quien el cardenal Signorile no le caía
demasiado bien, entró y salió del despacho papal unos segundos después.
Abriendo la puerta para el cardenal y sin mirarle a los ojos le dijo:
—Su Santidad le recibirá ahora.
*********************
Después de haber recibido la llamada de su fiel Agustín desde el
Vaticano, no habían pasado ni dos minutos cuando Alffredo oyó el aviso
típico de mensaje en su móvil. La mueca de su boca reflejó el desprecio
rayano en odio con el que leyó el SMS que le acababa de llegar desde la
secretaría papal del Vaticano. Se quedó con el móvil en la mano mirando a
la pantalla, porque sabía que estaba a punto de recibir un segundo mensaje.
Efectivamente, no habían pasado ni quince segundos cuando, esta vez por
WhatsApp, recibió una escueta comunicación de su fiel secretario
Maranzano:
—«Lo saben todo. No volváis al Vaticano».
Antes de salir de la excavación, Alffredo hizo una seña a Enzo, el
capitán de la guardia Suiza, que iba a subir al todoterreno. Cuando estuvo
a su lado, le dijo en voz no muy alta:
—En el Vaticano lo saben todo. Me acaba de llamar Agustín. Ha
aparecido por allí Swankid, el líder de los áureos, y ha informado al Papa
de lo que estamos haciendo.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—Amigo mío, la única forma en la que podríamos volver al Vaticano
es presentando a los ultras de la curia algo tan importante para la
supervivencia del cristianismo ,y por ende del aparato de la Iglesia, que les
hiciera levantarse contra el papa Santiago y hacer lo que fuera necesario
para obligarle a abandonar el cargo. Estoy seguro de que estarían
dispuestos a justificar nuestros métodos. Y si me apuras, estoy convencido
de que no les importaría convertir nuestra ficción, los Milites Dei, en una
realidad.
—Mañana veremos qué es lo que dice el pergamino, porque como nos
hayamos equivocado...
—Ten un poco fe, Enzo, estoy seguro de que la clave, tanto para salvar
la cara ante la curia como para conseguir lo que llevamos tantos años
persiguiendo, está en el pergamino de Lisandro, el escriba. Anda, llama a
nuestro contacto en Estambul, a ver si nos puede conseguir
inmediatamente una casa en las afueras donde podamos esperar hasta
mañana.
*********************
Ilic al entrar se encontró al papa sentado en su mesa del despacho
desde donde le hizo señas para que se acercara y a los demás presentes
para que salieran de la habitación y cerraran la puerta.
—A ver, Ilic, ¿qué es eso tan urgente que tienes que decirme?
Ilic le explicó el contenido de la llamada del profesor Swankid,
dejando a Su Santidad unos segundos para reflexionar sobre el mismo.
—Lo primero que hay que solucionar es la liberación de esa joven y
poner bajo control inmediatamente a ese impresentable de Denese. Luego
nos plantearemos cómo le entregamos a las autoridades, pero ¿tú crees que
el códice podría ser el de Lisandro, que tenemos en mente?
—Santidad, sería demasiada coincidencia que no lo fuera. ¿No os
parece? Principios del siglo IV, Nicea….
El papa, con las manos unidas sobre su regazo, afirmaba ligeramente
con la cabeza hasta que paró e, incorporándose en su asiento, contestó:
—La mención de Eusebio, uno de nuestros más queridos padres de la
Iglesia, en su biografía es clara. Si realmente es el códice de Lisandro, el
problema no es solamente el códice en sí mismo, que ya lo es, pero si
consideramos fidedigno el relato de Eusebio y existe esa maravillosa joya,
que en su biografía decía le había sido robado por un escriba, que podría
incluso ser el mismo Lisandro, habrá mucha gente dispuesta a matar por
ella.
—No podemos permitir ni que el códice ni la joya caigan en las
manos equivocadas.
—Querido Signorile, tienes toda la razón. Creía que nunca más
tendríamos que recurrir a las habilidades que adquiriste en tu tormentoso
pasado, pero Dios parece que quiere que nos ayudes. Hace falta que reúnas
un grupo de guardias leales y partas mañana a primera hora hacia
Estambul. Como sea tienes que detener Alffredo Denese y a Enzo, y
liberar a la hija de Deverís. Luego estudiaremos la forma en la que se les
podría entregar a las autoridades turcas. No necesitamos más publicidad
que pueda llegar a dar una imagen equivocada del Vaticano.
37. Mitra
Año 325 d. C. Nicaea.
Para mí estaba muy clara la razón por la que Constantino había
establecido la fecha del solsticio de invierno como la del nacimiento del
Jesucristo cristiano, a pesar de que tanto él como sus jurisconsultos
estaban totalmente convencidos de que no había existido, por no haber
podido encontrar prueba alguna que lo demostrara.
Tanto esa fecha como todos los cánones o reglas que iban a regir el
cristianismo desde aquel momento y a lo largo de su historia tenían una
misión planeada con la astucia e inteligencia que siempre caracterizaron a
Constantino.
Dentro del ejército romano había un número muy importante de
soldados y oficiales que rendían culto a Mitra, al que otros adoraban como
el Sol invictus, culto del que Constantino era el sacerdote supremo. Pero
estos cultos estaban asimismo extendidos entre la población patricia que
venía practicándolos desde las primitivas curias romanas[61] .
Era necesario, para conseguir el fin último de la unificación del
Imperio, facilitar a los soldados y a los patricios el tránsito hacia la nueva
religión y la única manera para que no notaran diferencias insalvables
entre el cristianismo y el culto a Mitra era que las vieran como
prácticamente iguales, difiriendo únicamente en el nombre.
Y, de hecho, lo eran. Recuerdo perfectamente cómo en una taberna un
legionario explicaba a otro que quería hacerse seguidor de Mitra, los
principios de su religión, cuyos milenarios orígenes, según le contó, se
perdían en el tiempo, aunque se sabía que provenían de oriente.
Según Aureliano, que así se llamaba el legionario, Mitra había nacido
en el solsticio de Invierno, es decir, el 25 diciembre, según el calendario
juliano, en una oscura cueva, en la que los pastores que le encontraron
vieron en él a la divinidad personificada y empezaron a adorarle,
trayéndole humildes regalos que luego empequeñecerían los magus[62] al
traerle oro, incienso y mirra.
Según la doctrina mitraica, Mitra no era más que el representante en
la tierra del Dios supremo, Ahura Mazda, que le había enviado para que se
mezclara con los hombres y nos enseñara las verdades sobre él, el Dios
supremo. Otra prueba de la divinidad de Mitra era que su madre al parirle
no perdió la virginidad, ya que fue impregnada por el espíritu de Mitra.
Desde entonces, los seguidores de aquella antigua religión, llamaron a la
madre de Mitra la Virgen.
Para empezar a predicar la verdad de su padre, Mitra se rodeó de 12
discípulos, a cada uno de los cuales nombró con los signos astrológicos del
Zodíaco. En compañía de estos predicó su verdad y realizó toda clase de
milagros como resucitar a los muertos, sanar los enfermos, devolver la
visión a los ciegos e, incluso, sacar los demonios de las personas poseídas.
Así fue como Mitra consiguió el sobrenombre de el Buen Pastor.
Transcurridos tres días de su muerte, que tuvo lugar para purificar a
los hombres, Mitra resucitó y ascendió a los cielos para reunirse con su
padre Ahura Mazda, el Dios supremo.
No cabía duda alguna de que todas las leyendas cristianas, que
después sus teólogos dogmatizarían, no eran más que burdas copias de las
leyendas mitraicas.
El secreto del éxito del cristianismo estaba precisamente en esa
resurrección después de la muerte a la que todos los que hemos tenido una
vida poco agraciada aspiramos. Todos tenemos el deseo y la esperanza de
que después de la muerte haya algo mejor de lo que hemos sufrido en ésta
vida.
Por eso, todas las religiones han convertido en parte esencial de las
mismas la garantía a todos sus seguidores de esa resurrección. Siempre ha
sido así: la resurrección de Adonis en la primitiva Grecia, en la religión
egipcia, Osiris también muere y resucita a una vida mejor.
Los cristianos siguiendo exactamente con la misma idea, simplemente
han sustituido a Mitra que, tras resucitar, subió a los cielos para reunirse
con su padre, Ahura Mazda, por Jesucristo que, tras morir, resucitó y subió
a los cielos para reunirse con Dios, su padre. Pero mucho me temo que,
cuando yo muera, no voy a resucitar.
Recuerdo que cuando terminé de escuchar a Aureliano, explicándole
al otro legionario los secretos del culto a Mitra, no pude por menos que
reírme para adentro, pensando en la ignorancia de esos primeros cristianos
que estaban tan convencidos de la originalidad de las verdades, que les
habían contado los padres de la Iglesia, como algo distintivo y único de su
religión. Eran como borregos que siguen al pastor, hasta tal punto que
estaban incluso dispuestos a morir destrozados por las fieras en el circo,
por su religión, que en definitiva no era más que una torpe copia del culto
mitraico, que era como mínimo mil años más antiguo que el cristianismo.
Pocos días después de terminar el concilio, ya no quedaba casi
ninguno de los obispos que habían atendido al mismo, ya que habían
empezado el viaje de vuelta a sus respectivos lugares de origen. Todos
iban convencidos de que habían participado en el momento más decisivo
de la historia del cristianismo, ya que a partir de entonces ésta se
consideraría la religión oficial del Imperio romano.
Pero no sólo eso, sino que además se iban convencidos de que el
emperador Constantino había renunciado a sus creencias paganas y ya era
prácticamente cristiano. No podían estar más equivocados.
Yo podía atestiguarlo con certeza, ya que seguí trabajando en palacio
durante varios años, a lo largo de los cuales el emperador continuó siendo
sacerdote supremo del Sol Invictus y, como tal, practicando todos los ritos
que a su rango correspondían. Constantino siempre vio en el sol mucha
más manifestación de poder que en cualquier religión.
Sin embargo, como buen político que era, siempre que se hacía
necesario demostraba públicamente su favor hacia el cristianismo, pero si
así lo hacía, era porque razones más importantes que las religiosas se lo
exigían.

[61] Las tres tribus del siglo VII d. C., que ocuparon por primera vez las siete colinas de Roma.

[62] Integrantes de una tribu aposentada en Media (antigua zona del actual Irán), que dominaron
Israel, Palestina… desde el año 560 a. C hasta el 330 d. C.
38. Nada es lo que parece
Aeropuerto Atatürk (Estambul), 21 de julio de 2016.
Cuando llegaron al aeropuerto Atatürk, Mark se quedó paseando en
los alrededores del coche, mal aparcado casi al lado de las puertas del
terminal de salida, encogiéndose de hombros ante las airadas peticiones
del vigilante de aparcamiento turco para que moviera el coche.
Sólo unos minutos después aparecieron Rudy y Hamil acompañados
de un hombre de unos sesenta y tantos años, no muy alto, con el rostro
serio, pelo y bigote entre sal y pimienta y con la tez morena, típica de los
que trabajan al aire libre. Tras las presentaciones, emprendimos el viaje de
vuelta a Iznik. Yo me senté atrás con Héctor Deverís que con voz un tanto
quebrada, tras unos minutos en silencio sin mirarme, preguntó:
—No le irán a hacer algo a Emy esos bestias, ¿no?
Sus ojos casi implorantes necesitaban una respuesta que les
tranquilizara y, aunque yo tampoco estaba en absoluto tranquilo, se la di.
—No, lo único que quieren es el pergamino dichoso que habéis
encontrado.
Héctor se quedó en silencio asintiendo con la cabeza y unos segundos
después empezó a contarme cómo Emy, cuando no tenía más que cuatro
años, se había convertido en su hija:
—Lo recuerdo como si lo estuviera viendo. Estaba sentada en el
primer escalón que daba acceso al porche de la casa de unos compañeros
de trabajo de mis buenos amigos Samir y María Belrieve. Llevaba una
camiseta blanca que tenía impreso en grande el símbolo de la paz y un
pantaloncito corto azul. Tenía los codos sobre las rodillas y la cabeza
apoyada en las palmas de sus pequeñas manos. Ya desde entonces
mostraba carácter. Con su melenita roja que el aire no dejaba quieta y con
una mueca de enfado, no entendía por qué no habían vuelto sus papás a
recogerla. La verdad es que me costó mucho trabajo decirle sin que me
temblara la voz que sus padres habían salido de viaje urgentemente. Como
eran médicos, le dije que había unos niños que estaban malitos en otro
pueblo que estaba un poco lejos y habían tenido que salir a toda prisa para
poder ayudarles a que se curaran. Le expliqué que sus papás me habían
pedido que se viniese a mi casa a vivir con nosotros hasta que volvieran.
Aquello parece que le satisfizo lo suficiente como para levantar la cabeza.
Se puso en pie y con su pequeña mano agarró la mía. Nos fuimos a casa.
—¿Qué les pasó los padres?
—La población negra autóctona estaba en plena revolución
independentista y las acciones de violencia que provocaba la dinámica de
masas enfervorecidas se daban por todos los sitios. Mataron a más de 300
personas blancas. Absurdamente, entre ellas estaba todo el personal del
hospital.
—Bueno, y ¿cuál fue la reacción de Emy cuando vio que a los pocos
días sus padres no volvían?
—Como no nos quedó más remedio que salir huyendo del país en el
primer avión que pudimos tomar, se dieron las circunstancias óptimas para
poder minimizar ese impacto, ya que lo que le contamos es que sus papás
no podían volver de momento, porque se había cerrado el aeropuerto.
Aunque no muy convencida durante los primeros días, poco a poco como
el entorno que le procuramos fue el mejor posible y, además, se llevaba
bastante bien con mi hijo Héctor, porque ya habían jugado juntos muchas
veces, se fue adaptando. Pero aun así todas las mañanas y por las noches se
asomaba a la ventana del hall de entrada y se quedaba allí unos minutos,
mirando a la carretera. Ten en cuenta también la edad que tenía. A esa
edad el presente es prácticamente lo único que cuenta y los recuerdos son
parte poco importante de la vida de un niño de cuatro años, porque apenas
tiene. A medida que fue creciendo fue acordándose más de sus padres. Mi
mujer y yo intentamos ser los mejores padres que pudimos para ella.
Siempre fue como nuestra propia hija.
Me gustó que Héctor se hubiera abierto a mí de la manera que lo hizo
porque, por un lado, pude conocer un poco la historia de Emy y, por otro,
me dio la sensación de que había surgido un cierto feeling entre nosotros.
*********************
Ilic, de pie mirando a la pared, inclinó ligeramente la cabeza delante
del crucifijo que tenía detrás de la mesa de su despacho. De alguna
manera, quiso pedir perdón a Dios por la excitación que sentía ante la
misión que le había encomendado el santo padre. Reconocía que, como
hombre de Dios que era, este tipo de actividades no eran las más
recomendadas, pero no podía remediarlo y parecía que podía sentir la
sangre bailoteándole por todo el cuerpo. Acababa de organizar el equipo
con el que saldrían de madrugada: de los ocho hombres que había
seleccionado, todos habían pertenecido a las unidades de élite del ejército
suizo. Todos expertos tiradores y dos de ellos artificieros. Gracias a los
contactos que Ilic tenía del tiempo que estuvo metido de lleno en la guerra
serbocroata, ayudando a todo el que lo necesitara, había conseguido que
una vez aterrizaran en Turquía les proveyeran de armamento.
Posiblemente lo haría un comando medio perdido del PKK. Tendrían que
conducir unas cuantas horas hasta un pequeño pueblo a orillas del Mar de
Mármaris para recoger el material y poder volver después rápidamente
hacia Iznik.
*********************
Unos minutos antes de llegar, Rudy recibió una llamada de alguien
con el que estuvo hablando varios minutos. Cuando llegamos a la
excavación Héctor y Fidel estaban esperándonos a la entrada. Con tantas
prisas quiso bajar Héctor del coche que si no llega a ser por que su hijo
Héctor le paró por los hombros se habría caído de bruces. Tras tomar a su
padre por los hombros, y mirarle durante unos segundos, padre e hijo se
fundieron en un largo abrazo. Separándose lentamente, Héctor dijo a su
padre:
—Me alegro mucho de que estés vivo, papá, pero no por eso puedo
por menos de llamarte cabronazo. Lo que nos has hecho pasar no tiene
perdón.
El padre con una media sonrisa le contestó:
— No puedo decirte lo contrario. Tienes razón.
Dando unas palmadas, Fidel intervino.
—Bueno, chicos, por qué no nos vamos todos para la tienda principal.
Tenemos una sorpresa para ti Héctor, que estoy seguro que te va a parecer
increíble.
Tras decirle Hamil a todos los trabajadores de la excavación que se
marcharan a sus casas hasta nuevo aviso, sin más palabras todos se
dirigieron a la gran tienda que a lo largo de la excavación Héctor y su
familia habían utilizado siempre tanto para trabajar como para vivir.
Teniendo en cuenta que pasaban largas temporadas en ella, la tienda de
campaña por llamarle algo parecía más una pequeña casa que una tienda.
Por debajo de las dobles lonas que la cubrían en toda su superficie, las
paredes no eran de tela, sino de una especie de resina que tintada de color
madera desde lejos perfectamente podría confundirse con una cabaña de
madera. Dentro tenía cuatro pequeñas habitaciones y un salón grande
dividido en dos partes: una que se utilizaba para trabajar y otra que se
usaba como salón de estar y comedor.
Tenía también su propio cuarto de baño conectado a un enorme
depósito al que habían canalizado el agua de un arroyuelo cercano y una
fosa séptica. Mientras Mark abría la primera puerta de resina de las dos
que tenía la tienda, para intentar evitar que la invadiera el polvo que había
por todas las partes en la excavación, Héctor hijo se dirigió a Hamil:
—Si no te importa, comprueba que el generador esté lleno de gasoil.
Vamos a pasar aquí la noche. ¿Cómo estáis de comida?
—Sin problema. Trajeron la compra hace un par de días, así que la
cámara está casi llena. Hay comida para una semana.
Héctor padre, seguido de Fidel, Héctor hijo, Rudy y Mark en último
lugar, entraron directamente a la zona de trabajo. Mientras Héctor hijo
encendía un par de luces más, Fidel llevó del brazo a Héctor padre hasta
una mesa de trabajo que ocupaba todo el fondo de la pared. En el centro de
la mesa, rodeado de restos de algún mineral cálcico arenoso y varias
herramientas, justamente bajo los haces de luz blanca pura de la pantalla
LED se veía una especie de mochila o paquete con aspecto de ser de
alguna clase de piel o cuero muy envejecido que tendría aproximadamente
unos 50 centímetros de largo por un poco menos de ancho. Héctor dijo:
—Mira papá, hemos esperado a que llegaras para empezar a
desenvolver lo que hemos encontrado un poco por debajo de donde tú
encontraste el códice de Lisandro. Queríamos dejarte a ti el honor de
sacarlo a la luz del siglo XXI.
Héctor sonrió mientras preguntaba a Fidel sin esperar respuesta:
—Entonces, ¿teníamos razón y el mensaje no era una simple
casualidad?
—Tienes a la casualidad delante —contestó Fidel, señalando con las
dos manos.
Ligeramente encorvado sobre el paquete, Héctor lo examinó con
muchísimo cuidado levantándolo para ver cómo era por debajo. Mientras
lo hacía comentaba:
—Parece que en su día fueron pieles, posiblemente de cabra joven
impregnadas por fuera de aceite, para mantener un poco la humedad.
Lógicamente, el paso de cientos de años ha hecho que todo se secara, pero,
aun así, quienquiera que lo hiciera tuvo una magnífica idea para preservar
lo que sea que contenga. Lo primero que tendríamos que hacer es
introducir el paquete tal y como está en el humidificador y dejarlo durante
unas horas, hasta que la piel vaya adquiriendo la tersura suficiente para
poder ser desdoblada sin causar demasiado daño.
—Yo me encargo, ayúdame Mark —decía Héctor hijo mientras con
sumo cuidado tomaban el paquete y lo llevaban al otro extremo de la
habitación, donde estaba conectado el gran humidificador que utilizaban
habitualmente para darle el grado de humedad necesaria a las piezas para
poder exponerlas al aire.
Sentados alrededor de la mesa central, todos disfrutaron
inmediatamente después de la cena que Hamil y Rudy habían preparado:
tomates frescos, queso blanco y el sucuk[63] turco acompañado del pide,
una especie de tortas de pan. Todos miraban expectantes a Héctor padre,
sentado en la cabecera de la mesa, y a Fidel, que estaba a su lado. Después
de dar un sorbo a su vaso de té, Héctor empezó a hablar:
—Como sé que estaréis deseando que os contemos qué es lo que pasó,
no os vamos a hacer esperar más. Como ya os habrá contado Fidel,
transcribimos y leímos el código ininterrumpidamente durante dos días.
Hasta tal punto nos tenía fascinados la relación de hechos que Lisandro
hacía en su códice, que se nos olvidaba comer. Narraba con una precisión
casi quirúrgica y con todo lujo de detalles todos los acontecimientos
importantes que tuvieron lugar a lo largo de su vida como escriba bajo
distintos amos, figuras importantes del Imperio romano, pero sin duda
sería el trabajo que realizó para su último amo, el emperador Constantino
I, el que tiene una trascendencia histórica inigualable. Su narración de las
conversaciones de Constantino con Osio de Córdoba, y con otros de sus
consejeros políticos y padres de la incipiente iglesia, dejan claramente
expuesto cómo se “fabricó” la religión cristiana, tal y como la conocemos.
La única conclusión a la que se puede llegar tras leer el códice de Lisandro
es que la religión cristiana tal y como la conocemos actualmente fue una
creación total y absoluta de Constantino I, que lo único que buscaba era la
unificación política de su imperio.
Para ello, le venía como anillo al dedo una religión que pudiera ser
fácilmente manipulable debido a la necesidad de supervivencia que tenían
los cristianos, que tras haber sido sometidos a toda clase de persecuciones,
estaban dispuestos a aceptar cualquier cosa que se les propusiera para
normalizar su situación. No sé si ni siquiera sois capaces de imaginar las
consecuencias que podrían tener lugar si el códice de Lisandro se hiciera
público. Probablemente supondría la desaparición de la Iglesia tal y como
la conocemos. Si los fieles de medio mundo supieran que no hay ninguna
prueba de que Jesucristo existiera y que todos los dogmas de la Iglesia no
son más que vergonzosas copias del ideario de la religión mitraica, que era
más de mil años más antigua, ¿cómo reaccionarían? Muchos de ellos
tienen una vida llena de miseria y penurias, y la religión cristiana les ha
convencido de la existencia de una vida mejor después de ésta. La
desesperación en la que caería mucha gente simple que se agarra a sus
creencias como a un clavo ardiendo, podría tener consecuencias
apocalípticas.
Tras sus últimas palabras, una quietud pareció invadir la tienda y el
único ruido que se escuchaba era el del motor de gasoil del generador. Fue
Fidel quien rompió el silencio.
—Bien, ya sabéis el contenido del códice de Lisandro. Héctor y yo
llevamos hablando mucho tiempo sobre la conveniencia hacerlo público o
no.
Ante estas palabras, fue Rudy el que saltó sin poder evitarlo, incluso
elevando la voz:
—¿Cómo podéis hablar sobre la conveniencia o no de hacerlo
público? Si se demuestra que este códice es auténtico, estamos hablando
de datos históricos que tienen que ser conocidos por todo el mundo. No
podemos dejar que la gente continúe en la ignorancia y la falsedad de los
dogmas de la religión católica, ni de ninguna otra.
Héctor padre le hizo señas para que se tranquilizara, mientras
continuó:
—Sabía que en aquel momento no podía sacar el código de la
excavación. Debido a algunos malentendidos que habíamos tenido el año
anterior con el ministerio de antigüedades turco, estábamos sometidos a
una vigilancia bastante estrecha y el intentar sacar del país algo como el
códice de Lisandro, si te pillaban, podría suponer de diez a quince años en
una cárcel turca. Tampoco podía correr el riesgo de depositar el códice en
una caja de seguridad en un banco de Estambul. Mi nombre e imagen eran
relativamente conocidas, con lo que corría el riesgo de que se informara al
Ministerio de Antigüedades turco, con lo que inevitablemente acabaríamos
teniendo graves problemas. Yo tenía más que una amistad con el cónsul
francés en Estambul. De hecho, éramos bastante amigos desde jóvenes.
Por eso me hice de una pequeña caja de seguridad donde metí el códice
debidamente protegido y le pedí que me hiciera el favor de guardarla en su
caja fuerte hasta mi vuelta de España. Una vez que dejé el códice a salvo,
volví a España y allí le conté todo a mi buen amigo y consejero Fidel. No
sé si hice bien en contárselo o no, ya que desde entonces, como podréis
imaginar, con motivo, perdió la fe. Pero aun en esa terriblemente difícil
situación para él como sacerdote, siguió manteniendo su espíritu de
religiosidad, porque, como él decía, independientemente de todo lo demás,
lo que da valor al cristianismo no es la liturgia y los dogmas, sino su
contenido de caridad y de ayuda a los demás que casi ninguna religión
tiene. Y solamente por eso ya merece la pena continuar con lo que, parece
ser, no fue más que una ficción diseñada por Constantino para interés del
Imperio. Alguien dentro de la Iglesia se enteró de mi descubrimiento.
Sabemos ya con certeza que fue Tárkan, un joven arqueólogo de nuestra
excavación, que tenía unas expectativas de protagonismo que quizás
frustré indebidamente al dejarle siempre en segundo plano. Justamente
después de hacer el descubrimiento del códice de Lisandro, Tárkan
desapareció. Sin duda, fue él quien dio toda la información a Alffredo
Denese y este viajó hasta nuestra casa en España en la creencia de que yo
había sacado el códice de Turquía y lo tenía allí.
Mark, que había permanecido en silencio, intervino:
—Entiendo que la facción ultraconservadora de la curia romana tenga
interés en conseguir el códice de Lisandro, por las catastróficas
consecuencias que su conocimiento tendrían para el mundo en general y el
cristiano especialmente, pero recurrir al asesinato y el secuestro para
obtenerlo… ¿Soy el único al que no le parece normal? ¿O es que hay algo
más en lo que están interesados que no sabemos?
Héctor Deverís y Fidel se miraron apenas un segundo. Fidel contestó:
—Sí, hay algo más. Como es lógico desde el punto de vista del
continuismo de su estatus dentro de una religión seguida por más de dos
mil millones de personas, está claro que cierto sector ultraconservador
hará lo que sea necesario por conseguir el códice, porque podría suponer
no ya la pérdida de imagen de la Iglesia, sino incluso su desaparición en
muy poco tiempo. Pero eso no es sólo lo que buscan. Su interés principal
es el dinero y toda esa historia que os han contado de los Milites Dei no es
más que un cuento chino. En todo esto, nada es lo que parece.
De nuevo Rudy intervino exaltado.
—¿Me vas a decir que los que han secuestrado a Emy no son Milites
Dei? ¿Qué los que han matado a mi compañero Basir no son esos locos?
—Incluso tu grupo, los áureos, que tanto interés decís tener en que
desaparezcan las religiones, sois tan torpes que no os habéis dado cuenta
de que los Milites Dei no existen. Alffredo Denese junto con otros de su
cuerda simplemente han fabricado esa artimaña, que, eso sí, han hecho
todo lo pública que han podido, para convencer a un grupo de pobres
idiotas que sí tienen verdadera fe y que se han creído a pies juntillas que
estaban actuando realmente como soldados de Dios. De esa manera, los
han puesto a su servicio y los utilizan. Pero lo único que realmente le
interesa a Alffredo, creemos que lo vamos a descubrir dentro de muy poco
tiempo.

[63] Una especie de embutido de carne de ternera, pollo o cordero condimentado con especias.
39. La Biblia de Constantino
Año 325 d. C. Nicaea.
Mi vida como escriba después del Concilio, continuó con una cierta
monotonía que acabó siéndome agradable, y uno de mis mayores placeres
era continuar recopilando en mis escritos todo lo que como escriba del
emperador conocía y aquello que sucedía a mi alrededor que consideraba
de interés.
Conseguida ya la confianza del maestro de escribas, en múltiples
ocasiones estaba solo hasta durante quince días, a lo largo de los cuales mi
única obligación era cumplir con el ritmo de trabajo que me había
encomendado el maestro. Gracias a mi habilidad, terminaba el trabajo
rápidamente y tenía mucho tiempo libre. Poco a poco, tuve la oportunidad
de ir haciendo acopio del material necesario para convertir mis escritos en
un códice completo. Tenía como una misión que nadie me había
encomendado, conseguir encuadernar mi códice. No sabía muy bien cómo
hacerlo, pero en uno de los casetones a pie de palacio, justo antes de entrar
al mercado, había dos judíos que se dedicaban a encuadernar todo lo que
les enviábamos desde palacio. Ellos me enseñaron. Una vez que lo
conseguí terminar, lo tenía como el mayor de mis tesoros, en realidad el
único. Con bastante desconfianza, lo ocultaba debajo del jergón de paja
que me servía como cama. De vez en cuando, tumbado en mi jergón,
sonreía, y estoy seguro de que me brillaban los ojos, al recordar el
Crismón sagrado, la increíble joya de la que despojé al depravado Eusebio
y que tan bien había escondido en la cueva de los sísifos.
Unos años después, y para terminar de moldear los principios de la
religión cristiana a las necesidades del Imperio romano, el emperador
Constantino acordó con Osio de Córdoba que era necesario reescribir
completamente la Biblia, y a su orden se contrataron varios escribas más
para la ingente labor de copia que suponía escribir 50 ejemplares de la
misma, a las que se iba a dotar de una perfección nunca vista en el mundo.
Osio de Córdoba y Constantino, junto con algún padre de la Iglesia
cuya misión real era permanecer como estatuas mudas ya que nunca se
tenía en cuenta lo que decían, fueron seleccionando cuáles iban a ser los
textos finales y su redacción en la nueva Biblia. Esta debía contener ya los
distintos cánones y modificaciones que del concilio de Nicea habían
surgido, así como las visiones de los primeros tiempos del cristianismo,
que el emperador consideró necesarias para diseñar una imagen del
inventado Jesucristo, que se hacía necesario fuera ganando terreno en el
mundo romano. Era imprescindible que se convirtiera en un Dios en todo
el sentido romano de la palabra.
Trabajamos durante meses copiando los distintos textos sobre
pergamino de vitela finísima de gran calidad. Nos dijeron que las pieles
que se habían utilizado para realizar este delicado pergamino eran de
antílope traído de Abisinia. Escribíamos en pliegos grandes de entre un
pie[64] y un cubitus[65] de alto por un poco menos de un cubitus de ancho, y
distribuíamos lo escrito en cuatro columnas por cada pliego.
Teníamos que calcular antes de escribir para que cupieran en cada una
de las líneas entre 16 y 18 letras. Teniendo en cuenta que la forma de
escritura era la uncial, a veces se hacía complicado debido al sistema de la
scriptio continua que utilizábamos, ya que, muchas veces, las palabras
quedaban divididas entre dos líneas de una columna, lo que haría más
difícil la lectura para el que no estuviera acostumbrado.
De todas formas, el conjunto que resultaba era tan bello que no pude
resistirme a una tentación que me estuvo rondando durante un tiempo la
cabeza: hacerme mi propia copia de la nueva Biblia de Constantino.
Así, teniendo en cuenta mi rapidez a la hora de escribir, fui
redactando con esmero una copia en mis tiempos libres. Con ello,
conseguí transcribir mientras el maestro estaba ausente, y cuando no me
veía nadie, la Biblia completa tal y como Osio y Constantino la habían
modificado. Debido a la gran cantidad de las suaves hojas de vitela hechas
con piel de antílope de las que habíamos sido provistos, me permití
usarlas, ya que sabía que era casi imposible que nadie echara en falta la
cantidad que utilicé.
Unos meses después de que hubiéramos terminado con el encargo de
Constantino, tuve mi propia copia, que quiero creer era mucho más
perfecta que ninguna de las otras 50 comisionadas por el emperador. Mi
esfuerzo tuvo su recompensa. Nunca había visto otro libro tan perfecto.
Por las noches, cuando no me veía nadie en mi habitáculo, me
solazaba leyéndola a la luz de una pequeña vela. Independientemente del
contenido religioso del libro, que a mí poco me afectaba, lo que me
apasionaba era la perfección de la escritura y la belleza del conjunto.
Un día, que volví a media mañana a la pequeña habitación que
compartía con Ishto, un escriba venido de Partia con el que tenía una
buena amistad, encontré a una esclava mullendo la paja de nuestros
jergones y me asusté enormemente. Si hubiera movido un poco más la
paja, habría encontrado mi libro.
A la primera oportunidad que tuve tomé mi copia de la Biblia de
Constantino y la escondí en otro lugar: entre la paja nueva que se guardaba
para el invierno en los establos. Pero aquel sitio tampoco me convencía,
por lo que decidí esconderla en la cueva de los sísifos, donde ya había
escondido el Crismón sagrado. Allí me dirigí a mediodía. Los guardias
sabían que estaba autorizado a salir en busca de materiales y ya no me
molestaban nunca al salir.
Una vez que llegué a la sala central de la cueva, me quedé embelesado
disfrutando del misterioso ambiente que allí se sentía. La luz que entraba
por los pequeños resquicios de las rocas de la bóveda de la cueva formaba
pequeños rayos reflejados en el estanque que envolvían al conjunto en un
halo casi mágico.

[64] Medida de longitud romana equivalente a 29,62 cm.

[65] Medida de longitud romana equivalente a 44 cm.


40. El fin justifica los medios
En las afueras de Estambul, 21 de julio de 2016.
—Udo, ¿de verdad que no te das cuenta de que te están utilizando?
Emy estaba sentada en el borde de una cama en una especie de
buhardilla sin pintar, de color gris ceniza, mientras Udo daba la sensación
de haber engullido con su cuerpo una silla que con él encima parecía de
juguete. Casi una hora después de haber salido de la excavación habían
llegado a un suburbio de Estambul y entrado en una casa grande, antigua y
destartalada, que ni siquiera estaba terminada. Su color grisáceo
contrastaba con las demás casas que había cerca, todas de ladrillo rojo.
Nada más entrar en la casa, Alffredo había mandado a Udo que la
llevara a la habitación de arriba y se quedara con ella.
—No sé qué es lo que te han dicho que estáis haciendo, pero espero
que tengas claro que te han engañado.
Esta vez Udo rompió su silencio:
—Nuestro trabajo como soldados de Dios es proteger a la Santa
Madre Iglesia.
—Tengo la sensación, y creo que tú sabes de lo que estoy hablando, de
que a Alffredo Denese le importa muy poco la Iglesia.
—¡No digas eso! Al Padre Denese sólo le interesa salvaguardar los
valores cristianos y no permitir que herejes como los áureos destruyan lo
que la Iglesia ha tardado dos mil años en construir.
—Y secuestrar a una mujer a punta de pistola, ¿es esa la forma en la
que vais a proteger a la Iglesia? Y matar a tiros a un hombre en un coche y
otro a sangre fría, ¿es vuestra forma de salvaguardar los valores
cristianos?
Durante unos segundos, el gigantón mantuvo un cierto debate interno,
buscando una respuesta coherente, sin encontrarla. Finalmente, con una
voz que pretendía sentar cátedra dijo:
—Cum finis est licitus, etiam media sunt licita[66] .
—Muy bonito el latinajo, pero por si no lo sabes el capítulo en el que
Maquiavelo usó esa frase se titula «De los que llegaron a ser príncipes
cometiendo crímenes» y lo único que pretendía con ella era intentar
justificar las atrocidades que los reyes y príncipes de la época cometían
para conseguir el poder. ¿Tiene todo esto algo que ver con la doctrina que
predicaba Jesucristo?
—¿Tú eres católica?
—Estoy bautizada, pero no soy practicante.
—¿Por qué?
—¿Has pensado alguna vez en la incongruencia y absurdo de los
dogmas de fe? ¿Tiene algún sentido lo de la Santísima Trinidad, la
resurrección, la ascensión de la virgen, la creación del Universo por
Dios… y tantos otros dogmas absurdos?
*********************
Héctor continuó explicándoles lo que habían hecho después:
—Para que no nos pudieran detectar, cruzamos a Marruecos y desde
allí viajamos hasta Turquía de vuelta. Fui directamente a ver a mi amigo
el cónsul para recobrar el código de Lisandro y le pedí que me hiciera un
gran favor, que nunca olvidaré. Le rogué que enviara por valija
diplomática a su consulado en Israel el código. Al principio, no estuvo
para nada de acuerdo en hacerlo, pero después, tengo que reconocerlo,
recurriendo un poco al chantaje emocional, por unos favores de juventud
que me debía, conseguí que aceptara.
Al día siguiente, salí hacia Israel y pude recoger de la embajada
francesa el códice de Lisandro. Desde allí mismo pedí un taxi que me
llevó al Instituto Wiseman en Rehovot, a menos de 25 minutos del
aeropuerto Ben Gurion.
A lo largo de mi vida profesional había tenido relación en múltiples
ocasiones con el profesor Lazo Reutters, al que siempre había apreciado.
Me unía a él algo más que una relación profesional, que yo quería
considerar una amistad. El tiempo demostraría lo contrario.
Me recibió con los brazos abiertos y cuando le presenté el códice de
Lisandro dejó lo que estaba haciendo y nos fuimos directamente a su
laboratorio. Allí realizamos un proceso similar al que hemos hecho con la
Biblia que acabamos de descubrir. Lo sometimos a una humidificación de
cerca de un 87%. Los aparatos que Lazo usaba, tenían la ventaja de no
necesitar varias horas para humectar algo. En menos de media hora,
tiempo que utilizamos para ponernos al día respectivamente, el códice de
Lisandro estaba listo para poder empezar a realizar los distintos análisis
necesarios para determinar su antigüedad real. En definitiva, el primer
análisis, y quizás el más importante, era determinar la presencia del
carbono 14 que existía todavía en el pergamino.
El sistema más preciso para poder determinar la presencia de radio
carbono 14 en cualquier sustancia o materia orgánica lo realiza el llamado
TAMS, o espectrómetro acelerador de masas.
Mientras dejamos que la máquina hiciera su trabajo Lazo, yo no
entendía el porqué, empezó a comentarme sus sospechas de que aquel
códice no podía ser auténtico, que había muchos pequeños detalles que le
hacían pensar que era prácticamente imposible que tuviera la edad que
creíamos que tenía, sobre todo por su magnífico estado de conservación.
Yo no quise insistir al respecto, pero no me gustó mucho la actitud
derrotista de Lazo, que me hizo sospechar que en sus palabras había algo
más que interés puramente profesional.
Como la máquina iba a tardar todavía un par de horas en dar los
resultados definitivos, le dije que me iba a acercar a un centro comercial
que había visto al venir muy cerca de allí, para comprar algo de ropa y que
estaría de vuelta en un par de horas.
Nada más decírselo, me contestó mientras salía por la puerta
sonriendo:
—Me parece muy buena idea, Héctor. Nos vemos dentro de un par de
horas.
Cuando salió por la puerta, tuve una sensación extraña. Me había dado
cuenta de que por la extraña forma de construcción del edificio no había
terrazas individuales para cada una de las habitaciones, sino que había una
especie de terraza corrida alrededor del edificio. Sin pensarlo mucho, salí
a la terraza y empecé a andar alrededor del edificio hasta que llegué a una
sala que parecía una sala de reunión con las ventanas entreabiertas y las
cortinas de lamas medio cerradas. Pero afinando el oído pude escuchar la
voz de Lazo que hablaba con alguien. Con mucho cuidado levanté una de
las lamas de la persiana y pude ver que en el otro lado de la habitación
estaba de pie Lazo dando la espalda a la ventana hablando con un hombre
que me pareció conocido. Enseguida me di cuenta de qué le conocía: había
coincidido con él en un par de ocasiones en congresos. Era Simon Ben
Samoun, el director del Departamento de Arqueología de la Universidad
Bar Ilan de Tel Aviv. Lazo le estaba diciendo:
—Estoy casi seguro que el códice que ha traído Deverís es auténtico.
Por lo poco que he podido leer puede tener poder suficiente para cambiar
la historia del cristianismo y convertirse en un revulsivo religioso de
consecuencias imprevisibles.
Ben Samoun le contestó:
—Si es como dices, el manuscrito tiene que quedarse en Israel. No
podemos permitirnos que un documento de esa índole se haga público y
pueda perjudicar, e incluso, llegar a poner en peligro al cristianismo, que
tan unido a nuestra fe está. Simplemente dile al arqueólogo que
necesitamos hacer más estudios y que el códice tendrá que quedarse
durante unos cuantos días.
Nada más oír aquello volví a toda velocidad al laboratorio. Paré el
TAMS, saqué el código y lo sustituí por otro que encontré en una de las
vitrinas que había en el mismo laboratorio. Puse la máquina en
funcionamiento y bajé a la recepción del instituto, donde para no levantar
sospechas pedí un taxi. Una vez que éste llegó, me fui directamente al
aeropuerto y tuve la grandísima suerte de que hubiera dos plazas libres en
el vuelo a Estambul que salía una hora y media después. Tengo que
reconocer que aquella ha sido la hora y media más larga de mi vida.
Esperaba que en cualquier momento aparecieran oficiales israelíes y me
llevaran detenido. Pero no fue así, finalmente embarqué y conseguí volver
a Estambul donde me recogisteis.
*********************
Una vez que Héctor padre y Fidel hubieron puesto al día a todos los
demás, decidieron ir a descansar unas horas, porque les esperaba un día
largo y complicado.
De madrugada, justamente unos minutos antes del amanecer, Héctor y
Fidel ya estaban levantados e, incluso, antes de preparar el primer café del
día, los dos se acercaron al humidificador para ver en qué estado se
encontraba el amasijo de cuero que habían metido en el la noche anterior.
Héctor, observando por el cristal, dijo mientras abría la portezuela
acristalada del aparato:
—Ya se puede sacar.
Lo sacó con cuidado, motivado sin duda más por la emoción del
momento que por la necesidad real de tenerlo, ya que el delicado cuero
que hacía de envoltorio había adquirido una cierta tersura que se notaba
claramente al tacto.
Llevaron el paquete hasta la mesa de trabajo y justo cuando iban a
empezar a desdoblar las capas de piel, oyeron varios «buenos días»
ligeramente espaciados. Todos se habían levantado y observaban,
adormilados pero expectantes desde atrás, las manipulaciones por parte de
Héctor del paquete.
Este empezó a desdoblarlo poco a poco y, aunque se oían todavía leves
crujidos de la piel, pudo irla separando en grandes trozos, que se iban
rompiendo inevitablemente por los bordes o dobleces, hasta que llegaron a
quitarla por completo. Lo que quedaba era un amasijo de lo que en otro
tiempo había sido una especie de esparto que rodeaba lo que parecía ser
una tabla cuadrada de unos 40 centímetros de alto por unos 35 centímetros
de ancho, de un grosor de unos 10-12 centímetros.
Cuando dejaron al descubierto lo que el protegido conjunto contenía,
tanto los ojos de Héctor como los de Fidel empezaron a brillar como si
estuvieran a punto de derramar alguna lágrima. Ante ellos se presentaba
un libro grande al estilo de un atlas, pero apaisado, con unas cubiertas de
lo que parecía era cuero muy oscurecido por el paso del tiempo. Pero quizá
lo mejor era el estado de conservación. Si como imaginaban tenía la
misma antigüedad del códice de Lisandro, fácilmente podría haber sido
escrito hacía unos 1700 años. Lógicamente quedaría una ingente labor de
comprobación y verificación por toda clase de métodos de la datación
cronológica tanto del códice de Lisandro como de éste que acababan de
descubrir.
Al abrirlo, el documento más extraordinario que ningún paleógrafo
pudiera haberse imaginado se abrió ante sus ojos. Cada una de las grandes
páginas era ligeramente más ancha que alta, al estilo de los libros de
contabilidad clásicos, pero un poco más grandes.
Las hojas parecían estar hechas de alguna piel de animal joven que
debía de haber sido tratada con algún producto para conseguir la
perfección, calidad y finura que tenían. Cada una de las páginas estaba
redactada en cinco columnas prácticamente justificadas de pequeña letra
uncial latina que había sido escrita en el pergamino siguiendo el estilo de
la scriptio continua. Dentro de la dificultad de lectura que este tipo de
escritura presentaba, la letra era cuasi perfecta y estaba claro que el
escriba que la hubiera realizado había hecho un esfuerzo por conseguir esa
casi perfección. Héctor hijo intervino:
—¿Os habéis dado cuenta del título? Liber Librorum, «El libro de los
libros».
Tras pasar varias páginas del volumen, Fidel y Héctor se miraron.
Acababan de leer los títulos de un par de los primeros capítulos que
contenía. Fidel dijo en voz alta:
—Efectivamente, pero es que además tu padre y yo acabamos de leer
los títulos de varios de los dos primeros capítulos: el Evangelio según San
Mateo y el segundo es el Evangelio según San Marcos.
Mirando a Héctor padre, muy lentamente Fidel explicó:
—O mucho me equivoco o nos encontramos ante uno de los libros
más buscados a lo largo de la historia de la cristiandad. Cuando
Constantino dejó claro en el Concilio de Nicea cuáles eran los nuevos
cánones por los que se iba a gobernar la Iglesia, quiso dejarlos
establecidos en la forma de un código, que regulara todo lo relativo a los
fundamentos de la Iglesia, por lo que encargó la redacción de 50 biblias
que contuvieran el cuerpo doctrinal del cristianismo a partir de aquella
fecha, de acuerdo con el contenido que él diseñó con fines únicamente
políticos. A esa biblia la llamaron «El libro de los libros».
*********************
A Emy no le permitían salir de la habitación para nada que no fuera ir
un cuarto de baño un tanto cutre y que en contra de lo que suele pasar en
todas las películas tenía un ventanuco tan pequeño que hacía imposible ni
siquiera pensar en cualquier intento de escaparse de allí.
En contra de la sensación que habitualmente se tiene de que un
hombre grande y pesado es poco hablador, a Udo le encantaba hablar, por
lo que tuvieron tiempo durante toda la tarde para mantener largas
conversaciones sobre distintos temas.
Emy sonreía para sí misma pensando en la ternura que le producía el
gigantón que con dificultad se sentaba en la silla enfrente de ella. Todo lo
que tenía de grande lo tenía de inocente.
Según iban avanzando en su conversación, Emy se iba dando cuenta
cómo las convicciones de Udo se iban tambaleando a medida que ella iba
razonando lógica y científicamente, el absurdo de los dogmas y
fundamentos de la Iglesia católica.
Pareció molestar a Udo en especial todo lo relativo al desmontaje que
Emy hizo de la supuesta existencia de los Milites Dei. Cada vez era más
evidente, por cómo se estaban desarrollando los hechos, que se trataba de
una ficción creada, por y para ser creída por los inocentes como Udo, que
iban a realizar el trabajo sucio, que en nada tenía que ver con los intereses
de la Iglesia. El grupo de personas creadores del mito, a la cabeza de las
cuales probablemente estaba Alffredo Denese, parecía claro que lo único
que pretendían era utilizar ese imaginario título de «soldados de Dios»
para, representando falsamente a la Iglesia, disponer de la fuerza material
y la supuesta autoridad moral, para hacerse con cualquier tesoro u objeto
de valor de carácter religioso, que pudiera ser convertido rápidamente en
efectivo metálico.
El dinero tenía todos los visos de que en ningún caso revertiría a la
Iglesia sino que iría a enriquecer los bolsillos de los creadores del mito de
los Milites Dei.
Habían tenido la habilidad suficiente y dado la publicidad necesaria
para ser detectados como una célula ultraconservadora del Vaticano a los
ojos de quienes los observaban de cerca como, por ejemplo, los áureos.
Después de la noche un tanto incómoda, a la mañana siguiente tras un
desayuno casi carcelario, Emy se dio cuenta como Udo se movía nervioso
por la habitación y le preguntó:
—Udo, ¿qué te pasa? Te veo intranquilo.
—Sí, lo estoy. He estado prácticamente toda la noche sin dormir,
pensando en lo que estuvimos hablando ayer por la tarde. Para serte
sincero, muchas de las cosas que tú planteaste yo ya las había pensado
antes, pero siempre que me venían a la cabeza esas dudas recurría al
mecanismo de la fe ciega, que aunque como tú bien dices es absurdo,
siempre era una vía de último escape. Lo que más me molesta es que está
claro que me he dejado manipular completamente por Alffredo. Y tengo
que reconocer que yo también llevaba tiempo convencido de que lo que
realmente busca es, como tú dices, el enriquecimiento personal y no le
interesa en absoluto la defensa de los intereses de la Iglesia.

[66] «Cuando el fin es lícito, también los medios son lícitos.» El fin justifica los medios.
41. Mensaje oculto
Nicaea 331 d. C.
Durante no sé cuánto tiempo estuve sentado en la cueva, casi
hipnotizado hasta que vi un rayo de luz de cierta intensidad que iluminaba
una parte de la cueva al que me acerqué. Justamente el lugar donde incidía
el rayo de luz decidí que podría ser un buen escondite. No sabía si sería
muy dura o no, pero para mi sorpresa resultó ser una roca que se deshacía
con los golpes no demasiado fuertes que le di con una piedra afilada.
Sabiendo el tipo de herramienta que me haría falta regresé a la ciudad
y una semana después pude volver a la cueva con un pequeño ligo[67] con
el que conseguí hacer una cavidad que consideré lo suficientemente grande
como para poder esconder mi tesoro.
Pero para poder conservarlo mejor y protegerlo de la humedad, pensé
en colocarlo entre dos láminas gruesas de un mármol basto del que había
abundancia en las muchas laderas cercanas al lago. Luego sellaría las
juntas de las placas de alguna manera para que se pudiera preservar mi
libro, sin estropearse con el paso del tiempo.
Pero antes de esconder mi biblia, la noche anterior, mientras estaba
tumbado en mi jergón sin poder dormir, pensando en lo incierto de mi
futuro, se me ocurrió dejar en la última de sus páginas, la que está en la
parte interior de lo que llamamos la contraportada, un mensaje oculto para
quien la encontrara. No sé por qué extraña intuición estaba convencido de
que si yo no podía conseguir la libertad para disfrutarla, en el futuro los
hados del destino elegirían bien a quien la encontrara, que sin duda sabría
apreciar su belleza y perfección. Y, además, como premio iba a encontrar
la joya más maravillosa de la historia del Imperio romano.
Fue entonces cuando me acordé de los escritos de Plinio el Viejo, que
había copiado en un par de ocasiones al principio de mi carrera de escriba.
En ellos explicaba Plinio la cualidad de una planta que abundaba por
doquier llamada tithymallus, cuya leche se podía utilizar para escribir
mensajes ocultos para el que supiera verlos. Y así fue como después de
dejar unas indicaciones, ocultas a primera vista, que sabía serían muy
celebradas por el que las leyera, dejé preparada mi biblia para meterla en
su escondite hasta que yo pudiera rescatarla. En caso de mi muerte antes
de conseguirlo, confiaba que los dioses harían que la encontrara alguien
que lo mereciera.
Cada vez que el maestro de escribas se marchaba de viaje a alguna
otra ciudad donde organizaba la prestación de los servicios de mis
compañeros de trabajo, yo aprovechaba la oportunidad para, con la excusa
de ir a buscar papiro, ir hasta la cueva de los sísifos.
Cada vez que iba llevaba algo para preparar mejor el escondite de mi
biblia y así en varios viajes conseguí llevar dos lajas de mármol que
previamente había trabajado para dejarlas casi lisas y la suficiente resina y
cal como para poder construir un espacio completamente extanco[68]
dentro de los tableros de mármol.
Cuando tuve todo lo necesario llevé mi maravillosa biblia envuelta
primero en piel de antílope que embadurné con un aceite de palma que
usábamos como repelente de la humedad, atando después el paquete con
fibra de cáñamo. Una vez colocada la primera tableta de mármol, dispuse
del paquete envuelto en el centro de la misma y construí una primera
protección de sílice a su alrededor. Dejando una pequeña cámara de aire,
construí la segunda. Después coloqué la otra placa de mármol encima,
cerrando después todos los resquicios entre las dos losetas de mármol con
una abundante capa de resina y cal que en muy poco tiempo estaba dura
como la misma piedra.
Una vez hecho todo esto, lo metí en la cavidad casi perfecta que había
construido en la pared de la cueva, como a dos pies del suelo. Lo tapé,
dejando la pared de la roca prácticamente del mismo color del entorno. Se
necesitaría la luz de varias antorchas para distinguir la diferencia de color.
Quien quisiera descubrirlo necesitaría ver, como yo vi, el rayo de luz.
Mi pequeña felicidad no iba a durar mucho. Para mi desgracia las
cosas en palacio empezaron a cambiar. Si bien había tenido la suerte de
dejar de ver a Eusebio, el lúbrico obispo cristiano, ya que como he
contado, cayó en desgracia durante el Concilio de Nicea al ser defensor de
la causa Arriana, por lo que fue condenado por Constantino al exilio de por
vida, apareció de repente un nuevo obispo para ocupar su puesto en Nicea
al que por alguna razón gusté especialmente.
[67] Azada pequeña.

[68] Cerrado al paso de fluidos.


42. Carbono 14
Iznik. Excavación de Deverís, 21 de julio de 2016.
Después del largo examen al que Héctor padre y Fidel sometieron al
«Libro de los libros», salieron de la tienda, según ellos, a tomar un poco el
aire.
Mark y Héctor hijo se habían quedado delante de la mesa y empezaron
a pasar con manos enguantadas y mucho cuidado las hojas de vitela que
tan bien se habían conservado durante cerca de diez y siete siglos. Tras
examinar casi todo el volumen, cuando ya estaban en la última hoja y a
punto de cerrarlo, Mark se dio cuenta de algo que le pareció extraño y
dijo:
—No cierres el libro, Héctor.
Ante la curiosidad de la mirada de Héctor, Mark se acercó más al
libro y pasó la mano por la última hoja que cerraba el volumen como
examinando la rugosidad de la misma. Mientras miraba con el ceño
fruncido, siguió pasando las yemas de sus dedos por encima de la hoja sin
inscripción alguna y dijo:
—Es extraño. ¿No ves que hay como una decoloración en parte de la
página? Es como si hubiera estado humedecida en esa parte.
—Habrá absorbido humedad. ¿No te esperarás que después de 1700
años esté intacta?
Mark cerró la cubierta del volumen que examinó con cuidado y
contestó:
—No, pero en ese caso la humedad se notaría también en la cubierta
de contraportada, ¿no?
—Entonces, ¿qué crees que puede ser?
—La razón de extrañarme es porque me ha recordado algo. Creo que
ya os he contado o, por lo menos, estoy seguro de que a Emy sí se lo dije:
cuando era un crio me aficione a jugar a los espías con mi tío Fidel,
enviándonos mensajes cifrados, ocultos. Me acuerdo que la primera vez
que se me ocurrió enviarle un mensaje oculto lo hice con jugo de limón,
pero al secarse el problema fue que se generó una mancha en la hoja muy
similar a la que tiene esta.
—¿Y, entonces, tú crees que aquí puede que haya…?
—Bueno, lo que podemos hacer es intentar comprobarlo. El libro no
sufrirá nada por someter a la última página en la que no hay nada escrito a
un poco de calor. Es simple, pero suele ser el método habitual para hacer
aparecer los mensajes escritos. Era un método para comunicar mensajes
que se usaba ya desde antiguo. El mismo Plinio utilizó en varias ocasiones
la leche que brotaba de una planta para enviar mensajes ocultos a
Vespasiano.
—Venga, pues hagámoslo antes de que vuelvan mi padre y tu tío.
Mark tomó del estante de una de las mesas una lámpara de infrarrojos
y con mucho cuidado la acercó a la decoloración de la página. Los dos
tenían cierto reparo ante cualquier daño que pudieran hacerle al códice por
lo que actuaban de forma extremadamente cuidadosa, pero al no ver
resultados, Mark perdió la paciencia y acercó un poco más la lámpara al
papel y después de unos segundos empezó a aparecer algo que parecía el
extremo de una letra.
Los dos se miraron entre sí. Héctor tuvo durante unos segundos la
boca abierta, más que nada porque no acababa de creerse el
descubrimiento. Finalmente, admitió:
—Tenías razón, Mark. Parece que ahí hay algo escrito. Venga, sigue
sometiéndolo al calor.
Ya con la certeza de la existencia de un texto escrito que había
permanecido oculto tantos siglos, Mark acercó a unos cinco centímetros
de la página la lámpara de infrarrojos y después de ir pasándola por toda
ella, con lentitud durante unos minutos, poco a poco fueron delineándose
palabras.
En poco más de diez minutos tenían un mensaje al descubierto escrito
en una tinta que había adquirido un color parduzco como consecuencia del
paso de los años y de la oxidación del líquido con el cual había sido
escrita. El mensaje que quedó al descubierto no era más que un conjunto
de letras sin sentido que observaron durante unos segundos, hasta que
Mark dijo:
—Dame un papel y lápiz. Creo que nuestro escriba ha dejado el
mensaje cifrado con el código de Cicerón. Es muy simple, sólo hay que
sustituir cada letra que aparezca en el mensaje con la letra que está tres
lugares más adelante en el alfabeto romano de la época.
Después de transcribir durante unos minutos, Mark leyó el mensaje
oculto:
«Como en el aornos de Diodoro
quien tenga merecimientos encontrará
sin duda el más grande tesoro».
—Vale, ¿y ahora qué? —dijo Héctor.
Mark, nada más leer el mensaje, había empezado a surfear con el
móvil. Después de unos segundos, se lo mostró a Héctor, diciendo:
—Mira, «aornos», viene del griego y significa «sin pájaros» y de ahí
se originó la palabra averno. Se supone que el averno era un lago que
ocupaba un cráter volcánico por encima del cual no volaban los pájaros,
porque habían aprendido que si lo hacían, morían por los gases del azufre
y por eso se ha identificado en la mitología popular con el infierno.
Los dos se miraron y Héctor fue el que primero se levantó, diciendo:
—Un lago… Espera un momento. Creo que había dejado por algún
sitio mi equipo de buceo. La botella no estará cargada, pero por lo menos
pillaré las gafas, una cuerda y una linterna sumergible.
Cinco minutos después, los dos jóvenes habían vuelto a la cueva y
linternas en mano se dirigieron a la zona de la caverna donde estaba la
pequeña laguna, cuyas aguas, por el efecto de falta de luz, tan negras y
oscuras se veían desde lejos. Sin embargo, cuando llegaron a su orilla y
alumbraron con sus potentes linternas, el agua pareció tornarse a una
mezcla de color verde azulado, pero cuasi transparente que hacía
desaparecer completamente la sensación de negritud, que ver el lago en la
lejanía provocaba.
—¿Quieres que me meta yo? —dijo Mark.
—Creo que será preferible que lo haga yo, que tengo bastante
costumbre. En definitiva, soy buceador aficionado. Anda, ata la cuerda a
esa roca, que yo me llevo la otra punta hacia abajo.
Mientras hablaba, Héctor se había despojado de su ropa y sentado en
el borde. Empujándose hacia el centro de la laguna con los brazos
apoyados en el borde, se dejó caer al agua.
*********************
Udo accionó el interruptor de su walkie, tras oír el típico ruido
estático de conexión.
—Udo, baja a la chica.
Cuando estuvieron todos delante de la casa, Alffredo dio las últimas
instrucciones antes de salir en dirección hacia la excavación
—Udo, sube a la parte de atrás. Tu responsabilidad es fácil, solamente
tienes que estar siempre pendiente de la chica y de no soltarla hasta que yo
te lo diga. ¿Lo tienes claro? Confío plenamente en ti.
Udo se limitó a asentir con su gran cabeza, mientras abría la puerta y
ayudaba a Emy a entrar en la parte de atrás del todoterreno. Una vez que
hubieron subido y cerrado las puertas, Alffredo se dirigió a los otros que
ya estaban montados en las motos.
—Y, vosotros, en el momento que entremos en la cueva, que es donde
me imagino que estarán todos cuando lleguemos, lo primero que vais a
hacer es separar el grupo y tomar como rehenes al sacerdote, al viejo y a
su hijo. Udo se quedará en la entrada de la cueva con la chica. Hasta que
yo no tenga el códice en mis manos no dejéis de apuntar y, si alguien se
mueve, podéis disparar.
Enzo le preguntó:
—Alffredo, ¿no vamos demasiado pronto? Son sólo las 17:15 y en
diez minutos estaremos allí. Se supone que nos íbamos a ver a las 18:00,
¿no?
Sí, pero es preferible llegar antes para pillarles por sorpresa. No se lo
esperarán.
*********************
Los dos hombres se habían alejado un par de cientos de metros de la
tienda donde habían dejado a los jóvenes. Caminaron en silencio durante
un par de minutos, cada uno reflexionando sobre los acontecimientos de
los últimos días y las imprevisibles consecuencias que podían tener. Fue
Fidel el primero en hablar:
—Ahora lo más importante es recuperar a tu hija. Si tenemos que
darle el código a ese descerebrado, se lo damos y en paz.
—Por supuesto, por supuesto. Todo lo demás es secundario y esta
tarde se lo damos y que haga con él lo que quiera, pero que nos devuelva a
Emy sana y salva. De todas maneras, el gusanillo académico quedará a
salvo, porque tengo el texto completo en fotografía y, además, tenemos el
maravilloso nuevo códice que contiene la Biblia de Constantino.
—¿Qué crees que quiere hacer Alffredo con el códice de Lisandro?
—No sé qué es lo que va a hacer, pero estoy casi seguro de que lo
único que pretende es convertirlo en millones, vendiéndoselo al mejor
postor. Estoy convencido de que ni siquiera va tener en cuenta a quienes le
han financiado y también los va a traicionar.
—Entonces, Héctor, ¿estás convencido de que son totalmente
auténticos? Si lo son, y llegaran a difundirse, podrían llegar a representar
un golpe terrible para la Iglesia.
—Amigo mío, es muy pronto para hablar de autenticidad. Tanto quien
tenga el códice de Lisandro como nosotros con «El libro de los libros»
vamos a tener que pasar por toda una batería de pruebas de verificación
hasta que podamos determinar si realmente son documentos auténticos o
simplemente una falsificación muy hábil.
—¿De verdad crees que tiene sentido que alguien se haya entretenido
en falsificar toda una biblia de la forma que esta está hecha, escrita en
letra uncial en perfecta scriptio continua? Y, además, si fuera una
falsificación, ¿cómo iba a haber sabido el falsificador que alguien iba a
encontrar los códices donde estaban escondidos? Por lo que tú me
contaste, encontraste el códice de Lisandro por pura casualidad.
—Sí, sí, la verdad es que tienes bastante razón y no tiene mucho
sentido que sea una falsificación. Aun así ahora tenemos que conseguir
encontrar la forma de realizar todos los análisis que sean necesarios sin
despertar sospechas y que nadie se entere el asunto. Antes o después está
claro que se hará público el descubrimiento, pero para entonces, al menos,
nosotros tenemos que haber hecho todo el trabajo de verificación y
autentificación. Piensa que todos los movimientos conservadores de la
Iglesia, prácticamente del mundo, se nos van a echar encima acusándonos
de haber creado o falsificado los códices. Nuestros exámenes tienen que
ser tan sólidos que no admitan prueba en contrario. No hay que ser un
lince para darse cuenta de que, incluso desde un punto de vista político,
puede que no fuera interesante que el descubrimiento viera la luz.
—La prueba que utilizáis principalmente es la de la datación del
códice por el método del carbono 14, ¿no? Siempre he oído hablar de ella,
pero no sé cómo funciona exactamente.
—Realmente es el método que determina con una fiabilidad casi
absoluta la edad aproximada de cualquier elemento que tenga composición
orgánica. Como tú sabes, o, mejor dicho, como tú probablemente no sepas,
el átomo de carbono 12, o carbono normal, tiene en su estructura atómica
seis protones, seis neutrones y seis electrones, mientras que el isótopo o
carbono 14 tiene seis protones, ocho neutrones y seis electrones. Ésos dos
neutrones marcan toda la diferencia. Por el proceso de la fotosíntesis, las
plantas y los árboles absorben el dióxido de carbono creado en la
atmósfera, que precisamente incluye el carbono 14. Después, los animales
lo ingieren de las plantas. A la muerte de un organismo vivo ya no se
pueden incorporar nuevos átomos de carbono 14 y, por eso, la
concentración del isótopo va reduciéndose conforme va pasando el tiempo.
Se ha comprobado en numerosas ocasiones que la cantidad de isótopo
presente en un ser vivo a partir del momento de su muerte se reduce a la
mitad en 5730 años, lo cual nos permite calcular la edad de cualquier
sustancia de carácter orgánico midiendo la cantidad de carbono 14 que
quede en la misma.
En ese momento oyeron cómo se acercaban a la excavación varios
vehículos. Héctor, extrañado, miró su reloj y luego a Fidel, que mirando
hacia el acceso a la excavación dijo:
—Alffredo quiere pillarnos por sorpresa para evitar que nos
organicemos y podamos tenderle algún tipo de emboscada.
43. Videte sub terra
Año 331 d. C. Nicaea.
En varias ocasiones Priscilo, que así se llamaba el nuevo obispo que
había sustituido a Eusebio, vino a verme al scriptorium y tomó la
costumbre de posar su mano sobre mi hombro mientras examinaba mi
trabajo. Era una mano delgada con dedos y uñas largas a cuyo contacto mi
cuerpo parecía sentir una repulsión que no podía evitar, haciendo que me
recorriera el cuerpo como una ola de frío. Antes de marcharse, mientras
me daba palmaditas en el hombro, siempre me decía:
—Buen trabajo, Lisandro, buen trabajo, Dios te lo premiará un día.
Y efectivamente, pocos días después, tras decirme que aunque Dios
premiaría mi trabajo en la otra vida, él había decidido que me iba a
premiar en ésta, porque mi dedicación y trabajo al servicio del señor y a
extender su palabra lo merecía.
Me acuerdo de mi contestación, muy poco sumisa y cortés como se
esperaría de un esclavo:
—Obispo Priscilo, mi trabajo consiste únicamente o bien en tomar
notas para después transcribir lo que haya oído o en escribir lo que se me
dice que copie, independientemente de que sea un texto religioso o el Ars
amandi[69] de Ovidio. El contenido me es indiferente.
Intentaba serle desagradable de alguna manera para que abandonara
aquella fijación que estaba tomando por mí, que yo sabía sólo tenía visos
de terminar de una manera, que yo quería evitar a toda costa.
Pero todo fue inútil. La verdad es que llegue a preguntarme si todos
los obispos cristianos compartían esa pasión por los muchachos jóvenes,
porque de mi experiencia, al menos, parecía deducirse eso. Tenía que
indagar si formaba parte connatural de las enseñanzas religiosas que
habían recibido, o que simplemente yo había tenido mala suerte.
Priscilo, a pesar de mi rechazo, me dijo que había llegado el momento
de premiar mi dedicación al señor: iba a tener una habitación para mí solo,
eso sí, contigua a la suya.
Como no estaba dispuesto a pasar por lo que parecía inevitable, tracé
un plan en mi mente y lo puse en marcha inmediatamente.
Tras agradecerle con el servilismo y sumisión que de un esclavo se
esperaba ese trato especial, que suponía el poder tener una habitación
propia, lo primero que hice fue pedirle no tener que trasladarme a mi
nuevo cuarto hasta que hubiera pasado la Saturnalia[70] .
Al día siguiente fui a hablar con un esclavo también griego a quien
había ayudado en ocasiones. Era un ayudante de ceramista y le pedí que
me construyera una vasija con una forma muy especial. Me dijo que no era
fácil, pero que intentaría hacerlo cuando estuviera solo.
Un par de días después me la enseñó: era achatada y fea, pero podría
contener perfectamente el códice de mi vida, que podría introducir por una
boca enorme que le había hecho.
Antes de meter el códice, usando uno de los trucos que había
aprendido en mi juventud de los alumnos de la escuela de Tiro, el
secretario de Cicerón, dejé un mensaje oculto, como acróstico, en las
letras de las primeras líneas de un párrafo de la última página: Videte sub
terra.
A primera hora de la mañana siguiente solicité al maestro de escribas
que me permitiera ir a buscar de nuevo papiro y cañas para los cálamos a
la orilla del lago Ascanio. Lo que hice en realidad fue llevarme el códice
que contenía todas las experiencias de mi vida y que había escrito con
tanto cariño. Encuadernado lo mejor que pude, lo metí con cierto esfuerzo
en la vasija que Antinoo me había hecho. En una de las laderas cercanas a
la cueva encontré unas lascas de mármol basto que servirían para aislar en
parte la humedad.
Una vez en la cueva, empecé a cavar a un cubitus[71] por encima de
donde había escondido mi preciosa biblia, el espacio necesario para
colocar las lascas de mármol y entre ellas la vasija que estaba esmaltada y
perfectamente taponada con resina y cal, para conseguir su estanqueidad.
Rellené perfectamente todos los huecos entre vasija y placas con arenisca
y con piedrecillas pequeñas que actuarían como drenaje en caso de entrada
de agua y lo cerré lo mejor que pude con agua, resina y un poco de cal que
mezclé con el polvo de la misma arenisca que había sacado de la pared.
A medida que caminaba hacia el túnel de salida, iba mirando hacia
atrás con pena porque tenía el presentimiento de que no volvería a ver mis
pequeños tesoros. La pesadumbre de lo incierto se cernía sobre mi
espíritu, pensando en que tenía que volver a Iznik donde Priscilo tenía
tanto interés en tenerme cerca.
[69] Poema de consejos amorosos que se consideraba contrario a la moral.

[70] Fiestas en honor a Saturno durante las que los esclavos podían hacer lo que quisieran.

[71] Medida de longitud equivalente a unos 40 cm.


44. El estanque
Mar de Mármaris, 22 de julio de 2016.
Ilic no estaba satisfecho con el retraso que llevaban. Tuvieron que
hacer un trayecto de más de cuatro horas desde el aeropuerto de Estambul
hasta el mar de Mármaris. Cuando llegaron al lugar cuyas coordenadas
GPS le habían enviado al móvil, allí no había nadie.
Intentó contactar por teléfono sin éxito y empezó a ponerse nervioso
cuando vio como pasaba el tiempo sin poder hacer nada. Finalmente,
cuando ya creía que su misión iba a ser un fracaso y estaba decidido a ir a
la excavación, aunque fuera sin armas, empezó a acercarse al ruinoso
muelle que había en la playa un viejo barco de pesca, que parecía estar
satisfecho con su ritmo de 6 u 8 nudos.
Atracó dejando el motor en marcha y un barbudo mal encarado antes
de bajar del barco preguntó casi gritando:
—¿Quién es Ilic?
—Soy yo —dijo el sacerdote, mientras se acercaba al barco. Por su
aspecto, tanto él como cualquiera de los soldados que le acompañaban,
podía haber pasado perfectamente por un campesino o trabajador turco.
—Arslan me ha pedido que te salude en su nombre. Nos ha ordenado
que os entreguemos estas dos cajas.
Bajaron dos cajones de madera no demasiado grandes y cuando las
hubieron descargado, Ilic les dio la mano a los dos mientras les decía:
—Dile, por favor, a Arslan que mi corazón está con él y que rezo por
él en mis oraciones.
Minutos después el lento barco de pesca volvía sobre sus pasos
dejando una estela de humo negro. En las cajas había de todo lo que les
hacía falta, incluso un juego de emisora y receptores de radio.
Inmediatamente se montaron en los todoterrenos y salieron con
dirección a Iznik a toda velocidad.
Cuando estaban aproximadamente unos diez kilómetros de su destino
se encontraron con un control de la policía turca que les dio el alto. Ilic
sabía perfectamente que si registraban los coches serían todos detenidos y
llevados sin contemplaciones a cualquier cárcel turca cercana, por lo que
miró durante un segundo al cielo como pidiendo disculpas y ordenó sus
hombres, que cuando se bajaran de los coches, sin decir una sola palabra,
redujeran a la policía turca y la inmovilizaran completamente sin hacerles
daño.
Así lo hicieron, y les ataron concienzudamente para que durante al
menos unas cuantas horas no pudieran moverse de allí, inutilizando
teléfonos, radios y su coche, que uno de los soldados escondió entre la
vegetación rajando después las cuatro ruedas.
De nuevo en camino, Ilic dijo a su conductor:
—Cuando hayamos terminado, que no se nos olvide mandar un
mensaje a través de alguien a la policía para que vayan a liberar a sus
compañeros.
Ya eran las 17:05 y estaban todavía a unos 15 kilómetros de la
excavación.
*********************
Mark estaba en cuclillas en el borde del pequeño lago, mientras
sostenía la cuerda a la que Héctor se había atado cuando se dejó caer al
agua. Cuando pasaron unos segundos y el agua empezó a asentarse otra
vez, se podía ver con bastante claridad la silueta de Héctor. Mark pudo
verle buceando por todo el perímetro de la laguna que no era demasiado
grande. En realidad, el estanque tendría unos seis metros de largo por unos
tres metros más o menos de ancho, por lo que en recorrer su contorno
buceando Héctor no tardó más de 15 o 20 segundos. Al subir de nuevo a la
superficie para respirar, mientras tomaba bocanadas de aire fresco, de
forma entrecortada dijo:
—No se ve nada por los lados y las paredes son prácticamente lisas.
En el centro sin embargo parece que hay como una especie de montículo
de piedras.
Héctor volvió a sumergirse y fue directo al montículo de piedras que
había en el centro de la laguna y empezó a mover piedras, retirándolas
hacia atrás. Enseguida volvió a subir porque le faltaba el aire. Con la
respiración de nuevo entrecortada explicó a Mark:
—Creo que las piedras tapan algo pero tengo que quitar todavía unas
cuantas.
Un poco menos de un minuto después y tras haber quitado todas las
piedras, consiguió agarrar lo que desde arriba parecía tener la forma de
una vasija grande.
Cuando salió del agua se la pasó a Mark diciendo:
—Esto es lo que estaba debajo de las piedras
Mark lo tomó con una mano mientras con la otra ayudó a Héctor para
salir de la laguna. Puestos los dos de rodillas en el mismo borde del agua
examinaron con sus linternas el objeto. Héctor empezó con sus dedos a
quitar la sustancia exterior.
—Tiene capas y capas de microalgas y barro.
Después de un par de minutos limpiándolo con el agua de la laguna
empezaron a dejar al descubierto la verdadera forma del objeto: era una
vasija bastante similar a la que había contenido la Biblia de Constantino.
Completamente esmaltada también, estaba lacrada de la misma manera
con un cuello todavía más ancho que la otra. Cuando la tuvieron un poco
más limpia, Mark le dijo a Héctor:
—Vámonos a la tienda. Te secas y la podremos examinar
detenidamente.
Ya en la tienda, Mark escuchó motores acercándose y gritó a Héctor
que se estaba vistiendo:
—Creo que estos cabrones han venido antes de tiempo para pillarnos
desprevenidos. Hay que esconder la Biblia y la vasija del lago. Corre, yo
me quedo en la puerta para controlar.
Poniéndose las deportivas a toda velocidad, Héctor le contestó:
—No te preocupes, tengo un escondite perfecto para cada una.
Quédate en la puerta y me avisas si vienen.
Héctor fue corriendo hasta la librería que estaba en una de las
esquinas y abrió el armario de la parte de abajo, sacando a toda velocidad
los objetos que soportaban las baldas de madera, que puso en el suelo.
Quitó un clip en una de las esquinas y salió la tabla de fondo detrás de la
cual se veía una caja fuerte. En ella era donde solían meter todos los
objetos de gran valor de la excavación. Después de meter en sendas bolsas
de plástico a toda velocidad tanto la Biblia como la vasija sacada del lago
todavía mojada, las metió y cerró la caja fuerte, colocando de nuevo los
objetos en la librería.
Mark tenía entreabierta la puerta y precisamente en ese momento
pudieron ver cómo llegaban a toda velocidad levantando una gran
polvareda el todoterreno y las dos motocicletas de Alffredo y sus hombres.
No se pararon a la entrada de la excavación, sino que continuaron hasta la
misma tienda por la que se accedía al túnel.
Héctor cogió el códice de Lisandro que estaba sobre la mesa con
cuidado, metiéndolo en una caja de madera para transportarlo con
seguridad.
Mark estaba viendo cómo nada más bajar del coche todos los recién
llegados con Emy y el gigantón a la cabeza se metieron directamente en la
tienda para entrar en el túnel que llevaba a la cueva. Ni siquiera los gritos
de Héctor que venía corriendo a unos 100 metros hicieron que se pararan.
*********************
Un tanto desesperado por todos los contratiempos que habían tenido
que pasar, finalmente Ilic llegó hasta muy cerca de la excavación de
Deverís cuando vio a un tipo que le hacía señas. Era Hamil.
Éste le explicó la situación y cómo entrar en la cueva por el lado
opuesto. También le explicó cómo en el exterior, por encima de la bóveda
de la cueva a esa hora en la que todavía había luz solar, había algunos
orificios por los que se podía tener un buen ángulo de visión de lo que
estaba pasando abajo en la cueva.
Ilic mandó a dos de sus mejores hombres que buscaran puntos desde
la bóveda de la cueva, desde los que poder disparar si fuera necesario, y él
con Hamil y el resto se encaminaron a la otra entrada del túnel para llegar
a la cueva.
*********************
Mientras los Milites Dei avanzaban por el túnel, los que estaban fuera
empezaron a correr hacia la tienda por la que se entraba de la cueva:
Héctor y Fidel que venían de la otra punta de la excavación y Mark y
Héctor desde la tienda de trabajo.
Ya dentro de la galería, a medida que iban entrando a la sala central de
la cueva, ahora iluminada por cerca de una docena de linternas colocadas
en el suelo, cada uno parecía haber sido asignado a un soldado, que con
violencia le iba empujando con su pistola hasta el centro de la gran sala. A
Héctor padre le tomó por el brazo Enzo, el capitán de la guardia suiza, y
Alffredo, vestido como un militar en campaña, acercó su revólver a la
barbilla de Fidel.
Mientras todo esto pasaba, Emily a la que todos buscábamos con la
mirada, se había quedado a uno de los lados de la entrada del túnel con el
gigantón que la tenía cogida por el brazo, como esperando que todos
estuviéramos bajo control. Al vernos gritó:
—No te preocupes, papá, yo estoy bien.
Alffredo, indiferente al comentario, mirando a su alrededor preguntó a
Fidel:
—¿Dónde están el áureo blasfemo y el turco?
—No lo sé.
—Bien, su presencia no nos es necesaria. Ahora vamos a ver lo que
nos interesa. Entregadme el código de Lisandro.
Héctor se adelantó seguido por su guardián, pegado a él, y entregó la
caja de madera con el códice a Alffredo. Este se guardó la pistola entre
cinturón y camisa y sacó el códice. Tras hojearlo con poco interés, se fue
directamente a la última página en la que se concentró durante un par de
minutos ante la expectación de todos los presentes. Finalmente, esbozó
una sonrisa y mirando fijamente a Fidel, sacó de nuevo la pistola y se la
colocó en el pecho mientras le preguntaba:
—¿Lo habéis encontrado?
—¿El qué?
—¿Lo habéis encontrado?
—¿Que si hemos encontrado el qué?
Alffredo pareció leer la mentira detrás de los ojos de Fidel, por lo que
ya alzando la voz le espetó:
—Videte sub terra. Y no se te ocurra decirme que no os habéis dado
cuenta. ¿Dónde está?
—No sé qué es lo que te crees que hemos encontrado, pero te
equivocas.
—Bien, si lo quieres así, lo haremos a tu manera. Enzo, prepárate para
volar la cabeza al viejo.
Se oyó un grito desde la entrada del túnel:
—¡Noooo! Deja tranquilo a mi padre, cabrón. Héctor, dales lo que
pidan, ¡Que no hagan daño a papá!
Alffredo sonriendo y mirándole a los ojos dijo a Fidel:
—La chiquita tiene razón, pero como veo que no la queréis hacer
caso, utilizaremos mi sistema. Cinco, cuatro, tres,…
Antes de que terminara la cuenta atrás, se oyó al hijo de Héctor desde
atrás gritando:
—Para, para, te daremos lo que quieres. No sé qué es lo que crees que
hemos encontrado, pero debajo del códice no había más que un ejemplar
de Biblia.
El rostro de Alffredo empezó a congestionarse y mirando a Héctor
pero sin dejar de apuntar a Fidel chilló:
—Yo no quiero ninguna puta Biblia, quiero que me deis el Crismón
sagrado y como parece que sois un poco duros de mollera y no entendéis,
igual esto sí lo entendéis.
Amartillando la pistola la levantó y apuntó a la pierna de Héctor hijo
y empezó a apretar el gatillo muy lentamente. El instinto de supervivencia
hizo que Héctor tuviera un movimiento reflejo, que le hizo tirarse a un
lado, al tiempo que sonó atronadoramente un disparo que le pasó muy
cerca. No había dejado de oírse el eco del disparo cuando se oyó un
vozarrón que pareció inundar la cueva:
—¡Que no se mueva absolutamente nadie!
Los finales de palabra reverberaron en toda la cueva durante unos
segundos y todos giraron la cabeza. Vieron que desde la otra entrada a la
cueva, se acercaba con paso enérgico un grupo de hombres, que parecían
claramente soldados, precedidos de un hombre de estatura media que
venía andando muy rápido y vestido como cualquier trabajador turco,
tocado con la típica gorra de desierto, de color beige, pero con una
amenazadora Sig Sauer, apuntando a Alffredo Denese. Los hombres que
venían tras él empuñaban con fuerza sus uzi israelíes, cuya capacidad de
tiro todo el mundo conoce. A toda velocidad y sin dejar de apuntarles,
corrieron hasta los Milites Dei y sin dejarles reaccionar los desarmaron y
tiraron al suelo.
Ilic no dio tiempo a Alffredo ni siquiera para poder hablar y en unos
segundos lo había desarmado, pero no le obligó a tirarse al suelo.
Dirigiéndose a Udo en la entrada, que estaba todavía sosteniendo a Emily
por un brazo, el hombre se quitó la gorra y le ordenó con la autoridad a la
que están acostumbradas las personas que la tienen:
—Suelta inmediatamente a esta mujer. ¿No te da vergüenza las
barbaridades que estás haciendo en nombre de esa tontería que llamáis
Milites Dei, que os ha metido en la cabeza Alffredo?
El gigantón pareció empequeñecer de repente cuando vio el rostro de
Ilic, a quien toda la guardia suiza conocía perfectamente y respetaba.
Inmediatamente soltó a Emy y poniéndose de rodillas agachó la cabeza,
mientras se le llenaban los ojos de lágrimas
Al avanzar hacia Udo, Ilic había dejado a Alffredo atrás. Éste, metió
la mano en el bolsillo izquierdo de su guerrera y sacó lo que parecía una
pequeña Star PK y empezó a levantar el brazo para apuntar a Ilic, mientras
gritaba:
—¡Maldito serbio del demonio!
Mark que lo vio, dio dos zancadas y al tiempo que llegaba como a un
metro de Alffredo, con el impulso que traía y proyectando la cadera en la
patada, le lanzó un tremendo mawashi geri[72] , que Alffredo recibió en el
costado, haciéndole caer al suelo encogido y sin poder respirar, saliendo
disparada la pequeña pistola a unos metros. Retorciéndose de dolor, se
levantó a duras penas ayudándose con las manos, pero lo que no se habría
esperado nunca sucedió. Como una furia salida de los infiernos con su roja
melena casi refulgiendo a la luz de las linternas, Emy llegó corriendo
hasta Alffredo, que no la vio llegar, pero eso sí, sintió el tremendo
puñetazo, dado con toda la rabia del mundo, con que le pegó en la sien.
Alffredo cayó redondo al suelo y esta vez no intentó levantarse.
—¡Cabrón! ¡Levántate si tienes cojones!

Totalmente sorprendido por la violencia de Emy, que nunca se habría


esperado, Alffredo prefirió agachar la cabeza.
Mark tras comprobar que Fidel y tanto Héctor padre como Héctor hijo
estaban perfectamente, salió corriendo hacia Emy, que a su vez corrió en
su dirección, hasta que se encontraron y se fundieron en un abrazo.
Todos los Milites Dei ya habían sido esposados por los hombres de
Ilic.
[72] Patada circular de gran potencia al impactar.
45. La encrucijada
Año 331 d. C. Nicaea.
Aquella noche sucedió lo que tanto me temía. Una vez que dejé limpio
el scriptorium pasé por la cocina donde me esperaba el inevitable plato de
gachas frías, aderezado hoy por suerte con unas aceitunas. Me dirigí a mi
cuarto y comprobé que Ichto, mi compañero de habitáculo, no estaba allí.
Por lo visto, había sido trasladado por obra y gracia de alguien, que yo ya
me imaginaba. Aunque no sabía adónde le habían enviado.
Cuando llegué a la habitación, que se estaba quedando casi a oscuras
porque ya hacía tiempo que había empezado a irse el sol, y no teníamos
ningún tipo de iluminación, vi una sombra sentada mi jergón, que al llegar
yo se levantó y empezó a decirme mientras extendía los brazos hacia mí:
—Querido muchacho. No he querido esperar para darte la noticia:
vamos a hacer un viaje a los santos lugares para encontrar las reliquias de
nuestro señor Jesucristo. Vamos a traerlas para exponerlas ante el pueblo
romano, que arde en deseos de conocer detalles de la vida de nuestro señor.
He pedido al emperador que me autorice a llevarte como escriba de la
expedición y ha accedido.
Cuando llegó junto a mí el obispo Priscilo me colocó una de sus finas
y huesudas manos en el hombro, mientras con la otra empezó a
acariciarme la cara produciéndome tal sentimiento de repulsión, que noté
como una furia incontrolable me subía desde el estómago generando en mí
una sensación de ira que me costó muchísimo trabajo dominar.
Durante unos instantes mi imaginación hizo pasar delante de mis ojos
lo que realmente me habría gustado que sucediera a partir de ese
momento: en un ataque de ira que no puede contener, en mi excitada
imaginación, tomé a Priscilo de las solapas de su camisola y le sacudí con
todas mis fuerzas como si fuera un muñeco, mientras le decía:
—¿Y tú te llamas cristiano? ¿Tú, que ni siquiera respetas los
mandatos de tu propia religión? Me hace gracia que vosotros los cristianos
habléis de la necesidad de ser virtuoso en cuerpo y alma y, sin embargo, os
dais a los placeres que reprobáis en nosotros los paganos.
—Pero Lisandro, lo que yo siento por ti es simplemente el amor de
Dios, que como sabes por haberlo leído en sus escritos, usa de caminos
inexplicables para llegar a los hombres.
Y al decir esto, levantó la otra mano para acariciarme la cara.
De nuevo la furia se adueñó de mí y le arrojé con todas mis fuerzas
contra la pared debajo del ventanuco, con tan mala fortuna que se dio un
golpe en la cabeza y cayó redondo al suelo. Al verle tirado en el suelo me
asusté. Me acerqué con precaución y para mi horror comprobé que
realmente estaba muerto.
En aquel momento acababa de cambiar dramáticamente mi vida.
Aunque no había pensado que habría sido tan rápidamente, la idea que me
había venido rondando de desaparecer se iba a materializar
inmediatamente. No había forma de que pudiera hacer desaparecer el
cadáver.
Lo que hice con su cuerpo fue llevarlo rodando hasta mi jergón de
paja, remover ésta hasta llegar al suelo y después lo tapé completamente
con la paja.
Visto el jergón desde la entrada no se podía saber que hubiera alguien
metido debajo de la paja. Como estaba claro que por la noche no podría
salir porque la guardia no me abriría el portón de la ciudadela, no me iba a
quedar más remedio que quedarme en la habitación hasta el amanecer. Fue
una suerte que el obispo se hubiese deshecho de Ichto, en sus lúbricas
intenciones, ya que al menos pude descansar, si no dormir, en el jergón del
que había sido mi compañero de habitación. Antes del alba había
preparado una pequeña bolsa de tela con mis muy pocas pertenencias.
Con ésta al hombro, nada más amanecer comencé con mi rutina
habitual y fui hasta las cocinas para que me dieran la ración de puls de la
mañana. Desde allí me fui directamente a la ciudadela, que llevaba poco
tiempo abierta. Saludé a los guardias que al verme pasar se mofaron de mí
como siempre, pero nada más. Salí rápidamente de la ciudad y me
encaminé hacia el sur.
A medida que iba llegando a la entrada del túnel de los sísifos, iba
notando como un cierto peso que me iba haciendo ir más despacio cada
vez. Cuando llegué a la boca de entrada de la cueva me paré a reflexionar
unos instantes. Tal y como lo veía con el poco entendimiento que la
agitación me permitía, tenía dos posibilidades: o esconderme en el túnel y
esperar a que me encontraran en la cueva, lo cual sería normalmente
cuestión de días, o intentar llegar al otro lado de la frontera del Imperio, lo
cual sería prácticamente imposible. Por el norte tendría que cruzar el gran
mar, y por el sur o por el este andar unas siete u ocho semanas, sin que me
pillaran los cazadores de esclavos o cualquier soldado.
46. El Crismón sagrado
Iznik. Excavación de Deverís, 22 de Julio de 2016.
Emy de la mano de Mark, seguidos por los demás, salieron de la
cueva, y se fueron directamente a la tienda donde se sentaron alrededor de
la mesa grande para celebrar el fin de la pesadilla y de los Milites Dei.
Cuando Ilic salió de la cueva se quedó sentado delante de la tienda
comedor acompañado de Fidel, mientras Enzo era escoltado por dos
soldados al coche en el que le iban a llevar al hospital a fin de intentar
salvar su mano, en la que había recibido un disparo en un forcejeo. Junto a
él estaba sentado Fidel que le preguntó:
—Ilic, ¿qué vamos a hacer con Alffredo, Enzo y los otros?
—No creo que sea sencillo sacarles de Turquía con las medidas de
seguridad necesarias para garantizar que no supongan un problema para sí
mismos ni para el Vaticano, por lo que lo mejor es que los dejemos aquí,
hasta que estemos de vuelta en Roma. Y en ese momento les podéis
entregar a la policía turca, tanto por el asesinato de Basir, que sacrificó su
vida para que el hijo de Deverís y sus amigos llegaran a la excavación,
como por el secuestro de Emy. Y mientras tanto, nosotros nos
encargaremos en Roma de hacer desaparecer cualquier ligazón entre ellos
y la Santa Sede, y por otro lado preparar un sistema de desinformación
para el caso de que la policía turca directamente o a través de la embajada
italiana se ponga en contacto con nosotros.
Mientras todo eso sucedía fuera, dentro de la tienda Héctor hijo había
abierto la caja fuerte oculta dentro del mueble y sacado las dos bolsas de
plástico, colocando en el centro de la gran mesa multiuso la vasija sacada
de la laguna. Colocó el códice de Lisandro en la estantería mientras el otro
se lo pasó a su hermana.
Emy sostuvo la Biblia de Constantino, con un sentimiento que en todo
se parecía a la veneración. Mientras lo hojeaba cuidadosamente no pudo
reprimir la emoción ante la belleza que se desplegaba ante sus ojos. Éste
momento era uno de esos sueños con los que todo arqueólogo a lo largo de
toda su vida sueña, y que para la mayor parte nunca llega. Para ellos ese
sueño se había cumplido.
Héctor colocó sobre la mesa en el centro una especie de bandeja de
acero inoxidable de bordes altos, encima de la cual colocó la vasija que
habían sacado Mark y el de la laguna. Allí procedió a terminar de
limpiarla bajo la atenta mirada de su padre y de Emy.
Directamente y sin más preámbulo empezó a quitarle el enorme tapón
de cal y resina que tan buen resultado le había dado al escriba Lisandro
para la conservación de sus maravillosos códices. Una vez destaponó el
cuello en la vasija, empezó a volcarlo con cuidado en el recipiente de
acero, al que empezaron a caer pequeñas piedrecitas que Lisandro debía
haber utilizado como material aislante. Cuando ya las había sacado casi
todas, notó como había algo dentro no metálico, porque no hacía ruido
que, sin embargo, era de una dimensión superior al cuello de la vasija.
Tras mirarse los tres y recibir el asentimiento de su padre que movía la
cabeza afirmativamente, Héctor con un cortacristales de diamante hizo
cuidadosamente un surco a lo largo del cuerpo central de la vasija para que
después fuera fácil reconstruirlo.
Al separar las dos partes de la vasija encontraron un amasijo de lo que
parecían pieles secas similares a las que rodeaban la Biblia de
Constantino. Inmediatamente metieron el paquete en el humidificador
para que fuera perdiendo la rigidez que tenía y permitiera ser desdoblado.
*********************
Ilic y Fidel entraron en la tienda y se sentaron con los demás
alrededor de la gran mesa.
Fidel preguntó:
—Ilic, ¿cómo tomaste la decisión de hacer un viaje tan repentino a la
excavación?
—Recibí una visita en Roma del profesor Swankid, que nos habló
sobre lo que estaban haciendo los supuestos Milites Dei y el santo padre
me ordenó que viniera de inmediato a solucionar la situación.
En ese momento se levantó Héctor hijo y se acercó a la estantería de
donde trajo, como el que trae un bebé, el códice que colocó delante de Ilic
para después tomar de Emy el «Libro de los libros» y colocárselo también
delante.
Sin la emoción que se habría esperado tuviera al hacerlo, Ilic hojeó el
códice de Lisandro, pero sin embargo dedicó algo más de tiempo a hojear
la Biblia de Constantino. Tras ese período de silencio que todos guardaron
por respeto a él, habló:
—Me gustaría quedarme esta noche aquí con vosotros, si me lo
permitís. Y me gustaría usar una app en mi portátil que me permite
conectarme con el Vaticano y compartir todo lo que vea mi webcam. Lo
quiero compartir con Su Santidad, que tiene muchísimo interés en leer el
códice de Lisandro.
*********************
A la mañana siguiente después de tomar un ligero desayuno de queso
de cabra con tomates cherry y café turco demasiado fuerte, estaban
sentados todos de nuevo en torno a la mesa. En el centro de la misma los
dos códices y al lado un bulto de tamaño medio, dentro una bolsa de tela
blanca.
Ilic había estado leyendo el códice de Lisandro durante el resto de la
tarde anterior y casi toda la noche, con su portátil conectado al generador.
Todos estaban expectantes ante lo que tuviera que decir. No se hizo
esperar más.
—Durante toda la noche, el santo padre y yo hemos estado hojeando y
leyendo, al menos de forma superficial, estos increíbles textos. El vicario
de Cristo en la tierra quiere hablar con vosotros.
Colocó su portátil en el centro de la mesa y en la pantalla apareció el
rostro del papa, que empezó a hablarles, en un castellano correcto, aunque
con acento argentino:
—Queridos amigos, habéis hecho historia. Permitidme que os dirija
unas palabras. Puedo deciros que con respecto a la Biblia de Constantino,
o «El libro de los libros», que el escriba Lisandro caligrafió tan
maravillosamente, sobre todo para su propio solaz personal, no hay nada
que a la Iglesia pueda preocupar porque en definitiva su contenido no es
más que la base de la doctrina de la Iglesia actual, cuyos fundamentos
surgieron del concilio de Nicea el año 325, tan bien orquestado por el
emperador Constantino. El problema está en esa base y fundamentos.
Como sin duda sabéis, lo que sí podría llegar a convertirse en un problema
para la Iglesia está en el códice de Lisandro. En su famosa biografía,
Eusebio, uno de los primeros padres de la Iglesia, hablaba de un escriba
llamado Lisandro que estuvo a su servicio. Eusebio fue desterrado por
Constantino por haber perdido la joya más valiosa de la cristiandad: el
Crismón sagrado que el emperador había puesto bajo su tutela. Eusebio
siempre tuvo la sospecha de que Lisandro pudo haber tenido algo que ver
con la desaparición de la joya, pero nunca tuvo la oportunidad de poderlo
demostrar. Lo que sí pudo saber a través de otro escriba y compañero de
habitación de Lisandro, es que éste había elaborado un códice en el que
contaba su vida y en el que explicaba los verdaderos orígenes del
cristianismo, tal y como los vivió en la corte de Constantino, ya que actuó
como escriba en todas las reuniones que Constantino mantuvo en el
ámbito privado con sus consejeros, Osio de Córdoba y Críspulo, así como
las que tuvo con los obispos cristianos. Ha sido con profunda tristeza que
he llegado al final de la lectura del códice de Lisandro, porque aunque sin
duda los sectores conservadores de la Iglesia y muchos otros sectores de la
sociedad lucharán a capa y espada para intentar probar su falsedad y serán
millones de personas las que digan que el códice no es más que una hábil
falsificación, yo no creo que lo sea.
En ese momento Rudy interrumpió diciendo con cierto aire triunfal:
—Este códice va a ser el que demuestre, de una vez por todas, la
falsedad sobre la que está construida la Iglesia, que no es más que un mito
que creó Constantino. Ni siquiera el pilar fundamental de vuestra religión,
Jesucristo, existió. El cristianismo está basado en una farsa y el mundo
tiene derecho a saberlo.
El Papa levantó ligeramente su mano izquierda y le pidió a Rudy, con
una serenidad, que sólo podía dar su cargo:
—Rudy, sí, sé quién eres, porque así me lo ha informado mi buen Ilic.
Te pediría que me dejaras terminar de decir lo que quiero comunicaros y
después podéis decirme todo aquello que queráis. Entiendo tu postura, que
es la expresión del pragmatismo de los áureos, aunque no entenderé nunca
vuestra obsesión por destruir las religiones. ¿Todavía no os habéis dado
cuenta de que las religiones son necesarias para mucha gente?
Dejó esa pregunta de forma retórica en el aire para continuar, sin dejar
a Rudy contestar.
—Como os iba diciendo hace un momento, creo que el códice de
Lisandro que habéis encontrado es totalmente auténtico y ello puede llegar
a plantear una serie de problemas gravísimos. ¿Se os ha ocurrido pensar en
algún momento sobre todas las implicaciones a nivel mundial, que hacer
público este descubrimiento podría tener tanto entre cristianos de a pie
como entre teólogos? ¿Os imagináis lo que dirán los mullah a los
musulmanes si se pudiera demostrar la falsedad de los orígenes del
cristianismo, tal y como los conocemos?
Emy ligeramente encendida le contestó con vehemencia:
—Pero nosotros somos arqueólogos, nuestro trabajo es precisamente
enseñarle al mundo las nuevas verdades que surgen de nuestros
descubrimientos, y si esas verdades contradicen lo que se ha venido
creyendo a lo largo de la historia, el saberlo debe ser bueno para la
humanidad.
—Querida joven, entiendo y admiro la pasión con la que llevas a cabo
tu trabajo, pero te pido que te detengas a pensar solamente un momento, y
os pido a los demás lo mismo, que os imaginéis por un momento lo que
supondría para cerca de dos mil doscientos millones de personas que
representan casi la tercera parte de la población del mundo enterarse de la
noche a la mañana que todo lo que creían con respecto a las bases y
fundamentos del cristianismo es falso, y que el nacimiento real del
cristianismo no fue más que una compleja maniobra política de
Constantino el Grande, que utilizó al cristianismo como medio para
unificar el Imperio, creando una religión a la medida de sus intereses y los
del Imperio. Yo sé que mucha gente no es creyente, pero hay muchos
cientos y cientos de millones de personas que viven en países donde la
vida es terriblemente difícil y que tienen en la religión el único bálsamo
de sus vidas, que les permite tener fe y esperanza en una vida mejor, ya
que la que tienen en este mundo no lo es. ¿Cuál creéis que sería la reacción
de desesperación de todas estas personas cuando se enteraran de que toda
esa vida futura en la que tienen puestas sus esperanzas no existe?¿Es la
verdad estricta tan importante como para hacer infelices a millones de
personas para el resto de sus vidas? ¿Quién decide qué es la verdad? ¿Es
mejor una verdad que haga sufrir o una mentira que haga feliz y más
llevadera una vida plagada de dificultades?
Mark miró a los ojos al papa, que entendió en su mirada que quería
decirle algo.
—Santidad, ¿no le parece que la gente tiene derecho a poder elegir y
que para poder hacerlo debe conocer la verdad? Gracias a este códice
podemos saber que el oscurantismo que la Iglesia ha manifestado lo largo
de su historia, no era más que una forma de encubrir la falsedad de su
origen. ¿Cómo pueden ustedes justificar los millones de muertos de los
que es responsable la Iglesia, los episodios de corrupción, de pedofilia?
Todo eso unido a la evolución científica a lo largo de los siglos que ha
desembocado en los conocimientos de la sociedad actual, hace que los
planteamientos de la Iglesia hayan devenido en completamente obsoletos
y absurdos.
—Argumento sin duda válido, aunque matizable. Estamos de acuerdo
en que la religión ha sido utilizada en muchas ocasiones por los
mandatarios de la Iglesia de forma equivocada y en que ciertos individuos
con poder dentro de la jerarquía eclesiástica han cometido atrocidades en
nombre de Dios que sólo ocultaban intereses personales. Todo eso forma
parte del pasado, al igual que las absurdas guerras que han hecho morir a
millones de inocentes. Pero en la actualidad no se puede decir lo mismo de
la Iglesia, salvo casos muy puntuales de comportamientos personales que
pueden darse en cualquier colectivo. La imperfección del hombre no se
supera con un simple hábito. Es fundamental no olvidar que el
cristianismo ha sido a lo largo de la historia el rasgo esencial de la cultura
occidental. Se puede decir sin duda alguna que la Iglesia está detrás de los
grandes logros del hombre de los últimos 2000 años, desde las
maravillosas basílicas y catedrales en arquitectura, hasta el arte
inigualable de Miguel Ángel o la música de Sebastian Bach. La Iglesia ha
dado y apoyado a alguna de las mentes más lúcidas de la historia, desde
autores como Dante Alighieri, Shakespeare o Milton, a científicos
profundamente religiosos como Descartes, Newton, Faraday. ¿De verdad
creéis que un mundo sin Dios sería un mundo mejor que el actual? Os
puedo asegurar que mundo sin Dios no será para nada un paraíso, sino que
se parecerá probablemente mucho más al infierno.
Tanto los que estábamos reunidos alrededor de la mesa como nuestro
interlocutor vía Skype, nos quedamos en silencio durante casi un par de
minutos. Fue finalmente el papa quien habló de nuevo:
—Me gustaría invitaros a comer en el Vaticano para que podamos
seguir hablando. Pero para cuando vengáis a Roma a verme, me gustaría
que hubierais reflexionado sobre la bondad y la maldad de la religión y
sobre las consecuencias que la publicidad mundial del descubrimiento del
código de Lisandro, podrían provocar.
*********************
Unos minutos después de haberse apagado la pantalla del portátil tras
la invitación del papa, Ilic y sus soldados de la guardia suiza se marcharon
al aeropuerto para volar de vuelta al Vaticano. Todos iban vestidos de
forma que no llamaran la atención y dejaron en manos de Rudy y Mark
todas las armas que habían traído para que dispusieran de ellas como
quisieran.
En la excavación, mientras vigilaban a los falsos Milites Dei,
esperaron inquietos durante varias horas a recibir la llamada de Ilic,
confirmándoles que ya iban a despegar. Sólo entonces llamaron a la policía
turca, que en menos de media hora llegó a la excavación, con varios
coches un tanto destartalados, levantando una gran polvareda y metiendo
un ruido de mil demonios, que no tenía mucho sentido en un paraje tan
aislado como aquel.
Tras darles Hamil todas las explicaciones necesarias y algunas más, se
llevaron detenidos a Alffredo y a sus hombres, y por mucho que aquel
decía gritando que él era sacerdote, no le hicieron caso alguno. Los delitos
por los que se les iba acusar, una vez que Emy, Mark y los demás
ratificaran ante la policía la denuncia verbal inicial, estaban severamente
castigados en el código penal de Turquía, por lo que les esperaba un futuro
muy poco atractivo en un penal turco, que tan poco tiene que ver con una
cárcel europea.
Tras marcharse la policía, Rudy empezó a despedirse de todos ellos, y
tras darles un abrazo por turno, dijo a Mark aunque dirigiéndose realmente
a todos:
—Espero, amigos míos, que no vayáis a ceder al chantaje emocional
al que os va a someter el Vaticano y hagáis público en todo el mundo el
contenido del códice de Lisandro. La humanidad necesita saber la verdad
para que consigamos vivir en una sociedad sin la nefasta influencia de la
Iglesia o de cualquier otra religión.
Se despidió con una sonrisa, diciendo:
—Estoy seguro de que nos veremos pronto.
Hamil fue el último en marcharse. Dijo sonriendo que su mujer le
había llamado y que sus siete hijos le estaban esperando para celebrar el
cumpleaños de la más pequeña.
*********************
Cuando se quedaron solos en la excavación, se sentaron de nuevo
Mark y Emy a un lado de la mesa y Héctor padre y Fidel al otro. Mientras
todos guardaban silencio, Héctor hijo se acercó al humidificador de donde
sacó lo que había sido un revoltijo de tiras de cuero secas que ahora habían
adquirido color y tersura. Trajo el objeto envuelto hasta la mesa
colocándolo en el centro de la cabecera donde se sentó bajo la atenta
mirada de los otros cuatro. El tamaño del objeto era aproximadamente
como el de una bandeja. Lentamente Héctor fue removiendo las tiras de
cuero que en su mayor parte se quebraban por la doblez, quedando las
partes sin doblez enteras. Poco a poco, tira a tira, fue quedando al
descubierto una especie de paño parduzco que era el envoltorio final del
objeto.
Héctor lo terminó de desenvolver con algo de trabajo porque era más
pesado de lo que parecía, y abrió completamente el paño de forma que el
objeto que contenía quedó bajo la mirada de todos los que estaban en la
mesa.
Cada uno expresó su asombro de una forma distinta, pero la impresión
que todos sufrieron al ver lo que contenía el paño, quedó plasmada
claramente en sus rostros. Delante de ellos encima de la mesa estaba lo
que probablemente sería una de las joyas arqueológicas más importantes
descubierta en la historia de la humanidad. Héctor hijo levantó el objeto de
la mesa colocándolo a unos veinte centímetros, inclinado casi
perpendicularmente al plano de la misma, para que todos lo vieran mejor:
era una especie de corona como de unos cinco o seis centímetros de
grosor, con el diámetro aproximado de un plato bastante grande. El cuerpo
principal de la corona tenía toda la apariencia de ser de oro macizo, que
simulaba ser una corona de laurel. A lo largo de todo el perímetro de la
corona y a distancias de unos de centímetros unas de otras, se veían unas
piedras muy brillantes que perfectamente podrían ser diamantes, si no
fuera por su tamaño, que parecía demasiado grande para que lo fueran.
Dentro del marco de la corona y uniendo sus extremos había una
especie de X que también parecía hecha de oro, estando la X cruzada por
su bisectriz vertical por una letra que era similar a una P. Estábamos ni
más ni menos que ante el famoso Crismón sagrado, cuyas letras formaban
el nombre de Cristo: XP.
En la parte horizontal de las aspas de la X se veían a cada lado dos
letras griegas, Alfa y Omega.
Emy con la boca medio abierta dijo:
—Esto es jodidamente increíble. Simplemente no me creo que la
hayamos encontrado nosotros.
Se volvió en su silla y se abrazó a Mark, diciéndole mientras le
miraba con ternura:
—Acabamos de hacer historia.
Héctor Deverís padre con los ojos brillantes dijo mirando a Fidel pero
dirigiéndose a todos:
—Está claro que éste es el famoso Crismón al que hace referencia
Lisandro en su códice.
Emy señalando con el dedo a las grandes piedras rojas que aún
después de mil setecientos años a través de una pátina refulgían, preguntó
a su hermano:
—Eso… ¿eso son lo que creo que son?
Héctor, que se había quedado de pie, se inclinó y muy excitado
mientras señalaba con el dedo contestó:
—Sí, fijaros en el tamaño. Son rubíes de un tamaño increíble y la
piedra que está en la intersección de la P y la X puede que sea uno de los
mayores diamantes que se haya visto nunca.
Fidel mirando a Héctor y a todos los demás dijo mientras movía
ligeramente la cabeza de forma afirmativa:
—Amigos míos, está claro que… nada es lo que parece. Creo que esas
cinco palabras resumen perfectamente todo lo que nos ha estado pasando.
Ahora sabemos claramente qué era lo que estaba buscando realmente
Alffredo Denese, con ese cuento de los Milites Dei. Esta joya tiene un
valor económico incalculable. Además del increíble revuelo que provocará
tanto desde un punto de vista histórico como académico, está el valor que
tiene para el Vaticano y la cristiandad del mundo. Pero es que por otra
parte el valor que como joya en sí tiene, estoy seguro que es inmenso.
Buscarle una comparación inevitablemente nos llevaría a lo más alto de la
escala: la tumba de Tutankamon o las joyas de Troya. Hay coleccionistas
multimillonarios y fundaciones billonarias que estarían dispuestas a pagar
lo que se les pidiera por el Crismón sagrado. Ese era todo el “interés
religioso” que movía a Alffredo y Enzo, que siempre tuvieron engañados a
los pobres idiotas que les acompañaban, cuya única misión era ayudarles a
encontrar la joya.
—Bien, y ¿cuál es el siguiente paso? —preguntó Emy, a quien
contestó su padre:
—El primer paso es sin duda certificar la autenticidad tanto de los
códices como del Crismón, para lo que tendríamos que realizar el proceso
al menos en dos centros de indubitado prestigio mundial. Aunque ya
hayamos hecho el de la datación del carbono 14 para el códice de Lisandro
en el Instituto Wiseman, como sabéis al tener que salir a toda prisa, no les
di tiempo para que emitieran certificado alguno, que, por otro lado, lo más
probable es que no lo hubieran emitido por razones de política de
seguridad israelí. Actualmente uno de los laboratorios considerado más
preciso del mundo es el del Museo Británico, en Londres. Conozco bien a
quien va hacer los análisis, por lo que son nuestra mejor apuesta. Pero
antes iremos a Suiza a la Escuela Universitaria de Tecnología Avanzada de
Zurich, que tiene el mismo nivel, sino mejor que el Museo Británico.
—Sí, pero ¿cómo nos los vamos a llevar allí? No pretenderás que
salgamos de Turquía atravesando media África para evitar las aduanas
normales. Porque en el momento que nos acerquemos a un aeropuerto se
van a disparar todas las alarmas y vamos a acabar todos…
—No, lo que voy a hacer ahora mismo es llamar a mi amigo Henry
Michel Ben Samoun.
—Y ese, ¿quién es?
—Es el cónsul francés en Estambul, al que dejé el códice para que lo
custodiara. No me va a quedar más remedio que hacerle de nuevo un poco
de chantaje emocional, recordándole viejos tiempos.
Nada más decirlo, Héctor se levantó y sacando el móvil de su bolsillo
tras unos segundos marcó el contacto de Henry y salió de la tienda. Un par
de minutos después volvió a entrar con una media sonrisa y dijo:
—Henry me ha dicho que ésta es la última vez que me va ayudar y
que no quiere saber absolutamente nada del Crismón. Le he dicho que
habíamos encontrado una joya de un gran valor, pero me ha insistido que
bastante se está comprometiendo ya con ayudarnos con los códigos. Así
que posiblemente tendremos que plantearnos si le entregamos el Crismón
a las autoridades turcas o lo dejamos escondido en algún sitio.
Dice que podemos llevarle los dos códices y los sacará del país
mañana mismo con dos empleados consulares que van precisamente a
Suiza a una conferencia.
Fidel, ¿qué te parece si nos los llevamos directamente a Estambul?
Podemos estar de vuelta por la tarde.
Fidel se limitó a asentir.
Al mismo tiempo mientras se levantaba y colgaba el bolso al hombro,
Emy dijo:
—Pues Mark y yo aprovechamos y nos vamos a Iznik, que tenemos
que comprar algo de ropa y zapatos, que nos lo dejamos todo en el
aeropuerto.
*********************
Alguien no muy lejos de allí sonrió, mientras se quitó el auricular del
oído con el que había oído toda la conversación que había tenido lugar en
la cabaña de trabajo de Héctor Deverís en la excavación. Al final iba a
tener que admitir que Rudy había hecho bien su trabajo.
47. Hagia Sophia
Iznik. Excavación de Deverís, 22 de Julio de 2016.
Una vez que se hubieron marchado todos, Héctor hijo se quedó solo en
la tienda y presidiendo la mesa su portátil, empezó a teclear en el mismo
una especie de resumen de todo lo que habían vivido durante los últimos
días.
Totalmente embebido como estaba en su trabajo, no se había
molestado ni siquiera en volver a meter el Crismón en la caja fuerte por lo
que seguía encima de la mesa, únicamente tapado con el paño en el que
había estado envuelto durante casi 1700 años. No oyó los pasos de alguien
que entró en la tienda, pero sí reconoció una voz familiar que le saludaba:
—Bueno, bueno, Héctor, ya te dije que nos veríamos muy pronto.
*********************
Emy y Mark habían estado paseando por uno de los coloridos
mercadillos de Iznik y se habían hecho con algo de ropa de color caqui
típica de la que se vende en las tiendas de aventura, que estaba tan de
moda últimamente. Entre risas al ver a Mark probándose un típico fez
turco, Emy dijo:
—Oye, no podemos dejar de visitar la mezquita de Hagia Sophia.
Justiniano intentó hacerla a imitación de la de Estambul.
—Claro, claro. Esa es la que antes de ser mezquita fue la catedral de
Santa Sofía en Iznik. Se supone que es donde tuvo lugar uno de los
concilios ecuménicos de la Iglesia en los primeros tiempos del
cristianismo, ¿no?
Tras pagarle un par de billetes de cinco liras turcas al amable portero,
más otras veinte por un pañuelo para la cabeza que entregó a Emy,
entraron al recinto de la mezquita.
Pasearon por los bonitos jardines que rodeaban al edificio, que en sus
orígenes podría perfectamente haber pasado por ser una iglesia de planta
románica. El minarete que se había construido de forma adosada al cuerpo
principal es lo que había imprimido al conjunto un cierto carácter de
mezquita, pero el observador medio podía ver claramente los orígenes
cristianos del edificio.
Disfrutaron de los aromas de las plantas en los jardines y luego en el
interior su imaginación, estimulada por las grandes columnas cuyo aspecto
original había sido respetado en la remodelación, les hizo trasladarse en el
tiempo.
—¿Te imaginas al conjunto de obispos que tomaron aquí las
decisiones que, en definitiva, consolidaron los fundamentos de la Iglesia
establecidos por Constantino unos cuatrocientos años antes?
Mientras miraba a su alrededor lentamente Mark contestó:
—Sí, sí, me lo imagino y la verdad es que, sin entrar en valoraciones
religiosas, me produce una gran sensación de paz y tranquilidad estar en
un espacio como éste que contiene parte de la historia. Mientras bebían un
poco más tarde un té con menta típico de la zona en una de las terracitas,
un tanto sucia pero agradable que había a la salida del Hagia Sophia, se
habían estado riendo un buen rato recordando el mawashi geri, que Mark
le dio a Alffredo, en la que el escriba Lisandro había bautizado como la
cueva de los sísifos. Con cierta sorna Emy le dijo:
—Chico, nunca me hubiera imaginado que estuvieras hecho un Bruce
Lee.
—Ya te conté cuando nos conocimos que el karate era una de mis
aficiones.
—No, no, si lo demostraste bien a tiempo. Alffredo se quedó de un
color blanco pajizo cuando le diste la patada, que me encantó.
De repente a Emy le empezó a cambiar la cara y el brillo de sus
alegres ojos verdes fue dejando paso a una especie de sombra. Mark un
tanto perplejo preguntó:
—¿Qué te pasa? Te ha cambiado la cara de repente. ¿Estás preocupada
por algo?
*********************
Sin levantar las manos del teclado, Héctor levantó los ojos con cierta
sorpresa, que enseguida fue sustituida por perplejidad, cuando vio que
quien había llegado era Rudy, acompañado de otra persona. Pero lo que no
entendía en absoluto era que Rudy le estaba apuntando con una pistola.
—¿Se puede saber qué demonios haces, Rudy?
—Amigo Héctor, deberías saber que nada es lo que parece. Por fin
puedo dejar de seguir haciendo el papelito de áureo fanático y hacer
aquello para lo que realmente vine aquí: llevarme el Crismón sagrado, que
estábamos completamente seguros ibais a encontrar.
Héctor, al oír estas palabras, sólo supo balbucear mientras estiraba el
brazo en un intento de proteger el Crismón que estaba encima de la
bandeja.
—Esto es una broma, ¿no?
Más rápido que él fue Rudy, que alargó la mano y tomó la joya con el
trapo que la envolvía mientras le contestaba:
—Ya sabes amigo mío que el atractivo del vil metal deja atrás
cualquier ideal. El de los áureos es original e interesante, pero hay
necesidades imperiosas y otras que lo son menos.
El acompañante de Rudy preguntó:
—¿Y los códices?
En vez de Héctor, a quien iba dirigida la pregunta, fue Rudy el que le
contestó:
—¿Pero no has oído la conversación que hemos grabado? Los códices
van camino de Estambul, por lo que esta vez no podremos hacer la jugada
completa. Pero creo que con el Crismón tendremos más suficiente, ¿no te
parece, Rick?
—¡Cállate, idiota! Amordaza y ata a Deverís. Déjale en una de las
habitaciones y que no se pueda mover en unas cuantas horas. Ah, y no se te
olvide quitarle el teléfono.
Mientras el profesor Rickhart Swankid examinaba todos los objetos
que había en las estanterías, Rudy se llevó a Héctor a una habitación donde
le ató de pies y manos fuertemente, amordazándolo y dejándolo tumbado
en el suelo. Después darle dos palmaditas en el hombro a título de
despedida, cogió el teléfono móvil de encima de la mesa de la entrada al
tiempo que decía:
—Vámonos.
El teléfono de Héctor voló unos veinte metros hasta caer en una de las
zanjas de la zona de excavación.
*********************
Emy se mantuvo en silencio durante unos segundos antes de contestar.
—No comprendo el porqué, pero tengo una sensación un tanto
extraña. No me gusta la idea de que Héctor se haya quedado solo en la
excavación con todo lo que ha pasado. No sé explicarlo, pero estoy
preocupada. Voy a llamarle para quedarme tranquila.
Tras dos intentos de llamada que daban tono pero que no fueron
contestados, preguntó a Mark:
—¿Te importa que nos volvamos a la excavación? No estoy tranquila.
Probablemente no sea nada, pero tengo una de esas sensaciones que no
sabes explicar y ahora mismo no me la puedo quitar de la cabeza. Además
ya hemos hecho la compra que queríamos, así que si no te parece mal,
¿nos vamos?.
Nada más decirlo, Mark se levantó y le tendió la mano.
*********************
Cuando Rudy y el profesor Swankid salieron de la excavación, tras
inutilizar el único coche que había quedado, aparte del que se llevaban,
discutieron unos minutos sobre la ruta que más les convenía tomar.
Swankid llevaba la voz cantante.
—Podríamos ir directamente hasta Estambul e intentar salir de allí en
coche, pero debido a los últimos atentados, hay un despliegue de policía y
militares sin precedentes, por lo que es demasiado arriesgado, sobre todo
si estos gilipollas nos denuncian, aunque no creo que lo hagan.
—Entonces, la vía más segura aunque también va a ser la más lenta,
es conducir hasta Canakkale, el puerto en el mar de Mármaris y allí
decidir si tomamos el transbordador hacia la costa europea o buscamos un
pequeño pesquero que nos saque de allí.
*********************
Cuando Héctor y Fidel, ya de vuelta de Estambul, después de haber
dejado los códices en la embajada francesa, llegaron a la excavación se
extrañaron al ver el coche en el que Emy y Mark habían ido a Iznik, que
parecía haber llegado unos segundos antes que ellos.
Pero más les extrañó que los chicos salieron de su coche y ni siquiera
se pararon para recibirles, sino que se fueron corriendo hacia la tienda de
trabajo.
Fidel y Héctor se miraron y sin decirse nada salieron del coche y
corrieron también hasta la tienda. Al entrar no vieron a nadie, pero oyeron
a Emy gritando:
—Héctor, Héctor, ¿estás bien?
En cuatro zancadas llegaron hasta la habitación desde la que estaban
saliendo las voces y vieron a Héctor maniatado y amordazado todavía
atado a una cama. Entre Mark y Emy estaban intentando quitarle todas las
ligaduras. Cuando Emy le quitó la mordaza Héctor empezó a hablar a toda
velocidad:
—Ha sido Rudy. Se presentó de repente con otro tipo pistola en mano
y se han llevado el Crismón sagrado.
Su padre preguntó, pero no a él sino a Mark:
—Pero, ¿cómo supisteis vosotros que Héctor había sido atacado?
—Fue Emy, tuvo una especie de presentimiento mientras estábamos
en Iznik.
—Héctor, ¿cómo era el otro tipo?
—Era un tipo de unos 50 años aproximadamente, vestido como un
trabajador, pero los ojos detrás de sus gafas denotaban clara inteligencia.
La ropa era claramente un intento de mimetización con el entorno. Tenía el
aspecto típico de un profesor. Ah, y a Rudy se le escapó el comienzo de su
nombre: Rick…
Héctor padre y Fidel se miraron sin acabar de creerse lo que acababan
de oír. Después de unos segundos fue el segundo quien reaccionó.
—¿Piensas lo mismo que yo, Héctor?
—Sí, también yo estoy convencido de que es Rickhard Swankid, el
líder de los áureos. El muy cabrón nos ha tenido engañados todo el
tiempo, tanto a nosotros como a Ilic. En definitiva a todo el mundo. Su
objetivo principal nunca fue conseguir los códices, que demostraban la
falsedad de los fundamentos de la iglesia, como siempre habían predicado,
sino que siempre estuvieron tras el Crismón sagrado y por eso nos
ayudaron hasta que lo encontramos. Rudy nos ha usado hasta que se lo
hemos puesto en bandeja. Lo único que les interesaba son los muchísimos
millones que podrán obtener por la joya.
—O sea, ¿que toda esa historia que nos soltó en el avión de los áureos
no era más que un cuento? —preguntó Emy con las cejas enarcadas y los
ojos encendidos.
Fue Mark quien contestó:
—No, probablemente haya bastante de verdad en lo que contaba, pero
para él no era más que un medio para conseguir un fin. Pero el fin ni
mucho menos era tan altruista como nos contaron. Como Fidel decía en
aquel primer correo, nada es lo que parece. Los áureos existen como
movimiento, y de hecho son conocidos, pero su fundador en este caso
parece ser que estaba interesado exactamente en lo mismo que Alffredo:
en conseguir el Crismón sagrado, por su enorme valor económico. Al final
casi siempre el dinero acaba primando sobre los ideales, por muy
admirables que éstos sean.
—Pero, ¿de verdad es tan valioso el Crismón?
Masajeándose ligeramente la boca, tras haber despegado la mordaza
adhesiva que Rudy le había puesto, Héctor contestó a su hermana:
—En una subasta de arte privada y lógicamente ilegal y a puerta
cerrada, no creo que fuera muy complicado que llegaran ofrecer 200 o 300
millones de euros por el Crismón sagrado. Aunque probablemente me esté
quedando muy corto y se pueda vender por mucho más.
Después de los comentarios de incredulidad por parte de los jóvenes,
Héctor padre rompió el silencio que de repente parecía haber descendido
sobre la tienda y dijo:
—No hay mucho que podamos hacer al respecto. No podemos
denunciar ante las autoridades a Swankid, porque sería lo mismo que
admitir que descubrimos el Crismón y no se lo comunicamos a la
autoridad turca, como era nuestra obligación. Tendremos que considerar
que los hados del destino no han querido que fuera nuestra la fama y el
prestigio que el descubrimiento del Crismón nos habría dado. Pero no
tenemos un mal tesoro, ¿no os parece? Tanto el códice de Lisandro como
la biblia de Constantino son desde el punto de vista arqueológico dos joyas
de tanto o más valor que el Crismón y a mí particularmente me hace
mucha más ilusión andar con ellos los pasos que tendremos que dar a
partir de ahora. La continuación de la excavación no tiene ya mucho
sentido. Hablaré con Hamil para que mantenga a los trabajadores dos o
tres semanas más y luego podemos enviar un informe al Ministerio de
Cultura turco explicándoles que, ante la pobreza del yacimiento y además
habernos quedado sin financiación, tenemos que abandonar la excavación.
Los problemas vendrán después cuando saquemos a la luz los códices.
Carraspeando un poco Emy dijo:
—Papá, ¿no tendríamos que sopesar la posibilidad de entregar los
códices al gobierno turco? Realmente, deberían entrar a formar parte del
patrimonio del pueblo turco.
Con una leve sonrisa Héctor le contestó:
—Si, Emy, desde un punto de vista moral y ético tienes toda la razón.
Pero ya sabemos lo que suele pasar en estos casos, si se tiene la inocencia
de entregar el tesoro descubierto directamente al gobierno del país en el
que se ha encontrado. En poco tiempo el original desaparece
misteriosamente y suelen colocar una copia en el museo para cubrir
apariencias, mientras alguien ha hecho un negocio multimillonario con el
descubrimiento. No, lo que vamos a hacer es llevarnos los códices para
poder trabajar con ellos primero y determinar todo su valor histórico y, por
qué no, económico. Después, y una vez debidamente asesorados
jurídicamente, se lo ofreceremos en primer lugar al gobierno turco, pero
no gratis. Todo aclarado y como aquí no tenemos nada que hacer, Fidel y
yo vamos a salir inmediatamente hacia Zurich, porque queremos estar
presentes a lo largo de todo el proceso de verificación de los códices.
Vosotros, a no ser que queráis hacer turismo, podéis volver a España.
48. La esperanza
Año 331 d. C. Nicaea.
Después de que en un instante hubieran desfilado ante los ojos de mi
mente toda esa cadena de hechos que podrían haber sucedido, si hubiera
tomado la decisión que mis instintos me pedían que tomara, volví a la
realidad.
Ese abrir y cerrar de ojos fue tiempo más que suficiente para darme
cuenta de que si quería seguir viviendo, necesitaba actuar con astucia y
olvidarme de la pasión y la furia que atenazaban mis sentidos y que me
pedían a gritos que diera su merecido al lascivo obispo cristiano.
Vi claro como el agua cristalina de un arroyo de montaña, que si hacía
creer al obispo que le estaba muy agradecido, porque me hubiera tenido en
cuenta para ir como escriba con él a ese viaje a los santos lugares,
entonces sí que tendría la oportunidad de escaparme una vez que
estuviéramos allí, porque precisamente los territorios de los santos lugares
estaban en la frontera del Imperio romano y me resultaría bastante más
fácil poder llegar desde allí a las tierras de Arabia.
Tenía plena confianza en que con mis conocimientos de varias lenguas
y con mi habilidad como escriba, no me sería demasiado difícil conseguir
ganarme el sustento con mi trabajo, y sería libre.
Decididamente este plan parecía mucho más sensato que dar rienda
suelta a mis instintos básicos, y como tal lo tomé, aunque en realidad fuera
muy en contra de mis verdaderos deseos.
Luchando interiormente para intentar no desasirme bruscamente del
abrazo del obispo, y volviendo la cara para no oler su aliento, que apestaba
a ajo, le contesté:
—Os agradezco enormemente, obispo Priscilo, el honor que a un
pobre esclavo brindáis, pensando en mí para viajar con la expedición
cristiana a los santos lugares, y realizaré mi trabajo lo mejor que pueda.
Pero si me lo permitís tengo que volver rápidamente a las cocinas porque
se me ha olvidado el encargo que me hizo mi maestro.
Diciendo esto me escabullí lo más suavemente que pude de sus brazos
y salí de mi habitáculo a toda velocidad con dirección a la cocina. Aquella
noche no volví a mi habitación. Una semana después salimos de Nicea. Mi
decidida intención era no volver a pisar suelo del Imperio romano en
cuanto pudiera escaparme de la vigilancia de Priscilo, que durante el día
no estaría muy interesado en mí. Su interés sin duda sería nocturno.
Por alguna razón que no llegué a averiguar, los soldados que vigilaban
la entrada y salida de la ciudad, habían recibido órdenes de no dejar salir a
ningún esclavo, por lo que no pude ir una última vez a la cueva de los
sísifos, para recuperar mis pequeños tesoros. Superé la tristeza que me
produjo el tener que dejarlos allí, en la seguridad de que el fatum o destino
ya tenía en mente a quien iba a encontrar en algún tiempo futuro mis
códices y el Crismón sagrado de Constantino. Estaba convencido de que
quien encontrara mis códigos se admiraría del arte del escriba que los hizo
y el que encontrara el Crismón sabría usarlo para una buena causa o al
menos le cambiaría la vida.
Nuestro viaje hasta las costas de Licia fue un tanto accidentado, pero
por fortuna para mí, el obispo Priscilo sufrió de terribles mareos, por lo
que me dejó tranquilo la mayor parte de la travesía.
Cuando llegamos a Licia, embarcamos en un birreme, que era un
barco menor de la marina romana, con base en Constantinopla, y
navegamos hasta Chipre donde tras avituallarnos, navegamos de nuevo,
pero esta vez ya con rumbo a Palestina.
Cada día que pasaba mientras respiraba la maravillosa brisa del Mare
Nostrum, sabía que me iba acercando al momento de mi libertad y eso era
más que suficiente para darme ánimos y hacerme olvidar las noches que
me quedaban por pasar en el barco.
49. El reparto
Carretera de Estambul hacia el Sur.
No habían recorrido ni 100 kilómetros en su carrera hacia Cannakkale
para poder encontrar un barco que les sacara discretamente de Turquía,
cuando vieron que un policía turco de pie en la carretera, con dos motos
paradas un poco más adelante en el arcén les daba el alto. Su compañero
estaba en subido en su moto, como preparado para salir detrás de algún
posible conductor que se diera a la fuga.
Rudy tras intercambiar miradas con Swankid, detuvo el coche
lentamente. El policía se acercó y cuando Rudy bajó la ventanilla, el
profesor se acercó desde el asiento de pasajero a la ventanilla del
conductor y saludó en turco.
Iyi aksamlar ayan.
El policía gratamente sorprendido contestó:
Iyi aksamlar, ¿eger Türke konusmayi?
Swankid continuó con una jerga ininteligible durante casi un minuto
hasta que finalmente sacó los papeles del coche y se los entregó al policía,
no sin antes meter dos billetes de 50 €, de forma que sobresalían de la
documentación. El agente tomó la documentación y mirando durante unos
segundos primero a Rudy y luego el profesor se la devolvió, no sin antes
retirar los billetes.
Una vez puestos en marcha de nuevo, Rudy preguntó de forma un
tanto retórica:
—No sabía que hablaras turco.
—En mi juventud viví durante casi un año en Estambul.
—Bueno y hablando de todo un poco, ¿cómo vamos a colocar la joya?
¿Cómo vamos a hacer líquido su valor de forma que no se levante la
liebre?
Swankid permaneció unos segundos en silencio, mientras miraba a la
carretera, como sopesando su contestación.
—Hasta ahora hay dos fundaciones, las únicas con las que he hablado,
que estarían muy, pero que muy interesadas en seguir hablando. Ese efecto
se multiplicará en el momento que vean fotos de la joya limpia y
reluciente. Muy cerca del puerto de Cannakkale donde estaremos mañana
por la mañana sin problema, hay un joyero judío que conozco hace años, al
que pediremos que limpie, bruña y prepare con el debido cuidado el
Crismón sagrado, y así podremos hacer un reportaje fotográfico completo
como elemento de marketing primario, para poder enseñárselo a los
posibles compradores.
—¿Cuánto crees que podemos sacar?
—La fundación ultrarreligiosa sueca prácticamente tiene fondos sin
límites, por lo que sería nuestro mejor candidato. La otra fundación
pertenece a un coleccionista privado japonés, pero me inclino más por la
primera. Estoy seguro de que podremos hacer una subasta y empezar con
un precio de salida de unos 150 o 200 millones. El valor de remate es
difícil predecirlo
—Y, ¿cómo vamos a hacer el reparto?
Rickhart Swankid se le quedó mirando con un gesto serio, como el de
alguien que no entiende cómo su interlocutor no comprende lo que está
explicando.
—¿Reparto? ¿Qué reparto? El dinero entrará a formar parte de los
fondos de los áureos y continuaremos, eso sí mucho más afianzados
económicamente, luchando por conseguir nuestros objetivos.
Paradójicamente el dinero que saquemos de éste objeto, que fue
fundamental para instaurar el cristianismo, nos va servir para poder luchar
contra todas las religiones.
—Pero, nosotros nos quedaremos con algo, ¿no?
—Cuando llegue el momento hablaremos.
Rudy se quedó pensando. No le había gustado nada la actitud de
Swankid. Ese hijo puta lo quería todo para él solito.
*********************
Retrepados en los butacones de primera clase, que habían conseguido
pillar por muy poco más de lo que valían los billetes en clase turista, Mark
y Emy se sonreían mientras brindaban con una aflautada copa de champán.
Héctor se había quedado en la excavación para ir preparando todo lo
que habría que mandar de vuelta a España, ya que no pensaban volver a
Iznik. Hamil le iba a ayudar con todos los detalles del desmantelamiento
de la excavación, que finalizaría él personalmente en solitario unas tres o
cuatro semanas después. Como Emy y Mark realmente no le eran
necesarios en la tediosa labor que tenía por delante, Héctor les había dicho
que se marcharán directamente para España donde él se reuniría con ellos
en una semana.
Mientras observaba el incansable ascenso de las burbujitas de
champán en su copa, Mark mirando hacia el frente en vez de hacia Emy,
que estaba sentada a su derecha y adoptando un tono de cierta seriedad
forzada, dijo como dirigiéndose a un público inexistente:
—Estoy pensando seriamente en la posibilidad de irme a vivir al sur.
Sonriendo con los ojos Emy comentó con aparente desinterés:
—Sí, no se vive nada mal en el sur.
Volviendo ahora el rostro hacia la derecha Mark continuó:
—Estoy harto del norte. Allí no he sido nunca feliz de verdad y
además hace un frío que pela y no me gustaba nada dedicarme a salvarle el
culo a los políticos corruptos, casi todos amiguetes del socio fundador del
despacho.
Emy al ver cómo había ido elevando el tono y que su grado de
excitación iba in crescendo, le tomó la mano cariñosamente, mientras con
tono un tanto burlón comentó:
—El sur es bastante grande, ¿ya tienes claro dónde vas a querer vivir?
Ante el tono guasón de ella, Mark le siguió el juego:
—Pues creo que voy a empezar a buscar compañero o compañera de
piso para poder compartir, no sé, ¿igual conoces a alguien que pudiera
estar interesado? ¿A lo mejor alguna amiga tuya? Pero, eso sí, ¡que sea
guapa y sepa cocinar!
Adoptando una fingida actitud de concentración, Emy le contestó:
—Pues sí que es una casualidad, porque yo también estoy buscando
algún sitio pequeño y agradable cerca de la costa para vivir no demasiado
lejos de mi padre, pero tampoco demasiado cerca. No sé, ¿qué tal amo de
casa eres? Si eres buen amo de casa a lo mejor podíamos compartir…
Mark intentando ponerse serio y mirando al frente comentó:
—Me lo pensaré….¡Hey, eso duele!
Emy le acababa de dar un golpe cariñoso en el costado mientras decía:
—No tienes que pensarte nada. Ya pensaré yo por los dos.
Como estaban a punto de despegar, Emy iba a desconectar su móvil
cuando se dio cuenta de que tenía un wasap pendiente de lectura. Era de su
padre, que le pedía que le llamara cuando pudiera.
*********************
Solamente unos once días después de haber salido de Turquía, Fidel y
Héctor Deverís se encontraban en una de las salas de descanso que al estilo
de las grandes empresas de Silicon Valley, proliferaban por las distintas
plantas de la Escuela Universitaria de Tecnología Avanzada de Zurich, en
la que se encontraba uno de los laboratorios de datación más reconocidos
del mundo. Fue precisamente uno de los laboratorios de esta institución, el
que estableció que la Sábana Santa había sido hecha entre los años 1260 y
1290, por lo que difícilmente podía ser lo que la leyenda decía que era.
Habían estado viviendo prácticamente al lado de la escuela desde que
llegaron por no querer separarse un solo momento ni del código de
Lisandro ni del «Libro de los libros».
Ya habían concluido la primera batería de pruebas, las cuales habían
sido más que satisfactorias en todos los sentidos. La datación por el
método del carbono 14 que con respecto al códice de Lisandro era ya la
segunda, fue categórica y no había ningún lugar a dudas. El margen se
había restringido hasta una franja tan estrecha que se había concluido por
parte del laboratorio que las obras necesariamente tenían que ser del
período que iba entre los años 315 y 335 d. C.
*********************
Después de unos tres tonos de llamada Héctor Deverís iba a contestar,
pero no le dio tiempo porque su hija empezó a hablar antes que él:
—Papá, ¿pasa algo? ¿Estáis bien?
—Sí, sí, no te preocupes estamos perfectamente. Acabamos de
terminar todos los análisis de los códices en los laboratorios de la escuela
universitaria en Zurich y nos estamos yendo al aeropuerto. Ahora volamos
hacia Inglaterra.
—Bueno y, ¿qué es lo que ha pasado? Me imagino que se ha
confirmado lo que te dijeron en Israel, ¿no?
—Sí, efectivamente se ha confirmado y ahora nos vamos a ir a
Londres para obtener una tercera y definitiva confirmación. Oye, ¿está por
ahí a Mark contigo?
—Sí, sí está. ¿Quieres hablar con él?
—Sí, pásamelo si no te importa.
Un tanto sorprendida por el repentino interés de su padre en hablar
con Mark, Emily le pasó el móvil y él, al tiempo que le preguntaba con las
manos, lo tomó y contestó:
—Hola, Héctor, ¿cómo va todo?
Después de hablar durante un par de minutos bajo la mirada entre
extrañada y molesta de Emy, Mark sonriendo colgó.
*********************
Con todos los informes debidamente sellados, legalizados y
traducidos por un notario suizo, y los códices debidamente protegidos,
viajaron después a Londres, donde Héctor tenía un gran amigo de la
juventud, Flavio Ricerde, un siciliano que parecía más inglés que italiano,
que trabajaba en el departamento de control y verificación arqueológica
del Museo Británico.
Flavio para poder evitar cualquier tipo de error, analizó el pergamino,
comparándolo con una muestra de tejido procedente de las vendas de una
momia cuya datación se conocía perfectamente por el entorno en que fue
encontrada y también se utilizó una muestra de una capa del emperador
Chandragupta del año 320 que había sido verificada en numerosas
ocasiones.
Las exhaustivas pruebas realizadas no hicieron más que confirmar los
resultados que se habían obtenido en Suiza. Una vez obtuvieron la
documentación necesaria firmada por director del departamento de
verificación y control arqueológico del Museo Británico, que certificaba la
autenticidad y la fecha, que prácticamente coincidían con la obtenida en
laboratorio suizo, decidieron hacer turismo y descansar un par de días en
Londres.
*********************
—¿Me había mandado llamar, Su Santidad?
—Querido Ilic, pasa y siéntate, por favor
Con su enérgica zancada habitual Ilic se plantó en tres pasos delante
de la austera mesa y se sentó en uno de los confidentes, esperando a que el
papa le dirigiera la palabra.
—Como sabes, ya ha transcurrido algún tiempo, creo que prudencial,
desde nuestra pequeña incursión en la excavación de Iznik en Turquía y
quizás sería ya el momento apropiado para invitar a cenar a Héctor
Deverís y a toda su familia. ¿Qué te parece si les habilitamos la casita de
los guardas al lado de la Villa Barberini en Castelgandolfo para que
puedan quedarse a dormir, y les invitamos a que vengan a cenar todos el
sábado de la semana que viene, por ejemplo?
—Empezaré a hacer los preparativos tan pronto como haya podido
hablar con Deverís y mantendré informado a Su Santidad.
50. As-salamu alaykum
Canakkale. Costa occidental de Turquía, 22 de Julio
de 2016.
Agotados tras conducir más de quince horas y haber tenido que pasar
varios controles de policía turca más, superados por Swankid por el
método de pago tradicional, Rudy aparcó a la entrada del puerto deportivo
de Cannakale justamente al lado del malecón. Al bajar del coche y tras los
estiramientos de rigor, Rudy se quedó mirando a una enorme estatua de un
caballo en el centro de la plaza que tenían delante.
—¿Qué demonios es eso?
Sonriendo con cierta condescendencia, el profesor le contestó:
—No es más que una réplica del famoso caballo de Troya. Las ruinas
de Troya que descubrió Schlieman están muy cerca de aquí y cuando
hicieron la película, decidieron dejar en homenaje a la ciudad el caballo
que habían utilizado para grabar la famosa escena, en la que los griegos
consiguieron entrar en la ciudad dentro del caballo.
Después de la lección de historia, con sus respectivas bolsas al
hombro se dirigieron al centro de la ciudad. Fueron andando siguiendo las
indicaciones de la amable voz de la aplicación Google Maps, que les fue
indicando el camino hasta su destino final, que resultó ser una placita
pequeña en la que había una extraña torre en el centro con un reloj.
Presionaron el intercomunicador que había en la puerta blindada de una
joyería de aspecto elegante. Tras el análisis de su imagen durante unos
segundos, por quien estuviera detrás de la cámara de vídeo, se oyó el clic
de apertura de la puerta. Una vez que entraron, y tras oírse de nuevo el clic
de cierre de la puerta, se abrió otra que estaba justamente enfrente de la
entrada. Un hombre que no tendría más de cuarenta y cinco años, vestido
con traje y corbata y una barba de varios días, pero suficientemente
cuidada para indicar que simplemente era consecuencia de la moda, salió a
recibirles. Se acercó al profesor con los brazos abiertos y con una sonrisa
franca y abierta le dijo, mientras le daba dos besos en sendas mejillas:
—As-salamu alaykum, mi querido amigo Rickhart, ¿cuántos años hace
que no nos vemos?
Mientras su conocido le tenía agarrado por los hombros, el profesor
contestó:
—Walaikum as-salam, mi viejo amigo Evren, como mínimo hará
veinticinco años que no nos vemos, aunque por como se te ve a ti parece
que hubieran sido solamente diez.
Al quedarse mirando el llamado Evren a Rudy, el profesor Swankid le
presentó:
—Este es mi ayudante, Rudy.
Después los intercambios de cortesía que duraron cerca de media
hora, mientras tomaban sin parar pequeñas tazas de té con menta, el
profesor explicó a Evren cuál era la razón de su visita. Al terminar de
escuchar éste le dijo:
—Pasemos a mi taller.
Tras otros dos clics de puertas blindadas entraron en un taller de
joyería con unos ocho puestos de trabajo en el que sólo había tres personas
trabajando, todas con el típico monóculo de joyero colocado sobre un ojo.
Evren les hizo pasar a su despacho, que estaba al final del taller y cerró la
puerta.
Swankid sacó con cierta ceremonia el paquete y lo desdobló con
mimo encima de la mesa, dejando a la vista el Crismón sagrado. Cuando
Evren lo vio, no pudo evitar, primero, la manifestación de incredulidad
que transmitían sus ojos y después el repentino brillo que los iluminó.
Durante unos segundos se quedó sin habla. Recuperada por fin la
compostura y sin dejar de mirar a la joya, dijo:
—Si las piedras son auténticas, quizás sea ésta la joya más
espectacular e importante que he visto en toda mi vida, y te aseguro que
visto muchas cuando trabajaba en los talleres de diamantes de Ben
Saman.
Con una sonrisa nerviosa Swankid le contestó:
—Sí, es una joya única, pero es que además tiene un valor… —se
controló a tiempo de evitar dar exceso de información—y me gustaría que
la limpiaras y la dejaras preparada para hacer un buen reportaje
fotográfico.
— ¿Qué es lo que quieres, venderla?
—Es una posibilidad, pero de momento me gustaría tener pruebas
gráficas de toda la belleza que tiene dentro. Y eso sí, si no te importa, y
espero que no te sientas ofendido, nos quedaremos aquí contigo hasta que
termines el trabajo. No la queremos perder de vista en un solo segundo.
Con el ceño fruncido, Evren y mientras hacía una floritura con el
brazo, les dijo:
—Podéis quedaros en mi despacho. Yo estaré en la mesa de trabajo
que está justo a la salida.

Oyeron el típico pitido de notificación de mensaje, que provenía sin


duda del ordenador de Evren. Desde donde estaban sentados, Swankid vio
unas luces que parpadeaban debajo de la mesa de despacho de Evren. Eran
del PC que estaba encendido.
Además de la oscuridad del cristal tintado que hacía de separador
entre el despacho y el taller, la postura en la que Evren estaba fuera
sentado prácticamente de espaldas, hacía que fuera imposible que les
pudiera ver, por lo que Swankid dio la vuelta a la mesa y se acercó a la
pantalla, que encima de la mesa desprendía el resplandor típico de una
pantalla iluminada.
En la barra de tareas vio resaltadas varias aplicaciones y entre ellas el
típico icono de WhatsApp. Pinchó y se sorprendió ligeramente al ver el
último mensaje, probablemente el causante del pitido. Empezó a leer el
hilo del que procedía y le cambió la cara.
—¿Qué te pasa, Rickhart? Parece como si hubieras visto un fantasma.
—Prepárate, tenemos que salir de aquí a toda hostia.
—¿Por qué? ¿No vamos a esperar que termine tu amigo de limpiar el
Crismón?
—No, el muy cabrón nos la quiere jugar y ha informado a alguien de
que tiene delante la joya más increíble que se puedan imaginar. Les ha
pedido que vengan al taller. Estoy seguro de que quiere quedarse con ella.
Tenemos que irnos ya.
—¿Cómo lo hacemos?
—Nos vamos sin más.
Nada más decirlo Swankid se levantó y salió del despacho seguido por
Rudy. Extrañado al verlos, Evren ni siquiera tuvo tiempo para reaccionar.
Inclinándose sobre la mesa de trabajo Swankid tomó delicadamente la
joya y su envoltorio mientras decía:
—Amigo mío, nos acaba de llamar un posible comprador en la zona y
necesitamos hacer una gestión con la joya. Cuando terminemos te la
traemos de vuelta.
Alargando la mano como intentando recuperarla Evren con una
sonrisa forzada le contesto:
—Pero Rickhart, no me ha dado tiempo a…
Ya andando hacia la salida, Swankid, se despidió:
—No te preocupes, esta tarde podrás trabajar con ella todo lo que
quieras.
Un tanto perplejo y cabreado, Evren se metió en su despacho, se sentó
delante de la pantalla y vio que la aplicación de WhatsApp estaba abierta.
*********************

Cortijo Deverís, 28 de Julio.


Hacía ya casi una semana que habían llegado a España. Mark a
petición de Emy se había instalado directamente en el cortijo de su padre,
que era lo suficientemente grande como para que todos vivieran allí sin
molestarse los unos a los otros, ya que tenía dos plantas completamente
independientes. Habían decidido que iban a empezar a buscar algún sitio
pequeño para vivir juntos.
—Emy, yo había pensado subir en el coche hasta Valladolid y recoger
todas mis cosas en unos dos o tres días, cerrar cuenta bancaria, entregar el
piso que tengo alquilado a su dueña, en fin, todas esas cosas que hay que
hacer cuando se cambia de aires. Ya no hay absolutamente nada que me
mantenga ligado a mi vida anterior, así que quiero empezar una nueva vida
aquí en el sur, contigo.
Emy se le acercó y le rodeó la cintura con los brazos mientras el
continuó hablando.
—Mientras tanto, tú podías ir buscando un piso bonito o una casita en
un sitio agradable. No sé qué es lo que opinas pero a mí me gustaría algo
cerca del mar. Tantos años metido en el interior hacen que me sea muy
atractivo poder salir al balcón por la mañana y ver el mar. Algo que no esté
demasiado lejos del cortijo de tu padre, pero lo suficiente para que
estemos independientes.
Sin contestarle Emy soltó las manos de su cintura y las llevó hasta el
cuello, para poder besarle más cómodamente.
Todavía estaban abrazados, cuando se oyó el Stand by me, de Ben E.
King en el móvil de Emy, pero como a los dos les pareció agradable lo
dejaron sonar cuatro o cinco tonos. Soltándose de Mark sin ganas ella
contestó.
Era Héctor que acababa de llegar a España. Después de hablar durante
unos minutos con él Emy sonriendo le explicó:
—Mi hermano ya está aquí, pero me ha dicho que antes de venir al
cortijo tiene que pasarse a ver una persona a la que tiene muchas ganas de
ver. ¿A que no sabes a quién?
*********************

Ronda. Agencia de viajes, 1 de agosto de 2016.


Héctor tardó casi diez días en dejar todo organizado en la excavación
para que Hamil pudiera articular ordenadamente el cierre de la misma en
dos o tres semanas. Cuando ya no podía hacer nada más decidió volverse a
España. Ya de vuelta en el pueblo, antes de ir al cortijo de su padre, y tras
llamar a Emy, salió disparado hacia Ronda, porque tenía algo que llevaba
tiempo pensando hacer cuando llegara de vuelta.
Era un día como otro cualquiera para Kathy en la pequeña agencia de
viajes y se encontraba completamente absorta tecleando y mirando a la
pantalla. Tan concentrada estaba en su trabajo que ni siquiera volvió la
cara para mirar quién era el que había hecho sonar las campanillas, que
estaban encima de la puerta de entrada y que acababa de entrar en la
agencia.
Cuando transcurridos unos segundos miró de perfil, lo único que vio
en un primer plano fue un ramo de rosas rojas detrás del cual apenas se
veía al portador. Excitada por las expectativas, de las que no había muchas
en su pequeña agencia, Kathy ya con una incipiente sonrisa, se levantó y
empezó a acercarse al recién llegado. Al ver la mano que sostenía el ramo
creyó reconocer la pulsera de cuero trenzado que le había visto puesta a su
dueño cuando la visitó la última vez. Un atisbo entre las flores le permitió
ver el pelo largo, con lo que sonriendo ya abiertamente al confirmarse lo
que su corazón le decía, habló:
—Pues fíjate que había dudado de que fueras un hombre de palabra y
no tenía nada claro que tuvieras intención de volver por aquí.
—Debería saber usted, señorita, que los Deverís somos unos
caballeros y como tales acostumbramos a cumplir con nuestra palabra.
Retirando con una mano las flores, Kathy atrajo a Héctor, que
sonriendo se tuvo que inclinar ligeramente, ladeando la cabeza levemente
hacia la derecha, para poder besarla.
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Valladolid, 2 de agosto de 2016.


Al día siguiente, Mark salió de madrugada y había conducido bastante
rápido, con lo que en menos de cinco horas y media estuvo en Valladolid.
Antes de las dos, tenía medio organizado todo para viajar al sur. Tampoco
eran tantas las cosas que tenía que llevarse: tres maletas, unos cuantos
cuadros y títulos académicos y una docena de libros a los que tenía
especial cariño. Había unos cuantos detalles que terminaría de ordenar a la
noche. El resto se lo podía quedar la dueña del piso y hacer con ello lo que
quisiera.
Ya eran casi las dos y media, cuando llegó a uno de los locales de
moda en el centro, al lado de la Plaza Mayor, «La taberna del Herrero».
Nada más entrar vio inclinado sobre una vitrina llena de pinchos a un tipo
grande, más gordo que fuerte y con una barba importante. Detrás de la
barba estaba Germán, su amigo de juventud. Al darse cuenta que alguien
entraba éste volvió la cabeza e iluminándosele el rostro con una franca
sonrisa avanzó hacia Mark envolviéndole en un abrazo de oso, que era lo
que realmente parecía, tanto por su envergadura de antiguo jugador de
baloncesto, como por su corpachón forjado por las miles de horas sentado
delante del ordenador y las buenas comidas castellanas. Poniéndole la
mano en el cuello pero sin soltarle, Germán le preguntó:
—Pero qué pasa, chavalín, o sea que llevamos toda la vida en Pucela y
te tienes que ir al sur para que nos veamos. Ya me contarás quién ha sido
la culpable, gorrión.
Tras unos rápidos intercambios sobre lo que habían estado cada uno
haciendo los últimos meses que no se habían visto, bajaron al comedor
donde tenían reservada una mesa en la esquina del salón.
Germán había sido y era el mejor amigo que Mark había tenido en
Valladolid. Eran compañeros de promoción y habían estudiado y
terminado la carrera juntos. Durante la carrera German jugaba al
baloncesto en el Fórum y sin llegar a ser una estrella del deporte, al menos
había podido pagarse la carrera y vivir bastante bien. De todas formas
siempre supo que el deporte no iba a ser su futuro, porque ya en tercero de
Derecho empezó a adaptar su forma de estudio para presentarse cuando
terminara la carrera a la oposición a registrador de la propiedad. Fue una
buena técnica y de hecho consiguió ser el registrador más joven de la
comunidad de Castilla-León.
Durante años habían estado jugando al pádel un par de veces por
semana, pero cuando Mark empezó a salir con Helena, lo dejaron, porque
ella se empeñó en que esas tardes era preferible que las dedicara a jugar al
golf con ella y además así podían relacionarse con potenciales clientes
interesantes, todo lo cual, como Helena decía, era mucho mejor política
para el despacho, que «jugar a la pelotita esa, con riesgo de lesionarse». La
posesividad de Helena no conocía límites y su idiotez por haberle seguido
la corriente tanto tiempo, menos.
—Bueno, macho, cuéntame qué ha pasado para que te hayas decidido,
aunque la verdad me parece que estás haciendo lo correcto, al menos
profesionalmente. Sabes perfectamente que yo no comulgaba demasiado
con la actividad del bufete en el que estabas y menos con la novia que
tenías, que era de lo más estirado y tontita de todo Valladolid,
independientemente de otros defectos, de los que estoy seguro ya te habrás
dado cuenta. Creo que el cambio de aires te va a sentar estupendamente.
—Tú sabes que estaba trabajando completamente desmotivado y sin
ningún interés en el bufete. Iba por las mañanas como el que fuera a
cumplir con una obligación inevitable, porque no tenía el más mínimo
interés en representar a concejales y alcaldes corruptos, amiguetes del que
casi llega a ser mi suegro.
—Machote, te has librado de entrar en un clan que tiene un
calificativo que los define perfectamente: “los trápalas”. Ibas a ser un
triste y un amargado para el resto de tu vida. Bueno venga, cuéntame a
quién has conocido.
—He empezado a creer en los azares del destino. Una llamada de
teléfono, que me hizo desplazarme al sur repentinamente, ha hecho que
conociera a una chica, Emy, y la verdad es que parece que nos llevamos
bastante bien. Tanto ella como su hermano y su padre son arqueólogos de
cierto prestigio y han hecho recientemente ciertos descubrimientos de
interés en Turquía. Hemos pasado juntos por una serie de aventuras casi
peliculeras, que te contaré en otra ocasión que tengamos más tiempo, pero
ahora, necesito que me hagas un favor, porque como registrador de la
propiedad, nadie mejor que tú para ayudarme.
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Roma. El Vaticano, 2 de agosto de 2016.


—Buenos días, ¿hablo con Héctor Deverís?
—Sí, soy yo, dígame.
—Soy Ilic Signorile. Hace unos días vivimos circunstancias
excepcionales en su excavación arqueológica en Iznik.
—Le aseguro que no lo podré olvidar mientras viva.
—Bien, como recordará, Su Santidad estaba y sigue estando muy
interesado en saber los avances que han realizado en la autentificación de
los códices que descubrieron en la excavación.
—Sin problema Ilic, puede informar a Su Santidad que la
autenticación de los códices va por muy buen camino y que ya nos la han
certificado dos de los laboratorios más prestigiosos del mundo con lo cual
el porcentaje de duda original ha descendido a niveles sin trascendencia.
Si me envía su contacto, le puedo enviar copia de los informes a su correo
electrónico.
—Al santo padre le gustaría sobremanera que tuvieran a bien usted, su
familia y colaboradores aceptar su invitación para pasar un fin de semana
en Castelgandolfo. Les hemos preparado una de las casitas anejas a Villa
Barberini, que está justamente al lado de la pequeña casa en la que el santo
padre gusta de pasar los calores del verano. Creo que estarán ustedes muy
cómodos.¿Podrían ustedes venir el próximo viernes día cinco? Una vez
que me lo confirmen les pediré sus datos personales y teléfonos para poder
enviarles las tarjetas de embarque individuales. A su llegada a Ciampino,
que está sólo a diez minutos de Castelgandolfo, les recogería un microbús
del servicio Vaticano.
—Por mi amigo Fidel y por mí, encantados, pero déjeme que consulte
con mis hijos y se lo confirmo esta tarde a éste teléfono.
—Espero su llamada. Gracias.
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Sin dejarle apenas tiempo de reacción Swankid a la cabeza y Rudy
siguiéndole los pasos desanduvieron a toda velocidad el camino que
habían hecho antes hacia arriba hasta la joyería en sentido inverso,
llegando en varios minutos frente al gran caballo de Troya donde tenían
aparcado el coche en el puerto. Un par de minutos después salían con sus
escasas pertenencias al hombro dejando el coche aparcado. Siguiendo a
duras penas las grandes zancadas de Swankid, Rudy preguntó:
—Bueno, ¿y ahora, adónde?
—Vamos hacia el embarcadero de Saat Kulesi, desde donde
pillaremos la primera barcaza que cruce a la zona europea y bajaremos por
la costa hasta Seddul.
—¿Y después?
—Desde allí nos será mucho más fácil pagarle a un barco de pesca
que nos lleve a la isla de Lemnos y desde allí pasaremos a Grecia a través
de las islas mezclándonos con los turistas de algún crucero, de los que hay
muchos en estas islas.
—Si nos han denunciado a la policía y siguen el rastro del coche,
llegarán como mucho hasta la réplica del caballo de Troya.
*********************

Valladolid, 2 de agosto.
—Hola, Mark, soy Héctor Deverís.
—Ah, Héctor, ¿qué tal? No puedo pasarte con Emy porque estoy en
Valladolid. He venido a recoger mis cosas, y además, de paso a hacer lo
que me pediste.
—No, no, mejor hablo contigo y tú ya se lo dices a los chicos. Acaba
de llamar Ilic, invitándonos a pasar en Castelgandolfo este próximo fin de
semana, durante el cual podremos hablar de todo lo que sea necesario con
el Papa antes de tomar una decisión sobre los códices. Nosotros vamos a
volar directamente desde Londres. Me imagino que no tendréis ningún
problema en ir vosotros tres para allá, pero que si tenéis algo urgente que
hacer, no pasa nada. Vamos Fidel y yo solos.
—Lo que es en cuanto a mí concierne no me lo perdería por nada del
mundo y estoy seguro que tus hijos tampoco. Pero te lo confirmo dentro de
20 minutos, en cuanto pueda localizarles.
—Hazlo por favor lo antes posible, porque Ilic nos va a mandar a cada
uno de nuestros teléfonos móviles la tarjeta de embarque. Ah, y me alegro
que hayas decidido venirte a vivir al sur, te aseguro que no te arrepentirás
y además, me imagino que vas a tener buena compañía…
Tras la sonrisa que Mark presumía al otro lado de la línea, concluyó la
llamada diciendo:
—Vale, yo mientras tanto seguiré estudiando con mi amigo Germán
cómo podríamos organizar el sistema de localización de información que
me pediste.
Tras recibir Héctor unos minutos después un mensaje por WhatsApp
de Mark en el que le confirmaba que todos estaban disponibles para el
vuelo a Roma, adjuntando además los datos de los tres para que se los
reenviara a Ilic, lo hizo, tras añadir los suyos y los de Fidel.
Menos de 30 minutos después, recibieron simultánea y
respectivamente cada uno su teléfono móvil las tarjetas de embarque: dos
vuelos directos desde Heathrow a Roma y tres vuelos de Málaga a Roma.
Héctor se quedó extrañado mirando la tarjeta de embarque y
respondió al mensaje de Ilic con una pregunta:
—¿Cómo sabías que estábamos en Londres?
En la respuesta acompañada de un emoticono sonriente, Ilic le
contestó:
—Por el típico tono doble de llamada que escuché al llamarte esta
mañana. Solamente existe en Reino Unido.
*********************
Tuvieron bastante suerte y sólo unos 15 minutos después de haber
llegado a la zona de embarque, Swankid y Rudy pudieron subir a uno de
los ferris que unía la parte asiática con la europea. Tras un trayecto de
menos de una hora estaban en el lado europeo de la provincia turca de
Cannakale.
Encontrar un coche de alquiler fue un poco más complicado de lo que
se esperaban ya que había demasiada demanda. Después de mucho
regatear con un armenio que sin duda habría sido un gran banquero, éste
les alquiló un Renault Megane que claramente había conocido tiempos
mejores. Le pagaron en efectivo, sin suministrar documentación y con la
condición de que lo dejarían al lado de una cafetería determinada del
puerto de Seddulhair.
De nuevo al volante, Rudy empezó a salir de la pequeña ciudad para
tomar la carretera hacia el sur, en dirección a Seddulhair
51. Motor de esperanza
Valladolid, 23 de julio de 2016.
Mark terminó de recoger bien entrada la madrugada todo lo que le
quedaba en el piso en el que había vivido los últimos años. Durante toda la
tarde anterior, había estado encerrado con Germán en su despacho del
Registro de la Propiedad nº1 de Valladolid, conectados a sendos
terminales. Cuando decidieron dejarlo, no porque hubieran terminado, sino
porque ya era muy tarde, fueron a picar algo a un garito que estaba ya a
punto de cerrar y después Germán se despidió deseándole que encontrara
la felicidad en el sur.
Después de dejarlo todo listo, no le dio tiempo a dormir más de dos o
tres horas. Mark se puso en marcha hacia Málaga, con pocas intenciones
de volver por la ciudad en la que había vivido los últimos seis años.
Tenía por delante casi 800 kilómetros y al día siguiente salían todos
hacia Roma. Tenía ganas de ver a Emy.
*********************
Mientras cenaban los tres juntos, Héctor le había contado a su
hermana, cómo le había pedido a Kathy que se fueran a vivir juntos, y ella
había aceptado. Cuando volvieran del viaje a Roma, Kathy se iba a
trasladar al cortijo y se iban a instalar en la parte de abajo que era
totalmente independiente. A los dos, a diferencia de Mark y Emy, les
gustaba más vivir en el campo que en la costa.
*********************
Tras un poco menos de las tres horas, que habían estimado duraría el
trayecto hasta Seddulhair, ya que apenas habían encontrado tráfico y
tampoco patrullas de policía, llegaron al punto que está justo en el
extremo sur de la franja occidental de la provincia turca.
Dejaron el coche donde les había pedido el armenio que se lo alquiló y
se dirigieron inmediatamente al puerto. Rudy se sentó a comer un
shawarma y aceitunas en la terraza de una cafetería casi llena de jubilados
jugando a algo parecido al ”dominó”, mientras Swankid se fue en busca de
un barco que les quisiera llevar hasta Lemnos.
El profesor se encontraba a sus anchas charlando en turco con los
sorprendidos patrones de los pequeños barcos de pesca. Respiró con
profunda satisfacción el aire del mar, pensando en cómo iba a cambiar su
vida cuando vendiera el Crismón: se acabó el dar clases a jóvenes
imbéciles que no apreciaban la suerte que tenían, y esos ideales que con
tanto convencimiento había predicado durante años desde los áureos,
ahora que iban a dar el tan esperado fruto, podían quedarse en eso, ideales.
Siempre sería bueno que hubiera idealistas, pero Rickhart Swankid había
tenido más que de sobra. Tenía planes muy materialistas para el futuro.
Finalmente consiguió convencer a un desconfiado turcochipriota que
con un ojo cerrado para evitar el sol examinó minuciosamente a quien le
pedía que le llevara en su barco de pesca. No le gustaba mucho la idea,
pero el extranjero que hablaba turco pasablemente bien, le había ofrecido
nada más y nada menos que 600 € por llevarle a Lemnos. Eso era lo que
ganaba prácticamente en un mes, y no tardaría más de un par de días como
mucho en volver.
Un poco menos de una hora después, Rudy y Swankid habían subido
en una especie de barco de pesca viejo, renegrido por todos los sitios, con
un motor que metía un ruido de mil demonios y que iba soltando una
columna de humo negro que recordaba a los antiguos barcos de vapor.
*********************
Pasaban unos minutos de las once cuando Héctor y Fidel aterrizaron
en el aeropuerto de Ciampino. El avión de los chicos que volaban desde
Málaga no llegaría hasta casi una hora después, por lo que se fueron a la
cafetería donde pidieron sin muchas ganas un par de expresos para ir
haciendo tiempo.
Fue de agradecer que el avión procedente de Málaga fuera puntual y
poco tiempo después del aterrizaje, los chicos con unas pequeñas maletas
de fin de semana, seguidos de Héctor y Fidel con dos maletas grandes,
salieron al exterior del aeropuerto donde la sensación de calor húmedo era
aplastante. No eran de extrañar los rostros poco amables de los taxistas,
empleados de rent-a-car, y de casi toda esa fauna habitual en los
aeropuertos. Sudorosos y bajo el implacable sol del mes de agosto en
Roma, hacían su trabajo a desgana y sin interés alguno en congeniar con
los turistas. Según decían, bastante hacían con trabajar bajo ese calor.
Se les acercó un joven moreno con el pelo muy corto, con camisa
blanca y pantalón oscuro, que en un español un tanto italianizado les
saludó:
—¿Son ustedes la familia Deverís? El mío nombre es Enrico.
Tras el saludo, les guió hasta un pequeño microbús, que llevaba un
discreto escudo del Vaticano y estaba estacionado precisamente en la zona
de prohibido parar y aparcar.
En menos de quince minutos recorrieron la distancia que separaba al
aeropuerto de Ciampino y Castelgandolfo. Enrico muy amablemente les
ayudó a instalarse en una pequeña casita que estaba justamente al lado de
la famosa villa Barberini.

Una vez que dejaron su escaso equipaje en los dormitorios que


respectivamente les habían asignado, bajaron todos al salón de la casita de
dos plantas, donde les esperaban el conductor e Ilic que extendiendo los
brazos, como si fuera un sacerdote en misa, les dio la bienvenida:
—Estimados Héctor y acompañantes, quiero darles en nombre del
santo padre la bienvenida a Castelgandolfo. Espero que estén ustedes
cómodos. Si les hiciera falta cualquier cosa, por favor no duden en llamar
a Enrico. Les ha dejado su teléfono en la mesita de la entrada. El santo
padre me ha pedido que les sugiriera que disfruten hoy del día haciendo un
poco de turismo por el bellísimo pueblo de Castelgandolfo, y que mañana
a mediodía vendrá desde Roma para comer con ustedes y poder después
hablar sobre el asunto que les ha traído a Roma. Si les parece bien, la
comida tendrá lugar a partir de las 13 horas.
—Bien, sin problema, y ¿adónde debemos dirigirnos?
—Justamente a la casita de al lado. Es exactamente igual que ésta y es
la que ocupa el santo padre cuando viene a Castelgandolfo.
La curiosidad de Emy no se hizo esperar.
—Pero, ¿no pasa el papa sus vacaciones de verano en eso que llaman
la Residenza papale, el famoso palacete?
—No, no. El papa Santiago desde que empezó a su pontificado decidió
que no quería pasar los veranos en Castelgandolfo. Dice que está
perfectamente en Roma y no le hacen falta vacaciones de ninguna clase.
Así que cuando viene aquí, suele estar unas diez o doce horas como
máximo y siempre vuelve a dormir a Roma.
Se hizo un silencio durante unos segundos hasta que Ilic retomó la
conversación.
—Si me permiten recomendarles un lugar agradable para ir a comer,
les aconsejaría que se acercarán a la Trattoria da Teo, en la Piazza de la
Libertá. Está justo al lado de la poste, o sea, correos. Es un pequeño
restaurante que solamente tiene ocho o diez mesas. La propietaria doña
Tomasina sin duda les va a ofrecer la mejor comida italiana que hayan
comido nunca. No tiene carta. Ella les dirá lo que tiene para comer y se lo
servirá directamente.
Fidel se acercó a Ilic y le estrechó durante unos segundos la mano
mientras le decía con una sonrisa:
—Gracias por el consejo, Ilic, mañana nos vemos a la una. Estoy
deseando hablar con el santo padre.
Con una pequeña mochila a la espalda y llevando de la mano Mark, a
quien se veía encantado dejándose llevar por ella, Emy dijo:
—Venga, vamos a hacer un poco de turismo.
La verdad es que parecían un grupo de turistas más que, un tanto
despistados, inmediatamente se mezclaron con el folklore humano que
invadía Castelgandolfo.
*********************
El hijo del turcochipriota era un mozalbete de unos 17 o 18 años de
profundos ojos negros y pelo ensortijado, que llevaba el timón del barco
desde dentro de la cabina. No le hacía ninguna gracia que su padre se
hubiera avenido a la petición de los infieles. Faruk no soportaba la
presunción y altanería de los turistas y en general de ningún infiel, ya que
les culpaba directamente de todos los males que sufría la umma, la
comunidad musulmana mundial. Algún día se lo haría pagar.
No paraba de mover la cabeza intentando mirar a través de unos
cristales que entre el salitre y la suciedad habían perdido casi
completamente la cualidad de transparencia. El joven miraba de forma un
tanto aviesa y no se perdía detalle de los movimientos tanto de Rudy como
de Swankid. El primero se sentó en una de las partes cercanas a la proa
entre unas cajas vacías mientras que Swankid deambulaba a pasitos cortos
por la proa intentando mantener el equilibrio.
El joven patrón se dio cuenta de que el individuo con gafas parecía
nervioso y además no soltaba absolutamente para nada una bolsa que
llevaba colgada al hombro y, de hecho, llevaba siempre una mano colocada
por encima de la misma, como para evitar que se abriera.
El joven se preguntó que contendría aquella bolsa para que aquel tipo
la protegiera de esa manera.
*********************
Mientras andaban, Emy iba contando lo que leía en la Wikipedia en su
móvil:
—La maravillosa localidad de Castelgandolfo que alberga la
residencia de verano de los papas desde hace varios siglos fue construida
por el Papa Urbano VIII en el año 1626. Su enclave privilegiado justo al
lado del lago Albano y muy cerca de Roma la hacían un sitio muy deseable
para poder huir de los terribles calores estivales de Roma, ya que el
frescor del lago y la altura de unos 400 metros por encima del nivel del
mar, la convertían en el lugar de descanso ideal. Solamente el terreno que
tiene la residencia papal es más grande que todo el Vaticano. Con casi 55
hectáreas de terreno. Eso, ¿cuánto es?
—Eso son más de medio millón de metros cuadrados —contestó
sonriendo Mark. —Anda, sigue contándonos cosas.
—Alguno de sus jardines fueron proyectados por Bernini e incluso
tiene una explotación agraria con vacas y gallinas que sirven productos
frescos al Vaticano. ¡Joder con los curitas, cómo se lo montan!
Mark consideró necesario hacer un comentario:
—El papa Santiago viene poco, porque no quiere que se le relacione
con la opulencia que aquí se respira. Esa opulencia que proviene de
tiempos pasados y que tan mal vemos todos en tiempos de escasez como
los actuales.
—Pues sí, aquí dice exactamente eso. ¡Estás puesto, eh! No sabía yo
que supieras tanto de religión. No habrás pasado por un seminario, ¿no? —
dijo Emy entre risas.

Después de un agradable paseo por estrechas calles adoquinadas de


paredes blancas, llegaron a la Piazza de la Libertá. Enseguida vieron la
poste como había llamado Ilic a correos, y casi al lado estaba el pequeño
restaurante que les había recomendado. No se veía ni siquiera el nombre,
ya que lo tapaban las ramas de un pequeño árbol. Lo único que se veía
claramente era el letrero en uno de los laterales de la puerta que decía
“Cucina italiana”.
Al entrar comprobaron que era un local pequeño con pocas
pretensiones de estilo y que había intentado permanecer fiel a las viejas
tradiciones de las típicas trattorias romanas.
Sin embargo el sencillo ambiente era muy agradable. Aromas de
orégano y tomate junto a una suave música italiana de los años setenta de
fondo lo hacían muy acogedor. Todas las mesas eran pequeñas,
exceptuando un par en las esquinas que eran un poco más grandes. Las
mesas tenían todas los clásicos manteles de plástico de cuadritos rojos y
un pequeño florero con dos claveles. Al verles un tanto despistados,
enseguida se les acercó un joven delgaducho con largas patillas y coleta,
que parecía bailotear entre las mesas. Ésta vez fue Fidel quien les
sorprendió dirigiéndose al camarero:
—Un tavolo per cinque, prego.
—Venga con me.
El joven les llevó hasta una de las esquinas e indicó la mesa mientras
decía:
—Poso voi prendere qualcosa da bere?
—Cinque boccale di birra. In quindici minuti si può prendere i
comandi.
Mientras se sentaban a la mesa, Mark mirando a su tío le dijo:
—No me acordaba de que habías estado un año en Florencia.
Con una sonrisa de oreja a oreja Fidel le contestó:
—Puede hacer tranquilamente más de veinte años que no digo una
palabra en italiano. Le he pedido que nos deje tranquilos quince minutos.

Una vez que pudieron refrescarse con la espumosa cerveza rubia que
les trajo el camarero, y mientras mordisqueaban los grissini y aceitunas
que había puesto sobre la mesa, Fidel se dirigió a todos en tono serio:
—Como sabéis todos, estamos aquí por petición del Vaticano que
tiene mucho interés en que de alguna manera negociemos con ellos la
posibilidad de no hacer público por el momento los códices que hemos
descubierto en Iznik, y muy en especial el códice de Lisandro.
—Sí, si ya hablamos de ello cuando estábamos en Turquía. Pero
nosotros somos arqueólogos y nuestra obligación es dar a conocer al
mundo aquello que descubrimos.
Héctor le puso la mano encima del antebrazo a su hija diciendo:
—Emy si no te importa, deja a Fidel que hable y luego ya decimos
cada uno lo que queramos.
Tras esta breve interrupción, Fidel continuó:
—Héctor y yo hemos hablado mucho sobre este tema en estos diez o
doce días, que hemos estado primero en Suiza y luego en Londres. De lo
que ahora tenemos absoluta certeza es que tanto el códice de Lisandro,
como la Biblia de Constantino o el «Libro de los libros», son auténticos y
fueron escritos entre el año 315 y el 330 d. C.No cabe ninguna duda en
cuanto a la vitela o piel en la que están escritos, ni con respecto a la tinta
utilizada se refiere. Además el contenido objetivo cuadra perfectamente
desde un punto de vista histórico con múltiples otras fuentes verificadas.
Su sobrino le medio regañó socarronamente.
—Fidel, chato, que a nosotros no nos tienes que convencer de nada…
—Vale, pues una vez establecida la premisa anterior, me gustaría que
os imaginéis por un momento las consecuencias de hacer público el
descubrimiento de los códices, habida cuenta de la publicidad que diez
minutos después tendría en todos los medios del mundo. Los enemigos de
la Iglesia, los no creyentes, ateos, los musulmanes, tendrían la
justificación perfecta para colaborar en la destrucción de 2000 años de
historia. Posiblemente sería el comienzo de la desaparición del
cristianismo tal y como lo conocemos. Independientemente de la actitud
religiosa de cada uno, creo que estaremos todos de acuerdo en que si
comparamos los activos o el bien que la Iglesia hace en el momento
actual, con lo que de malo pueda tener, parece claro que hace mucho más
de lo uno que de lo otro y como sabéis, o al menos Mark y Héctor saben, a
pesar de ser sacerdote soy muy crítico con la Iglesia. Parece evidente que
la Iglesia está viviendo en la actualidad sus horas más bajas a lo largo de
la historia del cristianismo, sobre todo porque no ha sabido adaptarse a los
cambios de la sociedad. El único soporte de crecimiento exponencial que
tiene en la actualidad se encuentra en el hemisferio sur, América, África,
etc. En definitiva, en aquellas zonas de gran pobreza y falta de cultura.
Pero precisamente es en aquellas zonas en las que la religión está
ayudando a la gente en sus vidas, ya que se convierte en un motor de
esperanza. Estamos hablando de cientos de millones de personas que ven
en la religión el único consuelo al que abrazarse y al que poder recurrir
para sobrellevar las penurias y las miserias de las vidas, que por haber
nacido en un lugar determinado les ha tocado vivir. No deberíamos dejar
de tener en cuenta que el futuro demográfico del mundo va a depender en
una medida muy importante precisamente de la población de ese
hemisferio sur. La renovación generacional media en el hemisferio norte
es solamente de 1.2, con lo que está claro que en el plazo de cincuenta a
cien años si no potenciamos y promocionamos muy activamente una
inmigración masiva de los países del sur, la población del hemisferio norte
irá desapareciendo. Por eso precisamente, es preferible que toda esta
inmigración del sur al norte se hiciera por personas cuya visión de la vida
fuera más cercana a nuestras posiciones y más alejada de cualquier postura
radical y violenta. Está claro que una vez que se ha educado a un colectivo
humano dentro de un entorno religioso o cultural determinado, los
individuos suelen tender incluso involuntariamente a mantener los valores
aprehendidos como inspiradores de comportamientos a lo largo de sus
vidas.
Emy saltó:
—¡Pero eso es usar otra vez la religión para manipular de alguna
manera a la gente!
—Sí, en parte tienes razón, pero sólo hasta que adquieran un nivel de
vida, de sanidad, de cultura, en definitiva, medios que les permitan tomar
decisiones con verdadera libertad. Solamente creemos que debemos
intentar hacer todo lo posible por mejorar la vida en el hemisferio sur.
Tras un largo trago de cerveza mientras los demás, en completo
silencio, le miraban expectantes y terminaban de digerir sus últimas
palabras, Fidel continuó:
—Después de haber analizado los pros y los contras de una forma
bastante exhaustiva, Héctor y yo hemos llegado a la conclusión de que
sería preferible probablemente por el momento, no hacer público el códice
de Lisandro, siempre y cuando el Vaticano esté dispuesto por un lado a
emprender una serie de reformas que tenemos en mente que adaptarían
realmente la Iglesia al siglo XXI, y por otro a tomar una serie de grandes
decisiones que, estamos seguros, promoverán el servicio de la Iglesia a la
humanidad, como nunca antes en la historia lo ha hecho.
*********************
A medida que fueron pasando las horas el joven del pelo negro
ensortijado observó cómo el pasajero que no había dejado de moverse de
un lado a otro, como un perro enjaulado en el barco, desde que salieron del
puerto, empezó a cansarse y aprovechando los últimos rayos de sol del día
se sentó apoyándose contra unos fardos de redes y cerró los ojos encarando
el oeste.
Faruk sonrió pensando en que esos pasajeros, recostados como
estaban y sometidos al pequeño balanceo del barco, se quedarían dormidos
en el momento que empezara a oscurecer.
Ese sería el momento que aprovecharía para ver qué era eso tan
importante que tenía escondido en su cartera el perro infiel. Cogió por el
puño el pequeño cuchillo cuya hoja tenía metida entre el pantalón y la piel
debajo de su vieja camisa. Durante unos segundos lo mantuvo en la mano
apretando fuerte, mientras en voz baja y con dientes apretados repetía el
mantra: Allahu akbar, Allahu akbar, Allahu akbar, Allahu akbar.
*********************
—Salvando la posible subjetividad, por ser mi tío quien lo ha dicho y
dejando claro que en principio me considero un tanto agnóstico, no puedo
por menos de decir que estoy totalmente de acuerdo con todo lo expuesto
por Fidel.
Héctor preguntó a su padre:
—Oye, papá, ¿qué es exactamente lo que se supone que vamos a
pedirle al papa?
—Vamos a pedirle varias cosas, pero para que entendáis la magnitud
de nuestras peticiones, quizás sería conveniente que Mark os explicara
algo.
Todos se quedaron mirando a Mark, que necesitó un par de segundos
para reaccionar y empezar a hablar, pero antes de que lo hiciera, Emy,
medio guiñándole un ojo le dijo en voz baja, pero que todos oyeron:
—Así que esos eran los secretitos que tenías con mi padre, ¿no?
Limitando su contestación a una sonrisa, Mark se dirigió después a
todos:
—En mi trabajo anterior, además de navegar por las procelosas aguas
del derecho penal, parte de mi actividad se desarrollaba en el ámbito de la
propiedad inmueble y precisamente una de mis funciones era la de buscar
propiedades por España de ciertas casas nobiliarias muy conocidas, que
tenían tantas que ni siquiera sabían las propiedades que tenían. En una
ocasión le comenté mi trabajo a Héctor padre y por eso me llamó cuando
supo que íbamos a tener la reunión, para que buscara cierta información
con la que poder venir a la misma. Lo que queríamos averiguar era si
había algún sistema para poder hacer un catálogo de los bienes que la
Iglesia tiene por todo el mundo o si estaba hecho. Hay países en los que la
presencia de la Iglesia lógicamente será muy pequeña, o países en los que
sea prácticamente inexistente, los de ideología comunista, los países
musulmanes etc. Pero en toda Europa, América del Norte y del Sur,
Australia y en grandes partes de África las propiedades de la Iglesia son
prácticamente incalculables. No tenéis más que pensar, que cualquier
pueblecito pequeño por muy pequeño que sea, en casi cualquiera de los
países de influencia cristiana, tiene una iglesia, un cementerio, una casa
del párroco, además de terrenos de todas clases que la Iglesia ha recibido
en aquella circunscripción ya sea por herencia, sea por los antiguos
diezmos medievales, que ha mantenido hasta la actualidad.
Para que os hagáis una idea de la magnitud que supone solamente la
tarea de intentar hacer un catálogo de las propiedades de la Iglesia, os
pongo el ejemplo de la información que me dio mi buen amigo Germán,
titular del Registro de la Propiedad nº 1 de Valladolid. Estuvimos durante
toda una tarde consultando la base de datos del Registro para hacer un
cálculo aproximado de las propiedades de la Iglesia, y de las distintas
formas de las congregaciones religiosas que hay en Valladolid capital.
Encontramos unas 2100 propiedades a nombre de la Iglesia en Valladolid.
Si sumamos todas las de los distintos pueblos de la provincia, llegaríamos
fácilmente a las 3500.
Si hacemos un cálculo muy aproximado y consideramos que cada una
de las 50 provincias españolas con sus 8200 pueblos tiene un promedio
solamente de 2000 propiedades, el total de propiedades de la Iglesia en
España rondarían los 4.100.000. Pero lo más interesante es que este
número no para nunca de crecer.
Emy interrumpió a Mark:
—Pero que pasa, ¿que la Iglesia sigue comprando propiedades? ¿Y
con qué dinero?
—Las compran sin dinero.
—¿Cómo?
—El reglamento hipotecario, reliquia jurídica de la primera mitad del
siglo XX, permitía que las propiedades que no estuvieran inscritas en el
registro de la propiedad, pudieran inscribirse con un documento expedido
por una autoridad pública, y hasta hace sólo un par de meses se
consideraba a los obispos como tales. Según los últimos cálculos
realizados, se cree que la Iglesia ha inscrito de esta manera a su nombre,
en los últimos años, unas 7.000 propiedades en toda España, alguna de
ellas tan emblemáticas o simbólicas como la mezquita de Córdoba.
Después de una mínima pausa para dar un traguito de su cerveza,
Mark continuó:
—La verdad es que es bastante complicado poder dar una cantidad ni
siquiera aproximada de la totalidad de las propiedades de la Iglesia. Lo
complica el hecho de que haya tantas diferencias entre países enormes
como Estados Unidos y otros muy pequeños. También entre ciudades hay
gran disparidad. Por ejemplo, en Roma, según dicen, el 25% de las
propiedades pertenece al Vaticano. Pero haciendo una extrapolación
mundial con un precio medio sensato, podríamos llegar a un cálculo
bastante atrevido del patrimonio inmobiliario de la Iglesia católica. Podría
rondar perfectamente el billón y medio de euros, eso sí, billón europeo, no
americano.
—¿Qué diferencia hay? —preguntó Emy.
—Un billón europeo es un millón de millones, mientras que el
americano son sólo mil millones.
—Bueno, total, las dos cantidades se escapan totalmente a mi
comprensión.
—Pues sí, además, ese cálculo aproximado lo es sin valorar ni tener
en cuenta las propiedades que son monumentos históricos o patrimonio de
la humanidad, que realmente están afectos a la Iglesia, su historia y su
actividad. Esto debería ser suficiente base para poder sentarnos a hablar
con el Vaticano, ¿no?
No dio tiempo para que nadie contestara porque en ese momento se
acercó la que sin duda debía ser doña Tomasina, que en menos de un
minuto y en un italiano que incluso a Fidel le costó trabajo seguir, les dijo
lo que les iba a traer para comer. Primero les trajo unos calamari y varios
platos de ensalada, y después el plato de pasta romano por excelencia:
bucatini all´Amatriciana.
52. Un sonolibro en Castelgandolfo
Aquel sábado amaneció tan caluroso como lo hacían casi todos los
sábados del mes de agosto en Roma, pero al menos se sentía una ligera
brisa que era la que Ilic buscaba al levantarse a aquella hora. Era una
delicia en comparación con el calor de mediodía.
Aunque fuera un desplazamiento muy corto, a Ilic le gustaba salir
temprano de Roma para llegar lo antes posible a Castelgandolfo, de forma
que cuando llegara el papa, estuviera todo listo para recibirle. Y además
hoy tenían invitados a comer. La familia Deverís, que venían con un
sacerdote, Fidel Pareo, y el sobrino de éste. Parecía algo sin importancia,
pero de la reunión que seguiría a ésta comida, podría depender en gran
medida el futuro de la Iglesia.
El papa le había prometido que iría con su chófer hacia el pequeño
municipio dando un agradable paseo matutino en coche rodeando despacio
el lago Albano. Que intentaría estar antes de las once en la casita contigua
a Villa Barberini, en la que gustaba de quedarse, por lo normal y la escasa
ostentación que en ella había.
El papa Santiago, que nada más llegar al pontificado le había
nombrado prefecto de la Casa Pontificia, según decía porque quería que
fuera su secretario personal, siempre le decía que no se preocupara si
llegaba un poco tarde. Pero Ilic no podía estar tranquilo pensando en que
le pudiera haber pasado algo, por dejarle ir a lo que él llamaba “sus
pequeñas excursiones”. Llamó al chófer:
—Giovanni, ¿dónde está?
—¿Prefecto?
—Sí, soy Ilic, dígame dónde está Su Santidad.
—Pues…
—Déjate de tonterías y dime inmediatamente dónde está.
—Como siempre le digo al santo padre, hoy le dije que era preferible
que le llevara directamente a la casa, pero nunca me hace caso y me ha
dicho que quería dar un paseo. Me pidió que le dejara a la entrada de
Castelgandolfo, justamente donde empieza el mercado de los sábados por
la mañana.
—Puf, ese mercado es demasiado grande. Vale, salimos a buscarle.
¿Cómo iba vestido?
—Iba vestido exactamente igual que cualquiera de los miles de
turistas que hay por el pueblo un sábado.
*********************
Al papa Santiago le encantaba pasear. Una de las cosas que menos le
gustaban desde que accedió al sillón de Pedro fue el protocolo y la
seguridad, que le impedían pasear a sus anchas como siempre le había
gustado por pequeñas callecitas e iglesias casi desconocidas de Roma, que
le encantaban y le llenaban de paz
Le gustaba mucho como buen argentino hablar con la gente, pero lo
tenía prácticamente prohibido para evitar situaciones en las que pudiera
ponerse en riesgo su integridad física y, como es lógico, se debía a su
cargo.
Cuando iba ocasionalmente a Castelgandolfo, disfrutaba mezclándose
con los miles de visitantes que acudían al mercado de los sábados. Era uno
de los más grandes de la comarca y le parecía interesante y divertido
deambular por los puestos multicolores con la variedad casi infinita de
pequeños artículos que ofrecían los vendedores a los turistas, voceando
por todos lados, incluso en distintos idiomas, ensalzando los
supuestamente maravillosos artículos que cada uno de los comerciantes
decía vender. Al papa en definitiva le gustaba participar con la gente en la
normalidad de la vida diaria y de la especialidad de un fin de semana en el
que todos disfrutaban del mercado.
Hoy el papa Santiago estaba especialmente contento porque le
acababan de dar una muy buena noticia por la que daba gracias a Dios. El
obispo Rangieri estaba recuperándose muy bien del cáncer que le habían
detectado y estaba respondiendo muy bien a las sesiones de quimioterapia.
Después de pasear durante casi una hora arriba y abajo por el
mercado, mirando con cuidado para no hacerse demasiado evidente su
presencia, se sintió un poco cansado y le apeteció sentarse a tomar un
refresco en alguna de las terrazas adyacentes al mercado.
Se sentó en una pequeña cafetería, mejor dicho una pequeña heladería,
y cuando se acercó la camarera, una italiana joven y bonita, como siempre
hacía en estos casos, pidió en inglés:
—¿Me puede traer un crocante y un vaso de agua?
En la mesa de al lado se dio cuenta de que había un grupo de personas,
todas con gafas de sol, pero al seguir observando vio los bastones blancos.
Era un conjunto de invidentes que estaban de excursión. Iban
acompañados de dos guías que les iban explicando todo lo que veían.
El que tenía sentado más cerca era un hombre más o menos de su
edad, con una agradable sonrisa. Parecían ingleses y de hecho escuchó
unas cuantas palabras en inglés, idioma que Santiago hablaba
perfectamente aunque con cierto acento, por lo que en un gesto de cortesía
le preguntó:
—¿Les está gustando Castelgandolfo?
Esperó durante unos segundos pero un tanto sorprendido, no recibió
respuesta alguna hasta que el buen hombre pareció darse cuenta de que le
estaban hablando y volviendo la cara ligeramente hacia él, preguntó:
—Perdone, ¿me había dicho algo? Es que estoy escuchando un
sonolibro sobre la vida del papa Santiago y estaba concentrado.
El papa intentó contener una sonrisa y después se dio cuenta del poco
sentido que tenía hacerlo y sonrió abiertamente. Al volver su contertulio la
cabeza vio que efectivamente llevaba un auricular en la oreja derecha.
—Así que está usted escuchando un, ¿cómo ha dicho?
—Un sonolibro. Es como un audiolibro pero completamente
dramatizado con música, efectos especiales, etc. La verdad es que lo
usamos habitualmente y nos encanta. Pero, ¿que me estaba usted
preguntando?
—Le estaba preguntando si les está gustando Castelgandolfo.
—Pues la verdad que por lo que nos va explicando nuestra guía y por
las fragancias del romero y del tomillo, así como la cascada de olores,
ruidos y voces que por doquier se agolpan en nuestros sentidos, tiene que
ser un sitio increíblemente agradable para vivir. Casi me puedo imaginar
los colores por todas partes. Pero no hace falta ver para darse cuenta de
que es un lugar lleno de vida.
—Me acaba usted de demostrar que cuando perdemos un sentido,
Dios nuestro señor de alguna manera nos ayuda a desarrollar los demás,
para intentar suplir en lo posible la pérdida de aquel.
Entretenido en la conversación con su nuevo amigo, el papa Santiago
no se dio cuenta de que una de las guías se había acercado a ellos y le
estaba observando con cara de curiosidad y el ceño fruncido, cuando
Santiago por acción del calor se quitó la gorra para enjugarse ligeramente
el sudor de la frente. En aquel momento dejó su rostro al descubierto y la
guía se llevó una mano a la boca dando un gritito de asombro. Y
automáticamente se arrodilló a su lado y le tomó la mano con intención de
besársela.
—Levántate hija, por favor.
Le dijo a la vez que se levantaba y le pasaba ligeramente la mano por
la cabeza. En cierto modo fue una suerte para el papa Santiago, que
aquella terraza estuviera llena, pero solamente de clientes invidentes,
todos de la misma excursión del nuevo amigo con el que había entablado
conversación.
No sabiendo muy bien qué es lo que iba a hacer, al volver la cabeza
hacia la entrada de la calle, suspiró al ver a Ilic que a grandes zancadas se
estaba acercando.
Tras despedirse de su amigo y de las guías, Santiago con su gorra de
nuevo calada hasta las orejas y acompañado de Ilic y Giovanni, empezó a
andar hacia su casita en Castelgandolfo.
*********************
Después de la comida en el restaurante de doña Tomasina, Emy y
Mark se fueron a dar un paseo por la ribera del lago Albano, mientras que
Héctor y Fidel decidieron visitar los lugares emblemáticos de
Castelgandolfo, ya que Fidel tenía bastante interés en ver los restos de la
villa de Domiciano, así como la iglesia de San Nicolás que fue construida
por Bernini. Y lógicamente no podían dejar de ver el palacio construido
sobre el castillo que fue de los Gandolfi y que dio nombre al pueblo para
convertirse después en el palacio papal.
Héctor hijo prefirió quedarse en el apartamento porque había
conexión wifi y dijo tener que hacer unas cuantas llamadas por Skype.
*********************
Al día siguiente, aunque era un poco temprano para el gusto de todos,
hacia las doce y media ya estaban preparados cuando Ilic vino a buscarles.
La casa de verano del papa parecía todavía más austera que la que
ellos ocupaban. Cualquier idea preconcebida que hubieran podido tener de
que la comida iba a estar rodeada de un cierto lujo y opulencia, no podía
estar más fuera de lugar. La mesa era una mesa de comedor normal y
estaba dispuesta en una zona del salón que realmente le venía un poco
justa. Mantel y cubiertos muy de diario, les dieron a entender que el papa
Santiago no era amante de lujos innecesarios. La mesa estaba puesta para
siete.
Ilic les ofreció un aperitivo y mientras se lo bebían el papa entró y
saludó personalmente a cada uno de ellos.
Solamente había una persona atendiéndoles que hacía las veces de
cocinera y de camarera, aunque Ilic la ayudaría a traer los platos de la
cocina.
Sin mucho preámbulo más, se sentaron todos a la mesa e
inmediatamente el papa bajó la cabeza y bendijo los alimentos que iban a
tomar.
La comida fue normal y sin pretensiones: tres insalata capricciosa
para compartir y como plato fuerte tagliattele vongole e funghi.
Durante la comida hablaron solamente sobre lo que habían podido
visitar en Castelgandolfo. Cuando llegó el postre, una especie de tubos
hechos de una masa frita, rellenos de crema pastelera, el papa sonriendo
comentó:
—Les aseguro que no pueden ustedes comer otro cannoli sicciliano
como el que hace Rosa. La receta era de su tatarabuela.
La cocinera orgullosa ante el comentario se quedó durante unos
segundos observando reacciones y volvió a la cocina satisfecha.
Después del postre y rechazado por todos el ofrecimiento de Ilic de
tomar un licor, se sentaron en torno a una mesa baja, en la esquina opuesta
del salón, rodeada por dos sofás bastante cómodos.
Cuando estuvieron todos sentados, Ilic, trayendo una especie de caja
de madera, les pidió:
—No se lo tomen a mal, pero si no les importa, les agradecería que
apagaran los móviles y los depositaran en ésta caja. Los podrán recoger
una vez hayamos terminado de hablar.
Todos se miraron entre sí, pero casi movidos por un resorte común,
obedecieron sin comentar nada al respecto. Todos pensaron lo mismo. Lo
que iban a hablar no podía salir de allí.
A continuación, Ilic dejó la caja en una cómoda a un par de metros de
los sofás y presionó un botón en la parte trasera de la misma. Aunque no
hubieran apagado los móviles, no entraría ni saldría onda sonora alguna de
la caja, que siguiendo el espíritu de la jaula de Faraday, había quedado
completamente aislada electromagnéticamente bloqueando cualquier
señal.
Después colocó una especie de router o algo parecido en el centro de
la mesa y presionó el encendido, con lo que una lucecita verde empezó a ir
a de un lado a otro del aparatito.
Fue Mark el que le preguntó
—¿Qué es? ¿Algún inhibidor de frecuencia?
—Sí. Santo padre, cuando quiera podemos empezar.

Héctor y Fidel pidieron a Ilic unas botellitas de agua y tras aclararse


un poco la garganta, Héctor se dirigió a su anfitrión:
—Papa Santiago, queremos agradecerle…
Éste le interrumpió para decirle:
—Si les parece, vamos a olvidarnos de los tratamientos formales en
ésta reunión, y en el día de hoy podemos llamarnos por nuestros nombres
de pila.
—Bien. Santiago, entonces antes de nada, queremos agradecerle su
hospitalidad. En segundo lugar, como ya le habrá comunicado Ilic, hemos
procedido a la autentificación totalmente fehaciente tanto del código de
Lisandro como de la Biblia de Constantino o el «Libro de los libros». Los
dos institutos tecnológicos en Suiza y en Londres que han autenticado los
códices son los más reconocidos por la comunidad científica. Han usado
en sus análisis tanto el sistema radiométrico tradicional como la
espectrometría de masas con aceleradores para conseguir la datación
radiocarbónica más fiable.
Miró a Fidel y luego Ilic al tiempo que continuaba:
—Fidel envió al correo electrónico de Ilic una copia de los
certificados para que pudieran consultarlo.
Ilic confirmó:
—Sí, uno de los científicos que colabora con la comisión pontifica de
arqueología sagrada los ha estado estudiando y confirma su bondad, de lo
que ya he informado al santo padre.
Considerando el papa que todos esperaban su intervención, no los hizo
esperar:
—Entonces Héctor, Fidel, jóvenes, ¿habéis reflexionado sobre la
conversación vía Skype, que tuvimos en la excavación?
Tomó el testigo Héctor Deverís padre, que se adelantó ligeramente en
el sofá para poder contestar:
—Sí, Santiago, hemos discutido mucho sobre la situación. En un lado
de la balanza hemos colocado la obligación que como arqueólogos
tenemos para con el resto del mundo, de informar y difundir nuestro
trabajo en cuanto a las nuevas evidencias históricas que supone.
Fidel tomó el testigo y continuó:
—Y en el otro lado de la balanza, hemos colocado la obligación que
también tenemos, aunque sólo sea moral, de no perjudicar a una parte muy
importante del mundo, para la cual la Iglesia es un refugio y un estímulo
que cada día les permite sobrellevar sus vidas en esos entornos de miseria,
pobreza y enfermedad. Sabemos que si hacemos públicos los códices,
posiblemente estemos hiriendo de muerte a la Iglesia y no tenemos nada
claro que pueda sobrevivir al cataclismo que supondría conocer sus
verdaderos orígenes y que todo lo que ha contado a lo largo de veinte
siglos era falso.
El santo padre tomó la palabra en su intención de argumentar el
planteamiento de Fidel:
—No voy a entrar en discusiones sobre falsedad o certeza, pero ¿qué
creen ustedes que empezaría a pasar en las iglesias, si las misas empezaran
a dejar de tener sentido para los fieles, por comprobar éstos a la luz de
éstos nuevos descubrimientos, que los orígenes de la religión eran falsos?
Mucha gente vive soñando con esa vida futura mejor que la que están
viviendo, que les promete la Iglesia y eso les permite vivir la pobre vida
que les ha tocado con esperanza. El creyente que está a punto de morir, y
muchos se vuelven creyentes en ese momento, tiene la esperanza puesta en
la resurrección que predica la Iglesia. Todos tenemos la esperanza en una
vida más allá de la muerte. ¿Es preferible privarles de la inocencia de esa
esperanza, haciéndoles morir en la desesperación de que todo se acaba, o
es por el contrario mejor dejarles morir en la tranquilidad que les
producirá el pensar que no van a desaparecer absolutamente después de la
muerte?

Ninguno de los presentes quiso replicar al santo padre y durante casi


medio minuto estuvieron en absoluto silencio. Transcurrido ese momento
de reflexión fue Mark el que intervino:
—Está claro y todos estamos de acuerdo, en que independientemente
de que tengamos el soporte científico para hacerlo, no tenemos apoyatura
moral que sancione el tomar la decisión de cambiar la vida de muchos
cientos de millones de personas, quitándoles ese consuelo y aliento de
esperanza, que les permite encarar la vida con una cierta ilusión. Al menos
hasta que todos esos países del hemisferio sur consigan evolucionar y
colocarse en plano de igualdad con los países del hemisferio norte, quizás
deba la verdad científica, sacrificar su exactitud en aras de esa inocencia.
Fue Fidel, quien por sentirse personalmente obligado, el que continuó:
—Pero por otro lado, si la Iglesia quiere continuar siendo una
institución eficiente y continuar con la importante labor que hace en el
mundo, en primer lugar tiene que adaptarse a los cambios de la sociedad.
Ya no vivimos en la Edad Media entre monarquías absolutas en las que la
Iglesia floreció y parece querer seguir perviviendo. Hay dos condiciones
fundamentales, que hemos consensuado entre nosotros, que son
absolutamente necesarias para que no hagamos público ninguno de los
códices. En el plano puramente religioso vamos hacer una lista de aspectos
que han de empezar a ser cambiados en la Iglesia de forma paulatina.
Santiago, usted sabe perfectamente cuáles son esos aspectos, porque de
hecho ya ha empezado a realizar cambios en la medieval estructura de la
Iglesia, tropezando como no podía ser de otra manera con los sectores
conservadores de la Iglesia. Con nuestra propuesta ya no van a ser simples
tropiezos con los ultraconservadores, sino que nos tememos será una
guerra abierta y encarnizada, en la que nosotros estaremos siempre de su
lado. En un documento, que antes de venir hemos enviado al correo
electrónico de Ilic, se mencionan los cambios, cuya consecución en unos
plazos medianamente razonables deben conseguirse.Los más importantes:
primero, debe desaparecer el celibato obligatorio de los sacerdotes, que
como todos sabemos tantos problemas ha traído y que en tan
comprometida situación está colocando a la Iglesia. Diariamente leemos
en los periódicos noticias sobre sacerdotes pedófilos. Creo que todos
estaremos de acuerdo que ir contra la naturaleza no tiene ningún sentido y
si los sacerdotes pudieran tener una vida más normal, teniendo la
posibilidad de elección, posiblemente podrían comprender mucho mejor la
vida de pareja y otros valores de los que predican sin conocer. Quizás el
voto de pobreza y servicio a los demás sea mucho más importante para la
sociedad que el de castidad, que tan poco natural es.
Segundo, la Iglesia debe abandonar su discurso contrario las
campañas de control de la natalidad en los países no ya pobres, sino
paupérrimos. Como todos sabemos, muchos niños no deseados en el seno
de algunas familias de países pobres como la India, acaban en muchas
ocasiones en el cubo de basura, por ser totalmente incapaces los padres de
poder ofrecerle lo más mínimo a la nueva criatura.
Ilic intervino un tanto airado:
—Pero ustedes saben que la renovación generacional en el hemisferio
norte es terriblemente baja con lo que, si no obtenemos en las próximas
décadas, una multiplicación en la tasa de inmigración de los países del sur,
la vida en hemisferio norte se tornará muy complicada e inviable
económicamente, porque simplemente no habrá recursos humanos
suficientes para su manutención.
—Estoy de acuerdo contigo Ilic, pero se hace necesario un cierto
control de la natalidad, que lógicamente tiene que ir acompañado de
medidas de promoción social. Pero esto entraría formar parte de nuestra
segunda petición. Con seguridad, estos dos puntos serán los que reacciones
más virulentas produzcan en el seno de la Iglesia y serán sin duda en los
que su santidad tendrá que imponer su autoridad espiritual y su jerarquía.
Hay otros cuantos puntos en nuestra lista, pero tienen carácter menor con
respecto a estos primeros.
En actitud un tanto beligerante, Ilic continuó:
—Lo que están ustedes proponiendo podría perfectamente entenderse
como un intento de chantaje.
—Entiendo tu obligación de contestar así Ilic, pero no es ni mucho
menos nuestra intención. Lo que pretendemos es precisamente ayudar a la
Iglesia para ser realmente un elemento de beneficio social a escala
mundial.
—¿Y cuál esa otra condición que queréis imponer a la Iglesia?
—En esencia, sería simplemente la misma exigencia que en la Biblia
se hace en la parábola de los talentos. La sociedad a lo largo de historia ha
confiado al Vaticano una serie de “talentos de oro”, entendiendo como
tales los bienes de todo tipo, clase y orden que a lo largo de dos mil años
se han ido incorporando al patrimonio de la Iglesia. Esos talentos de oro
siempre tenían o deberían haber tenido en su origen una función clara a
cumplir dentro de la Iglesia: exclusivamente dedicarse a realizar sus fines
que, en definitiva, no son más que saciar el hambre del hombre:
saciar su hambre en el plano puramente físico,
saciar su hambre de educación y cultura,
saciar las infinitas formas de hambre que se dan en el mundo actual
y, en último lugar, saciar su hambre espiritual.
—Consideramos y creo que la postura tiene decenas de millones de
adeptos, que la Iglesia ha hecho una dejación clara de sus funciones,
dedicándose a acumular riquezas, de cuya existencia ni siquiera tiene
constancia, por su desidia administrativa, mientras millones de personas
mueren anónimamente. Y ya les adelanto que nuestra petición, aunque
pueda verse como similar a la de Anthony Quinn actuando como el papa
Cirilo I en la película Las sandalias del pescador, es mucho más realista y
prosaica.

Se oyó el zumbido de un teléfono. Ilic no tuvo que meter la mano en


el bolsillo de su chaqueta para saber que le estaban llamando.
Levantándose, se disculpó.
—Tengo que salir un momento, disculpadme Santidad. En menos de
un minuto estoy de vuelta.
Ante la sorprendida mirada de todos los presentes, Ilic se dirigió a la
puerta sacando al móvil que no dejaba de vibrar.
53. Donato Bonaventura
El Vaticano.
El cardenal Callodgero estaba sentado en un pequeño patio interior
acristalado, en una de las alas de la zona de formación. Estaba sentado en
una incómoda silla de madera plegable, mientras se masajeaba los pies
descalzos con las piedrecitas, que en una capa uniforme ocupaban todo el
suelo.
Estaba rodeado de plantas y precisamente a esa hora entraba el sol en
el pequeño patio, aunque sólo durante unos treinta minutos. Le encantaba
descansar allí sus artríticas articulaciones, con los ojos cerrados y el rostro
al sol, mientras escuchaba por sus auriculares inalámbricos, uno de los
audiolibros dramatizados que tanto le gustaban. El tono in crescendo del
Ave María, empezó a sacarle de su pequeño descanso. Mirando a la
pantalla, dudó al no reconocer el teléfono que llamaba, pero la curiosidad
le pudo:
—Pronto
Su interlocutor empezó a hablar sin parar durante casi un minuto:
—Eminencia, soy Alffredo, Alffredo Denese. Estoy en una prisión
turca y no se puede imaginar vuestra eminencia el trabajo que me ha
costado poder hablar con usted. Después de casi una semana de estar aquí,
conseguí que llamasen al abogado del consulado italiano en Estambul y
vino a verme. Se llama Donato Bonaventura y es el único enlace que tengo
con el exterior. Le agradecería mucho a su eminencia que proveyera de
fondos a Donato, para que me los haga llegar, ya que la única forma que
tengo que salir de aquí es sobornando a alguno de los guardias. Si tengo
que quedarme aquí hasta el juicio, pueden pasar dos años Necesito
urgentemente su ayuda, eminencia.
Después de unos segundos de absoluto silencio, que para Alffredo se
hicieron eternos, el Cardenal Callodgero contestó:
—Alffredo, ya nos informó Ilic Signorile, el secretario del santo
padre, de su situación, que de verdad aquí todos lamentamos. Pero como
usted sabe, poco podemos hacer desde el Vaticano por usted, aunque ya
nos gustaría.
—Pero eminencia…
El cardenal Callodgero presionó un botón en su móvil, que generaba
una onda interferencial de bajo nivel, que imposibilitaba la grabación de
su conversación. A partir de aquel momento, si había alguien interesado en
hacerlo, no podría.
—Alffredo, ahora puedo hablar. Nos fallaste y lo sabes. Nos juraste
que estabas seguro de poder conseguir el Crismón sagrado de Constantino.
Sabes que las arcas de nuestro movimiento estaban muy necesitadas de la
magnífica proyección económica que habría supuesto el Crismón para
continuar con la labor del Señor, y tú lo has estropeado todo. Te aconsejo
que aproveches este tiempo de reflexión que Dios te ha dado para orar y
pedir perdón al Señor por haberle fallado.

Alffredo quedó mirando el teléfono tras colgarle el cardenal


Callodgero, completamente perplejo durante unos segundos. El
funcionario que ya pensaba en el dinero que le sacaría a este infiel, le
preguntó en un inglés bastante bueno para ser turco:
—¿Has recibido el dinero? Si no lo consigues, se te va a hacer la vida
aquí muy, muy difícil.
—Sí, sí, sin problema. Dentro de unos días me lo hará llegar.
Antes de darse la vuelta para ir de nuevo al patio a vegetar unas
cuantas horas hasta la hora de cenar, dijo al carcelero:
—Oye, Évran, tengo que hacer otra llamada. Es muy importante.
Mientras se atusaba un grasiento bigote, el turco, que perfectamente
podría haber sido un guerrero otomano de otros tiempos, le contestó:
—Hazla.
Mientras buscaba en su móvil, Alffredo sonrió para sus adentros: si
Callodgero y sus amigos querían olvidarse de él, le tocaba empezar otro
juego. Tenía que salir de la cárcel como fuera. Se puso nervioso cuando
iban ya cinco tonos de llamada, pero finalmente, sin dejar contestar a
quien llamaba, pudo decir:
—¿Prefecto Signorile?
—Sí, Ilic Signorile al aparato.
—Soy Alffredo Denese.
—Alffredo, vaya, vaya. Parece que ya has aprendido a culebrear en la
cárcel turca. Te vendrá bien porque vas a pasar allí un tiempo
considerable.
—Ya,ya, pues de eso precisamente quería hablarle. Tengo una
propuesta que hacerle.
Durante unos segundos Ilic estuvo pensando en colgar, pero no lo
hizo. Entonces Alffredo supo que tenía posibilidades.
—Sí, es una propuesta, que le aseguro le va a interesar muchísimo.
Sin muchas ganas, pero espoleado ya por la curiosidad, Ilic dejó caer:
—Bien, ¿de qué se trata?
—Estoy en disposición de darle una lista completa de la
infraestructura del movimiento dentro del Vaticano que quiere deshacerse
del papa Santiago. Tengo los datos de todos los cardenales que están de
acuerdo en conseguir que de una manera u otra abandone el sillón de
Pedro. También puedo informarle de los elementos externos al Vaticano
que van a participar en la ejecución material, si ésta tuviera que llevarse a
cabo fuera de la Santa Sede.
Ilic rompió su pequeño silencio de reflexión preguntando
agresivamente:
—Y ¿qué es lo que quieres a cambio?
—Quiero salir de aquí. Y para eso me hace falta sobornar a un
funcionario. Me podría hacer llegar el dinero a través del abogado del
consulado italiano Donato Bonaventura. Pero si se lo da, que sea en un
sobre lacrado, con algún sello inocuo. Que el abogado no pueda ver el
dinero.
—Me lo pensaré. Dame uno de los nombres en prueba de tu buena fe,
de la que como comprenderás, tengo suficientes razones en dudar.
—El cardenal Callodgero. También necesitaré algo de dinero para
empezar en algún sitio nuevo.
—Hablaremos.
*********************
Menos de un minuto después Ilic entró en tromba en el salón y de
cinco rápidas zancadas se sentó en su sillón, al tiempo que, mientras pedía
disculpas de nuevo, miraba fijamente a los ojos del papa, que dijo:
—Bien, Mark. Continúa, por favor.
—Me imagino que todos conocéis la fundación privada de caridad
más famosa del mundo, que fue creada por Bill Gates. Siendo como es uno
de los empresarios más ricos del mundo, no ha dudado en donar el
cincuenta por ciento de su patrimonio, 34.500 millones de dólares, a la
fundación que ha creado.
El papa apuntó:
—Conocemos muy bien los logros de la fundación de Bill y Melinda
Gates, ya que colaboramos estrechamente con ellos en alguno de sus
proyectos. De hecho, estuvieron cenando con nosotros hace unas semanas.
Les tenemos en muy alta estima.
—Estupendo. Pues entonces, cuando terminemos de explicársela
entenderán perfectamente nuestra propuesta: intenten visualizar, aunque
sólo sea por un momento, que se pudiera crear una fundación cuyo capital
fuera diez o quince veces el de la fundación de Gates, ¿Es capaz de
imaginarse Su Santidad lo que podría hacer esa fundación por esos
millones de personas que lo necesitan en el mundo? En cinco minutos les
daré los datos para que puedan hacerse una idea.
—Todo eso que estás diciendo Mark me parece magnífico y comparto
en parte tu planteamiento, pero si tus tiros van por ahí, ya te adelanto, que
el patrimonio de la Iglesia está adscrito a sus fines y que por lo tanto en su
mayor parte no puede enajenarse y por tanto hacerse líquido.
—Discúlpeme santidad si le contradigo, pero la mayor parte del
patrimonio inmobiliario de la Iglesia está ocioso. El tipo de propiedades
que la Iglesia tiene por todo el mundo es tan variado, que no solamente el
20%, sino incluso hasta el 80% podría hacerse líquido sin ningún tipo de
problema y sin afectar a los fines de la Iglesia en forma alguna. Piense Su
Santidad que probablemente entre el 10 y el 15% de la tierra de valor para
la agricultura y ganadería del mundo, del entorno geográfico que podemos
considerar como cristiano, pertenece a la Iglesia. Hay ciudades que son
emblemáticas como Roma en las que como usted sabe una de cada tres
propiedades pertenecen a la Iglesia. Por supuesto que no estamos hablando
de grandes monumentos sagrados ni de grandes obras de arte, que como ya
hemos dicho se consideran parte del patrimonio de la humanidad y por lo
tanto son intocables, sino de cientos de miles de propiedades distribuidas
por todo el mundo que no tienen nada que ver de forma directa con los
fines de la Iglesia. Como usted creo que sabe muy bien, en la gestión de
ese patrimonio reina en el caos por doquier y mucho nos tememos que los
rendimientos de todos esos talentos de oro estén siendo utilizados en
beneficio propio por un puñado de representantes legales, en los ámbitos
locales o nacionales.
El silencio de todos, como prueba de su atención, con un cierto grado
de aquiescencia, dio a Mark el impulso para seguir:
—¿Quiere, Su Santidad, mayor prueba de la inoperancia de la gestión
de ese patrimonio, que el hecho de que ni siquiera exista un catálogo del
mismo? ¿Podrían identificar con sus datos registrales y catastrales, las
2100 propiedades que la Iglesia tiene, no sé, en Valladolid capital, por
ejemplo?
Sin dejar mucho tiempo para que le contestaran, Mark continuó:
—Aunque los cálculos son muy aproximados y lógicamente la
extrapolación mundial no es perfecta y el margen de error puede ser
medio, el capital que podría representar hacer líquido el 20% del
patrimonio inmobiliario de la Iglesia estaría por encima del cuarto de
billón de euros. Billón europeo, no americano. Es decir, aproximadamente
doscientos cincuenta mil millones de euros. Se hace difícil incluso
imaginar lo que una fundación con ese capital, bien gestionado, podría
hacer.
*********************
Era el momento perfecto. La noche ya cerrada, cerca de la una de la
madrugada y su padre roncaba en el camastro que tenían en la cabina
inferior. Los dos extranjeros dormitaban en la cubierta tapados con lonas.
El infiel, aunque dormido, seguía agarrando la bolsa, que en parte tenía
metida debajo del costado.
Faruk colocó el destornillador entre las dos cabillas del timón y lo
ancló, como siempre hacía cuando tenía que ausentarse de la cabina, en
uno de los muchos agujeros que tenía el primitivo tablero de mandos. La
mar estaba rizada, pero navegando como lo estaban haciendo, a menos de
quince nudos, no planteaba ningún problema que dejase solo el timón.
Se acercó sigilosamente hasta el kafir y cuando llegó a su lado
comprobó por su respiración que estaba dormido. Entonces con mucho
cuidado empezó a tirar de la bolsa que el hombre tenía atrapada entre las
manos y el costado. Como la tenía fuertemente atrapada con su cuerpo, a
Faruk le falló la paciencia y dio un tirón un poco más fuerte de la cuenta.
El infiel abrió los ojos y nada más ver la mano de Faruk agarrando la bolsa
le empezó a gritar:
—Suelta mi bolsa, moro de mierda, si no quieres que te arranque la
cabeza…
Sin soltar la bolsa ninguno de los dos, se incorporaron forcejeando y
ya de pie siguieron tirando cada uno de un extremo de la bolsa, intentando
mantener el equilibrio. Faruk con una media sonrisa, pegó un tirón fuerte
con las dos manos y mientras Swankid, desequilibrado por su efecto, pero
sin soltar la bolsa, se cayó ligeramente hacia delante, Faruk sacó como un
relámpago su pequeño puñal y en dos rápidos movimientos se lo clavó a
Swankid en el costado. Éste aflojó la presión sobre la bolsa, pero aún
herido como estaba sacó fuerzas de flaqueza y dio un último fuerte tirón
de la misma.
El último esfuerzo de Swankid fue suficiente para hacer que los dos se
tambalearan junto a la pequeña baranda, y al no soltar ninguno la bolsa,
acabaron cayendo juntos por la borda, al mar con un fuerte chapoteo. Un
par de segundos después se oyeron los gritos de Swankid llamando:
—¡Rudy, Rudy, ayúdame!
Rudy que se había despertado justo en el momento que caían los dos
hombres por la borda tardó todavía unos segundos en reaccionar, pero para
cuando se quiso poner en pie y acercarse al otro lado ya habían pasado
unos cinco o seis segundos. Aunque era escasa, la velocidad a la que iba el
barco sumada al ruido del motor y el oleaje hizo que ya apenas pudiera oír
los gritos de su amigo. La negrura de la noche además hacía totalmente
imposible ni siquiera vislumbrar por dónde se encontraban.
Rudy no tuvo que tomar ninguna decisión, porque lo que tenía claro,
es que bajo ningún concepto se iba a tirar al agua en completa oscuridad
para intentar rescatar a Swankid, sobre todo ahora, que sabía cuáles eran
sus intenciones reales de quedarse para sí solo el Crismón sagrado.
Rickhart Swankid dormiría ahora en el fondo del Egeo el sueño eterno,
abrazado al tesoro que tanto ambicionó. Mirando un segundo hacia atrás y
con una media sonrisa, Rudy se tocó la frente mientras decía:
—Que la razón de Phi te acompañe.
*********************
—Amigo Ilic, ¿qué opinas?
Tras dejar a la familia Deverís junto con Mark y Fidel en el pequeño
microbús con destino al aeropuerto de Ciampino, Ilic había vuelto a
Castelgandolfo para recoger al santo padre y volver juntos a Roma. Antes
de contestar, comprobó que la ventanilla que comunicaba con el conductor
del coche estaba cerrada.
—La verdad, Santidad, es que creo que con la propuesta que nos han
presentado, nos están haciendo un gran favor. Su Santidad sabe que motu
proprio nos iba a ser mucho más difícil promover unos cambios tan
radicales como necesarios en la Iglesia.
El papa asintió ligeramente con la cabeza sin contestar. Ilic continuó:
—Sinceramente, creo que estamos ante la excusa perfecta para hacer
por la Iglesia lo que muchos sabemos que es inevitablemente necesario, no
ya por su supervivencia, que también, sino para que ésta se adapte de una
vez y por todas a la sociedad. Sin esos cambios, que ya sabemos que van
ser tremendamente difíciles de implementar, la Iglesia, como con buen
criterio decía Mark, simplemente irá desapareciendo y en menos de cien
años será prácticamente inexistente. Realmente tenemos una obligación
con dos mil años de historia de la Iglesia y los más de dos mil millones de
cristianos. ¿No cree Su Santidad, que seríamos unos gestores muy poco
diligentes si como dice la Biblia, dejamos enterrado nuestro “talento de
oro”? La obligación más importante impuesta de forma tácita, tanto por la
idea de Dios, como por la historia, a un papa diligente es la de continuar
con la trayectoria de espiritualidad que empezó con el nacimiento del
cristianismo hace ya 2000 años. Los contenidos concretos y episodios
coyunturales por los que la Iglesia ha pasado a lo largo de todo este
tiempo, tienen una importancia relativa. Lo que cuenta es que el
movimiento religioso cristiano lleva formando parte de la esencia y de la
infraestructura vital del mundo civilizado desde hace más de veinte
siglos.Si simplemente permitiéramos que el movimiento mundial más
importante de la historia de la humanidad, se fuera apagando lentamente
como una vela, ¿cómo nos juzgarían las generaciones futuras, a las que
probablemente les estuviéramos negando la posibilidad de conocer a Dios?
Con un cierto aire de tristeza, el papa preguntó:
—¿Has dicho… la idea de Dios, Ilic?
—Creo que Su Santidad me entiende.
Prefiriendo dejar a un lado la reflexión, el papa continuó:
—Pero, ¿te das cuenta de las tremendas dificultades que nos vamos a
encontrar?
—Sí, y precisamente por eso en cuanto deje a Su Santidad en el
Vaticano tomo el primer avión para Estambul.
Enarcando el ceño el papa Santiago le preguntó:
—Y ¿crees que es buen momento para viajar?, y de todas formas,
¿qué es lo que vas a hacer allí, si puedo preguntarlo?
Después de unos segundos de silencio un tanto tenso, Ilic le contestó:
—Voy al consulado italiano a recoger a un abogado con el que voy a
visitar a Alffredo Denese en la cárcel. Pero creo que es preferible que Su
Santidad sepa lo menos posible al respecto.
Con una sonrisa en los labios el Papa le regañó:
—Creo que menosprecias el soplo de inteligencia que Dios nuestro
señor tuvo a bien otorgarme. Me imagino lo que Alffredo va a contarte.
Por otro lado, lo importante es, que a pesar de que me preocupa en
extremo lo que nos estamos planteando, me alegra que tengas la
determinación, energía y disposición necesarias, para empezar con la obra
de reestructuración que nos espera, que será la más grande de la historia
del cristianismo. Espero que abordes éste difícil cometido con la devoción
debida a nuestro señor y con su inspiración. Mientras tanto, aprovechemos
el bello viaje de vuelta al Vaticano para rezar un rosario.
*********************
Tras dejar al papa descansando en sus aposentos, Ilic llamó primero a
Marcelo y después a Girolamo. Los dos formaban parte del gabinete de
asistencia de Ilic en la prefectura pontificia. Cuando se puso al servicio del
santo padre, como su secretario personal, la primera tarea que se planteó
fue una pequeña investigación y estudio de cada una de las personas que
iban a trabajar directamente con él y por ende con el papa.
Ilic había contratado los servicios de un asesor externo, un tal Wilson,
con el que nunca se veía en el Vaticano y que le ayudó a establecer un
sistema de cibervigilancia de los elementos cuya fidelidad Ilic quería tener
muy clara.
Wilson consiguió a cambio de una cantidad importante de dinero, que
según él tuvo que repartir, intervenir los teléfonos de todos los vigilados,
con lo que Ilic tuvo acceso a sus conversaciones, mensajes, wasaps y
enseguida localizó a los que estaban espiando o trabajando para el
movimiento ultraconservador del Vaticano.
En las conversaciones que tanto Marcelo como Girolamo mantenían,
aunque eran prudentes, como si temieran que alguien le estuviera
escuchando, ya había indicios más que suficientes de su relación con el
cardenal Callodgero. Se llamaban mutuamente al menos una vez a la
semana y se enviaban mensajes convocándose a reuniones en la capilla.
No le costó mucho trabajo a Ilic convencer a los dos, de que
empezaran a trabajar para él desde que se lo pidió. Seguirían dando la
información a Callodgero y a su grupo, pero mediatizada por Ilic.
Prefirieron aceptar el cambio de dirección a ser enviados para sustituir a
los sacerdotes fallecidos en la zona cristiana de Irak.
—Mañana salgo de viaje a Turquía. Si os preguntan, podéis decir que
voy a reunirme con el patriarca ortodoxo de Estambul con quien se están
produciendo acercamientos.
Sin contestar, ambos se levantaron y con una leve inclinación de
cabeza salieron del despacho de Ilic.
*********************
La reunión en la cárcel de Estambul con Alffredo Denese y el abogado
del consulado fue bastante bien. Una vez que estuvieron sentados, Ilic
pidió al sudoroso abogado que saliera del pequeño cuartucho en el que
apenas cabían la mesa y las sillas.
Una vez que estuvo a solas con Alffredo le espetó:
—Tienes tres minutos para impresionarme. Y ten en cuenta que en
cualquier momento podemos hacer una ampliación de la denuncia, para
que te quedes sine die como huésped del estado turco.
—Sí, ya sé de la relatividad de vuestro concepto de la caridad
cristiana.
Alffredo sacó subrepticiamente un papelito que puso en la mesa y
deslizó bajo la mano tapada a Ilic.
—Ésta es la lista de los once cardenales que están detrás del
movimiento ultraconservador que pretende derrocar al papa. También
están los nombres de los obispos de renombre mundial que ya han dado su
apoyo, al menos eso dice Callodgero, a la remoción del papa. Al final
aparece el nombre de un contratista independiente, antiguo miembro del
Shin Bet israelí, que utilizan para realizar acciones inconfesables.
Ilic tomó la lista y estudió minuciosamente todos los nombres que en
ella aparecían. De algunos ya sabía su postura, de otros la sospechaba,
pero se sorprendió al ver una serie de nombres, que nunca habría
imaginado ver en la lista.
Antes de guardarse el papelito en el bolsillo de su camisa, sacó su
móvil y le hizo una foto rápida, y se la autoenvió a su correo personal, por
si le quitaban el papel. Inmediatamente oyó el repiqueteo en el cristal de
vigilancia, llamándole la atención.
Ilic sacó un sobre alargado de su bolsillo, y de la forma más
disimulada que pudo se lo pasó a Alffredo por debajo de la mesa al tiempo
que le decía:
—Ésta información que me das no compensa el mal que pretendías
hacer, pero nuestro señor te da otra oportunidad. Ahí van cien billetes de
500 €. Deberías tener bastante para pagarte la salida de la cárcel y que te
quede algo. Endereza tu vida. Ah, y entenderás que si por las acciones que
realicen a partir de ahora los conspiradores se puede deducir que les has
avisado de alguna manera, vas a tardar muy poco tiempo en volver a
prisión.
—Pero esa cantidad me deja muy poco margen, una vez que salga de
aquí…
—Date por satisfecho y da gracias a Dios y al santo padre. Has tenido
mucha suerte. —dijo Ilic saliendo del cuartucho.
54. La Pietá
Llegando a Lemnos.
Incómodamente acodado en la borda, Rudy estaba mirando sin ver
mucho más que la negrura de la noche, tanto en el agua como en el cielo.
Ya se habían alejado considerablemente del punto en el que Swankid y el
joven turco habían caído al agua.
Sonriendo, Rudy se acordó de la primera vez que había hablado con
Swankid. De cómo le convenció inmediatamente con el ideario de los
áureos en su lucha contra cualquier tipo de religión, que según él nublaban
la visión real del mundo de los hombres. Sin duda el profesor vendía bien
sus ideas.
Desde su integración en el movimiento, Rudy estuvo convencido de
que lo único que les movía era la pasión por la verdad científica y su lucha
contra lo metafísico y espiritual que se encarnaba en la religión. Pero
estaba claro que nada era lo que parecía.
Como queriendo relegar a un segundo plano el recuerdo de la muerte
de Swankid, Rudy se concentró en su situación. ¿Cómo iba a reaccionar el
padre del joven turco cuando al despertar le dijera que su hijo se había
caído por la borda? Probablemente querría dar la vuelta al barco
inmediatamente para intentar y a encontrar a su hijo. Rudy no se podía
permitir esa pérdida de tiempo.
Como estaba todavía durmiendo se acercó a él en silencio y sacando
su pistola le dio un fuerte culatazo en la cabeza. El turco pasó de estar
dormido a estar inconsciente. Pesaba mucho más de lo que parecía y Rudy
tuvo que hacer un esfuerzo considerable para poder llevarle hasta la borda
y echarle por la misma al agua.
Al igual que Swankid y su hijo, el turco desapareció en cuestión de
segundos.

Rudy se acercó hasta el timón y se sentó en la cabina a esperar el


amanecer, que sería aproximadamente cuando, según le había dicho el
turco, estaba previsto que llegaran al puerto de Lemnos.
No le sería demasiado difícil atracar, ya que en su juventud tuvo el
carnet de patrón de yates, y el barco era de todo menos tecnología punta.
Desde allí le sería fácil pasar desapercibido entre los grupos de
turistas de crucero y viajar hasta España. Había decidido instalarse allí, le
gustaba el clima mediterráneo y la vida sería agradable. Además sabía que
en Barcelona había un pequeño grupo de áureos. Si ellos, en la inocencia
de su ideario, no le ayudaban, seguro que no sería demasiado difícil
encontrar un trabajo. Él también se sabía vender.
*********************
Ilic no perdió ni un segundo a la vuelta de su viaje a Turquía. Ya desde
el aeropuerto Ataturk en Estambul había llamado a Wilson para quedar
con él en la pequeña cafetería del Trastévere donde habitualmente se
veían. Aterrizó en Fiumicino con el tiempo un poco justo para todo lo que
tenía que hacer antes de la reunión. Fue en taxi hasta el Vaticano, dejó su
pequeño maletín de viaje y tras una ducha rápida, se cambió de camisa,
antes de entrar en su despacho, cerrando la puerta tras de sí.
Una vez que sacó de la suspensión en la que se encontraba su
ordenador, introdujo la clave de desbloqueo, para entrar en el escritorio.
En el buscador de Windows tecleó “imágenes” y entró en la carpeta donde
tenía todas las imágenes, que cualquiera podría ver si accedía a su equipo.
Era una colección variopinta de imágenes sagradas mezcladas con
imágenes personales, nada que llamara la atención. Colocó el cursor sobre
una fotografía de La Pietá de Miguel Ángel e hizo un doble clic.
Automáticamente se le abrió una pantalla en la que se le solicitó una clave
de 16 dígitos. Tras introducirla, se abrió un sistema de carpetas en el que
tenía clasificados los historiales personales de cada uno de los cardenales
de la curia romana y de casi todos sus colaboradores.
Éste sistema de encriptación informática que en el argot se conoce
como esteganografía, le había sido de mucha utilidad en su agitada vida de
juventud en los Balcanes, de la que prefería no recordar más que los
momentos buenos.
Seleccionó las carpetas correspondientes a los once cardenales que
aparecían en la lista de Alffredo Denese y las abrió. Con un leve
movimiento de ojos comprobó que su impresora estaba encendida.
Seleccionó todos los documentos y los envió a la impresora.
Unos quince minutos después tenía una carpeta con todos los detalles
que había podido recopilar desde que llegó a la prefectura papal de cada
uno de los cardenales que según Denese pertenecían al grupo que pretendía
conspirar contra el papa.
Después de cerrar todas las pantallas y dejar nuevo en suspensión su
ordenador, con la carpeta bajo el brazo, menos de media hora después de
haber entrado, salió rápidamente con la intención de no llegar tarde a su
cita.
Las tres o cuatro veces que se habían encontrado lo habían hecho en
un pequeño local de segunda línea en el Trastévere, que lo mismo podía
ser considerado una cafetería que un bar, ya que no tenía claramente
definida ninguna especialidad. Ilic llegó, con su gorra calada hasta las
orejas, tapándole su gran cabeza casi totalmente calva, casi un minuto y
medio tarde.
Wilson le estaba esperando sentado en una de las mesitas interiores en
penumbra con un refresco por delante. Siempre solían reunirse hacia las
seis de la tarde porque era la típica hora de escasa actividad para la mayor
parte de los negocios, lo que les permitía poder hablar con libertad sin
temor a que nadie les pudiera escuchar.
—Disculpa que llegue un poco tarde.
—Sólo un minuto y medio, es aceptable.
Una vez que el camarero se marchó tras dejar en la mesa otro refresco
para él, Ilic le pasó la carpeta que traía bajo el brazo a Wilson.
—Ahí tienes los historiales y toda la información que he podido
recopilar sobre estos once cardenales. Necesito una investigación total y
completa de todos ellos que tienes que preparar en un plazo máximo de 20
días.
—Hablemos claro, qué es exactamente lo que quieres que encuentre.
Ilic no dudó ni un segundo en contestar:
—Necesito saber los “trapos sucios” que tiene cada uno de ellos,
necesito urgentemente obtener cualquier tipo de información sobre ellos o
relacionada con ellos que me pueda colocar en una posición de ventaja
para poder negociar con ellos.
—Es muy poco tiempo, voy a tener que contratar a más gente.
—Bien, eso no será un problema. Como es posible que no encuentres
nada de alguno de ellos, creo que sería necesario que les colocáramos
micrófonos. Podemos recurrir de nuevo a “tu amigo”, el que te ayudó a
intervenir los teléfonos móviles de los últimos que investigamos.
—No lo sé. Tendré que preguntárselo. ¿Hay algún sitio especial aparte
de sus estancias privadas donde se reúnan habitualmente?
—Sí, tenemos un salón de lectura al lado de la biblioteca, en la que
habitualmente se sientan muchos de nuestros sacerdotes, cardenales, para
hablar de cuestiones religiosas o de cualquier otra índole. Sé que varios de
ellos se reúnen habitualmente allí, casi siempre en la misma mesa, la más
alejada de la entrada.
—Entonces nos va a hacer falta instalar en esa sala cámaras y micros
direccionales. Bien, ¿en qué momento podemos entrar en sus
habitaciones?
—La mejor hora es a las 7:15 de la mañana en la que todos nos
encontramos reunidos en la capilla principal para la misa de la mañana.
Quizás lo más fácil sea haceros pasar por instaladores de fibra óptica. Yo
puedo dar instrucciones para que os dejen pasar. Eso sí, lo tendréis que
hacer todo en un máximo de dos horas.
—Bien, me organizo y te aviso de cuándo entramos a hacerlo.
*********************
Estaban todos sentados alrededor de la gran mesa rectangular del
comedor en el cortijo de Héctor Deverís. Fidel y Héctor a un lado,
mientras los tres jóvenes se sentaban en el otro. Fue Fidel el que rompió el
silencio:
—He estado hablando esta mañana con Ilic Signorile, que tan
cortésmente nos recibió en Castelgandolfo.
Como siguió un silencio tras haberlo dicho, Emy un tanto impaciente
le preguntó abriendo los brazos en el gesto típico de interrogación:
—Vale, y ¿qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho?
Después de mirarse Héctor y Fidel entre sí, con una sonrisa, fue este
último quien contestó:
—El Papa está de acuerdo en empezar a estudiar la forma para
viabilizar lo que le pedimos. Está de acuerdo en que la supervivencia de la
Iglesia está en juego y que aunque nuestra petición pueda parecer una
especie de chantaje, su fin último es deseable.
Dando unas palmaditas como si fuera una niña pequeña, Emy
exclamó:
—¡Pero eso es genial! Ahora, lo que está claro es que todos nosotros
tenemos que ser parte de una manera u otra de la fundación. No vamos a
poder hacer público nuestro descubrimiento arqueológico pero a cambio
vamos a poder ayudar probablemente a cientos de millones de personas.
Sólo pensar en la idea, ya me hace sentirme bien.
—Dentro de unas semanas se pondrán en contacto con nosotros, para
que vayamos de nuevo a Roma donde empezaremos a discutir el mapa de
ruta de la creación de la fundación con los distintos representantes que
escogerá el Vaticano al efecto.
55. El serbio
El Vaticano.
Con paso enérgico, aunque con desgana, el cardenal Callodgero se
encaminó por el largo pasillo del ala oeste de la prefectura para ir al
despacho de Ilic Signorile, el prefecto papal y secretario personal del papa
que le había convocado a una reunión.
¿A dónde se iba a llegar en el Vaticano? —se preguntó mentalmente.
El Vaticano y lo que era peor, sus puestos de poder, estaban siendo
invadidos por los extranjeros. Primero, el argentino; ahora, Ilic, su
protegido, que era serbio o croata, o algo por el estilo. Se estaban
perdiendo los valores tradicionales romanos, que sólo los italianos sabían
realmente respetar.
Ni siquiera le hizo falta llamar a la puerta, porque daba la sensación
de que el cardenal le estaba esperando y sabía que estaba ya allí. En el
momento que levantó la mano para llamar, una cabeza calva y sonriente la
abrió y le dio la bienvenida:
—Cardenal Callodgero, gracias por venir con tan poco preaviso. Sé lo
ocupado que está y lamento mucho importunarle. Pase, por favor.
A Callodgero, que no contestó a la bienvenida de Ilic, tanta
amabilidad no le dio buenas vibraciones. Algo se traía entre manos el
serbio. Ya por cortesía elemental contestó:
—Si en cualquier cosa podemos servir al santo padre, estaremos
sirviendo a Dios.
Una vez dejadas atrás las cortesías, Callodgero se sentó enfrente de
Ilic. Se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos,
manteniéndose la mirada. Callodgero, con su rostro angulado y una nariz
aguileña, cuya punta ya se iba cayendo por la edad, parecía un ave rapaz.
Aquella sensación la agudizaban sus profundos ojos negros que, aun
habiendo perdido un poco del acerado brillo su juventud, desprendían un
fulgor que desasosegaba.
Sin embargo, Ilic mantuvo sin ningún tipo de problema el reto con sus
ojillos entre gris y azulados. Incluso, se permitió mantener un rictus de
sonrisa.
Ilic empezó a explicar a Callodgero que el papa estaba estudiando
establecer una hoja de ruta para el comienzo de una serie de
transformaciones profundas en la Iglesia.
—Como sabe, querido Ilic, hay un grupo de cardenales entre los que
me encuentro, que somos bastante contrarios a cualquier modificación
transformación o cambio dentro del seno de la Iglesia. Es más, pensamos
que habría que volver a posturas más tradicionales de las que en la
actualidad la iglesia tiene. Quizá sea eso lo que precisamente la Iglesia
necesite, volver a sus tradiciones originales, tal y como nos las
transmitieron los primeros padres de la Iglesia.
—Lo sé, lo sé, querido cardenal Callodgero. Lo que está claro es que
la Iglesia no va a volver a planteamientos medievalistas, sino todo lo
contrario. Nos vamos a meter de lleno en el siglo XXI y para ello me
gustaría contar con su voto a favor de todos los cambios que proponga el
santo padre, así como el voto de todos los cardenales sobre los que tenga
alguna influencia, de los que le daré una lista para que no haya ninguna
duda al respecto.
Callodgero se quedó en silencio un poco descolocado ante la
descarada petición del serbio. No entendía la seguridad con la que hablaba,
que prácticamente ignoraba su postura, que era conocida por todos.
Intentando recuperar su seguridad habitual, aunque con un casi
imperceptible tartamudeo, Callodgero le contestó:
—Y, ¿por qué habría de tomar esa actitud favorable a algo que tengo
o, mejor dicho, tenemos tan claro que sería malo para la Iglesia?
Sin hablar, Ilic simplemente le pasó una subcarpeta de cartulina, en
cuya esquina inferior derecha se leía: «Cardenal Callodgero».
Al asirla con las puntas de los dedos, se dio cuenta de que le habían
empezado a sudar las manos, pero procurando ocultar un nerviosismo,
cuya manifestación siempre odiaba, abrió con cierto desdén la carpeta y
vio que contenía una serie de extractos bancarios que ojeó rápidamente. A
continuación, vio una fotocopia de un documento con el que se había
aprobado un gasto extraordinario por la subcomisión de publicidad que
Callodgero presidía, dentro de la congregación para la defensa de la fe. El
rostro del cardenal, en primer lugar, empalideció, pero después empezó a
congestionarse y, como estaba convencido de que la mejor defensa era un
ataque, gritó a Ilic:
—¿Se puede saber qué se supone que es ésto, Ilic?
Ilic, mirándole fijamente a los ojos, pero sin sonreír, le contestó:
—La ira es mala consejera cardenal. Esto no es más que la prueba
documental de cómo se ha apropiado su eminencia indebidamente de una
gran cantidad de dinero del Vaticano para poder pagar las deudas de juego
que tiene. Hemos podido comprobar que su eminencia es un aficionado al
juego en extremo, afición que ya es más una ludopatía. Pero como su
peculio personal no se podía permitir perder más de 750.000 euros, porque
no los tiene, se le ocurrió que la subcomisión de publicidad que preside
podía acordar el pago de una serie de cantidades exorbitantes en concepto
de publicidad a una empresa, que casualmente no tiene actividad fiscal y
que tiene un único socio, que casualmente es el acreedor a quien su
eminencia, debe la pequeña fortuna que ha perdido apostando.
El cardenal Callodgero ni siquiera parpadeó ni se molestó en intentar
negar lo dicho por Ilic. Ésta vez, el serbio le había pillado.
*********************
—Realmente, no vamos a tener que esperar que pasen unas cuantas
semanas.
Había sido Mark el que había hablado, justo cuando estaban todos a
punto de levantarse de la mesa.
—Esta mañana me llamó Ilic y me ha pedido que dos de nosotros nos
traslademos a Roma para participar con la comisión de expertos jurídicos
en el diseño de las líneas maestras que conformarán la creación de la
fundación, la temporalización de las primeras fases.
Mirando a Emy con una sonrisa, siguió hablando.
—Le he dicho a Emy que se venga conmigo a Roma. Creo que es
fundamental que por lo menos dos de nosotros estemos entre los órganos
rectores de la fundación principal. Fidel, ¿tú que quieres hacer?
—Todavía no sé si abandonaré definitivamente el sacerdocio. Lo que
tengo claro, y Héctor está acuerdo conmigo en hacer lo mismo, es que si el
Vaticano acepta nuestra propuesta, nos dedicaremos por completo a la
filial de la fundación para España y Portugal. Pero creo que habéis tomado
la decisión correcta Mark. Vosotros sois jóvenes y os gustará el ajetreo de
Roma.
—El cardenal nos ha ofrecido la vivienda en la que estuvimos
alojados en Castelgandolfo de forma indefinida y la verdad es que es un
sitio agradable para vivir. Está muy cerca de Roma, pero alejado del ruido
y la contaminación. Nos vamos mañana.
Emy se quedó mirando su padre, y abriendo los brazos con las palmas
hacia arriba mientras sonreía abiertamente, le dijo:
—Además, piensa que estamos solamente a dos horas de avión.
—Bueno, pues parece que ya lo tenéis todo decidido, por lo que no
cabe mucha discusión al respecto. Yo estoy de acuerdo con Fidel. En
definitiva, dentro de poco cumpliré setenta años, con lo cual mi etapa
como arqueólogo está tocando a su fin y la verdad es que no me importaría
demasiado cambiar aquella actividad por ésta qué, por un lado, será más
llevadera físicamente y, por otro, de alguna manera creo que nos satisfará
a todos en lo personal, más incluso que la arqueología.
*********************
Con una sonrisa en los labios, Rudy enfiló la bocana del puerto de
Lemnos al ritmo cansino y rumoroso del viejo motor de gasoil, que iba
contaminando a cada metro que dejaban atrás. Con una velocidad ya de
sólo cinco nudos para poder controlar mejor la barcaza, cuando estaba sólo
a unos cien metros de la zona donde creía que tendría que atracar, le
pareció curioso ver el grupo de gente que había allí. Unos veinte o treinta
pescadores con las manos levantadas a tipo de visera, probablemente para
verle mejor, estaban observando su maniobra. Curiosamente, también
parecía que había un par de individuos uniformados entre el grupo.
En el momento en que ya casi a barco parado intentaba ponerse en
paralelo al atraque, varios de los pescadores que estaban en tierra le
pidieron que tirara las sogas de amarre. Una vez que estuvieron las dos
sogas bien cogidas a los bolardos, Rudy saltó del barco con su sonrisa más
cordial. Pero esa sonrisa despareció y dio paso a una expresión de
extrañeza al sentirse agarrado con fuerza por cada uno de los brazos por
los dos individuos uniformados que había divisado antes que, por lo visto,
eran policías del puerto.
*********************
Después de la reunión con Callodgero, Ilic, con el magnífico informe
que Wilson había preparado de los cardenales, tuvo una entrevista
personal con todos sin excepción. Después de cada conversación en la que
les expuso claramente la situación, todos le confirmaron que apoyarían la
propuesta que hiciera el papa Santiago para dejar en el olvido esos
pequeños pecadillos de los que Wilson se había hecho eco en sus escuchas
y de los que ninguno resultó estar exento.
Tras terminar con el último, Ilic se acercó al despacho de Su Santidad,
al que de forma un tanto descortés entró sin llamar. El papa, que estaba
revisando papeles en su mesa, levantó la cabeza sin preguntarle nada. Ilic,
con un cierto tinte de emoción en su voz y una franca sonrisa, empezó a
hablar:
—Santidad, tendremos el apoyo unánime de todos los
ultraconservadores.
Tras reflexionar durante unos segundos mirándole fijamente, el papa
contestó:
—Creo que es preferible que no me expliques como has conseguido la
aquiescencia de tan virulentos opositores a cualquier propuesta nuestra.
Estoy seguro de que el Señor ha tenido mucho ver con ello y te ha
iluminado para conseguir abrir los ojos y la mente a aquellos que se
empecinaban en visiones tan pretéritas de nuestra amada Iglesia.
—Simplemente he tenido una conversación con ellos y se han dado
cuenta de su obligación para con la Iglesia y han preferido anteponer su
obligación a sus visiones personales.
Sin hacer mucho caso del comentario de Ilic, el papa, adoptando una
actitud de cierta solemnidad, dijo:
—Amigo Ilic, se acerca el momento de intentar llevar a cabo un
cambio radical en la Iglesia. Si Dios pudiera hablarnos directamente, estoy
seguro de que estaría de acuerdo en la necesidad de los cambios que
vamos a acometer. Si no evolucionamos con la sociedad y nos quedamos
anclados en el pasado, difícilmente podremos cumplir con nuestra
obligación. Encárgate de convocar a la curia para el domingo a las ocho de
la mañana en la Sala Clementina. Antes de que llegue la hora de la misa
del mediodía, espero que podamos decir que contamos con el beneplácito
de la curia vaticana.
—Así lo haré y así será.
*********************
56. ¿Suerte o Allah?
Comisaría de policía del puerto de Lemnos.
Después de estar cerca de seis horas metido en una minúscula
habitación en la comisaría del puerto con un calor infernal y con sólo
media botella de agua tibia que por prudencia racionó, Rudy empezó a
desesperarse.
No le habían permitido hacer una llamada de teléfono, aunque
tampoco tenía muy claro a quién podría llamar y llevaba ya cerca de una
hora dando minúsculos paseos por la habitación de un lado a otro,
poniéndose cada vez más nervioso.
Ya se estaba haciendo a la idea de la posibilidad de tener que dormir
en aquel cuartucho, preguntándose si le dejarían salir al cuarto de baño,
cuando se abrió de repente la puerta.
Dos bigotudos policías con camisas color beige empapadas en sudor, a
las que parecía preceder un olor acre y dulzón, entraron y se dejaron caer
en las pequeñas sillas de formica, delante de la única mesa que, como todo
mobiliario, había en la habitación. Rudy se sentó al otro lado.
En un inglés de mercadillo, le informaron que le acusaban del
asesinato de dos personas y del intento de asesinato de una tercera. No le
dio mucho tiempo a protestar, ya que como no quería perderse nada de lo
que dijeran prefirió callar y escuchar.
Por lo visto, cuando Rudy arrojó al turco por la borda de la barcaza, al
caer tuvo uno de esos golpes de suerte que se tiene una vez en la vida, ya
que consiguió agarrarse a las cuerdas de amarre laterales que lleva
colgando el barco. Como no iban demasiado rápido, el turco pudo aguantar
agarrado a las cuerdas mientras el barco seguía avanzando. Pero pasadas
unas cuantas millas empezaron a fallarle las fuerzas y acabó soltándose.
Pero la segunda razón por la que a partir de entonces creería más que
nunca en Allah fue que como costumbre el turco tenía la manía de llevar
siempre un chaleco salvavidas debajo de su chaqueta, aunque muy
levemente inflado, para darle calor durante las largas noches de pesca. Al
soltarse de las cuerdas y caer al agua, consiguió acceder a la boquilla del
chaleco salvavidas e inflarlo de forma que le pudiera mantener a flote sin
mucho esfuerzo, ya que apenas sabía nadar.
No transcurrieron ni diez minutos para que nuevamente la divina
bondad de Allah hiciera que una patrullera de la policía naval turca pasara
por allí cerca y acudiera en su ayuda, recogiéndole y trayéndole al puerto
de Lemnos.
Poca protesta pudo Rudy hacer, ya que le dijeron antes de irse que le
trasladarían a la mañana siguiente a Estambul, donde ingresaría en prisión
a la espera de juicio.
*********************
Unos minutos antes de las ocho, ya estaba el papa sentado en el
pequeño estrado que presidía la Sala Clementina, mientras terminaban de
sentarse los últimos cardenales que iban llegando. Su creciente
astigmatismo hacía que no viera bien los detalles de los rostros de los
cardenales, que bajo el mar de birretas rojas estaban sentados formando un
semicírculo casi completo a su alrededor.
A la hora en punto, el papa empezó a dirigirse a toda la curia:
—Queridos hermanos en Cristo. En los últimos ejercicios espirituales
que hemos celebrado en Ariccia he rogado al altísimo que tuviera a bien
iluminarme, para poder buscar solución y afrontar los graves problemas a
que se enfrenta su Iglesia con fe, pero con la diligencia debida. Durante
estas últimas semanas hemos tenido reuniones con reconocidos asesores
en distintas materias, y hemos hablado mucho sobre el futuro de nuestra
santa madre Iglesia. Como vosotros, queridos cardenales, sabéis
perfectamente, la Iglesia está viviendo las horas más bajas de su historia y
lo que los documentos de los expertos en estadística, que hemos estado
leyendo dicen, está claro: el desinterés de la sociedad hacia la Iglesia va
creciendo en una progresión geométrica a tal velocidad que, si no damos
un giro de 180° en nuestra forma de relacionarnos con la sociedad, hay
muchas posibilidades de que dentro de menos de cien años la Iglesia no
sea más que un recuerdo que unos idealizarán y los más denostarán. Los
hechos son evidentes y no hace falta que os dé datos de los alarmantes
descensos de bodas católicas, de bautizos, de católicos practicantes; en
definitiva, pruebas claras de la creciente indiferencia de la sociedad por
todo lo relacionado con la Iglesia. Cuando cada uno de nosotros abrazamos
la Iglesia, lo hicimos pensando en que dedicaríamos nuestras vidas con
esfuerzo y, sobre todo, ilusión a mantener y desarrollar la forma de vida
cristiana, comunicando como si fuéramos los modernos apóstoles de
Jesucristo sus enseñanzas que, muy ligeramente matizadas,
considerábamos que eran perfectamente extrapolables al momento actual.
Pero quizá nuestra fe ciega no nos ha dejado ver que la Iglesia estaba
anclada en posiciones y actitudes que tenían sentido en un entorno social e
histórico que nada tiene que ver con el presente. Tras meditarlo
profundamente, y siguiendo la inspiración del altísimo, creo, y estoy
convencido de que muchos de vosotros también lo creéis así, que ha
llegado el momento de que la Iglesia, que nació hace más de dos mil años,
se adapte a las circunstancias de la evolución constante de la sociedad
actual.
Con un fulgor en los ojos que le daba un carácter cuasi febril, y que
parecía impropio de un hombre de 77 años, el papa continuó hablando
mientras paseaba su mirada de forma imprecisa por los rostros bajo los
solideos púrpura, que le observaban con expectación y en el más absoluto
silencio:
—Bajo ningún concepto podemos permitir que por nuestra inacción la
Iglesia acabe desapareciendo. La Iglesia, nuestra querida Iglesia, que ha
sido el soporte moral de la sociedad a lo largo de la historia y el bálsamo
espiritual para miles de millones de personas, a las que la fe ha ayudado a
lo largo de su vida. Nuestra obligación es justamente la contraria. Dios nos
ha dado los talentos de oro, no para que los enterremos, sino para que los
hagamos producir. Asumo el riesgo de que se me pueda llamar
presuntuoso por decir que creo que Jesucristo, nuestro señor, ha atendido
mis oraciones y, como su vicario en la tierra, me ha permitido ver con
claridad los profundos cambios a realizar en el seno de nuestra santa
madre Iglesia. A esos cambios nos obliga tanto nuestro amor por ella
como nuestro deber de diligencia y la simple, pero muy necesaria
adaptación de la Iglesia a la sociedad del siglo XXI. La actitud de la
Iglesia hacia ciertos aspectos que sobrevienen a la sociedad, de forma
natural, como consecuencia de la evolución de las formas de vida, como
puedan ser la homosexualidad, el divorcio, la utilización de medios
anticonceptivos, el celibato sacerdotal… tiene que entrar en un proceso de
cambio radical.
Comenzó un considerable murmullo entre los cardenales, que el papa
inmediatamente, y ejerciendo con fuerza su autoridad, acalló:
—¿Quiénes somos nosotros para juzgar el amor entre dos personas?
¿O quiénes somos nosotros para decidir cuándo deben o no dejar de
amarse?
—¿Que es preferible, que la madre en la India con ocho hijos a los
que no puede dar de comer, al nacerle un noveno, acabe tirándolo a la
basura para no condenarlo a una existencia de terrible miseria y pobreza o
que, simplemente, ponga los medios para no tenerlo? Hace unos días, un
sacerdote me contaba cómo cuando estaba preparando a una joven pareja
que se quería casar, intentando explicarles la belleza de la convivencia
marital en el matrimonio cristiano, la muchacha, una italiana con mucho
genio, le dijo: «Pero, ¿cómo se atreve usted a hablar de convivencia
marital? O está usted hablando de algo de lo que no tiene ni la más
mínima experiencia o, si la tiene, es porque no respeta sus propias reglas,
sino las de la naturaleza. ¿Ha convivido usted con una mujer durante años
para poder saber de lo que está hablando? Más les valdría a ustedes
olvidarse del celibato que es totalmente contrario a la naturaleza e instinto
humanos y vivir como personas normales integrados en la sociedad.
Habría más normalidad en la Iglesia, más vocaciones y menos casos de
pederastia».
—Disculpad el lenguaje, pero creo que es tan expresivo que no se
podía cambiar.

Iba a intervenir un cardenal, pero el papa le pidió levantando el brazo


que no lo hiciera.
—Tendremos tiempo para toda clase de debates. Os ruego que me
dejéis terminar y después rezaremos todos juntos para pedir la ayuda de
Dios en la inmensa tarea que tenemos por delante. La propuesta que he
dejado para el final es quizás una que deberíamos haber emprendido hace
ya muchos años, pero como decía una escritora inglesa «nunca es tarde
para hacer lo que podrías haber hecho».
—La población mundial actual es de 7.100.000.000 de personas. Para
el 2050, es decir, dentro de un poco más de 30 años, se prevé que esa
población haya subido a 9.500.000.000 de personas. En la actualidad, más
de la mitad de la población mundial no tiene acceso a agua potable o
saneamiento, bienes elementales de vida y salubridad. Para que la
humanidad pueda pensar en un futuro viable, teniendo en cuenta el
aumento de la población en los próximos 50 a 100 años, es necesario que
el hombre cambie radicalmente su percepción de sí mismo y de su
relación con el resto del mundo. La actitud actual por la que los hombres
supeditamos nuestros intereses a lo personal, local, regional o nacional, no
es viable en un mundo globalizado como el nuestro. El hombre tiene que
convertirse en un ciudadano global con amplitud de miras que se considere
parte del mundo y que tenga claro que el mundo forma parte de su vida
cotidiana. Será absolutamente necesario ayudar a todos esos países que
actualmente están en la miseria, llenos de enfermedades y guerras,
dotándoles de medios para, en primer lugar, regularizar sanitariamente la
vida de sus ciudadanos, darles educación y formación, como primeros
pasos para conseguir que lleguen a ser autosuficientes en sus propios
países. Sólo así podrán ser controladas racionalmente las corrientes
migratorias, estableciendo un equilibrio entre las necesidades de
trabajadores de los países con bajo índice de renovación generacional y las
de los países con tasas insoportables de población desempleada.
Casi se podía oír la vibración del absoluto silencio en la Sala
Clementina. La curia estaba cuasi hipnotizada por las palabras del santo
padre, que continuó:
—Es obligación de la Iglesia colaborar en que se produzca ese
acrecentamiento de la conciencia global del individuo y para ello os
propongo estudiar la creación de lo que podríamos llamar la Fondazione
del Cittadino Globale.Esta fundación, en líneas muy generales, ab initio se
va a dedicar durante los próximos dos años a hacer un catálogo mundial de
todas las propiedades de la Iglesia que no estén afectas directamente a la
realización de nuestros fines, ni tengan el carácter de elemento artístico,
arquitectónico o escultórico, sea o no patrimonio de la humanidad. Si los
cálculos de los asesores que me han presentado el estudio previo son
correctos, las propiedades de la Iglesia que no están afectas a fines propios
de la Iglesia supondrán una cantidad que está muy por encima del billón
de euros. Billón europeo, es decir, cerca de un millón de millones de
euros. Las miradas de asombro individuales dejaron paso a una serie de
conversaciones a dos y, en algunos casos, a tres, cuyos tonos empezaron a
ir in crescendo hasta que el papa levantó las manos pidiendo silencio.
—Con que la Iglesia utilice como capital para la fundación solamente
un 30% de todo ese patrimonio inmobiliario, estaríamos creando la
fundación que se convertiría en la más importante del mundo, con un
capital inicial de más de doscientos cincuenta mil millones de euros.
Como es públicamente conocido, la fundación privada de caridad más
importante en la actualidad fue creada con un total de unos 35.000
millones de euros que aportaron de su patrimonio Bill y Melinda Gates. La
actividad de la fundación es impresionante y cada vez va abarcando más
campos. ¿Os imagináis por un momento el sufrimiento y el hambre en sus
distintas facetas que se podrían aliviar en el mundo con una fundación que
tuviera casi diez veces ese capital?
*********************
Castelgandolfo. Unos días después, Emy y Mark estaban sentados con
Ilic en la mesita del restaurante de doña Tomasina.
—Estoy seguro de que vais a estar muy cómodos en la casita. Vais a
tener la suerte de contar con Rosa como cocinera a vuestro servicio, a
excepción de cuando Su Santidad venga a Castelgandolfo.
—¡Pues eso sí que es un verdadero peligro! —dijo riéndose Emy, que
continuó divertida.
—Vamos a tener que buscar tiempo para hacer bastante ejercicio,
porque si no, vamos a acabar pareciéndonos a Doña Tomasina.
Sonriendo a su vez Ilic, contestó:
—Pues eso es bastante fácil. No tenéis más que bordear andando todos
los días el lago Albano y os mantendréis en perfecta forma.
57. La FCG
Castelgandolfo, dos años después.
Un papa algo más cansado, algo más viejo, sentado a la misma mesa
del comedor en la casita de Castelgandolfo, donde últimamente le gustaba
pasar más tiempo, dialogaba con su inseparable Ilic:
—Amigo mío, estos dos años que han pasado desde que, con la
inspiración de nuestro Señor, tomamos aquella histórica determinación,
parecen habernos confirmado que tomamos la decisión correcta.
—Efectivamente, Santidad. Podemos estar bastante satisfechos, ya
que tanto la percepción, como la realidad de la Iglesia han cambiado
considerablemente: han aumentado las vocaciones sacerdotales, que
estaban en tan grave retroceso y la instauración de la voluntariedad en el
instituto del celibato ya ha producido cientos de matrimonios de
sacerdotes católicos. Sí, ya sé, Santidad, que suena muy extraño, pero la
evolución necesita que nos vayamos acostumbrando a estos cambios. Ya se
ha modificado el canon 277 del código de derecho canónico y la
legislación eclesiástica relacionada. También podrán en breve ser
ordenadas las primeras mujeres con funciones sacerdotales plenas y todo
ello está produciendo un cambio muy importante en la visión de la Iglesia
por parte de la sociedad. Estamos abandonando a toda velocidad aquella
visión que durante tantos años nos marcó como institución medieval
involucionada, para dejar paso a la percepción de una institución moderna,
adaptada a los problemas y al contexto de la sociedad actual y que va
recuperando la fidelidad de los creyentes que tenía un tanto perdida, y
ganando cada día nuevos adeptos.
—Bien, Ilic, bien. Nuestro Señor nos ha inspirado en esta difícil
misión, aunque todavía queda mucho trabajo por hacer. ¿Cómo va el
consejo del patronato de la Fondazione del Cittadino Globale?
—Quizá sea el resultado de mi trabajo con el que menos contento
estoy. Existe un equilibrio demasiado ajustado entre los consejeros que
podríamos denominar simpatizantes del Vaticano y los que tienen una
clara tendencia progresista, que podrían ser contrarios a intereses del
Vaticano. Es prácticamente imposible saber qué sucedería en el caso de
plantearles la cuestión que durante tanto tiempo hemos mantenido en
secreto, a la que ya está llegando el momento de darle una solución.
—Como siempre, querido Ilic, me imagino que tendrás un plan B para
el caso de que no podamos obtener el beneplácito del consejo del
patronato de la fundación, para solucionar el problema que heredamos de
mis antecesores.
—Sí Santidad, lo tengo. Aunque todavía quedan ciertos aspectos a
planificar para el caso de que fuera necesario obviar el consentimiento del
consejo del patronato.
*********************
Emy y yo habíamos pasado dos años estupendos. Un pequeño bloque
de oficinas perteneciente al Vaticano al final de la Vía del Corso, a dos
pasos de la famosa Piazza del Popolo, era el centro neurálgico de la FCG,
la Fondazione del Cittadino Globale, donde cada día habíamos estado
trabajando con toda clase de profesionales y expertos. En primer lugar, se
había establecido la red de sucursales nacionales de la fundación y elegido
para su dirección a personas de reputación intachable y suficiente prestigio
tanto dentro de su propio país como fuera de sus fronteras. Todos y cada
uno de los miembros de los consejos directivos de cada una de las
delegaciones habían sido debidamente auditados para evitar cualquier tipo
de corruptela.
Los catálogos nacionales de los bienes inmuebles que se podían
considerar disponibles de la Iglesia estaban resultando ser mucho más
abultados de lo que originalmente habíamos previsto. De hecho, en el
cómputo global eran superiores en más de un 20%.
Ya se estaban organizando los sistemas de venta en cada una de las
delegaciones nacionales de la fundación a través de subastas públicas y
exclusivamente accesibles a través de Internet. Una docena de las más
prestigiosas auditoras del mundo se habían puesto a nuestro servicio,
reduciendo sus honorarios al mínimo. Nadie quería quedarse fuera de la
FCG.
Los precios de salida mínimos, en todas las ventas de inmuebles de
los catálogos vaticanos, reflejaban un porcentaje de descuento del 10%
con respecto a los valores de mercado, para ser lo suficientemente
atractivos a los posibles compradores.
Ya había reservas solicitadas para un 17,5% de los bienes. Estaba
claro que cuando comenzara, la venta sería un éxito.
Emy era la adjunta al presidente de la Comisión General del Agua y
su función principal era la de coordinar las comisiones nacionales, que
tenían como misión plantear las necesidades de agua de cada una de las
zonas de sus territorios. Éstas comisiones eran fundamentalmente
importantes en todo el continente africano y en gran parte del asiático y de
América del Sur.
El hermano de Emi, Héctor, estaba en la Comisión de Educación y se
encargaba de ser el enlace con las comisiones nacionales para determinar
las necesidades educativas en cada una de las zonas de influencia de la
Fondazione.
La Fondazione del Cittadino Globale se había convertido en la
fundación más importante del mundo y mi labor precisamente era que esa
importancia fuera aumentando. Uno de mis objetivos era conseguir
concienciar a las grandes fortunas personales del mundo, para que
estuvieran dispuestas a ceder en vida o después de su muerte una parte
importante de su fortuna a nuestra fundación. Ya habían accedido hacerlo
varios de los asiduos de la lista Forbes, con lo que la financiación de los
fines de la fundación no tendría nunca problema alguno, sino más bien al
contrario. Éstos podrían ampliarse.
Una tarde calurosa de viernes, tras volver del trabajo en Roma, Emy y
yo estábamos sentados en una pequeña terraza situada en uno de los
extremos de Castelgandolfo, casi en las afueras. Estaba rodeada de verdor
e inundada por el frescor que parecía emanar del lago Albano. Era un
momento y entorno perfectos, que hacían muy agradable el tomar unas
cervezas al final de aquel bochornoso día de verano. Los ojos verdes de
Emy de repente me miraron con una dulzura de la que habitualmente no
hacían gala, al tiempo que poniendo su mano sobre la mía, me preguntaba:
—Mark, ¿estás contento con la decisión que tomamos hace dos años?
¿Eres feliz?
No me molesté en contestar, sino que, como toda respuesta, me
acerqué a ella y la besé suavemente los labios. Después contesté:
—¿Tú qué crees? Si mi madre estuviera aquí, seguro que diría que se
me notaba en la cara que estaba feliz. Y tendría toda la razón.
Después de devolverme el beso, sin soltarme la mano, Emy se quedó
en silencio unos segundos, como en un momento de duda, durante el cual
bajó los ojos para volver a elevar su mirada hacia mí y decir:
—Tengo que contarte algo…
En aquel momento noté cómo una corriente eléctrica de baja
intensidad, como un escalofrío de placer que me recorrió la espalda hasta
llegar a la nuca. De hecho, tuve que sacudir ligeramente la cabeza para
deshacerme de aquella agradable sensación.
—No será lo que me estoy pensando…
Tras la aparición de una leve sonrisa en sus labios, con los ojos
brillantes por la emoción, asintió con la cabeza. La abracé y
permanecimos abrazados durante un tiempo. No sé cuánto.
*********************
Sentado en la terraza superior de la casita de Castelgandolfo,
esperando a que el papa se despertara de su pequeña siesta para volver a
Roma, Ilic se había permitido un pequeño lujo que de vez en cuando se
daba: un slivovitz, el típico licor de ciruelas, símbolo nacional serbio.
Desde donde estaba sentado en silencio podía oír perfectamente la
conversación de los dos jóvenes, que se encontraban al otro lado de la
pared que dividía las terrazas de las casitas que estaban adosadas.
Ilic se debatía internamente preguntándose si debía explicarles algo
sobre el asunto que le atormentaba y frustraba, hacía ya un par de
semanas.
Desde el mismo momento en que fue nombrado prefecto de la casa
pontificia por el papa, lo que le hacía prácticamente su ayudante personal,
Ilic, como hombre pragmático y de acción que era, intentó encontrar
cuantos esqueletos pudiera haber metidos en los armarios del Vaticano
para darles cristiana sepultura.
Prácticamente había dado solución o eliminado todos los problemas,
pero el fundamental, el que parecía estar acechando para caer sobre ellos
en cualquier momento y que, sin embargo, había conseguido que toda la
familia vaticana pareciera haber acordado de forma tácita no hablar del
asunto, como si ello fuera a hacerlo desaparecer, era el único problema
que a Ilic le quitaba el sueño.
Todo empezó bajo la presidencia del Banco Ambrosiano de Roberto
Calvi a principios de los años ochenta. Una nefasta asesoría financiera del
Vaticano, o probablemente no, probablemente algo más, hizo que el
Vaticano perdiera una primera inversión de cerca de treinta millones de
dólares en el Franklin National bank. Éste banco era propiedad de
Michelle Sindona, el famoso banquero de Propaganda Due, la secreta logia
masónica, que tan estrechos vínculos tenía con la mafia siciliana y más
adelante con la Ndrangheta calabresa.
Con la quiebra del refundado Banco Ambrosiano, el Vaticano perdió
oficialmente unos mil quinientos millones de dólares, aunque las pérdidas
reales para el Vaticano, de acuerdo con los informes de auditoría interna,
fueron de 3.000.000.000 $.
Roberto Calvi fue encontrado muerto colgado, curiosamente, en
Blackfriars[73] , en Londres y, Michelle Sindona, envenenado en prisión.
El Vaticano se encontró en situación de la más absoluta quiebra de
liquidez y tuvo la torpeza o la desidia de gestión financiera, de permitir,
que fuera la asociación entre la mafia siciliana y la Ndrangheta calabresa,
la que se hizo cargo de la deuda del Vaticano, así como de seguir
prestándole el dinero, que cada año le hacía falta para atender los pagos
necesarios de su ministerio. Aquello sucedió aproximadamente en el año
1985. Como no se podía esperar de otra manera en los 30 años
transcurridos desde aquel momento hasta el pontificado del papa actual, la
deuda del Vaticano con sus especiales acreedores había aumentado hasta
por encima de los catorce mil millones de dólares.
La Fondazione del Cittadino Globale hacía vislumbrar una posible
solución a ese cáncer económico que lastraba el futuro del Vaticano, que
en tan delicada situación se encontraba. Pero teniendo en cuenta el sistema
de auditorías que tan exhaustivamente se habían implantado desde la punta
de la pirámide de la FCG hasta la base de las distintas delegaciones
nacionales, sólo sería con la colaboración de varios miembros del
patronato principal, que se podría abordar un problema tan serio y de tal
dimensión económica, como era la tremenda deuda que tenían. Ilic sabía
que en su celo por conseguir una fundación de pulcritud y limpieza
absolutas se habían elegido unos miembros del patronato, que no sólo no
serían proclives a ayudar al Vaticano a solucionar el problema, sino que
probablemente, denunciarían cualquier intento de ingeniería contable
creativa.
Ilic había tenido hacía un par de semanas una reunión con un joven
financiero italiano que le solicitó una entrevista a la que no se pudo negar.
El joven de unos 30 años de edad, mirada inteligente, desde unos ojos
acarbonados dijo llamarse Gennaro Apollomine y representar a un
colectivo de intereses de acreedores del Vaticano. Antes de recibirle, Ilic
había hecho indagaciones y averiguado que el joven era la punta de lanza y
prácticamente el capo di tutti capi de la nueva mafia italiana. Callodgero
Apollomine, el que siempre se dijo, aunque nunca se probó, que era el
Capo de la camorra napolitana, había bautizado a su hijo Gennaro, en
honor al patrón de Napoles, San Gennaro.
Cuando se vieron en su despacho, Gennaro llegó acompañado de un
joven delgaducho con gafas que sin decir una palabra colocó un aparatito
en la mesa junto al sofá donde de hecho, Ilic pensaba recibir a su invitado.
El aparatito empezó a parpadear.
—Estimado prefecto, me imagino que no tendrá ningún inconveniente
en que mi colaborador Nicola haya colocado el inhibidor. Podremos hablar
más tranquilos, sin las molestias de los móviles.
—Ya, y de paso impides cualquier grabación.
—Así es, prefecto. Gracias por tutearme. Desde el máximo respeto
que por usted tengo, creo que el tuteo facilitará nuestra conversación.
El joven Gennaro representaba a la generación 2.0 de la mafia. Según
le había informado Domenico, el inspector de la gendarmería vaticana,
éste joven había conseguido unir bajo un paraguas de hermandad, basada
en la fortaleza prácticamente inexpugnable de su unión, a las distintas
facciones de la Cosa nostra o mafia siciliana con la Ndrangheta calabresa
y la Camorra napolitana, en lo que habían dado en llamar, «el Consorcio».
Sin mediar invitación, Gennaro se sentó en el sofá y esperó a que Ilic
hiciera otro tanto en uno de los sillones, antes de empezar a hablar.
—Estimado prefecto, voy a ser muy directo, porque los dos somos
personas ocupadas. Como la asesoría financiera del Vaticano sabe
perfectamente, la deuda que tenéis a día de hoy con nosotros, por los
múltiples préstamos que habéis recibido desde aquella famosa debacle de
Roberto Calvi y el Banco Ambrosiano es de 14.600.000.000 $. Siempre y
cuando estemos en buenas relaciones y nos entendamos, vais a tener la
suerte de que ese capital crezca cada día, solamente en 10.000.000 €, ya
que el Consorcio, en atención a la relación que históricamente ha tenido
con la Iglesia, sólo cobrará un simbólico 25% de interés anual sobre el
capital adeudado.
Después de beber lentamente un par de sorbos de agua, Gennaro,
mientras le miraba sin parecer tener la necesidad de pestañear, le explicó
cómo El Consorcio, admirado por la iniciativa que había tomado el
Vaticano con la creación de la Fondazione del Cittadino Globale, se
consideraba obligado a entrar a formar parte de la misma ya que los fines
de ambos confluían claramente.
Ilic, empezando a congestionarse e incorporándose ligeramente en su
sillón, le preguntó:
—¿Los mafiosos entrar en nuestra fundación? ¡Tú estás loco!
Sin perder un ápice la compostura, pero con un asomo de sonrisa, el
joven ejecutivo, porque eso es lo que parecía, le contestó:
—Estimado prefecto, sin duda no estabas aquí cuando desde el
Vaticano, recibíamos varias llamadas al año solicitándonos ayuda
económica. No te parece una incongruencia que no queráis relacionaros
con quienes llamáis mafiosos, pero sin embargo, durante decenas de años
habéis estado pidiendo y aceptando nuestro dinero. Como dice el adagio
latino que tú tan bien conoces qui tacet consentiré videtur[74] .
Ilic no le contestó. Sabía que no tenía argumentos con los que
rebatirle. Gennaro continuó con su exposición ante el momentáneo
aturdimiento de Ilic:
—El Consorcio, entre otros muchos negocios de una legalidad
intachable, es accionista mayoritario de una serie de bancos importantes
en varios continentes. Y hoy querido prefecto tengo el gusto de anunciarte,
que el Consorcio va a entrar en la fundación, para constituirse en una de
las mayores entidades financieras del mundo y así poder ayudar a todas las
naciones y pueblos que lo necesiten.
Ilic contestó secamente y con desdén:
—A la fundación no le hace falta ningún tipo de financiación.
—Lo sabemos, pero nuestra intención es la de poder ayudar a la
humanidad, financiando las acuciantes necesidades de muchos de los
países del hemisferio sur tanto en África, como en Asia o en América del
Sur, que demandan de forma urgente todo tipo de infraestructuras para las
cuales no tienen o no gozan de la financiación necesaria. Como el
Consorcio, bajo distintas titularidades, posee importantes paquetes
accionariales en bancos, compañías eléctricas en medio mundo, varias
compañías de prospección y distribución de agua, y ahora una
multinacional de construcción de carreteras, creemos que podemos
convertirnos en el pilar fundamental de vuestra fundación.
Ilic, sin que su congestión hubiera disminuido y al tiempo que hacía
una especie de mueca de desprecio, espetó al insolente, aunque educado
Gennaro:
—Y lo que necesitáis es utilizar la perfecta imagen de la fundación
para hacer vuestros negocios—señalándole con su gordo dedo, índice
terminó. —No voy a permitir que os acerquéis a la fundación. Yo no soy el
tipo de interlocutor al que estáis acostumbrados.
Con total indiferencia ante la actitud amenazante de Ilic, el joven
modulando la voz incluso un tono más bajo continuó:
—Amigo Ilic, lo único que queremos es hacer negocio y ayudar en la
medida que nos sea posible a la fundación.
—Yo no soy tu amigo y no me cuentes gilipolleces. Yo sé
perfectamente lo que queréis. Lo único que pretendéis es, con el dinero de
vuestras criminales actividades, y utilizando nuestra fundación como
pantalla, conseguir que las naciones pobres se vayan endeudando con
vosotros de tal manera que no les quede más remedio, para hacer frente a
las deudas, que iros cediendo después, las concesiones nacionales de
gestión de la energía, del agua y de las carreteras de sus respectivos países.
Y sabéis que nunca podrán recuperar el control de su gestión, porque ya os
habréis ocupado vosotros de prestarles dinero en cantidad suficiente, para
que ni siquiera sean capaces de hacer frente a los intereses que se
devenguen anualmente.
Gennaro levantó ligeramente, pero con autoridad el dedo índice de la
mano derecha. Ilic calló.
—El Consorcio está dispuesto a hacer una primera aportación a la
fundación de cien mil millones de dólares, para ser destinados al modelo
de negocio que ya te he comentado. Después, podríamos plantearnos la
condonación de la deuda del Vaticano y nos dedicaríamos con especial
interés a mejorar la vida de muchos millones de personas por todo el
mundo. Además, si contamos con vuestra colaboración absoluta, todo esto
lo podríamos hacer de forma oficiosa para evitar la publicidad no deseada
por ninguna de las partes
—¿De verdad creéis que el papa va a permitir que la mafia entre en la
fundación a base de chantajes criminales? ¿Pero quién demonios os creéis
que sois?
Sin poder evitar una sonrisa de superioridad, que inmediatamente
controló, Gennaro echó el cuerpo hacia adelante, para mirar a Ilic desde
más cerca
—Querido Ilic, también hemos pensado en vuestra imagen.
Buscaremos las fórmulas más idóneas en cada momento para ir
introduciendo al Consorcio en la fundación, sin desgaste para la imagen de
la FCG o de la Iglesia. Pero lo que sí quiero que tengas muy claro es que lo
único que puede pasar si os mostráis reacios a que el Consorcio entre la
fundación, es que estarías rechazando con una clara mala fe, la posibilidad
de acuerdo que os ofrecemos, que os permitiría cancelar una deuda que de
otra forma no podríais pagar de ninguna forma. ¿Cómo crees que
reaccionarían los tribunales cuando les presentáramos, por un lado, una
demanda con todos los contratos y las justificaciones del dinero que os
hemos entregado a lo largo de los años, y por el otro la clara prueba de
nuestra buena fe con la oferta de nuestra entrada en el FCG, en un esfuerzo
por nuestra parte de no tener que llevar al Vaticano a los tribunales, que
sin embargo vosotros rechazáis de plano? Ante vuestra actitud contraria a
nuestro ingreso en el FCG, lógicamente empezaríamos procesos judiciales,
en todos los países donde el Vaticano tenga fuerte presencia inmobiliaria y
solicitaríamos la anotación preventiva de embargo, de todos los bienes de
la Iglesia en esos países para garantizarnos el pago de nuestra deuda, más
los intereses devengados, más los que se irían devengando a lo largo de los
años que duraran los procesos. Ahora mismo solamente pagáis unos
simbólicos intereses de 10 millones de dólares diarios, pero al tenor de
todos nuestros contratos, tan diligentemente firmados por vuestros
representantes, el sistema de capitalización de intereses, después del
primer año, incrementaría la deuda unos cinco o seis mil millones de
dólares. A partir de ahí la deuda se multiplicaría de forma exponencial,
habida cuenta de la subida de intereses progresiva que contemplan todos
los contratos. Me temo que todo vuestro esfuerzo por promover los
objetivos de la fundación, caerían en saco roto ya que probablemente, y
habida cuenta de la lentitud procesal de los tribunales en casi todos los
países del mundo en los que tiene la Iglesia católica intereses, no tendríais
la capacidad de generar el dinero suficiente con la venta constante de
vuestros activos para hacer frente en primer lugar a los intereses y por
ende acabar pagando la deuda. Por otro lado, aunque no sería este nuestro
deseo, dada vuestra frontal oposición al Consorcio, no nos quedaría más
remedio que empezar una estrecha colaboración con el actual gobierno de
extrema izquierda italiano, para cambiar el estatus jurídico del Vaticano.
Como sabes perfectamente el Tratado de Letrán, firmado por Mussolini, se
ve hoy en día como una manifestación más del fascismo más rancio, por lo
que la desaparición del privilegiado status del Vaticano, es deseado por
muchos millones de socialistas, comunistas y la mayor parte de la gente de
mi generación. Está claro, que a través de los intermediarios adecuados, el
gobierno italiano dará la bienvenida con los brazos abiertos a las
inyecciones de liquidez que el Consorcio puede inyectarle, teniendo en
cuenta la situación de caos económico en que este gobierno ha tomado las
riendas del país. Nadar contracorriente, amigo Ilic, no solamente agota,
sino que puede acabar matándote.
Ilic, apasionado y temperamental como era, no pudo evitar caer en ese
pecado en el que le costaba tanto no caer. Su ataque de cólera ante la
desfachatez y seguridad que esgrimía el joven, fue el causante de todo lo
que le dijo, de lo que después como sacerdote debería haberse arrepentido.
El joven, con una serenidad imperturbable, acompañada encima de una
mirada sonriente, que aún exasperaba más al cardenal, esperó durante unos
minutos a que Ilic dijera todo lo que quería decir para con total
tranquilidad decirle lentamente:
—Querido cardenal y prefecto, entiendo la vehemencia de tus
palabras y no me doy por ofendido. Sabía que ésta iba a ser tu reacción
pero me temo que el Vaticano no se puede permitir el lujo de rechazar
nuestra oferta. Consúltalo con quien quieras. Impedir nuestra entrada en el
FCG, simplemente tornará en inviable a la fundación y puede convertirse
en el principio del fin del Vaticano y en consecuencia de la Iglesia, tal y
como los conocemos.
Mientras tomaba otro sorbo de slivovitz, Ilic no podía dejar de pensar
en las conversaciones que con el Papa había tenido desde la visita del
joven Gennaro Apollomine. En aquel momento, oyó un ruido a su espalda.
Era el papa, que recién levantado de su pequeña siesta, salía a la terraza
para sentarse. Justo en el momento, antes de hacerlo, escuchó las risas de
los jóvenes al otro lado de la pared. Haciendo una seña con la cabeza a
Ilic, le indicó que pasarán hacia el interior. Una vez dentro, el mismo papa
cerró la puerta para que pudieran hablar sin ser escuchados por los jóvenes
que reían y disfrutaban de su juventud en la terraza de la casa contigua.
Como no podía ser de otra manera, empezaron a hablar
inmediatamente del problema de las intenciones del Consorcio y fue el
papa quien, dirigiéndose a Ilic, puso en palabras la conclusión que ambos
consideraban como clara.
—El Consorcio, en todos los ámbitos, pero especialmente en el
económico tiene un poder prácticamente ilimitado. En el político, en Italia
al menos, todos sabemos, que tiene miles de funcionarios públicos, tanto
del ámbito puramente estatal como regional, a su servicio. Pero parece ser,
que sucede otro tanto en todos aquellos países en los que nuestra querida
Iglesia tiene una mayor implantación.
Tú y yo, Ilic, sabemos que la amenaza de Gennaro es real y viable. Si
no prestamos nuestra aquiescencia a la entrada del consorcio en la FCG,
corremos el riesgo de que paralicen totalmente la Fundación durante
décadas y que incluso puedan destruir el Vaticano. No podemos permitir
que 2000 años de historia de la Iglesia terminen así.
Por todo ello y a pesar del más absoluto reparo moral que podamos
sentir, parece evidente que la única posibilidad de viabilidad de la
Fondazione del Cittadino Globale, será permitir al consorcio entrar a
formar parte de la misma, a pesar de que sepamos que sus intereses en
poco coinciden con los nuestros.
—Pero Santidad, ambos sabemos, que transcurridas unas décadas de
la permanencia del Consorcio dentro de la fundación, su poder iría
creciendo de tal forma, que acabará teniendo en sus manos el control de la
energía, el agua y las carreteras de cientos, sino miles de millones de
personas.
El papa, con una triste sonrisa de resignación, le contestó:
—Amigo Ilic, el poder simplemente cambiará de manos. Además,
quizá sea preferible que se unifique su gestión. Ya sabemos cuáles son los
argumentos en contra de la entrada del Consorcio en la FCG, pero a favor
podría estar el hecho de que esa unificación, a través del control, que
pretenden, casi con seguridad va a terminar con los múltiples conflictos
armados que hay constantemente en los países pobres, ya que en definitiva
los promotores de esos conflictos lo único que buscan es el control de los
recursos, de los que paulatinamente se va a hacer cargo el Consorcio. Y
mientras todo eso pasa, la Fundación podría ir cumpliendo sus fines y
conseguir que mucha gente tenga una vida que ahora mismo no tiene.
Tras unos segundos de reflexión y con una ligera inclinación de
cabeza que indicaba su acuerdo con lo dicho por el papa, Ilic dijo:
—Entonces, nuestra obligación será la de actuar como un catalizador
de las acciones del Consorcio, intentando conseguir que el efecto de las
mismas sea compatible con la continuidad y la consecución de los fines de
la Fundación y la Iglesia. Nos encontramos ante un matrimonio de
conveniencia en el que una de las partes no quiere a la otra para nada y sin
embargo se ve obligada a convivir con ella, por lo que en definitiva no nos
quedará más remedio que sacar el máximo partido posible de la situación,
para conseguir atender a los fines con los que la fundación fue creada,
salvaguardando siempre nuestro bien más preciado: la Iglesia.
Constituirnos en un árbitro siempre vigilante de las acciones del
Consorcio. Y, Santidad, ¿cómo y cuándo vamos a ir informando a todos los
intelectuales, y a las grandes figuras de importancia y trayectoria
mundialmente reconocida, que han entrado a formar parte de los órganos
de dirección de la Fondazione del Cittadino Globale en los distintos países
del mundo de la existencia del Consorcio?
—Poco a poco, Ilic, si es que llegamos a tener el valor para hacerlo.
Es triste pensar que incluso, la más filantrópica y altruista intención del
hombre para mejorar la vida de sus semejantes, cuando está mediatizada
por éste, acaba desviándose brutalmente de ese ideal que era el objetivo
inicial. Creíamos que una unión de buenas voluntades del calado y tamaño
tan increíbles como las que se dan en la Fondazione, sería suficiente para
conseguir sus objetivos y subsistir, pero desgraciadamente pasará como en
tantos otros ámbitos de la vida, ya que, como siempre, todos los que han
puesto al servicio de la fundación su trabajo, ilusión e inteligencia, se
acabarán dando cuenta con cierta amargura de que… nada es lo que
parece.
[73] En italiano, se traduce como “Fratti nero” y así es como se llamaba precisamente a los
miembros de la logia Propaganda Due.

[74] Quien calla parece estar otorgando. El silencio como declaración de voluntad.

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