En un referéndum celebrado el 23 de junio de 2016 la ciudadanía del Reino Unido
votó a favor de la salida del país de la Unión Europea (UE). Constituye un hecho inédito,
ya que se trata de la primera vez que un Estado miembro decide abandonar la UE. En este
breve trabajo nos proponemos un objetivo modesto: identificar algunos de los factores
domésticos, tanto estructurales como coyunturales, pasibles de explicar la decisión de la
ciudadanía del Reino Unido de dejar de forma parte de la UE. Dada la importancia de los
factores domésticos estructurales en el resultado del referéndum en el Reino Unido, el
tradicional excepcionalismo británico, un país abiertamente euroescéptico, y las posturas
renuentes de los gobiernos británicos hacia el proyecto de integración europea, difícilmente
dicho resultado pueda repetirse en otros países miembros de la UE, en caso de que celebren
consultas populares en la misma dirección.
La salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE), conocida como «Brexit»
Fue decidida por los ciudadanos británicos, mediante referéndum el 23 de junio de
2016, con un 51,9 % de los votos a favor.
Constituye un hecho inédito, ya que se trata de la primera vez que un Estado
miembro decide abandonar la UE, excluyendo a Groenlandia, cuyo caso no es exactamente
comparable.
En estas breves líneas nos proponemos un objetivo modesto: identificar algunos de
los factores domésticos, tanto estructurales como coyunturales, que contribuyen a explicar
la decisión de los ciudadanos del Reino Unido de no permanecer en la UE. Concluimos que
son los factores domésticos estructurales, excepcionalismo británico, la relevancia del
euroescepticismo en el país, así como las ambivalencias (y hostilidad) de los gobiernos
británicos respecto del proyecto de integración europea- los que tienen un importante peso
en el resultado del referéndum.
Causas del Brexit:
Factores domésticos estructurales: en primer lugar, el denominado
«excepcionalismo británico» constituye un elemento fundamental para ayudar a
comprender los prejuicios de los ciudadanos del Reino Unido respecto de Europa
continental. exceptional En numerosas ocasiones, el Reino Unido ha sido catalogado como
el «extraño en Europa» hogar de una nación de «europeos reticentes», y colocado en los
«márgenes de la integración desde el punto de vista político, geográfico y emocional»
(Daddow, 2015: 71). Aunque sus raíces se hunden en las profundidades de la Historia, el
excepcionalismo británico fue plenamente representado en la era moderna por el Primer
Ministro Winston Churchill, ideólogo y visionario de una Europa Unida, aunque sin que
Gran Bretaña formase parte de ella. Reflejaba así el excepcionalismo británico y su
autonomía respecto de Europa, elementos que le daban a este país «derecho» a un
tratamiento especial.5 En años recientes, en su famoso Discurso de Bloomberg, el Primer
Ministro David Cameron hacía hincapié en este «excepcionalismo británico» para justificar
la necesidad de una nueva aproximación hacia la UE: «Tenemos el carácter de una nación
insular: independiente, franca y apasionada en defensa de nuestra soberanía. No podemos
cambiar esta sensibilidad británica más de lo que podemos drenar el Canal de la Mancha. Y
debido a esta sensibilidad, llegamos a la Unión Europea con un estado de ánimo más
práctico que emocional».
En segundo lugar, otro factor doméstico estructural de peso para explicar la
decisión británica de abandonar la UE es el fenómeno del euroescepticismo, sumamente
extendido en el país, especialmente en la opinión pública. El propio significado del
euroescepticismo permanece vinculado al contexto donde apareció, es decir, en Gran
Bretaña, en la década de los ochenta. Entonces fue forjado en la prensa y utilizado para
nombrar a quienes se oponían a la membrecía del país en las Comunidades Europeas (CE),
también llamados «anti-marketeers» (Harmsen y Spiering 2004:14). Los británicos nunca
se han sentido del todo involucrados en Europa y ven a la UE desde un ángulo puramente
práctico con respecto a las ventajas materiales que les proporciona. Ni los políticos ni los
medios de comunicación han contribuido a que ese sentimiento se moviese más cerca,
psicológicamente, «a Europa» (Debomy, 2012: 53-54). Las actitudes británicas vis-à-vis la
UE fueron siempre distantes y reservadas, y peor aún, firmemente opuestas a todo lo que
apareciese como una amenaza a la soberanía, identidad y costumbres nacionales, siendo el
rechazo masivo a la moneda común el ejemplo más visible (Debomy, 2012:23).
Finalmente, el tercer elemento estructural, e íntimamente conectado con el factor anterior,
refiere a la ambivalente relación de los gobiernos británicos con el proceso europeo de
integración.El Reino Unido estuvo inicialmente interesado en las negociaciones
conducentes a la firma de los Tratados de Roma, pero se retiró en noviembre de 1955 al no
desear formar parte de una Unión Aduanera y menos de un Mercado Común, meta final del
proceso (Mangas Martín y Liñán Nogueras, 2006:44). Luego se embarcó en un periodo de
competencia con los países fundadores de las CE, en transición desde la «neutralidad
benevolente» hacia el «sabotaje» (Young, 2000 citado por Daddow, 2015:76), ya que en
1960 el Reino Unido creó, junto con otros países europeos, la Asociación Europea de Libre
Comercio (AELC). Para fines de los años cincuenta pareció claro que el Commonwealth y
la AELC eran inadecuadas para satisfacer el potencial comercial del país mientras que, por
el contrario, las CE ejercían una poderosa atracción (Dinan, 2010:39). El Reino Unido, con
su habitual pragmatismo, solicitó entonces su ingreso en las CE en 19617 (y nuevamente en
1967).8 Sin embargo, el presidente francés De Gaulle desconfiaba, con fina intuición, de la
vocación «europeísta» de los británicos, y por lo tanto, impidió con su veto la adhesión en
ambas oportunidades. Finalmente, la incorporación del Reino Unido a las CE en 1973 fue
liderada por un gobierno Conservador, por lo que los Laboristas, disconformes con la
misma, prometieron que si ganaban las elecciones celebrarían un referéndum. Con esa
promesa electoral los Laboristas ganaron las elecciones y consiguieron ciertas mejoras en la
renegociación del Tratado de adhesión. El gobierno Laborista convocó el referéndum en
1975 haciendo campaña a favor de la permanencia del país en las CE, que resultó ser la
opción elegida por el 65 por ciento de los votos (Mangas Martín y Liñán Nogueras,
2006:45). La llegada al poder de la Primera Ministra Margaret Thatcher en 1979 marcó un
giro en las relaciones entre el Reino Unido y Europa. Sus críticas a las políticas de
Bruselas, expresadas memorablemente en su Discurso de Brujas de 1988, condujeron a una
renegociación de los aportes presupuestarios del Reino Unido en las CE y a la no
participación del país en la Carta Social Europea. Pese a la hostilidad de Thatcher a una
mayor integración, paradójicamente, su gobierno ratificó el Acta Única Europea y la
participación británica en el Sistema Monetario Europeo. John Major, su sucesor a partir de
1990, consiguió cláusulas de exención (en inglés «opt-out») en el Tratado de Maastricht: el
Reino Unido no quedaba obligado a entrar en la tercera fase de la Unión Económica y
Monetaria (UEM) ni a implementar, por consiguiente, el euro. Los británicos tampoco
forman parte del Acuerdo Schengen, ni del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia, ni
tampoco aplican la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE, en su tradicional
práctica de buscar «salidas parciales» (en inglés «partial exits») dentro de la UE (Bartolini,
2005 citado por Vollaard, 2014:7).
Luego de los años de gobiernos Laboristas con cierto sesgo pro-europeo, con la
llegada del Conservador David Cameron, quien en 2010 formó una coalición con los
liberales demócratas, las relaciones con Europa se complicaron nuevamente. Cameron se
convirtió a finales de 2011 en el único primer ministro británico que vetó un tratado
europeo, el Pacto Fiscal, y ganó su segundo mandato con la promesa de celebrar un
referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. Causas del Brexit: factores
domésticos coyunturales La decisión de Cameron de celebrar un referéndum en 2016 sobre
la permanencia de su país en Europa estuvo motivado, en gran medida, por dos elementos:
el creciente euroescepticismo al interior del partido Conservador en la era post-Thatcher
(Gifford, 2014: 514) y el avance electoral del populista y xenófobo Partido por la
Independencia del Reino Unido (en inglés, United Kingdom Independence Party, UKIP),
fundado en la década de los noventa con el único propósito de lograr la salida del Reino
Unido de la UE. Si bien el resultado del referéndum fue parejo, no fue homogéneo. Las
diferencias socioculturales y económicas de los votantes resultaron determinantes, pero
también la brecha geográfica y generacional. La campaña del «Leave» puso el énfasis en la
migración y la seguridad, conectando con preocupaciones más amplias sobre cultura e
identidad nacional, especialmente entre los votantes de menores ingresos. El argumento de
que el Reino Unido no podía controlar el número de migrantes si permanecía como
miembro de la UE fue una efectiva arma de campaña.Como también lo fueron los mitos
tales como el pago de 350 millones de libras semanales de Reino Unido a Bruselas, o el
inminente acceso de Turquía a la UE. 11 Desde el punto de vista geográfico, de las nueve
regiones que forman parte de Inglaterra, en ocho ganó el «Leave». La única excepción fue
el Gran Londres, donde el «Remain» se impuso con comodidad, por 60 a 40 por ciento.12
El «Remain» se impuso categóricamente también en Irlanda del Norte, por 55,8 a 44,2 por
ciento, y todavía más en Escocia, por 62 a 38 por ciento. Este resultado abrió la puerta al
debate sobre un futuro segundo referéndum de independencia en este último país. Pero la
edad fue un factor determinante. El 73 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 24 años
eligieron permanecer en la UE. Son los que se sienten integrados al mundo, no temen al
cambio ni pretenden volver a un pasado que no conocen. En cambio, el 60 por ciento de los
mayores de 60 años optaron por la salida. Muchos de ellos son desempleados o poseen
empleos precarios y son temerosos de una sociedad que no comprende. La incidencia de la
edad obliga a considerar otra cuestión: entre los jóvenes la tasa de abstención electoral es
mucho más alta que entre los ancianos. Si fuera al revés, muy probablemente el Reino
Unido seguiría dentro de la UE.13 Algunas reflexiones finales La decisión ciudadana de
desvincular al Reino Unido de la UE constituye un hecho sin precedentes en el proceso de
integración europea que culmina una historia de ambiguas relaciones entre ambas partes. El
excepcionalismo británico, sustentado en bases de tipo geográfico, histórico y cultural,
junto con la tradición euroescéptica del país y las ambivalencias (y hasta hostilidad) de los
líderes nacionales vis-à-vis el proyecto de integración europea, se han conjugado con
elementos de tipo coyuntural para explicar la decisión de la población británica de
abandonar la UE. Según el New York Times, la salida británica de la UE «debilita a un
bloque que es el mercado más grande del mundo, así como un ancla de la democracia
global».De todas maneras, algunos medios están advirtiendo que el escenario futuro no
sería tan catastrófico como muchos se apresuraron a predecir.15 Todo dependerá de los
resultados de las negociaciones entre el gobierno Conservador, ahora liderado por Theresa
May,16 y la UE. La UE debería lidiar, además, con un posible «efecto dominó» desde el
momento en que líderes de partidos de extrema derecha euroescépticos en diferentes
Estados miembros llamaron a celebrar referendos sobre la permanencia en la UE. Sin
embargo, consideramos que el peso que los factores domésticos estructurales tuvieron en la
decisión final de los británicos haría poco probable, a priori, la repetición de ese resultado
en otros países europeos. Aunque la insatisfacción euroescéptica se manifiesta con fuerza,
es más probable que la UE se transforme en una unión truncada debido a la salida completa
británica y «salidas parciales» de otros países, en vez de disolverse íntegramente por las
salidas de varios Estados miembros.