Obras Completas de Juan de Dios Uribe
encierran y no solamente la forma, demasiado descuidada, pero
muy al alcance de la mentalidad rural de sus lectores.
Epifanio Mejía no conoce de lujos psicológicos, de novedad de
giros, dr atildamiento; su vocabulario es de los más pobres y sus
recursos gramaticales bien escasos. Pero triunfa de todo la
inspiración. En los versos del desagraciado poeta se siente el
ritmo de un corazón entristecido y bondadoso; se descubre un
pensamiento sano, Hacen recordar los paisajes de la infancia y
se les tiene respetuoso cariño.
Amé estos poemas hace muchos años, y los he copiado con
letra de principiante de las hojas de periódicos efímeros. Los
leo con placer ahora y al colocarlos entre tus libros, pienso que te
doy, hermosas mía, en pocas páginas, la sorpresa de encontrar un
gran poeta de las cosas pequeñas...
En el cercado ajeno
Al norte de Medellín, a" media legua, sobe una colina de
las que cierran la llanura, está el asilo de locos. Es un edificio a
medio hacer, con bastante espacio a los lados, con vistas hacia el
Valle de Medellín, hacia el cajón del río, a la cuesta de Medina,
a los montes de El Gallinazo y de El Granizal y a las cumbres
romanescas de Santa Elena. Sitio de mucho aire, de mucha luz, de
paisajes encantadores, corona de eminencia; y el sol que reverbera
en su tejado nuevo, enciendo como un fanal sobre el collado de los
infelices...Allí vive Epifanio Mejía, nuestro poeta loco.
Con el primer ejemplar de La Tierra de Córdoba en el
bolsillo y con la vibración en la cabeza de este himno apasionado
a nuestra raza, quise ir al asilo a recibir la impresión que le causara
la lectura de los versos de Isaacs al poeta más antioqueño de los
antioqueños. Epifanio tiene lucideces en literatura: hace buenos
versos en su celda de recluso y recita sus antiguas poesías con
una fidelidad perfecta. Cuando la inspiración vence su dolencia,
produce como en los mejores días, pero estas improvisaciones
fugitivas se pierden entre las charla de los locos. No tiene papel, ni
pluma, ni libros ni nada que lo asocie a su pasado de escritor, y vive
de algunos recuerdos, que están incólumes en su memoria, y de las
extravagancias que constituyen su desgracia. Distraído de la manía
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de comerciante por mayor —que es la que ahora tiene— y traído a las
letras, su juicio adquiere cierto equilibrio; y era este intervalo feliz
el que yo quería aprovechar para leerle el canto de Isaacs. Se me
presentaba, además, la oportunidad de pedir justicia para el pobre
poeta: remedio para su desgracia, o bienestar para sus últimos días;
pan para sus hijos, una edición para sus obras, aquello que fuese
una reparación de esta sociedad colombiana, indiferente y avara
con los hombres distinguidos que son humildes. Juntar a Mejía
con Isaacs, cuando al uno se le cree muerto y el otro va a conmover
de nuevo los corazones y a preocupar los espíritus, es apoyar la
musa enferma de Epifanio en vigoroso brazo de Efraím, lo cual no
debía causarle sino regocijo al nombre corazón del autor de María.
El tranvía lo lleva a uno hasta El Bermejal, cruzamiento de
carreteras y lugar de baños y de recreo: desde allí trepa la cuesta,
ente sotos y vallados, por una paraje delicioso, con olor de montaña,
con la frescura y reposo de las brisas libres y el campo verde.
Mientras adelantaba al asilo, iba pensando en el otro, en
Jorge Isaacs, que tiene su casita a orillas del Combeima, de cara a
la montaña del Quindío, de donde el Tolima, que él ha cantado,
bota al cielo su cono inmenso de nieve inmaculada para recibir las
primicias de la luz de los astros. En Ibagué vive, pobre y enfermo,
después de una heroica batalla con la naturaleza y la fortuna. No
ha sido vencido, pero sí destruido. Respiró a pleno pulmón los
miasmas de las selvas y de los hombres, y eso, si no ha domado su
altivez, sí ha quebrantado sus fuerzas físicas. Según me escribe, se
repuso un poco en una granja de Emiro Kastos, en el corazón del
monte, propia para poner en fuga las fiebres y los pensamientos
dolorosos. ¡Y vive así este hombre que ha dado tanta gloria a la
literatura de su Patria! ¡Que ha enriquecido a centenares de
editores nacionales y extranjeros con su libro! ¡Y tiene que hartarse
solamente de sueños y quimeras este gran señor que nació para el
arte y las magnificencias! ¡No se queja, no encorva la espalda;
pero sus amigos, a pesar de él, nos quejamos de que aquí, donde se
quiere coronar a Núñez, él mismo, y quieren coronar a Rafael
Pombo, se deja a Jorge Isaacs apuntando siempre la rueda
veleidosa de la fortuna.
***
Al proseguir el camino, evocaba a Isaacs en los recuerdos de mi
infancia y de mi juventud.
Cuando lo vi por primera vez en Cali, a su regreso del
Pacífico, tenía la fuerza de los cuarenta años: erguido, de pelo y
bigote negros, altivas la mirada y la faz. Nos mostraba a los
chicos la casa donde nació el poeta y donde Efraím llegó
demasiado tarde aquella noche de tribulaciones.
«Hube de reunir todo el resto de mi valor para llamar a
la puerta de la casa: un paje abrió. Apeándome boté las
bridas en sus manos y recorrí precipitadamente el zaguán y
parte del corredor que me separaba de la entrada del salón:
estaba oscuro. Me había adelantado pocos pasos en él, cuando
oí un grito y me sentí abrazado:
— «¡María! ¡Mi María! —exclamé estrechando contra mi
corazón aquella cabeza entregada a mis caricias.
—«¡Ay¡ ¡no, no Dios mío! —interrumpiome sollozante.
«Y desprendiéndose de mi cuello, cayó sobre el sofá
inmediato: era Emma...»
Aquel encuentro de Efraím, que satisfacía mi
curiosidad de niño, no habría de borrárseme de la memoria.
En casa de mis padres era familiar su nombre; y el tomito de
versos suyos que publicaron Camacho Roldán, Becerra,
Vergara, Marroquín, S amper, la tertulia de El Mosaico, estaba en
nuestra biblioteca, y fue ese mismo ejemplar el que le sirvió
muchos años más tarde para principiar a reunir sus poesías que
habría publicado en Bogotá sin la codicia feroz de los editores.
Fracasaron por ese tiempo sus negocios de agricultura y
tuvo un pleito ruidoso que lo obligó a escribir uno o dos folletos.
En 1875 era Superintendente de Instrucción Pública del Cauca.
Cuando atravesaba los claustros de la Escuela Normal de
Popayán, envueltos en su capa, sin mirar a nadie, los estudiantes
cerrábamos los libros para contemplarlo llenos de respeto. El
imponía ese respeto, por otra parte; mas nosotros nos sentíamos
orgullosos y felices al tener por superior de estudios al gran
poeta que había paseado la novia inmortal caucana por todas las
comarcas de la tierra; que había dejado a María como numen que
preside los amores castos, hablando a la oreja de las
prometidas, y en nupcias imposibles con los corazones
tristes... Felices, orgullosos y entusiastas, al pensar que el
célebre escritor venía del lado de César Conto, de la redacción
de El Programa Liberal, de dar un asalto a los fanáticos, por
nosotros, por los normalistas, que estaban en el nido de la
serpiente, a quienes cada día nos gritaban la manada religiosa
en las puertas de la Escuela, en la plaza, en las calles, con
aullidos de fiera hambrienta: ¡Mueran los masones! ¡Mueran los
herejes! con este estribillo de la época, que despedazaba el gaznate
de hombres y mujeres: ¡Santo Dios! ¡Santo Dios!
¡César Conto! Combatido por los nuñistas y los
conservadores; envuelto en una red de sociedades católicas;
con un Obispo beligerante a dos cuadras de su casa, y otro
Obispo guerrero que le apuntaba desde Pasto; en la perrilla de
las iglesias, de los periódicos y de las tribunas reaccionarias;
desengañando de muchos de sus copartidarios; con infaustas
noticias por el telégrafo a cada instante; abocado a una guerra
de aspecto musulmán; y él sin soldados, con pocos amigos,
inalterable, sonriente, con la bandera en la mano, parando los
golpes en El Programa Liberal, ¡oh, este recuerdo es el homenaje
más glorioso que pueda hacérsele a su memoria!
Al otro día de la batalla de Los Chancos (31 de agosto de
1876) vi a Jorge Isaacs, de pie, a la entrada de una barraca de
campaña. Pasaban las camillas de los heridos, las
barbacoas de guadua con los muertos, grupos de mujeres en
busca de sus deudos, jinetes a escape, compañías de batallón a
los revelos, un ayudante, un General, los médicos con el cuchillo
en la mano y los practicantes con la jofaina y las vendas,
Trujillo que marcha al Sur, Conto que regresa a Buga, David
Peñaa a caballo con su blusa colorada, como un jeque árabe que
ha perdido el jaique y el
turbante... el mundo de gente, ansiosa, fatiga, febril, que se
agolpa, se baraja y se confunde después de un triunfo, El sol
hacía tremer las colinas, la yerba estaba arada por el rayo, el
cielo incendiado por ese mediodía de septiembre, y por sobre el
olor de la pólvora y los cartuchos quemados, llegaba un gran
sollozo, una larguísima quejan de los mil heridos que se
desangraban en aquella zona abrasada, bajo aquel sol que
desollaba la tierra. Isaacs reemplazó el día antes de Vinagre
Neira a la cabeza del Zapadores, y, como su primo hermano
César Conto, estuvo donde la muerte daba sus mejores golpes. Yo
lo vi al otro día en la puerta de la barraca, silencioso en ese
ruido de la guerra los labios apretados, el bigote espeso, la frente
alta, la melena entrecana, como el rescoldo de la hoguera; y
con su rostro bronceado por el sol de agosto y por la refriega,
me parecieron sus ojos negros y chispeantes como las bocas de
dos fusiles.
Hizo la admirable campaña del Sur a órdenes del General
Trujillo, y uno de sus mejores poemas con la cortada de El Nudo.
Era allí infatigable, pero agitador y propagandista, cual si
continuara en el campamento discursos interrumpidos en las
asambleas, a la manera de los inspectores del ejército de la
Convención francesa. No sería esto lo más a propósito para la
disciplina, ni le hacía mayor gracia tal libertad al General
Trujillo, por lo que el jefe e Isaacs se trataban a distancia.
Bajo su tolda, en los riscos de Miraflores y San Julian, solían de
tarde en tarde escribir una página () grabar una estrofa en su
libro de memorias.
Lo oí hablar luego en las cámaras legislativas; vi apedrear
su hotel por las turbas regeneradoras, tres días antes de que un
guijarro feliz, tirado por los godos, le enseñara al doctor Galino,
de un modo perentorio, la excelencia de las doctrinas
conservadoras.
Muchos años después (1886) Antonio José Restrepo y yo
fundamos La Siesta con el objeto de hacer, socapa de un periódico
literario, una hoja política, y Jorge Isaacs buscó para nosotros
sus carteras de viaje por la Costa Atlántica, la Sierra Nevada y
la Goajira, y nos dio a escoger lo que a bien tuviéramos.
Tomamos
lo que él quiso. Así es como La Siesta tiene un
repertorio de Isaacs que no posee ninguna otra
publicación de la República.
Y cuando en 1887 me echaron de Bogotá, por
anarquista o por cualquiera otra cosa, puso en
manos de mi madre una carta para el poeta Justo
Sierra, que nunca agradeceré lo bastante.
***
Antonio José Restrepo llegó conmigo.
Mientras nos abrían la puerta del asilo, reparamos
en una capilla que queda enfrente, a donde llevan a
los locos a oír misa los domingos, como si lo que no
entienden los racionales estuviera al alcance de los
enajenados...
Abrieron. En el patio había algunas infelices
tomando el sol en posturas ridículas. En el
corredor se paseaban otros; de los cuartos
cerrados y del interior del edificio salía una vocería
confusa.
—¿Dónde está Epifanio? — preguntamos al
portero.
—Por aquí— nos dijo, y guio hacia la puerta del
poeta.
Una celda desmantelada, con una cama por
único mueble, en el suelo desnudo, de tierra-
bermeja. Hacía frío allí dentro. Epifanio nos
recibió con amabilidad y nos rogó que tomáramos
asiento en la cama.
—Es lo que tengo aquí— nos dijo.
Le dimos gracias.
—¿Y cómo va de salud? — le preguntó Restrepo.
—Estoy bien— respondió. No me ha vuelto el
ataque y puede ser que no me repita.
Entonces reparé que había envejecido y
que estaba extenuado. Hacía cuatro meses lo había
visto robusto y fuerte: con el pelo y la barba rubios,
la cara llena, los ojos azules, y en mangas de
camisa; se daba trazas en aquellos días a un obrero
alemán sin trabajo. Ahora lo barría la desgracia.
Le trajeron una taza de caldo, que tomo a
sorbos y luego encendió un cigarro.
—Me entretengo fumando— habló en voz baja.
No puedo leer ni escribir; eso me hace daño.
Fumo y descanso del viaje...
—¿De qué viaje?
¡Ah! ¿No lo saben ustedes? Yo vengo de descubrir otro
continente, más allá del Viejo Mundo, donde no hay
tabaco, ni candela, ni periódicos; donde se usan unas
monteras grandes y negras, y donde viva Zaida, que
se viste de las flores del jardín y es como una rosa
de Alejandría. Se llama la tierra de la Soledad;
desembarca uno en el puerto de Carpintero...
Deliraba, y le interrumpimos:
—¿No ha vuelto a hacer versos?
Pareció fijar su pensamiento.
—A Yarumal llegarán unas catorce cargas con mis
poemas. Es la historia del mundo desde la creación
¡Quién sabe si eso guste!
— Vamos. Recítenos usted algo. Lo último que haya
escrito; tenga usted la bondad, don Epifanio.
Lo último que había escrito eran dos cuartetos
insignificantes que no reproduzco. Pero en la
conversación nos habló de El arriero de Antioquia,
un poema que tenía inédito.
—Es el arriero que ustedes han visto: fuerte,
honrado, alegre, con su camiseta al hombro y su
arreador en la mano, maldiciendo y cantando por
nuestros caminos.
Logramos copiar este fragmento:
«Es lunes por la mañana,
apenas va amaneciendo;
en el naranjo del patio
ya chillan los azulejos.
Sentado sobra una enjalma
que está doblada en el suelo,
aguarda con impaciencia
su desayuno el arriero.
Juana, su mujer, le trae,
chocolate en coco negro,
con una arepa redonda
y una tajada de queso.
Muerde, masca, sorbe, traga,
y sopla y sigue sorbiendo,
y con el último sorbo
le dice a Juana, ¡hasta luego!»
Nuestro aplauso pareció agradarle, y fuímonos derecho a
lo de Isaacs.
—No lo conozco personalmente —nos dijo—, pero he leído a
María mil veces. ¡Qué lindo aquello! «Una tarde como las
de mi país, engalanada con nubes de color de violeta y
lampos de oro pálido, bella como María, bella y transitoria
como fue esta para mí...» ¡Ave María! Y qué triste aquello:
«Estremecido, partí a galope por medio de la pampa solitaria,
cuyo vasto horizonte oscurecía la noche...» De Bogotá me
mandaron hace mucho tiempo un cuaderno de versos de
Isaacs con La Montañera, la Muerte del Sargento, De
Antioquia a Medellín, Río Moro... ¡Oh, Río Moro! Esa
poesía es especial, no se parece a nada de lo que nosotros
hacemos:
«Vi al pescador de los lejanos valles
tus peñas escalando silencioso,
la guardia buscando de la nutria
y el pez luciente con escamas de oro».
—¿Pero esto no es muy lindo? ¡Ave María! Yo querría conocer
la letra de Isaacs. ¿Les escribe a ustedes? Tráigame las cartas:
guardo una de Vergara y Vergara; Quijano Otero también me ha
escrito. ¿Dónde está Isaacs? ¿Vive en Bogotá? ¿Es rico?
—Vive en Ibagué y es pobre.
A estas palabras se nos acercó como para decirnos un secreto.
—¿Conque está pobre? Pues si ustedes le escriben, díganle
de mi parte que va a recibir ochocientos bultos de mercancías
francesas, y que puede tomar de ellas lo que necesite, sin
reparo. Lo mismo les digo a ustedes.
Y decía aquello tan de corazón, con la fe de cabello, que
sentíamos una profunda angustia por el noble enfermo. Antes
de que se engolfara en sus quimeras de comerciante, saqué del
bolsillo el canto de Isaacs.
—A propósito —le dije— aquí tiene los últimos versos de don Jorge,
veamos qué le parecen.
Tomó el cuaderno con mucha curiosidad, vio la fecha y la
firma y me suplicó que leyese.
Desde el principio al fin del canto, se estuvo de pie oyendo
con suma atención e interrumpiendo con exclamaciones de gozo,
haciéndose repetir las estrofas, principalmente las descriptivas.
Entornaba los ojos para seguir los pensamientos
intrincados, y cuando encontraba una palabra extraña, nos
preguntaba el significado. Por el momento no estaba loco, sino
muy cuerdo. Sobre la mota de que habla Isaacs, nos hizo una
observación curiosa:
—La mota debe ser el guaco o guacó, pájaro que dice en el
canto: ¡Ya acabó! ¡Ya acabó! Se llama también Valdivia. En mi
Amelia lo tengo puesto:
«Parada en la cumbre de altísima roca
la joven amante llorando se ve:
parece de Safo la pálida sombra:
del salto el abismo contempla a sus pies.
¡Mi Carlos! ¡Mi Carlos! Les grita a los vientos
que pasan llevando su lánguida voz:
responde a sus gritos del río el estruendo
y el canto agorero del triste guacó».
Restrepo le preguntó sobre la procedencia judía de los
antioqueños, de que habla el canto.
—La cara y las ocupaciones son hebreas; pero yo no sé nada.
Cuando terminé le lectura, me pidió el folleto para leerlo a
solas y lo guardó con mucho esmero debajo de las mantas de la
cama. Nos acompañó hasta el patio y oímos que desde lejos nos
gritaba:
—¡Las cartas, las cartas, no olviden las cartas de Isaacs!
***
Aún veo aquel hombre, humilde, mal vestido, con zapatos rotos,
esforzándose en ocultar sus harapos y la desnudez de su cuarto
con la conversación amena y las buenas maneras. Veo su cara
pálida, sus ojos azules, su frente redonda y amplia, su barba
inculta, sus cabellos rubios, escasos y encanecidos! ¡Una
sonrisa de tonta inocencia! Una cabeza indecisa, un aire de
dulzura triste, cierta viveza velada como la luz de la lámpara, y
toda su fisonomía se representa a mis ojos como si estuviera
envuelta en los rayos de la luna. ¡Pensar en las noches que pasa
en ese calabozo con la vecindad de las locas bullangueras y soeces;
en los peligros que corre, débil y enfermo, entre los gañanes
destornillados, irresponsables y forzudos; en el hambre, ¡ay! o
en la mala alimentación, que él no puede remediar en sus
prisiones, que ha encorvado su cuerpo, adelgazado sus miembros
y que le dejará al cabo, por la pérfida anemia, en las tinieblas
del idiotismo.
La mañana en Candelario Obeso se dio un tiro sobre el
peritoneo, después del cual vivió tres días, me consta que no
tenía una peseta para comprar morfina; después se le llevó con
música y en hombros al cementerio. Homenaje tardío; si hubiera
tenido dinero no se habría suicidado.
Es una lección. No hay que esperar la muerte para
honrar la gloria.
¿Puede curarse o no Epifanio Mejía? Si se puede curar,
¿es aquí o en el extranjero donde tiene remedio? ¿Cuánto necesita
para curarse o para irse? ¿Con cuánto viviría su familia
modestamente? Diga lo primero una junta de médicos; diga lo
otro un consejo de madres de familia, dígalo alguno y vamos
todos a sufragar gastos del poeta. Le pagaremos un poco de lo
que nos ha dado coi' sus canciones: una serenata de esas en que
ha volado a los aposente de las idolatradas; los goces de un
amanecer cuando se oye el clarín del gallo y se dispone el
desayuno campesino; cuando nos lleva a un ordeñadero de la
montaña, a ver cómo borbota la leche en las totumas amarillas;
cuando nos hizo advertir en el bosque oloroso la hormiga con
su carga a la espalda, la araña fabricando
sus encajes y la gallinera poniendo sus huevos azules; porque
cantó la nostalgia y la agonía de la ceiba de Junín; porque nos
temblar con el cuchillo del carnicero «purpurino y blanco» en l
La Muerte del Novillo, y por las lágrimas derramadas sobre el
nido de La Tórtola, y por la viudez de su compañero en el
laurel vecino... Paguemos algo siquiera al que nos dio El
Canto del Antioqueño, que aligera y enciende nuestra sangre;
al que iba en pos de los huesos de Basiliso Tirado, en romance
solemne, para que el poeta descansara en la tierra de sus padres;
al que en La Paloma del Arca fue soltado cada uno de los
animales con más encanto que en el relato bíblico, y al cantor
de la infeliz Amelia, la virgen loca que anda por nuestras
montañas y nuestros ríos buscando el cadáver de su novio...
Si es el poeta que no discutimos, ¿no podremos juntarnos
todos en ayuda de su infortunio?
El Gobierno, que tiene en España a Julio Betancourt, bien
podría tener en un hospital de Europa a Epifanio Mejía; y
cuando le regalan diez mil pesos anuales a Eliseo Payán, no es
pedir mucho una pensión de mil pesos para las hijas del poeta.
El amor de las mujeres —que es la verdadera corona que se
ciñen los poetas— sería, empero, lo suficiente: este amor lo pueden
compartir todas juntas... porque es el amor de un loco. Con un
bazar de tantos como hacen, con un concierto, con cualquiera
obra de su iniciativa, se daría principio, y en cuanto a los
rústicos de Antioquia, basta con que se les cante El Mirto y
El Dialogo de Amor, para que echen sus cuartos, allí mismo, en
el cuenco de la vihuela.
***
Un canto como La Tierra de Córdoba regocija la poesía y
es extraño en estos días nuestros de desencanto y aturdimiento.
La inspiración liberal está soterrada, excepción hecha quizá de la
musa de Antonio José Restrepo y Fidel Cano, y hasta los poetas
jóvenes de nuestra escuela, o se vuelven sobre sí mismos para
cantar sus intimidades, o filosofan sobre la inofensiva
quintaesencia de las
cosas. Se contentan con la libertad que sienten al verter sus
querellas en la rima y al interrogar las esfinges de los
problemas; pero no dan un golpe de vista sobre el país, ni se
mezclan en el combate por la vida libre, que engrandeció a
tantos de sus antecesores. Falta imperdonable: si la poesía, que
sirve para poner de relieve las ideas, tiene una altura excelsa,
es ya tiempo que fulgure libre, y tremenda, y vengadora sobre
las catástrofes del derecho. Los poetas de la nueva generación
aparecen muriéndose de amor o dr hastío, por pura fantasía,
porque aquí en Colombia no hay cosa más fácil que casarse; y a
los veinte o veinticinco años, aquí y en todas partes, no hay
cosa más trabajosa que aburrirse. Indagan, se eterizan;
responden a preguntas que nadie ha de formular; se mudan a la
zona templada con sus bártulos y los asuntos de sus poemas. Se
alimentan de fuera. Viven, en una palabra, más en comunión de
los libros que entre sus conciudadanos.
Nadie les niega talento ni arte; pero plañe uno del mal
uso de sus facultades. ¡Cómo! ¿No es un grande asunto la
Patria, el pueblo oprimido, la República en peligro, el auto de fe
que se está haciendo con la obra de los libertadores? Resucitar
las glorias nacionales o limpiar los cuarteles de nuestro
escudo, ¿no es empresa tentadora para esas liras que mueren
de histerismo?
Más saben los reaccionarios, más sabe el jefe de ellos, que
desde El Cabrero distrae su clientela con acertijos místicos, porque
entiende que mientras más vueltas se le dé a la lleve del
misterio, más encerrados quedan los pueblos en el principio de
autoridad Hacer más que él, y hacer lo contrario, es la noble
misión de los poetas radicales: yo querría que en esta lucha las
liras fueran como la punta de las espadas. ¡Y quitad de allí los
que queréis que hava paz y olvido en el campo literario; los
que hacéis dos porciones del ser humano y al poeta lo dejáis
vagar como un cuerpo interrogando su propia sombra! No: el
hombre está mancomunado a la vida universal, principalmente
a su raza, y muy especialmente a la libertad de su pueblo. No
se puede sustraer tan noble parte de la actividad humana, como
es la poesía, de la lucha por la existencia. ¡Y cuán delicioso
combatir el del que oye sobre su cabeza el vuelo
de las estrofas! ¡Y cuán dichoso morir el de que cae bajo las
liras de sus poetas entrelazadas en arcos de triunfo!
Sé que hemos caído lo bastante para que los acentos
viriles tengan una flébil onda sonora; sé que la verdad sufre el
juicio arbitrario de la insolencia y que los poetas tienen
miedo del hemiciclo en que los histriones de la dictadura
derriban las cosas más bellas de la república. Comprendo que
la imbecilidad se ha hecho sanción y que es más cómodo
buscar el aplauso en los asuntos consentidos por el Poder y la
fuerza. Admito que la sociedad rehúye las palabras enérgicas
que le dan conciencia de la realidad de su desdicha. Que florece
el mirto sobre el laurel, el madrigal sobre la oda. Pero me
rebelo, los hombres emancipados se rebelan, contra ese triunfo
tan sencillo de la mentira que tenga el consentimiento de los
poetas. Habrían de ser ellos los últimos en rendir las armas,
pues que no son los primeros en recibir los golpes. Fiados en la
verdad, nada debe importarles el anatema; fiados en la
libertad, nada debe importarles el escarnio; y fiados en la
belleza, nada debe importarles el tiempo. El número los
condena. Y bien: para algo es uno libre por dentro; siquiera para
reírse de la chusma que quiere darle a César los jirones de su
honra o de su talento. Si la moda ruin, si la sociedad hipócrita los
repele, ¿qué mayor satisfacción que el aislamiento, que el cordón
sanitario que ponen las obras superiores entre la trápala y la
inteligencia?
Mas los poetas de estro libre sí tendrán muchas
compensaciones. El despotismo existe, pero Colombia vive: la
mortaja está allí, pero el muerto se ha incorporado. Es la hora del
cancionero. Tal lo ha comprendido Jorge Isaacs.
***
«Mirad al cielo, desgraciados, y dejadnos el reino de
la tierra», es la consigna de la musa reaccionaria. Los que la
cumplen predican el desprendimiento, después de incautarse de
lo ajeno, y aconsejan la mansedumbre, quedándose con los
soldados y las leyes dictatoriales. Así, la tierra no debe servirle al
pueblo sino de sepultura y a ellos de granero para mantener
una apacible
longevidad sobre el planeta y sobre la espalda de los tributarios.
Sacando de la vieja cantera mística las ideas decrépitas,
falsifican la vida, y con maña nos colocan un collar de flores
celestiales en el pescuezo, que es la misma argolla que usaba
para llevar los indios el conquistador Alfínger. El más culpable
de ellos cree descargarse de sus faltas con las palabras rimadas,
y quedándose en la holganza y en la soberbia, deja que sus
siervos beban el anestésico de las frases para que nadie perturbe
su molicie. Y no digo que los versos son decisivos, y menos
cuando son mal pensados y mal hechos; pero hago constar que
todo conspira contra la libertad en orden de batalla, en un
sistema a que convergen desde los escamoteos del sufragio hasta
los hemistiquios de los versos.
Jorge Isaacs nos proporciona verdadera sorpresa con su
canto. Tengo que decir que es en esta ocasión muy optimista:
pero vale más esto que los gimoteos de los poetas que le
dejan al pueblo el otro mundo, después de aligerarlo de sus
bienes para el tránsito. Isaacs se abrazan a la tierra, nuestra
madre, y al contacto de sus ósculos apasionados brotan flores
inmortales. ¿Ha tenido siempre en cuenta la realidad? Hay en
su poesía muchas cosas vistas y muchos sueños; pero es la
verdad que Antioquia sale engrandecida, que a través de esas
páginas nuestras montañas adquieren un relieve magnífico y
que la fama de nuestra raza, ungida y perfumada con su verbo
—con aceite del Huerto de las Olivas y resinas del Líbano— irá
tan lejos como vaya la nombradía ya dilatada del poeta. Es
cierto que la Antioquia que canta no es la del Departamento
oficial, la del Gobierno regenerador, la de los Jesuitas, la dela
Catástrofe, sino una otra que está fuera de las libreas, de los
pechos, de los diezmos y del hambre. Una otra de origen judío,
que no ha corrompido su sangre en el transcurso del tiempo,
que tala los bosques, honra la tierra, tuerce el curso de los
ríos, cuida los rebaños, es laboriosa, honesta, cosmopolita,
aventurera; que canta su aire de triunfo en los desiertos y
asoma con sus herramientas por la cima de los volcanes. Hay
nuestras mujeres, la originalidad de nuestras costumbres, la belleza del
cielo y de la tierra antioqueños, no se han ido tampoco en las alforjas de
los exactores, gracias les sean dadas. No se llevaron el temperamento. Y
existe también la Antioquia libre —en el voto que hacen sus hijos— la de
origen macabeo, que guarda la tumba y el laurel de Córdoba.
Este canto es extraño en estos tiempos, porque nos habla de la tierra,
ya proscrita de la Palingenesia; de la libertad, ya proscrita del
Parnaso, y de los héroes de la Independencia, ya proscritos de la historia.
Porque es irreverente con los verdugos de nuestros padres, irrespetuosos
con los triunfos de los afortunados y lisonjero con los hombres libres.
Está, pues, fuera de la nota hipócrita de los burladores y de la estética
femenina de nuestra juventud trascendental.
Isaacs se ha venido con toda su persona a La Tierra de Córdoba: con su
cualidades y sus defectos, El único reparo que quiero hacerle hoy es su
devoción sin límites por los judíos, cosa de la sangre. Si todos son
buenos, no lo parecen. En Antioquia, y en todas partes, cuando se
apegan al oro, sus narices flechadas no dan remate a un hombre sino al
gancho de un trapero.
El estilo es opulento: parece que el poeta haya estado contemplando
a Antioquia al sol que derrite la vainilla, que abre las flores del
quereme, que sazona los tamarindos, bajo las palmas y cámbulos del
Valle del Cauca.
No querría anticipar un goce tan exquisito a los lectores de El
Espectador, transcribiendo algunas de las estrofas del canto, pero me
determino a insertar unas pocas, aquellas que se han quedado conmigo,
aleteando en la memoria, deseosas de una libertad anticipada para ir
de heraldos del Poema.
¿A dónde va el poder invasor y fecundo de nuestra raza?
«Y tus colonos van de cumbre en cumbre
al Septentrión y al Sur,
segando vastas selvas bajo dosel de nubes:
Vigor es su derecho, y su alma la segur.
Desde Anaime y Nabarco hasta las fuentes
hoscas del Guarinó,
los Andes son el huerto feraz de tu simiente,
vestíbulo de Arcadias que tu poder creó.
En él ostentan diamantinos dombos
el Tolima y el Ruiz,
Gigantes ya vencidos que moles de sus hornos
Lanzaron hasta el Cielo, sublimes al morir.
Como vierten raudales sus neveras,
que fecundado van
los valles que tú alfombras y pampas que el
(sol quema,tu savia rica y noble al patrio suelo das».
Dos miniaturas del mejor estilo en nuestras rozas de maíz:
«Entonces la oropéndola salvaje
y el tordo negriazul
anidan con sus tribus en palmas y boscajes
y anuncian las auroras de sonrosada luz.
Al viento da su prole zumbadora
la colmena montés,
y en el hogar piando su nuevo nido forma
la golondrina errante, del hombre amiga fiel».
Las mujeres antioqueñas:
«¡Bellas y pudibundas como fueron
las hijas de Jessé!
En árabe tocado rebozan sus cabellos
refulgen en sus ojos las noches de Kedén.
Efluvio exhalan de la selva virgen,
y en el talle gentil,
pudor encantos vela de Ruth casta y humilde;
son un bendito germen vedado al vicio vil!»
El porvenir de la raza:
«Como la vid del Maipo que sarmientos
extiende a su redor,
y cuelga de los álamos y verdes limoneros
racimos que le dora y le perfuma el sol,
Así tus gentes en futuros días
ciudades poblarán
al pie de Shinundía y del nuboso Huila, sobre
los montes de oro de Atrato y Urabá».
No somos españoles:
«La Iberia en sus conquistas no creaba
pueblos de tu poder;
Vivieron en espanto, de hinojos... turba esclava,
los que diezmó, ya indómitos, Fernando el
(tigre-rey.
Has repudiado la ominosa herencia
del ibero cruel:
Ni tu labor es suya, ni suya la belleza
que gala es de tus hijos y orgullo de Israel.
No hay en ti lepra de la estirpe goda
que al vencer a Boaddil,
lanzó de sus dominios la raza poderosa
que a España hizo el emporio del mundo y su
(pensil».
Por qué somos iguales los antioqueños:
«En esos campos la divina Ceres
a sus pechos creó
tus bardos y guerreros, tus Numas y
(Cleomenes,
extraños a molicies del ocio corruptor;
Eran así los siervos y señores
hermanos al nacer,
y en Palacé afilaron las garras de leones:
los igualó su gloria primero que la ley».
Medellín:
«En el lujoso valle do serpean
corrientes de zafir,
al sol que la enamora, detiene y embelesa,
Cristiana Sulamita, la hermosa Medellín.
Jazmines y floridos naranjales
sus perfumes le dan,
y arroyos de los montes descienden a brindarle
en baños de odalisca sus ondas de cristal.
¡Cómo la miro en estrelladas noches
en mis sueños aún!
Formándole cojines se agrupan los alcores,
la cubren las montunas con su azulino tul».