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Homilía Domingo de Resurreccion

La homilía resume la resurrección de Cristo y su presencia viva entre nosotros que podemos reconocer con ojos de fe. Cristo resucitado vive en nosotros cuando transformamos nuestras vidas siguiendo su evangelio a través de la caridad, la justicia, el perdón y la fe a pesar de las dificultades. La resurrección nos da esperanza para construir un mundo mejor.

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Homilía Domingo de Resurreccion

La homilía resume la resurrección de Cristo y su presencia viva entre nosotros que podemos reconocer con ojos de fe. Cristo resucitado vive en nosotros cuando transformamos nuestras vidas siguiendo su evangelio a través de la caridad, la justicia, el perdón y la fe a pesar de las dificultades. La resurrección nos da esperanza para construir un mundo mejor.

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HOMILÍA DOMINGO DE RESURRECCION

¡Aleluya! Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro
gozo (Sal 117). Cristo ha resucitado. Esta es la gran noticia para la humanidad
y es un motivo de alegría y esperanza para todos los que creemos en Él. 

Cristo resucitado vive en medio de nosotros. Podemos reconocer su presencia


entre nosotros con la mirada de fe como la de María Magdalena, Pedro y el
discípulo amado (que suele identificarse con Juan). Esta mirada de fe nace
desde la experiencia de vida con Cristo. Los discípulos fueron los testigos de
la vida, la muerte y resurrección de Jesús. Jesús de Nazaret es el ungido que
pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el
demonio, fue crucificado, pero al tercer día Dios lo resucitó (Hechos 10,
34a.37-43).

En el evangelio de hoy,   Juan insiste  cuatro veces en la palabra “ver”. Ver


con ojos de fe. Sólo con la fe se puede descubrir la novedad que trae Jesucristo
con su resurrección. Tener una mirada de fe nos hace hombres y mujeres
esperanzadores que confían en la posibilidad del ser humano de romper con
todas las cadenas de injusticia que encadenan a la humanidad. Tener la mirada
de fe nos hace capaces de descubrir en cada brazo solidario la presencia
salvadora de Dios en nuestra historia. Con la mirada de fe vemos el mundo
con los ojos misericordiosos de Dios nuestro Padre.

Creemos no sólo que Jesús ha resucitado, sino que nosotros, sus seguidores,
participamos en su resurrección (Col 3,1). Cristo resucitado vive en nosotros
cuando nuestra vida se transforma en la suya. Cuando somos capaces de
superar todos los obstáculos que nos impiden vivir el evangelio con
autenticidad. Cuando los demás pueden ver reflejado en nosotros el rostro
misericordioso de Dios.

Cristo sigue resucitando en nosotros cuando después de cada caída nos


levantamos una y otra vez. Cuando seguimos luchando por construir un
mundo más justo y fraterno aunque no veamos un resultado inmediato.
Cuando abrimos nuestros corazones al perdón y reconciliación, cuando
servimos a los demás desinteresadamente. Cuando un dolor o la enfermedad
nos hace más humanos y nos hace madurar en la fe. En definitiva, cuando
vivimos en el amor de Dios. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
JUEVES SANTO

Queridos hermanos y hermanas:


"Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer"
(Lc 22,15). Con estas palabras, Jesús comenzó la celebración de su última cena y de la
institución de la santa Eucaristía. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella
hora. Anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a dar a los suyos bajo las
especies del pan y del vino. Esperaba aquel momento que tendría que ser en cierto modo
el de las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el
llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la transformación del
mundo. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por
los hombres, por su creación, un amor que espera. El amor que aguarda el momento de
la unión, el amor que quiere atraer hacia sí a todos los hombres, cumpliendo también así
lo que la misma creación espera; en efecto, ella aguarda la manifestación de los hijos de
Dios (cf. Rm 8,19). Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente
deseo de él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro?
¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O
somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas? Por las
parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que él conoce la realidad de que hay
puestos que quedan vacíos, la respuesta negativa, el desinterés por él y su cercanía. Los
puestos vacíos en el banquete nupcial del Señor, con o sin excusas, son para nosotros,
ya desde hace tiempo, no una parábola sino una realidad actual, precisamente en
aquellos países en los que había mostrado su particular cercanía. Jesús también tenía
experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero sin ir vestidos con el traje de
boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo sólo una costumbre y con una
orientación de sus vidas completamente diferente. San Gregorio Magno, en una de sus
homilías se preguntaba: ¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje
nupcial? ¿En qué consiste este traje y como se consigue? Su respuesta dice así: Los que
han sido llamados y vienen, en cierto modo tienen fe. Es la fe la que les abre la puerta.
Pero les falta el traje nupcial del amor. Quien vive la fe sin amor no está preparado para la
boda y es arrojado fuera. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor,
de lo contrario también como fe está muerta.
Sabemos por los cuatro Evangelios que la última cena de Jesús, antes de la Pasión, fue
también un lugar de anuncio. Jesús propuso una vez más con insistencia los elementos
fundamentales de su mensaje. Palabra y Sacramento, mensaje y don están
indisolublemente unidos. Pero durante la Última Cena, Jesús sobre todo oró. Mateo,
Marcos y Lucas utilizan dos palabras para describir la oración de Jesús en el momento
central de la Cena: "eucharistesas" y "eulogesas" -"agradecer" y "bendecir". El movimiento
ascendente del agradecimiento y el descendente de la bendición van juntos. Las palabras
de la transustanciación son parte de esta oración de Jesús. Son palabras de plegaria.
Jesús transforma su Pasión en oración, en ofrenda al Padre por los hombres. Esta
transformación de su sufrimiento en amor posee una fuerza transformadora para los
dones, en los que él ahora se da a sí mismo. Él nos los da para que nosotros y el mundo
seamos transformados. El objetivo propio y último de la transformación eucarística es
nuestra propia transformación en la comunión con Cristo. La Eucaristía apunta al hombre
nuevo, al mundo nuevo, tal como éste puede nacer sólo a partir de Dios mediante la obra
del Siervo de Dios.
Gracias a Lucas y, sobre todo, a Juan sabemos que Jesús en su oración durante la Última
Cena dirigió también peticiones al Padre, súplicas que contienen al mismo tiempo un
llamamiento a sus discípulos de entonces y de todos los tiempos. Quisiera en este
momento referirme sólo una súplica que, según Juan, Jesús repitió cuatro veces en su
oración sacerdotal. ¡Cuánta angustia debió sentir en su interior! Esta oración sigue siendo
de continuo su oración al Padre por nosotros: es la plegaria por la unidad. Jesús dice
explícitamente que esta súplica vale no sólo para los discípulos que estaban entonces
presentes, sino que apunta a todos los que creerán en él ([Link] 17, 20). Pide que todos
sean uno "como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que el mundo crea" (Jn 17, 21). La
unidad de los cristianos sólo se da si los cristianos están íntimamente unidos a él, a
Jesús. Fe y amor por Jesús, fe en su ser uno con el Padre y apertura a la unidad con él
son esenciales. Esta unidad no es algo solamente interior, místico. Se ha de hacer visible,
tan visible que constituya para el mundo la prueba de la misión de Jesús por parte del
Padre. Por eso, esa súplica tiene un sentido eucarístico escondido, que Pablo ha
resaltado con claridad en la Primera carta a los Corintios: "El pan que partimos, ¿no nos
une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos
muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Co 10,
16s). La Iglesia nace con la Eucaristía. Todos nosotros comemos del mismo pan,
recibimos el mismo cuerpo del Señor y eso significa: Él nos abre a cada uno más allá de
sí mismo. Él nos hace uno entre todos nosotros. La Eucaristía es el misterio de la íntima
cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo, es la unión visible
entre todos. La Eucaristía es sacramento de la unidad. Llega hasta el misterio trinitario, y
crea así a la vez la unidad visible. Digámoslo de nuevo: ella es el encuentro personalísimo
con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual. La
celebramos necesariamente juntos. En cada comunidad está el Señor en su totalidad.
Pero es el mismo en todas las comunidades. Por eso, forman parte necesariamente de la
Oración eucarística de la Iglesia las palabras: "una cum Papa nostro et cum Episcopo
nostro". Esto no es un añadido exterior a lo que sucede interiormente, sino expresión
necesaria de la realidad eucarística misma. Y nombramos al Papa y al Obispo por su
nombre: la unidad es totalmente concreta, tiene nombres. Así, se hace visible la unidad,
se convierte en signo para el mundo y establece para nosotros mismos un criterio
concreto.
San Lucas nos ha conservado un elemento concreto de la oración de Jesús por la unidad:
"Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he
pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a
tus hermanos" (Lc 22, 31s). Hoy comprobamos de nuevo con dolor que a Satanás se le
ha concedido cribar a los discípulos de manera visible delante de todo el mundo. Y
sabemos que Jesús ora por la fe de Pedro y de sus sucesores. Sabemos que Pedro, que
va al encuentro del Señor a través de las aguas agitadas de la historia y está en peligro
de hundirse, está siempre sostenido por la mano del Señor y es guiado sobre las aguas.
Pero después sigue un anuncio y un encargo. "Tú, cuando te hayas convertido...": Todos
los seres humanos, excepto María, tienen necesidad de convertirse continuamente. Jesús
predice la caída de Pedro y su conversión. ¿De qué ha tenido que convertirse Pedro? Al
comienzo de su llamada, asustado por el poder divino del Señor y por su propia miseria,
Pedro había dicho: "Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador" (Lc 5, 8). En la
presencia del Señor, él reconoce su insuficiencia. Así es llamado precisamente en la
humildad de quien se sabe pecador y debe siempre, continuamente, encontrar esta
humildad. En Cesarea de Filipo, Pedro no había querido aceptar que Jesús tuviera que
sufrir y ser crucificado. Esto no era compatible con su imagen de Dios y del Mesías. En el
Cenáculo no quiso aceptar que Jesús le lavase los pies: eso no se ajustaba a su imagen
de la dignidad del Maestro. En el Huerto de los Olivos blandió la espada. Quería
demostrar su valentía. Sin embargo, delante de la sierva afirmó que no conocía a Jesús.
En aquel momento, eso le parecía un pequeña mentira para poder permanecer cerca de
Jesús. Su heroísmo se derrumbó en un juego mezquino por un puesto en el centro de los
acontecimientos. Todos debemos aprender siempre a aceptar a Dios y a Jesucristo como
él es, y no como nos gustaría que fuese. También nosotros tenemos dificultad en aceptar
que él se haya unido a las limitaciones de su Iglesia y de sus ministros. Tampoco nosotros
queremos aceptar que él no tenga poder en el mundo. También nosotros nos
parapetamos detrás de pretextos cuando nuestro pertenecer a él se hace muy costoso o
muy peligroso. Todos tenemos necesidad de una conversión que acoja a Jesús en su ser-
Dios y ser-Hombre. Tenemos necesidad de la humildad del discípulo que cumple la
voluntad del Maestro. En este momento queremos pedirle que nos mire también a
nosotros como miró a Pedro, en el momento oportuno, con sus ojos benévolos, y que nos
convierta.
Pedro, el convertido, fue llamado a confirmar a sus hermanos. No es un dato exterior que
este cometido se le haya confiado en el Cenáculo. El servicio de la unidad tiene su lugar
visible en la celebración de la santa Eucaristía. Queridos amigos, es un gran consuelo
para el Papa saber que en cada celebración eucarística todos rezan por él; que nuestra
oración se une a la oración del Señor por Pedro. Sólo gracias a la oración del Señor y de
la Iglesia, el Papa puede corresponder a su misión de confirmar a los hermanos, de
apacentar el rebaño de Jesús y de garantizar aquella unidad que se hace testimonio
visible de la misión de Jesús de parte del Padre.
"Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros". Señor, tú tienes deseos de
nosotros, de mí. Tú has deseado darte a nosotros en la santa Eucaristía, de unirte a
nosotros. Señor, suscita también en nosotros el deseo de ti. Fortalécenos en la unidad
contigo y entre nosotros. Da a tu Iglesia la unidad, para que el mundo crea. Amén.
HOMILIA JUEVES SANTO

El amor de Cristo. La liturgia de la cena pascual, que se describe detalladamente


en el libro del Éxodo, es prefiguración del sacrificio de Cristo que se ofrece en
rescate por muchos, es decir por todos, como nos explica san Pablo en la primera
carta a los corintios: Que el Señor Jesús, en la noche que iban a entregarlo, tomó
pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “esto es mi cuerpo, que
se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía, lo mismo hizo con su cáliz,
ofreció su preciosa sangre. Hermanos en el evangelio de hoy más que narrar los
hechos de la última cena, se concentra en describir el amor de Cristo, los
sentimientos de su corazón: El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta
el extremo. Meditar en los acontecimientos del jueves santo es introducirse en el
amor de Cristo, en el amor del Padre de las misericordias que nos envía a su Hijo
para rescatar a los que nos habíamos perdido. El amor de Cristo es lo que se
percibe esta tarde con tanta intensidad, que apenas hay lugar para algún otro
sentimiento. Pablo que había hecho experiencia viva del amor del Señor llega a
exclamar: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la
angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la
espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados
como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores
gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni
los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la
altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.

Si, en ocasiones, somos presa del desaliento, de la tentación, de la angustia es


porque nos olvidamos del amor de Cristo. Es porque nos olvidamos que hemos
sido eternamente amados por Dios en su Hijo.

Santa Teresa de Jesús, que tenía un gran amor por la humanidad de Jesucristo,
exclamaba de forma muy singular: “¡Oh qué buen amigo eres, Señor! Cómo sabes
esperar a que alguien se adapte a tu modo de ser, mientras tanto Tú toleras el
suyo. Tomas en cuenta los ratos que te demuestra amor, y por una pizca de
arrepentimiento olvidas que te ha ofendido. No comprendo por qué el mundo no
procura llegar a Ti por esta amistad tan especial. Los malos hemos de llegarnos a
Ti para que nos hagas buenos, pues por el poco tiempo que aceptamos estar en
tu compañía, aunque sea con mil deficiencias y distracciones, Tú nos das fuerzas
para triunfar de todos nuestros enemigos. La verdad es que Tú, Señor, que das la
vida a todo, no la quitas a ninguno de los que se fían de Ti.

Así pues, vuelve a nuestra mente la pregunta de Jesús: ¿Comprendéis lo que he


hecho por vosotros? ¡Quién nos diera comprender lo que Dios en Cristo ha hecho
por nosotros! ¡Quién nos diera comprender el misterio de la encarnación del
Verbo! ¡Quién nos diera comprender lo que está sucediendo en esta última cena
cuando Jesús toma el pan y el vino y pronuncia unas palabras solemnes! Que esta
Misa vespertina, que esta procesión con el santísimo, que esta adoración nocturna
nos ayuden a dar un paso en la comprensión de este amor.

El amor a Cristo. El amor lleva al amor. Quien experimenta el amor de Cristo no


queda igual, no puede quedar igual. Los apóstoles en la última cena son testigos
del amor de Cristo y de la inmensa responsabilidad que queda en sus manos. De
ahora en adelante son más conscientes, por una parte, de su propia miseria, como
hombres y pecadores, pero, por otra parte, son más conscientes de los tesoros
infinitos que Dios ha depositado en su alma. Ellos reciben el cuerpo y la sangre de
Cristo, y reciben, además, el poder de consagrar y el mandato de “hacerlo en
memoria del Señor”. El sacerdote ha nacido allí, en el cenáculo, en la Eucaristía.
Hoy traigo a la memoria El Papa Juan Pablo II se dirigía a los sacerdotes:

«El jueves santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio. Es en este día en
el que todos nosotros sacerdotes hemos nacido. Como un hijo nace del seno de
su madre, así hemos nacido nosotros, Oh Cristo, de tu único y eterno sacerdocio.
Hemos nacido en la gracia y en la fuerza de la nueva y eterna alianza del Cuerpo
y de la Sangre de tu sacrificio redentor: del “Cuerpo que es entregado por
nosotros”, y de la Sangre, que “por todos nosotros se ha derramado”.
Hemos nacido en la última cena y, al mismo tiempo, a los pies de la cruz sobre el
calvario; allí, donde se encuentra la fuente de la nueva vida y de todos los
sacramentos de la Iglesia, allí está también el inicio de nuestro sacerdocio».

Pero no sólo los sacerdotes experimentan hoy el amor de Cristo. Cualquier fiel
contemplando los misteriosos acontecimientos de esta tarde, escuchando las
palabras de Jesús y viendo sus gestos al lavar sus pies y distribuir la comunión,
puede repetir con san Pablo: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

Salgamos de este lugar dispuestos a amar más y mejor; a amar en lo grande y en


lo pequeño; a amar en la prosperidad y en la adversidad; porque nosotros hemos
sido amados e invitados a participar del amor de Dios.

Otro aspecto fundamental en el crecimiento espiritual: La comunión frecuente.


Quizá nunca se insistirá lo suficiente sobre el valor de la vida eucarística en la vida
cristiana. En realidad, el camino es superior a nuestras fuerzas; tenemos
necesidad de la gracia de Dios, tenemos necesidad de su perdón en el
sacramento de la penitencia y de su fuerza en el sacramento de la Eucaristía.
Invitemos a nuestros fieles a acercarse, con las debidas disposiciones, a la mesa
eucarística. Sabemos que uno de los problemas en nuestras comunidades que
debemos afrontar es el de algunas personas que se acercan a la Eucaristía sin
una debida preparación en el sacramento de la Penitencia. Esto puede obedecer a
que sinceramente no encuentran en su conciencia nada que les impida acercarse
al sacramento. Pero también puede ser síntoma de una menor sensibilidad en la
conciencia de los fieles.

La liturgia de san Juan Crisóstomo reza así: “Hazme comulgar hoy en tu cena
mística, oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el
beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor,
en tu Reino.”.

Los frutos de la comunión frecuente. Mucho nos ayudará poner a la vista de los
fieles los frutos de una comunión frecuente. Convendría resaltar los siguientes:

• Se acrecienta nuestra unión con Cristo, pues lo tenemos sacramentalmente en


nuestro corazón:

"La verdad es que esta presencia de Jesús no es representación de nuestra


imaginación como cuando estamos orando. Él está allí, con toda verdad en
nuestro interior, de suerte que no hay que ir a buscar más lejos. Ahora bien, si
cuando andaba en el mundo el simple contacto con su ropa sanaba a los
enfermos, ¿qué duda cabe de que hará milagros estando tan dentro de nosotros _
si tenemos fe _ y nos dará lo que le pidamos, puesto que viene a nuestra casa?
Por cierto que no suele pagar mal la posada si se le da buen hospedaje".

• La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la


comunión es "entregado por nosotros", y la Sangre que bebemos es "derramada
por muchos para el perdón de los pecados". Por eso la Eucaristía no puede
unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y
preservarnos de futuro
HOMILIA VIGILIA PASCUAL

Queridos hermanos y hermanas

En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos


primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su
cuerpo (cf. Lc 24,1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de
amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos
también nosotros.

Habían seguido a Jesús. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas


en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el
momento en que fue bajado de la cruz. Podemos imaginar sus sentimientos
cuando van a la tumba: una cierta tristeza, la pena porque Jesús les había
dejado, había muerto, su historia había terminado.

Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y


es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, a este punto,
sucede algo totalmente inesperado, una vez más, que perturba sus corazones,
trastorna sus programas y alterará su vida: ven corrida la piedra del sepulcro,
se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor.

Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que


ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (cf. Lc 24,4). ¿Acaso no nos pasa así
también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de
todos los días? Nos quedamos parados, no lo entendemos, no sabemos cómo
afrontarlo.

A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la
novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas
veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba,
pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la
historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las
sorpresas de Dios; tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende
[Link] y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere
traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados,
decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo
podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la
confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda
cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.
Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante.
Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha
sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes,
causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con
vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al
que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6).

Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor –el ir al
sepulcro–, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia
verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas
mujeres, sino también en nuestra vida y en la historia de la humanidad.

Jesús no ha muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya


vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el
que vive (cf. Nm 14,21-28; Dt 5,26, Jos 3,10). Jesús ya no es del pasado, sino
que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, es el «hoy» eterno de
Dios.

Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los
discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre
la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano.
Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano.

Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis
entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la
vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la
tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a
Aquel que vive.

Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo,
con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un
pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta
arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas
miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y
te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

Hay un último y simple elemento que quisiera subrayar del Evangelio de esta
luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios:
Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres
con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban «con
las caras mirando al suelo» –observa san Lucas–, no tenían ni siquiera valor
para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe.

Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo


fundamental: «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea... Y
recordaron sus palabras» (Lc 24,6.8). La invitación a hacer memoria del
encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con
amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen
todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y
a todos los otros (cf. Lc 24,9).

Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria
del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para
el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras
vidas.

En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que


guardaba todos estas cosas en su corazón (cf. Lc 2,19.51), pidamos al Señor
que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que
trasforma, a las sorpresas de Dios; que nos haga hombres y mujeres capaces
de hacer memoria de lo que él hace en nuestra historia personal y la del
mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en
medio de nosotros; que nos enseñe cada día a no buscar entre los muertos a
Aquel que vive. Amén.
LA PRIMERA PALABRA: «PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE
HACEN»

Cristo Jesús, de quien el mismo Padre había dicho «Escuchadle»,


quien había dicho de sí mismo «Porque uno solo es vuestro Maestro»,
para realizar la tarea que había asumido, nunca dejó de instruirnos. No
solamente durante su vida, sino incluso en los brazos de la muerte,
desde el púlpito de la Cruz, nos predicó pocas palabras, pero
ardientes de amor, de suma utilidad y eficacia, y en todo sentido
dignas de ser grabadas en el corazón de todo cristiano, para ser ahí
preservadas, meditadas, y realizadas literalmente y en obra. Su
primera palabra es ésta: «Y dijo Jesús: Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen».

Ahora bien, la razón por la cual oró, entonces, es que la primera


demanda de la caridad es socorrer a aquellos que están necesitados,
y aquellos que estaban más necesitados de socorro espiritual eran sus
enemigos, y lo que nosotros, discípulos de tan gran Maestro,
necesitamos más es amar a nuestros enemigos, virtud que sabemos
muy difícil de obtener y que raramente encontramos, mientras que el
amor a nuestros amigos y parientes es fácil y natural, crece con los
años y muchas veces predomina más de lo que debería. Él, viendo lo
que estaban haciendo, escuchando lo que estaban diciendo, y
sufriendo los más agudos dolores en sus manos y pies, devolvió bien
por mal, y oró: «Padre, perdónalos».

«Perdona». Esta palabra contiene la petición principal que el Hijo de


Dios, como abogado de sus enemigos, hace a su Padre.

«Perdónalos». Esta palabra es aplicada a todos por cuyo perdón


Cristo oró. En primer lugar es aplicada a aquellos que realmente
clavaron a Cristo en la Cruz, y jugaron a la suerte sus vestiduras.
Puede ser también extendida a todos los que fueron causa de la
Pasión de Nuestro Señor: a Pilato que pronunció la sentencia; a las
personas que gritaron «crucifícalo, crucifícalo»; a los sumos
sacerdotes y escribas que falsamente lo acusaron, y, para ir más lejos,
al primer hombre y a toda su descendencia que por sus pecados
ocasionaron la muerte de Cristo. Y así, desde su Cruz, Nuestro Señor
oró por el perdón de todos sus enemigos. Cada uno, sin embargo, se
reconocerá a sí mismo entre los enemigos de Cristo, de acuerdo a las
palabras del Apóstol: «Cuando éramos enemigos fuimos reconciliados
con Dios por la muerte de su Hijo». Por tanto, nuestro Sumo
Sacerdote, Cristo, hizo una conmemoración para todos nosotros,
incluso antes de nuestro nacimiento, en aquel primer Sacrificio de la
Misa que celebró en el altar de la Cruz.

Pues no saben lo que hacen. Para que su oración sea razonable,


Cristo se disminuye, o más aún da la excusa que pueda por los
pecados de sus enemigos. Él ciertamente no podía excusar la
injusticia de Pilato, o la crueldad de los soldados, o la ingratitud de la
gente, o el falso testimonio de aquellos que perjuraron. Entonces no
quedó para Él más que excusar su falta alegando ignorancia. Pues
con verdad el Apóstol observa: «pues de haberla conocido, no
hubieran crucificado al Señor de la Gloria». Ni Pilato, ni los sumos
sacerdotes, ni el pueblo sabían que Cristo era el Señor de la Gloria.
Aun así, Pilato lo sabía un hombre justo y santo, que había sido
entregado por la envidia de los sumos sacerdotes, y los sumos
sacerdotes sabían que Él era el Cristo prometido, como enseña Santo
Tomás, porque no podían -ni lo hicieron- negar que había obrado
muchos de los milagros que los profetas habían predicho que el
Mesías obraría. En fin, la gente sabía que Cristo había sido
condenado injustamente, pues Pilato públicamente les había dicho:
«No encuentro en este hombre culpa alguna», e «Inocente soy de la
sangre de este hombre justo».
CUARTA PALABRA: DIOS MIO, DIOS MIO PORQUE ME HAS ABANDONADO.

Desde el mediodía se oscureció la tierra; hacia las tres de la tarde gritó


Jesús con fuerte voz : Dios mío, Dios mío, Porqué me has
abandonado?. Estas palabras cargadas de tristeza fueron
pronunciadas en medio de la oscuridad; no son palabras dirigidas ni al
mundo ni a los hombres; los siglos han adorado su misterio, los
hombres han intentado entrar hasta el fondo de este misterioso
desamparo, que a la vez ha servido de consuelo quienes en la vida
han llegado a vivir tan intensamente la tristeza del desamparo, del
abandono, de la soledad. Cuando el hombre descubre que va por un
desierto y que camina solo y que si levanta los ojos no ve sino el cielo
y a veces oscurecido y tempestuoso, y si los lanza a su alrededor no
ve sino lejanos horizontes y si habla nadie le responde y si busca
alguien no encuentra a nadie. No tener a nadie es el desamparo
supremo, misteriosa realidad a la cual puede llegar todo ser humana
en este valle de lágrimas que es la vida. Esta es una palabra
desgarradora y desconcertante. Jesucristo tiene conciencia de estar
abandonado por su padre. ¿Es posible que Jesús se hubiera sentido
desamparado cuando en toda su vida había confiado con su Padre?
¿Estaba abandonado de su padre? No, Dios nunca abandono a Jesús
aunque él lo haya sentido. Esta es la palabra de muchos seres
humanos: Dios mío, ¿dónde estás que no te siento? En la vida de
muchos Dios está callado, silencioso, pero Dios no abandona a nadie,
está postrado junto a nosotros, va a nuestro lado, camina con
nosotros, camina con nosotros, camina con nosotros aunque lo
sintamos lejano o no lo encontremos ni podamos seguir tus huellas por
los caminos de nuestra existencia. Hermanos, Dios no abandona a
nadie, es la hora de las tinieblas en la tierra y en el alma de Cristo,
estas palabras rompen un silencio largo en el Gólgota; son palabras
de dolorido acento, de infinita tristeza, de una gran pesadumbre, Cristo
se siente solo y en la oscuridad. Estas palabras no son un reproche ni
una queja, ni un lamento; son la voz con la que el Hijo de Dios desde
la profundidad de su vida y desde la hondura de su dolor llama al
padre en quien tenía filial confianza; es el Hijo del hombre que implora
amor y Misericordia a su Padre. Cristo en la Cruz expía por todos los
pecados de los hombres y de la humanidad; experimentó este
abandono para revelar lo terrible que es la vida humana sin Dios, el
hombre no puede vivir feliz si Dios está ausente, la vida sin Dios es la
máxima soledad de un hombre aunque lo tenga todo y abunde en
amigos. Su vida no tiene meta ni una razón para vivir y luchar, su
existencia no tiene apoyo; es un vacío absoluto. Dios, Cristo
desamparado expía por los que han silenciado y marginado a Dios,
por los que dudan de su existencia, por los indiferentes a su presencia.
El desamparo de Cristo en el Calvario debe inspirarnos una oración
profunda, proclamando en alto y con gemidos y lágrimas en nombre
de toda la humanidad y en nombre de todos los hombres. No permitas
jamás oh Dios, principio y fin de nuestra vida que prescindamos de ti,
porque tú eres la luz y si ella nos falta, nuestra vida se torna en
tinieblas; nuestra existencia será un vacío que nos aplasta.
SEPTIMA PALABRA: PADRE EN TUS MANOS ENCOMIENDO TU
ESPIRITU

Llegó la hora de la muerte de Jesús. Pronuncia la última palabra de su


vida sobre la tierra. Es una plegaria filial. Jesús cada vez que eleva su
corazón a Dios, lo llama Padre; y nos enseña a nosotros a invocarlo
como Padre. Somos sus hijos. Es una oración de amor, de ternura, de
confianza. Plegaria conmovedora: “En tus manos encomiendo mi
vida”. Marchó hacia su Padre. Pero volverá un día en majestad y
gloria.

No podrá haber duda sobre su próxima venida. Entre el tiempo y el fin


intercede al Padre por nosotros. Nos sigue diciendo: “yo soy el
camino, la verdad y la vida”.

Tras el crepúsculo empieza la noche, la soledad, la ausencia, el


recuerdo constante y permanente. Todos sus seguidores exclamaban
con tristeza: Jesús murió. Fue acogido por el Padre y sigue a su
derecha siempre intercediendo por nosotros.

Lo seguimos amando y adorando. Es un amor que no extingue. Fe,


amor y esperanza son compañeras íntimas de sus discípulos. Se viven
horas tensas. Él había hablado de lo que sucedería. La mañana de la
Pascua no es una inesperada sorpresa. Al contrario, está es la hora
gloriosa de su Maestro. Sólo ante El él hombre dobla sus rodillas

Dejó vacío el sepulcro. Desde el domingo temprano empezamos


nuestra pascua. Jesús vive. Volverá. Nuestra pascua es: Jesús pasó
de la muerte a la vida.

Somos el pueblo de la pascua. Un cristiano jamás se calla, lo


proclama con voz fuerte y victoriosa: Jesús resucitó y vive. El esperó a
los discípulos en Galilea, su tierra, su pueblo. Él vive y nos espera a
nosotros en la Pascua eterna, que consiste en pasar de esta de esta
vida mortal a la vida eterna en comunión con Dios.
Su muerte se transformó en vida. Nuestra muerte también. Nosotros
caminamos, todos hacia la vida con El, con el Padre, con el Espíritu,
con la Virgen Santísima, con los Ángeles, con las bienaventuranzas,
con los santos. La Muerte no es un misterio. Es la realidad en todo su
esplendor de luz y de alegría.

Estaremos viviendo por siempre lo que decimos: “creemos en la


comunión de los santos”. Que esta luz alumbre nuestro camino y nos
ofrezca paz.

La vida de Jesús no se acaba. Jesús vive. Es el viviente. Nosotros


también viviremos. El alma es inmortal. Dios no destruye lo más
sublime que ha hecho: la vida. El cuerpo también resucitará glorioso.

Que alegría vamos a la casa del Señor. Somos un pueblo que camina
a la casa del Señor.

Jesús no nos ha abandonado. Su presencia es causa de alegría y de


esperanza. Nos acompaña.

Somos caminantes. “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo”: en su palabra, en sus sacramentos; en la Eucaristía,
fuente y culmen de toda la vida cristiana; en la comunidad reunida en
su nombre. Está con nosotros haciendo la historia nueva.

A la sombra de la cruz nace una humanidad nueva y hombre nuevos,


hombres llenos de esperanza.

Nuestra esperanza como católicos se fundamenta en infundir el


espíritu de la pascua y descubrirla aun en los más dolorosos
acontecimientos. Se trata de una esperanza que nos hace vivir,
exaltando no la tierra como valle de lágrimas y destierro, sino
construyéndola con valor en la alegría de la vida y del trabajo.

El viernes santo es un paso. Los acontecimientos no terminan en el


sepulcro. El gran día es la pascua cuando empieza el tiempo de la
esperanza, de la vida nueva que llega.
Jesucristo estamos aquí frente a tu cruz, te adoramos en ella desde la
hondura de nuestra alma y con todo el ardor de nuestra fe.

Jesucristo aumenta nuestra fe y nuestra esperanza en ti. Danos tu


Espíritu para construir una humanidad nueva, con la esperanza de la
Pascua despojada de sus vicios y de sus crímenes; que borre de su
historia las páginas negras y sangrientas que han sido sufrimiento y
ruina del hombre.

Danos hombre nuevos, con la esperanza de la pascua, que se


dediquen a curar las heridas que las fuerzas del mal y del pecado van
dejando en el hombre redimido por ti, hombres nuevos, con la
esperanza de la Pascua, que sin temor, liberen a los pueblos de las
esclavitudes que ha dejado el pecado en su vida y en su historia.

Hombres nuevos con la esperanza de la pascua, que tengamos el


ardor necesario para apresurar el futuro ya empezando, para hacer
nuevas todas las cosas.

Jesucristo ayúdanos a construir tu Reino, a crecer y progresar en la fe,


a vivir unidos a ti porque solo tú tienes palabras de vida eterna.

Jesucristo príncipe de la paz, Señor de la vida, vencedor de la muerte


y del pecado, Señor de la esperanza, imploramos tu misericordia.

Desde la cruz, intercede por nosotros, líbranos de la fuerza del mal y


bendice a nuestro pueblo con la bendición divina de la paz.

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