CAPÍTULO I
LOS SINÓPTICOS EN EL CONTEXTO DEL NUEVO TESTAMENTO
Buscamos, sobre todo, focalizar el objeto de nuestro estudio.
Constituido por los evangelios sinópticos y por Hechos de los Apóstoles,
leídos como parte del Nuevo Testamento y en el contexto histórico-cultural
de los orígenes cristianos
1. El Nuevo Testamento
El sintagma «Nuevo Testamento» presenta un problema de fondo: el
significado que corresponde al sustantivo «Testamento» y al adjetivo
«Nuevo». Además, este adjetivo abre una segunda cuestión referente a la
relación con el sintagma «Antiguo Testamento».
«Testamento» deriva del latín Testamentum, usado por la Vetus Latina
para traducir el griego διαθήκη, cuya raíz (διατίθημι, «disponer») se
utilizaba frecuentemente para indicar las «disposiciones testamentarias». El
término διαθήκη1, en el lenguaje bíblico, recuerda al concepto hebreo ב ְִּרית
(berit) que no significa «testamento», sino «promesa, juramento, pacto,
compromiso, alianza», según el contexto.
En algunos casos, como en Gén 31,44-52, donde se narra el «pacto» de
no agresión entre Jacob y Labán, es obvio que se trata de un acuerdo
bilateral. Estos acuerdos, normalmente, eran acompañados por un rito
imprecatorio que incluía el paso de los dos contrayentes en medio de los
animales sacrificados y divididos por la mitad, aceptando el mismo fin para
ellos mismos en el caso de violar el pacto. En otros textos bíblicos, el
término ( ב ְִּריתberit) indica una «promesa», un «compromiso» que un sujeto
admite respecto a otra persona, configurando una relación gratuita y
querida. Encontramos un ejemplo en Gén 15,17-18: «Puesto ya el sol,
surgió en medio de densas tinieblas un horno humeante y una antorcha de
fuego que pasó por entre aquellos animales partidos. Aquel día hizo Yahvé
una alianza con Abrán en estos términos: “Voy a dar a tu descendencia esta
1
Las traducciones de Aquila, Teodoción y Símaco usan el término συνθήκη que
significa «pacto», «alianza».
tierra, desde el río de Egipto hasta el Río Grande, el río Éufrates”». En este
texto es Dios quien se compromete de modo unilateral respecto a Abrahán,
pasando, en el símbolo del fuego, en medio de los animales sacrificados.
Todo esto muestra que la traducción de ( ב ְִּריתberit) como «alianza» y/o
«testamento» resulta aproximativa y debe ser considerada en el contexto
donde el término se encuentra.
Para concluir, el término «Testamento» hace referencia al compromiso
que Dios ha asumido, de modo unilateral, con Israel y con la humanidad,
del cual ha nacido un vínculo que no desaparece, a pesar de la infidelidad y
el pecado del hombre. Decir «Testamento» significa decir que Dios se ha
comprometido a estar de la parte de su pueblo y de la parte del hombre, en
todo su caminar: en la fe y en el pecado, en la persecución y en la muerte.
El sintagma καινή διαθήκη, que traducimos con «nuevo testamento»,
«nueva alianza», se encuentra en estrecha relación con παλαιά διαθήκη,
traducido habitualmente como «antigua alianza», «antiguo testamento»,
«antiguo pacto».
La expresión παλαιά διαθήκη se encuentra solo una vez en la Biblia
(2Cor 3,14), mientras καινή διαθήκη («nuevo testamento») se encuentra
seis veces: una en el Primer Testamento (Jer 31,31) y otras cinco en el
Nuevo Testamento; dos veces en los relatos de la institución de
la Eucaristía (1Cor 11,25 y Lc 22,20), una vez en 2Cor 3,6 (donde Pablo
habla de sí mismo y de los misioneros cristianos como «ministros de la
nueva alianza») y dos veces en la Carta a los Hebreos (Heb 8,8; 9,15).
La expresión «Antiguo Testamento» hace referencia a la alianza
establecida por Dios con el pueblo hebreo y, a través del pueblo de Israel,
con toda la humanidad. «Nuevo Testamento», como lo entendemos los
creyentes en Cristo, indica la «nueva alianza» (καινή διαθήκη) establecida
en la sangre de Jesús (cf. 1 Cor 11,25; Lc 22,20; 2Cor 3,6; Heb 8,8; 9,15;
12,24), fundamento del renovado y definitivo pacto de Dios con Israel y
con la humanidad entera. A nivel formal, Jer 31 es el único texto
veterotestamentario en el que aparece dicha caracterización, pero es
necesario notar que en el AT se encuentran textos análogos donde se habla
de «corazón nuevo» o «alianza eterna» (Dt 30,1-14; Jer 24,6-7; Ez 11,17-
20; 36,26; Jer 32,40; Ez 16,60; 37,26).
¿Qué debe entenderse por «nuevo»? ¿Cuál es la relación entre «nuevo»
y «antiguo»? ¿«Nuevo» significa «renovado» −con referencia al antiguo
pacto estipulado por Dios con Israel y renovado en la sangre de Jesús− o
bien «nuevo» indica «diverso» o «único», en el sentido que la alianza
sinaítica se ha convertido en «vieja» y superada por la nueva? ¿Se anuncia
una alianza «que difiere totalmente de la primera y sustituye» la vieja
alianza sinaítica, ya en desuso, o bien se trata de la misma alianza, pero
«renovada» en la sangre de Cristo?
LOS SINÓPTICOS EN EL CONTEXTO DEL NUEVO TESTAMENTO 3
En síntesis: ¿Cuántas alianzas tenemos en la historia de la salvación?
¿Una sola, que continuamente es renovada por la fidelidad de Dios y se
establece definitivamente en la sangre del Hijo, o bien dos (o más): una
estipulada con Israel y la otra con la humanidad en Cristo Jesús? A nivel
teológico la cuestión es discutida.
Desde el punto de vista bíblico se debería tener en cuenta dos
elementos: la fidelidad de Dios a sus promesas, prescindiendo de la
infidelidad humana, y la unicidad de Jesucristo en el proyecto salvífico
divino. Es verdad que la Biblia hebra y la Biblia cristiana hablan de más
alianzas (cf. Ef 2,12; Rom 9,4), pero examinando a fondo los textos se
puede encontrar el hilo que une, indisolublemente, las diferentes
intervenciones de Dios. El autor de la carta a los Efesios, hablando de más
alianza, las define como «alianzas de la promesa» (τῶν διαθηκῶν τῆς
ἐπαγγελίας, Ef 2,12), sugiriendo que Dios quiere restablecer la unidad del
género humano, reconciliando judíos y gentiles en una humanidad nueva.
En Jer 31 se trata, ciertamente, de una «renovación de la antigua alianza»:
nada permite pensar que, al hablar de una alianza nueva, deba desaparecer
o deba ser destruida la antigua alianza sinaítica. Más aún, Jeremías habla de
«la misma ley» de la alianza antigua, escrita en «un corazón nuevo, de
carne». Entonces, con la llegada de Jesús, ¿de cuántas alianzas podemos
hablar? Ciertamente el NT da una acepción diversa, porque Jesús
estipulado la alianza en su sangre. Se trata del ofrecimiento de su propia
existencia, de tal manera, que nunca el NT habla de la abolición de la
alianza sinaítica con la llegada de la nueva, ni siquiera la Carta a los
Hebreos que diferencia ambas alianzas (cf. Heb 8,13).
Juan Pablo II, hablando del diálogo entre judíos y cristianos, en una
alocución al Consejo central de los hebreos en Alemania (Mainz, 17 de
noviembre de 1980), se expresó en estos términos: «La primera dimensión
de este diálogo, es decir el encuentro entre el pueblo de Dios de la Antigua
Alianza, nunca revocada por Dios (Rom 11,29), y el pueblo de la Nueva
Alianza, es al mismo tiempo un diálogo interno dentro de nuestra iglesia, es
decir, entre la primera y la segunda parte de nuestra Biblia».
En dicho contexto, la «nueva alianza» en la sangre de Jesús (Lc 22,19-
20 y 1Cor 11,23-25) no declara abolida la antigua (Rom 11,29), sino que
realiza escatológica y definitivamente presente la promesa divina «en favor
de su pueblo Israel» (Lc 1,68.77) y de «todos los pueblos» de la tierra
(Lc 2,30-32).
2. Los escritos del Nuevo Testamento
A partir del siglo II, la expresión «nuevo testamento» comienza a
designar no solo la alianza establecida en la sangre de Jesús, sino también
la colección de libros identificados como escritos cristianos, equiparados en
dignidad, poco a poco, a los libros del «antiguo testamento». Estos han sido
4 EVANGELIOS SINÓPTICOS Y HECHOS DE LOS APÓSTOLES
identificados en el judaísmo con el acrónimo TaNak, compuesto de las
iniciales de las tres secciones principales: Torah, Nebiim y Ketubim. Con
el paso del tiempo, el Nuevo Testamento se configura como una colección
de 27 libros, todos escritos en griego, desiguales en datación extensión y
género literario. Después de un largo recorrido que terminará en el s. IV,
estos 27 escritos fueron reconocidos como libros neotestamentarios.
Dentro de este corpus neotestamentario un puesto peculiar, en realidad
único, lo ocupan los evangelios, que son los primeros cuatro libros de los
27 que componen el NT, situados inmediatamente después de las Escrituras
hebreas. Para subrayar su importancia entre los escritos del NT, se puede
tomar presta la acertada intuición de Paul Beauchamp: los evangelios
constituyen para los cristianos lo que la Torah representa para la Biblia
hebrea, es decir, los textos fundacionales. En efecto, lo que conocemos de
Jesús, de su misión y de su obra, de su pasión, muerte y resurrección, lo
sabemos fundamentalmente por los evangelios. La información que nos
llega de otros escritos es escasa en este sentido, de tal manera, que sin los
relatos evangélicos sería difícil conocer y reconstruir la vida de Jesús.
Para nosotros es imposible pensar a los cuatro libros situados al inicio
del Nuevo Testamento sin el título: evangelio según san Mateo, evangelio
según san Marcos… Sin embargo, estos escritos no poseían
originariamente estos títulos. La palabra εὐαγγέλιον («evangelio»), tanto en
la literatura profana como sagrada, no designaba un escrito, sino un
anuncio. Más aún, por aquello que conocemos, este término por podría
haber evocado, ni entre los paganos, ni entre los hebreos, ni entre los
cristianos, la imagen de un libro.
Usado en la literatura profana, εὐαγγέλιον indicaba cualquier cosa que
tuviese que ver con una «buena noticia» (εύ, «bien», y -αγγέλιον,
«mensaje»), con un mensaje alegre y de fiesta. En particular se utilizaba en
el lenguaje militar, en las proclamaciones de nacimientos imperiales…
Podía tener un contenido religioso, sobre todo, en referencia al emperador o
al soberano, considerado habitualmente en el mundo greco-romano como
un ser divino, un σωτήρ («salvador»).
En el NT el sustantivo εὐαγγέλιον se encuentra 76 veces, de las cuales
60 en los escritos paulinos y el verbo εὐαγγελίζω/εὐαγγελίζομαι 54 veces,
de las cuales 21 en los escritos paulinos. El uso neotestamentario no hace
referencia a la matriz greco-helenística, sino a la hebrea testimoniada en el
AT y en el judaísmo contemporáneo. En los LXX, el verbo εὐαγγελίζομαι
(«llevar la buena noticia»), traduce el hebreo ( ּבׂשרbissar, forma piel), que
aparece 21 veces en el texto masorético, de modo particular en el Deutero-
Isaías (Is 40−55), donde el verbo viene a significar el anuncio de la
salvación que Dios está preparando para su pueblo exiliado. Numerosos
textos contienen este mensaje salvífico (Is 40,9; 52,57; 60,6; 61,1) y en
todos el contenido semántico hace referencia a la proclamación de la futura
LOS SINÓPTICOS EN EL CONTEXTO DEL NUEVO TESTAMENTO 5
salvación que Dios obra a favor de Sión. No se trata, por tanto, de un libro,
sino de un gozoso anuncio de la salvación. El evangelista es aquel
mensajero de la alegría, el que anuncia la salvación. El contenido
semántico del sustantivo neotestamentario εὐαγγέλιον y del verbo
εὐαγγελίζομαι deriva de la literatura deuteroisaiana, aunque no
encontremos el sustantivo (besorah) del verbo ( ּבׂשרbissar).
Pablo profundiza en el sentido kerigmático, es decir, de anuncio
salvífico, del término «evangelio» (cf. Rom 1,16-17). Del mismo modo,
Mc 1,14-15: « Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y
proclamaba la Buena Noticia de Dios (τὸ εὐαγγέλιον τοῦ θεοῦ): “El tiempo
se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la
Buena Noticia ἐν τῷ εὐαγγελίῳ”».
En síntesis, «el evangelio» no define, inicialmente, un libro, sino un
anuncio de salvación y, desde el punto de vista cristiano, Jesús podría ser
definido como «el primer evangelista», porque anuncia la obra salvífica de
Dios en medio de su pueblo, en particular, en medio de los pobres:
εὐαγγελίσασθαι πτωχοῖς, ἀπέσταλκέν με, («para evangelizar a los pobres,
[me] ha enviado a mí» Lc 4,18). Posteriormente, se pasará del «evangelio»
entendido como anuncio kerigmático, al evangelio entendido como aquello
que Jesús hace y dice. Cómo se produjo este paso es poco claro y no se
conoce con certeza al autor o autores de dicha trasposición. Es posible que
se deba a Marcos, si se reconoce su escrito como el primero, en orden
cronológico, de los cuatro evangelios.
Para Mateo, Marcos, Lucas y Juan «el evangelio» se convierte en una
biografía, un relato de la historia de Jesús: de su nacimiento, de su
ministerio caracterizado de obras y palabras, de su muerte y resurrección.
De alguna manera, se trata de un género literario biográfico, como se
conocían en la literatura clásica greco-romana, pero con características
propias, diferentes de las biografías (bioi, «vidas») de Plutarco o Suetonio.
La singularidad de los evangelios estriba en que no pretenden ser
comprendidos como narración de la vida de un personaje famoso, ni como
colección de historias o dichos en el sentido de la antigua literatura
memorial, sino como testimonios de fe que interpelan al lector, para
suscitar o confirmar la fe. El problema del género literario es importante,
porque clarifica la intención del texto y el Sitz im Leben («contexto vital»)
en el que ha nacido el escrito. «Las vidas» de Plutarco tienen una intención
celebrativa y pedagógica, los evangelios, en cambio, tienen la intención de
suscitar o sostener la fe, aunque para ello se narren momentos históricos y
hechos acaecidos en la vida de Jesús. En este sentido, Jn 20,30-31 es un
buen ejemplo de lo que se acaba de decir: «Jesús realizó en presencia de los
discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Éstos
han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y
para que creyendo tengáis vida en su nombre».
6 EVANGELIOS SINÓPTICOS Y HECHOS DE LOS APÓSTOLES
El nombre de «sinópticos» fue dado a los tres primeros evangelios
canónicos al final del siglo XVIII y deriva de una obra, Synopsis
Evangeliorum, publicada en 1776 por un exégeta y teólogo luterano de
Tubinga, llamado Griesbach. Se proponía una edición de Mateo, Marcos y
Lucas que permitiese contemplar los tres evangelios con una sola mirada
(σύν, «junto», y ὀψις, «ver»). La aparición de la sinopsis de Griesbach
contribuyó enérgicamente a instaurar la era de la «crítica» aplicada a los
evangelios.
Uno de los elementos que salió a relucir fue la diferencia entre los
evangelios sinópticos y el evangelio de Juan, que ya se habían notado en
los primeros siglos. Sin detenernos demasiado ahora, es posible concluir
que el evangelio de Juan no depende literariamente de los sinópticos. La
tradición joánica se muestra autónoma respecto a los evangelios sinópticos,
mientras que los elementos en común derivarían del conocimiento de la
tradición oral, que ha dado origen a los evangelios sinópticos, pero no
propiamente de los escritos evangélicos. Según la exégesis moderna, esta
sería la solución más probable, para explicar las semejanzas y las
diferencias.